AGLI Recortes de Prensa   Domingo 15  Novietubre  2015

Europa y su quinta columna
EDITORIAL Libertad Digital 15 Noviembre 2015

La masacre perpetrada anoche en París es el peor ataque terrorista en suelo europeo desde los atentados del 11-M en la capital de España. Una vez más, el terrorismo islámico ha golpeado el corazón de Europa y ha provocado casi 130 víctimas mortales, un número que probablemente acabará incrementándose dado que hay un centenar de heridos de extrema gravedad.

La reacción de las autoridades galas, lideradas por el presidente francés, François Hollande, ha resultado ejemplar por la rapidez con la que han sido adoptadas medidas de excepción y la firmeza de sus primeras declaraciones públicas. El Estado Islámico ha atacado a Francia y su respuesta será "implacable", ha afirmado Hollande, pero por más duro que sea el castigo a los responsables directos de la masacre, si es que alguna vez son capturados con vida, poco se habrá adelantado en esta batalla contra el terror si los políticos europeos siguen negándose a ver las verdaderas causas del terrorismo islamista.

Tras la oleada de atentados perpetrados anoche en París queda descartada la tesis del "lobo solitario" que, hasta anoche, servía para tranquilizar las conciencias europeas cuando se producía un atentado islamista en nuestro entorno. Lo de anoche en París fue un ataque terrorista planificado con sumo cuidado y cometido por una célula perfectamente organizada, para cuya ejecución han recibido la ayuda de colaboradores sobre el terreno, aspecto este que las propias autoridades francesas ya han reconocido.

Los terroristas del Estado Islámico han decidido golpear a Occidente mientras tratan de instaurar su califato a sangre y fuego en Oriente Medio. Los atentados de París y los términos con los que el grupo islamista ha reivindicado su autoría ponen de manifiesto sus intenciones de seguir perpetrando masacres en suelo occidental. Cuentan para ello con la presencia en nuestros países de una población fanatizada en la versión radical del Islam que, precisamente, es la que propagan as autocracias islámicas en muchas de las mezquitas que construyen principalmente en Europa.

Pero el terrorismo islámico no sólo cuenta con la ventaja de tener agentes potenciales en los lugares donde prevé cometer sus atentados. Lamentablemente, también disfruta de la comprensión de una parte notable de la clase política europea, tanto más cobarde y desleal cuanto más a la izquierda se encuentra en el espectro político.

En el caso español ya han salido a la palestra dirigentes de ese ámbito ideológico sin empacho para acusar a los propios europeos de esta masacre mientras la sangre aún corría por las calles de París. El lamentable discurso de apaciguamiento de la ultraizquierda, tachando de "venganza" injustificada lo que no es más que justicia, revela una vez más la falta de escrúpulos de un movimiento político que ha hecho precisamente de la venganza contra ricos, banqueros, políticos e instituciones como la UE o la Iglesia Católica su principal razón de ser.

Los podemitas que campan a lo largo y ancho de Europa son los que legitiman las acciones de estos grupos, a los que les une un odio común hacia nuestra forma de vida occidental, capitalista y de raíces judeocristianas. El deber de los europeos orgullosos de pertenecer a un mundo libre es volver a expulsarlos a los arrabales de la política antisistema y el de nuestros dirigentes evitar cualquier contagio ideológico. El primer paso para combatir a un enemigo exterior es identificar a los que actúan como su quinta columna en el interior de nuestras sociedades. Hollande tiene la ocasión perfecta para tomar la iniciativa en este terreno y mostrar al resto del mundo que Francia, en efecto, está dispuesta a castigar a los culpables. A todos ellos.

Lo que el terror nunca podrá lograr
DAVID JIMÉNEZ El Mundo 15 Noviembre 2015

Durante algún tiempo recorrí escuelas coránicas de Afganistán, Pakistán o Indonesia, movido por mi incapacidad para entender el terrorismo islámico. Había cubierto para el periódico atentados en los tres países y entrevistado a sus víctimas. Quería saber qué llevaba a alguien a ponerse un cinturón de explosivos, entrar en una discoteca y masacrar a personas de las que no conocía nada y que nada le habían hecho.

Encontré una respuesta en Al Mukmin, un centro javanés donde padres sin recursos dejaban a sus hijos para que recibieran una formación islámica. Todo se podía explicar en una palabra: miedo. Más allá del Corán o la virtud, lo que se trataba de inculcar a los alumnos era miedo. Miedo a Occidente, que según los maestros quería destruir su comunidad. Miedo a los estadounidenses, que buscaban ultrajar a sus madres y hermanas. Miedo a todos los que no fueran musulmanes, que conspiraban para aplastar su religión. Poco a poco, aquellos chicos -no había, por supuesto, niñas- aprendían a deshumanizar al enemigo imaginario. Y así hasta que, convertidos en real, se convencían de que había algo heroico en eliminarlo.

El niño había sido transformado en terrorista.
La eficacia del adoctrinamiento quedaba demostrada en el hecho de que la mayoría de los participantes en la masacre de Bali, donde murieron más de dos centenares de personas en 2002, hubieran estudiado en la escuela Al Mukmin. No había improvisación alguna en los esfuerzos por levantar aquella fábrica de extremistas, pero sí ideología. Totalitaria, en su determinación de imponer su religión al resto del mundo; racista, en la creencia de que estaban tocados por una pureza inalcanzable para otros creyentes; y fascista, en su ambición de consolidar un poder absoluto donde la razón debía someterse a los líderes supremos. Estos organizaban los atentados suicidas, pero nunca se presentan voluntarios para el martirio. El paraíso, para ellos, siempre podía esperar.

Precisamente porque es una ideología, y se transmite desde la infancia, el islamofascismo es tan difícil de erradicar. En los últimos años se ha alimentado por las guerras, las desastrosas intervenciones de los aliados en Irak, Afganistán o Siria y las frustraciones de una primavera árabe que nunca fue. Pero también por el avance de lo que Salman Rushdie describe como "una versión paranoica del Islam", que culpa de todos los males a los infieles, aísla sus comunidades herméticamente para que no sean "contaminadas" y busca alterar los valores de sociedades que desprecia, algo que jamás podrá lograr en un país como Francia.

Los ciudadanos de París que el viernes salieron del Estadio de Francia cantando 'la Marsellesa', mientras la capital se encontraba en estado de sitio y sus compatriotas morían acribillados, estaban diciéndoles precisamente eso a los autores de los atentados: sois muy poca cosa frente al pueblo que redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789; vuestros iluminados resultan insignificantes en el país de Juana de Arco, de Gaulle, Pasteur o Voltaire; los crímenes de los que tan orgullosos os sentís son incapaces de alterar las bases de la República. "Podéis hacernos daño, sí, pero no tenéis ninguna posibilidad de ganar", parecían cantar los franceses en su marcha triste y orgullosa.

Sentí algo de envidia mientras veía el vídeo, por lo diferente que parecía todo al ambiente que siguió a los atentados del 11M en Madrid. Los españoles hemos derrotado a ETA, en gran parte gracias al coraje de policías, concejales o periodistas que se negaron a dejarse vencer por el miedo. También porque hicimos entender a los violentos que nunca cederíamos al chantaje, les despojamos de legitimidad incluso ante sus simpatizantes, fuimos implacables en la aplicación de la ley y permanecimos unidos incluso en los momentos más difíciles. Si el recuerdo del 11M sigue siendo tan doloroso, más allá de la memoria de las víctimas, es porque, cuando nos tocó vivir el momento por el que está pasando Francia, fuimos incapaces de dejar de lado las dos Españas. Es una lección que debe acompañarnos en adelante, porque la batalla va a ser muy larga y sólo puede ganarse si permanecemos juntos, dentro y fuera de España, al lado de quienes no están dispuestos a ceder al terror.

No es sólo Francia
Emilio Campmany Libertad Digital 15 Noviembre 2015

Tradicionalmente, el fundamentalismo islámico se ha debatido entre dos estrategias. La tradicional era la de golpear a los Gobiernos apóstatas de los países de mayoría musulmana para hacerse en ellos con el poder y desde ahí reconquistar la tierra del islam y constituir el gran califato. Al Qaeda y Ben Laden la abandonaron y elaboraron otra basada en la convicción de que nunca lograrían derrocar a los Gobiernos apóstatas mientras éstos recibieran ayuda de Occidente. En consecuencia, era en Occidente donde había que golpear, hasta convencer a sus Gobiernos de que dejaran de influir en los países musulmanes. Huérfanos de la ayuda occidental, los Gobiernos apóstatas sí podrían ser entonces fácilmente derrocados. La reacción de los Estados Unidos a los atentados del 11 de Septiembre, la muerte de Ben Laden y la práctica desarticulación de Al Qaeda han demostrado al fundamentalismo islámico que quizá fuera mejor volver a la antigua estrategia. Eso es lo que está intentando el Estado Islámico. Su acierto estratégico ha consistido en establecerse en una región donde, tras la marcha de las tropas estadounidenses de Irak, no hay ningún poder estatal controlando el territorio. Allí, además, hay petróleo con el que financiar sus actividades. Y luego se ha aprovechado de la guerra civil siria, consecuencia de las especiales circunstancias del país cuando sopló por Oriente Medio la mal llamada primavera árabe. Ello le ha permitido ampliar su base territorial y estratégica.

Sin embargo, el Estado Islámico ha sido capaz de entender que, desde cierto punto de vista, Ben Laden y Al Qaeda tenían razón en una cosa: a la larga Occidente, mientras se sintiera seguro en su casa, acabaría interviniendo para impedir que una organización fundamentalista controlara un territorio rico en recursos petrolíferos. Por eso ha querido mantener en jaque a las sociedades europeas a fin de prevenir cualquier intervención por su parte. Y han ocurrido dos cosas. Por un lado, el atentado contra Charlie Hebdo, aunque provocó la reacción de Francia y el bombardeo de algunos campamentos terroristas, logró su objetivo principal, que la revista dejara de publicar viñetas de Mahoma. Por otro, Rusia, aprovechando el vacío que han dejado los Estados Unidos tras la firma del acuerdo nuclear con Irán, ha intervenido en Siria para defender a su amigo Bashar al Asad. La intervención rusa ha sido contestada con el derribo un avión de esa nacionalidad con más de doscientos pasajeros. Ahora, estos atentados de París, dirigidos contra otra potencia que osó intervenir tímidamente en Siria, no están tanto pensados para castigar nada ni provocar ninguna reacción concreta como para demostrar a todos los europeos tentados de intervenir en Siria y en Irak la realidad de las enormes capacidades logísticas de los terroristas. Quien intervenga allí ya sabe a lo que se expone.

Los norteamericanos se han ido. Privados de su protección, y más allá de los grandes discursos, los europeos tenemos que decidir si queremos postrarnos de rodillas ante los terroristas islámicos o preferimos combatirlos con todas nuestras fuerzas, siendo conscientes de las consecuencias terribles que tendríamos que arrostrar. Está en juego nuestra libertad. Nosotros decidimos.

Europa debe armarse
Pedro de Hoyos  Periodista Digital 15 Noviembre 2015

Por encima de la estúpida ternura de la izquierda, de cierta izquierda, Europa debe armarse. Estas barbaries, Madrid, Nueva York, Londres, París, deben ser achacadas a quienes las cometen y a quienes les preparan. Solo. Pero los conflictos con Oriente Medio tienen un origen remooto en la descolonización… y otro próximo en los múltiples errores cometidos por Occidente en las diferentes primaveras árabes. Parece difícil la conciliación entre Islam y democracia, ¿o es que nuestros líderes están ciegos? Intentamos sustituir dictadores por democracia y tenemos estados fallidos, dominados por los más brutos de cada corral. Libia. Siria. Irak. ¿Por qué no hay democracias “a la occidental” en el mundo árabe?

La culpa no es de Europa, aunque tenga sus responsabilidades, sino de aquellos que ponen las bombas y cargan los fusiles AK 47, la culpa es de quienes habiendo nacido en Francia, EEUU o España no entienden por qué están aquí, para qué ni en qué condiciones. Los terroristas nunca tienen razón, les bastan sus razones. Y Europa tiene que armarse ante ellos.

La eterna izquierda inmadura, ingenua e infantil tiende a repartir culpas, a explicar, disculpar y conceder… Y la sociedad está impregnándose de sus explicaciones y de sus concesiones. Pero el grave problema es que Europa está desarmada. Cuando se repiten tantas barbaries Europa debe armarse.

Debe armarse de reflexiones. ¿Colaborar con Arabia Saudita, puesto que necesitamos escandalosamente su petróleo? ¿Dejar abrir mezquitas cuando el cristianismo no es tolerado en ese país? Debemos plantearnos si preferimos petróleo con atentados o casas frías y ciudades sin coches por falta de petróleo. Evidentemente estamos hablando de elegir entre hacer sacrificios en nuestra sociedad el bienestar o pagar con la vida de doscientos civiles inocentes cada año. De momento. Europa debe preguntarse quién es su aliado. Y en qué condiciones.

Pero Europa debe armarse militarmente, dejarse de complejos, de tener miedo a los ataúdes que vuelvan del capo de combate e intervenir allá donde tiene su origen el problema. ¿Quién alimenta social, militar y económicamente las guerras civiles de Oriente Medio? ¿Con qué dinero?

Pero debe armarse también moralmente. La religión da a estos asesinos moral, coherencia y objetivos; les une. Europa ha abandonado sus raíces culturales cristianas. Es el cristianismo, y la cultura social que de él se desprende, quien ha facilitado la instalación de la democracia, los derechos civiles y, entre ellos, la igualdad de la mujer, algo por descubrir todavía en el mundo musulmán. La decrepitud moral de Occidente tiene numerosas facetas que pasan por nuestro envejecimiento, no se tienen hijos porque no sabemos cómo gobernarlos y porque son un estorbo a nuestra vida cómoda y placentera, o por el descuido y desatención a los ancianos. Son solo elementales ejemplos en los que el mundo musulmán nos gana. Sí, también en fanatismo. Por eso Europa debe armarse, olvidando la estúpida ternura de cierta izquierda meliflua, impresionable y cándida.

Porque la otra posibilidad que queda es armarse... de paciencia.

La Tercera Guerra Mundial llega a Europa
Enrique Navarro Libertad Digital 15 Noviembre 2015

No se puede hacer la guerra en Siria y la fiesta en Europa. Este sería a mi juicio el resumen de la situación que estamos viviendo en Europa y que se ha manifestado una vez más en los atentados de París, en los que ocho terroristas se organizan durante semanas, traspasan la línea Maginot con Kalashnikovs y explosivos, pasan desapercibidos entre una gran comunidad islámica en los países europeos, especialmente en Francia y España, donde la policía continúa atestando golpes al yihadismo, lo que evidencia que disponen de una fuerte estructura radicada en nuestros países, y son capaces de actuar cuándo y como quieren sin que nos quede más reacción que la condena y el cierre de fronteras durante un tiempo para evidenciar que algo se hace hasta que transcurridos unos días la gente supere el trauma y se decida seguir en la fiesta.

Para entender cómo debería ser la respuesta en casa al terrorismo tenemos recordar que, durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos puso a todo su país en estado de guerra y todas las actividades sospechosas de colaboración con el enemigo fueron tratadas en el marco de la ley de la guerra. No se podía combatir a Hitler con el código penal sino con las fortalezas volantes. Cuanto más nos empeñemos en que se existe una alternativa decorosa para vencer a la barbarie, más cerca estaremos de la derrota.

París el mes pasado era una fiesta, no existían muchos controles en las calles ni parecía tratarse de la capital de un estado cuyas tropas están bombardeando al sanguinario Estado Islámico. Sin embargo, los hechos deberían convencer a los gobiernos que ante la amenaza no cabe el apaciguamiento, ya que éste es su mejor alimento. En menos de un mes el Daesh ha asesinado en Bangladesh, gana terreno en Afganistán y en Libia, asesinó a ochenta y cuatro personas en Irak, a noventa y siete en Ankara y a cuarenta y tres en Beirut y derribó el avión ruso en el Sinaí, con 224 muertos. A ello se suman las noticias de decapitaciones masivas de niños, los secuestros de niñas en Nigeria por sus socios y la compleja red de estados y millonarios del petróleo que se consideran los banqueros de los grupos terroristas que nos atacan. Ante esta escalada sin control, ¿cómo nos sorprendemos de lo ocurrido? Qué hemos hecho los occidentales para terminar con el Daesh, además de delegar en Putin el trabajo? Pero con esto no critico lo que está haciendo Vladimir Putin contra el Daesh, que es mucho menos de lo que hace a favor de Asad, sino que no lo haga Europa.

Las amenazas hay que tomárselas muy en serio, especialmente cuando vienen de terroristas que no sólo no tienen miedo a morir sino que se inmolan en nombre de su Dios. Asesinar y golpear en Europa es muy fácil, por eso estoy convencido de que sufriremos nuevos golpes, por mucho que nos blindemos, pero el problema es que ya tenemos la guerra en casa y ahora habrá que hacer algo diferente.

A mi juicio, la inteligencia en Europa hace aguas por todos lados. No es que no tuviera bajo control a ocho terroristas que seguramente han sido entrenados en Siria o Libia y estarían en listados de terroristas; es que tampoco supo predecir el flujo de refugiados ni reconducirlo a tiempo hasta que miles de hombres llegaron andando hasta el corazón de Alemania. Tampoco hemos sido capaces de comprar voluntades en las regiones de origen; ni de acabar con las mafias de la inmigración ilegal, ni de buscar las alianzas políticas. Ni siquiera hemos sabido durante cinco años qué hacer en Siria, y todavía ponemos en plano de igualdad a los terroristas de Hamás y al ejército de un país democrático como Israel.

Nuestra nueva Europa es multicultural, y esto ya no tiene remedio. Nuestros enemigos tienen dónde ocultarse o vivir, en células durmientes, hasta que reciban el mensaje por WhatsApp para iniciar su paseo mortal por cualquier ciudad europea, porque esto con total seguridad va a volver a ocurrir, hasta que no solo se descabece al Daesh, sino a todos los grupos terroristas que buscan atacar a Occidente y a nuestros aliados y a su compleja red de apoyo financiero y religioso.

Podemos seguir en la fiesta o activar el artículo V del Tratado Atlántico y comenzar a dar la vuelta a una situación que creíamos ganada cuando nos fuimos de Irak y de Afganistán, cuando ni nosotros mismos nos creemos que hemos terminado el trabajo. Si van a ser Irán y Rusia quienes resuelvan este problema, pensemos en las consecuencias. Si nos duelen los parisinos, no olvidemos a los niños degollados de forma masiva en Siria o Irak; a los turcos, a los kurdos, a los rusos y a todos los que son víctimas a diario de la barbarie. Tampoco olvidemos que son muchos los europeos que se han sumado a esta red criminal alentados por comunidades radicales que operan en nuestro ámbito de libertades con impunidad. Pero siempre hace falta una catarsis para actuar, y esperemos que éste sea el caso. Si nos vuelven a golpear, que tengamos la seguridad de que no quedan impunes y de que cada golpe se devuelve con más fuerza; para la victoria no hay proporcionalidad que valga.

Ahora los gobiernos deben preparar a los europeos para el estado de guerra, y deberemos durante un tiempo convivir bajo este escenario, hasta que todo se acabe. Nuestra mayor fuerza en esta guerra no va a ser la razón, ni nuestra devoción por la libertad ni nuestro sistema democrático, que a fin de cuentas son despreciados por nuestros enemigos, sino nuestra capacidad de aniquilar al adversario, pero que no nos tiemble el pulso, porque ya estamos en una nueva guerra mundial, muy diferente en cuanto a sus proporciones y medios de las anteriores. Si seguimos desarmando a nuestros ejércitos, promoviendo revoluciones democráticas en el exterior que acaban con millones de desplazados agradecidos de los cambios que impulsamos en sus países, a los que después dejamos a los píes de los caballos de los totalitarios; si persistimos en el buenismo y en el welcome a todo el mundo, iremos en la dirección que quieren los terroristas. España sabemos que no es ajena, como hemos leído en algunos textos reivindicativos de los atentados, a la amenaza, por lo que el gobierno debe resolver pronto los asuntos domésticos para poder dedicar los esfuerzos a la amenaza esencial, a la que puede destruirnos como civilización, y dejarse de templar gaitas.

"Esperadnos"
Rafael L. Bardají Libertad Digital 15 Noviembre 2015

No sé cuánto tardarán nuestros responsables políticos en volver a recordarnos que el islam es una religión de paz y que los yihadistas del Estado Islámico, Al Qaeda, Hezbolá, Hamás, la Yihad Islámica, Boko Haram y tantos otros grupos terroristas no representan su verdadero espíritu. Los seguidores del Estado Islámico han sido mucho más rápidos que ellos: "Cruzados, vamos a por vosotros con rifles y bombas. Esperadnos", rezaba anoche un tuit en árabe de un conocido propagandista del EI. Un popular hashtag con el que los islamistas celebraban anoche los ataques en París rezaba #Parisenllamas.

Hoy, la mayoría de los periódicos, incluso los españoles, editorializan: "Estamos en guerra". En realidad, se trata de una guerra inacabada que empezó hace muchos años. Hay quien sitúa el inicio en 1979, con el ascenso al poder del islamista Jomeini en Irán, o con la toma de La Meca por yihadistas precursores de Al Qaeda. Hay quien lo fija en los ataques del 11-S, ordenados por Ben Laden. Sea como fuere, hace 14 años las televisiones norteamericanas decían lo mismo que los periódicos europeos hoy: "Estamos en guerra". Pero ¿de verdad lo estamos? El presidente Obama ha declarado decenas de veces que ya no, que eso es cosa del pasado. Y millones de personas creen que lo de estar en guerra fue cosa de Bush, Blair y Aznar. Yo diría que nunca nos hemos creído de verdad que estamos en guerra. Nunca hemos creído que el terrorismo, por apocalíptico que pudiera ser, sea distinto a otra actividad criminal y esté relacionado con nuestra defensa; nunca hemos creído que los yihadistas en Siria e Irak representasen una amenaza grave contra nosotros; nunca hemos creído que el Estado Islámico fuese precisamente eso, un Estado islámico.

De hecho, las pobres víctimas de anoche dan fe de que en Europa no se vive el día a día con el ánimo de estar en guerra. Unos disfrutaban de una sin duda merecida cena fuera de casa; oros se deleitaban con un concierto de rock duro; otros querían seguir a sus respectivas selecciones nacionales. Hacían una vida normal. El problema es que otros, mientras tanto, interpretan la normalidad como otra cosa, como traernos la destrucción y el horror.

Habrá quien explique estos ataques como la reacción yihadista a la escalada militar contra el Estado Islámico en Siria. Hollande había autorizado ataques selectivos contra nacionales franceses enrolados en las filas del Estado Islámico, y en unos pocos días pensaba enviar su único portaviones para incrementar sus bombardeos. Y es posible que esta acción se deba en buena medida a eso. Pero sería un grave error creer que sólo y exclusivamente se debe a eso. Cuadra y se enmarca perfectamente en los valores y la ideología del Estado Islámico o de cualquier otro grupo yihadista, pues ven en Europa una sociedad decadente, pervertida, débil y blanda a la que doblegar por la fuerza y el miedo.

En realidad, los ataques yihadistas en Europa –y no sólo los de anoche en París– ponen de relieve que el error no estriba en atacarles allí donde los terroristas se hacen fuertes, sino en no hacerlo a tiempo. Siria es el mejor ejemplo del precio de la inacción. Al Qaeda siempre prefirió golpear en Occidente, el "enemigo lejano", porque echarnos del Oriente Medio era percibido como la condición esencial para poder alcanzar sus objetivos en la región. El Estado Islámico tomó desde sus orígenes un rumbo distinto: erigir el califato de inmediato y concentrarse en la pureza religiosa frente a sus enemigos en el seno del islam. El enemigo exterior podía esperar hasta que estuviera consolidado su poder. La voladura del avión ruso en Sharm el Sheik viene a cambiar este planteamiento y el Estado Islámico pasa a defenderse frente a quienes le atacan directamente en su suelo. París es sólo otro paso en esa dirección. Y habrá más.

En el caso de España, donde el Gobierno decidió apresuradamente contribuir a la coalición internacional con una misión militar de entrenamiento en territorio iraquí, tampoco estamos a salvo. No por no entrar en combate vamos a ser considerados menos enemigos. Es más, España, como bien sabemos, ha aparecido como parte del Estado Islámico en todos sus mapas. Recordemos que, para el islam, una vez se ha sido tierra del Islam, se es para siempre. Y España no es a sus ojos sino la perdida Al Ándalus.

Si el Gobierno decidió por miedo –teniendo vivo el recuerdo del 11-M y el mito del supuesto castigo por Irak– no bombardear al Estado Islámico, más vale que empiece a planteárselo ahora. No por no hacerlo estamos a salvo, al contrario. Mientras sean capaces de seguir amenazándonos porque se consideran un caballo ganador, disfrutarán de un territorio y de su población, y seguiremos en su punto de mira. La inteligencia, por buena que sea, se ha mostrado incapaz de prevenir todos los atentados. Lo de anoche es otro ejemplo de ello.

Es una pena que el día en que estábamos celebrando la eliminación del carnicero John el Yihadista en Raqa tengamos que enterrar a nuestros muertos. Así es la guerra. Pero no acabamos de creérnoslo.

Nos podrán matar, eso es todo
Cristina Losada Libertad Digital 15 Noviembre 2015

Al leer del ataque terrorista en la sala Bataclan, el más mortífero de los perpetrados el viernes por la noche en París, me he retrotraído a otra sala, a otro concierto de rock y a otro lugar.

Estábamos en 2001, poco después de los atentados del 11-S. La sala era mucho más pequeña que la parisina y el concierto lo daba un grupo más modesto que el californiano Eagles of Death Metal. El cantante, entre tema y tema, hacía chistes sobre la caída de las Torres Gemelas y Ben Laden. Todo el mundo reía las ocurrencias. Todo el mundo veía lo sucedido en Nueva York con una enorme distancia y despreocupación. "No nos afecta, no es nuestro problema", decía el eco de los chistes y las risas. Incluso decía algo más sórdido, que hacía repulsivo el distanciamiento: "Los americanos, en el fondo, se lo merecían. ¡Si es que no habían sido ellos! ¿O no era Ben Laden criatura suya?".

No pude seguir allí. Me marché y me marché pensando en la estupidez fundamental de aquellas personas. ¿Cómo no percibían el significado de lo sucedido? ¿Cómo no se daban cuenta de que inevitablemente les afectaba? Aquel terrorismo islamista que había hecho una carnicería en Estados Unidos no atacaba a Estados Unidos solamente, no castigaba solamente a Estados Unidos por tales o cuales actos. Lo que atacaban los yihadistas era nuestra forma de vida. Sus enemigos eran la libertad y la democracia. Todos estábamos amenazados. ¿Cómo no veían que ellos mismos, los que estaban en la sala tomando copas y echando unas risas a cuenta del asesinato de miles de personas, eran prácticamente los primeros a los que se cargarían unos fanáticos islámicos?

Aquella ceguera no la padecían en exclusiva unas docenas de personas reunidas en una sala. Cada día después del 11-S fue confirmando que estábamos ante una huida de la realidad compartida por miles, por millones de personas, en el mundo occidental, democrático, libre. No era fruto de la ignorancia ni era únicamente fruto del miedo, pero era, en todo caso, una ceguera voluntaria. El movimiento contra la guerra de Irak fue la exhibición masiva de aquella temprana y sórdida reacción: "No es nuestro problema". Con el importante añadido: "Ni queremos que lo sea".

En los catorce años transcurridos y a lo largo de la serie de ataques islamistas perpetrados en ese lapso, la tentación de huir de la realidad no ha dejado de presentarse. Lo ha hecho en cada ocasión y lo hará ahora. También, por supuesto, bajo esa forma masoquista de la autoinculpación. Con tal de no afrontar una realidad perturbadora e incómoda, nos hacemos culpables de ella. Porque si somos nosotros los que de verdad, en última instancia, disparamos y ponemos las bombas que matan a nuestros conciudadanos, aún lo podemos arreglar sin arriesgarnos. Porque si el terror islámico es culpa de nuestra mala conducta con los países árabes, de nuestra falta de integración de la población musulmana o de que nuestros gobiernos atacan a los terroristas, entonces cesemos de hacer todo eso, y el terrorismo se acabará.

Tal vez esta gran evasión, que no practica todo el mundo, pero sí muchos, se origine en el espejismo de que la paz, la libertad y la democracia están aseguradas, pueden darse por descontadas, y que no exige nada, ningún esfuerzo, ningún sacrificio, preservarlas. Nunca fue así, no lo es tampoco ahora. No hay que ver enemigos por todas partes, pero hay que ver y combatir a los que lo son. Como hay que saber que si algo alimenta y perpetúa el terrorismo es someterse a él. Cuanto menos se lo quiera provocar, más espacio y más poder adquirirá.

Desde París, como antes desde tantos otros lugares donde el terrorismo parece adueñarse por un instante de nuestro mundo y de nuestras vidas, sólo llega un mensaje que los asesinos deban oír: nuestro mundo, nuestra libertad y nuestras democracias prevalecerán. Podrán matarnos, sí, pero nada más.

Europa en guerra
Kiko Méndez-Monasterio  www.gaceta.es 15 Noviembre 2015

“Guerra” ha dicho Hollande. “Guerra total”, pide Sarkozy. Las explosiones y los disparos han despertado a los pocos ciudadanos europeos que aún compraban el discurso buenista y multicultural, esa amorfa argumentación que todavía pretende convencernos de que son ataques aislados, que no hay que entender el islamismo como un problema, o incluso que los europeos de alguna manera lo tenemos merecido por la política internacional de nuestros gobiernos. Un discurso, por cierto, que todavía sobrevive en España. Aquí resulta espeluznante escuchar a los líderes progresistas en estas horas de conmoción y dolor. Pablo Iglesias afirma que no es momento de venganzas, y lo que quiere decir es que no es tiempo de romper con sus amigos islámicos. Los delirios de los grandes gurús progres de las redes sociales están culpando a Aznar, al trío de las Azores, al capitalismo, a la Iglesia y en cualquier momento nos confesarán que en realidad todo es culpa de Franco o de Hernán Cortés.

Por eso España está ahora más alejada que nunca del grueso de la opinión pública europea. Más allá de los Pirineos ya saben que ha empezado una guerra. Y sus líderes sólo pueden ponerse a la cabeza, como comandantes en jefe, o dejar paso a otros que estén preparados para la gravedad del momento.

Con miserable paciencia, desde hace demasiado tiempo, hemos asistido al horror televisado del Estado Islámico. Algún día alguien tendrá que responder por haber dejado crecer al monstruo, quizá porque temían molestar a los aliados de la zona, esas monarquías islámicas y corruptas que cierran sus fronteras a los refugiados, y que con los mismos petrodólares financian la construcción de mezquitas en suelo europeo y los grandes ejércitos terroristas de la zona.

Desde Gaceta.es –soportando las descalificaciones sectarias del progresismo islamófilo- hemos estado informando del debate sobre el invierno árabe y la avalancha migratoria que ha sufrido Europa. Recogimos las noticias que estaban recorriendo todo el continente: las numerosas voces que exigían una intervención sobre el terreno en Siria e Irak; la denuncia de que entre los llamados refugiados podrían estar entrando centenares de terroristas; el rechazo generalizado –en encuestas y elecciones- de los ciudadanos europeos a la política oficial del “welcome” que abanderó Merkel; y, por último, la rectificación de las grandes cancillerías europeas, que poco a poco han ido dando la razón a Victor Orbán después de haberle tachado de xenófobo y ultra.

Tarde o temprano, cuando se acabe de desmoronar este discurso del buenismo transversal, España también acabará entendiendo la magnitud del problema. En Gaceta.es seguiremos informando con rigor y análisis sobre los que otros callan o minimizan. O sea, sobre la guerra.

Señalar al enemigo
Editorial  www.gaceta.es 15 Noviembre 2015

No estamos ante un problema de orden público. Estamos ante una guerra. Ciertamente, una guerra distinta, ajena al marco convencional de naciones y territorios, pero guerra al cabo, porque he aquí a un enemigo dispuesto a aniquilarnos sin cuartel. Todo el problema reposa sobre la identificación de ese enemigo. O más exactamente, sobre la incapacidad de Europa para llamarlo por su nombre.

Los criminales de París no han perpetrado esta matanza simplemente porque sean unos asesinos. Se han convertido en asesinos porque son musulmanes, y porque han sido adoctrinados en la idea de que para ser un buen musulmán hay que matar al infiel. Por supuesto que la mayoría de los musulmanes no comparte esta idea, pero eso, por desgracia, importa poco. Podemos repetir una y otra vez, año tras año, después de cada matanza, que el problema no es el islam, sino el terrorismo yihadista, pero el hecho objetivo es que el islam, una y otra vez, año tras año, genera terrorismo yihadista, y el fenómeno no cesa de crecer. Aún más grave: no cesa de crecer precisamente entre las comunidades musulmanas que residen en Europa. Pero Europa sigue cerrando los ojos.

¿El enemigo? Todo el mundo sabe quién es y nadie entre nuestros mandamases quiere aceptarlo. El enemigo es el islamismo que crece sin tregua en tierra de Europa. Las comunidades musulmanas residentes en nuestro suelo se han ido poblando de individuos -y grupos- cada vez más radicalizados. Todos los especialistas en la materia coinciden en señalar las causas: el mecenazgo saudí –wahabista- de innumerables mezquitas en Europa, que difunde una interpretación fundamentalista del islam; la explosión de la inmigración musulmana en los últimos quince años, que ha configurado en nuestras comunidades una realidad social específica, con identidad propia, que no se reconoce en el marco de convivencia autóctono; las convulsiones que el propio islam vive a partir del “revival” del yihadismo (desde los Hermanos Musulmanes hasta Al Qaeda y, hoy, el Estado Islámico), convulsiones que llegan a Europa provocando una radicalización victimista de las comunidades islámicas. Esa radicalización no provoca automáticamente la aparición de terroristas, pero sí crea un caldo de cultivo adecuado para que surjan predisposiciones violentas y, sobre todo, para que el resto de la comunidad musulmana comprenda, justifique e incluso disculpe el terrorismo. Mata uno, sí. Pero le ayudan diez. Y lo consienten cien. Y callan mil. Y mejor no pensar en el número de los que, secretamente, aplauden al asesino.

Los servicios policiales de Francia, Italia, España o el Reino Unido llevan años desarticulando redes islamistas. La última, por cierto, muy numerosa, en la propia Francia. Donde, por otro lado, se suceden todos los días –todos- incidentes violentos protagonizados por jóvenes de origen musulmán en los barrios periféricos de las grandes ciudades. Con frecuencia se dice que estos incidentes, así como la radicalización evidente de los musulmanes europeos más jóvenes, son producto de la falta de ayuda social y de la insuficiente política de integración. Falso de toda falsedad: nunca ha gastado más Europa en ayudas sociales, normalmente puros subsidios a cambio de nada, y en servicios de integración. Pero no puede esperarse integración de quien no quiere integrarse, ni reciprocidad de quien no reconoce la autoridad de quien concede el subsidio. Al revés, esa política sólo está conduciendo a enquistar el problema.

El islam no es una religión en sentido estricto. Es también una ideología política, porque en él son indisociables lo político y lo religioso. A esa religión política le ha crecido una poderosa rama radical que ha declarado la guerra a todo lo que no sea islam, o sea, a nosotros. ¿Contramedidas? Ante todo: exigir a las comunidades musulmanas residentes en Europa una colaboración activa en el desmantelamiento de las redes yihadistas, so amenaza de expulsión en caso contrario. Además, frenar la extensión del islamismo en nuestro suelo, lo cual pasa inevitablemente por limitar tanto la expansión religiosa del islam como la llegada de nuevos inmigrantes. Y más al fondo, recuperar la identidad real de las sociedades europeas, porque mal puede hacerse frente a un enemigo si uno mismo no sabe quién es. Pero todo esto es exactamente lo que los poderosos de Europa no quieren hacer. Prefieren mantener su “buena conciencia”, su confortable imagen de "tolerancia progresista". Aunque sea sobre una pila de cadáveres europeos.

Una guerra que es de toda Europa
Editorial La Razon 15 Noviembre 2015

París vivió la noche del pasado viernes lo que los servicios de Información franceses consideraban el peor escenario terrorista posible:un ataque combinado, llevado a cabo por combatientes entrenados en el campo de batalla sirio y contra varios objetivos simultáneos. Podrá aducirse que las Fuerzas de Seguridad galas, que se hallaban en alerta máxima desde el pasado mes de enero, podrían haber protegido mejor uno de los blancos elegidos por los asesinos, la sala de fiestas Bataclan, que había sido reiteradamente señalada por los islamistas por su vinculación con la comunidad judía y con Israel, pero, en estos momentos, es una consideración que carece de importancia.

Lo único cierto es que la capital de Francia, «la Ciudad de la Luz» que ha irradiado los principios de la libertad a todo el mundo occidental, ha sido objeto de una acción de guerra por parte de una entidad política asentada en un amplio territorio, sobre el que ejerce soberanía plena, por más ilegítimo que sea su origen, y que se erige en gobierno de quienes allí habitan. Una entidad, como es notorio, que va mucho más allá de un grupo terrorista al uso, por cuanto dispone de un sistema fiscal propio, de un ejército, de una administración de justicia y de una organización territorial. Es decir, un Estado Islámico – el autodenominado Califato– que ha declarado la guerra a Occidente y que distingue con especial saña a Francia.

Ante estas circunstancias, no queda otra opción que responder con la fuerza de las armas, no por una inútil pasión vengativa, sino como expresión del derecho a la legítima defensa que asiste al mundo libre. Porque la matanza execrable provocada por los terroristas del Dáesh en el corazón de París, con el inenarrable horror del asesinato a sangre fría de los rehenes de la sala Bataclan y los ametrallamientos indiscriminados de las pacíficas gentes que disfrutaban de la noche parisina en veladores y terrazas, supone un punto de inflexión en el desafío terrorista, como lo fue el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, con sus trágicas réplicas en Madrid y Londres, que no puede quedar sin respuesta y que, sobre todo, ya no admite planteamientos estratégicos que trasladan la responsabilidad del combate a terceros actores regionales y que no son más que excusas con las que la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea justifican su pasividad.

Por supuesto, no es posible obviar que se trata de una guerra que se libra en dos frentes. Un frente interno, en el que se da una razonable colaboración entre las Fuerzas de Seguridad y los Servicios de Información europeos, y que tiene fortalezas, como la eficacia desmostrada hasta ahora por los servicios antiterroristas españoles que han abortado los últimos intentos yihadistas, pero que presenta también debilidades, especialmente en aquellos países, como Francia y Bélgica, donde existen nutridas comunidades islámicas con dificultades de integración y amplios sectores de jóvenes sin perspectivas de futuro, que son el mejor caladero de los terroristas.

Prácticamente todos los ataques yihadistas que se han producido en Europa en el último lustro, incluidos los del pasado viernes, los han llevado a cabo musulmanes nacidos y criados en las mismas calles donde, luego, siembran el terror. Jóvenes captados, entrenados y armados por el Dáesh, en una cantera que parece inagotable. Existe consenso en la Unión Europea en la necesidad de reforzar la capacidad de defensa del frente interno mediante el incremento de las medidas de control transfronterizas, intercambio de información sensible, listas compartidas de sospechosos –sólo en Francia, más de tres mil presuntos individuos están fichados por vinculaciones con el islamismo radical– e intensificación de la vigilancia de las redes sociales.

Pero, como decíamos al principio, ya no es posible mirar para otro lado cuando se plantea que también existe un frente externo –el territorio donde opera un estado terrorista– al que es imperativo atacar, si se quiere acabar con una lacra que está llenando de luto y dolor a miles de familias, no sólo de Europa, sino de Siria, Irak, Somalia, Afganistán y Egipto. La sola intervención aérea occidental en apoyo de problemáticos, por diversos, aliados regionales, como los kurdos, los yazidíes o el Gobierno chií de Bagdad, se está demostrando ineficaz. Ha llegado el momento de que la Unión Europea, preferiblemente en coordinación con los Estados Unidos, se decida a enviar tropas sobre el terreno que expulsen a los yihadistas de sus baluartes y devuelvan la seguridad a unos ciudadanos que viven en su mayoría en calidad de rehenes. La guerra que se está librando concierne a toda Europa y no sólo a quienes sufren directamente los zarpazos del terror. Nos asiste el derecho de la legítima defensa y nos reclama el deber de acabar con uno de los totalitarismos más crueles que ha dado el siglo XXI.

La peor pesadilla
Se impone destruir a ese engendro surgido de las tinieblas del medievo con técnicas informáticas del siglo XXI que llamamos Estado Islámico
Jorge Dezcallar El Confidencial 15 Noviembre 2015

Es lo que aconteció anoche en París. Una masacre indiscriminada de más de un centenar de personas como usted y como yo que disfrutaban pacíficamente de la noche de un viernes primaveral en pleno otoño, en un descanso bien ganado tras una semana de trabajo. Varios atentados terroristas llevados a cabo en lugares diferentes, restaurantes, bares y una sala de fiestas no muy alejados entre sí, y ejecutados de forma simultánea. El partido de fútbol Francia-Alemania se vio afecto por el estallido de bombas cerca del Estadio de Francia mientras el presidente Hollande era evacuado y el público asistente, reunido sobre el césped, cantaba la Marsellesa. Ventajas de tener un himno nacional compartido y con letra.

El presidente Hollande ya ha señalado al Estado Islámico (Daesh) como autor, que posteriormente ha reivindicado la autoría de los atentados. El Daesh es una escisión de Al Qaeda iniciada en 2003 en Iraq por Al Zarkaui, que poco más tarde sería muerto por un dron americano. Hoy ambas organizaciones están enfrentadas a muerte y separadas por profundas diferencias tanto ideológicas como tácticas hasta el punto de que el órgano oficial de la milicia siria Al Nusra, filial de Al Qaeda, anima públicamente al asesinato del líder del Daesh, el autoproclamado califa Al Bagdadi.

Al Qaeda era hasta ahora la mayor inspiradora de ataques terroristas en Occidente, al que culpa de mantener a dictadores árabes y de extender por el mundo un pernicioso laicismo y una influencia cultural impregnada de valores que poco o nada tienen que ver con el Islam. Hasta Al Qaeda cabe rastrear atentados recientes como el de la maratón de Boston o el llevado a cabo el pasado mes de enero contra la revista satírica Charlie Hebdo, en un lugar muy cercano a los atentados de ayer, y que provocó 12 muertos y la condena universal por lo que además implicaba de atentado contra la libertad de expresión. Igual que ocurrió en Copenhague o antes con el asesinato de cineasta holandés Theo Van Gogh, en una línea que remonta a la fatwa de Jomeini contra Salman Rushdie, acusado de blasfemia tras escribir "Versos Satánicos". Los mismos atentados de Nueva York y Washington de 2001 y de Madrid de 2004 muestran diferentes grados de relación con Al Qaeda.

Por contra, el Daesh despreciaba esta línea de acción y prefería concentrarse en la creación del reino de Dios en la tierra, la edificación de un Estado Islámico donde revivir la pureza y las costumbres del Islam primitivo, el de los tiempos del Profeta, regido por la ley islámica (Charía) y dirigido por un Califa que pretende tener potestad espiritual y temporal sobre todos los musulmanes del planeta. Según ellos, el Daesh acabará conquistando Estambul (la Roma de oriente) y después será derrotado y su sacrificio traerá el fin del mundo. El Estado Islámico ha aprovechado inteligentemente el vacío de poder provocado por la invasión americana de Iraq y las revueltas inducidas en Siria por las esperanzas de libertad alumbradas por la Primavera Árabe, para "liberar" un territorio similar a media España sobre el que ha impuesto su yugo y su peculiar visión del mundo que incluye desde la forma de vestir hasta restaurar prácticas antiguas como la crucifixión o la esclavitud. Sus fuentes de ingresos se basan en la venta de petróleo, los impuestos, el rescate por los cautivos que toman y la venta de las antigüedades que no destruyen.

Mientras Al Qaeda, bajo el liderazgo poco carismático de Al Zawahiri, sucesor de Bin Laden, parece algo anticuada y a la defensiva aunque manteniendo sus franquicias allí donde las tenía (Iraq, Siria, Península Arábiga, Magreb, Somalia), los jóvenes se sienten hoy más atraídos por la violencia, la acción y el sentido de pertenencia y de dignidad que les ofrece el Daesh y que resulta muy atractivo para gentes inadaptadas o marginadas a las que la vida ofrece pocas posibilidades. Por eso se extiende hasta Libia, donde tiene una base territorial cerca de Bengazi, y hasta Nigeria donde el Boko Haram ha prestado juramento de lealtad al califa. El atractivo del Estado Islámico es grande también para jóvenes de segunda o tercera generación de familias musulmanas emigradas a Europa y con graves crisis de identidad y las Fuerzas de Seguridad de nuestros países no paran de desarticular redes de reclutamiento. Hay que tener en cuenta que el Daesh puede tener una visión medieval del mundo pero utiliza con gran maestría las redes sociales y sus videos incorporan las últimas técnicas y referencias subliminales a los videojuegos de mayor difusión entre su clientela-objetivo. Gracias a ello se calcula que recluta unos 3000 combatientes mensualmente lo que le permite reponer con comodidad las bajas que sufre. Algunos de estos jóvenes, hombres pero también algunas mujeres, proceden de Europa y regresan luego muy radicalizados y con un entrenamiento militar que les convierte en terribles máquinas de matar.

Hollande ha dicho que los atentados de ayer "se organizaron en el exterior, con cómplices internos". Algo parecido sucedió en Madrid donde la inspiración del propio Osama Bin Laden animó a un grupo autóctono con incrustaciones de combatientes que habían huido de la represión marroquí posterior a los atentados de Casablanca de un año antes. Estas células locales de gente aparentemente bien integradas son las más difíciles de detectar, como sucede con los llamados "lobos solitarios" que últimamente parecen ceder el lugar a células suficientemente coordinadas entre si como para ser capaces de actuar simultáneamente en varios lugares diferentes. Pesadillas con diferentes grados de intensidad y que plantean problemas evidentes de seguridad con vistas a la Cumbre sobre el Clima que está convocada a fin de mes en París con asistencia de más de un centenar de jefes de Estado y de Gobierno. Otra pesadilla para los responsables de la seguridad gala.

Es muy probable que el Daesh haya cambiado de estrategia últimamente para buscar objetivos fuera del campo de batalla sirio-iraquí entre aquellos países que le atacan físicamente y le bombardean. Eso explicaría los sangrientos atentados contra los pacíficos manifestantes kurdos de Ankara, contra la mezquita chiíta de Hizbollah en Líbano, contra el avión ruso sobre el desierto de Sinaí (si se confirma que fue destruido por una bomba en su interior) y por los actuales ataques de París. Turquía, Hizbollah, Rusia y Francia son muy activos en la lucha contra el Estado Islámico. Pero no son los únicos.

Si el 11-S todos éramos americanos, el 11-M éramos madrileños y todos éramos Charlie el pasado enero, es el momento de sentirnos todos parisinos. Les ha tocado a ellos como podía habernos tocado a cualquiera de nosotros porque lo intentan y son constantes los atentados en embrión o en proyecto que detectan y desarticulan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Y cuando alguno no se descubre, sucede lo que ayer en París. En una sociedad libre es imposible vigilarlo todo todo el tiempo porque se convertiría en un estado policiaco. Hoy se impone nuestra solidaridad con nuestros hermanos franceses atacados por la crueldad sin sentido del terrorismo, mientras extremamos nuestras propias medidas de vigilancia enfrentando el viejo reto de conciliar la defensa del estado y la seguridad ciudadana con el respeto de los derechos y libertades individuales.

La base no puede ser otra que mejorar la coordinación interna de todos los que luchan contra el terrorismo y la cooperación internacional con los países amigos. Al terrorismo hay que derrotarlo fuera porque si lo esperamos dentro aumentan las posibilidades de llegar tarde y por eso se impone destruir a ese engendro surgido de las tinieblas del medievo con técnicas informáticas del siglo XXI que llamamos Estado Islámico, algo que es tarea de todos pues a todos amenaza la sinrazón del terrorismo nihilista. Y si alguien piensa que esto a España le queda lejos, que recuerde el 11-M o que mire en un mapa dónde se encuentra Libia.

El horror de París empieza aquí: “¡Doctor Weizmann, es un niño!”
Hace casi un siglo, con la caída del imperio otomano, Mesopotamia entró en la historia del terrorismo. Desde entonces, todo ha ido a peor. La región es un polvorín tras el Acuerdo Sykes-Picot
Carlos Sánchez El Confidencial 15 Noviembre 2015

El 31 de octubre de 1917, sir Mark Sykes, un experimentado militar y diplomático británico, abandonó de forma precipitada el gabinete de guerra para informar al líder sionista Chaim Weizmann de un hecho que a la postre entraría en la Historia. Se acababa de aprobar la Declaración Balfour, y Weizmann, que aguardaba impaciente en un salón contiguo del despacho de Whitehall, oyó decir al coronel Sykes de forma un tanto atropellada: “¡Doctor Weizmann, es un niño!”.

Aquel niño ha cumplido casi un siglo, pero hoy sigue siendo el principal foco de tensión mundial. La Declaración Balfour, que suponía el reconocimiento de la comunidad judía en territorio de Palestina, no era más que el último ejemplo de una larga serie de planes de partición del imperio otomano, de los que formaban parte el Acuerdo de Constantinopla, la correspondencia Husayn-McMahon de 1915 y, sobre todo, el Acuerdo Sykes-Picot, que hace mención, precisamente, a quien comunicó la buena nueva a Weizmann.

Charles François George-Picot, el otro firmante del acuerdo (tío-abuelo de Valéry Giscard d’Estaing), era un veterano diplomático -antiguo cónsul general en Beirut- que defendía los intereses de Francia, obsesionada con disponer de una fuerte presencia en Siria, lo que explica la creación artificial de Líbano, un protectorado francés hasta 1943, para tener salida al Mediterráneo.

Muchos historiadores han denunciado por arbitrario el Acuerdo Sykes-Picot, origen de un conflicto que ha tenido este fin de semana un nuevo episodio

El acuerdo Sykes-Picot, al contrario que la Declaración Balfour, que se publicó en la prensa británica “sin tapujos” a través de una comunicación enviada a Lord Rothschild, como sostiene el historiador Eugene Rogan, era secreto, y suponía que París y Londres, traicionando a los árabes -que se habían levantado contra el decadente imperio otomano-, se repartirían al final de la Gran Guerra zonas estratégicas de la antigua Mesopotamia. Rusia -el otro miembro de la Triple Entente- aceptó el plan a cambio de extender su hegemonía hacia Estambul y los estrechos del Bósforo y los Dardanelos.

El doble juego de franceses y británicos prometiendo soberanía sobre un mismo territorio a árabes y judíos (con el visto bueno de Rusia) hizo que se repartieran las tierras que el jerife Husayn reclamaba para el futuro reino de Arabia, y eso ha llevado a muchos historiadores a denunciar por arbitrario el Acuerdo Sykes-Picot, origen de un conflicto que ha tenido este fin de semana un nuevo y sangriento episodio.

Internacionalizar el conflicto
No es casualidad, por ello, que los terroristas golpeen al estado francés con especial dureza. Fue en París donde se celebró el primer Congreso Nacional Árabe (1913), y fue Francia quien acabó por las bravas con la efímera Siria que nació tras la Primera Guerra Mundial, lo que explica la estrategia terrorista del fantasmagórico Estado Islámico, cuya intención es internacionalizar el conflicto árabe. Y no parece casual que los siete atentados se hayan producido unos días antes de que vaya a partir hacia el Golfo Pérsico el portaviones nuclear Charles de Gaulle para bombardear posiciones terroristas. Francia es, igualmente, quien se está enfrentando a la barbarie en el norte de Mali y la zona del Sahel.

Ahora bien, Francia no es más que uno de los protagonistas de esta historia. El repugnante Estado Islámico es heredero directo del desorden geoestratégico que creó la invasión de Irak, que acabó creando un ejército de parias de la secta suní que ha vagado por la zona durante una década, y que al final ha cristalizado en milicianos fanatizados que ven en la yihad su razón de ser. Un fructífero campo de cultivo que explica la proliferación de grupos terroristas, como los muyahidines de Al-Nusra, la franquicia de Al Qaeda en la zona.

Lo de ejército no es una licencia literaria. El gobierno de Nuri al-Maliki -un títere al servicio de EEUU- fue el que expulsó de las instituciones a los sunitas y disolvió el ejército y la policía del tirano Sadam Huseim, y eso hizo que aquellos oficiales acabaran errando con armas y pertrechos por el norte de Irak hasta constituir los cimientos de lo que hoy es el núcleo terrorista: exmilitares bien formados y curtidos en años de guerra contra Irán que se financian, fundamentalmente, con el contrabando de petróleo.

El papel de los servicios secretos turcos no es ajeno a este proceso. Un buen número de expertos siempre ha sostenido que Estambul -rival histórico de Siria e Irak- proporcionó inicialmente armas y financiación al Estado Islámico (como hizo EEUU con los talibán en Afganistan para combatir con la Unión Soviética) para asegurarse de que sus fronteras, por donde deambulan los kurdos, no fueran asaltadas. Al final, el monstruo fue ganando tamaño y desde hace meses Turquía colabora con EEUU y Francia en los ataques. No es desde luego casualidad la fuerte presencia del estado islámico en Alepo (segunda ciudad siria), situada muy cerca de la frontera de Turquía.

Los sátrapas del Golfo
Los países del Golfo, encabezados por Arabia Saudí, no son ajenos a este conflicto. Son sunitas y han financiado -desde luego doctrinalmente- el resurgimiento de una interpretación fanática del islam, lo que explica su aversión a implicarse en el conflicto pese a que históricamente los sátrapas de Riad siempre han competido con Irán (chiíta) por la hegemonía en Mesopotamia. Entre otras cosas porque sus petrodólares limitan la capacidad de presión de Occidente para que las monarquías árabes se impliquen en el conflicto en son de paz, no para financiar el terrorismo. Por el contrario, lo que hacen es llevarlo lejos de sus fronteras (Libia o Siria).

Ni Francia ni Reino Unido están en condiciones de presionar a los saudís porque la cartera de negocios de sus empresas -compañías de ingeniería o constructoras- procede en buena medida de los países del Golfo, hacia donde debían dirigirse -y no lo hacen porque serían aniquilados- las columnas de refugiados que huyen de Siria del horror de la guerra.

Es en este escenario en el que la internacionalización del conflicto juega un papel fundamental. Algo que se puede observar de forma nítida tras el doble atentado en Beirut -43 muertos- dirigido al corazón de un barrio controlado por los terroristas de Hizbulá, las milicias chiís aliadas de Siria y, sobre todo, de Irán. Entre otras cosas, porque los terroristas saben, como sostenía recientemente un profesor israelí, que existe una ausencia de información de buena calidad sobre el Estado Islámico por parte de los organismos de seguridad de los Estados europeos, que deben controlar, además, una gran extensión geográfica con sistemas políticos muy diversos.

Todo se hace con un objetivo, sacar el conflicto de las fronteras de Irak y Siria para extenderlo por toda la región, en un primer momento, y más a largo plazo por otros continentes (Europa o el norte de África). Al fin y al cabo, el fanatismo terrorista se enfrenta al conflicto como una guerra contra los infieles. Y la religión, en este sentido, no conoce fronteras, sobre todo cuando hay 1.500 millones de musulmanes en el mundo.

La internacionalización del conflicto pasa necesariamente por seguir expulsando refugiados con dirección Europa, lo que explica que sea precisamente Oriente Medio donde más atentados se producen, muchos más que en Europa y, por supuesto, mucho más sangrientos.

Los terroristas saben que esta diáspora provocará contradicciones internas en muchos países acomodados recelosos de recibir a pobres inmigrantes que aceptarán cualquier empleo por bajos salarios y que disputarán las prestaciones sociales. Y el hecho de que se haya descubierto que uno de los terroristas que han actuado en París llegó a la UE a través de Grecia no es más que la demostración de esa estrategia. Al golpear precisamente a Francia, además, se consigue que dos fuerzas políticas compitan por atraerse el voto de muchos ciudadanos inquietos: el partido de Marine Le Pen y, no hay que olvidarlo, la nueva formación de Sarkozy, cuyos caladeros electorales son en la actualidad muy parecidos.

Un conflicto en las entrañas de la vieja Europa sería la mejor noticia para el yihadismo, que utiliza a los refugiados como rehenes de su propia estrategia. Fundamentalmente, por la ausencia de una diplomacia de gran alcance -Obama mira para otro lado como si el liderazgo mundial no fuera con él- para minar el Estado Islámico. Los teóricos aliados contra el Estado Isámico (o Daesh, como se prefiera), incluso, han tenido que ponerse de acuerdo para no hacerse daño en el campo de batalla (visita de Netanyahu a Putin para evitar ataques involuntarios).

Putin, de hecho, es el único que tiene una estrategia definida sobre la zona al no contar con ninguna de las restricciones que tienen los gobiernos europeos, maniatados por sus opiniones públicas, y que no quieren saber nada de nuevas invasiones tras el desastre de Irak.

Cuenta con la ventaja de que Bashar al-Asad (a quien dejará caer cuando le convenga) le ha dado su amparo para intervenir militarmente, por lo que no necesita a Naciones Unidas; pero, sobre todo, tiene un argumento de peso que esgrime con frecuencia a su población: el Estado Islámico es una amenaza para las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso sur, por lo que cualquier intervención siempre será en defensa propia. Exactamente igual que ahora esgrime Francia para intervenir contra el Estado Islámico tras la bestialidad de París.

El niño que nació del matrimonio Sykes-Picot, como se ve, tiene larga vida. Lo que mal empieza, mal acaba, que diría un castizo. Ha pasado casi un siglo desde que en noviembre de 1919 los británicos daban la orden a su ejército de que se retirara de Siria para dejar paso a un régimen militar francés. El Congreso General Sirio, un organismo electo formado por los árabes, respondió a este gesto declarando la independencia. El envío del ejército colonial francés acampado en Líbano fue la lacónica respuesta. Hoy eso no es posible. ¿O sí?

Contra el Estado Islámico no cabe el apaciguamiento
Editorial El Espanol 15 Noviembre 2015

El salto cualitativo que suponen los atentados de París quedó este sábado de manifiesto cuando tanto el atacante como el atacado describieron lo ocurrido en los términos propios de un conflicto militar. Según el comunicado del Estado Islámico, "soldados del califato han tomado la capital de las abominaciones y la perversión que porta la señal de la cruz en Europa". Según el presidente Hollande, se ha tratado de "un acto de guerra cometido por un ejército terrorista".

Más allá de la extravagancia, adobada con música rapera, de señalar a París como referencia a la vez del libertinaje y la religiosidad cristiana, el texto del Estado Islámico señala el éxito de una acción bélica. Y más allá de la exageración de llamar "ejército" a las fuerzas irregulares amalgamadas por los fundamentalistas, la comparecencia del presidente de la República implica el reconocimiento de un revés en el contexto de una contienda abierta.

De hecho el Estado Islámico vincula la matanza con los ataques de la aviación francesa a sus posiciones en Siria y advierte a los gobernantes galos de que "el olor a muerte no los va a abandonar mientras lideren esa cruzada". Hollande y el gobierno de Valls se encuentran pues ante la disyuntiva de dar un paso atrás en el empeño internacional por desalojar a los fanáticos degolladores del territorio que controlan en Oriente Medio o asumir el riesgo de nuevas masacres de civiles, toda vez que, atentados como estos son, en boca de la propia inteligencia francesa, "tan predecibles como imposibles de evitar".

No es la primera vez que alguien se enfrenta al dilema entre una política de apaciguamiento frente a un enemigo feroz y la opción de combatirle con todas las consecuencias. Bien notorio es que Chamberlain eligió el primer camino ante los nazis y que Churchill hubo de recurrir al segundo cuando al deshonor le siguió, inexorable, la guerra que se pretendía evitar, pero si algo no caracteriza a las actuales democracias europeas -y probablemente sea para bien- es el ardor guerrero.
Apóstoles comprensivos

Como era de prever los debates televisivos y radiofónicos se han poblado en las últimas horas tanto en Francia como en España de apóstoles del apaciguamiento que sacan a colación argumentos tan peregrinos como la situación de marginalidad en las periferias de las grandes ciudades, la hostilidad hacia los inmigrantes magrebíes o los abusos de los imperios coloniales del pasado. Si el propio Papa Francisco se mostró comprensivo con los asesinos de Charlie Hebdo porque les habían "mentado a la madre", no es de extrañar que personalidades menos santas encuentren siempre vericuetos para culpar a las democracias de las agresiones del totalitarismo.

Pero la cuestión no es ahora si esa actitud buenista, que siempre implica poner no la otra mejilla sino la mejilla de otro para que se la rompan a él, es en abstracto una sana manera de encarar la vida, sino si en el presente conflicto es inteligente y conveniente hacerlo. Por eso son tan importantes las coordenadas reales del problema.

Hay que intensificar los mecanismos de seguridad interior, el control de las fronteras y la coordinación entre los servicios de seguridad de los países aliados frente al terror. Es decir, hay que cuidar la retaguardia mientras se prepara la vanguardia.

A diferencia de lo que ocurría con Al Qaeda, el Estado Islámico no es una organización secreta con inaprensibles tentáculos extendidos por el mundo. Aunque no tenga reconocimiento internacional alguno, su mismo nombre indica que se trata de una entidad con pretensiones de institucionalidad y nadie discute que domina un amplio territorio en Siria e Irak que incluye lugares emblemáticos como Mosul, Faluya o Palmira e incluso cuenta con una capital como Raqa desde la que aplica la más despiadada y criminal versión de la sharia.

Tenga o no la condición de "ejército", el Estado Islámico controla ya un contingente armado suficiente como para hacer frente a las fuerzas de los gobiernos sirio e iraquí y aguantar los bombardeos aliados. Y lo más grave es que su yihad se ha convertido en un banderín de enganche en todo el mundo y en especial entre los sectores radicalizados de los musulmanes residentes en Europa. Por inaudito que parezca el flujo de ingleses, franceses o españoles de ambos sexos dispuestos a participar en esa "guerra santa" en pos de un nuevo califato más grato a los ojos de Alá es un fenómeno creciente e implica el grave peligro del retorno de combatientes, adoctrinados en el radicalismo e instruidos en el terrorismo.

Atajar el peligro
A medio y largo plazo sólo el diálogo entre civilizaciones y la solidaridad universal harán del nuestro un mundo mejor pero entre tanto eso sucede más les valdría a los gobiernos democráticos atajar cuanto antes el peligro inmediato que les amenaza. Mientras Hitler escondía sus delirios imperiales asegurando que sólo trataba de dotar a Alemana de fronteras seguras dentro de su "espacio vital", el Estado Islámico ni siquiera oculta que su propósito es poner a la humanidad entera mirando a la Meca de la forma más tiránica que imaginarse pueda.

Está muy lejos de conseguirlo pero mientras no se extirpe de raíz su creciente base de poder, veremos reproducirse episodios como los de este fin de semana sangriento en París. Y puesto que el camino no es expulsar a la población musulmana -como le gustaría al Frente Nacional-, sino integrarla, ni tampoco impedir la llegada de refugiados -entre los que siempre puede colarse un terrorista, como puede haber ocurrido-, no hay otra salida que hacer honor al lenguaje de Hollande y planificar una ofensiva militar en toda regla que sepulte a los fanáticos del Estado Islámico entre las ruinas que han hollado. El apaciguamiento sólo tiene sentido ante quien considera la paz un valor compartible. Si alguien hace de la guerra su misma razón de ser, sólo cabe responderle y someterle a la impotencia con la guerra.

El fundamento político-religioso de la yihad en el islam
José Javier Esparza  www.gaceta.es 15 Noviembre 2015

“Como la expansión de la fe va acompañada de la dominación política, y viceversa, la guerra se convierte en el instrumento privilegiado del islam. Guerra, ¿contra quién? Contra todos aquellos que no acepten la palabra del profeta, y es importante insistir en la precisión. Alá es misericordioso, sí, pero sólo con los que se han convertido, es decir, los que se han sometido a él. Con los demás no hay misericordia que valga. “Cuando hayan pasado los meses sagrados –ordena el Corán- matad a los idólatras dondequiera les halléis, capturadles, cercadles y tendedles emboscadas en todo lugar, pero si se arrepienten [y aceptan el Islam], cumplen con la oración prescrita y pagan el Zakât dejadles en paz. Ciertamente Allah es Absolvedor, Misericordioso” (sura 9:5). “¡Oh, creyentes! Combatid a aquellos incrédulos que habitan alrededor vuestro, y que comprueben vuestra severidad. Y sabed que Allah está con los piadosos” (sura 9:123).

Para que se entienda todo, hay que recordar que los “idólatras” de los que habla el islam, también llamados “asociadores”, son todos aquellos que asocian a Dios con otra figura, ya sea un hijo encarnado, como los cristianos, o ya simplemente con imágenes. El saudí Ab dar-Rahman ibn Nasir as-Sa’di, en su Explicación del Corán, apostilla que esta aleya “anima o permite a los musulmanes a hacer Al Yihad, perseguir, atacar y matar a los incrédulos; judíos y cristianos y a todos aquellos quienes no practican la religión verdadera”. As-Sa’di no es un autor medieval: murió en 1956 y está considerado como uno de los grandes hermeneutas de la escuela Hanbali, una de las cuatro escuelas ortodoxas del islam suní. Y cabe añadir que estas prescripciones de combate no son episódicas, fruto de las circunstancias, sino que desde el primer momento se convierten en obligaciones religiosas de todo musulmán para con su comunidad: “Salid a combatir sea cual fuere vuestra condición. Contribuid por la causa de Allah con vuestros bienes y luchad” (sura 9:41).

Y bien: ¿Esto es la “guerra santa”? ¿Esto es la famosa “yihad”? En realidad, sí y no. Ambas cosas a la vez y sin contradicción, por paradójico que parezca.La yihad (que, por cierto, es sustantivo masculino: Al Yihad, جهاد) implica combate. No es exacto decir que sea el sexto pilar del islam –sólo una minoría de los intérpretes sostiene tal cosa-, pero en todo caso sí es una obligación importante para los musulmanes. Ahora bien, hay una larga polémica acerca del uso del concepto, que a juicio de muchos comentaristas autorizados ha de considerarse como un imperativo de tipo espiritual, no material. En el Corán, el término yihad se usa generalmente con el significado de “lucha” o “esfuerzo”, rara vez como “combate”; para este último sentido es más corriente encontrar la palabra qital. No es posible decir, con el Corán en la mano, que yihad quiere decir unívocamente “guerra santa”. Sin embargo, es un hecho que la interpretación posterior en el mundo musulmán le ha adherido innumerables veces ese significado. Y la jurisprudencia islámica posterior siempre ha relacionado el término “yihad” con la “guerra justa”, que, en su visión de las cosas, es la que se ejecuta contra los no creyentes, los apóstatas, los rebeldes, los ladrones de camino y los insumisos a la autoridad del Islam. Por cierto que esa “guerra justa”, en la jurisprudencia tradicional, no es sólo la guerra defensiva, sino también la expansiva, y no ciertamente para convertir por la fuerza a los vencidos, pero sí para someterlos al poder del islam, que es el único legítimo en tanto que sólo él traduce la palabra definitiva de Dios. De manera que hay un vínculo implícito entre el término yihad y el concepto de guerra de religión, por mucho que el Corán no identifique inequívocamente ambas cosas.

Hay que recordar que la fe musulmana no se basa sólo en el Corán, sino también en la sunna, es decir, los hechos y dichos de Mahoma (los hadices) recogidos en numerosas compilaciones, y también en las opiniones y juicios de los compañeros del profeta en los primeros tiempos de la predicación. Es precisamente uno de estos compañeros, Jabir ibn Abd-Allah, quien contó que Mahoma, a la vuelta de una de sus batallas, distinguió entre una yihad menor, que era el combate guerrero, y una yihad mayor, que era la lucha espiritual interior. Muchos autores posteriores han puesto en duda la fiabilidad del testimonio de Jabir, pero la idea de una doble yihad está bastante extendida desde entonces. Asimismo, varios hadices posteriores a Mahoma atribuyen al profeta el dicho de que la mejor yihad es “aquella en la que tu caballo es degollado y tu sangre derramada”, es decir, dar la vida por Alá. Este hadiz es frecuentemente utilizado por los yihadistas suicidas.

Los suníes, a lo largo de innumerables elaboraciones, han ido aquilatando el concepto hasta definir cuatro tipos diferentes de yihad: la del corazón, o lucha contra el mal; la de la lengua, o predicación del islam en un solo idioma; la de la mano, o esfuerzo por escoger siempre lo correcto y justo y, finalmente, la yihad de la espada, que es –esta sí- la lucha armada en el camino de Alá. Podríamos llenar infinitas páginas con variaciones sobre el mismo tema. Los autores modernos ajenos al fundamentalismo privilegian el aspecto espiritual de la yihad; los autores tradicionales y los fundamentalistas de todos los tiempos ponen el acento en su aspecto bélico. Hay razones para unos y para otros. En buena medida, el debate acerca del significado de la yihad es como una de esas arcas mágicas en las que cualquiera puede encontrar exactamente aquello que busca.

Así las cosas, lo más sensato es huir del debate nominalista. Porque, en realidad, lo que se está discutiendo no es si la palabra yihad es la apropiada para definir la guerra en nombre de Alá, sino, más bien, si el islam alienta, propicia o defiende el uso de la fuerza por motivaciones religiosas. Y aquí, ya se trate de yihad o de qital, la realidad es indiscutible. La palabra “Yihad” aparece decenas de veces en el Corán, pero lo verdaderamente relevantes es que en el libro hay al menos 255 versículos que llaman a los musulmanes a la guerra contra los paganos, contra los infieles, contra todos los que no creen en el Islam, y en particular contra los judíos y cristianos. Es una orden que procede del propio Alá y Mahoma la transmitió a sus fieles con valor eterno.

¿Se trata sólo de un combate espiritual? No es eso lo que se deduce de la lectura directa del Corán. No desde el momento en que el islam no aparece sólo como una religión, sino que implica un proyecto de dominio físico, material, político, de pueblos y tierras. En esas tierras y en esos pueblos hay gentes distintas, ajenas al credo islámico: gentes, por tanto, a las que hay que someter, esto es, enemigos. “Y preparad contra los incrédulos –ordena el Corán- cuanto podáis de fuerzas [de combate] y caballería, para que así amedrentéis a los enemigos de Allah que también son los vuestros, y a otros enemigos que [os atacarán en el futuro y] no los conocéis, pero Allah bien los conoce. Y sabed que por aquello con lo que contribuyáis en la causa de Allah seréis retribuidos generosamente, y no seréis tratados injustamente” (sura 8:60).

La guerra no es una opción entre otras. Es un imperativo divino. La guerra forma parte de las pruebas que Alá dispensa a sus fieles: “Cuando os enfrentéis a los incrédulos –reza el Corán-, matadles hasta que les sometáis, y entonces apresadles. Luego, si queréis, liberadles o pedid su rescate. [Sabed que] Esto es para que cese la guerra, y que si Allah hubiese querido, os habría concedido el triunfo sobre ellos sin enfrentamientos, pero quiso poneros a prueba con la guerra; y a quien caiga en la batalla por la causa de Allah, Él no dejará de recompensar ninguna de sus obras” (sura 47:4). Es Alá en persona quien interviene en el combate. Lo cual, por otra parte, priva de cualquier sentimiento de culpa al combatiente: “Y sabed que no fuisteis vosotros quienes los matasteis –dice el Corán a propósito dela batalla de Badr-, sino que fue Allah quien les dio muerte, y tú [¡Oh, Muhammad!] no fuiste quien arrojó [el polvo que llegó a los ojos de los incrédulos en el combate] sino que fue Allah Quien lo hizo. Así Allah agracia a los creyentes” (sura 8:17).

No es el hombre quien combate, sino Alá. La mano que mueve la espada no hace sino cumplir una voluntad divina. En correspondencia, Alá recompensará al que muere en el combate con las mayores glorias del paraíso: “Ciertamente Allah –promete el Corán- recompensará con el Paraíso a los creyentes que sacrifican sus vidas y sus bienes combatiendo por la causa de Allah hasta vencer o morir. Ésta es una promesa verdadera que está mencionada en la Torá, el Evangelio y el Corán; y Allah es Quien mejor cumple Sus promesas. Alegraos pues, por este sacrificio que hacéis por Él, y sabed que así obtendréis el triunfo grandioso”. Y también: “Y a los creyentes que obren rectamente les introduciremos en jardines por donde corren los ríos, en los que estarán eternamente. Tendrán esposas purificadas y los albergaremos bajo una hermosa sombra” (sura 4:57).

Naturalmente, a los enemigos cabe infligirles el mayor de los daños: “Inspirad valor a los creyentes –dice Alá a los ángeles- que ciertamente Yo infundiré terror en los corazones de los incrédulos. Golpeadles [con vuestras espadas] sus cuellos y cortadles los dedos” (sura 8:12). “Esto [es lo que ellos merecieron] porque combatieron a Allah y a Su Mensajero, y quien combata a Allah y a Su Mensajero sepa que Allah es severo en el castigo”. No hay castigo pequeño para los incrédulos, los infieles, los idólatras, los “asociadores”: “A quienes no crean en nuestros signos les arrojaremos al Fuego. Toda vez que se les queme la piel se la cambiaremos por una nueva, para que sigan sufriendo el castigo. Allah es Poderoso, Sabio” (sura 4:56).

Este es, en fin, el sentido histórico de la yihad, y aparece desde el primer momento en el islam. Lo manda Alá mismo: “Él es Quien envió a Su Mensajero con la guía y la religión verdadera para hacerla prevalecer sobre todas las religiones, aunque esto disguste a los idólatras” (sura 9:33). Ya se trate de rapiñas caravaneras en el desierto, de saqueos sobre campamentos judíos o de batallas propiamente dichas contra persas o bizantinos, la extensión de la fe es inseparable de la expansión de la comunidad política y la apelación a la guerra es un mandamiento santo para ese fin. Polémicas coránicas al margen, lo cierto es que los sucesores de Mahoma consagraron ese recurso como un instrumento permanente de su voluntad de poder. Y desde entonces forma parte indisociable de la visión musulmana del mundo.”

(Fragmento de Historia de la Yihad, La Esfera de los Libros, Madrid, 2015).
http://www.esferalibros.com/libro/historia-de-la-yihad/

Un peldaño más en la brutalidad terrorista
Es persistente la búsqueda de innovaciones por parte de los terroristas, que recurren a la combinación de diversas tácticas con las que incrementar la sorpresa entre diferentes audiencias y sus víctimas
Rogelio Alonso El Confidencial 15 Noviembre 2015

“Jóvenes valerosos que lograron cambiar la Historia”. Así fueron elogiados en la propaganda yihadista los terroristas responsables de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos. La magnitud de tan audaz y brutal acción generó un deseo de emulación y superación entre quienes propugnan el terrorismo en el nombre del Islam. Desde entonces, numerosos han sido los intentos de cometer atentados que alcanzasen similar espectacularidad. Es persistente también la búsqueda de innovaciones por parte de los terroristas que con frecuencia recurren a la combinación de diversas tácticas con las que incrementar la sorpresa entre diferentes audiencias y sus víctimas. La matanza de París obedece a esa lógica: ascender un peldaño más en su desafío contra sociedades democráticas, intensificar su capacidad de conmocionar mediante el terror indiscriminado y altamente letal, obtener un éxito propagandístico que permita a sus responsables erigirse en poderosos adversarios, en una suerte de vanguardia que les facilite una mayor movilización.

El triunfo de esa lógica terrorista no depende exclusivamente de los asesinos, sino de los estados y de las sociedades víctimas de su violencia y de la respuesta que reciba por parte de estos. Así ocurre porque el terrorismo es un conflicto asimétrico basado en una asimetría de legitimidades, fuerzas, estrategias y procedimientos: el terrorista carece del monopolio de la violencia legítima que distingue al estado, de fuerzas policiales y armadas organizadas símbolo también de la legitimidad estatal. Las acciones de unos y otros se ubican necesariamente en planos morales y tácticos diferenciados. De ahí que actores no estatales recurran al terrorismo para enfrentarse a estados fuertes dotados de sólidas organizaciones políticas, sociales y militares. Lo hacen con la intención de quebrar la voluntad de gobiernos y sociedades que, a pesar de la sensación de debilidad que provocan atentados como los del viernes, poseen una fortaleza sin parangón con la de los terroristas.

Por ello el terrorista recurre a esa “guerra de fantasía”, término acuñado por el académico Franco Ferracutti hace décadas, que redefine sus crímenes como actos de guerra, y a los criminales como soldados. Esa “guerra de fantasía” le permite racionalizar su violencia absolutamente ilegítima, pero también colocar en un nivel diferente atentados como los del viernes. A pesar del impacto provocado deben encontrar como respuesta la resistencia y la fortaleza de sociedades democráticas preparadas para encajar golpes como este y otros que le sucederán y que las pondrán a prueba. Yerran por tanto quienes desde la democracia asumen esta retórica, perjudicando una acción comunicativa también esencial en el combate contra el terrorismo islamista.

El miedo es el arma que el terrorismo esgrime en su conflicto asimétrico, la baza con la que pretende equilibrar un combate desigual, pues una sociedad democrática cuenta con recursos suficientes para hacer frente a atentados como los que hemos presenciado y otros con los que intentará seguir subiendo otro peldaño más en su espiral de brutalidad. Frente al miedo, el estado puede desplegar un amplio arsenal de instrumentos políticos, policiales, militares, penales, sociales e ideológicos. Dispone de capacidades condicionadas por voluntades que a menudo merman la respuesta frente al terror. El presidente francés François Hollande lo expresó con una contundente declaración mientras se sucedían los atentados: “Frente al terror, Francia debe ser, sobre todo, fuerte. Todos y cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad”.

Esa responsabilidad, convenientemente ejercida, es la que determinará la mayor o menor eficacia de una violencia que persigue asesinar a cientos para aterrorizar a miles. Esa responsabilidad es la que puede limitar el innegable impacto psicológico y político que el terrorista persigue con una matanza como la que acabamos de presenciar. Para ello conviene subrayar algunos rasgos del fenómeno al que nos enfrentamos y consecuencias que se derivan de los mismos.

En primer lugar, la autoría de los atentados. En el momento de escribir estas líneas el autodenominado Estado Islámico se ha atribuido ya la responsabilidad. A expensas de que se confirme fidedignamente, debe destacarse que ya diversos medios atribuyeron los atentados de enero en París a dicho grupo y a Al Qaeda. Durante varios días ambos grupos terroristas recibieron una beneficiosa publicidad para sus intereses a pesar de que todavía hoy no se ha podido vincular inequívocamente a los terroristas con órdenes directas de dichas organizaciones. Si finalmente se confirma la autoría del Estado Islámico, evidenciará unas determinadas capacidades que tampoco deben ser sobrevaloradas aunque sí correctamente evaluadas a la luz de otros precedentes.

En diciembre de 2008, diez terroristas llevaron a cabo atentados coordinados en diez escenarios diferentes de Bombay que mantuvieron durante cuatro días. La indiscriminada violencia de los asaltantes se cobró la vida de 200 personas, finalizando la operación cuando la mayor parte de los terroristas murieron después de haber resistido varios de ellos el asedio de soldados de élite, que intentaban poner fin a la toma de rehenes que también acometieron en varios enclaves. Las terribles imágenes fueron retransmitidas al mundo entero ante la sorpresa generalizada de las audiencias internacionales.

Fue precisamente la abrumadora magnitud de la violencia perpetrada la que confería a este atentado su principal rasgo novedoso, pues no era la primera vez que el terrorismo seleccionaba como objetivo una serie de infraestructuras turísticas y grupos de turistas extranjeros, con la intención de dañar la economía del país blanco del terrorismo y de internacionalizar la causa de los perpetradores. Tampoco resultaba novedosa la utilización de armamento convencional, aunque sí el modo y la eficacia con la que los terroristas actuaron, como si se tratara de un comando militarmente adiestrado. Lo hicieron además recurriendo a innovaciones tecnológicas como el empleo de GPS para orientarse en la capital india y comunicación a través de BlackBerry y teléfono satélite. El recurso a la toma de rehenes introducía una originalidad respecto a las pautas más tradicionales de esta táctica, pues en ningún momento se apreció que los terroristas tuvieran intención alguna de negociar su liberación.

Los islamistas que acaban de asesinar en París han combinado también procedimientos (armas automáticas con explosivos), y atentados simultáneos en diferentes ubicaciones por parte de diferentes terroristas, esta vez en una capital europea, lo que les ha garantizado una impresionante atención mediática. La destreza mostrada no debe distorsionar la realidad, pues nuestras sociedades abiertas y democráticas son precisamente por su carácter abierto y democrático vulnerables ante un terrorismo con tan alto grado de fanatización. Las sociedades democráticas y sus amplios regímenes de libertades ofrecen vulnerabilidades que los terroristas convierten en oportunidades.

Tampoco debe engrandecerse todavía más las capacidades de una organización terrorista como el Estado Islámico que ha convertido en una productiva marca los logros que su violencia le está reportando. Logros que en una importante medida son resultado de las debilidades de quienes deben combatir a este grupo: renuencia de las naciones occidentales a intervenir sobre el terreno, dificultades para que los países que se impliquen en el escenario militar lo hagan con la determinación y recursos precisos, y el delicado equilibrio de intereses por parte de un heterogéneo grupo de socios entre los que se encuentran países musulmanes responsables de haber favorecido el fortalecimiento del Estado Islámico. Así ha podido erigirse en la organización con supremacía en el complejo de grupos y redes que conforman la amenaza del terrorismo islamista. Sin subestimar la magnitud del reto, debemos ser conscientes de que actores individuales sin los recursos que brinda la pertenencia a una organización terrorista también fueron capaces de una elevada letalidad e indiscriminación en el corazón de Europa, como evidencia, por ejemplo, el asesinato en masa perpetrado por Anders Breivik en 2011 en Noruega.

La amenaza yihadista es hoy multiforme y diversificada, sin que se limite a una sola organización terrorista. Conviene no olvidar que Al Qaeda, a pesar de su debilitamiento, tampoco ha desaparecido y que ambas siguen inspirando a grupos e individuos en la persecución de objetivos políticos y religiosos que desean imponer mediante el terror. Los indicadores que sustentan la amenaza y los actores amenazantes son múltiples y diversos: actores individuales y autoradicalizados motivados por la dimensión de una violencia que el Estado Islámico ha elevado a su máxima potencia, células pertenecientes a las organizaciones ya mencionadas o con relación con miembros de estas, terroristas retornados de Siria e Irak, radicales frustrados por no haber podido viajar a dichas zonas, e islamistas excarcelados en nuestro país y otros del entorno. Este carácter multiforme acrecienta la complejidad de la amenaza y también de las respuestas, obligando también a una adecuada contextualización.

De acuerdo con el Global Terrorism Index, en los últimos años la violencia terrorista se ha concentrado en un elevado porcentaje en contextos como Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Siria –donde se aglutinó el 82% de las muertes por ataques terroristas en 2013-. Tan solo un 7% de todos los atentados terroristas y el 5% de las muertes registradas desde 2000 tuvieron lugar en países de la OCDE, sin que toda esa violencia pueda relacionarse con el terrorismo en el nombre de la yihad. Todo ello permite una más rigurosa evaluación de la amenaza que en términos cuantitativos el terrorismo yihadista comporta para nuestro país. No obstante, esta medida tampoco debe inducir a subestimar las características de la amenaza en términos cualitativos, como muestra con crudeza la matanza de París. Esta amenaza polifacética, la que comportan tanto el Estado Islámico como Al Qaeda y sus organizaciones afines, los individuos -en solitario o en células- seducidos por ellas e interesados en emular sus tácticas terroristas, posee una dimensión tanto endógena como exógena. En consecuencia, nuestra respuesta también debe dirigirse tanto al interior como al exterior, doble responsabilidad que los gobiernos no siempre están dispuestos a asumir y que plantea un preocupante interrogante cuando el terrorismo islamista desea escalar su violencia como está intentando en los últimos meses -París ha ido precedido de otros atentados frustrados-.

Nuestras elites políticas deben contemplar las terribles imágenes de las víctimas y conmoverse. Quizás así se obliguen a reflexionar sobre respuestas reactivas que tan a menudo renuncian a aplicar estrategias antiterroristas integrales que requieren mucho más que meros anuncios propagandísticos. Estas estrategias deben ser aplicadas y no meramente anunciadas, exigiendo amplios recursos humanos y materiales, y una verdadera voluntad y liderazgo político para aplicar con determinación y constancia mecanismos que no deben estar supeditados a intereses políticos ajenos a la seguridad.

En este punto conviene apelar también a la responsabilidad de las comunidades musulmanas. “Soy musulmán. Condeno los ataques de París. Más de 1500 millones de musulmanes también. Por favor, recuerda esto”. Este 'tweet' repetido en las últimas horas evidencia una condición necesaria pero insuficiente. La imprescindible condena debe ir acompañada de una contundente deslegitimación del terrorismo en el nombre de esa ideología compartida. Precisamente porque esa minoría que perpetra la violencia comparte preceptos ideológicos con la mayoría que dice condenarla es por lo que recae sobre ella una mayor responsabilidad para deslegitimar este tipo de terrorismo. Sin duda la reproducción del islamismo radical es la raíz de uno de los principales potenciadores de riesgo para sociedades como la francesa y nuestro propio país, donde se aprecian ya inquietantes focos de radicalidad en segmentos de la población musulmana. La comunidad musulmana no debe escudarse en una inexistente criminalización para eludir su implicación en la verdadera y total deslegitimación de este terrorismo, como exigió este verano el primer ministro británico, David Cameron, en un discurso sin precedentes entre los líderes europeos.

Ciertamente Al Qaeda no ha conseguido la ambición de Bin Laden: “agitar, incitar y movilizar a la nación islámica” hasta que alcance su “punto de ignición”. El Estado Islámico persigue ahora ese objetivo y lo hace después de haber logrado convertirse, como escribió Rafael Bardají en septiembre de 2014, en algo “más que un grupo terrorista”, pues ha logrado conformar “un ejército” y “cuenta con una población afiliada por convicción o por miedo” que complementa el decisivo control del territorio que en este momento ejerce. La inspiración que aporta a otros radicales es otro indicador de su potencial. De nuestros gobiernos y sociedades depende que su fanatismo deje de obtener triunfos.

*Rogelio Alonso es director del Máster en Análisis y Prevención del Terrorismo en Universidad Rey Juan Carlos.


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Un estudio destaca la labor de los profesores de la UPV amenazados por ETA
El informe, realizado por Maite Pagazaurtundua, reivindica «la lucha democrática» de los docentes contra el terrorismo
Bilbao El correo  15 Noviembre 2015

La europarlamentaria de UPyD Maite Pagazaurtundua ha elaborado un informe en el que reivindica la «lucha democrática» llevada a cabo por profesores de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) contra ETA. «Euskadi es un ejemplo del mal uso de la memoria», se lamentó ayer Pagazaurtundua, en la presentación del estudio. La expresidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo reclamó un reconocimiento expreso para los docentes de la UPV que se plantaron frente a la violencia, a quienes llamó «héroes».

Pagazaurtundua presentó ayer el informe 'Los profesores de la UPV/EHU frente a ETA' en un acto celebrado en San Sebastián. Estuvo acompañada por la presidenta de Covite, Consuelo Ordóñez; el filósofo Fernando Savater; el exrector de la Universidad del País Vasco Manuel Montero; el catedrático Luis Castells, así como por numerosos profesores. Los asistentes guardaron un minuto de silencio por los atentados de París.

«Medias verdades»
En su intervención, la representante de UPyD recordó que en el País Vasco y Navarra «han pasado cosas que parecen ahora mentira». Pagazaurtundua denunció que «hay quien quiere mezclar muchas medias verdades para que hechos del pasado no sean enfocados tal y como ocurrieron».

«Por una cuestión de sanación democrática los traumas deben ser asumidos con verdad para poder de esa manera enfocar el futuro sin mentiras, sin tapar las heridas de una forma absurda, sin convocar la convivencia como un mantra para tapar responsabilidades que han de ser asumidas para que se pueda construir el futuro de esta sociedad», explicó

En su opinión, «parte de lo que tenemos que asumir es que tuvimos mucho miedo». Por ello, destacó que «mucha gente no fue un héroe», como sí lo fueron, a su entender, los profesores de la UPV que se vieron amenazados por ETA por plantear «una pelea democrática en los años más duros» del terrorismo. «Eso la sociedad vasca tiene que asumirlo, racionalizarlo y seguir adelante con unos principios que marquen un norte de regeneración del tejido moral tan dañado», señaló.
 


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