AGLI Recortes de Prensa   Lunes 16  Novietubre  2015

La única salida: destruir al ISIS en su feudo
Roberto Centeno El Confidencial 16 Noviembre 2015

Causa asombro y vergüenza ver a los oligarcas políticos hablar y firmar acuerdos para “la unidad de todos los demócratas”, en “defensa de las libertades y en lucha contra el terrorismo”, etc. Palabras inútiles de propaganda, porque son justo lo contrario de lo que hacen. ¿Acaso van a controlar la invasión de inmigrantes? Uno de los atacantes de París era un 'refugiado' sirio que entró el mes pasado. No, porque “fomenta el odio y la discriminación”. Los jueces se pasan por debajo de la toga las peticiones de expulsión de elementos peligrosos y las autorizaciones de escuchas telefónicas, exigen todas las garantías jurídicas para entrar en las casas de los sospechosos y mil pruebas para detener a alguien. ¿Acaso van a reclamarles que colaboren rápida y activamente en la lucha antiterrorista? No, porque eso va contra los derechos humanos de los terroristas. En Madrid hay 65 mezquitas, cinco muy peligrosas, y el triple en Cataluña. ¿Las van a cerrar? No tienen agallas.

¿Cuándo van a cursar los jueces las órdenes de expulsión de los imanes radicales que piden a gritos Policía Nacional y Guardia Civil? Nunca, porque es muy complicado. ¿Cuándo van a facilitar los medios necesarios a nuestros grupos antiterroristas, que están demostrando ser los mejores de Europa y que desarrollan su trabajo en la penuria más absoluta? Nunca, porque no hay dinero y hay otras prioridades, como el despilfarro político y la corrupción. Entonces, ¿de qué van estos hipócritas que han dejado a España indefensa reduciendo a un mínimo irrisorio el presupuesto de las Fuerzas Armadas? Pero es peor aún, este Gobierno de insensatos ha sacado una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal que reduce tanto los procesos de instrucción, sin dar un euro más a la Administración de Justica, que hará que terroristas y asesinos salgan libres, por falta de tiempo para probar su culpabilidad.

Y qué decir del Partido Socialista, desde donde el indigente mental Rodríguez Zapatero traicionó a todos nuestros aliados retirando las tropas españolas de Irak sin previo aviso, no porque supiera que derrocar a Sadam era un error total, algo que a este descerebrado ni se le pasó por la mente, sino porque es de 'progres' negarse a hacer la guerra en lugar de defender a un país discutido y discutible. ¿Cómo estos caraduras tienen ahora la desvergüenza de decir que ellos se oponen al yihadismo y que apoyarán en todo a Francia? Por no hablar de los izquierdistas bolivarianos de Podemos, que quieren suprimir las Fuerzas Armadas, donde Iglesias ha cometido la gran vileza de no firmar el pacto antiyihadista sin explicar por qué. “Hoy no toca hablar de venganza, sino de valores democráticos”, diría el infame.

Como afirma una inteligente psicóloga muy conocedora del yihadismo: “Europa es un blanco perfecto. Los yihadistas querrían ir antes contra EEUU e Israel, pero estos no se andan con bromas, y saben que entonces acabarían con ellos. Como cuando después del atentado de las Torres Gemelas, que invadieron su feudo de Afganistán y destruyeron todas sus bases, y después desplegaron a toda su fuerza de inteligencia para acabar con los líderes que consiguieron huir. Con el terrorismo y la maldad no valen las contemplaciones, no hay que dejar de condenarlos y combatirlos nunca, y es que España está llena de cobardes y traidores, con las mezquitas reclutando hasta jóvenes españoles o poniendo burkas a las mujeres aquí sin consecuencia alguna”.
España, objetivo prioritario del ISIS

La semana pasada, una unidad operativa de Blackwater (1) en el Kurdistán capturó a dos españoles del ISIS en ruta hacia Madrid y ahora en prisión en Erbil. Los dos yihadistas explicaron que los mandos del ISIS consideran España un objetivo prioritario, pues la 'reconquista' de Al Andalus, es decir, de España y Portugal hasta los Pirineos, es esencial para el autoproclamado 'Califato'. Con una clase política partidaria no de la acción sino de la cesión, nos consideran una presa fácil. Confesaron que han enviado a más terroristas cuya identidad obviamente desconocían. Como están perdiendo terreno en Irak y Siria, el demostrar su capacidad operativa con acciones suicidas es de la máxima importancia. El ataque de París ha demostrado un grado de coordinación nunca visto hasta ahora, y advierten de que es el “primero de la tormenta”.

Espero que nuestras capacitadas fuerzas antiterroristas, que han sido informadas de ello, y con un ministro del Interior de 10 -el único del Gobierno de Rajoy que sabe dónde tiene la mano derecha-, sean capaces de interceptar y capturar a los yihadistas en camino. Si han conseguido detener a 60 en lo que va de año, seguramente podrán detener a estos. En el caso de Francia, espero que el pueblo francés, mucho mejor informado que el español, después de enterrar y honrar a sus muertos, acabe pidiendo responsabilidades a sus gobernantes por la no ya desastrosa sino suicida política seguida en el mundo árabe mediterráneo, que ha posibilitado la masacre del viernes en París y los atentados de 'Charlie Hebdo', la tienda judía y el asesinato de la agente de policía.

Francia sería líder en el apoyo a la mal llamada 'primavera árabe', un error histórico de Occidente consistente en ayudar a derrocar a los dictadores de los países árabes del Mediterráneo (¡menos mal que dejaron a Argelia y a Marruecos al margen!) y sustituirlos por 'democracias'. Que EEUU pudiera creer en tamaña estupidez es incomprensible, pero que Francia, con una experiencia de siglos en el mundo árabe, se la creyera, o lo que sería infinitamente peor, que no se la creyera pero que pusiera sus intereses petroleros por delante, es imperdonable. Derribaron a Gadafi, cruelmente asesinado por yihadistas, a Mubarak, gran amigo de Occidente al que vilmente dieron la espalda, y casi a Bachar al Asad, al que solo Putin, enfrentándose a todos, conseguiría salvar.

Los 'demócratas' yihadistas se hicieron con el poder, pero en Egipto un general decidido y competente, Mohamed Mursi, los expulsaría y encarcelaría impidiendo así que su país se convirtiera en un nido de terroristas. En Libia, desgraciadamente no, la mitad del país esta en manos de una franquicia del ISIS. La estupidez y la ceguera, por no pensar en algo peor, de los gobiernos de Francia y EEUU nos han puesto el enemigo a las puertas. Pero el mayor error, el que más ha contribuido con diferencia a la aparición y triunfo del ISIS, fue el cometido por Bush con el derrocamiento y muerte de Sadam Husein, más el inaudito desmantelamiento del ejército y la policía secreta iraquíes. El apoyo de Obama a los yihadistas 'moderados' en Siria ha sido la guinda del mayor disparate cometido en la historia de los EEUU.

Y termino con el problema de Francia. El país está en guerra, como ha dicho el presidente francés, François Hollande, y eso significa que debe enviar al Ejército a los feudos terroristas de Siria e Irak, como hizo EEUU con Afganistán por el atentado contra las torres, y acabar con el problema en su origen. Limitarse a mantener permanentemente un nivel 5 de seguridad, aparte de inviable, no servirá de nada, y los ataque aéres como el de ayer nunca destruirán al ISIS, solo fuerzas terrestres pueden hacerlo. Así que o cogen el toro por los cuernos o se rinden preventivamente, como haría la izquierda española. Como afirma el 'Wall Sreet Journal', “una respuesta militar masiva y coordinada de EEUU, Francia, Europa y Rusia contra el ISIS en sus feudos de Siria e Irak es tan necesaria como inevitable. La lucha contra el ISIS y la yihad global es el mayor desafío político para esta generación”.

¿Estaría España dispuesta a entrar en tal coalición? Seguro que no. Si el cobarde de Rajoy es incapaz de hacer frente a un puñado de sediciosos en Cataluña, mandar tropas a combatir al ISIS es inimaginable, a pesar de sus pomposas declaraciones diciendo que ayudará a Francia en todo. Y además, la izquierda y los perroflautas saldrían a la calle clamando el 'no a la guerra'. Pero la solución es clara: esto ya no puede solucionarlo la Policía, tiene que ser el Ejército. ¿Que el problema no se arregla así? Puede, pero una vez destruido su feudo pasarán décadas hasta que recuperen la capacidad de atentar, y si se consolidan gobiernos fuertes en la zona, jamás volverán a hacerlo.

(1) Blackwater, hoy Academi, es una empresa privada estadounidense de seguridad a escala mundial propiciada por Donald Rumsfeld, exsecretario de Defensa de EEUU, cuyo jefe, Enrik Prince, un excoronel de los Navy SEALS, a quien tuve el placer de conocer en el Hotel Villamagna de Madrid, tiene bajo su mando una fuerza de 20.000 hombres reclutados entre las fuerzas especiales de EEUU, Reino Unido y países latinoamericanos (los chilenos son los mejores soldados, me diría uno de los accionistas). Son los mejores en la lucha antiterrorista.

NOTA: Mi artículo de hoy era sobre el coste económico de la dejación de Rajoy, que ha convertido España en un país sin garantías jurídicas donde las necesidades de la coyuntura política están por encima de la ley. El haber permitido a los secesionistas llegar hasta donde han llegado ha empezado, según me comenta un alto cargo de Economía, a reducir la inversión y el crecimiento desde el 27-S en el conjunto de España pero fundamentalmente en Cataluña, de donde los grandes bancos de inversión mundiales están aconsejando el salir corriendo. Lo publicaré el próximo lunes, pero de momento sí quiero informarles de que por fin la sociedad civil, ante la inacción y cobardía de sus líderes, empieza a organizarse.

Se prepara una gran concentración para el próximo día 19 de diciembre, el día de reflexión para evitar toda propaganda partidista, en la plaza de San Jaume en Barcelona bajo el lema único 'Cataluña es España'. Esta la está preparando la asociación cultural fundada por Antonio García Trevijano bajo las siglas MCRC. Se trata de un acto festivo de fraternidad y solidaridad entre las familias catalanas no nacionalistas y las familias del resto de España, para oponerse formalmente a la secesión de Cataluña. Todos los que deseen participar en dicho evento pueden dirigirse a www.cataluñaesespaña.com.

La lucha contra el yihadismo ha de ganarse dentro y fuera
EDITORIAL El Mundo 16 Noviembre 2015

La vía diplomática para poner fin a la guerra de Siria volvió a encallarse el pasado sábado en Viena, donde se reunieron los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Francia, Gran Bretaña, Rusia y EEUU) junto con Alemania, Italia, Egipto, Arabia Saudí e Irán. Las diferentes posturas sobre el papel que ha de jugar Bashar Asad en el futuro del país que él mismo ha contribuido a arruinar mantiene divididos a las potencias que, como EEUU, son partidarias de desalojar del poder al tirano alauí, y las que, como Rusia, están dispuestas a pactar con él como mal menor para estabilizar la zona.

El compromiso de crear un gobierno de transición en seis meses que elabore un proyecto de constitución y convoque elecciones libres dentro de año y medio parece tan bien intencionado como imposible de realizar. Y en cualquier caso, se trata de un acuerdo de mínimos que servirá de poco para resolver un conflicto que estalló en marzo de 2011, ha cuarteado el territorio, ha enfrentado a las diferentes comunidades étnicas y religiosas del país, se ha cobrado la vida de más de 200.000 personas y ha provocado el éxodo de casi 4 millones, muchas de las cuales se encuentran desesperadas a las puertas de Europa pidiendo auxilio y refugio.

Ambas posiciones son por el momento irreconciliables, pero tienen razón los países que apoyan la postura estadounidense de querer destituir al líder de un régimen tiránico impuesto por su familia hace casi 45 años. El causante del problema no puede presentarse como la solución del mismo. Son poco creíbles las promesas de diálogo de que quien se ha caracterizado por la sangrienta represión de la oposición.

Entretanto, el IS continúa consolidando su presencia territorial en la zona, imponiendo su sistema dictatorial de poder inspirado en las interpretaciones más extremas de la doctrina islámica y reforzando su presencia exterior con atentados cada vez más brutales como el cometido el viernes en París. La prioridad en la que deberían esforzarse tanto las potencias regionales como las occidentales y Rusia tendría que ser inequívoca: la desaparición del califato que Al Bagdadi proclamó en junio de 2014. Cuanto más se aplace la decisión más pagaremos las consecuencias en forma de actos terroristas indiscriminados.

Pero el combate contra la barbarie que representa el IS tiene otro frente de batalla más cercano. Como se ha demostrado en el caso de los atentados de París, muchos de los terroristas que operan en el continente son ciudadanos europeos que viven camuflados en las grandes ciudades, aprovechando las libertades que ofrecen los regímenes que con tanto odio pretenden destruir, y cuentan para sus acciones con el apoyo logístico de otros ciudadanos con nacionalidad de algún país de la UE. Además, reciben adiestramiento ideológico en unas mezquitas en las que actúan con absoluta opacidad e impunidad, porque a diferencia de otros templos religiosos, éstas siguen siendo espacios vedados al público. Sin menoscabar los derechos y libertades que con tanto esfuerzo nos hemos dado los europeos, y que son las señas de la identidad política y cultural de Occidente, y con un absoluto respeto a las reglas del Estado de Derecho, Europa debe extremar los controles para evitar que el islamismo radical se instale entre nosotros y se extienda como una lacra irremediable.

Llevar un control estricto de todos los islamistas que retornan a Europa desde los frentes de guerra de Oriente Próximo, desenmascarar a los 'lobos solitarios' y desarticular los comandos organizados para anticiparse a los atentados es una compleja y difícil tarea cuya efectividad pasa por la estrecha colaboración de los órganos de inteligencia policial de todos los países europeos. Ningún país de Europa, y en eso España es un buen ejemplo, puede bajar la guardia, porque la guerra contra el yihadismo hay que ganarla tanto en su lugar de origen, el califato del IS en Siria e Irak, como evitando que se camufle en nuestras sociedades.

Hay que batir en Siria al Estado Islámico
Editorial El Espanol 16 Noviembre 2015

Los atentados de París ha conmocionado a la comunidad internacional no sólo por la magnitud de la masacre, sino porque vuelve a quedar patente que las democracias occidentales y sus valores estarán en peligro mientras exista el Estado Islámico. El golpe asestado por los terroristas en el corazón de Europa ha relegado a un segundo plano la agenda económica de la décima cumbre del G-20 y obliga a las potencias a ser capaces de definir y coordinar una respuesta definitiva. Es el gran desafío y hay que ser consecuentes porque una amenaza global requiere una actuación conjunta.

Los jefes de Estado, presidentes y demás representantes del G-20 deben tomar como referencia los atentados de París para arrancar a la comunidad internacional el compromiso firme y unívoco de acabar de una vez por todas con la principal factoría de odio y muerte del yihadismo internacional.

En este sentido, cobran valor tanto las declaraciones del secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, advirtiendo que este G-20 constituye una "oportunidad diplomática única para acabar con la violencia", como las expresadas por la aspirante demócrata Hillary Clinton, en el sentido de que la lucha contra el Estado Islámico, aunque el liderazgo de Washington sea esencial, "no puede ser una pelea [exclusiva] de Estados Unidos".

Los gobiernos son conscientes de que la revisión de los protocolos de colaboración entre policías y de control de fronteras e inteligencia es inaplazable, por lo que la Comisión Europea ha convocado a los ministros del Interior a un consejo extraordinario el próximo viernes. Sin embargo, la capacidad operativa demostrada por el comando que atacó París desvanece cualquier certidumbre de seguridad. Europa está en guerra contra el terrorismo internacional: no se trata de una opción ni tampoco de algo opinable, sino de una realidad impuesta a base de sangre y bombas.
Capacidad criminal

Desde los atentados contra Charlie Hebdó, los asesinos de Daesh no han parado de demostrar su capacidad criminal con atentados cada vez más horrendos y traumáticos. No hay que olvidar que cada vez son más los indicios de que detrás del derribo del Airbus que hace una semana cayó en la península del Sinaí está también el Estado Islámico. Ni tampoco que la penetración yihadista en Francia, Bélgica o España parece imparable por muchas células que se desarticulen. El origen francés de uno de los terroristas de París y el hecho de que los atentados se coordinaran desde Bélgica vuelve a poner en evidencia hasta qué punto el enemigo está en casa. La sola posibilidad de que un terrorista huido pueda haber pasado a España es un motivo añadido de preocupación, además de una exigencia de corresponsabilidad.

Que un terrorista lograra penetrar en Europa aprovechando el éxodo de refugiados ni justifica que Occidente renuncie a los valores de la civilización que inventó la democracia ni, por tanto, puede implicar una merma en nuestro compromiso con los refugiados, las otras víctimas del yihadismo, aunque se tengan que extremar los controles. También hay que exigir a la comunidad musulmana que se implique más en su repulsa de los atentados. Llegados a este punto no basta con que los imanes condenen la violencia con pasividad: ante actos criminales en nombre del Corán lo lógico es que los musulmanes fueran los primeros en salir a la calle a manifestarse.

Por mucho que colaboren y se afanen los servicios secretos y la policía no hay sistemas infalibles. La solución contra este tipo de terrorismo pasa por cercenar la capacidad del Estado Islámico de captar y adoctrinar y exportar terroristas, por lo que es inexcusable combatirlo con todos los medios y recurriendo a todos los aliados posibles. Veteranos de Afganistán e Irak no dudan de que el único modo de combatir con eficacia contra el Estado Islámico es sobre el terreno, una posibilidad que la comunidad internacional debe plantearse y que implicaría luchar hombro con hombro con el dictador sirio Bashar Al Asad, como siempre ha querido Putin. Francia ya ha pedido una aproximación a Moscú y parece evidente que entre seguir encajando atentados periódicos y aliarse con un sátrapa, hay que ser pragmáticos y elegir el mal menor. Que la intervención en Irak no estuviera justificada no es argumento para que Europa y el resto de Occidente no ejerzan ahora su legítima defensa. La foto de familia de los líderes del G-20 debe ser también la imagen del compromiso de la comunidad internacional contra el Estado Islámico.

Insumisión
EDUARDO INDA. Okdiario 16 Noviembre 2015

Que Barack Obama ha sido un gran presidente de puertas adentro lo suscriben hasta sus más extemporáneos y reaccionarios enemigos del Tea Party, la caricatura dura de un Partido Republicano que en lugar de mirarse en el espejo de Ronald Reagan se dedica a buscar soluciones a cual más payasesca (léase Sarah Palin o Donald Trump). El presidente estadounidense ha dado la vuelta a la Gran Depresión con una celeridad antagónica a la de una Angela Merkel que tiene secuestrada Europa con sus obsesiones austericidas. El sobresaliente cum laude que con toda seguridad le otorgarían en Harvard a su alumno más ilustre tendría que compensarse con el inmisericorde suspenso de puertas afuera. Que entrar cual elefante en cacharerría en Irak fue un gran error es tan obvio como que dejar Irak es un error aún mayor. La presencia sobre el terreno de la policía del mundo garantizaba una lucha eficaz sobre el terreno contra ese satán que es el islamofascismo, fiel heredero de un nazismo que escribió las peores páginas de la historia de la humanidad junto al no menos sanguinario estalinismo.

Los estadounidenses sufrieron miles de bajas en Irak: 4.000 muertos y alrededor de 10.000 heridos. Cifras tremendas pero a años luz de los 58.000 soldados del Tío Sam que regresaron de Vietnam a su país en esas tétricas bolsas negras que vemos en las películas y de los 303.000 compatriotas que sufrieron heridas que les dejaron secuelas físicas o psíquicas de por vida. Pero el buenismo, que no es algo exclusivo made in Spain sino una pandemia planetaria, acabó ganándole la batalla al realismo y los Estados Unidos de América se largaron por la puerta de atrás después de haber puesto Mesopotamia patas arriba. El adiós del más poderoso Ejército de la historia de la humanidad provocó que los islamofascistas se aplicasen ese cuento del “ancha es Castilla” con el que los españoles describimos aquellos momentos en los que hacemos lo que nos da la gana sin que nada ni nadie se oponga a nuestros designios por muy maléficos que sean. Con la perspectiva que da el paso del tiempo hay que colegir que, indiscutiblemente, fue la peor decisión posible de un presidente que en materia exterior la ha pifiado tanto que ha acabado por entrar de lleno en eso que los psicólogos denominan estrategia del error permanente, que no es otra cosa que incurrir en un error, luego en otro mayor y así sucesivamente. De tal suerte que llega un momento en que vives a merced del error y no puedes salir de él en lo que constituye la madre de todos los círculos viciosos.

Los Estados Unidos abandonaron el país dejando una presencia testimonial y el Hitler de nuestros días, Al Baghdadi, debió cavilar: “Ésta es la mía”. Apenas dos años después, tomaban Mosul, que no es una aldea, ni una capital de provincia de 50.000 habitantes, sino una urbe de dos millones y pico de habitantes, poco más pequeña que Barcelona. Allí reventaron todos los bancos, se apoderaron de 2.000 millones de dólares cash y se hicieron con la más moderna tecnología de guerra USA facilitada al Ejército de Irak destinado en los cuarteles del segundo municipio más poblado de la nación. Era la tormenta perfecta en versión satánica. De ahí tiraron hacia arriba y entraron en Siria, donde al inquilino de la Casa Blanca no se le había ocurrido mejor cosa que pasar de todo. El degollamiento world wide del periodista James Fowley fue la macabra señal de que estos pirados iban en serio. Muy en serio. Luego le llegó el macabro turno a Steven Sotloff, después al inglés Haines y más tarde a un par de decenas de libios a los que seccionaban las cabeza a orillas del Mediterráneo mientras sus verdugos grababan las escenas con un nivel de precisión técnico-televisiva que para sí quisieran muchos directores de series USA. A los que aún albergaban alguna duda obviamente no de la maldad de esta gentuza pero sí del peligro global que representan, seguro que las disiparon cuando observaron cómo se incineraba enjaulado al piloto de las Fuerzas Aéreas jordanas Al-Kasasbeh o cuando contemplaron aterrorizados cómo se metía en una piscina a cinco prisioneros encerrados en otra jaula a los cuales se filmó bajo el agua mientras expiraban en una agonía que nos retrotrae al salvajismo hitleriano.

Y, entre vídeo y vídeo, entre avance y avance, entre matanza y matanza del Estado Islámico, Obama tiraba de buenas palabras como toda respuesta. Año y medio largo después, el Estado Islámico controla la mitad de Irak y más de un tercio de Siria, está ya en los suburbios de Damasco, aposenta sus reales en el Sinaí, maneja una porción importante de Libia y el día menos pensado entrarán en Argelia y en Marruecos. Vamos, que están mucho más cerca de Europa en general y de España en particular de lo que pensamos unos ciudadanos que vivimos instalados en nuestra comodidad y nuestra corrección política. No haber actuado contra el islamofascismo a tiempo ha provocado que lo que era un pequeño problema constituya ahora un problema urbi et orbi, mayor probablemente que el de una Al Qaeda que no pasó jamás de controlar unas montañas perdidas en Afganistán y Pakistán. Una serpiente, o te la cargas cuando sale del huevo o corres el riesgo de que te engulla si se convierte en un monstruo de dos metros de diámetro.

Hace mucho tiempo que Occidente tendría que haberse puesto manos a la obra a aniquilar al Estado Islámico. No es una banda terrorista, tampoco Al Qaeda, es algo más: es un Ejército terrorista, que parece lo mismo pero no es lo mismo. El único que lo ha entendido, y miren que me duele reconocerlo, es Vladimir Putin, que se dedica a lanzar bombas sin parar sobre las posiciones de las satánicas huestes de Al-Bagdhadi. La justificadísima muerte de Bin Laden a manos de los Seals yanquis fue el principio del fin de Al Qaeda. Y haber fagocitado el Estado Islámico cuando no era más que un embrión de lo que es hoy nos hubiera ahorrado toneladas de terror a los terrícolas de bien.

Occidente vive instalado en la comodidad y en la corrección política. A los mandamases del mundo libre habría que recordarles lo saludable que es recordar los peores momentos de la historia para no repetirlos. La política franco-británica del apaciguamiento (appeasement) no sólo no consiguió calmar a la fiera hitleriana sino que, mas al contrario, le dio alas para someter media Europa y cometer las mayores atrocidades en 2 millones de años de humanidad. Chamberlain y Daladier son el perfecto ejemplo de lo que nunca hay que hacer cuando te enfrentas al mal absoluto. El más grande británico de la historia, Winston Churchill, les pudo leer la cartilla más alto pero no más claro: “Tenían que elegir entre humillación y guerra y eligieron humillación. Ahora tenemos humillación y guerra”. El hijo del duque de Marlborough lo tuvo meridianamente claro: o sangre, sudor y lágrimas, es decir, guerra; o adiós a la libertad. De haber optado por el tan patético como nada práctico apaciguamiento de Chamberlain y Daladier, hoy Europa sería seguramente un continente nacionalsocialista.

Esperemos, pues, que los países occidentales hagan piña de una vez y exterminen de la faz de la tierra al Ejército Islámico. Están en juego nuestras libertades. Nada más y nada menos. Y, mientras tanto, aquí en casa conviene hacer los deberes antes de que sea demasiado tarde. Antes de que, como avanza el gran Houellebecq en una novela (Sumisión) que es menos disparate de lo que pueda parecer a primera vista, la ley islámica sea la obligatoria norma de conducta parcial o total en nuestra sociedad. Antes de que volvamos a ese medievo al que nos quieren transportar los islamistas más radicales. Mayor problema aún que el Estado Islámico en el norte de África es tal vez el quintacolumnismo que mora ya por estos lares. Que el Islam no es una religión de paz (ninguna lo es porque todas se quieren imponer a las demás) lo tengo tan claro como que en la mayoría de sus acepciones atenta contra los derechos humanos y muy especialmente contra los de la mujer y los homosexuales.

Uno de los diez principios fundacionales de esta aventura periodística e intelectual que tiene usted entre sus manos habla precisamente de esto: “Ok a una España integradora pero no multicultural”. A todos los que hayan venido o vengan en busca de un futuro mejor a España hay que exigirles que se rijan por los valores constitucionales que permitieron pasar de la edad de la oscuridad a la edad de las luces, de una dictadura a la etapa de mayor prosperidad de nuestra convulsa historia. El que quiera establecerse aquí que deje allá la sharia, los burkas, la segregación de la mujer, la persecución de la diversidad sexual y el odio al que no piensa distinto. Si no, que se vuelvan por donde han venido. Esto no es xenofobia. No. Es, sencillamente, democracia. Francia es el mejor o el peor ejemplo, según se vea, de cuanto digo. El haber optado por una ilimitada política de puertas abiertas y de multiculturalismo ha conseguido que el Frente Nacional sea ya el segundo partido en intención de voto y que los imanes más salvajes hayan transformado sus mezquitas en una factoría de lobos solitarios como los que atentaron contra Charlie Hebdo o como los que el viernes por la noche sembraron París de un terror que sólo los más viejos del lugar recuerdan porque se produjo durante la ocupación nazi.

Ser español o ser francés no es portar un pasaporte con la rojigualda o la tricolor, es interiorizar y aceptar la libertad, la igualdad y la fraternidad. Asumir como propio que somos un colectivo de ciudadanos libres e iguales. Que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre. Que la homosexualidad es una conducta tan natural como la heterosexualidad. Que uno puede ser católico, musulmán, agnóstico o ateo. Que la poligamia debe ser perseguida. Que no se puede amputar las manos a los ladrones. En resumidas cuentas, que la barbarie debe ser una pesadilla del pasado y que la Alianza de Civilizaciones tiene la misma virtualidad que un cuento de Heidi. Lo cual no significa que no haya que potenciar a esos musulmanes moderados que callan por el lógico miedo cerval que provocan los islamofascistas. Hay que hacerlo y ahora con más determinación que nunca. Son el resorte ineludible para vencer en una batalla que durará décadas.

Espero que no llegue el día en que como relata magistralmente en Sumisión el loco más cuerdo en este mundo de locos, Michel Houellebecq, los judíos tengan que se refugiarse en masa en Israel porque Europa se ha hecho aún más invivible para ellos, las mujeres tengan prohibido usar faldas, la poligamia sea legal, los abusos sexuales una falta, que la Sorbona o la Complutense sean universidades islámicas en las que los profesores conversos llevan la voz cantante o que llevados de la congoja muchos ciudadanos opten por pronunciar ese “no hay sino un dios y Mahoma es su profeta” que no es precisamente un monumento verbal a la tolerancia. Los estados estúpidos y buenistas que son la regla y no la excepción en Europa deben entender que hay que ser intolerante con los intolerantes. De lo contrario, ganarán la partida antes o después. Es cuestión de tiempo.

Guerra contra el Estado Islámico: la estragia imprescindible de la que todos prescinden
EDITORIAL Libertad Digital 16 Noviembre 2015

La Fuerza Aérea francesa ha bombardeado este domingo la ciudad siria de Raqa, que hace las veces de capital del califato instaurado en buena parte de Siria e Irak por el Estado Islámico (EI), a cuyo "Ejército terrorista" culpó el presidente Hollande de la matanza del pasado viernes en París, que ya se ha cobrado la vida de 132 personas.

Francia ha querido mostrar de inmediato su proclamada voluntad de librar la guerra que la organización del califa Abubaker al Bagdadi le ha declarado, y lo ha hecho de la manera más impactante, con una oleada de bombardeos en la que ha participado una decena de aviones y que ha tenido por objetivo la plaza del EI con más valor simbólico.

Desde luego, para acabar con el EI es necesario bombardear sus bastiones y centros estratégicos, pero de ninguna de las maneras suficiente. Si de algo ha hecho uso –y abuso: ahí están los ataques con armas químicas y con las terribles bombas de barril– el dictador baazista Bashar al Asad en los cuatro años largos de guerra ha sido de sus fuerzas aéreas, lo que no le ha impedido perder el control sobre buena parte del territorio sirio. Territorio que ha cedido ante grupos que precisamente carecen de aquéllas. Grupos como el Estado Islámico, que es mucho más que una mera fuerza rebelde; de hecho, está muy cerca de ser lo que proclama, un Estado, pues ejerce un control efectivo y en todos los órdenes sobre una vastísima extensión de terreno, terreno que además alberga sustanciales cantidades de petróleo.

Los bombardeos, de las fuerzas de Asad y Rusia por un lado y de la coalición liderada por EEUU por el otro, se están revelando insuficientes. Para derrotar al Estado Islámico, habría que multiplicar su número e intensidad; pero tampoco sería suficiente: ese Estado no es la Yugoslavia de Milosevic y no se vendrá abajo con una campaña de tales características. De modo que no queda más remedio que adoptar una estrategia de botas sobre el terreno... y de largo plazo.

El territorio hoy en manos del califato terrorista habría que ocuparlo y controlarlo durante bastante tiempo, sin cometer los errores cometidos en Irak, donde la estrategia retiracionista de Barack Obama ha redundado en la pérdida de todo lo ganado y el desencuadernamiento del país, ahogado en la violencia sectaria y en manos de Irán, por una parte –la chií–, y del EI, por otra –la suní–; sólo funciona relativamente bien el Kurdistán, que desde el final de la primera parte de la guerra contra Sadam Husein (1991) viene desenvolviéndose de manera cuasi independiente.

La estrategia de botas sobre el terreno es imprescindible, pero todo el mundo prescinde de ella, empezando por Francia, que de todas formas tampoco podría acometerla en solitario. Esta parálisis de un Occidente que no quiere entramparse en ese formidable cenagal pero que tampoco se decide a dejarlo en las solas manos de Asad y sus aliados, la Rusia de Vladímir Putin y el Irán de los ayatolás (más sus peones libaneses de Hezbolá), la tienen muy presente en Raqa, donde continuarán tratando de explotar las debilidades y divisiones del enemigo en su propio beneficio.

Occidente sigue sin asumir que está inmerso en una guerra de la que no le van a dejar retirarse y que no puede delegar en nadie, especialmente en regímenes liberticidas que abominan de sus principios, valores y sociedades.

Es imprescindible una rectificación urgente
Editorial  www.gaceta.es 16 Noviembre 2015

Los crímenes de París nos azotan después de haber asistido a la ola programa de “refugiados” y de conocer las sórdidas connivencias de Occidente con el islamismo en Siria. Esto debería obligarnos a virar el rumbo.

Como era de esperar, los atentados de París no han servido, al menos por el momento, para que nuestra clase político-financiero-mediática (la “superclase”, como la llaman en Francia) cambie el paso sobre sus propios errores. La inmensa mayoría de los juicios sobre la tragedia se mantienen dentro de la más tediosa “corrección política”. Esta vez, sin embargo, hay algo distinto. ¿En la “superclase”? Sí, también, pero sobre todo entre el pueblo, entre la gente del común. Porque esta barbaridad de París nos sacude después de que hayamos asistido a la ola programa de “refugiados” y después de que hayamos conocido las sórdidas connivencias de los países occidentales con el islamismo en Siria. Y estos últimos datos deberían obligar a virar el rumbo.

Buena parte de los problemas que sacuden a Oriente Próximo han sido producidos por la política exterior de las naciones europeas, subordinadas a los Estados Unidos y a sus aliados en la región. Todo el mundo lo sabe y en las propias cancillerías europeas es un secreto a voces. Sin embargo, nadie parece dispuesto a tomarse en serio la rectificación de un programa que no ha hecho más que cosechar fracasos en los últimos veinte años.

El yihadismo no ha nacido por generación espontánea ni es un fenómeno meteorológico: tiene causas bien conocidas y perfectamente estudiadas, y sus fuentes principales son el islam y la singular circunstancia de la cultura musulmana. Sin embargo, todos nuestros políticos se obstinan en trazar una línea artificial que separe ambas cosas, como si el terrorismo islamista y el islam carecieran de relación entre sí.

La ola de “refugiados” que ha azotado a Europa en los últimos meses ha sido aprovechada por las redes terroristas para introducir elementos capaces de matar a gran escala. Lo advirtió la policía europea, todos los gobiernos lo saben (también los medios de comunicación) y lo que ha pasado en París es una muestra palpable de ello. Sin embargo, lo primero que ha dicho el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, es que los crímenes de París no deben “alterar la política de refugiados”.

Si no vamos a modificar la política de refugiados aun sabiendo que ha servido de lanzadera para los terroristas, si no vamos a actuar sobre las comunidades islámicas de nuestro suelo aun sabiendo que en ellas ha crecido el yihadismo, y si no vamos a rectificar nuestra política exterior aun sabiendo que nos lleva al abismo, ¿entonces qué vamos a hacer para solucionar el problema? ¿Limitarnos a cantar la Marsellesa y poner cara de contrición? Eso es lo que le gustaría a la “superclase” y en esa estéril idiocia llevamos viviendo quince años, pero ya no basta. Ha llegado la hora de adoptar medidas urgentes. Medidas de política interior y de política exterior. Ese debería ser, ya, el gran debate. Y todas las voces deben ser escuchadas.

La barbarie de los Elegidos
Roberto Esteban Duque  www.gaceta.es 16 Noviembre 2015

Bataclan, el “templo pagano” de la noche parisina, fue objeto el 13-N de la ira infame del yihadismo islámico, del fuego y azufre que de modo indiscriminado y abyecto golpeaba hasta poner fin con la vida inocente de más de cien personas, ajenas al espesor estéril del mal. El presidente francés, François Hollande, calificó el atentado terrorista como “un acto de guerra”. El primer ministro francés, Manuel Valls, coincidiría en el diagnóstico: “estamos tomando medidas excepcionales porque estamos en guerra”. La prensa francesa tampoco vacila en estimar que la masacre de París es una guerra.

Irak, Siria, Nigeria…París. No es fácil creer que pueda existir un diálogo de civilizaciones si pensamos, como afirma Enzensberger en El perdedor radical, que el islam ha copiado lo peor de Occidente como es el terrorismo, especialmente en su versión nihilista nazi. Esta es la prueba primordial de la imparable decadencia del islam. Se trataría de un mundo en el que la verdad, el bien y la moral han perdido cualquier expresión reconocible. El propósito de la educación totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones sino destruir la capacidad de formar alguna. En la actualidad, esa civilización es inviable. Al islamismo no le interesa negociar ni buscar soluciones. Se limita a la negación. No plantea ningún tipo de reclamaciones. A estas alturas, es una obviedad que el ministro de Asuntos Exteriores, García-Margallo, reconoce: “Con esta gente no se puede dialogar. Hay que derrotarlos militarmente”.

Si se confirma que ciudadanos franceses son los terroristas se estaría validando la figura del “perdedor radical” que inventa el poeta, que no es islamista sino occidental. Ese modelo perverso de ser humano lo importa el islamismo de Occidente. La agresividad del fundamentalismo islámico hacia Occidente encuentra su fundamento en la percepción de un Occidente negador y debilitado, situado más allá de todos los mandamientos, emancipado absolutamente de lo trascendente. El odio es hacia un Occidente sin identidad, postcristiano, secularista. El perdedor radical vive una tensión interna entre el odio al otro, al triunfador, y el desprecio a uno mismo, al derrotado, que le lleva a la autodestrucción.

Pero la victoria del mal, a pesar de su espesor, es sólo aparente. La tesis del poeta es que los peor parados del terrorismo islamista (una lacra que tenemos que soportar en Occidente) serán los musulmanes. El proyecto de los perdedores radicales consiste en organizar el suicidio de toda una civilización, pero no es probable que consigan eternizar su culto a la muerte. Son las sociedades árabes sobre las que recaen las consecuencias más fatales del terrorismo islamista.

No se puede contemplar la inacción ante el desafío yihadista islámico, cuya actividad a imponer el terror no cesará: “no viviréis en paz”, “es sólo el comienzo de la tormenta”. El Estado islámico propone “envenenar el agua y la comida de al menos un enemigo de Alá”. El régimen del miedo no puede colonizar la vida de las sociedades.

Después de las elecciones de 2003, un estado del norte de África, Zamfara, declaró que en lo sucesivo su Gobierno se basará en la sharía, que es un código de estrictas leyes islámicas. Uno de los últimos en suscribir la sharía fue el estado de Taraba. En diciembre de aquel mismo año el gobernador, él mismo musulmán, se vio obligado a tomar medidas severas contra los “talibanes”.

El famoso levantamiento de inspiración juvenil que se produjo en París en 1968 y que trató de resucitar una comuna basada en la Comuna de 1870 surgida del fermento revolucionario francés despertó al principio regocijo, pero después inquietud. Eran los agentes subversivos que derribarían el orden burgués y liberarían al “hombre nuevo” de una sociedad fracasada, de sus hipocresías y dudosos valores éticos. Contra esa misma sociedad materialista y decadente se vuelve ahora el fundamentalismo intolerante, violento y blasfemo, la barbarie de los Elegidos contra el resto.

Entre la respuesta mínima exigible, la tendencia hacia la unidad política como proyecto normal de convivencia pacífica, y la respuesta límite de un conflicto armado, deberán realizarse respuestas inmediatas no sólo de prevención porque el bien no admite ninguna tibieza sino la justicia y la verdad. No es violencia moral detener la mano del asesino sobre la víctima. Es obligatorio apartar al criminal de la víctima, frenar el inmoderado ascenso y el flujo masivo de la población musulmana en Europa. No puede organizar ningún Estado democrático el bien junto con el mal, contraviniendo el principio absoluto de la moralidad en el ámbito estatal.

El mismo progreso social tiene lugar sólo porque la fuerza social organizada se ha dejado inspirar por las exigencias morales y las ha convertido en ley moral de vida. Es necesario el bien organizado. La norma moral de la vida social será el principio del respeto a la dignidad de cada vida humana. El principio moral exige una oposición real a los crímenes como un medio legítimo que limita el mal. La coacción es necesaria cuando está en juego la paz y la seguridad de toda la sociedad.

Occidente, el terror y los puritanos
Javier Benegas www.vozpopuli.com 16 Noviembre 2015

Conforme se iban contabilizando las víctimas de París y tomábamos conciencia de la dimensión de la tragedia, con los cadáveres aún calientes, empezaban a aflorar argumentos que defendían que el terrorismo yihadista es la consecuencia de los pecados de Occidente, que nos lo tenemos merecido por pretender dominar el mundo e imponer la democracia. Un escarnio del que, curiosamente, se libran otras naciones por el simple hecho de no ser occidentales, aunque también sean capitalistas y estén presentes en muchos de los conflictos que asolan el mundo y no precisamente como meros espectadores.

Yendo a más, Occidente sería una especie de Atila, cuyas ansias de conquista no da otra opción a sus víctimas que convertirse en combatientes, es decir, en yihadistas. De hecho las llamadas primaveras árabes serían movimientos orquestados por las potencias occidentales para extender su influencia. Y el caos generado, la demostración de su incompetencia. O sea, que Occidente además de malvado es estúpido. Curioso que no nos hayamos extinguido hace tiempo. Por el contrario, los pueblos que viven bajo la ley islámica, en el atraso crónico, sometidos a castas extractivas extremadamente crueles y sin horizonte de futuro, están en su derecho. Y además son muy felices.

El Islam al servicio de las castas extractivas
Para todo cuanto ocurre en el mundo hay siempre una teoría conspirativa que culpa a las democracias capitalistas. Falsos correlatos que olvidan que uno de los efectos de la globalización y de los avances tecnológicos es que incluso las sociedades más cerradas han terminado conectándose al resto del mundo. Y resulta que muchos se han percatado, bien por sí mismos, bien gracias a sus compatriotas blogueros, que su vida es bastante mejorable y que fuera las cosas son muy distintas. Nada tiene que ver la imparable interconexión del mundo con las teorías conspirativas.

Cierto es que la Tercera Guerra del Golfo fue un despropósito. Y que la intervención de la OTAN en Afganistán, que pareció ser un éxito, ha terminado en fracaso gracias, sobre todo, a los persistentes esfuerzos de terceras potencias por desestabilizar el país. Pero de ahí a trasladar la visión romántica de pueblos espiritualmente irreductibles que se sublevan contra el materialismo forastero media un abismo. No ha habido espiritualidad en el hostigamiento a las tropas occidentales en la campaña afgana, más bien al contrario: mucho mercenario y dinero en abundancia proporcionado por árabes pudientes, corruptos generales paquistaníes y agentes iraníes poniendo en práctica su “neutralidad activa”.

Quienes se encaramaban a un cerro cualquiera para hostigar a un puesto avanzado de la OTAN cualquiera no eran fervorosos muyahidines, sino jóvenes desarrapados a los que se pagaba cinco dólares por vaciar un cargador sobre un puñado de yankees adolescentes armados hasta los dientes. Una vez disparadas las 30 balas de rigor, generalmente de forma apresurada, huían a la carrera y volvían a sus quehaceres diarios. Para los jóvenes afganos hacer la guerra representaba un sobresueldo con el que mejorar sus miserables condiciones de vida. Aunque también en ocasiones cumplían el mandato de la shura de su aldea, consejo de ancianos que, al contrario que ellos, tenía mucho que perder si la democracia prosperaba; por ejemplo, el control de la mano de obra y la riqueza de la zona, de ahí que los ancianos fueran propensos a declarar la yihad con demasiada ligereza. En resumen, los combatientes fanáticos eran en su mayoría extranjeros, jóvenes de familias acomodadas que venían con el cerebro ya lavado y que entraban en Afganistán por la frontera de Pakistán, donde los controles eran sospechosamente laxos, con la misión de reavivar un conflicto que estaba prácticamente resuelto.

Puritanos del mundo unidos contra las democracias capitalistas

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo”, esta es la máxima de una parte de la humanidad que parece haberse coaligado para combatir por todos los medios a Occidente, a la democracia y el capitalismo. Un heterogéneo ejército que, sin embargo, actúa con determinación desde fuera y desde dentro, unos Kalashnikov en ristre y otros retorciendo los hechos; todos en pos de la transformación de las titubeantes sociedades abiertas en otras débiles y claustrofóbicas. Cuidado pues con el exceso de celo a la hora de aumentar una seguridad ya de por sí extraordinaria.

El concepto de Humanidad como teoría del todo en oposición a la libertad del individuo ha cristalizado en un nuevo puritanismo que aunque se manifieste unas veces al grito de Al·lahu-àkbar y otras en nombre de Marx resucitado, reescribe al unísono la historia de Occidente y la convierte en una relato tan terrorífico como falso. Para este falaz marco de pensamiento, el terrorismo es el justo castigo a los crímenes de Occidente, la reacción comprensible a la imposición urbi et orbi de un modo de vida. Sin embargo, el enfrentamiento entre el Islam y Occidente no es un pretendido choque entre la espiritualidad y el materialismo: es la reacción virulenta de unas élites extractivas sobradas de dinero que saben bien que su poder y riqueza dependen del mantenimiento de un determinado statu quo.

Jamás antes de hoy, exceptuando quizá –y ya veremos– el órdago de los totalitarismos del siglo XX, la Libertad ha estado tan seriamente amenazada, con tantos frentes abiertos. Jamás antes de hoy el progreso tal cual lo entendían y defendían nuestros ancestros ha estado más próximo a descarrilar y entrar en vía muerta o, peor, a desandar lo andado. La certidumbre ya no existe, cualquiera puede matar a cualquiera, en Alepo o en París. Debemos asumirlo. Podemos enfrentarnos a esta inquietante realidad de diferentes maneras. Podemos, por ejemplo, enviar a nuestros jóvenes soldados a matar y morir más allá de nuestras fronteras, bombardear el mal con nuestros sofisticados aviones, incluso pagar a milicias locales para que combatan en nuestro nombre a los demonios, pero nuestra mejor arma, la que más teme el enemigo, es que nos mantengamos firmes en nuestros principios: libertad, igualdad y fraternidad.

la tribuna del editor
Fluctuat nec mergitur
Julio Ariza  www.gaceta.es 16 Noviembre 2015

Es abatida por las olas pero no se hundirá. Fluctuat nec mergitur es la leyenda que figura sobre el escudo de París. Un maravilloso emblema para una ciudad milenaria y faro de pensamiento cristiano. Esta inscripción es repetida en las cintas colocadas sobre los lugares donde han sido abatidas las víctimas de los terroristas islamistas.

La compasión y las palabras de aliento salen espontáneas y sinceras de hombres y mujeres de todo el mundo, pero no de todos los hombres y todas las mujeres. Más allá del dolor y la tristeza los gobernantes están obligados a proteger a sus pueblos, especialmente a los civiles desarmados.

A estas horas ya estoy echando de menos algunas noticias que lamento no haber leído, estas son algunas de ellas:

Rajoy no anuncia ninguna medida excepcional después de los atentados islamistas de París. Parece que prefiere esperar a que ocurra algo trágico para anunciar que tomará medidas.
Ninguna mezquita será cerrada ni ningún imán radical será identificado y expulsado de España. Podrán seguir adoctrinando en nuestro propio territorio para que maten a los infieles.
Después de las caricaturas del semanario Charlie Hebdo riéndose de las víctimas del avión ruso abatido por el IS los franceses no salen en masa a la calle a decir Je ne suis pas Charlie.
Los imanes españoles guardan silencio y no condenan los asesinatos de París.

Tan sólo Camerón pide una oración por las victimas, el resto de líderes europeos simplemente 'se solidarizan' con los familiares de los muertos y heridos.
Ningún miembro de ningún partido político sale a pedir disculpas al cardenal Cañizares por los insultos lanzados contra él cuando aseguró que entre los refugiados "no todo era trigo limpio".
"Orbán tiene razón" no es titular de ningún medio de comunicación.

Las finanzas del terror
Daniel Lacalle El Confidencial 16 Noviembre 2015

“There's bad poison running through your veins, evil walks behind you” Young, Johnson, Young

Solo en España se podía uno imaginar que iba a leer todo tipo de mensajes culpando a cualquiera menos a los terroristas de los asesinatos del viernes en París. Uno leía esos mensajes de equidistancia entre víctimas y verdugos y, francamente, sentía vergüenza.

Una de las imbecilidades más grandes que uno puede leer de cierta gente es que todo es culpa de EEUU que lo financia todo. EEUU, ese fabricante de kalashnikovs, claro.

El Estado Islámico no es un grupo de desnortados analfabetos o desesperados libertadores. Es una enorme máquina militar imperialista que controla, bajo un régimen de terror, a ocho millones de personas, esclavizando a mujeres y niños y extorsionando a ciudadanos de todo tipo de países. Tiene de liberador o vengador lo que Osama Bin Laden tenía de amable pastorcillo.

Las finanzas de ISIS han sido estudiadas por la ONG RAND y en 2014 venían de las siguientes partidas:
600 millones de dólares de extorsión e impuestos en Irak. ISIS roba hasta el 50% de los salarios de los trabajadores (públicos y privados) iraquíes en las zonas que controla, y esa es la principal fuente de ingresos de este grupo terrorista (300 millones de dólares estimados). ISIS introduce además un impuesto de hasta el 20% de los ingresos a las empresas y familias que están bajo su califato de terror.

500 millones de dólares robados de los bancos públicos iraquíes.
100 millones de dólares de venta de crudo robado. ISIS roba crudo en Irak y Siria y lo vende, según Gulf News, a traficantes turcos y nigerianos a 25-30 dólares el barril.
20 millones de dólares por secuestros.

Estas cifras, publicadas por el 'NY Times', coinciden en gran parte con las que el propio grupo terrorista publica en su despreciable memoria anual, que tiene la desvergüenza de publicar como si fuera una empresa multinacional (véanla aquí, cortesía del 'Financial Times').

Por lo tanto, el petróleo no es en ningún caso su principal fuente de ingresos. Es el robo a los ciudadanos iraquíes.

Esa máquina de terror cuenta con ingresos multimillonarios y además, al tener a sus 'trabajadores' rehenes y en régimen de esclavos, sus costes son bajísimos.

Su principal gasto, según RAND, son 'salarios', que suponen unos 40 millones de dólares anuales. Teniendo en cuenta que sus líderes son multimillonarios, estoy seguro de que la diferencia de salarios será extrema.

El principal gasto no salarial es en instituciones represoras de estado policial. Es una máquina opresora que se aprovecha de unos estados desmembrados.

En mi artículo 'Mitos y errores de la crisis de Irak' ya comentábamos muchos de los errores de percepción sobre lo que ocurre con esta lacra del ISIS.

Pensar que vamos a acabar con un estado terrorista militar y policial que oprime y esclaviza a sus propios ciudadanos con llamadas a la paz, las flores y 'enamorar', o enviando una carta muuuuuy seria desde las Naciones Unidas, no solo es ingenuo. Es suicida.

Pensar que un ejército terrorista cuyo objetivo es 'conquistar' y 'aniquilar' va a sentarse a hablar y dialogar es simplemente ridículo.

Esta banda asesina, que tortura y oprime a todos -mujeres y niños incluidos- allá donde se asienta, y solo busca imponer el terror, cuenta para sus siniestros objetivos con nuestra inacción, con nuestro buenismo hipócrita, con nuestra cobardía. Pero se equivoca.

Luchar contra el terror es defender la libertad. Y los terroristas van a perder.

PD: Este artículo va dedicado a Cedric, que ha perdido a un familiar en los atentados de París. Todos somos París.

La segunda guerra contra el terrorismo
Óscar Elía Libertad Digital 16 Noviembre 2015

Catorce años separan el ataque paramilitar contra París del ataque terrorista contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Parecidas a las que la Administración Bush sacó de aquel brutal ataque han sido las consecuencias extraídas por el Elíseo década y media después: se trata también ahora de "un acto de guerra"; se trata de un ataque contra cuyos autores Hollande promete justicia; y se trata de resistir y de perseguirlos allí donde se encuentren. El paralelismo es esclarecedor.

En 2001, la principal lección extraída por Estados Unidos eran los peligros inherentes a desentenderse de lo que ocurría en determinados países: cuando el islamismo se asentaba en un país musulmán, no sólo lo canibalizaba: lo utilizaba como base de operaciones tanto para expandirse por otros países mahometanos como para atacar a los países occidentales en suelo occidental. Esa era la gran lección que provocó la guerra contra el terrorismo, la que anunció Bush tras el 11-S y la que ha dado por cerrada Obama con la retirada de las tropas de Irak y Afganistán.

Es la misma lección que hoy sacan los países europeos, que miran con vértigo la expansión de ISIS, Boko Haram, Hamás o la Yihad Islámica. El enemigo es el mismo, bien que a veces con otras siglas.

Pero el ataque de París presenta otras características bien definidas.
En primer lugar, la estrategia de los atentados ha dado paso ahora a la guerrilla paramilitar: acción de comandos bien entrenados, equipados y organizados, en el corazón de las ciudades europeas. Comandos capaces de sostener durante horas enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, tomar rehenes y llevar la iniciativa en las calles. Pese a la monstruosidad del 11-S, nadie pensaba entonces en algo semejante.

En segundo lugar, el objetivo apetecible es ahora Europa, que presenta una vulnerabilidad a este tipo de operaciones que Estados Unidos no poseía en 2001. Las sociedades europeas, abiertas hasta la imprudencia, constituyen el lugar idóneo para reproducir este tipo de ataques contra la población civil.

En tercer lugar, la nueva estrategia norteamericana hacia Oriente Medio ha cambiado radicalmente. El mensaje de Obama tras los ataques a París no deja lugar a dudas: considera el problema exclusivamente europeo, y ni siquiera el término islamismo le parece adecuado. No sabemos si a partir de 2016 otro presidente cambiará de aproximación, pero la tendencia norteamericana tras haber luchado casi en solitario la primera guerra contra el terrorismo es clara: menor compromiso.

Los europeos se enfrentan así a una segunda guerra contra el terrorismo, continuación de la primera, pero que, a diferencia de aquella, tiene por protagonista al Viejo Continente: como objetivo, como actor, pero también como campo de batalla. El presidente Hollande, como Bush hace catorce años, pronunció el "Estamos en guerra" con determinación. Pero queda por ver si acepta, como el americano, las consecuencias de sus palabras, que pasan por librar el conflicto. A decir verdad, los ejércitos europeos carecen hoy de la fuerza material y la fuerza moral para combatir al ISIS con garantías. Acabar con el reinado de terror que comienza en Alepo y explota en París exige a los europeos dotarse de unas capacidades de las que hoy carecen: constituir un cuerpo expedicionario multinacional de no menos de 30.000 efectivos capaz de operar en Oriente Medio; contar con un sistema coordinado de apoyo y logística que permita sostener una presencia que, como en la primera guerra contra el terrorismo, va a ser larga; y dotar a este cuerpo expedicionario del apoyo aéreo, naval y de inteligencia necesario para perseguir y destruir al ISIS en territorio sirio-iraquí.

Los más pesimistas lo consideran impensable, y no les falta razón. Esto pasa por incrementar los presupuestos de defensa drásticamente, algo a lo que los europeos son reacios; y pasa por introducir en las Fuerzas Armadas europeas el espíritu de la guerra larga, la misma que los norteamericanos sostuvieron a partir de 2001 y que los europeos detestan. No es la primera vez en la historia que Europa está contra las cuerdas y reacciona. Además, los países europeos llevan décadas fantaseando con el Eurocuerpo y otras fantasmales y fantásticas iniciativas de defensa. Ahora tienen no ya la oportunidad sino la necesidad de hacerlas reales y operativas. Porque, como afirma Rafael Bardají en Libertad Digital, o se les para en Alepo o se les para en Vallecas. Hay poca opción.

Sin embargo, no vale con eso. A diferencia de la primera guerra contra el terrorismo, esta segunda tiene un segundo frente que no tenía la misma importancia en 2001. El ataque de París ha vuelto a llevar a los investigadores al barrio islámico de Molenbeek, en Bruselas, como en otras ocasiones a barriadas del extrarradio de París, Marsella o Birmingham: las llamadas no-go-zone, barrios deprimidos donde reina la delincuencia y donde el orden comienzan a imponerlo los imanes radicales con el Corán en la mano. Los europeos tienen un grave problema con barrios donde es posible comprar un Kalashnikov al precio de un iPhone 6 y donde los traficantes de armas y drogas se cruzan con yihadistas retornados de Siria, jóvenes inmigrantes ilegales y franceses de segunda y tercera generación sin demasiadas perspectivas.

Y alrededor de este islamismo –que crece ofreciendo sentido a la vida de muchos jóvenes europeos y presionando legal y socialmente en todas las direcciones– los líderes musulmanes en Europa siguen ofreciendo un manto de protección ideológica y política: la pasividad, la falta de iniciativa del llamado "islam moderado" contra el yihadismo, le sirve a éste de coartada.

Este frente interior es más controvertido, porque mezcla elementos muy dispares. Desde el punto de vista del uso de la fuerza, la misma Francia ha ido comprendiendo que una guerra librada en casa exige un uso creciente de Fuerzas Armadas en suelo propio: hoy los europeos dan por hecho que desplegar blindados y tropas de infantería por Trafalgar Square, el Boulevard Saint Germain o quizá la Gran Vía es algo bastante probable. Como también lo es utilizarlas como apoyo para las operaciones en determinadas no-go-zones. Escenario increíble hace poco, pero hoy ya plausible y real en las calles de París.

Este frente interior tiene otro aspecto, mucho más preocupante: la debilidad moral de las instituciones europeas. La democracia liberal es un régimen de tolerancia que, simplemente, se destruye a sí mismo cuando permite y tolera a grupos e ideologías intolerantes. Al fin y al cabo, Fuerzas Armadas, fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia son sólo los instrumentos. Es la inteligencia política, en palabras de Clausewitz, lo que las dirige. Y el lector conoce bien el problema que subyace. En el caso del islamismo, enemigo de la democracia liberal, la vieja Europa no sólo no lo proscribe: lo fomenta mediante el multiculturalismo y las políticas de protección de minorías. Las políticas de sanidad, de educación, de religión de las sociedades abiertas constituyen para el radicalismo islámico una oportunidad de expandirse, crecer y erosionar un régimen que considera decadente y pervertido.

Hoy la sharía, como elemento paralelo al Estado de Derecho, crece en las ciudades europeas; pero, presas del relativismo moral e intelectual, las instituciones y las élites continentales se ven paralizadas, incapaces de reaccionar. Los europeos llevan décadas de cesión, pero hay medidas que se antojan inevitables. Persecución y cierre de mezquitas no controladas, expulsión de imanes y clérigos radicales, prohibición de la sharía en territorio europeo, control estricto de inmigrantes y refugiados son medidas que los europeos son reacios a tomar, pero que se antojan fundamentales. Como lo es el dotar a los servicios de inteligencia de nuevas herramientas: las mismas que, por cierto, los europeos criticaban a los Estados Unidos. De repente, con comandos islamistas ametrallando terrazas, cines y teatros en Europa, la Patriot Act no parece tan monstruosa.

En fin: esta segunda guerra contra el terrorismo ofrece a Europa un desafío sin precedentes, continuación aunque muy distinta de la del 11-S. La retirada de las tropas norteamericanas de Irak y Afganistán marca el fin de la primera guerra contra el terrorismo, la liderada por Bush y Aznar tras el 11 de Septiembre. Ahora, el ataque sobre París marca un antes y un después: la segunda guerra contra el terrorismo se librará en, contra y por los europeos. Queda por ver si Hollande, Cameron o Merkel están a la misma altura de quienes libraron la primera.

Óscar Elía, analista de GEES y profesor de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).

Robert Ménard | Ahora, ¿qué hacemos?
AGENCIAS Minuto Digital 16 Noviembre 2015

Hollande dijo anoche que Francia sería “despiadada”. Me gustaría que fuera el caso. Que no quede todo en un comentario patético. Un jefe de Estado cuando habla a la nación a raíz de una masacre como la de ayer, no tiene derecho a engañar a sus conciudadanos.

Entonces, ¿qué hacer? En primer lugar, tenemos los servicios secretos. Se les debe dar la luz verde para una eliminación sistemática en cualquier parte del mundo islámico directamente involucrado en los ataques de la noche anterior (y otros). No hay que “neutralizar” a esas personas. Las debemos destrozar.

A continuación, se ha de ‘vaciar el agua de la jarra’. Que los comandos islamistas no se muevas como peces en el agua. Esto significa la detención inmediata de todos los islamistas vinculados a este último ataque. ¿No hay lugares en las prisiones? Esta no es la cuestión. Estamos en guerra. Procede la creación de campos de prisioneros, el cierre inmediato de todas las mezquitas de la actividad islamista radical, la expulsión de los imanes extranjeros y creyentes asociados a estas mezquitas radicales, y la vigilancia o arresto de los naturalizados o conversos al islamismo. Más: Es necesaria la deportación efectiva e inmediata de los inmigrantes procedentes de regiones en guerra a los que no se ha concedido el estatuto de refugiado. Se ha de detener la importación de la guerra y, una vez más, no fortalecer los ambientes donde los islamistas campan a sus anchas [en nuestras naciones].

A nivel municipal de alcalde veo que una vez más a la policía municipal se la llamó anoche, pero no podemos exponer a nuestros agentes sin darles los medios de respuesta idéntica al resto de sus colegas nacionales: han de disponer de fusiles ametralladores y la autoridad investigadora correspondiente. Esto cómo mínimo.

¿Qué si se trata de medidas muy duras…? No. Se requerirán otras. Ya que ¿qué es lo que queremos? ¿Esperar a recibir otro ataque más? Sin embargo, estas medidas no son suficientes en sí mismas. Mentalmente, debemos restablecer el [orgullo del] pueblo francés. Necesitamos líderes para conducir nuestro país. Debemos dejar de hablar en esta neolengua que mata el instinto de lucha. Repito: hablar como todos los funcionarios durante esta última noche de “neutralización” es una burla al mundo. Tener miedo de las palabras es indecente a la luz de las muertes del 13 de noviembre.

Comencemos por nombrar al enemigo: el Islam. Este islamismo que a los ojos de cientos de millones de personas en todo el mundo, es el verdadero Islam. No estamos hablando de un pequeño grupo de fanáticos de 5.000 individuos. Hablamos de una mayoría dentro de una corriente fundamentalista en algunos lugares del Islam. ¿Alguien ha oído hablar de este asunto desde ayer? No. Lo que es la prueba de que la clase política y los medios de comunicación no han aprendido nada.

En este contexto, ¿se puede confiar en François Hollande? ¿O en la unidad nacional teóricamente convocada por la clase política?

En la unidad en la lucha, sí que se puede confiar. ¡En la unidad para ocultar responsabilidades, para anestesiar las conciencias, no! No podemos aceptar repetir los acontecimientos de Charlie Hebdo, o de ayer, de nuevo.

Si el gobierno francés toma medidas como las que he mencionado anteriormente, entonces, sí, podemos ir hacia una unidad que necesitamos porque estamos en guerra. Pero debido a que estamos en guerra, no podemos aceptar un consenso suave y difuso. Se reúne el Congreso francés el lunes 16. ¿Para qué? ¿Para qué programa?

Aunque se inicia hoy una importante reunión internacional sobre Siria, ¿alguien cree que estos ataques en París influirán en nuestra diplomacia?

No se sabe. En todos los casos, proporcionan una excusa para Laurent Fabius, el último bastión del cambio [NdT: de la política laxa contra el islamismo; cuánto peor, mejor]. Durante dos años en que en Francia ayudamos a Bashar Assad para aplastar a los islamistas, todos los idiotas útiles de los medios de comunicación y de nuestra Justicia se negaron a apoyar dicha ayuda… ¡Y Bashar hizo la guerra contra los que nos hacen la guerra ahora a nosotros!

Frente a nuestros enemigos, sin dudarlo, debemos unirnos a Rusia en una alianza para liquidar lo más pronto posible a los islamistas de allí abajo, estén dónde estén. Antes de que vengan más y permanezcan aquí para asesinarnos.

Cambio de tendencia
Lo nuevo es la implicación directa del Daesh en los atentados. Hasta ahora, el autoproclamado Estado Islámico había animado a que otros atentasen en su nombre
Javier Jordán* El Confidencial 16 Noviembre 2015

Pese a la tragedia y la conmoción social, los atentados de París no entrañan una novedad en términos de planificación y modus operandi del terrorismo yihadista. De hecho, guardan un claro paralelismo con los atentados de Bombay en noviembre de 2008, pero ahora en el corazón de Francia.

Tampoco es la primera vez que el yihadismo ha tratado de actuar de ese modo en Europa. En julio de 2010 se hizo pública la desarticulación de un complot de Al Qaeda que pretendía atacar con granadas y fusiles de asalto diversos lugares turísticos del Viejo Continente. Se llamó el Europlot. Afortunadamente, fue evitado a tiempo, al igual que otras decenas de tramas de inspiración yihadista contra Europa Occidental en los últimos 15 años.

Sin embargo, lo que sí supone un cambio de tendencia es la implicación directa del Daesh en los atentados. Hasta ahora, el autoproclamado Estado Islámico había animado a que otros -simpatizantes de su propaganda a quienes no conocía- atentasen en su nombre. Como hizo por ejemplo Amedy Coulibaly, asesinando a una policía municipal y a cuatro rehenes judíos en enero pasado. Pero los últimos atentados de París son diferentes. El Daesh ha reconocido la autoría y la selección de los objetivos, y de ello cabe deducir que también ha enviado, entrenado y coordinado a quienes perpetraron el ataque.

El cambio de tendencia conlleva serias implicaciones. En la década transcurrida desde los atentados de Madrid y Londres, se han repetido nuevos ataques terroristas. Pero el número de víctimas ha sido relativamente bajo porque quienes los ejecutaron actuaban en la inmensa mayoría de los casos de manera independiente, sin contar con el apoyo de una organización mayor, y muchas veces incluso en solitario, sin constituir una célula. Fueron atentados trágicos, pero escasamente complejos y sofisticados. Por el contrario, el 11-M y el 7-J resultaron terriblemente mortíferos porque tras ellos estuvo Al Qaeda apoyando su planificación y ejecución. El asalto a tiro limpio contra 'Charlie Hebdo' fue un atisbo de vuelta a los primeros tiempos. Al Qaeda en la Península Arábiga entrenó a los hermanos Kouachi, y más tarde ellos utilizaron ese 'know-how' para realizar la matanza.

Que el Daesh tome ahora el relevo de Al Qaeda en el diseño y coordinación de atentados en Europa es por tanto un hecho inquietante. El autoproclamado Estado Islámico cuenta con recursos y conocimiento experto suficientes como para tramar nuevos atentados, y consumar eventualmente algunos de ellos. La buena noticia es que la estructura policial y de inteligencia de los países europeos más afectados por este problema -entre los que se incluye España- se encuentra ahora mucho mejor preparada que la previa a los atentados de Madrid y Londres. Prueba de ello es que después del 11-M y el 7-J, Al Qaeda protagonizó nuevos complots terroristas que fueron abortados por las fuerzas de seguridad.

No hay garantía de éxito al cien por cien a la hora de evitar atentados contra objetivos blandos como los atacados en París (haría falta una inversión de medios inasumible y un Estado similar al 'Gran Hermano'). Aun así, la eficacia de inteligencia y policial, que ha sido la habitual en estos años, es el objetivo a mantener y mejorar mediante la debida atención a las políticas públicas de seguridad. La respuesta militar occidental contra el Daesh en su territorio está logrando contener su expansión -que no es poco-, pero siendo realistas no va a lograr por sí sola acabar con el problema. Por ello conviene moderar los tambores de guerra que ahora mismo suenan en el Elíseo, pues generan unas expectativas que ni la fuerzas armadas francesas, ni las norteamericanas, ni las de otros aliados de la OTAN van a poder satisfacer. La solución pasa por encontrar una salida diplomática a la guerra de Siria (a su modo, la intervención militar rusa está contribuyendo en ese sentido). Y, después de ello, favorecer que sean países de la región quienes destruyan al Daesh.

Aunque algunos errores occidentales contemporáneos han contribuido a agravar la situación (la invasión norteamericana de Irak en 2003 fue uno de los más señalados), el origen del yihadismo se remonta a mucho tiempo antes y se encuentra en las propias sociedades y estados de mayoría musulmana. De ellos, sobre todo, es de donde tienen que venir las soluciones integrales a este problema.

Javier Jordán es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada e investigador visitante en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Afirmar los valores de Occidente
Ricardo Ruiz de la Serna Libertad Digital 16 Noviembre 2015

Mientras las investigaciones policiales tratan de esclarecer la autoría y las circunstancias de los atentados del pasado viernes en París, es inevitable preguntarse por sus consecuencias para Francia y para Europa.

En primer lugar, la poca información que se conoce sobre la identidad de los terroristas muertos –al principio se habló de ocho, pero después de siete– apunta a su juventud y al perfecto francés en el que se expresaban. Hay rumores de que los terroristas profirieron gritos relativos a la guerra de Siria en la sala Bataclan. Hay testigos que dicen haber escuchado "Alá es grande". Los comunicados de Al Hayat Media Centre, el órgano de comunicación del Daesh, se han entendido como una reivindicación tácita de los atentados, a los que califica de "milagros". Las sospechas sobre Al Qaeda en el Magreb Islámico parecen haberse disipado después de que el propio presidente de la República, François Hollande, haya responsabilizado a los yihadistas que controlan parte de los territorios de Irak y Siria.

La conexión siria ha disparado las preguntas sobre una mayor participación francesa en la lucha contra el Estado Islámico. A principios de noviembre Francia envió a Oriente Próximo el portaaviones Charles de Gaulle y duplicó así su capacidad ofensiva contra los terroristas. Las informaciones apuntaban a que Francia iba a combatir al Estado Islámico no solo en Irak –donde lleva luchando desde febrero de 2014–,también en Siria. Es de esperar un aumento de la participación francesa en el conflicto, en coherencia con la promesa presidencial de una respuesta "implacable". Por lo pronto, mientras escribo estas líneas su aviación está bombardeando Raqa, la capital del territorio controlado por el Estado Islámico.

Francia es uno de los Estados más comprometidos en la lucha contra el terrorismo en África, el Próximo Oriente y Asia Central. Así ha descrito el presidente François Hollande los atentados:

Un acto de guerra cometido por un ejército terrorista, Daesh, un ejército de yihadistas, contra Francia, contra los valores que defendemos en todo el mundo, contra lo que somos: un país libre que habla al conjunto del planeta. Es un acto de guerra que ha sido preparado, organizado, planificado desde el exterior y con complicidades interiores que la investigación permitirá establecer.

De este modo, junto al elemento de la agresión exterior está la presencia de los terroristas y sus cómplices en suelo francés. El geógrafo Cristophe Guilluy ha descrito "la Francia periférica" de las banlieues –las barriadas de los conurbanos– y las pequeñas y medianas ciudades alejadas de los grandes centros de creación de empleo. En estos núcleos deprimidos se concentra el 60% de la población de Francia. Allí es donde se vive la mayor conflictividad social. Los jóvenes descendientes de inmigrantes sufren el desarraigo de una segunda generación no integrada. El Frente Nacional enarbola la bandera de la xenofobia como alternativa a un proyecto multicultural que consideran fracasado. Es en esta Francia donde se deben afrontar los mayores desafíos de nuestro tiempo: la educación, la afirmación de los valores occidentales, el imperio de la ley, la defensa de los derechos humanos y la cohesión social. La identidad republicana rivaliza con la islamista y la yihadista. Así, la República debe reforzarse frente a ideologías basadas en el odio a todo lo que ella representa.

Un dato podría pasar inadvertido: Bataclan es un lugar habitual de actos de organizaciones judías, y ya había sufrido amenazas en 2007, 2008 y 2011. Eagles of Death, la banda que tocaba la noche del viernes, había actuado en Israel entre fracasadas campañas de boicot. No se debería soslayar el antisemitismo cuando se analiza el ascenso del islam radical en Europa. Los discursos de odio se propagan gracias a imanes radicales y un formidable aparato de propaganda a través de sitios web y redlas es sociales. Junto a la extrema derecha, el islamismo y el yihadismo aspiran a acabar con todo lo que Europa representa. Sin duda son una minoría entre los musulmanes, pero es engañoso omitir la referencia a la violencia religiosa a la hora de analizar el fenómeno.

He aquí el gran desafío: salvar nuestra civilización sin traicionarla. Las raíces de Occidente se hunden en el pensamiento judeocristiano y la herencia grecorromana: la dignidad intrínseca del ser humano, el valor de toda vida humana, la razón, la libertad, la democracia, el límite de toda forma de poder. Una forma de renunciar a este legado es ir contra sus fundamentos. Otra es desistir de su defensa.

En Francia –y en toda Europa– se libra hoy una batalla contra el fanatismo de unos terroristas y sus ideologías de odio. Las democracias son fuertes cuando lo son sus ciudadanos. La historia del siglo XX nos demuestra que ningún logro de la civilización occidental está exento de amenazas ni de peligros. El III Reich pudo vencer –y en la primavera de 1940 estuvo muy cerca de lograrlo–, y solo la fuerza de quienes se atrevieron a resistir logró impedirlo.

Europa –es decir, los ciudadanos europeos– debe hacer frente al terror y afirmar los valores sobre los que se ha edificado una civilización que algunos pretenden destruir. Esa civilización es Occidente.

El himno de la muerte
Luis Herrero Libertad Digital 16 Noviembre 2015

El viernes por la noche, cuando las noticias que llegaban de París eran todavía confusas pero ya suficientemente aterradoras, mi hija mayor me llamó por teléfono con la voz descompuesta. Estaba sola en casa de su hermana, en las afueras de Madrid, cuidando de su sobrino. Tenía miedo. No había podido localizar a su prima Sofía, que estudia en París, y la imaginación le estaba jugando la mala pasada de suponerla en la nómina de las víctimas de los atentados. No paraba de repetirme que le hubiera podido pasar a cualquiera. Me hizo muchas preguntas, pero todas ellas buscaban algo que yo no podía darle: seguridad. Se sentía vulnerable. Podía haber sido ella una de las chicas asesinadas en La Belle Équipe, mientras disfrutaba de una alegre velada entre amigos. Su prima podía haberse acercado al concierto heavy de Bataclan, como tantos otros jóvenes de su edad. Cualquiera de sus amigos podía haber buscado en las inmediaciones del Stade de France, en Saint Denis, una entrada de última hora para ver el partido entre Francia y Alemania. O los terroristas podían haber elegido para su matanza un sitio distinto a París. ¿Por qué no Madrid? Tal vez lo elijan mañana. O cualquier otro día. Y ella misma -¿quién le dice que no?- puede cruzarse en su macabro camino.

Cuando mi hija era pequeña y la veía asustada yo la abrazaba muy fuerte y le susurraba al oído que siempre la protegería. Cuando me llamó el viernes por la noche tal vez buscaba que le dijera lo mismo que entonces, pero lo cierto es que aunque se lo hubiera dicho, ella ya no lo habría creído. De repente, una noche, a cientos de kilómetros de una masacre yihadista, había adquirido conciencia de que parte del precio de sentirse vivo -y libre- es la angustia que produce el miedo a perder la vida y la libertad. Y, en su fuero interno, trató de recomponer un esquema mental que le proporcionara la seguridad que había perdido de golpe. Habló de los terroristas como si fueran gente mala, alimañas, apóstoles del infierno. Me faltó valor para decirle que ninguna de sus tres ideas era completamente cierta. En la conciencia de los asesinos no hay una total ausencia de bien. El Alá que invocan antes de apretar el gatillo del kalashnikov no lo permitiría. Tampoco son animales irracionales, simples bípedos implumes, porque ninguna bestia zoológica se comportaría como lo hacen ellos. Sólo un destello de raciocinio puede provocar tanta barbarie. Y no son, por último, criaturas de azufre. No piensan en el infierno, sino en su visión particular del paraíso. Como acaban de proclamar en un reciente número de Dabiq, su principal órgano de propaganda en inglés, su objetivo consiste en proporcionar a cada individuo musulmán una entidad concreta y tangible para satisfacer su natural deseo de pertenecer a algo grande.

Los terroristas del Estado Islámico son tres veces fanáticos: islamistas, sunís y salafistas. Han sido educados desde pequeños en el odio a lo que temen. Occidente es la amenaza de su identidad. Nos ven como violadores de sus madres y de sus hermanas. Creen que queremos acabar con su religión. Nos combaten como a cruzados de una nueva guerra santa en la que a nosotros nos aguarda la muerte y a ellos siete recompensas y 72 vírgenes en la vida eterna.

En una cosa tienen razón: esto es una guerra. La han declarado ellos.

"Dime al menos que la ganaremos", me pidió mi hija.
Y por supuesto le dije que sí. Soy su padre, después de todo. Probablemente también lo piensan los jóvenes que salieron del Stade de France cantando La Marsellesa, como si un Víctor Laszlo presente en su conciencia les empujara a ahogar con su canto a la libertad el himno fascista de un nuevo mayor Strasser. Pero que el malentendido no quede entre nosotros: mi esperanza no procede del análisis de la realidad, donde los políticos inflaman discursos que se lleva el viento, sino de la fe en el ser humano, creado libre y vinculado a la libertad -tanto como al oxígeno- para seguir con vida en la tierra.

Que vayamos a ganar no significa que vayamos ganando. Al-Qaeda tardó trece años en derribar las Torres Gemelas, el orgulloso escaparate de Occidente. Supimos entonces que no había zonas seguras ni siquiera en el interior de nuestra propia casa. Reaccionamos. Diez años después los seals estadounidenses liquidaron a Osma bin Laden, al-Qaeda perdió el santuario que tenía en Afganistán, muchos de sus aliados se quedaron sin las infraestructuras de apoyo que mantenían al amparo de los talibán y comenzaron a registrarse convulsiones políticas en algunos países del mundo árabe. Todo parecía indicar que íbamos ganando. Pero no era verdad. Ni la muerte de Bin Laden en su escondite ni la mal llamada Primavera Árabe significaron la decadencia del yihadismo global. Mientras brindábamos por nuestras victorias otras organizaciones salafistas de nuevo cuño se articulaban en Egipto, Libia, Túnez y Siria. En junio de 2014 asomó la cabeza el Estado Islámico proclamando en la práctica el califato que al-Qaeda llevaba hilvanando con promesas de sangre desde mediados de los 90. Su líder reclamaba autoridad política y religiosa sobre la totalidad de los territorios donde han regido alguna vez las estipulaciones del Corán. Su objetivo último -dijo- era el de extender por la fuerza la observancia del credo islámico, en su expresión más apocalíptica, sobre el conjunto de la humanidad. El Isis ha conseguido en menos de dos años mucho más de lo que consiguió al-Qaeda en un cuarto de siglo. Moviliza seguidores cada día y sólo ha tardado 17 meses en conseguir su 11-S, esta vez en París un 13 de noviembre.

Así que hoy estamos peor de lo que estábamos en septiembre de 2001. El enemigo es más fuerte y nosotros no hemos aprendido la lección. Aún peor: creo que la hemos olvidado. Hasta hace bien poco, la alianza entre la musculatura militar norteamericana y el legado cultural europeo le daba legitimidad a la idea de una civilización occidental. No sólo le daban legitimidad. También le daba poder. Ese poder nos ayudó a ganar la primera guerra mundial contra el Reich alemán, la segunda contra la Alemania nazi, y la guerra fría contra la URSS. Luego, la legitimidad nos ayudó a ordenar la larga paz interna de los últimos cincuenta años en el mundo libre. Pero ahora, me temo, nos hemos quedado sin lo uno y sin lo otro. O nos damos prisa en recuperarlo o no habrá canto de La Marsellesa capaz de ahogar el himno yihadista de la muerte. La guerra no se gana con discursos. Para ganar la guerra hay que ir a la guerra. Ese es, a veces, el precio que exige la libertad.

La nueva guerra europea: yihad 3.0
Javier Ruiz www.vozpopuli.com 16 Noviembre 2015

Los atentados ocurridos en Francia este viernes permiten extraer ya conclusiones sobre el nuevo modo de actuar del yihadismo en Europa. Los expertos anti-terroristas definen la que se ha inaugurado en París como la “tercera yihad”, tal y como la plasmaba Abou Moussad al-Souri en un manifiesto titulado “Llamada a la resistencia islámica mundial”. En ella se plantea superar la emprendida contra la Unión Soviética en Afganistán y contra Estados Unidos tras Irak, con una cabeza centralizada en Osama Bin Laden. La nueva “guerra santa” en Europa va a parecerse de ahora en adelante mucho más a la que viven países como Siria o la que vivió Bombay, India, en el año 2008.

Al menos tres nuevas características definen el nuevo tiempo que abren en Europa los atentados de París.
En primer lugar, los terroristas han dejado de apuntar a un símbolo nacional sino que han lanzado un ataque contra la población en general, distribuida por tres escenarios diferentes y mucho más difusa. La respuesta a ese tipo de violencia hace la prevención mucho más difícil ya que, hasta ahora, las fuerzas de seguridad se habían reforzado en aeropuertos, estaciones de tren e iconos nacionales ante la amenaza terrorista. A partir de ahora, esa amenaza es más difusa.

En segundo lugar, el terrorismo ha dejado de perseguir los objetivos habituales: periodistas blasfemos (como en el caso de Charlie Hebdo), judíos (como el atentado de Hypercacher) o fuerzas del orden para pasar a atacar a un objetivo mucho más amplio: el de la sociedad en su conjunto.

En tercer lugar, ya no son lobos solitarios los que atentan de manera más o menos aficionada y más o menos desafortunada. Los que han actuado en esta ocasión son operativos típicos de zonas de guerra similares a los que golpearon Bombay en 2008, cuando durante 4 días atacaron restaurantes, museos, hoteles y zonas turísticas. Los tres equipos de terroristas que han golpeado en esta ocasión estaban equipados con el mismo tipo de armas y con los mismos chalecos explosivos con idéntica composición de peróxido de nitrógeno e iguales baterías y detonadores.

Esos tres cambios significativos marcarán el corto plazo para los expertos en seguridad y contra-terrorismo a los que se vuelve a ofrecer el atajo de recortar de nuevo las libertades. Ese atajo lo recorre ya Nicolas Sarkozy que apuesta por romper la unidad política y por impulsar una “Patriot Act francesa” que incluya la prohibición de visitar webs yihadistas o la prohibición de viajar a ciertos destinos. Su argumento es que uno de los sospechosos, Ismaël Omar Mostefaï, un francés de 29 años, viajó a Siria entre el otoño de 2013 y la primavera de 2014 antes de integrarse en una célula salafista. Sin embargo, puesto que el objetivo terrorista es el de atacar a la sociedad en su conjunto, achicar el perímetro de las libertades actuales parece más bien alimentar su objetivo que solucionar el problema.

El MAPA DEL ISIS
Tampoco parece razonable el cierre de fronteras a los refugiados sugerido por algunos responsables de la derecha europea con el argumento del pasaporte sirio que portaba uno de los terroristas y cuya autenticidad todavía está por confirmar. Los refugiados no son terroristas sino víctimas que huyen, precisamente, de los mismos atentados ocurridos en París. Ésta es una cuestión de seguridad, no de inmigración ni de refugiados.

La solución, pues, pasa por un aumento de la presencia policial y militar a corto plazo. Pero, sobre todo, la nueva era que inauguran estos ataques exige una respuesta mucho más urgente: el control de la financiación de ese nuevo terrorismo. ¿Quién ha financiado las actividades de este fin de semana? ¿Cómo ha entrado ese dinero en Europa y cómo pueden las autoridades económicas no haber detectado su rastro? Desde ahora mismo, mucho más urgentes que las tropas en la calle son necesarios refuerzos en los controles contra el blanqueo de capitales, la evasión de divisas y los circuitos de financiación paralelos. Sólo así se controlará el cambio de paradigma de un terrorismo que ha dejado de buscar en Siria o Irak el califato o el Estado islámico mediante atentados en Beirut o Líbano como los de los últimos meses para convertir Europa en el nuevo campo de batalla.

La recuperación económica pasa a segunda fila
La unidad de la patria, el castellano y la bandera, ejes del programa electoral del PP
José Alejandro Vara www.vozpopuli.com 16 Noviembre 2015

El programa electoral del PP hace particular referencia a la unidad de la patria, a la defensa del castellano y a los símbolos nacionales. La sublevación separatista en Cataluña será el telón de fondo de la campaña electoral. El PP ha modificado su libreto. España y el castellano serán dos de sus ejes. La economía pasa a segunda fila.

El programa electoral del PP hará referencias explícitas tanto a la defensa del actual modelo territorial, así como a los elementos y símbolos de la nación, como la lengua o la bandera, de acuerdo con lo que ha trascendido en fuentes fiables. Andrea Levy, vicesecretaria general del partido en el Gobierno, prácticamente ha concluido la elaboración del esqueleto de este texto programático, diseñado con aportaciones de diferentes instancias de la formación, así como de sectores económicos y sociales.

La insurrección independentista en Cataluña es el telón de fondo de una parte muy sustancial, por su relevancia, del programa, que se dará a concocer esta semana en un acto al que el PP pretende conferirle una trascendencia superlativa. El guión de la plataforma electoral gira en torno a dos sólidos puntales: la defensa de la unidad de la nación y la recuperación económica. Ambas líneas argumentales circularán en paralelo en las actividades e intervenciones de los diferentes candidatos cara a la cita del 20D.

Un mensaje unívoco en toda España
El PP pretende seguir apareciendo como el único partido que emite el mismo mensaje en todos los rincones del país, en contraposición con los bandazos que protagoniza el PSOE, con posturas muy diferentes según las voces o los territorios. Se trata de un planteamiento bifronte ya que por un lado pone en evidencia las fuertes contradicciones internas de los socialistas, muy divididos cuando se aborda la cuestión nacional y, al tiempo, le arrebata a Ciudadanos la bandera de ser el partido más beligente con los nacionalismos.

Nada de reforma constituconal en este documento, que elude uno de los asuntos que más polémica desató desde que Mariano Rajoy dejara abierta esta posibilidad tras su encuentro estival con el Rey en Mallorca. "Aquello no fue oportuno y nos ha traído serios inconvenientes", se escucha en fuentes veteranas de la formación. El presidente siempre ha insistido, desde entonces, en que la reforma constitucional se abordará cuando haya un consenso amplio entre las fuerzas políticas, tanto en los contenidos como en los objetivos y en los tiempos.

El equipo de Génova ha recogido aportaciones "nuevas y potentes", según estos comentarios. Es el PP de siempre, con sus puntales ideológicos tradicionales pero con algunas innovaciones 'con impacto y repercusión'. La incidencia en la defensa firme de la unidad nacional es una de las 'ideas fuerza' del programa, potenciada ahora, en forma coyuntural, por los acontecimientos que tambalean la estabilidad política en Cataluña. "No es un programa contra los nacionalismos, sino en abierta defensa de nuestro ordenamiento jurídico y nuestra Constitución", subrayan. Siempre ha sido así.

En defensa del castellano en las aulas
En este mismo ámbito también se hace hincapíé en la defensa del castellano como lengua común de todos los españoles, un punto en el que el PP ofrece diversos talones de Aquiles, como, muy especialmente, en Cataluña, donde se le reprocha que no ha sido capaz de defender ni las sentencias del Supremo y ni siquiera su propia ley de Enseñanza, elaborada por el ministro Wert antes de poner rumbo a París. La imagen de Inés Arrimadas, jefa de filas de Ciudadanos en Cataluña, exponiendo con brillantez sus argumentos en castellano durante los debates de la sesión de investidura de Artur Mas, han tenido un efecto nada favorable al PP. En otras comunidades como la valenciana o la balear, el PP ha incurrido en actitudes demasiado laxas en cuanto a la educación y la propia defensa del castellano como lengua vehicular en las aulas.

Otro punto que con casi toda seguridad incorpore el programa es un desarrollo de la ley de símbolos nacionales, como la bandera o el himno, para clarificar lo que ocurre últimamente tanto en consistorios o coliseos deportivos. La defensa de la bandera nacional todavía es una cuestión pendiente y aún beligerante en muchos puntos de nuestro país. De ahí la idea de poner orden en la regulación de su uso y exhibición y en la clarificación del castigo o la penalización al incumplimiento de esta norma. La actual regulación legal se remonta a los tiempos del presidente Calvo-Sotelo. No se trata tan sólo de perseguir las pitadas al himno en los estadios donde compite la selección española, sino de poner algo de orden en un asunto que no es problema alguno en casi ningún país del entorno europeo.

El programa también desarrollará especiales aspectos de enorme incidencia social, como ayuda a la familia (no habrá mención a la ley del aborto) y a los sectores menos protegidos de la sociedad, como los ancianos, la infancia y, desde luego, la mujer maltratada. El departamento del ministro Alfonso Alonso ha sido un colaborador muy importante al perfilar este costado social del texto, posiblemente uno de los más olvidadados por el PP en otras oportunidades.

La recuperación y la creación de empleo
La recuperación económica es un fijo en el 'menú de campaña'. Pero ha perdido su faceta de 'prima donna'. Seguirá siendo referencia indiscutible en los mensajes mitineros, muy en particular en lo que toca a la creación de empleo y al cambio del panorama en estos cuatro años. De la quiebra al alivio, viene a ser el resumen del discurso. El presidente, en este sentido, sigue pensando que es el bolsillo el que decide unas elecciones, de acuerdo con la teoría arriolesca, ahora tan en baja. Pero la turbamulta catalana ha modificado algunos esquemas.

El cuerpo final del documento pergeñado por Andrea Levy y su equipo se ha enviado a Moncloa para su supervisión y para la incorporación de aportaciones varias. Un trabajo orquestal, con muchos insrumentos pero una melodía común, subraya esta fuente. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha puesto particular interés en sumarse a esta tarea, para evitar algunos traspiés en los que incurrió su partido en ediciones electorales anteriores. La cantinela de que el PP ha cumplido el 93 por ciento del programa con el que se presentó en 2011"suena muy bien pero no todo el mundo se lo cree", comentan en el partido. Se trata ahora de resultar "contundente y convincente", añaden.

Otras formaciones han presentado ya buena parte de su programa. En Génova deslizan que se trata de aportaciones decepcionantes, de posturas inconcretas o inalcanzables. Se muestran muy críticos por ejemplo con el de Ciudadanos, algo nebuloso en lo económico y disparatado en lo político. Esta semana le llega la hora del verdasd al del PP.

Miserables y mentirosos
Nota del Editor 16 Noviembre 2015

Si el PP tuviera alguna credibilidad, la defensa del castellano podría ilusionar a muchos españoles, pero teniendo en cuenta que el PP debe desaparecer porque es un conjunto de miserables y mentirosos, es mejor olvidarse.

Si en algún momento hubieran tenido el más mínimo sentido de los derechos humanos y constitucionales no habrían impuesto las lenguas regionales en sus feudos y habrían defendido a los español hablantes
como estaban y siguen estando obligados por esos derechos en los feudos de sus socios.

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Nuestra guerra contra la yihad
Santiago Abascal Libertad Digital 16 Noviembre 2015

El pasado viernes el terror se apoderó de París y de millones de personas en toda Europa. Un nuevo ataque yihadista ha dejado, hasta el momento, 129 muertos y cientos de heridos. Entre los fallecidos hay dos compatriotas. No es la primera vez que esta lacra golpea Occidente. Tristemente no será la última. La bestia volverá a herirnos con su zarpa y lo hará también en España. Eso está fuera de toda duda. El único interrogante es cuándo. Ha llegado el momento de que el pueblo español abra los ojos y se dé cuenta de que España, al igual que sus aliados occidentales, está en guerra. Incluso en una guerra más evidente que el resto porque la recuperación de Al Ándalus es un anhelo islámico. Es la guerra del siglo XXI, una guerra global y asimétrica en la que no hay frentes, vanguardias ni retaguardias y en la que todos los ciudadanos estamos expuestos.

El islam anda convulso, sometido también a una guerra interior que no refleja más que un replanteamiento interno de lo que son y hacia dónde quieren ir los musulmanes. Democracia versus fanatismo islámico. Libertad y derechos humanos versus adoctrinamiento y violencia. En todo este paradigma, están surgiendo como poder hegemónico los terroristas del Califato Islámico (Daesh). Esta mancha de terror está corriendo como la pólvora por el norte de África, habiendo alcanzado ya Libia y golpeado con dureza Túnez y el corazón de Europa. Su enemigo es todo aquel que no abraza el fanatismo. El enemigo somos tú y yo: la supresión de nuestra democracia y nuestro régimen de libertades y su sustitución por la ley islámica. Ese es su objetivo declarado.

Pero el árbol no debe de impedirnos ver el bosque. Dentro de esta amenaza global, España debe identificar sus propias amenazas y combatirlas desde un enfoque integral de manera coordinada con las propias de sus aliados y lograr así la derrota definitiva del islamismo radical. Un enfoque integral que incluya la acción militar, policial, de política exterior, social y judicial de manera equilibrada.

Para nosotros, nuestra primera atención se encuentra en la estabilidad del norte de África. Los fundamentalistas tienen allí uno de sus principales objetivos. Lo afirmo con la desconfianza intacta, pero Marruecos se muestra, hoy por hoy, como un país amigo de Occidente, a pesar de sus restricciones a la libertad religiosa y política, a pesar de su hostilidad hacia nuestras plazas africanas de Ceuta y Melilla y a pesar de que cierra y abre a conveniencia el grifo de las mareas de inmigrantes subsaharianos. Dicho todo eso, Marruecos se encuentra amenazado no solo por el avance procedente del este, sino por la presión fanática que también tiene desde el sur en el Sahel, donde los terroristas gozan de libertad de acción. La fortaleza de Marruecos y unas efectivas Fuerzas Armadas españolas que puedan responder de manera anticipada y eficaz a la amenaza terrorista son la mejor garantía de nuestra seguridad.

Por ello, es necesario hacer caso a la petición que la OTAN efectuó recientemente de un aumento en nuestro presupuesto de defensa, el más bajo de la Alianza, menos de un 0,5% del PIB. Un aumento que permita a nuestras Fuerzas Armadas salir del estado de precariedad en el que se encuentran, resultado de tantos años de abandono por parte de una clase política que ha pensado que la seguridad que disfrutamos es gratis. Una clase política que ha recortado en defensa pero que ha mantenido intactos sus privilegios y el disparatado despilfarro de las comunidades autónomas.

Además de reforzar nuestra defensa, el Gobierno tiene que desarrollar políticas sociales de apoyo a la natalidad. Con sólo 1,3 hijos por mujer, somos el país con la demografía más débil de toda Europa. Necesitamos beneficios fiscales para las familias, medidas de apoyo a la conciliación familiar y apoyo a las mujeres que quieren seguir adelante con sus embarazos. El actual suicidio demográfico nos lleva a un multiculturalismo que se está demostrando fracasado en los países de Europa que nos han precedido en el fenómeno de la inmigración. No todos los musulmanes son radicales, a pesar del Corán, de sus violentos versículos a favor del exterminio de judíos, cristianos y ateos, y a pesar de que el islam es más un código político que una religión. Pero lo cierto es que los yihadistas están reclutando a jóvenes terroristas aprovechando los problemas de falta de integración social de los musulmanes en los suburbios de las grandes ciudades europeas.

Por último, es absolutamente necesario mantener un estricto control de lo que pasa en las mezquitas españolas. Estamos orgullosos de nuestro sistema de libertades, uno de cuyos pilares es la libertad religiosa. Siempre hemos defendido que la práctica de la fe islámica está amparada por nuestra Constitución. Pero no podemos consentir que, amparándose en ella, los imanes fundamentalistas prediquen el odio y la violencia contra Occidente, ni que se financien las mezquitas desde países que impiden la libertad religiosa en su seno. ¡Reciprocidad! Si no se puede erigir iglesias allí, tampoco mezquitas aquí. Un imán que en su predicación diga "El castigo de Alá caiga contra los infieles, que Alá les envíe los mayores sufrimientos" está incitando al odio y debe ser castigado con la cárcel o la expulsión, si es extranjero. Además, hay que exigir a la comunidad islámica la más estrecha colaboración en la identificación y control de los violentos. Sólo así podremos dar crédito a que actos execrables como los de Paris no se han realizado en su nombre.

Nos jugamos mucho en esta guerra. Lo que hemos visto en París puede pasar mañana en Madrid, Barcelona o Bilbao. Si las ratas de Daesh siguen expandiéndose y toman el norte de África, los atentados en nuestras ciudades pueden ser tan frecuentes como lo fueron los del terrorismo etarra en los años 80, multiplicándose por diez el impacto de cada atentado.

Por eso es necesario elaborar una política de Estado que alcance un consenso para reforzar nuestra Fuerzas Armadas, apoyar a nuestras familias y dotar a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de las herramientas necesarias para poner a buen recaudo a los predicadores del odio. Todos estos son temas que deben ser consensuados y han de quedar fuera de la disputa política. En Vox estamos dispuestos a ello.

Para otro artículo dejo el papel nefasto de Arabia Saudí en todo esto, nuestra avidez por sus petrodólares y el papel de un Putin que ha convertido al Oriente en Occidente. También para otro escrito dejo el hecho de que el islam pretenda tener bula para no recibir críticas en una sociedad en la que la libertad de expresión es la base de la convivencia. Aquí se puede arremeter sin piedad contra la izquierda, poner a caer de un burro a la derecha, decir disparates del cristianismo, achacar a Israel los males de la humanidad... pero del islam no se puede hablar sin que te coloquen el cartel de islamófobo. A algunos no nos amordazarán nunca. Pero, lo dicho, para otro artículo.

Santiago Abascal, presidente de Vox.

Director de ESdiario.
Los antisistema catalanes conectados con “los chicos de la gasolina”
Antonio Martín Beaumont ESDiario 16 Noviembre 2015

La rebeldía ante la ley de las autoridades de Cataluña es un germen para la violencia callejera, avisa la seguridad del Estado, por las conexiones que hay entre CUP y proetarras.

Si un coche circula a 200 km/h en sentido contrario la policía le dará el alto. Si, pese a ello, no frena, se empleará cualquier medio hasta detenerlo. Naturalmente. Porque lo prioritario entonces es la seguridad de los demás conductores, e incluso la del mismo transgresor. Pues bien, si las autoridades catalanas se saltan la Constitución y se declaran en rebeldía ante las decisiones del Tribunal Constitucional, lo que sobre todo se pone en riesgo, más allá de la infracción de las leyes, es la convivencia misma entre los catalanes. Y la de Cataluña con el resto de España.

Y, no, no se habla solamente de esa fractura social, tan injusta, tan dolorosa, que han ido pagando durante años los vecinos de Cataluña cuando el llamado “nacionalismo moderado” los consideraba “malos catalanes”, ya fuese por no rotular el cartel del comercio en catalán, o por ser “tan poco patriotas” como para querer que sus hijos recibieran educación en castellano por ser su lengua materna.

Ni siquiera el desgarro vivido por abuelos, padres, hermanos, sobrinos y, en definitiva, amigos de toda una vida que han tenido que dejar de reunirse para evitar conflictos por culpa de un separatismo exacerbado que utiliza con descaro los más íntimos sentimientos. Una vez inoculado el virus de la división, levantado el peligroso muro de las creencias entre unos y otros, lo previsible, claro, era que se contaminase hasta el núcleo más básico de convivencia, que es la familia.

De hecho, ya hay serias advertencias encima de la mesa de los principales responsables de la seguridad del Estado sobre el peligro de que sectores ultraindependentistas catalanes, conectados con los “chicos de la gasolina” vascos, preparen acciones violentas para incendiar las calles catalanas. Sería un paso más con origen en la insólita actitud de las autoridades catalanas, declaradas en rebeldía en lugar de ponerse al frente de la legalidad que las legitima. Lo que ocurre en Cataluña no es una mera reivindicación política festiva de gente que sale a la calle dándose el gusto de gritar lo mal que convive con España. La cosa va más allá. A partir de ahora el riesgo de que se produzca un salto cualitativo y el conflicto derive en violento pende, por desgracia, de un hilo muy frágil.

Que no se haya permitido dimitir de sus cargos, para incorporarse a las listas electorales del PP, a los secretarios de Estado de la Policía, Ignacio Cosidó, y de la Guardia Civil, Arsenio Fernández de Mesa, debería ponernos sobre aviso. Se viven momentos delicados en materia de orden público. La seguridad de los ciudadanos está por encima de cualquier otro interés. Hasta tal punto llega la responsabilidad histórica de quien ha quitado la espita al separatismo radical para permitir que diez diputados antisistema controlen la política catalana.

Precisamente por ello es cardinal hoy que toda la maquinaria del Estado se emplee hasta frenar a quien pone en riesgo la paz civil con su actitud sediciosa. Pero estemos prevenidos, porque Artur Mas no ha dado ninguna señal de echarse a un lado. Al contrario. Cuanto más se estrecha su margen de actuación, más rápido circula. Se parece demasiado a un político roto y justo eso confiere al escenario un plus de duda. En su alocada conducción ha llevado a la Asamblea Nacional Catalana, su brazo "cívico", a convocar este domingo una concentración frente al Parlament (finalmente aplazada hasta el siguiente domingo tras el horror de los atentados de París) para exigir a las CUP su investidura.

Lo único que puede lograr Mas con ese paso es insuflar a los “cuperos” los ánimos que les faltaban para abrir las algaradas callejeras. La Candidatura de Unidad Popular da cobijo a lo más exagerado y tramontano del anarquismo. Cualquiera que viva en Cataluña lo sabe. Lo ve con sus propios ojos. Lo ha padecido. Pero, hasta la fecha, ningún cargo institucional había hecho nada tan irresponsable para alentar una marea parda.

Aunque, por puro interés coyuntural, las CUP nutran de cargos el Parlamento catalán y los ayuntamientos, son una fuerza maximalista que está lejos de aceptar ni tan siquiera la imprescindible regla de cualquier partido democrático, que impide considerar la utilización de la violencia como arma para sacar ventajas políticas. Causa escalofríos ver que Artur Mas, en su peligrosa conducción por mantener el poder, sea capaz de trasladar su lucha allí donde los ultras se mueven mejor: en la calle.

 


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