AGLI Recortes de Prensa   Jueves 19  Novietubre  2015

Una guerra justa
Editorial Okdiario 19 Noviembre 2015

Francia ha bombardeado por tercer día consecutivo Al Raqqa, el bastión sirio del Estado Islámico. Es la respuesta directa a la masacre que dejó 129 muertos el pasado viernes noche tras los atentados de París. Cuando el primer ministro galo, Manuel Valls, dijo que estaban en guerra dio de facto el beneplácito al uso de la fuerza para tratar de eliminar al Estado Islámico, la organización criminal más poderosa del mundo. Un ejército de fanáticos con armamento pesado y una financiación basada en la lucrativa venta de gas y petróleo.

Quizás haya quien pueda pensar que la violencia sólo engendra violencia y recrimine a Hollande los bombardeos. No obstante, el buenísmo de salón y red social no convencerá de nada al Estado Islámico. Muy al contrario, inflamará su ADN impositivo y los animará a atentar cada vez con más sadismo ya que su fuerza se expande con rapidez gracias, precisamente, a la debilidad de los territorios por los que pasa. Así sucedió en 2014 durante su campaña en Irak, país donde dominan la mitad del territorio, cuando las diferencias irreconciliables entre chiies y suníes les llevaron a conquistar la segunda ciudad del país, Mosul, y otro enclave fundamental como Faluya. Su ansia de territorio es insaciable, ahora mismo poseen un tercio de Siria y Libia además de una sólida red de maniobras en Túnez. Estamos hablando de un grupo de criminales con más de 30.000 efectivos en todo el mundo -200 de ellos en España- que igual entran disparando en una sala de conciertos al grito de “Alá es grande” que llegan a Palmira y destrozan algunos de los vestigios culturales más antiguos y valiosos que existen en el planeta. No es una reacción al hipotético colonialismo de Occidente, el Estado Islámico sólo entiende de su propio plan de futuro para el mundo: el terror.

La actuación general de estos bárbaros se basa en una interpretación religiosa que coloca como enemigos cervales a todos aquellos que no piensen y practiquen sus ideas, sean musulmanes o no. Entre sus normas de conducta social están la violación sistemática de mujeres, la represión de las minorías religiosas, el secuestro, la extorsión y la exhibición en redes sociales de todo tipo de asesinatos: decapitaciones, torturas y crucifixiones… Por lo tanto, y como decían en aquella Grecia clásica, madre de la actual Europa:”No hay pactos entre leones y hombres.” Y estos leones que han tomado cuerpo en islamistas radicales no quieren dialogar ni entender más razón que la suya: subyugar a Occidente bajo una dictadura teocrática.

Por todo ello, los bombardeos de los aviones franceses son mucho más que una venganza, es la respuesta de la libertad frente a la demencia que se asienta en Oriente Medio. De hecho, lo mejor que podría pasar para todos nosotros, para todos los nuestros, sería una coalición militar sólida formada por Francia, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Esa sería la respuesta más adecuada a un régimen tiránico que ocupa ya unos 100.000 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a toda Jordania. ¿Qué pasaría si los dejaran a su libre albedrío? Pues lo mismo que hubiera pasado si americanos y británicos no le hubieran parado los pies a la entente fascista de Hitler, Mussolini y Tojo.

Cuestionar a Hollande es cuestionar la esencia de lo que somos de la misma manera que la prevalencia del pensamiento buenista y políticamente correcto podría suponer la aniquilación de Occidente tal y como lo conocemos. Si el país galo no bombardeara, las próximas víctimas del terror podrían ser nuestros padres, hijos, hermanos o amigos. Nadie está libre de este peligro. Por eso, cuando el enemigo sólo entiende de sangre y barbarie, la guerra es la única manera de conseguir la paz.

La defensa nacional frente al «pacifismo» izquierdista
Editorial La Razon 19 Noviembre 2015

La decisión más compleja que debe tomar un gobernante es cómo defender a los ciudadanos del país que representa cuando es atacado. En el caso del terrorismo, es aún más difícil, porque sobrepasa la guerra convencional, y cuando se trata del yihadismo –que es violencia tribal aplicada con tecnología moderna– nos situamos en un escenario inédito donde el enemigo es indetectable. Hablar o no de guerra en estas circunstancias es irrelevante, incluso la «declaración del estado de guerra» ha caído en desuso y, como máximo, se actúa –cuando se respeta– bajo mandato de la ONU.

La cuestión es, por lo tanto, cómo defenderse del terrorismo global impuesto por el islamismo radical. No hablamos de una fuerza regular, sino de un ejército infiltrado en las sociedades democráticas, que se beneficia de la tolerancia ante otras culturas y creencias religiosas y que aprovecha la libre circulación entre fronteras. Cuando el presidente de la República Francesa, François Hollande, habló de que Francia estaba en guerra, debería entenderse que la lucha contra la yihad debe ser implacable, sin cuartel, con el objetivo de destruir las bases de Dáesh en Oriente Próximo y acabar con una amenaza real. Una guerra total contra lo que se ha convertido en el peor enemigo de las sociedades democráticas. Desde la perspectiva de detectar probables terroristas, bloquear los centros de reclutamiento en mezquitas y su capacidad de atentar en nuestro territorio, Mariano Rajoy firmó el Pacto Antiyihadista con el líder del PSOE, Pedro Sánchez. El acuerdo está abierto a más fuerzas políticas; algunas lo han aceptado (Ciudadanos) y otras no están dispuestas a firmarlo (Podemos e IU), siguiendo un tic propio de la izquierda más ortodoxa.

Las fronteras trazadas por la Guerra Fría han sido disueltas y tomar posición en función de criterios de estricta ideología no sólo es retrógrado, sino que se acaban defendiendo intereses en contra de la libertad y la democracia. El movimiento del «no a la guerra» que aglutinó a una parte de la izquierda en nuestro país, acabó siendo en una plataforma política que dejó atrás los principios del pacifismo para convertirse de hecho en un movimiento anti-PP al servicio de los que proponían, con tanta pereza intelectual como ingenuidad, una «alianza de civilizaciones». Lo que acabó denominándose el «buenismo» sólo fue no querer asumir el reto que supone la defensa nacional. Por lo tanto, esa izquierda refractaria a firmar pactos de Estado en los que primen los intereses de todos frente a las estrategias electoralistas debería en estos momentos difíciles no confundir una defensa legítima con una agresión a la población civil, algo que nadie desea y confiamos en que ellos tampoco.

El escenario abierto tras la constatación de que los ataques terroristas de París han vuelto caducas doctrinas tan clásicas como la de «si vis pacem, para bellum» (si deseas la paz, prepara la guerra), lo que obliga a mantener un conflicto abierto en muchos frentes: militar, diplomático, político y cultural. No basta con consignas y lemas, sino con asumir la responsabilidad de que la lucha contra el yihadismo es la defensa de la democracia. Cuando un responsable político ofrece «diálogo» con los terroristas demuestra ignorar la voluntad mortífera del enemigo que tenemos delante. Es una posición cómoda que, como siempre, impide centrar el foco en el verdadero problema. «Nunca he sido un pacifista absoluto, ni he sido absoluto en ningún otro asunto», dijo Bertrand Russell. Es decir, los gobernantes tienen la obligación de la defensa en nombre de la democracia.

Un conflicto y un problema inmersos en un eterno dilema
Vicente Baquero  www.gaceta.es 19 Noviembre 2015

A nuestra sociedad actual occidental le disgusta enfrentarse a problemas cuya solución no requiera ir más allá de una aproximación superficial, a ser posible de rápida o de inmediata solución. Es normal, la tecnología informática nos ha viciado la mente, proporcionando respuestas inmediatas a preguntas concretas y definidas, creando una falsa sensación, que queremos trasladar a problemas complejos que afectan en profundidad a la propia naturaleza humana. Cuando un médico se ocupa de un enfermo, lo primero que pregunta es la edad, lo segundo su estado de salud normal y por último cual es su dolencia concreta en ese momento.

En esta panoplia de conflictos que nos afectan, a raíz de los recientes ataques de grupos armados islamistas en territorio occidental, cuyo origen está en Oriente Medio, y cuya extensión violenta nos está llegando, nos están planteando el dilema de cuál es la respuesta adecuada. Para responder a esa pregunta tendríamos que aproximarnos con la misma profesionalidad y paciencia que el doctor. ¿Quién es el doctor? La historia y la objetividad, aunque su análisis nos complique la vida, pues no hay soluciones sencillas ni inmediatas si el diagnóstico es el correcto.

Hay que distinguir tres niveles en este eterno conflicto, porque no pensemos que este conflicto viene de ahora, aquí es donde los superficiales tiran la toalla y nos acusan de remontarnos a un pasado remoto, como si las ideologías y creencias, fueran un fenómeno pasajero encuadrable en un período electoral.

El primer nivel se encuadra bajo el epígrafe de lo que tanto Spengler como Toynbee, denominaban “Cosmovisiones”, es decir formas específicas de entender al mundo, al hombre y su relación con la divinidad, que se corresponden con las civilizaciones respectivas. Es evidente que desde tiempos lejanos la oposición entre la forma de entender el mundo y la sociedad entre Oriente y Occidente queda patente, desde la primera vez que Darío lanzó sus ejércitos contra la Jonia Helénica. La acción reacción de aquella conquista frustrada desencadenó infinitos conflictos, de avance y retroceso, a favor de unos u otros, cuyo máximo exponente más reciente, es precisamente el Islam como reacción al racionalismo greco-latino. Es esa tendencia del hombre semita y oriental a poner el acento en Dios como creador del universo y la fe como motor y guía de la sociedad. Islam significa sumisión.

En Occidente se nos puede alegar que también participamos de una religión semítica-oriental que es el judaísmo, pero seamos sinceros, el paso por Roma es evidente y decisivo en la formula final cristiana, los europeos optaron por una interpretación del mundo más racional, incluso en los momentos de mayor religiosidad, Abelardo, San Alberto Magno, Santo Tomás, Erasmo, Lutero… por solo citar algunos, no son pensables integrados en el Islam, tanto Averroes, como Maimónides el hebreo, como Avicena y la pléyade de pensadores musulmanes de la edad media, eran considerados herejes y fueron perseguidos y expulsados. No hay tolerancia para la herejía. De ahí la centenaria inquina entre Shíes y Suníes dentro del propio Islam. La Biblia Hebrea, el Evangelio cristiano, los Hechos, son textos recopilados humanamente e interpretables. No es razón en contra, el que eso a su vez haya generado guerras infinitas entre unos y otros. El Corán, para cualquier musulmán ortodoxo, es un libro dictado por Dios directamente y por tanto no opinable ni interpretable, de ahí su imposible adaptación al paso del tiempo. Una religión que se basa fundamental y casi exclusivamente en la fe rechaza violentamente cualquier interpretación que lleve a ver las contradicciones evidentes que existen en sus textos, anacronismos e inexactitudes, simplemente no es admisible. La tradición ortodoxa, o hadiths oficiales, igualmente respetados por ellos, van en el mismo sentido.

Por tanto el primer síntoma de la enfermedad es la edad, este enfrentamiento tiene muchos años, que han pasado por momentos alternativos de preponderancia: desde las conquistas islámicas primeras, hasta las cruzadas, la destrucción de la cristiandad ortodoxa de Bizancio, hasta la extensión del Imperio Otomano, y su colapso durante los últimos dos siglos.

Resumiendo: es una visión del mundo en donde se enfrentan la fe y la razón tras el triunfo definitivo de la ilustración en Europa.

El segundo síntoma: la salud concreta del enfermo. Se sigue casi inmediatamente de la anterior situación: el colapso de la civilización islámica, su derrota y retirada prácticamente en todos los frentes: la ocupación militar y el reparto de su territorio efectuado por las potencias occidentales. Del que su máximo exponente es el tratado de Skyes-Picot firmado por Gran Bretaña y Francia durante la primera guerra mundial, del que surgen toda una serie de países artificiales, antes provincias del Imperio Otomano (No Turquía esto es importante) labrados a base de la conveniencia de ambas potencias.

Rusia anteriormente a su vez había ocupado toda el Asia Central y el Cáucaso musulmán, llegando hasta chocar con el Imperio británico en la India “The Great Game” se llamó entonces a ese enfrentamiento.

En resumen, fueron humillados y repartidos, su principio de superioridad religiosa, basado en la fe, se vio aplastado por la ciencia y tecnología, defendidos por Occidente. Surgen movimientos fundamentalistas, que buscan recuperar los orígenes: en Arabia central, el “Wahabismo” o en otros lugares, como Egipto los “Hermanos musulmanes”, los Salafitas en el norte de África, dispuestos a recuperar la ortodoxia islámica. Grupos que carecen de importancia hasta que se descubre la utilidad del petróleo como columna vertebral del sistema económico occidental y apoyándose en la coyuntura de la guerra fría comienzan a aumentar sus exigencias económicas para la explotación del mismo, consiguiendo así un poderío económico hasta entonces inexistente. Estos fundamentalistas utilizan esos recursos, son creyentes consecuentes, para poco a poco, ir penetrando a la sociedad occidental y radicalizar a sus bases locales para recuperar protagonismo y lanzarle de nuevo un desafío a Occidente.

Veamos ahora el tercer nivel: la dolencia concreta, reconociendo que han sido agredidos, sin complejos, como nosotros lo fuimos por ellos en otros momentos de la historia, cada uno busca la supremacía de su visión del mundo, cada uno interpreta la voluntad de Dios como quiere, y el laicismo también, tiene su propia visión del mundo que no a todo el mundo le convence, ese fue el gran fracaso del intento de redactar una constitución europea (No así en la de EE.UU.) Estos grupos, a los que llamamos terroristas, son los soldados de un ejército desestructurado, (reclutados como todos los infelices que en el mundo fueron reclutados para guerras ignorando las causas a base de sentimiento y emoción, slogans y consignas) han aprendido la lección, dirigidos por mentes en centros de poder económico importante, dotados de recursos, aprovechando la tecnología y medios modernos y nuestra falta de coherencia ideológica y debilidad, están dispuestos a tomarse la revancha e intentan destruir a Occidente. Por tanto cualquier medio es bueno para alcanzar sus fines. El componente histórico y religioso, cultural y de agravio es ineludible reconocerlo, lo que no significa aceptarlo.

Contra el primer mal, paciencia y propaganda, solo el conocimiento, la educación, la guerra de ideas, el no abdicar de nuestros principios, el transmitirlos claramente erosionando sus irracionales argumentos poniendo de manifiesto, no es nada difícil por cierto, sus textos que son una serie de incoherencias filosóficas, científicas y contradictorias en sociedades injustas y subdesarrolladas, de una ineficiencia que les condena a una miseria permanente.

No dar facilidades en nombre de la tolerancia a la propagación de tal ideología, reciprocidad, como mínimo, rechazo de sus principios esenciales, imponiendo en el seno de nuestras sociedades el conformarse a las exigencias ideológicas de nuestra sociedad. Tolerancia 0 con determinadas posturas o propuestas.

Contra el segundo mal, debemos reconocer los errores territoriales cometidos, eso es nuestro negociado, y no permitir que se diriman esos errores a base de exterminarse entre ellos o masacrando civiles en Occidente. Debemos ser realistas, y aceptar que cada pueblo puede tener una escala de valores diferente, hay pueblos que prefieren respetar la fuerza de un líder. Intentar imponer la “democracia”, que en realidad no es más que una forma de gobierno, carece de valores concretos, debemos insistir en los valores de Occidente independientemente de la forma de gobierno.

Me sorprende que en estos momentos tanto desde el lado vergonzosamente denominado “moderado” ¡se es o no se es musulmán! si participan de esa religión defienden esas ideas, no nos engañemos, los que no, como los agnósticos o ateos en Occidente, no lo son, y el occidental “progre” no haya recordado a un hombre de la talla y visión de futuro realista para el mundo musulmán que fue Mustafá Kemal Ataturk. ¡Esa era la solución para esta segunda y primera enfermedad! En la teoría religiosa- político-social de Ataturk se resume lo que habría que hacer para redimir al mundo musulmán de su subdesarrollo. Pero esa revolución la tienen que hacer ellos no nosotros…

Eso desgraciadamente lleva mucho tiempo y apoyo por parte de Occidente, entre otras cosas aislando y marginando en el seno de nuestra propia sociedad, económica y socialmente, a esos déspotas árabes, los auténticos wahabíes fanáticos vestidos de Dior, que gracias a su dinero se pasean por el mundo pisoteando todos los derechos humanos de sus propias poblaciones y las ajenas

El tercer punto, el mal inmediato, tiene una solo solución, rendirlos incondicionalmente. Cuando ya no aguanten más el castigo que se les infrinja, se rendirán como hicieron en el pasado movimientos totalitarios y fanáticos tanto o más poderosos que ellos para no ser exterminados. Eso es una guerra, desgraciadamente, lo demás son acciones de policía, no hay guerra “light”. ¿Se imagina alguien intentando llevar preso a Hitler, Tojo o Stalin, por incumplir la carta de los derechos humanos? Todo lo que sea evitar esa táctica o estrategia ultima, nos conducirá al desaliento y a la derrota, es un pulso de voluntades y resistencia. Aunque mucho me temo que el “buenísmo” imperante, al menos en Occidente, Rusia tiene menos escrúpulos e Irán ninguno, y la publicidad de los medios haga muy difícil resolver estos dilemas solos. No es cuestión de justicia o moralidad, es defensa de nuestra sociedad frente a una agresión externa. Lo que no es óbice para reconocer nuestros errores pasados y reconocerle al enemigo cuando la fase agresiva toque a su fin, solo entonces, sus razones.

¿Terroristas por desesperación?
Cristina Losada Libertad Digital 19 Noviembre 2015

Si fuera un joven musulmán que vive en Molenbeek, estos días me preguntaría si no soy un idiota y un pelagatos por no haberme unido a los salvajes del ISIS. Digo Molenbeek, aunque podría citar las banlieues francesas, porque ese barrio de la capital belga se está presentado en los medios como si fuera el lugar más miserable, más injusto y más falto de oportunidades para prosperar. Yo no lo conozco, pero me atrevo a decir que Molenbeek no es Somalia. Ni Yemen. Ni un shantytown de los muchos que hay en el planeta. Incluso me atreveré a dudar de que sea un barrio dejado de la mano del Estado del Bienestar belga.

Pero a lo que iba: si yo fuera. Si fuera ese joven musulmán de Molenbeek, desempleado como tantos otros jóvenes y no tan jóvenes en esta larga crisis económica, me estaría diciendo que debo de ser raro, rarito, para no haber manifestado mi frustración, mi desarraigo, mi indignación por vivir en un piélago de injusticia tan atroz metiéndome a terrorista de la peor calaña. Porque esa sería la opción natural de acuerdo con todos los intentos de explicación del terrorismo yihadista que empiezan y acaban en el viejo determinismo socioeconómico. En la idea de que el terrorismo viene a ser el grito de los desesperados.

La idea, tan plana y probadamente errada, es que las personas -los jóvenes musulmanes en este caso- se radicalizan y se dedican al asesinato, la crueldad y la barbarie a causa de la pobreza, la marginación, la injusticia, la discriminación: en definitiva, por los fallos y defectos de nuestras sociedades. Cuanto más crítico sea uno con nuestras sociedades, cuanto más las rechace, cuanto menos quiera reconocer sus logros, más se apuntará a esa explicación. Así confirma su propia visión, negativa y contraria, de la sociedad en la que vive.

Así confirma el crítico social -y cuidado quien no lo sea en grado superlativo: es un conformista inane, un legitimador de un estado de cosas intolerable- que lleva razón en su cultura adversaria. Para él, la prueba, una más, de que nuestras sociedades son intrínseca e irremediablemente injustas y malvadas es que producen terroristas. Es que conducen a los jóvenes musulmanes a los brazos del islamismo radical. Y si viven en Molenbeek, no sólo es natural que se echen en sus brazos: es inevitable.

Por supuesto que hay condiciones socioeconómicas que contribuyen al caldo de cultivo de la radicalización islamista en Europa. Pero ¿no hay más? ¿Eso es todo? ¿Son realmente las primordiales? ¿Cómo explican los que establecen nexo causal entre el terrorismo, la pobreza y la injusticia que el principal sospechoso de la masacre de París, residente en Molenbeek, sea miembro de una familia relativamente acomodada e ingresara en un buen colegio, donde no duró, por cierto, más de un año? ¿Por qué hemos de pensar que los que entran en el ISIS lo hacen movidos por las injusticias y no por el oscuro deseo de matar?

En el aluvión de explicaciones socioeconómicas, tan caras, insisto, a los flageladores de nuestras sociedades, hay muchas carencias, pero una es clamorosa: no tienen en cuenta los agravios inventados o exagerados. No siempre la percepción de injusticia y maltrato tiene fundamento real. Antes de darla por justificada, habrá que comprobar cuánto hay en ella de realidad y cuánto no. De lo contrario, se alimenta un victimismo que contribuye a la radicalización de los jóvenes musulmanes europeos. Si uno escucha un día tras otro que es despreciado, humillado, excluido u odiado por ser musulmán, tenderá a culpar de sus problemas a la sociedad en la que vive y a aborrecerla. No es el mejor camino para hacerse una vida en ella.

Estos días circula el mensaje de que "odiar a los musulmanes" juega a favor de los yihadistas. Victimizar a los musulmanes también juega a su favor. Además, despide un desagradable tufo paternalista.

La guerra de Francia
Manuel Muela www.vozpopuli.com 19 Noviembre 2015

La consternación por lo sucedido en París estimula y justifica la solidaridad con las víctimas, que es la reacción lógica entre seres humanos. Si no fuera así, estaríamos en la selva o en la barbarie, cosa que, por mucho que se empeñen algunos, todavía no se ha conseguido. Pero, a partir de ese consenso, conviene acercarse al problema de la guerra de Siria para dilucidar qué intereses se ventilan en esa zona de Oriente Medio y cuál es la posición que un país como el nuestro debería adoptar, porque, evidentemente, los escasos intereses de España en la región tienen poco que ver con los de Francia, que fue la antigua metrópoli y que aspira a mantener su influencia allí. Supongo que esa es la razón por la que el Gobierno francés decidió, de forma unilateral, intervenir militarmente en el conflicto sirio, cuyos daños de todo orden son conocidos. En todo caso, corresponderá al pueblo francés valorar las decisiones de su gobierno. Desde España, la guerra de nuestro vecino nos obligará a redoblar las medidas de seguridad y de colaboración policial, pero huyendo de cualquier compromiso en el plano militar. Y en este sentido, resultan un alivio las declaraciones prudentes del jefe del Gobierno, señor Rajoy.

Francia está en su derecho de intervenir, pero…
Desde la guerra de Irak aquella región vive en la inestabilidad, que se ha extendido a otras zonas del Mediterráneo, mar que, otra vez en la historia, vuelve a ser un foco de amenazas a los países ribereños del mismo, cuyos intereses son tan heterogéneos que resulta extremadamente complicado acordar políticas y acciones comunes. Por eso aquellas potencias que tienen claro cuáles son sus intereses y cómo defenderlos terminan decidiendo autónomamente la manera de hacerlo, sin necesidad de consultar a sus vecinos o socios. Al fin y al cabo, es la política internacional de siempre a la que no hay nada que objetar, salvo que ese tipo de decisiones pueda afectar a países ajenos al conflicto que es lo que está pasando ahora. En mi opinión, ese es el contexto en el que cabe enjuiciar la actuación de Francia, porque, dada su evolución, lleva camino de convertirse en un problema, otro más, para la Unión Europea a la que nuestro vecino empieza a pedir ayuda, aunque, por sí o por no, continúa con sus acciones unilaterales y acaba de abrazarse a Putin que, creíamos, era la bestia negra de la UE por el asunto de Ucrania.

Como es sabido, Francia fue una importante potencia colonial hasta que en la segunda mitad del siglo XX el proceso descolonizador acabó formalmente con su Imperio, aunque lógicamente ha tratado de mantener la influencia en las viejas colonias extendidas por el mundo. También debe recordarse que la política exterior francesa, demasiado inspirada en una falsa grandeur, ha estado jalonada por fracasos sonoros, sobre todo en relación con la descolonización: los casos de Indochina y de Argelia provocaron una crisis sin precedentes en la Metrópoli, que acabó con la IV República y que sólo el genio político del General De Gaulle consiguió superar. Más tarde, en los años 90, contribuyó a reverdecer el conflicto en Argelia y creó graves problemas en la antigua África francesa, especialmente Ruanda, Burundi y el propio Congo. Y de una manera o de otra, la Comunidad Internacional siempre tuvo que acudir para disminuir los desperfectos o para evitar el aumento de las matanzas en conflictos mal conducidos.

España debe conservar su buena imagen en Oriente Medio
Aunque Francia es un país admirable por muchas razones hay que fijarse con cierta aprensión en su política exterior, porque, sin poner en duda la autonomía de la que siempre ha hecho gala, los asuntos que afectan a la seguridad y a las vidas no sólo de los franceses sino de los nacionales de otros países de la UE, como es el caso, hubieran merecido una consulta y evaluación en común de su decisión de participar en la guerra de Siria. Participación que va in crescendo y que, lógicamente, obligará a valorar si Francia por si misma cuenta con medios suficientes para enfrentar la guerra que su presidente, Hollande, declara haber emprendido, haciendo hincapié en cómo piensa ocupar la región para estabilizarla. Me imagino que sus socios, desde Finlandia a Portugal, tendrán algo que opinar.

Después de las condolencias sinceras y del repudio del horror, se ha de dar paso a la razón, alejándonos de la histeria mediática y de los ardores bélicos. Y en el caso de España, que es lo que nos interesa, debería suponer el reforzamiento de la información y de la inteligencia en materia de terrorismo, sin descartar la limitación severa de Schengen, procurando mantener y acrecentar la buena imagen que tenemos como país en Oriente Medio, lo que implica descartar cualquier participación en aventuras militares en lugares donde carecemos de intereses.

Vigilar lo que se predica en nombre de Alá
EDITORIAL Libertad Digital 19 Noviembre 2015

A pesar de que Cataluña es la comunidad autónoma en la que más detenciones de yihadistas se han producido y donde más mezquitas y oratorios salafistas proliferan, no se puede negar al comisario jefe de la Policía autonómica catalana, Josep Lluís Requero, fidelidad a la reiterada consigna política de sus superiores de que no estigmatizar el salafismo.

A pesar de que no puede dejar de admitir que esta corriente es "la más extrema del islam", el comisario jefe de los Mossos asegura, tan categórica como contradictoriamente, que lo que no hace "en ningún caso" es "justificar la violencia entendida como la producción de atentados". "Yihadismo no es salafismo", sentencia.

Al margen del hecho de que muchos salafistas no ya justifican sino que practican el terrorismo, más valdría atender a las advertencias que hace unos meses hacía en La Vanguardia el experto en temas migratorios, y representante del Centro de Comunidades Marroquíes en el Extranjero, Mohamed Haidu, contra el salafismo y a favor de "controlar con más rigor el discurso que sale de las mezquitas" en Europa en general y en España en particular.

A pesar de que internet y las redes sociales sean hoy el principal escenario de propaganda, captación y radicalización yihadista, los servicios antiterroristas españoles siguen considerando que no pocas mezquitas están siendo utilizadas como graneros del terrorismo islamista. No es tan extraño: lo que algunos perpetran en nombre de Alá lo predican otros en nombre de Alá: que esa doctrina criminal constituya o no el "islam verdadero" o el auténtico salafismo no es lo decisivo; lo decisivo es que su prédica debe ser proscrita y perseguida en toda sociedad que quiera preservar la libertad –incluida la religiosa– y la seguridad de sus miembros.

Así parecen haberlo entendido tanto el Gobierno como la oposición en Francia, al defender abiertamente la expulsión de los imanes que recen "oraciones de signo radical" y el cierre de las mezquitas en las que haya "personas que propaguen el odio". En 2010 se cerró la mezquita Taiba de Hamburgo, donde se reunieron los autores del 11-S, y su centro cultural asociado, desde donde se seguía reclutando y ayudando a los yihadistas. Por su parte, el Gobierno tunecino, tras los atentados de Susa, ordenó el cierre de ochenta mezquitas.

Aquí parece, sin embargo, que lo que impera es una suicida corrección política obsesionada con "no estigmatizar" a nadie en función de una tolerancia mal entendida.

Religiones unidas frente al terrorismo
MANUEL NÚÑEZ ENCABO El Mundo 19 Noviembre 2015

EL NUEVO y terrible atentado terrorista en París, aunque con contenidos y motivaciones propias, tiene el mismo origen que el anterior de hace 10 meses, también en la capital francesa, contra el semanario satírico Charlie Hebdo: el fundamentalismo religioso con el brazo ejecutor del denominado Estado Islámico (IS). Ante la clara determinación de continuar y extender estas acciones terroristas no sólo en Europa, sino también en otros lugares del mundo, es indispensable un antes y después en la lucha contra el terrorismo, porque la repetición de este atentado demuestra que se trata de acciones no aisladas sino organizadas para ser repetidas periódicamente, como una guerra santa y venganza contra lo que en cada momento se consideren ofensas contra su religión, o acciones en territorios que estimen de propiedad de su Estado Islámico, como ocurre actualmente en Oriente Próximo, principalmente en Siria e Irak.

Este tipo de terrorismo religioso que supone ya una amenaza mundial necesita para su erradicación respuestas también organizadas, no aisladas, sino coordinadas internacionalmente, lo que no se ha realizado desde el anterior atentado de París. Las acciones policiales, tanto en Europa -donde existen santuarios yihadistas en algunas comunidades musulmanas con personas que colaboran con el terrorismo-, como en el resto del mundo donde también se ha sufrido el zarpazo terrorista, son imprescindibles, coordinadamente con las correspondientes acciones militares en los territorios donde este islamismo impone su violencia religiosa con imágenes sangrientas.

Por supuesto que esta coordinación debe extenderse al ámbito del ciberespacio para desarticular las redes de la ciberdelincuencia del terrorismo, ampliando los contenidos del Convenio del Consejo de Europa en este tema para aplicar una política penal común ante los cambios causados por la digitalización y la globalización de las redes informáticas y su utilización para cometer actos terroristas y transmitir informaciones con datos y sistemas informáticos a veces falsificados.

Ante este panorama, se debería vigilar la financiación del terrorismo y concretar principios relativos a la extradición y a la asistencia mutua judicial y policial. Pero estas medidas son insuficientes por sí solas partiendo de que la característica del Estado Islámico es que la guerra que libra no tiene lugar sólo en los territorios y campos de batalla sino también a través del método programado del terrorismo basado en justificaciones religiosas de guerra santa. Como ya señalaba en un lejano artículo anterior que ahora completo con nuevas precisiones, ya que este terrorismo ordena combatir a los infieles allí donde se encuentren, es imprescindible comenzar por su deslegitimación religiosa, que debe iniciarse por quienes tienen el reconocimiento de representantes máximos de las religiones mayoritarias, entre las que se encuentran el cristianismo, el judaísmo y el islam, que deberían propiciar una reunión al más alto nivel y llegar al compromiso solemne de prácticas religiosas a través únicamente de métodos pacíficos alejados de toda violencia.

Se trataría de un acuerdo público de lealtad religiosa que deslegitimaría la pretendida justificación religiosa de las acciones yihadistas, evidenciando así su simple condición de terrorismo. No cabe duda que en estos momentos, a diferencia del cristianismo y judaísmo, lo más difícil es encontrar representantes con autoridad universal en el islam con más de 1.200 millones de creyentes desperdigados en diferentes países del mundo, lo que ha llevado a diversas ramas -principalmente, chiíes y suníes- enfrentadas entre sí para conseguir ostentar la representación de la religión musulmana, y también a decisiones equivocadas del mundo occidental guiadas principalmente por intereses de predominio político y económico en sus alianzas coyunturales con distintos países musulmanes.

Pero ante el descrédito que la religión musulmana puede sufrir por las acciones del autoproclamado Estado Islámico, es indispensable encontrar a los portavoces más representativos del islam para lograr que se involucren en el compromiso de convivencia pacífica entre las naciones desde el respeto a todas las creencias religiosas. Mientras tanto, son insuficientes, aunque valiosas, las condenas del terrorismo yihadista por parte de los representantes del islam en los territorios donde se producen los actos terroristas.

El compromiso de lealtad religiosa debería corresponderse con otro de lealtad política de todos los Estados, auspiciado desde la Asamblea de Naciones Unidas, con el compromiso de actuar bajo los principios del respeto a las creencias religiosas, sin injerencias para subordinarlas a estrategias políticas como ha ocurrido frecuentemente en las diversas etapas históricas de todas las religiones y que es lo que precisamente pretende ahora el Estado Islámico golpeando al país que, con la Revolución francesa, inició la nueva era de separación de religión y Estado. Se comprende así en todo su valor la reacción de los ciudadanos franceses de responder con orgullo a las provocaciones que padecen entonando el himno nacional, La Marsellesa.

No hay que olvidar que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 -tal vez el documento histórico más importante del reconocimiento de la dignidad de toda persona por el hecho de serlo- es lo que ha permitido ir desarrollando sus principios como base para ir acogiendo en Europa a inmigrantes de otros países del mundo desde el respeto mutuo. La muy numerosa comunidad de más de cinco millones de musulmanes en Francia es una buena muestra de ello. Es una aberración histórica e incomprensible que este contexto de tolerancia existente en los países europeos se aproveche por el fundamentalismo islámico violento para introducir caballos de Troya que buscan destruir la convivencia pacífica lograda. Ante este terrorismo religioso que afecta no sólo a los valores europeos sino también a los valores universales de la humanidad, vulnerando los derechos fundamentales, es necesario que las Naciones Unidas pongan en práctica los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como la actualización de la importante Declaración de la Asamblea General de 1981 sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia en las religiones, tal y como se recoge en el dossier de Naciones Unidas sobre Consciencia y Libertad.

ESTE MARCO de acciones coordinadas policiales, religiosas y políticas debería completarse con el factor clave de la educación en las aulas; hace falta fomentar el respeto en todo el mundo a las diversas creencias religiosas y, al mismo tiempo, la erradicación de toda violencia. Una tarea que correspondería dirigir a la Unesco, partiendo de las diversas peculiaridades de cada región del mundo, comenzando desde Europa ante el nuevo panorama de la inmigración y continuando por los países musulmanes, donde en algunas escuelas islamistas se adoctrina para culpar a otras religiones de la maldad en el mundo, introduciendo así el germen de la confrontación y la violencia entre las diversas religiones y culturas.

También a los medios de comunicación y al periodismo, conciliando libertad de información y responsabilidad, les corresponde la formación de una opinión pública veraz sobre hechos tan graves y complejos como el terrorismo actual, que no debería impedir el desarrollo de la convivencia pacífica de las religiones que permitan, como en algunos momentos históricos, escuchar en las ciudades, al mismo tiempo, los rezos de las sinagogas, la llamada del muecín a la oración desde los minaretes de las mezquitas y el tañido de las campanas desde las iglesias.

Manuel Núñez Encabo es catedrático europeo ad personam Jean Monnet de Ciudadanía Europea (UCM)y vicepresidente primero de la Asociación de ex diputados y ex senadores de las Cortes Generales.

Autodestrucción, no inmolación.
Vicente A. C. M.  Periodista Digital 19 Noviembre 2015

Esta madrugada Francia ha vuelto a sobresaltarse por la operación de las FFyCCSE rodeando una finca urbana en Saint Denis, una ciudad del Gran Paris, en donde se había escondido un grupo de terroristas entre los que se suponía que estaba el responsable de haber ideado los atentados del pasado viernes. Tras horas de intercambio de disparos, de retención de rehenes y todo lo que es connatural con estas alimañas, se ha producido el resultado de dos terroristas muertos y siete detenidos, habiendo huido otro más. Uno de los muertos era una mujer que había hecho estallar un cinturón de explosivos que llevaba, de modo similar a lo que hicieron el viernes dos de los terroristas en la Sala Bataclán. En la jerga periodística a este acto se le lleva calificando de modo totalmente inapropiado como “inmolación”, “se ha inmolado”. Es por eso que debemos acudir a la RAE para ver cómo describe estas palabras de inmolar, inmolarse e inmolación.

Inmolarse, se define como “Dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo”. Una descripción que destila heroísmo, altruismo y algo elevado. Nada más lejos del cobarde acto que realizan de modo póstumo estos fanatizados que no merecen ser llamados seres humanos. Su último servicio, una vez se ven neutralizados por las fuerzas de asalto, es detonar su mortífera carga explosiva para morir matando al mayor número de sus enemigos que puedan. Un ataque suicida kamikaze al que les lleva su convencimiento de que siguiendo la voluntad de Allah, que sus radicalizados Imames interpretan de lo escrito en el Corán por su profeta Mahoma, lograrán alcanzar el paraíso prometido donde eternamente serán felices y serán premiados con las siete huríes. Para ellos sí que es una inmolación, pero para las víctimas y para nosotros son solo despiadados terroristas que deben ser abatidos antes de que sigan haciendo más daño.

La vida es el bien más preciado y que debe ser preservada de modo prioritario. Otra cosa son las creencias religiosas que predican la existencia de sucesivas reencarnaciones u otra vida eterna a la que llaman cielo. Para este tipo de religiones la vida “terrenal” es solo un paréntesis hacia esa eternidad y por tanto el martirio, la inmolación por los demás, son actos supremos que les lleva de modo anticipado a ese deseado final. Las matizaciones vienen en quienes como los católicos no contemplan el suicidio como un método válido y que cierra las puertas a ese cielo. Cada ser humano lleva sus creencias religiosas o la carencia total de ellas como mejor puede e intenta no pensar demasiado en ello. Lo que es una evidencia es que la muerte es algo natural y que todos nosotros deberemos afrontar irremediablemente, aunque el progreso se encargue de retrasar ese momento.
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Yo agradecería que tuviéramos el consenso de ser respetuosos con las palabras y sus significados porque si no, éstas acabarán por incorporar definiciones contrapuestas e inapropiadas. Ningún terrorista se “inmola”, solo se suicida usándose como arma mortal detonando la carga explosiva que lleva incorporada a su cuerpo. No hay nada digno en esa acción y sí mucho odio y deseo de matar de modo indiscriminado. Es un acto de suprema y final cobardía en quien siente desprecio por su propia vida y por tanto por la de los demás. Son locos fanatizados usados por sus imames como “carne de cañón” para que se sacrifiquen mientras ellos siguen vivos adoctrinando y convenciendo a los crédulos de sus falsas promesas. Otros que prometen el cielo mientras predican resignación en este infierno que les obligan a vivir con su falta de libertad y su educación estricta y severa. Y hoy para colmo ha sido una mujer, lo que evidencia el poder de persuasión y de alienamiento que poseen.

¡Que pasen un buen día!

Los atentados de París desde la óptica psiquiátrica: fanatismo yihadista
José Carlos Fuertes. Médico psiquiatra www.lavozlibre.com 19 Noviembre 2015

En momentos como los actuales, a golpe de teletipo, la primera reacción ante la masacre de París se centra en buscar explicaciones a lo sucedido. Frente a estos hechos, muchas voces hablan de maldad y bondad, del 'bien' y el 'mal'. Esta dicotomía resulta, a los ojos de un psiquiatra clínico, una respuesta tan reduccionista como inexacta. Lo que ha pasado en París no es ajeno a la psiquiatría, sino que es la palpación de una situación psíquica de enorme peligrosidad criminal, el fanatismo religioso (yihadista en este caso), una enfermedad mental con mayúsculas.

El mal existe, desde luego, y no se cura con psicofármacos, ojalá. Por eso existen moralistas y psiquiatras, porque ni aquéllos entienden de la mente enferma, ni nosotros somos quienes para pronunciarnos sobre el bien y el mal. Sin embargo, en nuestra rama de la medicina, observamos, en una mínima parte de los enfermos (reitero mínima, porque lo contrario es estigmatizante e injusto), una patente peligrosidad, una capacidad para desarrollar conductas de enorme riesgo para los bienes jurídicos. El resultado es la muerte, el dolor, el sufrimiento, lo que en suma, llamamos “lo malo”. Ahora bien, y el origen de esa conducta, ¿es diabólico o fisiológico? Hoy, en el siglo XXI, oír a colegas hablar de la maldad en psiquiatría resulta tan sorprendente como que un meteorólogo crea que un rayo es un enfado de Zeus.

El fanatismo es, en términos divulgativos, lo que los libros de psiquiatría llaman ideación delirante. Es decir, son pensamientos que no siguen las reglas de la lógica y la razón, y que se impregnan de una fuerte y distorsionada carga emocional. Ello les lleva a morir matando. Un individuo simplemente malo, usando ese término que como psiquiatra no debo utilizar, llegaría a matar cómodamente sentado desde un sillón a 1.000 kilómetros, pero no a ponerse una bomba en la cintura. Para llegar al extremo de despreciar tanto la propia existencia y vencer, coherentemente, al elemental instinto de supervivencia, es preceptiva la existencia de una patología psiquiátrica, en la que la mente del desequilibrado se llena de un conjunto de creencias falsas, absurdas, desproporcionadas, cuando menos, construidas siempre de una manera patológica y enfermiza.

El fanático (delirante) deja de pensar y razonar de forma lógica. El individuo pasa a considerarse un “elegido”, alguien que tiene capacidad de haber comprendido la verdadera trascendencia, un mensaje o idea sobrevalorada al extremo. Todo ello mediatiza y distorsiona su percepción de la realidad. Su suspicacia se dispara, el sentimiento de persecución está presente en todo y se convierte en un tamiz a través del cual filtra toda la información que recibe. Todo ello se realiza de forma insidiosa, progresiva. Sus razones se convierten en las “únicas verdades absolutas” y todo lo que no las respalde deja de ser válido, y en ese contexto, la capacidad de transacción se elimina, el sujeto presenta una elevada intolerancia a la frustración (en la convicción íntima de su incólume fe en la idea sobrevalorada) y, acto seguido, la capacidad de matar es directamente proporcional a la insignificancia de la propia existencia en el contexto de la defensa de la idea mitificada.

Por eso es tan difícil luchar contra estos actos usando las reglas de la guerra convencional, no solo por las peculiaridades del acto en sí (grupos pequeños, lobos solitarios, comandos dormidos, etc.), sino por que la verdadera capacidad de dañar está en lo que el sujeto se encuentra dispuesto a perder.

La sociedad puede amenazar con cárceles, con más bombas, con persecución implacable. Sin embargo, un problema anterior y mucho más grave nos afecta. Cuando siquiera la conservación de la propia vida es un freno, ¿qué limita al terrorista para actuar?

Un país sin política exterior
Editorial Gaceta.es 19 Noviembre 2015

Tal y como ha explicado el ministro español de Exteriores, el inefable García Margallo, el Gobierno no tiene decidido aún si nuestro país aportará algo a la guerra contra el Estado Islámico. García Margallo, en una perspectiva típicamente rajoyana, ha explicado que es mejor posponer la decisión hasta después de las elecciones del 20-D, o sea, dentro de un mes. La ocurrencia da el tono de lo que en España se considera “política de Estado”: no hay.

En cualquier país normal, hay cosas que no dependen de unas elecciones. La política exterior y la defensa –tan estrechamente unidas- suelen formar parte de ese privilegiado grupo de asuntos que están por encima de las querellas de partido. ¿Por qué? Porque, en cualquier país normal, la política exterior y de defensa se adapta a circunstancias objetivas de interés nacional que vienen determinadas por la posición geográfica, las alianzas con otros países, etc., y eso no cambia cada cuatro años. Como esa realidad no cambia con cada legislatura, sino que suele ser permanente, los estados serios trazan consensos básicos en torno a estas políticas. Pueden cambiar, sí, las orientaciones parciales, la apertura de nuevos escenarios, etc., pero no las líneas fundamentales. Francia y Gran Bretaña son ejemplos nítidos de esa permanencia de las “políticas de estado”.

En España no es así. En España hay que esperar a las elecciones. ¿Ha sido así siempre? No. Las decisiones que determinan la política exterior y de defensa española quedaron orientadas definitivamente en 1986, cuando un gobierno socialista metió a España en la OTAN previo referéndum y después, en 1990, envió un barco a la primera guerra del Golfo Pérsico. Esa política venía a prolongar, de hecho, la misma que había llevado a cabo el general Franco y sería también la misma que aplicaría el PP con Aznar. Todo cambió en 2003 con la Guerra de Irak, declarada por los Estados Unidos y Gran Bretaña con una cobertura legal muy discutible y que España apoyó. La izquierda empleó esa guerra para erosionar políticamente al PP. ¿Por prurito de legalidad? No: la anterior guerra del Kosovo había sido mucho más ilegal y no por ello dejó el PSOE de apoyarla. Simplemente, el de Irak era el argumento idóneo para debilitar a un PP que parecía incombustible. Los atentados del 11-M de 2004 terminaron de romper las cosas. Luego ganó Zapatero, violó de hecho sus compromisos internacionales, retiró a las escasas tropas españolas del escenario iraquí y abanderó un extravagante proyecto de “alianza de civilizaciones” que nos acercó mucho a Turquía. Para hacerse perdonar tanto dislate, la España de Zapatero tuvo que tragar, entre otras cosas, con misiones en Líbano y Afganistán y con el apoyo a la barbaridad de la intervención contra la Libia de Gadafi. Intervención, por cierto, decidida por Zapatero con Carmen Chacón como ministra de Defensa y con el general podemita José Julio Rodríguez como JEMAD. En el terreno de los hechos, la política exterior de Zapatero terminó siendo la única que podía ser. Sin embargo, el despliegue propagandístico del “no a la guerra” ha seguido funcionando como leit-motiv psicológico de buena parte de nuestra izquierda.

Ahora, llegado un momento de enormes cambios en el panorama internacional, con desafíos geopolíticos nuevos, España se ve obligada a tomar decisiones y se encuentra sin instrumentos para ello. “Después de las elecciones”, dice Margallo. O sea que nada se hará antes, por si acaso el enemigo lo utiliza para torcer las urnas. Pedro Sánchez ha avalado –más o menos- la intervención militar, pero nadie ignora que mañana puede cambiar de opinión si las encuestas lo aconsejan. Y a Rajoy, como es bien sabido, la política exterior sólo le interesa en la medida en que puede ayudarle a cuadrar unas cuentas imposibles. ¿De verdad puede extrañarnos que España no pinte absolutamente nada en el panorama internacional?

Conclusión: en España no tenemos una idea común del modelo de nación, como ha puesto de manifiesto el problema catalán, ni tenemos tampoco una idea común de nuestro lugar en el mundo, como pone en evidencia la guerra contra el Estado Islámico. ¿Para llorar? Tal vez. Pero estas carencias nos indican también el camino de los cambios que España, urgentemente, necesita. Salvo que todos decidamos extinguirnos dulcemente y desaparecer.

El problema está en el islam
Ramón Pérez Maura ABC 19 Noviembre 2015

Sigamos discutiendo superficialidades para no entrar en el fondo de la cuestión. Está muy bien repetir una y mil veces que el islam es una religión de paz. Pero es la única en cuyo nombre se va masacrando inocentes por los cinco continentes. Y, entonces, es cuando nos dicen que culpabilizar a esa religión es generar islamofobia.

En 1939, ¿el problema era el nazismo o Alemania? ¿Eran nazis todos los alemanes? Más bien parece que no. Había alemanes ejemplares, como Konrad Adenauer, sin ir más lejos. ¿Eran alemanes todos los nazis? Sin duda sí. Y, a partir de la influencia de Alemania, surgieron otros movimientos filonazis que hubo que combatir. Pero ese combate era inútil mientras no se atacara la raíz del problema. Se declaró la guerra a Alemania y a muchos alemanes inocentes. Hoy vivimos un reto similar. Por supuesto que no todos los musulmanes incitan al odio ni quieren imponer su visión del islam de forma violenta, asesinando incluso a musulmanes a los que consideran desviados de la recta senda. Pero ese mal está dentro del islam. No fuera. Hay que enfrentar lo que el islamismo está haciendo en nombre del islam como en 1939 hubo que enfrentar lo que los nazis hicieron en nombre de Alemania.

Las guerra ya no se librarán como las que vivimos hasta los albores del siglo XXI. Ésta es una batalla diferente. Pero es una guerra en la que, aunque no queramos aceptarlo, ya estamos inmersos. Durante la década de 2000 el presidente Bush se enfrentó antes que nadie a ese islamismo. Declaró la guerra al terrorismo y le tildaron de loco. El sábado pasado Manuel Valls declaró que «estamos en guerra» con el mismo enemigo. No he oído a nadie descalificarle ni hacer una crítica de fondo a sus palabras. Quizá si no hubiésemos malgastado casi tres lustros creyéndonos estupendos y que este problema era americano y no occidental, hoy no estaríamos enfrentados a esta amenaza. Estados Unidos sufrió el 11-S, pero no ha vuelto a tener un ataque de gran envergadura. Sí tuvo las bombas del maratón de Bostón, pero nadie puede evitar que un individuo aislado perpetre un atentado así. Lo del 11-S y lo de Bataclan son de otra magnitud logística, muy superior. Mientras el buenismo occidental se ha seguido imponiendo, en Europa hemos visto atentados de todo tipo en Londres el 7-J de 2005, en Madrid el 11-M de 2004, ataques menores a lo largo de la última década y, al fin, este mismo año, Charlie Hebdo en enero y Bataclan y Saint-Denis en noviembre. Detrás de todos ellos estaba una visión del islam. Y no hemos visto a gobiernos como el saudí o el de Qatar salir a perseguir a esos criminales. En todo caso, siguen buscando silenciar las críticas por otras vías. Pero no luchan sin cuartel contra ese terrorismo. Y no nos explican por qué no lo hacen.

La unidad de España no importa
Enrique Calvet Chambon www.lavozlibre.com 19 Noviembre 2015

Economista y Eurodiputado

Viendo el más emotivo símbolo de una democracia fuerte y trascendente, mi amigo me dijo: "La unidad de España no importa". El símbolo era ese apiñamiento de ciudadanos de toda condición y religión, de toda raza y cultura, cantando la 'Marsellesa' como himno a la libertad, a la unidad y a los valores de nuestra civilización como proyecto común, en un túnel ratonera, conscientes de la dolorosa batalla perdida y de la situación de riesgo tras haber sido retenidos en un estadio por la realidad y posibilidad de una masacre. Cuando yo pensaba '¡Qué envidia de sociedad y de reacción para la democracia española que ahora está sufriendo otro ataque a la Nación democrática, por ahora incruento, (aunque conocimos etapas de infame violencia)!' fue cuando mi amigo espetó: "La unidad de España no importa". Ante mi mirada medio atónita, medio cómplice (nos conocemos bien), me suspiró: "Lo que importa es la unidad de los españoles, de los ciudadanos españoles". Y añadió: "Una unidad en igualdad y libertad, sólida como una roca frente al enemigo exterior o interior". Recordemos que, hasta la fecha, todos los asesinos identificados son franceses, para comprender lo de enemigo interior.

Pero tras este inicio, su conversación se hizo mucho más amarga. "Me temo", dijo, "que esa guerra la perdimos los realmente demócratas españoles, hace mucho tiempo. Y digo bien guerra, que no batalla". Mi amigo pasó de meditabundo a triste, como el que pierde definitivamente una ilusión de decenios, marcada por muchas cicatrices de viejos y nuevos ruidos, la lucha contra el franquismo, el anterior golpe de Estado ante el que sí supimos reaccionar unidos, los yihadistas de la ETA, el paulatino desguace de España con la aparición de las taifas siglo XX y XXI...

"No creo que ya sea posible una España de ciudadanos libres e iguales", me dijo. "El mal está hecho, y no veo posibilidad de reconducir la destrucción de nuestros valores de convivencia ciudadana". Seguimos con una larga plática sobre lo que algunos consideran soluciones. Que si una confederación, (o federación asimétrica), que si mantener el privilegio foral sobre valores telúricos tan arcaicos como pre-democráticos y extenderlo a otras regiones, que si el mito patatero de "Nación de naciones" (¿de dónde las sacamos?, ¿del etnicismo xenófobo?), que si mayor autogobierno, que si una federación transformando fronteras regionales administrativas (las riojanas, por ejemplo) en fronteras nacionales, que si sustituir el Estado de Derecho por dialogo permanente con delincuentes, etc...

"Desengáñate", me dijo "al final siempre terminas con españoles de primera, de segunda, tercera y cuarta, sin ningún sentido de proyecto ciudadano común y con envidia o revanchismo clanista permanente. "Lo de ciudadanos libres e iguales desapareció, y es tanto como decir que la democracia fracasó. Los valores son el meollo de toda esta alagarabía, y no aspectos contables, ni telúricos, ni jurídicos ni táctico-políticos. Y han triunfado los valores equivocados. ¿Quién es capaz de salir a la calle para cantar la 'Marsellesa' por los valores acertados?"

Me dió escalofrío pensar que mi amigo tal vez tuviera toda la razón. ¿Esto se acabó?

"Eso sí", añadió, "como ya soy muy mayor para cambiar, y, sobre todo, para cambiar la educación que me han dado, seguiré luchando por una España de libres e iguales, y una Europa ciudadana, aunque sólo sea porque me gustan las causas imposibles románticas. Si hay alguien dispuesto a salir a la palestra, o a la calle, para defender lo nuestro, nuestro bien común, estaré a su lado". "Y yo", pensé. ¿Hay alguien más?

******************* Sección "bilingüe" ***********************

De ETA al ISIS, nuestra izquierda se repite
Pedro Fernández Barbadillo Libertad Digital 19 Noviembre 2015

Los comentarios sobre los atentados de París de los izquierdistas con tribuna en los periódicos, tertulia en las televisiones y cuenta en Twitter me han recordado los comentarios y las prédicas que hacían cuando el terrorismo etarra asesinaba y mutilaba a docenas de compatriotas. Incluso se repite, con algo más retórica, la consigna difundida entonces por abertzales e izquierdistas de "algo habrá hecho" cuando la víctima del atentado era un guardia civil o un empresario, una condena barata, de barra de bar. Ahora, los Centellas y las Talegones nos dicen que la culpa de que nos maten es nuestra, porque votamos a partidos que no son los suyos o porque salimos a cenar en vez de ir a debates sobre Gaza.

Entre los artículos más abracadabrantes que he leído estos días destaca el del columnista Carlos Sánchez, quien se remonta al Acuerdo Sykes-Picot, que repartía el imperio otomano entre Gran Bretaña, Francia y Rusia, y a la Declaración Balfour, que aceptaba la creación del Hogar Nacional Judío en Palestina. Las consecuencias de esos actos eurocéntricos e imperialistas decididos por las elites (el Acuerdo Sykes-Picot fue secreto hasta que los bolcheviques lo publicaron) serían una permanente humillación árabe de la que se nutren, por ejemplo, los terroristas pakistaníes y somalíes, y de la que son responsables, según este discurso, los civiles franceses de hoy, incluso los franceses descendientes de gentes que no eran francesas en 1917.

Esta obsesión de los izquierdistas, sean de la rama que sean, por husmear agravios en la historia que disculpen o justifiquen a los terroristas que gritan cuando aprietan el gatillo "¡Alá es grande!" es parecida a la que sufría cuando quienes disparaban o explotaban bombas gritaban "Gora Euskadi askatuta!".

En los años 70 y 80 soportamos largas enumeraciones, en los medios de comunicación y las universidades, del inmenso sufrimiento de los vascos por culpa de los Reyes Católicos, las guerras carlistas del siglo XIX, la abolición foral realizada por Cánovas del Castillo, el bombardeo de Guernica o el franquismo. Entre estos disculpadores merece citarse el nombre del madrileño republicano José Bergamín, que llevó su odio a los españoles hasta a desearles una nueva guerra civil y escribir en Egin, donde se jaleaban los asesinatos etarras. Ahora los disculpadores se remontan al colonialismo del siglo XIX, como si la mayoría de los países árabes no fueran independientes desde hace más de medio siglo y sus dirigentes y sus pueblos (y su religión) no tuvieran responsabilidad en su pobreza, a pesar de que algunos flotan sobre mares de petróleo. Los obispos africanos, por el contrario, ya renuncian a la muleta de la conspiración para explicar las desgracias de sus naciones.

No deja de asombrarme que los paladines de la racionalidad, el laicismo y la secularización concedan a hechos ocurridos hace 200 o 500 años una potencia que atraviesa los siglos y las generaciones, más poderosa que todas sus propuestas ideológicas, como la revolución, la liberación del proletariado, el Estado del Bienestar, la igualdad, el ateísmo o el feminismo.

En los años 70 y 80 nos instruían en que el terrorismo etarra era invencible porque contaba con las falanges interminables de los jóvenes vascos (desde hace años, Vascongadas pierde población); en que la "violencia del Estado" era contraproducente, y los terroristas ejecutados y caídos en operaciones policiales se convertían en "mártires"; en que no había que criminalizar a todos los vascos, puesto que la mayoría no eran terroristas, aunque luego fuesen chivatos de los etarras y no colaborasen con la Policía; en que cualquier legislación especial era lo que deseaban los terroristas; en que había que dar un estatuto de autonomía y dinero a los abertzales, amén de euskaldunizar la sociedad, porque así se quitaban razones y argumentos a los terroristas. En que había que permitir al brazo político de ETA tener concejales, alcaldes y diputados, porque así aprendían que podían defender sus ideas con la palabra y no con la pistola. Pero la mejor de todas era ésta: "Nosotros, los demócratas, no somos como ellos". "¿Quieres que haya dos sociedades enfrentadas como en el Ulster, ¿eh?", era su conclusión.

Gracias a este discurso acomplejado y, en el fondo, legitimador, España siguió padeciendo el terrorismo cuando en Francia, Italia y Alemania hacía años que habían acabado con él. Este discurso lo volvemos a escuchar desde el viernes 13, igual que en los días lamentables que siguieron al 11-M, cuando para toda la izquierda española era más importante atacar al Gobierno del PP que perseguir a los asesinos.

Otra de las lecciones que no debemos olvidar es la de los alaridos de los izquierdistas (más algún obispo como Juan María Uriarte) cuando José María Aznar procedió a ilegalizar Herri Batasuna: iban a arder las calles vascas y navarras, y comarcas enteras se iban sublevar como en las carlistadas. Otra vez el estremecimiento de admiración, y quizás de placer, ante el valor de los terroristas. Se ilegalizó el partido de los etarras, se encarceló a su dirección política, se cerró su periódico, se clausuraron sus herriko tabernas, se les echó de las instituciones… y no pasó nada. Al contrario, los proetarras empezaron a tener miedo en vez de darlo.

Pero, ¿de dónde proviene esa comprensión de la izquierda, desde los socialistas engordados en las poltronas a los podemitas recién llegados de las asambleas universitarias, hacia los asesinos de masas? ¿De una identidad ideológica? Fernando Savater escribió que la izquierda radical europea se muestra siempre "nostálgica de una insurrección salvadora que la libere de la rutina parlamentaria".

Savater escribió eso en un libro publicado en 1983 sobre el asesinato del almirante Carrero Blanco. Para la izquierda española no pasa el tiempo. Su odio a España, a los españoles y a la justicia parece inmutable.

"Me las arreglaba para que no detuviese a los miembros de ETA que estaban en la clandestinidad", dijo Louis Joinet
La Audiencia Nacional investigará por colaboración terrorista a un ex asesor de la ONU que dijo haber obstaculizado el arresto de etarras
www.latribunadelpaisvasco.com 19 Noviembre 2015

El Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) ha informado de que el Juzgado Central de Instrucción número 4 de la Audiencia Nacional ha admitido a trámite una denuncia presentada por la asociación contra el jurista francés y ex asesor de la ONU Louis Joinet por reconocer recientemente en una entrevista que obstaculizó la detención de etarras huidos. Según COVITE, la Audiencia Nacional, tras señalar que los hechos denunciados hacen presumir la posible existencia de una infracción penal, ha dado instrucciones al Ministerio fiscal para que proceda a investigar la denuncia. Se da la circunstancia de que la página web que el Gobierno nacionalista vasco dedica a lo que esta institución define como “Memoria Histórica” se abre con una cita del propio Louis Joinet, que dice lo siguiente: “Para pasar página, hay que haberla leído antes”.

El pasado 20 de octubre, el diario filoetarra Gara publicó una entrevista con el ex asesor de la ONU en la que éste admitía haber desempeñado acciones como facilitador en negociaciones entre el Gobierno y ETA. "La gente creía que me ocupaba de la negociación entre Francia y España, pero no, yo me ocupaba de la facilitación interna de ETA", explicaba, para decir a continuación: "yo no sé lo que se decían entre ellos, sacaba a algunos de la cárcel, me las arreglaba para que no detuviesen a los estaban en la clandestinidad".

COVITE, en su denuncia, pidió que se citase a Joinet en aras de que explique cómo evitaba los arrestos de criminales en búsqueda y captura, cuántas detenciones de terroristas ha evitado y los nombres de los miembros de ETA que se beneficiaron de esta labor. El Colectivo detallaba en su escrito que el propio Joinet es quien había asegurado haber realizado acciones encuadradas en la obstrucción a la Justicia e incluso de colaboración con banda armada.
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