AGLI Recortes de Prensa   Viernes 27   Novietubre  2015

Las primeras mentiras electorales de PP y Podemos
Juan Ramón Rallo www.vozpopuli.com 27 Noviembre 2015

Si los partidos políticos ya se comportan normalmente como máquinas especializadas en crear y difundir embustes propagandísticos, la cercanía de las elecciones pone a plena potencia sus motores. Así, las (pre)campañas electorales se convierten en mercadillos callejeros donde las formaciones compiten por lanzar promesas irreales que ulteriormente terminan siendo incumplidas para mayor decepción de aquellos ciudadanos que ingenuamente confiaron en ellos. Durante esta semana nos hemos topado con dos flagrantes ejemplos de este vicioso comportamiento tanto en el PP como en Podemos.

El PP no baja los impuestos: los multiplica
Acaba de afirmar el PP que ellos son el único partido que garantiza bajadas de impuestos durante la siguiente legislatura. Evidentemente, tan pomposas declaraciones se topan con un problema básico: que eso mismo dijeron en 2011, justo antes de impulsar la mayor subida de impuestos de la democracia.

La excusa, como suele suceder con los mentirosos compulsivos, es que esta vez será distinto, que ahora sí van en serio. Alegan que la presente legislatura arrancó en unas condiciones de emergencia nacional que resultaban absolutamente imprevisibles, forzando al Gobierno a dar marcha atrás en su sincera intención inicial de bajar los impuestos. ¿Cuáles eran estas circunstancias excepcionales que les impidieron honrar su palabra? Por un lado, el déficit oculto que legaron los socialistas: en contra de lo comprometido con Bruselas, el desequilibrio presupuestario de 2011 no cerró en el 6% del PIB, sino en el 9%. Por otro, la economía entró en una profunda recesión como consecuencia de la crisis de credibilidad de la Eurozona. En definitiva, el PP alegó no poder bajar impuestos en plena recesión económica y con un déficit público por encima del 6%.

Concedamos lo que es difícil de conceder: que el PP, gobernando en la práctica totalidad de las autonomías, ignorara en 2011 cuál era el déficit público real cuando la ocultación del mismo se produjo entre las autonomías. Pero, como digo, aun con semejante concesión, en 2015 ya nos encontramos en la coyuntura que el PP consideraba propicia para bajar impuestos: un déficit público por debajo del 6% del PIB y un crecimiento económico muy superior al que cabía esperar en 2011. Por consiguiente, el PP debería haber establecido en 2015 un régimen tributario menos confiscatorio que el que prevalecía cuando llegó a La Moncloa. ¿Lo ha hecho? No.

A este respecto, probablemente algunos se dejen confundir por la minoración del IRPF aprobada en 2015, la cual efectivamente devolvió los tipos impositivos a niveles muy similares a los de 2011. Sin embargo, el IRPF es sólo una de las muchas figuras impositivas que se han incrementado a lo largo de los últimos años (el IVA, por ejemplo, aumentó muy sustancialmente en 2012 y no se ha revertido), por lo que ese tímido recorte no compensa el resto de sablazos: el propio del PP estima que en 2016 cada familia española pagará, como media, casi 2.000 euros anuales más que cuando llegó al gobierno.

Por consiguiente, aunque se dan las condiciones objetivas que estableció el PP para reducir los impuestos con respecto al nivel que exhibían en 2011, estamos pagando muchos más. Si los populares han estado mintiendo cuatro años sobre este asunto, ¿por qué deberíamos creerles ahora en precampaña electoral? Es verdad que el resto de partidos van a saquearnos a impuestos, pero el PP no es una excepción al respecto.

El unicornio macroeconómico de Podemos
Podemos ha presentado la memoria económica de su programa electoral en el que promete un incremento del gasto público de 135.000 millones de euros en cuatro años (principalmente: 36.000 millones en sanidad y educación, 45.000 millones en protección social y 41.000 millones en inversiones públicas), hasta totalizar en 2019 un presupuesto público agregado de 595.000 millones de euros. En principio, es obvio que un estallido del presupuesto público de esta magnitud debería multiplicar de un modo insostenible el déficit público: si en la actualidad está resultando muy difícil eliminar un déficit de 60.000 millones, imaginen qué sucedería si el gasto se incrementa en otros 135.000 millones de euros anuales. En 2015, estaríamos hablando de un déficit público cercano al 19%. Una imposibilidad financiera demasiado disparatada incluso para Podemos.

¿Cómo es posible, pues, que la formación morada proponga este despropósito? Pues, en esencia, porque consideran que la recaudación en 2019 será 150.000 millones de euros superior a la actual, de modo que se podrá autofinanciar todo el incremento propuesto del gasto e incluso reducir el déficit actual. Ahora bien, y dejando de lado otros problemas y simplificaciones de sus cálculos, para llegar a esa cifra necesitan presuponer que el PIB español crecerá en términos nominales un 25%. Descontando la inflación prevista para este período, estamos hablando de un crecimiento real del 21% a lo largo de cuatro años: es decir, un crecimiento media del 5% anual (unas tasas acumuladas que ni siquiera las experimentamos a lo largo de la burbuja inmobiliaria).

Basta comparar la ya de por sí optimista previsión del FMI —equivalente a un crecimiento medio anual del PIB real del 2,2%— con la hiperoptimista de Podemos para temer que, lejos de una previsión realista, estamos ante un desiderátum propagandista: dado que necesitamos cuadrar las cuentas de un programa irreal, no nos queda otro remedio que inflar más allá de toda razonabilidad los pronósticos de recaudación. Vamos, exactamente lo que ha hecho el PP en 2015, pero de un modo incluso más exagerado.

¿Y qué sucedería con la recaudación tributaria si el PIB no evolucionara según lo pronosticado por Podemos y sí según lo previsto por el FMI? Podemos espera que, merced a sus múltiples sablazos fiscales, la presión fiscal sea del 41% del PIB en 2019: lo que, sobre la estimación del PIB del FMI, equivaldría a una recaudación de 509.000 millones de euros. Si, como hemos dicho, Podemos incrementa el gasto hasta 595.000 millones de euros, estaríamos hablando de un déficit de 86.000 millones (equivalente al 7% del PIB de 2019).

Dicho de otro modo, salvo que nos dirijamos hacia el País de las Maravillas, el programa de Podemos es papel mojado: ¿cuál es su alternativa financiera si, durante la próxima legislatura, España no crece a uno de los mayores ritmos de su historia? Ninguna. O unicornios o nada.

Conclusión
Tanto PP como Podemos prometen lo que saben que no van a cumplir. No importa, dado que su objetivo no es el de contrastar honestamente programas políticos, sino tomar el poder: y, para tomar el poder, la mentira puede ser una herramienta más eficaz que la verdad. Los partidos populistas son bien conscientes de ello.

La política y el arte de la ocultación
J. L. González Quirós www.vozpopuli.com 27 Noviembre 2015

La conducta de Mas, que parece dispuesto a lo que sea para continuar siendo presidente de Cataluña, y a que Cataluña sea lo que haga falta con tal de que Mas la siga presidiendo, es una excelente imagen de la forma en que la mayoría de partidos y de líderes españoles entienden la política. Mas no es en eso ninguna excepción, si acaso el paradigma. La forma canónica de esas conductas encaminadas a mantener el poder que se tiene, y a alcanzar el que no se tiene; es el disimulo, la ocultación, el cambio continuo de argumento. Todo vale con tal que los ciudadanos no reparen en exceso en los mecanismos del escamoteo, en el halago, en la incitación a la cobardía, a la irresponsabilidad y al abandono en las milagrosas manos de quienes presumen de salvarnos.

En la medida en que los catalanes, y el resto de los españoles, consienten, y aun celebran, ese tipo de política, pierden cualquier derecho a quejarse por sus consecuencias. En este consentimiento culpable le cabe una responsabilidad enorme a los medios de comunicación y a los líderes de opinión que colaboran entusiásticamente, a veces más por ignorancia que por interés, en las ceremonias de la confusión que organizan los políticos a su mayor gloria, y a nuestras expensas.

Campañas y trampantojos
Lo primero que ocurre cuando se acerca una campaña electoral es que los políticos se dedican a mostrar la imagen que más les conviene. Todo vale, menos la política, no vaya a ser que un tropezón con la realidad haga que a más de uno se le ocurran vaya usted a saber qué cosas. Fíjense en Rajoy, saliendo a la calle, reuniéndose con todo el mundo, besando a ancianitas y acariciando a bebés, desde que amanece hasta que cae la noche, un Rajoy cercano, sensible, casi normal. Esa metamorfosis general, que a todos ellos conviene, cumple un papel rotundamente desmovilizador, le dice a la gente que no se moleste en salir de su casa para ir a votar, que el poder es tan superlativamente fuerte que se puede permitir esos carnavales porque todo va a seguir siendo igual, cosa que, además, confirman las encuestas, generalmente pagadas por los propios partidos, o por los medios que los apoyan, de modo que se cree esa estupenda confusión lampedusiana de que todo cambiará, pero para seguir siendo lo mismo.

España, es decir, los españoles, se encuentra en un momento realmente grave, ante una serie de amenazas nada menores, el terrorismo, una deuda pública insostenible, la secesión catalana, la crisis económica y el nivel insoportable de paro, que no cesan, la falta de horizonte, el burocratismo inútil y salvaje de las administraciones, un sistema político con graves deficiencias perfectamente diagnosticadas, pero que tiene todavía inercia suficiente para impedir que nadie lo retoque, etc. A lo largo de la legislatura y tras el amargo desengaño que supuso la victoria de Rajoy, los ciudadanos han ido tomando conciencia de que algo no demasiado fácil de concretar estaba funcionando realmente mal, tan mal que hasta el rey decidió quitarse de en medio. ¿Conseguirá la campaña acallar ese descontento de fondo? ¿Quedará la cosa como siempre, con ligeras variaciones, o se dejará notar que el pueblo soberano impone cambios de orientación realmente importantes?

El objetivo de la campaña de Rajoy, y, por más que sea absurdo, el del propio Sánchez, consistirá en desmentir el malestar de fondo y en recordar que en la película española no caben más que buenos y malos, y que esos papeles ya están adjudicados para siempre. La gran incógnita es si el número de españoles dispuestos a acabar con ese teatrillo será lo suficientemente alto o se traducirá, con la inestimable ayuda del sistema electoral, en una nueva forma de impotencia. Queda menos de un mes para saberlo.

¿Será posible lo deseable?
Las posibilidades de consagrar una alternativa al bipartidismo nunca han sido muchas. En un esquema simple, cabría sustituir al PP por Ciudadanos, y al PSOE por Podemos. Los errores del líder de la coleta, un auténtico genio para las metáforas y un zote cuando se trata de concretar, han hecho que, por la izquierda, la sustitución sea bastante problemática: lo normal es que Podemos se quede donde siempre estuvo la izquierda comunista. Su gran error ha sido no comprender que necesitaba la desaparición de IU para poder crecer, y que cualquier sacrificio habría sido pequeño para eso. Al no evitar que dos candidaturas enfrentadas por puro personalismo compitan en el mismo espacio, sus posibilidades de crecimiento no dejarán de caer, aunque todavía pueda seguir gozando de parte del crédito de los descontentos menos reflexivos.

Visto que la izquierda radical renuncia a la conquista de su mayoría, el PSOE podrá seguir ejerciendo su papel con cierta comodidad, aunque sin librarse del maleficio menguante al que lo condujeron los contadores de nubes, que, además, apoyan discretamente al de la coleta, por si acaso. Si las cosas acabasen por ser así, y el ímpetu de cambio no cesara, cabría formular un escenario distinto: que el PP no se vea sustituido por Ciudadanos, sino por una fuerza mucho más liberal que podría surgir tras las cenizas de Rajoy, que a lo más que debiera poder aspirar es a un entierro digno, sin incineración. Ciudadanos podría pasar a ocupar, entonces, el espacio de centro izquierda que ha sido colonia indiscutible del PSOE durante décadas, de manera que los españoles pudiesen escoger entre las propuestas de un partido liberal y un partido socialdemócrata, en lugar de elegir entre dos partidos idénticamente oportunistas, chapuceros y estatistas, por soñar que no quede.

Cuando las palabras mandan, las cosas dejan de existir
La campaña no dejará, por descontado, que nada de eso se entrevea. Rajoy ya ha demostrado que a él le importa más comentar por la radio un partido del Real Madrid de su amigo Florentino, que debatir medianamente en serio con sus rivales políticos en un medio no avasalladoramente servil con sus carencias.

Estamos en campaña, y los datos sobran, los análisis están de más, han de reinar los eslóganes, el optimismo forzado y la cordialidad. A poco que el azar coopere, no habrá que hablar del terrorismo, la guerra ni se menciona, pero, por supuesto, tampoco, de Cataluña, del lastimoso estado de nuestras instituciones, ni, desde luego, del gasto público, galopante e insostenible, pero que le da a Montoro, o al que venga luego, la oportunidad de inventarse las huchas necesarias para arreglar cualquier estropicio, fomentando así la saludable impresión de que se lo debemos todo al Gobierno.

Normalidad, sentido común, Rajoy en zapatillas y fumándose un puro, si hiciere falta, todo menos asustar a los electores, perpetuos menores de edad deseosos de una ignorancia placentera y universal. Que nada se altere, tal vez haya que sujetar un poco a Margallo para que no la líe, pero hasta eso podría dar una saludable sensación de debate en el PP, de pluralismo, qué cosas.

Se dice que la primera víctima de la guerra suele ser la verdad, pero Maquiavelo ya advirtió sobre la utilidad que la mentira tenía para los que mandan. Se trata de fórmulas muy viejas, aunque no deje de ser sorprendente que se quiera edificar una democracia sobre la base del miedo, el conformismo y la corrupción. De momento, cabe apostar por que los ciudadanos acierten a corregir, cuando todavía estamos a tiempo, la deriva de nuestra democracia hacia su caricatura más ridícula e indigna.

El consensuado silencio de los corderos
Guillermo Dupuy Libertad Digital 27 Noviembre 2015

Decía Napoleón que cuando quería que un asunto no se resolviese lo encomendaba a un comité. Algo distinto pero muy parecido podríamos decir del cacareado "Pacto Antiyihadista", que ya aglutina a nueve partidos y al que se ha acercado como "observador" el partido de Pablo Iglesias. Aunque los firmantes estarían obviamente encantados con que el problema del terrorismo islámico se resolviese o mitigase, ninguno de ellos va a asumir el riesgo de tomar o proponer decisiones para afrontarlo.

Así las cosas, nada más fácil para alcanzar el consenso sobre algo que acordar no tomar decisión alguna que pueda romper el acuerdo. Los firmantes del Pacto Antiyihadista aparecen ahora muy unidos contra el terrorismo, como si antes no lo estuvieran; pero absténganse de preguntarles si España va a enviar tropas a combatir al Estado Islámico, a participar en los bombardeos contra la organización terrorista o a relevar a nuestros aliados en sitios menos conflictivos para que ellos puedan liberar territorio bajo soberanía de unos genocidas. Esas preguntas tan obvias son políticamente incorrectas, pues sólo su formulación pone en peligro algo tan políticamente correcto como la "unidad de los demócratas" contra ese terrorismo islamista que, también por corrección política, sólo se puede denominar yihadismo.

Este consenso en la irresolución no evitará que los ciudadanos occidentales sigamos siendo asesinados en nombre de Alá, pero sí va a evitar a todos los firmantes del pacto el coste electoral que debería suponer la persistencia y, lo que es más probable, el agravamiento de un problema que no quieren afrontar.

¿Cómo vamos a ganar la guerra contra el terrorismo islamista con un pacto que, para empezar, se niega a reconocer la existencia misma de dicha guerra? Se quedaba corto el otro día Max Boot al reivindicar la, ciertamente adecuada, denominación de Estado Islámico para esa organización que nuestra clase gobernante ha pasado a denominar Daesh con la excusa de que este acrónimo les resulta más ofensivo a los terroristas.

Yo me temo que la verdadera razón para el cambio de dicha denominación es el deseo de ocultar la vinculación entre el fundamentalismo islámico y el terror y, sobre todo, no tener que admitir que el Estado Islámico, nos guste o no, es precisamente eso, un Estado al que no combatimos y al que dejamos pasivamente que controle y administre un territorio mayor que el de Reino Unido.

Creer que el yihadismo es tan sólo un problema policial y legal y que en esta guerra sobran los militares es tanto como no querer admitir la existencia misma del problema, al menos, en toda su magnitud. Pero en ese estéril consenso estamos: por no romper la confortable unidad a la hora de dar respuesta al terrorismo, guardamos silencio como corderos.

La unidad política, clave en la lucha contra el yihadismo
EDITORIAL El Mundo 27 Noviembre 2015

EN UN país tan refractario a los acuerdos políticos de largo alcance hay que valorar positivamente el pacto antiyihadista rubricado ayer por nueve formaciones. Y no sólo por los objetivos que persigue sino por haberlo hecho con luz y taquígrafos en una comparecencia pública de todos los firmantes. La reunión de la comisión de seguimiento permitió escenificar ayer la incorporación de Ciudadanos, entre otros partidos, a la alianza que en febrero impulsaron Rajoy y Sánchez. Podemos -cuyo representante acudió a la cita en calidad de observador-, IU, Convergència y el PNV rechazaron sumarse a esta entente, acreditando una vez más la miopía de la izquierda y los nacionalismos en cuestiones de Estado, y su empecinamiento en instrumentalizar la causa del pacifismo pese a admitir que la lucha contra el terrorismo yihadista es ya una prioridad ineludible.

El islamismo radical constituye una de las principales amenazas que actualmente se ciernen sobre Occidente. Los brutales atentados de París del 13-N evidenciaron que la gravedad de esta lacra exige reforzar la unidad política, apuntalar la coordinación entre las fuerzas de seguridad y movilizar todos los instrumentos legales al alcance. Precisamente, las ideas que inspiran el pacto antiyihadista. Algunas de las medidas incorporadas son la modificación del Código Penal para redefinir el delito de terrorismo y recoger las "nuevas amenazas", lo que pasa por perseguir la captación y adiestramiento de terroristas; la aplicación de la prisión permanente revisable en los delitos de muerte -punto que rechaza el PSOE-; y el refuerzo del marco jurídico en la lucha antiterrorista, que ya se ha sustanciado en las nuevas leyes de Seguridad Nacional y de Enjuiciamiento Criminal.

El pacto antiyihadista es un ejercicio de cohesión política que traslada a la sociedad un mensaje de seguridad y determinación. Pero también supone un aval a Rajoy de cara a fijar la aportación española en la coalición internacional que aspira a forjar Hollande para derrotar al Estado Islámico (IS). Rajoy garantizó que el Gobierno compartirá con los partidos adheridos al pacto las demandas de París, si bien el Ejecutivo ha negado reiteradamente que se haya ofrecido a relevar a Francia en el control militar de África. El presidente del Gobierno y el jefe del Estado francés se reunirán este domingo. El encuentro llega después de la ronda de contactos matenida por Hollande con los principales líderes, a los que ha arrancado un firme compromiso para eliminar el yihadismo. Obama aseguró que el IS "debe ser destruido", Cameron enfatizó la voluntad del Gobierno británico de bombardear al IS antes de Navidad y Merkel ofreció movilizar 650 soldados alemanes en Mali. Además, Putin subrayó la complicidad de Rusia con Francia en aras de seguir coordinando los ataques a las posiciones del IS en Siria, tal como ha ocurrido en la última semana en Raqqa.

La postura del Gobierno ha basculado hasta ahora, acertadamente, entre la prudencia y los compromisos a los que está obligado a cumplir en apoyo de un país aliado. La lucha contra una estructura criminal como el IS, dotada con casi 50.000 efectivos, pasa por reforzar la defensa colectiva de la UE, cuya política en esta materia está supeditada a la OTAN y la legalidad internacional. La resolución aprobada por Naciones Unidas el viernes, que llamaba a combatir al IS "con todas las medidas necesarias", eludía invocar el artículo que autoriza el uso de la fuerza. A falta, por tanto, de un mandato claro de la ONU, España debe comportarse como un aliado responsable dentro del marco de actuaciones que suscriban los Veintiocho. Pero siempre teniendo en cuenta que la unidad internacional es uno de los pilares fundamentales para erradicar el terror del IS.

Cambiar de siglas, no de líder
Cristina Losada Libertad Digital 27 Noviembre 2015

A simple vista, Convergencia, si ese es el nombre bajo el que cursa todavía el partido de Artur Mas, parece una caja. Una caja de sorpresas, además. Ahora ya no está por una presidencia coral, como pretendía la CUP asamblearia. No cuatro presidentes de la Generalidad, como cuatro jinetes del Apocalipsis, sino uno y no más. Esto es, sí Mas. Con él ya hay apocalipsis suficiente. De hecho, acaba de destruir su partido, al menos, formalmente: Convergencia ya no será Convergencia. Nadie podrá decir que descansa en paz.

La desaparición de las siglas de CDC no es, sin embargo, sólo asunto formal. Un partido que ha disfrutado de un papel hegemónico no tira unas siglas al vertedero así como así. Las explicaciones que han dado al respecto sus dirigentes son cualquier cosa menos creíbles. Lo cual guarda coherencia con la conducta de un partido que se distingue por mantener aquello que Revel atribuía a la educación totalitaria del pensamiento: "Una inveterada deshonestidad en las relaciones con lo verdadero". Y con todo lo demás, cabe añadir.

¿Es el afloramiento de la corrupción el combustible que ha quemado las siglas convergentes? Tal vez. Pero permítaseme la duda. Si ha habido castigo a Convergencia por la corrupción ha sido un castigo parcial. El gran proyecto de CDC estos años, que no ha sido otro que la ruptura con España, salió tocado pero esencialmente entero de la última convocatoria a las urnas. Como si el electorado separatista se hubiera dicho: serán unos ladrones, pero sus planes no están nada mal. Es más, de no ser por esos planes, a Convergencia le hubiera ido mucho peor.
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El misterio, la sorpresa, es que un partido que ha ido perdiendo base electoral y escaños bajo el liderazgo de Artur Mas decida cambiar de siglas en lugar de cambiar de líder. La decisión de salvar al líder como sea, incluso cuando su retirada es condición (de momento) para lograr los votos necesarios a fin de gobernar, indica antes que nada que Mas está dispuesto a cualquier cosa para mantenerse en el poder. Pero también apunta a una fragilidad del movimiento separatista: apartar a Mas daría una señal de disgregación y descomposición. Señalizaría, en fin, una realidad.

El rumbo separatista adoptado por CDC no fue asunto personal e intransferible de Mas. Su trayectoria no supone una ruptura repentina con el pujolismo, sino su continuidad. Pero su figura ha quedado identificada con el proyecto. Es el Moisés que embarca a su pueblo en el viaje –siempre gratis– a la tierra prometida. El hombre que tiene en la mano todos los hilos del procés. Su relevo descabezaría a un movimiento que ha logrado parte de su fuerza gracias a la ficción, una más, de que es un bloque. No un bloque que representa a una parte de Cataluña o que representa a Cataluña, sino que es Cataluña. Nada nuevo bajo el sol nacionalista. Sólo que mantener esa ficción obliga a mantener la apariencia de unidad, y la unidad se personaliza en Mas.

Los de la CUP, a los que algunos insisten en considerar anarquistas –¿dónde se ha visto a unos anarquistas que hablen de construir un Estado?–, están tardando en apreciar las consecuencias que tendría para el empuje separatista prescindir del cabecilla de la insurrección. Se están haciendo de rogar y disfrutan de sus quince minutos de fama. No se descarte, sin embargo, que al final encuentren la fórmula estrambótica para que los antisistema de camiseta se fundan en abrazo con los antisistema de traje.

Elogio de la caja de madera
Gabriel Albiac. ABC 27 Noviembre 2015

Soy hijo de un militar republicano. Condenado a muerte en 1939 y que ya antes lo había sido a cadena perpetua cuando, en 1930, fracasó el golpe de los jóvenes oficiales de Jaca, en el cual él, teniente entonces, participaba. Recuerdo con admiración su castrense desprecio, tanto hacia la retórica heroica cuanto hacia la sentimental o victimista. Un desprecio que cifraba en esta definición del oficio, cuyo corte estoico es innegociable: un militar, cuando muere en combate, no está haciendo más que justificar su sueldo. Lo demás sobra y es obsceno. Para aquel que elige la carrera militar, morir es nada. Una nada a la cual apostó su vida. No es la hora de quejarse cuando la partida acaba y el envite es cobrado.

Escucho, ahora, la voz infinitamente necia de un demagogo metido a «revolucionario populista», ese oxímoron. El líder supremo de Podemos estaba reprochando a Albert Rivera que se hubiera atrevido a «pedir tropas, tropas, tropas», para derrotar al yihadismo sobre el territorio en el cual –merced al incalificable abandono militar de Irak por Barak Obama– el yihadismo se ha hecho fuerte y ha creado un Estado hostil a cuanto no sea coránico; un Estado, también, poderosamente financiado por el petróleo. Para el señor Iglesias, enviar el ejército a combatir a un enemigo que, sin ninguna ambigüedad, ha declarado la guerra a quienes no se plieguen a la voluntad de Alá, es «jugar con la vida de soldados españoles» y apostar, «a la ligera», por que estos «vuelvan en cajas de madera».

Ahora que el señor Iglesias cuenta en su equipo directivo con un soldado profesional del nivel máximo, no debiera resultarle muy difícil enterarse de que –desde que un Aznar que no le es, creo, muy simpático suprimió el servicio militar en 2001– el ejército español está exclusivamente formado por profesionales. De diverso grado y jerarquía, pero idénticos en cuanto a oficio. El general que dirigió los bombardeos españoles sobre Libia sabrá explicarle que a un soldado profesional no lo exalta la posibilidad de «volver en una caja de madera» a casa. Ni le desasosiega. Un soldado profesional hace su trabajo. Retorne vivo o muerto. Ese es su honor. Y esa es la gloria, difícil de asumir, de lo castrense. Pero nadie, absolutamente nadie, está obligado hoy en España a abrazar tal carrera.

La guerra es una determinación horrible de la condición humana. Pero es una determinación. A no ser que uno prefiera apostar por el desvalimiento del que hacía exhibición el último manifiesto yihadista contra Francia: haced como Zapatero y rendíos. Y sed siervos del islam. Y quedad a la merced de lo que vuestro vencedor imponga. Aquel que no está dispuesto a responder a la guerra con la guerra, es ya menos que un cadáver.

«Si hay soldados españoles que puedan jugarse la vida, a lo mejor hay que hacer un referéndum», dice don Pablo Iglesias. Un referéndum. Como aquel en que sus colegas convirtieron las elecciones del año 2004: rendición por plebiscito.

¿Qué piensa un antiguo Jefe del Estado Mayor de la Defensa al escuchar esas obscenidades en boca de su actual jefe? Él lo sabrá. Yo sé muy bien lo que hubiera pensado un viejo militar republicano, estoico ante la cadena perpetua, estoico ante la pena de muerte. Ni la vida ni la muerte de un militar profesional le pertenecen. Ha renunciado a ellas desde el instante mismo en que apostó por la difícil vocación de la milicia. Y todas las retóricas –las pacifistas como las belicistas– son obscenas frente al peso de esa apuesta.

Nos están venciendo
Antonio Burgos ABC 27 Noviembre 2015

No es cierto que el Clásico lo ganara el Barcelona. He de matizar que para mí el Clásico, cada cual en lo suyo, es Platón en Filosofía, Leonardo en Pintura o Mozart en Música. Pero aceptemos pulpo como animal de compañía...

–El mío, que sea a la gallega: pulpo de feria, en honor de Rajoy...
–Pues el mío a la gaditana: pulpo de trasmallo a la plancha con su piriñaca, a la salud, camarada, de Kichi.

Aceptado el pulpo de Clásico como «partido de la máxima» que decían antes los cronistas deportivos entre el Real Madrid y el Barcelona (que, en efecto, es más que un club, es una máquina de marcar goles), digamos que el partido del Bernabéu no lo ganó el equipo azulgrana que ha roto en separatista: lo ganó el miedo al terrorismo islamista. Victoria que pagaron nuestros bolsillos. Como no gasto tabaco ni prensa deportiva, no sé si se ha publicado el dato, pero ¿cuánto nos costó la seguridad montada en el Bernabéu para el Madrid-Barsa y olé? ¿Y quién la paga? ¿La pagamos nosotros los contribuyentes, aunque seamos del Betis, o la paga el Real Madrid, que para eso es una máquina de hacer dinero de la misma forma que el Barcelona lo es de meter goles y de tremolar separatistas banderas estrelladas?

Cuando se tienen que montar tres anillos de seguridad, tres, como tres puñales, y sin una fecha por dentro, en torno a un estadio, y hay tantos controles y registros que parece que estás en Barajas y no en el Bernabéu, es que algo raro pasa aquí. Rareza que tiene su explicación: todo este follón de la seguridad del Bernabéu, que tenías que irte dos horas y media antes, como si fueras a coger el avión a Nueva York, no lo ha montado ni el Barcelona ni el Madrid. Lo ha montado el terrorismo de cuatro moros zarrapastrosos que quieren acabar con nuestra civilización cristiana a base de bombazos. ¿Es que nunca vamos a estar libres de la amenazas del bombazo, Dios mío de mi alma? Cuando no es la ETA es la Yijad o esa organización a la que ahora mientan con nombre de Diccionario, DRAE o DRAGA o algo así, no les voy a hacer el honor a estos asesinos apestosos de, encima, preocuparme por poner bien su nombre: que se joan con la errata.

Y si eso ocurrió en el Madrid del triste recuerdo del 11-M que jamás olvidaré, ni les cuento en París. Como en una nueva batalla del Marne, los terroristas hasta consiguieron movilizar a los patrióticos taxistas de París, para llevar a la gente de vuelta a su casa cuando ya había estallado el triquitraque, habían ametrallado todo lo que se movía y los franceses nos habían dado tanta envidia a los españoles, porque en vez de llamar «asesino» al Gobierno se habían puesto todos a cantar La Marsellesa. Muertos aparte, heridos aparte, los terroristas han conseguido medio paralizar París, y eso ya es una victoria. Y en Bruselas, ni te cuento. Paralizar durante días y días nada menos que la capital de Europa, ¿no es acaso ya una victoria de los terroristas mahometanos, peguen el bombazo o no lo peguen, asesinen a unas decenas de criaturas inocentes o no las asesinen?

Y veo finalmente que los terroristas asquerosos han ganado porque otra vez están aquí los fantasmas: los profesionales del «No a la guerra», qué señores más pesados. Los millonarios Bardem, el otro y el de la moto, a los que ahora se añaden las caras nuevas del Kichi y la Colau. ¿Pero no podemos tener una campaña electoral en paz y en gracia de Dios, sin que los rojos ricos de la Izquierda Caviar y de la Ceja le estén haciendo la campaña a los suyos con la pesadez del «No, a la guerra»? Claro, en esas circunstancias, no hay co... ranes de que el Gobierno del Reino de España mande a esta virtual III Guerra Mundial sin frentes no digo ya aviones, barcos y soldados. ¡Ni una barca del estanque del Retiro dice Arriola que se puede enviar! Estamos en una guerra en la que de momento nadie se atreve a decir en España ni quiénes son los nuestros. Guerra que, minuto y resultado, van ganando los terroristas que han conseguido paralizar (de miedo) a media Europa.

Terrorismo y lecciones no aprendidas
Todos los análisis militares y de geoestrategia coinciden en no reconocer mucho más de 30.000 efectivos al Daesh
Ana Salinas de Frías El Confidencial 27 Noviembre 2015

Los atentados terroristas de París sorprendieron a los líderes de las principales economías del mundo la víspera de partir para una nueva sesión del G-20 en Antalya (Turquía), obligándoles a hacer un hueco en la agenda del evento y adoptar una declaración conjunta suficientemente genérica como para dar satisfacción a todas las partes afectadas, que no implicadas, en el conflicto sirio. Ya entonces, dada la intervención oportunista de algunas de las potencias allí reunidas, pero más aún hoy, tras el enfrentamiento entre dos de los estados supuestamente participantes en la lucha contra el Daesh, no cabe duda acerca de los errores de enfoque en la lucha contra esta nueva ola de atentados terroristas, a la que incluso se intenta arrastrar a la OTAN, invocando Turquía el mecanismo de consultas previsto en el artículo 4 de su carta constitutiva.

La génesis de la situación es bien conocida, siendo el detonante más próximo el estancamiento primero, y la posterior evolución del conflicto sirio. Las respuestas estatales a la situación son una muestra clara de una lección que estos parecen resistirse a aprender, a pesar de las evidentes similitudes, tanto en la gestación como en los resultados, con las intervenciones en Afganistán e Irak y su influencia en la cochura y maduración de Al Qaeda. Y he aquí el monstruo que el conflicto no ha engendrado, pero sí alimentado.

Los errores reiterados son muchos en todo caso. El primero, sin duda, poner reiteradamente el énfasis en la represión y no en la prevención. Los 17 convenios internacionales en materia de lucha contra actos considerados terroristas tratan solo de la represión de dichos actos, pero no de la prevención, con la honrosa y única excepción del Convenio de Prevención del Terrorismo del Consejo de Europa, pendiente aún de ratificación por parte de seis estados miembros de la UE, incluidos Bélgica y el Reino Unido, hecho finalmente subsanado con su ratificación por parte de la UE en tanto que tal, obligando pues también a estos socios comunitarios 'reticentes'. Pero esa firma no ha sido pacífica.

Todos los análisis militares y de geoestrategia coinciden en no reconocer mucho más de 30.000 efectivos al Daesh. Si se tiene en cuenta que este ha conseguido reclutar para sus filas una cifra que ronda los 15.000 combatientes, 5.000 de ellos, nacionales europeos, no se comprende la falta de interés de los estados por atender la urgente llamada a la cooperación hecha por Naciones Unidas en septiembre de 2014 para combatir el reclutamiento de combatientes extranjeros. Tan solo de nuevo el Consejo de Europa negoció y abrió a la firma el pasado mes de octubre un protocolo adicional que obliga a los estados a criminalizar en sus respectivos sistemas penales este tipo de conductas, siendo en este sentido el código penal español pionero, ya que no solo se adelantó a esta iniciativa conjunta, sino que añadió a ello la penalización del “autoadiestramiento” o “autorradicalización".

La resistencia de una serie de socios comunitarios puso en peligro la ratificación por parte de la UE tanto del Convenio de Prevención (requisito previo) como del Protocolo adicional, primera y única respuesta a la voz de Naciones Unidas que clama en el desierto. De hecho, dicha ratificación solo fue posible a cambio de permitir el uso de la cláusula de 'opting out' por parte de los miembros de la UE que así lo deseasen para quedar libres de compromiso. Una pista importante esta para entender por qué el presidente Hollande, a fin de hacer aliados en su lucha contra el Daesh, ha recurrido a una disposición que se enmarca en la política europea de seguridad y defensa de la UE, un terreno movedizo y poco obligatorio para los socios comunitarios, en lugar de invocar la cláusula de solidaridad prevista específicamente para casos de ataques terroristas y que el Tratado de Lisboa incorporó por primera vez tras tomar nota de los atentados de Madrid y Londres.

El artículo 222 TFUE deja margen de interpretación suficiente para ser utilizado en este caso, claro que su fuerza vinculante indiscutible sin duda ha jugado un importante papel en la decisión tomada por el presidente francés, consciente de las posiciones previas manifestadas cuando ataques de tamaño alcance no estaban aún en el imaginario de los gobiernos europeos y mucho menos de sus ciudadanos.

Es triste observar el unilateralismo y el recurso casi exclusivo a la fuerza armada, incluso por parte de una Francia que lo rechazaba alto y claro hace unos años, en detrimento una y otra vez de una mayor cooperación penal policial y judicial entre los estados, de la priorización de una decidida intervención preventiva contra la radicalización, o de la persistente y sustanciosa transferencia de armas mediante mecanismos opacos e inmunes a controles democráticos, que además no aseguran aspectos clave tales como el destino último de las armas transferidas o la seguridad de las instalaciones para su almacenamiento.

Son significativas en este sentido las declaraciones de David Cameron relativas a la contratación de 1.900 nuevos espías para la lucha contra el Daesh, en particular si se tiene en cuenta que el suyo fue uno de los gobiernos que desafiaban a la Unión a hablar en nombre de los Veintiocho a la hora de cerrar un convenio que facilita a jueces, magistrados y fiscales un instrumento que les permite detener a personas radicalizadas -en su mayoría jóvenes- cuando están a punto de volar para engrosar las filas de esta asociación criminal. En cambio, poco se ha avanzado en la integración de poblaciones depauperadas, desesperanzadas y marginalizadas; en el uso de las mismas armas para contrarrestar el discurso en la red de los yihadistas, donde las voces de protagonistas indiscutibles como los refugiados sirios, que pueden dar cumplida cuenta de la actuación de semejante grupo terrorista, no encuentran eco; en la cooperación para que las pruebas electrónicas -esenciales para que la lucha contra la acción del Daesh en la web sea efectiva- puedan ser legalmente obtenidas y utilizadas en juicio, y en la asistencia para evitar que aquellos estados en los que se intervino militarmente se convirtieran finalmente en auténticos estados fallidos.

Es evidente que esta organización terrorista ha conseguido, mediante la violación de los principios más básicos del ordenamiento internacional, la consolidación de un territorio que no solo le da apariencia de Estado y le provee de pingües recursos económicos, sino que mantiene mediante la represión de la población, la utilización de los medios más conocidos de delincuencia transnacional (venta y esclavitud sexual de mujeres y niños, uso de niños soldado, tráfico de obras de arte, tráfico de armas, contrabando de petróleo -por cierto, sin una voz en contra por parte de la OPEP-, secuestro, extorsión, etc.), y que frente a esto ya es inevitable una acción armada.

Pero de nuevo es vital aprender del error de llegar a tal callejón sin salida, insistir en que esta solución no debe ser sino coyuntural -en la medida en que es irremediable-, limitada, proporcionada, supervisada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y con la implicación de los estados de la zona, pues a nadie escapa que el conflicto pone en bandeja la oportunidad de dar un vuelco al equilibrio de poderes en la zona, y que ello ha desatado las ambiciones de algunos de los estados más poderosos presentes en ella, alimentadas por delirios de liderazgo regional o por la necesidad de reafirmación política interna, entre otros factores. Este último será sin duda un elemento determinante en el éxito de la campaña de Hollande para sumar miembros a su causa.

En esta situación, ¿qué sentido tiene que algunos estados vengan ahora con la propuesta de crear una corte internacional especial que juzgue al terrorismo internacional, si ya fue rechazada la inclusión de tal crimen en el Estatuto de la Corte Penal Internacional? Otra lección no aprendida.

* Ana Salinas de Frías, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales. Universidad de Málaga.

Ocho apellidos catalanes
Antonio Robles Libertad Digital 27 Noviembre 2015

Cuando Ocho apellidos vascos fue la película elegida por un grupo de profesores nacionalistas del instituto donde daba clases para pasarla a los grupos de bachillerato, algo me dijo que las pretensiones satíricas de la comedia no habían pasado de tópicos dulcificados y tramposos. Vamos, que los guionistas no se habían atrevido a reírse de verdad del drama provocado por el nacionalismo. De todos los nacionalismos. Al fin y al cabo, el guión se sostiene sobre el desconocimiento y la exclusión del otro, uno de los rasgos de todo nacionalismo.

Pero cuando el pasado viernes asistí al estreno de Ocho apellidos catalanes, comprobé la cobardía intelectual de un guión que se refugia en los tópicos catalanistas de principios del siglo pasado, para no enfrentarse a los tópicos políticamente correctos del nacional catalanismo que dominan y controlan hoy el poder en Cataluña.

Reducir la realidad catalana a una señora burguesa, clasista y xenófoba; y a un nieto pedante con complejo de narciso, es reflejar al catalanismo tópico de principio de siglo. Ni las esteladas, ni la sociología independentista del procés, ni la exclusión real de la cultura, simbología y lengua españolas y los derechos ciudadanos que conllevan, ni el control mediático y presupuestario, ni la falsificación democrática de multitudinarias manifestaciones independentistas, ni el golpismo institucional y jurídico en nombre de un falso derecho a decidir son tratados ni de refilón. Les ha faltado valentía intelectual, carácter creativo, o como vulgarmente se dice, cojones. Ni rastro de la corrupción estructural de la famiglia, del 3%, ni de nada que cuestione el buen rollito catalanista. Ni rastro del victimismo, sólo un inocente desprecio por España en el personaje menos creíble, la abuela.

Quizás la mayor falsificación sea el papel de esta abuela burguesa y clasista (Rosa María Sardà), que representa el proceso independentista. No es sólo falsificación, es ante todo suplantación de la realidad. Hoy en Cataluña el catalanismo no lo representa el topicazo de la burguesía catalana. Sigue siendo clasismo, pero extendido como una infección transversal a todos los estamentos sociales que viven de la gestión de presupuestos, comisiones y simbolismos del poder nacionalista instalado en la Generalidad desde la transición. Esa metástasis clasista se ha instalado en las clases medias, y se ha extendido transversalmente a los profesionales liberales, a maestros y profesores, periodistas y a la casi totalidad de la clase política. Se ha publicitado desde los púlpitos, ha comprado a sindicalistas y sindicatos, se han sumado botiguers y ha alcanzado a la Cataluña interior, atrapada desde hace décadas en las pantallas de TV3, la nostra. Un conglomerado transversal cebado por ingentes presupuestos públicos de un simulacro de Estado catalán en la sombra. La llamada sociedad civil democrática y pacífica. Clasismo catalanista del que no participa media Cataluña española y mayoritariamente castellanohablante.

Pepe García Domínguez expresó magistralmente esta nueva sociología catalanista en "El mito de la burguesía catalana". Claro, él pisa territorio y sabe de qué habla.

No diré que no me han divertido. Un respeto para la película más taquillera de la historia del cine español y para el mejor arranque de la segunda. Pero cuando se pisa tierra sagrada, hay que estar a la altura, y no aprovechar el tirón para banalizar el mal. En la primera se banaliza, en la segunda, además, se explota. Es una creación intelectual fallida que retrata a una época de intelectuales cobardes y pesebreros, incapaces de incomodar al poder establecido, y sobre todo, incapaces de salir de sus círculos progres conchabados con los nacionalismos periféricos, con la izquierda de salón y con el brazo incorrupto de Franco, como coartada. Cuando esa pandilla de creadores se atrevan (me refiero al cine español en general), como se han atrevido contra los vencedores de la Guerra Civil, puede que las risas sean catárticas. Tiene La vida de Bryan más crítica al nacionalismo que estas dos comedias juntas.

P.D. Quizás el único desplante de altura haya sido el menos percibido, la sutil mala leche del guionista contra esa autosuficiencia catalana que mira con ínfulas supremacistas, intelectuales y artísticas a los bárbaros del sur. La pedantería del nieto consentido. Aun así, váyanla a ver. Se pasarán un buen rato.

De solsticios, navidades y pedanterías totalitarias
Editorial  www.gaceta.es 27 Noviembre 2015

Ada Colau quiere cambiar la Navidad por el “solsticio” del mismo modo que Carmena quiere hacerla “multicultural”. Cualquier cosa menos hablar de la Navidad propiamente dicha, que en la mentalidad de esta gente es algo reaccionario e, incluso, franquista.

Un rasgo típico de la mentalidad totalitaria es pensar que el poder, por ser tal, está legitimado para cambiar a su antojo absolutamente todos los planos de la vida social. En las sociedades occidentales actuales, donde el poder descansa cada vez más sobre estructuras anónimas e instancias económicas y técnicas, las posibilidades del poder político para modificar las condiciones materiales de existencia han quedado muy limitadas. Por el contrario, el poder tiene campo libre para meterse en el alma de las personas (en el “imaginario colectivo”, si se prefiere esta expresión) y tratar de reconstruirla según sus propias convicciones o conveniencias. Quizá por eso la ultraizquierda contemporánea está apuntando de manera tan directa contra la identidad popular real para construir, si quiera sea en la letra de los boletines oficiales, una identidad nueva.

La polémica del solsticio
En esta carrera contra la identidad popular real, la palma se la ha llevado este año la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, con su ocurrencia de proponer como objeto de celebración el “solsticio de invierno”. La interpretación de la Navidad como “solsticio de invierno” es una pedantería decimonónica que surgió en el ámbito del nacionalismo “völkisch” alemán. Se trataba de reconstruir la singularidad identitaria germánica frente al peso de lo “romano”. La iniciativa nunca fue mayoritaria, pero pasó al acervo folclórico del nacionalismo y conoció un cierto apogeo durante el nazismo, que lo incorporó a sus liturgias populares. El movimiento “völkisch” fue una rama del nazismo y, si bien nunca tuvo un peso político real, sin embargo sí ejerció una cierta influencia en el intento –típicamente totalitario- de reconstruir la cultura social y la vida cotidiana de la gente. El régimen, no obstante, constató que le resultaba más práctico nacionalizar la religiosidad popular a través de la Iglesia Evangélica (luterana), que no opuso gran resistencia a la iniciativa. Algo semejante ocurrió en la Unión Soviética, donde el régimen trató de sustituir la Navidad por la fiesta revolucionaria del Año Nuevo, con éxito muy limitado.

Hemos dicho que eso del “solsticio” germánico es una pedantería por dos razones. En primer lugar, porque la celebración del nacimiento del “sol invicto”, es decir, del ciclo cósmico a partir del cual los días comienzan a ser más largos, no es algo específicamente germánico, sino que se daba en todos los pueblos del crisol indoeuropeo, desde el “Yule” céltico y el “Jul” escandinavo hasta las “saturnalias” romanas. En segundo lugar, porque todos los estudiosos coinciden en que la celebración no se vinculaba tanto a la observación astronómica como al ciclo agrario, de manera que esa interpretación como “solsticio” es algo muy típicamente moderno. A partir de la extensión del cristianismo en Europa, estas fiestas, por su contenido simbólico de renacimiento, fueron asimiladas a la Natividad de Jesús, y en condición de tales pasaron a convertirse en un rasgo mayor de la identidad cultural europea. Lo hicieron, por cierto, en un maridaje nada disimulado entre el viejo paganismo y el nuevo culto. De hecho, si sabemos algo sobre los viejos ritos es porque el cristianismo los integró sin grandes problemas. Y en esto llevamos los europeos más de mil quinientos años, que tampoco es un abolengo desdeñable.

¿Tiene sentido celebrar hoy el “solsticio”? La verdad es que, en el terreno de los hechos, la sociedad de consumo ha sido mucho más eficaz que el nacionalismo o el comunismo a la hora de destruir el sentido religioso tradicional de la Navidad. En esto, como en tantas otras cosas, el capitalismo ha sido un eficiente aliado del nihilismo. Deshecho el sentido religioso de la Navidad, cualquier cosa cabe: el solsticio de Colau, la multiculturalidad de Carmena o mañana, por qué no, la Solemne Fiesta Municipal de los Barómetros Descendentes. Con todo, no deja de ser una pedantería, a estas alturas, consagrar una fiesta a un acontecimiento astronómico. Desde que conocemos el movimiento del sistema solar, los solsticios han perdido mucho interés y son algo así como los cumpleaños a partir de los 40: ya sabemos que pasan todos los años y cada vez hay menos razones para alegrarse.

¿Cree realmente Ada Colau en la simbología mágica del solsticio? Cuesta imaginar a la alcaldesa entrando en trance a partir del 20 de diciembre y, así concentrada, venerar el renacimiento simbólico del sol. No, se trata de otra cosa: se trata de eliminar la identidad tradicional de verdad, la que la gente del común comparte, aun bajo formas trivializadas, y arrasar el campo para construir una identidad artificial de nuevo cuño. En esto, como en otras cosas, la herencia cristiana es un obstáculo para el poder. Por eso hay que extirparla. Estamos ante un proyecto totalitario. Por más que se trate de un totalitarismo “soft”.

Hace falta ser muy petulante, y muy poco sabio, para creer que uno tiene derecho a cambiar unos rasgos identitarios que se remontan a más de mil años. Pero el totalitarismo “soft” de nuestra ultraizquierda nunca se ha distinguido ni por su modestia ni por su sabiduría. Lo más lamentable es constatar cuánta gente interpreta como “progreso” esta petulancia maligna.

Elecciones generales
Fernando Savater: 'Me he pasado la vida cerrando bares y ahora quiero entrar en el Senado para cerrarlo'
Europa Press www.lavozlibre.com 27 Noviembre 2015

Madrid.- El filósofo Fernando Savater, ha ironizado este jueves con su papel como candidato de Unión, Progreso y Democracia (UPyD) al Senado y ha respaldado la propuesta electoral de su formación de suprimir la Cámara Alta. "Como me he pasado la vida cerrando bares, ahora quiero entrar en el Senado para cerrarlo también", ha bromeado.

Savater ha sido el encargado de presentar la intervención del líder de UPyD, Andrés Herzog, en el Fórum Nueva Economía y ha explicado su decisión de dar el paso como candidato después de ocho años como miembro del partido pero sin adoptar ningún cargo orgánico ni representación institucional.

Tanto el filósofo como Herzog han reconocido su candidatura es prácticamente "simbólica", ya que la ley electoral dificulta mucho que puedan obtener escaño en el Senado partidos minoritarios, pero el líder de UPyD le ha agradecido este "paso al frente" en un momento en el que las encuestas no otorgan buenos resultados a su formación.

"Yo me veo más en el papel de senador romano, ese es el que me gusta", ha bromeado Savater sobre las posibilidades de entrar en la Cámara Alta. Pese a ello, ha explicado que, si consiguiera escaño, se dedicaría a promover su cierre desde dentro, tal y como lleva UPyD en su programa electoral.

A su juicio, el Senado ha funcionado durante los últimos años como una institución "supérflua y repetitiva", pero ahora además "corre el riesgo" de convertirse en una cámara de "veto" de las comunidades autónomas si salen adelante las propuestas electorales de otros partidos, como el PSOE.

"EL CORRECTOR DE FALTAS MÁS CARO DEL MUNDO"
"Es el corrector de faltas más caro del mundo", ha dicho Herzog sobre el Senado antes de coincidir como Savater en el rechazo a soluciones que supongan dotar a las comunidades autónomas de la capacidad de "anteponer sus intereses a los de España".

El cierre del Senado se enmarcaría dentro de una reforma constitucional que propone UPyD para "garantizar la igualdad" de los ciudadanos y "no para contentar a los nacionalistas", como a su juicio hacen el resto de formaciones dispuestas a abordar la reforma de la Carta Magna.

En esa reforma, UPyD propone revisar el reparto competencial para que el Estado recupere las competencias de sanidad, educación y justicia y eliminar "privilegios" territoriales, como el concierto y el cupo vasco y navarro.

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Henry Kamen: «Los que, por los pelos, tienen el poder en Cataluña falsifican la Historia»
Óscar Reyes. La Razon 27 Noviembre 2015

Amante de nuestro país (reside en Barcelona), Kamen apuesta por la unidad de España, aunque asegura que aún debemos descubrirla

El 23 de enero de 2016 se cumplen 500 años del fallecimiento de Fernando el Católico. Una figura de la historia de España eclipsada en la historiografía y en la cultura popular. No se puede negar que su mujer, Isabel I de Castilla, ha tenido más tirón, ni que la Renaixença catalana le convirtió en un estorbo histórico, ni que su política pragmática haya provocado que su personaje no tenga misticismo, ni que Maquiavelo le transformara de gobernante a tirano. Fernando el Católico es un mártir de la historia. Nuevamente un extranjero, el hispanista Henry Kamen, residente en Barcelona, ha desenterrado la leyenda para desempolvarle los tópicos y documentar la realidad en el libro «Fernando el Católico. 1451-1516: vida y mitos de uno de los fundadores de la España moderna».

Kamen habla de su protagonista como «una figura marginal» debido a los «obstáculos» con los que se ha encontrado: «La competencia del personaje de Isabel», que «no tenía un papel importante en la vida internacional» y que «la documentación es mala, ya que no existían archivos». Para el hispanista, todas estas razones han provocado que «existan exageraciones, leyendas y una presentación de Fernando el Católico más mitificada que real». No obstante, sí que admira uno de los estudios que se han realizado sobre él: «El único libro bueno es de Vicens Vives porque los catalanes le criticaban por tener una imagen positiva del rey Católico».

Para Kamen, el desagrado de los catalanes por el monarca se debe a «una manera de ver la historia de Cataluña inventada por los primeros nacionalistas en el siglo XIX». Y es que Fernando el Católico fue un defensor de la unificación de España, sugiriendo que su estructura fuera la de un país formado por federaciones, propuesta que contiene el programa del Partido Socialista para las próximas elecciones. Sobre ello, Kamen afirma que «el PSOE habla de un estado federal, pero España ya lo es. Lo que pasa es que en la política es difícil llegar a una definición exacta de lo que se quiere hacer». Aunque realmente, para el historiador «España todavía no existe», lo que entendemos como tal «nace de matrimonios entre familias y no por unificaciones y conquistas», añade.

Y a pesar de calificar a Fernando el Católico como «uno de los fundadores de la España moderna», el historiador afirma que ni él ni su esposa «cambiaron nada en la estructura básica del Estado, que siguió siendo una combinación de principados y repúblicas». También admite que los Reyes Católicos «no tienen ningún papel en el descubrimiento de América, ni en la idea ni en la planificación. Fue un proyecto de Colón, que era un loco que se dedicaba a lo suyo: conquistar tierras».

Sin resultado inmediato
La expulsión de los judíos, uno de los hechos destacados del reinado de Fernando e Isabel, confirma Kamen que no fue trascendental para el transcurso de la historia de España, ya que «no tuvo consecuencias porque ese colectivo se mantuvo en el país durante un siglo más». Y es que la política llevada a cabo por los Reyes Católicos no tuvo resultados inmediatos porque «sólo fue el comienzo» de lo que luego continuaría la dinastía de los Austrias.

Uno de los mitos de Fernando el Católico como un monarca villano procede de la literatura, de la obra de Maquiavelo «El Príncipe», en la que intentaba desgranar cómo debía ser un buen gobernante. Para el escritor italiano, el rey español no lo era porque carecía de moral. Pero para Kamen, «lo que dice Maquiavelo de Fernando no es cierto. Se inventó una figura suya que coincidía con la que quería tener». Para el británico realmente la causa de que Maquiavelo tenga una idea negativa de Fernando como gobernante se debe a que «los italianos en su historia han odiado a dos tipos de personas: los franceses (los cuales salen en las obras de Maquiavelo como ‘‘bárbaros’’), y los españoles».

Como no, para resaltar las virtudes del Católico como rey tuvo que aparecer un aragonés, Baltasar Gracián, natural de Calatayud. Escribió un ensayo titulado «El Político» que lo ensalzaba y que, según Kamen, «lo hizo al enterarse de que los castellanos daban poca importancia al papel de Fernando». Sin embargo, para el hispanista, el texto de Gracián «no tiene casi ningún valor porque es un elogio total».

Al ser cuestionado acerca de si Cataluña posee motivos históricos para reclamar su independencia o si se trata de un capricho político, Kamen primero responde que «es una pregunta difícil». Pero se lo piensa un segundo y dice: «No es un capricho, es una pretensión seria y detrás de ella hay un deseo histórico fundado en conseguir algo y en expresar la identidad de los que viven allí. En cambio, para ello se debe crear una base histórica y nadie lo ha hecho». Para Kamen, los parlamentarios de Junts pel Sí y la CUP tienen poco en lo que apoyar sus exigencias: «Los que están fabricando la nueva tendencia ideológica en la comunidad no tienen ni idea de Historia. Lo copian todo de los nacionalistas del siglo XIX». Y añade el hispanista que «quienes tienen, por los pelos, el poder en Cataluña falsifican la historia para ajustarla a su manera de interpretarla. Y esto no son sólo palabras mías, sino de todos los historiadores catalanes».

El Gobierno abertzale da el primer paso para unir Navarra al País Vasco

Israel García-Juez. Okdiario 27 Noviembre 2015

Este viernes, a propuesta de Bildu, se celebrará un pleno monográfico extraordinario con un sólo punto en la agenda del día: que Navarra se anexione al País Vasco. El debate abordará el denominado "derecho a decidir".

Este viernes, el Gobierno de Navarra da el primer el paso para la anexión de Navarra al País Vasco. Bildu lleva al parlamento un pleno monográfico extraordinario con una única propuesta: que se celebre un referéndum para que los navarros decidan sobre la anexión de su comunidad foral al País Vasco.

Desde el mundo batasuno siempre han afirmado que el País Vasco estaba constituido por Navarra, el sur de Francia y el norte de Burgos. Por ello, el plan Ibarretxe pretendía anexionarse estos territorios y separarse de España dentro de su llamado derecho a decidir del pueblo vasco.

En Cataluña los primeros pasos fueron iguales
Pablo Zalba, eurodiputado del Partido Popular y presidente de su gestora en Navarra, en declaraciones a Okdiario afirma que “es un auténtico despropósito” y que “aunque puede que tras el Pleno no se produzcan decisiones relevantes, en Cataluña todo empezó con acciones como ésta y hay que darse cuenta de hasta dónde han llegado”.

“Es la prueba de que el Gobierno navarro crea problemas donde no los hay, constituyendo situaciones lamentables en lugar de dedicarse a solucionar el principal problema que sufren los ciudadanos, que es el desempleo”, señala Zalba.

A juicio del presidente del PP de Navarra, es posible que en la coalición de Gobierno no se pongan de acuerdo respecto a esta cuestión del denominado derecho a decidir ya que “lo único que une a Podemos, Geroa Bai e Izquierda Unida es su intención de ir contra Navarra. Es lamentable que Geroa Bai se preste a esto y permita que se celebre el Pleno”.

En cualquier caso, se trata del primer paso. En los cuatro meses que lleva Geroa Bai al frente del Gobierno de Navarra, es la primera vez que los herederos de Batasuna plantean una votación de esta índole. Algo que podría ser muy peligroso si a sus socios de Gobierno les da por votar a favor, según fuentes consultadas por este diario.

Por su parte, miembros de UPN creen que se trata de una provocación más propia del mundo abertzale. Sostienen que buscan fomentar una reacción en el Gobierno para alimentar su discurso victimista.
 


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