AGLI Recortes de Prensa   Domingo 6  Diciembre  2015

Gangas electorales y otras promesas incumplidas
DAVID JIMÉNEZ El Mundo 6 Diciembre 2015

Si, como decía John McCarthy, sólo hay una cosa más perjudicial que un político que olvida sus promesas electorales, y es uno que trata de cumplirlas, en España estamos de suerte. Son tantas las ofertas electorales que nos llegan estos días, y tan evidente el oportunismo de muchas de ellas, que es difícil no compartir el cinismo del difunto profesor de la Universidad de Standford y concluir que la mayoría se anuncian sin ninguna intención de hacerlas realidad.

El incumplimiento de la promesa electoral es directamente proporcional a la falta de memoria política y conciencia crítica de una sociedad. En Estados Unidos, por ejemplo, los candidatos se andan con mucho cuidado a la hora de proponer compromisos fiscales desde que George Bush (padre) pidiera que leyeran sus labios -"no habrá nuevos impuestos"-, y después se desdijera. Perdió la reelección. En otros países existe la costumbre de exigir las compensaciones electorales por adelantado. El ex primer ministro de Tailandia, Thaksin Shinawatra, solía presentarse en los mítines de aldeas del norte del país con vacas y sacos de arroz. "Las promesas no llenan el estómago", decían los indecisos al comprometer su voto para el cacique.

Los españoles somos un electorado mucho más dócil. No solemos reclamar los términos del contrato que los políticos firman en sus programas electorales. Nos quejamos mucho de sus incumplimientos, para luego volver a votarles con esa fidelidad militante -¿hasta qué punto la romperán los nuevos partidos?- que en España sólo se concede a los partidos políticos y a los equipos de fútbol. Y, así, el político le ha ido perdiendo el respeto al votante como lo haría un comerciante tramposo con una clientela que nunca reclama la garantía.

Ni siquiera se trata de esperar que las promesas se cumplan siempre, que ya sabemos que no es posible, sino de que exista esa intención de honrarlas que transmitía Adolfo Suárez con su "puedo prometer y prometo..." del cierre de campaña del 77. Prometió, entre otras cosas, poner los intereses nacionales por encima de los suyos y lo hizo hasta el día de su despedida, cuando llegó a la conclusión de que su dimisión era más beneficiosa para el país «que mi permanencia en la Presidencia».

Sí, hubo un tiempo en el que algo así podía ocurrir en España.
Quizá porque ese concepto de responsabilidad política se ha perdido, y muchos lo añoran, se ha convertido en tradición arrimarse al legado de Suárez cada vez que se acercan elecciones generales. Esta semana teníamos a un buen número de políticos reivindicando su nombre y haciéndose selfies junto a la estatua del líder de la Transición en su ciudad natal de Ávila. La escena tiene el inconveniente de que nos recuerda más las diferencias de la clase política actual con Suárez que sus similitudes.

Al final, que los políticos se tomen en serio sus compromisos depende de su honestidad, pero más aún de que se enfrenten a una ciudadanía exigente. Si fuéramos otro tipo de electorado, uno que no asume que los programas están para incumplirlos, que decía Enrique Tierno Galván, la televisión pública hace tiempo que habría dejado de ser manipulada por el partido que gobierna, el Consejo General del Poder Judicial se elegiría con menor intervención política y el Senado sería una cámara útil, en vez del cementerio dorado de fieles militantes del partido. Si defraudar las expectativas electorales tuviera consecuencias, nuestros escolares serían bilingües hace ya tiempo, no habría lista de espera en los hospitales y la inversión en ciencia sería la que corresponde a un país desarrollado. Si nuestros políticos estuvieran hechos de la misma pasta que Suárez, ese espejo en el que dicen mirarse, repetirían aquello de "puedo prometer y prometo". Y después, si no cumplieran, se enfrentarían al coste político de haber fallado a los ciudadanos.

La endogamia en los partidos frustra la regeneración
EDITORIAL El Mundo 6 Diciembre 2015

La falta de apertura de los partidos políticos a la sociedad es una de las asignaturas pendientes de la democracia española. Aunque las fuerzas emergentes introducen en esta rémora una dosis sustancial de cambio, la política en nuestro país continúa lastrada por organizaciones refractarias a superar la endogamia que ha permitido medrar a una clase dirigente aferrada al carné y la disciplina de partido. Esto explica, en buena medida, tanto la escasez de transparencia como la aparición de casos de corrupción y nepotismo.

El análisis que hoy publicamos acredita que los políticos profesionales siguen siendo mayoritarios entre la clase dirigente, al tiempo que los partidos desdeñan la incorporación de personas cualificadas ajenas a sus estructuras. Según la investigación de EL MUNDO Data, el 70% de todos los ministros desde 1977 carecía de experiencia en el sector privado. Y, desde 2004, el 16% no había vivido de otra cosa que de la política. En los primeros años de la democracia, especialmente durante el Gobierno de Adolfo Suárez, la mayoría de los altos cargos procedían de los cuadros del Estado, si bien tres cuartas partes de sus ministros militaban en la UCD. Esta tendencia se acentuó en los Gobiernos de Felipe González y José María Aznar, aunque fue a partir de 2004 cuando despunta. De los 54 ministros que han ocupado alguna cartera desde ese año, sólo el 24% tenía experiencia profesional significativa en el sector privado por cuenta propia o ajena. El perfil del político profesional se consolida en los Ejecutivos de Zapatero y se perpetúa en el de Rajoy. José Montilla, Carme Chacón, Ana Mato o Fátima Báñez son personas que nunca desarrollaron una actividad remunerada suficiente para su sostenimiento lejos de cargos públicos u orgánicos de confianza. El peso de los partidos en nuestra democracia, unido a un sistema electoral presidido por listas cerradas, explica esta inclinación hacia la profesionalización de la política. Ni PP ni PSOE han mostrado interés en revertir una tendencia que obstaculiza la regeneración y que ha permitido extender los casos de puertas giratorias, precisamente, por la dificultad de muchos dirigentes para integrarse en el mundo laboral tras décadas de ejercicio político.

Esta radiografía, no obstante, no debe llevarnos a zaherir el papel del político consagrado a su actividad. Los profesionales de la política saben manejar los resortes del poder y dominan las técnicas de la imagen. Además, poseen un bagaje forjado alrededor de su paso por los distintos escalafones y, en contra de la creencia popular, no están mal formados. De hecho, uno de cada cuatro ministros de la democracia tenía dos carreras y un tercio estudió en el extranjero. Sí resulta relevante que el 63% de los ministros desde 1977 fueran funcionarios públicos. Se trata de un porcentaje elevado que, en la práctica, ha actuado de dique para la reforma de las administraciones.

Rajoy aseguró recientemente que para ser presidente del Gobierno "hace falta haber sido, al menos, concejal". Ni la trayectoria política, ni la capacitación profesional, ni el currículo académico, por sí solos, garantizan una mayor eficacia a la hora de desempeñar un cargo público. El buen gobierno, por tanto, debe fluir de la combinación razonable y ponderada de los políticos profesionales y de los profesionales en política. Un equilibrio que sigue siendo una utopía en España.

Por qué no te voy a votar (Guía para candidatos interesados)
Pedro de Hoyos  Periodista Digital 6 Diciembre 2015

Uno: Porque no lo he hecho nunca; porque me engañaste hace cuatro años y ahora repites promesas que entonces hiciste y no has cumplido. ¿Por qué iba a creerte ahora? Porque te empeñas en ver solo el lado amable de la economía pero no bajas a ver los sueldos de los camareros o de las empleadas de textil, porque no te detienes a mirar a los que teniendo licenciaturas están sirviendo cafés, a veces en el extranjero. Porque no cumples el papel político que corresponde a tu partido. Porque eres responsable de la desastrosa gestión del Estado frente a los separatistas catalanes.

Otro: Porque pretendes igualar a todos por la inteligencia del más torpe. Porque para defender determinados valores sociales haces demagogia barata al alcance de Belén Esteban. Porque cada vez que abres la boca cercenas mi libertad. Porque te basas en gente inculta e ignorante. Porque no condenas la gestión desastrosa del anterior secretario general de tu partido que primero negó la crisis, luego la mindundeó y finalmente nos dejó caer en ella a plomo. Porque gentes de tu partido apoyan y colabora con el catalanismo y sus organizaciones egoístas, despilfarradoras e ilegales. Porque lejos de acordarte de mi tierra todo se te vuelve hablar de adaptar la constitución a Cataluña. Porque cada vez que tu partido tiene un problema, una crisis o no sabe responder a una pregunta lo solucionas aludiendo a una mayor laicidad del Estado.

Otro: Porque tus soluciones son parciales, porque pones parches a los grandes problemas de España y pretendes curar graves pulmonías con paños calientes. Porque habéis crecido a base de asimilar a gente de procedencias y opiniones dispares e inconexas, a la que de la noche a la mañana integrasteis sin importaros su ideología, solo por crecer en número y territorio. ¿Cuál es la resultante de esa mezcolanza de opiniones a veces incongruentes? ¿Qué sale de sumar sus deslealtades y vuestra ideología? Porque la mercadotecnia y la imagen venden bien pero a mí no me compran. Porque vuestra prometida regeneración no se ve en Andalucía.

Otro: Porque no me creo tu súbito centrismo: el comunismo siempre fue camaleónico y acomodaticio. Porque al lobo siempre le complació vestirse de cordero. Porque tus reacciones, manifestaciones y afirmaciones de primera hora, cuando no pensabas en elecciones, votos y escaños, me parecieron sinceras pero liberticidas, porque con tu actual comedimiento quieres adueñarte de un voto moderado pero enfrentado a tu ideología. Porque tus modos, tus actitudes públicas y tu comportamiento social son zafios y vulgares y dice a las claras que quieres una España pedestre, rústica, ineducada y ordinaria. Por el ejemplo pésimo que dan tus alcaldes. Porque no sabes que el color de tu partido alude a la bandera de Castilla, tierra a la que olvidas permanentemente y niegas derechos que a otras reconoces.

A todos: Porque chilláis, porque criticáis, porque habláis mal de los demás, porque sois destructivos en vez de constructivos, porque exigís, porque sois altaneros en vez de humildes, porque sois chillones y vocingleros. Porque vais a programas de televisión graciosos pero impropios de políticos a hacer cosas graciosas pero impropias de políticos. Porque no sois ejemplo.

La subida de impuestos no nos hace más iguales
En plena campaña electoral, el tema de los impuestos es una cuestión muy relevante para todos. Los españoles, en general, estamos exhaustos por las subidas de impuestos que se sumaron al empobrecimiento fruto de la crisis y recesión. El gobierno necesita más financiación para sostener sus promesas electorales y seguir en el poder. Los empresarios más grandes o se van o temen que sus beneficios se vana ver mermados; los más pequeños están aterrados porque si ya costó mantenerse en pleno temporal, seguir adelante con más presión fiscal va resultar muy complicado.

Las propuestas electorales van en el camino de la subida. Solamente el Partido Popular propone bajar algo los impuestos, y aclara que "no es una propuesta caída del cielo" sino que ya lo han llevado en su programa con anterioridad. Claro. Y todos sabemos qué hizo Mariano Rajoy nada más subir al poder con ese programa electoral. No tienen ninguna credibilidad.

A lo largo de la historia económica, las subidas de impuestos se debían principalmente a una invasión que traía consigo una obligación económica hacia el vencedor

Éstos son mis principios
FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ El Mundo 6 Diciembre 2015

Y, A DIFERENCIA de Groucho, no tengo otros. Todas las elecciones me pillan en las quimbambas. Se diría que lo hago adrede. Pues no. No me voy para evitar la pueril tentación del voto, sino porque no me gusta España. ¡Y sí, encima, se acercan las navidades! Cuanto más lejos se esté de casa en tales fechas, mejor, a no ser que haya niños por medio. Los turrones, de Casa Mira (por su excelencia), no de El Almendro, y no lo digo por la calidad de los segundos, que no pongo en duda, sino por su lacrimógena cancioncilla de reclamo.

El escritor Zanón dice que la navidad es para los adultos memoria de la infancia. Cierto. Cogí el portante el 22 de noviembre y aquí, en las susodichas quimbambas, seguiré hasta que pasen las fiestas, lo que no obsta para que me pregunte por quién diablos votaría si me diese por ahí. Difícil papeleta (nunca mejor dicho). El abanico de posibilidades para un hombre tan sensato como yo, y tan mayorcito ya, se limita a tres partidos. No pienso decir cuáles, pues si lo hiciese, en vez de ganar amigos, me ganaría enemigos en los tres (y en los demás ni les cuento).

Hay líneas rojas que por razones morales, filosóficas y económicas -nunca políticas, porque la política me trae al fresco- no puedo traspasar. Morales: el aborto. Filosóficos: la inmigración, la prohibición de las drogas, la asnalfabetización de los planes de estudio, los taifas y los cantones, el garantismo judicial, el igualitarismo, el multiculturalismo, el relativismo, el buenismo, Eurabia... Económicos (en defensa propia y ajena): el intervencionismo y el vampirismo fiscal. A todo eso tengo que decir que no. Dos de los tres partidos elusivamente citados más arriba son socialdemócratas y, para colmo, también lo son los incluidos bajo el epígrafe de "los demás".

¿A quién puede votar una persona que no comulgue con el vigente pensamiento único? ¿Existe alguna formación que no sea socialdemócrata, que legalice (al menos) la marihuana y que esté dispuesta a devolver al bachillerato el latín y la filosofía, a derogar la ley del aborto, a disolver las autonomías, a poner freno a la inmigración, a aplicar en el IRPF -aunque mejor sería suprimirlo- un tipo único del 15% y a cantar en Bruselas el Adiós, muchachos? Sí, una: Vox. Su presidente cree que hay un camino a la derecha. ¿Lo hay? En Europa, sí. En España está por ver.

Regeneración o muerte
EDUARDO INDA. Okdiario 6 Diciembre 2015

Parece que ganará Rajoy y seguramente por más holgura incluso de la que le otorgan unas encuestas que cambian con la misma rapidez con la que en la trepidante Liga española de fútbol pasas de ángel a demonio o de demonio a ángel. Lo que hoy es un dogma de fe demoscópicamente hablando puede quedar reducido a la condición de mentira supina en 10 días. No más. Todo dependerá del sentido en que los españoles resuelvan el enigma del que, más por méritos propios que ajenos, se ha convertido en el indiscutible protagonista de las terceras elecciones más importantes desde que regresó la democracia a España. En las de 1977 el centro del debate era, obviamente, Adolfo Suárez. En las de 1982, las que culminaron la Transición al ganar los que habían perdido la guerra, ese rol lo jugó el Felipe González de los 202 diputados. Y ahora todos miran a un muchacho que ha llegado por culpa de su brillantez y gracias al desprecio de un sistema que no lo asesinó civilmente a su debido tiempo precisamente por eso, porque no lo consideraban, porque no existía para ellos, porque lo catalogaron de político autonómico catalán. No hace falta decir que me refiero a Albert Rivera. Un Albert Rivera que está por ver si es el inquilino de La Moncloa o, simplemente, el cerrajero.

Gane Rajoy, gobierne Sánchez o presida Rivera (Pablemos no cuenta por mucho que nos suelte el rollo ése de que van a dar la vuelta a los sondeos), el gran debate de la próxima legislatura será inevitablemente el de la regeneración democrática. Sea presidente el uno, el otro, el de más allá, o el de más acá, ninguno podrá sortear esa agenda de grandes reformas éticas que la sociedad española demanda a gritos. El ciudadano al que los españoles arrendemos el Palacio de la Carretera de La Coruña hasta 2019 deberá ponerse al frente de la manifestación por la regeneración de este país o la manifestación por la regeneración se lo llevará por delante. Así de sencillo. No sólo eso: tendrá que implementar esta agenda en cuatro años. El que deje los deberes para ese mañana que es 2020 tendrá 0+0=0 opciones de repetir mandato.

La Agenda 2019, que es como denomino a este paquete de medidas regeneracionistas, debe comenzar por la supresión de esos aforamientos más propios del medievo que de una nación moderna de ciudadanos libres e iguales. Esta institución se creó in illo témpore para proteger a los parlamentarios del rey, que solía imputar falsamente delitos para borrar del mapa a los parlamentarios que no le caían en gracia. No es de recibo que en España haya 17.621 personas (sumando toda clase de políticos, jueces y fiscales) que se someten a un fuero especial sorteando el principio constitucional del juez natural. La cosa adquiere tintes delirantes si tenemos en cuenta que entre estos 17.621 intocables figuran diputados regionales, los consejeros del Tribunal de Cuentas e incluso ¡¡¡los adjuntos a los defensores del pueblo autonómicos!!! A estos 17.621 ciudadanos de primera los juzgan salas de lo Civil y lo Penal que las más de las veces han sido nombradas directa o indirectamente por el poder político. Así se explica que José Blanco, por ejemplo, se fuera de rositas en el caso Campeón pese a que el magistrado instructor se mostró partidario de solicitar al suplicatorio. Y, desde luego, el hecho de que haya tribunales especiales da la sensación al hombre o a la mujer de la calle de que hay magistrados mejores que otros. Implica, en definitiva, la suposición de que un tribunal superior será mejor y más justo que otro inferior. En fin, una demencia.

Los aforamientos no sólo nos distancian de la justicia, de la ética y hasta de la estética. Nos convierten en un oasis en el mundo libre. En Reino Unido y Estados Unidos simplemente no existen. En Alemania sí: uno, el presidente de la República. En Italia esa gracia sólo la ostenta el presidente, Sergio Matarella; al primer ministro lo juzga un tribunal ordinario como a la canciller en Alemania. En Francia gozan del fuero el presidente de la República y los ministros. Nadie más. Haciendo un somero repaso concluimos que mientras Obama, Cameron, Merkel y Renzi carecen de esta gracia, aquí la disfruta hasta el último mindundi del último parlamento autonómico.

Las listas abiertas es otra de las exigencias que, sí o sí, tendrá que hacer realidad el hombre (otro anacronismo, no hay mujeres candidatas) que lleve la vara de mando de un país todavía llamado España. Listas abiertas o desbloqueadas. ¿Por qué yo me tengo que comer una lista del partido que me gusta si en ella figura un golfo de tomo y lomo? ¿Por qué tiene que ser el número 1 de la lista un tipo que me causa arcadas desde el punto de vista intelectual? ¿Por qué no puedo yo mandar a su casa al golfo y situar en la cúspide al mejor intelectual y moralmente? ¿Por qué, por ejemplo, no puedo elegir en Madrid a 20 diputados de un partido, a 12 de otro y a cuatro de uno tercero y me tengo que chupar los 36 de una sola formación? Antes o después, llegarán las listas abiertas o desbloqueadas. Se le pueden poner puertas al campo un poco de tiempo, bastante tiempo, pero no todo el tiempo.

Tan obvio es que hay que obligar por ley a la celebración de primarias en todos los partidos políticos. Si no, la democracia continuará enlatada o precocinada. Cosas de una democracia de baja calidad como la española. La no imposición de elecciones internas de los candidatos nacionales, europeos, autonómicos, provinciales, insulares y municipales, provoca el refuerzo de la dictadura de los partidos, el clientelismo, en resumidas cuentas, la mafia politiquera cuando no la corrupción pura y dura. ¿Por qué al aspirante del PP lo tienen que elegir 2.000 personas cuya soldada depende de la voluntad del mandamás y no los 750.000 militantes o los 7, 8 ó 10 millones de simpatizantes? ¿Por qué un político brillante tiene que pasar siempre por el filtro del apparatchik de turno que, normalmente, es un político profesional cuyo coeficiente intelectual es inversamente proporcional a su amor por el trinque o la mamandurria? Basta ya de dedazos divinos.

Tres cuartos de lo mismo sostengo respecto a otra circunstancia antediluviana que permanece indeleble en la Constitución: la de la prevalencia del hombre respecto a la mujer en la sucesión al Trono. Este artículo, el 57.2, choca frontalmente con el que sacraliza la igualdad entre “varón y mujer”, el 14. Una contradicción sideral que nunca tuvo que ver la luz pero que 40 años después hay que enterrar de una vez y para siempre. No creo yo que modificar la Carta Magna provocase ningún lío jurídico en el seno de la Familia Real toda vez que la Infanta Elena tiene claro que su hermano es el Rey legítimo de todos los españoles con la ley en la mano, por muy injusta que fuera con ella en 1978.

Seguramente el más acuciante de los epígrafes regeneradores es el que atañe a la Justicia. Hay que tirar a la basura el actual sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, que no es precisamente un elemento decorativo en nuestro sistema democrático sino todo lo contrario. El CGPJ tiene la potestad delegada por la Constitución de resolver los ascensos y las sanciones en la carrera. Casi nada. Ergo, un juez que vaya por libre tiene las mismas opciones de llegar al Supremo que España de poner a un hombre en la luna. Los 20 integrantes del Gobierno de los jueces tienen que ser elegidos por los propios magistrados. Y, si se quiere respetar la farragosa letra del legislador constituyente, que al menos 12 de esos 20 sean designados por sus compañeros. Resucitar a Montesquieu del agujero en el que lo sumió Alfonso Guerra en 1985 es condición sine qua non para recuperar la confianza en una Justicia politizada hasta la náusea. No hay más que ver las reverencias que los prebostes judiciales ejecutan ante el poder ejecutivo cada vez que coinciden en un acto. Este proceso modernizado pasa inexorablemente también por acabar con ese hipergarantismo que provoca la eternización de todos los procesos. Con que nuestro sistema sea garantista basta. No olvidemos que si la Justicia es lenta, es menos Justicia.

Más deberes para el que venga: profesionalización o cierre de las propagandísticas televisiones públicas, abolición de la publicidad institucional en los medios de comunicación privados, jubilación de las diputaciones, creación de Juzgados Anticorrupción, incremento de los salarios de los políticos (sí, lo que leen) para que lleguen los mejores y los que estén tengan menos tentaciones de robar, inclusión de la pena de cárcel en las condenas por prevaricación (lo que oyen, dictar una resolución injusta a sabiendas conlleva como mucho una inhabilitación), exclusión de las listas electorales y de la vida política activa de los imputados por corrupción económica y establecimiento del delito de enriquecimiento injustificado (el que no pueda justificar su patrimonio, al banquillo). Y, aunque esto son palabras mayores, antes o después habrá que acometer el proceso de lo que yo bauticé como universalización democrática. Es decir, que la democracia impere en todos los ámbitos de la vida, desde una comunidad de vecinos hasta una federación deportiva, pasando por toda suerte de colegios profesionales y asociaciones gremiales. No es de recibo, por ejemplo, que al presidente de una federación lo elijan los miembros de la Asamblea, ciento y pico en el mejor de los casos, y no los 100.000, 200.000 ó 500.000 federados. Hay que llevar la democracia hasta el último de los rincones, hasta el más nimio de los colectivos. Por tierra, mar y aire, que diría aquél.

Dentro de dos domingos el concepto mayoría absoluta quedará abolido no por la gracia divina sino por la sacrosanta voluntad de la soberanía popular. Una gran noticia por cuanto los mejores periodos en estas 10 legislaturas han coincidido con aquéllas en las que había mayorías minoritarias: la primera y la segunda (1977-1982), aquella del 93 al 96 en la que se vino abajo el dique de la perversa hegemonía felipista y un levantamiento de alfombras para la historia y la primera de un José María Aznar que dio la vuelta a la economía y sentó las bases de la modernización de nuestra economía. A quien Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga. Pero que no olvide la gran exigencia colectiva de los 45 millones de almas que componen este gran país: la resurrección de ese afán por una España mejor que tan bien resumió Joaquín Costa. Pues eso: regeneración o muerte. Política, claro.

La llegada de Alcibíades
Pedro J. Ramírez El Espanol 6 Diciembre 2015

Transcurría el banquete de los mejillones, el albariño y el futbolín cuando se oyó una gran algarabía, alguien llamó a la puerta de En tu casa o en la mía, que más bien era la de la Moncloa tuneada, y no sólo el reputado showman y su invitado de honor sino toda la troupe de la Vieja Política que había urdido el programa sintió un estremecimiento viendo como podía aguársele la fiesta. Pero no adelantemos acontecimientos y veamos qué sucedía en ese momento en el último plató del Gran Hermano.


Más allá de lo obvio -la obscenidad de que la televisión pública siga siendo utilizada para estas felaciones al poder- hay que reconocer que lo del miércoles puede servir para resolver un problema quien sabe si inminente de la política española. Puesto que la Vieja Política también necesita un adalid porque siempre va a haber millones de ciudadanos dispuestos a aferrarse a ella, no hay ya ninguna duda de que Bertín Osborne es su hombre.

Nadie como él para encarnar ese populismo simpaticón de cuerpo entero, trenzado de ternurismo familiar, frases mil veces redichas y algunos tacos, siempre con perdón, que tanta empatía puede generar entre las personas de edad con una formación básica. Estamos ante el Rajoy que a Rajoy le gustaría ser. No es por la vara de alcalde de Jerez sino por el sillón presidencial por el que debería competir. En cuanto se abra el próximo proceso sucesorio en el PP, ya lo saben: ni Soraya, ni Feijoo; la apuesta segura es Bertín contando chistes a lo Ronald Reagan.

En cuanto al señor que le acompañaba soplando albariño mientras él cocinaba los mejillones y se dejaba ganar al futbolín, como debe hacer todo buen anfitrión con su invitado, ya sabemos lo que da de sí, incluso cuando se las ponen tan a huevo. Ni con escena del sofá -con pudibundos cojines interpuestos, no vaya a pensar nadie lo que no es- hay quien le saque un pase a esta criatura. Ya puedes movilizar todo un ejército de guionistas, maquilladores, iluminadores y estilistas, seleccionar la banda sonora más guay o mostrar sus fotos con los personajes más populares que Rajoy no te va a dar otras frases memorables que "oye, esas son las cosas que pasan en la vida", "cada uno hace lo que puede, no vamos a volvernos locos" o "España es un país donde hay muy buena gente".

Aunque le faltó añadir "allí donde quiera que vas", no se privó de soltar una larga retahíla de topónimos correspondientes a las zonas en las que más necesita los votos. Estamos ante un señor que en vez del programa electoral recita nombres de pueblos.

De hecho su yo más genuino afloró cuando, refiriéndose a quienes le acusan de pasividad en Cataluña, se arrancó por peteneras: "No sé qué querían que hiciera... alguna barbaridad". Es la propia sustancia del Estafermo. La mera idea de movimiento autónomo turba su ánimo y le produce erupción cutánea, hasta el extremo de asociarlo a la "barbarie". La civilización es para él, y en todos los ámbitos, il dolce far niente. Eso sí, promete que cuando se consume el Supuesto Anticonstitucional Máximo, responderá al golpe con el movimiento reflejo de la ley, transformado en mazo justiciero. Un trámite obligado para el que basta un secretario de juzgado de primera instancia.

Total que cuando preguntó como colofón "¿te parezco tan aburrido como dicen algunos que soy?", hubo barrios enteros en los que el servicial "ni de coña" de Bertín quedó apagado por un "sííí" coral que brotó de los bloques de viviendas de forma perfectamente audible por conductores rezagados y transeúntes noctámbulos.

Pero Rajoy no merece ser castigado el 20-D porque sea un tío sieso y mal aparcado o porque tenga la sonrisa hendida en la mandíbula como si acabara de tragarse la dentadura postiza. Aznar tampoco era Leonardo di Caprio y al final de su primera legislatura había hecho los suficientes méritos para ser recompensado con una mayoría absoluta. Si en el mejor de los casos Rajoy va a ser degradado de la omnipotencia a la precariedad, no es porque caiga mal.

El orden de factores sí altera el producto. Rajoy cae mal porque nos ha engañado contumaz y maliciosamente. Prometió bajar los impuestos y entre IRPF e IVA nos ha quitado 40.000 millones que de ninguna manera piensa devolver. Prometió resolver el problema del paro y, a pesar de todo el viento a favor del último año y medio, la legislatura termina con menos personas empleadas que cuando empezó. Prometió derogar o reformar leyes socialistas ofensivas para gran parte de su electorado y no sólo no lo ha hecho sino que ahora ya sólo tiene piropos para González, Rubalcaba y Zapatero. Prometió proteger a las víctimas del terrorismo y al que a la hora de la verdad protegió fue al siniestro Bolinaga. Prometió despolitizar la justicia y ahí sigue atrincherado tras ella. Prometió luchar contra la corrupción y ahora hemos sabido que no sólo mandó aquellos SMS a Bárcenas que le hubieran costado el cargo en cualquier otra democracia, sino que movilizó a su vicepresidenta, a su ministro del Interior y a su editor plenipotenciario para que se aplicaran a la tarea de mantener su boca cerrada. Según confesión de parte, hasta "diez o doce veces" recurrió Bárcenas a ese oficio de tinieblas, en el que por cierto sigue envuelto a modo de manto protector.

El silencio sepulcral con que el sistema mediático de la España oficial ha engullido el elocuente manuscrito del extesorero divulgado por nuestro periódico contrasta con su difusión masiva por las redes de la viralidad. Era lo previsible. Pero el que algo sea habitual no lo convierte en normal, como bien nos recordaba Brecht, y esta es una de los anomalías, la de los turbios movimientos orquestales en la oscuridad, que los ciudadanos tendrán la oportunidad de empezar a extirpar dentro de dos semanas.

Afortunadamente alguien ha llamado a la puerta como ocurrió en aquel banquete de Sócrates y demás vejestorios atenienses relatado por Platón. Su irrupción uncido de guirnaldas, arrullado por los pífanos, ebrio de idealismo y audacia, no puede dejar indiferente a nadie. Es el atractivo, seductor y carismático Alcibíades. Es decir la primavera abriéndose camino en medio del invierno. Habrá un antes y un después a partir de las 12,30 de la mañana del jueves cuando el CIS divulgó que Ciudadanos había crecido 4,3 puntos en sólo un mes. Cada equis tiempo llega un Alcibíades que ilumina la oscuridad. Y Alcibíades se llama esta vez Albert Rivera.

No seré yo quien caiga a estas alturas en el culto a la personalidad, máxime cuando sé muy bien que en la trepidante vida de Alcibíades, ese primer griego entre los griegos, hubo más que de todo. Pero sí que es cierto que un liderazgo democrático capaz de cambiar las cosas se basa en la "noble mentira" -así la llamaba Platón- de que todos los hombres están hechos de barro, excepto algunos en los que los dioses mezclaron unas cuantas vetas de oro. Como ocurría con Suárez o con González antes de llegar al poder, Rivera es hoy percibido, tras sus hercúleos trabajos en Cataluña, como uno de esos "hombres de oro" capaces de conducir a sus compatriotas al éxito, sortear los peligros y protagonizar hechos extraordinarios que impliquen a las multitudes en proyectos colectivos.

"Albert Rivera no es de derechas ni de izquierdas, es de lo que haga falta", dijo con su mejor vis provocadora Pablo Iglesias durante el debate del atril vacío. No se dio cuenta de que estaba haciéndole media campaña al líder de Ciudadanos. Inmediatamente me acordé de lo que dice Montaigne en el capítulo La formación de los hijos de sus Ensayos: "Me he fijado a menudo, con gran asombro, en la extraordinaria naturaleza de Alcibíades, capaz de transmutarse tan fácilmente en formas tan distintas, sin perjuicio de su salud... tan comedido en Esparta como voluptuoso en Jonia". Por eso es la suya "la vida más rica que conozco para ser vivida entre los vivos".

Tras plantar cara a la hidra de Lerna y al jabalí de Erimanto, robar las manzanas del jardín de las Hespérides en la memorable noche electoral catalana y a punto de capturar a Cerbero y sacarlo del inframundo, Albert Rivera es, en efecto, "de lo que hace falta". Y no porque sea espartano con Cristina Cifuentes y voluptuoso con Susana Díaz, sino porque lo que nos propone es lo conveniente, lo necesariamente perentorio: un cambio en las reglas del juego político que devuelva poder a los españoles, ponga coto a la corrupción y los abusos y reintroduzca la búsqueda de los grandes consensos en la forma de gobierno. En eso se resume el atractivo programa con el que concurre Ciudadanos.

Rajoy mira a Rivera con los mismos ojos del deseo que, según Plutarco, posaba Sócrates sobre Alcibíades. Pero a diferencia de este "que se sometía a Sócrates, apartando de sí a los amantes ricos y famosos", Rivera nunca incurrirá en esa coyunda. Ahí está su compromiso público en EL ESPAÑOL, apretón de manos mediante: ni gobierno de coalición ni pacto de legislatura. Como me dijo el representante de uno de los fondos de inversión comprometidos en España durante la reunión que hace poco mantuve con ellos en la City londinense, "otra cosa sería si en el PP se produjera un cambio; pero el día que pacte con Rajoy, se acabará el mito de Rivera".

El papel de Rajoy en el repertorio plutarquiano no sería de hecho el de Sócrates, sino el de aquel Feax -menudo nombrecito- del que se dice que "era más dado a mostrarse afable y persuasivo en las conversaciones privadas que a sostener debates en las asambleas". Por eso, ya que está fuera de su alcance ser Albert Rivera, lo que le gustaría es ser Bertín Osborne. Pero como tampoco da la talla, pues manda a Soraya a reemplazarle de la mano del plenipotenciario.

Como dice Shakespeare, precisamente por boca de Alcibíades en su Timón de Atenas, "si la cordura consistiera en sufrir, el asno sería mejor capitán que el león". En España llevamos demasiados años de sufrimiento tanto por la situación económica como por la degradación de nuestra cultura política y ya es hora de vivir un cambio de ciclo.

Cuando el precoz Alcibíades se defendió a mordiscos de un contrincante de mayor edad, éste le reprochó que mordía "como las mujeres". Y Alcibíades le replicó: "No, como los leones". Ninguna apuesta política es segura y por algo advertiría Aristófanes años más tarde contra "los peligros de meter a un león dentro de tu ciudad". Pero si, dando un paso más en la glosa de las palabras de Pablo Iglesias, se trata de estar a "lo que haga falta", hoy por hoy Albert Rivera es precisamente lo que hace falta.

Nos atacan por lo que somos
Los terroristas de París actuaron con el peligro añadido de que algunos llegaron de fuera pero otros eran nativos. El enemigo está dentro y ha actuado con una admirable economía de medios
Jorge Dezcallar El Confidencial 6 Diciembre 2015

Y no por lo que hacemos, como dijo Cameron en el debate parlamentario que le autorizó acciones bélicas contra el Estado Islámico o Daesh. En juego están nuestro modo de vida y nuestros valores, que son incompatibles con su visión del mundo. Que nadie crea que estará a salvo por quedarse en casa con los brazos cruzados. Es legítima defensa.

En los atentados de Madrid hubo inspiración lejana de Al Qaeda y en cambio en París los autores han sido terroristas del Daesh y esto es importante porque si lo sumamos a otros atentados en Ankara, Beirut y contra el avión ruso que había despegado de Sharm el Sheik, resulta que el Estado Islámico ha causado unas 500 víctimas inocentes en el último mes. Un nuevo actor acaba de llegar al Gran Teatro del Terror con ambición de papel protagonista, pues afirman que lo ocurrido en París solo es "el principio de la tempestad" y anuncian más atentados cuando aún está por ver si el de Bamako, perpetrado por Al Morabitun, filial de Al Qaeda, augura una siniestra competencia entre ambos grupos enfrentados.

Nadie está seguro. En Francia la alerta era máxima tras los atentados de enero contra Charlie Hebdo, tiene magníficos servicios de Inteligencia y de Policía y sabía que un atentado era perfectamente posible y que si no los había no era por falta de ganas de los terroristas sino por su falta de capacidad y por la eficacia de las fuerzas de seguridad. Basta un fallo para que pase esto porque es imposible vigilarlo todo, todo el tiempo. Imagino el dolor, la rabia, frustración e impotencia en estos momentos de quienes no han podido evitar la matanza de París. Pero hay que reconocer que algo se ha hecho mal cuando varios de los terroristas estaban fichados como islamistas radicales mientras paseaban tranquilamente por las calles europeas, y eso exige dar más medios a quienes combaten el terrorismo y también algunas modificaciones legales, sabiendo que la seguridad absoluta no existe en sociedades abiertas y que la lucha debe hacerse sin merma de nuestras libertades individuales. Necesitamos mayor coordinación interior y más cooperación internacional.

Son atentados que muestran una admirable capacidad de organización y una ejecución impecable. El Estado Islámico es mucho más que un grupo terrorista, es un Estado que utiliza el terrorismo como instrumento al servicio de su política y lo hace abiertamente y no como otros, Gaddafi por ejemplo, que tiraban la piedra y escondían la mano como en Lockerbie. Tres comandos con catorce terroristas armados hasta los dientes actuaron perfectamente sincronizados con el objetivo de hacer el mayor daño posible y obtener la mayor repercusión mediática. Consiguieron ambos objetivos con un coste ridículo y con el peligro añadido de que algunos terroristas llegaron de fuera pero otros eran nativos. El enemigo está dentro y ha actuado con una admirable economía de medios, al alcance de cualquiera.

Lo sucedido en París es lo que pasa a diario en lugares como Alepo y explica la riada de refugiados que huye de aquel infierno para toparse con alambradas, olvidando algunos que el mundo fue generoso con nuestros emigrantes cuando lo necesitamos. La imposibilidad de recibir a todos o el temor justificado a que se cuelen terroristas, como ya ha sucedido, no debe llevarnos a poner fin a la libertad de circulación de Schengen sino a mejorar los controles sobre quienes llegan. Este será un tema candente en el próximo referéndum británico sobre su pertenencia a la UE, o para las perspectivas de Marie Le Pen en las elecciones francesas de 2017.

Estos atentados terroristas tanto pueden mostrar fortaleza como debilidad del Estado Islámico. Puede haberlo hecho para compensar recientes derrotas y la muerte de algunos líderes, o lo puede haber hecho para ocupar titulares en los medios de comunicación de todo el mundo, aprovechando el plus de eco mediático que da siempre París. En todo caso, los atentados se traducirán en nuevos reclutas que acudirán a la llamada de la bandera negra. Pero puede ser un éxito pírrico si conduce a una mayor colaboración internacional para destruirlo.

Si no bastaban los refugiados, ahora la guerra de Siria llega a nuestras puertas en forma de terrorismo y ya nadie puede pretender que le pille lejos cuanto allí sucede, y si el que lo dice vive en España le basta mirar un mapa y ubicar a nuestra vecina Libia, donde el Estado Islámico ya tiene una muy preocupante cabeza de puente consolidada. Libia está a un tiro de piedra.

Francia está en una guerra asimétrica contra el terrorismo islamista. El presidente Hollande lo ha dicho ante la Asamblea francesa y no importa si en su decisión han influido o no consideraciones electorales. No podemos esperar al terrorista dentro de nuestras fronteras porque eso le da mucha ventaja. Hay que cortar la cabeza de la serpiente allí donde anida porque no ir a buscarle es dejarle venir a buscarnos a nosotros y elegir ellos el qué, el cómo y el dónde. Francia ha invocado el artículo 42-7 del Tratado de la Union Europea para denunciar una "agresión armada" y recabar la ayuda de los demás socios en un esfuerzo en el que todos debemos involucrarnos sin miedo a las consecuencias, que las puede haber. A diferencia del artículo 222 del mismo TEU, el artículo 42 es más intergubernamental pues deja el control final en manos de los estados y no de la Comisión, lo cual no es inocente. Hay muchas maneras de ayudar. Lo importante es que este esfuerzo tenga la cobertura del Consejo de Seguridad de la ONU.

En este esfuerzo colectivo contra el terrorismo del Daesh vamos a ver a extraños compañeros de cama pues tan atacados han sido los franceses como los turcos, los rusos o Hizbollah. Y en su diana ya están también los iraníes y los norteamericanos. Y otros. Pero desacuerdos sobre Ucrania o sobre el mantenimiento del dictador sirio impiden que esa colaboración fructifique, y es lástima porque la mejor forma de combatir al Estado Islámico es poniendo fin a la guerra de Siria con una iniciativa diplomática de la comunidad internacional que completara la erradicación física del Daesh, para la que los bombardeos son tan necesarios como insuficientes. Pero la Gran Coalición con la que sueña Hollande es muy difícil y ahí está el avión ruso recientemente derribado por Turquía para demostrarlo. ¿Por qué lo derribó en este momento? La OTAN acaba de invitar a Montenegro como miembro y eso irritará a Rusia, que acusa a la familia de Erdogan de comprar petróleo al mismo Daesh mientras nosotros necesitamos la ayuda turca en la crisis provocada por los refugiados.

Pero hagamos lo que hagamos, debemos aprender de las anteriores experiencias de Irak y Libia: en Irak hubo bombardeos, ocupación e intento de reconstrucción nacional marginando a los sunnitas. En Libia se acabó con Gaddafi y luego se abandonó el país a su suerte, que cayó en la lucha tribal y sectaria. Ambos precedentes son malos pues en ninguno hubo estrategia de salida. En Siria las dudas y el repliegue estratégico de EEUU han hecho que la situación haya escapado a todo control con sunnitas enfrentados a chiítas; kurdos y persas a árabes; laicos contra islamistas radicales y todos contra el régimen de Damasco, mientras los países que allí intervienen persiguen sus propias agendas. Y del mismo modo que Irak no se pacificará mientras no se reintegre en el juego político y económico a la minoría sunnita, en Siria es necesario un proceso de reconciliación nacional que debemos promover desde el exterior por difícil que parezca. Y mucha ayuda humanitaria.

Y, finalmente, lo que España decida hacer para ayudar a Francia debe ser objeto del mayor consenso parlamentario y ciudadano. En 2003 en Irak se optó por una política de partido y ahora debe aprenderse de aquella experiencia y hacer una política de Estado que será, además, garantía de su mantenimiento futuro cualquiera que sea el resultado de las elecciones del día 20. Es lo que hacen los países serios. Y lamento la falta de reacción política de nuestras autoridades ante la petición de ayuda francesa, al margen del espectáculo del ministro de Exteriores desmentido por la vicepresidenta. No debemos olvidar la ayuda francesa contra ETA, tan tardía como eficaz. Alemania y el Reino Unido sí que han sabido responder como Francia deseaba, aprovechando la oportunidad para mostrar su solidaridad y su talla internacional. Por eso Hollande no se ha molestado en incluirnos en su gira. ¿Es que nunca aprenderemos a distinguir entre política de partido y política de Estado?

Hablando sobre España
De Azúa: "Una élite repugnante se lleva todo el dinero"

Escritor, filósofo y periodista premiado en numerosas ocasiones, Féix de Azúa es miembro de la RAE desde junio de 2015
Félix de Azúa es catedrático de Estética
Daniel Ramírez El Espanol 6 Diciembre 2015

Faltan cinco minutos para las diez, hora de la entrevista. Para entonces, Félix de Azúa (Barcelona, 1944) ha tomado un café cortado, un bollo y ha devorado la prensa. Tras la silla que ocupa, una cortina de candados diminutos dibuja una pared sin consistencia, que sólo el modernismo calificaría como tal. Con sus respuestas, a las que acompaña agitando la mano derecha, rompe las cerraduras que han venido cercando la sociedad española: el nacionalismo, la falta de lectura, la mala educación…

Habla de su país como “una aldea feliz y analfabeta del Orinoco”, donde la cultura se concibe como “el chunda chunda del que hablaba Sánchez Ferlosio”. De Azúa detesta el fútbol, pero se le notan los colores tanto como al aficionado que acude al campo engalanado con bufandas y banderas: “Apoyo a Ciudadanos”, dice sin tapujos. No obstante, tiene cera para todos, incluido el partido de Rivera.
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¿Cuál considera hoy el principal problema de España?
Los problemas son como las cerezas. Si coges una de un cesto, arrastras dieciocho. Dicho esto, creo que el mayor problema es el separatismo catalán, la sublevación de un pequeño grupo de fanáticos que está poniendo en jaque a las instituciones. Durante treinta años se les ha permitido controlar la prensa y se les ha dado todo lo que han pedido. La secesión se ha pagado con dinero público, la hemos financiado usted y yo. El Estado ha consentido toda clase de tropelías y su dejadez ha hecho posible lo que ahora sucede.

¿Cómo define el nacionalismo?
Es un viejo sentimiento humano. Se despertó con el romanticismo, desde finales del siglo XVIII hasta la última parte del XIX. En ese periodo se crearon las grandes sociedades burguesas en las que desaparecieron las ideas religiosas. Los hombres necesitaban algún tipo de trascendencia para suplir el dolor que les producía la ausencia de Dios. Ahí es cuando surge la patria como sustituto de la religión. El nacionalismo triunfa en los sitios con más necesidades de lo trascendente.

¿Tiene esta ideología alguna razón filosófica?
No que yo sepa. Parafraseando a Samuel Johnson, el nacionalismo es el último recurso de los canallas.

¿Y estética?
Asistimos a la estetificación de todo. Walter Benjamin ya denunció en los años treinta que la política se estaba tornando pura estética. Lo primero que hicieron los nazis fue diseñar un uniforme, contratar a un magnífico arquitecto como Albert Speer y rodearse de la música de Wagner. La política es ya un espectáculo dependiente de la estética.

¿Cómo desmonta un filósofo la idea nacionalista?
Durante el romanticismo, la patria era una abstracción defendida con las armas. En el momento en el que eso desaparece, la patria queda como una abstracción absoluta que se utiliza para borrar los derechos del individuo. ETA se dio cuenta y dotó de un ejército al nacionalismo. En el siglo XXI es muy difícil sostener las naciones románticas con un ejército. Por eso, su causa está llamada al fracaso. El nacionalismo acabará en la nada, no puede triunfar. No me cabe la menor duda. La abstracción de la patria puede movilizar a los fanáticos, pero a nadie más.

Decía Pío Baroja que el nacionalismo se cura viajando. ¿Lo comparte?
En su época era cierto. Cuando estuve en el País Vasco dando clase me di cuenta de que los nacionalistas eran los más paletos. Era una ideología de caserío. Del mismo modo, el independentismo catalán tiene más arraigo en las zonas rurales. En la actualidad, lo que decía Baroja no tiene mucho sentido porque basta con encender la pantalla para viajar por todo el mundo.

Los nacionalistas hablan de un sentimiento que sólo pueden comprender quienes lo tienen. ¿Se puede razonar acerca de los sentimientos?
¡No, por Dios! Cuando dicen eso, ellos no lo saben, pero están repitiendo lo que gritan las cupletistas en la procesión del Rocío: “El que no ha vivido esto no puede entenderlo”. Son cupletistas del independentismo.

Ortega y Gasset hablaba de la conllevancia y de la imposibilidad de solucionar el problema catalán. Azaña, en cambio, creía en un Estatuto como remedio. ¿Usted qué opina?
Creo que no existe una solución. Hay que aguantar, resistir sus porrazos. El tiempo corre a nuestro favor. Se trata sencillamente de no ceder. No hay que volver a darles un duro. Aunque un remedio de fondo podría ser la educación que, en Cataluña, ha estado en manos de comisarios, talibanes, fanáticos y clérigos que han destrozado la sociedad. Debemos volver a empezar.

Cuando habla de Cataluña hace referencia a términos como 'totalitarismo' y 'estalinismo'. ¿Le suelen decir que exagera?
Cuando alguien cree que estás exagerando, conviene esperar un par de años a que te diga: cuánta razón tenías. El fascismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda, la totalitaria. No me cabe la menor duda de que el nacionalismo catalán es totalitario. Sólo se disfraza de demócrata porque tiene que mantener las formas ante Europa. La ingenuidad y la comodidad de los diferentes gobiernos centrales, tanto de izquierdas como de derechas, han impedido que se viera cómo son realmente.

Hay un dicho que reza: “Partir es morir un poco”. ¿Usted murió un poco cuando dejó Barcelona?
No ha sido morir, pero sí sufrir bastante. He tenido que volver a inventarme la vida. Han pasado tres años y estoy encantado. Ya había vivido en Madrid, en mi época de estudiante, pero esta ciudad era una aldea cuando la conocí. Ahora es una capital europea. Barcelona, en cambio, es la capital de Cataluña. Se ha tornado desordenada, sucia, ruidosa y pelmaza. Todo está lleno de carteles que te dicen que eres un sinvergüenza por no apoyar el independentismo.

Dejemos Cataluña. ¿Qué otros asuntos incluiría en una agenda reformista?
Hay que acabar con lo que Pablo Iglesias llama “capitalismo de amiguetes”. No tenemos por qué cargar con las jubilaciones de los políticos incapaces de ganarse la vida, o aceptar el trato privilegiado de la banca o los ejecutivos, por poner algunos ejemplos. La estructura misma del capitalismo español es corrupta. Los partidos mienten más que hablan sobre este asunto. Creo que Ciudadanos puede luchar contra esto, los demás no harán nada.

Han pasado cuarenta años desde el final del franquismo. ¿Ha terminado la dialéctica de vencedores y vencidos?
¡Qué va! La Guerra Civil sigue abierta porque hay fuerzas, que dicen ser de izquierdas, empeñadas en mantener abierta la herida. Una cosa es buscar a los familiares para darles sepultura; otra, acusar de franquistas a quienes no comulgan con ellos. Hay mucha gente que gana reavivando la guerra.

Usted escribió: “Los revolucionarios de ahora son mucho más tontos que los de antaño”.
Cualquiera que haya sido izquierdista en la juventud ha leído las vidas de los revolucionarios y a los clásicos. Antes, la gente de izquierdas era inteligente y tenía sentido de la moral. Los ahora proclamados izquierdistas son un cromo, unos frikis. Una concejala de Barcelona que orina por las calles, la portavoz madrileña de la almeja, el concejal que quiere meter a los judíos en un cenicero… Han destruido la imagen de la izquierda.

Tanto usted como otros muchos intelectuales comenzaron su camino en posiciones muy izquierdistas. Parece que existe un sendero trazado.
Cuando eres joven no hay nada que perder. Uno puede arriesgar mucho en sus opciones. Abrazas ideas que sabes impracticables, pero te puedes permitir apostar para perder. Fui ultraizquierdista, de bandera roja, incluso un tiempo, maoísta… Elegíamos lo más fuerte para asustar al enemigo. Si nos hubiéramos definido como socialdemócratas se hubieran reído de nosotros.

¿Eso le hace entender a quien ahora vota a formaciones de ultra izquierda?
Sí, claro que lo entiendo. Estamos en un país donde todo el dinero se lo lleva una élite repugnante.
Azúa borraría el concierto económico y los privilegios identitarios de la Constitución

¿Cambiaría la Constitución?
Sí. Acabaría con el concierto económico y con los privilegios identitarios.

¿Qué me dice del Estado de las autonomías?
Una descentralización bien hecha podría haber servido para algo. En este momento, se ha ido más allá del federalismo alemán. Este error se ha mantenido por comodidad y corrupción. Las Comunidades manejan una cantidad de dinero monstruosa. Siempre que exista una corrección económica se podrá mantener este sistema, pero no la hay.

¿Monarquía o república?
Inglaterra es una monarquía y Venezuela, una república. El problema nominalista es engañoso y se utiliza como arma arrojadiza. España ha ido muy bien como monarquía y fatal, dos veces, como república. Los reyes españoles me parecen sensatos y prudentes. Estoy encantado con ellos. Aunque hay un punto discutible: el rey es jefe de las fuerzas armadas y eso me parece un privilegio demasiado grande. Dicho esto, me fío más de un rey que de un generalote con dos botellas de whisky encima. El caso del fútbol, por ejemplo, es distinto. Nos cuesta un dineral, pero de eso no se habla. El fútbol es la niña bonita del totalitarismo. Prefiero un millón de veces antes al rey de España que a Florentino Pérez.

No le gusta el fútbol.
Nada de nada.
¿No vería un Barcelona-Real Madrid?
No.

¿Nunca ha ido a un campo de fútbol?
Mi tío me llevó cuando era niño. Pienso ahora lo mismo que decía Tierno Galván: “Menudo espectáculo el de ver a unos tíos corriendo en calzoncillos”. Uno de los problemas más graves de Rajoy es que, en toda su vida, sólo ha leído el Marca.

Iglesias le regaló “Juan de Mairena”, de Antonio Machado, al presidente. ¿Con qué libro le obsequiaría usted?
No sé si Iglesias habrá leído el Mairena. En él hay muchas más cosas que debiera aprender Iglesias antes que Rajoy. Al presidente del Gobierno no se le puede regalar ningún libro. En realidad, no le regalaría nada. No me gusta. Ahora estoy haciendo algo que odio, hablar de los políticos como personas. Pero confieso que no me ilusiona. No me inspira confianza. Mi simpatía está clara: Albert Rivera. Lo conozco y me parece una persona formidable.

Se le notan los colores, pero algo tendrá que achacar a Ciudadanos.
Sí, además lo tengo clarísimo. Me extraña mucho que no hayan dicho una palabra de Cultura. Ni una. Han hablado de educación y van por el buen camino. Quieren consensuar un programa básico para toda España. Uno de los problemas de este país es que la gente no lee. España es un territorio de futbolistas, Belenes Estebán, que controla Berlusconi a través de unos canales abyectos. A la derecha, la cultura le parece una moda, un ornamento. En cambio, a la izquierda le da vergüenza. La cultura es para ellos el bailongo, la charanga y el chunda chunda que decía Sánchez Ferlosio. No distinguen entre popular y populachero.

¿Por qué tanta corrupción?
En términos generales, la corrupción es propia de aquellos países que han sufrido una maleducación católica muy fuerte. De ahí que prolifere enormemente en Italia y Latinoamérica. No se ha enseñado a los españoles a responsabilizarse de sus actos o a respetarse como individuos. El ciudadano no entiende lo que significa tener soberanía propia.

La crisis económica ha levantado muchas voces contra el libre mercado. ¿Conviene cambiar las reglas del juego?

Siempre tengo la misma respuesta para esta pregunta. El libre mercado ha provocado pobreza pero, ¿qué puedes ofrecer a cambio? Algunos siguen pensando en términos de lucha de clases. Debemos hallar reglas, estatutos o técnicas que corrijan los graves problemas de la economía española. Necesitamos planteamientos prácticos, no concepciones abstractas que pasen por decir que el capitalismo es muy malo.

Hablemos de la crisis de los refugiados. ¿Por qué suele decir que de Siria e Irak no quedarán relatos como los que sí dejó la emigración europea?
No hay un relato respetable porque el abismo cultural entre ellos y nosotros es demasiado grande. Es muy difícil conseguir la integración. He vivido mucho tiempo en Londres y París. El modelo inglés es nefasto. Cada pueblo vive a su aire y construye sus propios barrios. En Francia la integración es mayor, pero todavía queda mucho... La integración con el islam puede tardar tres o cuatro generaciones más en llegar.

Hace poco escribió en El País: “Los españoles necesitamos una enorme inyección de individualismo osado, de iniciativa personal, de amor propio”. ¿Por qué somos lo que somos?
Es una lástima que España no se convirtiera al protestantismo. Si lo hubiera hecho, ahora seríamos una nación de corte más europeo. Hemos estado en manos de los clérigos militarizados durante más de seis siglos. La democracia no tiene ni siquiera cuarenta años de vida. No hemos sabido formar individuos. Queda un largo camino por recorrer.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

La democracia inerme
ARCADI ESPADA El Mundo 6 Diciembre 2015

Mi liberada:
Sé que cada 6 de diciembre tu corazón brinca, y me alegra escribirte. Tengo una historia ejemplar que contarte. Hace un par de meses el regimiento del Ejército de guarnición en Navarra mandó una carta a los colegios de la región invitándoles a asistir a la parada militar que el regimiento celebra un viernes al mes. La intención del mando se inscribía en una estrategia obvia y decente: recuperar la visibilidad que el terrorismo había robado durante décadas al Ejército. Una visibilidad que el nacionalismo se empeña en oscurecer cuando boicotea, sistemáticamente, las actividades militares en ciudades, valles y montañas. Ellos también tienen su estrategia, y es la de expulsar al Ejército y a las fuerzas de seguridad de lo que consideran su territorio.

La iniciativa del regimiento tuvo una rápida respuesta. El grupo Bildu presentó una moción en el Parlamento que tenía tres puntos de sutura. El primero decía: "El Parlamento de Navarra rechaza firmemente las iniciativas puestas en marcha por las instituciones militares y fuerzas de seguridad para influir en el ámbito educativo, puesto que los valores militaristas no concuerdan con el cultivo de los valores formativos de paz y convivencia". No solo se redactó en esos términos, sino que se aprobó con el apoyo de Geroa-Bai [Sí al Pasado], Izquierda Unida y Podéis.

Deberías ver ese debate, liberada. Disfrutarás. (Punto 8, número 2). Yo lo he visto en la posición de firmes, que es la única forma de soportar su general afrenta. Su comienzo te conmoverá especialmente. El debate sobre las actividades del Ejército venía después de una moción, aprobada por unanimidad, por la que se instaba a considerar una cuestión de Estado la lucha contra lo que llamáis "violencia machista". Yo pensé que el orden era puramente azaroso, pero escuchando el principio de la intervención de la señora Bildu vi que las mociones se habían agrupado temáticamente:

"Los temas [violencia machista y violencia militar] no son tan contradictorios, porque nos da pie a seguir hablando en esta moción de violencia, cuando hablamos de educación se nos suele llenar boca, cuando hablamos de paz, de los valores de la convivencia, de igualdad, de coeducación, de solidaridad...".

El eje de las argumentaciones de la señora Bildu era su repulsa del militarismo. No tengo nada que discutirle, porque, en realidad, no sabía de lo que estaba hablando. Para la señora Bildu el militarismo es lo que hacen los militares como el surrealismo es lo que hacen los surreales. Si alguien le dijera que el militarismo trata del apoderamiento militar de las instituciones civiles, se sorprendería. Yo, en cambio, me sorprendía de las críticas al militarismo de alguien que pertenece a un partido que estuvo tantos años sometido a las directrices de su brazo militar, por emplear la lengua con que ellos llamaban a su brazo asesino. Pero tú encontrarás en su discurso muchas otras ocasiones para el regocijo. Cuando dice, en su réplica a los grupos contrarios a la moción (PP y Unión del Pueblo Navarro), que la Policía y la Guardia Civil torturan. O cuando calificó de "excusa" la matanza de París. Excusa. De excusa para el militarismo.

La señora Bildu dijo eso, y diez cosas más, con total impunidad. No solo las dijo, sino que fueron aprobadas. Mientras la oía iba pensando en el recurrente debate sobre la democracia militante. Varias veces el Tribunal Constitucional ha razonado que la democracia española no es una democracia militante, del tipo alemana, donde los partidos que quieren destruirla están prohibidos. Bildu, en cualquiera de sus escamoteos, fue un partido que difundió legalmente las consignas de terroristas. Pero aunque sea el ejemplo sangrante no es el único de esta democracia concesiva. En España, el máximo representante del Estado en Cataluña sigue haciendo su vida normal después de desobedecer la ley constitucional y de haber detallado su voluntad sediciosa en una nítida hoja de ruta. La democracia española permite, en fin, la existencia de partidos que abogan por su destrucción. Y los financia.

El debate jurídico es excitante y complejo. Pero lo que me interesa, en el día de la Constitución y al inicio de una nueva campaña electoral, es constatar hasta qué punto se ha confundido en España la democracia concesiva con la democracia inerme. Escuchando a la señora Bildu se comprueba que en España es posible decir, no por la inmunidad del diputado sino la inmunodeficiencia del Estado, que la Policía tortura. Ni siquiera que un policía pudo torturar como un cura abusar o un político robar. No. La Policía es tortura. La democracia inerme es haber convertido a Podéis, firme partidario del delirio, en una organización políticamente respetable; y haber visto cómo un plan para sacar a Cataluña de España, de Europa y del orden civilizado recibe el apoyo de la mitad de los catalanes; y recordar cómo ¡el militarista! Aznar suprimió la mili sin sustituirla por nada, al contrario de Francia, por ejemplo, que estableció unas obligatorias Jornadas de Defensa y Ciudadanía para los jóvenes, cuyo diploma correspondiente se requiere para ingresar en la función pública. La democracia inerme no es solo responsabilidad de los políticos. Ni siquiera tienen la mayor responsabilidad. Buena parte de los ciudadanos españoles no han sabido defender su prosperidad moral. Por ignorancia, por frivolidad o por crimen. Pero no han sabido defenderla. Ahora, cuando no es que el terrorismo quiera insertar su proyecto en alguna forma de democracia, aunque fuese aria, sino que quiere destruir la democracia y sustituirla por la democracia de dios, sigue habiendo muchos españoles que piensan que los muertos son solo una excusa de la derecha.

La señora Bildu solo dijo la verdad cuando enumeró el aprecio de los navarros a las emociones patrióticas, que está bastante por debajo de la media española, según la última encuesta del CIS (2013) que utilizó en su discurso. Me decepcionó, sin embargo, que no aludiera al dato más extraordinario de esa encuesta, que es la disposición navarra de arriesgar la vida por algo más que la familia. Mientras la media española es del 47,2, la navarra es del 29: no hay ninguna comunidad española más remisa a jugársela. Aunque comprendo que la señora Bildu se resistiera a utilizar el dato. No por vergonzante, desde luego. Sino porque prueba que si alguien necesita en España un soldado es el navarrico valiente.

Y sigue ciega tu camino...
A.

Los años perdidos de Rajoy y la ilusión de recuperarlos
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 6 Diciembre 2015

Anoche recibí el primer ejemplar de Los años perdidos de Mariano Rajoy, que, tras el puente de la Constitución, estará a la venta en toda España. Es un real mozo: casi setecientas páginas en formato grande que, en realidad, guarda dos libros en uno: el ensayo de setenta páginas que da título al libro y una selección de los textos –desde el apunte al hilo de la actualidad en LD al ensayo breve de esta sección cada domingo, pasando por mi habitual columna en el diario "El Mundo"- que he publicado desde 2011 sobre Rajoy y su muy cambiante circunstancia. Son catorce años de artículos y un ensayo sobre la extraña personalidad y la desesperante acción política de un señor al que, tal vez, sólo le quedan catorce días en el Poder.

Con los libros sucede como con los hijos: siempre te sorprende que estén ahí. Aunque hayas hecho lo que había que hacer para tenerlos, parece imposible que estén en tus manos, que pesen, que se abran y cierren, que vayan a vivir su propia vida, necesariamente tuya pero, desde ahora, sin ti. Los niños demuestran que están vivos cuando lloran y las lágrimas de los libros son las erratas. Hay dos cosas que, en el crepúsculo de la civilización del papel, no entiendo: una es que los periódicos clásicos, con tecnología modernísima, cierren muchas horas antes que cuando los tipos eran de plomo para salir a la misma hora; otra, que, desde que se pueden corregir los textos en el ordenador, las erratas sobrevivan a las correcciones. Debe de ser la "venganza de Moctezuma" de la versión mexicana de Word, que en el momento y lugar que menos esperas, te ataca y te deja fatal. Puedes corregir tres veces un año o reparar cuatro una redundancia: sobrevive el error y triunfa la redundancia, porque sí, porque pueden y porque lo digital te mete el dedo en el ojo, a ver que te has creído. Hay algunas en el ensayo pero las acepto –y espero que lo haga el lector- como la llantina del recién nacido: con la resignación, no exenta de alegría, de saber que si llora, vive.

Los "agujeros negros" de un político
El ensayo o mediolibro comienza por el día en que conocí a Rajoy, 22 de Septiembre de 1987, en circunstancias extrañísimas, que no ahorraré al lector para que sea comprador. Toda esa parte es el retrato de un tío raro, cuyas ideas, rescatadas de dos textos de sus comienzos políticos, estaban bastante alejadas de la época que viví y evoco; los dorados y casi olvidados años 80, cuando la derecha de todo el mundo, también la española, dejó a un lado la socialdemocracia y redescubrió el liberalismo clásico. Fue la era de Reagan, Thatcher y Wojtyla. Aquí, la época de la lucha en AP y PP entre el populismo neofranquista de Fraga, el filofascismo de Verstrynge, la democracia cristiana del PDP y el liberalismo de todos los grupos que se reunían en Albarracín y de los que salieron, en lo intelectual, La Ilustración Liberal, Libertad Digital y esRadio; y en lo político, el PP de Aznar desde 1990 hasta 1999, cuando se hizo centrista y democristiano, o sea, Poder.

Pues bien, a Rajoy, como prueban sus textos, aquella ebullición de ideas le resultaba tan ajena como a un seguidor de Conchita Bautista en Eurovisión el "suicidio famélico" de Toño Sanchís en Sálvame Deluxe. No está a la derecha o a la izquierda de nadie sino en un antes, en un aún. Pero no tener ideas o tenerlas empeñadas en el Monte de Piedad del casino del XIX, el de café, copa, puro y chiste -al final, llegaba Bertín- fue lo que, paradójicamente, al desvanecerse el proyecto liberal de Aznar, llevó a Rajoy al Poder. En "El equipaje del Rey Rodrigo" cuento cómo. También el papel clave que Rajoy fue asumiendo entre 2002 y 2004. Y una comida en Moncloa –con Luis Herrero de testigo- durante la Guerra de Irak que prueba la patología del PP en materia de medios y de incomunicación. Y la capacidad de mentir de Rajoy.

Pero lo esencial del libro, de estos dos libros en uno, son los "agujeros negros" de Rajoy desde Agosto de 2003, cuando Aznar lo designa sucesor, a Noviembre de 2015, cuando, exhausta la legislatura, convoca elecciones. En el ensayo y en los artículos que, día a día y año por año -cada asunto se explica brevemente antes del titular- les he dedicado, sobresalen cinco:

1- El 11M, su manipulación mediática y encubrimiento judicial, que son claves de la demolición del Régimen de 1978 acometida por Zapatero.

2- El terrorismo vasco (y navarro), cuya legalización criticó en ZP, luego mantuvo, agravó con la suelta masiva de etarras disimulados entre delincuentes comunes y remató con otro caso De Juana: el de Bolinaga.

3/ El separatismo catalán, al que se pliega cuando hereda a Aznar, combate en la primera legislatura de ZP -marcada por el nuevo Estatuto-, se arrepiente en la segunda legislatura zetapeica y, al llegar al Gobierno, por su cobarde inacción, se ha convertido en el problema más grave de España.

4- La crisis económica, heredada de ZP y a la que promete combatir con el programa liberal de Aznar. Hace justo lo contrario: sube ferozmente los impuestos, no baja el gasto público, incumple todos los años el objetivo de déficit pactado con la UE, dispara la Deuda y afronta de forma errática el rescate de las Cajas y la reforma laboral. El sector privado -los números no engañan- es el que ha cargado con el peso del ajuste. La casta política ha tenido en Rajoy su mejor abogado. Habría podido ser peor. También mejor.

Y 5- La corrupción de las instituciones, que Rajoy tanto critica en la primera legislatura de ZP, disimula en la segunda y, pese a sus promesas, se agrava con él en el Poder. La Justicia, la Corona, la Policía, los partidos políticos y los medios de comunicación han sufrido durante los años de Rajoy, en el Poder y en la Oposición, un desgaste letal. La crisis de 2014, con la abdicación del Rey, el caso Bárcenas, la irrupción de Podemos como alternativa revolucionaria y la de Ciudadanos como alternativa reformista han puesto fin, si las urnas del 20D no lo impiden, a toda una época, la que empieza con la Transición en 1977 y en 2015 puede remediarse o estallar.

Remediar lo remediable, no olvidar lo inolvidable
Tanto en el ensayo como en los artículos queda claro que estos cinco grandes problemas españoles no los ha provocado Rajoy, pero ha estado en el lugar adecuado para conocerlos mejor que nadie y ha tenido la ocasión de resolverlos o, al menos, de intentarlo. Salvo en la economía, donde ha hecho cosas buenas y malas -aunque ha dejado de hacer la fundamental: reducir el volumen del Estado y limitar los desmanes autonómicos-, en todo lo demás, Rajoy ha dejado pasar el tiempo, como si el tiempo no se perdiera, como si los problemas, con el tiempo, no se agravaran, como si el tiempo, por estar él en el Poder, resultara curativo e incluso milagroso. No ha sido así, nunca es así, jamás puede ser así. Lo que no se cura, nos mata.

Yo no me arrepiento del apoyo que he brindado a Rajoy –y el libro lo prueba- durante los años más difíciles: los últimos de Aznar y los primeros de Zapatero. Mucho menos, de haberlo criticado desde que en 2008 decidió sacrificar a su partido –al que yo voté siempre - para seguir al frente del PP. Cuando llegó al Poder, aplaudí su promesa de despolitizar la Justicia, clave de toda regeneración. Y cuando traicionó todo lo prometido e ignoró el más elemental decoro en el trato a las víctimas del terrorismo, lo he criticado en voz alta, hasta quedarme afónico. Pero si de algo me siento orgullosamente afónico, en este libro y en estos años de Rajoy, no siempre perdidos porque no se pierde el que no pierde la brújula, es de saber mantener la promesa que le hice a Gabriel Moris: no olvidar lo inolvidable; no olvidar el 11M.

La actualidad del Mal, constante en los humanos y, por tanto, en la sociedad, tampoco nos lo permite. Al hilo de la masacre islamista de París, he resumido todo lo que como españoles y aspirantes a ciudadanos, nunca súbditos, seguimos pidiendo: investigar el 11M. Ahora que nos acecha un islamismo terrorista de verdad, es más urgente que nunca resolver el gran enigma que atenaza a esta España lela que ha invertido en el olvido sin ver que es la más burda de las estafas. Junto a mi hijo David, que ha abreviado el volumen peligrosamente largo del ensayo, he dedicado el libro a Javier Somalo y la gente de Libertad Digital y esRadio, porque si de cuatro de los grandes asuntos que Rajoy deja pendientes tenemos en la hemeroteca, la audioteca y la videoteca algunos de los mejores archivos de España, sobre el quinto, el 11M, no sólo tenemos el mejor, sino, sencillamente, el único.

En fin, hay un acto fallido –no una errata- en el ensayo que confieso que me ha divertido y que los lectores de Freud entenderán. Aunque detallo los años y leguas de los seis presidentes de la democracia –Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy-, digo que son siete. Está claro que, además de no olvidar lo inolvidable, albergo la ilusión –de ella, dice el refrán, también se vive- de otro presidente, el séptimo, que no vendría a perder el tiempo y hacérnoslo perder a todos, sino a recuperar lo todavía recuperable y a remediar todo lo remediable, que es mucho, que es España.


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