AGLI Recortes de Prensa   Martes 15  Diciembre  2015

Elecciones generales 2015
Enrique Domínguez Martínez Campos  www.gaceta.es  15 Diciembre 2015

A pesar de esta atareada vida, no he visto nunca antes en España lo que está sucediendo hoy, para mal.

Después de más de 70 años de vivir directamente nuestra Historia, la Historia de España; de haber pasado por épocas de luces y sombras; de haber vivido momentos esperanzadores y otros de gran confusión e incertidumbre; de haber soportado y superado tiempos de enorme tensión, insultos y amenazas; de haber sido bombardeado y ametrallado para pacificar otra nación y, especialmente, de haber tratado de educar, enseñar y hacer soldados de España a miles de muchachos que pasaron por las unidades que mandó quien esto suscribe, llego a una conclusión que, si no es triste, tampoco es demasiado optimista en relación con el futuro de nuestra Patria. Porque, a pesar de esta atareada vida, no he visto nunca antes en España lo que está sucediendo hoy, para mal.

Hace ya algunos años –cuatro o cinco- escribí que España ha tenido siempre la mala fortuna de contar con una clase política que, en general, ha provocado más problemas a los españoles que soluciones acertadas para la inmensa mayoría de ellos; esto es, lo que siempre se denominó como la búsqueda del bien común. Del bien de la mayoría en lugar del de las minorías para enfrentarlas a esa gran mayoría. Y en alguna conferencia pedí al auditorio que si alguien era capaz de señalarme a un solo político español de los últimos 200 años que pudiera ser designado con el honroso título de estadista, de verdadero estadista, y que hubiera tenido éxito en su gestión como tal al frente del gobierno, que no dejara de indicármelo, habida cuenta que históricamente soy incapaz de encontrarlo

Dentro de muy pocos días van a celebrarse en nuestro país unas elecciones generales cuya trascendencia para el próximo futuro, para nuestro propio futuro, el de nuestros hijos y nietos, es, supongo, conocida por gran parte del pueblo español. Por desgracia, existe otra parte de ese pueblo que sólo aspira a que sea “su partido”, “su grupo”, “sus amigos”, o, como fanáticos seguidores, sus “ídolos mediáticos”, los que las ganen, aporten o no las garantías mínimas precisas para asumir el enorme peso de la responsabilidad del poder. Porque este requisito, en principio, es lo de menos. Lo importante es que sean “los nuestros” los ganadores.

En esta precampaña electoral y –casi seguro- en la campaña, todos vamos a ser testigos de la importancia mediática de conocer a los líderes de los diferentes grupos políticos a base de saber bailar, cantar, ir en globo, freír unos huevos, comentar partidos de fútbol y no sé cuántas cosas banales más. Porque, según dicen sus fieles seguidores –de unos u y otros-, eso es lo moderno, lo que se lleva: presentar la cara humana del político, sus aficiones, sus gustos… Pero de lo importante, de lo que realmente le interesa al votante que no es un incondicional de ”su partido”, del proyecto general que presenta cada uno para los próximos cuatro años, ¿qué?

Ahora la moda, al parecer, también consiste en ir dando a conocer el programa de cada grupo a base de pequeñas dosis para que, al final, nos cofundamos unos y otros en lo que dijo éste sobre economía o lo que dijo aquél sobre medio ambiente. Pero, ¿cree de verdad alguien, incluidos comentaristas, politólogos, periodistas, etc., que la gran masa del pueblo español logra saber qué es lo que prometen unos o descartan otros? Precisamente, la consecuencia lógica de ese desconocimiento generalizado es la de votar “a mi partido”, a unas siglas concretas, aunque su programa vaya en contra de los intereses de los propios votantes.

Por otro lado, y ésta es una de las carencias más graves de esta democracia peculiar en que vivimos, lo que tampoco sabe nadie al votar un partido u otro es a dónde irá a parar mi voto. De modo que, si el 20 de diciembre es –según los cursis- “la fiesta de la democracia”, a partir del día 21 comienza la verdadera fiesta, al de la partitocracia, para que sea la dictadura de los partidos políticos la que se reparta los votos de la democracia.

Incluso dejando al margen estas “pequeñeces” que a los políticos españoles no les ha causado hasta ahora ninguna preocupación, transcurridos ya casi 40 años desde las primeras elecciones generales de 1977, de lo que no hay ninguna duda, porque son hechos históricos indiscutibles, es de lo que cito a continuación:

1)Que en los dos períodos de gobierno del PSOE –felipismo y zapaterismo- España acabó con el mayor paro conocido y con una economía nacional ruinosa.

2)Que la corrupción que se inició a partir de las elecciones municipales de 1979 fue máxima durante el felipismo y se extendió después a todos los partidos –salvo alguna honrosa excepción- y agentes sociales (sindicatos, patronal, cajas de ahorro, etc.).

3)Que dos partidos nacionalseparatistas obtuvieron un poder desmesurado y desproporcionado para satisfacer a los dos grandes partidos a nivel nacional –PSOE y PP- en su deseo de mantenerse en el poder. Por favor, ¡nunca más!

Pero, a pesar de estas breves puntualizaciones, de las que supongo es consciente la gran mayoría de los españoles, parece que no lo son tanto en un aspecto que es crucial para nuestro futuro como nación, con una identidad propia que le diferencie de las demás naciones de Europa, como sucede entre la variedad y el estilo propio de las distintas regiones españolas. Vayamos por partes.

En las últimas semanas estamos viviendo en España y en el mundo musulmán una crisis brutal ejercida por la guerra civil entre suniés y chiitas y por la amenaza del yihadismo fanático contra los valores y la civilización occidental. Es una realidad incuestionable que la “invasión” musulmana de Europa crece a ritmo acelerado (no entro deliberadamente en las causas que la provocan). Las agencias especializadas aseguran que en el año 2050 un tercio o algo más de la población europea será musulmana. Y en España sucederá algo muy similar. Es decir, la demografía musulmana en nuestro país crecerá a un ritmo que será el triple de la propia demografía española.

Hace ya algún tiempo que en nuestro país comenzaron a alzarse voces de aviso en este sentido después de comprobar que la multiculturalidad, sobre todo con la civilización musulmana, es un mito. Pero, aunque no fuera así, en unas pocas decenas de años la población musulmana en España será –si no se toman medidas correctoras para evitarlo- superior en número a la población española, que se está convirtiendo en un gran desierto demográfico. ¿Debido a qué? A determinada filosofía política de izquierdas que, como el PSOE, aprobó la “Ley Aído” por la que es un derecho de la mujer (no se le puede llamar madre) matar a su hijo en el seno materno. Y así, en España son eliminados más de 100.000 españoles al año, con lo que, desde los años ochenta, nuestro país se está convirtiendo en uno de ancianos con una bajísima procreación que equilibre, al menos, la de los musulmanes en España.

Este genocidio masivo, autorizado, silencioso y silenciado, no tiene nada que ver, por su infinitamente mayor envergadura, con el de Paracuellos, con el mito de la famosa “represión franquista”, o con los miles de religiosos y católicos asesinados durante la Guerra Civil; tampoco con el de las siete guerras civiles (tres carlista, tres en Cuba y una en Filipinas) que padeció España en el siglo XIX. Porque, en estos poco más de 20 últimos años, ese genocidio ha supuesto la astronómica cifra de más de 1.250.000 asesinados.

Pues bien, ¿alguno de ustedes ha visto que haya algún partido político en nuestro país que en su programa para las próximas elecciones tenga la idea de legislar en contra de ese asesinato masivo que se produce en España todos los años? ¿Que hay quien piense, como lo haría un verdadero estadista, que es preciso remediar y poner fin a esta aberración humana de la que, de un modo u otro, todos somos cómplices? Ya lo advirtió en el momento de aprobarse el aborto por el PSOE el filósofo Julián Marías: “El aborto será el mayor desastre con el que tenga que enfrentarse España en los próximos años”. Sencillamente, porque es una simple cuestión de supervivencia como nación.

Sólo he encontrado un partido que en su programa proclame su intención de acabar con este suicidio colectivo. Ese partido, guste más o menos, se llama VOX, que es un partido de derechas (ni mucho menos de extrema derecha, como proclaman algunos necios). Y con ello no pretendo influir sobre nadie para que vote a quien le dé la real gana.

Porque habría otros muchos temas sobre los que opinar ofrecidos por los partidos que se presentan a las próximas elecciones. Pero el que acabo de señalar, el de la demografía y el aborto en España, no sólo es crucial. En mi humilde opinión es el más importante de todos con vistas a los próximos 30 o 40 años. ¿Cuáles podrían ser, entonces, las condiciones de vida y supervivencia de nuestros nietos? ¿Y cuáles podrían ser esos oros temas básicos a los que me refería antes?

Me conformaría con que un solo partido se comprometiera a cumplir el siguiente programa a medio y largo plazo:

-Supresión total del aborto (salvo algún caso excepcional aprobado por una reglamentación estricta).
-Despolitización total de la Justicia (igual para todos).

-Asunción de nuevo de la enseñanza a nivel nacional por el gobierno.
-Nueva Ley Electoral democrática (no partitocrática)

-Economía de mercado con la justa y mínima participación estatal.
-Drástica disminución de la elefantiásica Administración, a todos los niveles.

¿Sería suficiente este propósito? Naturalmente que no, porque de él pueden deducirse todas las derivadas que a ustedes más les puedan gustar. Pero sería un excelente punto de partida para un partido de centroderecha, sin miedos ni complejos, y con el claro propósito de servir al bien común, no a grupos o lobbies que influyen de forma desmesurada sobre toda la sociedad española, causando en multitud de ocasiones un daño irreparable a los intereses de nuestro país. A los más básicos intereses.

Y, si usted está de acuerdo con este programa básico, búsquelo y, si lo encuentra, tenga la bondad de decirme de quién se trata porque, sin dudarlo, contaría con mi voto… a pesar de la partitocracia, cuya dictadura comenzará a partir del 21-D.

Elecciones 20D: ¿otra oportunidad perdida?
Javier Benegas www.vozpopuli.com 15 Diciembre 2015

Explicaba Kundera, durante una entrevista, que toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anejo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad. Y que, con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que finalmente las magnitudes se invierten. Y lo decía con conocimiento de causa, pues nada más terminar la Segunda Guerra Mundial se afilió al Partido Comunista de Checoslovaquia del que sería expulsado en 1950, readmitido en 1957 y expulsado definitivamente en 1970 al ser relacionado con los activistas de la Primavera de Praga y pasar a formar parte de los rebeldes a tanta felicidad.

Sin embargo, la cita no viene a colación de la defenestración del comunismo, que como toda ingeniería social utópica estaba condenada a fracasar, ya que el individuo jamás se desprende del deseo de reconocimiento. A estas alturas, quien más, quien menos, sabe, o debería saber, que el comunismo es incompatible con la naturaleza humana, pues obliga a un puritanismo imposible. De hecho, erradicar el capitalismo e imponer la redistribución forzosa de la riqueza viene a ser como prohibir el sexo o, lo que es peor, regular el número de coitos, su calendario y duración. Un orden artificial en el que los promiscuos y los castos son igualados en la impotencia. Hasta que aflora una superclase que patrimonializa el sexo. Y la utopía se desmorona.

No, la cita de Kundera viene a colación de la presente campaña electoral, donde las promesas de sostenimiento del Estado de bienestar han terminado por monopolizar el debate. Resulta que al final lo importante es lo ya conocido: cómo repartir el presupuesto. Todos los programas, todos los discursos, exceptuando algunas propuestas y algún que otro brindis al sol, anteponen los Derechos sociales a los derechos individuales. La razón es simple: los derechos individuales son difícilmente controlables. Con ellos, basta un sólo hombre para poner pie en pared, evitar los abusos del Poder y conjurar el peligro de la dictadura de la mayoría. Por el contrario, los derechos de titularidad colectiva trascienden al individuo, es decir, escapan a su control, y son manipulables por grupos de interés.

En España, siempre hemos confundido Estado de bienestar con Democracia. De hecho, el grado de confusión en este punto es tal que, para arrojar alguna luz, más que pedagogía se hace necesario un electroshock. Sin embargo, dado que nuestro paraíso ha ido menguando en bienaventurados y se ha llenado súbitamente de descontentos, cabía esperar que esta campaña sirviera para poner el foco en asuntos más relevantes que el mero reparto del presupuesto.

Desgraciadamente, nuestro modelo político ha desarrollado un soft power que, con la imprescindible colaboración de los mass media, codifica la realidad y la convierte en burdas cadenas de mentiras con las que se da forma a un no-pensamiento que primero se impone mediante la reiteración casi infinita; después, mediante la coerción; y finalmente mediante la segregación social y, si es preciso, el linchamiento. Como perversión añadida, cabe decir que al final es la propia sociedad la que se encarga de someter al discrepante.

Cuando el Estado de bienestar suplanta a la Democracia liberal, el individuo desaparece en favor del colectivo. Se genera entonces la sensación de alienación e irrelevancia, la convicción fatalista de que uno solo no vale nada sin la tribu, que es el grupo la unidad de medida. Y es en función de esta unidad de medida que las personas intentan organizarse en vano hasta que la sociedad se parte en dos: los laboriosos y los intrigantes, los que generan riqueza y los que conspiran para “administrarla”, los ciudadanos ingenuos que creen que influyen en las decisiones colectivas y los que realmente imponen tales decisiones.

Pese a su mayor sofisticación, la utopía del Estado de bienestar capaz de funcionar sin salvaguardias democráticas, es decir, sin derechos y deberes individuales, está condenada al igual que el comunismo a la inversión de las magnitudes, a generar esa masa crítica de descontentos y ajenos a tanta felicidad capaz de dinamitar el sistema. Tarde o temprano las personas comprenderán con gran disgusto que dentro del actual esquema no hay salida, que esta ideología gelatinosa, con la que el margen de actuación de las clases dirigentes es enorme, nunca se sustancia en ninguna certidumbre. Y hartos de la irrelevancia a la que han sido sometidos, resentidos por la represión y la violencia de lo políticamente correcto, cansados de tragar con conceptos adulterados que hacen que lo correcto sea incorrecto y lo incorrecto, correcto a voluntad, los ciudadanos girarán sobre sí mismos y abrazarán alternativas tremendas. Ya está sucediendo en otros países. En Francia, sin ir más lejos.

El 20D podría haber sido una gran oportunidad, lamentablemente una vez más se ha errado en lo fundamental. La cuestión que debería haberse dirimido en esta campaña no es qué modelo de Estado de bienestar queremos sino a qué tipo de ciudadano aspiramos. Evidentemente, era demasiado a pedir.

Ciudadanos y la ilusión
Guillermo Dupuy Libertad Digital 15 Diciembre 2015

El atractivo eslogan electoral de Ciudadanos, "Votar con ilusión", me ha traído a la memoria el Breve tratado de la ilusión de Julián Marías y la interesantísima doble acepción que tiene la palabra ilusión en castellano: por un lado, expresa algo negativo, como es lo engañoso, falso y aparente; pero, por otro, también puede referirse a algo positivo, como el entusiasmo y la esperanza.

Votar con ilusión me resulta muy difícil porque, para empezar, nada me resulta más ilusorio que pensar que mi voto pueda influir en algo como unas elecciones generales. Sin embargo, saber que los resultados electorales serán los mismos con absoluta independencia de que yo participe o no en ellas no significa que no pueda albergar la esperanza en que una mayoría de votantes lo haga de una forma determinada, o que yo tenga que renunciar a aportar, por irrelevante, mi simbólico granito de arena.

El problema que se me plantea es que hace tiempo que he perdido la ilusión en que Ciudadanos se convierta en una alternativa liberal al dominante consenso socialdemócrata, en el que incluyo al irreconocible Partido Popular de Mariano Rajoy. El problema se me ha acrecentado, más recientemente, al ver cómo Ciudadanos tampoco ha denunciado, con la severidad y contundencia debida, el papel absolutamente decisivo que ha desempeñado la insensata pusilanimidad de este infausto Gobierno en el desafío separatista catalán, que algunos dan por disipado. Para remate de mis esperanzas, las encuestas pronostican que el PP no va a perder las elecciones, sin cuya derrota sigo creyendo que es de ilusos albergar la esperanza de una catarsis en el seno de ese partido que le haga recuperar sus traicionadas señas de identidad liberal-conservadoras y convertirse en el más implacable adversario de todo nacionalismo.

Algunos amigos me aconsejan que vote a Vox y a mi admirado Santiago Abascal, pero mi ilusión siempre fue ver la desaparición de este nuevo partido y a sus valiosos miembros reintegrados en un PP regenerado gracias a una derrota a la que, más que Vox, podía y puede contribuir Ciudadanos.

Sigo considerando que la formación liderada por Albert Rivera sigue siendo preferible, desde un punto de vista nacional y liberal, al PP de Rajoy y a su histórica corrupción ideológica. Pero mucho me temo que los naranjitos están y van a seguir estando muy verdes para acabar con la putrefacción del PP, sin cuya regeneración ideológica va a seguir siendo necesaria la persistencia de Vox.

Así las cosas, todo me parece demasiado ilusorio para que algo me resulte ilusionante. Votaré el 20-D, pero lo haré sin sentir esa positiva y maravillosa acepción que el castellano da a la palabra ilusión.

Sin duda: un político español
Cristina Losada Libertad Digital 15 Diciembre 2015

Hace unos días escuché un discurso de Obama. No porque sea un gran orador, que lo es. Ser un buen orador, en cualquier caso, no es condición suficiente, ni siquiera condición necesaria para tomar las mejores decisiones políticas. Aunque sí es condición para convencer. Pero la primera condición para convencer es proponerse hacerlo. Aquí, me temo, hay que hacer una precisión: llamo convencer a dar explicaciones y argumentos. A razonar una política.

Justamente eso es lo que intentó hacer Obama en el discurso televisado que pronunció desde la Oficina Oval el domingo 6 de diciembre. Explicó qué se sabía en aquel momento de la matanza en San Bernardino (California) y explicó cómo está encarando su presidencia la amenaza terrorista del ISIS. Punto por punto. Por qué era mejor hacer una cosa y no otra. Si bien no faltaron palabras emotivas y grandes principios, el discurso fue ante todo una reflexión. Llamaba a pensar, más que a aplaudir con las orejas.

Quizá me lo he perdido, pero no recuerdo ningún discurso importante de un gobernante o un líder de la oposición en España que optara por los argumentos detallados y no por la retórica grandilocuente, sentimental, cuando no directamente lacrimosa, o la otra especialidad de la casa: la jerga burocrático-tecnocrática. Sí, se manejan datos en el discurso político español, y más desde la crisis, pero con frecuencia no son datos completos ni auténticos. O sea, no son datos. La principal función de esa mercancía averiada es descalificar al adversario, no dar una imagen aproximada de la realidad de que se trate.

Entre nosotros hay guión, el guión del enfrentamiento, pero no hay argumentos. Y si no los hay es porque no se demandan. No hay apenas sitio para un político reflexivo, argumentativo, dispuesto a hablar de las ventajas e inconvenientes de tal o cual medida. Quizá lo haga en privado. En público, jamás. Se prefiere al político que lo tiene todo claro, clarísimo, y aparenta disponer de las soluciones, que siempre son soluciones absolutas y sin fisuras: sin duda. Lógico que la demagogia sea el ingrediente primario de nuestro debate político y que el carrusel de una campaña electoral se pueble de promesas grandiosas e irreales.

Una parte sustancial de los españoles ha llegado estos años a la conclusión de que sus políticos son un desastre. Más aún, que son los culpables de todos los desastres. En tal caso, harían bien en preguntarse cómo es que la democracia española ha podido producir tal colección de malos. Todos ellos puntualmente elegidos por el respetable. Deberían preguntárselo para intentar saber qué buscar y qué rechazar en un político. Y tener en cuenta que las preferencias ciudadanas nunca son ajenas al tipo de político y de debate político que predomina en una democracia.

La 'Justicia' protege a Mas
Pablo Planas Libertad Digital 15 Diciembre 2015

Los señores y señoras fiscales que investigan el referéndum ilegal celebrado el 9-N de 2014 en Cataluña acaban de mover pieza. ¡Que paren las rotativas! Tremebunda conmoción. Preguntan si la Generalidad tuvo algo que ver, técnicamente hablando, con la gestión informática de tal jornada electoral. Unos fenómenos estos fiscales. Siguen el método aplicado contra Alfredo Capone, al que se logró encarcelar por defraudar al fisco.

Los fiscales y los jueces, y no digamos ya el abogado andorrano magistrado instructor del caso Mas, tienen sus dudas. No lo ven claro. Menudo jaleo, el 9-N, me abuuuuurro. ¿A ver si lo entienden? A un click de ordenador, sus señorías, ilustrísimas, megahonorabilísimas y doctas personas humanas pueden comprobar que un tipo que se llama Artur Mas, igual que el presidente de la Generalidad, y es que es el presidente de la Generalidad, redactó las preguntas, convocó el referéndum, ordenó diecisiete campañas institucionales, montó un número en directo para firmar la convocatoria con una pluma que está en el Museo de Historia de Cataluña, y el consejero de Justicia regional, esposo de una vocal del CGPJ a propuesta del PSOE, colega de todas las señorías y señorisísimas, fue el primer pelotari en sacar el teléfono móvil para inmortalizar el momento en el que el antedicho Mas estampaba su garabato en un decreto de la Administración autonómica que decía Adiós España y que te vayan dando.

Aquel día, a mayor abundamiento 27 de septiembre del 14, el mismo que el de las pasadas elecciones del 15, Artur Mas llevaba igual traje y corbata que el de la jornada en que se le casó una hija un año antes, en el 13. Todo eso del decreto, menos el matrimonio de la chica, fue anulado por el Tribunal Constitucional, en otra ágil y contundente acción judicial en la que se requería a Mas un poquito de por favor. Ante semejante andanada del Poder Judicial, Mas ordenó comprar cuarenta mil ordenadores, mínimo, para llevar a cabo su consulta. Los presos de la cárcel de Lérida tuvieron que montar las urnas de cartón e imprimir las papeletas. Sí, sí, los del talego. Por cierto, las cárceles en Cataluña están transferidas y dependen del marido de la vocal del CGPJ, el del móvil, Germà Gordó, que no está imputado.

La Generalidad contrató a empresas de comunicación, eventos y espectáculos para la gran jornada. La Generalidad montó una carpa para el seguimiento de la noche electoral. La Generalidad abrió las escuelas y las puertas de sus edificios para que se siguiera votando después del 9-N. La Generalidad presentó los resultados, se proclamó ganadora, se felicitó por la normalidad de la jornada, se rio de Rajoy en sus barbas, se ciscó en España, en la soberanía nacional y en la madre que nos parió. La Generalidad de Mas y todos sus consejeros, desde el de Interior hasta el de Economía.

Claro que la Justicia en España es lo que hay: mucha toga, muchas puñetas, demasiadas mandangas y un olor fétido y nauseabundo. El juez que se encarga de lo de Mas forma parte del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC), que es donde se juzga a los ciudadanos de primera, ergo políticos, y se llama Josep Manuel Abril. Es un abogado andorrano designado por el Parlamento catalán a instancias de Convergencia. Imparcial de narices. Semejante lumbrera citó a declarar a Mas el 15 de octubre de 2015, casi un año después de los hechos y en el 75 aniversario del fusilamiento de Lluís Companys.

Y así una tras otra, del Constitucional al más pequeño juzgado de España, donde los ciudadanos son triturados, machacados y fundidos por funcionarios que no hacen más que seguir el ejemplo de sus jefes. Mas ha llevado a la ruina a decenas de miles de catalanes, por su culpa se deben miles de millones de euros, se ha choteado de todo y de todos, ha incumplido autos, fallos y demás zarandajas, ha proclamado la república, la desconexión o el carajo de la vela y está más pancho, tranquilo y ancho que cualquier jubilado con los ahorros en preferentes. Justicia en España. Españoles y Justicia.

“Sólo las reformas en profundidad evitarán la quiebra de la democracia”
El director de EL ESPAÑOL, Pedro J. Ramírez, se junta con periodistas de distinta generación para analizar qué queda del franquismo.
EL ESPAÑOL 15 Diciembre 2015

"Fue una losa que pesó sobre varias generaciones de españoles. Parecía que el franquismo no se acabaría nunca y lo que se ha convertido en interminable es el postfranquismo”. Es el balance de estos cuarenta años sin Franco que hizo Pedro J. Ramírez, director de EL ESPAÑOL, en el acto de presentación de la reedición del libro El año que murió Franco (La esfera de los libros), que el periodista publicó hace treinta años. En el Ateneo de Madrid explicó que mientras escribía la obra pensaba que ni los atentados contra el dictador ni la cruel represión de éste sirvieron para nada. Hoy, cree, además, que “sólo las reformas en profundidad podrán garantizar la continuidad del sistema democrático”. “El hartazgo de la población es insoportable”, explicó para aclarar que las reformas son imprescindibles para evitar la quiebra del sistema.

Por eso preguntó a sus acompañantes, compañeras y amigas en el coloquio qué ha quedado de aquella España en la nueva. Ana Romero, periodista de EL ESPAÑOL, recordó cómo se enteró de la muerte de Franco, a los nueve años, mientras escuchaba la radio en su pueblo. “Yo me convertí en adulta en la democracia. Mi generación tiene vestigios del franquismo cultural: hemos heredado el machismo, aunque la madurez social del país ha arraigado la democracia”. En la casa de los padres de la periodista recibía un lema: Artículo 1, el jefe siempre tiene la razón; Artículo 2, si no la tiene se aplica el artículo uno. Romero asegura que el caudillaje pervive en la sociedad española.

Pedro J. Ramírez valoró el tránsito de un régimen a otro gracias a la “ingeniería política” que se empleó. Pero qué ha quedado de todo aquello, cómo ha crecido ese país que transitó de la dictadura a la democracia. María Ramírez, subdirectora de El ESPAÑOL, nació el año de las primeras elecciones libres de este país y reconoce que a pesar de no haber vivido la parte mala de sus generaciones precedentes, la democracia española actual tiene mucho camino por delante comparada con los países que la rodean.

“Estoy escandalizada con los acontecimientos de la embajada española de Kabul el pasado viernes. Hay prácticas políticas en el extranjero que en España no se ven”. Eso pasa, añade, por una ciudadanía mucho más activa que la actual, porque “debemos acostumbrarnos a pedir más cuentas al poder”. Además, celebra que los nuevos líderes políticos, como Albert Rivera y Pablo Iglesias, hayan nacido en plena democracia.

A María Ramírez le impresionó la historia de Luisa Sánchez-Bravo, la hija del último fusilado por Franco, una de las protagonistas del libro de Pedro J. a la que María siguió la pista tres décadas más tarde, para saber qué había sido de ella. Se encontró con una persona que había roto con su pasado. “Si hay un símbolo del franquismo en nuestros días es ella, la hija póstuma de uno de los asesinados. También tenemos derecho a la desmemoria histórica”, dijo el director de este periódico para subrayar el hecho de que hay personas que no quieren recordar. “Yo creo que el paso del tiempo está haciendo de España una sociedad cada vez más normal. No existe el problema de España, aunque España tiene problemas”.

Julia Tena es la periodista más joven de la mesa del coloquio. Nació en 1992 y reconoce que para su generación Franco es una figura que no se estudió en la escuela. Sin embargo, esto contrasta con su experiencia en el Reino Unido, donde los niños ingleses “estudian la historia de su país”. “Es una pena que sepamos tan poco”. Además, a Julia le llama la atención la falta de conciencia democrática de la sociedad actual: “No pedimos tanto como piden en el Reino Unido. No reclamamos, no nos enfadamos tanto como debiéramos por los escándalos de corrupción”.

Desde el público preguntan al autor del libro si la Transición se ha terminado y el periodista recordó la noche de la primera mayoría del PP en unas Elecciones Generales, victoria de Aznar. “Esa noche me dijo que se había acabado la Guerra Civil como argumento político. A lo mejor él era demasiado optimista, porque de manera recurrente vivimos en el periodo de la memoria histórica”, dijo. También recordó las palabras de Santiago Carrillo sobre la caducidad del rey Juan Carlos, “sólo durará unos meses”, y en realidad su reinado no lo fulminó su relación con Franco, sino “su relación con una señorita rubia y un elefante en Botsuana”.

A Pedro J. Ramírez la muerte de Franco le pilló haciendo la mili, en el batallón de tropas. Ya por entonces trabajaba en el ABC. Entre aquella España y la de hoy, recuerda, hay una reforma política que facilitó la ruptura con la España antigua. Curiosamente, “sólo dos personas se han mantenido en ambas Españas: Isabel Preysler y Manuela Carmena”

Bajar los impuestos para crear empleo
No parece que la mejor forma de influir en la sociedad sea demonizando a quienes proporcionan empleo y permiten que los trabajadores podamos apoyar, con nuestro ahorro, al tercer sector
El Confidencial 15 Diciembre 2015

 “You don’t pay taxes–they take taxes”. Chris Rock

"Our tax rate highly disadvantages American multinational high-tech businesses". Ian Read, CEO Pfizer

El último informe de competitividad global 2015-2016 del World Economic Forum (WEF, disponible aquí) proporciona, como ya es habitual, indicadores acerca de la prosperidad y la productividad de los distintos países del mundo. El 'Business Insider', en su edición del 8 de octubre, se centra en uno de los indicadores, en concreto la presión fiscal ejercida sobre las empresas. El WEF emplea como tal el tipo impositivo total, definido por el Banco Mundial como

   “la suma de cinco tipos diferentes de impuestos y contribuciones a pagar después de contabilizar las deducciones y exenciones: impuesto de sociedades, las cotizaciones sociales y los impuestos laborales pagados por el empleador, impuestos sobre la propiedad, impuestos sobre el volumen de negocios y otros impuestos menores”.

Esto es, incluye todos los impuestos que recaen sobre el empresario pero no aquellos que gravan al trabajador.

La lista de los 20 países de mayor presión fiscal del mundo la encabeza Argentina. En ella se encuentran asimismo Bolivia, Tayikistán, Colombia, Mauritania, Brasil, Guinea, Nicaragua, Venezuela, China (ese para algunos “paraíso del capitalismo salvaje” que gobierna con mano de hierro el Partido Comunista), Chad, Gambia, Benín, Túnez y la India junto con otros tres países. Tal y como podemos observar, y quitando quizás a Colombia, ninguno parece cumplir las condiciones para considerarse un lugar apropiado donde llevar a cabo un proyecto inversor.

Los otros tres países son Francia (que ocupa el 9º puesto, con una deuda pública de 33.000 euros por cabeza), Italia (el 12º, con 36.000 euros de deuda pública por cabeza) y… España, que ocupa el 19º (y con una deuda pública per cápita que alcanza los 23.000 euros). Es decir, de todos los países del mundo, un total de 140 analizados, España ocupa la decimonovena plaza en cuanto a presión fiscal empresarial.

No parece que esa información sea compatible con la que los medios suelen dar señalando cifras que varían entre el 3,5% y el 6%, o con las habituales campañas de los por otro lado bien intencionados grupos como Intermón Oxfam; puede verse en este sentido su informe de marzo de este año, 'Ilusión fiscal', en el que arremete contra una supuesta evasión fiscal de las empresas españolas y que nadie, ni siquiera los técnicos de Hacienda, es capaz de cifrar con seriedad sin recurrir a elucubraciones diversas.

No parece que la mejor forma de influir en la sociedad sea demonizando a quienes proporcionan empleo y permiten de este modo que los trabajadores podamos apoyar, con nuestro ahorro, al tercer sector. Afirmaciones falsas como “Cada año, las grandes empresas aportan tan solo un 5,3% de sus beneficios contables. Muy lejos de lo que marca la ley tributaria (un 30%)” son la base de un informe en el que se confunde (y son tantas ya las veces que se les ha señalado que no cabe pensar en error) el beneficio contable (el que generan con su actividad en todo el mundo, y que es gravado allí donde se obtiene) con la base imponible (la única que legalmente puede y debe ser gravada por Hacienda, resultante de aplicar los ajustes por consolidación y la exención por doble imposición).

Dejando aparte la retribución de los directivos, lo que no recuerdan estos informes es que el impuesto de sociedades es uno más de los que soporta la empresa

El problema fundamental que gravita sobre este tipo de informaciones fiscales es que buscan un objetivo claro: aumentar la factura fiscal de las empresas, alegando beneficios estratosféricos y salarios dignos de futbolista del 'top ten' para muchos directivos. Dejando aparte la retribución de los directivos, que es algo que compete a los accionistas, que son los legítimos propietarios de la empresas y quienes finalmente deberían decidir si tales sueldos son merecidos o no, lo que nunca recuerdan estos informes es que el impuesto de sociedades es uno más de los que soportan las empresas.

Otro muy importante es el de las cotizaciones sociales. En 2013, la Seguridad Social recaudó casi 100.000 millones de euros de empresarios y trabajadores; dos de cada tres euros (73.500 millones) provinieron de los primeros. En 2015, el presupuesto de la Seguridad Social recogía casi 75.000 millones de ingresos provenientes de los empleadores. A pesar de seguir inmersos en la crisis más larga y que más empresas ha destruido de los últimos 40 años, la Seguridad Social plantea un incremento del 2% de los ingresos sobre lo recaudado solo dos años antes.

La serie larga de ingresos tributarios por el impuesto de sociedades nos permite ver la amplitud de la crisis. En el pico de la burbuja, el impuesto recaudaba casi 41.500 millones de euros, cuando en la actualidad lo hace en 18.600 millones, un 55% menos. Y, a pesar de todo, el impuesto ha recaudado más cada uno de los tres últimos años.

Evolución de la recaudación del Impuesto de Sociedades 2004-2014 (serie larga). Fuente: AEAT. 'Informe anual de recaudación tributaria' (años 2008-2010-2014).

Conviene prestar atención a lo ocurrido en los últimos años. El valle de los ingresos se produce en 2001, coincidiendo con el último año de la legislatura anterior. A partir de ese momento, los ingresos fiscales en relación con el citado impuesto no hacen sino crecer, pasando de más de 13.000 millones de euros a más de 18.600 millones en 2014. Es decir, en plena crisis económica las empresas han incrementado su factura fiscal en un 42%.

Evolución de la recaudación del Impuesto de Sociedades. Detalle 2010-2014 (serie corta). Fuente: AEAT. 'Informe anual de recaudación tributaria', año 2014.

Así pues, quizá convendría tomar un poco de distancia y estudiar las cifras oficiales con más detalle del que solemos. Y darnos cuenta de que si España fuese ese cuasi paraíso fiscal para las empresas que señalan algunos, las empresas harían cola para invertir aquí y no en Irlanda, como señalaba en un reciente artículo. La propia Irlanda del Norte, la histórica provincia del Ulster bajo Gobierno británico, ha decidido que en abril de 2018 rebajará su impuesto de sociedades hasta el 12,5% imitando a sus provincias hermanas para así crear “miles de empleos”, tal y como recogía el FT.

Que impuestos más bajos aumentan la recaudación lo reconoce hasta el director de la Agencia Tributaria, quien en la inauguración de unas jornadas tributarias el pasado día 19 de noviembre señaló, quizá sorprendido, que la recaudación tributaria hasta octubre "va muy bien", a pesar de la bajada impositiva que se adelantó al 1 de julio. Y no solo es Laffer quien lo explica; rebajar impuestos permitiría atraer a Apple, Google o Pfizer (que aportará más de 6.000 millones de dólares a las arcas irlandesas tras su fusión con Allergan, dejando de aportar más de 20.000 millones a las norteamericanas en los próximos 10 años) y no expulsar el empleo y el talento de quienes, como Grifols, han decidido emigrar al antiguo Tigre Celta para mejorar así los resultados de sus accionistas.

El precio de una acción recoge toda la información disponible y descuenta todas las expectativas, enseñamos en la universidad. Comparen pues la de esta empresa catalana con la evolución del Ibex en el mismo periodo y extraigan sus conclusiones.

Rendimiento Griffols vs. Ibex35 desde el 23/oct (anuncio de cambio de sede) hasta el 10/dic. Yahoo! Finance.
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Podemos y la banalización del mal
Francisco José Alcaraz Libertad Digital 15 Diciembre 2015

Durante años, los españoles observan con perplejidad cómo la sociedad vasca vota a partidos de ETA o proetarras. No hemos dudado en pensar que es fruto de una sociedad enferma carente de valores y principios que ha permitido, convivido y simpatizado con una organización terrorista que ha causado tanto dolor. Las distintas alternativas políticas, de todo color, en el País Vasco, siendo algunas independentistas, dejaban sin argumentos a quienes intentaban justificar esos inmorales votos.

Ni en los peores augurios podría llegar a pensar que lo que tanto hemos denunciado de la sociedad vasca se podría extender al resto de España. Hablo de quienes tienen la intención de votar a Podemos.

Puedo llegar a entender que, fruto del desconocimiento y de la intensa campaña de lanzamiento y lavado de cara, muchos españoles votasen a Podemos en las elecciones anteriores. A día de hoy, esa ignorancia no tiene justificación alguna y, a pesar del intento de mimetizarse con los demás partido, escondiendo sus verdaderos orígenes e intenciones, las distintas pruebas que se tienen del compadreo y empatía de Podemos con los proetarras no dejan ninguna duda de que tenemos un partido de extrema izquierda radical que en países con más recorrido democrático no tendría cabida alguna en la sociedad.

Asesinos de ETA han declarado públicamente en televisión que quieren que gane y que votarían a Podemos, partido asociado en Navarra con los proetarras de Bildu. Pablo Iglesias era la persona de contacto en Madrid para la red de apoyo a los presos asesinos de ETA. Su pareja participó en una cena de apoyo al colectivo de etarras encarcelados. Dirigentes de Podemos se manifestaron a favor de los etarras en el País Vasco.

No olvidemos que Pablo Iglesias ha declarado: "De ETA no se puede decir que no razonara políticamente", "Que haya 500 presos de ETA lejos de casa es una tragedia", "Los etarras deberían ir saliendo de la cárcel".

Si un partido político apoyara a los asesinos de mujeres, les ayudara económicamente, organizara actos a su favor, les buscaran una justificación política y pidieran su excarcelación, no me cabe la menor duda de que la sociedad española le aislaría política y socialmente.

¿Acaso los centenares de mujeres asesinadas y heridas por ETA merecen menos consideración? ¿No merecen el mismo respeto todas las víctimas de ETA, incluidas los niños asesinados?

Para intentar justificar la inmoral posición de Podemos recurren a frases hechas desde el relativismo, a sabiendas de que quien las utiliza no quiere pensar por sí solo y necesita defender su postura partidista sin empatía con el prójimo. Necesitan esas frases hechas porque en el fondo algunas personas saben que estamos en lo cierto y quieren acallar sus conciencias.

Algunos dicen que ellos no son los asesinos, que ellos no disparan ni ponen bombas. No, no lo son, pero moralmente sí son los responsables de humanizar al asesino, de dar con su voto voz y poder a quienes abogan por las excarcelaciones de asesinos y justifican su existencia como banda terrorista. Hacen el trabajo más sucio y cobarde, que es impulsar el lavado de cara a una ideología que ha cometido los crímenes más execrables. Si mala es la corrupción económica, aún peor lo es la corrupción moral.

El próximo 20-D los españoles estamos llamados a las urnas, a votar el futuro de España. Hay partidos de izquierda, otros más de centro y de derechas, hay un inmenso abanico de posibilidades. Lo único que les pido es que no voten sólo con el bolsillo, miren a sus hijos, padres, hermanos y piensen: ¿votaría a un partido que diera apoyo a los presos asesinos de mi familia? Si con ello consigo que tan solo una persona deje de votar a Podemos, me daría por satisfecho.

"La tolerancia frente a la intolerancia es el peor de los crímenes. Ni siquiera la intolerancia es tan grave" (Arthur Schnitzler).

La república independiente y la 'performance' de la desconexión
La solemne desconexión del Parlament ha confirmado su mera condición de política espectáculo tras los recursos al Supremo y al Tribunal Constitucional, despreciado en la propia declaración
Álvaro Robles Cartes El Confidencial 15 Diciembre 2015

La solemne declaración rupturista del Parlament -solemne y al tiempo histórica, como cada 'performance' independentista- coronada con un "visca la república de Catalunya" pareció marcar un punto de inflexión en el 'procés'. La presidenta de la Cámara despejaba nuestras dudas aclarando que el inminente Estado catalán adoptaría con su nacimiento la forma de república. Parecía que los eternos minutos basura de la pachanga independentista encaraban la hora de la verdad. El paraíso no tomaría la forma de dictadura militar sin ejército, ni daría trabajo a la casa Borbón. No, sería una república. La república- 'indepe', por supuesto- de su casa.

A falta de lograr inspiración en las instituciones políticas que rigen las democracias escandinavas y en su excéntrica costumbre de cumplir las leyes y respetar las mayorías, la heterogénea alianza arrejuntada por el sí proponía incorporar al heroico proceso el próspero modelo de la industria nórdica del mueble, basada en el funcional principio "mónteselo usted mismo".

Una década larga de política catalana monopolizada por los preámbulos, tribulaciones y corolarios del nuevo Estatut -dos tercios de votos para ser modificado- terminaba con su deflagración a manos de los entusiastas representantes del 48% de catalanes. Aun habiendo perdido el plebiscito, había que intentar, cada vez contra más elementos salvar al soldado Mas, que se resiste a seguir los pasos de su padrino Pujol -por ahora padrino político, mientras se confirma la presunta acepción coppoliana del término- y a adoptar el estatus de ex 'molt honorable'. Su reivindicación de la audacia (tal vez del alemán, Audi) como única política para no bajarse ni a empujones de la cabalgadura oficial es una pantomima. Le da lo mismo pactar con la CUP que con el PP, el liberalismo que el comunismo, la monarquía que la república y la ley que la anarquía.

El presidente del Gobierno, dicen que consumado procastinador que ha cimentado la leyenda de su dominio del tiempo retrasando decisiones, ha dejado que la carpeta catalana alcance un estado de fermentación perceptible a través del olfato. Pero en el camino ha cargado el brazo del Estado. Otros órganos -nunca el Ejecutivo- darán el puñetazo sobre la mesa con el mismo consenso que el logrado en el legendario lapidamiento parlamentario de Juan José Ibarretxe, antesala de su exilio.

El presidente ha elaborado una estrategia que va con su carácter, cosechar críticas por su inacción mientras sus adversarios cavan su propia sepultura. No es solo que la demanda independentista se perciba en una Europa con problemas serios como un capricho provinciano, sino que granjearse la simpatía de la CUP implica coquetear con contingencias penales… y el Estado tiene ya 'autoritas' para exigir respeto.

Sumen, a la opinión de líderes e instituciones internacionales, la de los funcionarios de la Unión Europea, los frutos de la investigación judicial y de la UDEF, el escepticismo de los mercados de capitales, el apoyo del 52% de los catalanes, el consenso de la mayoría de las fuerzas políticas españolas, las dudas de los empresarios, la discrepancia de políticos convergentes y, por fin, las de los medios de comunicación catalanes… incluyendo, albricias, al Grupo Godó.

La república catalana casa mal con la Grandeza de España del editor. Además, es difícil que los gobiernos con la CUP engrasen sus rotativas con la misma prodigalidad que los anteriores, así que era oportuno recordar su compromiso con la Corona y girar 180% su línea editorial en dos portadas. Cargado de razón, eso sí. "No es inteligente. No es justo. No es necesario", sentenció hace ya un mes, avisando con el intermitente editorial de la inminente maniobra de cambio de sentido. "No fue eso lo que se votó el 27-S". Ah, ¿no?

El relativismo oportunista e indisimulado de algunos medios compite con el de la antigua Convergencia -purificada tras su nuevo bautismo como Democracia y Libertad-. A ambos se les puede discutir la audacia, pero no el desparpajo. Ni un mes después de desafiar al Rey, al Gobierno, al Constitucional y a la ley, su portavoz, Homs, se declara convencido de la necesidad de diálogo para separarse por las buenas de España esgrimiendo tiernos sofismas. Dos muestras: España se beneficiaría descargando parte de su deuda en las espaldas catalanas y un tercer Estado ibérico defendería con más fuerza los intereses españoles. Fenómeno.

La solemne desconexión del Parlament ha confirmado su mera condición de política espectáculo tras los recursos al Supremo y al Tribunal Constitucional, despreciado en la propia declaración. Por si fuera poco, los presuntos desconectados se afanan en pegar carteles para acudir al Parlamento opresor el 20-D, y el Gobierno autónomo suma a su escaso crédito político la ausencia de crédito financiero pidiendo recursos al Estado, su único fiador.

Empresas y la sociedad civil, acríticas beneficiarias de los disparates de la política catalana de los últimos 12 años, demandan reverdecer las complicidades sociovergentes. Pero para que el escenario sugerido por el establecimiento cuaje, habría que convocar nuevas elecciones, en las que los 'indepes' se darían una buena bofetada. Será lo penúltimo que hagan, porque Cataluña podría tener mañana presidente si Mas se apartara en beneficio de Romeva. Antes se agotarán las posibilidades de quebrar la unidad de la CUP y se esperará a la pedrea del 20-D en forma de ingobernabilidad española.

Mas se resiste como gato panza arriba a abandonar la primera línea. Su 'procés' no está regido por la astucia gatuna, pero sus uñas sí son retráctiles. Tras propinar un arañazo al sistema constitucional, puede esconderlas aseadamente. El reto de la próxima cabriola es hacerlo con la complicidad de la CUP, o de parte de la CUP. Hasta el 10 de enero hay tiempo para engatusarles, tal vez con la estrategema de aceptar antes sus demandas sociales que las revolucionarias. Eso sí, en el segundo tramo del mandato presidencial, con Cataluña ya hipotéticamente desconectada. Ello permitiría salvar la cara de los antisistema (o de parte de ellos) con un pacto que incluya su agenda sin dejar en la estacada a ERC, la única que parece creerse de verdad la independencia.

Mientras se deshoja la margarita del pacto con una facción de la CUP o de arrojar de nuevo la bola a la ruleta electoral para ganar otros cuatro o cinco meses, y perder algún escaño más, el Estado incuba una reacción moderada y proporcional contra la amenaza retórica de desconexión republicana. Los artistas de la insurgencia ya saben que una provocación más, sea en forma de 'performance' o de instalación (como la distribución de urnas del 9-N), va a costar cara a su autor.

La reacción institucional podría ser esta vez más proporcional que moderada, por lo que es probable que entremos en un periodo de escasa fertilidad creativa donde obras de menor formato y siempre colectivas sustituyan a las ambiciosas provocaciones de autor. La continua 'performance' de la desconexión está en tregua. Rajoy mantiene la serenidad, el monarca los silencios y los españoles las dudas de que el Senado -encargado de aprobar la aplicación del artículo 155 de la Constitución- sirva para algo. De momento, no hará falta.

 


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