AGLI Recortes de Prensa   Sábado 19  Diciembre  2015

Empecemos por el dinero de los partidos
Amando de Miguel  www.gaceta.es 19 Diciembre 2015

¿No quedamos en que vamos a realizar una nueva política? Pues empecemos por los dineros que damos a los partidos, a todos ellos. Formalmente se llama “financiación”. Me parece un término desmesurado. No los financiamos, se nos obliga a que carguemos con los gastos a través de los impuestos. El sistema pudo tener su lógica a principios de la Transición, para cortar la etapa de los “maletines” de dinero que venían de otros países, de sus servicios secretos. Pero el método se antoja ahora francamente inmoral. ¿Por qué tengo que pagar yo con mis impuestos a los partidos que no gozan de mis simpatías?

El método actual se disfraza con el pío subterfugio de la igualdad de oportunidades. Pero de igualdad no tiene nada. Las subvenciones se reparten en relación directa al número de escaños de cada partido. En todo caso, la equidad sería establecer una relación inversa. Es decir, dar más subvención a los partidos pequeños.

Pero la solución verdaderamente equitativa sería que cada partido viviera exclusivamente del dinero que obtuviera de sus militantes y simpatizantes. Tendría libertad para establecer las cuotas de los militantes, pero las donaciones de los simpatizantes deberían ser de personas físicas, no de empresas u otras entidades. Las aportaciones tendrían que ser públicas, nunca anónimas. Como es natural, dado que provienen de personas físicas, deberían introducirse en la declaración de la renta para obtener las previsibles desgravaciones fiscales. No tengo claro si habría que establecer alguna limitación en la cantidad de dinero que una persona puede dar a un partido. Habrá que discutirlo.

El sistema de financiación debe vigilarse también por la parte de los gastos. Habría que diseñar algún sistema de control para que los gastos de funcionarios, sedes, campañas electorales, etc. fueran los mínimos. Se impone el principio de austeridad. Los partidos deberían apoyarse más en el trabajo voluntario de sus militantes y simpatizantes. De momento, parece un despropósito el dinero que cuestan las sedes, las campañas electorales y hasta los coches oficiales y las dietas.

Otra cosa. Las llamadas fundaciones de los partidos deben desaparecer como tales en cuanto receptoras de fondos públicos. Naturalmente, puede subsistir, pero siempre costeadas por los particulares. De ese modo tendrían más vida y no darían lugar a pequeñas corruptelas.

Con independencia del presupuesto de los partidos, se impone también un plan de ahorro en los gastos de diputados y senadores. Nada de pensiones extraordinarias, coches oficiales, dietas ficticias y demás privilegios.

Ya sé que nadie me va a hacer caso con las recomendaciones anteriores. Pero mi obligación es decirlas. Se admiten todo tipo de correcciones, añadidos y críticas. Par eso estamos.

¿Quién y por qué paga la campaña electoral?
Eduardo Arroyo esdiario 19 Diciembre 2015

La casta no es una demagogia sino una realidad. El grueso de la misma no está en los políticos visibles que aparecen en los medios, sino en los que pagan el empleo de los citados políticos.

En mis viajes en coche de los últimos días, he tenido ocasión de escuchar en la radio a multitud de tertulianos reírse de Podemos en razón de la tan manida “casta”. La expresión “la casta” ha sido rápidamente metabolizada por el sistema mediático y posteriormente banalizada, como si fuera una muestra más de la demagogia de la extrema izquierda de Pablo Iglesias. Pero en el fondo tras estas actitudes hay mucho pensamiento meramente reaccionario: “como no soy de izquierdas, lo que ellos digan debe ser necesariamente falso o malo”.

Ni que decir tiene que esta mentalidad funciona igualmente en sentido contrario. Parece que lo que menos importa es examinar los hechos. A este respecto, Robert B. Reich, profesor de políticas públicas en la Universidad de California, Berkeley, ha escrito un libro bastante relevante para el tema. Su título es Saving Capitalism: For the Many, Not the Few. Reich también es protagonista de una película: Inequality for All. Para lo que aquí discutimos nos referiremos solo al libro. Su tesis principal es que más de la mitad de todo el dinero que financia la campaña de las presidenciales americanas procede de 158 familias.

Según Reich, esta gente no demanda los servicios de la policía porque tiene guardias privados; no va en transporte público porque utilizan todos limousinas; tampoco les preocupa el cambio climático porque viven en urbanizaciones privadas donde no peligran ni la calidad del agua ni la seguridad alimentaria. Además, son todos ellos varones de cierta edad, ricos y blancos, cuando, según explica el “dazibao” de la izquierda americana The Huffington Post, “América es cada vez más negra o marrón, femenina, joven y con ingresos por hogar decrecientes”. A modo de inciso diremos que incluir a las mujeres en este “pack” demagógico, como si fuera una especie a extinguir a causa de la violencia “de género”, es falso de todo punto, pero queda muy bien para rendir pleitesía al histero-feminismo. Pero vayamos al asunto.

Lo que Reich señala -y tiene razón- es que no existe una maquinaria electoral que funcione sin el aporte de grandes sumas de dinero. Entre las 158 familias, cuyos nombres pueden consultarse en The New York Times (véase From Fracking to Finance, a Torrent of Campaign Cash, por Eric Lichtblau y Nicholas Confessore, 10.10.2015), todos son presidentes u otros cargos en poderosas compañías financieras y/o industriales. En gran medida es lógico: para obtener el imprescindible dinero hay que recurrir al que lo tiene. No existe un solo partido en el mundo occidental que no sea servil con los poderes de la época. Si alguien piensa lo contrario, por favor, que revalúe su argumentación y si también cree que el caso de España es diferente del de los EEUU entonces su caso es realmente triste. Y es que “la casta” es una realidad muy concreta y empírica, desde mucho antes de que nosotros la denunciáramos en esta misma columna. Se trata de un estamento intrínseco al demo-liberalismo, de modo que el poder político y el poder económico se hallan fuertemente imbricados.

Lo que no deja de ser sorprendente es la lectura que hace Reich. Para él todo es una conspiración económica urdida por “hombres blancos” que son además ricos y viejos. Ellos deciden y, sobre todo, eligen a alguien que defiende sus intereses; es decir, los intereses de los hombres blancos, ricos y viejos, en detrimento de “la mayoría” oscura, femenina y joven. Reich acierta en el mecanismo del poder –el dinero- pero falla estrepitosamente tanto en la correlación de fuerzas como en el sentido mismo de la batalla que se libra.

Dice además que la mayoría de este dinero va al partido republicano, claro. Sin embargo, en su lista, y tampoco en la noticia antes citada de The New York Times, aparece por ejemplo, el magnate Sheldon Adelson, uno de los principales contribuyentes a la campaña del GOP. Tampoco se subraya la sobre-representación del colectivo judeo-americano entre las 158 familias y, específicamente, en el “lobby” que financia la campaña del partido demócrata. A este respecto, dado que la “Democracy Alliance” de George Soros y las actividades de los magnates Donald Sussman, Stephen M. Silberstein, Amy Goldman Fowler o Patricia A. Stryker, financian todos ellos numerosos “think tanks” de izquierdas por todos los EEUU, es evidente que la manipulación del voto democrático por el poder del dinero tiene otras motivaciones diferentes a las de “oprimir” a la población “negra o marrón”, a los “pobres”, a las “mujeres” y a los “jóvenes”.

Dicho de otro modo, el dinero está a un lado y otro del espectro electoral norteamericano, no solo en el GOP. Por ejemplo, la reseña del libro de Reich jamás hubiera aparecido en The New York Times si Reich hubiera denunciado el peso del “lobby” pro-israelí en las elecciones presidenciales norteamericanas: no hay una sola línea al respecto en la citada reseña de The New York Times, como cabía esperar. Igualmente, es muy dudoso que esas 158 familias estén, por ejemplo, en contra de la regularización de los 11 millones de ilegales que hay en los EEUU, principalmente porque son esas élites económicas las que fomentan la inmigración –legal o ilegal pero siempre masiva- así como el aparato mediático-académico capaz de reprimir las críticas a dicho fenómeno.

La conclusión de todo esto es doble: por un lado, “la casta” no es una demagogia más del progresismo rampante sino una realidad empírica muy concreta y demostrable. El grueso de la misma no está, desde luego, en los políticos visibles que aparecen en los medios, sino en los que pagan el empleo de los citados políticos, por así decirlo. Pero por otro lado, la razón de ser de dicha “casta” no puede leerse en clave de izquierdas. Y es que en realidad el avance de las políticas liberales se entrecruza poderosamente con el avance de las políticas de izquierdas y en muchos casos, comparten fines y objetivos.

Por todo ello, Reich jamás verá –salvo que se caiga de su caballo camino de Damasco- que lo que todo ese entramado está tratando de derribar es la nación consciente de su identidad, de su tradición y de su soberanía. Lo que quiere imponer es el desarraigo, el materialismo hedonista que nos hace dependientes del mercado y de las modas, y la destrucción de fronteras y de pueblos (que no “poblaciones”). En todo esto, el “Homo oeconomicus”, eje por igual del liberalismo y del marxismo, base de la doctrina ilustrada revolucionaria, juega un papel esencial. Esta es la razón por la cual socialistas y neoliberales se unen en Francia para detener al heterodoxo Frente Nacional. Por eso la respuesta a “la casta” tiene que venir necesariamente de otro campo. En todas partes sucede lo mismo. Una vez más, por sus hechos les conoceréis.

Lo que no admite reflexión
EDITORIAL Libertad Digital 19 Diciembre 2015

España afronta este domingo unas elecciones generales históricas, además de cruciales para el devenir del país a corto y medio plazo, tras la aparición de dos nuevas fuerzas políticas a nivel nacional cuya irrupción ha hecho tambalear el tradicional bipartidismo que han protagonizado PP y PSOE en las últimas décadas. Sin embargo, si bien es cierto que hay ideas políticas más o menos discutibles y más o menos defendibles, existen ideologías cuya naturaleza destructiva resulta, simplemente, irrefutable y, por tanto, no admite reflexión racional posible acerca de su rechazo, repudio y más absoluta condena. Europa y buena parte del mundo fueron asoladas por el germen del totalitarismo durante gran parte del siglo XX, pero sus vestigios, por desgracia, aún siguen presentes en la actualidad bajo emblemas y símbolos de nuevo cuño.

Aunque los comunistas de ayer se autoproclaman "demócratas" hoy, su arcaico modelo político y económico sigue indemne, maquillado con nombres de lo más diverso, como "Socialismo del siglo XXI", y representado por fuerzas políticas dispares, como Syriza en Grecia o Podemos en España, pero cuyos frutos siempre acaban traduciéndose en miseria y represión. La experiencia griega, con Alexis Tsipras a la cabeza, demostró a lo largo del presente año que el programa original que defiende este grupo de iluminados es, por suerte, irrealizable en el seno de la zona euro. No en vano, las promesas de acabar con la austeridad y el rescate europeo durante el primer gobierno de Syriza se tradujeron en un corralito bancario y en una recesión inédita, dejando al país heleno al borde mismo de la salida del euro y de la UE. La rectificación posterior de Tsipras evitó el dramático colapso final, teniendo que aceptar un tercer rescate con condiciones mucho más duras que el anterior. Como consecuencia de tan fatídico experimento, los griegos están hoy peor que antes de la llegada de Tsipras al poder, si bien su permanencia en el euro y las impopulares condiciones impuestas por el resto de socios europeos les garantiza cierta esperanza de cara al futuro.

Mucho más grave, sin duda, es el constante y gradual deterioro institucional, económico y social que han sufrido los argentinos tras cerca de 60 años de aberrante peronismo. No en vano, hasta la Primera Guerra Mundial, la renta per cápita de Argentina era similar a la de EEUU, llegando a acumular el 50% del PIB de toda América Latina y con un sueldo medio en Buenos Aires hasta un 80% superior al de París y similar al de Nueva York. Sin embargo, la llegada del "justicialismo" de la mano de Perón truncó esa ambicionada senda de desarrollo y prosperidad a partir de la segunda mitad del siglo pasado.

Lo mismo sucedió en Venezuela, que pasó de codearse en PIB per cápita con EEUU a mediados de los años 50 a ser hoy una de las economías más depauperadas de todo el continente americano. Y ello, sin contar que es uno de los países más corruptos e inseguros del mundo, además de sufrir el impacto de la hiperinflación, la escasez de productos básicos y una creciente represión política, cuyo desenlace final bien podría acabar en un golpe de estado para instaurar formalmente una dictadura que, en la práctica, viene ejerciendo el poder desde la elección de Hugo Chávez.

El común denominador de éstas y otras trágicas experiencias a lo largo de la historia siempre es el mismo: la aplicación de una ideología contraria a la propiedad privada y al desarrollo de las libertades y derechos fundamentales del individuo. Podemos es tan sólo la versión española del comunismo de antaño o el bolivarianismo de hoy. Su éxito político dependerá de su capacidad para cautivar a los españoles mediante engaños, mentiras y la más deleznable de las demagogias. Tal y como en su día explicaba el propio Pablo Iglesias antes de dar el salto a la política: "Los comunistas tienen la obligación de ganar. Un comunista que pierde es un mal comunista. Y Lenin no dijo en 1917 comunismo, sino paz y paz. Y eso le sirvió para agregar una cosa enorme en un contexto muy preciso". Confiemos en que la historia no se repita, puesto que hay historias que nunca deberían repetirse.

El imperio de los corrompidos
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 19 Diciembre 2015

Tras multitud de escándalos, revelaciones de repugnantes enriquecimientos ilícitos, todos los partidos han incluido en su programa electoral diversas medidas anticorrupción. ¿Qué mejor forma de atraer al votante que prometer separar el grano de la paja, los culpables de los honrados, perseguir a los granujas, depurar la política para que retome un carácter limpio y puro? Desgraciadamente, por ignorancia o maldad, muchos confunden las causas, la naturaleza de la corrupción en España. Y las medidas propuestas resultan tan ineficaces como un matamoscas para cazar un tigre. No funcionan en un marco donde la corrupción no es individual, sino estructural, donde la línea de demarcación entre justos y pecadores no es nítida sino borrosa, donde el latrocinio es consecuencia de un sistema de prebenda y privilegio, donde la posición de cada uno no depende del mérito y el esfuerzo sino del favor del poder. Y los favores se devuelven.

Aunque la corrupción siempre fue endémica en España, el régimen del 78 introdujo una nueva dimensión. De una corruptela individual y artesanal, en la que el mismo cargo público prevaricaba, cobraba y disfrutaba de los ingresos ilícitos, se pasó a una corrupción organizada por los partidos, un sistema que separaba en el espacio, incluso en el tiempo, la prevaricación del cohecho: el favor otorgado y el cobro se realizaría por personas distintas, sin conexión aparente entre ellas. Las diferencias ideológicas no fueron obstáculo para que todos los partidos acordasen tácitamente repartirse la tarta de las comisiones, mientras desactivaban controles, desmontaban contrapesos, domesticaban a la prensa, pavimentaban un atajo que condujese a un sistema clientelar, de intercambio de favores.

El novedoso sistema era capaz de enmascarar la conciencia de actuar incorrectamente, empujando hacia la podredumbre a muchos militantes que quizá nunca habrían participado en episodios de corrupción individual. Como no se beneficiaban personalmente, llegaron a pensar que la práctica no era tan reprobable, tan sólo una controvertida vía para financiar los gastos electorales de su partido. Incluso perdieron la perspectiva al observar que el cobro de comisiones era omnipresente: no podía ser tan malvado un juego en el que participaba todo el mundo, del rey al concejal. Pero la financiación del partido no era el único objetivo del esfuerzo corruptor, ni siquiera el principal: gran parte del formidable caudal fluía puntualmente a las cuentas privadas de los dirigentes. Desgraciadamente, sólo conocemos la punta del iceberg del colosal latrocinio; muchos bribones parece haberse ido de rositas... por ahora.

Corrupción: mucho peor el destrozo que el robo
Las consecuencias de la corrupción generalizada han sido devastadoras; las pérdidas para la sociedad son muy superiores a los fondos que se embolsan los corruptos. La corrupción impide la competencia, entorpece la eficiencia y desanima la cooperación. La infinidad de trabas burocráticas que lastran nuestra economía, dificultan la creación de empresas y empleo, no son casuales: son barreras establecidas deliberadamente por los gobernantes para generar oportunidades de enriquecimiento ilícito. Se trata de restringir la competencia, garantizando elevados precios y suculentos beneficios a los empresarios amigos, que pagan por el favor. Como consecuencia, no prosperan las empresas más eficientes, sino aquellas más inclinadas a los sobornos. Los corruptos multiplican las leyes, generan normas y regulaciones, especialmente complejas y retorcidas, creando en el sistema económico cuellos de botella donde colocar sus particulares peajes. Lo advirtió Cornelio Tácito: “Corruptissima re-publica, plurimae leges" (los estados más corruptos son los que más leyes tienen). ¿Qué diría el historiador romano si supiese que en España se han promulgado en pocas décadas más de 100.000 leyes, mayoritariamente autonómicas?

Los corruptos desvían el gasto público hacia aquellas partidas que proporcionan mayor flujo de comisiones, impulsando proyectos faraónicos, poco rentables para la sociedad. Y socavan la confianza que los ciudadanos tienen en los demás, ese delicado capital social con el que se teje la cooperación. En ambientes de generalizada corrupción política, los individuos tienden a desconfiar de las personas ajenas a su entorno porque el concepto que cada sujeto se forma de los desconocidos, de la gente en general, está muy influido por la imagen que percibe en sus dirigentes. Y este recelo fomenta conductas poco cooperativas, una tendencia a organizarse en grupos cerrados, en facciones donde predominan las fidelidades de tipo personal.

Las medidas anticorrupción convencionales sólo pueden atajar una corruptela individual y excepcional. Surten efecto cuando el sistema es, en su mayor parte, limpio y honrado, cuando existen organismos capaces de controlar, detectar, denunciar y procesar a una minoría de pícaros y tunantes. Pero no en un universo donde la deshonestidad constituye la costumbre asentada, en un sistema donde el supuesto vigilante también es corrupto. La independencia del poder judicial es necesaria, sí, pero no suficiente para resolverlo. La judicatura no es un colectivo puro e inmaculado, investido de un halo de santidad. Ni está exento de conflictos de intereses. La corrupción no es privativa del ejecutivo y el legislativo: también se contagió al judicial.

La corrupción generalizada como síntoma
La corrupción estructural no se encuentra tanto en los individuos, ni en la idiosincrasia de los pueblos, como en el sistema, en la nefasta organización institucional. Aun existiendo granujas natos y personas de honradez a toda prueba, la actitud de la mayoría depende del ambiente, de lo que observa en el resto. Muchos tienden a sucumbir a la tentación cuando esperan que los demás también se tuerzan. Por eso, la corrupción sistémica es una perniciosa institución informal, un conjunto de reglas que suplanta a las leyes, un equilibrio muy robusto que se fundamenta en las expectativas de los implicados: es muy difícil que un participante cambie su estrategia si espera que el resto siga actuando así. Hay pocos incentivos para que un gran empresario deje de pagar comisiones si piensa que las demás empresas continuarían sobornando y que su corporación quedaría fuera del negocio.

Una vez establecida, no hay medidas, leyes, palancas, botones o parches puntuales capaces de contener la corrupción institucionalizada. De nada sirve aumentar las penas pues, en la práctica, nadie vigila al vigilante. Ni crear nuevos órganos de supervisión porque, tarde o temprano acaban arrastrados por la perversa corriente. Ni cambiar a los gobernantes podridos por otros supuestamente honrados pues los incentivos perversos permanecen y la naturaleza humana resiste mal las tentaciones. ¿De verdad creen que todos los que se afiliaron apresuradamente a los nuevos partidos poseen una intención generosa y altruista, un anhelo de esforzarse por el bien de los demás?

La corrupción generalizada es especialmente escurridiza, muy resistente a los antibióticos, porque no es realmente la enfermedad sino un síntoma de otros males mucho más profundos. Es el reflejo de un sistema de acceso restringido, un marco basado en privilegios, relaciones personales e intercambio de favores. Por eso, para abandonar el régimen de latrocinio son inútiles los cambios parciales o timoratos. Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas. Deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás, ser capaces de superar la enorme inercia, catapultar el sistema a una órbita distinta: a un sistema de libre acceso con instituciones objetivas, relaciones impersonales, mecanismos de selección basados en el mérito, el esfuerzo, la buena gestión y la capacidad de innovación. Si no actuamos en consecuencia, tropezaremos una y otra vez en la misma piedra hasta perdernos definitivamente en el laberinto de la frustración.

A quién no votar
Fernando Díaz Villanueva www.vozpopuli.com 19 Diciembre 2015

Es mucho más importante restar que sumar. Ir por la llamada vía negativa. Lo es en todos los ámbitos de la vida, las elecciones no son una excepción. Votar en positivo es, así, en líneas generales, propio de gente que se deja llevar por unas convicciones políticas muy acendradas, por la corriente o por las modas que imperen en su grupo de edad, en su entorno geográfico o en su clase social. Nadie puede estar de acuerdo con la totalidad de un programa electoral, es algo simplemente imposible. Si queremos maximizar la operación de votar deberíamos decidirnos por eliminación, es decir, por sustracción, y no por adición como suele pensarse. Si votásemos por adición en España habría casi 47 millones de partidos políticos, uno por cada habitante, quizá alguno menos porque los niños no tienen opiniones políticas, pero no muchos menos ya que en nuestro país hay pocos niños.

Bajemos al terreno de juego. Por lógica solo pueden existir unos pocos partidos con aspiraciones a entrar en las cámaras, de esos solo uno, dos, a lo sumo tres, tienen posibilidades reales de gobernar, que es el único modo de materializar un programa electoral en la práctica. En España ahora mismo hay trece partidos con representación en la cámara baja y solo ocho en la alta. Uno de ellos cuenta con la mitad más uno de los escaños (en rigor dispone de la mitad más once), lo que convierte a los doce restantes en meros convidados de piedra que asisten a las sesiones, cobran a fin de mes y parlotean en las comisiones. Sucede también que los programas de cada uno de los partidos son como gotas de agua. Esta etapa de la historia de España, la que comenzó con el retorno del Rey, es de consenso y apenas se diferencian las propuestas políticas. Pero eso es materia para abrir pieza separada y analizarlo en otro artículo.

De las elecciones de mañana saldrá un nuevo Congreso y un nuevo Senado. Se moverán algunos escaños, la mayoría absoluta del PP se esfumará y todo indica que el PSOE descenderá a los infiernos. Los huecos que queden libres los ocuparán Ciudadanos y Podemos, las dos nuevas formaciones que acaban de irrumpir en la arena política. Resumiendo, la elección se limita a cuatro partidos que tendrán la ocasión de implementar total o parcialmente su programa. Podríamos, claro, ser unos románticos y votar a aquel cuyos postulados se asemejen más a nuestras convicciones, pero esto no sería más que un voto de conciencia y esos no tienen peso alguno en el BOE. Este tipo de voto es el paradigma del voto positivo.

Tomados los cuatro principales al votante no debería partir pensando en quién quiere que gane, sino en quién quiere que pierda. Esa es la idea. Cualquiera de nosotros tiene mucho más claro lo que está mal que lo que está bien. Me explico. Muchos tenemos la certeza, por ejemplo, de que la nacionalización de empresas es una pésima idea. Por una razón de mucho peso: allá donde se ha practicado los resultados han sido pavorosos en términos de productividad, destrucción de riqueza y coste para el contribuyente. Esta certeza es mucho más valiosa que la suposición de que recentralizar el Estado suprimiendo las comunidades autónomas redundará en un gasto público menor y un Estado más pequeño. Podríamos hacer lo mismo partiendo desde cualquier extremo del espectro ideológico. Los votantes socialistas, por ejemplo, no desean directamente que suban los impuestos, lo que desean es una administración gigantesca que redistribuya recursos en volúmenes industriales. Los impuestos son un medio, no un fin en si mismo, son esos recursos que el Gobierno luego redistribuirá a mayor gloria de las castas política y funcionarial. Así que un votante socialista –y en estos hay que incluir a los comunistas de Podemos e IU– hará bien en eliminar de primeras a todo aquel partido que no asegure un crecimiento sostenido de la maquinaria estatal. Con los liberales sucedería a la inversa.

Esta forma sustractiva de votar es la que se utiliza normalmente aunque no lo advirtamos. Es lo que explica que casi con toda seguridad el PP vaya a revalidar la mayoría de escaños. A fin de cuentas sobrevivir consiste en saber qué peligros evitar. La grandeza del liberalismo y del conservadurismo, doctrinas políticas sobre las que se han levantado las sociedades más ricas y libres de la Tierra, radica precisamente ahí, en tener más claro por donde no se debe ir que por donde se debe ir. Y la miseria intrínseca del socialismo con su cohorte de colectivismos varios radica en lo contrario, por eso son tan dados a dibujar castillos en el aire que luego, cuando gobiernan, se traducen en experimentos sociales que salen siempre mal.

La catalanización del Reino de Valencia
Vicente Torres  Periodista Digital 19 Diciembre 2015

No se me olvida que la denominación oficial, a la que se llegó por consenso, es Comunidad Valenciana, pero a la vista de que otros se empeñan en emplear un término absurdo y que jamás se bajarán del burro (les corresponde la segunda parte del dicho 'más vale errar que ser herrado'), opto por usar el nombre correcto, que es Reino de Valencia.

Lo segundo es que los catalanistas que mandan ahora en el ayuntamiento y en la Generalidad van aireando las trapazas de quienes les precedieron, como si ello les legitimara a actuar de cualquier modo. Es como si dijeran: hemos quitado a los malos y ahora estamos los buenos. Pero lo de que son buenos lo piensan ellos, todavía lo han de demostrar y yo diría que es imposible que lo consigan.
De momento, demuestran poco respeto por los ciudadanos. Lo llenan todo de carteles en catalán, con lo cual no me entero de nada. Como si en el Reino de Valencia no se hubiera hablado nunca en español.

Voy por la calle y todas las notas publicitarias del ayuntamiento en el mobiliario urbano están en catalán. Para mí, como si estuvieran en blanco. Voy al ambulatorio y todos los paneles indicadores están en catalán. ¿Cómo puedo saber yo en estas condiciones a qué planta tengo que ir?

Estos tipos toman la lengua no como un vehículo de comunicación entre las personas, sino como un arma de guerra. Una obligación que imponer. En democracia, los políticos son servidores de los ciudadanos, pero como la española es una democracia imperfecta nos dicen lo que hemos de hacer: ¡Usted tiene que aprender catalán por narices! Pues no. Ni por narices, ni por nada. Yo elijo mis prioridades y la catalana no es una de las lenguas que más me interesan.

Por cierto, yo no tengo la culpa de lo que hicieron los de antes, porque no los voté. Tampoco tengo la culpa de las cacicadas de los de ahora.

El elefante y la nueva Constitución
Amando de Miguel Libertad Digital 19 Diciembre 2015

Recuerdo el delicioso cuento oriental sobre una ciudad en la que todos sus habitantes eran ciegos. Llegó de visita el marajá, montado sobre un soberbio elefante. Los súbditos trataron de enterarse de cómo era el extraño animal. No lo podían ver, pero sí tocarlo. Luego se reunieron para comunicar sus experiencias. Uno tocó la oreja del elefante y contó que se trataba de un animal como una especie de alfombra rugosa. Otro palpó la trompa y concluyó que el elefante era como una boa. Quien le tocó una de las patas observó que el elefante más parecía una columna. Estaba claro que no había forma de saber cómo se podía representar en sus mentes el dichoso elefante.

Valga el apólogo para indicar que no hay forma de saber en qué diablos consiste la reforma constitucional que cada partido trae debajo del brazo. Los del PP plantean que será como la del 78 con algunos retoques cosméticos, como, por ejemplo, la nueva redacción de la sucesión del Rey. Ciudadanos advierte de que se suprimirán el Senado y las Diputaciones. El PSOE advierte de que se trata de construir un Estado federal más o menos asimétrico para que pueda encajar Cataluña. A algunos socialistas les tira mucho la nostalgia republicana. Podemos imagina una carta constitucional republicana y populista, como la de la fracasada Venezuela. Izquierda Unida (Unidad Popular) pretende una república socialista soviética, aunque sin llamarla así. Los partidos nacionalistas sueñan con algo parecido a una Federación Hispánica de Estados independientes.

En definitiva, todos están de acuerdo en que es necesaria una reforma constitucional. Pero difícilmente se podrá llegar al consenso necesario, el que se produjo milagrosamente en 1812 (la Pepa) o en 1978 (la Concha). A este paso, más que elefante, esta vez nos puede salir un ornitorrinco.

¿Y si dejamos la Constitución como está y nos dedicamos a reformas prácticas? ¿No se podrían añadir al texto de 1978 algunas enmiendas, como lo han hecho con gran acierto los norteamericanos? ¿Y si probamos la solución de no tener ningún texto constitucional, al estilo del Reino Unido o Israel?

En una cosa estás acordes todos los partidos. Una nueva Constitución o su equivalente debe ser redactada por catedráticos de Derecho Político. No me parece una buena decisión. Creo que debemos opinar todos. Para redactar el texto sería conveniente que sus autores dominaran el arte escriturario.

Contacte con Amando de Miguel:  fontenebro@msn.com

Podemos y el chavismo: muchas diferencias y una semejanza esencial
Xavier Reyes Matheus Libertad Digital 19 Diciembre 2015

Para ciertas personas, lo que se ha demostrado sobre los vínculos materiales entre Podemos y el régimen de Venezuela no tiene valor suficiente como para afirmar que sean cuñas de la misma madera. Entendido que, en todo caso, la semejanza se reduce a ser de izquierdas, y que para los que así opinan ello no significa sino que ambos están del lado ético de la historia, la comparación se recibe con sonrisa de sorna: Venezuela es un país muy distinto a España, y esa distancia oceánica es también el abismo que separa a los chavistas del partido de Pablo Iglesias.

Desde luego, hay muchas cosas que diferencian a unos y a otros. El chavismo, por ejemplo, es ferozmente nacionalista, como sucede con toda la izquierda latinoamericana. Mientras Pablo Iglesias no puede decir "España", el nombre de Venezuela y sus colores patrios campan en los mítines y en los chándales de todos los jefes chavistas, idénticos en eso (no en los chándales, digo, sino en el patrioterismo) a cualquier dictador de derecha de los muchos que ha tenido la región. La revolución no ve problemas en tomar por numen tutelar a un caudillo conservador como Bolívar, lleno de reminiscencias bonapartistas; y lo que aducen para ello es que la lucha del prócer venezolano fue por la soberanía y en contra del imperialismo. De un argumento análogo, no obstante su repugnancia a la arenga patriótica, ha querido servirse Podemos para apropiarse de la guerra de la independencia española y de la Constitución de Cádiz, cuando lo suyo era más bien que despreciase ambas cosas. ¿Cómo puede defender una Constitución que reconocía a Fernando VII, que impedía la libertad de cultos, que tenía un carácter marcadamente centralista o que hizo el salto a los derechos de los americanos para que no obtuviesen en Cortes una representación proporcional a su población? ¿Cómo celebra Iglesias un movimiento patriótico que abominó de la Revolución francesa, cuya guillotina, por otra parte, tanto ha alabado el podemismo? Lo propio de un partido como el morado sería convertir en sus héroes inspiradores a afrancesados como Picornell o el abate Marchena. Pero, al final, los de Iglesias decidieron que les salía más a cuenta exaltar el combate contra la potencia extranjera, y en cambio prefirieron identificar a las huestes invasoras de Napoleón con la Troika.

Siguiendo esta resolución, Podemos se alinea con ese afán de la extrema izquierda europea por tener ella también un imperio. Porque sin semejante coco, representado en Hispanoamérica por los Estados Unidos, las revoluciones de aquella orilla se habrían quedado privadas de su estandarte más alto; el que le ha valido prestigio quijotesco ante los ojos del mundo y el que ha despertado la admiración compasiva de todo el que ha visto en los guerrilleros y socialistas sudamericanos la nueva gesta de David contra Goliat. La izquierda europea no tenía esto porque Estados Unidos le quedaba demasiado lejos; y aunque el mandato de Bush y la guerra de Irak le permitieron participar por un tiempo de aquel fuero antiyanqui tan señaladamente hispanoamericano, la propaganda contra Merkel y las instituciones financieras internacionales, avivada por el asunto de Grecia, trasladó aquende los mares el despotismo del dinero contra el que hay que rebelarse.
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En América Latina, por otra parte, el clero y la religión han tenido siempre muy buen acomodo en la revolución marxista-leninista. Chávez, que era intermitentemente católico y evangélico según el pleito que tuviera cazado con la Iglesia, acostumbró a los televidentes a verlo aferrado a un crucifijo; se persignó hasta en su famosa perorata ante la Asamblea General de la ONU, y ahora vuelve transmigrado desde el más allá para trinar sus consejos al oído de Maduro. Podemos, por el contrario, debe honrar la tradición europea del comunismo laicista y ateo. Con ello gana un aire de racionalidad que lo hace parecer civilizado frente a los cultos animistas del chavismo, pero hay que reconocer que, por lo mismo, pierde un elemento invalorable para reforzar todo aquello que, aun sin Dios, está muy presente en el discurso del de la coleta: sentido eclesial, esto es, de asamblea de fieles; liderazgo profético; conciencia providencialista de militar en la causa santa que al final ha de derrotar al mal para establecer en el mundo el reino de la justicia. Pablo Iglesias, que con su carrera profesoril va por la vida de científico, no puede tomar de la religión más que el estilo de telepredicador que, como sucedía con Chávez, acaba a veces arrebatado por la euforia coral de una de esas canciones-protesta tan impregnadas de espíritu postconciliar.

En su estructura económica y productiva, no es necesario decirlo, Venezuela y España son dos países muy diferentes, por más que la alcaldesa Carmena se empeñe en que acá también se vive en una sociedad dual donde no existen sino los empresarios del Ibex y los que hacen cola a la puerta del comedor social. Persuadida o escéptica que se muestre la gente frente a esa idea, lo cierto es que a nadie le amarga el dulce del paternalismo estatal; pero, así y todo, no perciben igual el gasto público un país en el que todo el mundo paga impuestos, y que por ello se ha acostumbrado a temer la mano del Estado por lo que les quita, y otro en el que todos quieren ver estirada esa mano en dirección suya, porque a ella le reconocen la suprema potestad de redistribuir como le dé la gana una riqueza que mana del subsuelo. A pesar de los pesares, el Estado en España está subordinado a la soberanía popular, porque es la gente quien lo nutre; en Venezuela, en cambio, sigue rigiendo el derecho divino: el petróleo yace bajo la tierra por la bondad de la Providencia, y el Estado no es más que el ministro ungido para disponer de ese tesoro milagroso. Por otra parte, España está sometida a las regulaciones de la Unión Europea; lo cual, al menos mientras el país forme parte del club comunitario, limita notablemente la discrecionalidad que los gobernantes han tenido en América Latina para improvisar las políticas económicas más desastrosas y arbitrarias.

La medida en la que pueden resultar eficaces esos diques institucionales para mantener a España sobre el riel del mundo desarrollado tiene que ver muy estrechamente con el rasgo que Podemos y el chavismo comparten por encima de cualquier otro, y que no es más que su concepción del poder. Lo fundamental de la corriente que allá preside Maduro y aquí lidera Iglesias es su decisión de vaciar de contenido los valores de la convivencia pacífica y legal, aprovechando el relativismo posmoderno para imponer un voluntarismo sin trabas; esto es: cuestionado primero cualquier principio o cualquier autoridad, para, vencido este obstáculo, imponer la voluntad propia de un modo que, ya sin contrapesos, resulta incuestionable. Si la nueva legislatura abre un proceso de reforma constitucional, será fácil ver a Podemos como un aventajado discípulo del chavismo en el despliegue de esa estrategia que algunos han tenido la humorada de llamar nuevo constitucionalismo, y que se presenta como sustituto de aquel Estado de Derecho que creíamos el fundamento de todas las libertades contemporáneas, y que ahora, según la doctrina podemita, es el producto espurio del constitucionalismo antidemocrático. Resultará entonces que la democracia consiste en dar a las instituciones constitucionales y a la legitimidad de que gocen el valor que ahora mismo están dando los chavistas a esa Asamblea que, según se deduce, sólo podía considerarse democrática con una condición: que las elecciones las ganaran ellos.

LA EXPLICACIÓN DEMOGRÁFICA
¿Por qué hay tantos terroristas en el mundo?
Gaceta.es 19 Diciembre 2015

"No quiero decir que el terrorismo se deba únicamente a los sucesos o procesos demográficos, pero sí me gustaría hacer hincapié en que lo que ahora tenemos se veía venir desde hace mucho tiempo y podría haber sido previsto". Así opina el destacado demógrafo y economista ruso Anatoli Vishnevski en una charla pública presentada bajo el título 'Demografía y Terrorismo'.

En su discurso, el demógrafo ha explicado que muchos acontecimientos de hoy en día, incluidos los relacionados con el terrorismo "están, sin duda, estrechamente vinculados a los procesos demográficos que se registran en el mundo desde mediados del siglo XX, es decir, después de la Segunda Guerra Mundial".

Desde una perspectiva global, se trata de la llamada explosión demográfica, el crecimiento acelerado de la población mundial en los últimos 50-70 años.

En este sentido, el demógrafo ruso cita a su famoso colega Alfred Sauvy, que creó la expresión 'tercer mundo' en relación a reflexiones sobre los procesos demográficos en el planeta, cuando se percató de las características inusuales del crecimiento de la población, "que no tuvo lugar donde era de esperar —en los países capitalistas o socialistas— sino en algún lugar del tercer mundo".

"Este tercer mundo, ignorado, explotado, despreciado como el tercer estado, quiere ser algo también él", advertía el sociólogo frances en su artículo 'Trois mondes, une planète' ('Tres mundos, un planeta'), haciendo referencia al Tercer Estado en la Revolución francesa.

En opinión de Anatoli Vishnevski, esta frase, publicada en 1952, contiene la idea de que este tercer mundo puede rebelarse.

Tras el pico de crecimiento de la población en la década de 80, el proceso se ha ralentizado, aunque no en todos los países y regiones. En África, pese a cierto descenso, la natalidad sigue siendo alta y "es considerada la región más problemática", afirma Vishnevski, que destaca también la "muy alta fertilidad" en el mundo árabe y en Oriente Medio.

Fanáticos de lo viejo, fanáticos de lo nuevo y marginales
Ahora bien, casi todos estos países en desarrollo han entrado o están en el camino nada sencillo de la modernización. Esta modernización se basa en que, por un lado, estas naciones adoptan los logros (tecnológicos, médicos, militares) del mundo desarrollado, mientras que, por otro lado, tratan de mantener sus viejas relaciones y prácticas sociales tradicionales, explica el demógrafo ruso,

"Dejan entrar en sus países un pedacito de Occidente, y luego éste crece como un cáncer, y la sociedad se parte en dos", sostiene el experto, puntualizando que a partir de ese momento la sociedad ya no puede ser como antes; sus reglas ya no son eficaces y tiene que renunciar a algunos de sus principios.

En esta situación, prosigue Vishnevski, siempre hay "fanáticos obsesionados con la modernización" y, al mismo tiempo, "fanáticos del pasado" que luchan por preservar la cultura tradicional; aunque también hay amplias capas marginales: "capas de las personas que se han alejado o empiezan a alejarse de lo viejo, pero que aún no han llegado a lo nuevo".

¿Cómo son estos marginales?
"Estos marginales se dividen por dentro en dos; se divide su identidad cultural, lo que es doloroso para la persona y para la sociedad", apunta Vishnevski, que explica que "las personas en este estado son susceptibles de asimilar todo tipo de propaganda fundamentalista, que los libra de la responsabilidad de elegir el camino, que les permite deshacerse de esta dualidad y unirse a algo".

Además, son muy jóvenes, la mitad de ellos son niños o adolescentes que han crecido en la pobreza, no tienen un alto nivel de educación ni tampoco experiencia. "Son una presa muy fácil para cualquier manipulación", destaca el experto.

"Si aparece algún tipo de líder que les diga que hay que ser bolchevique, nazi o islamista, le siguen, y lo hacen con las mejores intenciones", añade el demógrafo.

¿Cómo contrarrestarlo?
Cuando se habla de cómo limitar los efectos negativos de cualquier radicalismo, debemos entender que la mayoría de los ejecutantes no tienen nada que ver. Simplemente han sido traídos, convencidos, engañados", recalca el experto ruso, aunque hace hincapié en que no quiere justificar a nadie.

"Si el grueso del ejército de los terroristas está formado por jóvenes, adolescentes, hombres y mujeres, quizás sea necesario llevar a cabo una guerra allí donde se crean, donde se cultivan estas ideas", opina el experto para enfatizar que hay que librar una "guerra ideológica y psicológica" contra el terrorismo.

IMÁGENES IMPACTANTES
Así elige el Estado Islámico a sus esclavas sexuales
El autoproclamado califato ordena a los muyahidines seleccionar a las mujeres como si se tratase de ganado. Todo ello delante de sus familias.
Gaceta.es  19 Diciembre 2015

Activistas yazdíes han publicado un desgarrador video en Internet que muestra a un grupo de familias rodeadas por terroristas del Estado islámico vestidos de negro y portando rifles de asalto.

Después de un discurso, seguido por gritos de 'Allahu Akhbar' (Dios es grande), los extremistas comienzan a separar bruscamente a las mujeres ante la mirada impotente de sus familiares, para presuntamente recluirlas como esclavas sexuales, según reporta 'The Mirror'.

A medida que el Estado Islámico ha ampliado su control sobre el norte de Irak y el sureste de Siria, la minoría yazidí se ha vuelto blanco de su opresión, siendo las mujeres y niñas víctimas de maltratos y abuso sexual.

El ataque a la población yazidí en Sinjar, en el noroeste de Irak, comenzó en agosto del año pasado, cuando los terroristas empezaron a separar "sistemáticamente a hombres, mujeres y niños en función de su pertenencia étnica, religiosa o sectaria" y a cometer "sin piedad una generalizada limpieza étnica y religiosa", detalló la Organización de las Naciones Unidas.

La población cristiana lleva sufriendo desde el comienzo del conflicto el horror de la sharia. Ciento de miles de cristianos han tenido que huir a otros países para evitar caer en las garras del autoproclamado califato, que no tiene piedad con los hombres y considera a las mujeres y los niños "mercancia" comercial. La hermana María Guadalupe, que lleva cuatro años como misionera en Aleppo, explicó la grave situación del país y culpó, en parte, a Occidente de la guerra por "financiar" a los terroristas".

"Siria era un país donde se respiraba paz.Había una estabilidad social, y lo último que se esperaba era una guerra. Había gente que vivía muy bien, gracias al gobierno laico de Al- Assad. Las distintas religiones vivían en paz, hasta que de pronto, de un día para otro, las cosas cambiaron", recordó.

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El despertar de las urnas, la espada de la fuerza
Pascual Tamburri esdiario 19 Diciembre 2015

Luke Skywalker no aparece, como tampoco ha aparecido José María Aznar. El mismo día que termina la campaña electoral que puede cambiar todo, surge la séptima película de Star Wars.

Este 18 de diciembre ha sido un día de grandes cambios. Mientras que los políticos profesionales de España, y los aspirantes a serlo, terminaban una campaña sucia, violenta y confusa, millones de españoles piensan más bien en Star wars. VII El despertar de la fuerza, la séptima película que continúa la famosa saga diez años después

De momento, son 1356 pantallas de más de 400 cines de toda España, pues no en vano es la primera vez de los de Disney se ocupan del estreno. La saga, digamos la epopeya galáctica, garantiza su propio éxito. Algunos pensamos que, como película, sigue siendo la mejor la segunda (quinta en orden cronológico), ‘El Imperio Contraataca’, pero ahora mismo es lo de menos: lo cierto y verdad es que antes de empezar el viernes ya habían vendido 290.000 entradas y decenas de miles de trabajadores y estudiantes han trasnochado para ser los primeros en disfrutar del estreno.

Por otra parte, es normal que una generación nueva quiera ver en acción de nuevo a Han Solo (Harrison Ford), a la princesa Leia Organa (Carrie Fisher) y a Luke Skywalker (Mark Hamill). ¿O no? Porque una de las cosas que más llama a ver El despertar de la fuerza es que no se sabe ni cuándo aparece Skywalker… ni de qué lado de la ‘Fuerza’ aparecerá.

J.J. Abrams como guionista y como director de serie y de cine ha demostrado que era capaz de hacer esto. Ante Star Wars no hay neutrales ni indiferentes, y de hecho tres o cuatro generaciones de españoles saben ya, de un modo y otro, con qué personaje, actitud y bando de la serie se identifican. Lo mejor de la saga es que no hay buenos perfectos ni malvados sin partes atractivas, y que combina con buen criterio amor, heroísmo, cobardía, humor y un poco de varios géneros a la vez. Una sociedad puede verse retratad entera en aquella Galaxia lejana.

Eso sí, a la vez que se enciende la luz en la última entrega de La guerra de las Galaxias tenemos los últimos sablazos de la campaña electoral y los inicios de unas elecciones decisivas. Tampoco en ellas hay nadie perfectamente bueno, un totalmente malo (bueno, excepto Bildu Batasuna y derivados), e incluso ha habido quien ha intentado ser neutral. La campaña ha terminado con un Palpatine, el Emperador Rajoy, atacado por un colono de un planeta lejano, y con un jedi de la radio y las redes, como es Federico Jiménez Losantos, exhibiendo una nieva espada láser, o libro, en defensa de los valores permanentes de la república que considera más que amenazados y traicionados.

Se ha puesto de moda estas semanas explicar que hubo en tiempos otro Mariano Rajoy diferente, un Rajoy que sí fue de derechas, un Rajoy capaz de leer y hasta de defender autores malditos o peligrosamente de derechas como fueron y son desde Gonzalo Fernández de la Mora hasta Alain De Benoist. Puede ser que así fuese, pero entonces la verdad es una: o aquel Rajoy se traicionó a sí mismo y a los creadores y votantes de su AP-PP y pasó al lado socialdemócrata de la Fuerza, al que ahora sirve, o directamente nunca entendió nada y nunca ha sido otra cosa que fiel a su ascenso personal, Marca en mano.

En el fondo importa bien poco, tanto como si Anakin había sido o no un buen niño, cuando fue niño. A día de hoy, en la batalla que se libra, importa más bien saber si sigue habiendo alternativas dignas de interés en la Fuerza o fuera de ella, o más bien si todas las grandes opciones de las urnas dicen lo mismo sólo que con distintos ropajes y palabras. Eso sí, si se llegase a la conclusión, en las elecciones o más bien tras ellas y viendo la Alianza que haya de venir, de que todos son iguales, padre e hijo, sólo quedará la opción de buscar y reunir a los escasos y verdaderos eternos rebeldes que lo sean de verdad contra todo el montaje. Por ellos y con ellos combatiremos quizás como rebeldes en las entregas que quedan de la saga, que seguramente serán más de las previstas dos.


 


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