AGLI Recortes de Prensa   Martes 22  Diciembre  2015

El triunfo de la felicidad
Javier Benegas www.vozpopuli.com 22 Diciembre 2015

“La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud, la guerra es la paz.”
George Orwell

A primera vista puede parecer lógico que muchos se feliciten por la muerte del bipartidismo y celebren la fragmentación del Parlamento, sin caer en la cuenta de la italianización de la política española, y argumentando, presos de la emoción, que tal cosa en todo caso anticipa un nuevo y esperanzador horizonte político. Sin embargo, quienes así perciben lo sucedido están cortados por el mismo patrón, el del entendimiento del Estado como núcleo irradiador de ese deber ser que, por nuestro bien, no admite discusión.

Sin embargo, a lo que asistimos es a la culminación de la impostura del Régimen del 78, convenientemente banalizada por la televisión. De hecho, ni siquiera es cierto que el bipartidismo haya muerto: los mitos no mueren nunca porque no viven nunca. Lo que ha aflorado en todo su esplendor es el monopartidismo que ha estado latente durante los últimos 40 años: la socialburocracia del pensamiento único, la dictadura de lo políticamente correcto. El totalitarismo gelatinoso del siglo XXI, en suma.

Los dos partidos que hasta ayer exhibían cierta disparidad, el PP y el PSOE, han terminado alumbrando mediante cesárea una pluralidad monocromática en la que, por más que usted busque, no encontrará un solo defensor de la libertad individual. Todos los partidos, desde el primero al último, del menor al mayor, son en esencia colectivistas, aprendices de brujo que abusarán del presupuesto, la recaudación y la deuda para ejecutar el viejo truco de un mundo feliz… Nada por aquí, nada por allá.

Lo que asoma es la vieja política, pero corregida y aumentada. El epílogo de una historia que siempre careció de contrapunto, de acciones simultáneas, nudos argumentales y encrucijadas que pudieran alterar el desenlace. El nuestro es, por tanto, un final previsible y, a lo que parece, inevitable. Consistirá en la apoteosis del sistema clientelar. Ya saben, la compra de voluntades, las prebendas, subsidios y excepciones legislativas extendiéndose de forma horizontal hasta que la maquinaria gripe. Porque gripará, de eso no hay duda. Desgraciadamente, lo que España necesitaba era no ya liberalizar el mercado, eso sería lo mínimo en una sociedad entera y no es el caso, sino liberar al individuo. Y está sucediendo justamente lo contrario.

Lo único hasta ahora verificable es que la famiglia ha crecido. Y los nuevos capos, Pablo Iglesias y los suyos, vienen dispuestos a ampliar los dominios del Estado y poner en práctica a la menor oportunidad su ingeniería social. A poco que se sientan seguros, que entiendan que ya han atravesado su zona de peligro, dejarán caer el antifaz. Saben muy bien, porque lo han estudiado a fondo, que el modelo que heredan carece de cualquier control, que es un régimen “llave en mano” donde las líneas rojas no existen. Los padres de la patria se creyeron inamovibles y no contemplaron la eventualidad de la suplantación. Ahora, a los herederos sólo les falta un pequeño empujón, tal vez unas elecciones anticipadas a las que concurrir siendo los únicos que podrán ahorrarse el bochorno de tener que cambiar el guion, con la coherencia intacta, esa coherencia revolucionaria, granítica y puritana de los que se creen ungidos para mandar, para decir a los demás qué está bien y qué está mal, en definitiva, para reducir la libertad a la mínima expresión a cambio de la promesa de una felicidad sin esfuerzo, lágrimas y sudor.

Sonata electoral de Navidad
María Blanco www.vozpopuli.com 22 Diciembre 2015

Hoy es el día en que me gustaría hablar del tiempo, de fútbol, o de cualquier cosa que no sea de los resultados electorales. Me pregunto qué resultado me habría gustado, cuál era mi escenario predilecto. Tal vez uno con matices donde todos vigilen a todos con el prurito con el que nos vigilan a nosotros. No quería que esto se transformara de nuevo en una lucha binaria derecha/izquierda, como le pese a quien le pese ha sucedido. No quería estar en manos de los nacionalistas como siempre, como ha sucedido le pese a quien le pese. Eso del lado de los "no quería". Por parte de los "no creía" también hay para dar y repartir. No creía que Podemos fuera a tener tanto apoyo porque creí que los más temerosos de izquierda y los más fieles socialistas votarían al PSOE. No creía que Ciudadanos fuera a tener tan mal resultado porque pensé que no le pasaría factura a Rivera los errores de campaña, creí que quedarían compensados por el miedo de la gente de centro derecha que están enfadados con el PP.

No pensé que la abstención (mi opción) fuera a ser tan abultada. Con el miedo que han inoculado estaba convencida de que quienes decidimos no participar en todo esto seríamos menos.

La ceremonia de la confusión
"No quiero votar a los de siempre. Ya hemos tenido suficiente. Rivera no me inspira confianza porque ha estado bailando con todos y en el último momento de repente dice que sí apoyaría al PP. No quiero que gane Podemos. Y no quiero abstenerme, quiero votar por primera vez en mis treinta y un años para que cambien las cosas. Este cachondeo no puede seguir". Esa era la conversación con un honrado autónomo el domingo por la mañana. A medida que analizábamos me daba cuenta de que esta sonata electoral es una mezcla de miedo y de confusión y que la dispersión y los resultados inesperados se deben a que en medio de la niebla lo normal es caminar en círculos.

Hoy lunes, el día de después, la cosa no está mejor. Parece que el miedo remite. Total, lo votado, votado está. Ya no hay remedio ni vuelta atrás. No solamente eso, ante la posibilidad de elecciones anticipadas, mucha gente persiste en mantener su apoyo al partido que votó ayer. Lo que sí aumenta a pasos agigantados es la confusión.

Rivera dice que se va a abstener para que el PP forme un gobierno débil que no pueda salirse con la suya y tenga que pactar hasta para ir al cuarto de baño. Pedro Sánchez, en contra de su propia cúpula (Susana y los barones, según dice la prensa), se niega a abstenerse y anuncia su "no" a Rajoy y al PP. Y Rajoy mientras tanto reúne a su ejecutivo para analizar los resultados. Tras perder decenas de escaños, no se entiende qué es exactamente lo que hay que analizar. A menos que, tal y como se rumorea, Soraya vaya a relevar al gallego que ni con puñetazo ha remontado.

La derrota de la austeridad
La felicitación de Tsipras a Pablo Iglesias reza así; le felicita por haber derrotado a la austeridad. Toda una seña de identidad y a la vez un elogio a la locura (rememorando a Erasmo) dado que proviene del presidente que ganó a la austeridad, se rindió a ella, rompió su "Podemos" particular, se peleó con Varoufakis, y acaba de firmar su enésimo plan de austeridad para recibir fondos de los sufridos trabajadores del resto de Europa, que están rescatando a los votantes de Tsipras y a todos los demás. Esos mismos, todo sea dicho, que se van a comer el coste de los refugiados provenientes de Siria (y de otros sitios), el coste de la guerra con Siria y todo lo que nos quieran endilgar. Y todo con sonrisa, gracias, por favor, deme usted un poquito más fuerte que me encanta que me azoten....

Pero el mensaje de Tsipras es de lo poco auténtico que se ha dicho desde hace meses. No porque Pablo y sus "pablettes" hayan derrotado nada, sino porque quieren ser el faro de la nueva Europa, esa Europa del sur, que no paga deudas, que no acepta la autoridad de la troika, que se enfrenta a Merkel y a quien haga falta. Vamos, que hace lo que Varoufakis sí estaba dispuesto a hacer y que Tsipras no pudo, porque se quedaba sin fondos. Fondos europeos para que la gente del pueblo, arruinada primero por el robo instalado en las venas de la sociedad siguiendo el ejemplo de los políticos, y después debido al auge del populismo de Syriza, simplemente siguiera comiendo, se alimentara, exhaustas las arcas públicas y huidos los capitales de la tragedia griega de nuestro tiempo.

Decía el autor de las sonatas de las estaciones, don Ramón María del Valle-Inclán que la miseria moral del pueblo español "está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes". Tal vez por eso nos arreglamos fatal en lo más trascendental y somos tan capaces en el menudeo. Es la España esperpéntica la que vivimos.

El camino de Dinamarca
ELISA DE LA NUEZ El Mundo 22 Diciembre 2015

El resultado de las elecciones del domingo arroja sin duda un resultado muy difícil de gestionar, consagrando un escenario de pluripartidismo y de necesidad de pactos o/y gobiernos de coalición que, siendo habitual en otros países de nuestro entorno, lo ha sido mucho menos en España al menos a nivel nacional. Sin embargo, la sociedad española parece preparada para esta novedad, lo que es un síntoma de madurez democrática. Efectivamente, las encuestas reflejan que los ciudadanos españoles -especialmente las nuevas generaciones- no están especialmente preocupados por la necesidad de gobiernos de coalición o de pactos a varias bandas, ni tampoco por la posible inestabilidad o la supuesta falta de gobernabilidad. Desde luego lo están mucho menos que nuestros representantes políticos (al menos hasta hace dos días) y que los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Pero los ciudadanos también tienen que ser conscientes de que con el panorama surgido de las elecciones del 20-D las reglas del bipartidismo (básicamente las que impiden llegar a acuerdos entre adversarios políticos llamados a sustituirse) ya no pueden aplicarse, porque impedirían la constitución de un Gobierno estable. Dicho de otra forma: si abrazamos el pluripartidismo, hay que hacerlo con todas las consecuencias, y hay que asumir que pueden darse acuerdos (puntuales o no) entre partidos como el PP y el PSOE que difícilmente se hubieran producido en el pasado reciente. De la misma forma, tendremos que asumir que los nuevos partidos no van a funcionar ni como las marcas blancas de los tradicionales, ni como aspirantes a sustituirles. Eso es lo que significa de verdad el pluripartidismo.

Tenemos que ser conscientes de que la necesidad de llegar a acuerdos entre varios partidos para garantizar que haya un Gobierno puede ser la gran oportunidad que estábamos esperando para acometer las imprescindibles reformas institucionales que han quedado aparcadas a lo largo de la última legislatura. Particularmente cuando, como es inevitable, se ponen en riesgo los intereses de las redes clientelares de los partidos tradicionales creados a lo largo de décadas

En este sentido, los españoles hemos salido un tanto escarmentados de la pasada mayoría absoluta por dos motivos: Primero porque no ha servido para hacer auténticas reformas estructurales y de cambio de modelo productivo -más allá de la muy necesaria reforma laboral y del sistema financiero que exigían nuestros socios- ni, sobre todo, para abordar la urgente regeneración institucional. Segundo porque, en un contexto de instituciones débiles y colonizadas por los partidos políticos, el abuso de la mayoría absoluta y la confusión de los intereses generales con los del partido en el gobierno ha sido un riesgo cierto, especialmente visible en los casos de corrupción. La experiencia nos ha aconsejado la conveniencia de contar con contrapesos mucho más robustos en forma de pluripartidismo y, en particular, de devolver al Parlamento el papel esencial que le corresponde en una democracia representativa. Porque aunque la legislación compulsiva anunciada cada viernes en los Consejos de Ministros y la aprobación de innumerables decretos-leyes por "razones de extraordinaria y urgente necesidad" nos lo hayan hecho olvidar, lo cierto es que al Gobierno no le corresponde la función de elaborar las leyes: esa es la tarea del Parlamento. Al Gobierno le corresponde la función ejecutiva y la potestad reglamentaria respetando esas leyes y por supuesto la Constitución, además de la dirección de la política interior y exterior.

El Parlamento tiene también otra función esencial, que suele también difuminarse en tiempos de mayorías sólidas como son las que tradicionalmente ha tenido España, y es la del control del Ejecutivo, un control que debe de ser real y efectivo, para lo que es imprescindible que el Ejecutivo no controle al Parlamento como si fuera un títere. En fin, gracias a la fragmentación del Parlamento recién elegido puede que en esta legislatura podamos visualizar con cierta claridad el funcionamiento ordinario de una democracia parlamentaria, lo que debería de ser un motivo de alegría. Quizá hasta descubramos las dotes (o la falta de ellas) de algunos parlamentarios electos, lo que no nos vendrá mal a la hora de conocerles un poco mejor y de decidir si merecen o no repetir en las listas. La falta de experiencia previa de gran número de los nuevos diputados puede llegar a ser una ventaja desde el punto de vista de la regeneración del Parlamento español en temas tales como las incompatibilidades, los conflictos de intereses, la transparencia o el rigor en la gestión del dinero público, facilitando la asunción de nuevas y más exigentes normas de conducta.

Pero yendo más allá, el escenario que se ha abierto este domingo ofrece indudables posibilidades que convendría no dejar escapar. Se puede llegar a pactos pluripartidistas o transversales que afecten a las propias reglas del juego democrático, intentando avanzar desde una democracia de poca calidad a una democracia más exigente y de mayor calidad. Se trata, como se ha dicho muchas veces en las páginas de este diario, de ir desmontando el Estado clientelar surgido en torno a unos partidos políticos muy fuertes, que han invadido espacios que no les correspondían, y en cuyo caldo de cultivo ha germinado con fuerza la corrupción, e ir avanzando hacia un Estado más moderno, con unas instituciones neutrales, una Administración despolitizada, profesional y eficiente, un Poder Judicial independiente, una gestión pública transparente y eficaz en defensa de los intereses generales, una evaluación sistemática de las políticas públicas y una exigente rendición de cuentas. Si, parafraseando a Tocqueville, ninguna clase política es capaz de sacar lo que su sociedad no tiene previamente dentro, estas elecciones apuntan a que la sociedad española tiene ganas de intentar este cambio. Ahora queda por ver si los políticos elegidos -la mayoría todavía por cooptación y de acuerdo con las viejas reglas electorales- tienen también ganas de intentarlo, dejando de lado las siglas y los intereses partidistas por un tiempo determinado en beneficio de todos.

No debería ser tan complicado, si nos fijamos en el diagnóstico en gran medida coincidente sobre la necesidad y urgencia de la regeneración institucional que han realizado los dos partidos emergentes, que puede fácilmente llegar a compartirse por los partidos tradicionales aunque sea por necesidades aritméticas. Llega el tiempo de las políticas bisexuales por utilizar la misma expresión que Víctor Lapuente en su interesante libro 'El retorno de los chamanes' donde advierte del peligro de los populismos y sus engañosas recetas de soluciones fáciles frente a problemas complejos. El auténtico reto es construir a partir de ahora un discurso público sobre presupuestos correctos, apoyándose en los datos disponibles y huyendo de ideas preconcebidas, de conceptos abstractos, de prejuicios y de cosmovisiones simplistas. Esto requiere ser capaces de debatir sobre impuestos, pensiones, reforma laboral, violencia de género, referéndums, desahucios o cualquier otra cuestión sin dar nada por sentado y con disposición para examinar todas las posibilidades con la finalidad de lograr la mejor solución concreta para cada problema. En definitiva, hay que abordar las discusiones y los posibles acuerdos con espíritu crítico y abierto y con un saludable escepticismo; muchas veces las mejoras serán más modestas de lo que nos gustaría, pero lo importante es que sean mejoras y vayan en la dirección correcta. Es lo que llevan haciendo muchos años los países nórdicos con excelentes resultados en términos de libertad y de igualdad de oportunidades, así como de crecimiento económico. El que los gobiernos de coalición, los pactos y el multipartidismo sean frecuentes en Dinamarca o Suecia no es una casualidad.

En este contexto, no puede haber bloques frentistas ni exclusiones de partidos a priori; todas las reformas se pueden y se deben hablar con todos, como se hizo con gran éxito al comienzo de la Transición en una situación bastante más complicada y sin experiencia democrática previa. Se trataba entonces, como se trata ahora, de establecer un nuevo marco político para la convivencia de los españoles para los siguientes 30 o 40 años, con o sin reforma constitucional. Ésta es la auténtica Gran Coalición que la sociedad española ha pedido en las urnas. Aún reconociendo que no será fácil, es lo que hay que intentar darle a los ciudadanos que han repartido estas cartas a los distintos jugadores. Requerirá mucha paciencia, mucha negociación, mucha pedagogía y también renuncias y comprensión de los electores. También requerirá tiempo. El que no lo entienda así o no se vea capaz de emprender este camino debería echarse a un lado y dejar el paso a otros. Es tiempo de responsabilidad, de rigor y de generosidad. Todos, políticos y ciudadanos debemos estar a la altura.

Elisa de la Nuez es abogada del Estado, coeditora del blog ¿Hay Derecho? y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

PP y PSOE, víctimas de sí mismos
Cristina Losada Libertad Digital 22 Diciembre 2015

Por lo visto, se hace necesaria una aclaración: desde 1977 acá no ha habido en España un "sistema del turno" (Iglesias dixit). Las urnas de la democracia española no han sido las urnas trucadas de la Restauración. Si PSOE y PP gobernaron con mayorías absolutas o relativas fue por la decisión mayoritaria de los votantes. Tan madura o inmadura como la de los que fueron a votar el 20-D. Y sí, el sistema electoral habrá contribuido. Pero con el mismo sistema electoral tenemos ahora un bonito parlamento fragmentado en cuatro piezas de tamaño notable. La idea de que hemos sufrido todos estos años y décadas un bipartidismo impuesto, un sistema político odioso y ajeno, que no representaba realmente a los ciudadanos no tiene razón de ser.

Bueno, sí la tiene. La tiene para quienes han hecho de esa idea el alfa y el omega de los problemas de nuestro país. Como si todos los problemas importantes de España radicaran en los trazos del sistema político. Cierto que es mejorable, pero si mañana cambia la Constitución seguro que pasado mañana no hay menos paro. Quizá porque es más fácil cambiar un sistema político que cambiar un modelo productivo, se han enfocado las energías políticas en lo primero y no en lo segundo. Por eso, aunque no sólo por eso: el comportamiento de los dos grandes partidos ha servido ese desenfoque en bandeja.

De hecho, Partido Popular y Partido Socialista han sido en estas elecciones víctimas de sí mismos. Lo han sido en dos planos. El más evidente es el de la corrupción, relacionada, aunque esto fuera menos visible, con la politización de la Administración. La crisis redujo a cero la tolerancia hacia las corruptelas, al tiempo que dio oportunidad de introducir una conexión entre la corrupción y la debacle económica.

Así, se vincularon las causas de la crisis con el desempeño de una clase política corrupta, privilegiada, recluida en fastuosa torre de marfil, indiferente al sufrimiento de la población que ella misma causaba. La remontada de Podemos en la campaña electoral se debe seguramente a que intensificó su esencia populista, presentándose como látigo de corruptos, candado de puertas giratorias y guadaña de la casta. El relato de la crisis que señala como culpables a los políticos ya estaba ahí antes de que Iglesias y compañía aparecieran en escena, pero ellos lo contaron mejor que otros. No hubo ninguna explicación alternativa para contrarrestarlo.

Hay otro aspecto del comportamiento de los dos grandes partidos que ha conducido a su caída. La disputa entre el PP y el PSOE ha estado siempre marcada por un alto grado de enfrentamiento. La polarización ha llevado aquí como apéndice la tendencia a hacer del adversario el enemigo, y a hacer del otro el culpable de todo. Sin medias tintas, blanco y negro. Sí, ambos partidos compartían consensos básicos y llegaban a acuerdos, pero su retórica era de lucha. Han hecho pedagogía de la confrontación durante años. Han hecho demagogia. Han sido populistas. Han inducido a creer en recetas mágicas, y han vendido elixires curalotodo. En fin, no se quejen de que les saliera competencia en todas esas especialidades. Podía haber sido peor.

Reformismo o revolución
Mikel Buesa Libertad Digital 22 Diciembre 2015

La pírrica victoria del Partido Popular en las elecciones generales –que no oculta el rotundo y generalizado fracaso que supone haber perdido a un tercio de sus diputados a lo largo y ancho de la geografía española–, el retroceso del Partido Socialista –más atemperado que el del anterior, pues sólo deja en la cuneta a un quinto de su representación– y la pérdida de escaños de los partidos nacionalistas –casi igual en cuanto a su proporción a la experimentada por la derecha– han abierto un amplio hueco para Podemos y, en menor medida, para Ciudadanos en el Congreso de los Diputados, dibujando así una cámara más compacta –pues habrá diez partidos en vez de trece– aunque menos gobernable que la de la legislatura anterior, pues se dibuja una endiablada aritmética parlamentaria en la que se hace muy difícil la formación de mayorías estables.

En estas elecciones los españoles nos hemos decantado, casi a partes iguales, por las opciones de centro y derecha (42,7 por ciento de los votos) o de izquierda (46,4 por ciento). Y el resto queda para el nacionalismo tradicional o para los partidos que no han obtenido representación, los votos en blanco y los nulos (7,1 y 3,8 por ciento, respectivamente). Pero lo más relevante es que, en esta ocasión, el voto refleja una importante fragmentación que es más amplia en la izquierda que en la derecha del espectro político y que adquiere unos tintes de división muy difíciles de acompasar. Digamos que en ambos lados pugnan opciones más próximas o más alejadas del centro político, pero la izquierda, en el caso de Podemos, aparece impregnada por el nacionalismo independentista.

Con estos mimbres, la formación del gobierno va a ser una tarea muy costosa y difícil, no siendo descartable en absoluto que haya que ir a unas nuevas elecciones. El dilema fundamental que habrá que resolver es el que se establece entre el reformismo y la revolución, toda vez que el resultado electoral no hace sino reflejar el agotamiento del sistema constitucional nacido de la Transición, un agotamiento que se expresa en el hartazgo de los ciudadanos con respecto a la invasión partidaria de todos los resortes institucionales del país -incluyendo el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, los órganos de control y rendimiento de cuentas y los organismos reguladores de la economía-, al funcionamiento oligárquico de los partidos políticos, basado en un sistema electoral que blinda a sus cúpulas dirigentes, y al reparto territorial del poder y de su correspondiente financiación.

La opción reformista, planteada con intensidad, aunque no necesariamente con acierto, por Ciudadanos y, en menor medida, por el PP, cuenta con un apoyo parlamentario relativamente amplio, al que podrían sumarse algunos sectores del PSOE, si hacemos caso del discurso de sus dirigentes andaluces, extremeños y manchegos -que, por cierto, lideran las organizaciones en las que los socialistas han obtenido casi cuatro de cada diez de sus diputados-. Sin embargo, no parece fácil que pueda lograrse un acuerdo rápido acerca de su alcance y su concreción, en especial porque, aunque su finalidad vaya a ser la preservación del sistema, necesariamente implicará una importante cesión de poder hacia la sociedad civil.

Por su parte, la revolución cuenta, como dejó claro su máximo dirigente nada más conocerse los resultados electorales, con el entusiasmo arrasador de Podemos y, al incluir en ella el derecho a decidir, puede suscitar el apoyo no menos devoto de las minorías nacionalistas tradicionales, pues su realización constituiría una oportunidad para sus aspiraciones independentistas. Incluso, pese a este riesgo de división territorial de España, no son descartables los apoyos de una parte del partido socialista que verían en la alianza con Podemos una manera de llegar al poder con la seguramente vacua esperanza de, desde ahí, domeñar a una extrema izquierda aún inexperta en el ejercicio de la administración pública. Sin embargo, las posibilidades de llegar a un acuerdo que dé el gobierno a una opción revolucionaria son, de momento, reducidas, pues la conjunción de izquierda y nacionalismo sobre la que se sustentaría puede requerir el concurso de al menos cinco partidos.

Como el lector puede comprender fácilmente, con este panorama va a ser complicado tejer los mimbres de la gobernación de España. Además, aunque la iniciativa para ello le corresponda al PP, por ser el más votado, este partido no está en la posición central que podría facilitarle la tarea. Tal lugar tampoco le corresponde a Ciudadanos, debido a su insuficiente representación –lo que, por otra parte, debería hacer reflexionar a sus dirigentes acerca la postura abstencionista que han anunciado, pues ésta no es determinante para el equilibrio político y, menos aún, para su estabilidad–, de manera que, paradójicamente, a quien los electores han colocado en el fiel de la balanza es la PSOE. Es a los socialistas a quienes corresponde la responsabilidad de orientar el proceso político hacia el reformismo –lo que podrían hacer participando o no en un gobierno con el PP– o hacia la revolución –lo que haría necesaria su presencia en un gobierno severamente condicionado por Podemos y los independentistas–. No es la primera vez que un dilema de esta naturaleza se les presenta a los socialistas en la historia de España. Confiemos en que, en esta ocasión, no acaben conduciendo al país hacia la senda de la inestabilidad y el enfrentamiento civil.

¿Hacia unas nuevas elecciones generales?
EDITORIAL Libertad Digital 22 Diciembre 2015

Dadas las reacciones de los diferentes líderes políticos ante los resultados electorales del 20-D, va a ser muy difícil, por no decir imposible, evitar la convocatoria de unas nuevas elecciones generales. Ya podrá el presidente del Gobierno en funciones afirmar que "el PP ha ganado y el mandato democrático exige que lidere la formación de un Gobierno", pero mientras el PSOE mantenga su firme oposición a la investidura de Rajoy, la formación de un nuevo Gobierno del PP resultará imposible.

En este sentido, una cosa es que el partido de Pedro Sánchez no se disponga a formar un "Gobierno pastiche" con Podemos y los separatistas, algo a lo que ya se han opuesto muchos y destacados barones socialistas, y otra, muy distinta, que los socialistas vayan a favorecer, con su abstención, la investidura de Rajoy el "indecente" –Pedro Sanchez dixit.

Así las cosas, lo más razonable sería que Mariano Rajoy, máximo responsable de que su partido, tras perder sesenta y tres escaños, haya obtenido los peores resultados electorales desde 1989, diera un paso atrás y convocara con urgencia un "congreso abierto", tal y como le ha solicitado el expresidente Aznar, para que fuera otro miembro de su partido el que tratara de recuperar el electorado perdido en una nueva e inevitable convocatoria electoral.

Está visto, sin embargo, que el empecinamiento de Rajoy por supeditar el bien del partido y del Gobierno a su persona se mantiene intacto: según él mismo ha anunciado este lunes, hasta que no conforme un nuevo Gobierno, el PP no celebrará el congreso que tenía previsto celebrar en enero, al que piensa presentarse, y que será tan falsamente abierto "como los anteriores". Con este numantinismo, lo que Rajoy pretende es lograr que el PSOE pase de oponerse a abstenerse en la sesión de investidura, tal y como ha pedido la formación de Albert Rivera, pues es la única posibilidad de un Gobierno en minoría del PP; o, en su defecto, convocar nuevas elecciones con la esperanza de que el electorado que ha votado a Ciudadanos no tenga más remedio que volver al PP ante la amenaza de un Gobierno comandado por Podemos.

Lo que resulta, en cualquier caso, evidente es el error –especialmente decepcionante en el caso de Ciudadanos– de orillar en la contienda electoral la grave crisis nacional que padece España por culpa de los separatistas, problema que la irrupción de Podemos viene a acentuar enormemente. Podemos no sólo era un peligro para la democracia por su mal disimulado radicalismo de izquierdas, lo era también –y a diferencia de Syriza en Grecia– por su clara voluntad de fragmentar la soberanía nacional y convertir España en un "Estado plurinacional".

Los tres partidos nacionales apenas denunciaron este rasgo de complicidad con los separatistas en Podemos, a pesar del daño que esto podría haber ocasionado a la formación de Pablo Iglesias fuera de Cataluña y el País Vasco. Ahora, sin embargo, Iglesias exige la aceptación del "Estado plurinacional" y la celebración de un referéndum de autodeterminación en Cataluña como condición sine qua non para brindar su apoyo a otro partido.

Por mucho que el PSOE no parezca dispuesto a tal grado de envilecimiento para lograr el Gobierno con los peores resultados electorales de su historia reciente, está por ver que la oferta de diálogo del PP modifique en algo la oposición socialista a la reelección de Rajoy como presidente. Lo que está visto es que, por mantenerse en el cargo, Rajoy está dispuesto a volver a apelar al voto del miedo –o al del aburrimiento– en unas nuevas elecciones generales.

Mas, 'Terminator next generation'
Pablo Planas Libertad Digital 22 Diciembre 2015

No es como el día de la marmota ni como el cuento de Monterroso. Es mucho peor. Artur Mas es la última generación de un depredador monstruoso que combina lo peor de los vampiros con lo más abyecto de los zombies en versión Robocop, Terminator y la mosca del vinagre. Es indestructible. No se ha encontrado todavía la forma de acabar con la carrera política del fenómeno nacionalista, refundador de Convergencia y president vitalicio en funciones de la Generalidad.

Pierde y pierde elecciones con la regularidad de un metrónomo y la persistencia con la que corre el muñeco a pilas; es una máquina de destruir votos, un comevotos insaciable, el T-1000 de Terminator 2, mercurioplomo que se disuelve a altas temperaturas para tomar forma con el frío. Elástico, dúctil, estirable, encogible y tendente a la supervivencia en los más crueles entornos. Mas, el villano por antonomasia, ese personaje de terror al que decapitan varias veces y todavía está allí.

Convergencia derrama votos a paletadas, así como la mayoría, la alcaldía, la decencia y cualquier atisbo de dignidad, pero ahí sigue. Elección tras elección, y van un quintal, el partido de Mas casca y le abandonan más votantes. Empero, resiste, aguanta y permanece. Al despertar, en la resaca electoral, Freddy Krueger está pasando sus uñas por la pared del pasillo.

No tiene remedio. Artur Mas bailará sobre nuestras tumbas. Un día no le votará nadie y ganará las elecciones. El desastre de su partido en el 20-D debería ser suficiente para que él y su candidato, el inestimable Homs, dimitieran. Nada más lejos. Un triunfo, un éxito, un espaldarazo al proceso y el entremés de la gran investidura. Y todo eso pasando de 16 a ocho escaños, de 1.014.263 votos en 2011 a 565.501 votos este domingo. O sea, 448.762 votos menos. ¡Y dice que ha ganado las elecciones!

Siete vidas son las que tiene el cargador de repuesto del malvado. Una pesadilla. Piernas de plomo y Mas en lontananza, impasible, imparable, inasequible al desaliento y a los tiros, pedrás y puñalás del electorado. La niña de El Exorcista, el muñeco diabólico, el octavo pasajero, el jinete sin cabeza, Hal 9000, Jack Torrance y Artur Mas, el tresporciento enmascarado. Estamos rodeados.

Los nacionalistas no deben ser decisivos
Cayetano González Libertad Digital 22 Diciembre 2015

No hay que echarle mucha imaginación para pensar que, en la noche electoral del domingo, donde realmente hubo alegría al conocerse el resultado final fue en las sedes de PNV, de ERC y también, aunque menos, de la de la extinta Convergencia, que ahora ha acuñado el nombre de Democracia y Libertad.

Los motivos de esa alegría son evidentes: para los nacionalistas, todo lo que suponga debilidad de España es visto, con razón, como un factor de fortaleza propia. Y si además los resultados les convierten en actores decisivos para la conformación de una hipotética mayoría cuyo núcleo central fuera un acuerdo PSOE-Podemos, entonces ese gozo es inmenso. Sobre todo, cuando se había vendido la idea de que la irrupción de los partidos emergentes –Podemos y Ciudadanos– iba a suponer el final del bipartidismo y del tiempo en que los nacionalistas podían influir en y mediatizar a los Gobiernos "de Madrid", como tanto les gusta decir.

Por todo ello, es de esperar que en lo que todavía queda del PSOE, tras el batacazo que se dieron el domingo –de una entidad no menor, cualitativamente hablando, del que se dio el PP–, no se imponga esa tendencia que muy probablemente estén barajando algunos de sus actuales dirigentes de hacer un frente popular en el que se incluya no sólo a Podemos y a los dos diputados de IU, también a ERC, PNV y si fuera necesario incluso la antigua Convergencia. Permitir que los que han dado muestras más que sobradas durante tantos años de que lo que quieren es que España deje de ser España mediante los procesos secesionistas de sus respectivas comunidades autónomas sería letal y suicida no sólo para el PSOE, sino sobre todo para el futuro de nuestra nación.

Hablaba antes de la debilidad de España tras los resultados del domingo. Es una gran debilidad, por ejemplo, que en Cataluña el partido que gobierna en España sea la sexta fuerza política, con el 11% de los votos y sólo 5 diputados de un total de 47. O que Ciudadanos, la fuerza emergente del constitucionalismo en las elecciones autonómicas de hace tres meses, haya tenido un pésimo resultado, con el 13% de los votos y también 5 diputados.

Pero si miramos al País Vasco, el panorama es igual de desolador. El PP es la quinta fuerza política, con el 11,6% de los votos y dos escaños de un total de 18. El PSE no le va a la zaga, porque es la cuarta fuerza, con el 13,2% de los votos y tres diputados. Y Ciudadanos solo cosechó el 4% de los votos y ningún escaño. Es decir, en las dos comunidades donde en los últimos años se han puesto en marcha procesos secesionistas los llamados partidos nacionales están, en unas elecciones generales, a la cola del pelotón.

Por si esto no fuera un serio motivo de preocupación, resulta que en las elecciones del domingo la primera fuerza política tanto en Cataluña como en el País Vasco ha sido Podemos, que defiende el derecho de autodeterminación y específicamente la celebración de un referéndum en la arcadia de los Pujol.

Es normal que Pedro Sánchez no quiera apoyar, ni con la abstención, la investidura de Rajoy, sobre todo por mantener una cierta coherencia, después de haberle espetado a la cara en el debate televisivo de hace unos días que era un presidente "indecente". Hasta ahí se puede entender. Pero lo que sería de muy difícil comprensión es que, con tal de llegar al poder y echar de él al PP, pacte ya no sólo con Podemos sino con los principales partidos nacionalistas, cuyo objetivo principal, repito, es que España deje de ser España. Es mucho mejor ir en la primavera a unas nuevas elecciones y que los españoles, ante el panorama tan complicado e ingobernable que ellos mismos han dibujado este domingo, tengan una segunda oportunidad para volver a pronunciarse. Todo antes que dejar que los nacionalistas sean decisivos y determinantes para investir al próximo presidente del Gobierno de España.

Atención al desgobierno de España
Amando de Miguel Libertad Digital 22 Diciembre 2015

Añoraremos el bipartidismo, vive Dios. Nos hemos instalado en el deseado multipartidismo y ahora toca pechar con el desgobierno. Es una experiencia. Se me dirá: "En Italia o Francia también han pasado por ella y ahí están tan pimpantes". Ya, pero esos otros países de la latinidad europea cuentan con una estructura funcionarial mucho más hecha. Es decir, los directores generales o equivalentes suelen ser funcionarios de carrera, ascendidos por sus méritos. Aquí nada de eso; no ya los directores generales, muchos otros puestos menores de los ministerios se nombran a dedo por el ministro correspondiente. Se cumple, entonces, que un equilibrio inestable de los Gobiernos significa en España la hecatombe administrativa.

No es que me deje llevar por mi pesimismo de natura, sino que la realidad es así de dificultosa. Claro es que todo se puede arreglar pactando entre los partidos llamados a gobernar de consuno. Pero resulta que los líderes de los partidos no se hablan, no pueden verse ni en pintura, se odian. De ahí la extraña condición de "yo pactaría con el otro partido, pero solo si quitaran a su presidente". No parece un juego político muy elegante.

Puede que el término desgobierno sea una exageración retórica por mi parte. Dejémoslo en equilibrio inestable. La consecuencia es la misma, a saber, que la experiencia nos va a costar mucho dinero a los contribuyentes. No importa que, para ocultarlo, nos llamen "ciudadanos y ciudadanas". Que no se me redarguya que nosotros lo hemos querido. No, señor. Uno vota a un partido como solución menos mala, pero confía al menos en que sus dirigentes sepan ponerse de acuerdo con otros para gobernar.
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Una cosa va a ser interesante en el nuevo Congreso de los Diputados. Los debates nos van a parecer mucho más divertidos que los del régimen anterior de la Transición. No es un gran consuelo, pero al menos los plumíferos tendremos más tela que cortar. Veremos menos corbatas en los varones y más peinados a lo garsón en las mujeres. Habrá más atuendos atrabiliarios.

Es inútil discutir sobre la fórmula de la investidura para el nuevo Gobierno. Sea el que sea, no va a poder gobernar. Tendrá que convocar elecciones anticipadas. La fiesta no ha terminado.

En un caso se van a poner de acuerdo todos los partidos. Es cierto que se va a producir una cierta circulación de las elites (Pareto), aunque también se cumplirá la ley de hierro de las oligarquías (Michels). De ahí que vaya a ser muy fácil el acuerdo para que los diputados continúen con sus privilegios. Seguiremos teniendo periodistas, comentaristas y tertulianos al servicio de los partidos; "hoplitas" los he llamado yo para dignificar un poco su función.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

poco margen para hacer cambios
Por qué el nuevo gobierno no importa demasiado
Salga quien salga de los pactos que nos esperan, el gobierno resultante tendrá poco margen para cambiar lo que se nos viene encima; entre otras cosas, la desaparición de la clase media.
Carlos Esteban  www.gaceta.es 22 Diciembre 2015

Mientras andamos estos días agotando el arte combinatorio, calculadora en mano, para ver qué nos depara el destino y saber si, después de todo, no será mejor cambiar de aires por si sucede lo peor, es probable que se nos pase por alto que los grandes cambios -lo que debería ser noticia de primera- rara vez suceden en un día, y que probablemente el gobierno que salga de los pactos o de una nueva convocatoria electoral no va a cambiar nada sustancialmente.

O, dicho de otro modo: que ningún gobierno español tiene un poder y un margen de maniobra tan amplios como nos gusta imaginar. De hecho, hay al menos dos fuerzas que reducen casi hasta la insignificancia el poder real de un gobierno: el 'gobierno invisible' y la globalización.

Por 'gobierno invisible' no me refiero a ninguna cábala conspiranoide que se reúna regularmente en discretos parajes, sino que tomo prestada una expresión del presidente Theodore Roosevelt: “Tras el gobierno ostensible hay entronizado un gobierno invisible que no debe lealtad al pueblo ni se reconoce responsable ante él". Este 'gobierno invisible' estaría formado por lo que se conoce como 'gobierno de continuidad' -es decir, las estructuras previstas para mantener el orden en caso de catástrofe- y lo que los turcos bautizaron como 'Estado profundo': el ejército de funcionarios que no hemos elegido y que toma miriadas de decisiones con independencia del gobierno de turno, las grandes corporaciones, los contratistas, los que enseñan a nuestros niños y nuestros jóvenes y quienes redactan la narrativa decidiendo qué es bueno y qué es malo: grandes grupos de comunicación y el nebuloso estamento conocido como 'mundo de la cultura'.

La globalización es un fenómeno aún más conocido, resumible en la célebre frase de que el mundo es un pañuelo y en la certeza de que no hay dónde escapar, que cualquier fenómeno mínimamente relevante tiene consecuencias en el último rincón del planeta y que los fenómenos de peso son demasiado grandes como para quedar bajo el control de ningún gobierno individual.

España, además, goza o padece de un caso especial de globalización por su pertenencia a la Unión Europea y la eurozona, que limitan aún más su control sobre los acontecimientos y sus opciones políticas.

Y uno de los fenómenos que empieza a afectarnos -a España y a todo Occidente- es la desaparición de la clase media, un acontecimiento que no copa las portadas sencillamente porque no ha sucedido de un día para otro, aunque es perfectamente apreciable.

La universalización de la clase media es el gran invento socioeconómico de la posguerra: desmiente las profecías marxistas, disuade revoluciones y revueltas, compromete a la mayoría en la marcha estable de la vida política y económica, promueve la cohesión social y resta atractivo a las opciones radicales.

Por eso es particularmente grave, y origen de movimientos sociales aún difíciles de predecir, su rápida desaparición. "Ya ha llegado la 'Nueva Normalidad'; esto es, una situación en la que la clase media se está evaporando, con una gran parte de la población ocupada subocupada y sub-remunerada, con una descomunal desocupación estructural medidas en horas de trabajo que se matizará contratando por obra y servicio y a tiempo parcial el trabajo que se necesite, durante el tiempo que se necesite, a precios bajos", sostiene en L'Econòmic el catedrático de Economía de la Universidad Ramón Llull, Santiago Niño Becerra.

Niño Becerra tiene una explicación aterradora para esta desaparición: la clase media se desvanece porque ha dejado de ser necesaria. El Gobierno del PP evitó el rescate, está reduciendo el paro a marchas forzadas, nos ha sacado de la crisis y ha puesto a la economía por la senda de un crecimiento por el que nos felicitan todos nuestros socios europeos, ¿no?

Sí... Y no. Quizá la peor noticia sea esa, que ha llegado la recuperación y las cosas no son ni sombra de lo que fueron. A la dificultad de encontrar su primer empleo -con un paro juvenil que roza el cincuenta por ciento- se suma un sueldo inicial que en poquísimos casos permite la emancipación, no digamos la formación de una familia. "Lo verdaderamente malo -sostiene Niño- no es la divergencia entre salarios, sino que los más reducidos son cada vez más insuficientes, temporales y aperiódicos". Sencillamente: el joven no tiene nada que compense a las empresas pagarle un sueldo. La mejora en las técnicas de producción y la deslocalización significan que se produce muchísimo más por muchísimo menos. Cuando los empleados norteamericanos de McDonald's se pusieron en huelga exigiendo una subida de su magro salario, en seguida se desarrolló un sistema automatizado que permitía elaborar y servir hamburguesas en una cantidad y en un tiempo imbatible para una cuadrilla de empleados. Jaque mate.

No es una excentricidad de Niño Becerra ni una peculiaridad española, salvo en la atroz estructura de nuestro sistema laboral: según un reciente informe de la ONG Oxfam, el 1% de los más ricos del planeta controlan ya una riqueza mayor que el restante 99%. Naturalmente, Oxfam no es una fuente inocente: su objetivo es incrementar las ayudas públicas y privadas a su organización, su sesgo izquierdista es sobradamente conocido y sus esfuerzos por lograr una igualdad de ingresos con independencia de la capacidad o la actitud, demenciales e injustos.

Más fiable resulta el estudio publicado este mes por el gigante de la demoscopia Pew Research, confirmando que el número de norteamericanos que viven en un hogar de clase media ha caído por primera vez en décadas por debajo de la mitad. Resulta especialmente grave por tratarse de la primera potencia económica de Occidente, donde la clase media ha actuado como pilar básico para el desarrollo de una cultura política extremadamente estable. ¿Espera a Estados Unidos un futuro de república bananera, con un puñado de ricos riquísimos y una enorme masa proletaria?

Es la percepción que parecen tener los propios norteamericanos, según una encuesta de Harvard que revela que casi la mitad de los jóvenes ha dejado de creer en el Sueño Americano de un futuro de oportunidades y prosperidad.

No sin motivo, porque la vieja maldición de la izquierda -los ricos haciéndose más ricos, la clase media empobreciéndose- se está haciendo realidad en la primera economía de Occidente. Sí, es cierto que un mayor número de hogares forma la clase media hoy que hace cuarenta años, pero con una menor participación en la riqueza total. A principios de año había en Estados Unidos 120,8 millones de adultos en hogares con ingresos medios frente a 70,3 millones en hogares de ingresos bajos y 51 millones en hogares de ingresos altos, según datos de Pew. Pero la riqueza de esa clase media ha pasado del 62% en 1971 al 43% este año. La clase baja ha mantenido estable su participación en la riqueza total, mientras que la clase alta ha pasado del 29% en 1971 al actual 49%.

Esta precariedad que impide ahorrar o hacer planes a largo plazo y retrasa la esencial formación de familias se mantiene sin estallar gracias a esa recuperación económica, ilusoria o sólida, que afecta a casi todas las economías de Occidente. Pero podría ser nefasta en caso de nueva recesión, algo que ven cada vez más probable para el año que se aproxima los analistas de JP Morgan y Citigroup, al menos para la economía norteamericana.

Citigroup cifra en un 65% las probabilidades de que la economía estadounidense entre en recesión este año, mientras que un informe de JP Morgan la elevan al 76%, pero "en los tres próximos años".

Para el economista Charles Hugh Smith, el futuro podría ser lo que llama "servidumbre neofeudal", que describe: "Si una persona es incapaz de ganar lo suficiente para ahorrar, y es incapaz de competir con financieros y corporaciones por activos productivos, esa persona es un siervo moderno, un siervo por deudas entregado a los bancos y privado de toda oportunidad de poseer el tipo de activos que la Aristocracia Financiera emplea para acumular cada vez más ingresos y patrimonio".


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Es la hora del patriotismo constitucional

Ernesto Ladrón de Guevara www.latribunadelpaisvasco.com  22 Diciembre 2015

La Segunda República cayó no por un golpe militar sino por quienes la dinamitaron desde dentro para hacer una revolución de corte bolchevique, que alejó el régimen de libertades, el principio de la prevalencia del Estado de derecho y el respeto a la legalidad; y destruyó una visión plural de la política, agrediendo a los que estaban en otras claves. En el contrapunto estaba el socialista moderado Besteiro, que ante todo pretendía salvaguardar la República y preservar el régimen de libertades, más próximo a una socialdemocracia que al comunismo característico de Largo Caballero. Si en lugar de Largo Caballero o Indalecio Prieto hubiera tenido las riendas de la izquierda el humanista Julián Besteiro, probablemente la Historia hubiera ido por otros derroteros. Los cauces por donde transcurre el progreso se labran con sensatez, moderación y prudencia.

En estas elecciones se dibuja un hemiciclo parlamentario tremendamente fragmentado. Los que abominaban las mayorías a la búlgara se van a acordar de lo que es bueno. Nada es susceptible de no empeorar.

Ningún problema estructural de la política española se ha resuelto con el escenario que se nos presenta, a la italiana, con el signo de la ingobernabilidad. Y los que auspiciaban una perspectiva en la que los nacionalistas vascos o catalanes no tuvieran la llave de la gobernabilidad se han equivocado. Nuevamente, observamos horrorizados cómo el nuevo partido de Mas, los Republicanos de Izquierda catalana, ambos independentistas, acompañados de otras tribus como Bildu o PNV se hacen con la llave que abrirá esa puerta hacia el disparate, que puede ser la alianza entre el PSOE, Podemos y los citados, todos concernidos por acabar la obra de demolición de una España milenaria.

Claro está, que este enfoque prospectivo de los pactos que se avecinan puede partir de una premisa falsa, que es que PP y PSOE vayan a ser incapaces de superar los intereses de sus respectivas siglas y poner por encima de visiones cortoplacistas el bien común; eso que antaño llamábamos patriotismo, palabra preciosa teñida de ideas falsamente peyorativas, como que abogar por ser patriota es poco menos que ser facha. Patriotismo es precisamente eso: sacrificio a favor del bienestar colectivo, remar en dirección al progreso económico y social de la mayoría, de aquellos que comparten una misma nación, un mismo sistema labrado por el paso de la historia, con unas mismas fuentes culturales y de civilización, de orígenes comunes. Quien no mostrara patriotismo debería estar fuera del marco donde se concitan destinos compartidos e intereses colectivos.

Si la tendencia de los socialistas es la que siempre han demostrado, la de Tánatos, para la destrucción de los puentes que conforman una convivencia y confraternización bajo el paradigma de la Igualdad ante la ley, la Libertad basada en la tolerancia y la Fraternidad asentada en la solidaridad; que ha sido el origen de nuestra civilización contemporánea; la democracia en España estará fuertemente debilitada, pese al pronunciamiento de los ciudadanos en las urnas. Y eso se demostrará, por desgracia, una vez más, si los socialistas acuerdan gobernar con socios como Podemos y nacionalistas, resucitando el FRENTE POPULAR que se cargó la II República, pues rompió el marco de convivencia.

Los españoles tendemos a repetir la Historia, pues no la conocemos, ya que se ha erradicado de las escuelas desde una visión científica y despojada de tendencias sectarias.

Ahora más que nunca los españoles necesitamos estadistas que estén por encima de los intereses de su grupo ideológico o tendencia partidista. Estadistas que tengan visión de Estado, es decir que pongan por encima de sus naturales ambiciones el interés de la mayoría. Que construyan ámbitos de consenso y entendimiento para resolver los problemas estructurales como es la descomposición territorial de España; o un déficit exponencialmente creciente de las cuentas del Estado por el crecimiento absolutamente desbocado de las administraciones públicas y de los privilegios de las castas caciquiles en los ámbitos autonómicos; o los problemas de un sistema económico sujeto con hilvanes que puede descoserse a la mínima simplemente creando desasosiego y temor en los agentes económicos y en la inversión extranjera; o de un Estado de Derecho zarandeado, agravando la actual situación de inseguridad jurídica y de incoherencia en el andamiaje legislativo contaminando con su sectarismo la administración de la justicia. Y eso está, al parecer, en juego, pues ni el PSOE parece querer construir en el mismo campo que los de Rajoy ni Ciudadanos se presta a empujar con su hombro para formar ese marco de estabilidad según ya ha anunciado su líder; y así no se configuran políticas de Estado.

Esa es la herencia que nos han dejado los electores. Ahora toca definirse a los que tienen la encomienda de dirigir este barco no contra los arrecifes, sino a buen puerto.

Vencedores, vencidos, navarros y españoles
Pascual Tamburri esdiario 22 Diciembre 2015

Los abertzales se quedan sin voz ni voto en Navarra. Pero el peligro nacionalista es mayor que nunca, gracias a Podemos. UPN-PP salvan las apariencias, pero tiemblan.

Hubo elecciones el domingo 20, por si alguien no lo sabía. Y como detalle, como aún no ha habido secesión alguna, en la Navarra de Uxue Barkos también se celebraron. Con resultados, eso sí, que sorprendieron a todos o casi todos, que disgustaron profundamente a la aún presidenta, que tendrán importantes consecuencias políticas dentro y fuera de la Comunidad Foral y que… han hecho sacar consecuencias equivocadas a bastantes analistas.

Vamos qué hay en Navarra. Escrutado el voto al Congreso, UPN-PP (en coalición) obtiene la victoria en votos, en torno al 28%, y dos escaños, Íñigo Alli y Carlos Salvador (ambos de UPN). Es el objetivo deseado, por el que durante gran parte de la campaña temieron. Vencedores… pero no demasiado.

Mientras el centro UPN-PP se queda donde estaba en 2011, y lo hace conservando escaños pero perdiendo votos -la quinta parte de sus respaldos en 2011, más de 125.000 entonces-, la extrema izquierda revolucionaria de Podemos gana dos inesperados escaños - Ione Belarra y Eduardo Santos - subiendo hasta 80.000 inesperados votos. 20.000 votos aún por debajo, la coalición extremista empata a escaños con el centro.

Los socialistas, que en 2011 fueron segunda fuerza (y que siempre desde 1977 habían sido o primeros o segundos) hoy pierden unos 20.000 votos, son tercera fuerza con sólo unos 55.000 y salvan un solo diputado - Jesús María Fernández -, esencial para seguir importando para la dirección federal socialista.

¿Y los nacionalistas vascos? Por primera vez desde 2000, aunque no por primera vez en absoluto, se quedan casi sin representación parlamentaria en Madrid a cuenta de Navarra. El partido de la presidenta Uxue Barkos, que por los pelos consiguió su escaño en 2011, se queda sólo con 30.000 votos y sin diputado. Geroa Bai, la marca navarra del PNV, pierde 12.000 votos respecto a las generales de 2011 y lo que es más grave baja respecto a las autonómicas de mayo. Koldo Martínez ha fracasado en su meta de "revalidar la posición del escaño en el Congreso", mejorando su 13,% de 2011. Juegan entre dos áreas, porque Es una nota negativa para su acción de gobierno, en esa compleja coalición que tantos enemigos les está creando.

Más notable es aún que los batasunos de EH Bildu tampoco alcanzan ni los 35.000 votos ni la representación, quedándose 15.000 por debajo de los que tuvieron en 2011. Hay quien dice que esto supone una derrota de los proetarras e incluso del abertzalismo en general. Menos votos, ningún escaño. ¿Puede ser tan bueno?

Yendo al Senado, la sorpresa (o no tan sorpresa) es que la coalición Cambio-Aldaketa que fraguaron Geroa, Bildu, IU y Podemos para arrebatar la mayoría a UPN/PP ha quedado sólo segunda, eligiendo sólo a la profesora euskaldunberri Anika Luján y dejando los tres escaños de la mayoría para José Cruz Pérez Lapazarán, Francisco Javier Yanguas y Cristina Sanz. Si sumásemos los votos de los coaligados, resulta que no todos votantes de Geroa, Bildu, IU y Podemos votaron a Aldaketa… donde Podemos no tenía candidatos, curiosamente.

Seamos realistas: la victoria, real y aparente, está en la extrema izquierda de Podemos, con dos inesperados diputados electos. Los partidos abertzales se quedan por debajo del 10% cada uno: ha habido una migración masiva del voto extremista a Podemos, consecuencia lógica de la asunción por los abertzales como herramienta de la estética y los valores extremo-izquierdistas ya durante más de una generación. Los derrotados, morales y reales, son los nacionalistas vascos, pero no desaparecen –porque conservan sus feudos y el poder foral- y han creado una izquierda abierta al independentismo y con una base nacional en Pablo Iglesias.

Aunque no veamos en las fotos a los abertzales, sus ideas avanzan. Vencidos en las urnas, vencen en las instituciones, con su nombre en la Diputación y con el de Podemos en Madrid. No se aleja el proyecto de la anexión de Navarra ni el de la independencia. La Navarra foral y española, amenazada de un modo nuevo, está más en peligro que nunca, ante un horizonte de reformas impreciso.

¿Y qué hay enfrente de ese abismo? La lección es sencilla para el PP y para UPN. Su primer error, apoyado en la prensa burguesa local, ha estado en su ninguneo de Ciudadanos, que pese a todo continúa en progresión y duplica con creces sus resultados de mayo, hasta el entorno de los 25.000 votos. Se queda sin escaño también por su aplastamiento foralisssimo, pero sin esa gente y su postura no habrá españolismo democrático eficaz en Navarra desde ahora. Y por otro lado, UPN-PP al presentarse como centrista y economicista, usar sólo el discurso del miedo pero obviar las viejas promesas de valores y una solidez españolista sin pudores, ha dejado en su casa a la derecha patriota y de valores. En ambos errores, nadie ha demostrado aún que estos UPN y PP, Esparza y Zalba, coloquen España y Navarra por encima de sus propias carreras. Ahora que es posible incluso una repetición de las elecciones, los líderes tendrán que saber qué hacen.

La gran mentira de la lengua

Jesús Laínz Libertad Digital 22 Diciembre 2015

Hace unos días una cadena televisiva emitió un magnífico documental sobre lo que llamó "el exilio invisible". Tratábase de los españoles que, en vez de seguir la corriente mayoritaria hacia los países hispanoamericanos, emigraron a los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX y representaron allí una pequeña minoría en medio de la gran marea de emigrantes llegados de otras partes de Europa. Sin duda, lo más entrañable del documental fue la explicación de cómo los nietos, bisnietos y tataranietos se esfuerzan hoy por mantener vivos el recuerdo, la lengua y la cultura que llevaron sus ancestros al otro lado del charco, maravilloso ejemplo que tanto tendría que avergonzar a tantos millones de españoles que hoy reniegan de su patria, de sus padres y de sí mismos.

Varios entrevistados mencionaron de refilón un interesante detalle que ha detonado estas líneas, escritas con la peor de las intenciones, como es costumbre. La nieta de unos gallegos, entre otras anécdotas, explicaba que su abuela nunca dejó de insistir en que la lengua gallega estaba bien sólo para las canciones tradicionales que entonaban en familia, pero que las lenguas que había que hablar eran el español y el inglés. Y el hijo de unos asturianos recordaba que sus padres le obligaron a aprender bien el español y le prohibieron emplear giros y palabras en bable.

Esto ha sucedido en todas partes y en todas épocas con las lenguas de alcance regional, pues fueron sus propios hablantes los que se apartaron de ellas, y sobre todo apartaron a sus hijos, cuando consideraron que no les iban a servir de ayuda para encontrar trabajo y prosperar en la vida. El ejemplo más claro fue el de los irlandeses gaélicohablantes que, también en tiempos decimonónicos, optaron por abandonar su lengua materna y aprender la inglesa para poder encontrar trabajo en las ciudades de la propia Irlanda o en las industrias inglesas y norteamericanas.

Con las lenguas regionales españolas ha pasado lo mismo durante muchos siglos, y ningún poder político imperialista, colonialista, centralista ni fascista tuvo nada que ver en ello. El erudito guipuzcoano Manuel de Larramendi ya se lamentaba a principos del siglo XVIII:

Los bascongados no parece que han hecho aprecio della [la lengua bascongada]. Dentro de su país se destierran cuantos medios pudieran conducir para conservarla. Nada se lee ni se escribe ni se enseña a los niños en bascuence; no hay maestro que quiera ni sepa deletrear en su lengua.

Dos siglos más tarde, Arturo Campión lanzó duros insultos contra los paisanos suyos que sustituían gustosamente el vascuence aprendido en casa por otras lenguas más útiles para comunicarse. Y expuso varios casos para demostrar la responsabilidad de la propia población vascohablante en la pérdida de la lengua. Por ejemplo, denunció al ayuntamiento de la localidad navarra de Ituren por haber cubierto la plaza de maestro con persona que no sabía vascuence. El consistorio remitió la siguiente contestación a la prensa:

Este Ayuntamiento, Junta local y padres de familia, han recomendado siempre a los maestros que no permitan nunca que sus discípulos hablen el vascuence dentro ni fuera de la escuela, pues desengañados estamos que lo que necesitan los jóvenes es saber castellano, idioma universal de España y América, que es donde los hijos de este pueblo han de desenvolverse en el estudio de sus carreras y profesiones.

Lo mismo le pasó a Sabino Arana cuando promovió la amonestación al maestro de la localidad vizcaína de Busturia por castigar a los alumnos que hablaban vascuence. Pues el maestro respondió que obraba de ese modo "por instrucciones de los padres de los escolares". El mismo Arana testificó:

El euskera se muere. Es verdad. No lo mata el extraño. Los mismos vascos le están dando la muerte. Ha mucho tiempo que empezaron a negarle el sustento y hasta el aire.

Y en nuestros días, muchos miles de verdaderos euskaldun zaharrak pueden dar testimonio de cómo, todavía en los años 70, los mismos señoritos bilbaínos que poco después iban a presumir de nacionalistas de toda la vida se reían de ellos y los llamaban boronos.

Por lo que se refiere a Cataluña, en marzo de 1843 apareció Lo Verdader Catalá, primera revista escrita íntegramente en lengua catalana con el objetivo de revitalizar su uso. Dos meses y seis números después sus promotores tuvieron que cerrarla debido al escaso interés despertado, la insuficiencia de suscriptores y las críticas recibidas por redactarla sólo en catalán. En el último número se despidieron de sus escasos lectores lamentando que sus paisanos tuvieran "tanto desprecio por su lenguaje" y lo consideraran "inculto y grosero".

Un siglo más tarde, en 1906, Prat de la Riba lamentaría que las familias humildes consideraran "un insulto, una ofensa", que se les escribieran en catalán las cartas. Y su camarada Cambó escribiría en 1930: "Durante más de trescientos años los catalanes hicieron todo lo posible para desprenderse de su propia lengua y ligar la expresión de su pensamiento con la lengua castellana". La Veu, portavoz del partido de Prat y Cambó, ya lo había dejado claro en su edición de 17 de febrero de 1910 al admitir:

El castellano no se ha impuesto por decreto en Cataluña, sino por adopción voluntaria, lenta, de nuestro pueblo, efecto del gran prestigio adquirido por la lengua castellana.

En cuanto a Galicia, el gallego José Manuel Otero Novas, ministro de Educación de la UCD, recordó así la reacción de los representantes de la emigración gallega cuando les explicó en la embajada española en La Haya los planes gubernamentales para enseñar gallego a sus hijos:

Les conté la demanda de la Xunta que les afectaba, que significaba que sus hijos dentro de las escuelas extranjeras contarían con horas de enseñanza del gallego montadas por el Ministerio español; y les pedí opinión. Dialogaron entre sí un rato, y el portavoz –que se presentó como comunista–, tras decir que él era más gallego que el caballo de Santiago, rechazó la oferta en nombre del colectivo. Me sorprendió lo tajante de la respuesta y pasé a efectuar una segunda propuesta: la de facilitar la asignatura de gallego sólo con carácter voluntario. Volvieron a dialogar entre ellos, y nuevamente me transmitieron su opinión: aceptaban clases voluntarias de gallego con dos condiciones; primera, que no se menoscabara la enseñanza del castellano, que era la que ya veníamos dando, pero que querían mejorar y ampliar; segunda, que les diéramos asimismo clase complementaria y voluntaria de inglés.

Pero como el cráneo nacionalista es inmune al razonamiento, el argumento y el documento, de nada valen todos estos testimonios y otros mil que no caben en este artículo. Pues la intoxicación nacionalista ha convencido a millones de vascos, catalanes y gallegos de que sus abuelos lo pasaron muy mal porque Felipe V y Franco los mandaban fusilar si los pillaban hablando en lengua distinta del castellano. Y en el resto de España, esta monumental falacia conduce a otros tantos millones de desinformados a comprender y solidarizarse con los pobrecitos separatistas.

Diplodocus: gran coalición

RAÚL DEL POZO El Mundo 22 Diciembre 2015

Pablo 'Superstar', -empaque gueverista, maquiavelismo de camaleón para cambiar de color según las circunstancias- con su ópera de adaptación libre del marxismo, ha interrumpido el vuelo de la gaviota y ha dado la vuelta a la tortilla bética. Está crecido y como Mao ve las cordilleras ondulando como livianas olas y las montañas danzando como serpientes de plata. Se siente ya un estadista, aunque no tenga una idea de España como la tenía De Gaulle de Francia, sino una idea de la España plurinacional como José Luis Rodríguez Zapatero. Ayer declaró: "Ha llegado la hora de los estadistas, y de un nuevo compromiso histórico. Los que mandan en el PSOE han hablado y no entienden que España es un país plurinacional". Habrá llegado la hora de los estadistas -una sublimación de los políticos- pero de momento, esto no hay quien lo gobierne. Después de la descalabradura del bipartidismo surge un cóctel de albigenses, cátaros y patarinos. Vimos el vértigo de la libertad y todo lo que ha ocurrido es el resultado de unas elecciones libres, aunque las nuevas formas de heterodoxia no están lejos de un rebrote del chauvinismo nacionalista y la pulsión antieuropea.

Como siempre, estamos condenados a la coacción de las mareas separatistas. La llave de la gobernabilidad la siguen teniendo los 17 diputados de Democracia y Libertad -ex Convergencia- y Esquerra. Si el PSOE pacta con ellos, algunos responsables del partido temen que nos hundamos; llaman hundimiento a una fragmentación del mapa de España. La pretensión de una unión de repúblicas de taifas con el cantón de Cartagena no es posible, porque el PP sería indispensable para un cambio de la Constitución y, por ahora, no tragan. El Ibex y los poderes fácticos, Susana Díaz, Bruselas y la señora Merkel piensan que quizás lo más sensato sería una coalición PP-PSOE; si prosperara esa idea, la harían de manera vergonzante y casi secreta. Después de 35 años aparentando rivalidad y repartiéndose el botín, no iban a entrar revueltos por la puerta de atrás del Estado.

Mariano Rajoy podría formar Gobierno, aunque con muchas dificultades porque tendría que imponer nuevos recortes y herviría la calle. Albert Rivera ha reconocido que necesitamos una mínima estabilidad para que esto no sea Grecia, cuando ya somos aquella Italia ingobernable. Ha vuelto la 'prima' y se han despertado de la siesta todos los demonios. Si el PSOE intentara gobernar "con 11 partidos" (Albert Rivera) esto podría ser una sesión pánico de la Primera República porque, como explicó Tristan Tzara, quien come dadá, muere dadá. Un dirigente de IU comenta: "Ahora empezarán los diplodocus y la Casa Real a proponer una gran coalición y les va a resultar muy difícil. ¿Cómo va pactar el PSOE con Pablo Iglesias, Colau y Beiras, que proponen referéndums de autodeterminación? Pedro Sánchez se ha encabritado y le ha ganado la partida a Susana, pero no creo que pueda formar un Gobierno de fuerzas tan dispares
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