AGLI Recortes de Prensa   Martes 5  Enero  2016

Es el consenso lo que nos ha llevado hasta aquí
Javier Benegas vozpopuli.com 5 Enero 2016

Explicaba Margaret Thatcher, a propósito de su llegada al Gobierno en un momento en el que no sólo Reino Unido sino el mundo entero se hallaba incurso en una gran recesión, que lo tentador habría sido gobernar a la defensiva mediante una “política de falsa prudencia”, lo que habría implicado no recortar los impuestos sobre la renta cuando los ingresos caían abruptamente; no eliminar el control de precios a pesar de que la inflación se disparaba y alcanzaba cotas superiores al 10% anual; no eliminar las ayudas industriales ante la creciente recesión; y no meter en vereda al sector público cuando el sector privado, muy debilitado, era incapaz de crear empleo.

Sin embargo, la hoja de ruta que Thatcher y sus colaboradores habían preparado trabajosamente durante años desde la oposición, era incompatible con la política de la falsa prudencia. Y claro, aquellas condiciones económicas tan adversas con que Thatcher se topó al llegar a Downing Street redujeron ostensiblemente la velocidad al que esperaba regenerar el Reino Unido. De hecho, inicialmente parecieron agravar la crisis. Pero esas adversidades fueron una motivación añadida que le hizo redoblar sus esfuerzos. “Estábamos remontando contra corriente y tendríamos que esforzarnos mucho si queríamos llegar a la cima”, escribiría más tarde.

Tras no pocas lágrimas, sudores y esfuerzos, los británicos finalmente no sólo superaron la crisis sino que salieron reforzados de ella. En realidad, Margaret Thatcher hizo mucho más que revertir la imparable decadencia de Reino Unido: evitó la catástrofe.

Aunque la cuestión no es valorar la idoneidad de las políticas que la “Dama de hierro” aplicó para rescatar a Reino Unido de su más grave crisis desde la Gran Recesión, cabe recordar que al final de la década de los 70 lo que se demostró inservible fue el colectivismo, aunque, por lo que parece, muchos de nuestros jóvenes lo desconozcan y no pocos mayores lo hayan olvidado. Sin ir más lejos, valga como dato que en Reino Unido el tipo máximo impositivo era por aquel entonces ni más ni menos que del 83% y el mínimo del 33% (sin exenciones), que el sector público se expandía sin control desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que los dogmas de la izquierda fiscalizaban todas y cada una de las decisiones políticas de los sucesivos gobiernos y que, en la práctica, la socialdemocracia –y depende de en qué materias, el socialismo puro y duro– se había institucionalizado. Y sin embargo, los británicos cada vez vivían peor.

Pero más allá del debate sobre la implementación de determinadas reformas estructurales, lo verdaderamente importante, lo que marcó la diferencia, fue que Thatcher identificara el consenso como el más peligroso sucedáneo de la política. Ese es, quizá, su más importante legado. Y tenía razón. El consenso, tan estúpidamente sacralizado, no es más que un recurso que permite a los políticos soslayar, de común acuerdo, cuestiones en las que sus diferencias ideológicas –o de intereses– son insuperables. Mediante este subterfugio, vendido como la quintaesencia de la prudencia, la clase política procrastina los problemas y los deja macerar hasta que se vuelven irresolubles.

En dirección contraria
Salvando las enormes diferencias entre España y Reino Unido, especialmente en lo referente a la calidad institucional, la preparación e integridad de la clase política, la vertebración de la sociedad civil y la capacidad de las élites, no cabe duda de que la pasada legislatura ha sido el paradigma de esa política de falsa prudencia de la que Thatcher renegó desde el mismo instante en que pisó Downing Street. Exceptuando los ajustes “impuestos” por Bruselas (ajustes que, por otro lado, se han demostrado coyunturales y no estructurales), en todo lo demás Mariano Rajoy, y su comando de abogados del Estado, cuya visión leguleya del mundo es incompatible con la prosperidad, ha gobernado en dirección contraria, abrazándose a la política de la falsa prudencia como un borracho se abraza a una farola.

Rajoy no sólo no redujo los impuestos sino que llevó a España a ser el tercer país de Europa en esfuerzo tributario. No sólo no puso coto al sector público sino que, mediante diferentes argucias presupuestarias, primero lo mantuvo y después lo expandió. No sólo no desmontó los entramados burocráticos que atenazaban la generación de riqueza sino que llenó de excepciones ininteligibles una legislación ya de por sí inescrutable para el más avezado asesor. No sólo no alivió de cargas al sector privado sino que se aseguró concienzudamente de que el brutal ajuste que supuso la crisis recayera íntegramente sobre quienes habitaban en él. Y lo peor, no sólo no reformó un modelo político agotado y extraordinariamente ineficiente, auténtica prima de riesgo de España, sino que lo dejó con la espoleta cebada.

Pese a todo, Rajoy no es más que el tapón al final de un cuello de botella. El auténtico problema es este régimen basado en el consenso, donde no hay lugar para las convicciones y en el que todos luchan para insertarse en el sistema, no para cambiarlo.

Régimen responsable, entre otras cosas, de que la sostenibilidad de las pensiones haya sido sistemáticamente aplazada, hasta que se ha resuelto en falso estableciendo un mecanismo de ajuste automático que hará que los ingresos de los futuros pensionistas, supeditados como están a la curva demográfica, a la ocupación y a los salarios, sean cada vez más insignificantes. Como también es responsable de que el modelo educativo español no se pueda reformar; o de que la cuestión territorial no se sometiera a criterios de eficiencia, se dejara pudrir y haya devenido en este secesionismo falsario, esperpéntico e interesado; o que los burócratas, con su pensamiento estrecho, hayan acaparado la política y, en consecuencia, la libertad económica no haga más que menguar.

Plantando cara descaradamente.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 5 Enero 2016

Si solo fuera patético, que lo es sobradamente, quedaría casi como una anécdota. Pero no, Artur Mas según palabras de Fernández Díaz está dando sobradas muestras de tener una visión distorsionada de la realidad. Su empecinamiento en querer ser el líder al que nadie quiere salvo sus fieles huestes del CDC ahora transformado en Democracia y Libertad, dos palabras desvirtuadas por completo que van a quedar irremediablemente manchadas por un partido que esencialmente sigue siendo el mismo que el del 3% o más, el del clan Pujol y Mas y el peor ejemplo de lo que el poder omnímodo puede llegar a hacer en una sociedad corrompida, adocenada e imbuida en el odio a quien no piensa ni siente como les han enseñado desde la cuna. Un esperpento en el que a pesar de todo sigue con su discurso de adalid de su lucha “para plantarle cara a Madrid” y “a los de aquí “– referido a los ultras de izquierda de la CUP- “que no lo ponen nada fácil”. Eso sí, se apunta el que la mitad de esa formación hubiera apostado por investirle Presidente, tras haber mercadeado hasta la náusea implorando su apoyo para permanecer como el primer Presidente de la autoproclamada República de Cataluña.

Y claro, en ese plantarle cara a Madrid está volver a la deslealtad Institucional a la traición sin paliativos y a la sedición. Unos delitos por los que hace ya meses debió haber sido apartado de cualquier cargo público y puesto a disposición judicial. Pero por causas que aún no han sido explicadas, ni él ni el resto de imputados por el Tribunal Constitucional han sufrido hasta el momento acción alguna por parte de la Justicia. La demora en la suspensión cautelar de estos representantes no tiene ninguna justificación posible y ahonda en la duda sobre la voluntad de hacer cumplir la Ley y las sentencias del TC. Algo que ya no debería sorprendernos dados los antecedentes de este Gobierno del PP y de Mariano Rajoy, incapaces de hacer cumplir otras sentencias de ese Tribunal escudándose en un supuesto vacío legal, cuando no existía tal.

Lo que también es patética es la imagen que España y este Gobierno de timoratos, acobardados y acomplejados está dando en el exterior. Una situación de incapacidad de Gobierno permitiendo que en una Comunidad Autónoma de la relevancia de Cataluña, unos secesionistas mantengan en vilo a la sociedad española en un mezquino juego político de liderazgo a la hora de ver quién es el más separatista. Porque nunca ha sido su intención formar un Gobierno autonómico, sino aquél que se encargue de dar solemnidad y ejecute el mandato de un Parlamento cuya resolución ha sido provisionalmente suspendida -¿para cuándo definitivamente?- por el Tribunal Constitucional, cuya sentencia están dispuestos una vez más a incumplir en ese nuevo Gobierno que se constituya finalmente antes de que el plazo expire.

Porque esa desesperada apelación a la CUP va dirigida para fomentar que los parlamentarios, al menos la mitad, lleguen a votar afirmativamente la investidura. Ese es el regalo de Reyes que Artur Mas ha pedido para que se lo pongan fácil y no colaboren con los que quieren cargarse el “proceso”. Aún hay tiempo para lo imposible y este mago de la pirueta política ya ha dado muestras de su descaro a la hora de plantar cara a quien sea que vaya contra lo que tiene previsto. En el mundo taurino se dice que “no hay quinto malo”, referido al toro que sale en esa posición de la lidia. Artur Mas iba el cuarto de la lista y sin embargo resultó que era el cabeza de cartel. El quinto era Oriol Junqueras, la excepción que confirma la regla. Pero al final todos son de la misma ganadería elegidos para el lote de capitanear la secesión.

La pregunta es ¿A qué espera la Fiscalía, los jueces de la Audiencia o del Supremo para hacer su trabajo con esta gentuza? ¿Qué más necesitan para hacer efectivas las sentencias del Tribunal Constitucional y la Ley? ¿Hasta cuándo permitirá este Gobierno de Mariano Rajoy, ahora en funciones, que siga adelante esta farsa que afecta gravemente a España?

¡Que pasen un buen día!

Incertidumbre política y economía
Mikel Buesa Libertad Digital 5 Enero 2016

La perplejidad en la que nos han dejado sumidos a los españoles los resultados electorales debido a la, al parecer, inexistente capacidad de los partidos políticos para arbitrar una mayoría de gobierno se ha trasladado en estos días al debate sobre la economía. Desde la derecha se dice con frecuencia que su presencia es imprescindible para afianzar la recuperación y salir definitivamente de la crisis. En la izquierda este asunto no parece preocupar demasiado, pues lo suyo se define por oposición al discurso del PP y, por tanto, es mejor no decir nada antes que insinuar siquiera que se desea lo mismo que éste pretende. Entretanto, los asuntos económicos siguen su curso sin que se adviertan, al menos de momento, signos inequívocos de pánico ante la incertidumbre que se ha instalado en el cotarro político. Y, desde luego, no hemos visto a los españoles correr a rescatar sus ahorros ni a acaparar alimentos en los hipermercados, ni a hacer cualquier otra cosa que pudiera interpretarse como un síntoma de temor. Todo lo contrario, sale uno por los centros comerciales y los encuentra llenos de público haciendo compras navideñas; o entra en cualquier tertulia de bar y se habla de lo de siempre: familia, fútbol y sexo.

Así que de eso de la incertidumbre política parece que no se ha enterado nadie. Por no alterarse, ni siquiera se ha modificado gran cosa la prima de riesgo, cuyo nivel cuando escribo este artículo es el mismo que tenía el día anterior a las elecciones. Ni que decir tiene que, seguramente, el curso de los acontecimientos apenas habrá influido sobre los empresarios que estaban en pleno proceso de inversión para ampliar sus capacidades de producción o sobre los exportadores que llevan meses y años viendo cómo se amplían sus cuotas de mercado por el ancho mundo, en el que compiten con creciente acierto.

La economía española va bastante bien, no sólo porque la coyuntura internacional le resulta favorable, con la caída de los precios de la energía y las materias primas o la contención del tipo de cambio del euro, sino porque durante el curso de la crisis se han renovado las estructuras productivas, se han reordenado los factores de producción, se han contenido los costes, se ha mejorado la tecnología y, en definitiva, se ha puesto al país en orden para competir tanto en el mercado interior como en los exteriores. Que ese proceso fue favorecido por la política económica del PP me parece indudable; pero no es quitarle mérito al gobierno de Rajoy añadir que a ello han contribuido con tanta o mayor virtud esos que suelen designarse como los agentes económicos y sociales para no hablar de las empresas concretas, de sus equipos directivos y de sus trabajadores.

El signo inequívoco de lo que estoy señalando lo proporciona el saldo de la balanza de pagos por cuenta corriente, que a partir diciembre de 2012 muestra una capacidad positiva de financiación de la economía española, muy sostenida en alrededor de veinte mil millones de euros mensuales desde mayo de 2013 hasta el último dato publicado por el Banco de España. Ese saldo se sustenta sobre un superávit comercial en bienes y servicios que ya mostraba un signo positivo al comenzar el primero de los años que acabo de mencionar, y que se ha afianzado en cifras superiores a los treinta mil millones mensuales sin mostrar el menor signo de debilidad.

Por consiguiente, lo que cabe esperar para el futuro inmediato es que el proceso de crecimiento continúe su curso sin mayores alteraciones, incluso en medio de esa incertidumbre que crean los políticos cuando no logran ponerse de acuerdo sobre sus asuntos. Con ello no voy a negar que exista alguna posibilidad de afectación negativa de la política sobre la economía, pues, en efecto, una alteración institucional persistente que introdujera incentivos adversos sobre la asignación de recursos podría dar lugar a ello. Pero para que así fuera tendría que pasar bastante tiempo; no bastan sólo unas semanas o unos pocos meses. Así que a nuestros políticos más les valdría buscar sus puntos de encuentro sobre un programa positivo de gobierno que atendiera a los problemas de los españoles que sobre la amenaza apocalíptica de un improbable caos sin remedio.

El empecinamiento de Mas y de Rajoy
EDITORIAL Libertad Digital 5 Enero 2016

En algo se parecen el presidente del Gobierno en funciones y el de la Generalidad de Cataluña: ambos parecen dispuestos a supeditar su proyecto de país a su permanencia en el cargo. El caso de Artur Mas quizá sea el más claro: con tal de mantenerse en la Presidencia, el sucesor de Pujol ha llegado a ofrecer a los anticapitalistas de extrema izquierda de la CUP un programa de gobierno que está en los antípodas del ideario democristiano que supuestamente abanderaba la derecha nacionalista de Convergència. Es más. Con tal de ser él quien presida la Generalidad, Artur Mas ha rechazado la oferta de respaldo de la CUP a cualquier otro miembro de la coalición Junts pel Sí. Así las cosas, el empecinamiento de Mas aboca a los catalanes a unas nuevas elecciones autonómicas, que muy probablemente darán la victoria a los podemitas de Ada Colau o a la Esquerra Republicana de Junqueras.

Lo que es evidente –salvo para los que confunden la muerte política de Artur Mas con la del proces separatista por él iniciado– es que el movimiento a favor del mal llamado derecho de autodeterminación se ha vuelto tan poderoso en Cataluña que va a arrollar a Artur Mas y sus ansias de protagonismo. Y, desde luego, no va a perder la oportunidad que le brinda el panorama de ingobernabilidad en España por la existencia de un no menos evidente empecinamiento como es el de Mariano Rajoy.

Aunque el PP haya ganado las elecciones, Rajoy debería asumir la responsabilidad de que su partido haya perdido un tercio de su electorado y debería favorecer un Gobierno de coalición entre su partido, el PSOE y Ciudadanos, aunque dicho Ejecutivo estuviese presidido por los socialistas. No sólo está en juego la todavía frágil recuperación económica sino el agravamiento de una crisis en la que todavía estamos completamente inmersos, la que amenaza con romper la Nación entendida como Estado de Derecho.

Rajoy no debería tener menos altura de miras que la que tuvo Esperanza Aguirre cuando, siendo la cabeza de lista más votada, ofreció la Alcaldía de Madrid tanto a Ciudadanos como al PSOE con tal de evitar el Gobierno municipal podemita de Carmena. Ninguna traición al ideario del PP que no haya ya perpetrado el Gobierno de Rajoy podría hacer ese nuevo Ejecutivo con el respaldo de los tres partidos nacionales. Por el contrario, supondría un poderosísimo frente contra las delirantes propuestas liberticidas e identitarias de las formaciones nacionalistas y de extrema izquierda que tratan de dinamitar los fundamentos mismos sobre los que se asienta el edificio constitucional.

Está visto, sin embargo, que la única línea roja que Rajoy no está dispuesto a traspasar es la que le deje a él fuera de la Presidencia. Su empecinamiento –y el del PSOE, también sea dicho– aboca a los españoles a unas nuevas elecciones generales. Es posible que, a diferencia de Más, Rajoy fuera apoyado en una segunda vuelta por muchos votantes que respaldaron a Ciudadanos el pasado 20-D. Pero no hasta el extremo de lograr una mayoría suficiente para gobernar.

Y esta es la gran diferencia entre una segunda convocatoria electoral en Cataluña y en España. Mientras que en Cataluña el procés, bien liderado por Podemos, partidario de la autodeterminación, bien por Esquerra, abierta partidaria de la independencia, tejerá alianzas y reanudará su desafío al Estado, en España el afán de protagonismo y el apego a la poltrona de políticos mediocres como Rajoy y Sánchez seguirán siendo un obstáculo en la lucha por defender la Nación y el Estado de Derecho.

La única línea roja son las poltronas
Carmelo Jordá Libertad Digital 5 Enero 2016

Como ha hecho Mas con la CUP –qué disgustado se le ve al pobre, rechazado después de tanto arrastrarse–, Rajoy nos dice que está dispuesto a cualquier cosa con tal de llegar a un acuerdo, léase, mantenerse en el poder.

"Yo no tengo líneas rojas", asegura el todavía presidente; es decir, que no le importa tragarse o, mejor dicho, que nos traguemos cualquier píldora, reformar o derogar leyes, cambiar la Constitución… No hay límites que no sean los extremadamente obvios: la unidad nacional –que habría que ver cómo se formula– o una igualdad entre los españoles que hoy en día ya es más que dudosa.

Lo más curioso, sin embargo, es que el propio Rajoy se desmiente: sí hay líneas rojas, cosas por las que no está dispuesto a pasar, porque puede negociarlo todo y transigir casi con todo… pero no con las poltronas: él tiene que ser el presidente del Gobierno sí o sí, y también tiene que designar con su divino dedo al presidente del Congreso. Los principios se pueden aparcar, pero las poltronas, ni tocarlas.

Rajoy está demostrando, y lo hace con denuedo para que no quede ninguna duda, que España no le preocupa demasiado, que su partido no le preocupa nada en absoluto y que, en cambio, su futuro le ocupa al ciento por ciento.

Cualquier observador imparcial le diría al todavía presidente que él ha sido la rémora que ha venido lastrando al PP en todas las convocatorias electorales de los dos últimos años; que sus errores tácticos y su nefasta gestión han llevado al PP a perder un tercio de sus escaños y de su electorado; que su apuesta por el voto del miedo es un fracaso que ha hecho que no pueda gobernar; que con casi cualquier otro candidato las opciones del PP en unas hipotéticas elecciones en primavera serán mucho mayores…

Pero eso a Rajoy le da igual, porque a él lo único que le preocupa es pasar unos meses más en La Moncloa, disfrutar algo más de tiempo de un poder con el que no hace política, con el que no hace otra cosa que tratar de mantenerse en la poltrona, la única y verdadera línea roja para aquel que está dispuesto a sacrificarlo todo a cambio de mantenerse a flote.

Lo que hay que preguntarse es si su electorado y, sobre todo, su partido se lo van a consentir

Cataluña: qué felicidad
RAÚL DEL POZO El Mundo 5 Enero 2016

Nadie ha terminado entre rejas -como en el año 1873, 1931 o 1934 cuando los catalanes proclamaban la independencia en el balcón- y todo indica que han fracasado por cuarta vez. La Constitución de 1978 ha sido el plan defensivo, sin necesidad de capitanes generales.

Qué razón tenía Pla cuando decía que la historia romántica en Cataluña siempre ha sido una historia falsa y, por eso, a pesar de sus sueños de grandeza, todo termina siendo local: "En el Mediterráneo todo es local: la meteorología, la cocina, los dialectos, la gente". Todo es cambiante, pero fugaz. Así ha sido la ultima intentona del independentismo, local y fugaz. Al final se ha impuesto la lucha de clases y de ideologías sobre el romanticismo de trapo y alirón.

"Vivimos un momento glorioso -me dice el maquiavélico catalán que suele informarme desde el palacio gótico-, todo está en el aire, todo un poco más complicado, enredado y Cataluña, cada día más unida a España. Una no puede vivir sin la otra. Lo que pasa en Cataluña condiciona la política española y lo que pasa en España condiciona la política en Cataluña. Si en Cataluña se convocan elecciones, en España posiblemente también; si en Cataluña se forma un Gobierno independentista, en España se formará la gran coalición. Quieren separarse, pero no pueden. Están unidas por fuerzas históricas más poderosas que las elecciones". Le pregunto: "Pero, ¿qué puede pasar". Contesta: "Lo más probable es que haya elecciones o elijan a Neus Munté, la mujer en la que pensaron. En España no habrá Gobierno hasta saberse el resultado. Viviremos meses de indeterminación, sin nuevas leyes, ni ocurrencias, ni amenazas, ni gestos, quizás con una política de baja intensidad. Qué felicidad".

"Iglesias bsesionado por ser un buen socialista, curiosamente, ensaya la misma obra con la misma trama con la que fracasaron los socialistas"

Mientras la política se serena, Pablo Iglesias vive, tardíamente, el sentimiento trágico de Cataluña-España. Él piensa que la política son escenarios y hay escenarios que son favorables y otros que son desfavorables. Obsesionado por ser un buen socialista, curiosamente, ensaya la misma obra con la misma trama con la que fracasaron los socialistas. Piensa que el PSC ha obtenido un resultado peor que Podemos porque se colocaba más al lado de España. "Cuando Pedro Sánchez -dice Pablo- va con la bandera, está diciendo: 'Eh, que nosotros somos España, nosotros defendemos que Cataluña pueda encajar dentro de España', reconociendo que Cataluña es una nación, mientras el PP dice tanques... Guardia Civil".

Cuando Cataluña se aleja de sus propias fantasías históricas, y se repite por cuarta vez el fracaso de la declaración de independencia, la nueva izquierda se vuelve a enredar en esa subasta de fueros y exenciones. "Nosotros nos sentimos orgullosos de ser españoles al mismo tiempo que hemos reivindicado la plurinacionalidad del Estado", insiste Pablo Iglesias. Él mismo se ha metido en las palmeras de Bismarck, en esa eterna contradicción de ser Bolívar en Cataluña y 'Canciller' de Hierro en Madrid.

¿No habrá millones de españoles?
Gorka Maneiro. Parlamentario vasco www.latribunadelpaisvasco.com 5 Enero 2016

Cataluña asolada por el virus del nacionalismo y abocada a unas nuevas elecciones tras meses de inacción política y falta de respuesta de las autoridades ante los problemas reales de los ciudadanos: paro, precariedad, pobreza, desahucios o desigualdad, entre otros muchos. España en crisis institucional y política, con los partidos políticos dándose codazos para ganar espacio ante la previsible convocatoria de nuevas elecciones generales, olvidados los asuntos que importan a la gente. España asolada por el virus del nacionalismo que pretende romper la unidad del país y fraccionar la ciudadanía. España sin resolver sus gravísimos problemas políticos que podrían llevarle a una situación peor que la actual: desigualdad territorial y social, paro, precariedad laboral, corrupción institucionalizada, incremento del populismo, degeneración de los partidos que sustentaron durante años el bipartidismo, falta de esperanza y un largo etcétera. España ingobernada y quizás ingobernable, y no porque la pluralidad sea poco recomendable (es justo lo contrario, es muy recomendable) sino porque los principales partidos políticos siguen anteponiendo sus intereses particulares a los intereses generales de los españoles y tratan de orillar, posponer o sepultar las reformas que España necesita.

Ante esta situación, ¿no hay, no habrá, millones de españoles dispuestos a sustituir, con su voto, la mala política por la buena política? ¿No habrá millones de españoles que sepan diferenciar la cosmética y la propaganda de la política radicalmente auténtica que sirve de verdad para cambiar las cosas? ¿No habrá millones de españoles favorables a modificar la ley electoral para que el voto de cada ciudadano valga lo mismo y se introduzcan además las listas abiertas, la limitación de mandatos o incluso las primarias obligatorias? ¿No habrá millones de españoles favorables a profesionalizar la Justicia en España, es decir, descolonizarla de los partidos viejos que la colonizaron para utilizarla en su beneficio?

¿No habrá millones de españoles progresistas dispuestos a defender la unidad, lo común, la pluralidad pero la unión, el consenso y la cordura? ¿No habrá millones de españoles favorables a regenerar en España la democracia, acabar con la politización de las instituciones, poner fin a la corrupción institucionalizada, abrir los partidos políticos a la gente, impulsar medidas de participación ciudadana, despolitizar las radios y las televisiones públicas o exigir que el dinero público se destine a mejorar la vida de la gente? ¿No habrá millones de españoles favorables a cambiar el modelo productivo, impulsar medidas de creación de empleo digno y estable y favorecer la creación de riqueza que pueda llegar a todos los españoles? ¿No habrá millones de españoles dispuestos a salvaguardar el Estado del Bienestar, la Educación y la Sanidad, la Dependencia y pensiones dignas para nuestros mayores? ¿No habrá millones de españoles dispuestos con su voto a cambiar las cosas a fondo, regenerar la democracia, modernizar España, exigir limpieza en las Instituciones e higiene democrática a los partidos políticos? ¿No habrá millones de españoles dispuestos a hacer Justicia, dignificar la política y salvaguardar la democracia? ¿No habrá millones de españoles para llevar a cabo tantas cosas tan importantes?

Claro que los hay: la inmensa mayoría de ciudadanos quiere y queremos vivir en un país mejor. Y cuando se quiere, normalmente se puede.

Irán es peor que Arabia Saudí
Max Boot Libertad Digital 5 Enero 2016

En la jungla sin ley que es el sistema internacional, las naciones rara vez pueden permitirse el lujo de elegir el bien o el mal. Por lo general se trata de elegir un mal menor o mayor. Es lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial, cuando nos aliamos con Stalin para detener a Hitler, y es lo que sucede hoy en el caso de Arabia Saudí contra Irán. Ambos países libran una competición por el poder y la influencia en Oriente Medio. Ambos violan los derechos humanos; pero no nos equivoquemos: Irán es bastante peor desde el punto de vista estadounidense, no sólo moral sino estratégicamente hablando.

Vale la pena tener esto en cuenta mientras vemos cómo se desarrolla el drama por la ejecución del jeque Nimr al Nimr por los saudíes. Al Nimr era un clérigo chií fuertemente critico con la familia real saudí. Por lo que puede juzgarse a partir de la información públicamente disponible, no defendía la violencia ni tomaba parte en actividades terroristas. Así las cosas, su ejecución, junto a la de otras 47 personas, constituye una farsa y una colosal violación de los derechos humanos.

Pero eso no implica que Irán pueda consentir que una turba asalte y lance bombas incendiarias contra la embajada saudí de Teherán. Se trata de una violación de las normas que rigen las relaciones entre los países, según las cuales las embajadas son territorio bajo soberanía del titular de la propia embajada, y no se puede entrar en ellas sin su permiso. Pero desde la revolución de 1979, que incluyó, naturalmente, el asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán y la toma de diplomáticos como rehenes, el régimen iraní ha convertido en práctica habitual la violación de la inmunidad diplomática y de otras reglas de las relaciones internacionales. Tan sólo unos años después, en 1983, terroristas patrocinados por Irán cometieron un atentado contra la embajada estadounidense en Beirut en el que mataron a 63 personas: uno más de los numerosos crímenes iraníes contra Norteamérica que el régimen revolucionario de Teherán no ha enmendado y por el que no se ha disculpado.

Aunque invoque la venganza divina contra Arabia Saudí, no es que el régimen iraní esté precisamente en condiciones de protestar por las violaciones a los derechos humanos cometidas por Riad. A finales de octubre, una investigación de Naciones Unidas descubrió que el empleo de la pena capital por Irán estaba aumentando a un ritmo exponencial, y que en 2015 se superarían las mil personas ejecutadas en la República Islámica. Amnistía Internacional, que informó de que en el primer semestre del año se había ejecutado a cerca de 700 personas, proclamó:

Las autoridades iraníes deberían avergonzarse de ejecutar a cientos de personas con absoluto desprecio a las garantías básicas del proceso debido.

El panorama general de los derechos humanos en Irán no resulta más alentador. Según Human Rights Watch, pese a la elección del candidato moderado Hasán Ruhaní como presidente en 2013,

el país no ha visto mejoras significativas en el campo de los derechos humanos. Elementos represivos presentes en las fuerzas de seguridad y de inteligencia y en el sistema judicial siguen conservando amplios poderes y continúan siendo los principales autores de abusos (…) El país sigue siendo uno de los mayores carceleros mundiales de periodistas, blogueros y activistas en las redes sociales. Mir Husein Musavi, Zahra Rahnavard y Mehdi Karrubi, destacadas figuras de la oposición que llevan desde febrero de 2011 sin ser acusadas formalmente de nada ni ser llevadas a juicio, siguen bajo arresto domiciliario.

Y no olvidemos las mayores violaciones de derechos humanos del régimen iraní, cometidas no en su territorio sino en el de Estados vecinos. Dede 2011 Irán ha respaldado una sangrienta campaña de su peón Bashar al Asad para reprimir un levantamiento en su contra. Según cálculos conservadores, Asad ha matado al menos a 200.000 de sus compatriotas con ayuda iraní, empleando armas químicas y bombas de barril, entre otros medios. Se trata de un crimen contra la humanidad que roza el genocidio, y no podría haberse cometido sin el patrocinio de la República Islámica. Además, Irán auspicia escuadrones de la muerte chiíes en Irak; arma a Hezbolá y Hamás, empeñados en la aniquilación de Israel; respalda a los rebeldes huzis del Yemen y comete atentados contra los judíos en general y los israelíes en particular desde Bulgaria a Argentina.

Arabia Saudí ya es lo bastante mala; es la sociedad más opresiva y cerrada que he conocido. Su discriminación sexual da náuseas. Su promoción de la ideología wahabista ha desempeñado un papel significativo en el auge de grupos como Al Qaeda. Pero el reino saudí también se siente amenazado por ese grupo terrorista y otros de su misma ralea y ha actuado enérgicamente contra ellos. Desde luego, muchos saudíes siguen formando parte de AQ, del ISIS y de otros grupos, pero, por lo que sabemos, lo hacen sin respaldo estatal y, de hecho, frente a un activo esfuerzo por detenerlos. Por otra parte, la Fuerza Quds iraní patrocina el terrorismo con pleno apoyo del régimen de Teherán.

En resumen: por muy desagradables que sean los saudíes, los iraníes son mucho peores. Arabia Saudí no está cometiendo crímenes contra la humanidad como está haciendo Irán, ni trata de subvertir a sus vecinos, ni de librar una guerra contra Estados Unidos o contra nuestros aliados. De hecho, los saudíes han alcanzado una tranquila distensión con los israelíes porque ambos están unidos en su mutua oposición al creciente poder de Irán.

La política estadounidense debería ser clara: hemos de estar de parte de los saudíes (y de los egipcios, de los jordanos, de los emiratíes, de los turcos, de los israelíes y de todos nuestros aliados) para detener al nuevo Imperio Persa. Pero en cambio la Administración Obama, moral y estratégicamente confundida, está mimando a Irán, en la vana esperanza de que con ello, de algún modo, convertirá a Teherán de enemigo en amigo.

La última prueba de todos estos mimos ha sido la decisión adoptada la víspera de Año Nuevo por la Administración de no imponer sanciones contra Irán tras haber llevado ésta a cabo en los últimos meses pruebas de misiles balísticos, contraviniendo las sanciones de Naciones Unidas. Con ello se envía una terrible señal a Teherán y al resto de la región: Estados Unidos no sólo no castigará las violaciones iraníes de las normas internacionales, sino que se mantendrá al margen mientras Irán trata de dominar la región.

Por desgracia, ciertos republicanos (léase Ted Cruz) están apoyando esta farsa al sugerir que Estados Unidos se alíe con el principal peón iraní, el régimen de Asad. Cruz tiene razón en cuanto a que a veces Norteamérica tiene que hacer causa común con regímenes indeseables. Pero en Oriente Medio deberíamos hacerla con Arabia Saudí y con otras monarquías del Golfo frente a la República Islámica de Irán. En otras palabras: tendríamos que ponernos del lado de nuestros aliados contra nuestros enemigos.

Esto podría parecer una perogrullada, pero por lo visto en estos tiempos no lo es, en medio de la confusión desbocada que impera en Washington.

© Revista El Medio - Commentary

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El problema no es Cataluña, el problema es Artur Mas
Editorial La Razon 5 Enero 2016

El problema de la política catalana ya no es sólo el «proceso», sino Artur Mas. Desde su aparición en las primeras elecciones autonómicas, que se permitió adelantar en 2012 para conseguir una mayoría holgada y emprender el camino hacia la independencia como Moisés (según la versión de Charlton Heston) conduciendo al pueblo judío hacia la Tierra Prometida, ha quedado como un personaje incompetente y oscuro, que ha llevado a Cataluña a un callejón sin salida. Si el mayor capital que atesora un político es la confianza que transmite, de Mas ya no se fía nadie. Ni los suyos.

El precio de su aventura ha sido demasiado alto. Ha afectado al prestigio de la sociedad catalana y de sus instituciones de autogobierno. El uso desleal e indigno que el nacionalismo ha hecho de la Generalitat en sus campañas propagandísticas y en la construcción de las «estructuras de Estado» tendrá consecuencias, si no de manera inmediata, sí a más largo plazo, porque cualquier solución al conflicto no pasará por blindar derechos y reconocer identidades históricas, sino por emprender un camino que secularice el nacionalismo de dogmas antiliberales y gestionar con sentido común y racionalidad las competencias de las que dispone, que no son pocas. Ese es el signo de los tiempos en las democracias europeas; lo demás son fórmulas populistas de toda índole basadas en que los ciudadanos están por debajo de las naciones.

El catalanismo moderado y pactista, que es una de las víctimas del «proceso», deberá repensar cuál es su papel político, si no quiere acabar –si no ha terminado ya– como un mero «lobby» regionalista e instrumental para gestionar los intereses comerciales y agravios históricos. Es evidente que Mas no está llamado a realizar esta tarea: nunca ha sido un político que mirase más allá del orden del día de su Gobierno. El delfín de Pujol había sido diseñado para proseguir una obra basada en confundir el partido –la desaparecida CiU– con el poder de la Generalitat. Como estratega del plan secesionista, los hechos demuestran el disparate de confundir el clamor de las masas al paso de sus tropas con las batallas ganadas, las banderas con los presupuestos generales del Estado y la televisión pública con el boletín oficial.

Un ejemplo de esta visión patrimonial de Cataluña es el hecho de que, después de llevar a la ruina a su propio partido y de no poder ser investido presidente al no conseguir los votos de una minoría de diputados ideológicamente en las antípodas, anuncie que permanecerá en el cargo y que se volverá a presentar a las elecciones. Y no pasa nada. Algo en el sistema político creado por el pujolismo impide que en Cataluña se aplique con rigor el control sobre los asuntos públicos y que el mayor responsable de un desastre de la envergadura del «proceso» no dé cuentas de ellos. La situación es tan excepcional que se considera normal que el futuro presidente de la Generalitat, su Gobierno y los diputados del Parlament estén dedicados plenamente a aplicar el plan soberanista. No hay más tarea.

Que haya o no elecciones anticipadas es ya irrelevante, aun siendo las próximas las terceras en cinco años y sólo con el objetivo de conseguir una mayoría independentista que el electorado catalán se niega a dar. Lo que revela esta situación es que el «proceso» sólo puede seguir hacia adelante aplicando el programa máximo. De ahí que sea necesario un Gobierno fuerte en la nación y que se eviten frivolidades sobre el reconocimiento al derecho de autodeterminación.

Cabalgar un tigre Isabel San Sebastián
Isabel San Sebastián. ABC 5 Enero 2016

El fracaso hoy se llama Artur Mas y habita en Cataluña. Es imposible caer más bajo de lo que se ha arrastrado él durante los últimos meses para llegar al final del calvario con un portazo en las narices. No cabe humillación mayor de la que le ha sido infligida. Si su mentor, Jordi Pujol, antaño «muy honorable», es ahora señalado como «extremadamente corrupto», a él le espera el desprecio de cuantos le han padecido en un horizonte penal repleto de incertidumbre. El balance de su mandato al frente de la Generalitat se resume en tres palabras: ruina, fractura, ridículo.

Mas jugó a ser el Moisés de una nación sojuzgada y se ha quedado en patética parodia de caudillo bananero. Confundió el ruido de la calle con la voluntad del pueblo. Se abrazó al independentismo como quien se agarra a un clavo ardiendo, tratando de ganar tiempo e impunidad, sin conseguir otra cosa que sufrir una tortura cruel antes de ver rodar su propia cabeza política. Quiso huir hacia adelante cabalgando a lomos de un tigre y ha sido devorado por la fiera.

La CUP ha dicho finalmente «no» a la investidura del candidato propuesto por Junts Pel Sí, por ser él quien es y llevar impregnado en la piel el hedor a cloaca que desprende su partido. De nada le ha valido al líder del nacionalismo antaño moderado echarse al monte del republicanismo separatista o aceptar un cuarto puesto tan vergonzoso como vergonzante en la lista híbrida que, lejos de unir, partió por la mitad a la sociedad catalana. Han sido baldíos todos sus intentos de soborno al uso ofreciendo cargos y prebendas. Sus muchas penitencias públicas, tan humillantes para él como para la institución que representa, han caído en saco roto. El veredicto implacable ha sido «no», a pesar de que la mismísima Terra Lliure, heredera de quienes mataron en pro de la independencia, había levantado el pulgar. En esa amalgama de grupúsculos antitodo, enemigos de la disciplina y sin nada importante que perder, resulta imposible ejecutar un plan por bien orquestado que esté. Todo es volátil, imprevisible, asambleario, caótico. Tan caótico como el futuro al que se enfrenta una comunidad autónoma abocada a regresar por cuarta vez a las urnas en menos de cinco años, con un pronóstico demoscópico que duda entre asignar la victoria a la Esquerra Republicana de Junqueras o dársela directamente a la plataforma podemita encabezada por Ada Colau.

Si nuestros políticos patrios mostraran verdadera altura de miras. Si alguno se hubiese molestado en hacer algo de autocrítica desde el pasado 20-D y no se empeñara en confundir sus deseos con la realidad. Si imperara el patriotismo en lugar de la ambición personal, tal vez el ejemplo de Mas y la difunta Convergencia servirían de revulsivo. Lamentablemente, me temo, no será así. Pedro Sánchez y sus pretorianos seguirán pensando que el pueblo ha votado «cambio» (en lugar de reconocer a cada formación sus escaños) y harán todo lo que esté en su mano por cabalgar a lomos de Pablo Iglesias. Este se dejará querer, convencido de haber obtenido del electorado un mandato popular para redimir a la izquierda, dinamitar una Constitución obsoleta y llevarnos del ronzal a eso que llama la «plurinacionalidad». Los barones supuestamente sensatos harán como que critican, pero no tomarán medidas que impidan gobernar a sus siglas. En el cuartel general del PP seguirán aferrándose a la esperanza de una investidura imposible, nadie le pedirá a Rajoy que dé paso a otro candidato o candidata sin vinculación con un pasado manchado, e incluso habrá quien se atreva a decir, como en el último Comité Ejecutivo, que «España nunca fue tan azul».

Nueve apellidos navarros, o vascos, o andaluces, o gallegos
Pascual Tamburri esdiario 5 Enero 2016

El nacionalismo manipula a la sociedad imponiendo nombres que incluso inventa... pero que no significan una identidad real, sino el triunfo de su propaganda.

Los hechos demuestran que las únicas diferencias de fondo entre españoles son las que crean los nacionalistas. Que imponen nombres para marcar fronteras que no existen.

Si uno creyese a los nacionalistas vascos, pensaría que los “ocho apellidos” de un vasco o de un navarro serían normalmente algo así como ‘Urtiaga Mutuberría Uriarte Satrústegui Urdinarana Goicoechea Urrutia Echeverría’. Es decir, un testimonio a lo largo de unos cuantos siglos de una identidad humana marcadamente distinta de las provincias limítrofes, castellanas o aragonesas. Y de hecho ellos lo creen, a veces con tanta pasión que rebasan el ridículo y dan lugar a películas sencillas pero divertidas como ‘8 apellidos vascos’ u `8 apellidos catalanes’.

El problema es que esa percepción identitaria de los nacionalistas es totalmente falsa. Y también, o más, en su codiciada y adorada Navarra. Ni lo primitivamente inventado por Sabino Arana ni lo modernizado y convertido al totalitarismo por Federico Krutwig responde a los hechos. Por supuesto que hay una identidad vasca; pero era antes y en sus elementos esenciales (no en los añadidos e inventados en el último siglo de manipulaciones) sigue siendo una variante dela identidad castellana y a través de ella de la española. Y hay una identidad navarra, por supuesto; que desde su misma raíz es parte de la identidad española rehecha en la Reconquista.

Hay elementos de las identidades colectivas que van y vienen con mucha facilidad, y no pocos que son susceptibles de fácil manipulación, supresión o adición según convenga a un determinado proyecto de futuro. Por ejemplo, se pueden sustentar identidades colectivas en la afición a ciertos deportes y dentro de ellos a ciertos equipos; en ciertas formas de vestir o en el rechazo a otras; en personajes y festejos variopintos, desde el Olentzero a los Sanfermines y desde la Semana Grande a las Javieradas. Puede haber identidades basadas en ciertas peculiaridades en las formas colectivas de diversión, en lo que se come, en lo que se bebe y hasta en las drogas que se consumen. Puede incluso sustentarse una identidad en una lengua, aunque haya que inventarla, extenderla, imponerla e idealizarla; pueden ser elementos de una identidad los nombres más usados por y para los niños que van naciendo. Todo esto es frágil, va y viene, y puede darse, como es el caso aquí, que haya cambiado por completo en 150 años y en su mayor parte en los últimos 50. Y lo que es más, cambiará en los próximos 50, aunque no sepamos en qué dirección.

Hablando de la identidad navarra, hoy entre los nombres más usados en la provincia están Aimar, Unai, Iker, Mikel, Julen, Oier e Ibai, así como Irati, Nahia, Ane y June, todos ellos nombres “de origen vasco” (y por cierto casi todos ellos hecho o rehechos en las últimas décadas, precisamente por una voluntad de identidad vasca). Frente a ellos, sólo Pablo, Javier, Lucía, Noa, Leyre, Sofía y María no son específicamente vascos entre los 18 primeros nombres más usados en Navarra. Cualquiera que vea esto puede pensar que Navarra tiene una identidad masivamente vasca. Pero los nombres mayoritarios van y vienen, siguen modas, siguen incluso tendencias políticas, y esa mayoría neo-vasca del comienzo del siglo XXI es nueva y lo mismo que vino se irá. No es prueba ni de una mayoría vascoparlante, ni de una mayoría abertzale, aunque sí de una gran capacidad abertzale de agitación social y cultural. Y de muchas rendiciones, por supuesto.

Ahora bien, un elemento mucho más estable en los siglos de la identidad regional son los apellidos. Cierto, no siempre han existido, pero han durado mucho más que los nombres. Y los 9 apellidos más comunes en la Navarra de hoy son, contra lo que esperaríamos según la vulgata abertzale, ‘García, Martínez, Pérez, Jiménez. Fernández, González, López, Sánchez y Hernández’. Ninguno típicamente “vasco” ni “navarro”, salvo que aceptemos, como es de justicia, que éstos lo son, desde don Diego López de Haro en adelante. En la última generación hemos artificialmente euskaldunizado los nombres de los que nacen, sea por convicciones políticas, sea por presión cultura, sea por simple moda. Pero eso no responde a las raíces permanentes de lo navarro. Al niño le llamaremos Aimar, aunque no sepamos realmente por qué. El consejero le hará estudiar vascuence, aunque en casa nunca se haya hecho, y terminaremos por creer que así debe ser. Lo convenceremos de las verdades nacionalistas, y a través de él nosotros mismos nos empaparemos de tanta falacia. Pero eso no cambia ni su origen ni su apellido. Y tanto si lo llamamos Aimar como si preferimos Tiburcio o Francisco como sus bisabuelos, seguirá siendo García Martínez. Que es, por supuesto, navarro, aragonés, castellano, vasco, gallego y catalán. O sea, español.

Cómo destrozar Cataluña en solo cinco años
Gonzalo Bareño La Voz 5 Enero 2016

Siendo extensa la nómina de patanes políticos que ha dado España, resulta muy difícil encontrar en nuestra historia un personaje más patético que Artur Mas. Como si el destino se hubiera ensañado con la grotesca carrera de este hombre ridículo, su muerte política no llega por una derrota a manos de unos enemigos políticos a los que poder demonizar, y ni siquiera por la aplicación de la fuerza democrática de ese Estado español al que tanto odia. El óbito le llega a nuestro atolondrado protagonista como consecuencia de la humillación absoluta a la que le ha sometido un minúsculo partido independentista. Algo que le impide endosar su estrepitoso fracaso al odio españolista que tantas veces le ha servido de escapatoria y parapeto.

El espantoso ridículo protagonizado por este caudillo de todo a cien, capaz de arrastrarse por el lodo con tal de mantenerse en el poder, no pasaría de ser un episodio cómico y olvidable si no fuera por las terribles consecuencias que su delirante afán de protagonismo ha tenido y tendrá para la convivencia ciudadana en Cataluña y para la economía y la credibilidad internacional que sus habitantes se habían labrado con siglos de esfuerzo común. Visto ahora con perspectiva, para los catalanes y para el resto de españoles parece casi un mal sueño el que una persona de tan mínima inteligencia y tan ínfima talla política haya podido provocar tanto daño en tan poco tiempo.

Hay que comprobar el calendario para acabar de creerse lo que ha conseguido en cinco años el que se hacía llamar el astuto. Por hacer un rápido resumen, en el año 2010 Artur Mas gobernaba plácidamente en Cataluña gracias al respaldo de los 62 diputados de su partido que, sumados a los diez de los independentistas de ERC, le proporcionaban una cómoda mayoría absoluta. CiU, la fuerza política que lideraba en ese momento, era una histórica coalición nacionalista moderada que parecía indestructible y que había ganado ininterrumpidamente en número de escaños todas las elecciones autonómicas celebradas en Cataluña. Hoy esa coalición no existe. Unió está fuera del Parlamento catalán y del español. CDC es un partido independentista radical desprestigiado y sin ningún posible aliado, que tiene que ocultar sus siglas para subsistir y que bajo la denominación de Democràcia i Llibertat es ya la cuarta fuerza política de la Comunidad. ERC le supera tanto en votos como en escaños en el Congreso. Y Cataluña, que llevaba siglos siendo el motor económico español y dando muestras de civilizada y pacífica convivencia entre nacionalistas y no nacionalistas, es un territorio sumido en el desgobierno y la permanente crispación social que tiene que pedir prestado al resto de España para pagar sus facturas y cuyo destino político ha sido decidido por 3.000 miembros de una fuerza antisistema. Y todo ello, sin que los independentistas hayan logrado uno solo de sus objetivos. La única buena noticia para los catalanes es que Artur Mas es ya un cadáver político que no podrá hacerles más daño.


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