AGLI Recortes de Prensa   Sábado 9  Enero  2016

El coste de la irresponsabilidad política
EDITORIAL Libertad Digital  9 Enero 2016

Los resultados de las elecciones generales del pasado diciembre han dibujado un complejo panorama político que obliga a la búsqueda de acuerdos entre PP, PSOE y Ciudadanos con el fin de conformar un gobierno estable y, sobre todo, mínimamente razonable, alejado, pues, de los extremismos rupturistas y bolivarianos que propugna Podemos. Pero si populares y socialistas, con o sin el apoyo de Albert Rivera, no alcanzan un pacto que permita la gobernabilidad tras la constitución del Parlamento, España debería convocar nuevas elecciones cuanto antes, ya que prolongar el actual contexto de inestabilidad tan sólo perjudicaría al conjunto de la economía nacional, favoreciendo de paso las aspiraciones de Pablo Iglesias y sus socios independentistas.

El coste de esta particular incertidumbre es difícil de cuantificar, puesto que sus efectos no son visibles de forma explícita e inmediata, pero su factura, en todo caso, resulta muy elevada en forma de inversiones paralizadas o, directamente, suspendidas, tal y como ya empiezan a reflejar ciertos indicadores. La llegada de las "fuerzas del cambio" a importantes ayuntamientos y autonomías en los comicios municipales y regionales del pasado mayo ya se tradujo en la paralización de cuantiosos proyectos urbanísticos y empresariales, además de nuevas subidas fiscales y un ambiente de inseguridad jurídica que en nada contribuyen a la generación de riqueza y empleo. Si a ello se suma ahora la parálisis política que sufre el país, el temor de empresarios e inversores se agrava por momentos, poniendo en riesgo el crecimiento de la economía en caso de que esta situación se prolongue demasiado en el tiempo.

Sin embargo, el coste más preocupante y gravoso no deriva de la incertidumbre, sino de la profunda irresponsabilidad que están demostrando los dos grandes partidos, centrados exclusivamente en defender los intereses particulares de sus respectivos líderes en lugar atender a los de todos los españoles. Que Pedro Sánchez plantee siquiera la posibilidad de pactar con Podemos y su esperpéntica amalgama de socios denota una enorme insensatez, y no sólo porque el fruto de dicho pacto podría suponer la ruina y la ruptura de España, sino porque, en última instancia, también implicaría la desaparición del PSOE, fagocitado por la formación de Iglesias. Y ello, sin contar que Sánchez se mantiene en el cargo de secretario general del partido a pesar de sus nefastos resultados electorales, en lugar de dimitir y propiciar así una renovación interna, tal y como hacen los dirigentes honestos y con altura de miras en otros países -Ed Miliband, por ejemplo, dimitió de inmediato como líder laborista tras su gran derrota ante Cameron-.

Pero el PSOE no es el único partido en el que la responsabilidad brilla por su ausencia. La histórica pérdida de escaños y de votos que ha protagonizado Mariano Rajoy también debería plantear su salida y el inicio de una profunda reestructuración en su cúpula para recuperar los principios y valores que, en su día, convirtieron al PP en un partido sólido y firme. En la actualidad, España encara, por tanto, una doble tarea: por un lado, demostrar que el bipartidismo ha alcanzado la madurez democrática suficiente como para aparcar sus diferencias para garantizar la gobernabilidad y defender el interés general de los españoles; y, por otro, demostrar que los líderes políticos tienen la responsabilidad y el sentido de estado suficientes como para, llegado el caso, apartarse por el bien de sus partidos y, en última instancia, del propio país. De ello dependerá la correcta resolución o no de la actual crisis política.

El agujero negro de la política
Amando de Miguel Libertad Digital  9 Enero 2016

Maravilla el inmenso atractivo que ejerce la política en el sentido de las intensas vocaciones para acceder a altos cargos. Vocalmente se trata de puestos incómodos, que quitan fines de semana para estar con la familia o dedicarse a los ocios. Recorta la libertad al tener que modular las opiniones propias en la línea del partido. Hay que aguantar todo tipo de sumisiones a los jefes. Y sin embargo alguna compensación oculta tiene que tener la carrera política para que se inscriban tantos corredores.

Se podría pensar que el aliciente es la posibilidad de conseguir dinero del erario de forma ilícita. Es lo que llamamos corrupción. Pero ese tortuoso camino lo siguen solo muy pocos altos cargos. La proporción de sinvergüenzas en la política es mínima, más o menos la que existe en todas las profesiones. No hay por qué escandalizarse.

Pero entonces, ¿dónde está el secreto? Muy sencillo. La política es para muchos el mejor método para hacerse ricos sin grandes esfuerzos. Todo ello, legalmente. Los políticos acuerdan conceder a sus respectivos partidos y sindicatos miles de millones de euros extraídos del erario. En ese punto el consenso es absoluto entre todas las fuerzas políticas.

La simple actividad política permite contactos privilegiados para hacer dinero, siempre de manera lícita. Al dejar la carrera política, con tal de que el sujeto haya sido disciplinado se le abren inmensas posibilidades de ganar dinero, insisto, siempre legalmente.

Ante tal panorama, es lógico pensar que van a ser muchas las vocaciones para estar en las listas electorales. Es una lotería que siempre toca. No hace falta llegar al Gobierno. También se medra siendo oposición, sobre todo ahora que, juntando pequeños grupos opositores, se puede llegar a gobernar.

Gobernar quiere decir que se decide directa o indirectamente un presupuesto que representa la mitad de lo que producimos todos los españoles. Se comprende que, ante ese premio, todos los partidos se precien de ser socialdemócratas y favorecedores del Estado de Bienestar. El bienestar primero es el de los que mandan. Eso es lo que se llama vocación de servicio público.

Solo los tontos se inclinan por la corrupción política. De ellos solo unos pocos van a la cárcel. La gran mayoría son honrados, y de estos, los más listillos hacen mucho dinero. No solo eso: son envidiados por el resto de la población. Dar envidia es uno de los grandes placeres lícitos de la vida.

¿Cómo se nota el privilegio de los gerifaltes, aunque estén en la oposición? Muy sencillo, normalmente, no tienen que pagar muchos de los gastos corrientes que hacen los meros contribuyentes: gasolina, comidas, teléfono, transporte, viajes. Otra diferencia más sutil: cuanto más alto sea el puesto, más tienen que esperar los demás. El gerifalte máximo llega el último y se va el primero de cualquier tipo de convocatoria, reunión o conciliábulo. Según se sube por la escala jerárquica se deja de conducir el coche. Alguien se lo conduce. Es mentira que sea por razones de seguridad. Es simplemente una ostentación de poder más.

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¿Por qué es bueno que exista España?
Miguel Ángel Quintana Paz vozpopuli.com  9 Enero 2016

La unidad de España ha recobrado actualidad tras las últimas elecciones y la exigencia al PSOE, por parte de Podemos, de que acepte referendos de autodeterminación en todas las comunidades autónomas cuyos dirigentes así lo decreten. Ya he narrado en alguna otra ocasión mi opinión a propósito de tales referendos a gogó. Ahora me gustaría en cambio atender a la otra cuestión más general: al por qué merece o no la pena esa unión entre los españoles. Para lo cual quizá convenga empezar por decidir qué entendemos por ella y su contrario: las brechas que nos dividen.

Es innegable que convivimos hoy en España con viejas brechas heredadas: brechas entre los nacionalistas y los no nacionalistas; cierta brecha cainita entre derecha e izquierda; otra brecha, parecía que atemperada, entre los creyentes y los no creyentes (que sin embargo se reaviva si pones a organizar una cabalgata de reyes magos a alguien que confiesa aborrecer a los reyes magos). En mi opinión están emergiendo además, y las últimas elecciones lo han confirmado, nuevas brechas: una brecha entre el mundo rural y el urbanita y otra brecha (en parte solapada con la anterior) entre los españoles de mayor edad y las jóvenes generaciones. Por no hablar de la brecha laboral que existe entre los que disfrutamos de un contrato fijo y los que solo malviven entre contratos precarios; o las brechas de género (aunque esta última no sea una peculiaridad española).

Todas estas brechas son importantes, qué duda cabe, al hablar de la unidad entre los españoles. Pero hoy me querría concentrar en una sola de ellas: la ruptura que algunos quieren crear entre unas regiones y otras, hasta el punto incluso de que algunas puedan levantar nuevas fronteras estatales entre unos ciudadanos y otros. Es esta una brecha importante pues rompería muchas cosas cruciales que aún, mal que bien, conservamos en común: un sistema sanitario, una seguridad social, una Constitución que nos garantiza iguales libertades y derechos en cualquier punto de nuestro territorio...

Los argumentos de los nacionalistas para levantar esas vallas entre unos españoles y otros suelen ser bien conocidos: que si los laboriosos nacionalistas catalanes están cansados de pagar con su trabajo a los vagos del resto de la península que no producimos tanto como ellos; que si España roba a Cataluña (aunque, bueno, ahora parece que robar, lo que se dice robar, la familia Pujol, sin ser ella “España”, también lo sabía hacer); que si el carácter catalán (civilizado, pacífico y europeo) es incompatible con el tosco y africanizado del resto de España... En fin, en general nada demasiado original entre la literatura xenófoba que recorre toda Europa desde la invención del nacionalismo. Aunque también utilizan argumentos tautológicos (“queremos separarnos porque esa es nuestra voluntad”) a los que poca respuesta racional, claro, cabe dar.

Ahora bien, ¿cuáles son en cambio los argumentos que tenemos aquellos que creemos bueno que España permanezca unida? Hasta ahora se han utilizado algunos argumentos que me parecen mejores y otros que seguramente no lo sean tanto; y se han olvidado ciertos argumentos que, siendo en mi opinión muy útiles, ha habido quizá ciertos complejos para aprovechar. Vayamos por partes.

Está en primer lugar un argumento muy sencillo, de tipo nacionalista-español, que podría resumirse en que España tiene que permanecer unida porque España es solo una nación (tal vez desde hace siglos y siglos) y las naciones deben estar unidas. Creo que este argumento no resulta muy útil pues solo convence a los ya convencidos de lo que está en juego: si España es la única nación “auténtica” que merece un sitio en la ONU o si debe dividirse en varias naciones más “verdaderas”, con asiento igualmente legítimo en tal institución. Los nacionalistas españoles optarán por lo primero; los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, canarios... por lo segundo. Unos y otros estarán convencidísimos de saber qué es eso de una “nación” que debe permanecer siempre unida; aunque, como diría Eric Hobsbawm, creerse que existen naciones por ahí sueltas, reclamando que les demos un Estado propio a cada una desde hace siglos y siglos, es algo que solo puede hacer un historiador tan ingenuo que aceptara también la creación del mundo en siete días tal y como la narra la Biblia.

Otro argumento, algo más elaborado, a favor de la unidad de España es que esta debe permanecer pues así lo estipula nuestra Constitución (en su artículo 2, por ejemplo, y quizá en el 1.2). Lo denominaremos el argumento legalista. Sin duda es importante recordar lo que dicen las leyes en estos tiempos en que ciertos gobernantes se proclaman (como los tiranos de toda la vida) exentos de la obligación de cumplir la ley por la que otros, si nos la saltáramos, bien tendríamos que pagar. Ahora bien, que la ley diga que España ha de permanecer unida no puede ser el único motivo para ver como deseable que España permanezca unida. Pues entonces bastaría cambiar esas leyes (por ejemplo, admitiendo los referendos a gogó que pide Podemos) para que ya no hubiera ningún argumento para seguir conviviendo unidos. Hace falta explicar no solo que existe la ley (a tanto antisistema deseoso de saltársela cuando le plazca), sino que esa ley común es bueno que exista.

Para ello se han utilizado a menudo dos argumentos que creo más potentes y que llamaré, respectivamente, el argumento socialdemócrata y el liberal. El argumento socialdemócrata (muy abundante, como lo es la mentalidad ídem entre nuestros intelectuales) consiste básicamente en lo siguiente: es bueno que España exista pues ello permite crear un espacio de solidaridad mayor entre los 46 millones de españoles, en que los ricos redistribuyan su riqueza con los pobres, en lugar de poner a las regiones más pobres al otro lado de la valla fronteriza para así no tener que redistribuir nada con sus habitantes. Aunque sin duda este argumento puede poseer cierta fuerza en nuestra mentalidad actual, me temo empero que adolece también de alguna limitación. Pues, al fin y al cabo, la solidaridad socialdemócrata (aun para sus creyentes) tiene siempre alguna frontera: ¿por qué debería solidarizarse un gerundense con un cacereño si este en cambio no lo hace (o no lo hace tanto como si vivieran en el mismo país) con un ugandés? Si un gaditano no es “malvadamente insolidario” por no compartir sus recursos con todos los tailandeses y nigerianos, ¿por qué sí habría de serlo un leridano al no compartirlos, “solidariamente” con tal gaditano? El socialdemócrata naturalmente aspira a cierto cosmopolitismo; y en tanto no seamos todos ciudadanos de una cosmópolis común, pedir que lo seamos con un barrio más o menos grande de tal cosmópolis resultará siempre insuficiente. (Aunque tienen razón nuestros amigos socialdemócratas en que el barrio grande, España, será siempre más acorde con su mentalidad que el barrio chico, sea este Cataluña o el Bierzo).

Algo semejante le ocurre al cuarto argumento que quiero valorar aquí, el argumento de tipo liberal. Según este argumento, es bueno que exista España pues ello crea un espacio común de derechos y deberes que nos protegen a todos por igual y que la división de España rompería. Creo que este argumento recoge una intuición moral potente: que es bueno dar iguales derechos y deberes fundamentales a todos los humanos. Ahora bien, lo cierto es que si Cataluña u otra comunidad española se separara del resto del país, es muy probable que también aprobara una Constitución con sus derechos y deberes, muy similares seguramente a los que hoy recoge la Constitución española y las del resto de Europa. De modo que, si solo nos preocuparan esos derechos y deberes, poco debería importarnos que sea la Constitución española, francesa, catalana o maragata la que nos los garantizara. Si queremos que una sola Constitución nos una a todos los españoles hay que argumentar algo más.

Es aquí donde me gustaría mencionar los dos últimos argumentos a favor de España que, por desgracia, no se usan tan a menudo como sería deseable, pero que en mi opinión podrían rendirnos dignos frutos a los que no queremos perder este espacio común español. El primero lo ha recordado hace poco Fernando Savater: es mejor vivir en un país mediano como España, con plurales culturas e identidades (y quizá, algún día, en un gran país Europa, con aún más pluralidad), a vivir en países pequeñitos obsesionados con cultivar una única cultura, esa “cultura propia” de la que tanto hablan los nacionalistas. Pues ello nos permitirá a cada uno elegir entre más idiomas, culturas, formas de ser... libremente, sin tener que preocuparnos por adaptarnos a la identidad única que desde un Gobierno nacionalista nos quieran imponer. Podríamos denominar este argumento como “pluralista”.


Y el último que quiero mencionar es, seguramente, el más olvidado de todos. Se trata de un argumento patriótico. (Ojo, no nacionalista: aquí me encargo de aclarar a los despistados que patriotismo y nacionalismo no son lo mismo). El patriotismo, palabra tan políticamente incorrecta hoy, consiste simplemente en notar que hay ciertos vínculos que nos unen más a ciertos habitantes del planeta Tierra que a otros y que por tanto tenemos algunas obligaciones más hacia ellos que hacia los demás. Esos vínculos bien podrían ser la trama de afectos de la que Arcadi Espada ha venido hablando. Hoy en día entre los españoles de todas las comunidades autónomas hay aún vínculos de todo tipo que nos unen más entre nosotros que, digamos, entre nosotros y los tailandeses citados antes. Esos vínculos no son una mera casualidad, al igual que el vínculo entre un padre y un hijo no es una mera curiosidad: no, el padre tiene ciertas obligaciones especiales hacia su hijo que no tiene hacia un niño de Bangkok, y eso no significa que ese padre sea especialmente “insolidario” hacia los nenes tailandeses. De igual modo, a los españoles hoy nos unen muchas cosas: no una identidad común que haya de acabar igualándonos en el futuro (como querría un nacionalista), sino meras relaciones entre nuestras diferencias. En una familia también existen vínculos sin que seamos todos iguales. Romper esos hilos (que siempre rompen las fronteras) sería romper algo valioso. Aprovechar esos vínculos para hacernos todos más fuertes, para sentirnos responsables hacia el sufrimiento del vecino, para enriquecernos mutuamente (no pienso principalmente en lo económico, aunque también) y para aprender a vivir con el diferente es lo que yo, hoy, entiendo por la palabra “patria”. Y me atrevo por ello a creer que la deberíamos reivindicar.

Transparencia y firmeza ante las agresiones a mujeres en la UE
EDITORIAL El Mundo  9 Enero 2016

La cadena de agresiones sexuales a mujeres en varias ciudades de Alemania y de otros países europeos durante la noche de fin de año lleva camino de convertirse en un grave problema social que puede poner en peligro incluso la política de inmigración de la UE. Todo empezó por las denuncias de unas decenas de mujeres que fueron asaltadas por un millar de hombres -identificados algunos como refugiados- en las inmediaciones de la estación de tren de Colonia y humilladas con tocamientos y robos. Después se conoció que sucesos idénticos se produjeron también en otras ciudades alemanas, como Hamburgo y Stuttgart, en situaciones que inducían a pensar que se trataba de acciones coordinadas.

Centenares de denuncias de las víctimas y el hecho de que, según las mujeres agredidas, muchos testigos y las primeras investigaciones de la Policía coincidieran en identificar a los autores de los asaltos como "originarios del norte de África y de países árabes" han elevado la alarma social y ha puesto en guardia al Gobierno alemán y a otros de Centroeuropa. Angela Merkel se vio obligada a salir del paso el jueves y prometió acelerar las deportaciones de delincuentes y revisar la política de tolerancia practicada hasta ahora por Alemania con los extranjeros: "Tenemos que lanzar un mensaje muy claro a quienes no están dispuestos a respetar el país que les acoge", manifestó.

Es alarmante que la respuesta de parte de la sociedad ante esta situación haya sido la creación de patrullas ciudadanas para proteger a las mujeres, como ocurrió ayer en Düsseldorf. Algo inédito hasta ahora en Europa. A esta escalada de tensión ha contribuido la nefasta gestión de la crisis desde Alemania. En este sentido, hay que recordar las equivocadas manifestaciones de la alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, quien tras una reunión del gabinete de crisis del Ayuntamiento de la ciudad aconsejó a las mujeres mantener las distancias con "personas con las que no hay una relación de confianza". Palabras que fueron contestadas inmediatamente desde diversos ámbitos sociales y políticos. "Las mujeres no son las responsables, sino los autores de los hechos", respondió el ministro de Justicia, Heiko Maas.

Pero hay que extender más allá las críticas a la gestión de estos sucesos. A la Policía de Colonia, por ejemplo, que se percató desde el primer momento de la existencia entre los asaltantes de Nochevieja de refugiados de Irak, Siria y Afganistán y tardó en informar sobre ello a la opinión pública. Precisamente la nefasta respuesta a los hechos motivó ayer la destitución del jefe de Policía de la ciudad. También los medios de comunicación públicos se han visto señalados por los ciudadanos porque no se hicieron eco hasta el 4 de enero de los asaltos producidos el 31 de diciembre. Han tenido que pedir perdón a los ciudadanos.

Como decimos, las agresiones se han ido extendiendo en movimientos tan parecidos que parecen coordinados y sus consecuencias han traspasado las fronteras alemanas. Ayer, por ejemplo, el primer ministro eslovaco, Robert Fico, afirmó que "la idea de una Europa multicultural ha fracasado" y anunció que su país no acogerá a refugiados musulmanes tras lo ocurrido en Colonia. Polonia y Hungría están estudiando medidas similares.

Por estas razones, dar una respuesta rápida y contundente a esas agresiones sexuales es, pues, mucho más determinante de lo que parece. Si, como todo indica, han sido protagonizadas en su mayoría por refugiados, es imprescindible localizar y detener a los autores y ponerlos a disposición judicial o, si es el caso, expulsarlos del país, como marca la ley con los extranjeros acusados de cometer delitos.

Los ciudadanos alemanes se encuentran consternados por estos hechos gravísimos y esa sensación empieza a recorrer el resto del continente. La sociedad necesita palpar, ahora más que nunca, que Europa puede compaginar la política de asilo de quienes llegan con una cultura distinta a la occidental con el mantenimiento de principios irrenunciables como la igualdad entre hombres y mujeres.

No caben ahora titubeos ni eufemismos que no harían sino agravar el problema. El Gobierno alemán, junto con los del resto de la UE y las autoridades comunitarias, cada uno en su ámbito, tienen la responsabilidad de cortar de raíz éstas y otras agresiones y para ello es imprescindible actuar con la máxima transparencia ante la opinión pública y con toda la contundencia que proporcionan las leyes para castigar a los delincuentes, vengan éstos de donde vengan. No es exagerado asegurar, pues, que si no se pone remedio cuanto antes a esta crisis se puede tambalear toda la política de inmigración de la Unión Europea.

Las 10 claves de la ola de agresiones sexuales en Colonia
¿Por qué el Ejecutivo de Merkel se empeñó en silenciar las agresiones sexuales en Colonia y en otras cinco ciudades alemanas? ¿Por qué la prensa silencia estas informaciones? Desvelamos las razones.
Juan E. Pflüger gaceta.es  9 Enero 2016

Los gobiernos europeos y una buena parte de los medios de comunicación del viejo continente están ocultando a la opinión pública la realidad de las agresiones que en varias ciudades alemanas y de otros países de Europa se están cometiendo contra mujeres europeas. Agresiones sexuales, violaciones en grupo, robos y palizas en la madrugada del 31 de diciembre al 1 de enero, de forma coordinada y protagonizada por inmigrantes musulmanes, en su mayor parte refugiados de las últimas oleadas recibidas por Europa. Un ataque contra la sociedad europea, su identidad y los valores morales de occidente.

Desde Gaceta.es no robamos a los españoles el conocimiento real de los hechos y analizamos las diez claves fundamentales para entender la importancia de estas agresiones y este ataque coordinado por musulmanes contra Europa.

1.- No es delincuencia convencional, es un ataque a Europa. Las violaciones y otras agresiones sobre mujeres europeas no se han producido exclusivamente en Colonia, donde ya son 170 las denuncias. Otras ciudades alemanas como Hamburgo, Frankfurt, Bielfeld o Stuttgart también han vivido sucesos tan preocupantes como estos. Además, en Zurich (Suiza), Helsinki (Finlandia) y varias localidades de Austria también están conmocionadas por sucesos como estos.

2.- Los autores de las agresiones son musulmanes. Tras unos primeros días de dudas, las denuncias presentadas por las víctimas no dejan lugar a la duda: los agresores eran todos musulmanes. Por eso su violencia contra las mujeres refleja la ideología de una religión que considera a la mujer como inferior al hombre, una consideración que empeora en el caso de que sea una “infiel”, es decir una mujer que practica otra religión o no practica ninguna.

3.- La presencia de refugiados de los últimos meses es preocupante. De los 31 detenidos en Colonia, al menos 18 están en situación legal de solicitud de asilo según confirman las autoridades policiales alemanas. Esta circunstancia refuerza la idea de que la entrada indiscriminada de refugiados genera situaciones en las que los ciudadanos europeos se convierten en víctimas, muchos de los cuales se volcaron en la recepción de quienes hoy violan a mujeres en plena calle.

4.- El principal delito cometido por los musulmanes es la agresión sexual. Frente a lo que pretendía hacer creer el Gobierno alemán cuando no pudo ocultar los hechos como pretendía en un primer momento, el robo no es el principal delito denunciado tras las agresiones de los días 31 de diciembre y 1 de enero. Los datos hechos públicos por la policía alemana demuestran que la mayor parte de las denuncias son por abusos sexuales y violación.

5.- El Gobierno de Merkel intentó silenciar los hechos para que no se criticase su política sobre refugiados. Pese a la gravedad de las agresiones, las autoridades políticas alemanas intentaron ocultar las agresiones sexuales hasta que la Policía, a la que se estaba culpando de los sucesos, hizo público, el día 4 de enero, un informe en el que se demostraba la realidad de los actos que venían denunciándose. Gracias a esta forma de actuar, muchas mujeres se han atrevido a denunciar en los días posteriores a esa fecha viendo que eran víctimas de un delito en masa, no un caso aislado.

6.- La corrección política hizo que muchos medios de comunicación alemanes, y otros en el resto de Europa, ocultasen la información y cerrasen la posibilidad de que los ciudadanos comentasen estos hechos. En Alemania, los medios de comunicación más importantes tardaron cinco días en hacer públicas las noticias y cuando lo hicieron, solo fue porque otros medios locales más pequeños empezaban a disputarle audiencia. Aun así, cuando publicaron las noticias y vieron que la sociedad alemana criticaba duramente la política de recepción de inmigrantes, deshabilitaron la opción de comentarios. En otros países, como en España, los medios de comunicación autocalificados como “progresistas” no han hecho referencia alguna a la condición de refugiado o musulmán de los agresores, limitándose a señalar que eran “hombres” los que agredían a mujeres.

7.- La popularidad de Angela Merkel, que se encuentra en un nivel muy bajo, se ha reducido todavía más, hasta el punto de que se ha visto obligada a variar su política sobre refugiados tras haber criticado duramente a dirigentes europeos, como el húngaro Víktor Orban cuando alertaban del riesgo de “una invasión” de Europa. Ahora, Merkel ha prometido mano dura con los refugiados que delincan y más controles en el control de acceso de nuevos contingentes en Alemania.

8.- Las redes sociales han mostrado el malestar de la sociedad frente al problema de la entrada masiva de refugiados en Europa. Los ciudadanos tienen claro que hay que diferenciar tres tipos de personas que están entrando en los países europeos bajo el camuflaje de refugiados. Los verdaderos refugiados, que son en su mayoría cristianos perseguidos por Estado Islámico; los inmigrantes económicos que han encontrado una vía de acceso a Europa en las oleadas de los últimos meses; y los islamistas camuflados que aprovechan el descontrol de las fronteras para entrar en el territorio de la UE, como quedó claro tras los atentados de París de noviembre pasado.

9.- La clase política reacciona contra las políticas de puertas abiertas de Merkel. Son varios los dirigentes europeos que enmarcan las agresiones sexuales por parte de musulmanes en una errónea política inducida por la presidenta alemana y que exigen, con carácter de urgencia, que éstas sean modificadas lo antes posible.

10.- De la estación de Munich a la de Colonia. La sociedad alemana ha cambiado y se da cuenta del error de la entrada en masa de refugiados. Dos estaciones ferroviarias muestran el cambio de una recepción con pancartas de bienvenida a los primeros refugiados, como ocurrió hace unos meses en Munich, a las violaciones y el clima de pánico que durante la nochevieja pasada se vivió en el entorno de la estación de Colonia.

"Trumpeando" y "Putineando" en política
Teresa González Cortés vozpopuli.com  9 Enero 2016

La política trabaja volcada en la mejora de la gestión del ámbito público. En teoría. Y organiza el movimiento de los ciudadanos, además de reglar las iniciativas de propios y personas. ¿Bajo qué criterio? A partir del criterio que otorgan el poder y sus manifestaciones, o sea, la cratología. Pero eso tiene un inconveniente, ya que si los líderes políticos luchan por ellos mismos para ganar y no perder cotas de poder frente a sus contrincantes, ¿son necesarios los dirigentes cuando, circunscrita buena parte de su actuación a la conquista y permanencia en el poder, no dedican tiempo preciso al servicio de la ciudadanía?

Hago esta pregunta, incómoda, no solo desde las evidencias históricas que apuntan a las fracturas sociales que suelen causar los gobernantes en sus disputas por la autoridad. Sino, también, desde la comprobación del auge del estatismo, fuera y dentro de España. Y el estatismo (que a todos los efectos implica la divinización del Estado en la creencia de que éste soluciona todos los problemas sociales y encarna el culmen del desarrollo civilizatorio) conlleva la obligación de que cualquier particular ha de plegarse a los fines diseñados por ese gran artefacto llamado "Estado", "el único Dios del que podemos esperar", en palabras de Manuel Azaña. Y es que el Estado necesita, igual que Cronos con sus hijos, hacer del ser humano un homúnculo, una pieza servil dentro del gigantesco estómago burocrático, por cuya hambre cualquier iniciativa ciudadana es triturada, bien con nuestra pasividad, bien con nuestra inconformidad e incluso resistencia.

Así que el debate no gira ahora en torno a las diferencias e incluso analogías ideológicas entre izquierdas y derechas. El debate se centra en la despolitización de las instituciones del Estado, despolitización de la que arranca el vaciamiento de servicio comunitario, pues quienes sujetan las bridas del aparato institucional del Estado vuelven inútil, amén de inviable, la separación entre lo público y lo privado, al desterrar el sentido de interés general del poder y sus órganos, y asfixiar la vida de los individuos con miles de normas.

A la caza del dragón
Más que por control y por injerencias una buena democracia sobresale por la participación de sus numerosos agentes sociales. Y no solo políticos. En otras palabras. Que las democracias exigen sociedades no cerradas, no tuteladas... hacen que éstas no vayan en una única dirección y más cuando el presente y el futuro son extensiones temporales abiertas, no prefiguradas. Sin embargo, ocurre que las élites (que rara vez gozan de méritos y cualidades propias) lo son gracias a la cratología, por la que ocupan puestos sólo reservados para ellas. Y debido a esa situación que deriva de ostentar jerárquicamente el poder, la clase política se ensimisma en su status, se atrinchera en los beneficios de sus decisiones, que no públicas, que no publicadas, tomadas al calor de las redes clientelares. Y alrededor de las poderosísimas instituciones del Estado.

Estamos, por tanto, ante un planteamiento tan dualista como aristocratizante en el que el político juega el rol de demiurgo o constructor de legislaciones, mientras la ciudadanía, con o sin su consentimiento, es pasivizada, colocada en la situación de consumir servicios y productos, previamente cocinados por esa misma clase política.

Con semejante tutela las personas son convertidas en “relojes a los que se les ha dado cuerda y andan sin saber por qué”.[1] Y, peor, no puede sorprendernos que el estatismo y su glorificación impulsen la aparición de sinfín de populismos, en los que se incluyen los nacionalismos islamistas, radicales y no radicales, los nacionalismos europeos, extremistas y no extremistas. Y, por supuesto, el neoimperialismo americano, chino y ruso, entre otros, neoimperialismo que con la excusa de salir victorioso en la caza del dragón se sirve de la causa darvinista del más fuerte vía construcción de un Estado corpulento, obeso. Y muy voluminoso.

Trumpeando y Putineando
Prototipos perfectos de megalomanía, estos dos firmes creyentes de sí mismos desean por igual retornar a aquellos días dorados de la supremacía, Donald Trump, de EE UU, de la Rusia de Pedro El Grande, Vladimir Putin. Y no solo eso. De la boca del candidato a la presidencia estadounidense, por cuyos cabellos corre el ADN emigrante de ancestros alemanes, nacen trovas a la xenofobia, cantos a las esencias colectivas. Y sinfín de liturgias destinadas a encofrar el cuerpo místico de la territorialidad bajo muros, tapias y fronteras. El otro, hablamos de Putin, candidato a devenir eterno elegido, envuelve su dedo cesarista bajo la autarquía de los despotismos orientales.

Si el ex KGB despierta viejos conflictos y siente nostalgia por los años de la Guerra Fría y amplía su jurisdicción, casi infinita, a través de un Estado en proceso de voluntaria y teledirigida metástasis, y convierte a EE UU en su enemigo justificando invertir sumas colosales de dinero en armamento de misiles tierra-aire, el republicano estadounidense, émulo desaliñado de Napoleón, registra, desde su inabarcable retórica inmobiliaria de corte populista, el mismo culto a las armas y resucita la idea de militarizar las decisiones políticas y reaviva el afán de volver a la era Reagan de sideral esplendor estatista.

Los dos, digámoslo a las claras, no son los únicos en caer en el bucle del estatismo. Hay más políticos que trumpean y putinean en los remolinos de la política al no demoler esos costosísimos Estados que son todo excepto un Estado eficaz y eficiente que vela por los intereses de las personas. En cualquier caso, los representantes que desertan motu proprio de la función de ser servidores de los ciudadanos han renunciado a su trabajo porque, tiempo ha, emplean el espejo del poder para proyectar en poses teatrales su pastoral personal. Y estos pícaros que deshilan el paño del bien común no solucionan los problemas cotidianos, nada metafísicos, de los ciudadanos, sino que acaban dando pasto a sus intereses particulares. Y a los de quienes a su lado controlan y fagocitan los reinos y castillos de la cosa pública.

Lo cual es una perversión de los fines de la política democrática, una consecuencia de la crisis moral, hondísima, que la búsqueda obscena del poder por el poder provoca.
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[1] Arthur Schopenhauer (1788-1860), El amor, las mujeres y la muerte, Edaf, Madrid, 1981, p. 159.

La maldición del saber
Gabriela Bustelo vozpopuli.com  9 Enero 2016

En uno de sus mejores artículos Stephen Pinker plantea un problema que, pareciendo menor, es uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo. ¿Por qué tanto de lo que leemos está tan mal escrito? ¿Por qué es tan difícil entender un comunicado del gobierno, un artículo académico o un folleto para instalar el wifi en casa? Hace años, mi profesión de amanuense de la escritura me llevó ser currita de un famoso crítico de arte, que un día me regañó porque uno de mis textos se entendía a la primera, es decir, porque se comprendía demasiado bien. Cuando le pregunté asombrada si el objetivo de un texto no es que resulte comprensible para la mayoría, me contestó con una risotada que toda crítica de arte que se precie ha de ser indescifrable para el lector medio. Pinker parece acertar, por tanto, cuando asegura que “la prosa opaca es una elección deliberada”. En otras palabras, buena parte de los textos que leemos no se entienden por un motivo escalofriante: sus autores no quieren que se entiendan. El escritor abstruso es, en opinión de Pinker, víctima de la maldición del conocimiento, que impide imaginar cómo sería la vida sin saber lo que uno sabe.

La globalización del conocimiento
Al democratizar el acceso a la información, la revolución tecnológica ha desenmascarado la pedantería como treta principal del intelectual de antaño, cuyo lenguaje abstruso servía para intimidar al lector y, con frecuencia, para ocultar su ignorancia. Orwell acertó –también en esto– al clamar por una prosa transparente como el cristal de una ventana. Hoy día, cuando todo el conocimiento humano se puede encontrar prácticamente gratis en Internet, el lenguaje limpio es un requisito indispensable. En los tiempos previos a la revolución de la información, el intelectual justificaba su sueldo porque se vanagloriaba de saber más que el resto de los mortales. Pero la globalización incluso ha puesto en jaque la necesidad de colegios y universidades, porque hoy es posible educarse en la Red, donde la información está al alcance de cualquiera. El educando que recurre a Internet podrá ir directo al meollo sin trabas económicas importantes ni desplazamientos inconvenientes, pero también sin las imposiciones dogmáticas propias de todo maestro o centro educativo.

El candidato es el mensaje
En España la prensa se lamenta casi a diario las secuelas de la globalización sobre el periodismo, pero pocos se plantean sus efectos sobre la política. En su libro Citizenville (Penguin, 2013) el vicegobernador de California Gavin Newsom aborda esta paradoja del nuevo milenio. Si los ciudadanos del mundo occidental cada vez están más conectados a través de Twitter, Facebook, Pinterest, WhatsApp y demás redes sociales, ¿cómo es posible que se hayan distanciado de sus políticos hasta el punto de que parezca haber un abismo entre ambos? Esta pregunta, trasladada a España, sirve para entender lo sucedido en las elecciones generales del 20 de diciembre. De nada sirve al encastillado PP consagrarse a la economía si los mensajes machacones que recibe el ciudadano son: Bárcenas esquiando, Rato robando, Iranzo regalando bragas a su amante con una tarjeta Black. Del mismo modo, de nada sirve al PSOE sacar su apolillada banderola antifranquista, si Podemos bombardea al público con un izquierdismo reciclado que –dada la abulia general– parece algo nuevo bajo el sol. La versión extrema –el candidato es el mensaje, tuneando a McLuhan– es Albert Rivera, cuya política transversal se ha adelantado a España, pero encarna el signo de los tiempos.

Vivir para contarla
La España posfranquista sigue bajo la maldición del conocimiento, sin sospechar que quien no baje las barreras de la comunicación perderá la partida. Mientras los políticos y los pedantes manipulan la historia de España para hacerle un traje a medida, mientras ruge la marabunta tertuliana contra la lobotomía de la LOGSE, mientras los intelectuales siguen emitiendo parrafadas oscuras como la tinta del calamar, las nuevas generaciones saben que las ideas se cuentan con los dedos de una mano. Votan al político que parezca tener claro un puñado de ideas. Pero, por encima de todo, votan y votarán al que sepa comunicar de tú a tú, todos los días y sin rodeos. Hoy día la maldición del conocimiento es uno de los grandes lastres de la humanidad, asegura Pinker, equiparable con la corrupción y las pandemias.
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Imagen: Steven Pinker en el Göttinger Literaturherbst.

Ataques sexuales, psicosis y xenofobia
Editorial El Espanol  9 Enero 2016

La ola de robos y abusos sexuales -con dos violaciones consumadas- registrada la pasada Nochevieja en Colonia, y con réplicas constatadas en Berlín, Hamburgo, Düsseldorf, Stuttgart, Francfort, Bielefeld, Zurich y Helsinki, sigue conmocionando a Europa. La mezcla de horror y estupefacción es comprensible por tres motivos.

En primer lugar, por la dimensión y gravedad de unos hechos sin precedentes, ya que el número de denuncias no ha parado de crecer desde hace nueve días hasta 200. En segundo lugar, porque se trató de ataques masivos protagonizados por "un millar de hombres de aspecto árabe, magrebí y subsahariano" que actuaban en grupos coordinados, lo que ha llevado a la policía a hablar de "un nuevo tipo de criminalidad organizada". Y finalmente, porque la identificación entre los asaltantes de 18 solicitantes de asilo ha situado la política migratoria de Angela Merkel y la crisis de los refugiados en el centro de la polémica.
La extrema derecha saca réditos

Los partidos de extrema derecha tratan de sacar rédito político y convertir a los extranjeros de origen árabe y a los exiliados de las guerras de Siria, Afganistán e Irak en chivos expiatorios de una ciudadanía escandalizada que se siente insegura. La gestión de esta crisis por parte de las autoridades ha fomentado el alarmismo.

El jefe policial de Colonia rechazó el ofrecimiento de refuerzos de las comisarías de ciudades próximas pese a que los agentes que trataron de repeler las agresiones han admitido haberse sentido "desbordados". Aunque Angela Merkel ha forzado la jubilación anticipada de este comisario está por ver si este cese por sí solo sirve para frenar el miedo creciente a que sucesos así puedan volver a repetirse. El hecho de que el mismo tipo de asaltos se haya producido en varias ciudades fomenta la sensación de que pueda producirse un efecto imitación de índole delictiva.

Una trampa para decenas de mujeres
La ciudadanía está lógicamente indignada. Es incomprensible que una noche de celebración en pleno centro de grandes ciudades europeas se convierta en una trampa para decenas de mujeres indefensas sin que la policía pueda controlar la situación. La sociedad alemana no puede aceptar que una concentración implique peligro.

Alemania es un país muy sensible al racismo, por lo que se puede entender la cautela del Gobierno a la hora de afrontar este fenómeno. Pero la información sobre el número de victimas, la gravedad de los ataques y las pesquisas policiales se ha caracterizado más por la imprecisión que por la transparencia, lo que ha desatado rumores y todo tipo de comentarios xenófobos en las redes sociales. Es inadmisible que la policía hable de "ataques coordinados" sin aclarar qué pruebas tiene para mantener esta tesis.

Por si esto fuera poco, en plena crisis, un ministro llegó a aconsejar a las mujeres que mantengan una "distancia de un brazo" ante "personas extrañas", trasladando a las víctimas potenciales la responsabilidad de impedir el delito.

Los refugiados no son culpables
De ningún modo se puede acusar a los inmigrantes y sus descendientes, ni a los refugiados, ni a ningún colectivo étnico o religioso determinado de las fechorías cometidas por individuos, por muy organizados que estén y sea cual sea su lugar de origen. Pero si los investigadores creen que lo sucedido en Alemania responde a un nuevo tipo de criminalidad, la gestión del fenómeno debe ajustarse a la gravedad del fenómeno.

En un asunto tan delicado como éste la diligencia policial a la hora de detener a los culpables, la depuración de responsabilidades políticas y una información institucional detallada y puntual sobre los hechos son el mejor antídoto contra el miedo infundado y los prejuicios.

El choque de culturas pone en cuestión la migración ilimitada
“No me gustan las fronteras, soy defensor de leyes abiertas, pero no comparto una política suicida de inmigración. Hay una solución que sería invertir en los países de origen, subdesarrollados.” Salvador Paniker
Miguel Massanet www.diariosigloxxi.com  9 Enero 2016

El nadar a contra corriente no suele ser lo mejor para quien quiere publicar un artículo y puedo decirles que, esta mala costumbre, cuando uno intenta comunicarse con los demás, en ocasiones se paga cara. Sin embargo, llega un momento en la vida que los años, la experiencia, los tropezones que uno ha dado y las veces que la realidad le ha hecho comprender cuán equivocado estaba al pretender seguir la corriente mayoritaria de opinión, cuando la razón, la conciencia o el sentido común nos dirigían hacia otros derroteros distintos que no eran, por cierto, los más compartidos por el resto de la ciudadanía; se llega a formar un callo en el amor propio, una vacuna en el alma y unas ansias tales de libertad, que le impulsan a mandar los convencionalismos al quinto carajo y a expresarse sin cortapisas ni limitaciones, seguro de que lo peor que le puede suceder es que alguien decida que se ha extralimitado y lo condenen al silencio.

Y este preámbulo, quizá demasiado largo, viene a cuento del manoseado y super explotado tema de la inmigración. Europa, en una de las mayores equivocaciones atribuibles a la señora Merkel, decidió que era preciso mostrarse dispuesta a hacerse cargo de todos los que pidieran refugio, en sus estados asociados, que venían huyendo de las guerras interminables que han venido asolando, y siguen haciéndolo, países como Siria, Irak, Libia, Yemen, Afganistán, Pakistan etc., unos en Oriente Medio y el resto en el norte de África, pero todos ellos unidos por un nexo común: la yihad musulmana, promovida por los seguidores de este fenómeno surgido del extremismo religioso los de Isis o EI, dispuestos a emprender la “guerra santa” consistente en eliminar a todos aquellos que no quieran someterse a su yugo, algo que se lo han tomado tan en serio que no dejan títere con cabeza en el sentido propio de la expresión.

El “buenismo”, expresión empleada para designar peyorativamente, “determinados esquemas de pensamiento y actuación social y política (como el multiculturalismo y la corrección política) que, de forma bienintencionada pero ingenua, y basados en un mero sentimentalismo carente de autocrítica hacia los resultados reales, pretendan ayudar a individuos y colectivos desfavorecidos o marginados” de algunas instituciones defensoras de los derechos humanos; la hipocresía de muchos periodistas y medios de comunicación y la situación incómoda de algunos gobiernos de la CE, ante las demandas de muchos de sus ciudadanos y, en especial, de las izquierdas que tachaban a los dirigentes de insensibles ante la evidente situación precaria de aquellos que huían de los frentes de batalla y de sus hogares, amenazados de muerte tanto por los yihadistas como por las armas de las distintas facciones combatientes.

Y es que, señores, en situaciones semejantes resulta muy difícil mantener la sensatez, valorar los efectos, considerar las consecuencias y ser capaz de establecer las limitaciones que, en otros temas, se toman sin pestañear pero que, en casos tan relacionados con la solidaridad humana, los sentimientos compasivos y la magnitud de la catástrofe que afectaba a los cientos de miles de fugitivos procedentes de las naciones en guerra, es muy difícil poner cotos o establecer excepciones. La señora Merkel habló de aceptar un millón de inmigrantes; Bruselas tomó medidas encaminadas a establecer un reparto equitativo entre todas las naciones de la UE y todas las ONG’s se mostraron dispuestas a colaborar para lograr atender a las avalanchas que se preveía iban a intentar entrar en Europa. Inglaterra, siempre práctica y muy celosa de su privacidad, dijo simplemente que no quería aceptar cupo alguno. Fue la primera, porque el resto de las naciones de la CE, cuando les llegó el turno de aceptar las cuotas que se les asignaron de los 160.000 primeros inmigrantes de la larga lista de más de 600.000, que estaban a la espera de ser acogidos en algún país, preferentemente, Alemania y Holanda; empezaron a discutir el cupo que se les atribuía.

Hace ya meses que se produjeron las primeras llegadas de inmigrantes a Europa y todavía apenas se ha conseguido, salvo en Alemania, colocar a unos pocos centenares entre los distintos países receptores. Se empezaron a discutir los procedimientos de asignación de cupos y, si no estamos equivocados, se siguen poniendo pegas a la hora de hacer efectivas las admisiones a las que se comprometieron. Lo que ocurre es que, aquellas pegas que nos atrevimos a anunciar, cuando la tendencia de toda la prensa y de los propios gobiernos era favorable a hacerse cargo de todos aquellos cientos de miles de presuntos demandantes de asilo; avisando de que: el hacerse cargo de semejante aluvión de personas, muchas de ellas incontroladas, de distintas procedencias, que asaltaban las fronteras y superaban a toda clase de controles, esparciéndose como mancha de aceite por todos los países, sin que nadie fuera capaz de poner orden, establecer registros adecuados y encauzar, en debida forma, cada grupo hacia su destino final; han resultado, mal que les pese a algunos, proféticas.

Alemania ha sido la primera en sufrir las consecuencias de una decisión tomada exclusivamente con el corazón, pero sin que, antes de admitir a los cientos de miles de refugiados que la han ido invadiendo, se hubieran planificado debidamente (algo inusual en un pueblo tan organizado y disciplinado) y tomado en cuenta todas las variables relativas a la forma de incorporar, en cantidades masivas, a personas de distintas culturas, religiones, estamentos sociales, lenguas, preparación técnica y hábitos, en general, tan distintos y, en ocasiones, contrapuestos a los de la nación que los ha acogido. Las consecuencias no se han hecho esperar. El pueblo alemán ha aceptado, a regañadientes, a personas que, para algunos, les vienen a robar sus puestos de trabajo, para otros les resulta incómoda su presencia donde viven, y por añadidura, cuando resulta que, la mayoría de ellas, no conocen otro idioma que el suyo particular y en ocasiones, sólo hablan extraños dialectos que, evidentemente, constituyen un freno para su completa integración.

Hace unos días se produjo el primer gran aviso de lo que puede llegar a ocurrir, si no se toman medidas adecuadas para poner coto a semejante locura. Multitud de mujeres en Colonia, el día de Nochevieja, fueron insultadas, toqueteadas, asaltadas sexualmente y robadas por grupos organizados de personas extranjeras, de apariencia árabe. En Hamburgo sucedió algo parecido, y en Stuttgard, Frankfurt y Bielefeld. En Berlín se detuvieron a dos personas, un iraquí y un pakistaní, sospechoso de haber abusado sexualmente a dos mujeres en las inmediaciones de la puerta de Brandemburgo. En Zurich ( Suiza) se denunciaron 25 agresiones sexuales y robos en la celebración de San Silvestre Las víctimas, mujeres, hablaron de manoseamientos por hombres “de piel oscura”. Ahora vienen los cierres de fronteras, los controles y la amenaza de expulsiones de aquellos que, tan alegremente, fueron admitidos sin tomar las mas elementales medidas que garantizasen que, los demandantes de asilo, eran personas que merecían recibirlo.¿ Cuántos de estos presuntos amenazados por el EI, pueden haber sido suplantados por terroristas del Daech, infiltrados para dirigirse a ciudades europeas, dispuestos a llevar a cabo atentados como los que recientemente sufrió Francia? Nadie lo sabe, pero tampoco tenemos la seguridad de que, en cualquier momento, aparezcan para llevar a cabo sus crímenes contra los inocentes.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos como, por desgracia, quienes se dejaron llevar por sentimentalismos, por impulsos caritativos y por medidas urgentes de admisión de inmigrantes, fueron los que, involuntariamente, por supuesto, han permitido que Europa se haya convertido en el alojamiento de gentes con culturas distintas, de religión masivamente musulmana y, como se ha demostrado, con una cultura respecto a la mujeres, a las que consideran como esclavas, que nunca puede ser admitida en una Europa del SigloXXI. En ocasiones, la razón y el sentido común, deben anteponerse a los impulsos de generosidad. La evidencia de lo ocurrido en Alemania lo demuestra.

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El enemigo ya está en casa
El yihadista

Mikel Azurmendi www.latribunadelpaisvasco.com  9 Enero 2016

El yihadista es el hombre kleenex de la actual cultura musulmana, un hombre de usar y tirar, un don nadie al servicio de lo que unos capos quieran hacer de él. Porque él es un creyente a machamartillo, un sometido coránico (“Corán” significa “sumisión” y una de las misiones del Corán es la yihad) hasta el punto de hacerse yihadista.

La yihad tal como la entienden los islamistas es la guerra al infiel. Y guerra significa para ellos una disponibilidad completa a servir como soldados contra el enemigo infiel, un estar dispuestos a mostrar que su vida terrenal no vale nada si se la compara con su ideal de islamizar el mundo de Allah implantando por doquier la sharî´a.

De esta manera la vida del yihadista se convierte en un puro pretexto para hacer propaganda. Porque lo que realmente hace un yihadista al asesinar a gente inocente, o al intentarlo, es propagar la grandeza de sus ideales. El significado de los atentados terroristas no es otro que colocar potentes altavoces al mensaje de muerte: “¡LA QUE OS ESPERA: ESTO ES SÓLO EL COMIENZO DE VUESTRO FINAL!”. Sus macabros atentados con muertos apilados unos sobre otros pregonan únicamente ese recado: constituyen propaganda pura. Hoy, un hombre amenazando con un cuchillo en la mano y gritando “Allah es grande” ha sido abatido en París. Sólo quería propagar el mensaje de la yihad.

A diferencia de la propaganda o reclamo de las agencias de publicidad occidentales, las cuales usan y abusan de la imagen del candor, la belleza o la felicidad (sean predicadas de lo infantil, de lo femenino o hasta de los ancianos), el islamista usa únicamente la imagen del terror de su bandera negra sea en bares o en locales abarrotados de gente. Esa bandera de crueldad también la ondea con la imagen del tiro en la nuca o del cuchillo que degüella infieles. Y, así, además de intentar infundir temor y terror a Occidente, sociedad “decrépita” a la que él combate, el yihadista también muestra a los musulmanes de casa que Occidente carece de gente con agallas, que en Occidente no hay redaños como en los países musulmanes. Y esa propaganda se convierte en una indiscutible motivación para que los musulmanes prosigan en su creencia tradicional porque los yihadistas... acaso tengan razón y convenga hacerles caso.

Así es como el arma del yihadista suicida se convierte en un arma mil veces más letal que el misil más sofisticado de Occidente porque con una única muerte logra un efecto inaudito e insólito en cualquier guerra tradicional.

Desde el primer atentado suicida de 1982, llevado a cabo por Hezbollah en Líbano (donde con un camión-bomba asesinó a 115 ciudadanos judíos) hasta este último de París, los terroristas suicidas del islam han asesinado a 45.000 personas, muchísimas de ellas también de religión musulmana. Eso sin contar la población iraquí y siria a la que ha desplazado, perseguido y asesinado, así como enormes franjas sociales del Sur, que se extienden desde Filipinas hasta Nigeria pasando por Pakistán o Afganistán. Ahora mismo, tras los últimos atentados en Francia, en este intempestivo momento de un despertar entre explosiones y sangre estamos tomando conciencia de que nos hallamos inmersos en una guerra. Una guerra jamás conocida hasta ahora porque el enemigo lo tenemos en casa y es un enemigo intratable, camuflado, escurridizo, volátil. Ahora mismo, Francia sabe que de los 570 franceses que marcharon a Siria a combatir junto al DAESH, han vuelto clandestinamente unos doscientos de ellos. En España no hay semana en la que no sean detenidos presuntos yihadistas que se aprestaban a partir hacia Siria. De los que ya partieron se sabe algo menos, pero no hay duda de que muchos de ellos volverán a fin de “recuperar para el islam” nuestro país que ellos creen suyo.

¿Qué mueve a un joven europeo que vive relativamente bien a hacerse yihadista? ¿Cómo es posible que un miembro de nuestra sociedad sea tan insensible al daño que crea a su alrededor pero, en cambio, vibre intensamente ante una realidad trans-mundana, como es la del paraíso celeste? Porque es un hecho que de la masa de miles de yihadistas reclutados en Europa, el 60% proviene de las clases medias y el 40% restante se reparte entre la clase alta y la baja. Se trata de jóvenes por lo general ateos, nada practicantes de su religión sino más bien dados al consumo de drogas, alcohol e Internet que vinculados a cierta ascesis personal tras la vida buena. Aquel antiguo reclutamiento por parte de Al-Nosra (de la rama de Al-Qaida que a tantas mujeres captó) está perdiendo hoy fuerza con respecto al que realiza DAESH porque éstos ya no actúan con el disimulo de aquéllos. Los reclutadores de DAESH ya no se andan con paños calientes ni camuflan su postulado terrorista bajo las apariencias de que sean pacifistas y condenen el crimen y la tortura. No, estos otros banalizan la violencia como lo hacía ETA; la muestran como una parte necesaria de la guerra y tratan de fundamentar su postulado de hallarse en guerra. Ya no hacen funcionar, pues, aquel otro disfraz antiguo de querer cambiar el mundo a mejor exigiendo de los musulmanes más responsabilidad e implicación personal (eso hacían antes los reclutadores de Al-Qaeda). Ahora, a los jóvenes apáticos con cierto malestar personal les “abren los ojos” hacia lo pésimo que es nuestra civilización cristiana e imperialista y lo perentorio de que desaparezca. Culpan de todos los males del mundo a nuestra cultura hasta volverla abominable merced a decenas de vídeos. El militante o la militante que capta y enrola en nuestros países europeos juega primero a seducir y “utiliza por lo común el típico lenguaje de ligue el cual, luego, encauza hacia determinados vídeos” e incluso hacia “encuentros físicos”. (1)

El reclutamiento que hacía ETA entre nosotros y el que hacen los de DAESH se asemejan en la enorme dosis de irrealidad de sus respectivos mensajes: España era la culpable de todos los males del País Vasco, empezando por la propia insatisfacción personal del reclutado. España, con una inmensa perfidia, nos iba a hacer desaparecer a los vascos como ya lo había hecho con el euskera. La guerra civil no terminó en 1939 sino que prosigue larvada y es menester reavivarla, sacarla a la luz, a fin de ganarla mediante el terror, que se convertirá en guerra abierta. Este falso anclaje en la realidad era un factor muy motivador para el etarra porque incentivaba emociones de profundo odio a lo español y de solidaridad para con el combatiente. Y, a su vez, estas motivantes emociones confirmaban su impenitente irrealismo hasta volverlo eminentemente real. Si el etarra no llegaba jamás a suicidarse era porque no había religión ni escatología en su creencia, sino desnuda ideología. O sea, había una concepción falsa de la historia real de España y el País Vasco, falsedad que servía para disfrazar los motivos de la violencia y proyectaba temores propios no reconocidos hacia un supuesto enemigo. Con ello expresaba la solidaridad intergrupal abertzale.

Los yihadistas también han construido un mapa de sus tan problemáticas sociedades musulmanas pero lo han hecho desde la religión. Sólo apelan a la historia para deshacerse de ella. Según ellos, la historia es mala, está hecha por los occidentales. Ellos, en cambio, se reivindican del comienzo de los tiempos, de la época de los ancestros del islam (salaf, ancestro venerable) y quieren volver a ella. Para lo cual han retradicionalizado sus costumbres y pretenden implantar la ley vieja (sharî´a). Dios les ofrece el paraíso si mueren en esa lucha. Y lo hacen matando a mansalva y así llegan a ser mártires de Dios, santos. La destrucción, la muerte y la tortura de gente inocente es para el yihadista el camino a través del cual se llega a implantar el reino de Dios destruyendo el nuestro de Satanás.

La creencia islamista se ha convertido en la cultura de un Estado, a cuyo servicio se dirigen miles de europeos conversos. Esa cultura es de un irrealismo completo y de una crueldad patética, tanto como lo eran la nazi o la de los últimos aztecas, y seguramente terminará soliviantando a la humanidad más tolerante. Esperemos que así ocurra, pero aunque eso ocurra, aunque despierte Occidente de su sopor buenista, si los musulmanes del mundo entero no se desmarcan del islamismo mediante vigorosa crítica, mediante una oposición cerval y una reforma religiosa profunda, nuestra cultura democrática no tendrá las de ganar. Los yihadistas cuentan con ello y por eso aterrorizan a sus musulmanes.

Hoy hace un año quedó patente que estamos ante una guerra, un nuevo tipo de guerra.

(1) Eso sostiene la antropóloga Dounia Bouzar, quien lleva más de un año trabajando para el Ministerio del Interior francés en un Centro de Prevención contra las derivas sectarias ligadas al islam. Esta antropóloga es autora del libro Comment sortir de l´emprise djihadiste? (2015, éd. de l´atelier, Paris).
 


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