AGLI Recortes de Prensa   Domingo 10  Enero  2016

Diarrea legislativa descontrolada
Gonzalo Baratech Cronica Global 10 Enero 2016

Sigue en su apogeo la orgía de dirigismo despótico que venimos padeciendo desde hace muchos años. En el recién terminado 2015, el Boletín Oficial del Estado expelió la friolera de 232.624 páginas, repartidas en 313 números. Es decir, a un promedio de 743 páginas por cada ejemplar publicado.

El BOE es un diario de presentación extremadamente aburrida, lo que no es óbice para que bata todos los récords de lectura habidos y por haber. El año pasado difundió en sus páginas 16 leyes orgánicas, 48 leyes, 11 reales decretos leyes, 8 reales decretos legislativos, 2.865 órdenes, 53.500 resoluciones y 300.890 notificaciones, amén de una turbamulta de instrucciones, acuerdos, circulares y edictos de todo pelaje.

Tamaño arsenal reglamentista es de imposible asimilación por cualquier mente humana. Y aún hay que añadirle el Boletín Oficial del Registro Mercantil, conocido como BORME, que se viene publicando desde 1990. El año pasado vomitó 57.460 páginas. Su seguimiento es imprescindible para quienes traten de estar al día sobre los infinitos avatares de las sociedades comerciales, industriales o de servicios.

En él se recogen las convocatorias de juntas generales de las compañías; designaciones y ceses de administradores y apoderados; ampliaciones y reducciones de capital; y, en suma, todos los actos jurídicos que realizan habitualmente las empresas.

Así pues, la estajanovista producción conjunta del BOE y el Borme se aproxima ya a la mareante cifra de 300.000 páginas anuales. A este formidable caudal se agregan los diarios oficiales de las 17 comunidades autónomas, más los boletines provinciales, que recogen las ordenanzas de los municipios y los avisos de las diputaciones y otros organismos locales.

Para rematar la faena, desde Bruselas nos deleitan día tras día con un aluvión cada vez más intenso de directrices de forzosa observancia en toda la Unión Europea.

Intrusión agobiante
Los súbditos están inermes ante las ansias de los políticos de regular hasta los últimos intersticios de la vida privada. A su vez, los gobiernos pretenden arreglarlo todo a golpe de BOE. Se han convertido en una especie de ametralladoras intervencionistas que disparan prescripciones sin cesar, en un trasiego inacabable de cambios y de cambios de los cambios.

En resumen, se ha creado una situación de inseguridad jurídica y de confusión total. Los códigos legales forman una maraña boscosa, inextricable y con frecuencia chapucera, en la que se extravían hasta los más aguerridos miembros de la feligresía deseosos de respetar sus obligaciones.

Es tal el vértigo normativo, las ínfulas promulgadoras que sufre el país, que más bien parece que toda esa catarata de disposiciones no tenga otro destino que el de su sistemático quebrantamiento. Es así, entre otras razones, por la imposibilidad física en que se halla el ciudadano de a pie para seguir toda esa verborrea desatada de fiscalizaciones e intromisiones. Tal como proclamó con ironía un prestigioso civilista, Federico de Castro, la abundancia excesiva de leyes sólo se mitiga con su transgresión.

Y es que al final, con las leyes acaba ocurriendo como con el papel moneda. Cuanto mayor es el número de las que hay en circulación, menos valor tienen. Incluso se dan casos llamativos, como el de Cataluña, donde es el propio Gobierno autonómico el que se jacta de saltárselas a la torera, sin que ello le acarree consecuencia punitiva alguna.

Ya lo dijo el clásico: leyes, las justas, ni una más, pero que se cumplan a rajatabla.

La deconstrucción de Cataluña
Alejo Vidal-Quadras vozpopuli.com 10 Enero 2016

Jordi Pujol tuvo una visión cuando de niño su tío (no su padre) le llevó a conocer el Tagamanent (no el hielo). El tierno infante en su inocencia impúber contempló los vestigios de la Guerra Civil en el paisaje y del fondo de su almita catalana surgió un compromiso redentor: “esto lo reconstruiremos” fue la solemne promesa que coronó la ascensión a la cima y al éxtasis. A partir de aquí una vida dedicada a la patria, una patria pequeña, inventada, de cultura doméstica de sobremesa familiar animada con vino con gaseosa, una existencia teñida de épica de baratillo y de marrullerías políticas. Y sobre todo, de saqueo, de saqueo del presupuesto, de los empresarios deseosos de contratos públicos, de los ingenuos admiradores ansiosos de recibir un reflejo de la gloria del líder. Una trayectoria de fingimiento permanente y cínico aparentando ser un hombre de Estado mientras trabajaba cual incansable termita para destruirlo, un discurso anfibio con una versión ponderada para Madrid y otra incendiaria para las bases enfervorizadas en la tierra irredenta, una apariencia de hombre austero entregado a la causa salvadora por encima de las cosas materiales que escondía un insaciable rebañador del erario, un padre solícito de familia numerosa que tapaba al padrino de una red mafiosa con tentáculos en todo el planeta, un campechano visitador de pueblos rurales que recubría a un Capo di tutti capi al lado del cual Don Corleone queda empequeñecido como un modesto ladronzuelo.

La CUP no podía votar jamás la continuidad de una máquina de latrocinios de semejante alcance por tres razones, una estética, otra ética y otra ideológica. La estética deriva del rechazo absoluto de los radicales de guerrilla urbana y contenedores llameantes a gentes que encorbatadas dentro de trajes caros perfectamente entallados han disfrutado durante décadas de la blandura de espesas alfombras y del brillo de satinadas caobas en los salones y despachos del poder mientras la crisis arrojaba al arroyo a miles de ciudadanos hambrientos. La ética radica en la imposibilidad de que el voto del pueblo alzado para la revolución igualitaria sirva para la prolongación en el gobierno de elites corruptas. Y la ideológica descansa sobre la negativa a darle a la burguesía opresora la conducción de un proceso destinado a despojarla de sus privilegios y propiedades. La pretensión de Mas de que una tropa desatada de colectivistas justicieros decididos a aplicar el rasero proletario con carácter general le facilitara seguir huyendo de los tribunales y fiscales del Estado español era un pura quimera, como su inútil via crucis ha demostrado. Por el camino ha perdido la presidencia, el decoro, la dignidad y la inmunidad. Se puede ser más torpe, pero no más ciego.

La Cataluña nacionalista, ese artefacto de cartón piedra edificado sobre una marea de sentimientos manipulados para el enriquecimiento ilícito de unos pocos desaprensivos con el Muy Imputable a la cabeza, ha sido desde su arranque hace treinta y cinco años una tremenda farsa, una tramoya tramposa para el embaucamiento de incautos y la neutralización de las instancias centrales encaramadas en la capital del Reino. El pujolismo y sus derivados quedarán eterna e indeleblemente expuestos en el museo universal de la mentira. El Pujol párvulo que sintió la llamada del destino en la cumbre mitológica de la montaña referencial se propuso reconstruir un país y lo que deja como legado, ese sí auténtico y no el andorrano, es la deconstrucción completa de una sociedad que durante mucho tiempo sólo podrá mostrar al resto de España y del orbe el caos, el fracaso y la frustración. A la espera de que el infierno le acoja en la otra vida todo sufrimiento que aún le quede en ésta será poco para expiar la gigantesca magnitud de sus culpas.

Basta de intolerancia anticatólica
Luis del Pino Libertad Digital 10 Enero 2016

Permítanme que hile dos noticias que han merecido, y siguen mereciendo, titulares periodísticos estos días. La primera es esa oleada de agresiones a mujeres vivida en Colonia y otras ciudades alemanas el día de fin de año. El escándalo y el enfado contra el gobierno de Merkel van en aumento, tras saberse la magnitud de las agresiones (van más de 170 denuncias, incluidas 3 violaciones y más de 100 agresiones sexuales), tras constatarse la inoperancia policial y tras comprobar que tanto las autoridades como los medios de comunicación tardaron días en reconocer los hechos, supuestamente por miedo a alimentar una reacción racista en la sociedad alemana.

Ahora, la caja de los truenos se ha destapado y es previsible que el asunto afecte tanto a la popularidad de los distintos partidos, como a la política de asilo que Merkel trataba de impulsar. Por tratar de esconder la realidad, ésta ha terminado estallándole a los políticos y periodistas alemanes en la cara.

La segunda de las noticias es ese veto que el ayuntamiento de Carmena planteó a la participación de un colegio católico en la cabalgata de Reyes de Carabanchel, con la excusa de que el colegio imparte educación diferenciada. Es decir, que el colegio tiene algunas clases solo para niños y otras solo para niñas. El argumento, desde el sector de la izquierda que apoyaba el veto al colegio católico, era que la educación diferenciada constituye una discriminación por sexo.

Con respecto a esto, permítanme proporcionarles algunos datos:
1) La educación diferenciada es legal en toda Europa, además de en otros países como Estados Unidos, Canadá o Japón. En la Unión Europea, el único país en el que no existe ningún colegio de educación diferenciada es Finlandia.

2) La educación diferenciada no solo es legal, sino que en países como Inglaterra, hay colegios de educación diferenciada en el propio sistema público de educación. Es decir, los colegios europeos de educación diferenciada no son solo privados o concertados, sino también públicos.

3) En Inglaterra, los colegios de educación diferenciada muestran unos resultados académicos superiores a los restantes colegios. En los rankings de calidad educativa ingleses del año 2013, 7 de los 10 primeros colegios públicos y 9 de los 10 primeros colegios privados eran de educación diferenciada. Por tanto, la educación diferenciada no solo es legal en toda Europa, sino que sus resultados pedagógicos pueden ser excelentes, como la experiencia inglesa demuestra.

4) Existen países, como Estados Unidos, donde no solo hay colegios de educación diferenciada, sino incluso universidades de educación diferenciada. Y nadie considera, por supuesto, que eso constituya ninguna discriminación.

5) En Alemania, el Tribunal Supremo alemán ya dictaminó en 2013 que la educación diferenciada es constitucional, y son el partido socialista y el partido verde (es decir, la izquierda alemana) quienes están impulsando la introducción de clases de educación diferenciada en algunos estados.

Así que quien sostiene (para atacar a un colegio católico) que la educación diferenciada es discriminatoria, está demostrando o su mala fe, o su completa ignorancia.

Para terminar, déjenme que enlace las dos noticias de las que he hablado en este editorial: no contentos con discriminar a un colegio católico en la cabalgata de Reyes, ayer las tapias de ese colegio católico amanecían cubiertas de pintadas feministas contra la educación diferenciada.

Es decir, ante la oleada de ataques a mujeres en Alemania, que allí está produciendo un duro debate sobre los límites del derecho de asilo, las feministas españolas responden atacando con groseras excusas y manipulaciones a un colegio católico.

¿Pero no le da vergüenza a estas feministas de pacotilla?
¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar el repugnante sectarismo anti-católico de determinados sectores de la izquierda española?

El Pentacontapartito
EDITORIAL Libertad Digital 10 Enero 2016

En contra de las advertencias de los principales líderes regionales de su partido y del mero sentido común, Pedro Sánchez parece decidido a intentar un acuerdo electoral con lo que él llama, con sonrojante eufemismo, "las fuerzas progresistas".

Estos partidos de progreso, según la visión del voluntarioso secretario general del PSOE, suman más de 50 formaciones, por lo que un Gobierno ahormado en función de esas alianzas sería nada menos que un pentacontapartito. Lo nunca visto en ningún lugar civilizado y, desde luego, mucho más allá de experimentos populistas como los característicos de la República Italiana y, ahora también, Portugal.

Pero, además del aspecto cuantitativo, hay otra diferencia decisiva que distingue al país vecino de la intentona que pretende llevar a cabo Pedro Sánchez para alcanzar el Gobierno de España. Se trata, naturalmente, de que Portugal no cuenta, para su fortuna, con el caleidoscopio de fuerzas antisistema y separatistas que han llegado a las Cortes españolas, cuyo principal propósito es acabar con la Nación a la que sedicentemente representan.

Una alianza de Sánchez con estos movimientos que buscan reventar el orden constitucional sería la tumba política del PSOE, algo que los principales barones del partido tratarán de evitar a toda costa, por la cuenta que les trae. Pero es que, además, los intentos de Pedro Sánchez por poner de acuerdo a semejante caterva de formaciones, a cual más delirante, está condenado al fracaso por la propia diversidad de intereses, a menudo contradictorios, que defienden unos y otros.

Sánchez, como Rajoy, debería haber acusado recibo del tremendo varapalo recibido en las pasadas elecciones generales y presentar su renuncia al cargo, la única respuesta coherente de políticos verdaderamente responsables. En lugar de asumir el coste de sus decisiones y ponerse de acuerdo para convocar nuevos comicios con liderazgos renovados, uno y otro pretenden endosar a todos los españoles el coste de su fracaso.

La decisión de Sánchez de intentar un Gobierno tumultuario es la huida hacia delante de un político mediocre, incapaz de saber cuándo ha llegado el momento de marcharse a casa. Su egoísmo nos aboca a una etapa prolongada de inestabilidad antes de resignarse a unas nuevas elecciones o, en el peor de los casos, a un pentacontapartito antisistema de cuya gestión, muy probablemente, España tardaría décadas en recuperarse.

Mas da un paso atrás, la secesión dos adelante

Roberto L. Blanco Valdés La Voz 10 Enero 2016

Una comunidad de siete millones y medio de habitantes en manos de un partido de tres mil militantes: eso, para pasmo del resto de España y de toda Europa, es Cataluña a día de hoy. Ayer, a media tarde, y contra todo pronóstico, una fuerza de extrema izquierda sin parangón ideológico en los parlamentos de las democracias europeas asentadas, logró torcerle el brazo a Artur Mas, quien, en medio de un ridículo sencillamente colosal, deja una herencia que solo cabe calificar de desastrosa: un país partido en dos, un parlamento del que se han hecho dueños los diputados de la CUP y un proceso de secesión que se ha convertido desde hace meses en una abierta sublevación contra el Estado de derecho. De todo lo que pase a partir de ahora él será, por eso, corresponsable directísimo.

Y lo que pasará a partir de ahora es fácil de prever, pues Mas se ha visto obligado a dar un paso atrás para que el secesionismo dé dos adelante.

No hay más que leer los perfiles que ayer se publicaban sobre la trayectoria política del alcalde de Gerona, que será elegido in extremis nuevo presidente de la Generalitat, para darse cuenta de que lo más relevante del esperpento en que vive hundida Cataluña desde que comenzó la locura de la secesión, es que ese delirio reaccionario, ilegal y antidemocrático va a seguir adelante y, a partir de ahora, con fuerza renovada.

Presidente de la Asociación de Municipios por la Independencia, Carles Puigdemont, llamado a convertirse en el nuevo conducator, es un separatista sin fisuras, que demostró estar dispuesto a desobedecer la ley sumándose a la resolución secesionista aprobada por el parlamento de Cataluña el 9 de noviembre y que asumió su cargo como alcalde jurando «ejercer la autodeterminación de nuestro pueblo y proclamar, junto con todas nuestras instituciones, el Estado catalán libre y soberano».

Su sectarismo territorial y voluntad de discordia quedó clara cuando hace un par de años mostró su determinación de «expulsar de Cataluña a los invasores», es decir, a los catalanes no nacionalistas.

La inmediata elección de Puigdemont no afectará solamente, en cualquier caso, a la política catalana, sino al conjunto de la política española, pues todo indica que la secesión de Cataluña volverá a ser el más grave desafío al que tendremos que enfrentarnos.

La política de pactos entre Partido Popular, PSOE, Podemos y Ciudadanos, de forma directísima, se verá afectada por la casi seguridad de que los secesionistas volverán a la carga con el desvarío de la autodeterminación, lo que tendrá dos consecuencias esenciales: impedirá definitivamente a Pedro Sánchez intentar formar Gobierno con quienes la defienden; y urgirá la constitución de un Gobierno con sólido apoyo en las Cortes, capaz de hacer frente a lo que ayer el secesionismo decidió mantener vivito y coleando: su sublevación contra la convivencia entre los catalanes y la Constitución que la asegura.
 

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Al Everest con alpargatas
Jesús Cacho vozpopuli.com 10 Enero 2016

“No se puede subir al Everest con alpargatas”, dijo ayer, tan suelto de pico como de costumbre, tan aficionado a las metáforas, el presidente en funciones de la Generalidad, y a fe que no cabe definición más ajustada para el proyecto independentista que este mesías de mentón inhiesto y cara de cemento armado pretende con la anuencia del 47,6% del voto escrutado el pasado 27-S, un tercio del censo electoral catalán o menos de 2 de los 7,6 millones de habitantes que pueblan Cataluña. La montaña del famoso prusés parió ayer un nuevo y divertido ratón con el nombramiento de uno que pasaba por allí, un tal Puigdemont, un salchichón convergente dispuesto a gozar de su minuto de gloria como nuevo presidente de la Generalidad por unos meses, más menos hasta que el amo de la cosa, ese virrey catalán que es don Arturo, le ordene de nuevo la vuelta a casa, en un perentorio “lárgate de ahí, que vuelvo a ponerme yo” al frente del negocio. El pequeño Putin catalán ha encontrado a su Medvédev. Basta ver cómo el susodicho, alcalde de Gerona, agradecía anoche el gesto de un Mas a quien está dispuesto a servir fielmente en la sombra o a plena luz del día, lo que sea menester, porque quien va a seguir mandando es Mas, quien va a seguir manipulando al muñeco, tipo Romeva, que los convergentes sacaron ayer del desván es Mas, que el chico, un periodista subvencionado de los muchos que pueblan Cataluña, no pasa de ser un empleado del capo di tutti capi.

Es imposible encontrar en el panorama europeo un personaje a quien sus fieles se entreguen en pleitesía comparable a la que el independentismo catalán rinde a Mas. Un culto a la personalidad, propio de régimen totalitario, equiparable al que Serbia dedicó en su día a Miloševic, o la antigua URSS al siniestro Iósif Vissariónovich, alias Stalin. Es la identificación de Cataluña con Mas del imaginario nacionalista. Es el “Gràcies, president, per liderar i per perseverar” de Carles Puigdemont. Servilismo inaudito. Es verdad que el heredero de Pujol ha tenido que aceptar la derrota, tremenda humillación para su orgullo desmedido, que le ha impuesto la CUP al tener que hacerse a un lado, pero el sacrificio se antoja menor por lo dicho arriba y aún podría calificarse de mínimo ante la perspectiva de un adelanto electoral que hubiera resultado catastrófico para Convergencia o como ahora se llame, y naturalmente para su propio historial como padre de la patria catalana, un papel que hubiera sido arrastrado por el vendaval de ese Frente Popular de extrema izquierda que se dibuja en Cataluña a las órdenes de la maga Colau. La burguesía nacionalista evita, pues, in extremis unas elecciones en las que tenía todo que perder. No es mala jugada. Y no es menos patético el papelón de estas famosas, temibles, inmarcesibles CUP, a quien papá Doc acaba de administrar un tamayazo en toda regla, porque tampoco hay precedente en la UE para una operación en la que el Duvalier catalán tranquilamente birla dos diputados a un grupo parlamentario cualquiera y los mete, los absorbe, en el suyo propio porque así conviene a sus intereses.

Un partido que ha obtenido apenas el 13% de los votos catalanes el 20D ostenta, cabría decir detenta, un poder casi omnímodo en la región, ocupando la presidencia, la consellería en cap, la totalidad del Gobierno y la mayoría del Parlamento. Grande Mas. Enorme Mas. Y todo para seguir escalando el Everest con alpargatas, para que, inhiesto el mentón desafiando la Historia, pueda seguir jugando el bonito juego de las “naciones” de la señorita Pepis cuando lo suyo son los negocios, lo que ha hecho muy bien durante 40 años en Barcelona y en Madrid son los negocios, y ello gracias a esa eficaz gestoría que fue CiU en la capital del reino. Digamos enseguida que lo sucedido ayer no es malo para quienes apuestan por la idea de una España unida y democrática, sometida al imperio de una ley igual para todos. Puede que alguno se escandalice y piense que se trata de una simple boutade, pero, a mi modesto entender, las CUP han hecho a España un favor impidiendo que encallara el prusés y evitando ese Frente Popular que amenazaba con hacerse en Cataluña con los destrozos de una burguesía desnortada. El prusés debe continuar. Es el cuanto peor, mejor. Con la ley en la mano, España debe aceptar de una vez por todas el choque de trenes que desde hace cuatro años viene proponiendo Mas y su tropa. Es el momento de poner las cartas sobre la mesa. En el supuesto, claro está, de que al otro lado del Ebro haya jugadores con sapiencia y determinación bastante, también con algo de lo que hay que tener, como para aceptar ese reto.

Lo ocurrido ayer en Barcelona cambia de forma dramática el horizonte de cosas que se venían diciendo y escribiendo en la España empantanada por unos resultados electorales imposibles de digerir por tirios y troyanos. Ahora sí que ya no vale jugar a los soldaditos de plomo. No valen los fatuos ejercicios de poder personal a los que Mariano y Pedro nos tienen acostumbrados. Particularmente importantes son los destrozos que lo ocurrido ayer va a provocar en la estrategia de pactos de Pedro Sánchez. Ahora más que nunca parece obligado acabar con la guerra civil que de forma solapada se viene librando en el socialismo español entre quienes piensan en soluciones de corte socialdemócrata para los problemas del país, y los que se inclinan por fórmulas mucho más radicales que incluyen pactos con la izquierda populista y antisistema. Es casi un estado de naturaleza en el PSOE. Salvadas todas las distancias, es la eterna vieja lucha entre reformismo y revolución. Fue el encontronazo de los años treinta del siglo pasado entre los reformistas de Prieto y Besteiro y los prosoviéticos de Largo Caballero. “Largo era la izquierda radical y pedía reformas más profundas; Prieto era un socialdemócrata que quería reformar desde dentro”, resume la hispanista británica Helen Graham (“El PSOE en la Guerra Civil”, Ed. Debate), para quien el socialista fue un partido dividido durante toda la guerra civil. Casi como ahora.

Mariano, Pedro y sus malditos intereses personales
Ni Susana es Prieto ni Sánchez es Caballero. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. La tentación de viraje a babor por parte de un joven dirigente que ha perdido 20 escaños estando en la oposición y que siente en el cogote el aliento de una bestia que le pisa los talones y le roba los votos es comprensible. Ocurre que la base electoral del PSOE, en parte culpa de la crisis y en parte por la atracción del coletas, hace tiempo que abandonó el centro político para instalarse en la izquierda pura y dura, y una parte ha dado ya el salto a Podemos. Es una razón de peso que esgrime Sánchez a la hora de considerar como un suicidio cualquier tipo de alianza, siquiera circunstancial, con el PP de Mariano Rajoy. Pretender, sin embargo, formar Gobierno con todo lo que hay a su izquierda se antoja más locura que quimera, teniendo en cuenta que el objetivo de Pablo Iglesias no es salvar el culo de Sánchez sino zamparse al PSOE de un gran e histórico bocado. Ahí es nada. Y mientras tanto, el bello Pedro se afana en poner diques de contención a la marea de los barones que pretenden cortarle la cabeza porque le consideran un pobre cartel electoral. Toda su aspiración se resume en seguir siendo jefe de la oposición y candidato del partido a las eventuales generales de mayo. Y, naturalmente, retrasando con todo tipo de artimañas la celebración del Congreso del partido.

Y Mariano a lo suyo, calladito cual novicia asustada en espera del resultado del conflicto interno que sacude al socialismo. Como el viernes contaba aquí Federico Castaño, el presidente en funciones se dispone a lanzar al PSOE en su discurso de investidura una oferta de acuerdo de Gobierno casi imposible de aceptar por parte de Sánchez, entre otras cosas porque todo su programa electoral se basa en desmontar lo hecho, bien o mal, por el PP durante los últimos cuatro años. Todo eso era válido hasta ayer mismo. Hoy, cuando la unidad de España se encuentra seriamente amenazada por una minoría que pretende quedarse con el santo y la limosna en Cataluña, ni uno ni otro pueden seguir anteponiendo sus intereses personales y de partido a los generales de la nación. He aquí una nueva línea estratégica para el líder del PSOE: exigir la retirada de Rajoy a su registro de Santa Pola para cerrar un acuerdo de Gobierno con el PP. Un gesto de patriotismo por parte de Mariano echándose a un lado y dando paso a otro candidato a la presidencia podría ayudar a vencer la obstinada negativa de Sánchez, y sin duda pondría las cosas mucho más difíciles a los largocaballeristas del PSOE, además de aumentar las posibilidades electorales del PP si al final resultara inevitable, los dioses no lo quieran, acudir a esa segunda vuelta electoral.

Mariano no puede seguir a lo suyo, que no es otra cosa que contribuir en lo que pueda al descrédito de Sánchez para, a la altura de mayo florido, poder presentarse de nuevo ante los electores como el garante del orden frente a la amenaza de caos del coletas y sus Podemos. Yo o el diluvio. Eso, a estas alturas, no pasa de ser política de alcantarilla. Algún ministro del Gobierno especula estos días con que, siguiendo la lógica de este discurso, el PP podría irse hasta los 135 diputados (se supone que a costa de Ciudadanos), mientras los Pablemos podrían escalar hasta los 90, relegando al PSOE a tercera fuerza con unos 70 y con C’s recluido en los 25/30, en cuyo caso la gran coalición a tres bandas sería una realidad incuestionable a la que nada podría objetar un Sánchez caído en acto de servicio. Todo política de salón, juegos malabares, verdura de las eras, porque nada permite aventurar que de la nueva consulta fuera a surgir un panorama distinto del que ahora tenemos, y bien pudiera ser que, seis meses después del 20D, los españoles se encontraran el próximo junio tan empantanados como ahora, pero más frustrados, después de haber malgastado tiempo y dinero. Con la rebelión del nacionalismo catalán en todo su apogeo.

Afirmar Cataluña y sanear la democracia
Más que nunca urge el acuerdo entre los dos grandes partidos, cuyos líderes, incapaces de gestionar los resultados electorales del 20D, podrían caer en una grave irresponsabilidad en caso de prestar oídos sordos al sentir mayoritario de la ciudadanía. Razones políticas lo reclaman y económicas también. Aunque la confianza de los consumidores aún no ha dado muestras de resentirse, no hace falta ser adivino para predecir el parón económico que nos espera en caso de anunciarse nuevas generales. Imposible imaginar a un gestor tomando una decisión de inversión importante en tanto en cuanto no se despejen las incógnitas actuales. Un permanente wait and see. A pesar del influjo beneficioso que siguen ejerciendo los precios del crudo y la política monetaria expansiva del BCE, hay quien opina que, desde el punto de vista económico, 2016 va a ser un año perdido. La desaceleración se empezará a notar en el primer trimestre del año y será mucho más acusada en el segundo. Los más pesimistas hablan de un PIB que podría quedar reducido al 1,5% para este ejercicio, a pesar de haber cerrado el año a un ritmo del 3,2%. La mitad o menos. Urge hacer frente con la determinación que merece al desafío planteado por Artur Mas y los suyos y, en la misma tacada, abordar de una vez por todas el saneamiento integral de este país cuarteado por la corrupción, una corrupción que esta semana alcanzará su máxima expresión con una hija y hermana de rey sentada en el banquillo de los acusados.

Es el momento de la unidad

Editorial La Razon  10 Enero 2016

No conviene dar mayor trascendencia de la que tiene a la exclusión de Artur Mas como candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña. Ciertamente, con su apartamiento termina una era política en la historia reciente del Principado; desde luego no la más brillante ni la más fecunda, pero no por ello desaparecen las consecuencias de su nefasta actuación para los intereses generales de los catalanes y, por ende, de todos los españoles. En efecto, si Artur Mas se ha visto obligado a claudicar no ha sido por la actitud irreductible de los antisistema de la CUP –que no veían en él más que a un representante de la burguesía catalana accidentalmente enrolado en el independentismo y, por lo tanto, poco fiable–, sino por el cálculo tacticista de quienes venían apoyándole desde los ámbitos del separatismo, convencidos de que afrontar unas nuevas elecciones autonómicas suponía correr el riesgo cierto de un desplome de su precaria mayoría en la actual Cámara catalana.

No eran pocas las voces que advertían del daño sufrido en términos de apoyo popular por el movimiento independentista, con especial insistencia por parte de las mismas asociaciones ciudadanas que han venido impulsando el proceso de ruptura y a las que el propio Artur Mas, en otro de sus clamorosos errores, había incorporado a la coalición de Juntos por el Sí. Ignorar que estos movimientos siempre han ejercido de correa de transmisión de ERC era tanto como poner en las manos de la izquierda radical el futuro de Cataluña. Y así ha sido. El partido que preside Oriol Junqueras no sólo mantiene su creciente influencia en el panorama político catalán, sino que ha conseguido dos de sus objetivos más inmediatos: neutralizar a las CUP, –obligadas en un humillante pacto por escrito a renunciar a cualquier labor de oposición parlamentaria al futuro Gobierno y a una contrita autocrítica que, sin duda, minará el prestigio de la dirección entre sus bases– y, al mismo tiempo, aplazar el duelo electoral con la marca local de Podemos, que en las recientes elecciones generales se ha convertido en la primera fuerza de Cataluña, con doce escaños frente a los nueve de ERC.

Hay que insistir, pues, en el carácter meramente instrumental que la izquierda radical atribuía a la figura de Artur Mas, condición a la que, sin duda, el líder de CDC nunca hubiera descendido de haber tenido más en cuenta los intereses de la sociedad a la que estaba obligado a servir que las dificultades de gobernar en tiempos de crisis. La huida hacia adelante de Artur Mas ha llevado a su partido hacia una posición de irrelevancia y a Cataluña a una comprometida situación de futuro. La mejor solución hubiera estado en una nueva convocatoria electoral, que dibujara con mayor precisión, a la luz de los últimos comicios generales, el actual mapa político catalán, en el que las posiciones separatistas han perdido apoyos, pero Artur Mas, desgastado tras la surrealista negociación con las CUP, ha optado por replegarse de la primera línea, colocando a un hombre de paja al frente del futuro Gobierno de la Generalitat, al que pretende dirigir desde la sombra, calculando, con toda seguridad, que el inevitable fracaso del proceso independentista le permitirá regresar en un tiempo tasado al Palacio de San Jaume. Ya lo advirtió, ayer, en su comparecencia pública, cuando se consideró liberado de su compromiso de dimitir en 18 meses si era reelegido al frente de la Generalitat.

Su renuncia de ahora le habilitaría para ese problemático nuevo intento. Pero, en lo inmediato, es preciso dejar a un lado la peripecia personal de Artur Mas para encarar la situación que se presenta al conjunto de España. Desde el punto de vista del movimiento secesionista catalán, es el momento de aprovechar la inestabilidad política y la ausencia de un Gobierno fuerte al que parece abocada la próxima legislatura. Es evidente que el nuevo Ejecutivo catalán insistirá en llevar adelante el plan de secesión aprobado por el Parlamento de Cataluña, con la consecuencia inmediata del incremento de la tensión política y social, frente a lo que sólo cabe oponer, desde la serenidad, el imperio de la Ley.

La amenaza, por remota que sea, a la unidad de España exige una respuesta firme que sólo puede llevar a cabo un Gobierno respaldado sin fisuras por quienes comparten los principios constitucionales que garantizan la soberanía nacional y la igualdad de todos los españoles. De hecho, el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, va a centrar en el desafío separatista catalán buena parte de su discurso de solicitud de investidura, consciente de la complejidad del momento político que vivimos. Es preciso reclamar al PSOE la altura de miras que exige la situación y que demanda esfuerzo y unidad a todos los constitucionalistas, por encima de apetencias personalistas. Mal se entendería que un partido que comparte los principios consagrados en la Carta Magna acabara pactando con quienes no tienen empacho en romperlos, sin otra justificación que impedir un Gobierno del Partido Popular.

Un fraude que pone en jaque al Estado
Gracias a una especie de «tamayazo a la catalana», los independentistas salvan el «procés», lo que aumenta la presión para un gran acuerdo PP-PSOE en España
enrique clemente madrid La Voz 10 Enero 2016

El proceso independentista ha terminado pasando por encima de Artur Mas. Un pacto in extremis, cocinado de espaldas al electorado, hace presidente a quien no se presentó para el cargo, gracias a una especie de «tamayazo a la catalana», y aboca a una investidura exprés que supone un desprecio al Parlamento y convierte en meras marionetas a los diputados de la CUP, que renuncian a hacer oposición, entregados a Junts pel Sí. Como admitió ayer el propio Mas al anunciar su renuncia, el acuerdo significa «corregir» el resultado de las elecciones del pasado 27 de septiembre. «Lo que las urnas no nos dieron directamente se ha tenido que corregir a través de la negociación», aseguró sin tapujos. Al contar con dos diputados de la CUP que trabajarán para Junts pel Sí, la coalición de CDC y ERC se asegura 64 escaños en la Cámara, con lo que tendrá uno más que la suma de Ciudadanos, PSC, PP y Catalunya Sí que es Pot, la coalición que incluye a Podemos.

¿El acuerdo es un fraude al electorado?
Sí. El candidato a la presidencia de la Generalitat era Mas, aunque iba emboscado en el número 4 de la lista conjunta para evitar rendir cuentas de su gestión. Los electores que optaron por Junts pel Sí le votaron a él como presidente, no a Carles Puigdemont, quien iba como número tres en la lista de Gerona, y ocupará el cargo gracias a un rocambolesco pacto de despachos al margen de los votantes. Al final, el cargo de presidente de la Generalitat se ha sometido a subasta, lo que dijo Mas que nunca aceptaría, y le ha tocado el premio al alcalde de Gerona, que en su día llamó a expulsar a los invasores españoles de Cataluña.

¿Cómo puede influir el acuerdo en Cataluña en la política española?
El pacto catalán abre nuevas expectativas sobre los posibles acuerdos a nivel nacional para evitar la convocatoria de nuevas elecciones. La formación de un gobierno en Cataluña cuyo único objetivo es la secesión supone un desafío sin precedentes al Estado de derecho. Ante este escenario inédito aumentarán mucho las presiones para que el PP y el PSOE, con el respaldo de Ciudadanos, alcancen una gran acuerdo nacional que permita hacer frente a una situación de emergencia. Este fue el mensaje que ayer mismo ya se comenzó a lanzar desde Moncloa, y el PP, a los socialistas. Pedro Sánchez tendrá más complicado mantener su rechazo frontal a permitir que gobierne Mariano Rajoy, u otro candidato del PP, lo que fue respaldado por el comité federal.

¿Por qué ha dado Artur Mas un paso atrás?
Mas se ha resistido durante más de tres meses a dar paso a otro candidato ante el veto irrenunciable que planteó la CUP. La explicación está en que el escenario de nuevas elecciones era aún peor para un cadáver político como era ya antes de su renuncia de ayer. Estaba totalmente quemado. Era muy dudoso que se reeditara la coalición Junts pel Sí, que le ha servido como pantalla donde esconder el progresivo hundimiento de CDC, un partido sumido en la corrupción. La tentación de Oriol Junqueras de ir solo a las urnas era muy grande y para Mas presentarse sin la compañía protectora de ERC le habría conducido al desastre. Además, el magnífico resultado de En Comú Podem en las elecciones generales era una amenaza muy real si se repetían los comicios. Los independentistas corrían el serio riesgo de empeorar sus resultados del 27S y no alcanzar la mayoría absoluta. Sobre todo si Mas volvía a ser candidato, ya que los electores podrían haberle castigado no apartarse para salvar el proceso.

¿Qué supone el acuerdo para la CUP?
Los antisistema han logrado la cabeza política de Mas, que puso como condición inexcusable para dar luz verde a la investidura de otro candidato de Junts pel Sí. Pero el precio a pagar es el suicidio político de una formación que estaba en alza. Las condiciones que ha aceptado son inasumibles para un partido que se precie de serlo. Ceder dos parlamentarios para que trabajen para Junts pel Sí y que los otros ocho se comprometan a no votar nunca en el mismo sentido que los grupos parlamentarios «contrarios al proceso y al derecho a decidir cuando esté en riesgo dicha estabilidad» supone una renuncia a su propia identidad política y una traición a sus votantes. Además, la CUP reconoce en el texto del acuerdo, a modo de expiación, «errores en la beligerancia expresada hacia Junts pel Sí». La humillación de la CUP incluye también la renuncia de sus diputados díscolos. En resumen, a falta de conocer más datos y de saber quiénes han sido los responsables de la decisión, resulta inexplicable que haya aceptado esos términos que figuran negro sobre blanco en el pacto. Después de tantas reuniones de las bases para votar si investían o no a Mas, la organización anticapitalista ha terminado cediendo de forma sorprendente a las condiciones que le ha impuesto el aún presidente en funciones.

¿Cuál es el legado que deja Artur Mas?
El legado que deja Mas después de cinco años al frente de la Generalitat catalana es una sociedad fracturada en dos y un Gobierno que pretende seguir adelante con la ruptura de España, a pesar de haber perdido el propio plebiscito en que convirtió las elecciones del 27S, en las que los independentistas se quedaron por debajo de la mitad de los votos. Al final ha salido por la puerta de atrás de la Generalitat, laminado por un grupo antisistema. Pese a su fracaso, Mas no se retira de la política ni mantiene su compromiso de no volver a ser candidato a la presidencia de la Generalitat. Esto indica que su mente está en volver a intentar liderar el independentismo dentro de unos meses. Mas ha establecido un auténtico récord al hacer saltar por los aires a CiU, minimizar a su propio partido, CDC, y dar el golpe de gracia a la CUP a cambio de apartarse.

La última derrota
Salvador Sostres ABC 10 Enero 2016

Mas ha perdido. Es la última derrota después de haber perdido todo o casi todo lo que en 2002 heredó de Convergència i Unió. En su afán por conservar el poder ha interpretado todos los papeles del teatrillo: y ha fracturado la política catalana, ha puesto a Cataluña al borde del abismo, ha desfigurado el centroderecha favoreciendo el auge de los populismos, y finalmente ha tenido que renunciar a la presidencia, no por el gesto heroico de ningún patriotismo, sino porque todo su entorno le ha hecho ver, teniendo que insistir mucho, que las próximas elecciones las perdería y su paso a la oposición iba a ser más humillante todavía.

La derrota de Artur Mas i Gavarró (Barcelona, 1956) no es la derrota de una persona, sino de un sistema, de una manera de concebir y ejercer la política. También de una idea del orden que Mas ha forzado hasta cargársela regalándole una victoria monumental a la CUP. En la primera reunión que tuvo con Anna Gabriel a principios de octubre, para ver cómo las dos formaciones podían entenderse tras los resultados del 27 de septiembre, la líder antisistema se lo dijo muy claro: «No te vamos a investir porque sino continuareis mandando los mismos». Es una frase fundamental, que explica lo que en estos últimos meses se ha estado debatiendo, negociando, e intentando destruir. No ha sido la independencia sino el sistema. No ha sido la política, sino la trama. No ha sido Cataluña contra España sino los resentidos contra los dueños.

Minoritario
La independencia de Cataluña es un sentimiento minoritario, que ha crecido últimamente pero que no llega a ser compartido, ni siquiera como especulación teórica, por la mitad de los catalanes. Habría que ver, además, si estos independentistas de última hora lo continuarían siendo ante la posibilidad real de la independencia y de tener que asumir todos los riesgos, sacrificios y violencia que comportaría.

Pero el drama del independentismo no es que sea minoritario, o que parta de un planteamiento idealista y demagógico, sino que este sentimiento, más o menos estomacal o elaborado, dependiendo de cada caso, no tiene una articulación política honesta, y los partidos políticos que se llaman independentistas –Convergència, Esquerra y la CUP– usan la independencia como arma estratégica para defender sus intereses partidistas, mucho más determinantes y potentes, como se ha visto desde el 27 de septiembre, que la supuesta liberación nacional de Cataluña.

Infantilismo
Por ello las manifestaciones funcionan y las negociaciones se encallan, por ello la sensación de que son muchos es a veces abrumadora, pero cuando se trata luego de hacer política los partidos–todos– quedan en evidencia y son incapaces de ponerse de acuerdo en asuntos elementales, que cualquier pueblo que va en serio es capaz de resolver sin pestañear.

Entre el infantilismo de unos políticos de muy mala calidad, una argumentación simple cuando no ramplona, unos intelectuales de vergüenza ajena que en todo este tiempo no han sido capaces de inspirar ninguna grandeza; y una agenda partidista legítima, pero decididamente cínica cuando de cara a la galería exaltas a la gente a mantenerse unida, el llamado «proceso» se ha convertido en esta agonía para los independentistas, sin que España tenga que inmutarse.

Retener el poder
La derecha ha usado siempre el sentimiento independentista para retener el poder y para hacer sus negocios. La tensión nacional no resuelta de Cataluña la administró Pujol con maestría, haciéndose en Barcelona el imprescindible para el gran sueño de ser catalanes y ser libres; y presentándose en Madrid como el dique de contención contra el independentismo, para obtener a cambio impunidad para sus negocios y los de su familia. La independencia para la derecha es la justificación amable y heroica de la trama de poder y dinero que subyace y que es el único y verdadero objetivo y razón de ser de su actividad política.

Pujol, siendo probablemente mucho más independentista que Mas, jugó al autogobierno porque calculó –con acierto– que ahí estaban su fuerza, sus votos, su legitimidad y su capacidad de maniobra. Mas, que siempre fue un autonomista de perfil bajo, y que cuando le preguntaban por la independencia decía que era un «concepto anticuado» y que le daba «pereza», interpretó, equivocándose, que tenía que liderar el independentismo para mantenerse en el poder, y que ahí estaban la fuerza y los votos de una sociedad que había cambiado.

«La CUP acaba con Mas y descabeza a la trama convergente
Mas se equivocó, se desangró en favor de Esquerra Republicana, favoreció el crecimiento del submundo antisistema, como siempre que el centro derecha invita a saltarse la Ley y se pone revolucionario; rompió su federación, propició que incluso Unió se rompiera, y puso al PSC al límite de sus contradicciones, forzando también su debacle, en favor de Ciudadanos –en parte– y de Podemos.

Ensoñación romántica
La izquierda usa la independencia como ensoñación romántica, para dotar de contenido su idea de libertad, y como arma arrojadiza contra la derecha, a quien acusa, no sin razón, aunque tal vez exagerando un poco, de corrupta y de cínica, y de usar la estelada para mandar y robar. Pero luego, entre la izquierda y la independencia siempre se decantan por la izquierda, y el independentismo acaba reducido a excusa.

La Esquerra de Carod-Rovira prefirió el tripartito de izquierdas que apoyar a Mas y trabajar la vía «nacional». En el Ayuntamiento de Barcelona, la Esquerra actual se ha sentido perfectamente cómoda pactando con Ada Colau.

«CDC se queda sin líder, sin proyecto y sin la hegemonía en la política catalana»
El no de la CUP a Artur Mas no es por lo tanto un concepto nuevo, ni novedoso, en la política catalana: las izquierdas siempre se acaban entendiendo entre ellas, y aunque el próximo presidente de la Generalitat sea convergente, haber liquidado a Artur Mas es un trofeo considerable, un golpe moral de los resentidos contra la trama, de un inequívoco valor simbólico –la izquierda siempre es simbólica, en su propaganda– y que deja a la derecha catalana descabezada, con un alcalde de provincias como líder, y sin un proyecto de partido claro e identificable.
Presidente de la trama

En su última jugada, Mas se va fiel a su estilo de presidente de la trama: cede, pero a cambio de que los diputados de la CUP dejen su escaño, que dos de ellos se incorporen a la dinámica de Junts pel Sí, y que todos ellos no voten nunca en el mismo sentido de los partidos que se oponen a la independencia. La democracia que tanto le exige a Rajoy, en nombre del derecho a decidir, la vulnera del modo más clamoroso pervirtiendo en los despachos lo que la gente ha votado.

La CUP acaba con Mas. También acaban con ellos mismos, en parte, pero como destruir es lo suyo y tampoco vinieron a construir nada, ellos lo están celebrando, absolutamente encantados.

El Gobierno vasco financiará un estudio sobre el polémico 'síndrome del Norte' en la Ertzaintza
La dirección de atención a las víctimas pagará 2.371 euros a una asociación de agentes de la Policía vasca para realizar un análisis médico sobre el trauma psicológico causado por el terrorismo, una afección que las instituciones siempre han negado y sólo han reconocido los jueces en casos aislados
óscar b. de otálora El Correo 10 Enero 2016

En una decisión que no tiene precedentes, Lehendakaritza ha anunciado que financiará un estudio médico sobre el impacto que ha tenido el denominado 'síndrome del Norte' en los miembros de la Ertzaintza, según figura en el listado de ayudas a asociaciones de víctimas que ha concedido la oficina de atención a las víctimas. El informe sobre esta enfermedad -que las instituciones siempre han negado que exista- será llevado a cabo por Aserfavite, la asociación de ertzainas y familiares de víctimas del terrorismo, el colectivo que reúne a agentes de la Policía vasca que han sufrido algún tipo de ataque de ETA, y cuenta con una subvención de 2.371 euros. Los portavoces de esta asociación han afirmado a elcorreo.com que su objetivo es que mediante este trabajo «se reconozca el sufrimiento de muchos ertzainas que sin haber sido afectados por la violencia por medio de lesiones físicas, si que han padecido daños irreparables».

El 'síndrome del Norte' es un concepto polémico puesto que el Gobierno central siempre ha negado su existencia y sólo ha sido reconocido en casos puntuales mediante sentencias judiciales. Este término comenzó a utilizarse en los años 80 para definir un cuadro de estrés postraumático que sufrían miembros del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Civil destinados en Euskadi en unos años en los que el terrorismo etarra llevaba a cabo casi un atentado diario y el número de muertos alcanzaba, por ejemplo en 1980, los 93 asesinados al año. En el caso de la Ertzaintza nunca se ha utilizado esta definición.

En principio, según las denuncias de los sindicatos policiales, se trataba de desarreglos psicológicos graves ocasionados por el temor constante a sufrir un atentado terrorista, unido a la presión social de verse rechazados o estigmatizados en su vida social, cuando finalizaba su trabajo. Los colectivos de agentes denunciaron en su día que este fenómeno estaba suponiendo un mayor índice de suicidios entre la plantilla destinada en el País Vasco, en lo que sería la versión más dañina del 'síndrome del Norte'. Otros efectos de esta presunta enfermedad profesional eran las depresiones, la ansiedad o las adicciones al alcohol y las drogas.

Fallos judiciales
Desde el Gobierno central siempre se negó su existencia, puesto que hubiera significado reconocer que existía una especial desprotección para los agentes destinados en el País Vasco o que la estrategia del terror de la banda estaba teniendo resultados. Su reconocimiento se produjo por primera vez en 1997, cuando el Tribunal Superior de Justicia de Cantabria sentenció que los problemas psiquiátricos que padecían dos agentes -depresión en un caso y trastornos paranoides en el otro- estaban causados por la especial tensión con la que se desarrollaban las labores policiales en Euskadi. Esta resolución judicial suponía conceder el reconocimiento de una enfermedad profesional a los problemas psicológicos y no considerarlos una afección común.

La siguiente sentencia se produjo en 2001, cuando la Audiencia de Sevilla obligó a una aseguradora a indemnizar a la familia de un agente del Cuerpo Nacional de Policía que se había suicidado. El fallo tuvo en cuenta que en la decisión del funcionario fue clave el trastorno de estrés postraumático causado por su destino en el País Vasco en los años 90, por lo que la empresa debía pagar a la familia del suicida, puesto que se quitó la vida en un acto «ajeno a su voluntad». La Audiencia de Sevilla, además, pidió que se reconociera al Policía como víctima del terrorismo. No todas las sentencias sin embargo, han reconocido la existencia de este problema y también hay decisiones judiciales que la han rechazado. En el 2009, por ejemplo, un juzgado vasco se negó a reconocer esta enfermedad en un escolta privado que también aseguraba padecer un cuadro de estrés postraumático a consecuencia del terrorismo.

En el caso de la Policía vasca ni siquiera se había barajado la existencia de esta enfermedad laboral. Según los portavoces de Aserfavite, sí se han reconocido casos de estrés postraumático en ertzainas que habían sufrido amenazas, pero no con los condicionantes propios de lo que sería el 'síndrome del Norte'. «Podemos decir que en la práctica totalidad de personas jubiladas por incapacidades por causa de las amenazas de ETA existía un 'síndrome del Norte'. Sí se ha reconocido que existe un daño psicológico», añaden las citadas fuentes, «pero no de forma automática, si no después de sentencias judiciales». El objetivo de este estudio es, según la asociación, que el reconocimiento de los daños psicológicos del terrorismo se realice de forma automática, sin tener que esperar a la resolución de un juzgado. En opinión de Aserfavite, más de cuarenta ertzainas podrían estar afectados por el 'síndrome del Norte'.

Mas, devorado por el monstruo que creó
Editorial El Espanol 10 Enero 2016

El proceso independentista se salva in extremis tras devorar a su principal muñidor. Artur Mas ha intentado presentar este sábado su renuncia en favor del alcalde de Girona y presidente de la Asociación de Municipios por la Independencia, el convergente Carles Puigdemont, como un sacrificio personal en aras de la continuidad del plan soberanista. Pero lo cierto es que su inmolación política no ha respondido a un arrebato de generosidad de última hora, sino a un calculado control de daños dado el callejón sin salida al que se veía abocado.

La negativa de la CUP a respaldar su investidura y, principalmente, el rechazo de ERC a reeditar Junts pel Sí con él como candidato han terminado provocando su renuncia como aspirante a la reelección después de tres meses de negociaciones fallidas entre las facciones independentistas.

En la tesitura de firmar el decreto de disolución del Parlamenrt y convocar nuevas elecciones en marzo, Artur Mas intentó el viernes blindar su liderazgo al frente del proceso -este viernes- con un movimiento inesperado, al ofrecer a ERC entrar a formar parte del Govern en funciones a partir del lunes. La negativa de los republicanos a reeditar la coalición atando de nuevo su suerte a la de Mas es lo que ha precipitado este nuevo escenario, que permite al mismo presidente que ha dividido a la sociedad catalana, que ha destrozado a su partido y que ha acabado generando enormes focos de tensión en el independentismo presentarse ahora como generoso servidor de la patria y como legítimo tutor del nuevo tiempo.
La asimilación de la CUP

De ahí el empeño que ha puesto Mas durante su comparecencia en hacer pasar su renuncia táctica como un sacrificio personal; su insistencia en presentar a Carles Puigdemont como su elegido para recoger el testigo del procés; y su empeño en subrayar los "errores" de la CUP, que con este acuerdo se compromete formalmente con Junts pel Sí.

De hecho, la incorporación de los antisitema al matrimonio de conveniencia independentista entre convergentes y republicanos es la clave de este pacto in extremis que permite a Mas apuntarse el tanto de la domesticación de la CUP. En contrapartida a la renuncia del heredero político de Jordi Pujol los antisistema votarán como presidente este domingo en el Parlament al número 3 de la lista de Junts pel Sí por Girona -en lugar de a Junqueras o Romeva como querían- y comprometen su disciplina de voto en el futuro. No en balde, dos de los diez diputados cupàires se sumarán a la coalición entre convergentes y ERC para cederles la mayoría de 64 diputados que no obtuvieron en las urnas, frente a los 63 que suman las demás fuerzas, y que -con las abstenciones del resto de parlamentarios anticapitalistas- permitiría a Junts pel Sí sacar adelante cualquier iniciativa.
Nuevo escenario nacional

El pacto entre los partidos independentistas también posibilita a Mas aparentar ante el secesionismo que salva la honra tras perder los barcos. Y da un importante balón de oxígeno al plan soberanista y abre un nuevo escenario a nivel nacional. Los partidos independentistas han sabido aprovechar la situación de bloqueo político e institucional en España tras el 20-D para ultimar su pacto. Esta gran coalición por la ruptura obliga a los partidos constitucionalistas a estar a la altura de las circunstancias para poder responder con solvencia al desafío.

Artur Mas ha acabado sirviendo de alimento a la criatura que él mismo creo para que el monstruo continuara con vida. clave del acuerdo entre fuerzas tan dispares como la CUP y las que integran Junts pel Sí es que han encontrado un candidato de consenso. La sociedad no entendería que en Cataluña, después de tres meses de negociaciones fallidas y enfrentamientos internos los partidos secesionistas sea capaces de ponerse de acuerdo mientras en España los grandes partidos constitucionalistas siguen cada uno en su trinchera.

La democracia corregida catalana
Cristian Campos El Espanol 10 Enero 2016

1. “Lo que las urnas no nos han dado se ha corregido con la negociación”. Esta frase de Artur Mas, pronunciada durante la comparecencia en la que el presidente catalán en funciones anunció el acuerdo de investidura con la CUP, marca con precisión hasta dónde llegaron las aguas de la calidad democrática del proceso independentista en 2016. Es decir hasta el nivel del betún. Porque lo que el presidente de la Generalitat en funciones anunció ayer no es un acuerdo de gobierno (tal y como se entiende ese concepto en una democracia avanzada) sino un tamayazo 2.0.

2. Y digo 2.0 porque los dos tránsfugas de la CUP no se limitarán a permitir la investidura del candidato escogido por JxSí sino que pasarán a “incorporarse a su dinámica de manera estable”. He aquí la “corrección”: JxSí consiguió 62 diputados en las urnas y ahora tendrá 64. En la práctica, Cataluña es desde ayer una democracia corregida. Añádase la democracia corregida catalana a la larga lista de democracias con apellido. Entre las más insignes de ellas, la democracia orgánica franquista y la democracia popular venezolana.

3. El tamayazo de Mas y la CUP tiene además consecuencias infinitamente más graves que las del original. Porque resulta difícil creer que quienes consideran normal “corregir” la voluntad expresada por los ciudadanos en las urnas vayan a detenerse ahora frente a barreras mucho menos intimidantes (para el soberanismo) como las de la Constitución o la legalidad democrática. “Once a cheater, always a cheater” dicen los ingleses. Yo se lo traduzco: “Una vez tramposo, siempre tramposo”.

4. La sorprendente y macarrónica investidura de Carles Puigdemont, alcalde de Gerona y presidente de la Asociación de municipios por la independencia, cambia por completo el terreno en el que se estaba dirimiendo hasta ahora la batalla por la presidencia del Gobierno central. Pedro Sánchez puede ir olvidándose de su utópica mayoría progresista junto a Podemos y convenciéndose de que la gran coalición PP-PSOE con Rajoy de presidente es su única salida viable. Incluso el camino de forzar la convocatoria de nuevas elecciones es impracticable para él por el peligro de que una parte de los votantes del PSOE pasen a Podemos y acabe siendo peor el remedio que la enfermedad.

5. A esa gran coalición PP-PSOE deberá sumarse Ciudadanos. Y eso porque las fuerzas constitucionalistas no pueden permitirse el más mínimo síntoma de debilidad o de división cuando el soberanismo ha demostrado que está dispuesto a todo con tal de hacer realidad la declaración unilateral de independencia en el plazo de un año y medio.

6. Con la investidura de Puigdemont como presidente de la Generalitat, el centro de control del proceso independentista pasa del sector barcelonés del soberanismo (es decir el urbano) al gerundense (es decir el rural). La hereje Barcelona pierde importancia e influencia frente a la Cataluña devota de provincias. El independentismo catalán es desde ayer más agro que nunca. Si el corpus intelectual del independentismo era débil hasta ahora, su futuro se presenta magro. Por no decir inexistente. Prepárense para toneladas de sentimiento.

7. Solo la CUP sabe qué diferencia a Carles Puigdemont de Artur Mas. Se preguntaba ayer en Twitter el periodista Ferran Caballero: “¿Tan mal les cae el presidente?”. Es una pregunta interesante que alguien debería plantearle a los dirigentes de la CUP. Porque a cambio de ese paso al lado de Mas, la CUP ha vendido dos diputados (y lo que es más importante: su misma razón de ser) a todo aquello contra lo que se supone que luchan. Esta no es una victoria pírrica: es un suicidio por amor al arte. Como en el viejo chiste: “Hoy no como rancho, que se joda el capitán”.

8. Después de estos tres meses de vaivenes y de asambleas masivas en las que se ha votado todo lo votable, la CUP ha decidido, pocas horas antes de que se agote el plazo para nombrar presidente, a) ceder dos diputados a JxSí, b) comprometerse a votar en el mismo sentido que el partido de Mas en todo momento, c) obligar a dimitir a dos de sus diputados y d) hacer presidente a Carles Puigdemont. Y esa decisión, cuya trascendencia es incomparablemente superior a la que habría tenido una investidura rápida y discreta de Mas hace meses, es la única que la CUP no somete a votación en asamblea. Si yo fuera votante de la CUP empezaría a dar pábulo a la teoría de que la CUP es en realidad la delegación catalana del CNI.

9. Carles Puigdemont, como buen político ascendido, debe de andar ahora borrando sus tuits más llamativos. Como aquel en el que decía: "Los invasores serán expulsados de Cataluña". Procuraré enterarme de qué se entiende por “invasor”, aunque intuyo que mi 25% de sangre valenciana y mi otro 25% de sangre murciana me clasifican como candidato a ser expulsado a patadas de Cataluña. Mi 50% de sangre catalana solo hará que la patada sea ligeramente menos violenta que la que se llevarán los invasores de pura sangre.

10. El constitucionalismo echará de menos a Mas. Carles Puigdemont ha llegado a presidente con una sola misión y toda su energía política irá destinada a hacerlo realidad. Nadie en Cataluña duda de que las posibilidades de un pacto con el Gobierno central son ahora prácticamente inexistentes.

11. El pacto anunciado ayer por Mas tiene consecuencias que van más allá del independentismo. Ada Colau no será presidenta de la Generalitat en marzo ni probablemente nunca. El pacto de Podemos con Colau y las izquierdas soberanistas pasa a ser irrelevante en Cataluña. Durán i Lleida ya puede ir comprándose una casa en Miami porque su carrera política, que pareció asomar sus dedos pactistas por los costados de la lápida, ha quedado finiquitada para los restos.

12. Es probable que resulte difícil de creer en España, pero la figura de Artur Mas en Cataluña ha alcanzado cotas bíblicas. Se alaba su generosidad, su magnanimidad, su seriedad, su coherencia y su capacidad de sacrificio. Lo de la corrección de las urnas ni se mencionó en TV3. Apenas un poco de polvo en el camino de la futura república catalana independiente.

Apuntes para un dossier:
Todo lo que vale la pena saber sobre el “proceso soberanista” y nadie le explicará

Ernesto Milá LAGACETA.EU 10 Enero 2016

¿Qué locura colectiva se extendió por Cataluña entre 2011 y 2015 como para que alguien fuera capaz de creer que en las condiciones en las que encuentra aquella autonomía, podría llegar a ser independiente a la voz de “ya”? Este es el fondo de la cuestión de este dossier dedicado a esta psicopatología política que apareció de la crisis y, a pesar iniciar lo que promete ser un rápido repliegue, algunos siguen tomando en serio, como si en los últimos años en Cataluña no hubiera pasado nada. Han pasado muchas cosas.

Como se sabe, el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Y la cabeza de España, desde el siglo XIX, era Cataluña, tal era el sueño de Cambó. Fue allí en donde la revolución industrial cuajó con más fuerza y entronizó el poder de las “300 familias” que vienen gobernando esa región desde entonces, al margen de quién y de cómo se gobierne en Madrid. Dado que donde ha habido mucho siempre queda algo, lo que ocurre en Cataluña debe seguirse con extrema atención en tanto que significativo e indica los caminos por los que va a discurrir la política española. En estos apuntes hemos intentado resumir algunas claves del problema.

I PARTE
Crisis encadenadas vs. Inestabilidad generalizada

Quien haya seguido nuestros análisis en los últimos ocho años habrá advertido que, desde que empezó la gran crisis de 2007, sostenemos, en primer lugar, que aquella no era una crisis generada por la hipertrofia del sector inmobiliario y la frivolización en la concesión de créditos, sino que se trataba de la primera crisis de la globalización, después de la cual esperaba una rápida caída de la economía mundial seguida de una lenta recuperación que sería interrumpida, luego, por otra crisis de similares características que, desde un marco geográfico diferente (a la vista de las interconexiones de las economías mundiales), repercutiera en todo el mundo. Tras la crisis de las subprimes en EEUU, la crisis se trasladó a Europa y seis años después empezó en Brasil. Tal crisis era el resultado de un mundo demasiado diferente para ser “global”. El resultado de esta serie de crisis encadenadas sería el aumento de la inestabilidad mundial y, finalmente, la entrada en crisis del unilateralismo norteamericano (EEUU es la capital económica del nuevo orden mundial, pero cada vez menos su capital política). Es en este contexto internacional dentro del que hay que examinar el “caso catalán”.

Cuando la crisis llegó a Europa, España fue la primera en sentirla a causa del insensato y criminal modelo económico implementado por José María Aznar (hipertrofia de la construcción + inmigración masiva + salarios bajos + acceso fácil al crédito). El hecho de que los efectos de la crisis llegaran durante el período de gobierno de un presidente que jamás entendió por qué crecía nuestra economía y por qué empezó a decrecer (Zapatero), hizo que no se percibiera inicialmente la crisis (e incluso que se negara su existencia) pensando que se trataba solo de “crisis coyuntural de la construcción” y alardeando hasta 2009 “de la inmejorable salud de nuestro sistema bancario”… que luego resultó completamente anémico y corrupto.

En realidad, la crisis mundial de 2007 repercutía en toda Europa, pero si en unos países se experimentó mucho más tarde (en la “locomotora” franco-alemana) fue precisamente porque los impulsores de la Unión Europea habían constituido una estructura dotada de un “centro” (Francia y Alemania) y de una “periferia” (en donde está situada España). La periferia, como los primeros bastiones defensivos de cualquier fortaleza medieval, caía pronto pero garantizaba que el “fortín central” podía defenderse por más tiempo. En 2015, el inicio de la crisis en Brasil, tendió a ralentizar de nuevo la economía mundial y particularmente las exportaciones. China debió devaluar cuatro veces en una semana su moneda. El lanzamiento de cientos de millones de barriles de petróleo realizado por Arabia Saudí, contribuyo a hundir la nueva industria del fracking en EEUU pero también a que los precios del carburante consiguieran mantenerse bajos y no agravar la crisis (sin embargo, el aumento de la tensión entre Arabia Saudí e Irán corre el riesgo de disparar de nuevo el precio del barril).

En estas circunstancias, fue cuando Alemania admitió 900.000 refugiados sirios: simplemente para conseguir que las cifras macroeconómicas le fueran favorables, maquillándolas (900.000 consumidores adultos hacen que, aun por miserables que sean, el PIB tienda a subir) y su mismo peso muerto hace que el valor de los salarios (especialmente de los más bajos) tienda a disminuir y, por tanto, a “ganar competitividad”. El Euro, por su parte, no ha dejado de ir rebajando su cotización en relación al dólar, es decir, devaluándose discretamente… una medida que podía haber beneficiado extraordinariamente la economía española en el período 2009-2013, pero que solamente se adopta ahora cuando es la economía del “centro” (esto es, la alemana) la que lo requiere.

Para los que no somos ni dogmáticos ni devotos de la globalización, cuando se inició la crisis de 2007 estaban claros los ciclos por los que íbamos a pasar (y así lo fuimos reflejando en Info-krisis): 1º crisis económica irresoluble (en la medida en que la globalización es un modelo que se adapta perfectamente para el tránsito de capitales… pero no para el tránsito de bienes de consumo), 2º al persistir la crisis económica y demostrarse que no era un simple problema coyuntural, sino un grave problema estructurar (mucho más en España en donde nadie fue capaz de plantearse un nuevo modelo económico que sustituyera al paradigma creado por Aznar) que desembocaría en un aumento del paro y de la población situada en las proximidades de la pobreza, generándose una crisis social sin precedentes en la postguerra. 3º En el momento en que esa crisis social se hiciera cada vez más evidente estallarían movimientos de protesta contra la partidocracia que indicarían el inicio de una crisis política que correría el riesgo de arrasar el sistema de equilibrios políticos nacido en 2008. Esa última fase se inició tímidamente en 2009, se agudizó en 2011 y alcanzó su nivel crítico en las elecciones europeas de 2014 que prefiguraron los resultados que se repetirían en las generales de 2015.

Pero a este panorama de tres crisis sucesivas, unas producto de las otras pero todas superpuestas, había que añadir una última crisis que aparece en España con el mismo régimen de 1978: la crisis cultural y que supone el denominador común de todo este largo período de 40 años desde la muerte de Franco (y ya iniciada a principios de los 70). A partir de 1978, incluso durante los períodos de gobiernos del centro y de la derecha, la izquierda socialista impuso planes de enseñanza y proyectos de ingeniería social “avanzados” que repercutieron negativamente en los niveles culturales de la sociedad española: la despenalización de las drogas llevó a España a ser primer consumidor de drogas de Europa, las cuatro reformas sucesivas de la enseñanza nos llevaron a la cola de la educación en Europa, la liberalización del medio televisivo convirtió a la pequeña pantalla en un ventilador de telebasura, los “nuevos modelos familiares” y la permisividad en todos los terrenos no llevaron a modelos de convivencia estables y viables, sino que la crisis de la familia burguesa, no llevó a redescubrir la familia tradicional sino que fue sustituida por el vacío más absoluto y una inorganicidad total; el garantismo judicial lo único que garantizó fue la impunidad de delincuentes y corruptos, el Estado de las Autonomías, caro y centrifugador, entrañó la muerte progresiva del Estado del Bienestar; la sociedad civil se fue desintegrando y la cultura retrayéndose, el nivel de instrucción de nuestro pueblo fue descendiendo hasta el punto de perderse completamente el sentido crítico y la capacidad mínima de análisis; y, para colmo, el triunfo de la ideología de la UNESCO dentro del PSOE (con la sustitución del programa socialdemócrata de Bad Godesberg por la doctrina del “humanismo universalista” de ZP), nos condujo directamente a la ausencia de cualquier valor que no fuera estrictamente finalista (paz universal, antimilitarismo pacifista, igualdad a ultranza, derechos humanos sui generis, justicia universal…).

No es que la crisis cultural en España sea mayor a la que se da en otros países europeos (que lo es), es que el sistema educativo no puede resolverla, porque hace décadas que está desintegrado y sin posibilidades de recomponerse. De ahí que la sociedad española haya sido la que ha demostrado menos capacidad de resistencia a la crisis económica, a la crisis social y a la crisis política, y donde menos esfuerzos se hayan hecho para superar estas crisis. Es más, cuando en España han aparecido protestas y resistencias, no ha sido para SUPERAR las consecuencias de la crisis, sino para apoyar opciones que proponen “profundizar” más en las ideas y postulados que nos han llevado a la crisis cultural; ejemplo: Podemos que no es más que el utopismo habitual en la izquierda acompañado por el aroma a porro y dotado de una crítica infantil a la globalización.

II PARTE
Cataluña, vanguardia de España en el proceso de desintegración

Hemos examinado la crisis de la globalización y cómo afecta a España. Vale la pena ahora aludir a Cataluña. Sin todo lo anterior sería imposible entender qué está pasando en Cataluña. Y es muy simple. Europa pierde peso específico en un mundo globalizado. España pierde peso específico en una Europa mal definida pero sometida a la tiranía de los intereses alemanes. Y, finalmente, Cataluña pierde peso en España a causa de la deslealtad de sus gobiernos autonómicos, a causa de la pérdida de tejido industrial y a causa de que la propia burguesía catalana va optando por otros escenarios menos complicados para invertir el producto de los beneficios acumulados por el trabajo industrial de seis generaciones anteriores y que ahora sale del terreno productivo para zambullirse en el especulativo.

Entre la “obra del nacionalismo” perpetrada entre 1989 y 2015, lo que más llama la atención es que, durante el franquismo, era frecuente oír hablar catalán (y un catalán mucho más puro) en buena parte del territorio. Hoy, en algunas zonas de Cataluña, a pesar de 25 años de “inmersión lingüística”, cuesta trabajo oír hablar catalán. Esto tiene muchas explicaciones, pero quizás la más importante es que el grupo originariamente catalán, con dos apellidos catalanes, sea uno de los que tienen una natalidad más baja ¡en todo el mundo! (y, probablemente, sea la más baja). El drama de la natalidad catalana se ocultó, en un primer momento, con aportaciones de españoles procedentes de otras regiones del Estado (durante el franquismo) y en la actualidad (cuando ese flujo hace ya tiempo que se ha interrumpido), con aportaciones de la inmigración. Desde el año 2000, invariablemente, cada vez que llega el 2 de enero, nos enteramos de que los “primeros catalanes” nacidos en las cuatro provincias el día anterior son… hijo de inmigrantes.

Hay que recordar la responsabilidad del gobierno de la Generalitat desde finales de los años 80 en la desfiguración del perfil etno-cultural de Cataluña. Y es muy importante: no es lo mismo integrar en la misma generación a un inmigrante gallego, andaluz, aragonés o castellano, que hacerlo con un inmigrante senegalés, marroquí o pakistaní. Las identidades regionales procedentes de otras zonas del Estado son “contiguas” en relación a la catalana: mismos grupos étnicos, mismos o muy parecidos valores, mismos principios religiosos o éticos, mismas capacidades intelectuales. No ocurre lo mismo con las aportaciones procedentes de grupos étnicos con los que existen barreras antropológicas: no son “contiguos”, sino que entre ellos y el grupo catalán hay “brechas” antropológicas y culturales.

En su infinita ignorancia de lo que es el mundo y de lo que son otras culturas, los nacionalistas catalanes creen que simplemente enseñándoles el idioma catalán –como se ha hecho con grupos procedentes del Estado- ya se ha realizado el “proceso de integración”. Resultaba bochornoso ver como Carod-Rovira, haciendo gala de esa ignorancia pueblerina que acompaña a todos los nacionalismos, hablaba sobre el “Islam catalán” ante una asamblea de asociaciones islámicas residentes en Cataluña que, obviamente, no aspiraban a nada más que a mejorar sus posiciones y a obtener mayores subsidios y facilidades para… proseguir su culto. Carod-Rovira, hombre formado a la luz de las teorías lingüísticas de los Prats de la Riba y de los Pompeu Fabra, ignoraba que para un musulmán hablar catalán es un hecho meramente práctico, pero que jamás de los jamases, situará a la lengua catalana al mismo nivel que la árabe que, a fin de cuentas, para él, es la “lengua sagrada” utilizada por Mahoma para escribir el Corán. Sin olvidar, por otra parte, que el Islam ha demostrado históricamente una facilidad sorprendente para deslizarse hacia las interpretaciones más extremas de los contenidos del Corán, lo que lleva a Cataluña a situarse como una de las regiones europeas con más riesgos de contagio yihadista.

Pues bien, hace falta repetir y bien alto, que si en Cataluña la paz étnica se ha comprado en los últimos 15 años a base de subsidios y subvenciones a los grupos islamistas que no han conseguido detener la islamización creciente de la sociedad catalana y el hecho de que mientras el grupo étnico catalán apenas llega a un hijo por pareja, el grupo étnico islamista (compuesto por magrebíes, subsaharianos y pakistaníes) tiene una media de ¡cuatro nacimientos por pareja! La teoría defendida por algunos demógrafos progresistas, sobre que una sociedad cuando alcanza determinado nivel de bienestar y cultura disminuye su natalidad, no es más que un aspecto del florido panorama multicultural, verdadero arsenal tranquilizador: pero, lamentablemente, tal teoría es falsa cuando se aplica a Europa.

En efecto, hay que recordar que estos grupos étnicos (magrebíes y subsaharianos) son los que en toda Europa (Cataluña no es una excepción) se insertan muy mal en el sistema educativo y, a pesar de que existen becas que les permitirían estudiar sin necesidad de invertir un solo euro, en la práctica, son muy escasos (tanto en la segunda como en la tercera generación) los que siguen la vía de estudios superiores e incluso de estudios profesionales. Por otra parte, eso hace que sus niveles salariales sean bajos y que los que están en paro o se resignen a vivir de las ayudas sociales, del trabajo negro o se integren en los circuitos de la delincuencia. En cualquier caso, siguen en los umbrales de la pobreza: ni mejoran su nivel cultural y su preparación, ni mejoran su capacidad adquisitiva… por lo tanto, mantienen sus niveles demográficos. Y esto permite plantearse: ¿cuánto tiempo tardarán los grupos étnicos africanos en ser mayoritarios en una Cataluña que ha dejado de tener hijos? ¡Y cuyos “hijos” no renuncian a su identidad de origen!

Lo podemos plantear de otra manera: ¿qué ofrece Cataluña a un joven islamista? ¿Una lengua? La suya es mejor, es simplemente “sagrada”. ¿Una cultura? Sardanas, castellers, grallers… ellos tienen algo mejor ¡una religión que les da respuestas a todo e incluso una concepción política: la umma, la comunidad de los creyentes! Y valores mucho más simples: limosna, abluciones, no comer cerdo, no beber alcohol, ir una vez a la Meca y creer que Ala es el único dios y Mahoma su profeta. Eso es todo. Y si las cosas vienen mal dada y uno se harta de la miseria siempre tiene el camino de la yihad que, después de un momento de pánico garantiza la vida eterna en siete palacios de jade, con siete arenes, cada uno con setenta y siete huríes y en estado de erección permanente con la vida detenida a los 33 años de edad…

Hay que maldecir una y mil veces a Jordi Pujol y su banda de piratas el que a principio de los años 80 en un “lúcido” análisis estratégico, optaran por derivar inmigración hacia Cataluña del Magreb y de África (Marta Ferrusola ya empleaba masivamente a finales de los 8 a africanos en sus plantaciones de flores en el Maresme, incluso a ilegales), antes que aceptar a iberoamericanos (de la misma forma que hay que maldecir a Aznar y a Zapatero por no SELECCIONAR el tipo de inmigración que hacía falta en España y permanecer mirando a otra parte cuando proliferaban “bandas latinas” y delincuencia organizada llegada de Iberoamérica (una vez más sigue siendo cierto que la mayor parte inmigrantes no son delincuentes, pero que la mayor parte de delincuentes proceden de la inmigración). La “teoría” era que los inmigrantes iberoamericanos, al hablar castellano se cerrarían a aprender catalán, las estadísticas de utilización descenderían (más aún de lo que están descendiendo) y se desvelaría que el “proceso de catalanización” no era más que la tapadera del saqueo de Cataluña.

Pujol envió a un individuo catastrófico desde todos los puntos de vista, Ángel Colom, habituado a vivir de ONGs y de cargos públicos, ex secretario de ERC que dejó al partido en el límite de la bancarrota, como “embajador en Marruecos”. Como se sabe, es muy habitual en los medios gays sentir una admiración rayana en la devoción hacia la cultura árabe y, sin duda, Colom era la persona más adecuada para iniciar el tránsito masivo desde los arrabales de Casablanca y de Tánger, desde el Rif hasta el Atlas de un millón de marroquíes a Cataluña. De la obra de estos dos “grandes nacionalistas” habrán quedado tres caños colaterales no precisamente menores: 1) la desfiguración creciente de la identidad catalana subsumida por la identidad islámica cada vez más presente y que en 20 ó 30 años entrañará su asfixia, 2) la traslación de un volumen de población que, en Cataluña, en España y en toda Europa, subsiste mediante subvenciones públicas y supone una aspiradora de recursos asistenciales y 3) la aparición de un riesgo yihadista como en ninguna otra región de España.

Tal ha sido la tarea por la que se recordará al nacionalismo catalán en las próximas décadas, cuando veamos hasta dónde puede mantenerse la “paz étnica”. Cataluña es vanguardia de España en este problema. Pero también en otros.

La corrupción anidada en el gobierno de la Generalitat es, quizás, lo más llamativo. En especial, porque tal corrupción es prolongada, descarada y hasta hace poco rodeada de impunidad. No es algo que proclamen los partidos estatalistas: es algo reconocido por el estudio publicado en el arranque del “proceso soberanista” (2012) por la Comisión Europea sobre corrupción política e institucional en los 27 países que componen la UE, lo que se ha llamado el “índice de calidad regional”. Cataluña ocupa en Europa el puesto 130 (sobre 172 regiones, que corresponde a los territorios más opacos y corruptos del continente, a la altura de regiones de Bulgaria, Rumania y Polonia. Y, entre todas las regiones (o “comunidades autónomas”) de España, se sitúa en vanguardia del índice de corrupción y opacidad. Los casos Pallerols, Palau, Pujol y un largo, larguísimo etcétera, no han sido meros accidentes en la historia de la Generalitat restaurada en 1979, sino que recorren paralelamente su historia desde el origen.

El hecho de que un organismo imparcial de “mala nota” a Cataluña no implica solamente un desprestigio absoluto del “proceso soberanista” (que pretendía ser reconocido y admitido en la UE) sino que, además, afecta a la población catalana. En efecto, tal índice mide la “calidad del gobierno” de las regiones en función de la seguridad jurídica, la transparencia, los niveles de corrupción, la transparencia y la eficacia en la gestión. Resulta evidente que en dicho ranking, cuanto más alto está situado un gobierno regional, más eficiente es su gestión, mejor es el nivel de vida de la población, más elevado su bienestar económico y la eficiencia de sus sistemas sanitarios y educativos. La población, en definitiva, vive mejor, cuanto más alto está situado un gobierno regional y peor si se sitúa en las partes más bajas. Cataluña está en la cuarta parte más catastrófica de la tabla, lo que no dice mucho ni del gobierno autonómico, ni de la población que lo ha votado reiteradamente, ni de la legitimidad del “proceso soberanista”.

Y lo que es aún peor: el Estado Español ocupa el lugar número 12 en la misma tabla. Es decir, ocupa un lugar intermedio, por detrás de Malta, Bélgica o Francia, pero por delante de Portugal, Chipre y Estonia, alejado de la “cola” (Rumanía, Bulgaria, Italia). Así pues, la Comisión Europea reconoce que Cataluña es la “peor” zona de España. Si ésta ocupa un lugar intermedio (el 13 sobre 27 en el ranking nacional), Cataluña (en el ranking regional) se sitúa muy por debajo: 130 sobre 172…

Al año siguiente, el mismo estudio hizo descender a España del puesto 13 al 14… pero Cataluña descendió del puesto 130 al 134…

Peor se situaba el rating de deuda pública de la Generalitat. También aquí, Cataluña resultó desde 2012 (cuando Artur Mas inicio el “proceso soberanista”) la región peor parada de todo el Estado (ex aequo junto a la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP). La deuda pública de ambas autonomías estaba clasificada ¡por debajo del bono basura! Dada la imposibilidad de afrontar los pagos mediante más y más emisiones de deuda pública regional, la Generalitat optó por pedir préstamos al Estado para evitar la quiebra (20.156 millones solamente entre 2012 y 2013). Estos préstamos, procedentes del Fondo de Liquidez Autonómica y del Instituto de Crédito Oficial, han proseguido en los dos últimos años llegando a un total, al final de la legislatura de Artur Mas, de ¡40.000 millones!, hasta el punto de que en enero de 2015, Standard&Poors afirmaba que “La caja de la Generalitat está prácticamente vacía y la cubre el apoyo estatal”.

También en este terreno del endeudamiento la Generalitat va en cabeza: lo recibido por Cataluña supone el 34% del total de la financiación concedida a las comunidades autónomas, seguida a distancia por la Comunidad Valenciana (que se ha llevado el 22%) y por la Junta de Andalucía (con un 17,5% del total ). En otras palabras, estas tres comunidades han absorbido tres cuartas partes del dinero prestado. En las tres, la corrupción, la mala gestión, el saqueo de las arcas públicas y el descenso en la calidad de los servicios públicos, es superior a la del resto del Estado.

A la vista de estas cifras, lo que más sorprende del “proceso soberanista” es que, en algún momento, algún catalán pudiera pensar racionalmente que la Unión Europea admitiría a un micro-Estado en quiebra, con niveles de corrupción más próximos a Kosovo (modelo para algunos independentistas catalanes, verdadero Estado-pirata, vergüenza de Europa, de mayoría islámica, por cierto), cuya deuda pública era invendible. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta otro factor de la ecuación: los medios de comunicación catalanes son, sin excepción, medios que viven de los subsidios públicos y que hacen y dicen aquello que los “comisarios políticos” de la Generalitat dictan.

A pesar de casi treinta años de “inmersión lingüística”, los diarios específicamente catalanes nunca han sido rentables y solamente han podido mantenerse gracias a los subsidios de la Generalitat y a las suscripciones masivas realizadas por las cajas catalanas y los organismos de la Generalitat. Huérfanos de lectores han tenido que ir contrayendo tiradas y cabeceras. Incluso las traducciones al catalán de El Periódico y La Vanguardia solamente pudieron hacerse mediante el mismo régimen de subvenciones (y hoy es frecuente que cada día, miles de excedentes de La Vanguardia se abandones en los trenes de cercanías catalanes, pagados por Rodalíes de Catalunya…). Otro tanto cabe decir de la edición de libros en catalán cuyas tiradas rara vez superan los 1.000 ejemplares una parte importante de las cuales es absorbida por las bibliotecas quedando allí abandonados.

En lo que se refiere a TV3, salvo en Corea del Norte, sería difícil encontrar un medio más ideologizado y puesto al servicio del “proceso soberanista”, hasta el punto de que quienes no lo comparten, simplemente han decidido marginar este canal en sus repertorios de zapping: en efecto, sea cual sea el programa o la temática, los guionistas barren para el “proceso soberanista”. Un estudio publicado por portal.mèdia.cat demostró en septiembre y octubre de 2014 que el 63% de los tertulianos estaban a favor de la independencia, el 30% en contra y el 7% se mostraban neutros… cifras que no corresponden ni remotamente a la realidad política catalana y que evidencia el nivel de manipulación. Otro tanto ocurre en la radio en donde hace veinte años se (im)popularizaron los “correctores lingüísticos” que revisaban los guiones e imponían cambios hasta convertirse en los personajes más odiados de las emisoras.

En lo que se refiere al cine, la cosa es todavía peor: los niveles de audiencia de las películas dobladas al catalán han estado siempre a mínimos. El 2014, la cuota de espectadores al cine doblado en catalán se situaba en el minúsculo 2,38% (2,22 en 2014, 2,60% en 2013, 3,88% en 2012, 2,16% en 2011, 2,86% en 2010)… lo que no era obstáculo para que aumentaran las subvenciones para el doblaje de películas al catalán en un 70%, justo en los momentos en los que la Generalitat reconocía no poder pagar a las farmacias. No se trata de una conspiración: simplemente, por los motivos que sean, el público prefiere asistir a sesiones en castellano y, en segundo lugar, en el VOS. Ferrán Mascarell, ex PSC, conseller de cultura, había prometido una cuota del 35% para el cine en catalán en 2017…

¿Qué ocurre con el cine en catalán y con la prensa escrita? Los cambios en los gustos del público y en los medios, el rodillo de Internet, explican en cierta medida esta falta de audiencia, pero no toda. Lo que demuestran demasiado a las claras son los límites en la catalanización del país: parece bastante claro que los niveles de utilización del catalán permanecen con cierta tendencia a la baja, desde hace 17 años, que el hecho de que prácticamente la totalidad de la población catalana entienda la lengua catalana (el gran fetiche del nacionalismo desde sus comienzos y su único punto de apoyo como “factor diferencial”) no quiere decir que lo utilice. Existen distintos estudios lingüísticos sobre los niveles de utilización del catalán y del castellano en todos los ámbitos. En ninguno se sitúa a la lengua catalana como de uso mayoritario… salvo en las relaciones con las instituciones (Generalitat y Ayuntamientos…). En el ámbito interpersonal en 2013 el uso del catalán estaba en torno al 27,8%, mientras que el castellano alcanzaba el 55,7% y el uso indistinto de ambas el 7,3%. Es significativo que el uso del catalán, además de en las instituciones, solamente sea mayoritario en el ámbito de la enseñanza (42,9 utilizan en catalán en las aulas, el 30,8% el castellano y el 17,4% ambos). Es decir: se utiliza el catalán allí donde, por ley, debe utilizarse (administración y enseñanza). Donde más igualado está la utilización del catalán y del castellano es el lugar de trabajo (45% catalán, frente al 42,4% castellano y 8,2% ambas)… pero también aquí existen imposiciones legales que afectan incluso a la rotulación.

En el consumo y en los servicios, el catalán acaparaba el 33,6% de los usuarios, mientras que el 48,7% resolvían sus compras en castellano y el 15,3% utilizaban indistintamente ambas lenguas. En el ámbito del hogar, en la familia, es demoledor para la Generalitat constatar que en 52,4 de la población catalana utiliza en castellano para expresarse habitualmente, mientras que el uso del catalán alcanza el 29,4%. Peor aún resulta constatar la evolución de la utilización del uso global del catalán. En 2003 lo utilizaba solamente como lengua vehicular el 34% de la población, pero en 2008 había descendido al 31,6% y en 2013, ya en pleno “proceso soberanista”, al 26,7%. Si esto supone una caída notable de 8 puntos, en algunos ámbitos es todavía más espectacular: en 2003 el 38,1% utilizaba el catalán en las visitas al médico. En 2013 había descendido al 27,8, algo más de 10 puntos. En las conversaciones con los vecinos el catalán había pasado del 27,3 en 2003 al 17,3% en 2013. Y así sucesivamente. Obviamente, el número de catalanes que utilizaban solamente la lengua castellana para expresarse habitualmente había aumentado: en 2003 eran 36,5%, pasando en 2008 el 42,6%…

Ante estas cifras (publicadas por La Vanguardia, diario próximo al “proceso soberanista”) y dada la correlación entre la utilización de la lengua y el nacionalismo, parece muy claro que los esfuerzos de la Generalitat por catalanizar la región hace tiempo que alcanzaron sus límites y desde principios del milenio no dejan de retroceder en todos los órdenes, salvo en los que implican una relación de autoridad (instituciones y escuela). La pregunta es: ¿y en estas condiciones lingüísticas, Artur Mas creía que era posible llevar adelante el proceso soberanista? Incluso con la presión mediática de TV3, resultaba demasiado evidente que se enmascarase el proceso como “derecho a decidir”, sus promotores tenían todas las de perder a poco que se planteara la cuestión de “decidir independencia SI o independencia NO”.

A estas circunstancias culturales se unen las específicamente políticas. La atomización política que vive Cataluña (no hay cuatro sino ocho partidos en el mapa político catalán y no nos cabe la menor duda de que otros más lograrán insertarse en las elecciones de marzo) es la que se ha iniciado después en el parlamento español. En zonas en las que no existe la cultura de la coalición, cualquier fórmula que se estrene, a partir de aquí, promete ser inestable y, lo que es peor, corta. Es el famoso proceso de “italianización” de la política catalana que se ha logrado extender a la política española.

Así mismo, desde el punto de vista institucional, el “nuevo Estatuto” ha llevado a un callejón sin salida, inaplicable, con zonas de oscuridad, y sin posibilidades de reforma… de la misma manera que, en la actualidad, la constitución de 1978 no es más que letra muerta o, si se prefiere el fuego fatuo de un cadáver. Como el “perro del hortelano, que ni come ni deja comer”, el Estatuto primero y la Constitución son las “leyes fundamentales” de Cataluña y de España… pero ya son ¡inaplicables e inmodificables! ¡Ni responden a la realidad, ni existen consensos suficientes para modificarlas! Y, rezad para que no se modifiquen, porque de hacerlo siempre será hacia posiciones más problemáticas.

Desde el punto de vista económico, en Cataluña la crisis se nota más en la medida en que era la zona más industrializada del Estado. Por tanto, la globalización con sus nuevas reglas de juego ha supuesto para Cataluña un vendaval ígneo que ha arrasado con su industria, ha liquidado completamente lo que fue hasta el último cuarto del siglo XX y desde principios del XIX, las hilaturas y telares que constituían lo esencial del panorama catalán. Era evidente que esa industria debía ser sustituida por otras más de vanguardia… pero eso no ocurrió y lo que ha sustituido a esa industria son simplemente empresas de servicios, especialmente de turismo y hostelería. Cataluña que aspiró a ser la Manchester española, finalmente ha terminado pareciéndose a la zona del Estado que más odió el nacionalismo catalán: Andalucía, con la pequeña diferencia de que en Andalucía todavía existen cultivos agrícolas rentables y zonas en donde se practica la agricultura masivamente… mientras que en Cataluña, las tareas agrarias están en riesgo de desaparición.

Socialmente, pocas clases medias han tenido que soportar lo que han aguantado en Cataluña: sometidas a la presión fiscal de la Generalitat y del Estado, con riesgo de proletarización y empobrecimiento brusco, obligadas a enviar a sus hijos “suficientemente preparados” mediante esfuerzos económicos ímprobos, a países extranjeros para evitar caer en el mileurismo y en la precariedad. Desesperadas al ver que ni la Generalitat ni el Estado hacen absolutamente nada para evitar el consumo de drogas, el alcoholismo entre los jóvenes, viendo como tanto la enseñanza pública como la privada muestran cada día su incapacidad para formar jóvenes generaciones, con unos niveles de delincuencia y de corrupción difícilmente asumibles en un Estado moderno y que solo denotan procesos avanzados de desintegración social, con unos grupos étnico-sociales subvencionados ad-infinitum y que nadie entiende exactamente ni qué hacen allí, ni de qué viven…

Eso es Cataluña. Por eso Cataluña es “muy española”: porque esos mismos problemas, sin ninguna excepción, se repiten en toda España con mayor o menor intensidad. Ahora quizás se entienda mejor que hayamos empezado este texto con la frase: “el pescado empieza a oler por la cabeza”. Lo que está pasando en Cataluña, agravado extraordinariamente dado que esta región iba en cabeza del desarrollo español, no es muy diferente de que se avecina para toda España, y que hoy ya se viene registrando con mayor o menor intensidad: crisis económica, corrupción generalizada, inmigración masiva, compresión de las clases medias.

En este contexto de crisis, el nacionalismo, lo único que ha hecho, ha sido ha sido dar una respuesta simple a un problema complejo: “Cataluña está en crisis ¿Quién tiene la culpa? La culpa es de España. Nos independizamos y entramos en el mejor de los mundos”. Cuando en realidad el planteamiento correcto era: “Cataluña es la vanguardia de la desintegración de la sociedad y del Estado Español ¿quién tiene la culpa? Los procesos de globalización, las ideas y las autoridades que lo han provocado deben desaparecer. A partir de ese momento, los procesos de decadencia y desintegración económica, social y política, pueden revertirse. No antes”.

PARTE III
El “proceso soberanista”, última trinchera de los bribones

¿Cómo empezó el “proceso soberanista”? No hay que engañarse. Aunque la malhadada idea de Artur Mas (un nombre que el nacionalismo aprenderá a maldecir en años sucesivos) arranca oficialmente en 2012 y debería haberse concretado en 2014 (la fecha mítica: los 300 años de la caída de la Barcelona leal a la dinastía de los Habsburgo en manos de las tropas borbónicas), es un proceso que, realmente se inicia en 2003 cuando llega al poder el llamado “primer tripartito” compuesto por PSC, ERC y ICV. Los socialistas fueron votados para acabar de una vez por todas con el pujolismo y su obsesión nacionalista. Sin embargo, el elector medio olvidaba quién era Pascual Maragall e ignoraba el estado de deterioro físico en el que se encontraba (y que no era un secreto ni para la clase periodística, ni para sus compañeros del PSC cuyo problema era que no habían formado todavía un sustituto… aun cuando sí es cierto que era –y es- un tabú recordarlo). Cuando Maragall pactó el primer tripartito, literalmente, su enfermedad empezaba a despuntar después de años en los que, por unos motivos o por otros, ya había dado muestras de incapacidad y desorden. En aquel tripartito, quien gobernó realmente no fue ni Maragall ni el PSC sino ERC. Fue en ese momento cuando Carod-Rovira impuso la fecha mítica de 2014 para una Cataluña independiente.

En un momento en el que ni existía demanda social, ni necesidad, de un “nuevo Estatuto”, los cuatro años en los que logró mantenerse Maragall en el poder y los tres en los que su sustituto Montilla dio muestras de ser una nulidad política, fueron perdidos por la clase política catalana recreándose en declaraciones maximalistas sobre el “nuevo Estatuto”. Hay que recordar que, inicialmente, nadie en Cataluña en 2002 creía en esta fórmula, ni siquiera el PSC o ERC (a la vista de que el PP iba a conservar el poder en las elecciones y ningún sondeo electoral lo daba como perdedor: la polémica simplemente residía en si ganaría con mayoría absoluta o con mayoría relativa). En los tres primeros meses de 2003, el tripartito catalán proponía algo que sabía perfectamente que Aznar no admitiría: para Carod era una forma de acentuar el victimismo (y la reacción de la sociedad catalana, es decir, de hacer nacionalismo), para el PSC la posibilidad de vencer a CiU en su terreno –el patriotismo catalán- y erosionar a Aznar). El “Pacto del Tinell” (todos contra el PP) se podía aplicar en Cataluña, pero no en España. Luego todo cambió. Las bombas del 11-M y la campaña psicológica que siguió hicieron que entre tres y cuatro millones de españoles cambiaran su voto entre el 12 y el 14 de marzo de 2003. Con ZP en La Moncloa, sí era posible llevar adelante el “nuevo Estatuto”. Además, ZP ya fue explícito: “aprobaré lo que apruebe el parlamento catalán”, sin duda uno de sus patinazos y de sus tan habituales muestras de ignorancia más garrafales.

El tripartito catalán contemplaba el “nuevo estatuto” de manera muy diferente: para ERC era un paso intermedio entre el Estatuto de 1979 y la independencia, la siguiente rodaja del salchichón; para el PSC suponía una “profundización” en la autonomía; para ICV una forma de hacer valer el “derecho de autodeterminación”. Lo que salió fue un churro inaplicable a medio camino entre la federación y la independencia que el Tribunal Constitucional tiró en sus aspectos más extremos. Oficialmente, fue esa negativa del constitucional a dar la luz verde al “nuevo estatuto”, lo que desencadenó el proceso soberanista. No es cierto. Tal es la mayor mentira que se ha ido difundiendo como “excusa” para desencadenar el “proceso soberanista”.

Desde 2009 se habían celebrado seudo-referéndums en distintas localidades de Cataluña. Se trataba de iniciativas de los partidos soberanistas que a veces contaban con el apoyo del PSC local y otras no. Los resultados no eran significativos: como siempre ocurre en estos seudo-referéndums votan solamente los concienciados por el tema de la independencia. Se vio perfectamente que se trataba de entre un 19% y un 25%, como máximo, de la población catalana que, más o menos, correspondía a los votos de un sector de CiU y de ERC. Poco más. Pero en 2010 CiU se había presentado a las elecciones con la propuesta estrella del “derecho a de decidir”. Obsérvese la ambigüedad: “derecho a decidir”… sobre el futuro de Cataluña; no “derecho a la independencia”. Se pedía “decidir”, pero no se explicitaba que esa decisión pudiera llevar a la independencia (entre otras cosas porque estaba claro que, en caso de referendo, con pregunta clara, la respuesta del electorado distaría mucho de ser favorable a la independencia).

En Madrid gobernaba todavía un Zapatero arrinconado por la crisis, empequeñecido, sitiado por sus propios barones, abandonado y abochornado de sí mismo; un espantajo político al que como al rey del cuento ya nadie vacilaba a la hora de denunciar su desnudez, esto es su estulticia pasada y presente. Estaba claro que al año siguiente ya no estaría sentado en La Moncloa. Parte de su deterioro había venido por su actuación durante la tramitación del “nuevo Estatuto” y sus ambigüedades en materia de vertebración del Estado de las que hizo gala en su primera legislatura. Cuando en 2011, llegó Mariano Rajoy al poder, Artur Mas, intentó la misma política que había tenido éxito durante el “pujolismo”: vender apoyo en Madrid a cambio de mayores techos autonómicos. Durante el período 2010-2012, CiU desvió entre cuatro y ocho millones de euros a los grupos independentistas con el fin de aumentar la presión de ese sector. Lo siguiente era algo que Pujol ya había hecho mucha ocasiones: “lo veis: o accedéis a mis peticiones u os las tendréis que ver con estos; yo soy el único muro contra los independentistas”…

El problema fue que en su primer viaje a Madrid, ya con Rajoy en el poder, las cosas habían cambiado, simplemente: ya no había dinero en las arcas del Estado para acallar el chantaje nacionalista; si Zapatero no le pudo dar nada al estar su gobierno aquejado de debilidad extrema, Rajoy tampoco pudo ceder en nada… porque en el período 2011-2013 se vivieron los peores años de la crisis de la deuda, España estaba al borde de la quiebra, con la prima de riesgo disparada y la economía, intervenida, en la práctica. Artur Mas volvió a Cataluña con las manos vacías encontrándose con que el monstruo que había creado, a efectos de presionar al Estado, tenía vida propia (a pesar de que las cifras de asistentes a las concentraciones del 11-S habían sido sistemáticamente hinchadas y los asistentes multiplicados por tres o por cuatro). Pero, hubiera bastado simplemente con cortar el grifo de subsidios a los sectores independentistas, limitar su influencia en TV3 y en los demás medios de comunicación catalanes, para que el fenómeno hubiera remitido permaneciendo en la cota del 19-25%, normal en la sociedad catalana…

Lo que, realmente, determinó el arranque del “proceso soberanista”, no fue nada de eso, ni siquiera el que la crisis económica se viviera en Cataluña con una intensidad particular (entre otras cosas porque la alta burguesía catalana que, hasta entonces lideraba el nacionalismo, se había preocupado de atraer inmigración marroquí o hubiera renunciado a invertir en Cataluña –salvo en el sector inmobiliario y especialmente en el hostelero- y porque allí en donde había más industria era donde el fenómeno de la deslocalización se experimentaría más brutalmente: Cataluña ha perdido casi la mitad de su potencial industrial entre 2000 y 2015). Lo que determinó el “procés” fue, ni más ni menos, que en 2012 empezaron a sistematizarse las investigaciones de la UDEF sobre las redes de corrupción en Cataluña.

Fue, a partir de ese momento, cuando la cúpula de CiU reaccionó con una fuga hacia adelante, a la vista de que no podía dar marcha atrás (el monstruo independentista que había subvencionado tenía vida propia), negociar con el gobierno de Madrid impunidad a cambio de apoyo hubiera supuesto reconocer que el “pujolato” fue el período más corrupto en la historia de Cataluña, una especie de “bandolerismo institucionalizado” (lo que hubiera entrañado el fin de CiU) y solamente quedaba la independencia: a partir de ahí, cualquier ofensiva jurídica contra Pujol, contra Mas, contra cualquier conseller de la Generalitat, podía decirse que era una “ofensiva contra Cataluña”.

De ahí la irracionalidad del “proceso soberanista” y el que durante cuatro años hayamos visto a un gobierno de la Generalitat dispuesto a seguir por el camino emprendido a pesar de que al final del camino estaba la imposibilidad práctica del independentismo por alcanzar sus fines. Puede entenderse el porqué en la CUP, cuando se inició el debate sobre si apoyar o no a Mas, para algunos de sus miembros, particularmente ingenuos, pero no excesivamente malintencionados, se les planteara el dilema moral: apoyar a Mas supone apoyar el “bandolerismo institucionalizado”… no apoyarlo supone el fin del “proceso soberanista”. Así pueden entenderse los tuits que colocó Xavier Monge antes de hacer mutis por el foro de las CUP: “Iría siendo hora de poner sobre la mesa la pura rea­lidad: el proceso es el mayor fraude de la política catalana”, “Un mandato inexistente, una hoja de ruta en blanco, una legislatura muerta, y aún hablamos de investir al mayor cadáver político del momento. Bravo”. Hubiera sido imposible resumir mejor las razones por las que el “proceso soberanista” ha muerto: irracionalidad, aventurerismo, negativa a reconocer la realidad social catalana (una sociedad, dos identidades), negativa a insertar la realidad catalana en la Unión Europea, etc, etc, etc.

El “proceso soberanista” impulsado de manera irracional por el terror a que las investigaciones policiales y los juzgados sentaran en el banquillo de los acusados a la flor y nada del nacionalismo, fue lo que hizo que Artur Mas, en un primer término, iniciara el proceso y en un segundo término, a pesar de ser evidente, que estaba siendo arrollado por los independentistas que él mismo había amamantado, estos tomaran el control de la situación.

PARTE IV
Crónica de la “Comedia de Falset”

Cuando Artur Mas compareció ante las cámaras en el Palau de la Generalitat en 2013 acompañado por un batasuno (CUP), por Junqueras secretario general de un partido cuyos caladeros de votos están en zonas rurales del interior (ERC) y una sandía (roja por centro, verde por fuera, ICV), ese día la alta burguesía catalana que, hasta entonces había CREADO y MANTENIDO el nacionalismo, entendió que el “proceso soberanista” se le había escapado de las manos. Pero no le importaba excesivamente: esos mismos burgueses que habían amasado inmensas fortunas en el siglo XIX, que siguieron amasándolas en el primer tercio del siglo XX (con el sobresalto de la Semana Trágica de 1909), que siguieron dirigiendo en la práctica Cataluña durante los 40 años de franquismo y que, finalmente, hicieron y deshicieron a su antojo durante el “pujolato” y los “tripartitos”, en los últimos 20 años habían ido desplazando sus inversiones hacia el capital especulativo, los paraísos fiscales y la industria hostelera del Caribe, cediendo el control de la Generalitat a sus “segundones”, a los funcionarios de CiU que les servían con fidelidad perruna o a sus hijos menos dotados… pero sus intereses económicos ya no estaban en Cataluña. Aquella foto de Mas con Junqueras (ERC), Herrera (ICV) y Fernández (CUP), aunque Mas no lo sabía, marcó el fin de una época: ahí, en ese momento, es cuando comenzó el entierro de CiU (el partido generado por la alta burguesía catalana durante la transición) y arrancó el “procés soberanista”.

CiU no pudo superar sus tensiones internas y el abandono por parte de la alta burguesía catalana (identificarse, a partir de ese momento con el “procés” implicaba ser considerado como “poco serio” por parte de sus interlocutores: hombres de negocios, gente de mundo, inversores de altos vuelos, etc). La” U” de CiU tardó poco en desprenderse para tratar de resucitar una especie de Lliga Regionalista que UDC había rechazado tantas veces constituir con la rama catalana del PP o de UCD en su tiempo y que ahora ya le cogía a contrapié y cuando no supone nada serio ser miembro de la “internacional democristiana”. En cuanto a CDC, anegada por procesos, con las sedes intervenidas judicialmente, con sus distintas cúpulas históricas preparando sus defensas y cuando la investigación no está ni siquiera en el 10% de lo que puede dar de sí, tardó poco en desaparecer e improvisar un nuevo partido llamado a la derrota.

Desde el mismo momento de su arranque, el “proceso soberanista” estaba en vía muerta. Ni Artur Mas, ni ERC, ni las “tietas” de la ANC y del Ómnium, ni por supuesto, las CUP tienen la más mínima idea de cómo pueden avanzar a favor de la independencia, porque todos ellos han olvidado –han querido olvidar durante años- lo esencial: que la Unión Europea es una “unión de Estados Nacionales” y que, precisamente por eso, están cortadas las vías que llevan, no a la incorporación de nuevos estados, sino a que esas incorporaciones se produzcan a partir de fragmentos de Estados ya miembros. Durante cuatro años, los promotores del “proceso soberanista” se han negado a reconocer esto y el propio Mas ha caído en interpretaciones absurdas como aquella en la que proponía que fuera el gobierno español el que avalara la candidatura del “nuevo Estado” a la UE, o aquella otra de negar que la ruptura supusiera “salir de la UE, porque Cataluña estaba en España y España en la UE”… argumentos que pueden convencer a un negado predispuesto a tener por cierto que Colón, Santa Teresa o Cervantes eran catalanes… pero nunca a alguien que tenga un mínimo de sentido común.

Cataluña entró con Maragall en algo parecido a la Comedia de Falset. Un popular refrán catalán dice (diu): “Aixo es com la comèdia de Falset, que havia de començar a les vuit i va acabar a les set” (esto es como la comedia de Falset, que tenía que empezar a las ocho y acabo a las siete). El “proceso soberanista” estaba muerto antes de empezar. La frase deriva del hecho histórico de una obra de teatro de Pau Bunyegas, estrenada en el tradicional Teatro Romea barcelonés en 1869. La comedia era un absurdo. Terminaba pidiendo al espectador que pusiera su propio fin, el que más le gustara o le conviniera. Antes de este soliloquio final, el pueblo en el que se ubicaba la comedia, Falset del Priorato, todos acababan a palos… La frase catalana pasó a ser el equivalente a que algo acabe “como el rosario de la aurora”. De hecho, en la Montaña catalana y entre los círculos de comentaristas, se ha popularizado la frase sobre la “comedia de Falset” para caracterizar al “proceso soberanista”… pero, en realidad, vale la pena aplicarla desde el inicio del “maragallismo”.

Desde 2003 era evidente que un “nuevo Estatuto” nacido sin demanda social del cerebro averiado del pobre Maragall, especialmente deteriorado en donde anidó su “seny” y que dejó intacto solamente su particular “rauxa” (la compasión que puede suscitar –y de hecho suscita- su enfermedad no es óbice para recordar sus responsabilidades y especialmente la de sus compañeros del PSC que, sabiendo cuál era su estado, lo presentaron a las elecciones como cabeza de lista), desembocaría, siempre que hubiera alguien dispuesto a ir más lejos (aprovechándose de los inmensos recursos económicos puestos al servicio de la Generalitat), en la Comedia de Falset: con una Cataluña dividida, partida por gala en dos, con todas las fuerzas políticas dándose de palos entre sí, con familias divididas, grupos de amigos enfrentados entre sí por… un proyecto imposible de partida (que debía “empezar a las ocho (2014) y acabó a las siete (2003)”. No es raro que para salir del entuerto, ni exista hoja de ruta, ni proyecto más allá de la “ruptura unilateral”, ni interés en lo que ocurrirá “al día siguiente” de la independencia y que, como la frase final de la Comedia de Falset: “Ara perquè acabe bé, fassen vostès lo final” (ahora, para que acabe bien hagan ustedes el final) que es, como decir lo que ha dicho Artur Mas al conocer que las CUP no respaldarían su candidatura: nuevas elecciones. Las cuartas en cinco años…

PARTE V
Futuro: Agonía del nacionalismo catalán, éxtasis del soberanismo

Parece claro lo que ocurrirá en las próximas elecciones: de un lado exCDC entrará en la UVI política. Ahora yo no puede establecer una alianza con nadie salvo con grupúsculos, como hizo en las anteriores generales. Los procesos contra sus dirigentes harán el resto. Ahí muere una opción política y con ella el “nacionalismo moderado”. La otra parte, que se niega a morir, UDC ya es uno de los fantasmas de la política catalana, que deambulan pero no existen.

Solamente a un presidente como Artur Mas (cuya ambición y capacidad están muy por encima de sus cualidades reales, cuya astucia no es muy superior a la un de sirlero de las Ramblas y su capacidad estratégica propia de un cabo furriel) se le ocurre desencadenar un “proceso soberanista” que tenía todas las características de descarrilar desde el primer momento… y llegar hasta sus últimas consecuencias. El motivo puede intuirse y no hace falta ser Sherlock Holmes para deducirlo: Artur Mas sabe que también él terminará tiene muertos en el armario y sentado en el banquillo de los acusados con todo lo que implica (pena de telediario, vecinos insultándolo como a Pujol, los hijos abochornados y parte de sus finanzas intervenidas…).

Pero Artur Mas –y eso es lo terrible- no es el más tonto de toda esta Comedia de Falset rediviva. ¿Cómo hay que calificar a Oriol Junqueras? ¿Un pobre ingenuo o simplemente un idealista al que Mas logró colocarle el timo de la estampita? Vayamos a los matices: CiU se calificó siempre como “soberanista” (partidaria del derecho de autodeterminación), ERC, en cambio, como “independentista” (partidaria de la independencia). Ya desde los tiempos de Macià –el verdadero promotor del independentismo catalán- estaba claro que el día después de la independencia estaba sumido entre las negruras. Simplemente, ningún independentista habla fácilmente del “día después de la ruptura con España”, simplemente, porque no hay luces y todo lo que lo envuelve son sombras y amenazas. Los más listos entre los independentistas no dudan en decir que, los “ingleses nos apoyarán” o confían en venderse a bajo precio a la OTAN en 2016 como en 1934 confiaban en venderse al fascismo italiano… Para ellos lo importante es “romper con España”, considerada como fuente de todos los males de Cataluña.

Las declaraciones de Oriol Junqueras en la radio, llorando a lágrima viva, cuando otros refutaban sus tesis sobre la independencia de Cataluña me recordar a un abuelo muy simpático, Antonio Ribera, fundador de la “ufología catalana” quien en un programa de TV después de demostrarle imposibilidad de que llegaran a la tierra seres de otro mundo, acosado y derrotado, con lágrimas en los ojos se refugió en su último argumento: “¿Pero porqué no pueden existir extraterrestres?”… como Junqueras diciendo “¿Pero porque Cataluña no puede ser independiente?”. Triste, por una parte (las lágrimas siempre son una muestra de sentimentalismo, esto es, de debilidad) y grotesco por otra (los hombres sufren y aguantan, no lloran, tal como sabemos desde Esparta, aunque a veces nos cueste recordarlo).

Pero Junqueras ha hecho algo peor que llorar en público: se negó a liderar claramente el “proceso independentista” cuando aceptó unas elecciones “plebiscitarias” en la que su sigla se difuminaba en el conglomerado viscoso y caótico de Junts pel SI, cuando su partido, ERC, podía haber sido, en solitario, el partido mayoritario de Cataluña, cuando se podía haber consumado el “surpasso” histórico en el mundo nacionalista y una CDC en crisis hubiera cedido el primer puesto a una ERC en etapa ascendente. Ahora, tarde, muy tarde, Junqueras, tras conocer la decisión de CUP de no apoyar a Mas, se postula como candidato a la presidencia para “salvar el proceso soberanista”. Tarde y mal. Eso lo tenía que haber hecho antes de las elecciones: tenía que haber aprovechado la oportunidad histórica de que CDC se despeñaba por la pendiente y asumir el papel que Pujol había tenido en Madrid durante más de 20 años, incluso hubiera tenido la oportunidad de pasar a la historia manteniendo ese papel CON HONESTIDAD y sin necesidad de tener en el guardarropa la pata de palo, el sable de abordaje, el parche en el ojo y el loro (Artur Mas) en el hombro como tiene el clan Pujol.

En cuanto a las CUP importan poco. Frecuentemente se olvida que ese partido es como un Podemos pero en pequeñito y en independentista. Sus posiciones distan mucho de estar unificadas y no es que existan solamente un par de tendencias (contra Mas y con Mas) sino que existen una multiplicad de tendencias y de matices locales que hacen que sus siglas no pasen de ser un lugar de “refugio” provisional para votos de protesta.

En las próximas elecciones catalanas (¿febrero o marzo?) puede pasar cualquier cosa: pero lo que está claro es que la hora del independentismo ya ha pasado. Este ha sido su último tren histórico. La globalización es una apisonadora: lo aplasta todo, lo iguala todo y arrasa con todo. Los Estados-Nación ni siquiera pueden hacerle frente, mucho menos los micro-Estados surgidos de la fragmentación de los primeros. Por otra parte, los Estados-Nación, tienen todavía instrumentos jurídicos y coercitivos que pueden ser utilizados (si hay un partido con dignidad y patriotismo) como barricadas frente a la globalización… se trata, por tanto, de conservar estas estructuras nacionales antes de partirlas en mil pedazos. Hoy, la tendencia general es a la transformación de los “partidos nacionalistas” en “partidos soberanistas”, colocando el independentismo en barbecho y sustituyéndolo por un “derecho a decidir” que es más formal que otra cosa: todos saben que la independencia de los micro-Estados en inviable. No es raro que, salvo en la excepción española, en el resto de la Europa continental estos partidos hayan desaparecido… salvo en Flandes con el Vlaams Belang, claro está.

La hora de los micro-nacionalismos ha pasado. No eran, a fin de cuentas, nada más que expresiones de los intereses de las altas burguesías industriales locales, cuando estos intereses han sido superados por la financiarización de la economía y por la globalización, a estos micronacionalismos –por mucho que se hayan recubierto de perfiles “identitarios”- sólo les quedaba morir. Y en eso están.

Ahora bien: muerto el nacionalismo independentista queda el mito soberanista. Este, tiene cierto atractivo y supone un “ejercicio democrático”: todos los pueblos, según esta teoría, tienen derecho en cualquier momento a “decidir” ¿el qué? Lo que sea. Una doctrina así solamente puede nacer en un erial cultural como el español en el que se olvida lo que es la historia, donde la capacidad crítica de las jóvenes generaciones está atrofiada por un sistema educativo quebrado, y donde ni siquiera se es capaz de dar a la palabra “democracia” algo que vaya más allá de “hacer lo que el pueblo diga”. Es la posición de Podemos y de su (más o menos) rama catalana dirigida por Ada Colau…

Ya en la pasada campaña electoral Podemos proclamó que aceptaba, no solamente para Cataluña, el derecho de autodeterminación, sino para las 17 autonomías… luego, arreglaba el estropicio añadiendo que “os queremos con nosotros”. Tal es la posición de Ada Colau. Vale la pena recalcar lo que esto supone: si en Podemos existe algún “cerebro” medianamente amueblado, en su filial catalana estamos ante un verdadero erial intelectual. Progres de medio pelo, indigentes intelectuales y laborales en busca de un lugar bajo el sol institucional y el sueldo oficial, gente que llega con hambre atrasada y con escasas capacidades intelectuales, mínima preparación cultural e incluso profesional y bajo rodaje en el mundo laboral y, no digamos, en la dirección de otra cosa que no sea dinero públicos y ONGs subvencionadas por usted y por mí. No busquen porque no hay más: ¿”Derecho de autodeterminación”? Debe ser bueno como cualquier otra cosa a la que se anteponga la palabra “derecho de”: derecho a tirarse por un precipicio, si le gusta ¿Por qué no? Derecho al botellón, al porro o a la práctica del islamismo radical, por supuesto, no vamos a empezar prohibiendo. Ya saben: “prohibido prohibir”. ¿Independencia? ¿Autonomía? Bueno, si la gente lo vota… Lo peor es que esta posición ecléctica, enclenque, insostenible políticamente, ha sido defendida durante 25 años por ICV, sin llamar en absoluto la atención ni tomársela en serio nadie salvo sus propios militantes.

Lo peor no es que el nacionalismo moderado haya sido sustituido por el nacionalismo independentista, sino que, traspasado ese límite se entraba en vía muerta. No era malo, suponía que el péndulo regresaba a su punto de equilibrio… Pero, la mala noticia, es que después del fracaso independentista, lo que lo sustituye es la ambigüedad más absoluta, la ignorancia extrema (la falsificación de la historia catalana es sustituido por el “me la suda la historia ¿para qué nos vamos a pelear por la historia?”, propia de la mentalidad del porrero) y, finalmente, se penetra en un terreno, no ya de pobreza intelectual, sino de miseria e inanición cultural que no deja presagiar nada bueno.

En marzo, lo más probable es que se consoliden dos grandes fuerzas políticas: ERC y Podemos.cat. No es una buena noticia. Ambas, juntas, llegarán a la mayoría absoluta sin necesidad de más. Lo que les une es el “derecho de autodeterminación”, es decir, que volveremos a la Comedia de Falset, fatum inevitable de la política catalana. Todo ello, naturalmente, dentro de una Cataluña que, por entonces llevará medio año sin gobierno y doce años, perdida en la ensoñación independentista.

¿Y Ciudadanos? Paradójicamente, el abandono de su caladero catalán para intentar una “operación Roca” y la reconstrucción del centrismo, se ha saldado con un fracaso relativo (lo que se ha logrado es “reconstruir” el CDS de Suárez, no la UCD de la transición) y con un retroceso palpable en Cataluña. Albert Rivera cometió el inmenso error de dar el salto cuando le faltaban mimbres suficientes para ello e incluso cuando carecía de preparación, especialmente en economía. Tras haber realizado una de las peores campañas de la historia política de la democracia española, Ciudadanos bastante tendrá si logra salvar los muebles en Cataluña. Medios no le faltan. Ideas, en cambio, sí.

PARTE VI
El sainete catalán y la gran tragedia española

El drama de Ciudadanos, como el del PP, es seguir proponiendo “patriotismo constitucional” y “respeto a la inamovilidad de la constitución española”, eludiendo el hecho de que la constitución de 1978 está muerta y enterrada. Aquella constitución diseño un sistema de bipartidismo que, a diferencia del canovismo, era “imperfecto” en la medida en que dictaminaba que, cuando una de las dos fuerzas políticas no tenía mayoría absoluta, recurría a los nacionalismo periféricos para obtener mayoría. Pues bien, ese sistema está muerto y enterrado y pocos lo llorarán cuando lo adviertan.

En primer lugar, el nacionalismo ha dejado de ser “actor principal” en la historia de España. En las últimas elecciones generales, tanto nacionalistas vascos como catalanes como gallegos perdieron cientos de miles de votos.

En segundo lugar, aunque hubieran conseguido mantener su posición en el parlamento, de nada importaría porque la irrupción de Podemos y Ciudadanos los convierte casi en fuerzas residuales.

En tercer lugar, la derecha especialmente, pero también el grueso del PSOE y Ciudadanos, se configuran como “fuerzas antinacionalistas”. La experiencia del “proceso soberanista” ha servido para DESENGAÑAR al resto de fuerzas políticas sobre las intenciones del nacionalismo catalán: ahora está demasiado clara para toda la opinión pública, el carácter bandidesco y criminal de sus élites, su falta de lealtad a los pactos establecidos en la transición, sus oscilaciones que generan inquietud en Europa e inestabilidad en los mercados… ¿Quién, a partir de ahora, puede pactar con un nacionalista? ¿Quién incluso aceptar su apoyo? En adelante, el nacionalismo periférico es el “gran apestado” de la política española, si logra sobrevivir lo hará volviendo a pantallas anteriores de su particular videojuego y a costa de situar en primer lugar el “soberanismo” (derecho a decidir) antes que el “independentismo” (la centrifugación nacional). Sin olvidar el sentido que puede tener el “nacionalismo” cuando no existen posibilidades de constituir un micro-Estado

El que, durante 40 años, el nacionalismo –y quienes lo apoyan- no haya dejado entrever que va contra la historia y que el transido de los condados medievales a los Estados-Nación es irreversible y puede dar un paso adelante (federaciones europeas o federaciones iberoamericanas), pero no hacia atrás (una Europa articulada en 144 pequeñas nacioncillas todas pequeñitas y redonditas, pero todas orgullosos de su independencia…), no quiere decir que a partir de ahora todo esto no haya quedado demasiado claro.

Ahora bien: el problema no es dejar atrás el nacionalismo independentista, sino las reencarnaciones en las alternativas de izquierda surgidas de la franquicia Podemos. Por ejemplo, en Valencia con Compromís o el tránsito de votos del BNG a las Mareas. O la ambigüedad de una parte del socialismo periférico (en Baleares, por ejemplo) o su debilidad en todo el Estado, que lo predispone a pactar con el diablo e incluso con los más “colgados” de la política. Su “proyecto federal” intenta operar un efecto embriagador en relación a la galaxia Podemos. Pero la historia nunca ha contemplado la experiencia de un Estado-Nación que se deshaga en distintas “naciones” para luego recomponerse en forma de “federación”…

En cuanto al neo-centrismo de Ciudadanos y a la derecha liberal de siempre, el PP, la pobreza de sus aspiraciones, su falta de imaginación para plantear alternativas y nuevas fórmulas y su empeño en seguir fórmulas ya fracasadas y que se niegan a aceptar como tales (desde la constitución, hasta las políticas económicas neo-liberales, desde la Unión Europea hasta la globalización), les sitúan en una posición meramente defensiva: obtendrán votos, claro, pero serán siempre votos del miedo, votos del rechazo a la otra alternativa, no votos surgidos de la convicción y de la confianza. Ese es el problema de la derecha y del centrismo: haber adoptado la moral del buey castrado y uncido con la yunta de la esclavitud.

El problema no es que el sainete catalán prosiga en aquella tierra como la Comedia de Falset, sino que el pescado siempre empieza a oler por la cabeza. Y Cataluña es esa cabeza, metafórica mucho más que real (la falta de lealtad evidente de la Generalitat ha hecho que Cataluña fuera perdiendo en estas décadas importancia estratégica en España, de un lado con el eje de comunicaciones Lisboa – Madrid – Valencia y de otro priorizando la conexión a Francia por los Pirineos centrales en lugar de por el “eje mediterráneo”, pasando por Barcelona. Todo se paga en este mundo, tanto el bien como el mal, incluso como la ceguera: la facilidad con la que el nacionalismo ha manejado los sentimientos catalanes y la impunidad como lo ha hecho, no la va a pagar solamente sus cúpulas en los banquillos (dado que cada vez tienen menos ases –ninguno, en realidad, en este momento- para negociar y para evitar la sentencia final), sino que lo está pagando el pueblo catalán: con 1.500.000 de inmigrantes inintegrables y absolutamente imposibles de acomodar en el mercado laboral, con uno de los paros juveniles más altos de España, con una sociedad completamente dividida y viviendo de la hostelería y del turismo, rezando para que en ningún momento se produzcan disturbios que puedan empañar el atractivo turístico de la Ciudad Condal…

El verdadero problema es que, no solamente la política catalana está en un callejón sin salida, sino que la política española también ha entrado en vía muerta. Y esto por tres motivos: en primer lugar porque un sistema diseñado para el bipartidismo difícilmente puede sobrevivir en medio de un parlamento progresivamente más fragmentado; en segundo lugar porque no hay vías de supervivencia para una nación periférica en la economía europea como España dentro del papel que se le ha asignado en la globalización y en la UE (nación periférica de servicios) y en tercer lugar porque al no poderse resolver la cuestión económica, la crisis social persistirá y el hecho de que cada vez más familias se encuentren próximas o bajo el umbral de la pobreza y que las clases medias se vayan viendo comprimidas o abocadas a la precariedad y al miedo a perder su situación, impedirán superar la crisis social.

En estas condiciones, con un régimen constitucional que no puede modificarse y que si se modifica no es hacia formas superiores, sino a formas de mayor inestabilidad, donde no existen consensos suficientes para elaborar proyectos constitucionales que resulten duraderos, justo es reconocer que no hay salida para nuestro país y que toda España va a recorrer el mismo camino que está recorriendo Cataluña para acabar “como el rosario de la aurora”…

Eso o reinventarse a sí mismo. Y esa es la cuestión: que España debe reinventarse a sí misma, o de lo contrario, el único camino que queda no es ya el de la Comedia de Falset, sino la del Drama de Talavera: “donde todo oscila entre un sainete y una calavera”…

EL AUTOR
Ernesto Milá es asesor y Analista Político. Autor de innumerables libros, Su blog: info-krisis.blogspot.com

Las calles de Carmena y Ciudadanos son rojas como las de Botella
Pascual Tamburri esdiario 10 Enero 2016

¿Con abertzales y Podemos en el poder, por qué no va a haber una calle a un asesino etarra?
Ha dejado de haber reconciliación, vuelve a haber vencedores y vencidos. Por eso hay calles a Carrillo, a Pasionaria y a etarras, y por qué no a Mateo Morral. Y lo que vendrá.

El Ayuntamiento de Madrid, con Carmena por supuesto pero también con el voto de Ciudadanos, está cambiando a marchas forzadas –aún más- el callejero de la Villa y Corte. Quitan nombres de siempre por “depurar el callejero de la capital de fascistas, racistas, machistas, franquistas, colaboracionistas, golpistas, nazis, monárquicas,…” y todo lo que ellos quieran. En fin, los vencidos de ayer son vencedores, ya no se habla de reconciliación ni de nada similar. Se equivoca Carmena y se equivocan todos ellos, las consecuencias serán terribles y lo que es peor corren el riesgo de hacer el ridículo pero siguen adelante.

Quien diga que es una novedad se equivoca: aquí mismo hablamos de esto en 2012, cuando la alcaldesa Ana Botella también cambió en sentido neobolchevique nombres de calles de Madrid, y no fue la primera, ni la única. De la entonces primera edil ya dijimos que “las simpatías y futuros votos que se maltratan, se ponen en riesgo y se pierden no son los de la izquierda, sino justamente los más cercanos y fieles, esos que se dan siempre tan por seguros que no se hace nada por satisfacerlos. Y al final llegan los disgustos”.

Con Botella entonces, el Ayuntamiento decidió poner a una calle el nombre de Santiago Carrillo Solares. Si el PP de la señora de Aznar y de Mariano Rajoy con mayoría absoluta decidió honrar al ex secretario general del Partido Comunista; que tuvo responsabilidades directas en el golpe de Estado de 1934; que intervino en la represión antiderechista y anticatólica de la Guerra Civil 36-39; que en 1936 fue responsable de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, con una participación directa y probada en las muertes de muchos parientes de personas que viven allí y que hasta ahora han votado a los antecesores de Botella; que animó como agente soviético una larga actividad terrorista desde 1941; ¿quién reprochará a los de Podemos, a los de IU o los de Batasuna que pongan calles a los “suyos” y se las quiten a quien quieran?

Carrillo sí, Calvo Sotelo no. Todo es comprensible cuando hablamos de siglas nacidas y crecidas en el rencor, el odio y la falsedad histórica. En cambio, no puede admitirse a nadie relacionado con este PP que los critique: ellos hicieron lo mismo; ellos pudieron derogar la “memoria histórica” y no lo hicieron. Así que ni se hagan plañideras, ni pidan el voto de quienes no quieren cambios así. Uno no puede aplaudir que en el pasado se quitase su rótulo a José Calvo Sotelo, que murió –asesinado por agentes republicanos- antes de la guerra; no puede imponer el nombre de Carrillo, que fue un criminal de guerra impune en nombre de la reconciliación; y a la vez lamentar ahora que quiten su calle a la División Azul, al Conde de Casal o a los Hermanos Imaz.

Por la misma razón que se pudo poner una calle a Carrillo (en nombre de la democracia) se puede poner una plaza al GRAPO, que también tendrá sus madrileños que lo apoyen (aunque ninguno vote al PP), y por qué no una plaza a la ETA, que también tiene sus simpatizantes y no pocos en la izquierda, y que en definitiva sólo tiene el defecto de ser terrorista (pero Carrillo también lo fue). Ya la tienen Pablo Iglesias, fundador del PSOE, Dolores Ibárruri, comunista, que amenazaba de muerte en las Cortes a los diputados de derechas, Francisco Largo Caballero, que pidió la guerra civil y la dictadura del proletariado antes de la guerra, Indalecio Prieto, que fue contrabandista de armas para preparar un golpe de estado y matar españoles, y Eduardo Haro Tecglen, el hipócrita que pasó de escribir odas a Franco y a José Antonio a hacérselas a Stalin. Y por qué no poner calles y plazas a Pol Pot, a Stalin, a Honecker, a Ho Chi Minh o a Beria, todos ellos simpáticos personajes que son perfectamente presentables si su amigo Carrillo lo es. Pero no Juan Yagüe, no Emilio Mola, no el capitán Cortés, no el coronel Moscardó. Y tampoco las víctimas de ETA, nada a Jesús Alcocer, nada al almirante Carrero Blanco, nada a Juan Atarés.

Los nombres de las calles en Mordor
¿Gana con esto Madrid equidad, justicia o imagen? No parece. Pero la izquierda va a lo suyo, mientras que la ex derecha sigue perpleja y paralizada, en esto como en todo. “Mientras la derecha española es de un materialismo que impresiona por su ramplonería, la izquierda es idealista e irracional. A diferencia de la derecha, la izquierda sabe que el campo de batalla por el poder no es la economía. Por eso, los izquierdistas tratan de apoderarse del alma de los niños que ellos no tienen mediante la escuela y, hoy también, mediante la televisión y las redes sociales. Y también trata de imponer en los callejeros, los monumentos, los aniversarios y los documentales a sus modelos. La izquierda española no admite que se pueda honrar a ningún español que no pertenezca a su bando o haya recibido su bendición laica. Igual que ella, hacen los nacionalistas vascos y los catalanes, que han borrado de sus libros de historia y sus ciudades a todos los vascos y catalanes que con su solo nombre refutaban su discurso”. La lucha por los símbolos, como la lucha por la memoria y la batalla por las aulas, no es económica en el sentido que interesa a este centro usurero; pero si no combate ahí perderá España frente a un nuevo Frente Popular, vanidoso,

Plaza Obispo Irurita: fascismo. Eso sí, el mismo centro-reformista acomplejado que dio una calle a Carrillo ahora llora que se quiten las que residualmente quedaban como recuerdo de que el bando que despellejó vivo a su “compañero” Andreu Nin perdió en 1939. Actúan como si hubiese debido vender. Y no va a tener una calle en Madrid, y quizá le quiten su plaza en Pamplona, monseñor Manuel Irurita y Almándoz protomártir de la Fe, navarro y obispo de Barcelona, que murió asesinado en el cementerio de Montcada el 3 de diciembre de 1936. No, no se resbaló en el baño. ¿Votarán ustedes que se le olvide?

Avenida de Máximo Gorki: progreso. Quizá sí merezca una calle, en cambio, tanto en Pamplona como en Madrid, el compañero Máximo Gorki, el ilustre escritor soviético que dijo aquello de "Exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá", en 1934. Todo un ejemplo de tolerancia, de clarividencia y de comprensión del mundo (moderno o antiguo, da igual: si algo tenemos claro es que la esencia del mundo no ha cambiado). Era progresista, comunista, revolucionario, partidario del “cambio”, ¿no le vais a poner una calle, y mejor en Chueca?

Calle de Mateo Morral: democracia. Ya en la guerra civil, como ha recordado nuestro amigo Pedro Fernández Barbadillo, el Ayuntamiento de Madrid, presidido por el compañero Rafael Henche de la Plata llamó desde el 11 de junio de 1937 “calle de Mateo Morral” a la Calle Mayor. ¡Magnífica idea, también hoy! El héroe revolucionario Morral mató a 25 personas e hirió a más de 100 con ocasión de la boda de Alfonso XIII. Felipe VI debe mostrar su espíritu moderno y tolerante presidiendo el regreso del que intentó matar a sus bisabuelos. Oponerse a ello será puro fascismo, como dicen los compañeros de Podemos y aplauden los de Bildu y a veces los del PSOE.

Plaza del beato Florentino Asensio: clericalismo. Quien NO tiene una calle en Madrid, ni en Pamplona – Mordor, es por ejemplo el beato monseñor Florentino Asensio Barroso. Dársela, como correspondería en atención a la fe mayoritaria del lugar y a su historia, es impensable en estos tiempos de revolución callejera. Cómo vamos a honrar en las calles al obispo que era administrador apostólico de la diócesis de Barbastro en 1936, y que en agosto de ese año fue muerto por la fe, previa su tortura y castración, muriendo junto al 90% de los sacerdotes de la diócesis. Como es sabido esas cosas están excluidas de la “memoria histórica” de Podemos, y de Bildu, y de IU, y del PSOE… y en general del PP actual.

Calle de Ángel Gurmindo Lizarraga "Stein": libertad. Hay en Olazagutía (Navarra) una calle en la localidad dedicada al etarra Ángel Gurmindo “Stein”. () La alcaldesa de Bildu lo niega, pero así aparece hasta en Google Maps. Y es que, sencillamente, vivimos en un país donde un Ayuntamiento puede poner la foto de un etarra –escolta del asesino Domingo Iturbe Abásolo- en lugar de la del jefe del Estado, y donde en cambio todo recuerdo en los nombres de las calles y monumentos de cualquier época histórica que no sea de su agrado es considerado punible. Por eso puede haber calles con nombres de asesinos y terroristas, y no los de sus víctimas. Pero de esto no pueden decir ni una sola palabra sin antes pedir perdón en público los líderes de PP y UPN, porque lo consintieron, aplaudieron y fomentaron, y ahora son responsables tanto como los de Bildu y Podemos.


 


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