AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 17  Febrero  2016

El euro como freno al clientelismo
Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 17 Febrero 2016

A partir del estallido de la crisis surgió la polémica, ¿la pertenencia al euro aporta más ventajas que desventajas? Ambas partes argumentaron buenas razones en la discusión. El euro habría traído efectos positivos; y también dificultades que debían sopesarse. Sin embargo, la discusión se centró casi siempre en el terreno económico, olvidando que, para España, el beneficio fundamental del euro no es económico sino político. La pertenencia a la moneda única aporta ciertos controles, frenos y contrapesos de los que carece nuestro sistema político. Suple artificialmente algunas de las múltiples carencias. Pone algún límite a la acción de los gobernantes que, a la vista de las inclinaciones de los partidos, derivarían fácilmente hacia la insensatez, o se escorarían definitivamente hacia un exacerbado clientelismo. Actúa como anclaje, como contrapoder; desgraciadamente uno de los pocos que todavía existen.

Ventajas y desventajas económicas
El euro aportó notables ventajas como la reducción de los costes de transacción y la eliminación del riesgo de cambio, unos factores que acrecentaron el flujo comercial y las inversiones transnacionales. Y permitió a algunos países financiarse a un tipo de interés bajo, circunstancia que, a la larga, acabó derivando en problema, sobre todo por la irresponsabilidad y visión de corto plazo de los beneficiarios.

Las desventajas del euro se manifestaron especialmente a partir de la crisis. La política monetaria quedaba restringida a una respuesta única para países distintos con situaciones diversas. Y, al quedar descartada la depreciación de la moneda, una vía relativamente rápida e indolora para absorber desequilibrios, hubo que recurrir a la devaluación interna, esto es, a la renegociación a la baja de los precios interiores, un camino más duro y costoso. Y también seguramente más injusto, al incrementar la desigualdad salarial entre quienes se encuentran blindados en el sistema y los desprotegidos.

Es la política, merluzos
Pero es en el terreno político donde se encuentran las ganancias nítidas, o al menos, el salvavidas al que asirse en el naufragio. En España se diluyó la separación de poderes, las instituciones perdieron su esencia, su neutralidad, convirtiéndose en meros decorados de cartón piedra, desapareciendo controles y contrapesos. Y, fruto de unos perversos mecanismos de selección, surgió una clase política poco fiable, mediocre, estrecha de miras, centrada en la contemplación de su ombligo y su bolsillo. Y una élite económica, extractiva, retrógrada, más bien atenta a favores del poder político. Pocos frenos y ninguna sensatez. Por ello, cualquier decisión, por muy descabellada y nociva que sea, siempre podría ver la luz en España. Pero existen excepciones, pues parte del control de ciertas decisiones políticas que afectan a la economía se ha trasladado a unos burócratas extranjeros que, sin ser especialmente de fiar, son menos insensatos y más rigurosos que nuestra clase política; algo que tampoco tiene mucho mérito. Al menos, hay ciertos disparates que, por ahora, no permitirán cometer.

La elecciones, los tiras y aflojas para formar un gobierno, han abierto de par en par las puertas del más exacerbado clientelismo, esto es, el intento de comprar votos con reparto a manos llenas, prometiendo todo tipo de prebendas a tantos colectivos como alcance la imaginación. Un carro al que no sólo parecen apuntarse PSOE y Podemos; también PP y Ciudadanos. Cualquier cosa antes que retirar las innumerables trabas que impiden a la gente ganarse la vida dignamente. El clientelismo es un fenómeno muy dañino porque subvierte los principios de la democracia, convierte a muchos electores en dependientes del favor público. Esos votantes dejan de ejercer control sobre la política pues sólo tienen una pregunta en mente: ¿qué hay de lo mío? A veces la dádiva es engañosa, un truco de prestidigitación: sustraer disimuladamente dinero de un bolsillo e introducirlo en el otro con ostentación y jactancia, aprovechando la diferente percepción que los sujetos tienen de impuestos y ayudas. Muchos impuestos son borrosos, casi invisibles para gran parte de los contribuyentes. Pero las ayudas y subvenciones son ostentosas, manifiestas y palpables. El beneficiario las recibe con plena consciencia. Así, un sujeto puede sentirse privilegiado al recibir una ayuda que proviene de su propio bolsillo.

Déficit y deuda; patada hacia adelante
Pero la prestidigitación tiene sus límites. Como la recaudación no alcanza para cubrir la intensa cacería de votos, los políticos recurren a otra opción: esquilmar a los contribuyentes futuros, alentar el déficit y endeudarse hasta extremos que rebasan la prudencia. Una patada hacia adelante con consecuencias imprevisibles. Es cierto que el crecimiento económico diluye la carga de la deuda pero, lejos de ser una solución, suele inducir a los políticos a gastar todavía más, a apurar el margen hasta el límite. Los documentos que se van filtrando de cara a acuerdos postelectorales apuntan a una política dirigida a maximizar apoyos, votos y comisiones.

Menos mal que... estamos dentro del euro. Que no disponemos de un banco emisor que pudiera tentar a los gobiernos a financiar el déficit con emisión de dinero. Que el BCE tiene la espada para cortar la cabeza de los insensatos que pretendan gastar a placer porque el resto del mundo tiene la obligación de prestarles. Suerte que ha asumido parte de la supervisión del sistema bancario, de las manos de un Banco de España, otrora independiente y eficaz, pero en los últimos tiempos politizado, ciego y sordo ante lo que ocurría en las Cajas de ahorros. Las restricciones y ligaduras externas, que pudieran ser un severo inconveniente para países con gobiernos juiciosos, son una bendición cuando se atisba en el horizonte la llegada de gobernantes proclives a una orgía de gasto descontrolado. La pertenencia al euro proporciona reglas, ciertas ataduras para nuestros insensatos políticos. Aunque a muchos de ellos no les vendrían mal en su lugar unas buenas cadenas y grilletes.

La celada soviética
Emilio Campmany Libertad Digital 17 Febrero 2016

Desde que se dejaron seducir por Podemos tras las municipales y autonómicas, los socialistas no han hecho otra cosa que perjudicarse gratuitamente. Las muchas tonterías que han hecho Pedro Sánchez y sus barones han colocado a aquél en la desairada situación de que, para ser presidente del Gobierno, tendrá que hacer todo lo que le pida Pablo Iglesias, da igual que sea bailar la conga por los pasillos del Congreso que presentarse in puribus a la investidura. Y es que los muy mentecatos no se han dejado alternativa. Tan sólo Susana Díaz estuvo lo suficientemente lista como para no depender de Podemos. Los constantes desplantes al PP, la expresada voluntad de no querer tener nada que ver con Rajoy, los insultos y las acusaciones de corrupción, cuando en la casa socialista hay de eso a calderadas, tan sólo han servido para cerrarse esa puerta negociadora. Una puerta que, de seguir abierta, muy bien podría haber sido empleada como arma negociadora en sus reuniones con los bolivarianos, pues le habría permitido amenazar con arrojarse en brazos del PP cuando las exigencias de Iglesias fueran tan excesivas como finalmente han sido.

Los barones, por su parte, habiéndose encumbrado a las poltronas de sus respectivas regiones apoyándose en los hombros de los podemitas, han enmudecido súbitamente cuando les han amenazado con dejarles caer, y ya no hay líneas rojas ni referéndums que Pedro Sánchez no pueda tragar. De modo que tampoco le cabe al secretario general del PSOE alegar ante Pablo Iglesias que no puede aceptar lo que le exige, no porque no quiera, sino porque sus barones no se lo permitirían.

Podría Pedro Sánchez concluir que qué más da con tal de ser presidente del Gobierno. El argumento sería convincente si no fuera porque, de aceptar lo que Pablo Iglesias exige, aparte de irse España al garete, que es cosa que cabe sospechar que no le preocupa, también se iría el PSOE con el mismísimo Pedro Sánchez a la cabeza, ya que el presidente de facto sería Pablo Iglesias y el socialista no pasaría de ser en ese Gobierno un incómodo adorno que tirar a la basura cuando llegaran las siguientes elecciones.

Sánchez ha caído en la trampa soviética que Iglesias y Errejón le han puesto y ahora ya no sabe cómo salir de ella. Ni siquiera ir a nuevas elecciones es una solución, pues ya auguran las encuestas que el PSOE pasaría a ser tercera fuerza, por detrás de Podemos. Lo único que le cabe es convencer a Iglesias y a Errejón de que hagan unas renuncias cosméticas a sus demandas y confiar en que, una vez investido, pueda hacerse con las riendas desde la Moncloa. Pero todos sabemos quién sería en tal caso el verdadero presiente. Que Cornejo vaya preparando a Iglesias los trajes que necesitará para cada ocasión, mientras a los demás nos alquila las enlutadas vestimentas con las que acudir al velatorio del PSOE si Susana Díaz y sus 25 diputados andaluces no impiden que se produzca el anunciado suicidio asistido.

El progresismo pánfilo y Pablo, uno de los nuestros
Tomás Cuesta Libertad Digital 17 Febrero 2016

Nadie ha expresado mejor que Antonio Hernando la pulsión masoquista, la sumisa indulgencia, con las que su partido encaja las azotainas de Podemos. El melancólico reproche con el que el portavoz del PSOE quiso dar esquinazo al desafío de un matón sancionando el dislate de un niñato travieso, revela hasta qué punto la izquierda atemperada ha perdido el oremus, la dignidad y los papeles ante la ofensiva "à outrance" de la izquierda inclemente. "Pablo no sabe dónde está", aseveró el vocero gemebundo poniendo todo el énfasis, toda la familiaridad, toda la pertenencia en el tuteo. Su señoría Pablo Iglesias es un dolor de muelas, un Frankenstein mediático, un muñidor de enredos y sin embargo Pablo, o Pablito, o Pablete es, al cabo, un "goodfellas", un compinche, un colega, uno más de los nuestros (o sea, de los suyos) aunque a veces lo niegue.

La reprimenda fraternal de Antonio Hernando al Pablo virginal que alienta tras Iglesias apabulla por pánfila, ofende por pastueña y, si algo la redime, es que, a fuerza de cándida, casi recala en lo evangélico. Pero el vocero, ay, no ha caído en la cuenta que al invocar a Pablo convoca a Saulo, el fariseo. El sectario, el astuto, el despiadado, el elocuente. El que se obstina, erre que erre, en alcanzar Damasco sin apearse del jamelgo, sin moderar sus exigencias, sin destensar el trapicheo. Piruetas al margen, el lapsus sensiblero de un tipo que ha medrado leproseando famas y criminalizando haciendas, colgando sambenitos y aventando anatemas, resultaría irrelevante incluso como anécdota, si no fuera, también, un síntoma del mal que zapa los adentros de un socialismo inerte, de un buque derrelicto, de una tripulación perpleja.

Según el diagnóstico de Pierre-André Taguieff -el luminoso politólogo que vio venir de lejos la tempestad del populismo interpretado a la europea- si la socialdemocracia, a duras penas, logró sobreponerse al hundimiento inapelable de las mitologías del progreso, es porque se atrincheró en el "progresismo" e hizo de una actitud un credo. El progresismo es un mejunje en el que el ideal salvífico enmascara un agónico sálvese quien pueda, una apaño que híbrida la estética y la ética, una salida de emergencia que sólo es accesible a los que cofrades de la hermandad del Santo Cambio, del Recambio Perpetuo y del Cambiazo Eterno.

A juicio de Taguieff, un progresista es en esencia un culo inquieto, un escapista contumaz, un fugitivo impenitente, un mixtificador que huye (hacia adelante, por supuesto) de una realidad lastrada por el inmovilismo de las élites. Señalemos por último y por abrochar el cuento que el progresista no recela de los que acampan a su vera: "Pas de ennemis à gauche", no hay enemigos a la izquierda. ¿Y Pablo? Nuestro Pablo, o Pablito, o Pablete, no sabe dónde está ni a qué carnaza le hinca el diente.

Mimitos, arrechuchos, arrope y embelecos. Al cabo, es un compinche, un colega, un "goodfellas". Ahí, la duda escuece: ¿Los suyos son de los nuestros?

Nacionalismo: de antiespañol a antisistema
Carmelo Jordá Libertad Digital 17 Febrero 2016

El resultado de las elecciones en sitios como Galicia, la Comunidad Valenciana y, por supuesto, Cataluña, así como las pistas que vamos teniendo de lo que puede ocurrir en el País Vasco este mismo año, nos describe un fenómeno que creo que es de lo más interesante que ha pasado políticamente en España en las últimas décadas: el impulso que se ha dado al nacionalismo ha tenido como resultado un rabioso anticapitalismo que es antiespañol, sí, pero sobre todo es antisistema.

Es la historia que hemos contado muchas veces, pero resulta que ha tenido un final diferente: durante años se ha fomentando en la educación, en los medios, en el entretenimiento, en las asociaciones de vecinos y hasta en las parroquias un furibundo odio a todo lo que oliese a España, a Estado opresor. Se ha creado la ficción de un pueblo sometido, empobrecido, al que le arrebataban de forma casi sangrienta lo suyo, al que querían borrar como colectividad, en fin, la mandanga falsa del nacionalismo identitario.

Pero bien sea porque al fin y al cabo esa es una mercancía muy averiada, bien porque si te llamas García en Barcelona o San Sebastián tampoco es fácil sentirte parte del pueblo elegido/oprimido, en algún momento del viaje empezó la mutación y el odio que debería dirigirse a España acabó siendo odio a todo lo que huela a Occidente y a bienestar.

Es una consecuencia tan inesperada como lógica: España y nuestra historia –que muy a su pesar es también la suya– han sido claves para conformar eso que hoy consideramos como Occidente y que, no lo olvidemos, es un oasis de prosperidad, paz y bienestar. Es decir, si de verdad fomentas la inquina a España, la cosa no se va quedar en el odio a los toros y el flamenco, sino que se acabará detestando el pack completo: la democracia, la religión católica, el capitalismo…

Y es también una consecuencia lógica de una ideología, por llamarlo de alguna forma, que ha coqueteado durante años con el izquierdismo más ramplón y, sobre todo, con ese pensamiento antiindividualista en el que los colectivos son lo más importante. Así, una vez que dejas claro que "el pueblo" está por encima de las personas, quien dice "pueblo" puede decir "clase" y el resultado de la ecuación sigue siendo el mismo: se pasa por encima de todo lo demás.

Las élites nacionalistas que creían que estaban perpetuando su propio poder –en no pocas ocasiones corrupto– se están encontrado con la desagradable sorpresa de que la bola de nieve que ellas mismos lanzaron hacia la meseta se ha dado la vuelta y amenaza con llevárselas por delante: al final igual sí llega la independencia, pero en lugar de pilotarla ellas se la llevarán estos chicos, que no sólo van un poco zarrapastrosos sino que encima tienen unos apellidos con los que no se puede ir a ninguna parte, que no son de los de toda la vida… o sí.

¡Cáspita, Podemos es lo que parecía!
Ignacio Varela El Confidencial 17 Febrero 2016

Monsieur Jourdain, protagonista de 'El burgués gentilhombre' de Molière, se sorprende al descubrir que durante toda su vida ha estado hablando en prosa sin saberlo. Así es la estupefacción de algunos ante el desafiante documento que presentó el lunes Pablo Iglesias. Lo que sorprende es la sorpresa: no hay nada en ese documento ni en el movimiento táctico de Iglesias que no responda fielmente a todo lo que Podemos ha hecho y ha dicho desde que irrumpió en la política española.

Si en la sesión inaugural del Congreso ninguno de los 69 diputados de Podemos y sus aliados acata la Constitución con la sencilla fórmula 'Sí, juro' o 'Sí, prometo' y todos sin excepción añaden alguna reserva o alegato que contradice la promesa, es razonable pensar que ese partido tiene un problema con la Constitución española.

Si se leen con atención los textos en los que Pablo Iglesias y sus colegas muestran sus querencias ideológicas, se ve sin dificultad que no son precisamente partidarios de la economía de mercado; y que su desafección hacia las reglas de la democracia representativa es tan intensa como su apego a las prácticas de la llamada 'democracia directa'.

Si se abren los oídos para escuchar lo que proponen sobre la organización del Estado, cualquiera entiende que entre sus prioridades no figura la unidad de España.

Y si se repasan sus votaciones y sus intervenciones en el Parlamento de Estrasburgo, se comprueba que no creen en esta Unión Europea. El grupo del que Podemos forma parte (Izquierda Unitaria Europea) ha coincidido muchas más veces con los de Le Pen o Beppe Grillo que con los socialdemócratas y otros grupos europeístas.

Sí, Podemos es exactamente lo que parece ser: un partido que mantiene una relación conflictiva con la Constitución, con la economía de mercado y la democracia representativa, con la unidad de España y con la Unión Europea. Aspiran, legítima y pacíficamente, a sustituir los fundamentos de la España actual por un modelo distinto. Y desean llegar al Gobierno para trabajar por eso y no por otra cosa. Hay que vendarse los ojos para no verlo, porque ellos nunca lo han ocultado.

Podemos ha sido igualmente coherente y transparente respecto a la situación política derivada de las elecciones del 20-D. Sus condiciones son las mismas desde el primer día: un acuerdo restringido al ámbito de la izquierda y de los nacionalismos, un Gobierno de coalición con Iglesias como vicepresidente -en realidad, como copresidente- y derecho de autodeterminación para todos con un referéndum inmediato en Cataluña. Si eso no se acepta, nuevas elecciones. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Podemos no ha cambiado su posición ni ha engañado a nadie. El documento es demencial, pero es consistente con su trayectoria. ¿Por qué habrían de cambiar si no han parado de avanzar mientras otros no han parado de retroceder? Les aseguro que si alguien está desorientado en este baile, no es Pablo Iglesias.

Por el contrario, sí se engañan y engañan a muchos quienes, por voluntarismo o por esa ambición que nubla la vista -“entusiasmados por su propio entusiasmo”, decía Zweig-, fantasean con experimentos y malabarismos imposibles sin querer ver lo que está ante sus narices. Hay demasiados Monsieur Jourdain en la izquierda española y, singularmente, en el actual Partido Socialista y en su entorno mediático. Ahora se revuelven contra Podemos, pero son ellos quienes deben dar explicaciones por levantar expectativas infundadas y vender pompas de jabón como si fueran lingotes de oro.

Cuando Iglesias te lanza una cuerda, nunca sabes si es para que te salves o para que te ahorques con ella. Dijo que sería generoso con Pedro Sánchez y le ofrece nada menos que una Presidencia honoraria del Gobierno, con importantes responsabilidades, como dar la cara en el Parlamento (a alguien se la tienen que partir), viajar por el mundo y moderar los debates del Consejo de Ministros. En El Gobierno del Cambio (siempre con mayúsculas, por favor), el presidente preside, pero no gobierna. Todo lo que tiene que ver con el ejercicio del poder está minuciosamente precisado en las seis páginas dedicadas a las atribuciones del macrovicepresidente (cero palabras sobre las del presidente). Se ve que en eso consiste la sonrisa del destino.

No vale la pena detenerse a desmenuzar un programa que jamás va a ser aplicado y cuyo propósito no es iniciar una negociación sino cortarla desde su raíz. Sencillamente, han juntado todo lo que sabían que resultaría indigerible para los socialistas. Llama la atención cómo se deleitan en cuantificar el aumento astronómico del gasto público, las subidas generalizadas de impuestos y, en general, todo aquello que haría que en Bruselas nos señalaran directamente la puerta de la calle. El primer Tsipras era un moderado social-liberal comparado con estos leones.

Pero no resisto la tentación de reproducir un párrafo que no merece pasar desapercibido:
"Incluso si la apertura del gran debate constitucional por parte del Gobierno del Cambio no lograse modificación alguna en las posiciones del PP, cabría activar la vía popular sobre la base del artículo 1 (soberanía del pueblo español), del artículo 23 (derecho de la ciudadanía a participar en los asuntos públicos) o del artículo 92 (referéndum consultivo)".

¡Albricias! Podemos ha encontrado la fórmula para cambiar la Constitución prescindiendo del Partido Popular. Puesto que la soberanía reside en el pueblo (artículo 1), el pueblo puede pasar por encima del procedimiento que la propia Constitución establece para su reforma. ¡Jaque mate al constitucionalismo burgués! Es solo una muestra de lo que es y a dónde puede conducir el populismo cuando se desboca.

Admitamos que es raro este país nuestro: dos señores que se reúnen no para hablar, sino para mostrar al mundo que no son capaces ni siquiera de saludarse. Un documento negociador que no pretende abrir una negociación sino matarla. Un vicepresidente que quiere mandar más que cualquier presidente. Decenas de personas en Ferraz preparando contra el reloj una consulta a las bases sin que se sepa aún si habrá algo que consultar.

En fin, al menos hoy sabemos algunas cosas que antes del lunes parecían dudosas.

Sabemos que Pedro Sánchez no va a ganar esta investidura. Queda la duda de si obtendrá el voto afirmativo de Ciudadanos o si Rivera finalmente se abstendrá. En cualquier caso, todo lo que el PSOE avance ahora con C’s está destinado a servir como base para un segundo intento tras las elecciones de junio.

Sabemos que muy probablemente habrá elecciones el 26 de junio y que el 2 de marzo asistiremos al primer gran mitin de la campaña electoral.

Sabemos que algo gordo tiene que pasar en el PP; y va a ser más pronto que tarde, ya lo verán.

Y sabemos que nos esperan cuatro meses desesperantes de batallas posicionales, operaciones subterráneas que nunca conoceremos y una bacanal del postureo mientras todo lo importante se pone peor. No creo que nos lo debamos permitir, pero es lo que hay.

Podemos o el discurso de la sociedad igualitaria
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 17 Febrero 2016

Pablo Iglesias tiró ayer de corbata roja para presentar en sociedad el programa de Podemos (“Un país para la gente. Bases políticas para un Gobierno estable y con garantías”). Rojo apuntando a granate para no asustar, aunque en la calle Ferraz aún no se han repuesto del susto a juzgar por el rotundo “Pablo, no sabes dónde estás” del Hernando socialista, como queriendo decir “no sabes en qué país vives”, y yo creo que sí, Antonio, que Pablo sabe muy bien dónde le aprieta el zapato, cuáles son sus miedos atávicos de este país, la cobardía congénita de sus gentes, sus debilidades, y también sin duda sus sueños, sus aspiraciones, los ideales de esa clase menestral a la que nadie nunca enseñó a valerse por sí misma y que por ende sueña con las ayudas, las subvenciones, la imagen del gran padre Estado dispuesto a solventar las dificultades que para el hombre libre, consciente de lo que significa la responsabilidad individual, supone transitar en solitario y sin escudo por este perro mundo.

Antonio Hernando dijo ayer sentir “perplejidad, preocupación y decepción” ante el programa de Podemos. Una provocación. Lo de Iglesias es una provocación en toda regla al PSOE y a su líder, que aún sueña con la idea de concitar en su derredor un bloque variopinto, a ser posible de izquierdas, que le permita ocupar La Moncloa. Provocación y anuncio expreso de que Podemos quiere ir a nuevas elecciones, como tantos sospechaban desde el principio, para tomar de nuevo el pulso al electorado en la esperanza de, a río revuelto, hacer realidad el sorpasso y convertirse en segunda fuerza electoral del país tras el PP, y quién sabe si rozando incluso el larguero del PP. De modo que Pedro, querido, lasciate ogni speranza que decía el Dante y prepárate para unas nuevas elecciones para las que algunos ya apuntan fecha: 26 de junio.

Desde el punto de vista económico, los chicos de Podemos se lo han currado. Nada menos que 98 folios (frente a los 54 de Sánchez y los 23 de Rajoy) en los que realizan un encomiable esfuerzo por explicar lo inexplicable desde el punto de vista de un liberal que cree en la libre competencia y detesta el papel invasor del Estado Leviatán. Técnica y argumentalmente está mejor armado que el programa del PSOE y, por supuesto, que el del PP (si es que a los folios descafeinados del PP se les puede calificar de Programa). “El país para la gente” que propone Pablemos y sus artistas nos cuesta, nos costaría, 96.000 millones de euros, más de 9 puntos de PIB a ojo de buen cubero, que se financiarían con subidas masivas de impuestos y con el aumento de los ingresos fiscales producto del crecimiento económico, que aquí Pablo calla, Iglesias no critica, o tal parece, que Mariano el Pésimo haya dejado la economía creciendo al 3,2%, aunque ignora los efectos que sobre el consumo, ergo sobre el crecimiento, tendrían aquellas subidas de impuestos.

Pelillos a la mar. Un programa keynesiano clásico de expansión de la demanda a través del aumento del gasto público y la subida de impuestos. Una verdadera orgía de gasto. La utilización de la política fiscal como instrumento de nivelación de rentas. Algo tan viejo como el mundo, y no muy alejado de lo que propugna el PSOE de Sánchez, en algunos aspectos incluso más liviano, tal que en la voladura de la Reforma Laboral del PP, que los chicos de Podemos llevarían a cabo de forma más controlada, más pausada, que el partido socialista. El plan podemita no hace mención a nacionalizaciones de ningún tipo, todo un avance desde el punto de vista de los admiradores del “exprópiese” chavista. Como no podía ser de otro modo, el “viva la gente” de Pablo está de acuerdo en negociar con Bruselas la revisión de los objetivos de déficit para este año, algo en lo que coincide plenamente con Sánchez, con Garicano, antaño santo patrón de la ortodoxia presupuestaria, e incluso con Mariano, un converso en la materia.

El concejal Zapata y la corrupción
Por lo demás, la exigencia de un referéndum para Cataluña o la reivindicación de esa vicepresidencia que tendría a su cargo a CNI y Defensa no puede ser considerada más que como la guinda de esa provocación destinada a dinamitar los esfuerzos del náufrago Sánchez por alcanzar las costas de Moncloa, y también como la evidencia de los compromisos que atan al chico de la coleta con las Mareas y demás fenómenos de la meteorología antisistema. Pintoresca la reestructuración ministerial del Gobierno, con la palma de ese Ministerio de la Plurinacionalidad, y aterradora la perspectiva de esa ristra de altos cargos que describe y que darían sobradamente para acomodar las apetencias del soviet podemita al completo. Y mucho palo a la corrupción, mano dura contra la corrupción, guillotina para los corruptos, aunque nosotros ya hemos empezado a situar a los nuestros, ¡Pablo, colócanos a todos!, y ahí está el concejal Zapata y el chollo que le ha buscado a su exnovia para demostrarlo.

El talante del texto queda reflejado en una frase cualquiera (las hay a cientos): aquella que se refiere a la “necesidad de replantearnos [en la futura Constitución] la salvaguarda de la cobertura de las necesidades básicas del pueblo” (sic). Es el modelo que preconiza Podemos: la sociedad cerrada, la sociedad igualitaria por decreto, la sociedad comunista, frente a los defensores de la sociedad abierta integrada por hombres libres, libres para elegir, para triunfar y fracasar, para intentarlo de nuevo y para ser felices sin el diktat de un Estado omnipresente. En ninguno de los 98 folios del programa de Podemos figura la palabra “Libertad”, o al menos yo no la he visto. En frase de Fernando Savater, “se puede vivir de muchos modos, pero hay modos que no dejan vivir”.

En momentos de oscuridad como los actuales, tal vez convenga rescatar un párrafo del discurso que Margaret Thatcher pronunció en Cardiff un lejano 16 de abril de 1979: “La recuperación solo puede venir del trabajo de las personas. No debemos refugiarnos detrás de decisiones colectivas. Cada uno de nosotros debe asumir sus propias responsabilidades. Lo que somos y lo que podemos llegar a ser depende esencialmente de nuestro esfuerzo. ¿Cuál es el auténtico motor de la sociedad? El deseo de la persona de conseguir lo mejor para él y su familia. La gente no va a trabajar para el ministro de Hacienda. La gente trabaja para su familia, para sus hijos, para ayudar a cuidar a sus padres. Ese es el camino que ha hecho prosperar a la sociedad: el trabajo de millones de personas decididas a dar a sus hijos una vida mejor que la que ellos tuvieron. No hay alternativa para este instinto humano elemental, y lo peor que un Gobierno puede hacer es tratar de reprimirlo mediante una especie de alternativa colectiva. Ellos [el Gobierno] no quieren trabajar, no pueden trabajar. They crush and destroy something precious and vital in the nation and in the individual spirit”. Imposible más con menos.

El abuelo de Pablo
Hermann Tertsch. ABC 17 Febrero 2016

Uno de los más claros indicios de que el Frente Popular, antes aún de ser reeditado en su versión 3.0/Siglo XXI, está ganando por fin la Guerra Civil española de 1936, está en que, desde hace ya mucho tiempo, las mentiras con las que se reescribe la historia de España son aceptadas sin reservas por todos. Incluso por quienes saben de su falsedad. El vencedor impone eso que llaman ahora la narrativa, el discurso o sencillamente la versión hegemónica de la historia y el canon bibliográfico que lo sustenta. Todas las administraciones públicas españolas, da igual quién las gobierne, publican desde hace lustros ya cuentos sobre la historia de la II República, la guerra y el franquismo. Siempre desde una visión partidaria del Frente Popular. Cada vez con menos ánimo de equidad. En algunos de esos libros con más ficción que hechos, se cuenta que Manuel Iglesias, el abuelo del líder de Podemos, Pablo Iglesias, fue condenado a muerte por dictar sentencias desde un tribunal militar republicano. Y que su pena habría sido conmutada por informes favorables de falangistas que intercedieron en su favor. No. Es cierta su presencia en un tribunal militar que firmó centenares de penas de muerte. Pero eso podría entenderse como acto de guerra. El abuelo de Pablo Iglesias fue condenado a muerte por participar en sacas, es decir, en la caza de civiles inocentes desarmados en la retaguardia en Madrid. En concreto, por ser quien identificó y sacó de su casa para asesinarlos al marqués de San Fernando, Joaquín Dorado y Rodríguez de Campomanes, y a su cuñado, Pedro Ceballos. Eso fue el 7 de noviembre de 1936 en la calle del Prado, número 20. Acudió allí Manuel Iglesias acompañado por Manuel Carreiro «el Chaparro», Antonio Delgado «el Hornachego» y otros milicianos armados conocidos como «el Vinagre», «el Ojo de Perdiz» y «el Cojo de los Molletes». El abuelo dirigía esa ilustre compañía porque era él quien conocía a su paisano de Villafranca de los Barros, el desdichado marqués. Este y su cuñado fueron conducidos a la checa en la calle Serrano, 43. Al día siguiente aparecieron ambos asesinados en la Pradera de San Isidro. Detenido tras la guerra, Iglesias fue condenado a muerte. Sorprende que, conmutada la pena por 30 años de prisión, Iglesias saliera en libertad tras cumplir solo cinco y obtuviera además de inmediato un empleo en el Ministerio de Trabajo de José Antonio Girón de Velasco, un absoluto privilegio en la posguerra. No puso Manuel, como podría pensarse, una vela a sus benefactores Franco y Girón. Mantuvo viva la llama del odio en la familia. Al menos uno de sus seis hijos fue miembro de la banda terrorista FRAP. Era el padre de Pablo.

Lo preocupante hoy no es aquel crimen atroz del 7 de noviembre de 1936 en una guerra en la que hubo tantas atrocidades cometidas en ambos lados. Preocupante es la admiración sin reservas que muestra hacia aquel miliciano criminal un nieto suyo que puede pronto gobernar España. La trágica deriva de la democracia española ha convertido en práctica certeza de que, antes o después de nuevas elecciones, se constituirá un gobierno del Frente Popular en el que Iglesias ocupará, como otros comunistas, un cargo principal. No se conoce a Iglesias en sus infinitas peroratas políticas y morales la mínima reflexión crítica sobre las prácticas criminales del Frente Popular en las que participó su abuelo. Ni una aproximación de luto y pesar por el dolor causados por los milicianos. Cuando los criminales se convierten en ídolos y ejemplo, alguien siempre cae en la tentación de emularlos. En su celebrado libro «La incapacidad del luto», Alexander y Margarethe Mitscherlich expusieron que el proceso de curación de sociedad e individuo tras una tragedia traumática bélica y criminal exige luto y especial compasión por las víctimas ajenas, los muertos a manos del propio bando. Ellos trataban el nazismo y la necesidad de que los alemanes se reconciliaran con su pasado a través del luto por las víctimas causadas en su nombre. Así fui educado yo por un padre que había servido como diplomático a un régimen criminal, la Alemania nazi, y que pagó después en cárceles de ese mismo régimen el repudio a su militancia anterior. Para que jamás cayéramos como él y millones habían caído en las ideologías del populismo y el odio, nos educó en el poder curativo de la verdad frente al mito político, en la defensa a ultranza de la conciencia individual frente a la muchedumbre. La transición no estuvo lejos de este luto cruzado como proceso liberador en el marco de la reconciliación nacional, como paso necesario hacia una cultura de la memoria común de todos los españoles ya liberados de bandos. España, pobre siempre en escenificar y solemnizar intenciones, no llegó a institucionalizarla. Y después fue tarde. La frágil arquitectura de la reconciliación habría de saltar por los aires alevosamente dinamitada por el revanchismo liderado por José Luis Rodríguez Zapatero.

Hoy volvemos a estar lejos de aquella reconciliación y el odio brota de los discursos y medios de gran parte de una izquierda que asumió entera el discurso de Zapatero. Millones de españoles están en proceso de dejarse seducir por una ideología potencialmente tan criminal como la profesada en su día por el abuelo de Iglesias o mi padre, la comunista o la nacionalsocialista. Veo en Podemos la soberbia del desprecio y la voluntad de criminalización de todo discrepante. Asustan la frivolidad de los políticos y su ignorancia al trivializar los mensajes totalitarios. Cuando niegan los peligros tachándolos de «imposibles» «a estas alturas» «en la Europa desarrollada». Así se negaba la amenaza en los años veinte y treinta del siglo XX cuando protagonizaron su brutal e imparable ascensión los totalitarismos, frente a democracias tan cuestionadas, frágiles y corruptas como las actuales. Europa estará sometida pronto a muy virulentos vaivenes que despertarán fuertes pasiones. Tras setenta años de paz, se extiende y generaliza por el continente, y muy especialmente en España, la derrota de la razón frente a los tumultos de los sentimientos. Y la cobardía de la mentira, hoy también llamada corrección política. La única fuerza capaz de hacer frente a la amenaza de un nuevo delirio de masas como el que cubrió Europa de ruinas y de muertos en el siglo XX es la verdad. Son las verdades que la política tradicional no se atreve a exponer a sus electorados y deja en manos de populismos de todo signo para que las manipulen a su antojo. La verdad por dura e implacable que sea, tan despreciada e ignorada en España, es el único instrumento que podría hacer reaccionar a las sociedades. Para hacer frente a la nueva barbarie totalitaria que llega cabalgando los torrentes de mentiras sentimentales tan perfectamente representadas por el cuento que esconde las verdades del abuelo de Pablo.

Un programa letal
Aleix Vidal-Quadras  www.gaceta.es 17 Febrero 2016

Podemos ha presentado a la luz pública su plan de gobierno para los próximos cuatro años y pretende que sirva de base a sus negociaciones con el Partido Socialista de cara a la investidura de Pedro Sánchez. Es un documento muy extenso, de casi un centenar de páginas, que cubre aspectos políticos, sociales y económicos. Los medios han destacado de inmediato dos de sus partes, las propuestas económicas y su proyecto de otorgar el derecho de autodeterminación a las Comunidades donde existe una fuerte implantación de partidos separatistas.

Lo más llamativo de este programa es que tiene como hipótesis de trabajo la ruptura con la realidad. No se trata de articular reformas que corrijan los defectos del sistema institucional y del modelo productivo existentes, sino de hacer trizas los fundamentos del orden en el que vivimos para reemplazarlo por una utopía irrealizable y de coste prohibitivo. Si nos fijamos en su enfoque de la estructura territorial del Estado, Podemos tritura el principio de soberanía nacional indivisible, base de la democracia, porque sin un demos cohesionado no hay nación y sin nación no hay ley ni seguridad ni prosperidad ni solidaridad posibles. Pero, además, pretende cometer este atropello apoyándose en la propia Constitución vigente, lo que representa añadir la burla al escarnio. Los artículos 23 y 92 de nuestra Carta Magna no son aplicables a la convocatoria de un referendo en Cataluña sobre su pertenencia a España, como puede comprobar cualquier ciudadano sin especiales conocimientos de Derecho. Dado que los dirigentes de Podemos no son analfabetos funcionales, la invocación de estos preceptos para vestir una eventual consulta de separación de una Autonomía equivale a la consideración insultante de que la mayoría de los españoles sí lo son. Es tan evidente que el artículo 92 se refiere a referendos en los que es llamado a las urnas el conjunto del pueblo español y no sólo una parte del mismo, que causa rubor intelectual que se hayan atrevido a poner negro sobre blanco semejante dislate. En cuanto al 23, ¿Cómo justificar que hacer pedazos una nación es una forma de participación en sus asuntos públicos? Una nación desaparecida ya no tiene asuntos públicos que atender.

En cuanto a sus recetas económicas, no resisten un somero análisis. Un país con una deuda pública del 100% del PIB en una coyuntura mundial amenazada de una nueva y profunda recesión no puede plantearse incrementar aún más su endeudamiento en diez puntos porcentuales sin precipitarse a la bancarrota. Eso sin mencionar que con un Gobierno de Podemos nadie nos iba a prestar un euro a un interés razonable. El vaciamiento de los bolsillos de la clase media apretándole la tuerca del IRPF acabará con el ahorro, la inversión y el consumo, mientras los muy ricos pondrán su dinero a salvo en otras latitudes. El mito del efecto multiplicador del gasto público está ya tan desprestigiado por la evidencia que recurrir a él a la hora de hacer predicciones cuantitativas resulta ridículo. Los impuestos del patrimonio y de sucesiones son de naturaleza estrictamente confiscatoria, su capacidad recaudatoria es muy baja y sus efectos negativos enormes. A nadie que sepa algo de fiscalidad se le pasa por la cabeza actuar sobre estos tributos más allá de consideraciones puramente informativas para comprobar la consistencia con otros impuestos. Cualquier ilusión a estas alturas de que la Unión Europea permita una relajación del objetivo de déficit de la magnitud de la solicitada por Podemos es completamente vana. Los gobiernos de los Estados contribuyentes netos no están para excesivas bromas tras la amarga experiencia de la crisis global de la que apenas estamos saliendo.

Por consiguiente, se mire por donde se mire, la agenda política y económica de Podemos nos arrastraría sin remisión a la liquidación de España como entidad reconocible y al empobrecimiento galopante. Pero habitamos un país tan desorientado que, incluso ante una panoplia de disparates tan notoria, Pedro Sánchez sigue insistiendo en reunirse con el equipo negociador morado para buscar posibles coincidencias, algo así como si un inspector de policía especializado en homicidios se reuniera con Aníbal Lecter para estudiar métodos de contención de la criminalidad.

Si Podemos no se apea de sus delirios bolivarianos o si el PSOE no se presta a suicidarse, vamos directos a unas nuevas elecciones. Para que su resultado no vuelva a colocarnos en el caos, es imprescindible que el espacio de centro-derecha se reorganice, encuentre el liderazgo adecuado y regrese a su auténtica naturaleza. Y como no hay demasiado tiempo para esta urgente tarea, hay que ponerla en marcha de inmediato.

Podemos, contra el Estado del Bienestar
José García Domínguez Libertad Digital 17 Febrero 2016

Pese su retórica ubicua, Podemos es un adversario objetivo del Estado del Bienestar. Su propuesta programática de Gobierno así lo acredita. Es más, si algo cabe afirmar de Podemos a día de hoy sin temor a errar es que no son socialdemócratas; definitivamente, no lo son. Lo que define a la socialdemocracia en todo tiempo y lugar es la defensa contumaz de ese orden socioeconómico, el consustancial ya a la Europa Occidental, el que hemos convenido en llamar Estado del Bienestar. Y el programa de Podemos resulta ser incompatible con la viabilidad presente y futura del modelo. Acaso ni ellos mismos sean conscientes de su contradicción, pero, hayan reparado en ella o no, la inconsistencia interna del discurso económico de los de Iglesias seguirá ahí. Isaiah Berlin, sin duda el pensador político más sutil que produjo la centuria pasada, comprendió que los tres grandes ideales de la Revolución Francesa eran incompatibles entre sí. Berlin fue el primero en darse cuenta de que no se puede pretender libertad, igualdad y fraternidad. Es contradictorio. A una pobre criatura tan fatalmente escindida como es el hombre solo le ha sido dado aspirar a la libertad o a la igualdad. Pero no a ambas a un tiempo. De ahí la definitiva impotencia de la política, lo irresoluble del conflicto humano.

Si bien a una escala mucho más prosaica, a los de Podemos les ocurre lo mismo. Postulan, por una parte, ahondar en los mecanismos redistribuidos propios del Estado del Bienestar y, por otra, acabar con cualquier barrera legal a los movimientos migratorios y a la acogida de refugiados. El problema, su problema, es que lo postulan a la vez. Como si no encerrara un imposible metafísico el tratar de conciliar en la realidad esos dos deseos. En el fondo, y pese a su vocación iconoclasta y heterodoxa, los economistas de Podemos piensan con los mismos esquemas mentales que los de la derecha. Ni los unos ni los otros han entendido todavía la suprema paradoja que ha venido a introducir la globalización, a saber, que el siglo XXI nos lleva de vuelta al XIX. Carlyle llamó a la Economía "ciencia lúgubre" por la vigencia en su tiempo de la llamada ley de hierro de los salarios, idea teórica que igual defendían los conservadores, como Malthus o David Ricardo, que los revolucionarios socialistas, como Marx y Engels. Su enunciado, por lo demás, era de una simpleza desoladora: los trabajadores, sostenía, vivirán siempre al borde mismo de la pobreza porque los salarios rondarían de modo crónico en torno al nivel de subsistencia dada la presión explosiva del crecimiento demográfico.

En gran parte del siglo XIX, en efecto, el mundo fue así. Lo malo es que en el XXI vuelve a ser así. Y vuelve a ser así porque los movimientos migratorios desde el mundo en desarrollo con rumbo a Occidente hacen que, de hecho, se reproduzcan, casi calcadas, aquellas mismas condiciones típicas de la Inglaterra de Dickens: una sobreabundancia permanente de oferta de trabajo que hunde, también de forma permanente, los ingresos salariales de la población laboral menos cualificada. A esos efectos, el siglo XX, ahora empezamos a descubrirlo con pesar, únicamente supuso un paréntesis, apenas eso. Y como muestra un botón que tomo prestado de Miquel Puig en su último libro, el ya imprescindible La gran estafa: según datos oficiales de la Seguridad Social, entre 2001 y 2013 la totalidad de los puestos de trabajo creados por el sector turístico y el del servicio doméstico en España fueron ocupados por extranjeros. Y la totalidad, sí, significa todos. ¿A qué extrañarse de que en muchos hoteles de cinco estrellas de Barcelona una limpiadora cobre en torno a tres euros la hora por hacer las camas? El dato es real: tres euros por hora. ¿Y cómo demonios piensa financiar Podemos los servicios básicos del Estado del Bienestar con los impuestos de unos contribuyentes que ganan tres euros por hora? ¿Alguien conoce la respuesta?

Corrupción incluso a la sombra de los muertos
Editorial El Espanol 17 Febrero 2016

La documentación que EL ESPAÑOL aporta hoy acerca de la corrupción en el PP resulta definitiva y debería servir, por sí sola, para que la dirección del partido expiara sus responsabilidades de una vez por todas. Sólo una organización podrida hasta los tuétanos podría dedicar la mañana del 11-M a simular donaciones en una cuenta de la fundación del PP madrileño -Fundescam- que pagaba, a la postre, actos de la formación. Las cantidades ingresadas, troceadas en menos de 3.000 euros, seguramente para no levantar sospechas, procedían de donaciones en dinero negro de empresarios de la órbita de este partido.

Resulta atroz constatar que mientras la angustia y el horror paralizaban a España entera, cuando la consternación inundaba Madrid, varios colaboradores de la trama de financiación irregular del PP hacían cola en la oficina bancaria que hay frente a la sede del partido en Génova para hacer al menos doce ingresos. ¿En qué pensarían esas personas mientras aguardaban su turno a sólo tres kilómetros de la estación de Atocha? Su imagen ante el mostrador, con los billetes de procedencia ilegal en la mano, en el día del mayor atentado de la historia de nuestro país es la fotografía de la ignominia.
García-Escudero debe dimitir

Esa insensibilidad indica, seguramente, que el mecanismo de financiación y blanqueo estaba tan automatizado, que ni siquiera se detuvo aquella mañana en la que el terrorismo islamista acabó con la vida de cerca de 200 personas. Los documentos que ahora revela EL ESPAÑOL, y que figuran tanto en la Tesorería nacional del PP como en las cuentas de los populares madrileños, demuestran que el 11 de marzo de 2004 los ingresos de procedencia irregular en Fundescam ascendieron a 30.000 euros.

Si ayer, cuando destapábamos un documento que apunta a la financiación ilegal del PP de Madrid en 2003, sosteníamos que su entonces presidente, Pío García-Escudero, tenía muy difícil continuar como presidente del Senado, hoy debemos exigir su dimisión. Porque en esa fecha, García-Escudero presidía tanto el PP regional como Fundescam. Los ingresos del 11-M que acreditamos con las imposiciones bancarias son tan miserables que incluso admitiendo -que es mucho admitir- que García-Escudero no supiera nada, tiene que asumir su responsabilidad política.
Sin legitimidad para gobernar

El episodio, por otra parte, da mayor credibilidad a la anotación de Luis Bárcenas en la que reflejaba un pago 200.000 euros a la caja B del partido, también el mismo día de la masacre, a cargo de Juan Cotino. El exdirector general de la Policía y expresidente de las Cortes Valencianas admitió que había estado en la calle Génova en esa fecha pero que no vio al tesorero del partido.

El PP no puede esperar un día más de brazos cruzados a que pare el chaparrón de pruebas que acreditan que, durante lustros, ha estado haciendo trampas y burlando las leyes. Sus dirigentes están moralmente inhabilitados y carecen de toda credibilidad porque ni dieron explicaciones convincentes ni emprendieron la necesaria regeneración que requerían los hechos. Rajoy y Cospedal ni siquiera han realizado una investigación digna de tal nombre para aclarar lo sucedido.

Lo último que cabía esperar es que el PP hubiera realizado prácticas corruptas incluso a la sombra de los muertos. Un partido así carece de legitimidad para intentar gobernar España.
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