AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 23 Marzo 2016

Ni "tranquilidad", ni "observadores" ni obamemeces
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  23 Marzo 2016

La ofensiva islamista contra Europa continúa con la impunidad de lo obvio y la obviedad de lo impune. Apenas empezaban a contar cadáveres en Bruselas, donde la policía no puede detener terroristas pasada la medianoche, Pedro Sánchez ya nos llamaba a la "tranquilidad". ¡Como si Europa hubiera exhibido otra cosa hasta ahora, masacre tras masacre, "jesuis" tras "jesuis", cobardía tras cobardía, jeremiada tras jeremiada! ¿Qué ha hecho el PSOE de Sánchez más que exhibir su tranquilidad, cercana al "rigor mortis", cuando de luchar contra el terrorismo se trata? Pactaron con la ETA y defienden que Rajoy mantenga el pacto. Y en el famosísimo “Pacto antiyihadista”, resulta que Sánchez mantiene estrechas relaciones, negociaciones y frotamientos con un partido, Podemos, financiado por Irán, cuyos concejales exhiben un antisemitismo repugnante y un odio al cristianismo digno de conversos islamistas.

Peor aún: con el PP que lo permite y con la única reticencia de Ciudadanos, el PSOE acepta que ese antisemitismo y pro-islamismo (Irán e HispanTV lo demuestran) de Podemos se muestre escandalosamente equidistante entre las víctimas del terrorismo islamista y sus verdugos, proclamándose "observador" en el famoso pacto "antiyihadista". ¿Pero qué pacto antiterrorista es ése en el que unos no se comprometen y los otros lo aceptan? ¿Van también Iglesias o Errejón, ahora que tiene tiempo, a "observar" las reuniones del Daesh? ¿O se limitan a "observar" el número de muertos en el último atentado, pronto penúltimo, antes de decidir qué militar desertor o jueza de rebote colocan a “observar” en el prepostgobierno de Sánchez?

Sólo Obama ha superado en siniestra estupidez la cobarde reacción de la Unión Europea, que lleva cuatro años y aún no ha sido capaz de establecer una lista de pasajeros de aerolíneas que provienen de países que son focos de terrorismo islamista. Más aún, no se sabe que haya elaborado una lista de los europeos islamizados en las mezquitas pagadas por Ryad, tan apenado por el terrorismo, que han ido a Siria a aprender a matar infieles, o sea, europeos. Pero si lo de la UE es incapacidad trágica, lo de Obama ha sido de una indignidad inconcebible. En La Habana, cuando se cumplen 50 años de la Conferencia Tricontinental que, con los Castro como anfitriones, sentó las bases del terrorismo moderno en Europa, Asia, Africa y América, con patrocinio de la URSS, retaguardia cubana y vanguardia palestina, el Presidente de los Estados Unidos de América va y "condena el terrorismo". ¡En la capital histórica del terror!

No es que no aprendamos nada de la historia, es que la borramos. No es que no aprendamos nada del terrorismo, es que lo aceptamos. No es que no queramos combatirlo, es que nos ponemos en manos de quienes lo justifican. Y todo en nombre de la unidad, de la lagrimita y evitando ser acusados de "islamófobos". ¡No vayan a enfadarse los yihadistas!

¿Cuánto tiempo soportará Europa esta infamia?
OKDIARIO   23 Marzo 2016

Tras los atentados de Bruselas, donde han muerto más de 35 personas y cientos de ellas han resultado heridas, la misma pregunta recorre el continente en las 24 lenguas oficiales que se hablan en la Unión: ¿Cuánto más soportaremos esta infamia? Tal y como ha señalado el primer ministro francés, Manuel Valls, el Estado Islámico ha declarado la guerra a Europa. Una contienda que no es sólo un problema local de Francia o Bélgica sino una lacra que nos persigue a todos, ya que cada ola de terror supone un intento organizado de derrumbar nuestro sistema democrático y de libertades individuales. Derechos ganados por nuestros antepasados desde las Guerras Médicas contra los Persas del siglo V antes de Cristo hasta la Segunda Guerra Mundial. Los europeos siempre han conquistado el patrimonio de la libertad con grandes sacrificios. Así consiguieron imponerse al mayor tirano de todos los tiempos: Adolf Hitler.

Como entonces, Europa necesitará de políticos audaces al modo de Winston Churchill o Charles de Gaulle para exterminar esta amenaza en forma de fundamentalismo religioso que ha instaurado el temor en nuestro día a día. Desde el asalto a la sede de ‘Charlie Hebdo’, en el que murieron 12 personas, pasando por la matanza de noviembre en París y acabando este martes en Bruselas, Europa vive sumida en el miedo. Un elemento tan poderoso que, de no actuar contra él, nos acabará destruyendo. Ante el chantaje de estos carniceros del extremismo islámico, nuestros representantes públicos han de coordinarse para ofrecer una respuesta militar por tierra, mar y aire.

Los acuerdos antiterroristas son, por tanto, esenciales e inexcusables. Grandes pactos que engloben a todas las fuerzas democráticas de los distintos países y que articulen la lucha contra la difusión del fanatismo radical a través de Internet e impulsen una reforma del Código Penal para que las muertes por hechos terroristas se castiguen con la “máxima pena privativa de libertad”. En definitiva, ley y más ley contra una plaga letal que se extiende sin control por Europa y que genera auténticas fábricas de terroristas desde barrios como el de Molenbeek, de donde salieron los autores que inundaron París de sangre y que han vuelto a hacer lo mismo en la propia capital belga. La acción de Occidente ha de ser inmediata y sin medias tintas. El lenguaje de las bombas sólo entiende la respuesta de las armas. Una guerra necesaria para conquistar la paz.

Una defensa común europea frente al terrorismo yihadista
Editorial La Razon  23 Marzo 2016

El corazón de la capital de Europa sufrió ayer un brutal ataque terrorista que ha dejado, hasta el momento, 34 víctimas y más de un centenar de heridos. Los atentados, sufridos indiscriminadamente en el aeropuerto de Zaventem y en la estación de metro de Maelbeek de la capital belga, han sido reivindicados por el Estado Islámico, macabro trámite innecesario porque su huella criminal estaba clara, así como los objetivos que persigue: causar el mayor daño posible y amedrentar a la población.

Lo triste de esta matanza es que se estaba a la espera de que estos radicales islamistas golpeasen de un momento a otro a raíz de la detención hace unos días en Bruselas de Salah Abdeslam, el último de los terroristas que participaron en los ataques de París del pasado 15 de noviembre. Sin embargo ha revelado que los atentados de ayer no han sido improvisados en respuesta a lo que se creía el desmantelamiento de la red yihadista que operaba en Bélgica y que servía de apoyo a la que actuaba en Francia. Intentar comprender las intenciones de Daesh sólo nos llevaría a la rendición incondicional de las sociedades democráticas, por lo que es necesario partir de un hecho: su gran arma no es otra que provocar la islamofobia.

El objetivo es crear dos comunidades separadas, ya no sólo respecto a los países musulmanes, sino en el interior mismo de los estados europeos que cuentan con numerosa población de esta confesión religiosa. Hay un dato que no debemos olvidar: la mayoría de los ataques yihadistas que han tenido lugar en Europa en la últilma década fueron ejecutados por musulmanes nacidos en el continente. La estrategia de Daesh es «invadir» a los países europeos dividiendo a los ciudadanos en función de su creencia religiosa, de manera que los musulmanes acaben constituyendo una sociedad aparte, con leyes y normas propias y enfrentada a la ciudadanía que representa la democracia. Su objetivo es que tengamos el enemigo dentro de casa.

No podemos perder de vista una coyuntura marcada por la crisis de los refugiados, cuyo único aprovechamiento para el yihadismo es fomentar el odio a Europa, a la idea de una ciudadanía con deberes y derechos, a la tolerancia religiosa y a la libertad de movimiento. En este sentido, el ataque de ayer tiene un significado especial: se ha producido en la capital política de Europa y, por lo tanto, es un ataque contra todos los miembros de la UE. Si creemos que ha sido Bélgica el único país golpeado, nos equivocaremos gravemente, de la misma manera que los antentados de París, Londres y Madrid supusieron un ataque a todas las democracias occidentales. Ahora es el momento de plantearnos si la respuesta debe ser común y, por lo tanto, si las instituciones europeas son capaces de movilizar todos los instrumentos políticos, incluidos los militares, o de hacer prevalecer la «soberanía nacional».

Los ataques de Bruselas son de nuevo un acto de guerra cometido por una entidad política asentada en un territorio autodenominado Estado Islámico, o Califato, y sería irresponsable no querer ver la realidad de este desafío. El artículo 222 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea dice expresamente que la UE y sus Estados miembros «actuarán conjuntamente con espíritu de solidaridad si un Estado miembro es objeto de un ataque terrorista». En los ataques de París, Hollande prefirió acogerse al artículo 42.7 del mismo Tratado, lo que supuso su activación por primera vez. Fue un paso decisivo que recibió el apoyo unánime de los 28 ministros de Defensa. Si bien no permitía que las decisiones militares recayeran en las instituciones de la UE –como hubiese ocurrido de aplicarse el 222–, por lo menos ha permitido confirmar que es necesario responder al terrorismo a partir de acuerdos intergubernamentales, incluso bajo el amparo de la OTAN.

En conclusión, el repliegue nacional, aunque sea invocando la soberanía, debilita a los estados y a la propia UE. Como decíamos, no sirve de nada saber si eso está entre los objetivos de los terroristas, pero en todo caso, no nos favorece desde el punto de vista defensivo. La guerra que el Estado Islámico ha planteado supera todas las previsiones porque ya no se trata de un conflicto territorial –aunque la expansión del Califato es cada vez más grande en Irak y Siria–, sino de sabotear los principios de libertad y tolerancia de las sociedades democráticas.

Desde este punto de vista, hay que plantear que la defensa de nuestra civilización debe hacerse conjuntamente y anteponiendo los intereses comunes a los nacionales. Ante todo, hay que evitar autoinculparse y considerar que el ataque contra Bélgica es un castigo por su participación en los bombardos contra Estado Islámico. Éste sería el camino directo para rendirnos ante un terrorismo que sólo busca la liquidación de nuestras democracias.

Brutal atentado que obliga a la UE a coordinar más la lucha contra el IS
EDITORIAL El Mundo  23 Marzo 2016

EL ZARPAZO yihadista golpeó ayer el corazón de Europa con una cadena de atentados en el aeropuerto Zaventem de Bruselas y en el Metro que causaron al menos 34 víctimas mortales. El pánico se adueñó de la capital belga en su "jornada más negra desde la Segunda Guerra Mundial", como la definió el líder de los nacionalistas flamencos. El Estado Islámico no tardó en reivindicar los ataques, uno de ellos perpetrado por un kamikaze que hizo estallar un cinturón bomba. La solidaridad con las víctimas llegó desde todos los rincones del planeta. Aunque, como es lógico, Europa fue ayer el continente más sacudido por unos atentados que no persiguen atacar a una comunidad concreta, sino seguir extendiendo el terror en suelo occidental, como tantas veces han amenazado los macabros voceros del IS.

Pero dicho lo anterior, y aun resaltando que el terrorismo islámico ha golpeado ya demasiadas ciudades europeas -incluida Madrid-, no se puede pasar por alto que Bruselas era uno de los objetivos prioritarios de los yihadistas. De hecho, aunque los investigadores aún habrán de confirmar o no la relación causa-efecto, los atentados se han producido apenas cuatro días después de la exitosa detención de Salah Abdeslam, el cabecilla huido de los ataques de noviembre en París en los que murieron 130 personas. Y, sobre todo, las autoridades belgas llevaban meses alertando de la alta probabilidad de un ataque -el país tenía activado el nivel 3 de riesgo en una escala de 4-, en un escenario rayano en la psicosis por cuanto la capital comunitaria se ha convertido en uno de los mayores nidos del yihadismo en Europa.

Sería irresponsable mirar hacia otro lado y centrarnos sólo en el dolor que provocan tantas muertes inocentes. Por ello es obligado destacar también los errores del pasado y seguir denunciando las fallas en la coordinación europea en materias fundamentales de seguridad, Inteligencia o control cibernético. Bélgica está despertando de una cierta inocencia que le ha llevado durante demasiados años a no prestar toda la atención necesaria a la lucha antiterrorista. Y ello a pesar de que es el país occidental con más ciudadanos per cápita que han acudido a hacer la yihad a Siria e Irak -casi 500-. Y de que la comuna bruselense de Molenbeek se ha convertido no sólo en un gueto para la minoría musulmana, sino también en un auténtico santuario de radicales incontrolados. No en vano, Molenbeek está tristemente conectado con todos los grandes atentados que ha habido en Europa desde el 11-M.

Tras la masacre de París y las acusaciones de las autoridades francesas a cuenta de los fallos policiales salió a la luz lo desfasada que está la legislación belga para combatir de manera eficaz el yihadismo. El Gobierno federal impulsó entonces contrarreloj una batería de medidas antiterroristas en el Parlamento que están empezando ahora a entrar en vigor. Por ejemplo, el país carecía de un banco de datos dinámico con las identidades de todos los sospechosos yihadistas fichados que pueda ser consultado por los distintos cuerpos policiales y que les permita a éstos compartir información de forma inmediata y actualizada.

Las autoridades belgas no han podido disimular estos últimos meses la sensación de estar desbordadas ante el desafío yihadista. Sus servicios de Inteligencia todavía no están suficientemente preparados para combatir este fenómeno, el número de agentes de Seguridad especializados es a todas luces escaso, y tanto la Policía como la Justicia tienen un gravísimo déficit de personal que domine el árabe, una de las cuestiones más urgentes para poder desarrollar una verdadera política de prevención. Y la arquitectura político-institucional belga es tan extremadamente compleja -recordemos que el país está dividido entre valones y flamencos, dos comunidades prácticamente de espaldas entre sí- que cada vez son más las voces que alertan de lo difícil que resulta así luchar contra el terrorismo, que lógicamente no sabe de fronteras identitarias. Sólo en Bruselas, con 1,2 millones de habitantes, hay seis cuerpos policiales distintos, inmersos muchas veces en una paralizante lucha competencial entre sí.

Mucho, y con urgencia, tienen que cambiar las cosas en el corazón de Europa para poder hacer frente con eficacia a la mayor amenaza global a la que nos enfrentamos. Pero también la Unión Europea en su conjunto debe avanzar mucho más en la cooperación intracomunitaria. Es cierto que la reciente puesta en marcha de un Centro Europeo contra el Terrorismo es un paso importante para detectar, por ejemplo, los flujos financieros de los terroristas, intercambiar información entre los Veintiocho o poder combatir el proselitismo a través de las redes. Pero aún queda mucho por recorrer en colaboración policial y de servicios de Inteligencia, algo absolutamente fundamental.

Tampoco en la lucha militar contra el IS está actuando la UE como un bloque unido. La misión bélica que impulsó en Siria e Irak el presidente Hollande suma poco a poco a los socios europeos, pero falta que los Veintiocho asuman que su política exterior y de Defensa tiene que ser de verdad común. Y, en todo caso, los efectos de cualquier acción militar serán muy limitados en tanto en cuanto no vaya acompañada de una intervención terrestre, que debiera ser liderada por naciones musulmanas. La lucha contra el zarpazo yihadista es demasiado compleja. Pero frente a quienes sostienen que la UE sirve para poco, la realidad nos demuestra que, cuanta mayor coordinación comunitaria haya, más eficaz resultará la lucha contra un enemigo tan difuso.

Madrid aún no ha sido esclarecido
Nota del Editor  23 Marzo 2016

Aún siguen muchos intoxicadores pretendiendo incluir Madrid entre las desgraciadas ciudades que han sufrito ataques terroristas islámicos, pero el 11M aún no ha sido esclarecido. Madrid ha sufrido numerosos ataques de los terroristas vascongados, y uno especialmente aterrorizante y macabro el 11M, como NYC, Paris, Bruselas y tantos otros sitios, pero la masacre asesina en Madrid sigue pendiente de esclarecimiento.

Europa en peligro… y España, en las nubes
Reclamo que los que aspiran a presidir el gobierno de mi país expliquen qué harán si se plantea una acción militar contra el ISIS y se requiere a España para que participe
Ignacio Varela El Confidencial  23 Marzo 2016

No creo que los dirigentes del Estado Islámico tengan nada especial contra Bélgica o los belgas -salvo por ser “infieles”, lo que compartimos y llevamos con honor. Es evidente que ayer no han querido atacar específicamente a un país, sino a la Unión Europea como tal. La matanza no es por ser Bruselas, es por ser la capital política de Europa y la sede de sus instituciones. Este atentado tiene al menos 34 víctimas físicas, que son las personas asesinadas, y una víctima política, que es la Unión Europea.

Estos terroristas desprecian la vida humana –la ajena y la propia-, pero han demostrado que saben de política. Al menos saben lo suficiente para ver que hoy la Unión Europea es el eslabón débil de la cadena, la parte de occidente más vulnerable y a la que se puede hacer más daño con el terror. Y es que una implosión de la UE tendría efectos mundiales y sería una victoria casi decisiva para su causa –que no es la causa árabe, sino la del totalitarismo religioso- y una catástrofe para la nuestra, que es la de la democracia política y la autonomía de cada persona para creer o descreer en lo que le dé la gana.

Lo que hoy está en peligro no es Europa como espacio físico o como modelo de civilización, sino esa concreta construcción política llamada Unión Europea. No hace falta que se rompa formalmente, basta con que se debilite hasta el punto de caer en el marasmo y en la inoperancia absoluta. Y ¿saben qué?, eso puede ocurrir. Tras 60 años de integración europea, se dan las condiciones para la desintegración. Y el terror puede coadyuvar a que destruyamos nuestro instrumento político más valioso, que es la Unión Europea. Los terroristas lo ha visto claro y están en ello.

El EI ha golpeado a Europa en su corazón político –Bruselas- y en el momento preciso para recordarnos nuestra vulnerabilidad. Justo cuando en el seno de la Unión están abiertas cuatro líneas de fractura: una brecha entre el norte y el sur por la política económica y el euro. Otra por los refugiados, la más peligrosa de todas porque toca el núcleo ideológico de la Unión misma y los valores sobre los que se fundó. Una tercera entre los países del oeste, democráticos e integradores, frente a los del este, con gobiernos cada vez más nacionalistas de inclinación autoritaria. Y la cuarta es la que puede derivar de la posible salida de Gran Bretaña tras su referéndum. Cualquiera de ellas es desestabilizadora, las cuatro juntas acabarían con el invento.

El atentado de Bruselas es un regalo premeditado para las fuerzas secesionistas y nacionalistas, populistas, xenófobas e islamófobas. “Este acto de terrorismo demuestra que los acuerdos de libre circulación como Schengen y la laxitud en las fronteras son un peligro para nuestra seguridad”, dijo ayer el portavoz del UKIP británico. Y en el 'Daily Telegraph' se podía leer: “Bruselas, capital de la UE, es también la capital del yihadismo en Europa. Y aún nos dicen que estamos más seguros dentro de la UE”.

Los gobiernos europeos parecen haber perdido la fe en las soluciones compartidas y se refugian en las salidas nacionales y en volver a levantar fronteras. Pero es justo al revés: con una población de 500 millones, Europa podría absorber un millón de refugiados al año si se hace de forma concertada y solidaria, pero ningún país, ni siquiera Alemania, puede manejar ese desafío en solitario. Y lo mismo sucede con la amenaza terrorista. ¿Cuántos atentados hacen falta para que se cree de una vez un organismo europeo de inteligencia?

Durante el año 2015 hubo elecciones parlamentarias o presidenciales en 12 países miembros. En todos ellos gran parte del debate electoral y de la decisión de voto giró sobre tres cuestiones cruciales: la inmigración (lo que incluye el problema de los refugiados), la lucha contra el terrorismo y el futuro de la propia Unión Europea (más integración o más soberanía nacional).

¿Tiene todo esto algo que ver con nosotros? Por lo que parece, no. Según el CIS, sólo el 3% de los españoles mencionan la inmigración o los refugiados como uno de los problemas más importantes. El 3,5% menciona el terrorismo internacional. Y lo de Europa ni siquiera aparece en la lista.

Los políticos corresponden a esa despreocupación ciudadana. Debate de investidura de Pedro Sánchez. Discurso del candidato, más de 15.000 palabras. De ellas, 141 sobre Europa, 118 sobre el terrorismo yihadista y 46 sobre los refugiados. Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en funciones: ¡ni una palabra sobre las tres cuestiones! Pablo Iglesias: 225 palabras sobre Europa, 103 sobre refugiados y silencio cósmico sobre terrorismo. Albert Rivera: 130 palabras sobre Europa, 4 sobre terrorismo (una mención) y nada sobre refugiados.

Eso sí, lo primero es lo primero: el documento que presentó el PSOE para la negociación de Gobierno dedicaba seis páginas a detallar las reformas en los reglamentos del Congreso y del Senado –un asunto esencial para el bienestar de los españoles-. Y el de Podemos malgastó más de 2.000 palabras para especificar los poderes y competencias del supervicepresidente Iglesias, su cuento de la lechera.

Se supone que estamos en el trámite de elegir un presidente y que si eso no es posible habrá nuevas elecciones. El hecho es que el próximo presidente del Gobierno tendrá que tomar muchas decisiones, y muy trascendentales, sobre esas cuestiones de las que aquí no se habla porque aburren, pero en las que nos jugamos el futuro.

Así que reclamo que los que aspiran a presidir el gobierno de mi país expliquen qué harán si se plantea una acción militar contra el Estado Islámico y se requiere a España para que participe. Quiero saber cómo piensan contribuir en concreto para que Europa digiera la llegada de millones de personas sin traicionar sus principios fundacionales. Quiero conocer sus criterios sobre el control de las fronteras, las exteriores y las interiores, porque soy de los que creen que la UE se habrá terminado el día en que nos pidan de nuevo el pasaporte para movernos dentro de ella. Y para decidir mi voto necesito saber si en su idea de Europa pesa más la palabra “integración” o la palabra “soberanía”. Seré un bicho raro y un tipo anticuado, pero les aseguro que eso me importa mucho más que las puertas giratorias o las diputaciones provinciales.

La política española parece haberse vuelto autista. Y me valen las dos acepciones del diccionario: Autismo como “repliegue patológico de la personalidad sobre sí misma” o como “trastorno del desarrollo caracterizado por patrones de comportamiento restringidos, repetitivos y estereotipados”.

Así que Europa está en peligro, sí; y España, cazando moscas y contemplándose el ombligo. Resulta que la nueva política nos está saliendo más paleta y provinciana que la vieja, quién lo iba a decir.

Los islamistas son nuestros hijos
José García Domínguez Libertad Digital 23 Marzo 2016

Otra matanza indiscriminada. Esta vez en Bruselas. Occidente, sostiene John Gray, sin duda el último gran pensador que nos queda en Europa, vive poseído por el mito de que, a medida que el resto de mundo absorba la ciencia aplicada a la técnica y devenga moderno, se convertirá en más laico, tolerante, mercantil y pacífico como, pese a todas las evidencias en contra, se percibe a sí mismo. En su enternecedora ingenuidad antropológica, Occidente es capaz de creer en cualquier cosa. El 11-S cayeron las Torres Gemelas, pero la candidez de los hijos putativos de la Ilustración y su optimismo universalista siguen en pie, como si nada hubiera ocurrido. Occidente quiere creer que la violencia islamista, tan visceral, forma parte de un choque de civilizaciones. Pero tras ese milenarismo mesiánico que inspira al Islam radical no hay ninguna colisión con algo distante y ajeno a la propia cultura occidental.

Bien al contrario, si a algo recuerda la fanática brutalidad de los militantes fundamentalistas es a una práctica muy específicamente europea y occidental, la del adanismo sanguinario de los anarquistas decimonónicos, primero, y la de su inmediato sucesor, el irredentismo de las facciones más extremas de las distintas obediencias marxistas-leninistas. Al cabo, no hay nada que concuerde más con las tradiciones europeas que lanzar una bomba en medio de una plaza pública abarrotada de ancianos, mujeres y niños. Occidente quiere creer que el islamismo supone un retroceso a la Edad Media. Pero en la Edad Media no había tipos como Amibael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, o Pol Pot, directos inspiradores del proceder islamista. La de la propaganda por la acción es una idea política específicamente europea y moderna. Eso nada tiene que ver con el Islam tradicional y arcaizante.

Si por algo se caracteriza la actual variante teocrática del terrorismo es por su absoluta modernidad. Una modernidad que, además, remite al núcleo mismo de la alta cultura occidental. ¿O qué otra cosa encierra el rechazo expreso de la razón más que un reflejo del pensamiento de Nietzsche y demás románticos europeos? El singular híbrido de teocracia y anarquía que retrata al islamismo asilvestrado es, nos guste o no, un subproducto surgido de idéntica matriz que el radicalismo político occidental. Los nihilistas rusos en el XIX; las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof, en el XX. Dos siglos de distancia y una creencia común, la de que es posible alumbrar un orden nuevo sobre las cenizas de la civilización conocida, todo merced a actos de destrucción espectaculares, luego un millón de veces amplificados gracias a la labor de los medios de comunicación. He ahí sus genuinos mentores espirituales. Nos guste o no, son nuestros hijos.

Yo no soy Bruselas
Fernando Navarro García Libertad Digital 23 Marzo 2016

¿Que voy a pensar? Que cualquier cosa que piense me desagrada y me vacía. Ninguna me gusta y en todas veo fisuras. No me gusta pensar lo que pienso y, sin embargo, es inevitable que así sea pues el instinto de supervivencia todo lo simplifica, despejando el camino de flores perfumadas bajo las que se agazapa la bestia.

Y pienso, abatido, que volverán los discursos y las banderas a media asta y las llamadas al sosiego y la unidad y la firmeza y los je-suis sobre los muertos ordenadamente apilados en cintas portamaletas. Nuestros muertos –¡recuerda que las campanas doblan por ti!– son como equipajes vacíos facturados hacia la nada por el odio medieval. Por el odio islamista...

Islamista, sí. No nos mata el budismo, ni los Testigos de Jehová, ni mata el Opus Dei, ni nos asesina el cristianismo o el judaísmo. Solo el islamismo mata, asesina, viola, reprime y destruye. Sólo el islamismo lo hace con esa furia, con esa generalización, con esa expansión internacional, con ese odio religioso forjado en cada palmo de tierra que rozan. Nadie mas actúa así y con idéntico patrón universal: Mali, Afganistán, Nigeria, Sudán, Kenia, Filipinas, Indonesia, Tailandia, Chechenia, Israel, Túnez, Turquía, Europa... Y lo hacen en nombre de un dios y una religión concreta. Gritan su nombre al matar y morir: "No hay más Dios que Alá".

No querer ver esto es ceguera suicida. Pero verlo con claridad es también una renuncia dolorosa a los principios en los que siempre creí. Verlo con claridad es asumir que el conflicto es desde hace tiempo inevitable, que no sirven las palabras, ni las banderas a media asta, ni las velas ni los mismos poemas de siempre bajo cuya lírica vamos sepultando nuestra capacidad de resistencia, nuestro ímpetu de sobrevivir, nuestras ansias de defender lo que nos queda de libertad. Y asumir esta forma de pensar es compartir el discurso del nuevo populismo europeo que medra precisamente ante la claudicación cobarde e irresponsable de nuestras instituciones. Pensar así supone comulgar con quienes también fueron y son mis enemigos. Los conozco y sé muy bien que sus remedios no sólo no funcionan sino que generan otros monstruos lo suficientemente cualificados para enfrentarse al islamismo. Por eso no me gusta pensar lo que pienso. Una bestia aplasta a otra. Y para sobrevivir tenemos que elegir. Esa es la tragedia.

No, hoy no soy Bruselas, si eso supone que debo renunciar a defenderme con las armas que aun podemos emplear desde el Estado de Derecho. No soy Bruselas si eso supone que debo ofrecer mansamente mi cuerpo al cuchillo enemigo mientras mis representantes debaten en compungidos grupos de trabajo y comisiones de expertos cuál seria la mejor estrofa, el más bello verso para decorar mi tumba.

Los musulmanes a los que no queremos apoyar
Pablo Molina Libertad Digital 23 Marzo 2016

La masacre terrorista de Bruselas ha provocado la valerosa reacción instantánea de la clase política europea que, como un sólo hombre, ha proclamado la unidad de todos los demócratas en la lucha contra el terrorismo islamista. En Raqa y Mosul, los bastiones de Oriente Medio donde operan los principales dirigentes del Estado Islámico, la noticia ha debido caer como un mazazo, pero aún no se ha producido la rendición en masa que cabía esperar. Cuestión de días.

En España se ha convocado una reunión de los partidos firmantes del pacto antiyihadista. El yihadismo en nuestro país no concita el compromiso unánime de las fuerzas políticas con la causa de la libertad, pero a cambio es asunto muy observado, no en vano tenemos ahí a un experimentado podemita ejerciendo precisamente el importantísimo papel de observador.

Pero el efecto de estas dos reacciones, a cuál más enérgica, se diluirá con el paso de las horas porque, en el fondo, ningún partido político quiere llevarle la contra a la izquierda en un asunto como el terrorismo islamista, en el que sus archimandritas ya han dictaminado que la culpa de los atentados en suelo europeo es del imperialismo capitalista y de nuestro decadente modo de vida occidental.

Los musulmanes que tratan de modernizar sus países erradicando el fanatismo y que desean un mundo en paz creen, sin embargo, que el radicalismo islamista es la causa principal del terrorismo que ellos mismos sufren en sus carnes. Ahí están los ejemplos de Túnez y, en menor medida, Egipto, dos países que avanzan lentamente hacia la modernidad, convertidos en objetivos estratégicos del Estado Islámico y Al Qaeda (con sus respectivas franquicias locales), en los que no hay semana en que no perpetren una matanza brutal.

Pero los europeos preferimos no significarnos en estas batallas dialécticas, no sea que algún izquierdista con tribuna nos acuse de islamofobia. Lo nuestro es proclamar la unidad de los demócratas y observar el yihadismo con afán de entomólogo. Los musulmanes moderados que quieren vivir en paz con (y en) Occidente deben odiarnos mucho. Al menos les debemos suscitar una gran repugnancia. No se les puede culpar.

España frente al yihadismo
Emilio Campmany Libertad Digital 23 Marzo 2016

Ante atentados como estos, en Europa nos esforzamos por mantenernos unidos frente a los terroristas. Y es mentira. Desde luego, no lo estamos en Europa, donde dejamos solos a los franceses combatiendo al Estado Islámico hasta que se cansaron de verse impotentes y solos. Y tampoco lo estamos en España. La prueba palpable es el Pacto de Estado Antiyihadista. Desde los tiempos de la Transición, a los españoles nos gusta firmar rimbombantes pactos como éste que demuestren a la opinión pública que, ante las cuestiones importantes, los españoles estamos unidos. Y no es verdad que lo estemos. Ni siquiera contra la ETA.

Tampoco después del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Mientras se suponía que constituíamos un frente compacto frente a la banda, el PSOE de Zapatero negoció el abandono indefinido, que no definitivo, de las armas a cambio de su integración en el sistema político y quién sabe si la entrega de Navarra al País Vasco. Y el PP, que heredó ese acuerdo, lo respetó. Hay muchos españoles que creen de buena fe que fue una buena solución porque parten de la convicción de que, para acabar con la ETA, había que hacer concesiones políticas. Y hay otros que estamos firmemente convencidos de que nada bueno puede salir de una cesión ante los terroristas. Así que, con independencia de quién tenga razón, de unidad, nada.

Con el yihadismo ocurre lo mismo. Y a la vista está con el insólito espectáculo de que Podemos asista a la reunión del Pacto en calidad de observadores. Y al menos esta izquierda, mitad bolchevique, mitad bolivariana, es sincera. Porque el PSOE piensa del yihadismo lo mismo que la extrema izquierda, que los principales responsables de que haya terrorismo yihadista somos nosotros por tratar tan mal a los musulmanes. Lo que sucede con el 11-M lo demuestra. Demos por buena la versión oficial, esto es, que el 11-M fue un atentado yihadista más, que es lo que hoy están diciendo todas las cadenas de televisión española al recordar que lo de Bruselas llega doce años después del 11-M. ¿Y qué hizo entonces la izquierda, la moderada y la extrema, y qué hace todavía hoy? Culpar del atentado a la política exterior de Aznar. Durante las horas posteriores a unos atentados como éstos de Bruselas o como los de París, a nuestra izquierda se le llena la boca de compungidas condenas, dibujan corazones con los colores de la bandera atacada, ponen velitas rojas e inundan twitter de mensajes cursis. Pero, pasados unos días, cuando a este Gobierno, que no caerá la breva, o a cualquier otro se le ocurra hacer algo aproximadamente eficaz contra el yihadismo, pondrán sus reparos, a las bravas los de Podemos y a lo fariseo los del PSOE. Y los pondrán porque, según ellos, lo únicamente eficaz es rendirse, al menos parcialmente, que es lo mismo que hicieron con la ETA. Luego, todavía los hay que creen que PSOE y Podemos no pueden llegar a un acuerdo cuando hasta en esto piensan igual.

Si se destruyese Europa...
Enrique Arias Vega Periodista Digital 23 Marzo 2016

No son sólo ellos, los terroristas, los que quieren destruir la Europa actual con sus instituciones comunitarias. Ellos, los terroristas, pretenden hacerlo de manera violenta, sangrienta, brutal. Pero también desde dentro crece el número de quienes no se sienten partícipes de esta Europa.

¿Tan mal les va a unos y a otros en el que resulta ser el continente democrático por excelencia?

Los terroristas lo odian precisamente por eso: por las libertades de que disfrutan sus ciudadanos, por su bienestar económico y por la paz de la que gozan, en contraste con los valores de sumisión, fanatismo y exclusión que ellos pregonan.

Pero esta Europa de concordia, tolerancia y libertad apenas tiene 70 años de existencia. Menos, aun, si tomamos el Tratado de Roma de 1957 como punto de partida. Hasta entonces, Europa había sido el continente con más guerras, más epidemias devastadoras y más millones de muertos dejados en los campos de batalla y en la retaguardia de las contiendas bélicas.

¿Es aquella alternativa terrible la que muchos echan de menos?

Si no lo es, por supuesto, a veces lo parece. Día a día aumenta el número de desafectos a la Europa comunitaria actual, con movimientos centrífugos, como el Brexit, del Reino Unido, o pujantes partidos de extrema derecha en Francia, Holanda, Alemania…

A todos ellos les incomoda esta Europa cuya permisividad, según ellos, propicia la invasión de foráneos que llegan para destruir sus valores tradicionales.

En el extremo opuesto, crece también el número de ciudadanos que protestan por los presuntos recortes institucionales a sus libertades y por el egoísmo de una Unión que cierra fronteras a inmigrantes que vienen en busca de refugio y de legítimo bienestar.

En medio de estas dos visiones contradictorias del mismo fenómeno, la enorme burocracia comunitaria sólo parece sestear mientras adopta intrascendentes regulaciones sobre el tamaño de los tetrabriks o sobre el cultivo de la avena y se muestra incapaz, en cambio, de avanzar hacia una mayor integración europea.

Entre todos, entre los de fuera y los de dentro, entre los de derechas y los de izquierdas, corremos el riesgo de dinamitar el proyecto común que soñaron en su día los supervivientes de la última gran guerra europea. Si esto llegase a suceder, unos y otros, es decir, todos, acabaríamos por echar de menos una malograda Unión Europea que es lo mejor que nos ha sucedido en toda nuestra Historia.

La guerra en la que sólo queremos morir y llorar
EDITORIAL Libertad Digital 23 Marzo 2016

Es comprensible que la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y de Seguridad, Federica Mogherini, no haya podido contener las lágrimas al hablar de la masacre perpetrada este martes en Bruselas por los terroristas del Estado Islámico. Sin embargo, esta nueva matanza en Europa, en la que han sido asesinados más de treinta personas y que ha herido a más de un centenar, no puede volver a tener como única reacción las lagrimas, la solidaridad con las víctimas, las banderas a media asta, los vacíos llamamientos a la unidad de los demócratas y los recurrentes "je suis" que, más que una llamada al combate en defensa de nuestras vidas y de nuestras libertades, parecerían una invocación al martirio.

A Occidente le han declarado una guerra y ya es hora de dejar de contemplar a nuestros muertos como si lo fueran por una catástrofe natural ante la que sólo nos podemos sentir solidarios y compungidos. La matanza de Bruselas no es ni siquiera la criminal obra de un psicópata o de un grupo aislado de fanáticos religiosos que actúan por su cuenta. Se trata de un ataque planificado, coordinado y dirigido por una organización terrorista que, mal que le pese a muchos bienpensantes, sí es un Estado, en el sentido de que dominan un vastísimo territorio a caballo entre Siria e Irak, y sí es islamista, en tanto que matan en nombre de Alá y siguiendo al pie de la letra los imperativos más sanguinarios que el Corán dicta contra los infieles.

Si la Europa que clama por la unidad de los demócratas es incapaz de articular una respuesta unitaria y combativa contra una organización terrorista que controla y administra un territorio mayor que el de la Gran Bretaña, más patético resulta aun el consenso de la nada articulado en España entorno a un pacto "antiyihadista", cuyos integrantes, para empezar, se niegan a reconocer que a los occidentes nos han declarado una guerra.

Ya podrán los integrantes del Pacto de la nada celebrar la unidad de los demócratas; ya podrá Rajoy congratularse de la lealtad que los distintos partidos han mostrado; pero que alguien pruebe a preguntarles si España va a enviar tropas a combatir al Estado Islámico, a participar en los bombardeos contra la organización terrorista o a relevar a nuestros aliados en sitios menos conflictivos para que ellos puedan liberar territorio bajo soberanía de unos genocidas.

La inoperancia de ese Pacto Antiyihadista es aun más evidente cuando se permite que asista como "observador" a una formación como Podemos, que no sólo está financiada por regímenes tan abyectos como el de Irán, sino que es incapaz de sumarse en el parlamento navarro, al igual que los proetarras de Bildu, a una condena de los atentados porque en ella se hace una referencia a las bandera a media asta de Europa y España.

Así las cosas, es de temer que la reacción a esta nueva matanza del terrismo islámico se limite, como en pasadas ocasiones, a lamentar lo perpetrado sin hacer nada por represaliar y evitar que nos vuelvan a atacar.

No es desesperación, es maldad
Carmelo Jordá Libertad Digital  23 Marzo 2016

Nueva York, Londres, Jerusalén, París o Bruselas son sólo los escenarios puntuales de una guerra que no es contra Estados Unidos, Gran Bretaña, Israel, Francia o Bélgica o que, mejor dicho, es contra todas estas naciones pero en la medida de que son parte de un todo mayor: los países que vivimos en democracia y que disfrutamos del nivel de vida y de la libertad que nos ha proporcionado el sistema capitalista.

Es un problema religioso, por supuesto, porque casualmente son los fanáticos islamistas y no otros los que asesinan inocentes en los cinco continentes; pero es también un problema de principios que van más allá de la religión: lo que los fanáticos no pueden soportar no es que Europa sea cristiana, sino que sea libre. Otra cosa es que Europa es libre, entre otras cosas, porque es cristiana.

Pero lo que se quiere destruir es más que una religión, es un modo de vida, el nuestro; lo que desean es imponernos una forma como otra cualquiera de opresión, lo que están intentando es que dejemos de ser nosotros mismos, que abandonemos todo aquello que nos define: la religión, los valores, el sistema político y el económico que han hecho de Occidente el gran oasis de paz y prosperidad de la historia del mundo

Tampoco es un problema de desesperación, no es un asunto económico, no son los parias de la tierra ni la famélica legión puesta en pie, no atentan contra aquello que envidian sino contra lo que odian..

A pesar de eso, en breve volveremos a escuchar las estupideces –o, mejor dicho, las maldades- de aquellos que viven en el auto-odio y que usan cualquier cosa para arrimar el ascua a la sardina de su populismo. No quieren ver una realidad que una y otra vez nos enseña que los que matan en tantos puntos del globo no son los hambrientos desesperados, sino los fanáticos descerebrados, que no son pobres, son hijos de puta.

Renunciar al capitalismo que nos hace libres y prósperos sólo es, por tanto, otro camino seguro a la derrota y a una opresión que los demagogos creen que pilotarán ellos, pero que en realidad les pasará por encima.

Por último, hay que decirlo hoy, tampoco es culpa de Israel. Al contrario: el estado judío es nuestro primer y más eficaz muro defensivo contra estos despreciables asesinos. E Israel no es el problema cuando se atenta en Bruselas, obviamente, pero tampoco cuando se mata en Tel Aviv. Por mucho que lo disfracen de otra cosa al estado hebreo se le odia y se le ataca por lo mismo que se odia y se ataca a Bélgica o a España: porque los malvados no quieren que en ningún sitio se viva en paz y, sobre todo, en libertad.

La vigilancia permanente
Fernando Maura Libertad Digital  23 Marzo 2016

Los terroristas se parecen a ellos mismos. No importa su denominación, sus pretensiones o su ideología, actúan siempre de forma similar. Como bandas asesinas que son, están siempre dispuestos a la venganza y preparados a pronunciar siempre la última palabra.

Y no toleran nunca los éxitos de la policía. Hagamos memoria del caso español, el de ETA, que algunos hemos conocido muy de cerca. Si José Antonio Ortega Lara fue liberado un 1 de julio de 1997 por la Guardia Civil, después de 532 días de secuestro, el joven concejal del Partido Popular en Ermua, Miguel Ángel Blanco, apenas 10 días después sería asesinado, a cámara lenta -según expresión que utilizaría el por aquel entonces director de El Mundo en el País Vasco, Melchor Miralles-.

No ha sido seguramente muy diferente al inolvidable caso reseñado el del terrorista de DAESH Salah Abdeslam, que fue detenido por las fuerzas del orden de Bélgica como uno de los principales sospechosos de los atentados terroristas sufrido en el suburbio de Saint Denis en París en la noche del 13 de noviembre del pasado año y en los que perdieron sus vidas 147 personas. Cuando se escriben estas líneas son 34 las víctimas mortales que el terrorismo se ha cobrado en Bruselas.

Son diferentes los protagonistas, diferente el número de las personas que han sufrido estos atentados. Pero la crónica adquiere ese carácter mafioso que caracteriza a las bandas asesinas. Lo tienen muy claro: ellos deben ganar a la ley, aterrorizar a la sociedad, conseguir que vivamos amedrentados durante el resto de nuestros días... hasta que nos resignemos a su violencia asesina y les facilitemos la obtención de sus propósitos, cualesquiera que éstos puedan ser.

El terrorismo -el del DAESH o el que sea- sabe que tiene fácil su actuación. Que la nuestra es una sociedad abierta y libre que respeta los derechos individuales, aun los de los mismos asesinos; que nuestro modo de vida tiende a considerar como engorrosos, cuando no inútiles, los controles que se nos imponen; que nuestra existencia discurre muy deprisa y que olvidamos pronto, siempre propicios a prestar nuestra atención a los asuntos que nos resultan más cotidianos, familiares y profesionales... En suma, que nos defendemos mal y que a veces escuchamos muy bien los cantos de sirena que nos llaman a deponer nuestra resistencia.

Pero nuestras libertades, tan difícilmente conseguidas, desaparecerían en un abrir y cerrar de ojos si no las defendemos. Y, como decía uno de los Founding Fathers de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, "el precio de la libertad es la vigilancia permanente". Esta es, por desgracia, la advertencia de siempre. Y en particular de estos tiempos que nos está correspondiendo vivir.

Las seis razones para atacar a Occidente
Estado Islámico no son imbéciles y hay que preguntarse las razones de atacar a Occidente cuando parecen perder fuelle y haber sufrido pérdidas territoriales en Siria e Irak
Jorge Dezcallar El Confidencial  23 Marzo 2016

El terrorismo ha vuelto a teñir de sangre una ciudad europea. Esta vez ha sido Bruselas, con atentados en el aeropuerto y en una estación de metro al comienzo de la Semana Santa. Aunque no está aún confirmado, el ministro español de Exteriores los ha atribuido al Estado Islámico que quiere traer el combate al corazón de Europa. Sus jerifaltes son sin duda extremistas religiosos pero no son imbéciles y por eso cabe preguntarse las razones de atacar a Occidente cuando parecen perder algo de fuelle, haber sufrido pérdidas territoriales en Siria y también en Iraq, tener deserciones cada vez más frecuentes y estar siendo bombardeados a diario.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha conseguido poner de acuerdo a gentes con intereses tan dispares en Siria como son los rusos, los norteamericanos, los turcos, los saudíes y los iraníes, que no era nada fácil, en el objetivo de pacificar el país, aunque cada uno entienda de manera diferente lo que eso implica y qué prioridad tiene el Estado Islámico en este proyecto. Pero si esto es así, ¿por qué irritarnos más aún con esos ataques terroristas en París, en Los Ángeles, al avión ruso de Sharm el Sheik, en Ankara, en Estambul, en Beirut y ahora en Bruselas? (Los ataques terroristas contra hoteles en Bamako, Uagadugu y Costa de Marfil han sido obra de Al Qaeda, que está también ocupada en estos momentos en aprovechar el vacío de poder producido por la guerra en Yemen para tratar de hacerse con un "territorio liberado" a su disposición).

Con los saudíes todavía no se han metido porque esos tan pronto les bombardean (pero menos) como les llenan los bolsillos por vías indirectas. Parece que el interés del Estado Islámico debería ser más bien concentrarse en los varios campos de batalla que tiene abiertos, ahora que también se ha plantado en Libia –desde donde amenaza con otra oleada de refugiados hacia las costas europeas– y no desperdigar esfuerzos. Pero este análisis es equivocado y la prueba son los centenares de asesinatos que llevamos últimamente.

De hecho, el Estado Islámico tiene poderosas razones para atacar a Occidente:

La primera es precisamente la de subir la moral de sus tropas cuando peor les van las cosas sobre el terreno y cuando sus operativos son detenidos en Europa. Se diría que la venganza y demostrar que siguen siendo capaces de hacer daño puede ser la intención primordial del ataque de Bruselas apenas unos días después de la detención de Salah Abdeslam, el "enemigo público número uno" tras haber participado y luego huido de los atentados de París, donde murieron 130 personas. Hacerles ver que les pueden estar zurrando pero que deben llevar la cabeza alta porque son capaces de responder cuando menos lo esperamos "donde más nos duele": en casa, en la retaguardia y provocarnos muchas muertes y mucho dolor. El hecho de que los atentados se hayan producido en la capital de un país con alerta máxima por riesgo de terrorismo solo añade sarcasmo a la tragedia, aunque también obliga a hacernos algunas preguntas. Por eso, en cuanto puedan volverán a atacar, es algo sobre lo que no debemos hacernos ilusiones. Y cuanto peor les vaya, mayor será el riesgo.

La segunda es poner en práctica real la guerra asimétrica que les enfrenta a la coalición internacional y responder con sus propias armas a los bombardeos a que se les somete. Ellos no tienen aviación y no pueden bombardear, tampoco tienen una Marina que les permita atacar nuestras costas y responden de la forma que pueden, con lucha de guerrillas sobre el terreno y con el arma del terrorismo -que ellos consideran legítima lucha armada- contra quienes han venido de lejos a atacarles, aunque ese no sea precisamente el caso de Bélgica, que es objetivo tanto por una razón de oportunidad, porque hay allí una amplia comunidad musulmana que proporciona a la vez reclutas y posibilidades de ocultamiento, como porque Bruselas es la capital de Europa y la sede de las instituciones europeas, muy cerca de las cuales está la estación de metro atacada el lunes.

La tercera es irritarnos y obligarnos a meternos cada vez más en su guerra porque en su lógica mesiánica el Estado Islámico es solo una fase de un proceso para traer al mundo el triunfo del Islam, que pasa por la conquista de Estambul, la nueva Roma, y la posterior derrota y destrucción del propio Estado Islámico. Quieren ser derrotados, por raro que nos parezca, porque eso será la señal del fin del mundo. No es una broma, así lo creen y puesto que tiene que suceder, cuanto antes ocurra, mejor. A fin de cuentas, les esperan las huríes en el paraíso.

La cuarta es que cuanto más les ataquemos, más podrán presentar su lucha de liberación como algo que no va dirigido contra hermanos musulmanes desviados, yazidíes blasfemos o apóstatas chiítas (algo que, por ejemplo, suscita críticas de la propia Al Qaeda, la franquicia terrorista rival), sino contra los malvados cruzados cristianos, que tan mal recuerdo han dejado en el universo mental musulmán. La derrota de reino cristiano de Jerusalén, de los Godofredos, Federicos y Ricardos y la expulsión final de los cruzados por Saladino (cuya tumba, cubierta de seda verde, está detrás de la mezquita de los Omeyas, en Damasco) es algo que se saben de memoria todos los niños árabes y ahora sirve para movilizar a los jóvenes en contra de los nuevos cruzados que han cambiado lanzas y espadas por misiles y drones. Según esta lógica, cuantos más bombardeos sufran, más reclutas acudirán a luchar bajo la negra bandera del Daesh y en esto no andan desencaminados.

La quinta es que al sufrir estos bombardeos esperan crear problemas de conciencia y de identidad entre la gran comunidad musulmana residente en Europa y en los EEUU y cuyo proceso de integración en más que defectuoso. Y dificultar la convivencia, creando brechas infranqueables entre las comunidades de culturas y religiones diferentes. Estos musulmanes que viven entre nosotros pero que no se han integrado ni económicamente, ni socialmente, ni culturalmente, que viven en 'ghettos' de miseria en la periferia de las grandes ciudades sin trabajo ni esperanza de tenerlo, y que tienen con frecuencia crisis serias de identidad, pueden sentirse atraídos por quién les ofrece un sentido de pertenencia y un objetivo a sus vidas, y verse así arrastrados a formar una quinta columna en Europa y en América dispuesta a actuar cometiendo atentados terroristas en nuestras calles como lobos solitarios o formando pequeños grupos. Al fin y al cabo los atentados terroristas del tipo de París o Bruselas son muy baratos y fáciles de preparar y de llevar a cabo. No exigen ni transferencias de dinero, ni tecnologías o armas muy sofisticadas.

Y la sexta razón podría ser la de crear el caos entre nosotros, obligarnos a cerrar aeropuertos y a cancelar vuelos en plenas vacaciones de Semana Santa, llevar el miedo y la irritación a nuestros hogares, excitar los sentimientos xenófobos y populistas que tanto daño hacen a nuestra convivencia democrática, crear desconfianzas entre los estados europeos y cerrar fronteras (se ha cerrado la frontera franco-belga) contribuyendo a poner otro clavo en lo que algunos quisieran que fuera el féretro del Acuerdo de Schengen. Porque, en definitiva, cuanto más débil sea Europa, cuanto más descoordinadamente actuemos, mejor para nuestros enemigos.

De modo que los ataques terroristas forman parte de un plan muy meditado y por eso continuarán siempre que tengan oportunidades para llevarlos a cabo, porque constituyen un instrumento al servicio de los designios estratégicos del Estado Islámico y si no los hay con más frecuencia no es por falta de ganas sino porque no pueden, por la eficacia de los servicios de Inteligencia y de las Fuerzas de Seguridad, que también participan en esta lucha y que no paran de frustrar intentos y de detener a terroristas. No hay que olvidar que el Estado Islámico no es un grupo terrorista como otros sino un grupo insurgente que utiliza el terrorismo para lograr sus fines. Pero estoy convencido de que le acabaremos venciendo y que lo lograremos sin que el fin de su mundo signifique el fin del nuestro. Hasta entonces, toca pelear. Y a veces, sufrir.

Unidos contra el terrorismo
Almudena Negro www.vozpopuli.com  23 Marzo 2016

Ayer Bruselas, ciudad del “buenismo” y la burocracia por excelencia, fue sacudida por las bombas del fanatismo. Bombas y suicidas que estallaron en el aeropuerto y el metro, intentando causar el mayor daño posible. Pronto, la capital de Bélgica, un país en el que no se puede detener a criminales por la noche, y no se califica como terroristas a los asesinos de ETA, quedó sumida en un verdadero estado de sitio. El transporte público, trenes, metro, autobuses y aviones, dejaron de funcionar. Así que tuvieron que ser los taxis los que llevaran gratuitamente a las víctimas.

Cuando los hospitales se preparaban para recibir a los heridos, los túneles fueron cortados al tráfico. Y al mismo tiempo que se ordenaba a la gente que permaneciera en sus casas, se apremiaba a los padres para que recogieran a los niños de los colegios, que por supuesto habían sido cerrados precipitadamente. Todo ello evidenció la improvisación de unas autoridades convencidas hasta ayer de que ser complacientes con el mal evitaría la tragedia. Quizá despertaron de su idiotez. Lo comprobaremos en los próximos días. Pero mucho me temo que las oligarquías europeas seguirán siendo incapaces de cualquier reacción defensiva frente a quienes nos han declarado la guerra.

“United we stand [divided we fall]” fue el grito de los norteamericanos cuando el terrorismo islamista asesinó el 11 de septiembre de 2011 a más de tres mil personas. En todo el mundo contemplamos horrorizados cómo los aviones impactaron en las Torres Gemelas y en el Pentágono. Imposible despegarse del televisor aquel día; el mismo en que la progresía-divine se echó a temblar por la reacción del presidente de los norteamericanos.

Otros, los idiotas, los locos los comprados y los enemigos de Occidente con pasaporte occidental, culparon a las víctimas por su muerte, exculparon a los “pobres” asesinos –Mohamed Atta era millonario; Bin Laden también–, y cargaron contra esa sociedad abierta que les permite propagar sus desvaríos.

La unidad también fue el gesto inequívoco de los franceses el pasado mes de noviembre, cuando los bárbaros asesinaron a gente indefensa en la sala Bataclán. Políticos de todos los colores unidos, sin fisuras, para condenar el terrorismo, desde Hollande a Le Pen. En Estados Unidos, republicanos y demócratas aparcaron sus diferencias para mostrar su patriotismo y unidad. Nadie faltó. Bien es cierto que miserables hay en todas partes. Y una hora después de conocerse los atentados de Bruselas, desde el Partido Socialista francés, Bruno Le Roux, jefe de su grupo parlamentario en la Asamblea, culpó a la derecha de posibles atentados “por bloquear la reforma constitucional”. Un despropósito digno de Pablo Iglesias.

Desgraciadamente, la unidad que franceses y norteamericanos demostraron, aun con el borrón de Le Roux, brilló por su ausencia en España cuando el terrorismo segó la vida de 192 personas en Madrid. La izquierda primitiva, como la definió José Vicente Carrasquero, criminalizó al partido en el gobierno y, acto seguido, rodeó sus sedes. Y el salvaje atentado condicionó las elecciones. Como resultado de todo aquello, hoy tenemos en el Congreso de los Diputados a un conglomerado de movimientos liderados por un señor con coleta que se ha negado a firmar el pacto contra el terrorismo yihadista. El mismo personaje con el que Pedro Sánchez pretende negociar para ser investido Presidente. Y es que en España algunos están por civilizar.

Todos estos personajes, los de Podemos, los buenistas, los de la alianza de civilizaciones, los delirantes inventores de conspiraciones sobre 11-S, los que asaltaron las sedes del Partido Popular el 13 de marzo de 2004, comparten con los asesinos de Bruselas el odio hacia las sociedades abiertas, las que progresan gracias a la libertad y la diversidad. En realidad, se odian a sí mismos y nos odian a nosotros. Y están dispuestos a inmolarse con tal de quebrar la espina dorsal de la Democracia liberal. No le den más vueltas. Ese es, junto con la cobardía de nuestras sociedades, el problema con el que tenemos que bregar para ganar la guerra contra el terror.

La imposible integración
La Verdad Ofende www.latribunadelpaisvasco.com  23 Marzo 2016

Tras los procesos de descolonización transcurridos desde el final de la II Guerra mundial hasta los años setenta y la pérdida del “Sahara español” , Europa ,y fundamentalmente los países de influencia francófona, acogieron a miles de musulmanes.

Alemania, tras la sangría de la II Guerra Mundial, no tenía hombres e importó mano de obra. Los países nórdicos como Suecia y Dinamarca también iniciaron una política de acogida de inmigración proveniente de países del Magreb.

Esas comunidades islámicas que se quedaron no han realizado un proceso de adaptación cultural. Cómodamente instaladas en nuestro sistema legal liberal y garantista, se han mantenido fieles a su cultura islámica floreciendo demográficamente (el aborto está prohibido), apoyadas por las abundantes ayudas estatales. Hoy ya están en la tercera generación y son ciudadanos europeos de pleno derecho.

“Europa, culpable de los desastres de la colonización”, es el axioma que sigue enquistado en las conciencias europeas del mismo modo que ocurrió con el ensañamiento en la conciencia española de la ingrata y mentirosa leyenda negra que jamás hizo justicia a una realidad; en España jamás hubo colonias, aquellos territorios eran el “Plus Ultra", eran España. Como muestra, un botón: Simón Bolívar 'el libertador' fue constituyente de “la Pepa”.

Bajo ese síndrome de Estocolmo fomentado por los enemigos de nuestras libertades, que como legado dejó la terrible persecución hebrea practicada por siglos y especialmente en la "Shoa", Europa se decidió a intentar el multiculturalismo e integrar, permitiendo a su vez que ideologías totalitarias (a excepción del nazismo) habiten entre nosotros, concurran a las elecciones y pervivan en nuestro desarrollado modelo de civilización, hasta ponerlo en riesgo. Me refiero al marxismo-leninismo (Cuba, Venezuela, Podemos, ETA, ERC) y al islam integrista.

Se perpetúan, se difunden, se financian y se propagan en las democracias pervirtiendo las instituciones, los impuestos, y hasta la terminología más básica. Personas que aplauden a dictadores mientras levantan el puño en alto se hacen llamar demócratas, señalando a quien discrepa de sus ideas fracasadas mientras justifican y aplauden a organizaciones terroristas cuyo balance en víctimas es aterrador.

Estos credos totalitarios no pueden ni un dia mas pervivir alimentándose del adanismo europeo, regados con los impuestos de quienes ambicionamos una sociedad próspera, en convivencia y en paz. Sin integrarse, pretenden imponer a los países de acogida sus costumbres culturales reglamentadas bajo un código, sea el ateísmo comunista o el del Corán, cuya aplicación legal, la 'sharia', obligó a las naciones árabes a rechazar la firma de la Carta de los Derechos Humanos de la ONU. Y sin derechos humanos los ciudadanos europeos no concebimos la civilización, ni opción alguna a una convivencia fértil.

Las leyes y progresos que la civilización judeo-cristiana nos legaron, hoy son puestos en cuestión desde estas crimínales ideologías que manipulan nuestro imperfecto pasado, un pasado que no admite comparación frente a los modelos totalitarios que ellos promueven, fracasados allí donde se pusieron en práctica. Pretenden criticarnos, reformarnos e imponernos sus ruinosas tesis, desde la crítica de muestras evidentes imperfecciones, nimiedades corregibles ante los desastres ocasionados por quienes nos atacan, que se alzan, moralizándonos, empleando como púlpito de su demagogia nuestros errores como axioma de nuestra decadencia.

Y mientras nos llaman decadentes, las elites islámicas o comunistas viajan a Occidente para formarse, estudiar o residir, en un cinismo que va desde las riquísimas monarquias árabes que rechazan auxiliar a los refugiados, a esas repúblicas comunistas como venezuela, que dejan morir de hambre a sus compatriotas mientras sus elites envían sus expolios a Suiza o sus hijos a EE.UU de vacaciones, a vestirse, comprar o estudiar humanidades.

La única decadencia que destruirá a Europa nace del abandono de nuestros valores, nuestras convicciones, nuestras leyes y nuestro modelo de convivencia, basado en el respeto, la libertad y la ley. Nuestra capacidad de crítica, fuente de nuestro saber, puede ser también el fin de nuestra civilización si no sabemos discernir entre la critica sana que nos hizo crecer, de los maledicientes complejos que nacen en la malsana denuncia de nuestros errores, magnificados por quiene nos odian y buscan nuestra perdición.

Por eso, quien pretende destruir nuestras reglas morales, leyes y éticas ha de irse, y su condición de ciudadanía restringirse o anularse, sin tener en cuenta su raza, lugar de nacimiento o credo. Tras los atentados de Bruselas y con carácter urgente hay que cerrar todas las mezquitas y las escuelas coránicas en Europa en las que se predique el odio y la yihad. Nuestro futuro y nuestras libertades dependen de ello.

"Por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida" (Miguel de Cervantes)

ISIS tiene grandes planes para Europa
José Carlos Rodríguez www.vozpopuli.com  23 Marzo 2016

El terrorismo no es sólo el crimen; es también el mensaje. El que están enviando con estos nuevos atentados está claro. Pero ¿cuáles son sus objetivos propagandísticos más a largo plazo? Es decir, más allá de demostrar su músculo en Bruselas, ¿por qué revientan las ciudades europeas?

A medida que pasan las horas, el recuento de cadáveres nos sume en una mayor tristeza. Todo apunta a que los responsables son la célula terrorista que provocó los atentados de Francia en noviembre del pasado año, y que causaron 130 muertos. El pasado viernes, la policía belga detuvo a su cabecilla, Salah Abdeslam, y muchos se han lanzado a señalar que estas nuevas acciones criminales son la venganza por la captura del cabecilla. Como si no fuesen a atentar de nuevo en caso de que no le hubiesen capturado. No. Es una nueva demostración de fuerza. Cuentan con los medios materiales y humanos para matar decenas de personas, paralizar la capital de la Unión Europea, y fijar la agenda política continental. Y han demostrado que tienen la capacidad de hacerlo sólo cuatro días después de la captura de Abdeslam, y que pueden continuar sin él. Es lo que están haciendo ver.

Salah Abdeslam es un ciudadano belga de origen marroquí. Ha mantenido contactos con Estado Islámico, parte de cuya estrategia tiene el punto de mira en nuestro continente. El primer ministro francés, Manuel Valls, advirtió en enero que planeaban otro gran atentado. Probablemente conociese los términos del informe de Europol que apuntaba que el ISIS se plantea acciones coordinadas de gran alcance, llevadas a cabo por “fuerzas especiales”; es decir, muy entrenadas por la organización terrorista. Ni el entrenamiento ni la organización de las operaciones tiene porqué ser en el territorio controlado por ISIS, pero la organización presta apoyo a grupos como el de Salah Abdeslam. No hay pruebas de que ese apoyo alcance a los cuantiosos fondos que necesitan para mantener su infraestructura, por lo que su financiación sigue siendo un misterio.

El terrorismo no es sólo el crimen; es también el mensaje. El que están enviando con estos nuevos atentados está claro. Pero ¿cuáles son sus objetivos propagandísticos más a largo plazo? Es decir, más allá de demostrar su músculo en Bruselas, ¿por qué revientan las ciudades europeas? ¿Qué quieren conseguir?

ISIS reclamó los atentados de París en un video en el que amenazaba a todos los miembros de la coalición en Siria. Su abominable videoteca demuestra, entre otras cosas, que conocen bien la importancia de la comunicación, y que dominan el lenguaje audiovisual. Conocen el funcionamiento de nuestra opinión pública, saben de las fracturas que crea el terrorismo, y que una sociedad plural no puede dar una respuesta unitaria frente al mismo. Nuestra libertad, nuestra diversidad, no es sólo para ellos una oportunidad para condicionarnos, sino también para someternos. El lamentable caso de España en 2004 demuestra que es posible cambiar una opinión pública con un gran atentado. Quizás el resto de europeos tengan más fibra moral que nosotros, pero eso es algo de lo que ni los europeos ni los terroristas del ISIS pueden estar seguros.

ISIS, un salto cualitativo en la estrategia del terror
Por otro lado, ISIS también tiene otros objetivos. Su estrategia divergía de la de Al Qaeda. Mientras que la red de Ben Laden recalaba en grandes atentados, con fuerte impacto mediático, Estado Islámico (creado, no lo olvidemos, por los restos del ejército de Sadam Husseín) quiere erigir sobre el terreno un Estado, con todas sus funciones, y que implante un paraíso suní y una pesadilla para chiíes y, por descontado, para el resto de infieles. Pero comprobó con los degollamientos de ciudadanos occidentales que la propaganda tiene efectos muy importantes para su financiación y para el reclutamiento de nuevos miembros. Es así como sumó a su objetivo de crear un califato la estrategia que tenía Al Qaeda de cometer grandes atentados en occidente.

Si fueran pocos los riesgos actuales, la situación en Libia podría resultar en una mayor amenaza para Europa, y en particular para los países mediterráneos. Un reciente informe elaborado por Quilliam señalaba que la propaganda del ISIS apunta al control de Libia. Su amplia costa y la cercanía con Europa, les permitiría utilizar las mismas rutas que utilizan los refugiados para llegar al continente. Puede que sea más propaganda que un plan asumido por ISIS, pero no se puede descartar. Con todo, por el momento no hay pruebas de que lo estén haciendo. En realidad, el principal riesgo que corremos con la gran riada de refugiados no es tanto que lleguen personas adoctrinadas o entrenadas como que algunas de ellas caigan en las redes de reclutamiento y adoctrinamiento que tenemos ya instaladas en el continente.

Otro de los riesgos potenciales para el continente lo forman los cerca de 5.000 ciudadanos europeos que están luchando con ISIS en Siria e Irak. No necesitan venir en pateras a Europa, vivir en un campo de refugiados, y pasar un registro. Tienen la misma nacionalidad, y los mismos derechos, que sus potenciales víctimas, si deciden continuar la yihad en suelo europeo.

En definitiva, no sólo tenemos que debatir cómo podemos enfrentarnos a un terrorismo cada vez más virulento, sino qué tipo de sociedad podemos y queremos ser.

Amenaza permanente y global
ROGELIO ALONSO El Mundo  23 Marzo 2016

El pasado mes de diciembre, poco después de los atentados terroristas perpetrados el 13 de noviembre en París en los que fueron asesinados más de un centenar de personas, se produjo en Bruselas una tensa reunión de jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea. En ella los dirigentes europeos volvían a reconocer sus déficits en la lucha contra el terrorismo yihadista al reclamar en sus conclusiones lo siguiente: «Es preciso aplicar urgentemente las medidas previstas en la Declaración de los jefes de Estado o de Gobierno del 12 de febrero de 2015». Los atentados de enero en París habían motivado nuevos y solemnes anuncios de iniciativas antiterroristas. Las propias autoexigencias de los mandatarios meses después demostraron que el impulso político tras la última matanza resultó una vez más insuficiente.

Ahora, cuando el terrorismo vuelve a asesinar es preciso apelar a esas renuencias y retrasos en la aplicación de los instrumentos antiterroristas. Debe exigirse que las declaraciones oficiales se complementen con la aplicación real y efectiva de iniciativas que han de ser algo más que mera retórica como reacción a la última tragedia. Tampoco puede ignorarse que una respuesta coordinada frente al terrorismo entraña notables dificultades debido a las diferentes percepciones de la amenaza terrorista entre los países-miembro y los condicionantes políticos de cada estado. Este reconocimiento, pese a los esfuerzos que ciertamente se están realizando, no debe conducir a la autocomplacencia y la resignación ante las limitaciones de la respuesta europea, sino a una mayor autoexigencia, pues nos enfrentamos a una amenaza creíble, permanente y global.

Efectivamente, la voluntad de atentar contra nuestras sociedades es real y sólo está condicionada por la capacidad de los terroristas para hacerlo. Los terroristas desean seguir atentando y lo harán si disponen de recursos y nuestros servicios de inteligencia no logran evitarlo. Debemos asumir que la determinación de los terroristas está llamada a permanecer en el tiempo habida cuenta de su intenso grado de fanatización aportado por el islamismo radical. Además, los diversos escenarios en los que se manifiesta la amenaza evidencian su carácter global y multiforme, pues múltiples son los actores amenazantes. Éstos comprenden desde individuos autoradicalizados motivados por la magnitud de una violencia que el Estado Islámico ha elevado a su máxima potencia, a células pertenecientes a dicha organización terrorista o a otras como Al Qaeda -grupo debilitado pero no desaparecido- o sus filiales, o con relación con miembros de éstas, o terroristas retornados de Siria e Irak, o radicales frustrados por no haber podido viajar a dichas zonas, así como islamistas excarcelados en nuestro país y otros del entorno, además de yihadistas provenientes de otros países.

Como revela esta diversidad, la amenaza yihadista posee una triple dimensión debido a la existencia de un enemigo «inmediato», «próximo» y «lejano» que la dotan de un carácter tanto endógeno como exógeno. Los terroristas detenidos en España en los últimos años orientan sus acciones al interior y al exterior, al tiempo que las actividades de otros radicales más allá de nuestras fronteras refuerzan la amenaza dentro de éstas. Las respuestas al terrorismo en países como Siria e Irak, donde el Estado Islámico ha logrado el simbólico control de una significativa parte del territorio que aún mantiene a pesar de ciertos reveses, inciden en la amenaza sobre las sociedades europeas. La misma lógica debe aplicarse a escenarios como Libia y Túnez, donde el yihadismo se afana en imponer una suerte de «región fallida» altamente inestable en ausencia de Gobiernos sólidos particularmente vulnerables a la expansión del islamismo radical y violento.

Los atentados de París y Bruselas, juntos a otros ocurridos en los últimos meses en varios continentes, ilustran a la perfección la simbiosis de esa doble dimensión endógena y exógena. La existencia de una amenaza inmediata, próxima y lejana, determina una estrategia de respuesta que adolece de importantes carencias, como reconocía en diciembre de 2015 el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, al afirmar que «el éxito del Estado Islámico es el resultado de nuestra inacción». Al expresar su autocrítica, reconocía: «Conozco los riesgos que derivan de la acción antiterrorista y nuestra experiencia con Libia e Irak puede que no sea muy alentadora, pero el éxito de Daesh es el resultado de nuestra inacción». Tan revelador cuestionamiento de la respuesta antiterrorista se produce en un momento en el que ha aumentado la proporción de ciudadanos que consideran el terrorismo y el extremismo religioso como los principales desafíos a la seguridad. Esta evolución coincide con la expansión a territorio europeo del terrorismo perpetrado e inspirado por el Estado Islámico, pero también con una renuencia a intervenir militarmente en zonas enormemente sensibles.

Existen diferentes opciones en relación con el uso de la fuerza contra el EI. Aunque algunos observadores consideran que la «contención» puede resultar más eficaz, es cuestionable que incluso esta posibilidad no requiera también de una acción militar que mine la considerable infraestructura logística y humana del movimiento terrorista. La consolidación de un «santuario» terrorista en tan sensible zona condiciona necesariamente los cálculos tácticos y estratégicos frente al EI haciendo obligatoria la utilización del instrumento militar, ya sea para «contener» o «asediar». Como ha señalado el académico Bruce Hoffman, el reclamo e influjo que el EI ejerce hoy no disminuirá a menos que sea derrotado militarmente y expulsado del territorio que controla.

Ciertamente, la implicación directa acarrea costes, pero eludir dicha intervención también los tiene y elevados. No es tarea sencilla cuando se requiere el despliegue de una fuerza suní capaz de contrarrestar al EI en territorio suní, y degradar al movimiento terrorista no sólo mediante bombardeos aéreos y adiestramiento de tropas iraquíes que han supuesto limitados e inconexos éxitos tácticos, pero no significativos avances estratégicos. Esas constricciones emanan de las debilidades de una coalición internacional de conveniencia en la que la competencia de intereses entre sus heterogéneos integrantes impide la claridad de objetivos y prioridades.

La intervención de tantas variables condiciona el éxito en ese plano de la respuesta, pero en otros niveles menos intricados también se aprecian obstáculos que podrían y deberían resolverse con una mayor voluntad política. No fue hasta febrero de 2015 cuando el Gobierno anunció el Plan de Lucha contra la Radicalización a pesar de su elaboración por magníficos profesionales de policía e inteligencia a comienzos de legislatura. Tan tardía aprobación impidió la verdadera y efectiva aplicación de un plan que exige una delicada coordinación en tres niveles de la Administración -estatal, autonómica y local-.

LA EXPERIENCIA antiterrorista sugiere que el nuevo Gobierno debería estudiar una reforma de la estructura policial y de inteligencia con el fin de perfeccionar la lucha contra el terrorismo, contemplando la viabilidad y beneficios de una dirección o sistema de seguridad interior que se distinga claramente de otro exterior. No es un reto sencillo, aunque necesaria su rigurosa consideración ante los problemas de cooperación y coordinación que se evidencian. Con la intención de incrementar nuestra eficacia debemos reconocer que nuestras estructuras policiales y de inteligencia, dotadas de excelentes profesionales, son susceptibles de mejora, para lo cual requieren un marco político, normativo, estratégico y operativo más adecuado que el actual.

Conmocionados por el terror, debemos recordar que el terrorismo es un arma psicológica con la que el fanático intenta equilibrar un combate asimétrico. Por ello, una sociedad democrática debe utilizar todas sus capacidades para hacer frente a atentados como los que estamos sufriendo y a otros con los que el terrorista intentará ascender un peldaño más en su espiral de brutalidad. Frente al terror: responsabilidad, firmeza y solidaridad.

Rogelio Alonso es director del Máster en Análisis y Prevención del Terrorismo de la Universidad Rey Juan Carlos.

El odio nace en Molenbeek
Los peores ataques de los últimos tiempos tienen en común su conexión con un barrio de inmigrantes de Bruselas
GUILLERMO D. OLMO Madrid ABC  23 Marzo 2016

Cuando Salah Abdeslam, uno de los responsables de los ataques del 13-N en París, regresó al distrito bruselense de Molenbeek en el último capítulo de su huida desesperada de las fuerzas de seguridad cerró el círculo de su historia criminal. De allí salió con el cerebro lavado dispuesto a matar en nombre de la yihad contra Occidente y allí cayó en manos de los agentes cuando, tras casi medio año a la fuga, no encontró más lugares donde esconderse. Su hermano Ismail, que se inmoló en la sala Bataclan, también se había criado en las calles de un barrio que se ha convertido en el principal quebradero de cabeza para los cuestionados servicios de la seguridad belga.

Antes que los hermanos Abdeslam, Molenbeek alumbró otros sanguinarios terroristas. De allí salieron las armas que regaron de sangre la redacción de «Charlie Hebdó» en París y el «lobo solitario» que supuestamente mató a cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas. Incluso uno de los integrantes de la célula del 11-M en Madrid había pasado por Molenbeek. Los antecedentes dan idea de por qué los registros policiales se han convertido en habituales en el lugar, aunque estos parecen más un intento tardío por amansar un avispero alborotado. Edwin Bakker, del Centro de Terrorismo y Antiterrorismo de la Universidad de Leiden, dijo a Reuters que «hay partes donde la Policía tiene muy poco control».

Molenbeek, en puridad, hay dos. El alto, que es una zona residencial que nada tiene que envidiar a las de otras capitales europeas, y el bajo. Es en este donde está el problema. De sus alrededor de 100.000 habitantes, 40.000 son de origen marroquí, como los hermanos Abdeslam. Son en su mayoría los hijos de una inmigración que ha ido aglomerándose en el barrio en los últimos 40 años y que sufre una tasa de desempleo superior al 40%. Mucho más que la media de la población belga, que se situó en enero por debajo del 8%. Aquí, en el bajo Molenbeek, el francés es una lengua residual y el árabe domina las conversaciones. De los alrededores de la estación Conde de Flandes cuentan quienes los han recorrido que se parecen más al zoco de cualquier medina del Magreb que a un distrito en la capital de la Europa unida.

A primera vista, para el visitante no se trata de un lugar peligroso. Durante el día se puede pasear con tranquilidad por sus calles. Solo al caer el sol, el menudeo de drogas callejero se percibe como amenaza. Pero lo peor es lo que no se ve. En Bélgica ha proliferado en los últimos tiempos un contrabando de armas automáticas que tiene en Molenbeek su mercado con más demanda. Su auge se ha visto favorecido por las lagunas derivadas de la descentralización de la vigilancia policial, consecuencia de la división cultural y administrativa entre flamencos y valones, las dos comunidades del país.

También han arraigado en los últimos años centros de predicación salafista en los que las ideas fanáticas de Daesh y otras marcas yihadistas encuentran eco y llegan a oídos de jóvenes de origen magrebí que no se han integrado. Como explicó en las páginas de «The Guardian» el sacerdote Johan Leman, que trabaja en su inserción social, «una muerte heroica les hace, al menos una vez en la vida, ser alguien a ojos de sus camaradas y a ojos de Alá».

Del barrio a Siria
Con once millones de habitantes, Bélgica tiene medio millón de residentes musulmanes. De los que viven en Molenbeek, cuenta Leman, la inmensa mayoría de ellos son gentes de paz que perciben el discurso extremista como dañino para el futuro de sus hijos. Pero, proporcionalmente, la pequeña Bélgica es el país europeo que más carne de cañón aporta al ejército de Daesh. George Dallemagne, diputado belga, describió un circuito que, como la fatal peripecia de Abdeslam, empieza y acaba en el que es hoy el barrio más famoso de la enlutada Bruselas. «Se radicalizan en Francia, van a Siria a combatir y, cuando regresan, encuentran en Molenbeek el apoyo logístico y las redes necesarias para realizar sus ataques terroristas».

A media hora escasa de tren de alta velocidad de París, Bruselas se ha convertido en la mejor plataforma logística para los golpes del califato en la UE. Nunca antes Bélgica había sufrido tanto, pero nadie puede asegurar que no vaya a hacerlo en el futuro. No mientras Molenbeek siga siendo el vivero inagotable del odio.

“En Bélgica se ha dejado crecer la subcultura del yihadismo”
El investigador Fernando Reinares analiza en esta entrevista las causas de los atentados de Bruselas. Y llama la atención sobre la nacionalidad de los nuevos yihadistas
Carlos Sánchez El Confidencial  23 Marzo 2016

Hay un aspecto que suele recordar Fernando Reinares (Logroño, 1960) cuando habla de terrorismo en suelo español. Entre los más de 140 yihadistas detenidos entre 2013 y 2015, cerca de la mitad son españoles, y, además, “nacidos en territorio nacional”. Su conclusión es que en España se ha producido la “eclosión” del yihadismo 'homegrown'. O lo que es lo mismo, son españoles quienes pretenden atentar en suelo español o forman parte del terrorismo yihadista. Se trata, por lo tanto, de un terrorismo autóctono -con un foco principal en Ceuta y Melilla- aunque el origen ideológico se encuentre en Siria, Irak o Libia.

Este parece ser el caso de los atentados de Bruselas. Y lo que cree Reinares, investigador del Real Instituto Elcano, es que se está produciendo un hecho insólito. “Por primera vez, hay una sobrerrepresentación de terroristas nacidos en la Unión Europea. Nada menos que “una cuarta parte o una quinta parte de quienes combaten en Siria o Irak proceden de la Unión Europea”. Es decir, “20 veces más que quienes han llegado de otras partes del planeta”.

La causa de esta proliferación tiene que ver con un hecho que para el profesor Reinares es incuestionable. “Existe un terrorismo de segunda generación cada vez más relevante”. Sólo hay que tener en cuenta que hasta 2012 únicamente el 5% de los yihadistas había nacido en España, mientras que únicamente el 12% era de nacionalidad española. Ahora, todo está cambiando. Y pone como ejemplo lo que sucede en el entorno metropolitano de Barcelona, que continúa siendo el principal escenario del terrorismo yihadista en España. Casi una tercera parte del total de los individuos detenidos por su implicación en actividades relacionadas con ese fenómeno desde 2013 lo fueron en localidades de la provincia, donde además residían.

De ahí que, en su opinión, lo que se está produciendo es una transformación del yihadismo español, principalmente procedente de los enclaves africanos y del entorno de Barcelona. Nada menos que cerca de las tres cuartas partes de los yihadistas o presuntos yihadistas detenidos desde 2013 hasta el 15 de noviembre de 2015 en España son naturales de Ceuta y de Melilla. De ahí que, para Reinares, sea “fundamental” las relaciones con Marruecos, que hoy por hoy son “excelentes”. Al contrario de los que ocurre en la UE, quien a causa de su política con el Sáhara, Rabat ha suspendido sus relaciones con Bruselas.

La respuesta policial es, en este sentido, clave para luchar contra el terrorismo, pero no es suficiente. Hay una respuesta política que por el momento tiene lagunas. “Cuando ocurrieron los atentados de París pareció que la culpa era de la Unión Europea o de Schengen”, sostiene Reinares, para quien no es gratuito que los terroristas golpeen con especial virulencia a Francia o tengan su sede en Bélgica, países con numerosa población musulmana. Y en los que se da una circunstancia añadida. Las cárceles son una escuela de terroristas, y lo que han decidido las autoridades francesas ha sido concentrar a los yihadistas en pocos centros penitenciarios para evitar su dispersióin ”Los terroristas quieren encender la mesa de la tensión social amenazando la convivencia y no solo la seguridad”, asegura Reinares.
Schengen y el terrorismo

Por ahora, no lo han conseguido, más allá de algunos episodios xenofóbos, pero en su opinión el sistema contraterrorista tiene significativas deficiencias. “La base de datos de Schengen, por ejemplo, no funciona, como se demostró en los atentados de París”.

¿Qué quiere decir Reinares? Pues que los países no volcaban en esa base de datos la información de la que disponían, lo cual hubiera sido más eficaz contra el yihadismo. La conclusión que saca es que los gobiernos europeos “funcionan a golpe de gran atentado”. Son diligentes a la hora de aprobar muchas leyes que luego no tienen desarrollo práctico. “Las decisiones se implementan con mucha lentitud”, denuncia. Y pone como ejemplo que hasta 2010, y pese a los atentados del 11-M, España no adaptó su legislación antiterrorista a la UE, y fue por presión europea.

No es el único caso. Como asegura Reinares. “en Bélgica se ha dejado crecer una subcultura yihadista”, hasta el punto de que pese al pequeño tamaño del país el año pasado se detuvo a unos 400 terroristas, lo que pone de relieve su importancia dentro del islamismo más radical.

Lo preocupante, para Reinares, es que no se trata en la inmensa mayoría de los casos de 'lobos solitarios' que actúan por su cuenta y riesgo, sino de estructuras salafistas capaces de planear atentados complejos que precisan de mucha planificación. Y lo que dan a entender los atentados de Bruselas es que los terroristas “han actuado con cierta improvisación”, lo que sugiere que tras la detención de Salah Abdeslam sus cómplices decidieron adelantar la ejecución de los atentados que ya estaban en marcha. Reinares descarta una respuesta inmediata a la detención del terrorista francés, aunque nacido en Bélgica. “Es posible que al verse acosados hayan decidido actuar”, sostiene.

¿Y por qué no actúan en España? Reinares considera que el hecho de que no haya habido atentados desde el 11-M es un indicador de eficacia. "Se ha avanzado mucho, tanto en inteligencia como en la actuación de la policía y de la Guardia Civil, aunque todavía estamos por debajo del óptimo”, concluye. Y entre esas necesidades se encuentra el desarrollo del Plan Nacional de Lucha contra la Radicalización Violenta.

educación infantil, de 3 a 5 años
La religión islámica que estudiarán los niños en colegios públicos
El BOE ha publicado una resolución que detalla los contenidos de la asignatura de religión islámica que se estudiará en Educación infantil, impartida por profesores elegidos por la Comisión Islámica de España y utilizando como base libros elaborados por el propio organismo.
María Durán Gaceta.es  23 Marzo 2016

El mismo día en que se conoce que algunas Comunidades quieren suprimir la enseñanza religiosa en los colegios públicos, se ha pasado por alto que el pasado 14 de marzo el Gobierno aprobó una resolución de enseñanza islámica que fue publicada el pasado día 18 en el BOE.

¿Qué pretende esta resolución del currículo de la enseñanza islámica en Educación Infantil? Es decir, para niños entre 3 y 5 años.

En primer lugar quiere garantizar a los alumnos musulmanes y a sus padres el derecho a recibir enseñanza religiosa islámica en los centros docentes tanto públicos como privados y concertados. Una sugerente implantación que concurre con el órdago laicista que acecha a la religión católica en las aulas públicas.

También establece que será impartida, atención, por profesores designados por las Comunidades pertenecientes a la Comisión Islámica de España. No los va a elegir el Estado español sino la misma asociación que la pasada semana tuvo que incluir en sus estatutos que la mujer tenga representación en sus órganos de gobierno. Esta Comisión ha sido designada por el Ministerio para decidir qué profesores explicarán el temario y evaluarán a los niños de Educación Infantil. Además, el BOE manifiesta que los libros de texto serán proporcionados por las mismas Comunidades.

En cuanto a los objetivos, se especifica que se enseñará a los niños a observar y explorar su entorno natural, cultural y familiar cercano, y participar activamente en ellos, a desarrollar la experiencia de la Práctica de la Adoración y, por supuesto, se les va a iniciar en la lectura de relatos islámicos.

Los contenidos, por citar algunos ejemplos, incluyen el aprendizaje de que hay un solo Dios, cuyo nombre es Al-lah, y los lugares en los que se le debe adorar, o las experiencias relacionadas con ''Los Cinco Pilares del Islam'', es decir, los cinco preceptos fundamentales de la sharia.

En cuanto a los criterios de evaluación, para que los niños aprueben esta asignatura será necesario que conozcan y participen de sus fiestas y tradiciones. También que conozcan y puedan reproducir los textos de tradición islámica, como el Corán, o la demostración de que comprenden la fe islámica.

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Bolonia, 3+2, LOMCE, o simplemente kale borroka batasuna
Pascual Tamburri esdiario 23 Marzo 2016

Bildu, acorralado por Podemos, duda entre la violencia para mantener la unidad en sus filas y vender al sistema su intermediación para impedir más violencia.
Ha vuelto la violencia abertzale. Abiertamente, kale borroka. En proyecto, otro terrorismo. Pero políticos sin principios aceptan pagar a los enemigos de España por una paz que no existe.

En los meses que llevamos de legislatura, muchas cosas han cambiado en Navarra. Pero las que más han dado que hablar no han sido para nada sorprendentes. El Gobierno de Geroa-Bildu-Podemos, con IU de sujetavelas, ha maltratado la enseñanza en castellano y en inglés, dando privilegios a las clases en vascuence aunque sólo una minoría las pide. Poco a poco, se busca imponer el modelo D, con todo su contenido más ideológico que lingüístico. El Gobierno de Barkos quiere ikurriñas en los edificios oficiales navarros. El Gobierno de los abertzales quiere una Navarra laika. El Gobierno del kanvio de los batasunos quiere más impuestos. El Gobierno que financió el PNV quiere una Navarra más cerca de su comunidad autónoma.

Pero nada de eso puede sorprender. Al menos, son sinceros y coherentes. Todo eso está en sus programas y en su naturaleza, y ellos, a diferencia de otros, sí tratan de un modo u otro de cumplir con los suyos, los que les votaron, los que militaron con ellos. Hay que ser un auténtico creyente en la casta de los partidos del sistema para sorprenderse, como si los batasunos fuesen tan volátiles como el centroderecha contra el aborto o los jeltzales tan poco firmes como el centroizquierda contra los despidos.

La gran excusa oficiosa para aceptar todo eso en Navarra –incluyendo esa compleja mayoría parlamentaria anti-española que debemos a los miopes que impidieron a Ciudadanos tener representación- es que “la paz ha llegado”. Vamos, que volvería mágicamente la convivencia como antes de los asesinatos y crímenes de ETA y como antes de la violencia callejera de su chusma de todas las edades. Por supuesto, el argumento era necio en sí mismo: ETA ha dejado de matar porque policialmente la machacaron cuando se pusieron seriamente a ello y con voluntad política, no por magnánima concesión de los asesinos. Y sus polluelos en las calles y las instituciones, que si usaban la violencia era porque no se les aplicaba debidamente la potencia del Estado, dejaron en parte de molestar porque creían que electoralmente les convenía.

Con lo que estamos viendo las últimas semanas ni siquiera esa mala excusa, válida sólo para almas cándidas, huérfanas de su Transición y dispuestas a creerse casi cualquier cosa, ha dejado de existir. No se paga a costa de todos por el simple cumplimiento de la Ley, sea cual sea el ejemplo del beato Suárez, ni se reelabora la Ley para que la cumplan; pero pagar sin que la cumplan, otra vez, es de masoquistas.

En marzo de 2016 hemos visto en las aulas y calles de Pamplona, en sus formas clásicas, kale borroka. Violencia callejera, a modo de guerrilla urbana, con la excusa que toque cada vez pero siempre con el mismo origen (los dirigentes batasunos y sus varias siglas) y la misma meta (el control social de Navarra y la imposición del nacionalismo marxista). Con la excusa del cambio de legislación y de programación, tanto en Secundaria como en la Universidad, reaparecen con golpes, barricadas y detenidos los viejo conocidos del mundo proetarra de Ikasle Abertzaleak. ¿Les importa de verdad el plan mal llamado de Bolonia o la duración de los grados y de los master? No parece; pero, hoy como ayer, usan esa etiqueta para trata de unir sus huestes, de movilizar simpatías a su favor (y que no se les escapen) y de mostrar poder de acción en público.

Como hace 15 y 20 años, Ikasle Abertzaleak usa la violencia, causa daños, tiene detenidos, al terminar culpa de su violencia a los policías que, muy limitados, trataron de contenerla, y eleva a sus detenidos, tras violar el Código penal, a víctimas de la represión. El juego completo. La mayoría, contraría a su fondo y a sus formas, no reacciona o aún no sabe cómo hacerlo. Para una parte de jóvenes, es atractivo lo que hacen, sea en fondo sea en forma. Y esto permite al mundo abertzale usar sus armas de siempre para mantener unido y en paz su propio rebaño y amedrentar a los de los demás, cuando no robar ovejas en ellos.

Tiene su dudosa gracia que en el curso de la violencia abertzale pamplonesa haya sido atacado incluso… el Ayuntamiento, presidido ahora por Bildu a través del eximio intelectual Joseba Asirón. Será que dentro de la izquierda abertzale las corrientes chocan; será simplemente la tradición de la tribu de identificar a las instituciones con el enemigo, como si las instituciones no fuesen ahora de ellos. O será, sencillamente, que para variar fumaron lo que no debían y perdieron en parte el control de la mesnada. Resultado, cuatro menores detenidos, heridos, material policial robado, la UPNA en parte ocupada, el Ayuntamiento atacado y sobre todo un mito del “proceso” definitivamente quebrado: aquí no hay paz.

Puede que vuelvan al redil, o puede que vuelvan donde antes, a quemar coches y cajeros y demás. Pero el antes llamado MLNV ya no puede vendernos ni cobrarnos que gracias a su benevolencia tenemos paz. Ante todo, no hay paz. Y además, la que haya si la hay se la deberemos a las Fuerzas de Seguridad del Estado en defensa de esa Nación española que la Constitución no crea, sino que reconoce como preexistente y premisa necesaria de la convivencia en paz, libertad y ley.

Si con la tribu juvenil y llamémosla estudiantil ya es así, qué no será con los mayorcitos. Claro que cómo va la consejera Beaumont a hacer, decir o pensar nada contra sus hermanos de fe abertzale, sean de la edad que sean; y cómo va el consejero Mendoza a investigar de qué centros educativos salieron esos menores a esas horas, a atacar a la Policía.

Simplemente con violencia juvenil, estudiantil o terrorismo callejero ya deja de valer cualquier razonamiento, exigencia o rendición en nombre de la paz, que no valdrían de todos modos. Pero imaginemos qué cara se les puede poner a todos estos si, además, los grupos abertzales como ATA o IBIL perseveran en su idea de que hay que retomar el terrorismo “de mayores” y nadie los detiene. Bildu, acorralado entre el poder y ese maldito Podemos que le roba el pan del morral, dudará entre estimular la “militancia directa” para mantener al menos la ilusión, el orden y unidad en sus filas y vender a los partidos del sistema, otra vez, su intermediación para impedir más violencia. Pero esta vez nadie puede ignorar que pagar las nueces del árbol es, además de ridículo, una traición.
 


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