AGLI Recortes de Prensa   Viernes 25 Marzo  2016

Todos roban
J. L. González Quirós www.vozpopuli.com 25 Marzo 2016

La ley que nos empuja a seguir el hilo de la actualidad no es la mejor garantía posible de buen juicio sobre lo que ocurre. De la misma manera que la mala moneda expulsa a la buena del mercado, las presunciones más baratas tienden a imponerse en los incesantes análisis de lo que pasa, y se acaban por homologar como razonables muchos supuestos que no lo son en absoluto. Javier Benegas y Juan Manuel Blanco acaban de proporcionarnos en estas páginas un ejemplo clarísimo de ese fenómeno de engaño colectivo, con sus correspondientes yihadistas, en su valiente análisis de lo que ocurre con la llamada violencia de género, pero, desgraciadamente, abundan los casos en los que un cierto sentido común resbala sobre lo esencial, a basa de recibir, una y otra vez, versiones interesadas sobre el particular.

La supuesta crisis moral
Una de esas verdades baratas que nutren el juicio de muchos, y que evitan que puedan acertar con causas de mayor empaque de lo que ocurre, es la que se empeña en atribuir el conjunto de crisis que padecemos (política, institucional, económica, etc.) a una supuesta “crisis moral”, a un desfondamiento general de los principios éticos cuya sola existencia sería suficientemente poderosa como para explicar de una buena vez el conjunto de males que supuestamente nos atosigan: que todos roben, que todos mientan, que todos vayan a lo suyo, y así un etcétera tan largo como se quiera.

La idea de crisis moral surge de una especie de contaminación del universo conceptual correspondiente a la ética por el marco de referencia que rige el mundo económico y financiero, de la absurda suposición de que, del mismo modo que hay un mercado de acciones y bienes económicos, existe una especie de mercado moral, y de que se da la penosa circunstancia de que, ahora mismo, este importante mercado está muy a la baja. Lo absurdo de la metáfora se comprende bien con sólo caer en la cuenta de dos modestas realidades: la primera, que no ha existido época en que los observadores correspondientes no hayan creído ver como una etapa especialmente depravada; la segunda, de la simple consideración de que cualquier juicio moral ha de referirse, por pura lógica, a una acción estrictamente individual, un terreno en el que las consideraciones de ambiente no tienen realmente mucho que decir, porque la acción moral es, por definición, una acción libre, individual y autónoma.

Pero el análisis de los efectos de una falsa categorización es siempre más interesante que el de sus carencias lógicas. ¿A quién beneficia el empleo de metáforas tan insustanciales como las de la crisis moral o las de la regeneración, que bien puede considerarse como un primo tonto de la primera?

El trile fiscal
Existen dos beneficiarios principales de la circulación de esa clase de tópicos moralizantes, en primer lugar, el populismo rampante de los indignados, la reacción que lleva a la caza de brujas, a ir contra la casta, a socializar y localizar el chivo expiatorio, todo menos pensar con un mínimo de acuidad en las razones por las que se producen los males que se dice querer combatir. La búsqueda de una orden de santos capaces de acabar con el latrocinio puede y suele acabar, sin embargo, con los mayores ladrones al frente del negocio y la ruina general. No es que falten ejemplos, pero me conformaré con citar el de la Argentina peronista o el de la Venezuela chavista.

Hay otro beneficiario más insidioso y menos advertido de esa falsa categoría moralizante, el incremento del gasto público y el aumento de la discrecionalidad del poder para arrebatarnos el fruto de nuestros esfuerzos, nuestro dinero. El razonamiento de fondo es ligeramente más sofisticado, pero todavía muy simple: como el mal (el capitalismo o cualquiera de sus ersatzs de conveniencia) es incesante, implacable y aumenta su poder, debe ser combatido con políticas sociales cada vez más amplias, generosas y creativas. El mal debe ahogarse con bienes inagotables, con la deuda, con el déficit que sea menester, con ofertas imaginativas de alcance global, con el poder imbatible del pueblo unido frente a los egoísmos y la insolidaridad, aboliendo cualquier austeridad. Así pues, la supuesta crisis moral, que se nutre de prejuicios frecuentes en la derecha sociológica, sirve de excelente estratagema para que la izquierda estatista aumente su legitimidad y sus afanes recaudatorios. La creencia en la ubicuidad del mal sirve para legitimar efectivamente el sistema que permite que muchos puedan sacar beneficios muy tangibles de la situación con toda la tranquilidad del mundo, revestidos con el ropaje de la más exigente y social santidad.

El ogro filantrópico
Octavio Paz caracterizó al Estado moderno como a una máquina que se reproduce sin cesar, un auténtico cyborg, avant la lettre, y ese ogro que se alimenta de nosotros, necesita una justificación, necesita que creamos en su filantropía, que no desconfiemos de él. El confiado abandono ciudadanos hacia las políticas sociales es la situación ideal para quienes gobiernan la marioneta estatal, una legitimidad indiscutible para su capacidad de extraer impuestos y una amplia arbitrariedad respecto del modo de gastarlos, de modo que baste con explicar someramente los fines, siempre indiscutibles, sin perder tiempo ni energías en auditar los sistemas, los procedimientos, ni, mucho menos aún, en someter a escrutinio la fiabilidad y el valor de los resultados de esas políticas.

De este modo, como hay que hacer comedores sociales aunque no haya demandantes, centros culturales, aunque nadie los visite, polideportivos, aunque el deporte dominante sea ver el fútbol en la tele, por supuesto que en chándal, universidades, aunque ya haya decenas de más, hospitales, aunque vayan a estar vacíos y su personal no pueda alcanzar la debida curva de experiencia, y museos de arte contemporáneo en cada pedanía, el gasto público incontrolable proporciona una excelente oportunidad para que todo tipo de bandidos se acomoden al circuito opaco de gasto creciente. Con ello no sólo no se cura ninguna crisis moral, sino que se crea un movimiento perpetuo de capital, incesante e inagotable, que hace ricos a los listos, aunque deje a los tontos de siempre bastante contentos con el supuesto progreso moral que implica el gasto creciente a lomos de impuestos, que nadie, sino muy de vez en cuando, percibe como un exceso, porque todo es bueno para la realización del reino de los cielos.

Todos al suelo
El ejemplo más luminoso de ese trueque entre supuestos bienes generales y certísimos beneficios políticos para unos pocos es el del régimen de explotación del suelo. Se debe al general Franco el haber puesto el basamento sobre el que se ha edificado el mayor negocio del siglo, la privación al propietario del derecho a edificar con el argumento de la devastación bélica y la necesidad de concentrar esfuerzos, que, posteriormente, ha adquirido el lustre urbanístico y ecologista que conviene a las grandes causas, pero que ha llevado a que sea el poder arbitrario de unos pocos el que determine el valor del suelo por el procedimiento simplicísimo de prohibir la construcción en el solar aledaño. El sistema es de enorme eficacia, porque todo lo que se prohíbe aumenta inmediatamente su valor, como en el caso de la droga, otro de los grandes éxitos prohibicionistas. Así, padecemos en España un suelo carísimo teniendo, como tenemos, una superficie disponible difícil de agotar, y vivimos en cuchitriles que financiamos con grandes esfuerzos sin advertir que, al hacerlo, estamos pagando el peaje a los nuevos señores feudales que viven opíparamente a base de haber creado una escasez absolutamente artificial.

No es milagro, sino ingenio
Los extractores de rentas tienen que ocuparse previamente de crearlas, si quieren vivir con comodidad. Pueden crearse incentivando el crecimiento y la novedad, pero es más cómodo apretar y apretar a quienes no tiene otro remedio que aguantarse, a los ciudadanos comunes que pagan una enorme cantidad de impuestos sin apenas advertirlo, porque el Ogro filantrópico no quiere darnos disgustos y es más útil que la mayoría de los impuestos circulen en silencio, sin necesidad aparente de meternos directamente la mano en el bolsillo, porque se retienen en origen y nunca conseguimos verlos.

La derecha política ha entrado con auténtica desvergüenza en este mercadeo social de bienes públicos y se ha desentendido de explicar a sus votantes el fallo lógico del argumento. Hace unos años pudo presumir de que eran los otros quienes robaban, ahora se les ha agotado ese miserable manantial, pero, agarrada a la teta del gasto público irresponsable creciente y olvidada de su obligación de defender un modelo político liberal y capaz de rendir tributo al mérito, asiste impotente al agotamiento de su venero de votos, un caudal que no recuperará hasta que no tenga el valor de decir que muchos pueden robar precisamente porque se nos está robando a todos de forma desmedida, porque la creencia letal en la viabilidad de una sociedad universalmente administrada ha hecho que se sienta incapaz de defender la libertad, el esfuerzo, la competencia y el mérito, y que esas virtudes cívicas son precisamente las que evitan el latrocinio general y las inversiones sin otro motivo que el enriquecimiento de quienes las administran en su provecho.

Esa industria extractiva enteramente ilegítima y muy encajada estructuralmente en el sistema de poder político es la que debiera preocuparnos, y no ninguna supuesta crisis moral de una sociedad que pueda regenerarse mediante nuevas políticas o cualesquiera otras zarandajas.

Bélgica en su laberinto
Gabriel Albiac ABC 25 Marzo 2016

La Gran Mezquita de Bruselas fue inaugurada en los años sesenta. Financiada por Arabia Saudí y bajo tutela del radical clero wahabita. Allí se formó el núcleo duro del yihadismo europeo.

–Medio siglo después. Era un 9 de septiembre, cuando el comandante Masud recibe, en Afganistán, a dos periodistas europeos. Nadie podía prever lo que sucedería dos días más tarde. Masud, héroe militar contra la URSS, era la única esperanza de un Afganistán libre frente a los talibanes. Apenas iniciada la entrevista, el cámara pulsa su cinturón explosivo. Y Masud muere camino del hospital. Con él se va la última esperanza de un poder afgano no islamista. 48 horas después, dos aviones se incrustarían en las torres de Manhattan. Una guerra empezaba. Ésta en la cual vivimos. Los asesinos de Masud eran yihadistas tunecinos de Al-Qaeda formados en Bélgica. La carta de recomendación de la que hicieron uso para llegar hasta el comandante afgano había sido redactada en el ordenador del número dos de Bin Laden, Ayman Al-Zawahiri. Afganistán quedaba, a partir de ese día, bajo la exclusiva potestad política y religiosa de Al-Qaeda.

–En mayo de 2014, Mehdi Nemmouche, asesina a punta de kalashnikov, a cuatro visitantes del Museo Judío de Bruselas. Nemmouche había completado el ciclo que lleva de pequeño delincuente a asesino yihadista en la madriguera salafista del Molenbeek del cual procedía y donde recibió su primer adoctrinamiento y sus primeras lecciones en el manejo de las armas.

–El 21 de agosto de 2015, dos soldados estadounidenses de vacaciones y un pasajero francés frustran la matanza general que, en el tren Thalys que hace el recorrido de Ámsterdam a París, trata de ejecutar un yihadista armado hasta los dientes. Ayoub El-Khazani provenía de Molenbeek. Como, con casi seguridad, de Molenbeek provenían su kalashnikov, sus nueve cargadores y su pistola automática.

–París, noviembre de 2015. Doscientos asesinados en un concierto de rock and roll y en varias cafeterías colindantes, atentado fallido contra el Estadio de Francia, repleto de aficionados al fútbol y presidido por François Hollande. Todos los asesinos provenían de Molenbeek. El último de ellos, Salah Abdeslam, no pudo ser detenido hasta hace una semana. Durante todo un año, permaneció oculto en esa comunidad al margen de la legalidad belga.

Pero no es de ahora esta tragedia que hace de Bélgica la plataforma principal del yihadismo en Europa. Desde los años sesenta, los atentados antisemitas fueron allí una rutina: en 1969, atentado con granada contra tripulantes de la línea israelí El-Al; en 1979, lanzamiento de granadas contra viajeros israelíes en el mismo aeropuerto de Zaventem en el que se produjo la matanza de anteayer; en 1980, lanzamiento de granadas contra un grupo de escolares judíos en Amberes, un chaval de quince años muerto; en 1981, coche bomba ante la sinagoga de Amberes, tres muertos; en 1982, ametrallamiento de la sinagoga de Bruselas…

Entre tanto, Bruselas se había convertido en la capital de Europa. De la UE, al menos. Y es ése el paradigma de la esquizofrenia en la cual vive nuestro continente. En el mismo espacio, el centro institucional de lo que decía aspirar a ser una primera potencia y la fortaleza blindada de ciudades (Molenbeek en primer lugar, pero no sólo) en las cuales no hay más legalidad vigente que la sharía. Los islamistas se saben en guerra contra una Europa democrática, laica y, por tanto, intolerable. Dan esa guerra. ¿Sabremos, frente a ellos, darla nosotros?

Un gran agujero de seguridad
Editorial La Razon 25 Marzo 2016

El impacto, el dolor y la indignación que causa un atentado terrorista llevan, en muchas ocasiones, a dirigir la responsabilidad directa a quien no corresponde. En el caso de los ataques sufridos en Bruselas, las muertes y devastación provocadas sólo son imputables al Estado Islámico y, en concreto, a los asesinos que pusieron las bombas. Es obligación del Estado poner todos los medios para que atentados de este tipo no se puedan llevar a cabo, incluso sabiendo que se trata de acciones suicidas indiscriminadas.

El terrorismo yihadista ya no es un fenómeno nuevo para nosotros y se ha avanzado mucho en las medidas de información sobre los potenciales terroristas dispuestos a actuar y en la prevención sobre posibles objetivos. No existe la seguridad al cien por cien, ni una sociedad libre debe estar constreñida a medidas que coarten el ejercicio de derechos fundamentales –lo que siempre es una victoria del terrorismo–, pero ésa debe ser la exigencia.

Desgraciadamente, lo sucedido en Bruselas nos ha dejado una amarga lección: el Estado Islámico golpea allí donde encuentra un agujero de seguridad. En la capital belga ha habido muestras suficientes de que la lucha antiterrorista ha cometido fallos inexplicables. Los hermanos El Bakraoui, que hicieron explotar los artefactos en el aeropuerto de Zaventem y en el metro de Maelbeek, eran conocidos de la Policía, además de estar en contacto con Salah Abdeslam, el último terrorista de la matanza de París en ser capturado. Uno de los hermanos El Bakraoui fue deportado por Turquía, que advirtió de que había intentado entrar en Siria, pero las autoridades belgas no lo tuvieron en cuenta. Estos fallos, entre otros, han evidenciado problemas de coordinación, sobre todo cuando tenían indicios de que se podían cometer atentados en Bélgica y, como se ha demostrado ahora, podría haber objetivos como el de una central nuclear (un investigador del plan nuclear belga había sido seguido y registrado en vídeo).

Sin duda son fallos que revelan una debilidad en zonas especialmente sensibles del Estado. Los ministros de Justicia y de Interior presentaron su dimisión, que fue rechazada por el primer ministro, Charles Michel. La constitución del Gobierno belga da la medida de la fragilidad de la situación. Michel, que es miembro de un partido francófono liberal, fue la quinta fuerza más votada (un 9,3%), mientras que el responsable de Interior, Jan Jambon, es de un partido nacionalista flamenco de derechas (20,4% de votos). Aceptar la renuncia de esos ministros supondría la caída del Gobierno. En este contexto, no hay que olvidar la presión que ejerce el líder independentista flamenco Bart De Wever, con una actitud abiertamente xenófoba ante la comunidad musulmana.

Por lo tanto, es necesario que los países de la UE apliquen una política antiterrorista coordinada, lo que en el caso de Bélgica adquiere todo su sentido: sólo en Bruselas hay seis cuerpos policiales diferentes. La reunión de los ministros de Interior de la UE ha dejado claro que todos los Estados son objetivos del terrorismo yihadista y que, por lo tanto, hay que poner en marcha medidas comunes que, por otra parte, ya están aprobadas en la Agenda de Seguridad Europea. El titular de Interior español, Jorge Fernández Díaz, pidió compartir información e inteligencia como herramienta fundamental para luchar contra el terrorismo. Si algo han dejado claro los atentados de Bruselas es que Europa tiene que tener una política de seguridad integral, como de hecho está señalado en la creación de un Centro Europeo de Lucha contra el Terrorismo. El Estado Islámico atacará siempre que pueda, aprovechará los agujeros de seguridad y la debilidad de los gobiernos.

Bruselas y el islamismo en Europa
Ricardo Ruiz de la Serna Gaceta.es 25 Marzo 2016

Si algo nos enseña la historia de Occidente, que se remonta a la Biblia y a Homero, es que la historia no se padece, sino que se hace, se construye; mejor dicho, la construimos.

En 1919 -apenas un año después de terminada la I Guerra Mundial- el historiador Johan Huizinga publicó “El otoño de la Edad Media. Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y los Países Bajos”. Pretendía ser un estudio sobre la obra de los hermanos Hubert y Jan Van Eyck y los Primitivos Flamencos, mejor dicho, un estudio sobre la mentalidad de su tiempo. Sin duda, el libro sirve a ese propósito pero, además, brinda un compendio erudito y bellísimo sobre la cultura occidental en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento, que en muchos aspectos la prolongó. Contrariamente a lo que pretendía Burkhardt -que, por otro lado, era un genio - no todo fue oscuro en el Medievo de Europa. Los sucesivos renacimientos fueron jalonando y construyendo esta prodigiosa civilización a la que llamamos Occidente. Huizinga describe la alta cultura cortesana en Borgoña, la poesía y los torneos en Flandes y en Francia, la sofisticación y la ritualización de una cultura nostálgica “de una vida más bella”. En este espacio floreció una de las formas más elaboradas y hermosas de la historia occidental. Lo que hoy son Bélgica, los Países Bajos y Francia contribuyeron así a enriquecer nuestra tradición en la pintura, la poesía, la arquitectura y, en suma, hicieron de nuestro continente parte de lo que hoy es.

Para mí Bélgica significa todo ese universo de la pintura gótica y la polifonía. Durante mucho tiempo, algunos de esos territorios pertenecieron a la Monarquía Hispánica. Durante más de un siglo y medio, en ellos, católicos, calvinista y protestantes se hicieron la guerra. Durante décadas, españoles, franceses, valones, flamencos y alemanes se mataron en nombre de Dios. El concepto moderno de tolerancia nació, precisamente, para poner fin a estas atrocidades. Europa se desangró en guerras de religión entre cristianos. Hoy leemos sobre la Matanza de la Noche de San Bartolomé (1572) o sobre la persecución de los católicos en Inglaterra (1535-1681) y nos horrorizamos de que tales cosas pudiesen acontecer alguna vez en esta tierra. España -de donde los judíos fueron expulsados en 1492- también tuvo su dosis de violencia religiosa allende y aquende sus fronteras. Baste recordar los procesos contra los luteranos entre 1559 y 1562. Nadie quedó limpio de culpa. A Miguel Servet lo quemaron vivo en Ginebra, donde predicaba Calvino.

Todos los europeos somos, pues, herederos de esa historia bellísima y estremecedora. Los grandes conceptos de nuestra civilización -la dignidad del ser humano, la razón, la libertad, el individuo, el derecho, el poder limitado- estos grandes conceptos, digo, se han formado a lo largo de siglos de controversias, guerras y tragedias. Juan Pablo II escribió en la bula Incarnationis Mysterium unas palabras valientes e históricas cuyo fundamento bíblico las entronca en la más pura tradición de Occidente: “Como Sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie puede considerarse justo ante Dios (cf. 1 Re 8, 46). Que se repita sin temor: «Hemos pecado» (Jr 3, 25), pero manteniendo firme la certeza de que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20)”.

Los atentados terroristas en el aeropuerto y el metro de Bruselas me conmocionaron. En Bélgica viven amigos míos y de mi familia desde hace casi veinte años. No pude evitar recordarlos y temí por su suerte hasta saber de su paradero. Ante el horror, que Europa viene sufriendo desde hace años, se van agotando las palabras de condena y de repulsa. Las redes sociales se llenaron, una vez más, de sentidas muestras de pésame y de lamentos sinceros acompañados de votos por la paz y contra la violencia. Sin embargo, estas reacciones emotivas son lógicas pero insuficientes.

Si algo nos enseña la historia de Occidente, que se remonta a la Biblia y a Homero, es que la historia no se padece, sino que se hace, se construye; mejor dicho, la construimos. Ante los desafíos, la tradición occidental no es preguntarse “qué va a pasar” sino “qué vamos a hacer”. Esto es lo que inspiró a los pueblos de la Hélade frente a los persas en las guerras Médicas. Esto es lo que sostuvo el esfuerzo civilizador de Roma desde las Islas Británicas hasta el Rin, el Danubio y los desiertos de África. Esta confianza en la historia como lugar y tiempo de la Salvación inspiró a los monjes que salvaron el legado de nuestra civilización durante las incursiones vikingas. Esta convicción inspiró la resistencia de los cristianos en el norte de la Península frente a la invasión islámica desde el año 711. La tradición judeocristiana enseña que siempre hay un camino a través del desierto.

Desde hace años, Europa está renegando de sus raíces y padece un complejo de culpa que la tiene asfixiada. En lugar de vivir el pasado como una lección, las sociedades europeas lo cargan como un peso insoportable que las condena a traicionarse constantemente. Sí, hay episodios terribles en nuestra historia, pero también los hay luminosos y son muchísimos. En lugar de olvidarlos, deberíamos enorgullecernos de ellos. Occidente sigue siendo un faro de esperanza y de luz para millones de seres humanos en todo el planeta por la promesa de dignidad, razón y derechos que su nombre significa. Los únicos culpables del terrorismo son los terroristas y sus cómplices. Sin embargo, es necesario pensar si los europeos vamos por el buen camino.

El barrio de Molenbeek y otros tantos como él en todas las ciudades europeas simbolizan esta rendición de Europa. La marginalidad y la pobreza no pueden ser pretextos para la inacción y el abandono simbólico, cultural y social frente a la irrupción del islamismo que ya hemos visto en Argelia, en Egipto, en Siria, en El Líbano, en Irán y en tantos otros lugares. La confusión entre tolerancia y desinterés ha terminado en una deriva suicida. Las sociedades europeas no son -y no tienen por qué ser- sociedades islámicas. El islamismo pretende imponer el islam como programa político y eso va contra la esencia misma de Occidente. La grandeza de nuestra civilización es que acoge muchas diferencias dentro de un marco común de convivencia. Por eso, en nuestro continente hay comunidades islámicas, mientras que en algunos países islámicos los cristianos sufren un genocidio silenciado y constante. Por eso, debemos reaccionar frente a los islamistas que pretenden utilizar las libertades europeas para socavar sus propios fundamentos y convertir sus sociedades en lo que no son: sociedades islámicas.

Los países europeos deben recuperar los fundamentos humanísticos de la tradición occidental -la historia, el arte, la música, la geografía- e incorporarlos de nuevo al sistema educativo pese a quien pese. El desprecio de las humanidades durante décadas ha conducido a que casi nadie sepa nada sobre su pasado ni, por lo tanto, sobre su futuro. Hay que llevar a los niños a los museos y las catedrales para enseñarles lo que significa nuestra civilización, que es mucho más que el Colonialismo y la Descolonización. Es necesario defender el uso oficial de las lenguas nacionales (español, francés, inglés, etc.) y su aprendizaje como parte del proceso de socialización. Debemos detener una deriva que -lejos de ser multicultural- pretende convertir espacios de diversidad en lugares donde los islamistas impongan su ley. El respeto a la libertad religiosa es uno de los fundamentos de Occidente -ahí está el Edicto de Nantes de 1598- pero no puede ser un pretexto para la incitación al odio contra Occidente, contra los judíos, contra los cristianos, contra los musulmanes moderados; contra todos, en fin, a los que unos fanáticos consideren sus enemigos. Vivir en Europa debería significar que un musulmán pueda convertirse al cristianismo sin temer por su vida o que un judío pueda llevar kipá por la calle sin miedo. A fuerza de renuncias, concesiones y abandonos, nos estamos suicidando simbólica y culturalmente.

Los musulmanes gozan en Europa de libertades inimaginables en muchas sociedades islámicas. Entre ellas, la de profesar la religión que quieran o ninguna en absoluto. Es un orgullo que deberíamos llevar a gala los europeos. Nuestra civilización debería ser esto: libertad religiosa para todos dentro de los límites de la ley, unos límites que los islamistas reconocen solo cuando les conviene. No, los musulmanes no son responsables de lo que unos radicales islamistas o unos terroristas yihadistas hagan, pero no podemos cerrar los ojos ante la presencia de fanáticos en Europa. Nada justifica el acoso a los musulmanes ni los ataques a las mezquitas ni las campañas islamófobas. Ahora bien, sería ingenuo no apreciar el doble rasero, la cobardía y los complejos que durante años han beneficiado a los islamistas. Para algunos, la libertad religiosa tiene dos facetas. La primera es que los islamistas puedan hacer lo que quieran. La segunda es que a cristianos y judíos se les pueda hacer lo que se quiera. Se los puede vejar, ridiculizar e insultar. Se pueden profanar sus lugares de culto y sus cementerios. Si protestan serán intolerantes y fanáticos. Si defienden su libertad religiosa dentro de la ley, serán fanáticos e inquisidores.

Es cierto que hubo un tiempo en que se incitaba al odio desde las iglesias o desde las asambleas parlamentarias. Es cierto, pero ese tiempo pasó y millones de europeos están comprometidos en evitar que vuelva. Las reacciones en prevención de la islamofobia inmediatamente posteriores a los atentados dan buena cuenta de que el peligro -que existe, sin duda- tiene quien lo afronte. Debemos estar alerta, sí, pero la lección de los atentados de Bruselas -como la de Bataclan, el tren Thalys de París a Amsterdam, Charlie Hebdo y el Hyper Cacher (2015) y el Museo Judío de Bruselas (2014), entre otros- es más amplia y más compleja. En Europa, los islamistas y los yihadistas han encontrado una civilización debilitada por la culpa y la desmemoria, unos políticos aterrorizados por el miedo a la opinión pública y las encuestas y unas sociedades acobardadas o eufóricas según lo que salga en las noticias, que de inmediato se olvida. Nociones básicas como el sacrificio, el heroísmo o la confianza en el futuro han caído en el olvido cuando no en el ridículo de una posmodernidad que se está agotando a sí misma. Al final, va a ser igual luchar contra los nazis en el gueto de Varsovia (1943) que cantar “Imagine” en un concierto. No le quito importancia ni valor a las conmemoraciones. Al contrario, digo que deben llevarnos a la acción decidida y no a la autocompasión culpable.

En 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní condenó a muerte a Salman Rushdie por un libro impío. Desde entonces, el escritor anglo-indio ha tenido que vivir escondido en la clandestinidad mientras la Revolución Islámica iraní extendía su influencia por todo el mundo.

Antes, en toda Europa, se habían ido haciendo renuncias y concesiones en el urbanismo, los sistemas educativos, la jurisprudencia sobre derechos humanos, etc. Llevamos cincuenta años de equivocaciones y cobardías.

Es el momento de reaccionar.

La gran cuestión de nuestro tiempo
Jesús Laínz Libertad Digital 25 Marzo 2016

Los hermanos Ibrahim y Khalid El-Bakraoui no eran emigrantes ni refugiados recién llegados a suelo europeo. Ambos habían nacido en Bruselas hace treinta años. Su nacionalidad fue la belga desde el día en que nacieron.

Ésta es la primera clave de la cuestión, la de que, por encima del pasaporte, hay otros vínculos mucho más fuertes entre el individuo y su comunidad: en el caso de millones de europeos de ascendencia afroasiática, su dimensión étnico-religiosa. Se ha demostrado ahora en Bruselas del mismo modo que se demostró hace once años en Londres (tres terroristas nacidos en Inglaterra y uno en Jamaica).

Como le consta que esta afirmación es políticamente incorrecta en grado sumo, este pecador pide desde ahora perdón por la blasfemia y promete flagelarse un rato, pero no querer admitir los hechos no va a eliminarlos. Entre el individuo y su condición de miembro del género humano hay muchos escalones intermedios que no tienen por qué depender de lo que diga un ordenamiento jurídico. De ello surgen resbaladizas preguntas sobre si cualquier tipo de ciudadano encaja en cualquier tipo de sociedad, sobre si las poblaciones de este planeta son intercambiables dependiendo de las necesidades macroeconómicas de cada país en cada momento, sobre las bondades e inconvenientes de la globalización de las naciones y, más concretamente, sobre si la vieja, débil y acomplejada Europa podrá sobrevivir como espacio multicultural. Si se desean respuestas a tan candentes preguntas, léase a Gibbon.

La segunda clave acaba de resumirla François Hollande en conferencia de prensa: "Estamos ante una amenaza global que exige una respuesta global". La afirmación no es exacta del todo, pues se trata de un enfrentamiento entre parte del mundo islámico, por un lado, y Europa y Norteamérica, por otro, y eso no es todo el mundo. Pero, efectivamente, el fenómeno tiene la entidad suficiente como para considerarlo de importancia planetaria. Dada la inestabilidad creciente del mundo islámico, sobre cuyas causas políticas, religiosas, económicas y militares podrían verterse ríos de tinta; dada la superpoblación, que ha convertido el mundo en un hormiguero; dado el estado de la técnica, que puede dar al enfrentamiento dimensiones apocalípticas; y dada la acelerada tendencia hacia la globalización de los estados, con la ONU y la UE como primeros escalones, el único horizonte que se le presenta al género humano es la elección entre el caos o el Estado Mundial. Un Estado Mundial que, precisamente a causa del estado de la técnica recién mencionado, sólo podría construirse a imagen y semejanza de la pesadilla orwelliana de 1984.

Ésta, junto con los problemas medioambientales, es la única cuestión a la que los verdaderos estadistas tendrán que enfrentarse en los próximos años y décadas. Todo lo demás es secundario. Es menos que secundario: es pueril. Quizá en otros países haya gobernantes capaces de darse cuenta de ello y de ponerse manos a la obra pensando, no en las siguientes elecciones, sino en las siguientes generaciones.

Pero, desde luego, abandonemos toda esperanza de que pueda suceder también en España. Porque aquí no valemos para otra cosa que para gastar todas nuestras energías, día tras día, en parlotear como cotorras borrachas sobre hechos diferenciales, federalismos asimétricos, necionalidades histéricas, derechos a decidir, inmersiones lingüísticas, memorias históricas y lenguajes no sexistas. ¡País de enanos!

Grandes amenazas, medidas excepcionales
Editorial El Espanol 25 Marzo 2016

Conforme avanzan las investigaciones sobre los atentados de Bélgica, más motivos tienen los ciudadanos europeos para exigir a los 28 una solución urgente a los fallos de seguridad detectados. La desconfianza entre los servicios secretos ha dado lugar a problemas de coordinación inaceptables. Por otro lado, la burocracia eterniza la puesta en marcha de medidas necesarias frente a la amenaza.

En la reunión mantenida por los ministros del Interior de los Estados de la Unión, Bélgica ha propuesto que se permita la intervención de conversaciones de sospechosos por Skype o WhatsApp. Se trata de una medida controvertida que, al afectar a derechos fundamentales como la privacidad y secreto de las comunicaciones, no se puede aceptar de manera discrecional y sin garantías, aunque es preciso contemplar medidas especiales ante emergencias de seguridad.
Conmoción y desconfianza

No es de extrañar el clima de solidaridad y pesar de la cumbre de ministros, como tampoco que la oposición belga haya exigido una comisión de investigación para pedirle cuentas a un Gobierno débil y tambaleante tras los errores cometidos antes y después del ataque terrorista.

Existe una responsabilidad particular de las autoridades belgas como existen mejoras ineludibles en lo que refiere a la defensa común. El problema es que la vulnerabilidad de uno afecta a la seguridad de todos. Por lo que atañe a Bélgica, el premier Charles Michel no ha aceptado las renuncias de sus ministros de Justicia e Interior, Koen Geens y Jan Jambón, alegando que sus departamentos deben estar ahora a pleno rendimiento. Es verdad, aunque también es cierto que sobran los motivos para echarles.
Tormenta de reproches

La confirmación de que las matanzas de Bruselas y París fueron perpetradas por la misma célula, y que dos de los kamikazes viajaron a Siria y regresaron sin problemas a Bélgica, han desatado una tormenta de lógicos reproches.

La Fiscalía negó que Turquía avisara de la deportación en julio de uno de los kamikazes, pero luego admitió que los hermanos El Brakaui eran buscados por sus conexiones terroristas: es decir, no eran delincuentes comunes como habían informado. También llaman la atención las quejas de Francia por la falta de colaboración belga tras los atentados de París. Y es insólito que, siendo Bélgica un país penetrado por yihadistas, sus servicios secretos desoyeran a la inteligencia estadounidense, que les emplazó a una reunión de trabajo tras los atentados de noviembre.
Manadas de lobos

Por otro lado, la opinión de Leandro Di Natala, especialista del Centro Europeo de Inteligencia y Estrategia y de Seguridad entrevistado por EL ESPAÑOL, abunda en los peores temores. En su opinión, en la organización de los atentados de París y Bélgica participó una treintena de personas más de las identificadas hasta ahora. De ser así, la organización Estado Islámico contaría no ya con lobos solitarios dispuestos a atentar en suelo europeo, sino con auténticas manadas de fanáticos prestos a colaborar con ellos.

Por lo que refiere a las medidas pendientes a nivel europeo, es inconcebible que los registros compartidos de viajeros desplazados a zonas calientes, la penalización del adiestramiento pasivo de terroristas o el refuerzo de los controles fronterizos, sean propuestas atascadas en las administraciones, pendientes de su ratificación en la Eurocámara desde hace meses. Si Europa admite que afronta una situación de guerra, lo mínimo exigible es que sea coherente y se comporte como tal en todos los aspectos; también en lo que refiere a extremar la colaboración entre aliados.

Es lo que quizá quiso decir el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, cuando, con la insufrible torpeza que le caracteriza, dijo que "no hay mal que por bien no venga" antes de empezar la cumbre. Un refrán desafortunado mientras Europa llora a las 31 víctimas mortales y centenares de heridos provocados por los ataques terroristas.

La inoperancia belga y el binomio libertad-seguridad
Agustín Valladolid www.vozpopuli.com 25 Marzo 2016

Siempre que el terrorismo golpea con dureza a nuestras sociedades escuchamos múltiples lecturas de lo ocurrido, algunas de ellas sofisticadísimas, siendo casi siempre la más sencilla la más cercana a la realidad. El Daesh o Estado Islámico no ha golpeado en Bruselas por ser considerada esta ciudad, políticamente hablando, el corazón de Europa. Lo ha hecho porque es donde más fácil lo tenía. Como ya han señalado algunos analistas y expertos, la incompetencia belga en materia antiterrorista se había convertido en una seria preocupación en el seno de la Unión Europea. En varios de los últimos atentados perpetrados por el yihadismo en Europa, entre ellos Madrid, Londres y el más reciente de París, aparecía la “conexión Molenbeek”, el barrio bruselense convertido en “santuario” de los radicales islamistas. Bélgica estaba avisada, pero sus seis cuerpos policiales, descoordinados cuando no enfrentados entre sí, han sido incapaces de evitar la tragedia.

Hay también quien estos días ha recordado la histórica pasividad de los belgas cuando el terrorismo afectaba a otros países, como ocurrió en los peores momentos de la lucha contra ETA. En las reuniones de ministros de Justicia e Interior de la Unión de los años 80 y 90, Bélgica oponía sistemática resistencia a cualquier avance en la colaboración antiterrorista, excusando su inacción en el respeto a los derechos humanos y a las libertades individuales, mientras aquí luchábamos a brazo partido para conservar estas últimas y enterrábamos cada semana a uno o varios policías o guardias civiles.

Ha escrito Miguel Ángel Bastenier que “la policía belga no es mejor ni peor que la de los países vecinos”. No estoy de acuerdo. Las policías belgas, en lo que concierne a la lucha contra el terrorismo yihadista, han demostrado ser una catástrofe. La reciente detención en Molenbeek de uno de los responsables de los atentados de noviembre en París, Salah Abdeslam, fue posible, según confirman distintas fuentes, gracias a la información de los servicios de inteligencia franceses. Solo la presión de sus socios ha hecho reaccionar a las autoridades belgas, probablemente convencidas de que estaban a salvo mientras mantuvieran vigente su legislación en materia de seguridad, de constatable ineficacia.

Soberanía vs eficacia
Cuando François Hollande afirmó en un comunicado que es hora de exigir que Europa “tome las disposiciones indispensables ante la gravedad de la amenaza”, nos estaba advirtiendo de que hay quienes no las han tomado. Sin la persistencia de Francia -y algo más-, tras los atentados de París, no está claro que Bélgica hubiera movido algo más que un músculo. Esta es la opinión de los expertos que he consultado y ya es hora de decirlo. Ya está bien de solidaridades retóricas. La verdadera solidaridad se demuestra con hechos, aceptando la colaboración de los demás sin escudarse en la defensa de una soberanía nacional incapaz de controlar la compraventa ilegal de armas y el uso de Internet con fines violentos. Tras los asesinatos en la sala Bataclan y otros puntos de París, Francia decidió no activar el artículo 222 del Tratado de la UE, que hubiera implicado la búsqueda de una respuesta colectiva y coordinada. Hollande sabía perfectamente lo que hacía: huir de la burocracia europea, de las reticencias de ciertos países y de la inoperancia de policías como la belga.

En todo caso, una policía no es buena o mala porque sí, sino el reflejo de la sociedad a la que pretende defender y, sobre todo, de las decisiones de su clase dirigente. La policía belga no se diferencia mucho del resto de la administración de ese país, una maquinaria burocrática por lo común lenta y con una creciente sintomatología de corrupción estructural. Bélgica, efectivamente, es un Estado fallido, y no solo en materia de seguridad. Le tocó la lotería de la capitalidad europea, lo que ha camuflado sus debilidades institucionales y diluido la insolidaridad para con sus socios. Es el Estado de la Unión que más días ha estado sin gobierno: 535 entre 2010 y 2011, asunto, a estos efectos, no baladí. Pero sus responsables políticos tienen que asumir de una vez que no es posible mantener por más tiempo la intolerable contradicción de beneficiarse de tal capitalidad sin asumir las exigencias básicas que afectan al conjunto de los ciudadanos europeos.

Europa va a seguir siendo durante mucho tiempo lugar preferente de operaciones del terrorismo yihadista. Poner fin a la ineficacia, a la descoordinación en materia de seguridad y homogeneizar las leyes penales contra el terrorismo, huyendo de particularismos egoístas, son algunas de esas “disposiciones indispensables” de las que hablaba Hollande y la única respuesta eficaz, dentro y fuera de nuestras fronteras, contra el Daesh. De otro modo, el riesgo de una Europa generalizadamente islamófoba y gobernada por partidos xenófobos puede convertirse, más pronto que tarde, en algo más que una amenaza. Y entonces sí que saltarían por los aires los equilibrios del binomio libertad-seguridad.


Adonis: «La religión musulmana ha impedido siempre la gran cultura árabe»
El poeta sirio, eterno candidado al premio Nobel y autor del libro «Violencia e islam», denuncia que «Occidente apoya a los regímenes donde la ley musulmana funciona como una dictadura»
JUAN PEDRO QUIÑONERO. París ABC 25 Marzo 2016

Adonis, pseudónimo de Ali Ahmad Said Esber (Al Qassabin, Siria, 1930), quizá sea el poeta árabe más importante de nuestro tiempo. Nominado en varias ocasiones como posible premio Nobel de literatura, sus ensayos han contribuido a transformar de manera radical nuestra visión de las culturas árabes, víctimas de la tiranía religiosa. Su último libro, «Violencia e islam» (Planeta), es un diálogo con Houria Abdelouahed, indispensable para comprender las trágicas convulsiones que nos amenazan e hipotecan el futuro de la civilización musulmana.

—Si lo entiendo bien, la religión musulmana es una amenaza mundial: impide la liberación y modernización de las sociedades árabes y atiza un terrorismo que sueña con imponer un modelo universal totalitario.
—Cuando la religión es la única ley que rige la vida de las sociedades se convierte en un foco de violencia permanente, una amenaza totalitaria. Impide la emergencia de una sociedad civil, impide la existencia de una cultura, atiza un fanatismo amenazante para cualquier forma de libertad. En el caso de la religión musulmana, el caso tiene una dimensión trágica: un solo libro, el Corán, es la fuente única de toda la jurisprudencia política, social, cultural e institucional, hoy como ayer. De alguna manera, pudiera decirse que Dios mismo «está fuera de la ley»: Mahoma es el único y último profeta y su palabra es inmutable. Para colmo, Occidente apoyó y apoya a los regímenes donde la ley musulmana funciona como una dictadura, impidiendo incluso la emergencia de una sociedad civil. Como el islam permite la formación de imanes autoproclamados, cualquier fanático puede «ordenar» la matanza de infieles. Y cualquier fanático musulmán, de cualquier nacionalidad, puede precipitar matanzas espantosas.

—Fanáticos de cualquier nacionalidad, dice usted.
—Mire lo ocurrido en Francia el año pasado, en Bélgica, días pasados. Los guetos suburbanos franceses, belgas, europeos, están habitados esencialmente por franceses, belgas, alemanes, etcétera. La inmensa mayoría de los asesinos de las últimas generaciones han ido a las escuelas públicas. Y no se han integrado. Han descubierto la religión a través de internet, en la cárcel, en los suburbios de París o de Bruselas. Esa religión musulmana les promete ir al cielo si mueren matando, esa religión musulmana les promete un sinfín de mujeres vírgenes, cuando lleguen al cielo, matando. Y ellos se creen esa mentira fanática. Iluminados con esa luz ensangrentada, esos fanáticos son una amenaza inmediata allí donde se encuentran y su mueven con libertad, como ocurre en la vieja Europa.

—Esos fanáticos europeos, de religión musulmana, matan con bombas y pistolas que les llegan de Oriente Medio o los Balcanes. Los especialistas dicen que Daesh los utiliza como «peones» de su estrategia terrorista internacional.
—Vaya usted a saber… Los traficantes de armas pueden poner bombas y pistolas en las manos de los asesinos; pero el deseo de morir matando viene del fanatismo religioso, crecido en el fracaso de las escuelas públicas europeas, crecido con la falta de integración en las sociedades donde viven con libertad y descubren su posible «integración» en una religión que promete el paraíso a quienes sean capaces de morir matando.

—Muchos presuntos estrategas antiterroristas dicen o fingen creer que la guerra militar contra Daesh «pondrá fin» al terrorismo.
—Una ilusión. Militarmente, quienes tienen la fuerza suficiente, los EE.UU. o Rusia, no dejan de hacer una guerra más o menos limitada. Bombardear este o aquel bastión islamista puede matar a mucha gente. El problema de fondo es mucho más grave. Daesh no tiene ningún éxito entre los árabes ni entre los musulmanes. Esos asesinos dan miedo, incluso el pueblo musulmán más o menos piadoso. Por el contrario, rusos, americanos, europeos, siguen apoyando a regímenes políticos donde solo impera la ley religiosa más imperiosa. Es posible combatir a una banda terrorista, es posible combatir a una tiranía política. Es mucho más difícil combatir a regímenes religiosos. Ya que esos regímenes niegan la identidad del individuo, niegan la sociedad civil. Los seres humanos no valen nada. Daesh comercia con mujeres, que compra y vende como si fueran ganado. Los regímenes apoyados por Washington y Europa se fundan en la única a ley de la religión musulmana. Esos mismos regímenes financian grupúsculos islamistas, que, con frecuencia, se matan entre ellos. Vea lo que está ocurriendo en Siria. Se puede «modernizar» o derrocar una tiranía. Pero sustituir una tiranía política por una tiranía religiosa puede ser peor.

—Hace años se pensó que la primavera árabe consumaría un cambio radical, prólogo a una liberalización generalizada de los países árabes musulmanes.
—La primavera árabe se ha transformado en una pesadilla. Pudo pensarse que era algo parecido a un amanecer, la floración de un mundo nuevo. Con el tiempo, advertimos que, en verdad, no se trataba de una revolución. Era otra cosa. La sublevación contra la tiranía precipitó nuevas formas de tiranía. La religión musulmana había impedido la formación de una auténtica sociedad árabe. Sin una ruptura completa con la religión musulmana, sin una ruptura entre la religión y el poder político, la ruptura que Europa consumó hace siglos, las sociedades árabes musulmanas están condenadas a seguir hundiéndose en una decadencia sin fin.

—¿Están enterradas definitivamente todas las difuntas esperanzas puestas en las primaveras árabes?
—Quedan ilusiones y esperanzas, aquí o allá. Pero se ha impuesto el oscurantismo. La importancia que ahora tiene Daesh o Al Nusra muestran, bien a las claras, que el nuevo fanatismo es una suerte de «prolongación» de las primaveras árabes. Es una evidencia que los occidentales apoyaron la emergencia de Bin Laden, luego apoyaron a otros grupúsculos financiados por Arabia Saudita o Qatar. Ahora, seguimos en esa misma línea.

—La gran cultura árabe clásica ¿no pudiera ser una suerte de «defensa» contra los gérmenes de barbarie que han florecido por todas partes?
—La gran cultura árabe clásica siempre ha estado al margen de la religión. No hay ningún autor árabe que haya escrito poesía, novela, teatro, si no es al margen y en contra de la religión. Los místicos musulmanes fueron grandes herejes. La religión ha sofocado las culturas árabes. No hay grandes universidades musulmanas, no hay grandes laboratorios musulmanes, no hay gran cultura árabe: la religión musulmana lo ha impedido, siempre. No puede escribirse poesía, no pueden escribirse ensayos o novelas, respetando una legislación coránica que comienza por negar la identidad de la persona. Un poeta como Claudel, un novelista como Bernanos, pueden ser al mismo tiempo, grandes escritores y grandes creyentes. La religión católica les permite esa libertad. Eso es impensable en las sociedades árabes musulmanas. Las mujeres han sido y son las primeras víctimas de esa tiranía religiosa.

—Algunas películas, una saudita, una marroquí, varias iraníes, alguna kurda, hablan de una suerte de revuelta de las mujeres en algunas sociedades árabe / musulmanas. ¿Cree posible la emergencia de un movimiento de liberación de la mujer musulmana?
—Ese movimiento es una realidad. Pero los Estados apoyados por occidente siguen persiguiendo a las mujeres que sueñan con un estatuto de ciudadanas libres. Ese comportamiento occidental rinde un flaco favor a la libertad de los pueblos, en general, y a la libertad de las mujeres, en particular. El islam ha separado de manera espantosa lo masculino y lo femenino. El hombre domina e impone una ley tiránica. La mujer se convierte en un objeto sexual, que se usa, se compra, se vende, y se tira. En la religión musulmana se institucionaliza de alguna manera la relación entre el amo y el esclavo, la esclava. La mujer es un sexo mecánico, al servicio del deseo y el placer del hombre. Daesh, culminación histórica de una forma bien actual de «Estado islámico», compra y vende mujeres. Las niñas son las mujeres que se venden más caras: son vírgenes. A los asesinos dispuestos a matar se les promete ir al paraíso, donde los esperan un montón de vírgenes / esclavas, para que pueden realizar sus fantasías después de muertos.

—¿Qué hacer para intentar ayudar a las sociedades árabes víctimas de la teología musulmana y para intentar combatir las amenazas criminales que amenazan a las sociedades libres?
—Intentar favorecer la separación de la religión y el poder político. Los regímenes políticos pueden cambiar, evolucionar. Cuando la religión y la palabra coránica son la única todas las libertades están en cuarentena. Las mujeres están jugando un papel importante: aspirando a la libertad, están contribuyendo a cambiar las mentalidades. El hombre árabe musulmán más modesto es víctima de la pobreza y la ignorancia, favoreciendo la miseria sexual. Combatir la miseria sexual a través de la cultura es una forma de ayudar a los pueblos árabes a salir del pozo negro donde se encuentran.


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Terrorismo yihadista: las velas y los velos
Roberto L. Blanco Valdés La voz 25 Marzo 2016

Tras el horror belga no han tardado en emerger los hombres del frac del izquierdismo y el buenismo: en materia de terrorismo, insisten, los agredidos son a fin de cuentas los culpables. Al alcalde de Zaragoza en Común, que lo proclamó con esa indecencia de quien nada se juega en el envite, solo le faltó decir que quien siembra vientos recoge tempestades. Pero vino a afirmarlo con idéntica desvergüenza el de Valencia, de Compromís-Podemos: «De aquellos polvos estos lodos, en parte». Seguro que las familias de los despedazados en Bruselas querrán saber qué parte corresponde a sus cadáveres.

Ambos regidores son la punta del iceberg de una ideología bien conocida por quienes hemos soportado a ETA más de medio siglo. ¿O no recuerdan que también sus atentados eran fruto de un supuesto conflicto que habría de resolverse para acabar con el terror? Nos costó mucho asentar la obviedad de que el único conflicto vasco era el fanatismo de los nacionalistas. Y nos costará no menos combatir la idea de que es otro fanatismo, el religioso, el que explica la yihad.

Asentar tal convicción resulta esencial para luchar contra ella, pues ninguna guerra se gana si uno de los adversarios se retira. Por eso, aunque siento gran respeto por los actos de solidaridad con las víctimas de los atentados, me temo que lo mejor que podemos hacer tras cada uno no es arrodillarnos, poner velas, extender flores por el suelo y pedir a los fanáticos asesinos respeto a la tolerancia y a la diversidad. Con todo ello no lograremos hacer frente a un enemigo que interpreta nuestras plegarias como muestra de debilidad.

Pongamos velas si ello nos ayuda, pero colaboremos de una vez a rasgar el velo que ahora ha comenzado, al fin, a levantarse. Juncker lo ha dicho con meridiana claridad: los socios de la UE no han hecho sus deberes. Deberes que son ya un auténtico clamor: unificar las legislaciones nacionales en materia de seguridad (¿cómo en Bélgica, donde han vivido yihadistas implicados en gran parte de los últimos atentados terroristas en Europa, eran ilegales hasta hace nada los registros domiciliarios nocturnos, estaba limitado a 24 horas el tiempo de detención preventiva o no debían registrarse los compradores de tarjeta prepago para teléfonos móviles?); parar en seco a los lobbies armamentistas y luchar contra los traficantes; coordinar al máximo la acción policial, judicial y de inteligencia, creando bases de datos de consulta inmediata; y asumir, en fin, que el respeto por el islam debe ser compatible con la lucha contra la propaganda yihadista y la garantía de los derechos fundamentales que todos debemos tener en democracia asegurados. Tampoco aquí pueden cometerse los errores del pasado.

La integración del islam en Occidente, que los padres de muchos de los actuales terroristas vivieron sin conflicto, fue posible porque aquellos no sufrieron el lavado de cerebro colectivo propiciado luego por el islamismo radical. Ellos no eran menos pobres, sino más, pero el problema no es de pobreza, sino de fanatismo religioso. No entenderlo es no comprender absolutamente nada.
 


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