AGLI Recortes de Prensa   Sábado 26  Marzo  2016

El paro es culpa de los políticos
EDITORIAL Libertad Digital 26 Marzo 2016

España sigue registrando una tasa de paro superior al 20% ocho años después del inicio de la crisis, un nivel intolerable y vergonzoso para cualquier economía desarrollada. Tan sólo Grecia se sitúa por delante en esta materia. El drama del desempleo es la mayor preocupación de los ciudadanos, pero también la raíz de los principales problemas económicos y sociales que sufre el país, desde el aumento de la pobreza y los desahucios hasta el fenómeno de la emigración o las dificultades para hacer frente a las facturas. Casi todos los males que tan insistentemente denuncian políticos y medios de comunicación tienen su epicentro en el defectuoso mercado laboral.

Ahora bien, ¿cómo es posible que España lidere este bochornoso ranking mientras que el resto de economías azotadas por la crisis, a excepción de Grecia, sufren tasas de desempleo mucho más bajas e incluso han recuperado los niveles de ocupación previos a la crisis? La respuesta no por menos difundida es menos obvia. España era, y sigue siendo en muchos aspectos, una de las economías con mayor rigidez laboral del mundo -junto a Grecia-. Esta particular lacra ha propiciado el tener que soportar un paro medio del 18% desde los años 80, un fenómeno excepcional entre las economías ricas.

La reforma laboral de 2012, la principal y casi única medida económica positiva que aprobó el Gobierno del PP en la pasada legislatura, corrigió parte de ese problema mediante la introducción de cierta flexibilidad en las relaciones laborales. Sus críticos, defensores a ultranza del ruinoso modelo previo, olvidan que la crisis destruyó casi 3 millones de puestos de trabajo desde 2008 a 2011, antes de dicho cambio, y que sólo tras la citada reforma España ha vuelto a generar empleo a un ritmo considerable. Es decir, la flexibilidad laboral funciona, mientras que la rigidez ha cosechado un rotundo e indudable fracaso, por mucho que algunos se empeñen en afirmar lo contrario.

De hecho, según un reciente estudio de BBVA Research, la reforma ha salvado más de 900.000 empleos desde 2012. Si se hubiera adoptado en 2008, al comienzo de la crisis, hoy la tasa de paro rondaría el 13% en lugar del 21%. EEUU, Irlanda o Reino Unido, con burbujas inmobiliarias muy similares a la española, mantuvieron índices de desempleo mucho más bajos durante estos años y ya han recuperado los niveles de empleo previos a la crisis, gracias, precisamente, a esa mayor flexibilidad.

La tragedia, sin embargo, es que la inmensa mayoría de políticos no solo no han aprendido esta valiosa lección, sino que perseveran en el error, ya que abogan por reinstaurar la desastrosa rigidez del sistema anterior, auténtico origen de los problemas. El PSOE insiste en que su objetivo es derogar la reforma laboral para reflotar la primacía de los anquilosados y arcaicos convenios colectivos, otorgando así todo el poder a sindicatos y patronal en perjuicio de empresarios y trabajadores. Podemos va incluso más allá, puesto que quiere aumentar la rigidez laboral hasta límites insospechados. El PP, que, en realidad, nunca ha creído demasiado en las bondades de la flexibilidad, está dispuesto a sacrificar su propia reforma con tal de mantener el poder. Y Ciudadanos, cuyo referente a seguir -según dice- son los países nórdicos, adalides de la libertad económica, no ha dudado en traicionar sus principios tras pactar con el PSOE la derogación de buena parte de la reforma laboral.

Mientras esta errónea mentalidad no cambie para avanzar con firmeza en la correcta senda de la libertad económica y la flexibilidad laboral, España seguirá condenada a padecer un alto nivel de desempleo y una elevada precariedad. El problema del paro no es económico, sino político.

País de insensatos
PEDRO G. CUARTANGO El Mundo 26 Marzo 2016

Decía Lampedusa que es necesario que todo cambie para que todo siga igual. La frase describe literalmente lo que está sucediendo en nuestro país: que las mutaciones vertiginosas de los últimos meses ocultan la absoluta inmovilidad de la política.

Los nacionalistas catalanes mantienen su desafío al Estado, los episodios de corrupción son ya una sección fija de los periódicos, las querellas entre los partidos nos suenan a repetitiva letanía y todo tiene una sensación de deja vu que nos produce un hastío infatigable.

La crisis ha arrasado la sensación de seguridad que había en los años de euforia económica, pero la realidad es que ni el capitalismo se ha reformado ni los responsables de la debacle han sido castigados. Al contrario, muchos se han ido a casa con suculentas compensaciones.

Mientras los recortes empobrecen a la población, tenemos una clase dirigente que jamás paga por sus errores y que se perpetúa en el poder gracias al sistema de puertas giratorias por el que se transita de la Administración a la empresa o de un consejo a otro. Los nuevos reproducen la conducta de los viejos y muestran el mismo cinismo cuando se detectan asuntos de corrupción o de financiación ilegal.

Nuestra democracia carece de mecanismos efectivos de exigencia de responsabilidades y, por añadidura, el sistema judicial es lento y garantista, lo que favorece la impunidad de las fechorías. Ahí quedan los casos de los ERE, de Pujol o de Gürtel.

Hay muchos políticos y periodistas que hablan de la necesidad de reformar la Constitución, pero estoy convencido de que ello no serviría para acabar con esas prácticas que están socavando la confianza de los ciudadanos en las instituciones y destruyendo nuestra democracia.

No es una cuestión de cambios superestructurales, sino de la mentalidad de los políticos y de los propios ciudadanos, que no creen en las leyes y buscan atajos para sobrevivir en una sociedad donde los malos ejemplos desalientan las conductas honradas.

Si en los años posteriores a la Transición, España se convirtió en un modelo de éxito, ahora es justo lo contrario: un fracaso estrepitoso de las instituciones y de unos partidos que son incapaces no ya de llegar a acuerdos sino tan siquiera de sentarse en una mesa para intentarlo. Da la impresión de que el cainismo que ha marcado nuestra Historia ha reaparecido para bloquear la búsqueda de una salida.

Han pasado casi 100 días desde la celebración de las elecciones y no se vislumbra la posibilidad de ningún acuerdo que permita la gobernabilidad del país. Y todo apunta a que vamos a ser convocados de nuevo a las urnas con unos resultados que serán parecidos.

España ha entrado en una espiral de autodestrucción, que no sólo está generada por la falta de talla de la clase política sino también por el entontecimiento de una sociedad, fascinada por un espectáculo televisivo que lo banaliza todo. Y ni siquiera hay intelectuales con autoridad moral para alzar la voz o gentes con capacidad para discernir el bien y el mal.

Perdone el lector por el pesimismo, pero tengo la sensación de que este barco se va hundiendo, mientras sus pasajeros siguen bailando en la cubierta. La música de la orquesta nos impide escuchar los truenos de la tormenta que se acerca, que puede ser peor que la que nos azotó a partir de 2008. Somos un país de insensatos.

La corrupción política no es tal
Amando de Miguel Libertad Digital 26 Marzo 2016

Olvídense de la letanía "los corruptos son solo unos pocos; los demás son muy honrados". Hay otra complementaria: "Los corruptos de los otros partidos son más que los míos". La corrupción política no es una excrecencia de unos cuantos desalmados; antes bien, es la consecuencia natural del poder, tal como hoy lo entendemos. El poder político se traduce primordialmente en repartir favores, cargos y prebendas al círculo íntimo del que manda. Es una idea ostentatoria del poder: tiene que verse y generar envidia. De ahí la necesidad de los signos externos: coches oficiales, escoltas, tarjetas más o menos negras, aforamientos, gastos pagos.

La corrupción solo se puede combatir con el valor de la honradez. Pero nadie apela a esa virtud. Da vergüenza practicarla. A ver quién es el majo que insiste en que las ventas que se ofrecen "sin IVA" se realicen con la factura debida. Sería tratado como un "pringao".

De momento, la corrupción política solo se persigue por venganza o por el esfuerzo en desvelarla que hacen los periodistas. Pero esas no son soluciones. La razón es que impera una mentalidad general, que corta a todos los partidos, por la que se condena solo la conducta de los demás. Tal actitud es todavía más permisiva cuando el aprovechamiento es a costa del dinero público, que "no es de nadie", como dijo una famosa ministra. En definitiva, no se cultiva ni se favorece la honradez. Los acusados de corrupción no son nunca por iniciativa de los respectivos partidos.

El asunto no es la conducta de unos pocos desaprensivos o mangantes, sino de la sociedad en su conjunto, de todos nosotros. Lo que ocurre es que son los políticos quienes tienen más oportunidades de lucrarse con el dinero público, haciendo favores y obteniendo comisiones fraudulentas. De ahí que todos los partidos aboguen por incrementar el gasto público. Para disimular lo llaman "gasto social". Es una tacha que proviene del franquismo. Los viejos franquistas se nos han hecho hoy "socialdemócratas". A cualquier cosa llaman chocolate las patronas.

Comprendo también que el contribuyente común se tenga que defender pagando el menor número posible de ivas, multas, licencias y demás gravámenes que nos acechan por todos los lados. Pero esa misma actitud defensiva es parte de la desmoralización general que nos lleva a ser compasivos con la alta corrupción política. En el fondo, el contribuyente común envidia secretamente a esos listos que se lo llevan crudo. "Yo haría lo mismo, pero no me cogerían; fijo", comenta el español medio, acodado displicentemente en la barra del bar.

¿Por qué el valor de la honradez se encuentra tan en baja? Porque se ha impuesto la norma de "tanto vales cuanto tienes", es decir, la vieja codicia, hoy elevada al rango de primer motivo para esmerarse. Puede que sea una consecuencia necesaria de la erosión religiosa de la sociedad. Se revela por todas partes. La izquierda domina el mundo cultural y el político. Dado que se ha saturado el tradicional ímpetu revolucionario (lucha de clases y todo eso), la izquierda vuelve al pasado y se empeña en desalojar la religión de la vida social. Lo malo es que tal actitud reaccionaria le proporciona réditos electorales, al encontrar el terreno abonado en la mentalidad general de la población. Yo no alcanzaré a verlo del todo, pero mis coterráneos comprobarán que las grandes iglesias y catedrales se remodelarán como centros de ocio.

Si tan grave es el asunto, nos podríamos preguntar por qué el pueblo no se rebela. Porque ya no es pueblo, sino lo que llaman "ciudadanía" anestesiada por el fútbol. El fútbol se ha convertido en el auténtico sucedáneo de la religión. Es mucho más que un deporte. Lo malo es que en el fútbol también hay corrupción.

Repito: no vale argumentar que los corruptos son unos pocos y extravagantes sujetos. Por eso digo que la corrupción política no es tal; es mucho peor.

¿Y si el Islam solo fuese una coartada?
Fernando Díaz Villanueva www.vozpopuli.com 26 Marzo 2016

El fanático no nace, el fanático se hace. A veces se nos olvida algo tan elemental. Hace apenas cinco años Salah Abdeslam y sus dos hermanos eran indistinguibles de cualquier otro joven bruselense de extracción popular. Nacidos en la capital belga, hijos de emigrantes argelinos que ya poseían el pasaporte francés antes de asentarse en Bélgica, no especialmente religiosos y aficionados a las mismas cosas que cualquier otro joven de su edad: la cerveza, el fútbol, los videojuegos, la música hip-hop y matar el tiempo por el barrio enredando aquí y allá.

Nadie hubiese pensado en 2009 que ese adolescente que trabajaba como auxiliar en la compañía municipal de tranvías sería el hombre más buscado de Europa, o que su apellido se convertiría en sinónimo de masacre y en motivo de vergüenza para sus portadores. Lo mismo puede decirse de Abdelhamid Abaaoud, amigo de Abdeslam y cerebro de la matanza de París, abatido poco después por la policía durante una redada en Saint Denis. La familia de Abaaoud, emigrada desde Marruecos hace cuarenta años, había echado raíces en Bélgica, estaba plenamente integrada en su país de acogida, en el que, gracias a las habilidades empresariales del padre, había forjado una modesta fortuna.

La verdad incómoda que nadie quiere enfrentar es que todos los terroristas conocidos de los atentados de noviembre en París tenían pasaportes europeos, y no por naturalización, sino por nacimiento. Los pasaportes egipcios e iraquíes que intervinieron las autoridades francesas no pertenecían a ninguno de los atacantes, sino a una de las víctimas. Ídem con los asaltantes del semanario Charlie Hebdo. Los hermanos Said y Cherif Kouachi habían nacido en el X distrito de París, no muy lejos de la Gare du Nord. Ídem con Amedy Coulibaly, el terrorista que, atrincherado en un supermercado judío de París, asesinó a tres personas a sangre fría. Ninguno de ellos tuvo que saltarse verja alguna, ni aventurarse en una azarosa travesía en patera por el estrecho de Gibraltar. Ya estaban aquí, aquí fueron al colegio y su lengua principal, la de uso diario, era el francés.

Quizá deberíamos empezar a plantearnos si Europa más que importar exporta terroristas islámicos, cuyas peregrinaciones de ida y vuelta a Siria no son más que viajes de estudios en los que se doctoran sobre el terreno en el uso de explosivos y armas de fuego. Luego regresan a atentar en su país de origen, que es el mismo que el nuestro. Una vez aquí ellos son los que fijan los objetivos, planifican las operaciones y las llevan a cabo sin obedecer a nadie más que a sí mismos. Los que atentaron contra las Torres Gemelas por el contrario eran todos extranjeros (15 saudíes, 2 emiratíes, un egipcio y un libanés) y el atentado se orquestó desde fuera conforme a un plan estudiado y aprobado por la cúpula de Al Qaeda. El 11-S, en definitiva, fue una agresión externa en toda regla. No así los atentados de los dos últimos años en Bélgica y Francia.

Asumiendo que esto es así, el debate sale de la crisis migratoria, que es por donde anda ahora, y entra en el puramente ideológico. La inmigración no es la causa del terrorismo islámico, al menos de este terrorismo islámico. Europa lleva sesenta años recibiendo inmigrantes musulmanes y durante dos generaciones no sucedió nada anormal con ellos más allá de problemas puntuales en los barrios de la periferia parisina. Algunos se integraron, otros lo hicieron a medias y unos cuantos nunca mostraron intención de hacerlo porque su intención era volver a su país tan pronto como contasen con ahorros que les permitiesen reinstalarse en el lugar del que tuvieron que salir con una mano delante y otra detrás. A muchos de estos últimos los vemos desfilar por las autopistas españolas cada verano, con los coches cargados hasta arriba camino de Marruecos o de Argelia. Año a año van poniéndose la casa y al final de su vida laboral, ya cobrando la pensión francesa o belga, hacen la mudanza. Otros se jubilan en Europa y son como cualquier otro jubilado europeo. En esa generación de emigrantes llegados en las décadas de los 60, 70 y 80 no hay terroristas. Y no los hay a pesar de que la mayor parte siguen practicando el Islam, acuden a la mezquita con regularidad y observan los preceptos de su religión como observamos nosotros los de la nuestra, es decir, a su manera.

Hay otro elemento a tener en cuenta que suele pasarse por alto. El Islam secularizado de los padres de Abdeslam o de Abaooud no es el Islam fundamentalista de sus hijos. El de los jóvenes es una interpretación rigorista, desmadrada, irredentista, hiperpolitizada que no comparten la mayor parte de creyentes y, mucho menos, los creyentes de aquí, los europeos, tradicionalmente templados. En todos los casos, y a las fichas policiales me remito, la “enfermedad” la pescaron fuera de casa; ya en la cárcel, ya en los barrios donde proliferan clérigos integristas, ya por Internet mirando vídeos y páginas que organizaciones como el ISIS elaboran para reclutar a jóvenes occidentales.

Si la inmigración no es la causa y el Islam tampoco, ¿hacia dónde tenemos que mirar para averiguar el origen del problema y atacarlo? Esa es la pregunta del millón que los especialistas de todo el continente se hacen en estos momentos. ¿Por qué unos jóvenes nacidos en Europa, educados en ella, que dominan nuestros idiomas y se comportan como jóvenes locales compran la mercancía intelectual a unos integristas de Oriente Medio? Hace 35 años, cuando estalló la revolución islámica en Irán, Europa occidental ya estaba llena de musulmanes, pero ninguno se sintió atraído por el mensaje de los ayatolás. Algo similar sucedió con la irrupción del Frente Islámico de Salvación (FIS) argelino en los años 90. Gran parte de los musulmanes francobelgas son de origen argelino, pero los desvaríos del FIS no se contagiaron a los banlieus del Hexágono. ¿Por qué ahora sí? Tal vez haya que mirar de puertas adentro. El Islam está revuelto desde hace décadas, la prédica del odio y la vuelta a la pureza coránica no es cosa de ahora, pero si lo es que las reclutas de militantes se realicen en la misma Europa.

En los años 60 y 70 los terroristas europeos (y americanos) no mataban en nombre de Alá, lo hacían jurando fidelidad a las ideas de Marx, de Lenin o de Mao. Provenían de familias de clase media y se inmolaban con la esperanza de que su muerte y la de todas sus víctimas alfombrasen el sendero luminoso hacia la revolución. La utopía justificaba cualquier atrocidad. El califato islámico no deja de ser una utopía –amén de una ucronía y un delirio criminal– que promete el paraíso a cambio de un pequeño sacrificio inicial. Si lo miramos desde ese punto de vista quizá empiecen a encajar mejor las piezas.

Vamos perdiendo esta guerra
Melchor Miralles Republica 26 Marzo 2016

Estamos perdiendo esta guerra del Siglo XXI, por más que en Bruselas hayan hecho hoy otra “gran” operación antiterrorista y que los EEUU se hayan pulido a Abd al Rahman Mustafa al Qaduli, número 2 del Daesh, y Bélgica anuncie que va a bombardear Siria. La estamos perdiendo porque nos estamos acostumbrando y familiarizando con la desgracia cada poco, y le reiteración de las tragedias solo generan una reacción mediática rápida y copiosa, manifestaciones callejeras a granel, aluvión de “yo soy…”, mucho ruido populista y la inocua, inocente y desesperante conmoción del personal. O sea, cero, nada relevante en lo que se refiere a la adopción de medidas serias para combatir al enemigo.

Los responsables políticos de los países de la Unión Europea están a otra, porque la UE no es unión ni es europea, es un grupo de políticos centrados en lo económico, en la pasta, sobre todo la suya y la de las grandes corporaciones, y desde Roma y los europeístas de verdad no han sido capaces de construir una unión política y social. Y todos andan con sus problemas domésticos, sus coaliciones, sus elecciones y toda la mandanga que nos pilla ya muy lejos. Y los dirigentes de la Unión Europea, a los que no ha elegido nadie, que se cooptan entre ellos, no va a hacer nada de verdad eficiente contra el Daesh, sólo luz de gas, efervescencia para aparentar lo que no es y tratar de salvar la cara. Y no lo va a hacer, además, porque pese a tantos miles de millones que nos cuesta mantener la burocracia europea ni disponen de mecanismos eficaces, de estructuras operativas de verdad en el ámbito policial, de inteligencia y militar ni hay la más mínima cohesión entre ellos. Y para colmo, la opinión pública no aprieta, porque anda enredada también en lo suyo, y lo liquida todo con un me gusta en Facebook, unos cuantos tuits ingeniosos, algunos selfies en el lugar de la tragedia si se tercia y se acabó.

Y el enemigo lo sabe. Y por eso insiste, y golpea, lo tienen escrito reiteradamente, sobre todo en el ocio. Si, en el ocio. Deportes, aeropuertos, estaciones, locales de entretenimiento, resorts paradisiacos. El terrorismo yihadista ataca duro desde su fanatismo político y religioso consciente de la debilidad del enemigo. Se esconde en nuestra casa, conoce las debilidades de nuestra sociedad moderna, el buenismo que impera, el miedo, la insolidaridad, la ausencia de resistencia real, los miedos a combatirles si ello supone mojarse de verdad. Saben que Europa, occidente, espera el siguiente zarpazo, coloca algunas trincheras de débiles sacos terreros del Siglo XXI y acepta que llegará otra masacre como sabe que cada cierto tiempo nieva, o hay un accidente de avión.

Y como nuestro enemigo en la guerra de este siglo que vivimos es listo y dispone de recursos, hasta se mofa de nosotros, avisándonos, y se regocijan al ver que ni advirtiéndonos con tiempo somos capaces de evitar lo inevitable. Y conocen los informes reservados de nuestros servicios de inteligencia. Los franceses sabían que la sala Bataclan era objetivo claro. Venían advirtiéndolo muchos años, sí, años. Cada poco recibían hasta visitas de tipos con el rostro tapado con sus pañuelos palestinos. Y la volaron en pleno concierto. Y tras París, 130 muertos, sabían que el objetivo era Bélgica, como sabían que lo sucedido en Madrid, Londres, Paris y hasta Boston tenía una conexión con el barrio bruselés de Molenbeek. ¿Y qué hizo Bélgica? Lo mismo que hacían Francia y Bélgica y Holanda cuando ETA asesinaba españoles a racimos, mirar para otro lado, confiarse. Sí, ya sé que es imposible la seguridad absoluta, ya sé que no se puede garantizar al cien por cien que se va a evitar una masacre, pero entre ese extremo y la pasividad y la abulia hay un término medio al que no se llega.

Y después de la tragedia, los bombardeos de la rabia, del cabreo, de la venganza, que por el camino se llevan la vida de algunos que pasaban por allí, pero es igual, parecemos unos machotes. Unos días de aviones soltando metralla, conciencias tranquilas en los que dirigen el cotarro, algunos muertos a los que llamamos daños colaterales y hasta la siguiente.

Y el enemigo asesina cada día a decenas de seres humanos, la mayoría musulmanes, pero lo hace en países alejados, y las víctimas suelen ser niños, mujeres y hombres negros, los nadie de Galeano, y nos trae al pairo y no ocupan ni un breve en los medios, ni hay ninguna estrella mediática que vaya a hacerse selfies junto a sus cadáveres, ni las grandes cadenas hacen especiales con sus muertos.

Van a tener que cambiar mucho las cosas en esta Europa tan desunida para poder plantar cara al enemigo con posibilidades de éxito. Hay que construir un entramado de cooperación policial y de inteligencia intracomunitaria que no existe. Hay que diseñar acciones militares lideradas por naciones musulmanas y hay que mojarse con infantería. Y eso duele. Y no se hace. Porque esta guerra tiene varios campos de batalla, como todas, y uno de ellos es el de la propaganda y la información, donde también nos ganan.

Y todo sigue igual. Y la guerra sigue, en Irak, en Siria, y se prepara una buena en Libia. Y Europa a lo suyo. Por no alterarse no se altera ni el dinero, y tras la masacre de Bruselas el señor Mercados no se mueve. Ni se compra ni se vende, todo sigue igual porque sabe que no va a pasar nada. Pero pasa, como pasa con los refugiados que huyen del horror, y que nos generan un problema severo, porque nos deja en pelotas y evidencia que en Europa, donde nacieron los Derechos Humanos como tal, la democracia, la libertad, la igualdad, la fraternidad, los derechos, la justicia es solo para nosotros, para los legales. Los refugiados no existen, son unos nadie molestos, deshechos de tienta, y por eso se los entregamos a Erdogan a cambio de una pasta para que nos resuelva por un rato el problema, como Gadafi nos lo resolvió durante un tiempo en Libia, y recuerden como liquidamos también a Gadafi, como un perro, y miren como está ahora Libia.

Esto es lo que hay. Un horror. Y hasta la próxima, que quizá llegue pronto, porque lo han avisado también. Y estos asesinos del Daesh y sus acólitos no engañan. Amenazan y cumplen. Y no van a parar. No sabemos cuándo va a ser, ni donde, aunque hay pistas. Pero será. Y aquí todo seguirá igual.

Estamos en guerra Isabel San Sebastián
Isabel San Sebastián ABC 26 Marzo 2016

El presidente francés, François Hollande, y su primer ministro, Manuel Valls, son los únicos dirigentes europeos que osan llamar a la situación por su nombre: Guerra. Es exactamente lo que es. Una guerra sucia, cobarde, despiadada, librada contra civiles desarmados por fanáticos religiosos cuyo único credo es el odio. Una guerra declarada por el islamismo radical en auge a un Occidente apocado, roído de relativismo, que se debilita a ojos vista.

Estamos en guerra y tenemos al enemigo en casa. Viven entre nosotros, al amparo de nuestras libertades, gozando del Estado del bienestar levantado con nuestro esfuerzo, protegidos por las garantías que brinda una Justicia democrática, al abrigo de una tolerancia que nosotros abrazamos como auténtico dogma de fe y ellos desprecian. Esgrimen nuestros principios para volverlos contra nosotros y golpearnos donde más nos duele. Se mueven sin restricción alguna por nuestros barrios, hasta el punto de transformarlos, como sucede en Molenbeek, en guetos más sujetos a sus normas que a las nuestras. Disfrutan de todos los derechos inherentes a la ciudadanía europea, gracias al trabajo de unos padres que abandonaron sus países de origen para darles una vida mejor, pero se consideran frustrados, estafados, violentados por esta sociedad del capricho insatisfecho, hasta el extremo de hacerla saltar por los aires con un cinturón de explosivos adosado al cuerpo. Son la versión yihadista, monstruosa, aterradora, de nuestros «indignados de chaise longue». Y ya es hora de decir ¡basta!

Hace falta unidad política en la lucha contra estas bestias, desde luego, pero la unidad no es suficiente. Tampoco las declaraciones grandilocuentes y mucho menos los llamamientos a la calma que alertan contra el riesgo de una islamofobia inexistente en lugar de apuntar al verdadero problema: La facilidad con la que nos matan. Para impedírselo, es indispensable firmeza, eficacia, valentía y dinero; mucho dinero, hoy destinado a otras partidas. Hay que multiplicar la inversión en Defensa y Seguridad, con el fin de dotar a los servicios de Inteligencia y también a las Fuerzas Armadas y a los cuerpos policiales de medios suficientes para llevar a cabo su tarea. Infiltrar sus células, aun a costa de pagar altas sumas en sobornos. Controlar las mezquitas en las que se difunden mensajes radicales y cerrarlas, expulsando a esos clérigos o metiéndoles entre rejas. Organizar las cárceles de manera a impedir que vulgares delincuentes comunes salgan de allí convertidos en terroristas. Vigilar estrechamente las redes sociales y exigir la colaboración de plataformas como twitter o Facebook en la detección de estos individuos. Intercambiar información en tiempo real entre todos los organismos implicados en esta lucha. Desplegar tropas sobre el terreno en la región que controla el ISIS, hasta destruir ese califato de terror en el que se adiestran los bárbaros que luego regresan aquí ávidos de sangre occidental. Encarcelar o bien enviar de vuelta a todos los yihadistas que retornen de Irak, Afganistán, Siria, o cualquier otro lugar de entrenamiento para la masacre.

Es mucho lo que se puede y debe hacer en términos operativos, pero igualmente apremiante es el combate ideológico. Tengamos el coraje de afirmar que ciertos valores son irrenunciables y exigir que quien viva entre nosotros los acate o bien se vaya: Libertad, igualdad, pluralismo, separación entre los asuntos de Dios y los del César, reciprocidad. Dejemos de tolerar la intolerancia y respetar lo que no resulta respetable. Nos va en ello la supervivencia.

Los parlamentos autonómicos cuestan 328 millones al año: el más caro, el catalán
LAGACETA.EU 26 Marzo 2016

Los 17 parlamentos autonómicos cuestan al año 328 millones de euros, el que más el catalán, que supone un desembolso de 51,9 millones y un gasto por parlamentario de 188.000 euros, un 85% superior al de un diputado del Congreso, según un estudio de la plataforma Convivencia Cívica Catalana (CCC).

Esta entidad ha analizado cuánto cuestan las cámaras autonómicas en un informe basado en los datos disponibles más recientes, correspondientes al último ejercicio finalizado, el de 2015.

Actualmente hay 1.248 diputados autonómicos en España, que desarrollan su labor en los 17 parlamentos de las comunidades autónomas y en las dos asambleas de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.

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Larga vida al español
Gabriela Bustelowww.vozpopuli.com 26 Marzo 2016

Mientras en España son habituales las broncas públicas –aderezadas con insultos– sobre la imposición política del español como idioma oficial, cada vez son más las personas lo hablan y admiran en el mundo entero. El español tiene hoy 414 millones de hablantes nativos, superado solo por el chino mandarín –1.197 millones– y seguido del inglés, que hablan 335 millones de personas en el mundo. Este año se celebra el 25 aniversario de la fundación del Instituto Cervantes y el 400 aniversario de la muerte del propio Miguel de Cervantes, por lo que nuestro idioma está de enhorabuena múltiple. El camino ha sido largo desde que a finales del siglo VX el castellano desembarcó en América para emprender la larga travesía que lo convertiría en el español. Por el camino no sólo incorporó los sabores y colores del Nuevo Mundo, sino que se empapó de su historia, abriendo a sus hablantes hacia nuevas ideas y formas de vida. Tal ha sido el éxito nuestro idioma, tras su glorioso bautismo a este lado del Atlántico con El Quijote –la primera novela de la historia–, que América Latina nos ha dado en español un aluvión de escritores de primera fila, entre ellos seis premios Nobel de Literatura: Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa.

Dinámico, creativo y lleno de energía
A Vargas Llosa suelen incluirle, según convenga, en el grupo de los seis Nobel latinoamericanos o en el de los seis españoles –con Echegaray, Benavente, Jiménez, Aleixandre y Cela–, dado que tiene doble nacionalidad peruana-española. En diciembre de 2010, José Manuel Blecua, recién nombrado director de la Real Academia Española, decía que Vargas Llosa unifica más el español de lo que pueda disgregarlo el spanglish. Efectivamente, en octubre de ese mismo año, en la primera declaración pública tras recibir el Nobel, Mario Vargas Llosa definió el premio como un reconocimiento del español “que hablamos cientos de millones de personas en el mundo, procedentes de tradiciones y lugares distintos, unidos por un idioma dinámico, creativo y lleno de energía”. En abril de este año reiteraba esta misma idea en el ‘Foro Internacional del Español 2.0’ celebrado en Madrid, añadiendo que “la difusión del idioma es un fenómeno que surge de manera espontánea, pasando por la prueba de su propia existencia”.

Ningún sitio como en casa
Ese idioma español –cuya grandeza definen algunos sin complejos ni paranoias– afronta en su propio país una existencia llena de obstáculos. En esa España cuyo idioma comparten cuatrocientos millones de personas, un buen número de políticos habla públicamente en idiomas autonómicos subtitulados. Miles de ciudadanos españoles no se atreven a hablar español por la calle, por miedo a las amenazas nacionalistas. Miles de empresarios han tenido que retirar de sus comercios los carteles en español, por coacciones separatistas del mismo tipo. Miles de padres saben que sus hijos solo hablan español en casa. En determinadas provincias de este país no se puede emplear la palabra español para referirse a nuestro idioma nacional, al que los hispanohablantes del mundo llaman sin miedo por su nombre –Spanish, espagnol, Spanisch, spagnolo, Spaans, espanhol– en sus respectivos idiomas. Tal vez la máxima expresión de la farsa nacionalista sea la del Senado, donde los políticos procedentes de autonomías con idioma propio fingen no hablar español, haciéndose traducir del gallego, vasco o catalán por intérpretes mantenidos con el dinero de nuestros impuestos.

Por eso ha resultado sorprendente que el filósofo y catedrático vasco Daniel Innerarity haya admitido esta semana sin rodeos algo que todos sabemos desde hace años: “Si no existiéramos los nacionalistas, nadie hablaría catalán o euskera”. Efectivamente, en el mundo global los idiomas autonómicos españoles –sobredimensionados por intereses políticos– no tienen futuro alguno. El idioma más hablado del mundo es el inglés, porque a los 335 millones de hablantes nativos hay que sumar los más de 500 millones de personas que lo hablan como segundo idioma. Pero el español es el segundo idioma del mundo con mayor número de hablantes nativos. Sin embargo, en España los hay que se niegan o no se atreven a hablarlo. El español es un gran idioma maltratado desde hace décadas, un idioma heroico cuyo avance parece hoy imposible de detener, pese a las agresiones diarias que sufre en el país donde nació.Un idioma heroico

Unidos por la independencia, divididos por todo lo demás
EDITORIAL El Mundo 26 Marzo 2016

Que en política muchas veces hay sumas que en realidad restan lo vuelve a confirmar el guirigay perpetuo en el que lleva instalada Junts pel Sí desde la investidura in extremis de Carles Puigdemont como president de la Generalitat. La coalición que agrupa a Convergència, ERC y otras figuras independientes es tan heterogénea que no consigue disimular sus fricciones y luchas internas en cada debate en el Parlament. De hecho, lo único que ha evitado que la agrupación salte ya por los aires es su común objetivo independentista -a nivel municipal, sonora ha sido la ruptura en el Ayuntamiento de Girona-. A las tensiones internas se suman las constantes presiones de la CUP, la formación antisistema en cuyos brazos se lanzaron los convergentes para poder gobernar. Y aún más. Junts pel Sí no ha podido evitar fracturarse ya en varias votaciones sobre cuestiones sociales promovidas por partidos de izquierda, que han evidenciado las irreconciliables posturas de Convergència y sus socios republicanos en cuestiones que afectan al modelo económico y de sociedad. La gota que ha colmado el vaso ha sido una propuesta para eliminar las subvenciones a escuelas privadas del Opus Dei que ha distanciado todavía más a unos y otros diputados.

El resultado de todo ello es que la coalición independentista está ofreciendo una lamentable imagen de desunión, falta de liderazgo y de proyecto, que no hace sino engordar las perspectivas electorales de la marca catalana de Podemos, Catalunya Sí que es Pot. La encuesta del Centro de Estudios de Opinión de hace sólo unos días ha hecho saltar todas las alarmas en la cúpula de la antigua Convergència. De celebrarse ahora unas nuevas elecciones autonómicas, Junts pel Sí pasaría de los actuales 62 escaños a 56-58. Un retroceso que le dejaría sin mayoría absoluta aunque volviera a respaldarle la CUP. En cambio, Catalunya Sí que es Pot experimentaría una espectacular subida, doblando sus apoyos actuales hasta los 23 escaños -que le situarían como segunda fuerza en el Parlament, desplazando a Ciudadanos-.

Este auge se explica por la gran oportunidad que representa este escenario para la coalición de izquierdas para apropiarse de la bandera social, ya que a ERC le está pasando, como es lógico, una fuerte factura su incoherente alianza con Convergència -formación de centroderecha-. Tampoco entienden muchos de los seguidores de la CUP su investidura a Puigdemont, por más que los anticapitalistas se escuden en la hoja de ruta independentista. Máxime cuando a nadie se le escapa que el órdago al Estado está tan plagado de retórica como abocado al fracaso y que, sin embargo, genera un grave escenario de incertidumbre e inestabilidad política que impide aprobar las leyes y reformas necesarias para que Cataluña salga del marasmo económico en el que se encuentra.

En ese sentido, las fricciones en Junts pel Sí y su tensión con la CUP están teniendo efecto en las dificultades para tramitar los Presupuestos, cuya aprobación se convertirá en la primera gran prueba de fuego para la supervivencia de la alianza parlamentaria. Puigdemont ha advertido a los antisistema que las medidas sociales contenidas en el plan de choque económico que JxSí les ofreció a cambio de la investidura dependen de que se aprueben unos nuevos Presupuestos, dado que siguen prorrogados los de 2015. Pero el president trata de imponer el pragmatismo y busca avanzar en medidas realistas a lo largo de la legislatura. Una actitud que choca frontalmente con la de la formación anticapitalista, que no ha dudado en pisar el acelerador y en meter el dedo en el ojo al Govern con una moción para forzar un choque frontal con el Tribunal Constitucional. Es el último quebradero de cabeza para Puigdemont, quien no logra ocultar su incapacidad para coger las riendas en una situación tan semejante a una jaula de grillos.

En el mismo barómetro del CEO se reflejaba una bajada de los partidarios de la independencia hasta el 45,3%, en empate técnico con quienes la rechazan, un 45,5%. Es bochornoso que Cataluña sufra una auténtica parálisis política por culpa de unos dirigentes a los que sólo les une una ensoñación soberanista que no comparte ni la mitad de los catalanes.

El tabú de la convivencia
Eduardo Goligorsky Libertad Digital

Informa la prensa (LV, 16/3) que Carles Puigdemont mostró a Pedro Sánchez su enfado por la expresión "crisis de convivencia" referida a Cataluña que utilizó durante el fallido debate de investidura.

Le afeó con vehemencia el uso de un concepto que le aclaró que no se corresponde en absoluto con lo que es la realidad en Catalunya, y que por tanto es falso.

Para apuntalar su argumento esgrimió "la amplia aceptación que tiene la celebración de un referéndum", aunque omitió explicar que se refería a encuestas no verificadas, en tanto que lo que sí está comprobado en las urnas es que sólo el 47.8% de los ciudadanos vota a los partidos secesionistas. Mayor fractura, imposible. Como era de prever, dada su indigencia intelectual y su propensión a achantarse, "el líder del PSOE tomó nota de la reprimenda, admitió el error y se comprometió a no repetirlo". Ya antes lo habían zarandeado sus correligionarios del claudicante PSC.
La clave del equívoco

La convivencia es un tema tabú y, como sucede en todos los regímenes autoritarios, el mayor pecado consiste en denunciar a quienes, abusando de su poder, la ponen en peligro o directamente la anulan. Y no existe nada más lesivo para la convivencia que el proyecto de desconectar unilateral y arbitrariamente a los ciudadanos que residen en una parcela del territorio español de sus familiares, socios, clientes, colegas y amigos que residen en el resto del mismo territorio, fracturando vínculos sentimentales, económicos y culturales. Con el agravante de que, por mucho que se haga para ocultar la verdad, sobran las pruebas y testimonios de que este proceso también implica la ruptura con Europa y el resto del mundo civilizado.

La clave del equívoco consiste en que los secesionistas consideran que quienes no comparten sus dogmas no son sus conciudadanos y, por lo tanto, tampoco gozan del derecho a disfrutar de lo que para ellos es la convivencia. Basta, para comprobarlo, ver el desprecio con que tratan a quienes no se ciñen a esos dogmas: son desde traidores y botiflers hasta catalanófobos (Josep Maria Álvarez dixit) aunque sean catalanes de pura cepa. Tan catalanes o más catalanes que sus detractores. Ay de quien se aparte de la ortodoxia: su identidad queda en entredicho. Y la identidad es la piedra de toque para gobernar la convivencia entre "los nuestros" y "los otros". Recuerdo, una vez más, el apotegma descarnadamente retrógrado de la pregonera Pilar Rahola ("Ratones", LV, 1/3), que podría aparecer como cita liminar del Mein Kampf, de las obras completas de Sabino Arana o Jean-Marie Le Pen, o del manual del perfecto salafista:

Es lo que tiene perder los orígenes, que se pierde la dignidad.

Manía peligrosa
Las personas inteligentes no sólo conservan la dignidad sino que la robustecen, y refuerzan asimismo sus lazos con el resto del género humano, a medida que se alejan de sus orígenes y se dejan guiar por los mandatos de la racionalidad. Lo explica Michel Wieviorka con rigor didáctico para que lo entiendan hasta los más obtusos ("La obsesión de los orígenes", LV, 26/12/2014):

Me conozco mejor si sé los estudios que puedo hacer, si conozco mi trabajo, la familia que he creado, los amigos y los íntimos que frecuento, la forma en que considero y enfoco la política, mis creencias religiosas, etcétera, que si sé que hace quinientos años mis antepasados, de los que en realidad conozco pocas cosas, vivían en tal sitio, profesaban tal religión, etcétera. Cuanto más lejano queda el pasado, menos me define y me caracteriza. En este sentido, la búsqueda de los orígenes es una aspiración mítica, que aporta un relato imaginario que se supone que explica el presente, siendo así que tal presente debe bien poco a ese pasado.

Si la obsesión por los orígenes puede desembocar en la creación de genealogías espurias, desconectadas -aquí sí se aplica el término- de la realidad y rayanas en la estulticia, la porfía identitaria está cargada de ingredientes letales para la convivencia, mal que le pese a Carles Puigdemont. Amin Maalouf se ha ocupado de esta manía peligrosa en su libro Identidades asesinas (Alianza Editorial, 1999). Leemos:

Desde el comienzo de este libro vengo hablando de identidades asesinas, expresión que no me parece excesiva por cuanto que la concepción que denuncio, la que reduce la identidad a la pertenencia a una sola cosa, instala a los hombres en una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominadora, a veces suicida, y los transforma a menudo en gentes que matan o en partidarios de los que lo hacen. Su visión del mundo está por ello sesgada, distorsionada. Los que pertenecen a la misma comunidad son "los nuestros", queremos ser solidarios con su destino, pero también podemos ser tiránicos con ellos si los consideramos "timoratos", los denunciamos, los aterrorizamos, los castigamos por "traidores" y “renegados”. En cuanto a los otros, a los que están del otro lado de la línea, jamás intentaremos ponernos en su lugar.

Beligerancia identitaria
Llegados a este punto es indispensable subrayar un dato clave que quita hierro al enfado de Carles Puigdemont: claro que existe una crisis de convivencia en Cataluña, pero no la generan los ciudadanos sino las medidas discriminatorias de los sucesivos gobiernos nacionalistas, con el suyo como final de ciclo. Y también existen los temas tabú. En los centros urbanos, que concentran la mayor parte de la población, los familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo mantienen relaciones modélicas mientras no sacan a colación los temas relacionados con la política identitaria y lingüística de matriz totalitaria. Por supuesto, ello implica un déficit en lo que habitualmente se entiende por convivencia, aunque las personas más ecuánimes y serenas pueden polemizar sobre estas cuestiones civilizadamente.

Es el gobierno de la Generalidad el que desde los tiempos del patriarca innombrable puso en marcha una política de beligerancia identitaria encaminada a envenenar, premeditada y planificadamente, el clima de convivencia entre los ciudadanos. Esa política se desarrolló a través de los partidos nacionalistas, los medios de comunicación oficiales y subvencionados, determinadas redes sociales, los activistas fanáticos y -lo más imperdonable-, los centros de enseñanza. La ofensiva ha sido tan feroz y escandalosa que el notario Juan-José López Burniol, incansable patrocinador de terceras vías estériles, asustado con sobradas razones por la crispación cotidiana, evocó la tragedia de Antonio Machado y su madre al huir de España en las postrimerías de la Guerra Civil y escribió, hace ya dos años ("¿Llegamos pronto a Sevilla?", LV, 22/2/2014):

Otra vez ha germinado entre nosotros la semilla de la intolerancia, siempre presta a convertirse en odio. Lo han de tener muy en cuenta todos los que hoy llevan la antorcha -todos sin excepción, a un lado y otro del río- y muchos de los que escriben y hablan -escribimos y hablamos- con mayor, menor o ningún conocimiento de causa, porque de ellos -de nosotros- es la responsabilidad por lo que está sucediendo, que no es, ni más ni menos, que el inicio de un grave enfrentamiento incivil refractario a todo arreglo.

Disputa de tiburones
La severa reprimenda del implacable Carles Puigdemont al pusilánime Pedro Sánchez tiene, además, un toque surrealista. Quienes hoy están implicados en una crisis de convivencia mayúscula son precisamente los capitostes del vodevil secesionista. Y no sólo de convivencia. La directora adjunta de La Vanguardia titula su columna dominical (20/3) "Crisis de identidad". ¿El escenario es un barrio de inmigrantes? No, es nada menos que Convergència. Diagnostica M. Dolores García con precisión clínica:

La figura de Mas atraviesa por una crisis de identidad que supura por el partido, se extiende al grupo parlamentario y acaba afectando al Govern. Mientras el expresident modera sus expresiones para que la nueva Convergència compita en el difícil mercado electoral, rechaza una declaración unilateral de independencia y alerta que antes hay que superar el 50 % de los votos, su sucesor declara en la prensa internacional que la secesión puede lograrse sin el acuerdo de Madrid. Mientras el Govern, por su composición y apoyos parlamentarios vira a la izquierda, en Convergència la confusión ideológica no puede ser mayor. (…) Las dificultades para conciliar los intereses de CDC y el Govern son cada vez mayores. (…) Mientras que el grupo parlamentario de Junts pel Sí comienza a dar señales de resquebrajamiento.

Eso sí, la misma periodista informa a continuación que Mas "abomina de Esquerra y de la CUP" y en la página siguiente se lee que la CUP presiona al Gabinete de JxSí para que cumpla la resolución de ruptura y desobedezca al Tribunal Constitucional. Y qué es la CUP sino una tropa anárquica de energúmenos unidos sólo por el odio a Europa, a España y a la burguesía catalana malvendida por Convergència.

En síntesis, es cierto que en Cataluña se vive una crisis de convivencia, pero no entre la buena gente sino entre los tiburones que se disputan a dentelladas la suculenta presa del poder.

El ridículo catalán
Romeva convoca el “Gabinete de Crisis” catalán por los atentados de Bruselas
Miguel Massanet www.diariosigloxxi.com 26 Marzo 2016

“El ridículo deshonra más que el propio deshonor” F. de la Rochefoucauld.

Aunque se empeñaran en parecer más patéticos, quisieran dar una sensación de mayor absurdo o una impresión de semejante superlativo esperpento, sería imposible que los separatistas catalanes pudieran conseguir un desprestigio mayor o una descalificación más merecida, que la que están mereciendo a pulso con sus continuas boutades y estupideces en su afán de dar por sentado que, a pesar de los repetidos fracasos que vienen consiguiendo, tanto en cuanto a sus enfrentamientos con el Estado español, de los que vienen saliendo trompicados una y otra vez; como por sus ridículas bravatas, ante el TC, que les han reportado repetidas advertencias a cerca de la ilegalidad del proceso secesionista en el que está empeñados o el haber sido enjuiciados por haber incumplido las prohibiciones respecto a la convocatorias de consultas para las que, los políticos catalanes, no tenían competencias ni habían conseguido las debidas autorizaciones de las instituciones competentes.

En su empeño de saltarse las leyes y siguiendo la senda de la declaración del propio Parlamento catalán, sobre su intención de no acatar las leyes españolas ni las resoluciones del TC, una declaración recurrida ante el indicado tribunal y aceptada a trámite y, en consecuencia, suspendida en tanto no se emita el correspondiente dictamen del alto tribunal; no dejan de aprovechar las oportunidades que se les presentan para intentar demostrar que, el proceso hacia la independencia que pretenden legitimar, no tiene marcha atrás y que están dispuestos a saltarse lo que sea preciso para conseguirlo. Cuando el señor Raúl Romera pretendió adoptar el cargo de “consejero de asuntos exteriores” del imaginario “estat catalá”, alguien, desde el Gobierno de España y del Parlamento español, les advirtió que ninguna autonomía está facultada para hacerse cargo de las relaciones exteriores, fuera de que se tramite a través del ministerio de Exteriores del gobierno español. Ante la falta de rectificación de la Generalitat se procedió, una vez más, a recurrir la actuación de los políticos catalanes ante el TC, lo que ha supuesto que, desde el momento en que fue admitida a trámite el recurso, el nombramiento del señor Romera ha quedado en suspenso y, en consecuencia, sin posibilidad alguna de actuar sin que, con ello, incurra en incumplimiento de las normas constitucionales, expuesto a ser sancionado por su actitud levantisca.

Así es que, aprovechando que los terroristas han dejado sentir su poder en el magno atentado cometido en la capital belga, Bruselas, y el revuelo que esta horrible noticia ha producido en toda Europa, con la puesta en alerta de las fuerzas del orden de todos los países, los servicios de inteligencia encargados de seguir los movimientos de estas bandas y las subsiguientes convocatorias de las comisiones de crisis de todos los gobiernos integrados en la UE; ni cortos ni perezosos, los políticos catalanes han decidido que ellos, no pueden quedar atrás y que, “sin su colaboración” es posible que el resto de naciones europeas, incluida la nuestra, no “vayan a conseguir coordinar la respuesta adecuada al terrorismo islamita” Y, hete aquí que, el señor Raúl Romera, más tieso que un huso, se ha tomado en serio la cuestión y su cargo de “consejero de exteriores” para organizar una video conferencia con el “embajador” catalán en Bruselas para que les informe sobre la situación y las consecuencias de los atentados yihadistas en aquella ciudad. Y para que nadie dudara o dejara de enterarse de tan “trascendental noticia” ha hecho público el texto que escribió en las redes sociales: “Videoconferencia con nuestro representante @aaltafaj en Bruselas y el equipo de Govern para coordinar gabinete de crisis”

No contentos con semejante metedura de pata, tuvo que ser el señor Oriol Junqueras quien quiso rematar la jugada dando, por medio de sendos twiter, una conferencia que intentaba relacionar los atentados de Bruselas con Damasco, utilizando los siguientes términos: “La violencia golpea Bruselas, nuestra actual capital política europea. Y también golpea Damasco, que también fue la capital de una buena parte de nuestras tierras en el Siglo VIII. Recordad que en el SigloVIII la capital de los barceloneses, leridanos y tortosinos era Damasco” y dicho esto se ha quedado como un papa, seguramente muy satisfecho de haber podido decir que los catalanes eran súbditos de los moros y no pertenecían a España. Claro que, en aquellos tiempos, media España se encontraba en semejante situación y a nadie, medianamente sensato, se le ocurre recordar que dependíamos de Damasco. Tampoco Madrid era la capital de España, sin embargo, ya los romanos habían denominado el territorio que ocuparon en la península Ibérica como Hispania, donde, por cierto, estaba incluida Cataluña.

Lo que nos preocupa no es el señor Romera y todos los insensatos que puedan seguirle en tan alocadas experiencias; lo que sí nos preocupa es que parece que, en España, mientras los aspirantes a formar gobierno se están peleando entre ellos para ver quien será que se lleve el premio de la Moncloa, hay asuntos tan importantes como el que acabamos de reseñar, en el que se intenta, subrepticiamente, atentar en contra de la unidad de España utilizando el enfrentamiento directo y solapado contra las instituciones del Estado español y, principalmente, contra el mismo poder judicial que, para los secesionistas, parece que no existe y todo lo que emane de él recibe el rechazo de las autoridades catalanas, como si España ya no existiera para ellos.

El gobierno está en funciones pero, entre tanto no exista otro que pueda sustituirlo, es evidente que está autorizado para exigir que se cumplan las leyes y, si cabe, con mayor razón, las resoluciones emanadas de nuestro más alto tribunal, el TC. No es posible admitir que, porque no se lleguen a acuerdos de gobernabilidad, no se produzcan las condiciones para el entendimiento de los partidos o se deba acudir a unas nuevas elecciones legislativas; el país quede sin que nadie se ocupe de evitar que el desorden se apodere del país, se dejen de cumplir las leyes, se cree un caos insostenible y los ciudadanos queden a expensas de aquellos que, precisamente, se valen de estas situaciones para sacar beneficios de todo ello.

El caso catalán, sin duda, puede resultar una verdadera payasada, sin posibilidad alguna de que llegue a cuajar la más mínima oportunidad de que se llegue a una hipotética separación de España, lo que, evidentemente, sería un verdadero desastre para los mismos catalanes, sería que quedarían fuera de España y fuera de la UE; algo que se les ha dicho desde todos los estamentos comunitarios que han intentado captar para su causa. Pero esto no es óbice para que, en tanto se ponen en solfa las medidas para evitarlo y se envía a todos estos sediciosos a la cárcel, para que paguen el daño que le están haciendo a España y a la comunidad catalana, pueden suceder muchas cosas desagradables, se pueden producir situaciones muy peligrosas para los españoles que residimos en esta autonomía y no comulgamos con las ideas separatistas que tienen obsesionados a una parte importante de la ciudadanía y, ya se sabe, siempre los hay, porque los hubo en tiempos en que la II República gobernaba España, que pueden decidir emplear métodos impropios, impelidos por ideas extremas y fanatismos rencorosos, que pudieran llegar a crear situaciones en las que la convivencia en Cataluña se convirtiera en algo imposible y, en estas condiciones, resulta inevitable que algún exaltado produzca la chispa capaz de encender, como ocurrió el 18 de julio de 1936, la hoguera de la discordia.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, sentimos que el aliento de la desgracia nos sopla detrás de las orejas, anunciando tiempos en los que la paz, a la que con tanta facilidad nos llegamos a acostumbrar, corre el peligro de que estas nuevas generaciones que no saben lo que representan las revoluciones ni conocen los estragos de las guerras, se sientan tentados de abrir la caja de Pandora para satisfacer su insana curiosidad. Si ello ocurriera ¡pobre España!

El muerto olvidado de esta Semana Santa
Pascual Tamburri esdiario 26 Marzo 2016

Hace 35 años, los abertzales y marxistas de ETA mataron al jefe de la Policía Foral. Hoy son abertzales y marxistas los que gobiernan Navarra y mandan la misma Policía. ¿Cómo se entiende?

La temprana Semana Santa de 2016 es la primera con Uxue Barkos presidiendo Navarra. Y es la primera con Bildu – Batasuna en el poder en Pamplona, de la mano del alcalde Asirón. ¿Sabían lo que hacían en la Unav al hacerlo doctor? Sospecho que sí. Una Semana Santa entre las procesiones que permanecen y la kale borroka que retorna, entre los que quieren ikurriñas en los balkones y los que imponen más vasco en escuelas que quieren más inglés. Una Navarra que no crece, pero sobre todo que mira al futuro con temor. Un futuro en el que algunos incluso quieren de nuevo a ETA.

Vivimos en una Navarra estupenda, en la que tenemos una dirección general de Paz y Convivencia del Ejecutivo foral, con Álvaro Baraibar, y en la que se van a celebrar unas Jornadas de Paz, Convivencia y Derechos Humanos. Una idea moderna, progre y maravillosa para este abril, en la que “Sembrando convivencia, una mirada desde el arte” permitirá que en Pamplona hablen de paz, libertad, derechos, tolerancia y tantas cosas preciosas el ilustre periodista Gervasio Sánchez, Javier Pagola, Bernardo Atxaga, el grupo Proyecto 43-2 y el teatro de la fundación Baketik. Qué pena que no vayamos a estar todos, y que no todos tengamos el mismo derecho a estar.

Las cosas que importan a los chicos de Barkos y de Asirón son las importantes. Por supuesto. Qué hay más importante que contar una versión rehecha de lo que sucedió hace 80 años para ocultar y falsificar lo que ha sucedido aquí durante esta misma democracia. Hablamos empalagosamente de “solidaridad con todas las víctimas y su derecho a la verdad” y a la vez impulsamos el olvido de lo que ellos mismos hacían hace poco, y vuelven a hacer ahora, buscando una legitimidad en la mentira histórica a la que llaman memoria. Con la impresionante cara dura de hablar de “respeto a los derechos humanos de todas las personas” pensando en los muertos de hace 800 años y en sus presos terroristas asesinos casi impunes e ignorando a los que aquí han sufrido y siguen sin verdadera libertad.

Barkos, Asirón y Baraibar ven como prioritario, por ejemplo, “el plan de retirada de simbología del franquismo”, un proyecto para “democratizar el espacio público de Navarra, de sus calles y plazas”. Pero si quieren retirar “los símbolos que representen una exaltación de la violencia y de valores antidemocráticos o contarios a la libertad” tendrán que empezar, y lo saben bien, por todos los símbolos, locales, banderas, carteles y recuerdos batasunos, etarras, abertzales, incluyendo esa ikurriña que tantas muertes nos ha traído; y sin olvidar desde luego la bandera roja marxista, símbolo de varios genocidios. Y qué harían en ciertos locales islámicos. Así que o son sinceros y ciegos a la realidad, o son mentirosos y usan esa retórica sólo para sus propios, mediocres y sucios fines políticos.

En la feliz Navarra de Barkos, al frente de la consejería de Interior y Justicia del Gobierno Foral de Navarra está María José Beaumont Aristu, abogada navarra de EH Bildu. Ecopacifista y de la coordinadora Itoiz, ahora ella dirige la Policía Foral. La Navarra retroactiva y hemipléjicamente pacifista tiene además su policía en manos de una sucesora de Herri Batasuna. Lo cual tiene su toque macabro, porque ETA ha matado al menos a 42 personas en Navarra –y no hablamos de las muy numerosas víctimas de otro tipo-, y entre ellos está… el que fue jefe de la policía foral, José Luis Prieto García.

El teniente coronel José Luis Prieto García nació en Tafalla, participó en el bando hoy oficialmente maldito –desde la ignorancia-, mandó la policía foral y se retiró en 1979. El 23 de marzo de 1981, al entrar en la parroquia de Nuestra Señora del Huerto cuando un etarra se acercó a él y le disparó dos veces en la cabeza. Los pistoleros de la banda huyeron en un Peugeot 504 de color blanco.

Su cadáver permaneció más de una hora en la acera una hora a escasos metros de la entrada de la iglesia, acompañado por varios de sus hijos. No fue un caso único en aquella Pamplona en la que se preparaban las actuales libertades. Han sido condenados como autores, cómplices y encubridores del asesinato los criminales etarras Manuel Víctor Tomás Salvador Labat, Juan José Legorburu Guerediaga, Mercedes Galdós Arsuaga, José Ramón Artola Santiesteban y José Ramón Martínez de la Fuente. Sorprende ver que ninguno de ellos tiene aún cargos relevantes en el Gobierno de Barkos. Sería lo coherente con su idea de la “memoria” Aunque quizá fuese demasiado humillante para la aún Policía Foral. Claro que lo que de verdad importa es cambiar los peligrosísimos símbolos, y sólo algunos…

Hace 35 años ETA mató al teniente coronel José Luis Prieto, jefe de la Policía Foral. Hoy dan lecciones de ecopacifismo y controlan la Policía Foral.

El nacionalismo valenciano sigue la senda del secesionismo catalán
La Diputación permite un acto en la plaza de toros para reivindicar más autonomía
A. CAPARRÓS ABC 26 Marzo 2016

La plaza de toros de Valenciaalbergará el próximo 23 de abrilun acto organizado por Acció Cultural del País Valencià (ACPV) -una entidad subvencionada por la Generalitat de Cataluña- bajo el lema de «Fem País Valencià» («Hacemos País Valenciano») que los promotores conciben como una exhibición de fuerza (pretenden llenar el recinto) y un punto de inflexión para implantar las tesis de sesgo nacionalista tras el cambio de gobierno en la Generalitat.

Los organizadores del acto (que no se celebraba desde el año 2000) han difundido una suerte de «editorial» en su página web en el que se advierte de que «el nacionalismo valenciano no puede quedarse satisfecho solo apartando al PP de las instituciones. Hace falta construir un proyecto de país, especialmente ahora que el Principado [de Cataluña] nos marca a todos un camino decidido y potente».Cambio de gobiernoEn el año 2001, la Diputación de Valencia, gobernada entonces por el PP, impidió la cesión de la plaza de toros para la celebración del acto con el que se conmemora el aniversario de la Batalla de Almansa de 1707, festividad no oficial que enarbolan los nacionalistas valencianos.

Socios separatistas
Ahora, con el PSOE al frente de la Corporación provincial, ACPV (una entidad que el pasado año recibió cerca de un millón de euros en concepto de subvenciones de la Generalitat de Cataluña) y es socia de la organización independentista Òmnium Cultural, avisa de que «después de veinte años de malgobierno, ha llegado el momento de ganar nuevos espacios para la lengua y la cultura, y para los valores de progreso».ACPV y Òmnium (que se integró en la candidatura secesionista de Juntos por el Sí en las últimas elecciones celebradas en Cataluña) decidieron el pasado mes de febrero «potenciar su actividad conjunta» en el seno de la Federación Llull con el objetivo de «lograr un futuro compartido para los Países Catalanes».

Los promotores del acto que se celebrará en Valencia el próximo 23 de abril tienen claro que el nuevo gobierno autonómico, formado por el PSPV-PSOE y Compromís con el apoyo parlamentario de Podemos, respalda sus tesis y, al respecto, subraya que «la pasada primavera se abrió un tiempo que puede ser diferente, que ha de ser necesariamente diferente». En ese sentido, recalcan que «no nos podemos permitir perder más tiempo. Ya hemos perdido bastante. Es preciso que trabajemos colectivamente». Para ello, reclaman al Ejecutivo que preside el socialista Ximo Puig que «aporte solidez institucional a los cimientos que desde la calle hemos estado construyendo durante años». De esa forma, «conseguiremos un país donde sea fácil que nos reconozcamos y nos reconozcan. Un país donde seamos más felices porque se nos respeta desde lo que somos. Haciendo un país más nuestro. Haciendo País Valencià».

Reparto de fondos públicos
Hasta las pasadas elecciones autonómicas, las entidades que defienden la existencia de los «Países Catalanes» se nutrían fundamentalmente de las subvenciones públicas de la Generalitat de Cataluña. De hecho, Òmnium Cultural se integró en la candidatura independentista de Juntos por el Sí tras haber sido una de las entidades más favorecidas por la política de ayudas del Gobierno de Artur Mas. En el caso de Acció Cultural del País Valencià, el Ejecutivo catalán abona los 670.000 euros de la cuota anual de la hipoteca de su sede en Valencia.Además de pagarle la hipoteca de su histórico edificio en pleno centro de la capital del Turia, el Departamento de Presidencia de la Generalitat de Cataluña concedió otra ayuda adicional de 250.000 euros a ACPV, cuya finalidad es la de sufragar las «actividades culturales de la entidad durante 2014», según consta en el DOGC con fecha de 24 de abril de 2015. En total, más de un millón de euros. El nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, ya ha anunciado que mantendrá este tipo de subvenciones y ha declarado públicamente su reclamación de que se «proteja el catalán en el País Valenciano».


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