AGLI Recortes de Prensa   Domiongo 22 Mayo  2016

Cómo arruinar a hijos y nietos emitiendo deuda sin parar
El alto nivel de deuda es ya una cuestión moral. Las fuerzas políticas deben alcanzar un acuerdo para que los excesos de recaudación se destinen íntegramente a bajar deuda
Carlos Sánchez El Confidencial 22 Mayo 2016

Es harto conocido cómo arranca 'El Contrato Social', el libro más influyente de Rousseau. “El hombre”, decía el filósofo francés, “ha nacido libre, y, sin embargo, vive en todas partes entre cadenas”. Rousseau, como es obvio, no podía conocer hasta qué punto su percepción de la realidad sigue siendo cierta.

Los desmesurados aumentos del endeudamiento público -711.560 millones de euros desde 2007- atarán en corto a las próximas generaciones con las pesadas cadenas de la deuda. Y lo que no es menor relevante: difícilmente un país puede ser soberano cuando está obligado a devolver una ingente cantidad de recursos dilapidados por una generación insolidaria y egoísta que prefiere endeudar a sus hijos y a sus nietos para mantener de forma artificial (emitiendo deuda) su nivel de vida. Y que está dispuesta a vivir de prestado postrada ante sus acreedores antes que asumir su incompetencia palmaria para generar la riqueza de la que disfruta. Engañándose a sí misma y, lo que es lo peor, a las futuras generaciones.

En Irlanda y Bélgica, ya se han lanzado emisiones a 100 años, mientras que en España el actual Gobierno se muestra ufano por emitir a 50 años, y es muy probable que tenga la tentación de hacerlo a plazos más largos habida cuenta de que el BCE se ha convertido en uno de los primeros clientes de la deuda pública española.

John Locke, considerado el primer liberal, sostenía que la legitimidad del poder político tenía su origen en el consentimiento de las personas. Pero difícilmente se puede lograr ese objetivo -la legitimidad del poder mediante el acuerdo ciudadano- cuando se toman decisiones que limitan la capacidad de obrar de las próximas generaciones. Hasta el momento, ningún país ha sido capaz de reducir de forma relevante su endeudamiento después de haber alcanzado el 100% del PIB, como es el caso español.

Y es que la deuda, como otras muchas cosas, también es una cuestión moral, como la corrupción o el respeto a los derechos humanos. Y por eso se habla de ‘honrar’ la deuda cuando se devuelve lo prestado. Porque en la deuda también está la honra de las naciones.

Las cadenas, sin embargo, son cada vez más pesadas. La deuda no deja de crecer en términos absolutos: 1,095 billones de euros sin contar otros pasivos que no cuentan en el Protocolo de Déficit Excesivo, pero que hay que devolver. Y que suman otros 226.952 millones (sin incluir los préstamos entre diferentes administraciones del sector público). En total, algo más de 1,3 billones de deuda pública para un territorio de apenas 46 millones de habitantes.

El hecho de que un país se endeude no es intrínsicamente negativo. Al contrario. La principal función del Estado liberal es, precisamente, procurar el bienestar de sus ciudadanos. Y por eso cuando invierte en servicios esenciales para la comunidad: educación, sanidad, transportes o incentivos razonables a la producción económica, cumple el contrato social al que se refería Rousseau. Pero cuando este se rompe, lo que se está liquidando, en realidad, es la naturaleza democrática del poder político.

Deuda para pagar gasto corriente
No cumple esa función cuando el Estado se endeuda para financiar gasto corriente, que es lo que está sucediendo. Este año, por ejemplo, el sector público tiene previsto invertir en formación bruta de capital fijo 23.109 millones de euros (el 2% del PIB), mientras que destinará 31.963 millones (el 2,9%) a satisfacer el servicio de la deuda.

Ni tampoco cumple esa función cuando se come el Fondo de Reserva de la Seguridad Social en apenas unos pocos años por ausencia de arrojo político para decir a los ciudadanos que viven del crédito exterior. Y que eso de la soberanía nacional es un cuento chino mientras el país no sea capaz de tener una financiación equilibrada.

Pero mientras ocurre esto, el endeudamiento público sigue sin ser el asunto central de las elecciones del 26-J más allá de la refriega política por el hecho de que España haya vuelto a incumplir el objetivo de déficit. Muy al contrario, el presidente del Gobierno en funciones insiste en prometer una rebaja de impuestos, lo cual es un auténtico disparate indigno de un político responsable. Al menos, mientras no se rebaje la deuda en términos absolutos. Aunque sea por razones de solidaridad intergeneracional.

Entre otras cosas, porque la otra gran herencia que dejará esta generación es una crisis demográfica sin precedentes que hará que en el futuro menos población -y más envejecida- sea obligada a devolver una deuda cada vez más abultada en términos per cápita. Y no está escrito en ningún sitio que los tipos de interés sigan en los actuales niveles durante las próximas décadas.

Destinar los excesos de recaudación derivados de un contexto económico irrepetible -desplome del petróleo y de los tipos de interés, además de una fuerte depreciación del euro- no es un acto de rebeldía contra el rigor presupuestario. Muy al contrario, lo han reclamado de forma reiterada organismos pocos sospechosos de fomentar la insumisión fiscal, como el FMI y la propia Comisión Europa, que han recomendado que los excesos de ingresos se destinen a reducir deuda y no a favorecer, precisamente, a la generación que va dejar a la siguiente una herencia envenenada. Hacer lo contrario es, simplemente, inmoral.

Esto lo entendió bien Suecia en los años 90, cuando en plena crisis de su Estado de bienestar decidió poner toda la carne en el asador reduciendo deuda. El socialdemócrata Göran Persson, un antiguo primer ministro, lo expresó en una entrevista con lucidez: “Un país que debe una barbaridad de dinero ni es soberano ni tiene democracia porque no es dueño de sí mismo”. Un mensaje que bien podrían oír esos nacionalistas que se llenan la boca con el autogobierno y la soberanía pero que parecen disfrutar estando sometidos bajo la bota de sus acreedores.

El argumento de Persson es casi de Perogrullo, pero en España todavía ningún partido ha pedido que todas las fuerzas políticas firmen un gran pacto contra la deuda, y que pasa por el compromiso de destinar los excesos de recaudación -si los hubiere- a reducir la pesada carga del endeudamiento, y que hoy se sobrelleva porque los tipos de interés se sitúan en niveles extraordinariamente bajos gracias a la política monetaria ultraexpansiva del Banco Central Europeo, que es, realmente, donde se deposita ahora nuestra soberanía nacional.

Coma profundo.
Vicente A. C. M.  Periodista Digital 22 Mayo 2016

Este Gobierno de Mariano Rajoy sigue en su particular burbuja de ensoñación pensando que aún mantiene las riendas del poder cuando en realidad está desde el 21D en funciones. Una situación de coma profundo en la que no ha aprovechado este tiempo para reflexionar e intentar dar un giro radical a una política equivocada que ya no convence ni a los más crédulos de su propio partido. El excesivo personalismo de Mariano Rajoy con sus palmeros, junto a las ambiciones personales de quienes ven su oportunidad para su promoción y asalto al poder, hacen que el PP haya entrado en barrena en un proceso de fractura y descomposición. Un gobierno que debe afrontar su fracaso y abandonar la esquizofrenia de mensajes contrapuestos. Una situación límite a la que se ha llegado por retrasar el Congreso donde se debe redefinir el rumbo de un partido que, como España, está la deriva.

Y es que los números son demasiado elocuentes y, por mucho que se intenten cocinar, tozudamente dan una imagen desalentadora de una legislatura que ya empezó con mal pie en las formas y en las decisiones. De hecho, los resultados del 20D con el batacazo monumental en votos y escaños solo fue la consecuencia de lo que era una tragedia anunciada en las elecciones previas al Parlamento de la UE, autonómicas y municipales, donde el PP fue cosechando mucho de lo que había sembrado y que fue incapaz de defender y explicar a la opinión pública por una política ensoberbecida y prepotente basada en una mayoría absoluta coyuntural. Y es verdad que en ciertos aspectos como el empleo ha habido una ligera recuperación, pero el precio a pagar ha sido demasiado alto y la percepción final de los ciudadanos es de absoluto fracaso.

Un célebre comunicador ha editado un libro donde se habla sin rodeos de “los años perdidos de Mariano Rajoy”, algo que reconocen muchos analistas cuando ven el precio, mejor dicho, la deuda, que España ha contraído para el escaso avance logrado. Porque efectivamente España ha terminado la legislatura superando el 100% del PIB y aun así, se mantienen los defectos estructurales de unas Administraciones sobredimensionadas y despilfarradoras con nulo control del gasto y sin una política real de austeridad. Un esperpento que ha culminado con las manifestaciones del lenguaraz Ministro de Exteriores en funciones, Margallo, con frases tan inoportunas referidas a esa pretendida austeridad como “nos hemos pasado cuatro pueblos”. La única austeridad ha sido la que se ha impuesto a los ciudadanos con la mayor subida de impuestos de la historia en España, mientras se mantenía o se disparaba el gasto de una casta política blindada en sus bien remunerados y garantizados cargos públicos.

Y lo peor de esta lamentable situación es que la alternativa que propone este PP es más de lo mismo y con los mismos. Siguen en su ensoñación de que su camino ha sido el correcto. Y desde luego que lo ha sido, pero solo para ellos que han visto pasar el tsunami de la crisis y de la austeridad impuesta a los españoles sin siquiera rozarles, bien cobijados en su atalaya lejos de las olas devastadoras de la pobreza, el desempleo, la ansiedad por el futuro y la desesperación de millones de personas abandonadas a su suerte. Y es verdad que, tras la hecatombe del final de la legislatura de Zapatero, la herencia era inasumible y España parecía condenada a la intervención. El engaño fue querer hacernos creer que esta no se produjo. La verdad es que no de una manera formal, pero sí técnica con medidas tan duras que solo han podido ser mitigadas a base de un endeudamiento brutal y agotar la hucha de las pensiones.

No nos debe extrañar el que en esta situación límite hayan prosperado alternativas populistas y demagógicas como las que ahora representa la extrema izquierda radical de la coalición comandada por PODEMOS en la que se ha integrado, para su disolución definitiva, una fracturada IU. Frente a ellos en la cancha política aparece un PP desprestigiado y enrocado en posiciones indefendibles con unos gestores liderados por Mariano Rajoy y su séquito presidencial en su bunker de la Ejecutiva nacional. Por otro lado, un PSOE empeñado en mantener la vieja política de enfrentamiento con el PP, anclado en la idea de la alternancia en el poder sin más objetivos que el rechazo a las políticas de su oponente, la derogación de su obra y reincidir en el error del aumento del gasto sin ver que ya es imposible seguir poniendo la mano en el exterior y asfixiar más a los ciudadanos con impuestos rematando a una clase media moribunda. Y por último tenemos a un CIUDADANOS utópico y voluntarioso que pretende mantener una centralidad imposible y contentar a todos, terminando por todo lo contrario y con posibilidades de volver a una inanidad cuasi regionalista y testimonial.

El otro día escribí sobre lo que parece ser la última esperanza antes de caer en el precipicio de un comunismo anacrónico bolivariano incompatible con nuestro entorno, la gran coalición. Pese a todo, por ahora nadie parece apostar por ella a pesar de que pueda ser la única alternativa razonable que al menos dé tiempo suficiente para afianzar los pilares de la democracia y afrontar seriamente los problemas de España. Todo parece indicar que se mantienen las posturas previas y cada quien confía en que los votantes decidamos en las urnas. Solo cuando los resultados arrojen la cruda realidad, quizás entonces exista una posibilidad de que se imponga la sensatez de unos pactos de gobierno.

No sé si será demasiado confiar en quienes hasta ahora han demostrado no estar a la altura de los graves desafíos y peligros a los que España se enfrenta.

¡Que pasen un buen día!

Atreveos a hacer política
ARCADI ESPADA El Mundo 22 Mayo 2016

Hace una semanas pusiste el grito en el cielo de Europa cuando la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, del grupo de los liberales europeos e impulsora de Euromind, organizó en el Parlamento Europeo un debate bajo este título genérico: ¿Nacionalismos perpetuos? ¿Una sociedad alienada?: aproximación psicobiológica al nacionalismo catalán. Adolf Tobeña habló de El cerebro de la secesión, Carsten K.W. De Dreu de La neurobiología del provincianismo moral y Mark van Vugt de Los machos guerreros. Las conferencias puedes oírlas en la web de Euromind. De Tobeña me interesaron sus reflexiones sobre la ampliación del "círculo primordial" a través de los medios y de la influencia de éstos en el fortalecimiento de lo que llamó "el comportamiento conformista o el altruismo provinciano". Del holandés De Dreu esta frase: "Las personas no luchan hasta la extenuación por sí mismas, sino por el grupo". Y de Van Vugt esta sentencia: "Es la coalición, no la nación, lo que es parte de la naturaleza humana".

No sólo tú gritaste despavorida. Antes de la celebración del acto, el diputado Ramon Tremosa, del mismo grupo Alde que Giménez Barbat, escribió una carta al presidente del grupo, Guy Verhofstadt, muy quejoso de que se celebraran unas conferencias donde iba a decirse que "ser pro-independencia está asociado a una enfermedad mental", que "dos millones de votantes catalanes quedan retratados y presentados de forma muy peligrosa" y que era inaceptable "que se permita que se refieran a Cataluña y a nuestro movimiento político insultándolo o tratándolo directamente como una enfermedad". Yo soy incapaz de juzgar científicamente las características psicopatológicas del nacionalismo catalán. Pero estoy seguro de la conveniencia de que el eurodiputado Tremosa se someta a un chequeo general. Analizar el nacionalismo desde la sociobiología puede discutirse, en especial cuando se ignora todo sobre la sociobiología y cuando el nacionalismo sólo se siente y no se razona. Pero el análisis no presupone el ingreso inmediato de dos millones de catalanes en el manicomio. Entre otras razones, porque siguiendo el razonamiento del doctor Boadella hace ya tiempo que están en el manicomio. Más interesante aún que la de Tremosa resultó la reacción del eurodiputado Ernest Maragall, que no pertenece al grupo liberal, pero que no dudó en meterse en camisa de once varas catalanas: "Este uso de argumentos psiquiátricos y psicológicos para analizar el crecimiento de determinadas ideas políticas es un recurso propio de regímenes totalitarios".

La reacción de Maragall señala con uña de luto el drama principal de la política contemporánea y, en especial, de la política europea, que es el de prescindir de la ciencia en la toma de decisiones. Luc Ferry, ex ministro de Educación de Francia, el que prohibió valientemente el uso del velo en la escuela, acaba de publicar un libro sobre el estado de las relaciones entre ciencia y política. Se titula La revolución transhumanista y lleva este subtítulo largo e informativo: Cómo la tecnomedicina y la uberización del mundo van a trastornar nuestra vida. Ferry caza en su misma lazada transhumanista el copypaste genético que mejora al hombre y hace de la muerte una hipótesis, y la economía colaborativa que simboliza Uber, la red digital de transporte privado. Y exige que la política afronte los impresionantes problemas derivados. Ferry es un hombre sensato, un tipo de político e intelectual raro en Francia e inexistente en España. Su tesis principal es que la política debe empezar a regular con firmeza y creatividad la inexorable revolución que adviene. Se sitúa por un igual contra los bioconservadores, del tipo Sandel o Fukuyama, y los visionarios, tipo Chris Anderson; es decir, en la clásica perspectiva socialdemócrata (clásica entre socialdemócratas inteligentes, este principal y dramático oxímoron español) que examina con pasión y con rigor lo que la ciencia puede hacer, y lo facilita; pero que al mismo tiempo se niega a admitir el principio de que todo lo que puede hacerse acabará al fin por hacerse.

En la introducción a su libro, que es, por el momento, lo único que he leído atentamente de él, Ferry compara el eco del debate transhumanista en Estados Unidos y Europa. El debate tiene excitantes vertientes morales y políticas. El transhumanismo propone una civilización en la que la especie humana haya pasado del azar a la elección: "De la lotería genética que 'nos cae encima' a una manipulación y mejora genéticas voluntaria y activamente buscadas". La economía colaborativa diseña un mundo regido por los makers, "estos individuos cada vez más numerosos que quieren emanciparse definitivamente de las cargas colectivas, incluso de las legislaciones nacionales", para fabricarse ellos mismos (redes abiertas e internet de las cosas) todo lo necesario para la supervivencia.

Es fácil imaginar los agudos problemas sobre la desigualdad y el papel del Estado que el debate suscita, por referirme tan solo a dos obviedades rápidas. Ferry constata que mientras en Estados Unidos, Google invierte centenares de millones de dólares en la empresa Calico, cuyo objetivo societario es "matar la muerte", y la reflexión transhumanista atraviesa tanto la prensa como los papers, Europa no acaba de tomar conciencia de lo que viene. Este párrafo crucial: "Nuestras democracias permanecen casi mudas frente a las nuevas tecnologías que trastornarán nuestras ideas de arriba abajo. Nuestros dirigentes, pero también nuestros intelectuales, paralizados por el sentimiento del declive, incluso de la decadencia, fascinados por el pasado, las fronteras, la identidad perdida o la nostalgia de la Tercera República [de cualquier república] parecen, con raras excepciones, sumergidos en la más completa ignorancia de estos nuevos poderes del hombre sobre el hombre, por no decir en el aturdimiento más absoluto, como si el mandato más preciado de los grandes espíritus de las luces, sapere aude, atrévete a saber, hubiera devenido letra muerta".

La decadencia, la fascinación por el pasado, las fronteras, la identidad perdida, la nostalgia republicana.

Queda inaugurada la próxima campaña electoral española.

Y sigue ciega tu camino entre las Luces.  A.


La deuda del 100% es culpa del BCE y del falso "austericidio"
La laxa política monetaria del BCE ha facilitado enormemente el histórico endeudamiento del Estado español a lo largo de los últimos años.
Libertad Digital
22 Mayo 2016

Esta semana hemos conocido desde el Banco de España que la deuda pública ha marcado un nuevo récord, al situarse en los 1,095 billones de euros, lo que significa alcanzar el 100% de la riqueza anual del país, siendo la guinda a unos años en el que la Administración ha asumido cada vez mayores niveles de deuda pública.

Aunque será necesario que el Instituto Nacional de Estadística (INE) confirme estos datos, estos niveles no se habían visto desde hace más de un siglo, concretamente desde el año 1909.

No es de extrañar estos niveles de deuda, dado que el Gobierno ha recurrido en exceso a la financiación pública, incluso ha incumplido de manera reiterada con el objetivo de déficit. En el año 2011, Bruselas señaló que debíamos cerrar el año con un déficit público del 6%, pero el agujero fiscal ascendió finalmente al 9%.

En 2012, el déficit público fue del 6,7%, mientras que el objetivo se había marcado en el 6,3%. También el año 2013, a pesar de que Bruselas flexibilizó los objetivos de déficit, fue del 6,6%, una décima por encima de lo previsto. Sólo en 2014 vimos que el objetivo coincidía con el déficit de ese año (5,8%). Finalmente, en 2015, el agujero fue del 5% frente al objetivo del 4,2%.

Por esa razón, desde Bruselas se está exigiendo España nuevos ajustes por valor de 8.000 millones de euros en los próximos dos años para alcanzar el 3,7% del PIB en 2016 y el 2,5% en 2017. Por otra parte, la Comisión ha aplazado hasta después de las elecciones generales del 26-J la posible multa por los continuos incumplimientos del déficit a los que el gobierno se había comprometido.

Sin embargo, alcanzar una deuda pública del 100% del PIB no hubiera sido posible sin la actuación del Banco Central Europeo (BCE), interviniendo en el mercado de bonos a través del programa de flexibilización cuantitativa (QE).

Con esta manipulación del mercado, el BCE ha conseguido alterar la curva de rentabilidad de los bonos, concediendo a los estados tiempo extra para que ajustaran debidamente sus presupuestos públicos. Pero el resultado ha sido justamente el contrario: este periodo ha sido un incentivo para que los estados se comporten de manera de laxa con la estabilidad presupuestaria.

Estos niveles de deuda pública contrastan con la idea del presunto "austericidio". No ha habido, en ningún caso, el desmantelamiento del Estado del Bienestar. El resultado de la legislatura de Mariano Rajoy es que el gasto público se ha visto incrementado en un 11% desde los niveles que dejó Zapatero.

Incluso si descontamos la evolución de las actuaciones de carácter general en las que podemos incluir las transferencias a otras Administraciones Públicas -servicios de carácter general, servicio a la deuda y demás-, el gasto público sólo se ha visto reducido en un 0,8% en la última legislatura.

Muchos políticos ponen como ejemplo el modelo nórdico, pero ignoran uno de sus emblemas: la estabilidad presupuestaria. Como podemos ver en el siguiente gráfico, que compara la evolución del déficit/superávit en Dinamarca y España, Dinamarca en los ciclos expansivos ha asumido superávit presupuestario y en los ciclos recesivos déficits.

El caso de España es muy diferente, independientemente de si el ciclo económico era alcista o bajista, asumía continuamente déficits públicos, exceptuando el periodo 2005 y 2007, donde los ingresos de la burbuja permitieron a las cuentas públicas gozar de superávit presupuestario.

Curiosamente, desde 2011 hasta 2016, el gasto social se ha visto incrementado en un 3%, al pasar de 183.231 a 188.130 millones de euros. Una de las partidas que más ha crecido durante estos últimos años ha sido las pensiones, con un incremento del 21%, hasta alcanzar los 135.449 millones de euros en los Presupuestos de 2016.

Por el contrario, las partidas presupuestarias que se han visto más reducidas respecto a 2011, más allá de la inversión pública, son las relacionadas con las prestaciones de desempleo. Si en 2011, esta partida suponía 30.474 millones de euros, hoy asciende a 19.821 millones de euros, un descenso del 35%.

No es algo novedoso que España sea adicta a los déficits públicos. Si nos remontamos al período de 2003 a 2007, España vivía un contexto de estabilidad presupuestaria. Lástima que ese escenario estuviera alterado por los efectos de una burbuja inmobiliaria y de obra civil que permitieron al Estado recaudar unos ingresos extraordinarios, pero igualmente irreales (fruto de la burbuja).

A partir de 2008, el reflejo de esos ingresos burbujeros se empezó a desvanecer y el Estado volvió a registrar un déficit de 45.000 millones de euros. La crisis se agravó en el siguiente año y el Gobierno, lejos de aplicar recortes, decidió aumentar aún más el gasto público, razón por la cual en 2009 el agujero fiscal rondó los 11.7000 millones de euros, todo un récord histórico.

La enorme patraña del 11-M
Fernando Múgica El Espanol 22 Mayo 2016

La muerte de Fernando Múgica truncó su proyecto de escribir un libro basado en sus investigaciones sobre el 11-M. Este texto, en el que sostiene que las Fuerzas de Seguridad taparon con pruebas falsas el papel de "potencias extranjeras", iba a servirle de prólogo. EL ESPAÑOL lo reproduce como homenaje a su tesón en la búsqueda de la verdad.

Una de las personas más importantes del Gobierno de Aznar me hizo varias confidencias junto al mar. Fueron muchas horas de conversación durante dos días de verano. Hubo solo un mensaje que repitió en tres ocasiones. 

"A mí lo que siempre me ha fascinado" -me insistió- "es por qué no has tenido problemas físicos. Sigues empeñado" -se refería claro está a la investigación sobre el 11-M- "en pasar de la cascarilla. Lo que me asombra es que a tu edad sigas con esa fantasía de que vas a poder llegar más allá de la espuma de lo que pasó. Estás loco. Tú eres perfectamente consciente de que en el momento en que traspases la espuma de la realidad duras exactamente 24h".

Y tenía razón. El conjunto de datos de la investigación policial que dio lugar al sumario y, más tarde, a la sentencia del 11-M constituyen una simple y gigantesca cascarilla. La razón de Estado, apoyada con el doble estímulo del terror y las prebendas, se impuso entre las fuerzas del orden para fabricar esa espuma envolvente que tanto nos ha distraído.

Los más escépticos entre los periodistas, los políticos y los agentes de la ley, fuimos laminados. A otros se les estimuló con reconocimientos, ascensos o traslados a diferentes embajadas. Se colocó en puestos clave de control a tres policías incondicionales del nuevo Gobierno, aunque para ello tuvieran que sacrificar durante una temporada a la maquinaria engrasada y eficaz de la Unidad Central de Inteligencia. Se controlaron llamadas y ordenadores. Se cambiaron cerraduras y protocolos.

Al final, unos antes y otros después, todos los cuerpos de seguridad terminaron apoyando una versión en la que cada cual trató de introducir a sus culpables. Fue una batalla sin cuartel, y contra reloj, de fabricación de pruebas, camuflaje de listados de teléfonos y tarjetas y terminales que llegaron a detenciones anticipadas y arbitrarias.

UN ERROR GARRAFAL

Uno de los errores más grandes que hemos cometido a lo largo de la investigación es considerar que las Fuerzas de Seguridad del Estado actuaron desde el primer momento con una única intención.

La realidad es que en los primeros dos meses tras el 11-M se produjo una batalla salvaje entre los distintos organismos policiales y de inteligencia. Cada grupo se enrocó, se impermeabilizó por instinto, ante la brutal sorpresa de los atentados. Cada departamento razonaba, dentro de su muralla, que si no habían sido los suyos, ni la gente que ellos controlaban, tenían que estar implicados los demás. Se montaron, unos a otros, escuchas y seguimientos porque nadie se creía que aquellos primeros personajes que ciertos departamentos de la policía presentaban como autores tuvieran nada que ver con lo sucedido.

El asunto era muy grave así que se exigieron pruebas de fidelidad, se desenterraron viejas hermandades de los años 80 y 90, como el clan de Valencia, los de Barcelona o los guarreras de la vieja Brigada de Interior. Tardaron varias semanas en ponerse de acuerdo y al final lo hicieron convencidos de que seguir por ese camino nos podía llevar a todos a una catástrofe mucho mayor de la que había sucedido.

La matanza ya no tenía remedio. El cambio político no tenía marcha atrás. Hubo un juramento por el que nadie iba a responsabilizar de nada a ningún colega si se llegaba a un consenso férreo sobre los culpables. El linchamiento público de Agustín Díaz de Mera, ex Director General de la Policía, -un político que no pertenece al Cuerpo- cuando quiso salirse del guion, camina en esta dirección.

"QUE SE LO COMAN"

Un oficial antiterrorista de la Guardia Civil definió la situación, delante de sus hombres, de una forma impecable: "El PP ya está jodido hagamos lo que hagamos. Esto se lo van a comer los moros. Son tan gilipollas que al final ellos mismos van a convencerse de que lo han hecho. Se acusarán mutuamente para salvar el culo. Y el que hable, ya sabe, está muerto".

Croquis realizado por la Policía Nacional de la mochila-bomba encontrada sin explotar en la comisaría de Vallecas.

Croquis realizado por la Policía Nacional de la mochila-bomba encontrada sin explotar en la comisaría de Vallecas.

Una consigna parecida caló en todos los estamentos de seguridad. No faltaban, claro está, los que aplaudían con las orejas por el cambio de régimen que los atentados habían alentado. La marcha del odiado Trillo o del prepotente Aznar -¡cómo aplaudían los de Información de Zaragoza en la noche del 14-M!- era un alivio para muchos. Pero la conspiración de silencio rebasó cualquier inclinación política.

Antes de llegar a ese pacto hubo una batalla sorda por averiguar implicaciones y complicidades. Todos querían guardarse munición -y lo hicieron- por si venían mal dadas...

La sentencia no ha sido más que la consagración salomónica de la parte de la versión oficial que resulta suficiente, de cara a la galería, para pasar página por parte de las distintas corrientes. Ha dejado al descubierto, sin embargo, suficientes lagunas como para que nadie pueda proclamarse vencedor.

Los políticos de ambos signos lo tenían asumido hace tiempo. Era mejor eso que desvelar que agentes incontrolados de potencias extranjeras hubieran cambiado, sin nadie que se lo impidiera, la historia de España. No podían admitir además el control, bordeando la complicidad, que habían desarrollado durante años para alimentar y tener controladas a las bandas del norte y del sur, a ETA y a los musulmanes radicales.

LOS AGENTES INFILTRADOS

España era, en las semanas previas a los atentados, un entramado gigantesco de observadores, vigilantes, confidentes y agentes encubiertos. Lo mejor de cada casa estaba en las calles con los ojos bien abiertos. Corría el dinero y se palpaba una euforia prepotente. Los posibles grupos terroristas de uno y otro signo estaban tan infiltrados, tan controlados, tan neutralizados que las propias fuerzas de seguridad les daban cuerda para que pudieran seguir adelante sin sospechas, por si tenían que utilizarlos.

Las redes de la UCO, de la UCE1 y UCE2, de la UCII y la UCIE, de la UCAO, de la UDYCO, del CNI y un largo etcétera controlaban las caravanas de la droga, las rutas de los explosivos, las reuniones de los integristas islámicos. Por eso los avisos exteriores solo provocaban sonrisas de suficiencia.

A veces tenían que jugar al ratón y al gato y al escondite para que unos grupos policiales no interfirieran en la labor de los otros. ¿El Tunecino? Pero si era uno de los chicos del CNI. Por eso tuvieron que espantarlo de su piso cuando el acoso de la policía se había vuelto asfixiante. Facilitaron su huida para desesperación de los controladores policiales.

¿Lamari? Pero si estaba enrolado en el mismo barco desde hacía tiempo. Por eso Safwan Sabag, El Pollero de Valencia no le perdía ni a sol ni a sombra desde que consiguieron sacarlo anticipadamente de la cárcel. Tuvieron que intervenir su teléfono, el 1 de julio del 2004 para que cuando la policía metiera las narices con el Skoda Fabia ya no pudieran escucharle. Y a Benesmail, su lugarteniente oficial, lo introdujeron en Asturias -y todo está grabado- en la misma cárcel, Villabona, y el mismo mes, julio de 2001, que ingresó Antonio Toro Castro el tapado en el comercio de los explosivos, y tan solo un mes antes de que entrara en la misma cárcel Rafa Zouhier, el tapado de la Guardia Civil.

Para completar el control de la zona estaba el argelino Rabiá Gaya, al que montaron una carnicería musulmana en Gijón y Fernando Huarte, el enlace con asociaciones Palestinas que sacaba a pasear a Benesmail con la excusa del dentista, como si eso fuese posible y habitual en un peligroso terrorista en régimen de vigilancia especial.

Durante los últimos años, todas las tramas de traficantes se habían puesto bajo la lupa policial con muchos medios. Para las caravanas de droga desde el Magreb, el PP contaba en 2003 -cuando aparece el proveedor Jamal Ahmidan, El Chino, procedente de una cárcel de Marruecos- con los ocho años de experiencia de Gonzalo Robles al frente del Plan Nacional sobre Drogas. El 21 de noviembre de 2003 el Consejo de Ministros le nombra Delegado del Gobierno para Extranjería e Inmigración. Se aduce algo que era verdad, su "gran conocimiento de las rutas del narcotráfico en El Estrecho".

Las rutas del explosivo hacía tiempo que estaban bajo la supervisión del CNI y de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil.

EL HOMBRE DEL REY

El control y la infiltración de radicales islámicos estaba manejada por la UCIE, de la policía y la UCE2 de la Guardia Civil, pero sobre todo por el CNI. Las credenciales del servicio secreto para ello no podían ser mejores. Jorge Dezcallar, el primer civil nombrado como director del Centro en 2001 -y el primero que ostentó el cargo de Secretario de Estado-, era un verdadero especialista en el Magreb. Vino de la mano del Rey.

El exministro de Defensa, Federico Trillo (i), y el exdirector del CNI, Jorge Dezcallar (d). Efe

No era un hombre de Aznar pero éste sabía de sus conocimientos en materia de terrorismo islámico ya que acababa de simultanear el cargo de embajador en Marruecos con el jefe de antena del CNI en la zona. No era un paracaidista. Llevaba muchos años en esos menesteres.

Para colmo, a su lado se promocionó a María Dolores Villanueva, asturiana, divorciada, un sabueso dedicada en cuerpo y alma a descubrir agentes infiltrados. La mujer con el puesto más alto en la historia del CNI. ¿Su especialidad?, contra inteligencia. ¿Su misión más reciente?, responsable de contra inteligencia del Magreb.

Después del 11-S se habían redoblado los esfuerzos en esa dirección. La realidad contradecía a lo que luego se convertiría en el latiguillo falso y estúpido de que el Gobierno había descuidado ese flanco. No faltaban traductores, ni analistas, ni agentes de campo, bien entendido que en un servicio secreto, siempre se considera que el doble aún sería insuficiente.

Antes del 11-M se había constituido un comité de crisis compuesto por ministros y expertos en el que el propio Dezcallar explicaba, en cada reunión- y al menos durante los últimos dos meses-, los seguimientos en Lavapiés y en las mezquitas, la infiltración en asociaciones y pisos dormitorio, el control en locutorios, carnicerías y peluquerías. Tenían a sueldo a los individuos destacados en relación a las corrientes islamistas radicales.

Por eso, en contra de lo que muchos investigadores escépticos con la versión oficial piensan, los atentados del 11-M produjeron una enorme sorpresa a los distintos grupos de inteligencia. Pero lo que realmente causó estupor fue la inmediata captura de los responsables y la aparición fulgurante de las pruebas.

¿De dónde salían todas aquellas evidencias que habían pasado hasta ese día inadvertidas? ¿Estaban preparadas de antemano o fueron saliendo una detrás de otra, como las cerezas en un plato, en un puro ejercicio de improvisación?

Si hubieran estado preparadas no habrían tenido esas inmensas lagunas que más tarde fueron incapaces de cuadrar, aunque lo intentaran, incluso a martillazos y ante la ceguera y la apatía general.

Cuando colocaron la mochila de Vallecas no podían saber que las verdaderas bombas no llevaban metralla. La pusieron en el convencimiento de que lo normal es que la llevara. Luego tuvieron que decir a El gitanillo en su declaración de junio aquella frase presuntamente pronunciada por Trashorras en la mina: "No os olvidéis de los clavos y los tornillos", solo para justificar la metralla de esa mochila.

Tampoco tuvieron tiempo de hacer coincidir la composición de los explosivos reales con los postizos. Sencillamente porque a la hora en que fabricaron la mochila de Vallecas aún no se conocían los resultados de los análisis de los restos de las bombas que habían estallado. Era más cómodo hacer coincidir la dinamita de la mochila con los restos encontrados en la Kangoo y con la muestra patrón.

Y ni eso supieron hacer por culpa de la Metenamina que salía en unos análisis sí y en otros no. Sánchez Manzano, el responsable de los Tedax, llegó a firmar un escrito en el que se incluía la Metenamina como uno de los componentes básicos de la dinamita. El resto del debate sobre la composición de los explosivos es ya conocido de sobra por el lector.

LA MANIPULACIÓN DE LAS TARJETAS

Tuvieron que dejar los primeros análisis en una nebulosa para acoplarlos, en su momento, al atrezzo.

Durante el mediodía del 11-M lo primero que los encubridores decidieron fue que los culpables serían los moritos de Lavapiés. Y entre ellos, los que más podían relacionar con el terrorismo islámico internacional. Los tenían controlados así que iba a ser muy sencillo echarles el guante. Pero necesitaban pruebas que les encaminaran rápidamente a ellos. Decidieron que lo más práctico era una tarjeta de teléfono con un móvil como iniciador de las bombas -los locutorios de los musulmanes de Lavapiés las vendían-. El policía municipal Jacobo Barredo había declarado a la prensa que una de las bombas que los Tedax neutralizaron tenía una especie de gran teléfono con unos cables.

Tuvieron horas para preparar uno y para enterarse de los lotes de tarjetas que llevarían más tarde a Lavapiés. El aparato telefónico lo apañarían de la misma manera, con cualquier bazar de indios que los vendiera. No llevaban control alguno de las numeraciones. Sería sencillo presionarles para que reinventaran los libros contables. ¿Se acuerdan del juez Bermúdez y aquella teatralización pública durante el juicio en la que él mismo puso en evidencia que aquellas numeraciones de Imeis estaban fabricadas mucho después de la venta de los terminales?

No hay nada más manipulable que las tarjetas telefónicas. Con el material y los conocimientos adecuados se pueden clonar, cambiar, falsificar, redirigir y suprimir llamadas o reconvertir unas en otras. En ningún país serio se considera como prueba, más allá de puros indicios, nada de lo relacionado con las llamadas telefónicas. La posible manipulación invalida cualquier conclusión.

Por eso la subinspectora de la UCII, la unidad anti ETA, que llamó a la puerta del piso de Leganés y que desencadenó los acontecimientos de aquella tarde infernal del 3 de abril de 2004 -la misma a la que luego hicieron pasar a segunda actividad- le confesó a un colega: "No tenemos nada contra ellos. Solo cruces de llamadas y eso sabes que es como no tener nada".

Además de las tarjetas necesitaban una fuente para los explosivos y los detonadores. Echaron mano de lo que tenían más a mano. Mina Conchita había servido durante años como pantalla para la red de explosivos manejada por las fuerzas de seguridad que utilizaban la red de Antonio Toro para poder colocarla, marcada, en los depósitos de los terroristas.

Esa pantalla había funcionado por la simplicidad del ex minero Trashorras, manejado por el inspector de policía de Avilés Manuel García Rodríguez Manolón. Un veterano de Información de Madrid menos fuerte de lo que él mismo creía y al que han tenido que sostener para que no terminara contando todo lo que sabe. La llegada del nuevo Jefe Superior de Policía a Asturias, Arujo, ex cuñado de Manolón y antiguo responsable de la comisaría de Gijón, consolidó ese flanco.

A Trashorras siempre lo utilizaron como a un tonto útil. Nunca supo que lo usaban desde mucho antes del 11-M.

La dinamita que vendía Toro, según testigos que detallaremos, venía directamente de fábrica. Toro utilizaba a su cuñado y a esa mina como señuelo para que los compradores no sospecharan su verdadera procedencia. Por eso podía ofrecer centenares de kilos a la semana, una cantidad que nunca hubiera podido sustraerse ni siquiera de la mina peor vigilada.

LA CÉLEBRE KANGOO

La furgoneta Kangoo fue otro recipiente de pruebas improvisado. No tenía huellas de los presuntos culpables de Lavapiés, porque cuando decidieron utilizarla, a primera hora de la tarde del 11-M aún no habían decidido quienes serían esos culpables.

Los primeros que inspeccionaron la furgoneta, todavía en el aparcamiento de la estación de Alcalá de Henares, no pudieron ver ni la cinta coránica, ni los detonadores, ni la mayor parte de las prendas de ropa porque no estaban. Fue luego, en Canillas, -cuando decidieron que utilizarían la furgoneta para terminar de encaminar a los investigadores hacia la pista islámica cuando introdujeron los objetos que necesitaban para sus fines. Antes de la inspección técnico-policial -eufemismo para referirse a una simple lista de los objetos- se guardaron algunas prendas del dueño de la Kangoo, los que luego aparecerían en el Megane del primo de Jamal Ahmidán, junto a más prendas de los presuntos terroristas que servirían para encontrar nuevos ADN inculpatorios.

¿La tarjeta del Grupo Mondragón? Los primeros policías que llegaron hasta ella la vieron. Probablemente era un detalle sin la menor importancia. Ellos creyeron que sería importante y por eso lo resaltaron porque les parecía que encaminarían la investigación hacia ETA y que fue ocultada deliberadamente.

La caza de brujas de este episodio fue brutal. Se organizó una investigación interna. Se me hizo llegar una información según la cual si llegaba a revelar el nombre de mi fuente la competencia sacaría una foto de ese individuo con el brazo en alto en una manifestación. Era una presión inútil porque jamás desvelaré una fuente aunque eso me acarree un aparente descrédito.

Es realmente irritante e infantil que en la sentencia se destaque por su nombre solo una de las cintas encontradas en la Kangoo -la de la Orquesta Mondragón- con la clara intencionalidad de tratar de dejar en evidencia la posible confusión de esa casete con la tarjeta de visita mencionada. Patético en un juez que podría haber solventado el caso llamando a declarar a los primeros policías de Alcalá para salir de dudas.

¿Y el portero Garrudo y los tres encapuchados? Una simple coincidencia. Nunca tuvieron nada que ver con el caso. La sentencia dice que salieron de la furgoneta pero, como se puede comprobar por todos los testimonios, el portero solo dijo en su día que los vio al lado de la misma, y no dentro como el mismo se encargó de rectificar.

Los fabricantes del encubrimiento utilizaron la Kangoo sobre la marcha como podían haber utilizado cualquier otro vehículo si ese no hubiera salido a la luz. Los policías que la vieron vacía matizaron en el juicio que podía haber algunas cositas. Aceptamos que había las que se consignaron en la lista menos la cinta coránica, los detonadores y restos de explosivos y, por supuesto, todas las prendas de los terroristas en las que luego se encontrarían los restos de ADN comprometedores. Y que eso podía conformar una furgoneta con algunas cositas que no fueron suficientes para llamar la atención a los policías, ni de los perros.

ZOUGAM Y EL LOCUTORIO

¿Zougam y Bakkali? Pero ¿quiénes creen que les indujeron a montar el locutorio? Bakkali -al que las autoridades marroquíes se empeñaron en calificar de mecánico en todas las informaciones- dejó colgada una sustanciosa beca en una universidad madrileña en la que se doctoraba en ciencias físicas para meterse en un negocio bastante cutre en un barrio de inmigrantes marroquíes. Precisamente todo aquello de lo que él siempre -por su formación y clase social- quiso huir.

Los abogados que gestionaron el papeleo le aconsejaron que no renunciara a su tarjeta de residente como estudiante ya que era casi imposible que le dieran, como él pretendía, la de autónomo. No se la daban a nadie. Los mismos abogados se quedaron con los ojos a cuadros cuando poco después la policía se la había concedido. Si repasan sus declaraciones judiciales observarán como fue él quien apuntaló la culpabilidad de Zougam, su socio, cuando admitió que era un radical y que utilizaban la peluquería para reuniones islamistas.

Por cierto, al revés que Zougam, declaró que la policía no le había tocado durante los interrogatorios. Por supuesto, al final, el hombre que, según la versión oficial, guardaba en su piso las tarjetas telefónicas implicadas en los atentados, uno de los socios del locutorio que teóricamente las compró, quedó libre de toda culpa.

¿El locutorio de la calle Tribulete? Pero, por qué creen que lo asaltaron en plena noche, tres días antes de la explosión del piso de Leganés. Los desconocidos -"muy profesionales y con el material adecuado"- que rompieron los precintos policiales, en una de las calles más vigiladas de Madrid en aquella época, no querían llevarse nada. La policía ya se había incautado de todo lo de interés en los dos registros oficiales.

Solo quedaba limpiar el local. Quitar todas las cámaras y micrófonos que ellos mismos habían puesto mucho antes.

¿La peluquería de la calle Tribulete y sus reuniones clandestinas? Como la otra peluquería, Paparazzi, la del agua bendita, no podía tener más cámaras y micrófonos por metro cuadrado. Fue Zougam quien puso los 6.000 euros que le faltaban a un amigo para montar el negocio. Según declaró éste al juez, sacaban unos 300 euros al mes. Zougam tenía derecho a una tercera parte de las ganancias. Así que hubiera tenido que esperar al sexto año para ganar el primer euro. Un negocio redondo.

42.000 AÑOS DE CÁRCEL

Al CNI le pilló de sorpresa la detención de Zougam y sus socios. Pero lo que consideraron que sobrepasaba cualquier límite es la filtración a la prensa de que en ese locutorio se había encontrado el trocito de baquelita que faltaba precisamente en el teléfono de la mochila con explosivos encontrada en la comisaría de Puente de Vallecas.

También contó la policía, al principio, que fue en ese locutorio donde se prepararon las bombas. Era mentira pero los medios lo airearon en grandes titulares y mantuvieron durante meses el hallazgo de un trozo de baquelita. Eso contribuyó a que el gran público considerara a Zougam culpable indiscutible.

Comenzaron a salir en televisiones y periódicos espontáneos que certificaban la radicalidad de Zougam y por supuesto aparecieron testigos que lo habían visto en distintos trenes en la mañana del 11-M. Era también el culpable favorito de los americanos. A éstos les venía de perlas la versión primera sobre la culpabilidad de Al Qaeda.

Por eso, periodistas afines airearon en Europa que Zougam tenía incluso relación con los culpables de la célula alemana del 11-S. Hubo quien lo vinculó con el viaje de Atta -uno de los aviadores suicidas del 11-S- y con su viaje a Tarragona antes de los atentados de Nueva York.

Se difundió que Zougam había llamado seis días antes de los atentados del 11-S a Abu Dahdah, el islamista residente en España implicado por la justicia española en los atentados de Nueva York. Hubo quien detalló que Zougam había recibido entrenamiento militar y adoctrinamiento en los campos de Afganistán.

La intoxicación provino en parte de personal cercano a la embajada estadounidense. Los mismos que habían servido como tercera fuente a la cadena SER en la noticia sobre la aparición de terroristas suicidas en los trenes.

Todo aquello se fue cayendo como un castillo de naipes, pero el golpe de efecto ya no tendría marcha atrás. La realidad es que nunca han tenido nada sólido contra Zougam a pesar de que fuera condenado a 42.922 años de cárcel.

Los que señalaron a Zougam desde el principio -"Ha sido la mejor decisión profesional que he tomado en mi vida", dijo De la Morena en el juicio- le tenían preparado un protagonismo aún mayor.

EL CHINO SURGE DE LA NADA

El guion del primer encubrimiento contaba con su culpabilidad no solo como autor material sino como conseguidor de los explosivos. El lector recordará la insistencia de Emilio Suárez Trashorras, -el ex minero asturiano condenado por proporcionar la dinamita-, en sus declaraciones a El Mundo cuando denunciaba que la policía quería desde el primer momento que acusara a Zougam y a El Tunecino de recibir los explosivos. Fue mucho más tarde, según Trashorras, cuando se atribuyó la operación a El Chino.

De hecho, la policía aireó dos tarjetas de teléfono que habían viajado a Asturias los días 28 y 29 de febrero -los días en que teóricamente los terroristas se agenciaron los explosivos- atribuyéndoselas a Zougam.

Cuando se difundieron las tarjetas que supuestamente había usado El Chino en el viaje a Asturias de esos mismos días, las que relacionaban esas fechas con Zougam desaparecieron de la circulación.

El Chino fue la respuesta del CNI a la primera jugada de la policía al culpar de improviso a Zougam. Si hacía falta unos culpables creíbles tenía que armarse mejor el argumento, la recepción de los explosivos, los contactos con la llamada trama asturiana. El Chino surgió de la nada y rompió los esquemas de muchos policías en el primer momento. No se obtendrían sus huellas hasta que Marruecos quiso entregarlas. Su perfil era misterioso y difuso. Estaba en todas partes pero nadie parecía poder aportar nada concreto, al margen de las declaraciones de Trashorras y Zouhier.

Por eso todos los responsables policiales se esforzaron en repetir ante el juez Bermúdez que sus grupos operativos desconocían la existencia de El Chino y que nunca lo habían tenido como un objetivo. El jefe de la UDYCO, el que tenía controlados los teléfonos de ese grupo de traficantes, desde muchos meses antes del 11-M, se atrevió a asegurar en la Comisión de Investigación del Congreso que para ellos El Chino no era Jamal Ahmidán sino su primo. Otro afirmó que no supo de su existencia hasta después de la explosión de Leganés.

Fue el CNI quien proporcionó los listados de llamadas de El Chino, en el viaje a Avilés en esos días clave de febrero de 2004, a los miembros de la Guardia Civil encargados de la investigación de los explosivos asturianos. La trama asturiana estaba servida.


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Rajoy, ese límite sin horizonte
Pedro J. Ramírez El Espanol 22 Mayo 2016

¿Tiene razón Carlos Herrera cuando sostiene en EL ESPAÑOL que Rajoy es el político "más injustamente infravalorado" de la democracia?. Yo sólo podría dársela si asumiera al mismo tiempo el cínico aserto de Francis Underwood, malvado protagonista de House of Cards, cuando, mirando a cámara, asegura que es la propia democracia la que está "sobrevalorada".

Y es que si bien podría achacarse a la desmemoria colectiva que ni Herrera, ni yo, ni nadie recordemos logro alguno de Rajoy en su periplo en coche oficial desde la presidencia de la diputación de Pontevedra a la del Gobierno de España -me refiero a alguna ley o actuación política que dejara huella de su paso por cinco ministerios-, lo ocurrido durante sus cuatro años y medio en la Moncloa está en el ánimo de todos.

Casi podríamos decir que ha sido en estos últimos cinco meses cuando se ha encontrado en su salsa porque siempre ha sido un presidente en funciones. Es decir, alguien que ocupaba el poder sin saber muy bien para qué, ejerciendo sus tareas administrativas y rituales con una mezcla de pulcritud y desgana, ayuno de toda visión o propósito, desconcertado o más bien perplejo ante la propia potencialidad transformadora de una mayoría absoluta que jamás utilizó sino como escudo.

Esta es la circunstancia esencial para una valoración ecuánime pues a los políticos hay que medirlos en relación a las oportunidades de que dispusieron. Rajoy ha sido uno de los tres gobernantes que han tenido mayoría absoluta, es decir, manos libres para cambiar la sociedad. González y Aznar aprovecharon sus ocasiones y dejaron la impronta de su liderazgo en dos etapas consecutivas de crecimiento y fuerte proyección internacional de España. Uno y otro encarnaron visiones políticas muy diferentes pero llevaron a cabo sus planes con igual determinación y ahínco.

De Rajoy lo mejor que puede decirse es que ejecutó con tecnocrática galbana las políticas de ajuste de la Unión Europea que nos han permitido aprovechar el nuevo ciclo expansivo de la economía internacional. En su debe estarán siempre las promesas incumplidas -tanto en materia de bajada de impuestos como de regeneración democrática-, la tibieza de las reformas estructurales, el correlativo ascenso estratosférico de la deuda pública y sobre todo la condescendencia con los circuitos de corrupción de los que ha sido parte.

Tal ha sido su absentismo laboral que ni siquiera ha tenido arrestos para derogar leyes de Zapatero contra las que clamó en la oposición como la de la Memoria Histórica o incluso la que llegó a recurrir ante el Constitucional como la del derecho al aborto. Que tanto la ley como el recurso subsistan a estas alturas lo dice todo de su anemia política. No hay mejor compendio de su legislatura prorrogada que los dos primeros versos del famoso poema de José Hierro: "Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día (el 20N de 2011) lo fue todo". Ahí está la clave de los más de tres millones y medio de votos que se fueron por el sumidero en las generales de diciembre.

Ahora, tras cinco meses de dolce far niente, en los que la interinidad le ha servido de coartada para mantener la "agenda bastante vacía", la ambigüedad legal de excusa para no rendir cuentas al Congreso de los Diputados y la aritmética parlamentaria de justificación para no tener que preparar un debate de investidura, aun a costa de darle calabazas al Rey, Rajoy se presenta por quinta vez a unas elecciones como candidato a la Moncloa. No porque lo quiera "la gente" o ni siquiera "la gente de mi partido" -son sus dos variantes retóricas- sino porque lo quiere él. O como mucho porque lo quieren él y su santa esposa, al son de un par de generaciones de palmeros, que así funciona la cupulocracia emanada del dedazo que impera inamovible en el PP.

Parece de sentido común que quien no ha sido capaz de aglutinar al centro derecha con mayoría absoluta, menos aún va a ser capaz de hacerlo con una cifra de escaños mucho menor. Sin embargo, los últimos sondeos reflejan un repunte de las expectativas del PP como si, a pesar de la bulimia intelectual de sus vídeos -o tal vez precisamente por ello-, un sector de sus ex-votantes estuviera dispuesto a asumir el diagnóstico de Carlos Herrera y a hacer suyo el espejismo de que Rajoy está siendo "infravalorado" en relación a sus cualidades y méritos.

Como expliqué la semana pasada, es el fruto de la estrategia de la polarización y el miedo impulsada en comandita con Podemos. Entiendo que haya lectores que se ofendan, pero Rajoy e Iglesias han formado a estos efectos una UTE electoral cuyo propósito es succionar los votos de Ciudadanos y el PSOE hasta vaciar el centro político.

Se trataría de repetir como farsa el drama de hace 80 años cuando el cainismo de las dos Españas acabó con la Segunda República y debo reconocer con alarma que algunas de las apelaciones de entonces al voto útil están de nuevo entre nosotros. "Las cosas se han puesto de tal modo que no hay manera de optar por el término medio", escribía en enero del 36 Francisco de Cossío en ABC. "El término medio, al grado que hemos llegado, viene a ser algo así como la balanza del diablo". Un argumento casi idéntico a decir, como acaba de hacer Rajoy, que votar por Ciudadanos es jugar a la "ruleta rusa".

Con razón profética alegaba Madariaga antes de aquellas elecciones de febrero que "la vigorización de los extremos se nutre de pasión y guerra civil, con lo cual se empobrece el centro, única esperanza de estabilizar España". Nadie duda ya de que el hundimiento del Partido Radical y el fracaso de Alcalá Zamora y Portela Valladares al intentar sustituirlo por un centro gubernamental fueron determinantes del triunfo del Frente Popular.

La tragedia estaba servida, como probablemente lo habría estado si hubieran ganado las derechas pues -ya se demostró en Asturias- la revolución no se sometía a las urnas. Para la tercera España sólo quedaba la esperanza de que el nuevo presidente de la República Manuel Azaña lograra atemperar la radicalización de los vencedores. "Si ese propósito fracasa, en España será derecha todo lo que no sea marxismo", sentenció Gregorio Marañón el 2 de junio en El Sol. Así fue y así nos fue.

Afortunadamente la sociedad que acudirá a votar el 26 de junio con una mezcla de resignación y hastío es muy distinta de aquella; y el contexto internacional, también. Descarguemos por tanto de truculencia el paralelismo histórico y ciñámonos a la paradójica esterilidad del voto útil que reclaman Iglesias y Rajoy. En un caso porque la Unión Europea impediría cambiar de modelo, como ya ocurrió con la Grecia de Tsipras, y en el otro porque nunca habrá una mayoría parlamentaria estable detrás de quien encarna la podredumbre de la vieja política.

Aun en el caso de que el PP siguiera creciendo y le bastara el apoyo de Ciudadanos para lograr la investidura, a lo máximo a lo que podría llegar Rivera sin desnaturalizarse es a permitir un gobierno débil de Rajoy para dejarlo caer a mitad de legislatura. Y otro tanto cabría decir, corregido y aumentado, de una gran coalición en la que participara el PSOE: sin Rajoy cabría trabajar en un ambicioso proyecto compartido, con Rajoy hablaríamos como mucho de un efímero parche.

Mejor orador que estratega, más brillante en la retórica que en el análisis, José Calvo Sotelo resumió la situación que desembocaría en su asesinato, alegando que mientras aquella Segunda República desbocada ofrecía a la izquierda "un horizonte sin límite", para la derecha constituía "un límite sin horizonte". Exactamente eso es lo que significa hoy Rajoy para el PP: una restricción para gestionar el presente y una elipsis de todo atisbo de futuro.

Al cabo de trece años al frente del partido -quién lo diría, los mismos que Aznar- Rajoy ya ha dado de sí cuanto podía dar. Lo hemos conocido como perezoso jefe de la oposición y como abúlico jefe del Gobierno. En una y otra función se ha limitado a estar ahí, mientras empujaba, eso sí, a todos sus potenciales rivales hacia la puerta de salida. Por eso proclama que hoy por hoy no tiene ningún "sucesor natural", como si se refiriera a que a Marianito el del capón le faltan aún algunos años para estar disponible.

En otro país, ni el grupo parlamentario, ni el partido, ni la militancia, ni el electorado se habrían plegado al chantaje del apalancamiento de Rajoy. En el mismo momento en que apareció una pistola humeante como los SMS a Bárcenas o, como mucho, cuando quedó patente que a la indignidad del acto se unía la mentira de su justificación, el asunto habría sido zanjado de acuerdo con los ritos democráticos: el tramposo a su casa, la renovación en su lugar.

Pero en cuanto a hábitos democráticos España sigue siendo diferente y no digamos su derecha. Ni siquiera tras sufrir el mayor retroceso electoral de ningún partido tras el colapso de UCD, prestó el PP la más mínima atención a la petición de Aznar de examinar lo sucedido en un "congreso abierto". Es más cómodo y mucho menos azaroso refugiarse en la fantasía de que quien durante tantos años ha tenido todos los resortes del poder a su servicio, botafumeiros incluidos, está siendo "injustamente infravalorado" por la opinión pública.

Estado estúpido
EDUARDO INDA okdiario 22 Mayo 2016

Esta tarde los españoles volveremos a tener que soportar cómo se silba impunemente el himno nacional, cómo se falta al respeto al jefe del Estado y cómo incluso se le insulta. Y no pasará nada. Y los independentistas habrán dado un paso de gigante más en su estrategia de imponer sus tesis cual panzerdivisionen. Un episodio idéntico en Francia se sanciona en tiempo real: el árbitro suspende inmediatamente el partido si hay una pitada masiva a la maravillosa Marsellesa y las autoridades tienen la obligación de abandonar el estadio. La ley es así y nadie, absolutamente nadie, la cuestiona. Ni la derecha que la promovió ni la izquierda que la aceptó sin rechistar. En la nación en la que nació la LIBERTAD y el racionalismo sepultando la oscuridad no se andan con gilipuerteces. Las ideologías son libérrimas pero la identidad común es única y sagrada. Y nadie osa discutirla: ni la vomitiva Marine Le Pen con la que se identifica Íñigo Errejón, ni Hollande, ni Valls, ni obviamente Sarkozy o Juppé.

Aquí nadie se ha atrevido a legislar ni siquiera la décima parte de lo que legisló el único gran líder que ha tenido Europa en los últimos tiempos: Nicolas Sarkozy. Y, como quiera que año tras año el Fútbol Club Barcelona llega a la final de la Copa del Rey, año tras año se pita la Marcha Real. Y no pasa nada. Los que la pitan son tan ignorantes que desconocen, por ejemplo, que es una melodía del pueblo. No lo impuso ningún rey sino que fue la ciudadanía la que la convirtió en su himno no quedándole más remedio al Rey Carlos III que hacer de la necesidad virtud.

Tiene más razón que un santo Esperanza Aguirre cuando sostiene que si hay equipos “que no quieren ser españoles no deberían jugar la final de la Copa del Rey”. Elemental. El Barça, sin ir más lejos, ha respaldado institucionalmente el proceso independentista catalán. Lo apoyó su presidente, Josep Maria Bartomeu (que curiosamente en privado dice lo contrario), cuando era candidato y lo apoyó después en la transición de Artur Mas a Carles Puigdemont. A mí me parece estupendo que la Junta culé se declare independentista, mediopensionista o españolista. Entre otras cosas, porque la Constitución ampara el derecho a la libertad de expresión y de pensamiento. Pero la más elemental coherencia invita a no participar en un torneo que lleva por nombre el del jefe del Estado que tú quieres quebrar en mil pedazos. Y si les sobra el resto de España a nosotros nos sobran ellos. Que monten una Liga Catalana y la Copa Jordi Pujol. El Barça jugará los clásicos contra el Español, en la final copera se enfrentará al Nàstic de Tarragona y en lugar de facturar 633 millones anuales ingresará 100.

Sobra decir, por tanto, que me parece impecable desde el punto de vista legal e intelectual la decisión de la delegada del Gobierno en Madrid. Concha Dancausa, política de fuste donde las haya, se ha limitado a aplicar literalmente una Ley del Deporte que lo puede decir más alto pero no más claro en su artículo 21.1: “Se prohíbe la exhibición de símbolos, pancartas y emblemas que constituyan un acto de desprecio a las personas participantes en el espectáculo”. Hasta Abundio entendería que portar una bandera independentista es una provocación, una chulería y un desprecio a las decenas de miles de aficionados sevillistas que creen unánimemente en la unidad de España, sean socialistas, peperos, ciudadanos o podemitas. Desde el primero hasta el último de los seguidores del club de Nervión tiene de independentista lo que yo de monje cartujo.

Hay quien incide en el hecho de que la resolución de la delegada del Gobierno de Madrid es torpe. Unos argumentan que alimenta el victimismo secesionista y otros que contribuye a unir a los que quieren romper la nación más antigua de Europa. Son opiniones no excluyentes. Y puede que no les falte algo de razón a los unos y a los otros. Pero la aplicación de ese deber supremo que es para todos la ley no puede estar al albur de las conveniencias temporales o del tacticismo político. Porque por esa regla de tres esta España nuestra sería una anarquía total. Las normas están para cumplirlas y, si no, que se queden en el cajón sin aprobar. Por esa regla de tres no pagaríamos impuestos, iríamos a 220 por la carretera, asaltaríamos el banco de la esquina y agrediríamos a los que no piensan como nosotros o a ese vecino que nos toca sistemáticamente los pelendengues Sin legalidad no hay democracia. A ver si nos vamos enterando.

En este país de pandereta, de cobardes y de acomplejados se aprueba una Constitución que declara que el español es oficial en todo el territorio nacional y en la práctica no es así. Empleando la terminología futbolística hay que concluir que el independentismo aplica el achique de espacios menottista mientras el rival se encierra en el área. Consecuencia: los fascistoides independentistas van ganando el partido 10-0… y seguramente me quedo corto.

Lo más curioso es el indignante doble rasero. Aquí llega un juez de lo contencioso (imagino que será uno de esos progretas que dictan resoluciones ideológicas), admite la entrada de enseñas que pueden montar un lío monumental y lógicamente se aplica su fallo porque estamos en un Estado de Derecho en el que hay que acatar los que nos gustan y los que nos disgustan. En Cataluña, en la Comunidad Valenciana, en el País Vasco, en Navarra, en Galicia y en Baleares hay decenas de resoluciones que establecen la obligatoriedad de impartir la enseñanza en castellano y se las pasan por el arco del triunfo. No se aplica ni una, el Estado miedica mira hacia otro lado y los derechos individuales de cientos de miles de ciudadanos valen lo mismo que una mierda. Un padre en estas comunidades no puede decidir algo tan elemental como es en qué lengua se educa mayoritariamente su hijo. De aquí al fascismo no hay un paso porque es lo mismo.

La doble vara de medir la comprobamos ayer al leer La Razón de mi amigo Paco Marhuenda. Un aficionado colchonero contaba cómo en las semifinales de la Copa de Europa de hace dos años los Mossos d’Esquadra tiraron a la basura la bufanda con la bandera de España y el Atleti que le acompañaba. Fernando Santiago, por cierto ex concejal de IU en Cádiz, no fue la única víctima de la prepotencia de la policía autonómica. El contenedor acumulaba decenas de banderas y bufandas rojigualdas de seguidores del equipo del Cholo. Eran enseñas oficiales, con el escudo constitucional. Manda huevos que diría Federico Trillo: el símbolo nacional va a la basura y el independentista al viento donde ondeará esta tarde en cantidades industriales.

Las determinaciones judiciales y legales se cumplen a favor de los secesionistas con la misma rotundidad y celeridad con la que se vulneran las favorables a esa mayoría natural de este país que cree en la España constitucional y la integridad territorial. Cuando unos ciudadanos ven amparados sus derechos y otros no estamos semillando el principio de ese pensamiento único que es la antesala del fascismo. Cuando un Estado es estúpido acaba siendo un no Estado que sucumbe a los embates del enemigo con la misma facilidad que cae una ficha del dominó. Parafraseando al gran Churchill hay que colegir que no estamos ante el final del principio del final de España sino ante el principio del final. Me temo.


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