AGLI Recortes de Prensa   Domingo 5 Junio  2016

¿Quién contra quién?
Alejo Vidal-Quadras  www.gaceta.es 5 Junio 2016

La crisis ha hecho desaparecer en España centenares de miles de empresas y ha destruido 3,8 millones de empleos. Esta catástrofe ha tenido gravísimas consecuencias sociales y ha dejado a un millón de hogares sin ingresos de ningún tipo, creando un malestar profundo en amplias capas de la población que han visto cómo sus penurias contrastaban con los abusos de unas elites políticas y financieras entregadas a la corrupción y al despilfarro. Al calor de la indignación así desatada, han surgido fuerzas populistas de extrema izquierda que proponen programas colectivistas incompatibles con la libertad económica cuya aplicación, lejos de corregir los defectos del sistema y de aliviar las dificultades de los más necesitados, contribuiría a empeorar aún más una situación ya de por sí preocupante.

Los defectos estructurales de nuestro sistema institucional y político están perfectamente identificados y sus soluciones son conocidas, pero curiosa y decepcionantemente, se encuentran prácticamente ausentes del debate de campaña, que se pierde en los meandros estériles de los pactos, las líneas rojas, los espectáculos televisivos, las promesas incumplibles, la demagogia impúdica y el bombardeo de encuestas más o menos cocinadas a gusto del cliente.

Un ejemplo de estas deficiencias monumentales que ningún candidato se molesta en diagnosticar ni en anunciar la forma en que se propone corregirla, es la sangría que causa al presupuesto el exagerado número de organismos públicos inútiles que existen en las Comunidades Autónomas. Mientras la profunda recesión de los años 2008-2012 arrasaba, como he recordado al principio de esta columna, nuestro tejido productivo y nuestra tasa de ocupación, las Comunidades Autónomas creaban casi 500 nuevos entes públicos y 300.000 empleos a cargo del contribuyente.

En 2004 el número de fundaciones, empresas mercantiles, consorcios, observatorios, institutos y otras modalidades jurídicas de ente público dependientes de las Autonomías era de 1820. En 2012 había aumentado hasta 2306, excluido el País Vasco del cómputo porque en la práctica hace tiempo que funciona como Estado Libre Asociado. Hoy, tras el recorte provocado por la necesidad impuesta desde Bruselas de reequilibrar las cuentas, siguen siendo 1.814, es decir, las mismas que antes de la crisis.

Hay que señalar, sin embargo, que esta reducción no ha significado una significativa disminución de la nómina ya que se ha conseguido sobre todo a base de fusiones y reconfiguraciones más que de supresiones. La tan cacareada reforma de la Administración pilotada por la Vicepresidenta Sáenz de Santamaría ha sido, pues, una filfa. Es obvio que los Gobiernos autonómicos tomaron la decisión, consentida por el Ejecutivo central tanto de Zapatero como de Rajoy, de cargar descaradamente el peso de la recesión sobre las empresas privadas y los ciudadanos productivos a la vez que incrementaban su pesebre de paniaguados y su capacidad de movilizar voto clientelar.

La prueba de que los entes de nueva creación surgieron como reacción a la caída del PIB salvando a correligionarios, amigos y parientes y dejando caer a las capas de la sociedad que crean valor añadido, está en que previamente al desastre no existían por la sencilla razón de que eran innecesarios. En la actualidad, aunque menores en número debido al truco de las fusiones, continúan gravitando sobre el Tesoro con un coste que no nos podemos permitir y detrayendo cuantiosos recursos de los canales reales de producción.

Sufrimos un Estado de Partidos que ha suplantado al Estado constitucional y que absorbe la savia del árbol nacional impidiendo que la recuperación sea sólida y sea rápida. El hecho de que ninguna de las opciones electorales en liza señale esta escandalosa patología de nuestro sistema político y de nuestro modelo económico revela que o bien no saben de lo que hablan, cuando analizan las cuestiones a afrontar durante la próxima legislatura, o sí lo saben y no tienen la menor intención de arreglarlo, con el fin de seguir vampirizando a la sociedad en su beneficio.

El conflicto de nuestros días no es, como dijo el ideólogo-becario de Podemos Íñigo Errejón, los de abajo contra los de arriba, sino los partidos parásitos contra los estratos sociales productivos a los que explotan sin molestarse en disimularlo

No haga caso: el bipartidismo goza de excelente salud
El concepto izquierda-derecha es una convención. Pero en la estrategia electoral algunos partidos lo han convertido en falsa frontera. PP y Podemos viven del apocalipsis mutuo
Carlos Sánchez El Confidencial 5 Junio 2016

Se preguntaba hace algún tiempo Giovanni Sartori -una década después de la caída del Muro- sobre lo que quedaba del concepto de derecha e izquierda. Y su conclusión era provocadora. Hablar hoy de izquierda, sostenía, es lo mismo que hablar de derecha (o viceversa), porque se definen por oposición. Una no es nada sin la otra.

El pensador italiano lo explicaba en los siguientes términos. Si ser de izquierdas en asuntos políticos significa promover el cambio y oponerse al 'statu quo' conservador, ¿qué ocurre cuando la izquierda está el poder y es la derecha quien quiere el cambio y la izquierda se opone a las reformas en defensa del orden imperante? O al revés. De ahí que Sartori llegara a una conclusión. La izquierda y derecha no son más que una posición física heredada de la revolución francesa en función del lugar que ocupaba cada grupo en la Asamblea.

El hecho de que derecha e izquierda sea una convención no significa, sin embargo, que no existan políticas de derechas y políticas de izquierdas. Políticas que buscan el interés general, y políticas que buscan únicamente el beneficio particular o de determinados grupos de presión.

Casi todo el mundo reconocería una política de izquierdas en función de unos pocos parámetros: el nivel de intervención del Estado en la economía, la protección social o la lucha contra la desigualdad de rentas. En sentido contrario, por lo tanto, la derecha busca 'a priori' menos peso del sector público en la economía, un debilitamiento del sistema público de protección social en favor de seguros privados o pretende dejar que funcione la mano invisible de Adam Smith.

Este análisis ciertamente maniqueo es el que hoy vive la política española. Sin duda, forzado por los dos extremos del arco parlamentario. Tanto el PP como Podemos se necesitan. Uno no sería nada sin el otro. Y de ahí que tanto Rajoy como Iglesias hayan diseñado una misma campaña. El ‘otro’ es el ogro. El adversario es el leviatán que busca la destrucción y el caos. La ruina de España. Como se ve, la derecha necesita a la izquierda, y viceversa.

Estamos ante una nueva forma de bipartidismo mucho más sutil que el anterior, que estaba construido sobre la aritmética parlamentaria. Los dos grandes -PP y PSOE- llegaron a tener en 2008 (las elecciones que ganó Rodríguez Zapatero) el 92,3% de los escaños, pero ahora (últimas elecciones) ese porcentaje roza el 61%. Un retroceso significativo que, sin embargo, no se ha trasladado al discurso político.

Razón y teología
Probablemente, porque la política es también sentimiento, y construir un discurso sobre el binomio izquierda-derecha o derecha-izquierda es siempre más fácil y políticamente más eficaz. Apelar a las emociones y no a la razón (‘que vienen los comunistas’ o ‘votar a Rajoy es perpetuar un régimen corrupto’) siempre es más agradecido electoralmente que explicar de forma pedagógica la complejidad del mundo. Ya Hölderlin advirtió que “lo que siempre ha convertido al Estado en un infierno en la tierra, es, justamente, el intento del hombre de transformarlo en un paraíso”. Y los paraísos, ya se sabe, no son más que figuras retóricas que tienen más que ver con la teología que con la razón.

El origen de esa diferencia -izquierda-derecha- tiene que ver, sin embargo, con una posición de partida: las clases sociales. Y hoy, por un montón de circunstancias, esa frontera es cada vez más permeable. Los obreros votan a la derecha -como es cada vez más evidente en las democracias europeas más avanzadas- y las élites urbanas (con mayor nivel de renta) son quienes votan a las nuevas formaciones o los nuevos candidatos. Bernie Sanders, el candidato demócrata más izquierdista desde George McGovern, ha ganado a Clinton en los estados más ricos (Maine, Vermont o Washington). Y en España ocurre algo parecido.

Podemos obtiene sus mejores resultados en los grandes núcleos de población (Madrid o Barcelona) y peores en los núcleos rurales o pequeñas ciudades, donde tanto el PSOE como el PP logran sacar más escaños. Y ni que decir tiene que los mayores niveles de renta se encuentran en las grandes ciudades. El PP, no estará de más recordarlo, llegó a ganar en Madrid en los mismos barrios obreros donde hoy se vota a Podemos.

Esta complejidad social -y sus efectos políticos- ha sido resuelta en las democracias con mayor pedigrí mediante discursos transversales en los que lo importante no es el continente (izquierda-derecha) sino el contenido (el programa electoral). O expresado de otra forma. Lo relevante ante unas elecciones es lo que ofrezca cada candidato instrumentado formalmente a través de un programa creíble. De ahí que los pactos estén en el ADN de la cultura política en los países más ‘civilizados’.

No ocurre eso en España, donde triunfa la retórica política a través de la creación de estereotipos que únicamente buscan ridiculizar al adversario. Los de Podemos son unos zarrapastrosos que quieren convertir a España en Venezuela o lo que es peor, en una checa; mientras que, para muchos votantes de Pablo Iglesias, Mariano Rajoy es el jefe de una banda criminal que ha saqueado un país en el que crece la malnutrición infantil. Como decía Muñoz Molina muy recientemente: “Había razones para pensar que después de tantas alucinaciones pasadas, habíamos llegado a la edad de la razón”.

El hecho de que se planteen en estos términos las elecciones del 26-J es especialmente significativo en un país que ha sufrido como pocos, a veces de forma trágica, el zarpazo de la división tribal. Las célebres ‘dos Españas’ que se empeñan en rescatar algunos políticos. Algo que está totalmente superado en la calle.

Hoy, las ‘dos Españas’ se representan entre quienes permanecen dentro del sistema económico y quienes han sido expulsados de los dividendos del Estado de bienestar. Incluidas las clases medias proletarizadas que han perdido su estatus social por la irrupción de la competencia desleal procedente de la globalización.

Con razón decía Wenceslao Fernández Flórez en sus imprescindibles crónicas parlamentarias que en la calle son útiles los hombres de acción, pero en el Congreso son provechosos tan solo los hombres cultos. O dicho de otra forma, es hora de que el sistema político haga suyo aquel viejo concepto que reivindicaba Weber, la ética de la responsabilidad. Y que en el fondo es lo que debe sustentar a la política. El resto es solo andamiaje. Pura palabrería.

El problema no es Rajoy

EDUARDO INDA okdiario 5 Junio 2016

Mi disco duro no borrará jamás el momento en el que uno de los más grandes tipos con los que me he topado en la vida, Juan Antonio Samaranch, me confesó cuál había sido su fórmula magistral para continuar en el mundo del deporte sin molestar tras abandonar ese Vaticano del Deporte que es el COI: “Cuando quieren algo, me llaman y ahí me tienen. Y, mientras tanto, me aparto para no estorbar”. El inmortal barcelonés no quería ejercer ni voluntaria ni involuntariamente ese imposible rol de ex. Algo que con su gracejo habitual Felipe González definió mejor que nadie: “Los ex presidentes son como jarrones chinos en apartamentos pequeños. Todos les suponen un gran valor pero nadie sabe dónde ponerlos y, en el fondo, todos esperan que un niño les dé un codazo y los rompa”.

Entiendo que deambular por la vida de ex primer ministro de España debe ser un doble marrón: no tienes un estatus definido, con lo cual no sabes qué hacer y qué no hacer (cosas de la chapuza patria), y encima padeces ad aeternum la fase postraumática del implacable síndrome de La Moncloa. ¿Se han percatado de que todos los presidentes salieron por la puerta de atrás de Palacio lo hicieran bien, regular, mal o peor? Fue el caso del hombre que nos condujo a la democracia, el gigantesco Adolfo Suárez, el del personaje que universalizó la Sanidad y la Educación, Felipe González, el del que más alto llegó en el terreno económico, José María Aznar, y el del que para mí es el mejor presidente en términos democráticos (se cree esto de la democracia) pero el peor de largo desde el punto de vista práctico, José Luis Rodríguez Zapatero. Quizá el único que pudo vivir a su aire sin estar permanentemente en medio de la bronca partidista y guerracivilista fue el mejor preparado de los cinco: ese sabio entre los sabios que era Leopoldo Calvo-Sotelo. Tal vez porque su etapa se redujo a poco más de 20 meses y ejerció de puente entre el moribundo ucedismo y el arrollador felipismo.

José María Aznar fue un excelente presidente. España llegó a crecer al 5% anual en ocho años mágicos en los que se crearon, ahí es nada, 4,9 millones de puestos de trabajo. Un hito que nunca nadie ha conseguido en estos 40 años de bendita democracia. El problema, su problema, es que dejó el poder peor que nadie pese a haberlo hecho mejor que nadie. La maldita guerra de Irak, en la que, por cierto, jamás estuvimos, le amargó sus días finales. Los atentados del 11-M y su errática gestión de los momentos más oscuros de nuestro pasado reciente le pasaron una injusta factura. El resto es sobradamente conocido.

Pero el mejor Aznar se está desvaneciendo en las últimas semanas coincidiendo con la publicación en OKDIARIO de sus contenciosos fiscales. Y es aquí donde surge el peor Aznar. Ése que habla por la herida. Ése que critica por tierra, mar y aire, mañana, tarde y noche a Mariano Rajoy… con razón o sin ella. Un Mariano Rajoy que no fue elegido en Primarias, ni siquiera en un Congreso (formalmente, sí, realmente, no) sino apuntado por el dedo divino presidencial. Con lo cual de los 6.000 millones de habitantes que pueblan el planeta tierra el menos indicado para poner a caer de un burro o a parir a Rajoy es justamente nuestro protagonista.

Tan cierto es que el actual inquilino de Moncloa empezó mal la legislatura abjurando de los principios más elementales del PP en materia fiscal y antiterrorista como que ha llegado al sprint final sobrado y cumpliendo esos viejos preceptos populares de que el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos que en el del ministro de Hacienda de turno y que con ETA ni se pacta, ni se habla, ni se coquetea. A ETA se la encarcela. Y punto. Buen ejemplo de cuanto digo es que el socio de Podemos, el malnacido de Arnaldo Otegi, ha cumplido íntegra la condena que se le impuso por pertenencia a banda armada.

Flaco favor le hace José María Aznar al partido que él elevó de la impotencia permanente a la realidad del poder. Alianza Popular era como la selección española de Kubala, Santamaría y cía: jugaban como nunca y perdían como siempre. O, como decía aquél, tan bueno era mi gato que no cazaba ratones. Su papel, pues, en el desarrollo del centroderecha español moderno es esencial. El PP no se puede entender sin él. El hombre del bigote es a la democracia lo que Cánovas a la restauración. Pero con tanta invectiva está contribuyendo a cargarse el invento.

Su conferencia en el Colegio de Economistas de Madrid fue de una deslealtad supina. Menos de 48 horas después de conocerse que la pella del Estado superaba por primera vez en un siglo el 100% del PIB, el presidente Aznar se despachaba con un speech en el que entre otras lindezas subrayaba: “Cualquier país que tenga una deuda superior al 100% entra en una espiral de problemas de todo orden de la que es extremadamente difícil salir”. Quizá porque no es economista o tal vez porque le ciega el odio a Mariano, quién sabe si por las dos cosas, lo cierto es que olvidó aquello de que uno está muy mal pero dependiendo de con quién se le compare. Tan cierto es que el Reino de España superó durante unas semanas ese pernicioso umbral (ahora hemos vuelto a situarnos por debajo) como que los todopoderosos Estados Unidos de Obama están en el 104% de deuda sobre el PIB, Irlanda en el 93%, Francia en el 95%, Bélgica en el 106%, Portugal en el 129%, Italia en el 132% y el espejo en el que se mira Podemos, la Grecia de Syriza, en la salvajada del 176%. Reino Unido no anda muy allá (89%) y sólo Alemania (70%) y Holanda (60%) pueden jactarse de no haberse apalancado más de la cuenta. Si cruzamos el charco o los charcos, observamos que la en tantos aspectos ejemplar Canadá está en el 91% y que el antaño segundo gran motor económico mundial, Japón, está en el ¡¡¡249%!!! Y que yo sepa ningún economista da como hecho cierto que el imperio del sol naciente se vaya a ir inexorablemente al carajo. ¿Qué diría JMA si fuéramos Japón?

La siguiente pulla de Aznar a su sucesor no ha tardado ni 15 días en llegar. Tuvo lugar en el Instituto Atlántico de Gobierno, entidad académica que preside. Esta vez no fueron reproches acerbos sino directamente puñaladas. Vino a decir que el pontevedrés de Santiago se tendrá que volver al Registro de Santa Pola tras las elecciones que va a ganar para facilitar un acuerdo entre los partidos “democráticos” (en acertada alusión a PSOE y Ciudadanos). “Todos tenemos la obligación de contribuir con los sacrificios personales que sean necesarios en cada momento”, apuntilló. ¿Qué hubiera dicho él mismo si tras perder el 6 de junio de 1993 las elecciones que tenía ganadas Manuel Fraga hubiera salido al quite para pedir su cabeza? ¿A que no le hubiera hecho ninguna gracia? ¿A que le hubiera parecido una traición? En la vida, cuando uno va a dar un paso dudosamente moral, no está de más pensar cómo nos sentiríamos si fuéramos el destinatario.

El presidente de honor del PP ha dado una vuelta de tuerca a una costumbre que dura ya toda la legislatura. Conviene no olvidar que en enero de 2015, cuando restaban menos de cuatro meses para las municipales, se despachó con un discurso tremebundo contra la cúpula. Discurso que no fue más duro porque en él, como es habitual en el educadísimo Aznar, no había insultos ni descalificaciones personales. “¿Dónde está el PP?, ¿quiere el PP ganar las elecciones?”, se preguntaba en voz alta en una disertación que no pudo ser ni más dura, ni más elocuente, ni más inoportuna. No estaría de más que recordase una de las mil y una frases geniales de Churchill: “A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”.

José María Aznar y todos los que le rodean han de recordar un pequeño gran detalle. Mariano Rajoy gustará más o menos pero es el que hay. Con él el Partido Popular ha de intentar no sólo revalidar la victoria del 20-D sino incrementarla. Lo queramos o no es el único que puede hacer frente a esas hordas podemitas que no quieren conquistar el poder sino quedarse con él para hacer de la mejor España en 500 años de historia una suerte de Venezuela bolivariana pero en pleno corazón de Europa (que esto último es lo que más cachondos les pone). El que para mí ha sido el mejor presidente de la democracia debería reparar en que el debate ahora no es “Mariano es bueno-Mariano es malo” sino “Mariano o Pablo”. Así de claro. Y entre el registrador de la Propiedad y el titular de la cuenta en el paraíso fiscal de las Islas Granadinas el debate debe estar clarinete para cualquier demócrata que se precie. Como dicen en los pueblos, “con estos bueyes hemos de arar”. Y, entre pulla y pulla, el presidente Aznar debería aprender y aprehender de grandes personajes de la historia que se convirtieron en superlativos por facilitar la tarea del que llegó después a tirar del carro. Aún recuerdo aquel 14 de mayo de 1977 en el que Don Juan renunció a los derechos sucesorios en favor de su hijo, Don Juan Carlos, con el que las relaciones eran manifestísimamente mejorables. “Majestad, sobre todo, España”, le espetó antes de gritar “¡viva el Rey!” e inclinar su regia testa.

Termino por donde empecé. Por Juan Antonio Samaranch. Un auténtico caballero con un sentido de Estado y de la responsabilidad gulliveriano. Sus relaciones con su heredero, el cirujano belga Jacques Rogge, eran inempeorables pero de su boca jamás salió una sola mala palabra hacia él. En público todo eran elogios. Y jamás conspiró para derrocarlo. Por mucho que no le gustasen las decisiones, que muchas no le gustaban un pelo, las respetó y echó una mano siempre que se le requirió. Y Rogge siempre le dispensó un trato preferencial cual rey padre. Aznar no puede ni debe olvidar que cuando un rey lega inmediatamente se pone a las órdenes del legatario. Parafraseando a Antonio Cánovas del Castillo, el centroderecha español ha de estar en estos momentos con Rajoy… con razón o sin ella. La cosa es muy sencilla: o Mariano o Pablo. Y, en el mientras tanto, el rey padre Aznar debería ser consciente de que cada embestida al gallego es en realidad una embestida a su mito y a ese hijo suyo que es el PP. A quien más daño hacen estos aguijones de Aznar es a… Aznar.

Quo Vadis okdiario
Nota del Editor 5 Junio 2016

Creo recordar que fue ayer cuando tuve que escribir contra las tonterías de la diversidad idiomática que pretendía defender okdiario.
Hoy me debería tocar tumbar el tinglado PP que parece que les gusta. Centroman se vendió a los nacionalistas, bueno, en realidad no se vendió, vendió España por un puñado de lentejas.
Y ahora okdiario viene a ponerse al lado del gobierno, como si no tuvieramos bastante con La Razón.

Va a resultar que el problema somos los españoles (puede que si, por no pelear con más ahínco contra los profesionales de la política y los medios de comunicacion a su servicio que nos pastorean).

España aún puede acabar como Grecia si gobierna Podemos
Editorial La Razon 5 Junio 2016

Al menos 17 puntos del programa electoral de Podemos coinciden con el que presentó el partido radical griego Syriza en las elecciones que dieron la victoria a Alexis Tsipras en enero de 2015. Ninguna de aquellas promesas pudo llevarse a cabo. Al contrario, hoy, Grecia acaba de aprobar un nuevo paquete de ajuste presupuestario de 5.400 millones de euros –nada menos que el equivalente al 3 por ciento del PIB heleno– para poder recibir los fondos europeos de su tercer rescate. Es preciso recalcar que las «cuentas de la lechera» de Syriza se basaban en uno de los más repetidos mantras del populismo: que el incremento del gasto público asistencial se puede sostener aumentando exponencialmente la presión fiscal sobre los ricos y los beneficios empresariales. Tasas fiscales confiscatorias que, simplemente, desincentivan la inversión y provocan la fuga de capitales y del personal más cualificado.

Como ahora Pablo Iglesias, el líder de Syriza pretendía imponer un IRPF del 75 por ciento a las rentas con ingresos superiores al millón de euros –Podemos plantea una tasa del 55 por ciento para las rentas superiores a 300.000 euros anuales–, subir el impuesto de sociedades, crear nuevos tributos a las transacciones financieras y a los productos de lujo y abolir los privilegios fiscales de la Iglesia. Con esos ingresos, calculados en el humo de la demagogia, Alexis Tsipras prometía, como hoy hace Pablo Iglesias, mejores ayudas sociales, aumentar la prestación por desempleo, erradicar el IBI de las viviendas modestas y extender la sanidad gratuita, incluso a los inmigrantes indocumentados. Además, por supuesto, Syriza planteaba, como hoy hace Podemos, negociar un cambio en las condiciones financieras de la zona euro y en las atribuciones del Banco Central Europeo para acabar con las políticas «austericidas» impuestas por Alemania, que es como llaman los populistas al Plan de Estabilidad y Crecimiento de la UE.

Esta última pretensión, con el agravante por parte de Pablo Iglesias de pretender utilizar el potencial desestabilizador de la economía española –la cuarta de la eurozona– como baza negociadora con Bruselas. España, se repite, no es Grecia. Cierto. Pero no es Grecia porque el Gobierno del Partido Popular, con el esfuerzo conjunto de la nación, especialmente, de los funcionarios y las clases medias, y con el apoyo del BCE en el programa de saneamiento bancario, consiguió enderezar una situación gravísima, que no es preciso glosar porque está en la memoria reciente de los ciudadanos y, de hecho, todavía la sufren muchas familias españolas. Y, llegados a este punto, Grecia podía perfectamente no haber sido Grecia, porque tras dos rescates europeos las medidas de equlibrio del gasto público que había puesto en marcha el Gobierno conservador de Nueva Democracia, con apoyo de los socialistas del PASOK, estaban comenzado a dar resultados. Pero Syriza operó políticamente sobre las ilusiones y los deseos de una población exhausta, golpeada por la crisis y sobre la que se vertió, a partes iguales, demagogia y nacionalismo. Hoy, el Gobierno de Alexis Tsipras ha reducido las pensiones, ha subido el IBI, los impuestos especiales –incluso a la cerveza y al gas doméstico–, el IVA y el IRPF de los autónomos. Y el puerto del Pireo ha caído en manos chinas. España no es Grecia, pero hay propuestas políticas que parecen reflejadas en su espejo.

Empresas públicas, un foco de corrupción y deuda
Acuamed, Arpegio, Mercasevilla… Muchos escándalos de corrupción se originaron en entidades públicas.
El Espanol 5 Junio 2016

El último informe de Transparencia Internacional lo dejaba muy claro: la corrupción en la contratación desde empresas públicas es “bastante generalizada”, como refleja “claramente” el caso Acuamed. España tiene 58 puntos sobre 100 en el ranking de corrupción, una posición preocupante, peor que la mayor parte de vecinos europeos. Hasta la propia Comisión Europea ha pedido a España que adopte medidas urgentes para mejorar los procedimientos de la contratación pública.

Muchos de los escándalos que han surgido en los últimos años tienen su origen en empresas públicas. Muchas de ellas son un instrumento del político de turno, que aprovecha que hay menos controles en las empresas públicas que directamente en la Administración, lo que facilita la corrupción. Por ejemplo, en el caso de las contrataciones, el personal del Estado tiene que cumplir unos requisitos que no hacen falta en muchas empresas públicas. Ni las auditorías internas, ni las externas, ni la fiscalización del Tribunal de Cuentas consiguieron, en muchos casos, detectar la corrupción de estos entes. La consecuencia ha sido un gran descontrol de estas empresas que ha sido el germen de una buena parte de los escándalos de los últimos años.

El caso de los ERE de Andalucía, el caso de corrupción de mayor tamaño por las cifras que ha dejado, tiene como uno de los actores principales a la empresa pública Mercasevilla. La Comunidad de Madrid ha sido otro foco de escándalos que todavía se están investigando. Muchos de ellos se gestaron en la Púnica bajo la batuta de Francisco Granados, exvicepresidente de la autonomía. Destacan casos como los de Arpegio, una empresa pública dedicada a la gestión del suelo; Imade, el Instituto Madrileño para el Desarrollo; o Pamam, el Patronato de Áreas de Montaña, ente que ejecuta inversiones millonarias en municipios de la Sierra Norte y que está también bajo el control de la Comunidad de Madrid.

La burbuja política

A medida que la burbuja inmobiliaria se hinchaba en España, muchos políticos iban llenando sus bolsillos y los de sus familiares y amigos. Entre 2004 y 2010 se crearon casi 500 empresas públicas, según los datos del Ministerio de Hacienda, sin tener en cuenta el País Vasco, hasta marcar un máximo histórico en 2.445 compañías. Esto significa que por cada tres entidades, se creó una nueva. La mayor orgía de las empresas públicas se centró en dos tipos de compañías: los consorcios y las fundaciones: por cada dos compañías se creó una nueva, esto es, se dispararon casi un 50%.

Fueron esos años en los que se gestó el auténtico boom de las entidades públicas y también se gestaron los casos de corrupción que se dirimen actualmente en los tribunales. A partir del año 2011, su número empezó a reducirse. El Gobierno empezó a presionar para reducir el número de empresas, pero como también había menos dinero, muchas de ellas se vieron obligadas a bajar la persiana. Desde entonces se han disuelto ya 601 compañías, una de cada cuatro. De este modo, el número de entes públicos se ha reducido hasta niveles del año 2003, con lo que se ha desmontado en cinco años toda la burbuja de empresas de los años de gran expansión.

Por si la corrupción no fuese ya un problema suficiente, estas empresas empezaron a acumular deuda que España tuvo que incorporar en sus cálculos de deuda pública. Entre 2005 y 2011 la deuda de las empresas públicas no incluidas en el sector de Administraciones Públicas, se disparó un 150%, al pasar de 20.000 millones de euros hasta rozar los 51.000 en 2011. Ni más ni menos que un 4,6% del PIB en deuda de las empresas públicas, según los datos del Banco de España.

Desde entonces se ha corregido este desequilibrio, aunque a un ritmo muy lento. La deuda de las compañías cayó hasta los 43.200 millones de euros al final de 2015, lo que supone todavía un 4% de todo el PIB de España.

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La corrupción de un país, la destrucción de un mundo

Pedro J. Ramírez El Espanol 5 Junio 2016

Todo el hedor de la "fermentada letrina" que, por usar la expresión de Donoso Cortés referida a la corte isabelina, ha sido la España bipartidista de las últimas décadas, se ha destapado de nuevo en dos sumarios judiciales. El de la Púnica con cargo al PP madrileño, el de los ERE con cargo al PSOE andaluz. En un caso se trataba de las adjudicaciones de obra pública a cambio de comisiones; en el otro, del desparrame de subvenciones clientelares saltándose todos los controles. Malversación y prevaricación, alcaldes en venta y consejeros de alquiler, reputación en redes sociales y prejubilaciones doradas, mansiones con aromaterapia y dinero en billetes "como para asar una vaca". The way we were, tal como éramos.

Los sufridos y escarmentados ciudadanos escuchan con escepticismo el borboteo informativo que mezcla a unos conseguidores con otros e iguala a los rivales políticos en cutrez y en esperpento. El PSOE se ha quedado sin discurso contra la corrupción, pero si se aplicara a la financiación ilegal del PP el principio de responsabilidad piramidal que ha sentado a Chaves y Griñán en el banquillo, ni Rajoy ni Cospedal saldrían indemnes.

La letrina se ha desbordado y el lodazal se extiende por doquier. Los españoles ya saben cuáles eran los méritos del rey emérito, le tienen tomada la medida al Molt Deshonorable y han constatado la suciedad de Manos Limpias. ¿En quién creer cuando todo está podrido si, como decía Woody Allen, "Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no me encuentro muy bien"?

En un sinfín de películas, y a veces también en la realidad, la prensa ha sido el último refugio de la conciencia cívica. El periodista de investigación era el verdadero superhéroe que salía de la cabina telefónica cuando Superman trocaba su capa aerodinámica por el discreto traje de Clark Kent; y ahí estaba el editorialista indomable para tener a raya al crimen organizado de la ciudad. Nada podía impedir que esa rotativa del cuarto poder, que sonaba como música celestial, arrancara cada noche desvelando la podredumbre y fustigando a los corruptos.

Dos periódicos, El País y El Mundo, han competido por desempeñar esa función, ejerciendo complementariamente durante las últimas décadas el papel de contrapeso a las instituciones del Estado. A medida que Polanco y Cebrián fueron acumulando riquezas, El País evolucionó hacia una actitud, más que gubernamental, oficialista, que en la práctica suponía entregar lectores al poder a cambio de todo tipo de beneficios. Por el contrario, quienes fundamos e hicimos grande a El Mundo nos empecinamos durante un cuarto de siglo en entregar poder a los lectores, sin importarnos quién pudiera resultar perjudicado -a menudo nosotros mismos-, siempre que la información fuera relevante y veraz. Esa diferencia explica la dispar fortuna de ambas cabeceras cuando la crisis económica general y la específica del sector golpearon a todos los medios.

El País se salvó de la quiebra, a la que le arrastraba la desastrosa gestión del grupo Prisa, gracias a la intervención del Gobierno, y en concreto de Soraya Sáenz de Santamaría, que actuó como broker de una operación de ingeniería financiera por la que Telefónica y algunos de los principales bancos españoles transformaron su deuda en capital. El sueño de cualquier consejero delegado manirroto.

Los mismos poderes fácticos se frotaron en cambio las manos cuando vieron a El Mundo tambalearse bajo el lastre del desorbitado precio pagado por su propietario, los italianos de RCS, al adquirir en 2007 el grupo Recoletos. Llegaba el final de las vacas gordas pero las cabeceras de Marca, Expansión y algunas revistas de nicho se tasaron en el triple de lo que ahora vale todo el conglomerado italo-español, Corriere y Gazzeta dello Sport incluidos.

Para quienes habían quedado en evidencia por la publicación de sus cacerías irresponsables, sus embarazosos mensajes de móvil, sus actos de nepotismo tipificados penalmente o su frustrada pretensión de doblarle la mano al Tribunal Supremo en la interpretación de la ley del indulto, era la ocasión de ajustar cuentas con el mensajero irreverente. Llegaron las presiones políticas, la recluta de fuego amigo, la coacción publicitaria, los viajes a Italia de empresarios y banqueros, la fijación de precio y forma de pago, y el desenlace de todos conocido en enero de 2014. Hacía falta un necio para que el proceso de desgarro y amputación fructificara y la conjura de los listos lo encontró, en grado cum laude pocas veces repetido, en el entonces consejero delegado de RCS Pietro Scott Jovane, devuelto hoy a la irrelevancia de la que nunca debió salir.

El País y El Mundo han vuelto a concentrar estos días todas las miradas de la España inteligente por razones muy distintas. En un caso por el pertinaz silencio que tanto el periódico como el propio Cebrián mantienen sobre el multimillonario regalo en acciones de Star Petroleum, aceptado por quien llevaba medio siglo presentándose como epítome de la independencia periodística. En el otro por la traumática sustitución de su tercer director por un cuarto en funciones, mientras el segundo anunciaba su adiós como columnista.

"Seguro que hoy explica Cebrián qué es lo que le daba él a cambio a Zandi", me digo cada mañana para mis adentros desde que Agustín Marco publicara en El Confidencial el contrato por el que el sedicente periodista tenía derecho a adquirir un 4,9% de la petrolera de su amigo iraní por 14,7 millones, tras recibir gratis et amore un 2%. Pero no, van pasando los días, van pasando las semanas y los lectores de ElPaís siguen en la playa del desconocimiento. Saben, eso sí, gracias a lo revelado por Carlos Segovia en El Mundo, que quien pagaba a Zandi con la moneda en especies del tráfico de influencias era Felipe González, cómplice entrañable de Cebrián desde el pleistoceno de la cal muerta y eminencia gris del periódico.

¿No estamos ante todos los indicios de un caso de corrupción, con ramificaciones internacionales a gran escala -genocida africano incluido-, que El País debería investigar minuciosamente, empezando por los suculentos pagos con dinero del diario que ligan a Cebrián con González desde que acordaron al unísono que, puesto que el futuro ya no es lo que era, había llegado la hora de forrarse en vida para que sus mortajas estén un día tan rebozadas de oro como la piscina de Zandi?

Las ominosas connotaciones de esta trama hacen aún más dolorosa e injusta, por la vía del contraste, la situación de incertidumbre por la que atraviesa la abnegada redacción de El Mundo, poco menos que abandonada a su suerte mientras sus accionistas dirimen en Italia la pugna por el control, en el juego fratricida de la opa y la contraopa. De esa redacción han salido casi simultáneamente tres extraordinarios periodistas y este calificativo nada tiene de enfático pues sin Casimiro García Abadillo los ciudadanos no hubieran sabido de la misa la media sobre Filesa, Ibercorp, Gescartera o las falsedades en torno a los explosivos del 11M; sin David Jiménez nunca habríamos leído los emocionantes relatos que han retratado los dramas de un inmenso continente como Asia; y sin Agustín Pery, en comandita con Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta, nunca se habría desmantelado la mafia política que dominaba la isla de Mallorca.

Les deseo lo mejor a los tres, en especial a quien me sucedió como director y con quien mantuve una escaramuza pública, de la que me arrepiento, tras un cuarto de siglo de inolvidable colaboración. Pero su marcha, como la de quienes se unieron a EL ESPAÑOL -Fernando Baeta, María Peral, Ana Romero, John Müller, Miguel Ángel Mellado, Vicente Ferrer, María Ramírez o el propio Urreiztieta- o han emprendido otros rumbos -Inda, Fernando Mas, Eduardo Suárez u Oscar Campillo que seguía siendo de El Mundo como director de Marca- han supuesto reiteradas mutilaciones de aquella redacción mítica, golpeada también por la muerte del ejemplar Fernando Múgica.

Pero si hay una persona que encarna los valores de la integridad periodística, la pasión profesional, la disposición dialéctica y el ansia de perfeccionamiento a través de la cultura que vertebraron nuestro proyecto, ese es Pedro G. Cuartango, nombrado director en funciones -menuda redundancia, todos lo somos así- a quien quiero entrañablemente y a quien como fundador de El Mundo apoyo hoy de forma expresa, más allá de las rivalidades y avatares de la competencia. Rompo así dos años de autoimpuesto silencio. A Cuartango y al presidente de la compañía, Antonio Fernández Galiano, cuyas dotes políticas le han permitido sobrevivirnos y sustituirnos a todos, les corresponde ahora mantener la nave a flote y reencontrarse con el viento, a la espera del veredicto italiano. Con una tripulación que conserva periodistas del calibre de Lucía Méndez o Rafa Moyano, Fernando Lázaro o Iñaki Gil todas las proezas siguen siendo posibles.

Como no podía ser de otra manera el ADN de El Mundo es también el de EL ESPAÑOL. Luchamos por lo mismo, defendemos lo mismo y por eso topamos a menudo con los mismos obstáculos. Y no trato al decirlo de alentar especulaciones sin fundamento sobre engarces poco menos que imposibles, sino de advertir que de forma correlativa a la demolición del centro político sigue en marcha la pretensión de arrasar el centro periodístico para que derechistas e izquierdistas puedan hacer caja mediática a sus anchas con el negocio de las dos Españas.

Se trata de una amenaza que, además de sobre el periodismo independiente, se cierne sobre el pluralismo y la calidad de vida democrática de los ciudadanos. Por eso, estemos cada uno donde estemos, no debemos consentir que, mientras la corrupción campa por sus respetos en este país, se consume la destrucción de lo más valioso que queda de nuestro mundo.

Corazón de matón
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  5 Junio 2016

Ayer, El País publicaba un artículo de Pablo Iglesias, matonesco y literariamente birrioso como todos los suyos, pero muy alejado del símbolo cursi copiado del Gorila Rojo para su nueva coalición electoral: el corazón que, en su caso, es el de un acreditado matón en su variante escrachadora (Rosa Díez en la Complutense), apologeta en su tele iraní de "la guillotina como origen de la democracia", teléfono de contacto en Madrid de Herrira, la asociación de la ETA para controlar sus presos (con su socio político Otegui a la cabeza) y defensor de todos los actos de violencia perpetrados por los ajenos y los propios, del Alfon y el Bódalo a la Maestre y el Zapata.

Esta vez, el matón nos ahorraba ese sentimentalismo siniestro típico del comunismo caribeño que exhibió en aquel grotesco "os quiero" con que terminaba su carta al partido anunciando la liquidación de Errejón y su asunción del Poder absoluto. Lo que Iglesias anunció este sábado en el diario de la Izquierda Instalada –a la rica sombra de Soraya y Rajoy- era más serio: la inminente llegada al Gobierno de la Izquierda totalitaria, acaudillada por él, cuya toma del Poder "sin vuelta atrás", sería "sólo cuestión de tiempo". "La vieja socialdemocracia" del PSOE debe elegir: apoyarlo tras las elecciones del 26J o esperar a las siguientes para rendirse a la evidencia, o sea, a Él.

Por desgracia, la chulería de Iglesias venía avalada por dos datos a tener muy en cuenta. En primer lugar, el ex-empleado –con Garzón- de IU, cuyo partido Podemos financió Venezuela dentro de su plan para subvertir el orden democrático en Europa, y muy particularmente en España, tenía ya en sus manos la encuesta del diario de PRISA-Star Petroleum que coloca a la coalición requetecomunista (Unidos Podemos) por delante del PSOE y a dos puntos del PP, que ganaría las elecciones del 26J, pero por tan poco que ni siquiera con Ciudadanos –y yéndole bien- podría formar Gobierno.

Las telesorayas: juego de cromos contra Juego de Tronos
El segundo dato que maneja Iglesias, y que se resisten a manejar los demás partidos políticos pese a que está al alcance de todos, es que Iglesias ha tomado ya el poder en la televisión, que en unas elecciones que se están caracterizando por el fin de los mítines y la pugna en la palestra audiovisual serán probablemente decisivas en la derrota de la "vieja socialdemocracia" a manos del viejísimo comunismo de Stalin y el Che, de Cuba y Venezuela. En la primera semana de las cuatro que marcan esta campaña, la presencia del caudillo podemita en el horario de máxima audiencia de las cadenas de televisión generalista ha sido aplastante.

Y esta vez, el duopolio televisivo, impuesto por el Gobierno, no dejó a sus segundas marcas, La Sexta y Cuatro, la apología del Protodictador. Fueron Tele5 y Antena 3, las de más audiencia, las que encargaron a sus "reinas de la mañana", Ana Rosa Quintana y Susana Griso, la competencia en servilismo político y manipulación informativa en horario prime time; una, utilizando niños como peana del culto a Kim Il Pablo; otra, en algo que parecía más una sesión de club de contactos sexuales que la entrevista a un candidato a presidir el Gobierno que, en realidad, va a intentar la conquista del Estado.

La corrupción política crea el Duopolio
Ello sucede en dos cadenas que concentran ocho canales nacionales y más del 90% de la publicidad televisiva, que dependen de concesiones del Gobierno y que se supone que deberían respetar y promover la democracia. Tanto Mediaset como Atresmedia fueron favorecidos de forma ilegalísima por los Gobiernos del PSOE y del PP para absorber Cuatro y La Sexta, que deberían haber vuelto al mercado para así ampliar la propiedad y la oferta.

Sucedió al revés: para favorecer a PRISA y a Roures, mediante la más descarada corrupción al más alto nivel, Zapatero y Rajoy entregaron cuatro canales a Berlusconi y Lara, que ya tenían cuatro cada uno, quitaron luego la publicidad a TVE y finalmente prohibieron la llamada pauta única que permitía sobrevivir a las pequeñas cadenas de televisión que, con gran esfuerzo habíamos puesto en marcha diversos grupos periodísticos, con la inmediata ampliación de la oferta informativa y la pluralidad ideológica. El golpe al mercado fue letal: Veo7, Libertad Digital TV, Intereconomía TV o Canal 10 fueron condenadas a vender sus frecuencias legales o desaparecer.

La salvación del Grupo PRISA, con 3.200 millones de deuda, y los regalos a Mediaset y Atresmedia de Cuatro y La Sexta pusieron en manos de la Vicepresidenta del Gobierno y aspirante a sucesora de Rajoy el mayor poder mediático que ha tenido nunca un político, incluidos Felipe y Aznar. Y en los últimos dos años, desde las elecciones europeas, la estrategia del Gobierno de Rajoy, dirigida por Soraya, María Pico y Carmen Martínez Castro, se ha encaminado a crear un núcleo perrunamente incondicional de apoyo a Soraya y a favorecer a Podemos para evitar que el PSOE pueda ser una alternativa real de Poder.

Los resultados de la apuesta podemita del PP
Esta estrategia, inmoral y suicida, es tan obscenamente evidente que ya ha sido públicamente criticada por líderes históricos del PP como Aznar o Aguirre, porque ni asegura que el PP vaya a ganar las elecciones ni que Podemos pueda alcanzar el Gobierno. De nada ha servido que, en bastantes medios se haya asumido lo que antes sólo criticábamos unos pocos. Como explica en su última crónica Pablo Montesinos, la política de polarización para destruir el centro-izquierda (PSOE-C's) y obligar al electorado a elegir entre la corrupción rajoyista y la revolución comunista es innegociable. En realidad, es uno de los dos puntos del Programa Electoral del PP: el miedo a Podemos que él fomenta; el otro, la bajada de impuestos que nunca bajó.

El resultado de esta estrategia aparece este domingo en las encuestas de varios periódicos: Podemos logra, tras la triquiñuela electoral de alianza con IU, enterrar al PSOE no sólo como alternativa de Poder sino como primera fuerza de Izquierda, algo a lo que el propio Sánchez ha ayudado entregando a Podemos las grandes capitales para quitárselas al PSOE. Pero el miedo a Podemos no consigue hacer de Rajoy un candidato ganador. En el mejor de los casos, puede recuperar cinco escaños de los más de cincuenta perdidos. Y ni así podría formar gobierno con Ciudadanos. Quedaría, de nuevo, en manos de un PSOE cuyo rescate para la moderación por Ciudadanos sería mucho más difícil que hace unos meses. Todo nos lleva al Frente Popular y a la Revolución soñada por los Chicos de la Checa y sus amigos etarras y separatistas.

Una anécdota reveladora
La anécdota que revela la absoluta dependencia del gran negocio del duopolio televisivo de las decisiones del Gobierno a través del BOE la ha protagonizado el presidente de UTECA, Alechu Echevarría, que pidió a la mismísima Soraya una ley que impida la entrada en España de las series que tres grandes cadenas mundiales, HBO, Netflix y Amazon, emiten ya o piensan emitir en ese espacio que guarda para su disfrute la corrupción del Gobierno. El gesto, además de mostrar los dientes de una avaricia ilimitada a quien puede satisfacerla, es una prueba de la nula fiabilidad de los amigos de Soraya, que prefieren hacer dinero hundiendo la democracia antes que cumplir su deber como servicio público –que eso significa "concesión"- defendiendo la Nación y la Constitución. El duopolio quiere un Cambio de Cromos –promoción de PP y Podemos- a cambio de Juego de Tronos. En cualquier caso, gana la tiranía, pierde la Libertad y España entra en barrena.
 


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