AGLI Recortes de Prensa   Sábado 11 Junio  2016

La gorda ante la horda
Hermann Tertsch ABC 11 Junio 2016

Ya sabemos todos que las encuestas no sirven para nada como dicen siempre los que aparecen perdedores en ellas. Y que como mucho «son una foto fija» como subrayan también los ganadores con la consabida falsa humildad, cautela o modestia. Pero lo cierto es que la encuesta del CIS publicada ayer ha provocado muchos escalofríos de espanto y reafirmado muchas euforias, reprimidas con esfuerzo. El régimen constitucional ha entrado oficialmente en coma. Y los partidarios de darle un golpe de gracia se agolpan ya en los patios del palacio. En varias regiones desaparecen las fuerzas que defienden la legalidad. Los defensores de dictaduras del pasado y del presente y apologistas de la violencia han conseguido ya la hegemonía política y electoral en la izquierda española. Han irrumpido con tanta fuerza y tantas complicidades en la lucha ideológica que ya discuten a las demás opciones políticas el derecho a su discurso propio. Se intimida y agrede desde hace años allá donde la brutalidad de la izquierda extrema tiene cobertura del nacionalismo separatista. Pero en los pueblos de la España profunda han empezado de un año a esta parte las acciones de intimidación y amenaza por parte de los matones y chequistas bodalos. Y se extienden sin cesar. Llegará la hora estelar de la revancha. Y aun está por salir lo peor del acervo más siniestro. Pero estamos en ello.

Y era evitable. Con algo de grandeza, generosidad, empatía y convicción política se podía haber impedido esta deriva hacia el drama. Con atención y respeto, con sinceridad y coraje para la verdad. Los millones que votan por romperlo todo no actúan movidos por la ruindad del resentimiento ideológico. Al electorado lo mueve el hastío ante la soberbia y la indolencia de quienes no ofrecen nada más allá de su propia permanencia en los cargos. Los mueve la ira que produce el desprecio a las angustias de los españoles honrados cuando se atiende a las «sensibilidades» de ladrones y traidores. Y la indignación y la rabia por el abandono, ante la total ausencia de un discurso inteligente nacional de defensa de la ley y el trabajo que pudiera hacer frente al relato permanente del odio que hacen los talibán leninistas. Pero lo peor no es ya que tengamos como fuerza hegemónica de la izquierda en España a un movimiento neocomunista, enemigo de las libertades y deudor de regímenes criminales extranjeros. Que puede aún hasta superar al PP el 26-J a la vista de que el PSOE se queda sin suelo. Ni que el orden y la ley dependan ya de los humores y caprichos de enemigos de la Constitución y del Estado.

Lo peor, lo trágico y humillante es ver a los supuestos defensores de los españoles que quieren una vida en libertad y convivencia en una sociedad abierta bajo el imperio de la ley. Que insisten en presentar como única salvación la opción que simboliza la obstinación en el error que nos han traído hasta aquí. Se oye el grito de «Hace falta más miedo». Hace falta terror para conseguir unas migajas de escaños para quienes han estado sobrados de ellos cuatro años. Lo que haría falta son figuras con grandeza y épica para batirse en campaña con la horda totalitaria. Para convencer a los españoles de que se enmendarán los imperdonables errores y disparates pero que hay que defender las libertades frente a sus enemigos. Pues sacan a bailar a una señora gorda que, como Mariano Rajoy, se congratula de que todo se ha hecho muy bien. Baila merengue. Y encima se parece mucho a Jorge Moragas. La metáfora total. La gorda frente a la horda. Con semejante músculo moral y político en este momento histórico, acabamos todos en el exilio.

Socialdemocracia
Gabriel Albiac ABC 11 Junio 2016

«Con las mismas letras –dice Aristóteles– se escribe una comedia o una tragedia». Idénticas palabras significan contenidos antagónicos. Según disposición y contexto. El sentido es siempre dado por las transitorias estrategias discursivas que hacen del diccionario campo de batalla.

No hay profesor que no establezca esta cautela: al leer a un clásico, es obligatorio tener al lado un diccionario de sus mismas fechas. No hacerlo distorsionará por completo la lectura. Una palabra no significa lo mismo en todo tiempo. «Libertino», por ejemplo, es acuñado por Calvino en el siglo XVI para designar a un grupo de intérpretes rigoristas de san Pablo; a inicios del XVII, designará a quienes postulan la separación de Iglesia y Estado; y sólo desde final del siglo XVIII toma un sentido similar al que hoy es nuestro. Sobre el neologismo «revolucionario», sin presencia en los diccionarios hasta 1793, sucede lo mismo. Sucede siempre con cualquier término sobre el cual se haya superpuesto un uso técnico.

«Marx era un socialdemócrata» –Iglesias dixit– pertenece a ese tipo de expresiones. Tras cuya palmaria evidencia se camufla apenas la búsqueda de un trastrueque conceptual bastante tosco. No se requiere, sin embargo, gran erudición profesoral para fijar la genealogía de ese birlibirloque en el cual se complace el caudillo populista en estas vísperas electorales.

Antes que «socialdemocracia», hubo «democracia socialista» (en francés ambas). La expresión designaba al ala izquierda de la revolución de 1848. Cristalizará en un partido démocrate-socialiste o social-démocrate, a partir de febrero de 1849. Marx le atribuirá este ambiguo contenido: «El carácter propio de la socialdemocracia se resumía en que reclamaba instituciones democráticas como medio, no de suprimir ambos extremos, salario y capital, sino de atenuar su antagonismo y transformarlo en armonía». De ahí, pasará «socialdemocracia» a Alemania, de la mano de los discípulos de Lassalle, recelosos de la agresividad léxica del «comunismo» que Marx postula. Será este último quien, sin embargo, gane la partida entre 1875 y 1880. Y, hasta la crisis abierta por Bernstein en 1895, el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán adoptará básicamente las hipótesis revolucionarias a las cuales Marx llamara comunistas.

«Socialdemócrata» es –en ese campo léxico de la segunda mitad del XIX– sinónimo de «movimiento obrero». Sin excepciones. Incluido el partido de Lenin, que hasta abril de 1917, seis meses antes de la revolución, sigue denominándose «socialdemócrata». Sólo a partir de esa fecha, la lucha de las dos «internacionales» obreras generará una guerra sin cuartel entre sus respectivas etiquetas: «socialdemocracia» contra «comunismo».

Decir, así, que Marx (o Lenin) fueron socialdemócratas sólo puede significar dos cosas: o bien no decir nada (toda la izquierda lo es hasta 1917), o bien atribuir a Marx haber hablado, pensado y tomado posiciones en los términos de un debate léxico treinta años posterior a su muerte.

¿Por qué ese infantil anacronismo? Pro domo sua, por supuesto. El caudillo populista no habla de un clásico del XIX. Habla de sí mismo. De la necesidad de encubrir el peronismo (esto es, fascismo) de Laclau bajo el prestigio del mayor clásico de la izquierda. Atesorar votos del PCE sin asustar a nadie: esa es la clave de la sentimental teología política a la que el populista llama «socialdemocracia».

Aristóteles: con las mismas letras se escribe una tragedia o una comedia. O una farsa.

La ‘operación Ciudadanos’ y las traiciones del establishment
Rajoy siempre ha entendido que la razón de ser de Ciudadanos es ayudarle a retener el poder. Ni siquiera lo considera un partido bisagra sino una mera muleta: su muleta. Así se lo vendieron.
Javier Benegas, Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 11 Junio 2016

Cuentan que la noche del 20 de diciembre de 2015, tras conocer el resultado de las elecciones, Mariano Rajoy se mostró muy disgustado. Pero no por haber perdido más de tres millones y medio de votos desde los anteriores comicios sino porque Ciudadanos solo había obtenido 40 escaños, cuando las encuestas pronosticaban 55 o 60, los necesarios para, pacto mediante, entregar el gobierno a Rajoy en bandeja de plata. Ahora resultaba que la suma de PP y Ciudadanos no alcanzaba, ni de lejos, para la investidura. De ahí que el cabreo de Rajoy no se dirigiera hacia sí mismo, la autocrítica es incompatible con su plástica cerebral, ni siquiera hacia el PP, sino contra Albert Rivera, el partido naranja y… el establishment.

Cuentan también que esa misma noche, mientras en Génova 13 los parroquianos estaban indignados porque su cáterin era de peor calidad que el de la zona noble, Mariano comenzó a repasar el devenir de los acontecimientos. Y su irritación fue in crescendo. Naturalmente pasó por alto que su proverbial inmovilismo, los interminables casos de corrupción del PP y su exasperante manejo de los tiempos, le habían convertido en el político más odiado del reino mientras la popularidad de Rivera se disparaba. Pero recordó muy bien los enojosos episodios en los que prohombres del establishment parecieron darle la espalda. Especialmente el más mortificante, el que tuvo lugar en octubre de 2015, cuando el líder de Ciudadanos acudió al Foro ABC-Deloitte arropado por la flor y nata empresarial y financiera madrileña. Un episodio que la prensa utilizó para retratar con toda crudeza el contraste entre un Rajoy aislado, amortizado por todos, y un Rivera pletórico, en apariencia imparable. Poco después, los dirigentes del partido naranja, en el colmo de la osadía, se atrevieron a postular a Albert Rivera como alternativa a su persona, ¡a él, al mismísimo Mariano!

Rajoy siempre había entendido que la razón de ser de Ciudadanos era ayudarle a retener el poder. Ni siquiera lo consideraba un partido bisagra sino una mera muleta: su muleta. Si bien veía plenamente justificados los experimentos por la izquierda, como la operación Podemos, porque restaban votos al PSOE, el fenómeno Ciudadanos era harina de otro costal. Nunca permitiría un proyecto autónomo en el centro o el centro-derecha: ese era territorio exclusivo del Partido Popular. Quien sacara los pies del tiesto, quien pretendiera hacer prospecciones en tan vasto segmento político sin el correspondiente salvoconducto, sería triturado por la maquinaria partidista, medios de información incluidos, y enviado al limbo, tal y como sucedió con UPyD. Pero ahora Rajoy tenía motivos para sospechar que alguien se la había colado. ¿Y si la operación Ciudadanos no era lo que le había vendido el establishment?

La manipulación comenzó antes
Todo este embrollo comenzó mucho antes, en 2013. Tras arrinconar cualquier proyecto reformista, y encomendar su futuro a los logros económicos, Rajoy fue advertido de que la recuperación tardaría más de lo previsto. Una grave contrariedad. Había que hacer algo, y rápido, para neutralizar el posible sorpasso del PSOE. Fue entonces cuando cierto personaje tuvo la ocurrencia de dar aire a un nuevo partido que dividiera el voto de izquierda. Et voilà ! Decidieron convertir a Podemos en la nueva estrella rutilante del universo progresista. El descontento de amplios sectores sociales servía de catalizador pero no era suficiente. En un país con medios de comunicación férreamente controlados por la oligarquía política y económica había que distribuir la consigna de abrir los platós de televisión a Pablo Iglesias y sus muchachos. Y así se hizo. El invento funcionó: Podemos obtuvo en las europeas de 2014 un resultado más que aceptable. En el PP se felicitaron y, exultantes, decidieron apurar esta estrategia.

Claro que Rajoy y sus edecanes no eran conscientes de que el horno español no estaba para esos bollos. Los dos grandes partidos llevaban demasiados años abonando el terreno para el advenimiento del populismo, creando un sustrato muy fértil en el que germinaría a una velocidad vertiginosa. Para colmo, su recalcitrante inmovilismo cedía en exclusiva a Podemos el discurso del cambio político, de la regeneración. Si este mensaje era verdadero o falso importaba poco a un público muy cabreado, predispuesto al acto de fe. Y sucedió lo inevitable: el partido morado no se limitó a restar votos al PSOE, a dividir a la izquierda, sino que empezó a sumarlos por todas partes. La alarma cundió. Creado el monstruo, ahora urgía encontrar la manera de mantenerlo bajo control. Y es aquí donde se produce un nuevo giro argumental.

El experimento Ciudadanos
En 2014 supimos que existía un plan para lanzar un nuevo partido no populista, que compitiera en el nicho de la regeneración democrática, recogiera parte del voto indignado y neutralizara el empuje de Podemos. La fuente no reveló en ese momento detalles del partido, seguramente porque los desconocía, pero citó a miembros de la oligarquía económica que, en connivencia con un magnate de los mass media, habían decidido abrir los platós a un nuevo “actor”.

Originariamente, el plan consistía en fusionar Ciudadanos con UPyD (organización impulsada a su vez, años atrás, por el entorno del PP de Madrid), dos partidos a priori perfectamente complementarios. Uno con fuerte implantación en Cataluña y el otro en el resto de España. Además, UPyD mostraba una brillante trayectoria reformista, denunciando la corrupción y las fallas del sistema. Y Ciudadanos exhibía una irreductible resistencia a la tiranía nacionalista en Cataluña.

La idea tenía sentido pero fracasó por intereses personales. Rosa Díez sabía que su partido mantendría la preponderancia ideológica y organizativa dentro de esa unión, pero... ¿quién ostentaría el liderazgo? En comparación con el joven Albert, Rosa era una figura desgastada tras décadas de implicación en la política partidista. De cara al público, uno resultaba simpático; la otra, antipática. Por si esto no fuera suficiente, estaba el proverbial rencor que Rajoy guardaba a la líder de UPyD. Pintaban bastos para Díez, así que siguió el principio más arraigado en la política española: "lo primordial es mi liderazgo; España y las ideas... lo secundario". Y el plan entró en vía muerta.

A grandes males, grandes remedios. Al no entrar Rosa Díez en razón, el establishment cortó por lo sano. Eliminó a UPyD de la ecuación y, a toda prisa, convirtió a Ciudadanos en partido de implantación nacional. Mientras Díez se hacía cada vez más invisible, Rivera recibía un pase que permitía entrar en todas las televisiones. Lo más crucial, sin embargo, consistió en cocinar unas encuestas de intención de voto que situaran a UPyD en niveles de aceptación tan bajos que ahuyentaran el voto útil y colocaran a Ciudadanos en unas cuotas de popularidad muy superiores a las reales. Hecho esto, el globo comenzó a elevarse por sí solo. Por el efecto bandwagon, mucha gente tiende a votar lo que ha oído que votarán otras personas. En no pocas ocasiones, las encuestas no es que acierten: es que influyen en el resultado. Como muestran D. Rothschild y N. Malhotra, se convierten en la profecía autocumplida. Por supuesto, hay diseñadores de encuestas cabales y objetivos pero, al desconocer que sus resultados no solo miden, también mueven la opinión pública, acaban reforzando a las manipuladas encuestas previas, aunque sea sin malicia.

Las dos almas del partido naranja
Pero el futuro deparaba todavía más sopresas. Meses después, la avalancha de corrupción parecía abocar al PP a la catástrofe. Y los presidentes del IBEX decidieron ir aún más lejos. Juzgaron prudente no colocar todos los huevos en la misma cesta: mejor en dos. Realmente no abandonaron a Rajoy pero, como prudentes inversores, repartieron los riesgos en lugar de concentrarlos: pusieron una vela al PP y otra a Ciudadanos.

Aunque Mariano siguió creyendo que la oligarquía económica tan solo pretendía suministrarle un punto de apoyo para asegurarle la presidencia, lo cierto es que Ciudadanos dejó de ser un mero instrumento para restar votos a Podemos y se convirtió en uno de los caballos favoritos del IBEX, el relevo natural del PP. Fue su momento de gloria, cuando Albert Rivera creyó tener la Moncloa al alcance de la mano; y sus asesores, cegados por las encuestas, se emborracharon de optimismo, de autoestima, y a punto estuvieron de darse un batacazo monumental.

Visto con perspectiva, la estrategia de elevar a Ciudadanos al Olimpo de la política española no estaba exenta de problemas y dificultades. La formación carecía de experiencia más allá de su oposición al nacionalismo catalán. Por suerte, pudo aglutinar a un reducido grupo de mentes pensantes, personas preocupadas por España y conscientes de las reformas necesarias para ganar el futuro. Lamentablemente, las exageradas perspectivas electorales también atrajeron a una tropa de oportunistas, tránsfugas profesionales en busca de prebendas, beneficios y cargos.

Por ello, Ciudadanos tiene dos almas: una reformista y regeneradora, que ahora parece batirse en retirada, y otra proclive a la política tradicional, a la componenda y al reparto. Si el partido naranja sigue vituperando a sus cuadros más altruistas, honrados y reflexivos, ofreciendo el mismo discurso que otros partidos, las mismas recetas, una línea arbitrista consistente en promulgar una ley para cada problema y un exacerbado seguidismo de lo políticamente correcto, es seguro que acabará en la insignificancia… Rajoy jamás perdona una afrenta. Y el establishment es, por naturaleza, cobarde y oportunista, propenso a la deserción.

Llegados a este punto, la única forma de hacer política y evitar caer en la insignificancia es recuperar la iniciativa y subir las apuestas. Los remedios que España necesita no surgirán de trampas, maniobras o cambalaches, menos aún de una pantomima donde nada es lo que parece y nadie es quien dice ser. Los artificiales equilibrios de fuerzas que mantienen nuestra democracia en barbecho degenerarán en males mayores perfectamente evitables. Sólo la reforma en profundidad puede aportar verdaderas soluciones frente al inmovilismo de casi todos los agentes políticos. Y frente a esos que solo proponen administrar la pócima de siempre... pero en dosis para caballos.

Las advertencias del denostado Aznar ante el 26-J
José Antonio Zarzalejos El Confidencial 11 Junio 2016

La machadiana expresión de que “la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero” viene a cuento a propósito de las recientes intervenciones públicas del expresidente Aznar y la proximidad del 26-J. En muchos sectores fuera de su partido -pero también dentro- sus opiniones son acogidas con malestar y, frecuentemente, con displicencia. Y sin embargo, merecen -como las de Felipe González- ser escuchadas y, a veces, atendidas.

Las relaciones entre Aznar y Rajoy no son en absoluto “estupendas”, como ha declarado en un ejercicio de exquisitez el presidente en funciones. En realidad son casi inexistentes y, por lo que afecta a algunos de los colaboradores de Rajoy, abiertamente hostiles, aunque a la recíproca hay más menosprecio que animadversión. No por ello hay que dar pábulo a algunas especulaciones que sitúan a Aznar en una disidencia militante contra la organización que refundó en 1989.

El expresidente no va a participar en la campaña electoral -tanto porque ha sido invitado genéricamente, para cubrir el expediente, como porque él tampoco parece motivado a hacerlo- pero ni va a pedir el voto para ninguna opción que no sea el PP ni va anunciar la creación de otro partido. Aznar se ha instalado en unas posiciones críticas con determinadas políticas del Gobierno que comparten, además, muchos miles de votantes populares que, seguramente, se han quedado en la abstención o, los menos, han migrado a Ciudadanos.

Las más recientes advertencias de Aznar, sin embargo, enlazan con la suerte de su partido en las próximas elecciones generales. En días pasados, el expresidente ha transmitido tres que, bien valoradas y consideradas sin prejuicios, están muy en razón:

1) Se producirá una espiral de problemas si no se mete en cintura el déficit público.
2) La polarización electoral es una “competencia en la que ganan los peores”.
3) Serán necesarios “sacrificios personales” en el inmediato futuro español.

Los tres mensajes hacen diana en el Gobierno.

Rajoy y Montoro están prometiendo bajada de impuestos -lo mismo que en 2011- cuando el déficit público no ha sido controlado en los términos exigidos por Bruselas en ningún ejercicio presupuestario del PP. Fue del 10,40% en 2012, del 6,90% en 2013, del 5,90% en 2014 y del 5,52% en 2015. Estamos fuera de límites con una deuda del 100% de PIB. En ese contexto, fiar la contención del déficit a un crecimiento del PIB que, según ha informado esta misma semana el Banco de España, se “desacelera” es un voluntarismo que puede provocar más incredulidad y sensación de engaño entre los electores populares.

Por otra parte, la estrategia electoral del equipo de Rajoy consiste en establecer una constante tensión entre el PP y Podemos, para que Iglesias sobrepase a Sánchez y laminar al PSOE. La máxima polarización posible. A Aznar no le parece una buena estrategia porque un desplome del socialismo español a manos de Unidos Podemos implicaría después una colisión frontal de dos modelos sin zonas centrales ideológicas y estratégicas -que serían las socialistas y las liberales- que amortiguasen el golpe tan radicalmente antagónico entre populares y podemitas. Sin embargo, a eso se está jugando desde el PP: a coadyuvar al 'sorpasso' de los morados sobre los socialistas y, eventualmente, a su 'pasokización', es decir, a su irrelevancia. El PP puede y debe combatir al PSOE pero sin primar a Podemos.

Por fin, Aznar reclama “sacrificios personales”. Naturalmente se refiere a la continuidad de Mariano Rajoy, aunque él no haya realizado una afirmación nominativa. El PP será el partido más votado (con seguridad), pero también el más aislado (con seguridad). Las posibilidades de continuidad de Rajoy pasan por el resultado que obtenga: si repite el del 20-D o lo mejora, tratará de aguantar; si lo empeora, su liderazgo estará en el alero. Rivera, en todo caso, no va a pactar (votar afirmativamente su investidura) con Rajoy, en ningún caso. Mucho menos, el PSOE.

Aznar sugiere que quizás Rajoy deba asumir un “sacrificio personal”. Alguien tendrá que librar al PP de la “mochila” de responsabilidades no asumidas que ha convertido su suelo del 20-D en su probable techo el 26-J y que ha estigmatizado a su presidente dificultando los posibles pactos de gobierno que España necesita. Ahí está el CIS del jueves, que contempla las menguadas posibilidades del PP y la valoración -la peor de todas- de su candidato.

Puede comenzar en el PP y fuera de él -o más exactamente, continuar- el estimulante ejercicio de quemar calorías políticas empleando la figura del denostado José María Aznar como un saco de 'punching ball'. Puede echarse mano de la 'maldita hemeroteca' contra el expresidente del Gobierno (¿quién se libra de ella?). Pueden establecerse comparaciones entre lo que él hizo y dijo y lo que hace y dice ahora. Pero no podrá negarse que las tres advertencias del todavía -¿por cuánto tiempo?- presidente de honor del PP deberían ser escuchadas por los que toman las decisiones en Génova y Moncloa.

Defender los colores de España
Isabel San Sebastián ABC 11 Junio 2016

Formo parte de la legión de españoles que se alegra con los triunfos de la selección y padece con sus derrotas, no por la calidad de su juego, sino por los colores que defiende. Si el equipo se llamara «selección millonaria», obviando la nacionalidad de sus integrantes y aludiendo a su situación económica, es un decir, despertaría un entusiasmo limitado, por espectaculares que fuesen los cabezazos de Ramos o los golazos de Iniesta. La selección nos representa a todos, como ocurre con el himno o la bandera, y de ahí que tantos estemos con ella. Lo cual supone un formidable caudal de apoyo, pero también responsabilidades que han sido vergonzosamente obviadas.

Todavía están esperando las dos mujeres agredidas en Barcelona por reivindicar pantallas callejeras en las que poder contemplar los partidos de la mal llamada «roja» a que algún componente de la misma se digne darles las gracias. La paliza recibida a manos de unos salvajes identificados, aunque de momento impunes, no les ha valido ni siquiera un balón firmado o una invitación a un partido. Claro que el motivo del linchamiento no fue su afición al deporte rey, sino su osadía al enarbolar la enseña de España, junto a la autonómica de Cataluña, en un gesto de activismo ciudadano tan legítimo como pacífico. En la Barcelona de Ada Colau y Puigdemont, donde la Ley dejó de imperar hace tiempo, la razón de la fuerza se impone por goleada a la fuerza de la razón y las hordas «cuperas» recorren la ciudad sembrando el pánico, conscientes del poder que les otorga la falta de coraje democrático que muestran las autoridades, cómplices del vandalismo por su negativa a plantarle cara. Allí, defender los colores de España, sea en una carpa futbolera, sea en la Universidad, significa jugarse el tipo, como sucedía en el País Vasco en los años de la «kale borroka», cuando ETA ya no mataba pero tampoco dejaba vivir. Hasta que el gobierno central decidió actuar y cortó en seco, cosa que en esta ocasión no ha sucedido, veremos hasta cuándo y con qué consecuencias.

Las jóvenes golpeadas en Barcelona por mostrar en público su patriotismo simbolizan una resistencia cívica casi heroica ante un deterioro de la convivencia que se agrava cada día que pasa porque los garantes del Estado de Derecho han renunciado a cumplir con su deber. Precisamente por eso, por su condición de símbolos, merecían algo más que una condena genérica, de contundencia variable dependiendo de los partidos políticos, y un comunicado escueto, frío y tardío emitido por la Real Federación Española de Fútbol. Merecían Solidaridad con mayúscula, efusiva y ruidosa, para sentirse arropadas por la Nación que sienten, con toda justicia, como propia. Merecían el cariño y reconocimiento de unos deportistas con los que, francamente, me resulta ya difícil identificarme tras la exhibición de indiferencia o cobardía que nos acaban de regalar.

Sigan percibiendo sustanciosos emolumentos procedentes de nuestros impuestos los directivos de la Federación, el seleccionador, rehén de lo políticamente correcto en sus tibias palabras de condena, y los futbolistas silentes, con la única excepción de Cesc Fábregas, tan recatado como Del Bosque. Cobren, además, generosísimas primas por cada partido ganado. Engrosen algunos sus ya saneadas cuentas corrientes explotando en spots publicitarios sus hazañas pasadas con la selección. España entera ha comprobado que no han estado a la altura de la afición que les sostiene precisamente allí donde más meritorio es mostrar ese respaldo. Pase lo que pase en la Eurocopa, no han sabido honrar la camiseta.

Podemos, un programa para salir del euro
Editorial Libertad Digital 11 Junio 2016

El catálogo al más puro estilo Ikea que ha presentado Podemos para tratar de envolver en un formato atractivo su anticuado programa electoral ha logrado desviar la atención de lo único que realmente importa. A saber, su ruinoso contenido y las nefastas consecuencias que supondría su aplicación para el conjunto de los españoles. Las medidas económicas que propone Podemos no son nuevas, ya que han sido presentadas de una u otra forma por el partido morado a lo largo de los dos últimos años, pero pocos parecen advertir el verdadero resultado que supondría su puesta en marcha.

La mayoría de políticos y analistas se centran en señalar que se trata de un plan irrealizable, lleno de promesas disparatadas que nunca se podrían llegar a aplicar en el mundo real al chocar abiertamente con las normas y condiciones que imponen las autoridades comunitarias, tal y como ha demostrado la fracasada experiencia de Alexis Tsipras en Grecia. Sin embargo, estos críticos olvidan que Podemos, al igual que IU, comparten su rechazo a la UE y al euro. Pablo Iglesias y los suyos son antieuropeístas por entender que la actual UE representa los intereses del "malvado mercado" y, por tanto, también rechazan el férreo corsé presupuestario y económico que impone el euro a las ideas despilfarradoras y bolivarianas que tanto venera el partido morado. Cosa distinta es que ahora que están en primera línea de la política nacional se cuiden mucho de enseñar su verdadero rostro, pues eso de salir de la UE y del euro no sería bien recibido por la inmensa mayoría de los votantes.

Disparar el gasto en un total de 100.000 millones de euros a lo largo de la legislatura, aplicar históricas subidas de impuestos a todos los contribuyentes, abogar por la nacionalización de empresas, servicios y "sectores estratégicos", derogar las escasas reformas estructurales aprobadas en los últimos años o instaurar un nuevo sistema de banca pública a pesar del fiasco de las cajas, entre otras muchas medidas, no sólo hundiría hasta límites insospechados la economía nacional, sino que vulneraría todos y cada uno de los compromisos acordados con el resto de socios comunitarios.

Tal y como admitieron los dirigentes de Podemos durante la presentación de su programa, es cierto que este plan chocaría de bruces con la negativa de Bruselas, pero como el BCE seguiría -según ellos- comprando deuda española, no habría problema alguno a la hora de financiar éste y otros dislates. Craso error. El Gobierno de Podemos repetiría paso por paso la trágica senda protagonizada por sus camaradas de Syriza en Grecia, solo que, a diferencia de los helenos, la experiencia de España sería mucho peor. El órdago que le lanzaría Iglesias a la Comisión Europea no es sostenible por una simple razón: España no es rescatable. El tamaño de la economía española multiplica por cinco la griega. Es decir, no habría posibilidad de rescate europeo.

Con un gobierno dispuesto a incumplir los principios básicos de la UE y de la moneda única, se activaría una colosal fuga de depósitos y capitales que el BCE, simplemente, no podría frenar sin poner en riesgo su propia solvencia. Como consecuencia, la deuda pública española dejaría de estar garantizada por el paraguas comunitario, desatando con ello una virulenta crisis financiera que, en caso de no ser atenuada mediante la renuncia de Podemos a su programa -como al final hizo Tsipras-, acabaría desembocando en la salida del euro y de la UE.

La diferencia fundamental entre Syriza y Unidos Podemos es que los primeros nunca pretendieron abandonar la moneda única, sino conseguir un cheque en blanco por parte de Alemania para seguir gastando a placer sin austeridad de ningún tipo blandiendo como farol la salida del euro; los segundos, sin embargo, sí desean y persiguen dicha salida. Así lo manifestó IU hace escasas semanas con una moción expresa en la que rechazaba la UE y el euro, al igual que lo manifestó Podemos apoyando una moción similar en el Parlamento europeo hace algunos meses atrás. Pero la prueba inequívoca de dicho plan es que el propio Iglesias y su cúpula defendían abiertamente abandonar Europa y su fuerte moneda antes de entrar en política. Para regocijo de Mariano Rajoy, Podemos cuenta ahora con opciones de llevar a cabo tal tropelía en caso de fructificar el sorpasso. España no sólo se está jugando la estabilidad de su democracia y de su economía, sino su pertenencia o no a la UE y al euro.

No todos somos iguales ante Montoro
OKDIARIO 11 Junio 2016

El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas en funciones, Cristóbal Montoro, tendría muy difícil explicar a cualquier ciudadano el trato de favor que la Fiscalía ha dispensado al Fútbol Club Barcelona en el caso Neymar. Si Hacienda somos todos, parece que tanto el Barcelona como sus dirigentes juegan en una liga civil distinta al del resto de españoles. Ahora que estamos en plena campaña electoral, donde las promesas colonizan gran parte del discurso político, resulta poco paradigmático que la Fiscalía perdone 25 millones de euros al equipo catalán por fraude fiscal. A los dirigentes culés les ha bastado con aceptar su culpa en este asunto y admitir que cometieron un delito en los ejercicios de 2011 y 2013 para que la Fiscalía pase de pedirles 64 millones a dejarlo tan sólo en 5. Demasiada generosidad en un caso que olía muy mal desde el principio.

La Fiscalía y la Abogacía del Estado han propuesto un acuerdo indignante para los millones de contribuyentes que cumplen con la Agencia Tributaria de un modo escrupuloso. Por si fuera poco, el expresidente del club Sandro Rosell y su sucesor en el cargo, José María Bartomeu, salen de este asunto sin consecuencias. Pese a que el fiscal pidió siete años y seis meses para Rosell y dos años y tres meses para Bartomeu, al final han salido exonerados por completo. La multa la pagará el propio Barcelona, algo por lo que sus socios deben pedir explicaciones. Es intolerable que estos dos mandatarios utilicen dinero del club para pagar las consecuencias de sus calamitosas gestiones. Por otra parte, las decisiones de la Abogacía del Estado y de la Fiscalía dejan en papel mojado el artículo 14 de la Constitución: “Todos los españoles somos iguales ante la ley”.

El agravio comparativo a la hora de juzgar este particular es tan evidente que, además de ser una ofensa a la honradez de cualquier ciudadano, resulta un insulto para otros jugadores del Barcelona como Leo Messi o Javier Mascherano. En el caso del propio Messi, el Abogado del Estado llegó a definirlo como “capo de una estructura criminal” y tuvo que pagar una multa que suponía el doble de la cantidad defraudada más los intereses de la misma. Si el Barcelona defraudó 13,5 millones en el caso Neymar, tendría que haber pagado una penalización entre los 28 y 30 millones de euros. Al final, quedan esos 5 millones como deferencia con aquellos que han tratado de burlar la ley.

Lecciones de la Transición contra el desencanto
David Jiménez Torres El Espanol 11 Junio 2016

Una vez me hizo un estudiante la siguiente pregunta: “si España estaba tan desencantada con la democracia, ¿cómo es que la Transición siguió adelante?”

El contexto: acabábamos de ver en clase El desencanto (1976), de Jaime Chávarri, y de leer Crónica del desamor (1979), de Rosa Montero, como ejemplos del bajonazo anímico que se había sentido en la segunda mitad de los 70 en algunos sectores de la sociedad española; esa mezcla de la resaca de la disidencia y la de la contracultura, la de los años heroicos y la de los años psicodélicos.

Previamente yo había explicado a los estudiantes que la Transición larga iba desde la muerte del dictador en 1975 hasta la victoria de Felipe González en 1982, es decir, hasta el momento en el que la nueva democracia, tras el golpe de Estado fallido y la mayoría absoluta de un partido hasta hacía poco ilegalizado, había mostrado su irreversibilidad.

Para mi estudiante, por tanto, había algo que no encajaba: si los españoles ya estaban desencantados con la Transición en el 76 y en el’79, ¿cómo es que profundizaron en la misma durante los años siguientes, sorteando el golpe de Estado y haciendo el tránsito de Suárez a Felipe? La pregunta no sólo me parece interesante como problema histórico, sino que también es relevante para comprender otros contextos de desencanto como la actual precampaña del 26-J.

El hartazgo que muchos sentimos hacia esta nueva cita con las urnas guarda, efectivamente, ciertos paralelismos con el que se vivió a los pocos años de la muerte de Franco. Lo que no está claro es que los mismos factores que permitieron entonces seguir profundizando en el cambio político se den ahora.

Para empezar, los paralelismos: el desencanto de la Transición ha sido interpretado de muy diversas maneras, pero lo que no se puede discutir es que se dio en un importante sector de la ciudadanía y que además tuvo mucho eco en el mundo de la cultura (a los títulos ya mencionados se podrían añadir dos películas de Garci, Asignatura pendiente, de 1977, y Volver a empezar, de 1981). Era un desencanto provocado, en primer lugar, por razones puramente políticas: la lentitud del tránsito a una nueva normalidad tras la muerte del dictador, las componendas de la “ruptura pactada”...

Pero estos aspectos abstractos aparecían unidos a lo íntimo y vivencial: las obras del desencanto siempre emplean una trama mundana, familiar o amorosa a través de la cual mostrarnos una sociedad posfranquista desilusionada. En las películas de Garci son los antiguos amantes que se quisieron cuando todo era imposible y ahora, cuando pueden estar juntos de nuevo, se dan cuenta de que es demasiado tarde; en Crónica del desamor es la periodista que pone pies de foto a instantáneas de Fraga y de Suárez antes de regresar a su vida de exhippie de vuelta de todo. El desencanto no se extiende como una conclusión racional sino como una sensación interna.

Algo de esta simbiosis entre lo vivencial y lo político hay en el hartazgo con el que recibimos la cuenta atrás del 26-J: no es sólo la decepción hacia las élites (viejas y nuevas) tras meses de negociaciones fallidas para formar gobierno, no es sólo el déjà vu de una nueva campaña electoral con los mismos cabezas de lista, con los mismos argumentarios, con los mismos debates acerca de los debates. No; más allá de todo esto, la espectacularización de la política de los últimos años hace que las nuevas elecciones nos parezcan la degeneración de un entretenimiento que antes nos solía hacer gracia: La Sexta Noche como la sexta temporada de Friends. No nos cansan las ideas sino los gestos que las acompañan; no nos cansa la política sino nuestro papel como agentes políticos.

Además, el reciente aniversario del 15-M y algunas de las reflexiones que suscitó muestran lo que ha habido de vivencial en el proceso de cambio político comenzado en 2011. Ciudadanos de todas las edades han encontrado en la política y en su acaloramiento una nueva serie de hábitos y sentidos personales que ahora se ven, a su vez, cercados por el cansancio, por el “buf, la política”. Y esto no resulta aplicable solamente a los que han desembocado en Podemos; la expansión nacional de Ciudadanos, a la vez que los tímidos escalofríos de renovación en los viejos partidos, también son producto de aquel cabreo. Y ningún cabreo se puede mantener para siempre: o se acelera hasta llegar al odio o se amansa en amargura y desidia.

Es cierto que una de las razones por las que se pudo profundizar en la Transición, a pesar del desencanto, también se da ahora. Los cambios sociales son placas tectónicas que tardan en ponerse en movimiento, pero una vez que lo hacen pueden seguir evolucionando aunque no lo parezca; el eppur si muove como soterrada ley de la política. Y la Transición nos muestra que cada nuevo paso, por muy pequeño que sea, abre una serie de posibilidades que no estaban presentes al inicio: Suárez no pudo legalizar al Partido Comunista antes de aprobar la Ley de Reforma Política; Izquierda Unida y Podemos no pudieron aliarse hasta que el 20-D mostró quién había dejado de pintar nada a escala nacional, y quién era incapaz de lograr el sorpasso por su cuenta. La realidad no se repite jamás de forma matemática, el déjà vu es un mero error de percepción.

Así que España sigue ahora en proceso de cambio como seguía evolucionando durante los años del desencanto; la verdadera diferencia entre ambas situaciones radica en el consenso acerca de la dirección que debe tomar el cambio… o la falta de él. Porque, por muy dividida o decepcionada que estuviese, la sociedad española de finales de los 70, compartía una convicción generalizada de que era necesario superar la dictadura y establecer en España una democracia pluralista. Por eso se alcanzaron aquellos fines a pesar del descuelgue emocional de tantos ciudadanos.

Vale la pena recordar que, cuando Vázquez Montalbán se hizo eco del “¿contra Franco vivíamos mejor?”, fue precisamente para decir que no, que contra Franco no se vivía mejor; que el nuevo sistema, con todas sus imperfecciones, era preferible a lo que había venido antes. Si tenemos en cuenta que Montalbán era el mismo que de puro desencanto había matado a Carrillo en Asesinato en el Comité Central (1981), vemos hasta qué punto existían unas ideas básicas que estaban ampliamente compartidas y que por tanto seguían sirviendo de motor, aunque fuese inconsciente, al cambio.

Es este consenso el que se encuentra ausente del momento actual. Donde unos sectores apuestan por un gran cambio en la política y la sociedad españolas, entendiendo las distintas crisis del presente no como males episódicos sino como síntomas de problemas profundos que hay que resolver de una vez por todas, otros parecen conformarse con obtener un regreso al statu quo ante 2008. Es decir: poner fin a la crisis, pero sin plantear una verdadera reforma del modelo productivo, educativo y laboral que la hizo más grave que en otros países de nuestro tamaño. O deshacerse de los corruptos, pero sin exigir responsabilidades a las estructuras y los individuos que los alentaron. O resolver la organización territorial con la conocida fórmula de contemporizar y pasar el problema al próximo Congreso, aceptando el “problema de España” como una ontología y no como algo coyuntural que se puede y se debe resolver.

En definitiva, no existe un consenso generalizado acerca de la España que se quiere que salga de este proceso de cambio político que se lleva viviendo desde 2011. Y esta falta de consenso, unida al desencanto, es lo que puede hacer que el cambio desemboque en abstención, polarización e ingobernabilidad. La Segunda Transición, por desgracia, sigue siendo una quimera.

*** David Jiménez Torres es doctor por la Universidad de Cambridge y profesor en la Universidad Camilo José Cela.

Vieja y nueva Constitución
JORGE DE ESTEBAN El Mundo 11 Junio 2016

Así titula el profesor Santiago Muñoz Machado un último libro que integra con otros dos anteriores (Informe sobre España, 2013; y Cataluña y las demás Españas, 2014) una importante trilogía concebida para contribuir especialmente a la búsqueda de una solución al mayor envite que acecha hoy a España y que no es otro que su permanencia como una sola Nación.

No obstante, el autor dedica este tercer tomo a la teoría y práctica del cambio constitucional y al impacto que la internacionalización y el proceso de integración europea viene afectando a nuestras Constituciones nacionales, hasta el punto de que cabe hablar de un constitucionalismo cosmopolita. Ahora bien, por razones obvias, el objeto de este comentario será algo más concreto. En efecto, en los tres tomos que ha escrito Muñoz Machado emerge por su importancia actual para nosotros la cuestión catalana, contemplada en el marco del Título VIII de nuestra Constitución, el cual precisamente fue definido por el autor como un "desastre sin paliativos" (volumen 2013).

En consecuencia, aunque en estas líneas me ceñiré especialmente al contenido del libro que acaba de aparecer, es posible que me refiera también a los dos anteriores, ya que se encuentran estrechamente vinculados. Sea lo que fuere, me atrevo a afirmar que esta aportación del profesor Muñoz Machado constituye no sólo una de las más importantes, que se han hecho sobre el garbanzo negro de nuestra Constitución que es su Título VIII, sino que además significa también un enriquecimiento evidente de la teoría constitucional de nuestro país, por lo que sigue así los pasos de su maestro Eduardo García de Enterría, quien, con su obra clásica sobre la Constitución y el Tribunal Constitucional, fue un hito en nuestra doctrina jurídica. En este sentido, tal vez hubiera sido más conveniente denominar a su obra Viejo y nuevo constitucionalismo, a fin de evitar la posible confusión de pensar que reivindica una nueva Constitución, cuando precisamente no es así, pues no sólo mantiene que la actual sigue siendo válida en un 80%, sino que además lo que propone es un cambio en la misma para que vuelva a ser, por ejemplo en Cataluña, la norma suprema por encima de mayorías parlamentarias coyunturales.

Así las cosas, en el volumen de 2013 distinguía tres grupos de actitudes con respecto al Estado de las Autonomías: primero, quienes defienden la supresión del modelo actual y la vuelta al centralismo; segundo, los que postulan dar marcha atrás para reducir las competencias de las Comunidades Autónomas; y, tercero, los que además de esta última posición se inclinan por resaltar las diferencias de las tres Comunidades históricas, esto es Cataluña, País Vasco y Galicia. En principio, el autor en sus dos primeros libros parecía inclinarse por esta tercera posición, pero en este último, además de las cuestiones generales que he citado, concentra el foco de su atención casi únicamente sobre la cuestión catalana. De este modo, la meta que se propone conseguir es la de convencer de que la solución más idónea para España no es otra que la reforma de nuestra Constitución con el fin de conseguir dos objetivos principales. Por un lado, se trata de imponer la racionalización del Estado de las Autonomías, porque tal y cómo se encuentra regulado en la actualidad es evidente que no funciona. Sin embargo, esa necesaria racionalización implica lógicamente el mantenimiento de este tipo de Estado. Ahora bien, Santiago Muñoz Machado no duda en que es completamente necesario reformar la Constitución, porque el Estado actual que conocemos no resuelve los problemas a los ciudadanos, sino que es más bien un problema en sí mismo.

Pero, por otro lado, se trata, al mismo tiempo, de resolver también de una vez el problema catalán, a fin de atajar el crecimiento de la aspiración soberanista que reivindica su clase gobernante, aunque no cuente, según las últimas elecciones autonómicas, con más de la mitad del electorado. Sin embargo, la complejidad de la aceptación de una solución que sea aprobada tanto por los nacionalistas y por parte de la ciudadanía catalana, como también por el resto de las Comunidades Autónomas, se muestra en principio como un imposible metafísico. Por ejemplo, la fórmula federalista que preconiza el PSOE, y que, por tanto, excluye el referéndum de autodeterminación que exigen los nacionalistas catalanes. De ahí que sea asombroso que el PSC se haya apuntado a esta reivindicación, en contra de lo que expone el secretario general del PSOE.

Ante propuestas fantasiosas como ésta, el autor mantiene una tesis que ya había esbozado en sus dos libros anteriores, pero que ahora formula con mayor detalle y rigor. En primer lugar, distinguiendo entre el poder constituyente y el poder de reforma, afirma que la secesión de Cataluña no es posible alcanzarla mediante el referéndum que solicitan los nacionalistas catalanes -y al que también se ha apuntado Podemos-, porque tal consulta no cabe por supuesto en la Constitución, pero tampoco cabe suponer que fuese posible adoptarla mediante la reforma de la Constitución. Y ello por la sencilla razón de que admitir un referéndum de este tipo, es algo que solo depende del poder constituyente y no del poder de reforma, puesto que tal modificación supondría un cambio de Constitución.

A mayor abundamiento, el autor sostiene que tampoco es posible una reforma de la Constitución mediante la cual se suprimiese el Estado de las Autonomías, ya que, según su razonamiento, la estructura del Estado, basada en las Comunidades Autónomas, se ha convertido en un principio encubierto de intangibilidad, que no puede ser suprimido por el poder de reforma, sino que depende directamente del poder constituyente, el cual daría luz a otra Constitución diferente. En este sentido, el autor recuerda que el artículo 79.3 de la Ley Fundamental de Bonn establece como principio intangible la estructura federal de Alemania. Sin embargo, en lo que respecta al caso español, el autor mantiene que sin haber mediado reformas expresas de la Constitución de 1978, el Estado ha sido ampliamente reconfigurado desde ese año hasta la actualidad. La causa de esta singularidad la atribuye -como dijimos algunos en su momento- al hecho de que nuestra Norma Fundamental fue inacabada, lo que ha producido graves consecuencias. La más importante sin duda, aunque el autor no se refiera a ella directamente, fue la de adoptar en España, copiando mal el ejemplo francés, el concepto del bloque de constitucionalidad, mediante el cual el parámetro para enjuiciar si cualquier norma es constitucional o no, depende no solo de la Constitución, sino también de los Estatutos de Autonomía. Sin embargo, en el inicio de nuestro régimen éstos "se concibieron -señala el autor- como normas institucionales básicas de las comunidades autónomas, pero inequívocamente subordinadas a la Constitución". Sea lo que sea, la consecuencia ha sido que "el modelo territorial se ha ido afinando y consolidando al cabo de los años sobre la base de completar una Constitución inacabada".

De ahí que sea paradójico que una Constitución que salvo en dos ocasiones, obligados por razones comunitarias, no se ha querido modificar para irla acomodando a las necesidades de los tiempos, según el procedimiento establecido en ella, haya cambiado radicalmente por métodos no ortodoxos. En tal sentido, Muñoz Machado afirma que no es sorprendente esta peculiaridad porque en España se pueden enumerar hasta 14 formas al menos de incumplir, cambiar o abrogar las Constituciones. Por eso, a mi juicio, la única vez que se ha pasado de unas Leyes Fundamentales (o Constitución en sentido amplio) a una nueva Constitución ideológicamente en las antípodas, ha sido durante la Transición, cuando se pasó, como dijo Fernández-Miranda, "de la Ley a la Ley", es decir, siguiendo el procedimiento de reforma de las Leyes franquistas. De ahí el valor intrínseco que posee ese momento histórico, que algunos no quieren reconocer.

Sin embargo, Muñoz Machado no cierra las puertas a una posible reforma constitucional que podría ser sostenida por tirios y troyanos. En efecto, como ya señaló en el volumen de 2014, es claro que un referéndum de autodeterminación no cabe en nuestra legalidad constitucional, pero en cambio sí cabe un referéndum concreto para que los ciudadanos catalanes ratifiquen textos que puedan modificar el Estatuto vigente. En todo caso, este referéndum territorial tendría que complementarse después con otro de escala estatal en el que se sometería a la ratificación popular de todos los ciudadanos españoles un cambio constitucional. Así lo reconoce expresamente: "El problema principal que España tiene planteado es, en resolución, la renovación del marco normativo que regula la organización y poderes del Gobierno catalán, y resolver sobre el esquema institucional en que han de basarse sus relaciones con el Estado". Pero, en todo caso, reconoce que el acomodo final tiene que ser de naturaleza política y fijado en un acuerdo en el que participen todas las fuerzas políticas constitucionales.

Semejante empresa no resulta fácil a estas alturas, es decir, no parece posible algo que sí lo hubiese sido, como hace años vengo defendiendo en estas páginas, antes de aprobarse el Estatut de 2010, que no era necesario y que, en cambio, ha complicado la convivencia entre los españoles que viven en Cataluña. Con todo, el pesimismo que afecta a tantos ciudadanos a causa del eventual desenlace del problema catalán y de todo lo que vendría después, no puede ser total. Siempre cabe la esperanza de alguna solución posible, como la que mantiene Muñoz Machado en su trilogía. Por eso no podemos dejar que los versos de Gil de Biedma citados por el presidente Puigdemont en su reciente conferencia en Madrid y corregidos para llevar el agua a su molino, se puedan hacer realidad: "España -dijo- se ha dado cuenta de que la independencia de Cataluña va en serio cuando ya es demasiado tarde".

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

******************* Sección "bilingüe" ***********************
Esas masas patrióticas…

Jesús Laínz Libertad Digital 11 Junio 2016

Muy claramente lo expresó Pérez Galdós a través de un Gabriel de Araceli abochornado por el comportamiento de la turba en el motín de Aranjuez:
Era aquélla la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez.

Porque las masas, volubles e irracionales por definición, lo mismo se apuntan un día a alabar una causa política que a defenestrarla al día siguiente. Y en ambos casos con el mismo entusiasmo irresponsable. Y también en ambos casos, como asimismo advirtió Galdós, con "su manubrio interior manejado por manos más expertas que las del vulgo".

La historia está repleta de estos entusiasmos, pues las masas, en cualquier época y lugar, no se caracterizan precisamente por su inclinación a reflexionar, sino por moverse a golpe de impulsos y pasiones, y de éstas, la más fácil de agitar es la patriótica.

Por ejemplo, los alemanes de 1887 sufrieron un repentino arrebato en defensa de una isla de Samoa que un par de buques de su armada se encontraban disputando en aquellos días, sin disparar un tiro, simplemente con su presencia, a unos contrincantes yanquis con los mismos deseos expansionistas (los amantes de R. L. Stevenson probablemente recuerden el asunto). Así lo describió el diplomático alemán Hermann von Eckardstein:

Aun cuando la gran mayoría de nuestros políticos tabernarios no sabía si Samoa era un pez, un ave o una reina extranjera, todos se desgañitaban gritando que, fuese lo que fuese, era alemana y debía seguir siendo por siempre alemana.

Los tudescos, sin embargo, no se pasaron de originales, pues habían aprendido de buenos maestros: unos españoles que, tan solo dos años antes, en 1885, habían organizado una todavía más gorda por otro archipiélago del Pacífico: las Islas Carolinas. Descubiertas en 1526, España prácticamente ni las ocupó. Pero cuando Bismarck pretendió anexionárselas por considerarlas res nullius, el pueblo español, que ni hubiera sabido ubicarlas en un mapa ni había oído hablar de ellas, estalló de patriótica indignación. La región que más se destacó fue –tómese nota– Cataluña. Se convocó en Barcelona una gran manifestación y más de cien mil barceloneses llenaron los balcones y las calles de banderas españolas, escarapelas rojigualdas y estandartes con el lema "Viva la integridad de la Patria". En La Vanguardia se aseguró:

ante esta horrible mancha a nuestra altivez, a nuestra honra; ante esta cruenta herida hecha a nuestro honor nacional, no hay partidos políticos: sólo hay españoles, cuyo corazón late al unísono para demostrar a Alemania que no en vano se ataca a un pueblo de fiereza innata como el nuestro (...) Cuando se infiere un agravio a España, nos levantamos airados. El grito está dado; toda España despierta; Barcelona cumplirá también su cometido. Barcelona no debe contentarse en quejas y amenazas estériles: podemos causar profunda herida a los germanos. Pues seamos inexorables contra quien atente a nuestra integridad nacional. El pueblo barcelonés así lo espera. El león español ruge de ira. A esa osadía desvergonzada contestemos nosotros cerrándole el comercio al grito de ¡Viva España! ¡Viva la integridad nacional!

Y al día siguiente de la gran manifestación exclamaba el editorialista de La Vanguardia:
¡Aún hay patria, aún hay patria! Nuestro entusiasmo justifica la exclamación con que damos comienzo a esta reseña; porque creíamos que el acto de ayer sería brillante, sería imponente, pero jamás hubiéramos imaginado tanta majestuosidad, tanta grandeza. Sí, aún tenemos patria; aún España puede ser una gran nación. Aún no hay país alguno que nos aventaje en patriotismo.

Regresemos a Alemania y avancemos medio siglo. Pues en su extraordinario relato (El tiempo de los regalos) de la caminata que en 1934 le llevó de Holanda a Constantinopla, Patrick Leigh Fermor mantuvo una interesante conversación sobre el reciente ascenso de Hitler al poder. Esto fue lo que le explicó su joven interlocutor sobre la propaganda nacionalsocialista que acumulaba en su habitación:

–Mensch! ¡Si lo hubieras visto el año pasado! ¡Te habrías reído! Entonces todo eran banderas rojas, estrellas, hoces y martillos, fotos de Lenin, Stalin y ¡Trabajadores del mundo, uníos! ¡Daba un coscorrón a cualquiera que cantara el Horst Wessel Lied! ¡Entonces no toleraba más canciones que Bandera Roja y La Internacional! ¡No sólo era socialista, sino comunista, un verdadero bolchevique! ¡Tendrías que haberme visto! ¡Las peleas callejeras! Zurrábamos a los nazis, y ellos a nosotros. Nos mondábamos de risa... Entonces, de repente, cuando Hitler llegó al poder, comprendí que todo eso eran tonterías y mentiras, me di cuenta de que Adolf era mi hombre. ¡De repente! ¡Y aquí me tienes! ¡Y también mis antiguos compañeros cambiaron! ¡Cada uno de ellos! Ahora todos son de la SA. ¡Millones! ¡Créeme, me sorprendió la facilidad con la que todo el mundo cambió de bando!

De vuelta en España, y avanzando algunas décadas más, retamos desde aquí a los separatistas catalanes a que echen un vistazo a la prensa de la época –hoy tan fácil de encontrar en internet, al igual que el Nodo– sobre las catorce visitas que hizo Franco a Cataluña a lo largo de cuatro décadas, caracterizadas todas ellas por los cientos de miles de catalanes que abarrotaban las calles para aclamarle. Y no precisamente obligados a culatazos por la Guardia Civil.

Ahora sus hijos y nietos han sido programados para entusiasmarse en dirección contraria, y el nuevo ideal patrio se resume en el Espanya ens roba por el que todo el rebaño, marcado a fuego con la estelada de la ganadería, ha de estar presto a embestir, bramar, desfilar, insultar, acusar, escupir y linchar.

www.jesuslainz.es

Cataluña como Polonia
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 11 Junio 2016

Los secesionismos, los populismos, los integrismos religiosos y las restantes ramificaciones del totalitarismo son incompatibles con el Estado de Derecho.

No, nada que ver con los chistes –de remoto origen incierto– sobre semejanzas entre catalanes y polacos. Añejos chistes torpes, como todos los de raíz étnica, que en este caso sirvieron de pretexto al panfletista sectario Toni Soler para alimentar, en Polònia de TV3, la campaña secesionista con lucrativas parodias que financiamos todos los contribuyentes, incluidos los destinatarios de sus agravios.

Autoritarios y retrógrados
La semejanza entre Cataluña y Polonia es de rigurosa actualidad y no es producto de ficticias analogías entre dos pueblos sino del encono con que sus respectivos Gobiernos, igualmente autoritarios y retrógrados, se rebelan contra las sentencias que, en una y otra jurisdicción, dicta el Tribunal Constitucional correspondiente. Este es el motivo por el cual la Cataluña desconectada de España por la que apuestan sus actuales gobernantes también lo estaría de la Unión Europea, como lo demuestra el hecho de que la Comisión Europea ya está amenazando con duras sanciones a los déspotas ultramontanos polacos. En síntesis, Cataluña y Polonia quedarían hermanadas en la marginalidad.

Mientras los capitostes de la entidad catalana argumentan que la Unión Europea los aceptará en su seno por puro pragmatismo, sin exigirles respeto a la legalidad vigente ni credenciales impecables, la Comisión Europea aborda los desafueros que cometen los Estados miembro con un riguroso código de disciplina que no admite coartadas retóricas. En el caso polaco, la gravedad del conflicto está explícita (LV, 2/6):

Los intentos de la Comisión Europea por llegar a un acuerdo con su Gobierno para deshacer algunas de sus reformas del Tribunal Constitucional han fracasado y no ha tenido más remedio que, ayer, adoptar una opinión formal negativa sobre la situación del Estado de derecho en el país. Su conclusión es que esos cambios legales y el conflicto existente entre el poder ejecutivo y el judicial suponen "un peligro sistémico para el Estado de derecho" en Polonia. (…). La Comisión podría recomendar activar el artículo 7 del tratado de la UE, que prevé la suspensión del derecho de voto del país que no cumpla con sus estándares democráticos.

Aun antes de que se formularan estas advertencias, la primera ministra nacional-católica de Polonia, Beata Szydlo, marioneta del atrabiliario Jaroslaw Kaczynski, lanzó una diatriba antieuropea emparentada con las soflamas que nuestros secesionistas disparan contra España y contra los catalanes no nacionalistas (LV, 23/5):

Acusó a la Comisión Europea, la Unión Europea y a la oposición interna polaca de orquestar agresivos ataques contra Polonia y aseguró que su Gobierno "jamás cedería a los intentos de nadie de imponerle su voluntad a Polonia". "La voluntad de mis compatriotas es y será suprema para mí –declaró Szydlo–. No debemos nunca ceder a la conspiración de traidores, vengan de donde vengan".

Imputaciones ofensivas
Vaya andanada: el enemigo exterior e interior, orquestar agresivos ataques, jamás ceder, conspiración, traidores… desconozco los términos en polaco que utilizó Szydlo, pero estamos hartos de tanto oír repetir estas mismas imputaciones ofensivas y discriminatorias en las peroratas de los secesionistas catalanes. Con el Tribunal Constitucional siempre en la diana, en Polonia y en Cataluña.

Los demócratas polacos reaccionan con una iniciativa que devuelve valor institucional al aquí degradado recurso del referéndum (LV, 5/6):

El histórico líder de Solidarnosc y más tarde presidente Lech Walesa pidió un referéndum para destituir el gobierno nacional-católico que desde hace seis meses viene provocando cada vez mayores protestas, dentro de Polonia y en la UE, a raíz de su conducta autoritaria y sus atentados contra el Estado de derecho.

Su conducta autoritaria y sus atentados contra el Estado de Derecho: esto sí suena bien traducido del polaco al español y aplicado a la Generalitat insurgente.

Tardías jeremiadas
Cuando la semilla de desobediencia a la ley que sembró el secesionismo coreando "hoy paciencia, mañana independencia" da sus frutos venenosos en forma de tribus sublevadas contra el orden y la propiedad privada, quienes fomentaron esta operación cainita sin imaginar que los bárbaros se volverían contra ellos recitan tardías jeremiadas. Escribe Marius Carol ("El rearme moral", LV, 4/6):

La sociedad catalana no pasa por sus mejores días. Los ciudadanos asistimos a una realidad tan convulsa como compleja, pero la respuesta a los acontecimientos que ocurren se mueve entre el silencio cobarde y el buenismo cómplice. El periodismo no alumbra demasiado en este oscuro escenario, buscando equilibrios argumentales donde debería haber compromisos reales. (…) Las reglas del juego están para cumplirse: se pueden hacer interpretaciones generosas, pero nunca a cambio de renunciar a las bases de la convivencia, ni a los pilares de la democracia.

El 26 de noviembre del 2009, el diario cuyo actual director imparte lecciones de rearme moral, capitaneado entonces por José Antich, fue mucho más allá del silencio cobarde y del buenismo cómplice: encabezó la trama insidiosa de doce periódicos que publicaron un editorial conjunto para presionar al Tribunal Constitucional y disuadirlo de apretar las clavijas al Estatut de 2006. Se pasaban la ley por el forro, como hoy lo hacen los amos de la Generalitat y el polaco Jaroslaw Kaczynski. Aquel Estatut, no lo olvidemos, sólo cosechó los votos favorables de 1.899.897 ciudadanos, el 36% de los 5.810.109 que figuraban en el censo electoral. La autoría intelectual del libelo intimidatorio se atribuye al entonces director adjunto Enric Juliana, quien más tarde juzgó un error "la resolución garibaldina del Parlament de Catalunya" y arremetió ("Pronto volverán las corbatas", LV, 22/11/2015) contra el primer

gran error de la política catalana (…) el referéndum sin músculo del Estatut del 2006. Siempre lo mismo: radicalismo pequeño burgués sin perspectiva europea.

Escarnio anticonstitucional
El 10 de julio del 2010 el secesionismo, todavía incipiente, montó su primera manifestación contra el Tribunal Constitucional, para defender la integridad del Estatut del 36%. El entonces presidente de la Generalitat, el hazmerreír socialista José Montilla, intentó sacar provecho del entuerto, sumándose a las prietas filas, pero debió buscar refugio cuando los talibanes de pura cepa lo corrieron a gorrazos.

El reciente 29 de mayo los secesionistas –8.000 según la Guardia Urbana y 60.000 según los organizadores– volvieron a desfilar contra el Tribunal Constitucional, esta vez porque, presuntamente, había introducido recortes en leyes sociales que el Parlament de Cataluña había aprobado excediendo sus competencias. El líder del PSC, el volatinero Miquel Iceta, y su acólito Jaume Collboni, flamante correveidile de la alcaldesa Colau, también marcharon detrás de las esteladas con el tardío visto bueno del agónico Pedro Sánchez. Soplan vientos polacos de escarnio anticonstitucional en el PSOE.
El conflicto está servido

El Tribunal Constitucional polaco tiene defensores insobornables. El español no. Lo lamenta Fernando Ónega, que asume motu proprio este deber cívico ("El adversario real", LV, 4/6):

Y por esa falta de defensa o de simple divulgación legal, el Tribunal sufre la peor de las erosiones: es presentado como un enemigo de Catalunya, el instrumento opresor de sus derechos, de sus libertades, de su capacidad normativa y quien frena o anula el desarrollo de su autogobierno.

(…)
El TC no tiene capacidad de iniciativa, puesto que siempre actúa a demanda de parte. En los conflictos entre el Estado y las Comunidades Autónomas no impugna nada, sino que se limita (artículo 161.2 de la Constitución) a admitir las impugnaciones que se le presentan.

(…)
En la última legislatura hubo más sentencias total o parcialmente favorables a Catalunya que al Estado. De las 103 sentencias producidas, más de la mitad, 57, respaldaron las posiciones de Catalunya. Y esto es más claro todavía si se distinguen los recursos promovidos por instituciones catalanas: han sido 82, con 53 fallos (el 64 por 100) total o parcialmente favorables a la comunidad autónoma. El Constitucional no es el enemigo del autogobierno en Catalunya.

El Tribunal Constitucional es, sencillamente, el órgano del Poder Judicial que garantiza el cumplimiento de la Constitución. Aquí, en Polonia y en el resto del mundo civilizado. Los secesionismos, los populismos, los integrismos religiosos y las restantes ramificaciones del totalitarismo son incompatibles con el Estado de Derecho. Esta es la razón por la cual el conflicto está servido y pasa por la defensa tenaz de la sociedad abierta. En Cataluña y en Polonia.

La Justicia proclama que el pueblo catalán es "heterogéneo"
El merodeador El Espanol 11 Junio 2016

La demanda que la Generalitat de Cataluña interpuso contra Federico Jiménez Losantos con el ampuloso argumento de actuar "en defensa del honor del pueblo catalán" ha encontrado merecida respuesta en la Justicia. La reclamación ha sido desestimada y la Generalitat deberá hacerse cargo de las costas del procedimiento.

La resolución del juez instructor de Barcelona proclama, con gran sensatez y espíritu didáctico, que las manifestaciones de Jiménez Losantos contra el desafío independentista y contra quienes lo impulsan desde las instituciones no pueden considerarse dirigidas al "pueblo catalán" ni a "toda la colectividad", por algo tan obvio como que Cataluña es "heterogénea".

El razonamiento del juez desnuda la paranoica actitud de muchos nacionalistas consistente en identificarse a sí mismos con la totalidad de la ciudadanía. El fallo recuerda que el periodista criticó a personas y colectivos concretos que no pueden corresponderse con "todo el pueblo catalán", ya que éste es "diverso" y "abarca posiciones que están muy distantes del modelo nacionalista".

La Generalitat ha hecho el ridículo al impulsar con todos los recursos a su alcance una iniciativa con la que pretendía linchar y silenciar a un periodista independiente, figura a la que tan poco acostumbrada está. Confiaba tal vez en que su ataque sirviera para amedrentar a otros, sin importarle demasiado que al atentar contra un derecho fundamental como el de la libertad de expresión pudiera quedar al descubierto su verdadero talante. El tiro le ha salido por la culata.

Puigdemont se 'come' otra herencia de Artur Mas
La Generalitat catalana pierde el juicio...en esta ocasión contra Losantos
Redacción  Periodista Digital 11 Junio 2016

El juzgado de primera instancia número 12 de Barcelona ha desestimado la demanda que presentó la Generalidad de Cataluña contra Federico Jiménez Losantos por sus críticas a la deriva totalitaria del separatismo catalán, durante la semana del 10 al 17 de septiembre de 2013, coincidiendo con la Diada que dio inicio al llamado "proceso separatista". La Generalidad deberá pagar las costas del procedimiento. También ha sido absuelta en el mismo proceso Intereconomía TV.

La demanda fue presentada "en defensa del honor del pueblo catalán". Una pintoresca figura jurídica ya que el derecho al honor corresponde, habitualmente, a los individuos y no a un ente tan difuso como "el pueblo catalán". En la sentencia, aún admitiendo desde el punto de vista teórico que esta figura pueda tener en determinados casos "una dimensión social o colectiva", se deja claro que las críticas de Jiménez Losantos en ningún caso pueden considerarse dirigidas a todo el pueblo catalán, dada su "naturaleza heterogénea".

La sentencia resalta que:
Las opiniones del Sr. Jiménez Losantos no se juzgan dirigidas a toda la colectividad, a todo el "Poble Català" o a sus símbolos por toda la ciudadanía aceptados; no van dirigidas a la ciudadanía de este territorio por su simple pertenencia al mismo sino más bien a quien según el parecer del periodista organiza, alienta y sirve al proceso soberanista que se vive en Cataluña, claro está, desde una posición de rechazo absoluto a un determinado modelo político, el nacionalismo. A este propósito sirvieron las aclaraciones del demandado durante la vista al decirnos que sus críticas no van dirigidas a Catalunya, a su Órgano de autogobierno o a la Diada, sin duda, patrimonio de todos los catalanes, sino contra quien encarna y guía sus designios en un momento y contexto determinados.

Esta conclusión acerca de quién es el destinatario de la crítica del demandado resulta también de la propia documental de la demanda en la que se puede leer que el objeto del discurso es el Molt Honorable Sr. Mas, el FC Barcelona, el Nacionalismo, la Vía Catalana y en gran medida el Sistema Político de Catalunya, lo que no deja de ser una clara contradicción con la entidad que se dice ofendida en la demanda que no es otra que el "Poble Català, por cuanto, la heterogeneidad del pueblo de Catalunya impide que una eventual intromisión que se contrae de un determinado modelo, nacionalista, soberanista o independentista, pueda ser equiparado "per se" y, directamente, con toda la ciudadanía de Catalunya, con todo el "Poble Català", que por su diversidad abarca posiciones que están muy distantes del modelo nacionalista. Pero, el dato es que aquí no se demanda en nombre o en salvaguarda del nacionalismo o de un determinado Gobierno sino de una realidad mayor y más amplia, el "Poble Català.

La sentencia aclara que "no cabe identificar" a los separatistas con el término "pueblo catalán", razón por la cual desestima la demanda: "el colectivo hipotéticamente afectado [los separatistas] no soporta una completa identificación con el ‘Poble catalá', por ello, no hay una correcta identificación subjetiva de la dignidad que se dice ultrajada, lo que impide considerar efectivamente que todos sus miembros [los catalanes] fueron efectivamente ofendidos".

Reconoce así el juez que hay muchos catalanes que están de acuerdo con las opiniones de Jiménez Losantos.

Cataluña: la tierra que no se respeta a sí misma
Los nuevos descamisados de la CUP han sumado un grado más a la opera bufa catalana, dejando con el trasero al aire a Puigdemont y sus socios. ¡Otra más!
Graciano Palomo El Confidencial 11 Junio 2016

Pocos días antes de que los descamisados de la CUP (peronismo en estado puro con migajas de caverna/tribu) le mandaran al cuitado Puigdemont al averno y ridiculizaran el ridículo 'procés', mantuvo el que suscribe un almuerzo en Barcelona con ejecutivos.

-La situación empieza a ser grave en Cataluña, muy grave…, me dijeron los altos ejecutivos por cuenta ajena provenientes del catalanismo moderado y antiguos votantes de CDC.
-¿Quién tiene la culpa de ello?, pregunté.
-Todos, contestaron.

Me permití discrepar. Les recordé que el “conflicto” catalán viene de antes de 1492 y que precisamente desde la Constitución de 1978 el resto de España ha sido muy generosa en todos los aspectos con Cataluña. Tampoco quise hurgar en la herida de las inversiones del régimen anterior en esa tierra en detrimento de otros territorios que solo quedaron precisamente para la emigración y los 'charnegos'.

Hechos. Los sucedidos cotidianos demuestran que al variopinto conglomerado de independentistas no se les puede dejar solos. Ni un instante. La primera lectura que puede hacerse de los sucesos de Gràcia, el puñetazo de la CUP, de la hazaña grandiosa y valiente de cuatro encapuchados golpeando a dos mujeres que apoyan al equipo nacional de fútbol -todo está encadenado- es que cuando se amamanta a un tigre se corre el riesgo de que cuando tiene espolones te coma por los pies.

¡Parece mentira que un pueblo que presume de sentido común no haya aprendido nada de su malparada historia!

Ni siquiera tiene conciencia de que es una comunidad autónoma en quiebra que si se produjera la 'desconexión' ni siquiera podría hacer frente a las facturas de la mucama.

En Cataluña todo lleva el marchamo del esperpento y la cuchufleta. Desde los gastos personales de los instalados al fichaje de Neymar Jr y sus corolarios fiscales. No se respetan a sí mismos y pretenden que les tomemos en serio. Mientras perpetran y perpetran su pueblo asiste atónito y mansurrón al cachondeo.

¡Vivir para ver!


Recortes de Prensa   Página Inicial