AGLI Recortes de Prensa   Sábado 25 Junio  2016

La conspiración de los burócratas
Si se quiere echar a perder un país y propagar la pobreza, nada mejor que eliminar toda zona de sombra, todo espacio a la espontaneidad, e imponer la tiranía del burócrata.
Javier Benegas www.vozpopuli.com 25 Junio 2016

Parece que fue hace un siglo, pero no han pasado ni cuatro años desde que Mariano Rajoy compareció en el Congreso para anunciar una reducción del gasto de 65.000 millones de euros en dos años para dar respuesta a las exigencias de la Unión Europea. Desde Bruselas no le dijeron cómo y dónde debía meter la tijera, fue el Gobierno español el que lo decidió. Y el ajuste fue una obra maestra del apaño, la improvisación y la urgencia.

Aquellos eran los días en los que la prima de riesgo ascendía a velocidad de escape terrestre, los del inminente rescate total, que nunca llegó, y del IBEX 35 presa de un ataque de nervios; en definitiva, el fin del mundo (siempre hay un fin del mundo, ahora es el Brexit). Poco después, bastaría pactar un contenido rescate financiero con la UE para enjugar el latrocinio de las Cajas de Ahorro (pelillos a la mar), un puñado de recortes arbitrarios y falsas promesas de reducción del déficit para que la tormenta perfecta pasara a ser un chaparrón… en lo que al Estado se refería. Afuera siguió jarreando, por supuesto.

La crisis que en la Administración nunca existió
Es verdad que la intensidad del crack económico y la consiguiente indignación del ciudadano raso fue tal que durante un tiempo hasta los burócratas y el establishment vieron peligrar su statu quo. Aunque nada se dijo, se llegó a especular con revisar el sagrado precepto según el cual ser funcionario lleva aparejado un empleo de por vida, ocurra lo que ocurra. Pero al final no llegó la sangre al río. Si acaso, se congelaron los salarios de los funcionarios y su suprimió la extra de Navidad de 2012; durante un par de ejercicios se vieron afectados los contratos temporales con las Administraciones y, también, se redujo al mínimo la tasa de reposición. Pero fueron ajustes coyunturales que dejaron intacta a la crème de la crème, humo que pronto se disipó.

A pesar de que en el último trimestre de 2013 se marcó un mínimo de 2,9 millones de empleados públicos, a finales de 2015 ya había vuelto a situarse por encima de los tres millones. Concretamente, 3.000.700. Además, en enero de 2015, el Ejecutivo les devolvió el 25% de la extra de Navidad suprimida en 2012 y, más tarde, en octubre ingresó otro 26,23%. Y en marzo de 2016 se reintegró prácticamente el 50% restante. Como colofón, sus sueldos han dejado de estar congelados al aprobarse una subida del 1%, lo que supondrá un desembolso adicional. De esta forma, el Gobierno se ha reconciliado con quienes trabajan por y para el Estado, como si la crisis nunca hubiera existido, mientras, en el sector privado, el desempleo continúa por encima del 20%.

Ganadores y perdedores
No sólo los empleados públicos son los beneficiarios de este tipo de sobreprotección, hay otra enorme bolsa de votantes que también ha recibido cierto trato de favor: los pensionistas, que en la práctica son funcionarios pasivos. Si sumamos ambos grupos, nos encontramos con más de 11 millones y medio de personas (el 31,5% del número total con derecho a votar) cuyas expectativas dependen poco del ciclo económico, o de las consecuencias de una determinada política, y mucho del reparto arbitrario, de las decisiones discrecionales de los burócratas. 11 millones y medio de votos potenciales suponen una tentación enorme. Con una sencilla reasignación de recursos se pueden “comprar”… o al menos, intentarlo.

Para comprobar cómo el Estado no trata a todos por igual, bastan algunas magnitudes muy elementales. Habrá quien lo tache de demagógico, pero dan qué pensar. Mientras el gasto sanitario público para atender a una población de 46 millones de personas es de 62.000 millones de euros, sólo las nóminas de los empleados de las Administraciones casi duplican esa cifra (114.537 millones de euros). Lo mismo sucede con la partida destinada a pensiones, que se ha disparado por encima de los 135.000, entre otras razones de peso porque, desde 2008, los sucesivos gobiernos las han revalorizado más de un 17%. En cambio, el subsidio por desempleo (incluida la renta agraria), a repartir entre 1 millón de personas, apenas supone 5.250 millones de euros.

Privilegiar a quienes dependen directamente de la Administración ha terminado abriendo una enorme brecha entre empleados públicos y privados; entre jubilados y ocupados; también, entre adultos y jóvenes. En definitiva, entre los que cobran directamente del Estado y los que no. Por ingresos, las clases medias parecen haberse reubicado en la Administración y en los pensionistas; el resto, se proletariza, vive en la precariedad o es carne de paro. Lo que explicaría en alguna medida que los segmentos más jóvenes aparezcan en las estadísticas como los grandes perdedores: todavía no han opositado y la jubilación les queda muy lejos.

Es cierto que la crisis ha impactado en todos, pero el sector privado es, con mucho, el más damnificado. Y no sólo porque ahí se amontonan los parados: hoy, sólo el 10% de los asalariados públicos gana menos de 1.200 euros al mes; en el sector privado es el 36%. Y en la parte alta, el 58% de los empleados públicos gana más de 2.000 euros al mes; en el sector privado sólo el 23%. Habría que analizar puesto por puesto, es verdad. Pero la realidad es que las expectativas laborales ofrecidas desde la Administración son en conjunto mejores que las del sector privado. Es lógico qué prolifere el descreimiento hacia “lo privado” y que la mayoría de los jóvenes crea que “lo público” es la solución. Y que, por tanto, en vez de pedir la reforma del Estado para liberar recursos, la tendencia sea a exigir su expansión: el clientelismo masivo.

La infiltración de los funcionarios
Es verdad que en este Estado de partidos, los políticos profesionales son quienes, para perpetuarse en el poder, han convertido el Estado en una distopía, en un ente conchabado con los grupos de intereses que no cumple sus nobles y presuntos cometidos, como son la redistribución de la riqueza y la salvaguardia de los más desfavorecidos. Pero, asómbrese querido lector, quienes más beligerantes se muestran para revertir la situación son… los funcionarios, pero no cualesquiera sino los de cierto nivel.

Se quejan de que los políticos profesionales han colonizado las instituciones, colocado a sus afines en los altos cargos de la Administración, promocionando no al más capaz sino al más servil, incluso denuncian que los políticos otorgan la categoría de funcionario a quien no ha hecho oposición, lo que ha llevado a la Administración a ser extremadamente ineficiente; también denuncian el capitalismo de amigotes y las famosas puertas giratorias, por las que los ex altos cargos acceden a los consejos de las grandes empresas como pago a los servicios prestados. Y tienen razón. Pero obvian que el político tradicional hace ya tiempo que está siendo reemplazado por un híbrido, personajes a medio camino entre burócrata y político, o político y burócrata; una nueva especie dispuesta a controlar simultáneamente el Gobierno y la Administración. Los funcionarios, mediante sus propias puertas giratorias, llevan tiempo accediendo al Poder. En la última legislatura, 126 de los 350 diputados (el 36%) provenían de la función pública.

Tampoco dicen que sus asociaciones gremiales les sirven de trampolín hacia la política para, una vez allí, defender con más eficacia sus intereses corporativos y una visión de la Administración ad hoc que es incompatible con la realidad de quienes trabajan fuera de la Administración. Este asociacionismo está vulnerando en origen el principio de neutralidad, puesto que no tiene sólo como objeto velar por los derechos de sus asociados, sino que promueve cambios legislativos. ¿No era sagrada la neutralidad?

Los funcionarios-políticos son responsables de la hiperregulación que soportan empresarios, autónomos y trabajadores; también de los numerosos disparates legislativos que complican sobremanera la vida cotidiana. Sucede que estos son en su mayoría abogados o juristas y, en consecuencia, fieles a esa peligrosa máxima según la cual no hay problema que no pueda resolverse mediante la redacción de una ley. Pero de un tiempo a esta parte no son sólo los abogados del Estado, jueces y demás juristas en situación de “servicios especiales” los que desembarcan en la política, también algunos inspectores de Hacienda se han vuelto paracaidistas. Y a la hiperregulación se ha añadido una nueva caza de brujas: la lucha contra el fraude fiscal.

Al igual que los juristas creen que la redacción de nuevas leyes es la panacea, los inspectores están convencidos de que si se elimina el fraude podremos (podrán) atar los perros con longaniza. Lo cual se ha demostrado una estupidez. Además, su vocación inquisitorial les lleva a creer que la economía sumergida es un lugar localizado en un mapa, un entorno estático y siniestro. Y no un espacio dinámico, de transición, el lugar en el que germinan infinidad de futuras empresas, negocios y empleos que, en el futuro, serán perfectamente legales. Y entretanto cristalizan, generan una riqueza que, por una u otra vía, termina tributando. Hasta en Dinamarca, cuya eficiencia fiscal es manifiestamente mejor que la española, la economía sumergida representa el 19% del PIB. Las sociedades son así, en Madrid y en Copenhague. Si se quiere echar a perder un país y propagar la pobreza, nada mejor que eliminar toda zona de sombra, todo espacio a la espontaneidad, e imponer la tiranía del burócrata. Nadie más alejado del mundo real y más atento a sus propios intereses que aquel que se atreve a ser juez y parte y, además, se cree ungido para gobernar porque aprobó una oposición.

La Casta de Europa
Gabriela Bustelo www.vozpopuli.com

En mayo de 2015, hace poco más de un año, Yanis Varoufakis clamaba por sacar a Grecia de la Eurozona. Tras haber pagado la deuda griega de 750 millones de euros al Fondo Monetario Internacional con el fondo de emergencia que cada país tiene depositado en el propio FMI, el entonces ministro de Finanzas heleno lamentaba que la Eurozona estuviera tan “mal construida”, porque una vez dentro, salir es imposible “sin una catástrofe”. En abril de 2016 Varoufakis –ya dimitido, pero opinante– se ha proclamado anti-Brexit, asegurando que la salida de Reino Unido de la Unión Europea propiciaría su desintegración. Su país, en contraste, abomina del proyecto europeo. Según un sondeo de Pew publicado el 7 de junio de este año, Grecia encabeza la lista de países euroescépticos, con más de un 90% de la población opuesta a la política económica y migratoria de la UE. En la antípoda está nuestro país: España encabeza el anti-Brexit europeo, con 74% de la población favorable a la UE y 64% partidaria de la permanencia de Reino Unido. Recordemos que en 2014 –el año anterior a la crisis griega, la UE sufrió estoicamente la crisis española, resumida hoy por la Comisión Europea en un par de párrafos laudatorios, asegurando que España ha empleado solamente 38.900 millones de euros del programa de asistencia financiera que contemplaba hasta 100 millones.

PIGS y Eurocracia
La prensa británica ha tratado con condescendencia estas “asistencias financieras” de la UE (rescates, para entendernos) a países miembros necesitados. El acrónimo PIGS –cerdos, en inglés– se emplea sin reparos en los titulares referentes a los empobrecidos países periféricos: Portugal, Irlanda, Grecia y España. [La “S” del plural es la “S” de “Spain”.] En Reino Unido la creciente sensación de estar pagando los platos rotos se suma a la crisis migratoria, a los atentados del Estado Islámico –todos contra Occidente en su conjunto– y a la firme convicción de que la eurocracia lo lastra todo con la hiperregulación y la sectaria corrección política. La imagen de la UE como élite caprichosa y corrupta –la Casta europea– tiene dos lecturas pro-Brexit: 1) para la izquierda los intereses corporativos de Bruselas impiden hacer reformas sociales y 2) para la derecha el estrellato decadente de Bruselas resta soberanía al Reino Unido. El ex-alcalde londinense y diputado conservador Boris Johnson ha vendido en su campaña a un Winston Churchill supuestamente anti-UE y la operación Brexit le ha salido bien. Pese a su conocido mote de “Bufón”, Johnson es ahora un firme candidato a Primer Ministro.

Una Europa de segunda
El Brexit es un portazo sonoro a una Europa esquizofrénica, anquilosada y débil con la que los británicos no quieren tener nada que ver. La salida del Reino Unido es un torpedo baja a la UE a segunda categoría, poniendo en jaque su existencia y su futuro. La UE debería reaccionar con autoridad, por una vez, para evitar una cascada inminente de huidas: Francia, Holanda, Dinamarca, Suecia, Hungría, Grecia. Pero más allá del mastodonte abotargado de Bruselas, la crisis europea es el declive de una civilización cuyos fundamentos histórico-culturales se han suplantado por mezquinas y dispersas aspiraciones individuales. Occidente sufre todavía los efectos secundarios la insoportable levedad de los ochenta, caracterizada por la adoración del presente, el desprecio del pasado y la omisión del futuro. Treinta y cinco años después, esa euforia posmoderna pretende coexistir con el paro, la informatización, la desintegración de la familia como pedestal de la sociedad, la pérdida de la fe religiosa y la epidemia de individualismo.

El Brexit español
España, país notoriamente incapaz de pactar ningún tema nacional (gobierno incluido), se ha unido como una piña contra el Brexit. A escasas horas de unas segundas elecciones generales protagonizadas por la corrupción, el bipartidismo moribundo y la sombra alargada de Podemos, el inesperado Brexit podría insuflar vida en el mustio voto del miedo del Partido Popular. Tras llegar con retraso a la UE, España se acabó significando como lastre y hoy abandera un europeísmo melancólico. Como es sabido, el director de orquesta Wallace Hartley siguió tocando el himno “Nearer, my God, to Thee” con su banda de ocho músicos mientras el Titanic se hundía en las glaciales aguas del Atlántico un fatídico día de abril de 1912. Un siglo largo después, España es uno de los frenéticos violinistas europeos.

La UE debe ser implacable con Gran Bretaña
Pablo Sebastián REP

Lo ha dicho sin rodeos el presidente de la Comisión Europea Jean Claude Juncker: la salida de Gran Bretaña de la UE se debe poner en marcha ‘cuando antes’. Le ha faltado añadir: ‘y vamos a ser implacables con ellos’.

Eso es lo que esperan los europeos (y lo que no dijo nadie en España en el cierre de la campaña electoral de ayer viernes) de las instituciones de la UE: que los ingleses se vayan cuando antes y no de vacío o con regalos y concesiones por parte de la Unión a la que le acaban de hacer un histórico daño político y económico. Y no es la primera vez que algo así hace Londres aunque esta vez ha sido la más dura pero la definitiva.

De Gaulle vetó por dos veces la entrada de Gran Bretaña en la entonces CE (1963 y 1967) y no le faltaba razón. Los ingleses no son de fiar porque su nacionalismo y nostalgia imperial les hace creerse superiores e incompatibles con el resto de países europeos. Se acaba de demostrar en el referéndum del Brexit donde votantes de mayor edad, los campesinos y los patriotas imperiales han impuesto el ‘no’ que provocará serios daños al conjunto del país insular.

El Reino Unido que, por causa de este Brexit se romperá en Escocia y en Irlanda del Norte (y ya veremos que ocurre con Gibraltar), sufrirá severas penalidades económicas, sociales y financieras y tendrá que abandonar todas las instituciones de la UE donde tenía una importante representación.

Inglaterra sufrirá también su ‘soledad’ en el mundo global que habitamos -tan global como que su Brexit causó estragos en todo el Planeta- donde solo las potencias internacionales (y la UE lo es, pero Gran Bretaña no) tendrán capacidad de pactos, influencia y control del comercio, las finanzas y la política internacional. Y mucho cuidado con la OTAN porque hora es que la UE ponga en marcha la ‘Europa de la Defensa’ al margen del gobierno e Londres.

En cuanto a España, las declaraciones timoratas y de paños calientes del presidente en funciones Rajoy, diciendo que no hay que alarmarse -ae la Bolsa de Madrid un 12,35 % y dice que no pasa nada- nos parecen lamentables, como las también las inanes declaraciones sobre el Brexit de Sánchez, Iglesias y Rivera.

Cuatro líderes nacionales que a la vista de lo ocurrido ayer en Gran Bretaña tendrán que pactar un gobierno nacional en un tiempo record si no queremos que a la Europa del Brexit se le una la crisis de inestabilidad política española, lo que sería un mal añadido de preocupante impacto para España y la UE.

La que probablemente recibirá, en su Consejo Europeo de finales de mes, la comunicación oficial del dimisionario y temerario David Cameron de la salida de Gran Bretaña de Europa, lo que pondrá en marcha el proceso de salida del Reino Unido (donde la Reina Isabel II jugó al Brexit) de los Tratados e instituciones europeas. Pero ‘cuando antes’ como declaró ayer tarde Juncker en Bruselas entre aplausos y harto de razón.
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Reino Unido, ensayo general para la ¿inevitable? desaparición de la UE
Es momento de más Unión, de una aceleración radical del proceso que convierta a la UEM en lo que siempre aspiró. Si no, la Europa que soñaron sus fundadores se irá por el desagüe
S. MCCOY El Confidencial 25 Junio 2016

Ha ganado el Brexit.
En contra de lo que anticipaban las últimas encuestas.
Y lo ha hecho por la suma de cuatro sorprendentes factores:

una irresponsabilidad política motivada más por un éxito local, referéndum de Escocia, o por el interés electoralista, frenar a las fuerzas nacionalistas, que por un mínimo convencimiento de su conveniencia por parte del instigador, David Cameron;

una incapacidad práctica de vender a los indecisos y a las zonas rurales, cuyo voto ha sido dirimente, las bondades no ya de la permanencia de Reino Unido en la UE en su configuración actual, sino el día después tras unas negociaciones con Bruselas que rompían el café para todos y situaban a las Islas en una posición aún más ventajosa en caso de quedarse; una absurda indiferencia de la City, capaz de ejercer una presión en la opinión pública brutal a la que absurdamente ha renunciado pese a ser su futuro lo que estaba en juego por contemplar el evento, casi hasta el final, como una suerte de ‘cisne negro’, suceso de escasa probabilidad real de materialización; un convencimiento generalizado con el paso de los meses, no solo entre los ingleses sino en el conjunto de Europa, de que el proyecto comunitario es ingobernable en su configuración actual y que la cesión de poderes a organismos supranacionales no supone una defensa del interés colectivo sino del particular de algunos de sus miembros, algo sobre lo que escribimos hace bien poco en esta misma columna.

De esos barros vienen estos lodos que traban las ruedas del carromato europeo y lo sitúan en la encrucijada al abrir la caja de los truenos de una manera que puede ser casi definitiva.

Aun con su importancia en términos económicos o financieros, Reino Unido no dejaba de contar con un estatus propio en la Unión Europea que le llevaba a conservar su propia moneda y a disfrutar de una serie de excepciones adicionales. No ocurre lo mismo con el resto de los estados que pueden estar planteándose consultas similares en su territorio, algunos de ellos miembros señeros de la Vieja Europa.

Lo verdaderamente relevante de lo sucedido anoche es que el pueblo, ninguneado las más de las veces en el proceso de construcción de la idea europea, ha hablado. Y, en contra de lo que ha sucedido en otras ocasiones en las que su veredicto se ha quedado en papel mojado frente a un supuesto interés superior, caso del Tratado de Lisboa, no hay opción de soslayar su opinión. Desde hoy mismo se inicia el proceso de ruptura en la costa oeste del Canal de la Mancha.

A partir de aquí, el referéndum se convierte en arma electoral para el resto de fuerzas de corte nacionalista o populista, esas que van ganando peso en la región de forma acelerada. Si los ingleses lo han hecho…. ¿por qué nosotros no? Una consulta en Francia o en Italia supondría dinamitar los cimientos de la UE de una vez y para siempre, en un proceso que se antoja difícil pero no imposible y en el que jugarán a favor de los impulsores dos características propias de su acción: el victimismo y la tergiversación, por una parte, y la venta al elector de una Arcadia feliz, por otra. La salida de la moneda común de cualquiera de ellos sería la puntilla definitiva a un sueño en el que, cierto es, los ingleses aparecían siempre a la hora del té.

Las democracias dan el poder al pueblo en la presunción de que éste cuenta con el criterio suficiente como para saber qué es lo más conveniente para su propio presente y futuro. Hay dos condiciones previas: preparación del electorado, que los distintos partidos, en defensa de su propio interés, se han encargado de rebajar; y visión del mañana, cada vez menos habitual en una sociedad en la que solo parece importar el corto plazo. Ande yo caliente... Esa deshumanización del voto, que se convierte en instintivo sobre la base de estímulos inmediatos, invita a temerse lo peor.

Es la sociedad que estamos creando por abandonar, precisamente, los valores que configuraron Europa.

Aún hay un camino si se quiere eludir lo que se antoja inevitable: es momento de más Unión y no menos, de una aceleración radical del proceso que convierta a la UEM en lo que siempre aspiró a ser. Pero nos tememos que no hay liderazgo, ni talento, ni ganas. Y, siendo así, solo cabe esperar en la cuneta a que alguien remolque a Europa al desguace. Mientras, la volatilidad se instalará en los mercados de una manera casi definitiva. Porque, o se actúa desde las instituciones comunitarias con contundencia, o el problema irá a más, a mucho más, y no a menos... Estén preparados.

Lo que debía pasar y no pasa
Pío Moa  www.gaceta.es 25 Junio 2016

**Blog II La Razón ilustrada reorganiza el mundo: www.piomoa.es
**Cita con la Historia: el pasado domingo hablamos de Franco, Hitler y Mussolini ( https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8). Este próximo hablaremos de Franco, Churchill y Roosevelt. www.citaconlahistoria.es
**En La guerra civil y los problemas de la democracia en España: la ausencia de pensamiento democrático en España, a izquierda y derecha, hace que la democracia tienda rápidamente a degenerar en demagogia y un despotismo de nuevo tipo.
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Hace cuatro años el PP consiguió gobernar por mayoría absoluta. Su balance puede resumirse así:

--El propio partido se ha hundido en Vascongadas y Cataluña y ha retrocedido de forma muy importante en Valencia y Andalucía, y perdido el poder en Castilla-La Mancha.
--Los escándalos de corrupción se han sucedido unos a otros, sin que sirva de excusa que los del PSOE también, y más.

--Los separatismos han engordado, no solo en Cataluña, y se muestran cada vez más osados, vulnerando constantemente la Constitución o imponiendo leyes anticonstitucionales, sin que el gobierno haga nada por impedirlo.
--Ha proseguido la política de colaboración con la ETA después de que Zapatero la rescatara del borde del abismo en que se encontraba el grupo terrorista.

´--La izquierda, de siempre con querencias totalitarias, se ha radicalizado. Es más, con un maquiavelismo de aldea, el propio PP ha proporcionado todo tipo de facilidades a los más radicales, a Podemos, con el fin de debilitar al PSOE y explotar el voto del miedo.

--El país ha pedido “grandes toneladas de soberanía” cedidas gratuita, ilegítima y anticonstitucionalmente a Bruselas, como si la soberanía fuese una propiedad del PP, que este podía vender o regalar. Y tanto en la UE como en la OTAN su papel es el de país lacayo, como revela, entre otras cosas, la permanencia de la colonia de Gibraltar en el mismo centro de su eje defensivo.

--Todas las leyes de Zapatero han permanecido, sean las de “género”, el abortismo, el homosexualismo, etc., han permanecido.
--La infame y anticonstitucional Ley de memoria histórica, más bien ley de reivindicación de los chekistas, se ha mantenido tal cual. Es más, el PP se ha apresurado en muchas ocasiones a cumplirla con más celo que el PSOE.

--El peligro islámico –no solamente terrorista-- ha crecido en un país que no ha aclarado aún los atentados cuya explotación política llevó al PSOE al poder en 2004. Un país que cada vez más el islamismo reivindica como Al Ándalus.

En suma: la crisis política, moral y de propia subsistencia nacional que viene arrastrando España, desde hace bastantes años, la degradación de la democracia y de la justicia, han empeorado gravemente con el gobierno del PP. No hay otro balance.

El único tanto que puede exhibir ese partido a su favor es una ligera mejora en la economía, que nadie sabe si podrá mantenerse largo tiempo, y lastrada por una deuda pública creciente, que supera a un PIB probablemente inflado y que nos hace más y más dependientes del exterior, con sospechas de que sean países islámicos quienes la estén comprando. Una modesta mejoría conseguida, además, con un deterioro de los salarios, mayor desigualdad social y empeoramiento de las condiciones de trabajo. Y que puede anularse si en estas elecciones vuelve al poder una izquierda radicalizada y fomentada por el propio PP.

En una democracia normal, ese partido habría sido barrido de cualquier expectativa por sus propios votantes. Sin embargo, ello no ha ocurrido. Al contrario, aunque haya perdido millones de votos, y desde luego la mayoría absoluta, puede continuar como el más votado, según las encuestas.

La única razón que puede explicar esto es la inexistencia de alternativa política. Dentro del PP no hay alternativa al equipo dirigente actual de Rajoy y Soraya, porque todos los demás políticos del PP han tragado ya demasiado durante demasiado tiempo para que pueden presentarse como algo distinto.

¿Y fuera del PP? Algunos han votado a Ciudadanos, un partido vendedor de humo, de izquierda y tan seguidor de Zapatero, tan poco demócrata y tan hispanófobo en el fondo como el propio PP, aunque tenga a su favor una defensa, por lo demás ambigua, del español en Cataluña.

Hay otro partido, VOX, que representa una alternativa más real. Y es el partido al que más teme el PP, por eso mismo. De ahí que toda la energía que ha desplegado en facilitar las cosas a Podemos la haya empleado ocultamente en negar a VOX el acceso a los grandes medios de masas. En una democracia el acceso a esos medios es crucial, y su negación a VOX es una muestra más de la degradación de la democracia que he analizado en “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”. Observen, por ejemplo, la reacción del PP y de los otros tres partidos al valiente acto de VOX poniendo la bandera en Gibraltar. Lo han silenciado en lo posible o se han burlado, no ha suscitado la menor declaración ni reacción de esos degradados y degradantes partidos, que han demostrado así, una vez más, su hispanofobia.

Lo asombroso es que muchos dicen que aunque simpaticen con VOX, no lo votarán precisamente ¡porque los medios de masas lo boicotean y así no tendrán ningún diputado! Pues razón de más para votarle y no colaborar al silencio del único partido que hoy defiende unos valores y una política distinta de de la impuesta por Zapatero y seguida con más o menos entusiasmo por todos los demás. Si los votos que han cosechado los vendedores de humo de Ciudadanos hubieran ido a VOX, el panorama político español sería un poco menos oscuro.

El leninismo travestido
La Verdad Ofende www.latribunadelpaisvasco.com 25 Junio 2016

En una última pirueta más propia del mundo circense que del político, Iglesias, el ateo, ha conseguido finalmente conmover mi corazón de español al sustituir en un acto político la bandera comunista por la centenaria enseña nacional, según aparece en un diario digital del que extraigo la portentosa imagen que asombrara hasta al criminal, hoy "hombre de paz", Otegui con U.

Así es. La rojigualda presidio ayer un acto político de su formación marxista-leninista Podemos España, engrasada desde la teocracia islamista de Irán y el régimen castrista que saquea, corrompe y desgobierna Venezuela.

La tan manida transversalidad política que todo lo puede y obra tiene el don físico de la horizontalidad, lo que permite encamarse con lo que sea con tal de asaltar los cielos del poder, izados a él por una embaucada masa de pobres gentes gracias a populistas promesas de trilerismo económico y regeneración social.

Como podrán observar, el "grouchomarxismo" ha quedado obsoleto y superado. Es el “gramscismo” en estado puro, que exige virtuosismo e imaginación en la capacidad de transformismo social desde la educación. Nuestro joven marxista-leninista hereda la capacidad semántica de hacer que lo imposible sea no solo viable, sino también creíble (aunque falaz) y en cuestión de meses.

Democracia, ese término tan vapuleado por los políticos de ayer y hoy, fue el distintivo del socialismo de todo el siglo XX, desde el que se camufló para asaltar aquel último ejercicio de sueño democrático puesto en marcha por ilusionados españoles como Giner de los Ríos, Marañón, Alcalá Zamora, Maura, Ortega o incluso Besteiro.

Bajo ese epígrafe democrático se justificaron cinco golpes de Estado entre 1930 y 1936 (Galán, Abril 1931, Casas Viejas, Octubre 1934, Febrero 1936) hasta el pronunciamiento final de los militares contra aquel Frente Popular marxista-leninista devastador, que tan bien describió Gasset, Clara Campoamor, el catalán Gaziel o el propio Azaña.

Nuestro “transformer” es el aventajado protegido de Podemos Venezuela, quien financió con generosidad a su criatura Podemos España. Arropado por el viejo fascista Vestrynge, reconvertido hoy en rico terrateniente inmobiliario, es nieto de un miliciano de lúgubre currículum (hacia sacas y asesinatos, condenado a muerte y conmutada) que prosperó gracias a la benevolencia reconciliadora del general y los progresos sociales de su régimen.

Su padre, hijo del abuelo miliciano, para merecer la estirpe asesina, acabó siendo terrorista del FRAP. Por eso, quienes escuchamos hace pocos meses a Pablo Iglesias hablando del asco que le provoca la bandera, el nombre de España y "esa pachangosa música" del himno nacional, poca sorpresa tuvimos, conociendo sus antecedentes familiares.

Proclamar en pleno siglo XXI “Viva la lucha de clases” y “la revolución proletaria” no da para más que una algarada universitaria. A Rosa Diez le consta. Así que para alcanzar el cielo, y a pesar de que “la dictadura del proletariado es la mayor expresión de democracia”, Iglesias, el ateo, cuya "partenaire" es experta en asaltar templos católicos, ha renunciado a sus proclamas leninistas, y en meses se ha convertido en un veterano y reconocido socialdemócrata del norte de los fiordos polares y más allá. A los hechos me remito.

Para consolidar su transversal socialdemocracia ha forjado una alianza nada menos que con Izquierda Unida, ese transformista PCE del que provienen los líderes de Podemos, quebrado, desunido, embargado y corrupto hasta las trancas en Bankia y decenas de cajas de ahorro.

Ello no parece afectar a sus dogmatizados y cerriles afiliados socialdemócratas, asqueados, no sin razón, por la sistemática corrupción de todo el Estado, aunque muy comprensivos con las inmensas corruptelas sufridas si éstas son de izquierda. Su intransigencia con la corrupción la mantienen intacta con Bárcenas y su elenco de amigos “fascistas”.

Izquierda Unida ha ordenado lo inconcebible: esconder las banderas rojas de los mítines y, oh cáspita, sustituirla por el corazón de amor que Chávez ya inventó para sus campañas electorales de la matriz, Podemos Venezuela, en una última y asombrosa pirueta electoral.

Confío en que, con suerte, muy pronto podremos verles cerrar los mítines al son de la marcha real, algo que sin duda ya han planeado. Recibir el ambicionado encargo de su majestad de formar gobierno y asaltar el cielo exigirá eso y más, aunque sea sin chaqué, solo en mangas de camisa.

Y así, el agitador universitario que enviaba SMS para rodear las sedes del Partido Popular asaltando la legalidad en la jornada de reflexión, finalmente tomará el poder. Lo que vendrá después no me entretendré en explicarlo, pero no sueñen con más democracia, aunque sea de tan baja calidad como la que hoy padecemos.

Podemos Venezuela obtuvo el poder en 1998 tras dos golpes de Estado. El pistolerismo de “los chibiris” entre 1931 y 1936 caldeó Madrid preparando la revolución proletaria. Lo demás es historia… Tan funesta como la de hoy en Venezuela. Se llama socialismo en estado puro.

“Estamos en tiempos de Weimar, en los que ganará quien agregue un amplio sentimiento popular”. (Pablo Iglesias -Twitter- 14-12-12 14 h. 38 min.)

Los experimentos no se hacen con champán
OKDIARIO 25 Junio 2016

El brindis al sol del premier David Cameron traerá graves consecuencias a la economía europea. El Brexit plantea un escenario impredecible que los especialistas comienzan a denominar como ‘el nuevo Lehman Brothers’, la entidad bancaria estadounidense cuya quiebra en 2008 dio el pistoletazo de salida a la peor crisis financiera de la historia desde el crack del 29. A pesar de que en el actual contexto no hay una quiebra como tal, las primeras víctimas han sido las Bolsas. El parqué internacional ha caído desde primera hora de la mañana y el Ibex ha sido uno de los índices más castigados con una bajada de 12,35 puntos, la mayor caída de toda Europa y en la propia historia del selectivo español. La salida de los británicos de la Unión Europea puede ser nefasta para el continente. Desde un punto de vista económico, el proyecto común queda aún más tocado tras los años concatenados de recesión y el crecimiento raquítico de los últimos tiempos.

Precisamente, debido a esa endeble mejoría, las economías de la Unión necesitan mantener sus negocios con Inglaterra sin excesivos vetos. A expensas de saber en qué estado quedarán las relaciones entre la UE y Gran Bretaña, no se puede obviar la gran dependencia comercial que el continente tiene hacia la isla. Las importaciones británicas suponen el 8% del Producto Interior Bruto (PIB) en Holanda, un 12% en Irlanda o el 7% para Bélgica. Por no hablar de que es el segundo país que contribuye con más dinero a la UE detrás de Alemania. Un panorama inquietante que puede ser especialmente nocivo para España. Sin ir más lejos, Reino Unido es uno de nuestros principales socios comerciales, destino preferente de la inversión española en todo el mundo y un inversor esencial en nuestro país. El Banco Central Europeo (BCE) debe reaccionar rápidamente para amortiguar el golpe y mantener bajo control las primas de riesgo y la estabilidad financiera de la Eurozona.

Brexit: el populismo rasga la UE
Editorial La Razon 25 Junio 2016

El Reino Unido ha votado y ha ganado el Brexit. Por muy poco margen se han impuesto los partidarios de abandonar la Unión Europea, después de 43 años desde su ingreso. Es la primera vez que un país deja las estructuras comunitarias. Se trata de la segunda economía europea y de un país cuya tradición política ha marcado a las democracias modernas. La decisión, por lo tanto, es de gran trascendencia y supone un verdadero terremoto que ha hecho tambalear los cimientos de la UE. Las consecuencias de la marcha de Reino Unido están todavía por ver, pero todo indica que, más allá de los efectos económicos que ya estamos notando –caída en picado de la libra, mientras el Ibex descendió un 12%, su peor nivel histórico– estamos ante la peor crisis que ha vivido el proyecto de unidad europea. Si algún país podía hacer compatible su idiosincrasia nacional «british» con la soberanía política compartida con otras 27 naciones era precisamente el Reino Unido, como así ha demostrado al explotar su «hecho diferencial» euroescéptico, mantener la moneda y marcar distancias respecto al centro político representado por Alemania y Francia.

Pero las circunstancias políticas siempre coinciden con un factor humano. Ante momentos especialmente duros vividos en los últimos años, como el rescate económico el algunos países comunitarios y el desbordamiento fronterizo propiciado por la crisis de los refugiados, Gran Bretaña ha contado con un primer ministro que ha sobrepasado todos los niveles de irresponsabilidad. David Cameron ha hecho lo que suelen hacer los malos gobernantes: dejar que los ciudadanos decidan lo que ellos son incapaces de decidir, vistiéndolo como un ejercicio de democracia. Y, lo que es inadmisible, por puro interés de mantenerse en el Gobierno dada su debilidad para volver a ganar las elecciones. De los 650 diputados que componen la Cámara de los Comunes, sólo unos 200 estaban a favor de dejar la UE, sin embargo el «premier» conservador se propuso llevar a un referéndum la posibilidad de abandonar la UE en una operación partidista cuyas consecuencias afectarán tanto a su país como al conjunto de Europa. Una de las primeras lecciones que podemos extraer del triunfo del Brexit es el avance de los xenófobos y ultranacionalistas del Partido de la Independencia del Reino Unido (Ukip), una formación liderada por Nigel Farage, único diputado de este partido en los Comunes. Los partidos populistas han crecido explotando la idea de que la UE es la culpable de una crisis económica gestionada al gusto de los mercados. En este diagnóstico no hay diferencia entre las formaciones radicales de derechas y de izquierdas. «La UE es un instrumento al servicio de una ideología globalizadora», ha dicho el Frente Nacional francés. «La expropiación de la soberanía y el sometimiento al gobierno de las élites financieras amenazan el presente y futuro de Europa», dijo el líder de Podemos en su primer discurso en el Parlamento Europeo. No hay diferencia ni en los planteamientos ni en las estrategias desarrolladas porque tienen el mismo objetivo antieuropeísta. Basta recordar que los grupos de Marie Le Pen, Beppe Grillo y Pablo Iglesias han hecho causa común contra la moneda única en Bruselas o que apoyaron la muy polémica enmienda número 23 por la que instaban a que se anulasen los acuerdos y los tratados que regulan la pertenencia a la UE. Sólo han buscado minar las políticas comunes, adaptándolas a la «voluntad real de su pueblo».

Éste es el peligro real del proyecto europeo, considerar que se limita la soberanía para acabar imponiendo políticas proteccionistas y retrógradas. En la traumática experiencia del Brexit resuena el populismo de raíz nacionalista, de aquellos que están empeñados en dividir a Europa a fuer de dividir el territorio español. El independentismo catalán tiene delante el espejo de lo que supone romper una estructura de cooperación aplicando de manera frívola el «derecho a decidir» –el mismo que ayer reclamaba Le Pen para Francia– y convocando un referéndum sin ni siquiera haber acordado previamente con qué margen de diferencia se da por ganador a la opción de abandonar la UE. No olvidemos que entre las dos opciones median 3,8 puntos. ¿Se puede con ese margen declarar la «independencia», como proclaman los que apoyaron el Brexit? Sin duda, el método de utilizar el referéndum para dirimir temas de tanta importancia queda seriamente tocado. Para aquellos que, como Podemos, creen que el independentismo sólo se aplaca con un referéndum, lo sucedido en el Reino Unido es una buena lección.

El golpe recibido debe servir para reflexionar sobre las causas que han llevado a este bloqueo y para revisar los protocolos de adhesión, pero sería un error hacer una lectura en la línea de los partidos populistas para frenar su avance, porque su estrategia se basa en minar la UE con la idea de «refundación» basada en un «antiestablishment» –o anticasta– que recela tanto del flujo de inmigrantes, trabajadores y ciudadanos como de la globalización que va en contra de los privilegios y esencias nacionales. Mariano Rajoy reclamó ayer el voto para las políticas que ofrecen estabilidad, que quieren fortalecer el proyecto europeo y que, sobre todo, rechazan culpar a Europa de nuestros males cuando en ella está parte de la solución

Leer más: Brexit: el populismo rasga la UE http://www.larazon.es/opinion/editorial/brexit-el-populismo-rasga-la-ue-HC13005031?sky=Sky-Junio-2016#Ttt1XmvMtZPSB2eL
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La M-25: la metáfora de un país dividido
Jeremy Jennings. La Razon 25 Junio 2016

Reino Unido ha recibido una tremenda sacudida por un terremoto político de proporciones monumentales. Ya hemos visto la dimisión del primer ministro David Cameron, y éste es sólo el primero de los muchos cambios que el país padecerá en los próximos meses y años. Se puede decir con total seguridad que el paisaje político será redibujado por completo. Nuestra economía está sumida en una gran incertidumbre y el futuro de Reino Unido debe ser puesto en duda en estos momentos.

¿Qué nos dice el resultado del referéndum celebrado el jueves? Lo más obvio es que Reino Unido ha votado por un estrecho margen su salida de la Unión Europea. La primera conclusión que deberíamos sacar es que el resultado de la votación representa no sólo un rechazo del objetivo de una mayor integración europea sino también una rotunda desafección por parte del electorado –votó el 72% del censo– de las élites políticas y financieras de este país. Conviene recordar que la posición oficial del Gobierno británico y de todos los líderes de los partidos políticos era que Reino Unido debería votar por la permanencia en la Unión Europea. También plantearon lo mismo en la City de Londres y los principales empresarios del país.

La segunda conclusión es que Gran Bretaña emerge como un país profundamente dividido. En primer lugar, es un país fragmentado por edades. Sabemos que sólo el 27% de aquellos con edades comprendidas entre los 18 y los 24 años votaron a favor de irse de la Unión Europea. Por el contrario, los votantes de más de 60 años votaron en un 60% a favor de salir del club europeo. Las zonas geográficas con menor número de graduados universitarios eligieron con su voto el Brexit. Mientras que ciudades eminentemente universitarias como Cambridge y Oxford votaron masivamente por la permanencia en la Unión. Y no sólo esto, sino que, además, el referéndum nos dice también lo dividido que está Reino Unido en términos socioeconómicos y de clase. Los segmentos más acaudalados de la sociedad británica votaron que el país siga en la UE; los más pobres, por el contrario, lo hicieron para que Reino Unido abandone la UE. También existe una fragmentación del país en términos geográficos, de centro y periferia. Las dos ciudades que votaron más claramente a favor de la permanencia fueron Londres –la ciudad británica que tiene de lejos la concentración más alta de inmigrantes– y Edimburgo, la capital de Escocia. Las ciudades que votaron más abrumadoramente a favor de la salida corresponden a aquellas situadas en zonas costeras como Linconshire y Essex en el este de Inglaterra. A esto podemos añadir que el patrón del voto de las ciudades y del campo difieren ampliamente, ya que las zonas rurales votaron mayoritariamente la salida de la Unión Europea.

Sin embargo, aquí tenemos que reconocer que las grandes ciudades postindustriales de los Midlands y del norte de Inglaterra, como Sheffield y Sunderland, optaron por la desconexión con la Unión Europea. A pesar de que el país ha alcanzado una cifra récord de empleo, se dice que las altas tasas de inmigración han conducido a una disminución de los salarios. No he visto aún el desglose del voto por patrones de género, pero mi suposición es que más hombres han votado por el Brexit que mujeres. Dicho de una forma cruda y simplista, podemos decir que el referéndum del jueves ha arrojado la radiografía de un país dividido entre «los que tienen» y «los que no tienen» y entre el pasado y el futuro.

Pero ésta no es la imagen completa del país. Quizá lo más alarmante de todo es la división entre las cuatro naciones que actualmente conforman Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. La evidencia del resultado nos dice que los ingleses que más se identifican con Inglaterra, en oposición a los británicos, fueron más favorables a la hora de votar el divorcio con la UE. Los votantes de Gales –donde el declive industrial ha sido muy evidente– eligieron en las urnas la opción del Brexit en un 52%. Pero en Irlanda del Norte, más del 55% del electorado votó por seguir dentro de la Unión Europea mientras que el Escocia aquellos que optaron por la permanencia representan el 62% de los votos. Los dos últimos porcentajes son especialmente significativos. La salida de Reino Unido de la Unión Europea podría amenazar el acuerdo político alcanzado tan dolorosamente durante tantos años y seguramente llevará a la celebración de un nuevo referéndum para votar sobre la independencia de Escocia. En definitiva, podríamos llegar a ver pronto el fin de Reino Unido como un Estado unitario.

¿Se pueden superar estas divisiones? Lo dudo. Los votantes jóvenes, por ejemplo, están profundamente resentidos porque perderán automáticamente el derecho a trabajar en los países de la Unión Europea y culparán de ello, acertadamente, a la generación más mayor. Grandes zonas del país se muestran despectivas y desdeñosas de la cultura urbana y cosmopolita de Londres.

Nuestros partidos políticos, especialmente el Partido Conservador, están fracturados, y quizá han sobrepasado el punto en el que puedan volver a unirse. Nuestra clase política está sumida en el caos. El descontento ha triunfado y no sabemos a dónde nos conducirá.

Sin embargo, los lectores españoles tienen por lo que sentirse contentos. El 95% de los gibraltareños votaron seguir en la Unión Europea. El referéndum puede verse no sólo como el fin de Reino Unido sin también como el fin del Imperio británico.

*Profesor de Teoría Política en el King’s College de Londres

Incomprensión en Escocia
Paul Gordon. La Razon 25 Junio 2016

Los escoceses somos un pueblo orgulloso de nuestra propia identidad e historia. Aunque compartimos la isla de Gran Bretaña con nuestros vecinos del sur, los ingleses y los galeses, no siempre compartimos las mismas ideas acerca de muchos asuntos y acontecimientos. Lógicamente, estas discrepancias de larga tradición se han reflejado también en la opinión de los escoceses sobre la permanencia de Reino Unido en la UE, aunque sólo constituimos el 8% de los votos en el referéndum.

El hecho de ser históricamente una minoría permanente dentro de Reino Unido ha reforzado fuertemente la identidad diferenciada de los escoceses frente a nuestros vecinos del sur. Según los resultados del referéndum, el 62% de los escoceses ha votado a favor de permanecer. El «sí» a la UE ganó en cada uno de los 32 distritos de Escocia, en contraste con los resultados en Inglaterra y Gales. Es verdad que Escocia no conoce los altos índices de inmigración que tiene Inglaterra. No olvidemos que la inmigración ha sido el tema principal de este referéndum durante una campaña marcada por el miedo, el odio y la muerte trágica de la diputada Jo Cox.

No obstante, en Escocia no se ha entendido muy bien la razón de ser de esta consulta. Todos los líderes de los partidos en Escocia sin excepción han estado a favor de quedarse y el Parlamento de Edimburgo aprobó una moción a favor de permanecer dentro de la UE. El UKIP de Nigel Farage casi no tiene apoyo en Escocia y el euroesceptismo se ve allí como algo peculiar de algunos políticos ingleses. Los escoceses rechazan instintivamente el euroescepticismo. Toda esta polémica también tiene algo que ver en sus orígenes con el sentido tradicional del nacionalismo inglés y la mentalidad de «pequeño inglés» del siglo XIX de distanciarse del continente.

Las consecuencias para Escocia del voto a favor del Brexit en el conjunto de Reino Unido no son tan evidentes, a primera vista, como algunos interesados nos quieran hacer creer. En primer lugar, la nomenclatura del Partido Nacionalista Escocés (SNP) nos ha tratado de convencer de que un voto a favor del Brexit automáticamente implicaría la independencia de Escocia. Aunque algo de razón tienen los nacionalistas escoceses. No sería del todo justo sacar a Escocia a la fuerza de la UE si, como ha pasado, una mayoría de ingleses votasen a favor del Brexit, pero no la mayoría de los escoceses. No estaría nada claro el resultado de un segundo referéndum separatista, ya más que probable, y menos las consecuencias del voto a favor del Brexit. Es un gran salto al vació sin necesidad y una gran decepción sobre todo para los jóvenes, pero hay que respetar el voto, porque en democracia gana la mayoría aunque sea por menos de cuatro puntos, como ha sido el caso en esta votación.

Personalmente, estaba a favor de permanecer dentro de la UE por las graves consecuencias económicas y políticas de un Brexit, no solamente en mi Escocia natal, sino en el conjunto de la sociedad británica. Tampoco soy tan ingenuo de creer que, por marcharnos corriendo de la UE, los británicos vamos a poder milagrosamente resolver el gran problema de la inmigración. La inmigración es, sobre todo, un problema global y requiere soluciones globales. Tendremos que seguir hablando y cooperando de alguna manera con nuestros vecinos, aunque sea desde fuera del «club» comunitario.

La hora de los países del sur
Luciano Monti. La Razon 25 Junio 2016

El «shock» financiero provocado por el Brexit era predecible. La inestabilidad política de Reino Unido en su conjunto y la incertidumbre ya había comenzado a tener un impacto negativo en la economía de algunos de los principales países europeos. El aumento de los diferenciales entre los bonos alemanes, por un lado, y otros bonos soberanos como los españoles y los italianos BOT, en el otro, serán inevitables en el muy corto plazo. En los últimos meses, varios centros de investigación y organizaciones internacionales ya habían analizado el impacto del Brexit en el corto, medio y largo plazo. «El shock se transmitirá a través de varios canales que podrían cambiar dependiendo del horizonte temporal. En el corto plazo, la economía de Reino Unido se verá afectada por el endurecimiento de las condiciones financieras y la debilitada confianza en el país; después de la salida oficial de la Unión Europea, las barreras comerciales serán más altas y habrá un impacto temprano en relación a las restricciones a la movilidad laboral», sostenían analistas de la OCDE. De acuerdo con este escenario, en 2020, el PIB real de la Unión Europea caerá por debajo del 1% que ya estaba previsto sin el fenómeno del Brexit.

El peor impacto será probablemente en las regiones menos desarrolladas...

Sin embargo, yo no quiero contribuir al escenario negativo que se abre tras la salida de Reino Unido de la UE, sino que me gustaría centrarme en las oportunidades que se derivan para los «restantes» países que siguen dentro de la Unión Europea, especialmente aquellos que se encuentran en su vertiente mediterránea.

En primer lugar, todas las inversiones extranjeras directas disminuirán a medida que Reino Unido se convierta en un destino menos atractivo. En 2015, más de un tercio del total de inversiones extraeuropeas en los países de la UE se dirigieron principalmente a Reino Unido: el Brexit probablemente redirigirá ese flujo tan relevante a países como España, Italia, Francia y Alemania.

En segundo lugar, varios de los flujos financieros administrados actualmente por la Bolsa de Londres serán probablemente transferidos en otros mercados financieros europeos. Berlín y Ámsterdam están en una posición de privilegio, pero también creo que algunos mercados bursátiles menores como Madrid y Milán se beneficiarán en el medio plazo.

En tercer lugar Reino Unido presenta un déficit en la cuenta corriente de la UE, pero un superávit de servicios. El comercio bilateral UE-Reino Unidose se reducirá y esto significará un aumento de los servicios domésticos, principalmente en los países mediterráneos, los cuales han sido tradicionalmente importadores de servicios. Grandes empresas de consultoría británicas también dejarán el camino libre a otras empresas.

Por último, tenemos que considerar que Reino Unido, desde el principio, ha estado parcialmente unido a la Unión Europea: la exclusión voluntaria del Eurogrupo, el Tratado de Schengen, el pacto de estabilidad y crecimiento y así sucesivamente... Han demostrado su falta de voluntad integradora. Reino Unido, por este motivo, nunca fue admitida a votar en decisiones relativas a la seguridad y la justicia. Sus contribuciones al presupuesto de la Unión Europea se reembolsan principalmente por otros grandes contribuyentes netos, como Alemania, Italia y Francia. La mayor parte de las propuestas para impulsar el proceso de integración europea han sido detenidas por los británicos. Ahora, los gobernantes europeos tienen la oportunidad de reflexionar sobre el fracaso de la mayor parte de las normas europeas y tratar de «repensar» todo el proyecto europeo.

Esta situación es realmente la mayor oportunidad también para redirigir el corazón de Europa hacia los países del sur. Es hora de dejar el corazón de Europa a aquellos que realmente creen en ella y decir «buena suerte» a nuestros amigos británicos que, democráticamente, han decidido recuperar de forma autónoma Reino Unido en un mundo globalizado y, probablemente, les llevará a establecer un nuevo tratado de libre comercio con la UE, similar a la que existe entre la Bruselas y Canadá. Un apunte: este último les costó cinco años de negociaciones y no está aún en vigor.

El precipicio de la Desunión Europea
EDITORIAL El Mundo 25 Junio 2016

Hoy resulta una triste paradoja que fuera precisamente Winston Churchill uno de los que primero abogaron por unos "Estados Unidos de Europa". El gran político británico había ganado una guerra, pero acababa de perder las elecciones y, con ello, el cargo de primer ministro. Su olfato visionario y su pragmatismo estaban sin embargo intactos. Y a la altura de 1946 pidió a los europeos que soñaran con la idea de unirse para siempre y de conjurar así el fantasma de más guerras como las que habían dejado arrasado el continente en la primera mitad del siglo XX. Aquel sueño europeo se resquebrajó ayer como una pesadilla con el resultado del referéndum en el Reino Unido que deja ya a Londres con un pie y medio fuera de la UE.

Casi el 52% de los británicos ha optado por el Brexit, un millón más que los partidarios de que el país siguiera en el club comunitario en el que ingresó en 1973. Un auténtico cataclismo para Europa. Las consecuencias económicas serán importantes. Pero ante todo éste es un desastre político histórico. Un mazazo de realidad que confirma un temor hasta hace poco insospechado: el de que la Unión Europea no es un proyecto irreversible. Desde ayer sabemos que la construcción comunitaria puede fracturarse. Y eso es una pésima noticia para cuantos creemos que el futuro pasa por más Europa y no por menos, que unidos seremos capaces de afrontar mejor los complejos desafíos de una era tan convulsa como la de la globalización, y que los valores del acervo comunitario son superiores a los egoísmos y miedos que tienden a enarbolar los nacionalismos encerrados en sí mismos.

El primer seísmo que deja el Brexit es económico. Muchos analistas lo definen como un nuevo Lehman Brothers, sobre todo para los países más vulnerables que aún tratan de superar la mayor crisis desde los años 30. Lo ocurrido cuestiona la idea misma de la UE y deja tocado al euro. Es cierto que las instituciones comunitarias están preparadas -el BCE trató de calmar ayer a los mercados con su disposición a proporcionar liquidez inmediata si es necesario-. Y, tras la incertidumbre, los efectos macroeconómicos se relativizarán. Pero ayer, por poner dos ejemplos de la magnitud del terremoto, la libra cayó tanto que el Reino Unido se vio superado unas horas por Francia como quinta potencia mundial. Y España -como casi todo el continente- sufrió un viernes negro bursátil con la peor sesión para el Ibex de la historia.

Es necesaria la calma para no caer en lecturas catastrofistas. Pero tampoco cabe minimizar las consecuencias que el Brexit tendrá para la economía. Se calcula que la UE podría perder el 3% de su PIB -el Reino Unido hasta el 6%- de aquí al 2020. Un informe reciente de la Confederación de la Industria Británica calcula que unos 950.000 empleos están en juego en Gran Bretaña. Y el coste para cada familia del Reino Unido, según la OCDE, será de 3.000 euros al año. Así las cosas, es ingenuo creer que no se verá afectado el Estado del Bienestar británico cuando, paradójicamente, muchos han votado convencidos de que formar parte del club comunitario afectaba negativamente a su sistema de salud o de pensiones.

En el caso concreto de España, la economía se resentirá sobre todo por las trabas a las exportaciones y por las limitaciones que surgirán para la inversión. No olvidemos que el Reino Unido es el primer mercado internacional de la banca española. Y también es enorme la presencia de empresas de sectores como el energético, el de telecomunicaciones o el de infraestructuras. También se verán perjudicados el sector turístico -cada año viajan 15 millones de británicos a España- y el inmobiliario, por el presumible parón en la venta de viviendas en zonas costeras.

Pero, como decíamos, ésta es una muy mala noticia sobre todo en el terreno político. Y debemos recordar que se ha llegado hasta aquí por la absoluta irresponsabilidad del premierDavid Cameron, quien ayer anunció su dimisión -que se materializará en octubre-. En un intento de reafirmar su liderazgo en el Partido Conservador y de contrarrestar al ultraderechista Ukip, se comprometió a convocar este referéndum. Cameron sometió después a un chantaje a Bruselas y logró otro puñado de excepciones comunitarias que la UE aceptó con la nariz tapada para evitar un mal mayor. Ahora se ve que no sirvió de nada. Porque el referéndum del Brexit se ha terminado convirtiendo en algo muy distinto a una consulta sobre Europa y ha girado en torno a cuestiones mucho más complejas que no podían resolverse con un sí o un no. Ha sido la oportunidad aprovechada por una ciudadanía indignada con la crisis, los recortes sociales y la percepción de creciente inseguridad para mostrar su rechazo al sistema y a sus gobernantes. Todo con un trasfondo de eficaz populismo que ha convertido la inmigración en el chivo expiatorio perfecto. La maniquea identificación de Europa con descontrol y llegada masiva de inmigrantes ha sido determinante. La radiografía de los votantes a favor y en contra del Brexit no puede ser más esclarecedora. Los mayores de 60 años, residentes en zonas rurales y empleados no cualificados han votado masivamente por el divorcio de Bruselas. Por el contrario, jóvenes, personas con estudios superiores y trabajadores cualificados apostaban por la permanencia.

Ese mapa dibuja un país completamente roto. Con el agravante de que las generaciones mayores han condenado a las jóvenes a tener que prescindir de las oportunidades que Europa les ofrecía. Pero tanta es la irresponsabilidad de Cameron que la consulta también ha reabierto las heridas territoriales en el Reino. Londres parece cada vez más una isla dentro de Inglaterra. Y Escocia, donde quieren seguir en la UE, planteó ayer mismo el debate de la independencia, sin haberse apagado aún los ecos del traumático referéndum de 2014.

Tiempo habrá de analizar el peligroso efecto contagio en otros países de Europa. Pero los populismos xenófobos y eurófobos -ya muy crecidos por las consecuencias de la recesión y de la crisis de los refugiados- no han esperado para tratar de dinamitar el proyecto comunitario. Partidos ultraderechistas de Holanda, Dinamarca, Polonia o Francia reclaman ya sus correspondientes referendos. De ahí que resulte clave que Bruselas negocie con firmeza el proceso que ahora se abre con Londres para su desconexión, que podría prolongarse unos dos años. Si se quiere evitar un contagio en cascada en más países, la UE debe dejar claro al Reino Unido que, desde su salida, será tratado como cualquier otro país extracomunitario, sin más ventajas económicas. Y, tras sobreponerse a esta grave crisis, la UE debe ver el nuevo escenario como una oportunidad para avanzar en la integración política, algo que Londres siempre ha frenado.

Lo ocurrido, lógicamente, ha marcado también el final de campaña en España. Creemos que los electores también debieran tener en cuenta dónde conducen los peligrosos aventurismos políticos. Hoy es un día muy triste. Gran Bretaña ha sido, es y será Europa, aunque esta decisión lleve a la isla a replegarse sobre sí misma. Pero una decisión tan irracional no rompe unos vínculos sentimentales muy fuertes, aunque el sueño de los estados unidos europeos esté hoy más lejos.

Meditaciones mínimas sobre el Brexit
Añoran los tiempos en que Gran Bretaña era más importante y lo que han conseguido es que Gran Bretaña sea menos importante.
Ignacio Peyró Libertad Digital 25 Junio 2016

Una ironía del Brexit: quienes han votado por la salida de la Unión Europea añoran los tiempos en que Gran Bretaña era más importante. Lo que han conseguido es que Gran Bretaña sea menos importante. Véase: hay algo casi macabro en ser británico para celebrar –nada menos– que "el día de la independencia", en pie de igualdad con, digamos, Malawi.

Las ideas tienen consecuencias: algunos querían recuperar la "independencia" y la grandeza británicas. Desde esta misma mañana, sin embargo, han alentado en la práctica la independencia de Escocia y una Gran Bretaña, por tanto, menos grande.
La calidad de la política británica se basó en sus equilibrios. Era, escribe Taine, "un asunto de tacto, en el que no se debe proceder sino con moratorias, transacciones y acuerdos". Todo lo contrario de un plebiscito y sus exageradas implicaciones y emocionales y políticas. Sí, puede decirse que habló "la voz del pueblo". También, que es medio pueblo contra otro.

El Brexit, en su gravedad, tiene una especificidad que lo separa de cualquier otra hipotética salida: el estupor es sólo comparable al pragmatismo y gradualismo que de siempre hemos atribuido a los británicos y que ahora han abandonado a nuestros ojos. Pregunta legítima: si en Gran Bretaña se pueden dejar arrastrar por un señor como Farage, ¿qué no podrá ocurrir en otros lugares?

Con una proyección naïve de sus deseos, algunos afirman que los británicos se marchan por estar incómodos en una Europa insolidaria y ultraliberal. Harían muy bien en repasar algunas de las proclamas de UKIP.

Son hermosas las ensoñaciones en torno a la Inglaterra inmemorial, pero la política está precisamente para no tratar de las esencias. El Brexit ha ganado en las urnas, pero a saber si ganará en la realidad: uno puede dar un portazo a la globalización, pero no por eso la globalización deja de estar ahí.

Curiosamente, la UE era un sitio extraordinario para capitalizar "la excepción británica". Su inserción era modélica a la hora de preservar los rasgos propios del país. Lo que les hacía más fuertes era estar dentro con un estatuto especial: nadie dudaba de su diferencia; todos debían transigir con su trato peculiar. Podían ser europeos a la carta sin dejar de ser plenamente británicos. Podían influir sobre el conjunto y preservarse de la uniformidad. Ese juego –para uno, enriquecedor; para otros, tramposo– ha terminado.

Hay europeos especialmente huérfanos por la pérdida de la aportación británica a la UE. Son todos aquellos distanciados de esquemas federalizantes. Cameron hizo aportaciones especialmente biensonantes de cara a la reforma de la UE. Algunas pueden leerse aquí. Ya son, por supuesto, "fábula del tiempo". Pero esa Europa menos retórica, menos burocrática y más mercantil ve ahora muy mermada su causa. La ENA necesitaba la cintura ágil de la City –y ese contrapeso era benéfico para todos.

Escribió Disraeli, a propósito de la cuestión social, de "las dos naciones" en que se dividía Gran Bretaña. La voluntad histórica del mejor torismo fue suturarlas. Es algo que se conoció como conservadurismo one nation. Ahora, el torismo no sólo ha ahondado la cesura entre la Little England y la Gran Bretaña abierta: también, las diferencias políticas entre sus territorios. Pocas injurias peores al espíritu one nation.

Detrás del adiós de Thatcher y del descrédito de Major estuvo la cuestión europea. Cameron es el tercer premier conservador engullido por esta línea de fractura. Tiempo hoy para lamentar un error estratégico: era mejor un partido tory con incómodas modulaciones internas que un partido tory quebrado en dos por la voluntad atolondrada de terminar con un asunto de una vez por todas. A veces no queda otra que la conllevancia.

Injusticias poéticas: Cameron ha sido un primer ministro en extremo competente. Su mandato podía haber sido recordado por mil cosas; ahora, sólo por una. Él también puede decir aquellos versos de "no me he equivocado en nada,/ salvo en las cosas que yo más quería".

Usted, como cualquiera, habrá visto la Union Jack mil y una veces reproducida en todo lo que va de cazadoras a tazas de café. Es una bandera bonita, pero también lo es –por ejemplo– la de Papúa, con la que nadie decoraría su Vespa salvo si es papuano. La británica se borda y se imprime, en el fondo, por una cuestión de prestigio y seducción cultural, pecio de la vieja anglofilia europea. A saber si dejarán de verse pendones británicos. Pero es posible que el mundo lo que vea es una Gran Bretaña más cerrada, menos abierta y menos amable. Y que con eso su prestigio cultural –el país ha intentado convertirse en superpoder del poder blando– se resienta. Es de temer que incluso esas diferencias británicas que tanto celebrábamos comiencen a parecer ahora menos risueñas.

No todo es prestigio cultural, sin embargo. De los setenta a esta parte, Londres había logrado resucitar para ser –de nuevo– una de las grandes capitales del dinero del mundo. Algo de eso también se puede resentir en el medio plazo. Una duda o esperanza razonable: que en Gran Bretaña vuelvan a operar nuevas élites europeístas.

Lectura melancólica para Europa: por primera vez, la Unión se muestra ante nuestros crédulos ojos como algo no necesariamente irreversible. Después de los años de la crisis, el Brexit viene a prolongar la agonía con un corolario amargo: la incertidumbre. Paradoja añadida: no sabemos aún si, con esta decisión, le irá peor a Gran Bretaña o peor a Europa. Es de temer que a la segunda.

Algo se pierde también en –llámese como se quiera– el espíritu de Europa. Será responsabilidad de todos formular nuevas ententes cordiales. Suena grandilocuente y es doloroso, pero que la sombra de la hermandad rota no se proyecte sobre los campos de tumbas del Somme y de Verdún.

El principio del fin, el fin del principio
Las ansiedades económicas no sólo funcionan a favor del 'statu quo', sino que también pueden conducir a un país a dar un gigantesco salto al vacío
David Jiménez Torres Libertad Digital 25 Junio 2016

"Esto no es el fin. No es ni siquiera el principio del fin. Pero sí es el fin del principio". Así explicaba en 1942 Winston Churchill –ese hombre a un aforismo pegado, ese Muhammad Ali del ingenio verbal– la importancia de la victoria lograda por el general Montgomery en El Alamein. Y así podemos empezar a comprender lo que ha sucedido en el referéndum que ha determinado la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Efectivamente, estamos ante el fin de la mitología del Reino Unido como un país obcecadamente sensato, una nación impelida por una fuerza casi telúrica a tomar siempre la decisión correcta. Pero sobre todo estamos ante el fin de la primera gran fase del proyecto europeo.

Claves: la crisis, la campaña y los partidos
El triunfo del Brexit se ha debido a una multitud de factores, muchos de los cuales han sido totalmente circunstanciales. En primer lugar, y como ya indiqué hace unos días, la campaña se planteó de tal forma que cada vez fueron perdiendo más peso los datos y las recomendaciones de los expertos y ganándolo las cuestiones identitarias y sentimentales. En ese campo, los partidarios del Brexit, con su discurso xenófobo y patriotero, y con su visión simplista y falaz de lo que son la libertad y la autodeterminación, siempre iban a tener las de ganar. Máxime en un país que nunca se ha sentido del todo europeo.

En segundo lugar, se eligió hacer un referéndum en un contexto de grandes ansiedades económicas, sin pensar que esto podría potenciar las preocupaciones acerca de la inmigración o dar mayor fuerza a las cifras de las contribuciones brutas que hace el Reino Unido a la Unión Europea (los famosos 350 millones de libras a la semana; sin contar, claro, la devolución que negoció Thatcher, las inversiones europeas en infraestructuras en el norte de Inglaterra, las ventajas de pertenecer al mercado único…). Como podemos ver hoy, las ansiedades económicas no sólo funcionan a favor del statu quo, sino que también pueden conducir a un país a dar un gigantesco salto al vacío.

En tercer lugar, se eligió hacer un referéndum en un momento en que los dos grandes partidos se encontraban con unos liderazgos singularmente débiles. David Cameron nunca ha sido una figura de autoridad en el partido conservador; muchos de los suyos lo han visto siempre como un blando, un tonto útil, un niño telegénico que decidieron poner ante las cámaras cuando ya no sabían qué hacer para ganar unas elecciones a Tony Blair. Su esfuerzo modernizador era una estrategia para captar al voto centrista, no para transformar de veras a las bases históricas de su partido. Además, el anuncio de Cameron de que no optaría a una tercera legislatura menoscabó enormemente su autoridad en un partido que no funciona a base de dedazos. El oportunismo del ambicioso Boris Johnson y la habilidad de ministros como Michael Gove o Iain Duncan Smith han hecho el resto.

En el otro lado del hemiciclo, resulta evidente que el partido laborista ha entrado en un proceso de descomposición. Las derrotas electorales de 2010 y de 2015 y, sobre todo, la progresiva pérdida del voto escocés fueron interpretadas como una señal de que el laborismo se había alejado de las preocupaciones de sus votantes tradicionales. La reciente elección de Jeremy Corbyn como nuevo líder suponía un viraje muy arriesgado a la izquierda que, en teoría, lograría reconectar con los votantes de clase obrera. Pero la derrota del Bremain, por el que han hecho campaña tanto Corbyn como la plana mayor del partido, demuestra que la crisis es mucho más grave de lo que se podía imaginar.

Es verdad que parte del problema reside en el propio Corbyn, quien ha sido incapaz de sobreponerse a su euroescepticismo –muy influido por la crisis de la deuda griega– y movilizar a su electorado con un mensaje claro y unívoco a favor de la permanencia en la UE. Su campaña ha sido un gran y melifluo aspaviento. Pero también es cierto que en los votantes británicos de clase obrera se ha instalado un fuerte sentimiento anti-establishment, y que tienden, cada vez más, a ver al propio partido laborista como parte de ese establishment. Si unimos esto al previsible divorcio de Escocia, que votó abrumadoramente a favor de permanecer en la Unión Europea, y donde ya ha saltado Alex Salmond –con una velocidad casi olímpica– pidiendo un segundo referéndum de autodeterminación, resulta evidente que la estrategia Corbyn ha fallado. El divorcio entre partido y votantes es más visible hoy que nunca.
Sigue siendo un problema europeo

Sería un error, sin embargo, pensar que el Brexit ha sucedido solamente por dinámicas internas del Reino Unido. Todo lo contrario: el Reino Unido se ha perdido por lo equivocado de algunas de las premisas sobre las que se basó el proyecto europeo, al menos en esta primera fase que hoy llega a su fin. Premisas sobre las que debemos reflexionar si queremos que esta Unión tenga algún futuro.

Quizá el más claro de estos errores fue pensar que la dinámica de la integración económica bastaba por sí sola para unir a las distintas naciones de nuestro continente. La batalla del Brexit siempre fue una batalla cultural e identitaria; una lucha de reflejos y no de argumentos. Y, aunque resulte paradójico, el ser humano, como animal que es, entiende mucho mejor sus impulsos que su propia reflexión.

La integración económica fue un pegamento útil y duradero en una coyuntura histórica muy particular y muy favorable al desarrollo económico: reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría contra el bloque soviético, caída del comunismo y años triunfales del capitalismo. Es evidente que la coyuntura ha cambiado y que la integración económica no basta por sí sola para mantener unido a un continente tan plural y con partes constitutivas tan dispares como el nuestro.

Este será el gran desafío de nuestro tiempo: crear unas bases más sólidas para el proyecto europeo, unas bases cuyo eje central –en mi opinión– debe ser una identidad europea basada en el concepto de ciudadanía. El Brexit ya es un hecho y no tiene vuelta atrás. Ya lidiarán los británicos con las consecuencias de su decisión, y por el bien de aquel país espero que lo logren con el mayor éxito posible. Los que también tenemos que lidiar con las consecuencias de su decisión, pero desde el otro lado de la misma, deberíamos aprovechar el momento para construir una Unión más estable, cabal y duradera.

Pese a todo, Europa tiene futuro
David Jiménez Torres El Espanol 25 Junio 2016

Un referéndum puede ser la manera más sencilla de resolver un problema complejo. Un referéndum puede ser también la manera más sencilla de hundir tu moneda, de asomarte a una recesión, de abrir la puerta a tu desmembramiento territorial, de poner en peligro las relaciones con tus vecinos, de hundir a los dos principales partidos políticos y, lo que es más grave, de plantar las semillas del odio entre los distintos grupos que componen tu sociedad.

A la hora de reflexionar acerca de lo que ha sucedido en Reino Unido y qué nos indica acerca del mundo en el que vivimos, podemos perfectamente partir de la idea de que la democracia -dicho así, en general- no tiene la culpa de lo sucedido. Resulta evidente que la democracia es un instrumento, y que, como tal, se puede usar tanto para tomar decisiones sensatas como para arrojarse por un acantilado. Esto es cierto tanto en unas elecciones municipales como en un referéndum nacional.

Sin embargo, lo que ha sucedido en Reino Unido nos demuestra lo frágiles que son los cimientos sobre los que sostienen nuestras abigarradas y complejísimas sociedades democráticas, y lo destructivos que pueden resultar algunos de los procesos -como la toma colectiva de decisiones- que deberían mantenernos unidos. Y esto es algo que, acercándonos a la situación presente, nos obliga a pensar en los nuevos cimientos que permitirán al proyecto europeo sobrevivir a esta crisis.

En cuanto a la complejidad de los procesos de la democracia, es difícil exagerar la fuerza destructiva que el resultado -impecablemente democrático- del referéndum tendrá, a corto y medio plazo, en Reino Unido. El efecto más visible el viernes fue, por supuesto, el económico, con el desplome de la libra y de los mercados tras conocerse el resultado. Las principales figuras de la campaña del brexit se apresuraron a salir a la palestra en la mañana del viernes para explicar que esto eran problemillas coyunturales: a los mercados no les gustan las sorpresas, y en cuanto se les pase el susto todo volverá a la normalidad.

No deja de ser paradójico que quienes animaron a los votantes a desoír los consejos de los economistas -mayoritariamente favorables a la permanencia en la UE- pidan ahora que se haga caso a sus predicciones acerca del mercado bursátil. Pero además, su análisis se basa en la premisa de que el propio Reino Unido regresará pronto a una cierta estabilidad. Y esto no va a suceder.

No se trata solamente de la crisis de liderazgo en los dos grandes partidos, con la salida de Cameron y el descrédito de un Corbyn incapaz de convencer a sus propios votantes de que apoyaran la causa del bremain. Mucho más conflictivas prometen ser las ramificaciones territoriales: los nacionalistas escoceses ya han planteado la necesidad de un segundo referéndum independentista, con el argumento de que Escocia ha votado unánimemente a favor de permanecer en la UE y no debería tener que abandonarla por culpa del mayor peso demográfico de Inglaterra.

Más impredecible aún resulta la situación en Irlanda, donde habrá una gran resistencia ante el restablecimiento de una frontera “real” entre el Ulster y la República. Recordemos que el acuerdo de Viernes Santo sigue siendo bastante reciente (se alcanzó en 1998), y que hasta su firma los Irish troubles habían dejado un saldo de más de 3.500 muertos y cerca de 48.000 heridos. La sociedad norirlandesa sigue viviendo en una paz tensa, e incluso antes del referéndum ya empezaron a saltar las alarmas ante la posibilidad de que el brexit trajera consigo un regreso a la violencia.

Más intangible en cuanto a análisis cuantitativo, pero indudablemente real a nivel de calle, está la cuestión de la cohesión social. El voto a favor del brexit ha sido, mayoritariamente, un voto de rechazo a la inmigración proveniente de la Unión Europea. Esto no sale gratis: estamos hablando de comunidades muy grandes (sólo los polacos residentes en Reino Unido sobrepasan los 800.000) que han recibido de pronto esta bofetada de parte de sus vecinos, sus jefes, sus compañeros de trabajo, los otros padres del colegio de sus hijos.

Los líderes de la campaña del brexit pueden decir que no van a echar a los inmigrantes que ya están en el país, que sólo les preocupan los que podían llegar en el futuro: pero no serán pocos los que votaron esa opción con la idea de que debía tener un efecto retroactivo. Y ¿quién puede predecir la futura ira y frustración de estas mismas personas, quienes sin duda pensaron que una salida de la Unión Europea supondría un rápido cambio a mejor en su situación laboral? Todo esto por no hablar de las profundas divisiones generacionales y socioeconómicas que ha revelado el referéndum. Recomponer la cohesión social después de esto será una tarea titánica.

A estas alturas hay que precisar que nada de esto era necesario. El referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea no fue más que una jugada calculada de Cameron, quien creyó que los votos que le robaban los euroescépticos eran imprescindibles para ganar una mayoría absoluta. Por ¿un millón? ¿medio millón? de votos Cameron se apuntó al carro del referéndum; y por la ambición de convertirse en próximo líder del partido conservador, Boris Johnson decidió dedicar su talento a liderar la campaña del brexit.

Es, por tanto, profundamente naïf pensar que el resultado del referéndum se debe a un sentimiento latente que siempre estuvo ahí, establecer una teleología del Brexit y, por extensión, del euroescepticismo. Una victoria del 51.9%, cuando hace menos de un año la gente comprometida con la salida de la UE no llegaba al 40%, muestra que, de haberse realizado el referéndum en otro momento, en otras circunstancias o con una estrategia de campaña diferente, el resultado podría haber sido muy distinto. Esto, junto a todo lo ya mencionado, es lo que nos debe llevar a reflexionar acerca de la manera en que utilizamos los mecanismos democráticos.

Pero sin duda la cuestión más compleja a la que nos enfrentamos es la enorme fragilidad que ha mostrado el proyecto europeo. El brexit pone fin a muchas de las premisas y creencias sobre las que se ha cimentado la integración de nuestro continente. Durante décadas se pensó que la cooperación económica sería, por sí sola, el pegamento que iría erosionando de manera irreversible las divisiones provocadas por los nacionalismos y la xenofobia. Se ha repetido hasta la saciedad que el estado-nación se estaba vaciando, que vivíamos en la era posnacional. Y, a pesar de todo, el viernes Nigel Farage podía proclamar que en el referéndum habían ganado “la fe en la nación” y la Europa de “Estados soberanos”.

Hay que aceptarlo: a día de hoy la nación sigue ofreciendo, para la mayoría de ciudadanos europeos, una identificación sentimental mucho mayor que la que ofrece ese ente difuso que llamamos Europa y que hemos tratado de organizar a través de la UE. Esta es la batalla en la que se perdió realmente al Reino Unido para la causa europeísta: la batalla identitaria, el sentimiento de que pertenecemos a un todo que es mayor que las partes que lo componen, y al que, cuando vienen mal dadas, tenemos el deber de reformar y no de abandonar. Cierto que los británicos, por ciertas peculiaridades de su identidad nacional (como la obsesión con su propia insularidad), siempre iban a ser un hueso duro de roer para el europeísmo; pero el auge del euroescepticismo en otros países muestra que no se trata ni mucho menos de un caso aparte.

Ante esta encrucijada, creo que la única forma de dar una mayor densidad al proyecto europeo es precisamente reivindicarlo como una identidad. Esto resulta sumamente arduo en un continente tan irreductiblemente plural, en todos los aspectos, como el nuestro; es difícil saber por dónde empezar a la hora de reivindicar una cultura europea en la que todos nos podamos sentir reconocidos, o cómo sobreponerse a una historia que se divulga casi exclusivamente en base a guerras y masacres de unos contra otros.

Pero no debería ser imposible elaborar una identidad basada en la ciudadanía, en un concepto de pertenencia cívica que no se detiene ante las fronteras nacionales. Una aceptación de una serie de derechos y de deberes comunes que unen a norte y sur, este y oeste, en un proyecto del que todos debemos formar parte de forma activa y crítica. El voluntarismo sale gratis, por supuesto; pero, lo queramos o no, el rescate del proyecto europeo se ha convertido ya en un desafío histórico del que no nos podemos esconder.

*** David Jiménez Torres es doctor por la Universidad de Cambridge y profesor en la Universidad Camilo José Cela.

Brexit: ¿hacia una Europa más liberal?
La campaña no debería haber sido contra el Brexit, sino contra aquellos que pretenden instrumentar el Brexit y el Bremain para recortar las libertades de británicos y europeos.
Juan R. Rallo www.vozpopuli.com 25 Junio 2016

La mayoría de británicos votó ayer a favor de abandonar la Unión Europea. Se trata de la primera vez que un país se separa de ese proyecto de integración política llamado a constituir los “Estados Unidos de Europa”. Para muchos, nos hallamos ante una herejía que atenta contra el espíritu de los tiempos: lejos de avanzar hacia la irremisible unificación estatal, los británicos se han plantado ante la historia para conservar estructuras políticas más descentralizadas. Para otros, justamente por ello, el Brexit constituye una oportunidad para revertir la expansiva centralización administrativa que ha venido caracterizando a la Unión Europea durante las últimas décadas: olvidarnos de megalómanos Estados europeos y apostar, de verdad, por una sociedad y una economía europeas. Mas, por muchas oportunidades esperanzadoras que ofrezca el Brexit, no deberíamos soslayar los más que ciertos riesgos a los que también vamos a enfrentarnos a partir de hoy.

Las oportunidades del Brexit
La primera buena noticia que nos trae el Brexit es la de recordarnos algo que jamás deberíamos haber olvidado: la UE no es —ni debería ser— un Estado soberano que anule la autonomía de las unidades administrativas inferiores para imponer con mayor eficacia cartelizadora las preferencias de las élites gobernantes. La UE es —o debería ser— un club que se integre voluntariamente por los beneficios que proporciona a sus ciudadanos. El Brexit constata que éste no es un supuesto meramente teórico, sino real: a partir de hoy, otras sociedades podrán plantearse seguir ese mismo camino en caso de que la eurocracia bruselense continúe incrementando los costes de la permanencia (y, por ello, la propia eurocracia puede volverse más cuidadosa a la hora de avanzar hacia un exceso de integración política no deseada por la mayoría de europeos).

La segunda buena noticia del Brexit es que, a partir de hoy, se impone la necesidad de estudiar procesos de integración social y económica que no vayan de la mano de esos procesos de integración política. Son muchos los ciudadanos que identifican absolutamente Estado, sociedad y mercado (bajo la falaz idea de que los Estados crean las sociedades y estructuran los mercados). La globalización debería habernos demostrado que esto no es así: a saber, que la sociedad y la economía globales desbordan las estrechas fronteras de los Estados nacionales y que pueden, en gran medida, autoorganizarse al margen de sus políticos: en la actualidad, muchos de nosotros interactuamos más con personas o empresas “extranjeras” que con nuestros “compatriotas”, esto es, convivimos más con personas con las que no nos une ningún nexo político que con otras con las que estamos atadas por una misma “soberanía nacional”. Para todos aquellos que aspiran a globalizar la política para acotar y controlar la globalización social y económica —el socialismo paneuropeísta—, el Brexit es una mala noticia, pues socava uno de los mayores proyectos de cartelización estatal actualmente existentes (la Unión Europea) y nos empuja a plantearnos alternativas a la misma que son, precisamente, las que deberían haber constituido el ADN de la Unión Europea (libertad de movimientos de mercancías, capitales y personas sin una autoridad central que controle y regule esa libertad).

Y, tercero, el efecto dominó de la descentralización política no se detendrá en el Brexit: muy probablemente Escocia —en su mayoría pro-UE— reavivará sus pulsiones secesionistas de Gran Bretaña, mostrando así al resto de Europa que las fronteras estatales heredadas no son ni naturales ni inmutables, sino que deben adaptarse a las necesidades y preferencias de cada grupo social concreto. En lugar de imponer una mayor homogeneidad política ante la diversidad de opciones que nos ofrece la globalización, el Brexit bien puede contribuir a azuzar el imprescindible reconocimiento de que las estructuras estatales deben adaptare para respetar la heterogeneidad existente dentro de nuestras sociedades cada vez más plurales.

En suma, el Brexit supone un duro revés a la centralización reduccionistamente homogeneizadora de la política y una oportunidad para avanzar hacia formas de organización política autónomas más adaptables y cercanas al ciudadano. Por eso, muchos liberales celebran el Brexit frente a la tristeza de muchos socialistas cosmopolitas a fuer de supraestatalizadores. Sin embargo, sería del todo ingenuo pensar que el Brexit sólo nos ofrece oportunidades de mejora: los riesgos de empeoramiento son, al menos, igual de elevados.

Los riesgos del Brexit
Como hemos dicho, son muchos los que confunden Estado, sociedad y mercado: y de esa totalizadora identificación emergen los principales riesgos del Brexit. A la postre, si Estado, sociedad y mercado deben coincidir por la fuerza, entonces bien podríamos encontrarnos con un rearme proteccionista entre Reino Unido y el resto de Europa: esto es, bien podríamos encontrarnos con una improcedente identificación entre la autonomía política de Gran Bretaña y la autarquía social y económica de Gran Bretaña (o, en el lado europeo, identificar la salida de Reino Unido de la unión política europea con su salida de la unión económica y social).

No me cabe ninguna duda de que muchos de los que han apoyado el Brexit son peligrosos nacionalistas xenófobos antiinmigrantes: personas que han defendido el abandono de la Unión Europea como una oportunidad de oro para cerrar fronteras y replegarse ante la globalización. Tampoco me cabe duda de que muchos eurócratas tratarán de castigar la “traición” británica negándoles a los británicos todos los beneficios que lógicamente se derivan de su libre comercio y libre tránsito con el Continente. Lo peor que podría ocurrirnos ahora mismo es que vivamos un rebrote del nacionalismo antieuropeo y antiglobalizador (los viejos fascismos con nuevos rostros): es decir, lo peor que podría sucedernos es confundir europeísmo con unioneuropeísmo y, en consecuencia, anti-unioneuropeísmo con anti-europeísmo. Justo por ello, muchos liberales confiaban en que Reino Unido permaneciera en la Unión Europea: porque preferían la certeza de un socialismo supraestatalizador al riesgo de un fascismo nacionalista.

Se requerirá de mucha pedagogía y altura de miras para disociar integración política de integración social y, por tanto, para que la visión liberal de la sociedad triunfe sobre los instintos fascistoides de muchos británicos y europeos: pedagogía entre una población demasiado poco liberal en demasiadas ocasiones y altura de miras entre unos políticos que deberán reconocer que, en el fondo, no son necesarios (esto es, que los beneficios que hoy nos proporciona la Unión Europea pueden mantenerse sin la estructura política que hoy representa la Unión Europea).

Por eso, el Brexit sí abre un período de incertidumbre en el que, obviamente, los mercados financieros temblarán: una pugna entre primitivos instintos comunitaristas y modernos valores liberales. Si aprovechamos el Brexit para descentralizar intensamente la administración al tiempo que mantenemos la globalización, entonces avanzaremos hacia un mundo mucho más libre y próspero; si, en cambio, el Brexit da alas a los populismos nacionalistas antiglobalización, entonces el desastre social y económico derivado del Brexit puede terminar siendo mayúsculo.

Así pues, las consecuencias del Brexit, para bien o para mal, dependerán de la nueva arquitectura institucional europea que comience a tejerse a partir de este día 24 de junio de 2016. El futuro pertenece a los valientes y, a mi juicio, sería un error típicamente conservador perseverar en la defensa de un statu quo subóptimo por blindarnos frente a cualquier riesgo de empeoramiento: pero debemos ser conscientes de que ese riesgo existe y de que es ahora cuando debemos extremar los esfuerzos por combatirlo. La campaña no debería haber sido contra el Brexit, sino contra aquellos que pretenden instrumentar el Brexit y el Bremain para recortar las libertades de británicos y europeos. Ni socialismo supraestatalizador, ni fascismo nacionalista y proteccionista: liberalismo cosmopolita y respetuoso de la autoorganización política descentralizada.

Análisis a pocas horas del 26J. ¿Hay diferencias (de calado) entre PP, PSOE, Podemos y C's?
El Brexit ha puesto otra vez sobre la mesa el consenso entre los cuatro grandes partidos: todos son contrarios. Ocurre también con el sistema autonómico, los valores morales, la visión del pasado...
Gaceta.es 25 Junio 2016

El Reino Unido ha decidido, vía referéndum, abandonar la Unión Europea. El temido ‘Brexit’ se ha producido. Temido por la práctica totalidad de los partidos políticos españoles. No hay en el Partido Popular, el PSOE, Ciudadanos o Podemos ninguna propuesta que invite a los españoles a abandonar la Unión. De entre los cuatro grandes algunos son más entusiastas de Bruselas –PP, POSE, C’s- y otros lo son menos. Pero Podemos no es, al menos formalmente, un partido eurófobo. Ni siquiera euroescéptico. Ningún partido se replantea recuperar soberanía cedida a Bruselas. Hay consenso respecto a este asunto, que no es menor, pero no es el único.

Principio de Mínima Diferenciación
Existe en economía un principio, llamado de Mínima Diferenciación, según el cual cuando dos o más empresas compiten por un mismo mercado sus propuestas comerciales tienden a volverse cada vez más similares. El objetivo es mantener el mayor mercado posible. Es una fórmula garantista que busca evitar riesgos de diferenciación innecesarios. Podría decirse que ocurre lo mismo con el actual panorama político español (no así en otros lugares de Europa), en el que tres de los cuatro grandes partidos orbitan entorno al centro político y el cuarto, Podemos, busca ampliar su mercado asumiendo postulados ‘socialdemócratas’.

Todos de acuerdo en ceder 'toneladas de soberanía'
Tampoco ninguno de los cuatro grandes partidos ha hecho propuesta alguna orientada a recuperar competencias cedidas ‘hacia abajo’, esto es, hacia las regiones. Ningún partido osa en España reclamar músculo para el Estado. El sistema autonómico es hegemónico e indiscutido en la clase política española. Las encuestas, por el contrario, describen un panorama en el que casi uno de cada tres españoles apuesta por un Estado Central sin autonomías. Y otro veinticinco por cien pide recuperar algunas competencias.

En realidad para ninguno de los partidos España y su dimensión nacional son grandes valores-fuerza. La cultura española, y aún más la tradición local, está siendo sustituidas por la corriente globalizadora de matriz anglosajona sin resistencia por parte de los poderes públicos. En realidad España, la nación, resulta un artefacto incómodo de manejar y que es mejor diluir por arriba hacia Europa (Margallo habló de ceder “toneladas de soberanía”) y hacia abajo en una espiral de regionalización y localismo sin fin.

El relato compartido de la Guerra Civil
El Partido Popular no anuló la ley de la memoria histórica socialista que establecía un relato unívoco sobre la Guerra Civil y la dictadura y que comparten también los nuevos partidos. Y algo similar ocurre respecto del terrorismo. La política popular ha sido por completo continuista y consolida una “paz sin vencedores ni vencidos” y con las formaciones proetarras representadas en las instituciones y con posibilidades de acceder al poder en el País Vasco. Sólo la corriente encabezada por Jaime Mayor Oreja y María San Gil se atrevió a discrepar públicamente pero ambos han sido colocados a espuertas del sistema.

El 'consenso socialdemócrata'
El Estado llamado ‘del bienestar’ tampoco es objeto de debate por ningún partido. Sanidad y Educación financiadas con dinero público, Seguridad Social o pensiones son conceptos que los grandes partidos asocian al concepto de democracia mismo. No son negociables y no deben discutirse tampoco fórmulas alternativas. Ni siquiera complementarias. Es cierto que el PP y C’s toleran iniciativas privadas en Sanidad o Educación, y PSOE y Podemos son algo más escépticos, pero en modo alguno discrepan de lo nuclear del sistema.

Todos desprecian el papel de la mujer en el hogar, visto como primitivo, y del hogar en la educación de los hijos. Es el Estado, a su juicio, el motor de socialización y el responsable de proveer de cultura y conocimiento a los niños. Una formación, por supuesto ajena a la tradición cristiana que ha conformado Europa y Occidente.

El conocido como ‘consenso socialdemócrata’ lleva a que los cuatro grandes partidos puedan intercambiarse las posturas relativas a la ideología de género sin que el elector perciba nada extraño. Con ligeros matices, ocurre lo mismo con el aborto. O con el matrimonio homosexual. Ninguna de ellas fue derogada por el Partido Popular. Muy al contrario, Rajoy las asumió y hoy forman parte, mutatis mutandi, de su programa electoral.

¿Puede subsistir la democracia en España?
Pío Moa  www.gaceta.es 25 Junio 2016

**Blog II: La Revolución francesa como estallido contra la civilización: www.piomoa.es
**Cita con la Historia: Franco, Hitler y Mussolini. https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8
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--Dice ud que La guerra civil y los problemas de la democracia es el último libro de historia que escribe...
--Último libro de historia sobre la guerra o la historia reciente de España, creo que sobre esos temas lo esencial está ya aclarado por mi parte y nadie ha podido rebatirlo. También dejo los libros de investigación histórica. Para finales de año espero publicar Introducción a la historia de Europa, un libro de síntesis, y pienso en otros dos de divulgación sobre la Reconquista y el Siglo de Oro español, recogiendo la mayor parte del material publicado en Nueva historia de España. Pero desde este verano me dedicaré más a la novela y el ensayo.

--¿Cómo ha ido su novela Sonaron gritos y golpes a la puerta?
--No muy bien. La gente se retrae porque cree que un historiador no puede hacer buenas novelas, y en general creo que es verdad, aunque hay excepciones. Las reseñas que han publicado Aquilino Duque, premio nacional de literatura, y otros que la han leído, me animan a creer que mi caso es una de esas excepciones. Estoy contento de la novela. Hoy se publica mucha literatura trivial, y esta no es de esas. En fin, era un reto, y espero que mucha gente termine abandonando sus prejuicios y la lea.

--Volvamos a su reciente libro. Su última parte la dedica ud al debate sobre la guerra civil. ¿Ha habido debate realmente?
--El debate lo he mantenido casi exclusivamente yo, trayendo un poco de la oreja a otros historiadores renuentes a debatir. Yo me preguntaba: “si la guerra civil es una cuestión tan abierta a interpretaciones contrarias, ¿por qué no acaban de aceptar la discusión civilizada?”. Creo que hay tres razones principales: la primera, que mis libros, si son correctos, derrumban casi todas las interpretaciones hoy dominantes, por lo que quienes han hecho su carrera y prestigio con ellas se sienten un poco en peligro y prefieren el silencio. Una segunda es que se sienten evidentemente incapaces de refutar lo que he escrito, y para disimularlo adoptan posturas de desdén un poco infantiles. Y hay una tercera más lamentable y es el bajo nivel general de la historiografía académica española. Con las debidas excepciones, pero excepciones. Se ha criticado muchas veces los defectos que esterilizan la labor intelectual independiente y crítica en la universidad, y el problema no acaba de tener solución. La propia ausencia de debate cuando hay tantas cosas debatibles ya demuestra claramente lo mortecina que es la vida intelectual española. Es una lástima. Por eso el debate es unilateral: he tomado libros y artículos de muy diversos autores y los he confrontado con los hechos conocidos o con la simple lógica, mostrando a qué grado sorprendente de contradicción llegan. En el libro solo están unas cuantas de esas críticas, para no alargar el texto.

--La democracia. Contra la tesis dominante, ud afirma que la democracia no jugó ningún papel en la guerra.
--Es evidentísimo que no. Ni uno solo de los partidos del Frente Popular era demócrata. Ni uno. Y tampoco las elecciones que utilizaron izquierdas y separatistas para tomar el poder fueron democráticas. A partir de ahí, sostener lo contrario convierte la historia en una inmensa patraña, y en eso estamos. Tampoco los nacionales eran demócratas. La mayoría de la derecha tenía un pasado liberal, pero no democrático. Temía la democracia porque pensaba que degeneraría en demagogias. La experiencia de la república fue desde el principio caótica, demagógica y violenta, y ello convenció a casi toda la derecha de que no solo la democracia, sino el propio liberalismo, abrían paso a la revolución y la desmembración de España. Además, en toda Europa estaba en crisis la democracia liberal.

--Sin embargo, ud plantea lo esencial y nuevo de su libro como un estudio sobre la democracia en España.
--Vamos a ver, esa cuestión se planteó por sí sola cuando las potencias anglosajonas, aliadas con el totalitarismo soviético, vencieron a las potencias fascistas. Entonces todo el mundo pensó que el régimen de Franco iba a ser barrido de un soplo por los vencedores, por Stalin y los anglosajones. Pero el régimen se mantuvo contra viento y marea. ¿Por qué? Porque casi nadie quería volver a la experiencia republicana, y menos aún al Frente Popular, y una mayoría rechazaba que desde el extranjero se impusiera a España la política interior. Por tanto, la gran mayoría del pueblo apoyó activa o pasivamente al franquismo, y los anglosajones fueron entendiendo que meterse en España era una aventura peligrosa en una Europa en ruinas, que podía provocar guerras civiles en España y fuera del país, para beneficio de los soviéticos. Así que el régimen pudo derrotar un aislamiento internacional realmente delincuente, porque trataba de sumir al país en un hambre masiva. Estas cosas las he tratado más detenidamente en Los mitos del franquismo.

--Entonces, la pregunta sigue en pie: ¿qué tiene que ver la democracia?
--Como en España no existe en la derecha ni en la izquierda un pensamiento democrático, se piensa que la democracia es una panacea, una palabra mágica a la que cada partido le da un sentido diferente. La democracia es un régimen históricamente muy reciente, aunque tenga algunos precedentes antiguos. Ha funcionado bien en unos países y mal en otros, porque exige unas condiciones determinadas para asentarse y no crear un caos. Estas condiciones son básicamente cierta prosperidad, una clase media amplia y escaso radicalismo de la gente. Estas condiciones faltaban por completo en la república, que aumentó mucho la miseria y sembró unos odios políticos feroces. ¿Qué tiene que ver entonces la guerra con la democracia? Esto: los vencedores mantuvieron la unidad de España, las bases de su cultura cristiana, la propiedad privada y la economía de mercado. Con ello los viejos odios fueron desapareciendo, la sociedad prosperó como nunca antes (o después, por cierto) y se abrieron posibilidades de una democracia sin las convulsiones de la república. La obra del franquismo fue realmente ingente, y es necesario que se reconozca, si queremos regenerar la democracia.

--¿Por qué, entonces, la izquierda se identifica con la república?
--No con la república, con el Frente Popular, que es mucho peor. La izquierda y los separatistas. Se identifican porque nunca fueron demócratas. El franquismo no tuvo oposición democrática, sino la totalitaria de comunistas y terroristas. Y esos partidos están corroyendo y corrompiendo la democracia porque no han aprendido nada de la historia. Se niegan a aprender. Recuerde además que la transición a la democracia no la hicieron esas izquierdas y separatistas, que habrían vuelto a crear un caos. La hicieron los franquistas y desde las instituciones franquistas, aunque luego dejaran el terreno de las ideas a los otros. Escupiendo sobre las tumbas de sus padres y abuelos, hay que decirlo. Eso es también corrupción, una corrupción más profunda que la económica.

--Bien, si en la derecha y en la izquierda no existe un pensamiento democrático, ¿es viable la democracia en España?
--Es viable por las condiciones generales históricas, pero lo está haciendo muy difícil la orgía de demagogias y mediocridad que hoy vivimos. En el libro examino unas cuantas ideas corrientes, pero ficticias, sobre la democracia, que parten de la idea de que la democracia es lo que significa etimológicamente: el poder del pueblo. El pueblo jamás ejerce el poder, eso es un sinsentido. Siempre lo ejercen pequeños grupos, oligarquías, en todos los regímenes porque, por definición, el poder se ejerce sobre el pueblo. Este no tendría sobre quién ejercerlo. Además no existe un pueblo con ideas e intereses únicos, sino que en su seno pululan mil ideas, intereses, aspiraciones, sentimientos etc, que son opuestos o al menos diversos. Lo que distingue a la democracia es que los oligarcas que realmente ejercen el poder son elegidos en votaciones, por sufragio universal libre. Para que sea libre es preciso que existan libertades políticas y suficiente separación de poderes para impedir que un partido, una vez en el poder, utilice los instrumentos del estado para aplastar o eliminar las libertades de los demás. En España y Latinoamérica se ha solido entender la democracia como el derecho del ganador de unas elecciones a hacer lo que quiera, que entre otras cosas suele ser robar. Por eso suelen ser democracias bananeras, y en España vamos en esa dirección a paso rápido.

-- Su concepto de la democracia no es el habitual...
--No puede serlo, porque, repito, aquí no existe pensamiento democrático, o solo de forma rudimentaria. Casi nadie se da cuenta de que, no solo la democracia puede hundirse entre demagogias, sino que su propia dinámica puede llevar a una forma nueva de despotismo, aun guardando los aspectos formales de la democracia. De eso ya advirtió Tocqueville, uno de los más grandes pensadores políticos europeos. Sería un despotismo en el que el poder teóricamente “del pueblo” dictase hasta los comportamientos más íntimos del individuo para asegurar su “felicidad”. “Un poder que se parece a la autoridad paterna, solo que la autoridad paterna trata de preparar a los niños para la edad adulta, mientras que este “despotismo democrático” trata de sumir a la gente en una infancia permanente”. Algo así venía a decir. Y creo que hoy estamos asistiendo a ese fenómeno, en particular desde la burocracia de Bruselas, como también desde los partidos, los cuatro que se presentan a las elecciones, y de los gobiernos, tanto del PSOE como del PP. La infantilización de la sociedad es un fenómeno galopante. Me parece una locura cerrar los ojos a esa deriva.

--Si no es indiscreción, ¿a quién votará en estas elecciones?
--De votar, votaré a Vox. No es que me convenza demasiado, pero comparado con los otros cuatro que se presentan, parece otra cosa. Hay que dar una oportunidad a este país. El capítulo de "la guerra y la democracia" en que analizo el estado actual de la democracia en España me hace ser bastante pesimista, de todas formas. Tiene que haber una regeneración mucho más fuerte de la que por ahora se nota.

Apología del comunismo
Los últimos restos del naufragio socialista siguen cautivando la imaginación de millones de pijos occidentales, españoles sobre todo.
Jesús Laínz Libertad Digital 25 Junio 2016

En 1990, exactamente cincuenta años después de los hechos, Mijaíl Gorbachov admitió oficialmente que la NKVD había asesinado en 1940 a los miles de polacos enterrados en las fosas de Katyn, así como en las de Mednoye y Piatykhatky. Y dos años después Borís Yeltsin entregó al presidente polaco Lech Walesa los documentos firmados por Beria y Stalin en los que ordenaron aquella masacre.

Por el camino habían quedado ocultaciones de los gobiernos aliados para no entorpecer el esfuerzo de guerra contra Hitler, acusaciones falsas a los nazis en el juicio de Nuremberg y, sobre todo, confesiones arrancadas mediante tortura y varios oficiales alemanes ahorcados por un crimen que no cometieron.

Una minucia si se compara con el genocidio cometido por Stalin, en tiempo de paz y contra su propio pueblo, para meter en vereda a unos ucranianos que no mostraron todo el entusiasmo que hubieran debido ante el proceso de colectivización. Entre 1932 y 1933 murieron de hambre planificada por el Estado alrededor de tres millones de personas en lo que posteriormente sería bautizado como Holodomor ("matar de hambre" en ucraniano), uno de los episodios más espantosos de toda la historia de la Humanidad y que, sin embargo, casi nadie conoce. Y podríamos continuar con el horror del gulag soviético, con las decenas de millones de muertos a manos de Mao o Pol Pot y con mil y una maravillas más de la ideología política ganadora de la medalla de oro en producción de cadáveres. Pero todo esto no son más que unas breves notas al pie en una historia de los crímenes políticos casi monopolizada por los de los regímenes antagonistas del comunismo, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial.

El eximio historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, antiguo militante de los partidos comunista y socialista, resumió así este curioso desequilibrio:

Existe una amnesia hacia el pasado del comunismo, mientras que sobre el nazismo y sus secuelas, tanto las reales como las supuestas, lo que domina es la hipermnesia.

¿Cuáles son las causas de este desequilibrio? Le Roy Ladurie señaló que mientras que los campos nazis fueron fotografiados y publicitados por los vencedores de 1945, ningún ejército extranjero llegó a derribar y filmar el gulag soviético. A ello habría que añadir que los crímenes nazis fueron condenados con efectos universales y perdurables en el Juicio de Nuremberg, mientras que los de sus victoriosos enemigos fueron olvidados o al menos justificados. Finalmente, del mismo modo que las películas de John Wayne han hecho más por la consolidación de la nación estadounidense que todos los artículos de su Constitución, Hollywood lleva setenta años sacando jugo a la victoria sobre el nazismo, mientras que Katyn y el Holodomor no han tenido ni un Gerald Green que los novele ni un Stanley Kramer que los juzge ni un Steven Spielberg que los eleve a la cima del Oscar.

Por todos estos motivos el totalitarismo fascista, que cometió el insuperable error de perder la guerra, ha sido condenado a la ignominia eterna mientras que el totalitarismo socialista, que tuvo la suerte de estar en el bando vencedor, sigue gozando de una respetabilidad inmerecida. Y no sólo por sus enormes crímenes, sino también por tratarse de unos regímenes que tuvieron que levantar un muro, no para defenderse de los enemigos exteriores, sino para impedir que el paraíso proletario se les vaciara; y que, finalmente, acabaron derrumbándose por su propia ineficacia e injusticia.

A pesar de todo ello, los últimos restos del naufragio socialista, la estrábica China capitocomunista, la alucinante Corea, la paupérrima Cuba y la esperpéntica Venezuela, siguen cautivando la imaginación de millones de pijos occidentales, españoles sobre todo, de ignorancia sólo superada por su irresponsabilidad.

Lo trágico de este inconmensurable disparate es que la gran mayoría de incautos sólo acabarán dándose cuenta de su error cuando ya no haya curación para los males causados.

www.jesuslainz.es

La feroz crítica de “Loquillo” al nacionalismo catalán por pasar página con ETA
esdiario 25 Junio 2016

“La paz de los cementerios”, con este contundente título publicaba el cantante una opinión en la que recordaba la “olvidada” matanza, para vergüenza de algunos, de la masacre de Hipercor.

José María Sanz, más conocido por su mote artístico Loquillo, ha publicado esta semana un artículo de opinión, en El Periódico de Cataluña, en el que podemos leer un desgarrador recuerdo del atentado de la banda criminal ETA en el Hipercor de Barcelona. El cantante además crítica a los nacionalistas catalanes, después de haber paseado a Arnaldo Otegi por las instituciones y a su empeño en hacernos “pasar página” de terribles atentados como el que le ocupa al cantante en su reflexión.

Loquillo remueve conciencias con su texto situando a los lectores en el día del atentado “era 19 de junio de 1987, Mis problemas con las mujeres apuntaba maneras, el éxito nos esperaba a la vuelta de la esquina. Cuando llegamos al hotel, la cocina estaba cerrada. No eran tiempos de room service. Entramos en un bar cercano y al traspasar el umbral la televisión nos escupía sin pudor la cara del horror. En la frontera entre el final de la inocencia y el gran business, el atentado de Hipercor nos quitó a muchos la venda de los ojos”.

Tras la inicial composición de lugar, el artista catalán incidía en su recuerdo personal sobre el terrible atentado "recuerdo el instante como si fuera ayer, quién no. La rabia, la impotencia, el flashback de un apartamento a cien metros del establecimiento que vio pasar el final de mi adolescencia. ¿Cuántas veces me había cruzado con cualquiera de las víctimas que ahora eran evacuadas en ambulancias rodeadas de humo? Gente del barrio, héroes de clase obrera, inútilmente asesinada por unos indeseables puestos hasta arriba de furor patriótico".

"Han pasado 29 años de aquel horror. Los 21 muertos que dejó la tragedia siguen muertos, los 45 heridos, estigmatizados, porque hay heridas que no cicatrizan jamás. Y las víctimas. ¿A quién le importan? Hay que pasar pagina, dicen. No hay que remover el pasado. Y así, el ciudadano recibe los golpes de la intransigencia, del odio ancestral o del reparto de poder y siendo totalmente prescindible, está obligado a pasar página. ¿Conocen aquello de que el mayor invento del diablo ha sido hacer creer que no existe?", lamenta Loquillo en su contundente artículo.

Y concluye: "Veintinueve años después del atentado de ETA, las familias y amigos de los afectados por la masacre de Hipercor siguen levantándose por la mañana, sacando sus vidas adelante y llorando a sus muertos que solo han conocido una paz, la de los cementerios".

Cien años con Bernard Lewis
Sigue con nosotros un autor tan influyente como malinterpretado.
José María Marco Libertad Digital 25 Junio 2016

En 1985 yo trabajaba algunas tardes en San Fernando de Henares, una ciudad cercana a Madrid. Una noche, habiendo cogido el coche para volver, me encontré metido en un atasco monumental a la entrada a la autovía de Barcelona, dirección Madrid. Lo supe cuando llegué a casa: había pasado por delante del escenario del primer gran atentado islamista en Europa, el restaurante (o lo que quedaba de él) El Descanso, un lugar frecuentado por los soldados norteamericanos de la base de Torrejón, aunque en aquel atentado, por lo tardío de la hora, sólo murieron españoles: 18, y más de 80 resultaron heridos.

Entonces, a pesar de la revolución en Irán –y de vivir en un país que debía haber conocido mejor el islam–, seguíamos teniendo pocas referencias acerca de la yihad y la violencia. Luego todo cambió y en los años 90 la ofensiva cobró perfiles más y más concretos, hasta llegar a los ataques del 11-S y del 11-M, otra vez en Madrid. A lo largo de todo aquel tiempo, hubo algunos libros que a muchos nos empezaron a servir de guía para intentar comprender algo de lo que estaba ocurriendo. Entre ellos estuvieron, desde muy temprano, los de Bernard Lewis. Muchos recordarán ¿Qué ha fallado? (2001), un ensayo corto que intentaba esclarecer qué había ocurrido para que desde el fondo mismo del islam surgiera aquella monstruosidad, y La crisis del islam. Guerra santa y terrorismo (2003), otro éxito mundial que sintetizaba en unas 150 páginas la larga y complejísima historia de las relaciones entre el islam y Occidente, intentando comprender la historia desde una perspectiva interna al mundo islámico.

La rapidez y la solvencia con la que Lewis respondió a una demanda generalizada se entiende si se tiene en cuenta que ya en 1976 había publicado un ensayo, titulado "The Return of Islam", en el que explicó la profunda tendencia a la reislamización que se estaba produciendo en lassociedades musulmanas. Lewis no predijo la revolución iraní de 1979, pero cuando llegó estaba listo para entender lo que estaba pasando. En 1990 publicó un ensayo fundamental, "The Roots of Muslim Rage", en el que se encuentran buena parte de las ideas que luego, después del 11-S, expuso con mucha mayor repercusión. Para quien había seguido la evolución de la situación, con el primer atentado contra el World Trade Center y los ataques contra objetivos militares y políticos norteamericanos, Lewis ya había dado claves relevantes. Por mucho que fuera Ben Laden, como él mismo señaló, el que le hizo famoso.

Para entonces, a finales de los 90, Lewis llevaba ya 60 años publicando estudios sobre el mundo musulmán. Empezó a finales de los años 30 y continuó luego con la investigación de los archivos imperiales otomanos, lo que le llevó a convertirse en el gran especialista occidental en historia de Turquía. (En sus memorias recuerda, como auténtico historiador que siempre ha sido, la felicidad casi infantil que sintió en 1950 cuando le dieron permiso para entrar en aquellos archivos casi inexplorados hasta entonces). Luego vinieron algunas de las mejores obras de síntesis sobre el islam, pero también sobre el conjunto de Oriente Medio, como el gran The Middle East (1995) y otras más específicas, como The Muslim Discovery of Europe (1982) o el estupendo Las identidades múltiples de Oriente Medio (1998). Sigue siendo recomendable El lenguaje político del islam (1988), un pequeño manual sobre un tema delicado, o el breve volumen que dedicó a la secta de los Asesinos (1967), que surge de su tesis doctoral dedicada a los ismaelitas, y modelo de claridad, síntesis y contextualización, gracias a lo cual el lector comprende el significado profundo de aquel grupo de radicales legendarios, predecesora de muchas otras, muy posteriores.

Entre los elementos fundamentales que Lewis destacó del islam están realidades que ahora, en buena medida gracias a él, nos parecen evidentes, aunque estamos aún muy lejos de haber apurado todas sus repercusiones. Una es la preeminencia de la religión en el islam, que hace muy difícil entender nada de lo musulmán si no se tiene en cuenta el hecho religioso. Y otra es la complejidad de la relación del islam con el cristianismo, debida, en parte, a la común raíz monoteísta de ambas civilizaciones y a su ambición común, única entre todas las religiones, de dominar el mundo.

Por eso, es decir por el esfuerzo por comprender el islam, resulta tan difícil de entender la polémica que le enfrentó a Edward W. Said después de que este publicara su estudio sobre el Orientalismo. Said se situaba en el horizonte postestructuralista, que en los años 70 –cuando el comunismo acababa de quedar desprestigiado con la invasión de Checoslovaquia, la publicación de Archipiélago Gulag y la revolución antiautoritaria– se esforzó por recuperar el marxismo en favor de las nuevas políticas de identidad, implicadas a la vez en una ofensiva antioccidental y antiliberal. (Sabemos en qué ha acabado, por ahora, todo esto). Desde esta perspectiva, Lewis, representante del orientalismo académico, habría contribuido a construir la imagen del musulmán que le interesaba al imperialismo occidental y sobre la que han fantaseado sus peones, artistas, ideólogos y universitarios. Said sugería una nueva emancipación postcolonial, la definitiva, que dejara atrás los arquetipos del orientalismo, un término que, en cualquier caso, ya estaba obsoleto en los años 70. (Entre los muchos intelectuales que suscribieron las tesis de Said está Juan Goytisolo, que firmó el prólogo a la versión española). Lewis, que había publicado una reseña crítica del estudio, reprochó a Said haber introducido la política, es decir la mala fe, en los estudios académicos, donde deben primar los criterios científicos, la libertad y la confianza en las bases universales del saber racional.

Son los fundamentos de toda su obra, que compagina la amplitud de conocimientos con la capacidad de síntesis y la sensibilidad para el detalle revelador, sorprendente y entretenido.Lewis también tiene el don de la ironía, que descoloca las posiciones demasiado consolidadas y obliga a volver a pensar lo que creemos que sabemos. Todo ello inadmisible, sobre todo para quien se cree en posesión de la verdad aunque niegue su existencia.

El caso es que, en contra de lo que sugirió Said –y con él buena parte del establishment universitario–, la obra de Lewis ha sido siempre una invitación a entender la realidad desde el punto de vista islámico (por ejemplo, el colapso de la Unión Soviética como una victoria de la yihad) y comprender la variedad y la complejidad del islam. En vez de apuntalar prejuicios, lo que hace su obra, tan profundamente humanista, es suscitar la curiosidad y la simpatía por una de las grandes civilizaciones de la historia. Es imposible seguir con los estereotipos sobre lo musulmán una vez se ha leído un par de libros suyos. Otro tanto se puede decir del grupo de orientalistas del que formó parte cuando dejó Gran Bretaña y se instaló en Estados Unidos (en la universidad de Princeton), y que contó, entre otros, al gran Elie Kedourie, más conocido en los países de habla hispánica por su ensayo sobre el nacionalismo. (Lewis se encargó de la edición de un magnífico The World of Islam –en el que participó Emilio García Gómez– paralelo al que Kedourie dedicó al mundo judío –The Jewish World–).

Como ya se habrá comprendido, Lewis, a pesar de su muy amplia obra académica, no se ha aislado nunca de la esfera pública. Siendo él mismo judío, sigue siendo de referencia su ensayo sobre el antisemitismo, Semites and Anti-Semites (1986), en el que compara el daño causado por Israel con los infinitamente superiores que han causado el colonialismo occidental o las luchas internas del islam, como la guerra entre Irak e Irán. En sus memorias narra los juicios a los que se enfrentó en Francia por haber afirmado que la represión contra los armenios por el Gobierno turco no fue un genocidio.

La más polémica de sus intervenciones fue su posición ante la intervención en Irak en 2003. Lewis ha recordado siempre que no respaldó la invasión, como sí había respaldado la primera guerra del Golfo. En cambio, proporcionó a la Administración Bush, y a quien quisiera escucharlo, argumentos que justificaban el intento de implantar un nuevo régimen en Irak. No es una posición fácil de comprender en alguien que conocía tan bien el mundo musulmán. Se entiende mejor si se tiene en cuenta el trasfondo liberal, y progresista, de Lewis, y su confianza en la capacidad del ser humano para mejorar. Lewis no siempre ha mantenido las mismas posiciones a este respecto. Por entonces llegó a pensar que en un país como Irak se podía construir, si no una democracia, sí alguna clase de régimen civilizado… eso sí, siempre que se respetaran las tradiciones musulmanas y no se quisiera imponer las occidentales.

Lewis ya no escribe, pero acaba de cumplir cien años. ¡Felicidades!

© Revista El Medio

Mínguez participa en el mitin tras ser liberado
VOX apela al 'voto responsable' ante la desidia de Mariano Rajoy
Los dirigentes de VOX han utilizado en su acto final de campaña uno de los bloques de hormigón que Picardo arrojó al mar en 2013, y que Abascal y Ortega retiraron en 2014.
A. B  www.gaceta.es 25 Junio 2016

El presidente de VOX Madrid, Nacho Mínguez, ha participado en el acto final de campaña de la formación en la calle Juan Bravo 42 confluencia con calle del General Pardiñas, en el que han intervenido Santiago Abascal, candidato a la Presidencia por VOX, José Antonio Ortega Lara, Amando de Miguel y Rocío Monasterio. Mínguez, detenido en Gibraltar, ha agradecido el apoyo de los afiliados y ha señalado que "recordar que era del partido de Ortega Lara -secuestrado durante 532 días por la banda terrorista ETA- le ha ayudado a aguantar durante su estancia en la cárcel".

El líder del partido y candidato a la presidencia del Gobierno, Santiago Abascal, ha censurado que Mariano Rajoy "no defienda a la patria en Cataluña" y que haya basado su acción de Gobierno en la economía "como si sus votantes no tuvieran valores ni principios". “Se ha demostrado que son inútiles con 186 y con 123”, ha dicho. En este sentido, ha reiterado que "VOX está para representar a la España que no se siente representada".

José Antonio Ortega Lara ha culpado de la nueva convocatoria de elecciones a "los dos grandes partidos antes llamados nacionales por poner el sistema a su servicio". "Los que nos han traído hasta aquí son los que rindieron al Estado de Derecho ante los terroristas y financiaron los separatismos”. Además, ha recordado que "los únicos méritos del comunismo durante el siglo XX son más de 100 millones de muertos, horror y miseria” y ha pedido el voto para VOX por ser el "voto útil y responsable por el futuro de España y de las generaciones venideras”.

Rocío Monasterio, número 2 del partido al Congreso, ha señalado que en VOX están los que "se niegan a elegir entre el mal -los enemigos de España- y el mal menor -los que se sientan con ellos-”. “Nosotros queremos una España que defienda la cultura de la vida y que permita a los padres elegir la educación de sus hijos en español. Nos negamos a elegir entre los que defienden la propagación de la miseria y los que nos endeudan”, ha dicho.

Los miembros de VOX se han dirigido a los asistentes desde un escenario acompañado por uno de los bloques de hormigón que Gibraltar arrojó al mar en 2013 para impedir que los pescadores españoles pudieran faenar en la Bahía de Algeciras, aguas jurisdiccionales españolas, y que Santiago Abascal y Javier Ortega retiraron en el verano de 2014 para demostrar al Ejecutivo de Rajoy que algunos españoles estaban dispuestos a tomar cartas en el asunto.

Mínguez ha sido liberado este viernes en Gibraltar tras ser acusado de alteración del orden público por desplegar una bandera española en el Peñón. La liberación ha llegado despues de que el equipo jurídico de la formación presentara una denuncia contra Fabián Picardo, ministro principal de Gibraltar -con domicilio en la Urbanización Sotogrande, en Cádiz- y al Jefe de la Policía Royal Gibraltar Police en la Fiscalia por delito electoral (art 139.7 de la LOREG) y por delito de detención ilegal.

12 plataformas los defenderán
Más de 16 millones de españoles sufren discriminación lingüística
Jorge Campos y Gloria Lago, promotores de Castellanohablantes, abordan en GACETA.ES los objetivos de esta nueva asociación.
R. Moreno  www.gaceta.es 25 Junio 2016

Castellanohablantes nace por la necesidad de dar una solución nacional a un problema nacional: más de 16 millones de españoles sufre una discriminación lingüística si su lengua es la oficial del Estado. Así lo relata a GACETA.ES Jorge Campos, presidente de Círculo Balear y promotor de esta nueva entidad, que engloba a 12 plataformas.

“Algunos lo padecemos directamente porque vivimos en comunidades con lengua cooficial, pero el problema se hace extensivo de forma indirecta a todos los españoles, ya pueden acabar viviendo en alguna de estas comunidades”, añade Campos, que hace un año trasladó al Rey el calvario que padecen en Baleares.

Indica que “esto que parece una aberración es la realidad que se vive en los sectores públicos: administración y educación principalmente”, y que cualquier comunidad con lengua cooficial “acaba aplicando políticas nacionalistas excluyentes para acabar con todo lo que tenga relación con España”.

“Hace ya unos años que venimos impulsando iniciativas nacionales en este sentido, y siempre surgen desde la sociedad civil independiente. Es muy triste que los partidos mayoritarios o con opciones a tener actualmente representación parlamentaria no contemplen en sus programas electorales una solución, con medidas concretas y prácticas a esta situación única en Europa”, explica Campos y dice que Castellanohablantes va a intentar comprometer a los partidos en este sentido.

Destaca que el caso de Baleares es más complicado aún, ya que además de la exclusión del español en la educación y en la administración, se impone un catalán que intenta sustituir a la lengua balear. “En Baleares sufrimos una doble discriminación y todo ello con una intención política: Utilizar el catalán como instrumento político de adoctrinamiento para crear la entelequia de los llamados países catalanes”, denuncia.

Subraya la importancia de contar con la solidaridad de todos los españoles ante esta problemática y no sólo de los que viven en esas comunidades. “Sólo así conseguiremos que los partidos se comprometan en su solución”, resalta Camois, y hace hincapié en que “si no solucionamos este problema, nos jugamos el futuro del país”.

“Hace años que lo venimos advirtiendo y todo se va cumpliendo paso a paso: Primero cooficialidad, después inmersión obligatoria en la lengua regional, exclusión del español de todos los ámbitos públicos y utilización de las otras lenguas españolas como instrumento de separación entre españoles”, remacha este promotor de Castellanohablantes, que hace un llamamiento de unidad a la comunidad hispanohablante “en esta lucha por la justicia, la igualdad y la libertad”

“La comunidad castellanohablante de España ha de despertar”, insta también Gloria Lago, otra promotora de esta nueva entidad, que no defiende idiomas, sino derechos de personas, y preside Galicia Bilingüe. “En primer lugar, pensamos que había que plantearle a los partidos políticos que cambiaran un poco el discurso de cara a la campaña electoral y que introdujeran éste tan importante, pero cuando vimos que además de las plataformas que solemos juntarnos habitualmente, de Cataluña, Baleares, del País Vasco y de Galicia, también había gente de Aragón y de Valencia con esta misma inquietud, pensamos que tal vez era mejor constituir algo para trabajar más a largo plazo”, relata.

Castellanohablantes persigue que los españoles que no padecen esta problemática les apoye, porque no es algo que afecta a unos como habitantes de otras comunidades con una peculiaridad, sino que es algo común a todos, y partiendo de ese planteamiento quiere conseguir que los poderes públicos tomen cartas en el asunto.

“Vamos a intentar recabar los máximos apoyos para hacernos oír, porque hasta ahora la voz de los únicos que se ha escuchado es la de los que intentan que la imposición de lenguas sea una realidad”, destaca.

Lago critica que lo que está pasando en las administraciones es inaceptable, donde “bajo el pretexto del fomento de unas lenguas se estén menoscabando derechos y, por ejemplo, se impida utilizar el español, uno no pueda ir un hospital en su idioma, como ocurre en tantos sitios, ni a una pastelería y que cuando uno va a una administración pública, a un Ayuntamiento o a una diputación y quiera ser atendido en español tenga que hacer una solicitud por escrito, que disuade a tantos”.

Recuerda que en la presentación de Castellanohablantes intervino una madre de Cataluña que ha pasado por unas circunstancias muy desagradables por pedir un 25 por ciento de enseñanza en castellano para sus pequeños, que es lo único a lo que se puede optar en Cataluña, y que tuvo que cerrar su negocio y le hicieron boicot a sus hijos. “Parece mentira que tengamos que ser nosotros quienes saquemos a la luz estas cosas, tendrían que ser los poderes públicos los que nos defendieran”, denuncia.

Cuenta que han pedido por escrito una reunión a los diferentes partidos que se presentan al 26-J porque consideran que “este problema lo están tolerando todas las formaciones”. "Hasta ahora les ha salido gratis porque los que protestaban eran los que siempre querían imponer, pero eso se acabó", añade.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

El PSOE ya no existe
Javier Orrico  Periodista Digital 25 Junio 2016

El Partido Socialista Obrero Español tuvo siempre dos almas. En la Guerra Civil, Besteiro, el moderado, el intelectual; y Largo Caballero, el sectario, el bolchevique. Sus reencarnaciones, durante la democracia de 1978, son Felipe González y Zapatero. A Felipe lo voté en el 82, aunque por entonces, jóvenes y radicales, votábamos al PCE y luego a IU, sobre todo desde el advenimiento de Iglesias, el bueno, Gerardo Iglesias, uno de los escasos políticos honrados que hemos visto en años.

Luego le dimos a Felipe hasta en el flequillo, curiosamente por todo lo bueno que hizo: integración en la OTAN, modernización, renuncia al marxismo, desarrollo económico liberal, reconversiones de sectores insostenibles, reforma de las pensiones? En fin, todo lo que nos llevó a aquella emocionante huelga general del 88, si no recuerdo mal, que yo viví en Madrid delante del Corte Inglés, en Preciados-Sol, como debe ser. Fue el día magnífico de la última manifestación antifranquista, que era donde nos habíamos quedado varados, mientras Felipe intentaba incorporarnos a la Historia.

Y todo esto no oculta sus muchos errores, la corrupción, la infame reforma educativa que aún nos aplasta, o el pacto vergonzante con el nacionalismo catalán que salvó a Pujol y entregó los votos obreros castellanohablantes a la burguesía hipócrita del PSC, cosas que han llevado a la actual situación de Cataluña dirigiéndose al Catalaxit, aquen todo habrá ya de quedarse en una nueva tanda de privilegios para los botiguers de Junts pel sí.

Pero Felipe hizo un PSOE de integración española, donde, mejor o peor, cabíamos todos, donde no imperaban el odio, el guerracivilismo, las trincheras y el resentimiento. Todo eso nos lo devolvió el gran Zapatero, el peor político y el mayor sembrador de cizaña que hayamos conocido. ¡Ah! los falsos humildes, los sepulcros blanqueados contra los que nos advertían en aquella ejemplar historia del fariseo y el escriba de nuestra infancia. Aún sigo sin comprender la fascinación que este impostor ejerció sobre España durante tantos años. En el único que la comprendo es en Pablito Iglesias.

Zapatero trajo de nuevo las dos Españas. Su estrategia fue, hay que recordarlo, un intento de aislar a media España y forjar una alianza eterna con el separatismo que le garantizara un gobierno milenario: fundar un nuevo régimen sin alternancia. No sé si les suena a un futuro quizás próximo.

Pero lo que se llevó por delante fue, paradójicamente, al PSOE. A aquel PSOE de González que sabía que la condición para perpetuarse no era escorarse hacia el abertzalismo y la extrema izquierda (recuerden a Zapatero autodenominándose ´rojo´: el lenguaje de la Guerra Civil y la trinchera), sino ofrecer soluciones y equilibrio para la mayoría. La tragicomedia la ha culminado un Sánchez incapaz de renunciar públicamente al zapaterismo, es decir, a Podemos, y reconstruir un PSOE español y socialdemócrata. Por ese orden. Su apelación al cambio, sin haberse enterado de que él y su partido son parte fundamental de las viejas y podridas estructuras que hay que cambiar, es de las cosas más patéticas que hemos visto en siglos.

Pablito Iglesias sí que lo ha entendido todo. Sabe que el zapaterismo fue su batiente y su origen: el rencor organizado y la necesidad farisaica de postularse como revolucionaria de una burguesía de profesores, funcionarios y señoritas progres. Como sabía, también, que con un poco de astucia le arrancaría al PSOE todo el voto largocaballerista, hasta acabar con él. Elogia a Zapatero para quedárselo. Ha conseguido lo que fue el sueño de todos los partidos comunistas de la historia: destruir a la socialdemocracia. Y lo que es más divertido: vestido con sus hábitos y bajo la advocación de sus monjes.

75 años y un mundo separan a Ruiz Gallardón de su suegro
Pascual Tamburri esdiario 25 Junio 2016

Los políticos de 2016 no son como los de 1941. Basta comparar la generación de Utrera Molina con la de Ruiz Gallardón. Y los hay peores.
En junio de 1941 el comunismo estuvo a punto de desaparecer del mundo. Decenas de miles de españoles lucharon contra él. Recordarlos hoy es para algunos delito. No para José Utrera Molina.

En estos días electorales de dudas, errores, traiciones, cobardías, incertidumbres y miedos, exactamente hace 75 años que la voz de un ministro hablo clara en Madrid. “Camaradas: No es hora de discursos. Pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la Muerte de José Antonio, nuestro Fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la opresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”. Ramón Serrano Súñer, recogido en el Diario Arriba del 25 de junio de 1941, daba así un cauce viable a la pasión militante de muchos jóvenes españoles de su tiempo y evitó además que el fervor anticomunista hiciese depender a España de Alemania. Principios y realismo, a un tiempo.

Hoy innombrable desde la supuesta corrección política, quizá porque nadie juegue a esos niveles de política. Desde luego, don Ramón Serrano Súñer no jugaba en el mismo nivel estético ni ético de su sucesor, el ministro en funciones y malas funciones Jorge Fernández Díaz. Pero de la decadencia moral –e intelectual, y profesional- de los políticos hay más de un ejemplo.

¿La URSS de Stalin es hoy un referente, un modelo o un Paraíso perdido para alguien? Sí para todo el submundo desde Podemos al PCE y de Bildu a los okupas. No debería ser así, y lo dice José Utrera Molina. “Yo tenía catorce años cuando me acerqué al Cuartel de Capuchinos de Málaga con la decidida intención de alistarme en las filas de la División Azul. El Brigada Espinosa, que tomaba nota, nos rechazó a mí y a un amigo con cajas destempladas por imberbes e insensatos. De eso hace ya muchísimos años. Desde entonces no he dejado de proclamar en todas las ocasiones donde me fue posible mi delirante devoción por aquel grupo de españoles sin tacha, que ofrecieron generosamente su vida por España combatiendo el comunismo. Todos eran jóvenes, apenas si habían cumplido los 20 años pero tenían el corazón henchido de patriotismo y la voluntad acorde con el coraje de los mejores soldados”.

“Tuve la ocasión de tener relación y amistad con muchos de los que partieron a Rusia, entre ellos el laureado Capitán Palacios, el Comandante Oroquieta, el inolvidable teniente Miguel Altura y así podría seguir y me faltaría la tinta para grabar sus nombres. No hubo en aquél grupo de espléndidos muchachos el menor afán de beneficio propio. Nada que no fuese ilustre movía las almas de aquellos españoles. Un afán limpio, no de aventura, sino de nobleza movía los resortes íntimos de sus jóvenes corazones. Yo los vi partir emocionado cuando se dirigían al frente. Todos con una sonrisa, todos con una canción, todos bajo una bandera… Fueron a la muerte cantando, algo incomprensible para aquellos que tienen la desfachatez, la indignidad y la desvergüenza de atacar ahora la memoria de esos españoles, la mayoría de los cuales reposan bajo las tierras de Rusia y de España”.

Quizá por su honradez y su sinceridad, Utrera a su muy avanzada edad ha merecido que desde la Argentina se pidiese en 2014 para él extradición, juicio y prisión perpetua, y no para los criminales comunistas de todo tipo y pelaje, de Cuba al KGB y de la ETA a Camboya. En el fondo, un honor.

Ya en sus memorias José Utrera Molina había dicho cosas que deberían haber hecho meditar a su yerno, antes ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón. Gallardón no quitó la Memoria Histórica, y el PP pudo hacerlo, como muchas otras cosas. Lo pidió en cambio el suegro en público desde ABC. Visto en el horizonte de estos 75 años y sus lecciones, él tiene razón.

“Aquellos 45.000 españoles escribieron algunas de las gestas más gloriosas de toda la historia del ejército español y causaron la admiración y el respeto de todas las naciones. Podría relatar hechos verdaderamente increíbles realizados por las gentes de la División Azul. No cabrían en un libro, ni en un anecdotario interesado. Desbordan todo límite, toda relación de prudencia que pudiera establecerse entre los que iban a combatir y a morir por España”.

“Hoy me dicen que alguien cuyo nombre no quiero ni siquiera nombrar aquí, ha ofendido a todos los que marcharon a la División Azul, incluidos los más de 5.000 muertos cuyos cuerpos quedaron para siempre en las heladas estepas rusas. Y una vez más, como haré mientras me quede algo de vida, no me resigno a permanecer callado. Desde mis casi noventa años alzo mi voz, levanto mis nervios, tenso mis ya frágiles músculos para denunciar esta infame provocación realizada por el jefe de esos que dicen llamarse Podemos”.

“Nosotros sí que podemos defender una bandera, podemos cumplir con nuestro honor, podemos envidiar la hermosa muerte de tantos jóvenes españoles y sublevar nuestro ánimo maltrecho contra los que cobardemente son capaces de herir, no ya a los muertos enterrados sino a aquellos que todavía tienen en su corazón un último latido en sus pechos combatientes. Admiro y lo proclamo con toda la fuerza de mi corazón a aquella fuerza militar que tanta gloria nos supuso. Aquel puñado de jóvenes que se adelantaron a su tiempo grabando en las picas de la posición intermedia el valor y la dignidad de toda una nación; que no tuvieron otro horizonte que el de honrar y enriquecer con sus pechos y con sus manos la eterna canción que nos consuela frente a tanta bellaquería e indignidad como la que estamos ahora presenciando”.

Y si ya está dicho, escrito y firmado, ¿qué mejor manera hay de recordar este aniversario heroico en la víspera de otro abismo electoral para España? Mucho más reconfortante y acertado que ver el nivel al que nos han colocado personajes más correctos, desde Fernández Díaz a Iglesias y de Otegui a Gallardón.
 


 


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