AGLI Recortes de Prensa   Viernes 1 Julio  2016

Mal de muchos, consuelo de gobernantes
J. L. González Quirós www.vozpopuli.com 1 Julio 2016

Aunque los sistemas electorales están hechos para facilitar la formación de Gobierno, es evidente que el nuestro ha tropezado por dos veces en la misma piedra: pese a su buen diseño, no ha servido para conseguir una mayoría clara, por algo será. Nuestros políticos poseen un remedio aparente ante tal frustración, el disimulo: todo el mundo parece estar contento, Rajoy porque no ha menguado, Sánchez porque no se ha ido todavía por el sumidero, Rivera porque sigue estando ahí. La excepción es Iglesias, al que todos hemos engañado un poco haciéndole creer que el batiburrillo organizativo, ideológico y festivo que nos estaba ofreciendo era el bálsamo de Fierabrás. Como ha escrito Manuel Muela, no sólo Rajoy puede continuar ufano, sino que nadie tiene que dimitir, o sea, que como siempre.

Un malicioso dicho de José María Pemán que retuerce el conocido refrán sobre la consolación de los tontos, y que da título a esta columna, enseña que los que mandan, pese a su mala fama, suelen conformarse con poco, les basta, generalmente, con que la sumisión general no se altere, con que se restablezca el título con el que nos gobiernan, y apenas cabe duda de que algo harán para que no se rompa el hechizo y sigamos confiando en sus muchas virtudes y capacidad de sacrificio. Lo van a tener difícil, sin embargo.

La sabiduría del rabino, dedicada a Rajoy
Una piadosa familia judía le pidió a su rabino remedio para las molestias que les acarreaba vivir en una vivienda extremadamente pequeña, y él les aconsejó que, para solucionarlo, metieran una cabra en casa; a la semana, acudieron de nuevo a su consejero para decirle que el malestar por la escasez de espacio no mejoraba, que incluso estaban algo peor. El rabino, tras pensarlo detenidamente, les pidió que acogiesen una segunda cabra, y la familia siguió el consejo, pero, como hubiera supuesto cualquier escéptico, tampoco experimentaron ningún alivio. Tornaron a pedir ayuda al maestro, y éste, una vez más, les recomendó dar cobijo a una tercera cabra, y volvió a recetarlo a la siguiente semana, hasta que en el pequeño habitáculo convivieron la atribulada familia y cuatro chivas que, supuestamente, resolverían el problema. Como la familia no acababa de encontrar alivio, pidieron nuevo auxilio al rabino que, tras meditar buen rato, les aconsejó que echaran a las cuatro cabras de casa y que volvieran a consultarle unos días después. Llegado tal momento, dijeron al rabino que ahora sí se encontraban muy a gusto, y éste les respondió que nunca le había fallado el remedio de las chivas.

Muchos españoles han aceptado el remedio de Rajoy, la amenaza de las cuatro cabras podemitas, y han suspirado aliviados al ver que los prolíficos chivos no se hacían con el control de la vivienda. Ahora pasará un tiempo hasta que los ciudadanos comprueben lo estrecha que sigue siendo la casa, lo difícil que será poner remedio a una división que ahonda sus raíces en la manera española de hacer política, y en la manera crédula con la que los electores aceptan la mercancía que se les despacha. No es fácil decir qué es primero, si el huevo de la obstinación ciudadana o la gallina de la polarización partidista, un juego que puede dejar a quien pretenda, tal que Ciudadanos, colocarse por encima de esta tensión incesante entre el Bien y el Mal, con el cuello dislocado y la mirada extraviada: les ha pasado antes a otros, y no menores.

Un Gobierno improbable
Los grandes políticos suelen tener pocos miramientos con los números, no pierden el tiempo con las pequeñas diferencias, de manera que Rajoy no gastará mucha energía en explicar cómo es que lo que era imposible con un poco menos del treinta por ciento de los votos se da por hecho con no mucho más. Nadie ha gobernado jamás con tan poca renta: ¿piensa Rajoy, como ha dicho se ha de hacer, ir investido a la investidura?, ¿con qué vestes? De momento, todo lo que ha venteado son generalidades de casi imposible cumplimiento. Sin socios a la vista, lo tendrá imposible a la primera intentona, y extremadamente difícil a la segunda. Está el caso de Ciudadanos, pero el problema con los votos de este saco es que son, a todas luces, votos que han dicho que no a Rajoy, son, grosso modo, los casi cuatro millones que Rajoy se ha esforzado en perder desde que una mayoría de españoles acudió a pedirle auxilio tras la dura prueba del zapaterismo.

Ciudadanos se enfrenta ahora a una situación endemoniada, porque no puede dar indirectamente a Rajoy el voto que muchos le han negado de manera expresa, y en un clima de presión casi irrespirable, con las cabras en aumento, y, menos aún, puede hacer que funcione un Gobierno sin los mínimos de reformas que cualquier votante de Ciudadanos consideraría imprescindibles, y creer que Rajoy vaya a hacer en favor de una mayor apertura del sistema político lo que no tuvo el menor interés en hacer cuando nada se lo impedía, puede ser un ejercicio imperdonable de ingenuidad, una tomadura de pelo intolerable. Por otra parte, las presiones para que Rivera ayude a que haya gobierno van a ser extremadamente intensas, de forma que, con toda probabilidad, asistiremos a un nuevo episodio del juego del gallina, a ver quién es el último en saltar del coche antes de que el auto de las terceras elecciones se precipite hacia el abismo. Se trata de un número ya muy ensayado y en el que los socialistas son maestros consumados, de forma que el joven Rivera corre el riesgo de perder los nervios bastante antes de lo necesario.

Política con caricias sólo la hacen Iglesias y sus corifeos, y únicamente en los mítines muy abiertos, allí donde el esperma de la utopía está en el aire y fertiliza las mentes más calenturientas y bien dispuestas. Rivera ya puede ir dejando de sonreír si quiere ser algo en la política española: ahora hemos pasado de las baladronadas al cuerpo a cuerpo, y no vale una excusa cualquiera para encamarse con el viejo Fausto. Rivera no puede dejarse confundir con las reglas, o perecer ante hipócritas acusaciones de crueldad. Ni Rajoy ni el PP han ganado las elecciones y con ello la presidencia del gobierno: tienen una mayoría muy débil en el Congreso y no podrán formar el Gobierno que les plazca con la débil excusa de que los españoles prefieren que gobierne Rajoy, porque nada menos que dieciséis millones de españoles se han arriesgado a una posible dictadura de las cabras antes que repetir la experiencia con don Mariano.

Dirán que mientes dos veces
Rivera ensayó, tras las elecciones de diciembre, un pacto con el PSOE que no tuvo fortuna. No tuvo valor para llevarlo a las urnas, y, a pesar de ello y de la tormenta perfecta sobre su cabeza, no ha perdido mucho más del diez por ciento de sus votos. En una primera comparecencia tras la votación, Rivera se arrancó por peteneras y le echó la culpa al empedrado del sistema electoral, lo que equivale a que un opositor a notarías diga que el código civil le parece espeso y repetitivo. Hay que esperar que su juicio se afine y sepa sacar provecho del capital confiado, pero tal como están las cosas, debería de pensar que es muy probable que, si él no liquida el rajoyismo, su proyecto se convertirá en el aperitivo predilecto del gallego y su cuadrilla, por emplear el título de Cela. Es verdad que muchos de los votos de Ciudadanos fueron del PP en 2011, pero es absolutamente indudable que no se le han dado a Rivera para que Rajoy pueda seguir haciendo de las suyas. Rivera no se ha atrevido a liderar el centro izquierda, si ahora vacila en la otra orilla su destino será convertirse en el cadáver de un exquisito “podría haber sido”.

Patria
Jaime Revès  www.gaceta.es 1 Julio 2016

Después de varias décadas, el concepto ‘patria’ ha vuelto a la primera línea de la escena política. Esta es una de las pocas novedades interesantes que ha dejado la última campaña electoral. Lo sorprendente (por decirlo de alguna manera) es que el concepto ‘patria’ como bandera de enganche viene de la mano de la nueva izquierda radical. La palabra patria se ha pronunciado en estas últimas semanas con acento hispanoamericano, al estilo de Ernesto Laclau.

La jerarquía de Podemos parte de la base de que el patriotismo es un agregador para la derecha. Esta nueva intelligentsia quiere enmendar el error histórico de la izquierda española de renunciar a la idea de España y entregársela en exclusiva al enemigo.

Podemos está intentando construir una maquinaria de asalto sobre la idea del “patriotismo ciudadano” para disputar a la derecha el discurso dominante sobre España. La “patria es la gente”, dijo Iglesias en el congreso fundacional de Podemos de Vistalegre. La patria son los derechos sociales. La patria es la sanidad. La patria son los jubilados. “La patria eres tú” nos sorprendía un video al inicio de campaña, a mitad de camino entre coplilla de Becquer y jingle de los 40 Principales. En estas elecciones los podemitas han montado un circo para que les crecieran los enanos. Pablo e Íñigo no paraban de hacer cabriolas alrededor de la palabra patria como bufones que buscan cautivar al auditorio. "La nuestra es una candidatura patriótica", decía Errejón en El Hormiguero ante dos hormigas de trapo que le miraban con ojos alucinados. “Ser patriota es hacer políticas para conjunto de la ciudadanía que una minoría ha traicionado” decía pocos días después en Los Desayunos de TVE. Equilibrios léxicos alrededor de los significantes vacíos. De la plaza pública a los platós de televisión. De la Plaza del Sol al Circo del Sol.

Íñigo y Pablo llevaron de gira por todo el país una Stravaganza política a base de flautistas de Hamelín, perros verdes y ruedas de molino. El problema es que ese discurso de laboratorio post-marxista choca con la terca realidad española. Y aquí es donde los trucos de mano se convertían en acrobacias. “Decimos que somos patriotas y que Unidos Podemos es una candidatura patriótica y a un tiempo plurinacional”, decía Iglesias tratando de implantar en los campos de Soria una fórmula que funciona en los Andes. “Somos los que defendemos la soberanía nacional” proclamaba Errejón lanzando los malabares al fondo de la pista. “Respetaré los derechos nacionales de Cataluña”, afirmaba Iglesias mientras recogía los malabares sin caer del monociclo.

Y cuando parecía que los magos morados no podían sacar más conejos transgénicos de su chistera, llegó el Brexit. Y el Circo del Sol se oscureció como un eclipse andino. El público enmudeció de golpe. El show debía continuar, pero en la pista central los zancudos y los cuentacuentos se miraban sin saber qué hacer. Gran Bretaña daba a la Eurocracia una sonora bofetada. Los británicos optaban por defender su identidad y su soberanía nacional frente a Bruselas. Los obreros, los desempleados y los perdedores de la globalización daban la espalda al socialismo de Corbyn y apoyaban al UKIP en su pulso contra las élites.

Luego llegó el recuento del 26-J. Las sorpresas y las decepciones. En la calle Génova la multitud gritaba “yo soy español, español, español” mientras decenas de banderas rojigualdas se agitaban en el aire. Las hordas de la extrema izquierda no pudieron aguantar ese espectáculo y vomitaron su furia en las redes sociales contra los “putos viejos fachas”. Una reacción espontánea que evidencia la brecha que existe entre la cúpula de Podemos (los de arriba) y su electorado natural (los de abajo). “Para nosotros el sentido de patria es fundamentalmente cuidar de nuestra gente, proteger a quienes más se han esforzado en los años más duros”, había dicho al inicio de la campaña Errejón, director de la estrategia de Podemos. Pero sus bases no pudieron frenar su instinto natural y cargaron con rabia contra nuestros mayores al primer contratiempo. Mientras que el 1% de intelectuales orgánicos hiper-ideologizados se esfuerza por articular un discurso hegemónico sobre el concepto de patria, el 99% de la izquierda radical vuelve a las andadas de identificar los mitos y símbolos de España con el franquismo.

Los ideólogos de Podemos aciertan al identificar la patria (la nación) como un concepto ganador, ya que que es altamente transversal. No entiende de ideologías, ni clases sociales, sino que apela a los sentidos elementales de identidad y pertenencia. Además, demuestran una gran inteligencia política al asociar el concepto patria con el de soberanía. Iglesias y los suyos afirman que “España no se vende” y denuncian que quienes lucen la banderita española venden la soberanía a Bruselas. Sin embargo, su proyecto no acaba de cuajar porque le falta algo esencial en política: la credibilidad.

La izquierda española tiene un origen internacionalista y lleva dos siglos de lucha abierta contra la idea de nación, bajo la acusación de que es una invención burguesa para ahogar la lucha de clases. Por eso, ver ahora a Pablo Iglesias envolverse en la rojigualda produce un efecto en la retina similar al de una mona vestida de seda. Incluso para los suyos. Sobre todo para los suyos. Por eso, la Academia radical va a tener que trabajar muy duro para poder bolivarianizar los espíritus de la izquierda sociológica.

Sin embargo, el camino que ha elegido Podemos es muy interesante en unos tiempos en los que la globalización está seriamente cuestionada, el multiculturalismo ha fracasado y el modelo de Europa como Estado Único genera fuertes resistencias en muchos países. En España, la derecha oficial no está bien pertrechada ideológicamente para afrontar los nuevos desafíos. Permanece encastillada en el concepto mercantiloide de la “marca España” y abonada al entreguismo de “Más Europa” para superar sus complejos. Por eso, es posible que en un futuro cercano se abra espacio para un proyecto alternativo que busque recuperar la soberanía económica y política como paso necesario para protección de los intereses de la mayoría.

El discurso nacional-popular de Podemos puede tener el efecto beneficioso de despertar el concepto dormido de soberanía y volver a poner la temática de la patria en el centro del tablero político. Sin embargo, es dudoso que los españoles les vean como el mejor vehículo para articular la legítima aspiración de controlar nuestro propio destino colectivo. Reivindicar la soberanía nacional frente a Bruselas para luego ponerla en duda internamente puede saber a poco a amplios sectores de la población. UPyD abrió una brecha en el bipartidismo, pero fueron Podemos y Ciudadanos quienes acabaron entrando por ella. De igual forma, los podemitas pueden ser los butroneros del consenso europeísta para que sean otros los que puedan ganar visibilidad. No hay que perder de vista que allí donde fracasa el socialismo patriótico puede arraigar el patriotismo social.

Incauto Jesús Cacho
Vicente Torres  Periodista Digital 1 Julio 2016

He de decir que no creo, en absoluto, que Cacho sea un incauto, pero lo que ha escrito en su artículo titulado 'Albert, no te hagas la damisela ofendida', podría hacer pensar que sí lo es. También puede tomarse este artículo suyo como un aviso a Riverita.

Parece fuera de duda que el líder de Ciudadanos cae mejor en ciertos sectores del IBEX 35 que Rosa Díez. O sea, no mejor, sino mucho mejor.

Concretamente, el fundador de Vozpópuli ha escrito esto: «Quienes te hemos dado el voto no lo hemos hecho para que los metas en la nevera; tampoco para que los tires al río y se los lleve la corriente de la irrelevancia. Quienes el domingo cogimos la papeleta de Ciudadanos lo hicimos para que esos votos sirvieran para mejorar España, democratizar España, acabar con la corrupción de los partidos, dotar de independencia a la Justicia, sanear Interior de mafias policiales. En definitiva, para limpiar España de mierda. Y, además, hacerla crecer más y mejor, creando empleo de calidad, liberalizando sectores estratégicos, acabando con los privilegios de cárteles y lobbies.»

Y cuando uno piensa que en este partido están Cantó, Prendes, Marín, Marí, etc., concluye que no puede ser. Si de verdad quisiera todo eso habría optado por el partido en el que militan Pagazaurtundúa, Savater, Maneiro, etc. Una cosa son las palabras y las apariencias y otra los hechos y la realidad.

Teniendo en cuenta además que el propio Riverita tampoco es trigo limpio. Basta con leer el artículo 'Los políticos con padrino', de Rafael Navarro, para tener noticia de su gusto por las trampas y su apoyo a las traiciones.
Claro que hay personajes que apoyan a Ciudadanos. Pero Fernando Savater ha sacrificado parte de su carrera profesional y su tranquilidad para servir a los ciudadanos combatiendo a ETA. Son contados los que pueden presumir de algo igual. El suyo es el partido más limpio y mejor preparado.

La respuesta al Brexit
Ricardo Ruiz de la Serna  www.gaceta.es 1 Julio 2016

El referéndum sobre el Brexit ha reabierto el debate no sólo sobre el espacio de la Unión Europea sino sobre las propias fronteras y la integridad territorial de los Estados miembros. Las advertencias sobre Irlanda del Norte y Escocia han seguido a la decisión de los votantes británicos.

Uno de los grandes problemas es que la Unión, heredera de las Comunidades Europeas, fue concebida como un factor de seguridad y estabilidad para un continente desangrado en guerras a lo largo del siglo XX. En efecto, el horror de las dos Guerras Mundiales -por no mencionar los conflictos que las precedieron, como las Guerras Balcánicas de los años 1912 y 1913- dio el impulso definitivo a la vieja aspiración paneuropea de Richard Nikolaus Graf von Coudenhove-Kalergi y sus sucesores al término de la Segunda Guerra Mundial: Adenauer, De Gasperi, Schuman, Jean Monet y otros.

Había, sin duda, el elemento vertebrador de una civilización común y unos valores compartidos desde la herencia de Grecia y Roma y la tradición judeocristiana hasta la historia de la Cristiandad medieval y el Imperio, cuyo legado había asumido la monarquía danubiana. Así, Europa era diversísima sin que esto tuviese que significar la pérdida de su identidad ni su fragmentación. Desde Dublín, Madrid y Lisboa hasta San Petersburgo, Atenas y Bucarest, las vigencias y valores compartidos creaban un espacio reconocible y dotado de cierta homogeneidad. Este espíritu de cierto cosmopolitismo lo resumió Joseph Roth en las célebres líneas del capítulo quinto de “La cripta de los capuchinos”, que en España publicó Acantilado: “En esta monarquía […] nada es extraño. Si no fuera por los imbéciles de nuestro gobierno […] estoy seguro de que sería completamente natural, incluso visto desde fuera. Quiero decir con esto que lo que se dice extraño es lo natural para Austria-Hungría, es decir, que solamente a la loca Europa de las nacionalidades y los nacionalismos le parece extraña la evidencia. Naturalmente son los eslovenos, los polacos y los rutenos de Galitizia, los judíos de Kaftán de Boryslao, los comerciantes de caballos de Bacska, los mahometanos de Sarajevo, los castañeros de Mostar, los que cantan “Dios guarde al Emperador” […]”.

Esta Europa era -y es- posible si se admite que, junto a ella, existen Estados nacionales muy antiguos y que conservan su vitalidad. He aquí uno de los problemas de fondo del proyecto europeo: no puede convertirse en un pretexto para desfigurar realidades nacionales que son, en algunos casos, tan antiguas como la misma idea de Europa. Así, el pretendido “cosmopolitismo” que desprecia las historias nacionales o el “regionalismo” que las fragmenta se han visto alimentados por una idea de la multiculturalidad pobre y simplificada. Europa siempre fue multicultural, pero esas culturas tenían referentes comunes que siglos de coexistencia, convivencia e interacción entre los pueblos habían ido forjando. Por eso, el islam balcánico que menciona Joseph Roth era tan diferente del importado de Siria o Afganistán. Las diferencias entre, pongamos por caso, los gitanos de las distintas regiones de Europa Central o los judíos de todo el continente venían condicionadas, entre otras cosas, por la interacción con los demás pueblos sobre un mismo espacio geográfico y cultural. Los pueblos no son por completo diferentes -hablan lenguas comunes, por ejemplo- pero tampoco son idénticos. Puede haber, pues, diversidad sin que esto implique fractura.

El racismo, la xenofobia, el antisemitismo y todas las enfermedades que padeció la Europa contemporánea desempeñaron un papel central en las conflagraciones del siglo XX. La Unión Europea nació para evitar que nada así se repitiese, no para torpedear las realidades nacionales.

Sin embargo, desde Bruselas, parecen haber olvidado que este proceso no se hizo contra las naciones sino sobre ellas. El proyecto europeo no exigía renunciar a ser francés, inglés o belga para ser europeo. Al contrario, lo presuponía. Por eso, la irresponsabilidad en la gestión de los flujos migratorios -podría hablarse de la crisis de los refugiados de Idomeni, pero también de la valla de Melilla o las pateras en el archipiélago canario- no puede camuflarse con un discurso pretendidamente multicultural, que niegue la realidad histórica de Europa y la necesidad de ese marco común de convivencia que acogiese las diferencias culturales.

La respuesta al Brexit no puede consistir en continuar con esta clase de Europa burocratizada que pretende ser multicultural cuando, en realidad, está alterando los distintos modos de vida europeos -pensemos, por ejemplo, en el urbanismo y ciertos barrios- hasta hacerlos irreconocibles. La libre circulación de personas, uno de los tesoros de la Unión, no debe ser el instrumento para dinamitar la cohesión de las distintas sociedades europeas. Si uno quiere comprender por qué aumenta el voto a las opciones de extrema derecha como el Frente Nacional, debe leer “La France peripherique”, del geógrafo francés Cristophe Guilluy, que describe cómo las “banlieus”, las barriadas deprimidas y pobres de las grandes ciudades, han terminado creando tensiones que conducen a la radicalización del voto. Hay un problema de integración que no puede esconderse bajo la apariencia de la diversidad cultural porque faltan la interacción y la convivencia y, lo que es peor, en algunos casos pueden ser imposibles. Piensen, por ejemplo, en los movimientos islamistas que niegan la legitimidad de las instituciones nacionales y pretenden sustituirlas por las islámicas. Por supuesto, no es la realidad de todos los musulmanes en Europa; desde luego, tampoco es una ficción ni un caso anecdótico. Existe y hay que dar una respuesta que no puede ser la dejación ni una falsa “tolerancia”.

La reacción tampoco puede ser otro experimento con las fronteras. Parece que Bruselas no aprendió la lección de los años 90, cuando las instituciones europeas alimentaron el fuego de las guerras balcánicas con una política errática e irresponsable de reconocimientos, apoyos y equilibrios entre las decisiones de algunos de sus socios más poderosos y la apariencia de unas posiciones comunes. Yugoslavia fue destruida -no, no se descompuso, como suele decirse- sin que la Europa de las Comunidades supiese construir una alternativa que evitase las guerras y mitigase los conflictos. Después de la aventura ucraniana -que ha terminado fracturando el país y sumiéndolo en una crisis profundísima- es evidente que la Unión tiene que regresar a su vocación de resolver problemas en lugar de contribuir a crearlos.

Estas raíces tienen al ser humano en el centro. Esto es lo distintivo de Europa como continente y de los pueblos que la habitan: la dignidad intrínseca del ser humano que palpita bajo el ideal humanista que ha alumbrado las mejores horas de Europa. Desde la salvaguarda del saber de Grecia y Roma en los “scriptoria” hasta la arquitectura gótica o la revolución científica, el espíritu europeo ha sido profundamente humanista. No cuestiono la importancia que el comercio, los mercados y las transacciones internacionales deben tener. Al contrario, sostengo que solo un regreso a la tradición humanística los dotará de pleno sentido y legitimidad. Sin un sustrato de valores y vigencias comunes, es imposible construir nada que perdure. No se trata de crear un aparato burocrático aún mayor ni de seguir homogeneizando todo, sino de volver a la libertad, a la dignidad del ser humano, a la diversidad dentro de la unidad… Es decir, a todo aquello a lo que llamamos Europa.

EL FUTURO DE LA UE
Reino Unido y el Brexit: caos y desastre
HENRY KAMEN El Mundo 1 Julio 2016

Dos palabras: el caos, y el desastre.
Caos, porque millones que votaron por el Brexit imaginan que ahora felizmente han salido de la CE. Pero no pueden estar más equivocados. El referéndum no era más que una consulta; no era vinculante, y la decisión real está en manos del Parlamento. Si el Parlamento decide no reconocer el resultado, ya sea ahora o a través de unas futuras elecciones generales, no habrá salida de la CE.

Caos, debido a la revuelta masiva de los electores de Londres contra el resultado del referéndum, con más de 3 millones de firmas pidiendo otra consulta, que no puede ser ignorada. Caos, porque el hecho es que la mayoría del pueblo británico no votó por el Brexit. El voto a favor del Brexit era más o menos el 50% de los que votaron, y dado que sólo el 60% votó, entonces eran sólo el 30% del total del electorado. Eso de ninguna manera es una mayoría democrática.

Caos, porque la gente de Londres, Escocia e Irlanda del Norte han votado firmemente por quedarse. Si los ingleses insisten en seguir adelante con la separación de Europa, no hay duda de que los líderes de Escocia apoyarán un movimiento hacia la independencia. Una Escocia independiente significará el fin del Reino Unido, y sin duda también precipitará un movimiento hacia la unión de Irlanda del Norte con la República de Irlanda.

Desastre, porque habrá elecciones generales. Pero ¿cómo se puede celebrar elecciones en las que todos los partidos políticos han sido destrozados por sus propios votantes? El partido conservador está totalmente dividido sobre Europa, y hubo un fuerte movimiento para impedir que el proBrexit Boris Johnson se convierta en el nuevo líder. El Partido Laborista ha perdido el control de sus votantes (que votaron masivamente por el Brexit), y sus miembros del Parlamento han llegado a rechazar al actual líder del partido, Jeremy Corbyn. Sería extraño tener elecciones generales, donde los dos principales partidos no tienen el apoyo de sus votantes. Si hay elecciones, toda la estructura de la política británica va a cambiar. El fracaso de los actuales líderes políticos para impedir Brexit dará lugar a una revolución completa en la constitución de los partidos políticos y de hecho de toda la clase política.

Desastre, porque el drama político es aún más grave cuando nos fijamos en las implicaciones constitucionales y económicas. Durante los últimos 42 años, el país ha cambiado todos los aspectos de su estructura económica, pública, y social, y ha integrado en sus leyes y reglamentos cambios que han creado, en efecto, toda una nación nueva. Ahora todo eso hay que deshacerlo, una tarea casi imposible. El Reino Unido, o lo que queda de él, debe salir del mercado único más grande del mundo, negociar miles de nuevos acuerdos y reglamentos comerciales, cambiar su sistema legal por entero para eliminar las leyes que se han adoptado con el fin de promover la integración internacional, y modificar miles de maneras en las que el país colaboró con países de la UE en asuntos como la tributación y la justicia penal. Incluso antes de que comience esa labor, las autoridades del Reino Unido tendrán que comenzar a prepararse para millones de horas de reuniones con sus colegas europeos, para ver cómo cualquiera de estos cambios se puede hacer posible.

Desastre, ya que tendrá que acostumbrarse de nuevo a las fronteras. Los de Irlanda del Norte han vivido con sus hermanos irlandeses de la República como si fueran un solo país; abolieron los controles fronterizos y las barreras aduaneras. Los trenes no tenían que parar cuando pasaban. Eso va a cambiar. La frontera volverá, también lo harán los controles de la policía, así que por supuesto lo harán los contrabandistas. Gracias al Brexit, contra el que el pueblo de Irlanda del Norte votó en contra, el país volverá de nuevo a la Edad Media. Será una de las últimas indignidades que los ingleses habrán infligido a la población irlandesa.

El caos y el desastre: incluso la civilización más avanzada de Europa es susceptible de sufrirlos.

Henry Kamen es historiador británico; su obra más reciente es Fernando el Católico (Esfera de los Libros, 2015).

Retirarse de la Unión Europea
SANTIAGO MUÑOZ MACHADO El Mundo 1 Julio 2016

Entre los muchos asombros que ha provocado el Brexit acaso no sea el mayor la comprobación de que un país culto y civilizado tiene un primer ministro completamente insensato, capaz de subordinar a sus conveniencias de partido los deberes de gobernante. Al fin y al cabo esta clase de especímenes políticos proliferan por doquier, en un ambiente populista y referendario pletórico de extravagancias. Tampoco es pequeña la estupefacción que produce la falta de oportunidad que refleja el planteamiento de la consulta. Ni es desdeñable la irresponsabilidad de poner en solfa un mercado y un proyecto de unión política que lleva 60 años fraguándose y que está en la etapa final de realización. Pero, por encima de todo ello, quizá haya que situar la cuestión más simple: ¿de verdad se han creído que se puede abandonar la Unión Europea?

Un analista avisado contestaría de inmediato que desde luego que se puede. Para confirmarlo basta con consultar el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea que prevé la posibilidad de que cualquier Estado, de conformidad con sus normas constitucionales, decida retirarse de la Unión. Pero es recomendable leer ese artículo despacio y, para valorar como puede llegar aplicarse, tener en cuenta el probable punto de vista de un Prime Minister doliente y fracasado, y la actitud de una oposición lastimada y contraria a la retirada. Y a todo ello sumar las amenazas de secesión que llegan de Escocia.

El artículo 50 indica que la "intención" de retirada tiene que notificarse al Consejo Europeo. Sería lógico pensar que cuando el propósito ha sido declarado por el pueblo en un referéndum celebrado con la mayor notoriedad, los facta concludentia podrían hacer innecesaria la notificación formal. Pero no es así, de modo que jurídicamente nada habrá ocurrido en Gran Bretaña hasta que su Gobierno comunique que ya existe "intención". Mientras tanto hay que disimular; como si nadie supiera nada.

La notificación tendrá lugar cuando el Estado interesado lo tenga a bien y, cuando ocurra, se abrirá un proceso de negociación que debe concluir en "un acuerdo que establecerá la forma de su retirada". Hasta entonces se siguen aplicando los tratados y el resto del derecho de la Unión. Si después de notificada la intención no se negocia, la continuidad de la aplicación de los tratados concluye a los dos años contados desde que se comunicó la "intención" de retirada. Pero si la negociación se inicia, como es lo seguro, empieza un procedimiento complejo, el mismo previsto para la celebración de acuerdos internacionales, que no tiene plazos para la terminación (artículo 218 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea). Durará lo que sea preciso hasta alcanzar el "acuerdo de retirada". El desenganche ocurrirá, en el mejor de los casos, sin premuras.

Cuando se alcance este final, el Estado saliente dejará de participar en las instituciones y órganos de gobierno de la Unión. Pero el derecho de la Unión seguirá siendo aplicable en su territorio. Precisamente la negociación del acuerdo o tratado de salida ha de versar sobre la legislación que se mantiene y los matices, si los hay, con que será aplicada. Puede augurarse que serán muchas las normas que serán reconocidas como comunes. La parte saliente sólo tiene interés en zafarse de algunos compromisos pesados (las políticas de inmigración y acogida, por ejemplo), pero no de las regulaciones que favorecen los intercambios y el mercado, que son casi todas las demás.

La continuidad de las regulaciones comunes no sólo es consecuencia de que el acuerdo de salida se ocupará de establecerlo así para amplios sectores de la economía, sino también de las enormes dificultades jurídicas que plantea la separación. Esto último no es difícil de comprender: el Reino Unido ingresó en la antigua Comunidad Europea en 1973. Desde entonces ha llovido sobre las islas legislación comunitaria a raudales hasta abarcar infinidad de materias. El Parlamento británico y los Gobiernos de Su Majestad se han sometido, al principio a regañadientes pero desde hace tiempo sin objeciones de principio, a toda esa legislación. Las regulaciones europeas presentan la peculiaridad de que, ordinariamente, se hacen efectivas a través de la legislación de los Estados miembros y son ejecutadas por sus administraciones públicas. De forma que, cuando se consume la retirada, todo el ordenamiento jurídico británico seguirá inundado de principios y reglas europeas que no hay razón alguna para cambiar. Incluso si se pretendiera depurar el sistema de estas adherencias europeas se tardarán muchos años en conseguirlo. El Parlamento británico ha sido siempre un legislador mucho menos compulsivo que los continentales, de modo que es probable que se derrumbe de pereza sólo con pensar en la tarea. La cultura jurídica de la Unión ha ocupado el espacio isleño y la situación no es ya reversible.

Los nostálgicos de las viejas particularidades inglesas son, en su mayoría, personas mayores, sin fuerzas ni posición adecuada para poder recuperarlas. Tendrían que asumir el reto los jóvenes, que son precisamente los que se sienten decepcionados por los resultados del referéndum que consideran retrógrados, faltos de generosidad y miopes respecto de la necesidad de una Europa políticamente unida.

Aunque quisieran, pese a tantos obstáculos, desembarazarse de la cultura desarrollada en Europa en los últimos sesenta años, tampoco podrían. Hay decisiones que han escapado en nuestro tiempo a la soberanía de los Estados porque se sitúan en la órbita de un constitucionalismo cosmopolita que los abarca y condiciona. El Reino Unido, si quiere mantener relaciones intensas con la Unión Europea, no sólo ha de aceptar las regulaciones forjadas a lo largo de varias décadas sino también principios y normas atinentes a derechos fundamentales que están por encima de su poder de disposición y que no puede desconocer si quiere seguir perteneciendo al club de las naciones que cuentan con un Estado de Derecho desarrollado.

Recordaré que la primera vez que el Parlamento británico, donde reside toda la soberanía, sin límite alguno, fue sometido a un sistema de derechos ajeno a su tradición y a su legislación, fue cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictó varias sentencias seguidas condenando al Reino Unido porque su legislación vulneraba derechos como la libertad de expresión (a partir de las Sentencias Handyside de 7 de diciembre de 1976 y Sunday Times de 26 de abril de 1979). No se aplicaba entonces el derecho de la Comunidad Europea, sino el Convenio Europeo de Derechos Humanos de 1950, y el conflicto hizo ver al Parlamento, por primera vez en la historia, que su soberanía quedaba debajo de otras reglas constitucionales externas y cosmopolitas de obligada observancia. Terminaron aceptándolo e incorporando todos los principios del Convenio a su derecho interno.

Esta situación de indisponibilidad, de restricción de la soberanía por razones de orden supranacional o internacional abarca actualmente un número creciente de decisiones en la medida que afecten a regulaciones globalizadas, como los derechos fundamentales, el comercio, el medio ambiente, los datos personales, y no pocas cuestiones relacionadas con las políticas de seguridad.

Hay, pues, un sinfín de condicionamientos para la ejecución sin matices de la decisión adoptada en referéndum en el Reino Unido.

Pero son también relevantes los obstáculos que restringen la decisión de abandonar la Unión Europea cuando, como ocurre en el Reino Unido, la estructura territorial del Estado incluye unidades dotadas de fuertes poderes autonómicos. En este caso, la posición política de Escocia es tan relevante que hasta ha celebrado un referéndum de independencia hace menos de dos años. ¿Puede el Estado abandonar la UE contra la voluntad de una comunidad infraestatal dotada de un estatuto de autonomía política? Las dificultades son enormes, por las razones que resumo a continuación.

Vaya por delante un motivo de orden práctico: Escocia, aunque el Reino Unido salga de la Unión Europea, puede seguir tomando como modelo el derecho de la Unión, y no el inglés, en todas las materias que sean de su competencia exclusiva.

La salida forzosa de Escocia, junto con el Estado a que pertenece, de la UE, supone un cambio radical del estatuto jurídico de aquel territorio. Suele sostenerse que la estructura federal de un estado no merma el treaty making power de la federación. Pero aunque ello sea así con carácter general, no puede aplicarse la misma prerrogativa para generar, mediante un nuevo tratado, un cambio constitucional radical, que afecte a la organización, a las competencias y al derecho de Escocia. El poder de hacer tratados implica la posibilidad de establecer nuevos compromisos o cambiar los existentes en el área internacional, pero no puede llevar a un cambio radical del pacto constitucional existente en el seno de la federación, de modo que produzca un efecto de demolición de aspectos esenciales de la Constitución y, en un caso hipotético y extremo, incluso la sustitución de un régimen federal por otro centralista.

El artículo 72 de la Ley Fundamental de Bonn ofrece un buen ejemplo de lo que quiero explicar: restringe el poder de reforma constitucional declarando irreformable la organización de la federación alemana en länder. La federación carece de soberanía para decidir un cambio que contradiga esa regla, sea directa o indirectamente. Trasladada esta consideración al caso que examino, permitiría sostener que una decisión de abandonar la Unión Europea, adoptada por un Estado compuesto, sería contraria al principio de perpetuidad de la organización política territorial de ese Estado.

Esta regla es aplicable, en mi criterio, en todos los Estados de estructura federal o asimilable, como es el caso británico o el nuestro. No es preciso que esté explicitada en la Constitución. Los límites a la reforma constitucional resultan a veces de convenciones o se construyen al margen de los preceptos concretos que la regulan. Por ejemplo, no está previsto que en el procedimiento de reforma constitucional regulado en los artículos 167 y 168 de la Constitución española tengan que intervenir las comunidades autónomas. Pero, ¿es concebible que una reforma constitucional que implique cambios decisivos en los estatutos de autonomía pueda llevarse a cabo sin la participación de aquéllas?

Como el poder de reforma constitucional no abarca un cambio de esa naturaleza sin consentimiento de los territorios dotados de autonomía política, la resistencia de Escocia, en el caso británico, será un fortísimo obstáculo a la retirada. Escocia, mientras no sea un Estado independiente, no puede pertenecer a la Unión Europea, por lo que en el acuerdo de retirada que negocie el Gobierno británico tendría que conseguir que se mantuviera la situación escocesa, lo que es jurídicamente imposible. Esta dificultad estimulará las reivindicaciones de que vuelva a someterse a referéndum su independencia. O, como alternativa, que se trabaje para rectificar los resultados del referéndum, celebrando otro o disimulando sus consecuencias mediante una regulación acomodaticia y continuista en el acuerdo de retirada.

La conclusión es que no cambiarán en muchos años las relaciones entre el Reino Unido y sus socios europeos, salvo el abandono a medio plazo de las instituciones por los representantes de aquel. Mientras tanto los Estados que se mantengan fieles a la Unión deberían acelerar su federalización. Será lamentable que el pueblo y el Gobierno británico se queden al margen de este proceso. Se hace difícil creerlo.

Santiago Muñoz Machado, catedrático de Derecho Administrativo y miembro de número de la Real Academia de la Lengua y de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, acaba de publicar Vieja y Nueva Constitución (Crítica, 2016), donde aborda, entre otras cuestiones, los cambios constitucionales y del constitucionalismo de última generación.

Un espectro se cierne sobre Europa
Juan Francisco Martín Seco Republica.com 1 Julio 2016

“Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Así comienza el Manifiesto Comunista. Pero fueron otros dos fantasmas, surgidos con posterioridad, el fascismo y el nazismo, los que casi destruyen Europa. La historia nunca se repite, pero resulta evidente que un nuevo espectro recorre en la actualidad la Unión Europea: el descontento social y político que en los distintos países se ha configurado de manera diversa y estructurado en organizaciones aparentemente muy alejadas ideológicamente, pero que las nuevas potencias ahora dominantes han englobado bajo el nombre genérico de populismo.

Todas esas organizaciones, aunque dispares, tienen ciertamente un denominador común: la crítica más radical al statu quo y el propósito de modificarlo sustancialmente. El euroescepticismo, desde ángulos muy distintos, se ha ido adueñado con mayor o menor intensidad de casi todos los países y ha sembrado la intranquilidad en los poderes dominantes, que han reaccionado con la coacción, el discurso del miedo y el catastrofismo, cuando no les servía ya ese mensaje pietista y azul pastel sobre los grandes ideales en los que se funda la Unión Europea.

Lo cierto es que esta ha sido obra exclusivamente de las elites económicas y políticas, dejando al margen a los pueblos. Se eludieron las consultas siempre que fue posible, y en las escasas ocasiones en que se celebraron referéndums estos iban precedidos invariablemente de una campaña de intoxicación y, si así y todo el resultado era negativo, se estaba siempre presto a burlarlo repitiendo la consulta tantas veces como fuesen necesarias para conseguir la aquiescencia. El caso más evidente lo configura la non nata Constitución Europea. El resultado negativo de Francia y Holanda (dos de los seis miembros fundadores), el desistimiento de algunos países de someterla a consulta popular ante el miedo de que pudiese triunfar el no y la enorme abstención en aquellos Estados que tuvieron un resultado positivo, condujeron a su abandono y a que las instituciones y los gobiernos tirasen por la calle de en medio y trasladasen a un Tratado todo lo esencial de la Constitución, burlando así la exigencia de someterlo al veredicto de las urnas.

La ampliación al Este y la Unión Monetaria han complicado gravemente la situación. Las sociedades empezaron a comprobar que la prosperidad y los beneficios prometidos no llegaban -por lo menos a la mayoría de la población-, sino que más bien los derechos y conquistas del pasado se diluían por decisiones tomadas más allá de las respectivas fronteras. Poco a poco, el malestar se ha ido extendido por toda Europa y eran muchos los avisos que desde las distintas sociedades se enviaban a las elites políticas y económicas: huelgas generales y protestas multitudinarias; elecciones tras elecciones, los partidos gobernantes fuesen del signo que fuesen iban perdiendo el poder, al tiempo que surgían y adquirían cada vez más fuerza movimientos y partidos políticos en otros tiempos marginales, y que no se conformaban a lo políticamente correcto. Su gran heterogeneidad ideológica no debe llevar a engaño en cuanto a la coincidencia en la causa que los genera y a la identidad de las capas de población que los apoya.

Es este escenario en el que hay que situar lo ocurrido el pasado jueves, en el que, contra la mayoría de los pronósticos, los británicos se mostraron a favor de abandonar la Unión Europea. El hecho en sí no debería haber causado mayor estupor ni tampoco ser objeto de especial preocupación. Por una parte, se conocía desde siempre la fuerte reticencia de la sociedad inglesa a la Unión Europea; su permanencia ha estado siempre llena de excepciones y vetos y no pertenecía a la Eurozona en la que toda escisión puede ser más problemática. Por otra parte, dos años es tiempo más que suficiente para que la desconexión se realice de una manera suave y progresiva que evite todo traumatismo, tanto más cuanto que parece totalmente probable que los futuros acuerdos de tipo comercial y financiero sustituyan en buena medida la integración actual, sin que el tránsito tenga que representar ningún revés grave ni para Gran Bretaña ni para el resto de los países europeos. ¿De dónde proviene entonces la alarma y el carácter catastrófico con los que se ha revestido el acontecimiento?

Es sabido que los mercados sobreactúan y, ante cualquier incertidumbre, sufren movimientos espasmódicos desproporcionados que ellos mismos terminan corrigiendo a medio y a largo plazo, pero en esta ocasión el temor de los mercados y la tragicomedia representada por gobiernos e instituciones europeas iba mucho más allá que el acontecimiento concreto del referéndum votado por el Reino Unido. Lo que realmente preocupaba era el contagio, que el Brexit se terminase convirtiendo en el principio del fin. A pesar de sus proclamas, todos son conscientes, o deberían serlo al menos, de que la Unión Europea (y especialmente dentro de ella, la Unión Monetaria) es un gigante con los pies de barro. Es más, sus cimientos son contradictorios y se encuentra en un equilibrio altamente inestable. El movimiento de cualquiera de sus piezas puede hacer que el edificio se venga abajo.

Las reacciones de las instituciones europeas y de los principales mandatarios nacionales, entre la sorpresa, el miedo y la indignación, obedece al intento de atajar cualquier posibilidad de contagio. De ahí la premura que quieren imprimir a la desconexión y también la dureza con la que han reaccionado frente a Gran Bretaña, prescindiendo de cualquier lenguaje diplomático. Por un lado, pretenden cerrar cuanto antes la herida, y por otro dar un escarmiento a los ingleses haciéndoles pagar su osadía, como aviso a navegantes para todos aquellos que ambicionen emprender el mismo camino. Es la misma táctica que aplicaron con Grecia ante la rebelión de Syriza. Pero Gran Bretaña no es Grecia, ni cometió la locura de entrar en la Unión Monetaria, por lo que no se encuentra en las manos del Banco Central Europeo. Lo más probable es que los futuros acuerdos y tratados dejen a Gran Bretaña en una situación igual o mejor que la que ya tenía, a no ser por el daño colateral que se puede producir a causa de su desmembración territorial.

Los mandatarios europeos han adaptado su discurso a la nueva situación, afirmando que la Unión Europa debe sacar bien del mal, extraer conclusiones, corregir sus defectos y reformarse para que un acontecimiento similar no vuelva a ocurrir. Palabras que suenan muy bien en teoría, pero que son totalmente inaplicables en la práctica ya que las necesidades y los intereses de los distintos países son opuestos y contradictorios entre sí. Han sido muchas las voces que se han pronunciado por la obligación de avanzar hacia más Europa, reforzando los lazos de unión y tendentes a una entidad federal. Puro ensueño. Ha faltado tiempo para que apareciese en escena el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, para rebatir la tesis, argumentando que tal camino lo único que produciría sería acelerar las fuerzas centrífugas que abogan por abandonar la Unión.

El problema se plantea especialmente en la Eurozona, donde los intereses son muy contradictorios entre los países del Norte y del Sur, como contradictorio es constituir una unión monetaria sin integrar al mismo tiempo las haciendas públicas, integración a la que se opondrán radicalmente países como Alemania, Austria, Holanda o Finlandia. Es más, todo nuevo paso que se dé en esta dirección, por pequeño que sea, sus sociedades lo entenderán como pérdida de soberanía y un expolio orientado a beneficiar a los países del Sur, sin ser conscientes de que la unión comercial y monetaria crea un flujo de recursos en sentido contrario. El problema no tiene solución y antes o después el edificio se desmoronará y lo mejor que podrían hacer los gobiernos sería prepararse para ello, creando las condiciones para que cuando se produzca sea lo menos penoso posible.

Si bien el fenómeno aparece con toda su crudeza en la Unión Europea, no queda recluido en sus fronteras. La fulgurante ascensión de Donald Trump en EE. UU. es un buen ejemplo de ello. En primer lugar, porque las contradicciones europeas se transmiten al resto del mundo. Ese ocho por ciento de superávit continuo en la balanza corriente de Alemania es un problema para la economía internacional. Y, en segundo lugar, porque si bien es verdad que la Unión Europea ha querido llevar la integración económica supranacional a su máxima expresión, liberándola de los Estados-nación y de la soberanía popular, no es menos cierto que la globalización económica y la libre circulación de capitales hacen participar a todos los países de esta aberración.

Los gobiernos mienten cuando reniegan del proteccionismo porque a pesar de que han eliminado la mayoría de las trabas en el orden comercial y todas ellas para la libre circulación de capitales, intentan por todos los medios proteger sus economías mediante lo que denominan deflación competitiva, es decir, reduciendo los salarios y los gastos sociales y laborales. Es ahí donde se refugia el nuevo proteccionismo. El poder económico se encuentra satisfecho en el nuevo orden. No se da cuenta de que resulta insostenible en el medio plazo. Económicamente, porque la economía de mercado se fundamenta en la identidad entre oferta y demanda, y no es verdad que se cumpla la ley de Say de que la oferta crea su propia demanda. Machacar la demanda siempre termina dañando con fuerza el crecimiento. Políticamente, porque deprimir a partir de cierto límite las condiciones sociales y laborales solo es posible en las dictaduras.

www.martinseco.es

******************* Sección "bilingüe" ***********************
O Sánchez lo desautoriza o será cómplice

OKDIARIO 1 Julio 2016

Pedro Sánchez debe gobernar primero en su propio partido antes de seguir con la intención de hacerlo en España. Si en plena campaña electoral advertía de manera acertada de que Podemos quería desgajar la unidad territorial, ahora es su formación en Cataluña la que se enmarca en el lado de los independentistas. Este tipo de veleidades han incidido en la interminable caída del PSOE tanto en Cataluña como en España desde que en 2006 se aprobara el Statut. Sánchez ha de imponer una mayor disciplina interna si quiere tener alguna posibilidad de seguir ocupando el puesto de secretario general. No es congruente, ni para sus votantes ni para el resto de la nación, que mientras desde Ferraz defienden la unidad del Estado y el valor de la Constitución de 1978, el Partido Socialista de Cataluña (PSC) proponga una reforma constitucional a su gusto o un referéndum independentista.

El hecho de que el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, quiera disfrazar la consulta secesionista con el apellido de “a la canadiense” o cambiándole el nombre por el de ‘Ley de claridad’ —en Canadá se llama ‘Clarity Act’— no es más que una treta para anestesiar el malestar de los ciudadanos en el resto de España, que se oponen mayoritariamente a la independencia de Cataluña. Como ya hiciera el pasado mes de marzo, Iceta vuelve a desmarcarse de las pautas señaladas por su jefe en Madrid. El líder regional ha plasmado el pensamiento de su facción en un informe sobre el que girará su estrategia política para el futuro. Ese documento servirá de argumentario para el Congreso del PSC que tendrá lugar el próximo mes de noviembre. En él, apuestan por un “nuevo inicio del socialismo catalán”. Si quiere reforzar su posición, Pedro Sánchez tendrá que preguntarle a Iceta si ese “nuevo inicio” es a favor o en contra de España. Desautorizando, además, cualquier iniciativa que ponga en riesgo nuestra integridad nacional.

SORPASSO, BREXIT, NOUCAMP Y OTRAS CHUMINADAS
Antonio García Fuentes  Periodista Digital 1 Julio 2016

Ciertos individuos de nuestra especie, están tan faltos de caletre como de personalidad y por ello, quieren destacar inventando o haciendo “lo que sea”; ello no es nuevo, puesto que leí hace mucho tiempo, que varios siglos atrás, un individuo, intentó o provocó un incendio dentro del Vaticano, simplemente por hacerse “famoso por haberle pegado fuego a la principal iglesia o templo católico”. La historia cuenta infinitas historias similares y los que las recogieron, pecaron más de tontos que de listos, por aquello que sintetiza muy bien el acervo español… “no des nunca un beso a un tonto, pues te pedirá muchos más”. Por ello no se publican y se ignoran los suicidios, ya que al parecer ello provoca la emulación en otros desgraciados; o sea que publicar sí, pero no todo y con todo detalle menos. Ahora mismo por todos los “voceros” de este pobre mundo, se está difundiendo el último atentado, ocurrido en Estambul, por lo que el grupo terrorista que lo ha realizado se sentirá feliz y contento, por la idiotez humana de hacer tanta propaganda a quienes lo que merecen es “la horca” y lo que había en vez de decir tantas idioteces, es internacionalmente “ir por ellos” y arrasarlos de una vez, para que sepan “el precio que han de pagar los que repitan”.

Hoy cuando escribo me ha preguntado un amigo… ¿Oye eso del “Brexit de los ingleses que es? Mi respuesta inmediata ha sido la siguiente: “pues no lo sé porque no es palabra del idioma español (“que no castellano que es otra mentira ya que el castellano como idioma hoy no existe”); parece ser que esa nueva palabra que nos quieren colocar, equivale a “segregación” u otras que se pueden elegir de nuestro idioma; puesto que si Inglaterra (“que no reino unido como otros capullos dicen”) se va de la denominada “Unión Europea”; y si es así, en nuestro idioma sobran palabras entendibles para señalar este hecho; pero no, “el lucimiento de los idiotas prevalece”.

Por el estilo ocurre con el nuevo palabro o palabrón… “Sorpasso”; que imagino puede ser “un batacazo, un desastre, un lo que sea” pero no en idioma español del que empleamos el común de pueblo y por el que (“cuando queremos”) nos entendemos muy bien en todo; pero no, a algún capullo se le ocurrió colocar esa palabra y el resto de capullos, la han ido difundiendo para que aprendamos… ¿el qué y para qué?

Hay que hacer lo que con toda “mala leche” hacen catalanes, vascos, gallegos y otros; o sea meternos sus idiomas vernáculos siempre que pueden, para que lo aprendamos y maldita la necesidad que de ello tenemos nosotros los hispano hablantes del común del Español, que tenemos palabras para dar y tomar. Nunca me he explicado el por qué en una emisora de radio, televisión, o periódicos españoles, que difunden por toda España, se prestan a recibir y transmitir mensajes o textos en “vernáculo”; como por ejemplo lo de “noucamp, del club de futbol barcelonés”; esa palabra en los dominios del idioma catalán lo entiendo, pero fuera de allí no; en el resto de España y de todo el ámbitos del idioma español (más de quinientos millones de hispano hablantes) debiera denominarse como, “campo nuevo del club de fútbol Barcelona (Que no “barsa” que es otra idiotez) o nuevo campo del ídem”; pero “el injerto sigue circulando” y no creo que aporte nada importante a un idioma tan importante como ya es el español común e internacionalmente hablado y escrito.

Como he referido lo de los ingleses; aclaro aún más; los conocemos como ingleses y no “reinounidenses”, por lo tanto su patria, país o nación, es Inglaterra y punto. Dejémonos de “pollillas” como dicen en Granada los granadinos; y vayamos a afirmar nuestro propio idioma, que como bien, es la mayor riqueza que en este mundo tiene un ser humano, y mientras “más grande” sea el idioma, más rico será el individuo; y EL ESPAÑOL, es de los más ricos del mundo gracias a nuestros antepasados que lo fueron imponiendo por sus conquistas (así se impusieron todos) y por ello hoy se estudia y enseña en todas las universidades del mundo; y los hispano hablantes, podemos andar por casi todo el mundo, ya que allí donde vayamos, al menos en los principales sitios, siempre encontraremos a alguien que habla “español”. A mí me ocurrió en Hungría, donde hablan un idioma “imposible para un español” y tienes que recurrir a la mímica como último recurso… “pero en aquel restaurante había un camarero que vino a hacer cursos de hostelería y de español en el Sur de España, costa de Málaga”.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y http://blogs.periodistadigital.com/nomentiras.php

El abogado del Ayuntamiento de Villanueva de Sijena califica de "varapalo" a Cataluña el auto del TC
Huesca. Agencias DiarioSigloXXI 1 Julio 2016

El abogado del Ayuntamiento de Villanueva de Sijena, Jorge Español, ha considerado un "varapalo considerable" el que se ha llevado la Generalitat de Cataluña con el auto emitido por el Tribunal Constitucional (TC), que rechaza el incidente de ejecución presentado por el Gobierno catalán, y que "le deja ya sin argumentos para evitar la devolución de las piezas".

En él, la Comunidad vecina argumentaba que dos resoluciones dictadas por el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 1 de Huesca contravenían una sentencia del TC de 2012.

El órgano judicial oscense determinó en abril de 2015 la nulidad de la venta de las 97 obras de arte del Monasterio de Sijena a la Generalitat y el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) que tuvo lugar por parte las monjas sanjuanistas en los años 1982, 1983 y 1994. Asimismo, este mismo juzgado ha señalado el próximo 25 de julio como fecha la devolución forzosa de estos bienes.

Ahora, el auto del Constitucional notificado este jueves, 30 de junio, supone un "espaldarazo" a la sentencia de la magistrada del Juzgado numero 1 de Huesca, Carmen Aznar, igual que ya lo recibió hace unos meses del Alto Tribunal de Conflictos Jurisdiccionales del Tribunal Supremo, que desestimó el conflicto de jurisdicción que la Generalitat planteó contra el juzgado oscense.

El TC "evidencia que la magistrada de Huesca ha actuado con una imparcialidad y con una pulcritud inconmensurable" en la sentencia que declara la nulidad de las ventas de los bienes del Monasterio de Sijena al Gobierno catalán y al MNAC, ha explicado el letrado en una nota de prensa.

Jorge Español ha precisado que ya el Tribunal de Conflictos Jurisdiccionales "advirtió de que la sentencia del TC que dictó en el año 2012 sobre el ejercicio del derecho de retracto en los bienes de Sijena no tenía nada que ver con el procedimiento civil seguido en Huesca para determinar la legalidad de estas ventas".

DESPROPORCIONADA
El abogado ha remarcado que el Constitucional "censura las tesis de la Generalitat como absolutamente desproporcionada al pretender que las piezas del Monasterio de Sijena se queden a toda costa en Cataluña y le recuerda que será la jurisdicción civil --el Juzgado de Huesca-- quien dirá, en el proceso judicial en marcha, dónde deben ir esos bienes".

A su entender, "si la venta es nula, es claro que deben regresar al monumento nacional al que pertenecen, el Monasterio de Sijena".

Español ha sostenido que hasta el Fiscal del TC "saca los colores a la Generalitat al poner de manifiesto que lo pretendía con ese incidente de ejecución --que las piezas se queden en Cataluña-- traspasaba cualquier objetiva y neutral lectura de la sentencia que el TC dictó en 2012".

Esta última "expresamente dice que el Constitucional no entraba en cuestiones tales como la legalidad de la venta y la calificación de esos bienes desde el punto de vista del patrimonio cultural lo que debía ser objeto de estudio por la jurisdicción ordinaria", ha comentado el letrado.

En opinión del abogado, el consejero de Cultura de la Generalitat, Santi Vila, "debería pedir disculpas por haber manipulado a la sociedad catalana con este asunto tan claro y, a su vez, debería entregar las piezas de Sijena inmediatamente sin esperar al 25 de julio".

FIN DE LAS VELEIDADES
Español ha sentenciado que el auto del TC supone "el fin de las veleidades políticas de la Generalitat para intentar retener esas piezas en Cataluña a toda costa, por lo que, si la Generalitat y el MNAC no cumplen diligentemente la sentencia del Juzgado de Huesca el 25 de julio, se arriesgan a verse envueltos" en un "posible proceso penal por los presuntos delitos de desobediencia y de apropiación indebida".

Por eso, el desde el Ayuntamiento de Villanueva de Sijena se ha apremiado a las instituciones catalanas a "que cumplan escrupulosamente las órdenes judiciales, sin perjuicio de cuantos recursos quieran interponer".

El abogado ha recordado que, en último término, la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Judicial sería la encargada del cumplimiento forzoso de la sentencia, si la Generalitat y el MNAC no entregan esos bienes el próximo 25 de julio.

“Por su rigor intelectual y ético”
Joseba Arregi, XXII Premio a la Tolerancia
www.latribunadelpaisvasco.com 1 Julio 2016

La Asociación por la Tolerancia (AT) ha otorgado su XXII Premio a la Tolerancia a Joseba Arregi Aranburu, doctor en Sociología y Teología, y profesor en la Universidad del País Vasco UPV.

Joseba Arregi fue secretario de política lingüística, consejero de Cultura y portavoz de diferentes gobiernos autonómicos vascos de corte nacionalista. En 2004, abandonó el PNV por discrepancias con este partido por el posicionamiento que ésta mantenía en relación con el terrorismo de ETA. El jurado ha recordado que, desde entonces, Joseba Arregi ha defendido a las víctimas en sus reivindicaciones por la memoria, la dignidad, la justicia y la verdad, colaborando activamente con diferentes asociaciones. Entre otros, es autor del libro “El terror de ETA. La narrativa de las víctimas”.

Además de su decidida, continuada y altruista apuesta por la causa de las víctimas del terrorismo, el jurado destacó su defensa de la Constitución como marco democrático de referencia y de convivencia de todos los españoles. Del mismo modo, “se valoró su valentía y su rigor intelectual y ético, que le llevaron a replantearse sus posiciones políticas y someterlas radicalmente a revisión cuando, a su juicio, resultaron incompatibles con sus convicciones morales”.

El jurado que ha concedido el XXII Premio a la Tolerancia ha estado compuesto por:
Rafael Arenas, catedrático en la UAB, presidente de “Societat Civil Catatalana”
Ana Losada, presidenta de “Asamblea por una Escuela Bilingüe”
Inma Manso, profesora universitaria, subdelegada del gobierno en Lleida
Félix Ovejero, doctor en Economía y profesor de la UB, XVIII Premio a la Tolerancia
Ignacio Pla, estudiante universitario, presidente de la “Plataforma Barcelona con la Selección”
Pablo Planas, periodista, miembro de “Grup de Periodistes Pi i Maragall”
Carlos Basté, ingeniero químico, miembro de AT
Javier López, agente de seguros, miembro de AT
Eduardo López-Dóriga, ingeniero químico, presidente de AT
Manuel Martí, pensionista, miembro de AT
Marita Rodríguez, química, vocal y ex-presidenta de AT
Antonio Roig, profesor de filosofía, vocal de la junta de AT

En ediciones anteriores la Asociación por la Tolerancia ha otorgado este premio a personalidades tan relevantes como Mario Vargas Llosa, Fernando Savater, Victoria Prego, Antonio Mingote, Antonio Muñoz Molina, Francesc de Carreras, Albert Boadella, José Luis Bonet, Carlos Herrera o Félix Ovejero, entre otros.

La entrega del premio tendrá lugar en el transcurso de una cena en Barcelona a principios del próximo mes de octubre.
 


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