AGLI Recortes de Prensa   Domingo 28 Agosto  2016

Rajoy, Sánchez y el fin de los grupos de presión
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 28 Agosto 2016

Más que como tragedia, los españoles que estos días apuran sus vacaciones a pie de playa se han tomado como farsa la posibilidad, que muchos juzgan amenaza cierta, de que volvamos a votar en nuevos comicios nada menos que el día de Navidad, una comedia bufa que muchos atribuyen a la intrínseca maldad de un Mariano Rajoy dispuesto a colocar en la mochila de Pedro Sánchez semejante bloque de cemento si insiste en no apearse de su no es no y seguirá siendo no por los siglos de los siglos amén. Casi todos descartan que Mariano, ferviente católico en su ámbito privado, haya pensado en prestar un servicio a la sociedad española actual, tan descreída ella, haciendo realidad aquello de que familia que vota unida permanece unida. Tan buen propósito navideño, familias reunidas jamás serán vencidas, ignora el hecho consuetudinario de cuñado coñazo que vota a Podemos y que puede amargarnos la nochebuena provocando una pelotera fenomenal con la suegra, del PP de toda la vida, y unas primas de Cuenca, mientras Felipe VI, traje azul, corbata malva, se afana en la pantalla de la tele por hacerse escuchar entre la barahúnda de niños, luces y confetis. Un despropósito el de esta España sin Gobierno que, en el fondo, no parece echar de menos a ningún Gobierno.

Una comedia que mantiene perplejos a los españoles, incapaces de hacer comprender a un amigo extranjero lo que ocurre en España (“te lo puedo contar, pero no te lo sé explicar”), y lo que es peor, incapaces de aceptar la situación de un país varado desde hace nueve meses en el arenal de los odios y los intereses personales de dos personajes que dirigen con mano de hierro los dos grandes partidos nacionales, sin que aparentemente ese país disponga de sociedad civil, grupos de presión, elites, intelligentsia y fundamentos morales bastantes para torcer el pulso y obligar al dúo de marras a apearse del burro. Un país a merced de dos señores y sus designios. Fue Max Weber, gran parte de cuya obra giró en torno al desarrollo del pensamiento elitista sobre el poder y la dominación del Estado, quien dijo que “la acción política se rige siempre por el principio del pequeño número, esto es, el de la superior capacidad política de maniobra de los pequeños grupos dirigentes”, ello dentro de la tesis central de los elitistas clásicos (que en fecha más reciente desarrollaría Wright Mills y su “La elite del poder”), según la cual “en cualquier sociedad solo una minoría detenta el poder en sus diversas formas”.

El ramillete que forman los números uno de las grandes empresas y bancos, empleadores de cientos de miles de personas, ha tenido y tiene un peso innegable sobre la acción de los Gobiernos de España y de cualquier democracia avanzada, de acuerdo con las tesis de Steven Lukes, según el cual “las grandes corporaciones económicas ejercen una enorme influencia sobre el Estado y sobre la naturaleza de los resultados de las democracias, en tanto en cuanto estos grupos suelen, además, ostentar también la propiedad de los medios de comunicación”, lo que es una evidencia en el caso español y en particular en Prisa, el grupo editorial, hoy venido a menos, que más influencia ha ejercido en la conformación de ideología en la izquierda española durante la Transición.

El poder que antaño ejercieron la iglesia, el ejército y la banca ha desaparecido por las alcantarillas del tiempo. Ya no hay grupos de presión. En los últimos años, la retirada del primer plano del dúo formado por Emilio Botín (Santander) y César Alierta (Telefónica) ha resultado clave en la pérdida de referente de los poderes económicos. Botín hizo muchas cosas malas, sobre todo en términos de calidad democrática (la famosa doctrina Botín, por ejemplo), pero demostró ser un tipo al que le importaba España, seguramente porque estaba convencido de que la suerte del banco siempre estaría ligada a la de España, a la imagen de España en el mundo. Más o menos como Telefónica. A Ana Botín parece importarle más bien poco lo que le ocurra al país en el que ha nacido. Botín, que ya monitorizó de cerca no pocas de las tropelías de Rodríguez Zapatero, sí que hubiera llamado a Sánchez para tratar de ponerlo firme, haciéndole ver las consecuencias de su bloqueo.

En el tándem citado cabe incluir por derecho propio a un tercero en discordia, Isidro Fainé, líder indiscutido del grupo Caixa, un personaje de otra época, un tipo irrepetible a medio camino entre la política y las finanzas, que sí que ha hecho recientemente cosas, la más relevante de las cuales ha consistido en reconducir a Albert Rivera por la senda del acuerdo con el PP de Rajoy. Ahí sí ha prestado un servicio. Ninguno de los personajes del trío citado se atrevió, juntos o por separado, a llamarle en su día para decirle que en una democracia, siquiera teórica, nadie que haya resultado volteado en un episodio como el “Luis, sé fuerte. Hacemos lo que podemos” puede presidir el Gobierno de un país de 47 millones de habitantes con un PIB de 1,1 billones. Los tres constituyen la columna vertebral del Consejo Empresarial de la Competitividad (CEC), el lobby español por excelencia, crecido a la sombra de las penurias de una CEOE que tuvo a su frente a un golfo como Díaz Ferrán. Fallecido Botín y en un segundo plano Alierta tras abandonar la presidencia de Telefónica, el CEC languidece entre las ambiciones de algún que otro outsider y el deseo de no pocos de esconder la nariz tras la empalizada de la empresa. El increíble caso de corrupción múltiple de Rodrigo Rato, el señorito por excelencia, ha hecho a todos mucho daño. El poder económico y bancario está hoy muy atomizado, si no disuelto, y su capacidad para influir sobre el poder político es mínima. La gran mayoría de los personajes del Ibex 35 no tienen más objetivo que pasar desapercibidos y cobrar un bonus millonario a fin de año.

El “acollone” del mundo del dinero
La violenta reacción social provocada por la dureza de la crisis entre los más desfavorecidos, que, entre otras cosas, ha dado lugar a la aparición de partidos tan potentes como Podemos, tienen al mundo del dinero francamente acollonado, hasta el punto de que, sintiéndose escrutados, muchos renuncian a dejarse ver por restaurantes en los que antaño galleaban e incluso se niegan a salir a la calle a cuerpo gentil. La constante presión de la sociedad, en general, y de los más desfavorecidos, en particular, en demanda de más y mejores servicios (la acumulación de expectativas suscitada por el Welfare State) hasta agotar la capacidad político-económica de un sistema –excesivamente burocratizado, por lo demás, y tan inmanejable como nuestro Estado autonómico- ha puesto en crisis a las sociedades del bienestar acogidas al modelo keynesiano, necesitadas de urgente revisión. El mundo del gran dinero es el enemigo natural al que apuntan, de momento con el dedo, esas masas que reclaman del Estado más y más dádivas. Al poder le ha entrado el miedo en el cuerpo. La renovación en la cúpula empresarial se está realizando, por lo demás, con cuentagotas, casi con fórceps, y los relevos tienen un perfil muy bajo, sacando a la luz personajes discretos que tardarán en madurar y en configurarse como auténticos líderes.

Sostiene Pareto que las elites están sometidas a “un circuito permanente de renovación, circulación y reubicación, que muestra que la historia es un cementerio de aristocracias”, un fenómeno que en absoluto se da en España, donde los que estaban siguen en su mayoría estando, taponando las más de las veces la llegada del relevo. Ocurre lo mismo que en los partidos. En el “sistema de Partidos” en que se ha convertido nuestra democracia, el poder, el único poder, está en la cúpula, en el líder que todo lo puede y en la pequeña camarilla de cortesanos que le rodean. No hay más poder que el de Mariano. Incluso que el de Sánchez. El resto son todos gregarios. Michels, padre de la Ley de Hierro de la Oligarquía, realiza una interesante crítica a los partidos socialistas que, caso del PSOE, pretenden regirse por métodos de democracia interna, al afirmar que en su seno coexisten jerarcas y burócratas, especialistas encargados de resolver las cuestiones que el propio partido genera, gente que, en base a ese conocimiento, goza de una superioridad “técnica” sobre la que fundamenta un poder que se asienta en el manejo de datos que escapan al control de las bases. Para Sánchez, las bases, la militancia socialista, es apenas el trampantojo imprescindible para mantener a raya a los barones.

Weber advirtió sobre la creciente “burocratización del aparato del Estado y la progresiva oligarquización de los partidos políticos”, sujetos a férreas normas de cohesión interna que obligan tanto a militantes como a diputados y minan cualquier posibilidad de auténtico debate político, de donde se deriva uno de los problemas fundamentales de las democracias modernas: mantener a los burócratas bajo control. Para el de Erfurt, sin un Parlamento fuerte, la democracia está condenada a convertirse en un Gobierno de funcionarios (“la democracia es el Gobierno del político” que dijo Schumpeter), caso de la Alemania del Káiser Guillermo. Su creencia en que la fortaleza de las instituciones democráticas, esencialmente el Parlamento, constituyen la mejor garantía para la selección de los líderes, ha quedado desacreditada en España, donde el Congreso sirve fundamentalmente para estabular funcionarios del partido durante décadas, la mayoría de los cuales pasa la vida sin abrir la boca desde la tribuna de oradores. La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, es ejemplo perfecto de ese “Gobierno de funcionarios” con poder casi ilimitado. No hay mujer que haya gozado de más poder en Gobierno español alguno, al punto de que su particular agenda produce fenómenos tan llamativos como esa capacidad casi milagrosa suya para transitar por las trincheras de la política sin ser rozada siquiera por las balas de unos medios de comunicación siempre ávidos de “sangre”. Ella es el poder en España. Y ella aspira a gobernarnos.

Los riesgos del Gobierno de funcionarios
Un país, pues, aparentemente inerme, que en todos y cada uno de los episodios evidencia la pobre calidad de su sistema democrático, sometido al humor de dos personajes que se han hecho fuertes en la torre almenada de sus respectivos partidos y a quienes nadie, ni grupo de presión, ni lobby, nadie, ni clase empresarial ni elite intelectual, osa siquiera molestar. Desde luego no la masa, “cuyo papel en democracia no es gobernar, sino intimidar a los Gobiernos”, en opinión de Ostrogorski, para quien “la función política de las masas en una democracia no es la de gobernar, porque siempre lo hará una pequeña minoría, en democracia lo mismo que en autocracia”. La minoría que rodea a Mariano se apresta a transitar con estoicismo, a soportar el viaje al limbo que supondrán esas tres semanas que van desde la corrida en pelo del próximo martes 30 de agosto, investidura fallida de Rajoy, al domingo 25 de septiembre, fecha de las elecciones autonómicas gallegas y vascas, en la esperanza de que ese día, esa noche, cuando ese genio de la política, ese campeón olímpico en la modalidad de perder elecciones que es Sánchez, vuelva a darse otra torta monumental en ambos territorios.

Lo que queda de los llamados “poderes fácticos” creen disponer de información solvente según la cual las hostilidades en el PSOE se desencadenarán a partir de ese 25 de septiembre, cuando, tras el anuncio de los resultados, Susana Díaz protagonice el hasta aquí hemos llegado y diga “basta”, tomando por asalto la fortaleza de Ferraz y desalojando de la misma al gran Pedrito, lo cual provocaría un giro radical del panorama de ingobernabilidad actual y facilitaría, no sin condiciones, la elección de Rajoy como presidente del Gobierno en octubre. Quienes la conocen, que cada vez son más, tuercen, sin embargo, el gesto: “Susana seguirá haciendo lo único que sabe hacer, bien atrincherada en Sevilla, que es hablar mal de Pedro Sánchez ante amigos y conocidos del Ibex. Por si fuera poco, ella no es diputada en el Congreso, lo cual supone un problema de visibilidad importante en caso de dar el salto a Madrid, cosa que no me creo en absoluto, repito, porque su especialidad es la de amagar y no dar. Esta chica no sabe hacer otra cosa”. ¿Cambio sustancial o simple señuelo? Dependerá de que Rajoy, ya investido presidente, consiga el apoyo parlamentario de una mayoría de diputados, porque pretender gobernar después con apenas 137 escaños supone continuar bajo la amenaza permanente de nuevas elecciones. Sigue la farsa.

Estilos de Gobierno
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 28 Agosto 2016

El General de Gaulle señaló en su día que en situaciones de crisis es esencial el carácter del gobernante. Efectivamente, existen diferentes formas de gobernar y de entender el alcance y el propósito de esta tarea. Los criterios para describir cómo cada responsable político conduce los asuntos públicos que le competen pueden ser diversos y atañen a su capacidad de iniciativa, a su conciencia moral, a su mayor o menor pragmatismo o a sus prioridades. Su nivel de formación, sus dotes de comunicación, su inteligencia, su profundidad de visión estratégica, sus habilidades tácticas, su dominio o su carencia de lenguas extranjeras, su honradez, su altura de miras, su pasión o su indiferencia respecto a los problemas a los que se enfrenta, su diligencia o su indolencia, son elementos sin duda determinantes a la hora de concebir y ejecutar sus decisiones o de mantenerse en la inacción. A lo largo de casi tres décadas de actividad política he sido testigo cercano o lejano de muy diversos estilos de gobierno en España y en otros lugares del mundo y he podido calibrar hasta qué punto las características psicológicas, los conocimientos y la solidez ética de los encargados de manejar las palancas del Estado en los puestos de mayor relevancia tienen consecuencias de considerable impacto en la vida de millones de personas y en el éxito o el fracaso de los países que en un momento dado tuvieron que regir. Desde esta perspectiva, hay cuatro tipos de gobernante que me parecen especialmente significativos: el seguidor de encuestas, el moralmente comprometido, el activo y el pasivo.

Dado que nuestras sociedades democráticas son regímenes de opinión, el gobierno que actúa prescindiendo de lo que la gente desea, siente, aprueba o rechaza, es simplemente suicida. A partir de aquí surgen dos modalidades de gobernante, el que basa su trabajo en las fluctuaciones de la opinión manifestada a través de encuestas y se limita a adaptarse en cada circunstancia y ocasión a lo que éstas reflejan sin otra preocupación que complacer a la mayoría, y el que, sin dejar de tener en cuenta la evolución de las aspiraciones, preocupaciones y exigencias de sus conciudadanos, intenta mediante la persuasión y el liderazgo orientar los objetivos de la sociedad en la dirección que cree correcta. El primero se comporta como un globo movido por el viento, el segundo como el firme timonel de la nave del Estado.

Se supone que los programas políticos son la concreción de principios y valores y de concepciones antropológicas para la resolución de problemas colectivos concretos. Sin un fundamento claro de cuál es la buena sociedad y cuáles son las reglas morales que deben establecerse para conseguirla, es difícil que una agenda política tenga consistencia. Pues bien, es fácil distinguir a los gobernantes que desempeñan su cargo desprovistos de tal referencia de los que, pese a reconocer que hay situaciones en las que, como escribió Sartre, gobernar es ensuciarse, se esfuerzan por sostener la vigencia de unas determinadas convicciones. Si una presión fiscal confiscatoria es o no aceptable o si un ex-terrorista condenado a inhabilitación puede o no ser candidato en unas elecciones son cuestiones cuya respuesta concreta ha de apoyarse en un esquema moral específico sobre puntos tales como el derecho de propiedad o el imperio de la ley. Bajo este ángulo, es inmediato clasificar a los gobernantes como relativistas morales o como personas con principios.

Por último, hay hombres públicos que creen, como creía Antonio Maura, que el gobernante debe gobernar y no meramente estar en el gobierno y otros que prefieren leer los titulares cada mañana con el distanciamiento propio del que está convencido que poco o nada se puede hacer para influir en el curso de las cosas y que además semejante empeño es demasiado fatigoso. Si un problema es insoluble, piensan, para qué preocuparse, y si tiene solución, pues el tiempo lo arreglará. Tampoco cuesta demasiado colocar a un gobernante en el grupo de los que cogen los toros por los cuernos y se baten el cobre con los acontecimientos por graves e incómodos que sean o en el de los que esperan sentados a contemplar la catástrofe o al cadáver de su enemigo desfilar ante su puerta.

Es entretenido e ilustrativo analizar a los protagonistas de nuestra vida pública bajo este prisma y trazar su perfil. A mí personalmente me gustan los gobernantes activos, coherentes y equipados con un proyecto ambicioso y completo. Sospecho que a ustedes también y por eso comparto su desánimo. No es descartable que tengamos lo que nos merecemos, pero también es verdad que nuestros mecanismos de selección de líderes políticos son seriamente defectuosos. O los cambiamos o seguiremos condenados al averno de repetir elecciones por toda la eternidad.

****************** Sección "bilingüe" ***********************
Todo lo español en Cataluña es una anomalía

José Rosiñol Lorenzo www.vozpopuli.com 28 Agosto 2016

Hemos vivido un verano más extraño de lo normal en lo que se refiere al panorama informativo catalán. Han ido apareciendo episodios de “graves” ataques al catalán, mejor dicho, de humillaciones hacia ciudadanos catalanoparlantes. Lo más llamativo es que se ha elevado la anécdota a norma. El efecto multiplicador del rodillo mediático nacionalista ha puesto en marcha una campaña para “destapar” una “catalanofobia” latente en la sociedad catalana. Me refiero al incidente de Quimi Portet (exmiembro del grupo El Último de la Fila) cuando el camarero de un ferry cometió el pecado de no atenderle en catalán. O la burda mentira pergeñada por una activista del “prusés” que puso en marcha una campaña de acoso contra un socorrista de una playa catalana. Su falta: no saber catalán. O un supuesto incidente en un centro de asistencia sanitaria en el que la Plataforma per la Llengua denunciaba una discriminación por querer hablar en catalán.

Pero ¿por qué esta campaña institucionalizada por parte de los medios de comunicación públicos y subvencionados catalanes? ¿A qué responde esta operación sociopolítica? ¿Cómo es posible que se ahonde aún más en la fractura social catalana poniendo ahora el foco en elementos culturales y lingüísticos? Imagino que muchas de estas preguntas se podrían contestar como la maniobra para justificar una narrativa nacionalista cada vez más desacomplejada de sus tics excluyentes y totalitarios, como lo demuestran manifiestos como el Koiné o las ponencias en la Universitat Catalana d´Estiu, en los que se clama por la desaparición del bilingüismo en Cataluña, el arrinconamiento de lo español en Cataluña, siendo el último escalón de la diglosia propiciada por la Generalitat. Todo ello con el reconocimiento y el acriticismo del periodismo orgánico nacionalista, una forma más de invertir la realidad y convertir en acosadores a los acosados. Cabría preguntarse qué dirían si surgiese un manifiesto que apostase por la desaparición del catalán, pongamos, en Barcelona…

Sin embargo, si nos detenemos en el contexto de los episodios expuestos, vemos que en el fondo del sustrato ideológico nacionalista subyace un cada vez menos disimulado supremacismo de raíz cultural y económico, una especie de asignación automática de clases y roles sociales de obligado cumplimiento. Parece que los usos lingüísticos delimitan una especie de comunidad imaginada y una red de incentivos (y desincentivos) que excluye a quienes no se someten a los patrones fijados por la élite “intelectual” y política nacionalista. Pero no todo es cultural. Fijémonos en que esta reacción hiperbólica se da contra ciudadanos que podrían adscribirse a la clase trabajadora. Parece que no se tolera que quienes les “sirven” o les “cuidan” no se sometan a su estándar conductual (protocolo de usos lingüísticos en la sanidad catalana, pág. 10). No solo hay que exigir unas buenas competencias profesionales, se tiene que cercenar cualquier atisbo de pluralidad cultural y excluir el español de la vida profesional en Cataluña.

En realidad, para el nacionalismo, todo lo español en Cataluña es una anomalía o un contubernio histórico contra la “nación” catalana. Les aterra la realidad, una Cataluña abierta y plural, sin complejos y bilingüe, que concibe tanto el catalán como el castellano como lenguas propias, como un bien común, que sabe que el catalán es un patrimonio tan español como lo es el castellano, y que éste lo es a su vez de Cataluña (y de los catalanes). Sin embargo, los próceres nacionalistas siguen empeñados en culminar su plan de ingeniería social, dividiendo a los catalanes, estigmatizando la disidencia no ya solo política sino la lingüística y cultural. Les interesa crear un escenario de suma cero, de inevitable confrontación entre dos supuestas concepciones antagónicas de la catalanidad, una reedición social y política del simposio titulado “España contra Cataluña”. El problema radica en que se conciben a esos camareros, socorristas, enfermeras o cualquier otro individuo como un meteco, como un extranjero asentado en Cataluña, como un ciudadano de segunda al que hay que someter a la presión social y mediática de una minoría ideologizada. Estamos ante un proceso profundamente clasista de base etnicista muy impropio de las democracias modernas.

José Rosiñol Lorenzo es socio/fundador de Societat Civil Catalana
https://twitter.com/JosRosinol

Cataluña, amanece que no es poco...

Julio Murillo Cronica Global 28 Agosto 2016

Nadie duda de que el exasperante proceso catalán coleará todavía durante algún tiempo y que las brasas del incendio provocado por pirómanos con cargo institucional y despacho regio tardarán en extinguirse. A día de hoy el independentismo es un enfermo crónico, achacoso, que deambula dando imprevisibles palos de ciego, condenado a terminar antes o después en el corredor de paliativos.

El otro día leí de forma casual un tuit del polémico Alfons López Tena --sí, aún sigue ahí, con toda su mala leche intacta-- en el que decía lo siguiente: “El balance del 'procesismo' es una Cataluña devastada, infantilizada, fanática, autoritaria y sometida a España”. Suscribo esas palabras casi por completo, excepto en lo que hace referencia al sometimiento a España. Eso no se aguanta ni con puntales y lo sabemos todos; bueno, todos menos ellos.

Lo que sí es innegable es que la sensación de agotamiento propagandístico es tremenda. Hemos llegado al non terrae plus ultra. Imposible ir más allá, vender más falacias o inyectar moralina por vía intravenosa a los acólitos; imposible endosar más camisetas con rotulador de regalo o infundir arrestos a la parroquia estelada, que vive con absoluto desencanto --dense un paseo por los foros de la prensa independentista y compruébenlo-- la demolición del castillo de naipes. Jordi Sànchez, de la ANC, admitía hace escasos días que “o bien acabamos con el proceso o bien el proceso acabará con nosotros”. Y apostillaba resignado: “La gente está desorientada”. Yo añadiría que está absolutamente agotada y harta, porque a sólo veinte días del 11S los inscritos en el flash mob de este año no llegan ni a cien mil. Auguro mucho retoque de Photoshop.

El independentismo siempre ha sido un corral con muchos gallos, una jaula de grillos, pero ahora más que nunca. De hecho, y tirando de ironía, se podría decir que están todos locos de encerrar y perder la llave. Mientras la ANC se embarca en una infame y vergonzosa campaña que va llenando de cruces las plazas públicas de Cataluña, el president Puigdemont hace gala de pluralismo y ecuanimidad, bloqueando en su cuenta de Twitter a todo constitucionalista que asoma la nariz. En los foros de los digitales subvencionados, los indepes utilizan toda la artillería contra Rabell, Coscubiela y Colau --que parece dispuesta a crear un nuevo partido para asaltar la Generalitat--, y en artículos y columnas de opinión, la prensa del régimen debate acaloradamente sobre si se debe llegar a la DUI mediante un RUI o un RUV --Referendo Unilateral Vinculante--, variante de nuevo cuño que debería desembocar en un GIES o Gesto Inequívoco de Ejercicio de Soberanía.

¡Glubs! ¿Se han perdido con tanto acrónimo? ¡No se pierdan, que está todo muy claro! Llegado el momento oportuno ya decidirán sobre la marcha si ese “Gesto Inequívoco de Ejercicio de Soberanía” se concreta enviando a los trabucaires de Cardedeu a tomar el control del aeropuerto del Prat o pasa por reunir, con gran despliegue de medios internacionales, al Estado Mayor de ERC, Convergència y la CUP ante la Delegación del Gobierno, en Barcelona, a fin de obsequiar a España con una butifarra colectiva o corte de mangas al estilo etrusco.

El tiempo nos dirá cómo acaba esta comedia bufa. Ahora mismo muchos cargos de Convergència (dejemos lo de PDC, que demócratas y catalanes lo somos todos) están buscando la forma de salir de escena por alguna providencial “puerta giratoria” (¡David Madí, te necesitamos!), porque no tienen nada claro que Puigdemont supere la cuestión de confianza de septiembre, ya que la CUP obligará al presidente a fijar fecha para el RUI o el RUV, la DUI y el GIES (y no me pregunten en qué orden cronológico sucederá todo eso porque ni ellos mismos lo saben) y a consignar en los presupuestos una partida de 4 ó 5 millones de euros para celebrar ese glorioso butifarréndum 2.0 por todo lo alto.

Y a partir de ahí, sólo pueden pasar dos cosas: o bien Puigdemont accede a esa exigencia, enfrentándose a cara de perro con el Estado, el Tribunal Constitucional y la pareja de la Benemérita; o convocatoria de elecciones en Cataluña al canto, en tres, dos, uno...

Lo dicho. A esto le quedan dos cafés, o tres, o cuatro, vaya... no lo sé, pero que necesitamos decenas de miles de psicólogos, camisas de fuerza y celdas acolchadas, fijo que sí. Es una lástima no poder contar con un Valle Inclán o un Berlanga para inmortalizar esta monumental astracanada, este sublime disparate cósmico. En su ausencia me atrevería a pedirle a José Luis Cuerda una versión catalana de su inmortal “Amanece, que no es poco”. Porque esto es un sindiós.

Si no les importa, me pido el papel de Gabino Diego alucinando en colorines, you know...

Censura la inmersión lingüística
Una ensayista sueca censura el adoctrinamiento educativo del separatismo
Gaceta.es 28 Agosto 2016

La catedrática en español y ensayista sueca Inger Enkvist ha desmontado las políticas educativas de la Generalitat de Cataluña al asegurar que "la educación no debería de ser una cuestión política" y que "Cataluña debería permitir a la familia elegir entre el castellano y el catalán como lengua vehicular si lo que quiere es priorizar es el dominio del lenguaje".

En una entrevista concedida a La Vanguardia, la asesora del Ministerio de Educación sueco, ha censurado el adoctrinamiento en Cataluña señalado que "lo más importante es que los niños tengan vocabulario y conocimientos, y para eso escuela y padres deben estar de acuerdo y fortalecer la lengua materna". "Entre mi universidad y la catalana había un acuerdo de intercambio de estudiantes, pero no quieren venir por la cuestión del idioma, ellos han estudiado español y quieren perfeccionarlo. Si una sociedad se cierra está quitándole oportunidades a sus jóvenes", ha proseguido.

Enkvist, que ha realizado un alegato en favor de la exigencia en la educación asegurando que "en Occidente se da por supuesto que todos los alumnos se esfuerzan y no se piden resultados" y por tanto se ha llegado a una "escuela comprensiva en la que la autonomía del alumno es intocable", ha criticado que exista un "buenismo escolar donde la palabra clave es inclusión, pero no por el conocimiento y el esfuerzo sino porque sí", y ha pedido que se anteponga el aprendizaje a la convivencia.

Ante las preguntas de la periodista, ha desmontado el mito de la izquierda sobre la financiación de la educación señalando que "en Occidente se invierte mucho más dinero que en los países asiáticos y que ellos obtienen mejores resultados" y ha puesto énfasis en la excelencia. "Se trata del tipo de educación en el que se invierte. Hay que atraer a buenos profesores, pagarles bien, y recuperar su autoridad", ha aseverado. Para ello, ha abogado por aumentar el nivel de exigencia de los profesores y exigir "una nota de corte muy alta" y que tengan un máster. "Los padres en Singapur o Finlandia saben que están muy preparados y los alumnos que ser profesor es muy difícil y que los suyos están entre los mejores del mundo. Hay que entrar en ese círculo beneficioso como sea".

Mi lucha contra ETA (VI).Todas las preguntas clave sobre el asesinato de mi padre
Pablo Romero El Espanol  28 Agosto 2016

Un buen amigo me dijo en cierta ocasión, hace muchos años: "Los periodistas no soléis tener ni puta idea de nada". Yo añado: "Ni falta que nos hace". Buscamos la verdad con datos y declaraciones de quienes saben.

Después de escribir la historia de la investigación sobre el asesinato de mi padre y de otros seis hombres inocentes, las dos primeras preguntas que me vienen a la cabeza son "quién" y "por qué". La primera tiene una contestación compleja. La segunda, ni siquiera eso.
Quién y por qué

He tratado de explicar una historia que nunca quise tener que contar, pero a la que no he tenido más remedio que enfrentarme. He buscado la verdad de la única manera que sé. He llegado tan lejos como he podido, dentro de la legalidad y con las armas de las que disponía. Unas veces he sido investigador. Otras veces, víctima. En algunas ocasiones he sido periodista. Y casi siempre, sólo un ciudadano atónito, protagonista de la más real de las películas de investigación, de suspense, o directamente de terror.

Cuando arranqué esta amarga aventura, mi principal objetivo era conocer qué había pasado realmente aquel 21 de junio de 1993 más allá de las descarnadas crónicas periodísticas de la época y de otras literaturas poco afortunadas. No buscaba venganzas ni sentía rencor alguno, sino que me impulsaba la necesidad de conocer la verdad. Poco a poco me di cuenta de que esa verdad sólo podría salir a la luz a partir de los autores del atentado, los que apretaron el botón para que aquella furgoneta se convirtiera en un amasijo de hierro, carne quemada y sangre reseca.

¿Son ellos los que aparecen en este relato? Yo no lo sé con total certeza. No hay pruebas inequívocas ni evidencias, pero sí serios indicios. Podría decir lo mismo quien haya leído esta historia con un mínimo sentido crítico. No obstante, se abre una vía nueva de investigación para averiguar la verdad; en este país, eso es también responsabilidad de los jueces y fiscales.

También ha aparecido otra senda inesperada, al menos para mí, que es la de la responsabilidad política. Y ésta no prescribe ni caduca.

¿Llegará la Fiscalía hasta el final? ¿Continuará la investigación judicial? ¿Se depurarán las responsabilidades penales y políticas de quienes tomaron decisiones erróneas? La pelota está ahora en el tejado del Estado que, en mi opinión, debería actuar ya. Esta investigación ha sacado a la luz nuevos datos que apuntan a personas que, por unas razones u otras, no han asumido su responsabilidad ante la Justicia, ante los ciudadanos y ante la historia.

Este relato, fruto de tantos meses de duro trabajo, aporta la única versión completa y razonada que existe hasta ahora de la autoría de la masacre de la Glorieta de López de Hoyos en Madrid. Ahora hay una base sólida sobre la cual se puede llegar a contestar a la pregunta "quién" de manera unívoca. ¿Quiénes fueron los autores? Los etarras que integraban entonces el comando Madrid. Algunos quedan identificados, al menos mediante indicios claros, en este relato. ¿Quiénes idearon el atentado? Sus responsables operativos. ¿Quiénes pudieron evitarlo? Ellos mismos y los Cuerpos de Seguridad del Estado. ¿Quiénes tomaron las decisiones que sellarían el trágico destino de mi padre y de otros seis hombres?

A lo largo de estos años, mientras me esforzaba por obtener respuestas a la pregunta "quién", iba abonando el terreno para otra pregunta más terrible, más complicada y sin respuesta: "Por qué".

¿Por qué no se ha investigado a lo largo de los años y de forma exhaustiva no sólo la muerte de mi padre y sus compañeros, sino de cada uno de los asesinatos terroristas que han sacudido España en las últimas cinco décadas y que permanecen sin resolver? ¿Por qué tiene que ser un familiar o un allegado quien tenga que buscar en los sótanos del Estado para arañar nuevos datos y mantener viva la causa? ¿Por qué quien tenía la obligación de ayudarme o, al menos, de facilitarme este terrible trabajo, hizo todo lo contrario?

En última instancia, ¿por qué tuvo que morir mi padre?

Memoria Histórica
Cuando hace dos años me puse a escarbar en la hemeroteca y poco a poco llegaban los informes policiales que apuntaban directamente a Garcia Corporales como uno de los posibles autores materiales de la masacre, supe que había conseguido mucho más de lo que pensaba al principio de esta aventura. De alguna manera cumplía mi deseo principal, averiguar qué había pasado aquel 21 de junio de 1993.

Sin embargo, me decidí a continuar con el proceso. Incluso con muy pocas posibilidades de éxito, cualquier dato nuevo, cualquier declaración relevante, iba a perdurar en un documento público. Y esta información quizá, con suerte, podrá ser utilizada en otros procedimientos abiertos o por abrir.

Aún hay muchos asesinatos de ETA sin resolver, varios atentados sin autoría declarada y demasiados casos que no han llegado siquiera a los tribunales. Algunos estudios señalan nada menos que casi 400 muertes sin aclarar: concretamente, 314 en democracia y otras 66 durante la dictadura.

No puedo hablar por ninguna víctima, sino por mí: necesito saber la verdad. Necesito saber qué ocurrió, quién lo hizo y todas las circunstancias posibles para saber por qué mi padre tuvo que morir, y si pudo haberse evitado. Esa ha sido mi obsesión durante los últimos años. Puede que no logre que el peso de la Justicia caiga sobre los autores y los cómplices necesarios de la tragedia que me dejo sin padre, pero habré conseguido algo que es para mí mucho más importante: memoria histórica.

Porque esto es memoria histórica.

Lo que queda por hacer
"La verdadera historia del terrorismo en España está aún por escribir". Esto me lo dijo uno de mis contactos en el Pais Vasco. Según su opinión, las decenas de miles de informaciones que recogen las hemerotecas o los cientos de libros escritos al respecto no se acercan a formar una imagen fiel de lo que ha supuesto la violencia terrorista en España.

Creo que es imprescindible hacer un esfuerzo común para exponer a la opinión pública, con el mayor detalle posible, la relación que siempre ha existido entre el Estado y ETA. Quizá sea conveniente recordar que los poderes públicos, que emanan de todos nosotros -el pueblo español es el sujeto de la soberanía nacional-, no pueden ampararse en el secreto ni ejercer tutelas sobre una sociedad, la nuestra, lo suficientemente madura como para ejercer un sano y necesario control sobre las instituciones.

Pero es que además nuestro Estado es la personificación del orden jurídico, es la materialización de unas reglas del juego. Si se rompen las normas, si no se aplican las leyes, si se falla en la obligación de proteger y amparar al ciudadano, el Estado fracasa. ¿Es este relato una demostración más de este fracaso?

Este caso es sólo un ladrillo en un edificio inmenso, siempre sin terminar. Esa estructura es la historia y ha de construirse con verdad. Hoy puedo decir que ya existe al menos una versión de lo que realmente pasó aquel horrible 21 de junio de 1993, cuando asesinaron a mi padre.

Antes no había ni eso.

Esperanza
Cuando publiqué el artículo El folio 825, en el que contaba cómo había conseguido que la Audiencia Nacional reabriera el caso del asesinato de mi padre, lo hice lleno de esperanza. Aunque no sabía por dónde empezar, creía honestamente que iba a poder tener acceso a datos y testimonios, conocer, saber. Luego la realidad me sacudió tantas veces en tan poco tiempo que se me cayó la ilusión.

Me encantaría decir lo contrario, pero no creo que este caso pueda servir de ejemplo para nadie que quiera investigar casos similares. Al releer aquel artículo quisiera poder corregirlo. Concretamente, la parte en la que me refería a otras víctimas de otros atentados. "Me gustaría que todas las víctimas en la misma situación sepáis que es posible hacer algo", decía entonces. Hoy no lo tengo tan claro.

Al hacer balance de mi investigación me doy cuenta de que he tenido mucha, mucha suerte. Ser periodista me ha permitido acceder más fácilmente a determinadas personas y documentación. Tener cierta formación jurídica me ha permitido saber en todo momento a lo que me enfrentaba y hasta dónde podía llegar. Por no mencionar la gran fortuna de que un personaje anónimo apareciera de la nada para darme las pistas fundamentales. ¿Qué probabilidades hay de que esto le ocurra a otro hijo, a otra viuda, que quiera investigar la muerte de su propio padre o marido?

El resto del párrafo lo dejo igual. "Se puede y se debe hacer algo", decía entonces. Hoy lo sigo pensando, pero sé lo complicado que es. "Duele, pero es necesario", decía entonces. Hoy puedo afirmar que es, de lejos, lo más doloroso que he tenido que hacer en mi vida. "Hay que moverse ya. Nadie lo hará por vosotros (nosotros). Encontraréis ayuda en el camino", concluía.

A pesar de los obstáculos, tan decepcionantes todos ellos, he tenido la gran suerte de contar con valiosas asistencias inesperadas.

Paz
Comencé a escribir este relato durante el verano de 2015. Hasta entonces, todo se había desarrollado con tal discreción que ni siquiera mi madre estaba al tanto de mis pesquisas. Me moría de ganas de contárselo, aunque sabía que le iba a resultar muy duro. Sin embargo, ella tenía interés en conocer la historia que había escrito hasta ese momento.

Hace poco le leí una treintena de hojas impresas. Ella estaba recostada en un sofá, concentrada, inexpresiva. No sabía cómo iba a ser su reacción, me angustiaba que volviera a revivir tanto sufrimiento, tantos años después.

Cuando terminé esperamos un rato en silencio, en el salón de su casa. "¿Qué te ha parecido?", le pregunté en voz baja. Ella me contestó algo que, de repente, dio sentido a tanto trabajo y a tantas noches sin dormir.

Mi madre dijo: "Me da paz".


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