AGLI Recortes de Prensa   Sábado 3 Septiembre  2016

¿Es tan urgente un gobierno como pretenden vendernos?
Javier Benegas y Juan M. Blanco www.vozpopuli.com  3 Septiembre 2016

“Es monstruosa, inconfesable, esa contradicción de perpetuar el mal para garantizar el bien. La contradicción que hace de mí un hombre cínico e indescifrable […] Todos piensan que la verdad es justa... pero conduce al fin del mundo. Y no podemos consentir el fin del mundo en nombre de la justicia. Nosotros tenemos un mandado, un mandato divino. Hay que amar mucho a Dios para entender la necesidad de hacer el mal para conseguir el bien. Esto Dios lo sabe, y yo también lo sé.”

La cita pertenece a un monólogo ficticio de la película Il Divo (2008) donde el personaje de Giulio Andreotti hace examen de conciencia y admite su culpa en los turbios asuntos de la política italiana. Pero se trata de un falso acto de contrición pues lo que pretende realmente es justificarse a sí mismo, argumentando que, muy a su pesar, el mal es un medio necesario para alcanzar el bien. Y aplicarlo es el tremendo sacrificio del político, del verdadero hombre de Estado.

Salvando naturalmente la estatura política que separa a ambos personajes, diríase que Mariano Rajoy parece ver el mundo de manera parecida. Para él, gobernar a toda costa, aferrarse al poder, continuar en la poltrona para que nada cambie, para que España siga degradándose -es decir, hacer el mal-, es la manera de garantizarnos el bien. El mal en este caso consiste en considerar el poder un fin en sí mismo, no un medio para conseguir más libertad, mejor participación, crecientes oportunidades para los ciudadanos. Y, al igual que el ficticio Andreotti, diríase que Rajoy cree que la verdad puede ser contraproducente, peligrosa. De ahí sus apelaciones al “sentido común” y… su empeño en silenciar al discrepante, en condenar al ostracismo a los que no se avengan a propagar sus consignas, a quienes denuncien que el rey está desnudo.

Un gobierno ¿para qué exactamente?
Hay un mensaje que Rajoy, y sus hordas mediáticas, han emitido con tan denodada insistencia que finalmente ha sido asimilado por la opinión pública como verdad revelada: que España necesita urgentemente, a toda costa, a cualquier precio, un gobierno. Por eso, la investidura de Mariano constituiría un suceso inevitable, imprescindible al que nadie debe oponerse. Un mal que, sin embargo, garantizará el bien de la colectividad… ¿o no?

Se trata, más bien, de un argumento falaz. Porque lo importante no es el ejecutivo, tampoco el presidente, sino la línea política, las reformas, la filosofía; en definitiva, el pensamiento que inspirará las decisiones de un gobierno. Sin embargo, grandes empresarios, muchos periodistas y demasiados columnistas de opinión se empeñan en poner el carro delante de los bueyes pregonando que lo imprescindible es la formación de un ejecutivo... con independencia de la línea que pudiera seguir después.

Fieles a este guion, algunos grandes empresarios repiten que "la incertidumbre es nefasta para los negocios", una melodía pegadiza, sin duda, pero con letra poco verosímil. ¿No generaría más incertidumbre un ejecutivo en minoría cuya imprevisible política sería resultado de cambalaches, componendas y trapicheos con otros grupos? En España, donde las leyes se promulgan a granel, y las normas cambian de forma acelerada, un gobierno en funciones tiene ciertas ventajas: se encuentra limitado para modificar arbitrariamente las reglas del juego. Así, aunque en las alturas se muestren inquietos, la interinidad del gobierno implica menos incertidumbre para la sociedad pues pone coto a la continua ocurrencia, capricho o antojo del ejecutivo de turno.

Más allá de lo que trinen los líderes y pregonen los medios, el ciudadano de a pie no ha notado los supuestos perjuicios de la ausencia de gobierno. Un fenómeno que no se debe, como ha apuntado cierto zascandil, a que muchas competencias se encuentren transferidas a las Comunidades Autónomas, sino a que la Administración, sea nacional, autonómica o local, es una máquina burocrática que funciona por sí misma, con independencia de que el gobierno se encuentre en funciones o en mandato pleno.

Sin embargo, grandes empresarios, intelectuales y periodistas de partido necesitan saber urgentemente quién diablos repartirá el pastel en esta España de favoritismo, apaño y enjuague, a quién deben rendir esa pleitesía que les garantice una vida muelle. Los grandes sectores empresariales porque dependen de un intenso intercambio de favores con el poder político; ciertos periodistas porque sus nóminas, y la continuidad de sus medios, dependen de ayudas oficiales o de la publicidad que contratan las empresas que actúan en connivencia con los gobernantes.

Por ello, demasiados creadores de opinión, rompiendo el compromiso de honestidad intelectual con sus lectores, escriben al dictado de consignas recibidas desde arriba. Resulta más rentable seguir la estela de la propaganda oficial que desvelar esa verdad que acarrea "el fin del mundo". Para estos mayordomos debe haber cuanto antes un gobierno... que favorezca sus intereses, despellejando a Pedro Sánchez por no facilitar una investidura como sea. Eso sí, cualquier observador imparcial reconocería que ninguno de los dirigentes actuales posee cualidades ni actitudes adecuadas para ser investido presidente y formar el gobierno que España necesita.

Más de lo mismo
Frente a esta dinámica perversa, el acuerdo de PP y Ciudadanos es pólvora mojada. 150 medidas que dejan helado al ciudadano consciente, no maleado por la incesante propaganda. Aun siendo algunas bienintencionadas, las propuestas acaban desembocando en el "mar de lo mismo", esa línea arbitrista, paternalista y gastadora que pretende resolver con una nueva ley el problema que creó la anterior. Es un pacto que, de aplicarse, generaría más burocracia, más legislación, más organismos para colocar a los partidarios... cuando la solución es precisamente recortar todo ello. Especialmente la legislación, que debe ser podada con vigor, simplificada hasta que quede en lo verdaderamente imprescindible.

Tampoco parecen percatarse de que los pactos anticorrupción son tan absurdos como las inanes comisiones parlamentarias de investigación, donde nunca se descubre nada. Cuando la corrupción no es individual, sino organizada, no hay pacto, acuerdo o ley capaz de atajar el ubicuo enriquecimiento ilícito. Como también es disparatada la intención de profundizar en la proporcionalidad del sistema electoral. Señores, no intenten tomarnos el pelo: la proporcionalidad no mejora la representación del ciudadano, sólo la de los partidos. Y constituye una deriva que conduce a la Italia de Giulio Andreotti, la que cebó los escándalos de Tangentopoli.

Somos pocos, pero tenemos razón
Perpetuar el mal nunca garantiza el bien. El mal, es decir, la corrupción, la degradación, terminan infectándolo todo y el cinismo alcanza cotas insoportables. Otro conocido dirigente italiano de la época, Bettino Craxi, es prueba de ello. Acorralado por los jueces, no negó haber cobrado sobornos. Más bien trató de justificarlos aduciendo un argumento similar al del cinematográfico Andreotti, pero ya sin la elegancia del taimado Giulio. Declaró que el cobro de comisiones ilegales era común a todas las formaciones, la regla general de actuación. Que la corrupción era el coste de la política, el mal que la sociedad debía aceptar para mantener una democracia de partidos. Pero, claro, olvidó señalar que la mayor parte de los sobornos iba directamente al bolsillo de los dirigentes, no a financiar los partidos.

Al final, afloraron en Italia tramas corruptas que enraizaban en todas las estructuras administrativas del país. Los jueces imputaron a más de la mitad del parlamento, disolvieron 400 ayuntamientos y comprobaron que las grandes empresas pagaban anualmente más de 4.000 millones de dólares en sobornos. Los partidos tradicionales sufrieron un cataclismo electoral, desaparecieron del mapa. El sistema electoral italiano fue sustituido por uno mayoritario y, durante algunos años se redujo la corrupción, hasta que la contrarreforma devolvió el sistema al punto de partida. Lo que, ya puestos, demuestra que, en sistemas políticos como el español, completamente podridos, las reformas deben ser profundas, radicales, continuadas. Nunca tímidas, puntuales o vergonzantes. Tampoco traducirse en una serie de inconexas soluciones arbitristas que, una tras otra, se disolverán como gotas de agua en el cenagal del inmovilismo y la corrupción. Máxime cuando aquí, en España, carecemos de esas estructuras empresariales, de esos intelectuales, de esa sociedad civil de la que, pese a todo, sí dispone Italia.

La clave no está en contar con un gobierno cuanto antes: el verdadero servicio que grandes empresarios, periodistas, intelectuales y columnistas pueden prestar a sus conciudadanos es abogar por una profunda reforma política, dirigida a instaurar instituciones neutrales e independientes, contrapesos, mecanismos eficaces de control del poder, sistemas de representación directa, adecuados métodos de selección de los gobernantes y una prensa libre e independiente. Unas transformaciones profundas que eliminen barreras, neutralicen el perverso sistema de intercambio de favores e impulsen mecanismos basados en el mérito y el esfuerzo, no en las relaciones, la influencia o la amistad. Esto es lo que realmente puede beneficiar al ciudadano de a pie; nunca una investidura a toda costa para que la manivela del BOE vuelva a girar sin control, garantizando el reparto de favores... a los de siempre. Que no les engañen, el resultado de la votación de este viernes pasado no es producto del bloqueo, del sabotaje, sino del agotamiento de esa política que perpetúa el mal para, se supone, garantizar el bien y... de sus recalcitrantes candidatos.

El egoísmo de Rajoy y Sánchez bloquea España
Los programas no son un verdadero impedimento para posibilitar la formación de Gobierno, sino el interés personal de cada uno de los candidatos
Editorial Libertad Digital  3 Septiembre 2016

Desde que se celebraron las elecciones generales del pasado mes de diciembre, España sufre una inédita situación de bloqueo político e institucional por culpa del egoísmo, la ambición y la nula altura de miras de los máximos responsables de los dos grandes partidos, PP y PSOE. En los últimos ocho meses, unos y otros han urdido todo tipo de excusas, maniqueísmos y falsedades para evitar apoyar a su tradicional adversario político con el fin de mantener o, en su caso, recuperar el poder a costa del conjunto de los españoles, hasta el punto incluso de amenazar con la celebración de unos terceros comicios el día de Navidad.

En el primer intento, y después de que Mariano Rajoy renunciara voluntariamente a la investidura, el PP votó, junto a Podemos, en contra de la candidatura de Pedro Sánchez. Según alegó entonces Rajoy, el motivo de su rechazo es que el programa acordado con Ciudadanos sería nefasto para los intereses de los españoles, ya que pondría en riesgo la recuperación económica y la salida de la crisis. Meses después, tras las elecciones del pasado junio, ha sido Rajoy -ahora así- el protagonista de un segundo intento que también ha resultado fallido, solo que ahora por la falta de apoyo parlamentario del PSOE. ¿El motivo? Además de la manida corrupción, cuya sombra pesa como una losa sobre populares y socialistas, los "recortes" y el supuesto espíritu "conservador" que, según Sánchez, impregna el reciente pacto alcanzado entre PP y Ciudadanos.

Y, sin embargo, una vez analizado mínimamente el contenido de ambos acuerdos, la realidad es que la inmensa mayoría de medidas aceptadas por PP y PSOE, gracias a la intermediación de C's, son idénticas o, al menos, muy similares, evidenciando así que el pretendido distanciamiento programático no es más que una cortina de humo que, a modo de paripé, intenta ocultar la verdadera intención de Rajoy y Sánchez para negarse mutuamente, y que no es otra que sus propios intereses personales. Por coincidir, PP y PSOE coinciden incluso en el modelo de contratación y los costes del despido que deberían marcar la futura reforma laboral. Asimismo, los dos apuestan por elevar el gasto y subir de nuevo los impuestos, al tiempo que se mantienen intactos los pilares básicos del Estado del Bienestar, evitando la implementación de profundas y necesarias reformas para mejorar tanto el funcionamiento como la eficiencia del anquilosado sector público. Y la mayor prueba de tal coincidencia es que Rajoy, a pesar de disfrutar de una amplia mayoría absoluta durante la pasada legislatura, mantuvo prácticamente intactas muchas de las políticas que en su día puso en marcha Zapatero.

Así pues, los programas no son un verdadero impedimento para posibilitar la formación de Gobierno, sino el interés personal de cada uno de los candidatos. Sánchez se niega a facilitar la abstención e incluso parece dispuesto a pactar con Podemos y separatistas con tal de alcanzar la Presidencia y, de este modo, evitar su muerte política, mientras que Rajoy ya ha convocado un Comité Ejecutivo para que toda la cúpula del PP cierre filas en torno a él en caso de que el PSOE exija su cabeza a cambio de la abstención en un tercer intento que podría tener lugar tras la celebración de las elecciones gallegas y vascas. El interés y el bienestar de los españoles nunca ha estado presente en esta particular pugna personalista. Se trata, simplemente, de una hipóctrita y bochornosa batalla política sustentada sobre el ego, la ambición y la miopía de Rajoy y Sánchez. ¿Hasta cuándo?

La revolución de la tortilla (deconstruida)
Gabriela Bustelo www.vozpopuli.com 3 Septiembre 2016

En febrero de 2011, cuando Bélgica llevaba 250 días sin gobierno tras unas elecciones generales de resultado fraccionario, los belgas sustituyeron el enfado por la ironía ante la manifiesta ineptitud de sus políticos. Los restaurantes y bares del país se llenaron de carteles anunciando la “Revolución de la patata frita”, en alusión al popular moules-frites, un combo de mejillones con patatas fritas. Dada la división de Bélgica en dos partes enfrentadas ?el norte flamenco y el sur francófono?, la patata frita sería el símbolo de la unión nacional, alegaba la sarcástica campaña de la révolution de la frite, publicitada con fiestas y degustaciones gratuitas. La parálisis política belga acabaría durando 589 días, cifra que le valió el dudoso honor del récord Guinness como país capaz de estar más tiempo sin gobierno, título que conserva, si España no se lo arrebata, cosa que está por ver. Con 256 días de limbo político, España ha despojado a Irak del segundo puesto (249 días sin ejecutivo en 2010), habiendo superado ya hace días a Holanda, que en 1977 requirió 207 días para formar gobierno.

La crisis política occidental
Entre tanto, dos bastiones progres como el New York Times y el Financial Times lamentan que Pedro Sánchez no se abstenga permitiendo a Mariano Rajoy formar gobierno, en un acto de responsabilidad política y de necesaria cooperación democrática para acabar con el bloqueo nacional. Sin embargo, la corrupción del Partido Popular es la coartada perfecta para mantener cómodamente –desde la playa, incluso– el proverbial sectarismo del PSOE, que emulan Podemos y los partidos nacionalistas. Mientras España se abisma en un ombliguismo cargado de prejuicios que obstaculizan el autoanálisis, hay voces extranjeras que llevan años intentando desentrañar la crisis de la política occidental. El documental británico Four Horsemen (Ross Ashcroft, 2012) parece estar aludiendo a España al asegurar que “Durante siglos los sistemas políticos se han modificado con sutileza para ponerlos al servicio de las élites dirigentes, que no han dudado en corromperlos para beneficiarse. Las víctimas de estos cambios los han aceptado generalmente sin oponer resistencia y dado que el ser humano es capaz de adaptarse para subsistir en casi cualquier condición, el rasgo característico que nos ha permitido sobrevivir es el mismo rasgo que nos oprime.” El documental compara el declive de la civilización occidental con la de otros imperios que, incapaces de aceptar su ocaso, simularon renacer. En su ensayo El destino de los imperios (1978), el soldado y diplomático británico Sir John Glubb comparó el ciclo de vida de los grandes imperios de la historia, que suelen durar en torno a 250 años, o diez generaciones, desde los fundadores hasta los frívolos despilfarradores del fin del ciclo, cuya simple existencia es una pesada carga.

Pan y circo: chefs y deportistas
Según Glubb, un imperio atraviesa seis fases definidas por una actividad preponderante: la vanguardia; la expansión; el comercio; la prosperidad; el pensamiento; y por último, la etapa del pan y circo, que nos habría llegado intacta desde Roma. Al llegar a su postrimería, las civilizaciones presentan elementos comunes: devaluación monetaria; falta de disciplina de las élites; exhibición ostentosa de riqueza; acentuada desigualdad social; empeño popular en esquilmar al estado hipertrofiado; y obsesión con el sexo. La decadente etapa del pan y circo se caracteriza, nos recuerda Glubb, por el uso político del espectáculo como estrategia de distracción. El deporte sobrevalorado y exageradamente retribuido ya existía en Roma, donde el auriga Cayo Apuleyo Diocles ganó 36 millones de sestercios (unos 48 millones de euros) y se retiró a los 42 años. La otra profesión sobrevalorada en la etapa de decadencia imperial sería la de cocinero. En plena decadencia, el imperio romano, el otomano y el español convirtieron a sus chefs en personajes de alto rango. Asombra el caso de España, por tanto, pues al prolongado periodo de decrepitud de su propio imperio ?certificado con la pérdida de las colonias?, se uniría el hecho de haberse incorporado tardíamente a un Occidente moribundo. Dada la innegable preponderancia gastronómica de España, y viendo que la parálisis política tiene aspecto de prolongarse, podría versionarse la ironía belga con una “Revolución de la tortilla de patatas”. Mejor aún: una revolución de la tortilla deconstruida, en honor al superchef Adrià. Nada simbolizaría mejor el problema.

Ni Rajoy ni terceras elecciones
El rugido del león El Espanol 3 Septiembre 2016

Lo primero que cabe subrayar de la frustrada sesión de investidura consumada este viernes es que Rajoy ya ha hecho historia: se ha convertido en el primer presidente de nuestra Democracia que ve cómo su candidatura es rechazada por el Congreso. Eso dice mucho de su incapacidad para aglutinar apoyos en torno a su persona.

Pero cerrado este intento, confirmado el fracaso, ahora hay que mirar al futuro y agotar todas las opciones para evitar unas terceras elecciones. Porque si eso ocurriera, y ahora quedan dos meses para impedirlo, además de una burla a los españoles supondría un desprestigio de la clase política sin precedentes y un gravísimo deterioro de la imagen de España en los foros internacionales.

Otras opciones
Visto que es muy complicado que Rajoy reúna más apoyos de los recabados en esta investidura, se abren otras opciones, todas ellas democráticas, para salir del bloqueo institucional. Sin embargo, EL ESPAÑOL cree que lo más razonable sería que el líder del PP diera un paso atrás para favorecer un acuerdo entre PP, PSOE y Ciudadanos, que podría sentar las bases para dar confianza al país en un momento particularmente complicado.

Pedro Sánchez se dirigió este viernes a los populares para pedirles una reflexión, dando a entender que el PSOE podría estar dispuesto a cambiar de posición si presentaran a otro candidato. Es una propuesta que pone a Rajoy en la picota, porque permite visualizar que él es el tapón y que es su empecinamiento el que puede llevar a tener que convocar unas terceras elecciones.

Nerviosismo en el PP
El nerviosismo con el que el portavoz de la bancada del PP, Rafael Hernando, respondió a Sánchez, arremetiendo inopinadamente y sin ton ni son contra Albert Rivera, afeándole con acritud que fuera él quien hubiera planteado en su día la posibilidad de encontrar un candidato de consenso para presidir el Gobierno, indica hasta qué punto la presión puede acabar trasladándose ahora al PP.

La realidad es que Rajoy debe de ser consciente de que los votos que necesita para intentar una nueva investidura ya sólo podrían llegarle del PNV y por una carambola de las elecciones vascas. Por tanto, si de verdad quiere anteponer los intereses de España a los suyos propios, el líder del PP haría bien en considerar el dar un paso atrás. Eso sería actuar con generosidad y altura de miras; lo contrario, empeñarse en cincelar la imagen de un dirigente egoísta hasta límites impropios de un demócrata.

Yo entiendo a Pedro, y más cuando está claro lo que va a pasar
La posición imposible que mantiene el PSOE tiene su razón de ser, pero revela cómo los cambios en la política no han sido bien entendidos por la vieja socialdemocracia
Esteban Hernández El Confidencial  3 Septiembre 2016

Lo que ocurrirá, como todos sabemos, es que va a gobernar el PP. Las especulaciones de estos días tienen que ver con cuándo y cómo lo conseguirá, no con el resultado final. Quién dará su brazo a torcer, quiénes brindarán los apoyos, si será después de unas (improbables) terceras elecciones, etc. Pero el fin del camino está marcado por razones obvias que Rajoy ha repetido insistentemente en estas fechas.

Yo entiendo la triple negativa de Pedro (no a las terceras elecciones, no a una alianza con Podemos, no a investir a Rajoy) en el sentido de ganar tiempo y de resituar a su partido en una travesía que va a ser dura. El PSOE lleva tiempo instalado en una encrucijada en la que, haga lo que haga, pierde. No va a gobernar con Podemos, porque le saldría caro, tendría unos socios que le generarían muchos problemas y debería recabar otros apoyos para su investidura que le saldrían más caros aún; no va a dar el sí a Rajoy porque eso supondría equiparar a su partido con el PP y dejaría a su rival, Podemos, con más opciones de crecimiento de cara al futuro, y las terceras elecciones tampoco les vendrían nada bien, aunque algunos en Ferraz piensen que ese sería el momento de debilitar aún más a los de Iglesias.

Lo único que está haciendo el PSOE con estas tácticas es intentar conservar el pasado, y eso ya no es posible
Al PSOE le queda esperar que pase el tiempo, en especial las elecciones gallegas y las vascas, intentar que con los votos del PNV y alguno más que rasque el PP por ahí Rajoy sea investido, y jugar el papel de oposición. Eso, u otra jugada similar que permita a Sánchez plantar cara a sus barones, lo que tiene especialmente difícil, y más aún después de todos los golpes mediáticos que está recibiendo por mantenerse firme.
Un caso extraño

Entiendo a Pedro, pero creo que hay algo que no toma en cuenta, porque lo único que está haciendo es intentar conservar el pasado, y eso ya no es posible. Los cambios en la política europea han sido sustanciales en los últimos años, y también en España. Suena raro que un partido en el Gobierno, en época de crisis, con una política continuada de recortes, con la obligación de reducir el déficit, enfadando a todo el mundo con la subida de impuestos, con repetidos casos de corrupción y con una aceptación en continuo descenso, haya soportado de una manera tan sólida la situación. Por supuesto que ha sufrido un deterioro evidente en votos y escaños, pero sigue el primero, con más de 50 parlamentarios que el segundo y con una superioridad aplastante en el Senado. En otras circunstancias, todo el descontento generado por su gestión habría sido canalizado por el partido de la oposición; en este contexto, lo que se ha conseguido es que el segundo partido haya perdido aún más que el primero.

El mapa electoral occidental tiende a repartirse entre un partido sistémico que gana las elecciones y uno populista que queda en segundo lugar
Suena raro, pero es fácil de entender si se comprende el escenario político actual. Hasta poco después de la crisis, en las elecciones competían dos partidos, el que estaba en el poder y el que se ofrecía como alternativa. Es cierto que el voto en algunos países europeos estaba mucho más fragmentado, pero también lo es que, al final, una formación en concreto era la que lideraba la oposición y por lo tanto la que era percibida como alternativa real. Ambos partidos, el que gobernaba y el que quería hacerlo, exhibían sus diferencias, que no eran demasiado grandes, especialmente en lo económico, pero sí las suficientes como para que cuando uno de los dos flaqueaba, el otro estuviera bien situado para reemplazarle en el Gobierno.
Uno de los dos viejos partidos pierde

Ahora no es diferente, solo que de los dos partidos principales, uno tiende a ser extrasistémico en Europa. El ascenso de Le Pen, Beppe Grillo, Syriza, el Ukip y la derecha populista en general está alterando el mapa electoral, que tiende a repartirse entre un partido sistémico, que gana las elecciones, y uno populista que queda en segundo lugar. Eso no solo implica que existan partidos nuevos que se hayan convertido en dominantes, sino que uno de los dos que antes se repartían el gobierno tiende a convertirse en poco relevante. Y, en ese escenario, los viejos partidos socialdemócratas han salido perdiendo.

En España, aunque todo iba por el mismo camino, no ha ocurrido así por varios motivos. La fuerza que los socialistas conservan en algunas autonomías, su vinculación con las generaciones mayores y, sobre todo, la enorme torpeza de Podemos, que les hizo dilapidar las expectativas creadas, evitaron el 'sorpasso' y convirtieron a España en una pequeña anomalía.

El discurso sistémico opone la moderación, la sensatez y la responsabilidad a un rival radical, utópico, inexperto y peligroso
El PP supo adaptarse mejor a este nuevo contexto y por eso conservó la primera posición. Es decir, utilizar un discurso que entroncaba con los miedos y los deseos de la época. En lugar de insistir en elementos ideológicos, se centró en decir de sí mismo que era un partido responsable y moderado, que iba a cumplir con lo que Bruselas pidiera, que había obligado a los ciudadanos a grandes esfuerzos, pero que lo peor había pasado y que íbamos bien encaminados. Enfrentaba la moderación, la sensatez y la responsabilidad a un rival radical, utópico, inexperto y peligroso (Podemos y, por el mismo precio, el PSOE, que para gobernar tenía que hacerlo con Iglesias). Esta estrategia, que ha sido repetidamente utilizada en los últimos años, y que era fácilmente previsible (hace un año la describí en 'Nosotros o el caos') les ha sido muy útil porque enlaza bien con lo que muchos ciudadanos esperaban oír.

La redefinición
El PSOE no ha sabido resituarse, y la mejor prueba es que quiere aferrarse al pasado. Pretende conservar su vieja posición de alternativa típica de gobierno pero con una fuerza social muy menguada. Los tiempos le exigen una redefinición, o al menos un discurso a la altura, y los socialistas parecen incapaces de encontrar la tecla. Hasta ahora, era suficiente con centrarse en aspectos culturales (la religión, la relación de Madrid con las autonomías, los derechos de las minorías) para que se le identificase como partido diferente al PP. Pero ahora no basta con eso, por muchas razones, pero fundamentalmente por una: el acento ya no está puesto ahí.

Pedro Sánchez no quiere que su partido actúe como una fuerza sistémica y apoye a Rajoy ni tampoco convertirse en Corbyn, una jugada casi imposible
De manera que el PSOE tiene que decidir qué va a hacer en este nuevo escenario para evitar que le ocurra lo mismo que a gran parte de la socialdemocracia europea y de la vieja izquierda. Y tiene dos opciones: o trata de pelear con el PP por el puesto de partido sistémico, y para ello tendría que apoyarlo en la investidura, respaldar las medidas que proponga Bruselas y adaptar sus promesas económicas a la realidad que le solicitan, u opta por combatir por el espacio extrasistémico, girando a la izquierda, a lo Corbyn, y tratando de vaciar a Podemos de votantes, con lo que la negativa a investir a Rajoy quedaría justificada ahora y después de unas terceras elecciones. Pero Pedro no está haciendo ninguna de estas dos cosas, sino que quiere, como en el pasado, quedarse con las dos; pretende diferenciarse del PP como si fuera radicalmente distinto, pero sin ofrecer la justificación programática que la época exige para que sus votantes aprecien esa diferencia. Y eso sí que es una contradicción insostenible.

Como si nada hubiera pasado
El PSOE y la socialdemocracia tradicional no pueden seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. El escenario político ha cambiado y ahora les toca a ellos. Yo a Pedro le entiendo, pero lo que quiere no es posible. Y creo que no lo es incluso aunque sus rivales emprendan el camino del suicidio político, que bien podría ser. Ciudadanos puede acabar quemado y Podemos carece de la inteligencia estratégica necesaria para ganarse a las mayorías. Pero incluso si ambos desaparecieran, tampoco sería raro, a juzgar por experiencias cercanas, que una fuerza populista de derechas ocupase su lugar. Quizá dentro de cuatro años las cosas sean muy distintas, los partidos extrasistémicos estén acabados y regresemos a la vieja normalidad. Pero francamente, Pedro, no tiene mucha pinta.

El placer de ser odiados
Lo sorprendente es que, ante este caudal infinito de tópicos, cada uno más necio que el otro, haya quienes encuentren en argumentos para agitar victimismos.
Jesús Laínz Libertad Digital  3 Septiembre 2016

Se ha publicado por ahí –da igual el autor, el medio y el título, pues el contenido siempre es el mismo– el enésimo artículo denunciando la catalanofobia de los españoles por lo menos desde tiempos de los Reyes Católicos y sobre todo desde los famosos dicterios de Quevedo. Tanta insistencia tiene un motivo bien claro: demostrar que a los catalanes no les queda más remedio que separarse de España porque los españoles les tienen manía.

Pueril paranoia, pues Cataluña no goza de exclusividad alguna en asuntos de antipatías regionales. Los prejuicios, la ignorancia y la cazurrería están esparcidos con admirable igualdad por todo el planeta. Sólo con viajar un poco se advierten fácilmente las antipatías, desprecios y hostilidades existentes entre multitud de regiones de multitud de países. Empezando por el clásico enfrentamiento entre estadounidenses de un lado y otro de la línea Mason-Dixon, ascua no apagada de una sangrienta guerra civil habida hace sólo siglo y medio, podríamos continuar por el antiprusianismo tan arraigado en otras regiones alemanas o la obsesión de los italianos septentrionales con los terroni. En cuanto a nuestros vecinos transpirenaicos, basta un vistazo a las historietas de Astérix, auténtica enciclopedia del prejuicio nacional y regional francés.

Ascendiendo de lo popular a lo literario, si a los nacionalistas catalanes les parecen singularmente horrorosas las palabras de Quevedo sobre los catalanes, deberían continuar con las de Swift sobre los irlandeses, las de Johnson sobre los escoceses o las burlas de Shakespeare sobre el modo de hablar de irlandeses, escoceses y galeses. Y si tanto les interesan los improperios contra los catalanes, no olviden los que escribieron los italianos Villani, Dante y Petrarca, bastante anteriores a los de Quevedo, por cierto, no vayan a creer que esto de la catalanofobia es invento castellano.

No hay rincón de nuestro país, o de cualquier país, en el que no se pueda encontrar un agravio, algunos incluso rimados: "De una puta y un gitano nació el primer valenciano" (otros dicen sevillano), "Ni judíos ni gitanos: los peores, los murcianos", "Alavés, falso y cortés", "Asturiano, loco, vano y mal cristiano", "Del Ebro para abajo, al carajo", etc. Cada región sufre su tópico: los catalanes, avaros; los aragoneses, testarudos; los madrileños, chulos; los bilbaínos, fanfarrones; los andaluces, holgazanes, etc. La mayor acidez suele reservarse para los más cercanos: no hay peor ofensa para un sevillano que confundirlo con un granadino; los vizcaínos llaman despectivamente "guipuchis" a sus vecinos orientales y "babazorros" y "patateros" a los alaveses; y "coreanos", "manchurrianos" y el célebre "maquetos" a los llegados del resto de España; y de gijoneses y ovetenses, mejor ni hablar.

Lo sorprendente es que, ante este caudal infinito de tópicos, insultos y prejuicios, cada uno más necio que el otro, haya quienes encuentren en ellos argumentos para agitar victimismos. ¿Qué hubiera sucedido si el pueblo que sufre la fama de ser el hogar de los más tontos de España, en vez del onubense Lepe, hubiera sido Manresa? ¿Habría dado mayor razón a los partidarios de la secesión? Y si la canción de Alaska y los Pegamoides "Murciana marrana" se hubiera titulado "Catalana marrana" o "Guipuzcoana marrana", probablemente algunos hubieran justificado el asesinato de guardias civiles como consecuencia del odio vertido por los malvados españoles hasta en la música pop.

Sí, mucho gusta recordar las agrias palabras de Quevedo sobre los catalanes, pero al mismo tiempo se olvidan las del Quijote describiendo Barcelona como "archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única". Y a nadie le interesa recopilar los muy numerosos y enjundiosos elogios a Cataluña que escribieron Tirso de Molina, Cadalso, Jovellanos, Menéndez Pelayo, Marañón, Ortega, Azorín, Sánchez Albornoz, Pemán o Marías; y menos aún reproducir textos como la carta que una nutrida representación de intelectuales castellanos escribió en 1924 como protesta por las medidas restrictivas del uso público de la lengua catalana acordadas por el Directorio primorriverista, en la que expresaron a los catalanes que "las glorias de su idioma viven perennes en la admiración de todos nosotros" y que "serán eternas mientras exista en España el culto del amor desinteresado a la belleza".

Pero el detalle esencial en toda esta tonta historia de rivalidades es que mientras que las que se cruzan por toda la piel de toro desde hace siglos, al igual que en cualquier otra parte del mundo, son el fruto espontáneo del matrimonio entre la ignorancia y el ingenio, ha habido unas opciones políticas muy concretas que llevan un siglo avivando consciente y calculadamente el odio regional con fines políticos. Otro día hablaremos de ello.

www.jesuslainz.es

Por qué grita Venezuela
El Confidencial  3 Septiembre 2016

Venezuela es un país en abierta descomposición política, social y también económica. Durante los últimos 18 años, el chavismo ha ido colonizando unas instituciones que ya tenían previamente una naturaleza parasitaria y las ha readaptado, corregidas y aumentadas, a las necesidades de su nuevo régimen extractivo. Las enormes reservas de petróleo del país le permitieron durante años obtener un monto extraordinario de recursos (el 33% de todos los ingresos públicos proceden del petróleo) con el que instituir redes clientelares de afectos y dependientes del régimen: no en vano, el peso del sector público sobre el conjunto de la economía ha aumentado cerca de un 50% desde que Chávez llegara al poder.

Mientras el precio del petróleo se mantuvo por las nubes -desde la victoria de Chávez hasta mediados de 2014, el precio internacional del crudo se multiplicó por 10- este modelo basado en el pelotazo del petrodólar funcionó: exportación de crudo por parte del Estado, obtención y reparto de divisas entre la población (transferencias sociales y contratos públicos) e importación de todos aquellos bienes básicos que no estaban produciéndose en el interior (el país importa la mitad de todos los alimentos que consume). Cual economía rentista de monocultivo, Venezuela se mantenía en pie a merced de la cotización global del barril de petróleo: el chavismo abusó cuanto pudo de esa gallina de los huevos de oro que eran las regalías petroleras, hasta el punto de que, a día de hoy, el país sólo exporta petróleo al resto del mundo (más del 90% de todas las exportaciones son petróleo o derivados del mismo). Durante los últimos 20 años, el escaso aparato productivo interno ha sido totalmente devastado por las políticas bolivarianas, de modo que Venezuela sólo es capaz de vender hoy al exterior aquello que apenas necesita la incorporación de ningún valor añadido interno.

Fuente: MIT

Fuente: MIT

Es verdad que los enormes ingresos petroleros permitieron, cual burbuja económica, un rápido incremento del nivel de vida de muchos venezolanos -de ahí el muy amplio apoyo al chavismo durante tanto tiempo-, pero terminaron colapsando toda vez que el precio del barril se vino abajo. Desde comienzos de 2014, Venezuela va cuesta abajo y sin rumbo a través de una de las peores crisis económicas de su historia.

Basta con observar la evolución de su PIB per cápita: a finales de este año, éste se habrá hundido un 18% con respecto al nivel alcanzado en 2013 (y la previsión es que siga cayendo hasta 2018 o 2019). En España, muchos dentro de la izquierda han puesto el grito en el cielo por la “crisis humanitaria” que está sufriendo Grecia a raíz del brutal empobrecimiento que ha experimentado tras la imposición de políticas “austericidas”. Y es verdad que la sociedad helena ha sufrido uno de los mayores desplomes de la renta per cápita en todo Occidente, pero el colapso venezolano desde 2013 ha sido mayor que el que sufrió Grecia a partir de 2008: cuatro años después de arrancada la crisis griega, su renta per cápita había caído un 15%; en Venezuela, como decíamos, ya lo ha hecho un 18%. La diferencia, en absoluto baladí, es que la renta per cápita de Grecia es un 50% superior a la de Venezuela: es decir, que Venezuela cae más y desde más abajo. Si Grecia vivía una crisis humanitaria inenarrable bajo la cruel dirección de la Troika, ¿por qué situación está pasando Venezuela bajo la benevolente dirección del chavismo? ¿Qué sentido tiene rasgarse las vestiduras con Grecia y sacar pecho por Venezuela?

Fuente: FMI

Fuente: FMI

Pero el pinchazo del petróleo no sólo ha desmoronado la economía venezolana, sino que también ha sumido a su gobierno en una profunda crisis fiscal. Se estima que los ingresos del Estado serán en 2016 un 50% inferiores a los de 2011 (el propio Maduro se lamenta de que los ingresos petroleros han descendido un 97% desde entonces) y que, en consecuencia, el déficit público rozará el 25% del PIB.  

Eso sí, como si hubiera hecho caso a los consejos de Podemos en España, el régimen venezolano se ha negado a corregir su insostenible déficit recortando los gastos: en su lugar, ha preferido imprimir moneda para hacer frente a todos los pagos del Estado. ¿Qué puede salir mal?

Pues, imagino que para sorpresa de quienes recomendaban esta misma política para España como alternativa a los recortes, puede salir mal todo: en apenas unos años, los pasivos del Banco Central de Venezuela (compuestos esencialmente por moneda de curso legal) se han multiplicado por 20.

Fuente: Banco Central de Venezuela

Fuente: Banco Central de Venezuela

Tal trampa de imprimir billetes para pagar a los proveedores del gobierno acaso valga para dentro de las fronteras de Venezuela, pero desde luego no sirve para comprar bienes y servicios en el extranjero (pues los vendedores foráneos se niegan a aceptar semejante moneda devaluada). Así, una vez congelada la entrada de nuevos dólares por el abaratamiento del crudo, al Estado venezolano no le queda otro remedio que fundirse sus reservas de dólares o de oro para importar (o para permitir que sus ciudadanos importen) desde el extranjero. Justamente por eso, las reservas exteriores del país han caído a un tercio en apenas unas años: cuando se agoten -y al ritmo que van no durarán más de año y medio-, Venezuela sólo podrá importar por un valor equivalente a lo que exporte. La crisis humanitaria actual puede quedar en una anécdota dentro de unos semestres si el precio del petróleo no reflota.

Y, evidentemente, esta brutal crisis fiscal del Estado -atajada mediante impresión de moneda y liquidación de reservas en lugar de mediante “recortes”- ha dejado su huella en forma de una brutal inflación. A la postre, el bolívar no es más que un pasivo del Estado venezolano cuyo valor sólo puede estabilizarse mediante los activos en manos del Estado venezolano (el valor presente de los ingresos tributarios futuros, las reservas exteriores u otras propiedades): si, como hemos visto, el número de pasivos del banco central se ha disparado y, a su vez, los activos de reserva para defender la moneda se han hundido (caída de ingresos tributarios y de reservas), el resultado sólo puede ser una descomunal inflación. Y, efectivamente, así ha sido: la mayor inflación de los últimos 40 años.

Hemos representado el gráfico del IPC venezolano en escala logarítmica para comparar con mayor facilidad las distintas etapas inflacionistas: entre 1980 y 1991, los precios se multiplicaron por diez (tasa de inflación anual media del 24,5%); entre el 92 y el 97, los precios volvieron a multiplicarse por diez (tasa de inflación anual media del 60%: el contexto en el que llegó Chávez al poder); entre 1997 y 2009, los precios se multiplicaron nuevamente por 10 (tasa de inflación anual media del 22%). A finales de 2016, se estima que los precios se habrán multiplicado por 57 con respecto a 2009: una tasa de inflación anual media del 78%.

Evidentemente, la “política social” bolivariana ha llevado a implantar controles de precios a numerosos bienes y servicios, lo cual sólo ha acelerado el desabastecimiento interno: si las reservas de dólares para comprarlos en el exterior son estrictamente racionadas por el gobierno y si, a su vez, se imponen precios máximos que vuelven no rentable su producción interna, entonces las fábricas se paralizan y las tiendas quedan vacías. En este sentido, el Banco Central de Venezuela dejó de publicar a comienzos de 2014 el denominado “índice de escasez”, que representaba el porcentaje de veces en que los consumidores no encontraban en las tiendas determinados productos (en particular, de bienes como alimentos, automóviles o electrodomésticos) ni tampoco sustitutivos cercanos. En aquel momento, que apenas representaba el comienzo de la dura crisis actual, este índice de escasez se ubicaba en el 28% y se trataba del dato más alto de la última década. A día de hoy, y a pesar del apagón estadístico, es evidente que se encuentra en niveles mucho más elevados: de hecho, en 2016 las protestas por el desabastecimiento de alimentos se han más que duplicado con respecto a 2014.

En definitiva, los venezolanos gritan contra el chavismo porque el chavismo los ha pauperizado. Es verdad que no sólo gritan por ese motivo, sino también por el cada vez más indisimulado recorte de las libertades civiles y políticas que padecen. Pero es difícil imaginar un nivel tal de oposición al régimen como el que presenciamos este jueves en la manifestación de ‘Toma Caracas’ si la penuria no acompañara. Venezuela grita contra Chávez, contra Maduro y contra los oligarcas boliburgueses: un grito desesperado y casi agónico en medio de la indiferencia e incomprensión de una parte importante de Occidente, más preocupada por afianzar sus buenas relaciones con la plutocracia bolivariana que por denunciar las míseras condiciones de vida de aquellos que la padecen. Es hora de que el resto también gritemos con firmeza: el chavismo es pobreza. El socialismo es pobreza.

Una fecha que cambió Europa
La decisión de Merkel ha sacudido los cimientos y las paredes maestras de Europa
Hermann Tertsch ABC 3 Septiembre 2016

El domingo se cumple un año de una fecha, el 4 de septiembre del 2015, que muchos consideran ya fatídica para la suerte de Europa, que en todo caso ha cambiado decisivamente el orden político en el continente y cuyas consecuencias son ya dramáticas, serán muy profundas y muchas permanentes. En estos 365 días han cambiado mucho muchas cosas en Europa. Desde la generalización del miedo en muchas comunidades hasta la irrupción del antisemitismo y misoginia de importación musulmana, desde la política terrorista hasta el número de países miembros de la Unión Europea. El 4 de septiembre del pasado año una decisión personal tomada por un líder político europeo en solitario produjo un estallido incontrolado de buenas intenciones y como siempre sucede con estos fenómenos afectivos colectivos, desató unas consecuencias imprevistas, muchas de ellas graves de inmensa gravedad y trascendencia. Hace un año, Angela Merkel consideró que la situación dramática en que se hallaban miles de refugiados en Hungría era una emergencia humanitaria tan extraordinaria y extrema que merecía y justificaba que ella, el gobernante más poderoso del continente, declarara unilateralmente y sin consulta previa alguna, suspendidas las leyes comunitarias que regían para 28 países. Aquel día la canciller alemana actuó sola y se situó por decisión propia por encima de la ley, de las leyes comunitarias, nadie duda de que movida por las buenas intenciones. De la generosidad de ofrecer asilo a todos los que lo necesitaran y de la compasión y misericordia de evitar los dramas que las televisiones de todo el mundo difundían. Pero incuestionable es que Merkel violó aquel día el principio de legalidad en Europa. Y desencadenó una lógica perversa que ha transformado demográficamente pueblos, barrios y ciudades en Alemania y ha cambiado la vida a millones de alemanes. Y ahora amenaza con extender el efecto con las cuotas obligatorias.

Decenas de miles de refugiados procedentes de las costas griegas avanzaban aquellos días por los Balcanes hacia el norte en un flujo interminable que arrollaba las fronteras. Grecia era incapaz de controlar la llegada de auténticas flotillas de traficantes desde las costas turcas. Abrió su frontera hacia Macedonia contraviniendo las leyes de la UE que exigían el registro de los refugiados allí. Las paupérrimas Macedonia y Serbia, no miembros de la Unión, facilitaban el paso hacia el norte. Hungría, sin embargo, quiso defender sus fronteras y aplicar la ley nacional yeuropea, también la que obliga a registrar a los inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo. Todos los esfuerzos por mantener orden y leyes eran en vano por la actitud de los recién llegados de no respetar a nada ni nadie que pusiera obstáculos a su objetivo de llegar a Alemania cuanto antes. Arropados en esta revuelta contra la autoridad y legalidad por unos medios internacionales volcados en aras de un supuesto humanitarismo en sabotear cualquier intento del gobierno húngaro de imponer la ley. La construcción de una valla por parte de Hungría para impedir la llegada descontrolada fue condenada como una terrible violación «fascista» de derechos. Un año después todos los países salvo Alemania han imitado a Hungría y construido vallas parecidas. La decisión de Merkel ha sacudido los cimientos y las paredes maestras de Europa. Ha quebrado las certezas de la seguridad, la identidad y la autoridad. La plena reacción europea al 4 de septiembre aun está en gestación. Pero muchos efectos están claros ya, desde el Brexit de junio a las elecciones en el Estado de Mecklenburgo-Antepomerania, hogar electoral de Merkel. Allí el derechista AdD puede vencer por primera vez a la CDU en un Land. Esa bomba política puede estallar este domingo, aniversario del 4 de septiembre del 2015, cuando en nombre del sentimiento, Alemania volvió a actuar contra la razón.

Un régimen criminal
Aleix Vidal-Quadras  www.gaceta.es  3 Septiembre 2016

El Gran Ayatolá Hussein-Ali Montazeri, estrecho colaborador y sucesor oficial del fundador de la República Islámica, Ruhollah Jomeiny, hasta su caída en desgracia y arresto domiciliario en 1989, falleció en la ciudad sagrada de Qom en Irán en 2009. Uno de sus hijos, encargado de velar por su legado, ha dado a conocer recientemente una grabación de audio hasta hoy inédita de una reunión de su padre celebrada el 15 de Agosto de 1988 en Teherán con los entonces representante del Ministerio de Información en la prisión de Evin, Mustafá Pourmohammadi, juez religioso, Hussein Alí Nayyeri, fiscal, Morteza Eshraghi, y fiscal auxiliar, Ebrahim Raeesi. Este grupo de altos responsables gubernamentales y judiciales eran en aquellas fechas los encargados de organizar y llevar a cabo la ejecución sumarísima de 30000 prisioneros políticos, miembros o simpatizantes de la organización de los Mujaidines del Pueblo de Irán, el principal, más activo y más numeroso movimiento opositor al régimen dictatorial y teocrático imperante.

El 25 de Julio anterior Jomeny había dictado un edicto en el que ordenaba la liquidación física de todos los integrantes de los Mujaidines acusándolos de "guerra contra Dios", de renegados y de traidores a la República. Un cierto número de militantes de esta organización opositora habían huido de Irán y se habían constituido en unidades armadas refugiándose en el vecino Irak bajo la protección de Saddam Hussein. La persecución implacable contra ellos mantenía en las cárceles iraníes a decenas de miles de sus seguidores y afiliados. La decisión del Líder Supremo de la Revolución Islámica de proceder a una masacre de estas dimensiones suscitó reservas incluso entre los más fieles de sus subordinados y el Presidente del Tribunal Supremo de la época, Musavi Ardebili, le consultó si debían subir al patíbulo también los ya juzgados y condenados a penas de reclusión que estuvieran cumpliendo sentencia. La respuesta de Jomeiny fue afirmativa, al igual que para la misma pregunta referida a mujeres, incluso las embarazadas, y los menores. En el breve plazo de un mes, treinta mil vidas fueron segadas y los cuerpos sepultados en fosas comunes sin que nunca sus familiares hayan sabido del lugar en que sus deudos se encuentran enterrados.

En la mencionada reunión, Montazeri expresa su firme rechazo a la matanza y pone de relieve que se trata de un acto criminal, que las generaciones venideras sentirán repulsión por semejante barbaridad, que los Mujaidines defienden ideas distintas a las suyas, pero que ello no justifica la violación de los más elementales principios del Estado de Derecho ni un comportamiento tan inhumano, que considera indigno de creyentes en el Islam. Sus interlocutores persisten en su propósito de obedecer al Líder Supremo, no atienden a sus objeciones y se niegan a detener la operación. Esta rotunda protesta, junto a reiteradas manifestaciones críticas sobre las políticas antidemocráticas y totalitarias de Jomeiny que había venido realizando desde hacia unos cuantos años, sellaron su destino político. Fue destituido de sus cargos, desposeído ilegítimamente de su título de Gran Ayatolá y sepultado en la marginación y el ostracismo.

La difusión de esta grabación de audio vuelve a exponer a la luz un episodio sobrecogedor de la historia reciente de Irán que la férrea censura del régimen había cubierto con el velo del silencio y del miedo. La tensa conversación entre un atribulado Montazeri y sus crueles e impasibles interlocutores demuestra que se trató de una carnicería perfectamente planeada cuya fría y pavorosa dimensión recuerda la llamada "solución final" perpetrada por los nazis.

En momentos en los que la Unión Europea desarrolla una estrategia de apaciguamiento y diálogo constructivo con la República Islámica de Irán, a la que se ha sumado el Gobierno español, conviene saber con quién está uno sentándose a la mesa. El horror del martirio de las treinta mil víctimas de Jomeiny por pedir democracia y libertad para su país hace ahora casi tres décadas se sitúa al mismo nivel de lo sucedido en Ruanda, en Bosnia o en Camboya y desde luego entra de lleno en la categoría de crimen contra la humanidad tal como se contempla en el artículo 7 del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional. Parece obligado condicionar la marcha de la eventual cooperación con el régimen iraní en los terrenos financiero, energético, comercial y cultural a la expresión pública de arrepentimiento por aquella hecatombe por parte de sus autoridades, al cese en sus actuales funciones públicas de los que participaron en un crimen tan escalofriante y a la apertura de un procedimiento en las instancias internacionales adecuadas para depurar responsabilidades. Se supone que la Unión Europea es una comunidad de valores comprometida con los derechos humanos y la justicia. Se supone.
 


******************* Sección "bilingüe" ***********************


 


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