AGLI Recortes de Prensa   Domingo 11  Septiembre  2016

Reconocer es admitir como cierto.
Vicente A. C. M Periodista Digital 11 Septiembre 2016

Que pablo Iglesias no tiene problemas para reconocer que Cataluña es una nación no puede sorprender, porque para el resto de asuntos que le incomodan sí que tiene problemas de reconocimiento, sobre todo si tiene que ver con problemas en su partido, o con sus antecedentes de asesor de un régimen dictatorial, o con su actitud dictatorial con la disidencia interna, o con no mantener un discurso coherente en temas como la discriminación de género, o con su comportamiento irrespetuoso y retador en foros como el Congreso de los Diputados, en entrevistas protocolarias con el jefe del Estado y un largo etcétera de ejemplos que corroboran su especial miopía o cinismo a la hora de dar su “nihil obstat”. Y es que lo que sí debemos reconocer es su capacidad para lograr de sus entregados seguidores una especie de absolución perpetua por comportamientos que a otros líderes no le tolerarían. Y una de dos, o es verdad lo de su hipnótico carisma de “macho alfa” faltón y engreído que despierta simpatía y admiración, o quienes así le otorgan su benevolente perdón se mueven por el espíritu propio de una secta.

Y lo peor es que este sujeto al decir que Cataluña, o El País Vasco, o Galicia, son naciones, implícitamente reconoce, “a contrario sensu”, que España sería una nación compuesta por una serie de “naciones” y otros territorios sobre los que no se pronuncia sobre su identidad y calificación, ¿provincias, comarcas, pedanías, antiguos reinos históricos? Y de esto se desprende que intenta confundir territorios delimitados a efectos administrativos de una forma convencional durante los últimos tres siglos, con la existencia de unos supuestos “pueblos” con derechos históricos por encima de los derechos de todos los habitantes de la única nación reconocida a nivel mundial desde hace más de 500 años, el reino de España.

Quien ha prometido o jurado la Constitución de España al desempeñar cualquier cargo público, no puede traicionar aquello que es su núcleo esencial recogido en los nueve artículos del Título Preliminar. Y el primero de ellos se refiere nada menos que a la constitución de España como Estado democrático, que la Soberanía reside en el pueblo español y que la forma política del Estado es una Monarquía Parlamentaria. En el segundo artículo se habla de la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, reconociendo lo que ambiguamente define como “nacionalidades” y “regiones” el derecho a la “autonomía” y el deber de solidaridad entre todas ellas. En ningún momento se habla de “independencia” y mucho menos de pueblos diferentes al único reconocido, el “español”.

En el artículo 3º se reconoce el castellano como la lengua oficial del Estado, es decir, de todo lo relacionado con la Administración y relaciones con los ciudadanos, los españoles, a los que se les reconoce el derecho a usarla y el deber a conocerla. Se hace una mención especial de protección al “resto” de lenguas españolas como “también” oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas. Se trata pues de un reconocimiento de una diversidad cultural y no de un signo discriminador y diferenciador como argumento de la existencia de un pueblo. El problema es que el “también” se ha eliminado y condenado al castellano, o español, al equivalente de una lengua extranjera con la pasividad de todos los Gobiernos de España desde que se aprobó este texto constitucional. Se violan derechos sin que nadie lo impida.

Pablo Iglesias podrá reconocer lo que le venga en gana ya que solo es un ciudadano más de los millones que tenemos derecho a votar y es libre de opinar en libertad, incluso renegando y abjurando de aquello que prometió defender como representante electo del pueblo español. Y es que opinar no es delito si lo que dice no lo lleva a efecto o promueve acciones encaminadas a que otros delincan. Lo importante es que modificar el texto de la Constitución requiere el consenso de al menos los dos tercios de los Diputados del Congreso. Así que podrá reconocer lo que quiera, pero no tiene capacidad de poder llevarlo a efecto, ni que otros lo hagan sin cometer delitos con consecuencias penales.

Lo que reconozco es que este sujeto me resulta altamente repulsivo por todo tipo de motivos que no viene al caso especificar. Solo espero que otros conciudadanos no se dejen convencer por su discurso populista, demagógico y que solo persigue facilitar el camino de los que pretenden la disgregación de España. Su concepto de Patria, Nación y lealtad no deja de ser más que cuestionable.

¡Que pasen un buen día! España es un país hermoso y privilegiado en un mundo caótico. Por eso muchos nos envidian y pretenden arrebatárnosla. ¿Lo permitiremos?

La independencia del odio
Juan Soler Estrelladigital 11 Septiembre 2016

Muchos catalanes (me niego a emplear esa catetada de muchos y muchas, catalanes y catalanas. Es algo estúpido) quieren independizarse. La mayoría. Quieren independizarse de la epidemia de odio generada por decenios de manipulación, aldeanismo, ignorancia colaboracionista, destrucción silenciosa pero sistemática de las libertades de conciencia y de expresión, exclusión social de la mayoritaria disidencia a favor de España, de las condenas a muerte civil y de todo un rosario de culpas reprobables que desde numerosas instancias de la administración autonómica se han favorecido sin piedad y con alevosía.

Esto ha sido posible por razones varias y errores de los que no quieren lo que quieren los sedicentes. La deslealtad constante de los partidos nacionalistas, a pesar de que todos los dirigentes políticos la conocían, preferían ignorarlo por nimios intereses coyunturales. La torpeza de algunas decisiones del Gobierno de España y de los partidos en cuestiones que hubieran requerido un tacto que impidiera las interpretaciones arteras de esas decisiones.

La proporcionalidad no es más democrática que el sistema de mayoría por circunscripción uninominal

El abandono de las mayorías sociales y políticas de la discusión histórica cierta que desnudaría la mentira nacionalista, abandono a minorías que carecen de la asistencia debida de la que andan sobrados los fabricantes de leyendas y ocultadores de realidades incontrovertibles. Puedes encontrar catedráticos de la Universidad de Barcelona que, sin ser nacionalistas, aseguran que Cataluña fue totalmente francesa más de medio siglo. Y si le dices que lo único que ocurrió fue que durante una década hubo una disputa con Francia de unos pocos años y que los informes de los propios franceses a su rey aseguraban que la población estaba por España, cuando comprueba los datos dice que fueron once años y medio y que entonces no son unos pocos años y por tanto el argumento no vale. Con un par. Es un ejemplo. Ilustrativo.

No solo la discusión intelectual está degradada y la ausencia de voluntad y valentía necesarias para afrontar la situación han brillado por ausencia.

También las herramientas del edificio jurídico-político que se deberían mejorar tienden a empeorarse. Hoy es factor de controversia la reforma electoral. Para hacerla más proporcional de lo que es. Esa proporcionalidad es la que ha permitido a los partidos nacionalistas ser llave en multitud de ocasiones y barrer a favor de sus intereses. Y cómo barrían de bien. La proporcionalidad no es más democrática que el sistema de mayoría por circunscripción uninominal. Como en Gran Bretaña, como en Francia como en Estados Unidos. La proporcionalidad es un puñal contra la representatividad. La mayoría, casi la totalidad, de los diputados elegidos por sistema proporcional son absolutos desconocidos para sus electores, algo totalmente al contrario en los sistemas mayoritarios donde son conocidos y controlados por sus electores. Un sistema mayoritario generaría mayorías que no dependerían de los grupos nacionalistas y el Estado estaría mucho mejor guardado y defendido.

Estamos en una fase de aparente descenso nacionalista

Lo cierto es que estamos en una fase de aparente descenso nacionalista porque en esta ocasión los embates no han contado con la mayoría numérica suficiente. Pero el peligro está ahí. Sería necesario una coincidencia de los constitucionalistas y un plan a largo plazo que evitara el próximo embate separatista, que buscara la penetración de los argumentos poderosos y verdaderos y la cercanía emocional de la mayoría clara de catalanes para conjurar ese peligro.

El momento no parece el mejor. La cerrazón del secretario general de PSOE en tantos asuntos se extiende también a este. Y no parece demasiado escrupuloso a la hora de pactar. Al PP, su aliado natural en este y tantos otros asuntos importantes como Europa, terrorismo y demás estrategias de país, le desprecia. A los nacionalistas les hace la corte. Este es el otro odio del que también hay que independizarse.

Spexit
Juan Pina vozpopuli.com 11 Septiembre 2016

Van pasando los meses —no ha habido, por supuesto, ningún cataclismo—, y va ganando altura la decisión británica de abandonar la UE, como va consolidándose también el “sostenella y no enmendalla” de la casta que manda en el tinglado europeo. A los británicos no les traicionó el olfato. No en vano, llevan en esto del proceso político civilizado más siglos que el resto de los europeos y tienen bastante instinto para distinguir una estructura política seria, aunque esté en construcción, de una vulgar maraña de instituciones incontroladas, atornillada mediante la opacidad y el falseamiento del debido proceso para beneficio de intereses espurios. Y eso es, exactamente, lo que los votantes británicos han repudiado, pero desde luego no son los únicos.

Por su parte, la élite estatista bruselense, paralizada por el miedo desde el 23 de junio, ni ha comprendido realmente lo sucedido, ni se ha percatado de que el problema no se limita a un país, ni ha reflexionado absolutamente nada. ¿Dónde está la ofensiva de comunicación para fidelizar a los demás europeos? Ni está ni se la espera, seguramente porque en Bruselas ya no quedan argumentos ni fuerzas para argumentar. La casta de la UE se ha limitado a responder a los británicos con un desprecio que a ellos les resbala, y a aferrarse al timón del buque para mantener inalterado su rumbo de colisión con la realidad. Y nosotros vamos a bordo. Felices pasajeros del Titanic, aún esperamos parasitar una pizca más a los nordeuropeos. Total, se dejan, ¿no?

La última corista abofeteada por las vedettes de la UE en uno de sus arrebatos de cólera ha sido Irlanda, por atreverse a crecer más que nadie y a atraer empresas de fuera

Buena prueba de la ciega inercia suicida de Bruselas es la decisión, a la vez estúpida y brutal, de atacar a Irlanda por la tributación de Apple. ¿Así pretenden ellos evitar un nada descartable efecto dominó? ¿Así creen seducir a un país que, pese a sus contenciosos históricos con Gran Bretaña, es vecino suyo, habla el mismo idioma y puede verse contagiado? ¿De verdad es este el mensaje que Bruselas quiere mandar a los contribuyentes netos del Norte, hartos de pagar, o a los subvencionados del Sur que ya no reciben tanto y empiezan a cuestionarse si les sale a cuenta la UE, o a los ciudadanos del Este que esperaban otra cosa? ¡Cuánto se parecen los eurócratas bunquerizados a la plana mayor del hitlerato durante los últimos días de Berlín! Como todo régimen acosado, la eurocracia se resiste hasta al más pequeño de los cambios para no mostrar debilidad, como si alguien creyera aún en su fortaleza. Luego vendrán, con cuentagotas, unas tímidas reformas para convencer a la gente de que hay propósito de enmienda en la capital comunitaria.

España no es sólo el país europeo con menor aprecio al capitalismo de libre mercado. Es, también, el creyente más devoto de la religión comunitaria. Es comprensible. Un par de generaciones de españoles identificaron a Europa con la Libertad porque vieron en ella el final definitivo del franquismo. La España más cerril y oscurantista, la que se pasó un par de siglos resistiéndose a la modernidad que venía de Viena, París o Londres, iba a unirse por fin al club de países libres y prósperos. Y ya de paso, sus amables ciudadanos nos iban a pagar las carreteras y los hospitales, y encima podríamos vender al mundo un supuesto “milagro español” que sólo fue el pago por afianzar el eje París-Berlín. Porque en realidad no hay UE: hay mucha Alemania y algo de Francia, y luego hay coro. Nosotros somos coro. La última corista abofeteada por las vedettes de la UE en uno de sus arrebatos de cólera ha sido Irlanda, por atreverse a crecer más que nadie y atraer empresas de fuera robándoles menos en impuestos que los países protagonistas. En eso consistía en realidad la UE: en no tener libertad ni para establecer una estrategia de fiscalidad propia. La competencia fiscal es imprescindible para que haya libertad económica, y no sólo entre países sino dentro de ellos. La nefasta “armonización”, en cambio, siempre es al alza y sólo sirve para engordar la maquinaria estatal a expensas de los contribuyentes.

Más vale estar en la EFTA con Noruega y Suiza que en la UE con Grecia y Chipre o con el mastodonte socialista francoalemán

No vale la pena seguir apostando por una estructura europea así. Aunque suene cínico, de Bruselas ya no tenemos más que sacar, así que estaremos mejor dentro de Europa pero fuera de la UE, es decir, estaremos mejor como país miembro de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA). Ese es el destino de la brexiteada Gran Bretaña y debería ser también el nuestro. Es un destino que no está nada mal, porque más vale estar en la EFTA con Noruega y Suiza que en la UE con Grecia y Chipre o con el mastodonte socialista francoalemán. Ya hay infinidad de voces pro-EFTA y anti-UE, nada sospechosas de nacionalismo ni de xenofobia, en países tan europeístas como Holanda o Italia. Es que por el camino actual no vamos a ningún lado, y la unión política es un experimento fallido. No necesitamos Comisión Europea, directivas injerencistas, socialismo agrario tipo PAC ni un parlamento de juguete: lo que necesitamos es un verdadero Mercado Común continental con plena libertad económica, junto a una buena red de tratados que establezcan la total libertad de circulación de personas, bienes, servicios, capitales y datos. Nada más, o muy poco.

En España nos atenaza el miedo a que salir de la UE implique salir del euro, y a que la política monetaria vuelva al control de nuestros augustos próceres locales... Es un miedo comprensible pero injustificado. Primero, la política del BCE tampoco es precisamente modélica. Segundo, se puede usar el euro sin estar en la UE. Tercero, la EFTA puede usar el franco suizo o la libra, o establecer una moneda propia. Y cuarto, al dinero fiat estatal le quedan pocos telediarios gracias a la revolución de las criptomonedas, y afianzar esa plena libertad monetaria sí debe ser una prioridad máxima. Seguramente ha llegado el momento de irnos acostumbrando a una nueva y esperanzadora palabra, Spexit, que no significa patrioterismo rancio sino Libertad.

C's, Andalucía y el futuro
Pedro de Tena Libertad Digital 11 Septiembre 2016

De momento, lo que sabemos es que votar a Ciudadanos en Andalucía es sostener el régimen socialista.

Independiente de conjeturas metafísico-políticas –tales como cuál es la esencia político-moral de Ciudadanos–, o sus derivaciones conspirativas –tal como quién está detrás realmente del nuevo partido–, está resultando cada vez más evidente para muchos que el grupo que lidera Albert Rivera es el único que ha hecho algo verdaderamente meritorio por resolver el bloqueo político de España. A pesar de sus desvaríos –considerar corrupta a la cúpula del PP y ser ilógicamente condescendiente con la corrupción de la cúpula socialista, que cuenta con dos presidentes nacionales en el banquillo por el caso ERE–, Ciudadanos ha logrado aportar una hoja de ruta tasada en 100 medidas que han resultado aceptables tanto para el PP como para el PSOE. Naturalmente, y en la práctica, ambos dinosaurios han hecho imposible el desbloqueo por su estreñimiento mental y político.

Sin embargo, es más que posible que los méritos de Ciudadanos les supongan un retroceso electoral en las elecciones de diciembre, si es que llegan a producirse. Las maquinarias de los partidos que taponan la democracia española son poderosas, experimentadas e incluso inquietantes. La cantinela de un PP esclerotizado sobre el lobo caótico que viene y el voto útil puede robar muchos votos a Ciudadanos. La perspectiva del susto o muerte que afecta a Pedro Nono y su partido puede originar una reacción contra la ruina inminente que afectaría asimismo a los votos de Ciudadanos. Esto es, resultaría, de cumplirse estos vaticinios, que el único partido que ha hecho algo noble por España en los últimos tiempos podría resultar seriamente perjudicado por los zarpazos que a derecha e izquierda le propinarían sus gatopardos.

Por ello, Ciudadanos tiene que actuar en Andalucía, una de las razones por la que no despega electoralmente en España. Albert Rivera es responsable de la persistencia de un régimen monopartidista que la gobierna desde 1982, hace 34 años. El pacto que firmó con Susana Díaz y que se proyecta como el bálsamo que libró a Andalucía de un pacto PSOE-Podemos no ha significado otra cosa que el mantenimiento del régimen más corrupto de la historia reciente de España. En Andalucía apenas ha cambiado nada. Es más, la ingenuidad de Ciudadanos ha conducido a que el PSOE siga manejando sin control dineros, puestos y políticas de la Junta porque Marín-Rivera no han querido entrar en el Gobierno. Esto produce la impresión de que Ciudadanos es cañón contra la corrupción del PP pero mantequilla contra la del PSOE.

La desconfianza que provoca este escandaloso comportamiento hará dudar a muchos, a mí entre ellos, de si votarlos o no en las próximas elecciones. Si viéramos una conducta firme en dirección a la regeneración, legalidad y prosperidad de Andalucía, la intención de voto podría cambiar, y no sólo en el Sur. De momento, lo que sabemos es que votar a Ciudadanos en Andalucía es sostener el régimen socialista. Hagan al menos como en Madrid, y luego hablamos. Es preciso que algo cambie para que nada permanezca igual.

11-S: el yihadismo y nosotros, 15 años después
Rafael L. Bardají Libertad Digital 11 Septiembre 2016

La yihad no empezó con el atentado contra las Torres Gemelas ni terminará con la derrota del Estado Islámico.

Para una gran mayoría, la yihad islámica contra Occidente comenzó el 11 de septiembre de 2011 con los impactantes y dramáticos ataques de Al Qaeda en Nueva York y Washington DC. Hasta aquel día, pocos sabían de la existencia de Osama ben Laden, ni de sus planes para acabar con la presencia americana en el mundo árabe, imponer un auténtico sistema de vida islámico en el mundo musulmán y, finalmente, doblegar a todos los infieles. Quienes habían concedido algo de atención a sus fetuas y a la declaración de guerra contra América en 1996 no se lo tomaron lo suficientemente en serio. Y los responsables políticos ignoraron las alarmantes señales de que algo se estaba cociendo, como dejaban claro sus atentados en Kenia y Tanzania contra las embajadas americanas en esos países (1998), el intento de ataque en el aeropuerto de Los Ángeles (1999) o la barca bomba contra el USS Cole, en el puerto de Adén, Yemen (2000).

El informe final de la Comisión del Congreso que estudió el 11-S acabó achacando el fallo en la prevención de aquellos ataques a la "falta de imaginación" de las fuerzas de inteligencia, policiales y contraterroristas estadounidenses, que no habrían sabido unir los puntos para tener claro el nivel y el alcance de la amenaza que representaba operacionalmente la Al Qaeda de Ben Laden. Hoy, sin embargo, todos creemos ser expertos en Al Qaeda y la yihad. Pero ¿es esto verdad?

En estos momentos estoy en el piso 101 de la llamada Torre de la Libertad, oficialmente el One World Trade Center, que malamente ha sustituido en el skyline neoyorquino a las simbólicas y espectaculares Torres Gemelas. La única diferencia para acceder al observatorio, comparado con el Top of the World de la destruida Torre Sur, es un arco de seguridad y un puñado de agentes. Pero mientras admiro unas vistas inmejorables, sin obstrucciones en sus 360 grados, no puedo dejar de hacerme la misma pregunta: ¿estamos más seguros 15 años después del 11-S?

Desgraciadamente, no es una pregunta fácil de responder. Por un lado, las naciones occidentales hemos gastado miles de millones de dólares y euros en mejorar los sistemas de defensa antiterrorista. Nada más ejemplar que comparar lo sencillo que era coger un avión en los 80 y 90 del siglo pasado con la pesadilla que es hoy, entre escáneres, registros, restricciones y largas colas. Y a pesar de que hay quien cree que muchos de esos millones se han gastado en sistemas y burocracias que para nada han mejorado la seguridad, como argumenta Steven Brill en su artículo "Is America Any Safer?" en el número de este mes de la revista The Atlantic, el hecho de que las fuerzas contraterroristas hayan sido capaces de prevenir un número importante de atentados en estos años me hace pensar que, en el terreno de la detección y prevención, hemos mejorado. Los servicios de inteligencia han aumentado su personal dedicado al islamismo, se han creado centros de fusión de información en todas las policías, se han especializado unidades, se han introducido nuevos procedimientos de protección en los transportes públicos, los militares han podido aprender en directo qué tácticas emplear para luchar contra un movimiento insurgente islamista y sus grupos terroristas.

Pero en estrategia, como en ajedrez, tan importante es lo que hace uno como lo que hace el contrario. ¿Quién ha sabido mejorar más en estos 15 años: nosotros o los yihadistas? Bruce Riedel, un exfuncionario de la Casa Blanca con Bush y Obama es tajante al respecto: "Hemos mejorado nuestras defensas de tal forma que aquí, en Estados Unidos, probablemente estemos ahora más seguros que hace una década, pero fuera de nuestras fronteras el enemigo terrorista es hoy más numeroso, más bárbaro y más peligroso que nunca", afirma en la cafetería del prestigioso think-tank americano en el que ahora colabora, la Brookings Institution.

"Geronimo E-KIA": una escueta descripción en tiempo real –como se suele decir ahora–, lanzada por un micrófono de un marine de las fuerzas especiales desde Abotabad, para que en una sala subterránea de la Casa Blanca supieran que Ben Laden había sido eliminado. El cerebro del 11-S estaba muerto. Diez años tardaron los americanos en dar con él. Tras la operación, un satisfecho presidente Obama aseguraba: "El mundo es hoy más seguro"; y avanzaba el final de Al Qaeda. Fred Lucas, periodista de la CNS, recogería en uno de sus despachos de noviembre de 2012 las 32 ocasiones en que el presidente americano anunció la derrota de Al Qaeda en esos meses.

Al Qaeda y el Estado Islámico
La política contraterrorista de Obama de eliminar directamente o vía drones a los líderes de Al Qaeda parecía estar dando sus frutos y el sucesor de Ben Laden, Aymán al Zawahiri, debía gastar más tiempo y esfuerzo en permanecer oculto que en dirigir a sus acólitos. La abrupta irrupción en la escena yihadista del Estado Islámico, su repudio de la autoridad de Al Zawahiri, su enfrentada estrategia de crear ya el califato y, no menos importante, la cadena de victorias que le otorgaron el control territorial de media Siria y un cuarto de Irak generaron la visión de que Al Qaeda estaba definitivamente condenada. Si no vencida del todo por nosotros, ampliamente ridiculizada y derrotada por los más radicales yihadistas.

Y, sin embargo, en contra del mantra repetido por todos los expertos al uso, Al Qaeda sigue viva y continúa suponiendo una amenaza real a nuestros intereses y vidas. Lejos de rendirse ante el desánimo de muchos de sus fieles, Al Qaeda ha desarrollado una estrategia completamente distinta a la del Estado Islámico, más compasiva y menos brutal hacia los propios musulmanes, y sabido prosperar en zonas de caos como Libia y el Yemen, donde hoy es la principal fuerza. También ha mantenido a raya al Estado Islámico en la zona del Sahel. En Siria, el hasta hace nada denominado Frente al Nusra, ahora Frente para la Liberación del Levante (Jabhat Fatah al Sham), sigue siendo el grupo más capaz de la resistencia al régimen de damasco.

Según explican dos buenos conocedores de los grupos islamistas del Hudson Institute, Daveed Gartenstein-Ross y Nathaniel Barr, la mayoría de analistas han creído que el EI eclipsaría a Al Qaeda –o la habría eclipsado ya–, volviéndola irrelevante. Era comúnmente aceptado que, para sobrevivir, Al Qaeda tenía que replicar los ataques del EI y su modelo de ostentación y brutalidad. Sin embargo, al Qaeda desafió nuestro sentido común y persiguió un crecimiento encubierto, de perfil bajo.

Invisibilidad, que no desaparición. Las redes de Al Qaeda siguen funcionando, sus franquicias le tienen obediencia, no se ha creado enemigos entre sus donantes y apoyos y espera capitalizar la caída del EI, cuando ocurra. Al Qaeda nunca se ha basado en una estrategia de éxitos consecutivos, sino de paciencia, dirección y concentración en su enemigo lejano. Y, a pesar de lo dicho y hecho por la Administración Obama, ahí sigue.

A pesar de que Barack Hussein Obama lo definió como un "equipo estudiantil" en una entrevista concedida al New Yorker en enero de 2014, justo cuando acababa de tomar la ciudad iraquí de Faluya, el Estado Islámico es hoy visto por todos los responsables de la seguridad americana como una seria amenaza. Así lo aseguraba al menos el director de Inteligencia americano, James Clapper, en su análisis anual ante el Congreso el pasado 9 de febrero:

El Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL, por sus siglas en inglés) ha pasado a convertirse en la amenaza terrorista más importante debido a su autodenominado califato en Siria e Irak, sus ramificaciones en otros países y su creciente habilidad de para dirigir e inspirar ataques contra una amplia panoplia de objetivos en todo el mundo.

Sin embargo, así como desde mediados de 2014 a finales de 2015 el Estado Islámico parecía ser una fuerza imparable, ahora mismo la percepción ha vuelto a cambiar, fruto de las sucesivas derrotas que está sufriendo, especialmente en suelo iraquí. Y, sin embargo, Mosul, su capital en Irak, que debía haber sido liberada hace meses por el Ejército iraquí, sigue en sus manos. Raqa, en Siria, está lejos de ponerse en peligro. La paradoja de nuestras políticas de seguridad es que nos negamos en su día a aceptar el hecho del califato para defender a ultranza que el EI era pura y llanamente un grupo terrorista. Pero el grueso de la ofensiva militar contra el Estado Islámico es en realidad contra las estructuras territoriales del califato. Esto es, cuando el Califato caiga, y en algún momento caerá –bien por la presión militar, bien por sus contradicciones internas–, el grupo terrorista seguirá bien vivo.

Con el Estado Islámico, como antes con Al Qaeda, nos hemos equivocado en la métrica de nuestra victoria y de su derrota. La Administración Obama se pavoneaba hace un año de infligir a los islamistas 5.000 bajas al mes. Pero esos islamistas se reponían con otros nuevos 5.000, llegados de más de 100 países de todos los rincones del mundo. Así, la estimación de sus fuerzas pasó de 10.000 militantes hasta cerca de 60.000, según pasaban las semanas. Hoy, es verdad, el flujo de yihadistas que llegan al territorio del EI ha decrecido. En parte por unos mayores controles en la frontera turco-siria, pero también porque sus propios dirigentes han realizado sucesivos llamamientos para que dejen de viajar a Siria y vayan a Libia o no salgan de Europa. Conviene recordar que, en un año, cerca de 7.000 europeos se unieron a las filas del grupo.

"Inundar de sangre" Occidente
Oficiales de inteligencia temen que, a medida que aumenta la presión militar sobre el Califato, el EI vire a la táctica terrorista de atentados aquí y allá. Mientras escribo esto, tres coches bomba han sacudido la calles de Bagdad. Todos reivindicados por el Estado islámico. En su último testimonio ante el Congreso americano, el enviado especial del presidente Obama, Brett McGurk, además de presentar una optimista visión de la campaña militar contra el EI, admitía:

Aunque nuestra estrategia está progresando, ISIL [como llaman los miembros de la administración Obama al EI] seguirá siendo una amenaza, como una organización de células terroristas y como banderín de enganche para individuos que buscan dar un sentido a sus vidas.

No creo que sea necesario ahondar más en esta cuestión aquí en Europa, donde yihadistas afiliados a o inspirados por el Estado Islámico no han dejado de cometer ataques, con especial saña en Francia. De hecho, si no excluimos a los actualmente presentados oficialmente como "locos" y tenemos en cuenta todos los hechos violentos de carácter religioso llevados a cabo en Europa por yihadistas, desde la matanza de Charlie-Hebdo del 7 de enero de 2015 hasta hoy se han sucedido 60 ataques, en 13 países, a manos de musulmanes, afiliados a grupos como el EI o simplemente espontáneos. Ciertamente, no todos con coches bomba, suicidas o kalashnikovs, pero conviene tener presente que en el 11-S las armas fueron aviones civiles y en Niza, un camión de transporte. ¿Por qué un machete no va a ser un instrumento más de un terrorista islámico?

Según la información más completa sobre ataques islamistas, recopilada por la organización The Religion of Peace, en la segunda mitad de 2001 hubo en todo el mundo 176 ataques islamistas en 12 países, con 3.508 víctimas mortales (532 si ponemos a un lado las 2.976 del 11-S) y 1.561 heridos. En 2015, esto es, el año pasado, los ataques ascendieron a 2.862 y tuvieron lugar en 53 países, con un balance mortal de 25.594 muertos y 26.141 heridos. Pues bien, en lo que va de año ha habido 1.608 ataques islamistas en 54 países, con un balance de 14.244 muertos y 17.272 heridos. De continuar así, se superarán las cifras de 2015.

Ciertamente, la mayoría de los ataques tienen lugar dentro del mundo musulmán, y musulmanas son las víctimas, en esa peculiar guerra religiosa que libran los yihadistas contra otros yihadistas, contra quienes no les siguen y contra quienes consideran infieles. Pero las víctimas occidentales no han dejado de aumentar.

¿Qué quiere decir todo esto? Pues que, por un lado, nuestra sociedades se han mostrado bastante más fuertes y resistentes –o resilientes, si se sucumbe al argot al uso– de lo que cabría esperar. Parecería que, al menos en Europa, nos hemos acostumbrado a la atrocidad del mes, como si la barbarie yihadista fuera una fuerza bruta de la naturaleza. Dañina pero inevitable. Y aguantamos estoicamente, por ejemplo, que el aeropuerto de Bruselas, esa teórica capital de Europa, quede cerrado durante semanas después de un ataque terrorista. Por tanto, la seguridad del Estado no está en peligro. Por el contrario, la seguridad de las personas, de los individuos, no de la colectividad, sí ha sufrido un claro deterioro. Hoy hay más probabilidades de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada que hace 15 años. Descartando que las organizaciones terroristas se hagan con armas de destrucción masiva, biológicas, radiológicas o nucleares, esta brecha entre la seguridad institucional y la seguridad individual no hará sino aumentar con el paso del tiempo. Por una simple razón: es más fácil dar un cuchillazo que volar una central nuclear. La más reciente publicación del Estado Islámico, de esta misma semana, el primer número de la revista Rumiyah (cuya traducción sería "Roma", algo más que significativo), hace un llamamiento a inundar de sangre las calles de Occidente, de América a Australia.

Poco nos ha durado la alegría de haber acabado con Adnani, lugarteniente del líder del EI, Abubaker al Bagdadi, ideólogo, jefe de propaganda y responsable de las células del Estado Islámico en nuestro suelo. Y es que hay algo que debemos grabarnos bien en nuestras mentes: la yihad no empezó con Ben Laden en 2001, sino mucho antes. Hay quien habla de 1979, cuando Rusia invade Afganistán, Jomeini lleva a buen término su revolución islámica en Irán y tiene lugar el asalto a La Meca a manos de yihadistas. Y seguramente habrá que buscar mucho antes. Además, no va a finalizar con la eliminación del Califato ni la derrota del Estado Islámico. No al menos mientras no queramos entender el cuadro global y que la oleada de locos musulmanes armados con cuchillos y hachas tiene menos que ver con una disfuncionalidad cerebral que con todo un sistema de creencias y doctrinas que emanan del islam y constituyen el islamismo. Ya no nos falla la imaginación, nos falla el sentido de realidad y el valor del sentido común de llamar a las cosas por su nombre. Incluso a nuestros enemigos.

15 años después del aquel 11 de septiembre de 2001
Defender nuestra forma de vida
Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco 11 Septiembre 2016

El siglo XXI comenzó el día 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada aciaga que no se nos olvidará jamás a quienes defendemos las sociedades libres, la libertad de pensamiento, la tolerancia religiosa y la igualdad entre los géneros, el terrorismo islamista asesinó a casi 3.000 personas en Nueva York y Washington, destruyó el World Trade Center de la que, a pesar de muchos, aún sigue siendo la auténtica capital del mundo, y nos colocó, de repente, ante la constatación cierta de que las hordas bárbaras, utilizando recursos ingentes liberados por las nuevas tecnologías y la globalización económica, se habían marcado como objetivo atacar a las sociedades occidentales en sus principales centros de decisión política, social, económica y cultural.

Desde el primer momento, cuando todavía los dos colosos de acero se mantenían en pie en las pantallas de nuestros televisores, entendimos que aquella era una embestida cruel, cargada de simbolismo y rebosante de aborrecimiento contra nuestra civilización. La elección de las Torres Gemelas como objetivo no fue, obviamente, algo azaroso: aquellos edificios, como tantos otros en otras muchas capitales de Europa o de Estados Unidos, representaban excepcionalmente las ilusiones de Occidente, nuestras querencias más íntimas, nuestros sueños más ocultos, la evidencia de nuestra grandeza y las dimensiones abismales de nuestra debilidad. Que el atentado más brutal tuviera lugar, además, en Nueva York suponía una declaración formal de guerra contra todo lo que representa esa ciudad sobrecargada, extremadamente vital, bulliciosa y extrañamente melancólica para quienes amamos, entre otras muchas cosas, la libertad, el mestizaje, los hot-dogs, el MOMA, Gran Central Terminal, Lexington Avenue o las mejores librerías del mundo.

Es un hecho que los clérigos fanáticos y los musulmanes integristas que diseñaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, no solamente querían conseguir miles de víctimas en la primera potencia mundial y en la nación abanderada de la democracia, el capitalismo y el progreso. Además de extender la muerte y el dolor, deseaban también y, quizás, sobre todo, quebrantar la libertad, romper la tolerancia, infringir la democracia y profanar las normas básicas de convivencia que definen a Occidente y que los islamofascistas no pueden soportar, como no pueden tolerar la independencia de una mujer paseando sola por cualquier avenida de París, Londres o Bruselas, la secularización enriquecedora de nuestras instituciones, la creatividad de nuestros artistas o la autonomía de nuestros ciudadanos.

Nos encontramos a las puertas de una gran guerra de civilizaciones, y, por ello, tras el 11-S y después de tantos ataques como luego habrían de llegar en Madrid, Londres, París, Bruselas, Túnez y tantos otros lugares, Occidente debía haber comprendido que es necesario prepararse, que debemos entrenarnos con firmeza para defender todo aquello que nos hace ser mejores y que, actualmente, convierte a nuestros países en los más prósperos, en los más libres, en los más equitativos y en los más avanzados del planeta. Nuestras instituciones no son, ni mucho menos, perfectas, nuestras libertades pueden empañarse de vez en cuando, aún no hemos logrado eliminar la miseria de nuestras calles y sabemos que todavía resta mucho trabajo arduo en el siempre difícil camino de conseguir las más elevadas cotas de bienestar y de progreso para todos los ciudadanos. Pero, a pesar de todo ello, nuestras sociedades son las únicas que pueden ser capaces de lograrlo. Occidente no está (todavía) en guerra contra el Islam, pero quizás debería estarlo, porque desde aquel 11 de septiembre de 2001 todos tenemos que ser conscientes de que debemos estar listos para defender nuestra forma de vida (¿cuándo olvidamos esta expresión?) de esta chusma bárbara que ha llegado con el advenimiento del siglo XXI y que, aunque está encabezada por el islamismo fundamentalista, también está formada por un ingente colectivo de fuerzas, generalmente de inspiración comunista y nacionalista, y siempre marcadamente totalitarias que, cabalgando sobre la ola globalizadora, y aprovechándose obscenamente de las ventajas que ésta produce, tratan de expandirse a lo largo y ancho del planeta.

Quince años después del 11-S, urge aprender que nuestra lucha por la libertad habrá de ser para siempre, aunque el ocaso del deber y la renuncia a perseverar en el resguardo de los mejores valores de la civilidad moderna se han extendido preocupantemente entre los hombres y mujeres del viejo continente.

El escritor italiano Pietro Citati, autor de “Luz de la Noche”, ha descrito perfectamente esta situación: “El mundo europeo del siglo XXI es irreal, teatral, fantasioso, televisivo, espectacular. Ningún occidental sabe ya usar la fuerza. Y cuando recurre a ella, la usa de forma inexperta, torpe, excesiva, o acompañada de tanta cautela, tanto miramiento, tanta excusa y tanta precaución que se vuelve totalmente ineficaz y perjudicial. (...) Para una democracia, defenderse del terrorismo elevado a sistema es muy difícil, casi imposible. (...) Tendremos que renunciar a numerosos placeres: pequeñas libertades, garantías jurídicas, riquezas, ayudas. Durante muchos años, todo estará en peligro. A veces existe la impresión de que muchos no están dispuestos a hacer esos sacrificios y que, para ello, la civilización occidental puede hundirse sin nostalgias. (...) Parece que la paciencia, el valor y la capacidad de aguante se han desvanecido. Mejor conservar la vida, al precio que sea”.

Imposible decirlo con mayor claridad y con más rotundidad. Tiempo después de que un puñado de suicidas islamistas, con el apoyo de una importante caterva de clérigos y multimillonarios musulmanes, destruyeran el World Trade Center y terminaran con la vida de más de casi 3.000 personas, apenas hemos avanzado nada en cuanto a la comprensión del tamaño de la amenaza que se nos avecina. Padecemos una absoluta falta de recursos éticos para convencer y para convencernos de que, efectivamente, nuestras sociedades democráticas son muy superiores, desde un punto de vista moral, político, social y cultural, a cualesquiera otras sociedades del planeta. Aún hoy, cuando día tras día observamos cómo la sinrazón, el odio y la barbarie son profusamente jaleados en distintas partes del mundo, y siempre contra Occidente, somos incapaces de entender que los elevados niveles de convivencia y tolerancia que hemos alcanzado en nuestras ciudades están en peligro porque, amparándose en la mundialización de la economía y de la cultura, todos los totalitarismos, y especialmente los islamistas, están atracando en las costas de Europa y Estados Unidos.

Y lo están haciendo gracias a una mezcolanza ideológica, a un batiburrillo de instrucciones éticas y a una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu occidental actual: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”. Este certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil occidental otorga a la totalidad de los juicios de valor ha abierto una puerta fatal a la infantilización intelectual de nuestras sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que, especialmente en España, ha alcanzado niveles de ruindad y demérito difícilmente superables.

Pretender una paridad radical de todas las ideas, presumir la nobleza de todas las creencias y admitir como iguales todas las religiones, por ejemplo, no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, como los fanáticos islamistas en Europa o en Estados Unidos, producen, alimentan y propagan proyectos de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad. El relativismo ideológico y cultural se ha convertido para Occidente en un cáncer demoledor que permite otorgar a las voces de los bárbaros, los crueles, los fanáticos y los irracionales la misma validez moral que a los mejores y más elevados discursos y planteamientos.

Nos encontramos al límite de nuestras posibilidades de supervivencia y Occidente no puede seguir siendo el saco de los golpes de todos los totalitarismos que campean por el globo, que son muchos.

Debemos comenzar a ser conscientes de nuestra grandeza, de nuestra historia, de todo lo que hemos conseguido a lo largo de la historia. Debemos ser conscientes de que el futuro solamente existirá para nosotros si somos capaces de defender nuestro presente tal y como nosotros lo queremos, y no como nos lo quieren imponer. En palabras, nuevamente, de Pietro Citati: “La civilización occidental es culpable de muchas cosas, como cualquier civilización humana. Ha violado y destruido continentes y religiones. Pero posee un don que no conoce ninguna otra civilización: el de acoger, desde hace 2.500 años -desde que los orfebres griegos trabajaban para los escitas-, todas las tradiciones, los mitos, las religiones y a casi todos los seres humanos. Los comprende o intenta comprenderlos, aprende de ellos, les enseña, y después, con gran lentitud, modela una nueva creación que es tan occidental como oriental. ¡Cuántas palabras hemos asimilado! ¡Cuántas imágenes hemos admirado! ¡Cuántas personas han adquirido la ciudadanía "romana"! Éste es un don tan grande e incalculable que tal vez valga la pena sacrificarse, pro aris et focis, a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de Granada.”


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Podemos se hace independentista
La izquierda se ha quitado definitivamente la máscara. La CUP, ERC y Podemos forman ya el nuevo trío de la bencina de la política catalana.
Luís Herrero Libertad Digital 11 Septiembre 2016

Francamente, que el número de asistentes a la Diada haya subido o bajado respecto al año anterior es un dato que importa un bledo. No creo que la temperatura de la calle un día singular sirva para medir la fiebre independentista de Cataluña. La fatiga suele afectar a la musculatura, rara vez a la cabeza. Que algunos catalanes se hayan cansado de formar cadenas humanas no significa que hayan arriado la estelada de su ombligo intelectual.

Al contrario que a mucha gente, a mí me parece que esta Diada con menos voluntarios en las cunetas ha sido la más demoledora de los últimos años. La imagen del líder podemita Dante Fachin en medio de Anna Gabriel y Oriol Junqueras sujetando la misma pancarta y cantando a coro L'estaca de Lluis Llach, mientras la gente gritaba "independencia", es más ilustrativa que cualquier aglomeración de masas. Significa que la izquierda se ha quitado definitivamente la máscara. La CUP, ERC y Podemos forman ya el nuevo trío de la bencina de la política catalana. Y si algo han dejado claro estos días es que están dispuestos a arrebatarles a los convergentes el liderazgo del procés por mucho que el President de la Generalitat, para hacer méritos, haya querido prometer elecciones constituyentes antes de un año desde la cabecera, por primera vez, de la manifestación de Salt.

La alcaldesa de Barcelona ya lo había dejado claro en su artículo del sábado en El País: "Una parte muy importante de la población catalana, y del conjunto del Estado, ya no se siente representada en el pacto constitucional de 1978. El país ha cambiado. Es necesario y urgente ampliar el reconocimiento y garantía de los derechos civiles y sociales, a fin de que el pueblo catalán pueda decidir libremente cuál tiene que ser su relación con España". Para Ada Colau, la incorporación a este nuevo modelo territorial que reconozca el derecho a decidir, es decir, el derecho de autodeterminación, supone, como es lógico, "el reconocimiento previo de múltiples soberanías" (no sólo la catalana, sino la de todas las conciencias nacionales que en España existan, incluyendo, supongo, la cartagenera) "que libre y fraternalmente decidan sumarse a un proyecto común".

Se podrá decir que este discurso no deja de ser la ocurrencia personal de alguien que aspira a dar el salto en las próximas elecciones catalanas de la política municipal a la autonómica. También se podrá decir que su postura no coincide con la que mantiene oficialmente Podemos. Pero ambas cosas son falsas. El viernes, en el acto que se celebró en el municipio de Sant Boi, el líder de la formación morada en Cataluña defendió las mismas tesis que Colau. Exactamente las mismas. Incluso con expresiones idénticas.

Es más que evidente que el liderazgo secesionista de Convergencia toca a su fin. Las elecciones que promete Puigdemont servirán para darle todo el poder al nuevo tripartito que emerge de la Diada y con él se acabará la ambigüedad democristiana de amagar y no dar. A partir de ahora, el futuro inmediato encierra pocas incógnitas. Podemos ha decidido bajar el puente y subir la cancela del castillo para que la bandera de la independencia pueda ondear en lo alto de la torre.

Para acallar su mala conciencia, los que debieron mantener alejada la batalla de los muros de la fortaleza, con políticas lingüísticas, educativas y financieras que no desarmaran a los defensores de la idea de España, no dejan de repetir que han dado orden a los jueces para que viertan calderas de aceite hirviendo sobre las cabezas de los insurgentes. La defensa de la posición ya no es política, sólo es judicial. Primero el PSOE y después el PP nos han traído hasta aquí. Y ahora, jibarizados por su propia desidia, ya no tienen fuerza, y a lo peor tampoco ganas, para sacarnos de lío.

Su error tendrá consecuencias, quien sabe si irreversibles, para la cohesión territorial del Estado. Pero no se quedarán ahí. Ambos han pagado su error favoreciendo la aparición de fuerzas políticas parásitas que han vampirizado su poderío parlamentario y han convertido el tablero político en un laberinto de salida ilocalizable. Lo que ahora nos preocupa es que no haya Gobierno. Creemos que eso es lo urgente, y es verdad. Pero no es lo más importante. Lo que de verdad resulta aterrador es que la sanguijuela que le chupa la sangre electoral al PSOE, la que se alimenta de sus votos perdidos, de su anemia nacional, clama por la extinción del pacto constitucional de 1978, fuente de legitimidad del régimen que ha hecho posible la convivencia entre españoles durante los últimos cuarenta años. Podemos no sólo impugna la organización territorial del Estado. Su enmienda es a la totalidad.

¿Qué necesita Sánchez para darse cuenta de que el Podemos con quien coquetea ya no es sólo cómplice, sino coautor de una estrategia independentista que cada vez tiene más resortes para salirse con la suya? ¿Qué hace falta para que entienda que pretende dinamitar un Régimen constitucional que nos ha dado cuatro décadas de razonable estabilidad? ¿Y por qué no aprende de sus propios errores?

El PSC marcó el camino a la irrelevancia que luego siguió el PSE. Maragall fue President y Patxi López Lehendakari. Y el precio que pagaron por serlo llevó a sus respectivos partidos al borde de la extinción. El socialismo vasco, hace cuatro años, aún mandaba en Ajuria Enea. Dentro de dos semanas, si el CIS no vuelve a pifiar el pronóstico, se convertirá en el partido más pequeño de la oposición parlamentaria, empatado a nada con el PP. En lugar de escarmentar en cabeza ajena, los de Ferraz se empeñan en ir por el mismo camino. Allá los barones si lo consienten. Pero harían bien, antes de hacerlo, en mirar hacia atrás y sacar sus propias conclusiones. Primero Maragall se cargó el PSC. Luego Patxi López se ha cargado el PSE. Y como no hay dos sin tres, Pedro Sánchez terminará de cargarse el PSOE. Su espacio lo ocupará Podemos. El Podemos que hemos visto en la Diada: el de la independencia y la puntilla al Régimen constitucional. Maldita gracia.

La Diada, o la mentira institucionalizada
Editoral gaceta.es 11 de septiembre de 2001

El aquelarre separatista que hoy se celebra es fruto de una mentira histórica elevada a la condición de verdad oficial. Va siendo hora de que la nación española reconstruya su verdadera identidad.

El 11 de septiembre de 1714 la ciudad de Barcelona se rendía ante las fuerzas del duque de Berwick, un francés de origen angloescocés que servía a las órdenes de un candidato francés al trono de España, Felipe de Anjou. La muerte sin descendencia de Carlos II, el último Austria, había dejado vacante el trono en 1700 y toda Europa rompió a pelear por el premio. Los barceloneses –que no todos los catalanes-, que habían apostado primero por Felipe, cambiaron después de opinión –no entremos en las causas- y apostaron por el otro candidato, el archiduque Carlos de Austria, con apoyo inglés y holandés. Pero en 1711 a Carlos le cayó la corona imperial austriaca en la cabeza y perdió interés por la causa española. Barcelona se quedó sola. Un ejército de franceses y españoles asedió una ciudad de españoles que había perdido el apoyo de ingleses y austriacos. Los de Barcelona terminaron sacando la bandera de Santa Eulalia –que no la senyera- y lanzándose a un combate imposible “por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”, que tal rezaba el manifiesto del conseller en cap Casanova, y “por nosotros y por la nación española”, como dejó escrito el jefe militar de la defensa, Antonio Villarroel. Barcelona perdió.

No, la guerra de Sucesión no fue una guerra de catalanes contra españoles. Fue una guerra de españoles con un rey francés, contra otros españoles con un rey austriaco, y en la liza entraron contingentes de Inglaterra, Austria, Francia y Portugal. Lo que estaba en juego no era sólo la corona española, sino el equilibrio de poder en Occidente. Ni siquiera es del todo exacto decir que en la pugna comparecían dos formas de concebir el Estado, una más centralista y otra más foralista, porque con frecuencia estas opciones iban adheridas a los pactos locales de poder de cada una de las fuerzas en presencia. Es hilarante que este episodio, sin duda trascendental para la Historia de la Europa moderna, haya quedado reducido hoy a una inexistente lucha de unos catalanes que no tenían conciencia de tales por una independencia que nunca habían tenido ni nunca quisieron.

El relato separatista de la Diada es simplemente mentira. Ni los catalanes luchaban por su independencia ni España había invadido Cataluña. No hay ni una sola prueba histórica que permita defender semejantes cosas. Ahora bien, esta mentira, a fuerza de ser repetida con abundante subvención oficial, ha terminado por convertirse en verdad a ojos de muchos catalanes. Y no es sólo una enfermedad catalana, porque lo mismo ocurre con otras muchas “certidumbres” de la cultura oficial española. El pueblo vasco nunca ha sido una etnia radicalmente diferente del resto de los españoles. Los gallegos no han sido nunca un pueblo celta –no más que otros de la península-. Las raíces musulmanas del pueblo andaluz son una simple invención folclórica. Y España no exterminó a los indios de América. Ni la Inquisición asesinó a decenas de miles de personas. Ni la España del Frente Popular era un oasis democrático. A pesar de que estas cosas se enseñan hoy en nuestras escuelas.

Las discusiones históricas no son una cuestión marginal, asuntos de minorías eruditas o de tertulias de café. Al contrario, son una cuestión política de primera importancia. Porque no es posible construir una comunidad política si esta carece de un relato sobre sí misma. Pero la España actual ha renunciado a construir ese relato y, aún peor, ha permitido que en su lugar lo hagan poderes locales interesados en la atomización de la conciencia nacional. Las consecuencias sólo pueden ser catastróficas. El aquelarre separatista que hoy se celebra en Barcelona es fruto de una de esas mentiras históricas elevadas a la condición de verdad oficial. No es la única. Va siendo hora –si no es ya demasiado tarde- de que la nación española reconstruya su verdadera identidad.

Grandeza y miseria del catalanismo
José García Domínguez Libertad Digital 11 Septiembre 2016

¿La independencia el año que viene? No me hagan reír.

Suprema paradoja, la innegable capacidad de movilización popular propia del catalanismo ofrece cada año por estas fechas la mejor estampa plástica de su propio talón de Aquiles. Propongo un ejercicio al lector: superponga un mapa físico de Cataluña en el que se resalten los escenarios de las cinco concentraciones del 11 de septiembre último con otro que refleje la dispersión sociolingüística de los habitantes a lo largo del territorio. Desde un plano puramente visual, la asimetría que emerge de inmediato entre esos dos espacios, el imaginario de la nación homogénea que fabrica a diario la propaganda oficial y el real marcado por la fractura lingüística como eje discriminante de las distintas lealtades nacionales, pone de manifiesto a un tiempo el gran éxito y el gran fracaso del catalanismo político desde su nacimiento, ahora va para un siglo y pico. Gran éxito porque ha demostrado ser capaz de agrupar en torno a sí al grueso de las clases medias y menestrales autóctonas. El catalanismo ha logrado consumar una proeza política para nada menor: romper las divisiones de clase, tan arraigadas siempre en la que en tiempos fuera la Rosa de Fuego, para crear sobre ellas un espacio transversal tomando como aglutinante la argamasa emocional de la lengua vernácula.

Pero también de ahí su gran fracaso. Algo que se refleja en esa frustrante impotencia suya para lograr que comarcas como la del Bajo Llobregat –según el último censo, más de 806.000 almas que nacen, viven y mueren en castellano– se incorporen, siquiera de modo testimonial, al proceso. Desde los años 60, cuando la eclosión del primer gran trasvase migratorio peninsular, la suprema fantasía voluntarista del nacionalismo ha sido creer que los nietos del Pijoaparte de Marsé acabarían siendo como Gabriel Rufián. Pensaron que se podría consumar ese ejercicio de lobotomía sociológica utilizando a fondo la red de instrucción pública como instrumento nacionalizador, siempre con el idioma haciendo las veces de canal transmisor de la mercancía identitaria. Pero, resulta más que evidente ya, erraron en su optimismo. Para su desolación, treinta años de uso instrumental de la escuela al servicio de la construcción nacional no han logrado que cuanto Rufián encarna pase de chusca anécdota. Contra lo que ordenaba el guión prescrito, el grado de adhesión de los castellanohablantes al independentismo sigue a día de hoy sin revelarse estadísticamente significativo.

De ahí, por ejemplo, esa forzada equidistancia de la izquierda metropolitana de Barcelona, Colau & Cía., con respecto al asunto, ambigüedad a la que no resulta ajena en absoluto la condición de castellanohablantes de tantos y tantos de sus electores. Sarcasmos de la Historia, los catalanistas con mando en plaza han acabado pareciéndose como dos gotas de agua a la peor de sus pesadillas obsesivas: eso que llaman lerrouxismo, su fantasma más temido. Siempre alerta por si alguien de fuera venía a fracturar la cohesión social del país soñado apelando a la lengua como arma arrojadiza, y al final han sido ellos, y solo ellos, quienes han logrado deshilacharla hasta hacerla irreconocible. "Catalunya será charnega o no será". Allá por los 70, cuando la izquierda local aún no se había dejado colonizar las meninges por los nacional-sociolingüistas, era el lema que aquí compartíamos (casi) todos. Bien, pues no será. Nunca será. Jamás de los jamases será. Hoy, medio siglo después, ya lo podemos decir sin miedo a equivocarnos. ¿La independencia el año que viene? No me hagan reír.

La desconexión histórica del secesionismo
El libro «Cataluña en España», de Gabriel Tortella, una vacuna contra los mitos de la Diada
SERGI DORIA Barcelona ABC 11 Septiembre 2016

«La historia de Cataluña no puede entenderse sin la de España y viceversa». Gabriel Tortella, doctor en Economía por Wisconsin y su equipo -José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga- abordan en «Cataluña y España» (Gadir) la cuestión nuclear del mito nacionalista: «Cataluña nunca ha sido una nación (como tampoco lo ha sido Castilla, ni ninguna de las regiones que componen España), y no ha empezado a hablarse de la nación catalana en el sentido moderno muy a finales del siglo XIX». En «La nacionalitat catalana» Enric Prat de la Riba calificaba España de «entidad artificial» mientras que Cataluña era una «unidad de cultura o de civilización», o «comunidad natural, necesaria, anterior y superior a la voluntad de los hombres que no pueden ni deshacerla ni cambiarla». Un precursor de la «unidad de destino en lo universal» de José Antonio. Pratianas o joseantonianas, «estas afirmaciones pertenecen al terreno de misticismo y mixtificación, terreno que quizá esté en el ámbito de la religión, pero que desde luego está fuera de la ciencia».

De aquellos polvos a los lodos de la «desconexión» de la realidad que se regurgita en cada Diada o en la cacareada RUI de la ANC y las CUP. La reescritura catalanista de la Historia relegó la «Marca Hispánica» de la Cataluña carolingia y equiparó las Cortes medievales a la democracias modernas.

Sustentado en los datos y no en las creencias, el equipo de Tortella pone en solfa en argumentario separatista. La guerra de Sucesión -no de Secesión- que tanta tinta subvencionada derramó en 2014, fue «una defensa desesperada de los fueros medievales». Los defensores de Barcelona -ya lo constató Jaume Vicens Vives-, «lucharon contra la corriente histórica y esto suele pagarse caro».

Según los historiadores nacionalistas de guardia, la prosperidad de Cataluña a partir del denostado Decreto de Nueva Planta era tan solo mérito de los catalanes. Si eso fue así, los autores de «Cataluña en España» se preguntan por qué esperó Cataluña tres largos siglos para desperezarse económicamente: «Resulta muy difícil explicar esta ejecutoria brillante si no es ligándola a las profundas reformas borbónicas y a la liberación de las cadenas feudales». Los secesionistas «deben explicarnos cómo, sin acceso privilegiado a los mercados peninsular y americano, y sin un sistema fiscal equitativo y llevadero, se hubieran desarrollado la agricultura y la industria catalanas del modo que lo hicieron de 1716 en adelante».

Gracias a ese círculo virtuoso Cataluña devino en el XIX en locomotora y fábrica de España: una industria protegida de la competencia británica por los aranceles: «Los innegables sacrificios que en aras de la industria textil catalana soportaba el resto de la economía española no fueron mencionados en el famosos ‘Memorial de Greuges’ de 1885, ni en las Bases de Manresa de 1892, ni en los innumerables escritos y testimonios que políticos y empresarios catalanes publicaron a lo largo de todo el siglo».

Pujol, «grave error»
Otro mantra repetido hasta la saciedad es que la guerra del 36 se hizo contra Cataluña: «El régimen franquista oprimió a toda España con admirable imparcialidad, y si en Cataluña se hizo sentir doblemente la opresión porque durante muchos años se postergó al idioma catalán, debemos recordar que igualmente postergados los estuvieron otros idiomas regionales, incluido el gallego, la lengua propia de la patria chica del Caudillo», replican los autores.

Y del pasado al rabioso presente. Presidente de la Generalitat en 1980, «Pujol fue grave error histórico», señala Tortella. Tres décadas de «construcción nacional», generaciones que no han conocido otra cosa que nacionalismo: «Los instrumentos utilizados han sido todos los resortes del Estado al alcance de la Generalitat, pero sobre todo la educación y los medios de comunicación. Se ha difundido entre la población catalana, desde la escuela primaria hasta la prensa y la televisión, una versión deformada y victimista de la historia». Eso explicaría el envite separatista: «Los niños educados con textos y profesores adictos a los dogmas del soberanismo nacionalista son ya adultos enardecidos por los alegatos sobre los supuestos ‘opresión’, ‘expolio’, ‘agravio’, ‘ofensa’...»

Según datos de la Unión Europea, Cataluña es hoy la región peor gobernada de España: «Los nacionalistas han endeudado a Cataluña hasta bordear la bancarrota», señalan los economistas. La deriva independentista se concretaba en el «win-win» de Mas: «Si se les concede lo que piden, ganan; si no, se busca la independencia...» En una Cataluña independiente, «la élite del poder tendría una inmunidad total, mayor que la que, de hecho, tiene ahora para cometer las tropelías a las que nos tiene acostumbrados» advierten. La derrota en las «plebiscitarias» del 27-S dio paso a lo que Tortella identifica como un «golpe de mano» de unos aspirantes a señores feudales: «Una maniobra desesperada, in extremis, que no puede terminar bien, como no terminaron bien las anteriores intentonas independentistas, empezando por la guerra dels segadors». En esa pantalla estamos.

Euskadi después de ETA: 'operación olvido' para unas elecciones sin drama
Esta sociedad da una lección de democracia avanzada después de cinco décadas en las que estuvo enferma de locura homicida. Todos los demás nos hemos vuelto chavetas
Ignacio Varela El Confidencial11 de septiembre de 2001

Poco antes del verano, Iñigo Urkullu predijo, medio en serio y medio en broma, que a este paso el País Vasco elegiría lendakari antes de que España eligiera al presidente de su Gobierno. Pues va camino de tener razón.

Durante décadas, todo lo que venía de Euskadi era un problema para España. Hoy muchos políticos y no pocos líderes de opinión alimentan la ilusión de que el 25 de septiembre, del País Vasco vendrá la solución al gigantesco putiferio de la política española. Unos (PP), por si les caen de allí los votos peneuvistas que necesitan para ganar la investidura, aunque sea por los pelos y mediante un dudoso intercambio de apoyos. Los otros (PSOE), por si esos mismos votos les permiten librarse del marrón de tener que decidir.

Ni el bloqueo español determinará el voto de los vascos ni el voto de estos desenredará el embrollo político en que estamos metidos

Es una de esas convicciones que crean evidencias, como diría Proust. Bastante tienen los vascos con seguir mejorando su país y solucionando razonablemente sus problemas –lo que es decir muchísimo viniendo de donde vienen– como para esperar que, además, suministren la poción mágica que saque a España de su postración política. Estas elecciones no van de eso. Ni el bloqueo español determinará el voto de los vasco, ni el voto de estos desenredará el embrollo en que estamos metidos.

Ello no quita trascendencia a estas elecciones vascas, las primeras que se celebran ya plenamente en la Euskadi post-ETA (en 2012 habían transcurrido solo 12 meses desde la rendición de la banda y todas las heridas estaban aún abiertas). Puede decirse que estas son las primeras elecciones democráticamente normales del País Vasco desde aquellas de 1980 (93 asesinatos en aquel año).

Creo que hay tres elementos que explican mejor que ningún otro el significado de estas elecciones:

La pulsión del olvido
El primero y más importante, ya lo he mencionado, es la desaparición de la violencia terrorista de la vida cotidiana de los vascos. Durante cinco décadas, cualquier persona sabía que si un vecino o un compañero de trabajo soplaba su nombre en el oído adecuado, podía encontrarse cualquier mañana con la visita del hombre del tiro en la nuca o con la bomba debajo de su coche. Sabía que un comentario imprudente en la barra de un bar podía costarle la vida. Sabía que si era empresario le tocaba pagar a la mafia y si era un ciudadano corriente le tocaba callar y no mirar. Y a la hora de votar, más valía salir de casa con la papeleta en el bolsillo y el sobre ya cerrado si no quería entrar en alguna lista fatídica.

Cincuenta años de tortura a toda una sociedad y apenas cinco para un olvido fulminante. José María Ruiz Soroa ha descrito magistralmente lo que él llama “la reconversión de la política vasca”. “La pulsión dominante en la sociedad vasca”, escribe, “es la de pasar página en el asunto de la violencia terrorista etarra. Fundamentalmente porque tiene una enorme mala conciencia en torno a ese asunto y su recuerdo no hace sino agitar oscuros sentimientos de vergüenza retrospectiva”.

Sí, Euskadi se ha propuesto olvidar, y lo está haciendo a toda velocidad. Sigue diciendo Ruiz Soroa: “La política en el País Vasco se ha vuelto acusadamente posheroica (…) ha emprendido una senda pragmatista en la que las antiguas verdades impuestas o defendidas mediante la muerte pierden su sentido y son sustituidas por políticas nacionalistas gradualistas de baja intensidad”.

Ruiz Soroa compara esta pulsión de olvido con la que siguió a la guerra de Secesión norteamericana, pero también podríamos asimilarla a lo que sucedió en la Alemania posnazi. Allí, como en Euskadi, era muy difícil que una familia no tuviera dentro de sí a un verdugo o a una víctima. Era el olvido a toda costa o el rencor eterno.

“La política en el País Vasco se ha vuelto acusadamente posheroica (…) las antiguas verdades defendidas mediante la muerte pierden su sentido"

En términos políticos, esto significa que todo aquello que introduzca dosis de recuerdo en el debate público provoca malestar y rechazo. Sí, se sabe que quedan flecos por resolver: ETA no se ha disuelto formalmente ni ha entregado las armas, aún quedan presos en cárceles alejadas y centenares de familiares de víctimas no han recibido el desagravio que merecen. Pero nada de eso frenará la firme determinación social de expulsar de la vida pública (y de las conciencias privadas) ese pasado.

Definitivamente, el terrorismo ha dejado de ser un elemento central de la política vasca. En las encuestas del CIS inmediatamente anteriores a cada elección se pregunta a los ciudadanos por los asuntos que más les preocupan. Agrupemos la mención directa al terrorismo de ETA con otras conexas (el fin de la violencia, la violencia callejera, la división entre los vascos, la crispación) y observemos este retrato vertiginoso del olvido:

Ciudadanos vascos preocupados por el terrorismo de ETA2001 95%
  2005 58%
  2009 30%
  2012 12%
  2016 3%

No es buen negocio electoral seguir agitando los rescoldos de aquella hoguera, ni por un lado ni por el otro. Dicen que el revuelo sobre la candidatura de Otegi beneficiará a Bildu. Puede que les dé protagonismo mediático en la campaña, y ya sabemos que en las elecciones autonómicas los grupos nacionalistas tienden a crecer. Pero a medio plazo mantener ese liderazgo, como mantener rituales y simbologías que recuerden lo que nadie quiere revivir, será un lastre insoportable para Bildu. Arnaldo Otegi: el terrorista que ayudó a que se terminara el terrorismo. Da igual por donde lo tomen, por un lado y por el otro apesta a pasado.

Algo parecido puede decirse de quienes siguen enganchados a la reivindicación de las víctimas, a las exigencias de desarme inmediato de ETA o al alejamiento de los presos. Admito que es injusto, pero cuando se quiere borrar la pesadilla de la memoria es que quiere olvidarse por completo, no solo una parte.

Una sociedad próspera
El País Vasco es hoy una región rica. No solo en términos españoles, sino europeos. Sufrió la crisis como todos, pero menos que la mayoría. Disfruta de los niveles de bienestar más altos de España. Sus servicios públicos esenciales funcionan con eficiencia muy superior a la de cualquier otra comunidad autónoma. Tiene, sin duda, uno de los mejores sistemas sanitarios públicos de Europa. Su ratio de calidad en la enseñanza es de 8,7 frente al 5,0 español. Cuenta con un sistema generoso de rentas mínimas y prestaciones que superan al salario mínimo. Y por si fuera poco, su Administración Pública es reconocidamente eficiente y no ha sufrido hasta ahora, que se sepa, la plaga de la corrupción.

Arnaldo Otegui: el terrorista que ayudó a que se terminara el terrorismo. Da igual por donde lo tomen, por un lado y por el otro apesta a pasado

Es cierto que todo ello tiene que ver con su privilegiado sistema de financiación; pero como señala Ruiz Soroa, “la causa es opaca, lo que cuenta es la realidad”.

La realidad vasca de hoy es toda una invitación a abandonar las vías rupturistas y apoyar las políticas incrementalistas del bienestar. Se mantiene, eso sí, un discurso identitario y nacionalista políticamente correcto, centrado en la idea de un “derecho a decidir” que tampoco es para mañana por la mañana; pero la motivación social para emprender aventuras secesionistas es francamente escasa.

Una arquitectura institucional para la gobernación
El País Vasco funciona internamente como una especia de confederación. Sus tres provincias, llamadas “territorios históricos”, poseen más competencias que muchas de las comunidades autónomas españolas. Y sus Diputaciones Forales poseen más poder que el propio Gobierno vasco. De hecho, son ellas quienes controlan la Hacienda vasca (les corresponde “la exacción, gestión liquidación, recaudación e inspección de todos los impuestos”). Ellas controlan los recursos y contribuyen a los gastos del Gobierno vasco.

Por esa misma concepción confederal, resulta que en las elecciones autonómicas las tres provincias eligen al mismo número de diputados: 25. Lo que sobrerrepresenta claramente a Álava en perjuicio de las otras dos, especialmente Vizcaya, mucho más poblada. Si se aplicara el mismo sistema de distribución de escaños por provincias que rige en España, Álava tendría 15 diputados, Guipúzcoa 25 y Vizcaya 35. Ello beneficia sobre todo al PP (cuya plaza fuerte es precisamente Álava) y perjudica al PNV, partido bizkaitarra donde los haya.

Se está especulando demasiado con los apoyos que necesitará Urkullu para ser elegido: si necesita al PP, se dice, tendrá que apoyar a Rajoy en Madrid. El caso es que no necesitará ni al PP ni a nadie, porque el sistema de elección del lendakari es distinto del que rige en el Congreso de los Diputados. Allí no se vota sí o no al candidato oficial. Cada partido presenta a su propio candidato. Si uno obtiene mayoría absoluta a la primera, asunto resuelto. Y si no, en la segunda votación gana el que más votos tenga… y asunto resuelto.

Para que Urkullu no sea elegido tendría que haber un candidato con más votos que él. ¿De qué acuerdo político saldría ese candidato? De ninguno que se vea viable. Con la estimación del CIS, la única posibilidad de superar a los escaños del PNV sería que Podemos y Bildu pactaran un candidato común. Y en ese caso (no creo que Iglesias se meta en ese jardín), obligados a elegir entre Urkullu y el hipotético candidato de Bildu-Podemos, no duden de que el PSE –y probablemente el PP– sabrán muy bien lo que han de hacer –y lo harían a cambio de nada–.

No hay posibilidad de bloqueo. En la pasada legislatura, Urkullu fue elegido con los únicos votos del PNV: 27, los mismos que ahora le da el CIS en su encuesta.

Se apoyará fundamentalmente en el PSE como lleva cuatro años haciendo pero, si es preciso, puede también contar con el PP, con Podemos y Bildu

Otra cosa es gobernar en el día a día. Y para eso, el PNV está en una situación cómoda para practicar alianzas variables. Se apoyará fundamentalmente en el PSE como lleva cuatro años haciendo pero, si es preciso, puede también, según los temas, contar con el PP, con Podemos e incluso con Bildu.

Así que quienes esperan ver al PNV en una situación desesperada que le obligue a regalar la investidura a Rajoy, o engañan o se engañan.

La situación de los partidos
El PNV ha entendido a la perfección la realidad de la Euskadi post-ETA y ha elegido el camino sabio. Sin abandonar el discurso nacionalista tradicional, se ha convertido en un partido volcado en la gestión. Ha dado prioridad absoluta a la economía, las ayudas sociales y la excelencia de los servicios públicos. Carece de conflictos internos visibles: la bicefalia entre el jefe del partido, Andoni Ortuzar, y el lendakari funciona como un reloj.

Cuando perdieron el gobierno a manos del PSE, mantuvieron la calma. Hicieron una oposición moderada, colaboraron lealmente en la operación de acabar con ETA –cosa que no hizo el PP– y esperaron a que el poder regresara a sus manos de forma natural. Ello les ha servido, entre otras cosas, para mantener bien engrasada su relación con los socialistas. El PNV ha aprendido que le va mejor con la transversalidad que con el frentismo.

El PSE es la fuerza política declinante en el País Vasco. Además de compartir la decadencia del PSOE en toda España, tuvo la desgracia de que le tocó gobernar en lo peor de la recesión; y además, lo hizo apoyándose en el PP. Cuando uno se lanza a formar un gobierno sin haber ganado las elecciones y con pactos difíciles de explicar, más le vale triunfar por todo lo alto o pagará una factura desorbitada. Quizá sea el momento de que los socialistas españoles hagan hoy esa reflexión.

Bildu está en la mitad del camino entre seguir apareciendo como el antiguo brazo político de ETA y convertirse en un partido institucional integrado en la democracia. Cuanto más tarde en consumar ese tránsito, más facilidades tendrá Podemos para que comerse todo su espacio electoral. Por eso creo que, más allá del rédito inmediato que le reporte en esta campaña el victimario de Otegi, su reaparición al frente de la formación 'abertzale' es un retroceso. A Gerry Adams y al Sinn Feinn no les ha aparecido un Podemos.

Cuando uno se lanza a formar un gobierno sin haber ganado las elecciones y con pactos difíciles de explicar, más le vale triunfar o pagará una alta factura

La gran ventaja diferencial de Podemos tiene que ver con lo que hemos llamado “la pulsión del olvido”. Ellos no estaban allí durante la carnicería etarra. No hay en sus filas verdugos a los que rehabilitar ni víctimas a las que exaltar. Es el nuevo invitado, y la previsible composición del parlamento vasco le abre un mundo de posibilidades: puede colaborar con el PNV en la defensa del “derecho a decidir”, puede sumar fuerzas con el PSE en las cuestiones sociales y puede hacer de puente con Bildu mientras sigue atrayendo a sus votantes.

En cuanto al PP, tiene el mérito de haber comprendido el “hecho diferencial” del País Vasco sin cometer la torpeza riveriana de poner en cuestión los sagrados conciertos forales. Su candidato es recordado como un excelente alcalde de Vitoria. Solo le falta permitir que el olvido haga su trabajo y dejar de atizar los rescoldos. Ya sé que hay injusticia en esto, pero lo cierto es que la sociedad vasca quiere olvidar para siempre que durante 50 años Euskadi no fue tierra de ciudadanos libres, sino de verdugos y de víctimas.

Por fin, una elección madura y sin drama
Con lo que estamos viendo en España, da gusto asistir a una elección y a una campaña homologable a la de cualquier país europeo normal. Con la gobernabilidad asegurada, sin miedo a los bloqueos; con varias líneas abiertas de negociación y de acuerdos, sin apenas líneas rojas y sin que a nadie lo llamen traidor por hablar con otros; con un abanico de partidos diverso y representativo de todos los espacios de la sociedad vasca, tanto en el eje izquierda-derecha como en el eje nacionalismos-no nacionalismo; con un debate centrado en la economía, en los servicios públicos y en las cuestiones que afectan al bienestar de los ciudadanos. Y por fin, sin el drama de levantarse cada mañana preguntándose a quién asesinarán hoy.

Que esta lección de democracia avanzada provenga de una sociedad que durante cinco décadas estuvo enferma de locura homicida y fue un cáncer para la convivencia, da que pensar. Especialmente cuando ahora todos los demás nos hemos vuelto chavetas.

Los 11 momentos estelares del independentismo catalán (y uno más)
OKDIARIO11 de septiembre de 2001

Un payés del Montseny explica cómo agredieron a una mujer en su comercio por no rotular en catalán
http://okdiario.com/espana/2016/09/10/payes-del-montseny-explica-como-agredieron-mujer-comercio-no-rotular-catalan-367387

Hay que verlo hasta el final… porque no son sólo los 11 ‘mejores’ momentos de los independentistas excluyentes y xenófobos que manipulan a los catalanes. Hay un ‘chupetín’ tras un fundido a negro de este magnífico vídeo publicado por la web Dolça Catalunya, una página elaborada por catalanes con ‘seny’ y hartos del nacionalismo bajo el que deben vivir desde hace años.

El clip reúne palabras de historiadores que acusan “a quien no habla catalán de no ser catalán”, porque “quien habla castellano es un colono”; en él se pueden ver a militantes de Esquerra Republicana reunidos para ver la final del Mundial de fútbol de 2010… pero no para animar a la selección española que juntaba a la mejor generación de jugadores de la historia, muchos de ellos catalanes –Xavi, Cesc, Puyol, Piqué, Capdevila…–, sino para cantar a gritos “¡Puta Espanya!” mientras abuchean a sus propios ‘compatriotas’…

Se puede ver a Carme Forcadell, hoy presidenta del parlamento de Cataluña, cuando hace menos de tres años aseguraba que el Partido Popular y Ciudadanos eran “partidos españoles en Cataluña” y que “ellos son el rival, el resto somos el pueblo de Cataluña”.

Son 11 de los momentos más hilarantes de la esquizofrenia catalanista que, por supuesto, incluyen a Marta Ferrusola, esposa del ex presidente Jordi Pujol e imputada por blanqueo como él –y como todos sus siete hijos por otros múltiples delitos tras haberse enriquecido de manera sorprendente–, confesando lo “mucho, mucho” que le molestaba tener un presidente en la Generalitat “andaluz”, pero no por andaluz, sino por “su apellido castellano”. Obviamente se refería al socialista José Montilla, nacido en Iznájar (Córdoba).

Pero insistimos, no se pierdan el final del vídeo. Muy revelador de por qué se trata de manipular políticamente y por intereses oscuros los legítimos sentimientos de los ciudadanos catalanes.

11S o la Tormenta Perfecta
Este año veremos al frente de la manifestación de la Diada al Presidente de la Generalitat, a la Presidenta del Parlament y a la alcaldesa de Barcelona, haciendo gala de su desprecio del principio de representación.
José Rosiñol Lorenzo vozpopuli.com 11 Septiembre 2016

Cataluña se adentra en otro 11 de septiembre, fecha escogida para la celebración del día de nuestra Comunidad Autónoma, una vez más, desde hace pocos años. Desde que el nacionalismo catalán se quitó la careta y puso en marcha lo que creen el último capítulo hacia la ruptura del conjunto de España, se ha transformado en un aquelarre en el que al separatismo le gusta encuadrar disciplinadamente a la población y fracturar en dos mitades a la ciudadanía, creando la sensación de que solo se puede ser catalán y secesionista o, como mínimo, se es catalán y sospechoso.

Se asume con naturalidad que unas fuerzas políticas tengan una “hoja de ruta” que en verdad es un golpe de Estado por capítulos

Imagino que para quien no viva en Cataluña le será difícil comprender las dinámicas que empujan a unos pocos centenares de miles de catalanes a manifestarse los 11 de septiembre, entender cómo es posible que en democracia se planteen propuestas políticas totalitarias y no haya una respuesta social de rechazo. Se asume con naturalidad que unas fuerzas políticas tengan una “hoja de ruta” que en verdad es un golpe de Estado por capítulos en el que se describe, sin rubor alguno, el fin de la separación de poderes, la arbitrariedad y el autoritarismo. Leamos una frase el punto 9 del acuerdo entre JxSi y las CUP en el que plantean la creación de una asamblea que tendrá el poder total y el control absoluto sobre los catalanes

“Las decisiones de esta asamblea serán de cumplimiento obligatorio para el resto de poderes públicos y para todas las personas físicas y jurídicas. Ninguna de las decisiones de la asamblea será susceptible de control, suspensión o impugnación por parte de ningún otro poder, juez o tribunal.”

Pues bien, la Diada concentra todos los ingredientes con los que se ha cocinado a fuego el lento el plan de ingeniería social diseñado en las postrimerías de los años ochenta por el exMolt Honorable Jordi Pujol, el llamado Programa 2000. Vemos cómo los medios de comunicación públicos y subvencionados –la inmensa mayoría de los editados en Cataluña- se convierten en el factor de propaganda y tensionamiento social para lograr una alta participación en las concentraciones, utilizando no solo informativos, tertulias o documentales, sino también espacios de entretenimiento con el objetivo de alcanzar al público poco interesado en política, naturalmente, dichos medios harán un seguimiento casi exclusivo y monográfico –como si de un publirreportaje se tratase- del discurrir de las manifestaciones, todo ello con la consigna de hacer creer que la inmensa mayoría de los catalanes están en la calle y, por tanto, inculcar axiomáticamente que Cataluña es separatista.

Este año veremos al frente de la manifestación a los cargos institucionales más importantes de Cataluña haciendo gala de su desprecio del principio de representación

Pero hay un dato aún más revelador del nivel de descomposición de la cultura democrática en nuestra comunidad, de la conculcación de los principios básicos de la democracia, de cómo se utilizan las instituciones públicas para ponerlas al servicio de un interés privado y minoritario como es el independentismo. No solo hablo del simbolismo, de la asunción de la bandera de la división –la Estelada- como la bandera del partido y de su país imaginario al modo en el que lo hacían en los países más allá del Telón de Acero. También de la competencia entre figuras institucionales para asistir a los actos independentistas. Este año veremos al frente de la manifestación a los cargos institucionales más importantes de Cataluña, al Presidente de la Generalitat, a la Presidenta del Parlament y a la alcaldesa de Barcelona, haciendo gala de su desprecio del principio de representación al que deberían estar sujetos, denostando a esa mayoría social de catalanes no rupturistas.

Esta foto, la imagen de esa Triada separatista, esconde una tormenta política perfecta para el Estado y para el futuro de nuestro país. Estamos asistiendo a la basculación de este “prusés” hacia posiciones más radicales si cabe, hacia el secuestro de mayorías sociales desde los populismos de “izquierda”. Se está pergeñando un Soviet anticapitalista cuyo sustrato cultural es profundamente hispanofóbico. Si hasta ahora el independentismo estaba liderado por ERC y la CDC (o como decidan llamarse ahora) más las CUP, el resultado de la radicalización política y social ha derivado en la descomposición del centroderecha nacionalista (aquellos que en 2010 se autodenominaban “business friendly”). Sin embargo, lo que podría derivar en una auténtica bajada del suflé independentista ha destapado la operación que el separatismo puso en marcha para penetrar en el llamado Cinturón rojo de Barcelona, para acaparar el descontento popular provocado por la Gran Recesión y por la enorme crisis moral que vivimos desde hace muchos años: el asalto a las organizaciones surgidas del movimiento del 15M.

El nuevo trío más los restos de Convergència que se dibuja en el horizonte político es el paroxismo de nuestra contemporaneidad, un populismo nihilista que bebe de las escorias de la fusión de los grandes metarrelatos escatológicos que creíamos enterrados tras la caída del Muro. Nos encontramos ante la creación artificial de mayorías sociales reducidas a simples comparsas del separatismo cuyo proyecto más allá de la separación es más inquietante que el proceso en sí mismo, una confluencia de intereses personales, añejas ideologías y anacronismos cotidianos, que aumenta la sensación de anomia en la sociedad catalana y cercena cualquier posibilidad de recuperación económica y cualquier intento de regeneración política e institucional.

España y los españoles necesitamos un Pacto de Estado, un plan en el que la inteligencia y la razón acaben con los aventurismos, la sinrazón y el provincianismo

Cabría preguntarse, si con una minoría social del 47,74%, una mayoría parlamentaria insuficiente ni para cambiar al Síndic de Greuges (el Defensor del Pueblo catalán) son capaces de empujar hacia el abismo a Cataluña, ¿qué no harían si sumasen a los comunes? Pero ante esta situación, ante este contubernio, ¿qué están haciendo los grandes partidos constitucionalistas para proteger los derechos y libertades de la ciudadanía catalana?, ¿son conscientes de la "tormenta perfecta" que se avecina y que afectará el porvenir de todos los españoles?, ¿en serio están jugando con unas terceras elecciones y mantener la interinidad del Gobierno?, ¿hasta dónde están dispuestos a llevar el cortoplacismo electoralista mientras nos estamos jugando nuestro país y nuestra democracia?. España necesita hombres y mujeres de Estado, altura de miras y generosidad. España y los españoles necesitamos un Pacto de Estado que reconduzca la situación, un plan en el que la inteligencia y la razón acaben con los aventurismos, la sinrazón y el provincianismo, un plan que nos lleve a una senda de progreso en el que el horizonte sea Europa, la Europa de los ciudadanos y la Libertad.

José Rosiñol Lorenzo es socio/fundador de Societat Civil Catalana

LOS ARSENALES, UN ARMA DE NEGOCIACIÓN ‘POLÍTICA’
ETA, ni entrega de armas, ni disolución, según el CNI
Pese a los cinco años de cese de la actividad terrorista, la inteligencia española considera que la banda terrorista de ultraizquierda pretende seguir con el chantaje a los gobiernos.
Juan E. Pflüger gaceta.es 11 Septiembre 2016

Un informe de los servicios de inteligencia entregado al Ministerio del Interior la semana pasada es claro al respecto: aunque la banda terrorista de ultraizquierda ETA seguirá sin asesinar, pretende tener un elemento de presión en las negociaciones con los gobiernos español y francés. Por eso, mantendrá los arsenales y no se disolverá, es decir, no habrá entrega de armas y se mantendrá la estructura organizativa basada en los aparatos -militar, información, político,…-. De esta manera se garantizará ser un “agente político más”.

Durante los últimos cinco años, a la vez que el Gobierno español cedía en materia de presos con la excarcelación masiva de terroristas, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad españoles y franceses han asestado importantes golpes a la estructura de la banda, especialmente a la encargada del mantenimiento de los arsenales.

Por esta causa, la debilitada estructura de ETA mantiene mucha cautela a la hora de controlar los arsenales de los que todavía dispone. Los miembros de la banda encargados de realizar el inventario del material -explosivos, munición, armas, detonadores,…- del que disponen está ralentizando su labor. Una labor que pretenden prolongar en el tiempo porque, a día de hoy, es su única forma de coaccionar a los gobiernos y mantener la negociación basada en la excarcelación de los presos.

La conclusión del informe es clara: "La organización terrorista no contempla la entrega o destrucción de sus arsenales ni su autodisolución, condicionándola a una negociación con los gobiernos español y francés".

La filtración de este documento se ha realizado a través de la Cadena Ser, uno de los medios del Grupo Prisa con el que tan buenas relaciones mantiene la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, responsable político de la actividad del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). No deja de ser curioso que estas filtraciones se produzcan a solo 15 días de las elecciones autonómicas vascas en las que se ha vivido la polémica desencadenada por el intento del formación batasuna Eh Bildu que pretendía presentar a un condenado por terrorismo, Arnaldo Otegi

 


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