AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 5  Octubre  2016

Ahora le toca irse a Rajoy
Liberal Enfurruñada Okdiario 5 Octubre 2016

Aún no está claro cómo va a acabar la brutal lucha fratricida abierta actualmente en el PSOE, aunque los barones han asumido el poder parece evidente que Sánchez conserva el respaldo de una gran parte de las bases del partido, que le auparon a la secretaría general hace apenas un par de años. Respaldo que en estos momentos se sustenta en el frontal rechazo a Rajoy y al PP. Se equivocan quienes piensen que los barones han echado a Sánchez por el “no es no” —en eso casi hay unanimidad— o por negociar con Podemos —todos ellos lo hacen—. Tan sólo se ha tratado de una lucha por el poder consecuencia de los nefastos resultados electorales de Sánchez, tan simple y tan vulgar como eso. Ahora el PSOE debe elegir qué hace, pero no tiene ninguna alternativa buena. Si se abstienen y permiten gobernar a Rajoy, Podemos ocupará, en la práctica, la jefatura de la oposición y los machacarán en las próximas elecciones. Pero si no lo hacen es casi seguro que el sorpasso se produzca en diciembre. ¿Susto o muerte?

Además ser investido con tan sólo 137 diputados no es el mejor escenario para el PP, ya que no acabaría la actual situación de bloqueo. ¿Qué gestión, qué reformas, qué presupuestos podrían sacar adelante en un Congreso que les es completamente hostil? De ser investido así la situación de desgobierno se prolongaría hasta que, inevitablemente, se convocaran elecciones anticipadas, con lo que aún la agonía sería más larga y perjudicial. Porque el PSOE plantearía una moción de censura en el momento en que se viera con fuerzas para enfrentarse de nuevo a Podemos. Lo malo para los populares es que la decisión no está en sus manos. Constitucionalmente es al Rey a quien le compete consultar a los partidos y decidir si propone de nuevo a Rajoy, en función de lo que le digan. Y nadie entendería que éste volviera a rechazar presentarse si el PSOE anuncia públicamente que se abstendría, a no ser que cometieran el tremendo error de exigir condiciones que justificaran esta negativa ante sus votantes.

En cualquier caso ahora a los populares les toca sentarse a ver cómo acaba la batalla de Ferraz y si finalmente deciden llevarnos de nuevo a las urnas o no. Pero al minuto siguiente a que se decidan Rajoy debe dar un paso adelante, convocar el Congreso Nacional de su partido, que lleva ya dos años aplazando, para ser sustituido como candidato a presidente del Gobierno, bajo la fórmula ‘un militante un voto’ y no mediante los antiguos compromisarios. No antes de que se decida el PSOE, porque esto impediría las terceras elecciones, que es la mejor opción para el PP, pero sí inmediatamente después. Rajoy no debería ser el candidato en unas terceras elecciones, él es el principal motivo de que su partido haya perdido tres millones de votos desde 2011, sobre todo porque sus votantes están hartos de subidas de impuestos, de incumplimientos de su programa electoral, de su permisividad con los secesionistas y su actitud ante la corrupción de los miembros de su partido.

Pero también debe marcharse aunque no haya terceras elecciones, para facilitar así la gobernabilidad de España, porque esa es la justificación que necesitan los socialistas para abstenerse en la sesión de investidura sin entregar la jefatura de la oposición a Podemos. La renuncia de Rajoy permitiría al PSOE mantenerse como líderes de la oposición, en detrimento de Podemos y, en consecuencia, en beneficio de España. Es el momento de reformar y renovar el PP para volver a ilusionar a sus bases y a sus votantes. Deben celebrar ese Congreso Nacional pendiente, olvidarse del ya superado modelo de compromisarios y darles el voto a sus militantes. Sólo así el PP puede aspirar a recuperar los votantes perdidos y garantizar la gobernabilidad de España, alejando los riesgos del populismo bolivariano y del secesionismo. Por el bien del PP y por el bien de España.

Democratizar el PSOE
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 5 Octubre 2016

La radicalización del PSOE, su ruptura del consenso constitucional, su alianza con los separatistas y comunistas contra el PP y el culto póstumo a la Guerra Civil, o sea, las ganas de reeditarla, se oficializa con ZP pero empieza en los 90 con González, Cebrián y Polanco. Como recordaba este lunes Álvarez de Toledo, fue Polanco el que dijo en Junta de Accionistas de PRISA que "el PP quería volver a la guerra civil", típica proyección paranoide que atribuye al otro los deseos propios. Que hablen contra Franco un señor del Frente de Juventudes que se forró con los libros de texto en la dictadura y el jefe de informativos de TVE con Arias Navarro tiene bemoles. Y, como diría Verónica Pérez, perejiles.

El sectarismo del PRISOE para tapar el GAL y la corrupción rompió la alianza PP-PSOE en el País Vasco (artículo El discurso del método del adviser de Star Petroleum) y abrió el camino al PNV, vía regia para pactar con la ETA. Eso lo consumó el Dúo Calaveras Rubalcaba-ZP, los faisanes, los del 11-12-13-14-M. Pero la Alianza de Civilizaciones de ZP y Erdogan coincide con la invitación a la Fundación Atman, de la entonces señora de Cebrián, de Tarik Ramadán, que no puede entrar en varios países porque lo consideran un teórico del terrorismo islámico.

La podemización del PSOE que denuncia Javier Fernández es real. Pero alinearse con ERC, Cuba, Venezuela y la ETA no se entiende sin la fatwa del PSOE, Pujol y ERC para echar del sistema a la media España nacional que vota PP y C's, UPyD y Vox. El PSOE se declaró incompatible con la democracia y empieza a ser incompatible con las urnas. Es ridículo hablar de democracia interna mientras se niega la democracia externa y real, la parlamentaria; cuando se prefiere pactar con el separatismo antiespañol y el totalitarismo podemita antes que con el PP, un partido nacido en democracia, menos corrupto que el PSOE, Pujolancia o Podemos, y con el que el PSOE, tras 40 años compartiendo la Moncloa, ha creado el cáncer de nuestra democracia: la politización de la Justicia.

Para empezar a arreglar ese y otros problemones, el peor de los cuales, también criatura sociata, es la impunidad separatista; y para arreglarse él, democratícese el PSOE: que dé libertad de voto a todos sus diputados, no sólo a los del PSC, el alien que está devorando al PSOE.

El PSOE no va a desaparecer
José García Domínguez Libertad Digital 5 Octubre 2016

El temor que a estas horas atenaza hasta la parálisis la columna vertebral del establishment, el pánico ante la expectativa de que el PSOE acabe más pronto que tarde como el difunto Pasok, tiene muy escaso fundamento racional. El PSOE no va a terminar igual que el Pasok, del mismo modo que el Partido Socialista Portugués tampoco lo hizo pese a haber cargado con las draconianas mutilaciones del gasto social que le impuso la Troika tras verse intervenido el país. El PSOE no va a desaparecer del mapa por una razón simple: porque el sistema político-institucional español, al igual que el luso, no es, pese a todo, similar al griego. El Pasok no falleció de muerte natural a causa del colapso financiero de Grecia, sino por mor de la muy específica naturaleza clientelar del Estado heleno. A fin de cuentas, la economía de Portugal ha atravesado (y sigue atravesando) una situación en absoluto tan distinta a la que padece Grecia, pero con la diferencia, para nada baladí, de que el Estado portugués, un aparato administrativo muy viejo y con raíces y tradiciones internas que se remontan a mucho antes la implantación del orden democrático, nunca ha terminado de ser colonizado por los partidos. Al contrario de lo que desde siempre ha sucedido en Grecia, en los dos países de la Península Ibérica no son los partidos quienes controlan el Estado, sino viceversa.

A través de la aristocracia funcionarial, la que integran esos cuerpos de elite cuyo miembros migran hacia las cúspides de las organizaciones políticas vía cooptación, desde los abogados del Estado a los técnicos comerciales, desde los inspectores de Hacienda a los fiscales, desde los diplomáticos a los registradores de la propiedad, es el propio Estado quien en realidad tutela a los partidos, no al revés. En ese sentido, la España contemporánea constituye un curioso híbrido entre esa variante de la cultura jacobina que representa Portugal y los vicios clientelares asociados al populismo institucionalizado, taras congénitas de la Grecia moderna. Así, la Andalucía de Susana Díaz, la Asturias del cariacontecido verdugo Fernández o la Galicia de Feijóo, territorios crónicamente deprimidos cuyo subsistema político se sustenta en el reparto selectivo de pequeños favores y empleos menores en la Administración por parte del poder a cambio de obediencia en las urnas, poco tienen que envidiar a Grecia: se parecen como gotas de agua. Al cabo, la desmedida hipertrofia funcionarial de Grecia no se aleja demasiado del panorama que rige en la Diputación de Orense, la mayor empresa de empleo temporal de toda Galicia, o en la Sevilla del enchufismo masivo y el nepotismo sin complejos.

Nuestra pequeña Grecia son las administraciones autonómicas de la España precapitalista, premoderna, ineficiente y subsidiada. Frente a ella, el Estado central se conduce dentro de estándares de racionalidad burocrática y sometimiento a normas impersonales más o menos homologables con los de la Europa desarrollada. En Portugal, un lugar casi tan pobre como Grecia, el Partido Socialista ha sobrevivido a una crisis económica casi igual a la de Grecia por una única razón: porque los portugueses nunca, ni antes ni ahora, han esperado nada del Estado en forma de dádivas individuales, regalos privados, nóminas públicas infladas o demás cambalaches por el estilo. Una tradición de integridad en la gestión de la cosa pública a la que ayuda, y mucho, el hecho de que el sindicato más fuerte del país, la CGT, sea una organización de estricta obediencia comunista, por tanto alejada de las relaciones de promiscuidad y compadreo con los dos partidos gobernantes que se turnan en el poder, el PSP y el PSD. Imposible un caso ERE en Lisboa. El Pasok se extinguió de repente el día en que ya no hubo nada que repartir entre su clientela. Lo mismo que le sucedería, por cierto, a la alegre golpista Susana Díaz si mañana le cerrasen el grifo del dinero desde Madrid. Y no solo a ella: medio PSOE es eso, siempre ha sido eso y nunca dejará de ser eso. Pero la otra mitad, el PSOE urbano, el las clases medias, el de los profesionales cualificados, el de las regiones industriales, el que tributa por IRPF, ese seguirá estando ahí, caiga quien caiga. Incluido Sánchez.

El PSOE como síntoma del desbarajuste institucional
Juan M. Blanco  vozpopuli.com 5 Octubre 2016

La aguda crisis del PSOE, retransmitida en directo el pasado sábado, cconstruye una estupenda descripción, una excelente radiografía del actual funcionamiento de los partidos y, por ende, de la política en España. Resulta significativo que un enfrentamiento tan virulento no llevase aparejada una discrepancia política o ideológica. De hecho, no hubo discusión de ideas, tan sólo una disparatada disputa barriobajera por el poder, la típica trifulca que se desencadena al reducirse los puestos que reparten esas agencias de colocación, todavía denominadas partidos políticos.

Casi con toda seguridad, los representantes socialistas se encontraron en su salsa cuando los acontecimientos derivaron hacia el único terreno que dominan todos los líderes políticos españoles: la conspiración, la trampa, la maniobra. Esas tácticas de enfrentamiento entre facciones que buscan pisar el callo, o el cuello, al oponente. No hubo argumentos, siempre ausentes en los partidos, o en el Parlamento, por resultar innecesarios: la postura de cada cual, lejos de responder a razones o planteamientos, está determinada por la pertenencia a un grupo y, en última instancia, por las expectativas de pérdidas o ganancias personales. Puedes cambiar un voto, pero sólo si convences... de que proporcionarás más prebendas que tu oponente. La única particularidad, el elemento más interesante del comité federal del PSOE, es haber expuesto estas miserias en abierto, a la vista del público, sin guardar forma alguna. Una falta de disimulo que señala la avanzada degradación de nuestro sistema político.

Raramente se escuchan argumentos en estas contiendas entre facciones que solo buscan el poder. Las saetas ideológicas no son más que señuelos, consignas simplistas para obnubilar a las bases, o a las masas, para lanzarlas sobre el adversario. En su alocución del viernes, Pedro Sánchez intentó convertir la descarnada pugna en una lucha entre el bien y el mal, entre quienes, cómo él, cerrarían la puerta a la malvada derecha, al corrupto PP, y quienes pretendían franqueársela. Vano intento de convencer a un país ya muy descreído, bastante convencido de que la maldad, y la estulticia, se encuentran muy repartidas por todo el espectro político. Y de que la corrupción no es propia de un partido u otro, sino sistémica, absolutamente generalizada aunque, por mera estadística, el número de casos conocidos sea proporcional al poder que ostenta cada partido. Sólo un puñado de militantes cayó en esa trampa, ignorando que Pedro, como típico dirigente partidista, habría utilizado cualquier consigna, incluso la contraria, si sirviera a sus intereses. Elegido como figurón temporal, de compromiso entre facciones, una vez sentado en el sillón no quiso dejar pasar la oportunidad de perpetuarse a toda costa.
La dorada atracción de la política

Sánchez no facilitó la investidura de Mariano Rajoy, lo mismo que éste no propició la de aquél, no por cuestiones de alta política, ni por determinadas visiones del mundo, sino por meros intereses personales. Pedro hubiera cedido a otros grupos, o grupúsculos, cuanto fuera menester con tal de permanecer en el sillón, de aspirar a la Moncloa. Y Mariano, tras ordenar a sus periodistas difundir la consigna de que España se hundiría sin su pronta investidura, ahora se plantea propiciar, o no, unas terceras elecciones según convenga a sus particulares intereses. Veremos las excusas que esgrimen los correveidile para justificar semejante giro argumental, si este llega a producirse. Nuestros líderes políticos, sean tradicionales o nuevos, exhiben unos principios flexibles, mutantes, adaptables a cada coyuntura, en un país donde los partidos no ganan las elecciones para aplicar un programa: hacen el programa para ganar las elecciones.

Pero no hay que buscar las causas de tal degradación en nuestra particular cultura o idiosincrasia, o en la ignorancia del votante, sino en los nefastos mecanismos de selección de dirigentes. Y en los perversos incentivos creados por las reglas del sistema político. Justo eso es lo que hay que cambiar. Dado que los votantes no pueden discriminar por candidatos individuales, se ven obligados a elegir por lotes, por manojos, escoger una sigla, no una persona, son los partidos quienes seleccionan a los dirigentes con criterios que no son precisamente la excelencia, el mérito o la honradez. Más bien la lealtad a una persona o grupo, la carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista o esa deplorable inclinación a adular al jefe.

Se dirá que Pedro Sánchez fue elegido por los afiliados. Pero el sistema de primarias, en principio atractivo, deviene ineficaz en partidos ya degenerados o en sistemas podridos. Con buena parte de la militancia colocada en puestos de la administración, o aledaños, el voto de las primarias no refleja tanto la valía o ideas del candidato cómo inconfesables intereses corporativos, intercambios de favores. En un sistema profundamente clientelista, buena parte de los afiliados vota la postura del capo de su mafia, aquél a quien debe las prebendas.

Pero no hay que olvidar el problema de fondo:la política atrae a demasiados sujetos con características negativas, una especie de selección adversa que se agrava en España por la ausencia de mecanismos correctores. “Su Majestad no entendía que tanta gente ansiara formar parte del Parlamento, cuando el puesto ocasiona tantas molestias a cambio de una magra remuneración. Sospechaba que tan exaltada virtud y tan enorme espíritu cívico podrían no ser tan sinceros. Y que algunos parlamentarios abrigasen el propósito de resarcirse de gastos y fatigas sacrificando la conveniencia pública", señalaba Jonathan Swift en Los Viajes de Gulliver (1726), una profunda sátira política y social. Ciertamente, la política puede ejercer tres tipos de atractivos: el salario, los ingresos de actividades corruptas y las ganancias de carácter psíquico: fama, prestigio, poder, satisfacción de servir a los ciudadanos, posibilidad de aplicar las propias ideas etc.

Buscando con candil un hombre honrado
La dedicación a la política puede implicar una importante pérdida económica para los sujetos muy cualificados −especialmente para los profesionales del sector privado− honrados y diligentes. Pero una suculenta ganancia para quienes no se molestaron en formarse, muestran aversión al esfuerzo o poseen pocos escrúpulos. Y la llamada del deber se deteriora al generalizarse los políticos incapaces o corruptos, o aquellos que reúnen ambas características, cumpliéndose una particular Ley de Gresham: los malos políticos acaban desplazando a los buenos. Por mucho que, como Diógenes, buscáramos a la luz del candil un hombre honrado, preparado, lúcido y cabal, poco interesante encontraríamos en los actuales partidos. Un enorme obstáculo a la renovación, al buen liderazgo.

La perversa dinámica partidista ha acabado contagiando a la sociedad, generando un sistema de acceso restringido, basado en privilegios, no en la sana competencia o la igualdad de oportunidades. Donde la posición de cada uno depende menos del mérito o el esfuerzo que sus relaciones personales, de la pertenencia a una facción o de su posición en el sistema clientelar. Un marco que sustituyó el debate de ideas por el intercambio de favores. Por ello, la reducción de la tarta genera enormes conflictos. La clave de la trifulca en el PSOE se encuentra en la pérdida de votos, poder e influencia; demasiados acólitos para tan pocas sillas. Los ganadores se repartirán el menguante botín y... Vae Victis. Nuestros políticos son muy comprensivos, muy flexibles para cambiar de ideas, consignas, línea política, alianzas o chaqueta. Pero hagan amago de tocarles el sillón y... se arma la de Troya.

Pedazos humanos
David Gistau ABC 5 Octubre 2016

Tanto en los textos del periódico que fabricó la atmósfera conspirativa como en las declaraciones y actitudes de «los críticos» –supuestos llantos de Susana Díaz incluidos–, en el paisaje después de la batalla socialista se apreciaba cierta desolación ante las consecuencias de la propia obra. Por culpa de la inesperada resistencia de Sánchez, que bailó el «break» del ametrallado como Tony Montana, el golpe científico que iba a ser dado con una pulcritud de fichas en un tablero terminó derivando en una reyerta trágica y cómica que dejó Ferraz como para entrar con las katiuskas puestas para no mancharse la pernera de sangre. A los pizzeros que entraron en la sede me los imaginé subiendo por una escalera sembrada de cadáveres, como la que recorrió Fujimori después del asalto a la embajada del Japón en Lima tomada por terroristas. Algo sale rematadamente mal cuando intrigantes que se consideran astutos al sibilino modo de «House Of Cards» deparan una escena gore de sierras mecánicas y estrangulamientos que convierte la supuesta depuración de un partido errático en una inmolación colectiva como la de los cobertizos davidianos de Waco.

El equipo de salvación se ha lucido. Lo cual queda demostrado por la propia conmoción ante la escombrera que es el resultado de su acción. Zapatero, el único conspirador importante que ha logrado permanecer en una clandestinidad relativa mientras Felipe y Susana se atraían las iras, culmina así un proyecto personal de destrucción de la socialdemocracia española que comenzó, durante su presidencia, en los tiempos del Tinel, de la nación discutible y discutida, de las alianzas locales con independentistas, de la Guerra Civil reabierta, de la Transición declarada fallida y pendiente. Majaderías, todas, peores y más peligrosas que las tramadas por Sánchez, pero ejecutadas por un ganador de elecciones que por ello fue auxiliado por el mismo partido y por el mismo periódico a los que ahora se les sonrojaron los valores con Sánchez.

Los triunfadores de la conspiración recibieron el botín de su triunfo y se encontraron con una militancia resentida que en gran parte detesta a sus salvadores y no querrá saber nada de ellos durante mucho tiempo mientras se plantea migrar a la radicalidad populista. Se encuentra también con una situación de perder o perder: ir a las terceras elecciones y batir el récord en derrotas de Sánchez o consentir que Rajoy sea presidente y rendir así el Álamo ideológico en el que Sánchez había encontrado un personaje que reparó con falsa épica antiderechista la frustración de una militancia harta de perder. Como son gente astuta y científica, seguro que todo lo hilan a la perfección y sin que Podemos, con quien supongo que romperán ahora los acuerdos municipales, puesto que es el Maligno que lo justificó todo, aproveche para quedarse con la patente de izquierdismo fetén. Pero, mientras, que muevan los muebles de Ferraz cuando limpien: los pedazos humanos huelen fuerte si quedan olvidados.

Antes morir que dimitir
Amando de Miguel Libertad Digital 5 Octubre 2016

Los pacientes súbditos españoles llevamos cerca de un año de penosa ordalía para ver cómo se forma el Gobierno de la nación. Se han realizado costosas elecciones nacionales. Como es lógico, unos gerifaltes ganan o avanzan, mientras que otros pierden o retroceden. Sin embargo, todos se muestran contentos, hasta exultantes. Tienen razón. ¿Qué más da sacar uno u otro porcentaje de votos? Lo que realmente se juega es entrar en la cofradía de los diputados y, por ende, de los asesores y demás edecanes. Una vez ungidos con el unto del poder, formar parte del Gobierno parece asunto menor. Por eso no dimite el que pierde las elecciones o el que saca menos votos de los que tenía antes. Solo dimite alguno in extremis si se ve defenestrado por sus rivales del mismo partido. Se trata de una maniobra de venganza, de quítate tú para ponerme yo.

La cuestión está en que la camarilla de diputados y adláteres goza de pingües momios. Los asesores de cualquier partido, los diputados de un grupo minoritario tienen fácil acceso a un coche de alta gama pagado por los contribuyentes. ¿Por qué van a dimitir cuando su partido recula? Tan arduo se hace dimitir que ni siquiera se suele conjugar ese verbo. Se prefiere cesar, pero ese es transitivo, es decir, alguien cesa (= destituye) a alguien. Pero nuestros hombres públicos (y mujeres, claro) no están para filigranas léxicas.

El apoyo a los privilegios del poder (que alcanzan parcialmente a la oposición al Gobierno) explica el extremado personalismo o fulanismo de la política española. Lo cultivamos también los comentaristas al escribir o tertuliar sobre personas, más que sobre ideas. Puede que sea una mímesis del fútbol, en el que destaca de forma absorbente el comportamiento de las personas (jugadores, árbitros, entrenadores, etc.). Solo que en el fútbol no hay ideas; por eso resulta tan atractivo.

Ciertamente, alguna vez dimite un empingorotado, pero entonces se convierte en noticia, dada la rareza del suceso. La atrevida decisión lo ensalza todavía más, incluso aunque no haya sido voluntaria, sino empujada por la presión de los adversarios del partido. Tal relevancia parece lógica. Cuando uno deja el alto cargo se le abren amplias avenidas para enriquecerse. Los años de la política han servido para hacer favores y establecer contactos. Fuera ya del cargo es la ocasión para recoger los frutos de tantos desvelos.

En el espectáculo de la dimisión (o defenestración) de algún dirigente político no se percibe una confrontación ideológica. Solo interesa el nudo poder. Lo que en estos casos se llama debate es más bien una lucha por ver quién manda o va a mandar. Resulta extraña la vocación política, al sentirse obligados los mandamases a dedicar los fines de semana al partido, su verdadera familia.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

No existe paz si no hay justicia
La autora cree que, con su voto, los colombianos han dado una lección a quienes pretendían imponer un acuerdo con los narcoterroristas de las FARC que les entregaba en bandeja la impunidad
TERESA JIMÉNEZ-BECERRIL El Mundo 5 Octubre 2016

La única paz que reconozco en Colombia o en cualquier lugar del mundo es la que nace de la justicia. Si así no fuese no podría considerarse una verdadera paz, sino una componenda disfrazada de blanco que nace con los pies de barro y que, desgraciadamente, no logra avanzar en ese dificilísimo camino de la auténtica reconciliación. Escuchaba al presidente Santos dirigirse a su pueblo, repitiendo las palabras de Gandhi -"La paz es el camino para que nuestros hijos y nuestros nietos tengan un mejor país"-. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso la mayoría de los colombianos no quiere lo mejor para las generaciones venideras? No lo creo. Simplemente, han sido más los que han considerado que un país donde los terroristas, que tanto dolor han causado durante décadas, iban a ser premiados por partida doble, no era lo que que querían dejar en herencia a sus jóvenes. Porque la injusticia no es nunca un buen legado.

Y ahora viene la pregunta de siempre: ¿Y entonces qué? ¿Algo habrá que hacer? Ahora, tras un periodo de incertidumbre, habrá que seguir trabajando, porque la paz no se impone, se construye, desde la única vía posible, la de la justicia sin atajos y, por supuesto, sin premiar por dejar de matar. Confieso que nunca compartí la euforia que el acuerdo entre el Gobierno colombiano y las FARC suscitó en la comunidad internacional, siempre proclive a abrazar cualquier tipo de paz, sin rascar mucho no vaya a ser que no sea oro todo lo que reluce. Considero que ha sido apresurada la decisión de la Unión Europea de sacar a las FARC de la lista de organizaciones terroristas sin esperar a la firma del acuerdo y posteriores comprobaciones.

No aplaudí ni ayer ni hoy este acuerdo; o, mejor dicho, mostré públicamente mis dudas, porque había muchos puntos que rechinaban a mis oídos de víctima, llegando incluso a creer que mi experiencia me impedía ver con la imparcialidad suficiente ese acuerdo de paz que tantos saludaban con satisfacción y que a mí me producía un sentimiento de frustración que chocaba con ese triunfalismo compartido por algunos líderes tan mediáticos como incontestables. Hoy, viendo como se ha expresado la sociedad colombiana, creo que yo no pensaba como víctima, sino como cualquier persona de a pie que, a pesar del dolor que conlleva la violencia sin sentido y el profundo deseo de terminar con el miedo y la tragedia, se rebela ante el hecho de que quienes la han provocado, puedan aparecer al mismo nivel de los que la han sufrido. Incluso en una sociedad castigadísima por el terror de bandos enfrentados, donde uno acaba sin distinguir el bien del mal, es fundamental tener la firmeza para no tomar el camino tentador de olvidar las tres palabras claves: memoria, dignidad y justicia.

Para mí, el camino de la paz es el que deja claro que matar, secuestrar, violar y otros tantos delitos tienen que tener consecuencias; y no es posible tratar como héroes a quienes hasta hace demasiado poco tiempo eran villanos. Los pueblos no olvidan lo inolvidable y los políticos deberían saberlo. Los deseos de los gobernantes, bienintencionados en muchos casos, a veces no responden a la realidad. Y los políticos no siempre saben interpretar el sentir profundo de un pueblo. Cuatro años de negociaciones pueden parecer mucho tiempo, pero no lo son. Primero, los terroristas tienen que rendirse, entregar las armas, pedir perdón y, aun así, no están en condiciones de exigir nada. Y Timochenko debería saber que no bastan una camisa blanca, palmadas en la espalda, sonrisas y parabienes de líderes internacionales para convertirse en uno de ellos. Aunque tantas idas y venidas a Cuba, tanta parafernalia con tintes bolivarianos le hayan confundido y ya se veía de jefe político.

Por mucho que este acuerdo se vendiese como una oportunidad de oro, la euforia y las prisas son malas consejeras cuando las heridas son tan profundas que cualquier equivocación las puede reabrir. Y la impunidad es siempre un grave error, que con consentimiento popular o sin él hubiera traído consecuencias dolorosas a una sociedad que está saturada de violencia pero que no ha olvidado su dignidad. No considero justo hablar de generosidad, inteligencia y determinación entre quienes han apoyado el sí en el plebiscito, como si quienes han votado no fueran rencorosos, necios y cobardes. Es siempre el mismo juego, en Colombia, en Irlanda, en España o donde sea; los mediadores internacionales y demás afines quieren hacer creer que aquéllos que se oponen a una paz que no comparten en lo fundamental quieren la guerra o la vuelta al terrorismo y pretenden responsabilizar a los que no tienen culpa de los crímenes de los que sí la tienen. Es simplemente perverso. Yo sé lo que es. Al final, lo más fácil es excluirlos, tachándolos de radicales, de ser enemigos de la paz y de un futuro mejor. Y, así, se les va aislando hasta borrarlos del todo, por no apoyar los nuevos tiempos en los que o comulgas con ruedas de molino o estás poniendo en juego la convivencia pacífica de tu país.

Colombia ha dicho no, a pesar de la propaganda dentro y fuera de sus fronteras, incluso cuando era complicado decir no a la pregunta del referéndum, expresada en los siguientes términos -"¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?"-. A mí me suena a elección definitiva, o ahora o nunca. Me atrevo a decir que son muchos los votantes que no han comprado lo de una paz final, estable y duradera y no porque no estuvieran a favor ello sino porque no entendían el manual de instrucciones o simplemente porque no se fiaban de quienes se la vendían. Escuchar a los terroristas apelando al corazón de los colombianos es cuanto menos chocante y me gustaría que al menos los jefes, los que decidían sobre la estrategia criminal, si como dicen están arrepentidos, empezasen por hacer el mayor ejercicio de responsabilidad, asumir sus culpas y cumplir sus condenas, que nunca pueden ser tan cortas que humillen a las víctimas. Y lo que se translucía de esos "Tribunales especiales para La Paz" no generaba mucha confianza pese a que hablaban de justicia restaurativa, de verdad y de no repetición. La amnistía, del griego oamnestia, significa olvido y por ello los ciudadanos se resisten a asumirla de buen grado, aunque sus gobernantes y, posteriormente, los legisladores, decidan considerar inocentes a quienes antes habían sido declarados culpables. La amnistía se aplica normalmente a los delitos políticos y no afecta a un individuo sino a la pluralidad y suele tener efectos retroactivos.

Los puntos de este acuerdo de paz, que hablan de terminar con las hostilidades otorgando una amplia amnistía, no eran fáciles de asumir por una sociedad que precisamente por todo lo que ha padecido no acepta la impunidad. No creo que haya que traducir esta negativa a apoyar el acuerdo con las FARC como que pierde la paz, sino más bien como que no ganó la idea de "paz" que el acuerdo presentaba. No ganó la paz de Santos, de Timochenko, de buena parte de la comunidad internacional y de muchos colombianos que se habían decantado por el sí. ¿Por qué, cuando lo tenía todo a favor? Mi opinión es que no sólo en Colombia, sino en muchos otros sitios que han sufrido el terrorismo, como en España, se ha abusado y manipulado tanto la palabra paz que la han vaciado de contenido, sometiéndola al interés de unos y otros y, en consecuencia, consiguiendo el efecto contrario, en vez de unir, separar.

Creo que no sólo los colombianos, sino todos los que hemos sufrido el terrorismo, deberíamos aprender que la paz debe servir para aunar voluntades y no para polarizar a la sociedad, que es lo que ocurre cuando se hace de espaldas o de perfil al pueblo, que casi siempre muestra un sentido de la justicia superior al de quienes los representan. Y a los que vendieron la piel del oso antes de cazarlo les diría que la próxima vez sean más cautos cuando lo que está en juego no es la guerra o la paz, sino la historia reciente, la dignidad, la justicia, la memoria y el futuro en libertad de quienes han decidido no atendiendo a las consignas de líderes extranjeros, ni de mediadores, ni de quienes les ponían entre la espada y la pared, sino oyendo la voz de su conciencia y, por qué no, de su cabeza; porque a veces el pueblo es sabio, aunque a muchos no les guste oír lo que dice.
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Teresa Jiménez-Becerril es eurodiputada por el PP y presidenta de la Fundación Jiménez-Becerril.

La crisis del PSOE, o la pesadilla de Sagasta
José Javier Esparza gaceta.es  5 Octubre 2016

El PSOE es uno de los “partidos dinásticos” del sistema, con el PP. No puede jugar a levantar banderas rojas. Sería como si Sagasta se hubiera hecho anarquista en 1901. Por eso era preciso acabar con Pedro Sánchez. Para salvar tanto al sistema como al propio PSOE. Pero quizá sea ya demasiado tarde. O demasiado inútil.

La crisis del PSOE no es una cuestión de clanes, territorios o proyectos personales de poder. Todo eso está ahí dentro, por supuesto, pero el incendio de Ferraz va mucho más allá. El PSOE no es sólo un partido político. El PSOE –más incluso que el PP- ha sido una de las columnas que han sostenido al sistema de 1978 desde su origen. Es el partido que más años ha gobernado desde la reinstauración de la monarquía constitucional. Es también una extensa estructura de poder, presión e interés que no se limita al campo de la política, sino que amplía su influencia a la finanza, a la judicatura, a la comunicación, a la escuela, a la universidad, a la administración del erario público. Si ahora el PSOE se cuartea, es porque todo el sistema ha entrado en colapso. Y las grietas del socialismo institucional, a su vez, agravarán la crisis general del sistema hasta lo irreparable.

La segunda restauración
El PSOE ha venido cumpliendo una función institucional de primera importancia: representar y, a la vez, neutralizar a la izquierda social, del mismo modo que el PP y antes la UCD han representado y neutralizado a la derecha. En eso la segunda restauración borbónica, la de 1975, se ha parecido bastante a la primera, la de 1874. ¿Hay que recordarlo? La primera Restauración borbónica se construyó sobre la alternancia controlada de dos fuerzas: los conservadores (Cánovas, Silvela, Maura) y los liberales (Sagasta, Canalejas, Romanones). La misión de estos dos partidos –en realidad, una mixtura de grupos de presión y redes clientelares- no era tanto dar vía libre a la democracia como garantizar la estabilidad del sistema institucional. Nada, por otra parte, más necesario en un país que arrastraba medio siglo de golpes militares (generalmente liberales), revoluciones populares y tres guerras carlistas, con el patético colofón de la monarquía postiza de Amadeo I y la esperpéntica Primera República. ¿Cómo poner fin a tanto desatino? Precisamente, organizando la vida política en torno a partidos que neutralizaran la regular tendencia a echarse al monte.

Fórmula mágica del pasteleo borbónico: “Representación + Neutralización”. Ese es el sentido del castizo legado de Alfonso XII a su viuda, María Cristina, en su lecho de muerte: “Cristinita, guarda el coño, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”. Ni nuevas aventuras dinásticas –de ahí la alusión “reproductiva”- ni experimentos políticos fuera del gran pacto nacional. Los conservadores daban voz a los sectores tradicionales y católicos, los representaban frente a los militares y burgueses masones; la preeminencia de una corona cristiana les permitió creer en la ilusión de que la revolución había sido vencida. De hecho, nunca más hubo insurrecciones carlistas. Al mismo tiempo, los liberales daban voz a los sectores que se habían sublevado en 1868, a la burguesía progresista, a los herederos de Riego y Espartero; la existencia de un parlamento y de ciertas libertades públicas les permitió creer en la ilusión de que la reacción había sido derrotada. De hecho, nunca más habrá levantamientos liberales. Fuera del sistema quedaban, a la derecha, un tradicionalismo pujante, pero pacífico, y un socialismo revolucionario, pero aún sin fuerza para volver el país cabeza abajo. Sólo el anarquismo pondrá manchas de sangre en el paisaje. Y el equilibrio durará hasta los años 20.

El montaje de los partidos dinásticos funcionó. No era una democracia ejemplar, pero es que su objetivo no era ese, sino proporcionar estabilidad donde sólo había zozobra. Y las fuerzas mayoritarias, relativamente cómodas en un paisaje pacificado, renunciaron a sus aspiraciones máximas. O sea: representación + neutralización.

La segunda restauración, la de 1975, vista hoy con la perspectiva de cuarenta años, ha guardado un esquema bastante semejante. Cambian los protagonistas, pero no el concepto de fondo: representación + neutralización. O sea, el sistema político como frigorífico institucional. Dos grandes fuerzas políticas se han repartido el campo bajo la convicción implícita de que ese era el mejor modo de dar estabilidad a la vida pública (habría que añadir a la nómina a los nacionalistas regionales, pero eso nos abriría otro capítulo). El PP, como antes AP y UCD, ha asumido la representación exclusiva de la España “nacional” apartándola de cualquier veleidad neofranquista. Por eso en España no ha amanecido una derecha nacional como en Francia o en otros lugares. Con ese capital en la mano, la derecha no ha hecho la política que le dictaban sus principios, sino la que le convenía al sistema para su supervivencia, incluso contra las ideas de sus votantes. Tan en serio se lo ha tomado Rajoy que su tarea de gobierno podría haberla rubricado Felipe González en 1994. Y del mismo modo, el PSOE ha sido durante cuarenta años el hogar institucional de la izquierda española, e igualmente ha neutralizado toda tentación revolucionaria: representación + neutralización. No yerra Pablo Castellanos cuando llama a PP y PSOE “partidos dinásticos”.

El PSOE, partido dinástico
El PSOE no es un partido revolucionario. No puede serlo porque es un partido del sistema. De hecho, es el principal “partido dinástico” de esta segunda restauración que normalmente llamamos “transición”. El PSOE metió a España en la OTAN, negoció las condiciones de ingreso en la Comunidad Europea, pilotó el subsiguiente desmantelamiento de la industria nacional (“reconversión”, lo llamaron) y la jibarización del sector agrario, organizó la transformación de los monopolios públicos del franquismo (CAMPSA, Telefónica, etc.) en oligopolios privados, creó su propia élite financiera, inauguró la superconcentración bancaria, apadrinó –de consuno con el PP- el control del poder judicial por los partidos, el reparto oligárquico del poder mediático y el desembarco de los políticos (sindicatos incluidos) en las cajas de ahorros, aplicó las primeras reformas laborales de corte liberal y también los primeros recortes de pensiones… Pudo hacer todo eso, que era lo que el sistema buscaba, precisamente porque su función ha sido representar y neutralizar.

Nuestra izquierda siempre ha dicho, con bastante petulancia, que el gran mérito de Fraga fue “llevar a la derecha española a la democracia”. En realidad, con más razón puede decirse lo mismo de un PSOE que en 1976 todavía apostaba por la ruptura revolucionaria. Hasta que Felipe dijo aquello de que “hay que ser socialista antes que marxista”. Nos acordamos, ¿verdad? El PSOE terminaría aportando al primer español que ocupaba la secretaría general de la OTAN. Y después, comisarios para la superburocracia de la Unión Europea, y asientos en la banca transnacional, y consejeros en las grandes empresas privatizadas, y derecho de pernada sobre el presupuesto público, y créditos blandos e incluso condonaciones para la deuda del Partido y bula de indulgencia para la corrupción… ¿A qué cree Pedro Sánchez que se refería Susana Díaz cuando dijo aquello de que “el PSOE es algo más que su militancia”? Y Susana tiene razón.

Todo eso cambió con Zapatero, ciertamente. No en el plano de las políticas “sistémicas”, donde el PSOE siguió a pies juntillas los intereses de la “nueva clase” transnacional, pero sí en el de la percepción de la función del partido dentro del orden político nacional. Zapatero rompió los pactos implícitos de la transición. Señaló a la “derecha” como enemigo absoluto mientras flirteaba con el separatismo catalán y negociaba con el terrorismo vasco. Quiso expulsar a media España de la vida pública mediante una brutal ofensiva de sustracción de legitimidad (la ley de “memoria histórica” es el ejemplo máximo). La operación puede entenderse en el contexto europeo de unas socialdemocracias que se habían quedado sin discurso: “a falta de lucha de clases, construyamos otras luchas”. Pero los efectos de semejante ocurrencia sobre el paisaje político español han acabado siendo devastadores: por así decirlo, se abandonaba el campo de la razón práctica –campo en el que los socialistas, es cierto, bien poco podían inventar ya- y se pasaba al de las pasiones, los sentimientos, los afectos y los odios. Hemos asistido a una primitivización galopante del discurso político. En el caso concreto del PSOE, hemos visto cómo un partido con abundancia de millonarios pretendía hacerse pasar por revolucionario. Era inevitable que le surgiera por la izquierda una contestación “cátara”, una izquierda que pedía más pureza. Podemos es hijo del zapaterismo. Es vino rancio en odres nuevos, pero al menos –piensan muchos- resulta más presentable que el viejo botijo lleno de lascas de la segunda restauración. “Que no, que no nos representan”, gritaban aquellos muchachos. Y sin representación, no hay neutralización.

La tentación radical
Vayamos ahora a Pedro Sánchez. Este caballero es un típico producto del PSOE zapateriano. Lleva viviendo de la política desde que tiene 26 años y su mundo es el PSOE desde el año 2000, desde aquel congreso que eligió a Zapatero, precisamente. Pedro Sánchez es un hombre crecido en esa atmósfera, completamente ilusoria, que pretende envolver en banderas rojas a un partido dinástico. Le falta experiencia para entender que la posición del PSOE no puede ser esa y, visto lo visto, le falta seso para comprender que la ambición personal tiene un límite fatal: la ambición del grupo. Acorralado por la herencia ominosa de Zapatero, por la destrucción de elites relevantes dentro del partido (ZP lo dejó hecho un erial), por el desvanecimiento del discurso socialista (incapaz de precisar un modelo económico o un modelo territorial más allá de la retórica), por el crecimiento de una ultraizquierda incontrolable y por la pérdida galopante de votos, todo ello aderezado sin duda por rencores personales que algún día alguien tendrá que explicar, Pedro Sánchez ha apostado por una política de ruptura que en la práctica supone llevar al extremo la cizaña sembrada por Zapatero: antes náufrago que ver a la derecha en el poder. Pero, oiga: ¿qué derecha?

Es difícil saber si Sánchez cree realmente que la salvación del PSOE y la suya propia está en la izquierda o si todo es, simplemente, una maniobra de supervivencia personal. Es difícil saber si Sánchez se ha tragado el cebo podemita de ser “el Tsipras ibérico”, como se tragó Largo Caballero el del “Lenin español”, y si acaso terminará entregando a las Juventudes a Moscú (o a donde sea), como Carrillo en el 36. Sería llamativo en alguien que hace sólo cuatro años era la esperanza blanca de la socialdemocracia. Pero eso, en todo caso, importa bastante poco. Lo que cuenta son los hechos, y los hechos son que la negativa de Sánchez a permitir que el PP forme gobierno en minoría parlamentaria, después de dos victorias electorales consecutivas del centro-derecha, ha conducido a la ruptura definitiva del sistema.

Por supuesto, nadie en el PSOE se lo reprocharía si el fruto de esa estrategia de bloqueo hubiera sido un aumento de votos que permitiera cobrarse el poder. Pero es que no: en diciembre de 2015 Sánchez tuvo los peores resultados de la historia del PSOE desde aquel 12,5% de Largo Caballero en 1933, y no los mejoró en junio de 2016. Sorprendentemente, el análisis de Sánchez parece haber sido este: “No hemos sacado más votos porque no hemos sido suficientemente rojos”. Y cuanto más insiste en esa estrategia, más votos pierde en beneficio de la ultraizquierda de Podemos. Las elecciones regionales vascas y gallegas han sido la puntilla. La conclusión es evidente: a Sánchez se le ha ido la cosa de las manos. Hoy el PSOE está a punto de dejar de ser un partido dinástico. Y eso es una catástrofe no sólo electoral.

Seamos claros: el PSOE no puede dejar de ser un partido dinástico porque todo el poder real que aún le queda –no sólo en lo político, sino también en lo financiero, lo judicial, lo mediático, etc.- depende precisamente de que permanezca dentro del sistema, esto es, dentro del reparto efectivo de poder arbitrado desde 1978. Salirse de ahí es tanto como abanderar un suicidio colectivo. Es como si en 1901 el viejo Sagasta, llevado de un trastorno senil, hubiera decidido que el verdadero lugar del Partido Liberal Fusionista no estaba en la componenda monárquica, sino en las barricadas, con los anarquistas y con el entonces naciente PSOE. Sin duda muchos de sus seguidores (o sea, “la militancia”) habrían bailado de gozo, pero el partido, sencillamente, habría estallado en mil pedazos. Pues bien: la actual crisis del PSOE tiene mucho de locura de Sagasta. Era inevitable que resucitara Felipe González para volver a poner las cosas en su sitio y recordar, sin necesidad de explicitarlos, los pactos fundacionales de la segunda restauración: “Cristinita…”.

La quiebra del sistema
El verdadero problema, con todo, es que esta crisis pone en riesgo al sistema en su conjunto, ya bastante baqueteado por la corrupción institucional y la incapacidad para dar respuestas nacionales a la crisis global. Cuando a una tenaza se le rompe un brazo, es toda la herramienta la que se hace inútil, y no sólo la mitad. Eso es lo que convierte a la crisis del PSOE en mucho más que un enojoso episodio interno de un partido atribulado.

El brazo derecho de la tenaza institucional que sostiene al sistema de 1978 sigue funcionando bien: el PP mantiene neutralizada a la derecha social a pesar de que su política de impuestos exorbitados, aborto libre, matrimonios homosexuales, mantenimiento de los pactos con ETA, debilidad calculada con el separatismo catalán, politización de la justicia y limitación de la pluralidad mediática (paremos aquí la lista) viola todos y cada uno de los principios de sus votantes. ¿Quién va a protestar? Nadie. No hay ya poderes fácticos –es decir, poderes de hecho- con capacidad de alzarse: ni masas de pequeños propietarios (ahora los propietarios son pocos, grandes y, muy frecuentemente, de izquierda), ni Iglesia (demasiado ocupada en parecer lo más progre posible), ni ejército (más dispuesto a combatir en Afganistán que en Barcelona). La aplastante hegemonía mediática “progre”, sostenida y multiplicada por el PP de Rajoy y Soraya, contribuye a imponer en la sociedad la idea de que no hay vida moral fuera de la izquierda. Y eso, al PP, le viene bien: mantiene a la derecha social estabulada y callada. Representación + neutralización. Y así seguirá siendo si Rajoy no comete el error de meter en España un millón de inmigrantes o de flaquear demasiado ante el separatismo catalán.

El brazo izquierdo, por el contrario, está hecho pedazos. Todos los partidos socialistas europeos están conociendo una severa crisis tanto ideológica como política (porque todos ellos han sido, a su modo, “partidos dinásticos” en sus respectivos países), pero el PSOE es sin duda el más frágil porque ya no es capaz de controlar los procesos de radicalización que él mismo ha desencadenado y, aún peor, buena parte de su clientela está dispuesta a dejarse seducir por la sirena de la ruptura. Hablemos en serio: ¿qué política económica podría hacer el PSOE que fuera sustancialmente distinta a la que ha hecho el PP? ¿Qué repertorio que no le alejara de las instrucciones de Bruselas y de los intereses de los bancos y fondos que tienen en sus manos la deuda pública española, superior a nuestro PIB? No hay salida. Al menos, no dentro del sistema. Como no hay salida, y los socialistas lo saben, el partido ha optado por radicalizar su discurso buscando en la retórica extremosa del “no, no y no” una última bandera que la izquierda social pueda reconocer. O sea, representar sin neutralizar. Pero al no neutralizar, se corre el riesgo de que la izquierda social vaya a buscar representación en otra parte. Es lo que está pasando. Al aprendiz de brujo, por definición, se le escapan las fuerzas que conjura. Así Zapatero y así Sánchez.

¿Y ahora qué? Imposible saberlo. Lo único seguro es que esta ruptura va a ser prólogo de nuevas convulsiones. Hipótesis vertiginosa: que esta segunda restauración termine como la primera. La izquierda dinástica de la primera restauración entró en crisis cuando dejó de representar a la izquierda social y, por tanto, perdió la posibilidad de neutralizarla. Hubo un hecho decisivo que fue el asesinato de Canalejas –un tipo de primera, por otro lado- bajo las balas de una pistola anarquista. A partir de ese momento, el viejo Partido Liberal terminó convertido en una cáscara vacía en manos de un oligarca como Romanones. Eso rompió la tenaza. La crisis fue tan grave que se hizo preciso llamar a un espadón, el general Primo de Rivera, para que pusiera orden (con la entusiasta colaboración del PSOE, cabe recordar). Pero para entonces la izquierda social ya estaba fuera del sistema y se reconocía mucho más en el magma republicano, que es lo que terminó aflorando en 1931. Hoy no caben “espadones” –no hay-, sino que el espíritu del tiempo empuja más bien hacia los “billetones”: tipos como Monti o Macron, capaces de mantener la apariencia de democracia bajo el gobierno de la finanza global. Pero en las actuales circunstancias, con el sistema entero quebrado, es difícil pensar que esa izquierda vaya a dejarse “neutralizar” por mucho aborto y mucho matrimonio gay que le pongan como señuelo. La derecha, por cierto, también haría mal en “neutralizarse”. ¡Pero es tan cobarde…!

Las tenazas se han roto. Corroídas por el tiempo, tal vez, o por las circunstancias. Eso es todo. Y aquí cabe una última reflexión. El sistema de 1978 estaba pensado para aplicarse a un cuadro que era el de la oposición derecha/izquierda sobre el eje del mercado libre y las libertades públicas, pero ese paisaje quedó atrás hace mucho, mucho tiempo. Hoy, 2016, el paisaje es el de la pugna entre la construcción de un mundo global y, enfrente, la resistencia que le puedan oponer las soberanías nacionales y populares, y eso es transversal a derecha e izquierda. Ahora bien, en España, ni nuestra derecha ni nuestra izquierda han dado todavía el paso para entrar en el nuevo escenario. El sistema del 78 tampoco, por supuesto, acomodado como parece a la corriente del “mundo global”. Pero cuanto haya de venir, lo hará por esa vía nueva, que es ya el aire de nuestro tiempo. Abrir ventanas.

Milos Zeman
El presidente socialista checo, azote de los inmigrantes musulmanes
Tras varios encontronazos con su primer ministro a costa de sus declaraciones, el jefe de Estado de la República Checa ha vuelto a denunciar la incapacidad de la comunidad islámica para integrarse y ha pedido la deportación de los inmigrantes económicos a islas griegas vacías.
Pepe G.-Saavedra gaceta.es 5 Octubre 2016

Militó en el partido comunista de la República Checa, más tarde en el Partido Socialdemócrata y fundó la formación de los Derechos Civiles–Zemanovci, con la que preside ahora el país. Milos Zeman ha alzado la voz para unirse a varios de sus homólogos europeos, con los que no comparte ideología, y ha pedido a Bruselas que rectifique su política migratoria. En una entrevista emitida en la televisión hace unos meses llegó a aseverar que es ‘’imposible’’ integrar a la comunidad musulmana en la sociedad europea. Zeman, azote de la inmigración musulmana, se ha enfrentado en reiteradas ocasiones a su propio Gobierno.

Las últimas declaraciones que le han costado una reprimenda del primer ministro, Bohuslav Sobotka, han sido las que ha ofrecido a Financial Times. Zeman ha recomendado expulsar a todos los inmigrantes económicos a ‘’regiones vacías del norte de África’’ o ‘’a islas griegas deshabitadas’’. El presidente de la República ha insistido que podría favorecer la economía griega, siendo una solución para los problemas de deuda externa que afectan al país: ‘’su deuda externa sería reducida progresivamente a cambio de acoger a los inmigrantes’’.

Pero Zeman no incluye en ese saco a los refugiados, sólo a aquellos que llegan a Europa para mejorar su nivel de vida y no huyen realmente de una guerra. Países como Alemania o Austria ya han anunciado que agilizarán los trámites para expulsar a los inmigrantes económicos, dada su imposibilidad de acoger a todos los solicitantes.

La no integración de los musulmanes
Si hay algo que el presidente checo denuncia constantemente es la falta de integración de la comunidad islámica en la sociedad europea, algo que ha recalcado en su última entrevista con el diario británico: "No estoy en contra los inmigrantes que llegan a mi país desde Ucrania, Vietnam, Rusia, Bielorrusia, Serbia y otros países. (…) Estoy sólo contra la inmigración islámica, creo que hay una incompatibilidad cultural". Para el jefe de Estado, la política de la canciller alemana, Angela Merkel, es un "completo error" ya que Europa no tiene la capacidad de ''absorber'' esa gran cantidad de inmigrantes.

"La experiencia de los países de Europa occidental demuestra que se forman guetos y zonas de exclusión en los que la integración es prácticamente imposible", afirmó hace unos meses Zeman en una entrevista televisada. "Que tengan su cultura en sus países y no la traigan a Europa, de lo contrario vamos a terminar como Colonia", defendió, en referencia a los miles de casos de agresiones sexuales en fin de año a manos de refugiados.

"La integración es posible con las culturas que son similares, y esas similitudes pueden variar", señalando que las comunidades vietnamitas y ucranianas habían sido capaces de integrarse en la sociedad checa.

El presidente, además, ha culpado directamente a los Hermanos Musulmanes de Egipto de utilizar el dinero aportado por varios Estados para financiar su intento de ‘’invadir gradualmente Europa’’. A finales del año pasado, Zeman calificó el aumento del número de refugiados de "invasión organizada", e instó a los jóvenes de Irak y Siria a "tomar las armas" contra el Estado islámico en lugar de huir.

Ante la pasividad de occidente
Arabia Saudí destina 8.000 millones al año a difundir el islam en todo el mundo
A. M-B gaceta.es 5 Octubre 2016

Pierre Conesa, ex alto funcionario del Ministerio de Defensa francés y autor del libro “la diplomacia religiosa de Arabia Saudita” explica en una entrevista concedida al diario La Vanguardia la razón por la que la inversión del Gobierno Saudí es necesaria para la propagación del islam, al mismo tiempo que subraya la incapacidad de los gobiernos occidentales para contrarrestar su influencia debido a los intereses económicos que mantienen con el país.

En concreto, Arabia Saudí destina 8.000 millones al año a difundir el islam en todo el mundo, 32 veces el presupuesto del Vaticano. Gran parte de esta cantidad de dinero -exactamente 6,5 millones de euros- han llegado hasta nuestro país y han sido destinados a la mezquita de la M-30 y al centro islámico de Málaga.

Conesa, quien defiende que los negocios occidentales con Arabia Saudí condicionan su política hacia los orígenes del islamismo, señala en la entrevista que el Estado Islámico es un producto del salafismo que contesta a Arabia Saudí y que es para ellos “una debilidad porque vemos cómo están siendo superados por los monstruos que crearon”.

Las dos familias de Arabia Saudí
Asimismo, el ex alto funcionario del Ministerio de Defensa francés cuenta que el régimen saudí “se compone de dos familias; los Saud y los Al ash-Sheij. Los primeros representan la fachada de país aliado en la guerra fría, con su cohorte de cuadros sofisticados encargados de las finanzas, la defensa y el control de las élites a través de su compra. Los segundos se encargan de la dimensión integrista, con los asuntos religiosos y la educación en sus manos” y a continuación explica que “cada vez que los Saud necesitan de los occidentales tienen que dar explicaciones a los ulemas, que a cambio les piden más poder”.

Un ejemplo es lo que ocurrió en 1979, cuando los radicales tomaron la gran mezquita de La Meca y los Saud se vieron obligados a llamar a los policías franceses para liberarla, por lo que tuvieron que transferir más poder a los religiosos para compensar. Por ello, explica Conesa, “se cerraron todos los cines de Riad y se obligó a llevar velo a las mujeres extranjeras”.

‘Diplomacia religiosa’
El experto también denuncia la pasividad de occidente ante la difusión del islamismo y habla de una “diplomacia religiosa” que “actúa prácticamente sin contrapesos en su país de origen, y todavía menos, por interés económico, fuera de sus fronteras”.

Por último, señala que el régimen wahabista destina “hasta 8.000 millones anuales, seis o siete veces lo que la URSS empleaba en propaganda en sus mejores años. Para hacerse una idea, el presupuesto anual del Vaticano del año 2011 fue de 245 millones”.

Un profesor, agredido por denunciarlo
Los profesores musulmanes educan en el odio a los cristianos en Pakistán
A. M-B gaceta.es 5 Octubre 2016

Musa Atique es el nombre del profesor cristiano de origen pakistaní que está siendo acosado y perseguido por sus compañeros musulmanes de la escuela elemental estatal de Kot Radha Kishan, en la región de Punjab (Pakistán).

Desde que gobierno paquistaní obliga por ley a todas las escuelas a ofrecer estudios coránicos y la oración islámica, los profesores cristianos están sufriendo una campaña de persecución por parte de otros profesores y alumnos que profesan el islam.

El profesor de 43 años, Musa Atique, advirtió al director del colegio que durante las clases obligatorias del Corán y oración islámica, los profesores que las impartían enseñaban a los alumnos el odio hacia los cristianos. El profesor explicó que escuchó a dos profesores musulmanes diciendo a los jóvenes que “los cristianos son infieles sostenedores de los hebreos y espías de los americanos”. Sin embargo, ni el director ni el resto de profesores quisieron apoyarle.

Posteriormente, el profesor fue agredido por Muhammed Akhbar, uno de los profesores que difunden el odio contra los cristianos. El pasado 15 de marzo, Akhbar ingresó violentamente en el aula donde Atique se encontraba impartiendo clase y le golpeó delante de sus alumnos amenazándole de muerte. “Deja de criticar el acto santo de difundir la verdad sobre los malvados cristianos”, le increpó. También fue amenazado por otro profesor, Gulam Ghos, que le dijo que sería asesinado si no se convertía al islam.

‘Temo por mi vida, por la de mi esposa e hijos’
Cabe señalar que ni las autoridades ni los directivos de la escuela han hecho nada por proteger al profesor, que se ha visto obligado a dejar su trabajo y a cambiar de casa por las continuas amenazas recibidas.

En declaraciones a la Asociación Cristiana Británico Pakistaní (BPCA), Atique señaló que “el ambiente escolar está impregnado de discursos religiosos extremistas” y que “cada día los cristianos y demás no musulmanes son insultados en la escuela. Los profesores musulmanes y el director están convencidos de que aterrorizar a los cristianos, docentes y alumnos no es un problema. Temo por mi vida, la de mi esposa e hijos”, dijo a la asociación, que actualmente lo ayuda a encontrar un nuevo trabajo.

Por su parte, el presidente de la BPCA, Wilson Chowdhry, defendió que “la vida para los cristianos alcanzará su punto más bajo ahora que el gobierno pakistaní ha incluido en todas las escuelas estudios coránicos y la oración islámica, decisiones que permite a los fanáticos religiosos inculcar en las mentes vulnerables de los jóvenes su ideología diabólica”.

'Musulmanes golpean y torturan a un maestro católico en Pakistán'
“Los cristianos continúan sufriendo discriminación a causa de su fe por la existencia de leyes que legitiman esa discriminación”, denuncian los cristianos paquistaníes. En octubre del años pasado, informábamos que tres profesores musulmanes golpearon y torturaron a Saddique Azam, un maestro católico que hace tres meses había sido nombrado director de una escuela primaria en el pequeño pueblo de Pernawa (Pakistán), y que tuvo que ser hospitalizado debido a las contusiones.

Según informó la agencia vaticana Fides, el ataque sucedió el 5 de octubre. Los profesores musulmanes golpearon a Azam porque no querían aceptar la autoridad del nuevo director. Durante la agresión gritaban el término “choora”, que es el nombre de una casta baja para describir de manera despectiva a los cristianos en Pakistán.

‘Punjab es de Pakistán gracias a los cristianos’
“La provincia del Punjab, la más importante de Pakistán, centro de la vida política, económica y cultural del país, pertenece a Pakistán gracias al voto decisivo de tres líderes cristianos, durante el tiempo de la partición con la India”. Esto ha recordado el sacerdote Inayat Bernard, director del Seminario menor de Lahore, en una conferencia reciente en la que se ha recordado la contribución aportada por las minorías religiosas, y de forma especial por los cristianos, a la nación.

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EL GRAN DEBATE DE NUESTRO TIEMPO
Europa-Islam-soberanía-populismo
EDITORIAL gaceta.es 5 Octubre 2016

España es ajena al gran debate político, económico y cultural de nuestro tiempo. Los cuatro grandes partidos -aunque aquí hagan de sus matices grandes diferencias- forman como un sólo hombre en la esfera internacional. El PP, el PSOE, Ciudadanos e incluso Podemos se encuentran en el mismo lado de conflictos que sí han generado una gran división en los países de nuestro entorno.

Las cuatro formaciones apoyaban la rendición ante las FARC. Y han perdido. Se posicionaron contra el Brexit y perdieron también. Los cuatro partidos apoyan la irresponsabilidad de Merkel del “bienvenidos refugiados” y criminalizan en Bruselas a líderes como Victor Orbán, que acaba de recibir el respaldo mayoritario de los húngaros para oponerse a las cuotas. Los cuatro, en fin, se muestran sumisos empleados de un proyecto europeísta primero, y mundialista después, que propone abiertamente destruir la soberanía de las naciones, propiciar sociedades multiculturales e imponer la ideología de género. En ninguno de estos aspectos -que provocan intensísimos debates más allá de nuestras fronteras- los partidos españoles tienen diferencia alguna. En realidad no son sólo los cuatro principales, se podría añadir todo el breve arco ideológico que va desde el PP hasta Bildu.

Felipe González, Emma Bonino y el CEO de Airbus
Distintas voces -salidas todas de las puertas giratorias del poder- avalan la construcción en Europa de un mega estado multicultural y de género, que acabe con los engorrosos parlamentos nacionales. Felipe González no pierde ocasión para animarnos a acoger en Europa a veinte millones de musulmanes. Lo mismo hacía hace ya un año Emma Bonino, la política italiana afirma que “ne-ce-si-ta-mos” esos inmigrantes. Curioso que en sus tiempos de política activa los dos personajes fueran grandes impulsores del aborto, y ahora clamen porque acudan los inmigrantes a resolver el problema demográfico europeo. La posibilidad de ayudar a las familias y a los jóvenes europeos para que puedan tener más hijos, parece que ha sido descartada. Esa “necesidad” de la que hablan la expresaba de una forma más cruda, no hace mucho tiempo, el mismo CEO de Airbus, la gran multinacional europea. Decía el consejero que el continente tenía capacidad para acoger toda la avalancha de refugiados, sólo que había que liquidar el salario mínimo. Sólo. El fenómeno, en el mundo empresarial, se llama “relocalización”. Las multinacionales se han dado cuenta de que resulta absurdo fabricar en sociedades lejanas, con condiciones de trabajo de semi esclavitud, si con un poco de ayuda política lo pueden hacer mucho más cerca. Hasta la alcaldesa Carmena pone su granito y dice que debemos “empaparnos” de cultura africana. Las jóvenes de Colonia ya recibieron un chaparrón.

Soros al rescate, Tsipras recortando pensiones
La ayuda, por supuesto, viene de manos de magnates financieros, tipo George Soros, que riega con sus millones los periódicos, televisiones y oenegés (una buena parte en España). Es este millonario húngaro el que ha prometido cuatro mil millones de euros para proyectos de “asentamiento” de los refugiados en Europa. Es decir, para que se queden independientemente de que se pacifique la situación en sus lugares de origen. En realidad el término “refugiado” sólo es una excusa para incorporar esos veinte millones que “necesitamos”. Y los amigos de investigar las conspiraciones se preguntaran si las guerras que se mantienen en aquellas zonas también son otra excusa para promover las migraciones masivas. O por qué no se presiona a Arabia Saudí y a las otras tiranías petrolíferas para que dejen de construir mezquitas en Europa y se ocupen de sus vecinos y hermanos en la fe. Porque no ha acogido ni a una sola víctimas de las guerras en las que ellos también intervienen. Volviendo al dinero de Soros, hay tanto y está tan repartido que llega para criminalizar a la guardia civil en Melilla, para apoyar al lobby LGTB, ser uno de los principales financiadores de la campaña de Clinton, o para mantener panfletos digitales de extrema izquierda. Esa es otra, el papelón histórico que está haciendo la izquierda, alineada sin fisuras con las multinacionales de las puertas giratorias. El mismo Tsipras está privatizando Grecia a tal velocidad que debe quedar poco para que vendan pedazos del Partenon como si fueran ladrillos del Muro de Berlín. El aliado de los podemitas también le roba a los mayores sus pensiones (será porque tienen más de 45 años) y, cuando ellos protestan, los disuelve con botes lacrimógenos. Pero de esto no verán ustedes quejarse ni a Pablo Iglesias ni a ningún otro revolucionario de pose leninista y maneras de concursante de Gran Hermano.

Los grandes medios de propaganda
Ya hace tiempo que llamar medios de comunicación a muchas de las grandes cabeceras del continente resulta un chiste aburrido. Avalados siempre con razones humanitarias y de solidaridad. Probablemente sólo durante las grandes guerras la prensa se ha plegado a una operación de propaganda tan burda. Son los mismos periódicos -y televisiones- que cada vez que se produce un ataque islamista se empeñan en camuflarla o disolverla entre noticias confusas. Sus lectores desconocen las torturas en la sala Bataclan, o creen que la matanza de Niza era obra de un trastornado (algunos llegaron a culpar a un “ultraderechista”). En esas cabeceras no se publica la situación de terror bajo la que viven millones de europeos, cada vez más hartos de los euroburócratas Colaboran en la ocultación de las violaciones en masa que se han producido en Alemania, Austria o Suecia. No informan de que muchos de los terroristas que están operando en Europa han entrado en ella en calidad de “refugiados”, como ha comprobado la fiscalía francesa y belga. Despliegan tantas acrobacias semánticas para disfrazar la realidad (las que El Trasgo de gaceta.es desnuda a diario) que luego se ven incapaces de explicar a sus lectores los resultados electorales de Europa. En España, sólo los lectores de Gaceta sabían hace más de un año que Trump tenía posibilidades, que el Brexit era más que posible, y que hasta en Alemania ya se contestaba abiertamente la irresponsabilidad de Merkel.

Los europeos están reaccionando
Porque lo cierto es que los ciudadanos de Europa no están tan desinformados, o no son ta ajenos al gran debate de nuestro tiempo. En todo el continente crece una contestación rotunda a las oligarquías. Los países del Este, casi en bloque y con el apoyo abrumador de sus parlamentos, se oponen a la islamización que Bruselas trata de imponerles. En Austria, Francia, Holanda, etcétera, crecen formaciones políticas (que encabezan todos los sondeos) y los discursos intelectuales que alertan contra el proyecto de la Europa multicultural, precaria en lo social y con las soberanías nacionales disueltas. Para no tener que explicarlo (porque no lo entienden, o porque sus patrones no les dejan entenderlo) aquí le llaman populismo. En Gaceta, por el contrario, les seguiremos informando.

La lección colombiana
Emilio Campmany Libertad Digital 5 Octubre 2016

En cierta ocasión, discutían en presencia de Agustín de Foxá, diplomático coñón de derechas, si debía decirse "Hispanoamérica", "Iberoamérica" o "Latinoamérica". Uno de los presentes dio por hecho que Foxá, tenido por franquista, defendería el uso de la muy fascista expresión Hispanoamérica. El diplomático se revolvió como una pantera y dijo: "De ‘Hispanoamérica’, nada. Yo digo ‘Latinoamérica’. Aquí la responsabilidad para todos." La anécdota demuestra los complejos de superioridad e inferioridad con los que tratamos los españoles a los pueblos hispanoamericanos. Creemos que allí anidan todos nuestros defectos mejorados y ampliados. Serían, según nosotros, una especie de españoles que han salido todavía más tarados que nosotros. Naturalmente, es una estupidez. No digo que, a veces, nuestras experiencias no puedan serles útiles. Pero en otras, más frecuentemente de lo que creemos, son ellos los que tienen algo que enseñarnos a sus primos mayores europeos. Un ejemplo abrumador es el no que el valiente pueblo colombiano ha dado a la humillante paz ofrecida por su presidente.

Cuando aquí se estuvo negociando con la ETA y se acordó todavía no sabemos bien qué, pero por lo menos la vuelta de los etarras a las instituciones, que es donde ahora están, y vaya usted a saber si también la entrega de Navarra, muy pocos se opusieron a la cobarde rendición. Se me dirá que aquí no hubo referéndum, pero, aunque lo hubiera habido, la vergonzante paz hubiera con seguridad ganado por goleada. Se me alegará que aquí no se ofreció a la ETA tanto como se ha ofrecido a las FARC, pero habrá que recordar que tampoco la ETA cometió tantos y tan espantosos crímenes como los guerrilleros comunistas colombianos. Se me aducirá que aquí no había un Uribe que… Ahí, no. Claro que aquí había un Uribe. El paralelismo con Aznar es evidente. Uribe, cuando abandonó el cargo, dejó unas FARC prácticamente derrotadas, igual que Aznar con la ETA. Al sucesor de cada uno le hubiera bastado seguir como su antecesor unos años más para lograr la derrota incondicional de los criminales. Sin embargo, para Santos y para Zapatero eso hubiera significado dejar que sus brillantes antecesores se llevaran la mayor parte del mérito. Para ser ellos los protagonistas de la paz había que negociar y pactar antes de que los terroristas estuvieran totalmente derrotados.

Puede que en Colombia todo haya sido enorme, los crímenes y las concesiones que para acabar con ellos se ofrecieron, pero cualitativamente la bajada de pantalones de Zapatero es igual que la de Santos. La diferencia es que, allí, el pueblo colombiano, a pesar de los muchos sufrimientos padecidos a cuenta del narcotráfico, las guerrillas comunistas y los paramilitares, tiene su dignidad en la suficiente estima como para decir "no" a quien la puso en almoneda. Aquí, la vendimos por cuatro chavos. Y tampoco nuestro Uribe estuvo a la altura. Hoy me siento orgulloso de hablar la misma lengua que los colombianos y avergonzado de no haber estado los españoles a la misma altura cuando se nos presentó la ocasión.

Sumisión contra disciplina
José María Albert de Paco Libertad Digital 5 Octubre 2016

Hubo una época en que el PSC se elevaba sobre un pedestal de suficiencia intelectual, forjado en torno a conceptos presuntamente sofisticados. Catalanismo de progreso, federalismo asimétrico, principio de subsidiariedad... La doctrina que emanaba de los Obiols, Rubert, Maragall y, si me apuran, Mascarell era plomiza, vaga e instruida: los mismos atributos que proyectaban sus autores. Parecía, por lo demás, bienintencionada. Y en boca del mejor alcalde que jamás haya tenido Barcelona, incluso jovial. Se trataba de camuflar entre oropeles retóricos la sumisión al nacionalismo, sí, pero al tiempo que se escenificaba la distancia, quién sabe si insalvable, entre el socialismo catalán, ese florido pensil, y el socialismo español, con su verbo de pana. Cuando Maragall, en fin, escribía a Pujol, solía incluir en copia a Felipe, por ver de ir paliando su flagrante ausencia de sensibilidad para con Cataluña. Escolta, Espanya.

Aquellas ínfulas desaguaron el 24 de septiembre en un pinar de Gavá, Iceta decretando el fin del mundo con el mismo fanatismo con que Jorge de Burgos clamaba, en El nombre de la rosa, contra la risa. "Un monje ciego", escribió Eco, "que hablaba como si aún poseyese el don de la vista". La deriva sectaria del PSOE/PSC refiere la evidencia de que a hombres como Sánchez o Iceta no se les conoce más convicción que el odio al PP. Con el agravante de que, a diferencia de sus antecesores, no acreditan ninguna otra publicación científica. En el caso de Iceta, aún más aberrante que el "¡Líbranos del PP, por Dios!" fue su intervención en el Comité Federal del pasado febrero: "En Cataluña el acuerdo con Ciudadanos ha tenido una lectura un poco diferente por el origen de Ciudadanos como fuerza política muy basada en un anticatalanismo casi me atrevería a decir que primario". Casi. La compasión que se reserva a los leprosos.

Iceta y Parlon (o, como diría Federico, ¡Icetarlón!) han salido indemnes del contubernio de Ferraz. Como si el PSC y ellos, muy concretamente, no hubieran sido los grandes avalistas del enroque de Sánchez. Ello no tiene que ver con que España dispense a sus haters un trato de privilegio. Ya no. La correa de transmisión se ha roto. Y la desconexión respecto a España que preconiza el independentismo tiene en el PSC y su probable indisciplina de voto en el Congreso a su avanzadilla, su cabeza de puente. Su seguro servidor.

'Patria' de Aramburu, la gran novela española sobre el terrorismo de ETA
José Aguilar Jurado Libertad Digital 5 Octubre 2016

Digamos, de entrada, que Patria es la gran novela española sobre el terrorismo de ETA. No la única, desde luego, pero sí a mi juicio la más notable. Si están ustedes leyendo esta sección cultural, ya deberían saber que Fernando Aramburu es uno de los mejores novelistas españoles contemporáneos y que es inexcusable leerlo. Deberían saber también (y perdonen que les regañe) que Aramburu nació en San Sebastián en 1959, en una familia de clase obrera, que estudió Filología en la universidad de Zaragoza, y que en 1985 se fue a Alemania a dar clases de español a hijos de emigrantes. Y que sigue viviendo allí, aunque desde hace cinco o seis años ya solo se dedica a la literatura. Su calidad literaria sigue siendo la misma que cuando compatibilizaba la literatura con las clases, pero ahora tenemos la suerte de que sus novelas salen menos espaciadas. Casi novela por año, aunque en Patria ha tardado un poco más.
No la metan ustedes en el subgénero "novelas de ETA". Pónganla en el apartado "enormes novelas del siglo XXI".

No es la primera vez que ETA sale en la obra narrativa de Fernando Aramburu. Ya aparecía, de una manera tangencial, en Fuegos con limón (1996), su primera novela (estupenda, por cierto). También en su sobrecogedor libro de relatosLos peces de la amargura (2006), que fue premio Vargas Llosa, premio Dulce Chacón y premio Real Academia Española. Pero ahí la sustancia literaria no era tanto ETA como su terrible consecuencia: las víctimas. Seis años después, Aramburu publicó Años Lentos (2012), novela que yo mismo reseñé aquí, en la que el terrorismo tiene mayor presencia, aunque tampoco es exactamente el asunto central.

Conviene decir que Aramburu no se fue a Alemania para huir de ETA. Se fue por las cosas de la vida, y por una alemana. O sea, que no es un perseguido de la banda ni un amenazado que ahora se venga escribiendo contra ella. Es simplemente un escritor que nació y creció en territorio etarra y que no puede sustraerse a algo que formó desgraciadamente parte de su vida durante muchos años. Otros sí se sustrajeron (y se siguen sustrayendo) al asunto, y en las páginas de Patria se encuentran las razones de ello. Aramburu no. Él mismo lo explica en un, digamos, cameo, que al modo hitchcocktiano, incluye en el capítulo 109 de la novela (que en total tiene 125, bastante breves). Aramburu es, aunque no se menciona su nombre, un escritor que presenta su libro en unas Jornadas sobre Víctimas del Terrorismo a las que acude uno de los personajes. Es un episodio marginal en la trama, pero las palabras, no demasiadas, que pronuncia ese anónimo escritor son interesantes. Me permito reproducir algunas:

Hay libros que van creciendo dentro de uno a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escritos. (…) Escribí en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes. (…) Asimismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria conde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desaparecer. (…) Pero también escribí, desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. Y a favor de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística donde se pierden el nombre de cada una de ellas, sus rostros concretos y sus señas intransferibles de identidad.

La verdad es que esta intervención del escritor/personaje le da a uno la reseña hecha. Porque en efecto, la sensación que transmiten las páginas de Patria es exactamente la que apuntan las palabras citadas.
La he leído con un nudo en la garganta y los ojos húmedos y eso que Aramburu no se recrea en la emotividad efectista.

Aramburu, del que ya he dicho en otra ocasión que es un novelista de personajes, nos sitúa en un pueblo de Guipúzcoa, donde viven dos familias: la del Txato, un pequeño empresario al que le llega una carta de ETA exigiéndole el impuesto revolucionario, y la de su amigo Joxian, uno de cuyos hijos entra en la banda terrorista. Aunque más que el Txato y Joxian, los personajes centrales son Bittori, la mujer del Txato, y Miren, la de Joxian. Y también los hijos de ambos. Y los yernos y las nueras. Y también un poco los nietos. Sin perder de vista a algunos personajes secundarios, como don Serapio, el cura del pueblo, o Patxi, el que regenta la Herriko Taberna. Los retratos son todos magistrales. Cuando sea mayor, quiero aprender a dibujar personajes tan vivos y reales como los de Aramburu.

Por otro lado, la historia no se presenta de una manera lineal, sino por medio de fragmentos y saltos temporales, que poco a poco nos van metiendo en la trama. Una trama que se desarrolla desde la Transición, que pasa por los años duros en los que la banda asesinaba a mansalva, y llega hasta prácticamente nuestros días, con la llamada tregua definitiva de ETA y este periodo en que vivimos, en que tanto se habla de pasar página.

He leído muchos capítulos de la novela, he de confesarlo, con un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Experiencia impactante, la lectura de Patria. Y eso que Aramburu no se recrea en la emotividad efectista. Es un narrador certero que sabe que las emociones no están en los adjetivos, sino en los sustantivos. No en explicar lo terrible que es algo, sino en mostrárnoslo. La ficción, en Aramburu, se hace verdad. Y eso es lo que sobrecoge.

En fin, que al principio he dicho que Patria es la gran novela española sobre el terrorismo de ETA. Y siendo cierto, me parece que esto reduce su dimensión y su categoría. Patria es una gran novela, independientemente de su tema. Es decir, no la metan ustedes en el subgénero "novelas de ETA". Pónganla en el apartado "enormes novelas del siglo XXI". Después de leerla, claro.

PATRIA, de Fernando Aramburu. Tusquets editores, año 2016. 648 páginas.

 


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