AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 12  Octubre  2016

Al rescate de la casta
F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 12 Octubre 2016

Si el PP no hubiera claudicado bajo el rajoyismo de cualquier idea, principio o valor identificables con el liberalismo, el conservadurismo o simplemente el Estado de Derecho (con su separación de poderes y todos los perejiles) y si el PSOE no estuviera escondido en la habitación del telepánico, hipnotizado por Revilla, Wyoming, Ferreras y demásfamiglia, habrían comenzado hace dos días la campaña de demolición de Podemos, que, según el PP, es el mayor peligro para España y, según Fernández, es el mayor peligro para el PSOE. Lo es, pero prefieren temerlo a combatirlo.

Hace dos días, Iglesias hizo público su apoyo no sólo a Puigdemont -último gestor de la banda de los Pujol (CiU, Convergència, Tresvergencia, El Prusés S.A. o El Colp S.L.)- sino a los aforados como Homs cuyo suplicatorio pida el Supremo. O sea, que los que iban a acabar con los privilegios de la casta política defienden el aforamiento, búnquer de la corrupción partidista; y los que iban a defender al pueblo se unen a los que quieren liquidar la soberanía del Pueblo Español, con un plebiscito en el que el pueblo español no puede participar.

Nada nuevo. Como Lenin y Stalin, Podemos hace suyo un proyecto separatista para debilitar a un Estado del que se piensa apoderar, pensando que la futura dictadura comunista recuperará los territorios entregados a su aliado actual. En tanto, pacto Molotov-Ribentropp o Hitler-Stalin, que el comunista L'Humanité presentó como el de los trabajadores europeos contra la burguesía franco-inglesa y el capitalismo sin patria ni fronteras.

Pero aquí no ha caído aún el Palacio de Invierno. Ni siquiera el de Oriente. Aunque Zapasánchez y Rajoy sean biznietos de Kerenski, los partidos mayoritarios, aquí PP y PSOE, entonces Zentrum y socialdemócratas alemanes o liberales, eseristas y mencheviques rusos, tendrían a su lado a toda la opinión pública si se decidieran a atacar juntos y para asear de paso sus vergüenzas el pacto Pablenin-Cocomochov cuyo doble fin es imponer el apartheid en Cataluña y destruir las libertades en España. Que están fundadas, repitámoslo, en la soberanía nacional, base de la Constitución de 1978 refrendada por abrumadora mayoría ciudadana.

¿O es peor abstenerse hoy ante un Gobierno de Rajoy que apoyar ayer el GAL y mañana y siempre el egoísmo rastrero del separatismo catalán?

Las reglas no escritas de la política
El Consejo de Europa a través del GRECO acaba de dar un serio toque de atención a España sobre la falta de independencia judicial en nuestro país.
Aleix Vidal-Quadras gaceta.es 12 Octubre 2016

El Consejo de Europa a través del GRECO -Grupo de Estados contra la Corrupción- acaba de dar un serio toque de atención a España sobre la falta de independencia judicial en nuestro país. De hecho, ocupamos a este respecto un vergonzoso lugar 73 entre 148 naciones clasificadas por el Foro Económico Mundial, a nivel similar a Irán e Indonesia, lo que sería para sacar los colores a cualquiera que no tuviera la piel de saurio de nuestra clase dirigente. Y en la Unión Europea ocupamos un oprobioso puesto 23 de los 28 Estados-Miembro. Esta es una característica de nuestra estructura institucional sumamente preocupante porque una justicia fiable e imparcial es uno de los elementos clave de las democracias constitucionales bien asentadas y su ausencia tiene consecuencias gravemente perniciosas sobre la economía, la seguridad física y jurídica y el conjunto del orden social.

Semejante fallo nació de la decisión del entonces Gobierno socialista encabezado por Felipe González apoyado por una mayoría absoluta en el Congreso y en el Senado en 1985 de suprimir la elección de la mayoría de los vocales del Consejo General del Poder Judicial por los propios jueces para reemplazarla por un método de cuotas partidistas a pastelear en el Parlamento. Se pronunció en aquellos días la famosa frase de que Montesquieu había muerto y bien cierto es que el insigne pensador y padre de la separación de poderes quedó profundamente enterrado para desgracia de los españoles. De todos los ejemplos de la invasión de los órganos constitucionales y reguladores por los partidos, probablemente este sea el más escandaloso, evidente y dañino.

Pero lo peor de esta triste historia que dura ya treinta años es que al llegar al Gobierno el Partido Popular en 1996 mantuvo esta tara de nuestro sistema político hasta 2004 en que los socialistas volvieron a La Moncloa. En las nefastas dos legislaturas de Zapatero el escarnio llegó al punto de aparecer en los medios una bonachona admonición del Presidente de la ceja al líder de la oposición comentando jocosamente que aquél no se podía quejar porque se había nombrado para ocupar la Presidencia del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial a “uno de los suyos”, ilustre magistrado, por cierto, que se vio obligado a dimitir por sus frecuentes visitas a hoteles de lujo cerca del mar debidamente acompañado sufragadas a cargo del erario. Todo muy edificante. No acaba aquí este bochornoso relato. Cuando en 2011 tuvo lugar de nuevo la alternancia y Mariano Rajoy fue aupado a la jefatura del Gobierno por una abrumadora mayoría absoluta después de haber incluido en su programa electoral como compromiso estrella la rectificación de la sucia maniobra de 1985 y la resurrección del Señor de La Brède, no sólo no lo cumplió, sino que hizo aprobar una reforma en sentido contrario. No querías caldo, pues dos tazas.

A la vez que España recibía este tirón de orejas procedente de Estrasburgo, la ciudanía conocía consternada otro episodio más, y son ya innumerables, de ese paraíso del saqueo del presupuesto en el que hemos vivido prácticamente desde la Transición. Nada menos que un plan de formación vía reuniones con alcaldes y mediante power point organizado por el PP para instruir a sus ediles sobre los trucos a aplicar a la hora de engañar al Tribunal de Cuentas y poder así burlar las leyes de financiación de partidos. Aunque se supone que la desfachatez ha de tener forzosamente límites, hay que reconocer que en la planta séptima de Génova 13 han batido récords insospechados.

Me refiero a estos dos casos para ilustrar una realidad que nos debe conducir si queremos sobrevivir como democracia presentable a la reflexión siguiente: Si bien un correcto diseño institucional pone a las sociedades humanas a salvo de la corrupción, la pobreza, el crimen, los abusos y el caos, tal como la Historia ha probado ampliamente, existe una condición previa para que precisamente esta deseable construcción normativa se produzca y nuestro devenir colectivo desde 1978 lo demuestra de manera palpable. Me refiero a las reglas no escritas de la política, a esa conciencia moral que, interiorizada por los responsables públicos y por los ciudadanos en general, orienta hacia las conductas honradas y hacia el establecimiento de mecanismos y cautelas que incorporados al funcionamiento del Estado nos protejan de nosotros mismos y que, por encima de nuestras pulsiones inevitables de codicia, afán de dominio, agresividad, pereza, egoísmo, soberbia, vanidad y lascivia, persigan la verdad, el bien común y la justicia. Mientras este espíritu que encuentra mayor satisfacción en el servicio a valores superiores que a las bajas pasiones de nuestra especie mortal no se implante en nuestras mentes y corazones, el Barón de Montesquieu seguirá siendo periódicamente asesinado, los alcaldes continuarán siendo entrenados para la delincuencia y España estará condenada al fracaso y probablemente a la desaparición.

España, saco de golpes
La idea de España sufre otro colapso emocional. Hay riesgo de disgregación territorial, moral, intelectual y política
Ignacio Camacho ABC 12 Octubre 2016

El gran fallo del régimen constitucional ha sido el abandono de una pedagogía de la españolidad. No se puede construir una nación si una parte significativa de sus ciudadanos no cree en ella. A este respecto, casi tan grave como la deslealtad de los nacionalismos excluyentes resulta la responsabilidad pasiva del Estado, su incuria acomplejada, su apatía para la creación de un sentimiento colectivo acorde con el orgullo de una sociedad democrática y soberana. Ante este fracaso identitario no cabe sólo culpar a los separatistas sin aceptar la evidencia de haberles dado alas permitiéndoles elaborar a su conveniencia un relato sesgado, falaz, tendencioso, sobre España.

A este colapso emocional de lo español ha contribuido la indolencia de una derecha inhibida por el remordimiento posfranquista, cargada de abatimiento histórico y de un complejo de culpa que le ha impedido hasta muy tarde levantar un pensamiento nacional moderno, libre, optimista, honorable. Pero sobre todo pesa sobre la izquierda el débito de su encogimiento ideológico, de su relativismo disgregador, de su inexplicable deserción del patriotismo igualitario. El sedicente progresismo ha rechazado la idea de lo español como un concepto casposo, rancio, heredado de la patraña imperial de la dictadura, que ha hecho recaer el anatema de facha sobre cualquier reivindicación de la ciudadanía común. Al exaltar o comprender el divisionismo y ridiculizar como retrógrados los símbolos del Estado, la banal propaganda izquierdista ha desterrado cualquier posibilidad de arraigo entre las nuevas generaciones de una cierta satisfacción de pertenencia. Sólo el deporte en general, y el fútbol en particular, ha catalizado alrededor de sus éxitos una mínima identificación pasional, una superficial sentimentalidad integradora.

En ese marco desestructurado, zarandeado por la crisis política, el encono sectario, el hastío popular y el desafío de ruptura soberanista, la efeméride del 12 de octubre se ha convertido en un festival del agravio. Dirigentes populistas y autoridades autonómicas rivalizan en el desprecio a la unidad y al constitucionalismo con un repertorio de argumentos triviales que demuestran tanto su irrelevancia intelectual como la manifiesta delgadez de nuestro tejido de convivencia. España es un saco de golpes, un cuenco de ventajistas reivindicaciones fragmentarias que cuestionan el proyecto nacional en uno de sus momentos de mayor fragilidad. Con la referencia europea en declive, el riesgo de disgregación es más patente que nunca. Disgregación no sólo territorial, sino moral, mental, anímica. Un desfallecimiento derrotista y melancólico que requiere un esfuerzo de rebeldía contra la visión ensombrecida del nihilismo. Frente a la eterna tentación autodestructiva, la nueva sociedad española necesita rescatarse a sí misma sacudiéndose de una vez la impronta de país maldito.

El GEES advierte de la tiranía que quieren implantar las élites
El think tank más antiguo de España advierte que nuestro tiempo político debe interpretarse “como un enfrentamiento cuasi apocalíptico entre la idiota tiranía de nuestro tiempo, obra de seudo-proclamadas élites y gente colocada varia, y la causa del pueblo”.
Gaceta.es 12 Octubre 2016

No se lo leerá en diez minutos. Si de verdad quiere sacar todo el partido a este artículo que explica las claves del verdadero debate de nuestro tiempo, reserve un hueco, ocupe su sillón favorito y lea con calma esta reflexión del Grupo de Estudios Estratégicos. ¿Cuál es la guerra que se libra en el mundo? ¿Qué bandos hay? ¿Hacia dónde caminan?

Pasen y lean:
Trump, Europa y la causa del pueblo

Statu quo es la manera de decir, en latín, el desastre en el que estamos”.Ronald Reagan

Sólo hay una pregunta relevante para la sucesión de elecciones democráticas que habrá en Europa a lo largo de 2017, queremos seguir como estamos, ¿o no?

Hace tiempo ya que hemos entrado en los grandes países europeos, no digamos en el modelo de la Unión Europea, en lo que podría describirse como la democracia liberal inercial. Es el modelo que reconstruyó Europa, y en general Occidente, tras la II Guerra Mundial, pero sin la fe en él, sin el alma y sin los principios que lo rigen. Es la mera cáscara, o formalismo, en que lo ha convertido su uso por las generaciones más recientes que habiéndolo heredado, y no teniendo a la vista un modelo enemigo letal, no lo valoran en su justa medida.

Esto es, claro, un desastre. La cuestión es si ese desastre se dejará llevar hasta su término, la desaparición efectiva del modelo de la democracia liberal en el marasmo de la tiranía relativista que conocemos como lo políticamente correcto impuesto por el progresismo dominante, o si se cortará la trayectoria temeraria que hemos emprendido.

De modo que no es excesivo interpretar el zeitgeist actual como un enfrentamiento cuasi apocalíptico entre la idiota tiranía de nuestro tiempo, obra de seudo-proclamadas élites y gente colocada varia, y la causa del pueblo. Expresión que tomamos aquí prestada del título de un libro de un antiguo colaborador del expresidente Sarkozy, Patrick Buisson, sobre las indiscreciones de su antiguo jefe.

En este combate épico destaca por el momento la figura de Donald Trump en Estados Unidos, país tan relevante para Europa y el resto del mundo. Frente a él se ha alzado toda la Europa oficial en una actitud que acaso recuerde a la de María Antonieta frente al tumulto parisino pidiendo pan en las vísperas de la Revolución: “que les den brioches”.

El “pan” que quiere el pueblo es la soberanía. Las “brioches” que le quieren ofrecer a cambio, son una magdalena más etérea que la de Proust: sin mantequilla animal ni harina de trigo ni levadura artificial. Es la enésima reencarnación de la manera de mantener al mando a los mismos de siempre, con los mismos efectos, empeorados por el paso del tiempo.

La soberanía, dice el Derecho político -esa criatura que había antes de que se la comiera su superior jerárquico en la cadena alimenticia de los conceptos, la burocracia- es un atributo consustancial a los estados. Procede de la facultad del soberano de ejercer su poder, que es el del Estado, sobre su territorio y hacia sus súbditos. Tras la Edad moderna se ha mantenido como lo que puede hacer -con los límites de las libertades personales- en su nación, quien manda hoy jurídicamente: a saber !sorpresa¡ el pueblo. La soberanía nacional reside en el pueblo, del que emanan los poderes del Estado, dice la Constitución española. Y lo mismo, poco más o menos, todas las de los países democráticos. La élite cree que esto es una broma para endulzar los oídos a la pobre gente ignorante y torpe; que es una ficción a la que hay que pagar tributo demagógico para sentirse uno muy bien consigo mismo y luego ir corriendo a hacer lo que hay que hacer: imponer arbitrariamente aquello que perpetúa la preponderancia de los intereses de esa élite.

Sin embargo, no siempre fue así. La soberanía significaba algo. De hecho, la conocemos porque vivimos encaramados sobre los hombros de nuestros antepasados que construyeron el Occidente de nuestros días a base de un esfuerzo sólo admisible en un entorno de libertad personal, respeto a la propiedad individual y gobiernos de leyes y no de hombres. Esa soberanía, dentro de sus límites, defendía, protegía y hasta garantizaba, todas esas cosas. Era muy bonito. Sobre todo porque fuera de esos límites había otras realidades: la Alemania Nazi, el Imperio Soviético, dictaduras y satrapías varias. En términos bíblicos también se explicaba muy gráficamente. Estaban los “ciros” frente a los “nabucodonosores”. Para ilustración de la élite progre mal versada en estos temas religiosos anacrónicos, más adelante se encontrará la aclaración a estos crípticos términos.

Total, que la élite actual cree que eso es un mito libresco y que no estamos para esas bobadas sino para cosas serias como multi-culturalizar, cambiar el clima, el sexo de las personas pero sin tocar el código genético de las plantas y presumir de ser todos muy buenos, tolerantes y amables. Pero claro, para lograr ese nuevo paraíso terreno exige, y parece natural para tan alto premio, una adhesión completa. Total. ¿Suena esto a algo?

El proceso, en Europa, es, como corresponde a la ideología que lo ha puesto en marcha, progresivo. La arbitrariedad se ha convertido en la segunda naturaleza de los Estados burocratizados que nos gobiernan. Su capricho del momento es vestido invariablemente como la solución técnica correcta que el ciudadano no es siempre capaz de ver. Una nueva Providencia laica administrada por semejantes con una alta, desmesurada, concepción de sí mismos, vela por nuestro bien.

El poder es visto como un fin en sí mismo que se busca por frivolidades personales, no como una carga que implica un servicio que no es fácil prestar correctamente.

- Primer ejemplo. La Unión Europea iba a lograr no sólo una unión cada vez más estrecha entre sus pueblos sino un crecimiento económico sostenido. Sin embargo, el sostenimiento económico de Europa, como el de buena parte de Occidente, depende de factores relativamente ajenos a ella, y a la élite gobernante, como el precio del petróleo (bajo en comparación histórica) y de la artificial supresión del precio del dinero, que debía ser una cosa muy molesta, reliquia reaccionaria del pasado, destinada sin duda a perpetuar desigualdades.

El caso es que si C.S. Lewis escribió un libro sobre la decadencia de los valores titulado “La abolición del hombre”. Bien podría escribirse hoy uno sobre la decadencia del pensamiento económico que se llamase “La abolición del dinero”. El dinero, declaran nuestros banqueros centrales, no vale nada. Lo que significa que tampoco hay ninguna diferencia entre gastar hoy o hacerlo mañana, afirman; lo que equivale a derogar de un plumazo milenios de comportamiento humano. Un observador perspicaz podría pensar que se trata de propaganda y que realmente no piensan cuanto dicen, pero en todo caso expresiones tan a contracorriente de la lógica económica de los últimos veinticuatro siglos no presagian nada bueno. Pero lo cierto es que la generación de riqueza con las honrosas excepciones de Reino Unido (antiguamente miembro de la UE, pero ya no) y la España in-gobernada se mueve a ritmos bajísimos.

No importa. Hay que seguir confiando en la Unión Europea y dejarle hacer. No moleste.

Pero cuando los tipos están a cero no pueden bajar más – aunque hay gente curiosísima que hasta esto plantea - y cuando el petróleo ya ha bajado todo lo que puede bajar, sólo puede subir.

- Segundo ejemplo. Alemania iba a integrar cuantos inmigrantes vinieran, lo que iba a resolver varios problemas económicos de producción y empleo además de insuficiencias demográficas, coronando además de solidaridad, bondad y angelidad (cualidad de los ángeles y las ángelas) a quienes lo impusieran a los ciudadanos.

Un par de violaciones y atentados terroristas más tarde –que no cunda el pánico, aún no ha pasado nada realmente grave– hemos decidido obligar a los vecinos (turcos, marroquíes), previo pago, a hacer el bien por nosotros, a saber, a ejercer de tapón para que no nos lleguen tantas oleadas. Bravo. No es suficiente con hacer el bien, hay que contagiar a otros.

Es cierto que es enormemente complejo no ya integrar, ni siquiera absorber, sino meramente impedir que mueran transportados como ganado, casi cómo los judíos durante la solución final, por las mafias, los inmigrantes causados fundamentalmente por la guerra de Siria - ese Chernóbil geoestratégico, a decir del General Petraeus - y la inestabilidad de Oriente Medio. Impedir la guerra de Siria cuando se estuvo a tiempo mediante el uso de ese otro concepto reaccionario de la disuasión y favorecer la estabilidad de Oriente Medio como efecto de la paz garantizada por la presencia de amplios contingentes de soldados, tampoco hubiera sido mala idea. Pero hacía mal efecto. Quedaba fatal en un Nobel de la paz con ansias de ser reelegido. Obama no iba a tolerar tanta debilidad moral habiendo venido precisamente a decirnos a todos lo que hay que hacer.

- Tercer ejemplo. Francia resiste, como en Asterix, todavía y siempre, al invasor. ¿Siempre? Se crece al uno por ciento y no disminuye sustancialmente el paro, pero se come tres veces al día y no es un atentado de vez en cuando lo que hará desparecer el país.

A pesar de su notable empeño bélico y de seguridad interior, mayor al de ninguna otra nación occidental, el socialismo que gobierna Francia fracasa en encuestas y realidad en los temas claves de seguridad y economía. Resiste, sí, pero a duras penas. Así que la expresión nuestros ancestros los galos, propia de los antiguos libros de Historia – pero impropia de ciertas regiones con personalidad como Bretaña o Córcega que han vivido muy bien estudiándola y aplicándosela, o sea integrándose en la Nación, qué cosa más rara – ha reverdecido en el discurso político. Juppé y Marine se disputan la corona de la República, valga la paradoja.

-Cuarto ejemplo. Los países del Este no hacen ya ni caso a las lecciones de sus compañeros de continente del Oeste, sobre todo tras gozar del tránsito de refugiados que han debido orientar con la conocida solidaridad de los demás. ¿Seguirán pasando por el aro de nuestras lecciones occidentales de “moral” democrática actual porque necesitan nuestras transferencias? No parece.

Toynbee, en su “Estudio de la historia” decía que las civilizaciones sobrevivían o morían en función de los retos, desafíos o incitaciones a los que debían hacer frente. Funcionaban gracias a un mecanismo de incitación y respuesta. Si se las ponía en cuestión o se sentían amenazadas, las civilizaciones sanas respondían y sobrevivían. Hoy, siguiendo en esto el discurso ya acreditado del presidente Obama, como no hay amenazas “existenciales” del tipo de la Nazi en la II Guerra Mundial o del Imperio Soviético en la Guerra Fría; al faltar la incitación, no hay tampoco necesidad de respuesta. Así, lo que puede muy bien haber es, si se cumple la receta de Toynbee, muerte. Pero no está claro que así sea. En primer lugar, porque la amenaza existencial, sí existe. Podrá discutirse su inminencia, no su realidad. La amenaza en Europa es sustancialmente doble: el acomodo del Islam, del que es expresión máxima Francia; y la debilidad interna: económica y cultural o social, debida fundamentalmente a la presión de una elite depravada, hostil a los valores de Occidente. En segundo lugar, porque hay quien quiere responder. Media Europa no se resigna a morir.

¿Habrá pues un despertar? Y, de haberlo, ¿será esta causa del pueblo tan pacífica y benéfica como la (americana) heredada por Trump del Mayflower, los Padres Fundadores y Lincoln (gran beneficencia, ciertamente que no impidió los 600.000 muertos de la Guerra Civil); o tan violenta e ingrata como la que representa la línea (europea) que va de Robespierre a Lenin, pasando por Napoleón o Hitler?

Los Países Bajos eligen gobierno el año que viene. Francia elige presidente. Más tarde, Alemania votará en elecciones generales. Las tendencias son parecidas. La gente vuelve sus ojos hacia la derecha y atiende a quienes piden revolución frente a corrección política. Respuesta frente a molicie.

Para la Historia Sagrada, hay dos tipos de gobernantes, dos tipos de gobiernos: el de Nabucodonosor y el de Ciro. El primero es opresivo y supone el exilio de la patria (que no es sólo un lugar geográfico, Israel, sino la tranquilidad que da el orden justo de las cosas); el segundo es liberal y amable y devuelve al pueblo a su tierra, que no es sólo una zona específica, sino también el orden justo de las cosas. Se habita en el primer reino, capital, Babilonia, por castigo de Dios, por “dureza de corazón”, por haber olvidado y desoído los mandatos del Señor; y sólo se vuelve al segundo por voluntad divina, una vez reaprendido el camino.

Es decir es mejor Ciro que Nabucodonosor, y es legítimo – incluso obligatorio, si queremos renunciar a la idolatría - luchar hic et nunc por vivir bajo el primero desalojando al segundo.

Artículo publicado en GEES

Una persistente demolición de guante blanco
Vicente Baquero gaceta.es 12 Octubre 2016

La frustrada tentativa de alcanzar una paz a cualquier precio en Colombia, una nación importante, un estado estructurado, jurídica y socialmente, con historia, que ha participado durante siglos en el seno del equilibrio internacional, rebajado a negociar con una banda de narcotraficantes disfrazados de guerrilleros proletarios, para llegar a una rendición y dar cabida en una sociedad civilizada a una cuadrilla de delincuentes, cuya única legitimidad viene dada por la ingente cantidad de dinero que apalean y la fuerza de la violencia de las armas, de haber llegado a término para satisfacción de los señores de la guerra, hubiera sido un fracaso de dimensiones mayúsculas, desde un punto de vista político con repercusiones internacionales.

Al legitimar el uso de la fuerza como medio de alcanzar el poder, una vieja estrategia que se suponía superada como forma de acceder legítimamente al poder, volvería a instalarse en el seno de naciones civilizadas. ¿O es que vamos a legitimar de nuevo tales métodos…? Eso sería abrir la caja de pandora.

Este hecho es grave en sí, pero milagrosamente ha fracasado, a pesar de haber tenido, y esto es lo asombroso, el apoyo de todo un corifeo nacional e internacional pasmados ante la palabra “paz”, como si esta sin más condiciones, fuera un valor aceptable sin condiciones. Me recuerda otro discurso muy cercano, como para que no me sorprendan las loas y alabanzas a semejante rendición. Con esa misma lógica, hoy por ejemplo, les recordaría a los entusiastas de tales comportamientos que de haberse aceptado ese criterio hoy estarían todos marcando el paso de la oca…los más afortunados.

Para colmo de conspiraciones retorcidas, porque estas decisiones no merecen otro calificativo, el comité del Nobel noruego va y le da ¡el premio nobel de la paz! Cuando ese engendro de rendición por parte de un estado serio, ni es paz ni es nada; quizá hubiera convenido, para que tales próceres calentitos en su nirvana nórdico, gracias a su petróleo regalado y la protección militar de Occidente, en caso de algún percance con sus vecinos del norte o del sur, hubieran aprendido una lección difícil de olvidar: haberles dejado solos para quitarse a los alemanes de encima…

Pero tras esas decisiones, igual que la de dar el mismo galardón en su día al Presidente Obama, cuando ni siquiera había comenzado su mandato, al igual que otras muchas, en todos los órdenes de nuestra sociedad actual, no son casualidades, se entroncan en un movimiento generalizado en la misma dirección y cada vez menos disimulado.

Estamos asistiendo al intento sistemático de erosionar aquellos valores que constituyen la base del pensamiento filosófico, político y económico de la cultura occidental. Estamos ensalzando principios y criterios que hubieran sido rechazados por inaceptables tan solo hace una generación, pues entrañan la rendición y la decadencia más descarada del cuadro de principios y del orden de prioridades de cualquier sociedad.

Lo más llamativo es que quien ha emprendido semejante camino son instituciones y personas destacadas, representativas, núcleos de poder que pertenecen incuestionablemente a esta misma sociedad, organismos, organizaciones, que nos aseguran que son los legítimos representantes de una “voluntad popular” y que detentan el poder tanto a nivel estatal como corporativo. Fuerzas que pretenden alterar el curso de la historia en un sentido determinado y redefinir las relaciones de los hombres entre sí y con el mundo, sin consideración a las condiciones efectivas y a la naturaleza del hombre real.

Se predica acabar con aquellos valores que son los que precisamente han elevado a los ciudadanos de Occidente en general a disfrutar del más alto nivel de vida y altura intelectual de todos los tiempos y lugares que en la historia han sido, defectos incluidos.

La pregunta calve sería: ¿por qué surge este movimiento? ¿Por qué se pretende destruir lo que tantos esfuerzos, sacrificios y fatigas ha costado alcanzar? y la segunda pregunta crucial: ¿para qué? ¿Sustituirlo todo por una nueva utopía, o simplemente es el suicido cultural de una colectividad decrépita y decadente?

La fiesta de todos los españoles
Editorial La Razon 12 Octubre 2016

La España que hoy, 12 de octubre, celebra su Fiesta Nacional no es ya, por supuesto, la nación que gestó la epopeya americana, completó para el hombre la geografía de la Tierra y creó una cultura nueva, pero sin aquella España, continuadora de la «gens» romana, los españoles no seríamos capaces de entender lo que somos ni podríamos proyectarnos con luz propia en el conjunto de la humanidad. No podríamos comprender que los hombres del descubrimiento y la conquista de América –conquista fue, sin duda– pertenecían a una época de forja de naciones que resurgía de la oscuridad y a los que el hallazgo de otro mundo, prístino y viejo a la vez, les abrió los ojos y las mentes.

No entenderíamos que el Renacimiento, es decir, que la conformación de Europa, no hubiera sido posible sin el terremoto mental que supuso aquel 12 de octubre de 1492, obra en la que no sólo estuvimos, sino en la que fuimos actores principales. Hoy, pues, es la fiesta de todos los españoles, incluso la de quienes se niegan a sí mismos, ya sea atrapados en un anacronismo intelectual, ya sea en virtud de una ideología que sólo medra en el maniqueísmo y que se justifica en el rechazo del que no piensa igual. Pero quien conmemora es la España de este siglo, una de las naciones más libres y avanzadas del mundo, una de las democracias ejemplares de occidente que ha sabido rehacerse después de una larga y profunda crisis. Una vez más, porque si algo nos enseña la historia es que nuestra capacidad para superar casi cualquier adversidad forma parte de nuestra identidad como individuos y como sociedad.

Es una democracia la que conmemora y, por lo tanto, nadie arrastra a nadie, nadie obliga a nadie a manifestarse como en la Venezuela de Maduro, la Cuba de Castro y la, por fortuna, extinguida URSS. Es una fiesta de hombres y mujeres libres, y sí, hay un desfile militar que refleja a la nación y su voluntad de defender la libertad y la democracia que se han dado sus gentes. Y hay jornadas de puertas abiertas en los museos y homenajes a la bandera y recuerdos a los caídos en la mayoría de los pueblos de España. Y también hay quien ha pretendido violentar la voluntad de las personas, como a los funcionarios del Ayuntamiento de Badalona, a quienes los mismos que jalean a los ayatolás de Irán y enarbolan banderas partidarias, que dividen, han querido obligar a significarse con el arma del miedo por el puesto de trabajo. Pero la España que hoy celebra su Fiesta Nacional es un Estado de Derecho, donde prima la Ley y, como no podía ser de otra forma, los jueces han ejercido su deber restaurando la libertad. No. No es esta España una nación que hace listas de «desafectos», que ejerce la vigilancia de los «enemigos» y que juzga meras intenciones como en los regímenes totalitarios que inspiran a nuestro populismo local.

Ese mismo populismo que, no lo duden, militarizaría a las masas ciudadanas en nombre de una nueva sociedad mientras rechaza a quienes visten con honor el uniforme y sólo aspiran a defender a sus compatriotas, muchas veces con la entrega de la vida. Ya hemos dicho que a nadie se le impone el patriotismo ni se le exige demostrar afectividad hacia los símbolos nacionales –su escudo, su bandera y su himno–, pero sí se puede pedir, al menos, respeto a la nación española y al conjunto de valores que la representan. En los actos institucionales de Estado faltarán hoy, como en años anteriores, algunos representantes políticos. Unas ausencias estarán justificadas; otras sólo reflejarán el frentismo, ese abrir trincheras entre los ciudadanos con el que justifican sus proyectos políticos. Lo demás son excusas sobrevenidas, no pocas veces nacidas de la ignorancia. También, claro, del sectarismo.

Los indígenas podemitas y la Hispanidad
Es muy divertido verles desgañitarse así el día en que los españoles celebramos con orgullo el legado de nuestra historia más fecunda.
Pablo Molina Libertad Digital 12 Octubre 2016

Un año más, la izquierda ágrafa que dice representar a "la gente" con pretensiones de exclusividad vuelve a dar lo mejor de sí misma para hacer el más completo de los ridículos. Los gobiernitos progresistas, los alcaldes del cambio, los frikis separatistas y el podemismo en pleno reservan sus injurias más sentidas para el Día de la Fiesta Nacional, creyendo sinceramente que ultrajan a España cuando, en realidad, solo insultan a su propia inteligencia, en caso de que haya ahí algo que insultar.

Casi todos estos odiadores de España creen que el 12 de Octubre es una fiesta creada por Franco al objeto de celebrar la imposición del proyecto imperialista español a los pueblos sojuzgados a uno y otro lado del Atlántico. Todos menos el Kichi, que como es doctor en Historia está convencido de que los españoles llegamos a América sin mandato de la ONU para asesinar indios, robar sus riquezas y, no contentos con ello, fraguar la mayor infamia de la historia de la Humanidad: imponerles a todos la lengua española... ¡y la religión católica!, que ya hay que ser criminal.

Como tienen un odio tan primario, no se han enterado de que la Hispanidad o Fiesta Nacional de España ya se celebraba durante la II República, cuando Franco, el objeto de su aborrecimiento, era más republicano que todos ellos juntos. Antes también se celebraba como el Día de la Raza, que no tiene connotaciones racistas, como presumen también los jóvenes espectadores de La Secta, sino precisamente todo lo contrario, como celebración de lo que hoy todos ellos denominan multiculturalidad.

Este 12 de Octubre asistiremos a una nueva campaña de toda esta tropa podemita, que, en el Día Nacional de España, asegura no tener nada que celebrar. En cambio, cuando se trata de rendir pleitesía al separatismo, a las parodias populares de su historia inventada, acuden en tropel con sus mejores camisetas y lágrimas en los ojos de la misma emoción.

Es muy divertido verles desgañitarse así el día en que los españoles celebramos con orgullo el legado de nuestra historia más fecunda. Nosotros sí tenemos algo muy importante que celebrar. Ellos, desde luego que no. Si lo hicieran, nos daría que pensar.

12 de Octubre. Balada triste por España
Josele Sánchez latribunadelpaisvasco.com 12 Octubre 2016

Cuán difícil resulta celebrar este Día de la Hispanidad, rememorar aquel 12 de octubre de 1492, la llegada de las naves capitaneadas por Cristóbal Colón a las paradisíacas playas dominicanas, con la que está cayendo… España, origen e impulsora de la Gran Patria Hispana, padece la mayor amenaza a su continuidad como nación, vivida a lo largo de siglos de historia cuestionándose, un día sí y al otro también, si debe perdurar o si debe suicidarse.

La amenaza, más que evidente, de segregación de Cataluña, no obtiene respuesta alguna por parte del gobierno de Madrid que prefiere mirar hacia otro lado, esperando que los problemas se resuelvan por ciencia infusa.

En las Vascongadas, la presencia de diecinueve diputados proetarras en el Parlamento vasco, supone un insulto a la verdad, a la justicia y a la “memoria histórica” de todos los españoles.

La pérdida de la soberanía económica en favor de las instituciones europeas, la islamización fundamentalista y constante de nuestra sociedad y la ausencia de todo sentido patriótico entre los españoles (muy especialmente entre los españoles más jóvenes), son la guinda de este pastel con el que pretendemos celebrar lo que, en toda Hispanoamérica, se denomina como el Día de la Raza.

¿Qué ha pasado para que los españoles hayamos perdido nuestra “idea nacional”?
La respuesta es compleja y extensa y no debe ser despachada en un par de párrafos que, acaso, no sean el objeto de este artículo. A pesar de ello, algo debemos reflexionar al respecto: ¿cómo se redactó la Constitución Española de 1978?, ¿por qué se dio cabida al término nacionalidades históricas?, ¿por qué se cedió a las autonomías las competencias en materia de educación, una asignatura básica para el mantenimiento y fortalecimiento de la “idea nacional”?, ¿qué ejemplo ha dado la monarquía (tal y como manda el ordenamiento constitucional), como símbolo de la indisoluble unidad de la patria?, ¿qué valores, como sociedad, hemos ido perdiendo por el camino?, ¿qué falta de sensibilidad han tenido los diferentes gobiernos de España para con sus diferentes regiones?, ¿qué afrentas se han cometido desde Madrid contra el sentimiento de catalanes, vascos, valencianos o gallegos? Cuando los españoles colonizamos América existía una rebosante “idea nacional”, un marcado orgullo en la propia identidad que permitió la fusión frente a la absorción, la sanísima contaminación, el mestizaje de razas y culturas sin reservas hacia lo que venía del otro, hacia lo autóctono, en contraposición con lo que hicieron otros países que, como los Estados Unidos, sencillamente exterminaron al indio. España supo ser fundadora antes que conquistadora porque estaba orgullosa de sí misma y ese sentimiento de diferencia, “el sentido hispánico” que como explica el filósofo argentino Alberto Buela, fue: “la diferencia que funda la igualdad, a la inversa que el sentido moderno, en donde la igualdad elimina la diferencia en busca de la nivelación, lo que produce el extrañamiento de sí mismo y del otro. De allí a la muerte del hombre, sólo resta un corto trecho”. Ese “sentido hispánico” que dio origen al nacimiento de un nuevo mundo no provenía de la soberbia, los españoles no se creyeron nunca un pueblo superior sino que lo que entendían como superior era su misión y su credo, un ideal supremo que, además, lideraba de manera oronda la monarquía. Un ideal que se basó en la fe católica y en su afán de difusión por el haz de la tierra.

Pero España fue perdiendo su “idea nacional”, “el sentido hispánico”, sus propios valores como nación. Se esfumó la fe y se impuso el relativismo, la falsa modernidad y el igualitarismo que no era otra cosa que la construcción de un nuevo totalitarismo de orden mundialista. A la pérdida de un sentido trascendente de la vida le siguió la indiferencia, la ausencia de una misión colectiva, la merma de todo ideal supremo. Monarcas egoístas, políticos corruptos e intelectuales mediocres convirtieron a la gran España en una institución desnaturalizada y carente de cualquier propósito colectivo.

Habiendo abandonado la “idea nacional”, nada queda ya de esa Hispanidad, de ese “sentido hispánico” empíreo y solidario.

Igual que Judas vendió a Jesucristo por treinta monedas, España vendió Filipinas a los Estados Unidos por un puñado de dólares. Los pueblos de América se impregnaron de la misma mierda que les llegaba desde España: políticos corruptos, una nueva oligarquía reaccionaria, terratenientes y toda una casta de vividores a costa del sufrimiento ajeno. Las naciones de América, ricas en su momento, fueron estableciéndose en la pobreza y en la pereza de cambio, en la falta de ideales capaces de transformar sus injustas estructuras sociales. Murió el Imperio Español porque España no supo ser ejemplo, ni madre, ni tan siquiera hermana, porque España se comportó como madrastra que ignora a unos hijos a quienes ni si quiera reconoce como propios e incluso de los que llega a avergonzarse. América se descompuso en una veintena de repúblicas de opereta, de abusos y desigualdades a imagen y semejanza de la corrupción y la insolidaridad exportada desde la península Ibérica. Y cuando América comenzó a despertar, España no estaba como para sumarse a nada ni a nadie: la Revolución cubana (sin la cual resulta imposible entender hoy en día la realidad de Hispanoamérica), el justicialismo argentino, la Revolución Sandinista, Chile, la Teología de la Liberación, México, El Salvador, Honduras, Guatemala, la Revolución Bolivariana… España ha permanecido al margen y eso cuando no se ha puesto de parte de los tiranos. Por perder, España ha perdido hasta el término Hispanoamérica para dar paso al vocablo “latinoamérica”, una cursilada, estúpida desde un punto de vista intelectual y malintencionada desde su propio nacimiento.

Hace ochenta años afirmaba Ramiro de Maeztu: “Es evidente que todos nuestros males se reducen a uno sólo: la pérdida de nuestra idea nacional. A falta de ideal colectivo, nos contentamos con vivir como podemos. Y así se nos encoge la existencia, al punto de que han dejado de influir nuestros pueblos en la marcha del mundo”.

España va a la deriva, carece de rumbo y de objetivo. España no es capaz, si quiera, de administrarse de una manera justa. España no está para liderar a nadie, ni siquiera posee el coraje necesario para liderarse a sí misma.

El 12 de Octubre y la identidad nacional
HENRY KAMEN El Mundo 12 Octubre 2016

Un pequeño grupo separatista catalán conocido como CUP ha intentado recientemente crear tanto revuelo como es posible con el fin de atraer la atención del público. Ha expresado su deseo de demoler la famosa estatua de Colón en Barcelona, y declarar laborable el Día de la Hispanidad, propuestas que se han recibido con irritación y risa en la prensa. Las propuestas -cualquiera que sea su motivación-, no han dejado de recibir algunos apoyos en los círculos políticos. Una iniciativa presentada por la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, para rebautizar a la plaza de la Hispanidad con un nombre diferente ha añadido todavía más leña a la presente polémica sobre cuestiones relacionadas con la fecha del descubrimiento de América.

El problema es que la palabra Hispanidad provoca reacciones que se basan por regla general en una confusión sobre lo que significa históricamente. En Cataluña, las entidades constitucionalistas emplean el Día de la Hispanidad, 12 de octubre, para expresar un rechazo público al nacionalismo. El vicepresidente de una entidad centrista, Sociedad Civil Catalana, ha explicado este mes que la intención de su grupo es celebrar "con normalidad esta fiesta como querríamos que se hiciese en toda España", ya que "la Fiesta de la Hispanidad es la de toda España". Por desgracia, esta identificación de Hispanidad con España tiene pocas raíces en la experiencia histórica de España, y es la razón por la cual muchos españoles (entre ellos, algunos catalanes) están descontentos con la palabra. El concepto de la Hispanidad fue inventado no para España, sino para América Latina, y siempre sin lugar a dudas tuvo connotaciones imperialistas.

En 1892, en Madrid, el régimen de Cánovas del Castillo se enteró de que Estados Unidos estaba tomando medidas para celebrar el cuarto centenario del 12 de octubre, fecha generalmente aceptada del Descubrimiento de América. Los españoles se apresuraron a imitar a Estados Unidos para incrementar su propia influencia entre las naciones de Latinoamérica, que eran ahora independientes. Cánovas presentó la idea de que todas las naciones de origen hispánico debían adoptar esa fecha como día festivo en común. Esta iniciativa no tuvo acogida. Sin embargo, cuando el resto del imperio español desapareció en 1898 -después de la derrota militar frente a Estados Unidos-, muchas de las naciones latinoamericanas comenzaron a darse cuenta de la amenaza que el imperialismo de Washington representaba para sus intereses.

Un nuevo mito empezó entonces a nacer. Lógicamente, el mito se retrotrajo a la gloria de 1492. Escritores latinoamericanos como Rodó y Rubén Darío expresaron su indignación ante el expansionismo de los Estados Unidos y abrazaron la causa y la cultura del país al que una vez se habían opuesto: la España imperial. En 1910, en un banquete en Montevideo, Rodó habló a favor del "sacro sentimiento de la raza que unía a los españoles y a los hispanoamericanos". Sin embargo, para esa fecha, el 12 de octubre ya se había convertido en un día festivo estadounidense ampliamente difundido, celebrado no por españoles sino por los italianos, para recordar al descubridor genovés Cristóbal Colón. En Estados Unidos, la fiesta continúa dedicada a celebrar la herencia italiana-estadounidense, y se celebra todos los años el segundo lunes de octubre.

El papel de España en la historia del Descubrimiento había caído en el olvido. Como respuesta, en 1912, un grupo de españoles en Cádiz durante las celebraciones del centenario de las Cortes de Cádiz, propuso que el 12 de octubre fuera declarado un día festivo de alcance nacional. En esas mismas semanas, la República Dominicana adoptó la versión estadounidense de la festividad y comenzó a celebrarla con el nombre estadounidense de Día de Colón. A partir de 1913, México y otras naciones también adoptaron este día festivo pero en una forma diferente, y lo llamaron Día de la Raza.

Cada nación latinoamericana tenía razones específicas para celebrar el Día de la Raza, pero para España no podía haber ninguna duda de lo que ese día conmemoraba: la gloria de la raza hispánica. Por fin, aproximadamente a partir de 1919, la fecha comenzó a celebrarse con ese nombre en España. Y, antes de que pasara una década, sectores conservadores comenzaron a maniobrar para cambiar el nombre por Día de la Hispanidad, para conmemorar específicamente la contribución que España supuestamente hizo a la civilización del Nuevo Mundo descubierto por Colón. El principal promotor de este cambio fue el escritor Ramiro de Maeztu, con su obra clave, Defensa de la Hispanidad (1934). En la década siguiente, escritores empleaban el concepto de "Hispanidad" para exagerar la contribución hecha por españoles a la evolución del continente de América. Hispanidad no significaba exactamente una afirmación del carácter de España, sino mas bien una vindicación de España frente a la América colonial. Esto se observa en el decreto de la fundación de la fiesta (1958), donde el texto habla de "la enorme trascendencia que el 12 de octubre significa para España y todos los pueblos de América hispana".

Tanto el mito de la Hispanidad como el Día de la Raza cambiaron de nombre cuando España pasó de su fase autoritaria a su fase democrática. Se desechó el término raza porque recordaba ideologías políticas específicas. Finalmente, en 1981 un real decreto estableció la fecha como Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad, pero la frase "Día de la Hispanidad", empleada formalmente desde 1958, desapareció por decreto en 1987. La visión del imperio también recibió un nuevo lavado de cara, y el énfasis en las hazañas del siglo XVI se enfocó más en la cultura y el idioma que en el chovinismo nacional. En 1991 se fundó el Instituto Cervantes con el objetivo de fomentar la divulgación de la cultura española. El símbolo utilizado por el Instituto, uno que había sido central para la ideología imperialista durante el siglo XX, fue la figura de Don Quijote, cuya valiente lucha contra los molinos de viento representaba, en cierto grado, el intento de España por luchar contra los fantasmas de su pasado y resurgir en una época postimperial más tranquila.

¿Y qué pensaban los catalanes? Vemos claramente que gracias a la obsesión con América Latina, en ningún momento el concepto de Hispanidad contenía indicios de agresión contra Cataluña. Es absurdo, por tanto, que nacionalistas peninsulares lo insinúen, e igualmente absurdo que antinacionalistas apoyen un concepto que poco tenía con vindicar la unidad política de España. El 12 de octubre veremos grupos de activistas ocupando espacios por toda Barcelona, gritando y proclamándose enemigos o defensores de la Hispanidad, pero ya que la Hispanidad fue un producto político de su tiempo, tanto castellanos como catalanes podrían tener motivos sólidos para dudar de la utilidad del concepto. Ningún otro país europeo tiene un día festivo que proclama sus propias virtudes nacionales: no hay días de fiesta de britanicidad o de galicidad. De hecho, lo cierto es que cuando el Real Decreto de 1981 creó el "Día de la Hispanidad", sus autores no tenían la más mínima idea de lo que Hispanidad significaba.

El Estado español es probablemente único en Europa a la hora de celebrar una fiesta nacional que está estrechamente identificada con su herencia colonial, en lugar de conmemorar acontecimientos del propio país. Esa es la naturaleza triste de los mitos: nos acoplan a conceptos que tienen escaso significado, y al final se espera que la gente realmente tenga la obligación de vivir e incluso de morir por ellos.

Henry Kamen es historiador británico.

La Fiesta, La Escopeta Nacional y Don Dinero
Marcello Republica 12 Octubre 2016

Menuda Fiesta Nacional tenemos hoy encima con un gobierno en funciones, el PSOE roto y el PP sentado en los tribunales de la corrupción donde están cantando por soleares algunos implicados, como empieza a cantar Francisco Granados desde su jaula reconociendo que aquel maletín que apareció en casa de su suegro con un millón de euros no era de ‘trabajadores de Ikea’ como declaró su pariente sin pudor si no un dinero suyo traído de Suiza. Con lo que acaba el desvergonzado discurso que esta rana cantora de Esperanza Aguirre exhibía diciendo no saber por qué estaba en la cárcel.

Bueno, ahora ya lo sabe pero la rana tiene que cantar más porque sabe mucho, como mucho saben los grandes magnates bancarios de las tarjetas black a los que se les empieza a poner cara de chivos expiatorios a medida que les crece la nariz, o el hocico, de mentirosos ante las revelaciones de testigos de cargo como el ex consejero delegado de Bankia Javier Verdú, el único que no aceptó el ‘plástico negro’ y le advirtió a Rato de la ilegalidad de semejante bicoca.

Si Berlanga levantara la cabeza ya tendría las cámaras de cine apostadas a las puertas del Congreso de los Diputados para rodar una nueva entrega de ‘La escopeta nacional’, con la política, la aristocracia, los catalanes, el trinque de la corrupción, las Corinnas reales, los toros, los curas, los tertulianos y demás farándula de este país. El que asombrosamente funciona mejor sin gobierno y que en realidad controla el único poder de ese gran y poderoso caballero que es Don Dinero.

En la España de nuestro tiempo y del eterno Berlanga nunca hubo ni habrá la famosa separación de los ‘poderes del Estado’ de Montesquieu porque el ilustrado barón no murió en España como dijo Alfonso Guerra porque jamas visitó nuestro país, ni sus enseñanzas en ‘El espíritu de las leyes’ figuran por ninguna parte en nuestra Constitución.

En España no hay separación de poderes del Estado. A lo más, solo existe una separación de funciones ejecutivas, legislativas y judiciales en el doble sentido de la palabra ‘función’: de funcionamiento y de función teatral. Sobre todo porque el verdadero y único poder, Don Dinero, utiliza a los políticos, los jueces y los periodistas como actores que entretienen al personal. Malos actores de un tiempo a esta parte, con la sola excepción de Rajoy que es de traca, si los comparamos con los de otro tiempo, González, Pujol y Aznar.

Pero pasados los años duros de la crisis y acabado el bipartidismo camino del fin de Régimen ahora estamos en período de reconstrucción de las que han sido la viejas estructuras de poder de este país, empezando por la crisis del PSOE, pilar fundamental del edificio donde habita Don Dinero y siguiendo por la regeneración y renovación del PP a nada que se descuide Rajoy. Así está diseñada la hoja de ruta española en el día de la Fiesta Nacional en el que ¡por fin! lloverá lo que algo es algo. Y de momento lo mejor que en un día tan poco festivo como éste nos puede pasar.

Barcelona, capital del español
G. Núñez. Madrid. La Razon 12 Octubre 2016

No salió bien parado Don Quijote de su visita a Barcelona. De allí, vencido por el caballero de la Blanca Luna, regresaría a su pueblo para recuperar el juicio y, finalmente, morir. Pero antes de eso, tuvo tiempo para deshacerse en elogios a la Ciudad Condal: «...archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única». (Capítulo LXXII. Segunda Parte). Si hemos de hablar de eso tan manido como es «la diversidad» de España, que para algunos es riqueza y para otros garante de otras pretensiones, no podemos olvidar que, como en tantas otras cosas, todo está en «El Quijote».

Por eso ayer, al hilo del IV Centenario del fallecimiento de Cervantes, y durante el transcurso de la reunión del Patronato del Instituto que lleva su nombre en la también cervantina localidad de Aranjuez, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, propuso que una de las próximas reuniones de dicho patronato se celebre en Barcelona, el lugar que visitó el manco de Lepanto dos o tres veces (que en esto hay controversia) y la única ciudad a la que llevó a su Caballero de la Triste Figura. «Sería, sin duda, el homenaje debido tanto a la letra y al espíritu de Cervantes como a la riqueza cultural que, vivamos donde vivamos, nos une como españoles», señaló el presidente después de que el Rey inaugurara la sesión con estas palabras: «Debemos subrayar la extraodinaria tarea de Cervantes al estrechar las relaciones entre las naciones de lengua española y al tender puentes con países de otras culturas».

Y es que, como dijo Cervantes, «viajar hace al hombre discreto» y su Don Quijote levantó acta de la realidad española (desde La Mancha a Andalucía, de Andalucía a Cataluña) y de los distintos usos, costumbres, dialectos y lenguas. En su visita a Barcelona no deja de testimoniar el uso del catalán: «Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota y con cuatro pistoletes (que en aquella tierra se llaman “pedreñales”)»; «diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen hasta que llegase su capitán»; «¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los “lladres” que su perdición procuran!» (Citas del Capítulo LX. Segunda Parte). Además, el autor se hace eco de personajes populares de su propia época (el bandolero Roque Guinart, sin ir más lejos) o la lucha de poderes locales entre «nyerros» y «cadells». Ante los facinerosos de Guinart, el Quijote se muestra benévolo. Como apuntó el estudioso Martín de Riquer, «aparte de la recreación artística, no deja de ser chocante dibujar con tal simpatía a un grupo social que, además de sus delitos, se suponía que mantenía relaciones con los hugonotes franceses».

Para el secretario general del Instituto Cervantes, Rafael Rodríguez-Ponga, la propuesta de trasladar puntualmente la reunión del Patronato «ha sido muy bien acogida. Es una propuesta muy cervantina, ya que efectivamente el propio Cervantes introduce palabras en catalán en ‘‘El Quijote’’». Aunque la fecha está por determinar, sería a lo largo de 2017, precisamente un año que se prevé complicado por el nuevo órdago soberanista.

- Argentina espera
El encuentro del Patronato en Aranjuez sirvió también para revalidar la apuesta del Cervantes por el vínculo con hispanoamérica. Hace sólo una semana se anunció que el próximo Congreso de la Lengua Española se celebrará en Córdoba (Argentina), que tomará en 2019 el testigo de Puerto Rico (el evento tiene periodicidad trienal). En él, la lengua volverá a ser ideología por la hermandad, pues, como recordó el Rey, «Miguel de Cervantes logró articular un pensamiento universal al servicio de la libertad y aportó a nuestra lengua compartida una riqueza extraordinaria».

Aseguran desde la institución, que cumple 25 años, que goza de buena salud y mantiene una progresión al alza. El español interesa, atrae y «vende» dentro y fuera de nuestras fronteras. Este año se han tramitado 142.794 matrículas. Los candidatos al certificado DELE han subido un 32% en el último curso (90.000 en total), el DELE 2 ha incrementado sus aspirantes en un 255% y los centros de examen crecen en un 5%. Con un total de 5.350 actividades culturales en su extensa red de centros y colaboraciones en 2.605 iniciativas de otras entidades, el Cervantes ha dado un impulso también a la enseñanza virtual. En cuanto a las pruebas de conocimiento para obtener la nacionalidad española, se han presentado 62.114 candidatos de 140 nacionalidades distintas, con una tasa de aprobado del 97%. La institución ha incrementado un 37% sus ingresos ordinarios y su presupuesto inicial para el presente ejercicio sube a 115,36 millones de euros, un 0,4% más que el año pasado.

- «Rellenar huecos»
Entre los retos inmediatos del Cervantes figura la reapertura del centro de Nador y una nueva instalación en El Aiún (Marruecos), además de «rellenar huecos» en Asia, África y Europa. Países como Corea del Sur, por ejemplo, tienen una alta demanda de estudios hispánicos.

No obstante, al igual que otras instituciones del Estado, el Cervantes aguarda la conformación de un nuevo gobierno para que se puedan ejecutar todos los planes. «Estamos trabajando en el cumplimiento de la nueva legislación, en la preparación del Plan Estratégico 2017/2019, en nuevos planteamientos académicos y en la presencia geográfica. Así que estamos haciendo nuestro trabajo, cumplimos con los deberes, pero todo queda supeditado a la formación de Gobierno», señaló a LA RAZÓN Rafael Rodríguez-Ponga. La apertura de nuevos centros, sin ir más lejos, depende del visto bueno del Consejo de Ministros, algo que en la actualidad, al estar en funciones el Gobierno, no es posible. A este respecto, Rodríguez-Ponga reconoce que hay «muchas propuestas» de nuevas instalaciones que su equipo no ha elevado porque «no hay un funcionamiento normal» del Estado.

El 25 cumpleaños de la institución concita, a pesar de todo, los parabienes. «Tenemos ya una experiencia acumulada de mucho tiempo y unos grandes profesionales», asegura el secretario general. Mil trabajadores se reparten por entre las 89 sedes distribuidas por el mundo, además de los 192 centros acreditados. En la red de 60 bibliotecas se custodian 1,3 millones de volúmenes. Se prestan 547.000 libros al año entre los 58.000 socios de la red. Los responsables del Cervantes consideran que, a pesar de la «juventud» de esta institución, cada vez más puede hablarle de tú a colosos como el British Council o la Alliance Français.

Víctor García de la Concha no repetirá
Una de las noticias que ha dejado la reunión del Patronato del Instituto Cervantes en el Palacio de Aranjuez ha sido la confirmación de que Víctor García de la Concha, director de la institución, dejará la entidad en los próximos meses y no volverá a presentarse al cargo. De hecho, García de la Concha (de 82 años) ya anunció que su mandato se limitaría a una sola legislatura. Accedió a la dirección en 2012 y, aunque su etapa al frente debía expirar este año, coincidiendo con la formación del nuevo Gobierno que saliera de las elecciones de diciembre de 2015, el hecho de que no se haya podido conformar dicho gabinete, ha retrasado su salida. Ésta se hará efectiva cuando se pueda conformar un nuevo Consejo de Ministros, encargado de elegir al director del Instituto Cervantes. El propio García de la Concha, que fue también director de la Real Academia de la Lengua entre 1998 y 2010, apuntó algunas ideas de cara a la elección de su sucesor, como que sea un buen conocedor de «la administración complejísima» de esta institución, familiarizado con las «criaturas recién nacidas» del Cervantes, como el Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española (Siele). «Yo no olvidaré al Cervantes, mientras pueda lo ayudaré sin título alguno, porque se coge cariño a las cosas», confesó el actual director. Su secretario general, Rafael Rodríguez-Ponga, consideró «todo un lujo» poder contar con una persona como García de la Concha al frente de un Instituto que, recordaron ambos, ha logrado capear la crisis y evitar el cierre de varios centros amenazados por la coyuntura económica.

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La destrucción del Estado de derecho en España
El Estado de derecho es aquel en que la ley afecta a todos, incluyendo a los gobernantes, cuyas atribuciones deben sujetarse a reglas establecidas.
Pío Moa gaceta.es 12 Octubre 2016

El estado de derecho es aquel en que la ley afecta a todos, incluyendo a los gobernantes, cuyas atribuciones deben sujetarse a reglas establecidas. Normalmente las normas y leyes particulares se articulan en torno a una Constitución votada por mayoría. Realmente ningún estado es plenamente de derecho, por cuanto en la práctica política surgen situaciones a las cuales es difícil aplicar las leyes preexistentes, lo que deja un margen de discrecionalidad; y por otra parte el poder puede realizar, y de hecho es frecuente que realice, acciones o promulgue leyes en conflicto con los principios jurídicos básicos. Además una Constitución puede ser discutida y discutible aunque la haya votado una fuerte mayoría, máxime cuando fue elaborada de forma tan peculiar como la española. Siguiendo con ello, la Constitución española fue votada por una mayoría algo exigua para la trascendencia del documento, que por lo demás muy pocos ciudadanos habían leído o comprendido en sus implicaciones. El caso de la fallida Constitución europea, aceptada en España y rechazada fuera, resultó en verdad descarado. Pero no vamos a entrar ahora en los muchos problemas en torno a estos asuntos. Daremos por adecuada, sin más, la definición habitual.

En España, el Estado de derecho salido de la transición sufrió desde muy pronto, al tomar el gobierno iniciativas que probablemente corresponderían más bien a un referéndum, como la entrada en la OTAN aplicada directamente por el gobierno de Calvo Sotelo. Y embates tan fuertes como la expropiación de Rumasa. Pero me referiré en particular a la política seguida con lo que puede definirse adecuadamente como un grupo de asesinos profesionales por la espalda con pretensiones políticas, es decir, la ETA. Desde muy pronto en la transición se impuso la política, totalmente incompatible con el estado de derecho, de que había que aceptar las pretensiones de los asesinos dándoles una “salida política”, lo que equivalía a legitimar el asesinato como una forma de hacer política. Que casi casi nadie haya reparado en el tremendo desmán o lo haya denunciado, dice mucho de la calidad democrática de nuestros políticos y periodistas. El único que aplicó, aun con fallos, una política adecuada, legal aun con fallos, tratando a los delincuentes como tales, fue Aznar, que consiguió llevar a la ETA “al borde del precipicio”.

En esa situación crítica, el gobierno de Zapatero acudió al rescate del grupo asesino, premiando literalmente su historial de crímenes con relegalización, dinero público, proyección internacional y convirtiéndolo en una potencia política en Vascongadas y Navarra. Esto ha sido un ataque directo y brutal al estado de derecho, a la más elemental norma jurídica y a la estabilidad e integridad de España. Conviene recordar que ETA y PSOE comparten un 80% de ideología. La democracia permite una alternancia en el poder y el cambio de políticas que se revelan nefastas, pero el posterior gobierno de Rajoy ha proseguido la línea ilegal, antidemocrática y antiespañola de Zapatero. A partir de ahí, aunque casi nadie quiera darse cuenta de ello, el estado de derecho se ha convertido en una farsa que está pudriendo la vida política. No voy a extenderme sobre el sistemático incumplimiento de la Constitución en Cataluña y Vascongadas y sobre todo por el gobierno nacional, que al no hacer cumplir la ley tampoco la cumple.

Pondré otro caso en cierto modo más grave. Otra de las hazañas de Zapatero fue la ley de memoria histórica. Esta ley, a pesar de sus enredos retóricos, trata de deslegitimar radicalmente al franquismo, imponiendo una visión de la historia y definiendo como “víctimas” a las personas ejecutadas o perjudicadas por aquel régimen. Ahora bien, en un estado de derecho es completamente inadmisible que se imponga desde el poder una versión particular de la historia, algo propio más bien de tiranías como la cubana o la de Corea del Norte. Y una vez más vemos cómo la masa de los políticos y partidos han aceptado una fechoría de tal calibre que, nuevamente, vuelve precaria la estabilidad del país. Está bien claro que la cultura democrática de nuestros partidos es inexistente, son incapaces de percibir los límites a su actuación, un problema más de corrupción y mucho más grave que la económica. En La guerra civil y los problemas de la democracia he abordado este hecho, la ausencia de un pensamiento democrático en España, tanto en la derecha como en la izquierda. El problema se agrava porque la ley declara “víctimas” a los miles de asesinos, torturadores y chekistas ajusticiados en la posguerra, e implícitamente declara tales a los etarras a partir de 1968, que supuestamente luchaban “por la libertad”. Es indudable que los autores de la ley se identificaban con tales “víctimas”, a las que exaltan como tales al nivel de las inocentes que, dadas las circunstancias, también tuvo que haber. Es decir, ellos mismos se declaran cómplices de tales "víctimas"

El alcance de la ley de memoria histórica va más allá: al deslegitimar al franquismo deslegitima implícitamente la transición, la democracia salida de ella y la monarquía, puesto que las tres proceden directa y esencialmente de aquel régimen. Esto coloca al régimen actual en una posición jurídicamente incierta, que están aprovechando movimientos radicales diversos para socavarlo. También aquí volvemos a comprobar la ausencia de un pensamiento y principios democráticos y de respeto al estado de derecho entre nuestros políticos y partidos.

Un aspecto de esta situación de podredumbre progresiva lo tenemos ahora con una “moda” que parte de Barcelona: el negocio de los “okupas” que se meten en una casa ajena y exigen a los dueños una especie de “indemnización” o chantaje para irse de ella. Como, según una ley absurda, el propietario tendría que perder un año en reclamaciones judiciales para recuperar lo que es suyo, muchos ceden al chantaje: es la ausencia de un estado de derecho en la que un poder autodeslegitimado provoca la indefensión de los ciudadanos. En tales circunstancias, algunos de estos han decidido tomarse la justicia por su mano: han contratado a tipos forzudos para desalojar por la fuerza o la intimidación a los okupas.

Desde luego, es plenamente legítimo que los ciudadanos se tomen la justicia por su mano si los gobernantes no cumplen la exigencia más elemental de protegerlos frente a los delincuentes (algo así pasa con las víctimas de la ETA, desasistidas por los gobiernos): no son los ciudadanos, sino unos gobernantes que de hecho se convierten en cómplices de los delincuentes, los culpables de tales situaciones.

Ahora bien, la dinámica es muy peligrosa: así empezó la mafia siciliana. Ante los continuos robos, los cultivadores de agrios pagaron grupos de protección, que salvaron sus cosechas. Sin embargo esos grupos evolucionaron ampliando su “protección” a todo tipo de negocios y convirtiéndose en unos delincuentes más. En todos estos casos, lo que ha fallado es el estado de derecho, que no solo debe respetar las leyes sino hacerlas cumplir, un deber al que faltan cada vez más sistemáticamente los partidos y gobiernos. De manera inadvertida, como si no pasara nada, España va encaminándose a una situación sin ley efectiva. Como casi nadie quiere darse por enterado, al menos el historiador que conoce precedentes como la II república, debe exponer los hechos, y que cada cual asuma su responsabilidad.

Los ilusos contemporizadores. Un peligro para España
“Conservar enhiestos los castillos en el aire resulta muy costoso” E.Bulwer Lytton
Miguel Massanet diarioalsigloxxi.com 12 Octubre 2016

Es posible que la prudencia, como suele recomendar, quizá con demasiada frecuencia, nuestra vicepresidenta en funciones, señora Sáez de Santamaría, sea una virtud que, normalmente, suele dar sus frutos y evita que, una excesiva ligereza en tomar decisiones, un apresuramiento en ejecutar una determinada acción o en emitir juicios de valor, pueda llevar, en algunas ocasiones, a cometer errores o a lo que, vulgarmente, se conoce como “meter la pata”. No obstante, cuando el aplicar soluciones a problemas que puedan llegar a convertirse en endémicos y que, con el tiempo, puedan irse agravando o, incluso, llegue un momento en el que ya estén tan enraizados y emponzoñados de modo que ya no haya tiempo para solucionarlos con buenas palabras, con reconvenciones circunspectas o por medios pacíficos; entonces, señores, aquella prudencia que hubiera sido recomendable en un momento determinado, se convierte en estupidez, negligencia o, incluso, en algo más grave; si lo que se pudiera haber evitado con una acción más ágil y oportuna, por miedo a sus consecuencias, por mojigatería de quienes tenían la obligación y el deber de cortarlo de raíz, no lo hicieron, pensando que contemporizando, cediendo, suavizando las críticas o evitando enfrentamientos, se evitarían males mayores. Estos, sin duda, pudieran ser los culpables de una actuación dolosa por haber actuado en menoscabo de los intereses del Estado y de sus ciudadanos, cuando no se ha tenido el valor, la decisión, la visión de futuro y la serenidad para enfrentarse con la diligencia requerida a una cuestión que, si se la dejaba incubar, desarrollarse y enraizar, acabaría por desembocar en algún grave perjuicio para la nación.

Por desgracia, ya estamos acostumbrados a que, estos ilusos o, en ocasiones, retorcidos amigos de la contemporización, nos los encontremos en todos los estamentos de la sociedad, desde aquellos que en las tertulias de café abogan para que los poderes públicos traten con guante banco determinadas actitudes revolucionarias para evitar lo que ellos califican como el “victimismo”, algo que los españoles hemos tenido ocasión de contemplar en casos como es el nacionalismo catalán y vasco, hasta en los medios de comunicación como la prensa, TV o radios; donde es frecuente, en las tertulias, entrevistas, confrontaciones etc. encontrarnos con los habituales defensores de la paciencia, la no intervención, el no judicializar ( una palabra últimamente muy usada), el “dialogar”, la no participación de las fuerzas del orden y, en el peor de los casos, si no quedara más remedio que su intervención se produjera con porras de seda y balas de algodón, no fuera que aquellos que se orinan en las botas de la policía o les tiren adoquines, cocteles molotoff o quemen contenedores, pudieran sufrir algún arañazo que, como todos sabemos, será inmediatamente filmado, para la posteridad, por algún fotógrafo que está a la espera de que “la policía se sobrepase en el cumplimiento de su deber”, para luego publicarlo con todos los pelos y señales en los periódicos y TV, para denunciar “la actitud brutal de las fuerzas del orden”.

Lo peor de todo es cuando, estos “apaciguadores”, se instalan en el Gobierno o en aquellas instituciones, como son la magistratura, la fiscalía o cualquier órgano relacionado con la seguridad del Estado. Y aquí es donde, precisamente, nos aprieta el zapato a los españoles y, muy en particular, a los que estamos residiendo en territorios en los que algunos quisieron inventarse una historia, por supuesto apócrifa, de supuestos reyes, de imaginarios derechos ancestrales y de no menos importantes y diferenciadoras especificaciones somáticas que, según ellos, los sitúan por encima del resto de los españoles de otras regiones. “Dejémoslos y no intervengamos porque si lo hacemos los convertiremos en víctimas ante el resto de la población catalana” o “No se preocupen que, si no intervenimos, esta tendencia nacionalista se apagará tal y como ha aparecido” o “Si aplicáramos lo establecido en el artículo 155 de la Constitución nos expondríamos a que tuviéramos problemas de orden público, es mejor intentar dialogar con ellos”, estas o similares expresiones, los ciudadanos de a pie las hemos escuchado cientos de veces, desde que el señor Mas lanzó su gran desafío al Estado español cuando, derrotado en las municipales y autonómicas y desesperado para salvarse de aquella debacle, decidió lanzarse al abismo de la inconsciencia y del despropósito, amenazando con la escisión de Cataluña del resto del Estado español.

Se salvó y junto a él empezó a tomar forma lo que, debido a la falta de reacción del Gobierno y de la judicatura, ha ido tomando forma, aumentando, consiguiendo nuevos militantes y convirtiéndose en un tumor nacionalista que, en estos momentos y gracias a la debilidad del Estado, empeñado en discusiones bizantinas sobre si debe existir un bipartidismo o si, a cambio, deberemos sumergirnos en el reino de las izquierdas, ayudados por partidos como Podemos y toda la colección de formaciones extremistas dispuestas a acabar con lo que ha sido España, con su historia, con su bienestar y sus posibilidades de progreso; para llevarnos a lo que, en 1936, no fueron capaces de conseguir, o sea, a un sistema de gobierno al estilo del comunismo bolivariano o, lo que es lo mismo, a imagen y semejanza del bolchevismo del pasado Siglo XX en la URRS.

Que haya quien, en las redes, se manifieste en favor de que, un niño que padece cáncer, se muera por querer ser torero o quien amenace de muerte a uno que tiene ideas diferentes a las propias o que, por ser partidario o jugador de un equipo determinado, se le insulte y se le degrade; parece que ya no nos preocupa, que se debe tener paciencia, no actuar, dejarlo pasar no fuera que, si lo llegaran a procesar, este sujeto se hiciese popular e intentaría explotarlo. Ocurrió en tiempos de la ETA, cuando había quienes pensaban que debía cederse ante ellos, que se debía abrir camino para darles lo que solicitaban, que entendían que era una cuestión política y no una banda de rufianes armados que era necesario dialogar con ellos.

Hoy todavía los hay que, con su “buenismo”, piensan que se le debería haber facilitado a un etarra, como Otegui, el escalar al parlamento vasco, olvidándose de su pasado en la kale borroca y en Herri Batasuna. Un país sin código penal y sin cárceles para aquellos que no aceptan las reglas de la convivencia, las normas del respeto mutuo, los valores democráticos (algunos, como ocurre en Cataluña, pretenden hacerse una democracia a su imagen y semejanza, olvidándose que están inmersos en un país democrático, que está regido por una Constitución aprobada por todos, también por los catalanes y que, en consecuencia, no cabe que una parte díscola decida, en minoría, excluirse y formar una nación aparte) sería un país ingobernable, un caos, una mera entelequia del absurdo y, evidentemente, un país condenado al fracaso y la desintegración.

Lo que ocurre, con estos contemporizadores, es que pretenden nadar entre dos aguas, poner una vela a Dios y otra al Diablo, para que así nunca les pille el toro, sea quien fuere que llegara a ocupar el poder. En el fondo son sacos vacíos, débiles y volubles que siempre ven el lado pesimista de las cosas y que le temen a todo lo que signifique energía, decisión, valentía y audacia, sin cuyas virtudes un gobernante no tiene la menor posibilidad de mantenerse en el poder y, mucho menos, de sacar adelante al país. Periodistas, presentadores, articulistas, comentaristas etc. han contribuido a que, durante años, se haya tenido una actitud excesivamente generosa con aquellos cuya finalidad no ha sido otra que la de boicotear el Estado de Derecho; se haya permitido, por miedo a ser masacrado por los medios de comunicación, que los nacionalismos, especialmente el catalán, hayan progresado a una velocidad que era impensable hace apenas unos pocos años. Gobernantes pendientes de sus votos, autoridades apoltronadas en sus rutinas, políticos en busca de notoriedad, y ciudadanos mal informados, peor instruidos y utilizados para nutrir la causa independentista, son los que, en conjunto, como un totum revolutum, han sido los que nos han llevado a esta situación en la que nos encontramos en la actualidad.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, acostumbrados a llamar las cosas por su nombre, a no arrugarnos cuando tenemos que emitir una opinión y seguros de que España está en una situación, quizá la más comprometida en mucho tiempo, tenemos que abominar de todos aquellos que por su flojera, su miedo a definirse, su empeño en no afrontar los temas de cara o su tendencia a intentar acudir a medios poco efectivos para resolver cuestiones que, en modo alguno, pueden dejarse en barbecho, cuando, en muchos casos, esto es lo que pretenden aquellos a los que, permitiendo que ganen tiempo, se les ayuda a conseguir sus objetivos. Y cuando, estos objetivos, consisten en romper la unidad de España, entonces, señores, ya no se trata de unos insensatos ilusos, sino de unos traidores secesionistas.

Ofensiva internacional de la Generalitat contra la justicia española
José Oneto Republica 12 Octubre 2016

Cuando parecía que el contencioso catalán había desaparecido prácticamente de la Agenda política, entre la moción de confianza presentada por el presidente Puigdemont con la que ha ganado tiempo para superar la crisis interna de su Gobierno, gracias al apoyo de la CUP (Candidatura de Unidad Popular), y los distintas reacciones de los Tribunales a decisiones unilaterales y al margen de la legalidad por parte de la Generalitat y de sus representantes, la agenda catalana, en vísperas de la investidura de Mariano Rajoy, que se celebrara entre el 28 y el 30 de este mes de Octubre, ha vuelto al primer plano de actualidad. Una actualidad que este martes pasa por la Ofensiva internacional del Govern catalán para denunciar ante la ONU y el Consejo de Europa de lo que llaman “persecución a los representantes electos que apoyaron la Resolución del Parlament de Catalunya en la que se declaraba solemnemente el inicio del proceso de creación de un Estado catalán en forma de República”.

Esta ofensiva internacional responde a actuaciones, durante las últimas semanas, de los o´rganos judiciales que comenzaron actuando con la petición de la Fiscali´a Superior de Catalun~a de 10 an~os de inhabilitacio´n para Artur Mas y nueve para la exvicepresidenta Joana Ortega y la exasesora Irene Rigau, por desobediencia y prevaricación, en el proceso abierto sobre la consulta del 9 de noviembre, y en principio han terminado con la remisio´n del Tribunal Constitucional a la Fiscali´a del Estado, del procedimiento abierto contra la presidenta del Parlament Carme Forcadell por haber hecho votar las conclusiones de la comisión sobre el “proceso constituyente” y de Francesc Homs por dos delitos, desobediencia y prevaricación, por la consulta soberanista de 9 de noviembre de 2014 en Cataluña. En medio, la sentencia del Tribunal Constitucional que anula parte de la Ley catalana sobre la Paridad entre mujeres y hombres, así´ como otras 34 leyes catalanas ya impugnadas en los últimos siete an~os, quince de las cuales de naturaleza social.

La respuesta del Parlament a esa actuación de los Tribunales para que se cumpliese lo establecido en las leyes, llegaba con la aprobación´n de la propuesta de un Referéndum unilateral, con el consentimiento o no del Estado, a celebrarse no ma´s tarde de septiembre de 2017, a petición de los independentistas y con la abstención de la confluencia de izquierda Catalunya Si´ Que Es Pot. El proceso podri´a afectar pro´ximamente incluso a los toros, ya que se espera, en pocos días, la sentencia del Constitucional, sobre el recurso presentado por el Partido Popular, de la ley aprobada por el Parlamento e impulsada por una Ley de Iniciativa Popular, que prohi´be la celebración de las corridas en Catalun~a.

Empeñado en la celebración del Referéndum el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont
se presentó el lunes en Madrid para negociar con el Gobierno, una consulta sobre la independencia de Cataluña, consulta muy difícil de encuadrar dentro de la Constitución española. El Presidente de la Generalitat que consiguió el apoyo de Pablo Iglesias no sólo para esa consulta, sino también, para oponerse a cualquier suplicatorio que los Tribunales pidan contra Homs, quiso dejar claro en Madrid, que las prioridad de los catalanes es “llegar a un acuerdo con el Estado para el Referéndum. El independentismo existe aunque gires la cabeza y hagas como que no lo ves”.

Pero quizás lo más sorprendente sea esa ofensiva internacional invocando la intervención del Alto Comisionado de la ONU para los derechos Humanos y el Comisionado de la ONU del Consejo de Europa en la que en una carta, de la que informa La Vanguardia, se da cuenta del “carácter antidemocrático vigente de las instituciones judiciales españolas y la vulneración evidente de los derechos fundamentales y políticos de los catalanes mediante la persecución de los cargos electos”.

También se comunica, la resolución de la comisión de Justicia del Parlament en la que se “reprueba el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, por la circular con la que da instrucciones de persecución de los cargos electos catalanes”, al tiempo que “lamenta la voluntad de instrumentalización política de los órganos jurisdiccionales por parte del Gobierno del Estado, con la intención de vulnerar los derechos fundamentales y políticos de los cargos electos catalanes”. Una situación que, a tenor del Parlament, “impide que cumplan el mandato recibido de la ciudadanía” y así se lo expresan a los responsables internacionales.

 


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