AGLI Recortes de Prensa   Domingo 27 Noviembre  2016

El tamaño del Estado
Alejo Vidal-Quadras  vozpopuli.com 27 Noviembre 2016

Uno de los puntos más llamativos en los programas de los dos aspirantes de centro-derecha a la candidatura a la Presidencia de la República Francesa es la supresión a lo largo del próximo quinquenio 2017-2021 de un número sustancial de empleos públicos. La propuesta de François Fillon es reducir la abultada nómina de las Administraciones galas en 500000 puestos, lo que equivale al 10% del volumen de personal actual. Alain Juppé, más prudente, evalúa la disminución recomendable en 250-300000 empleos, la mitad de lo que pretende su competidor. Esta medida, en un país que idolatra el Estado desde que el cardenal Richelieu pusiera en el siglo XVII las bases de un Gobierno centralizado y de una nación política, jurídica y culturalmente homogénea regida desde Paris, ha causado una polémica muy viva y ha cubierto a Fillon de acusaciones de “ultraliberal”, cuando no de calificativos peores que no reproduzco por no herir sensibilidades. Una redimensión a la baja de este nivel representaría un ahorro de unos 25000 millones de euros sólo en sueldos y cotizaciones, que una vez añadidos los restantes gastos que acarrea cada trabajador en el desempeño de sus tareas -consumo de energía, espacio físico, material de oficina, mobiliario, teléfono, desplazamientos…- alcanzaría fácilmente los 30000 millones, cantidad nada despreciable, equivalente a casi el doble del déficit anual de la Seguridad Social española.

Pero los eventuales futuros primeros mandatarios del Hexágono no se han limitado a lanzar estas cifras a voleo, sino que han detallado cómo conseguirían el objetivo fijado cuantificando cada paso y dando un calendario de aplicación. Esencialmente, el proceso consistiría en establecer tasas de reposición inferiores al 100%, tanto a los funcionarios de carrera que se fuesen jubilando como al personal contratado al que se le terminase el período de contratación. También han entrado en el espinoso tema de los sectores a los que se aplicaría la tijera y de la forma de llevar adelante semejante programa respetando la autonomía de las administraciones regional y municipal, así como de otras entidades y organismos que disponen por ley de la capacidad de fijar su propia estructura. Un debate abierto, intenso, técnicamente complejo y políticamente delicado, que ha puesto a la sociedad francesa ante la realidad de un Estado que ha crecido demasiado y que ya no es sostenible. La publicación, por ejemplo, de la evolución del número de empleados públicos a largo de los últimos diez años ha puesto en evidencia que la mayor contribución ha venido de los estratos municipal y regional y no de las instancias centrales. Otra conclusión de los análisis que se han realizado y que la ciudadanía ha podido examinar es que una parte significativa de este crecimiento es de naturaleza “política” y no puede ser atribuido a servicios esenciales como la educación, la sanidad, la defensa o la seguridad.

Si nos vamos ahora a España y comparamos la intensidad y la amplitud de la discusión de un asunto tan crucial en los medios y en las redes en nuestro vecino del Norte con el desinterés con que se ha seguido aquí la labor realizada por la Comisión de Reforma de las Administraciones que, pilotada por la Vicepresidenta del Gobierno, ha intentado a lo largo de la anterior legislatura poner algo de orden en la selva inextricable de nuestra Administración paralela, nos damos cuenta de que la atención de los españoles está por desgracia concentrada en cuestiones banales de nula repercusión en la economía real. También hay que decir que lo único que ha hecho la CORA ha sido eliminar unos pocos entes y fusionar otros cuantos mientras el gasto dedicado al empleo público ha vuelto a superar el existente antes de la crisis.

Cuando sabemos que las pensiones están en inminente peligro, que la I+D+i es precaria, que el paro juvenil sigue, pese a la mejora, en cotas alarmantes, que nuestras fuerzas armadas malviven en la penuria y que la pobreza infantil se sitúa en cifras sonrojantes, no estaría de más que afrontáramos un estudio serio, objetivo, transparente e independiente del tamaño y la eficiencia de nuestro Estado y de las posibilidades de que cumpla sus cometidos de manera más satisfactoria y con un coste inferior al que sufragamos. Pues bien, de eso ningún partido con representación parlamentaria, salvo Ciudadanos con una voz bastante débil, habla ni quiere hablar. Eso sí, todos exigen más recursos, más impuestos y más obligaciones para las arcas públicas.

Si el Estado fuese una empresa regida por los obvios criterios de optimización de recursos, máxima productividad y justificación de cada euro, sería tal el oprobio que caería sobre sus gestores que deberían cruzar la frontera para no volver nunca. Sin embargo, ahí siguen, pontificando y dedicando sus energías a proyectos sin ninguna utilidad como la absurda aventura separatista catalana, que despilfarran el fruto del esfuerzo, el talento y la creatividad de sus votantes. Ojalá la sociedad civil reaccione, adquiera conciencia de este problema fundamental y promueva la clarificación en este terreno que la clase política rehúye irresponsablemente.

Siempre con Cuba, siempre contra los Castro y sus esbirr
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 27 Noviembre 2016

Hace cuarenta años, en un anochecer de Pekín y tras visitar en un helado páramo de las afueras un campo de concentración –de reeducación, decían- para jóvenes disidentes e hijos del régimen que, sospechosos de liberalismo, podían ser reeducados definitivamente contra el paredón esa misma madrugada, me juré no permitirme ni permitir, en la medida de mis posibilidades, que el prestigio sangriento de la revolución, que en nuestra generación había reemplazado al amor a los pobres y al afán redentor del cristianismo, pudiera dejara en el olvido el sufrimiento de sus víctimas.

Lo relativamente pomposo de aquel juramento a solas en la sombría habitación de un hotel que nadie ocupaba desde la marcha de los técnicos de Stalin -lo primero que hizo la alcachofa de la ducha cuando abrí el agua fue caer sobre mi cabeza- se debía al tratamiento que en casi toda la prensa española que en las veinticuatro horas de avión pudimos leer y releer se dio a la entrevista que Íñigo le había hecho en TVE a Soljenitsin el día anterior. Yo había leído ya el primer tomo de Archipiélago Gulag, uno de los libros más importantes del siglo XX. Por eso no me sorprendió cuando dijo que la dictadura franquista, entonces en manos de Arias Navarro, con Cebrián al frente de los informativos de TVE, era una broma al lado de la de la URSS. Y puso un ejemplo: esa tarde, en el Metro de Madrid, había podido hacer fotocopias de un texto suyo, algo que en Rusia, fueran novelas o poemas, se debía hacer a mano y leer en secreto, para luego copiar o quemar.

El odio a las víctimas del terror rojo
Toda la caterva progre saltó contra Soljenitsin y uno de los ídolos de la intelectualidad de entonces, el plúmbeo Juan Benet, dijo en El País que su mera existencia justificaba los campos de concentración. Pero ya en la reseña de la entrevista de todos los diarios de aquel día brillaba el odio a los supervivientes de las cárceles: torturas, violaciones y asesinatos del régimen fundado por Lenin hace 100 años y cien millones de muertos. Ese odio, que han heredado luego las víctimas del terrorismo vasco o catalán, sigue tan vivo como en 1976, en una prensa peor escrita pero tan vil como aquella.

Contra ese odio a las víctimas que son la prueba viviente del fracaso criminal del comunismo he trabajado estos cuarenta años, de 1976 a hoy. Y he tenido el honor de hacerlo junto a los cubanos de la disidencia y el exilio y junto a los ex-comunistas que, conocedores del Mal, dedicaron su vida a combatirlo. Al año siguiente fundé con Javier Rubio y Cardín la revista Diwan donde fueron apareciendo los artículos de 'Lo que queda de España' y empecé a colaborar en el primitivo y liberal diario El País. Allí reinaba José Miguel Ullán, que vacunado también del comunismo, era amigo de Severo Sarduy y Néstor Almendros, y por él me invitó Juancho Armas Marcelo al I Congreso de Escritores de Lengua Española en Las Palmas.

Mi encuentro con Carlos Alberto Montaner
Y allí conocí a un cubano llamado Carlos Alberto Montaner que presentó a la firma de tantísimo escritor una petición a Castro para que dejara salir de Cuba a Heberto Padilla, confinado por los poemas de Fuera del juego. Apoyamos la petición Sánchez Dragó, Juancho Armas y yo. La egregia turba intelectual reaccionó con fruncida indignación, acaudillada por Ariel Dorfman, famoso por cierto drama contra la tortura, salvo que la infligieran los castristas o sus amigos de la Stasi -de Las Palmas volaba a un evento en la Alemania Oriental-. Casi pidió la extradición de Montaner. Reunidos clandestinamente en el lavabo de caballeros, Montaner, Dragó, Armas y yo, pudimos contraatacar, se firmó algo y Montaner siguió aquí.

Desde entonces hemos sido amigos. Por él he conocido a Carlos Rangel y a los liberales hispanos del mundo, con él he conocido a la heroica Cuba anticastrista, y por sus casas y las mías, en Madrid y en Miami, he visto recién salidos de las cárceles castristas, tras largas campañas de Prensa, a escritores disidentes, guajiros rebeldes, místicos católicos, revolucionarios de Sierra Maestra y presos políticos 'plantados' desnudos en su celda, años y años, por negarse a vestir el mismo uniforme de los delincuentes comunes.

He vivido en Miami junto a tres generaciones del exilio, ya cuatro. He visto y he escrito sobre la pena de esa Cuba en guerra por la paz y la libertad. He estado junto a los familiares de las víctimas del barco 23 de Marzo y de los aviadores de Hermanos al rescate, asesinados por los Castro cuando tiraban sobre La Habana octavillas con la Declaración de Derechos Humanos. Y he visto en el Versalles, donde hubiera querido estar ayer, antes de tomar la ropavieja con moros y maduros y el dulce de tres leches, al cómico Roblán, que se disfrazaba de Fidel Castro cada vez que éste mataba a algún compatriota y se paseaba de verde olivo para que los clientes lo insultaran, forma gratuita y patriótica de terapia contra la impunidad de la tiranía. He escrito, en fin, más artículos contra la dictadura castrista y sus secuaces que contra cualquier otra y sólo lamento que, a diferencia de España, la muerte del dictador no deje un país más rico que antes y camino de la libertad, sino más pobre que nunca y convertido en 'resort' de narcoguerrilleros y 'cabaré' de toda la gentuza, progre o carca, atraída por la fotogenia del paredón y el prestigio, apenas inferior al del crimen, del sexo barato, chapero y jinetero.

La miserable reacción de Rajoy
Me avergüenza la miserable reacción del Presidente del Gobierno de España, reciente viudo -y verdugo- de Rita Barberá, que en vez de pedir libertad para Cuba y resarcimiento de lo robado por la tiranía a decenas de miles de españoles, se ha referido al "gran calado" del Monstruo de Birán. Para calado, el del barco 23 de Marzo, el de los sótanos de las infinitas cárceles de la dictadura, el de la pena de los cientos de miles de cubanos cuyas tumbas, con el nombre de pueblo en que nacieron sobre el mármol, yacen al sol de Miami, el de la melancolía habanera en los ojos del poeta Gastón Baquero, al que vi con los Montaner en su asilo madrileño poco antes de morir, el de las cartas de Lezama Lima a su hermana Eloísa, entre las que recuerdo esta línea de la penúltima: "la sábana no llegó".

De estos cuarenta años de febril vida intelectual, de lucha contra el comunismo y sus secuaces, de apoyo a todos los cubanos que han luchado y muerto, luchado y perdido, luchado y resistido, por la libertad de Cuba, el texto que quizás resume mejor lo que pensaba, pienso y defendemos en esta casa sobre la tragedia cubana es éste de noviembre de 1999, al cumplirse los 40 años de la tiranía, publicado en el Nº 4 de La Ilustración Liberal, con las fotografías que mejor resumen ese Reino del terror. Vaya en homenaje a los que, a uno y otro lado de este océano del crimen, ya no pueden leerlo.

Anatomía del terror
Este artículo fue publicado en el número 4 de 'La Ilustración Liberal' en octubre del año 1999.
Carlos Alberto Montaner Libertad Digital 27 Noviembre 2016

Cuba: anatomía del terror
Estas son las fotos de algunas víctimas y de sus adoloridos parientes. Son caras casi anónimas marcadas por el miedo y el dolor. No son, naturalmente, excepciones. Lo excepcional, en este caso, es la calidad y el dramatismo de las fotografías. En cuarenta años de dictadura son miles de cubanos los que han podido posar frente al lente con ese mismo gesto melancólico y la imagen del ser querido preso, desaparecido o torturado en la mano. ¿Por qué el totalitarismo genera tanto sufrimiento? Paradójicamente, porque se empeña en construir ciudadanos felices guiados por el Partido hacia un glorioso destino.

Pero, ¿qué ocurre con los seres humanos que no se sienten héroes revolucionarios, ni hombres nuevos, porque están demasiado fatigados con la tarea de vivir y sacar adelante a una familia en condiciones cada vez más precarias? ¿Qué ocurre, sencillamente, con las personas sensatas que no pueden soportar tanta estulticia y deciden largarse en silencio de ese manicomio, sin reclamar absolutamente nada, salvo la ropa vieja que se llevan puesta, pues hasta los anillos de matrimonio son requisados por la implacable policía política? A esas personas, en las épocas "normales" se les castiga de diversas maneras por su falta de ilusiones. Se les echa de los trabajos, como si hubieran cometido algún delito, y se levanta un inventario de los objetos que poseen en sus viviendas para que no toquen nada de lo que ya le pertenece al pueblo. O se les envía "a la agricultura" -a cortar caña, a cosechar tabaco-, a verdaderos campos de trabajo forzado, donde deberán estar meses y hasta años "ganándose el derecho" a emigrar. Pero eso sólo sucede en tiempos "normales" y felices. En tiempos "anormales", como ocurrió a principios de 1980, durante el llamado "éxodo del Mariel", poco después de que en 72 horas once mil personas buscaran asilo en la Embajada de Perú en La Habana, un fenómeno insólito en la historia de la desesperación humana, o como volvió a ocurrir en los noventa cuando la "crisis de los balseros". En esas tensas circunstancias, cuando el gobierno se sentía en peligro, o cuando Castro sufría lo que interpretaba como una suerte de humillación pública ante una ciudadanía que ostensiblemente rechazaba su liderazgo, era lícito pegarles, insultarlos o escupirlos. Esto le sucedió a Rafael Muiñas -uno entre centenares de casos similares, aunque los hubo mortalmente peores-, un honrado técnico de televisión, que cuando callada y humildemente manifestó su deseo de abandonar el país porque estaba cansado de intentar sin éxito la frankesteiniana ingeniería genética de los hombres nuevos, lo arrodillaron en la acera, frente a su centro de trabajo, le colgaron un cartel al cuello que decía "soy un traidor" y lo obligaron a caminar de rodillas mientras una turba le gritaba, golpeaba y escupía. Años después, cuando repetía su historia, sus ojos todavía se enrojecían de amargura e indignación.

A Muiñas, como les ha ocurrido a millares de cubanos, le habían hecho un "acto de repudio". ¿Qué es eso? Es un brutal motín contra una persona o una familia, organizado a medias por el Partido Comunista y los órganos de Seguridad, para dar la impresión de que las gentes enardecidas les ajustan las cuentas a las "lacras sociales". No es la policía ni es el ejército, es "el pueblo revolucionario" que "espontáneamente" sale a darle su merecido a quien se atreve a ser diferente, a pensar de otra manera o a intentar marcharse porque ya, literalmente, no puede más. ¿Cómo se lleva a cabo el "acto de repudio"? La policía política selecciona a la víctima -un disidente, un periodista incómodo, un intelectual que ha protestado por algo, un simple trabajador que no quiere seguir viviendo en ese maravilloso paraíso-, se convoca a la gente de rompe y rasga del Partido Comunista, y se le explica los alcances de la "operación". Si la víctima es notable pueden utilizar contra ella incluso a los líderes. El acto de repudio contra los hermanos Sebastián y Gustavo Arcos -el prestigioso luchador por los Derechos Humanos, uno de los héroes del "26 de Julio"- fue personalmente dirigido por Roberto Robaina cuando era Secretario General de la Unión de Jóvenes Comunistas. Los actos de repudio pueden limitarse a gritos o insultos soeces, como hicieron durante semanas contra el dirigente católico Dagoberto Valdés y su familia, o puede optarse por que la turba penetre en la casa del "repudiado" y le destroce los pocos muebles que posee. O hasta puede elegirse un tratamiento aún más severo. A María Elena Cruz Varela, la gran poetisa, Premio Nacional de Literatura, la sacaron de su casa por la fuerza, la arrastraron al medio de la calle, la arrodillaron, y la obligaron a comerse los papeles que había escrito mientras gritaban "que le sangre la boca, coño, que le sangre". Y luego la acusaron de escándalo en la vía pública y la condenaron a dos años de cárcel. Más tarde, cuando la protesta internacional cobró ciertas proporciones, una vieja militante del Partido, que ni siquiera había participado en la infamia, apareció ante la prensa culpándose de lo sucedido y explicando que no le fue posible aceptar en silencio las "provocaciones de María Elena Cruz Varela y sus escritos contrarrevolucionarios". Era la voz de la policía política reescribiendo la historia.

¿Para qué llevar a cabo estos bárbaros "actos de repudio" cuando al gobierno, que controla a los legisladores, los tribunales y los medios de comunicación, le sería muy fácil apresar con discreción a la víctima, juzgarla sumariamente, acusada de cualquier cosa, y condenarla a la pena que la policía decida? Porque ese no es el objetivo de los actos de repudio. No sólo se trata de castigar a una persona "descarriada". Se trata de una medida punitiva que tiene un intenso impacto intimidatorio sobre el conjunto de la población. La detención, juicio y encarcelamiento de los disidentes, y la escueta noticia del incidente publicada en Granma, carece del enorme efecto disuasorio que significa para los vecinos de una barriada contemplar la llegada de las turbas castristas, el atropello de la víctima indefensa y la impunidad con que actúan estas fuerzas parapoliciales. Y no es siquiera un invento cubano. Se trata de lo que en el triste argot policiaco de los expertos represores cubanos llaman "la técnica de control de la noche de los cristales rotos". Fue lo que en la década de los treinta hizo Hitler contra los judíos, utilizando para ello a sus feroces "camisas pardas": en una fecha elegida, las turbas nazis fueron a las casas y a los establecimientos comerciales de miles de judíos y los destrozaron ante el terror y la parálisis de toda la sociedad. Los judíos eran las víctimas directas, pero el objetivo real era mucho más amplio: demostrarles a todos los alemanes, a judíos y no judíos, de "quién era la calle" y cómo el grupo de poder podía actuar al margen de la ley. El propósito inmediato, sí, era humillar a los judíos, pero también atemorizar al resto de la sociedad.

No obstante, los actos de repudio no son lo único que el castrismo le debe al nazismo. La policía política cubana, a cuyo diseño y adiestramiento contribuyó sustancialmente la Stasi de Alemania del Este, tomó de los nazis un elemento represor que no existía en los demás países comunistas: los Comités de Defensa de la Revolución. El CDR es la unidad básica de la represión en Cuba. Es una célula de espionaje manejada por el Ministerio del Interior y existen en la Isla, literalmente, varios millares. Hay uno en cada calle, y si no se quiere ser un paria dentro de la sociedad, hay que inscribirse en ellos y participar activamente. Los CDR, además de mantener la "pureza ideológica" de la sociedad mediante el adoctrinamiento de unos ciudadanos obligados a examinar y asimilar los puntos de vista oficiales que adopta el gobierno en todos los órdenes de la existencia, tienen la misión de controlar la vida de todos los ciudadanos. Quiénes viven en una casa, quiénes visitan, qué creencias religiosas sostienen, qué cartas se reciben y de dónde, cómo se expresan con relación a la revolución y a sus líderes, si poseen familiares desafectos o exiliados, o si se trata de revolucionarios ejemplares. Tampoco es inconveniente averiguar quién se acuesta con quién, o cuáles son las preferencias sexuales de los vecinos, o sus hábitos sociales, incluidas las comidas de que se alimentan -muchas de ellas "ilegales", como ocurre con los mariscos o la carne de res-, delatada por las sobras que colocan en los paquetes de basura, porque nunca se sabe cómo los organismos de inteligencia pueden utilizar esa información "sensible".

Ni siquiera se conoce quiénes dentro del CDR son informantes directos de la labor del propio CDR, porque el CDR espía, pero, a su vez, es espiado, cosa que ningún cubano ignora. Eliseo Alberto, el novelista, fue reclutado por la inteligencia para que espiara a su padre, el poeta Eliseo Diego. Y lo hizo, tal como contara en Informe contra mí mismo, un libro desgarrado y desgarrador publicado en España. La mutua desconfianza es uno de los elementos cohesivos de las sociedades totalitarias, y lo primero que la familia les enseña a los niños es a desconfiar y a simular, pues de la habilidad con que la criatura consiga desarrollar esas dos actitudes va a depender sus probabilidades de no chocar con la maquinaria represiva. Al mismo tiempo, ese adiestramiento familiar, esa formación para el cinismo y la mentira como modo de protegerse, contribuye a convencer al niño del carácter invencible del sistema y de la futilidad de tratar de oponérsele. No hay que luchar. Hay que sobrevivir fingiendo. Tampoco hay que comprometerse en la defensa de principios peligrosos. Sacrificarse por los demás, por un pueblo de soplones, es una idiotez. Es muy triste, pero el mismo fenómeno se ha visto en todas las sociedades que han vivido bajo el comunismo: los caracteres forjados en la duplicidad y la mentira suelen expresarse en la conducta insolidaria e indiferente de quien "no cree ni en nada ni en nadie".

¿Cómo es la estructura de este aparato represivo? Cada CDR reporta regularmente a un Comité de Zona, que a su vez lo hace a otro municipal, luego provincial, y, por último, nacional. A partir del Comité de Zona toda la información es recogida por policías profesionales -"oficiales de sector"- que alimentan las insaciables computadoras del Ministerio del Interior. Nadie puede escapar a su lupa. Nadie carece de un expediente político. Nadie está exento de un funcionario que revisa periódicamente la ficha del ciudadano más inofensivo, porque nunca se sabe dónde puede esconderse un enemigo de la patria. Y ese "nadie" incluye a los menores, pues el expediente "acumulativo" comienza en el momento en que el niño es matriculado en la escuela. Ya ahí se anota si sus padres son unos tipos sospechosos de servir al imperialismo o si se trata de valientes soldados de la lucha revolucionaria. Ese "nadie" ni siquiera excluye a los visitantes ilustres, como el asiduo viajero a Cuba, Gabriel García Márquez, que cuenta con un abultadísimo expediente en el que se guardan todos los datos y contactos de sus múltiples estancias en la Isla, y la transcripción de sus conversaciones telefónicas, como revelara un "desertor" del ámbito intelectual, un joven llamado Antonio (Tony) Valle Vallejo, en el que despreocupada y un tanto irresponsablemente se movía el colombiano, ignorando que sus anfitriones lo espiaban y seguían de cerca minuto a minuto.

Fueron estos CDR los organismos que en la década de los sesenta compilaron las listas de los jóvenes que debían ser llevados a campos de trabajo forzado para ser reeducados y para extirparles sus "actitudes antisociales" con el brusco trato de los militares hasta convertirlos en flamantes "hombres nuevos". A esos terribles campos agrícolas, llamados eufemísticamente "Unidades Militares de Ayuda a la Población" (UMAP) -represión dolorosamente explorada por los cineastas Néstor Almendros, Jiménez Leal y Jorge Ulla en los documentales titulados Conducta impropia y Nadie escuchaba-, rodeados de alambradas y controlados a culatazos, donde abundaron los suicidios y las automutilaciones, fueron llevados unos cincuenta mil cubanos acusados por espías sin rostro de ser o parecer homosexuales, de ejercer como católicos, protestantes o -los más castigados- Testigos de Jehová y Adventistas del Séptimo Día. Incluso, los "delitos" podían ser todavía menos transparentes: utilizar ropas "sospechosas", leer libros "raros", o no ser respetuosos con los símbolos de la revolución, como le sucedió al notable cantautor Pablo Milanés, internado en estas prisiones rurales porque los miembros del CDR de su calle decidieron que de algún modo oblicuo sus canciones ocultaban "contrarrevolución, mariconería, o ambas cosas a la vez". Muchos de estos muchachos, como el caso del escritor José Antonio Zarraluqui, jamás supieron por qué habían sido conducidos a los campos de la UMAP, pero los que pasaron por esa tremenda experiencia no olvidan que todo se hizo y todo se experimentó contra ellos: desde enterrar hasta el cuello a un "testigo" para que aprendiera que era mejor renunciar a sus creencias religiosas que soportar las picadas de un hormiguero en su rostro, hasta quebrarle las vértebras a patadas a un homosexual que se negó a que le afeitaran el pelo teñido.

Este organismo represivo, los CDR, más nazifascista que leninista, descansa en dos hipótesis que la historia, lamentablemente, ha conseguido verificar. La primera es que en un Estado totalitario los lazos de complicidad se estrechan y fortalecen si las manos de todos los partidarios están igualmente manchadas de sangre enemiga. Todo el mundo tiene que dar palos. Todo el mundo tiene que reprimir, y ese compartido trabajo sucio se convierte en un oscuro vínculo moral. No es posible, por ejemplo, ser un revolucionario cubano y excluirse de las tareas innobles. No se puede ser revolucionario para apoyar los esfuerzos pedagógicos del régimen, o los que hace en el terreno sanitario, y rechazar los aspectos represivos. Esas filigranas éticas no son permitidas. Se es revolucionario en todas las instancias y con todas sus consecuencias: hay que avalar la vigilancia obsesiva, las delaciones, los "actos de repudio", los paredones de fusilamiento y las crecientes cosechas de presos políticos. Las revoluciones son así, y acaso esta tensión fatal es lo que explica el alto número de suicidas en la jerarquía revolucionaria. En Cuba se han quitado la vida nada menos que el presidente Osvaldo Dorticós, Haydée Santamaría, trágica heroína del Moncada, una cuñada de Raúl Castro, y un largo etcétera que denota los problemas de conciencia que a veces genera la cooperación con los verdugos. Una muy competente científica social formada en Cuba -Mayda Donate-, miembro del PC, cuando escapó al exilio en los noventa se trajo toda una documentación que corroboraba los datos previamente aportados por la socióloga Norma Rojas: el índice de suicidios en Cuba es de los más altos del mundo -tres veces el promedio de América Latina-, pero entre las mujeres es aún peor. En ninguna sociedad del mundo se matan tantas mujeres como en la cubana. Y la segunda hipótesis de los estrategas de la dictadura, es que la permanente vigilancia de los CDR logra, en efecto, inhibir una de las tendencias más peligrosas para cualquier Estado totalitario: el espontáneo surgimiento de instituciones y organizaciones independientes en el seno de la sociedad civil.

En efecto: una de las funciones más importantes del Estado totalitario es disgregar a la sociedad, impedir que las personas se unan para fines no decididos por el gobierno. Mientras las sociedades abiertas se caracterizan por la libre aparición de instituciones creadas por personas que sienten la urgencia de participar e influir en los asuntos comunes, instituciones en las que los demás ciudadanos pueden o no incluirse voluntariamente, los Estados totalitarios tienen como norma rígida el establecimiento de un escaso número de cauces de expresión de la sociedad -llamados por la Constitución "organizaciones de masas"-, todos ellos colocados obligatoriamente bajo el estricto control del aparato rector, donde los ciudadanos se encuentran conminados a participar bajo amenaza de marginación o castigo. Los Estados totalitarios, en suma, crean sociedades estabularias, y cada una de sus organizaciones no son otra cosa que establos en los que congregan a las personas de acuerdo con la edad, el sexo o la profesión para impartirles las correspondientes instrucciones "bajadas" desde el centro del poder. ¿Cuál es ese centro del poder? Sin duda, Fidel Castro, pero hay todo un aparato a su disposición y servicio: el PC y sus diversas instancias regionales y nacionales, incluido el Comité Central, así como un fantasmal parlamento, la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuya función es reunirse setenta y dos horas dos veces al año para refrendar unánimente las medidas tomadas por la administración pública mediante decretos o simples memorandos administrativos. De acuerdo con este diseño, los niños primero son pioneros, luego los inscriben en unas asociaciones estudiantiles creadas para controlar la segunda enseñanza o bachillerato y para ir escogiendo a los que pasarán a la Juventud Comunista. Más tarde, si son suficientemente revolucionarios para acceder a la universidad, los recoge la Federación Estudiantil Universitaria; las señoras se anotan en la Federación de Mujeres Cubanas, y todo el mundo, en su centro de trabajo, forma parte de un sindicato único y obligatorio que no defiende los intereses de los trabajadores sino los del Partido, mientras algunos sectores, como los artistas e intelectuales, que suelen ser creadores aislados, tienen su propia organización cuidadosamente supervisada, naturalmente, por el Estado. Hay otras instituciones, pero ni siquiera vale la pena consignarlas, porque la función de estas estructuras no es darle cauce a la participación activa de los ciudadanos, y mucho menos a sus iniciativas particulares, sino servir como correa de transmisión a las órdenes emanadas desde la cúpula.

El revolucionario que perpetuó la tiranía más icónica del siglo XX
EDITORIAL El Mundo 27 Noviembre 2016

Con la muerte de Fidel Castro se entierra definitivamente el siglo XX. El dictador cubano ha sido una de las figuras políticas más destacadas de esa centuria, sin la que no se puede explicar la Historia mundial reciente. Aunque llevaba alejado de los focos más de una década, como consecuencia de su avanzada edad y no porque quisiera dejar el poder, su sombra era extraordinariamente alargada. Fidel seguía mandando en la isla a través de su hermano, Raúl Castro, quien asumió la Presidencia en 2008. Pero, sobre todo, mantenía el influjo convertido en todo un símbolo, para lo bueno y para lo malo, que no es poco.

Ese icono que aún hoy despierta cierta fascinación en parte de la izquierda internacional, y desde luego en la de Latinoamérica, había devenido en caricatura con el transcurrir del tiempo. Y provocaba lógico rechazo entre los defensores de la democracia y de los derechos humanos por haber perpetuado en Cuba la última dictadura del continente. Porque, por mucho que en torno a Fidel se haya mantenido cierto halo mitificado que le valió ayer panegíricos de algunos mandatarios calificándole de "líder de la dignidad y la justicia social", el dictador cubano hoy merece ser recordado como un autócrata totalitario que, en realidad, traicionó a la Revolución.

Cuando los guerrilleros triunfantes comandados por él entraron en La Habana en enero de 1959, una oleada de entusiasmo se instaló en la isla. No era para menos. Cuba apenas había echado a andar como nación unas décadas antes. Y, en realidad, del dominio español había pasado al neocolonialismo de EEUU sin solución de continuidad. El imperio yanqui controlaba el 60% de la producción azucarera y tenía el monopolio de casi todos los sectores productivos y de los transportes. La dictadura de Batista fue la gota que colmó el vaso. Así, la Revolución desbordó ilusión y enseguida se contagió al resto de América -y del mundo- inspirando a un sinfín de movimientos guerrilleros que de pronto sintieron que era posible plantar cara a Washington y derrocar a los tiranos, aunque paradójicamente Fidel se acabara convirtiendo en uno de ellos. Desde entonces y hasta hoy Cuba ha sido un factor de perpetua discordia en las siempre complicadas relaciones multilaterales en América.

Pero Castro prometió democracia. Repetía sin cesar que el poder era algo instrumental y que lo dejaría en cuanto el pueblo quisiera. Y en sus primeros discursos garantizó libertad sin límites de expresión, de reunión, de prensa...; y prosperidad económica. La realidad fue bien distinta. El castrismo mudó pronto en una dictadura comunista en la que las libertades han sido pisoteadas, ejemplo a la vez de absoluto fracaso económico.

Hoy los cubanos se encuentran entre los ciudadanos más míseros del globo. Y sin derecho siquiera a ser pobres, como se suelen lamentar, ya que en un sistema con una economía hiperplanificada y de precios fijados por el Estado, éste se vanagloria de cubrir las necesidades básicas de la población, por más que su situación sea de miseria en términos de comparación internacionales.

Es innegable que Cuba goza en algunos terrenos sociales, como la sanidad o la educación, de una protección y universalización muy superiores a las del resto de América. Son indicadores de bienestar que en el futuro deben preservarse y en todo caso mejorarse, esperemos que ya en un marco democrático. Pero, junto a ello, el sueldo medio de los cubanos es de 22 dólares al mes y, por poner un ejemplo, un televisor cuesta 16 mensualidades de salario.

El castrismo ha agitado durante décadas la coartada del embargo impuesto por EEUU para justificar el desastre financiero. Aun siendo de justicia con el pueblo cubano que ese embargo se hubiera levantado hace ya mucho tiempo, la realidad es que el sistema socialista de la isla era inviable, como no tardó en demostrarse. La ayuda recibida a lo largo de toda la Guerra Fría por su gran aliado, la URSS, con la que Fidel mantuvo siempre complicadas relaciones, fue la bombona de oxígeno. Más recientemente, el régimen bolivariano venezolano, primero con Chávez y después con Maduro, sustituyó a Moscú en el difícil papel de no dejar que la economía cubana se derrumbara del todo. Pero la caída del precio del crudo en los últimos años, y el colapso venezolano, han tenido su correlato en La Habana. Ante lo insostenible de la situación, el castrismo se ha terminado abriendo a un tímido capitalismo que imita los modelos chino o vietnamita, para atraer inversiones extranjeras a la desesperada, pero sin abrir nada la mano en lo que respecta a democracia y a libertades.

El futuro de la isla
Pero esta reinvención del castrismo no es sino una huida hacia adelante. El inmovilismo político cada vez provoca mayores tensiones internas por más que estemos ante un régimen totalitario en el que el Estado controla todos los resortes de poder y se mantenga el fuerte culto al líder. Y es de esperar que la muerte de Fidel desencadene efectos que acelerarán la inevitable transición en la isla, aunque aún resulte incierto hacia dónde.

Hemos asistido en los últimos meses a episodios históricos que apuntan ya hacia el futuro de la isla. El deshielo diplomático entre Cuba y EEUU es un hecho esperanzador, aunque la normalización de relaciones bilaterales todavía esté lejos. El giro copernicano marcado por Obama ha permitido iniciar una nueva era que, sin embargo, ahora podría frustrarse o al menos ralentizarse con la inminente llegada de Donald Trump. Como ocurre con casi todo, nada se sabe realmente acerca de qué hará el republicano en política exterior.

El importante lobby anticastrista de Miami, exultante ayer, cree que con Trump se volverá a endurecer el tono hacia la isla. Y la mayoría republicana en el Congreso de EEUU no es la más favorable para profundizar en el acercamiento. Pero la inercia histórica empuja hacia la normalización. Y, en este punto, toda la comunidad internacional debe actuar para facilitar una rápida y ordenada transición prodemocrática en la isla.

España tiene que desempeñar un papel mucho más activo del que ha jugado los últimos años, por motivos históricos lógicos. La relación de Fidel con los sucesivos Gobiernos españoles pasó por todas las fases, viviendo su mayor tensión con Aznar en La Moncloa. Rajoy se ciñó ayer a la prudencia y el protocolo obligados al expresar sus condolencias, en claro contraste con las alabanzas que desde IU o Podemos se dirigieron a Fidel. Se puede reconocer la dimensión histórica del personaje sin necesidad de blanquear su dictadura, algo que, sencillamente, produce bochorno.

No hay que olvidar que Fidel ha muerto pero que el castrismo aún permanece. La represión hacia la disidencia ha aumentado en los últimos meses y se calcula que aún hay un centenar de presos políticos. Nadie puede taparse los ojos ante la violación sistemática de los derechos humanos en la isla y, en un día como hoy, cabe recordar el sufrimiento de tantos damnificados por el castrismo durante casi seis décadas. El pueblo cubano, fuertemente polarizado, tiene el mismo derecho que cualquier otro a decidir su futuro, democráticamente. Esperemos que sea más fácil con la nueva página de la Historia que se abre ahora.

Fidel, que Satanás te tenga en su gloria
EDUARDO INDA okdiario 27 Noviembre 2016

Pocos viajes recuerdo tan nítidamente como el que hice a Cuba hace más de tres lustros en el marco de una visita oficial. No hicieron falta ni 24 horas para percatarme de que el que algunos definían como “paraíso comunista” no era sino una auténtica ratonera. Un laberinto en el que, para empezar, la gente mira a proa, babor, estribor y popa antes de soltar la más mínima crítica a un Gobierno que lleva oprimiéndoles desde el 31 de diciembre de 1958. Por eso ayer alucinaba al contemplar TVE y observar cómo el 95% de los testimonios recabados por la corresponsal en La Habana era favorable al tirano. Nada que ver con lo que un servidor experimentó a pie de obra en 1997 y en 2000. Me topé con muchos más anticastristas que castristas. En una proporción de cinco a uno.

Ruina económica, ruina moral y ruina social. En ambas ocasiones paré únicamente en la capital. Una bellísima ciudad que destaca por sus edificios coloniales semiderruidos o derruidos, el sinfín de jineteras en el malecón (muchas de ellas con aspecto de no haber superado la mayoría de edad) y el hambre que pasan unos niños a los que se les marcan las costillas en sus ínfimos cuerpecillos. Las medicinas más elementales brillaban y brillan por su ausencia, no había ni hay pasta de dientes en los supermercados (es un producto de lujo sólo al alcance de la dolarizada nomenclatura), tampoco cuchillas de afeitar, ni algo tan elemental como papel higiénico. Hablo de la Cuba castrista pero bien podría hablar en idénticos términos, sin cambiar una sola coma, de la Venezuela de los amigos y financiadores de Pablemos.

No hay internet, no vaya a ser que a la gente le dé por pensar libremente, los gays son encarcelados por el mero hecho de haber elegido esa opción sexual y los escritores son permanentemente censurados cuando no enchironados. Infinidad de muchachos y muchachas se prostituye para tener dinero con el que adquirir en el mercado negro productos alimenticios esenciales. Por no hablar de los apagones que padecen los vecinos habaneros noche sí, noche también.

Tuve también oportunidad de certificar en persona que eran un cuento chino los mitos exculpatorios que buscó la izquierda europea cuando se supo que su ídolo asesinaba, reprimía y obligaba a sus compatriotas a poner pies en polvorosa en busca de un futuro digno. “Sí, no hay democracia en Cuba, pero la Sanidad y la Educación son de un altísimo nivel”, defendía el argumentario de socialistas y comunistas españoles y demás países comunitarios.

No me lo contaron. Mis ojos vieron la calidad de los hospitales y ambulatorios cubanos. Los centros sanitarios de nuestra dictadura en los años 50 nada tendrían que envidiar a los que visité en La Habana: sucios, desvencijados y con un material oxidado y con pinta de pegarte los siete males si no te quedaba otro remedio que tener que pasar por las manos de un matasanos local. También tuve la fortuna como periodista y la desventura como ser humano de certificar que los colegios cubanos eran centros de lavado de cerebro. Al más puro estilo soviético, chino o norcoreano. Auténtica basura desde el punto de vista ético, moral y educativo.

Tan bueno era mi gato que no cazaba ratones. Excelente, muy excelente o excelentísima debe de ser la Sanidad cubana… pero no para Fidel Castro Ruz. Cuando el presidente vitalicio empezó su declive y estuvo a punto de irse al otro barrio en 2006 llamaron al Cristiano Ronaldo de la cirugía española, el doctor García Sabrido, para que sacara las castañas del fuego. Tres cuartos de lo mismo sucedió cuando otro asesino, Hugo Chávez, acudió a La Habana para tratarse de la enfermedad antesala de la parca que le sobrevino en 2013.

Los números del sátrapa al que ayer lloraban y loaban Iglesias, Carmena, Errejón, Garzón y cía no son precisamente como para sacar pecho o enorgullecerse. Se trata de uno de los mayores asesinos y liberticidas de la historia reciente. Un total de 2.013.155 cubanos tuvieron que exiliarse a Estados Unidos para respirar libertad. Muchos de estos balseros no llegaron a las costas yanquis al hundirse sus frágiles embarcaciones en un trayecto no demasiado largo, 150 kilómetros, pero plagado de tiburones y pasto habitual de huracanes y toda suerte de tormentas tropicales. El Estrecho de la Florida se ha tragado a miles de personas que sólo querían pronunciar ocho letras: “¡LIBERTAD!”.

El comandante al que hoy ensalzan vomitivamente periodistas, políticos y culturetas varios ordenó asesinar a 8.556 disidentes. Tres mil ciento dieciocho de ellos fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento, 2.036 asesinados extrajudicialmente, 1.301 murieron a manos de pistoleros del régimen y 18 perecieron en huelgas de hambre en prisión. El resto simplemente desaparecieron, mejor dicho, los desaparecieron, se suicidaron o se accidentaron.

Las otras estadísticas, las económicas, se resumen en miseria, miseria y más miseria. Toneladas de miseria. La renta per cápita es de 5.712 euros frente a los 28.190 de los españoles, los 50.070 de los estadounidenses o los 13.606 de los venezolanos. De todo esto no escucharán decir nunca ni mu a los Iglesias, Errejón, Carmena, Garzón y demás apóstoles del totalitarismo.

Y a los que mantienen que el castrismo ya no es lo que era hay que puntualizarles y combatirles nuevamente con las estadísticas en la mano: los presidios locales acogen en estos momentos 93 presos políticos, prácticamente la misma cifra que en la Venezuela de esos más amigos de Podemos que son sus jefes bolivarianos. Y lejos de menguar, las detenciones por motivos políticos se han disparado desde que gobierna Raúl Castro, tan dictador y tan asesino como su diabólico hermano. Si en 2010 detuvieron a 2.074 personas por razones políticas, en 2015, cinco años después, les pusieron los grilletes a 8.616.

Datos todos ellos que ignoró un Barack Obama cuya labor en lo económico es tan encomiable como detestable en política internacional. El mundo libre jamás perdonará al presidente demócrata que blanqueara el totalitarismo sanguinario cubano sin una sola concesión a cambio. Ocho meses después de aquel acontecimiento que se visualizó en el viaje de marzo de este año, los cubanos padecen el mismo nivel de persecución política que antes, los derechos humanos continúan siendo una utopía y la pobreza (eso sí que es pobreza, querido Pablete) es más lacerante si cabe que antaño. El inquilino del Despacho Oval ni siquiera tuvo la decencia de exigir la democratización del país y la puesta en libertad de los presos políticos antes de tender la mano a esta monarquía absoluta hereditaria. Conclusión: la dictadura venció por goleada a la democracia y hoy hay más represión que hace una década.

El castrismo es un símbolo de la mentira en que vivimos en una España en la que lo normal es lo anormal, lo anormal lo normal, la realidad una irrealidad y la irrealidad la realidad. La corrección política es la izquierda y el buenismo tiene paralizado, atado de pies y manos, al centroderecha. La pusilanimidad de la España liberal provoca, por ejemplo, que las dictaduras se dividan en buenas y malas. Buenas, por supuesto, las de izquierda; malas, las de derechas, evidentemente. Cuando cualquier demócrata de pro y cualquier individuo decente sabe que no hay dictaduras buenas o menos malas porque son todas malísimas de maldad.

Para muestra de cuanto digo, un botón. Las reacciones han sido de coña. Desde la extrema izquierda al centroderecha, pasando por unos Ciudadanos que han dado una de cal y otra de arena. Mariano Rajoy ha evitado llamarle dictador, le ha catalogado como “una figura de calado histórico”, Margallo ha señalado que “deja una huella muy importante” y Pedro Sánchez ha zanjado el dilema con una obviedad tautológica (es decir, una perogrullada al cubo): “Es el final de una etapa”. Muy propio de él. Ni uno se ha limitado a subrayar lo más elemental: que era un repugnante tirano y asesino, amén del jefe del narcotráfico en la Isla.

Las excepciones que confirman la regla son Esperanza Aguirre y Andrea Levy que han llamado “pan” al pan y “vino” al vino. La veterana política madrileña y la esperanza blanca popular han mandado a freír espárragos el buenismo, el lugar común, la corrección política, el complejo y los mieditos para decir nada más y nada menos que la verdad. El de hoy es, asimismo, momento para recordar a Ángel Carromero, que sabe lo que son las cárceles cubanas porque pasó en ellas casi medio año. Las cubanas… ¡¡¡y también las españolas!!! porque cuando puso pie en territorio español el Gobierno popular no le libró de pasarse otros dos meses en la sombra en la prisión de Segovia y en la Victoria Kent. Su delito: conducir el coche en el que murió el jefe de la disidencia interna, Oswaldo Payá. Sufrieron un accidente de tráfico.

No me resigno ni a la corrección política, ni al buenismo, ni al pensamiento único, ni a que haya dictaduras buenas y malas. Y por eso afirmo bien alto y bien claro que la muerte de Fidel Castro es una buena noticia. Donde mejor están los dictadores es en el hoyo o en el exilio. Los demócratas no recordaremos el black friday del 25 de noviembre como la jornada en que la espichó el asesino sino como un día de fiesta para el mundo libre en general y para los cubanos en particular que comienzan a divisar una miaja de luz al final del interminable túnel. Cada dictador que desaparece amplía el perímetro de la LIBERTAD. Que Satanás guarde en su gloria a este psicópata.

La revolución fracasada
Editorial La Razon 27 Noviembre 2016

Sabemos por experiencia que la muerte de un dictador resuelve una parte importante del problema, pero no todo el problema. La desaparición, a los 90 años de edad, de Fidel Castro era una condición necesaria para que Cuba conquistase un futuro democrático y plenamente libre, pero las dictaduras se sostienen sobre una casta burocrática y estamental, incapaz de reformarse. El «hecho biológico» ha tenido lugar en el momento en el que el régimen castrista daba sus últimas bocanadas, exhausto tras el fracaso de una revolución que ha condenado a los cubanos a la pobreza y que, al final, ha tenido que buscar el acuerdo en el denostado mundo capitalista para subsistir. Castro representaba los restos de las aventuras totalitarias del siglo XX, de un comunismo que ha evidenciado su incapacidad para crear sociedades prósperas, abiertas y libres, pues los hechos han demostrado que sólo la democracia puede traer el bienestar. Tras el desmoronamiento de la Rusia soviética, Cuba quedó como una anomalía histórica que buscaba perpetuarse a toda costa pidiendo un sacrificio más a su pueblo en aras de un comunismo que lo redimiría de la penuria.

Esperar que la Historia juzgue a Castro es concederle una prerrogativa especial: las dictaduras son siempre un retroceso. Él formará parte por derecho propio de la lista de tiranos que han marcado el siglo pasado, su nombre será sin duda recordado en las heroicas crónicas del comunismo y en los anales de Cuba, un país al que ha marcado y que se merece un futuro mejor; pero no estará entre los líderes que han luchado por un mundo libre y mejor. Castro ha sido un liberticida que consideró que la libertad se podía sacrificar en nombre de una sociedad «justa», pero el tiempo ha pasado y los dramas épicos construidos en nombre del marxismo-leninismo, del fascismo o de la más quimérica de las ideologías son solo dramas humanos. Ninguna causa política merece el sufrimiento y la muerte de un sólo inocente. Castro administró hasta sus últimos días en el poder absoluto la represión de sus opositores con el barroquismo de los caudillos latinoamericanos al grito de «¡patria o muerte!» y gracias también a esa complicidad que tan generosamente encontró en una izquierda acomodada y biempensante. En los orígenes de la Revolución está la semilla de un régimen totalitario que pronto renunció a los principios democráticos y a la restauración de la Constitución de 1940, que abolió el dictador Fulgencio Batista –muy inspirada, por cierto, en la española de 1931– y optó por el partido único, siguiendo el modelo comunista más ortodoxo. Como tantas veces han recordado los viejos y generosos revolucionarios cubanos –y luego defenestrados–, Castró liquidó aquellos principios y se puso al servicio de la URSS como un peón más dentro de la Guerra Fría. Para entonces, la Revolución cubana no tenía más objetivo que mantener el hiperliderazgo de Castro, basado en la idea de que el comunismo obligaba al hundimiento económico de Cuba, un país totalmente dependiente de los soviéticos y convertido en un «parque temático» para el ocio revolucionario internacional. De los 47 años que estuvo al mando de Cuba, desde el 1 de enero de 1959 hasta el 31 de julio de 2006, cuando cedió el poder a su hermano Raúl, no ha habido ni un solo cambio en su posición política: ni el bloqueo ni las severas restricciones en los productos de alimentación básicos ni la humillante ola de ciudadanos que se vieron obligados a abandonar la isla en balsas en busca de un futuro mejor le obligaron a rectificar.

La muerte de Fidel Castro despeja definitivamente el futuro, que no puede ser otro que la restitución plena de las libertades democráticas. La agenda del cambio político está marcada por la normalización de las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Cuba, según el acuerdo en el que se empeñó Barack Obama. La Unión Europea debe tener un papel activo y cerrar el tratado de cooperación con la isla que tiene en cartera, algo por lo que España, dado nuestro vínculo histórico, debe velar. Es la hora de la oposición democrática cubana, de forjar su unidad y saber estar a la altura de las circunstancias y encontrar su lugar con el objetivo de fraguar una verdadera reconciliación entre los cubanos. Sabemos también por experiencia que la transición hacia la democracia sólo puede asegurar su éxito si el objetivo final son las libertades públicas.

¿Libertad para qué? La izquierda, Fidel y la religión comunista
La vía cubana al socialismo era incompatible con la libertad. La izquierda lo aceptó como una hipoteca para conquistar el paraíso. Al final no ha habido ni libertad ni paraíso
Carlos Sánchez El Confidencial 27 Noviembre 2016

Dos personajes tan distintos como Keynes y Fernando de los Ríos realizaron en los años 20 sendos viajes iniciáticos a la Rusia soviética. El primero quería conocer de primera mano lo que estaba sucediendo en el nuevo país bolchevique, y fruto de esa impaciencia intelectual viajó en 1925 a la antigua capital de los zares con su esposa, Lidia Lopokova, primera bailarina de los célebres ballets rusos de Serguéi Diáguilev.

Fernando de los Ríos, por su parte, partió hacia Moscú en 1920 con la misma intención. Pero con un objetivo declarado: sopesar la idea de que el Partido Socialista se pudiera integrar en la Tercera Internacional. Fruto de ese viaje nació un extraordinario libro ('Mi viaje a la Rusia sovietista'), publicado un año después, y en cuya dedicatoria se puede leer: ‘Al Partido Socialista Español, con el más profundo respeto’.

Keynes, un economista, y Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho Político, llegaron a la misma conclusión: los nuevos dirigentes bolcheviques habían creado una nueva religión. “En cierto modo”, decía el sabio de Cambridge, “el comunismo no hace más que seguir a otras religiones famosas. Exalta al hombre común y lo convierte en el todo”. Como otras nuevas religiones, continuaba Keynes, “el leninismo obtiene su poder no de la multitud sino de una pequeña minoría de conversos entusiastas, quienes tienen la fuerza de cien indiferentes gracias al fervor y a la intolerancia”.

Fernando de los Ríos, por su parte, hablaba de que la revolución estaba empapada de una “emoción religiosa”. Hasta el punto de que millones de rusos eran capaces de sacrificar su libertad en aras de la dictadura del proletariado. Es muy conocido que cuando Fernando de los Ríos se entrevistó con Lenin, éste le dijo que el periodo de transición hacia el comunismo sería muy largo “cuarenta o cincuenta años”, y a continuación le espetó: “Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de esta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

En Cuba han pasado más de “cuarenta o cincuenta años” desde que el repugnante régimen de Batista (una marioneta de EEUU) fuera liquidado. Pero desde entonces, el nuevo régimen nunca ha encontrado el momento para acabar con el periodo de transición. Es decir, para vivir en libertad.

La revolución y las elecciones
El propio Fidel lo reconoció en La Habana el 9 de abril de 1959, tan solo unos meses después de tomar el poder, y una semana antes de su primer viaje a EEUU ya como líder de la revolución: “Queremos que cuando lleguen las elecciones todo el mundo esté trabajando aquí; que la reforma agraria sea una realidad; que todos los niños tengan escuela; que todas las familias tengan acceso a los hospitales; que todo cubano conozca sus derechos y sus deberes; que todo cubano sepa leer y escribir. ¡Entonces sí podremos tener elecciones democráticas!”.

La izquierda europea, desde un primer momento, entendió que la democracia es un camino largo que no se puede imponer a golpe de “decretos comunistas”, como decía De los Ríos. Y de ahí que la revolución cubana tuviera desde un primer momento el respaldo de la mayoría de los intelectuales que en sus países —salvo en España— disfrutaban y defendían un sistema de libertades imbatible en el mundo. El discurso revolucionario era verdaderamente atractivo en un continente plagado de asonadas militares y de corrupción.

Al fin y al cabo, Cuba representaba el último baluarte contra el imperialismo y la doctrina Monroe, y defender a Castro era lo mismo que defender a los oprimidos, cuando, además, los avances sociales durante los primeros años del castrismo eran más que evidentes en cuestiones como la salud pública o la educación. La Habana era para Latinoamérica, en definitiva, lo que la Comuna de París significó para Europa cien años antes.

Esta visión ciertamente instrumental de la libertad —una herramienta que se utiliza para lograr determinados fines políticos— es la que ha permanecido en el tiempo. Algo que explica que la existencia del régimen cubano la hayan entendido algunos como un tributo que hay que pagar para conquistar el paraíso. Paradójicamente, negando en la isla caribeña lo que en Europa es un clamor.

Muchos de los indignados que denuncian —con razón— prácticas antisindicales en España o la existencia de una ‘ley mordaza’ que merma el sistema de libertades, ven con naturalidad que en un país no se celebren elecciones libres. O que los militares controlen el poder político y hasta la estructura productiva del país. Curioso que en la España franquista se reclamara 'amnistía' y 'libertad' por los demócratas, pero los cubanos —57 años después de la revolución— no tienen derecho a vivir libremente.

Cuba representaba el último baluarte contra el imperialismo. La Habana era para América lo que la Comuna de París significó para Europa cien años antes

Esta contradicción hay que vincularla, sin duda, a una cuestión de mayor enjundia que tiene que ver con esa ‘emoción religiosa’ que está detrás de muchos comportamientos políticos. Y que se produce cuando la política deja de ser el espacio de confrontación de las ideas y se convierte en un fin en sí mismo: lo importante es alcanzar el poder y detentarlo hasta que sea posible. Al fin y al cabo los protagonistas del cambio se sienten el pueblo elegido. Como cuando Lenin se preguntaba libertad para qué. Por eso florece la demagogia y el populismo. Porque al correligionario se le permite todo. Lo importante es la secta, la religión, aunque se pisoteen los derechos humanos.

Más allá de esta consideración, lo relevante es la permanencia en el tiempo de una idea tramposa: la libertad política es un freno a la hora de lograr determinados objetivos. Cuando sucede, justamente, todo lo contrario. Como se ha demostrado en las naciones más avanzadas del planeta, y que lo son, precisamente, porque tienen democracia y libertad. Cuba tenía y tiene derecho a reclamar su soberanía frente a una potencia, EEUU, que ha convertido el embargo en el mejor aliado de los Castro, pero no a costa de los cubanos.

Es inútil realizar un ejercicio de ucronía para intentar reconstruir lo que hubiera sido Cuba si a mediados de los años setenta —y ante el evidente colapso del sistema soviético y el agotamiento del discurso revolucionario— Fidel Castro hubiera dado por cerrado el periodo de transición —esos 40 o 50 años de los que hablaba Lenin— y hubiera democratizado el régimen. Pero sí se puede saber lo que ha pasado. Que cuatro generaciones de cubanos no saben lo que es votar ni vivir en libertad. Tan fácil como esto. Y algunos lo añoran. En fin...

La segunda muerte de Fidel Castro
Siempre me ha parecido que hoy los personajes célebres tienden a morir dos veces, la primera cuando pasan y se vuelven irrelevantes, cuando su muerte física no interrumpe nada que afecte al público.
Carlos Esteban gaceta.es 27 Noviembre 2016

Mientras hay muerte hay esperanza, me enseñó a decir Kiko Méndez. La muerte es el punto débil, el punto oscuro, el punto ciego de las ideologías que, al final, han venido a sustituir a la religión hurtando la transcendencia. La muerte del hombre, de cada hombre; pero también la muerte de todas las cosas, la muerte de las ilusiones, de las ideas, de los proyectos mejor trabados.

La necrológica es un subgénero que ha dado grandes páginas al periodismo, una suerte de biografía urgente que, en una buena pluma, se lee fácil y con agrado. También es una forma de periodismo que me gusta tanto leer como aborrezco hacer, especialmente cuando es la muerte de un muerto, como es el caso de Fidel Castro.

Me interesa más el contraste de dos instantáneas: la del jovencísimo guerrillero de verde oliva y boina que traía consigo a La Habana tantos sueños de liberación y mañanas que cantan, que encarnaba en su propia figura esa "filosofía irresistible de nuestro tiempo", como llamó Sartre al marxismo, y la del anciano y riquísimo dictador nonagenario que muere habiendo convertido su patria en una cárcel a cielo abierto y ha dejado Cuba a su hermano en herencia.

He leído esta mañana en Twitter que con Castro muere el siglo XX, y algo hay de eso. Los noventa años de Fidel representan la pervivencia de una ilusión que ha chocado en sucesivas oleadas contra las rocas de la realidad y que aún tiene más adeptos de lo que uno creería posible. La Revolución Rusa se resolvió en opresión, represión, sangre, miseria y mentiras. Como luego la china, y la coreana, y la vietnamita, y la camboyana, y la somalí, y la etíope, y la cubana. Y aún la vemos colear, con resultados algo menos sangrientos, en Venezuela y Bolivia, escrita entre líneas de tantos discursos en Occidente, desde Syriza a Podemos pasando por el americano Bernie Sanders.

En política, la ilusión es el inevitable prolegómeno de la decepción, y el Fidel nonagenario al que despide con faraónica pompa su hermano ungido es su mejor estampa. En eso quedó todo. Pero en esas rimas misteriosas a que a veces se entrega la historia, ha muerto en el año en que empieza la agonía de todo un marco de ideologías del que el comunismo fue solo la pieza más estridente.

Fidel ha muerto, no como probablemente lo soñaron sus compañeros de Sierra Maestra. Ha muerto la muerte de cualquier sátrapa, con las consignas sonando, primero, a hueco, y luego a sangrante ironía, como las letanías de un feligrés sin fe. Ya no es ideología, es fuerza, pura y dura. Fidel, que ha sobrevivido a tantos enemigos, ha sobrevivido, sobre todo, a su propia leyenda.

7.365 asesinados, 20.000 presos políticos y 2.500.000 exiliados
El régimen castrista tiene un largo historial de ejecuciones, desapariciones, asesinatos extrajudiciales, opresión a la disidencia así como a los periodistas, que tratan de ejercer el derecho fundamental a la libertad de expresión.
E. S. Sieteiglesias. La Razon 27 Noviembre 2016

La vida del comandante Fidel Castro se apagó ayer y fueron muchos los que en diversas partes del mundo celebraron su fallecimiento: enemigos, no le han faltado nunca. El líder de la Revolución ha muerto en su cama y en una Cuba comunista, a pesar de lo que se auguró y conspiró en su contra. Por mucho que se quiera almidonar su figura –por respeto a los familiares del nonagenario–, lo cierto es que Castro gobernó el país caribeño con excesiva mano dura y hay muchas sombras que examinar. En los 57 años que lleva en curso el régimen castrista, han fallecido y desaparecido unas 10.000 personas, la mayoría de ellas ejecutadas o asesinadas extrajudicialmente. «Las cifras son sólo casos documentados, sabemos que en la realidad son muchos, muchos, más», explica a LA RAZÓN María Werlau, directora ejecutiva de Archivo Cuba, un proyecto que se dedica a registrar los crímenes del Gobierno cubano.

De acuerdo a Archivo Cuba, tanto Fidel como su hermano Raúl son responsables de la opresión del pueblo cubano y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos desde el 1 de enero de 1959, pues aunque Fidel lleva apartado de la primera línea política desde 2006 y Raúl fue designado Secretario general del Partido Comunista, los graves abusos han continuado.

Asimismo, la organización cuenta como muertes atribuidas indirectamente al Estado cubano, a los fallecidos durante su huida de la isla en busca de libertad, pero no las ahogadas en el mar. La diáspora cubana cuenta con más de 2,5 millones de personas, la mitad de ellas, viven en la actualidad en el estado de Florida, en EE UU. Archivo Cuba no ha podido documentar todos los ahogamientos con precisión, pero calculan que serían unos 20.000. Según los documentos a los que tuvo acceso este periódico, 7.365 personas han muerto y sólo hay un responsable: el régimen de los Castro. Alrededor de 5.775 personas fueron directamente ejecutadas, la mayoría en pelotones de fusilamiento en los primeros años del triunfo de la Revolución, aunque a lo largo de estas últimas décadas también se han registrado asesinatos deliberados o extrajudiciales por parte de las autoridades cubanas.

Mención especial merecen los muertos dentro de la cárcel, ya sea por huelga de hambre (16) como víctimas de sospechosos homicidios dentro de las prisiones (159) o por la negación de asistencia médica (209).

Es increíble que en un país con una población de 11 millones de habitantes existan 200 cárceles, muchas de ellas de extrema o máxima seguridad. Tras los primeros años de la llegada al poder de Castro, había unos 20.000 presos políticos que expresaron su disconformidad con el comunismo. No sólo lo recordó ayer el disidente Guillermo Fariñas a LA RAZÓN, también el propio Fidel Castro se jactó de ello en 1965. Todo el mundo guarda en la memoria el año 2003, aquella primavera negra en la que 75 cubanos fueron encarcelados y condenados hasta a 28 años de prisión. Tras varias amnistías del Gobierno en busca de acuerdos internacionales, en la actualidad hay entre 50 y 100 presos políticos, dependiendo de la ONG. Las detenciones políticas no se han reducido, al contrario, según varios activistas consultados, desde el deshielo entre EE UU y Cuba, la represión se recrudeció. Así, en 2010 hubo 2.974 arrestos por motivos políticos, pero en 2015 aumentó a 8.616 y en lo que va de año ya son más de 7.800.

Por mucho que al comandante le gustara escribir artículos de opinión en el diario «Granma», la libertad de expresión tampoco es el fuerte de Cuba. Según Reporteros Sin Fronteras (RSF), la isla caribeña es el décimo peor país del mundo para la libertad de prensa (está en el puesto 171, es decir, es aún más pésimo que países como Irán o Arabia Saudí) y es el último país de América Latina. Desde RSF resaltan que «el Gobierno cubano mantiene un completo monopolio de la información y no tolera ninguna voz independiente». Por si esto fuera poco, las retenciones, las breves detenciones y la confiscación del material periodístico siguen siendo el día a día de los reporteros no oficialistas. Sin ir más lejos, en octubre 11 periodistas fueron detenidos por informar (ya no de la dictadura o la represión) sobre los efectos del huracán «Matthew». Aunque suelen soltarlos a las pocas horas o días, aún hay periodistas en las cárceles cubanas.

¿En qué se parecen Mariano Rajoy y François Fillon? En nada
Jesús Cacho  vozpopuli.com 27 Noviembre 2016

Cerca de 8,5 millones de franceses (un 33,8% de cuota de pantalla), siguieron el jueves por la noche el tercer debate televisado (TF1 y France 2) entre François Fillon y Alain Juppé, los dos aspirantes que, descartado Sarkozy, dirimen hoy domingo en segunda vuelta de primarias el nombre del candidato de la derecha gala a la presidencia de la República Francesa en mayo de 2017. A la 1 de la tarde del viernes, un sondeo de Le Figaro en el que habían participado 85.500 personas daba como ganador del mismo a Fillon por un 74%, frente al 26% de Juppé. El cara a cara del jueves no cambió nada. A Fillón, que había obtenido el 44% de los votos en la primera vuelta celebrada el domingo 20, le bastaba con no perder y, tranquilo y seguro de sí mismo, no perdió. Todo apunta, pues, a que él será el candidato de Los Republicanos, el gran partido de la derecha gala, y previsiblemente el próximo presidente de la República a pesar de la amenaza del Frente Nacional (FN). Un acontecimiento de primera magnitud destinado a dejar profunda huella no solo en el país vecino, sino en una UE paralizada por el impacto del Brexit y no digamos ya en España: el programa económico de Fillon camina en dirección opuesta a la mayoría de las medidas que hoy discuten Gobierno y oposición y con las que el Gobierno Rajoy parece dispuesto a tragar gustosamente.

Como dice la famosa canción de Dylan, los tiempos están cambiando también en Francia, el eterno problema de una Europa enferma de estatismo y reacia a cualquier viento de cambio. La apabullante victoria de Fillon contra todo pronóstico del pasado domingo ha emparentado lo ocurrido en el país vecino con esa profunda corriente de fondo que ha derrotado las encuestas en Estados Unidos, en Colombia y en otros lugares. Para la extrema derecha del FN, Fillon es “un ultraliberal globalizador, entregado a las consignas de Bruselas y Berlín”. Para el primer ministro socialista, Manuel Valls, “Francia no necesita soluciones ultraliberales y conservadoras”. Los extremos se tocan. Para muchos franceses, sin embargo, es un político que habla claro, dispuesto a contar a sus compatriotas la dura realidad de la Francia de hoy sin paños calientes. Y que promete soluciones liberales sin miedo a la respuesta de izquierda y sindicatos. “Nos encontramos en una situación cercana a la quiebra” ha repetido hasta la saciedad. “Francia necesita un vuelco, una terapia de choque. No podemos seguir como durante los últimos 20 años; hay que cambiar las cosas”. Es un mensaje que muchos franceses están decididos a comprar.

Para curar al enfermo, el candidato quiere recortar el gasto público (el 57% del PIB, uno de los más altos del mundo, que pretende llevar hasta el 50% en 2022) en 100.000 millones durante el quinquenio, una parte de los cuales servirá para financiar las rebajas fiscales prometidas a hogares y empresas, en un esfuerzo compartido entre Estado, Ayuntamientos y Seguridad Social. Fillon pretende mantener inalterable (“ni un solo euro más”) el gasto durante los próximos 5 años, introduciendo en la Constitución la obligación de los Gobiernos de velar por el equilibrio presupuestario. Se trata, además, de reducir la deuda pública, actualmente en torno al 100% del PIB, al 95% en 2022. Para conseguir ahorrar aquellos 100.000 millones, ha prometido eliminar 500.000 funcionarios (Francia tiene 5,6 millones). ¿Puede la Administración pública funcionar con menos gente?”, se ha preguntado: “Sí”, se ha respondido: “haciéndoles trabajar más”. Aumentando, en efecto, la jornada laboral a 39 horas semanales desde las 35 actuales, y sin coste adicional para el erario. “Creo que los funcionarios, que disfrutan de empleo vitalicio, deben realizar un esfuerzo extra para hacer posible la recuperación del país. No sería de recibo que mientras en el sector privado empresarios y trabajadores negocian un aumento de jornada, los funcionarios continuaran con las 35 horas y reclamando además las 32… Esta no es mi visión de la justicia social ni de la igualdad”.

Mano dura de Fillon con los sindicatos
Fin de la jornada laboral de las 35 horas semanales en el sector privado, y plena autonomía para que las partes negocien su duración, con el límite puesto en las 48 horas que marca el derecho comunitario. Fin también del monopolio sindical en la representación de los trabajadores mediante la “libertad de candidatura”, y recorte del tiempo dedicado a actividad sindical por los “liberados”. Palo a los sindicatos. Para salvar la seguridad social de la quiebra, Fillon propone aumentar la edad de jubilación de los 62 a los 65 años, edad que se irá ajustando de acuerdo con la evolución de la esperanza de vida. El candidato conservador se propone, por otro lado, devolver la competitividad a las empresas mediante una rebaja inmediata de sus cargas fiscales por importe de 50.000 millones, con prioridad a la bajada de las cotizaciones sociales, y la reducción paralela del impuesto de sociedades, tan de moda hoy en España, que actualmente es del 33,3% y que pretende igualar con la media de la UE (23%). “El único modo” (sic) de financiar semejante política de oferta consiste en aumentar el IVA en 2 puntos, sin afectar a los productos de primera necesidad. El candidato promete, en fin, reducir a 30 días el retraso en los pagos a las pymes galas.

Queda por abordar el problema del paro, “le mal français du chômage”, que el candidato planea atacar acabando con las 35 horas y aligerando su carga impositiva de las empresas. “Es vital para Francia contar con empresas competitivas”. En esta línea, pretende topar el subsidio de desempleo en el 75% del salario de referencia, para hacerlo descender progresivamente de forma que su cuantía incentive la búsqueda activa de empleo. El estatuto de los trabajadores se reformará con la introducción de un contrato en el que se especifique por adelantado los motivos de rescisión del mismo. En Sanidad, Fillon pretende liberalizar (“désétatiser”) el sistema sanitario galo, limitando al 2% el incremento anual del gasto. En cuanto a las cuentas públicas, los “impagados” dejados como herencia por François Hollande podrían llevar el déficit hasta el 4,7% del PIB en 2017, de modo que el candidato se fija como objetivo reducirlo al 3% en 2020, con la intención de equilibrar el presupuesto en 2022. En materia impositiva, prevé una reforma global de la fiscalidad instaurando una tasa moderada sobre todas las rentas del capital, con la supresión del polémico “impuesto de solidaridad sobre las fortunas” (ISF).

Víctima Europa entera de una alarmante falta de liderazgos sólidos, capaces de aportar soluciones tan convincentes como audaces a los problemas de nuestro tiempo, Francia parece dispuesta a sorprendernos por la derecha con un político sin complejos –en realidad dos, puesto que el programa económico de Juppé no dista gran cosa del de Fillon-, dispuesto a aplicar su recetario liberal para sacar a Francia del marasmo en que se debate desde hace tiempo. Reconociendo que es obligado ser precavidos, porque hemos visto ya desfilar por el Eliseo a demasiados Sarkozys arropados por maravillosos discursos liberales que luego colgaron en el perchero en cuanto las potentes centrales sindicales galas decidieron echarse a la calle, es justo reconocer que François Fillon lo tiene, de momento, muy claro. Él es la esperanza de esta Europa acomodaticia y apoltronada, incapaz de crecer y dar soluciones a las nuevas generaciones. Él, el ejemplo a imitar por esta España nuestra donde todas las señales que el nuevo Gobierno y la oposición emiten estos días parecen apuntar en dirección contraria a lo que propone y promete el candidato de Los Republicanos. Para nuestra desgracia, Fillon y Rajoy no se parecen en nada.

El Gobierno del PP presume de “atizarle” a las empresas
Esto, lo de España, tiene, en efecto, mala pinta. Ni Gobierno ni oposición quieren recortar un ápice el perímetro del Estado para poner coto a su voracidad recaudatoria. Es una evidencia que las empresas van a tener que hacer frente a una subida del Impuesto de Sociedades y al empuje creciente de los costes salariales. La proposición de ley de Unidos Podemos para la subida del SMI a 800 euros mes, admitida a trámite el martes por el pleno del Congreso con el respaldo del PSOE y Ciudadanos, que el Gobierno no tendrá más remedio que aplicar si finalmente se aprueba, es una locura que la economía española difícilmente podría soportar. La combinación de cargas fiscales y costes laborales se traducirá en pérdida automática de la competitividad ganada con la crisis, induciendo a empresas y empresarios no solo a paralizar las nuevas contrataciones sino a aligerar plantillas. Nuestra clase política parece desconocer algo tan obvio como que quien crea empleo es la empresa, no las decisiones demagógicas adoptadas en el Parlamento. Y siendo normal que los Pablemos lo ignoren, resulta insólito ver a PSOE y C’s competir en soluciones populistas, a las que se pliega con singular desparpajo la mayoría de los Nadales elevados a la categoría de ministros por Mariano Rajoy.

El nuevo ministro de Industria, por ejemplo, ha decidido que el pago del llamado bono social energético corra a cargo de las eléctricas porque sí, pero ¿no es el Presupuesto el encargado de hacer frente al coste de las políticas sociales? El entusiasmo que los socialdemócratas del PP, dispuestos a traicionar de nuevo a su electorado, despliegan a la hora de sacudir a las empresas, no difiere gran cosa del que pondría cualquiera podemita de pro. Los sindicatos, perdidos en la noche de los tiempos, han reaparecido con fuerza. También ellos han olido sangre y están dispuestos a reclamar su parte, con el anuncio de movilizaciones en diciembre. Siento decirlo, pero por mucho que el crecimiento en curso cubra con el mando del consumo de las familias el horizonte inmediato, realmente esto empieza a tener muy mala pinta.

RECLAMA MÁS MEDIDAS CONTRA EL TERRORISMO
‘Arabia Saudí tiene un sistema bárbaro e inhumano’
El Kremlin denuncia los tratos de favor de la ONU al régimen de Riad y su falta de implicación para acabar con el terrorismo islámico.
Arturo García gaceta.es 22 Noviembre 2016

Arabia Saudí construirá mezquitas en Rusia cuando permita levantar iglesias en Riad. Estas palabras de Vladimir Putin demuestran su postura frente al régimen de Riad, con el que siempre ha tenido unas relaciones tensas debido a la falta de libertades en la dictadura islámica. El mandatario ruso, que hace unos días pedía a los refugiados que no estuvieran cómodos en Europa partiesen a Arabia Saudí, siempre ha denunciado la falta de implicación de las instituciones para terminar con el terrorismo islámico.

La grave situación que vive Oriente Medio no ha alterado los planes de la dictadura islámica de Riad. Arabia Saudí era uno de los lugares idóneos para la acogida masiva de refugiados, pero sus gobernantes negaron de forma tajante esta posibilidad: “No podemos asumir el riesgo de los radicales”. Los campos anexos a La Meca cuentan con miles de tiendas refrigeradas que sólo se usan unos días al año, pero desde Occidente han rechazado presionar a Riad para articular un cambio en sus políticas.

El Kremlin continúa llamando a las cosas por su nombre y ha denunciado los tratos de favor por parte de la ONU y las élites internacionales al régimen de Riad. Las Naciones Unidas otorgaron al embajador saudí un puesto de honor en el Consejo de Derechos Humanos. Un premio más que sorprendente para un Estado donde las mujeres no pueden conducir, los periodistas son condenados a recibir latigazos y los hombres crucificados. De hecho, el año pasado las autoridades batieron su propio récord mundial de ejecuciones públicas en virtud de las leyes dictadas por la sharia.

El portavoz de prensa del presidente ruso, Dmitry Peskov, ha arremetido contra el régimen de Riad por “favorecer el terrorismo y respaldar a Al Qaeda y otras organizaciones para sembrar el caos en Siria”. El papel ruso en Siria, donde siempre ha apoyado al régimen de Bashar Al Assad y luchado contra el Estado Islámico y los llamados rebeldes moderados, instruidos y armados por Estados Unidos.

“El Gobierno saudí se aferra al poder con la esperanza de que su sistema político primitivo, bárbaro e inhumano no se vea afectado por las guerras de las naciones vecinas”, ha sentenciado Peskov, que ha asegurado que Rusia “no se quedará parada antes las interferencias saudíes en Siria, que bloquerá cualquier posibilidad de solucionar el conflicto de forma pacífica”.

En este sentido, Peskov ha subrayado que una de las intenciones de la aviación rusa en Siria es “derrotar a las facciones saudíes que operan en el país. De hecho, el propio Putin pidió hace unos días una reunión a gran escala de las partes en conflicto para “denunciar el papel destructivo de Arabia Saudí”. “Actuaremos contra Riad si se niegan a permitir la paz en Siria”, sentenció.

Putin recordó que Arabia Saudí representa una “gran amenaza para la seguridad internacional” y aseguró no entender la connivencia de instituciones como Naciones Unidas con “un régimen dictatorial”. “La alianza entre Estados Unidos y Riad es perjudicial. Trump debe cambiar estos acuerdos”, concluyó.
El plan de la ONU

En las Naciones Unidas, sin embargo, parecen encantados con las reticencias saudíes a aceptar refugiados. De hecho, el plan de la organización supranacional pasa porque las potencias occidentales asuman cada año al mayor número de migrantes posibles. El llamado argumento económico que muchos líderes europeos, como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, han demostrado como equivocado.

Por ejemplo para España, las Naciones Unidas exigen la acogida de 12 millones de inmigrantes hasta 2050. Es cierto que el suicidio demográfico español es notable pero no parece claro si la solución está en la acogida masiva, mientras se promueven políticas contrarias a la natalidad y la familia. Según datos del INE, habrá 5,4 millones menos de habitantes y nacerán menos de 300.000 niños.

La crisis económica y migratoria junto con la falta de políticas efectivas familiares, de ayuda a la natalidad y a la conciliación, son algunas de las causas que están detrás de esta alarmante situación, a la que ahora se une la complicada situación de la hucha de las pensiones y la falta de una verdadera política de ayudas y cuidado de mayores dependientes

Lejos de buscar solución a la crisis migratoria dentro del propio país, la ONU apuesta por abrir las fronteras para una oleada masiva de inmigración. "Es inevitable. La evolución de la población es muy predecible, los comportamientos de mortandad apenas variarán y es poco probable que se produzcan cambios en la natalidad en Europa o Asia", aseguró Joseph Chamie, director de la División de Población.

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Fidel Castro, el dictador consentido de Occidente
Jorge Vilches  vozpopuli.com 27 Noviembre 2016

La vida de Fidel Castro demuestra que los grandes personajes históricos del socialismo y del comunismo fueron burgueses. No hubo obreros que lideraran una revolución o uno de esos partidos “vanguardia de la civilización” que pregonaban, y lo siguen haciendo, la “necesaria superación del capitalismo con la dictadura del proletario”. Fueron siempre burgueses, gente que provenía de una familia sin problemas económicos, o que vivieron sin trabajar por cuenta ajena, desde Karl Marx, Lenin a Mao Zedong, pasando por Fidel Castro. Hubo excepciones, como IosivStalin, pero fueron peores.

El padre de Fidel Castro era un hombre de buena posición, español, y casado con otra mujer. En consecuencia, no reconoció a su hijo hasta que éste cumplió diecisiete años. Le compensó con una buena educación y evitando que tuviera que trabajar. Cursó los primeros estudios en instituciones religiosas de pago, y le sufragó los estudios de Derecho en la Universidad de La Habana en 1945, lo que entonces era un lujo y aseguraba a Fidel un buen futuro profesional.

Esa vida burguesa no impidió que tuviera ideas izquierdistas, y se unió al Partido Ortodoxo, de ideología socialdemócrata, donde quiso hacer carrera política. Incluyeron su nombre en una lista electoral para los comicios de 1952 a pesar de que estuvo involucrado en el asesinato político del estudiante Manuel Castro. Y cuando se veía diputado electo de la Cámara de Representantes, Fulgencio Batista dio un golpe de Estado. A la represión le siguió la guerra de guerrillas de los opositores, a la que contribuyó Fidel con el mitificado “asalto al cuartel Moncada”, en julio de 1953. Le pillaron y tuvo una condena de quince años de cárcel, donde disfrutó de todo tipo de lujos, y que no acabó cumpliendo. Es más; se afincó en México donde él y sus amigos fueron entrenados hasta que en noviembre de 1956 se embarcaron en el yate “Granma” y llegaron de nuevo a Cuba. Nuevo fracaso “militar”, y refugio en Sierra Maestra.

Ahí comenzó la mitificación de un personaje y de un movimiento de la mano del periódico The New York Times. Las armas contra el dictador, la justicia social, y la utopía de otro mundo posible parecían tan románticos y progresistas, especialmente para esa Nueva Izquierda occidental que hacía la guerra a la generación de sus padres. Sin embargo, el Estado Mayor del dictador Batista, corrupto y enriquecido ilegalmente, igual que hicieron después Fidel Castro y los suyos, había decidido no combatir a “los barbudos” y embolsarse el dinero.

Huyó el dictador, y Fidel Castro entró en La Habana el 1 de enero de 1959 diciendo que iba a restaurar la democracia, pero el revolucionario tenía otro plan: no dejar nunca el poder. Hasta EEUU creyó que establecerían un sistema nacionalista e intervencionista. La URSS proporcionó a Castro la ideología y la financiación necesarias que le sirvieron de coartada para establecer su dictadura. No hubiera cambiado nada si Fidel hubiera sido comunista desde el principio: represión, ajuste de cuentas, e ingeniería social. Expropió empresas cubanas, estadounidenses y españolas, y puso al Che Guevara, un asesino, de economista.

Las únicas cifras claras son las de muertos –unos siete mil-, los encarcelados por su opinión política –hasta 40.000-, y los dos millones de exiliados, cuyas propiedades, como casas, coches, dinero y obras de arte se quedaron los privilegiados del régimen comunista. Los Comités de Defensa de la Revolución, en una orwelliana red vecinal, controlaban cada paso, palabra y pensamiento de los cubanos. El resto era propaganda, con una isla repleta de retratos de Fidel Castro, del Che y de la bandera cubana, con ese culto totalitario al líder, en un patrioterismo que poco se compadecía con el desprecio por los cubanos, y con eslóganes publicitarios que hacían y hacen las delicias de los progres occidentales, como el de “Patria o muerte, venceremos”.

El comunismo castrista se benefició de la Guerra Fría. Kruschev utilizó la isla para medir la respuesta de Kennedy, y a cambio mantuvo económicamente la Isla. Cuba se convirtió en exportadora de “la revolución”, que llevó a Angola y Congo con gran coste humano y económico. También fue refugio de grupos terroristas, como los etarras –sí, los “hombres de paz”-, y en modelo para otros dictadorcillos, como Hugo Chávez. Esa emulación llegó al punto de que el caudillo venezolano financiara el mantenimiento de la tiranía en Cuba y, a cambio, los servicios secretos cubanos se ocuparon de la oposición en Venezuela. El paralelismo entre los dos países caribeños es notable: hay sanidad, pero no hay medicamentos; hay información, pero solo la progubernamental; hay supermercados, pero están vacíos. Ahora, los dos son países del Tercer Mundo, desgraciadamente.

El vínculo entre la Nueva Izquierda de los sesenta que veneraba a Castro y al Che, con el populismo socialista que “lloraba Orinocos”, y hacía dinero privado para financiar proyectos políticos aquí, es más que curiosa. La exportación de la revolución, antes comunista, ahora de “la gente”, es una constante en los hijos del marxismo. Esa adoración por los caudillos, que tan bien describió el venezolano Carlos Rangel, como solución autoritaria y totalitaria a los problemas políticos, casi natural, tan arraigada en la América española, está en el centro del planteamiento de la dictadura del proletariado. Del mismo modo, ese totalitarismo que precisa de la ingeniería social para cambiar costumbres e ideas, eliminar tradiciones e instituciones, e imponer otras para crear el Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva, está en el germen de esos proyectos. En el castrismo, el chavismo y el populismo socialista de Podemos.

Y al igual que los chicos de Mayo del 68 llevaban un ejemplar del “Libro Rojo” de Mao en el bolsillo de su parca, y añoraban, con melancolía impostada, ser Guardias Rojos que impusieran su justicia, hoy, estos chicos de Podemos, burgueses hijos de burgueses, que jamás han pagado una factura de la luz, adanistas visionarios, aprendices de ingenieros, despiden a Fidel Castro, el dictador corrupto y sangriento, como a un héroe. Dime tus referentes políticos, y te diré quién eres.
 


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