AGLI Recortes de Prensa   Sábado 3 Diciembre  2016

Consenso político para exprimir al contribuyente
EDITORIAL Libertad Digital 3 Diciembre 2016

Si el consenso consistía en esto mejor hubiera sido continuar con un gobierno en funciones o volver a convocar elecciones.

La ausencia de mayoría absoluta exigía alcanzar acuerdos para formar Gobierno, pero la consecución del ansiado consenso político se ha traducido en la coincidencia absoluta de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos en exprimir cada vez más el bolsillo del contribuyente para mantener en pie un sector público que, además de estar sobredimensionado y ser insostenible financieramente, sigue siendo muy ineficiente.

Tal y como ya sucedió en aquel fatídico Consejo de Ministros celebrado a finales de diciembre de 2011, el Gobierno de Mariano Rajoy, contradiciendo una vez más sus promesas electorales, no ha dudado en asestar un nuevo golpe fiscal al conjunto de los españoles nada más revalidar su mandato. Muy poco ha tardado el PP en ponerse de acuerdo con el PSOE para lanzar una nueva serie de subidas fiscales con el único fin de elevar la recaudación a toda costa, sin importar los negativos y perniciosos efectos que supondrá esta política para la creación de empleo y riqueza.

El Consejo de Ministros ha aprobado este viernes una subida del Impuesto de Sociedades por la puerta de atrás, mediante la eliminación de deducciones fiscales, así como un nuevo aumento de los Impuestos Especiales sobre el tabaco y el alcohol, además de elevar las cotizaciones a las rentas altas -ampliando la base máxima-, entre otras medidas, En total, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, prevé recaudar unos 8.000 millones de euros extra en 2017 para cumplir el objetivo de déficit acordado con Bruselas (3,1%). Y ello sin contar que las CCAA tendrán un mayor margen para incurrir en déficit (0,6% del PIB) y que el gasto público, en lugar de reducirse, volverá a aumentar el próximo ejercicio.

Así pues, en vez de recortar los impuestos o, como mínimo, mantener la actual estructural fiscal apostando por la contención del gasto, el PP, con el respaldo explícito o implícito del resto de grandes fuerzas políticas, opta por disparar la fiscalidad y elevar el despilfarro. Un error que, por otro lado, se verá agravado por la decisión de subir un 8% el salario mínimo interprofesional (SMI), el mayor incremento de los últimos 30 años, para contentar al PSOE.

El PP se equivoca de plano con esta política económica. El problema de base es que todos los partidos coinciden en que el abultado déficit que sigue presentando el sector público se debe a la caída de ingresos y no al exceso de gasto, descartando así la imprescindible austeridad que debería regir a nivel presupuestario. El gasto público real se mantiene, hoy por hoy, en cotas similares a las registrada en el pico de la burbuja inmobiliaria, mientras que la recaudación ha caído como consecuencia de la crisis (paro y desaparición de empresas). Machacar aún más al contribuyente para mantener una estructura estatalinsostenible no solo no solucionará el déficit, tal y como se ha evidenciado estos últimos años -España presenta, junto con Grecia, el mayor agujero fiscal de la zona euro-, sino que lastrará e incluso podría truncar la frágil recuperación.

Asimismo, disparar el SMI, lejos de beneficiar a los más desfavorecidos, encarecerá los costes laborales, dificultando con ello tanto la creación de empleo como la incorporación de los jóvenes al mercado de trabajo. Es decir, perjudicará, precisamente, a sus supuestos beneficiarios. Además, aprobar esta medida con una tasa de paro próxima al 20% no sólo es una insensatez, sino una terrible irresponsabilidad.

Todo ello demuestra la incapacidad de nuestra clase política para adoptar las políticas que realmente necesita España para superar por fin de la crisis, a diferencia de otros países que ya salieron hace tiempo del atolladero, pero, sobre todo, su desvergüenza y desfachatez a la hora de castigar a las familias y empresa, los únicos y auténticos artífices de la mejora económica, para satisfacer sus intereses electoralistas y no violentar a lobbies y grupos de presión. Si el consenso consistía en esto, aplicar políticas dañinas para el conjunto de los españoles, mejor hubiera sido continuar con un gobierno en funciones o volver a convocar elecciones.

Sólo con el cierre de todas las televisiones públicas, empezando por TVE --cadena tutelada por comisarios políticos del Gobierno que esta semana se ha dedicado casi exclusivamente a homenajear de forma un miserable y bochornosa al tirano Fidel Castro-- y otros chiringuitos dedicados al clientelismo y la propaganda política se ahorraría una cantidad similar a la que el Gobierno espera ingresar con esta feroz, la enésima ya desde que Rajoy llegó al poder, subida de impuestos.

Capítulo aparte merece la desfachatez de Cristobal Montoro para mentir sin el menor rubor --negando que tanto él como Rajoy y otros dirigentes de su partido prometiesen bajar los impuestos en la última campaña electoral-- a los ciudadanos, en un ejercicio de cinismo que resulta ofensivo y le inhabilita todavía más, hace mucho que ya tenía que haber sido destituido, para ser ministro de España. Bien es cierto, que en eso no se distingue de la mayoría de sus compañeros de Consejo de Ministros, empezando por el presidente Mariano Rajoy, que si por algo se han caracterizado es por su total y absoluto desprecio hacia los ciudadanos, a los que en lugar de servir, como es su obligación, sangran a impuestos y engañan, movidos exclusivamente por sus interés particular que no es otro que mantenerse en el poder a cualquier precio.

Cumplir con Europa, pero no sólo a base de presión fiscal
Editorial La Razon 3 Diciembre 2016

El Consejo de Ministros ha fijado el techo de gasto para 2017 con el objetivo de reducir el déficit público hasta el 3,1 por ciento del PIB. En números redondos, se trata de una contracción presupuestaria de unos 16.000 millones de euros, que deben ajustarse, bien por el incremento de los ingresos del Estado bien por la reducción del gasto. No es, por supuesto, una elección libre, sino que viene determinada por los acuerdos firmados en Europa, como instrumento al servicio de la estabilidad del euro.

Pese a la mayor flexibilización de la política económica de la Unión Europea, que no sólo ha beneficiado a España con mejores condiciones y plazos, lo cierto es que los compromisos adquiridos con Bruselas ya no admiten mayores márgenes dilatorios y hay que cumplirlos. Es este escenario el que condiciona principalmente la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado y de ello deberían ser conscientes todas las fuerzas políticas y sociales del país, especialmente los partidos que, por su nivel de representación, tienen mayor responsabilidad a la hora de mantener unas cuentas ordenadas que permitan mantener el ritmo de crecimiento y la imprescindible reducción de la deuda.

En este sentido, los primeros acuerdos alcanzados entre el Gobierno y el principal partido de la oposición, el PSOE, adolecen de unidad de propósito, puesto que al estar el PP en minoría los negociadores socialistas han impuesto la vía de la presión fiscal, en lugar de operar sobre la reducción del gasto. Aun así, siguiendo el mismo razonamiento de la inevitabilidad de la contracción presupuestaria, –ya que cualquier otra vía populista «a la griega» se ha demostrado inútil–, hay que aceptar ese incremento de los impuestos, siempre que no actúen a la larga como rémora del crecimiento económico. Porque pese a los buenos datos generales, con previsiones de crecimientos del PIB superiores al 3 por ciento; al mejor comportamiento del mercado de trabajo, –se espera dejar el paro en una tasa inferior al 13 por ciento para el final de la legislatura–, y a la recuperación del consumo interno, la economía española mantiene incertidumbres en torno a su futuro y aún se encuentra por debajo de su potencial productivo.

Pero, admitida esta realidad, aceptado el hecho de que los actuales ingresos fiscales no cubren los gastos comprometidos, es preciso insistir al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y, también, a todos los miembros del Parlamento, en que existen otros instrumentos distintos a la subida de los impuestos que pueden utilizarse para cuadrar los presupuestos. Nos referimos, claro está, a la reducción del gasto público, que para no afectar a las principales partidas sociales –Sanidad, Educación y Pensiones– debe venir por la reforma y modernización de las administraciones, la eliminación de las duplicidades en la prestación de servicios y, finalmente, por la moderación de plantillas y salarios, tanto en el aparato del Estado como en las comunidades autónomas. El único recurso a la fiscalidad, tanto a través de una problemática –por su escasos resultados recaudatorios– subida de los impuestos especiales como por crear mayores gravámenes a las empresas, siempre acaba por afectar negativamente al crecimiento de la economía, por la retracción del consumo interno y de las inversiones. En definitiva, si bien el conjunto de la sociedad española debe ser consciente del estrecho margen de maniobra presupuestaria, hay que buscar a la vez un equilibrio fiscal que no frene el ritmo de crecimiento.

Nacionalismos y populismos
PEDRO G. CUARTANGO El Mundo 3 Diciembre 2016

He leído esta semana varios opúsculos del filósofo estadounidense Richard Rorty, fallecido en 2007, que analiza la filosofía y la política en clave del pragmatismo en el que se inscribe su pensamiento.

Rorty asegura que no hay verdades absolutas y que es imposible comprender la realidad desde la metafísica. Por el contario, el lenguaje, las prácticas sociales y la historia nos ayudan a dar un sentido al comportamiento humano.

Respondiendo a la pregunta de Platón de por qué va en interés de uno ser justo, de por qué hay que actuar en función del bien colectivo, Rorty afirma que el altruismo se sustenta en la utilidad. Si el hombre se comportase como un lobo para el hombre, como asegura Hobbes, o actuase en términos de voluntad de poder, como escribe Nietzsche, la sociedad sería imposible.

Rorty afirma, no obstante, que las democracias avanzadas se sostienen por una concepción común del ser humano, que presupone la existencia de derechos y el respeto a la dignidad. En definitiva, reconoce que, aunque no existe una naturaleza del hombre como tal, sí podemos identificar unos principios básicos que nos permiten convivir y que están basados en la racionalidad.

Por el contrario, el populismo y los nacionalismos -según analiza Rorty- se sustentan en la irracionalidad y en los sentimientos porque lo que se percibe como un valor son los signos diferenciales de pertenencia a la tribu. Dicho con otras palabras, la democracia representativa de los Estados modernos se basa en la razón y la consideración del hombre como un universal, mientras que los nacionalismos se basan en el apego a la tierra y la nostalgia por el origen.

La igualdad, el respeto a la ley y la tolerancia son los principios que sustentan los Estados democráticos con separación de poderes que nacieron de la Revolución Francesa. En sentido opuesto, los nacionalistas aspiran a crear unas estructuras políticas identitarias, sea en base al idioma, la etnia o la religión, en las que quedan excluidas las minorías que no encajan en el molde.

Esto es lo que está pasando en algunos países de Europa y también en Cataluña, donde no existe populismo pero sí un nacionalismo excluyente e identitario, que divide a la sociedad y que vulnera los derechos de las minorías.

En última instancia, creo que el populismo y el nacionalismo convergen en muchos aspectos. El más importante es la manipulación de los sentimientos para obtener un rédito político. Uno y otro se aprovechan de la crisis del sistema y de la globalización para fomentar una identidad acogedora en un mundo inseguro y hostil.

El nacionalismo ofrece el espejismo de la sensación de arraigo y de proximidad en una sociedad cada vez más impersonal. Por eso tiene tanto éxito. Y el populismo ofrece la vuelta a unas esencias nacionales míticas frente a la inmigración y el mestizaje.

Ambos llevan en su interior unos demonios cuyo control es imposible y que, cuando afloran, desencadenan efectos devastadores. El mal que pretenden combatir es menor que el daño que generan.

Lo peor que está sucediendo en Cataluña es la fractura que se está creando por el sectarismo con el que gobierna Puigdemont. Cataluña no sólo son los nacionalistas sino también los que no lo son. No hay ni el menor altruismo ni generosidad en unas políticas que traen como consecuencia la catalogación de las personas.

A pesar de su profunda imperfección, reivindico el Estado que ampara los derechos y las identidades de todos frente a quienes quieren clasificar a los hombres por sus cualidades accidentales.

El coro de Montoro
F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 3 Diciembre 2016

En el Parlamento español, las fuerzas con mayor representación son tres partidos socialdemócratas (PP, C's y PSOE) y una partida comunista, Unidos Podemos, aliada a las tribus separatistas. El separatismo presenta un rasgo político común: el odio y la persecución a la libertad e igualdad de los ciudadanos españoles que proclama la Constitución. Pero establecer el ideario económico del nacionalismo antiespañol (no hay otro, por mucho que se empeñen los enfermos prisaicos de castroenteritis y truebarragia (el último, Jabois; la peste avanza) es más difícil. Podríamos decir que su idea básica es robar a todos los españoles a cuenta del pasado inventado, pero la técnica va del socialcristianismo corrupto del PNV o la banda de los Pujol al comunismo sociópata de las Reducciones de los jesuitas en el Paraguay, que tanto recuerdan los disparates de ERC, la ETA y la CUP.

Políticamente, pues, hay dos bloques: el constitucional del PP, C's y PSOE (éste último, según la taifa autonómica) y el anticonstitucional de comunistas y separatistas. Pero en materia económica, que es también política porque afecta a la propiedad, indisociable de la libertad, se observa un frente de las tres socialdemocracias -la tecnócrata del PP, la populista del PSOE y la navideña de Ciudadanos- infinitamente más sólido que el que debería unirles en defensa de la Nación y la Constitución.

Nada lo muestra como el coro de Montoro, que hoy presumirá del atraco perpetrado a las Sociedades obligándoles a pagar 8.000 millones de adelanto para compensar su incapacidad de controlar el déficit y el gasto. El País, con una deuda de 3.200 millones de euros cuya ejecución impide Soraya, es el que más se distingue en presentar el atraco como una sabia forma de cuadrar las cuentas. Pero, en rigor, el socialismo populista del PSOE y el belenita de C's también truenan en el orfeón montoril contra las grandes empresas, a las que Rivera acusa de pagar poco... porque ganan menos.

Legalizar el atraco en Sociedades abre la puerta a hacerlo en el IRPF y demás impuestos y dibuja un horizonte terrorífico: el año que viene, cuando tenga que devolver lo atracado y lo haya gastado, Montoro cobrará dos años de adelanto, y dentro de dos años, tres, y así hasta la ruina. Pero las tres socialdemocracias, que son tres desgracias, dirán a coro: ¡Aaamén!

'Marianequin Challenge'
TEODORO LEÓN GROSS El Mundo 3 Diciembre 2016

Rajoy se ha doctorado como líder con una insólita estrategia de éxito: el inmovilismo. Ha logrado doblegar a sus rivales e incluso adquirir prestigio internacional con el recurso básico pero arrollador de hacer la estatua. No hay una técnica que domine mejor que esa, ponerse de perfil ante el curso de los acontecimientos, mientras sus adversarios se desestabilizan en sus dinámicas particulares hasta aparecer él como solución por desconfianza hacia los otros. Es el rey del mannequin challenge en su variante política: el marianequin challenge.

En víspera del referéndum italiano y las elecciones austriacas, mientras el tictac tictac del populismo deshoja el calendario francés, Rajoy ha sido ungido por Merkel como líder. "Mariano, tienes la piel de elefante...", elogio de su resistencia con una expresión alemana que bien se podría traducir como "Mariano, no hay un Don Tancredo como tú". Los líderes amenazados -borren a Cameron, en pocas horas Renzi, en vía de salida Hollande, Rutte casi KO, Merkel en vilo- han visto cómo Rajoy supo esperar la abstención socialista entre las ruinas del sanchismo humeando en Ferraz, mientras la vieja guardia felipista servía como cuerpo de zapadores para despejar su camino a La Moncloa tras asegurarse el sí de Ciudadanos, aunque pocas semanas antes hubiera puesto precio a su cabeza como si se tratara de Billy The Kid. Incluso Podemos, en el enésimo aquelarre de sus demonios, contribuyó con su voto negativo en la investidura de abril a la segunda vuelta en la que Rajoy ganó cotización. Nunca no hacer nada rindió tanto. Él simplemente permaneció quieto como un Don Tancredo mientras las astas de los rivales pasaban sin cornearlo hasta agotarse; un exitazo del marianequin challenge.

Este fin de semana, mientras la ultraderecha nacionalista puede conquistar Viena, todo apunta a que Renzi se hará un Cameron, colocando a la cuarta economía de la zona euro en el ojo de una ciclogénesis con otra marea de inestabilidad en Europa. Parece descontado lo de Wilders en Holanda extendiendo la ola báltica, y nadie descarta a Le Pen después de Trump y el Brexit. De momento la perspectiva inmediata es el Renxit, sacrificando al único líder real en Italia. En Austria amenaza la victoria de los ultras del FPÖ para estupor de las últimas víctimas vivas del nazismo, por la vieja relación de décadas de la FPÖ con ex de las SS, bajo el lema nacionalista "Austria Primero", mimetizando el Britain First, que triunfa entre las derechas populistas que colonizan el Este. Y entretanto ahí está Rajoy, con su marianequin challenge, ajeno a esos desagües de Europa.

Ahora Don Tancredo encara los procesos congresuales con su inmovilismo ganador. Alrededor todo es caos. Ciudadanos en enero, bajo acusaciones de opacidad y déficit democrático por cientos de críticos, o las ambigüedades de los dirigentes catalanes, ya no parece la reserva inmaculada del centrismo; el PSOE llegará en primavera tras un largo y sangriento invierno de escaramuzas sanchistas, como maquis en las casas del pueblo, mientras Su Susanísima maniobra para evitar las urnas descabezando a cualquier rival por anticipado y llegar a Ferraz como Cleopatra a Roma; y Podemos encara Vistalegre II con Iglesias en las barricadas contra todos, incluso contra Errejón, con un caudillismo orgánico cada vez más bolivariano. Entretanto Rajoy llegará en febrero a su cónclave con un habano y quizá el Marca para hacerse allí, naturalmente, entre el regocijo de los suyos, un espléndido y triunfal marianequin challenge.

La gran mixtificación
Descuajeringar la Constitución no aplacará a los separatistas
Luis Ventoso ABC 3 Diciembre 2016

Obnubilados por la corrección política y perezosos para cotejar datos, eminencias del PSOE y la mayoría de los tertulianos han saludado como «bueno para España» el pacto del PNV y la delegación vasca del Partido Socialista Obrero Español. Como saben, a cambio de unas consejerías menores y de pintar algo tras su enésimo castañazo electoral, el PSE se plegó a aceptar el término «nación» vasca y una reforma estatutaria para más autogobierno. Es decir: el PSE da oxígeno a una maniobra del PNV que no atiende a ninguna demanda o necesidad real de los vascos, sino a la pulsión ideológica de ir dando pasitos para llegar a lo que al final es la tierra prometida de todo nacionalista, la creación de un nuevo Estado independiente. Algunas preguntas:

-¿Está discriminado el País Vasco en España? Todo lo contrario. Junto con Navarra, e invocando fueros medievales, disfruta de un concierto fiscal privilegiado respecto al resto de los territorios y anómalo en cualquier nación democrática europea. El País Vasco goza en España de una espectacular bicoca fiscal. Entre 2011 y 2013, por ejemplo, el ingreso medio por habitante de las quince autonomías de régimen común fue de 2.933 euros al año. Pero por cada vasco fueron 4.079 (en Navarra todavía más: 5.236). El perenne y cansino victimismo del PNV, al que el PSE da pábulo como su muleta filonacionalista, está totalmente injustificado.

-¿Va a mejorar la vida real de los vascos con más autogobierno? No necesariamente. Y se ve bien con un ejemplo sencillo. Una de las reclamaciones estrella es que las competencias de prisiones pasen al País Vasco. Eso no cambiará en nada la vida real de los ciudadanos de allí. Solo tiene una razón de ser: ir armando el Estado vasco y lanzar un guiño al mundo pos-etarra.

-¿Notaría un turista de Osaka, o de Lima, que visitase Victoria y Burgos grandes diferencias? Casi ninguna. Vería dos hermosas ciudades del norte de España muy parejas, con el mismo comercio, el mismo idioma universal en las calles (el español), la misma forma de vestir y divertirse, personas de porte idéntico. Esa es la -impronunciable- verdad, fruto insoslayable de más de cinco siglos de historia común, donde nos hemos mezclado y hemos compartido todo tipo de vivencias y valores.

-¿Quieren los españoles más autogobierno? Todo lo contrario. Según el CIS, solo apoyan más poder para las autonomías el 13% y la independencia un 9%. La gran mayoría prefiere el modelo actual (37%), un 19,7% quiere un Estado central sin autonomías y un 11,2% menos autogobierno. Los españoles reales piensan justo lo contario de lo que inculca como dogma de fe nuestro buenismo, pusilánime ante el separatismo.

Podemos seguir engañándonos, pero si hoy España sufre una grave acometida del independentismo se debe a que se ha debilitado el patriotismo español, sobre todo por la inhibición culposa del PSOE, entregado desde Zapatero al pachangueo con el nacionalismo. Y así les va de bien: en moto al abismo.

(Miopía grave de Rajoy y Santamaría abonándose a las tesis entreguistas de Rubalcaba en contra de lo que piensan la inmensa mayoría de los españoles. Aguar la Constitución no aplacará las ansias de ruptura, pero sí debilitará al Estado).

¿Hacia el colapso de las democracias?
Si en vez de contemplar nuestro dedo observamos la Luna, descubriremos que la política se ha vuelto increíblemente compleja y enrevesada, imposible de abarcar para la gente corriente.
Javier Benegas. Juan M. Blanco www.vozpopuli.com 3 Diciembre 2016

Escribía Milan Kundera en La inmortalidad que de todos los hombres de Estado de nuestra época, el más obsesionado por la inmortalidad fue François Mitterrand. Para ello, el escritor checo recordaba la ceremonia que tuvo lugar el 21 de mayo de 1981 con motivo de su investidura como Presidente de la República. Aquel día, pese a la persistente llovizna, la Plaza del Panteón estaba abarrotada por una multitud que contuvo el aliento al observar a un Mitterrand, trascendente, distante, atravesar la plaza con paso deliberadamente lento, llevando dos rosas rojas en la mano mientras, a través de potentes altavoces, tronaba el “Himno de la alegría” de la Novena de Beethoven.

El nuevo presidente galo entró solo en el Panteón, caminó entre las tumbas de los muertos más ilustres de Francia, y depositó una rosa sobre las lápidas de dos mártires de la patria. Cuando volvió al exterior, la muchedumbre, que hasta entonces había permanecido silenciosa, estalló de júbilo. En palabras de Gabriel García Márquez, “por primera vez desde el mayo de gloria de 1968, el torrente incontenible de la juventud estaba en la calle, pero esta vez no se había desbordado para repudiar el poder, sino embriagado por el delirio de que una época feliz había comenzado.” Sin embargo, añadió: “yo pensaba que semejante paroxismo de la esperanza era tan emocionante como peligroso.”
La era de la corrección política

Desde 1981 hasta el presente, Francia ha cambiado. Los alborozados jóvenes de entonces son hoy adultos recelosos que temen, junto con sus hijos, a la globalización y, en especial, a sus flujos migratorios. Con una población total de 66 millones, cerca de 6 millones de franceses se declaran musulmanes y otros 4 millones son de procedencia subsahariana.

Es cierto que durante las tres décadas de crecimiento que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, la inmigración aportó a Francia una mano de obra clave para la expansión económica, sin embargo, los banlieues (suburbios) se convirtieron en guetos difícilmente controlables por la Gendarmerie, donde la delincuencia común, la compraventa ilegal de armas, el tráfico de drogas y el proselitismo yihadista aumentan de forma preocupante. Es evidente que las políticas sociales para la integración fracasaron o, peor aún, generaron efectos adversos. Francia es una sociedad fracturada, profundamente dividida. Además, aunque el gasto público se ha incrementado desde el 30% del PIB en 1975 al 57% en 2016 (durante la presidencia de Mitterrand pasó del 36% al 44%), la sensación de precariedad económica e incertidumbre se extiende entre los franceses.

Hay quienes sostienen que a día de hoy es prácticamente imposible ser elegido Presidente de Francia sin apelar al voto de subsaharianos y musulmanes, es decir, sin hacer gestos identitarios… salvo, claro está, que el resto de votantes se incline hacia el lado contrario y vote en bloque. Y hacia ahí parece que se encamina la política francesa, empujada por una opinión pública cada vez más desencantada y nerviosa. Bastantes analistas creen que, igual que Gran Bretaña y EEUU, La grande France es fruta madura a punto de caer en el conservadurismo proteccionista, algo que vendría a ratificar, a su juicio, la percepción de que las democracias están colapsando. Los días de vino y rosas a los que aludía García Márquez habrían devenido, efectivamente, en devastadora resaca.

El supuesto Apocalipsis
En The democratic disconnect Roberto S. Foa y Yascha Mounk sostienen que la democracia está mucho menos consolidada de lo que hasta ayer se pensaba. De hecho, observan un inquietante descontento en todo Occidente con el sistema democrático y, lo que es más preocupante, un crecimiento en la tendencia a aceptar soluciones autoritarias. Aún más catastrofista se muestra Tobias Stone que, ante el avance de movimientos “populistas” y “anti-sistema”, defiende la teoría de que las sociedades se suicidan cada cierto tiempo porque la mayoría de sujetos solo es capaz de retener la información recibida de padres y abuelos: su memoria histórica queda limitada a 50-100 años a lo sumo. Así, equipara la elección de Donald Trump o el voto favorable al Brexit con los sucesos que en su día antecedieron a la Primera Guerra Mundial. En resumen, el ciudadano común, víctima de su mala memoria, no atiende a los expertos y se deja llevar por sus impulsos, empujando a los países al totalitarismo y a la guerra. Sin embargo, Stone se deja en el tintero lo verdaderamente importante: ¿qué lleva a la gente a desarrollar emociones incontrolables, a mostrar un rechazo tan visceral al sistema como para poner en peligro su futuro?

Cuando la Democracia no se entiende
Si en vez de contemplar nuestro dedo observamos la Luna, descubriremos que la política se ha vuelto increíblemente compleja y enrevesada, imposible de abarcar para la gente corriente. De hecho, hoy es una materia cuya interpretación queda reservada a una élite de expertos que, en su fatal arrogancia, pretende estar en posesión de la verdad absoluta. Hace más de 2.500 años, el ateniense Pericles, que tenía las ideas bastante más claras, hizo una importante advertencia. En su Oración Fúnebre expresó una idea sencilla pero crucial para el correcto funcionamiento democrático, y es que, si bien no todo el mundo es apto para gobernar, todas las personas deben poder entender y juzgar la acción de los políticos. Dicho a la inversa, si la democracia degenera en una materia sólo comprensible par una élite de tecnócratas e intelectuales biempensantes, ¿cómo va a legitimarla el ciudadano si ni siquiera la entiende?

En línea con esta idea de la expropiación de la política, la democracia también ha sido tomada por grupos minoritarios, muy activos, en detrimento de una mayoría no organizada que, estoica, ha observado la imposición de una moral nueva, la corrección política, con la que se persigue y denigra a muchas personas por expresar opiniones legítimas. Se crean derechos diferenciales para cada colectivo o se censura y manipula el lenguaje hasta crear una jerigonza capaz de volver incomprensible la expresión popular más llana: “Los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y de las mujeres".

El final de un ciclo
Pero la crisis económica parece haber asestado el golpe de gracia al asfixiante régimen de lo políticamente correcto. Cada vez más gente siente que ha perdido las riendas de su vida, su libre albedrío, su condición de ciudadano en igualdad de derechos con otros y, también, esa capacidad de control sobre la política, que es la esencia de la democracia. Esta mayoría, harta de discriminaciones, ha reaccionado contra el establisment, contra las élites, contra los grupos minoritarios que las sustentan y, sobre todo, contra la corrección política, que no es verdad revelada sino una opinión discutible y, para colmo de males, incompatible con los principios de igualdad de derechos que forjaron Occidente. El hastío es tal que, en algunos casos, la gente prefiere opciones con cierto grado de incertidumbre al asfixiante statu quo. Se explicaría así, al menos en parte, la “irracional” victoria del Brexit en Gran Bretaña o el “inesperado” triunfo de Donald Trump en Estado Unidos.

Ante esta ruptura, los guardianes de la ortodoxia intentan frenar el descontento recurriendo a la autoridad de los expertos. Pero, cuando se trata de política, los meros datos no dicen nada si se carece de un esquema interpretativo solvente y, sobre todo, creíble. Y el público sospecha que el criterio de los expertos no es la verdad absoluta, porque a lo largo de las últimas décadas se han vendido con demasiada frecuencia al poder.

El regreso de la política
Volviendo a Francia, desde ese lluvioso 21 de marzo de 1981 hasta hoy, han sucedido muchas cosas, demasiadas. Y Europa ha pasado de la apoteosis de las viejas convenciones a una creciente decepción, un descontento que finalmente ha cristalizado en el arrollador e imprevisto triunfo de François Fillon en las elecciones primarias francesas. Periodistas e intelectuales continúan con la misma cantinela, con los clichés políticamente correctos, sin percatarse que el mundo ha cambiado. Reseñan que Fillon es ultracatólico, conservador en ideas, un tipo escorado a la derecha. Pero el elemento crucial es que, a pesar de haber sido Primer Ministro, ha ofrecido a la opinión pública francesa una imagen alejada de la burocracia de su partido. Ha lanzado el mensaje del cambio, de las terapias de choque, del big-bang político, de la eliminación de barreras, de la abolición de favoritismos. Y, sobre todo, la consigna de la simplificación de la política: por ejemplo, reducir la legislación laboral francesa de las ¡3.000 páginas actuales! a 150, una cifra bastante más asequible para el ciudadano que no aspira a doctorarse en Derecho del Trabajo.

El secreto del líder francés no es su orientación política sino haber sacado los pies de tablero, desafiado las creencias y las reglas que, aun pareciendo sólidas, se encontraban ya en descomposición. Algo similar a lo que se atrevieron los socialdemócratas en Nueva Zelanda. El ascenso de Fillon no es, por tanto, un vuelco hacia la derecha o hacia el conservadurismo; es una nueva reacción contra lo políticamente correcto, contra la política de lo incomprensible y sus muñidores, las élites burocráticas. Pero, quizá, por una vía menos arriesgada que la que abrazaron los norteamericanos o la que podrían tomar este domingo los austriacos.

Al contrario que los políticos convencionales, cada vez hay más personas que toman conciencia de que el mundo cambia y, en consecuencia, la política debe transformarse para no perder el tren. Así pues, más que al colapso de las democracias, podríamos estar asistiendo a la muerte lenta de la corrección política y al renacer de la política con mayúsculas, de esa actividad que unos pocos ejecutan pero toda la ciudadanía puede entender y juzgar. Que la transición sea más o menos dolorosa seguramente dependa de la resistencia de las élites y los grupos que han vivido en simbiosis con éstas.

La última cumbancha de la utopía extranjera y la pesadilla cubana
ZOÉ VALDÉS El Mundo 3 Diciembre 2016

Sucedió lo que debió haber sucedido de otra manera y hace mucho tiempo. Debió de ser juzgado, condenado o, en el más abrupto de los casos, ajusticiado a su estilo, como él hizo con tantas de sus víctimas y con sus propias manos: el tiro en la nuca o ahorcado. Pero no ocurrió así. Fidel Castro murió tranquilamente en su cama, a los 90 años, rodeado de los suyos, lo que él no le permitió a miles de fusilados y de desaparecidos en el mar, devorados por los tiburones del Estrecho de la Florida tratando de llegar a tierras de libertad en Estados Unidos.

No. La Historia no lo absolverá, que es lo que él más deseaba, dicho con sus propias palabras en aquel panfleto de autodefensa dictado en el año 1953, en el que se le dio la posibilidad de tirarse flores a sí mismo y en el que plagió, por cierto, una frase de Adolf Hitler.

La Historia lo condenará, como al resto de tiranos que han infectado el mundo Y que han sido figuras claves en la historia de monstruos del siglo XX. Fidel Castro pertenecerá inevitablemente a la nefasta cofradía de Hitler, Stalin, Pol Pot, Mussolini y Franco, entre otros.

La Historia lo condenará, pese a estos momentos iniciales tras su muerte en los que observo con tristeza cómo una gran cantidad de políticos y de personalidades de todas las esferas se deshacen en loas y cantos fúnebres dedicados a sus mamarrachadas a costa del sacrificio de todo un pueblo. Mamarrachadas elevadas y sublimadas a veces hasta el ridículo, debido al acontecimiento de su muerte, a la categoría de heroicidades, las que para nadie en otro contexto y con otro personaje tendrían el aparatoso y melodramático sentido que les han conferido.

Los que así se manifiestan han hecho de los horrores que se han cometido en Cuba un aval para su utopía personal. Se apoderaron de la revolución cubana como se la apropió el mismo Fidel Castro para crear un producto de marketing en beneficio propio, para justificar lo que sabía bien que sería y ha sido una quimera desastrosa y criminal.

La mayoría elogia a Fidel Castro, unos pocos excepcionalmente lo rebajan a populista, y ahí se queda el trato. Pero no fue un populista, fue un gángster político. Género producido en Cuba durante los años 30, impuesto en Sudamérica, rebautizada por ellos América Latina, y que en la actualidad causa furor en España. Un tipo de personaje que lo mismo asesina calculada y fríamente a través de calumnias o a balazo limpio que siembra de espías a periódicos y organizaciones internacionales, y miente sin que le tiemble una pestaña.

Estamos viviendo el fin de la novela de un nuevo estilo de dictador absolutista, muerto de una muerte demasiado esperada, del caudillo finiquitado de a poco, lentamente, y de sus muy bien entrenadas plañideras revoloteando como moscas alrededor del cadáver, ofreciendo el más patético de los espectáculos. Pero eso no es nada en comparación con los nueve días de gran show a la norcoreana que le han impuesto a los cubanos. Otro lamentable teatrucho más que no han podido evitar porque, de lo contrario, no serían ellos, y que mis compatriotas aceptan con el llanto velándoles los rostros y la rumba repiqueteándoles en el alma, un guaguancó muy escondido que marcará el ritmo de sus corazones, y enmascarado en lo más recóndito de sus conciencias.

Sí, este nuevo dictador se ha sobrepasado a sí mismo, ha ido más allá de lo imaginado, mucho más allá de aquella novela de Valle-InclánTirano Banderas; y de la de Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo; o de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa; del poema de Mario BenedettiLos canallas viven mucho pero algún día se mueren... Resulta una paradoja que dos de los mejores amigos de Castro, Gabo y Benedetti, hayan descrito y previsto con tanta exactitud algunos de los acontecimientos y rituales que se están dando estos días en el luto oficial.

En esas páginas ya tuvimos un adelanto magistral de lo que hoy estamos contemplando los cubanos del exilio, entre los que me encuentro, barajando sentimientos tan encontrados: dolor por nuestros muertos dispersos por el mundo, e ira al ver que las cenizas de Castro -esos viles polvos- recorren la isla transformada en escombros hasta llegar al cementerio de Santa Ifigenia, donde descansan los restos del más demócrata de todos los cubanos: José Martí.

Poco valdrá que yo escriba y opine como cubana, como exiliada, como escritora censurada, como víctima. Fidel Castro ha sido y es el tirano predilecto de muchos, siempre y cuando lo tuvieran bien lejos y sin padecer sus consecuencias, sin resignarse al horror, ni convertirse en la diana de sus rabietas, de sus constantes actos delirantes, los que llevaron a la ruina a una próspera isla y al desastre humano de sus habitantes.

Los cubanos debemos continuar, sin embargo, en esta batalla por la libertad de la isla. Muerto el Tirano número Uno, queda el hermanito número Dos. La dictadura persiste y existe.

Castro II, heredero, nombrado de a dedo por Castro I, tan sanguinario como él, sigue haciendo y deshaciendo a sus anchas. Estamos ante ese tiranuelo muy anciano también, y muy malvado, que después de destruir el país imponiendo el comunismo pachanguero y entregarle la isla durante más de 30 años a los soviéticos, de robarle el petróleo y el oro a los venezolanos convirtiendo a Venezuela en una provincia castrista de ultramar, ahora pretende resucitar el capitalismo a la hechura y medida de sus descendientes (todos hijos y nietos formados en el extranjero) con la anuencia y complicidad de Estados Unidos. O sea, pretende imponer un capitalismo salvaje de cruceros y mucha maraca y tumbadora para entretenimiento de los americanos, pero con la misma hambre y opresión para el pueblo.

No, el combate de los cubanos por la libertad y por la democracia no ha finalizado. Desde luego, también morirá Castro II, intentarán gobernar sus hijos y nietos -como ya he dicho-, y los militares de la alta jerarquía (puesto que se trata de una dictadura militar) se fajarán por su trozo de pastel. Pero los cubanos nunca olvidaremos a los que se han prestado a esta payasada diabólica, y seguiremos reclamando lo que nos merecemos desde hace mucho: ser los dueños de nuestros destinos, impedir que sigan considerándonos esclavos en todas partes y poder elegir a nuestros líderes mediante un sistema democrático que nos conduzca a la libertad y por fin a una vida normal.

Zoé Valdés es escritora cubana.

Rajoy y Montoro se burlan de sus votantes (otra vez)
Domingo Soriano Libertad Digital 3 Diciembre 2016

El Gobierno cree que tiene un electorado cautivo, al que puede castigar una y otra vez con el objetivo de no molestar a sus adversarios políticos.

Lo peor de la subida de impuestos que este viernes ha aprobado el Consejo de Ministros no es el destrozo que causará en la estructura productiva española, que será muy duro, sino el mensaje que manda este Gobierno otra vez, nada más llegar a La Moncloa, con puenticidad y alevosía, como aquel fatídico 30 de diciembre de 2011. Los 7.500 millones que recaudarán (y eso habrá que verlo, porque las previsiones recaudatorias de Cristóbal Montoro no se han cumplido en los últimos cinco años) no servirán para cuadrar las cuentas del Estado ni de la Seguridad Social.

Su consecuencia más duradera será propagandística: Mariano Rajoy y su ministro de Hacienda han certificado, por si había dudas, que comparten el principal mensaje de sus rivales políticos en lo que hace referencia a los impuestos: que en España se pagan pocos, que hay que castigar a grandes empresas y a los sueldos medio-altos, que los impuestos a las empresas no tienen consecuencias en los trabajadores o que se pueden subir los costes laborales sin que se resienta el empleo. No sólo eso, queda claro que lo que se supone que defiende su partido es apenas una estrategia electoral destinada a convencer a unos pocos incautos la próxima vez que se encuentren ante una urna (bueno, no tan pocos, hablamos de casi ocho millones de españoles que todavía les votan).

Los mensajes
- Rajoy y Montoro creen que pueden burlarse de su electorado
Es más, no es que lo crean, es que lo han hecho por segunda vez en cinco años. En 2011 había pocas excusas para ignorar por completo su programa electoral en materia fiscal. Habían prometido semanas antes que nunca harían lo que hicieron y tuvieron que recurrir a la excusa del agujero oculto dejado por Zapatero. Ahora, con el país creciendo al 3%, excusas no hay ninguna.

Por eso resultaba insultante ver este viernes al ministro riéndose en la rueda de prensa, mientras aseguraba a los periodistas que nunca habían hablado de una rebaja general de impuestos, amparándose en una retorcida mezcla de los programas de 2011 y 2015 y ocultando las promesas que estos contienen. Y pasando por alto todas las veces que los líderes populares dijeron hace cinco años y también en los últimos meses que no subirían la carga fiscal que soportan los españoles.

Desde aquí aconsejamos al ministro que compruebe que el primer compromiso en material electoral del programa del PP para las últimas elecciones era: "Dar prioridad a la reducción de la carga tributaria que enfrentan los ciudadanos y atender desde el ámbito fiscal sus necesidades e inquietudes". Y su primera promesa en este epígrafe: "Rebajaremos la carga fiscal de los ciudadanos, asegurando que los beneficios de la recuperación económica llegan a todos los hogares".

Eso sí, Montoro mientras tanto se agarra al tecnicismo de que el programa electoral no dice nada del Impuesto de Sociedades (y no dice nada, es verdad, pero ni de subidas ni de bajadas) y se olvida de todo lo demás. A partir de ahora, todo lo que el PP no haya negado de forma taxativa se entiende que lo puede hacer: como no dijo en campaña que no iba a subir Sociedades y cotizaciones un mes después de formar Gobierno, está legitimado para hacerlo. Es la nueva doctrina Montoro: si no digo nada, te la clavo.

- Los colaboradores
La pregunta sería por qué Rajoy y Montoro vuelven a engañar de esta manera a sus electores. Pues muy sencillo, porque su principal objetivo es mantenerse en el poder y aplacar a la prensa biempensante, que en España es mayoritariamente de izquierdas. Como además están convencidos que les seguirán votando hagan lo que hagan, pues creen que lo tienen sencillo.

Lo cierto es que en esto no parecen andar muy desencaminados y es algo que cada votante popular deberá preguntarse esta noche: cuánto estoy dispuesto a soportar. Porque habrá quien piense que la principal responsabilidad de lo ocurrido este viernes es de el presidente y su ministro de Hacienda. Pero cuidado, los que les votaron por segunda vez son como mínimo colaboradores necesarios.

- En España, trabajar duro, tener beneficios, crecer profesionalmente, esforzarse y crear riqueza está penalizado.
Éste es el segundo mensaje que Rajoy y Montoro quieren trasladar a la opinión pública y lo han hecho de forma alta y clara. No hay que engañarse, ya lo hicieron en 2011, nada más llegar al poder: si hay que ajustar algo para cumplir con el déficit, que paguen sólo empresas y clase media-alta (luego ni siquiera esto es verdad, pagamos todos, pero el mensaje que queda es ése).

En el PP han vuelto a diseñar una subida impositiva que parece dirigida especialmente contra una parte fundamental de su base electoral: profesionales de nivel medio y alto, grandes y pequeños empresarios, ejecutivos, altos funcionarios, autónomos con empleados… Hablamos de un trabajador poco politizado, que vota más por descarte que por convencimiento; que está empleado en los sectores o empresas más productivos, que ha conseguido construir una carrera profesional exitosa y que poco a poco va recogiendo los frutos de su esfuerzo. Es esa clase profesional que constituye la columna vertebral sobre la que se sostiene cualquier país próspero y que en España votó en su momento al primer PSOE de González, luego a Aznar y en 2015 dudaba entre dar su apoyo a Rajoy, a Rivera o quedarse en casa.

Todos ellos saben ya (si les quedaba alguna duda) que no pueden confiar en esos partidos que les cortejan unas semanas cada cuatro años. En España nadie les defenderá y todos les miran sólo como una vaca a la que ordeñar hasta que no quede nada dentro. Tener éxito en España está castigado y Rajoy y Montoro ya han demostrado dos veces, en 2011 y 2016, que aplicar ese castigo es su primera prioridad una vez tienen el poder en sus manos. Por cierto, no parece Rivera especialmente preocupado por el tema.

- De todas las opciones posibles, siempre escogeremos la más dañina para la estructura productiva y la generación de riqueza.
En los próximos días, les trasladarán el mismo argumentario, que Moncloa se preocupará muy bien de distribuir: "En España se recaudan pocos impuestos, hay que subir los ingresos del Estado, estamos cinco puntos por debajo de la UE en presión fiscal, había que hacer algo..."

No les crean. Porque el mensaje tiene implícita una asunción que es falsa ahora como lo era en 2011: que ésta era la única alternativa. Incluso aunque admitamos que España necesita recaudar más (y yo no estoy de acuerdo, pero hoy no voy a entrar en esa discusión), es mentira es que no hubiera otras opciones.

¿Montoro y Rajoy creían en 2011 y 2016 que había que subir la recaudación? Pues, por ejemplo, podían haber emprendido un programa de reformas estructurales de verdad, de las de calado, que consiguiera que la economía española creciera de forma sólida, la productividad se disparase, sueldos y beneficios subieran y, por lo tanto, la recaudación se incrementase. Eso habría implicado liberalizar sectores, flexibilizar nuestra absurda regulación, modernizar la estructura productiva y quitar poder a políticos, sindicatos y patronales para dárselo a empresarios y trabajadores, que son los que de verdad crean riqueza. Pero claro, eso habría supuesto también pisar callos, ser responsables, enfrentarse a campañas de los grupos de presión habituales y valentía política. ¿Ven ustedes a Rajoy o Montoro haciendo esto? Pues eso.

Y si no se les ocurría otra cosa que subir impuestos, podrían haberse centrado en los tributos al consumo, que distorsionan mucho menos la actividad productiva y no castigan la creación de riqueza de forma tan directa como IRPF, cotizaciones o Sociedades. Luis de Guindos se lo propuso en 2011, nada más llegar al Gobierno.

También habría sido una opción seguir las recomendaciones de los sabios a los que Montoro convocó en 2013 para que planteasen una reforma fiscal neutra pero más efectiva, es decir un sistema tributario que recaudando lo mismo penalizase menos la competitividad de nuestras empresas y trabajadores. Pero no. En ningún momento, ni el presidente ni su ministro de Hacienda se plantearon esa alternativa. Entre otras cosas porque habría implicado entrar en un debate ideológico que el PP hace tiempo decidió no dar.

- La izquierda tiene razón
Estamos convencidos de que pocas cosas han generado tanto placer en Moncloa y Hacienda como el tono positivo dela ultima semana en El País para con sus medidas. No hay nada que haga derretirse de gusto a un ministro del PP como una palmadita en el hombro de un periodista de izquierdas. Bien, ya tienen su palmadita, aunque ésta se haya convertido en una patada en el trasero de sus votantes. Porque el siguiente mensaje de este viernes está claro: la izquierda tiene razón.

El consenso (ya nos gustaría que se quedara en socialdemócrata) en España dice que el Estado gasta poco y ha sido austero en los últimos años (falso), interviene poco en la economía (más falso aún), recauda poco porque los impuestos son bajos (falso de nuevo), los ricos no ponen su parte (falso de toda falsedad), las empresas, sobre todo las grandes, se escaquean de forma habitual de sus obligaciones tributarias (falso y falso) o los impuestos a los salarios altos y las cotizaciones están por debajo de lo habitual en los países ricos de la UE (falso, falso, falso...)

Sí, estamos por debajo de la media de la UE en presión fiscal (esto es, si medimos el peso del Estado en la economía por sus ingresos, que no en gasto, algo que no se dice tanto). Pero eso es entre otras cosas porque no generamos suficiente riqueza para pagar los altísimos tributos que abonan daneses o suecos. A igualdad de ingresos, un trabajador español paga más impuestos que la mayoría de sus vecinos de la UE. El problema no es de tipos ni de impuestos bajos, el problema es que tenemos pocas empresas con beneficios y pocos trabajadores con sueldos de nivel medio-alto en comparación con esos países a los que tanto nos gusta mirar.

Por eso decíamos antes que si el PP ha decidido no intentar siquiera una reducción del gasto público, al menos podría haberse planteado otras opciones. Asumimos que por ahora es una misión casi imposible convencer a la mayoría de los españoles de que el modelo no es Dinamarca, sino Suiza, el país más próspero de Europa y que tiene un tamaño del sector público inferior al nuestro. Pero incluso sin dar esa batalla, parece claro que lo mejor que podían hacer Rajoy, Montoro, De Guindos, Rivera o Garicano era centrarse en lo apuntado antes: incentivar la creación de riqueza para sostener ese Estado que tanto les gusta. Pues tampoco. Su elección está clara, penalizar a los pocos que ya están prosperando y avisar a aquellos que puedan estar planteándoselo.

- "No os queremos aquí"
Por todo esto, cada vez que vean a un político haciéndose fotos en un parque tecnológico o lamentándose de la fuga de cerebros o hablando de atraer empresas a España o apostando por un "nuevo modelo productivo": no le crean. Bueno, tampoco había que creerles antes, pero ahora ya es evidente que el PP (tampoco Ciudadanos, por lo que parece) tiene nada que ofrecer al respecto. El mensaje que han lanzado, con hechos, es "No os queremos aquí".

Miren las medidas aprobadas este viernes y únanlas a las que sacó adelante el PP en diciembre de 2011: más impuestos a las empresas en forma de eliminación de deducciones y bonificaciones que no van acompañadas de recortes en los tipos, cotizaciones más altas para los salarios más altos (y abren la puerta al destope total), subidas del IRPF a partir de nivel medio-alto como las aprobadas en 2011… Todas han ido dirigidas al punto contra el que se dirige el discurso habitual de esos mismos líderes que se llaman de centro-derecha o liberales: los trabajadores y empresas más productivos de España. Sí, es un discurso que no se distingue demasiado del de la izquierda más trasnochada.

¿Fuga de cerebros? Tras el palo en las cotizaciones, que disparará el coste de contratar a los profesionales más cualificados, prepárense para la gran evasión. ¿Nuevo modelo productivo? Sí, el de sueldos bajos, economía sumergida y cero inversión en aumentos de productividad. Es cierto, no es muy nuevo, es lo habitual en nuestro país, pero llegará acompañado de fotos con emprendedores y campañas de publicidad públicas. ¿Atracción de talento? Seguro que las grandes multinacionales que manejaban España como una alternativa para sus sedes (si es que había alguna que se lo estuviera pensando) están encantadas de que les suban los impuestos o les cobren mucho más por sus ejecutivos o empleados mejor pagados.

Sí, definitivamente el mensaje está claro. Rajoy y Montoro pueden estar seguros de que todos lo hemos recibido. Dicen que fue Anaxágoras el primero que dijo aquello de "Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos, es mía". No sabemos a quién habría votado el filósofo griego si viviera en la España actual. Quién sabe, quizás al PP. Una cosa es que fuera sabio y otra que fuese siempre coherente.

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Francisco José Alcaraz:
'EEUU da ejemplo a España de cómo tratar a un terrorista’
El presidente de Voces contra el Terrorismo también denuncia en LA GACETA que por ser crítico con el Gobierno de Rajoy ha sido excluido de todos los actos, cada vez más, y está sufriendo la muerte civil.
Rosalina Moreno Gaceta.es 3 Diciembre 2016

“Qué pena que Estados Unidos tenga que dar ejemplo al Gobierno de España de cómo tratar a un terrorista. Aquí le dan sueldo y empleo político”. Francisco José Alcaraz, presidente de Voces contra el Terrorismo (VCT) manifiesta en LA GACETA que “de nuevo EE UU ha dejado claro que cuida a las víctimas del terrorismo y a sus ciudadanos frente al terrorismo y, sin embargo, en España esto no ocurre”.

Se pronuncia así después de que EEUU impidiese al líder batasuno Arnaldo Otegi volar a Cuba por la muerte de Fidel Castro. Las autoridades francesas no dejaron a Otegi embarcar porque Washington no le autoriza a sobrevolar su espacio aéreo al haber sido condenado por terrorismo.

“Es lamentable que en España no se dé un tratamiento a las víctimas de ETA como se merecen”, critica el presidente de Voces contra el Terrorismo. No perdona a Mariano Rajoy. Considera que su gestión al frente del Gobierno se resume en la palabra “traición”, y del exministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, expresa que “difícilmente ha habido uno peor”.

Denuncia que “el Gobierno blanquea a los terroristas al no aplicar la ley de partidos para expulsarlos de las instituciones y por no perseguir todos los actos de enaltecimiento y de homenaje que hay”. “Es triste”, añade indignado Alcaraz, quien con 19 años, el 11 de diciembre de 1987, perdió a su hermano y a sus dos sobrinas de tres años a causa de la explosión de un coche bomba de ETA colocado en la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza. Antes de fundar Voces contra el Terrorismo presidió entre 2004 y 2008 la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

Considera que “Rajoy es igual que José Luis Rodríguez Zapatero”, si bien destaca que “la política penitenciaria de este Gobierno es aún más beneficiosa para ETA que la del socialista, porque ha minimizado los requisitos que se pedían a través de la Vía Nanclares, y ha aplicado una sentencia que ha permitido la excarcelación de centenares de terroristas, aunque no estaba obligado a hacerlo, salvo por los compromisos que tenía Zapatero”.

Hace hincapié que “si ETA no ha asesinado no es fruto de la derrota policial y política de la banda terrorista, sino de haber conseguido gran parte de sus objetivos a través de un proceso de negociación”. Hace hincapié en que “ETA ni mucho menos está acabada”. “No está derrotada. Y no lo digo yo, lo dice la propia ETA con cada zulo lleno de armas que no han entregado y con sus terroristas huidos de la Justicia. Además, los cachorros de ETA siguen actuando, como ha sucedido en Alsasua”, argumenta. De hecho, la novia del teniente agredido se ha tenido que marchar por la presión proetarra.

Con todo, afirma rotundo que “de este Gobierno las víctimas no pueden esperar nada, porque no ha hecho nada por ellas” y que “quienes están esperando son los de ETA, esperando a que siga cumpliendo todos y cada uno de los puntos pactados por el expresidente Zapatero”. Según revela, a los 40 días de que Rajoy llegara por primera vez a Moncloa se dio cuenta de que “había una continuidad del proceso pactado”. Advierte de que “por denunciarlo y ser crítico, el PP y el Ministerio del Interior han excluido cada vez más a Voces contra el Terrorismo de sus actos”, y es la única asociación a la que dejan fuera.

“Nos han aplicado la muerte civil en todos los sentidos”, relata compungido, y añade que “será porque algo estamos haciendo bien y alguno le estará molestando a nuestras críticas”.

Preguntado por los actos de apoyo a los atacantes de los guardias civiles de Alsasua y sus parejas dice que el problema que ve no es que los terroristas hagan homenajes a terroristas y persigan acciones que defienden la ruptura de España, porque “hacen lo que es intrínseco a su naturaleza de terroristas, sino que el Gobierno y los españoles no están haciendo nada, sino permitiendo y consintiendo estas acciones”. “El problema es que la sociedad ante situaciones como esas no reacciona y no exige a nuestros gobiernos que lo hagan, ese es el gran problema”, sentencia.

Sobre la reunión que la asociación Sare mantendrá con diputados del Parlament catalán el próximo 14 de diciembre, y que participen en otra con el presidente de la Comisión de Justicia, Germà Gordó, el presidente de VCT dice que no le preocupan, ni la que tuvo lugar con los mediadores internacionales. Indica que “por detrás, se llegan a acuerdos y hay maniobras muchísimo peor” y que "cuando ellos lo hacen ya públicamente es porque saben que detrás tienen unas bases de acuerdo con ETA, que no se van a romper e insisten en que el proceso se acelere”. En este sentido, subraya que “Rajoy tampoco lo está haciendo tan lento, porque ha soltado muchísimos más terroristas que Zapatero”.

Alcaraz el problema que ve es que “se estén acercando presos al País Vasco y empiecen a salir de las cárceles y nadie diga nada”. Tampoco le agrada ver "a partidos como Podemos manifestarse defendiendo a los detenidos de Alsasua y con políticas de apoyo a los terroristas".

Y mucho menos, que la sociedad española esté siendo "tan tolerante con los proetarras y con los gobiernos que mantienen el proceso con ETA”. Considera que “esta sociedad está enferma”, y alerta de que “tarde o temprano todo esto lo iremos pagando en muchísimos ámbitos”.


 


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