AGLI Recortes de Prensa   Martes 27  Diciembre  2016

¿La UE es como la URSS, un imperio agonizante?
¿Los sangrientos crímenes del comunismo legitiman todo lo que se ha hecho desde las democracias occidentales y por los déspotas orientales?
Pascual Tamburri gaceta.es 27 Diciembre 2016

Hace 25 años Mijail Gorbachov destruyó un imperio. No sólo liquidó la URSS como poder mundial alternativo al occidental, sino que primero permitió la dispersión de sus países vasallos y aliados (no siempre pacífica) y dio pie después a la descomposición de la misma Unión Soviética. Fue muy fácil ver la parte positiva de aquel gigantesco cambio, entre 1988 –la retirada de Afganistán- y 1991 –el fin de la URSS y su compleja sucesión: era el comunismo el que, creíamos, perdía la Guerra Fría y desaparecía de nuestras pesadillas. La bandera roja que se arriaba en el Kremlin había ido asociada a mucho sufrimiento y a muchos millones de muertes.

“Nadie ignoraba entonces que se trataba de la disolución de un Estado genocida, fundado sobre un proyecto tan imposible como sangriento de construcción del socialismo y de destrucción de todo lo que no se sometiese a éste. Y de hecho sólo un Estado inspirado en la URSS (la China de Mao) ha matado a más de sus ciudadanos en números absolutos y sólo otro de base igualmente marxista (la Camboya de Pol Pot) la ha superado en números relativos de muertos, deportados y torturados. ¿Una buena noticia? Sí, sin duda. Pero es hora más que sobrada de reflexionar y de leer sobre qué fue y qué quiso ser la URSS, sobre cómo cayó y qué dejó de legado. Más aún a la luz de lo que estamos viendo suceder ahora”.

Pero era mucho más que un sistema político, social y cultural que desaparecía. Era, además, todo un bloque geopolítico que dejaba de importar y pasaba a ser coto de caza de otros o, como mucho, conglomerado de pequeñas y respetuosas potencias sin capacidad de decidir. A la vez que el comunismo perdía (sin desaparecer, tanto por su persistencia ideológica en la batalla de los valores como por la supervivencia de comunismos excéntricos como el cubano, el coreano, el vietnamita o, ante todo, el chino) perdía el viejo imperio ruso-soviético. Al menos de momento.

Una cosa llevó a la otra. El fracaso económico y sobre todo el fracaso de proyección del comunismo ruso llevó a aquella derrota; y esa derrota se plasmó en un retroceso imperial. Que no era lo mismo, porque uno puede ser enemigo del comunismo sin serlo de una Rusia libre, pero que en aquel momento lo pareció. Y es que cuando un Imperio asocia su suerte a la de una ideología corre el riesgo de caer cuando tal doctrina tropiece. De esa muerte murió la URSS; de esa vida se arriesga a renacer un espacio imperial sunnita; de esa duda se arriesga a no terminar de nacer un imperio ¿chino o neo-marxista?; y desde luego en esa encrucijada está Occidente, tanto en la vertiente americana cono en la polvareda europea.

La Unión Soviética era la “cárcel de los pueblos”. Y lo era de verdad, porque 15 Repúblicas Socialistas y cientos de entidades reconocidas formaban un enorme despliegue de variedad que todos suponíamos unida por el puño de hierro de Moscú. La prueba –a contrario- viene dada por lo que pasó hace un cuarto de siglo: cuando Moscú, por voluntad culpable deGorbachov, aflojó su puño, no sólo retrocedió el mundo comunista sino que a la vez se descompuso el imperio ruso. Dejaron de creer en lo que durante 75 años había dado sentido a su poder; y no han vuelto a ser un poder mundial hasta reencontrarse con otra doctrina que diese contenido a razón a su poderío, y diese a pueblos y gentes distintas razón para vivir juntos. Un imperio.

En el espacio musulmán, con mil problemas, faltan muchos elementos para construir un imperio. Pero tienen una razón para unir a millones al hacerlo, que es, sencillamente, el grito que todo lo legitima, Allah akbhar. Desde luego es incompensible para occidentales economicistas, hedonistas y en todo caso materialistas, que se pueda pensar en dimensiones imperiales y que se puede hacer con un sentido religioso. Pero se puede, por supuesto que se puede. Nuestros mayores lo hicieron, y seremos ciegos si no vemos que se puede hacer, y que se puede hacer pasando por encima de nosotros.

Mientras que vemos apuntar una posibilidad imperial china (basada en la cantidad) y una musulmana (basada en la fe), la realidad imperial deEstados Unidos busca su propio camino, y Rusia quizá lo reencuentra, con la única seguridad de no encontrarlo ya en las decisiones de 1945. Y dejando a Europa, a la Europa de la Unión Europea para ser exactos, huérfana tras unas décadas de cómoda subordinación y de opulenta dependencia sin responsabilidades imperiales reales. Sólo un político europeo del siglo XXI puede pretender hacer geopolítica a partir del “bienestar”. Se reprocha a los rebeldes contra la inercia y contra la continuidad hacia el abismo que rompen casi un siglo de tabúes, como lo hacen en Francia la Le Pen, en AustriaHofer y en la Gran Bretaña del Brexit el polémico Farage. Pero ahí está la UE: o encuentra un camino, con el nombre que sea, que dé a todos un sentido y dé una razón para la vida y la lucha en común, o en vez de imperio europeo tendremos una Europa dispersa, de pequeños países impotentes y sometidos a los verdaderos imperios. Nuestra elección de hoy es la misma que Rusia ya afrontó. ¿Queremos un Putin o un Gorbachov?

Sentido común
RAÚL CONDE El Mundo 27 Diciembre 2016

Sostiene John Elliott en La Razón que "una forma de solucionar los nacionalismos es enseñar catalán y gallego en las escuelas de todo el país". No sé si esta idea sería útil, pero creo que el hispanista acierta al señalar los prejuicios hacia las lenguas cooficiales. El día que los presentadores del Telediario pronuncien tan bien Puigdemont como Shevardnadze, el día que todas las teles autonómicas puedan sintonizarse en el conjunto del territorio estatal y el día que los medios públicos catalanes dejen de referirse a España como "Estado español", este país habrá asumido que su diversidad no es incompatible con la cohesión nacional. Los pequeños gestos no erradican las tensiones, pero ayudan a rehacer los puentes. Hablo de exhibir una sensibilidad real, no aquella que considera al catalanohablante como parte del simpático folklore regional. Hablo de la utopía del sentido común: que un catalán pueda elogiar la inmersión lingüística sin ser tachado como un indepe o que defienda lo contrario sin ser proscrito como un facha. ¿Será posible algún día?

El dia de los inocentes es mañana (Elliot y Conde)
Nota del Editor 27 Diciembre 2016

Si no es una broma de los inocentes es toda una sarta de estupideces. Las lenguas regionales son la causa del mayor desastre que están sufriendo y los españoles y España. Y que un catalán pueda defender la inmersión lingüística sobre los hijos de los demás pertenece al rango hitleriano.

Conocer para no olvidar
Hay que evitar que la memoria de las víctimas del terrorismo caiga en el olvido.
Cayetano González Libertad Digital 27 Diciembre 2016

El Defensor del Pueblo acaba de hacer público el estudio Los derechos de las víctimas de ETA. Su situación actual, elaborado por encargo del Congreso de los Diputados, que en una moción aprobada el 23 de abril de 2015 encomendaba

al Defensor del Pueblo, Alto Comisionado de las Cortes Generales para los Derechos Fundamentales, que proceda a elaborar un estudio específico sobre la afectación de los derechos humanos de todas las víctimas de ETA y su situación actual, con recomendaciones dirigidas al conjunto de las Instituciones del Estado.

El estudio analiza la ley de protección integral de 2011; las relaciones entre la Administración y las víctimas; la situación penitenciaria de los autores de ataques terroristas o el relato y el recuerdo de los atentados de ETA. En este último capítulo se incluye un epígrafe específico, titulado "Las víctimas del terrorismo de ETA en la educación de los jóvenes", en el que, después de analizar el tratamiento que se da a la banda terrorista y a sus crímenes en catorce manuales de Historia, se concluye que en estos no se explicita la perspectiva ni el pensamiento de las víctimas, así como las consideraciones filosóficas, antropológicas y éticas sobre el terrorismo de ETA.

Si se quiere que la memoria de las víctimas del terrorismo no caiga en el olvido, lo primero que hay que hacer es conseguir que los jóvenes de hoy conozcan lo que ha pasado en nuestra historia reciente, y a ser posible que ese conocimiento les llegue a través de las propias víctimas.

Mi experiencia personal al respecto no deja lugar a dudas. Durante los años en que dirigí el Observatorio Internacional de Víctimas del Terrorismo, y en estos últimos tres, en que he tenido la oportunidad de explicar directamente a alumnos universitarios de entre 20 y 23 años el horror que se ha vivido en España con el terrorismo de ETA o con el brutal atentado del 11 de marzo de 2004, la reacción de los jóvenes siempre ha sido la misma: primero, la incredulidad, acompañada de preguntas sobre cómo es posible que no supieran nada al respecto; cómo han podido vivir sumidos en la más profunda ignorancia en torno a una triste y dolorosa realidad que han padecido tantas personas. Y el siguiente paso ha sido el de empatizar absolutamente con las víctimas, sobre todo cuando han tenido la oportunidad de escuchar sus testimonios en directo, o a través del visionado de las espléndidas y valiosas películas de Iñaki Arteta, por ejemplo Trece entre mil o 1980.

Los testimonios escuchados directamente por mis alumnos del Centro Universitario Villanueva de víctimas del terrorismo de ETA como Maite Pagazaurtundua, José Antonio Ortega Lara o Ana Iríbar fueron para ellos, también para mí, una lección magistral de dignidad y entereza moral que muy difícilmente olvidarán, y que ningún catedrático puede impartir; pero las víctimas sí.

Por eso, a medida que pasen los años, y para abortar el peligro del olvido, es imprescindible, como el estudio del Defensor del Pueblo recomienda, que se fomente entre nuestros jóvenes el respeto y consideración a las víctimas del terrorismo. Y eso no se consigue exclusivamente a través de los libros de texto, por muy necesario que sea que estos no se limiten a referirse al daño causado por el terrorismo de ETA con la frialdad de unas cifras y unos gráficos.

Ya lo dijo en su día nuestro querido y admirado Gabriel Moris, que perdió a un hijo en el atentado del 11-M: "No podemos olvidar lo inolvidable". Pensando en los jóvenes de ahora, y en los que vendrán a lo largo de los años, no se me ocurre mejor método para lograrlo que el que sean las propias víctimas –las que quieran, las que tengan ánimo para ello– las encargadas de explicar a esos jóvenes el sacrificio que supuso que sus maridos, sus padres, sus hijos, sus hermanos dieran la vida para defender esa libertad que ahora todos, también los jóvenes, pueden disfrutar.

2016, el fin de la socialdemocracia
Xabi Olaskoaga latribunadelpaisvasco.com 27 Diciembre 2016

Si hay algo por lo que será recordado este 2016 que está a punto de llegar a su ocaso es por el fin de la socialdemocracia. A lo largo del orbe, los socialdemócratas han hecho su particular canto del cisne siendo barridos por la derecha liberal-conservadora y los populismos de derecha alternativa, con la excepción española que ha optado por un populismo de izquierdas.

En Europa, los partidos que han defendido este corpus ideológico se encuentran en fase de liquidación y derribo. Especialmente significativo ha sido el hundimiento de los socialistas españoles -vascos incluidos- y franceses, formaciones que han sido claves durante décadas en la gobernabilidad de sus respectivos Estados y que están a punto de diluirse por el sumidero de la historia.

La mayoría de los analistas políticos coinciden en que los socialdemócratas deben reformular sus ideas y presentar un nuevo liderazgo. Bajo mi punto de vista, la socialdemocracia va a morir porque sus planteamientos traen un defecto de forma inicial y no existe salvación posible para ellos. Gran parte de los problemas que sufre hoy Europa y el mundo se deben, precisamente, a la socialdemocracia y así lo han entendido los electores a lo largo de este año en no pocos países.

Aunque los socialdemócratas actuales se empeñen en ocultar su pasado marxista, el hecho es que comparten con los comunistas un mismo origen y una misma finalidad. La diferencia entre ambos estriba en la metodología: el comunismo es el tren de alta velocidad del marxismo mientras que la socialdemocracia es el tren a vapor. Sin embargo, su estación de destino es idéntica.

Durante años, los socialdemócratas han logrado camuflar su gemellaggio ideológico con el comunismo, presentándose como una opción política menos radical en lo superficial y en lo temporal para el electorado, pero manteniendo parte del trasfondo del marxismo en materia económica, social y cultural. Y les ha funcionado bien durante décadas puesto que han sido, con diferencia, los partidos socialdemócratas los que han controlado la política europea continental. En otras palabras, los socialdemócratas se han presentado como la rama aceptable de la misma familia marxista mientras acusaban a los comunistas de ser poco menos que el coco.

El choque socialdemócrata con el iceberg se produjo en 2007, con el estallido de la crisis financiera global. Los socialdemócratas optaron por ponerse de perfil, sonreir al electorado e intentar mantener su base de poder con buenas palabras y mejores intenciones. José Luis Rodríguez Zapatero o Gerhard Schöder, entre otros, son buena muestra de ello: políticos con una gran capacidad de comunicación y empatía con los votantes y ninguna idea sustancial. Ambos llegaron, incluso, a crear escuela, siendo François Hollande y Gordon Brown dos de sus alumnos más destacados. Hoy no queda nada de ellos.

En Alemania, la competencia de Angela Merkel no son los socialdemócratas sino la nueva derecha de Alternativa por Alemania, que aspira a ser, a su forma, un movimiento de masas según las tesis marxistas.

En Francia, las elecciones presidenciales se decidirán, según todas las previsiones, entre el liberal-conservador opuesto a la inmigración François Fillon y la frontista Marine Le Pen, cuyo programa económico es claramente socialista. El socialismo francés ni está, ni se le espera, ni le interesa a nadie tras la hecatombe legada por Hollande.

En España, la única oposición al Partido Popular y a Mariano Rajoy se encuentra en el populismo de izquierdas de Podemos comandado por Pablo Iglesias, tras la autodestrucción predecible y lógica del PSOE de Pedro Sánchez, Susana Díaz y compañía, pupilos todos, en mayor o menor medida, de José Luis Rodríguez Zapatero.

En Grecia, Syriza destrozó al socialdemócrata PASOK y ahora tiene como únicos adversarios a la conservadora Nueva Democracia o a los nacional-socialistas de Amanecer Dorado. Y así, un largo etcétera.

La crisis financiera ha endurecido al electorado. La socialdemocracia solo ha ofrecido promesas y voluntarismo frente a otros sectores, particularmente el populismo, que quieren tomar el cielo al asalto. Los socialdemócratas no pueden combatir el aumento del paro, las desigualdades sociales, la inmigración descontrolada o el terrorismo islamista porque no tienen voluntad de lucha y como son una versión soft, una especie de whisful thinking del marxismo, jamás aplicarán medidas estructurales o radicales, quedándose siempre en lo cosmético, en lo superficial. En las crisis, los votantes quieren líderes, cambios, rupturas. Y todo eso no se lo proporcionará la socialdemocracia, una fotocopia mala e insustancial del comunismo, ideología a la que debe reconocerse una voluntad de combate político inequívoca y que ha servido de ejemplo en este aspecto para los nuevos populismos, tanto de derechas como de izquierdas.

Aunque algunos sigan empeñados en resucitarla, la socialdemocracia ha fallecido en 2016. No habrá ningún mesías redentor que, como a Lázaro, le haga volver a andar. Y en 2017 será enterrada sin ningún tipo de honores.

¿"Nada que ver con el islam"?
Judith Bergman latribunadelpaisvasco.com 27 Diciembre 2016

Artículo Vía Gatestone Institute

Por primera vez, una figura del establishment europeo, de la Iglesia, se ha pronunciado contra un argumento que exonera al ISIS y que esgrimen con frecuencia las élites políticas y culturales de Occidente. El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, dijo en Francia el 17 de noviembre que, para hacer frente a la violencia de motivación religiosa en Europa,

es necesario distanciarse de la postura, cada vez más popular, que es decir que el ISIS "no tiene nada que ver con el islam" (...). Hasta que los líderes religiosos no den un paso y asuman la responsabilidad por los actos de quienes hacen cosas en nombre de su religión, no veremos ninguna resolución".

El arzobispo Welby dijo también que "es muy difícil entender las cosas que impelen a las personas a cometer algunos de los terribles actos que hemos visto en los últimos años, a no ser que se tenga cierto conocimiento religioso".

"El conocimiento religioso" ha escaseado, especialmente en el continente europeo. Sin embargo, en todo Occidente, personas con poco o ningún conocimiento del islam, incluidos líderes políticos, periodistas y creadores de opinión, se han convertido de repente en "expertos" en el islam y el Corán, asegurando a todo el mundo que el ISIS y otras organizaciones terroristas similarmente genocidas no tienen nada que ver con la supuesta "religión de paz", el islam.

Llama la atención, por tanto, oír por fin una voz del establishment, especialmente un hombre de la iglesia, que se opone, aun guardando cautela, a esta postura curiosamente uniforme (y estupefacientemente desinformada) sobre el islam. Hasta ahora, las iglesias del establishment, a pesar de las atrocidades cometidas por musulmanes contra cristianos, han estado excesivamente ocupadas con el llamado "diálogo interreligioso". El papa Francisco incluso ha regañado a los europeos por no ser más obsequiosos con los migrantes que han saturado el continente, preguntándoles:

¿Qué te ha pasado a ti, a la Europa del humanismo, a la defensora de los derechos humanos, la democracia y la libertad? (...) Madre de grandes hombres y mujeres que dedicaron e incluso sacrificaron sus vidas por la dignidad de sus hermanos y hermanas?

(El Papa, antes de pedir retóricamente a los europeos que sacrifiquen sus vidas por sus "hermanos y hermanas" migrantes, quizás debería preguntarse cuántos de esos migrantes musulmanes en Europa consideran a los europeos sus "hermanos y hermanas").

Son unas declaraciones sobre el islam especialmente significativas en boca del arzobispo de Canterbury, el máximo obispo y líder de la Iglesia Anglicana, y jefe simbólico de la Comunión Anglicana, compuesta actualmente de unos 85 millones de miembros en todo el mundo, siendo la tercera mayor confesión mundial.

Abdelhamid Abaaoud, uno de los diseñadores de los atentados islamistas de París de noviembre de 2015
Hace tan sólo un año, en unas declaraciones sobre las masacres de París, el arzobispo siguió la ortodoxia políticamente correcta pontificando que "la perversión de la fe es uno de los aspectos más acuciantes de nuestro mundo actual". Explicó que los terroristas del Estado Islámico habían distorsionado su fe hasta el punto de creer que estaban glorificando a su dios. Desde entonces, es evidente que ha cambiado de opinión.

¿Puede alguien esperar que otros líderes de la iglesia y la política presten atención a las palabras del arzobispo Welby, o seguirán siendo convenientemente ignoradas? Es evidente que los líderes occidentales han escuchado de manera selectiva durante muchos años, e ignorado las verdades que no se ajustaban al "relato" que a los políticos les gusta imaginar, especialmente cuando las dicen los auténticos expertos sobre el islam. Cuando, en noviembre de 2015, el jeque Mohamed Abdulá Nasr, experto en ley islámica y licenciado por la Universidad Al Azhar de Egipto, explicó por qué la prestigiosa institución, que forma a alumnos en la corriente mayoritaria del islam, se negó a denunciar al ISIS por ser antiislámico, nadie lo escuchó:

El Estado Islámico es un subproducto de los programas de Al Azhar. Así que, ¿cómo puede condenarse a sí misma por antiislámica? Al Azhar dice que debe haber un califato, y que es una obligación para el mundo musulmán. Al Azhar enseña la ley de la apostasía y a matar al apóstata. Al Azhar es hostil hacia las minorías religiosas, y enseña cosas como que no que no hay que construir iglesias, etc. Al Azhar defiende la institución de la yizia [tributo exigido a los no musulmanes]. Al Azhar enseña a lapidar a la gente. Así que, ¿cómo puede Al Azhar denunciarse a sí misma por antiislámica?

Tampoco los líderes occidentales escucharon cuando The Atlantic, que no es precisamente una cabecera anti establishment, publicó un estudio de Graeme Wood, que investigó a fondo al Estado Islámico y su ideología. Habló con miembros y reclutadores del Estado Islámico y concluyó:

La realidad es que el Estado Islámico es islámico. Muy islámico. Sí, ha atraído a psicópatas y buscadores de aventuras, extraídos sobre todo de las poblaciones desafectas de Oriente Medio y Europa. Pero la religión que predican sus más fogosos seguidores se deriva de interpretaciones coherentes e incluso eruditas del islam.

En Estados Unidos, otra figura del establishment, Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano y jefe del gabinete entrante de Donald Trump, hizo hace poco unas declaraciones con un efecto parecido a las del arzobispo de Canterbury. "Claramente, hay algunos aspectos de esa religión que son problemáticos, y los conocemos: los hemos visto", dijo Priebus al ser preguntado acerca de la opinión del asesor de Seguridad Nacional entrante, el exteniente general Michael Flynn, de que el islam es una ideología política que se oculta tras una religión.

En gran parte de la sociedad estadounidense, que Flynn opine que el islam es una ideología política se considera polémico, a pesar de que las doctrinas políticas y militares del islam, resumidas sucintamente en el concepto de yihad, se codifican en la ley islámica –la sharia–, y se encuentra en el Corán y las hadices. Los yihadistas que cometen atentados al servicio del ISIS, por ejemplo, sólo están siguiendo las órdenes del Corán: "Combate y mata a los no creyentes allá donde los encontréis" (9:5) y "Combátelos hasta que no haya más fitna [lucha] y se sometan todos a la religión de Alá" (8:39).

La pregunta es, entonces, si otras figuras del establishment también reconocerán lo que alguien como el arzobispo Welby –y el extraordinario presidente de Egipto, Abdel Fatah el Sisí– han tenido por fin el coraje de decir en público: que si uno insiste en seguir siendo un "analfabeto religioso", entonces es imposible resolver el problema de una violencia de motivación religiosa.


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Lo que la independencia arrebata
Mikel Buesa Libertad Digital 27 Diciembre 2016

Más vale empezar a pensar en los estragos que podría llegar a producir su conclusión favorable a quienes impulsan la secesión de esa región española.

Tal como se están poniendo las cosas en el asunto de la independencia de Cataluña, más vale empezar a pensar en los estragos que podría llegar a producir su conclusión favorable a quienes impulsan la secesión de esa región española. En los últimos días, con el auxilio del PSOE y de Podemos, los partidos nacionalistas han logrado iniciar la anulación de las competencias del Tribunal Constitucional para suspender de empleo a los políticos que incumplen sus resoluciones, con lo que se restaurará la situación anterior, en la que la defensa del Estado de Derecho sólo era factible a través de la jurisdicción penal. Esa defensa es, en la práctica, muy poco eficaz debido a la parsimonia –sin duda, interesada– con la que los jueces superiores se toman este tipo de asuntos, que, al fin y al cabo, son tan comprometidos que suscitan una inevitable incertidumbre sobre su carrera futura. La instrucción del caso del 9-N –que lleva ya más de dos años– es buena prueba de ello; y a uno le entra la duda de que esa manera de actuar sea la más adecuada para frenar una declaración de independencia, que, al fin y al cabo, no es más que una cuestión de hecho. Claro que quedan otras posibilidades, como son la intervención preventiva de las competencias autonómicas por la vía del artículo 155 de la Constitución, para evitar que se produzca el hecho fundador del Estat Català, o, de forma más contundente, la apelación al artículo 116 para declarar el estado de sitio, con el fin de que aquel no llegue a tener vigencia más allá de unas pocas horas –como, por cierto, ya ocurrió en ocasión similar durante la Segunda República–. Sin embargo, no logro percibir ni en el Partido Popular ni en el Socialista la voluntad política necesaria como para adentrarse en tan procelosos procedimientos, con lo que la situación de hecho podría acabar enquistándose en una pelea leguleya de varios años de duración, mientras la realidad política transita hacia la efectiva existencia de la República Catalana.

Es en este contexto en el que cabe hacer algo de prospectiva para averiguar lo que la independencia de Cataluña puede arrebatarnos. Para empezar, no queda otro remedio que referirse a la enorme crisis institucional que tal acontecimiento produciría. La Constitución quedaría convertida en papel mojado y, dado que se encuentran latentes en otras partes del territorio, no sería extraño que las tensiones centrífugas se vieran impulsadas por tan inquietante situación. Más aún, todo ello podría alimentar a las fuerzas revolucionarias emergentes –que ahora son visibles, aunque su poder sea limitado y estable– y empujarlas a intentar el derribo del sistema de 1978. El resultado de un proceso de esta naturaleza es sumamente incierto y, por tanto, no cabe visualizarlo a priori. Además, no es descartable que derive hacia algún tipo de violencia, pues las semillas que la alimentan están ya echadas, después de tantos años de propaganda nacionalista. No olvidemos que, incluso en sociedades pacíficas, en el nombre de la patria se han cometido atroces crímenes y se han emprendido guerras con la entusiasta participación de quienes, hasta entonces, se consideraban incapaces de matar a una mosca. Podría llegar así a constatarse que, como señaló el historiador británico Norman Davies, "la transitoriedad es uno de los rasgos fundamentales del orden político" y que, al fin y al cabo, "todos los estados y naciones, por grandiosos que sean, florecen una estación y luego son sustituidos".

Y están luego las consecuencias económicas. Me he referido a ellas en varias ocasiones y por ese motivo no entraré en demasiados detalles. Básicamente, lo que hay que decir es que sobre este asunto hay dos líneas argumentales contrapuestas. Una, la nacionalista, parte del supuesto de que Cataluña, aunque independiente, permanecerá vinculada a España a través de la Unión Europea; y como este es el aspecto institucional más relevante para las relaciones económicas y comerciales, al mantenerse incólume, nada cambiará de manera apreciable, seguirán los mismos intercambios de bienes y servicios, la misma moneda, la misma prima de riesgo, la misma garantía del Estado del Bienestar. Sólo cambiará una cosa: con la independencia los impuestos catalanes se quedarán en la Generalitat y no se repartirán con España. Los nacionalistas esperan sacar con eso unos 16.000 millones de euros y financiar así la felicidad de los nuevos ciudadanos catalanes, que, de ese modo, serán ricos sin hacer ningún esfuerzo adicional. O sea, Jauja.

La otra es más insidiosa y señala que sí se van a producir cambios institucionales, pues la independencia es incompatible con la permanencia de Cataluña en la Unión Europea. La secesión crea fronteras, y tras ellas se manifiesta todo un mundo de aranceles, regulaciones, inspecciones y cambios en las preferencias que levantan barreras al comercio, incrementan los costes y hacen caer la actividad económica. Cataluña puede perder en poco tiempo más del 16 por ciento de su PIB, con lo que su renta por habitante, bajo el supuesto de que la población no se mueva del territorio, caerá al nivel de dos décadas atrás. Además, habrá deslocalizaciones de empresas, que agravarán aún más las cosas. Todo ello repercutirá en la recaudación de impuestos, con lo que Jauja, la arcadia prometida, se desvanecerá al aparecer un déficit público insostenible del orden del 10 por ciento del PIB. Y ello sin contar con el respaldo financiero del Reino de España ni con el amparo interventor del Banco Central Europeo.

Para España también habrá costes económicos, aunque más moderados. El país se hará más pequeño y su mercado se reducirá, al ser menor su población y su renta. Además, el impacto comercial de la secesión catalana, salvo que se vea compensado en parte por las deslocalizaciones de empresas, puede llevarse por delante alrededor del tres por ciento del PIB, y ello hará que la renta per cápita de los españoles se sitúe en el mismo nivel que tenía hace una década, justo antes de la crisis financiera internacional.

En resumen, lo que la independencia arrebata es mucho. Lo es económicamente más para los catalanes que para el resto de los españoles, aunque en ambos casos está en juego el nivel de bienestar tan arduamente conseguido en las últimas décadas. Y lo es también políticamente, pues en un caso se llegará a una república aislada de su entorno, condenada al ostracismo internacional, y en el otro a un sistema constitucional puesto en cuestión, cuya fragilidad puede ser la antesala de la pérdida de la libertad.

Pablo Planas Libertad Digital 27 Diciembre 2016
"Habrá unas hostias que parirán terror"
La política catalana no es un serial, sino algo real en lo que se juega con fuego también real.

La gente que siga el culebrón titulado El Procés, que ya va por la quinta temporada, se debe de preguntar a qué responde que el presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont, haya aceptado intentar la vía de proponer al Estado un referéndum pactado sobre el futuro de España en el que sólo podrían votar los censados en Cataluña. Es la ya denominada Vía Colau, que vendría a ser algo así como la pared noreste del Masherbrum, una montaña del Himalaya. Nadie ha conseguido hacer cumbre por ese lado, pero de tanto en cuanto hay quienes lo intentan.

La interpretación más benevolente para Puigdemont es la de que el Pacto por el Referéndum es una tela de araña en la que enredará a Colau cuando la alcaldesa se dé cuenta de que referéndum pactado vale como ejemplo de oxímoron en el Trivial del Procés. Puigdemont sería entonces el nuevo Capablanca del escaque y el mate. Análisis menos benevolentes concluyen que todos los escenarios posibles del presidente autonómico son callejones sin salida.

Si falla, como es previsible, pedirle al Estado que se juegue España a la ruleta rusa, tendrá que cumplir con su promesa de poner las urnas el próximo septiembre, si es que la CUP le aprueba los presupuestos a su colega Junqueras. Puigdemont está rodeado. Colau, la CUP y Junqueras se rifan quién le va a dar el primer mordisco.

A mayor abundamiento, la sombra tóxica de Carles Sastre, condenado por el asesinato del industrial José María Bultó en 1977, reaparece en la serie. Sastre formó parte del grupo terrorista Terra Lliure y a la mayoría de los medios catalanes les parece que la sorpresa que provoca en medios del resto de España su participación en las cumbres catalanas demuestra lo anticatalanes y cavernícolas que son quienes no comulgan con las fetuas separatistas. Reducen la cuestión a que Sastre ya cumplió condena, 11 años de 48, fue puesto en libertad en 1996 y se convirtió en dirigente de la Intersindical-CSC (Confederación Sindical Catalana), organización de signo independentista.

Primera sorpresa (después de la de los años de pena que no cumplió): ¿en qué rama del sindicato milita, en la del metal? De su último trabajo antes de preso podría pensarse que la tal intersindical es un sindicato, pero no como los del Primero de Mayo. Sastre es el secretario de Organización y cobró notoriedad porque encabezó un manifiesto en favor de Mas y fue presentado en TV3 como "gran reserva del independentismo", sin que se hiciera mención a su participación en el asesinato de José María Bultó por el novedoso procedimiento entonces de adosarle un cinturón bomba al pecho.

Otra sorpresa es que Sastre salga en la foto de familia del Pacto Nacional por el Referéndum, que sustituye a al viejo Pacto Nacional por el Derecho a Decidir. Está en su derecho, faltaría más. Al fin y al cabo, es un ciudadano tan libre como los asesinos, pederastas y violadores que hayan sido puestos en libertad. Claro que, a diferencia de los crímenes de esos exconvictos, el cometido por Sastre es considerado político, lo que blanquea por completo el asesinato. Ocurre con los delitos de sangre políticos lo que pasaba antes con los asesinatos de mujeres, que se consideraban crímenes pasionales y se aplicaban atenuantes del tipo de los "celos patológicos" o la supuesta condición de adúltera de la finada, argumento de la defensa que resultaba inapelable.

Así que la participación en política de un condenado por terrorismo (y Sastre no es el único precisamente) puede considerarse tan irracional como aquello o como permitir que un ex preso por pederastia monte una guardería o que otro que lo hubiere sido por violación atienda un centro de mujeres víctimas de agresiones sexuales. Y eso no significa que se niegue el derecho de Carles Sastre a reinsertarse en la sociedad, sino subrayar que la transversalidad del nuevo Pacte incluye la presencia de un individuo que no ha pedido perdón ni mostrado el más leve signo de arrepentimiento por lo que hizo. Sastre no se ha movido y son su pasado y sus hechos los que le dan derecho a salir en esa nueva foto del procés, cuyos promotores tachan de "democrático, cívico, pacífico y festivo".

En realidad, la política catalana no es un serial, sino algo real en lo que se juega con fuego también real. A modo de ejemplo, la alcaldesa de Berga, Montse Venturós, de la CUP, y Joan Coma, concejal de la misma candidatura en Vich, en una entrevista concedida a la versión catalana del digital Público, avisan de que la independencia no se proclamará de un día para otro. Habrá que estar preparados para todo, deslizan. Venturós y Coma ostentan la condición de investigados por desobediencia.

La alcaldesa afirma:
Lo que está ocurriendo ahora [la "judicialización de la política", según la retórica catalanista] son los primeros embates que tendremos con el Estado español. Que la gente se prepare porque aquí habrá unas hostias que parirán terror y esto nuestro será lo que pasó aquel día. Cuando despierte el monstruo no estaremos hablando de si vamos a declarar o no.

Tal vez para suavizar los amenazantes augurios de su compañera de partido, el concejal Coma añade:
Si esto va de verdad [el procés], y nosotros creemos que sí, y así lo queremos, tendrá que haber movilizaciones en términos de huelgas y más allá de lo que se ha hecho hasta ahora. ¿Qué haremos, nos quitarán las urnas y el día después iremos a trabajar normal? Quiero suponer que no.

Cohesionar territorios
Natalia Bravo  vozpopuli.com 27 Diciembre 2016

Sabrá de qué sensación hablo. Probablemente estos días lo experimente. A no ser que su familia provenga de otro planeta, a ratos, se avergüenza de ella. No quiere decir que no la quiera. No es eso. Pero vive en la inopia el resto del año, alejado de ella, sin demasiado contacto más allá del grupo familiar de whatsapp y esas dosis de ombligo que se ve de tanto en tanto por alguna red social. En realidad, eso que construimos de ellos a partir de esas porciones de sus vidas es un espejismo, e incluso le guste o lo anhele, y lo que ahora en estas fechas observe en la mesa revele, aunque por — también — una minúscula fracción, que lo peor de ellos no es tan diferente a lo peor de usted y descubra que, efectivamente, está condenado a sus raíces.

Esta semana, la ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, Dolors Montserrat, presentó el proyecto de lo que sería una beca para «impulsar la cohesión territorial» entre estudiantes de 3º y 4º de ESO, o bien de 1º y 2º de bachillerato. El programa se llamaría Cervantes y poco más se sabe. Aún no avanzó presupuesto, ni qué requisitos serán necesarios para obtenerla ni en función de qué criterios se repartirá. De momento, se sabe que obligaría a los niños a convivir esos meses de intercambio en casas ajenas con otras familias, por temas de edad: los estudiantes serían todos menores, entre 13 y 17 años, y deberían ser tutelados por otro adulto.

Casi todos los medios se han hecho eco de la noticia con la misma analogía que empleó la ministra, «el erasmus español», aunque no es del todo correcto el homólogo. Desde el año 2000, existía la beca Séneca, que se solicitaba a través del programa SICUE (Sistema de Intercambio entre Centros Universitarios Españoles). Con la Séneca, 2.050 universitarios españoles se desplazaban a otras ciudades de la península a seguir sus estudios de la carrera por un periodo limitado. Se le otorgaba a aquellos estudiantes con los mejores expedientes, pero en 2013 el gobierno de Rajoy recortó esa partida económica del departamento de Educación. Ya fue una oportunidad para intercambiarse con otros estudiantes españoles. Por eso, creo, esta beca no busca solo eso.

Aunque pueda ser una noticia que celebrar, con la buena intención que haya depositado la ministra en diseñar este programa, desborda ambigüedad. ¿Por qué una ministra de Sanidad anuncia una beca que debería competer al ministerio de Educación? Montserrat recalcó la idea de que los alumnos, de esta forma, conocerán nuevas culturas. Encomio la idea de la ministra, sin duda, pero la propuesta, así planteada, cojea.

A propósito de este proyecto, a más de uno le habrá venido a la cabeza esa percepción que de un tiempo a esta parte se extiende: que España se rompe. Y que, mira tú por dónde, con esta fulgurante idea, se logre sellar la península sin fisura alguna. Quizá sea un buen plan para realmente dar a conocer las diferentes culturas del territorio español. Pero ¿cuánto sabe un vallisoletano de un gironí?, ¿los murcianos estudian Rosalía de Castro en sus libros?, ¿cuántos saben quién escribió Tirant lo Blanc?, ¿cuántas lecturas obligatorias de Chaves Nogales hay en el sistema educativo de Cataluña?, ¿saben por dónde pasa el río Nervión?, ¿o el Guadaíra?, ¿cuántos niños de Badajoz saben la rivalidad entre cartagineses y murcianos?, ¿o la de gijoneses y ovetenses?

Pueden ser memeces saber, o no, la respuesta a esas preguntas, provenga de la ciudad que provenga. Seguramente ahí no radique el problema, puedo estar casi convencida. Pero ¿cómo se va a impulsar un sistema de cohesión entre estudiantes si no se ha generado primero un interés por querer averiguar qué ocurre en otras ciudades de la península?

Recuerdo cuando el 9N, acogí en casa a unas amigas, periodistas también, porque les interesaba vivir de cerca el desarrollo del referéndum catalán. Una de Valladolid y otra de Elche. Les generaba especial curiosidad saber por qué un independentista no se sentía español. «¿Pero por qué no te sientes español? ¿Qué es lo que te diferencia tanto de uno de León, por decir?». La respuesta era rápida: no tengo nada en común con ellos. La réplica, más rauda: ¿y sí más con un francés, por ejemplo? Respuesta: «probablemente, están más cerca». Podían pasarse horas haciendo círculos a las diferencias sin atinar en el centro de la diana. Nadie antes le había enseñado qué es León, es decir, quién vive allí, qué estudian, qué escritores famosos nacieron en esa ciudad, cuántas culturas se asentaron en ella o si algún río cruza su mapa. Algo, vagamente, sabía, pero poco más. Seguramente, uno de León ignore también por qué un barcelonés no siente nada en común con él, tampoco sepa por qué golpea un tronco la noche de Navidad, quién es Jacint Verdaguer o por qué se empeñan en hablar otra lengua que no es la española.

Antes de idear estos planes, quizá la ministra debería imaginarse si será un éxito el programa Cervantes o si será un fracaso por todos los cabos que deja sueltos para cohesionar a unos alumnos ajenos a los conflictos políticos internos solo con esta beca. Si no lo hace ella, hágalo usted, lector. Imagínese, ahora que estamos de celebraciones, una Nochevieja con un tipo de cada Comunidad Autónoma. A poder ser, que la que más aborrece le toque al lado, sorbiendo la sopa con mucho ruido. Sentarse todos juntos en la mesa sería una forma forzada de que, al estar frente a frente, viera que, a lo mejor, sus diferencias no son tal. No pretendo fomentar la ñoñería de la hermandad entre ciudadanos españoles. Sería quedarnos en la corteza superficial. Tampoco creo que con esto se sellen unas fracturas que, a pesar de algunos, son históricas. Pero, al menos, al volver a su casa descubriría que, aunque no podría deshacerse de sus prejuicios, lo engorroso que es construir eso de la identidad española. Quiera, o no, huir de ella. Vuelva a la imagen de la mesa navideña con su familia, entre el griterío, lo que le avergüenza y lo que revela de usted en ellos. Sabrá de lo que le hablo.



 


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