AGLI Recortes de Prensa   Domingo 8  Enero 2017

Alemania, prisión de naciones
La resolución de los jueces alemanes niega las aspiraciones que pudieran tentar a cualquiera de los Estados de la actual Alemania.
Iván Vélez gaceta.es 8 Enero 2017

El 29 de abril de 2015, el Tribunal Constitucional de Italia rechazó una iniciativa impulsada en la región del Véneto que pretendía celebrar un referéndum independentista. La principal razón esgrimida por los togados fue que la República Italiana es «una e indivisible». El rotundo no, venía acompañado del reconocimiento, perogrullesco para cualquier nación de una mínima escala, del pluralismo de sus regiones, variedad y distinción que en modo alguno podía emplearse para que los gobernantes de las mismas, emboscados en su parcialidad, se arrogaran la representatividad de esa pretendida nación cuya cristalización política supondría la destrucción de la propia Italia. El Alto Tribunal apuntalaba definitivamente su negativa con un argumento que destruía la burda argucia de los secesionistas norteños: la convocatoria de un referéndum consultivo no podía engolfarse en la invocación a la libertad de expresión de los ciudadanos para hacer pasar tal votación como un rutinario y menor proceso de toma de temperatura política. En todo caso, tal libertad debía extenderse al todo, no a una parte, de la ciudadanía. O lo que es lo mismo, las opiniones de los avecindados en Venecia en relación a la unidad de Italia no estaban por encima de las de los habitantes de Nápoles.

Recientemente, otro conjunto de hombres con vestidura talar, el que conforma el Tribunal Constitucional de Alemania, ha dictaminado que el «land» de Baviera no tiene derecho a celebrar un referéndum de independencia porque tan mutiladora como supuestamente democrática ceremonia, atenta contra los derechos del pueblo alemán, constituido en un Estado-nación cuya forma política es una República Federal. La resolución de los jueces alemanes niega de este modo las aspiraciones que pudieran tentar a cualquiera de los Estados de la actual Alemania precisamente porque tales Estados se han federado, es decir, se han fusionado, por más arabescos jurídicos y aspavientos voluntaristas que traten de trazar las facciones separatistas en cualquiera de ellos, acaso tentadas de presentar a Alemania, como una suerte de prisión de naciones, calificativo tan manido en España por parte de los diversos movimientos disolventes que operan impunemente en ella.

En cualquier caso, las dos resoluciones ponen de relieve la existencia en la actualidad de dos fuerzas políticas poderosas, ambas relacionadas con dos naciones políticas que se fraguaron sobre sus respectivas y previas naciones históricas: las canónicas Italia y Alemania, pero que amenazan con extenderse a otras latitudes. En primer lugar, la existencia de sectores sediciosos en aquellos territorios en los cuales floreció por igual la industrialización y el cultivo romántico del mito de la Cultura; y por otro, la fortaleza que, al menos en los ejemplos citados, exhiben algunas sociedades políticas, conscientes de los grandes sacrificios –movimiento poblacional, descapitalización de regiones- que ha sido necesario asumir, y que en el caso de Alemania añade el esfuerzo de la unificación postcomunista, para llegar a la situación actual.

Como es lógico, los procesos tienen su trascendencia en la España embelesada todavía por el mito de Europa. Aunque en los dos casos la situación y la resolución son similares, el alemán tiene una mayor profundidad, pues en él se inserta una de las palabras fetiche de la autodenominada izquierda española y de todo independentista que se precie. Nos referimos al término «federal» que caracteriza a la república alemana que, como es sabido, no sólo fue el espejo en el que se miraron los redactores de la actual Constitución española, sino que fue también desde las tierras germanas desde donde fluyeron jugosas cantidades de dinero para fortalecer a la socialdemocracia española, siempre servil con sus verdaderos compañeros de viaje desde el Contubernio de Múnich financiado por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos: los separatistas vascos y catalanes. Fue precisamente en la Baviera de 1962 donde se agitaron las aspiraciones de las llamadas comunidades naturales por parte del colectivo federalcatólico que tomaría el poder tres lustros más tarde, moldeando una España de aspiraciones asimétricas, adoctrinamiento escolar y exaltación de los rasgos más aldeanos de cada región.

Teniendo en cuenta tales circunstancias históricas y los efectos conseguidos en relación a esa unidad que tanto encarecen los togados italianos y alemanes, los dictámenes de estos deberían servir como modelo no sólo para los exégetas del Derecho Constitucional, colectivo dividido de forma maniquea en progresistas y conservadores bajo cuyas faldas se esconden los políticos, sino también para los propios ciudadanos españoles, siempre atenazados por las cadenas del terruño y las señas de identidad que con tanto entusiasmo cultivaron políticos desde Pujol o Fraga, arquitectos de esta España siempre diferente.

Los tontos de Al Ándalus
Existe un ancho mar en la historia que solo en un país tan peculiar como España ha podido degenerar en simplicidades como las que hoy enfrentan a grupos de audaces con grupos de chapoteadores
Javier Caraballo El Confidencial 8 Enero 2017

Ni fue un genocidio ni albergó una idílica convivencia de tres culturas. Pero las dos corrientes se extienden y navegan con fuerza en estos tiempos, van creciendo y propagando sus falsos mitos como realidades incontestables. Tan grande fue Al Ándalus, tanta fue la influencia en la historia, que ha generado tontos en los dos sentidos, los que exaltan esa época como un paraíso de armonía y entendimiento y quienes lo convierten en la exterminación cruenta de una civilización, pasando por los tontos del patriotismo. España tiene un extraño complejo cada vez que mira hacia atrás, a su dilatada existencia, y en vez de sentirse orgullosa de sus logros en todos los campos de la civilización, que ha sido fundamental, se acompleja de ser lo que ha sido. Lo extraordinario de Al Ándalus es que la distorsión se propaga en los varios sentidos. Además, el debate amanece pronto: cada año, la primera polémica de España contra sí misma se desarrolla el dos de enero, cuando se conmemora en Granada la conquista de la ciudad por Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y, por tanto, el final de la existencia de Al Ándalus. ¡Ochocientos años de historia de Al Ándalus, que es casi cuatro veces la historia de Estados Unidos, se pretenden resumir en visiones unívocas, blanco o negro! Solo en España puede generarse un fenómeno así. Pero es lo que ocurre.

La primera dispersión corresponde al nombre mismo. Si preguntamos hoy en España qué fue Al Ándalus, qué significa, lo normal sería que los más avezados lo identifiquen con la denominación de Andalucía durante la invasión musulmana. Sobre todo en Andalucía se cree así y, de hecho, si en esta región hubiera cuajado el independentismo, en la actualidad en las escuelas se estaría ofreciendo la versión histórica de Al Ándalus como el origen de Andalucía. No es así, claro. Al Ándalus, ‘tierra de vándalos’, que es el significado en árabe, fue la denominación que le dieron los musulmanes a partir del siglo VII a las tierras que iban conquistando en la península ibérica y en la Septimania francesa. Como es obvio, quienes hablan de “genocidio”, como algunos sectores de Podemos, que han llegado incluso a pedir que “España pida perdón por el genocidio de Al Ándalus”, lo primero que ignoran es que en ocho siglos las batallas más cruentas se dieron entre las facciones musulmanas que conquistaron la península. De hecho, más colaboración y transacciones hubo entre los reinos taifas y los cristianos que entre las distintas dinastías musulmanas. Quizá sirva un ejemplo: ¿saben esos por qué llego a reinar en Sevilla Al Mutamid, el mitificado rey poeta? Pues porque su padre, famoso en la época por su extrema crueldad, mandó ejecutar a su hermano mayor cuando sospechó que estaba conspirando contra él. Lo liquidó y nombró heredero a Al Mutamid.

Esa era la inercia interna. De hecho, una guerra civil que duró 22 años fue la que puso fin al periodo inicial del Califato, que ahora ha sido recuperado como ensoñación por el terrorífico yihadismo del Estado Islámico. Lo que no dicen los terroristas ni sus propagandistas es que no fueron los cristianos los que acabaron con el Califato sino las disputas del propio Califato, que por cierto ya era una escisión del imperio musulmán provocada por Abderramán I en Córdoba. Tras el Califato vinieron los reinos taifas, hasta treinta y nueve reinos taifas, y más adelante aún surgió en Jaén una nueva dinastía, la nazarí, que asentaría en Granada el último resquicio de la dominación musulmana, hasta las capitulaciones -porque fueron capitulaciones, no extermino- del dos de enero de 1492. Si la conquista de los Reyes Católicos fue posible se debe, entre otras cosas, a la debilidad del reino nazarí, acosado desde el norte por los reinos cristianos y desde el sur por los sultanes magrebíes. Sólo un estulto es capaz de resumir 800 años en un tuit y, encima, hablar de genocidio, como si desde Pelayo hasta los Reyes Católicos se hubiera borrado de la faz de la tierra una raza musulmana autóctona de la península ibérica.

Ahora bien, no hubo genocidio, pero tampoco lo contrario, un paraíso de entendimiento y tolerancia entre distintas religiones. El mito de las tres culturas tiene más que ver con la ‘visión Disney’, con la que se interpretan en la actualidad los acontecimientos más dispares, que con la realidad histórica. La supuesta convivencia consistió en etapas de represión en distintos territorios y de colaboración, en muchas ocasiones, como es normal en una relación que dura ochocientos años. Pueden encontrarse episodios de extremada cortesía, al punto de que se le entregase a un rey castellano una princesa musulmana como concubina (la historia de Zaida, amante de Alfonso VI), y hay episodios de torturas y cadalsos, como de martirio de San Eulogio de Córdoba, considerado ‘padre de la mozarabía’. O el propio Maimónides, pensador sobresaliente de su época y acaso uno de los símbolos fundamentales de las tres culturas: Maimónides, judío nacido en Córdoba, tuvo que huir de España por una oleada de represión almohade. “Hubo persecución de judíos y cristianos por parte de los musulmanes, deportaciones masivas de cristianos y judíos hacia el norte de África, grandes matanzas de judíos en Granada en el siglo XI... Los cristianos hicieron exactamente lo mismo con los musulmanes. Hubo vejaciones y discriminaciones durísimas. Al Ándalus —y la Edad Media española en general— fue una yuxtaposición de comunidades mucho más parecida al apartheid sudafricano que a una idea de tolerancia y amor”, sostiene Serafín Fanjul, catedrático de Literatura árabe y uno de los principales detractores de la visión romántica e idealizada de esa época de la historia de España.

De todas formas, que no existiera esa idílica convivencia no resta importancia al hecho de que Al Ándalus alcanzó grandes etapas de esplendor, sobre todo durante el Califato, en los principales campos del conocimiento y de las ciencias, por encima de la media europea en ese momento; avances en matemáticas, medicina, arquitectura o filosofía que nadie discute. Desde ese punto de vista, Al Ándalus debería ser una referencia y un modelo para los estados islámicos actuales porque es posible que en el mundo musulmán jamás se haya alcanzado un periodo de mayor progreso como aquel. Eso es bueno remarcarlo también para mostrárselo a otro tipo de tontos de Al Ándalus, los ultrapatriotas, radicales de extrema derecha tendentes a pensar que sin la Reconquista todo fue oscurantismo y atraso cultural. A esos, habría que comenzar por desmontarles el mito de don Pelayo, considerado en ese mundo como el primer héroe patriota que venció a los moros. Lo aclara Serafín Fanjul, poco sospechoso de veleidades proislamistas: “Entre los años 730 y 740 se dieron unas hambrunas tremendas en las zonas de Asturias y Galicia que obligaron a los musulmanes que se habían asentado en el norte a regresar a su tierra bereber. Fue un éxodo obligado por el hambre más que una heroica batalla de don Pelayo, que desde luego aprovechó esa huida para impulsar la monarquía astur-leonesa”.

Fue Maimónides el que dijo que “el que sabe nadar puede sacar perlas de las profundidades del mar; el que no, se ahogaría”. Desde el año 711 hasta 1492 existe un ancho mar en la historia que solo en un país tan peculiar como España ha podido degenerar en simplicidades como las que hoy enfrentan a grupos de audaces con grupos de chapoteadores. Porque sólo eso, chapoteo en la historia, es lo que transmiten los grupos de tontos que se enfrentan en España en el mes de enero de cada año, cuando se conmemoran las Capitulaciones de Granada. Y chapoteando se puede conseguir barro, en todo caso, nunca perlas.

La guerra contra el Daesh y su contracultura
Melchor Miralles Republica 8 Enero 2017

Aunque nadie ha escrito en sus muros de las redes sociales “Yo soy reina” o “Yo soy Estambul”, o “Yo soy Berlín”, pese a que no se ha inundado la corrala del siglo XXI de fotos con fondo de banderas turcas o alemanas, los atentados en la discoteca de moda de la capital turca y en la capital alemana, y los posteriores, algunos de los cuales ni aparecen en los medios, evidencian que la lucha contra los terroristas yihadistas es la guerra contemporánea, y se libra en frentes diversos y con un ejército dividido, porque las víctimas, o mejor, quienes gobiernan los países en que residen las víctimas, no son capaces de ponerse de acuerdo en asuntos esenciales. Y el enemigo, debilitado, sí, es cada día más peligroso, porque sabemos que va a atacar, pero no cómo, cuándo y dónde.

Ha habido muchas críticas a los servicios policiales y de inteligencia. Algunas fundadas y sensatas, otras disparatadas. Combatir al Daesh es enormemente complejo y difícil. Vuelvo a aproximarme al problema hablando durante estas fiestas con tres expertos en la materia, desde ángulos diferentes: la inteligencia, la policía y la psicología.

Existe una amenaza global, no hay duda, pero no son solo Daesh y sus filiales, son también individuos que actúan en solitario sin seguir ordenes concretas pero inspirados en el mito que han creado, y grupos que no forman parte de la estructura terrorista como tal, pero que sí mantienen un grado de comunicación e inspiración en ellos. Y pasamos del peligroso suicida a aquel que decide intentar no inmolarese para poder seguir asesinando. Modifican sus hábitos, cambian sus tácticas, evolucionan.

La labor preventiva es enormemente compleja, y puede decirse que España es uno de los países en los que mejor se está trabajando en ese ámbito, lo cual no aleja el riesgo de que se produzca un atentado. La sorpresa, la imprevisibilidad, es una de las claves de la actividad terrorista del Daesh, y el trabajo preventivo requiere formación específica, acercarse al enemigo pensando como lo hacen ellos, disponer de medios materiales y humanos, capacidad de anticipación, estrecha y abierta colaboración entre los diferentes servicios policiales y trabajar con los más modernos medios tecnológicos. Y todo ello hace imprescindible que tanto los ciudadanos como quienes tienen la responsabilidad de gobierno, sean conscientes de los riesgos, dejen de lado sus políticas locales y piensen que solo unidos se puede derrotar a medio plazo al enemigo yihadista, y solo siguiendo ellos las pautas de los expertos técnicos que saben cómo, siempre desde la legalidad, se puede combatir al Daesh. No es sencillo, y entre otras cosas es necesaria una actualización permanente de la legislación para, sin conculcar derechos irrenunciables de los ciudadanos en democracia, poder armarnos de defensas ante un enemigo de la vida en libertad que nos hemos dado.

El análisis de los atentados perpetrados por el Daesh en el último año permite entender la permanente evolución de la metodología de los asesinos. Me explica Jorge Jiménez, mi especialista en psicología criminal preferido, que el Daesh ha logrado un efecto globalizador nunca antes conocido en el ámbito del terrorismo, pero “sobre todo, ha sido capaz de generar una auto captación de miembros que solo consiguieron los movimientos sociales de contracultura de los años 60 y 70 del siglo pasado”. Y cuentan con un altavoz formidable, descomunal, que es la red, donde el Daesh sabe que tiene una de las claves de esta guerra.

El hecho de que el Daesh trabaje cada día en la búsqueda, no ya de los que puedan ser autores materiales de los atentados (que les sobran entre sus fanáticos seguidores) sino de los más cualificados profesionales del marketing, los mejores comunity managers y los más destacados expertos en nuevas tecnologías, “evidencia la importancia que tiene este terreno para ellos. Y esto no es nuevo, ya lo hizo de algún modo la música con el movimiento hippie de los años 60. El truco consiste en saber emplear un canal de comunicación directo con los jóvenes y esperar a que ellos se integren sin necesidad de hacer mucho más”.

Ya he escrito varias veces sobre los caladeros donde buscan a sus seguidores quienes manejan el Daesh. Podría decirse, me explica Jiménez, “que desgraciadamente, los terroristas yihadistas han conseguido componer el “Imagine” de los jóvenes musulmanes radicales que tienen frustradas sus expectativas. Para ellos su punk-rock, su contrasistema, su levantarse contra lo establecido, su revolución es el Daesh, que les da sentido de pertenencia y les aporta un fin para su vida: “Y por ahí enganchan no solo a hombres dispuestos a todo, sino a mujeres jóvenes, a adolescentes que ven por primera vez en la historia de su contexto político-religioso cómo tienen cabida en un proyecto social. Incluso ellas llegan a ver en ese fenómeno terrorista una acción humanitaria que les atrae, como pudo en su día atraer el fenómeno ecologista a miles de jóvenes. Una forma de identificarse con un ideal, con una lucha contra los valores que les han venido impuestos, un medio para generar una imagen identitaria que no podrían lograr en sus vidas normales”.

El Daesh sabe aprovechar los cambios evolutivos que se generan en los adolescentes: la búsqueda de identidad, la atracción por lo prohibido, la justificación de la violencia por un bien superior de carácter religioso, la ruptura con la autoridad que les viene impuesta y con lo establecido por unas sociedades en las que no se sienten integrados. Ahora no se dejan crestas en el pelo, no quieren viajar a Londres o Nueva York ni se compran guitarras eléctricas. Sus crestas son ahora la barba, su Londres es Siria, sus instrumentos favoritos son el Kalashnikov y el AK-47 y sus objetivos, los mismos, incomodar, transgredir, y además, trascender. Tienen un enemigo, nuestra civilización, que justifica todas las muertes. Que les justifica a ellos mismos su propia existencia.

Eficacia y error en la lucha contra el yihadismo
La amenaza terrorista es compleja y poliédrica, y la respuesta policial, difícil
ROGELIO ALONSO ABC 8 Enero 2017

Como ha ocurrido en otros atentados terroristas recientes, tras el último perpetrado en Berlín de nuevo se ha criticado a la Policía, repitiéndose que el sospechoso también estuvo bajo vigilancia. Cuando el terror golpea es recurrente que se tome a los servicios de inteligencia e información como «chivo expiatorio» en una suerte de búsqueda de responsables que apacigüe a sociedades necesitadas de seguridad ante una amenaza previsible en su determinación de atentar, pero imprevisible sobre el lugar y el método exacto.

También suele denunciarse la falta de cooperación entre policías europeas, induciendo en ocasiones a confundir al único culpable del atentado, el terrorista, con quienes intentan evitarlo. Cuando esto sucede suelen subestimarse las enormes dificultades con las que estos servicios se topan al confrontar una compleja amenaza terrorista definida por su carácter multiforme y transnacional. Por un lado, no son solo grupos terroristas como Daesh y Al Qaeda los que nos amenazan, sino también individuos inspirados en ellos, algunos autorradicalizados, y células con distintos grados de vinculación con aquellos. La transnacionalidad del fenómeno acrecienta su complejidad, obligando a una coordinación y cooperación nada sencilla entre agencias de seguridad nacionales e internacionales.

Peligrosa «moda»
Además, el terrorismo yihadista se ha convertido en una peligrosa «moda» para un segmento de población que considera atractivo perpetrar brutales crímenes. En esas circunstancias no es sencillo impedir ataques sorpresa cuando precisamente el objetivo del terrorista es sorprender a sociedades abiertas que por su carácter democrático son vulnerables. Por tanto, la materialización de atentados no es necesariamente consecuencia de fallos de inteligencia que, en ocasiones, también se producen.

La respuesta policial al terrorismo yihadista exige ingentes recursos humanos y materiales, anticipación, dinamismo, formación constante, mejoras tecnológicas, captación y tratamiento de fuentes humanas, coordinación, y estructuras que son susceptibles de mejora para sortear obstáculos en ocasiones determinantes en el éxito o fracaso de la acción contraterrorista. Pero también requiere sociedades y políticos concienciados y responsables.
Guerra de competencia
La inteligencia es un bien preciado difícil de compartir que solo debe intercambiarse si existen marcos normativos y operativos adecuados. En una Unión Europea que carece de una «unión» como tal en el ámbito de la seguridad, la cooperación en tan sensible cuestión es limitada, aunque no inexistente. En España las agencias de seguridad actúan en un contexto generador de competencia que en ocasiones perjudica la colaboración y favorece el solapamiento, lastrando así su eficacia. Lógico es, por tanto, que se reproduzcan esas constricciones en la cooperación internacional entre estados, pese a lo cual también se desarrollan eficaces operaciones conjuntas y de colaboración. Estos déficits estructurales solo podrían reducirse si realmente existiera una voluntad política guiada por el criterio técnico de los expertos que a diario se enfrentan al fenómeno.

Asimismo, debemos ser conscientes de los constreñimientos legales de sistemas que algunos consideran excesivamente garantistas y otros, en cambio, represivos. Es significativo el creciente número de detenciones relacionadas con el terrorismo yihadista, pero también el de no condenas. España es uno de los países, junto con Reino Unido, con índices de absolución más elevados, lo que obliga a subrayar las dificultades para juzgar este tipo de delitos, con juicios orales que a veces descansan sobre pruebas indiciarias que requieren una mayor construcción. De manera incongruente algunos se escandalizan de que sospechosos de cometer atentados hayan sido objeto de vigilancia policial, mientras critican la prevención antiterrorista cuando se instruyen casos basados en pruebas indiciarias.

El profesional puede tener la convicción de que un individuo constituye un peligro potencial, pero si el periodo de investigación no coincide con la actividad delictiva, no dispondrá de autorización judicial para prolongar eternamente su investigación. En otras ocasiones se obtiene inteligencia sobre individuos con ideas radicales, aparentemente dispuestos a cometer actos terroristas, pero se carece de pruebas de cargo que evidencien de manera irrefutable que está ya involucrado en perpetrarlos.

Es materialmente imposible mantener bajo estrecha vigilancia a los centenares de personas que hoy expresan esos discursos radicales y que, en consecuencia, son susceptibles de pasar a la acción súbitamente si obtienen recursos que hoy se han simplificado al recurrirse a vehículos, cuchillos y otros medios diferentes a las tradicionales armas de fuego o explosivos. Los dispositivos de seguimiento reales nada tienen que ver con los del cine: se precisan inmensos recursos. En las investigaciones la existencia de una finalidad terrorista es susceptible de interpretación requiriendo siempre un control judicial, quedando todo ello determinado por premisas judiciales, y políticas, que están variando, aunque no al ritmo que exigen algunos profesionales. Hace unos meses el Tribunal Supremo resolvió que «la seguridad nacional» debía anteponerse a los derechos individuales de los sospechosos de islamismo radical al evaluarse solicitudes de nacionalidad, residencia o asilo.

Por fin, Policía, Guardia Civil y CNI, obtenían respaldo para no hacer públicos detalles de sus investigaciones. «Dada la naturaleza de las investigaciones -prevención del terrorismo yihadista- difícilmente puede exigirse a dichos informes datos ampliatorios o una mayor concreción que no comprometan la actuación de prevención antiterrorista», afirmó el Supremo en una relevante sentencia cuestionada, sin embargo, por algunos. También hay divergencias sobre el encriptamiento de aplicaciones de mensajería y el bloqueo con clave de teléfonos móviles que dificultan determinadas investigaciones y que llevan a expertos policiales y fiscales a concluir que la inviolabilidad de las comunicaciones no puede ser un derecho absoluto.

El triunfo o fracaso de una investigación depende en última instancia del factor humano. Son los seres humanos los que toman decisiones, los actores determinantes. Esas decisiones están condicionadas por múltiples variables. Optar por una Europa sin fronteras interiores y permeables desde el exterior condiciona el trabajo policial, así como la masiva llegada de inmigrantes que desbordan a la Policía alemana, o las trabas administrativas que impiden deportaciones necesarias por motivos de seguridad. También es relevante la politización de la inteligencia que afecta a la percepción del trabajo policial. Es frecuente escuchar a dirigentes políticos promocionar su gestión aludiendo al alto número de detenciones y a la ausencia de atentados desde 2004. Se ha llegado a decir que España lidera la lucha contra el yihadismo en Europa precisamente por ello. Peligrosa simplificación que mide la eficacia policial con indicadores que no son los únicos con los que esta debe evaluarse.

Podemos ser víctima de un atentado que, si se materializara, no debería mermar la confianza en la Policía como ahora se hace con la alemana. Hace tan solo unas semanas, Alemania prohibió un grupo salafista relacionado con Daesh gracias a las investigaciones. En junio, se desmanteló una célula que planeaba una masacre en Dusseldorf. En 2010 tuvo lugar un gran proceso judicial en el país contra otra célula acusada de planear asesinatos masivos. Nuestros servicios policiales pueden errar, pero la causa de un atentado no siempre está en el hipotético error de quienes evitan numerosos crímenes.

ROGELIO ALONSO ES DIRECTOR DEL MÁSTER EN ANÁLISIS Y PREVENCIÓN DEL TERRORISMO URJC

Increíble pero cierto: del felipismo al marianismo
Pedro J. Ramírez El Espanol 8 Enero 2017

Cualquiera diría que el cínico axioma de Thomas de Quincey según el cual se comienza cometiendo asesinatos, luego se roba como si tal cosa y se pasa de ahí al abuso en la bebida, para terminar cayendo en el abismo de la falta de urbanidad y la indolencia, va adquiriendo inexorable carta de naturaleza en la sociedad española.

Hace un cuarto de siglo los intelectuales, jueces, fiscales y periodistas más inconformistas libramos una denodada batalla para evitar que la consolidación del cesarismo felipista legitimara los asesinatos del GAL y el paralelo saqueo del erario. Sabíamos que aquel no era un caballeroso duelo a primera sangre, que ese Leviathan no aceptaba ni heridos ni prisioneros. Nos bautizaron como Sindicato del Crimen, según la misma lógica inversa por la que el primer gobierno terrorista de la Historia se autodenominó Comité de Salud Pública. Y criminales fueron, en efecto, sus designios hacia nosotros. Pero la información triunfó sobre el encubrimiento y un régimen de catorce años, con ínfulas de eternidad, cayó con estrépito entre la cal viva y los billetes manchados de sangre.

Fue entonces cuando Aznar convirtió el compromiso de no permanecer más de dos legislaturas en el poder en estandarte de las primeras mesnadas del regeneracionismo. Las cuatro victorias consecutivas de González, que a punto estuvieron de ser cinco, pusieron de manifiesto que nuestro modelo constitucional había establecido de facto un sistema presidencialista, sin las limitaciones que le son intrínsecas.

Con una ley electoral que prima a las mayorías, sin democracia interna en los partidos, contando sólo con la moción de censura constructiva y todos los órganos de control en manos del controlado, la resultante era una invitación permanente al abuso de poder. Puesto que hablar de reforma constitucional hubiera sido un mero brindis al sol, lo impactante, lo políticamente efectivo, era que alguien pusiera un dique voluntario a su permanencia en la Moncloa.

De Aznar pueden decirse muchas cosas negativas, pero no que incumpliera su palabra en ese punto crucial y ello contribuye -atención a sus próximos movimientos- a que un segmento significativo de la sociedad siga confiando en él. Tras su compromiso latía la misma filosofía que alentó después las invocaciones de Zapatero a la “contención” en el desempeño de la presidencia del Gobierno. Siendo dos personajes tan distintos, antitéticos incluso en muchas cosas, Aznar y Zapatero coincidieron en esa disposición a poner límites a su liderazgo.

Es cierto que el que uno y otro se ciñeran al canon de los dos mandatos quedó desvirtuado por lo deslucido de sus adioses. Nunca sabremos si Aznar hubiera evitado los errores de su segunda legislatura en el caso de haber pugnado por una tercera, como nunca sabremos si Zapatero hubiera cumplido su promesa ante Sonsoles si el ciclo económico no le hubiera noqueado por el camino. Pero todo ocurrió como ocurrió: ganaron dos veces –la segunda con más apoyo que la primera-, gobernaron ocho años, dejaron su impronta a costa de un fuerte desgaste y se fueron.

O tempora, o mores. Por inaudito que parezca, la recaída en la esclerosis política que nos atenaza es tal que cuando hace apenas tres meses era probable que Rajoy penara con la humillación de ser el único Jimmy Carter o Bush padre –presidentes de un solo mandato- de la democracia española, al día de hoy se da ya por hecho que intentará perpetuarse doce o quién sabe si dieciséis años en la Moncloa.

Eso es lo que implica su reelección como líder del PP en el congreso del 12 de febrero –evocadora fecha donde las haya-, pues los Estatutos del partido implican el automatismo de la candidatura a la presidencia del Gobierno. Y luego, según sus propias palabras, “Dios dirá”. O sea, que él siempre estará dispuesto a ser un humilde instrumento de la providencia.

Lo normal es que el cántaro de este cuento de la lechera quede hecho añicos a finales de este año o comienzos del próximo cuando la aritmética parlamentaria le pase factura, una vez que el PSOE dirima su pugna interna y vuelva a la contienda. Pero el mero hecho de que estas cábalas sean posibles porque nadie vaya a cuestionar a Rajoy en su congreso y Ciudadanos parezca conformarse con que incumpla el punto esencial de su acuerdo de investidura, debe llevarnos del pasmo a la zozobra.

¿Qué birria de sociedad política formamos como para que alguien en ardiente minoría y con flagrantes responsabilidades en el encubrimiento de la corrupción en su propio beneficio pueda agarrarse como un molusco a la poltrona, cuando según el último sondeo de SocioMétrica para EL ESPAÑOL más de dos tercios de la ciudadanía, incluido el 40% de los votantes del PP, repudia su continuidad?

Si al menos se tratara de un dirigente carismático con capacidad transformadora, al servicio de un proyecto ambicioso para España, se entendería que la balanza oscilara indecisa entre el debe y el haber. Eso era, justo es admitirlo, lo que hacía de González un antagonista tan formidable… y tan peligroso.

Que nadie piense que añoro a ese King Kong pero, como buen darwiniano, uno espera cierta continuidad en la evolución de las especies; y de hecho la hubo con dos felinos de morfología dispar como Aznar y Zapatero. El problema es que Rajoy no pertenece al reino animal. Ni siquiera al vegetal, tan sensible a la temperatura, la lluvia, el viento o el sol. En términos políticos la única ciencia apta para analizarlo es la mineralogía. Y lo que el microscopio más generoso encuentra es una cuadriculada masa granítica de feldespato con apenas irisaciones de cuarzo y mica. Por algo ha cundido lo de “el Estafermo”.

Esta es la materia con la que en la España de hoy se forjan los héroes. González era un problema y el felipismo una enfermedad infecciosa. Ahora el problema no es Rajoy. El problema somos nosotros, marianistas por inanidad. Y que cada uno mire en su entorno directo. Yo lo hago en el del periodismo y veo que los informadores parlamentarios han concedido al presidente el título de “mejor orador del año”, como si en vez de la manida retranca perdonavidas del que tiene siempre la ventaja de hablar más veces y hacerlo el último, combinara la retórica de Quintiliano, la oratoria sacra de Fenelón, la dialéctica de Vergniaud y la imaginación sonora de Castelar.

Cuando en un Congreso con tan buenos parlamentarios como Pablo Iglesias, Albert Rivera, Antonio Hernando o el efectista Gabriel Rufián a los cronistas les parece que el mejor de todos es precisamente el investido con la púrpura, el retratado no es el campeón sino los miembros del jurado. Pero seguro que a muy pocos editores o directores les habrá sorprendido, o menos aun inquietado, tanta benevolencia hacia el poder.

De hecho, los medios andan ahora presentando a Rajoy como un padre y esposo ejemplar que cena todos los días en familia antes de meterse en la cama a hacer el sudoku, en lugar de preguntarse por qué no aprovecha cada hora para conversar con empresarios, escritores, sindicalistas o actores sobre los problemas de España, como hacían sus antecesores. No es que vivamos una época de pensamiento débil sino que el marianismo convierte el debate público en una escena vacía en la que no hay ninguna diferencia entre lo que ocurre y lo que no ocurre porque ni siquiera los compromisos solemnes tienen fuerza vinculante alguna.

Por eso lo que cabe reprochar a Ciudadanos no es que su reforma legal para limitar los mandatos presidenciales a ocho años carezca de la retroactividad que afectaría a Rajoy, sino que Rivera no se plante al constatar que el presidente pretende incumplir el punto clave del acuerdo que permitió su investidura. No es una cuestión legal sino política. De hecho la norma diseñada chirría con la lógica del modelo parlamentario, sin resolver la cuestión ética que impedía a la formación naranja pasar de la abstención al “sí”.

La fórmula que permitió la investidura, y por ende la gobernabilidad, suponía la “muerte en diferido” de quien había protegido a Bárcenas para que no revelara sus sobresueldos ilegales. Los términos eran inequívocos, las consecuencias también. Así lo interpretaron públicamente Fernando de Páramo y otros dirigentes de Ciudadanos. Pero Rajoy comentó ya entonces a algún ministro que no pensaba cumplir esa parte del trato.

La tentación para Rivera y compañía, a la vista de encuestas tan favorables como la de hoy de EL ESPAÑOL, es conformarse con que el PP siga tejiendo la soga que un día terminará ahogándole, para emerger como su sustituto natural en el espacio de centro-derecha. Pero al margen de que no todos los ciudadanos tienen el margen de espera de estos Ciudadanos, ellos corren el riesgo de que el estado catatónico que el marianismo contagia a la sociedad se haga endémico durante un par de legislaturas, en las que seguirá fogueándose Soraya.

En definitiva, ya que, como decía Tocqueville, “los partidos son un mal inherente a los gobiernos libres”, el dilema naranja se resume en la dicotomía planteada en La democracia en América: mientras los “grandes partidos” “se guían por los principios” y son capaces de “trastocar la sociedad”, los “pequeños partidos” actúan “impregnados de egoísmo” y se limitan a “agitarla sin beneficio”. Ya sabemos que el PP marianista parece grande pero en todo resulta pequeño; veremos si Ciudadanos se comporta como grande cuando tantos lo dan por pequeño.

Somos lo que defendemos
EDITORIAL El Mundo 8 Enero 2017

"La libertad de conciencia no está inscrita en la Constitución", reza una viñeta de la asociación de caricaturistas Cartooning for Peace. "¿Eso quiere decir que tenemos que pensar todos igual?", se pregunta uno de los personajes. "Quiere decir que no hay que pensar nada en absoluto", sentencia el otro. La libertad de pensamiento es un derecho fundamental en cualquier sistema democrático, la piedra angular sobre la que se levanta el resto de derechos básicos del ser humano. Sin ella seríamos meros autómatas, siervos involuntarios de un régimen que no sólo nos encadenaría de manos, sino también de mente, la única que nos permite condenar la esclavitud y luchar por la libertad. Por ello, el atentado contra la revista Charlie Hebdo sufrido hace dos años supuso un antes y un después en la guerra que el yihadismo ha declarado a Occidente. A diferencia del ataque contra las Torres Gemelas en 2001, la matanza del 11-M en Atocha o la masacre del 7-J en Londres, en esta ocasión el objetivo de los terroristas no era sembrar el terror indiscrimidamente, sino que tenía un destinatario concreto: un medio de comunicación. Fue una declaración de intenciones del yihadismo. Al atacar un símbolo de la libertad de expresión, esencia de la civilización democrática, quedaba claro cuál era su verdadero móvil: atentar contra nuestro modelo de vida.

Hasta la fecha, habíamos vivido con horror pero desde la distancia los asesinatos a sangre fría de periodistas por parte de Al Qaeda y el IS en sus dominios. Sabíamos que el islamismo radical era una amenaza, pero nunca creímos que tan real pese a los terribles episodios de intolerancia que, aunque aislados, ya afloraban en el corazón de Europa. Recordemos, por ejemplo, el espeluznante asesinato del cineasta Theo van Gogh, que consideraba el islamismo una amenaza directa hacia las sociedades democráticas: un tiro lo derribó, el asesino lo remató en el suelo con ocho más y, finalmente, lo degolló. Encima de su cuerpo, el yihadista dejó una carta: "En nombre de Alá".

Hoy recogemos en nuestras páginas un informe de Reporteros sin Fronteras en el que se denuncia la situación de censura que numerosos caricaturistas sufren tras el ataque a Charlie Hebdo. Algunos de ellos se han convertido en auténticas encarnaciones de la libertad de expresión al desafiar con sus trazos las presiones religiosas y políticas que padecen en sus países y que, en varias ocasiones, les han conducido a la cárcel o a la muerte. "No vamos a renunciar a nuestro oficio, a nuestra pasión. Intentaremos que nuestras vidas no se vean dictadas por la violencia", exhortaba ayer Laurent Sourisseau, director de Charlie Hebdo. Son las palabras de un hombre que vio morir a sus compañeros en la trinchera de su redacción, pero que no se esconde ante el miedo, sino que sale para gritar que nunca vamos a renunciar a la libertad de expresión ni a ninguno de los derechos que nos define como una sociedad libre, desarrollada y civilizada. Porque es la defensa de nuestros valores lo que en realidad nos define. Ayer nos llenó de orgullo volver la vista a la plaza parisina de la República y ver cómo miles de personas salieron a la calle sin miedo e iluminaron con sus velas el camino de la libertad al tiempo que honraban los ataques que sufrió París en enero de 2015. Porque, parafraseando a Benjamin Franklin, es la defensa de la libertad lo que hace al ser humano indomable y a las naciones, invencibles.

El infierno regulatorio de Obama: 97.000 páginas de normas
La sobrerregulación reduce en 13.000 dólares la riqueza del estadounidense medio.
Diego Sánchez de la Cruz Libertad Digital 8 Enero 2017

Para cumplir con todas las leyes, normas y reglas vigentes a nivel nacional en Estados Unidos, es preciso sumergirse en casi 100.000 páginas de instrucciones burocráticas. Así se desprende del registro federal del país norteamericano, tal y como ha puesto de manifiesto el Competitive Enterprise Institute en las páginas de la revista Forbes.

En los años de Jimmy Carter, el pico regulatorio alcanzó las 73.000 páginas de leyes, normas y reglas. Sin embargo, la era de desregulación de los años de Ronald Reagan terminó dejando el número de páginas del registro federal en el entorno de las 57.000, cifra similar a la de su sucesor en el cargo, George H. W. Bush.

Pero en los años 90 se invirtió la tendencia y la extensión del registro federal volvió a aumentar. Mientras que Bush padre llegó a un máximo de 57.973 páginas de leyes, normas y reglas, Bill Clinton terminó alcanzando un techo de 74.258 folios, lo que supuso regresar a los niveles de Jimmy Carter. Algo más leve fue el aumento en los años de George W. Bush, quien no obstante añadió otras 5.000 páginas al registro, para pasar de 74.258 folios en los años de Bill Clinton a 79.435 páginas en el tiempo de Bush Hijo.

Pero el gran salto adelante llegó entre 2008 y 2016, con Barack Obama en la Casa Blanca. Y es que, bajo gobierno del mandatario demócrata, el número de páginas del registro federal dio un salto hasta las 97.110, cerca de la barrera de los 100.000 folios.

La herencia regulatoria que deja Obama a Trump abarca un total de 3.853 leyes, normas y reglas. En 2015, el gobierno federal reconocía en sus estadísticas un total de 3.410 regulaciones, de manera que en el último año de gobierno de Obama ha habido un aumento de más de 400. Pero la cosa no acaba aquí: ahora mismo hay 2.391 leyes, normas y reglas pendientes de ser ratificadas.

Como las grandes leyes exigen aprobación parlamentaria, Obama ha volcado la mayoría de sus regulaciones por la vía de los decretos presidenciales y de las normas y reglas que pueden ser impulsadas a través del poder Ejecutivo. De hecho, son agencias federales como la dedicada al medio ambiente las que han protagonizado el acelerón regulatorio de los últimos años.

Las promesas de Trump
Refiriéndose a esta cuestión, Donald Trump ha señalado que su intención es declarar una "moratoria regulatoria" que iría orientada a congelar la aprobación de nuevas leyes, normas y reglas. Esto frenaría, por ejemplo, la aprobación de los 2.391 dictámenes que Obama no habrá conseguido aprobar antes del relevo en la Presidencia.

Durante su campaña a la Casa Blanca, Trump lamentó que la sobrerregulación tenga un coste de 2 billones de dólares al año. Por este motivo, el magnate ha prometido que, además de introducir una "moratoria regulatoria", también tiene previsto eliminar aquellas leyes, normas y reglas que, en su opinión, son "innecesarias" y "dañan la creación de empleo".
El coste acumulado de la regulación

El Mercatus Center de la George Mason University hace un seguimiento continuo de la actividad regulatoria del gobierno federal, con un panel de datos que abarca más de 20 industrias y cubre más de 30 años de historia empresarial. Según subrayan los técnicos del think tank, "cada año, el crecimiento del PIB de EEUU ha sido 0,8 puntos inferior a lo que habríamos alcanzado si la regulación se hubiese mantenido constante desde 1980 hasta hoy".

Según Mercatus, esto supone reducir en 4 billones el tamaño del PIB americano, cifra que supone multiplicar por cuatro el PIB español. "En términos per cápita, esto supone que cada estadounidense posee hoy 13.000 dólares menos, en comparación con un escenario en el que las regulaciones se hubiesen mantenido constantes en los niveles de 1980", señala el informe.

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Jesús Laínz Libertad Digital 8 Enero 2017
Ni judíos ni gitanos, los peores los murcianos
Los murcianos emigrados a Cataluña en los años 30 fueron los principales destinatarios del odio de los catalanistas de aquella generación.

En estos días han circulado por las cloacas ciberespaciales unas declaraciones, al parecer apócrifas, de la nacionalista valenciana Mónica Oltra sobre el derecho de los pancatalanistas a apropiarse de Murcia. La noticia, aparecida tanto en Twitter como en algún periódico digital, ha sido desmentida por la mencionada Oltra, una muestra más del ruido y la furia que han convertido las llamadas redes sociales en un campo de batalla ajeno al intercambio honrado de ideas.

Pero, verdadera o falsa, válganos para reflexionar sobre una de las paradojas más interesantes del catalanismo desde su nacimiento en torno al Desastre del 98. Pues tras el inicial desprecio hacia los demás españoles, especialmente los meridionales, con el que arrancó un catalanismo que se reivindicaba modernamente germánico frente al semítico atraso español, en tiempos posteriores llegaría el proyecto de nacionalistizar a los recién llegados para así aumentar el peso social y electoral del separatismo.

Una de las obsesiones de los catalanistas de hace un siglo fue la constatación de que la natalidad de los catalanes de pura cepa era insuficiente para garantizar el relevo generacional. Ello se debía, según Hermenegild Puig i Sais, a la excesiva afición de los catalanes a hacerse pajas. Por eso Companys promovió la publicación en 1934 del manifiesto Per la preservació de la raça catalana, avalado por firmas como la del antionanista Puig i Sais y el nacional-lingüista Pompeu Fabra. En él declaraban el interés por no estar desprevenidos ante las posibles consecuencias de la inmigración forastera. Y para "colaborar en esta tarea humanitaria y patriótica" los firmantes proponían la creación de una Societat Catalana d’Eugènica, cuyo secretario general fue el principal redactor de dicho manifiesto, Josep Antoni Vandellós.

Un año más tarde Vandellós publicaría Catalunya, poble decadent, uno de los textos esenciales del catalanismo demográfico. En él sostuvo que el único modo de evitar la extinción de la raza catalana era, lamentablemente, su cruce con los emigrantes llegados de otras zonas de España para trabajar en la industria local, aun a pesar de la posibilidad de la constitución de

un tipo de hombre de cualidades raciales inferiores a causa de la asimilación de los elementos de la inmigración.

Pero hasta para la coyunda hay clases, pues aunque consideraba a los aragoneses un poco brutos, lo que se pueda perder en agilidad mental se gana en tenacidad. El verdadero problema lo constituyen los sur-levantinos.

Efectivamente, los murcianos emigrados a Cataluña en los años 30 fueron los principales destinatarios del odio de los catalanistas de aquella generación. El joven periodista Carles Sentís, posteriormente llamado a altos destinos en el régimen franquista, publicó en 1932, en el periódico Mirador del diputado esquerrista Amadeu Hurtado, una serie de artículos titulada Múrcia, exportadora d’homes. En ellos relató el viaje en los autobuses transmiserianos, desde las localidades más pobres de aquella provincia hasta la próspera Barcelona, de riadas de murcianos portadores de miseria, enfermedades (en concreto, tracoma), comunismo y terrorismo.

Otros periódicos catalanistas se hicieron eco de los artículos de Sentís, como El Be Negre, que encabezó su número del 17 de enero de 1933 con un recuadro que rezaba: "ESPAÑA, PARA LOS ESPAÑOLES. CATALUÑA, PARA LOS MURCIANOS". Y junto a una viñeta mostrando turbas de murcianos deformes descendiendo de los autobuses transmiserianos, se comentaba que murcianos y andaluces, procedentes de "la zona de África", llegaban a Cataluña para implantar en ella el comunismo libertario y hacerla desaparecer:

La que se nos prepara. Por confidencias que nos cuidaremos mucho de traicionar, han llegado a nuestras manos todos los detalles de la próxima revolución que se prepara, la buena, la de verdad. Se trata, pura y simplemente, de quitar el nombre de Cataluña del mapa y enganchar a nuestro país, mediante una especie de corredor moral, con la próspera región murciana, cuyo nombre llevará de aquí en adelante. Los primeros actos de la revolución triunfante serán proclamar el comunismo libertario y exigir el tracoma obligatorio a todos los ciudadanos del país liberado.

Pero, según iban pasando los años y las décadas, las circunstancias políticas españolas e internacionales obligaron a los catalanistas a ir adecuando su discurso a la marcha de los tiempos. Así pues, se tragaron la repugnancia que les provocaban los sur-levantinos y se apercibieron de la oportunidad política que les abría lo que hasta entonces habían tenido por amenaza. Pues ya Vandellós había advertido:

Si Cataluña hubiera sido mayor, si en vez de ser poco más que la décima parte de España representase la tercera parte o la mitad de la misma, le hubiera sido mucho más fácil lograr la libertad.

Siguiendo este enfoque, Josep Maria Batista i Roca, presidente del Consell Nacional Català en el exilio, celebraría en 1973 que en las Tierras Catalanas aumentamos de población ganando no-catalanes. En las Tierras Castellanas disminuyen de población perdiendo castellanos. Lo esencial es el balance demográfico final entre unos y otros, y su repercusión en la infraestructura demográfica del sistema de fuerzas centrífugas y centrípetas periféricas y centrales.

Ésta es la clave de la Cataluña de hoy, pues, efectivamente, los separatistas han conseguido con creces el objetivo no sólo de catalanizar a los llegados de fuera, sino de nacionalistizarlos, que no es lo mismo. Pues la nacionalistización implica, no aprender una lengua, sino apuntarse al programa de odio a y separación de España. Y para ello han contado con la inestimable ayuda de una izquierda que, convencida de que la rebelión contra España forma parte de la revolución social, persuadió a su vez a la mayoría de sus seguidores charnegos de que mientras que ellos eran víctimas socioeconómicas del franquismo, los catalanes eran víctimas culturales y lingüísticas. Por ello había que hacer causa común contra el franquismo, es decir, contra España, a los que se proclamó sinónimos con inconmensurable imbecilidad. Y así se consiguió la fusión del internacionalismo marxista con el separatismo burguesito, absurdo político que sigue siendo hoy el principal problema político de nuestra pueblerina España.

Y lo más divertido de todo es que algunos de los dirigentes de los partidos que desean la secesión de la oprimida e invadida Cataluña son esos andaluces, extremeños, murcianos y demás gentes de mal vivir que tanto asco han dado siempre a los señoritos catalanistas.

www.jesuslainz.es
 


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