AGLI Recortes de Prensa    Sábado 21  Enero 2017

Regeneración de nuestra democracia
La Cuarta Revolución no es una quimera; ya la ha hecho Suecia con reformas fiscales, del mercado de trabajo, la sanidad, las pensiones, la educación... habiendo conseguido mantener un elevado bienestar social mientras reducía la dimensión de su gasto público.
Jesús Banegas  vozpopuli.com 21 Enero 2017

Con todas sus imperfecciones nuestra actual democracia ha sido hasta ahora “la mejor de todas las posibles” –recordando a Karl Popper hablando de nuestro mundo actual– además de parangonable con las de los países más civilizados.

Su regeneración puede y debe ser paralela con la regeneración ética y moral de nuestra sociedad, que curiosamente lejos de utilizar la libertad democrática para afirmar y desarrollar su responsabilidad individual la ha venido dejando cada vez más en manos del Estado al que cada vez más españoles fían más parcelas de su vida: las pensiones, el trabajo, la casa, la educación, la salud,….en un curioso regreso a un reciente pasado paternalista al que parece –incomprensible y absurdamente– que quisiéramos regresar.

La popular frase italiana –tan graciosa como desgraciada– :”¡piove, porco governo!” se ha venido imponiendo cada vez más en la España de nuestros días; y de este modo los ciudadanos, en vez de resolver sus problemas por si mismos, sin que medie en muchos casos esfuerzo alguno terminan echando la culpa al gobierno de turno de sus asuntos.

Uno de los problemas de mayor enjundia en la España de nuestros días es el desempleo que está necesariamente asociado a dos factores: el marco institucional que regula el mercado de trabajo y la formación de los trabajadores. Aquí los políticos y la sociedad están mayormente de acuerdo en equivocarse a la vez.

Los políticos propiciando una rígida regulación del mercado de trabajo que conlleva necesariamente a nuestro triste y recurrente liderazgo en desempleo. Los trabajadores y los empresarios prestando muy escaso interés por la formación que hoy resulta ser muy asequible y desde luego relevante para encontrar un empleo. Los padres oponiéndose –junto con ciertos partidos políticos– a una educación seria con deberes y reválidas, que luego facilita encontrar trabajo. Por último, la sociedad española actual –no la de hace unas décadas– desprecia aquello que Julián Marías –según el último libro de su hijo Javier– solía decir: “no hay trabajo malo, mientras no haya otro mejor”.

La creciente y ya muy generalizada confianza de los españoles en el Estado, es doblemente preocupante: en el orden moral por la pérdida de libertady responsabilidad personal que significa, y en el orden económico porque el Estado español está tan endeudado que sus posibilidades de financiación de los supuestos “derechos sociales” en presencia de un creciente envejecimiento de la población….¡son nulas!

En las descritas circunstancias la sociedad española y el Estado deben hacer sus deberes:

La sociedad recuperando el ejercicio de su libertad, asumiendo sus responsabilidades y buscándose la vida de la mejor manera posible.
El Estado, a partir de unas cuentas públicas equilibradas –que como en la actual Suecia hagan imposible que las nuevas generaciones carguen con el coste de las precedentes–, debe facilitar igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos, gobernar para todos en vez de para unos pocos y proteger a los débiles.

La regeneración de la democracia en España exige al menos:
La eliminación de todo tipo de subvenciones a partidos políticos –salvo ayudas a las campañas electorales–, sindicatos y organizaciones empresariales.
La sustitución de las actuales subvenciones –decididas con criterios políticos clientelares– a organizaciones de todo tipo por un sistema de mecenazgo privado.
La reforma del actual sistema electoral –que conlleva que gobiernen coaliciones de perdedores tras las elecciones– mediante circunscripciones unipersonales y segunda vuelta para que la meritocracia –en vez de la mediocridad– se instale en la política y los gobiernos sean estables.
Independencia de la justicia mediante la abolición del actual órgano del poder judicial y el sometimiento de la carrera judicial al mismo y muy reputado sistema de la carrera militar.

Todo lo dicho debe completarse con La 4ª revolución que debe acometer España –junto con los demás países occidentales– para hacer frente al mundo globalizado en el que estamos insertos, porque al decir de los autores de dicha tesis – John Micklethwait y Adrian Wooldridge– la salud democrática de Occidente está en crisis por tres razones:
El crecimiento del Estado reduce gradualmente la libertad.
Los grupos de presión se ven favorecidos por un Estado en expansión.
El Estado hace promesas que no puede cumplir.

La citada 4ª revolución no es una quimera; ya la ha hecho Suecia con reformas fiscales, del mercado de trabajo, la sanidad, las pensiones, la educación... habiendo conseguido mantener un elevado bienestar social mientras reducía la dimensión de su gasto público con una relativamente baja –la mitad de España– deuda pública y el regreso al crecimiento económico. En el periodo de crisis 2009-2015 el crecimiento acumulado de la renta per cápita de Suecia a sido del 11% frente a un 13% de caída de la española; mientras tanto Suecia ha mantenido su nivel de deuda pública como % del PIB cuando España la duplicaba.

Es lamentable que en presencia de experiencias de éxito como la citada todos los partidos políticos españoles estén tácitamente de acuerdo en hacer –en grados diversos– todo lo contrario de quienes habiendo afrontado adultamente sus problemas los han resuelto para poder afrontar el futuro con esperanza.

De aquí a que llegue la epistocracia…
Xavier Reyes Matheus Libertad Digital 21 Enero 2017

Los principios del liberalismo no van a poder sobrevivir a fuerza de seguir haciendo concesiones que en realidad los contradicen y avasallan.

Uno de los artículos más leídos de esta semana en El Mundo ha sido un reportaje de Rodrigo Terrasa redactado al hilo de Against Democracy, el libro de 2016 en el que Jason Brennan propone que sólo los ciudadanos especialmente cualificados tengan derecho al voto. Aunque los mecanismos que Brennan imagina para logarlo pretenden ser originales, lo cierto es que el planteamiento de fondo no hace sino rescatar un asunto –el del sufragio universal– que hizo correr ríos de tinta y consumir cientos de horas de debates parlamentarios en el siglo XIX; y los motivos de que resurja ahora son bastante sintomáticos de que hay algo que parece repetirse.

A partir de 1848, el liberalismo comprendió que su aspiración de establecer el gobierno de las leyes y de los derechos individuales iba a recibir el abrazo del oso de las masas enardecidas, y trató de ganarlas para su causa contentándolas como mejor podía: mediante la extensión del voto y activando las políticas del Estado social. Con esas medidas esperaba conjurar el peligro de la revolución violenta y de la tiranía de la multitud, pero el triunfo de los totalitarismos le demostró que los diques resisten sólo hasta un punto. En nuestro tiempo se restauró el sistema liberal, aunque apoyado siempre en sus dos contrafuertes de cariz democrático –el sufragio para todos y las políticas del bienestar–; finalmente, sin embargo, ambos se han quedado cortos, y la única propuesta para remediarlo es ir un paso más allá en cada uno de esos frentes: en el primero, con el recurso constante al referéndum; en el segundo, con una renta básica que ni siquiera se plantea como remedio a la arbitraria discrecionalidad del asistencialismo, sino que viene a ser un refuerzo de éste. El problema es que los principios del liberalismo no van a poder sobrevivir a fuerza de seguir haciendo concesiones que en realidad los contradicen y avasallan. El sistema liberal está herido de muerte si, para cumplir con un igualitarismo radical, tiene que convertir en tabú la palabra mérito; y está condenado a agonizar si se hace aún más férrea la relación feudal entre el Estado señor y el ciudadano siervo.

Así las cosas, aparece gente como Brennan que pretende desbrozar los principios liberales de todos los apósitos con los que los han cubriendo… sin darse cuenta de que esos apósitos son, nada más y nada menos, que lo que suele designarse con la palabra democracia. ¿Y quién es el bravo que se va a plantar en medio de la aglomeración democrática para gritarle, como dicen que hacía Carmen Amaya cuando le entraba el duende y se apoderaba del escenario: "¡Fuera to er mundo!"? ¿Quién le va a explicar a nadie: "Oiga: resulta que, después de mucho tiempo diciéndole que, como esto es una democracia, usted es el soberano de este país junto a otros cuarenta y pico millones de soberanos más, ahora hemos decidido (no se sabe quiénes) pasarnos a la epistocracia, así que ya le avisaremos si califica usted o no para soberano". ¿Se iba a poder hacer eso sin recurrir al autoritarismo?

Un dictador, claro, puede imponer un régimen a sangre y fuego y si le da la gana llamarlo epistocracia, como otras veces los han llamado Estado Novo, Proceso de Reorganización Nacional o cualquier otra cosa de resonancias programáticas. El último que habíamos tenido en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez (derrocado en 1958), llamó a su gobierno el Nuevo Ideal Nacional, y aunque no le dio mucho desarrollo a la explicación de tal ideario, puede afirmarse que no estaba falto de móviles epistocráticos, pues aspiraba, según decía, a "mejorar el elemento humano del país"; lo cual no se basaba en ninguna política eugenésica, aunque sí en el fomento de inmigración europea que transmitiese a los venezolanos el know how (como se diría ahora) de la iniciativa y el trabajo industriales.

Pérez Jiménez pertenecía a la estirpe de los llamados autócratas civilizadores de América Latina, que quisieron enmendar a punta de fusil el gran problema del liberalismo en aquellos países: la democracia, precisamente. La independencia hispanoamericana había sido una cosa de los criollos ilustrados, pero requirió de las llamadas castas (indios, negros, zambos y mulatos) para hacer la guerra contra España. Estas clases, que carecían de educación y que hasta entonces no habían tenido ningún derecho, accedieron así a la ciudadanía a través de las armas (que no eran tampoco ejércitos regulares, sino montoneras), y algunos de sus miembros alcanzaron a mejorar su situación con lo expropiado a los españoles. Pero, al terminar la guerra, con algunas regiones materialmente devastadas y reducidas a la mayor pobreza, aquellos antiguos sirvientes y esclavos, que ya no contaban siquiera con la protección de los amos, quedaron abandonados a su suerte por un Estado a medio hacer que lo único que podía darles eran bonitas declaraciones de principios plasmados en constituciones y leyes de papel mojado. Así vivieron los nuevos y flamantes argentinos, bolivianos, mexicanos o venezolanos, hasta que en el siglo XX llegó la democracia, con sus partidos y sus candidatos listos para sacarles el voto. Por un pellizco en la mejilla, un bote de leche para el niño mal alimentado o una botella de ron para ahogar la miseria: ¡qué fácil es allá darle a alguien su realización como ciudadano!

Los dictadores-regeneradores han fracasado sistemáticamente en sus supuestos intentos por enderezar el entuerto: primero, porque a fin de cuentas no han instaurado más que despotismos corruptos; y luego porque, valiéndose brutalmente de la fuerza, no concitan en torno suyo ningún acuerdo social sobre la perfectibilidad de la vida política, sino enemigos y opositores dispuestos a derrocarlos.

Pero henos aquí a Brennan, con sus fórmulas incruentas y capaces de separar (¡en la democracia posmoderna!), la cizaña del trigo. En fin: no creo necesario enumerar ahora las dificultades que supondría para la sociedad global empoderada por Twitter entresacar ese ilustrado cuerpo de electores compuesto únicamente de gente informada, como dice el profesor norteamericano. Pero entonces, ¿cómo se disipa esta nube de populismo agresivo y excluyente que se nos viene encima, amenazando con arruinar todas las conquistas del liberalismo? No sé, no tengo ni idea. A Stefan Zweig parece que en su momento tampoco se le ocurrió nada sino huir, primero del Viejo Continente y después del mundo. A Europa no le fue posible apartar el cáliz que se le ofrecía en 1939 para evolucionar más tarde hacia la comunidad pacificada, próspera y libre que a Zweig le habría gustado ver.

¿Entonces? ¿La regeneración del liberalismo sólo nos espera al otro lado del exceso y la devastación populista? Ojalá que no sea así.

Ángel Sanz Briz, el Schindler español que salvó a 5.200 judíos
Entre la espada y la pared, siempre se puede elegir la espada, escribe Leila Guerreiro. Sin duda, la frase se cumple, letra a letra en la historia de este hombre.
Karina Sainz Borgo  vozpopuli.com 21 Enero 2017

Emitió pasaportes , cartas de protección, dio cobijo a quienes pudo y como pudo: escondiéndolos en oficinas, alquilando casas como si fueran anexos de la embajada. Así fue como el diplomático Ángel Sanz Briz consiguió a salvar a 5.200 personas del exterminio judío del régimen nazi, que tomó el poder en Hungría en 1944. Por eso muchos lo llaman el Schindler español, también hay quienes se refieren a él como un ángel en Budapest; sin duda, bajo su nombre de pila y el cobijo de su ala, más de uno logró hacerse invisible. Aún como funcionario del régimen de Franco, el diplomático se comportó con más valor que cualquier hombre armado: no hizo la vista a un lado y se jugó el pellejo para que otros no perdieran el suyo.

Entre la espada y la pared, siempre se puede elegir la espada, escribe Leila Guerreiro. Sin duda, la frase se cumple, letra a letra en la historia de este hombre. Nacido en Zaragoza en 1910, Sanz Briz estudió derecho y se incorporó al servicio diplomático desde muy joven. Su primer destino fue El Cairo e inmediatamente Budapest, donde acudió como encargado de negocios en la embajada española en Hungría. Acaba de casarse. Todo parecía sonreír. La vida abriéndose a empujones, acaso. Tras su llegada a Budapest, justamente en el invierno de 1944, Alemania invadió Hungría. El propio Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y responsable directo de la solución final, se trasladó a a la capital para supervisar los planes de exterminio de la comunidad judía húngara, donde fueron asesinados durante el holocausto unos 565.000 judíos.

Fue un infierno de casi diez meses en los que miles de personas intentaban nadar en dirección contraria de aquel sumidero en el que se había convertido el régimen nazi: ese hoyo que todo lo engullía. Ángel Sanz Briz no pudo ni quiso quedarse de brazos cruzados. Lo que comenzó en junio de 1944 con la prohibición de la libre circulación de las personas judías, la identificación con estrellas de David o prohibición de entablar contacto con quienes no fueran judíos, terminó en la cámara de gas. Ángel Sanz Briz escribió a Madrid para informar lo que estaba ocurriendo. Utilizando el aparato burocrático, logró que las autoridades húngaras reconocieran su derecho a proteger a 200 judíos de origen sefardí y luego fue ampliando ese número. ¿Cómo lo consiguió sin levantar sospechas? Pues multiplicando los permisos y evitando, por todos los medios y tretas, que el número de documentos nunca excediera esa cifra.

Ángel Sanz Briz contó trabajó con la Cruz Roja, así como con sus empleados y colaboradores más cercano: el abogado Zoltán Farkas, la secretaria Madame Tourneé y su hijo Gastón y un ciudadano italiano, veterano de guerra, Giorgio Perlasca, quien fue fundamental para Sanz Briz en los momentos en que las cosas se complicaron. Así lo narra el periodista Julio Martín Alarcón en el libro El Ángel de Budapest. “Con ellos vivió seis intensos meses en los que lucharon contra la maquinaria más eficiente del mal que haya conocido la historia. Los límites del diplomático partían de Madrid: sin su autorización jamás habría podido desplegar sus acciones. Durante todo el verano de 1944, Sanz Briz, que ya estaba al frente de la legación tras la marcha del embajador Miguel Ángel Muguiro, solo pudo informar de las atrocidades y asistir a las reuniones que organizaron los países neutrales bajo la batuta del enviado del papa, el nuncio apostólico monseñor Angelo Rotta”.

Tal y como relata Alarcón, en esas reuniones se redactaron notas de protesta ante el gobierno húngaro para que se detuvieran las deportaciones a Auschwitz. En una ocasión, cuenta el periodista en las páginas del libro, lo hizo sin conocimiento de su gobierno, que le reprobó por ello. "Sin embargo, cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores decidió actuar en Budapest por las presiones de las organizaciones internacionales judías, Sanz Briz obtuvo la autorización para salvar al máximo número de judíos. Así comenzó la labor más decisiva del diplomático, que actuó de acuerdo con su gobierno pero con sus propias ideas". Décadas después, en 1966, Israel otorgó a Sanz Briz el título de Justo entre las Naciones, que se concede a quienes ayudaron a salvar a judíos durante el Holocausto nazi.

"Sanz Briz demostró que uno se puede enfrentar a un régimen peligrosísimo y tremendamente agresivo, enfrentarse a un régimen de esas características y lograr salvar a personas inocentes", dijo su hijo, Juan Carlos Sanz Briz, el día en que se inauguró la avenida "Ángel Sanz Briz", en el tercer distrito de Budapest. En la calle, junto a una placa, un monolito está dedicado hoy al "ángel de Budapest". Otra vez. Su nombre de Pila, Ángel, batiendo alas en nombre de aquellos a los que salvó. La idea de que entre la espada y la pared, siempre se puede elegir la espada. Tras Hungría, fue destinado a San Francisco y Washington, Lima, Berna, Bayona, Guatemala, La Haya, Bruselas y Pekín. De hecho, él fue el primer embajador en china. En 1976 fue destinado a Roma como embajador de España ante el Vaticano, estuvo al frente de la delegación hasta que falleció el 11 de junio de 1980. Sus restos descansan en Zaragoza, en el panteón familiar de los Sanz Briz en el cementerio de Torrero.

Su figura ha inspirado, con el paso de los años, numerosos homenajes y revisiones biográficas. Desde los libros Un español ante el Holocausto (2005), de Diego Carcedo; El ángel de Budapest (2016), del periodista Julio Martín Alarcón, pero también producciones como la ficción televisiva –también titulada El ángel de Budapest- la película fue rodada íntegramente en la capital húngara. Dirigida por Luis Oliveros sobre un guión de Ángel Aranda Lamas, está basada en el libro de Carcedo antes citado. Su historia no va de números, se aloja en la capacidad de decidir entre obrar de una forma u otra. SU figura recuerda, para muchos, a la de Oskar Schindler, un empresario y espía alemán, además de miembro del Partido Nazi, que salvó la vida de unos mil doscientos judíos durante empleándolos como trabajadores en sus fábricas de menaje de cocina y munición, ubicadas en lo que hoy son Polonia y República Checa. Su historia, contada en la novela El arca de Schindler, adaptada luego por Steven Spielberg:La lista de Schindler (1993). Entre la espada y la pared, siempre se puede elegir… la espada.

Terroristas islamistas crecidos al calor de las ayudas públicas vascas
Jacobo de Andrés latribunadelpaisvasco.com 21 Enero 2017

La reciente detención en San Sebastián del marroquí Mehdi Kacem, terrorista islamista pieza clave del autodenominado Estado Islámico en Europa, y la constatación de que durante los últimos meses éste había recibido la RGI (Renta de Garantía de Ingresos) y varias ayudas de las instituciones públicas, pone el foco de atención sobre el elevado número de yihadistas que han sido detenidos en el País Vasco mientras disfrutaban, en su calidad de inmigrantes, de todo tipo de dádivas y apoyos de diputaciones forales y ayuntamientos.

En 2013, yihadista tunecino Radwan Hamidi, alias Abou Mousad, y su esposa, la ciudadana chilena Gisela Cárcamo Cárcamo, también conocida como Nadia Chabbi, fueron identificados como terroristas islamistas combatiendo contra el Gobierno sirio. Ambos habían vivido durante varias años en Lanciego (Álava) y allí habían disfrutado de varias ayudas públicas. Durante su estancia en el País Vasco, la mujer, Nadia Chabbi, actualmente encarcelada en una prisión de Damasco, incluso quiso denunciar a un médico del Servicio Vasco de Salud que se negó a atenderla si previamente no se despojaba del niqab (velo integral islámico). Radwan Hamidi, por su parte, murió en 2013 combatiendo en las filas islamistas.

Ahmed Burgueba, un argelino de 31 años condenado a tres años y medio por adoctrinamiento islamista, cobra la RGI desde 2011.

Redouan Bensbih, otro terrorista islamista que murió en Siria en 2014 combatiendo al lado del autodenominado Estado Islámico, había cobrado ayudas sociales desde 2009. Ayudas que, de hecho, sus amigos siguieron cobrando incluso después de su muerte, hasta que se descubrió el engaño.

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¿Por qué el País Vasco es España? ¿Y Navarra?
Pascual Tamburri latribunadelpaisvasco.com 21 Enero 2017

Las tres provincias y esta otra por su parte son España antes de toda Ley y antes de todo sufragio, y ninguna opinión, propaganda, consulta popular o votación podrán alterar ese hecho históricamente cierto.

El mito nacionalista, repetido hasta el hastío en los medios de comunicación y en la estructura totalitaria abertzale, es monocorde y bien conocido: los vascos no son españoles, “cuatro provincias vascas” pertenecen hoy al Estado español como fruto de la conquista, de la violencia y de la imposición, y forman parte de una nación diferente de la española, a la que se niega incluso el derecho a existir.


Hace unos años, muy pocos años, esta versión tan pintoresca de los hechos no encontraba otra respuesta que el silencio. Los nacionalistas eran dueños absolutos del espacio mediático, y habían logrado crear en los no nacionalistas un cierto “síndrome de Estocolmo”: quienes se oponían a la ofensiva nacionalista vasca lo hacían con mala conciencia, con conciencia de cipayos, con una cierta idea implícita de que en el fondo el nacionalismo tenía razón.

De repente, algo cambió. Se alzaron voces por la libertad, a favor de las víctimas, contra la violencia, e incluso contra el nacionalismo. Tímidamente, pobremente, pero mejor que nada. Eran los noventa del siglo XX pero llegó a parecer incluso que esa rebelión moral tenía apoyo en algunos políticos del sistema. El nacionalismo ya no tuvo la calle para él solo, y esto fue una victoria de la democracia –de la misma democracia que antes se había retirado de las calles, y que había hecho retirar de ellas todo vestigio de españolidad ante el complejo postfranquista-. Y también se rebatió -sólo a veces, sólo un poco, siempre con miedos, pero se rebatió- la versión nacionalista de los hechos, demostrando, como era cierto, que las tres provincias vascas y Navarra nunca formaron un sujeto político común, y que se incorporaron de manera natural a la Corona de Castilla, en gran medida como fruto de la voluntad de los alaveses, los vizcaínos, los guipuzcoanos y los navarros.

[Img #10595]Ahora bien, aquella benemérita revisión histórica no siempre estuvo hecha con el acierto y la precisión debidos. En parte a causa de los complejos de inferioridad postfranquistas, los historiadores y juristas que se opusieron al mito nacionalista transpusieron al pasado la idea contemporánea de democracia y de autodeterminación colectiva; y así se interpretó tanto la definitiva anexión de Álava en 1200 como la unión de Navarra en 1512, como el resultado de la “voluntad” de los alaveses y de los navarros.

Esta equivocación bienintencionada tiene dos consecuencias negativas.

La primera, que se persiste en el error, porque las cosas no fueron así, ya que España es un sujeto histórico preexistente a las regiones que hoy la forman; España no es resultado de una federación de reinos, aunque sí lo sea el Estado español. España precede cronológicamente y ontológicamente a cualquiera de sus provincias. España existe antes de la idea de nación y de la idea de Estado, y el proyecto explícito con el que nace el reino de Pamplona con Sancho Garcés I y con el que se construye en el reino de Castilla el señorío de Vizcaya es recuperar la unidad y la libertad perdidas en 711. España no la hacen los Reyes Católicos por la fuerza ni la hace Felipe V con las leyes ni la hacen las Cortes de Cádiz con su Constitución. No es una suma, voluntaria o no, de cosas. Sencillamente, es.

La segunda consecuencia lamentable de la defensa acobardada de la verdad es la explotación nacionalista del error. Si “Navarra es España porque los navarros quisieron”, dicen los nacionalistas, cuando se les esgrime el argumento “constitucionalista”, sea de 1812 sea de 1978, “¿qué sucederá si un día no quieren?”. Lo cierto es que las cuatro provincias son España antes de toda Ley y antes de todo sufragio, y ninguna consulta popular y ninguna votación podrán alterar ese hecho históricamente cierto. No pueden en el caso de Cataluña, no pueden aquí tampoco. Sean cuales sean las intenciones claudicantes del Gobierno -y da lo mismo que sea de PP, de PSOE, de Podemos o de Ciudadanos-, la misma Constitución vigente reconoce que “se fundamenta” en la unidad indisoluble de España, y que por tanto no la crea sino que la toma como base sin que nunca ningún voto popular o decisión legal puedan cambiar esto. Menos aún, si lo tratan de hacer inventándose una Historia de Navarra a su capricho.


 


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