AGLI Recortes de Prensa    Sábado 11  Febrero 2017

Apología de un país envidiable
Vicente Baquero gaceta.es 11 Febrero 2017

Pensemos por un momento en un territorio situado entre el trópico de Cáncer y el de Capricornio, de clima moderado donde en los inviernos, en algunos lugares hace frío, aunque nunca extremo, en verano calor, tampoco exagerado, y que el resto del año permite vivir agradablemente con un mínimo de protección contra las inclemencias meteorológicas.

Un país iluminado por el sol todo el año, con muchas más horas de luz que la media, de orografía variable, con altas montañas, valles, llanuras, estuarios, rías, playas, mares pacíficos y océanos inmensos con solo asomarnos a sus bordes, un entorno que convierte a su geografía en un espectáculo que permite disfrutar de paisajes infinitos y hermosos recorriendo tan solo unos pocos kilómetros.

Imaginemos un país de lluvias irregulares a lo largo y ancho de su geografía pero que bien administrada puede servir a su población satisfactoriamente. Una nación en la gran Europa, una nación de cultura milenaria y una historia llena de hechos notables, con unos pueblos, ciudades y regiones de los más atractivos del mundo, y que como tal es reconocida por un flujo inmenso de visitantes.

Una población industriosa cuya influencia en el resto de la tierra es una evidencia, con un idioma, unas tradiciones y costumbres, tanto lúdicas y culturales como gastronómicas, reconocidas entre las mejores y más ricas del mundo. Con un número de habitantes razonable, moderadamente educados y en términos generales acogedores y simpáticos, con espacio, horizontes y una privacidad sin insostenibles aglomeraciones urbanas ni desiertos inabordables.

En el mundo hay inmensas extensiones de terreno, infinitos lugares donde el hombre podría con más o menos esfuerzo, físico y económico, instalarse, ahora bien ¿agradablemente? No hay tanto lugares como el que describimos.

Imaginemos el atractivo que tal país pueda tener para aquellas personas que viven en mitad de un frío congelador o un tórrido desierto, o enterradas en mitad de masas humanas que todo lo invaden, o aquellos que solo disfrutan del sol una breve temporada del año, y cuya existencia transcurre monótona dedicando la mayoría de sus recursos a defenderse del clima, la geografía y la densidad humana.

Pensemos por un momento cuantos afortunados han conseguido amasar una fortuna en dichos escenarios vitales, y cuando me refiero a fortunas me refiero a millonarios y multimillonarios, incluso personas que han alcanzado una independencia económica, personas y familias que ya no están sujetos a la dictadura de tener que permanecer en un lugar para vivir, y que pueden libremente escoger el punto más grato para ellos en donde desenvolverse existencialmente. Las cifras que estamos considerando son simplemente apabullantes tras la explosión de riqueza que se ha producido estos últimos años. Con que una pequeña minoría decida lanzarse a esta nueva clase de emigración, tales pequeños paraísos sobre la faz de la tierra pueden verse de pronto ocupados por una masa considerable de inversores, individuos altamente cualificados que aportarían una riqueza incalculable al nuevo entorno.

Ese país ya lo habrán adivinado es España, y esas son sus mejores cartas para convertirse en uno de los lugares más apetecidos sobre la tierra, en plena Europa, y a medio camino de América. ¿Cuáles son los obstáculos para que este sueño pueda realizarse? Muy sencillo nosotros mismos, los no por muy reiterados menos reales “demonios familiares” ¿Cuáles son básicamente?

Dejando a un lado nuestra falta de respeto por la seguridad jurídica, el inconveniente principal sería el “tribalismo” que no es más que una forma decadente y degenerada del nacionalismo, hoy en día reforzado por la falta de respuesta enérgica parte de la autoridad central. Movimientos centrífugos y disolventes se producen en todas las sociedades, pero en este caso no responden a realidades sustanciales, no son más que manifestaciones colectivas del egoísmo humano.

No tenemos más que asomarnos a la política española inmediata para descubrir la absurda situación que se está produciendo en Cataluña, no ahora, desde hace tiempo, y en el País Vasco que acabará arrastrando y que ya ha contagiado de irracionalidad a otras regiones españolas.

¿De qué nos puede entonces extrañar a nosotros que exista un movimiento buscando un distanciamiento entre los miembros de la UE, cuando nosotros mismos estamos tirándonos los trastos a la cabeza? Esta situación, en el caso español, viene agravada por la división de nuestras clases políticas que se encuentran paralizadas ante tal provocación, sin presentar un frente unido ante tal desafío.

No será ni el país, ni solo los ciudadanos de a pie, los que deban llevarse la culpa de lo que está pasando, pues aunque parezca mentira las naciones y los pueblos con frecuencia progresan a pasar de sus dirigentes, que es lo que está sucediendo en este momento, los más responsables, con diferencia, por los cargos que ocupan y el poder de que han sido investidos, son aquellos que no toman las medidas necesarias, perfectamente conocidas para tajarlo de raiz, aunque estas medidas entrañen ejercer la violencia: más vale que padezcan unos pocos que no la mayoría, eso es gobernar, no lo es proclamar a los cuatro vientos principios y frases altisonantes o discursos en los parlamentos. Hay que dar órdenes aunque escuezan y correr con las consecuencias. Lo del juicio de Artur Más fue grotesco y no ha tenido consecuencias… Simplemente si un ciudadano se retrasa una hora ante los jueces sería acompañado por la guardia civil.

El futuro será lo brillante, anodino o desgraciado que resulte de nuestro comportamiento, individual y colectivo, no le echemos la culpa al país que es una maravilla, si los españoles deciden irracional e intempestivamente tolerar una ruptura de la nación, o deciden apoyar a grupos políticos anti sistema, el resultado es evidente. Un futuro esperanzador es perfectamente posible, estamos muy bien posicionados en el conjunto de naciones, con crecimiento y bienestar o la miseria compartida de una república socialista, pero no de las de cartón piedra sino de las que denominan “reales”.

Compatibilidad y ubicuidad.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 11 Febrero 2017

Si hay algo más rancio y antidemocrático es sin duda la acumulación de cargos, o lo que es lo mismo, la acumulación de poder. En la antigüedad, los Faraones de Egipto, no solo eran considerados “dioses”, sino que acumulaban todo el poder ejecutivo y religioso. Eran dueños y señores de las vidas de sus súbditos e incluso de lo que les sucediese tras la muerte. Las pirámides eran el centro de una miríada de tumbas de fieles y adinerados vasallos cuyo estatus y relevancia se definía por la cercanía de su tumba a la del Faraón. Este sistema perduró durante siglos en forma de emperadores en la Roma post republicana, en el antiguo imperio chino y en los diferentes reinos medievales posteriores. Así que resulta sorprendente el que esta costumbre ancestral y usos antidemocráticos siga siendo asumida por organizaciones como los partidos políticos, en clara divergencia con una sociedad abierta y competitiva.

El PP ha aprobado en su descafeinado congreso nacional, el que se permita la acumulación de cargos en una persona. Es decir, se acepta el que alguien es lo suficientemente excepcional como para simultanear diferentes tareas y misiones sin merma de los resultados ni de su efectividad. Una capacidad de trabajo que solo algunos privilegiados poseen frente al resto de los mortales que nos arrastramos en la mediocridad. Y eso ¿en qué se diferencia del poder absolutista? Y claro, otra característica es que se deja a criterio del “excelso y amado líder” la designación del elegido bajo su personal y exclusivo criterio. Nada que ver con aquello de la selección por criterios de idoneidad, capacidad y evaluación de méritos. El líder ya sabe lo que le conviene al partido.

Ahora solo queda el que Mariano Rajoy, ya con el permiso del Congreso Nacional, decida aplicarlo y concentrar el poder y cargos en otros que no sean él mismo. De hecho, la figura de los llamados “superministros” no es exclusiva de los Gobiernos del PP ni de ese partido. Así que el que personajes como María Dolores de Cospedal puedan compatibilizar cargos como el de Ministra de Defensa, Presidenta del PP de la Comunidad de Castilla la Mancha y el de Secretaria General de Organización del PP, solo es una corroboración del dicho “el (o la) que vale, vale” y no importa dónde desarrolle su actividad ni lo enorme de su misión, que podrá con ello. Y los demás, solo podemos mirar desde el suelo con admiración y contemplar el paso majestuoso de estos cometas que iluminan el cielo.

Este Congreso del PP es solo un frustrante, anodino y lamentable espectáculo de culto al líder, de autocomplaciente percepción de los logros en la lucha contra la crisis económica, de abandono ideológico dejando el espacio liberal en manos de advenedizos, y de renuncia a los valores fundacionales. Una deriva hacia la nada más absoluta incapaz de asumir errores del pasado que da por superados sin haber tomado ningún tipo de acción. No basta con pedir perdón, algo que parece haberse puesto de moda en de Cospedal, ni por las víctimas de una pésima gestión, ni por la pasividad en la reacción ante la corrupción. El perdón se obtiene cuando el ofendido percibe un sincero acto de contrición. NO basta con reconocer el error sino además se debe demostrar con hechos la voluntad de no reincidir en el mismo. Pero este PP ha demostrado que no se puede o no se quiere librar de las viejas costumbres.

Solo mezquinos pactos de silencio y de “no agresión”, está permitiendo el que actuales dirigentes del PP no se hayan sentado aún en el banquillo de los acusados por temas como el de la financiación ilegal y la supuesta caja B denunciada por su extesorero Luís Bárcenas, la reforma de la sede central en la calle Génova, las implicaciones de las diferentes Administraciones gobernadas por el PP con el caso Noós del yerno del Rey emérito. Y un largo etcétera de casos que María Dolores da por cerrados y superados solo porque han legislado una norma de transparencia y de lucha contra la corrupción.

Hay un dicho que dice que “el que mucho abarca, poco aprieta” y, claramente, el PP ha decidido que en su banquillo tiene a muchos elementos capaces de abarcar lo que le echen. Tienen el don de la ubicuidad y también el de la omnisciencia. Son entes superiores, como algún ejecutivo de una importante sociedad deportiva y pelotari cursi definió a su Presidente. Los demás no debemos dudar de su valía, ni de su capacidad incuestionable para el desempeño de cualquier misión que se les encomiende. ¿Quiénes somos nosotros para cuestionar la elección del líder y de su certero criterio?

¡Que pasen un buen día! Y no acumulen mala inquina porque eso solo perjudicará a su salud.

Otra vez España
Fernando M. Vara de Rey Estrella Digital 11 Febrero 2017

Con licencia de mis lectores y de mi muy apreciado Joaquín Vidal –él Estrella, yo Latino- dedico esta entrega de “Acaso irreparable” no a los habituales apuntes de vida cultural sino a la personalísima reflexión a la que me conducen ciertos acontecimientos.

Mi punto de partida es de satisfacción por los actos vinculados a la memoria de las víctimas del Holocausto que van proliferando en espacios públicos de nuestro país. Pocos hechos históricos suscitan tantas enseñanzas morales como las derivadas de la perversión colectiva que condenó a millones de personas a la opresión, al despojo, al asesinato. Las catástrofes totalitarias son únicas en sus avatares pero en su entraña anidan sin excepción una fatídica inversión de los valores y un perenne afán caudillista. Ante ello nunca son excesivas la alarma y la prevención.

Tras décadas de silencio académico e institucional, la evidencia de que en el Holocausto hubo víctimas y salvadores españoles ha podido servir de estímulo a una conciencia más solidaria con el dolor padecido. Me pregunto sin embargo si nuestra sociedad está preparada para acoger actos de memoria en los que España figure no como actor de circunstancias sino como protagonista absoluto. Resulta por ejemplo impensable que se celebraran en nuestras instituciones actos de memoria que rindieran homenaje a los caídos y a los represaliados por los dos bandos de la Guerra Civil, actos que llamaran a la fraternidad y a la conciliación y realzaran las bondades de un país que exhibe músculo democrático. Es de prever que el solo planteamiento de una conmemoración de esta naturaleza haría brotar reivindicaciones lejanas en individuos y en colectivos, expresiones de enojo en la arena de la política, ofensas y groserías en la barra libre de las redes sociales.

No ayudaría la severidad con que el español suele mirarse a sí mismo, (“y si habla mal de España, es español”, compuso Bartrina) y aún menos la hostilidad con que ciertas banderías juzgan los elementos constitutivos de la identidad nacional. Son los mismos que imponen una patria –nunca emplearían esta palabra- roma y descafeinada, reducida a la paupérrima denominación de “este país”, en la que la selección de fútbol es “la roja” y cuya burocracia acepta fórmulas neutras como la de “Agencia Estatal”. Una dolorosa forma de triturar la convivencia que naturalmente exige dinamitar referencias y símbolos y acomodar la Historia a las pretensiones más levantiscas. Y con ese arrebato pinturero que da la ignorancia, alcaldes de ciudades entrañables braman que la colonización de América “fue un genocidio”, o que la monarquía parlamentaria “resulta una anomalía”.

En ese alarde de feísmo faltaba naturalmente el ataque a la crónica imperial. Y llegó de donde más puede doler: el Ayuntamiento de Ibiza, gobernado por una alianza izquierdo-populista, plantea eliminar el nombre de Vara de Rey con que desde septiembre de 1898 se conoce a la más egregia de sus avenidas. En aquel mismo año, el General Joaquín Vara de Rey –abuelo de mi abuelo- cayó derribado tras varios disparos mortíferos en el fuerte de El Caney situado al oriente de Cuba tras resistir junto con un puñado de valientes el asedio de un enemigo manifiestamente superior en hombres y en armamento. Su muerte, que en puridad escenificaba el martirio del penúltimo héroe imperial –aún aguardaban los hombres de Baler- y el desvanecimiento de la España de ultramar, provocó una honda conmoción en toda la nación. Y dado que Vara de Rey nació en la isla, el Ayuntamiento y el Diario de Ibiza fomentaron una suscripción popular para la adquisición de una lápida en tanto que nueve toneladas de bronce cedidas por parte de la Regente María Cristina fueron forjadas en un mausoleo que su hijo Alfonso XIII inauguró en el año 1904.

Algo más de un siglo después otro equipo municipal de la Pitiusa plantea la retirada del nombre que imprimieron sus antecesores. No me resulta extraño que desdeñen la epopeya o la tradición pero sí que pasen por alto el impulso popular que fue tan decisivo para el reconocimiento del militar. A su vera, el Institut d’Estudis Eivissencs (¡de estudios!) sostiene alegremente que el nombre se impuso “para complacer a los poderes establecidos”. Y añade –manda cojones- “que Vara de Rey fue un general derrotado”. Como si la épica se tejiera con hilvanes de victoria, como si el adobe de un héroe no fueran el tesón y la quimera, como si –gracias, Kipling- el triunfo y la derrota no fueron dos tremendos impostores.

Como si lo que nos une fuera lo que nos separa.

Inmigración y coherencia
Jesús Laínz Libertad Digital 11 Febrero 2017

El eminente escritor Jean Raspail, gran premio de literatura de la Academia francesa, publicó El Campamento de los Santos (Le Camp des Saints) en 1973. En España fue editado poco después por Plaza y Janés, y en años posteriores han vuelto a publicarlo otras editoriales. Torcuato Luca de Tena le dedicó una elogiosa tercera de ABC titulada "La invasión tercermundista" el 28 de diciembre de 1996, artículo que hoy sería improbable encontrar en una prensa ahogada por la siempre creciente corrección política.

Uno de los momentos clave de la novela describe la reacción de los militares franceses al recibir la orden de disparar contra una flota de millones de inmigrantes indefensos embarcados en la India hacia una Europa en la que los ríos manan leche y las vacas dan miel. Porque no es lo mismo disparar contra enemigos armados que contra civiles famélicos. Sobre todo en una Europa que lleva muchas décadas haciendo cursos intensivos de remordimiento.

Cuarenta años después, los ejércitos europeos están dando la razón a Raspail: sus soldados salen al encuentro de los barcos cargados de inmigrantes ilegales, pero no para hacer cumplir la ley, interceptar su paso y devolverlos a sus lugares de origen, sino para ayudarlos a desembarcar sanos y salvos. La humanidad así lo exige, naturalmente, pero es inevitable preguntarse si los ejércitos están para eso. Pues la función de las asociaciones caritativas probablemente sea ésa, pero desde luego no es la de la gente reclutada, organizada y armada para defender a sus respectivas naciones de las amenazas exteriores y proteger la invulnerabilidad de las fronteras. Porque si ya no van a dedicarse a eso, ¿a qué esperamos para disolver los ejércitos? Aparte del ahorro en medios humanos y materiales, lo exige la coherencia.

Paralelamente, si las fronteras están para ser violadas con la colaboración de las fuerzas armadas de los propios países violados, no se comprende fácilmente por qué siguen existiendo, sobre todo si tenemos en cuenta datos tan importantes como un Mariano Rajoy declarando, para llevar la contraria a Trump, estar en contra de la existencia de las fronteras. Pero mientras llega la utopía lennonesca ansiada por nuestro presidente, habrá que defender las hoy existentes. Claro que si nos creemos de verdad el dogma progre de que no hay más patria que la Humanidad y, por lo tanto, las fronteras no se van a defender, ¿a qué esperamos para desmantelarlas? Aparte del ahorro en medios humanos y materiales, también lo exige la coherencia.

Las diversas iglesias cristianas son las entidades que, por toda Europa, probablemente carguen sobre sus espaldas con la mayor parte del peso de la acogida, manutención e integración de los inmigrantes. Se trata de un loable comportamiento y del cumplimiento del mandato de caridad emanado de su ideario, aunque la emigración no sirva para mejorar en nada la situación de los países de origen. Pero los acogedores no deben olvidar que, terroristas aparte, un buen porcentaje de dichos inmigrantes son enemigos acérrimos de un cristianismo cuya existencia se verá muy seriamente amenazada –recuérdese el mártir francés Jacques Hamel– en el momento en el que su peso demográfico sea suficiente para influir en la toma de decisiones políticas. Quejarse cuando ya no haya remedio sería incoherente.

El elemento esencial de todo este asunto no es, sin embargo, la presión inmigratoria exterior, sino los apóstoles de las puertas abiertas que se alojan en el interior. Porque de la coyunda entre el izquierdista y la beata nació el progre moderno, ese tipo humano que considera perniciosa toda raíz, que adora irreflexivamente cualquier utopía, que, consciente o inconscientemente, se detesta a sí mismo y que considera atractiva la destrucción de la sociedad en la que le tocó nacer. Pero, si algún día se cumplen sus deseos, habrá que exigirles la mínima coherencia de que, ante el colapso de las viviendas, los hospitales, los empleos y los servicios públicos, ellos sean los primeros en compartir sus puestos de trabajo, su dinero, sus hogares, sus camas y sus hijas con todos esos hermanos extranjeros en cuya llegada tanto colaboraron.

Finalmente, la única consecuencia posible de la concentración incontrolada en el exiguo suelo europeo de demasiados millones de seres humanos, y no todos con la intención de convivir, será –ya está empezando a serlo– la escasez, el desorden, el terrorismo y la pérdida de la paz social. Por lo que no se comprendería que los que tanto hicieron por conseguirlo acaben llamando en su defensa a unos ejércitos que precisamente ellos hicieron desaparecer. No sería coherente.

Sería conveniente que todos, gobernantes y gobernados, empezaran ya a ser coherentes con sus ideas y sus palabras. El futuro no está escrito y nadie sabe cómo será. Pero cuando llegue, sea hermoso o espantoso, habrá que seguir siendo coherentes.

www.jesuslainz.es

LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA
Diego Sánchez Meca: "Podemos se ha apropiado del espíritu del 15-M para implantar el populismo"
SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL El Mundo 11 Febrero 2017

En uno de sus libros asegura Diego Sánchez Meca que la riqueza espiritual que contiene la obra de Nietzsche se debe a que aspira a la restauración de lo dionisíaco. La clave de su pensamiento, escribe el autor de Nietzsche. La experiencia dionisíaca del mundo, es la de "sintonizar con la frecuencia desde la que es posible captar la música secreta que suena en lo hondo de la existencia, esa música que puede revitalizarnos frente a la voluntad de autodestrucción que parece ser el sino de nuestro mundo moderno y posmoderno".

¿El auge del populismo y el nacionalismo es también una manifestación nihilista de la pulsión autodestructiva en Europa y EEUU?
Sin duda. Es verdad que de esa manifestación se puede dar la explicación filosófica que da Nietzsche en el marco de lo que son sus planteamientos de contraste entre la antigüedad clásica y la modernidad. Pero también hay que entender que esos movimientos han aflorado en una coyuntura en la que se han producido dos efectos importantes de lo que se llama globalización. De una parte, hemos pasado de una economía real productiva a un capitalismo globalizado, que es básicamente financiero y, por tanto, especulativo. Esa transformación ha ido acompañada de otra política, por la cual los estados nacionales han perdido la soberanía absoluta y han tenido que delegar bastante de su poder en instancias más globales. España, por ejemplo, ha perdido mucha soberanía en favor de Bruselas. Estas dos razones han provocado que se resienta el concepto de democracia representativa.

¿La ve peligrar realmente?
Sí, porque estamos derivando de una democracia representativa a un sistema delegativo en el que tú das tu voto y luego un señor hace con él lo que le da la gana. En una democracia representativa, se supone que quien gana las elecciones tiene al menos que cumplir dos cosas: primero, el programa con el que se ha presentado, y luego la legalidad vigente. Ahora los políticos que ganan las elecciones no sólo no cumplen su programa sino que hacen todo lo contrario y no pasa nada, nadie les pide cuentas. A mí no me gusta ser ni alarmista ni pesimista. Ahora mismo las instituciones siguen funcionando, todavía parte del Estado del Bienestar se mantiene y después de las elecciones ha habido un giro positivo respecto a la situación anterior, en la que una mayoría absoluta estaba instalada en algo muy difícil de calificar. Todo eso anima a la esperanza, las cosas en España todavía no están muy mal. Y lo que deseamos es que estén mejor, no peor.

Algunos, sin embargo, consiguen mejores resultados electorales cuando la situación está peor.
Para los movimiento populistas, cuanto peor esté el país, mejor pueden trabajar con el descontento, con la frustración, algo en lo que son especialistas.

¿Se refiere a Podemos?
Podemos es un partido que está en una dinámica de autodisolución sorprendente que le incapacita para dedicarse a la política. ¿Desde cuándo no se dedica a algo que no sea a mirarse el ombligo o a las peleas de unos con otros? Están en una lucha por el poder pura y llanamente y les da exactamente igual la política, la gente y sus problemas. Han perdido su papel relevante, lo cual es muy desgraciado, porque a mí lo que me molesta de Podemos es que haya pervertido el espíritu del 15-M, que era un movimiento que no venía de los políticos, ni de las instituciones, era un movimiento popular, algo que se da rarísimamente en la historia. Sin embargo, una clase político-intelectual se ha apropiado de ese espíritu revolucionario para implantar un populismo que persigue una dictadura. En este país hemos escuchado declaraciones explícitas de un líder populista que ha dicho que los jueces, los directores de cadenas de televisión y los catedráticos de Universidad no pueden ser imparciales e independientes sino que tienen que ser adictos a la causa del Gobierno populista, no lo ocultan.
 
Muchos de ellos provienen de las facultades de Filosofía y defienden que si la Filosofía no sirve para transformar el mundo, no sirve para nada, ¿está de acuerdo con este planteamiento?
No, eso es una forma de instrumentalizar la Filosofía. Es más, no creo que eso sea Filosofía, es un modo de utilizar determinadas estrategias ideológicas al servicio de unos fines. Pero no es nada nuevo. El primero que hace de la Filosofía no un fin en sí mismo sino un medio al servicio de una causa es Platón, que la pone al servicio de la política. En La República convierte al filósofo o en gobernante o en guía de los gobernantes. Esa es la primera instrumentalización de la Filosofía, que contrasta con lo que había sido originariamente: pura reflexión al servicio de una orientación vital y de una búsqueda de la verdad y de la felicidad. En la Edad Media, la Filosofía se pone al servicio de la teología y del poder eclesiástico, y en la modernidad y en la contemporaneidad se pone al servicio de la ciencia y de su aplicación técnica para transformar las condiciones materiales del mundo.
 
¿Y qué es la Filosofía?
La Filosofía pretende satisfacer tres cosas: la necesidad de conocimiento, de uno mismo y del mundo en el que vive; la necesidad de orientación práctica: saber cómo actuar, qué es lo bueno y qué es lo malo, por qué una cosa está bien y otra no. Y la necesidad de ser felices. Tenemos que librarnos, salvarnos, se decía antes, de las miserias del sufrimiento, de la alienación... Esas tres necesidades juntas son las que constituían el concepto antiguo de Filosofía como arte de vivir y se aplicaba en las escuelas clásicas, como la epicúrea o la estoica. La actualidad de Nietzsche va en la dirección de recuperar un concepto de Filosofía que se había perdido y que sin embargo era el de la antigua Grecia. En este sentido, él ha sido el detonante para que otros pensadores contemporáneos se sumen a esa recuperación.

Saltando de Nietzsche a Trump, ¿cree que sus propuestas proteccionistas conseguirán revertir los avances que se han producido en la economía mundial gracias a la globalización?
Tengo mis dudas de que sea eso lo que Trump quiere hacer. Con su discurso, los populismos pretenden asegurarse la fidelidad de las masas, pero no porque piensen hacer lo que prometen. En EEUU, de momento, se está intentando satisfacer al electorado que ha votado a Trump. Lo curioso es que Trump es un millonario que viene de la burbuja inmobiliaria y que ha hecho su capital porque tiene sus negocios repartidos por todo el mundo, por lo tanto es un capitalista global que ha dirigido un discurso muy bien estudiado y muy inteligente a una América dolorida, primero por la pérdida de su poder adquisitivo y segundo por el recelo y la intolerancia con los inmigrantes, a los cuáles ve como aquellos que les ha arrebatado su Estado del Bienestar porque han aceptado condiciones laborales de precariedad a las que ellos se ven ahora sometidos. Es decir, se da el caso de que las masas empobrecidas de EEUU han votado a un señor que es de la casta de los que les han empobrecido.

Pero Trump no hace sino cumplir su programa...
Aparentemente. Como ya sabría, se está dando cuenta de que cumplir su programa no va a ser posible, con lo cual pedirá más poderes presidenciales, transformará en lo que pueda la democracia estadounidense hacia un modelo más autoritario, y cuando tenga ese modelo, si es que lo consigue, estará en condiciones de no hacer lo que no conviene hacer, que es revertir la globalización. EEUU no va en contra de la globalización, porque eso no favorece la actual necesidad que tiene de mantener su hegemonía como imperio mundial. Y el imperio mundial requiere un mundo globalizado. EEUU se está preparando para hacer frente a quienes podrían disputarle ese papel hegemónico en el mundo: Rusia y China.
 
¿Existe un paralelismo real entre la situación actual de la economía mundial y el período de entreguerras en Europa, o es sólo un lugar común?
Por supuesto que hay un paralelismo. En la Alemania de los años 20 y 30 había un reparto del poder económico. Por un lado estaban los capitalistas tradicionales, representados por la industria del hierro y del acero. Frente a ellos, había un capitalismo progresista, vanguardista, que buscaba nuevas formas de producción, de riqueza y desarrollo. Y Hitler apostó por el primero. Ente otras razones, por eso fue a la guerra. También ahora hay dos capitalismos en pugna en EEUU, el tradicional, que es el del petróleo y la manufactura industrial, a la que quiere volver Trump, y el progresista, apoyado por el Partido Demócrata, que es el de Silicon Valley, las grandes multinacionales tecnológicas, Hollywood y Wall Street. Ese es el nuevo capitalismo apoyado por la utopía demócrata de la globalización como riqueza para todo el mundo, sobre el que se ha impuesto Trump, algo similar a lo que ocurrió en Alemania. Con esto no quiero sacar la maquiavélica conclusión de que Trump busque la guerra con China y con Rusia para favorecer al capitalismo tradicional.
 
¿Cree que existe riesgo de desmembración de la UE?
Creo que Alemania ha cometido un gran error al imponer una política de austeridad con los países del sur que ha destruido la UE. Lo que se ha hecho con Grecia y la política de recortes en Italia, Portugal y España ha producido la desafección de la gente respecto de Europa, a la que se ve como una entidad autoritaria. A Alemania le beneficia que los países del sur de Europa no compitan con ella en la atracción de los flujos de capital y ha tenido que paralizar la economía de los países del sur. Así no se construye una unión y eso ha generado unas dinámicas reactivas que ahora son muy difíciles de parar. Lo que está pasando en Italia es muy preocupante. Italia está en condiciones de que dentro de poco haya un gobierno de las fuerzas populistas, y en Francia... Yo dudo que allí, por mi confianza en el sentido común de los franceses, gane la extrema derecha.
 
Gane o no Le Pen, ¿no le parece preocupante que en una Europa tan culta y bien formada como la actual, un 30% de los franceses apoye sus postulados racistas, xenófobos y antieuropeos?
Habría que analizar si eso está relacionado con la quiebra de los sistemas educativos europeos que se viene produciendo desde los años 80, aquí desde que se implantó la Logse hasta que se impusieron los acuerdos de Bolonia, que sustituyeron el concepto tradicional de Universidad como un servicio con financiación pública por la idea de la Universidad como una empresa que tiene que ser rentable. Es decir, la universidad es un negocio, por lo que las carreras tienen que acortarse para que cuesten menos, no hay que preparar tanto a la gente, porque el mercado laboral luego recicla a sus trabajadores. Y en la enseñanza media y en la básica lo que se ha producido es una masiva invasión del metodologismo, de estos iluminados pedagogos que han creído que en realidad no hacía falta enseñar a los niños ningún contenido, sino que había sólo que aprender a aprender, esta especie de sofisma que no se sabe muy bien qué significa, ¿cómo se aprende si no se enseña nada, si al niño no se le exige que sepa nada? Y esto, que ha sido conscientemente promovido, es lo que ha producido la quiebra educativa y cultural de las últimas décadas en nuestro mundo, lo que ha hecho que seamos menos críticos, más vulnerables, más sumisos a los mandatos de los autoritarios y estemos mucho más en peligro de retroceder en lo que ha sido el logro más maravilloso de la historia, la democracia representativa.
 
¿En el caso español esa amenaza vendría más por el populismo o por el nacionalismo catalán?
El nacionalismo es un populismo que busca, por una lado, la permanencia en el poder de una determinada formación política de manera indefinida, y por otro, obtener beneficios económicos, porque el sentido verdadero del chantaje nacionalista es obtener dinero de los enemigos, en el caso de España, de las comunidades a las que se agrede. Desde la Transición, todos los Gobiernos democráticos tenían un cheque con muchos ceros preparado cada vez que el señor Pujol visitaba Madrid. La amenaza que hacía productivo ese chantaje era la independencia, por eso no querían que se cumpliese nunca, pero ha llegado un momento en que eso no se ha podido mantener.

¿Ve posible la independencia de Cataluña?
El problema de Cataluña hay que verlo en el contexto más amplio de desintegración europea, ya que hay otros países que tienen situaciones análogas. Cataluña no tiene el apoyo internacional a sus reivindicaciones de secesión, pero parece que el tren se ha puesto marcha de manera imparable. Siempre he dicho que a los monstruos hay que matarlos cuando son pequeñitos, cuando son grandes, el monstruo te mata a ti, porque ya no lo puedes dominar. Lo que va a pasar en Cataluña no lo sabemos, pero creo que ha habido una gran equivocación con la actitud de pasividad y tolerancia que se ha adoptado. No obstante, creo que todavía estamos a tiempo de que se aplique la ley, el principal instrumento democrático que tenemos.


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Xenofobia con gusto no pica
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 11 Febrero 2017

El predicador Francesc-Marc Álvaro dicta una tranquilizadora lección de convivencia civilizada ("Extranjeros inadvertidos", LV, 3/2):

La estigmatización de personas por su origen, su color de piel, su religión, su lengua o sus costumbres es incompatible con la democracia y con los derechos humanos. (…) Entre nosotros, la buena noticia es que ningún partido populista xenófobo ha conseguido consolidarse y amenazar seriamente las instituciones. A diferencia de lo que ocurre en Francia, Holanda o Alemania, los votantes españoles y catalanes han hecho poco caso de este tipo de ofertas excepto en algunas localidades.

Aflora el tremendismo
Pero, ¡cuidado!, Álvaro es también un guardián atento a la acechanza de los lobos disfrazados de corderos. Ya de entrada deslizó sutilmente la discriminación: "españoles y catalanes", con la estigmatización aplicada, por cuestiones de lengua, a los lobos castellanohablantes. No confundir. Y aquí aflora el tremendismo, porque los primeros, los lobos españoles, dan cobijo al PP y una parte importante del PSOE, que practican

populismo racista y populismo catalanófobo. Cuando el PP recogía firmas contra el Estatut, hacía populismo gordo y jugaba con fuego. (…) ¿Quién necesita apelar a los inmigrantes si puede utilizar el espantajo de unos españoles sospechosos y anómalos? El extraño no es el musulmán, ni el judío, ni el negro, ni el extranjero. El extraño –en este caso– es un ciudadano de España que presenta una españolidad que se interpreta "deficiente" o "equívoca" o "impura".

La magnitud de la falacia queda al descubierto cuando este comisario del secesionismo ortodoxo, que necesita discriminar en cada frase a los españoles de los catalanes, acepta, contraviniendo todo lo que enseña su ideología, que el catalán es un "ciudadano de España". Esto es precisamente lo que es, un ciudadano de España, en tanto que las sospechas, las anomalías, las deficiencias, los equívocos y las impurezas que enumera son las cuñas malintencionadas que introducen los secesionistas –y ahora los plurinacionales podemitas– para producir la fragmentación identitaria. Para convertir a unos españoles en extranjeros respecto de otros españoles. Y para poder manifestar su instinto xenófobo contra quienes, como ahora confiesa Álvaro, no son extranjeros sino sus propios conciudadanos. Para ahorrarse remordimientos, imaginan que su versión edulcorada de la xenofobia, como la sarna, con gusto no pica. A ellos, los secesionistas, les gusta, y no les pica porque untan su xenofobia con la pomada del patriotismo mitológico.

Pero afortunadamente son minoría los xenófobos hostiles no sólo a sus conciudadanos del resto de España, también a otros catalanes que ellos consideran extranjeros por su españolidad. Lo confirma la encuesta del Centre de Estudis d’Opinió de diciembre de 2016 ("La cifra de ciudadanos que solo se consideran catalanes se desploma", LV, 29/1): los que solo se consideran catalanes cayeron del 28,5% en julio al 19,8 en diciembre. Más catalanes que españoles bajaron del 23,5 al 20,5%. Tan españoles como catalanes aumentaron del 34,5 al 38%. Más españoles que catalanes subieron del 5,3 al 6,3%. Solo españoles aumentaron del 3,9 al 4,9%. Y la audiencia de TV3 cae por debajo de la de Antena 3 y Telecinco (suplemento "Vivir", LV, 5/2).

En cuanto a la recogida de firmas contra el Estatut, no fue una demostración de catalanofobia, sino la reacción de quienes tuvieron la lucidez suficiente para ver que se estaban sentando, ya desde 1980, las bases del Estado propio. La consigna era "Hoy paciencia, mañana independencia", y por eso el diseñador del entramado secesionista, Jordi Pujol, "sugirió asumir toda la mierda si CDC mantenía su obra" (LV, 4/2). Está a la vista que mantiene la obra, con su nuevo nombre y con la CUP en el puente de mando, mientras Pujol saca provecho de toda la mierda que asumió sin gran sacrificio

Vicios y virtudes
La contradicción entre la crítica a la xenofobia y la aplicación de esta como motor del movimiento secesionista que pretende levantar fronteras interiores se repite cuando Álvaro describe los vicios del populismo, vicios que le parecen virtudes cuando los cultiva, como veremos más adelante, su maruja favorita, la señora Pérez. Castiga, con argumentos sólidos, las múltiples pero entreveradas versiones del populismo, incluido el trumpismo, ajeno al hecho de que está retratando las tácticas torticeras del procés que él defiende sin tregua ("Es la gente", LV, 26/1):

La aparición de un personaje tan nefasto como Trump tiene la virtud de mostrar la similitud entre todos los que –viniendo de la izquierda o la derecha– exhiben superioridad moral y aspiran a borrar del debate público a todo el mundo que discrepe de sus dogmas, explicados –claro– como hechos irrefutables.

(…)
La crisis de la mediación democrática tiene relación con la sustitución del término ciudadanos por el término gente (los de abajo, la multitud, etcétera) como sujeto central del relato. Los populistas siempre hablan de la gente, palabra que sugiere proximidad y empatía, y la vaguedad necesaria para incluir a todos los que –por una cosa u otra– se sienten olvidados, despreciados y perjudicados por las políticas de los partidos tradicionales y la complejidad de unas estructuras que son poco permeables a las reformas. El antagonista de la gente es el establishment o la casta, categorías que incluyen o excluyen actores de manera arbitraria según conviene.

A los secesionistas les conviene acusar de todos los males, vaga y arbitrariamente, a España y a los partidos tradicionales, mientras monopolizan el adoctrinamiento en la enseñanza y en los medios de comunicación para explicar los dogmas como verdades irrefutables. Y la multitud, la gente… La gente se encarna, para Pablo Iglesias, en "la abuela Teresa Torres". ¿Recurso demagógico? Por supuesto. Un instrumento que el populismo secesionista no podía desdeñar. Por eso Álvaro se valió de la imaginación para poner en escena a su propia gente: la señora Pérez ("La señora Pérez y la ideología", LV, (21/7/2016):

Una ciudadana poco ideológica –como la mayoría de la gente– que elegía esta opción [CiU] porque defiende lo que es nuestro aquí y en Madrid (…) para que Catalunya deje de pedir permiso a Madrid y tenga un asiento en las Naciones Unidas (sic).

Pobre señora Pérez, ingenuo embrión de xenófoba. Qué chasco se va a llevar cuando descubra que le vendieron –y cito nuevamente a Jordi Pujol– la poca mierda que él dejó en el partido al llevarse la parte del león. Y que el asiento en las Naciones Unidas y en Bruselas lo seguirá ocupando la España indivisa.

Tierra de promisión
En síntesis, contrariamente a lo que nos quiere hacer creer Álvaro, sí existen en una región de España partidos populistas xenófobos que han conseguido consolidarse y amenazan seriamente las instituciones. Partidos que no se ensañan con los inmigrantes sino con los compatriotas, para lo cual explotan el mito de lo que el ensayista y novelista Amin Maalouf anatematizó como "identidades asesinas".

A la señora Pérez le bastaría con salir un momento de la cápsula provinciana donde la mantienen hibernada quienes le lavan el cerebro para descubrir que Madrid no solo no es una tacaña que niega permisos y de la que hay que defenderse, sino que es, desde hace siglos, y también hoy, tierra de promisión para una multitud de catalanes emprendedores.

Mientras en Cataluña los secesionistas levantan murallas contra la enseñanza del castellano en las escuelas y divulgan leyendas negras contra sus compatriotas españoles, en Madrid, y en el resto de España, esos catalanes con iniciativa hacen fructificar su talento en el teatro, el cine, la radio y la televisión, las empresas industriales y comerciales, las universidades y toda actividad productiva y creadora. Un catalán preside la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, y otro catalán por adopción, colaborador, para más inri, del corporativismo secesionista, está al frente de la Unión General de Trabajadores de toda España.

En Madrid y el resto de España no existe discriminación ni esa variante espuria de la xenofobia que es la catalanofobia, en tanto que el agitprop del secesionismo sí fomenta en Cataluña la discriminación y esa variante espuria de la xenofobia que es la hispanofobia. Ya me explayé sobre este tema, con nombres y apellidos de algunos de los catalanes que encontraron la mejor acogida en Madrid, en el artículo "La burricie fomenta el éxodo" (LD, 19/8/2016).

Es imposible desengañar a la señora Pérez ficticia que brotó de la imaginación de un secesionista impenitente, pero si catalanas y catalanes de carne y hueso, se llamen Pérez o Puig, montan en el AVE o en el puente aéreo rumbo a Madrid y se encaminan luego hacia cualquier otro punto de la geografía española, el abrazo fraternal con que los recibirán les deparará una agradable sorpresa. La estolidez del nacionalismo se cura viajando.

TV autonómicas: juguetes en manos de los barones regionales, a 136 millones el punto de audiencia
Las televisiones autonómicas españolas gastaron más de 1.000 millones de euros el año pasado para conseguir una audiencia de 7,4 puntos, su mínimo histórico. RTVE tuvo un presupuesto de 974 millones y no registrará pérdidas gracias a que no pagará IVA. Son polémicos servicios públicos con una preocupante capacidad para generar deuda y con una peligrosa tendencia a entronizar a los barones autonómicos.
Rubén Arranz vozpopuli.es 11 Febrero 2017

Pocos meses antes de dejar la Presidencia de Castilla-La Mancha, en marzo de 2015, María Dolores de Cospedal fue a los toros. Mientras Enrique Ponce le brindaba el primero de la tarde, sonaron algunos pitos en el tendido. Los espectadores de esta televisión no los escucharon, ya que fueron sustituidos por una cerrada ovación. El pasado octubre, cuando las familias socialistas se declararon la guerra, en el informativo de Canal Sur -de Susana Díaz- se aseguró que los mandamases del partido estaban llamados a elegir “entre susto (la abstención en la investidura de Rajoy) y muerte (el 'no')”. El infierno eran los otros, los de Pedro. Los buenos eran ‘los de Susana’. Y hubo un tiempo, cuando Rita Barberá alcanzó sus más altas cotas de popularidad en la Comunidad Valenciana, en el que era más fácil ver su cara en los telediarios de las cadenas nacionales que en Canal Nou, donde apenas si aparecía ante el temor de Eduardo Zaplana, primero, y Francisco Camps, después, a que les restara protagonismo.

Los tres casos ejemplifican el vasallaje que han prestado las televisiones autonómicas hacia los presidentes regionales durante las tres últimas décadas. Estos medios de comunicación han sido utilizados por varios de los más ‘reputados’ líderes territoriales como una herramienta más para ganar votos, aunque eso haya implicado ofrecer una visión distorsionada de la realidad y haya generado un agujero presupuestario multimillonario. Eran males menores. Era todo por la fama.

Al frente de Castilla-La Mancha Televisión estuvo durante cuatro años Ignacio Villa, a quien –en palabras de los trabajadores de la casa- se responsabiliza de múltiples casos de manipulación informativa y quien fue denunciado por supuesta malversación de fondos públicos por 40 alcaldes socialistas, que consideraron que utilizaba los recursos de la cadena para favorecer exclusivamente los intereses del PP. Pagaban todos, pero sólo ganaban los de la bancada popular.

El propio Emiliano García-Page se querelló contra el propio Villa, al que acusó de haber cometido un delito de injurias y calumnias por consentir la emisión de un reportaje que no le dejaba, precisamente, en un buen lugar. Poco después de que el director de Informativos fuera fulminado por el propio García-Page, salió a la luz que, entre 2011 y 2014, cargó 136.000 euros a la tarjeta VISA de este medio de comunicación –la mayoría en hoteles y restaurantes, algunos de lujo- y que había gastado más de 5.000 euros en llamadas a Hong Kong.

Mantener las (radio)televisiones autonómicas cuesta casi 2.000 euros por minuto.
La gestión de Villa constituye un caso extremo, pero no aislado, puesto que han sido diversos los directivos de estos medios de comunicación que se han empoderado en su puesto y han sido acusados de ensalzar, hasta extremos absurdos, las acciones y omisiones de los gobiernos regionales. Con cargo a los presupuestos de las comunidades autónomas.

¿Se solucionó la crisis de credibilidad de esta televisión tras su marcha? Cuesta pensarlo si se tiene en cuenta que dos editores de sus informativos fueron cesados después de que se emitieran unas declaraciones de Francisco Hernando El Pocero, en las que denunciaba las políticas de García-Page y los suyos.

Una factura muy alta
Cuando aparecieron estas cadenas, a finales de la década de 1980, se aseguró que enriquecerían el panorama informativo de cada territorio y ayudarían a difundir sus tradiciones y manifestaciones culturales más valiosas. Nada más lejos de la realidad. Salvo contadas excepciones, han ejercido de infatigables difusores de mensajes institucionales sesgados y, en algunos casos, han estado al servicio de los nacionalismos y localismos defendidos por los poderes políticos.

En 2016, las televisiones autonómicas agrupadas en la FORTA tocaron fondo. Según datos de Kantar Media, su audiencia fue la peor de su historia (7,4%), casi tres puntos inferior a la de hace un lustro y muy por debajo de la que conseguían durante la década de 1990, cuando en varios casos eran la opción preferida por los espectadores. Para conseguir cada punto de cuota de pantalla, estos medios de comunicación invirtieron 136,1 millones de euros, frente a los 57,97 millones que necesitó TVE.

Mantener las (radio) televisiones autonómicas cuesta casi 2.000 euros por minuto. De esta cantidad, 641 euros le corresponden a la catalana, 312 a la andaluza y 247 a la vasca, 194 a la gallega. La antigua radiotelevisión valenciana ha costado decenas de millones desde el día en que cerró (sólo ‘liquidar’ a su plantilla supuso un desembolso de 160 millones) y la que está en proyecto, se ha llevado hasta el momento 84 millones, pese a no haber emitido ni un minuto.

Salvo en Cataluña, País Vasco y Galicia, ninguno de estos medios de comunicación superó en 2016 el 10% de cuota de pantalla, de media. En Madrid fue del 5,5, en Canarias, del 5,1; en Castilla-La Mancha, del 5,1; en Aragón, del 9; en Asturias, del 5,7; en Baleares, del 3,4; en Extremadura, del 5,5; en Murcia, del 2,4; y en Castilla y León –semi-privada-, del 2,1%.

Radiotelevisión Española, con un presupuesto de 974 millones de euros, consiguió en 2016 un share del 16,8%. Fue ligeramente mejor al del ejercicio anterior (+0,1), pero estuvo muy por debajo del de los principales grupos privados de la TDT: Mediaset (29,8%) y Atresmedia (27,1%).

Las cadenas autonómicas españolas empleaban en 2015 a casi 6.300 trabajadores, a los que hay que sumar los 6.350 de RTVE. El coste de estas plantillas fue de más de 700 millones de euros. Pero aún hay más, puesto que los Presupuestos Generales del Estado contemplan un desembolso de 60.000 euros –de media- por cada uno de los ‘afectados’ por el ERE de Televisión Española de 2006 que siguen prejubilados. El año pasado, quedaban 320.

Pese a los varios cientos de millones que gastan cada año las administraciones españolas en estos medios de comunicación, en la FORTA –la asociación que las aglutina- no escatiman esfuerzos para intentar demostrar que las televisiones públicas no son tan caras como parece. Hace unas semanas, esta colectividad difundían un estudio en el que se incidía en que estos medios audiovisuales se encuentran entre los más baratos de Europa.

En concreto, mientras los daneses gastan 164,1 euros por habitante en este servicio público, los alemanes 120,8, los austriacos 119,1 y los británicos, 113,8; los españoles ‘sólo’ invierten 38,9 euros, bastante por debajo de la media de la UE (67 euros). En los últimos cinco años, las televisiones públicas nacionales han experimentado la mayor reducción presupuestaria de Europa, el 35,2%. Por encima de Chipre (32,7), Portugal (29,9), Polonia (17,4), Irlanda (11,5) e Italia (10,04).

A esta drástica reducción presupuestaria atribuyen los responsables de estos canales la importante caída de audiencia que han sufrido durante los últimos tiempos. El razonamiento que aplican es irrefutable: donde hace un lustro había 10 euros para gastar, ahora hay menos de 7 y eso, evidentemente, ha empeorado la calidad de la parrilla de programación y ha provocado una migración masiva de espectadores hacia las televisiones privadas.

Ahora bien, no todo puede explicarse en la escasez de recursos, dado que, a la hora de analizar este éxodo de audiencia, también hay que tener en cuenta -aunque en menor grado, claro está- la escasa credibilidad de sus informativos. El pasado noviembre, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó una encuesta en la que se revelaba que La 1 ya no es la cadena preferida por los españoles para seguir la información política y electoral (es La Sexta). En 2012, fue elegida por 39,4% de los encuestados, mientras que en 2016, por el 19,2. Ninguna de las autonómicas superó los 6 puntos.

Este descrédito será difícil de revertir. Máxime en un ecosistema que, en los últimos años, se ha enriquecido con nuevas fuentes de información, más potentes y con mayor alcance.

Cada vez es más difícil de justificar la lluvia anual de millones que reciben estas televisiones. Fueron, en su día, potentes altavoces de los intereses del poder, pero desde hace unos años se dirigen peligrosamente hacia el desfiladero de la irrelevancia. Un anonimato que cuesta casi 2.000 euros por minuto.


 


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