AGLI Recortes de Prensa    Domingo 12  Febrero 2017

PP y Podemos, dos caras de una misma moneda
Ramiro Grau Morancho.  latribunadelpaisvasco.com 12 Febrero 2017

Abogado. Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

Este fin de semana se celebran los congresos del PP y Podemos, y ambos serán muy similares. Al fin y al cabo, los dos partidos se necesitan, se retroalimentan, y no son tan distintos como parece…

El PP está en el poder gracias a Podemos, y Podemos es el líder de la oposición gracias al apoyo mediático del PP, y a su campaña electoral basada en un eslogan claro y sencillo: “¡Que vienen los rojos!”.

Muchos españoles han votado a lo malo, el PP, para no caer en lo peor, Podemos. ¿O es al revés…?

Y no hablo de esa PSOE totalmente dividida, que al paso que va pronto será una fuerza residual, o de la marca blanca del PP, llamada Ciudadanos, pues no vale la pena.

Hoy por hoy, ambos partidos no son nada. Son, simplemente, el acompañamiento coreográfico del PP y de Podemos, el gobierno y la oposición.

Dos partidos totalitarios, por eso digo que no son tan diferentes, que confían en que la solución de nuestros males venga del Estado, o más bien del Gobierno, sin darse cuenta de que el gobierno no es la solución, sino que es el principal problema que tenemos los españoles.

Un país con:
18 gobiernos, el central y los 17 autonómicos (excluyendo Ceuta y Melilla, que también son ciudades autónomas).
19 parlamentos (el Congreso y el Senado y los 17 regionales).

38 diputaciones provinciales, que no sirven para nada, pero dan de comer a más de 60.000 personas, la mayoría enchufadas por los partidos políticos.
8.000 ayuntamientos (Alemania, con el doble de población, tiene 2.000).

2.500 empresas públicas, que se dice pronto, en su práctica totalidad ruinosas y deficitarias (pero no pasa nada; las mantenemos entre todos, a base de impuestos).

500.000 políticos profesionalizados, que lo primero que hacen es ponerse el sueldo más alto del organismo que dirigen o en donde asientan sus posaderas, pues sino “se resentiría su dignidad”. Y evidentemente, tienen mucha… indignidad). La mayoría no saben hacer una o con un canuto, dicho sea de paso, y salvo honrosas excepciones.

3.500.00 empleados públicos, entre funcionarios, laborales, interinos, contratados temporales, personal eventual y de confianza, asesores, etc.

¿De verdad alguien en su sano juicio puede creer que esta estructura mastodóntica pueda ser la solución, y no el problema…?

Ambos partidos se basan en el populismo y la demagogia, es decir en la mentira y en la falsedad. Desde los que tienen el cinismo de decir que no hay problema con las pensiones, cuando el sistema está quebrado, pasando por aquellos que piden una “renta universal” para todo el mundo, sin explicarnos, eso sí, de dónde piensan sacar el dinero para pagarla… (Evidentemente echando mano a nuestros bolsillos, faltaría más). El único problema es que ya estamos tan ordeñados que la vaca no da para más.

Los dos tienen líderes, uno sin carisma alguno, similar a un alcornoque, y que me perdonen los alcornoques, y el otro más listo que el hambre, y un auténtico hideputa, que lo único que siente es no poder liquidar materialmente, es decir, de verdad, a todos sus enemigos del partido… Los demás son simples adversarios u oponentes políticos, pero a esos también los liquidará en cuánto pueda.

El uno se rodea de mujeres, preferiblemente abogadas del estado, sin duda para disimular, y el otro hace diputadas a sus amantes, todo ello dentro de la mejor tradición borbónica española: de la cama al escaño o al titulo nobiliario.

Ambos prefieren dar ayudas, subvenciones, viviendas, etc., a los extranjeros, antes que a los españoles. ¡Los españoles que se jodan! Realmente los dos son unos meros mamporreros del “plan Kalergi”, y obedecen fielmente las órdenes recibidas. Les va la supervivencia política en ello.

Y, lo que es más importante, a ninguno de los dos le importa una higa el futuro de España (si es que España tiene algún futuro): ellos van a lo suyo, que es permanecer en el poder el máximo tiempo posible, que fuera hae mucho frio.

Los españoles mientras tanto asistimos atónitos a esta “UTE, unión temporal de empresas”, que al paso que vamos va a permitir que Rajoy se jubile en La Moncloa, si es que la crisis económica no lo remedia.

¡España para los extranjeros! Y Viva España.
www.ramirograumorancho.com

Au nom du peuple, español
Inma Sequí gaceta.es 12 Febrero 2017

Confieso que sigo con notable interés –y gozo, ¿por qué no?- las pataletas verbales que nuestros proféticos, y en su mayoría, bien pagados periodistas, sacuden contra quien casi recién pisado el Despacho Oval, ha puesto en riesgo todos los sucios propósitos de las élites globalistas. Si es que había alguno pulcro. Y con Trump, el ocaso de ese sueño totalitario de centralización absoluta del poder de la mano de esta nueva, imparable y necesaria Derecha Alternativa a la que también nos queremos sumar en España.

Pero hay para todos, y Marine Le Pen no iba a escapar de los sicarios del Nuevo Orden Mundial o de los esputos de los ya predecibles liberaloides de guardia. Al menos aquí, donde Trump es una especie de enviado de Satán a este mundo de falsos aunque interesados bonachones, y Le Pen, la hermana gabacha a la que si sugieres públicamente pasas poco menos que a ser pariente no muy lejano del mismísimo Hitler. Sea como fuere, nadie dijo que el análisis de la progresía patria fuese inteligente. Sin embargo, y para socorro de zurdos y señoritingos enfundados en banderas de una más que cuestionable libertad, los españoles seguimos a la cola de nuestros vecinos europeos, observando con resignada paciencia lo que ocurre al otro lado de los Pirineos; donde los que un día pueden llegar a ser nuestros homólogos galos, no tardaron en advertir de la quiebra entre dirigentes y pueblo y que esto viene dado por el abandono de los primeros a estos últimos; donde saben sobradamente que estamos en guerra; y donde han palpado de primera mano el fracaso de estos pretendidos Estados Unidos de Europa y sus políticas.

Cierto que Trump ha representado un terremoto político, pero el cambio de ciclo histórico en Europa pasa por Francia, aun con los comicios holandeses por delante.

En cuanto a las propuestas presentadas por la hija de Jean-Marie en la ciudad de Lyon hace una semana y con las que pone rumbo al Eliseo bajo el hábilmente escogido eslogan “en nombre del pueblo”, son, en su mayoría de extrema lógica. Que no derecha. El Frente Nacional de Marine ha apostado por la supervivencia de Francia con promesas como la realización de un referendo sobre la salida de la catastrófica Unión Europea que supondría la recuperación de la soberanía nacional; el abandono del espacio Schengen por el que han circulado sin problemas terroristas como el tunecino que atentó en Berlín el pasado mes de diciembre; la salida de la OTAN que arma y protege a los mal llamados “rebeldes sirios” cuando son asesinos pertenecientes a Al-Qaeda; prioridad nacional en empleo con la creación de un impuesto sobre la contratación de asalariados extranjeros o la reducción de impuestos y trabas burocráticas a las pequeñas y medianas empresas. Además de otras que perfectamente podrían resumirse como un combate despiadado contra la delincuencia, el terrorismo y fundamentalismo islámico.

Ya hemos comprobado que no todas las rosas son rojas ni las lágrimas tienen porqué sabernos siempre saladas. Ahora, tomemos nota. Au nom du peuple, español.

Los partidos, en las nubes; el Estado, en las cloacas
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Febrero 2017

El congreso de un partido político español, e incluso antiespañol, se distingue por la presencia de bandadas de cargos que desfilan en formación horizontal, para no dar la espalda a nadie, con un tarjetón de plástico que les acredita como legítimos representantes de sí mismos y del partido al que pertenecen. ¡Como si millones de ciudadanos envidiosos estuvieran apostados a la puerta del congreso para colarse en los apasionantes debates sobre garantías internas y reglamentos de votación!

El poder creciente de la partitocracia se revela en que las tarjetas de acreditación de los previamente acreditados en las mesas identificatorias son cada vez mayores, más aparatosamente plastificadas, más absurdas. Que Rajoy llevara colgando al cuello, como un San Bernardo que socorre a un siniestrado en la nieve, un tarjetón del tamaño de un barril de coñac, es tan grotesco como ver al joven Arenas, que ya mandaba en el PP cuando se inventó el plástico, con un tarjetón de niño sin familia en el aeropuerto.

¿Es que no sabe nadie en el congreso del PP quién es Rajoy? ¿Puede confundirse con otro al joven Arenas? ¿Hace falta que ambos tengan que llevar colgando, en una zona imprecisa entre el abdomen y el bajo vientre, ese pedazo de plástico que les baila entre la chaqueta, la camisa, la nuez descorbatada y ese jersey en pico, vagamente tirolés, típico del pepero común en acto de partido dominguero. ¿Necesitan ese cencerro que los anuncie? Obviamente, no. Pero su humillación ante tan aparatoso colgante es una advertencia al rebaño: si el pastor lleva esquila, cuidadito, ovejitas.

La felicidad inocultable del Poder
El éxito indiscutible del Congreso del PP, totalmente involuntario, ha sido celebrarlo a la vez que el Congreso de Podemos. Lo mejor de Vistatriste, en esa Caja Mágica que apesta a cloaca desde que la inauguró Gallardón, era Vistalegre. Mientras las tribus telecomunistas defendían el caudillaje de Iglesias contra el acaudillamiento de Errejón, en el PP se han limitado a impedir que la grey plastificada pudiera votara sobre los cuatro cargos de Cospedal, las abortadas enmiendas del grupo pro-vida y, lo más risible, la renuncia a la socialdemocracia que indignó a Maíllo Pantócrator.

Lo único que no se ponía a votación era el líder y lo que nadie podía discutir era la felicidad de los altos cargos estatales, autonómicos y locales. Si en próximos comicios el PP recuperase algunos de los Ayuntamientos y autonomías que tenía en noviembre de 2011, el próximo congreso deberá celebrarse en globo, montgolfier o, mejor, en un dirigible a lo Hindenburg, aquel gigantesco artefacto creado por la Zeppelin que debutó en los aires en 1936 y se estrelló en 1937, cuando cruzaba el Atlántico, con 35 muertos. No hace falta decir que el Hindenburg de Rajoy nunca se estrellará en mar o tierra por la sencilla razón de que jamás alzará el vuelo. Es lo más seguro.

Nunca, en los cuarenta años de democracia que se cumplirán en junio de este año, ha habido un líder de ningún partido político, en el Poder o en la Oposición, que presumiera tan obscena e innecesariamente de su poder como Rajoy. Con esa facundia que espantaría en un país acostumbrado a la libertad política, se ha jactado de que no diría hasta el final qué cargos iba a ocupar todo el mundo en el PP, empezando por el de la Secretaría General. El alarde despótico, además del placer para este personaje torvo y mandón, exponía nítidamente la situación del partido más importante de la Derecha: vosotros no existís. Existe sólo el que yo quiera que exista. Así que chitón. Todos seguiréis en vuestros cargos porque yo sigo. Si no sigo, no seguís. La ovación, estruendosa. Ni las criaturas del Arca a Noé cuando escampó.

Las cloacas siguen manando
Pero mientras el congreso del partido del Gobierno navegaba entre las fétidas nubes de la Caja Mágica, las cloacas policiales del Estado iban destilando mensajes amenazadores para el Estado. Y de pronto, zas, lo que nadie esperaba: Zoido va y disuelve la llamada Brigada Secreta de Interior.

Esta súbita rociada de Zotal en los albañales visoeternos del Estado fue precedida de una aparición del mayor de Los Chicos de Oro, Eugenio Pino, que con Villarejo y García Castaño componían la Triada Inamovible de Interior. Lo de Pino era sonrojante por tres razones: la primera es que se mostraba semianalfabeto en su forma de expresarse y eso siempre humilla al ciudadano que paga los sueldos de tanto lerdo; la segunda, que después de criticar a los jueces por no dejarle detener a los Pujol, decía, con todo descaro, que había ordenado investigaciones por su cuenta acerca del 11M, el Caso Faisán y el Caso Marta del Castillo, que son los tres casos sobre los que hay más sospechas de corrupción policial, falsificación de pruebas y encubrimiento de gravísimos delitos, bien de raíz política o comunes, para beneficio del PSOE, de narcotraficantes, bandas policiales o los tres juntos.

Naturalmente, las denuncias eran otras tantas amenazas sobre cuatro casos que los Gobiernos del PSOE y del PP les encargaron de forma ilegal, hicieron chapuceramente, naufragaron por decaimiento político del fervor de la fiscalía, muy en especial el tratamiento legal del separatismo catalán, y se habían convertido, por su distinto nivel de ilegalidad, en armas de chantaje de unos policías que dejaron de serlo hace varias décadas pero que han sido usados como detectives privados del Gobierno para pesquisas que eran chantajes y chantajes que no pasaban de pesquisas. Si Jordi Pujol está libres y a los de Gurtel, en vísperas del Gran Congreso de Fervor Mariano, les han caído trece años, es porque al Gobierno del PP, como antes al del PSOE, nunca le interesó detener y condenar a Pujolone, sino pactar con él.

Pero como los Chicos de Oro de Interior no son demasiado listos, o al menos no lo ha demostrado el abuelo jubileta, estaban confesando el mismo delito de malversación de fondos que la Fiscalía ha perdonado a los golpistas del 9N, pese a existir facturas sobre los gastos de la Generalidad. Si Pino, Castaño, Villarejo o La Brigada del Micro han perpetrado por su cuenta, sin tutela judicial, investigaciones sobre casos ya juzgados, habrían estado malversando a destajo fondos públicos, delito penado con la cárcel.

Al día siguiente -porque las conversaciones en la Cloaca Máxima han durado tres días en el papel, con eco en los otros cuatro medios en la Red do mana información cloaquil y que citamos hace tres domingos- el mayor de los Chicos de Oro trató de enmendar su torpeza, pero era tarde. Al día siguiente, toda la banda, o sea, el abnegado grupo de investigadores de Interior fue asignado a la División de Personal, que en aquellos tiempos del periodismo sin cloacas era enviarte a Documentación: un exilio apenas disimulado, un ostracismo con trienios, la jubilación laboral sin apelación. Como el renombramiento de Cospedal refuerza a Zoido, cabría esperar del Ministerio del Interior la continuidad en la limpia de cloacas, pero nada es seguro con Rajoy. El Previsible, como él mismo se definió, es imprevisible.

En el principio, fue La Cloaca
Por otra parte, ese peculiar aspecto de Mariano, entre viejo y eterno, vagamente intemporal, recuerda de forma inquietante el gran hallazgo de la ciencia, esta misma semana, en materia de Evolución. Sin buscarlo, ha aparecido el más antiguo de los seres vivos, el más elemental, cuya imagen, como en la triple pantalla del "Napoleón" de Abel Gance, podemos colocar entre las de Rajoy e Iglesias para ilustrar la absoluta perplejidad nacional. Lo han llamado Saccorhytus, tenía apenas un milímetro de tamaño y vivió en el mar hace unos 540 millones de años. Pero tiene la pasmosa peculiaridad de que es un ser-cloaca, en el que ano y boca se confunden, lo que le daría un aire entre el batiscafo y el micrófono. Este sería su aspecto:    saccorhytus.jpg

Los investigadores británicos y chinos que en "Nature" han identificado este microfósil nos lo presentan como "el primer ancestro prehistórico","el ejemplo más primitivo" de los deuterostomados, una categoría biológica que llega hasta los vertebrados, "el ancestro común de una gran variedad de especies, el primer paso en la evolución que cientos de millones de años más tarde llevó hasta los humanos".

Para mí que es el primer fósil del Primer Ministerio del Interior.

Rajoy, Montoro y el enemigo de las empresas
Jesús Cacho vozpopuli.es 12 Febrero 2017

Juan Rosell terminó por explotar este martes con un duro alegato contra el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ese Savonarola que en los últimos tiempos le ha salido a las empresas españolas, particularmente a las grandes. Dijo Rosell que “el discurso de Montoro con las empresas es más agresivo que el de Podemos”, una frase que, al margen de lo que tiene de provocación pura y dura, encierra no pocas claves con las que describir el territorio inhóspito en que se desenvuelve la actividad empresarial en un país donde el empresario sigue siendo visto como un explotador despiadado por parte no ya de una sociedad cada vez más estatista, más convencida de que el empleo, como los niños, lo trae la cigüeña desde París, sino de unos partidos rendidos a los cantos de sirena del populismo. Claves, también, del fracaso del Gobierno a la hora de ajustar las cuentas públicas, y de las dificultades con las que, a corto plazo, va a tener que enfrentarse la economía para generar riqueza y empleo una vez perdido el viento de cola de los precios del crudo y los tipos de interés.

Las palabras de Rosell, convertido de nuevo en gran jefe de la patronal una vez desaparecido ese invento que fue el CEC, venían a cerrar el ciclo iniciado por el propio titular de Hacienda cuando, el pasado 25 de enero, se arremangó en el Congreso con una soflama contra la laxitud fiscal de la gran empresa. “No se explica que cualquiera de nosotros esté tributando por el IRPF o una pyme esté tributando un 18% y un grupo consolidado esté tributando el 7%” (…) “Cuando llegamos al Gobierno en 2012, el tipo efectivo de los grandes grupos era del 3%, lo que quiere decir que grandes grupos de España pagaban cero” (…) “Estamos hablando de que a los grandes grupos les conviene tributar más porque es que si no, esto de la cohesión social no se sostiene”. Conviene aclarar que la bronca del ministro venía a rubricar, a su vez, una serie de sonoros estacazos fiscales que ha dejado a más de una empresa temblando: el aumento “máximo” de los pagos fraccionados del Impuesto sobre Sociedades (IS) en octubre y su elevación en 4.650 millones en diciembre, de forma retroactiva además.

Semejante lenguaje en boca del ministro de Hacienda de un Gobierno de la derecha, siquiera en teoría, puede resultar peligroso en un país sumido en pleno sarampión izquierdista, en el que la actividad empresarial parece haber retrocedido en términos de valoración publica a tiempos anteriores a la Transición. Rosell refuta la mayor asegurando que “si fuesen ciertos esos porcentajes del 7%, estaríamos tributando por debajo de Irlanda y tendríamos un aluvión continuo y lógico de empresas multinacionales trasladándose a España, lo cual no es el caso”. Pues no. La polémica parece fruto de un error de partida, resultado de la aplicación de dos varas de medir, dos porcentajes, distintas a la hora de calcular la cuantía del impuesto: por un lado, el llamado “Tipo efectivo sobre Base Imponible”; por otro, el denominado “Tipo efectivo sobre Resultado Contable”, cuya utilización arroja aquel escandaloso 7% utilizado por el ministro.

La patronal, y la mayoría de los expertos, cree que el criterio utilizado es incorrecto, porque el IS no se paga sobre resultado contable (cuenta de pérdidas y ganancias), sino sobre la base imponible positiva, por lo que sería más adecuado utilizar el porcentaje del “Tipo efectivo sobre Base Imponible” que recoge la relación entre cuota y base imponible. A su tenor, y de acuerdo con los datos de recaudación de la AEAT para 2015, los grupos consolidados pagaron en 2014 (últimos datos disponibles) un 19,2% de impuesto. La base imponible se calcula aplicando al resultado contable los ajustes extracontables que establece la propia Ley del Impuesto, ajustes que suelen ser más altos en los grupos que en las sociedades individuales. En cuanto a las empresas que integran el Ibex 35, su tipo efectivo ronda el 21% del resultado contable mundial, considerando tanto los resultados obtenidos en los países en los que operan como los impuestos sobre beneficios pagados en el exterior.

A tenor del reciente informe 'EU Taxation Trends 2016' elaborado por Eurostat, la presión fiscal empresarial española en relación con el PIB es del 10,2%, solo ligeramente inferior a la media de la Eurozona, que es del 10,5%, lo que viene a confirmar una presión fiscal a las empresas equiparable a la media europea. De hecho, los ingresos públicos procedentes de las empresas respecto del total, es decir la parte de recaudación tributaria que las empresas aportan al Fisco en España es del 30,4%, mientras que la media de la Eurozona es del 26,2%. En relación al PIB, la recaudación media del IS entre 2007 y 2015 fue del 2,5%, en la media de la UE28, de acuerdo también con Eurostat 2016. Nos supera Suecia (3% del PIB), Holanda (2,7%) e Irlanda (2,7%), países que, con tipos inferiores o equiparables a los españoles, recaudan por encima de la media debido a que disponen de un mayor número de grandes y medianas empresas.
El 0,16% de las empresas pagan el 50% de la recaudación del IS

Conviene puntualizar que en 2014, el 50% de la recaudación del IS lo aportó el 0,16% de las empresas declarantes (2.300 sobre un total de 1.450.000), y que en dicho año solo el 42% de las sociedades declarantes obtuvieron beneficios (frente al 65% de antes de la crisis), lo que provocó que la base imposible consolidada cayera más de un 50% por la acumulación de pérdidas, pasando de 177.514 a 89.728 millones. En paralelo, el número de deducciones aplicadas sobre la misma ha disminuido más de la mitad, lo que explicaría que el tipo efectivo medio liquidado en 2014 fuera del 21,3%, frente al 20% en 2007. En cuanto a los beneficios fiscales del IS, decir que en 2016 ascendieron a 3.841 millones (un 2,8% menos que en 2015), representando apenas el 11,1% del total (34.498 millones), lo que permite afirmar que las exenciones y deducciones que reciben las grandes empresas a cuenta del IS son más bien modestas.

Inevitable resulta recordar que el IS no es el único impuesto que pagan las empresas ni el más elevado. Las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social, que en 2015 ascendieron a 85.000 millones, más de un 8% del PIB, suponen un importe mucho mayor que el de Sociedades. Las empresas pagan un tipo de cotización del 31,13%, por un 6,25% del empleado (frente a una media para la UE28 de 22,2% y del 12,5%, respectivamente) y soportan más del 80% del total cotizado a la Seguridad Social, situación que supone un auténtico impuesto a la creación de empleo y que ningún Gobierno osa siquiera mencionar porque ya se sabe que hablar de empresas, no digamos ya comprender su labor y legislar para favorecer su proliferación, resta votos y está socialmente mal visto. Aquellos 85.000 millones fueron, en todo caso, inferiores en un punto de PIB a la media de la UE28, lo que se explica por los elevados niveles de paro, la economía sumergida, el salario medio español y un tejido empresarial poblado de micro y pequeñas empresas (hasta un 99,3% del total).

No parecen ser las empresas, pues, las responsables de las angustias fiscales de un Gobierno necesitado de aumentar los ingresos para tapar las brechas de un gasto público que no deja de crecer. Con la recaudación por IVA e IRPF por debajo de la media de la UE28 (6,5% frente al 7%, en el primer caso, y 7,4% frente al 9,4% del PIB, en el segundo), parece evidente que España necesita acabar de un plumazo con el galimatías en que se ha convertido la legislación tributaria mediante una nueva reforma fiscal dirigida a mejorar el control y la gestión del gasto público y aumentar la eficiencia del sistema fiscal. Una reforma destinada no sólo a garantizar la sostenibilidad del Estado del Bienestar, la tan cacareada equidad social, sino a impulsar el dinamismo y competitividad de la economía española, es decir, a potenciar el crecimiento como la clave del arco que sustenta la paz y la prosperidad colectivas, un debate al que es ajena nuestra clase política y del que nada se ha hablado en los Congresos que este fin de semana Podemos y el PP celebran en Madrid. Explicable en el primer caso, por cuanto la izquierda radical sigue anclada en el reparto de la pobreza que acompaña a sus recetas económica, pero injustificable en un partido de la derecha repentinamente afectado por un extraño frenesí igualitario.

Una ineludible reforma fiscal
Un reciente documento ('Un sistema fiscal para crecer en un entorno global') publicado por el Círculo de Empresarios describe en apenas unos folios las líneas maestras de esa reforma fiscal que “debería tener por objetivo aumentar la efectividad en la recaudación tributaria y situar los ingresos públicos en torno al 40% del PIB en 2020, ello mediante reformas estructurales y con la vista puesta en afianzar el crecimiento y la creación de empleo, garantizando al tiempo la protección y la cohesión social”, esa virtud pública tan exaltada por el ministro Montoro. Además de la reforma integral del sistema fiscal y la lucha contra el fraude y la economía sumergida, el think tank que con buen tino dirige Javier Vega de Seoane alude a la necesidad de “reordenar las potestades tributarias de Estado, CC.AA. y Entidades Locales; mejorar la eficiencia de la Administración Tributaria; fomentar el crecimiento del tamaño medio de la empresa española; simplificar el sistema tributario, y dotarlo de mayor estabilidad, transparencia y seguridad jurídica” frente al zarandeo al que el Ejecutivo lo somete a su particular conveniencia.

Demasiada tarea para un Gobierno ensimismado en la tarea de confundirse en el paisaje de populismo rampante que nos rodea. A falta de confirmación oficial, los ingresos tributarios habrán rondado los 188.000 millones en 2016, el segundo mejor año de la historia, superando en más de 8.500 millones la recaudación de 2006, el tercer mejor ejercicio, y sólo por detrás de 2007, año que, en el pico de la burbuja, fue excepcional. Parece, pues, que no tenemos un problema de ingresos tributarios. Tenemos, sí, un problema de control del gasto que proviene, en gran medida, de las ineficiencias producidas por las duplicidades administrativas, por el Estado y sus 17 Estaditos. Y tenemos también un grave problema de gestión. Porque seguimos gastando lo mismo que en la época del boom, ello a base de aumentar la deuda pública, y seguimos siendo incapaces de controlar el déficit a pesar de llevar ya dos años creciendo por encima del 3%. No hay ninguna visión general y de largo plazo, porque todo consiste en seguir la estela de las encuestas de opinión y la intención de voto. Este sí que sería un buen argumento para celebrar un gran Congreso nacional destinado a diseñar un futuro de prosperidad para los españoles.

Contra los zurumbáticos, aplicación del Artículo 155 de la Constitución
David R.  latribunadelpaisvasco.com 12 Febrero 2017

Siento vergüenza de lo que está ocurriendo en Cataluña, y lo digo como lo que soy, catalán, español y europeo. Muchos independentistas son unos zurumbáticos, y además, algunos de ellos son unas ladrones y todos ellos no tienen vergüenza.

El independentismo catalán constituye una mafia extremadamente corrupta y peligrosa, que no solo ha conseguido llenar sus bolsillos con el dinero de todos, si no también convencer a una generación entera utilizando para ello un manipulado sistema educativo, de cuestiones como que España les está robando, haciendo olvidar que ellos son españoles, y que la mala gestión de la Generalidad ha llevado a la deuda pública catalana a ser calificada por todas las agencias del mundo con la difícilmente superable categoría de "bono basura", la misma calificación que tienen los países más pobres del tercer mundo, como Somalia, calificación tan negativa que ya nadie la financia, excepto España: 80.000 millones de € de todos los españoles que se han evaporado en gastos como la financiación de su proyecto. Mañana, Cataluña consigue la independencia y lo primero que ocurre es que entra en quiebra.

Creo que es urgente la utilización del instrumento que la Constitución dota al poder ejecutivo, al legislativo y al poder judicial para casos en los que "una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España". Constitución que, por cierto, fue aprobada en Cataluña en referéndum perfectamente democrático por una de las mayorías más importantes de todos los territorios.

La tomadura de pelo es de dimensiones históricas, y el discurso de los ladrones independentistas es tan perverso que enfrenta el derecho y la voluntad popular, recordando los postulados de los dictadores más peligrosos que encontramos en la historia europea de los últimos siglos.

El pueblo tiene que mandar, para lo cual tiene que votar, pero previamente yo decido quién es el pueblo, y en Cataluña hay 7.000.000 de habitantes y más de la mitad no están por la labor de dejar de ser ciudadanos y miembros de pleno derecho de la Unión Europea, ni dejar de ser españoles, ni de retroceder varias décadas de progreso democrático y económico, ni quieren que se sigan cerrando quirófanos, y que lo que sí quieren es poder rotular su negocio en castellano sin que el ayuntamiento de turno les imponga una multa.

Cuando la justicia actúa ocurre que sus protagonistas, los jueces y los fiscales, lo hacen en contra de la democracia, porque evidentemente se trata de una justicia politizada, ¡qué barbaridad!; organizo una manifestación en la puerta de los juzgados y los Mozos de Escuadra no actúan, porque se juegan el puesto de trabajo (vaya mandos), y llego medio tarde a mi citación judicial porque me da la gana, porque me llamo Arturo Mas, y soy el delfín del súper-corrupto confeso Jordi Pujol, y he venido a desdecirme, porque yo no soy el responsable del ilegal referéndum, lo fueron los 40.000 voluntarios que lo materializaron, además, como yo soy tonto no sabía que era ilegal, y si el Tribunal Constitucional lo advirtió yo no me enteré, estaría ocupado viendo un partido del Barcelona o preparando el siguiente paso.

En el siglo XIX el caciquismo era una forma particular en que se manifestaba el clientelismo político en las sociedades rurales con poco nivel de desarrollo e instrucción. Se caracterizaba por la continua influencia de una oligarquía local, conformada por unos líderes o caciques, que desarrollaban actividades políticas y administrativas sin estar dotada de investidura jurídica ninguna.

En Cataluña ese secular caciquismo pervive, perfeccionado y actualizado, habiéndose instalado como un tumor maligno en las instituciones de la comunidad autónoma, de las provincias, de las comarcas, de los Ayuntamientos, de las empresas, del sistema educativo y en general, de la sociedad,y modernizado empleando las nuevas tecnologías y las competencias que el Estatuto de las Constitución española de 1978 les provee. Aplicación del Art. 155, ya. Basta de aguantar caros y peligrosos despropósitos y desvaríos, cuanto más se tarde en intervenir, la acción de estos zurumbáticos será peor para todos.

La matanza de Vistalegre
EDITORIAL Libertad Digital 12 Febrero 2017

El desarrollo del congreso de Podemos y las intervenciones de su principal protagonista, Pablo Iglesias, no han desentonado ni un ápice respecto a lo que ha venido ocurriendo en los últimos meses en el seno del movimiento ultraizquierdista, en los que se ha puesto de manifiesto que todas las apelaciones a la discusión de modelos organizativos o a la participación de las bases no son más un pobre ardid para tratar de esconder una lucha encarnizada por el poder.

En efecto, el espectáculo brindado durante estas últimas semanas por los líderes del partido antisistema ha puesto de manifiesto que el debate de ideas era un pretexto -rápidamente olvidado- y que de lo que se trata es de alzarse con el control de la organización, anulando para siempre al enemigo interno.

Vistalegre II no es más que el reflejo posmoderno de las viejas purgas estalinistas, en las que el líder supremo hacía desaparecer todo rastro de quien se atreviera a discutirle el poder. En eso están Iglesias y Errejón, los dos principales candidatos a liderar la organización populista de extrema izquierda, con el aditamento poco significativo de otros aspirantes menores dispuestos a convertir a Podemos en un híbrido forjado entre la nostalgia de la Unión Soviética y el ejemplo actual de las dictaduras marxistas bananeras.

En realidad no hay ninguna diferencia sustancial entre el proyecto político de Iglesias o Errejón. Forjados en la misma tradición totalitaria, ambos aspiran a convertir a Podemos en una fuerza revolucionaria que acabe con nuestro sistema de libertades; solo difieren en el método. Así pues, sea cual sea el resultado de esta lucha fratricida, mientras esta fuerza ultraizquierdista siga concitando apoyo popular seguirá siendo una amenaza para la convivencia y la prosperidad de todos.

Iglesias y Errejón se lo juegan todo en este congreso puesto que, políticamente, solo uno de ellos saldrá vivo este fin de semana. Podemos, que se presentó ante la opinión pública más ingenua como un nuevo modelo de partido, ajeno a los vicios orgánicos de la casta, se revela así como una organización monolítica donde lo único que importa es quién detenta el poder. Llegaron diciendo que eran la nueva política y lo cierto es que sus ideas y la forma de imponerlas a sangre y fuego son el reflejo perfecto del comunismo más ajado. Puesto que ni el PP ni los principales medios de comunicación están dispuestos a combatirlo, lo mejor que puede ocurrirnos a los españoles es que sus líderes se aniquilen en la batalla campal en que se ha convertido el congreso podemita de este fin de semana.

Para qué hablar de esas cosas
Javier Fernández-Lasquetty Libertad Digital 12 Febrero 2017

Por el diario El País, portavoz oficioso de los dirigentes del Partido Popular en estos últimos tiempos, nos enteramos de que la propuesta política de este partido consiste en no tener ideología, ser prácticos, y mantener a Rajoy como líder "sin fecha de caducidad".

El nuevo PP se ha reunido para mantener, inmune a la caducidad, al mismo dirigente que lleva 13 años presidiéndolo, y que acumula 37 años de trayectoria política. Lo único realmente nuevo es que donde antes el PP tenía tres votantes, ahora tiene solo dos, pero para qué hablar de esas cosas.

¿No merecería un mínimo análisis crítico que en las últimas elecciones generales, las de junio de 2016, el PP tuviera la menor cantidad de votos desde 1989? A lo largo de dos décadas y media, el PP ha sido un partido con entre 9 y 11 millones de votantes. Por dos veces seguidas (diciembre de 2015 y junio de 2016) se ha reducido al tamaño que tenía a finales de los ’80: poco más de siete millones de electores. El Congreso Nacional del PP, aplazado durante varios años por la importancia de las elecciones, resulta que ahora no habla de por qué se le ha ido un tercio de los votantes. Total, para qué hablar de estas cosas.

Mientras tanto la sociedad ha cambiado. Ya nadie concibe que el dirigente y candidato de un partido sea designado mediante un sistema restringido que no permite que cada afiliado tenga un voto. Ya hacen primarias hasta los vetustos políticos franceses. Era evidente que este congreso tenía una cuestión principal: abrir paso a un nuevo sistema abierto y sincero para elegir al líder. La Red Floridablanca ha reunido razones y apoyos con inteligencia y consistencia. Pero tampoco se ha hablado de ello. Para qué hacerlo. Una treta reglamentaria de Maíllo ha impedido que el Congreso del PP vote sobre las primarias. Íñigo Henríquez de Luna lleva décadas intentándolo. Antes, por lo menos, le dejaban proponerlo. Ahora ya ni eso.

No existe hoy una base ideológica que aglutine en España a quienes no son socialistas, nacionalistas o leninistas. El PP no quiere tenerla, según nos enseña El País, para poder firmar pactos. Pero precisamente con los únicos con los que ha firmado un pacto –Ciudadanos- han dedicado un fin de semana a debatir y votar que prefieren etiquetarse como liberales. Dudo mucho que sea liberal un partido que defiende sistemáticamente los incrementos del gasto público, el intervencionismo público y los servicios estatalizados en educación o sanidad. Pero por lo menos había servido en bandeja la oportunidad de que el PP, que sí tuvo una orientación claramente liberal cuando gobernaba Aznar, hubiera recuperado el vigor en la defensa de la libertad y la responsabilidad individuales. Tampoco: para qué perderse en debates. Queden las cosas como están, con una izquierda cada vez más extremista hegemonizando la cultura.

Con Fraga, en AP se conspiraba. Con Aznar el PP pensaba, peleaba y ganaba. Con Rajoy solo se trata de mandar, sin importar para qué, ni qué valores y principios se tienen.

He sido compromisario en todos los congresos del PP desde hace más de 30 años. Me alegro de no estar hoy allí, viendo cómo se rehúye el debate, el compromiso con las ideas, y hasta el mero instinto de combate político.

Congreso nacional del PP
El universo paralelo de la política
Alejo Vidal-Quadras vozpopuli.es 12 Febrero 2017

Mariano Rajoy ha firmado la víspera del Congreso Nacional del PP un largo artículo en un diario de gran circulación en el que afirma que los principios y valores del Partido Popular no han cambiado y no le falta razón porque para que algo cambie primero ha de existir. Ese texto destinado se supone a realzar el papel que su formación ha jugado en nuestro sistema político y sus contribuciones al buen funcionamiento del mismo, encadena una serie de sosos lugares comunes sin que aparezca en ningún párrafo un mínimo destello de pasión, sinceridad, profundidad de visión o coraje. Aunque contiene aseveraciones que provocan rubor, tales como que el inminente Congreso es fruto de un largo proceso de democracia interna, que nuestro país está unido y es una tierra de oportunidades para nuestros jóvenes, que la Constitución de 1978 refleja su idea de España de manera “inmejorable” o que se propone situar a la educación en el centro de sus preocupaciones, ni siquiera deja lugar a la indignación del lector dado que el denso tedio que produce la amortigua por completo.

La sensación que embarga al que tiene la paciencia de recorrer sus soporíferas líneas es que el firmante de la pieza –la misma conclusión se puede aplicar por supuesto a su anónimo autor– vive en un mundo distinto al real, un universo paralelo cuyo contacto con el material y tangible que habitamos los demás es solamente esporádico y con el único fin de buscar el método más eficaz para falsearlo u ocultarlo.

Este curioso fenómeno no es exclusivo del actual Presidente del Gobierno, sino que aparece con la misma nitidez e intensidad en casi todos los dirigentes políticos de primera línea que mosconean por el Congreso, los parlamentos autonómicos o los grandes consistorios de nuestra geografía. Sus discursos están calcados desde esta perspectiva de su nula conexión con la sociedad a la que administran y obedecen a un patrón común: series de tópicos políticamente correctos encadenados, imprecisiones voluntaristas, buenos deseos inanes, ausencia absoluta de autocrítica, desprecio continuo por la verdad, omisión piadosa de los problemas más acuciantes y ofensiva infravaloración de la inteligencia de los votantes. Es llamativo que tantos españoles sepamos cuáles son las deficiencias más graves de nuestra arquitectura institucional y de nuestro tejido productivo y que apenas haya un representante público que las mencione, las diagnostique y proponga soluciones efectivas para superarlas.

En estos días se habla mucho de la lucha interna que está desgarrando Podemos o de la cainita pugna por el liderazgo en el Partido Socialista, pero estos conflictos reflejan la auténtica prioridad de nuestros políticos, que no es para nada la elaboración y la aplicación de las medidas que requiere la sociedad española para ganar competitividad, prosperidad, seguridad, bienestar y altura cultural y moral. Su principal afán, aquel al que dedican sus mejores y más tenaces esfuerzos, es la obtención, preservación, ensanchamiento y explotación del poder. Mientras no lo alcanzan y a la espera de conseguirlo, el reparto del futuro botín ocupa su tiempo de forma absorbente y de ahí el baile de dagas inmisericordes que tritura amistades, lealtades y expectativas de voto. En el Partido Popular, el mantenimiento de la primera posición electoral a nivel nacional y del Gobierno apacigua por el momento las tensiones de puertas adentro y toda la atención se dedica a seguir en La Moncloa. En cuanto a Ciudadanos, al ser una organización todavía poco contaminada por los vicios de la partidocracia y en la que aún anidan ciertas convicciones, cabe albergar la esperanza de que persevere en su formulación y reclamación de reformas estructurales, pero por desgracia su peso en las esferas de decisión no ha sido hasta ahora suficiente.

Mientras millones de ciudadanos claman contra un Estado demasiado grande, demasiado costoso y demasiado complejo, trufado de ineficiencias, duplicidades y despilfarros, contra una corrupción desatada que nos debilita ética y financieramente, contra una organización territorial incompatible con un criterio elemental de racionalidad y funcionalidad y contra una educación de pésima calidad que lastra nuestras posibilidades de generar riqueza y de protegernos de populismos y demagogias destructivos, nuestra clase política habita su espacio cerrado en sí mismo a espaldas de la marcha de los acontecimientos y de las crecientes amenazas que nos acechan, pensiones menguantes, déficit galopante, panorama internacional desquiciado, endeudamiento sin freno y desintegración nacional.

Padecemos pues una contradicción letal: aquellos a los que elegimos, pagamos y respaldamos para que gestionen en beneficio de todos los recursos que generamos con nuestro trabajo, nuestro ahorro y nuestro talento, actúan bajo el impulso de motivaciones distintas o incluso opuestas al cumplimiento de la tarea que les hemos encomendado. Sólo un diseño institucional correctamente concebido puede enmendar, y hay ejemplos de referencia en otras latitudes, este defecto intrínseco de la política y para articularlo necesitamos una revisión profunda de los supuestos sobre los que venimos operando desde la Transición. Si hay en la sociedad española suficientes reservas de determinación, lucidez y voluntad para acometer una empresa de esta envergadura es el gran interrogante de nuestro tiempo y de su respuesta depende nuestro éxito o nuestro fracaso como proyecto colectivo.

¿Existe una derecha política en España? ¿Pervive, todavía, una mentalidad “de derechas”? (3)
Fernando José Vaquero Oroquieta  latribunadelpaisvasco.com 12 Febrero 2017

En nuestros últimos dos artículos, publicados en La Tribuna del País Vasco, nos hacíamos eco de algunas cualificadas tesis que aseguran que la derecha política española habría desaparecido. De este modo, a decir del historiador Stanley Payne, habiéndose impuesto en España el pensamiento radical-progresista en prácticamente todos los ámbitos de la convivencia familiar, social y de la vida pública, únicamente perviviría una “no izquierda”.

En segundo lugar, recordando otras de las tesis de Gonzalo Fernández de la Mora y de Rodrigo Agulló, sosteníamos que el hecho de que la derecha política española hubiera desaparecido se debía tanto a factores externos como internos; es decir, habría sido desmantelada adrede.

En ambos artículos afirmábamos, no obstante, que en determinados ámbitos sociales, ya a nivel colectivo, ya a título individual, todavía era posible encontrar sujetos con una mentalidad “de derechas”.

Stanley Payne concretaba los valores ideológicos de la derecha histórica española en los siguientes conceptos: la religión, el nacionalismo y el autoritarismo; un juicio ajustado al menos para la de los años 30, 40 y 50 del pasado siglo, pero no para la de las décadas subsiguientes. De hecho, en la actualidad, salvo para algunos grupúsculos –término empleado no en sentido peyorativo sino como constatación sociológica- de ideas tradicionalistas o franquistas, tales valores han dejado de cumplir función alguna en la cosmovisión y la vida cotidiana de la mayor parte de la sociedad española; también entre aquellos sectores herederos -biológica o socialmente- de aquellas primigenias derechas. Veamos, a continuación, una perla ilustrativa de tamaña transmutación.

Según el trabajo de investigación de Pew Global intitulado What It Takes to Truly Be ‘One of Us` («Qué es necesario tener para ser verdaderamente ‘uno de los nuestros’») apenas un 9% de los españoles considera que la tradición religiosa de un país sea indispensable para la definición de su identidad nacional. Por el contrario, en Grecia tal convicción supera el 50%, en EEUU, el 32%, en Italia el 30% y en Reino Unido el 18%. Suecia y Holanda nos acompañarían en unos niveles igualmente bajos. Este trabajo concluye que, en general, la lengua y el hecho de haber nacido en el país en cuestión son los elementos que los ciudadanos consideran como más importantes a la hora de definir a alguien como “de aquí” o “de fuera”; unos factores que podríamos calificar como un tanto light y muy alejados del coherente corpus ideológico de las derechas históricas españolas. Este retazo demoscópico apuntaría, por una parte, a que España sería una de las naciones que se ha descristianizado más rápidamente y, por otra, a que el nacionalismo español (dígase también patriotismo, aunque evitaremos en esta ocasión polémicas sobre la no correspondencia de ambos conceptos que nos llevarían a un sinfín de matizaciones escasamente operativas) que en su día pudo caracterizar a las derechas, se ha diluido socialmente. En cualquier caso, el denominado nacional-catolicismo se habría extinguido, sociológicamente entendido.

Por otra parte, tal ratio no deja de ser indicador de una percepción social coloquial de que en España no es posible ser patriota y que de producirse alguna expresión pública en este sentido, rápidamente se es descalificado como franquista, reaccionario, casposo, etc.; cuando no atacado físicamente. A no pocos y muy recientes hechos me remito.

Entonces, ¿cómo definir esa “no izquierda” que, según afirma Payne, pervive aún en España? A su juicio, recordémoslo, sería «una entidad amorfa, democrática, práctica y tolerante, que no acepta los mitos de izquierda». En principio no parece ser un enunciado excesivamente clarificador; siendo muy distante de los tres principios que él mismo especificara como propios de las derechas de los años 30. Más que una definición dogmática, se nos antoja una intuición de carácter “transversal”.

Ciertamente, “mitos de izquierda” hay muchos: prácticamente todos los que integran lo “políticamente correcto”, nutridos desde el posmarxismo, la ideología de género, el animalismo, el multiculturalismo, el mundialismo y la globalización; es decir, el omnipresente y totalitario “pensamiento único”. De modo que si existen –todavía- sujetos y sectores no asimilados a esta ideología totalitaria de rasgos aparentemente suaves, a pesar de todas las técnicas de ingeniería social empleadas desde hace décadas, tal desafección debe ser tenida muy en cuenta; no en vano es el único entorno social del que pudiera surgir una protesta y, ulteriormente, una propuesta alternativa al actual estado de cosas. Una posibilidad que –ya anticipamos- en España vislumbramos como muy remota.

De hecho sí que existen desajustes sociológicos difíciles de explicar, a pesar del machacón discurso imperante, si bien no han sido capitalizados políticamente. Es el caso, por ejemplo, de la percepción social de la pena de muerte. Todos los partidos políticos con representación parlamentaria rechazan tal posibilidad. Tampoco se escucha voz alguna, en ningún foro público relevante, que reclame tal solución punitiva, por valorarse inaceptable desde cualquier perspectiva y a extirpar; salvo ocasionalmente como muestras de dolor en el entorno de brutales crímenes de resonancia mediática. No estamos justificando, ni explicando, tal posicionamiento: nos limitamos a recordar un dato sociológico público.

Con todo, pervive entre los ciudadanos españoles una cierta adhesión a tan expeditiva medida. En 2008 un tercio de los jóvenes españoles la apoyaban. Cuatro años después, conforme un estudio de Simple Lógica Investigación de febrero, un 20,6% de encuestados era partidario de la pena de muerte para casos especialmente graves.

Desgranémoslo un poco. Tal porcentaje era superior entre los hombres (un 23,2%) que entre las mujeres (bajando al 18,0%). Era más alto entre los más jóvenes con respecto a los de mayor edad; de modo que en los consultados con edades situadas entre los 16 y 24 años representaba un 27,5%, mientras que en mayores de 65 años ese porcentaje se reducía al 13,2%. Por otra parte, sus partidarios se reducían conforme se elevaba su nivel de estudios o estatus social, situándose en un 13,2% y un 17,2%, respectivamente, entre los sujetos con estudios universitarios y de clase social alta o media alta, mientras que ascendía al 23,9% entre los titulares de estudios primarios o con nivel inferior, y al 22,1% entre los de clase media-baja o baja. Por último, las diferencias eran manifiestas entre los votantes del PSOE y del PP, pues mientras que entre los socialistas representaban un 16,3%, los partidarios de la pena de muerte, entre los populares, sumaban un 23,0%; tampoco era un diferencia insalvable. Volviendo al segmento joven, en 2014 el porcentaje de partidarios de la pena de muertes se habría elevado al 56%.

Pese a tantas campañas sensibilizadoras, siempre en contra, de ONG´s en medios de comunicación, ámbitos locales y diversos entornos multiculturales; de los temarios de educación para la ciudadanía, en la misma línea, para colegios y universidades; de no pocas películas unánimes -en sentido contrario- y celebrado éxito internacional… ¿cómo explicarlo?

Un último apunte al respecto. A lo largo de estos días se ha difundido, en algunas cadenas radiofónicas españolas, que en Gran Bretaña se había detectado un mayor porcentaje de partidarios del Brexit entre los favorables a la pena de muerte que en el resto de la ciudadanía. Un dato, ciertamente, no poco malicioso…

Esas referencias anteriores indican –en su conjunto- que los estudios demoscópicos encierran, en ocasiones, paradojas de muy compleja explicación y que las etiquetas apriorísticas no explican ni determinan todos los comportamientos y sistemas de creencias personales; además de que en otros países –al menos en los de tradición cultural anglosajona- estos indicadores no se excluyen, en un intento de integrarlos en los movimientos de la opinión pública.

Volviendo al esquema derecha/izquierda, el mencionado Rodrigo Agulló, por su parte, no niega la existencia de ciudadanos situados a la derecha del espectro ideológico, si bien suaviza muchos de sus rasgos, conforme la conceptuación primera de Payne, caracterizándolos como: «una persona “de orden” a la que no gustan las “cosas raras”, trasunto secularizado de lo que antes venía en llamarse “pueblo de Dios”. Con una actitud básicamente reactiva a los asaltos de la izquierda, la derecha pierde inevitablemente la batalla de la imagen. Extraviada en un mundo de ligereza y banalidad, la derecha comunica severidad y rigidez. Cuando trata de adaptarse a los modos de la izquierda, “suena falso” y diluye su identidad». Coincide con Payne, no obstante, en que las derechas españolas se han desdibujado culturalmente, a la par de haber perdido suelo político. Traigamos a colación, aquí, cómo los diversos estudios demoscópicos en los que los consultados deben situarse ideológicamente en una escala de 10 a 0 (por ejemplo los de Metroscopia) de derecha a izquierda, el centro izquierda y las diversas izquierdas constituyen mayoría absoluta; quedando relegados los situados a la derecha en un pequeño porcentaje tendencialmente decreciente. Pero, dado el momento histórico, la ausencia generalizada de un sentido crítico y la presión social, ¿no existirá, también, una “cifra negra” aplicable a la propia autopercepción de los consultados? Además, ¿conciben tal dilema como una cuestión relevante y significativa?

Volviendo a los derechistas “residuales” y dando un paso más, éstos, nos preguntamos, ¿se sienten representados políticamente? Veamos una opinión interesante. Es el caso del editorial de 3 de marzo de 2016 del digital Gaceta.es, que finalizaba con la siguiente afirmación: «Los discursos de investidura en las Cortes han sido muy elocuentes. La deriva de la política española ha arrojado a los márgenes de la vida pública a millones de españoles. Son los nuevos huérfanos del sistema. Antes se los llamaba “derecha”. Ahora ya son otra cosa. Y tarde o temprano buscarán un nombre». Se refiere, evidentemente, al discurso del Partido Popular. Coincidimos con este juicio que cuestiona la virtualidad de tan histórica dualidad: existió una derecha de la que perviven sus huérfanos; más “otros” sujetos arrojados por el propio sistema a sus márgenes.

Nacionalismo y/o patriotismo, una concepción trascendente de la vida, familia “a secas", defensa de la vida en su inicio y término, esfuerzo, sacrificio, masculinidad, espíritu de milicia, anti-estatismo…, unos valores que aparentemente ya no dicen nada, o muy poco, a la inmensa mayoría de españoles; tampoco a muchos de los definidos genéricamente como “derechistas”. Pero, pese a su existencia residual, decíamos, concurre otro fenómeno: la “producción” de nuevos “huérfanos” del sistema. Nos referimos a un tipo antaño atípico: el del agnóstico o ateo que tras deambular una parte de su existencia por el mundo de hoy “viviendo la vida”, se ha desengañado de los mitos impuestos y ya no cree en los contravalores promulgados desde la izquierda biempensante. Unos sujetos que están redescubriendo el valor de la autoridad en determinados ámbitos profesionales, que han chocado frontalmente con los dictados ultrafemisnistas al ser privados de cualquier rol relevante en el seno de la pareja y por su extensión de la familia misma, que se han contrastado desde el esfuerzo frente a las políticas igualitarias que favorecen el parasitismo y la subvención clientelista (de ahí el atractivo del liberalismo economicista entre antiguos izquierdistas y del florecimiento de grupos de esta ideología)… que se sorprenden cuando, viajando por el extranjero, descubren que el patriotismo sea un valor vivo que cohesiona comunidades allende nuestras fronteras.

La mentalidad derechista “clásica”, al menos la del siglo pasado, cuando no ha desaparecido por completo, se ha diluido y, como poco, se ha transmutado en otra cosa parcialmente coincidente; un tanto indefinida y tendencialmente reactiva. Se trata, pues, de una categoría cambiante y progresivamente carente de significado real.

Constatamos, en cierta medida, que hoy confluyen diversos contingentes humanos- desde experiencias y tradiciones educativas muy distintas- en lo que Payne antes definía como «una entidad amorfa, democrática, práctica y tolerante, que no acepta los mitos de izquierda». Y que Agulló calificaba como «una persona “de orden” a la que no gustan las “cosas raras”». A esta mixtura humana no le une su adscripción derechista, pero sí su rechazo a lo políticamente correcto, por lo que se impone la búsqueda de unos nuevos paradigmas explicativos. Por ello, la división histórica entre derechas e izquierdas también ha perdido vigencia y capacidad operativa.

Lo anterior es evidente en ciertos espacios europeos en los que masas de antiguos votantes a los partidos comunistas, y a otras izquierdas, han abandonado su antigua adscripción, adhiriéndose a movimientos nacional-populistas; revelándose con ello como más omnicomprensivos otros paradigmas interpretativos. Es el caso de “identidad versus multiculturalismo”; pero también el de “justicia social versus neoliberalismo”. No obstante, debemos precisar que en ello concurren ciertas circunstancias sociales que fraccionan la convivencia colectiva a causa de una inmigración no integrada que, poco a poco, está derivando en la “libanización” de un número creciente de barrios de las periferias de cientos de las más populosas ciudades del continente. Un fenómeno que en España -si bien existen barrios y pueblos en los que este cambio empieza a ser visualmente innegable- es menos acusado al ser muy alta la inmigración de habla hispana y la procedente del este europeo; acaso más afines que otra de identidad religiosa más acusada.

Hemos tocado, hoy, dos cuestiones asociados entre sí que no podemos dejar de tratar: vigencia de la polaridad derecha/izquierda e irrupción de los populismos; temas a los que dedicaremos nuestras próximas entregas.

'Es un modelo decadente y errático'
Geert Wilders: 'La disolución de la UE es un proceso irreversible'
Wilders señala que las élites europeas no solo han sido incapaces de entender el fenómeno soberanista, sino que lo son igualmente de detenerlo.
Carlos Esteban gaceta.es 12 Febrero 2017

Los desesperados intentos del establishment occidental por descalificar el mandato del presidente norteamericano, en particular, y el movimiento soberanista en general están alcanzando cotas tan absurdas que no hacen más que confirmar el diagnóstico esbozado en campaña por Donald Trump.

Así, en medio de las interminables comparaciones de Trump con Hitler y otros odiosos personajes de la historia en los medios de comunicación, ahora es todo un diputado demócrata de la Cámara de Representantes, Joe Crowley, quien ha comparado la nueva Administración con una "junta militar".

"Hay millones y millones de americanos, gente de todo el mundo que está realmente preocupada, y quizá me estoy quedando corto", dijo Crowley en una jornadas demócratas en Baltimore el viernes. "Están nerviosos. Están asustados por lo que ven que está pasando con el Gobierno norteamericano. Y con este régimen de Trump, porque no lo llamo administración, lo llamo régimen. Así es como actúan".

Alguien debería recordar a Crowley que en un 'régimen' no suele haber jueces que desafíen una orden ejecutiva del presidente, ni presidentes que, aunque apelen, acaten la decisión.

Sigue Crowley: "Han nombrado a varios generales retirados, eso recuerda al resto del mundo a una junta. Tienen multimillonarios que han sido nombrados para puestos en el gabinete, algunos de los cuales no tienen experiencia alguna en la materia de la que deben ahora ocuparse. Eso asusta mucho a la gente"

Cierto, asusta; concretamente, tiene aterrados a los líderes del consenso socialdemócrata que lleva más de medio siglo gobernando plácidamente nuestros destinos sin oposición digna de tal nombre y que tiene en su mano todos los poderes que cuentan, desde los grandes medios a la cultura o las finanzas. Y es que no deja de ser gracioso que se acuse de 'fascismo' a Trump desde un sistema en el que toda la prensa 'de prestigio' dice lo mismo con frases casi idénticas.

Pero si la fractura de Estados Unidos sigue siendo, pese a todo, una remota posibilidad, no sucede lo mismo en la Unión Europea, donde el llamado 'populismo' puede acelerar la descomposición del bloque gobernado desde Bruselas.

"Estamos ante un riesgo real de que la UE se fracture", ha reconocido en un documental de la BBC (' After Brexit: The Battle for Europe') el ex presidente del Parlamento Europeo y ahora candidato a la cancillería alemana, Martin Schulz.

Un fantasma recorre europa, el fantasma del 'populismo'. Aunque Schulz no lo llama, a la manera de Marx, fantasma, sino "virus". Y, sí, podría acabar con la Unión. "Hay gente como Orbán (el primer ministro húngaro) que argumenta contra la Unión Europea. Si eso continúa, el riesgo de división es real, sí".

Por supuesto, Schulz considera "impensable" que Marine Le Pen pueda alzarse con la victoria en las próximas presidenciales francesas, y profetiza con la curiosa seguridad y certeza con que tantos en Estados Unidos, empezando por su entonces presidente, vaticinaron la derrota cierta de Trump: "Nunca ganará, estoy absolutamente seguro".

En el campo de los 'virus', las cosas se ven igual, pero en sentido contrario. Para Marine Le Pen, que recuerda que el pueblo británico optó democráticamente por salir de la UE y el americano por hacer presidente a Donald Trump, este es "el año del patriotismo. Es el año del gran retorno de la nación y del pueblo. Estoy absolutamente convencida de ello".

Lo cierto es que el consenso socialdemócrata lo tienen difícil, pese a disponer de todas las palancas del poder en Europa y de casi todas en Estados Unidos: el 'genio populista' ya ha salido de la lámpara y no hay manera de volverlo a meter, señala otra 'bestia negra' de Bruselas, el holandés Geert Wilders.

A solo cinco semanas de las elecciones que decidirán la composición del nuevo gobierno holandés, el líder del partido con mayor intención de voto, el Partido de la Libertad (PVV) considera "irreversible" lo que tanto teme Schulz, la disolución de la Unión Europea.

En declaraciones al diario británico The Telegraph, Wilders señala que las élites europeas no solo han sido incapaces de entender el fenómeno soberanista, sino que lo son igualmente de detenerlo.

El de la UE es, para Wilders, un modelo decadente y errático como lo fuera el Imperio Romano en sus últimos años, y como el Imperio Romano de entonces, "está acabado. Lo saben y han pasado los últimos años esforzándose por prolongarlo un poco más, pero este proceso es irreversible".

La prioridad de Wilders si se convierte en primer ministro será, dice, "recuperar la llave de nuestra puerta principal".

Los escolares estudiarán por primera vez la historia de ETA y de las víctimas
Interior y Educación crean un grupo de trabajo para concretar los contenidos que incluirán los libros de texto del próximo curso, a los que se añadirán testimonios de víctimas y vídeos
Roberto R. Ballesteros elconfidencial.com 12 Febrero 2017

Los escolares de primaria, secundaria y bachillerato de todos los colegios españoles estudiarán por primera vez en el próximo curso 2017-18 historia del terrorismo de ETA o de otros grupos y de las víctimas en diferentes asignaturas. La Dirección General de Víctimas del Ministerio del Interior, la Fundación Centro Memorial y el Centro Nacional de Innovación e Investigación (CNIIE) del Ministerio de Educación trabajan estos meses en la elaboración de los contenidos que serán incluidos en las asignaturas de Historia y de Ética de los diferentes cursos.

El material será entregado a las editoriales, que hasta el momento no lo han implementado debido la necesidad de que sea contenido riguroso y cuidado el que se introduzca en las diferentes disciplinas, algo que era necesario concretar a través del mencionado grupo de trabajo, según explican desde Interior. La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (Lomce) ya contemplaba en 2013 la inclusión de este plan educativo, pero no ha sido hasta ahora que se ha comenzado a precisar con el fin de incorporarlo a los libros de texto y al programa curricular del próximo curso académico.

Los valores democráticos y antiterroristas serán los que impregnen los nuevos contenidos. Así lo explica la directora general de Víctimas del Ministerio del Interior, Sonia Ramos, a El Confidencial. "El objetivo es ofrecer un verdadero relato de lo que ha pasado", resume Ramos, quien incide en que en todas las asignaturas estará muy presente el punto de vista de las víctimas del terrorismo, elemento considerado clave por Interior para contar la historia de los últimos 50 años en España.

Pero la inclusión de estos contenidos no será únicamente en los libros de texto. La intención del grupo de trabajo es adaptar la materia a los últimos métodos de enseñanza culturales y tecnológicos, por lo que los desarrollos curriculares incluirán -además de escritos en los manuales- la exposición de material audiovisual en las clases, la puesta en marcha de coloquios y debates en las aulas sobre determinados asuntos relacionados e incluso el testimonio en primera persona de víctimas del terrorismo que hayan sufrido en sus propias carnes o en las de sus familiares la violencia de ETA o del terrorismo islámico.

Las asignaturas que añadirán a su programa estas materias son todas aquellas que aborden historia de España o del mundo pero también las que se centren en ética y valores, ya sea en educación primaria, secundaria o bachillerato. Los contenidos, sin embargo, serán diferentes en función de la edad, pues estarán adaptados a la capacidad de los escolares para asumir conocimiento, como ocurre en cualquier otra disciplina.

Los contenidos serán incorporados a la materia impartida en los centros escolares de la totalidad de las comunidades autónomas sin excepción, según explica Ramos, quien asegura que este plan forma parte del decidido interés del Gobierno en promover la memoria de las víctimas del terrorismo. De ahí que entre los contenidos se aborden el concepto de terrorismo, la historia de ETA o del Grapo, el modo que ha tenido el Estado de afrontar a estas organizaciones y su vinculación con la ética y los derechos humanos, la amenaza terrorista actual o el papel de las fuerzas de seguridad y de las asociaciones de víctimas.

Este último, para la directora de Víctimas, ha sido "único" en el mundo y un ejemplo para todos los países que aún continúan viendo al movimiento asociativo español como un referente en el que se miran para levantar conceptos similares. El modo de reaccionar que han tenido los que han sufrido las garras del terrorismo ha sido en todo momento democrático, legal y modélico, lo que ha permitido que las víctimas se conviertan en un ideal de moralidad para millones de ciudadanos, entiende Sonia Ramos.

Además de la inclusión del material en los libros de texto y de los testimonios de víctimas, el desarrollo curricular previsto por el Gobierno incluirá la formación de los docentes. Educación creará cursos, la mayoría de ellos 'online', que deberán completar los profesores de primaria, secundaria y bachillerato que habitualmente imparten las asignaturas que serán modificadas. Esta formación de los educadores resulta fundamental para cumplir el objetivo que se ha marcado el Ejecutivo, ya que son ellos los que trasladarán finalmente los contenidos a los alumnos, según entienden desde Interior.

En esta época posterior a la existencia de ETA, desde el Ministerio del Interior y del de Educación esperan no tener problemas de resistencia por parte de grupos aún afines a la banda terrorista, aunque en el caso de que los hubiera, el Gobierno se muestra decidido a implantar estos contenidos por encima de todo porque los consideran "algo necesario". "Esperamos que haya un consenso con el resto de partidos y que estos se sumen", asegura Ramos, quien señala también que todos los homenajes a etarras que ha habido en colegios en los últimos meses son solo una muestra de lo tergiversada que se cuenta a veces la historia y de lo necesaria que es la iniciativa.

LIBROS
Cien años de la Revolución rusa, semilla de barbarie
«La Revolución rusa», de Richard Pipes, nos conduce a la utopía que un siglo atrás quiso «volver el mundo del revés»
y desencadenó un terror que aniquiló a millones de personas
JOSEBA LOUZAO VILLAR ABC 12 Febrero 2017

El centenario de la Revolución rusa está favoreciendo que el pasado regrese conjugado en presente, especialmente en una incómoda Rusia que aún no ha cerrado sus heridas históricas. Esta efeméride coincide, además, con el 25 aniversario de la caída del régimen soviético, un complejo proceso que ha sido explicado con maestría recientemente por Hélène Carrère d’Encausse en «Seis años que cambiaron el mundo, 1985-1991. La caída del Imperio soviético» (Ariel). Fue un sistema que, en palabras del revolucionario Trotski, pretendía derribar el mundo. El desmoronamiento reflejó hasta qué punto la gastada retórica revolucionaria no servía para responder a los numerosos retos del día a día en un tiempo marcado por la guerra fría. Las decisiones de carácter reformista, como señaló David Remnick en «La tumba de Lenin» (Debate), consiguieron que el león de la historia entrara rugiendo a través de la puerta abierta por la «perestroika» y terminara por colapsar la experiencia revolucionaria iniciada en 1917. Jamás se podrá comprender lo que sucedió durante aquellos años sin volver la vista hacia los orígenes.

Referencia inexcusable
«La Revolución rusa» nos llega con veintisiete años de retraso, lo que no deja de ser asombroso porque Richard Pipes ya había sido traducido anteriormente y es un autor con cierto prestigio en nuestro idioma. Muchas cosas han cambiado a lo largo de este tiempo. Incluso el prólogo, escrito en ¡1989!, deja en el lector actual la amarga sensación de que nos encontramos ante un producto extemporáneo. El gran valor de este trabajo fue su anticipación, provocadora y polémica a partes iguales, lo que se ha perdido por completo en esta edición tardía. Pese a todo, Pipes continua siendo una referencia inexcusable y, probablemente, ésta sea una de las cinco principales aportaciones historiográficas sobre la Revolución del 17. Una lista en la que, por cierto, también podríamos colocar a Orlando Figes con su completa «La tragedia de un pueblo», que también ha sido reeditado por Edhasa y que bien merecería una atenta relectura.

Nacido en Polonia pocos años después de iniciada la revolución, Richard Pipes pertenecía a una familia judía que consiguió escapar de la amenaza nacionalsocialista en 1939 poco después de la llegada de Hitler a Varsovia. El lugar elegido para el exilio fue Estados Unidos. Un joven Pipes se enroló durante la Segunda Guerra Mundial en el ejército de su nuevo hogar. Como consecuencia de su labor militar, tuvo que aprender ruso y terminó especializándose en ese campo de estudio que se conoció con el aparatoso nombre de «sovietología» en la Universidad de Harvard, donde hoy continúa siendo catedrático emérito. Asimismo, su conocimiento de la Unión Soviética le permitió convertirse en un preciado analista de una CIA dirigida por George Bush padre y miembro del Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de Ronald Reagan, a quien sigue considerando uno de los mejores presidentes norteamericanos.

Anticomunista
Su particular biografía, por tanto, permite clasificarlo como un ferviente anticomunista, lo que no impide que siga siendo considerado como uno de los más solventes especialistas en la historia contemporánea rusa.

«La Revolución rusa» es un análisis minucioso del largo proceso que derivó en el estallido revolucionario, que Pipes caracteriza como un golpe insurreccional de una élite reducida dentro de una revolución con diversas tendencias políticas. Lo que sucedió en aquel octubre del calendario juliano no fue un episodio al margen de la deriva represiva e implacable de un zarismo moribundo, que había comenzado con la respuesta cruel a la movilización estudiantil en el período de entresiglos. En 1905, la derrota militar ante un pujante Imperio japonés convulsionó la vida social del país. El régimen de los zares sólo supo responder con más violencia. Se fue generando, a pasos agigantados, una profunda indignación que estalló con la costosa participación, sobre todo en vidas humanas, en la Gran Guerra. Un nuevo fracaso que generó huelgas y alborotos.

Paz y pan para todos
En febrero de 1917, los liberales y los socialistas moderados estaban convencidos de que la democracia iba a triunfar y podrían superar, por fin, los atrasos que sufrían. Pero se equivocaron, y Pipes carga también contra sus decisiones. La tensión no desapareció e, incluso, se recrudeció. Lenin diría que, salvo el poder, todo lo demás era ilusión. En octubre, los bolcheviques comprendieron que estaban ante la oportunidad para conquistar el poder. En los meses anteriores, más personas de las que está dispuesto a aceptar el propio Pipes se habían unido a los comunistas gracias a sus grandilocuentes promesas, entre las que destacaban la paz soñada y el pan para todos. Los bolcheviques quisieron crear una sociedad nueva. La realidad no era demasiado importante para ellos, querían «volver el mundo del revés». Creían que sólo la revolución era la verdad. Los enemigos estaban en cualquier parte. Y, por esta razón, el terror se desencadenó desde el primer momento. La Checa sirvió como instrumento de una violencia aleatoria, que llenó de perplejidad a una sociedad intimidada. Lenin lo había señalado: no había posibilidad de hacer una auténtica revolución sin ejecuciones.

Pipes cree que no hay nada que celebrar. «La Revolución rusa», en definitiva, evidencia que la revolución fue el inicio de una catástrofe que aniquiló la vida de millones de personas, que no tuvieron respiro y que sintieron el terror como algo inevitable. O, como señalaba el famoso epigrama contra Stalin de Osip Mandelstam, los rusos vivieron sin sentir el país a sus pies.

A lo largo de estas páginas, no podemos obviarlo, Richard Pipes se enardece en el combate político y, entonces, su ecuanimidad disminuye. La Revolución rusa no fue, ni mucho menos, el golpe de estado dirigido por una vanguardia intelectual fanatizada sin apoyo popular que deja entrever. Es más, numerosos datos que aporta contradicen esta explicación simplificadora. En otras ocasiones, su mirada está cargada de interpretaciones demasiado esencialistas sobre el exclusivo carácter ruso.

Pese a todo, su perspicacia está fuera de toda duda. Son muchos los que prefieren quedarse con etiquetas peyorativas a la hora de referirse al trabajo de Pipes. Me parece que no se miden por igual los excesos dependiendo de su procedencia ideológica. La fantasía roja mantiene su seducción y vigencia. Hace años, Michel Ignatieff preguntó a Eric Hobsbawm si la pérdida de tantos millones de vidas hubiera estado justificada de haberse hecho realidad el sueño comunista. No dudó ni un segundo. Su respuesta fue afirmativa. A pesar de este tipo de opiniones, la bibliografía del historiador comunista es celebrada, a izquierda y a derecha, como una de las más lúcidas del siglo XX. Esta obra de Pipes, con todos los peros que le queramos otorgar, se levanta como un monumento contra las desazonadoras y desmemoriadas defensas de la experiencia comunista de 1917.

«La Revolución rusa». Richard Pipes
Trad. de Pons Horacio Óscar. Debate, 2016. 1.088 páginas. 42,90 euros. E-book: 12,99 euros

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CARTA DEL DIRECTOR
Rajoy o la utilidad del cero
Pedro J. Ramírez El Espanol 12 Febrero 2017

Helo aquí, supérstite de todos los naufragios, incólume a todas las lanzadas, impune por todas las corrupciones, ilegalidades y mentiras, apalancado en la Moncloa, dizque traidor, seguro inconfeso y encima mártir, llegando hoy ab intestato al podio de la Gigantomaquia, entre dos filas de cadáveres cuyas huellas y bigotes se diluyen en la memoria de esas playas.

Nada puedo añadir a la entomología del estafermo –esta tampoco es una lección de anatomía-, pero sí tratar de explicar la clave profunda de su éxito o más bien de su prevalencia contra todo baremo de justicia, ética, mérito o esfuerzo. No sólo como explicación de una carrera política sino como regla de tres de esas flagrantes analogías -quién no conoce un caso así- que a todos nos han dejado alguna vez atónitos en la vida.

Porque Rajoy es al liderazgo del PP, lo que zutano fulánez mengano es a la cabecera de X, trátese de un grupo editorial, una empresa del IBEX o una asociación sin ánimo de lucro. Y al margen de las habilidades de cada uno de sus beneficiarios en la administración de venenos o el manejo de cuchillos, la catapulta de la mediocridad siempre funciona por algo o para algo.

El más celebrado de los chistes apócrifos, malvadamente atribuidos al probo Fernando Morán, nos señala el camino. Lo que nos hace sonreír cuando decimos “Cero grados, ni frío ni calor” es esa excepción absurda en la que el significante contradice al significado. No hará ni frío ni calor, pero esa es la temperatura del yermo de las almas.

Exactamente ahí, y por igual razón, encontramos al Rajoy que ni sube ni baja porque está inmóvil, que ni suda ni tirita porque no tiene sangre, que ni siente ni padece por falta de capacidad emocional. Al Rajoy que permanece porque no existe, que está porque no es.

Fijémonos en el cero. Una de las principales funcionalidades del último guarismo incorporado a nuestro sistema numérico es servir de partición entre las dos opciones de una escala, como la quieta raya de tiza de una competición de sokatira en perpetuo movimiento. Así es Rajoy, pantocrátor dentro de su óvalo, no por neutral sino por neutro.

El cero es lo que está entre el 1 y el -1, un portal vacío entre el primer piso y el sótano. Su inutilidad al aplicar las cuatro reglas aritméticas es patente: no suma, no resta, anula todo valor en una multiplicación y ni divide ni puede ser dividido. Eso pasa con todos los mediocres a quienes, como escribía ayer David Jiménez Torres, el éxito solo ayuda a empeorar.

Sin embargo la incorporación del cero a nuestro sistema numérico, cuando los árabes lo trajeron de la India en fecha tan tardía como el siglo XII, supuso un progreso inmenso para el desarrollo del cálculo matemático por su versatilidad posicional y representativa. Escrito detrás de cualquier otro guarismo, el cero significa las decenas, las centenas o los millares; delante y precedido de una coma, las fracciones más infinitesimales; colgado diminutamente del alfeizar de otra cifra, el ordinal de una enumeración; rodando por parejas sobre la tabla deslizante de una barra inclinada, los tantos por cientos del circo estadístico.

El cero es la prueba candente de la rebelión de las masas: guarismos escuálidos como el 1 o el 7, guarismos pícnicos como el 6 o el 8, guarismos conformistas como el 2 o el 4, pueden alcanzar cotas siderales si van seguidos de unos cuantos ceros. Pero el orden de factores sí altera el producto: el cero, tan útil como clase de tropa, liliputiza a todo el ejército -véase cómo es hoy el PP- cuando se le promueve al generalato. Nefasto para liderar, óptimo para ser liderado.

El cero se emplea para todo porque, como signo que identifica un conjunto vacío, como número que no recoge ni lo singular ni lo plural, no es sino la nada. Una nada historiada –véase el libro de Robert Kaplan The nothing that is. A natural history of Zero-, una nada con sifón o en el caso político que nos ocupa, una nada con barba y anteojos.

Lo explica muy bien Sartre en El ser y la Nada, la obra que le lanzó a la fama: "Para que podamos interrogarnos sobre el ser, es preciso que la Nada se dé de alguna manera". Sartre escribe "ser" con minúscula y "Nada" con mayúscula porque, desde la perspectiva nihilista del existencialismo, el partido de la Nada lo ocupa todo y domina por mayoría más que absoluta al del ser.

Será discutible en la filosofía, pero la experiencia acredita que esto sucede demasiadas veces en la política. De cuando en cuando las urnas, en el mejor de los casos -un golpe de Estado, una guerra, en el peor-, reparten las cartas del poder; luego las expectativas se frustran y se produce un apagón, un silencio, el vacío, la nada. Así tituló la novela emblemática de la postguerra Carmen Laforet: Nada. Eso es lo que vivieron las generaciones consumidas durante el franquismo viendo pasar el tiempo en vano, lo que parecía que iba a terminar ocurriendo con la perpetuación del felipismo, lo que en grado superlativo percibimos ahora durante el marianismo: nada.

¿Percibimos? De la gran mayoría de la población, alienada por el consumismo, aborricada por la televisión, abotargada en sus rutinas ágrafas, ni siquiera puede decirse eso. La sociedad se divide entre la minoría que cree estar esperando algo –a Godot tal vez- y la mayoría, envuelta, arrullada por la nada, incapaz de plantearse la mera hipótesis de que ese algo pueda suceder.

Al primer grupo pertenecen los políticos, los periodistas y los lectores de artículos como este. Desde hace ya unos cuantos años Rajoy es para nosotros como el protagonista de La bestia en la jungla, ese personaje de Henry James llamado John Marcher que se pasa la vida reservándose para estar a la altura del gran acontecimiento que en un momento u otro tiene que ocurrir. Verás cuando Mariano sea candidato, verás cuando ejerza como jefe de la oposición, verás cuando gobierne, verás ahora que tiene mayoría absoluta, verás cuando deje de estar en funciones... Y al final el lector descubre que el único acontecimiento que se desencadena es la toma de conciencia por parte de Marcher del vacío de la vida que no ha vivido.

Algo parecido debió sentir el despótico sultán Abdel Hamid II cuando prohibió en los libros escolares toda referencia al agua como H2O, siendo la “O” griega el origen de la representación del cero. Había llegado a sus oídos que algún ingenioso joven turco lo utilizaba como despectiva alusión encriptada - “Hamid II es Nada”- y prefería que se resintiera la enseñanza de la química a que lo hiciera su imagen pública.

La literatura y la historia sirven para mostrarnos que los acontecimientos están dentro de nosotros, que lo que salva al ser del agujero negro de la nada no es aguardarlos sino provocarlos. Pero también ayudan a entender a Sartre cuando alega que puesto que "la Nada no es", solamente "podemos hablar de ella porque posee una apariencia de ser, un ser prestado". Y cuando a continuación nos pregunta: "¿Cómo ha de ser este ser con respecto a la Nada para que, por medio de él, la Nada advenga a las cosas?". En el universo de la política española podemos responder sin balbuceos: ha de ser como Rajoy.

Eso es Rajoy, un agente nihilizador, "un ser prestado" mediante el que la Nada en que flotamos se hace carne e interactúa a diario con nosotros. Si el estilo es el carácter, nadie negará que Rajoy viste como un cero, habla como un cero y se mueve como un cero. ¿Y qué es su método analítico, su planteamiento dialéctico, su apelación recurrente al sentido común como última ratio sino el cero patatero ideológico?

Para examinar el sentido y aportación final de su actuación como gobernante hay que volver a Sartre y en concreto a su teoría de que lo que caracteriza la condición humana es la "interrogación", es decir las preguntas que planteamos a la realidad, aguardando respuestas afirmativas o negativas que nos transmitan el frío o el calor. Según el oráculo de Les Deux Magots, la espera es algo intrínseco a la interrogación porque –fíjense en esto- "el espacio que hay entre la pregunta y la respuesta es el vacío".

¿Qué hizo Rajoy en relación a las preguntas de los españoles sobre el final de los atentados de ETA, la conveniencia del rescate de la UE para superar la crisis o el debate sobre una ley del aborto, a la vez vigente y recurrida ante el TC por quien gobernó con mayoría absoluta sin modificarla, sino prolongar indefinidamente ese "espacio" que debería anteceder a las respuestas? ¿Qué hace ahora en relación a Cataluña, la gestación subrogada o las restricciones de Trump a los derechos humanos y la libertad de comercio sino instalarse estructuralmente en ese silencio propio del "vacío"?

Alguien alegará que junto al estereotipo de este Rajoy indolente que espera que el tiempo decida por él en relación a todo, existe también un Rajoy astuto que mira al calendario político y al reloj de las pasiones mientras cumple con pulcritud sus funciones institucionales y administrativas. Pero la dicotomía Jekyll-Hyde es en este caso un espejismo, en la medida en que "el ser por el cual la Nada adviene al mundo debe ser su propia Nada".
No se trata pues de que tras su apoteosis de este fin de semana Rajoy vaya a reanudar una acreditada trayectoria de "actos nihilizadores", sino de que siendo esta tarea "una característica ontológica del ser requerido", alguien debe decirles a los dóciles compromisarios del PP -por ejemplo, yo- que están coronando al Dios del Cero de los mayas, al Rey Nada que se bajó de aquel taxi vacío del que Churchill vio salir a Attlee.

No es Rajoy sino la Nada de Rajoy quien se perpetuará otros cinco años. Pero eso tiene grandes ventajas porque seguro que la matrícula de aquel taxi terminaba en cero y, ante la polémica sobre si se trata de un número par o impar, a nadie va a molestarle que circule todos los días "como quien no quiere la cosa" -propongo que este sea el lema de Rajoy-, tal y como ocurrió en Paris cuando en 1977 se introdujeron por primera vez restricciones al tráfico rodado para paliar la contaminación.

Ante dos grandes egos –Rato, Mayor Oreja-, contra dos personajes con proyecto –Aguirre, Gallardón- frente a dos narcisos ensimismados –Sánchez, Iglesias- nada tranquiliza como la fundada modestia del cero. En el crepúsculo del deber, en la muerte de las ideologías, cuando como dice Wittgenstein “de lo que no se puede hablar, mejor callar”, germina la ambigüedad del cero y se vota en silencio por la nada.

Pongamos las cartas boca arriba, aunque el cero sea el joker que se ríe de quien no lo tiene. De igual manera que se testaba la condición de los espectros comprobando si dejaban o no el vaho del aliento en los espejos, sugiero que en la primera rueda de prensa que siga a su apoteosis de este domingo, algún sastrecillo valiente le haga el traje de la cuestión que más puede preocupar hoy a los españoles: “¿Perdone la insolencia, señor Rajoy, pero si usted fuera número, sería par o impar?”.

Y una vez que concluya el “espacio” entre la pregunta y la respuesta, pues oye, tolerancia cero.
 


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