AGLI Recortes de Prensa    Jueves 9  Marzo 2017

“11-M, el terrorismo que viene”
CiudadanOk OKDIARIO 9 Marzo 2017

A punto de cumplirse el 13º aniversario del peor atentado terrorista que ha sufrido nuestro país, el 11-M, el miedo y las preguntas sobre ese fatídico jueves negro protagonizan los pensamientos de la sociedad.

En la Estación de El Pozo, uno de los epicentros de esta tragedia, a pesar de la confianza en las fuerzas de seguridad, la gente que percibió de cerca el atentado vive con el miedo de que otro acto similar vuelva a sacudir a la sociedad. “Te cambia la vida totalmente”, “te marca la vida ya para siempre”, afirman con resignación aquellos que vivieron de cerca el fatídico día en el que el terrorismo yihadista desgarró Madrid, atacó Europa. Eso sí, no dudan en afirmar que “la vida sigue adelante”.

Pero, ¿estamos ahora más preparados para combatir el terror? Marcos García-Montes, abogado, insiste en que se ha llevado a cabo el endurecimiento de las leyes y las penas, la especialización de las fuerzas de seguridad pero también alerta de la islamofobia que se está generando y que asegura que empezó a implantarse a partir del 11-M. “Es una auténtica salvajada pensar que todo musulmán o persona que lleva la cabeza tapada es yihadista”. El miedo, la fobia se extiende también a la llegada de refugiados pero no tenemos en cuenta que “5.000 ciudadanos con pasaporte europeo se han unido a las filas del estado islámico”, desvela Carola García-Calvo, Investigadora del programa de terrorismo global del Real Instituto Elcano.

Mientras, Ángeles Pedraza, madre de Miryam, asesinada ese 11 de marzo de 2004, denuncia el abandono que asegura sufren por parte de la sociedad y también el poco apoyo internacional que España recibió después de aquel jueves negro. Recuerda “con envidia sana” como tras el zarpazo sufrido en París o Bruselas toda la sociedad les arropó. Y pide “voz”, no olvidar a las víctimas, también incluso a los propios medios de comunicación españoles.

Lo más triste, no dudan que lo volveremos a vivir.

¿Tienen miedo al cuarto poder?
Aleix Vidal-Quadras Gaceta.es 9 Marzo 2017

El reciente comunicado de la Asociación de Periodistas de Madrid sobre el acoso e intimidación que sufren algunos de sus integrantes por parte de Podemos ha puesto en primer plano por unos días la eterna cuestión del papel de la prensa en la democracia, su independencia y su capacidad de encumbrar y destruir liderazgos. En esencia, la queja de estos profesionales de los medios de los que desconocemos sus nombres o para qué cabecera trabajan, es que dirigentes de la formación morada les avasallan y presionan con mensajes amenazadores en la red y con admonitorias llamadas telefónicas. No sabemos si la voz que les asusta al otro lado del hilo les dice cosas del tipo “sé a qué colegio van tus hijos” o “ten cuidado cuando vuelvas a casa de noche porque puedes sufrir un accidente” o frases similares propias del género negro, pero caben dudas razonables de que la cosa vaya por ahí. En cuanto a los ataques en Twitter, son tales las barbaridades que se comprimen en ciento cuarenta caracteres que seguramente las sufridas por estos sensibles informadores madrileños no se salen de lo que es desagradable costumbre en este alborotado foro.

Es sabido que el oficio de periodista en ocasiones implica un alto riesgo personal. Los ha habido, y no pocos, despedidos, acosados e incluso asesinados por hacer su trabajo. Representa un peligro mucho mayor escribir en un periódico o asomarse a una pantalla para contar la verdad que desempeñar otros cometidos habituales en el mundo laboral. Al igual que los militares, los policías y los bomberos, ocupaciones todas ellas azarosas propias de gente arrojada, los periodistas han de ser conscientes de que el altavoz del que disponen, sea éste de papel o de plasma, les hace vulnerables y les convierte en blanco fácil del crimen organizado, de los políticos corruptos, de las grandes corporaciones financieras o industriales o de fuerzas totalitarias como la que ahora parece que les mortifica. De hecho, Podemos ya pidió el control de la televisión pública cuando Iglesias soñaba en ser el nuevo Sorayo y también propuso una legislación mordaza que garantizase que los titulares no se apartasen de la ortodoxia chavista-leninista. Por consiguiente, no se entiende la alarma de estos delicados miembros de la APM por cuatro telefonazos desabridos o unos cuantos latigazos de las hordas de trolls capitaneadas por la joven intelectual de escaño contiguo al Querido Líder.

Yo, que no soy del gremio periodístico, he sufrido las consecuencias de expresar mis opiniones libremente en forma de veto en tertulias, destierro de listas y calumnias sistemáticas. Los insultos que he tenido que leer en comentarios a mis columnas o a mis tweets, siempre correctos en la forma y argumentados en el fondo, son de grueso calibre y algunos de índole prácticamente criminal sin que jamás se me haya ocurrido lamentarme ni solicitar protección. Sorprende un poco la finura de la piel de estos probos redactores capitalinos que se ponen a gemir doloridos por los empujones de patio de colegio de los nostálgicos coletudos de la Revolución de Octubre.

Más grave que los tortazos verbales que propine la extrema izquierda a determinados periodistas que no se ciñan a sus postulados liberticidas, es la sumisión de los medios en general a Gobiernos y fuerzas fácticas. Desde las altas poltronas de los Ejecutivos nacional, autonómicos o municipales se compra, se coacciona, de dictan consignas y se aplasta continuamente a rotativos, cadenas de radio o canales de televisión utilizando toda clase de instrumentos tangibles e intangibles. La indocilidad se paga muy cara y lo más seguro es pertenecer a alguna escudería que garantice la publicidad institucional, el crédito bancario y el puesto bien remunerado en el grupo multimedia de turno. Hay que ser una figura

absolutamente consagrada o un héroe para atreverse a plantar cara a los que mandan con la simple arma de una pluma o un micrófono en la mano. En Cataluña, sin ir más lejos, el nivel de abyección aduladora de la prensa frente al ogro separatista ha alcanzado cotas de vergüenza ajena en una sociedad pretendidamente abierta.

Pese a todo, nos cabe la satisfacción de que todavía existen en España resquicios por los que se cuela la luz y un número no excesivo, pero sí estimulante, de periodistas honestos, valientes e insobornables gracias a cuya admirable labor no nos ahogamos por completo en la asfixia del servilismo cada vez que abrimos un diario o vemos las noticias en hora de máxima audiencia. Mientras nuestro sistema institucional y legal y nuestra cultura cívica, por deteriorados que estén, nos proporcionen espacios en los que la denuncia de las corruptelas, la exposición objetiva de hechos y la enumeración precisa de datos sean posibles, podremos dormir tranquilos y entregarnos a la esperanza de que la salvación aún puede llegar.

Podemos y la violencia posmoderna
Jorge Vilches www.vozpopuli.com 9 Marzo 2017

La denuncia de la APM por la supuesta violencia sufrida por periodistas a manos de dirigentes de Podemos y de su entorno, no es importante por el hecho –tan conocido como general-, sino por su significado. El sociólogo Charles Tilly, izquierdista, escribió que el carácter de la violencia colectiva es uno de los mejores indicadores para conocer la vida política de una sociedad. Los actos denunciados y la reacción de los políticos y los medios, como la semana pasada por el bus de Hazte Oír, se enmarcan en la naturaleza de la violencia posmoderna en Occidente.

La derecha no se ha enterado –una vez más-, pero a la globalización, con su establishment internacional y sus instituciones buenistas que pregonan, subvencionan, legislan e ingenian la Verdad y la Nueva Sociedad, les ha surgido un competidor. La New Left vestida de populismo lleva décadas hablando de internacionalización frente a mundialización, de socialismo del siglo XXI frente a neoliberalismo, y de eliminación del sistema-mundo que beneficia “a los de siempre” frente a la recuperación de las soberanías populares para servir “a la gente”.

Han resucitado un concepto de democracia, de corte leninista y discurso emocional socialdemócrata, basado en la legitimidad única a través de la “política social”, el blindaje de “derechos” a través de su inclusión en una Constitución, del reparto de la riqueza y de la lucha contra las desigualdades. La democracia es social, dicen, o no es democracia.

Este movimiento occidental en el cual está incluido Podemos cree que la verdadera violencia, la “violencia extrema”, es la que lleva a cabo el capitalismo liberal, que solo genera pobreza y explotación. Por eso dicen que es más violento un hombre buscando en la basura que pegar a un policía. Esto lo ven con normalidad porque entienden que la política es conflicto; esto es, la prolongación de la lucha histórica entre los privilegiados y los de abajo. Y en la guerra todo vale, máxime en un periodo de crisis mundial de paradigma. A la violencia del sistema, como decían los izquierdistas de los 60, es preciso responder con violencia.

Sin embargo, ya decía Hannah Arendt que el modo de ejercer la violencia se adecúa al nivel tecnológico. El movimiento internacionalista está ejerciendo lo que se puede llamar “violencia posmoderna”, presentada como reacción ante las agresiones de la globalización y sus servidores, de todos aquellos que se oponen a la Verdad y al camino inexorable hacia la Felicidad, usando las nuevas tecnologías para acallar al enemigo. Es aquello que escribía Georges Sorel sobre los muchachos de Robespierre: es la tarea de destruir la influencia de los “malos ciudadanos” que quieren “impedir la regeneración de la Humanidad”.

La violencia posmoderna usa todos los medios técnicos, y es visible aquí y en Estados Unidos. Las vías públicas para la eliminación de los “influencers negativos” son tres. Primero, el dirigente político hace un discurso agresivo, de odio calculado, en el que señala la persona y el medio, además del tema y el vocabulario que hay que utilizar en la descalificación. Esto lo repiten los políticos subalternos y los medios afines con el objetivo de desviar la atención, crear opinión, y desautorizar al enemigo. El ejemplo más reciente ha sido la avalancha mediática contra el bus de Hazte Oír, que ha sido tan uniforme que parecía planificada, como una campaña de publicidad.

La segunda vía es la física; es decir, las performances y la toma de las calles. Con esto consiguen acosar o apabullar a los “malos ciudadanos” y mostrar una falsa desesperación general, una voz del pueblo exhausto, que falto de apoyo institucional –al servicio de los privilegiados, claro- no tiene más recurso que protestar. Se trata de contraponer la legitimidad popular que ellos se atribuyen –como hemos visto en las manifestaciones en EEUU- a la legalidad que desprecian. Esto viene ocurriendo en España con mucha claridad desde las concentraciones para rodear el Congreso, o en el episodio del Gamonal (Burgos), donde la oposición a la construcción de un bulevar acabó en guerrilla urbana, o en las sobreactuaciones orquestadas en los dramas de los desahucios.

La tercera vía son los medios de comunicación. No me refiero solo a los programas de TV y radio puestos al servicio del mensaje del movimiento internacionalista, sino a las redes sociales. Ahí se está produciendo una violencia posmoderna con técnicas que destruyen a las personas. El primer paso es deslegitimar el mensaje “negativo” diciendo que está pagado por algún partido “malvado” –léase aquí PP-, o algún personaje “maldito” –desde Cebrián a Trump-. A esto se le acompaña con una buena dosis de victimismo, en el que el denunciado se presenta como la verdadera víctima en una campaña de acoso del sistema. Es el ejemplo de la zafiedad de “la máquina del fango”, o el recordatorio de frases descontextualizadas de Federico Jiménez Losantos sobre Podemos.

El último paso en la violencia posmoderna es la ridiculización de la persona, para lo cual son muy efectivos los medios audiovisuales de las redes sociales. El “influencer negativo”, ya sea una persona o una institución, se convierte en un mal profesional, que miente o no calla porque tiene aviesas intenciones y una oscura financiación. A veces se da una vuelta de tuerca, y se insulta el aspecto físico e incluso a la familia como justificantes de “su mentira”. Las referencias a la imagen, salud física y mental de Trump, por ejemplo, e incluso de su mujer e hijos, han sido constantes para ridiculizar a este supuesto enemigo.

Quedan las vías privadas de violencia, que son las que ha denunciado la APM, la llamada o la conversación personal, y que es una vía histórica y frecuente de presión política al periodismo. Ahora, toma la forma de violencia posmoderna. Quizá, lo que choca a algunos es que esa vieja técnica venga de la mano de sus amigos de la “nueva política”.

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Cataluña: secesionismo y megacorrupción
EDITORIAL Libertad Digital  9 Marzo 2017

Vaya por delante que tanto o más grave que el que haya políticos que utilicen el dinero público para llenarse los bolsillos o financiar a sus partidos es el hecho de que haya políticos que desvíen dinero del contribuyente para financiar desafíos secesionistas al Estado de Derecho, con sus procesos participativos y sus no menos ilegales y onerosas estructuras de Estado.

Está visto, sin embargo, que los separatistas catalanes prefieren que se hable del procés que de su corrupción económica. De ahí que el martes, en vísperas de la comparecencia ante el juez del expresidente y la exdirectora financiera del Palau, Félix Millet y Gemma Montull, Junts pel Sí, la coalición formada por la antigua Convergència y ERC, se apresurara a consumar su golpe de mano para conseguir que la ruptura de Cataluña con la legalidad constitucional se tramite en un día y sin apenas debate en el Parlamento autonómico.

Este nuevo atropello liberticida, contrario tanto a la Constitución como al propio estatuto de autonomía de Cataluña, no ha evitado, sin embargo, unas explosivas declaraciones de Millet y Montull ante el juez que dejan a la antigua Convergència a los pies de los caballos, ni que las demás formaciones políticas hicieran referencia al caso Palau durante la sesión de control al presidente de la Generalidad celebrada en el Parlamento regional.

Tanto Millet como los Montull (padre e hija) han confesado ante el juez que durante los Gobiernos de Pujol "Ferrovial hacía donaciones a Convergència a cambio de obra pública". La mordida era, según Millet, del 4%, del cual un 2,5% era para el partido y el resto para él y Jordi Montull.

Mientras tanto, en el Parlamento autonómico la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, preguntaba muy oportunamente al presidente de la Generalidad si esta vez no le tocaba "acompañar a los miembros [de Convergència] a los tribunales", en referencia al hecho de que Puigdemont no haya acompañado a Millet hasta las puertas del juzgado como sí hizo durante el juicio por la ilegal consulta del 9-N con el expresidente Artur Mas y sus dos consejeras y con el diputado convergente Francesc Homs en el Tribunal Supremo. Por lo que hace a Anna Gabriel, de la CUP, tras afear al presidente regional que varios diputados de su partido estén tan clamorosamente señalados por la sospecha de la corrupción, ha reclamado que nadie intente "blanquear la corrupción con el proceso independentista".

Aunque en realidad no haya que "blanquear" ni una cosa ni la otra, es evidente que los separatistas están utilizando el golpe de Estado separatista para tapar este y muchos otros casos de corrupción. Tan evidente como la vista gorda que durante tanto tiempo han hecho los grandes partidos nacionales a la megacorrupción en Cataluña, con la ingenua pretensión de que a cambio los nacionalistas no dieran rienda suelta a sus pulsiones separatistas y les ayudaran a gobernar cuando no contaran con mayoría absoluta. Que la mordida nacionalista fuera del 4%, en lugar de ese 3% que Pascual Maragall denunció hace muchos años, no viene sino a ratificar el hecho de que la corrupción en Cataluña era un secreto a voces contra el que nada se hizo.

Nunca se insistirá lo suficiente en que ni ante la corrupción ni ante los ilegales desafíos secesionistas al Estado de Derecho caben las componendas, ni proceso de diálogo alguno. Sólo cabe guardar y hacer guardar la ley.

El asombroso silencio de Rajoy sobre el desafío catalán
Melchor Miralles Republica  9 Marzo 2017

Han sido muy claros los de Junt pel Sí. Van a iniciar la reforma del reglamento del Parlamento catalán para acelerar la ruptura con España. En el dislate en que se han instalado hace tiempo, con la complicidad de buena parte del establishment y la burguesía catalanas, han superado ya casi todos los límites y ahora pretenden anular al propio Parlamento, reventar el Estatuto y ciscarse en la Constitución, acabando de este modo con el sistema de libertades que se han dado los ciudadanos catalanes, que les importan una higa, porque ellos van a lo suyo. Los independentistas radicales, asociados con una parte de la izquierda más rancia y con la banda que ha robado a manos llenas durante años el dinero público, pretenden aprobar una ley de ruptura “en dos horas” pasándose por el forro la legalidad vigente. Para ellos, no hay ley que pueda parar su sueño independentista. No es que se salten a la torera las leyes españolas, es que tampoco respetan el Estatuto de Cataluña. Así nacen todos los proyectos totalitarios.

La modificación del Reglamento que pretenden va por la creación de una ponencia conjunta, y Ciudadanos, PSC y PP se han negado, lógicamente a participar de ella, porque el fin último es evitar el control de las minorías de oposición. Lo que van a hacer nacionalistas y secesionistas es modificar un artículo para posibilitar que un solo grupo del Parlamento catalán puede presentar una proposición de ley para que la misma se tramite como de lectura única, cuando hasta la fecha para poner en marcha una proposición de este tipo hacía falta el acuerdo de todos los grupos de la cámara.

Pero, además, los juristas que asesoran a los políticos instalados en el disparate, han hecho este diseño con el fin de evitar una eventual inhabilitación del presidente Puigdemont y sus consejeros, dado que con este trámite se evitan la firma de la Ley de Transitoriedad por parte del presidente y su Gobierno. Una operación que puede ser calificada de golpe interno y que requiere de una contundente respuesta del Gobierno de España en defensa de la legalidad y de los intereses de todos los catalanes.

El Estado español dispone de herramientas jurídicas para responder a este desafío ilegal de una parte de los políticos catalanes. La respuesta debe ser jurídica y política. La respuesta del tribunal Constitucional no será rápida. Pero Rajoy y su Gobierno están obligados a actuar con la legitimidad y la autoridad de que disponen, para poner en marcha todas las medidas a su alcance, incluido el artículo 155 de la Constitución, que no suspende la autonomía, sino que impide que se viole la legislación vigente y defiende los intereses generales para el correcto cumplimiento de las normas jurídicas vigentes.

Me asombra no haber escuchado todavía a Rajoy explicarles a los españoles y los catalanes que no está dispuesto a admitir un envite como este. La gravedad de los hechos requiere una respuesta rápida y contundente. El problema catalán se les ha ido de las manos a los Gobiernos de España hace mucho tiempo. Es hora de que se le requiera a Puigdemont a suspender esta disparatada iniciativa, acate la legalidad vigente e impida que se consume el desafío. Y como la respuesta va a ser que no, el Gobierno de España está obligado a hacer cumplir la Constitución y el Estatuto. Por ahora solo ha habido perfil bajo y silencio. Una vez más. Y así va la cosa.

La corrupción devora el «procés»
Editorial La Razon  9 Marzo 2017

La declaración de ayer de Fèlix Millet en el juicio del «caso Palau» va a suponer un antes y un después en la historia de CDC, el partido que gobernó en Cataluña durante 23 años ininterrumpidos de la mano de Jordi Pujol, su fundador y patriarca del nacionalismo, y seis años más con Artur Mas, más uno con una coalición de conveniencias a punto de resquebrajarse. Millet, que fue presidente del Palau de la Música, ha admitido que CDC recibió dinero de constructoras, a través de la mediación del teatro, a cambio de adjudicarles obra pública. Esta declaración avala la investigación judicial sobre la financiación ilegal de Convergència, a través de un sistema conocido como el «3%», que ha pasado a ser el símbolo del entramado político-financiero del partido, de su poder y de los silencios tejidos a su alrededor, pero que, según avanza el proceso, se está revelando como un método de recaudación millonario, incluso más de lo que se esperaba.

Millet no tuvo reparos en detallar cómo funcionaba el sistema: el total del «impuesto» era del 4%, de los que un 2,5% iban para CDC, el 1% para él y el 0,5% restante a su mano derecha, Jordi Montull. El propio presidente del Palau entregaba personalmente el dinero al entonces tesorero del partido y, tras su fallecimiento, fue Montull quien se lo daba a su sucesor, Daniel Osácar, que está también procesado. La entrega podría hacerse también a través de facturas falsas o donaciones a la fundación Trías Fargas. Es decir, hablamos de un sistema muy perfeccionado. Se entiende ahora que, dada la situación, la defensa del partido nacionalista haya renunciado a 36 testigos, todos ellos altos cargos de la Generalitat, en su mayoría del último gobierno de Pujol, y miembros de las mesas de contratación de las obras que debían explicar el paradero de 6,6 millones de euros en concepto de comisiones.

Muy revelador para comprender el espíritu depredador de los dirigentes del Palau son las comisiones que Millet reconoció que recibía y empleó en gastos privados y otros ostentosos usos que ni siquiera escondía, lo que sitúa este caso de corrupción en un paradigma de la complicidad o desidia de las administraciones representadas en el patronato de esta ilustre institución, baluarte del catalanismo. Con el reconocimiento de buena parte de las acusaciones de la Fiscalía, está claro que Millet ha señalado directamente a los dirigentes de CDC, que deben dar explicaciones de manera inmediata de su papel en este entramado.

Ya no vale la transmutación de la vieja Convergència en un nuevo partido, el PDeCAT, para ocultar sus responsabilidades y borrar las huellas de un pasado que ahora resulta vergonzoso. Ni tampoco vale echar mano de un victimismo que, conocida la impunidad con la que se ha saqueado el Palau –estamos hablando de más de 22 millones desaparecidos–, sería esperpéntico, acusando, cómo no, al Estado de orquestar una campaña contra el independentismo del que ellos, precisamente ahora, se han convertido en sus líderes más irredentos. De nada sirve decir que les «repugna» la corrupción, si al frente del mayor desafío al Estado de Derecho que vive Cataluña está quien fuera el líder de CDC, Artur Mas. El ex presidente está en el punto de mira y desde la oposición se ha pedido ya su comparecencia en el Parlament. El ciclo político de CDC acabó cuando Mas llevó al partido que le legó Pujol –también bajo la sombra de la corrupción familiar– a la ruina, pero las revelaciones del «caso Palau» hacen insostenible que Mas y los dirigentes de Convergència persistan en su intento de conducir a Cataluña a un enfrentamiento directo contra el Estado, sin importarles las consecuencias en la convivencia civil, sólo defendiendo los intereses más oscuros de un partido acosado por la corrupción.

Filantropía
ARCADI ESPADA El Mundo  9 Marzo 2017

Hasta un periodista que tuviera prohibido por contrato el uso de metáforas habría dicho ante la declaración judicial de Félix Millet que se trataba del final de un régimen. Esta declaración y la de Jordi Pujol i Soley ante la comisión de investigación del parlamento de Cataluña señalan la cima inaccesible adonde ni siquiera Boadella supo llegar. Es la destrucción el común destino de todas las cosas de este mundo, ¿pero toda destrucción ha de tener este aire cancerígeno? ¿No hay la posibilidad de una cierta nobleza ante lo inevitable? ¿Acaso lo inevitable no cultiva su propia dignidad? Me queda lejos, pero lo digo para irme preparando.

Ahora bien, sería incorrecto deducir que en la expresión "cambio de régimen" están incluidos solamente el pujolismo o el nacionalismo. Declaraba Millet con todo lujo escabroso de detalles sobre Convergencia y el 4%, pero yo pensaba sobre todo en Ferrovial y Rafael del Pino, su filantrópico señor. Convergencia es un partido destruido. El catalanismo es un movimiento político -de 174 años de edad, si tomamos como nacimiento la aparición de la revista Lo verdader català- destruido. No hay corrupción institucional y civil como la de Cataluña, si se descartan los tres trajes valencianos que pagó de su bolsillo Francisco Camps. De acuerdo. ¿Pero y Ferrovial, la gran empresa de infraestructuras de la modernidad española?

Ferrovial contribuyó durante muchos años a la financiación ilegal de Convergencia según reconoció ayer Millet, que por reconocer reconoció incluso que le financiaba a él. Bastaría este asunto para esperar de la empresa alguna explicación, que fuera más allá de ese comunicado sobre "tolerancia cero con la corrupción" que, después de tantos años, ayer hizo público con una urgencia algo enrojecedora. Es verdad que dos de sus directivos se sientan en el banquillo y que el juicio no ha acabado. Pero tampoco ha acabado para Convergencia y está destruida. No se ve en este caso qué debe diferenciar a corruptor y corrompido. Mucho más necesaria, la necesidad de una profunda explicación pública, cuando Ferrovial no solo ha financiado a un partido político sino a un movimiento político cuyo objetivo, hoy plenamente manifestado, ha sido la destrucción del Estado democrático. Es perfectamente justo el habitual reproche a la burguesía catalana sobre la pasividad cómplice que mantuvo ante el crecimiento del independentismo. Lo mismo puede decirse de los sucesivos gobiernos del Estado. ¿Pero cuándo las grandes y vitales empresas españolas van a examinar la legalidad y la legitimidad de sus negocios públicos con el nacionalismo? Los españoles, sándalos, no solo perfuman el hacha que los abate. Es que la han afilado, infatigables sandios.

Convergencia y “es que no estáis en la lista”
Jesús Cacho www.vozpopuli.com  9 Marzo 2017

Almuerzo en un restaurante de postín de esa Barcelona convertida en meca culinaria. El alto ejecutivo madrileño está incómodo, porque la misión que le han encomendado sus jefes en la capital del Reino es difícil, y reclama tacto y mano izquierda. Se trata de una empresa importante, cuya actividad se desarrolla por toda España, que viene a copar el 15% de su sector de actividad. Pero en Cataluña no se come una rosca. Y en Madrid, del presidente al último miembro del Consejo de Administración, están desesperados: no dan con la tecla para entrar en Cataluña.


-Ejecutivo: Se trata de ver qué podemos hacer con vosotros, cómo podemos llegar a algún acuerdo, porque llevamos años presentándonos a todos los concursos y no ganamos ni uno, nada, ni por casualidad, perdona que sea tan franco, y eso que a veces afinamos tanto que iríamos a pérdidas en caso de adjudicación; mis jefes están agobiados porque ya no saben qué hacer: lo que nosotros queremos es empezar a trabajar con la Generalitat.

-Conseller: Ya, ya, hombre, ya es casualidad que no os hayáis llevado nada, en fin, trataré de enterarme de lo que está ocurriendo.

E. Mira, te voy a ser franco, nosotros estaríamos dispuestos a tener algún detalle. Tengo un presupuesto importante para este tipo de cosas: en Madrid financiamos un premio anual para empresarios destacados de distintos sectores; en Sevilla hacemos también cosas con la Junta, y lo mismo en Valencia, no sé, creo que aquí podríamos tener igualmente algún gesto.

C. Pues mira, yo también te voy a hablar con franqueza: lo he estado mirando y es que no estáis en la lista…

E. Perdona, ¿qué es eso de la lista?

C. Pues una lista de gente, de empresas, que colaboran con nosotros, que nos ayudan y les ayudamos, porque así es como van las cosas aquí y en todas partes.

E. Bueno, te reitero que nosotros estamos dispuestos a ayudar siempre que sea por lo legal, todo dentro de la legalidad, que los jefes no quieren luego líos, como te he dicho que funcionamos cosas en otros sitios de España, apoyando ese tipo de iniciativas o actos llamémosles culturales.

C. Aquí también podéis hacer cosas, claro que sí, lo que pasa, ya te lo he dicho, es que no estáis es la lista.

E. ¿Pero qué listas son esas? ¿Qué hay que hacer para estar en esa lista?

C. Mira, es muy fácil, nosotros tenemos unas fundaciones a través de las cuales canalizamos esas ayudas.

E. ¿Ah, sí? ¿Y eso es legal?

C. Totalmente, tienes que acercarte a alguna de ellas, la del Liceo, por ejemplo, es una, pero hay otras, hablas con los responsables, luego te digo con quién exactamente, y ellos te indicarán lo que tienes que hacer para entrar en la lista. Es muy fácil.

Esta es una conversación real como la vida misma, mantenida años atrás por un alto cargo de una importante empresa madrileña y un consejero del Gobierno de la Generalitat de Cataluña. Quien esto suscribe la conoció hace escasas fechas. La gente se va animando a hablar. No, no era Ferrovial. Se trataba de “estar en la lista”, la lista de las empresas dispuestas a pagar una mordida del 3%, del 4% según reconoció ayer el expresidente del Palau de la Música Félix Millet ante el tribunal que le juzga, para poder contratar obra pública y cualquier tipo de suministro de bienes y/o servicios con la Generalitat. Habla don Félix: “Ferrovial hacía donaciones para que el dinero fuera a CDC a cambio de obra pública que CDC le daba. No recuerdo cuándo se inició esta dinámica, hace años…” (…) “¿CDC? Sí, CDC sabía que Ferrovial daba este dinero a cambio de que se le diera obra pública, pero yo las interioridades de CDC las desconozco”.
Millet y su defensa de los peces gordos de CDC

Y ahí empezó, o continuó, Millet en su intento de poner vallas, tratar de cortar cualquier acceso a los peces gordos convergentes, a los capos de CiU, que era lo que pretendía el fiscal, endiñando toda la responsabilidad al tesorero Osàcar: “El Daniel que figura en mis anotaciones es Daniel Osàcar, pero apenas hablé con él”. Tampoco sabe nada sobre las cantidades que Ferrovial debía aportar: “Se ponían de acuerdo Ferrovial y CDC, yo no entraba”. Su trabajo era el de un sofisticado cobrador del frac: “Es que yo cobraba de muchos sitios, ¿eh?”. Salvar su culo -“no lo sé”, “no me acuerdo”, “no tengo ni idea”, “supongo”- y rescatar del incendio a los capos convergentes. Corrupción al por mayor. Tal ha sido su pretensión, que podría quedar hoy arrumbada por la declaración del ex director administrativo del Palau Jordi Montull, al parecer dispuesto a colaborar para salvar a su hija, joven aún, de una dura condena de cárcel. La fiscalía, como en los USA, parece dispuesta a aceptar descargos en su intento por llegar a los capos de verdad.

Maravilloso Millet cantando la gallina con su esforzada voz de clueca, pero diciendo claramente lo que todo el mundo sabía. Y no era el 3% sino un puntito más, la puntita nada más de lo ocurrido en el estanque dorado catalán. “Nos repartíamos el 4%, el 2,5% para CDC, el 0,5% para Montull y el 1% para mí. Nos quedábamos una parte de la comisión, el 4%”. Protegiendo a los de arriba: “Yo diría que no me reuní con nadie de CDC. Me puedo equivocar pero no creo que me equivoque. Quizás sí que tuve alguna pero no me acuerdo. ¿Sobre una reunión con el señor Gordó ha dicho? No, no me acuerdo. Debía haber algún tema, algo a hablar, pero no…” Tampoco sabe las cantidades que Ferrovial debía apoquinar: “Se ponían de acuerdo Ferrovial y CDC, yo no entraba”. Millet ha hecho más: ha pretendido cargarle el mochuelo a Ferrovial, como ejemplo o quintaesencia de esos malvados madrileños dispuestos a corromper el virginal currículum de los pobres convergentes.

Millet es miembro prominente de una de esas 200 familias que han manejado el Principado a su antojo, como bien explica Manuel Trallero en su libro “Música Celestial”: “Cuando la policía entró en el Palau, los fundamentos de la sociedad catalana y el pacto vigente desde la Transición sufrieron un resquebrajamiento total del cual, a pesar del clamoroso silencio impuesto, todavía no se han repuesto. La clase política, las administraciones, los medios de comunicación, la justicia, la llamada sociedad civil y el propio Orfeó Català todavía deben rendir cuentas”. Jordi Pujol, paterfamilias del nacionalismo catalán, ha rendido cuentas a su modo, ha reconocido su condición de evasor fiscal, de chorizo alicatado hasta el techo. Falta por aparecer en gran tenor de esta opereta bufa, el señor Mas, Artur Mas, el Cid que una vez muerto intenta la resurrección para seguir cabalgando, con Cataluña a cuestas, lejos de las togas de la Justicia. Son célebres entre los menorquines las calderetas de Mas con Millet todos los veranos en la terraza de su casa de Fornells: “T’adreço aquestes ratlles per a convidarte, juntament amb la teua esposa i amb qui tu desitgis, a sopar a la casa de la terrassa de casa meva a Menorca on tots passem les vacances“.
Golpe contra el propio Estatut

Y mientras tanto seguimos camino del precipicio haciendo oídos sordos a todo lo que pasa a nuestro alrededor. La tropa independentista acaba de protagonizar un verdadero putsch no ya contra la Constitución española sino contra el propio Estatuto catalán, al aprobar la reforma del reglamento que, en contra del dictamen del Consell de Garanties Estatutàries, les permitiría proclamar la secesión en un par de horas, sin debate y sin el concurso de la oposición que representa a más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña. Los dirigentes del prusés se ciscan en su propia legalidad. Va a ser interesante observar a esta tropa acercarse de la mano al pie del abismo y dilucidar ¿qué hacemos? ¿Nos tiramos o no? ¿Hay alguna manera de salir de este lío? ¿Alguien a quien endiñar este muerto? Una sentencia ejemplarizante en el caso Palau, y en algún otro, podría ayudar a estos falsos demócratas a poner pie en la realidad. Tendría gracia que el prusés entero y una parte de las 200 familias cayera en manos de la Justicia por temas fiscales, como en su día cayó Alphonse Gabriel Capone y su banda por evadir impuestos, que no por matar a tanta gente como mató. Esperemos expectantes. Esto puede moverse. El fin de fiesta puede ser divertido.

Millet: un 'senyor' frente a un fiscal
Pablo Planas Libertad Digital  9 Marzo 2017

Que Fèlix Millet es un senyor de Barcelona se nota en su manera de pedir perdón y de contestar a las preguntas obvias. Seguramente considera que tiene demasiados años como para andarse con puñetas y no le falta razón. Cada vez que la presidenta de la sala le solicitaba que hablara más alto, el acusado decía "perdón, perdón" con un punto pícaro y se acercaba un poco más al micro para insistir en que Convergencia se financiaba a costa de las adjudicaciones públicas, cosa que afirmó con el conocimiento de causa de quien ejercía de intermediario entre los paganos y los pagados a cambio de un módico 1% para él y un 0,5% para su apoderado, contable, mano derecha y brazo ejecutor, Jordi Montull, sobre un monto total del 4% del coste de las obras adjudicadas.

El edificio del Palau de la Música Catalana, obra de Lluís Domènech i Montaner, era la fachada del enjuague, un estupendo camuflaje benéfico cultural para poner el cazo y esconder la mano, el escenario del canto y el cante, un Liceu del siglo XXI, menos elitista pero de una rentabilidad incomparable. Don Fèlix, de la catalanista estirpe de los fundadores del Orfeó Català y Òmnium Cultural, estaba en tantos consejos de administración, fundaciones, círculos y clubes, Barça incluido, que recibía un trato más honorable que el del molt. Está claro que pedía dinero, pero de tan persuasiva manera que antes de abrir la boca ya le habían metido un sobre en el bolsillo de esta, aquella o la otra empresa. Todo por las bellas artes y el mantenimiento de los ladrillos del Palau de la Música, sublimación en miniatura de la denostada y destrozada Sagrada Familia gaudiniana, a cambio de una plica insuperable.

Un día en la vida de Millet era un no parar de visitas de grandes empresarios, exóticos cónsules, dirigentes políticos y millonarios encantados de la vida que creían formar parte de la gran familia catalana cuando en realidad no eran sino mecenas de unas pocas familias y su partido. Engañó a crédulos y canallas hasta que se le fue la mano con los billetes de quinientos euros, las bodas de sus hijas y otros gastos que se consideran suntuarios pero que son imprescindibles para vivir a la altura de las circunstancias de un Millet, linaje fino filipino del catalanismo.

"Todo el mundo le decía que sí", declaró Gemma Montull, la hija del lugarteniente, cuya perplejidad ante el abrupto cambio de circunstancias no ha mutado con el paso de los años desde el primer registro policial en el Palau (el fiscal le recordó cómo se metió en el refajo un lápiz de memoria durante el asalto) hasta ayer, cuando el fiscal la puso en situación y antecedentes. Compungida y lacrimosa, lo soltó casi todo y manifestó que nadie tenía un no para Millet, que se reunía con presidentes de Gobierno, de Govern y de megaconsejos de administración, directores de medios, alcaldes, concejales, buscavidas y patums de la cultureta como quien despacha unas alubias con salchichas de cerdo para atemperar la gusa de media mañana.

Confeso y con todo, apestado entre sus pares, encerrado en su finca desde que se desveló para el común a qué se dedicaba avejentado y en silla de ruedas, Millet no ha perdido ni el norte ni el porte. Le preguntó el fiscal si había creado una empresa para pagar menos impuestos por sus múltiples fuentes de ingresos y respondió impasible: "Pues claro, me lo recomendó mi abogado". Fue una pena que Sánchez Ulled prefiriera actuar como un inquisidor en vez de como el paciente interrogador que seduce al confite y tira del hilo. Hizo de poli malo cuando tocaba lo contrario. Millet estaba dispuesto a hablar, pero no a soportar a cambio la moralina y los comentarios sentenciosos del fiscal tras cada una de sus respuestas. Al Ministerio Público le valía, parece ser, con que una subordinada de Millet reconociera su huella en la papelería probatoria, lo que seguramente contribuirá a componer el relleno de la acusación, pero ha sido actitud contraria al esclarecimiento y cabal comprensión del escándalo que estaba dispuesto a montar Millet. Una lástima que no empaña la carga del principal enunciado de quien estaba en el ajo: "Ferrovial hacía donativos a Convergencia a cambio de obra pública". Y en vez de soltar un "¿tiene algo más que añadir?" para favorecer la fluidez de la conversación, el fiscal que hace un par de semanas arrinconó a Mas en el TSJC prefirió cercenar de cuajo la mañana sandunguera y parlanchina del tipo que se reía de los políticos para dar pábulo a la cháchara pactada con la defensa de la hija del valido sobre la autenticidad de los papeles donde constaba, consta y constara que los dueños de Convergencia eran los amos del histórico chiringuito de las elites catalanistas, la zona cero del tres, el cuatro o el Mas por ciento.

España, sí. ‘Catadisney’, no
Sergio Fidalgo Piña www.vozpopuli.com  9 Marzo 2017

Los secesionistas catalanes se han inventado una doble realidad. Por una parte han creado un mundo idílico. Este paraíso en la tierra ha sido bautizado como ‘Catadisney’ por el portal de referencia del antiseparatismo, Dolça Catalunya. Es una Arcadia feliz en el que los catalanes, sean separatistas o no, al conseguir desligarse de España ven aumentada su renta de manera espectacular, la sanidad y la educación mejoran, como por arte de magia, y el planeta admira una zona del mundo con tanto talento y unos valores ejemplares. Es el país del helado diario de postre cada día y en el que el cáncer se cura de manera milagrosa. Es el Matrix de los independentistas, una patraña que solo busca manipular a centenares de miles de catalanes para que rompan sus lazos con el resto de españoles.

Por otra parte, han desarrollado una cara menos amable, la de acusar al ‘Estado español’ de todos los males y plagas que azotan Cataluña, sean reales o inventadas. Por supuesto, casi siempre son exageraciones o mentiras. Así, una serie de accidentes en un punto negro de una carretera que sea competencia del Gobierno central se convierte en un “España nos mata”. O las deficiencias de la red ferroviaria en un “España nos odia e intenta que no progresemos económicamente”. Que en Palencia o en Murcia las vías sean mejorables no es una agresión intolerable a los derechos humanos, es un tema a mejorar cuando las condiciones económicas lo permitan. En Barcelona o en Girona, y gracias a los secesionistas, roza el delito contra la humanidad.

El “España nos roba”, “España es una democracia de baja intensidad”, “No es corrupción, es una operación judicial contra las libertades del pueblo catalán”, “España nos mata destruyendo nuestra sanidad o con malas carreteras” y otras lindezas se escuchan continuamente desde las principales tribunas mediáticas catalanas. Cada día. Durante años. Moldeando la opinión pública. Intentado romper los lazos generando odio. Todo valía para que Jordi Pujol, primero, y Artur Mas, después, distrajeran la atención de las acusaciones de corrupción de su partido. Hasta una charlotada de consulta convertida en referéndum.

Por un lado, existe la construcción de ‘Catadisney’, el parque temático en el que, según los secesionistas, se convertirá Cataluña tras la secesión de España. Un lugar mágico en el que todo será algodón de azúcar, risas y felicidad. Intentan generar amor hacia su proyecto de ruptura de la convivencia con el resto de españoles vendiéndolo como algo muy deseable. Pero como no saben más que difundir odio, por otra parte se dedican a inventarse un enemigo exterior, un ente deleznable y monstruoso, un Estado opresor y liberticida que oprime, según ellos, al sufrido y ejemplar pueblo catalán.

Por eso, los separatistas consideran que recibir las iras de los catalanes que defienden la Constitución y la convivencia es un mérito que debe ser recompensado, dado que no son considerados ciudadanos de primera, sino ‘malos catalanes’, ‘traidores’ a los que hay que señalar y perseguir. La lista de señalados por el secesionismo ha sido muy larga. De ahí la profusión de listas negras de periodistas no afectos al independentismo o los ataques a los principales estandartes de la defensa de los lazos comunes entre catalanes y el resto de españoles.

Como consecuencia de este deseo de conseguir la secesión al precio que sea se ha establecido entre los separatistas una vertiginosa competición para ver quién insulta más, o manipula mejor. La posverdad que tan de moda se ha puesto con el Brexit y el triunfo de Donald Trump hace más de treinta años que se padece en Cataluña. Los secesionistas son eficaces a la hora de trabajar para conseguir sus objetivos: premian a los suyos y no dudan en utilizar las arcas públicas para comprar voluntades. El dinero del que carecen los hospitales catalanes fluye sin cesar hacia todo tipo de labores de propaganda a favor de la secesión.

No hay periódico, digital, radio, televisión, editorial o activista patriótico que no reciba el correspondiente empujoncito económico para que siga trabajando, fielmente, a favor de la causa de la ruptura de la convivencia. Unos, los de ERC, porque son sinceramente secesionistas desde siempre. Otros, Mas y los suyos, para desviar la atención de sus negocios poco claros. Pero con un fin común: ignorar a la mayoría de los catalanes que siente que España es cosa suya. De ahí que sea más necesario que nunca dar la batalla de las ideas desde los medios de comunicación.

Es imprescindible la ayuda de los medios nacionales para desmontar el relato falso y manipulador de los secesionistas. Por suerte, la colaboración es cada vez mayor y los catalanes que defendemos la buena armonía con el resto de españoles nos sentimos arropados por los compañeros de la prensa de toda España. Pero también se ha de conseguir incidir en el mapa de la prensa en Cataluña, creando nuevos proyectos. Y aquí necesitamos a empresarios valientes y a emprendedores con ganas de colaborar para que cada día haya más tribunas libres en las que se expliquen la verdad y se denuncie la falsa Arcadia feliz que venden los separatistas.

(*) Sergio Fidalgo Piña es Presidente del Grupo de Periodistas Pi i Margall

Las ranas de Aguirre se amontonan

Marcello Republica  9 Marzo 2017

Decía Esperanza Aguirre, la condesa de Bombay, a propósito del caso Gürtel en la Comunidad de Madrid que algunos de sus colaboradores y consejeros le habían salido rana. Pues bien en la putrefacta charca de Aguirre las ranas se amontonan sin cesar y ofrecen un inagotable concierto de corrupción con su croar que ya veremos si no acaba señalando a la propia Aguirre, en vista de los últimos documentos confiscados por el juez Velasco al que fuera su extesorero Germán Gutiérrez (GB para sus amigos) y que desvelan la que fue la financiación ilegal del PP en Madrid bajo el mando de Aguirre.

Lo que sumado a las guerras Púnicas del golfo preso de Paco Granados, alias ‘granizados’ (el caradura que escondía un millón de euros en una caja de zapatos en casa del suegro que llegó a decir que se la dejó olvidada un empleado de IKEA).

Y a la que se viene barruntando en el Canal de Isabel II, porque ese era el centro de las operaciones inconfesables de su presidente Ignacio González, el chino de la coleta blanca. El que fue vicepresidente y heredero de Aguirre y tenía un baño turco en su misterioso ático marbellí. O la que se anuncia en la fantasmal Ciudad de la Justicia donde está tocado el tercer vicepresidente de Aguirre, Alfredo Prada, al que a su vez lo espiaban Granados y González, con ayuda del jefe de seguridad de Aguirre, la que no sabía nada de nada.

O sea, tres vicepresidentes del gobierno de Aguirre y varios consejeros y el tesorero del PP de Madrid tocados, y ella en el limbo. Y faltan por conocerse los contratos varios con la Comunidad de Madrid de las empresas por donde circulaba la prima de Aguirre, una Gil de Biedma que tarde o temprano va a salir como la Gallego de prensa, el inefable Ildefonso de Miguel, los regalos a la extrema derecha periodística de Internet, y el amigo del alma del Chino y Granizados, el compi-yogui Javier López Madrid, etc., etc.

Lo que nos permite afirmar que la charca de Aguirre es un pozo negro que ella misma cavó, ‘pico y pala, pico y pala’, y del que emanan olores que son imposibles de soportar. Y ahí sigue la condesa de Bombay tan campante de concejala de Madrid y huyendo de su propia sombra como si fuera la de un agente de movilidad del taponado tráfico de la capital.

El cerco se estrecha y a medida que se aproximen los horizontes penales muchas de las ranas pedirán clemencia a la Fiscalía a cambio de cantar, tal y como está ocurriendo en el juicio del Palau catalán.

Y visto esto, y lo de Baleares, Valencia, Murcia y La Mancha se entiende que Rajoy no quiera abrir en el Congreso -aunque la va a tener- una comisión de investigación de la corrupción del PP. Y por eso le dice a Rivera que no mire hacia atrás para no acabar convertido en estatua de sal.

Pero mal lo tiene don Mariano porque la corrupción del PP no para de crecer. Y al final lo único que le puede salvar, ganando algo de tiempo, es que ese otro genio que es Puigdemont decida estrellar la locomotora de cartón de la Generalitat contra la máquina de hierro del Estado, lo que le permitiría a Rajoy -si se toma dos copas de coñac y se echa para delante- convertirse en un héroe nacional. Al menos mientras la dama ciega de La Justicia mantenga en alto la espada y puesta la venda a la espera de su veredicto final.

Nosotros los impresentables
Rafael Bardají Gaceta.es 9 Marzo 2017

Tengo que comenzar reconociendo que últimamente he tenido muchas dudas sobre lo que soy, particularmente porque nací varón, tengo pene, me atrae mucho mi mujer (quien nació con vagina) y estoy dispuesto a morir por mi familia. Muchos dicen de mi que soy, además, un neocon porque quise introducir la tolerancia en el mundo islámico (idea en la que seguiría creyendo si no fuera por la falta de voluntad de hacer lo que es necesario para llevarla adelante); otros que soy un sionista encubierto porque defiendo a Israel sin ser judío, sólo porque creo en un país con una identidad fuerte, inspirado por la religión y dispuesto a luchar por su supervivencia en medio de un mar de barbarie; y hay quienes me acusan de conservador o, incluso, de facha, a pesar de que poco veo en nuestro entorno que merezca la pena ser conservado, sinceramente, tan dominados como estamos por las izquierdas de todos los partidos.

Pero –y no puedo decir que gracias a Dios, sino a las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid- Cristina Cifuentes ha venido a iluminarme con su particular gracejo pijo-progre: soy un “impresentable”. Y todo porque no sólo no condeno la reciente campaña de Hazte Oír (organización a la que no pertenezco, dicho sea de paso) con su autobús sobre niños con penes y niñas con vulva, sino que la aplaudo. Es decir, hablando claro, porque no me resigno a ser sometido a los dictados totalitarios del lobby del arcoíris y porque me rebelo contra la pasividad cómplice de la derecha institucional española.

Es difícil hablar de los intelectuales orgánicos del PP cuando éste es un partido voluntariamente desnudado de idea alguna, pero los voceros del gobierno, incluyendo notables periodistas, se han rasgado las vestiduras ante la osadía de Hazte Oír con su autobús. Eso sí, como no se atreven a criticar lo que la mayoría de ciudadanos ve como algo normal, justifican que la Comunidad de Madrid y el Gobierno movilicen a sus servicios jurídicos bajo el razonamiento de que están en contra de que se manipule o instrumente a los niños. Pero su falsedad no se sostiene porque la verdad es que se movilizan contra la campaña del autobús de Hazte Oír pero no lo hicieron con la campaña previa de Chrysallis Euskal Herria, la que afirmaba que “hay niñas con pene y niños con vulva”. Porque, en realidad, no están criticando la contraprogramación del bus naranja. Lo que condenan es que alguien tenga los arrestos para decir basta ya al discurso único de la izquierda y monte una contra-campaña. Critican la rebeldía del sentido común y de la gente normal, porque ellos, cobardes disfrazados de intelectuales, han perdido la capacidad de resistencia.

Se mueven ya en el seno del universo mental de la izquierda.
Así como en Estados Unidos llegó la hora de los deplorables, en Europa está llegando también su momento. Incluso a España, siempre diferente, como nos contaba las campañas turísticas del franquismo, también hemos llegado los –según Cifuentes- impresentables.

¿Y qué queremos nosotros los impresentables? Poca cosa, pero lo primero es lo primero: denunciar que el futuro que promete la izquierda, por muy de seda que lo vista, sólo nos traerá menos libertad y más pobreza, como ha sucedido allí donde la izquierda del siglo XXI, que es igual que la del Siglo XIX, se ha aupado al poder. Pero también exponer que la derecha institucional ha dejado de ser conservadora y/o liberal. Hace tiempo que perdió la voluntad de plantar cara a la socialdemocracia y a la izquierda cultural y ha acabado por creerse que la mejor forma para mantenerse en el poder es suplantarles en todo, incluidos sus planteamientos ideológicos. Que el PP ha dejado de ser lo que era, es algo comúnmente aceptado. Y si a alguien le queda algún resquicio de duda, que piense en la declaración de Hacienda que le espera en unas pocas semanas.

Ahora bien, cuando la derecha renuncia a tener ideas, la sociedad queda expuesta únicamente a la ideología de la izquierda y de la extrema izquierda, con el riesgo de que lo sensato se vaya perdiendo progresivamente y la estupidez se convierta en lo normal. Prueba de la locura colectiva es la pregunta que a partir de ahora se debe hacer un capitán de navío ante una emergencia: ¿A quién evacuar primero, a los niños con vulva o a las niñas con pene?.

Y no se trata de una cuestión jocosa. A los impresentables nos preocupa –y mucho- la naturaleza antidemocrática, anticapitalista y anticristiana de la izquierda. Como igualmente nos preocupa el capitalismo de amiguetes, la política del pesebrismo y la ausencia moral de la derecha institucional. Con la agresividad de unos y la pasividad de los otros, el hecho es que se ha inyectado en la sociedad dosis antihumanas de relativismo, secularismo y pacifismo: Todo vale; no hay nada más allá de nuestro hedonismo; y nada merece la pena ser defendido. A eso ha llegado el conjunto del mundo occidental, incluyendo a España. Posiblemente, nosotros más.

Los impresentables creemos que nuestras élites políticas y buena parte de las económicas, el establishment, no sólo son los principales responsables de nuestro lamentable estado, sino que son irreformables y se han convertido en el problema. Ya no son parte de la solución. Sólo hay que escuchar a Mariano Rajoy, por poner un ejemplo. Por tanto, el cambio, la renovación y la regeneración no cabe esperarlas de nuestros gobernantes y sus proyectos vacíos. Sólo pueden venir de la sociedad. La sociedad, ese concepto abstracto y difuso, al que tanto se han referido los políticos de la postguerra, a la que se creía dominada por las promesas de una paz perpetua y un progreso material ilimitado, de repente se ha rebelado. Las historias de los gobernantes caen en entredicho; los periódicos a su servicio pierden lectores y, más importante, su credibilidad; algunas asociaciones, como Hazte Oír, se remueven y comienzan a plantar cara. Se vota el Brexit; se rechaza el acuerdo con las FARC; vence Donald Trump; crece la derecha alternativa en Europa…

Spain is different también ahora. Al menos no he oído a ningún otro gobernante, sólo a Mariano Rajoy, denostar de las fronteras nacionales. Pero los impresentables sabemos que si no se protegen las fronteras ninguna nación puede sobrevivir. De la izquierda no nos debe extrañar, precisamente porque quieren acabar con la identidad nacional, que sean favorables a una política de puertas abiertas y a la acogida de millones de emigrantes y decenas de miles de “refugiados”. Siempre todo lo que erosiona la nación es bienvenido en los altares de la izquierda. ¡Qué decir de la derecha institucional! El PP ha hecho suya la tesis de los socialistas de Felipe González: “España es el problema, Europa la solución”. Hay que diluir a España en más Europa. Eso es lo que ha venido a defender nuestro presidente en la reciente cumbre europea de los 4. Qué pena que estos cuatro líderes, Hollande, Merkel, Rajoy y Gentilone no hayan cuidado un poco más la puesta en escena: Versalles es el mejor símbolo del fin de un régimen, lo opuesto a cualquier proyecto de futuro. También es verdad que esta nueva banda de los 4 poco futuro tiene, estando Hollande camino de su casa, Gentilone pensando en cómo retrasar unas elecciones que se ven por todos como inevitables, Merkel en entredicho en su casa y Rajoy a expensas de lo que pase en el seno del Partido Socialista. Nunca se ha visto tanta debilidad disfrazada de ambición. Eurotitanic podría haber sido el pie de foto de esta cumbre de bajuras.

Los impresentables estamos convencidos de que la emigración masiva y peor si es, además descontrolada, es una bomba de relojería que tiene que ser desactivada. Mariano Rajoy se jacta de que España es una potencia en nacionalizaciones, pero conceder un pasaporte a quien no se siente vinculado a nuestra Historia, a nuestro proyecto común, a la necesidad de transmitir nuestras señas de identidad a las generaciones venideras, no es más que añadir células malignas a un cuerpo ya de por sí muy debilitado. Los impresentables no nos avergonzamos de ser etno-nacionalistas, de querer proteger al pueblo español tal y como se ha transmitido durante siglos de familia en familia. La nacionalidad no debe depender de intereses económicos ni de cambios de residencia. España debe acabar con la práctica de la doble-nacionalidad, porque debe exigir compromiso pleno, exclusivo. Una nación tiene todo el derecho de decidir quién vive en su suelo y tiene la obligación de defender y proteger a los suyos por encima del resto. Si no, no es una nación.

Los impresentables nos sentimos orgullosos de nuestra Historia y de nuestras raíces judeo-cristianas. Nos guste o no, es la lenta cocción de la Historia y de la religión lo que ha dado forma a la civilización occidental, la nuestra. De ahí que veamos con alarma la islamización de nuestra sociedad. Cuando sólo existe una religión, ésta acaba por imponerse. Máxime cuando encierra la ambición de ser hegemónica y dictar las normas éticas, políticas y sociales como hace el islam. El terrorismo islámico (ahora que se puede volver a usar el término gracias a Trump) es una amenaza indudable y directa; la jihad invisible, la cultural y social, no lo es menos. De ahí que, si nuestra compasión y solidaridad tiene que mostrase, que empiece por acoger las comunidades cristianas que están perseguidas en todo el Oriente Medio. ¿Todo? No, en Israel existe libertad religiosa y se puede practicar cualquier culto sin miedo a sufrir castigos. Pero sólo en ese pequeño gran país.

En fin, los impresentables expresamos nuestras creencias y puntos de vista sin complejos. No sentimos la obligación de hacernos perdonar ningún pecado original y mucho menos la urgencia de correr a contentar a la izquierda y nuestros enemigos. Por qué nos odia la izquierda es fácil de entender. Por qué nos odia la derecha institucional, la del PP de Rajoy es algo que sus líderes deberían contestar. Aunque no lo harán. Cree que su silencio alimenta el silencio de los corderos. Pero los corderos ni son suyos ni van a seguir siéndolo. Es cuestión de tiempo.

De la confesión de Pujol a la de Millet: la larga agonía de Mas y Convergencia
"Ferrovial pagaba comisiones a CDC a través del Palau", sostienen Millet y la hija de Montull ante el tribunal del caso Palau.
Pablo Planas (Barcelona) Libertad Digital 9 Marzo 2017

Fèlix Millet tenía ganas de dos cosas en el juicio por el caso Palau: denunciar la financiación ilegal de Convergencia y salpicar a Mariona Carulla, su sucesora al frente del conglomerado de fundaciones del Palau de la Música, y quien, según el testimonio de Millet, estaba al corriente de los pagos en negro a músicos, cantantes y colaboradores varios, una de las muchas irregularidades en la gestión que dirigía Millet y ejecutaba Montull.

"He dicho la verdad en todo menos en una cosa.Ferrovial hacía donaciones a Convergencia a cambio de adjudicación de obra pública. Esto no lo dije antes y es verdad", manifestó Millet a preguntas del fiscal Emilio Sánchez Ulled, quien ya tenía atado el testimonio incriminatorio que vendría después a cargo de Gemma Montull, hija de Jordi Montull, mano derecha de Millet, y exdirectora financiera del Palau. De hecho, el representante del ministerio público estuvo un punto áspero y agresivo con Millet, cuya defensa no ha logrado llegar a ningún acuerdo con la fiscalía. En cualquier caso, el hasta ahora principal acusado (ahora es Convergencia, uno de sus extesoreros, Daniel Osàcar, y de rebote Artur Mas y Carles Puigdemont) podrá alegar que, al igual que Gemma Montull y tal como está previsto que haga este jueves Jordi Montull, ha confesado todo, incluso aquello que había negado con más denuedo, las comisiones a Convergencia, por lo que solicitará el mismo trato que se pueda derivar del pacto que la defensa de Gemma Montull sugiere que ha alcanzado con el fiscal.

Dinero en mano
Millet pidió perdón por sus errores e insistió en que desde el día del primer registro del Palau puso todo su patrimonio a disposición del juzgado para devolver el dinero despistado y hacer frente a sus responsabilidades. No es precisamente la primera vez que Millet admite sus culpas, pero sí en la que afirma que él mismo y después Montull eran los encargados de entregar en mano el dinero de Ferrovial a los tesoreros del partido nacionalista. Sánchez Ulled intentó que Millet diera detalles técnicos, pero por ahí no logró nada. El viejo patrón del Palau, un patricio barcelonés de superlativa honorabilidad en los buenos tiempos, no se acordaba de nada e insistía en que los apuntes contables, las órdenes por mail y las entradas y salidas de dinero de sus cajas fuertes eran cuestiones de lo que se ocupaban sus subordinados, que en el Palau eran todo el mundo. Él no estaba al caso de los pormenores y hasta con un punto de fastidio parecía intentar indicar al fiscal que no podía responder nada más grueso que lo que ya había declarado sobre la conexión de una parte del botín (un 2,5% para CDC, el 1% para él y el 0,5% para Montull) con Convergencia. ¿Lo sabía alguien más que el tesorero?, inquirió el fiscal. "Supongo que sí", replicó Millet, que tampoco estaba dispuesto a dar más nombres que el de Osàcar.

En ese particular, Gemma Montull también dejó el listón en el extesorero y se limitó a seguir el interrogatorio de Sánchez Ulled con el fin de apuntalar la acusación sobre la financiación ilegal de CDC.

La suma de ambas declaraciones en la vista del caso Palau ha provocado un considerable cráter en el PDeCAT (el nuevo nombre de Convergencia), en el seno de Junts pel Sí (el grupo "mixto" de Convergencia y ERC) y en el mismo proceso. A todo esto hay que añadir la investigación que se lleva a cabo desde el juzgado de El Vendrell sobre múltiples mordidas del sistema tres por ciento acaecidas con posterioridad a la intervención del Palau en 2009.

El efecto Pujol
Si las pasadas semanas Mas se aferraba al victimismo al pairo de los juicios por el referéndum del 9-N de 2014 y crecían sus expectativas de retorno triunfal, la vista del caso Palau sitúan al expresidente autonómico y a su partido en la misma tesitura que en el 25 de julio de 2014, cuando Jordi Pujol confesó por escrito la existencia de fondos familiares ocultos en Andorra. De entonces a hoy, CDC ha superado pantallas separatistas pero se ha dejado en el transcurso el papel de formación central de la política catalana y gran parte del apoyo electoral con el que contaba. La corrupción sistemática les obligó a cambiar de nombre, pero el partido sigue infestado de miembros con algo más que un pasado convergente y con Mas y Germà Gordó, el exconsejero de Justicia, en el punto de mira.

El simbólico testimonio de Fèlix Millet y los detalles aportados por Gemma Montull determinan que el Palau no sólo era una extraordinaria fuente de ingresos para Millet y Montull sino el lavadero en el que se encauzaba el dinero que CDC recibía a cambio de adjudicaciones públicas. Grandes sumas en metálico, facturas falsas, asientos contables y documentos de todo tipo se añaden a las contundentes palabras de Millet y Montull.

Bajo estas circunstancias se producirá este jueves el interrogatorio a Daniel Osàcar, quien si no hay cambios en el orden del día comparecerá tras Jordi Montull. No existen dudas sobre la fidelidad a sus jefes en el partido del extesorero Osàcar, pero tampoco sobre que encarna como acusado al partido en pleno, se llama CDC o PDeCAT, con Mas a la cabeza.

Comparecencia de Mas
El expresidente de la Generalidad ya ha anunciado que comparecerá ante los medios cuando concluyan las declaraciones de los acusados más relevantes. Se deduce en que insistirá en la fase de negación y tratará de desacreditar las confesiones de Millet y Montull con el argumento de que han sido arrancadas bajo la promesa de una reducción de condena, que son "delincuentes confesos", que todo es producto del proceso y un ataque más dentro de lo que el nacionalismo denomina la "Operación Cataluña" de las cloacas del Estado, sean policiales o togadas.

Todas esas explicaciones ya le sirven de poco a ERC, que comienza a temer el contagio y la factura electoral. En público, ERC mantiene una cierta discreción, pide mano dura al PDEcat con la corrupción y sigue al frente de los preparativos del choque de trenes del prometido próximo referéndum. En privado, todo ERC y una parte del PDeCAT confían en que la CUP rompa la baraja y no apruebe los presupuestos, con lo que el referéndum se cambiaría por unas elecciones anticipadas en las que cada partido aguantaría su vela sin coaliciones "patrióticas".

Tira de la manta: Millet revela la gran tapadera ilegal de Convergencia
ESdiario 9 Marzo 2017

El principal encausado por el desfalco de la institución musical de Barcelona no ha tenido ningún rubor en justificar el millonario vaciamiento de las arcas públicas.

Sin ningún atisbo de rubor y con el mayor descaro. El expresidente del Palau de la Música de Barcelona, Félix Millet, ha justificado este miércoles en el juicio que se celebra por el desfalco de la institución musical que el Palau pagó las bodas de sus hijas por más de 164.000 euros para promocionar la entidad.

Millet, a preguntas del fiscal Emilio Sánchez Ulled, ha confesado en la Audiencia de Barcelona que las bodas las pagó íntegramente el Palau y ha admitido: "Lo hice mal, me equivoqué. Pero teníamos un motivo: necesitábamos hacer publicidad para abrir mercados".

También ha revelado que su hija Clara y sus suegros -que pagaron pese a todo la mitad del convite- no querían celebrarlo en el Palau, pero que desde la institución se lo pidieron "para que la gente sepa que se pueden hacer bodas".

Millet ha destacado que, gracias a que sus dos hijas se casaron en la institución en 2000 y 2002, se celebraron otras cinco o seis bodas allí, porque los invitados que hizo venir no eran solo familia, sino que el 80% eran patronos y empresarios a través de los cuales buscar posibles clientes.

Millet también ha reconocido que pagó viajes privados familiares con fondos del Palau -a Kenia, Las Maldivas, Polinesia y otros sitios- aunque ha insistido en que su mano derecha, Jordi Montull, se encargaba de los detalles de cómo se abonaban.

"Era el director Montull el que lo hacía con una agencia de viajes. Él era director general", ha explicado Millet, que ha advertido, sin embargo, que el que hicieron a México fue por actividades propias del Palau de la Música.

Al principio de su declaración, Millet también ha considerado un "error brutal" haber hecho obras suntuosas en sus casas a costa del Palau y haberse adjudicado un bonus de 800.000 euros anual.

Descubre la tapadera de Convergencia
Por otra parte, Millet ha afirmado que la constructora Ferrovial "hacía donaciones para que el dinero fuera a CDC a cambio de obras públicas".

Lo ha dicho a preguntas del fiscal anticorrupción Emilio Sánchez Ulled, y ha recordado que esto no lo había desvelado en su confesión de 2009, en la que reconoció, en parte, que él y su exmano derecha, Jordi Montull, expoliaron la institución.

La Fiscalía considera que Convergencia se financiaba ilegalmente recibiendo fondos de la constructora que se camuflaban como donativos al Palau pero que, en realidad, respondía a la adjudicación de obras públicas por parte de instituciones que controlaba el partido.


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