AGLI Recortes de Prensa    Miércoles 22  Marzo 2017

La conspiración
Ignacio Camacho ABC 22 Marzo 2017

La gran ventaja de Podemos sobre los demás partidos españoles es su hegemonía propagandística. Como no se tiene que ocupar de los problemas de la nación, ni siquiera en los municipios donde gobierna, su inteligencia colectiva, que la tiene, dedica gran parte de su esfuerzo a la eficaz creación de consignas, marcos mentales, mantras políticos o lo que Pablo Iglesias llama con cierta pedantería «significantes». El último es la trama, concepto con el que sustituye al ya muy manoseado de casta y con el que en síntesis alude a lo que en la Transición se llamaba «poderes fácticos», sólo que en un grado más conspiranoico: una logia de políticos, empresarios, editores, obispos y jueces dedicados a fastidiar a la gente para mantener sus privilegios estamentales. Un fantasma corporativo al que acusar nada menos que del secuestro de la democracia.

Para darle corporeidad a este espantajo, Iglesias ha convocado una manifestación. Una especie de ouija callejera en la que la izquierda radical exorcizará a ese espectro como los franquistas hacían con la masonería en la Plaza de Oriente. La cuestión consiste en inventar un enemigo, una de las técnicas esenciales del populismo: fabricar culpables para construir dianas. El auge de la posverdad, es decir, del bulo posmoderno, proporciona el clima necesario para expandir teorías conspirativas en el páramo intelectual de las redes sociales, donde goza de éxito seguro cualquier paparrucha que explique la realidad mediante intrigas, confabulaciones y misterios. Los poderes en la sombra, entrando y saliendo por siniestras puertas giratorias, son al respecto el recurso más elemental y cómodo para sugerir la idea de un contubernio. Élites y camarillas que toman decisiones a espaldas del pueblo: si el próximo fin de semana jugase el Madrid, la protesta de Podemos podría tener lugar ante el palco de Bernabéu.

Sin embargo la invención de este nuevo fetiche tiene más importancia que la de un simple muñeco de vudú político. Su divulgación recurrente obedece al propósito de deslegitimación democrática que está en la base de todo populismo. Al atribuir a un grupo oligárquico el control de las instituciones, Podemos vuelve al pensamiento del 15-M para explicar el funcionamiento del Estado como un negocio de apropiación indebida. Frente a esa trama de intereses sindicados estaría el «bloque histórico» -o sea, ellos, los neocomunistas y satélites-, listo para rescatar la democracia y devolvérsela a los ciudadanos mediante el célebre «proceso constituyente». La ruptura. El eje de los de arriba contra los de abajo, ellos contra nosotros, como soporte mental de un movimiento revolucionario. El punto más débil de tan rudimentaria estrategia es que se han pasado en el cálculo: al incluir a todos los demás partidos en la alianza conspirativa están metiendo a tres cuartas del país en el bando de los malos.

Una Europa asediada por sus enemigos
F. DE BORJA LASHERAS El Mundo 22 Marzo 2017

Se suele argumentar que los proyectos colectivos necesitan némesis externos y enemigos en general para reencontrar su razón de ser cuando, bien por fracasos, divisiones, inercia o todo ello a la vez, ésta se diluye. Así ha sucedido históricamente con naciones, repúblicas y democracias asediadas o imperios. A menudo, sin embargo, transcurridos esos dramáticos pero breves momentos unificadores, vuelve la implacable normalidad y el declive. La unidad tiende inexorablemente a marchitarse y, bajo la apariencia engañosa de desfiles, banderas y proclamaciones de destino compartido, suelen subyacer las fallas y fracturas que más pronto o más tarde condenan a una comunidad política a la pérdida de rumbo, la decadencia e incluso desaparición. Sin ser una regla infalible, las dictaduras y modelos autoritarios son muy susceptibles a estos procesos de descomposición cuanto mayores sean sus contradicciones y grietas internas (como averiguó, tarde, Mijaíl Gorbachov). Pero los sistemas democráticos también son muy frágiles tras la derrota del enemigo unificador, si han perdido el compás común ante las tensiones causadas por prioridades políticas, sociales o económicas divergentes. Ése suele ser el caso cuando no aprovechan la oportunidad de la crisis, cuando no se refundan e impulsan reformas para evitar la quiebra, ésa que sólo de forma temporal ha frenado el enemigo de turno.

EEUU podría estar asomándose a ese escenario. Ése es también uno de los riesgos para esta Europa asediada por némesis externos e internos. Centrando todas nuestras energías, especialmente este 2017 electoral, en frenar a los eurófobos y responder ante la presión de Trump o Putin, podríamos cometer el error de soslayar que, uno, figuras como Le Pen, más allá de evidentes amistades peligrosas y campañas de desinformación, tienen mayor éxito cuanto mayores son las grietas de nuestros sistemas (y mayor la corrupción política de las élites tradicionales); dos, que la UE arrastra una crisis de gobernanza y legitimidad bastante anterior a la llegada de este frente de demagogos y autoritarios.

Sin duda, la actual es una situación de emergencia para la continuidad e incluso existencia de una Europa que, con todos sus defectos (y son muchos), es infinitamente mejor que esa otra nacionalista y hostil, como mejor es el orden europeo que el desorden de geopolítica sin ley que nos traen Trump, Putin o Erdogan, y del que Alepo o Crimea son un primer plato. Hay que movilizarse y la aparición de nuevas iniciativas europeístas a nivel de calle es una buena noticia. Los demagogos y autoritarios, y sus políticas, deben ser derrotados. Pero nuestros líderes no deberían convertirles en una excusa, evitando abordar los problemas estructurales que los catapultan. En este sentido, los partidarios de Europa podrían caer en la misma trampa que los populistas, pero desde el lado contrario. Si éstos han hecho de la UE -y, en general, de la globalización, inmigración y democracias abiertas- el Mal de males, es también problemático que muchos europeístas enfaticen "Europa" y la idea de "más Europa" como la respuesta y solución no sólo frente a la amenaza populista, sino también frente a la ansiedad social resultante de la globalización y sus cambios, la inseguridad reinante, etcétera. El visionario Tony Judt, en ¿Una gran ilusión?, anticipaba hace dos décadas cómo las fracturas internas de que hablo resurgirían en una Europa ampliada, con menor prosperidad y sometida a cambios de poder y presiones como la inmigración. El "mito de Europa", decía Judt, lejos de ser una panacea para nuestros problemas, podría convertirse en un impedimento para reconocerlos.

Imaginemos que en vez de un 2017 apocalíptico, una mayoría de electores europeos, tras el ejemplo holandés, logren frenar por ahora a esta ola de demagogos y xenófobos; que Le Pen cae en primera o segunda vuelta, la Liga Norte y Beppe Grillo no colmen expectativas y Alemania, con o sin Merkel, resista. Podríamos ver un nuevo impulso político por Europa a través de iniciativas integradoras como las que ya se discuten en el ámbito de la defensa, a partir de la noción, en boga en Berlín, de una Europa flexible, a varias velocidades. Pero no es descartable que, al igual que cuando remitió la crisis de la eurozona, pasado momentáneamente el peligro, disminuyan los incentivos para adoptar decisiones de calado, en particular si conllevan elevados costes políticos. La tentación del statu quo es muy fuerte; abarca muchos niveles e intereses. De hecho, insistiendo en grandilocuentes iniciativas sin consensos políticos sólidos detrás, podríamos volver a darnos de bruces con la realidad de nuestras diferencias; peor, embarcando de nuevo a la UE en otro proceso ombliguista mientras el mundo da vueltas y nos deja atrás.

Las némesis operan como shocks que nos ponen contra las cuerdas pero también contra el espejo. Podríamos descubrir que ni Trump ni Putin bastan y que el problema de la falta de integración europea en defensa no es sólo la ausencia de la pérfida Albión (que también), sino otras ausencias fundamentales: la de una voluntad real de poner en común mermadas capacidades defensivas nacionales y, con ella, la falta de confianza básica en que el vecino europeo responda, dándolo todo llegado el caso, independientemente de si la llamada viene de Tallin o Madrid -por no hablar del peso de visiones divergentes sobre lo militar y la seguridad internacional-. Podríamos redescubrir que aunque tengamos oficialmente un o una ministra de Exteriores de la UE y más decisiones por mayoría, los Estados siguen sin renunciar, como es lógico, a su política exterior e intereses nacionales, y el ministro o ministra europea sigue atendiendo a criterios nacionales o personales, como ha sido a menudo el caso estos años. Podríamos comprobar otra vez que las diferencias sobre política económica y crecimiento entre países acreedores y deudores siguen siendo profundas y siguen condicionando mecanismos más federativos como la mutualización de deuda, mientras algunos países de un teórico grupo duro del euro siguen sin hacer reformas y sin tomar decisiones mínimamente impopulares, pero que permitirían que el proyecto común fuera un éxito. En fin, podríamos ver cómo Europa aguanta esta ola inmediata pero, lastrada por el envejecimiento de la población y el anquilosamiento social, cae en la carrera de competitividad global ante bloques regionales más dinámicos en Asia (o África), donde pujan más fuerte y parecen tener más ganas de arriesgar.

Para los que apostamos por una cierta Europa y sobre todo por proteger nuestro modelo en tiempos de regresión democrática, tenemos tanto que desmitificar la idea de Europa como a la vez revalorizar la visión de ésta como espacio abierto, seguro, democrático y de oportunidades. Una Europa con una UE reformada que, como decía Judt, "puede hacer algunas cosas, pero no (solucionar) todos los problemas", y sustentada sobre sociedades democráticas regeneradas. En este camino tenemos delante un reto doble, nada fácil: conservar y defender los valores europeos, sobre todo ante el auge de extremismos y la vuelta del fascismo en diversas formas, y a la vez impulsar consensos para lograr cambios.

En todo ello, las némesis que nos acechan deberían ser una oportunidad para abordar problemas estructurales como la desigualdad o la cohesión, y preparar a nuestras sociedades para los retos de nuestra era, que son muchos. Estas polarizadoras figuras son a menudo repugnantes desde muchos puntos de vista. Pero, aprovechándose del descrédito de nuestro sistema democrático, de la clase política y de demasiados errores de fondo y forma estos años, han invertido en un bien humano enormemente valioso: la empatía -tribal, pero empatía a fin de cuentas-. Más allá de la UE y su futuro, en mi opinión, una pregunta clave es cuál es nuestro grado de empatía y solidaridad individual con el vecino de enfrente, sobre todo el desconocido, y qué sacrificios estamos dispuestos a aceptar por el bien común nacional o europeo. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en sociedades segregadas y fragmentadas, de cámaras de eco e intereses sectoriales. De forma primordial, tenemos que reconstruir la confianza colectiva y un cierto sentido de espacio compartido. Ello implicaría salir más del entorno inmediato de redes sociales y los auriculares que nos aíslan diariamente de nuestro alrededor, y volver a desarrollar empatía de verdad y no pasajera, por desconocidos. Como ciudadanos, ¿seremos capaces de superar nuestras diferencias y muros, y renovar cierta empatía y solidaridad más allá de límites tribales, con nuestras Repúblicas y Europa en su conjunto?

F. de Borja Lasheras es director de ECFR Madrid.

La utopía de la Memoria Histórica
Vicente Benedito Francés vozpopuli.es 22 Marzo 2017

Seguimos atados, y mal atados, a una de las más discutidas verdades de la historia de España. Nadie duda de la existencia de la Guerra Civil que durante, casi, tres eternos años produjo tanto dolor y sufrimiento. Aquella contienda, analicemos su génesis desde cualquiera de las perspectivas que queramos subrayar, no puede entenderse, desde una simple visión reduccionista, como un golpe militar, de parte del ejército, contra el poder establecido, la República. Fue, nos guste, o a algunos disguste, algo más. Una lucha de clases, de poder político, de religiones, de cambios apresurados, de sin razón, en última instancia. En el pasado 2016, se cumplieron ochenta años del inicio de la guerra y dentro de nada, rememoraremos el final de la misma.

Durante décadas, la sociedad española se juramentó, en un pacto por nadie escrito, en hacer valer la reconciliación nacional sobre el sectarismo revanchista. Dimos, durante todo ese tiempo, una verdadera lección de civismo, de inteligencia pragmática. De sentido común, tan carente a lo largo de muchos periodos de nuestra historia, tanto de la historia más brillante, como de la más negra, plagada de pocas luces y muchas sombras.

Y volvemos a las andadas. A finales del presente año, se cumplirán diez de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica del Gobierno de Rodríguez Zapatero. En su artículo Primero, Objeto de la Ley, se determina que la finalidad de la misma no es otra que el reconocimiento de los derechos “de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar...”

Mucha tinta se ha vertido sobre la conveniencia o no de aquella iniciativa que tras una década desde su publicación, no sólo no ha contribuido a la reparación moral de la mayoría de los ciudadanos sino más bien al contrario, a reverdecer viejos sectarismos de nefastos recuerdos para todos. Parece que algunos, amparados en esa controvertida Ley, quieren reescribir la historia, no sólo de la Guerra Civil sino de España en su conjunto.

No podemos abstraernos de la cruel realidad de uno de los episodios más trágicos de nuestra historia. Cualquier guerra civil lo es, pero como apuntaba antes, aquella no fue una simple contienda de poder. Lo fue de clases, de religiones, de nacionalismos exacerbados que aprovechando el deterioro del poder, pescaron en el rio revuelto de la guerra, anteponiendo sus intereses particulares al sufrimiento de la sociedad en su conjunto.

En aquella España, y en aquella vieja Europa, soplaban vientos de cambios, de cambios bruscos. De revoluciones y contrarrevoluciones de todo tipo. Tiempos de convulsión, en Alemania, Italia, Rusia, Bélgica, Hungría, etc., con mayor o menor fortuna. Durante el primer tercio del siglo XX toda Europa estaba en crisis porque como decía, y les recordaba no hace mucho en este mismo blog, el líder histórico del comunismo italiano, Antonio Gramsci, “lo viejo había muerto y lo nuevo no terminaba de nacer”.

Soy de los que piensan que todo lo relacionado con la Guerra Civil y el período franquista, pudo no quedar bien cerrado durante la transición. Que buscando la libertad y la consolidación de la democracia que todos ansiábamos, renunciamos a hurgar en viejas y dolorosas heridas que también a todos podrían afectarnos, de una u otra manera. Sin embargo, hoy, parece que volvemos a la España del revanchismo, de la revisión de la propia realidad. De la imposición de una de las dos verdades. A una suerte, lamentable, de envenenamiento de la convivencia, promovida por quienes hoy quieren, amparándose en la fuerza legítima de los votos, reescribir la historia desde una atribución, equivocada, de superioridad moral, no exenta de innumerables demostraciones de incapacidad e incultura. Los graves ejemplos de todos conocidos en el Ayuntamiento de Madrid ponen en evidencia la finalidad de lo pretendido, conduciendo, a muchos, a una radicalización que discurre por la vía contraria a lo que la propia Ley ¿trataba? de erradicar.

Frente al derecho a saber, siempre lícito, podríamos anteponer la necesidad de olvidar. Nunca imponiendo el olvido. Decía F.Nietzsche que " Es posible vivir, y aún vivir felizmente, casi sin recordar, pero es del todo imposible poder vivir sin olvidar. "

Hay que hacer valer, como así ha sido a lo largo de la historia, que la reconciliación de los pueblos es un bien general que ha de situarse en un plano superior, por encima de los intereses de los propios ciudadanos que conforman esos pueblos. Es una verdad dura y muy difícil de aceptar, sobre todo por quienes pueden verse, o sentirse, víctimas directas de aquella tragedia.

Hemos de enterrar definitivamente el pasado. Librarnos de la obsesión sectarista por la memoria, sobre todo de una memoria no siempre objetivamente construida. Y ello exige de una generosidad, y altura de miras, que difícilmente nuestros políticos, los que hoy soflaman y arengan, desde un conocimiento muy limitado de la historia de España, en general, y de la Guerra Civil, en particular, sobre la irrenunciable revisión de la misma, otorgándose “patente de corso” para interpretar a su manera la realidad de lo sucedido.

Dejemos la historia para la historia.

¿El último recurso para averiguar que ocurrió el 11M?
José Antonio Baonza Díaz www.juandemariana.org  22 Marzo 2017

Transcurridos, tal como recordaba una píldora de la libertad del IJM, más de trece años de los atentados que segaron la vida de 193 personas en Madrid, continúa la odisea de la sumisión a una gran mentira forjada desde distintos ámbitos. En la cúspide de la patraña destacan sendas sentencias de la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo. Esta última condenó exclusivamente a tres personas como partícipes en unos atentados que necesariamente requirieron, por sus objetivos múltiples en los trenes y su precisión criminal, la intervención de auténticos expertos en la preparación y ejecución de acciones de sabotaje bélico, contando además con un número mucho mayor de implicados. Frente a la anterior obviedad, la versión judicial de los hechos fragmenta el iter criminis hasta extremos absurdos e inverosímiles: tres individuos que no se conocían entre sí son declarados responsables de colocar una de las bombas en el tren de Santa Eugenia (Jamal Zougam) suministrar los explosivos a los terroristas (el confidente policial José Emilio Suárez Trashorras) y transportar los mismos (Othman el Gnaoui).

Por no anular una instrucción basada en la ausencia de pruebas reales (no se realizó una prueba pericial con los restos de explosivos de los trenes) y su sustitución por otras falsas (la bolsa aparecida en la Comisaría de Puente de Vallecas no fue vista en El Pozo) los tribunales sentenciadores convalidaron unas actuaciones irregulares que invalidaban todo juicio posterior. El Tribunal Supremo, como pasando sobre ascuas, realizó consideraciones chocantes y afrentosas a propósito de esta cuestión. Los magistrados que resolvieron los recursos de casación contra la sentencia de la Audiencia Nacional (página 651 de la sentencia de 17 de julio de 2008) despacharon el asunto de la eliminación de los trenes de la siguiente guisa: “A pesar de que puede resultar sorprendente una tan apresurada destrucción, que impidió un estudio posterior más reposado y en profundidad, e incluso su reiteración de haber sido necesaria, de aspectos que pudieran haber resultado de interés para la investigación (...) lo cierto es que en el momento del juicio oral era materialmente imposible la práctica de la prueba, lo que justifica (¡!) que el Tribunal acordara la continuación del juicio y prescindiera de ella”.

Llegados a este punto, cabe preguntarse qué puede deparar en el futuro inmediato el caso del 11M. Durante estos años, las iniciativas legales apoyadas en las investigaciones periodísticas (singularmente del tristemente fallecido Fernando Múgica y Luis del Pino) para esclarecer los hechos y perseguir las ocultaciones y falsificaciones de pruebas se han ido cerrando por los tribunales. El recurso de amparo del hombre injustamente condenado por la colocación de una de las bombas (Jamal Zougam) ante el Tribunal Constitucional fue inadmitido. Incluso su demanda ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos del Consejo de Europa, con sede en Estrasburgo fue inadmitida el 7 de noviembre de 2013, según informaron verbalmente al investigador francés Cyrille Martin en dicho tribunal[1]. Los dirigentes políticos españoles y el estamento judicial han dado sobradas muestras de que no tienen ningún interés en investigar o instar la revisión de su condena. Por lo demás, salvo honrosas excepciones, los medios de comunicación propagan con fruición la ignominiosa martingala oficial y la sociedad española se inhibe de reclamar el esclarecimiento del caso. A este respecto, recomiendo la escucha de la delirante comparecencia del comisario de la Unidad Central de terrorismo Exterior, Rafael Gómez Menor, preparada por la periodista Ana Terradillos en el programa de la cadena SER dedicado al décimo tercer aniversario de la matanza.

Dada la gravedad de los hechos y de las consecuencias que tendría la confesión, parece muy improbable que alguno de los participantes en estos hechos criminales revele datos o informaciones que ayuden a descubrir la verdad de lo ocurrido. No es descartable, por otro lado, que especulen con la extinción de las responsabilidades penales por el transcurso de los plazos de prescripción. El Código Penal español establece (Arts. 131 y 132) que los asesinatos prescriben por el transcurso de veinte años desde el día que se cometen, a no ser que el procedimiento penal se dirija contra el o los culpables[2].

Ahora bien, vengo defendiendo desde hace años la tesis de que los monstruosos crímenes cometidos en relación a los atentados contra los trenes de cercanías el 11 de marzo de 2004 en Madrid constituyen, además de los delitos tipificados el Código Penal español, delitos de lesa humanidad, los cuales son imprescriptibles, según el artículo 29 del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional de La Haya, de 17 de julio de 1998.

Ampliando anteriores razonamientos, considero que los propios atentados y los hechos subsiguientes, que incluyen la instalación de cargas explosivas en la vía del AVE a la altura de Mocejón, la explosión del piso de Leganés con el asesinato del GEO Torrenteras el 4 de abril y la posterior profanación de su cadáver, así como los actos de ocultación o manipulación de pruebas durante la instrucción y perjurio en la vista del juicio oral principal, ponen de manifiesto el carácter sistemático del ataque contra los ciudadanos españoles perpetrado a lo largo de estos años. Así se desprende de la tipificación como de lesa humanidad de una larga lista de delitos, singularmente el asesinato y “otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencionalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la integridad física o la salud mental o física” [Art. 7.1 del Estatuto] "cuando se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población y con conocimiento de dicho ataque”. Por ataque debe entenderse aquella línea de conducta que implique la comisión múltiple de los delitos enumerados contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer ese ataque o para promover esa política [Art. 7.2 a)].

En contra de las previsibles objeciones positivistas, conviene aclarar que dicho convenio internacional se encontraba vigente en el momento de la masacre de la infamia, ya que había sido ratificado por el Reino de España y publicado en el BOE el 27 de mayo de 2002, por lo que entró a formar parte del Derecho español el 1 de julio de 2002, según las previsiones del artículo 126.1 del propio Estatuto, de acuerdo a los artículos 96.1 CE y 1.5 del Código Civil.

A partir de esa fecha, pues, no solo observamos una ley previa, cierta y escrita, sino también estricta. No de otra manera cabe interpretar la detallada tipificación de los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra, contenida en los artículos 6, 7 y 8 del Estatuto, a los que se asocia una pena general de reclusión que no superará los treinta años y una especial de cadena perpetua, cuando lo justifiquen la extrema gravedad del crimen y las circunstancias personales del condenado (Art. 77).
De no encontrarse la ansiada justicia en los tribunales españoles, los artículos 17 y siguientes del señalado Estatuto dejan abierta la vía de acudir a la Fiscalía de la Corte Penal Internacional, la cual, dada su naturaleza complementaria de los tribunales nacionales (Art.1), puede decidir la admisión del caso si aprecia bien que a pesar de estar en curso una investigación o enjuiciamiento, el Estado español no está dispuesto a llevarlos realmente a cabo o no pueda hacerlo; o bien que el asunto haya sido investigado, pero no se haya incoado acción penal contra alguien porque el Estado no está dispuesto a hacerlo.

¿Será éste el último recurso para averiguar que ocurrió el 11M?

[1] Sin embargo, en una reciente entrevista a sus familiares se indica que Jamal Zougam está pendiente de un último recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el que solicita que se revise el fallo del Supremo que mantiene como fiables los testimonios de las dos mujeres rumanas que aseguraron haberlo visto en el tren.

y otras 102 con el crimen
Destapan el vínculo de 51 ONG belgas con el islamismo radical
La Gaceta 22 Marzo 2017

La Policía belga ha destapado la posible conexión de 51 organizaciones sin ánimo de lucro con causas terroristas. La mayoría de ellas operan en el barrio de Molenbeek, nido de islamistas radicales en la capital belga.

El ministro del Interior del país, Jan Jambon, ha prometido ‘’limpiar’’ el barrio, conocido por ser un refugio para los yihadistas. Las palabras del ministro llegan después de que las autoridades hayan descubierto que entre los vecinos de Molenbeek había varios terroristas que participaron en los ataques de París y Bruselas.

El informe ha revelado algunas medidas llevadas a cabo en la lucha contra el terrorismo. Tal y como explica el diario Breitbart, agentes han registrado puerta por puerta más de 8.600 casas y han investigado a más de 22,600 residentes, todo ello en el último año.

El plan diseñado por el Gobierno, que comenzó en 2016 y reforzó con 300 agentes adicionales y 39 millones de euros, ya ha dado sus frutos. La Policía ya ha fichado a 72 sospechosos de terrorismo, 26 de los cuales residen en Siria e Irak y otros 46 que permanecen en Bélgica.

Alrededor de 20 de los supuestos yihadistas fichados que siguen residiendo en Bruselas están relacionados con los que han viajado a Oriente Medio. Sin embargo, el documento ha subrayado que sólo cinco están siendo sometidos a un programa de desradicalización.

Sólo en Molenbeek, hay un total de 6.168 personas que están siendo monitorizadas por las autoridades. La Policía también ha estado investigando a más de 1.600 ONG que operan en el distrito. De todas ellas, al menos 51 tendrían lazos con el islamismo radical y otras 102 con el crimen.

Quejas por el plan de 'limpieza'
El teniente de alcalde de Molenbeek, Ahmed El Khannouss, ha sido uno de los mayores críticos con el Gobierno por su plan de ‘limpieza’, y lo ha tildado de ‘’perverso e injustificado’’.

‘’Creíamos que habíamos superado estas prácticas (de inspeccionar mezquitas) desde que en la Segunda Guerra Mundial la gente era señalada por su religión, algo que llevó a una de las mayores ignominias de la historia’’, ha escrito en una carta abierta el ministro del Interior.

La Unión de Mezquitas de Bruselas (UMRB) y la Plataforma de Musulmanes Belgas (PMB) también han atacado el programa: ‘’Las pesquisas (de la Policía) se han llevado a cabo con una injustificable brutalidad. Los prejuicios y las generalizaciones que vemos no son sólo dañinas para nuestra comunidad, también lo son para la sociedad’’.

El pasado mes de febrero un informe de la Coordinadora Belga para el Análisis de Amenazas (OCAD) ya advirtió de que la versión más radical del islam se está expandiendo por el país, en detrimento de la visión moderada.

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Los presos de ETA, indigno capítulo presupuestario
El rugido del león elespanol 22 Marzo 2017

El acercamiento de “sólo 200 presos” etarras -al PP le deben de parecer pocos- es la factura que Mariano Rajoy está dispuesto a pagar para que el PNV respalde los Presupuestos Generales del Estado y salvar así el principal escollo de su mandato. Aunque el mensaje oficial es que “no hay movimientos” en este sentido, el Gobierno madura poner en almoneda una política penitenciaria avalada por el Tribunal de Estrasburgo exclusivamente por razones de su propia conveniencia partidista.

Permitir que los reos cumplan sus condenas lo más cerca posible de sus familias es un principio general defendible, pero en el caso de ETA la dispersión no sólo fue necesaria para romper el control que la cúpula terrorista tenía sobre los pistoleros en prisión, sino que ha sido positiva para debilitar a la banda. Es verdad que cuando ETA se disuelva llegará un momento en el que habrá que reconsiderar qué se hace con sus presos.

Sin embargo, dar este triunfo a los nacionalistas, para asegurar el éxito de la votación del Presupuesto supone una injusticia con la víctimas y dejar en evidencia al ministro del Interior. Juan Ignacio Zoido ha desmentido cada vez que se le ha preguntado que el acercamiento de presos estuviera en la agenda.

Nadie a la derecha del PP
El mapa político favorece a Rajoy: no hay ningún partido a la derecha del PP al que tenga que dar explicaciones y el PSOE está en situación de máxima debilidad como para cuestionar una decisión así: más aún cuando, a su izquierda, Podemos abandera esta demanda abertzale.

En cambio, una medida como esta podría ser aprovechada por ETA para hacer propaganda y presentar su rendición inexcusable como un sacrificio condicionado. Cuando hace una semana la banda anunció su desarme antes del 8 de abril ya advertimos de que los terroristas no merecían nada a cambio y que sería un error imperdonable hacer pensar a los asesinos que pueden condicionar la situación de los presos. Ahora, después de la excarcelación de Bolinaga podemos esperar cualquier cosa del Gobierno de Rajoy.

El Gobierno no puede alimentar el relato que le interesa difundir a ETA. Ese paso únicamente podría darse si la banda se disolviese y los presos se comprometieran a esclarecer los más de 300 asesinatos que quedan impunes.

El estéril e indeseable acuerdo con el PNV
EDITORIAL Libertad Digital 22 Marzo 2017

Con este Parlamento, la abstención del PSOE seguirá siendo decisiva en cualquier caso. Así que no cabe ni siquiera la excusa de la necesidad para el 'trágala'.

Bien está que el Gobierno de Rajoy haya rechazado de plano la pretensión del PNV de que los presos de ETA estén como máximo a 250 kilómetros del País Vasco, lo que supondría acercar a 264 terroristas, a cambio de su respaldo a los Presupuestos Generales del Estado. La política penitenciaria no debe ser moneda de cambio en una negociación política, y lo que no se concedió a cambio de la vida de Miguel Ángel Blanco no debe ser ahora objeto de trueque para sacar adelante unos Presupuestos que, además, no saldrán adelante sin la abstención del PSOE o sin el apoyo de otras formaciones, como Ciudadanos, Coalición Canaria y Nueva Canarias.

La decisión de dónde deben los presos cumplir su pena exige un tratamiento individualizado, en función de la evolución y de las circunstancias personales del reo, y no admite privilegios para una determinada clase de presos por su pertenencia a una determinada organización. Más bien al contrario, el hecho de que formen parte de una organización terrorista que no ha desaparecido aconseja una política de dispersión que rompa las ligaduras y la disciplina interna de la misma.

Con todo, el Gobierno de Rajoy tiene la obligación de aclarar qué es lo que está dispuesto a pactar a cambio del apoyo del PNV a los Presupuestos en el caso de que éste no tenga bastante con la reciente abstención del PP que le ha permitido aprobar las cuentas autonómicas.

Dados los endiablados resultados de las últimas elecciones generales, los pactos y la "necesidad de hacer amigos" –en expresión de Rajoy– serán ciertamente ineludibles, pero no menos exigible es la transparencia. Más aun cuando se trata de una formación como el PNV, que si bien está últimamente mucho más moderado que sus pares catalanes, siempre ha abogado indecentemente por los presos etarras. Eso, por no recordar que el propio Gobierno de Rajoy ha hecho la vista gorda ante la burlada Ley de Partidos y que ha excarcelado a decenas de terroristas aplicándoles indebidamente la sentencia que el Tribunal de Estrasburgo emitió para el solo caso de la etarra Inés del Río

Dejando de lado el hecho de que el Gobierno lo que tiene que hacer es esforzarse no por acercar terroristas a sus casas sino por engrosar la lista de etarras presos, a fin de que rindan cuentas por los más de 300 crímenes de la banda que todavía siguen impunes, cabe preguntarse si no sería preferible que el PP negociara directamente la abstención del PSOE, lo que permitiría al Gobierno sacar adelante los Presupuestos sin más consideraciones; sin ella, vale la pena insistir, no le serán suficientes los apoyos de PNV y Ciudadanos.

Ya podrán en el PP y en Ciudadanos no darse por enterados de que los sondeos siguen insistiendo en que alcanzarían una mayoría suficiente para gobernar por sí solos en el caso de que se celebraran unas nuevas elecciones. Pero lo cierto es que mientras el Congreso siga estando determinado por los resultados del 26-J, la abstención del PSOE seguirá siendo decisiva, so pena de hacer que el Gobierno dependa de peligrosas compañías e indeseables amistades.

Los batasunos y los recogenueces de la yihad
Daniel Rodríguez Herrera Libertad Digital 22 Marzo 2017

Si no estamos consiguiendo que Europa reforme el islam, al menos no deberíamos agrandar el problema mediante la importación de más musulmanes.

El problema del islam no es el terrorismo

ETA mató mucho y duramente mucho tiempo. Pero aquello estaba lejos de ser el único problema que presentó a la sociedad española. También estaban los aproximadamente 200.000 hijos de puta que elección tras elección votaban al partido de la banda terrorista con cualquiera de los pseudónimos que fue adoptando a lo largo de los años. Eran ellos los que les servían de legitimación, de coartada, de cantera, de promoción, de justificación. No empuñaban las pistolas, pero disparaban el "algo habrá hecho", el "hay que acabar con la represión", el "hay que solucionar el conflicto". Y junto a ellos, los cientos de miles más que recogían las nueces y justificaban que se agitara el árbol. Sin su existencia, ETA habría corrido la misma suerte que el Grapo. Son todos ellos cómplices de sus crímenes. En mayor o menor grado, pero todos lo son. Sin excepción.

Del mismo modo, el islam también tiene sus propios círculos del infierno. En el centro, el más pequeño, el de los terroristas de Al Qaeda, el de los soldados del ISIS o Boko Haram, el de los talibanes. Son los fanáticos que están dispuestos a matar y morir por imponer el islam y esperan encontrarse con sus huríes en el paraíso por ello. Son relativamente pocos, pero, claro, cuando una religión tiene más de mil millones de seguidores, un porcentaje pequeño termina siendo suficiente para montar ejércitos y conquistar cosas, no digamos ya matar a unos cientos de personas al año en Europa. Existe un círculo más numeroso, que son los que quieren imponer la sharia en Occidente, los que se manifiestan en las calles de Londres justificando que al infiel se le corte la cabeza pero no lo hacen personalmente. Los batasunos de la yihad.

El problema está sobre todo en el siguiente círculo, ese que, según las encuestas, es el mayoritario entre los musulmanes con los que convivimos en Occidente, y que ya no podemos llamar ni islamismo ni yihadismo, sino simplemente islam. El que cree que la mujer está por debajo del hombre, que hay que castigar la homosexualidad, que los dibujantes de las viñetas danesas deberían estar en la cárcel, etc. Los PNV y EA del islam, para entendernos. Y como son la mayoría de nuestros musulmanes, y como cada vez hay más en Europa, ha crecido en muchos europeos la conciencia de que deberíamos hacer algo. Y como los partidos de la élite se limitan a enterrar la cabeza en el suelo y descalificar como islamófobos a quienes señalan con el dedo, en los países donde hay suficiente inmigración musulmana y políticos inteligentes han nacido partidos que recogen esa alarma y ese descontento, creciente sobre todo en los pueblos y barrios donde realmente tienen que convivir día a día con esta realidad. Si llamas fascista, racista y xenófobo a todo el que se preocupe por las consecuencias de la inmigración musulmana, al final tendrás a la extrema derecha con millones de votos que hubieran podido ir otro tipo de formaciones políticas.

Desgraciadamente, nos encontramos ante un problema de difícil solución, si es que la tiene. Si la demografía continúa como hasta ahora, quizá vivamos en unas cuantas décadas en una Eurabia donde los derechos y libertades que disfrutamos hoy sean un recuerdo de viejos. Porque la única forma de que esa inmigración no destruya Occidente es asimilando a los musulmanes, logrando que cambien su cultura y combinen su religión con nuestras libertades. Es algo que no hemos hecho nunca, porque el cristianismo evolucionó mano a mano con la sociedad durante siglos y no hizo falta ningún shock cultural repentino. Y si vemos cómo nos ha ido en ese frente hasta ahora en los países con varias décadas de inmigración musulmana no hay mucho motivo a la esperanza.

Parece de sentido común que si no estamos consiguiendo que Europa reforme el islam, al menos no deberíamos agrandar el problema mediante la importación de más musulmanes. Y la reforma nunca llegará si se prohíbe la crítica, ya sea mediante leyes como la que planea Trudeau para Canadá o mediante esas condenas políticas y sociales que enfurecerían a los mismos que las dictan si se aplicaran a quienes no ya critican, sino hacen mofa y befa del cristianismo. Mucho se ha hablado de la fobia que tiene Geert Wilders al islam. Mucho menos que lleva doce años viviendo escondido sin dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. Si eso no le hierve la sangre no es usted muy distinto de los recogenueces.

ETA quiere una foto
Carlos Gorostiza vozpopuli.es 22 Marzo 2017

ETA, o lo que quede de ella, necesita una imagen de cierre urgentemente, antes de que caduque la escasa atención que aún concita. Y necesita que esa foto no sea como la que le hicieron al peruano Abimael Guzmán, vestido con un traje a rayas y tras las rejas de la prisión. Por absoluta que sea su derrota, los etarras no pueden consentir que esta se sustancie en una imagen tan rotunda e inapelable como la del líder de Sendero Luminoso capturado.

Por eso se han inventado esa performance en la que unos cuantos políticos afines al nacionalismo vasco radical (que procurarán hacerse acompañar de cuantos tontos útiles encuentren a mano) irán recorriendo en alegre biribilketa los zulos que aún guardan las armas y explosivos que aún les queden.

Quizás no falte ni la música en esa especie de romería vozpopuli.estzale que, de zulo en zulo, como un trasunto de pueblo en marcha, tratará de componer una imagen heroica al estilo de la que Giuseppe Pellizza pintó en 1901 y que popularizó la película Novecento. Se trata de eso.

Después del absoluto ridículo de la mesita aquella en la que tomaron el pelo a unos incautos y autodenominados “verificadores internacionales” y vistos los chistes que se hicieron de aquel episodio, han pensado que necesitaban un cuadro algo más digno antes de salir por la gatera de la historia, o de que los saquen.

Pero la cosa cada vez es más difícil. Cuando mataban casi cualquier comunicación les reportaba atención y portadas. La chapuza de la conferencia de Aiete, en octubre de 2011, les sirvió bien como excusa para poder anunciar la tregua definitiva, pero es que entonces aún mataban. Fue después, cuando ya era evidente que habían sido derrotados, cuando la atención que por sí mismos creían merecer resultó que la tenían únicamente por esas mismas pistolas que ahora se pudren en los últimos bidones enterrados y que, al fin, han resultado ser su único capital político.

Por eso, porque ya no matan, los intentos que llaman de “construcción de la paz” son perfectamente baladíes. Por muchos artesanos que digan que están forjándola, la paz ya está aquí y no necesita que nadie la construya ni la pula ni la pinte. No necesitamos otra, porque la paz no es que todo el mundo se lleve bien, ni que todos los vascos nos hagamos amigos, ni mucho menos que pensemos lo mismo. La paz es que cada cual defienda su opción sin creerse con el derecho a atemorizar, perseguir o matar a los que no piensen igual.

Por eso la paz en Euskadi tiene un incómodo deje acusador, porque su existencia misma denuncia el mucho tiempo durante el que faltó, y que constituye el periodo más negro de toda la historia del País Vasco. Esa paz que vive hoy Euskadi es toda una denuncia de 50 años de miedo y de sangre, de más de 800 personas asesinadas, de miles de amenazados que se tuvieron que callar o marchar, de presos con sus vidas destruidas y sus familias rotas. La paz cotidiana certifica a cada instante que todo aquello solo sirvió para causar miedo, muerte y dolor. Absolutamente para nada más.

Los etarras han visto que el tiempo se les acababa y que, a la velocidad que pasan cosas en el mundo, si no se daban prisa en inventar algo se le iba de las manos cualquier atisbo de notoriedad y corrían el riesgo de quedarse sin la última portada de su historia. Buscan desesperadamente una foto y nada más. No le dé más vueltas.
 


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