AGLI Recortes de Prensa    Jueves 23  Marzo 2017

El PP y la batalla de las ideas
Rafael L. Bardají gaceta.es 23 Marzo 2017

Acaba de anunciarse desde Génova que el Partido Popular va a reconvertir una de sus instituciones para convertirla en su Fundación oficial, toda vez que la desconexión de FAES había dejado al partido huérfano de think-tank o laboratorio de ideas. Tratándose de un partido que ha renegado de sus ideas, este anuncio sólo puede interpretarse como el deseo de no desperdiciar las generosas ayudas financieras con las que el actual sistema premia a las fundaciones asociadas a los partidos políticos. Es decir, de los que se trata es de la bolsa, no de las ideas.

Lo cual me lleva a la primera cuestión: ¿Por qué debe el erario público, esto es, mi dinero y el suyo, sostener organizaciones asociadas a los partidos políticos? ¿No reciben ya de por sí suficientes ayudas como para no poder permitirse dotarse de los organismos que consideren necesarios para su labor? Pero claro, en esto la izquierda y la supuesta derecha están de acuerdo: lo importante de la democracia son sus instituciones. Y cuanto más públicas, es decir, sufragadas por todos los ciudadanos, mejor. Porque ambas coinciden en entender la democracia española como una formalidad, aunque por falta de carácter se quede en una formalidad vacía de contenido.

La segunda cuestión es de más enjundia: ¿Para qué demonios quiere un partido político un think-tank? Un laboratorio de ideas no es un instituto universitario que se aplica a descubrir la verdad de las cosas. Es una organización cuyo objetivo es evaluar políticas públicas y proponer aquellas que juzga más apropiadas para cada situación. Se supone que los partidos cuentan con mecanismos internos más que suficiente para asegurarse que las ideas fluyen y se discuten internamente. Cierto, una célula de reflexión puede contribuir a elaborar programas electorales, pero al final son los comités apropiados los que toman la decisión final sobre las propuestas a prometer en campaña. Además, habida cuenta de que los programas no se conciben para ser cumplidos, regalarle millones de euros a una Fundación partidista para que los elabore, se me antoja, cuando menos, un despilfarro.

Los think-tanks son un invento anglosajón que siempre han tenido mal encaje en la Europa continental por el mero hecho de que la democracia se concibe de otra manera, más rígida, más formal. Por poner un sólo ejemplo: el Reino Unido no tiene una constitución escrita; la de Estados Unidos cuenta con 7 artículos en 15 páginas, mientras que la española alcanza los 169 artículos en 192 páginas. Puede parecer una tontería, pero en realidad expresa perfectamente la gran brecha que existe entre quienes entienden la democracia como la acumulación de instituciones y regulaciones, como los padres de la constitución española, y quienes ponen la esencia democrática en el carácter de su pueblo.

Un think-tank tiene sentido en dos situaciones: dentro del gobierno a fin de garantizar que los responsables políticos no se estacan en la pura gestión administrativa y son capaces de llevar adelante políticas de cambio; y desde fuera del gobierno para influir en él, criticando lo que se hace mal y defendiendo el curso de acción que se estima correcto. Un organismo que depende del dinero público pero que se define como independiente no puede producir nada atractivo, porque no se puede arriesgar a retar a la mano que le da de comer. Y aunque el gobierno español tiene en su organigrama gabinetes de estudios, en la presidencia sin ir más lejos, en realidad los únicos estudios que lleva a cabo se ciñen a cómo ganar las elecciones. Ni se plantea un reto intelectual.

Lo que me lleva a la tercera cuestión: ¿Para qué quiere el Partido Popular un laboratorio de ideas si denosta de éstas? Puede que se utilice no para pensar, sino para instruir a sus cuadros en cómo repetir argumentario tras argumentario para que suenen lo menos artificial posible; o puede que se enseñe a cómo no responder a nada en televisión más que soltar las píldoras ya preparadas; o telegenia u oratoria. Pero nada de eso tiene que ver con la batalla de las ideas. Porque nada tiene que ver con las ideas. Punto.

Decía Confucio que el conocimiento empieza llamando a las cosas por su nombre. Desgraciadamente, en España hace mucho que eso dejó de ser así y hemos acabando viviendo mentira tras mentiras hasta habituarnos a ellas. Si el PP fuese honesto, debería crear una Fundación de la verdad, o un observatorio de la mentira, que empezara a llamar al pan, pan, y al vino, vino. Pero no lo hará porque lo único que le importa a los conservadores españoles es conservarse en el poder. Y si para ello hay que abandonar los principios e ideas esenciales para el buen funcionamiento de nuestra sociedad, pues nada, se abandera que las mujeres tienen las mismas capacidades que los hombres para ser soldado del combate; que las autonomías son el mejor sistema para garantizar la unidad de España; que los niños no necesitan tener pene para serlo; y que hay una nueva Santísima Trinidad para guiar nuestras vidas, Yo, el sexo y el Estado.

Hay historiadores que aseguran que se puede entender el carácter de un pueblo por los desfiles que organiza. Para nosotros, españoles del siglo XXI, atrás han quedado las procesiones de Semana Santa, o del Corpus Christi. Ahora nos complacemos con los carnavales en los que se ridiculiza la religión y en las manifestaciones del día del orgullo gay.

Tal vez sobre eso fuera bueno que el PP reflexionara. Pero no lo hará. Porque no tiene ideas. Y si por mi fuera, que tenga una Fundación debería depender de una casilla voluntaria en la declaración de la renta. No del compadreo que se traen los partidos políticos. Democracia no es lo mismo que partitocracia, que es lo que los españoles sufrimos.

Inundación populista
Agapito Maestre Libertad Digital 23 Marzo 2017

Cuando los sistemas políticos entran en crisis profundas, aparecen los populismos por todas partes. Tratan de salvar lo insalvable. El problema en España es que quienes han llevado a la ruina el sistema también se apuntan al carro del oportunismo populista. Las soluciones simples para problemas complejos definen a todos los populismos. El denominador común de los llamados populismos en España consiste en decir la mayor simpleza, a veces una trivialidad que confunde la causa de un problema con su efecto, como si se estuviera descubriendo la pólvora. Muestra extrema de este comportamiento populachero y degradante del político es el que nos ofrece, un día sí y otro también, el presidente del Gobierno de España, el señor Rajoy, cuando le pide a la oposición que se comporte como si estuviera en el Gobierno. Es menester que la oposición colabore con el Gobierno, dice Rajoy, porque el PP no ha alcanzado la mayoría absoluta. De risa, sí, pero real, porque Rajoy no deja de culpar a la oposición de que él no sepa gobernar en la actual situación.

La complejidad de gobernar sin tener mayoría absoluta se resuelve fácilmente, según el señor Rajoy, pidiéndole a la oposición "responsabilidad", "colaboración" y "buen rollito" para que el Gobierno haga su trabajo. ¿Es difícil caer en mayor populismo, simpleza y perversidad que la practicada por el señor Rajoy? Pues, en mi opinión, no; creo que hay algo peor que esa ridiculez de pedir ayuda a la oposición. Degradar esa demanda o solicitud de "solidaridad" a una simple amenaza es aún más populista y chabacano. Esta forma ruin de populismo es practicada por Rajoy con descaro, cuando amenaza a la oposición con convocar elecciones anticipadas. El colmo. Rajoy se comporta como un gobernante patán incapaz de ejercer el gobierno si no es con mayoría absoluta. La amenaza populista de convocar elecciones, naturalmente, va acompañada de amplias campañas de agitación en los medios de comunicación que controla el Gobierno, o sea, casi todos, sobre la subida espectacular que le dan todos los sondeos de opinión que, por supuesto, también controla el Gobierno.

Ahí está, en efecto, sintetizado el populismo del mal Gobierno de España. ¿Cuál es la respuesta de la oposición a ese tipo de amenaza? Silencio y más populismo. Terrible. Rajoy amenaza con elecciones y los partidos de la oposición se callan o responden con timidez, como hizo ayer en el Congreso el portavoz del grupo parlamentario socialista. Son incapaces de salir a criticar al Gobierno o, sencillamente, invitarlo a que las convoque ya para resolver el problema de ingobernabilidad de un Ejecutivo que es incapaz de hacer nada porque no tiene mayoría absoluta. Y, además, se niega a aplicar la ley en Cataluña, incluso permitiendo que tres condenados por la justicia participen en una reunión del mesogobierno de Cataluña. El populismo rastrero lo inunda todo. Por cierto, si quieren hallar una muestra extrema de oportunismo populista de la oposición española, no tienen nada más que comprobar cómo votaron por la liberalización de la estiba en los puertos españoles. El oportunismo político que demostraron todos los grupos parlamentarios negándose a aprobar el decreto de liberalización de la estiba pasará a la historia. Quien no haya sentido vergüenza ante ese acontecimiento, nunca sabrá que es vivir con dignidad en el sistemas democrático.

Estamos, sí, rodeados de populistas, de malos políticos, que creen en simplezas para resolver el principal problema de España: el sistema está agotado y no se ve por dónde puede regenerarse.

Europa unida contra el terror
Editorial La Razon 23 Marzo 2017

Una vez más, el terrorismo islamista ha golpeado en el corazón de una capital europea. Tanto por el lugar elegido, símbolo del multisecular parlamentarismo británico, como por el tipo de víctimas buscadas, indefensos turistas que paseaban por los alrededores del caserón de Westminster, y por el método elegido, un vehículo todo terreno lanzado a gran velocidad contra los transeúntes, como en Niza y en Berlín, nos remite a la firma del llamado Estado Islámico, impulsor de la oleada de atentados que sufren las democracias occidentales.

En esta ocasión, al primer ataque siguió el intento del conductor de penetrar en el recinto del Parlamento, que celebraba su debate semanal con la presencia de la primera ministra, Theresa May, y que fue abortado por los policías de servicio, aunque a costa de la vida de uno de ellos, apuñalado. Las últimas informaciones confirmadas por Scotland Yard daban cuenta de otras tres personas muertas, incluido el asesino, y de otras veinte heridas. Una vez más, las múltiples reacciones de condena y de solidaridad con las víctimas y con el Gobierno del Reino Unido, especialmente las procedentes de la Unión Europea, han hecho hincapié en la voluntad de resistir a la amenaza islamista y el convencimiento de que la mejor manera de derrotar a los asesinos es la defensa de las libertades y de la democracia, la defensa de nuestro modo de vida en suma, por encima de quienes apelan a una política de seguridad más restrictiva, que, entre otras medidas, recupere el control de las fronteras interiores o, incluso, discrimine la inmigración por su origen.

El propio coordinador de la lucha antiterrorista de la UE, Guilles de Kerchove, señalaba ayer que las dos asignaturas pendientes en la batalla contra el islamismo eran «internet y las fronteras», en la misma línea de los movimientos euroescépticos que exigen anular el derecho de libre circulación de personas y mercancías que consagra la Carta europea. Pero si bajo la conmoción de la tragedia este tipo de soluciones drásticas parecen las más eficaces, lo cierto es que la misma naturaleza del terrorismo islamista, surgido de entre las propias comunidades musulmanas asentadas en Europa y llevado a cabo por individuos solitarios con escasa o ninguna infraestructura, las rinden prácticamente inútiles.

Si bien hay que asumir que la seguridad total es imposible frente a este tipo de terrorismo y que ningún país puede considerarse inmune al mismo, lo cierto es que la mejor política es la que está llevando a cabo España, que gracias a la impagable dedicación y profesionalidad de sus Fuerzas de Seguridad, sostiene una labor preventiva de información sobre aquellos núcleos de población más susceptibles de entrar en procesos de radicalización, pero que asimismo ha establecido estrechos lazos de colaboración con las policías y servicios de información de otros países musulmanes, como Marruecos o Túnez, que sufren en mayor medida la amenaza.

Porque la gran asignatura pendiente de la Unión Europea sigue siendo las deficiencias en la colaboración de sus Fuerzas de Seguridad, incapaces de integrar sus archivos o, al menos, de compartir en tiempo real la información obtenida. El atentado de ayer, cometido, si se confirman las primeras informaciones, por un extremista musulmán que era ciudadano del Reino Unido, demuestra que el aislamiento y las fronteras no son la solución. Pese al Brexit, Londres debería intentar mantener y, en su caso, estrechar los lazos con sus antiguos socios en materia de seguridad. Es mucho lo que nos va en ello a todos.

EL TIEMPO DA LA RAZÓN A LE PEN
Aprendiendo a vivir con el terrorismo islámico
Carlos Esteban gaceta.es 23 Marzo 2017

Quizá uno de los más retorcidos expedientes del bando mundialista y sus medios -la prensa 'de prestigio'- sea juzgar las tragedias no por su resultado directo, evidente y sangrante, sino por la hipotética reacción de sus enemigos, esa que nunca llega. Es la 'islamofobia' contra la que nos advierten tras la última masacre de rigor, aunque el radicalismo musulmán amontone víctimas y la islamofobia siga siendo poco más que una leyenda urbana.

En este mismo espíritu, leo en redes sociales la idea de que "lo peor" (sic) del atentado de este miércoles en Londres es que lo capitalizarán políticos como Donald Trump y Marine Le Pen. Parece un caso especialmente macabro de proyección, amén de un falta de empatía con las víctimas que roza lo patológico, pero es indudable que ataques como el de hoy vienen a confirmar la visión política de los soberanistas como Le Pen y Trump.

Sadiq Khan, el alcalde musulmán de Londres, se apuntó en su día a la visión del primer ministro francés, Manuel Valls, sobre el terrorismo islámico, y si éste dijo que había que hacerse a la idea de convivir con él, aquél expresó la idea de que los atentados son un riesgo inseparable de vivir en una metrópolis moderna. En suma, para ambos y muchos otros en la Unión Europea, el terrorismo ha venido a quedarse, y más nos vale hacernos a la idea.

En un día como este, cuando la Policía londinense ha abatido a un hombre armado con un cuchillo en las inmediaciones del Parlamento Británico en Westminster que había apuñalado a un agente, antes de que un coche '4x4' hubiera arrollado a varios peatones en el Puente de Westminster, todo ello con al menos dos víctimas mortales y numerosos heridos, conviene recordar que no todos los políticos europeos adoptan una actitud tan fatalista ante el terrorismo y la inseguridad propiciada por la inmigración musulmana.

Marine Le Pen, que se enfrenta este mes a cuatro rivales en la primera vuelta de las presidenciales francesas, es uno de ellos. Y, al otro lado del Atlántico, con la oposición frontal del establishment, Donald Trump está intentando aplicar restricciones a la inmigración con la misma idea en la cabeza: a mayor población musulmana, mayor es el riesgo de ataques terroristas, por no hablar de muchos de los otros problemas añadidos a la inmigración masiva.

Parece una ecuación extraordinariamente sencilla de entender, y quizá por eso se la acusa de simplista, que es uno de los medios habituales para refutar lo obvio.

En las últimas encuestas -y creo que no tengo que recordarles el valor que han demostrado tener últimamente las encuestas-, Le Pen empataría con su principal rival, el ex banquero Emmanuel Macron, con un 25,5% del voto. No es, naturalmente, imposible o demasiado improbable que se repita en Francia lo que ha sucedido recientemente en Holanda y en segunda vuelta y tras una ofensiva salvaje de los medios Francia se quede con lo malo conocido y vuelva a dejar al Frente Nacional con la miel en los labios.

El mes pasado ('Los medios se hacen a la idea de que Le Pen puede ganar') comenté que el tiempo corre a favor de Le Pen, en el sentido de que los males que denuncia y que constituyen la base de su campaña no es probable que se resuelvan o reduzcan espontáneamente.

Me refería entonces a un deterioro paulatino de la convivencia, no a un gran atentado. Pero no parece descabellado suponer que el dramático caos londinense ayude a decidirse a más de un francés vacilante.

Sí, el tiempo da la razón a Le Pen y en ese sentido es cierto lo que dije en su momento de que el tiempo corre a favor de la candidata del Frente Nacional. Pero en otro sentido, bastante más crucial, el tiempo corre en su contra, a saber: el diferencial de fertilidad entre la población recién llegada y la autóctona y el ritmo de llegada de inmigrantes y refugiados estrecha día a día la ventana de oportunidad antes de que esta situación se haga irreversible y entonces, sí, más nos vale hacernos a la idea de convivir con todo esto.

La retirada estratégica del Estado Islámico
Alberto Piris Republica 23 Marzo 2017

“Retirada estratégica” es una locución ampliamente utilizada, tanto en el ámbito del arte militar (donde con toda seguridad nació) como en el de los negocios y en las relaciones humanas y sociales, sobre todo en el campo de la política. Su finalidad suele ser atenuar la gravedad o el peligro de una derrota, sufrida o inminente, calificando una retirada real -producto de un fracaso- como “estratégica”, es decir, como si formase parte de un plan previsto a más largo plazo que permitirá recuperar las pérdidas y alcanzar la victoria final.

Aunque las retiradas estratégicas forman parte del arte de la guerra desde las más remotas batallas narradas en la historia bélica de la humanidad, un claro ejemplo reciente se dio en Irak, donde hace una década la rama local de Al Qaeda rehuyó sistemáticamente la lucha abierta contra las fuerzas iraquíes apoyadas por EE.UU., para reaparecer, años después, bajo la forma del Estado Islámico (EI), inspirado en ese “califato” que es hoy el enemigo más temido por las potencias occidentales, desde Moscú a Washington.

Pero el EI empieza a mostrar signos de decadencia. La amplitud del territorio que ocupa en el Medio Oriente se reduce paulatinamente bajo la presión militar ejercida por las fuerzas de EE.UU., Rusia, Turquía, Siria e Irak. También disminuye el flujo de voluntarios extranjeros que acuden a luchar bajo sus banderas: de los 2.000 combatientes que mensualmente engrosaban sus filas hace dos años, en la actualidad apenas alcanzan el medio centenar.

¿Ha llegado el momento en que el EI necesite asumir otra retirada estratégica, para renacer en el futuro vestido con otros ropajes? Es lo más probable, pero según un reciente informe del International Center for the Study of Radicalitation (ICSR), establecido en el londinense King’s College, se trataría de una retirada de naturaleza inédita hasta hoy en la historia de las guerras.

El EI no se retiraría a otros territorios, no huiría de las llanuras a las montañas o de las costas a los desiertos; no trasladaría sus recursos bélicos a países todavía no afectados por el terrorismo islámico; no se diseminaría entre la población para enmascararse y pasar desapercibido aplicando la táctica tradicional de la guerrilla.

Según el informe del ICSR, la retirada del EI y la desaparición del califato que le inspira vida tendrían lugar dentro del moderno mundo virtual de las comunicaciones: la supuesta estrategia de supervivencia del Estado Islámico le mantendría activo en Internet, en esas redes sociales de las que con tanta habilidad ha sabido servirse para crecer y desarrollarse.

El EI consideró desde el principio que el manejo de las redes sociales era un arma muy eficaz, que bien utilizada y orientada puede causar daños más contundentes que los más potentes explosivos. “La producción y la difusión de propaganda se consideran a veces más importantes que la yihad militar”, dice el citado informe. Lo mismo se lee en un documento interno del EI, titulado en versión inglesa Media Operative, you are Mujahid, too, que puede traducirse como “Operando con los medios eres también un combatiente”.

El objetivo de esa presumible retirada estratégica prevista por el EI es que la idea básica del califato subsista en las mentes de sus adeptos aunque el Estado material sobre el que se asienta sea aniquilado o desaparezca temporalmente.

Los ágiles y bien preparados órganos de propaganda mediática del EI están cambiando de estrategia informativa. De los vídeos, imágenes y mensajes que describían un utópico paraíso terrestre, están pasando ahora a mostrar acusados rasgos de nostalgia sobre los días felices de un califato que dejó de existir, a fin de preparar las mentes de sus seguidores para una posible derrota.

Una “retirada estratégica al mundo virtual” es un fenómeno nuevo en la historia bélica y abre nuevos caminos y perspectivas en el desarrollo de los conflictos cuyos efectos están todavía por ver. En el empleo de las redes sociales como instrumento de guerra el Estado Islámico ha ido por delante de sus enemigos; si todavía presenta peligro como un temible adversario esto no se debe a los avances tecnológicos del terrorismo o a su funcionamiento como un Estado cualquiera, sino a la originalidad y fuerza de captación mostradas mediante los modernos medios de comunicación social.

Es en ese nuevo teatro de operaciones donde habrá que continuar luchando incansablemente contra el poder expansivo del terrorismo islamista y los deletéreos efectos que produce en las democracias modernas.

Para evitar que el sueño ideal del califato persista a través de Internet y pueda reavivarse en cualquier momento no bastará con las torpes prohibiciones al estilo Trump ni las amenazas de una aplastante aniquilación militar. Es preciso ganar la batalla en las redes sociales, reafirmando la fuerza de la democracia y los derechos humanos, y rechazando las tendencias xenófobas que brotan en el seno de nuestras sociedades y que se exacerban con cada acto terrorista como el que ayer sufrió Londres.

'No hace falta que publiquen rectificación'
'Catalanófobos, xenófobos'... La Gaceta responde al informe del odio patrocinado por Colau
Rosa Cuervas-Mons gaceta.es 23 Marzo 2017

Xenófobos, catalanófobos, islamófobos y poco preocupados por la mujer. Así somos en La Gaceta según el estudio sobre "El discurso de odio en los medios digitales" del Grupo de Periodistas Ramón Barnils y la alcaldesa de Barcelona Ada Colau. Lo hemos leído, lo hemos interiorizado... y aquí van nuestras conclusiones a sus conclusiones. ¿Podrán perdonarnos?

Con el apoyo de la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau, y gracias al trabajo del Grupo de Periodistas Ramón Barnils, Barcelona acogió, el pasado lunes 20 de marzo, la presentación de un extenso informe titulado ‘El prejuicio hecho noticia. El discurso de odio en los medios digitales y las estrategias para combatirlo’.

Es, en palabras de sus autores, un análisis de las “estrategias que usan ocho medios digitales de espectro ideológico de derechas [entre los que los periodistas del Grupo Barnils han tenido la amabilidad de incluir a La Gaceta] para fomentar el discurso de odio”. Aseguran que estos medios emplean -empleamos, al parecer- “desde los insultos más explícitos a técnicas más sutiles, como la revelación del origen, religión, color de piel, etnia de las personas sean o no relevantes para la noticia, la elección internacional de noticias que confirmen los prejuicios del medio o el uso de fotografías y vídeos para negativizar ciertos colectivos”.

Convencidos de que el papel de estos digitales analizados “no se debe menospreciar” por ser “fuentes diarias de opinión” y porque pueden ser “sobre todo, una influencia para otros medios”, la periodista Mar Carrera, la co-editora de Media.cat Elisenda Rovira, el presidente del Grupo Barnils, Ferran Casas, y el Teniente de Alcaldía de Derechos de Ciudadanía, Participación y Transparencia del Ayuntamiento de Barcelona, ??Jaume Asens presentaron este informe al que se puede acceder también desde la web de la organización.

No sin antes agradecer a los autores del informe que concedan a este medio, La Gaceta, el poder de “generar impacto en las redes sociales” y una “influencia que trasciende la órbita de los grupos más conservadores”, respondemos a las críticas constructivas que desde el análisis del Grupo Barnils nos envían.

Las obsesiones
Tras analizar 56 noticias publicadas por La Gaceta, el Grupo Barnils señala que este diario “trata de parecerse tanto como puede a la prensa tradicional pero con una línea editorial claramente marcada hacia la extrema derecha, el integrismo católico, el españolismo y una fuerte tendencia machista”. Además, se señala sin género de dudas la “máxima” desde la que, a su juicio, hace periodismo La Gaceta: “Del prejuicio hacen noticia”. “En este sentido, detectamos en la elección de las noticias y su enfoque una serie de obsesiones del medio en pocos temas que se repiten de forma recurrente: la pérdida de influencia de la Iglesia, la homosexualidad y la transexualidad, el supremacismo nacional y lingüístico español, la inmigración y la islamización de Europa y la creación de un espacio político de extrema derecha a nivel paneuropeo y ahora, con Trump, estadounidense”.

Lamentamos profundamente que el Observatorio del odio en los medios del Ayuntamiento de Barcelona no haya contactado con esta casa -el Grupo Intereconomía- ni con este diario -La Gaceta- durante la redacción del informe, porque habríamos facilitado su trabajo ya que, para conocer cuáles son las “obsesiones” de nuestro medio, no es necesario analizar 56 de las miles de noticias publicadas, sino acercarse al Ideario del Grupo. Y sí, es cierto que nos sentimos identificados con “las raíces cristianas de la civilización” y que nos sentimos responsables de “contribuir a la defensa y progreso de sus valores humanistas”. A pesar de definirnos como independientes de “todo partido político, confesión e institución religiosa, y de cualquier organización de poder ideológico, económico o social”, nos sentimos fuertemente identificados con la libertad de culto y, en la España del 2017 -mayoritariamente católica-, con la defensa de esa libertad. Lo decimos por si los señores del Grupo Barnils tienen pensado llamarnos la atención por defender la misa de la segunda cadena de TVE como servicio público y criticar al Grupo Parlamentario de Podemos por querer eliminarla.

Continuando con nuestras obsesiones… también es cierto -y no era necesario analizar 56 noticias para adivinarlo- que defendemos orgullosamente “el rico y plural patrimonio de España y la América hispana, del que el español, la lengua común, constituye una de sus joyas más preciadas”, así como "la unidad de España, una realidad histórica, un bien común y un patrimonio vivo, transmitido entre generaciones, cuyas formas de configuración pertenecen en exclusiva a la soberanía de todos los españoles”. Promovemos también -por si en un futuro tienen a bien analizar por qué denunciamos con nuestras informaciones la ofensiva homosexualista que se cierne sobre los colegios- "la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a elegir libremente para sus hijos la educación y el centro académico conforme a sus convicciones morales y religiosas", y no la aceptación por real decreto de una educación que imponga a los niños la ideología de género.

Las ‘fobias’
Continúa el informe del Grupo Barnils señalando que de las 56 noticias analizadas, 29 están afectadas, al parecer, de “racismo y xenofobia”; 34 de “islamofobia” y 4 de “catalanofobia”. Como prueba documental e irrefutable de esta afirmación, señala dos titulares: “Tres inmigrantes retransmiten en directo la violación a una mujer en Suecia" y “CatalApp, una aplicación separatista para marginar al comercio en castellano”. Sobre el primer titular, opinan los señores de Barnils que subrayar en la noticia el origen extranjero de los violadores es xenófobo. Quizá sería bueno recordar la importancia que en periodismo tiene contextualizar la noticia. Y sí, en una Suecia donde los ministros justifican los delitos de los recién llegados por su “cultura” - “no se puede exigir los mismos estándares de comportamiento a los refugiados que a los nacionales”, dice el Gobierno sueco- merece la pena señalar el origen de los delincuentes. También es necesario hacerlo en un país que maneja ahora la expresión ‘no-go zones’ [zonas prohibidas] por los altísimos niveles de delincuencia y de peligrosidad para la mujer en las ciudades con niveles más altos de inmigración musulmana.

El titular catalán.
Nos hace notar el Grupo Barnils que emplear el verbo ‘marginar’ para referirnos a CatalApp en lugar de otros “más neutrales” como "evaluar, valorar o examinar" es un pecado capital de catalanofobia. Lamentamos tener que corregirles. No somos catalanófobos en absoluto. Amamos a Cataluña como al resto de España. Pero, puestos a analizar nuestros sentimientos, nos molesta profundamente, y por eso denunciamos, la persecución a que los separatistas catalanes someten a comerciantes y familias que, desde su libertad, prefieren rotular sus comercios en castellano -lengua oficial en todo el territorio español-. Nos molesta mucho, por eso, que con dinero de todos los españoles se promocione una herramienta que reza: “Si estás cansado de ir a restaurantes, bares, comercios ... y que no te atiendan en catalán, la CatalApp es tu herramienta”. Y por eso elegimos y volveríamos a elegir el verbo "marginar". ¿Podrán alguna vez perdonarnos por eso?

Más sobre nuestras fobias….
“En un caso extremo, se llega a denunciar la misoginia de una conferencia islámica convocada en Australia”. Se refieren aquí los de Barnils a la noticia que titulamos “Una conferencia islámica elimina el rostro de las mujeres en su publicidad”. La pregunta es, ¿qué ofende de este titular a los sensibles periodistas de Colau? Si se trata de protestar por el hecho cierto de que los organizadores de la conferencia oculten -y desprecien- el rostro de las ponentes femeninas, las quejas a la Federación Islámica, por favor. Si se trata de decirnos sobre qué podemos y sobre qué no podemos escribir… recibido, pero nos gusta mucho Australia.

Las ausencias
En el informe sobre el odio el Grupo Barnils denuncia, además, las ‘no-noticias’ de La Gaceta; es decir, aquellas informaciones que este diario podría haber contado y ha preferido no contar; la ‘agenda-setting’, que se dice en lenguaje periodístico. Podríamos explicarles que sí, que cada medio elige cada día qué contar y qué no contar. Podríamos pedir perdón por tener una redacción pequeña -pero muy bien avenida, eso sí- y no la del Washington Post, pero hemos preferido entonar el mea culpa. “La Gaceta, que publica cualquier incidente violento generado por musulmanes en toda Europa, no publicó ni una línea del atentado islamófobo que asesinó a seis personas en Quebec”, nos afean. Cuando estábamos a punto de comenzar la tanda de latigazos con que habíamos condenado al redactor de Internacional, un grito nos alerta: "¡Sí lo dimos, aquí está!". 30 de enero de 2017. 08:06 de la mañana: “Al menos seis muertos en un ataque contra una mezquita en Canadá”. ¡Albricias! ¡Maravilla! ¡¡¡No fuimos islamófobos!!! No se preocupen, señores de Barnils, no hace falta que publiquen ninguna rectificación; es nuestra culpa que el buscador de noticias, ahí, en la esquina superior derecha, se vea tan poquito.

… y los cristianos
Al parecer, y según señala el estudio de Barnills, “La Gaceta es el medio que más interacción ha generado, sobre todo en Facebook pero también en Twitter. Algunos de los temas o actores que generan más comparticiones y retuiteos son sobre terrorismo, refugiados, declaraciones de extrema derecha (como la cumbre de Coblenza) y el burka, entre otros”. Y, al parecer, eso es muy peligroso porque contaminamos con nuestro discurso de odio a todo aquel que nos lea. Nos atrevemos, incluso, a poner “el énfasis en que las víctimas son también los cristianos, que estarían ‘Perseguidos’ por diferentes agentes”. Bueno, vamos por partes.

Gracias por lo de la interacción.
Sobre los “temas” y nuestro afán por hablar de la “extrema derecha”, les animamos a que se den una vuelta por los rotativos europeos que, con una u otra línea editorial, informan sobre el avance de la derecha alternativa -perdonen que no usemos el apelativo de extrema-. En La Gaceta tenemos la mala costumbre de informar sobre lo que ocurre, de cómo y por qué pasan cosas en el mundo y de cómo esas cosas influyen en la sociedad. Lo de limitarnos a ser altavoz de las instituciones -Gobierno, Unión Europea, Naciones Unidas…- nos parece, además de aburrido, poco ético para con nuestros lectores. Y, ya saben, como interactuamos mucho con ellos… pues los tenemos en cuenta.

Y, sobre los cristianos… La única pregunta que nos hacemos es por qué emplean el condicional - “estarían perseguidos”- y no el presente de indicativo - “son perseguidos”-. Quizá llevan tiempo sin leer las crónicas internacionales que llegan de Pakistán, Irak, Egipto… Un consejo: lean, lean, que hay mundo más allá del Ebro.
 
Y las estrategias
Antes de despedirnos, nuestra pequeña aportación al estudio. Hemos echado de menos -quizá por el volumen de la información han decidido dedicarle una segunda entrega a modo de monográfico- la información relativa a TV3. Quizá se les hayan traspapelado las afirmaciones de alguno de sus presentadores, el que llama a los españoles "panda de mangantes sarnosos y cabrones de mierda", por ejemplo. Es Quim Masferrer, por si quieren hacerle llegar su decálogo del comunicador pacífico.

Por fin, y sobre el segundo objetivo del estudio -el de “combatir” el discurso de odio- les ofrecemos una estrategia infalible: no nos lean. Porque propósito, lo que se dice propósito de enmienda, no tenemos demasiado

Atentado en Londres
El Islam y los votantes tontos
Jorge Vilches vozpopuli.es 23 Marzo 2017

El atentado islamista en Londres muestra no solo la vulnerabilidad material de la sociedad europea, sino la victoria de los terroristas en el plano de la propaganda. El concepto de terror tiene un desarrollo completo. Una parte de la opinión occidental argumenta que el asesinato es obra de un loco –lo que es eximente- o de una persona excluida por la pobreza que crean Europa y Estados Unidos. Además, el acto terrorista coloca el islamismo en el centro de la agenda política como el origen del problema, lo que conjuga el deseo del asesino de alimentar el odio mutuo.

A esto juegan también, espero que inconscientemente, ciertos analistas políticos. Los resultados electorales en Holanda les permitieron recuperar el esquema ideológico interpretativo del establishment progresista. Por fin tenían un caso que cuadrara con su método estático y cuantitativo para explicar los fenómenos políticos. “Hemos detenido al populismo”, decían, atribuyéndose con ese plural mayestático un éxito que no existe.

El problema, siguen, es el rechazo al islamismo, a la inmigración de musulmanes en Europa, cuya implosión ha sido la acogida de refugiados. Porque ese populismo usado por la extrema derecha aflora allí, con xenofobia y racismo, donde la demografía del Islam lo indica. Lo dicen las estadísticas, claro. Cruzan datos y salen las respuestas: el populismo derechista coincide con aquellos países donde la proporción de musulmanes ha aumentado, como Francia y Holanda.

A partir de aquí, estos analistas dan soluciones de libro (subvencionado): más pedagogía multiculturalista para eliminar la manipulación de los políticos demagogos y oportunistas. El establishment, por tanto, debe informar a la gente de “la verdad” y así se eliminará el problema.

Esto es una forma simple de confundir la causa –el paradigma socialdemócrata- con la consecuencia –la reacción contra dicho paradigma-. En concreto, esa respuesta es el resultado del multiculturalismo obligatorio, que es una de las patas de la conformación de la moral y las costumbres para la creación de la Sociedad Nueva que se impuso desde 1945, y que tuvo una vuelta de tuerca con la New Left.

El problema del siglo XX no era la convivencia entre culturas. Cuando los australianos y neozelandeses de la Primera Guerra Mundial visitaron Estambul quedaron maravillados por la coexistencia de gente tan distinta, con creencias y tradiciones diferentes.

El asunto es que el multiculturalismo posmoderno se hizo sobre la base del sentimiento de culpa de Occidente. Las instituciones asumieron que europeos y norteamericanos eran responsables de la situación social y económica del Tercer Mundo, y que el cristianismo era una moral anacrónica de opresión individual y colectiva. Es más; se dedujo que el terrorismo tercermundista era una reacción lógica al neocolonialismo capitalista.

El multiculturalismo era la respuesta: la integración bidireccional, cambiar Occidente para acoger a Oriente. Esto precisó de una enorme tarea propagandística, desde la escuela a los medios de comunicación pasando por las artes, y de la creación de instituciones, con un ejército de burócratas con salarios astronómicos, que viven de subvenciones.

El establishment progresista hizo lo que el politólogo norteamericano William H. Riker llamó “arte de la manipulación”. Los partidos del consenso socialdemócrata controlaron la agenda política y presentaron la libertad como una forma de decidir entre opciones preestablecidas con una decisión ya marcada. Esto solo podía funcionar si se hacía de forma eficiente una pedagogía de la verdadoficial, de esa moral marcada por la legislación.

Este nuevo paternalismo proviene de la interpretación jacobina de la Ilustración, que concebía la gobernación como la acción de emancipar al individuo de las tradiciones que le mantenían en “la oscuridad”. Sí; la fabricación estatal de un Hombre Nuevo para una Sociedad Nueva. Quedaba así falsa y oficialmente definida la civilización frente a la barbarie, y la inteligencia frente a la estulticia.

Por esta razón, esos analistas que ahora se sienten reconfortados porque sus estadísticas aplicadas parecen útiles, han decidido que quien no está con la verdad del establishment es tonto o malvado. Los populistas, dicen, aprovechan la ignorancia de la gente, su falta de información verdadera, y la manipulan. A esto añaden el típico economicismo, aquello de Marx de que el ser social determina la conciencia (y el comportamiento) social.

Concluyen así que es la situación económica, y no el paradigma socialdemócrata, lo que anima el populismo. Su solución es más “política social”, resucitar el confort estatista y aumentar la pedagogía, el adoctrinamiento, la atención a las minorías –léase subvención a lobbies-, y más legislación que fortalezca la moral emanada del establishment. En realidad, es más ingeniería social para recrear la pesadilla de Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, que silencie la protesta proporcionando bienestar personal y tranquilidad mental. A eso se dedican organismos sin sentido, al estilo de la ONU, que enarbolan, como cuenta Javier Benegas, la felicidad como política del gobierno mundial porque solo puede ser un sentimiento colectivo, no individual.

Chantal Delsol, pensadora francesa que dirige el Instituto Hannah Arendt, y con la que no coincido del todo, hace una interesante interpretación sociológica del populismo que se les escapa a estos analistas oficiosos. Achaca su naturaleza a una reacción del pueblo contra la ingeniería social, en defensa del arraigo y la tradición. Vendría a ser una respuesta de la gente ante la mala oligarquía que gobierna en su único beneficio imponiendo vínculos morales, políticos y jurídicos presuntamente cosmopolitas.

Pero el populismo es más que eso. Es un estilo de hacer política con objetivos autoritarios y dictatoriales, contrarios a la libertad política, que cuaja en momentos de la Historia marcados por el infantilismo y la sentimentalización de lo público, justo cuando un paradigma está cayendo y otro no acaba de salir, y las utopías de “otro mundo es posible” circulan con facilidad. Además, el populismo contagia a otros partidos, como en España al PSOE, partido del establishment.

El análisis del presente es algo mucho más complejo que una división entre listos y tontos, de buenos ciudadanos que comulgan con el consenso socialdemócrata frente a los que se sienten libres o protestan, critican y denuncian, o votan otra cosa, o no votan. No entienden que la clave de la crisis no es el Islam, sino ese paradigma del que se resisten a salir.

El dilema del diablo
Óscar Elía Libertad Digital 23 Marzo 2017

Si algo muestra la experiencia es que al islamismo se le puede derrotar en su propio terreno. Al Qaeda fue derrotada, primero con su expulsión de Afganistán en 2001 y por fin con la muerte de Ben Laden (2011) y, antes y después, de su plana mayor. Aunque de manera mucho más lenta y dificultosa de lo que se repite una y otra vez, el ISIS está en vías de ser derrotado en Irak y Siria. Sin embargo, se ha metastasizado en otras tres áreas: el sur de la Península Árabiga, el norte y el centro de África y el Cuerno de África. En ninguna de las tres han puesto aún los occidentales interés auténtico en acabar con los yihadistas, que construyen campos de entrenamiento, reclutan personal y preparan su expansión a otras regiones.

Ni en Yemen, ni en Somalia ni en Nigeria son los yihadistas enemigos verdaderos para las tropas occidentales y posibles aliados, al menos si éstos se planteasen involucrarse de verdad. Se puede derrotar a AQMI, a Boko Haram o a Al Shabab si uno se lo plantea en serio. Pero no es esa la cuestión: a estas alturas, lo que parece claro es que la derrota de cualquiera de esos grupos y del resto de las marcas islamistas que reaparecen por aquí y por allá no es garantía del fin de los atentados; éstos van a continuar en las ciudades europeas sí o sí, con más o menos independencia de la derrota de las milicias yihadistas.

El virus islamista ha contagiado a las comunidades islámicas europeas: no siempre ha sido así y quizá no tendría por qué serlo en otra situación, pero lo cierto es que son musulmanes, en Europa o europeos, los que cometen los atentados. Del grupo profesional del 11-S pasamos en su día al combatiente regresado de luchar en Afganistán o Siria; de éste hemos dado ya el paso al radicalizado en la mezquita o a través de internet, lleno de odio y frustración contra la sociedad abierta, pues considera que le ha traicionado y a la que desprecia. El yihadista ya no se esconde en una cueva en Tora Bora o en el desierto libio; se esconde en la casa de la vuelta de la esquina. Tiene pasaporte español, francés o británico.

A este proceso de expansión del islamismo a través de Europa se une el proceso de expansión de sus medios: los atentados no exigen infraestructura, ni grande ni pequeña. Los coches bomba parecen ya anticuados. De ellos pasamos a las mochilas bomba. De éstas a los aviones, al coche, al camión, al cuchillo. Cualquier islamista tiene en su casa, en su trabajo, las herramientas para sembrar el terror: paralizar el centro de una gran ciudad, aterrorizar a los ciudadanos, excitar a los periodistas y poner contra la pared a los gobiernos. Nunca ha podido hacer más con menos.

¿Qué hacer? "Mejor combatirlos allí que esperarlos aquí", afirma Putin, viendo el espectáculo occidental antes de proceder al planchado de barrios enteros en Siria y al despliegue permanente de guarniciones en la región. Prefiere combatirlos allí. Los occidentales han optado por esperarlos aquí, aunque el aquí significa cosa distinta a éste y al otro lado del Atlántico. Trump parece dispuesto a esperarlos en las mismas fronteras de Estados Unidos, con controles más estrictos y minuciosos, tanto de equipajes como de personas. Al hacerlo juega con fuego, porque el margen de maniobra y el margen de error son menores.

Lo de los europeos es más dramático: su aquí ya no es la frontera, que de manera suicida creen que se puede tirar abajo. Bajo la política de inmigración europea se esconden dos cuestiones bien distintas: por un lado, la cuestión migratoria en general, de miles y miles de personas de Oriente Medio que de manera sostenida en el tiempo llevan décadas entrando en Europa, legal e ilegalmente; por otro lado, el aluvión de inmigrantes que, amparados bajo la etiqueta de refugiados, tratan de asentarse en las ciudades europeas tras la guerra civil siria, sin control ni discriminación algunos.

Ambas cuestiones desembocan en el cambio profundo del mundo musulmán europeo. Barrios enteros de las grandes ciudades se han islamizado de manera exponencial: zonas enteras de Bruselas, de Birmingham, de Marsella parecen El Cairo, Damasco o Amán. En ellos encuentran adoctrinamiento, refugio, comprensión y ayuda los yihadistas, y de ellos salen los terroristas aislados que no tienen más que cruzar la calle para cometer un crimen que estremezca al país entero. Esto no sólo significa que para los europeos la línea del frente está en el interior: significa que la dinámica migratoria juega en su contra de manera creciente: cada vez hay más terroristas, potenciales o en ejercicio, en las calles europeas. Da igual que sean una minoría, que lo son: el problema es que es una minoría cada vez más numerosa, a la que la mayoría no es capaz, por miedo, pasividad o convicción, de eliminar.

Esta suerte de guerra civil en las ciudades pone a los europeos ante sus peores pesadillas. A estas alturas de la historia, no están dispuestos a tomar unas medidas que consideran atentan contra sus propios principios: las deportaciones, la discriminación religiosa, la limitación de la libertad de expresión o religiosa repugnan a los occidentales. No son capaces siquiera de planteárselas sin sentirse, con razón, traidores a sí mismos, a sus valores y principios. Nunca habían pensado que la sociedad abierta, real o idealizada, podría ser puesta en peligro desde la propia sociedad abierta. Como después de cada atentado, las autoridades, los medios, hacen profesión de fe sobre los valores democráticos. En una deriva diabólica, éstos sustentan las libertades y el margen de actuación del islamismo que aspira a acabar con ellos: la suma de tendencias demográficas y democratización del terrorismo augura el éxito.

En fin. Los países occidentales se han vedado la intervención militar a gran escala en países extranjeros: primero Europa y después Estados Unidos reniegan tras las experiencias afgana e iraquí de imponer a otros países sus regímenes e instituciones. Putin ha cogido el relevo, aunque no serán nuestras instituciones, sino las suyas, las que se impongan. Los europeos prefieren esperarlos aquí: pero esperarlos aquí implica, ni más ni menos, luchar con las manos atadas. A estas alturas no se puede luchar contra el islamismo en Europa sin vulnerar los mismos derechos que los europeos consideran sagrados, y que los terroristas, organizados o no, utilizan para acabar con la sociedad abierta. El dilema es diabólico.


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El independentismo es absurdo
Aleix Vidal-Quadras gaceta.es 23 Marzo 2017

El Gobierno de la Generalitat catalana ha manifestado su intención de explicar en el Senado su demanda de celebración de un “referéndum acordado”, para afirmar a continuación que en cualquier caso la consulta tendrá lugar, tanto si se acuerda como si no con las autoridades del Estado. Si su intención es colocar las urnas pase lo que pase y digan los que digan el Ejecutivo central, las Cortes, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional, ¿para que solicitan comparecer en la Cámara Alta con el fin de exponer un referéndum pactado? Si no hay voluntad ninguna de llegar a un acuerdo, ¿por qué dicen que lo pretenden? ¿A quién quieren engañar, a los senadores o a sí mismos?

Otro aspecto incomprensible de su planteamiento es su insistencia en establecer una negociación con el Gobierno de la Nación para articular algún tipo de arreglo que les permita llamar a los ciudadanos de Cataluña a votar sobre su pertenencia a España, cuando saben perfectamente que semejante operación es imposible por ser flagrantemente contraria a la Constitución y que sin proceder a su reforma no es que Rajoy o quién se encuentre en La Moncloa en el futuro no quiera acceder a su petición, es que sencillamente no puede. Por tanto, no se entiende que en vez de insistir machaconamente en que se les deje convocar el referéndum, no centran sus exigencias en la reforma del Título I de la Ley Fundamental para incorporar el derecho de secesión de las Comunidades Autónomas, cuestión que, en caso de prosperar, sí les abriría la puerta a decidir sobre algo que ahora no puede ser objeto de decisión por una parte del único sujeto soberano, que es el pueblo español en su conjunto.

La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, también quiere que los escoceses se vuelvan a pronunciar sobre la unión de su país con Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte para que el Reino Unido siga o no existiendo. Sin embargo, su presentación del tema está dentro de la lógica. En primer lugar, un referéndum de este tipo es constitucional dentro del ordenamiento británico y, en segundo, dado que se requiere la conformidad del Parlamento de Westminster para poder realizarlo, a la señora Sturgeon ni se le pasa por la cabeza desobedecer a lo que determinen en Londres. Si los Comunes deciden que no procede, la primera ministra escocesa protestará, pero acatará la ley.

Siguiendo con los elementos surrealistas del proyecto de Junts pel Sí y la CUP, es de todos conocido que la Generalitat está quebrada, que su deuda se sitúa en la categoría de bono basura y que sobrevive gracias al crédito a interés cero que le suministra el Tesoro nacional, merced a lo cual paga a su personal y a sus proveedores. También es del dominio público que el sistema de pensiones es deficitario en Cataluña y que los jubilados catalanes perciben puntualmente su pensión porque la Seguridad Social española provee los fondos necesarios. Pese a tales evidencias, Puigdemont, Mas, Junqueras, Gabriel y demás iluminados anuncian que la independencia traerá la prosperidad, la abundancia y el superávit. Cualquiera que, dotado de una mínima capacidad de raciocinio, reflexione sobre las consecuencias de salir del euro, del mercado europeo y del mercado español, y todo ello sin acceso a financiación, concluirá que la separación de España sería para Cataluña una catástrofe económica de proporciones apocalípticas, que condenaría a millones de catalanes al paro y a la pobreza. Pues eso es exactamente lo que proponen los independentistas y hacen enormes esfuerzos para conseguirlo. Es como si viéramos a un individuo pegándose martillazos en la cabeza con cara de absoluta felicidad.

Si se invirtieran todas las energías, recursos y tiempo que el Gobierno separatista dedica a intentar destruir el marco institucional, jurídico, económico y político que hace que Cataluña sea una de las regiones más ricas de Europa, en trabajar para mejorar su educación, su competitividad, sus infraestructuras y su seguridad, en la esquina nordeste de la península ibérica tendríamos un territorio y una sociedad que serían la envidia del mundo. En cambio, en virtud del deletéreo empeño de los secesionistas en romper los vínculos con España y con la Unión Europea, Cataluña es hoy una comunidad dividida, endeudada hasta las cejas y atormentada por la incertidumbre sobre su futuro. Mientras los angustiados catalanes se debaten entre la frustración y el temor, la diligente Vicepresidenta Saénz de Santamaría se desgañita ofreciendo diálogo a los dirigentes nacionalistas cuando en realidad lo que debería buscarles es un confortable manicomio en el que se les tratase de sus dos graves patologías, el narcisismo obsesivo y la cleptomanía compulsiva.

Pablo Iglesias, más vil que chabacano
EDITORIAL Libertad Digital 23 Marzo 2017

No es de creer que al presidente del Gobierno, como ha dicho Pablo Iglesias en sede parlamentaria, "le importe un huevo", "se la sude" o "se la pele" ningún informe respecto de la facultad que la ley confiere al Gobierno para vetar aquellas iniciativas que, a su juicio, afecten a los ingresos o los gastos presupuestarios aprobados por el Parlamento. Lo que es evidente es que el líder de Podemos, con su lenguaje indigno y soez, además de una ignorancia supina del ordenamiento constitucional, ha demostrado ser un execrable maleducado.

Con esta forma tan ostentosa de exhibir su necedad y su grosería, Iglesias podrá pensar que representa a esa "gente" que, según él, no se sentía representada en el Parlamento hasta la llegada de su formación liberticida. Sin embargo, lo único que ha dejado claro es que sigue teniendo tan poco respeto a la sede de la soberanía nacional como a la memoria, la dignidad y la justicia que merecen las víctimas del terrorismo.

El hecho de que representantes de Podemos hayan calificado de "víctimas" a los proetarras que atacaron salvajemente a dos guardias civiles y a sus parejas en un bar de Alsasua demuestra que su vileza no sólo es una cuestión de formas: es, sobre todo, de fondo.

Podemos se ha reunido este miércoles en el Congreso con los familiares de los nueve imputados por la salvaje agresión y ha suscrito un manifiesto junto a los proetarras de EH Bildu y otras formaciones separatistas, como ERC, PDeCAT y PNV, en el que se reclaman la puesta en libertad a los tres proetarras que permanecen en prisión por los hechos y que lo que hicieron no se considere "delito de terrorismo". Y es que para los podemitas, la brutal paliza que esos cobardes energúmenos propinaron a los guardias civiles entre gritos de "hijos de puta", "cabrones", "fuera de aquí", "putos picoletos" no pasó de simple riña de bar sin la menor relación con la violencia terrorista propia de ETA y su entorno.

El manifiesto es tan nauseabundo que hasta ha provocado malestar en algunos diputados de Podemos, como el guardia civil Juan Antonio Delgado Ramos y el juez en excedencia Juan Pedro Yllanes. Sin embargo, el fétido documento no debería sorprender a nadie si se tiene presente que Pablo Iglesias hace tiempo que manifestó que considera "razonable" que los presos de ETA vayan "saliendo de la cárcel".

Resulta lamentable que su despreciable vileza no pase mayor factura social a Podemos; pero no es menos cierto que rara vez los partidos constitucionalistas se atreven a poner de relieve el comunismo trasnochado, empobrecedor y liberticida de esta formación que no hace más que ponerse del lado de sujetos repugnantes como los salvajes de Alsasua o los condenados Alfon y Bódalo.

La inaceptable equidistancia de Podemos con las víctimas
EDITORIAL El Mundo 23 Marzo 2017

Podemos ancla sus raíces ideológicas en la crítica exacerbada al modelo de democracia liberal, y en un tipo de populismo cuya principal característica estriba en aglutinar a aquellos "sectores marginales" -en expresión de Ernesto Laclau, uno de los pensadores de cabecera de los fundadores de Podemos- situados fuera del sistema democrático. Esta es la razón de fondo que explica por qué Podemos se empeña en exhibir una obscena equidistancia entre víctimas y agresores. Ya sea con relación a la paliza asestada a dos guardias civiles en Alsasua (Navarra) o con la inexplicable defensa de Andrés Bódalo, un edil de la formación morada que lleva un año en prisión tras ser condenado por agredir a un concejal socialista durante una protesta jornalera en 2012.

Ayer, el diputado de Unidos Podemos, Diego Cañamero, recurrió a un espectáculo lamentable exhibiendo en el Congreso dos carteles -uno de Urdangarin y otro de Bódalo-para tratar de explicar la supuesta doble vara de medir de la Justicia en ambos casos. Pero tanto Cañamero como su partido omiten que el edil jienense no está entre rejas por capricho del Estado de Derecho ni de ningún partido, sino por pegar a otra persona. Es evidente que Podemos demuestra con estas posiciones que sigue siendo una formación política inmadura e incapaz de aceptar las más elementales normas que rigen en cualquier democracia consolidada. La equidistancia con la violencia es absolutamente incompatible para cualquier partido que aspire a ganarse el respeto de la ciudadanía. Pero, en el caso de Podemos, resulta especialmente vergonzoso y lacerante su empeño a la hora de alimentar la ambigüedad con las víctimas de ETA y su entorno, teniendo en cuenta el legado de sangre y terror tras 40 años de terrorismo.

El partido de Pablo Iglesias decidió ayer respaldar un manifiesto de apoyo a los nueve imputados por las agresiones a los guardias civiles y sus parejas en Alsasua. Apadrinó este texto tras sumarse al apoyo de EH Bildu, PNV, ERC y PDCAT, y su portavoz adjunta, Ione Belarra, defendió que los imputados -tres de los cuales se encuentran todavía en prisión preventiva tras su paso por la Audiencia Nacional- son tan "víctimas" como las personas agredidas. Además, la formación morada cuestiona el auto de procesamiento en el que se les acusa de un delito de terrorismo por su conexión con un grupo radical abertzale que promueve la expulsión de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de Euskadi y Navarra.

Es cierto que, entre los diputados de Podemos que no firmaron este alegato, no figuran ni el juez Juan Pedro Yllanes ni Juan Antonio Delgado, ex portavoz de la Asociación Unificada de Guardias Civiles. Pero ambos representan dos excepciones en un grupo político que continúa siendo refractario a mostrarse taxativo con todo aquello que emana del entorno de ETA. Sorprende, por tanto, que Iglesias y el resto de la cúpula sigan irritándose cada vez que son acusados de titubeos en esta materia. Si pretenden que esto no ocurra, lo primero que deberían hacer es no calcar el viejo discurso de Batasuna, lo que equivale a mostrar una condena rotunda de la violencia y a arropar sin fisuras a las víctimas.

El manifiesto suscrito por Podemos, además de tratar de interferir en la acción de la Justicia, pivota sobre una infamia inaceptable. El brutal ataque perpetrado a un teniente y un sargento de la Guardia Civil y a sus parejas en la madrugada del 15 de octubre, en las inmediaciones del bar Koska de Alsasua, no fue una "pelea de bar", tal como cínica y torticeramente arguyen desde la formación morada. Fue, en realidad, una muestra del matonismo y la cobardía que durante décadas cebó el caldo de cultivo del terrorismo. Los agentes fueron primero increpados y, posteriormente, terminaron siendo apalizados en plena calle. En su auto, la juez que lleva el caso considera que estamos ante un delito de terrorismo, enmarcado en una estrategia para amendrentar a las fuerzas de seguridad.

No cabe justificación ni ambigüedad de ningún tipo ante un episodio execrable que puso de manifiesto la atmósfera de aceptación de la violencia que continúa presente en parte de la sociedad vasca y navarra. El amparo de Podemos a los presuntos responsables de esta agresión -al igual que ocurre con Bódalo- constituye un gravísimo error porque implica seguir confundiendo a las víctimas con sus verdugos. Y en democracia, cabe recordar, no tiene cabida ningún discurso que legitime la violencia, ya sea de forma explícita o subrepticia. Podemos debe corregir esta deriva.

Podemos se alinea con los matones proetarras
EditorialLa Razon 23 Marzo 2017

El pasado octubre, entre 30 y 50 personas agredieron brutalmente a dos agentes de la Guardia Civil y a sus parejas en Alsasua. Varios de ellos fueron procesados por un delito de terrorismo tras una investigación que acumuló una veintena de consistentes indicios en su contra. Ayer, los diputados de Unidos Podemos, encabezados por Pablo Iglesias, se solidarizaron con los matones tras un encuentro mantenido con sus familiares en el Palacio de las Cortes, y refrendaron, junto a parlamentarios del PNV, PDeCAT, ERC, Compromís y Bildu, un manifiesto en el que denuncian «la falta de proporcionalidad» y la vulneración de las garantías procesales de los encausados. Su versión, en definitiva, es que se trató de una «pelea de bar». Incluso se llegó a escuchar ayer que en el ataque de Alsasua todos fueron víctimas.

Una vez más asistimos al discurso de la equidistancia entre verdugos y víctimas tan conocido en el País Vasco, que no es otra cosa que una enmascarada complicidad con ETA y su mundo. Porque Pablo Iglesias y Podemos se alinearon ayer con una parte y no con la otra y dieron por buena su versión y no la de la Justicia democrática. Así de simple y así de repulsivo. Los tribunales serán quienes dictaminen si el ataque de Alsasua fue o no un acto terrorista, y lo respetaremos, pero nuestro criterio coincide con el de la Fiscalía: que se produjo un linchamiento por individuos del entorno proetarra, que conocían que atacaban a guardias civiles, enmarcado en una campaña que pretende que la Benemérita deje Navarra con medios no pacíficos.

Los "falangistas" de Inés, prima de Rivera
Romeva tacha de "falangistas" a quienes se manifiestan contra el golpe secesionista y Cs, PP y PSC ni se inmutan.
Pablo Planas Libertad Digital 23 Marzo 2017

Raül Romeva, consejero de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia de la Generalidad de Cataluña, "minister" según sus tarjetas de visita, es el primer diputado que llama "falangistas" a todos los participantes de una manifestación, en concreto la del pasado domingo en Barcelona en contra del proceso separatista, y no pasa nada. Tiene mérito lo de Romeva, que despacha a un número comprendido entre las 6.500 (cifra de la Guardia Urbana mandada por Ada Colau) y las 15.000 personas (según los convocantes, en ese caso Sociedad Civil Catalana), con un "falangistas" que pretende humillar a gentes de las más variadas procedencias ideológicas menos la suya, uno de los nacionalismos más cerriles de Europa, equiparable al de la Liga Norte o los Auténticos Finlandeses.

Así que Romeva, en sede parlamentaria, sesión plenaria, fase de control al Ejecutivo autonómico, respondió a una pregunta del diputado de Ciudadanos Fernando de Páramo sobre sus 87 viajes al extranjero para vender el humo del proceso con un exabrupto que le saldrá gratis a pesar de que muestra la verdadera naturaleza de su humor político y el desprecio a quienes son contrarios a que Cataluña se convierta en una república y mucho menos dirigida por individuos de su estofa.

"Supongo que usted [por De Páramo] está más cómodo rodeado de falangistas, que son todos aquellos que estaban en la manifestación este domingo cuando usted hablaba de democracia", bramó Romeva puesto en pie. El estupefacto diputado al que iba dirigida la réplica balbuceó que "no permitiré que nos llame falangistas ni a nosotros ni a los que se manifestaron el domingo", y ahí se acabó todo porque la presidenta de la cámara, Carme Forcadell, matizó que Romeva no había llamado falangistas a los miembros de Ciudadanos, sino a los ciudadanos con los que se codeaban el pasado domingo. De modo que no hubo alusión directa a los naranjas, asunto zanjado.

Ni en el PP, ni en Ciudadanos ni mucho menos en el PSC se inmutaron demasiado. En realidad, ni se inmutaron. Permanecieron plácidamente sentados en sus escaños porque ellos se habían rumiado muy bien el tema de los presupuestos autonómicos con adenda para celebrar el referéndum, pero lo de Romeva no estaba en su guión ni tuvieron reflejos para encajar en toda su dimensión el alcance de que el andoba insultara a un amplio número de sus votantes con el apelativo de "falangistas", tal como ha quedado reflejado en las páginas siete y ocho de la transcripción de la humillante sesión. Peccata minuta, una nonada del amigo Raül que luego, al natural y en los pasillos, es la mar de majo.

De modo que el pavo real conocido como Cocoliso por la disidencia, dado el perfecto rasurado diario de su cráneo pelado, insulta a miles de personas e Inés Arrimadas, Xavier García Albiol y Miquel Iceta hacen la vista gorda por no estropear el momentazo oposición que vendría después, el insumiso gesto, ¡vaya pasada!, de negarse a votar la disposición adicional de los presupuestos en el que se incluyen unos cuantos millones de euros para celebrar el próximo referéndum.

¿Prevaricación? Vamos, no jodamos.
Hace tiempo que lo propio de la oposición sería no contribuir con su presencia y a modo de extra a la conversión del Parlamento en un artefacto golpista. Y que Romeva tachase de "falangistas" a quienes se expresaron de forma cívica, pacífica y festiva (como reza la propaganda nacionalista respecto a sus manifestaciones) en contra del proceso era una inmejorable ocasión para decir basta, hasta aquí hemos llegado, aprueben ustedes que la Tierra es plana, pero no con nuestro concurso en calidad de bultos sospechosos. No pasó y ahí se quedaron, hechos unos boniatos, cómplices necesarios para adornar las cacicadas avaladas por la Mesa de la cámara, la CUP y Junts pel 3% con el atributo de una oposición tan amordazada como inútil, vergonzante y prescindible.

Sí, sí, Arrimadas estuvo durísima cuando le dijo a Puigdemont que si los presupuestos anteriores eran los últimos autonómicos, ¿qué eran los actuales? Ahí le has dado. Y Albiol espetó a Puigdemont que es español aunque no lo sepa o no quiera. ¡Cuánto arrojo! Iceta, por su parte y como siempre, equidistante, es decir, equis con los nacionalistas y distante con los demás. Magnífico papelón, tremebunda actuación. ¿Ha dicho "falangistas"? Se habrá equivocado. Ya sabéis como es Romi, pelillos a la mar.

Todo esto pasó antes de trascender la sentencia del Tribunal Supremo sobre la actuación de Francesc Homs en el 9-N de 2014, trece meses de inhabilitación. Se llega a saber antes y el Páramo le admite a Romeva que tiene razón, que todas las personas que están en contra del proceso y se atreven a salir a la calle a proclamarlo son unos fachendas feixistes y falangistas rancios y asquerosos, que es lo que con su abrumador silencio conceden Arrimadas, la prima de Rivera, Iceta, el sanchismo catalán, y Albiol, delegado de Mariano, por orden de representación parlamentaria. Ese es el nivel. Salen unos ciudadanos con sus banderas a reivindicar el imperio de la ley, un consejero con ínfulas de ministro plenipotenciario les califica de "falangistas" y no sólo cuela sino que resulta de lo más normal hasta para los beneficiarios de los votos de esas excrecencias de la sociedad que en su puñetera vida han sido invitados a un concierto del Palau de la Música Catalana.
 


 


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