AGLI Recortes de Prensa    Jueves 13 Abril 2017

Miedo a la verdad
Hermann Tertsch ABC 13 Abril 2017

El miedo a la verdad es una fuerza poderosísima capaz de cualquier cosa, como ya nos enseñan las Sagradas Escrituras. Porque mientras se llega, si se llega, a la sabia convicción de que la verdad nos hace libres, el hombre teme que la verdad le deje en peor lugar. En las últimas semanas se les ha visto mucho el miedo a los grandes guardianes de la actual historia oficial de la Guerra Civil. El libro de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García titulado "1936, fraude y violencia" ha tenido dos tipos de reacciones. Por un lado han salido cuatro o cinco voces a descalificarlo. Torpe y falazmente, hay que decirlo. Por el otro, han callado como meretrices todos los medios que tanto ruido suelen hacer sobre libros vulgares del sectarismo zurdo sobre la Guerra Civil. En esto son eficaces. Para eso tienen monopolio mediático gracias a la falta de complejos de la izquierda y a la cobardía y la indolencia de la derecha. Porque muchos de ustedes no habrán oído hablar del libro de Álvarez Tardío y Villa García. Cuando deberían tenerlo ya en casa medio empezado. Porque es todo un acontecimiento histórico que debería haber ocupado las portadas de diarios y revistas, y durante semanas haber abierto informativos, protagonizado debates, programas monográficos y encuentros divulgativos.

La obra de investigación prueba minuciosamente que las elecciones de febrero de 1936 que dieron la victoria al Frente Popular sufrieron un masivo fraude. Con estudios nunca realizados antes sobre documentación oficial se prueba que la extensión y la calidad del fraude en toda España cambió el signo del resultado. Los dos historiadores insisten en que ellos no hacen consideraciones ideológicas o políticas. Pero los guardianes del mito de la Santa República de Inmaculada Democracia han visto el enorme peligro que se cierne sobre sus predios de cultivo intensivo de la buena conciencia izquierdista. Cualquier duda sobre el planteamiento de "República democrática buena" frente a "golpismo fascista malo" es descalificado como "franquismo" o intentos de justificar el golpe. Tienen miedo a saber que no quedaba democracia tras los golpes de 1934 y el fraude de 1936. Miedo a saber que el Frente Popular no tenía ni la razón política ni la razón moral. O al menos no toda, como pretende hoy el dogma impuesto.

Es el miedo a la verdad de una izquierda reaccionaria. Que considera la versión de la historia convenientemente manipulada una propiedad tan incuestionable como los huesos de Lorca para Ian Gibson. El 4 de abril moría en Roma a los 92 años Giovanni Sartori, grande entre los más grandes de la ciencia política. Tuve el privilegio de tratarle durante unos años y me fascinó por su brillantez, su ingenio y su finísimo humor. Este le sirvió en los últimos lustros para encajar con elegante soltura y mucha sorna los embates del fanatismo y la estulticia de la corrección política. Que le llegaron de una izquierda de la que él procedía, pero cuyo dogmatismo, falta de inteligencia y valentía para la verdad fustigó con finura florentina, cuando no maquiavélica. Después de publicar "La Sociedad Multiétnica. Pluralismo, Multiculturalismo y Extranjeros" en 2000 comenzó a ser mal visto el antes adorado Sartori. Porque expuso las verdades que tanto teme la izquierda aferrada como nunca a sus dogmas. Mantuvo que el multiculturalismo genera guetos y dinamita la democracia. Y que la inmigración sin control, limitación y exigencia de integración es una bomba para la sociedad libre. Y Sartori se convirtió –con Oriana Fallaci– en otro "descarriado que alimenta la xenofobia". El miedo a la verdad arrastra a Europa, secuestrada por los guardianes del dogma, a la catástrofe. Y en España el cerrojo está en su gran mentira: el antifranquismo.

Culpas ajenas
Aleix Vidal-Quadras Gaceta.es 13 Abril 2017

Es típico de los gobernantes fracasados, especialmente de los totalitarios, atribuir los males causados por su fobia a la libertad y su incompetencia a tres enemigos, el interior, el exterior y el anterior. Así, Nicolás Maduro, que ha arruinado a un país potencialmente tan rico como Venezuela sumiendo a sus habitantes en la miseria y el desabastecimiento y que encarcela a sus opositores triturando cualquier vestigio de Estado de Derecho, atribuye el desastre creado por él mismo y por su histriónico antecesor a los antirrevolucionarios que sabotean el régimen, al imperio, es decir, los Estados Unidos y su supuesta política colonialista y agresiva, y a la herencia recibida de la ya remota época de la oligarquía corrupta que estuvo en el poder antes de la llegada de Chávez. Por supuesto, la pobreza, la fuga de capitales, los comercios sin oferta y la inflación galopante nada tienen que ver con su delirante gestión económica, que ha arrasado el tejido empresarial venezolano, ni con su represión violenta de toda voz crítica que le pida responsabilidades y la convocatoria de elecciones.

Lo mismo sucede en Cuba desde hace seis décadas. La penuria que padecen los cubanos, la escasez dramática de productos de primera necesidad, los cortes continuos de fluido eléctrico, los automóviles desvencijados que circulan a base de remaches y apaños desesperados, las cárceles pobladas de disidentes pacíficos cuyo único delito es exigir respeto a los derechos fundamentales, el penoso deterioro de los edificios de La Habana y la masiva huida de los sectores más formados y dinámicos de la sociedad hacia Florida, no son el efecto lógico de una dictadura comunista liquidadora de los mecanismos capaces de crear prosperidad general y cruelmente supresora de la mínima muestra de autonomía de pensamiento o de propuesta alternativa. Resultan, según el escandaloso falseamiento de la realidad por los Castro, de la acción subversiva de los demócratas, del embargo norteamericano y de los abusos de los gobiernos previos al triunfo del fallecido líder carismático.

En el averno en el que apenas sobreviven millones de norcoreanos, las hambrunas que diezman a la población, las ejecuciones sumarias y extrajudiciales a capricho del Querido Mandamás y el lavado de cerebro sistemático al que se somete a una juventud carente de futuro, tampoco derivan del despilfarro demente en programas armamentísticos absurdos ni de la pesadilla liberticida y megalómana construida por la dinastía asesina de los Kim. Son causados, como es bien sabido, por las fuerzas reaccionarias promovidas por Corea del Sur, por la persecución de Washington y por el legado del capitalismo inhumano e injusto.

Ahora bien, esta atribución imaginativa a los tres demonios habituales para justificar los fallos propios, no sólo aparece en tiranías descaradas como las citadas, sino que también es una estratagema de comunicación en la que se refugian políticos de latitudes más civilizadas. En la reciente reunión de los Estados Miembros del sur de la Unión Europea celebrada en Madrid, el primer ministro griego ha tenido la increíble desvergüenza de afirmar que “los déficits exagerados del sur son por los superávits del norte”, o sea que las disparatadas medidas económicas tomadas por el Gobierno de Syriza no guardan relación alguna con las estrecheces que agobian a los griegos ni con las dificultades de su PIB para despegar. Hay que acudir a los derroches de la época de vacas gordas, a las malas artes de la derecha, a la crisis global, al austericidio impuesto por Alemania y a la tacañería de los países septentrionales, que se resisten a derramar cataratas de euros para que Grecia siga permitiéndose disfrutar de la existencia alegremente por encima de sus posibilidades. En vez de disculparse por las supercherías contables, el saqueo sistemático de los fondos públicos y un sistema de protección social pródigo hasta la desfachatez, el correligionario de Pablo Iglesias intenta trasladar la culpa a otros excitando el rencor de sus compatriotas hacia los que se comportan más sensatamente que ellos.

Cuando la lucha por el poder se apoya principalmente en la mentira, como ya denunció magistralmente en su día François Revel, es muy difícil que los votantes se formen un criterio recto y objetivo sobre el origen de sus desgracias y el camino para su remedio. El debate electoral e ideológico, en la medida que no se concentra en contrastar argumentos y en poner en evidencia hechos, sino que consiste en un combate agotador y estéril contra la pura invención, se desnaturaliza y se transforma en el campo perfecto para el triunfo de los desaprensivos.

Asesinados por ser cristianos
EDITORIAL Libertad Digital 13 Abril 2017

Aunque cualquier momento del año es oportuno para denunciar la brutal persecución que, en pleno siglo XXI, todavía sufren millones de personas por el mero hecho de ser cristianas, nada más indicado que hacerlo durante esta semana en la que los fieles de esta religión conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Esta Semana Santa viene precedida, además, por los salvajes atentados del pasado Domingo de Ramos, perpetrados en dos iglesias en Tanta y Alejandria, en los que han sido asesinados cuarenta y cinco fieles y han resultados heridos más de un centenar.

A pesar de que cerca de 215 millones de cristianos sufren un alto nivel de persecución por su religión, según el último índice publicado por la ONG Puertas Abiertas, y de que tres de cada cuatro personas perseguidas a causa de su religión son cristianas, esta es una trágica realidad de la que apenas se habla y que los políticos de todo el mundo –empezando por los occidentales- raramente -por no decir, nunca- sacan a relucir. El hecho de que los verdugos de todas estas personas sean, en la inmensa mayoría de los casos, islamistas radicales o representantes del ateísmo comunista, lleva a muchos dirigentes políticos a considerar diplomáticamente inadecuado o incluso políticamente incorrecto denunciar estas atrocidades. Así, resulta mucho más frecuente oír a nuestros políticos denunciar la "islamofobia" que la "cristianofobia", cuando lo cierto es que, desde hace siglos, los únicos musulmanes perseguidos lo son a manos de otros musulmanes y los cristianos siempre están en el lado de las víctimas.

No se trata de azuzar una "guerra de religiones", tal y como arteramente dicen quienes pretenden silenciar que ya no hay cristianos entre quienes matan por razones religiosas tanto como ocultar que sigue habiendo musulmanes que asesinan por el hecho de serlo, sino de ser conscientes de que la civilización debe estar en guerra contra la barbarie, y que mientras la civilización de la tolerancia y de la libertad debe mucho a una religión como el cristianismo, la barbarie está todavía institucionalizada en muchos países de mayoría musulmana en donde la herejía o la apostasía se castiga con la cárcel y, en la mayoría de los casos, con la muerte.

Aunque a esa barbarie no son ajenos regímenes comunistas, como Corea del Norte, en los que las manifestaciones religiosas son consideradas como delito, es fundamentalmente en los países musulmanes, cuyas legislaciones no distinguen el delito del pecado, donde más persecuciones por motivos religiosos se producen. Esta persecución institucionalizada que sufren los cristianos en países como Somalia, Afganistán, Pakistán, Siria o Irak debe ser denunciada y combatida en todos los ámbitos por todos aquellos que, siendo creyentes o no, consideren, parafraseando a Shakespeare, que "Hereje no es el que arde en la hoguera. Hereje es el que la enciende".

La Segunda República: de mito a timo
Jorge Vilches www.vozpopuli.com 13 Abril 2017

Un tribunal ha obligado al alcalde de Cádiz, José María González, más conocido como “Kichi”, a retirar la bandera tricolor de un lugar público. El dirigente podemita alegó que se trataba solamente de una referencia histórica –como hizo el año pasado–, pero es dudoso que, con el mismo ánimo de recordar la Historia, el próximo 18 de Julio ponga la rojigualda con el águila de San Juan. Otro tribunal ha impedido que el gobierno de Navarra, otrora cuna de los requetés que se batían por el “Dios, Patria, Rey”, hiciera lo mismo. Tenemos también al impagable diputado Alberto Garzónhaciendo bolos por todo el país para blanquear el comunismo republicano, como si el PCE, entre su fundación y 1956, hubiera alguna vez luchado por una República que no fuera soviética.

Todo este esperpento procede de la mitificación de la Segunda República, que aquí se ha pasado a historiar como la “antiEspaña” por los franquistas y posfranquistas, y como la culminación buenista por los izquierdistas. Dejando aparte el teatro dramático de polemistas como Pío Moa y Ángel Viñas –que viven de la bronca, retroalimentándose como si fueran trolls tuiteros o personajes de un talk-show de La Sexta-, lo cierto es que aquel periodo nada tuvo que ver con la democracia, la reforma o la libertad, y sí con la violencia, el exclusivismo y el ajuste de cuentas.

La Segunda República es un mal ejemplo democrático, pero la hegemonía cultural de la izquierda, que ha tomado la educación, las artes y los medios, nos lo han presentado de otra manera. Ahora que se aproxima el 14 de abril, y que veremos recordatorios mediáticos y callejeros, voy a repasar algunas de estas cuestiones.

La bandera republicana
La sustitución de la tricolor por la rojigualda fue por decretazo, con fecha del 27 de abril de 1931, de un Gobierno autoproclamado, provisional, que nadie había elegido. El gran JosepPla, entonces por Madrid, escribió que el 14 de abril, cuando Alfonso XIII ya se había ido, la izaron en el Palacio de Comunicaciones unos funcionarios, quienes, decía, “solo tienen de bandera el sueldo”. Los madrileños la miraban preguntándose qué era aquello. Pla no exageraba porque era el emblema de la Conjunción republicana; esto es, de una parte.

Miguel Maura, que fue ministro de la Gobernación en aquel primer Ejecutivo republicano, dejó escrito que no pensaban cambiar la bandera porque entrañaba “problemas de todo tipo”, pero que se dejaron llevar por el ímpetu de algunas autoridades locales, como la de Barcelona. Luego buscaron un anclaje histórico falso: no era el morado de Castilla ni se creó durante la Primera República (1873).

El general Vicente Rojo, el último defensor del Madrid “republicano”, escribió tras la guerra que la nueva bandera había sido un error: la rojigualda no representaba a la monarquía, como dijeron, sino a la nación, que la hicieron suya los que desde 1808 lucharon por la libertad. La republicana, concluía, no fue una aspiración popular, era partidaria y dividía España.

La imposición trajo muchos problemas porque no fue el resultado de un referéndum, ni de una votación parlamentaria, ni contó con un informe técnico como sí había tenido el cambio del escudo en 1869. El gobierno arrestó a los que portaban la rojigualda o escribían a su favor, y se produjeron quemas de la tricolor como protesta.

La cultura del odio
En la España de la Segunda República se desarrolló lo que Mosse llamó “brutalización de la política”, con una “banalización de la violencia”, tal y como contó Arendt. El socialismo bolchevizado de Largo Caballero, que contó con la complicidad ocasional de Indalecio Prieto, el comunismo y el anarquismo, alimentaron los peores instintos posibles en la incipiente sociedad española de masas: el odio. El aplastamiento del enemigo era una forma de librar al Progreso de un obstáculo para llegar al Paraíso. De ahí la tolerancia hacia la violencia de abajo, y la planificación de violencia desde arriba, como en 1934, así como la más dura represión, como en Casas Viejas. Y es que la violencia partió mayoritariamente del lado izquierdista.

La quema de iglesias, sedes políticas y periódicos –solo 18 entre febrero y julio de 1936-, así como los asesinatos políticos –un total de 2.250-, asaltos y palizas, fueron muy frecuentes. Los anarquistas se levantaron en cuatro ocasiones contra la República gobernada por los socialistas antes de 1934. También contó con el pronunciamiento chusco del general Sanjurjo, las continuas declaraciones del estado de guerra –hasta 18-, y la violencia verbal en las Cortes.

El liberalismo y el parlamentarismo eran fantasmas en aquella España, sustituidos por la cultura del odio, en la que un acto violento era un instrumento político en nombre del pueblo, la patria, la raza o el proletariado.

Más censura que nunca
Desde el primer día. La Ley en Defensa de la República (octubre de 1931) tipificaba como delito la difusión de noticias que el gobierno entendiera que podían perturbar “la paz o el orden público”, que despreciaran “las instituciones u organismos del Estado”, o hicieran “apología del régimen monárquico”. Aquello era un atentado a la libertad, como dijeron algunos diputados, a lo que Azaña contestó que había periodistas que eran “monas epilépticas que por equivocación llevan el nombre de hombres” y que estaba dispuesto a “romper el espinazo al que toque la República”.

La suspensión de periódicos de todo tipo y las multas para forzar su cierre, a pesar de la censura previa, eran más que frecuentes. El gobierno de Azaña prohibió a la prensa que llamara “asesinato” a la muerte del diputado Calvo Sotelo, pero no a la del teniente Castillo. El periódico Ya se saltó la prohibición y fue suspendido. La libertad de prensa y expresión retrocedió en España durante la Segunda República en comparación con la existente durante la Restauración.

El voto y las elecciones
Casi toda la izquierda se opuso a que la mujer votara. No hace falta más que leer a Clara Campoamor frente a la socialista Victoria Kent y la comunista Margarita Nelken. El argumento en contra era que la mujer –como si fuera un sujeto colectivo, muy parecido, por cierto, a cómo lo aborda ahora la perspectiva de género- era prisionera del confesionario, y que votaría lo que dijeran los curas.

Claro, preferían el púlpito de los mítines socialistas o comunistas de sus religiones laicas. Luego se produjo la persecución de Campoamor –recomiendo su obra “El voto femenino y yo. Mi pecado mortal” (1936)- por parte de las izquierdas, con insultos machistas, vejaciones y apartamiento de la política porque la culpaban de la victoria de la derecha en 1933.

A esto añadimos el fraude en los resultados electorales de febrero de 1936. La ola de violencia que rodeó la primera vuelta, el 16 de ese mes, hizo que el presidente Portela dimitiera, y Alcalá Zamora lo sustituyó en pleno proceso electoral por Manuel Azaña, uno de los jefes del Frente Popular. Ante su pasividad –por ser benévolo-, los frentepopulistas asaltaron los colegios electorales, violaron la documentación, tacharon resultados y pusieron otros.

No contentos con esto, y tras una segunda vuelta en la que la derecha, la CEDA en particular, bajó los brazos, la Comisión de Actas quitó por “convicción moral” 50 escaños a sus enemigos y se los atribuyó al Frente Popular con la connivencia de Azaña y Prieto. Así consiguió mayoría absoluta. Esto no justifica el golpe de Estado del dictador Franco y compañía, sino que deja en su sitio antidemocrático a la Segunda República.

El mito
El mito es una falsedad para sostener un discurso político. En eso han convertido la Segunda República ciertos historiadores, algunos partidos y unos cuantos medios. La distancia y el acercamiento crítico a los hechos nos muestra otra cosa. Y eso que, por falta de espacio, no hablo del papel deplorable que tuvieron las élites, tanto de la derecha como de la izquierda –como señaló el sociólogo Juan José Linz–, ni de otros “agentes sociales”. Dejémoslo aquí.


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La batalla de las banderas.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 13 Abril 2017

Alguien que me haya leído ya sabrá que públicamente me he declarado de ideología liberal y republicano. Por supuesto que creo que la Monarquía es una Institución obsoleta, anacrónica y profundamente anti democrática, por mucho que nos la quieran vender como cohesionadora, imparcial y que nos representa a todos. No creo en la sucesión dinástica como aval exclusivo para desempeñar el cargo más importante de la Nación como es el de la Jefatura del Estado. Y no basta con decir que es solo una figura representativa sin funciones reales ejecutivas, porque eso es precisamente lo que hace que actualmente tenga muy limitadas sus atribuciones y sus competencias. Y aquí no quiero entrar en otros aspectos de índole privada y personal que han acompañado, con más sombras que luces, al reinado del primer Rey de la democracia, ahora ya emérito que le llevó muy a su pesar a abdicar. Un reinado salpicado por demasiados episodios nada ejemplares y el tema tabú de la fortuna personal (y aquí no me refiero al famoso yate que disfrutaba la Familia Real en Mallorca en sus “vacaciones” de verano).

Mañana es el aniversario de la República la del 14 de abril, una etapa también con más sombras que luces que fue suprimida por una asonada militar que dio paso a otra dictadura, la del General Francisco Franco, la más cruenta y duradera de todas la de la era moderna. Y siempre que viene esta efeméride algunos quieren dar la nota sacando a relucir la famosa bandera tricolor, exhibiéndola en dependencias oficiales cuando son plenamente conscientes de su ilegitimidad a día de hoy. Sinceramente, creo que se equivocan y que hacen muy flaco favor a los que creemos que las ideas no se imponen, sino que se debaten para convencer a quienes no piensan como nosotros. Es simple, si queremos un cambio del sistema que, entre otras cosas, permita a los españoles decidir entre Monarquía parlamentaria o República, lo primero es que el Parlamento apruebe por mayoría realizar un referéndum.

Los de PODEMOS y afines como COMPROMIS, se creen que eso de las banderas es como lo de las camisetas de apoyo al mamporrero sindicalista Bódalo. La bandera de una nación es algo más profundo y no un objeto de mercadotecnia. Y es que si quieres que algo se respete, no se puede frivolizar ni devaluarlo mediante simples poses de rebeldía panfletaria y de efímeros desafíos que se acaban en cuanto se impone la legalidad vigente. Lo malo es cuando la Ley no se impone, como pasa en muchas localidades en comunidades como Navarra o Cataluña, donde gobiernan grupos extremistas e independentistas que escenifican su prepotencia suprimiendo la bandera de España y colocando en su lugar banderas ilegítimas en dependencias oficiales o en lugares públicos, sin que quienes deben velar por el cumplimiento de la legalidad hagan nada por evitarlo. Y ahí es cuando el Estado de Derecho pierde la batalla en la defensa de la democracia.

Tan ilegítima es hoy en día la bandera de la II República, como lo es la llamada “estelada” en Cataluña o el uso de la Ikurriña en Navarra. Un acto así realizado por representantes públicos aprovechando sus cargos electos, es un claro delito que debería bastar para sancionarlo con la inhabilitación. Una desobediencia y una violación de la promesa de acatar el orden constitucional vigente, aunque dijeran aquello de "por imposición legal", inaceptable en una democracia que quiera seguir siéndolo y respetada. Lo malo es que quienes así actúan lo que intentan precisamente es imponer por la fuerza de los hechos y en manifestaciones callejeras violentas, lo que las urnas les niegan a pesar del clima de crispación y de amedrentamiento que imponen a quienes no comparten su ideología. Son los mismos que realizan escraches, que desprecian la propiedad privada (menos la suya) y que usan la democracia como instrumento para llegar al poder y secuestrarla o eliminarla en cuanto lo tienen. Son una escoria de la sociedad, peligrosa y fanatizada con la que es imposible debatir.

Porque la esencia de la democracia es el respeto por las ideas de los demás y asumir que son las mayorías las que deciden. Soy plenamente consciente de que incluso entre republicanos existen multitud de concepciones de lo que debería ser la República y su modelo. Al estilo monolítico de Francia, el tipo federal de Alemania, el imperialista de los USA o el de la Federación Rusa que tanto monta, monta tanto, la revolucionaria populista y demagógica bolivariana como la de Venezuela o Bolivia, la dictatorial bananera como la delos Castro en Cuba o la de Kim Yong Un de Corea del Norte, etc. Lo realmente sarcástico es que la mayoría llevan la coletilla (y no va con segundas) de “democráticas”. ¡Ver para creer!

Así que por mucho que a algunos nos ilusione ver una bandera con un profundo significado ideológico, creo que se debe respetar mientras sea vigente la que recoge la Constitución de España. No hacerlo es perder toda la legitimidad en la defensa de nuestras reivindicaciones. No hacerlo es no aceptar la democracia. Seamos demócratas y hagamos uso de los cauces democráticos, del debate de ideas y de las campañas de concienciación para lograr que, alguna vez, una mayoría de españoles comparta nuestro afán por instaurar en España la tercera República que defienda los valores de “Libertad, Igualdad y Solidaridad”.

¡Que tengan un buen día!

La impunidad de ETA
Agapito Maestre Libertad Digital 13 Abril 2017

Me remite mi amigo Salvador Ulayar, víctima del terrorismo de ETA, el manifiesto por Un fin de ETA sin impunidad. Lo leo, lo firmo y me remueve la conciencia, casi me hace sentir náuseas, pensar que las víctimas están hoy más solas que nunca. Su soledad nos hace libres. Su decir es sencillo, verdadero, justo y bello: una sociedad no puede construirse sobre la base de crímenes impunes. Una comunidad que deja sin castigo al criminal es una sociedad encanallada. Envilecida.

Todas las fuerzas políticas quieren pasar página de la historia criminal de ETA. La mayor parte de la sociedad española, convertida ya en un gentío por los partidos políticos, cierra los ojos ante el blanqueamiento de una de las bandas criminales más sanguinarias del mundo. Rodríguez Zapatero planificó con su malicia habitual la primera etapa de ese blanqueamiento. Recuerdo muy bien, nunca lo olvidaré, la reunión que tuvo el todopoderoso Rodríguez Zapatero con periodistas, intelectuales y gente así para "rendirse" a ETA. Ahora, con Rajoy Brey en su segunda legislatura en el poder, asistimos al final de esa rendición pactada en las cloacas del poder. Tengo la sensación de que todo está perdido. A la democracia española solo le queda de moral lo que aporta el discurso, la ética, de las víctimas del terror de ETA. El resto es faramalla: Rodríguez Zapatero y Rajoy Brey asisten con caras de pánfilos y malvados a los oficios fúnebres que presiden los nacionalistas vascos y catalanes.

Todo, en efecto, está perdido. Solo queda la ética para quienes firmen el manifiesto. Es un placebo para que sesenta o cien mil habitantes de España, no creo que consigamos más firmas, sigamos tirando, malviviendo política y privadamente, hasta que nos lleven al circo para ser sacrificados por los leones para solaz del gentío. Creo que aunque cayeran las siete plagas de Egipto, todas ellas juntas, el "gentío", como dice Carlos Díaz, no reaccionaría: ya está muerto. Todo, sí, es abstracto en la política española. Todo está escrito en los subsuelos y sótanos más oscuros de las débiles instituciones de un sistema democrático sin pulso. La democracia española está determinada por los criminales. El carnicero de Mondragón, un etarra con decenas de muertos en su historial criminal, no se arrepiente de sus asesinatos.

No es, sin embargo, este asesino de Mondragón la mejor seña de identidad de ETA; pues que, al fin y al cabo, el criminal es consecuente -no se diga con sus ideas, porque no las tiene- con su realidad: el crimen. No arrepentirse de sus asesinatos es una prueba de su calaña. La identidad verdadera de ETA está en sus alrededores, sí, reside en el fanatismo criminal de quienes solo de boquilla han condenado sus crímenes, o peor, colaboraban con su silencio cómplice al asesinato: políticos, curas, intelectuales y miles de cobardes que preferían y prefieren llenar sus buches a vivir como hombres libres. La identidad a ETA se la dan los desagradecidos, los cobardes, que no se alegran de haber nacidos españoles, hombres libres, y han apostado definitivamente por vivir bajo la esclavitud de ETA y los nacionalistas. Son miles, millones, los que piden "generosidad a las víctimas" para que ellos sigan viviendo como esclavos. Son millones, sí, los dispuestos a "tolerar" diversos grados de impunidad a ETA. Son esos millones de votantes, que nunca firmarán el manifiesto de las víctimas, los que dan identidad a ETA.

Es obvio que los asesinos de ETA han ganado la batalla política. Los nacionalistas y Podemos están con ellos hasta el final. El PP mira para otro lado. Y lo peor es que el PSOE, un partido que ha sufrido los crímenes de ETA en carne propia y de modo durísimo, es uno de los principales responsables de este blanqueamiento de la banda terrorista. En fin, habrá esperanza, mientras haya una víctima de ETA que se pregunte: ¿Quién es más perverso, el carnicero de Mondragón, un criminal de ETA que se pavonea de sus asesinatos, o el político que le promociona su maldad?

El carnicero de Lyon y el de Mondragón
Edurne Uriarte ABC 13 Abril 2017

¿Ha sido derrotada ETA? No del todo. O eso es lo que yo contestaría a una pregunta semejante sobre el nazismo si viera al carnicero de Lyon, a Klaus Barbie, subido al escenario de Bayona el pasado sábado y haciendo un homenaje a los nazis, tras haber dejado bien claro que reivindica todos y cada uno de sus crímenes. No estaba en Bayona el carnicero de Lyon que murió en la cárcel en 1991, pero sí estaba el carnicero de Mondragón, ya libre a pesar de sus 600 años de condena y perfectamente orgulloso de sus 17 asesinatos.

Y quedan muchos nazis por el mundo, ciertamente, pero los detienen y condenan a la mínima como se les ocurra montar el show del pasado sábado con la excusa de que entregan unas cuantas armas viejas. Sobre todo en Francia, donde no les pasan ni una, como debe ser, por otra parte. Sensibles como son, entre otras cosas por los numerosos franceses que asesinaron criminales como Barbie. Aquí mismo conté la semana pasada las condenas judiciales, incluida una de cárcel, que lleva el cómico Dieudonné por hacer "chistes" antisemitas. En cambio, les produce cierta indiferencia lo de los asesinatos de ETA, de ahí que los etarras tengan esa afición a montar reuniones en Francia. Y no es por la diferencia de número en los crímenes entre los nazis y ETA. Es por la diferencia de ideología que justificó unos asesinatos y otros. Es ahí donde ETA no ha sido derrotada claramente como sí lo fue el nazismo.

Ahora se ha puesto de moda lo de la "posverdad", pero los etarras y quienes les han comprendido llevan varios años de exitosa posverdad. Consiste, por ejemplo, en llamar "lucha armada" a los asesinatos, "conflicto" al crimen y "diálogo y normalización" a la impunidad del asesino. O en presentar como "líder de la izquierda independentista vasca" a Arnaldo Otegui. Así lo hacía ayer John Carlin. Me pregunto si presentaría al carnicero de Mondragón como "activista de una organización independentista". Es posible que fuera capaz, si recordamos todo lo que nos llamó a los críticos de la negociación del Gobierno colombiano con las FARC. Otra posverdad para la historia. Lo nuestro es una nadería en comparación con aquella bacanal de impunidad y legitimación de una organización terrorista. El propio ministro de Justicia colombiano dijo hace unas semanas que lo que quieren es "reparar a las víctimas y eso no se logra con mandar a la gente de las FARC a prisión, sino con la verdad y la reparación". Para ganar un campeonato de la posverdad. A Barbie le habría encantado esa interpretación de la reparación de las víctimas. Y a todos los asesinos del planeta.

De aquí a nada los tenemos dando conferencias sobre justicia en España y, por supuesto, en Francia con el carnicero de Mondragón y compañía. Y España no podrá escandalizarse demasiado tras el lamentable apoyo que ha ofrecido a esa impunidad, Parlamento en pleno incluido. Quizá porque nos pasa lo que a Francia con ETA, que los "guerrilleros" (otra posverdad) de las FARC asesinan colombianos y no españoles.

Es muy difícil combatir la posverdad de un terrorismo de extrema izquierda, las FARC y ETA son una prueba. Pero no es imposible, como prueba la movilización que ha generado el manifiesto "Un fin de ETA sin impunidad". A la hora de escribir estas líneas, lleva casi 25.000 firmas en change.org (https./www.change.org/p/a-la-gente-de-bien-que–los-asesinos-pongan-reglas-un-fin-de-eta-sin-impunidad).Es una esperanza.

Algunos etarras tenían el teléfono de P.I.
Vicente Torres Periodista Digital 13 Abril 2017

Pablo Iglesias, que ha sido rebautizado como macho alfalfa, suele decir, y también los de su cuerda, que está con ‘la gente’, pero sin especificar con qué gente, porque desde luego conmigo no. Y no soy el único que no quiere verlo ni en pintura.

Si lo veo venir, me cambio de acera. Y lo mismo con cualquier podemita o similares. Todo se contagia y sólo me faltaría tener algo que ver con ellos.

Finalmente, se ha sabido a quienes se refiere cuando dice la gente y es que varios etarras tenían su teléfono. Nada nuevo bajo el sol, por supuesto; todo se intuía, dados los comentarios amables con que el elemento también conocido como el coletas dedicaba a la banda. O sea, que las simpatías del sujeto hacia los terroristas iban más allá de la admiración que pudiera sentir por ellos, puesto que cultivaba la amistad con algunos.

Todo en el caso de este ‘redentor’, entrecomillado y escrito con sorna, es engañoso. Puesto que se presenta como presunto limpiador de la política española y, en realidad, viene a ensuciarla más. No es raro que se niegue a condenar el régimen de Maduro, puesto que hasta el nombre de su partido procede de la Venezuela de Chávez, y tampoco extraña que tenga amistad con algunos etarras, puesto que ese gobierno venezolano, hacia el que siente tanta simpatía y gratitud, acoge y cuida a unos cuantos terroristas etarras. Tal vez a través de los etarras que viven tan ricamente en esa Venezuela que pasa hambre Pablo Iglesias haya logrado contactar con otros miembros de la banda. Aunque tampoco cabe descartar que hubiera conseguido esos contactos por sus propios medios.

El caso es que se presenta como demócrata y siempre está en contra de la ley. A ver quién ata esa mosca por el rabo.

Carrillo, el ogro que comía comunistas
Pedro Fernández Barbadillo Libertad Digital 13 Abril 2017

Los comunistas no matan sólo cuando toman el Gobierno (ningún PC ha llegado al poder en elecciones libres; siempre ha habido antes un golpe de Estado, una guerra civil o una invasión, desde Rusia en 1918 a Cuba en 1959), también cuando están en la oposición.

Durante la ocupación de Francia, el PC francés montó un Estado paralelo, con sus espías, sus tribunales, sus policías, sus verdugos y sus cárceles para localizar, secuestrar, juzgar y asesinar a los militantes que disentían de la línea de Moscú cuando se firmó el pacto nazi-soviético. Una vez cogido el gusto a la delación y el gatillo, los comunistas no se detuvieron ni cuando Alemania atacó la URSS. El número de muertos se calcula en más de 250. El libro que demostraba esta aberración de los comunistas franceses, matar camaradas antes que combatir a los invasores, todavía no se ha traducido al español.

Esta práctica tampoco fue ajena al PC español. En la paz de la República se entrenó dando palizas tanto a falangistas como a monjas y participó en un golpe de Estado en 1934. En la guerra civil, destacó por diezmar las filas de sus compañeros de lucha, como sufrieron los anarquistas de Aragón, Cataluña y Andalucía. El comunista Andreu Nin, del POUM, fue secuestrado por orden de Stalin y despellejado.

Una vez derrotado el III Reich, cabría pensar que el PCE abandonó las viejas costumbres, pero no fue así. Con Dolores Ibárruri en la Secretaría General, el joven Santiago Carrillo (nacido en 1915), que se las había arreglado para atravesar dos guerras sin pisar el frente, dirigió no sólo la ofensiva armada contra la España de Franco (Operación Reconquista), sino, también, la represión dentro del PCE. En esta última tuvo más éxito que en la primera.

Como escribió Enrique Líster, entre 1947 y 1951 "se venía aplicando el asesinato como método de dirección y de represión en el Partido" (Así destruyó Carrillo el PCE); "Carrillo y Antón ejercían un verdadero terror. Hubo camaradas que al pasar por los interrogatorios llegaron al borde de la locura, y algunos, ante las infames acusaciones que se les hacía, al suicidio" (¡Basta!).

No siempre balazos, pero siempre mentiras
Sobre quienes hacían sombra o desobedecían a Carrillo, Antón y Pasionaria caía el anatema comunista, mucho más despiadado que el cristiano. A veces, una bala; y siempre la difamación.

Entre los más ilustres purgados por el PCE destacan Joan Comorera, Jesús Monzón y Gabriel León Trilla.

Comorera fue secretario general del PSUC y consejero en la Generalitat presidida por Lluís Companys, tanto en la paz como en la guerra. En 1945 se enfrentó a la dirección del PCE y se le expulsó por haber contraído la desviación titista. Se supo condenado a muerte y en 1950 decidió abandonar Francia para marchar a la España franquista. Carrillo dio la orden a un comando de que le esperase en un paso de frontera y lo matase, pero Comorera salvó la vida porque sospechaba de sus camaradas y cambió de trayecto.

Fuera de su alcance, Carrillo le calificó en la prensa del partido como "traidor" a la clase obrera y "delator". Comorera fue detenido en 1954 por la policía franquista, después de vivir clandestinamente en Barcelona durante cuatro años. Se le condenó a 30 años de cárcel y murió en el penal de Burgos en 1958.

Cuando fracasó la invasión del Valle de Arán, Carrillo, Antón y Pasionaria, en vez de realizar su autocrítica, emprendieron una caza de brujas. Los escogidos fueron Jesús Monzón y Gabriel León Trilla, que se encontraban dentro de España levantando el PCE y organizando el maquis, o sea, jugándose la vida.

De Monzón escribió Líster en 1971:
Si hoy sigue en vida lo debe a haber sido detenido por la policía franquista en Barcelona (en 1945) cuando se dirigía a encontrarse con el enlace que "tenía que sacarlo a Francia", pero que en realidad debía conducirlo al lugar de su ejecución.

Como escapó a sus garras, el PCE lo destruyó ante los camaradas. Según un editorial escrito en el nº 4 de Nuestra Bandera (1950) por la mano de Carrillo y reproducido por Líster, detrás de Monzón están los servicios de espionaje norteamericanos, están los agentes carlistas españoles.

Se le condenó en consejo de guerra a 30 años de cárcel. En prisión los demás comunistas le hicieron el vacío debido a las infamias vertidas contra él. En 1959 salió libre y marchó a México. Es decir, la dictadura franquista fue más benévola con él que el PCE. Dio clases de márketing en una escuela de negocios montada por el Opus Dei.

Calles y honores para un verdugo
A Trilla lo mataron los asesinos comunistas en 1945 en las afueras de Madrid, en el Campo de las Calaveras. La ejecución se hizo a puñaladas y no a balazos para dirigir las sospechas a un robo, a una mujer o, como se dijo entonces en ambientes comunistas, a un "lío de maricones"; para aumentar los indicios, se le abandonó desnudo.

La Pasionaria puso la infamia:
Como un viejo y experimentado provocador, Trilla entregó a la policía la organización del partido y de guerrilleros... Monzón y Trilla estuvieron ligados con el policía norteamericano Field, dándole la posibilidad de reclutar para su trabajo a elementos vacilantes, aventureros y arribistas.

El jefe de esta banda de asesinos, Cristino García, fue detenido y juzgado por el régimen franquista. En el juicio se mostró orgulloso de todos sus delitos. Se le fusiló en febrero de 1946. El Gobierno y la Asamblea Constituyente franceses protestaron porque García había combatido en la resistencia. Este verdugo tiene una calle en Alcalá de Henares y también en varias ciudades francesas, como París.

Líster afirma que Carrillo y Antón también planearon su asesinato, junto con el de Juan Modesto, pero el propio Stalin lo paró.

Otra de las víctimas de Carrillo y Pasionaria fue el maquis Víctor García García, alias el Brasileño, al que sus camaradas habían encargado en 1942 reorganizar el PCE y levantar una banda de guerrilleros. Pero el buró político le destituyó y le ordenó unirse al maquis. Como desobedeció, desde Francia se ordenó matarle. "Provocador" fue el último clavo en su ataúd.

En abril de 1948, un paisano encontró su cadáver medio sepultado por tierra y ramas y mordido por las alimañas, con un disparo en la cabeza, típica marca comunista. Se le enterró en el cementerio de la aldea de Moalde (Silleda), al pie de la iglesia. Durante décadas su muerte se atribuyó a la Guardia Civil. De no haberse descubierto la verdad, esta víctima de Carrillo habría sido honrada como víctima del franquismo por la ley de la memoria histórica de Zapatero.

Rehabilitación sin culpables
Varias de las víctimas del terror carrillista, como Quiñones, Monzón y Comorera, fueron rehabilitados por el PCE en 1986, cuando Gerardo Iglesias se hizo con la Secretaría General y jubiló a los viejos. Así pasaron de traidores para los camaradas a héroes por la voluntad de un papel. Sin embargo, no hubo sanción para los responsables de la infamia; ni se les mencionó. Pasionaria seguía presidiendo el PCE.

Carrillo le confesó a la periodista María Antonia Iglesias que él nunca tuvo escrúpulos o remordimientos al ordenar matar incluso a los camaradas que se jugaban la vida en España, mientras él estaba en Francia o en Rumanía o en Corea del Norte.

En algún caso, yo he tenido que eliminar a alguna persona, eso es cierto; pero no he tenido nunca problemas de conciencia, era una cuestión de supervivencia.

Le creemos, ¿verdad?
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