AGLI Recortes de Prensa    Sábado 15 Abril 2017

La guerra de Siria es nuestra guerra
Antonio Robles Libertad Digital 15 Abril 2017

Siria es nuestra guerra, la guerra que los europeos han de ganar si no quieren ver convertida la Unión en un edificio en ruinas.

No me amparo en valores morales. Hoy, son puro postureo que, en lugar de resolver conflictos, los eternizan. Seamos pragmáticos, aunque sólo sea para poder ser altruistas. No digo que Europa tenga un deber moral con los sirios. No digo que su capacidad económica y su peso histórico nos obligue a implicarnos en la solución de los conflictos regionales. No me refiero tampoco a tener la obligación de acabar con la vergüenza de ver convertido nuestro mar de vida en un cementerio. No, estoy diciendo que la guerra de Siria es nuestra guerra porque sus consecuencias están destruyendo la Unión Europea. Será una guerra que se libra fuera de nuestras fronteras, pero sus consecuencias se notan dentro. Es una cuestión de supervivencia. Entiendan la ironía y la evidencia.

Las tensiones provocadas por la llegada masiva de millones de refugiados han encendido todas las alarmas. Su presencia ha activado el populismo en Francia, en Holanda, en Alemania, en Suecia…, ha servido como disculpa para explotar el miedo, el egoísmo, incluso el racismo. Y con ellos, el fantasma del nacionalismo que ha sumido a Europa en infinitas guerras civiles. La primera consecuencia es el triunfo del Brexit y la salida del Reino Unido. Una tragedia que a duras penas empezamos a percibir en cuanto se han puesto a negociar las cláusulas de la separación.

Y tras el Brexit, los nacionalistas franceses, alemanes, italianos, belgas, holandeses, polacos, suecos etc. ganan posiciones y en algunos casos, como en Francia, enarbolando la salida de la Unión. La victoria de la ultraderecha en Francia la dejaría herida de muerte. Una tragedia cuyo alcance somos incapaces de calibrar porque aún no somos conscientes de su posibilidad. Seguramente, porque las generaciones posteriores a la última Guerra Civil aún no han percibido lo que pueden perder, porque aún no se han dado cuenta que su bienestar y paz son fruto de la colaboración y la unión. Los mayores de la historia.

Es evidente que la crisis desatada en 2007 explica el inicio de los recelos nacionales. En la desesperación, el egoísmo apela a la tribu, pero ha sido la combinación de terrorismo yihadista, avalancha de refugiados, implicaciones interesadas entre ellos, paro, recortes y disminución de ayudas sociales para atender las nuevas necesidades surgidas del éxodo sirio, la que ha despertado los peores instintos nacionalistas de la Europa de entreguerras.

Resolviendo la vuelta de los desplazados a su país, se resolverían sus problemas y los nuestros, la mejor forma de altruismo con ellos. Pero ellos no pueden volver porque su país está destruido y en guerra, una guerra cada día más despiadada entre facciones irreconciliables y crueles. La última muestra, el ataque químico de Bashar al Assad contra su propio pueblo. ¿Cómo quieren que no huyan a millones de ese infierno hacia la pacífica y rica Europa? ¿Acaso no lo haríamos nosotros en su lugar?

La paz se gana cada día, no está garantiza per se. Y sus beneficios también. EEUU nos ha tutelado en la primera y segunda Guerra Civil (eso que los libros de historia llaman guerras mundiales). Y lo han seguido haciendo en cuantos conflictos nos afectaban. Nuevamente EEUU, esta vez a través de un pistolero que despreció la autoridad jurídica internacional de Naciones Unidas, ha asumido un alto riesgo para defender sus intereses. Europa ha de defender los suyos, y eso cuesta dinero, y asumir responsabilidades. El pueblo sirio se merece una oportunidad, la misma que Europa. Si no ganamos esta guerra, la tragedia siria no tendrá esperanza y la UE corre el riesgo de su disolución.

P.D. Si no lo queremos hacer por altruismo, hagámoslo por egoísmo; todo menos asistir a la masacre diaria de millones de personas como nosotros. Ya han muerto de 300.000 a 450.000, ni siquiera tenemos cifras exactas. 5 millones de refugiados y 7 de desplazados de un total de 17 millones. La mayor tragedia humanitaria después de la II Guerra Mundial.

El mito de la Segunda República
Gonzalo Duñaiturria okdiario 15 Abril 2017

El alcalde de Cádiz, un tal ‘Kichi’, colocó la bandera de la República en una de las plazas más importantes de la ciudad. Un Juzgado ordenó posteriormente que dicha bandera fuera arriada.

La actitud del edil gaditano representa la patológica idea de la progresía de convertir a la Segunda República en el paraíso de la libertad, en el edén de la liberación. Y tal idea no es más que una falacia, una burda mentira, un mito que conviene desenmascarar. La República española fue puro embuste, desde su inicio hasta su fracaso final.

Las elecciones de abril de 1931 fueron elecciones municipales, no plebiscitarias. No tuvieron carácter de referéndum ni a Cortes constituyentes. Tampoco supusieron la victoria electoral republicana. En su primera vuelta triunfaron las candidaturas monárquicas y cuando el 12 de abril se celebró la segunda vuelta, volvió a repetirse la aplastante victoria de estos. Frente a 5.575 concejales republicanos, los monárquicos y la derecha consiguieron 22.150, es decir, casi cuatro veces más.

Desde su origen, la República fue un engaño. Se proclamó sin respaldo legal o democrático y, para aquellos que la justifican como espejo de virtudes y arquetipo de libertades, nunca se votó la Constitución republicana, por lo que la forma de estado consagrada en una Constitución y el marco jurídico sobre el que debería soportarse jamás fueron refrendados por el pueblo. Fue el huevo que engendró la posterior contienda civil. Fue “una Constitución que invitaba a la Guerra Civil, desde lo dogmático, en que impera la pasión sobre la serenidad justiciera (…)”. No es opinión de un furibundo fascista. Son palabras de Alcalá Zamora, a la sazón Presidente de la República.

Impuso la censura desde el primer instante. La Ley en Defensa de la República de 1931 tipificaba como delito la difusión de noticias que el gobierno entendiera que podían perturbar “la paz o el orden público”, que despreciaran “las instituciones u organismos del Estado” o hicieran “apología del régimen monárquico”. Referencia y ejemplo para Podemos.

Fue tal el carácter “democrático” de esa izquierda que en el momento en que perdió las primeras elecciones puso en marcha un golpe de estado contra el gobierno. Qué paradoja cuando esa izquierda y sus herederos se consideran con legitimidad moral para condenar el alzamiento de 1936. El golpe de 1934 trató de instaurar un gobierno revolucionario de carácter marxista a imagen y semejanza del soviético en la URSS. “Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario (…)”. No lo dijo un despechado derechista. Son palabras de Indalecio Prieto, líder socialista.

No perseguía el nirvana de la libertad ni un vergel de liberación. Pretendía imponer la dictadura comunista por cualquier medio. “Las elecciones no son más que una etapa en la conquista y su resultado se acepta a beneficio de inventario. (…) si ganan las derechas tendremos que ir a la guerra civil declarada“. No son manifestaciones de un peligroso reaccionario. Se trata de un objetivo reconocido por el líder socialista Largo Caballero.

La persecución y asesinatos de contrarios o no adeptos fue sistemática, especialmente contra la Iglesia y tardó escasos días en producirse. Una dirigida horda provocó ataques a iglesias y conventos ya entre el 10 y 13 de mayo de 1931 ante la pasividad del gobierno de izquierdas. Los ataques constituirían desde entonces una constante hasta llegar a los más de siete mil religiosos asesinados durante la guerra en el lado republicano.

El final de la República no fue un engaño menor. La izquierda manipuló los resultados de las elecciones de febrero de 1936 como han demostrado brillantemente los historiadores Álvarez Tardío y Villa García. Fue un desfalco a la sociedad, una estafa histórica. La consulta no fue limpia. La izquierda alteró los resultados a su favor en un clima de intimidación y violencia. Al menos 50 escaños de los 240 logrados por la coalición de izquierdas serían dudosos, fruto de la alteración, de urnas con más votos que votantes, escrutinios sin testigos y actas llenas de tachaduras. Fue lo suficiente para alterar un resultado que, de otra forma, hubiera dado nuevamente el triunfo a las candidaturas de la derecha.

Fue un periodo que nada tuvo que ver con la democracia, la reforma o la libertad sino con la violencia, la revolución, la venganza y el ajuste de cuentas. La izquierda de la época alimentó los peores instintos posibles en la sociedad española mediante el fomento del odio.

Todo lo demás es falsedad histórica, mentira. Como dice un viejo proverbio judío, “Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver”.

El camino al 14 de abril
Así se proclamó la II República
José Javier Esparza Gaceta.es 15 Abril 2017

El 14 de abril de 1931 se proclamó la II República española. Un par de meses antes, el 10 de febrero, se había publicado en el diario “El Sol” el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República. El régimen de la monarquía de Alfonso XIII había naufragado. ¿Qué pasó?

Retrocedamos un poco. En 1930, y a pesar de que España conoce ese año el mejor momento económico de su Historia, el Rey decide prescindir del general Primo de Rivera, que gobernaba el país en régimen dictatorial desde 1923: la “dictablanda”, como se llamaba. ¿Por qué? Porque, al margen de los buenos datos económicos, en las elites del país había un intenso clima de inquietud, de desazón.

La crisis de la dictadura
¿Por qué se desmoronó el régimen de Primo de Rivera? Más por razones internas que por razones externas. Desde su proclamación en 1923, la dictadura había tenido que hacer frente a demasiadas asechanzas. Y las más peligrosas para el general no eran las de la izquierda, pues ésas había sabido combatirlas, sino las que venían del propio ámbito castrense. El éxito militar del desembarco de Alhucemas, que puso fin a la guerra de Marruecos, calmó las cosas, pero sólo aparentemente: un año después de Alhucemas, los militares volvían a conspirar y esta vez nada menos que con el vetusto general Weyler, el de la guerra de Cuba. ¿Y por qué conspiraban los militares contra Primo de Rivera? Porque éste se había propuesto institucionalizar el régimen: creación de la Unión Patriótica en 1924 como partido del sistema, nombramiento de una asamblea nacional en 1927, redacción de una constitución de corte corporativista y neo-tradicional en 1929… Y todo eso, que molestaba sobremanera a las izquierdas, no molestaba menos a los sectores privilegiados del sistema de la Restauración, que de ningún modo querían cambios en su status. La crisis mundial de 1929, que triplicó el valor de la peseta respecto a la libra esterlina, focalizó el malestar.

El propio rey Alfonso XIII manifestó a Primo de Rivera la conveniencia de que se marchara. El dictador presentó su dimisión al rey en enero de 1930. Alfonso XIII le dejó caer. Pero casi al mismo tiempo, comienzan las agitaciones. Los socialistas, que habían colaborado con el dictador, conspiran junto a los republicanos para cambiar el régimen. En agosto de 1930 se forma un comité en San Sebastián donde están los pesos pesados del republicanismo: Miguel Maura, Alcalá Zamora, Azaña, Lerroux… Entre otras cosas, traman un golpe de Estado que termina quedándose en una sublevación militar en Jaca.

El rey Alfonso XIII, por su parte, encomienda el Gobierno al general Berenguer, primero, y al almirante Aznar, después. El filósofo Ortega y Gasset escribe entonces un sonado artículo titulado: “El error Berenguer”. Lo que España necesita –sostiene el filósofo- no es un mero cambio de gobierno, sino un cambio de espíritu: víscera cordial, energía nacional, altura histórica. Ortega funda con Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala la Agrupación al Servicio de la República. Será la cobertura intelectual del comité que, en el plano de la maniobra política, ya está trabajando para derribar a la monarquía: Miguel Maura, Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora… El comité termina dando con sus huesos en la cárcel después de la intentona golpista de Jaca, pero sólo recibirá penas muy suaves.

Alfonso XIII, a la desesperada, intentó volver a la monarquía parlamentaria. El rey creía que para eso necesitaba a la izquierda y a los republicanos, así que intentó por todos los medios congraciarse con ellos. Decidió sustituir a Berenguer y buscó entre sus amigos, los políticos de la vieja situación, a alguien que pudiera presidir el Gobierno. Todos le dijeron que no: ni Romanones, ni García Prieto ni ninguno de los viejos cacicones de la Restauración. Hasta ese punto la monarquía había perdido pie. Sólo un hombre aceptó el encargo del Rey: el periodista y político Sánchez Guerra. Y lo primero que hizo fue acudir a la cárcel donde estaban Maura y Alcalá Zamora, los líderes republicanos, y ofrecerles entrar en el Gobierno. Éstos no aceptaron. Finalmente se constituyó un nuevo Gobierno encabezado por un almirante, Juan Bautista Aznar. Era el 18 de febrero de 1931. Una semana antes se había publicado el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República. La situación ya era irreversible.

Elecciones al revés
El 12 de abril de 1931 se celebran elecciones municipales. Ganan claramente las candidaturas monárquicas. Los monárquicos vencen en 42 provincias con 22.150 puestos de concejal. Los republicanos y socialistas ganan en ocho provincias con 5.875 concejalías. Los republicanos han perdido y lo saben. Pero han ganado en las capitales de provincia y eso les da esperanzas para las próximas elecciones generales. Ninguno de ellos piensa que pueda hacerse con el poder al día siguiente. Los monárquicos, por su parte, han ganado, pero están aterrados al ver que las capitales de provincias están en manos republicanas.

A partir de aquí se desata una febril actividad entre bastidores, detrás de las cortinas. Hay tres fuerzas que empiezan a actuar a la vez. Por un lado, una parte de los republicanos decide agitar la calle: en el Ateneo de Madrid –centro de operaciones de la masonería- y en la Casa del Pueblo socialista en la capital se forman “espontáneas” manifestaciones que se dirigen hacia el Palacio de Oriente, residencia del rey, y la Puerta del Sol, portando pancartas y aireando un supuesto telegrama –en realidad, una intoxicación- en el que el Rey renuncia a la corona. La segunda fuerza que empieza a actuar es la de los propios monárquicos en rendición: el conde de Romanones, ministro de Estado, y el general Sanjurjo, director de la Guardia Civil, se acercan a los republicanos y presionan para que el rey abandone. Y la tercera fuerza es la decisiva: Miguel Maura, una de las cabezas del movimiento republicano, que empieza a maniobrar a toda velocidad.

En la casa del doctor Marañón, Maura y Alcalá Zamora se entrevistan con el Conde de Romanones. Éste les dice que el rey está convencido de que el país va a una guerra civil y que sopesa dejar el poder. La Corona está dispuesta a que haya cuanto antes elecciones constituyentes. Maura corre a ver a sus compañeros del comité revolucionario. Sin perder un minuto, se dirige al Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol, donde ya está la muchedumbre movilizada por el Ateneo y el PSOE. La mayoría de los líderes republicanos no se creen lo que están viendo. Azaña teme que en cualquier momento llegue la guardia civil y los meta a todos en la cárcel. Y la guardia civil llega, sí, en la persona de su jefe, el general Sanjurjo, pero no para detener al comité revolucionario, sino para ponerse a las órdenes del nuevo Gobierno. Los republicanos han ganado. Ese mismo día, Alfonso XIII se marcha. El 14 de abril, los socialistas Besteiro y Saborit proclaman por su cuenta la República desde los balcones del Ayuntamiento de Madrid. ¿Quién lleva a Besteiro al Ayuntamiento? Un jovencito llamado Santiago Carrillo, en el coche oficial de Saborit.

No era esto, no era esto
El discurso republicano, en boca de gentes como Ortega, se vestía con ropajes regeneradores: se proclamaba la República para salvar a la nación, remozar el país, resucitar la Historia de España. La monarquía había demostrado que ya no vale: es un régimen parcial, de facción, que no atiende a los intereses nacionales. Por eso hacía falta una República concebida como una gigantesca empresa histórica. El proyecto orteguiano era típicamente liberal. Había que establecer una separación clara de los poderes ejecutivo y legislativo. Quería implantar un Parlamento de una sola cámara, elegido por las regiones y asistido por comisiones técnicas. Aspiraba a construir una estructura regional (pero no federal) del Estado, en grandes provincias gobernadas por asambleas y gobiernos locales. Se proponía proclamar un estatuto general del trabajo, con sindicación obligatoria de los trabajadores. Apuntaba a adoptar una economía organizada, con cierto grado de planificación económica por parte del Estado, para construir un Estado social. Por supuesto, predicaba la separación de Iglesia y Estado.

Pero la “línea Ortega” no era la única en liza, e incluso puede decirse que era minoritaria. Al lado, y por encima de ella, estaba la posición mucho más radical que venía marcando Manuel Azaña, que hasta ese momento no había pintado gran cosa en la vida pública española, pero que desde la descomposición de la dictadura había empezado a cobrar enorme peso desde su tribuna en el Ateneo. Para Azaña, los cambios que España necesitaba tenían que afectar a la médula misma de la nación; se trataba de amparar una revolución “burguesa” como la que hizo Francia en 1789. Azaña no ahorraba vocabulario: “Demolición”, “Destrucción creadora”, etc. “Concibo la función de la inteligencia en el orden político –decía- como empresa demoledora. En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Igual que hay gente que hereda la sífilis, así España ha heredado su Historia”. España estaba enferma de su historia y Azaña se proponía acabar con ella, “extirparla como un tumor”. El programa radical de Azaña tenía desde el principio tres objetivos muy claros: acabar con la Corona, extirpar la religión y aniquilar al ejército.

No todo el ámbito republicano estaba en las posiciones de Azaña. Niceto Alcalá Zamora, por ejemplo, anunció solemnemente en la Plaza de Toros de Valencia el advenimiento de una República de derechas “bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados y con la bendición apostólica del cardenal arzobispo de Toledo”, nada menos. De hecho, la Iglesia se mostró conciliadora desde el primer momento e incluso castigó a los prelados que se habían manifestado hostiles al nuevo régimen. Sin embargo, prevaleció el ala más radical y jacobina del movimiento republicano. En el mismo mes de mayo de 1931 comienza la quema de conventos. La II República distará de ser un régimen ejemplar.

¿Y qué fue de la Agrupación al Servicio de la República? Se disolvió entre manifestaciones de desencanto. Ortega y Gasset, publicó muy pronto, el 9 de septiembre de 1931, un artículo muy crítico titulado “Un aldabonazo” donde decía:

“Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!» La República es una cosa. El «radicalismo» es otra. Si no, al tiempo”.

El tiempo le iba a dar enseguida la razón. El mejor balance de la amarga experiencia de la II República fue el que hizo un ilustre liberal, Salvador de Madariaga, y decía así: “¡Qué bella era la República en tiempos de la Monarquía!”.

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El fracaso del 'procés' agrieta el frente separatista
EDITORIAL El Mundo 15 Abril 2017

Aunque lenta y sordamente, hace meses que el desafío soberanista planteado por las autoridades catalanas pierde gas político y social. Y no sólo por el desgaste que supone porfiar en un proyecto quimérico que sólo conduce al enfrentamiento con el Estado, sino por la frustración que genera no avanzar en los pasos comprometidos por las propias fuerzas secesionistas. Esto explica que las diferencias internas en Junts pel Sí hayan aflorado públicamente, justo después de la inhabilitación de Artur Mas, el estrepitoso fracaso de Puigdemont en lo que la Generalitat presentó como una "ofensiva diplomática" en el exterior y la revelación de las palabras del número dos de la extinta Convergència, en las que admite la posibilidad de que el procés descarrile.

Esta semana se ha puesto de manifiesto que la división en el seno del Gobierno catalán bloquea el avance de la hoja de ruta que tanto PDeCAT como ERC -ambos en manos de la CUP- se habían marcado al inicio de la legislatura. El Govern aún no ha fijado la fecha para la celebración del referéndum. Y, de hecho, este asunto ha sido objeto de agria discrepancia entre las dos principales formaciones que sustentan el Ejecutivo catalán. La portavoz de la Generalitat tuvo que salir al paso recientemente para desmentir, tal como aseguró la secretaria general de Esquerra Republicana, que la Administración catalana se esté planteando contratar a parados para la organización de la consulta. Y la imagen de unidad que hasta ahora se habían esforzado por aparentar en Junts pel Sí saltó por los aires tras hacerse públicas las declaraciones del coordinador de Organización del PDeCAT, David Bonvehí, quien en una cena privada con alcaldes aseguró que, en caso de "desastre" de la apuesta independentista, la extinta Convergència presentaría a un candidato "autonomista" a unas eventuales elecciones. La filtración irritó profundamente a los convergentes, y ello hasta el punto que ERC emitió ayer un comunicado en el que rechazó "ningún tipo de relación" con este episodio. Sin embargo, Puigdemont y Mas no dudaron en arropar a Bonvehí, mientras Marta Pascal apuntó a Esquerra por una filtración que calificó de "grave". Sus palabras revelan hasta qué punto ha llegado la desconfianza entre partidos que son socios de gobierno. Primero porque el PDeCAT no tuvo empacho en señalar a Esquerra y, segundo porque lo hizo en boca de la coordinadora general del partido, lo que indica el grado de malestar entre las filas del otrora moderado nacionalismo catalán.

Lo que también resulta relevante es que el PDeCAT también ha manifestado su intención de trasladar a la Fiscalía la grabación y difusión de la conversación de Bonvehí. Y es relevante no sólo por lo que supone de litigio con su aliado en el Gobierno, sino porque procede del mismo partido que enarbola la desobediencia a la Justicia. Tal es el grado de surrealismo en el que ha encallado la política catalana. Un esperpento que durante los últimos días ha tenido su corolario en el ridículo en que ha caído Puigdemont en su intento de internacionalizar el proceso.

El presidente de la Generalitat ha viajado dos veces en las últimas dos semanas a EEUU. Mantuvo varias reuniones privadas con congresistas y senadores de bajo perfil, y el miércoles fue sometido a una humillación en el Centro Carter. El ex mandatario estadounidense dejó claro que no piensa involucrarse en el asunto catalán, mientras desde el Govern se difundió una imagen de Puigdemont portando un cartel que no tenía nada que ver con el proceso separatista, sino con una enfermedad tropical. Además, la Embajada de EEUU en España también ratificó su compromiso por una "España fuerte y unida", lo que supone un auténtico mazazo a las aspiraciones de los secesionistas.

Las formaciones separatistas, por tanto, pueden seguir blandiendo su retórica épica y victimista. Pero la realidad es que la acción del Estado de Derecho -ningún conseller ha firmado órdenes sobre el referéndum por temos al TC- además de los varapalos recibidos por el Govern en el exterior, muestran la vía muerta en la que se halla varado el procés.

En manos del Gobierno catalán está seguir porfiando en la unilateralidad y la ilegalidad o recuperar la sensatez retornando a los cauces ordinarios, lo que exige aceptar el imperio de la ley y renunciar a un referéndum que significaría la liquidación de la soberanía nacional.

El proceso político catalán: génesis y autogoles
Jesús Maestro El Confidencial 15 Abril 2017

El proceso político catalán no nació hace 7 años. Se aceleró en el momento de la sentencia del TC que de hecho anulaba buena parte de los temas centrales del Estatut y cuestionaba la votación de los catalanes en el referéndum. Muchos ciudadanos de este país pensaron y sintieron que su voto no valía nada, y que las posibilidades de un acuerdo de igual a igual entre Cataluña y España eran imposibles. Buena parte de la ciudadanía empezó a pensar y a creer que dentro del sistema democrático creado por la Transición no todo era posible.

El independentismo y el soberanismo hasta ese momento no habían tenido un resultado electoral de gran calibre, nunca más allá del 18-20%. No habían ganado las elecciones. No obstante, desde inicios del siglo XXI la sociedad estaba cambiando y los antiguos pactos quedaban ya lejos y a menudo se sentían como algo ajeno. El pacto, el acuerdo, que hizo posible una España y una Cataluña democráticas había caducado. El 'statu quo' necesitaba renovarse. El Estatut de 2006 era una oportunidad. Pero el recurso del PP, del Defensor del Pueblo y de 5 Comunidades Autónomas minaron esa oportunidad de acuerdo: una parte de la opinión pública y publicada española no admitía ese pacto y apostaba por un trágala a las aspiraciones mayoritarias de los catalanes.

Juntamente con la crisis económica y la falta de salidas a la misma una parte muy importante de los catalanes abrazan la causa independentista como salida no solo a la situación económica sino, sobre todo, como respuesta al bloqueo político y a la laminación de la autonomía política. El derecho a decidir como instrumento para el reconocimiento de la realidad nacional de Cataluña, y como respuesta al bloqueo impuesto por la sentencia del TC contra el Estatut de 2006.

El independentismo gana la mayoría en el Parlament, de manera legítima, legal y democrática. El problema no es ese. El tema es la falta de voluntad de diálogo real entre el Gobierno de la Generalitat y el Gobierno español para resolver de manera política una cuestión política, no judicial. Esa falta de negociación exige, según algunos de sus protagonistas, lealtades inquebrantables por ambas partes.

Pero no todos los independentistas son iguales. No todos son unos hiperventilados, o sea, no sostienen de manera acrítica las posiciones y acciones de los máximos dirigentes del 'procés', tanto desde la política como desde la sociedad civil. Estos sectores desaprueban la judicialización de la vida política, así como las condenas en los diferentes procesos judiciales. No obstante, hay una parte no menor que considera que las cosas no se han hecho ni se están haciendo de manera correcta.

En primer lugar hay que ejercer el poder. Más allá de la evidente y clara involución centralista hay que gobernar, y hacerlo a fondo. Parecía que ya había pasado la conçoneta de todo es culpa de Madrid. Las parcelas de poder hay que ejercerlas sin miedo, y hasta el final. ¿Cómo se va a ensanchar, en sus palabras, la base social del independentismo si no se ejerce el Gobierno, si no se demuestra que se es capaz de resolver los problemas de la ciudadanía desde posiciones nuevas? Parece haber un miedo escénico, un pánico a ejercerlo. Porque gobernar es tomar decisiones, a veces impopulares. Es más, existen ya estructuras de Estado, como la Policía o la Administración o la Sanidad. Pero es más rentable no ejercerlo. ¿Cómo se entiende si no, por ejemplo, por qué no se trabaja en una alternativa a la financiación actual? La espera al referéndum no debe ser excusa para la mejora de servicios públicos sobre los que se tienen competencias, como la educación.

En segundo, es imprescindible elevar el nivel de los actores y de la acción gubernamental y social. La mediocridad es el máximo enemigo del cambio y de la acción social y política. En un proceso tan complicado no es posible tener a dirigentes que parezcan hinchas de fútbol. O Consejeros que no conocen su materia, o que pretenden gobernar a base de titulares de prensa. Además, no se puede pretender tener a una parte de la sociedad tensionada permanentemente. La frustración puede ser enorme.

Y, tercero, es necesario levantar la vista y contemplar el mundo. Sin prisas. Y sin autoengaños. Hoy, en Europa, el proceso catalán no es popular. Más bien tiene mala prensa. Por la coyuntura, el renacimiento del populismo y del nacionalismo más rancio, la crisis de la construcción europea, la seguridad, la vergüenza de la inacción frente a las crisis humanitarias, etc. Por los fallos propios, y por la actitud del Gobierno español, estrictamente judicial, sin querer entrar a resolver de manera política un conflicto político.

Uno de los puntos críticos para la mala prensa internacional de la cuestión catalana fue el pasar página, del derecho a decidir a la independencia. Este ha sido uno de los autogoles antológicos de los patrones del 'procés'. Igual que la prisa. El cortoplacismo de poner fechas continuamente provoca frustración e impide la acción de la política.

Elevar el nivel, ejercer el poder, conocer la realidad, deshacer mitos como la fractura civil de la sociedad catalana, olvidar el regate corto, son imprescindibles para avanzar en una solución democrática y a largo plazo.

* Jesús Maestro, DYM Politics

Por algo advertía Tarradellas contra el ridículo en política
José Antonio Zarzalejos El Confidencial 15 Abril 2017

Una de las frases más célebres de Josep Tarradellas, presidente que fue de la Generalitat, primero en el exilio y desde 1977, reinstaurada, ya en España, fue la siguiente: “En política 'espot fer tot, menys el ridícul'” ("En política se puede hacer todo, menos el ridículo"). Quizás Tarradellas -buen conocedor de la historia catalana- avisaba entonces de la tendencia histriónica de algunos dirigentes de su país. Desde luego, si pudiese observar la “internacionalización” de la cuestión catalana que está impulsando Carles Puigdemont, se echaría las manos a la cabeza.

Más que ridículo resulta patético que el presidente de la Generalitat haya intentado conseguir una fotografía con el jubilado expresidente de los Estados Unidos Jimmy Carter, financiado el desplazamiento a USA por los contribuyentes y resultando a la postre que el exmandatario no desea “involucrase en la cuestión” que le planteó el dirigente independentista. El presidente de la Generalitat ya demostró su falta de cálculo y su escasa hechura política al comparar en Harvard -ante un auditorio de 90 personas- la Constitución española con la de Turquía y argumentar que el Estado no cumplía con la Carta Europea de los Derechos Humanos. Ahora, este gesto frívolo le perfila en su inconsistencia política. Porque el pasado miércoles la embajada norteamericana en Madrid lanzaba un comunicado que dejaba KO a Puigdemont: considera la legación norteamericana que la cuestión catalana es “interna” de nuestra política, apoya una España “fuerte y unida” y apuesta por mantener la colaboración bilateral entre ambos Estados.

No deja de resultar también sarcástico que el responsable del gobierno catalán esté logrando algún eco, desde luego mínimo, entre políticos norteamericanos y británicos ultraconservadores, no precisamente compatibles ni con el proclamado e ilocalizable liberalismo de su partido ni, mucho menos, con el extremismo radical y anticapitalista de su socio parlamentario, la CUP, una organización que resulta a los congresistas del Capitolio una “rara avis” en el mundo occidental. Al parecer en la Generalitat se sienten compensados por el grotesco artículo de Normam Tebbit, exministro de Empleo con Margaret Thatcher, publicado en el 'Telegraph', en el que sugiere a su primera ministra que lleve a los líderes soberanistas a la ONU y les avale porque los catalanes “son distintos a los españoles”. Tebbit está en línea con las tesis de otro político del pleistoceno británico, Michael Howard, que sugiere que el Gobierno de su país trate el asunto de Gibraltar como Thatcher el de las Malvinas: a cañonazos.

Los ultras británicos complacientes con el independentismo catalán son -aunque cueste creerlo- algo más presentables que los republicanos estadounidenses que se amigan con Puigdemont y a los que su Gobierno ha dejado colgados de la brocha. Dana Rohrabacher -el hombre de Putin en Washington- es un buen compañero de viaje del presidente catalán y, al mismo tiempo, un ultraconservador, comisionista y sospechoso de xenofobia que reclama la autodeterminación de Beluchistán. El republicano y otros cuatro congresistas más, forman el lobby pro independentista con el que se relacionan Romeva y Puigdemont que no hacen ascos ni a la extrema derecha flamenca ni a la de la Liga Norte italiana. Rohrabacher y su compañero de fatigas dieron el campanazo tras un trasnoche que no les permitió acudir la pasada semana a las citas en Madrid con responsables del Gobierno español. El ministro Dastis, previamente, declinó con buen criterio recibirles. Vaya tipos.

Todo esto es un despropósito, una huida hacia delante, un histrionismo que hará un enorme mal a Cataluña cuando se observe retrospectivamente. En la historia del Principado un episodio explica cómo la 'rauxa' puede hacer perder la sensatez. En 1641 el responsable de la Generalitat, Pau Clarís, entregó Cataluña al protectorado de la corona francesa que trató a los catalanes despóticamente hasta llegar a preferir en 1652 regresar al yugo más llevadero del español Felipe IV. Aquella fue una derrota como la de 1714 y ambas se celebran. La de 1640 con el himno y la de 1714 con la Diada.

Tarradellas advirtió del ridículo en política. Apelemos a las enseñanzas de los hombres y mujeres referentes de la historia de Cataluña para reclamar a sus dirigentes actuales que dejen de incurrir en el patetismo de buscarse amistades peligrosas en el infierno ideológico de los peores extremismos europeo y norteamericano y, pese a sus desvelos, no lograrlo de las instituciones de ambos lados del Atlántico. No deben cesar solo por dignidad. También para no volver locos a los ciudadanos catalanes que no saben cómo se interpreta esa red internacional de pretendidas amistades con el pacto con la CUP. ¡Qué desquiciamiento! ¡Qué ridículo!

Según muchos sondeos, los catalanes están tomándole la medida a la escenificación de este independentismo que ha perdido el norte. Menos mal. Y más lo harán ante la disparatada propuesta que fabulan algunos independentistas: que sean desempleados los que “den la cara” en las mesas del eventual y cada día más improbable referéndum. Se puede perder la razón y hasta hacer el ridículo. Pero, cuidado, cuando la vergüenza se extravía es difícil reencontrarla. La reputación del 'procés' está, definitivamente, por los suelos.

INYECTA 1,3 MILLONES DE EUROS A ENTIDADES AFINES
Los separatistas catalanes se infiltran en Valencia con la complicidad de Compromís y PSOE
Acció Cultural del País Valencià (ACPV) y Escola Valenciana son la punta de lanza de este movimiento
A. RODRÍGUEZ Periodista Digital 15 Abril 2017

El independentismo se hace hueco en la Comunidad Valenciana. El cambio de Gobierno en la Generalitat bajo el mandato del PSPV-PSOE y Compromís ha dado fuelle en forma de subvenciones públicas y respaldo institucional a entidades como Acció Cultural del País Valencià (ACPV), socia de los separatistas catalanes de Òmnium Cultural, o Escola Valenciana, partidaria de un modelo de inmersión lingüística similar al de Cataluña.

En la vídeoteca queda una entrevista a Mónica Oltra en la que admitía que la expresión 'Países Catalanes' la usaban pero solo "entre amigos". La líder de la coalición nacionalista se ha mostrado partidaria del «derecho a decidir».

Y Dolors Pérez, senadora por la candidatura És el moment, que unía las fuerzas de Podemos y Compromís en la Comunidad Valenciana es firme defensora de lo que llaman los ‘països catalans', porque ella lo tiene claro: "los valencianos somos catalanes".

Cuenta ABC que el próximo 29 abril 2017, ACPV ha convocado una manifestación en Valencia para denunciar el "expolio fiscal" que, a su juicio, sufre la autonomía y contra los Presupuestos Generales del Estado diseñados por el Gobierno de Mariano Rajoy.

AYUDAS PÚBLICAS
A pesar de que las tesis secesionistas no han logrado calar históricamente entre el electorado valenciano, los grupos que las alimentan figuran entre los receptores de ayudas públicas tanto del Gobierno autonómico como de la propia Generalitat de Cataluña.

Así, solo en el segundo semestre del pasado año, el Departamento de Presidencia de Carles Puigdemont destinó más de 1,57 millones de euros en subvenciones a entidades radicadas en la Comunidad Valenciana partidarias de las tesis soberanistas, de acuerdo con la información suministrada por el Diario Oficial de la Generalitat de Cataluña (DOGC).

EL PP YA HABÍA AVISADO
"Si no quieren ser valencianos, que no representen a la Generalitat valenciana. Si no van a defender lo nuestro, sino lo del vecino, que se vayan a Cataluña, pero que les quede claro que, mientras el PP esté aquí, no vamos a consentir que se desprecie nuestra cultura, identidad y esencia como pueblo", advirtió el presidente del PP de la provincia de Valencia, Vicente Betoret,en 2015.

El dirigente popular ha condenado los últimos episodios de prohibición de festejos taurinos, como en Favara o Alzira, de participar los concejales en actos religiosos (Bétera o Meliana) o "la postura de la alcaldesa de Sueca de prohibir a las bandas de música interpretar el Himno Nacional en las procesiones".

"Esa es la libertad que ellos promueven: prohibiciones. Vivimos en un Estado democrático, y eso no significa destruir libertades sino garantizarlas", ha dicho, y ha emplazado a estos alcaldes a "empezar a trabajar, a gestionar, y que se dejen de chorradas que no hacen más que generar malestar, crispación y confrontación social".
 


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