AGLI Recortes de Prensa    Vierens 21 Abril 2017

La receta contra la corrupción: más mercado y menos política
EDITORIAL Libertad Digital 21 Abril 2017

El mal llamado capitalismo de amiguetes nada tiene que ver con el capitalismo y sí todo con el excesivo intervencionismo público que existe en España

La Operación Lezo ha destapado un nuevo escándalo de corrupción política que, en esta ocasión, tiene que ver con una presunta gestión fraudulenta llevada a cabo en el Canal de Isabel II y la posible financiación irregular del PP madrileño mediante el cobro de comisiones a empresas a cambio de contratos y concesiones públicas. La izquierda mediática y política ha aprovechado de inmediato esta oportunidad para cargar contra el "neoliberalismo" y el manido "capitalismo de amiguetes" por el que una camarilla de empresarios y políticos hacen turbios negocios a espaldas de la ciudadanía para enriquecerse de forma ilícita a costa del dinero de los contribuyentes, tratando así de sacar rédito electoral de este caso.

Sin embargo, el intento de PSOE y Podemos por ideologizar la corrupción del PP en beneficio propio no puede ser más burdo, ridículo y maniqueo. En primer lugar, porque si hoy la atención se centra en los populares de Madrid, el esquema denunciado es idéntico al que durante años ha afectado a casi todos los partidos políticos que han tocado poder, ya sea a nivel nacional, autonómico o local. No en vano, los tribunales ha procesado o abierto juicio oral por delitos de corrupción a casi 1.400 responsables públicos entre julio de 2015 y septiembre de 2016, según los últimos datos oficiales del Consejo General del Poder Judicial, siendo Cataluña y Andalucía las comunidades más afectadas y con colores políticos de todo tipo.

La corrupción, por tanto, no es un problema de uno u otro partido, sino que deriva de una serie de fallos y deficiencias estructurales que, por desgracia, imperan en España desde hace demasiado tiempo sin que nadie proponga la receta correcta para minimizar sus daños. La clave es que el mal llamado "capitalismo de amiguetes" nada tiene que ver con el capitalismo y sí todo con el excesivo intervencionismo público y la amplia arbitrariedad política que existe en España. La suma de un sector estatal desproporcionado e ineficiente, un alto grado de inseguridad jurídica, opacidad administrativa, escasa libertad económica, profunda injerencia del poder político en ciertos sectores y una deficiente división de poderes dan como resultado un campo idóneo para la eclosión y desarrollo de todo tipo de clientelismos y corruptelas.

Los políticos, no el sector privado, son los auténticos culpables de semejante desfachatez. Y la mayor prueba de ello es que la corrupción abunda en aquellas áreas en las que el intervencionismo estatal está más presente, como es el caso de las empresas y organismos públicos, las muy politizadas cajas de ahorros, el urbanismo, la obtención de licencias, la concesión de ayudas y subvenciones o la adjudicación de obra pública, entre otros campos. Los negocios y sectores que menos dependen de la perjudicial y siempre interesada voluntad política para nacer y desarrollarse son ajenos a este tipo de dinámicas mafiosas.

No es casualidad, por tanto, que los países que gozan de una mayor libertad económica, donde el mercado depende de la voluntad de la ciudadanía -empresarios, trabajadores y consumidores- y no de la arbitrariedad política, son los menos corruptos, como es el caso de las economías nórdicas y anglosajonas. Por el contrario, los paraísos estatistas en donde todo depende, de una u otra forma, de la decisión del gobierno son los más corruptos y miserables. El modelo que venden socialistas y podemitas para combatir la corrupción no es ninguna solución, sino el auténtico problema de fondo. Si la corrupción es fruto de una excesiva injerencia política, la solución no es más injerencia política, sino menos. Lo que pretende la izquierda es apagar un incendio con gasolina: más cajas politizadas, más empresas públicas, más gasto, más intervencionismo económico, más subvenciones… En definitiva, muchas más y variadas oportunidades para que prenda la corrupción.

La única solución realmente eficaz y duradera contra esta lacra es justo la opuesta: más libertad económica, seguridad jurídica, transparencia, un sector público más pequeño y eficiente, así como una sólida división de poderes. En definitiva, más mercado y menos Estado o, lo que es lo mismo, más poder para la sociedad y mucho menos para los políticos.

Es la corrupción, estúpido
Guillermo Dupuy Libertad Digital 21 Abril 2017

La corrupción en el seno del PP ha sido la gran –por no decir única– protagonista de esta semana, y mucho me temo va a continuar siéndolo en lo mucho o poco que quede de legislatura. La oposición, sencillamente, no tiene otra cosa con la que perjudicar al PP, debido a nuestras buenas previsiones de crecimiento económico y, sobre todo, al inconfeso pero real consenso de todos los partidos con representación parlamentaria ante problemas al menos tan graves como la falta de honradez de nuestros políticos, como son nuestro insostenible y disfuncional modelo autonómico, nuestro sistemático incumplimiento del tope de déficit, nuestro histórico endeudamiento público, nuestra voraz y contraproducente presión fiscal, el persistente desafío secesionista en Cataluña, la lentitud y politización de la Justicia, la persistente debilidad de derechos fundamentales como los derechos a la propiedad, a la libertad y, en el caso del aborto, a la vida; o la persistente escisión de la España seca de la España húmeda.

Si al menos este injustificado monopolio de la corrupción a la hora de captar la atención de nuestra clase política y mediática sirviera para llevar a cabo auténticas y profundas reformas legislativas que fueran a la raíz de este problema, como la lentitud y politización de la Justicia, la falta de control y transparencia en el gasto público o el colosal intervencionismo, que aboca al mandatario a un sinfín de tentaciones, al menos tendríamos esperanza de aproximarnos de verdad a algo tan deseable como es el desempeño honrado de la función pública.

Mucho me temo, sin embargo, que esta casi única preocupación política y mediática por la corrupción no va a servir para otra cosa que para que los partidos políticos se tiren mutuamente los trastos a la cabeza o para que lleven a cabo reformas meramente cosméticas, alguna de las cuales puede incluso servir para que algunos políticos se deshagan arteramente de sus adversarios –de dentro y fuera de su propio partido– con espurias denuncias que les lleven a ser investigados y tener que asumir las consiguientes y automáticas "responsabilidades políticas".

El bochornoso autobús de Podemos, donde se mete en el mismo saco a condenados por corrupción, simples imputados, personas que sólo son periodistas o simplemente pertenecen a determinados partidos, es sólo una muestra de la nauseabunda y artera utilización que muchos hacen y cada vez más van a hacer de la lucha contra la corrupción.

No pretendo, obviamente, minimizar el grave problema que supone la corrupción en España ni dejar de lado el principal causante de la misma, que es la falta de coraje moral de quien cae en ella; pero tampoco creo que haya que exagerarlo respecto de lo que ocurre en otros países ni menos aun circunscribirlo únicamente al Partido Popular. Lo que me temo es que la decadencia de nuestra nación está asegurada si cala la impresión de que el único problema que le afecta es la falta de honradez de sus servidores públicos.

La vida pública debe someterse a una catarsis profunda y sincera
EDITORIAL El Mundo 21 Abril 2017

La detención del ex presidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González y el registro policial de la sede de multinacionales españolas -como OHL e Indra- o de la consultora PwC han generado en la sociedad española un comprensible estado de zozobra del que va a ser difícil recuperarse. Es natural que la ciudadanía se inquiete ante presuntos hechos de extrema gravedad como los que ha destapado la Operación Lezo en Madrid. Y es seguro que el populismo aprovechará ese desánimo para alimentar su discurso y tratar de desacreditar el sistema democrático que ha permitido a España disfrutar de una prosperidad desconocida en las últimas tres décadas. Sin embargo, no debemos caer en el derrotismo ante lo sucedido. El hecho de que estos titulares estén copando las portadas de la prensa esta semana es la mejor prueba de que la Policía y la Justicia actúan en España. Es la demostración de que si bien una parte del sistema está contaminada, todavía quedan resortes para limpiarlo.

Estamos asistiendo a un espectáculo bochornoso que vuelve a golpear la credibilidad del PP, que no puede zafarse del lastre de la corrupción. El partido en el Gobierno sigue sin hacer el ejercicio de autocrítica necesario para iniciar una catarsis seria que permita a los españoles volver a confiar en sus siglas. La corrupción no es cosa de unas cuantas manzanas podridas en el PP como se sigue intentando argumentar desde el partido. Ni tampoco es sólo cuestión de esta formación política como intentan hacer ver algunos. La financiación ilegal de la antigua CiU, los probados amaños de Unió Mallorquina o el caso de losERE de la Junta de Andalucía son sólo algunos de los escándalos que se unen a los provocados por las tramas corruptas que operaban en el PP en la Comunidad Valenciana, Baleares Murcia o Madrid.

La política española tiene que someterse a un proceso de regeneración profundo y sincero. La retórica no es suficiente para renovar el sistema y blindarlo ante futuros abusos. La clase política debe demostrar a la ciudadanía que está decidida a combatir la corrupción desde dentro con la adopción de nuevas normas de fiscalización externas e internas que impidan que casos como Gürtel, Pretoria, Púnica o Lezo vuelvan a repetirse en España. Sólo así nuestra democracia parlamentaria recuperará la autoridad moral que nunca debió perder.

No obstante, esa catarsis debe hacerse sin deslegitimar nuestro modelo institucional. Pese a la conmoción que provoca comprobar hasta dónde llegaba la perversión en redes como la tejida por González en torno al Canal de Isabel II para el cobro de comisiones, el hecho de que ex presidente madrileño esté detenido o de que líderes políticos muy relevantes estén siendo llamados a declarar como testigos nos permite constatar que el Estado español funciona.

Es cierto que sería deseable acortar los plazos de las investigaciones para agilizar tanto la condena de los delincuentes como la presión mediática sobre los imputados. Pero, los jueces españoles y las fuerzas policiales están demostrando que quien la hace, la paga.

En este punto, se hace necesario puntualizar que hay algunos elementos inquietantes alrededor de la Operación Lezo que deben ser aclarados. El más preocupante es que el fiscal jefe Anticorrupción, Manuel Moix, intentó limitar el alcance de la investigación en torno a González. Las sospechas sobre la actuación del nuevo fiscal demuestran que hacer efectiva la separación de poderes es otra de las tareas inaplazables de la democracia española.

Tampoco contribuyen al sosiego las dudas por la actuación de algún medio de comunicación para tratar de frenar la colaboración con la Justicia de la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, en este escabroso caso. Ni tampoco el papel protagonista de grandes empresas españolas -con fines poco lícitos, como está quedando demostrado- en las esferas del poder político.

En el complejo contexto europeo en el que vivimos, la regeneración de la vida pública es, sin duda, el mayor reto al que se enfrenta la clase política en esta legislatura. No sólo porque es imprescindible para devolver la autoestima a la sociedad española, también porque es necesaria para frenar el populismo que quiere deslegitimar el sistema para hacerse con el poder aprovechando ese descrédito.

Otro caso que impide que el PP supere el estigma de la corrupción
EDITORIAL El Mundo 21 Abril 2017

Decíamos ayer, con motivo de la citación a declarar como testigo en el caso Gürtel de Mariano Rajoy, que el PP ha sido incapaz de hacer una seria autocrítica sobre algunas de sus prácticas en el pasado. El partido ha intentado pasar de soslayo por la corrupción y siempre ha ido a remolque de las investigaciones judiciales, nunca se ha enfrentado en serio al problema, ha carecido del valor de reconocer sus errores y ha eludido pedir perdón a los ciudadanos.

No es de extrañar, pues, que los escándalos de corrupción le estallen, como sucedió ayer con la detención de Ignacio González por presuntas irregularidades en la gestión de la empresa pública Canal de Isabel II cuando fue presidente de la compañía, entre los años 2003 y 2012. González está acusado de haber cobrado comisiones para beneficio propio y de su familia.

El juez Eloy Velasco le imputa, junto a otros once detenidos, los presuntos delitos de prevaricación, organización criminal, malversación, cohecho, blanqueo, fraude, falsificación documental y corrupción en los negocios. En la operación ha sido arrestado un hermano del ex presidente de Madrid y su esposa está siendo investigada de momento. Hay que recordar que Ignacio González está también imputado por la adquisición de un ático en una urbanización de lujo en Estepona (Málaga), de la que la Justicia sospecha que fue el pago por servicios prestados en contrataciones.

Se trata de hechos muy graves porque Ignacio González ha sido presidente de la Comunidad de Madrid (entre 2012 y 2015) y secretario general del partido en la región. Y quienes conocen su forma de trabajar dicen que era un hombre altivo y exigente, que controlaba con mano de hierro todo lo que se hallaba bajo su mando. De momento, sólo nos podemos referir a la existencia de fundados y sólidos indicios de la comisión de delitos, pero habrá que esperar a los resultados de la investigación. El arresto de ayer no presagia nada bueno para González y los demás detenidos, ya que el juez tiene grabadas cientos de horas de conversaciones comprometedoras que pueden dinamitar parte del mundo político y empresarial madrileño.

La operación señala, en primer lugar, a Esperanza Aguirre. No hay sospechas de que la ahora portavoz popular en el Ayuntamiento de Madrid esté involucrada en ninguna trama de corrupción, ni de que se haya lucrado personalmente de forma irregular, pero tendrá que asumir su responsabilidad política por la detención de su más estrecho colaborador durante tantos años, que además es su amigo personal. En la nómina de sus colaboradores encausados, aparece también Francisco Granados, que fue su consejero de Presidencia entre 2008 y 2011 y secretario general del PP de Madrid entre 2004 y 2011, encarcelado como cabecilla del caso Púnica, la red que presuntamente financió irregularmente al PP de la región. "Debo haber nombrado a unos 500 cargos en mis 33 años de vida política. Me han salido rana sólo dos", decía Aguirre en la comisión de investigación sobre la corrupción de la Asamblea de Madrid. Ya son algunos más, y muy allegados a ella. Aguirre declara hoy como testigo en el caso Gürtel.

Pero más allá de implicaciones personales concretas, todo el PP seguirá teniendo un problema mientras no reconozca que se financió ilegalmente y que miró para otra parte en tantos y tantos episodios de corrupción. Todavía está muy cercana la dimisión del presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez, tras ser imputado por fraude y cohecho y para evitar la previsible pérdida del Gobierno de la región.

Todo esto llega cuando el PP y sus dirigentes pretenden hacer creer a la sociedad que se ha pasado página de la corrupción. Pero mientras sigan apareciendo casos como el de ayer es imposible que esa idea cale en los ciudadanos por mucho que la actual dirección de Génova se empeñe en ello.

Resulta imposible gobernar bajo la permanente sospecha de la corrupción. Ayer lo comprobamos: Podemos ofreció al PSOE y a Ciudadanos la presentación de una moción de censura para desbancar al PP del Ejecutivo madrileño. No tiene ninguna posibilidad de salir adelante, pero la deslegitimación que provoca este nuevo escándalo no es desdeñable. Cuando Rajoy creía superada esta lacra, el nuevo episodio vuelve a poner al PP frente a un espejo que refleja el peor rostro de la política.

Corrupción, divino tesoro
JORGE BUSTOS El Mundo 21 Abril 2017

La corrupción sería un asunto fascinante si la tratáramos con un poco más de curiosidad, en lugar de despacharla mecánicamente pidiendo dimisiones como un linier de brazo fácil. Salta un nuevo caso, detienen al enésimo cacique, se llama a declarar al presidente y corremos a redes y tertulias a ruborizarnos como calvinistas, segundos antes de prender la fastuosa hoguera de la purificación.

La intensidad de cada fuego, sin embargo, varía en función del combustible: el último corrupto del PP avivará la llama roja de la izquierda, mientras que la picaresca podemita arde más alto en la indignación conservadora. Pide Pablo Casado que la corrupción no sea utilizada políticamente, en aras de un compromiso transversal para combatirla mejor; pero en el país por donde vaga errante la sombra de Caín nadie está dispuesto a renunciar a su mejor baza en la lógica de la confrontación partidista. Empezando por su PP. Hoy las elecciones se pierden o se ganan ya solo por dos motivos: por una crisis económica o por un escándalo oportuno. Los programas y las ideologías solo interesan a los cerebrales y a los románticos, respectivamente.

De modo que la corrupción sigue siendo un arma cargada de futuro. A decir verdad ya lo fue en el pasado: cabe recordar, ahora que se cumple el quinto centenario de la Reforma, que Lutero nunca habría consumado con éxito su emancipación de Roma sin la ostentosa disipación de los prelados renacentistas. Personalmente sé pedir dimisiones tan bonitamente como cualquier español: ayer mismo pedí la de Aguirre y la vuelvo a pedir ahora, que no se diga. Creo que para describir este aguirrismo abierto en Canal por la operación Lezo hay que recurrir ya al lenguaje modernista y decir, con Valle, "pestífero lamedal" o cosa por el estilo. Pero más allá de esta higiénica aclaración, vayamos a la esencia del fenómeno. ¿Qué decimos cuando decimos corrupción?

Para la derecha todo depende de la moral individual: uno elige corromperse por codicia. La izquierda, en cambio, atribuye la culpa al sistema entero, pues el capitalismo es -como me dijo don Iglesias en su mañana más sincera- "ontológicamente abyecto". Y por tanto es lícito disparatar vendiendo una trama que mezcla corruptos procesados con periodistas que destaparon esa misma corrupción o con empresarios sin otro pecado que su éxito, a fin de intentar un asalto indignado al poder para una vez allí sustituir el sistema por otro, infinitamente más corrupto y criminal, pero incomparablemente más poético. Ahora bien, la corrupción solo se vuelve sistémica bajo la premisa de la impunidad. La izquierda no puede reconocer que el sistema -jueces, fiscales, Guardia Civil, Cifuentes aportando un dossier- se purga a sí mismo sin necesidad de abandonarse a los mesías de la ruptura, porque entonces debería aceptar que el Estado social de mercado es un final de trayecto que no admite más remoción que la de sus malos gestores. Descubriría así el libre albedrío y abjuraría del determinismo histórico y de la conspiranoia multiusos. La derecha, por su parte, tolera la corrupción de los suyos a cambio de que no le expropien la hacienda ganada con trabajo, herencia, talento o chiripa.

Unos y otros, en fin, sentencian que España es una charca. Se bajan ufanos de este país de pandereta por una suerte de narcisismo defensivo. Si todos roban, yo no seré el gilipollas que pague el IVA, o declare todo en el IRPF. Y así, amigos, es como se perpetúa la famosa corrupción española.

¿Todavía hay jueces en España?
José Luis González Quirós vozpopuli.es 21 Abril 2017

Cuando se dice que la Justicia emana del pueblo se dicen varias cosas a un tiempo, pero una de ellas afirma, desde luego, que el dintel de tolerancia para lo que se sabe que no es bueno no lo fijan tanto las leyes como el clima moral en el que se vive. El papel de los jueces es singularmente importante porque son los que ponen una cierta armonía entre los principios y las percepciones. No es extraño, por tanto, que los jueces, con la lentitud que les es propia, estén empezando a tomarse algo más en serio la tarea de limpiar el fondo del que brota la corrupción, porque responden así al enorme rechazo que la sociedad expresa frente a la conversión de la política en una especie de delincuencia consentida.
La naturaleza del caso

Es muy fácil errar sobre la naturaleza de la corrupción, que es planta demasiado común y que tiende a confundirse con el pasto. Los españoles estamos haciendo, sin querer y previsiblemente sin mucho provecho, un curso intensivo en la materia. No ayuda mucho a comprender el asunto el tono sincopado con el que surgen las informaciones sobre procesos, los remilgos legales que se esgrimen en torno a la presunción de inocencia, y la extrema lentitud de un sistema diseñado para darle duro al robaperas que se ha visto, como de repente, enfrentado con la necesidad de procesar a los señoritos de toda la vida.

Pero hay un denominador común en las distintas formas de corrupción que nos atribulan y avergüenzan, que, amén de ser el que más debiera preocuparnos es, además, relativamente fácil de combatir. La corrupción que padecemos tiene que ver, indefectiblemente, con un Estado hiperobeso, sobrado de recursos y que ha gozado de una fama de beneficencia bastante inmerecida. El asunto andaluz de los ERE hubiera sido imposible sin una administración dedicada a acrecentar la deuda pública para aumentar, al tiempo, el grado de arbitrariedad en la disposición de crecientes sumas de dinero sin suficiente control. La convicción de que no hay mal que no pueda ser gestionado y anulado con mayores recursos públicos y que aumentar estos al precio que fuere es el camino real para llegar a la felicidad es el manto fértil sobre el que pueden prender todas las iniciativas de los corruptos, que precisan de la abundancia y de la oscuridad. Esta es también la razón por la que la que tantos políticos del PP se han apuntado al gasto público desmelenado y a las políticas sociales a todo trapo, la creación de safaris políticos de nula trasparencia cuya pertinencia, insensatamente, nadie discute, y en los que resulta fácil atrapar un renglón presupuestario ausente de control y en excelentes condiciones para pasar a las avezadas manos de los corruptos y sus abundantes cadenas de distribución.
El canal de Isabel II llegando a Panamá, y no a por agua

El caso de González y el Canal de Isabel II no se hubiera producido nunca sin que, quien debiera hacerlo, no se hubiese preguntado por la necesidad de que una empresa cuyo fin es bastante concreto y bien conocido se dedicase a hacer las Américas de manera tan absurda, pero ese es el carácter común detrás de todos los procesos de corrupción, la obra inútil, el exceso de gasto, la munificencia administrativa, el control de los controladores,… dejando a la Justicia, eso sí, con medios de actuación similares a los que tenía en pleno siglo de Oro.

Las andanzas de González eran tan aparatosas que ni siquiera ha podido conseguir que sus cuates se olviden de ellas, una vez caído del pedestal, para que se vea claro que el que la hace la paga. Quienes sospechan que el caso González ha aflorado abruptamente en el mejor momento para tapar la llamada de Rajoy a declarar hacen cierta la creencia de que cuando la mierda abunda tanto inevitablemente dejará de oler tan mal.
Un poco más oscuro, para que no se entienda

Junto con la abundancia de dinero y la escasez de controles externos, los de dentro ya se controlan desde arriba, la oscuridad es el segundo elemento indispensable. Los corruptos cuentan con un público en el que abundan los que difícilmente distinguen las decenas de los millares y en el que se ha inoculado sistemáticamente la creencia de que la aritmética es aburrida y la contabilidad un rollo innecesario. Y parecidas a estas son las dos grandes verdades que han presidido la vida interna de los partidos que han protagonizado la corrupción: solo hay que dar cuentas al de arriba, y los números, la afiliación y las cuentas del partido, son secretos que nunca debería conocer el adversario y que a nadie leal y bien dispuesto deberían preocuparle. Que Bárcenas repartiese excelentes sobresueldos sin que hubiese ninguna especie de motín entre quienes no los recibían ilustra excelentemente este aspecto de la cuestión: a los partidos se va a obedecer, y el discrepante que se pase al enemigo, de manera que nadie sea capaz de vislumbrar una gota de luz en la cueva.
Lo que Rajoy debería saber

Las corrupciones del PP parecen seguir aflorando sin descanso, pero se trata de una ilusión falaz, no es que cada día se descubran nuevos casos, es que el cadáver insepulto de una corrupción sistematizada y mimetizada con las supuestas necesidades del partido no se tapa ni con una losa de hormigón. Por eso hay que celebrar que una pareja de jueces haya decidido preguntar al señor Rajoy qué sabe él de todo lo que estamos oyendo, e igualmente que el presidente del Gobierno, que no sus oficinas genovesas, parezca habérselo tomado con cierta normalidad. Puede serlo, sin duda, pero pone de manifiesto la extraordinaria anomalía política en la que estamos viviendo.

Que Rajoy continúe en la Moncloa, por precaria que sea su estancia, se debe sobre todo a que ha conseguido que el calendario de su conveniencia personal se haya impuesto a la de su partido y a la de toda la nación, así de rígido es el esquema en que vivimos. Como una especie de Houdini de la política ha conseguido desembarazarse, de momento, de los diferentes lazos en que había caído, y ha llegado a proclamarse como la cara más limpia de la esperanza en la normalidad y en el progreso, pero al precio de saltarse a la torera, él y todos los que le rodean, lo esencial de las convenciones morales por las que se rige el poder político en cualquiera de las democracias a las que deberíamos querer parecernos. Si aparece una rubia capaz de hacer con Rajoy lo que hizo la señora Merkel con el señor Kohl, que no había puesto ningún SMS comprometedor, el PP podría tener esperanza, pero si sigue como va, no habrá suficientes González en España como para convencer a los electores que ya han abandonado ese barco de que en él viaje nada que merezca la pena.
El daño político

En el caso del PP es incalculable el daño que la organización de ese partido ha hecho a las ideas que dice, o decía, defender. Llegado al poder con una fama de eficacia y rigor que ha dinamitado y con promesas políticas que ha incumplido de manera sistemática, solo le queda la carta del miedo que le suministra con razonable continuidad el chico de la coleta. Pero hasta ese triunfo puede dejar de valer, si los jueces cumplen con su obligación y se excusan de admitir como verdades protocolarias lo que son simples mentiras rotundas y sistemáticas. No es difícil pronosticar que la salida del atolladero es cada vez más difícil, pero creo que ni siquiera los jueces españoles serán capaces de ignorar el pestilente tufo que emana de un cuerpo corrompido y a medio morir, el rotundo grito popular que clama por la claridad y la decencia, por recuperar la libertad política para poder apoyar a quien realmente lo merezca.

Los carroñeros de la corrupción política
Roberto L. Blanco Valdés La Voz 21 Abril 2017

De todas las patologías con las que ha de convivir la democracia, la corrupción política es la más insidiosa y, por eso, la más grave. Los políticos corruptos son los que, prevaliéndose del poder que les ha sido otorgado por el pueblo para gobernar mediante la gestión de fondos públicos, se dedican a llevarse el dinero que es de todos, sea para su provecho personal o para beneficio del partido al que cada uno pertenece. Los políticos corruptos violan flagrantemente de ese modo el pacto social que justifica su función: la entrega de un poder, que es de todos, a cambio de su uso (¡que no abuso!) en defensa de los intereses generales.

La corrupción no es solo, en consecuencia, una sinvergonzonería y una forma ruin de delinquir. Es además una burla inadmisible a la regla esencial de los sistemas democráticos: como los ciudadanos no podemos autogobernarnos, ponemos esa responsabilidad en manos de otros para que lo hagan por nosotros. Esa es la razón por la que el político corrupto pierde toda legitimidad en el ejercicio del poder que tiene conferido y se convierte en un mafioso, para el que la ley no es un límite a sus actos sino un instrumento con el que ocultarlos frente a quienes deben garantizar su cumplimiento.

Hay, en todo caso, una podredumbre de la corrupción que hoy, estando como está nuestro país, es indispensable denunciar: la que practican los partidos al haberla convertido en la principal arma de lucha política contra sus adversarios en las urnas. No es un fenómeno exclusivo de España, por supuesto, y para comprobarlo basta mirar alrededor, aunque aquí ha dado en un hábito nefando que ha convertido la política española en un verdadero muladar. Todo ello habría sido imposible, por supuesto, sin la frivolidad de esos jueces que se han valido de la cruzada contra la corrupción (real o supuesta) como gran trampolín de sus carreras profesionales y, si se tercia, de su paso a la política.

Es tal podredumbre la que explica que todos los partidos, y de manera muy especial los que tienen o han tenido gran poder -el PP, el PSOE, la antigua CiU- carezcan de ese pudor elemental que debería llevarlos a ser prudentes, teniendo lo que tienen en casa, a la hora de echar los pies por alto y acusar de corrupción a los demás en cuanto un posible caso que afecta a sus competidores, aunque pueda quedarse luego en agua de borrajas, salta a radios, televisiones y periódicos.

Los efectos de la corrupción sobre nuestro régimen político han sido devastadores, de forma muy especial en las dos últimas décadas. Pero, aun con los mismos jueces y fiscales, los mismos casos y los mismos imputados, todo habría sido distinto para la democracia española si los partidos hubieran aceptado la evidencia de que luchar sin tregua contra la corrupción es algo muy distinto a utilizarla, carroñeramente, como principal arma de combate frente a sus competidores. Muy distinto.

Los vasos comunicantes que van de la ciénaga madrileña al tremedal catalán
Agustín Valladolid vozpopuli.es 21 Abril 2017

Nuevo y muy severo contratiempo para Mariano Rajoy y sus planes de regeneración por desfallecimiento del contrario. Lo curioso es que el golpe llega desde Madrid, la tierra en la que nunca le quisieron y desde la que llegaron a montarle un golpe de Estado para que en 2008 no saliera con vida del congreso del partido, aquel de Valencia en el que, después de que el PP perdiera las elecciones de marzo, un José María Aznar ya arrepentido de la elección de su dedo traicionero activó sus peones, y Esperanza Aguirre, Jaime Mayor, Ángel Acebes, María San Gilet alii a punto estuvieron de salirse con la suya y poner fin a la carrera del gallego.

Después de aquello, de que Feijóo, Camps y Barberá, Javier Arenas, Soria y Juan Vicente Herrera se pusieran de su lado, y de que Aguirre no fuera capaz de aglutinar una candidatura alternativa, Rajoy volvió a contemporizar y permitió que Madrid siguiera en las mismas manos, descartando las recomendaciones de los que le decían que había llegado el momento de cambiar de caballos en la capital. Claro que, a efectos de equilibrio interno, Madrid no era solo Esperanza; Madrid era mucho más, empezando por el contrapoder que representaban Aznar y su entorno y siguiendo, como se está viendo estos días en toda su crudeza, por la red de intereses montada alrededor de la ex presidenta madrileña, por un lado, y de Rodrigo Rato por otro. Intereses muchas veces antagónicos pero a los que, en todo caso, les venía bien la calamitosa gestión in vigilando de la lideresa.

Los acontecimientos judiciales de las últimas horas, además de poner en evidencia el espesor del cenagal madrileño, demuestran que, en esto de la corrupción, Rajoy no tenía razón, que el tiempo no lo limpia todo, mucho menos si el cauce del río no se ha dragado a fondo. Y es que la pasividad de Rajoy es la circunstancia que ha provocado el efecto perverso de que la detención de Ignacio González sea una noticia mucho peor para él, el presidente del Gobierno, que para Esperanza Aguirre. Porque Aguirre, que resistirá hasta el límite de sus fuerzas, está amortizada, pero Mariano Rajoy tiene que gobernar un país, y no son estas las mejores condiciones para hacerlo.

Y es que lo más preocupante de todo, muy por encima de las repercusiones internas, judiciales o electorales de la bomba sin desactivar que aún esconde el PP en sus sótanos, es el deterioro de la legitimidad de aquellas instituciones gestionadas por los partidos a los que salpican estas prácticas corruptas. La coyuntura por la que atraviesa España demanda un gobierno solvente, sin fisuras, centrado en los problemas reales del país, el principal de los cuales, hoy por hoy, sigue siendo el pulso que mantiene el independentismo catalán con el Estado.

En Cataluña hubo quien se subió al carro del independentismo para tapar la corrupción -esa opción, al menos, no la han tenido los saqueadores de Madrid-; y hubo quien ya estaba en ese carro, se había hecho con las riendas, y se dejó empujar cuesta abajo. Los casos Pujol, Palau o ITV por un lado, y Púnica, Gürtel y ahora Lezo, por otro, son los nuevos vasos comunicantes entre Cataluña y Madrid. Cuanto más sucios los de una, mejor para la otra; y viceversa. Y es esa deplorable atmósfera la que favorece la demagogia aventurera, el populismo y el arraigo de la mentira impune.

En esa atmósfera irrespirable hay quien se siente a sus anchas, porque, al lado de lo que otros hacen, lo suyo es peccata minuta, como la limpieza étnica llevada a cabo concienzudamente en los medios de comunicación públicos catalanes (aquí el último ejemplo). Y es en esa atmósfera en la que progresan personajes como Oriol Junqueras, el gran profeta del independentismo, el gran beneficiario del actual estado de podredumbre; el mismo que despide por personaje interpuesto a periodistas no afectos y que elige a los directores de informativos; el mismo que, hace tiempo, llegó a la conclusión de que la sagrada causa justifica esa otra forma de corrupción política que es la mentira; el mismo que un día descubrió que no siempre se cumple el aforismo, y que sí se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Pero esta, es otra historia.

Liberales: hablemos del populismo en serio, pero del vuestro
Esteban Hernández elconfidencial 21 Abril 2017

El populismo no ha sido tomado en serio. Tanto la izquierda como la derecha contemporáneas lo han minusvalorado o despreciado. La creencia de que se trata de una simple táctica, un modo de engañar a masas incultas cuya necesidad las lleva a creer al primer mentiroso carismático que les dice lo que quieren oír, es compartida por las élites liberales de un lado y otro del espectro ideológico.

Pero el populismo es mucho más que un modo comunicativo cuya pretensión es hacerse con el poder. Como se cuenta en el recién publicado 'El porqué del populismo' (Ed. Deusto), el movimiento político, tal y como lo conocemos, nació en las últimas décadas del siglo XIX en EEUU, y fue la consecuencia de profundos cambios socioeconómicos. El principal de ellos fue la enorme importancia que cobraron el ferrocarril y la energía, así como la concentración de ambos recursos en monopolios y oligopolios que empeoraron de forma sustancial las condiciones de vida de la mayor parte de la población. El People's Party, los Pops, surgió en el entorno agrícola, y se extendió desde ahí a poblaciones y sectores mayores que luchaban contra la concentración del poder y del dinero en pocas manos. No eran un movimiento revolucionario, sino conservador, en el sentido de que pretendían hacer valer los preceptos de una constitución, la estadounidense, contra aquellos, políticos incluidos, que la estaban transformando en un instrumento favorable a los nuevos poderosos, los 'robber barons'. Fue un movimiento popular que pretendía que aquella ley de la que se habían dotado y que les constituía y les definía como estadounidenses se cumpliera, en lugar de ser pervertida y cooptada por los sectores más favorecidos de la sociedad. No lo consiguieron por poco (su candidato presidencial, William Jennings Bryan, estuvo a punto de llegar a la Casa Blanca), pero sí lograron establecer una serie de temas en la conciencia estadounidense de forma definitiva.

El populismo fue diluyéndose tras perder las elecciones de 1900. Pero tras el New Deal reapareció con fuerza, aunque de un modo inesperado. George Wallace, que decía ser el primer obrero que presentaba su candidatura a la Casa Blanca, le dio una nueva y sorprendente versión. Wallace también utilizaba en sus discursos el eje élites/hombre común, aunque las primeras ya no eran los multimillonarios corruptores, sino los burócratas de Washington. El hombre común, ese que se esforzaba todas las mañanas por llevar el sustento a su familia y que seguía las normas, se veía claramente perjudicado por los burgueses liberales y cosmopolitas que les cosían a impuestos para dar lo recaudado a los negros, a los estudiantes de izquierda y a los 'hippies' que protestaban por Vietnam. En su versión, los pasillos de Washington estaban llenos de ingenieros sociales que pretendían controlar la vida cotidiana de la gente común mientras trincaban el dinero de los impuestos para dárselo a los grupos de presión afines y a sus amigos de los guetos. Era esa gente que abogaba por las escuelas públicas pero llevaba a sus hijos a colegios de élite, un montón de burócratas ineptos que permitían que las calles las tomaran los antipatriotas que odiaban a su país, y todo porque esa gente les aseguraba los votos necesarios para seguir en el poder.

Vagos, delincuentes y caraduras
Las ideas de Wallace no fueron particularmente exitosas en aquel instante, pero sí tiempo después. Reaparecieron sin cesar en la era Reagan y durante los dos Bush. Esa pinza entre los políticos progresistas y las minorías indolentes, cuando no criminales, reapareció infinidad de ocasiones en los años posteriores. El esquema era el mismo, aunque girase mucho más hacia el terreno económico. El populismo de Reagan mostraba cómo las personas con iniciativa, y en especial los poderosos, eran entorpecidos, cuando no aplastados, por un Estado omnipotente que ponía todos los escollos posibles a los actores más eficientes mientras subvencionaba a los inútiles. Había un montón de vagos, delincuentes y caraduras que pretendían vivir del erario público y unos políticos sin escrúpulos que satisfacían esos deseos y así les ganaban para su causa. Los progresistas, es decir, los burócratas estatales, los amigos de la regulación, de las normas y de las leyes estaban contra la prosperidad, el bienestar y el sentido común, y lo único que querían era ponerse al frente del Estado para trincar la pasta de los impuestos y garantizarse el poder mediante sectores cautivos.

Pero todos estos argumentos, que son típicos del populismo liberal contemporáneo, no surgen de la nada. En la campaña presidencial estadounidense de 1896, que enfrentó al conservador William McKinley con el candidato populista William Jennings Bryan, quien se presentó como líder del partido demócrata, esta clase de argumentos estuvieron muy presentes. En gran medida, la mayoría de los discursos que escuchamos hoy para combatir el populismo contemporáneo no son más que repeticiones de las ideas que se manejaron en aquella época. A veces actualizadas, a menudo simplemente reproducidas.

Los agentes del caos
Existieron dos clases de argumentos, una más directa, la otra algo más sofisticada. Entre las primeras figuraban las invocaciones a ese caos que llegaría si el candidato populista era nombrado presidente. Salvar el orden constitucional de la anarquía y de la revolución e invocar a los contrincantes como socialistas o comunistas eran las estrategias típicas, así como tildarlos de antiamericanos que estaban haciendo un mal uso de las posibilidades que el sistema les proporcionaba. La posición populista era otra, pero eso no importaba a la hora de distorsionar las peticiones reales: “Nuestra batalla no es por la supremacía, sino por la igualdad. No pretendemos tener un Gobierno paternalista, sino uno que nos proteja de los buitres corporativos. Pedimos en nombre de Dios que el Gobierno sea dirigido de tal manera que el más humilde de los ciudadanos tenga igualdad de condiciones”, tal y como reflejaba Lorenzo Lewelling, alcalde populista del condado de Sedgwick, según se reproduce en 'Populism', de Gene Clanton. Vestirlos como agentes del desorden era una parte de la campaña, pero también se les dibujó como una suerte de lumpen emergido de la América profunda, gente analfabeta e irracional que había visto en la política un camino para no ser expulsada de la historia. Eran los perdedores del progreso, y se notaba con solo echarles un vistazo.

Había una tercera clase de argumentos, los ligados a lo económico. Frente al gobierno de mediocres, resentidos y revolucionarios que propugnaban los populistas, los conservadores oponían el reinado de los mejores. En esencia, su propuesta era la siguiente: los tiempos difíciles deben ser resueltos únicamente a través de la economía de mercado y del crecimiento económico, y el papel del Gobierno debe ser poner en marcha las políticas que canalicen la riqueza de la sociedad hacia arriba. Si se nombra cargos públicos a hombres decentes y respetables, esto es, a los que tienen éxito y saben lo que los negocios necesitan, todo el mundo se verá beneficiado, y la prosperidad llegará.

En el mismo terreno de juego
Todas estas ideas tienen un notable componente populista. Si sus rivales jugaban en el eje élites/pueblo, los conservadores se situaron en el mismo terreno, solo que dándole la vuelta. Ellos eran los que de verdad defendían a la gente común de los engaños populistas y los que guardaban las esencias de su país y luchaban por la gente de bien. Es cierto que se beneficiaban del ambiente típico de corrupción reinante y que ayudaban a quienes sacaban provecho de él, los 'robber barons', pero esto era en el terreno de la realidad, y no iban a dejar que los hechos les hicieran perder la campaña.

Hoy, los argumentos son muy similares, en el sentido de defender el progreso y la prosperidad del país, pero sobre todo en lo que se refiere a la defensa de las capas medias y bajas. Algunos ejemplos de lo que el populismo liberal hace: si se sube el salario mínimo, a quien se perjudica de verdad es a las personas con menos recursos y a los trabajadores menos preparados, porque será más difícil que se les contrate; si se aumentan los impuestos, el problema será para la gente que menos tenga, porque los empresarios tendrán menos dinero disponible, crearán menos empleo y no habrá trabajo; si hay más gasto público, no contarán con mejores servicios, sino que tendrán que pagar más dinero para devolver la deuda en que incurren los políticos o llegará la hiperinflación y el país se sumirá en el caos. En definitiva, todas aquellas cosas que podrían empujar a personas con menos recursos a votar a los populistas son falsas, porque los únicos garantes de la estabilidad, el crecimiento económico y el bienestar común son los liberales.

Mentirosos e hipócritas
Desde su perspectiva, el objetivo de los populistas no es reducir la pobreza, sino beneficiarse de la gestión del asistencialismo. Políticos sin escrúpulos formulan promesas a sabiendas de que son falsas, porque eso les permitirá llegar al poder, y cuando lo hagan crearán potentes redes clientelares que asegurarán sus sillones. Son mentirosos e hipócritas porque utilizan al pueblo para llegar al poder, su verdadera meta. Son gente irresponsable que pretende gastar a manos llenas porque el dinero no es suyo, así como malos gestores porque la ideología les ciega.

Frente a esta panda de mediocres, emerge la gente sensata y responsable, que sabe que solo dejando hacer a los ricos puede crearse prosperidad. En la medida en que las personas que pueden impulsar la economía son los empresarios exitosos, no tiene sentido ponerles impedimento alguno. El mensaje es: si quieres que a la mayoría de la gente común le vaya bien, lo primero es que todo funcione para los mejores de la sociedad, los que más dinero ganan, y luego, por arte del mercado, todo el mundo se verá beneficiado.

El populismo liberal ofrece fórmulas cuadriculadas y fácilmente comunicables, que son efectivas como propaganda pero que generan muchos problemas

Esta es la versión populista del liberalismo, aquella que invoca para meter miedo a Cuba o Venezuela, esos sustitutos fantasmáticos de la anarquía o del socialismo al que se recurría en el final del XIX, que dice defender de verdad al pueblo mediante ese extraño rodeo que pasa por poner primero al 1% o que ataca a sus adversarios tildándoles de mediocres llevados por la ignorancia, los prejuicios y la furia.

Ver en otros los pecados propios
Y es una versión populista porque juega en el mismo eje élites/pueblo que aquellos a quienes atacan y porque proporcionan soluciones simples a problemas complejos. La economía, esa ciencia que han reducido a una de sus versiones y a esta la han vestido de irrefutable, es el mejor de los ejemplos. A veces, cuando hay gasto público, se produce más riqueza y no menos; en ocasiones, cuando se sube el salario mínimo, no se perjudican las contrataciones, y cuando los impuestos se elevan, no se frena la economía capitalista. Tenemos diferentes ejemplos de ello a lo largo de la historia, incluso reciente. Pero ellos lo ven todo desde una perspectiva encorsetada, y creen en verdades inmutables que, por ser tan rígidas, no pueden ser ciertas. Haciéndolo así no consiguen más que ofrecer fórmulas cuadriculadas y fácilmente comunicables, que son efectivas como propaganda pero que en la realidad generan muchos más problemas que ventajas. Es cierto que hasta ahora eso les ha dado el poder, pero no deja de ser una forma obvia de ese populismo que dicen despreciar mientras lo practican. Quizá porque proyectan en los otros los pecados propios.

Por supuesto, nada de esto tiene que ver con el liberalismo real, ese que cree en el Estado de derecho, en la separación de poderes y en las libertades civiles y cuya esencia última es la defensa del individuo respecto de la acción del poder. Porque cuando alguien cree en estas cosas hoy y trata de llevarlas a la práctica, es tenido por un antisistema; en parte porque la degradación de las estructuras institucionales no deja demasiado espacio a quienes pretenden que las reglas del juego sean limpias, y en gran medida porque el poder real, ese que es necesario limitar, es fundamentalmente económico.

Rajoy inocente
Emilio Campmany Libertad Digital 21 Abril 2017

Muchas cosas se pueden comentar de la Operación Lezo. Que se puede desfalcar una empresa pública impunemente a menos que un agrio rival del mismo partido con poder suficiente quiera desacreditar lo que el corrupto representa. Que el sistema favorece el ascenso de los golfos y obstaculiza el de los honrados. Que los grandes medios de comunicación prefieren vivir a la sombra del poder y pueden, al sentirse atacados, amenazar con publicar noticias falsas. Que se hace patente que la más notable representante de la raquítica rama liberal del PP, en el mejor de los casos, no se enteraba de nada.

Pero aún hay más. Todo esto se destapa precisamente ahora para cubrir con un piadoso tapiz de mantillo la incómoda noticia de que el presidente del Gobierno ha sido llamado a declarar en la Gürtel. A Rajoy no le ha importado que el escándalo alcance al periodista que se ha dedicado en cuerpo y alma a disculpar, minimizar, esconder o justificar sus muchas traiciones a su electorado. Está convencido de que a él todo esto no le va a salpicar en absoluto. La pléyade de cobistas que lo rodea le estará explicando que la magistratura que ejerce le protege como protegió a Felipe González, a quien nadie hace responsable del GAL, del BOE, de la Guardia Civil, del Banco de España y todo lo demás. ¿Por qué no le iba a pasar lo mismo a Rajoy? Qué más da que se haga evidente el pozo de podredumbre que es su partido bajo su dirección si a él no le alcanzará la responsabilidad por ser presidente del Gobierno. Igualito que Felipe González.

Olvida el ínclito gallego que González fue el primer presidente socialista y que preservar su figura es indispensable para legitimar la democracia que él inauguró cuando se avino a suceder a la derecha que la pergeñó. Sin embargo, debería darse cuenta de que al mismo Zapatero, siendo socialista como González, sin haber tenido ni mucho menos los casos de corrupción de González y sin tener responsabilidad directa en nada feo, le ponen propios y extraños a caer de un burro. Rajoy no sobrevivirá a la debacle del PP. Y es increíble que su ceguera le impida ver que, a su alrededor, como en el tango, se están ya probando la ropa que va a dejar. Se disfraza de inocente. Y lo es, pero en el sentido del 28 de diciembre.

Hubo un tiempo en que hubo un PP con setecientos mil militantes entre los que había gente de muchísima valía, a la que algunos del País Vasco añadían grandes dosis de coraje. De esos, sólo quedan unos pocos. Los demás no son más que pelotas o corruptos. Y el mayor responsable de eso no es Ignacio González, sino Rajoy. Y la derecha que lo vota por miedo a Podemos lo sabe. Cuando Soraya le dé el empujón y finalmente caiga se dará cuenta de lo poquito que en realidad es.

Tuberculosis ética
Melchor Miralles Republica 21 Abril 2017

Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en la muerte. No acometerán el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos… Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco podemos tener fe en la grey revolucionaria… No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos. La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quemando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.

He tomado prestadas estas palabras para titular y arrancar este andén. Las escribió Benito Pérez Galdós en 1912. Han pasado ciento quince años. Y estamos en las mismas, o sea, muchísimo peor. Es un sin vivir. Noticias cada minuto. Estamos viviendo un momento crítico, con la corrupción como amenaza del sistema. El PP en entredicho, Rajoy a lo suyo, sin asumir responsabilidad alguna, y se permite además el lujo de decir que acudirá “encantado” a declarar como testigo en un juicio de la Gürtel. ¿Encantado? Es una anormalidad, debiera estar preocupado, hondamente, pero él está encantado. Y los populistas aprovechando el lodazal. Y los medios en entredicho, a la vista de las conversaciones de Casals y Marhuenda sobre las “putas zorras” de Cristina Cifuentes y su responsable de prensa. Un espectáculo indecente. Pero no es solo el PP. No. Antes y ahora fueron CiU, el PNV y el PSOE. Han sido todos los que han tocado poder. Desde el PSOE se inflan a darle palos a Rajoy y el PP, pero ellos siguen sentando en lugar preferente en sus mítines, como si fueran políticamente inocentes, a quienes debutaron como maestros de la corrupción. Filesa fue el no va más, nos desvirgó de la inocencia sobre la financiación de los partidos políticos.

Ahora, con la detención de Ignacio González y sus mariachis, salen a la luz inmundicias que suponíamos, porque el juez Velasco, que salió rebotado de la política al servicio del PP valenciano, está que se sale. Hoy se ha sabido que una juez alertó a González de que estaba pinchado e iban a por él. Una juez “de la casa” que se lo cuenta a Eduardo Zaplana, y este se lo dice al príncipe de las tinieblas Casals, consejero delegado de La Razón, que advierte al implicado, Ignacio González, columnista del periódico que dirige Marhuenda: “Edmundo está acojonao. Una magistrada amiga de la casa ha llamado para decir que nos graban”. Todo muy ejemplar.

Y Moix, el fiscal general, que después del escándalo de los relevos, se sabe que pretendió frenar la investigación, y solo una rebelión de los fiscales en la Junta posibilitó que se practicaran los registros y las detenciones. O sea, el Gobierno, que va de pureta, tratando de cercenar la investigación.

Y la investigación que sigue respecto a los corruptores, que siempre se van de rositas. Indra, Cuatrecasas, ONH, Price y otras en portada, registradas por el pago de comisiones, algunas de ellas conocidas por el PP de Rajoy, que está encantado. A ver si, viéndole tan feliz, le tienen que citar también en esta causa, que sería lo lógico. Y en las que quedan.

Y, tras años viendo como aparecían en los trapos sucios los amigos del Rey ahora emérito, ahora detienen como hombre clave de este lodazal y las comisiones de OHL al PP de Madrid a Javier López Madrid, amigo del alma de Don Felipe y Doña Letizia, el compiyogui que puede terminar también entre rejas.

Y Casals, cuando le ponen la grabación, o sea, tras escucharse decir “no es solo La Razón, ¿eh?, también Antena 3, Onda Cero y la Sexta”, que se queda tan ancho declarando que si alguien puede creerse que un medio de comunicación amenace a un político. Y Marhuenda, que dice que fue una conversación normal sacada de contexto, y que solo se arrepiente de haber llamado “zorra” a la asistente de Cifuentes. Pero esta parte de la causa quedará en nada, porque Cifuentes dice que a ella nadie le ha amenazado.

Y Esperanza Aguirre, con todos los hombres de su confianza imputados por delitos graves, que entre lágrimas dice que “lo de Ignacio es un palo”. Pero ahí sigue, al frente del PP en el Ayuntamiento de Madrid. Y Rajoy encantado con el espectáculo. En el PP hay una guerra abierta de intereses y una carrera en pelo por alejarse del asunto, pero lo tienen imposible. Y Aznar, ¿dónde está Aznar, a cuya sombra llegaron y crecieron todos estos golfos apandadores que no han dejado un euro público en su sitio? Quizá esté preparando la siguiente conferencia dando lecciones de democracia en todo el mundo, con una jeta de cemento, y el riñón forrado.

No se me ocurre nada mejor que lo escrito por Galdós, que debiera resucitar para preparar otro episodio nacional. Tuberculosis ética. Y esta es una enfermedad que mata.

Dos varas de medir la corrupción
Antonio Robles Libertad Digital 21 Abril 2017

En estas últimas horas estamos asistiendo a la cristalización de la corrupción sociológica: dos hechos idénticos, dos focos de corrupción idénticos son percibidos de forma completamente diferente por los ciudadanos que los han sufrido. ¿En función de qué? Del territorio donde viven.

Sabemos y detestamos la nula predisposición de los partidos a enfrentarse a su propia corrupción. Hasta nos han acostumbrado a aceptarlo como si fuera una fatalidad. Pero que sociedades enteras consientan, encubran, justifiquen, incluso glorifiquen a sus propios saqueadores convierte la obscenidad en patología.

En los últimos tiempos algunos prebostes fundamentales de la construcción nacional de Cataluña, el juez extorsionador Pascual Estevill, nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial en 1994 por encargo de Jordi Pujol; el gestor de la cueva del Palau de la Música y sus 400 familias, Félix Millet; el mil veces consejero de los gobiernos de Pujol Macià Alavedra, o su mano derecha, Lluís Prenafeta, han confesado por fin que fueron unos chorizos redomados mientras ejercían su acción de gobierno. Da grima recordar cómo estos impresentables arremetían indignados en nombre de la cultura, la nación y la lengua catalanas cada vez que les recordábamos sus excesos en la construcción nacional. Tener constancia del peso y dimensión que tuvieron personajes como estos en la construcción de esta nauseabunda Cataluña que hoy sufrimos es imprescindible para calibrar cuántos delincuentes más hay escondidos tras una sociología catalanista que calla, justifica o incluso glorifica su impostura.

Con el mismo ímpetu depredador, una pléyade de dirigentes del PP de Madrid se pasea por las pantallas de la televisión con el porte de una banda de delincuentes profesionales. No les encabrono con los detalles, las teles los reponen cada segundo. No así con los del oasis. Pero sí les comparo la diferente postura que muestran los ciudadanos frente a ellos en función de dónde son. En Cataluña los medios hacen lo imposible por mitigar el alcance, o incluso por justificar la obscenidad en nombre de los servicios rendidos a la patria. En una palabra, en nombre de Cataluña. ¿Se imaginan ustedes al expresidente de Madrid Ignacio González o al extesorero del PP Luis Bárcenas escudarse en la defensa de España? ¿Se imaginan ustedes a algún medio o periodista español mitigar, modular o justificar la corrupción de estos canallas en nombre de sus servicios a la nación española? ¿Pueden encontrar a un solo ciudadano en Madrid que tenga a alguno de estos sinvergüenzas como modelo de ciudadano español?

Pues en Cataluña se hace. Cada vez con menos descaro, pero se asume el robo como un mal necesario, se procura simular la canallada, pasar pantalla, como dicen los pedantes del procés, en espera de rehabilitarlos. Y esto no se queda en cuatro allegados, detrás hay buena parte de esa Cataluña lírica del derecho a decidir que ha perdido la medida de lo que es un Estado de Derecho, y una justicia para todos.

Esta es la Cataluña étnica, sectaria, fascista, aliada con su tribu como un forofo culé con el Barça. Mal está la corrupción, peor es esta pléyade encubridora cegada por el clan. El pueblo no es inocente per se. Tomar conciencia de ello es un deber cívico de primera magnitud.

El “Decálogo del populismo europeo”, según Iñaki Ezkerra
Ernesto Ladrón de Guevara  latribunadelpaisvasco.com 21 Abril 2017

En su libro “Los totalitarismos blandos", Iñaki Ezkerra traza un “Decálogo del populismo europeo” que es de una absoluta actualidad y vigencia.

La misma sustitución de “la casta” por “la trama” como “objetivo a abatir”, que acaba de establecer Podemos con su famoso “tramabús”, está contemplada en el punto 3 del Decálogo del escritor vasco y en el rasgo que enuncia como “capacidad de traslación del enemigo”: “De la misma manera que el líder es reemplazable, también lo es el enemigo”.

Reproduzco a continuación dicho decálogo en el que el lector encontrará rasgos perfectamente reconocibles en la formación de Pablo Iglesias.

1.-Amor a la contradicción: las contradicciones no sólo son inevitables y admisibles sino imprescindibles porque les dan carta blanca a los líderes populistas para decir lo que quieran a la vez que sitúan al acólito en un estado mental de irracionalidad y en un estatus moral de impunidad. Le habitúan a tragar con todo y a flotar anímicamente en un nivel de confusión acrítico en el que sólo se dibujan nítidamente las siglas a seguir y a votar.

2.-Capacidad de sustitución del líder: el líder no es insustituible y en un momento determinado debe ser relevado porque las sociedades europeas está curadas del fenómeno caudillista; porque sus sistemas de libertades lo rechazan y porque su reemplazamiento alimenta la ficción de democracia interna en el partido populista.

3.- Capacidad de traslación del enemigo: de la misma manera que el líder es reemplazable, también lo es el enemigo cuando las reglas del juego democrático, en el que los pactos son fundamentales, obligan a dejar de dirigir el odio, por ejemplo, contra “la casta”, en el caso español, y a redirigirlo contra un partido concreto (el PP o Ciudadanos) mientras se establecen alianzas con parte de la clase política antes denostada (PSOE o IU).

4.-Capacidad y necesidad de absorción: el discurso populista puede y debe permitirse absorber todos los discursos, fetiches y puntos de referencia ideológicos que le sean útiles. Da igual que sean progresistas o reaccionarios, democráticos o totalitarios. El populismo se convierte, así, en un basurero de la Historia donde todo puede ser reciclado para su causa. Todo vale para el convento y lo que no mata engorda.

5.-Capacidad de mutación: la facilidad de absorción del anterior punto permite al populismo las mutaciones camaleónicas que sean precisas para su éxito electoral o su simple supervivencia.

6- Capacidad de omnipresencia mediática: no es casual que los populismos crezcan en Europa (lo mismo que en Estados Unidos) con la crisis de los medios de comunicación y la desesperada necesidad de éstos de atraer a un público consumidor mediante el amarillismo. El sensacionalismo ya es populismo mediático y antecede al otro.

7.- Capacidad de ininterrupción en el discurso y de respuesta rápida. El tercer principio de la propaganda goebbelsiana, el de transposición, especifica que ésta debe “responder al ataque con el ataque” y el sexto principio, el llamado de orquestación, apunta que “sin fisuras ni dudas”, así como en el séptimo, el de renovación, se apostilla que “las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones”. Son diferentes modos de insistir en un componente esencial que es común a todos los populismos, desde el nazi al más moderado: la agresividad verbal, la táctica de no ceder nunca ni un milímetro de terreno sino de ganarlo, la bravura en la denuncia del rival o enemigo político que sugiera falsamente que “la razón está de su parte”.

8.- Capacidad de utilización de la democracia: como los populismos latinoamericanos que describe Krauze en su decálogo, más aún si cabe los europeos, incluso aquellos que podemos identificar con un “totalitarismo blando”, no pretenden la abolición sino más bien un deterioro, un envilecimiento y un embrutecimiento de los sistemas democráticos que sirvan a sus intereses, a su afán de poder o a sus pulsiones destructivas. No lo pretenden porque tampoco se lo permitiría el propio contexto cultural y geográfico.

9.- Utilización de todas las tradiciones del rencor: aunque se presente como nuevo, el populismo apela a los resortes más básicos del resentimiento que haya latentes en una sociedad, a todas las banderas de éste que tengan un prestigio social extendido y en la medida en que lo tengan; a toda tradición fóbica que le preste un campo ya trillado y le ahorre trabajo en la manipulación de unas masas que, ayudadas por su incapacidad para el discernimiento, confundan fácilmente el reconocimiento de las añejas raíces de una fobia o de un prejuicio, en la cultura y en la historia colectivas, con la legitimidad moral y democrática de éstos. De lo que se trata es de martillear en todos los clavos posibles del odio. Abrazar nuevas causas da la impresión de que el discurso esta vivo y la movilización en marcha; de que el populismo se mueve, aunque ese movimiento sea, más que una epifanía, una huida hacia delante como lo explicaba Goebbels en el punto 7 de su decálogo y en lo que llamaba “principio de renovación”. Pero tan importante como la novedad es que esas causas tengan unos viejos antecedentes de aceptación y asentamiento sociales para poder presentar a quien ataca al populismo “como enemigo de la identidad colectiva”. Por esa razón es también Goebbels quien, en el punto 10 de su decálogo, el dedicado al “principio de transfusión”, sostiene que “la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales”. El odio populista, bien sea de izquierdas (al banquero, al policía, al clero…), bien sea de derechas (al inmigrante, al extranjero, a un grupo étnico…) debe llover sobre mojado para dar la impresión de que siempre ha estado ahí, de que posee “la legitimidad de la antigüedad”.

10.-Carácter de transgresión. El populismo se debe presentar como una ideología transgresora y novedosa, revolucionaria, como una propuesta de ruptura con lo anterior para, así, poder identificar toda moderación y toda actitud sensata como un signo reprobable de conformismo. La conciencia de ruptura familiariza, además, al prosélito con una cierta carga de violencia y enemistad con el orden establecido. Enrarece sus relaciones con la legalidad y le predispone contra ésta de un modo útil y favorable para el populismo y sus espurios objetivos.

11.- Carácter de provocación y de escándalo: el componente exhibicionista es un importante estimulante que identifica al populismo con el visionarismo ideológico. En la proyección mediática es precisa la escenificación mesiánica del “uno contra todos” porque, si bien el caudillo es sustituible, no lo es su carácter profético y provocador. El populismo sabe que todas las ideas que han perfeccionado a la sociedad han sido provocadoras pero finge ignorar que no toda provocación responde a un ideal de perfección.

12.- Carácter arbitrario y de autoabsolución: el populismo asume y da por buenas las arbitrariedades que se cometan en su nombre. Este aspecto es fundamental porque ensancha las tragaderas de la masa para el juego sucio y la digestión de la barbarie. Se trata de que, una vez aceptada una arbitrariedad, se acepten todas en favor de la causa.

13.- Carácter de riesgo: las propuestas políticas del populismo deben poseer siempre un fuerte ingrediente de riesgo y de tentación al abismo. La sensación de riesgo es fundamental en estas ideologías porque estimula, aturde y embota las mentes de los acólitos; hace a éstos más manipulables y neutraliza cualquier objeción cabal que venga desde fuera. La amenaza del abismo los enardece.

14-. Carácter revanchista y destructor: los populismos no sólo proponen romper políticamente con un pasado, un orden, unos esquemas y unos valores sino romper físicamente, o sea escenificar un grado de destrucción que satisfaga la sed de revancha acumulada de sus votantes y el resentimiento canalizado por ellos.

15.- Necesidad de aislamiento: los populismos europeos son euroescépticos o eurofóbicos. Y, como proponen la salida del Euro o directamente de la Unión Europea, postulan también la de la OTAN o el desafío a las directrices del G-20 y del Fondo Monetario Internacional pues necesitan de la impunidad que da el aislamiento y rechazan cualquier organismo exterior que los presione o los condicione. El contexto de protección y control en el que los sitúa su mera ubicación geográfica y económica en el mundo desarrollado, lógicamente hostil a ellos, hace que, al contrario que los populismos latinoamericanos, no busquen instalarse en entidades supranacionales como la de los “países del ALBA”, que carecen de ese referencial marco de seguridad. De este modo, aunque estos populismos sean de signo izquierdista coinciden con los de signo derechista en la socorrida apelación a la independencia nacional colisionando con el internacionalismo de la izquierda clásica y lindando ideológicamente con el ideal autárquico del falangismo de nuestra posguerra.

16.-Simplicidad y superficialidad del mensaje: el populismo europeo obedece al pie de la letra el quinto principio goebbelsiano, el de “vulgarización”, según el cual, “toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida” aunque siente cierta necesidad de maquillar su falta de sofisticación intelectual apelando a la preparación universitaria e incluso a la titulación académica de sus representantes. Cuando su líder carece de estudios superiores se rodea de intelectuales.

17.-El ingrediente de la ilusión: al populismo no le basta con odiar sino que debe ilusionar para maquillar ese odio. Y en ese cuidado por la ilusión llega a menudo a la pura infantilización. Dos ejemplos gráficos los tenemos en Boris Johnson, que combina su fama de erudito con su histrionismo escénico, y en Beppe Grillo que es directamente un cómico. El infantilismo del populismo español tiene abundantes ejemplos en los líderes de Podemos, desde el Pablo Iglesias que regaló al Rey Felipe un vídeo de “Juego de tronos” hasta la Manuela Carmena que andaba haciendo republicanismo con los Reyes Magos de la Cabalgata madrileña o proclamando el día del bañista desnudo en las piscinas municipales de la capital de España pasando por el grito de Rita Maestre durante su striptease a la capilla de la Complutense: “Contra el Vaticano poder clitoriano”. No es fácil saber qué clase de asalto vaginal postulaba la célebre concejala al poder pontificio con ese eslogan revolucionario.

18.- Transformación del error en razón para la subyugación incondicionalidad de los seguidores: se trata de usar a favor propio todos los mecanismos del orgullo y la cerrazón. Apostar por una política que se demuestra “equivocada” como la del Brexit en el Reino Unido o la del despilfarro en el gasto público en el zapaterismo puede despertar en la masa un sentimiento de entrega incondicional en vez del deseo de deserción. Por lo que tiene de rabioso desafío al sentido común, el populismo atrae esa incondicionalidad con sus fracasos y la propia movilidad de su discurso. Da igual lo que se defienda y contra lo que se vaya. Lo importante es que el elector esté contigo en una actitud de entrega apriorística y suicida.

19.- Magnificación de la amenaza contra la que se lucha: el populismo totalitario de izquierdas de Podemos exagera en lo que puede los efectos de la crisis económica en España mientras el populismo tory carga las tintas sobre la responsabilidad de la Unión Europea en la inmigración que, presuntamente “no sería capaz de absorber Gran Bretaña”. Ambos ejemplos responden al cuarto principio de Goebbels, el de exageración y desfiguración, que consiste en convertir “cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave”.

20.-Base real de la denuncia populista: éste es el punto en el que los populismos europeos difieren de la escuela de la propaganda goebbelsiana. Frente al principio de verosimilitud que esgrimía ésta en el octavo lugar de su decálogo, nuestros populismos barajan, yendo más lejos o más cerca, el principio de veracidad. La crisis económica y la corrupción estructural no sólo son verosímiles sino veraces, o sea reales, como lo es también el problema de la inmigración teocrática que llega a Europa. Por ese motivo, el peor arma contra el populismo es negar la realidad que denuncia: la irresponsabilidad que late en el discurso buenista del que “vengan todos” o el deterioro que la recesión económica ha ejercido sobre los Estados de Bienestar. En los populismos europeos siempre hay una base real, un fracaso de las clásicas alternativas socialdemócrata y conservadora que aquéllos interpretan y deforman a su antojo. Por ese motivo también, el mejor arma contra todas las versiones del populismo que nos asolan está en que los partidos democráticos consigan situarse en sus programas a la altura de la seriedad que se atribuyen frente a la soluciones desquiciadas y extravagantes.

Atentados terroristas con coche
Amando de Miguel Libertad Digital 21 Abril 2017

Nos falta la palabra precisa para describir un nuevo tipo de atentado terrorista. Lo hemos visto en Niza, Berlín, Londres y Estocolmo. Demuestra un ingenio diabólico. El terrorista roba un camión o un todoterreno y se precipita por una calle peatonal arrollando a cuantos viandantes puede. No le importa mucho el riesgo de que los policías terminen por reducirlo. Lo suyo es inmolarse por una causa fanática al grito de "¡Alá es grande!". El suicidio con notoriedad es lo que le abre las puertas del Paraíso. Habrá que inventar un nombre para tamaña barbaridad: ¿cochicidio? ¿mototerrorismo?

Los terroristas de este estilo encuentran el arma homicida por doquier. No hace falta burlar la vigilancia de fronteras y los controles policiacos (ahora dicen "policiales"). Basta con robar un vehículo y precipitarlo por una calle concurrida. El pánico de la población está asegurado. Resulta más espectacular una masacre de este estilo que la explosión (ahora dicen "deflagración") de un coche-bomba o una mochila-bomba. A la Policía le es muy difícil prevenir este tipo de acciones. Lo de colocar bolardos en las calles peatonales parece una ingenuidad. La prohibición de que circulen camiones por los centros de las ciudades no puede mantenerse por mucho tiempo. Basta el robo de una furgoneta de reparto para sembrar el terror en un espacio urbano concurrido.

Cualquier táctica terrorista se saldrá con la suya mientras se parta del principio de que la represalia corresponde exclusivamente a la Policía. Es el Ejército quien debe hacerse cargo de la guerra antiterrorista.Pero el Ejército no quiere oír hablar de guerra; prefiere referirse a misión de paz como homenaje a George Orwell. Por cierto, la palabra paz les gusta mucho a ciertas bandas terroristas, que a sí mismas se consideran "organizaciones", "movimientos" o "fuerzas armadas". Fue un gran retroceso semántico que el Ministerio de la Guerra pasara a ser en todas partes Ministerio de Defensa. Pero, en fin, eso ya no se puede cambiar.

Aunque el Ejército de un país se dispusiera a combatir el terrorismo, pronto se vería en desventaja, pues los matachines islámicos (ahora dicen "islamistas") se mueven como una red internacional.Algo más se podría esperar de la OTAN, pero esa entidad no pasa de ser una meliflua "Organización del Tratado del Atlántico Norte". Se reduce a una marca blanca del Ejército de los Estados Unidos, pensada para una hipotética guerra fría contra los rusos, antes "soviéticos".

La lucha contra el terrorismo será estéril desde el momento en que se está dispuesto a negociar con los criminales. Hay ya muchos ejemplos de que esas cobardes negociaciones solo han conducido a que los facinerosos consigan ventajas políticas. En España hemos aprendido la lección con nuestros terroristas domésticos. Son de temer las farsas de entrega de armas(caducadas) a que en ocasiones recurren los terroristas aburguesados.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

Votar no es pecado
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 21 Abril 2017

La idea no me pertenece. Confieso que he copiado el título de un artículo de Josep Ramoneda ("Votar no es pecado", El País, 23/3). Al leer ese encabezamiento experimenté una sensación de alivio. Imaginé, por un momento, que el filósofo liberal que había conocido poco después de mi llegada a Barcelona, y que en 1982 me había introducido en las páginas de Opinión de La Vanguardia, decidía volver a las fuentes. Y que, desdeñando su condición de apparátchik del Diplocat filibustero, abría una brecha en el bloque totalitario del Catexit y reclamaba elecciones democráticas al Parlamento de Cataluña. Me equivoqué. Seguía refiriéndose al voto degradado y transformado en instrumento viciado del referéndum ilegal.

La Cataluña de Erdogan
Esta tergiversación del significado del voto es lo que me impulsa a retomar el título para devolverle su valor cívico: votar no es pecado cuando los ciudadanos están suficientemente informados de lo que votan, cuando no viven sometidos a una campaña permanente y discriminatoria de propaganda maniquea y, sobre todo, cuando eligen legisladores capaces de debatir y acordar transacciones racionales y no están obligados, esos ciudadanos, a optar entre papeletas binarias donde la polarización excluyente entre el sí y el no puede abrir las compuertas a desastres irreversibles. Ya sea el Brexit o el Catexit. Sobran las pruebas de que, contrariamente a lo que sostuvo el difamador Puigdemont en Harvard, la que se parece a la Turquía inconstitucional, regimentada, fraudulenta y referendaria de Erdogan no es la España de Rajoy sino la Cataluña que el mismo Puigdemont cogobierna con la estrafalaria CUP.

Cuando el que llama a votar es un régimen autocrático que ha convertido las mentiras rampantes en el catecismo cotidiano, y cuando el ocultamiento de los medios deleznables que se están empleando en la operación, por un lado, y del desenlace nefasto que esta tendrá, por otro, pervierten todo el proceso, es lícito denunciar el pecado, no del votante sino de los sinvergüenzas que han montado la farsa.

En el artículo de Ramoneda no aparece ni por asomo la voluntad de hacer competir en las urnas –de metacrilato y no de cartón– a los candidatos de los partidos secesionistas con los de los partidos constitucionalistas. El texto es un panegírico crudo de la soflama que nos endilgaron Carles Puigdemont y Oriol Junqueras ("Que gane el diálogo, que las urnas decidan", El País, 20/3), escrito de espaldas al sistema parlamentario de las democracias occidentales y con la mirada puesta en los trampantojos referendarios del populismo totalitario.

Sí a la tribu
Dato curioso: el mismo Ramoneda parece retomar el pensamiento humanista de antaño cuando aborda lo que sucede en Francia ("Triunfalismo sospechoso", El País, 18/3). Explica en él:

La extrema derecha ha conseguido que las campañas electorales giren en torno a su agenda. (…) Lo estamos viendo en Francia, donde las cuestiones identitarias (y la corrupción) dominan el panorama político.

Sustituyamos la agenda de la extrema derecha por la del secesionismo, igualmente enfrascado en las cuestiones identitarias, y tendremos un retrato fiel de lo que sucede en Cataluña. O sea, de lo que Puigdemont, Junqueras y también Ramoneda pretenden ocultar. Con el añadido de una mención a

los discursos de exclusión con que se pretende encauzar el malestar por la incertidumbre sumando a la brecha social la brecha cultural.

Cuestiones identitarias, discursos de exclusión, brecha social, brecha cultural… ¿cómo es posible que Ramoneda no se dé cuenta de que las lacras que atribuye, con razón, al lepenismo son las mismas que cultiva con perseverancia el secesionismo? Eso sí, Marine Le Pen acepta las reglas del juego y se somete a la prueba de las urnas de metacrilato, en tanto que Carles Puigdemont y sus socios agotan las triquiñuelas del vademécum totalitario para conjurar el fantasma de las elecciones parlamentarias que ellos temen convocar y perder.

Dicen que en España no existen partidos de extrema derecha. Vaya si existen: el secesionismo es más extremista que el lepenismo porque funda su autoridad en su capacidad para movilizar a la masa en las calles y no en la conquista de mayorías propias de legisladores, razón por la cual nuestros extremistas de derecha se alían con otros extremistas, esta vez de izquierdas. El paleoencéfalo cainita los guía y ellos se juntan para votar sí a la tribu y no a la comunidad civilizada. Este voto es peor que un pecado, es una regresión teledirigida a la caverna.

Caricatura de la posverdad
Cegado por la dedicación preferente al Diplocat, Ramoneda escribe "Votar no es pecado" como si su público estuviera compuesto por conserjes y bedeles de las instituciones europeas –los únicos que atienden, por obligación, a estos enviados– y no por lectores españoles bien informados. Por eso adjudica al artículo de los dos gerifaltes una intención esclarecedora que en el mundo real solo podría impresionar a los catecúmenos más dóciles del rebaño. Sostiene Ramoneda que dicho artículo

pretende cargarse de razones ante un previsible choque, especialmente de cara a Europa: los que no quieren dialogar son los otros. Exhibe unidad del Gobierno catalán, en un momento en que abundan los rumores sobre las tensiones entre los socios de Junts pel Sí, con el PDECat en busca de autor y de guión, y con Esquerra al alza. Y mantiene vivo el compromiso de convocar el referéndum ante su gente, pero también como instrumento de presión.

Dada su inserción en el Diplocat, el autor de esta elegía sabe que en Europa ni los citados conserjes y bedeles quieren oír hablar de los delirios separatistas. Y en Estados Unidos tampoco, salvo algún lobista profesional, amigo de Putin y de las largas juergas nocturnas. En cuanto a la exhibición de unidad para disipar rumores de tensiones, está demostrado que de la colaboración entre dos mentirosos nunca puede salir un relato veraz sino una caricatura de la posverdad.

Puñaladas traperas
La prensa situada en el foco del proceso y atenta a cómo sopla el viento porque de ello depende en buena medida su supervivencia desvela lo que el lenguaraz del Diplocat tiene la obligación de esconder. O sea, que detrás de la máscara de unidad se oculta un intercambio de puñaladas traperas entre rivales que se disputan el poder lucrativo. No los mueve el patriotismo sino la ambición de convertirse en amos y señores de un feudo anacrónico donde sus intereses estén por encima de la ley. ¡Ay de los crédulos que todavía les siguen la corriente rumbo al abismo!

Escribe Lola García, directora adjunta del diario ("El sambenito de traidor", LV, 9/4):
En el PDECat y ERC son cada vez más conscientes de la dificultad de celebrar una consulta con mínimas garantías, pero nadie se atreve a confesarlo en público ni a adoptar otra salida porque ambos partidos se disputan cuál de los dos apechugará con el sambenito de traidor.

Isabel Garcia Pagan y Alex Tort lo ratifican (LV, 13-14/4):
La serie de desacuerdos de esta semana ofrece una imagen de desconfianza interna que puede haber dejado tocado al Govern, según admiten fuentes del Ejecutivo.

Y el editorial de ese mismo día lo remacha con un título explícito: "Desavenencias y secretos". Subraya que "las desavenencias entre PDECat y ERC son un secreto a voces" y que "los desencuentros entre exconvergentes y ERC vienen de lejos". Enumera las contradicciones por la compra de urnas y la contratación de parados y advierte de que "esos roces que se quieren ocultar no solo existen sino que pueden reproducirse en el futuro próximo, puesto que las diferencias son múltiples". Y para colmo "hay también diferencias intestinas en tales partidos. En particular en el PDECat".

Acabar con esta podredumbre
El secretario de organización del PDECat, David Bonvehí, amenazó públicamente con llevar a la Fiscalía una querella contra ERP por "delitos contra la intimidad y el honor" (LV, 15/4). ¿La causa? ERC podría haber filtrado a eldiario.es una conversación privada entre Bonheví y algunos correligionarios, grabada clandestinamente, en la que este planteaba una alternativa autonomista al secesionismo puro y duro. El esperpento no cesa: los salvapatrias que libran una guerra de calumnias contra la justicia española, acusándola de parcialidad, y se jactan de desobedecerla amagan con pedirle amparo cuando se enzarzan en una disputa tabernaria dentro de su propio contubernio.

Hoy, casi no queda ningún formador de opinión que no haya recuperado, en relación con el proceso secesionista, la famosa frase de Josep Tarradellas: "Todo se puede hacer en política, menos el ridículo" (mucho más citada que aquella otra muy elocuente que pronunció en Morella el 14 de junio de 1979 sobre la necesidad de "dar un golpe de timón" al rumbo político de España). Pero es hora de reconocer que el proceso ya ha traspasado la frontera del ridículo y ha entrado en una zona cuyas emanaciones envenenan a la república de pacotilla: la zona donde se pudren sus componentes protagónicos. Votar –¡ya mismo!– un nuevo Parlamento catalán para acabar con esta podredumbre no es pecado. Es un imperioso deber cívico.

******************* Sección "bilingüe" ***********************

Rectificaciones bautismales
Jesús Laínz Libertad Digital 21 Abril 2017

Durante su etapa de cónsul en Helsinki, Ángel Ganivet tomó nota de un fenómeno social que le llamó la atención: a los finlandeses, como parte de su empeño por liberarse de la dominación política rusa y cultural sueca, ¡les había dado por cambiarse nombres y apellidos!

Me parece excesivo el encono con que se combate y que los fenómanos[nacionalistas finlandeses], aunque defienden la causa finlandesa, que es la más justa desde el punto de vista territorial, suelen caer en ridículas exageraciones. Nosotros no comprenderíamos, por ejemplo, la necesidad de que un sueco de origen, al declararse fenómano, se rebautice o se confirme con un nombre finlandés. Aquí esto es frecuente, y en los últimos tiempos ha habido un trasiego considerable de apellidos.

¡Menudo susto se habría llevado el pobre Ganivet si le hubiera dado tiempo a conocer los inventos de Sabino Arana!

Pero los finlandeses no estaban solos. Por ejemplo, la Alemania guillermina fue pródiga en neurosis onomásticas. Pues en la segunda mitad del XIX se puso de moda bautizar a los niños con sonoros nombres de la antigüedad germano-escandinava. Como es natural, durante el Tercer Reich la tendencia aumentó, pues no había manera más fácil de demostrar fidelidad al régimen que un nombre nibelúngico. Los judíos fueron especialmente entusiastas de estos viejos nombres, a los que acudieron a menudo para pasar desapercibidos en una sociedad crecientemente antisemita. "Hubo toda una generación de Horst judíos cuyos padres no daban abasto a la hora de poner énfasis y más énfasis en algo rayano ya en el teutonismo", escribió el filólogo Viktor Klemperer en su clásico La lengua del Tercer Reich. Recogió, entre otros casos, el de unos padres que llamaron a su hija Heidrun convencidos de que se trataba de un nombre digno de una walkiria. El problema es que Heidrun es la cabra que, según la mitología noruega, come las hojas del árbol Læraðr, plantado en la cima del Walhalla, y produce en sus ubres el hidromiel para los héroes muertos en combate.

Por aquellos mismos años también se padecían fiebres onomásticas en algunas regiones españolas. En Cataluña, por ejemplo, un caso digno de felice recordación fue la acusación de catalán indigno que el periódico La Nació Catalana lanzó en 1932 contra un Companys que se anunciaba con un inaceptable Luis en la placa de su despacho.

Pero la medalla de oro se la llevan, sin duda alguna, los nacionalistas vascos, pioneros en estas lides desde las fundacionales maniobras sabinianas con el santoral. De aquellos días nos han llegado muchos de los nombres hoy ya convertidos en clásicos, como Kepa, Koldo o Iñaki, alternativas propuestas por Sabino para desterrar a los españolesPedro, Luis e Ignacio. Con este último se dio el curioso fenómeno de que se podía saber quién era nacionalista y quién no dependiendo de qué palabra usara cada uno para cantar el himno a san Ignacio, cuya letra "Iñazio gure patroi aundia"era cantada así por todos menos por los nacionalistas, que preferían el Iñaki.

Precisamente Iñaki fue el nombre de un infortunado niño de trece años que murió en mayo de 1933 en un tiroteo entre nacionalistas y socialistas en Usánsolo, lo que provocó que en el periódico nacionalista Jagi-Jagise escribiese:

¡Loor a ti, Iñaki, por haber sido el primero que, ostentando un nombre euzkeldun que nuestro Maestro Sabino nos dio a conocer, has sacrificado tu vida por nuestra santa causa!

Tras la guerra, en el exilio nacionalista se mantuvo viva la llama de los neonombres. Manuel Fernández Etxeberria, por ejemplo, publicó un artículo sobre esta cuestión en la revista venezolana Eusko Gaztedide febrero de 1959:

Nacionalismo sin mística es como tomarse un vaso de agua sin tener sed (...) Es cuando comprendí que nunca más debía dejarme llamar Manolo (...) Cuando me dicen que alguien es nacionalista vasco e interesándome por ellos me responden que son Manolo (sigo citando a Manolo porque yo soy Manuel), Pepe, Charito, etc., no puedo reprimir un gesto de decepción. Y conste que conozco buenos nacionalistas que se llaman Paco, Perico, Manolo y Pepe, pero esto no impide que lo deplore. Al revés: que se haganPatxi’s, Kepa’s, Imanol’s y Joseba’s, considero que es un acto de rectificación bautismal hacia la vasquización que debería ser uno de los primeros pasos que emprendiese cada uno hacia sus propias personalidades. Y lo confieso: a mí, quien me llama Manolo deliberadamente, me insulta, porque equivale a tratar de españolizarme: no me he atrevido todavía a modificarmehasta el Imanol, pero me agrada mucho que, por lo menos, me llamen Manu. Por eso a mi hijo lo bauticé con un nombre que nunca jamás y por mucho que se lo propongan, lo podrán pepotear.

Hoy los Iñakis y otros nombres de la primera hornada sabiniana empiezan a escasear salvo entre padres y abuelos, arrinconados por nuevas creaciones, en muchos casos disparatadas. Creaciones tan exitosas que han conseguido que miles de maketos se hayan sumado a la corriente como los judíos teutonizantes de Klemperer, empezando por los numerosos Iker repartidos por toda España, sobre todo tras la estela del famoso futbolista cuyos padres vivieron algunos años en Bilbao. No muchos de los progenitores que han puesto ese nombre a sus vástagos sabrán que se trata del masculino de Ikerne, Visitación en sabiniano.

Tampoco habrán estado muy informados los que eligieron Igor convencidos de que se trata de un nombre tradicional vasco, pues, evidentemente, es ruso. Por no hablar del muy parecido Zigor, castigo que inconscientemente han estampado en sus retoños muchos padres ignorantes de que, en vascuence, dicha palabra significa precisamente eso: castigo. No nos detendremos en los niños bautizados con nombres tan poéticos como Basura, Macho Cabrío, Vinagre o Cerdo, pues ya hemos hablado de ellos en alguna ocasión anterior.

Un hueco especial en el corazón de este tierno juntaletras lo ocupa la madre que se dirigió a un no menos tierno estudioso en una biblioteca bilbaína para preguntarle en qué libro podría consultar el significado del nombre vasco con el que había bautizado a su hijo quince años atrás: Iskander. Cuando la buena señora se enteró de que aquel nombre no tiene nada de vasco y de que el único parentesco que se le puede encontrar es la variante persa de Alejandro, marchó de allí inconsolable. ¡Le he puesto a mi hijo un nombre turco!

Y de postre, la guinda: pues en los añorados años transicionales, cuando comenzaba la fiebre autonomista, un cántabro afincado en el País Vasco, Pedro Laso Cano, mutó en Kepa Lasamendi Kanobeitia. ¡Olé!

www.jesuslainz.es

BALEARES
Los enunciados de la Selectividad estarán por primera vez en castellano
MAYTE AMORÓS. Palma. El Mundo 21 Abril 2017

La UIB y Educación se "comprometen" con el Ministerio a garantizar el uso de las dos lenguas oficiales en las preguntas de los exámenes

"Me imponen el catalán para estudiar un curso de jardinería"

El Ministerio de Educación, a instancias del grupo parlamentario Ciudadanos, ha pedido a la Conselleria de Educación dirigida por Martí March y a la Universitat de les Illes Balears (UIB) que adopte «las medidas oportunas» para que el castellano no sea discriminado en las pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) como sucede hasta ahora, cuyos enunciados sólo se ofrecen en catalán.

En una respuesta del Gobierno a la diputada de Ciudadanos Marta Martín, el Ejecutivo de Mariano Rajoy asegura que se ha puesto en contacto con el conseller March y con el rector de la UIB, Llorenç Huguet, para pedirles que garanticen la libre elección de la lengua a los estudiantes en las preguntas de estos exámenes.

«Tras la comunicación mantenida entre responsables del Gobierno, a través del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y responsables de la Consejería de Educación y Universidad de las Illes Balears se ha alcanzado un compromiso en el sentido de garantizar a los alumnos la disposición de los enunciados de las pruebas en cualquiera de las lenguas oficiales de la Comunidad Autónoma», responde el Gobierno central a la pregunta escrita de la diputada de Ciudadanos con fecha y sello de 19 de abril.

Martín presentó en el Congreso de los Diputados una pregunta el pasado 17 de febrero, en la que pidió al Gobierno que garantice la libre elección por parte del alumno de la lengua en la que desea recibir el enunciado de los ejercicios en la prueba de acceso a la universidad en los territorios con dos lenguas oficiales. Una iniciativa que tiene relación con una reclamación que ya había hecho Cs en Baleares.

A raíz de esta petición, el secretario de Estado de Educación, Marcial Marín, contactó con el conseller March y le dio un tirón de orejas por este asunto. Según informan fuentes de Educación, el conseller le explicó que los exámenes «eran competencia de la UIB» y que debía hablar con el rector, Llorenç Huguet. March los puso en contacto y ambos hablaron. En esa conversación Huguet se comprometió a traducir las pruebas también al castellano para los alumnos que lo pidan.

La conselleria confirmó ayer los términos de esta conversación mantenida con Marín. Desde la UIB no aclararon los términos en que se concreta este compromiso ni tampoco cuándo se informará a los alumnos y profesores de esta novedad. Al cierre de esta edición, no se pudo contactar con ningún responsable. Se da por hecho que en junio de este año los alumnos de selectividad de Baleares que quieran el examen en castellano dejarán de ser discriminados y podrán solicitar este derecho.

El Ministerio de Educación recuerda que «de este modo, se da efectivo cumplimiento a la legislación básica». En concreto, a la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, modificada por la Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la Mejora de la Calidad Educativa, que en su disposición adicional 38 del punto 3 dice: «Las Administraciones educativas adoptarán las medidas oportunas a fin de que la utilización en la enseñanza de la lengua castellana o de las lenguas cooficiales no sea fuente de discriminación en el ejercicio del derecho a la educación».

Cabe recordar que los alumnos pueden contestar las pruebas en cualquiera de las dos lenguas oficiales. Sin embargo, la normativa no hace referencia explícitamente al idioma en el que tienen que entregar los enunciados para aquellos alumnos que elijan realizar la prueba en castellano. «Eso ha permitido hasta ahora que el lobby nacionalista catalanista de la UIB, y los partidos nacionalistas PSIB y Més hayan encontrado la grieta para vulnerar los derechos de muchos jóvenes de Baleares», denuncia la diputada de C's en Baleares, Olga Ballester, quien celebra que por primera vez en muchos años la Selectividad en Baleares también esté en castellano, gracias a la reivindicación que han hecho desde su partido desde hace más de un año «llamando a todas las puertas». «Es importante este compromiso. Vamos a ver si la palabra del conseller se cumple», advierte.
"Era incomprensible que la UIB pusiera palos a las ruedas"

El grupo parlamentario Ciudadanos, que lleva más de un año «llamando a todas las puertas» para que se reconozca la libre elección de lengua en los enunciados de las pruebas de acceso a la Universidad, se reconoce «satisfecho» por el compromiso alcanzado por la Conselleria de Educación y el rector de la Universitat de les Illes Balears (UIB), dado a conocer a través de una carta del Gobierno central a la formación naranja. «Desde Ciudadanos siempre hemos dicho que la riqueza de poseer dos lenguas oficiales no ha de ser una fuente de discriminación en el ejercicio de la educación», apunta la diputada de C's en Baleares, Olga Ballester, que celebra la noticia como un «reconocimiento a todo el trabajo de su partido .

«En febrero de 2016 hicimos la pregunta de control al conseller Martí March en el Parlament, desde entonces también hemos hablado con el director general de Universidades, Juan José Montaño, y hemos mandado una carta al rector de la UIB. Al final hemos tenido una respuesta y hay un compromiso para garantizar a los alumnos que tengan los exámenes en castellano o catalán, en la lengua que quieran», recuerda Ballester

«Era incomprensible que la UIB pusiera palos en las ruedas a sus propios estudiantes a la hora de desarrollar una prueba de la que pende su futuro profesional. Había una falta de igualdad de oportunidades por motivos ideológicos y políticos que nada tienen que ver con dar formación y alas a jóvenes que están forjándose un futuro», reprueba la diputada, que incide en que la normativa que regula las pruebas explicita que los exámenes «pueden ser exclusivamente en lengua catalana». «Esto abre la mano a que no puedan ser exclusivamente en catalán y se puedan dar también en castellano sin ningún problema», concluye.
 


Recortes de Prensa   Página Inicial