AGLI Recortes de Prensa   Lunes 15  Mayo 2017

No permitamos la infamia.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 15 Mayo 2017

Manuela Carmena, la sectaria e impresentable alcaldesa de la ciudad de Madrid, ha tomado una decisión que abochorna a la mayoría de los madrileños. Y eso incluye a los votantes de los ediles del PSM electos de la lista de Carmona,-posteriormente apartado por el renacido candidato a Secretario General, Pedro Sánchez-, como cómplice necesario por su apoyo a la coalición marca blanca de PODEMOS, Ahora Madrid. Esto no puede ser ya calificado jocosamente como otra “carmenada” más, sino como un acto de abuso de poder al permitir que una Institución, que representa a todos los madrileños, sea usada de modo partidista y sectario para la promoción del secesionista presidente del Gobierno de Cataluña, Carles Puigdemont, que exige la realización de un referéndum ilegal exclusivamente en Cataluña sobre la independencia de esa región para declararse nación independiente de España. Una conferencia a la que ya ha confirmado su asistencia Pablo Iglesias, otro impresentable populista y demagogo de la extrema izquierda más radical, totalitaria, antisistema rupturista y retrógrada.

Porque es sabido que la única intención del secesionista Puigdemont es la de conseguir convencer al resto del mundo de su “paciente, pero finita, disposición al diálogo”, en contraposición a la “infinita disposición al diálogo” que proclamaba Mariano Rajoy y su Vice Soraya Sáenz, para hablar de todo menos del referéndum. Es decir, hacer ver que la intransigencia del Gobierno de España al no permitirles delinquir con la celebración de su referéndum ilegal, les obliga a desobedecer por la lealtad que le deben al mandamiento del pueblo de Cataluña. Una falacia que las encuestas y los votos reales desmienten y que solo la matemática de reparto de escaños en el parlamento autonómico, y la radicalización de los antisistema de la CUP, han posibilitado esa mayoría simple que ha asaltado el Parlamento de Cataluña para pervertir esa Institución en clara rebeldía con la legalidad, agravada con desobediencia a las diferentes sentencias del Tribunal Constitucional contrarias al proceso ilegítimo de secesión.

Es un absoluto despropósito el que el Ayuntamiento de Madrid, Capital de España y de la Comunidad autónoma homónima, dé cobijo a un acto a favor de la independencia de uno de los territorios de España, en un claro desacato de la sentencia del Tribunal Constitucional que prohíbe expresamente cualquier acción a los representantes del Gobierno y del Parlamento de Cataluña a favor de ese referéndum ilegal. Es evidente que esta conferencia política de Carles Puigdemont es un acto que desobedece el mandato del tribunal y que Manuela Carmena, su equipo de Gobierno del Ayuntamiento y sus socios del PSM, no pueden ignorar, convirtiéndose en cómplices de una ilegalidad manifiesta.

Creo que tanto la Delegación del Gobierno, como la Fiscalía y la Comunidad de Madrid, deben actuar para impedir que se cometa otra ilegalidad, pero esta vez en una Institución de una ciudad que, si algo representa como nadie, es la capitalidad y la unidad de España. Manuela Carmena y sus ediles de PODEMOS han traspasado la raya de sus bufonadas sectarias, tan lesivas para los intereses de la ciudad y de la comunidad de Madrid. Es deber del Gobierno de España y de la Comunidad de Madrid impedir que este vergonzoso e ilegal acto pro independentista llegue a celebrarse. Y que nadie aluda a la sacrosanta “libertad de expresión”, cuando se trata de un acto ilegal, otro más que el sedicioso Carles Puigdemont pretende realizar, tras verse despechado en su intento de ser recibido por el Presidente del Gobierno de España para escenificar un victimismo de impotencia que solo esconde un desafiante ultimátum.

Carles Puigdemont, como secesionista y desleal Presidente del Gobierno de la Comunidad autónoma de Cataluña, debería ser declarado persona “non grata” y ser apartado de cualquier acto institucional. De hecho, eso es lo que él hizo al no asistir a la celebración del día de España, y nadie le echó en falta. Pero lo que hecho realmente en falta es la nula firmeza del Gobierno de España y también de la Justicia , cuya lentitud y tibieza a la hora de enjuiciar y sentenciar los desacatos y delitos cometidos por estos impresentables (como Artur Mas, Neus Munté, Carles Puigdemont, Carme Forcadell y demás miembros del Gobierno de la Generalidad y del Parlamento de Cataluña, en clara rebeldía institucional y desafío secesionista), están permitiendo que esos actos proliferen y adquieran una legitimidad de la que carecen.

No es momento de vacilaciones, ni de discursos ampulosos y vacíos, ha llegado la hora de actuar y de hacer cumplir la Ley. Permitir el que se celebre esa ilegal conferencia aplaudida por aquellos que solo desean destruir a España, es un acto de traición al pueblo español y de cobardía. Este no es un país para cobardes ni traidores y quienes se constituyan como cómplices por su pasividad y permisividad, tendrán que dar cuentas al pueblo español de su felonía.

Ningún secesionista puede venir a Madrid a desafiar a todos los españoles, proclamar su independencia y salirse impune.

¡Que pasen un buen día!

El espíritu de regeneración del 15-M, dilapidado por Podemos
EDITORIAL El Mundo 15 Mayo 2017

El malestar social y la sangría del paro fueron el fermento que hace hoy seis años cuajó en el 15-M, un movimiento surgido de una mezcla heterogénea de colectivos bajo el denominador común de la protesta contra los efectos devastadores de la crisis económica. La manifestación en la que cuajó el 15-M dio pie a una acampada ilegal en Sol -permitida por el entonces Gobierno socialista- que condujo a algaradas y a una creciente tensión que aumentó la temperatura de la movilización callejera. En todo caso, al margen de su evolución posterior, lo cierto es que el 15-M tuvo la virtud de poner encima de la mesa algunos asuntos que, al cabo de seis años, o bien han sido asumidos por la clase política o bien siguen copando el debate público. Por ejemplo, la transparencia, la lucha contra los deshaucios, la democratización en la toma de decisiones en las distintas formaciones políticas y la precariedad laboral.

El denominado movimiento de los indignados, que en sus albores estuvo presidido por un espíritu reformista, suspuso a la postre un grito de contestación contra el sistema político surgido de la Transición. Esta es la razón que explica la adhesión de movimientos antisistema y de otro tipo de colectivos sociales -especialmente ligados a las plataformas antidesahucios-, cuya orientación contraria a la democracia representativa desvirtuó los fines originales del 15-M. En este contexto, fue Podemos, de entre los nuevos partidos que en los últimos años han logrado horadar el bipartidismo, el que se apropió del espíritu del 15-M y el que no ha dudado en ornamentar su discurso con continuas referencias que evocan las reivindicaciones originales de este movimiento. De hecho, la manifestación de este sábado convocada por la formación morada para apoyar su moción de censura contra Rajoy tendrá lugar en Sol.

Media docena de años después, cabe concluir que Podemos no sólo ha frustrado el anhelo de cambio de quienes entonces clamaban con aquel "no nos representan", sino que ha incurrido en algunos de los peores vicios de lo que este partido llama "casta". Podemos se ha convertido en la tercera fuerza del país, fruto de su estrategia de confluencias en territorios con peso electoral, pero también de su oportunismo a la hora de capitalizar el hartazgo social larvado a raíz del 15-M. Sin embargo, pese a su corto periodo de existencia, Podemos es ya en un partido burocratizado, lastrado por las sombras de sospecha sobre su financiación, con un tipo de liderazgo personalista y en el que su cúpula dirigente no se anda con contemplaciones a la hora de laminar a las minorías de su partido. Atrás quedaron las promesas de renovación no sólo ideológica sino también en lo que atañe al modelo orgánico.

Lo peor, con todo, es que Podemos no ha cejado desde su eclosión parlamentaria en alimentar el descrédito de las instituciones, lo que en sí mismo representa una enorme contradicción teniendo en cuenta la fuerza electoral que ha adquirido. En lugar de aprovechar esta posición para condicionar el rumbo de la legislatura y ejercer su labor de oposición de forma crítica pero constructiva, el partido de Pablo Iglesias ha preferido deslizarse por el camino de la irresponsabilidad y la frivolidad con iniciativas estrambóticas como el tramabús o, más grave, con un permanente cuestionamiento de las bases de la democracia representantiva, que es uno de los principales cimientos en los que asienta nuestro sistema político.

De todo ello se puede inferir que Podemos ha dilapidado el espíritu del 15-M, lo que no quiere decir que los grandes partidos no sigan teniendo asignaturas pendientes que engarzan con las reclamaciones de este movimiento. La reforma electoral se ha convertido en una reivindicación transversal, España ya dispone de una Ley de Transparencia, ningún partido cuestiona la necesidad de poner coto a los desahucios y las primarias parecen abrirse paso no en todos los partidos, pero sí en la mayoría.

Sin embargo, tanto el PP como el PSOE deben asumir plenamente las exigencias de regeneración que emanan de la ciudadanía. La recuperación económica es un hecho y el empleo ha vuelto a una senda positiva. Pero la corrupción continúa alcanzando cotas inaceptables y no se han ejecutado reformas de calado en ámbitos esenciales como la Justicia, la educación o la vivienda.

Éste es, precisamente, el mayor reto de los viejos partidos, pero también de los nuevos en el sexto aniversario del 15-M: satisfacer las demandas de regeneración descartando cualquier tentación rupturista.

Franco y el PSOE
Pedro de Tena Libertad Digital 15 Mayo 2017

Siempre volvemos a lo mismo. Nada de examen de hechos y conductas y siempre sectarismo lejano a toda perspectiva científica e incluso de sentido común.

Se acerca el momento de la decisión de los socialistas españoles acerca de qué rumbo debe tomar el PSOE en 2017 y siguientes. Y justo es en ese momento cuando estalla, de nuevo, porque tiene detonaciones sucesivas y controladas, el asunto de la presencia de Franco y otros próceres del régimen de 1939 en el Valle de los Caídos. Cada vez que paseo por la Castellana de Madrid y veo la estatua de Largo Caballero junto al Ministerio de Trabajo me pregunto por qué se quitó la estatua de Franco que quedaba bien próxima y queda en pie la efigie el responsable del golpe de Estado fallido, pero con muchas víctimas, de 1934.

Siempre volvemos a lo mismo. Nada de examen de hechos y conductas y siempre sectarismo lejano a toda perspectiva científica e incluso de sentido común. Sigue sin aceptarse que hubo una guerra civil, que su desencadenamiento fue responsabilidad de todas las partes y que unos ganaron y otros perdieron. Punto. Y sigue sin asumirse que, desde 1976, España tiene una histórica oportunidad de reconciliación que la izquierda ridícula se empeña en perder.

Mañana tendrá lugar el debate de los tres personajes que representan hoy tres corrientes presentes en el aparato socialista, que no en la mayoría de los votantes. Susana Díaz es el aparato histórico, el heredero del Suresnes que no quiere al comunismo ni en pintura. Pero Pedro Sánchez forma parte de un nuevo aparato, el que le dio tiempo a construir a favor del neocomunismo populista, quizá con malas artes pero gracias al error Susana, que fue regalarle sus votos en las primarias de 2014. Y queda López, el helador de Portugalete, jugando ahora a la unidad y a la mesura para estupor de las víctimas, sobre todo de las socialistas, de ETA.

Al fondo, como entre las brumas de una farsa funeral de Zorrilla, estará el muerto con mejor salud de todos los tiempos, Francisco Franco. Estoy seguro de que los tres estarán de acuerdo en que los restos de Franco deben salir del Valle de los Caídos y de que, a lo mejor, incluso pelearán entre sí por demostrar quién es el mejor antifranquista. Pero los votantes del PSOE, en su inmensa mayoría desde 1982, mostraron que quieren una socialdemocracia moderada y ética para gobernar alternativamente con un centroderecha igualmente moderado y moral.

¿Cuál es el problema? Que ninguno de los tres hace las reflexiones que la sociedad española necesita sobre el pasado. Una, que España es una gran nación histórica del mundo actual, con luces y sombras, como todas las demás, que merece la pena defender y mejorar. Dos, que no es viable un socialismo exterminador del adversario, que no lo fue desde 1931 a 1939 y que, hoy, en condiciones menos primitivas y violentas, es sencillamente impensable. Tres, que, siendo la justicia un valor convivencial positivo, no puede originarse más que a partir de la libertad, de los ciudadanos, de las organizaciones de su sociedad civil y del comercio libre de sus recursos y medios en equilibro inestable corregible y compensable. Cuatro, que se ha hecho un gran esfuerzo sociopolítico –uno espontáneo, el del pueblo, y otro planeado por los gobiernos de Adolfo Suárez– para hacer posible una tercera España donde la mayoría resida en quienes la quieren construir y desarrollar, y que ese esfuerzo ha sido y es una herencia a cuidar y perfeccionar. Quinto, que hay que ser honrados y respetuosos con el dinero público, que es de todos y no de nadie.

Lamentablemente, mañana, esto es, ya hoy, tal vez asistamos a un monólogo sucesivo de quienes podrían convertir al PSOE en un cadáver, como Franco, que sonreirá en su tumba del Valle de los Caídos. O en cualquier otra en cualquier otro sitio.

Los obispos de la CUP
EDITORIAL Libertad Digital 15 Mayo 2017

Sólo una Iglesia corrompida en lo intelectual y enemiga frontal del verdadero mandato católico puede tolerar sin inmutarse espectáculos tan lamentables como el protagonizado por los obispos separatistas.

El activismo de los prelados de Cataluña y el País Vasco en defensa de las tesis separatistas ha sido una constante en las últimas décadas, para vergüenza de todos los católicos. Ahora, los integrantes de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que agrupa a todos obispos catalanes, han dado a conocer un documento en el que asumen las principales tesis del secesionismo y afirman sentirse "herederos de la larga tradición" de sus predecesores.

Los obispos de Cataluña quieren que "sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán (sic)", concepto excluyente en el que solo caben los partidarios de separarse de España y que niega su condición al pueblo español. En consonancia con el absurdo victimismo de los nacionalistas, los prelados catalanes añaden que se debe consultar al pueblo "para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura". Como era de esperar, el presidente de la Generalidad, el golpista Carles Puigdemont, ha agradecido públicamente este respaldo de la Iglesia a su campaña para romper la legalidad española y dar carta de naturaleza a su proyecto liberticida.

Así pues, los obispos se muestran preocupados por la lengua y cultura catalanas, que gozan de todos los privilegios habidos y por haber –a menudo, a costa de la legalidad–, pero no dedican una sola línea a compadecerse de aquellos fieles católicos cuyos hijos no pueden recibir la educación básica en castellano, y que son sometidos a un acoso tremebundo cuando cometen la temeridad de reivindicar sus más elementales derechos. Apelan también al diálogo, tal y como propone con insistencia el papa Francisco, cuya autoridad invocan para traicionar a sus fieles. Sin embargo, olvidan intencionadamente estas palabras de Juan Pablo II, un papa cuya santidad ha sido proclamada por la misma Iglesia a la que todos ellos pertenecen:

La historia ha demostrado que desde el nacionalismo se pasa rápidamente al totalitarismo y que, cuando los Estados ya no son iguales, las personas terminan por no serlo tampoco. De esta manera, se anula la solidaridad natural entre los pueblos, se pervierte el sentido de las proporciones y se desprecia el principio de la unidad del género humano.

La Iglesia católica no podría aceptar semejante visión de las cosas. Universal por naturaleza, está al servicio de todos y jamás se identifica con una comunidad nacional particular. Ésta es la razón por la que, siempre que el cristianismo (...) se convierte en el instrumento de un nacionalismo, queda herido en su mismo corazón y se torna estéril.

En lugar de defender la vocación católica –es decir, universal– de la Iglesia, los obispos catalanes prefieren actuar como ariete de una ideología liberticida y, sobre todo, contraria a los valores evangélicos de igualdad y solidaridad. Entre los fieles que defienden la libertad y los enemigos de la Iglesia que realizan campañas sacrílegas y abogan por su destrucción, los obispos catalanes prefieren alienarse con los segundos, porque, en última instancia, están en el mismo negocio.

Sólo una Iglesia corrompida en lo intelectual y enemiga frontal del verdadero mandato católico puede tolerar sin inmutarse espectáculos tan lamentables como el protagonizado por los obispos separatistas españoles. No es de extrañar el desfondamiento del catolicismo en Cataluña, donde las iglesias están ya vacías prácticamente en su totalidad. En unos años, los prelados de la Conferencia Episcopal Tarraconense podrán firmar otra exhortación poniendo los recintos sagrados a disposición de la CUP para sus actividades grupales, soldando así definitivamente su compromiso evangélico con "las legítimas aspiraciones" de los que ya han consagrado como el único y verdadero pueblo catalán.

Muere Germán Yanke a los 61 años
Escritor y periodista, fue uno de los impulsores del proyecto de La Ilustración Liberal y participó en la fundación de Libertad Digital.
Libertad Digital 15 Mayo 2017

Germán Yanke, periodista y escritor español, ha fallecido este domingo a los 61 años a causa de una insuficiencia respiratoria. Licenciado en Derecho y Periodismo, comenzó en el diario El Correo de Bilbao como corresponsal en La Haya. Posteriormente fue columnista del diario Deia y editorialista de La Gaceta del Norte. Yanke estuvo ligado a los comienzos de Libertad Digital escribiendo primero en La Ilustración Liberal y luego en el propio periódico, siendo una de la figuras clave en los primeros años de LD.

Germán Yanke perteneció al equipo fundacional de El Mundo del País Vasco, del que fue subdirector. Demostró a lo largo de toda su vida un enorme compromiso con la lucha contra ETA, organización terrorista a la que se enfrentó con valentía en los años más difíciles. trabajó en la redacción central de El Mundo en Madrid como editorialista, subdirector y miembro de su Consejo Editorial. Fue director de la revista Época, director adjunto de La Linterna en la Cadena COPE que presentaba y dirigía Federico Jiménez Losantos, y colaborador en el ABC y Estrella Digital.

Muchos oyentes de La Linterna en aquellos años de Federico Jiménez Losantos recordarán con cariño los extraordinarios análisis de las portadas y editoriales de los periódicos del día siguiente que Germán Yanque hacía en el tramo final de la tertulia política.

Yanke, que sufrió un infarto cerebral en 2013, pasó a formar parte en el año 2004 del nuevo equipo de Telemadrid como director de Telenoticias. Dirigió y presentó el informativo diario de las 20.30 horas y posteriormente se puso al frente de 'Diario de la noche', un programa de noticias, entrevistas y análisis, hasta 2006. Durante este periodo recibió numerosos premios periodísticos.

La lucha contra el nacionalismo vasco y la defensa de las ideas liberales fueron una constante en su trayectoria como ensayista político. Ha dejado siete libros publicados. El primero de ellos fue Furor en Bilbao (1987), al que siguieron Álbum de agujeros (1988), La verdad en el pozo (1999), Blas de Otero con los ojos abiertos (1999), Euskal Herria, año cero: la dictadura de Ibarretxe (2003), Ser de derechas: manifiesto para desmontar una leyenda negra (2004) -prologado por Federico Jiménez Losantos-, y Ciudad sumergida (2007).

El nuevo Estado, un Estado autoritario
Francesc Moreno cronicaglobal 15 Mayo 2017

El nacionalismo catalán ha sabido escalonar sus mensajes de forma progresiva. Durante años, se cultivó sin oposición el sentimiento de agravio, el victimismo junto a la otra cara de la misma moneda: el creerse los mejores. La técnica es harto conocida y repetida por todos los nacionalismos pero continúa siendo eficaz cuando nadie la combate con convicción.

Con la crisis y sus efectos sociales devastadores, se dio el paso siguiente: reivindicar el Estado propio como panacea universal. Tampoco en esta fase la respuesta estuvo a la altura. Durante demasiado tiempo ni los partidos catalanes no independentistas ni el Gobierno español dieron una respuesta adecuada. Se dejó que las mentiras fueran reiteradas machaconamente hasta calar en una parte de la sociedad, aquella con un sentimiento de pertenencia exclusivamente catalán.

Aprovechando la crisis y las políticas del Gobierno español, el secesionismo intentó ampliar su penetración social a sectores no identitarios. Pero la aparición de Podemos, la mejora económica, el caso Pujol y otros escándalos de corrupción frustraron la operación y el secesionismo no alcanzó los resultados esperados el 27S. Ante la evidencia de que el secesionismo no era mayoritario en Cataluña, se modificó la hoja de ruta y se ha vuelto a la pantalla del referéndum con la pretensión de mantener una reivindicación con apariencia de no ser exclusivamente independentista.

El referéndum se vende como un ejercicio de democracia, y el secesionismo centra sus campañas propagandísticas en la contraposición entre una pretendida legitimidad frente a una legalidad opresora. Su pretensión ahora es sumar a los seguidores de Ada Colau y a Podemos a su propósito de celebración del referéndum. Su intención sería conseguir la celebración de la consulta y dividir el voto no secesionista entre la abstención y el voto contrario, lo que les daría una victoria en el referéndum que les permitiría seguir con su desafío.

Para no quedarse sólo con el apoyo de los partidarios de la independencia, en continuo retroceso según las encuestas, el secesionismo catalán ha dejado en segundo plano la reivindicación independentista. Ya no se pone el énfasis en las bondades de la independencia. El nuevo Estado era una forma de que los catalanes tuvieran más recursos, mejores servicios públicos, más democracia, menos corrupción. Todo ventajas, ningún inconveniente. Hoy mantener estas afirmaciones sin amplia contestación no les sería posible.

Los contrarios a la independencia, tanto catalanes como del resto de España, hemos ido a remolque, sin tomar nunca la iniciativa. El secesionismo ha marcado los tiempos y los temas de discusión, y la respuesta ha sido débil y tardía.

Nos acercamos a momentos decisivos y es el momento de replantearse la estrategia. No basta con oponerse al referéndum por motivos exclusivamente legales. Los independentistas basan su discurso en que la legalidad no puede oponerse a una reivindicación legitima para obtener un fin deseable.

Lo que se debe explicar a los ciudadanos es que el fin es indeseable y que, por tanto, no hay ninguna razón para transigir en el cumplimiento de la ley, aunque ello fuera posible. Pocos defenderían saltarse los trámites establecidos en la Constitución para implantar la pena de muerte, acabar con la propiedad privada, eliminar las autonomías o para establecer un régimen confesional, por poner algunos ejemplos.

La oposición al referéndum debería basarse, además de en su inconstitucionalidad, en que sus objetivos son indeseables para catalanes, españoles y europeos en general. En lo que se debería poner el énfasis en estos momentos es en que la independencia abocaría a Cataluña a un régimen autoritario y represor. El progresivo deterioro de la calidad democrática en Cataluña nos muestra una tendencia que sólo podría agravarse seriamente en caso de independencia. Síntomas hay muchos. La descalificación y acoso al disidente, incluso a los disidentes independentistas, las amenazas a jueces y funcionarios, un sistema mediático bajo férreo control, aulas convertidas en centros de proselitismo, desprecio al propio Parlament con trámites secretos y sin debate.

Todas estas tendencias se agravarían en caso de independencia. Las dificultades económicas del nuevo Estado, la existencia de una parte muy importante de la población contraria a la secesión y el aislamiento internacional nos abocarían a un Estado autoritario y represor que justificaría acabar con las libertades individuales agitando el fantasma del enemigo interior y exterior, como utilizan como coartada el castrismo, el chavismo o el régimen norcoreano por poner algunos ejemplos actuales.

Hace años que denuncio esta certeza. Hasta ahora parecía exagerada. Hoy, los indicios son evidentes.

No hay razones para transigir. Hay que explicárselo a los ciudadanos. El referéndum no sólo es ilegal sino que, ante todo, es indeseable porque su objetivo lo es. Esto no es ir contra la democracia, sino defenderla. Los independentistas pueden defender sus ideas y tienen aliados en el resto de España para buscar las mayorías que permitan la reforma de la Constitución y un referéndum legal. Facilitarles la labor es, de hecho, ser cómplices de lo que pase. La democracia no debe ser débil y ceder, como desgraciadamente ha ocurrido en otros momentos de la historia. Aún se está a tiempo de reaccionar. Pero hay que hacerlo y explicarlo adecuadamente a los ciudadanos antes de que sea demasiado tarde y nos veamos abocados a una confrontación de resultados dañinos para todos, sobre todo para los catalanes.

El freno a Le Pen o el afloramiento de las mentiras que llevaron al triunfo del Brexit son una buena base para explicar las bondades para todos de no facilitar la división de Cataluña, no romper España y no debilitar la Unión Europea. Urge explicárselo a los catalanes con los medios adecuados para que el discurso llegue al conjunto de la sociedad.

Francia estrena presidente
Emmanuel Macron, el tonto útil del islamismo
Yves Mamou  latribunadelpaisvasco.com 15 Mayo 2017

vía Gatestone Institute

En la guerra fría con los soviéticos, se les llamaba "tontos útiles". Éstos no eran miembros del Partido Comunista, pero trabajaban por las ideas de Lenin y Stalin, hablaban a favor de ellas y las defendían. En el siglo XXI, el comunismo está por fin muerto, pero el islamismo ha crecido y lo está sustituyendo como amenaza mundial.

Como el comunismo, el islamismo —o el totalitarismo islámico— ha ido recogiendo sus "infieles útiles" del mismo modo que el comunismo fue recogiendo sus tontos útiles. Hay, sin embargo, una importante diferencia: en la Unión Soviética, los tontos útiles eran intelectuales. Ahora, los infieles útiles son políticos, y uno de ellos fue elegido presidente de Francia el domingo.

Emmanuel Macron, infiel útil, no es un defensor del terrorismo o el islamismo. Es peor: ni siquiera ve la amenaza. Tras los espantosos atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, Macron dijo que la sociedad francesa debía asumir una "parte de responsabilidad sobre el terreno en el que ha podido proliferar el yihadismo".

"Alguien, con el pretexto de que lleva barba o que su nombre nos haga pensar que es musulmán, tiene cuatro veces menos probabilidades de conseguir trabajo que otro que no sea musulmán", añadió. Venir desde Siria, armado con un kalashnikov y un cinturón de explosivos, ¿sería entonces un gesto de rencor de los que llevan mucho tiempo en paro?

Macron llega casi a acusar a los franceses de ser racistas e "islamófobos". "Tenemos una parte de responsabilidad —advirtió— porque este totalitarismo se alimenta de la desconfianza que hemos permitido que se instale en la sociedad [...] y si mañana no actuamos, los dividirá aún más".

En consecuencia —dijo Macron—, la sociedad francesa "debía cambiar y ser más abierta". Más abierta ¿a qué? Al islam, por supuesto.

El 20 de abril de 2017, después de que un terrorista islamista asesinara a un policía e hiriera a otros dos en París, Macron dijo: "No me voy a inventar un programa antiterrorista en una noche". Tras dos años de continuos atentados en territorio francés, ¿estaba diciendo el presidente electo que no había tenido en cuenta los problemas de seguridad del país?

Además, el 6 de abril, durante la campaña electoral, la profesora Barbara Lefebvre, que ha escrito varios libros sobre el islamismo, reveló a los espectadores del programa del canal televisivo France 2 L'Emission Politique que Mohamed Saou formaba parte del equipo de campaña de Macron. Al parecer fue Saou, jefe de área del movimiento político de Macron, En Marche ("Adelante"), quién promovió en Twitter la típica afirmación islamista: "Yo no soy Charlie".

Previendo un escándalo político, Macron despidió a Saou, pero el 14 de abril, Macron, que había sido invitado a Beur FM, un programa de la radio francesa musulmana, dijo ante un micrófono que se había quedado abierto (creyendo que estaba fuera de antena): "[Saou] hizo un par de cosas un poquito radicales. Pero de todos modos, Mohamed es buen tipo, muy buen tipo".

"Muy bueno", presumiblemente, porque Mohamed Saou estuvo trabajando para conseguir que los musulmanes votaran a Macron.

¿Es Sau un caso aislado? Naturalmente que no. El 28 de abril, Mohamed Louizi, autor del libro Pourquoi j'ai quitté les Frères musulmans ("Por qué me fui de los Hermanos Musulmanes"), publicó un exhaustivo artículo en Facebook en el que acusaba a Macron de ser "rehén del voto islamista". En el artículo, reproducido por Dreuz, una web cristiana antiislamista, Louizi daba nombres y fechas, explicando cómo el movimiento político de Macron había sido infiltrado por un gran número de militantes de los Hermanos Musulmanes. Será interesante ver cuántos de ellos serán candidatos del movimiento de Macron para las próximas elecciones parlamentarias.

El 24 de abril, la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF, por sus siglas en francés), conocida en general como la representante francesa de los Hermanos Musulmanes, instó públicamente a los musulmanes a "votar contra las ideas xenófobas, antisemitas y racistas del Frente Nacional, y pedimos votar masivamente a Macron".

¿Por qué?

¿Es Macron un promotor directo del islamismo en Francia? Es más políticamente correcto decir que es un "globalista" y un "declarado promotor del multiculturalismo". Como tal, no considera que el islamismo sea una amenaza nacional porque, para él, la nación francesa —o, cómo él ha dicho, la cultura francesa— no existe, en realidad. Macron, de hecho, ha negado que Francia sea un país con una cultura específica, con una historia especifica y una literatura y arte específicos. El 22 de febrero, durante una visita a los expatriados franceses en Londres, Macron dijo: "La cultura francesa no existe; hay una cultura en Francia y es diversa". En otras palabras, en territorio francés, la cultura francesa y las tradiciones francesas no tienen preeminencia o importancia sobre las culturas importadas por los migrantes. El mismo día, en Londres, repitió el agravio: "¿Arte francés? ¡Nunca lo he visto!"

En cambio, en una entrevista con la revista antiislamista Causeur, dijo: "Francia nunca fue, y nunca será un país multiculturalista".

Como es político, Macron no se dirige al pueblo francés en su conjunto. Se está dirigiendo a diferentes bases de clientes políticos. Cuando estaba de visita en Argelia, Macron dijo que la colonización era "un crimen contra la humanidad". Evidentemente, esperaba que esas declaraciones lo ayudaran a recabar el voto de los ciudadanos franceses de origen argelino.

Durante la campaña presidencial, Macron siempre estaba diciéndole a la gente lo que quería oír. Los franceses podrían estar aún descubriendo que, para Macron, pertenecer a una patria, pensar en fronteras concretas y definirse a sí mismo como perteneciente a una lengua materna o a una literatura o arte específicos no es más que basura.

Lo que piensa la derecha que piensa
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Mayo 2017

Los que saben de radio siempre me han dicho que el mejor descubrimiento que he hecho en estos años ha sido precisamente Germán Yanke.

Este libro de Germán Yanke es una síntesis sencillamente extraordinaria –la mejor que yo conozco en estos momentos– de lo que piensa la derecha liberal acerca de sí misma, de las otras derechas, de las izquierdas y del mundo que nos toca vivir en los comienzos del siglo XXI, ése que a efectos políticos comienza con la masacre de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. No es un libro particularmente español ni sólo para españoles, aunque desde aquí está escrito y pensado, sino que en estos tiempos de crisis (si algún tiempo no lo fuera) plantea las grandes cuestiones teóricas y prácticas que los liberales –en el sentido español y europeo del término– creemos que la Humanidad ha sabido afrontar con cierto éxito a lo largo de los siglos. Y que en el siglo XIX sintetizaron en una tríada famosa: Libertad, Igualdad, Propiedad.

Libertad, obviamente, individual, porque no hay otra. Los liberales no creemos en esas fantasías tribales de "la libertad de los pueblos" ni en los "derechos colectivos", arrendados siempre a un déspota que los gestiona indefinidamente, llámese Lenin, Stalin, Hitler o Fidel Castro, sino en la protección del individuo frente los abusos de los poderosos, sean del género maleante, mafioso o monopolista, sean del género despótico que habitualmente producen el Estado, el Gobierno y la Administración a través de cualquier tipejo provisto de un cargo público, un mandato electoral o un galón cualquiera. Como algunas religiones, singularmente la cristiana que está en los orígenes de las instituciones de libertad desarrolladas en Europa y América a lo largo de los siglos, los liberales creemos en la dignidad del ser humano, uno por uno, pero sabemos también por secular experiencia que la naturaleza humana puede ser inhumana, que lo propio de nuestra especie es abusar del Poder cuando lo tiene, sobre todo cuando tiene mucho, de ahí que nuestro principio básico es el de proteger la libertad personal.

Igualdad ante la ley, precisamente porque los liberales no somos anarquistas y propugnamos la necesidad del Estado, pero con límites precisos y siempre dentro de una legalidad cuya raíz moral e intemporal encuentran muchos en el Derecho Natural y el Derecho de Gentes y cuyas normas –entendemos nosotros– deben estar al alcance de todos y a todos servir por igual. Igualdad ante la ley, sí, porque los liberales aceptamos que los humanos somos distintos, radicalmente desiguales, pero con el mismo derecho a «la búsqueda de la felicidad», es decir, a labrar nuestro propio destino sin que otros lo decidan por nosotros. Por eso entendemos que la Ley, respaldada por una fuerza proporcionada y legítima, debería ser el ámbito natural de las relaciones humanas civilizadas. Y que cuando las circunstancias requieran el uso de la violencia o incluso de la guerra contra los que quieren atropellar la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos, hasta el uso de la fuerza debe estar siempre bajo la Ley.

Esto no quiere decir, obviamente, que cualquier ley sea aceptable para un liberal, antes al contrario: debe rechazarse y combatirse, a ser posible de forma pacífica, cuando de forma inmoral o ilegítima promueve, protege o favorece la tiranía y la opresión. En este libro de Germán Yanke se plantean los casos más candentes y debatidos –singularmente en la guerra contra el terrorismo– que hoy debe afrontar el mundo. Siempre desde esa perspectiva de la derecha liberal que Germán Yanke hace suya o que nosotros hacemos nuestra al leerlo, porque pocas veces se ha explicado con tal nitidez, lo que queda claro es que no hay ley por encima de la moral, o lo que es lo mismo: que el sentido moral no puede estar ausente de la legalidad y de la fuerza en que se sustenta. Los liberales no creemos que las leyes estén bien en sí o bien para siempre, puesto que entendemos la falibilidad esencial del ser humano y el carácter de prueba de la idea ante la realidad que reviste cualquier fórmula legal, pero sí que lo propio del ser humano es tener derechos, y que eso, desde Roma, equivale a tener Derecho y buscar el continuo perfeccionamiento de la ley en su aplicación a los hechos concretos que la motivan. Y también creemos que un régimen político es inaceptable si admite, tolera o acepta la existencia de poderes fácticos, personales o institucionales, por encima de la propia Ley.

Y la Propiedad. Ésta es sin duda la institución más importante e intelectualmente distintiva del liberalismo con respecto a otras ideas de la derecha y todas las de la izquierda. Y Germán Yanke la defiende en la última parte del libro con absoluta claridad, decisión y precisión, como algo indisociable de la propia libertad del ser humano, que podría entenderse en principio como el derecho de propiedad del individuo sobre sí mismo. Es indudable que la gran crisis de la civilización liberal durante el siglo XX, lo que le llevó prácticamente a la aniquilación ante el totalitarismo comunista y su émulo nazi, proviene de la crisis de la idea de propiedad en aquellos estamentos políticos, religiosos e intelectuales que debían defenderla. La idolatría del Estado que es característica de todos los socialismos premodernos, modernos o posmodernos impone renunciar, desde el principio, a la propiedad individual o a la propiedad sin más. Y los efectos morales de esa renuncia han sido y son incalculables, aunque sus efectos están bien a la vista: cien millones de personas asesinadas y millones de muertos de hambre es el balance del comunismo, sin duda la fórmula intelectual que más ha cautivado y aún cautiva a los intelectuales, artistas, profesores, periodistas, mistagogos y demagogos de nuestro tiempo. Que, como queda patente en este libro, no parecen dispuestos a escarmentar en cabeza ajena, tal vez porque no suelen arriesgar la propia. Y el comunismo es, por principio, la negación de la propiedad. Conviene no olvidarlo. La crisis de la idea de propiedad ha sido y es una crisis de orden intelectual y moral que hoy se promueve desde los estamentos más protegidos de las sociedades liberal-capitalistas, de los funcionarios de la Educación Pública a los gestores de la Seguridad Social, sostenidos todos por las aportaciones de la propiedad privada de los ciudadanos a través de los impuestos. Y sin olvidar a los periodistas, intelectuales y artistas instalados en los medios públicos de comunicación y buena parte de los privados, cuya fervorosa búsqueda de dinero, popularidad y comodidades materiales coexiste con un fervorín retórico que desprecia el obtenerlas. Los millonarios de la telebasura suelen ser de izquierdas, tanto más radicales cuanto más y más rápido se hayan hecho millonarios. En vez de la limosna que antaño daban por piedad o cautela los ricos y los que no lo eran, los que tenían y tenían menos, pero siempre más que alguno, ahora reina el espectáculo de una especie de socialismo universal intransitivo. Se impone la Barbie Solidaria.

Esta dichosa solidaridad que a fuerza de manoseada y repetida empieza a no significar nada, o por lo menos nada bueno, es la legítima heredera conceptual de aquella fraternidad con que los jacobinos guillotinaron el concepto de Propiedad y descarriaron a buena parte del liberalismo europeo por las trochas del colectivismo y abrieron las grandes alamedas del terrorismo de Estado, desde Robespierre a Pol Pot. Hoy es una gigantesca multinacional de la palabrería que usa y abusa de la imaginería tercermundista, un timo de la razón a cuenta de los sentimientos que suele acabar financiándose a costa del Estado, es decir, de la propiedad de todos cuando ya no pueden defenderla. Pero su raíz está en esa crisis de la idea de propiedad que, como bien señala Germán Yanke, está en el origen de todos los complejos de todas las derechas". Es un sarcasmo intolerable que cuando los miles de millones de "pobres del mundo» que buscan en la propiedad y en la seguridad legal de conservarla su modo de acercarse al bienestar de las sociedades que con ella como piedra angular más han prosperado, se les predique precisamente desde esas sociedades que renuncien a lo que tanto anhelan. Ni en las fantasías más tronadas de los revolucionarios del siglo XIX puede encontrarse un ejemplo más desvergonzado de extravío de los pobres a manos de los ricos, de engaño de los ignorantes por los listos. Y es que conviene recordar que los intelectuales como gremio han sido y son los enemigos más activos e implacables de la derecha liberal.

II.- Germán, el hombre que nunca fue progre
Este libro supondrá para muchos el descubrimiento de Germán Yanke como intelectual, como hombre de vastas lecturas y reflexión incansable que no siempre afloran en las actividades periodísticas y cívicas que le han otorgado tanta popularidad. En realidad, es en el periodismo donde hoy se encuentra lo mejor y más vivo del pensamiento liberal español. Y no sólo español: baste recordar a Raymond Aron o Jean-François Revel, que han mantenido desde los periódicos una permanente y ejemplar lucha contra el abrumador dominio de la intelectualidad totalitaria de izquierdas en la patria de Robespierre y Jean-Paul Sartre donde, no por casualidad, se inventó el nombre y acuñó el concepto mismo de izquierda, horizonte conceptual, moral, laboral y casi ecológico de la especie intelectual y trampa de varias generaciones, singularmente la nuestra, de la que sólo con mucho esfuerzo hemos conseguido salir liberales algunos.

Pero, en eso, el intelectual Germán Yanke también es especial. Casi todos los liberales que conozco, al menos los que en los últimos años hemos ido alumbrando medios genuinamente liberales como La Ilustración Liberal y Libertad Digital, amén de nuestras actividades en la prensa de papel como El Mundo o ABC y sobre todo en la radio, primero en La Linterna y ahora en La Mañana de la COPE, venimos de la izquierda. El que no se hizo marxista en los jesuitas, acabó maoísta en la Universidad, cuando no pasó por el trotskismo, el anarquismo o los cristianos por el socialismo. En los intelectuales españoles que ya han cumplido los cuarenta, no digamos los cincuenta, no haber pasado de socialdemócrata es una auténtica rareza. Pues bien, Germán aún es más raro, porque siempre fue de derechas. Y, desde sus orígenes, extrañamente liberal. Eso no quiere decir que hayamos vivido enfrentados largo tiempo y que sólo con el paso de los años hayamos llegado a coincidir ideológicamente. Todo lo contrario. La primera vez que oí hablar elogiosamente de Germán Yanke fue allá por los 80, entre jóvenes de Madrid que, provenientes de la izquierda antifranquista o del Opus de Antonio Fontán, salían de las Juventudes Liberales de UCD imantadas por Joaquín Garrigues para entrar en los Clubes Liberales de su hermano Antonio, repitieron naufragio en la Operación Roca y acabaron apiñándose en torno a un político raro de AP, un tal José María Aznar.

No llegué a conocer a Germán por los amigos liberales de entonces. En realidad, aunque ya nos habíamos empezado a leer y menudeaban amables referencias mutuas, la primera vez que nos vimos fue en un escenario de lo más significativo: Jerusalén, en el primer viaje de los Reyes de España a Israel en 1992, al cumplirse los quinientos años de la expulsión de los judíos. Para rebajar la densidad histórica del tiempo, el espacio se puso anecdótico: nos saludamos entre el sefardí Yitzak Navon, ex presidente de Israel a quien había entrevistado para mi Historia de los judíos españoles en Antena 3 TV, y Gustavo Villapalos, rector entonces de la Universidad de Madrid, incansable enredador, simpático conversador y que se hacía pasar por liberal, antes de formar pareja artística con Cristina Almeida y viajar a postrarse ante Sadam Hussein en la I Guerra del Golfo.

Después del encuentro jerosomilitano nos seguimos viendo, bien a través de Melchor Miralles que dirigía entonces El Mundo del País Vasco, bien a través de cualquiera de los saraos intelectuales y periodísticos que periodistas e intelectuales montan para verse mutuamente. Germán, como todos los liberales de bien en el País Vasco, era un hombre insultado por Arzallus y amenazado por ETA, la habitual fórmula complementaria de los liberticidas sabinianos y los asesinos marxistas. Y cuando murió Antonio Herrero, Luis se hizo cargo de La Mañana y yo de La Linterna, pensé en él para hacer lo que hacía yo con Luis, el resumen de prensa de la última hora u hora y media. Me lo traje de Bilbao, con lo que su ciudad perdió un adalid inmejorable, pero a cambio la COPE lo hizo pronto popular en toda España. Alguna vez me lo han preguntado y no recuerdo bien cómo llegué a adivinar su idoneidad radiofónica. Lo que sí sé es que desde entonces hemos trabajado siempre en armonía, tanto en la radio como en la prensa, en la de papel o en la de Internet, y que los que saben de radio siempre me han dicho que el mejor descubrimiento que he hecho en estos años ha sido precisamente Germán Yanke.

A mí lo que siempre me choca de Germán es eso de que nunca haya sido progre. Pero tal vez por eso mismo siempre ha tenido una debilidad no tanto ideológica como política por los socialistas vascos, especialmente Redondo Terreros, pero también otros del PSE-PSOE que se han mostrado menos decentes, fiables y amigos de la libertad. No cabe reprochárselo, claro, pero no deja de ser un argumento defensivo cuando se comenta un pestiño marxista o cualquier anécdota de la clandestinidad antifranquista y Germán nos mira sonriendo y con cara de «yo no estuve ahí; ése es vuestro problema». A cambio del tiempo que no perdió estudiando marxismo, ha leído mucho y, lo que es más notable, sigue leyendo hoy todo lo que se escribe desde el liberalismo clásico y fetén, el de Hayek y otros autores abundantemente citados en este libro, y también desde la izquierda no marxista, sino socialdemócrata, multiculturalista, republicana o como se llame en los últimos diez días. Yo creo que esa atención que presta Germán a lo que escribe la izquierda es la penitencia que otros pasamos por nuestra adolescencia radical y a él le corresponde ahora por pasar tantas sobremesas con sus amigos del PSE-PSOE.

Pero ése es precisamente uno de los valores de este libro: que junto a una abundantísima referencia al liberalismo hay también una atención crítica al argumentario más actual de la izquierda. O lo que es lo mismo: que no sólo constituye una síntesis excelente de lo que pensamos los liberales en el año 2004 sino también de todo aquello con lo que no estamos de acuerdo y que defiende la izquierda de todo el mundo en multitud de libros, prensa y demás medios de comunicación. El libro de Germán podría haber sido sólo –y sería mucho– una síntesis académica de la doctrina liberal acerca de los problemas más actuales, desde el terrorismo a la guerra pasando por el multiculturalismo y el Islam. Pero al erudito le ha vencido afortunadamente el periodista, al gran lector el discutidor implacable que también es Germán Yanke. El resultado es un libro en el que cada capítulo da para un debate político en televisión, cada tesis para un libro y cada antítesis para un festín intelectual. No hay un solo asunto de importancia que no se trate en él, siempre que sea de actualidad; y no hay un solo asunto de actualidad que no se aborde, siempre que sea de importancia. Es, a mi juicio, el libro más importante de su autor, pero nos lo da cuando menos lo esperábamos. Eso es también muy de Germán Yanke.

NOTA: Este texto es el prólogo que escribió Losantos al libro de Germán Yanke Ser de derechas, publicado en 2004 por Temas de Hoy.

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La libertad como nación
Germán Yanke Libertad Digital 15 Mayo 2017

La Ilustración Liberal Nº 1
http://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/1/la-libertad-como-nacion-german-yanke.html

Estoy convencido de que es saludable ser impertinente. Otra cosa es que resulte posible porque, si miramos a nuestro alrededor, parece que el sentimiento de pertenencia a un grupo es un refugio cálido para la debilidad de la razón o los desasosiegos que produce su ejercicio. Y si contemplamos no solamente el presente, sino también el pasado -ya que tiene razón Berlin al asegurar que no se puede hablar de renacimiento del nacionalismo porque nunca ha muerto- repararemos en un amplísimo consenso acerca de la vieja afirmación de Herder. Pertenecer a un pueblo es una necesidad humana.

Herder, en contra de lo que a veces predican algunos diletantes ilustrados, no era un visionario impresentable. Creía en la autonomía del hombre pero, convencido al mismo tiempo de los límites de la abstracción, proponía como remedio la necesidad de pertenencia a una cultura. El propio Berlin, reivindicando de alguna manera su figura, asegura que la individualidad racional puede resultar altamente destructiva si no está, según sus propias palabras, "situada".

La cuestión -y a mi modo de ver el problema- es cómo determinar qué pueda contener aquella cultura o cómo "situar" adecuadamente al ciudadano. Porque si nada estaría más alejado de la verdad que tachar a Berlin de nacionalista -Berlin entiende que el nacionalismo es una perversión, una "exaltada condición de la conciencia nacional"- sí considera ésta como la construcción simbólica en la que subyacen los contenidos de la identidad.

¿Qué podría contener la identidad vasca? ¿Acaso la raza? Imposible, no resiste el más elemental análisis. La raza es un continente sin contenido, un renglón para una clasificación a todas luces contradictoria e inconsistente. Cuando en el País Vasco se hace alguna referencia a la raza, como por ejemplo cuando se alude a las "peculiaridades" del factor RH, en el propio ridículo de estas afirmaciones se encierra el descrédito. Volviendo la vista atrás, cuando en 1914 el compositor donostiarra José María Usandizaga estrenaba en Madrid Las golondrinas, con un resonante éxito que confirmaba una prometedora trayectoria truncada por la muerte temprana, la prensa nacionalista no pudo contener su furor. Apegada a lo que se dio en llamar "renacimiento cultural vasco", y además de resaltar cruelmente su cojera y su palidez (como hiciera, por cierto, Baroja, autor de vasquidad jamás puesta en duda), la prensa nacionalista le reprochó haber abandonado "los ensueños vascos de sus abuelos" para hacer música extranjerizante. Pero, casi de modo arquetípico para la mayoría de los vascos, Usandizaga tenía un abuelo italiano y una abuela francesa. Don Miguel de Unamuno, al leer que en Caracas se había instituido un importante premio para quien demostrara la existencia de la raza vasca, escribió a Pedro Eguillor, que estaba dispuesto a triplicar la dotación a quien lograra demostrar que todos los vascos pertenecían a una misma raza. No tuvo que entregar el dinero.

Martínez Sierra, libretista de Las Golondrinas, tuvo la humorada de decir a los periodistas, cuando preguntaban a Usandizaga sobre aquellas polémicas, que el músico guipuzcoano no quería hablar porque le daba vergüenza su marcado acento vasco. ¿Estará la identidad por ese lado? Uno de los elementos que, por su particularidad, aparece en todos los catálogos es el idioma, el euskera, una lengua complicada y de origen discutido que habla menos del 25% de la población. Es, desde luego, una lengua no románica, es decir, en absoluto presente en los modos y maneras de las sociedades del entorno vasco, al margen de algunos intercambios menores.

Lo cierto es que el primer nacionalista no puso un énfasis extremo en la consideración de la lengua como característica determinante de la nación o de la identidad nacional. Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco, compitió con Unamuno por una cátedra de euskera que ninguno de los dos obtuvo, reaccionó contra él cuando Unamuno -convencido de que las lenguas eran organismos vivos que, como los seres biológicos, nacen, crecen y mueren- profetizó la desaparición del vascuence, y hasta estableció complicadas reglas ortográficas e inventó raros neologismos. Hizo todo eso pero entendía que eran rasgos más importantes, y en verdad definitivos, la raza o incluso una determinada concepción de lo religioso o tradicional que la industrialización comenzaba a poner en peligro. Por ello pensaba Arana, precisamente, que lo pernicioso de verdad era que los "extranjeros" aprendiesen el euskera y contaminasen el país en su propia lengua.

Más adelante, son algunos publicistas empeñados en establecer una identidad que superase el problema expuesto gráficamente con la alusión a los abuelos de Usandizaga y ratificado por la constante inmigración, los que colocan el vascuence por encima de cualquier otra consideración. La teoría pierde fuerza de nuevo hasta que, en los años 60, escritores e intelectuales que pertenecen o están próximos a ETA, y siguiendo tesis como las de Edward Sapir o Benjamin Lee Whorf, afirmarán que la lengua determina la visión del mundo, insistirán en el uso del euskera para la reconstrucción de la nación vasca, y reprocharán al Partido Nacionalista que hubiera abandonado ese fundamental objetivo. Y es paradójicamente cuando la mayoría de ellos han dejado aquella militancia y arrumbado aquellas tesis, cuando los gobernantes de la Comunidad Autónoma y el partido que los sustenta nos dicen, el comienzo de la década de los 80, que bien podríamos pasar diez años sin cultura, sin "otra cultura", pero si en ese plazo no recuperábamos el euskera lo habríamos perdido para siempre. Y con esa pérdida, llegaría la de una visión del mundo específica y propia, un elemento fundamental de la esencia de nuestra personalidad subjetiva.

Al margen de los quiebros del nacionalismo vasco en esta cuestión, me parece evidente que se pueden decir y ver las mismas cosas, desarrollar similares argumentos y tener idénticos sentimientos, en idiomas distintos. Y que, por otra parte, la filología es incapaz de descubrirlos. Países distintos hablan la misma lengua y otras naciones acogen y oficializan varios idiomas. Especialmente paradigmático es, además, el caso vasco, en el que el español ha convivido durante siglos con el euskera. En español se defendieron las instituciones forales y en español nació el nacionalismo vasco. Si se ha impuesto no ha sido por opresión alguna, aunque la haya habido en diferentes períodos, sino por la preeminencia, como en toda Europa, de la cultura elaborada y urbana sobre la rural. A nadie se le ocultará, además, la cotidiana contradicción que supone asegurar que el euskera es parte de nuestra identidad y esencia de nuestra personalidad colectiva y, al mismo tiempo, hablar de "aculturación" por la traducción al vascuence, por ejemplo, de las exitosas series televisivas norteamericanas.

Si afirmo que no podemos aceptar la raza ni el idioma, y si nadie se atreve a incluir entre nosotros la religión como determinante de la nacionalidad, ¿será la tierra una característica de la identidad? Igualmente imposible. Vaya por delante que hasta los paisajes más tópicos son recientes y obra de decisiones arbitrarias, pero, además, la tierra no es nada, aunque no falten nacionalistas que la personifiquen, sin los sujetos que la habitan. Por ello es preciso abandonar el concepto de soberanía territorial, que no tiene justificación ni teórica ni histórica; aborrecer de la expresión "primero la patria, luego los hombres", y defender los derechos individuales y las libertadas ciudadanas.

¿Habrá, sin embargo, una cultura que nos defina? Ya sea entendida como creaciones específicas o como un catálogo de usos y costumbres, tampoco es posible. Toda la civilización se basa en el intercambio y en las influencias mutuas, y cualquier referencia a la cultura como emanación de una determinada personalidad colectiva raya en el ridículo. No creo que ninguno de nosotros podamos "situarnos" con estos elementos. Nos queda, por tanto, o el recurso a la anécdota o el reconocimiento de que el hecho vasco es cambiante y artificial, una construcción histórica que no responde a ninguna esencia, que es obra del desarrollo y de los efectos -previstos e imprevistos- de la voluntad humana y que, precisamente porque podemos cambiarlo acogiéndonos a nuestra libertad, no nos determina en absoluto. Toda esta construcción queda muy bien reflejada, aunque involuntariamente, en una escena de la película norteamericana El pasaje, en la que Anthony Quinn interpreta el papel de un pastor vasco que ayuda a atravesar los Pirineos a la familia de un científico alemán que huye de los nazis. La actriz Kay Lenz interpreta a la hija del científico y, en lo alto de la montaña, dice a Quinn: "Nunca he visto a un vasco...". "¿No?", pregunta éste. Y Kay Lenz continúa: "...pero había oído decir cosas horribles de ellos". "Crea todo lo que le digan", responde el protagonista volviendo los ojos hacia las cumbres.

Suele asegurarse que los nacionalismos parten de un sentimiento de humillación, siempre subjetivo, independientemente de que tenga una base real o irreal. A mí me parece, sin embargo, que en la raíz de estos movimientos sociales tan extendidos está, más bien, una suerte de incapacidad o pereza para superar racionalmente ese estadio de prejuicios, más cómodo, que implica la inconsistencia de las caracterizaciones de la identidad nacional.

Todos, no sólo los nacionalistas, constatamos que el original impulso por mudar nuestro entorno, la sociedad y las instituciones, no tiene su base inicial en poner en juego la pura razón. Como hasta la psicología enseña que la pura razón no es fuente siquiera del interés elemental que pone en marcha el pensamiento, el filósofo alemán Robert Spaemann ha llamado al origen del compromiso político la "facticidad fatal". Esto, que puede verse claramente en el compromiso político "nacional", es también aplicable a otros compromisos, en cuanto todos se orientan hacia situaciones de excepción en las que los prejuicios, a veces incluso eminentemente personales, ponen en juicio la totalidad y lo que debe considerarse como totalidad. Hamlet, que representa bien ese malestar inicial cuando clama "¡Maldición y pesar por haber venido al mundo con la misión de arreglarlo!", mostrará también, comenta el propio Spaemann, que la cuestión de la reflexión sobre el origen es tan paralizadora e irresponsable como preguntarse, al igual que el personaje de Shakespeare, si la decisión que le impulsaba a la venganza partía realmente del espíritu de su padre o de la ilusión de un genio maligno.

La verdadera cuestión es, al contrario, convencerse de que no todo compromiso (independientemente de los fines propuestos) hace razonable a quien lo asume, sino que también puede ofuscar cuando el deseo de "salirse con la suya" es superior al de ver las cosas, y las ideas, tal y como son.

La negativa a analizar críticamente cuanta propuesta puede hacerse para determinar una identidad nacional es la que nos conduce al nacionalismo, no las características propuestas o su situación coyuntural. En esas circunstancias, el único instrumento válido para los nacionalistas es el dirigismo intervencionista que, impidiendo las consecuencias del debate y la libertad, evite a su vez la destrucción de unos contenidos poco razonables y mantenga así la cohesión de un grupo heterogéneo, objetivos que suelen superponerse a las muy mentadas aspiraciones de "construcción nacional".

No hay manera de vertebrar un país con las alusiones a una improbable identidad nacional y, para mantener simbólica y agobiantemente los rasgos preestablecidos hay que acudir a la confrontación de una comunidad controlada y dirigida.

Pero para que entre nosotros se ponga de relieve el drama de una identidad en la que dudosas esencias son mantenidas tan sólo por el dirigismo, podría hablar de España entera, dando la vuelta a los tópicos sobre el País Vasco. Les invito, para ello, a un juego de imaginación.

Imaginen una novela adaptada al cine -una película de esas que ahora utilizan la etiqueta de "cine vasco"- en la que el protagonista pretenda la independencia de Euskadi. Para ello, y mientras vive una apasionada historia de amor, utiliza la violencia y es respondido con la fuerza. Acabará sucumbiendo, pero el guión destacará sus virtudes poniéndose de su lado. ¿Qué reacción produciría entre "bienpensantes" e instituciones políticas españolas?

Ejercitados ya en la ficción, imaginen ahora que el Gobierno vasco permitiera que un empresario privado instalara una tienda junto a su sede oficial para vender, a modo de recuerdo turístico, pasaportes del País Vasco o camisetas con la inscripción "Ciudadano de Euskadi" junto a otros souvenirs de parecida intención.

Piensen, ya habituados al procedimiento, en un presidente de la Comunidad Autónoma Vasca que, en sus documentos e inscripciones, evitara cualquier referencia a España. Y, si se cansan con la ficción, recuerden simplemente lo que ocurre cuando en cualquier rincón del País Vasco se coloca la bandera autonómica sin la presencia de la española.

Pues bien, la película que les ha resumido podía perfectamente ser Lo que el viento se llevó, en la que, a fin de cuentas, todo eso ocurre. La tienda con inútiles pero intencionados pasaportes la vi hace años en la sede del Gobierno de Texas. Poco antes había visto hace años en California un desfile presidido por su Gobernador en el que toda la avenida en la que me encontraba estaba flanqueada exclusivamente por banderas del Estado, y si visitan ustedes la tumba de Jeferson verán que decidió obviar la mención a la presidencia de los Estados Unidos y reseñar para la posteridad únicamente su vinculación a Virginia y a su Universidad.

Ya sé que la intencionalidad de estos supuestos es distinta aquí que allí, pero es precisamente al peso de esa intencionalidad simbólica a lo que quiero referirme. En Estados Unidos esas anécdotas no quiebran la convivencia porque el patriotismo es constitucional y la identidad nacional no es otra cosa que lealtad constitucional. En España, el patriotismo parece demasiado a menudo ser la administración estatal de los símbolos para ocultar la intrínseca debilidad de nuestras pretendidas esencias.

Me parecen alarmantes, por ello, los ejercicios de enfrentar una identidad a otra, oponer esencias a esencias, recurrir al Estado y a la nación española para combatir los nacionalismos periféricos, contemplar en las campañas electorales cómo proliferan, sin contenidos ideológicos serios, los "programas nacionales". Me parece alarmante, en definitiva, que no se acepte que es imposible definir cualquier nación por la raza, la sangre, el territorio, las costumbres, la cultura o la psicología. El concepto de nación de Herder, al que hacía alusión al comienzo, me parece menos justificable que el de Renan que, mediante el principio de concebirla como un resultado y no como una construcción invariable (y con la metáfora del plebiscito cotidiano), trataba, en palabras de Finkielkraut, de reinsertar el concepto en la categoría del Estado liberal y de la razón ilustrada.

Herder, a mi entender, se equivocaba asegurando que los ojos del alma individual debían ser conscientes del reconocimiento del alma colectiva, pero no me parecen muy extraviados sus recelos frente al Estado y su disciplina. Si me niego a que las relaciones interindividuales sean arrebatadas por un vaporoso e inquietante concepto de la comunidad nacional (y aún más por algún mesías interpretando esa suerte de confusión), me opongo igualmente a que la autonomía individual, que considero la única base de la organización política, sea expropiada por la pretendida racionalidad de un Estado que, además de sentirse erróneamente con la información precisa para indicarnos lo conveniente en cada momento, termina siempre por inventarse una simbología sin el menor fundamento racional.

Apareció hace tiempo, en Francia, y seguido de una sonora polémica, el libro Voyage au centre du malaise français de Paul Yonnet. Era la primera vez, me parece, que un sociólogo procedente del 68, con un trayectoria tan clásica como la atención a los fenómenos cotidianos con su famoso libro Juegos, modas y masas, la de los prejuicios marxistas y la presencia habitual en las páginas de Le Débat, defendía tesis que se han calificado de próximas al racismo.

Yonnet no es un simple gritón, pero su última obra me defrauda tanto por la conclusión como por el método. Sorprende, en este sentido, que tras su trayectoria crítica se conforme con la invención de un enemigo a su medida: un antirracismo -en concreto se refiere a la asociación SOS-Racisme-, que habría rescatado de los escombros de la izquierda una concepción diferencialista del mundo en la que la lucha de razas sustituye a la lucha de clases. Pero el horror al racismo convive perfectamente con el rechazo a la falacia del "relativismo cultural" y el verdadero enemigo de Yonnet sería lo que los franceses llaman "integración republicana": a un emigrante sólo se le pide que renuncie a aquello cuya renuncia se exige también a los franceses: lo que atente contra las libertades y los derechos humanos.

La conclusión de Yonnet, por otra parte -y el peligro parece evidente- es que la pretendida "identidad francesa" que trata de perpetuar define lo que llamaríamos "el buen francés", con su nómina de costumbres, apriorismos religiosos, ideas... El siguiente paso sería el del Frente Nacional: si la "asimilación" es imposible, la emigración debe ser prohibida. Esta suerte de totalitarismo xenófobo olvida, claro, que el rechazo al racismo no se basa en la igualdad de las comunidades -¿qué son las comunidades raciales?-, sino en la igualdad de los hombres. Yonnet, como tantos otros, a fuerza de querer salirse con la suya, ha dejado de ser razonable.

Vuelvo a mi país y al carácter distorsionante y desintegrador de la tantas veces citada "identidad nacional vasca". Han sido frecuentes las imposiciones de determinadas maneras de ser "verdaderamente vascos" o "buenos vascos", arrojando a las oscuridades del infierno a quienes no compartían el modo de ver las cosas de los predicadores. Cuando se ha utilizado el truco desde los poderes públicos o sociales, la confusión degenera en batallas por ser más o menos vasco que el vecino.

Pero no es este un modo exclusivo del nacionalismo. El modo "vasquitivo" (que coexiste con el indicativo, el imperativo...) es moldeable y cada vez son más los que lo emplean a su antojo revelando hasta qué punto la simbología nacional cae sobre nosotros como una losa. Y hasta qué punto también se aleja de nuestro horizonte una construcción razonable de las relaciones humanas y políticas. Pondré algunos ejemplos anotados durante el secuestro por ETA del empresario guipuzcoano Julio Iglesias Zamora. El comunicado de condena de la asociación Gesto por la Paz aseguraba que el acto terrorista era "una muestra más del carácter estrictamente mafioso y antivasco". Un portavoz del PP aseguraba poco después que su partido representaba "la forma sensata de ser vasco". El vicepresidente del Partido Socialista de Euskadi declaraba a un periódico que "los de HB son indignos de considerarse vascos". Es decir, ser vasco implicaría una dignidad especial, una calidad moral que cada uno puede definir, una forma de comportarse. Quien se aleje de los parámetros fijados no sería un hombre -o, en su caso, un político- amoral, inmoral o indigno, sino "indigno de considerarse vasco", "vasco de manera insensata" o "antivasco". Es algo así como luchar contra la apropiación indebida con otra apropiación indebida o, sencillamente, con la estafa. El País Vasco es el paraíso de los Robin Hood que roban identidades a los ladrones de identidades.

Quizá no es ajena a esta paradoja y a esta curiosa competición la asunción de comportamientos extremistas e incluso el hecho de encontrar amplios estratos del mayor radicalismo en zonas de votantes habitadas fundamentalmente por emigrantes de baja posición económica. Desconcertados ante lo que puedan entender los establecidos por "integrarse socialmente" -o intuyéndolo en su estado puro- batallan por ser "más vascos que los vascos".

Lo importante es ser ciudadanos y abandonar la disyuntiva entre la nación vasca y otras colectividades. Buena parte de la que se llama intelectualidad vasca ha pasado de oprimida a pusilánime, y parece incapaz de pensar por sí misma para encerrarse en un cuadrilátero en el que, tan apegados a nuestra situación y tan fascinados en el fondo con el imaginario del nacionalismo, sólo se puede actuar contra él o de acuerdo con él. Nunca por uno mismo.

No será lógico conservar la nación o el sistema si hay que hacerlo a costa de la libertad o, incluso, del debate sereno, de la independencia de pensamiento o del espíritu crítico. Se trataría, por tanto, de potenciar, o simplemente poner en acción, de entre las "identidades personales" que señala Musil en El hombre sin atributos -la familiar, la política, la profesional...- aquella que nos lleva a reírnos de todas las demás, a ponerlas en cuestión, a mirarlas con ironía. En el País Vasco, empeñados en no ser impertinentes de ninguna manera, siempre hay alguna identidad que se toma rigurosamente en serio, que se convierte en dogma y termina por entintar de totalitarismo todas las demás.

Por eso propongo la impertinencia como programa y la libertad como nación. Porque entiendo que solamente se puede comprender la tradición a la manera popperiana, es decir, como un texto arcaico que se propone a la lectura, a la relectura, a la discusión racional y a la transformación permanente. Todo "nosotros" debe ser cuestionado; el historicismo que pretende que las prácticas deban ser enjuiciadas en un determinado contexto debe ser rebatido; y la única pertenencia admisible debe ser algo parecido a lo que Habermas llama "patriotismo constitucional", la decisión de organizarse de una determinada manera basada no en el todo concreto de una nación sino en procedimientos abstractos y siempre abiertos. "Un experimento" llamaba El Federalista a la Constitución de los Estados Unidos aludiendo a una provisionalidad en cuyo seno "la democracia y los derechos humanos -escribe Habermas- constituyen la materia dura en que se refractan los rayos de las tradiciones nacionales".

Hay una curiosa novela de un no menos curioso autor, Trevanian, que se titula El verano de Katya. La protagonista, después de recorrer algunas poblaciones del País Vasco, repasar sus costumbres, comprobar que para decir "tengo sed" empleaban enrevesadas frases llenas de imágenes y circunloquios y que, en realidad, no querían decir que tenían sed sino otras cosas, concluye que "los vascos son gente muy tortuosa". Mi tesis es que se debe creer a Katya y no a Anthony Quinn.


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