AGLI Recortes de Prensa  Sábado 10  Junio 2017

El futuro de la democracia española, en juego
Raúl González Zorrilla. Director de La Tribuna del País Vasco 10 Junio 2017

Los ciudadanos españoles exigimos al Rey, al Presidente del Gobierno y a la Jefatura de las Fuerzas Armadas que defiendan con firmeza la Constitución y la libertad ante los golpistas catalanes

Si el Gobierno central no hace lo que debe hacer y, por ejemplo, no aplica inmediatemente el artículo 155 de la Constitución para detener el Golpe de Estado que el totalitarismo independentista catalán, en alianza con la extrema izquierda, ha puesto en marcha, la situación de España se hará insostenible. Y será una situación intolerable no solamente por el devenir tortuoso que sufrirá Cataluña, y especialmente las decenas de miles de ciudadanos no nacionalistas que viven y trabajan en esta región, sino, sobre todo, porque las principales instituciones españolas, desde la Monarquía a las Justicia, pasando por el Parlamento y las fuerzas armadas, quedarán ante los ciudadanos como instrumentos inútiles que no pueden salvaguardar lo que nos es más querido y más valioso: la libertad, la convivencia civilizada, el respeto a las leyes, la igualdad entre los ciudadanos y la seguridad para nuestros hijos.

Ante el Golpe de Estado declarado en Cataluña, el Gobierno de Mariano Rajoy, la Monarquía de Felipe VI y el Ejército español han de saber que los ciudadanos demócratas españoles les estamos mirando fijamente, con tanta atención como desconfianza. Y que esperamos encarecidamente que defiendan nuestros derechos como hombres y mujeres libres que somos, que esperamos que protejan el futuro de nuestros niños (y su derecho a vivir y estudiar en su país hablando en su lengua materna) y que esperamos que resguarden con fuerza nuestro sistema de convivencia de esa contumaz chusma nacionalista, incendiaria y radical que, malversando los recursos públicos, trata de imponer a todos los españoles sus pesadillas más delirantes y fanáticas.

En estos momentos de la historia, los ciudadanos simplemente decentes, quienes pagamos religiosamente nuestros impuestos, quienes tratamos de facilitar la convivencia colectiva, quienes tratamos de transmitir ideales de tolerancia a nuestros descendientes y quienes todavía confíamos y creemos en los valores que se derivan de palabras como patria, tradición, familia, estirpe o historia, nos encontramos excepcionalmente irritados por la absoluta incapacidad y el desinterés de nuestras instituciones para defender nuestros derechos más elementales: sobre todo, a la seguridad física, a la protección normativa, a la garantía de podermos entender en español con nuestros vecinos, a la libertad en cualquier parte del territorio y a la esperanza de un futuro para nuestros hijos.

Cada vez tenemos menos cosas, menos certezas, menos seguridades y menos confianza en el Estado. Y cada vez tenemos más rabia y más tentaciones de defendernos por nuestra cuenta. Si uno de los nuestros, todo coraje, acaba de dar su vida para defender la vida de una mujer desconocida a la que estaban atacando algunos de esos terroristas que nuestros Gobiernos han metido en nuestros países y de los que ahora son incapaces de defendernos, imagínense qué puede ocurrir si muchos españoles comienzan a tomar las decisiones necesarias y urgentes que sus instituciones son incapaces de tomar… Los demócratas españoles esperamos que el Rey, el Presidente y la Jefatura del Ejército nos defiendan de la sinrazón y castiguen a los golpistas como marca la Ley. Y habrán de hacerlo así, con contundencia, eficacia y rapidez, porque, en caso contrario, podría darse la situación de que una posible independencia de Cataluña pasase a ser el menor de sus problemas.

El Reino Experimental
FRANCISCO DE BORJA LASHERAS El Mundo 10 Junio 2017

Hubo un tiempo en el que muchos admirábamos las cualidades de la mejor tradición política británica. Leíamos las propuestas que el ejército de Oliver Cromwell, en plena Guerra Civil inglesa, hizo en los debates de Putney, de enorme contenido revolucionario, democrático e igualitario para la época. Nos entusiasmábamos por pensadores como Burke o estadistas como Churchill, por no hablar de fenómenos como los Beatles. Mirábamos al Parlamento británico y sus discusiones sobre escuelas, impuestos u hospitales, en las que el representante medio desplegaba una capacidad y elegancia retórica así como sentido del humor muy superiores a los de la Carrera de San Jerónimo. Queríamos un Reino Unido fuerte, con su gran servicio diplomático y su presencia global, en una Europa abierta, una relación que justificaba esa voz discordante que frenaba dogmas federalistas alejados de la realidad.

Pero aquella nostalgia se ve hoy superada por el escepticismo, la sorpresa y el hastío con este Reino Unido. En vez de mirar al pasado, como hace hoy gran parte del segmento político y social de las islas británicas, mejor aceptar su realidad presente. Mejor mirar fríamente a este país, al igual que el EEUU de Trump, como un laboratorio moderno de experimentos políticos y sociales, unos específicos de su contexto, otros menos. Casi, un anti-modelo de políticas y formas de liderazgo que el resto de europeos no deberíamos emular.

En mi opinión, estas elecciones han sido, de nuevo, no tanto sobre el Brexit ni mucho menos Europa. Más bien, han girado en torno a dos formas de liderazgo político que desde perspectivas diferentes se presentan como respuesta ante los males que nos aquejan, como la inseguridad, pero sobre todo como opciones ante las rupturas del consenso político. Por una parte, el liderazgo de Theresa May, caracterizado por el cinismo y la frivolidad resultantes de la falta de convicciones y, me temo, principios de parte de la actual clase gobernante en el Reino Unido, prisionera (y, con ella, todos los demás) de su propia lógica de poder. La May del Brexit duro apoyó, a la callando, el Remain, al igual que en su día lo hizo el estrambótico Boris Johnson. Este liderazgo se adapta a circunstancias cambiantes para mantenerse en la ola popular (o populista), aunque ésta a veces se lo pueda llevar por delante, como en parte ha sucedido en estas elecciones. Tarde o temprano, especialmente en una era de sobreinformación y sobreexposición, las contradicciones y giros son demasiado escandalosos para gestionarlos con el cinismo y spin habituales (que le pregunten al caído Cameron). Tal liderazgo no suele representar nada sólido y depende del utilitarismo y cálculo electoral de turno. Por ejemplo, si para mantenerse como sea en el poder hay que gobernar con los nacionalistas-unionistas irlandeses, de pasado oscuro en la violencia de Belfast, coalición y punto. En el fondo, su capacidad para gestionar cuestiones de Estado tan complejas y de impacto a largo plazo como el Brexit, es limitada. De ahí que estemos abocados a más incertidumbre, por supuesto para los ciudadanos británicos, y para los socios europeos, que no pueden contar con la fiabilidad mínima del gobierno y élites que tienen enfrente.

El segundo estilo de liderazgo es el representado por el laborista Jeremy Corbyn y la comodidad ideológica y moral del que se mantiene inmutable en sus propias convicciones. Frente a la falta de coherencia de May, Corbyn representa el exceso de coherencia del que lo tiene todo meridianamente claro. Quizá, un tanto demasiado claro en un mundo de grises que pide a gritos más matices y posiciones equilibradas, y menos maniqueísmo de blancos y negros en el que se suelen mover Corbyn y parte de los votantes que lo llevaron y mantuvieron al volante del laborismo post Tony Blair.

Asimismo, aunque se adorne con retórica de macho alfa ("tuve huevos en convocar elecciones"), hay cierta cobardía en el estilo de políticos como May que evitan confrontar los propios votantes ante sus prejuicios o preferencias más primarios e inflexibles -por no hablar de confrontar la xenofobia reinante-. Pero también existe cierta pereza ideológica inconsciente en perfiles como Corbyn: siempre en pos de causas perdidas, pero siempre reacios a examinar su pensamiento y creencias cuando sea necesario ante determinadas contradicciones. Corbyn -quien personalmente me produce más simpatía- apostó por la lucha contra el apartheid y se movilizó contra la guerra de Irak. Pero ese mismo buen juicio él y otros no parecen haberlo tenido cuando no se trata de los yanquis, sino del chavismo, o cuando son rusas y sirias las bombas que destruyeron Alepo, optando por el silencio o por la fácil ambivalencia de la equidistancia.

En cualquier caso, siguiendo a Jorge Galindo en su ensayo sobre los nuevos reaccionarios, en el último número de Letras Libres, hay puntos coincidentes entre estos liderazgos y formas de política. Al hacer frente a la quiebra política y social que viven las sociedades occidentales, May apuesta por un eje reaccionario-nacionalista mientras que Corbyn está cómodo como líder de un eje insurgente de izquierdas. Pero, en el fondo, hoy por hoy vemos en ambos casos más espasmos de nostalgia por un pasado idealizado -de homogeneidad y seguridad absoluta para un modelo, igualdad para el otro- que de propuestas de recorrido para nuestros problemas de cohesión social y política o seguridad. Problemas con dilemas muy incómodos, como el aspecto seguridad absoluta-democracia abierta. Así, May, como era de esperar, usa la demagogia tras los ataques de Londres, anunciando recortes en derechos humanos. Soslaya que ésa es ya la tónica general de las medidas anti-terroristas desde el 11S, sin que se pueda garantizar la seguridad completa. Un líder de Estado (democrático) tendría presente que "la lección de estos momentos de terror es no dejar que nuestro natural miedo y dolor permitan la destrucción de nuestras instituciones" (Timothy Snyder). A su vez, Corbyn, aun en su loable posición de principio, no parece tampoco tener respuestas adecuadas a una amenaza como el terrorismo.

Sin duda, el choque entre ambos modelos lo vemos también en el resto de Europa y en España (y Cataluña). Quizá los europeos debamos invertir un poco menos en este Reino Unido ensimismado, esperando que, como me decía hace poco, algo alicaído, un amigo diplomático de ese país, "los adultos" vuelvan al poder e incluso que nos vuelvan a inspirar. Pero no es momento para la melancolía ni para perder el tiempo. Apostemos más por reconstruir los consensos políticos y sociales de nuestras democracias pluralistas, asumiendo que las tensiones, el enfrentamiento y la inseguridad durarán años. Eso, creo, requerirá liderazgo político diferentes al cinismo de May, pero también al utopismo de Corbyn, por muy inspirador que resulte para parte de la juventud.

La democracia degradada
Amando de Miguel Libertad Digital 10 Junio 2017

Necesitamos un nuevo texto constitucional. Ojalá que no sean solo juristas sus redactores. Pero sobre todo lo que se impone es reconstituir la sociedad.

Después de 40 años de una exitosa transición a la democracia, el destino parece obligar a los españoles a replantearse la forma que han de dar a nuestro régimen de partidos y libertades. No es fácil. Da la impresión de que han declinado definitivamente los dos grandes bloques fundacionales, la derecha y la izquierda. Se ha producido una cierta sucesión generacional en otros dos partidos nuevos, pero de momento no han conseguido la capacidad requerida para poder gobernar.

Se habla mucho de redactar una nueva Constitución. Habrá que definir previamente los términos. De momento, ya nos ha enseñado el mandamás del PSOE que "la nación es un sentimiento". Supongo que el buen hombre pensará que la democracia es un estado de ánimo. Pues no. La democracia es un método muy útil para asegurar la sucesión pacífica en el poder con un mínimo de libertad e igualdad.

A través de su etimología observamos que la democracia se compone de dos partes: demos (el pueblo) y cracia (el poder). Normalmente se estudia la democracia desde el estricto punto de vista del poder. Por ejemplo, profesores y analistas se entretienen mucho con el sistema electoral. Pero hay otro aspecto más interesante: explicar la democracia como producto de ciertas condiciones económicas, culturales, históricas. Por ejemplo, la actual democracia española acumula algunos retrasos en la consecución de la libertad y la igualdad. A primera vista no lo parece, pero pensemos: ¿cuántas personas de más de 70 años son diputados o senadores en las Cortes Españolas? Nadie habla de una discriminación tan flagrante. Hay otras.

La democracia no es una cuestión dicotómica, la que dice que existe o no existe. Antes bien, se trata de una gradación. Habrá distintos niveles de democracia según se consiga más o menos libertad e igualdad y todo conduzca a una sucesión pacífica en el poder.

No solo son grados, hay también varios modelos de democracia según sean las tradiciones culturales. Por ejemplo, la democracia estadounidense (ellos dicen "americana") se basa en una sistemática desconfianza del Estado. Lo que ocurre es que, al mismo tiempo, se apoya en el principio de confianza en todo lo demás. Para empezar, "In God we trust" (el lema que recogen las monedas y billetes de los Estados Unidos; es decir, "confiamos en Dios"). En inglés, trust es un grupo industrial; suele indicar algo positivo. Incorporado al español, el trust tiene un sentido despectivo, es poco menos que una banda de ladrones. En la tradición europea, y desde luego en la española, la democracia se apoya en una confianza absoluta en el Estado. Hemos dado en divinizar el "Estado de Bienestar", una especie de Providencia secularizada. En las encuestas, los "problemas de los españoles" son los que el Estado puede y debe resolver. Nuestro sistema conduce inevitablemente a una sistemática elevación de los impuestos, tasas y similares.

Destaca una gran paradoja. La mayor parte de los Estados del mundo pretenden ser democracias, pero el grado que consiguen objetivamente resulta bastante pobre. Pueden incluso conseguir una cierta transmisión pacífica del poder, pero con escasas libertades y una mínima eficacia.

Seamos realistas (de realidad, no de realeza). La actual democracia española aparece sumamente degradada para los estándares europeos. La prueba es que admite un exceso de corrupción política y la amenaza constante de los secesionismos. Son dos tachas que también se dan en otros países europeos, pero eso no supone un gran consuelo. La corrupción política no es solo quedarse con una parte del dinero del erario, sino que la política constituye una amplia avenida para enriquecerse, aunque sea legalmente. El secesionismo es más bien una amenaza ("la espada de Demóstenes", que dijo el otro), y por ese lado no parece tan grave. Sin embargo, ese mismo hecho supone una acumulación de privilegios para las regiones donde se habla otra lengua aparte de la común. Es decir, se descubre aquí un grave déficit de igualdad.

En definitiva, necesitamos un nuevo texto constitucional. Ojalá que no sean solo juristas sus redactores. Pero sobre todo lo que se impone es reconstituir la sociedad. Ahí le duele, amigos. Hace más de un siglo lo llamaban "regeneración". Se sigue utilizando el término, a falta de otro más imaginativo.

Contacte con Amando de Miguel fontenebro@msn.com

Sujetos constitucionales
Nota del Editor 10 Junio 2017

He de admitir que no soy demócrata si ello significa que debo aceptar lo que impongan las mayorías. Porque si las mayorías tuvieran algo de racional, lógico, ético, bondadoso, y todas esas virtudes necesarias para que el ser humano transcurra por la historia como un sujeto admirable, no se dejarían intoxicar, indoctrinar, comprar por los grupos que mueven los hilos.

Por ello, cuando alguien propone la modificación de la constitución, cualquier constitución, me echo a temblar, porque veo que pretenden que mi opinión no cuente, ni mi razón, lógica, derechos, y todo ello sea sacrificado en bien de esa mayoría pastoreada en mi contra.

Por otro lado, si teniendo ya una constitución impuesta, hay que recordar que los pastores llevaron al rebaño a aprobarla sin crítica alguna, que no se cumple, que se tergiversa por un tribunal anti constitucional, es mejor olvidarse de esos viajes que llevan al fin de siempre, que unos pocos sigan pastoreando a una sociedad que no tiene ni pizca de razón, sentido común, respeto humano, ética.

El fiasco de Theresa May y la inanidad del liberalismo
Editorial www.vozpopuli.com 10 Junio 2017

Ha vuelto a suceder. De nuevo, el cálculo político, apoyado en unas encuestas equivocadamente favorables, ha salido cruz. Y Theresa May ha abocado a su partido a una victoria pírrica que, lejos de reforzar su presencia en el Parlamento, le ha supuesto la pérdida de la mayoría absoluta y 12 escaños menos. Por su parte, Jeremy Corbyn se felicita por haber sabido movilizar, esta vez sí, a más de 3 millones de jóvenes. Sin embargo, el retroceso de los tories y el avance de los laboristas no es ni de lejos lo suficientemente significativo como para sacar a Gran Bretaña de su sonambulismo; al contrario, por más que la izquierda quiera ver una luz al final del túnel, el resultado electoral agrava el desconcierto político y, por añadidura, complica la posición británica en las negociaciones del Brexit añadiendo nuevas contradicciones.

En efecto, de fondo se vislumbra una crisis mucho más profunda, la de las ideologías, que sigue sin resolverse, ni en Gran Bretaña, ni, en general, en el mundo occidental, por más que pueda parecer que en Europa el populismo está controlado. Ocurre que tanto Gran Bretaña como los Estados Unidos lideran esta desazón porque sus democracias están mejor imbricadas en la sociedad y, por lo tanto, reflejan las inquietudes del público con mucha más fidelidad. Además, al contrario que otras democracias occidentales sobrevenidas, disponen del anclaje del mito fundacional, lo que impide a la clase política sustraer el debate y adoptar soluciones tecnocráticas de espaldas a la opinión pública.

El vacío ideológico
En el resto de Europa, en general, no sucede así porque, tras la traumática experiencia del nazismo, que la propia democracia alumbró, los políticos continentales optaron por diseñar democracias más indirectas y limitadas, donde la alianza entre democratacristianos y socialdemócratas, junto a la amenaza soviética, actuó como un férreo cordón de seguridad que sigue aún vigente.

La caída del Muro de Berlín y el posterior hundimiento de la Unión Soviética, sin embargo, no hizo sino agravar el vacío ideológico, acelerando el giro hacia el pragmatismo económico. Los marxistas habían creído que, cuando el desarrollo económico alcanzara su límite de elasticidad, el sistema capitalista se convertiría en un obstáculo insuperable para su propio desarrollo. Pero la práctica demostró que, de alguna manera, el progreso humano era capaz de romper las ataduras del sistema social. Y el viejo paradigma izquierda-derecha entró en una crisis sin solución.

Desde entonces, a falta de una nueva formulación ideológica, el mundo desarrollado se ha limitado a pivotar entre dos doctrinas económicas: el keynesianismo y el neoliberalismo. Doctrinas en las que el capitalismo era pieza clave del desarrollo. Por lo tanto, la premisa comúnmente aceptada desde el final de la Segunda Guerra Mundial fue que la vida económica tenía unas reglas que los políticos debían respetar, lo cual dejó muy poco espacio para el debate político.

Así, cuando el 25 de junio de 1980, Margaret Thatcher pronunció su famoso discurso "No hay alternativa", apuntó directamente hacia ese consenso. Y su victoria de 1979 fue interpretada como una victoria de las doctrinas políticas de la derecha. Sin embargo, los acontecimientos de los años 70 y 80 demostraron que las cosas no iban a ser mejores para la derecha que para la izquierda.
El liberalismo tambaleante

A diferencia de los liberales de la primera y segunda guerra mundial, los neoliberales emergieron en un momento en el que la planificación económica ya no gozaba de hegemonía ideológica, y el libre mercado se encontró con un entorno mucho más favorable. En opinión de diferentes analistas, el Premio Nobel otorgado a Milton Friedman en 1976 así lo certificó. Sin embargo, este cambio en la opinión pública fue resultado del debilitamiento de los defensores del gran gobierno y la planificación, no de la teoría o la filosofía; de hecho, los neoliberales fueron incapaces de elaborar una narración profunda y amplia sobre su visión de la sociedad, dejando un enorme vació.

Desde entonces, el capitalismo liberal ha sobrevivido y, al mismo tiempo, se ha tambaleado. Ha sobrevivido porque, dese el final de la Segunda Guerra Mundial, la economía de mercado ha promovido el crecimiento, permitiendo a las personas mejorar su situación material y disfrutar de una libertad individual sin precedentes. Pero ha carecido de “entusiasmo” y, sobre todo, de la necesaria convicción que tuvieron en su día las viejas ideologías.

Así, el centro-derecha y el centro-izquierda, se han visto desbordados por los acontecimientos. No son ya sólo las incertidumbres económicas y la dificultad para asegurar la equidad, sino la percepción del público, equivocada o no, de que el libre mercado y el capitalismo, sea desde una concepción keynesiana o neoliberal, nos abocan a una mundialización inquietante. Y que la propia dinámica capitalista, como explicó Daniel Bell, con sus constante progreso y transformación social, con su disolución de las fronteras e imparable globalización, lleva a las sociedades occidentales a la pérdida de una identidad cultural que fue precisamente la que alumbró al capitalismo.
El origen populista

Es falso, como defienden algunos, que el populismo es hijo aventajado del neoliberalismo. Muy al contrario, el populismo es el resultado de la secular incapacidad del liberalismo para responder a los retos ideológicos de manera satisfactoria. De ahí que tanto la vieja derecha como la vieja izquierda pretendan aprovechar este vacío y resurgir sucumbiendo a la tentación populista, habida cuenta de que no tienen las respuestas para las preguntas que el progreso nos plantea.

Lamentablemente, construir un relato consistente no se logra simplificando los mensajes. De hecho, simplificar problemas extraordinariamente complejos conduce a contradicciones que, más pronto que tarde, se vuelven flagrantes. Por eso Theresa May ha perdido credibilidad en un breve espacio de tiempo. Y por eso, tampoco Corbyn avanza lo suficiente como para convertirse en una alternativa consistente. De ahí que el resultado de estas elecciones, lejos de arrojar alguna luz, no haga sino profundizar en la crisis política británica.

Entretanto los británicos se encuentran a sí mismos, tampoco las cosas pintan mucho mejor en Europa. Las alternativas socio-liberales, como la encarnada por Emmanuel Macron en Francia, no ofrecen un relato que vaya mucho más allá de la promesa de neutralizar al populismo y asegurar el bienestar económico. La estricta supervivencia material parece convertirse en el principal y único valor de la política en Occidente. Demasiado poco para estimular a las nuevas generaciones y afrontar con éxito una crisis cuyas raíces son profundas.

Como afirmó Isaiah Berlín, uno de los principales pensadores liberales del siglo XX, los dioses de ayer han fallado a los jóvenes. Durante décadas temimos a la guerra, al colapso económico y al totalitarismo, pero el aburrimiento y el descreimiento han resultado ser a la postre las peores amenazas. De hecho, el populismo es su hijo; y Theresa May, una pésima aprediz de bruja.

Aquellos días dorados en que fuimos jóvenes y corrimos delante de los grises
Jesús Cacho www.vozpopuli.com 10 Junio 2017

Sonó el teléfono. El fijo, naturalmente, que entonces no habían llegado aún los celulares. Se cumplían las últimas horas del 22 de diciembre de 1976 y hacía frío. Vivíamos en Rosalía Trujillo, a 20 metros de López del Hierro, barrio de la Concepción arriba, gente de condición humilde. Pagábamos 12.000 pesetas mes de alquiler, poco más de los actuales 70 euros. Y aquella llamada nos sobresaltó. Adrenalina en estado puro. Había que movilizarse. Santiago Carrillo acababa de ser detenido, su calva coronada por la famosa peluca gris, en Madrid, y el partido llamaba a todos sus militantes a movilizarse. Llamaba no, ordenaba. Había que dejar la cena para mejor ocasión. Recuerdo la subida apresurada hasta la estación de Pueblo Nuevo, calle Alcalá, para tomar el metro con destino a la Dirección General de Seguridad, Puerta del Sol, donde a la sazón se encontraba detenido el secretario general del Partido Comunista de España (PCE), el “Partido” por antonomasia, el único que había plantado cara a la dictadura.

Recuerdo muy bien también aquel recorrido nocturno en metro que parecía un viaje al final de la noche. El nerviosismo me impedía sentarme, aunque sobraban los asientos. Tuve el presentimiento claro, la manera de vestir, la forma de mirarnos unos a otros, de que las 20 ó 25 personas que viajábamos en aquel vagón íbamos a lo mismo, habíamos sido convocados al mismo toque de silbato. Aquel era un ejército jerarquizado, organizado en células de unos pocos militantes cada una, capaz de ser movilizado en menos de una hora. Una maquinaria perfectamente engrasada. Y el general Carrillo había decidido hacer una demostración de fuerza ante el Gobierno de Adolfo Suárez, su ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa y los famosos “poderes fácticos” de entonces. Dejé el metro pasado Sol. Ya se sabe, las “medidas de seguridad” que había que cumplir a rajatabla. Y ya en la calle me uní a la marea humana que avanzaba en silencio hacia el kilómetro cero. “¡Aquí, se ve, la fuerza del Pecé!”.

El resto es el recuerdo del gentío que llenaba la Puerta del Sol. Tres mil personas, dijo la prensa al día siguiente. A mí me parecieron decenas de miles. Y el grito que desde las movilizaciones convocadas por la Platajunta se había convertido en santo y seña de la oposición a la dictadura menguante de Franco: “¡Amnistía y Libertad!”. Y los botes de humo, los pelotazos de goma, las galopadas ante los grises que corrían porra en mano a la caza de manifestantes, y aquel portalón milagroso en la calle Carretas tras el que me refugié, el corazón a punto de estallar mientras los de la porra subían a grandes zancadas por las escaleras en persecución de los insensatos que no habían tenido mejor idea de correr hacia el cul-de-sac del último rellano. Luego la cita de seguridad, otro de los ritos obligados para la militancia del PCE después de cualquier “salto”. La célula, al mando de la intrépida Nati Gálvez, había superado la prueba sin bajas. Y aquella mirada cómplice, casi de éxtasis, con que nos despedimos aquella noche. Éramos los heroicos soldados de un ejército a quien la historia, más pronto que tarde, reconocería el mérito de haber sacrificado sus mejores años para traer la democracia a España.

Eso pensábamos entonces. Que nuestro sacrificio había merecido la pena. Eso creía aquella madrugada mientras volvía eufórico hacia Pueblo Nuevo. La misma idea de autosuficiencia que me embargaba los domingos al volver a casa, después de una de tantas tediosas reuniones de célula donde se discutían las no menos tediosas encíclicas que nuestro Papa rojo enviaba desde París: aquella gente que soñolienta me acompañaba en el metro con ganas de coger la cama, no podía sospechar que a su lado viajaba un militante del PCE que acababa de sacrificar su tarde del domingo para liberarles de la oprobiosa dictadura. ¡Tan importante me creía yo! Recuerdo bien que una de las consignas de Carrillo desde París, en vida del caudillo Franco, instaba a la militancia del PCE a trabajar “por la construcción de un partido socialista fuerte en España”, un misterioso partido del que nadie sabía nada entonces, pero que unos meses después nos daría sopas con honda en las urnas, quedándose con el santo y la limosna de la izquierda española.

La agonía de una dictadura que parecía eterna
Las novedades en aquella dictadura que parecía eterna, porque inmortal llegó a parecernos Franco, ocurrían siempre en invierno y de cara a la Navidad. Un año antes había tenido lugar la muerte del propio dictador. Los militantes recibimos el consejo de ser prudentes y poner tierra de por medio. De modo que Aurea y un servidor decidimos refugiarnos en Pedraza, Segovia, adonde viajamos a bordo de nuestro Seat 127. ¡Gallarda epopeya! Guardo fiel recuerdo del telediario de la noche, el tiempo detenido junto a la barra de un bar en una plaza de pueblo, y aquel gran desfile mortuorio en blanco y negro, mientras los paisanos jugaban al tute a nuestro lado con escasas muestras de compunción. Y aquella habitación vacía de todo aditamento, una bombilla colgando desnuda del techo, el frío intenso, el peso de las mantas, y la firme esperanza de un futuro en libertad que ya casi se podía tocar con las manos.

Ocho días después de la exhibición de fuerza en la Puerta del Sol, 30 de diciembre de 1976, Carrillo abandonaba la prisión de Carabanchel tras el pago de una fianza de 300.000 pesetas. La jugada había salido redonda: al forzar su detención había puesto al Gobierno Suárez entre la espada y la pared. La espada de meterlo en la cárcel con el consiguiente escándalo internacional, y la pared de dejarlo en libertad, lo que era tanto como abrir la puerta a la legalización del partido y a reconocer que sin el PCE cualquier intento de salida democrática al franquismo era pura entelequia. La movilización de Sol y sobre todo la enorme manifestación de duelo que acompañó al sepelio de los abogados laboralistas asesinados en Atocha habían hecho creer a los herederos del Régimen que el partido era una fuerza capaz de dar al traste con cualquier apaño de apertura democrática. Fue un éxito de Carrillo: engañar al establishment patrio con una fortaleza de la que en realidad el comunismo carecía en España.

Poco tiempo después, 9 de abril de 1977, Sábado Santo, apenas dos meses antes de las primeras elecciones democráticas, el PCE era inscrito en el entonces llamado Registro de Asociaciones Políticas tras cerca de 40 años de demonización. La noticia de la legalización del partido, RNE al aparato, me cogió entrando en Madrid por la carretera de La Coruña camino de Moncloa. Alegría desbordante y preocupación, si no miedo, por la reacción que la valiente iniciativa de Adolfo pudiera provocar en Ejército y Policía, en particular en aquellos siniestros “secretas” que habían amargado nuestros años de estudiantes. “Se me encargó la misión de llevar a buen puerto la reforma política de nuestro país, y comparezco a juicio público con ocasión de esta primera consulta democrática”, aseguró Suárez el 3 de mayo de 1977, al anunciar su candidatura para las generales del 15 de junio, las primeras elecciones democráticas desde febrero de 1936.

El resultado de aquella consulta llamada a alumbrar unas Cortes constituyentes fue un completo varapalo para un PCE que había reñido en solitario la larga, atroz batalla contra el franquismo. La UCD obtuvo 165 escaños, por 118 del PSOE y apenas 20 del PCE. La decepción entre la militancia, mi decepción, fue tremenda. Los españoles nos habían dado la espalda, negándose a reconocer nuestros méritos como martillo pilón de la dictadura. Resultó evidente que en tan corto espacio de tiempo el partido no había podido, o tal vez no había sabido, contactar y abrirse a una sociedad como la española que deseaba pasar página cuanto antes de la guerra civil, una distancia –como la separaba a los dirigentes del partido en el interior de aquellos procedentes del exilio- que tampoco contribuyó a aminorar la presencia de Carrillo y otros dirigentes de edad avanzada en las listas electorales. Para millones de españoles, aquel PCE de jóvenes militantes que yo conocí olía a naftalina.

Nunca fuimos comunistas
Muchos de aquellos jóvenes, por lo demás, no aceptaron de buen grado las concesiones -la monarquía como forma de gobierno y la bandera rojigualda, entre otras- que el PCE se vio obligado a realizar a cambio de su legalización. Carrillo, tan dañino en tantas cosas, acabaría prestando un último gran servicio a España aceptando las reglas de juego democrático y, lo que es más importante, desmontando piedra a piedra aquel ejército clandestino cuya fuerza con tanta eficacia había sabido mostrar la noche de su detención en la Puerta del Sol. Las elecciones de junio de 1977 significaron la culminación de una ilusión y la señal de estampida para quienes militaron a mi lado. Uno tras otro fuimos abandonando un partido que seguía llevando en su seno el estigma de una concepción estalinista de la política y la vida. Ya no pintábamos nada en aquella estructura jerarquizada que seguía hablando de dictadura del proletariado. Ninguno de nosotros fuimos nunca comunistas ni Cristo que lo fundó. Simplemente renegábamos de la dictadura y queríamos trabajar en favor de un cambio democrático. Queríamos vivir en democracia. Y el único instrumento capaz de hacer posible aquella lucha resultó ser el PCE. Eso fue todo.

Hoy seguimos siendo amigos en la distancia. Salvo José María Barreda, que al abandonar el PCE decidió refugiarse bajo el paraguas calentito del PSOE, todos hemos transitado en las últimas décadas, a veces cual pollos sin cabeza, por la senda de ese liberalismo donde reside la defensa de la vida, la libertad y el derecho de propiedad, los tres pilares sobre los que se asienta el progreso de las naciones. No pocos hemos pisado el umbral electoral del PP, para acabar también arrojados a las tinieblas por la indecencia de un partido convertido en una máquina de ocupación del poder. Tal parece el sino de quienes corrimos ante los grises en la Puerta de Sol. El mito del judío errante castigado a vagar por siempre sin encontrar acomodo en tierra alguna. Avergonzados hoy por el Estado de Partidos en que ha derivado esta sedicente democracia carcomida por la corrupción, partidos resueltos a seguir chupando de la ubre de una Transición agotada. Como diría Borges en El Aleph, decididos a “retrasar el momento de su muerte y multiplicar el número de sus agonías”. Pero determinados, también, a seguir luchando por mejorar la calidad de esta maltratada democracia nuestra, a seguir peleando por esa regeneración de la que hoy casi nadie habla. Hasta que el cuerpo aguante.

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Golpe contra la democracia
Editorial La Razon 10 Junio 2017

En una acto impostadamente solemne –de nuevo haciendo Historia–, el presidente de la Generalitat, acompañado de los partidos independentistas, anunció el día en que se celebrará el referéndum secesionista y la pregunta que se realizará. La consulta será el próximo 1 de octubre y la cuestión sobre la que el elector debe decidir es la siguiente: «¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de República?».

Como es fácil deducir de dicho enunciado, el independentismo catalán aspira a acabar de un plumazo con todo nuestro sistema político: forma de Estado, unidad territorial y sustitución del sujeto en el que reside la soberanía nacional, que no es otra que el pueblo español. Sobra decir que supone la destrucción de la Constitución, del Estatuto de Autonomía y de toda la arquitectura sobre la que se han sustentado cuarenta años de democracia, que justamente conmemoramos ahora.

Precisamente cuando Cataluña ha alcanzado su máximo nivel de autogobierno –inédito en cualquier otro país de Europa–, los independentistas deciden volar todo este andamiaje y situarse abiertamente en la ilegalidad. Es una vieja tendencia autodestructiva muy arraigada en el nacionalismo catalán y que sólo se explica por la ínfima categoría de sus líderes. Cierra Puigdemont de esta manera cualquier posibilidad de diálogo y acuerdo sobre unas bases razonables.

Sin ánimo de exagerar una situación de por sí alarmante, el paso que ayer dio el nacionalismo catalán es un golpe al Estado en toda regla, y así hay que decirlo para que se entienda la gravedad de los hechos, la necesidad de responder con las herramientas del Estado de Derecho y la urgencia de que los partidos constitucionalistas y el conjunto de la sociedad española y catalana mantengan la unidad.

Le toca al Gobierno actuar conforme a la Ley y así lo hará, según ha anunciado, cuando las palabras de Carles Puigdemont se concreten en el decreto de convocatoria. A partir de ese momento, sólo puede abrirse la vía del recurso ante el Tribunal Constitucional y que éste ponga en marcha las medidas que considere oportunas. El anunció de la fecha para el referéndum y la pregunta suponen la puesta en marcha del capítulo más crítico de la hoja de ruta independentista: la que supondrá la aprobación de las llamadas «leyes de desconexión» y el inicio del engaño al que quiere someter al Estado de Derecho, un inadmisible fraude de ley. De seguir la Ley de Régimen Electoral vigente, el referéndum debería convocarse 54 días antes de la fecha de su celebración –es decir, el 8 de agosto–, pero, partiendo de no permite la realización de consultas políticas, se espera que la norma que convoque la consulta salga adelante en un sólo día y sin debate tras el nuevo cambio de reglamento del Parlament (el pasado martes la Mesa la cámara dio luz verde en un vergonzosa reunión en contra el criterio de toda la oposición), incluida en la Ley de Hacienda propia o en la de la Seguridad Social catalana.

El Estado debe poner en marcha todos los recursos legales a su alcance e impedir un referéndum que atenta contra nuestra democracia, restituir la legalidad y el principio de que todos los catalanes tienen los mismos derechos, algo que en estos momentos dudamos que sea cumpla. Es necesario denunciar el uso de las instituciones públicas catalanas por los partidos independestistas y el desprestigio que está sufriendo la Generalitat. La ostentosa ceremonia de ayer fue en el fondo un acto de partido de tres formaciones, PDeCAT, ERC y la CUP, que suman el 47,8% de los votos, y que utilizó la Generalitat como escenario, una apropiación que demuestra la asfixiante ocupación que el nacionalismo ha hecho de la primera institución catalana. Como dice el verso de José Hierro, «después de tanto todo para nada».

El pregonero.
Vicente A. C. M. Periodista Digital 10 Junio 2017

Ayer, rodeado de toda la pompa posible para transmitir una oficialidad de la que carecía, se escenificó por parte del Gobierno de la Generalidad el anuncio de una nueva fecha y pregunta para el referéndum ilegal sobre la independencia unilateral de la autonomía de Cataluña. Una vez más, el Presidente del Gobierno de la Generalidad, esta vez Carles Puigdemont, arropado en su atril por la cúpula de su Gobierno y representantes destacados del independentismo catalán, procedió a leer un texto con el membrete de “Presidencia del Govern” para anunciar la celebración del referéndum para el próximo día 1 de octubre y con la siguiente pregunta en la papeleta: “ ¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de República? "

Como siempre, en el texto previo del pregón secesionista se acudió al sempiterno victimismo, a la mentira, a la tergiversación y manipulación de los hechos tal y como hacen con la Historia en su plan de adoctrinamiento de las generaciones de catalanes en las tesis nacionalistas. Un panfleto sin valor alguno que trata de justificar lo injustificable, culpando además al Gobierno del PP de no tener un proyecto para Cataluña y de no haberlo presentado al Parlamento de España. Comienza su alegato rememorando el 7º aniversario de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, que según él con un largo camino plagado de diálogo, pactos y un referéndum, todo ello con “una anchísima mayoría” truncado por un Tribunal politizado.

Miente descaradamente ya que los hechos son que el entonces Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero,apoyado en la mayoría parlamentaria obtenida por el PSOE, tuvo la osadía de decirle al entonces Presidente del Gobierno de la Generalidad, Pascual Maragall del PSC, aquello de “Pascual, aprobaremos todo lo que venga del Parlamento de Cataluña”, refiriéndose al nuevo Estatuto de Autonomía. Y efectivamente cuando fue presentado, se aprobó sin tocar una coma, a pesar de que en su texto incluía nuevas atribuciones de competencias indelegables por parte de Estado, aumentando la autonomía hasta asemejarla a la de un Estado independiente.

Olvida Puigdemont que previamente a la presentación del Estatuto, Artur Mas represntando a su partido Covergencia i Unió, fue el que respondió en el Parlamento de Cataluña al Presidente Maragall cuando este le dijo aquello de que “su problema es el del 3%”,refiriéndose al escándalo de la corrupción en comisiones, lo de “entonces no habrá Estatuto”. Finalmente fue el PSC el que lo presentó. Es verdad que se hizo un referéndum autonómico y que, con una participación inferior al 50% del electorado, obtuvo un amplio apoyo de casi el 74%. En la campaña por el NO a ese Estatuto, se olvida nuevamente Puigdemont de que también estaba su actual socio en Junts pél sí, ERC, y no solo el PP. Y es verdad que fue el PP el que finalmente presentó el recurso de inconstitucionalidad sobre diversos artículos.

Es simplemente espeluznante la hipocresía al calificar de diálogo a lo que siempre ha sido un ultimátum al Gobierno de España. Se podía hablar de todo menos de no realizar el referéndum ilegal, basado en una auto concedida legitimación que la Constitución de España aprobada por todos los españoles no reconoce a nadie salvo al pueblo español, único depositario de la Soberanía Nacional. Los sucesivos Presidentes Artur Mas y su sucesor Carles Puigdemont, no han dudado en desobedecer, en actuar de forma desleal y no acatar la Constitución de España ni las sentencias de los Tribunales Supremo y Constitucional en todo aquello que violaba los derechos de los españoles, condición que tienen por supuesto todos los catalanes nacidos o empadronados en la comunidad autónoma de Cataluña.

Así que amparado en estas mentiras concluye que : “hoy hemos celebrado un Consejo Ejecutivo extraordinario para ratificar conjuntamente con el vicepresident y los consellers y conselleras la voluntad de convocar a los ciudadanos y ciudadanas de nuestro país, en ejercicio del legítimo derecho a la autodeterminación que tiene una nación milenaria como Catalunya, a un referéndum que se celebrará el domingo día 1 de octubre de este año, con la pregunta “Queréis que Catalunya sea un Estado independiente en forma de república?” Esta pregunta estará formulada en los tres idiomas oficiales que hay en el Principado de Catalunya: el catalán, el castellano, y también el aranés en la Valle de Aran. Y la respuesta que den nuestros conciudadanos, en forma de “sí” o de “no”, será un mandato que este Govern se compromete a aplicar.”

Y hace una declaración de rebeldía institucional “El Govern se conjura a ofrecer todas las garantías y a velar por la rectitud del proceso de convocatoria, organización y celebración del referéndum, y hace un llamamiento a todos los ciudadanos y ciudadanas a asumir colectivamente, con la máxima dignidad y exigencia, el ejercicio de un derecho inalienable sobre el cual descansa el edificio de la democracia: el derecho de las personas a decidir libremente el futuro de su país.” y eso es lo que precisamente el secesionismo catalán nos quiere robar a todos los españoles, el derecho a decidir sobre nuestro futuro. Es por eso por lo que cobardemente Puigdemont se niega a presentar su plan en las sede de la Soberanía Nacional, el Parlamento de España.

El Gobierno de España dice que actuará en cuanto se pase “de las palabras a los hechos”. No hace falta recordar lo que pasó cuando se celebró la anterior consulta ilegal. Y todo porque pretende seguir amparándose bajo las togas del Tribunal Constitucional, cuya misión es interpretar las actuaciones contrarias a la Constitución y no para sustituir lo que es exclusiva responsabilidad ejecutiva del Gobierno de España de aplicar algo tan simple como el artículo 155 de la Constitución. Una responsabilidad adquirida cuando juraron o prometieron su cargo con lo de "....cumplir fielmente las obligaciones de.....con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución”. Hasta ahora lo de hacer ha sido un fiasco morrocotudo. Va siendo hora de que cumplan su juramento o promesa o que se vayan de forma indigna cesando en su cargo.

Porque una cosa es “no querer dar tres cuartos al pregonero” negando haberle escuchado, y otra no actuar hasta que los hechos sean hechos consumados e imparables.

¡Que pasen un buen día!

La declaración del Palau
JORGE DE ESTEBAN El Mundo 10 Junio 2017

Hay algo que sorprende en lo que se refiere a los dirigentes catalanistas que han actuado en los varios intentos de secesión que ha habido hasta ahora: todos han sido unos políticos mediocres. Ciertamente, hay una clara excepción en cuanto a Jordi Pujol, que no lo era, pero que aprovechó sus cualidades intelectuales para otros fines más sustanciosos para él y su familia.

Pues bien, dejando de lado a los líderes de otros momentos históricos, es realmente sorprendente que los catalanes independentistas actuales -aunque cada vez hay menos- piensen que con los que dirigen hoy el cotarro pueden llegar a Ítaca. La declaración que ayer escenificaron el presidente Puigdemont y Oriol Junqueras, rodeados de los diputados independentistas en el Pati dels Tarongers del Palau de la Generalitat, es una muestra más de políticos incompetentes. La reunión de ayer era concretamente para señalar la fecha del referéndum que patrocinan y la pregunta que se plantearía, en su caso, a los catalanes.

Por supuesto, todos sabemos que ese referéndum no se celebrará nunca, ni pactado, ni de forma unilateral. Pero para demostrar lo que vengo afirmando veamos los tres elementos principales de la pantomima de ayer. En primer lugar, en cuanto a la fecha hay que señalar que pudiendo elegir cualquier otra han escogido el 1 de octubre, en el que durante 40 años en España se conmemoró el Día del Caudillo, un simbolismo que no ayuda evidentemente a sus designios.

En segundo lugar, tras una primera intervención de Oriol Junqueras reivindicando todo lo que se le ocurría, el presidente Puigdemont formuló una penosa exposición de las razones para realizar el referéndum. Sin entrar en detalles, el núcleo esencial de su discurso se basó en un argumento falaz o, como se dice ahora, en una posverdad. Según él, "hoy sabemos con más nitidez que no es cuestión de marcos legales. Lo sabe todo el mundo, que el marco legal no impedía atender la demanda catalana. Hoy todo el mundo sabe cuál es el problema real, porque lo ha oído del mismo presidente del Gobierno español: 'No quiero...'".

Puigdemont no sabe lo que dice y falsea la realidad. Primero, porque la Constitución no permite un referéndum de esas características. Miquel Roca, que no es nada tonto, lo acaba de señalar así en el programa Fora de sèrie, afirmando que para celebrar ese referéndum sería necesario reformar la Carta Magna e incluso su marco territorial. Y segundo, porque la frase que dijo el presidente Rajoy fue literalmente "ni puedo, ni quiero, autorizar ese referéndum", Es decir, bastaba con el "no puedo", porque la Constitución no lo permite y si lo hiciese se le aplicaría el artículo 102 CE.

Y por último, algunas reflexiones sobre la pregunta: "¿Está usted de acuerdo con un Estado independiente en forma de República?", la cual vuelve a caer en los defectos de la que se hizo el 9-N. Como ya he señalado alguna vez, el constitucionalista británico J. F. S. Ross sostiene que una condición necesaria para que todo referéndum sea válido es la de plantear bien la pregunta que se somete al pueblo. Y añade que cualquier necio puede formularla, pero plantear la pregunta correcta y hacerlo de la forma más adecuada es otro cantar.

Me temo, pues, que la mente lúcida que ha elaborado esa pregunta, absurdamente compleja, entra en la categoría que denuncia Ross. En efecto, si se pregunta si se está de acuerdo con que Cataluña sea un Estado independiente, se cae en un pleonasmo, pues no hay Estados dependientes, ya que todo Estado es soberano, salvo que sea un Estado miembro de una federación o similar. Y, por otro lado, preguntar que si se quiere que ese Estado sea una república es una perogrullada, salvo que se quisiera convertir al antiguo principado en una monarquía con una dinastía propia.

En definitiva, como no es posible que se celebre ese ansiado referéndum de los separatistas, da igual que se pregunten esas bobadas. Por eso, aunque algún día muy cercano habrá que plantearse en serio qué salida racional se le da al llamado problema catalán, por el momento hay que decirle al presidente Puigdemont, imitándole en forma correcta, "O Constitución, o Constitución".

¿A qué espera Rajoy en Cataluña?
El rugido del león  El Espanol 10 Junio 2017

Rajoy ha decidido seguir dilatando la respuesta al desafío soberanista catalán. Tal y como hoy informa EL ESPAÑOL, en un gesto de desdén, ni el presidente del Gobierno ni sus ministros se molestaron en ver la declaración de Carles Puigdemont en la que anunciaba el día y la pregunta del referéndum unilateral de independencia.

Pero no por dejar de escuchar a los independentistas estos dejarán de seguir avanzando en pos de sus objetivos. Es cierto, como se argumenta desde el Gobierno para justificar su inacción, que sólo los actos ejecutivos tienen consecuencias administrativas y penales. Sin embargo, los actos políticos deberían tener consecuencias políticas.

Cuando los padres de la Constitución redactaron el artículo 155, que prevé la suspensión de la autonomía en el caso de que una comunidad incumpla sus obligaciones y atente al interés general de España, seguramente estaban pensando en situaciones como la que hoy vive Cataluña, con una Generalitat dispuesta a saltarse las leyes.

La razón de ser del 155
Ese artículo no está pensado para sancionar al infractor cuando se haya consumado el delito -llegado ese momento, se ocuparán los jueces- sino para impedir que pueda cometerlo. Se trata de un mecanismo de naturaleza política para poder anticiparse al quebrantamiento de la ley.

El paso dado este viernes por el presidente catalán equivale a poner en marcha el reloj que fija la hora para romper España. Su anuncio se ha hecho, además, en el Palau de la Generalitat y tras un acuerdo del Govern. La pregunta que se hacen hoy millones de españoles es: ¿A qué espera Rajoy para parar el golpe?

Vuelven los bárbaros
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 10 Junio 2017

Los demócratas, los liberales, incluidos los no creyentes, estamos alarmados. ¿Y la Iglesia amenazada?

Han vuelto a aparecer en Barcelona. Son afiches de grandes dimensiones, llamativos, con una consigna en catalán. Traduzco: "La única iglesia que ilumina es la que arde". La mayoría han sido desgarrados por personas civilizadas, pero queda uno parcialmente íntegro. El texto adjunto invita a solidarizarse con dos anarquistas de Barcelona que están siendo juzgadas en Alemania por haber "expropiado" dinero del Pax Bank de Aachen (Aquisgrán), una "institución reaccionaria, patriarcal y capitalista", vinculada a la Iglesia católica. ¿Cómo solidarizarse con las atracadoras –perdón, expropiadoras– detenidas? Pues quemando iglesias. El cartel lo firman dos redes anarquistas.

Estirpe patibularia
La exhortación pirómana viene de lejos. Se atribuye al ácrata ruso Piotr Kropotkin, aunque en España la popularizó el pistolero Buenaventura Durruti, trocado en líder revolucionario. Sin embargo, dudo de que los descerebrados que idearon el afiche hayan leído a Kropotkin o a pensadores de su talla. No son agnósticos ni ateos porque para serlo necesitarían una capacidad de discernir de la que carecen. Si les mostraran a estos brutos los clásicos del humanismo liberal, los libros de Voltaire, John Stuart Mill, Bertrand Russell o Karl Popper, o incluso el enciclopédico Dios en el laberinto, del desmitificador Juan José Sebreli, los confundirían con material combustible para alimentar sus hogueras. Pertenecen, más bien, a la estirpe patibularia de Durruti.

La evidente indignación que me producen las amenazas de estos gamberros ignorantes nace de que, como he reiterado muchas veces en estas columnas, soy ateo, y considero un imperativo moral marcar la diferencia con la morralla lumpen que aparenta serlo también. Si en este trance en que los cristianos son víctimas de una persecución encarnizada en los enclaves islamistas de Oriente Medio y África, así como en los focos residuales del comunismo, asumo el compromiso de defenderlos y solidarizarme con ellos sin compartir sus creencias es, precisamente, porque me lo exige mi condición de librepensador. Repito el apólogo que compuso el pastor protestante Martin Niemoller, aunque muchos lo atribuyen a Bertolt Brecht:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Los anarquistas solidarios con las atracadoras de bancos no actúan movidos por una ideología antirreligiosa sino por sus bajos instintos localizados en el paleoencéfalo, paradójicamente emparentados con los de fanáticos religiosos como los talibanes que dinamitaron los Budas de Bamiyán o los sicarios del EI que demolieron las reliquias paganas de Palmira. Nuestros bárbaros podrían disfrutar tanto con la quema de la Capilla Sixtina como con la del Taj Mahal, con la de la Sagrada Familia como con la del Museo del Prado. Sus precursores incendiaron la Biblioteca de Alejandría. El fuego los excita, la cultura y la belleza los enfurecen.

La misma mala baba
Estas aberraciones no son nuevas en Cataluña. Tienen un historial de siglos, con estallidos cíclicos cada vez mejor documentados. La lectura del libro de Jordi Albertí El silenci de les campanes. De l´anticlericalisme del segle XIX a la persecució religiosa durant la guerra civil a Catalunya (Proa, 2007) es indispensable para adentrarse en el tema. De él extraigo los datos que cito a continuación.

Hubo presagios de lo que sería el futuro en las bullangas o motines populares de Barcelona y Reus de julio de 1835, con gritos de odio, asesinatos de sacerdotes e incendio de edificios religiosos. El repunte de la barbarie se registró en la Semana Trágica de 1909. Poco antes, Alejandro Lerroux había firmado la partida de nacimiento de esos bárbaros que ahora vuelven, con renovados ímpetus y la misma mala baba. Predicó Lerroux el 1 de septiembre de 1906, en un artículo publicado en La Rebeldía:
Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie, penetrad en los registros de propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social.

La soflama se prolonga hasta la saturación con la misma carga insurreccional. Y da frutos en la Semana Trágica: arden 14 de las 58 iglesias de Barcelona, 33 colegios religiosos y 30 conventos sobre un total de 75. Mueren tres sacerdotes.

Culmina el festín
Estos son solo los antecedentes. El festín de los bárbaros culminó durante la guerra incivil. Sobre 8.360 muertos por la represión en la retaguardia de Cataluña, unos 400 fueron condenados por los arbitrarios tribunales populares oficiales. Del resto, 2.441 eran eclesiásticos, más de un tercio de los 6.818 asesinados en toda España. Se conoce la filiación política y religiosa de otras 1.665 víctimas, en su inmensa mayoría militantes de partidos de derechas y organizaciones religiosas, aunque 139 eran de izquierdas, caídos en enfrentamientos entre sus propios grupos. Según el profesor Josep Termes,

de los otros seis mil muertos violentamente en Catalunya, también una buena parte eran gente de misa, laicos, personas de militancia católica o beatos, en una proporción más alta que la de burgueses asesinados.

El libro de Albertí contiene una descripción minuciosa de los atentados cometidos contra templos e instituciones religiosas en todo el territorio de Cataluña, así como de los actos de profanación e iconoclasia. El balance lo dice todo: 4.000 iglesias demolidas, incendiadas o saqueadas, sobre 20.000 en toda España. Se destruyeron valiosas obras de arte y bibliotecas: 100.000 volúmenes de la biblioteca franciscana de Sarrià, 50.000 de Igualada, la biblioteca íntegra del seminario de Barcelona, los 40.000 volúmenes de los capuchinos de Sarrià y la del doctor Sardà i Salvany de Sabadell.

Horda vandálica
Está claro que los responsables de estas atrocidades fueron los bárbaros de la misma calaña que los que ahora reaparecen. Bien organizados y protegidos, aunque los falsificadores de la historia las atribuyan a "incontrolados". Los desmanes los perpetraron amparados por sus cómplices instalados en la Generalitat. Lo advierte en el prólogo del libro de Albertí el historiador Josep Maria Solé i Sabaté:

Exceptuando ciertos casos en la ciudad de Barcelona, todo el mundo sabía quiénes eran los responsables de los actos civiles y criminales.

De "incontrolados", nada. Después de documentarse, relata Albertí:
Pero no sería justo pensar que, cuando la guerra ya era inevitable, la FAI fue la única protagonista de la represión en la retaguardia. El sindicalista Joan Peiró lo deja claro en el libro Perill a la reraguarda cuando escribe: "Afirmo con plena responsabilidad que todos los sectores antifascistas, empezando por Estat Català y terminando por el POUM, pasando por Esquerra Republicana y por el PSUC, han aportado un contingente de ladrones y asesinos igual, por lo menos, al que aportaron la CNT y la FAI.

Eso sí, la CNT y la FAI anarquistas marchaban al frente de la horda vandálica. Su periódico, Solidaridad Obrera, publicó un texto (20/8//1936) que se ufanaba:
Hemos hecho una policía general de sacerdotes y parásitos; hemos echado fuera a los que no habían muerto (…) Hemos encendido la antorcha aplicando el fuego purificador a todos los monumentos que, desde hacía siglos, proyectaban su sombra por todos los ángulos de España, las iglesias, y hemos recorrido las campiñas, purificándolas de la peste religiosa.

Y la misma publicación insistía (18/10/1936):
No resta en pie una sola iglesia en Barcelona, y es de suponer que no se restaurarán, que la piqueta demolerá lo que el fuego empezó a purificar. Pero ¿y en los pueblos? No solo no hay que dejar en pie a un solo escarabajo ensotanado, sino que debemos arrancar de cuajo todo germen incubado por ellos. ¡Hay que destruir! ¡Sin titubeos, a sangre y fuego!

Estos bárbaros anarcos vuelven. Confabulados con los antisistema que llevan la batuta. Los demócratas, los liberales, incluidos los no creyentes, estamos alarmados. ¿Y la Iglesia amenazada? Tiene otras preocupaciones: "El abad de Montserrat cree que el Vaticano avalaría un Estado catalán" (LV, 1/5). La Conferencia Episcopal Tarraconense acompaña a los sembradores de discordias identitarias (LV, 13/5). Los eclesiásticos catalanes que anhelan desconectarse de sus hermanos españoles reniegan del apóstrofe de sus Escrituras que reza: "El que aborrece a su hermano está en tinieblas (1 Jn. 2.11)".

Este ateo partidario del humanismo ilustrado rechaza la falacia de que a quienes no piensan como él los pueda iluminar –como sostiene el cartel infame de los nihilistas– una iglesia incendiada por los bárbaros. Bárbaros pirómanos y antisistema que han vuelto y con los que los clérigos y seglares sediciosos se aglutinan en la cruzada cainita. Lo que nos iluminará a todos, creyentes y no creyentes, será la búsqueda de respuestas racionales en la cultura de nuestra civilización. Bárbaros y antisistema, ¡fuera!

Decathlon se forra con el aquelarre independentista de la Diada catalana vendiendo camisetas
Borja Jiménez okdiario 10 Junio 2017

El apoyo de Decathlon al mundo independentista no es algo que coja de sorpresa a los catalanes. Según ha podido saber OKDIARIO, el fabricante de ropa deportiva francés ha vendido camisetas para promocionar el aquelarre secesionista de la Diada que se celebra cada 11 de septiembre. En la siguiente imagen se puede apreciar uno de los stands de la cadena del año 2014.

Fuentes empresariales catalanas han explicado a este periódico que son muchos los que llevan tiempo sospechando de los aires nacionalistas de Decathlon que, recuerden, primero lanzó una publicidad en Cataluña sin rastro del castellano, luego se pusieron chulos con los clientes que emitieron una queja a la firma por ello, y por último acabaron rectificando y añadiendo el castellano.

El mensaje que promocionaba sus camisetas para la Diada era claro: “¡Celebra la Diada con Decathlon!”. En catalán, por supuesto (ya saben que el castellano no es obligatorio en Cataluña), de modo que era, tal y como pueden ver en la imagen: “Celebra la Diada amb Decathlon!”.

Este periódico ha intentado contactar con Decathlon, pero no han querido responder. La pregunta que OKDIARIO había formulado era sencilla: ¿Siguen promocionando en sus establecimientos la Diada? No ha habido respuesta por parte de la firma gala, y a buen entendedor, pocas palabras bastan.

Pese a que pidieron disculpas y retiraron el polémico cartel en el que se promocionaban en catalán, Decathlon respondieron con cierta chulería a los clientes que se han sentido ofendidos. En la misiva, a la que ha tenido acceso OKDIARIO, la compañía francesa explica que “el idioma que empleamos en nuestras tiendas es el que por normativa de cada Comunidad Autónoma está permitido y dan prioridad”.

Pero lo peor es que según la empresa, “no es obligatoriedad usar el castellano como idioma principal” en sus comunicaciones, y por ello “Decathlon ha decidido esa política comercial”. Eso sí, primero se ponen chulos, y luego retiran el cartel. “Estos son mis principios, y si no te gustan tengo otros”, dirán desde la firma gala. Además, se despiden en el mail diciendo que sienten “mucho” las molestias que “esto te pueda ocasionar”, en referencia al cliente indignado.

Y es que, si bien es cierto que en Cataluña no es obligatorio el uso del castellano (no lo es en ningún sitio de España), no se entiende que en una zona turística como es Cataluña se promocionen para los clientes de Francia, Inglaterra y Cataluña, pero no para los turistas españoles.

Cabe recordar en este sentido que Cataluña es la única región de nuestro país en el que es obligatorio rotular en un idioma (por supuesto el catalán).


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