AGLI Recortes de Prensa   Domingo 11 Junio 2017

Quo usque tandem abutere, Montaurus, patientia Hispaniarum?
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  11 Junio 2017

Poco antes de que el Gobierno se esconda de nuevo tras las togas del Tribunal Constitucional, Montoro se ha complacido en deslegitimarlo. Ni siquiera cuando ha sido Rajoy el perjudicado por una decisión judicial -la última, clamorosamente injusta, es hacerle declarar en persona por el Caso Gürtel, cuando el mismo tribunal permite declarar por videoconferencia a notorios extremistas y violentos enemigos de la Nación y la Constitución- se ha permitido el Gobierno cocear tan violentamente a un Tribunal cuyo único destino razonable, lo hemos dicho mil veces, es convertirse en una Sala del Supremo, perdiendo su condición ilegal de Supremo del Supremo.
Hacienda, cómplice de los delincuentes fiscales

El jueves, el Constitucional declaró ilegal la amnistía fiscal de 2012, perpetrada por Montoro, al tiempo que nos asestaba una estocada tributaria feroz, la peor de nuestra Historia, y mantenía el disparatado gasto público. Lo hizo ilegalmente mediante decreto-ley, para no debatir siquiera en el Parlamento los términos y razones de ese blanqueo de fondos delictivos, que no otra cosa han sido y son siempre las amnistías fiscales: el recurso de un Fisco con problemas de tesorería a los delincuentes fiscales que guardan su dinero en otros países, por lo general caimanes y por tradición suizos.

Yo no condeno que la gente tenga su dinero donde legalmente pueda. Lo que me indigna es que se mime con una multa del 10%, luego del 3%, a los amigos que necesitan blanquearlo para mantener sus negocios mientras a la clase media se le roba el 50% de lo que gana, se la maltrata con unas inspecciones dignas de Stalin, no de un Estado de Derecho y, encima, se nos insulta en los medios y en las Cortes. Nadie nos ha machacado tanto como Montoro. Nadie nos ha insultado más. Pero tampoco a nadie ha condenado tan duramente el Constitucional como a este déspota que es ya el vampiro con más en el cargo de chupar la sangre de los españoles.

Nos había confesado el Abogado del Estado en el caso Urdangarín, superando en corrupción intelectual a la Fiscalía de Horrach, que "lo de que Hacienda somos todos es una mera frase publicitaria, pero no es verdad". Ya lo suponíamos, pero lo que no habíamos visto nunca es que la máxima instancia legal, a la que de ordinario y extraordinario recurre el Gobierno, condenara al Ministerio de Hacienda en términos sólo compatibles con la dimisión del ministro. Si es que el Gobierno, como hasta ahora, busca el amparo del Constitucional para frenar el referéndum separatista catalán.

El Constitucional nos toma el pelo
Pero es tal la fatuidad, está tan asentada la confianza en la impunidad de sus ilegalidades, es tan escandalosa la hoja de servicios de Montoro a Rajoy, que su respuesta ha sido poner a caer de un burro al Tribunal, a los medios, a la oposición y a cuantos entienden que declarar ilegal un acto del Gobierno, por la forma del decreto-ley y por el fondo de privilegiar a los que no pagan a Hacienda por encima de los que, con harto dolor, lo hacen. Lo primero es fruto de la política chapucera de este Gobierno. Lo segundo es un atentado a la igualdad constitucional de los españoles ante la Ley.

Con un agravante, en el que insiste el Tribunal, un Ministerio que debe perseguir el fraude fiscal, se conchabó con el delito que presume de perseguir. Añadamos que mintió tras el escándalo de conocerse que los primeros beneficiados eran los recaudadores del impuesto reaccionario del PP en dinero negro -con Bárcenas a la cabeza- y la banda de los Pujol. Se comprometió Montoro a inspeccionar a todos los acogidos a la amnistía, vulnerando esa seguridad jurídica que ahora reivindica y el TC acepta de forma esquizofrénica, única forma de lograr el voto por unanimidad. No lo ha hecho. Sólo uno de cada diez. El resultado del delito fue, además, una prueba de que la ilegalidad nunca está reñida con la incompetencia: 1.200 millones de euros en 31.000 declaraciones; oficialmente se buscaban 2.500 y oficiosamente -búsquese en la prensa de la época- entre 5.000 y 10.000. Ni siquiera puede alegar Montoro el hurto famélico: se robó y no se comió.

Por supuesto, el TC nos toma el pelo diciendo que la amnistía fue en la forma y el fondo ilegal pero que su resultado es inapelablemente legal. Lo ilegal no puede ser legal, o sobra el tribunal. Y no busque la excusa de la "seguridad jurídica" de los pocos que tan poco pagaron. Es mucho más importante la seguridad jurídica de todos los españoles, que el Gobierno vulneró a conciencia y el TC se limita a castigar con un coscorrón moral.

La sentencia del TC, una "perorata judicial"
En cualquier caso, de aceptar que ese atropello de la legalidad no tiene remedio, todavía es más necesario pedir la cabeza del responsable político del delito. Porque delito sin remedio posible ha sido, según el TC. Pero Montoro y sus montoneros no están dispuestos a correr la suerte de sus enemigos del PP -Soria y Aguirre- a los que ellos ejecutaron con filtraciones criminales o detenciones ilegales, como la de Rato. Se han hecho a vivir fuera de la Ley y les molesta hasta que les recuerden su existencia.

Eso explica las frases terribles que en su excelente crónica de ayer recogía Jorge Bustos en El Mundo: la sentencia es "una perorata política"; "Montoro no piensa dimitir porque es Rajoy" y ésta que lo resume todo: "Nos hemos olvidado de 2012. Era el epicentro de la crisis. España estaba al borde del rescate y necesitábamos liquidez. Afloró menos dinero del esperado, pero ni Rajoy ni Montoro imaginaban que la medida pudiera declararse incompatible con la Constitución, del mismo modo que no lo fueron las amnistías de Solchaga y de Borrell".

Sin recurrir a lo que dijo Montoro - egalo de hemeroteca para su moción de censura, si Pablenín supiera leer- se olvidan estos montoneros montoritas de que el PP, Aznar como Rajoy, las condenaron siempre, desde la lavandería de dinero negro que, por broma del idioma, llamaron AFROS (Activos Financieros con Retención de Origen). El PP los condenó por ser anticonstitucionales, en los mismos términos que ahora el Constitucional.

Y por supuesto que no nos hemos olvidado de la crisis. Ni de que para remediarla Rajoy y Montoro, subieron salvajemente los impuestos y buscaron la colaboración del hampa, antes que cerrar un solo pesebre del gasto público: alcaldías, diputaciones, autonomías, Gobierno Central y empresas públicas. En 2012, todo era del PP. Pero antes que reducir tanto pienso, prefirieron perder Andalucía. "Vamos a descolocar a la Izquierda", presumió Montoro. Y el joven Arenas se quedó sin la Junta, porque medio millón de andaluces que acababan de votar al PP se negaron a repetir. No, no nos hemos olvidado. Y espero que la oposición no se olvide tampoco. Si "Montoro es Rajoy", y vaya si lo es, su caída será rápida. Más difícil lo tenía Cicerón con el golpista Catilina y en cuatro discursos lo hizo huir. La frase "Quo usque tandem, Catilina, abutare patientia nostra?" (¿Hasta cuándo Catilina, abusarás de nuestra paciencia?) fue su epitafio. Cambien Catilina por Montaurus y R.I.P.

Junio del 17: el golpe de Barcelona
Pedro J. Ramírez elespanol  11 Junio 2017

A quienes duden de que lo que ha hecho Puigdemont este viernes ha sido poner en marcha un golpe de Estado no voy a ofrecerles ejemplos tan manidos como el 23-F o el propio octubre del 34 de Companys, sino un antecedente más sutil, poco menos que olvidado, pero apoyado en la contundencia de la efeméride. Me refiero al órdago que las Juntas de Defensa, burlonamente definidas como "sindicato único del gremio de la espada", echaron y ganaron al régimen constitucional de la Restauración, precisamente en los primeros días de junio de 1917, precisamente en Barcelona.
Ilustración: Javier Muñoz

El paralelismo es abrumador. De igual manera que la España actual es presentada, en términos constitucionales, como un “Estado autonómico”, la de principios del siglo XX era, en certera expresión de Ramiro de Maeztu, una “Monarquía militar”. El peso institucional que, en permanente tensión con los poderes clásicos del Estado, hoy acumulan las Comunidades Autónomas, residía entonces en el Ejército. Y en su seno fermentaban reivindicaciones apoyadas en supuestos agravios históricos, económicos y políticos, equivalentes a los que hoy esgrimen los nacionalistas.

Lo de menos es el itinerario de un proceso de radicalización que va del Desastre del 98 a la creación en Cataluña de esas ilegales Juntas de Defensa, pasando por los asaltos a periódicos y la aprobación de la inaudita Ley de Jurisdicciones que, a efectos penales, hacía del Ejército un Estado dentro del Estado. Lo de más es el paulatino desplazamiento de la sociedad política, con Alfonso XIII a la cabeza, hacia la comprensión y legitimación de los planteamientos de las salas de banderas.

Fue un proceso de desistimiento en la defensa del orden constitucional y rendición a plazos al pretorianismo, similar al que en las últimas décadas hemos vivido en relación a los mitos identitarios, la fragmentación de la soberanía mediante el sedicente derecho a decidir y las amenazas separatistas. Detrás de ambas estrategias apaciguadoras puede detectarse una común mala conciencia, enraizada en la corrupción de lo que era y vuelve a ser una oligarquía de partidos.

El problema de esa condescendencia entreguista, compartida por los gobiernos de la Restauración y los de nuestra democracia, es que el aplazamiento del conflicto no hace sino enconarlo. Ningún antídoto fulminante sirve para compensar la pasividad durante años y años de envenenamiento progresivo de una sociedad porque cuando el poder legítimo se queda sin margen de transigencia, la correlación de fuerzas puede resultarle peligrosamente adversa.

Eso es lo que sucedió el 1 de junio de 1917, después de que, asustado por la propagación de las Juntas de Defensa a todas las armas y lugares, el gobierno liberal del timorato García Prieto pasó de tolerarlas a prohibirlas. Y como prueba de su determinación ordenó al nuevo capitán general de Cataluña el arresto preventivo en el castillo de Montjuic del coronel Benito Márquez y otros cabecillas de la llamada Junta Central, que se negaba a autodisolverse.

Frente a quienes, como el ministro de Hacienda Santiago Alba, preconizaban someterlos a un juicio sumarísimo e incluso fusilarlos, se trataba de una respuesta ponderada a una flagrante desobediencia. Algo parecido a lo que hemos vivido con las parcas condenas impuestas a Mas y Homs por la consulta del 9-N o con la flemática reacción jurisdiccional al desafío reiterado de la presidenta del Parlament a las resoluciones del Tribunal Constitucional.

Envalentonados al percibir la debilidad de su antagonista, los oficiales de infantería de las guarniciones catalanas firmaron masivamente un manifiesto que se leyó a modo de bando. Exigían la legalización de las Juntas y lanzaban un ultimátum para la puesta en libertad de los arrestados antes de las diez de la noche de ese mismo 1 de junio. La firmeza y dignidad del Gobierno sólo dio lo suficiente de sí como para obtener unas horas de prórroga, graciosamente otorgadas por Benito Márquez y sus compañeros, a través de una nota datada en el propio castillo de Montjuic.

El 2 de junio, mientras el manifiesto recibía adhesiones por doquier, se decretaba su libertad por “ser gubernativo el arresto y en vista de la tranquilidad que se ha observado (!!)”. El 3 de junio –escribe el historiador Lacomba-, “la Juntas habían vencido en toda España al Gobierno”. El 9 de junio dimitió García Prieto. El 11 de junio, tal día como hoy, Alfonso XIII recurrió a “la solución que no solucionaba nada” –así la definió El Socialista-, llamando de nuevo al poder a un político tan enclenque como Eduardo Dato, partidario de "ir tirando y gobernar poco". El 12 de junio quedó aprobado el reglamento que legalizaba las Juntas.

Dos catalanes clarividentes calibraron la trascendencia y gravedad de lo ocurrido. El primero, un joven Josep Pla que escribiría sin ambages: “El golpe estaba dado y el ministerio quedaba como un cadáver flotante. El hecho iniciaba, en realidad, la supeditación de la vida civil y la política española a la exigencia militar”.

El segundo, Enric Prat de la Riba, en la fase crítica de la enfermedad que le llevaría prematuramente a la tumba apenas mes y medio después. En el que sería su último documento político expresaba la posición de la Lliga ante la crisis. La naturaleza de los hechos le merecía los más duros epítetos: "Dentro de un país normal, de un país constituido, el hecho de la sindicación de la oficialidad para imponer determinadas condiciones al Gobierno es una anormalidad tan extraordinaria, una subversión tan monstruosa del orden establecido, que provocaría en todo el cuerpo social una reacción formidable, un ambiente de hostilidad y de repulsión irrespirable".

Por eso, lo que en realidad desazonaba a Prat de la Riba era la acogida de la opinión pública: "Un ambiente de excusas, hasta de clara simpatía, ha acompañado la actuación de las Juntas de Defensa. ¿Por qué? Porque al lado de tantas sombras y ficciones, era un grito de sinceridad, era una realidad viva porque el problema que plantea es el problema constitucional".

Y sobre todo la impotencia de la respuesta política: "Ahora declaraciones, y después mensajes, y más allá proyectos de ley, y crisis después, y toda la vida pública española sigue igual, como si nada hubiese que hacer, ni mudar, ni corregir, ni innovar".

Cien años después, este diagnóstico del mejor catalanismo político se vuelve a la vez contra sus aparentes herederos y contra quienes deberían haberlos deslegitimado, mediante la reforma y regeneración del régimen constitucional. ¿O acaso no es una "anormalidad extraordinaria" y una "subversión monstruosa" que el presidente de una Comunidad Autónoma convoque unilateralmente un referéndum de independencia? ¿Y acaso no es cierto que la deriva de Puigdemont ha estado arropada por un "ambiente de excusas", basado en la contraposición de un movimiento arraigado en "una realidad viva" -el sentimiento de gran parte de los catalanes- frente al deambular entre "sombras y ficciones" que caracteriza a la vida política española desde su bloqueo por la negativa de Rajoy a asumir su responsabilidad por la corrupción del partido gobernante? ¿Y acaso no es verdad que, sea cual sea el devenir de la crisis catalana, el panorama que se nos ofrece, una vez aprobado el Presupuesto, es el de una legislatura de parálisis "como si nada hubiese que hacer, ni mudar, ni corregir, ni innovar"?

El argumento gubernamental de que Puigdemont se ha limitado a escenificar este viernes un acto propagandístico sin consecuencia práctica alguna, ante el que la mejor respuesta es el desdén, revela la impotencia de quien ha hecho del batirse en retirada una costumbre. Casi podría decirse que el artículo 155 de la Constitución fue concebido para hacer frente a una situación exactamente como esta. Es decir, para evitar que un gobierno autonómico que anuncia que va a cometer una serie de delitos encadenados, a plazo fijo, pueda consumar su plan. Porque en el momento en que Puigdemont firme el decreto de convocatoria de la consulta secesionista, lo que inexorablemente habrá que aplicar es el Código Penal.

Rajoy, que ni siquiera considera la situación lo suficientemente grave como para reunirse con Sánchez y Rivera, sigue optando por el pasivo deshonor, pero ya sabe que no podrá eludir la guerra. La crisis catalana terminará siendo para él una providencial oportunidad para huir hacia adelante, cuando el calendario ya incluye los señalamientos de sus comparecencias para responder de la corrupción ante el Parlamento y la Justicia, cuando la sentencia del TC sobre la amnistía fiscal hace insostenible la continuidad de su ministro favorito y cuando la moción de censura de Pablo Iglesias canalizará contra él reproches desde todos los ángulos.

Junio de 2017 no será una calcomanía de junio de 1917. En algún momento antes del 1 de octubre Rajoy comparecerá ante la Nación cargado de razones, presentando su debilidad crónica como alarde de infinita paciencia y su parálisis estaférmica como muestra de contención no correspondida. Entonces adoptará medidas que la defensa de la legalidad hará inevitables. Los partidos constitucionalistas y la opinión pública las respaldarán de entrada con entusiasmo, pero veremos lo que sucede cuando toque implementarlas sobre un terreno abandonado a las malas hierbas durante tanto tiempo. ¿Alguien ha pensado en lo que ocurriría si comenzara una escalada de concentraciones diarias cada vez más nutridas, al modo de la revolución de terciopelo de Praga, en apoyo de un Puigdemont suspendido de sus funciones, o no digamos encarcelado?

La crisis de 1917 desembocó en una huelga general duramente reprimida y pareció zanjarse con un gobierno de concentración en el que entró Cambó -entonces Cataluña no sólo era parte del problema sino también de la solución-, pero su amarga lección no se terminó de aprender hasta 1923, cuando Primo de Rivera llevó hasta sus últimas consecuencias las pretensiones tutelares de las Juntas de Defensa. Tendrían que transcurrir sesenta años para que España volviera a vivir, en junio de 1977, bajo un régimen de difícil y merecida libertad.

El cuarenta aniversario de las primeras elecciones democráticas debería servir esta semana tanto para subrayar la necesidad de defender, por encima de cualquier otra consideración, el Estado de Derecho, fruto del subsiguiente pacto constituyente, como para reclamar a nuestros políticos la misma audacia transformadora y la misma generosidad personal que aportaron Adolfo Suárez y los hombres de UCD.

De momento, lo que por desgracia sigue plenamente vigente es el diagnóstico de Unamuno a la vista del avestrucismo que rodeó a aquel golpe militar tácito de hace un siglo: "¿Qué pasa en España?", escribió el 2 de julio en El Mercantil Valenciano, "pues pura y sencillamente que han velado el manómetro, que le impiden que marque la presión de la caldera. Es como aquel que aguardando una catástrofe para una hora dada, mandó parar el reloj".

Sí, Rajoy ha mandado parar el reloj y nada desearía tanto como poder tirarlo por la ventana -por eso se jacta de que ni siquiera escuchó el "bando" de Puigdemont-; pero la maquinaria de la vida y las manecillas de la Historia se niegan a obedecerle.

Pedro: ¿Me puedes decir qué es una plurinación?
EDUARDO INDA okdiario  11 Junio 2017

Instante memorable el de Patxi López en el debate a 3 por la Secretaría General cuando, imperturbable, con esa flema cuasibritánica que sólo tienen los de Bilbao, se giró, clavó su mirada en el tipo de 1,92 que tenía a su vera y le espetó: “Vamos a ver, Pedro, ¿sabes qué es una nación?”. El ahora secretario general del Partido Socialista balbuceó tras el demoledor crochet que le acababa de endosar en la sien el tercero de la fila. Tardó en reaccionar, normal, se había desplomado groggy sobre la lona del cuadrilátero, pero reaccionó. La chorrada con la que se rehizo el más alto del político ménage à trois fue de las que hacen época. “Pues mmmm”, se murmuró Rocky Sánchez, “un sentimiento que tiene muchísima ciudadanía, por ejemplo en Cataluña, por ejemplo en el País Vasco, por razones culturales, históricas o lingüísticas”.

No habían transcurrido ni 24 horas de su contundente victoria en las Primarias socialistas cuando se descolgó con una boutade enciclopédica al advertir que el Congreso del PSOE aprobará la definición de España como un Estado plurinacional. Muy en la línea de la memez que soltaba en campaña día, mañana, tarde y noche: “España es una nación de naciones pero tiene que reconocer el carácter plurinacional de este país a través del perfeccionamiento de la Constitución”.

Lo peor que puede suceder al PSOE no es que se instale en la irrelevancia. Entre otras razones, y perdón por la perogrullada, porque eso jamás ocurrirá. Un partido con 138 años de historia y casas de pueblo en cada municipio digno de tal nombre no se deshace cual azucarillo de la noche a la mañana. El acabose se producirá si se echan al monte en lugar de volver a la transversalidad ideológica y al centrismo que otorgaron a Felipe González una hegemonía que habría sido eterna de no haber mediado la corrupción más salvaje en tiempos democráticos. Nunca escuché al presidente González afirmar, ni de lejos, que Cataluña y País Vasco son una nación. Básicamente, porque tenía meridianamente claro que el PSOE debía ser en ambas comunidades históricas un partido constitucionalista y españolista. Que para nacionalistas, mejor los nacionalistas, que lo saben hacer mejor que nadie. Porque siempre es preferible el original a la copia.

Por eso no entiendo a santo de qué viene esta mamarrachada de un Pedro Sánchez que, en líneas generales, está actuando con el sentido de Estado que le faltó en su primera etapa al frente de los de Ferraz. ¿Cuál es el Sánchez de verdad? ¿El de la bandera española más grande que el cuarto de la Preysler que exhibió el 17 de septiembre en su mitin con Miquel Iceta? ¿O el que describe a España como una nación de naciones? ¿El que muestra su apoyo sin fisuras al Gobierno ante el golpe de Estado de los independentistas catalanes? ¿O el que aceptaba los votos de Junqueras para quitarle la poltrona a Rajoy? ¿El yin o el yan? ¿Jekyll o Hyde? Un tipo que un día se descuelga con una bandera tan grande como las que empleaba Bush cuando aterrizaba en los portaaviones tras ganar la Guerra del Golfo y al siguiente habla de plurinación está más perdido que Papá Noel en un chiringuito de playa.

Pienso mal y a lo mejor acierto. Tal vez es que sabe que, de momento y hasta nueva orden, necesita a los independentistas para lograr su sueño y el de Begoña: residir en la casa más ilustre del capitalino barrio de Moncloa. Y por eso esos guiños suicidas a los golpistas catalanes y a los terroristas de Otegi que, no lo olvidemos, tienen dos diputados en el Congreso que en un momento dado pueden inclinar la gobernabilidad del lado que les venga en gana. Dos votos ahora en la Cámara Baja valen lo que 20 ó 30 en los tiempos de ese bipartidismo imperfecto que es lo más perfecto que hemos vivido en España nunca jamás.

Lo peor de todo es que ya prácticamente todos los que apostaban por el sentido común han entregado al nuevo caudillo socialista las llaves de Breda. Pinta peor que mal para los que defienden ese sentido común que, en contra del aserto clásico, es el más común de los sentidos. Resulta flipante contemplar al bueno de Guillermo Fernández Vara, antaño militante de Alianza Popular, un tipo con una cabeza excepcionalmente bien amueblada, asegurar que “habrá que tener algún gesto con Cataluña, como devolverle el Estatut que fue anulado por el Constitucional”. Flipante, desconcertante, alucinante y todos los sufijos ‘ante’ que a ustedes se les pasen por el coco. ¡¡¡Fernández Vara llamando a incumplir una sentencia del Constitucional!!! ¡¡¡A pegarle una patada a la ley que él juró cumplir y hacer cumplir!!! Inquietante es otra frase del normalmente coherente Emiliano García-Page. Eso sí, algo más light que la anterior: “El desafío de los independentistas es una enorme oportunidad de renovar el compromiso como nación plural”. Claro que siempre nos quedarán Andalucía y Susana como Fort Apache del constitucionalismo socialista.

Pedro Sánchez, que de historia debe sabe lo que yo de Traumatología, haría bien en pedir ayuda a Carlos Seco Serrano, a Pepe Varela Ortega, a Juan Pablo Fusi o a Carmen Iglesias para que le demuestren en un par de tardes que diría Miguel Sebastián que ni científica, ni legal, ni intelectual, ni desde luego históricamente, España es una nación de naciones. No lo es y nunca lo fue. Es más, somos la nación más antigua de Europa. Como mínimo desde los Reyes Católicos, que abandonaron este mundo hace medio siglo, que se dice pronto. Ojo al dato: ¿a que no saben cuál es el único país que se define como un “Estado plurinacional”? Adivina, adivinanza. ¿Estados Unidos? ¿la República Federal Alemana? ¿Dinamarca? ¿La no menos ejemplar Suecia? ¿Suiza? ¿Francia tal vez? No. ¡¡¡Ecuador!!! Mejor dicho, el Ecuador del semidictador Correa. El ex presidente ecuatoriano incluyó esta payasada conceptual en el preámbulo de la nueva Constitución de 2008 tras abolir toda suerte de libertades, la división de poderes y anular de facto a la prensa y a la oposición. Como ven, estamos podemizados hasta la náusea.

Espero que el bueno de Pedro, que en el fondo es un socialdemócrata puro, recapacite. Porque de definir constitucionalmente a España como “una nación de naciones” a que esas “naciones” se conviertan en “Estados” hay un paso. ¿Cómo vas a negar a Cataluña la independencia si constitucionalmente admites que es una nación? No se puede soplar y sorber a la vez. Como tampoco es posible declararte madridista y culé a la vez. O carnívoro y vegano. El hermafroditismo en política es física y metafísicamente imposible. Que tome nota porque si los golpistas se salen con la suya y España se despedaza de una u otra manera, él no podrá ser presidente. Más que nada, porque no habrá nada que presidir. Y Begoña y él se seguirán quedando con las ganas de lo que pudo haber sido y no fue.

Entrevista al director del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO)
José Luis Olivera: “El Estado Islámico puede tener, si no los días, a lo mejor los meses contados”
María Claver okdiario  11 Junio 2017

A finales de 2014, el Consejo de Ministros daba luz verde a la creación del CITCO (Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado), resultante de la fusión del Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista (CNCA) y del Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado (CICO). En enero de 2015, José Luis Olivera fue nombrado director del CITCO, convirtiéndose así en un referente en el ámbito de la lucha antiterrorista.

El CITCO es el órgano responsable de recibir, integrar y analizar toda la información estratégica disponible referida al terrorismo. Recibe a OKDIARIO en su despacho, tras una semana convulsa por el último atentado de Londres y las tensiones surgidas, entre el gobierno español y el británico, por la larga espera en la identificación del español Ignacio Echeverría, asesinado en el ataque terrorista.

P.- El DAESH está retrocediendo en Siria y en Irak, ¿se puede decir que está más débil como organización global?
R.- El DAESH puede tener, si no los días, a lo mejor los meses contados.

P.- ¿Acabaremos con DAESH? No sé, es que parece imposible…
R.- Se puede acabar con DAESH y salir otra franquicia. Creíamos que habíamos acabado con Al Qaeda y no ha acabado, está un poco en estado latente o se está reorganizando. Ahora hay mayor impulso de DAESH.

P.- Bueno, se habla de una alianza entre DAESH y Al Qaeda….
R.- Bueno, de momento, son rivales.

P.- ¿Qué le diría usted a la gente que, por razones obvias, vive en alerta? Todo esto afecta mucho en nuestra cotidianidad.
R.- Que lleven una vida normal, que sigan desarrollando su vida, que vayan a los restaurantes, que lleven los niños al colegio como acostumbran a hacer, que se vayan de vacaciones, etc. Indudablemente, yo no les recomendaría que fueran de vacaciones a ciertos lugares de conflicto, pero hay otros muchos para elegir donde se puede estar muy tranquilo y, sobre todo, dentro de España.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad estamos encima de este problema, mantenemos la tensión, mantenemos la vigilancia. Y, por último, eso que le decía antes: hay que tener muy presente el trabajo, la inteligencia y el posicionamiento positivo de todos estos factores. Por supuesto, también la suerte. Pero la suerte hay que buscarla.

P.- Y la colaboración ciudadana.
R.- Nosotros abrimos una ventana de colaboración ciudadana, una ventana, un centro de comunicación de información sobre radicalización. Abrimos el pasado noviembre, llevamos un año y seis meses de funcionamiento, y facilitamos una página web, una aplicación, unos teléfonos gratuitos y un correo electrónico. Es una iniciativa para que se nos faciliten informaciones, de forma anónima o con nombres y apellidos. No son confidentes policiales.

Se trata, simplemente, de ese vecino que observa alguna cuestión que le inquieta y le preocupa. Entonces se lo comunica a las autoridades para que ellos determinen si es peligroso o no. Llevamos más de 3.500 colaboraciones en este tiempo, de las cuales, un 36 o 37 por ciento las hemos consideradas válidas para traspasarlas a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado como información positiva. Los ciudadanos responden. Nosotros tenemos las líneas abiertas y llama el que quiere, no obligamos a nadie. El que tiene una inquietud o un posible problema, nos lo comunica y nosotros le damos una respuesta.

Occidente ignora el Corán
La violencia en el Islam
Mahoma dictó los versos que declaran la destrucción, aniquilación y sometimiento de todos los infieles.
Fernando Paz gaceta.es  11 Junio 2017

Con frecuencia se oye argumentar a quienes favorecen la presencia del islam en Europa que, si ciertamente el Corán contiene expresiones violentas, estas también pueden encontrarse en la Biblia.

Ignorando lo que uno y otro libro representan, ignorando su génesis y hasta su naturaleza, espigan una frase aquí y otra allá del Antiguo o del Nuevo Testamento y las comparan a las suras y a los hadices del Corán y la Sunna. Tal comparación es, simplemente, un disparate.

Lo que significan la Biblia y el Corán
Lo primero que hay que señalar es que los lenguajes de la Biblia y del Corán son muy diferentes (hay, también, que subrayar las diferencias entre el Nuevo y el Antiguo Testamento). En el primero, en la Biblia, las alegorías son continuas y no faltan los libros de carácter literario; en el segundo, en el Corán, no hay nada de eso: el lenguaje es directo, exige ser entendido con literalidad y sin exceso de simbolismos o analogías. En realidad, más parece una serie de órdenes directas, casi de carácter militar.

Aunque en ambos libros pueden leerse afirmaciones contradictorias, la diferencia para solventar dicha cuestión es abismalmente distinta.

La Biblia es un libro que recoge la revelación que, de sí mismo, Dios lleva a cabo al pueblo de Israel, primero, y a la humanidad más tarde. El mensaje divino va evolucionando en su exposición a través de la comprensión humana; así, Israel pasa de una etapa monolátrica (la adoración de un solo dios, compatible con la existencia de los otros dioses propios de los pueblos extranjeros) a la comprensión de la existencia de un solo Dios, el monoteísmo.

Se trata, pues, de una revelación paulatina que se despliega en el tiempo, por lo que Dios se va manifestando de forma adecuada a la evolución cultural humana. Los hombres a quienes se dirige Dios cuando se redacta el Génesis (entre los siglos X y VI a. de C.) no podrían entender de igual manera que los judíos de la época de Cristo, y así la revelación toma diferente forma.

Jesús confirma el Antiguo Testamento en algunos extremos y lo refuta en otros; la Iglesia siempre ha insistido en que “lo completa”. No se trata de una tesis ad hoc, elaborada en los últimos años para adaptarse al zeitgeist, sino que es una idea que recorre toda la historia del cristianismo.

La explicación del Corán es completamente distinta, ofreciendo al creyente la idea de que, en caso de contradicción entre dos pasajes, sencillamente el que haya sido escrito con posterioridad anula el escrito anteriormente. La cronología con la que los textos coránicos fueron redactados, no se corresponde, sin embargo, con el orden en el que aparecen las suras en el Corán.

La religión de la paz y el amor
Lo primero que debería saberse es que “Corán” significa “recitación”, porque eso es lo que se espera de un creyente: que lo recite, nunca que lo comprenda, puesto que la razón no juega ningún papel en el “islam” (“sumisión”).

En Occidente se ignora que los pasajes que pueden asimilarse a los conceptos actuales de paz, amor y tolerancia pertenecen al comienzo de la predicación de Mahoma. Y que los mismos, cuando entran en contradicción con otros posteriores, son anulados: además, el principio de la taqiyya, conocido como kitman en el islam chií, asegura que a los musulmanes les es lícito engañar para conseguir sus fines de naturaleza religiosa.

La regla general es, pues, que las suras posteriores anulan las anteriores. Y la cuestión es que los pasajes posteriores en el islam son los más intolerantes y violentos, y desdicen, por tanto, los primeros, más tolerantes. Es exactamente lo contrario de lo que sucede en el cristianismo, que reforma la herencia veterotestamentaria en un sentido más humano y universal.

De modo que Mahoma, cuando sus seguidores eran escasos aún, transmitió los 124 versos que hablan de paz y convivencia. Más tarde, sin embargo, cuando el islam creció y se volvió poderoso, Mahoma dictó los versos que declaran la destrucción, aniquilación y sometimiento de todos los infieles. Para mayor confusión de estos, muchas suras que aparecen al comienzo del Corán son, en realidad, de las últimas escritas, como sucede con la Sura 9, incluida al principio del Corán, pero que fue escrita al final de la predicación; naturalmente, los musulmanes saben esto, mientras que los no creyentes lo ignoran.

Existen otras muchas referencias, como son las de la Sura 2, versículos 191 – 193;la Sura 4, versículos 56- 89 – 91; Sura 4, versículo 144; Sura 5, versículo 33; Sura 8, versículos 12-13-14-15-16-17; Sura 8, versículos 38 - 39; Sura 9, versículos 5 – 14; Sura 9, versículos 29 -36 -111.

Todos estos versículos forman parte esencial de la formulación islamista. No se trata de la interpretación radical de unos pocos iluminados. En absoluto.

En un discurso del importantísimo imam Tantawi (Gran Muftí durante una década en Egipto, y ex imam de la universidad Al Azhar) en abril de 2002 este afirmó: “los Sionistas y Cruzados los enemigos de Allah, los descendientes de monos y puercos, son la escoria de la raza humana, las ratas del mundo, los violadores de los pactos y acuerdos, los asesinos de los profetas, y sí, son descendientes de puercos y monos. Lean la historia, y entenderán que los judíos de ayer son los padres malvados de los judíos de hoy, quienes son una descendencia maldita, infieles, idólatras de becerros, negadores de los profetas y sus profecías, a quienes Alá ha maldecido y los ha vuelto puercos y monos. Esos son los judíos y cristianos, hacedores de mentiras, obstinados, amadores de lascivias, del mal y de la corrupción”.

En la Universidad de Al-Azhar, en El Cairo, se ha enseñado, desde siempre, la yihad como una especialidad propia y se han formado la mayoría de los más destacados líderes mundiales del islam. Por su parte, Tantawi no era, en absoluto, un extremista; al contrario, se trataba de un moderado que había irritado en numerosas ocasiones a los más radicales islamistas.

Según el islam, el triunfo está asegurado a partir de la conquista, decretada por Alá. El islam habría de vencer mediante la aplicación de distintas estrategias, en último término de carácter político y militar.

La promesa cristiana del triunfo final nada tiene que ver con esto: de acuerdo al Nuevo Testamento, el triunfo no acaecerá mediante la conquista, ni siquiera mediante una aceptación voluntaria del Evangelio por parte de los hombres. Al contrario, en los últimos tiempos habrá un rechazo generalizado de la fe, que disminuirá hasta, prácticamente, desaparecer. La Iglesia se habrá vuelto irrelevante socialmente y los verdaderos cristianos serán perseguidos; no será la fuerza lo que les libere, sino la Parusía, la segunda venida de Cristo, que sucederá cuando todo parezca perdido y cuando –salvo un pequeño resto fiel- la inmensa mayoría haya perdido la fe y hasta la encuentre ridícula.

Para el islam, ese triunfo supondrá una brutal imposición sobre todos aquellos que no sean creyentes, a través de la Yihad.

La yihad
El término es algo ambiguo y, por tanto, polémico. Tiene un amplio significado y está relacionado con el esfuerzo que los creyentes deben realizar para que la ley divina se imponga en la Tierra. Eso incluye la conversión personal de todo musulmán, por lo que cabe una interpretación puramente piadosa, pero también está directamente relacionado con la extensión del islam por todo el orbe.

Aunque interpretaciones interesadas traten de ocultarlo, la “guerra santa” (nadie ignora estas alturas que esta es una traducción válida del término) desempeña un papel central en el islam (la decisión de Mahoma de permitir la poligamia se debió al gran número de viudas que producía la yihad) y está en directa relación con su triunfo final.

No es cuestión de entrar en la polémica acerca de si el islam es o no intrínsecamente violento, aunque parecen existir pocas dudas al respecto. Pero, en todo caso y cuando menos, es claro que el islam acoge dicha interpretación violenta, y el hecho de que una pretendida mayoría de musulmanes que rechaza estos métodos no se manifieste públicamente en su contra, no parece deberse tanto a miedo alguno, sino más bien a la convicción de que la versión fundamentalista y criminal cabe perfectamente en el islam.

De hecho, esta versión coránica radical es aceptada por altísimos porcentajes de las poblaciones musulmanas, como demuestra el hecho de que al 82% de los jordanos (un país tradicionalmente moderado) le parezca correcto que se aplique la pena de muerte a los apóstatas, un porcentaje inferior en 4 puntos al de Egipto. En países tan civilizados y en contacto con Occidente como el Líbano, la mitad de la población es favorable, así como el 76% de los pakistaníes. Más del 80% de los egipcios encuentran natural que los hurtos se castiguen con las amputaciones de las manos. El terrorismo yihadista es solo una consecuencia lógica de este tipo de creencias.

Quienes perpetran los crímenes yihadistas en Europa –es común oírlo en medios de comunicación después de cada atentado- con frecuencia no han llevado una vida visiblemente piadosa. Los periodistas asimilan absurdamente el islam a lo poco que conocen del cristianismo; pero una cosa y otra no tienen nada que ver.

El César y Dios
De entrada, existe una diferencia esencial, como es que el cristianismo distingue entre las esferas social y religiosa. Aunque ciertamente se han producido episodios a lo largo de la historia occidental en que esos ámbitos han mostrado una más que dudosa separación, ha sido la cultura cristiana la que ha destilado la idea de su diferenciación. Los santos padres y doctores de la Iglesia no han discutido esto, sino solo la relación existente entre los dos ámbitos. El bien conocido pasaje evangélico acerca de dar a Dios y al César lo que a cada cual corresponde, deja poco lugar a la interpretación.

En el islam, en cambio, nada escapa a la revelación. Toda la sociedad se conforma en función de las prescripciones coránicas. El islam no es una religión privada, una religión personal - el pecado es una ofensa social y pública-, sino que es una forma completa de vida que obliga a todo el cuerpo social y a cada uno de quienes lo integran: abarca la ética, la vestimenta, la cocina, la política, la justicia, el matrimonio, los impuestos, la relación con los animales, la guerra, los pesos y medidas, las herencias, la vida en el hogar, el cuidado del ganado, la hospitalidad, el saludo, las relaciones sexuales, los castigos, la relación entre los hombres y mujeres, la dieta, la educación y hasta cómo beber un vaso de agua.

En el islam es esencial la observancia de una moralidad pública y externa, tal y como era costumbre en la Palestina de Jesús. Se trata de una regresión de tipo farisaico, como aquella en que terminó degenerando el judaísmo y contra la que advirtió Cristo.

¿Reciprocidad?
Si lo que Occidente piensa oponer a la expansión islámica es la tolerancia, en lugar de una convicción profunda que no sea instrumental, entonces la partida estará perdida. Para los islamistas, la idea de reciprocidad es perfectamente absurda.

La generalidad de los musulmanes entiende que es lógico que en Europa -donde ya no se cree en nada, según la certera visión islámica- tengan sitio las mezquitas, mientras que en los países musulmanes no se deben permitir las iglesias, por cuanto representan el error.

Valga recordar la admonición del popular jeque saudita Muhammad Salih al-Munajjid, cuando reconvino públicamente a “algunos musulmanes hipócritas que se extrañan de cómo nosotros no permitimos a los occidentales construir iglesias, a pesar de que ellos nos permiten construir las mezquitas en sus países.”

Al-Munajijid aseguró que todo musulmán que piense de este modo es un “ignorante” al equiparar la verdad y el error, el islam y el kafr, el monoteísmo y el shirk (politeísmo, gravísimo pecado en el islam), igualando ambos conceptos. Los “hipócritas” preguntan: “¿Por qué nosotros no les construimos las iglesias lo mismo que ellos nos construyen las mezquitas? Así les podríamos devolver el favor.”

El jeque contesta con claridad meridiana: “¿Es que queréis adorar a alguien diferente de Alá? ¿Queréis eliminar la diferencia entre lo verdadero y falso? ¿Es que los templos de fuego de Zaratustra, las sinagogas judías, las iglesias cristianas, los conventos de los religiosos, templos budistas o hindúes, son iguales a la casa de Alah y a las mezquitas? ¡Oh, infieles!, porque de aquel a quien iguala el Islam y la infidelidad, ha dicho Alá: “Quien quiera alguna otra religión que no sea el islam, no será jamás aceptado, y en el mundo futuro se encontrará entre los perdedores” Y el profeta Mahoma ha dicho: “Por aquel en cuya mano está la vida de Mahoma, el que de los judíos o de los cristianos oyera de mí, y no quisiera aceptar la fe en la que estoy enviado, y muera en ese estado de infidelidad, morará en el infierno.”

El ejemplo del profeta….y de Jesús
Muchas de las peores cosas que llevan a cabo los yihadistas están, por supuesto, en el Corán. Cuando hemos visto que el DAESH publicitaba sus ejecuciones quemando a los prisioneros en jaulas, a los musulmanes tal cosa les resulta familiar.

Porque mientras el seguimiento de Cristo que busca un regreso a las fuentes originarias necesariamente conduce al mensaje esencial de “amaos los unos a los otros”, el fundamentalismo islámico –como vuelta a la predicación de Mahoma- actualiza los numerosos episodios en los que el profeta incineró a sus enemigos.

Así, se recoge que en diciembre del año 628, Mahoma dirigió el ataque contra la tribu Al-Mustalaq. Y, en vista de la dura resistencia encontrada, ordenó prender fuego al poblado, a sabiendas de que allí había mujeres y niños...” Son más los pasajes coránicos en los que se relaciona a Mahoma con los incendios…

¿Alguien se imagina a Jesús haciendo algo así?
Es cierto que Jesús empleó algunas expresiones que, interpretadas hoy, pueden dar lugar a confusión; pero solo a aquellos que así lo deseen y que no se molesten en averiguar la verdad.

Se cita con frecuencia el pasaje que recoge el Evangelio de Mateo: “No he venido a poner paz sino espada”, pero el significado del texto no es ofensivo ni violento, sino todo lo contrario; quiere reflejar los conflictos que habrían de venir en el seno de las familias y las naciones por causa de la fe cristiana.

La mejor prueba de esto es que nadie, nunca, ha asesinado a sus familiares debido a este versículo, y nadie, nunca, lo ha interpretado como si Jesús estuviera predicando que se aniquilara a los familiares que no se convirtieran. Solo la estupidez o la maldad contemporánea pueden pretender tal cosa; los primeros cristianos, por el contrario, en lugar de matar a sus parientes, se dejaron matar por estos.

Una confusión interesada
El tema puede ser interminable. Ciertamente existen pasajes en el Pentateuco que pueden ser calificados de violentos y crueles. Pero quienes profesan la fe cristiana, que se sustenta en estos libros, han reconocido hace mucho su carácter histórico y su superación por el Nuevo Testamento.

En último análisis, nadie asesina a sus semejantes en el nombre del Éxodo o del Deuteronomio. En cambio, tenemos que lamentar con espantosa frecuencia que muchos de quienes siguen el Corán asesinen en su nombre mientras, significativamente, el resto de musulmanes calla.

Es un hecho que el cristianismo se extendió gracias a la sangre de los mártires, mientras que el islam lo hizo por medio de la sangre de los degollados.

La ceguera voluntaria que parece afectarnos se apoya en argumentos falsos que unos aceptan por complicidad, otros por ignorancia y no pocos por miedo. Un miedo que ya enseñorea Europa.

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¿Sí al exit-catalán para acabar con el problema de una vez?
Miguel Ángel Mellado elespanol  11 Junio 2017

Sí. Plantear una pregunta con un sí y contestarla con otro sí es un pleonasmo. Es algo así como preguntar si está usted de acuerdo en subir arriba o en bajar abajo. Como si se pudiera subir abajo o bajar arriba. Exactamente ese es otro error más en el que incurrió el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, al desvelar el viernes pasado la pregunta del referéndum convocado para el próximo 1 de octubre. La cuestión a la que se enfrentarán los participantes en la consulta ilegal es la siguiente: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de República?”.

¿Un-Estado-Independiente? ¿Acaso existe un Estado Dependiente, más allá de que en este mundo terrenal la suerte de cada uno de nosotros, y también la de los Estados, dependa del de al lado y del de más allá? Llevaba razón el catedrático Jorge de Esteban cuando denunciaba este sábado, en un artículo en El Mundo titulado La declaración del Palau, que la formulación de la pregunta para el referéndum catalán incurre de entrada en un pleonasmo, porque un Estado, para serlo, ha de ser independiente.

A la política catalana actual –yo diría que a la española en general- le sucede lo que el gran Josep Pla escribía sobre las señoritas catalanas de su época: “Antes se les daba una cabellera, ahora se les da el bachillerato”. Antes Cataluña tenía políticos inteligentes y ahora son una pandilla de “primarios e ignorantes”, como en otro sentido escribió también el periodista ampurdanés.

Tontos o tontos, los actuales dirigentes de Cataluña avanzan en la senda de la ruptura. El 1 de octubre está a la vuelta de la esquina y, con él, el precipicio al que se conduce a los catalanes y a los españoles en general.

Pues sí, como nos preguntamos en el titular, la única salida es el “exit-catalán”. Y ha de producirse en el tercer tiempo del partido que se disputa entre Cataluña y el resto de España. Me han convencido dos de mis mejores amigos catalanes. Uno es un gran empresario y el otro un relevante ejecutivo en una multinacional española-catalana.

Preguntados ambos sobre el “català-exit” (remedando al brexit, el referéndum en el que los británicos apoyaron la salida –exit- de Gran Bretaña –Br- de Europa y se quedaron colgados de una soga al cuello, más aún con el resultado de las elecciones del pasado miércoles), estas fueron las respuestas de mis amigos:

El empresario: “No es lo mismo català-exit que exit-català. Como sabes, exit en catalán significa éxito. En inglés, salida. El primero es una utopía basada en un gazpacho de intereses e interesados que tratan de alinearse, pero ni con superglue pegan entre sí. Es un machembrat (conglomerado); no tienen nada que ver unos con otros. Los catalanes deseamos, soñamos con otra cosa, con el exit-català. Y sólo podemos conseguirlo con la ayuda del resto de los españoles. El exit-català será el éxito de España, de Europa, de nuestra sociedad”.

“Lo único que els assenyats catalans (los catalanes sensatos) queremos es que se nos trate como merecemos. Hemos sido el tractor de la economía española, a pesar de muchos. Cuidado, no estoy hablando de locomotoras y furgones de cola. El tractor es el que provoca arranque y tracción para que la máquina se ponga en marcha y luego todos juntos funcionamos. Y así ha de seguir siendo. Hablar de locomotora y vagones es distinto”.

“Lo que queremos es que se nos trate como merecemos. Insisto, hemos sido el tractor de la economía española... Los vasquitos, en cambio, crearon un cuerpo de élite de 'malos' apoyados sotto voce (en voz baja) por el resto, los buenos, y viven a cuerpo de rey. Bueno, no sé si la palabra es la adecuada. Han conseguido y siguen consiguiendo pingües beneficios. Ellos son buenos y en Madrid están en la oligarquía”.“Los catalanes somos rucs (burros). Unos porque lo son y el resto, la mayoría, porque somos tan discretos, tan low profile (perfil bajo), que dejamos que los que chillan se otorguen la representatividad de los demás y de la mayoría”.

“Que alguien del Gobierno del Estado tuviera las narices de sentarse con la mayoría silenciosa y poner una oferta comme il faut (como es necesario) como alternativa y esto se solucionaría. Pero como somos un país cainita, lo que a los vascos se les da bajo mano, ni de coña a los catalanes”.

El ejecutivo: “Como sé que te gusta el rugby, te lo voy a explicar así. En el rugby, la primera parte de un partido es dura; la segunda, durísima. Ganará el partido quien toca que lo gane: el Estado, obviamente. Pero el tercer tiempo es necesario. Y ahora, más que nunca”.

“El tercer tiempo es el de la reconciliación, la amistad, el olvidar los agravios, hablar hacia adelante, juntos, unidos, pero también entendiendo o queriendo entender al otro. Habrá un equipo que quedará tocado y más que nunca el equipo fuerte tiene que tender la mano al débil. Hay que ser optimista y tú y yo lo somos. Molts petonets, amic (muchos besos, amigo)”.

El catedrático Jorge de Esteban decía también en el artículo citado al principio que “algún día muy cercano habrá que plantearse en serio qué salida racional se le da al llamado problema catalán”. Efectivamente, alguna salida hay que encontrar y no parece que sea ni el referéndum ilegal e inviable del 1 de octubre ni tampoco la planteada durante todos estos años por el presidente diletante. Mariano Rajoy, muy en su estilo vital, se ha limitado a la expresión inglesa wait and see (espera y verás), adaptación del keep calm and carry on de la II Guerra Mundial (mantén la calma y continúa).

Sobre aquel Londres cayeron las bombas y aquí, ahora, en España, proliferan los misiles, que son los decretos y leyes promovidos por los políticos catalanes secesionistas, contrarrestados desde Madrid por el Tribunal Constitucional.

El 1 de octubre, el día del pseudo-referéndum convocado, es una fecha con mucha Historia. En 1823, Fernando VII restableció la Inquisición; en 1936, en Burgos, Franco fue nombrado Jefe del Estado de las tropas sublevadas, de ahí que durante 40 años se conmemorara a la fuerza en España la llamada Fiesta del Caudillo; en 1960, Nigeria se independizó del Imperio Británico...

¿En honor a qué efeméride el Govern catalán habrá elegido el 1 de octubre para el referéndum? Puestos a especular, me quedo con una conmemoración: el 1 de octubre de 1971 fue inaugurado en Orlando (EEUU) el mayor parque de entretenimiento del mundo, Disneyworld, con una extensión similar a la ciudad de Barcelona. Desde aquel día, Goofy, Alicia, Dumbo, los Tres Cerditos, el Capitán Nemo, Peter Pan, Pinocchio, Roger Rabitt, Tarzán... se solazan por allí.

Sería fácil identificar a cada uno de estos personajes animados con cada uno de los inanimados políticos estrafalarios catalanes (y españoles) que nos llenan de desasosiego y nos hacen reír a la vez por su estulticia. Pero como el problema catalán es serio, no bromeemos: hay que encontrar una solución al problema catalán buena para todos. O sea: para España.

‘Llibertat, amnistia i Estatut d'Autonomia’
Detrás del soberanismo está un pacto histórico entre la vieja burguesía catalana y los partidos de izquierda. Pero ese movimiento tenderá a diluirse con el tiempo

Carlos Sánchez elconfidencial 11 Junio 2017

Hasta hace bien poco, todo hacía indicar que 2017 sería el año de los populismos –Holanda, Francia, Reino Unido…–, pero es probable que este año sea, paradójicamente, el de su entierro.

No es que hayan desaparecido del mapa. Todo lo contrario. En sociedades tan dinámicas como las que representan los países avanzados, los fenómenos políticos vinculados a la coyuntura tienden a diluirse en la medida que se alejan las causas que explican su nacimiento. Es verdad que dejan un poso indeleble de su paso por la política –los partidos convencionales suelen comprar su mercancía para ganar votos–, pero el tiempo tiende a disolverlos.

Con razón, el profesor Sampedro decía a sus alumnos de economía que lo primero que tenían que aprender para ser buenos economistas es a diferenciar lo coyuntural de lo estructural, algo que suele olvidarse en el análisis político. Probablemente, porque la sociedad de la información obliga a vivir cada minuto como si fuera el último de nuestras vidas, y eso explica que lo nuevo esté sobrevalorado respecto de lo antiguo. No porque sea mejor, sino, simplemente, porque es una novedad.

El auge del independentismo catalán, en este sentido, ha mamado de esas circunstancias históricas. Es verdad que la cuestión catalana en su versión moderna es un asunto viejo que forma parte del ecosistema político español desde hace más de un siglo, pero parece obvio que buena parte de su actual apogeo tiene que ver con la crisis económica, que ha permitido al nacionalismo construir un artificio ideológico muy útil y poco sutil: sin la patria catalana no hubiera habido recortes y la felicidad estaría garantizada, casi, por ley.

No hay más que ver los recientes resultados de los nacionalistas escoceses en las elecciones británicas –o lo que ha sucedido con Le Pen en Francia– para establecer una relación causa-efecto entre crisis económica (los recortes de laboristas y conservadores) y apogeo del independentismo o del nacionalismo económico exacerbado. El secesionismo escocés ha comenzado a desinflarse justo cuando los laboristas han encontrado inesperadamente a un líder, Jeremy Corbyn, al que los ciudadanos vinculan con la izquierda clásica y no con terceras vías. Escocia, hay que recordarlo, ha sido un feudo histórico del laborismo.

Ese discurso simplista –que desconoce los problemas estructurales de la economía y los derivados de la globalización– es el que explica que buena parte de la izquierda catalana abrazara las tesis independentistas. Una extraña alianza entra la vieja burguesía que se hizo primero catalanista y luego nacionalista para defender sus privilegios –haciendo lobby ante lo que con cierto desdén se denomina ‘Madrid’–, y los sindicatos y partidos de izquierda, que han visto en el soberanismo la vía más eficaz para detener los recortes y echar al PP del poder. En todo caso, un acuerdo en toda regla entre dos viejos antagonistas de la vida política.
Pacto histórico

El resultado es que el independentismo se presenta ahora a la opinión pública como una especie de pacto histórico entre la burguesía y el proletariado, utilizando los términos clásicos, que se enfrentan a un enemigo común, Madrid, cuando es evidente que sus intereses son radicalmente distintos. El PDeCAT –el partido de Mas y Puigdemont– tiene, de hecho, más que ver con el PP de Rajoy o con la CEOE que con ERC o la CUP. O con esa nutrida amalgama de asociaciones que respaldan la independencia o el referéndum como paso previo al autogobierno total. El éxito de los independentistas, en este sentido, es haber metido en el mismo barco al nacionalismo moderado que un día representó Pujol y al vinculado históricamente a las clases populares, que es el de ERC desde los tiempos de Macià, Companys o Tarradellas.

En definitiva, unos extraños compañeros de viaje que, tarde o temprano, acabarán divorciándose en la medida que vayan alejándose las causas que explican ese pacto histórico contra natura O, por el contrario, cabe la posibilidad de que tenderán a integrase alrededor de un único Partido Nacionalista de Cataluña a la manera del PNV o los nacionalistas escoceses o canadienses. El tiempo lo dirá, pero por el momento no hay duda de que en buena parte de la sociedad catalana ha prendido aquel argumento que esgrimía Lluis Llach en una lúcida charla con Vázquez Montalbán: “Soc d’esquerres perqué soc nacionalista i soc nacionalista perqué soc de esquerres”.

Semestre nacionalista
Esa vuelta a la normalidad postcrisis, de hecho, es lo que más temen los nacionalistas, y de ahí que su táctica sea mantener siempre viva la llama del independentismo en torno al 11 de septiembre. Lo mismo que hay un semestre europeo (donde los 27 negocian las políticas fiscales), también hay un semestre nacionalista (el segundo de cada año), en el que la idea soberanista luce con más brillo.

Este juego táctico, sin embargo, no carece de estrategia. Lo estructural, que diría Sampedro. Parece evidente que la cuestión catalana ha venido para quedarse, y bien haría el Gobierno en no jugar con fuego –esperar a que la salida definitiva de la crisis le resuelva el problema– y elaborar su propia hoja de ruta, que desde luego no se puede limitar a invitar a Puigdemont a que pise el Congreso para explicar su proyecto soberanista, como hizo Ibarretxe en su día con el resultado ya conocido. Es hora de renegociar el Estatut para desmontar la marea independentista. La inacción da a veces buenos resultados, pero otras, no, que diría Rajoy.

Entre otras cosas, porque los rescoldos que dejará la actual crisis catalana son mucho más sólidos que a los anteriores. Y, guste o no, en torno a un tercio del censo electoral catalán es hoy independentista, lo que significa que hay un problema de naturaleza estructural que nada tiene que ver con la coyuntura. De hecho, la izquierda catalana tiene hoy un fuerte componente nacionalista del que carecía –desde luego en su actual dimensión– al comienzo de la Transición, cuando el PSUC, como partido hegemónico reclamaba; ‘Llibertat, amnistia i Estatut d’Autonomia’, en ningún caso la independencia. Hoy, sí lo hace.

Les anuncio que voy a cometer un atraco
Roberto L. Blanco Valdés La voz 11 Junio 2017

Sí, señoras y señores: les anuncio que voy a cometer un atraco. Y no solo eso: les informo del día, el 4 de julio, y de la frase que le sacudiré al cajero que me atienda. Nada original: «Arriba las manos, esto es un atraco!». Pongo en su conocimiento, además, que sigo con los preparativos ilegales para la culminación de mi delito, me fotografío rodeado de mis cómplices y desafío a quien pretenda pararnos a que se atreva a emplear la fuerza para ello. Es verdad: ustedes pensarán que mi anuncio es un payasada, pues nadie va a ser tan bravucón o botarate como para atreverse a desafiar a los defensores de la ley de un Estado moderno en pleno siglo XXI, como si España fuera Chechenia o estuviésemos en la época del bandolerismo.

Pues bien, siento defraudarles. Se equivocan. Eso hizo este viernes el presidente de la Generalitat: anunciar que va a cometer, no uno, sino varios gravísimos delitos e informarnos de que él y sus cómplices siguen con los preparativos para ello.

Un Puigdemont que no es cualquiera: es el presidente de un gobierno autonómico que ha prometido cumplir y hacer cumplir la ley y es, según la Constitución de la que deriva su poder, el representante ordinario del Estado en Cataluña.

Lo insólito de su anuncio, impensable en cualquier democracia asentada, no es tanto el hecho mismo -pues, por desgracia, a las baladronadas del secesionismo estamos ya muy habituados- sino la reacción del Gobierno, por un lado, y la del Fiscal General del Estado, por el otro.

Los dos han quitado importancia a la increíble provocación del presidente de la Generalitat. Y los dos, Gobierno y Fiscal, han manifestado que nada cabe hacer de momento, pues, según ellos, dado que las opiniones y la voluntad no delinquen, hay que esperar, ¡a estas alturas!, a que la decisión de convocar un referendo ilegal ¡se formalice!

Hemos de suponer, por fuerza, en consecuencia, que el Fiscal General desconoce que el Código Penal prevé las figuras de la conspiración, la proposición y la provocación para delinquir.

También, que el Gobierno y el Fiscal no se han enterado de que la decisión de convocar un referendo, su fecha y su pregunta debe haberse adoptado en un Consejo del Gobierno de la Generalitat, del cual se habrá levantado un acta, que es un documento jurídico oficial.

Y, en fin, que el Gobierno cree que en la Constitución, después del artículo 154 viene el 156, pues el 155 se lo ha comido el gato. Yo ya sé que el Gobierno ha decidido desoír las provocaciones de los secesionistas, con la esperanza de que antes o después recularán.

Ocurre, solo, que todo lo sucedido hasta la fecha le quita la razón. Lo que parece un hecho relevante para, al menos, repensarse una estrategia de apaciguamiento que podría ser suicida.
 


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