AGLI Recortes de Prensa   Viernes 4 Agosto 2017

El empeño de Sánchez en hacer grande a Rajoy
José Luis González Quiróswww.vozpopuli.com 4 Agosto 2017

Parece bastante claro que Rajoy recuerda más al predecesor de Churchill que al líder inglés, porque prefiere cualquier cosa a enfrentarse seriamente con los problemas que nos afligen, pero sus enemigos son de tal naturaleza que pueden acabar convirtiéndolo en un sir Winston. Tal vez sea eso en lo que piensa el presidente cuando repite sus paseíllos veraniegos en la santa compaña del marido de doña Ana Pastor, que dirige el Congreso con la misma regla con la que ha hecho su gran carrera política, a saber: hay que hacer siempre lo que diga Mariano.

El caso más notable es el de Sánchez, porque ya se sabe que Iglesias es, más bien, un secundario contratado, pero tampoco habría que menospreciar el empeño de los secesionistas que tanto hacen porque Rajoy parezca una especia de galáctico de la política.

Sánchez y la vaciedad de las vaciedades
El líder socialista recuerda cada vez más a ese personaje de un anuncio de automóviles que es capaz de copiar todo lo que se le antoja nuevo para estar a la última, es decir, para ser de izquierdas, pero que se confunde en el momento decisivo y, en lugar de comprar el coche ideal, se compra el perro del chauffeur, es decir la vaciedad de vaciedades de la nación de naciones, una idea que es tan de izquierdas como, por poner un ejemplo sencillo, la burbuja inmobiliaria o cualquier estafa tipo Ponzi. En su descargo, cabe decir que esa solemne nadería viene formando parte de la gutapercha ideológica del PSOE desde que se le ocurrió a Peces Barba, que en paz descanse. Esa mutación, tamizada por el genio de Zapatero, ha llegado a formar parte del fenotipo socialista sin que nadie, o casi nadie, haya identificado correctamente la nefasta influencia electoral de tamaño dislate.

El PSOE ha vivido durante mucho tiempo de un cierto voto mayoritario en Cataluña, pero Felipe González cometió el inmenso desliz de dejar ese capital en manos de la burguesía catalanista del PSC, a la que pertenecían sin excepción ese inolvidable grupo de líderes que culminó con Maragall. Durante muchos años fueron capaces de mantener en vigor el juego de manos de sostener al tiempo la política de despilfarro en Andalucía y la retórica catalanista de izquierdas, un truco que tuvo su momento de esplendor en la segunda victoria de Zapatero, pero que acabó por perecer a manos de una lógica implacable en tiempos del tripartito, en esa presidencia catalana de Montilla, cuando se vio que la impostura (una injustificable sobrecarga fiscal a los catalanes, aunque no solo a ellos, para financiar los excesos de los feudos socialistas) acabó por resultar insostenible, pese a las insensatas maniobras de Zapatero con Mas y a su absurda apuesta por un Estatut que ya no alcanzaría a soportar el hechizo. Desde entonces, el PSOE es esclavo de un PSC cada vez más endeble, un partido desquiciado y sin fuelle, al que se trata de mantener a flote con una idea absurda, con un expediente de doble lenguaje que deja a Orwell convertido en un alevín a la hora de imaginar perversiones en exclusivo beneficio del que manda.

La nación de naciones
Decir a los catalanes, pues de eso se trata, que van a ser más que el resto, pero van a seguir siendo como los demás, es tomarlos por tontos, a ellos y todos los españoles, sin excepción. En política, el concepto de nación es suficientemente clara y significa un ámbito de soberanía, la capacidad de tener fronteras y defenderlas, la capacidad de tomar decisiones sin consultar a nadie de fuera.

Eso es lo que quieren, contra toda lógica, contra toda ley, y contra toda historia, los secesionistas, pero el taimado Pedro Sánchez pretende hacerles comulgar con esa rueda de molino pecesbarbiana de la nación de naciones, y cree que podrá hacerlo llevado por la fuerza de la izquierda, por los votos de sorianos, albaceteños, asturianos, etc. que serían los primeros estafados por entregar su voto por la igualdad para que los señoritos catalanes puedan ser tan distintos como les pluguiere, para que puedan asegurar que sus impuestos no acaben financiando a esa especie de tontos de baba de españoles cejijuntos, vagos y torpes que describen los antropólogos secesionistas, además de poder gozar de una justicia hecha a medida de sus sabias, interesadas e inmemoriales formas de gobernanza. Pero también para que puedan seguir en el machito esa colla de munícipes del PSC que no se atreven a llevar la contraria al nacionalismo identitario, que no quieren quedar fuera del paraíso catalán, no porque crean que se va a producir, pero sí por estar seguros de que nunca habrá otra política distinta a la que proclama esa identidad tan narcisista y ventajosa.

Homenaje a Cataluña
El mismo Orwell que inmortalizó la burla de las consignas totalitarias (todos iguales, pero unos más iguales que otros) haciendo ver su atropello de cualquier lógica, su desprecio a la capacidad de pensar de las personas libres, su desenfrenado autoritarismo, palidecería avergonzado de la timidez de sus alegorías frente al continuo disparate que producen los secesionistas, frente a sus desprecio a la razón, pero seguramente se quedaría todavía más perplejo al ver que alguien pretende aliviar semejante demencia con procedimientos similares, al ver cómo los socialistas pretenden tener la solución al problema que plantea una voluntad de secesión, por fortuna no mayoritaria, empleando cataplasmas verbales, convirtiendo la política en una especie de diálogo de besugos, en la venta de fórmulas absolutamente vacías que pretenden sacar beneficio táctico al poner en un mismo plano a quienes plantean la ruptura del orden constitucional y a quienes tienen el derecho y la obligación de defenderlo.

Puede que durante algún tiempo hayan gozado de cierto mérito las fórmulas sencillas, y proponer una contradicción en los términos como solución a cualquier problema real, es un caso extremo de simpleza, pero los tiempos ya no están para semejantes chifladuras. Los españoles tenemos un problema grave con el secesionismo catalán, pero llegaremos a tener uno todavía mayor si damos en pensar que la solución de ese conflicto pudiera estar en un trabalenguas, si ponemos nuestros destinos en manos de quienes propongan vaciedades y falsas salidas: no queda otra solución que decidir una cuestión espinosa, si se trata de memos incapaces de pensar racionalmente, o si estamos ante sinvergüenzas que quieren comprar nuestra voluntad con engañifas. Tal vez quepa pensar, no queda mucho tiempo para comprobarlo, que Pedro Sánchez está haciendo, simplemente, una oferta táctica hasta conseguir hacerse con todo el poder en el PSOE, y a la vista está que no acaba de funcionarle, pero si persiste en proponer su bálsamo de Fierabrás como quien predica el evangelio, habrá que darle pronto de alta en la nómina de los muy necios, y los que vieron en él una oportunidad de renovación del socialismo pronto tendrán que reconocer lo gravemente errados que han estado.

España y sus caricaturas
Sánchez entró en la gran política poniéndose ante una bandera nacional cuyo tamaño hacía empalidecer a la que Aznar mandó poner en la madrileña plaza de Colón, y ese gesto pudo significar que el PSOE se libraba definitivamente de esa espuria identificación de España con el franquismo, cosa que, por cierto, ha sabido hacer muy bien el núcleo complutense de Podemos. Ahora, en cambio, parece que le flaquea el patriotismo y que, por reinar en el PSOE, está dispuesto a reconocer que están en lo cierto quienes atribuyen a España la condición de engendro, quienes pretenden negar la única soberanía nacional, estupidez en la que pueden acabar cayendo también los podemitas que se han aliado con lo peor de cada casa, en cada una de las esquinas en las que bullen los “vivas a Cartagena”. Es una desgracia que habremos de llevar con paciencia, pero seguros de que no se trata de una malformación natural ni, y en eso se equivocó Ortega, de un mal que hayamos de limitarnos a conllevar. Cuarenta años de conllevanza deberían tenerse por prueba cierta, pero que una fuerza de izquierdas quiera crecer a base de convertir un prejuicio insolidario, y con base histórica y social en el más puro y cerril carlismo antiliberal, es un regalo demasiado generoso a Rajoy: porque esa forma tan tontamente inapropiada de decir “no es no” al gallego puede acabar convirtiéndose en su salvoconducto para su cuarta legislatura, y aún para la quinta.

No me toques la dictadura
Jorge Vilches www.vozpopuli.com 4 Agosto 2017

La irascibilidad de los cargos públicos de Podemos cuando se les cita la dictadura venezolana, el narcogobierno que la dirige, y sus crímenes, ha ido en ascenso. Al comienzo no hacían caso. Las referencias a una supuesta financiación indirecta y a los asesoramientos iban seguidas por denuncias y alguna amenaza. Luego optaron por ridiculizar al acusador, una conocida técnica estalinista y goebbeliana –que tanto monta- a través de sus periodistas y trolls –que monta tanto-. La idea era achacar la acusación de ser presuntos colaboradores de la criminal dictadura, o del vínculo ideológico entre unos y otros, a que se quería distraer la atención. Después intentaban reírse diciendo: “¿Ha dicho ‘Venezuela’? Un chupito”.

No funcionó porque las declaraciones de sus cargos públicos seguían defendiendo la dictadura del socialismo del siglo XXI, llamaban “golpista” a Leopoldo López, “terroristas” a los opositores, y bramaban, como siempre, contra la UE, el gobierno de España y Trump. Incluso incidieron en su campaña de antifranquismo sobrevenido, apuntando al Valle de los Caídos y el nombre de unas calles, bien acompañada por los publirreportajes de sus cadenas de TV y los medios afines. A esto se unía la cantinela que arrastra la extrema izquierda filoterrorista desde los ochenta: la derecha es heredera de Franco. Poco importa que la izquierda de la Transición estuviera bien trufada por hijos de altos cargos del franquismo.

La irascibilidad de los podemitas ha ido en aumento, decía, pero ahora es paralela a la visibilidad de su nerviosismo. Hace unos días, unos venezolanos que han huido del “paraíso” que algunos de los suyos ayudaron a montar, increparon a Pablo Iglesias e Irene Montero en un restaurante. Denunciaron el hambre y las calamidades que pasan los venezolanos que no pertenecen a la nomenclatura del narcogobierno; es decir, la condición a la que les ha sometido la miserable opresión de una oligarquía, de una auténtica castuza.

La oposición venezolana, incluida la diáspora desplegada por medio mundo, dice que cuando caiga la dictadura saldrán papeles, documentos, nombres y cantidades de los cómplices nacionales y foráneos. Hay quien dice que quizá se forme un tribunal ad hoc para juzgar a los represores.

La dictadura caerá, como han ido cayendo todas en la historia contemporánea. Sin embargo, cuando se desploma una tiranía comunista siempre pasa a engrosar, de una manera u otra, el olimpo del puño cerrado entre aquellos burgueses que, como los socialistas y los podemitas españoles, viven bien en democracia.

Así ha pasado con Marx, un antisemita violento que jamás trabajó, que purgó la AIT, y que escribió contra la participación electoral de la socialdemocracia alemana. Otro tanto con Lenin, el gran teórico de la liquidación social y de los golpes de Estado, con ayuda de Trotski. O Stalin y Mao Zedong, que al genocidio llamaron “revolución”.

Lo mismo ha ocurrido con la revolución cubana, donde los Castro dieron un golpe contra el presidente Urrutia, el primer mandatario tras echar al dictador Batista, y luego liquidaron a Camilo Cienfuegos, a Huber Matos, y a todo aquel que pudiera hacerles sombra. También la izquierda ha idealizado al Che Guevara, un pretendido médico a quién, según él mismo escribió, le gustaba matar. No en vano fue lo único que hizo en Cuba, además de campos de “reeducación” para homosexuales bajo el lema: “El trabajo os hará hombres”.

Cuando caiga la dictadura del socialismo del siglo XXI, ese populismo rancio que pretende renovar el marxismo a brochazos populistas, los izquierdistas mitificarán lo que pasó en Venezuela. Hugo Chávez ya es tratado como un mito, y Maduro y su narcogobierno aparecerán como el error de la revolución. Qué grandes ideales, volverán a decir, traicionados por los que se dejaron seducir por el dinero y la riqueza, por los vicios burgueses.

Chávez y su proyecto, ese caudillismo tan latinoamericano, tan pertinaz, tan tiránico y populachero, quedarán como el enésimo sueño comunista que no pudo ser. Nadie renegará de sus ideas, y pensarán que la próxima generación lo hará mejor. Solo será necesario volver a controlar los medios de comunicación, la enseñanza y la cultura, conquistar las mentes y proyectar odios y deseos. Dirán que la culpa de lo que se hizo mal, de la pobreza, los crímenes, la represión, la falta de libertad y el engaño masivo, fue de otros, no del ideal. Es lo que tienen las ideologías, que son un sustituto barato de la religión.

La irritación y el nerviosismo de la gente de Podemos por el tema de la dictadura en Venezuela son lógicas. Ahora bien, lo terrible es que sigan teniendo millones de votantes –al menos eso dicen las encuestas- que otorguen su confianza a un grupo que se relaciona con las imágenes y testimonios que llegan de aquel país. En la balanza de lo político, incluso de lo humano, no es equiparable a la corrupción ni a la tontería, no se puede comparar con los Gürtel, ERE ni Pujol, ni con el plurinacionalismo confederal del líder consonante. Esa idea de “no me toques mi dictadura porque es de los míos” es tan del siglo XX que asusta.

La intolerable injerencia de la ideología en la enseñanza
EDITORIAL  Libertad Digital 4 Agosto 2017

Que el de la enseñanza es uno de los grandes problemas de España es una evidencia para cualquiera que se acerque a estudiar mínimamente la cuestión. Lo es por los bajísimos resultados académicos que arroja el sistema, como queda penosamente demostrado en las pruebas internacionales. Lo es por la falta de adecuación de éste al mercado laboral, que hace que la tan mal llamada "generación mejor preparada de la historia" sufra una tasa de paro juvenil que se encuentra entre las más altas de la Unión Europea. Lo es porque el igualitarismo y la caída del nivel de exigencia han hecho han comprometido gravemente una de las funciones primordiales de la escuela: servir de ascensor social que permita prosperar a quienes están en peores condiciones socioeconómicas.

Y lo es, por supuesto, porque se ha convertido en una herramienta de adoctrinamiento nacionalista –en tantos casos– o, en tantos otros, ultraizquierdista. De esto último da cumplida cuenta un estudio encargado por el Círculo de Empresarios, donde se denuncia que se envenena a los jóvenes con dosis masivas de anticapitalismo.

No se trata de que las escuelas y los institutos sean casas liberales –si bien ciertas verdades económicas e históricas hablan por sí mismas–, pero los que elaboran los manuales –y los que los aprueban– deberían tener la decencia de, al menos, ofrecer una pluralidad de enfoques.

Cuando, en lugar de a enseñar, los libros y los profesores se dedican a adoctrinar, traicionan la misión que les ha sido encomendada; traición especialmente repugnante cuando se trata de la enseñanza pública y las víctimas son menores de edad. Los adoctrinadores son indignos de la escuela pública, un baldón y una afrenta. Hay que acabar con ellos antes de que acaben definitivamente con el sistema.

La lógica aplastante de la turismofobia de la CUP
Carmelo Jordá  Libertad Digital 4 Agosto 2017

Amén del rechazo que cualquier forma de violencia genera en la gente de bien, el asunto de los ataques de la CUP contra el turismo llama la atención de la mayoría porque casi todos lo vemos como una locura y un despropósito evidente: a prácticamente nadie le parece normal matar a la gallina de los huevos de oro.

Pero en realidad es justo al contrario: no hay nada más lógico que el rechazo al turismo de los ultraizquierdistas y ultranacionalistas, aunque hasta ahora no se hubiesen atrevido a cargar contra la principal industria de nuestro país –¡y del suyo!–, la única en la que ocupamos una posición de liderazgo mundial.

Las razones son varias y todas coinciden al cien por cien con el ideario de los cupaires: la primera es el lógico odio a la prosperidad de aquellos que viven de promover la miseria y la necesitan como condición sine qua non para tomar el poder y retenerlo. Porque tendemos a olvidarlo, pero la pobreza no es un resultado imprevisto del socialismo, sino la consecuencia natural de un sistema que fomenta –y pervive gracias a– la dependencia del poder de capas lo mayores posibles de la población.

Por el otro lado, del nacionalismo extremo de la CUP no cabría sino esperar un rechazo visceral del turismo: un agente modernizador como pocos, que llena tus ciudades y tu tierra, tan pura genética y culturalmente, de gente extraña con ideas distintas y, sobre todo, capaz de hacer ver a alguien que el mundo no se acaba en las reducidas fronteras del terruño.

El turismo es una fuerza cosmopolita y desasnadora, mientras que el nacionalismo necesita de una población que cada vez sea más inculta y provinciana.

A largo plazo, y en una sociedad más o menos abierta, el turismo masivo es incompatible tanto con el nacionalismo como con el socialismo, bien lo saben las dictaduras que se esfuerzan tanto en controlar y minimizar el contacto de los turistas con los indígenas.

Y bien lo sabe también la CUP, que tiene claro que, para que su proyecto totalitario triunfe en Cataluña, Barcelona no puede ser una de las ciudades más conocidas y visitadas de Europa.

Al final, la tribu siempre necesita volver a la aldea y echar al extraño.
 

Corrupción de periódicos y periodistas
Enrique Arias Vega latribunadelpaisvasco 4 Agosto 2017

No se puede cuantificar, por supuesto, pero, en estos cuarenta últimos años, periódicos y periodistas pueden haber malgastado (legal o ilegalmente) el equivalente del PIB de todo un año. Una burrada.

Para empezar, tenemos los miles y miles de millones derrochados en medios públicos, desde nacionales hasta locales, pasando por las insólitas televisiones autonómicas. Cuando, al cerrar la RTV valenciana, el entonces presidente regional, Alberto Fabra, dijo aquello de “prefiero invertir en sanidad y en educación que gastar ese dinero en una tele pública”, lamentablemente tenía toda la razón.

No hablo sólo de empresas públicas al servicio de los dirigentes políticos de turno en vez de a la verdad informativa, sino también de las privadas, cuya complicidad ha sido comprada al precio de subvenciones a su difusión (con ejemplares que muchas veces acabaron en la basura), publicidad institucional, una sedicente prensa escolar, ayudas a las lenguas vernáculas y un largo etcétera de corruptelas varias.

Allí donde las empresas no han sido sobornadas, con mayor o menor fortuna, siempre ha habido algún periodista proclive a dejarse pervertir. Cuando el inefable Jesús Gil fue alcalde de Marbella, por ejemplo, un grupo de corifeos mediáticos alababa su gestión mientras era invitado a vacaciones en la localidad o adquiría apartamentos casi regalados. Luego, a la caída de su valedor, esos mismos fueron los primeros en ponerle a caer de un burro.

Todo esto me ha venido al recuerdo cuando oigo despotricar contra la corrupción de políticos y empresarios a periodistas que han negociado históricamente sus silencios con suculentas contrapartidas. La corrupción, pues, no es de ahora y tampoco se ciñe exclusivamente a los que en este momento están puestos en la picota: el día en que los medios de comunicación hablen por fin de su propia podredumbre, entonces sí que podremos decir que las cosas comienzan a cambiar de forma radical.

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Pedro Sánchez y los hechos diferenciales
Juan Francisco Martín Seco Republica 4 Agosto 2017

Soy más bien reacio a las miles de bobadas que circulan a diario por la red o se reciben por WhatsApp. No obstante, el otro día llegó a mi teléfono móvil por este último medio un video que no tiene desperdicio. No puedo por menos que citarlo; lo encontré no solo enormemente gracioso, sino además muy acertado en su trasfondo. Consistía en un monologo protagonizado por Albert Boadella acerca de los hechos diferenciales. Después he descubierto que está colgado en Youtube a disposición de todo el que quiera verlo. Muchas serían las facetas a resaltar de su contenido, todas ellas interesantes, pero me centraré tan solo en dos.

La primera es que Boadella, tras aceptar irónicamente que, por su condición de catalán, tiene hechos diferenciales, supone que los demás, los que no son catalanes, también los tienen. Verdad de Perogrullo. “Principio individuaciones”. Cada sujeto se diferencia de los demás. Hasta aquí nada nuevo. Pero Boadella enseguida va más allá y, parodiando el discurso nacionalista, afirma que, como es lógico, sus hechos diferenciales son superiores a los demás, porque de lo contrario, se pregunta con toda la razón, de qué serviría tener hechos diferenciales. No se tienen estos para ser iguales o inferiores a los otros. Y es que aquí en gran medida se encuentra el núcleo del discurso nacionalista. Cuando se afirma que son diferentes, lo que se quiere proclamar es que son de linaje superior y que por lo tanto son acreedores a un trato privilegiado. Es decir, se postulan no hechos, sino derechos diferenciales.

El segundo elemento a resaltar es su aseveración de que han sido muchas las personalidades del resto de España que han colaborado a incrementar la conciencia de los catalanes hacia los hechos diferenciales, personalidades tales como Ansón, Herrero de Miñón, Felipe González, García-Margallo, Zapatero, Pedro Sánchez. Estos son los nombres que cita Boadella, pero a los que ciertamente se podrían añadir muchos más. Tal aseveración viene a confirmar mi tesis (ver mi artículo del 24-3-2016 en estas páginas) de que el problema del nacionalismo catalán no está en Cataluña sino en el resto de España, donde muchos de su prohombres se han empeñado en lograr lo que llaman el “acomodo” de Cataluña en España. La mayoría de los catalanes están perfectamente acomodados, al menos en la misma medida o incluso más que cualquier otro español. Nada es perfecto y todos tendríamos motivos para estar descontentos, no precisamente por ser catalanes. En cuanto a los nacionalistas, por su propia definición, nunca estarán satisfechos salvo con la independencia.

Desde la Transición y quizás por antagonismo al régimen franquista (de donde se deduce que nunca se pueden elegir opciones por el único argumento de diferenciarse de otro), nos hemos ido equivocando en el tema territorial, cediendo posiciones con el único objetivo de atraer al nacionalismo, lo que constituye una utopía. Hoy es tabú, pero puede que llegue el día en el que se reconocerá el error cometido con el establecimiento del Estado de las Autonomías. Yo, como muchos de mi generación que nos sentíamos de izquierdas, gritamos aquello de “libertad, amnistía, estatuto de autonomía”. Ahora me pregunto cómo pudimos meter en el mismo saco la autonomía política en el ámbito territorial, de conveniencia muy discutible, con la libertad y la amnistía, exigencias imprescindibles para acceder a un Estado democrático. Y, sobre todo, cómo podíamos olvidarnos de la igualdad. Tal vez estábamos demasiado obsesionados con la falta de las libertades formales y no caíamos en que sí, estas son necesarias, no son suficientes. Deben ser completadas con las libertades reales, todas aquellas que hacen posible la igualdad. No pusimos el debido acento en ella, permitiendo incluso que las veleidades nacionalistas con sus requerimientos prevaleciesen sobre las exigencias de la equidad.

La Constitución se confeccionó con la mirada puesta en los nacionalismos, y con el objetivo de integrarlos para que no quedasen al margen del proceso de la Transición. Se realizaron concesiones importantes tanto en la Carta Magna como en la Ley electoral. Buen ejemplo de ello lo constituye el concierto vasco y navarro, régimen fiscal inconcebible en un Estado moderno y que rompe la igualdad en el plano territorial.

Aparentemente, la estructura política creada en aquel momento parecía contentar al nacionalismo. Eso explica cómo Cataluña fue de las Comunidades en las que la participación de la población en el referéndum para aprobar la Constitución fue mayor, y mayor también el porcentaje de votos positivos. Sin embargo, el equilibrio conseguido fue solo provisional, porque para el independentismo toda conquista constituye únicamente una plataforma en la que apoyarse para plasmar una nueva reivindicación. Paso a paso y año tras año se han ido creando las mayores cotas de autogobierno conocidas en España, y quizás en Europa, hasta el extremo de que el Estado ha ido progresivamente quedando reducido a su mínima expresión.

Pero hay algo más y quizás más grave, y es que el independentismo en todas su variantes ha empleado las estructuras del Estado para propagar su ideario en contra del propio Estado y a favor de la independencia. Se ha valido de toda clase de instrumentos: educación, recursos económicos, medios de comunicación, etc. Ha fabricado una historia nueva e inexistente. Ha construido también una realidad social, política y económica falsa, en la que Cataluña -¡oh, paradoja!-, aparece como una Comunidad oprimida y explotada por regiones mucho más pobres. España nos roba. Esta labor de adoctrinamiento practicada año tras año ha tenido sus frutos y ha incrementado sustancialmente el sentimiento soberanista. Frente a los que afirman que el independentismo ha aumentado por la intransigencia del Gobierno central negándose a hacer concesiones, parece claro que la causa se encuentra más bien en las hechas por unos y por otros a lo largo de todo este tiempo, y que han dotado a los soberanistas de nuevos instrumentos para practicar el proselitismo.

Quienes defienden que el diálogo y las cesiones pueden servir para solucionar el problema o son unos inocentes o tienen intereses propios y puede que bastardos. Sin duda, Azaña pertenecía al primer grupo al defender el estatus de autonomía de Cataluña en la I República; ya que la razón estaba del lado de Ortega cuando mantenía que el problema del nacionalismo catalán no tenía solución y solo cabía la “conllevancia”. El propio Azaña más tarde reconocía su error y se quejaba amargamente en su obra “La velada en Benicarló” de la deslealtad del nacionalismo catalán; primero cuando Companys, aprovechando la Revolución de Asturias, proclamó unilateralmente el Estado catalán y, más tarde, por el comportamiento de la Generalitat en plena Guerra civil.

En todos estos años de democracia, las prebendas concedidas al independentismo se han debido, al menos en parte, a las conveniencias de los dos grandes partidos nacionales. A pesar de practicar cuando gobernaban políticas bastante similares, se negaban sin embargo a entenderse entre ellos y, si se carecía de mayoría absoluta, preferían pactar con los nacionalistas y someterse a su chantaje. Este hecho se ha reforzado en el PSOE en los últimos años por la influencia y presión del PSC.

Fuel el PSC el que dio la victoria a Zapatero frente a Bono, hecho que marcó la actuación del primero en el tema de Cataluña, tanto como secretario general del PSOE, como en su calidad de presidente del gobierno. La tan recordada frase “Pascual, apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el parlamento catalán” fue un precedente nefasto y en buena medida origen de la ofensiva secesionista. Los causantes del llamado desencuentro no han sido, tal como se nos quiere hacer creer ahora, los que recurrieron al Tribunal Constitucional, sino los que aprobaron un estatuto claramente anticonstitucional y quisieron modificar por la puerta de atrás la Carta Magna. Pero, eso sí, Zapatero, gracias al voto catalán, se aseguró una segunda legislatura.

La situación se ha hecho especialmente grave desde que comenzó la deriva separatista, verdadero golpe de Estado, en palabras de la propia patronal catalana. La actuación de las autoridades de la Generalitat es de clara sedición y rebeldía. Aun cuando la Fiscalía hasta ahora, por un problema de prudencia, no haya querido acusar más que de los delitos de desobediencia y prevaricación, que no conllevan asociadas penas de cárcel (se ha huido incluso de la figura de malversación de fondos públicos) no implica que los otros delitos no existan y no estén tipificados en el Código Penal.

Ante tal estado de cosas, es sorprendente la actitud de Pedro Sánchez desmarcándose de las medidas del Gobierno y queriendo jugar a la equidistancia. La postura del actual secretario general del PSOE solo se explica -que no se justifica- por el odio que al parecer tiene a Rajoy, por la pretensión de posicionarse en todos los temas en contra del PP y sobre todo por la ambición nunca abandonada de llegar a presidente del gobierno para lo que -de tener alguna posibilidad- necesita contar con los votos de los secesionistas. Su comportamiento raya en el esperpento cuando, ante los desafueros de toda clase planteados por el independentismo, su reacción se reduce, cual fraile franciscano, a predicar el entendimiento y el diálogo.

Junts pel sí y la CUP están a punto de declarar unilateralmente la independencia de Cataluña. No se ha hecho demasiado hincapié en ello, pero la verdad es que esta declaración se produciría automáticamente con la aprobación de la Ley del referéndum, ya que se proclama a sí misma ley suprema por encima de cualquier otra ley, del Estatuto y de la propia Constitución, con lo que se está presuponiendo la soberanía total del parlamento autonómico. Sabíamos que a los sediciosos les importaban poco la ley y la democracia, pero ahora sabemos que tampoco la lógica, ya que se da una petición de principio. Se hace una ley para habilitar un referéndum con el que preguntar a la ciudadanía acerca de la independencia, independencia que se supone ya realizada desde el momento en el que se ha declarado al Parlamento de Cataluña soberano.

Ante un momento tan crítico como el actual, lo único que se le ocurre a Pedro Sánchez es acusar al presidente del Gobierno de no dialogar y anunciar pomposamente que él sí va a proponer la verdadera solución, unida a una reforma constitucional, que todavía no ha explicado en qué va a consistir, pero que hay que temer que se oriente a nuevas concesiones a los nacionalistas para premiar la sedición y la rebeldía, concesiones que solo servirán para que en el futuro cuenten con más instrumentos para plantear con fuerza renovada la ofensiva separatista.

Pedro Sánchez mantiene una posición totalmente ambigua. Por una parte afirma que respalda al Gobierno en su oposición al referéndum independentista y en la defensa de la Constitución, pero al mismo tiempo pone reparos y se distancia de todas las medidas que el Ejecutivo se ve en la obligación de instrumentar; incluso, él y sus acólitos han llegado a desacreditar el artículo 155 de la Constitución, descartando a priori su aplicación y amenazando nada menos que, como cualquier sedicioso, con acudir a la opinión internacional en caso de que fuera necesario ponerlo en práctica.

El comportamiento adoptado por Pedro Sánchez contradice lo que ha venido siendo la postura tradicional del PSOE en esta materia, que siempre la ha considerado cuestión de Estado y en la que se debía estar al lado del Gobierno. Su condescendencia con el secesionismo catalán tiene que estar dejando descolocados a buena parte de sus compañeros de partido, incluso a aquellos que le hayan votado en las primarias, que seguro que no le dieron su voto para defender esa ambigua teoría de nación de naciones, que tan bien les puede venir a los nacionalistas. Andaluces, extremeños, castellanos, murcianos, etc., es imposible que vean con buenos ojos el hecho de que, a pesar de que la renta per cápita de sus Comunidades es muy inferior a la catalana, se les considere explotadores y a Cataluña colonia subyugada; y que para dejar contentos a los nacionalistas catalanes haya que reformar la Constitución y dejar muy claro que sus hechos diferenciales son superiores a los del resto de los españoles.

www.martinseco.es

Reflexiones en torno a una entrevista
Eduardo Arroyo. Gaceta.es  4 Agosto 2017

Recién ha llegado a mis manos una entrevista concedida a un programa realizado por un canal de televisión boliviano, titulado “La verdad nos hace libres”

La entrevista trataba sobre la independencia de Cataluña. El asunto me interesó especialmente por ser una visión del otro lado del océano, acerca de un problema que, para quién no viva en España, debe resultar harto difícil de comprender. El entrevistador cedió la palabra al secretario de la “Asamblea Nacional Catalana”, Jordi Pairó, para dar razón de su propuesta independentista. Por el otro lado estaba el politólogo y secretario de organización de “Palaforma per Catalunya”, Jordi de la Fuente.

Atrapados como estamos en la vorágine del llamado “proceso”, nadie parece reparar en las razones que cada uno tiene para hacer lo que hace. Es decir, si aquello por lo que lucha está o no justificado. Eso pensé mientras escuchaba a Pairó proferir con algunas dudas los balbuceos de siempre: Cataluña da más de lo que recibe, se oprime nuestra idiosincrasia, etc. Mientras escuchaba la réplica serena y cierta de De la Fuente, me acordé también, por contraste abrumador, del mamarracho aquél que convertía en catalanes desde a Santa Teresa de Jesús, pasando por Cristóbal Colón, hasta el mismísimo Miguel de Cervantes.

Pensé que alguien que, con dinero público, es capaz de sostener tales sandeces quiere decir que, una de dos, o se apropia de lo que no es suyo (el dinero) o quién se lo da está peor que él. Si el susodicho trabajara para un circo sería hasta divertido pero si lo que pretende es marcar los designios de una comunidad el asunto es muy grave. Por eso dudé de que la mesura y la sensatez del politólogo catalán sirvieran para algo y llegué incluso a pensar que estamos en una época de odios y rencores desatados, en la que lo que importa ya no es lo que dices si no en qué campo estás. Hará algunos años, Gustavo Bueno advirtió desde la tribuna de su fundación que el motivo principal de la propuesta nacionalista era el odio a España. Para el filósofo riojano resultaba lógico pensar que cuando la racionalidad está completamente ausente, solo puede ser el puro pathos lo que pone en marcha la acción. Esta espiral de pesimismo la he visto reafirmarse con la entrevista a Anna Gabriel en “El Mundo”. La arrogancia de la entrevistada corre pareja a la vaciedad de lo que dice: resulta evidente que no tiene la menor idea de nada y que solo sabe los cuatro tópicos de los tugurios de la extrema izquierda universitaria. Fuera de eso se ve que es idiota, en el sentido griego del término.

Me pareció interesante, sin embargo, constatar que la propuesta independentista de la ultraizquierda catalana se basa, no en recuperar el derecho de un pueblo oprimido, si no en poder iniciar un “proceso revolucionario”; es decir, en poder organizar su propio cortijo soviético. Este anhelo es tan fuerte que les blinda contra cualquier racionalidad, de manera que si alguien les critica, su crítica es irrelevante porque solo puede venir de un campo: el “Estado español”, los “fachas”, el PP, etc. Ellos tienen su propio olimpo invertido con el que conjurar el mal del ojo del enemigo. El invento tiene la ventaja que les ahorra dar razón de lo que dicen: así, si alguien critica a Venezuela, no es porque los “chapistas” sean un montón de payasos, mezcla de criminales e incapaces, fracasados incluso con la gestión de un supermercado, es que sirve a “los intereses de EEUU”. La culpa siempre es de otro. Esta es exactamente la sensación que tuve al leer por vez primera a Antonio Baños, “ideólogo” de la CUP, en realidad un mero escritor o, a lo sumo, periodista con cierto aire graciosón.

Pero al final acabé pensando que el problema es que la historia no se conduce con gente cansina, hija de su tiempo, si no sobre los rieles de acero de la verdad. Una cosa es la esgrima sofística de la política cutre y otra fundar la acción en la verdad y en la historia genuina. Solo entonces puede asegurarse el futuro. Por todo ello, la actitud de Jordi de la Fuente es precisamente la que debe afirmarse: decir la verdad, serena y pausadamente, sin complejos y a su tiempo. Los catalanes no son mayoritariamente independentistas, tampoco es verdad que la identidad catalana no pueda ejercerse con libertad. Nosotros añadiríamos que son los independentistas los que escupen sobre Cataluña, sus muertos y su historia y los suplantan por un engendro inexistente, crisol de sus patologías , sus fanatismos y sus memeces. Son ellos los que denuncian una corrupción ocultando otra y los que escamotean a todos los catalanes el hecho de que su imperio funciona a golpe de cheque inyectado en escuelas, universidades y medios de comunicación.

Por todo ello, “la verdad nos hace libres” y hay que agradecer la presencia de gente como Jordi de la Fuente, que exponga con claridad y valentía de parte de quién está la razón. Lo demás solo es la enfermedad de la época.

¿Qué pasará el 1 de octubre?
Antonio Robles  Libertad Digital 4 Agosto 2017

¿Qué pasará el 1 de octubre? Es la pregunta más recurrente después de esa otra que solemos largar en el ascensor para salvar la distancia hasta el rellano de tu piso: ¡Ufff qué sofoco! ¿Cuándo bajarán estos calores?

Son de esas preguntas pretenciosas que parecen detener la historia y no son más que flatulencias que pasan tan rápido como han venido. Lo escribió Josep Pla y lo manejó con maestría Albert Boadella: "El nacionalismo es como los pedos, que sólo gustan a quien se los tira".

Situada la seriedad de la pregunta en su justa medida, pasemos a contestarla. El 1 de octubre pasará lo que ha venido pasando estos últimos 40 años: la culminación de una estación más del Calvario según Puigdemont. Son el pueblo elegido, y solo un pueblo elegido se puede permitir plantear una campaña electoral con Artur Mas de Moisés separando las aguas del Mar Rojo.

¿Les suena el vía crucis de Cristo, también conocido como la vía dolorosa o las estaciones de la cruz? según la tradición cristiana fueron las dificultades y vejaciones que debió sufrir Cristo en su camino a la crucifixión para salvar a la humanidad.

Si fijan exactamente en este martirologio la respuesta a la pregunta podrán obtener la respuesta.

No pasará nada, si por nada entendemos un cambio de estatus en la relación soberanista de Cataluña con España, lo cual no quiere decir que no pase nada. Pasar, pasará, pero sólo aquello circunscrito a la necesidad vital de los nacionalistas de sentirse un poco más víctimas. En ese escenario, cada vez más cerca de la cruz, tendrán necesidad de escenificar un nuevo drama adornado con activismo callejero, lamentos y performances destinados a quebrar el corazón de las buenas gentes allende nuestras fronteras. Su objetivo húmedo: dar lástima, provocar pena y desamparo a nivel internacional. ¿Para qué? Para deslegitimar la democracia española y ganar adeptos. Populismo de la peor estofa. Mientras tanto, los pobres infelices seguirán cobrando los sueldos más altos de España, gastando en el procés (el Calvario) a cuenta de los servicios sociales y las políticas de empleo, seguirán aumentando la deuda de Cataluña, depurando a responsables dudosos y asegurándose las instituciones catalanas con personajes cada vez fanatizados.

¿Hasta cuándo? Hasta que el cuerpo aguante o logren pervertir sin marcha atrás la mente de una generación más de escolares, a ver si logran por fin la mayoría electoral. Mientras tanto, habrán roto definitivamente cualquier compromiso con la ley y la dialéctica racional. Para que se me entienda, para convertir Cataluña en una grada del Camp Nou donde las reglas se reducen a ser del Barça o del Real Madrid. O del Español, que viene a ser lo mismo en versión interna.

"Una vez inmersos en esta vorágine de creencias alimentadas por los sentimientos, el recurso a la racionalidad de los hechos es inútil, porque no solo los valores de la ética no son evidentes por sí mismos, sino que el lenguaje emotivo usado por los demagogos es inmune a los hechos. Esto lleva irremisiblemente, en las condiciones adecuadas, a que una mayoría de votantes decidan primando sus opiniones subjetivas sobre cualquier información objetiva. Es decir, cuando el votante opta por la fe en la certeza de los hechos alternativos que le llegan a través de los medios sociales, la verdad objetiva pasa a ser una opción más, y no una regla de oro" (Santi Mondejar).

Pues eso.

INDIGNACIÓN EN LAS REDES
El miserable titular de El Español: ‘Vox provoca a la izquierda abertzale’
La Gaceta  4 Agosto 2017

El periódico dirigido por Pedro J. Ramírez ha hecho su particular interpretación de la campaña de VOX en la que se hace un llamamiento a los ciudadanos para “eliminar la basura de ETA”, es decir, los carteles en homenaje a Kepa del Hoyo.

‘Vox provoca a la izquierda abertzale: anima a arrancar los carteles de Del Hoyo’. Así es como ha decidido titular el diario digital ‘El Español’ la noticia destinada a hacerse eco de la última iniciativa de la formación de Santiago Abascal.

El partido decidía este jueves arrancar los carteles que rinden homenaje al etarra Kepa del Hoyo, detenido en 1998 por integrar o facilitar información al comando Vizcaya. Bajo el hashtag #ArrancaLaBasuradeETA, los militantes de la formación se decidían a salir de las calles para acabar con esta propaganda.

Sin embargo, el diario de Pedro J. Ramirez ha querido hacer su particular interpretación señalando que el objetivo de la formación era el de “provocar a la izquierda abertzale”. Una interpretación que ha despertado numerosas críticas en redes sociales y que ha provocado, aparte de un gran revuelo en Twitter, el cambio del titular en la portada por otro mucho más aséptico: “Vox, contra los carteles que homenajean al etarra del Hoyo”.

“El Español provoca asco por lo cobarde e infame del comentario. VOX planta cara a los asesinos y hace lo que los españoles de bien piensan”, señala uno de los tuiteros.

 


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