AGLI Recortes de Prensa   Domingo 20 Agosto 2017

Terror global, respuesta global
Editorial ABC 20 Agosto 2017

SIN solución de continuidad, tras los atentados de Barcelona y Cambrils, el terrorismo islamista volvió a atacar en la localidad finlandesa de Turku, donde un joven marroquí de 18 años, que pidió asilo en el país en 2016, asesinó a puñaladas a dos viandantes e hirió a seis más. Horas más tarde, en Surgut, ciudad rusa de Siberia Occidental, otro atacante hirió con un arma blanca a ocho personas antes de ser abatido por la Policía. El autodenominado Estado Islámico reivindicó poco después este ataque. Estos episodios de terrorismo global, unidos a los que golpean sistemáticamente a países como Siria e Irak, entre otros del ámbito musulmán, dibujan la dimensión de la amenaza yihadista y fijan las condiciones para su derrota. La primera de ellas es la toma de conciencia por la comunidad internacional de que la amenaza es común y nadie puede declararse al margen de ella. Este terrorismo de la yihad global carece de cualquier justificación oportunista que pretende culpar a las democracias occidentales, argumento tan del gusto de una parte de la izquierda occidental. El terrorismo del Estado Islámico y de Al Qaida, agazapada tras el protagonismo decadente de la que fuera su escisión -y a la espera de recuperar el liderazgo de la yihad internacional-, son el reflejo de un sentimiento de frustración e impotencia de una parte del Islam ante la libertad que representa Occidente, contra el que vuelcan todo su odio. La situación es grave y lo será más a medida que el Estado Islámico continúe perdiendo territorio bajo su control. No en vano el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha propuesta una coalición para combatir al Daesh.

La segunda condición es aceptar también que la leyes ordinarias no son suficientes para prevenir este terrorismo. La muerte de los cinco terroristas que quisieron atacar en Cambrils es la muestra trágica de la disyuntiva en la que está planteada la cuestión: o ellos o nosotros. Toda democracia debe defenderse llegado el caso con medidas extraordinarias, sin superar los límites que las diferencian de las dictaduras, pero sin caer en autolimitaciones absurdas. Podemos insistir en que nuestra mejor respuesta es continuar con la vida diaria normal, pero asumamos que esto no es posible si un terrorista con una furgoneta siega la vida de trece personas a media tarde de un día de agosto en la Rambla de Barcelona. Las democracias europeas han demostrado su generosidad con quienes ahora las atacan: asilados o refugiados, subvencionados con ayudas públicas, beneficiarios de sus redes educativas, sanitarias y asistenciales. El buenismo sentimentalista no funciona cuando el enemigo parasita a su víctima. El campo de batalla no está solo en Irak o Siria. También en los pliegues de las sociedades del bienestar europeas.

Trasfondo de los atentados de Barcelona y Cambrils
Juan Laborda www.vozpopuli.com 20 Agosto 2017

En principio tenía la intención de analizar y comentar las últimas declaraciones de Luis de Guindos sobre una afirmación falsa, la recuperación de la renta de los españoles a los niveles previos a la crisis. Sin embargo, se me hace difícil concentrarme tras los atentados terroristas yihadistas perpetrados en Barcelona y Cambrils. Amigos cercanos y familiares míos viven en Barcelona o veranean en la Costa Dorada. Sí, es cierto, todos los atentados terroristas son horrendos, sucedan en Bagdad, París, Niza, Barcelona o Cambrils, pero el hecho de que pueda afectar a gente próxima nos hace, de manera egoísta, ser más sensibles. Permítanme por ello compartir algunas reflexiones alrededor de los mismos desde distintas vertientes.

Cualquier vida humana está por encima de toda idea política, religiosa o de determinadas ambiciones geopolíticas o geoestratégicas. Ello parece una obviedad, pero desde nuestra atalaya de Occidente nos olvidamos muchas veces de ello. Viendo las televisiones estos días se observa que, salvo alguna honrosa excepción, lo inmediato, lo superfluo y las opiniones vacuas dominan el panorama informativo patrio. Varios botones de muestra. El mayor atentado terrorista perpetrado por los radicales islamistas en los últimos meses se produjo en Bagdad, con más de 350 muertos, pero ello cae muy lejos. Ya nos hemos acostumbrado a las oleadas de refugiados, miles de los cuales pierden la vida cada año en el Mare Nostrum, consecuencia de una política exterior al servicio de determinados juegos geopolíticos y geoeconómicos de las distintas potencias occidentales en países como Irak, Libia, Siria, Egipto, Sudán… Y encima hay quienes, en un acto de cinismo y cobardía, los acaban criminalizando cuando son ellos los que sufren directamente en sus carnes el horror de DAESH. Países como Afganistán, Libia o Irak son estados fallidos por obra y gracia de nuestros gobiernos. Intentaban hacer lo mismo en Siria, hasta que Rusia dijo basta.

El análisis de Nassim Taleb
Pero ¿qué hay detrás de estos grupos terroristas yihadistas? Para ello acudiré a distintas fuentes de quienes considero que pueden aportar algo. Primero déjenme comentar el breve análisis del excepcional matemático estadounidense de origen libanés, Nassim Nicholas Taleb, que, tras uno de los múltiples atentados en París, colgó en noviembre de 2015 en su Facebook una reflexión de ésas que no se ven por nuestros medios de comunicación patrios: “The Saudi Wahhabis are the real foe”, algo así como “ Los Wahhabis Sauditas son nuestros verdaderos enemigos”.

En dicho análisis Taleb considera que, “desde 2001 nuestra política para combatir a los terroristas islámicos ha sido como tratar los síntomas sin saber absolutamente nada de la enfermedad”. ¿Cuál es esa enfermedad? Taleb, desde su análisis, lo explica más adelante: “En lugar de invadir Irak habría sido más fácil centrarse en la fuente de todos los problemas: la educación wahhabi/salafista y la promoción de la intolerancia por la cual un chiita, un yazidi o un cristiano son personas desviadas….”. “Y si hay que llevar a alguien a Guantánamo son a los predicadores salafistas y clérigos wahabíes, no solo a la gente influenciada por sus enseñanzas.” Taleb comenta como se financian las madrassas salafistas, a partir del dinero procedente del petróleo, ese mismo que nosotros compramos de países como Arabia Saudí o Catar. De nuevo, otra vez más, una de nuestras infinitas contradicciones.

Religión, poder, y petróleo en el avispero de Oriente Medio
Pero este análisis de Taleb se queda cojo y es demasiado simplista. Hay que dar un paso más y contemplar el tablero geopolítico y geoeconómico. En este sentido, sin duda el análisis más completo que he visto para entender los atentados de Barcelona y Cambrils lo encontré hace tiempo en una extensa y delicada pieza de J. Jacks en Radio Gramsci titulada “Religión, poder, y petróleo en el avispero de Oriente Medio”. En ella, J. Jacks empieza con una introducción a lo James Bond: “En Oriente Medio casi nada es lo que parece y los enemigos pasan por aliados según convenga”.

Y a continuación señala que para comprender los asesinatos yihadistas hay que “entender primero quien es quien en el salvaje juego de poder e intereses y alejarse de la simple explicación de sunitas contra chiitas o musulmanes contra cristianos y judíos. Hay que mirar el big picture para entender las luchas que ocurren en la zona y que implican al resto del planeta”. Jacks introduce a los principales actores de la zona (Irán, Iraq, Arabia Saudita, Siria, Egipto, Líbano, Jordania, Israel, Estados Unidos, Francia) y a partir de aquí analiza las relaciones entre ellos (Irán-Arabia Saudita, Irán-Iraq, Siria-Irán, Siria Arabia Saudita, Arabia Saudita-Israel, Estados Unidos-Israel, Estados Unidos-Irán, Kurdistan…).

Obviamente un resumen de este análisis excede la extensión de este blog. Pero sí que es interesante ver como acaba el análisis de Jacks: “Oriente Medio es un mundo complejo de piezas enfrentadas entre sí, de amores-odios, de alianzas anti-natura, de cosas que parece pero que no son… todo envuelto en un trasfondo religioso, político y energético. Pero los atentados solo son la parte que los que juegan las cartas desean que el público vea. Creer que los atentados son actos de fanáticos, un sin sentido, un ataque a la democracia es no ver todo lo que está en juego, mucho”.

Horas tristes
Tras los atentados hay muchas cosas que dan que pensar...
Luis Ventoso ABC 20 Agosto 2017

TRAS el golpe de dolor de los atentados de Cataluña llega ahora la tristeza añadida de observar varias anomalías específicamente nuestras. He vivido en Inglaterra toda su ola de matanzas islamistas. El cierre de filas, el patriotismo, fueron absolutos. Siento decir que jamás escuché allí en televisión alguna nada remotamente parecido a lo que vi en la tarde del viernes en una de esas cadenas españolas al rojo vivo. Con la herida de las Ramblas y Cambrils todavía abierta en canal, un tertuliano se aprestaba a recalcar que «España es una gran exportadora de armas». Su mensaje implícito venía a ser que si nos matan es porque algo hacemos mal… Nadie dio réplica allí a tan atroz argumento. Nadie criticará tampoco en alto al grupo mediático de ideología variable que da cobijo a tales disparates que van minando a diario la cordura del país, porque el empleo escasea y la vida es larga, y quién sabe si un día necesitaras su favor para mantener el condumio, o para arañar unos votos… Por supuesto en esas televisiones lo sucedido en Cataluña es solo «terrorismo», sin especificar, jamás yihadista o islámico, pues sería vulnerar la corrección política.

El presidente de la Comisión Islámica de España, el señor Ryai Tatari Bakry, es un hombre de apariencia serena, razonable y occidental. En una entrevista en un periódico disculpa el extremismo que se predica en casi doscientas mezquitas españolas, germen que calienta los cerebros de jóvenes musulmanes suburbiales, que luego se lanzan a una violencia de espita religiosa: «El salafismo puede ser una doctrina un poco radical, pero no es lo mismo radicalismo que radicalidad violenta. Radicalismo es cuando alguien se agarra a lo suyo pero no hace daño a nadie». Demoledor. Según la teoría de este ponderado líder musulmán, predicar el explícito rechazo a los valores occidentales, la sumisión de la mujer y el rigorismo medieval de la sharia no tiene consecuencia práctica alguna, viene a ser algo así como promover la sardana o la muiñeira.

Los medios españoles destacan ampliamente la colaboración de los Mossos y Guardia Civil, lo cual revela el grado de degradación del Estado que hemos alcanzado: se aplaude como algo extraordinario que ante una gravísima ofensiva terrorista en la segunda ciudad de España las Fuerzas de Seguridad cooperen y no se torpedeen.

La primera víctima identificada de los horribles asesinatos de las Ramblas ha resultado ser Francisco López Rodríguez, de 57 años, tornero de profesión, que paseaba por allí disfrutando junto a su mujer, Roser, y otros familiares, entre ellos un sobrino nieto de tres años al que mataron. Francisco, Paco para los suyos, vivía en Rubí, a las afueras de Barcelona, pero había nacido en Lanteira, pueblo granadino de 700 habitantes. Su familia emigró en los setenta, buscando oportunidades en la España próspera, y se quedaron para siempre en Cataluña, su tierra. Cataluña se ha forjado con millones de historias similares. Pero hoy una obsesión xenófoba, que auspician hasta algunos hijos y nietos de aquellos emigrantes, postula como bueno algo tan delirante como que Barcelona y Granada sean países diferentes. Apena tanto asistir a nuestra galopada a la decadencia.

Un imam al frente de la célula yihadista
EDITORIAL El Mundo 20 Agosto 2017

El avance de las investigaciones sobre el atentado que segó la vida de 14 personas en Barcelona el pasado jueves está dejando al descubierto el arraigo con el que el Estado Islámico (IS) se ha asentado en Cataluña. Los terroristas que decidieron atacar la Rambla -tras sufrir un accidente manipulando material inflamable en una casa en Alcanar (Tarragona)- formaban parte de una célula dotada de muchos medios (explosivos, viviendas, coches alquilados, etc.) que presuntamente estaba dirigida por el imam de la mezquita de Ripoll, que estuvo en prisión hasta 2012. Las últimas pesquisas policiales indican que en esa casa hecha añicos en la explosión habría restos del líder religioso, que habría comandado a los jóvenes que atentaron en la ciudad condal e intentaron otra masacre en Cambrils. Esto confirma que España no sólo está entre los grandes objetivos del IS, sino que además, éste cuenta con una peligrosa estructura en nuestro territorio.

Con estos datos sobre la mesa, el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, se reunió ayer con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para valorar si la amenaza terrorista sobre nuestro país recomienda elevar el nivel de alerta a 5 (el máximo de la escala), lo que implicaría que los militares vigilaran puntos críticos -como aeropuertos, estaciones de tren o zonas de gran afluencia- para prevenir o contener un posible inminente ataque terrorista. Siguiendo criterios técnicos, se decidió mantener la alerta en el actual nivel 4.

En 2015, cuando la barbarie yihadista atacó París, Francia decretó el estado de emergencia. En Bélgica y Reino Unido también se reforzó la seguridad recurriendo al Ejército tras los atentados en Bruselas(2016)y Manchester(2017).

Hay que respetar los criterios técnicos. Pero, dada la situación política que padecemos, tememos que el Gobierno pueda tratar de evitar -en esta o en futuras revisiones de la alerta- la activación del nivel 5 para combatir a un enemigo organizado y que ha demostrado tener una alta capacidad de transformarse para hacer el mayor daño posible.

En la práctica, se ha demostrado que, por motivos de distinta naturaleza, el Estado español no puede aplicar muchos de los mecanismos con los que cuenta para su defensa. Léase el Artículo 155 -no utilizado pese a la grave amenaza secesionista- y puede ser que, ahora, los mecanismos contemplados en el nivel de alerta terrorista 5.

El yihadismo ha declarado una cruenta guerra a Occidente y España tiene que defenderse. La unidad política es vital. Los nacionalistas deben afrontar la realidad y arrimar el hombro porque el enemigo no hace distinciones entre catalanes, madrileños, londinenses o parisienses. Sin embargo, pese a la brutalidad de lo ocurrido, el Govern sigue empecinado en el procés y trata de hacer propaganda con el atentado. El consejero de Interior, Joaquin Forn, aprovechó el viernes una entrevista para hacer distinción entre víctimas españolas y catalanas, como si tuvieran nacionalidades distintas. Ayer, el consejero de Exteriores, Raül Romeva, se valió de su periplo por televisiones extranjeras para presentarse como "ministro de Asuntos Exteriores".

No parecen entender que la masacre de Barcelona ha derrumbado el discurso de la singularidad catalana según el cual una Cataluña independiente estaría a salvo de las crisis geopolíticas. Roto el espejismo, Puigdemont debe elegir entre el proceso separatista o el abrazo a la Constitución y reconducir su relación con el Estado para combatir juntos el terrorismo. No conviene olvidar que en las semanas previas al atentado, la Generalitat cesó al jefe de los Mossos, Albert Batlle, por anunciar que no quebrantaría la ley y la Constitución.

No es tiempo de distracciones.La buena labor policial y de los servicios de inteligencia nos ha permitido vivir 13 años sin atentados. Pero en ese tiempo, el enemigo se ha asentado en nuestro país. Lo prueba que en España haya unas 80 mezquitas salafistas -la corriente del islam más radical a la que pertenecía el imán de Ripoll-. Casi la mitad de ellas están en Cataluña y según el Real Instituto Elcano, cuatro de cada 10 yihadistas condenados en nuestro país también vivían allí.

Una guerra desigual
JAVIER REDONDO El Mundo 20 Agosto 2017

Pese al contumaz esfuerzo del amasijo de fuerzas separatistas que gobierna Cataluña por convertirla en la isla de Liliput, no cabe por grande en el corazón de los españoles cada vez que pide entrar o lo hace de forma dramática e involuntaria. Para muchos extranjeros Barcelona es nuestra cosmopolita capital. Para los terroristas no es más que un pedazo de tierra de infieles. Carece de singularidad. Nada diferencia a Cataluña del resto de Europa; más allá de que la libertad y el Estado de Derecho se hallen en recesión.

El historiador Benoît Pellistrandi acaba de publicar en Le Figaro un sagaz y bienintencionado artículo. Conoce bien el fenómeno nacionalista. En esta ocasión lo enfoca desde un ángulo racional y funcional. Cree que los atentados influirán sobre el 'procés'. La presencia de todos los poderes del Estado en la ciudad condal genera un efecto manifiesto -de colaboración- y simbólico -de empatía y unidad- que condicionará el curso de los acontecimientos.

Sostiene con agudeza que Puigdemont ha de optar, pues no puede instrumentalizar la violencia -el permanente reto a la ley fractura la convivencia- al mismo tiempo que condenarla. El autor no pretende inducir a confusión ni establecer relaciones espurias. Muestra las contradicciones del procés.

Coincido sólo en parte. Apenas íntimamente los frentistas saben que algo se ha quebrado en el procés y han calmado en su fuero interno su sed de diferencia. A la vez que experimentan con el temor a la ley y sienten la tentación de ralentizar sus movimientos, sufren el impacto emocional y pánico que provocan el mal absoluto y la anomia. El desafío al Estado de Derecho refleja la debilidad intelectual del Govern y la indefensión moral de sus súbditos. La realidad se ha derramado sobre la fábula.

Sin embargo los soberanistas son cautivos de su rol. Su supervivencia política depende de que desempeñen, con mayor o menor disimulo o frescura, su papel. La función va a continuar. La política es representación y escenificación. Bregar con lo cotidiano para convertir lo insignificante en medular, escurrir lo menudo y apurar hasta el ridículo lo superficial. El nacionalismo es experto en la lid del regate. Pero los sediciosos no pueden evitar que fluya con fuerza otro sentir: el dolor por nuestra Barcelona europea, desgarrada por el fanatismo.

El islam no ha superado una Ilustración, escribe Alan Sokal leyendo a Sam Harris. Por tanto, se mantiene como una cosmovisión que trasciende la religión. Es un orden político. Mahoma es un profeta, también "un político-soldado". Quienes toman la palabra de Mahoma y la sharia al pie de la letra hacen del islam una religión de conquista. Es la yihad. Harris distingue entre islam moderado y radical, basado en la expansión e imposición; contra las sociedades abiertas y la razón. Sus guerreros no son creyentes, son asesinos fanatizados por el Corán. En la CUP y aledaños piensan que capitalismo e imperialismo son las causas. El relativismo y neutralismo no están en condiciones de ganar esta guerra. Si ignoramos los valores que defendemos no resistiremos el asedio.

Nuevo récord de deuda pública: el 100% del PIB
Juan Ramón Rallo. Madrid. La Razon 20 Agosto 2017

La deuda pública española ha alcanzado un nuevo máximo histórico: 1,13 billones de euros, el equivalente al 100% del PIB. Pese a la moderación del déficit público que hemos experimentado durante los últimos años, los pasivos estatales continúan expandiéndose a un mayor ritmo del que sería recomendable: en los últimos doce meses, se han incrementado en 21.000 millones de euros, y en los últimos 24, en 80.500 millones. La cifra récord de 1,13 billones de euros equivale a una deuda pública por familia española de casi 62.000 euros: una hipoteca estatal por la que les toca abonar a cada uno de esos hogares alrededor de 1.850 euros anuales en concepto de intereses.

Peor todavía, la evidencia histórica nos muestra que aquellos países con un alto endeudamiento estatal tienden a crecer la mitad que los países con un bajo endeudamiento estatal. El gran número de pasivos públicos constituye una rémora para el crecimiento, por cuanto dificulta tanto la reducción de impuestos cuanto –para aquellos que glorifiquen el Gran Gobierno– el aumento del gasto. No es de extrañar. Si nuestros pasivos públicos fueran la mitad de los actuales, nos ahorraríamos unos 900 euros por familia española, lo cual nos permitiría, por ejemplo, rebajar los tipos efectivos del IRPF en un 25%.

Así pues, debería resultar obvio que el endeudamiento estatal es una de las grandes lacras que nos ha legado la crisis económica. Mientras que los pasivos de familias y empresas se han reducido en el equivalente a 50 puntos del PIB desde 2010, las obligaciones financieras del sector público se han disparado en 67 puntos del PIB desde el comienzo de la crisis. O dicho de otra forma: a principios de 2008, el gran problema para la estabilidad económica de España era la gigantesca deuda privada; hoy es la exageradísima deuda pública.

Los habrá que piensen que apenas estamos ante una conversión de deuda privada en deuda pública: que el rescate de la banca explica la mayor parte del desapalancamiento privado y del apalancamiento público. Pero no es así. Por un lado, la deuda bancaria no se incluye en el anterior guarismo, que tasa el desapalancamiento privado en 50 puntos del PIB. Los más de 500.000 millones de euros en los que el sector privado ha minorado su deuda son únicamente imputables a familias y a empresas no financieras. Por otro, el coste del rescate bancario para el sector público ni siquiera ha alcanzado los 40.000 millones de euros, esto es, menos de 3,5 puntos de PIB. Evidentemente, no puede explicarse un incremento de la deuda estatal de 67 puntos del PIB a partir de una emisión de deuda de 3,5 puntos.

Siendo así, ¿a qué se debe esta notabilísima y preocupantísima explosión de la deuda pública? Pues a que las administraciones han gastado anualmente –en transferencias y en servicios públicos– mucho más de lo que han ingresado vía impuestos. El déficit público no vinculado a rescates ha sido –y sigue siendo– el gran responsable del estallido del endeudamiento estatal. Y, precisamente, si el exceso de gasto en relación con los ingresos ha provocado la mala situación financiera actual, deberíamos poner fin a ese exceso de gasto para comenzar a revertirla. O subir (todavía más) los impuestos o recortar (al fin) el exceso de desembolsos estatales.

El Gobierno, por el contrario, confía en no tener que hacer nada de todo ello. Esto es, en que el crecimiento económico aumente los ingresos públicos sin necesidad de incrementar las tasas impositivas. Sin embargo, si aspiramos no sólo a estabilizar el volumen de deuda pública sino también a disminuirla con fuerza, deberíamos gestar un abundante superávit que, por necesidad, requerirá o de menor gasto o de mayores impuestos.

Ojalá apostemos decididamente por pinchar la burbuja estatal para, de una vez, liberarnos de la cada vez más onerosa losa de la deuda pública.

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¿Qué aplaudían?
Federico Jiménez Losantos  Libertad Digital 20 Agosto 2017

En esta dictadura de guardería que padecemos, en el parvulario despótico de lo políticamente correcto, parece inútil cuestionar las muecas infantiles que han sustituido los ritos adultos de la civilización, empezando por el más importante, que es el de la muerte. Sin embargo, no hay nada más importante en la vida, sobre todo cuando te matan, que saber morir, y es evidente que en España estamos dejando de saber morir, tal vez porque nos hemos prohibido pensar el hecho de matar. Cuando el dizque ministro de Defensa Bono dijo "prefiero morir a matar" lo que realmente decía es que prefiere, por encima de todo, mentir…. y obligar a mentir a los demás. En esa mentira, que es la costumbre de vivir sin verdad, chapotea España.
El terrorismo capitalista y el Pacto Antiyihadista

Cuando tras el ritual minuto de silencio por la penúltima masacre islamista en Barcelona –a las pocas horas hubo otra-, el Rey, Rajoy, el golpista Cocomocho, la antiturista Colau, los cargos de todos los poderes y administraciones, sistemas y antisistemas, hasta la CUP y sus arranes, que tras pintar en Barcelona "turistas=terroristas" se animaron, como cualquier párvulo más, a callar un momento, rompieron a aplaudir. ¿Y qué aplaudían? ¿A los muertos, a los vivos, a sí mismos, a todos, a quién?

¿O aplaudían para no mirarse? Porque hace falta mucho cuajo para ponerse a aplaudir al lado de los tíos de la CUP que dijeron que la masacre islamista de las Ramblas –el parvulario normalizador la dejado en La Rambla- era "terrorismo fascista fruto del capitalismo". ¿De Marruecos, capital Ripoll? ¿Pues y al lado de la horda podemita, que, como Monedero tras el 11S, llamó a la rebelión del islam y los oprimidos del mundo, o como Urban, dijo que a los asesinos del Bataclan no les dejaban otra salida que inmolarse, porque Occidente les había fallado"? Me asombra que alguien lamente que Podemos, e incluso la CUP, no sean parte del llamado Pacto Antiyihadista. ¡Si deberían prohibirles la entrada! Si los socios de la ETA van a observar y no a luchar contra el terror, será para luego chivarse.

El terrorismo como forma de nacionalismo
Pero, entre las personalidades decentes que callaron con motivo y sin motivo aplaudieron, ¿cree alguien cree que, pasado el momento peluche o Imagine touch de los atentados islamistas servía de algo posar como hermanitos, compatriotas o semejantes junto a los golpistas que quieren destruir España, ese Estado que el Rey y el Gobierno dicen defender?

¿Creía todavía alguien, en Zarzuela, Moncloa, Ferraz o Las Ventas, que sirve de algo posar junto a los golpistas de la Generalidad y de la CUP? Pues si creían o hacían como que los creían (la forma de tontuna más habitual en España es hacerse el tonto hasta que al final ya no se discierne), ya pueden dejar de creerlo, es decir de creerse el cuento de que, sin hacer nada, el separatismo catalán va a disolverse solito antes del 1 de octubre.

Era de cajón que si el terrorismo es una forma de publicidad política y el separatismo está en plena campaña publicitaria para la independencia, el atentado islamista (que, evidentemente, no se parece nada al 11M; sólo Bardají, como un Reinares cualquiera, encuentra semejanza o continuidad) acabaría convirtiéndose en plataforma publicitaria del separatismo. Dijo Cocomocho que relacionar nacionalismo y terrorismo era una canallada… pocas horas antes de relacionarlos y de felicitar a la policía autónoma por su brillante operación antiterrorista y a "otras fuerzas" por su colaboración. El terrorismo es la continuación del nacionalismo… por otros medios.

¿Pensó Rajoy, el Manso de Moncloa, que por aparecer junto al golpista en vez de detenerlo iba éste a enmendarse o aplazar el reto del 1 de Octubre? ¿Creyó que por ser bueno iba a convertir en bueno al malo? ¿Por no denunciar que les dijeron que pusieran bolardos en Las Ramblas y no quisieron? ¡Qué idiotas! Tres días después de la masacre y dos después del aplauso sin motivo, ¿quién está quedando peor? Evidentemente, Rajoy. Evidentemente, España. Ya ni siquiera se finge coordinación de la policía autonómica con la Nacional, la Guardia Civil o el CNI. Los mozos de escuadra cobran de Interior para apuñalarlo. O sea, igual que Cocomocho. Y, si se deja, la que mató a cuatro islamistas será la Pubilla del referéndum.

De Perpiñán a Casablanca
Algunos para los que, al parecer, todo el año es Navidad o, en su defecto, víspera electoral, han llegado a la brillante conclusión de que la masacre de Barcelona ha demostrado que "las cosas realmente serias son otras". Ah, pero ¿no es una cosa realmente seria la destrucción de España? "Es que se han quedado sin relato", dicen, muy postontos y posgilibobos. Bueno, pues vamos a adelantar el que podrá suscribir hasta la CUP, que tiene la ventaja de que ya se ha probado una vez con la ETA y funcionó.

Lo que el Presidente de la Generalidad en funciones Carod Rovira, alias Rovireche, pactó con el jefe de la ETA Josu Ternera en Perpiñán fue que los etarras matasen en España todo lo que quisieran o pudieran, pero no en Cataluña. A cambio, les representarían políticamente y les harían todos los favores legales e institucionales que los terroristas siempre necesitan. Y hubo escándalo, y dimisión. Pero ambas partes presumen aquel momento auroral que el Primer amigo de Cataluña, Otegui, no deja de recordar.

Vayamos, pues, al diálogo. Sustituyamos Perpiñán por Casablanca y pactemos la neutralización de Cataluña a cambio de la convivencia en paz Que los imanes de Gerona, donde más del 10% ya es musulmán (véase la estadística actualizada anteayer por Luis del Pino) inviten a ganar el paraíso a sus yihadistas en Huesca, tan infieles que hasta quieren que les devuelvan las tallas robadas por el nacionalismo catalán. Qué fetichismo y cuánta intolerancia. De esos aragoneses, que hablan castellano, qué vas a esperar.

Pero Cataluña es otra cosa, dirán los separatistas. Dialoguemos, pactemos, rompamos juntos la estaca a la que está aún atada la gloria de Al Andalus. Algún pogrom en Gerona, por aquel judío creador de la Cábala, puede pasar, pero nada de inmolarse en la Cataluña independiente, como si fuera la intolerante España. Creemos el "Espai Obert de Fe i Diàleg" dentro del "Espai Barça". "Ustedes que pueden dialogar, dialoguen", dijo la filósofa de la SER recién despedida. A readmitirla y a dialogar. Ya veo al Colom y a su amigo el salafista echando a volar la Colometa de la Pau.

¿O es que creen los que aplaudían, aún no sé por qué, junto a los golpistas y los enemigos del turismo, que los que defienden pactar con la ETA y dinamitar España, Europa y el Capitalismo, no van a decir que en una Cataluña independiente será más fácil que el Islam deje de matar? Lo dirán y, con la ayuda de los aplaudidores, Pablenín al frente, lo harán.

Procés
Cómo salvar el proyecto secesionista en tiempos de terrorismo
Jon Juaristi ABC 20 Agosto 2017

Las declaraciones de Puigdemont tras los atentados del jueves merecen algún comentario. Comencemos por su insistencia en que tales hechos no cambiarán la idiosincrasia de los catalanes, pueblo pacífico donde los haya, cuya manera de ser ha sido forjada a lo largo de muchos siglos. No es cuestión de discutir ahora una tesis que la historia parece desmentir. La propia tradición catalanista ha visto en la oscilación entre seny y rauxa el algoritmo fundamental del devenir de la región, especialmente en la época contemporánea, pero no es eso lo que interesa en la presente situación. Lo que hay que preguntarse es qué pinta el pueblo catalán en este asunto y qué importancia tiene que sea pacífico o camorrista. Los atentados de Barcelona y Cambrils han tenido lugar en Cataluña, eso es innegable, pero no han ido dirigidos contra ningún pueblo catalán poseedor de una supuesta personalidad colectiva. Los terroristas no pretendían matar catalanes, sino infieles. De igual modo, los atentados de Atocha en 2004 no se planearon para asesinar españoles, como hacía ETA. Ahora bien, se podría objetar, el terrorismo islámico no sólo mata infieles. También causa víctimas entre los musulmanes.

Efectivamente, pero eso es un argumento más contra la teoría de que el blanco de los atentados es una comunidad nacional o étnica concreta. Para los terroristas, cualquier lugar donde no se aplique la ley islámica es Casa de la Guerra y todo musulmán deberá combatirlo aunque sea su lugar de nacimiento. Por eso el Profeta luchó contra la Meca, aunque era de allí y allí vivían los suyos. El islam no es un territorio, ni una nación ni una etnia. Y si un musulmán que reside en la Casa de la Guerra no lucha, se convierte en un renegado que merece morir. Los terroristas no atacaron el jueves a catalanes, sino a infieles y renegados. En cualquier caso, quienes se apresuraron a solidarizarse con «el pueblo catalán» no buscaban, como Puigdemont, la rentabilidad directa del victimismo, sino la ocasión de minar al gobierno de Rajoy . O sea, lo mismo que la izquierda hizo con el de Aznar tras los atentados de Atocha. Y no hay novedad en ello: son los mismos.

Puigdemont sabe muy bien que desligar la continuidad del procés de la situación creada por los atentados puede indignar a más gente de la que hasta ahora ha tenido en contra, porque es evidente que ni en los Mossos ni en la Guardia Urbana de Barcelona reside el factor fundamental de contención y persecución del terrorismo, papel que corresponde al Estado. Seguir adelante con el desafío secesionista supone debilitar al Estado e impugnar su monopolio de la violencia. Con independencia de que se vea con simpatía o antipatía el procés, nadie podrá negar que su continuidad tendrá ese efecto en el nuevo contexto de reactivación del terrorismo.

De ahí la ambigua apelación de Puigdemont al rechazo de los que buscan el enfrentamiento de civilizaciones. Podría interpretarse que se refiere a los terroristas, pero los terroristas islámicos no piensan en términos de enfrentamiento de civilizaciones. Para entender el sentido de esta alusión del president hay que recordar otra vez la reacción de la izquierda al 11-M de 2004. Fue Rodríguez Zapatero quien acusó al gobierno de Aznar de haberse guiado por la idea de civilizaciones enfrentadas y quien propuso, junto a su amigo Erdogan, aquel proyecto de Encuentro de Civilizaciones que tantos éxitos ha cosechado desde entonces. Al invocar el enfrentamiento de civilizaciones, Puigdemont trata de reavivar la bronca de 2004 entre el PP y la izquierda y amortiguar así la reacción socialista a su anuncio de que nada frenará el procés. Nada tendría de sorprendente que lo consiguiera.

Sin convicción, sólo queda la fuerza
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 20 Agosto 2017

Tras los terribles ataques terroristas del ISIS en Barcelona y Cambrils, Carles Puigdemont se ha apresurado a declarar que estos trágicos acontecimientos no iban a alterar para nada su agenda separatista. Si algo han puesto en evidencia los luctuosos sucesos vividos en Cataluña ha sido que las serias amenazas que gravitan hoy sobre Occidente y su civilización requieren estabilidad institucional, unidad nacional y cooperación estrecha de todas las instancias públicas, tanto a nivel interno como internacional. El empecinamiento de los partidos integrados en Junts pel Sí en mantener su proyecto secesionista dilapidando esfuerzos y energías tan necesarios para enfrentarnos a los grandes desafíos de nuestro tiempo en un propósito absurdo, ilegal y destructivo, en lugar de concentrarlos en la lucha contra el yihadismo asesino y en la recuperación económica, por citar dos temas cruciales para los catalanes, demuestra la magnitud de su errónea percepción de las verdaderas prioridades de la sociedad que gobiernan.

El colmo de la contradicción en la que están inmersos el PDCat y Esquerra Republicana es que en su delirante persecución de un objetivo imposible se apoyen en una organización política que ya les ha anunciado que desea un Estado catalán independiente para liquidar el modelo productivo y el modo de vida en el que ellos creen firmemente, realizando así un ejercicio de masoquismo realmente incomprensible. Todo lo que compone el proceso soberanista catalán es de una irracionalidad difícil de superar, una clase política y un amplio segmento social entregados a empobrecerse material y espiritualmente, aliados con una horda de fanáticos dominados por el odio y ansiosos por borrarlos del mapa. Curiosamente, el fin último de la CUP, aunque por diferentes motivaciones, es el mismo que el del islamismo criminal, la demolición de la democracia liberal e ilustrada para sustituirla por un totalitarismo dogmático incompatible con cualquier asomo de libertades civiles y de respeto a los derechos fundamentales.

A medida que se acerca la fecha fatídica del uno de Octubre, va quedando claro que el Gobierno de la Nación no podrá escapar al uso de la fuerza legítima del Estado para hacer respetar la ley, como también resulta innegable que se encuentra en esta incómoda tesitura por haber carecido los dos grandes partidos nacionales desde la Transición hasta la actualidad de las convicciones indispensables para, en primer lugar, comprender la auténtica naturaleza del nacionalismo identitario y, en segundo, para neutralizarlo a tiempo con el discurso y las políticas adecuados. Si González, Aznar, Zapatero y Rajoy, hubieran entendido que el problema del nacionalismo particularista no se soluciona aceptando sus tesis e intentado apaciguarlo con concesiones que sólo contribuyen a incrementar su deslealtad y a envalentonarlo, sino defendiendo sin complejos los principios propios y privándole de los instrumentos financieros, institucionales y simbólicos necesarios para su propagación y control de las mentes de los ciudadanos, no estaríamos ahora en una situación límite análoga a la de Octubre de 1934 e imposible de solventar sin violencia, legítima en el caso del Estado, ilegítima por parte de los separatistas, pero violencia al fin y al cabo, con lo que comporta siempre de daño y de dolor.

Hay tres momentos clave que marcan el camino hasta el desastre presente. El primero cuando los artífices de la Transición configuran una estructura territorial para España que pone en manos de los nacionalistas catalanes y vascos las herramientas idóneas para desarrollar su empresa de destrucción de la cohesión entre españoles, especialmente la educación y potentes medios de comunicación, el segundo cuando Aznar desmantela ideológicamente su partido en Cataluña en 1996 de manera pusilánime mostrando a Pujol que la resistencia a sus futuras maniobras de separación será mínima y el tercero cuando Zapatero se presta en 2006 a un nuevo Estatuto de Autonomía que revienta las costuras de la Constitución. Si a los independentistas les hubieran anunciado hace cuatro décadas que tres sucesivos Presidentes del Gobierno de la Nación iban a ser sus eficaces colaboradores en la tarea de acabar con esa misma Nación, no lo habrían creído. Sin embargo, gracias a este trío de inquilinos de La Moncloa, a su nula visión y a su deficiente patriotismo, sus sueños más ambiciosos están a punto de cumplirse. En cuanto al cuarto Presidente, su innata pasividad ha hecho que asista inmóvil a la culminación de la catástrofe gestada por sus predecesores.

Preparémonos, pues, para lo peor porque, efectivamente, cuando falta la convicción, sólo queda la fuerza.

21 palabras de Puigdemont
Pedro J. Ramírez El Espanol 20 Agosto 2017

Todo cuanto escribí la semana pasada sobre el “espíritu de Dunkerque” es hoy de plena aplicación en relación a la masacre de Barcelona. Y no es porque escriba desde Londres. Recuérdese cómo buena parte de los líderes mundiales han buscado su inspiración en el “no nos rendiremos nunca” de Churchill, tras los atentados contra las Torres Gemelas o los lugares de ocio de París.

La clave del terrorismo es que convierte en víctimas a todos los supervivientes. Máxime cuando no se trata de atentados selectivos sino que cualquiera puede ser mutilado o asesinado por el mero hecho de formar parte de una comunidad. En ese trance, o se refuerza la cohesión de los valores compartidos, o la tentación del desistimiento -más vale vivir en paz, aunque sea a costa de ceder en algo- estará a la vuelta de la esquina.

Los ataques con vehículos contra multitudes se parecen mucho, desde ese punto de vista, a los bombardeos aéreos contra áreas urbanas, que tanto sobrecogieron no sólo a los habitantes de Guernica, Londres o Dresden, sino a cuantos vivían en ciudades de uno u otro tamaño. La misma sensación de impotencia e indefensión, la misma dependencia del azar que producía la lluvia de proyectiles desde el aire, aparece hoy vinculada no ya a la asistencia a un espectáculo o celebración masiva, sino al mero deambular por un área concurrida. Es la imparable empatía del mañana puede ocurrirme a mí.

Cuando la vulnerabilidad se deriva de la forma más elemental de sociabilidad humana, la advertencia de Roosevelt de que nada hay tan temible “como el miedo mismo” adquiere todo su dramático y paradójico sentido. Para no correr el riesgo de ser bombardeado, había que huir de la ciudad; para evitar el peligro de ser atropellado por un yihadista fanático, habría que encerrarse en casa. O sea renunciar al propio sentido de pertenencia que hace del ser humano un animal social y volver a un estadio de individualismo salvaje que implicaría mirar de reojo, con la mano aferrada a la empuñadura de un arma, cada vez que, al cruzar la calle para comprar el pan, viéramos acercarse un vehículo con un conductor de tez oscura.

Para protegernos tanto del fanatismo ajeno como del miedo propio es para lo que existe el Estado, único defensor eficiente y legítimo de la vida y hacienda de las personas que lo integran. Todo Estado arrastra una historia, una cultura, unas tradiciones y unas reglas del juego. En las sociedades bárbaras o en los países totalitarios las transformaciones de tal acervo son fruto de la ley de la fuerza. En las sociedades democráticas cualquier cambio se encauza mediante la fuerza de la ley. Esa es la esencia de la fecundación civilizadora que transforma al monstruoso Leviatán en moderno Estado de Derecho.

Por otra parte, ningún Estado puede cumplir aisladamente su función. Vivimos en un mundo en el que los procesos de globalización de las amenazas resultan imparables, debido al desarrollo de la tecnología de las comunicaciones y la información. Todo se transmite, todo se contagia. Ni las pandemias, ni los huracanes, ni el calentamiento global respetan las fronteras. Tampoco el yihadismo como exacerbación radical, intolerante y sanguinaria del Islam.

Allí donde exista laicidad, pluralismo, igualdad entre hombres y mujeres, respeto a la identidad sexual, libertad de creencias y de culto, habrá siempre un blanco potencial para esta aberrante expresión de la antitética capacidad de alienación y servidumbre del ser humano. Por eso Barcelona ha quedado hermanada con Berlín, Niza, Estocolmo, Manchester o Londres, mediante un obtuso proceso de copia y pega del formato de atentado que convierte cualquier vehículo pesado en arma letal.

Al igual que ocurría en los momentos en que quien golpeaba era la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas o cualquier otro grupo doméstico, es ahora cuando nos damos cuenta de la utilidad del Estado. Frente a la intromisión brutal de la barbarie que brota de lo peor de las entrañas de la especie, cuando los miembros amputados se mezclan, bañados de sangre, con los cascotes de la cotidianidad dinamitada, entonces buscamos refugio en el único puerto en el que existen medios y recursos para aliviar el dolor inmediato, prevenir su reiteración, capturar a los culpables y castigar sus desmanes.

Eso es el Estado, en nuestro caso España: los servicios de emergencia, los hospitales públicos, la transfusión de sangre, los trasplantes de órganos, la identificación de cadáveres, la ayuda e información a las familias, el despliegue de los cuerpos de seguridad para abatir a los siguientes asesinos o atrapar a los huidos, la acción de los jueces y fiscales, la cooperación internacional, la red de seguridad final del Ejército y tres escalones de autoridades -municipales, autonómicas y estatales- responsables de que todo funcione, con el Rey como elemento de representación simbólica.

Nadie podrá decir que bajo esta noción alienta un nacionalismo alternativo a ningún otro, o cualquier patriotismo distinto al constitucional. España podría no haber existido, o tener unas fronteras distintas a las actuales o una organización territorial diferente. Pero el proceso de decantación histórica de los grandes Estados-nación del viejo continente, mediante la legitimación de sus reglas democráticas, ha desembocado en la construcción de la Unión Europea precisamente con estos mimbres. Podrían haber sido otros, pero son los que son; y los separatistas catalanes no pueden esperar que los problemas de su clase política o sus desajustes con el resto de España vayan a crear el precedente de un rediseño unilateral del mapamundi democrático.

Y menos aún en este momento en que estamos librando la guerra sin cuartel que nos ha declarado el yihadismo. Nada beneficiaría tanto a ese enemigo cruel y sanguinario como un conflicto interno que debilitara a una de las grandes democracias europeas, separando y aislando una de sus partes. Es el sueño de cualquiera que acecha a una columna para tenderle una emboscada: que alguno de sus bloques se despiste y pierda el contacto con el resto. La secesión de Cataluña al margen de la legalidad internacional la convertiría en la más fácil de las presas para quienes nada desearían tanto como establecer una cabeza de puente para su nuevo califato integrista en el sur de Europa.

Que fuera precisamente en el “bressol” de Cataluña, en Ripoll, cuna de su románico y tumba de sus “reyes”, si así se puede llamar a los condes de Barcelona, donde tuvieran su cubil los yihadistas que sembraron de cadáveres las Ramblas; o que -tal y como ha desvelado el gran reportero catalán David López Frias en EL ESPAÑOL- su primer gran objetivo fuera nada menos que la Sagrada Familia de Gaudí, debería sumergir a los dirigentes separatistas en un brusco baño de realismo.

Entremezclados con sus fantasías por la acción de las migraciones, la geopolítica y el mestizaje de la multiculturalidad de la que tanto se alardea, están los ingredientes del desastre. Cataluña es con gran diferencia el lugar de España en el que el adoctrinamiento yihadista -y, como ahora se ve, su propia red logística- ha alcanzado mayor penetración. Los fantasmas que tanto perseguían a Heribert Barrera o Marta Ferrusola se han hecho ya corpóreos en su peor variedad: no son los charnegos, no son los sudacas, no son los negros que hablan inglés en vez de catalán... son los yihadistas, estúpidos.

Desgajados de los mecanismos de coordinación y suministro de datos españoles y europeos, los Mossos serían policialmente impotentes para combatir a este enemigo. Desprovistas de la cobertura institucional de la UE, huérfanas del amparo diplomático de la comunidad internacional, las autoridades de Cataluña no tendrían otro remedio que transigir, buscar un acomodo con el ISIS y su galaxia, finlandizar Cataluña, en suma, al modo en que Carod Rovira amagó a hacerlo con la ETA. La peor pesadilla de Oriana Fallaci sobre una Europa islamizada tendría su primera oportunidad en un par de décadas de ruptura unilateral con España y exclusión automática de la UE.

En este contexto no cabe sino asumir en su literalidad las 21 palabras que Puigdemont pronunció en su primera comparecencia tras la matanza de las Ramblas: “No dejaremos que una minoría acabe con nuestra manera de ser que ha sido forjada a lo largo de los siglos”. Esto es de aplicación a Cataluña pero también, por supuesto, al conjunto de España, a no ser que él piense -como denunciaba Shylock- que a los demás no nos duele que nos peguen.

Pretender que se defiende un modelo de sociedad mientras se intenta destruir al Estado que lo garantiza sería siempre contradictorio, pero hacerlo en las actuales circunstancias equivale a encaramarse a una rama para separarla del tronco sobre un lago infestado de tiburones. Si Puigdemont no es consecuente con sus 21 palabras -y sólo podría serlo cancelando el referéndum secesionista del 1 de octubre- otros tendrán que hacerlo por él, desde los líderes de los partidos constitucionales, hasta los responsables operativos de las Fuerzas de Seguridad, pasando naturalmente por el Tribunal Constitucional y los jueces y fiscales. Sólo con su labor coordinada podrá evitarse la catástrofe de que la metáfora del político kamikaze dispuesto a estrellar las instituciones autonómicas contra el edificio del Estado termine materializándose de forma coincidente, o para ser más exactos superpuesta, a la acción terrorista, nada figurada, de quienes también alientan su propio mito identitario, al servicio de un integrismo excluyente.

El atentado pincha la burbuja y pone a Puigdemont frente a la cruda realidad
La actitud atónita del presidente de la Generalitat ante los atentados de Barcelona y Cambrils llama la atención. Era un secreto a voces que Barcelona estaba entre los objetivos del terrorismo
Ignacio Varela El Confidencial  20 Agosto 2017

Nada sirve de consuelo por las vidas perdidas y las malheridas en el crimen terrorista de Las Ramblas. Pero dentro del horror, estremece pensar en lo que pudo haber sucedido si el plan de los asesinos hubiera tenido éxito. Esta vez se pretendía un atentado parecido al 11-S de Nueva York o al 11-M de Madrid: centenares de muertos y miles de heridos, probablemente acompañados por el derrumbamiento de algún edificio de gran valor simbólico. Si estamos conmocionados por esta matanza, piensen cómo podríamos estar.

Era un secreto a voces que más pronto que tarde habría un atentado yihadista en España. Solo los responsables de nuestra seguridad saben cuántas intentonas anteriores se han frustrado durante 13 años gracias a que tenemos uno de los mejores dispositivos antiterroristas del mundo. Pero precisamente por eso los terroristas buscaban con especial ahínco matar en España, para demostrar que nadie está a salvo de su ferocidad asesina.

El segundo secreto a voces era que Barcelona estaba en el grupo de cabeza de los objetivos del terrorismo. No solo por ser la capital más cosmopolita del Mediterráneo, sino porque allí se da la máxima concentración de grupos islamistas organizados y radicalizados, como bien saben los gobiernos y los servicios de información occidentales.

Por eso llama la atención la actitud de atónito estupor de Puigdemont, Colau y sus gobiernos ante los sucesos del jueves. Este atentado impresiona, indigna, subleva a las conciencias civilizadas; pero para que produzca sorpresa hay que estar muy en las nubes. Que es justamente donde están los gobernantes de Cataluña desde hace demasiado tiempo.

Por supuesto, no pretendo achacar a los mandatarios catalanes ni un gramo de culpa por el atentado. Sería injusto y estúpido: los únicos culpables de los actos terroristas son quienes los cometen, y señalar a otros es hacerles el juego. Pero estas sacudidas a veces sirven para hacer un alto en el camino y reflexionar sobre si estamos ordenando adecuadamente nuestras prioridades.

Lo cierto es que Cataluña lleva varios años sin un gobierno que merezca tal nombre. El equipo de personas que ocupa la Generalitat se ha convertido, en la práctica, en un comando de agitación y propaganda al servicio de un único designio: el 'procés'. Pero aparte de eso, al presidente Puigdemont –especialmente a él– no se le conoce en su mandato una actuación importante que tenga que ver con lo que habitualmente se espera de un gobernante responsable.

Llevan años viviendo en la burbuja de una fantasía política, y ello los distancia cada día más de la realidad. Hasta la tarde del 17, ¿qué lugar ocupaba en las preocupaciones del presidente catalán la posibilidad de un atentado terrorista en el centro de Barcelona? ¿Y en las de su flamante consejero de Interior? Porque sabiéndose lo que se sabía, cualquier puesto que no fuera el primero denotaría una alarmante desorientación.

Pero me temo que ambos han dedicado infinitamente más horas a trajinar a la policía autonómica para que los ayude a burlar la ley el 1 de octubre, a fabricar un censo electoral de mentira o a conseguir urnas para un referéndum que saben que no se celebrará, mientras se gestaba una tragedia de la que, repito, no se les puede culpar, pero que de ninguna forma los puede pillar en la inopia.

El equipo de personas que ocupa la Generalitat se ha convertido en un comando de agitación y propaganda al servicio del 'procés'
En realidad, todo lo que ha sucedido en Barcelona este verano supone un abrupto topetazo de Puigdemont y su gobierno con el principio de realidad. Ese que dicta que, en el mundo globalizado, los problemas más graves no requieren desconexiones, sino todo lo contrario: mucha más y mucha más estrecha conexión en todos los ámbitos y a todos los niveles.

Cataluña ha sufrido este verano, como toda España, los rigores de un cambio climático que ya es riguroso presente. Hasta el día del atentado, lo que más espacio informativo había ocupado eran los tremendos vaivenes de un clima enloquecido para siempre. No veo cómo salirse de España y de la Unión Europea puede ayudar a Cataluña a afrontar mejor ese drama mundial.

En agosto se ha colapsado el aeropuerto de Barcelona, y lo ha hecho justamente en el punto más sensible: los controles de seguridad. Naturalmente, los responsables de la Generalitat han tenido que hacer frente al conflicto de la única forma posible: coordinándose con AENA y con el Ministerio de Fomento y, en última instancia, dando la bienvenida a la presencia de la Guardia Civil para ayudar a normalizar la situación y proteger los derechos de los pasajeros. (Por cierto, no estaría de más reconsiderar si, en plena guerra antiterrorista, el control de la seguridad en los aeropuertos es un servicio que deba estar en manos de una empresa privada, como las cafeterías, o una tarea que corresponde necesariamente a la policía).

Barcelona ha sido también escenario primigenio y principal de la burbuja turística, que es una manifestación más de otro de los problemas globales de nuestro tiempo: los flujos masivos de personas a través de las fronteras, sean en forma de movimientos migratorios o de oleadas turísticas. Lo que también tiene impacto sobre la seguridad y aumenta el peligro terrorista. En todo caso, algo que no puede solucionarse con ordenanzas municipales.

Y después, el atentado. Aquí sí que no hay desconexión que te proteja. Este terrorismo suicida de nuestra época solo tiene una medicina: unidad institucional, cooperación internacional y coordinación de los servicios de información. Aunque no lo reconozca, seguro que ante la amenaza terrorista a Puigdemont le tranquiliza saber que puede contar con la ayuda de los servicios de seguridad del Estado, con la información del CNI y con el amparo de la comunidad internacional a través del gobierno español.

Por favor, reordenen sus prioridades. En septiembre viene la Diada, que pretenderán masiva; y después, un extenso programa de movilizaciones, con cientos de miles de personas respaldando el referéndum secesionista. Me parece legítimo. Pero en esta situación, la primera obligación de un gobernante no es agitar, sino explicar a los ciudadanos cómo se va a proteger su seguridad cuando salgan a la calle a ejercer su derecho de manifestación.

Por decirlo en términos freudianos, el 'procés' representa (para sus promotores) el principio de placer y todo lo demás el principio de realidad. Ojalá Puigdemont y los que lo acompañan se instalen definitivamente en el segundo, porque este atentado no puede ser ni será un paréntesis para regresar a la ensoñación.

Mayor Oreja: "Los españoles merecían que les explicaran los atentados en español"
Ferrer Molina El Espanol 20 Agosto 2017

Jaime Mayor Oreja (San Sebastián, 1951) se jubiló de la política como eurodiputado tras una década en Bruselas. De eso hace tres años. Sin embargo ha pasado a la memoria colectiva como el ministro que combatió a ETA entre 1996 y 2001, cuando la liberación de Ortega Lara, cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco y del matrimonio Jiménez Becerril, de Fernando Buesa y de López de Lacalle, de Luis Portero, de Ernest Lluch y de tantos otros.

Su aplomo le granjeó la simpatía de muchos españoles, reflejada una y otra vez en los sondeos, y su nombre estuvo en la terna que barajó Aznar para su sucesión, junto a Rodrigo Rato y Mariano Rajoy. Mantiene el carné del PP, pero con el presidente del Gobierno no habla desde enero de 2014, cuando se despidió de él. "No coincidíamos en el diagnóstico de los graves problemas de España", señala.

Regatea el calor de agosto en la costa gaditana, junto a sus hijos y sus cinco nietos y medio -el sexto está al caer-, en la misma casa que alquila todos los veranos desde hace dos décadas. El resto del año lo dedica "al mundo de las ideas", sobre todo a la Fundación Valores y Sociedad, desde la que defiende el humanismo cristiano.

La Universidad Católica de Valencia le ha entregado la dirección de la Cátedra Tomás Moro. Mayor Oreja cree en la máxima del santo inglés, que perdió la cabeza por negarse a reconocer a Enrique VIII como jefe de la Iglesia: "El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moral".

Tras los atentados de Barcelona y Cambrils, ¿cree que debemos estar preparados para coexistir con este problema durante muchos años, igual que ocurrió con ETA?
Este problema no es español, es un problema propio de las sociedades occidentales, y es evidente que vamos a convivir con él un tiempo, por algo fundamental: porque no terminamos de entender cuál es la razón del ataque.

Pero las razones parecen claras: el odio a un modelo de sociedad y a unos valores que unos fanáticos consideran que hay que combatir, ¿no?
Nos atacan porque nos ven débiles, sin cohesión. En Niza, en Londres, en Berlín, en Barcelona... Plantear esto sólo como una lucha policial, que es también indispensable, es un error. Hace falta entender la necesidad de un proyecto que nos fortalezca en el ámbito político, en el ámbito de las ideas y en el ámbito de los valores de la sociedad occidental. Ellos están viendo una sociedad en la que hemos dejado de creer.

¿Dónde detecta esa debilidad?
En la distancia que se ha abierto entre los conservadores y los progresistas, que es gigantesca. Los que dicen que quieren crear un nuevo orden mundial, lo que tratan es de destruir los valores cristianos que han constituido los cimientos de la civilización occidental. Ahí se abre una grieta, los terroristas ven esa falta de valores compartidos y deciden pasar al ataque para ahondar en nuestra crisis. Por eso lo urgente no es decidir qué medidas policiales hay que adoptar, que también hay que hacerlo, sino definir qué proyecto político y social puede cohesionar a los europeos.

Usted fue crítico con la Alianza de Civilizaciones de Zapatero. ¿Cree que el tiempo le da o le quita la razón al expresidente?
Es que es otra perspectiva distinta. Lo que yo digo es que hay que reforzar los elementos de cohesión de nuestra civilización. No es la Alianza de Civilizaciones el acento. Frente a la obsesión del multiculturalismo tenemos que ser capaces de ver cómo dialogar entre nosotros. Con ETA siempre tracé la misma ecuación: a más España, menos ETA; a menos España, más ETA. En este caso diría lo mismo: a más valores en la sociedad occidental, menos terrorismo yihadista; pero a menos valores compartidos en la sociedad occidental habrá más terrorismo yihadista.

¿Cómo se pueden extender o recuperar esos valores? ¿A quién responsabiliza de su destrucción?
No tratando de reemplazar valores como la vida, la familia, el matrimonio... Eso lo que va produciendo, en mi opinión, es una distancia, un abismo. Y qué duda cabe que hay más responsabilidad entre aquellos que quieren destruir esos valores que entre quienes quieren mantenerlos. Hoy es una lucha, en términos democráticos, entre David y Goliat.

¿Por qué?
Porque la moda dominante es destruir los valores cristianos. Pero no se trata de que algunos queramos una Europa en la que sólo haya cristianos, sino de que podamos aceptar y defender que en Europa nuestras raíces son en buena medida cristianas. No se trata de imponer una religión, sino de defender una civilización.

Las autoridades han destacado la buena coordinación entre los distintos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad; sin embargo, a la hora de comparecer ante la opinión pública, Generalitat y Ayuntamiento ofrecieron las primeras explicaciones, las más esperadas por los ciudadanos, sin la presencia de un representante del Gobierno. ¿Qué opinión le merece?
Yo lo que creo es que hubiera sido muy importante y muy significativo que nos hubiesen explicado el atentado en la lengua que entendemos todos: el español. Porque creo que el conjunto de los españoles merecían esa explicación.

¿Por qué cree que Estado Islámico ha atentado ahora en Cataluña?
No es posible interpretar por qué lo hacen en un sitio o en otro. La crisis atrae los atentados terroristas. Y en España tenemos una crisis de nación, como en Francia tienen una crisis de sociedad.

Usted sostiene que el 11-M fue un atentado deliberado para cambiar el rumbo de España. ¿Cree que los atentados de Barcelona y de Cambrils pueden afectar al proceso independentista?
Yo creo que no va a alterarse nada. Los movimientos tienen inercia, y la inercia empuja siempre hacia adelante, no hacia atrás. Ojalá me equivoque. Yo creo que deberíamos trabajar todos con la idea de que esto no va a alterar el llamado proceso independentista.

Una Cataluña independiente, ¿quedaría fuera de la coordinación de los servicios de Inteligencia y de la lucha antiterrorista de la Unión Europea?
Una Cataluña independiente sería una catástrofe para España, para Europa, para el futuro de la sociedad en libertad.

¿Y para la seguridad de los propios catalanes?
Ellos saben que dentro de la angustia, como la que acaban de vivir, es mejor estar bien acompañados que solos. Pero vuelvo a decir: los que mandan no van a cambiar el rumbo de los acontecimientos, porque hay una élite que ha decidido ya una estrategia.

El 1 de octubre está a la vuelta de la esquina. ¿Qué cree que pasará ese día? ¿Habrá referéndum?
Bueno, hay torres puestas: una, la del Gobierno de Cataluña; otra, la del Gobierno de España. Y yo lo que digo es que hay que ponerse en el peor de los escenarios, porque se acierta en el peor de los escenarios. Pero hay que pensar que esto no acaba el 1 de octubre; esto empieza el 1 de octubre. Esto no puede entenderse como la culminación de un proceso, sino como el arranque de una etapa. Y para eso nos tenemos que preparar todos los españoles.

¿Cree que habrá urnas?
Yo creo que los nacionalistas catalanes están obligados a ir hasta el final de sus posibilidades, y eso significa que van a llegar al límite para que haya referéndum. Otra cosa es la respuesta que dé el Gobierno de España.

¿Usted sería partidario de que las Fuerzas de Seguridad intervinieran para impedirlo?
Eso lo tiene que responder el Gobierno, que tiene los datos y la información. Yo estoy en el ámbito, digamos, prepolítico, en el ámbito de las ideas.

¿Considera que el Gobierno debería haber aplicado el artículo 155 de la Constitución para frenar el proceso separatista?
En julio de 2003, cuando había abandonado el Gobierno de España y estaba en el Parlamento vasco y vivía lo que era el preludio del plan Ibarretxe, dije que había que desarrollar en el Congreso el artículo 155 de la Constitución, porque entendía que debíamos defendernos desde la ley. Había que determinar cómo se aplicaba y en qué condiciones. Por eso yo nunca diré que hay que aplicar el 155; yo dije en 2003 que había que desarrollarlo legislativamente.

Se han perdido catorce años.
Bueno, yo creo que en España tardamos veinte años en orientar en la buena dirección la lucha contra el terrorismo de ETA, que fue el primer gran proyecto de ruptura de España. Entre 1977 y 1997 vivimos enseñanzas, lecciones, terrores y equivocaciones de unos gobiernos y de otros. Ahora tenemos el segundo gran proyecto de ruptura de España. No lo hacen con terrorismo, sino desde de las instituciones catalanas. ¿Cuánto tiempo vamos a tardar en afrontar acertadamente ese proyecto? Eso, hoy por hoy no tiene respuesta. Lo que sí creo es que hace falta un gran proyecto que movilice a los españoles y que los cohesione.

¿Y como se consigue?
Mire, el movimiento nacionalista ha recorrido tres estadios en España: el poder a través de la autonomía, en la década de los 80; la solemnización del derecho de autodeterminación, en el arranque de los 90; y la ruptura, a través del pacto con ETA, en Estella y en Perpiñán. Estamos en ese estadio, el de la ruptura. Y sólo podemos hacerle frente desde la unidad y el Estado de derecho. Pero no basta solo con la ley, hacen falta la ley y un proyecto político. ¿Eso cómo se administra desde el Gobierno? Yo no puedo responderle a eso, esa es una misión de quienes están en el Gobierno.

¿Pero hay fórmulas para recuperar el terreno ganado por los nacionalistas durante décadas?
Es evidente que hay una enorme dificultad. Y hay que tener presente que el populismo ha avanzado de una manera rotunda en la izquierda española, y que hoy están más obsesionados con la moción de censura y la sustitución del Gobierno del PP que otra cosa. Esa es la triste realidad. Hoy no se puede esperar nada del Partido Socialista porque ya se ha abrazado al fenómeno populista. En el mundo nacionalista no hay novedad, el problema está ahora en la división del resto.

¿Cree que el auge del populismo le ha servido de trampolín a los nacionalistas?
Yo creo que favorece el movimiento del separatismo. Pero lo que ha hecho el nacionalismo está en su propia naturaleza: pasa de la autonomía a la autodeterminación, y después a la ruptura. Unos lo hacen a cámara lenta y otros lo hacen a cámara rápida. No es un partido, es un movimiento lo que tenemos enfrente, y el movimiento necesita ir siempre hacia adelante, por eso el diálogo no sirve cuando se ha decidido ir ya a la ruptura. Al separatismo hay que oponerle un proyecto político.

¿Un nacionalismo español?
Hace falta la fortaleza de España, una fortaleza moral, en valores. Eso no lo llamo nacionalismo español porque todos los ismos son extremismos y son exageración. Hace falta la fortaleza de España, que es bien distinto.

Dice que el nacionalismo se aprovecha del populismo. La corrupción, como parte del caldo de cultivo del populismo, se ha desbordado con los gobiernos del PP.
¿En qué país no se produce un fenómeno populista hoy en el mundo? Lo ha habido en Estados Unidos, en Reino Unido con el brexit... Creo que hay dos fenómenos que hay que separar: la crisis de valores, que vivimos todas las sociedades occidentales -y la corrupción es hija de esa crisis-, y luego en España tenemos, además, la crisis de la nación, que es la crisis de un valor muy determinado...

Hace menos de un mes, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, estaba declarando en la Audiencia Nacional por el 'caso Gürtel'. ¿Qué sensación tuvo al verlo ante el Tribunal?
La misma que tuvimos todos cuando acudimos. Se va de testigo, a colaborar con la Justicia, y punto final.

Pero es una imagen insólita, nunca antes un presidente del Gobierno había declarado estando en el ejercicio de sus funciones.
La pregunta más bien habría que hacérsela al Tribunal, no al señor Rajoy. A él le llaman y cumple con su obligación de ir a testificar.

Existe en la sociedad una demanda de regeneración.
La crisis está en la persona, y es verdad que también está en la política y en los partidos, pero como consecuencia de la crisis de la persona. Y esto pasa en España, en Francia, en Alemania, en Gran Bretaña... Cada equis tiempo hay un ciclo que termina y que provoca un deseo de ruptura... Ojalá estuviera el problema en la política: sustituiríamos a unos políticos por otros, pero no es así. ¿Esto es una crisis de los viejos partidos o es una crisis más de fondo? A ver cómo está Macron dentro de un año.

Pero en Francia, en Alemania, en Gran Bretaña, ¿habría seguido en el cargo un primer ministro que hubiera enviado unos tuits como los de Rajoy al tesorero de su partido?
Bueno, bueno, no mezclemos todos los temas. La regeneración pasa por que todos los que están en la política hagan un esfuerzo para fortalecer la cohesión, y eso entraña sacrificios de unos y de otros.

¿Cree que son necesarios una reforma de la Constitución y cambios como una nueva ley electoral o medidas que den mayor participación a los ciudadanos en la vida pública?
Insisto, la crisis está en la persona, no en reformar una ley, ni una constitución. Es mucho más difícil, mucho más profundo. Está en un cambio de actitud personal. Y a partir de ahí, cambiar la sociedad sin traumatismos. Pero eso es muy difícil.

¿Usted es optimista?
Yo estoy muy preocupado.

Este verano hemos asistido al nacimiento de un nuevo fenómeno, la turismofobia. ¿Cree que responde también a esa crisis de la persona?
Eso responde a la ruptura, al deseo de romper, a la obsesión de romper por romper, aunque al hacerlo se perjudique a muchas personas. Es que hay un desenfoque... Es como el comunicado de la CUP responsabilizando del atentado de las Ramblas al capitalismo. Cuando el nivel de desorientación es tan brutal, casi es imposible de combatir eso. Hace falta una mayoría que esté en el sentido común y que se imponga la razón.

Algunos han comparado los actos violentos de quienes protestan contra la supuesta masificación del turismo con la 'kale borroka'. ¿Está de acuerdo?
Es lo mismo todo. ETA hace tiempo que entró en Cataluña. A través de Perpiñán les dio una tregua. ETA no es una banda terrorista solamente, es un proyecto de ruptura. Y ese proyecto de ruptura está pactado en Perpiñán. Por eso todo lo que existe de batasunización de Cataluña es la consecuencia lógica. De la misma manera que Zapatero pacta con ETA un nuevo escenario en 2004: 'Tú dejas de matar y yo te ofrezco una España diferente, en el ámbito moral, en el ámbito territorial y en el ámbito legislativo'.

En ese escenario, ¿qué puede suponer la presencia de Podemos en las instituciones, que es muy destacada en el Parlamento vasco?
Podemos es primo hermano de lo que significa ETA en el País Vasco. Los dos son fenómenos que nacen del resentimiento. Hay un resentimiento social que es Podemos, y hay un resentimiento nacional que es ETA. Pero tienden a entenderse, tienden a ser aliados.

¿Cree que la tesis de plurinacionalismo y la propuesta de Estado federal del PSOE pueden encauzar la solución al separatismo?
Nada. Eso es para favorecer las alianzas que pueden en un momento determinado definir un frente popular populista-nacionalista que cuaje en una moción de censura a Rajoy. No hay nada de autenticidad.

¿Qué considera que puede aportar Ciudadanos a la política española?
Ciudadanos debe jugar el papel que le corresponde. A mí me gustaría que rectificara, como buena parte de los liberales europeos, el acoso a algunos de los valores que han construido Europa. Creo que esa asociación que hoy existe entre un liberalismo económico y un marxismo cultural, con el que se pretende crear un nuevo orden mundial -y ya no me refiero a Ciudadanos-, no nos conduce a ninguna parte. Es una catástrofe y es un mal escenario, incluso para hacer frente al populismo.
 


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