AGLI Recortes de Prensa   Viernes 1 Septiembre 2017

La presunción de Rajoy
José Luis González Quirós www.vozpopuli.com 1 Septiembre 2017

Para adentrarnos en un septiembre que difícilmente será de trámite, el Parlamento ha decidido obsequiarnos con una sesión que no será recordada por sus méritos. Los que pensaron que se podría poner a Rajoy en un aprieto pecaron, sin duda, de optimistas, en especial porque se volvió a poner de manifiesto que los diputados no aciertan al ponerse los deberes, y que su supuesta voluntad de cercar al presidente ha podido servir, paradójicamente, para fortalecerle.

Un Parlamento tan ingenuo como errado
Sin duda, lo más grave que el Parlamento debiera haber hecho en los últimos tiempos sigue sin hacer, esto es, buscar una respuesta inequívocamente nítida a la rebelión de los secesionistas catalanes, asunto en el que, sin embargo, la irresponsabilidad sigue siendo, en primer lugar, de quien no en vano es el jefe indiscutido de la primera minoría de la Cámara.

Rajoy presume de tener respuestas suficientes y de aplicarlas con proporcionalidad, pero no es sensato que el legislativo no haya examinado a fondo este asunto, un desastre adicional de la nula separación de poderes y de la inánime cultura política de muy buena parte de la clase política. En cuanto a la capacidad de defensa de Rajoy en la presunta celada parlamentaria, no estará de más recordar a Unamuno: "A veces, el silencio es la peor mentira”.

La manifestación trucada
Barcelona ha vuelto a sorprender al mundo por su inaudita creatividad, ha conseguido convertir una manifestación contra el terrorismo islamista en una burla a España, un insulto al Rey, y en una exaltación de la bandera de los pueblerinos insurrectos, hábilmente resaltada por los servicios de orden, y por los locutores de, TVE que parecían educados en cualquier escola d’estiu del independentismo más agreste. Al pervertir el asco y el dolor de todos al servicio de las ambiciones de algunos, los secesionistas no solo han dado testimonio de su capacidad para las artes de lo efímero, sino que han vuelto a demostrar cómo Rajoy lo tiene todo bajo control, según repiten sus voceros.
Es a nosotros a quienes ofenden

Rajoy ha presumido de fair play ante la evidencia de los groseros insultos, pero cabe dudar de que podamos estar tranquilos con un líder tan caballeroso. Los españoles de bien, que somos una mayoría abrumadora, tenemos que empezar a considerar que el secesionismo no es únicamente una amenaza política o político-legal, sino que es un desafío abierto, algo que nos coloca ante un “o ellos o nosotros” que no por desagradable, ilógico e infundado es menos real, y deberemos sacar las oportunas consecuencias.

Defender la unidad nacional no es tarea únicamente del Gobierno o de las Fuerzas Armadas, es algo que a todos incumbe, un principio del que emana la propia Constitución. En consecuencia, debiéramos de dejar de refugiarnos en consuelos del tipo de “no se atreverán”, “no podrán hacerlo”, o “se lo impedirá el TC”, porque la manipulación desvergonzada de un sentimiento común de rechazo al terror ya ha mostrado, más allá de cualquier duda, que los separatistas están dispuestos a todo, es decir a romper la unidad nacional, a no ser que se lo impidamos. Rajoy presume que lo hará: queda un mes escaso para comprobarlo, pero ni el calendario se detendrá ni podremos desentendernos de nuestras obligaciones ante una rebelión a la que, de ningún modo, podremos sentirnos ajenos.

La presunción más cara
Rajoy dice defender su inocencia, una cualidad en la que es muy probable que apenas crea el mismo, pero está en su derecho de hacerlo y, aunque nos duela, en invocar los refrendos electorales a favor de su personalísima causa. Al hacerlo, demuestra dos cosas, la primera que es resistente y marrullero, la segunda, algo menos obvia, es que le importan un pito los principios y lo alegatos morales que no vayan en favor de su causa. Rajoy ha superado escenas parlamentarias en las que no habría salido vivo ningún primer ministro de cualquiera de los grandes países a los que queremos parecernos: no es su mérito, es nuestra carencia.

En el pleno pasado puede haber ido, sin embargo, más allá de lo tolerable al haber sacado a pasear el fantasma purulento del caso Lasa y Zabala. Es inaudito que el líder de un partido que se presume español y conservador, de orden, trate de lucrarse con episodios que la piedad y el instinto de conservación debieran preservar en el discreto silencio de una memoria dolorosa. Hacerlo es miserable, incluso, para un líder populista, pero ver al líder de la derecha lucrarse de las lacras comunes, y ver a su platea jalearlo, no puede hacerse sin experimentar intensos deseos de vomitar.

Secesión
Juan Ramón Rallo El Confidencial 1 Septiembre 2017

Los grupos son útiles para los individuos que los conforman (proporcionan seguridad, diversificación de riesgos y sociabilidad), pero también suelen ser fuente de conflictos internos: la diversidad (y a menudo incompatibilidad) entre los objetivos de cada uno de sus miembros provoca inevitablemente fricciones y tensiones que, de no resolverse, degeneran en violencia intestina.

Como ya teorizó Albert Hirschman, las formas de resolver los conflictos dentro de un grupo son fundamentalmente tres: salida, voz y lealtad. La salida supone la disolución o división del grupo: aquellas personas que ya no pueden convivir con otras personas se separan del grupo y emprenden un camino propio. La voz es un mecanismo democrático de resolver conflictos: en caso de discrepancias entre los miembros del grupo, cada cual intenta convencer al contrario y, en última instancia, todos aceptan la solución apoyada por la mayoría. Por último, la lealtad equivale a someter los intereses individuales a los intereses ontológicos del grupo: el grupo es más importante que sus partes, por lo que cada individuo ha de subordinarse a la voluntad de este.

Por ejemplo, si una determinada religión prohíbe a sus miembros las relaciones sexuales extramaritales, aquellos individuos que deseen mantenerlas sin exponerse a la sanción de la comunidad religiosa dispondrán de tres opciones: apostatar de la religión (salida); persuadir al resto de creyentes para modificar los preceptos de su fe (voz), o renunciar a las relaciones sexuales extramaritales por considerar que tal prohibición emana de Dios y que su voluntad prevalece sobre cualquier otro interés individual (lealtad).

Cada una de las tres estrategias para resolver los conflictos intragrupales da lugar a distintos sistemas políticos. La salida es el fundamento político del liberalismo: cada individuo integra aquellas agrupaciones que desea y solo mientras lo sigue deseando (y lo deseará en tanto en cuanto las ventajas del grupo superen sus desventajas). La voz es el fundamento político de diversos sistemas que, en el caso más extremo, conducen al socialismo democrático: todo dentro del grupo es un asunto colectivo y todo es objeto de decisión colectiva. Por último, la lealtad es el fundamento político de las autocracias y oligarquías más diversas, como las teocracias, las monarquías absolutas o los fascismos: los gobernantes —encargados de interpretar cuál es el interés supremo del grupo— son quienes marcan las directrices a que deben someterse todos los miembros del grupo.

El nacionalismo es un tipo de colectivismo que convierte en sujeto soberano de derecho a una construcción imaginaria a la que denomina nación. ¿Qué es la nación? Una extensión de la tribu superadora de sus restrictivos lazos de parentesco. Conforme las sociedades desbordan el reducido tamaño de las tribus, sus integrantes elucubran posibles características alternativas a la sangre capaces de generar lazos de empatía entre ellos: una lengua común, una cultura común, una religión común, una historia común, un origen común, un proyecto común, etc. A ese conjunto de elementos compartidos —siempre definidos de manera vacua, ambigua y disputada— se le terminó llamando nación: unidades de destino para todos los nacionales que las conforman.

De acuerdo con el nacionalismo, la nación prevalece sobre cada uno de sus nacionales y, por tanto, los derechos más fundamentales de esos nacionales se hallan necesariamente subordinados a los de la nación. La lealtad a la nación (el espíritu nacional) es el principal valor que debe cultivar todo nacional que se precie, pues cada nacional vive para contribuir a realizar el destino histórico de su nación. Es verdad que el nacionalismo puede incorporar ciertos elementos democráticos en su organización política (puede recurrir a la voz para resolver conflictos), pero siempre de manera limitada: si la nación es el fundamento de los derechos políticos de los nacionales, esos derechos políticos también se hallarán subordinados al interés nacional (por ello, por ejemplo, aquellas personas que residan en el territorio de una nación, pero no hayan adquirido la nacionalidad, carecen de derechos políticos plenos).

El nacionalismo español —como el francés, el alemán o el italiano— dejó bien clara su apuesta por la exigencia de lealtad, frente a la posibilidad de salida, desde el mismo comienzo de su texto constitucional: la soberanía reside en la nación (artículo 1.2) y tal nación es indivisible (artículo 2). Es decir, aquellos españoles que deseen dejar de ser españoles para asociarse entre ellos en una nueva comunidad política alternativa al Estado español carecen de derecho a hacerlo. Los conflictos que emerjan entre los españoles se resuelven o bien mediante la voz o, en última instancia, mediante la lealtad a España. La salida (la secesión) queda excluida, de modo que aquellos que se sienten oprimidos o bien por el voto mayoritario (tiranía de la mayoría) o bien por un ideal nacional en el que no se autorreconocen (imperialismo), solo cuentan con una vía para liberarse de la autopercibida opresión y para poner fin al conflicto: la rebelión.

Evidentemente, a poco que consideremos indeseable la rebelión (la guerra intestina), habrá que proporcionar la alternativa de la salida a aquellas personas cuyos proyectos de vida se ven pisoteados o por voces ajenas o por lealtades impropias. Es decir, toda comunidad política que verdaderamente exista para resolver los conflictos de intereses entre sus miembros —y no para que unos miembros parasiten a otros— debe dejar una vía abierta a la salida: a la secesión. El liberalismo se preocupa por las personas, no por las razas, ni por las naciones ni por los dogmas religiosos: por eso reconoce derechos inalienables a cada persona que no solo son independientes de su adscripción nacional sino que incluso actúan como defensa frente a la arbitrariedad del grupo nacional. Y el principal de esos derechos es la salida: la libertad de asociación y de desasociación. También en el ámbito político. De hecho, solo aquellos grupos que se mantienen unidos pudiendo disolverse son grupos verdaderamente cohesionados en torno a su funcionalidad: los que se mantienen unidos merced al miedo, la amenaza o la coacción son grupos internamente endebles y disfuncionales.

Muchos catalanes desean secesionarse del Estado español, pero este no se lo permite porque les exige lealtad a la soberanía nacional española: “Unos pocos no pueden decidir sobre lo que es de todos, esto es, sobre el destino de la nación”. El argumento debería ser inaceptable para cualquier liberal, por cuanto quienes se secesionan solo deberían decidir sobre su propio destino individual, no sobre el de los demás: y nadie debería arrogarse competencias sobre un destino distinto al suyo. Los secesionistas reclaman aparentemente 'salida', mientras que los unionistas reclaman 'lealtad'.

En la práctica, sin embargo, lo que desgraciadamente reclaman la mayoría de secesionistas —pues no solo son secesionistas, sino también nacionalistas catalanes— no es salida, sino lealtad a un grupo nacional distinto: el 'pueblo español' no les vale como sujeto soberano de derecho, pero el 'pueblo catalán' sí. Basta con leer el artículo 2 de la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República: “La soberanía nacional reside en el pueblo de Cataluña, del cual emanan todos los poderes del Estado”. Un calco del artículo 1.2 de la Constitución española.

Así pues, por lo que protestan los nacionalistas catalanes no es por que el Estado español no admita la salida, esto es, por que no admita procesos de autoorganización política orientados a conformar comunidades consensuales suficientemente funcionales (con capacidad para resolver los problemas típicos de coordinación de la acción colectiva). Su protesta pasa por disputar la identidad del pueblo elegido para gobernar soberanamente sobre las personas. El nacionalismo español parte de premisas morales erróneas, pero el nacionalismo catalán también.

La solución a la más que cierta voluntad de secesión de un amplísimo número de catalanes no pasa por utilizar la ley positiva como rodillo para imponer la lealtad hacia España. Si de verdad nos preocupamos por las libertades de todas las personas (y no por la unidad trascendente del pueblo español), no es de recibo mantener forzosamente anexionados a quienes, con plena legitimidad moral, desean integrar un marco institucional distinto del que proporciona el Estado español. Por eso es necesario articular procedimientos que permitan canalizar, con las necesarias garantías y trámites, el derecho de separación política.

¿Qué garantías son necesarias? La garantía básica es que se respete el derecho de secesión política de cada ciudadano: es decir, los catalanes que deseen independizarse de España han de poder independizarse de España, pero los catalanes que deseen seguir formando parte de España —o que deseen separarse de Cataluña para conformar una tercera comunidad política— también han de poder hacerlo. No solo conculcan el derecho individual de separación política quienes impiden a otros separarse de su grupo actual, sino también aquellos que obligan a otros a formar parte de un nuevo grupo que no desean integrar: reclamar que el Estado español respete el derecho individual de secesión significa que debe respetar (y hacer respetar) ambas manifestaciones del mismo.

¿Qué trámites son necesarios? En esencia, las disposiciones transitorias que regulen el reparto de los activos y de los pasivos actualmente comunes así como de las obligaciones resultantes del propio proceso de separación política (las cuales, por cierto, volverían la creación de comunidades políticas unipersonales en una aspiración demasiado costosa para que llegara siquiera a plantearse, pero sí permitirían, en cambio, la constitución de comunidades políticas funcionales de un tamaño análogo al de Liechtenstein o Andorra, o de pequeños enclaves asociados al Estado español o al catalán).

Con todo ello no pretendo sugerir que la regulación del derecho individual de separación política —con los necesarios trámites y garantías— sea algo sencillo de conseguir (la Ley de Claridad canadiense es, por ejemplo, un paso en la buena dirección, pero está insuficientemente desarrollada). Sin embargo, las dificultades técnicas no deberían servir como excusa para institucionalizar su cercenamiento radical. Tanto la Constitución española como la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional catalana yerran a la hora de enrocarse en sus respectivas soberanías nacionales para limitar las libertades de sus ciudadanos. Ambas fallan por exigir a los disidentes 'lealtad' en lugar de simplemente permitirles la 'salida' jurisdiccional. Es hora de habilitar legalmente la salida.

Últimas peripecias de la Inquisición progre
Jesús Laínz  Libertad Digital 1 Septiembre 2017

Cinco días después del atentado de Barcelona, Enrique Álvarez, responsable del Servicio de Cultura del Ayuntamiento de Santander, publicó en el Diario Montañés un artículo, titulado "El Islam y el mal", en el que vertió algunas opiniones que no han sido precisamente bien recibidas por parte de algunos creadores de opinión locales.

Para resumir, el artículo giraba en torno a la idea central de que

el Islam es una religión mala y perversa porque niega la cualidad esencial de Dios, el Amor (…) porque niega por completo el libre albedrío humano, porque tiene una concepción totalmente determinista y fatalista del hombre (…) porque niega la igualdad esencial en dignidad y derechos de todos los seres humanos (…) y porque ha traído al mundo, desde el minuto uno hasta el día de hoy, un sinfín de guerras, de odios y de divisiones irreconciliables, tanto en su ámbito interno como en sus relaciones con la cristiandad.

Por todo ello el autor proponía, "hasta donde la democracia lo permita", no fomentar la penetración del islam en suelo europeo e intentar restaurar la influencia de la religión de Cristo.

Hasta aquí, nada que debiera llamar la atención, sobre todo si se tiene en cuenta que su autor es un conocido escritor católico que expresa sus opiniones como puede hacerlo –o, visto lo visto, debería poder hacerlo– cualquier otra persona de cualquier ideología política o creencia religiosa. Sin embargo, ha estallado el escándalo entre los militantes de la Santa Inquisición Progre –periodistas y políticos de PSOE, IU y Podemos–, los cuales y las cualas, mesándose los cabellos, han pedido la destitución de su responsabilidad municipal e incluso la apertura de investigaciones para determinar si podría considerársele reo del delito de odio para hacerle pasar por los tribunales por haber escrito tan pecaminosas palabras.

Que se esté de acuerdo o no con estas opiniones es irrelevante, y a nadie deberían escandalizarle ni nadie debería pretender acallarlas. Al fin y al cabo, en eso consiste la libertad de expresión proclamada en nuestra Constitución: en no poder impedir que se expresen las ideas que no compartimos.

Pero lo más divertido del asunto es el doble rasero que estos virtuosos de la hipocresía aplican a los asuntos religiosos. Ahorrémonos explicaciones mediante el simple relato de unos hechos acaecidos, también en estos últimos días agosteños, en la vecina Bilbao. Porque con motivo de la reciente Semana Grande, a la "konpartsa libertaria" Hontzak no se le ha ocurrido mejor modo de decorar su caseta que con una imagen de Jesucristo crucificado dividido en las porciones anatómicas de la matanza de una res: paletilla, costillar, panceta, solomillo, falda y criadillas. A la Inquisición progre le debió de parecer estupendo, pues no dijo ni pío. Pero cuando el obispado reclamó su retirada, los señores inquisidores –por ejemplo, los de EH Bildu– clamaron por el "grave ataque a la libertad de expresión" y respondieron colgando la imagen de marras en otras casetas.

El asunto no es nuevo, evidentemente, aunque en los últimos tiempos estemos disfrutando del agravamiento y aceleración de acontecimientos parecidos a causa de la paciente siembra realizada durante las últimas décadas.

Un ejemplo entre mil: en 1999, con motivo de la celebración de su décimo cumpleaños, el diario El Mundo editó una colección de libros titulada "Las 100 joyas del Milenio". El prólogo del Dioses y héroes de la antigua Grecia de Robert Graves fue encargado al escritor Ramón Irigoyen, quien, más que en el libro del egregio autor inglés, se centró en su resentimiento contra el cristianismo, al que consideró fuente de "demente suficiencia" entre sus fieles. Definió a los católicos españoles como "más brutos que un arado etrusco", calificó a los crucifijos como un "mal de ojo", se enorgulleció de "blasfemar a razón de unas doscientas blasfemias por minuto" y lamentó que la cultura griega no hubiera rozado la vida española porque "aquí, levantes donde levantes una piedra, siempre te salta al ojo una puta iglesia románica".

¿Habría sido posible, tanto en la forma como en el fondo, un artículo semejante pero en sentido contrario? Evidentemente, ningún editor lo habría publicado jamás.

En esto consiste la Inquisición progre, en la denigración impune de todo lo que caracteriza históricamente a Europa y el servilismo hacia todo lo que pueda serle nocivo.

Ya lo explicó en 1925 el comunista francés Louis Aragon con insuperable claridad:

¡Mundo occidental, estás condenado a muerte! Nosotros somos los derrotistas de Europa. Poneos en guardia, o, mejor aún, reíd mientras podáis. Nosotros pactaremos con todos vuestros enemigos (...) Sembraremos por doquier los gérmenes de la confusión y el malestar (...) Somos los que siempre daremos la mano al enemigo.

Eso que llamamos Europa o mundo occidental lleva muerto bastante tiempo. Los europeos de nuestra generación no somos más que los últimos organismos que sobreviven a duras penas sobre su cuerpo putrefacto. Y ésos que tanto presumen de su título de progresistas, en cualquiera de sus variantes, son los gusanos encargados de terminar de comerse el cadáver.

www.jesuslainz.es

Islam, democracia y España (I)
Pío Moa Gaceta.es 1 Septiembre 2017

P. Usted sostiene que el islam es peligroso por sí mismo, puesto que la yijad es parte esencial de él. Pero los yijadistas son pocos y a menudo matan a más musulmanes que a cristianos
R. Los yijadistas son pocos, claro, pero muy pocos musulmanes se oponen a ellos, por esa razón, porque la yijad es parte esencial de su religión, de su cultura. Que los musulmanes se maten entre sí no significa nada al respecto. Es, salvando las distancias, como cuando la gente tiene que sufrir la violencia de las mafias y se le dice que no debe preocuparse, que en las luchas entre mafiosos mueren más de ellos. Creo que ese argumento es una forma de colaborar en cierto modo con la yijad, desarmando cualquier resistencia ante la realidad del problema. Churchill ya percibió el peligro en fechas tan lejanas como finales del siglo XIX, advirtiendo que si no fuera porque los occidentales disponen de la ciencia, podrían sufrir la suerte de la Roma antigua a manos de los musulmanes. Entonces el mundo islámico aparecía enormemente retrasado e impotente frente a los europeos, pero hoy el retraso es mucho menor, la aversión a la cultura occidental es mayor, y la inmigración descontrolada, facilitada con pretextos economicistas y seudoliberales, plantean un peligro real.

P. La conclusión que parece deducirse es que los musulmanes deberían ser expulsados de España y de la UE..
R. Creo que debe frenarse la inmigración musulmana y expulsar a aquellos grupos o sectores más proclives a la violencia. Eso me parece clarísimo. Esto no resolverá el problema, pero lo reducirá, aunque existe el problema relacionado de las relaciones entre países… He convivido con musulmanes, y tomados uno a uno son personas perfectamente tratables, quiero decir que aunque tengan una cultura muy diferente, el buen trato mutuo es perfectamente posible, sin que la religión suponga un obstáculo. Pero una gran masa de musulmanes ya es otra cosa. Cuando me dicen que toda persona debe tener derecho a viajar y residir donde prefiera, digo, no se puede plantear así el asunto. Una persona puede tener ese derecho, pero un millón de personas, no. Y he leído que en España hay ya dos millones de musulmanes, no sé si será real la cifra, además debe de haber muchos ilegales. Y aparte de lo que supone ese número, en su mentalidad España debe dejar de existir y retornar a Al Ándalus.

P. Las medidas que ud propone tienen un fuerte sonido antidemocrático. Incluso podrían acusarle de nazi.
R. Las comunidades musulmanas peligrosas deben ser sometidas a estrecha vigilancia. Ya lo están siendo, y el resultado nos afecta a todos porque, ya desde antes del problema islámico, España, como toda la UE, se iba convirtiendo en una sociedad vigilada, y los ataques musulmanes lo agravan mucho, hasta con el ejército en la calle y similares. En un artículo expliqué cómo la yijad estaba cambiando a la UE y precisamente en un sentido antidemocrático. Pero antes de seguir con el tema, déjeme señalarle una imprecisión en la primera pregunta: habla usted como si los yijadistas atacaran a los cristianos, y aunque ellos lo digan, no es así. La UE tiene poco de cristiana actualmente. Algo sí, pero cada vez menos. Los políticos de la UE son realmente anticristianos. Fíjense en que sus reacciones frente a los atentados consisten en denunciar lo que llaman islamofobia, e incluso quieren hacer de ello un delito, un “delito de odio”, algo sin precedentes, perfectamente totalitario. Y entre tanto, los ataques al cristianismo, las provocaciones, las agresiones de todo género cunden por la UE, a manos a veces de islámicos pero más a menudo de radicales de izquierda… muy partidarios, a su vez, de una inmigración descontrolada de musulmanes. Para el islam, Europa sigue siendo cristiana y “cruzada”, pero sabemos bien que ya no es así, o solo en parte menor. Las señas de identidad europeas son hoy la ideología LGTBI, muy cargada de odio y que se está imponiendo de manera despótica, incluso totalitaria; es el abortismo, el multiculturalismo… Si hay algo de nazismo aquí son todas esas cosas. Y todo ello va no solo contra el cristianismo, sino contra toda la tradición europea. Aparte de que la raíz de la cultura europea es cristiana, claro.

P. Habla usted como si los cristianos no tuvieran a su vez grandes culpas de guerras, crímenes, etc.
R. Sobre eso, dos cosas: el cristianismo no incluye la yijad, la guerra santa, solo en ocasiones como las cruzadas o la Reconquista, como movimientos defensivos o para recobrar territorios perdidos a causa de la yijad. Y no se debe falsificar la historia. En general el cristianismo ha tratado de apaciguar a unos y a otros, y ha sido más perseguido que perseguidor, y lo está siendo actualmente de modo brutal en Oriente Próximo, sin que los políticos de la UE muevan un dedo. Pero además, la acusación es de chiste, de chiste macabro, por otra razón: quienes acusan así, indiscriminadamente, al cristianismo, son precisamente los que más genocidios y atrocidades han cometido en el mundo desde la Revolución francesa. Esas guerra y crímenes, en su gran mayoría, han sido y siguen siendo llevadas a cabo por gobernantes y funcionarios ateos o agnósticos y en general anticristianos. Aunque ya está uno curado de espantos, no deja de asombrar el descaro con que los culpables se erigen en fiscales. Fíjese que precisamente esa acusación al cristianismo ha cobrado fuerza especial desde los atentados. Es decir, estos han dado lugar a una reacción perversa: por una parte, condena y persecución de la “islamofobia”, por otra ataques redoblados al cristianismo, con acusaciones de ese tipo. Debemos darnos cuenta de lo que ocurre ante nuestros ojos, y no dejarnos llevar por los ilusionismos de los políticos e ideólogos al uso.

P. Me parece haber entendido que las reacciones a la yijad están atacando la democracia
R. Bueno, es evidente. Todo lo que se está haciendo, desde la Merkel a Rajoy o Macron son ataques o medidas perjudiciales a la democracia. Pero, claro, ¿qué es la democracia? Se va convirtiendo en una palabra sin contenido real, que los partidos utilizan a su gusto para justificar las actuaciones más opuestas. Por eso exige una redefinición. Pero antes de seguir, déjeme mencionar otros dos puntos del problema. Los yijadistas suelen justificarse con los muchos miles de víctimas que han provocado la intervenciones militares de países de la UE, de la OTAN, en países musulmanes, desde Afganistán a Siria. Eso en parte es un pretexto, una justificación falsa, porque el atentado de las torres gemelas fue anterior a esas intervenciones. Pero no es menos cierto que esas intervenciones han echado muchísima leña al fuego. En nombre de la democracia, precisamente. La UE ha ayudado muchísimo a convertir Siria, como antes Libia, en un infierno de caos y guerra civil, y de pronto una demagoga como Merkel decide invitar a Alemania a todos los inmigrantes y refugiados que quieran ir. Se producen riadas, se multiplican los incidentes, y la señora Merkel, sintiéndose la dueña de Europa, exige que los demás países compartan la carga que ella nos ha echado encima. Y si Polonia o Hungría se niegan, los amenaza seriamente, ella y su mayordomo Macron…


******************* Sección "bilingüe" ***********************
Es hora de atajar la secesión

EDITORIAL ABC 1 Septiembre 2017

Millones de españoles observan perplejos y enojados la pasividad del Gobierno ante lo que el propio PP catalán califica de «golpe de Estado»

La rebelión separatista es una obra de ingeniería social del poder nacionalista, no surgió en origen de ningún anhelo clamoroso de la sociedad catalana. En 2010, Artur Mas reclamó al Gobierno un pacto fiscal a la carta, que privilegiase a Cataluña respecto al resto de las comunidades, liquidando así la solidaridad interterritorial y acabando en la práctica con la igualdad de derechos de los españoles. El Ejecutivo no tuvo otra opción que rechazarlo. Mas, que nunca se había declarado separatista, viró al "soberanismo". Aprovechando el malestar de la crisis, y para enmascarar su pésima gestión al frente de una Generalitat quebrada, se parapetó tras la bandera secesionista. De manera unilateral activó el mayor problema que hoy afronta España, el único que amenaza su existencia.

Ningún Estado democrático del nivel del nuestro ha tolerado ni toleraría una insumisión así. La sublevación contra el Estado del Parlamento de Cataluña y la Generalitat es insólita y aberrante en el ámbito occidental. Los casos de Quebec y Escocia, tantas veces invocados por los separatistas, fueron radicalmente distintos, pues se llevaron a cabo respetando escrupulosamente las legalidades canadiense y británica (y en ambas ocasiones el independentismo acabó derrotado). Los golpistas quieren derogar la legalidad española para imponer una nueva y autoritaria en nombre de un imaginario deseo del pueblo catalán, que en su mayoría rechaza esa ruptura.

El único "diálogo" que admiten es que se acepte romper España en los términos que ellos han establecido. Hace siete años, cuando arrancó el envite, costaba creer que llegaría tan lejos. Los propios dirigentes del PP en Cataluña hablan hoy de "golpe de Estado". Es cierto que el Gobierno de Rajoy no ha hecho concesiones al nacionalismo en materias que afecten al modelo de Estado. También es verdad que ha ido denunciando sus desafueros ante el TC. Pero si hubiese que hacer un balance, está claro que la causa separatista ha avanzado notablemente. Han dado pasos para armar su república. Han llevado la iniciativa frente a un Estado siempre a rebufo, que intenta reconducir tardíamente hechos consumados. El Gobierno carece de un discurso estimulante en defensa del valor de España. La propaganda y acoso social de un nacionalismo xenófobo ha dividido de manera crítica a los catalanes. Ha provocado incluso que ser catalán y sentirse español tenga un peaje en la vida práctica. A comienzos de este año, el Gobierno todavía lanzó una naif "Operación Diálogo". El fruto de aquel absurdo intento está ahí: dentro de exactamente un mes los sediciosos convocarán su referéndum ilegal, su espoleta para intentar diezmar nuestro país y hundir a Cataluña en la pobreza, el aislamiento y el totalitarismo.

La mayoría de los españoles se sienten indefensos y enojados, no entienden a qué espera el Gobierno para actuar. Los ciudadanos, incluidos millones de catalanes que se sienten españoles, contemplan con perplejidad y desasosiego la impunidad con que avanza el separatismo. Con una Generalitat rescatada por el Estado, los impuestos de todos sufragan el proyecto de propaganda y diplomacia rupturista. Han querido humillar al Rey, el jefe del Estado, en Barcelona en una marcha por las víctimas y contra el terrorismo; una más de las ofensas diarias contra España y los españoles. Las leyes de sesgo dictatorial para construir el Estado catalán han sido expuestas, por lo que estamos cuanto menos ante un delito en grado de tentativa. En una situación de tal gravedad no basta con que el Gobierno afirme que todo está controlado, que las carencias logísticas les impedirán celebrar una consulta. Urge actuar, activar todos los mecanismos de que dispone un gran país para defenderse, incluido, por supuesto, el artículo 155 de la Constitución.

Es cierto que la deriva del PSOE de Sánchez dificulta la respuesta. En esta hora difícil en lugar de hacer piña contra el golpe se dedica a repartir culpas entre el Gobierno y los sediciosos y a barajar conceptos tan lesivos y disparatados como el de "nación de naciones". Pero aun así, el Ejecutivo dispone de sobrados mecanismos legales –la mayoría en el Senado del PP es clave– y discursivos como para frenar este insólito desorden, cuyas primeras víctimas son los propios catalanes. Desde ABC abogamos por que se actúe sin más demora para atajar la sublevación. Un Estado no puede renunciar a la más elemental de sus funciones: hacer cumplir la ley y defender los derechos y libertades de sus ciudadanos. Si lo hace, pronto dejará de ser tal Estado.

El Califato, agradecido
Eduardo Goligorsky  Libertad Digital 1 Septiembre 2017

Lo leí dos veces para convencerme de que lo había entendido correctamente. Era un texto impecable, que derrochaba lucidez, sobre todo si se tomaban en cuenta las circunstancias trágicas en que había sido escrito ("Contra el terrorismo, libertad", LV, 27/8). Comenzaba así:

Los atentados de Barcelona y Cambrils nos han puesto a prueba como comunidad humana que aspira a construir desde hace generaciones el sueño de vivir en un país de convivencia, de libertad, de respeto y de paz. Los terroristas buscan la muerte y la violencia, y sobre todo buscan que nos matemos entre nosotros. Que dejemos de confiar los unos en los otros, para recelar del diferente, para proyectar sombras de sospecha sobre el desconocido, y que acabemos por consolidar nosotros mismos fracturas sociales sobre las cuales, entonces, sea más fácil que triunfe el odio y la violencia.

Generalitat beligerante
Entonces, ¿por qué tuve que leerlo dos veces para convencerme de que lo había entendido correctamente? Porque lo firmaba el mandamás de la campaña cainita y de la legislación inconstitucional –sobre todo de la legislación inconstitucional– que ponen en marcha todo aquello que el artículo denuncia: el enfrentamiento entre conciudadanos, el recelo al diferente, las sombras de sospecha sobre el desconocido y las fracturas sociales sobre las cuales es más fácil que triunfe el odio y la violencia. Lo firmaba el presidente de la Generalitat beligerante, Carles Puigdemont.

Es previsible que los demagogos populistas mientan sin escrúpulos, pero, dadas las circunstancias, este es un caso extremo. El artículo de marras apareció el mismo día en que toda la prensa nacional y gran parte de la extranjera dedicaba páginas y páginas a informar sobre los bochornosos incidentes que protagonizaron, desvirtuando la marcha de repudio al terrorismo y de solidaridad con las víctimas, los energúmenos estratégicamente ubicados por los jerarcas antiespañoles. Un aquelarre que, volviendo al texto mendaz, es

el escenario ideal de aquellos a los que nuestra forma de vivir, de entender la sociedad y de entender el mundo, les representa su problema principal, y cuya destrucción han convertido en el objetivo de toda su acción criminal.

Lo han logrado. El 26 de agosto un puñado minoritario pero estentóreo y exhibicionista de descerebrados hostiles a "nuestra forma de vivir, de entender la sociedad y de entender el mundo" se ensañaron con las autoridades constitucionales del Reino de España, obrando como instrumentos del bando enemigo, cuyo objetivo es destruir España y reconquistar Al Ándalus.

El Califato les está agradecido.
Brutos o mercenarios
Es sintomático, en este contexto, que los mamporreros de la manifestación desplegaran pancartas contra Arabia Saudí. Solo a unos provocadores brutos o mercenarios se les puede ocurrir la idea de mezclar los conflictos internos de España con los de Oriente Medio. Sería el pandemónium. Se burla Enric Juliana ("El Rey y Puigdemont", LV, 29/8):

La CUP empezó agosto asaltando un bus turístico y lo concluye denunciando los negocios españoles con Arabia Saudí, en una ciudad enamorada de un club de fútbol que ha vivido su pico de gloria bajo el patrocinio del emirato de Qatar.

Es lógico que muchas potencias tengan la mirada puesta en los territorios que pueden convertirse en los despojos de una España implosionada. Saudíes y qataríes, rusos y chinos, se zamparían de un bocado a la república mostrenca de Cataluña, desconectada de Europa y de la OTAN. Es lo que les sucede a todos los enclaves menores cuando se dejan encandilar por la soberbia. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi estimuló los nacionalismos en Irlanda y en todas las regiones de Francia, sin olvidar Vasconia y Occitania. Todavía hoy la ANC cuenta entre sus próceres occitanos al nazi Robert Brasillach, ejecutado en tiempos de De Gaulle, y al colaboracionista con Pétain Alfons Mias.

Apetitos incontrolados
El Reino de España es la presa apetecida por el Califato. Cataluña es solo el flanco vulnerable, debilitado aún más por los apetitos incontrolados de sus gobernantes incompetentes (Lluís Foix dixit), manipulados por los extorsionadores anarco-trotskistas. Vaticinó Valentí Puig, adelantándose a los acontecimientos luctuosos ("Puerta giratoria salafista", El País, 9/5/2016):

En Cataluña, y especialmente en Barcelona, en el perímetro de la izquierda radical-populista actual los temas de seguridad, consustanciales con la convivencia y la defensa de la ciudadanía, son considerados generalmente como una forma u otra de fascismo. Ese fue el psicodrama que beatificó a los sin papeles. En ese panorama, el riesgo del yihadismo no se quiere reconocer aunque por suerte la acción preventiva de los Mossos d'Esquadra y de los servicios de inteligencia han atajado numerosos peligros potenciales que la sociedad desconoce.
(…)
Según los datos más fiables Cataluña, con una población musulmana de 400.000 personas, es la comunidad autónoma con un riesgo más manifiesto de radicalización islamista, especialmente en el área metropolitana de Barcelona.
(…)
Hace ya unos años el presidente de la asociación cultural árabe Atlas, el marroquí Omar Charach, advirtió de que los imanes se hicieron con dinero público gracias a las subvenciones y lo utilizaron para inculcar el yihadismo. Uno se pregunta con qué criterio se adjudicaron y se adjudican las subvenciones. ¿Apaciguamiento, futura adhesión a la Cataluña independiente, afán candoroso de integración? (…) Es el objetivo yihadista fragilizar las sociedades abiertas, alterar los usos de la tolerancia, imponer el gran califato.

Espectáculo obsceno
El encarnizamiento de la ofensiva contra la unidad del Reino de España, que coincide con los objetivos del enemigo yihadista, y que no amaina sino que recrudece cuando este asesina con más saña, justifica con creces la gratitud del Califato.

No es paranoia, es la realidad, reflejada en esta enumeración:
"Catalunya, epicentro del yihadismo en España y el Mediterráneo occidental" (El Periódico, 21/8). "Daremos miedo, y más que daremos", amenaza Carles Puigdemont (toda la prensa, 1/7), aludiendo no a los yihadistas sino a sus compatriotas españoles. "El director de los Mossos afirma que la Constitución no los obliga" (LV, 31/7). La ANC y ERC exigen ir hacia la independencia "sea cual sea la participación el 1-O" (LV, 10 y 11/8). "Puigdemont dice que el plan independentista sigue intacto" (LV, 19/8), cuando la sangre de las víctimas aún salpicaba La Rambla. Y, para rematar el espectáculo obsceno, convierten el acto de homenaje a las víctimas y de repudio a los terroristas en una infame cacería de brujos españoles. La guinda: una ley totalitaria de espuria transitoriedad jurídica que convertiría a la república mostrenca en una anomalía retardataria excluida drásticamente de la comunidad de naciones civilizadas.

Sobran los motivos para que el Califato esté agradecido a estos conspiradores endogámicos, alzados contra la ley e insensibles al dolor ajeno, y para que la sociedad catalana los sustituya lo antes posible por sus legítimos representantes parlamentarios elegidos democráticamente. Los necesitamos para cohesionar el Reino de España contra sus enemigos internos y externos y para afianzar la convivencia fraternal. ¡Urnas legales, ya mismo!

Los atentados de Barcelona y el procés
Juan Francisco Martín Seco Republica 1 Septiembre 2017

Debemos preguntarnos si acaso nuestras sociedades no están enfermas de anhelo de seguridad. Ambicionan una meta imposible, el riesgo cero. Procuran alejar la muerte, la enfermedad y cualquier otra desgracia del espacio diario de atención. Por eso reaccionan de manera tan espasmódica e impresionable cuando un acontecimiento viene a perturbar lo que se tiene por normal y produce víctimas, aunque sea en número muy inferior a las que otros sucesos o causas que consideramos habituales generan. Hacemos distinciones entre víctimas y víctimas y procuramos clasificarlas según un catálogo más o menos discutible.

En ese devenir en que se mueven, nuestras sociedades reclaman de los gobernantes y del resto de instituciones públicas que les blinden de cualquier peligro y están dispuestas a sacrificar progresivamente cotas de libertad y de autonomía con tal de eliminar todo riesgo. No quieren fallos ni posibles errores y juzgan con mucho rigor el trabajo de los cuerpos policiales cuando se produce un atentado. La perfección no existe, ni este ámbito ni en ninguno otro, y parece lógico que tras una masacre siempre surjan dudas acerca de la eficacia de la actuación policial. A posteriori es fácil preguntarse sobre si se hubiesen podido evitar o, al menos, minimizar el daño de haberse procedido de otra manera.

Tras los atentados de Barcelona, son muchas las preguntas que quedan por contestar y las dudas sobre los errores que se hayan podido cometer tanto en la previsión como en la actuación posterior. Tener en cuenta todo ello es importante a la hora de evitar en el futuro los mismos yerros, pero hay que huir de toda crítica o descalificación desmedida. Así lo manifesté en el 11-M, y lo mismo pienso en los momentos actuales. Hay que creer que los distintos cuerpos de policía han pretendido actuar de la mejor forma posible. Los probables fallos entran en el guion, por ello son perfectamente disculpables siempre que obedezcan a la lógica imperfección de toda organización y actuación humana, por muy doloroso que tal hecho sea para los familiares de las víctimas.

Pero la cosa cambia cuando los errores, fallos o equivocaciones surgen de la autosuficiencia o de un fanatismo político que está dispuesto a correr cualquier riesgo y utilizar cualquier instrumento con tal de facilitar al exterior la imagen de que Cataluña en la práctica es independiente, que se basta a sí misma, que no necesita al Estado español y que sus “hechos diferenciales” son de mejor calidad que los de los otros territorios. Lo cierto es que hay demasiados indicios de que desde la Generalitat y las instituciones independentistas han actuado de este modo y que en gran medida los posibles fallos y omisiones obedecen a estos planteamientos.

Como siempre, los más audaces y lenguaraces son los que se atreven a dejar desde el principio las cosas claras sin tapujos. Tenía que ser Carod Rovira el histórico presidente de Esquerra Republicana –aquel que se reunió en Perpiñán con la cúpula de ETA para pedirles que si querían atentasen contra España, pero no contra Cataluña– el que abriese la boca en primer lugar y descubriese la estrategia del independentismo, que otros mantenían oculta. Afirmó sin rodeos que, después del atentado de Las Ramblas, el Estado español había desaparecido y que su espacio lo había ocupado la Generalitat de Cataluña: “Cataluña ha visto y comprobado que, a la hora de la verdad, frente a la emergencia de hacer frente a una adversidad criminal, había un Gobierno, una policía y una ciudadanía que estaban donde tenían que estar y a la altura de las circunstancias, que eran el Gobierno, la policía y la ciudadanía de Cataluña, no eran los de España”.

En un artículo publicado en el periódico Nació Digital y titulado “Se va un Estado, llega otro” interpreta el atentado como un ensayo general para la independencia y califica a la actuación de la Generalitat como propia de “una Cataluña independiente, viable, útil y mejor”. Da la impresión de que le importan muy poco los terroristas o las víctimas, tan es así que parece que está contento y exuberante por lo que considera un éxito en 37 años de autonomía. La argumentación del ex presidente de Esquerra Republicana incurre en una grave contradicción porque, si es cierto lo que afirma, resulta evidente que Cataluña no es esa colonia maltratada que quieren presentar los secesionistas, sino que goza de una autonomía y competencias que le convierten casi en un Estado.

El jefe de prensa de Puigdemont, Pere Martí ha seguido la misma línea de argumentación del ex vicepresidente de la Generalitat. Ha escrito en Twitter respecto del “affaire” de Raúl Romeva con los ministros de asuntos exteriores de Francia y Alemania: “Recordáis que decían que no tendríamos relaciones internacionales, que no nos recibiría nadie. Cierto, el conseller Raúl Romeva los recibe en su despacho”. La realidad fue muy distinta, fue Raúl Romeva el que al parecer se coló en la sala de autoridades del aeropuerto de Barcelona, donde el subdelegado de Gobierno recibía a los ministros de asuntos exteriores de Francia y Alemania para llevarles a entrevistarse con la vicepresidenta de Gobierno.

También el eurodiputado del PDeCAT Ramón Tremosa ha mantenido en Twitter en varias ocasiones una actitud parecida. En la mañana del día 20 destacaba de un artículo publicado en el diario ARA, titulado ‘Dos países, dos realidades’, la siguiente frase: “Cataluña sola se ha enfrentado a sus enemigos y los ha derrotado con eficacia. En la práctica, los catalanes han visto que ya tienen un Estado”. Y días más tarde en varias ocasiones lanzaba mensajes de contenido similar: “La resposta de Catalunya al terror demostra que ja està preparada per la independència”. “Els @mossos demostren que la futura república catalana està preparada per a funcionar sola”.

Resulta indicativo de la naturaleza del secesionismo el hecho de que para ellos lo único importante del atentado haya sido la utilidad que les puede proporcionar de cara a favorecer la imagen exterior de Cataluña y de su independencia. Bien es verdad con un cierto estilo cateto que raya en el ridículo. De ahí la autosuficiencia y el empleo del botafumeiro que se ha hecho presente en todas los actos y comparecencias presentadas en Cataluña. Ellos son los mejores y no necesitan a nadie.

Encerrados en su castillo, más bien en su pueblo –Ortega afirmaba que provinciano es el que se cree que su provincia es el mundo y su pueblo una galaxia–, solo están dispuestos a considerar lo que creen que es suyo. Así, en el atentado, no quisieron ver que en los tiempos de la globalización las víctimas no eran suyas, que pertenecían a 36 países distintos; que los terroristas no eran suyos, el ISIS extiende su amenaza a todo la cultura occidental; la policía no es suya, según el art. 104 de la Constitución las fuerzas y cuerpos de seguridad pertenecen al Estado y su dirección al gobierno, aun cuando se puedan ceder algunas competencias a las Comunidades Autónomas; Las Ramblas no son suyas, por la cantidad de gente de toda procedencia que por ellas circulan, y basta para mostrar este carácter universal las palabras estos días tantas veces citadas de García Lorca; y las posibles consecuencias económicas negativas (de haberlas) porque se resienta el turismo no las va a sufrir solo Barcelona o Cataluña, sino toda España.

Según van pasando los días, son muchos los fallos, los errores y lagunas de información que rodean los atentados de Barcelona, desde la indolente actitud ante la información trasmitida por la policía belga a la insuficiente investigación en la casa de Alcanar, cuando eran múltiples los factores insólitos que deberían haber hecho sospechar de la posibilidad de un atentado, tal como la misma jueza de guardia insinuó. Desde la resistencia a poner bolardos (Madrid nos va a decir a nosotros lo que tenemos que hacer) hasta la negativa a que actuasen la Policía Nacional y la Guardia Civil. Desde el hecho de que no había policía en Las Ramblas en el momento del atentado a la ausencia de información acerca de lo que en realidad ocurrió en Cambrils. Desde la carencia de explicación de cómo se pudo escapar Younes tras el atropello de Las Ramblas hasta saber cómo pudo estar cuatro días huido sin conocimiento de la policía, y que solo dieran con él tras el aviso de una ciudadana. Desde saber por qué no se interrogó en el primer momento al único herido en la casa de Alcanar, a la razón de por qué tan solo dos terroristas han podido ser detenidos, resultando abatidos (como se dice) todos los demás, y que, al margen de circunstancias legales y éticas, impide la posibilidad de contar con mucha más información de la célula terrorista y de los atentados.

Todo estos fallos y lagunas tienen un denominador común (al margen de las gotas de corporativismo que le es predicable a los Mossos como a cualquier otro colectivo): la arrogancia, la fachenda y la soberbia de los responsables políticos de la Generalitat que desde el primer momento han querido instrumentalizar los atentados para ponerlos al servicio del procés y manifestar al mundo (se creen su ombligo) que son autosuficientes y mejores que lo que llaman el Estado español.

El autobombo ha sido constante presentando como perfectas todas las actuaciones de la Generalitat y sus instituciones, y deshaciéndose en loas y panegíricos sobre el buen funcionamiento de los Mossos. Simplemente los necesitan para la tragicomedia, y están dispuestos a elevarlos a los altares y a coronarlos como héroes. Sin que sea una crítica a la policía autonómica, lo mismo cabría decir de la nacional y de la Guardia Civil, el éxito no está nunca de manera plena en cazar a los terroristas una vez cometido el golpe, tanto más si se hace sin dejar supervivientes, sino en evitar el atentado. La actuación de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y de los mismos Mossos seguramente habrá sido más digna de encomio en las múltiples veces que de forma preventiva han detenido terroristas o han desarticulado alguna célula que en los momentos presentes después de que se hayan originado tantas víctimas.

En los primeros días, Puigdemont salió a la prensa indignado tildando de miserable a quien relacionase los atentados con el procés. Lo cierto es que en aquel momento los únicos que lo vinculaban eran, como hemos visto arriba, sus correligionarios. A estas alturas, sin embargo, no tiene ya ningún pudor en hacerlo él mismo abiertamente y con toda clases de mentiras, como en la entrevista que en la pasada semana concedió al Financial Times o propiciando con otras fuerzas independentistas que la manifestación convocada de apoyo a las víctimas y repulsa al terrorismo se convirtiese en un instrumento más a favor de la secesión.

Puigdemont se queja de que no se da entrada a los Mossos en Europol ¿Qué tiene de extraño si sus inmediatos jefes actuales, expresamente nombrados, después de remover a los anteriores, para controlarlos y orientarlos a favor del procés, no dejan de decir que el 1 de octubre la policía autonómica estará al lado de los golpistas y en contra de la ley?

El verdadero reto para los Mossos d’Esquadra residirá en el día del referéndum, porque tendrán que decidir si, como toda policía, están para aplicar la ley y hacer respetar la Constitución o para ponerse al servicio del golpe de Estado. Conviene tener presente que desde el mismo momento en que los Mossos se pongan a favor de la sedición, bien apoyándola o bien no cumpliendo las instrucciones judiciales, desaparecen todas las dudas que ahora algunos juristas plantean acerca de si existe o no delito de sedición. En todo caso, si se llega a ese extremo, seremos muchos los que pediremos, si es preciso, un cambio en la Constitución. Ciertamente no para lo que plantea Pedro Sánchez de buscar acomodo a los independentistas catalanes sino para disolver el cuerpo de Mossos y prohibir la existencia de policías autonómicas.

El hecho de que Puigdemont y sus correligionarios se hayan puesto a relacionar los atentados con el procés, nos da pie a que, dejando muy claro que los únicos culpables son los terroristas, nos preguntemos si la política seguida por el independentismo de propiciar la inmigración musulmana en detrimento de la latina (hispanoparlante) hasta el extremo de haber agrupado en su territorio la mitad de la que existe en toda España procedente del Magreb no ha tenido nada que ver con el hecho de que los atentados hayan sido en Barcelona. Y ¿por qué no? Preguntémonos también si el hecho de que Cataluña cuente con un gobern y unas instituciones autonómicas que se jactan de no someterse a la ley y a la Constitución da la mejor imagen de firmeza a la hora de combatir el anarquismo y el terrorismo. Todo fanatismo, aunque sea no violento, es buena tierra para que germinen otros fanatismos violentos.

www.martinseco.es

Irresponsables, torpes, ruines y mezquinos
Antonio Alonso Timón Gaceta.es 1 Septiembre 2017

El delirio separatista catalán no cesa. La infame manifestación del sábado pasado en Barcelona y la presentación este lunes de la autodenominada, de manera cursi, “Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República” (sólo falta, leyendo su articulado, añadirle el adjetivo de Bolivariana) son dos nuevos ejemplos de la locura en la que están instalados unos políticos irresponsables, torpes, ruines y mezquinos.

Irresponsables porque no gobiernan (los ancianos se mueren en Cataluña por no poder pagar la luz sin que los servicios sociales detecten esos estados de necesidad. Los farmacéuticos no cobran las facturas porque la Generalidad está en quiebra, según para qué cosas. Los ciudadanos están desprotegidos frente a posibles atentados porque los maceteros que podrían protegerles coartan, supuestamente, su libertad).

Torpes porque llevando al extremo su fanatismo se les ve el cartón-piedra de manera descarada. No se engañen. No quieren la independencia. Es más, no creen en ella. Saben que es imposible, a pesar de lo lejos que han llegado gracias a un Gobierno central sordo, ciego, mudo y cobarde. Su máxima aspiración sólo puede consistir en seguir engañando a los catalanes y vivir de ese cuento perpetuamente, echando las culpas de todo al leviatán Estado español. Oiga, les va de maravilla. Ellos nunca tienen culpa de nada. Estos tipos, ex convergentes, esquerros y cuperos, que no podrían gestionar ni una comunidad de vecinos esconden sus vergüenzas y deficiencias de gestión y gobernanza envolviéndose en una bandera que han mancillado en exceso. ¿Se imaginan ustedes que, finalmente, consiguiesen la independencia? ¿Qué sería de Cataluña en manos de estos sujetos? Desde luego, les iría bastante peor. Ya no tendrían la “excusa española”. Ya no tendrían el constante derecho al pataleo. Sólo tendrían obligaciones. Fuera del oprobioso Estado español hace mucho frío. Y ellos lo saben mejor que nadie. Llevan bajo el manto protector de dicho Estado mucho tiempo. Ese Estado al que tanto odian es el que les ha encumbrado, dictando leyes de protección a sus actividades industriales otrora, dotándoles de buenas infraestructuras ahora. Y todo ello en detrimento de otras partes del territorio nacional bastante más leales (comparen ustedes la evolución de la población y del PIB de las distintas regiones de España en los últimos doscientos cincuenta años). Las componendas y reuniones filtradas en los últimos días confirman que no creen en lo que están haciendo y que algunos se están posicionando para seguir protegidos por el odioso pero cómodo manto estatal y conseguir una posición más ventajosa todavía en un futuro replanteamiento del marco constitucional. En definitiva, su torpeza les ha llevado a hacer del denominado “proces” una caricatura valleinclanesca.

Ruines porque no respetan ni a las víctimas de un atentado tan nauseabundo como el que, desgraciadamente, se produjo en Barcelona el día 17 de agosto de 2017. La utilización política que de dicho atentado se escenificó en la manifestación del sábado pasado fue simplemente intolerable. Todavía no he llegado a entender qué hacía el Presidente del Gobierno de España con sus Ministros en dicha manifestación después de las declaraciones vertidas por el Presidente de la Generalidad de Cataluña el día antes en un diario anglosajón y de la forma en que dicha manifestación fue organizada, incluyendo su absurdo lema. Y, aun comprendo menos, la situación en la que el Gobierno ciego, sordo, mudo del Señor Rajoy puso a la Jefatura de Estado. Como muy

bien indicaba en este mismo medio José Javier Esparza en su magnífico artículo, a esa manifestación no se va como Mariano Rajoy Brey sino como Presidente del Gobierno de España. Si al Señor Rajoy no le molestan los injustos e injustificables abucheos, pancartas o situaciones vividas en dicha manifestación en contra del Gobierno de España y de la figura del Rey de España, al resto de los españoles nos ofendieron profundamente y nos parecieron intolerables. ¿Es tan masoquista el Gobierno de España que le gusta prestarse a ser muñeco de pim pam pum? ¿Qué esperaban que sucediera en dicha manifestación? ¿Algo distinto a lo que sucedió? Como se ha podido comprobar durante la gestión del atentado terrorista y en la manifestación del sábado pasado, el Estado está deliberadamente desaparecido de Cataluña, para desgracia de la mayoría de la Sociedad catalana. Resulta cómico ver pancartas insinuando que la culpa de los atentados del día 17 de agosto es de los políticos españoles por hacer negocios con los Estados del Golfo. Una de las pancartas rezaba: “vuestros políticos, nuestros muertos”. Habría que recordarles que en España la mayoría de los muertos por terrorismo llevan, todavía hoy, la firma del separatismo. También sería conveniente decir que sus políticos nacionalistas han perdido el traserillo recibiendo a políticos relacionados con el terrorismo, con los que incluso han tenido la cobardía de negociar clemencia, que han fomentado el islamismo como forma de desconexión con España y que han efectuado todo tipo de negocios con los países del Golfo, incluyendo a su principal equipo de fútbol y al Maese de ceremonias de reuniones clandestinas, cuya empresa está asociada con Al Jazzira, que es la cadena televisiva catarí.

Mezquinos porque no saben agradecer las abundantes muestras de solidaridad y apoyo que para con Cataluña ha tenido el resto de España durante estos días. Han devuelto el cariño con odio. Algún día, pasado el tiempo y con un mínimo de reflexión, la Historia juzgará la mezquindad del separatismo catalán. Pero, entre tanto, lo que se impone es exigir al Gobierno de España que acabe de una vez con esta sinrazón. Ha llegado la hora de actuar. Y de hacerlo con contundencia y sin complejos. Utilizando los numerosos instrumentos que un Estado de Derecho tiene para protegerse del fanatismo y la ignominia. En el corto plazo, poniendo fin a esta farsa. En el medio plazo, castigando deslealtades y premiando lealtades mediante una reforma constitucional que, de verdad, iguale en derechos y deberes a los españoles y acabe con el fracaso que el Estado autonómico asimétrico ha supuesto, profundizando en la simetría competencial.

Si los partidos políticos mayoritarios no son capaces de adoptar las decisiones que esta situación de extraordinaria gravedad requiere, tendremos lo que nos merecemos. Si la Sociedad española no es capaz de exigir una solución contundente y rápida a esta locura, tendremos lo que nos merecemos. Y, ¿qué nos merecemos? Pronto lo sabremos.


Recortes de Prensa   Página Inicial