AGLI Recortes de Prensa   Domingo 3 Septiembre 2017

La sección bilingüe
Nota del Editor 3 Septiembre 2017

Hoy se ha producido un hecho curioso o peligroso, según se mire. En estos recortes, condenamos a la sección bilingüe los artículos que, vaya ud. a saber porqué, incluyen alguna palabra de alguna lengua regional. ¿ Se trata de una curiosidad o de un peligro ? Yo que soy pesimista por experiencia veo que es un peligro. Peligro porque quieren meternos las lenguas regionales a pasitos y a estas alturas ya no queremos saber nada de ellas. Estamos hartos de que quieran imponerlas sobre todo a los hijos de los demás, en detrimento de los derechos humanos y constitucionales de los español hablantes y nos negamos a admitir que quienes utilizan tales palabras pretendan que se trata de algo inocuo.

Tras el inglés
El español, segundo idioma más estudiado en China
www.latribunadelpaisvasco.com 3 Septiembre 2017

Después del inglés, el idioma español es el más solicitado para estudiar en universidades y academias de China, que desde el año 2000 vive un "boom" de alumnos interesados en aprenderlo. Los negocios del gigante asiático con diferentes países de América del Sur y el hecho de que el castellano sea un idioma que está "de moda" entre las élites chinas explican este auge.

La figuras omnipresente de Lionel Messi, Ricky Martin, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, el arte español, la cadencia de las palabras, el acento y sus recursos expresivos, y más recientemente el éxito de la canción "Despacito" que no para de sonar en las principales grandes ciudades chinas, son también elementos de la "cultura pop" que atraen para estudiar español.

Según explica la revista argentina Telam, "todo este bagaje cultural atractivo se apoya en una amplia difusión vinculada a la cada vez más cercana relación económica con países de América Latina y el Caribe, una salida laboral rápida y la necesidad de conectar con más fluidez los dos universos lingüísticos".

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Saber lo que nos pasa
Alejo Vidal-Quadras www.vozpopuli.com 3 Septiembre 2017

Es conocida la frase de Ortega diagnosticando el problema de los españoles como el de gente a la que lo que le pasa es que no sabe lo que le pasa. Cuando contemplamos el panorama actual de nuestro país y nos despertamos todas las mañanas con portadas descorazonadoras en las que cada titular es motivo de decepción, zozobra o indignación, hemos de concluir que nada ha cambiado desde que nuestro gran pensador pronunciase tan certera reflexión hace cerca de un siglo. Se discute de muchas cosas, la mayor parte de ellas de escasa o nula relevancia real, pero casi nadie entra en el fondo de la crisis múltiple que padecemos y el que se atreve a señalar el verdadero origen de los males que nos aquejan no es oído porque el ruido ensordecedor de los debates inútiles lo impide o, si consigue por un momento hacerse escuchar, es silenciado de inmediato por aquellos que sólo desean seguir beneficiándose de una situación ya insostenible.

La reciente defenestración de Gregorio Morán, despedido de manera fulminante tras una larga y fructífera colaboración con la principal cabecera de Cataluña, es un ejemplo clarificador de esta incapacidad de la sociedad española en estos tiempos agitados para indagarse a sí misma y sacar las conclusiones oportunas. La repugnante manipulación de la tragedia del 17-A por los independentistas catalanes o las descaradas mentiras del Consejero de Interior de la Generalitat y de su jefe de policía sobre el aviso que recibieron de servicios de inteligencia extranjeros sobre el peligro de atentado en las Ramblas nos dan la medida del nivel de degradación reinante. Si echamos la mirada atrás, comprobaremos que desde la Transición acá cualquier voz que ha intentado denunciar no simplemente deficiencias concretas o errores episódicos, sino la raíz misma del conjunto de graves fallos de nuestro sistema institucional poniendo en evidencia su desnudez moral y su ineficiencia intrínseca, ha sido silenciada por uno u otro procedimiento, el soborno, el ostracismo, el chantaje o, en el caso extremo de ETA, directamente la muerte.

Vivimos pues en un ecosistema político y social que elimina sistemáticamente los mecanismos de su supervivencia, lo que le está conduciendo irremediablemente a su desaparición. Y para mayor inquietud, tampoco sabemos cuál será el nuevo orden -o desorden- que reemplace al que se extingue, aunque algunas de las posibilidades al respecto son escalofriantes habida cuenta de que no pocas figuras influyentes trabajan sin descanso para convertir a España en una émula de la Venezuela chavista o en un remedo de la descompuesta antigua Yugoslavia. Cuesta creer que una Nación tan antigua, potencialmente próspera y plenamente occidental, pueda haber caído prisionera de semejante pulsión suicida cuando cuenta con todos los elementos para sobresalir como una de las más ricas, seguras y envidiadas del mundo. Si se tiene la desgracia de vivir en un lugar desdichado, Somalia, Haití, Siria, sujeto a las más terribles penurias y con la vida pendiente de un hilo, es lógico esforzarse en mejorar o en huir, pero lo que carece de todo sentido es gozar de la suerte de ser suizo, canadiense o neozelandés y pugnar con empeño para acabar siendo liberiano. En eso estamos precisamente en nuestros pagos, en la tarea difícil, pero no imposible si nos aplicamos a ella con suficiente denuedo, de arruinar una tierra que por su clima, su posición geoestratégica, la extraordinaria calidad humana de millones de sus habitantes, sus magníficas infraestructuras y su admirable patrimonio cultural multisecular, dispone de los medios tangibles e intangibles para colocarse a la cabeza de Europa y del orbe entero.

Lejos de aprovechar tan impresionantes dones, nuestras elites políticas, económicas y académicas llevan cuarenta años dedicadas con entusiasmo primero a construir y luego a estropear crecientemente un Estado estructuralmente condenado a la división y al despilfarro, y a liquidar el acervo ético que es la garantía de la estabilidad, la administración honrada y la paz civil en los pueblos que lo cultivan y preservan. Por supuesto, no hay inocentes en esta empresa colectiva de demolición, ni los responsables por acción, ni los culpables por omisión, ni los que se han resistido o han propuesto alternativas porque seguramente no porfiaron lo bastante.

En definitiva, no sabemos lo que nos pasa ni tenemos ganas de saberlo, si bien hay una cosa que sí sabemos sobre los que nos pasará: que no será bueno.

Más allá de La Rambla
EDUARDO INDA okdiario 3 Septiembre 2017

La enorme diferencia entre España y otros países en materia antiterrorista es que acá nos liamos a garrotazos cada vez que hay un atentado y allá responden todos a una cuando el islamofascismo asesina con tanta delectación como poco fin. No nos bastó con ese terrible 11-M en el que dimos al mundo una lección de lo que nunca hay que hacer en estos casos con terribles acusaciones mutuas y malnacidas acusaciones de golpe de Estado (véase Pedro Almodóvar). Tal vez por eso me abochorna tantísimo como ciudadano el espectáculo que hemos vivido de ese terrible jueves de mitad de agosto a esta parte. Olvidando perogrullescamente casi todos que la culpa del atentado de La Rambla la tiene quien conducía la furgoneta, sus cómplices y, obviamente, esos autores intelectuales que no viven precisamente en montañas lejanas. Y punto.

Dicho todo lo cual es obvio que los Mossos d’Esquadra no han sido precisamente unos hachas a la hora de prevenir el atentado. No tanto porque, por motivos políticos, rechazasen la instalación de bolardos o bloques de hormigón en los puntos susceptibles de ser objetivo terrorista. Si se hubieran puesto, los psicópatas yihadistas se hubieran ido a otro punto, un paso de cebra por ejemplo, y la hubieran liado igual. Ni desde luego porque se pasasen por el arco del triunfo el aviso de la inteligencia estadounidense: es obvio que el popular paseo de Las Ramblas, el Camp Nou y la Sagrada Familia eran, son y desgraciadamente continuarán siendo puntos calientes en el imaginario de los asesinos al igual que Sol, el Museo del Prado y el Bernabéu en la capital de España. Exponencialmente más grave me parece que después de la brutal explosión de Alcanar no pusieran en busca y captura a los inquilinos y no se subiera, siquiera sin declararlo explícitamente, el nivel de alerta de 4 a 5. Hubiera bastado escarbar un poco para percatarse de que todos ellos eran extremistas musulmanes. Empezando por el imán Es Satty que, tal y como anticipó en exclusiva OKDIARIO, se fue por donde había venido tras ser detenido en 2009 por el juez Garzón junto a varios hijoputas vinculados al 11-M. Ésta me parece la gran falla de la reacción del cuerpo dirigido por el archifamoso Trapero y teledirigido por los políticos golpistas. Amén de la tan extraordinaria como preocupante información que hoy publica Miguel Ángel Ruiz: los perros que detectan el explosivo La madre de Satán, que se estaba fabricando en el celebérrimo chalé tarraconense, ni estaban ni se les esperaba en Alcanar. Si los hubieran empleado, otro gallo hubiera cantado porque habría quedado claro, más allá de toda duda razonable, que estábamos ante un monstruo en forma de célula terrorista.

Tan cantosa fue la (no) prevención como eficaz la reacción, desarticulando en tiempo récord una banda que campó a sus anchas y escapó al radar del CNI, la Policía, los Mossos y la Guardia Civil pese a estar compuesta por 12 personas. Detectar a un lobo solitario es tan complicado como coser y cantar debería haber resultado echar el guante a un grupo más numeroso que un equipo de fútbol liderado por un imán que atesoraba la condición de viejo conocido de la Justicia patria. El previo fue lamentable y el post brillante con unos mossos disparando a matar a una gente a la que en esas circunstancias no quedaba otra que enviar con Alá. Que, por cierto, es donde mejor están.

La gran pregunta es qué hubiera pasado si no se hubiera destrozado la unidad policial en la Transición para satisfacer a unos nacionalistas tragaldabas, que siempre quieren más, como si no hubiera un mañana. Siempre nos quedará la duda si se hubiera producido el 17-A. ¿Qué narices pintan tres cuerpos de Policía en territorio nacional? ¿Se imaginan que hubiera un FBI en 48 estados y otros de su padre y de su madre en los dos restantes? Yo no lo imagino. Y no lo imagino porque los estadounidenses nos parecerán frívolos, materialistas, prepotentes o no (a mí, personalmente, me encantan) pero no son gilipollas. Son los tíos más pragmáticos del mundo: lo que funciona no se toca y lo que no pita se cambia. Y aquí paz y después gloria. Espero, confío y deseo que Mariano Rajoy dé un puñetazo encima de la mesa, cambie la ley y establezca un mando único policial. Todo lo demás es regalar armas a un enemigo que aprovecha todas y cada una de las facilidades que les regalamos. Aunque lo más lógico sería integrar a todos los efectos a los Mossos y la Ertzaintza en el Cuerpo Nacional de Policía. Eso evitaría duplicidades, ocultaciones y disfuncionalidades. Sería bueno para los buenos y malo para los malos. Pero me temo que en eso no hay vuelta atrás. Como desgraciadamente no la hay en ese terreno educativo que marca el control futuro de la sociedad. Seguramente es imposible revertir totalmente esas dos meteduras de pata de la Transición. Tan imposible como posible revertirlas parcialmente.

Más allá de la polémica stricto sensu, en la que los unos culpaban a los otros y los otros a los unos, queda pendiente en el horizonte el debate del que nadie quiere hablar por miedo a que le tilden de “islamófobo” y lindezas semejantes. A los pocos que, como Isabel San Sebastián, han sacado la cabeza se la han volado inmediatamente. Nuestra gran asignatura pendiente es el papel de una religión anclada en el medievo en la que literalmente se insta a tratar a patadas a las mujeres, a condenar al homosexual y a degollar al infiel. Tan sencillo como eso. Me pasmo viendo a progres de toda la vida defendiendo implícitamente a los islamofascistas con un método tan cuestionable como estúpido: partir la cara a todo aquél que sostiene algo tan elemental como que una religión así no tiene cabida en un estado laico en el que la Declaración de los Derechos Humanos debe ser el principio de todas las cosas. O la religión se adapta a la democracia o la religión no tiene cabida en democracia. Ni más ni menos, ni menos ni más. Los progres que tanto acusan de “islamofobia” a todo aquel que osa cantar las verdades del barquero deberían preguntarse previamente si quieren una sociedad en las que sus hijas tengan que ir cubiertas por bemoles, en la que sus hijos deban exiliarse si son homosexuales y en la que se permitan las bodas con niñas.

Aquí no cabe todo el mundo. Mejor dicho, sí cabe todo el mundo que acepte los ideales democráticos sin poner un solo pero y no venga a imponernos la oscuridad de la peor interpretación del Islam. Desde luego no hay ni debe haber sitio para gentuza que considera que la mujer debe estar al servicio del hombre, que los gais son enfermos a los que hay que ejecutar y que igualmente hay que apiolar a todo aquél que no profesa su religión, que para ellos es obviamente la única y la verdadera. Para acceder a la nacionalidad estadounidense te hacen un examen que el de abogados del Estado queda reducido a la condición de juego de niños. Tres cuartos de lo mismo ocurre cuando a lo que aspiras es a un nivel inferior, como es la obtención de la Green Card, que saltó a la fama gracias a la película Matrimonio de Conveniencia del gran Peter Weir con Gérard Depardieu y Andie MacDowell de antagonistas-protagonistas. En la hipergarantista Europa entra todo quisqui. Da igual que esté a favor de la sharia o del sistema democrático o no porque no se les pregunta ni tampoco se les instruye antes de cualquier otra consideración. Yo no quiero a mi lado gente que propugna salvajadas tales como la ablación del clítoris (práctica habitual entre musulmanes y cristianos egipcios), el matrimonio con menores, la prohibición de conducir a las mujeres, la amputación de las manos a los ladrones y la obligatoriedad del burka, el niqab, el hiyab o el chador.

Ése y no otro es el quid de la cuestión. En muchas mezquitas españolas (no son la mayoría) se imparten estas doctrinas que eran habituales antes de Cristo (incluso cuando el Islam no existía) y en la Edad Media pero que quedaron desterradas en Europa en el siglo XIX, se dieron completamente la vuelta en el XX y que hoy, en pleno siglo XXI, se nos antojan una pesadilla más propia de los primates que del ser racional que se supone es el hombre. Es el caldo de cultivo de ese imperio del mal que es el islamofascismo (no confundir con islamismo ni con Islam). El Estado estúpido que son todas y cada una de las naciones que conforman la Unión Europea deben ponerse las pilas antes de que sea demasiado tarde. Es intolerable, por ejemplo, que en algunas urbes europeas haya patrullas islámicas que se dedican a obligar el uso del velo a las musulmanas, a echar del barrio a quienes se besan con su novio o con su novia en público y a apalear a quien osa beber en unos alrededores que cada vez son más amplios. El miedito de las autoridades europeas en general y españolas en particular ha provocado que estas bandas, cuyo objetivo es implantar la sharia en sus zonas de influencia, empiecen tímida pero implacablemente a hacer de las suyas. A más a más hay que subrayar la imperiosa obligación moral que tenemos los demócratas de tutelar este debate para que la repugnante extrema derecha no se lo apropie con la vista puesta en engordar su de momento ínfimo caudal de votos. Ya se sabe: a los ultras les encanta confundir la parte con el todo. Y de eso al totalitarismo hay solo medio paso.


Mientras nosotros vamos, ellos ya han vuelto 30 veces. Los islamofascistas no son traidores porque lo avisaron: “Os conquistaremos por el vientre”. Teniendo en cuenta que el índice reproductivo de los musulmanes es tres o cuatro veces mayor que el de los europeos tradicionales es de suponer que pueden ser mayoría en un siglo o antes si los malos ganan la partida a los buenos en la religión del profeta Mahoma. Tiempo más que suficiente para que hagamos los deberes. Para que, sean mayoría los unos o los otros (musulmanes, católicos o ateos), a mí eso me importa un pimiento, los derechos humanos sigan siendo el primer mandamiento de la ley de… el hombre. Que seguro que también lo es de la de Dios, Alá o quien quiera que esté ahí arriba. Si lo está.

Cataluña: La estúpida radicalización de la sociedad española
El proceso soberanista en Cataluña se ha llevado por delante la sensatez. El debate intelectual ha sido arrinconado por el fanatismo. Incluso, en cuestiones de terrorismo
Carlos Sánchez El Confidencial 3 Septiembre 2017

Cánovas, que era un político profundamente conservador, dijo en una ocasión que “un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y eso”, sostenía con ese aire de superioridad que siempre destiló, “porque ignora lo que es”.

Este aserto puede explicar mejor que ningún otro el grado de polarización que ha alcanzado aparentemente la sociedad española. En particular, por la cuestión catalana, en la que muchos se ven como protagonistas de su propia revolución. Y toda revolución, como se sabe, está preñada de excesos, como bien sabía Cánovas, que era político, pero también un gran historiador especializado, precisamente, en las causas de la decadencia del imperio español.

Unos se suman a la revolución para defender lo indefendible -y ahí está esa delirante ley de transitoriedad que convierte en papel mojado el Estado de derecho-, y otros lo hacen para aprovechar la efervescencia política creada por los nacionalistas catalanes y decir barbaridades en busca de sus diez minutos de gloria.

O lo que es peor, se suman a la revolución para utilizar el terrorismo con el fin de hacer descarrilar el proceso soberanista. Exactamente igual que hicieron los independentistas cuando de forma mezquina utilizaron la manifestación para defender sus proclamas en lugar de llorar por las víctimas.

Eso explica la supuesta radicalidad en la que vive la sociedad española a ojos de algunos medios de comunicación y un buen número de políticos lenguaraces y obscenos, en los que la sensatez está por descubrir. Probablemente, porque el discurso político ha perdido los matices y las redes sociales y las televisiones populacheras -que hoy influyen de forma determinante sobre lo publicado y sobre la vida política- son incompatibles con el rigor y el análisis entreverado no vaya a caerse la audiencia. Es más fácil sumarse a la estampida -a modo de jauría humana- que reflexionar de forma razonable con argumentos bien construidos.

Coces contra la inteligencia
Opinadores que hasta hace bien poco daban argumentos -no en todos los casos-, hoy disparan coces para ganar lectores y dejar algo a la posteridad. Arcadi Espada, Sostres, Gregorio Morán, Pérez-Reverte, San Sebastián o, incluso, Rosa Díez, que hace tiempo ha perdido el oremus, pertenecen a ese subgénero literario y político que consiste en escribir y hablar con las tripas. Mientras que, en el otro lado, el insulto a la inteligencia es de tal calibre que reproducir sus nombres agotaría el breve espacio de este artículo. Unos y otros, como es obvio, se necesitan. Los rufianes no serían nada sin ellos, y ellos, sin los rufianes, serían uno más de la tribu.

El documento revelado por El Periódico, en este sentido, es un buen ejemplo de cómo se lanzan a degüello con ardor guerrero simplemente porque la información daña o perjudica al adversario político. Periódicos de derecha de toda la vida que nunca han cuestionado el trabajo de los cuerpos y fuerzas de seguridad, ni siquiera durante los años de plomo de ETA o de la guerra sucia del Estado, atacan ahora sin pudor a los Mossos. No porque busquen la verdad, sino porque el 1-O está ahí y vale todo con tal de hacer descarrilar el proceso. Como esa ‘policía patriótica’ que fabricaba informes a la carta que solo ha ensuciado el trabajo honesto de miles de policías y guardias civiles que hacen su trabajo de forma eficaz y sin griteríos mediáticos.

Parece evidente que Trapero, el jefe de los Mossos, y sus responsables políticos mintieron y ocultaron la existencia del documento de la CIA, tan célebre como escueto, y que al tratarse de un informe de inteligencia no da pistas, sino que refleja simples sospechas que debieron ser contrastadas; pero, dicho esto, parece evidente que abrir fuego ideológico contra quienes están luchando contra el terrorismo a pie de calle parece una temeridad. Incluso, estando por medio la independencia de Cataluña.

Un terremoto político
Máxime cuando ese documento, extrañamente reenviado por el emisor cuatro días después de los atentados (¿se habría extraviado?), lo conocían los responsables de la seguridad del Estado y nadie dijo ni hizo nada.

España, una vez más, es incapaz de aprender de sus errores y de sus tragedias, y ahí están los días posteriores al 11-M para recordar que provocaron un auténtico terremoto político porque se quiso utilizar el terrorismo -ambos bandos lo hicieron- para influir en las urnas, como así resultó.

La parte positiva es que esta polarización que se produce en los medios y en las redes sociales apenas llega a la calle. El país -con todos sus problemas y preocupaciones- sigue funcionando, lo que vuelve a poner de manifiesto el evidente distanciamiento entre el debate público y la realidad cotidiana.

No es ninguna novedad. Esto ya se ha puesto de manifiesto en muchas de las últimas elecciones que se han producido en Europa y EEUU, donde el fuego cruzado entre posiciones radicalizadas -representado por los medios- ha acabado por demostrarse falso.

Y lo que es peor, ha alejado a muchos ciudadanos de un debate que debería ser de ideas, intelectual, y no estrictamente partidario solo para ganar votos. De un debate sobre el terrorismo o sobre qué hacer con Cataluña, pero no mezclando ambas cuestiones porque no tienen nada que ver, como han preferido hacer unos y otros. Tirios y troyanos., Esas mismas dos españas que nos llevaron a la tragedia y que hizo decir a Manuel Chaves Nogales: “Si vuelvo a España me fusilará cualquiera de los dos bandos”.

Estamos ante una cuestión de huevos que no admite traidores: la célebre equidistancia en España tiene mala prensa porque es de acomplejados

No se trata de un problema menor. La ausencia de canales civilizados para el debate político -y en esto juegan un papel esencial los medios de comunicación- no solo empobrece a la sociedad, sino que, además, la encanalla y agrieta, lo que favorece el conflicto y no la solución.

Esta ausencia es especialmente grave cuando, además, existe una obscena interacción entre prensa y líderes políticos, lo que acaba por hacer estallar cualquier canal de entendimiento.

Cualquier propuesta constructiva que no coincida con la que esgrimen los dos extremos del tablero tiende a considerarse acomplejada y hasta ruin, por lo que rápidamente se desecha por no ser suficientemente contundente. Colaboracionismo en estado puro con el enemigo. No en vano, estamos ante una cuestión de huevos que no admite traidores a la causa: la célebre equidistancia que en España -no se sabe muy bien por qué- tiene mala prensa porque es de acomplejados y de gente sospechosa, de carácter débil no apta para el combate. Lo que toca es lucir testosterona ideológica en dosis de elefante.

Toca cavar trincheras para mantener prietas las filas, que es lo más recurrente cuando se carece de propuestas para embridar un asunto que emponzoña la vida política desde hace más de una década en su formato más reciente. Y que ahora vive uno de sus momentos más dramáticos. Sin lugar a dudas, porque el nacionalismo ha emprendido un viaje hacia la nada y en el otro lado no hay respuesta política.

Y así es como el debate intelectual está ausente de todo lo que rodea a la cuestión catalana. Nadie podía pensar, sin embargo, que también afectaría a lucha contra el fanatismo terrorista. Mucha farfolla y pocas ideas, lo que necesariamente lleva a desconectar a muchos ciudadanos hartos de tanta memez.

La nave de los locos
FRANCISCO ROSELL El Mundo 3 Septiembre 2017

AÚN con los días corridos desde la tremolina independentista con ocasión de la marcha por los atentados de Barcelona y Cambrils, danzando sobre los cadáveres calientes de la matanza yihadista y montándole un escrache al Rey y a Rajoy, a los que endosarle una masacre con autores indubitados, si bien indultados paladinamente con pancartas impregnadas con consignas orwellianas para que las mentiras parecieran verdaderas y el crimen respetable, es difícil desprenderse de esa sensación de suciedad, de náusea. Daba miedo la manifestación contra el miedo al apagarse la luz de agosto y ensombrecerse la tarde barcelonesa entre tinieblas elegíacas. "Que la cosa anda mal, muy mal", que diría Sartre, era apreciable. Pero era inimaginable calibrar que había adquirido ese nivel de abyección, por más que la historia de Europa anote evidencias trágicas de cómo el nacionalismo ha operado como la más destructiva fuerza de nuestro tiempo.

Al contemplar tal impudicia, se hacía presente ese otro pretérito imperfecto que el gran periodista andaluz Manuel Chaves Nogales -exiliado de una República sin republicanos en la que "la libertad no tenía quien la defendiera"- relata en La agonía de Francia. Allí narra el desplome de aquella sociedad heredera genuina de la civilización greco-latina entregada al culto totalitario de los infaustos "hechiceros de la tribu" de la cruz gamada. En su ensoñación, una parte de catalanes entrevén la independencia cual ídolo de Baal al que adorar y confiarse, al igual que aquellos israelitas que luego comprobaron que tampoco les daría lo que no poseía aquella deidad ingeniada a su gusto y antojo.

Para colmo, la carnavalada de servirse del dolor de las víctimas para hacer propaganda independentista se ha visto acompañada de la instrumentalización de la carnicería para dar la apariencia de que, en la práctica, Cataluña ya es un Estado que no precisa de nadie. Se percibió el instante mismo en el que, para evitar la entrada de los Tedax de la Guardia Civil o Policía Nacional, se le dio a la explosión del polvorín del chalé de Alcanar tratamiento de accidente doméstico a causa de la explosión de una bombona de butano. Así, con esa capacidad acrisolada para hacer de un infortunio o una derrota una palanca con la que activar sus demandas, el independentismo ha usado a los Mossos como mascarones de proa de ese referéndum unilateral que se pretende perpetrar el 1-O. Desgraciadamente, tratando de sacar pecho cuando toda prudencia es poca en asuntos de terrorismo y había consenso general en su actuación en los días que siguieron al ataque yihadista, se ha terminado enseñando la joroba, no de los Mossos, sino de sus gerifaltes políticos.

En un proceso manicomial, se ha arrastrado al jefe del cuerpo, Josep Lluís Trapero, durante muchos días uno de los hombres más populares de España toda y fulgente estrella mediática. En cuanto se apreció su brillo rutilante en el universo mediático, rápidamente el Govern quiso convertir en icono independentista a un comisario que no se había significado nunca más allá de aquella jarana cantando por Serrat en casa de Pilar Rahola con Puigdemont, estelada en mano, de invitado principal. Empero, el independentismo quiso valerse de su cordialidad, don de gentes y de una fama granjeada a ojos vista para erigirlo en agente de la causa en favor del Estat Català.

Atrapado por las urgencias secesionistas y cegado cual dios del momento, el mayor Trapero se deslizó por un tobogán de victimismo y de mentiras en las que unas iban en persecución de las siguientes. En su corrimiento de funcionario cabal a político en funciones, Trapero negó todo lo habido y por haber, incluidas las sucesivas alertas que recibió de la Policía de Vilvoorde en relación con el autor intelectual de la escabechina, el imam de Ripoll, el marroquí Abdelbaki es Satty, y de la agencia de inteligencia de EEUU sobre un posible atentado "específicamente en La Rambla", endosando la culpa al Estado cada vez que era puesto en el brete.

Pero, junto a las encamisadas y engaños -nada habría pasado por admitir los avisos al ser interpelado por la prensa-, arropando partisanamente al president Puigdemont y al consejero Forn, el hombre tranquilo fue transformándose por días en un energúmeno. Empezó mandando a hacer puñetas -"Bueno, pues molt bé, pues adiós", frase estampada en algunas camisetas- al periodista holandés que le sugirió si no tenía más sentido acortar la rueda de prensa contestando a todas las preguntas que se multiplicaban en el idioma que todos entendían -el castellano-, en vez de organizar una inacabable babel para dar la apariencia de que se estaba en otro Estado. A continuación, sin pararse en barras, hecho un basilisco, elevó el diapasón y descalificó amenazante al director de El Periódico de Cataluña, Enric Hernández, quien pasó a ser tenido por enemigo del pueblo como el personaje de Henrik Ibsen, el doctor Stockmann, quien osó -¡oh fatalidad!- advertir de que las aguas del balneario del que vivía el pueblo estaban infectadas.

Considerado como uno de los nuestros, había tenido la osadía de confeccionar una primera plana dando cuenta de que la CIA había avisado de un posible atentado en La Rambla, algo que Trapero no podía consentir, pero tampoco negar. En el reino de las apariencias de la Cataluña de discurso único, un buen catalán no puede decir que el rey pasea desnudo, sino que ha de deshacerse en elogios y elogiar su majestuosidad. ¿A quién se le ocurre abrir la boca -nada menos que ejercer el Periodismo- y lanzar esa piedra al estanque dorado para que aflore la suciedad de fondo, esto es, romper el pacto de conveniencia de quienes participan de tal régimen de cosas y componen una realidad virtual a la medida de sus espurios intereses? Trapero no cuestionó tanto su información, como sus intenciones (aviesas, obviamente), encontrando en ese aparente traidor a la causa el chivo expiatorio ideal que le librara de tan embarazosa situación. Curándose en salud, ya había abonado el terreno: "Mientras unos ponen flores en los coches de los Mossos, otros ponen mierda", en alusión a la prensa canalla que se empeña en buscarle tres pies al gato.

Si triste fue la imagen proyectada ese último sábado de agosto en Barcelona -únicamente paliada por el gesto gallardo de un Rey que supo estar en su sitio e hizo gala de la ejemplaridad que ya mostró cuando antepuso su deber de monarca a su amor de hermano-, y la posterior manipulación de los Mossos por ambiciones de sus mandos, no le anduvo a la zaga el espectáculo nada edificante del Congreso anticipando su curso, no para tomar medidas contra el terrorismo o contra el golpe de Estado secesionista contra la democracia española, sino para seguir a la greña, enajenado de la realidad. No hizo verdad aquello de que las circunstancias adversas mueven al ingenio.

En medio de la tenaza de los líderes de Podemos, Pablo Iglesias, y de ERC, Oriol Junqueras -cenando en casa del empresario independentista y gran potentado de los derechos televisivos del fútbol español, Jaume Roures- para descabalgar a Rajoy y propiciar un referéndum separatista, los partidos constitucionalistas debilitaban sus lazos en la hora incierta en que Cataluña se fractura y la suerte de España está en juego con un pleno extemporáneo sobre Gürtel que podía (y debía) esperar al nuevo Rubicón del 1 de octubre. De forma recurrente, cada vez que España se ha visto en apuros, el nacionalismo ha embarcado (y embaucado) a sus ciudadanos en una huida hacia adelante.

Lo cierto es que, al cabo de 40 años de autonomía y de eficaz "dictadura blanca", como auguró Tarradellas que impondría Pujol, Cataluña aparece fracturada y, en vez de lograrse su "encaje" a base de cesiones, la consumada deslealtad nacionalista ha desencajado a España. Mientras esto ha venido ocurriendo entre la alegría y confianza de los más, se disimulaba silbando con que no era cierto que España se resintiera tras cada sacudida, como si tuviera que registrarse un desmembramiento tectónico como en La balsa de piedra de José Saramago. Lejos de producirse la probidad necesaria de los nacionalistas, éstos fueron aumentando su defección a medida que se le hacían concesiones para garantizar la estabilidad parlamentaria de Suárez, González, Aznar o Zapatero. Todos ellos echaron en saco roto la lección de que los nacionalistas nunca alcanzan su fin del mismo modo que el horizonte se distancia en la medida que se cree avanzar hacia él. Ni siquiera cuando culminan la hipotética independencia, pues su irredentismo les lleva a reclamar espacios limítrofes. Así el nacionalismo ha hecho un gran negocio de la deslealtad y se ha atenido a la fórmula bien remunerada de que cuanto peor le vaya a España mejor le irá a ellos.

Con todo, lo peor es que se frenará el golpe del 1-O y las élites del Estado seguirán autoengañándose al acecho inverosímil de que aparezca el eterno Cambó de la nueva situación, como los personajes de la obra de Samuel Beckett aguardaban a Godot, sin reparar en lo absurdo de su anhelo. Todo ello tras fiarse de la falsa moderación de Pujol, de negociar de madrugada entre vaharadas de humo con Moisés Mas en La Moncloa y de engatusarse con la quimera de un «independentista pragmático» como Oriol Junqueras, capaz de postergar en apariencia su glotonería frente al kamikaze Puigdemont.

No conviene -valga la locución taurina- acudir al engaño ni por parte de una derecha un tanto alelada y una izquierda que, en su inmensa torpeza, se adhirió con entusiasmo ignorante a la creencia de que nacionalismo y progresismo eran casaderos, cuando lo que prima en el primero no es somos diferentes sino somos mejores, lo que hace que librarse del nacionalismo sea esencialmente un esfuerzo moral. Ello exige una afirmación desacomplejada del Estado de Derecho y una reforma fruto de un diálogo de España consigo misma, como hizo Alemania en la Agenda 2010 promovida por Schröder en 2002 y asumida en 2005 por Merkel antes de que le saltaran las costuras, en vez de dejar que los energúmenos la hagan añicos para hacer con ella un imposible puzle.

Ciertamente, como resumió el escritor soviético Ilya Ehrenburg en el libro en el que recreó 10 meses de estancia en la España de la II República, «en la vida de todo pueblo hay siglos perdidos» (y lecciones que jamás se aprenden, desde luego). Mucho más cuando sus médicos se empecinan en remedios que son más bien medios para el sepulcro. Entretanto, la balsa de piedra de Cataluña parece esa nave de los locos pintada por el genio indubitable de El Bosco. Como símbolo inequívoco de la estupidez de los hombres, la nao timoneada por desaprensivos enfila hacia el acantilado del 1-O, en las antípodas de la idealizada Ítaca, mientras el coro de sirenas se confabula para hipnotizar multitudes.

La deuda que oculta el plan independentista catalán: 265.000 millones de euros
A su endeudamiento local y regional se le uniría la parte que le tocaría asumir de la deuda pública española
ROBERTO PÉREZ Madrid ABC 3 Septiembre 2017

Unos 265.000 millones de euros. Esa sería la asfixiante deuda pública con la que nacería la pretendida Cataluña independiente pergeñada en la «ley de transitoriedad» de los secesionistas Junts pel Sí y la CUP. Pese a lo relevante de la cifra, Puigdemont y sus socios en la deriva independentista han puesto especial empeño en no abordar públicamente la cuestión. Tampoco su peculiar propuesta de «ley de transitoriedad» aclara el asunto. En este texto sí se detalla la «desconexión» de España en aspectos como la «subrogación» de contratos públicos de obras y servicios que actualmente rigen en Cataluña y que dependen del Estado. Y, por ejemplo, dedica un artículo a dejar claro que la pretendida «república de derecho» catalana se apropiaría desde el primer momento de todas las propiedades que pertenecen al Estado y que están en suelo catalán. Sin embargo, nada dice de quedarse con las deudas de la misma forma.

La ley de transitoriedad aborda «de refilón» las obligaciones económicas, pero aclara aspectos como la apropiación de todas las propiedades del Estado español
Esa «hoja de ruta» de la secesión, redactada alalimón entre los antisistema de las CUP y la coalición Junts pel Sí de Puigdemont y Junqueras, solo dedica -y de refilón- cinco líneas escasas a las «obligaciones de carácter económico y financiero» que debería asumir Cataluña si se independizara. Y lo hace no solo con intencionada ambigüedad, sino dejando entrever que los independentistas no tienen intención alguna de asumir la deuda pública que le tocaría a su pretendida «república catalana». Junts pel Sí y la CUP fían este particular a la «negociación». Es decir, a su voluntad de querer o no asumir esas obligaciones.

Economía en serios apuros
Expertos consultados por ABC destacan que ésta no es una cuestión menor, por varios motivos. El primero y fundamental, porque la deuda pública condiciona realmente cualquier aspiración secesionista: Cataluña partiría con un abultado endeudamiento colectivo de unos 265.000 millones de euros, en torno al 124% de su PIB actual -el Producto Interior Bruto caería en caso de secesión, según han apuntado diversos estudios, lo que arrojaría

Cataluña iniciaría su andadura como país con 35.000 euros de deuda per cápita rápidamente una deuda en términos de PIB por encima del 124%-. La deuda per cápita saldría a unos 35.000 euros. Y todo ello, además, con una pretendida independencia a la que le han dado la espalda las economías occidentales, que rechaza la UE y que, por tanto, pondría a la «república catalana» a las puertas de la asfixia económica desde el primer momento. De hecho, hoy por hoy la Comunidad Autónoma de Cataluña sigue siendo incapaz de financiar la deuda pública de su gobierno regional, que subsiste gracias al dinero que le presta el Estado.

Deuda local y regional
Una hipotética secesión de Cataluña dispararía su deuda porque tendría que asumir la que ya acumulan sus instituciones locales y regionales, y además la parte proporcional que le toca en la deuda del conjunto de España.

Según los últimos datos oficiales, los ayuntamientos catalanes acumulan un endeudamiento que supera los 4.100 millones de euros; las cuatro diputaciones provinciales suman una deuda pública de 267 millones; y otros 285 millones deben el resto de entidades locales de Cataluña -administraciones comarcales, agrupaciones y entes supramunicipales-.

Es decir, el conjunto de las entidades locales catalanas tienen actualmente una deuda pública total de unos 4.700 millones de euros, que se añade a los casi 75.500 millones de euros que debe la Generalitat, y los más de 2.000 millones de deuda que acumulan sus empresas públicas. En total, si Cataluña se independizara ahora tendría que buscar dinero por su cuenta -algo que lleva años sin poder hacer- para financiar esos más de 82.000 millones que deben sus instituciones. Pero el problema se le multiplicaría porque, además, tendría que asumir otros 183.000 millones de euros por la parte que le toca en la deuda de conjunto del Reino de España. De no asumir esa obligación, la credibilidad internacional de Cataluña se hundiría todavía más, lo que multiplicaría el aislamiento y la asfixia financiera.

Dinero de España
Hay que tener en cuenta que la deuda directa que mantiene Cataluña con el Estado ya es abultada actualmente. Como las ruinosas cuentas del Gobierno catalán le han forzado a echarse en brazos del Estado, éste ya es el titular de casi el 70% de la deuda pública de la Generalitat. Es decir, hoy por hoy, Cataluña le debe al conjunto de España más de 50.000 millones. Y eso sin contar la porción de la deuda pública española que tendría que asumir una Cataluña independiente. Haciendo un promedio de lo que representa Cataluña en el conjunto del Estado en términos de PIB y de población, eso le supondría tener que asumir en torno al 18% de la deuda pública del Reino de España, es decir, afrontar una deuda de otros 183.000 millones de euros.

¡Fuera caretas! Podemos apoya el independentismo catalán
“Hay dos cosas, oh discípulo, que convine evitar: una vida de placeres; eso es bajo y vano, una vida de mortificaciones; eso es inútil y vano” Buda
Miguel Massanet diariosigloxxi 3 Septiembre 2017

Poco a poco, así como la “tenia saginata” va expeliendo porciones de su inacabable cuerpo segmentado, mezclados entre las heces de su huésped; este serial en el que se ha convertido el famoso “process” del independentismo catalán, va marcando cada día nuevas y más procaces etapas, en su intento desnortado de buscar los medios para llevar a cabo su propósito, descabellado, de separar un pedazo de nuestra nación del resto, con el que lleva unida por su geografía, por su historia y por sus relaciones de más de cinco siglos con el resto de ciudadanos de esta gran nación, a la que, los romanos, decidieron bautizar como Hispania y que ahora, en pleno siglo XXI, todos conocen como España.

En esta locura a la que nos arrastró la gran crisis del 2008, de la que se han venido aprovechando todos aquellos que luchan contra la normalidad, la paz, el entendimiento entre todos los españoles, los proyectos de avances tecnológicos, de superación de obstáculos o de lograr una sociedad en la que, el progreso vaya a la par del pleno empleo; de una sana convivencia, del entendimiento entre las fuerzas políticas en todas aquellas cuestiones que vayan a favor de la ciudadanía, de la unión del país y de todo aquello que redunde en beneficio de la nación que, es evidente, tiene más posibilidades de conseguir sus objetivos si todos sus ciudadanos, en lugar de dividirse y luchar los unos contra los otros, se mantienen unidos en pos de aquellos logros que saben que van a redundar en bien de toda la comunidad. Por desgracia, los factores que nos han llevado a esta situación en la que actualmente nos encontramos, de esta incertidumbre acerca del porvenir de nuestra nación, al peligro de que una parte de ella se separe del resto o la posibilidad de que, los emisarios de regímenes que ya se daban por caducados, perdidos en las nieblas del pasado, agotados por su propia falta de solidez y rechazados por su totalitarismo, los comunistas entrenados en Venezuela, financiados por aquella dictadura y acogidos en nuestra nación por los descontentos de siempre, los nostálgicos del Frente Popular y aquellos, cuyo rencor los ha convertido en incapaces de aceptar que aquella Guerra iniciada en 1936, acabó hace más de 80 años, y que no son capaces de entender que, un día u otro, ha de dejar de ser un motivo de enfrentamiento entre la sociedad española.

El otro factor de discordia corre a cargo de aquellos miembros de la comunidad catalana que, empleando términos forenses, se podría decir que, han venido preparando “durante días o meses concienzudamente la comisión de un delito” o “por motivos racistas” ya que mucho de ello hay en la ojeriza de algunos independentistas hacia el resto de españoles a los que desprecian o “por abuso de confianza” la que depositó la Constitución en los cargos públicos catalanes, de la que se han valido para intentar atentar contra la unidad de España o, por el mismo “carácter público de las personas” que manejan los hilos de la rebelión y se han constituido en los responsables. Cualquiera que tenga alguna noción de derecho sabrá que nos hemos referido a las circunstancias agravantes, al menos a algunas de ellas, que califican la gravedad de un delito aumentando, cuando alguna de ellas concurre en la comisión del ilícito penal, dándole un carácter todavía más preocupante y digno de una mayor sanción.

Sabemos, por las noticias que nos llegan de la prensa, que los acontecimientos se vienen precipitando y, una de las facetas que se ha aclarado por las declaraciones del mismo Pablo Iglesias, ha sido la del grado de involucración que su formación política ( anteriormente daba la sensación de que no querían que Cataluña se separase de España pero que, no obstante eran partidarios de permitir la consulta) cuando su líder Iglesias se ha pronunciado en favor de que España reconozca la “plena soberanía catalana”. El antifaz ha caído y la actitud equívoca que ha venido manteniendo Podemos sobre este tema parece que se ha aclarado. Ahora, a quienes les va a tocar manifestarse va a ser a los socialistas y, en especial, al combativo señor Pedro Sánchez, su secretario general, que tan propicio se ha venido mostrando a mantener una relación más íntima con Podemos con la clara finalidad de preparar una moción de censura contra el señor Rajoy. ¿También el PSOE, a pesar de haberse manifestado en contra de la rebelión independentista catalana, va a seguir apoyando o negociando con un partido, ¿Podemos, que apoya incondicionalmente la ruptura catalana con España? O, simplemente, se trata de otra de las añagazas del señor Sánchez, acostumbrado a jugar con dos barajas, para salvar las apariencias de cara al 1 de octubre, pero, por otro lado, ir preparando el ataque que viene planeando para deshacerse de Rajoy, empleando las mismas armas con las que intentó ganarle las elecciones pero, en esta ocasión, ya ha aprendido algo: que no se pueden utilizar aspavientos, berrinches de chaval o insultos y ya sabe que debe disimular para sacar el fruto apetecido de su plan.

Si esta semana hemos conocido que, los principales dirigentes de los partidos secesionistas, han venido mintiendo acerca de una información que les había llegado de los servicios de Inteligencia norteamericanos, dándoles la razón a los sindicatos policiales y de la Guardia Civil, que se quejaron de haber quedado excluidos y desinformados de las actuaciones de los mossos catalanes y, especialmente, de sus directivos; entre ellos, de este especial señor Trapero, que tampoco tuvo empacho alguno en negar lo que, después, ha resultado ser una evidencia. Resulta impensable que, habiendo recibido informes de los más poderosos servicios secretos del mundo sobre la posibilidad de atentados en Barcelona, despectivamente y sin profundizar en el tema, incluso sin pedir aclaraciones a la información recibida de sus comunicantes; decidieran despreciar el informe y, ni siquiera, tomar las más indispensables medidas, como hubiera sido pedir a la alcaldesa Colau la instalación de unos maceteros o unos bolardos en lugares tan evidentes como las ramblas y otras avenidas, en las que la posibilidad de un atentado por medio de vehículos fuera evidente.

Pero vean el grado de atrevimiento, osadía y de desvergüenza de estos señores que, mientras siguen con su proceso separatista, vienen reclamando del Gobierno español que les paguen cantidades que afirman que se les adeudan, que se siga invirtiendo en el Corredor Mediterráneo, que se les continúen financiando sus, cada vez más preocupantes, deudas millonarias y, el colmo de los colmos: que España apoye que los mossos, un cuerpo policial limitado a la autonomía catalana, aunque dependiendo del Gobierno de España ( al menos confiamos que esto sea, en la práctica, cierto), entre a formar parte de un organismo internacional de seguridad, conocido como EUROPOL, un organismo donde solo se aceptan a representantes de cada nación y no, por supuesto, de una simple autonomía que forme parte del Estado, como sería el caso de un länder alemán. La mera posibilidad de que al señor Rajoy o su equipo de gobierno hayan tenido la idea de permitir que esto sucediera ya nos pone el vello como escarpias, teniendo en cuenta que, aparte de constituir una excepción, en modo alguno justificada, a la regla, sería tanto como reconocer, implícitamente, que Cataluña goza de unos privilegios distintos al resto de autonomías del país.

El presidente de la Sociedad Civil Catalana pidió al Estado español medidas preventivas (nosotros, dentro de nuestra modestia, hace muchos meses que estamos pidiendo al Gobierno que tenga en cuenta a los cientos miles de españoles que, aun siendo catalanes, no compartimos en modo alguna estas ideas secesionistas y queremos seguir siendo españoles), entre las cuales han sugerido la posibilidad de que, ante la amenaza de la votación del 1 de octubre, se declarara en Cataluña “ el estado de sitio” teniendo en cuenta de que no hay duda, y así lo ha advertido el TC, de que cualquier ley o medida encaminada a poner en marcha dicha votación será considerada ilegal. Hablan de lo que se está intentando es llevar a cabo un “golpe de Estado” con un desacato a los tribunales; lo que justificaría que, ante una situación tan evidente se llevaran a cabo actos preventivos para garantizar la seguridad, que puede ser puesta en entredicho en el caso que se tenga que actuar en el último momento, cuando las urnas se sitúen en los locales, previamente escogidos para la votación, por los insurgentes.

No estamos en condiciones ni nos corresponde valorar las medidas que el Gobierno deba poner en práctica para evitar lo que pudiera ser una confrontación no deseada, una discriminación entre los que acudieran a votar y los que no lo hicieran; una posible represalia basada en los censos que, al parecer, ya están en poder de los separatistas, lo que les permitiría establecer quienes formaban parte del grupo de los que votaban sí a la independencia y aquellos otros que no habían acudido a las urnas para evitar incurrir en un acto ilegal y anticonstitucional. Sin embargo, si podemos hacer constar nuestra opinión de que, esperar al último momento, exponerse a no llegar a tiempo a impedir la apertura de los colegios electorales, aunque posteriormente quedaran anuladas las votaciones, ya significaría una victoria para aquellos que se han comprometido, pese a las prohibiciones que pesan sobre ello, a que se pueda decir que “Cataluña ha votado”.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, ante la evidencia de que, en menos de un mes, vamos a vernos envueltos en una situación de la que, lo menos que se puede decir, es que es desagradable y no carente de peligro. A nadie se le oculta que, uno de los modos que permitirían descabezar (metafóricamente hablando) a los organizadores de la consulta popular, sería mantenerlos confinados en sus casas o en algún lugar adecuado para evitar que pudieran llevar a cabo sus designios ilegales. Nos queda la duda de lo que va a suceder los días después al fijado para el referendo, y lo que les va a suceder a los que integran el Parlament catalán, que se han comprometido a firmar todas las leyes de desconexión que están a punto de promulgar. Un ataque a la unidad de la nación, una conducta dirigida por funcionarios públicos y políticos que forman parte del Estado español, que prevariquen y se rebelen en contra de las leyes a las que tienen la obligación de defender y hacer cumplir; les hará merecedores de castigos penales más graves que los que, hasta ahora, se han venido aplicando a los impulsores de esta amenaza a la unidad del país, consistente en meras incapacitaciones para ocupar cargos públicos. No obstante, la experiencia nos advierte de que, el politiqueo y el pactismo, suelen ser los que finalmente se imponen y no nos deberá extrañar el que, al fin y al cabo, todo acabe diluyéndose, como ha ocurrido con los ERES andaluces, convirtiéndose en un proceso inacabable sin mayores consecuencias. Sin duda, sería lo peor que pudiera pasar para seguir garantizando la unidad de España.

Inician un boicot salvaje contra "El Periódico" para asfixiarlo y que cierre
ESdiario 3 Septiembre 2017

El diario está sufriendo las represalias de sectores independentistas, que quieren verlo arruinado. El alcalde de Callús (Barcelona) ha sido el primero en anunciar que anula la suscripción.

El independentismo más combativo ha hecho cruz y raya a El Periódico de Cataluña. Los más radicales quieren verlo muerto y enterrado por haber hecho añicos la credibilidad y la imagen de la Generalitat y de los Mossos d'Esquadra. Ambos recibieron la famosa alerta de los servicios de inteligencia norteamericanos, la desoyeron y después mintieron para ocultarlo.

El Periódico es ya, oficialmente, un botifler (el término que ellos utilizan para referirse a los traidores). Y ha empezado a sufrir las consecuencias, por más que su director, Enric Hernández, firmara este sábado un artículo en el que defendía su obligación de poner en conocimiento de la opinión pública unos hechos tan graves "sin reparar en las consecuencias políticas. Molestase más o menos a políticos o uniformados. Pese a las campañas de descrédito, los intentos de boicot e, incluso, las amenazas".

A los insultos y las amenazas de muerte sufridas en las redes sociales por el propio Hernández se suma una campaña emprendida para conseguir que las instituciones catalanes dejen de conceder subvenciones el diario y que los ayuntamientos controlados por los partidos independentistas se den de baja como suscriptores.

El Periódico ya atraviesa de por sí por problemas económicos que pueden verse agravados con el boicot

En definitiva, se trata de asfixiar económicamente a un rotativo que ya de por sí atraviesa por problemas financieros, con una plantilla mermada que incluso el pasado mes de mayo tomó la decisión inédita de impedir que la edición impresa llegara a los quioscos dos días consecutivos como protesta por la reducción de salarios.

El boicot empieza a calar. El primer alcalde en anunciar públicamente que en su Ayuntamiento no volverá a entrar El Periódico ha sido el de la localidad barcelonesa de Callús, Joan Badia, de ERC:

Callús está adherida a la Asociación de Municipios por la Independencia, que incluye a otros 786 municipios catalanes y a 52 consejos comarcales, diputaciones y otras entidades locales. Así que prendida la mecha, el incendio puede ser de colosales dimensiones para El Periódico.

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