AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 6  Septiembre 2017

Indivisible, no
F. JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo  6 Septiembre 2017

En la inauguración del Año Judicial, que Gistau comparó con una reunión de sumilleres, el Fiscal General del Estado recordó la obligación de defender, como dice la Constitución, "la patria común e indivisible", o sea, España. Está bien que lo recuerde ante quienes han impedido e impiden con su pútrida inacción que España sea la patria de todos los españoles. Porque en casi un tercio de ella no se puede escolarizar a los niños en español y son impunemente perseguidos, profesional y personalmente, aquellos que luchan contra los enemigos de España, terroristas o escrachadores, que han gozado y gozan de la protección de los Gobiernos, fiscales y jueces, del Tribunal Supremo al Constitucional (o Prostitucional: legalizó ilegalmente a la ETA) y al Consejo General del Poder Judicial, que es como el villarato futbolero: una asociación al servicio de lo que deberían vigilar, que es el poder político, para vulnerar todo lo que debería proteger, que es la Ley.

España es, en efecto, la patria común de todos los españoles, también de los españoles privados de sus derechos en Cataluña, Baleares, Valencia, Navarra, País Vasco y Galicia, donde el idioma regional, inseparable de la ideología separatista, discrimina sañudamente desde hace décadas a los que no se integran, es decir, no renuncian a su condición de españoles libres e iguales ante la ley. Y esa discriminación la permiten jueces y fiscales al servicio de los partidos que desde 1977 compran mayorías de Gobierno a cambio de vender por parcelas el Estado -Seguridad, Justicia, Educación, Sanidad- a los que nunca han ocultado su plan de destruir España.

Pero los que pueden destruir y destruyen España no son los que la atacan sino los que no la defienden: el Ejecutivo, que no ejecuta; el Legislativo, que no ilegaliza a los golpistas; y el Judicial, hijastro de los otros, que permite al Ejecutivo que se incumplan sentencias del Supremo contra la Generalidad y ataca a los que lo denuncian.

La fiscalía atacó a EL MUNDO por denunciar la corrupción de los Pujolone y evitó mandar a la cárcel a los golpistas del 9N. ¿De qué España habla ahora? Patria común es y será; indivisible, no. Ya está dividida, rota, sin que los políticos y sus sumilleres hagan nada. Flaco consuelo es que, sin España, todos ellos también se irán al guano, sin honra y sin pensión.

A las cinco de la tarde
ARCADI ESPADA El Mundo  6 Septiembre 2017

Mi liberada:

Nada ha tenido en España tan buena prensa como el nacionalismo y, en especial, el nacionalismo catalán. De un modo sostenido. Durante cuatro décadas el nacionalismo ha sido el punto de vista correcto y moderno de las cosas. Ni siquiera la actividad asesina de los terroristas vascos pudo desprestigiarlo. Casi al contrario: como hoy a los islamistas, también a los nacionalistas desarmados se los protegía de las fobias. La idea -sorprendente- es que el nacionalismo era la única cura posible del nacionalismo. En 1984 el diario Abc designó a Jordi Pujol Español del Año, pero eso solo fue la anécdota de una categoría mucho más vasta. Para la derecha contemporánea la alianza con el nacionalismo fue una posibilidad de expiar sus imaginarios pecados guerracivilistas. Sobre la izquierda hay poco que decir: solo queda un izquierdista antinacionalista vivo; aunque se llama Félix Ovejero, en absoluto, y que dios me perdone, E ciò che l'una fa e l'altre fanno. El mainstream socialdemócrata usó el nacionalismo catalán de modo proteico. Si los distinguían amablemente de la derecha era para evidenciar la caspa del PP. Y a los específicos socialdemócratas catalanes la frecuentación nacionalista les sirvió también para lo que el difunto Montalbán atribuía al fanatismo culé: una acotada vía de escape de la sentimentalidad. Last but..., el nacionalismo tenía una influencia determinante en la gestión del 19% del Pib español: era -y es- complicado dejar de hacer negocios con él.

Este punto de vista, abigarrado pero unánime, dominó la opinión pública española durante cuarenta años. Respecto a la puramente catalana la cuestión fue más sencilla. El nacionalismo compró la opinión pública local. Los procedimientos fueron dos. Uno el clásico y directo, sobre el que no vale la pena extenderse; aunque sí subrayar que en los últimos años el nacionalismo ha sufragado un oficio en ruinas. El segundo procedimiento fue más elaborado y no medió necesariamente dinero directo. El nacionalismo permitió a muchos periodistas ser unos rebeldes perfectamente descausados. Madrit fue la coartada infalible de sus pleitesías catalanas. Una sumisión arrogante, en fin, que les permitía ser rebeldes lamiendo la mano que les daba de comer.

A lo largo de los últimos años el nacionalismo catalán ha construido el Proceso: la operación de posverdad -como en Trump solo es xenofobia- más impresionante de los recientes años europeos. Hubiera sido imposible sin la implicación activa del periodismo. Por un lado se dio la unanimidad local en el fanatismo. Su símbolo fue el llamado editorial conjunto, del 25 de noviembre de 2009, que publicaron 12 periódicos catalanes -liderados por La Vanguardia y El Periódico- y que redactaron el notario Burniol y el periodista Juliana. La intención era influir en el Tribunal Constitucional para que aceptara, al margen de lo que la ley dijera -don José Montilla y el editorial son los pioneros del desacato catalán-, el texto del Estatuto aprobado en referéndum. El panfleto se llamaba La dignidad de Catalunya, uno de esos títulos que basta apretar como un grano. Al fanatismo se añadió el imprescindible aliado de la equidistancia. Hace pocas semanas un hecho sensacional alteró las relaciones entre la Prensa y el Proceso y fue que el diario El País empezó a producir editoriales sobre el asunto que ya no incluían la adversativa: Pero Rajoy... Lo habitual hasta entonces era que a la denuncia de los movimientos del gobierno nacionalista le correspondiera una similar sobre el inmovilismo del gobierno del Estado. Algo así como si a la denuncia de la acción de un atracador le correspondiera la reivindicación de un cambio legal que lo trajera de nuevo al lado soleado de la calle. El tratamiento equidistante de un delincuente como Artur Mas y de un presidente democrático como Rajoy fue una de las inmoralidades más hirientes del proceso; y ha seguido con el protodelincuente Puigdemont. Por lo demás han sido necesarios 16 muertos para que el mainstream socialdemócrata sentenciara que la frivolidad debía acabarse y para que la conducta nacionalista fuera descrita al fin en términos editorialmente correctos: «Es hora de acabar con los sinsentidos democráticos, la violación flagrante de las leyes, los juegos de engaños, los tacticismos y los oportunismos políticos». ¿Hasta las terribles cinco de la tarde del 17 de agosto no había llegado la hora?

El retorno a la razón no siempre se da por caminos limpios, ordenados y edificantes. Es verdad que algunos caminos inspiran desconfianza y extienden cautelas graves sobre el futuro. Pero la política, y el periodismo político, es siempre aluvión, tumulto, un derrame, mezcla desmoralizante y compacta de verdad y mentiras. La cuestión es que la grieta se ha abierto. El último ejemplo afecta a la actuación de la policía catalana antes, durante y después de la matanza. Como de costumbre, la máquina de propaganda nacionalista trató de hacer de la mediocre actuación de su policía una celebración apasionada. Se comprende porque va a ser esa policía la que, en primera instancia, reciba la orden de detener a los sediciosos. Después de dos semanas el gobierno nacionalista sigue sin ofrecer un relato completo y ordenado de los hechos, algo que tampoco ha sido capaz de exigir una oposición vacua, pusilánime y dominguera. Sin embargo le bastaron unas pocas horas para organizar un capítulo más de posverdad. Durante unos días lograron imponerlo con la colaboración habitual de los tontos y de los útiles. Y también de los sexualmente seducidos por la pistola del policía Trapero. Pero ha acabado fracasando. Como de costumbre, no por un camino edificante. Por lo que se refiere al supuesto aviso de la CIA, y solo a eso, la razón está de parte del gobierno desleal. Pero en el tumulto, sus mentiras previas, sus errores de gestión flagrantes y su inmoralidad acreditada han acabado emergiendo. La inédita frustración nacionalista ha provocado una reacción interesante y el hundimiento definitivo en el barro trumpiano. Esta deriva del nacionalpopulismo no debe sorprender. Así acaban todas las cosas infectadas de nuestro mundo. Trump llegó al poder mediante mentiras y la única verdad de la xenofobia. Trump ha destruido al Partido Republicano. Trump está fuera de la razón, del orden, de la ética y de cualquier belleza. Trump pudre lo que toca su oro falso. Y Trump azuza cada noche a la jauría contra la prensa.

Ahora ha empezado a imitarlo el nacionalismo. No contra esta prensa extramuros en la que te escribo con una punta de orgullo que pasará pronto, sino contra la que fue también su prensa necesaria y copartícipe. La del editorial conjunto y la equidistancia.

Sigue ciega tu camino. A.

La mermada credibilidad de la Fiscalía ante el 1-O
EDITORIAL  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

Nada que objetar al sensato y contundente discurso pronunciado ante el Rey por el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, durante la Apertura del Año Judicial. Con todo, es harto dudoso que las encomiables palabras con las que Maza ha garantizado que la Fiscalía actuará de manera "tan firme y enérgica" como sea necesario para que preservar el imperio de la ley y "la patria común e indivisible de todos los españoles"sirvan para evitar que los sediciosos mandatarios regionales de Cataluña vuelvan a perpetrar una ilegal consulta secesionista el próximo 1 de octubre, que –se supone– conllevaría los delitos de desobediencia, prevaricación, usurpación de funciones y malversación de fondos públicos.

Y esto es así por varias razones. En primer lugar porque, a fin de evitar la comisión de nuevos delitos por parte de los golpistas, hubiera sido más sensato y prudente una solución política como la suspensión, parcial o total, temporal o indefinida, de la Administración regional en rebeldía en aplicación del artículo 155 de la Constitución, en vez de esperar a que esos delitos se perpetren para recurrir a la vía penal.

En segundo lugar, porque, aunque sea cierto que las siempre oportunas advertencias de las consecuencias penales que lleva aparejada la comisión de un delito podrían tener un efecto disuasorio y, por tanto, servir para evitarlo, la credibilidad del Estado de Derecho en general y del Ministerio Publico en particular no puede ser menor. Recuérdese que no fue a instancias del Gobierno de Rajoy, sino por iniciativa propia del entonces fiscal general del Estado, Eduardo Torres Dulce, que se puso en marcha un proceso penal contra Artur Mas y los demás responsables de la consulta secesionista del 9 de noviembre de 2014. Sin embargo, no hay que olvidar tampoco que, tras los reiterados y contraproducentes intentos del Gobierno de Rajoy por "dialogar" y "negociar" con los imputados por el 9-N, Torres Dulce presentó su dimisión, siendo sustituido por Consuelo Madrigal; momento desde el cual la Fiscalía comenzó a retirar del escrito de acusación, de forma absolutamente vergonzosa y contraria a Derecho, los cargos contra los imputados hasta reducirlos únicamente a los de desobediencia y prevaricación. La cosa acabó con una sentencia injusta que, como aquí mismo se dijo, "ni castiga ni disuade", y por la que se absolvía a Mas y al resto de acusados de todo delito salvo el de desobediencia, por el que se les castigaba a una ridícula pena de dos años de inhabilitación para ejercer cargo público.

A nadie debería haber extrañado, por tanto, que la reacción inmediata de Puigdemont al conocer la sentencia del 9-N fuera reiterar su compromiso de volver a perpetrar otra consulta ilegal.

A lo anterior hay que sumar la desidia y pasividad de la Fiscalía –fiel reflejo de la del Gobierno- ante las no menos ilegales estructuras de Estado que se han venido erigiendo en Cataluña desde 2012 y las clamorosas desobediencias que los golpistas han venido perpetrando, como las que en su día tuvo que poner en evidencia una entidad cívica como Libres e Iguales.

Finalmente, no hay que olvidar el papel de una clase política constituida por un Gobierno que espera a verlas venir; por una formación como Ciudadanos, que sigue sin atreverse a decir cómo pretende que el Gobierno evite el nuevo 9-N, y por un PSOE que hace suyo el delirante e inacabado invento de la nación de naciones, en la que España es, a la vez, parte y todo, y en el que se reconoce el estatus de nación a Galicia, País Vasco y Cataluña, a la espera de que la imaginación identitaria alcance a otras regiones españolas. Eso, por no hablar del resto de la clase política, que, en el fondo y a veces también en la forma, secunda el desafío secesionista del 1-O. Todo ello constituye, en definitiva, una oportunidad demasiado preciosa para los golpistas como para que venga a desbaratarla las advertencias de un fiscal general del Estado, por muy firmes y solemnes que sean.

Hacia la República catalana
Amando de Miguel  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

L​​​​​​los independentistas catalanes, generosamente pagados por el Estado español, parecen muy cobardes.

Mientras se sigue debatiendo si se va a levantar o no un referéndum de autodeterminación en Cataluña, la realidad va por otro lado. Simplemente, los que mandan en Barcelona se disponen a proclamar por su cuenta la República Catalana. Ya no pueden parar ni volverse atrás. Algún orate ha dicho en el Congreso de los Diputados que así se acabará de verdad en Cataluña la corrupción política. ¡Como si la gran familia del nacionalismo catalán no hubiera sido la campeona en el arte de esquilmar el erario para su personal beneficio! Precisamente, ahí está el secreto de las prisas por la independencia de Cataluña. Conseguida la cual, los dóciles jueces nacionalizados declararán impunes a los corruptos, y con efecto retroactivo. Es lo menos que pueden hacer para probar su catalanidad.

Muchos opinan que la campaña de la mal llamada Generalidad en pro de la autodeterminación es un grueso crimen continuado, pero nadie ha ido a la cárcel por ello. Es lástima, y me pongo en el punto de vista de los independentistas. En otras situaciones parecidas de nuevos Estados europeos, declarada su respectiva independencia, sus dirigentes han pasado honrosamente por la cárcel. Es un mérito y un sacrificio que les concede el título de padres de la patria. Pero los independentistas catalanes, generosamente pagados por el Estado español, parecen muy cobardes. Les falta mucho para llegar a conseguir la grandeza de un gran rebelde irlandés como De Valera, por poner un ejemplo.

La pregunta del millón: ¿qué harán los socialistas ante la eventual amenaza de la proclamación de la República Catalana? Dado que ellos creen en la pluralidad de naciones dentro de España, no sabrán bien a cuál de ellas atender. Malo si se alían con el PP en defensa de la nación española de acuerdo con la Constitución. Pero peor si apoyan más o menos silentes la nueva aventura independentista. En ambos casos serían barridos por la tribu de Podemos y sus pseudópodos. Se abre la posibilidad de una verdadera guerra incivil.

Lo lógico es que a Pedro Sánchez le tiente mirar con simpatía el proyecto de una República Catalana para optar él a la presidencia de una hipotética República Española. A la tercera va la vencida, dicen los jugadores profesionales. El bueno de don Pedro se sentiría encantado de instalarse en el palacete de la Moncloa, donde ondearía la bandera republicana. Su franja morada sería un buen símbolo para los de Podemos y afines. Se le podría añadir una estrella roja para señalar los nuevos aires políticos y reforzar así la fraternidad con la República Catalana.

Este mes de septiembre está siendo el remedo de otro similar en 1930, con sus continuos conciliábulos para celebrar la coyunda entre las izquierdas y los secesionistas. Una vez más, la Historia se repite como farsa. En 1930 había un Gobierno conservador irresoluto. Ahora también. Todo lo más, el PP no sale de la aporía de confiar en el automatismo de las instancias jurídicas. Es la lógica de los altos funcionarios, los que han ganado brillantemente unas oposiciones. Pero hay razones para sospechar que esa vía institucional no funciona en los momentos de crisis política, como es el actual. Por eso mismo se impone el planteamiento de la cárcel para los mandamases de la Generalidad. Sería muy de lamentar que se les dificultara ese privilegio de pasar a la posteridad como héroes.

Es tal el espíritu patriótico de los independentistas catalanes que no les va a importar que su nación se vea excluida del euro y de las otras amenidades de la Unión Europea. Es más, sabrán aceptar con dignidad los sacrificios que va a suponer su independencia. Quizá se les ocurra, a la desesperada, asociar a Cataluña con Gibraltar, el otro territorio irredento de la Península Ibérica. Hasta puede que estuvieran dispuestos a negociar el precio que supone quedarse con los bienes que son ahora patrimonio del Estado español y se encuentran en Cataluña. Ya se sabe que no puede haber expropiación sin indemnización. Se recordará que, según la sabiduría popular catalana, "la pela es la pela". Claro que, de acuerdo con la expresión de Cantinflas, estos jefecillos de la Generalidad son unos "indolescentes".

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Seguridad e independencia de facto
Emilio Campmany  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

Desde el primer momento del atentado de este verano en Barcelona, cuando pareció que las fuerzas de seguridad habían actuado con la mayor de las diligencias, la policía autonómica se empeñó en ser la única responsable del buen hacer. Poco después empezaron a descubrirse errores, hasta que se llegó a la conclusión de que las cosas podían haberse hecho bastante mejor. No sólo, sino que fue la falta de pericia de los terroristas en el manejo de los explosivos caseros, y no la profesionalidad de los servicios policiales, lo que evitó que fueran muchas más las víctimas.

Pues bien, cuando son evidentes las carencias de nuestras policías, lo peor no es la torpeza con la que hayan podido comportarse; ni que la autonómica, dispuesta siempre a atribuirse honores y medallas, se sacudiera su responsabilidad atribuyendo los fallos a las nacionales. Lo peor ha sido el silencio del Ministerio del Interior. Ni le disputó el mérito a las fuerzas autonómicas cuando pareció que había alguno que apuntarse ni asumió posteriormente las acusaciones de incompetencia. Y está mal en los dos casos. El responsable de prevenir atentados terroristas es el Estado, no ningún Gobierno regional, por muchas competencias que se le hayan transferido. Si hay que poner bolardos en Las Ramblas para proteger a quien por allí deambule porque hay riesgo de atentado terrorista, se ponen, diga lo que diga una alcaldesa, que en temas de seguridad nacional no tiene nada que opinar. Y si no se ponen y por eso no se impide un atentado del que se temía que se estaba organizando, el responsable no es la alcaldesa, ni ninguna policía regional, sino las fuerzas de seguridad del Estado. Y lo son para lo bueno y para lo malo.

El que no lo sean porque Cataluña tiene, mitad expresamente y mitad tácitamente, transferidas las competencias en materia de seguridad, incluyendo lo que se refiere a la lucha antiterrorista, que es asunto de seguridad nacional, revela un hecho inequívoco. Cataluña ha empezado, antes de celebrar ningún referéndum ni de aplicar ninguna ley de desconexión, a ser independiente. Y ha empezado a serlo a vista, ciencia y paciencia de nuestros gobernantes, por acción y por omisión. Así que estamos oyendo a los políticos de allí amenazando con que se van a ir y a los de aquí advirtiendo de que no lo van a consentir y resulta que ya se han ido sin que nadie haya hecho nada para impedirlo. Lo único que nos une es que los demás seguimos pagando sus facturas, entre otras las muchas que genera el que sean independientes de facto, mientras lo único que tienen ellos en común con el resto es que siguen pagando los mismos sangrantes impuestos que todos, aparte de a su malhadado Gobierno, a la misma sanguijuela que nos los cobra a nosotros. En lo demás, llevan tiempo disfrutando gozosamente de su independencia. ¿Qué clase de soberanía sigue ejerciendo el pueblo español sobre Cataluña, cuando nuestras fuerzas de seguridad no pueden allí ni siquiera combatir el terrorismo? No se trata pues de impedir que Cataluña se vaya, que ya ha empezado a irse, sino de recuperarla.

Por la unidad de España
Josele Sánchez. Director de La Tribuna de Cartagena  6 Septiembre 2017

La puñalada a España, a su gloriosa historia, a su identidad y a su futuro, está servida. El Golpe de Estado ya ha sido declarado en Cataluña ante la pasividad de un monarca cobarde, Felipe VI, de un Gobierno cobarde presidido por Mariano Rajoy y de unos mandos cobardes del Ejército español que, ni si quiera, cumplen con su deber constitucional de garantizar la unidad de España.

Así las cosas, y siendo nada menos que la unidad y permanencia de la patria lo que está en juego, pedimos a todos los españoles de bien que se movilicen, del modo que consideren más oportuno, para impedir una tragedia irreparable y un suicidio de nuestra nación que, ningún patriota, puede ni debe consentir.

Está en juego que nuestros hijos y nuestros nietos hereden la misma patria que nosotros heredamos de nuestros padres y de nuestros abuelos, una patria que nadie, ningún jefe de Estado, ningún presidente de Gobierno y ninguna clase política corrupta, gandula y mercenaria, tienen el derecho a robarnos.

No sólo nos jugamos nuestro sistema de convivencia: las constituciones, los regímenes y las formas de Estado se han ido sucediendo a lo largo de una historia milenaria. Lo que nos jugamos es mucho más sagrado que todo eso. Nos jugamos, o mejor expresado, se juegan por nosotros, nuestra identidad, nuestro ADN, nuestro origen, nuestras raíces, nuestra historia y hasta nuestra fe.

Si ante esta situación límite, el Gobierno de España no cumple con su obligación de aplicar, de forma inmediata, el artículo 155 de la Constitución española, habrá de ser el Jefe del Estado, cumpliendo su obligación constitucional de ser garante de la unidad de la patria, quien obligue a hacerlo.

Si esta situación tampoco se diera, me dirijo a los militares de España, soldados, suboficiales, oficiales, jefes y generales que han jurado defender la unidad de la patria hasta la última gota de su sangre, a que cumplan con su misión histórica y hagan lo que un pueblo espera de su milicia. De lo contrario será cómplices de esta canallada irreparable.

Cataluña es y debe seguir siendo España y, además, tenemos el deber moral de no dejar solos a los patriotas españoles que, en la españolísima Cataluña, defiende su derecho a la españolidad frente al totalitarismo independentista dominante.

Pido a nuestro Dios, a ese Dios justo y bueno que ha acompañado desde los primeros momentos el día a día de una nación que se fue haciendo a sí misma durante siglos, que nos ampare y que nos guíe en estos difíciles momentos.

¿Para qué les pagamos el sueldo?
Manuel I. Cabezas González. latribunadelpaisvasco  6 Septiembre 2017

Profesor titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Desde hace muchos años y ante el desafío separatista, algunos ciudadanos de Cataluña han estado gritando: “El lobo, que viene el lobo”. Pero, ante este grito de peligro y de petición de ayuda, la reacción del Gobierno de Mariano Rajoy fue la de la liebre de la fábula: prepotente, soberbia y sobrada, se tumbó a la sombra de un árbol, mientras que la tortuga, despacio pero sin pausa, llegó a la meta y le ganó la carrera. Y, así, los independentistas catalanes van a llegar a la meta, el próximo 1 de octubre, sin que Rajoy, hasta el momento, haya reaccionado y haya seguido el ejemplo y los pasos de Cicerón, que denunció illico e hizo fracasar, con sus catilinarias y con sus actos en el Senado Romano, el complot del golpe de estado planificado por Catilina contra la República romana.

· Mariano Rajoy, como sus predecesores, ha traicionado el juramento/promesa que hizo en su día de “guardar y hacer guardar las leyes”. Y esto denota, por parte de los poderes del Estado, una dejación de funciones y un mirar para otro lado, que han llevado al Estado de derecho español al borde del abismo. Ahora bien, durante sus vacaciones estivales en Galicia, el presidente Mariano Rajoy no sólo se ha dedicado al dolce far niente y a sestear. Además, ha rizado el rizo con unas declaraciones pusilánimes, que no son de recibo en un responsable político al que la mayoría de los ciudadanos españoles le entregó el poder para gestionar la res pública y la responsabilidad de hacer guardar las leyes.

· En efecto, el pasado 9 de agosto, Mariano Rajoy participó, en Chantada (Lugo), en la celebración del 40 aniversario de la cadena hotelera catalana Hotusa. En este contexto fue donde hizo las citadas declaraciones, que no tienen desperdicio y que justifican los apelativos de “maricomplejines” y de “Manso de Moncloa”, con los que suele tildar Federico Jiménez Losantos a Rajoy.

· Ante las leyes del “Referéndum” y de “Transitoriedad”, que son los instrumentos que van a utilizar los “Catilinas independentistas catalanes” para dar el jaque mate a la soberanía nacional y al imperio de la ley, Rajoy confesó que estas leyes serán recurridas por el Gobierno de España ante el Tribunal Constitucional (TC). Sin embargo, tanto él como su Gobierno son conscientes de que este recurso ante el TC no será suficiente para acabar con la hoja de ruta planificada y seguida, erre que erre, por el Gobierno de la Generalidad. Esta confesión es un reconocimiento explícito de que el imperio de ley y el Estado de derecho han dejado de existir en España y no son moneda de curso legal. En efecto, los “Catilinas independentistas catalanes” están haciendo de su capa un sayo y andan como Pedro por su casa, sin que nadie les lea la cartilla y les pare los pies. ¿Para qué le pagamos el sueldo?

· Por eso, en Chantada, Rajoy hizo un llamamiento a los ciudadanos catalanes “con sentido común, sensatez y mesura”, para que “den un paso adelante”, salgan a la calle y “aíslen a los extremistas y radicales que condicionan el Gobierno de la Generalidad y están llevando a una situación límite a más de siete millones de personas”. Esta invitación a tomar la calle por parte de aquellos catalanes que no están dispuestos a comulgar con las ruedas de molino independentistas constituye un nuevo reconocimiento explícito de impotencia y de que Mariano Rajoy no está listo para meterse en harina y coger el toro independentista por los cuernos. Y, por eso, pide a los ciudadanos que le saquen las castañas del fuego. Parece que Rajoy no está dispuesto a mover ni un dedo, porque tiene el síndrome del torero Joselito que dejó de torear, después de dos graves cornadas, “porque le falló la bragueta”. ¡Qué ejemplo para la ciudadanía la actitud “maricomplejinesca” del Manso de Moncloa! ¿Para qué le pagamos el sueldo?

· Hace unos días (3 y 4 de septiembre), el Presidente Puigdemont y Marta Rovira (Secretaria General de ERC) han invitado y convocado también a los partidarios de la independencia para que ocupen los espacios públicos y estratégicos, con el fin de impedir que se impida (valga la redundancia) la realización del referéndum, a pesar de que con éste se inculque la legalidad vigente. ¡Qué ejemplo para la ciudadanía el comportamiento de los responsables políticos independentistas que empujan a los ciudadanos a hacer caso omiso de la legalidad vigente y a delinquir! ¡Vivir para ver! ¿Para esto les pagamos el sueldo?

· Esta doble invitación a ocupar la calle y los espacios públicos estratégicos sólo puede conducir a una convergencia espacial y a un enfrentamiento físico, que puede degenerar, entre los ciudadanos de Cataluña: los que están por el respeto a la legalidad vigente y aquellos que se pasan por el arco de triunfo las leyes, las sentencias judiciales, la paz social y el respeto hacia los que no piensan como ellos.

· Estas dos invitaciones, por parte de los poderes del Estado, para que los catalanes salgan a la calle son un craso error y algo muy grave, pudiendo conducir a enfrentamientos físicos y agresiones con resultados letales. En los próximos días, veremos si sucede o no lo que acabamos de apuntar. Por eso, si estas previsiones nefastas se producen, habrá que pedir responsabilidades a aquellos a los que los ciudadanos entregaron el poder para que gestionen los asuntos públicos y cumplan y hagan cumplir las leyes democráticas pero que, en vez de ocuparse de esto, se han dedicado a enfrentarlos. Si los miembros de la casta política no respetan la promesa/juramento que hicieron cuando tomaron posesión de sus cargos, debemos preguntarnos nuevamente: ¿Para qué coño les pagamos el sueldo?

Las culpas inmerecidas en el desastre catalán
Pablo Molina  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

Rajoy puede que no sea el gobernante más eficaz sobre la faz de la Tierra ni el que se enfrenta a los desafíos institucionales con mayor firmeza y acierto, pero cuando una región entrega mayoritariamente su confianza al partido que más ha robado en la historia reciente de Europa, coaligado con la formación independentista por excelencia y con el apoyo de un grupo marxista antisistema, alguna responsabilidad tendrán también los votantes de esa comunidad autónoma en las desgracias que se ciernan sobre ellos.

Ahora que la crisis definitiva parece inevitable y sus consecuencias especialmente graves, muchos partidarios de mantener a Cataluña dentro de España, de la democracia y la Unión Europea lamentan que el Estado haya estado ausente de la comunidad catalana durante décadas. Hombre, poco parece que hayan hecho ellos por fomentar las señas comunes de identidad españolas y la participación leal de Cataluña en la vertebración nacional cuando todavía había tiempo. Porque la pretendida superioridad de Cataluña respecto al resto de España, su singularidad cultural y los hechos diferenciales –encabezados por la lengua vernácula– han sido blasones compartidos por la inmensa mayoría de catalanes que, mientras se forjaba el desastre actual en las escuelas, la Universidad y los medios de comunicación, presumían, orgullosos, de vivir en un país tan especial.

Desde luego, ninguno de ellos merece vivir sometido al dictado de un grupo de quinquis y leninistas dispuestos a arrasar una de las regiones más prósperas del continente, pero menos aún los que desde el resto de España hemos sido durante treinta años insultados y obligados a pagar la factura del delirio independentista.

Cuando las hordas de antisistemas y okupas obligaban a Artur Mas a acudir en helicóptero al Parlamento regional, los telediarios nos brindaron la posibilidad de asistir a un tremendo espectáculo: los vecinos de los barrios pudientes de Barcelona, asomados a las balconadas y aplaudiendo a la muchachada que prendía fuego a la ciudad. Muchos de esos espectadores privilegiados deben de estar ahora realmente preocupados, por la forma en que parece que va a acabar todo esto. Pues bien, tal vez sea un buen momento para examinar las propias responsabilidades en lugar de endosar las culpas del desastre a los demás. España, ni roba a Cataluña ni la ha llevado a esta locura colectiva. Cuando todo esto pase, quizás sea esa una base adecuada para empezar a hablar.

La insoportable necedad del ser
YOLANDA MORÍN lagaceta.eu 6 Septiembre 2017

Cuando aún no nos habíamos repuesto del terrible atentado en Barcelona, que no por esperado (ya sabíamos que podía pasar algo así) es menos doloroso, nos sorprenden los medios con una noticia, esta sí, completamente inesperada y que ha desatado reacciones encontradas y opiniones opuestas en las redes sociales y comentarios digitales: el padre de una de las víctimas, un menor de tres años, "sentía la necesidad de abrazar a un musulmán", y así lo ha hecho, en una puesta en escena que ha conseguido una efímera atención mediática.

Sobra decir que los medios digitales, tanto redes como diarios, han ardido, metafóricamente claro, en comentarios a favor y en contra, desde quienes han llamado al padre de todo menos bonito hasta apoyos incondicionales a su gesto de "acercamiento" a la comunidad musulmana. Seguramente, en este momento al lector le vienen a la memoria muchos de ellos, todos, evidentemente, fundamentados en la cuerda ideológica de sus autores. Y no hay que ser un experto en el tema para decir que, por regla general, lo que venimos llamando "el progrerío" (buenistas incluidos) se ha desecho en alabanzas ante semejante ejemplo de "tolerancia y de acogida", mientras que los defensores de la identidad propia y críticos con la invasión y el multiculturalismo impuesto por las elites han criticado sin piedad y con bastante dureza, todo hay que decirlo, semejante aberración.

Porque no nos engañemos: desear abrazar a los que predican la ideología en cuyo nombre han matado a tu hijo es una aberración, sean cuales sean tus principios y tus valores. Es algo completamente antinatural. Algunos lo excusan diciendo, machacona y vanamente, que el terrorismo islámico es una mala interpretación de las enseñanzas mahometanas, que en realidad, los terroristas son fanáticos que no han entendido absolutamente nada. Cabe responder que lo único cierto en todo esto es que unas personas que profesan una fe concreta, y en nombre de ésa fe, e insisto en lo de "ésa" fe, matan. Si han entendido mal algo ¿no sería bueno que los que sí la entienden perfectamente les expliquen cómo deben interpretarla? Pregunta vana, pues la mayoría de esos que, al parecer, no han entendido bien las enseñanzas del Profeta, han sido inducidos a "error" por imanes y clérigos varios. Suele ser en las mezquitas donde esos "malos" o "falsos" musulmanes se fanatizan hasta el crímen. Ciertamente, cuesta creer que tanta gente malinterprete la fe islámica aquí y en todo el planeta, y sobre todo, cuesta creer que los que sí dicen entenderla no hagan nada por evitar esa perversa transmisión que lleva a tantas "malas interpretaciones" y en consecuencia, a tantas muertes. Pero bueno, ese es otro tema, y no es el tema que interesa para este artículo.

Lo que nos ocupa ahora es que el padre de un niño asesinado en nombre de una ideología religiosa (no olvidemos que el islam no es sólo una religión, sino también un sistema jurídico-legislativo que abarca todos los aspectos de la vida) decida abrazar a un representante de la ideología en cuyo nombre se mató a su hijo. En todo caso, cualquier persona medianamente cuerda estará de acuerdo conmigo en que una cosa es perdonar y otra muy distinta abrazar. Y una cosa es hacerlo en privado y otra muy distinta delante de los medios. Convertir en un espectáculo esa escena que no debiera haber salido nunca del ámbito privado desvela la impostura de este episodia. Aquí ha habido más ganas de exhibir que de ejercer. Estas cosas se hacen en casa, no sobre un escenario.

Algunos interpretan que ha sido el dolor el que ha cegado a este hombre y lo ha "enajenado", en sentido literal (es decir, le ha hecho perder literalmente la razón). Pero no es cierto. El dolor te puede llevar a hacer cosas extrañas: ir de peregrinación a un templo budista, refugiarte en actividades diversas, o al contrario, encerrarte en ti mismo, desear la muerte de otros o la tuya, vengarte o meterte en un monasterio... Probablemente todos conocemos casos variados, ya que por desgracia, todos, más tarde o más temprano acabamos pasando por la dura separación de la muerte. Pero lo que no hace nadie normalmente constituido es algo antinatural al orden de las cosas, al orden de la naturaleza, al orden de la razón o de los sentimientos. El dolor saca lo que tenemos en nuestro interior o al contrario, lo esconde, pero no "inventa" algo que no está en nosotros.

No es, definitivamente, el dolor, sino la ideología, lo que ha llevado a este hombre a actuar así. Y aunque hay mucha tela para cortar en el tema psicológico, sociológico, y especialmente, moral, no vamos a ahondar demasiado en estos conceptos, que pueden ser relativos e incluso cambiantes según los tiempos y las modas, el fondo ideológico del practicante y la cultura que los sustenta.

Porque, y esto es lo primero, debemos recordar que la realidad se interpreta desde una ideología y un sistema de valores concreto. Y no conocer cómo piensa el otro pero sobre todo, por qué lo piensa, es generalmente una fuente permanente de conflictos. Los musulmanes están convencidos, lo repiten de generación en generación (y basta simplemente escucharlos), que Alá les ha prometido que les devolverá su añorado Al-Ándalus. Para conseguirlo, Alá ha optado por cegar a todos los occidentales, por nublar su entendimiento para que, sin resistencia ni lucha, los propios occidentales se sometan finalmente al islam. Todos nuestros gestos de acercamiento, de tolerancia, de respeto, son interpretados desde esa óptica como una prueba de sumisión pura y dura a la voluntad de su Dios. Nuestra decadencia, nuestra tolerancia sin reservas, nuestra propia división interna, nuestra deriva, en definitiva, que no son sino señales de nuestro final como civilización, son, vistos por ellos, señales de que se está cumpliendo su promesa de Alá de devolver Al-Ándalus a los descendientes de quienes la perdieron.

Y si bien la realidad se ve según el color del cristal con que se mira, decía un sabio refrán, no es menos cierto que Occidente está pecando de ver todo bajo un cristal concreto: el que los medios, obedeciendo a las élites que les mantienen, nos quieren mostrar. Todo parece ser del color que nos dicen. Compartir la foto de un niño ahogado en una playa es tomar conciencia de nuestra culpa en la tragedia por querer cerrar fronteras; mostrar la foto de un niño asesinado en Las Ramblas de Barcelona es una falta de respeto a la familia. Protestar por el asesinato de inocentes es islamofobia, pero matar inocentes es una mala interpretación de un libro (supestamente) santo. Acoger refugiados es nuestro deber porque son los débiles, los parias de la tierra, los necesitados. Pero si los refugiados no son refugiados, los débiles no son tan débiles, los parias de la tierra en realidad están subvencionados hasta el más mínimo detalle y los necesitados son los españoles, entonces eres un facha xenófobo y hay que acusarte de delito de odio.

El problema de la realidad es que es tozuda y no se aviene a modas ideológicas. Al contrario, va por libre y se manifiesta con toda su crudeza y veracidad. Y si la realidad no coincide con lo que pensamos, no cuestionamos nuestras creencias ni nuestra interpretación: cuestionamos la realidad. Así de simple. Y eso lleva a un desconcierto tremendo a los defensores de la multicultura, de la invasión programada, de los "no borders", de todos somos legales y demás hierbas. Esta incapacidad para entender la realidad y para explicarla nos lleva una eszquizofrenia permanente, una inversión absoluta de valores y roles: no es el musulmán el que ofrece su consuelo al padre de la víctima, también víctima en cierta manera. Es el agredido el que pretende llevar consuelo al que practica la ideología del agresor. Insisto: si son malas interpretaciones no es cosa mía, en todo caso, debería ser cosa de ellos el llevar a los equivocados por el buen camino. Los que matan piensan que lo hacen por una buena causa. Los que mueren no pueden elegir.

Dentro de esa inversión de valores y roles tenemos la más grave de todas en el desquiciamiento de una sociedad que hace más fuerte a los asesinos cada vez que recibe un golpe mortal. Matan a sus hijos, y la sociedad abraza a los que representan a la ideología que promueve el asesinato. Matan a sus hijos, y la sociedad se vuelca en manifestaciones en las que grita "No a la islamofobia", en vez de "No al terrorismo islamista" (o incluso "No al terrorismo" a secas). Matan a sus hijos y la sociedad se afana en poner lacitos negros, ositos de peluche, velas, eslóganes bien intencionados pero completamente estúpidos e inoperantes. Matan a sus hijos y la sociedad mira para otro lado mientras afirma "no tengo miedo" e inventa cualquier tipo de excusas para lo que no tiene ninguna: el asesinato de inocentes. Matan a sus hijos, y la sociedad se divide entre los que buscan excusas y piden abrazar a un imam y entre los que no queremos más excusas ni nos interesa saber por qué lo hacen: lo que queremos es detener estas orgías de sangre y dolor y no precisamente con abrazos a imames, con lazos negros, flores, o eslóganes estúpidos.

Necesitamos detenerlas con unidad y con firmeza. Pero una sociedad dividida es una sociedad que cae fácilmente en las garras de los depredadores que intentan destruirla. Y lo están consiguiendo. Pronto, todo aquel que lamente los muertos de un atentado islamista será directamente acusado de delito de odio, quizás por los propios familiares de las víctimas mortales. Pronto ni siquiera tendremos el derecho al dolor y a exigir una solución, nos tendremos que acostumbrar a que Europa ya no va a ser Europa, a que cualquier ciudad, cualquier país, cualquier día, puede convertirse en un baño de sangre y dolor. Lo han dicho ellos mismos. De hecho, hasta el alcalde de Londres sugirió que nos fuéramos acostumbrando a esto. Preferimos los sentimientos a los hechos, la emoción a la razón, y cuando esto sucede, la sociedad se desnorta y pierde su rumbo. Una empresa no se rige con emociones. Un país no se gobierna con emociones. Una sociedad no se mantiene con emociones.

Dentro de esa borrachera de emociones y sentimientos, destacamos el grito de "No tengo miedo", tan unánime como absurdo, puesto que el hecho de tener o no miedo no viene a cuento en esta guerra que no reconocemos siquiera. Y sin embargo, haríamos bien en tener miedo: miedo de nuestra estupidez, miedo de nuestra tolerancia suicida, miedo de nuestra soberbia, miedo de nuestra ceguera, miedo de nuestra falta de compresión de los otros que vienen de una concepción de valores y del mundo completamente diferente, y en muchos aspectos, absolutamente contraria a la nuestra. Sí, haríamos bien en tener miedo de los propios españoles que gritan "no a la islamofobia" en vez de gritar "no al terrorismo", de los españoles que manifiestan compasión por los familiares de los asesinos sin manifestar la menor condolencia a los familiares de los muertos. Sí, haríamos bien en tener miedo de nuestra sociedad fragmentada, dividida, quebrada, de una inversión de valores en la que el que defiende a los suyos es un fascista al que hay que perseguir, mientras que el que ayuda a los extraños a costa de los cercanos es el solidario, el bueno, el ejemplo. Sí, haríamos bien en tener miedo de esta sociedad perdida, estupidizada, abducida por los cantos de sirena del multiculturalismo, de la convivencia, de la diversidad. Sí, haríamos bien en tener miedo de nuestra cobardía, que disfrazamos de tolerancia, y de nuestra necedad, que disfrazamos de solidaridad. Sí, haríamos bien en tener miedo de un pueblo que, al verse golpeado por el terrorismo, prefiere consolar a los familiares de los asesinos en lugar de hacer justicia para los que han muerto, e incluso para los que siguen vivos. Pero como decía Goethe, "contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano".

Los gestos simbólicos no han perdido su importancia en nuestros días, y menos frente a otras culturas que les conceden mucha mayor consideración que la nuestra. Se abraza al amigo, al hermano, al semejante, no al ladrón que te roba, al violador que te asalta, al asesino que pretende matarte. El abrazo implica cercanía, conocimiento, afinidad: no se abraza al desconocido que te acaban de presentar, ni al jefe en el trabajo, no abrazas al inspector de Hacienda que te investiga ni al policía que te pone una multa por aparcar mal. Abrazas a tus colegas, a tus compañeros, a tus amigos, a tu familia: a los tuyos, y nada más que a los tuyos. Nuestro lenguaje simbólico actual parece ser incapaz de ir más allá de velas, flores, frases hechas y lazos negros, peluches de Walt Disney, olvidando que los gestos implican algo. Y más cuando esos gestos no se hacen en la intimidad, como ha sido el caso, sino con un fuerte despliegue informativo encargado de dar cobertura masiva a un hecho positivamente enfermizo. ¿Qué interés tenía el circo mediático que acompañaba al evento del abrazo? ¿Qué interés había en que se enteraran los medios, los españoles y el mundo entero? Podemos buscar tantas interpretaciones como queramos, y seguramente acertaremos con muchas de ellas. Pero no vamos a caer en esas disquisiciones sean morales (que corresponden a la conciencia de los autores), psicológicas (aunque habría mucho que decir a ese respecto) o sean del tipo que sean. Lo único que nos interesa es el mensaje que se lanza. No tanto las palabras del padre del niño muerto, que afirma (y esto es textual): "comparto el dolor con los familiares de los terroristas" (¿?); no tanto el que diga que "Somos personas. Somos muy, muy, muy, muy, muy personas", sea lo que sea lo que quiso decir con esgta extraña palabrería. No. El mensaje es el gesto en sí, aun sin palabras, y si el gesto necesita hacerse público, es para que el mensaje quede claro. Y el mensaje es: "Siempre buscaremos una excusa al terror. Siempre encontraremos una excusa al terror. Siempre daremos una excusa al terror".

Oscar Wilde pone en labios del protagonista de su obra "Un marido ideal" la frase siguiente: "Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias". Hemos querido, hemos soñado, con ser más tolerantes que nadie, más buenos que nadie, más acogedores que nadie, más solidarios que nadie, en definitiva, ser un ejemplo de la perfecta sociedad, de la humanidad ideal, aunque nos costara la vida, el futuro de nuestros hijos, nuestra propia civilización... El sueño se ha cumplido. Definitivamente, los dioses han atendido nuestras plegarias.

Los separatistas pretenden apropiarse de 223.000 millones de euros del Estado

Los independentistas quieren hacerse con todo el patrimonio del Estado presente en Cataluña y con una parte sustancial de sus activos financieros.
M. Llamas  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

El proyecto de Ley de Transitoriedad que presentaron los independentistas catalanes la semana pasada, ideada para proceder a la "desconexión" territorial y administrativa del resto España tras la celebración del referéndum el próximo 1 de octubre, incluye, entre otros preceptos, el particular reparto de activos y deudas entre ambas administraciones, a imagen y semejanza de lo que sucede en cualquier divorcio o disolución societaria.

En concreto, el texto señala que "el Estado catalán sucede al Estado español en la titularidad de cualquier clase de derecho real sobre todo tipo de bienes en Cataluña", apropiándose así del patrimonio estatal que esté ubicado en el territorio catalán. Asimismo, aunque este proyecto no establece nada concreto con respecto a la deuda extra que también deberían asumir los catalanes como consecuencia de la secesión, los independentistas ya han avanzado que si no se produce una negociación bilateral sobre el reparto de activos, la futura Generalidad independiente se negaría a aceptar la parte del endeudamiento estatal que le correspondería.

Pero, ¿qué pretenden realmente los separatistas? Aunque la Ley de Transitoriedad no dice mucho al respecto, la cuestión es que la Generalidad ya encargó en su día un informe detallado sobre la distribución de activos y pasivos entre ambas administraciones, cuya redacción corrió a cargo del Consejo Asesor para la Transición Nacional en 2014. Este documento, junto a las cuentas que elaboró en 2013 la Fundación Josep Irla, vinculada a ERC, especifican el plan de los independentistas para llevar a cabo el citado reparto de patrimonio y deudas.

Capital físico: 100.000 millones de euros
El primer capítulo tiene que ver con el capital físico. Según el informe del citado Consejo Asesor, "en principio, todos los bienes públicos situados en el territorio secesionado pasan al Estado sucesor [Cataluña] de forma directa y sin contraprestaciones, tal como establece el artículo 2.2.a de la Convención de Viena de 1983 [...] Aunque la Convención no lo especifica, esto incluye todo tipo de activos y bienes de Estado como edificios, servicios y corporaciones públicos".

Esto incluiría todos los inmuebles, empresas, infraestructuras (puertos, aeropuertos, carreteras, barcos, aeronaves, trenes...), así como centros educativos y sanitarios de titularidad estatal. El siguiente cuadro, elaborado por la Fundación de ERC, valoraba estos activos en algo más de 80.000 millones de euros a fecha de 2005. Su valoración actual, teniendo en cuenta la inflación y las depreciaciones registradas desde entonces, rondaría, posiblemente, los 100.000 millones de euros.

Este capital, según el plan de los independentistas, debería pasar al nuevo Estado catalán de forma automática y sin ningún tipo de compensación. Es decir, gratis total. Por otro lado, los bienes militares radicados en Cataluña constituyen una "categoría especifica" cuyo reparto debería ser "proporcional", según dicho documento.

Capital financiero: 120.000 millones
El segundo gran capítulo es el referido al capital financiero. El Gobierno central, la Seguridad Social y el Banco de España también poseen un gran volumen de activos financieros que, según los secesionistas, deberían ser repartidos mediante una negociación bilateral tomando como referencia o bien el criterio de población (los catalanes representan el 16% del total de españoles) o el de PIB (Cataluña representa el 20% del PIB español).

En este apartado se incluirían, entre otros activos, todos los créditos o préstamos concedidos por el Estado a terceros, sean empresas públicas o agentes privados; las reservas del Estado en metales preciosos, euros y otras divisas; las cuentas corrientes; los títulos y acciones de empresas privadas; corporaciones públicas empresariales; fundaciones; créditos concedidos a terceros países o entidades de Derecho Internacional Público; los bienes públicos ubicados en el extranjero (embajadas, consulados, sedes de instituciones y organismos públicos, bases científicas, plataformas petrolíferas…); satélites e instalaciones espaciales; el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (la conocida como hucha de las pensiones); los ingresos derivados de la reciente privatización de empresas y servicios públicos del Estado o la venta de patrimonio público con el fin de amortizar deuda; los archivos del Estado; patrimonio histórico, artístico y cultural…

Aunque la valoración y el posterior reparto de algunos de estos activos dependería de la hipotética negociación que entablaran el Gobierno central, por un lado, y la Generalidad, por el otro, el volumen potencial a repartir supera los 616.000 millones de euros a cierre de 2016: el Gobierno central poseía más de 516.000 millones en activos financieros, otros 40.000 millones pertenecientes a la Seguridad Social y cerca de 60.000 millones en reservas internacionales del Banco de España.

Así pues, a Cataluña le corresponderían algo más de 98.000 millones de euros si se aplicara el criterio poblacional (16%) y unos 123.000 millones en función de su PIB (20%). Si a todo ello se suman los 100.000 millones ya descritos de capital físico, el plan de los separatistas consiste en apropiarse de hasta 223.000 millones de euros del Estado.

El reparto de la deuda
Ésta es la razón por la que los nacionalistas sostienen que una Cataluña independiente nacería con un Estado solvente y, por tanto, sostenible desde el punto de vista financiero. Dado que la deuda pública común también se repartiría, a priori, de forma proporcional, esta carga extra se vería compensada por los activos financieros procedentes del Estado, bajo la amenaza de no asumir dichos compromisos en caso de que el Gobierno central se niegue a tales transferencias.

A cierre de 2016, la deuda de la Administración Central se situaba en 900.000 millones de euros -excluyendo los 50.000 millones del Fondo de Liquidez Autonómico inyectados a Cataluña-. A la Generalidad, por tanto, le corresponderían entre 122.000 y 176.000 millones de euros, según se aplicase el criterio de población o PIB, respectivamente. A ello habría que sumar, además, la parte proporcional de la deuda que acumulan las empresas públicas -entre 5.400 y 7.899 millones-.

Así pues, los catalanes deberían asumir una deuda extra de entre 128.000 y 184.000 millones de euros que, sumada, a la deuda autonómica de la Generalidad (algo más de 75.000 millones), harían un total de entre 203.000 (91% del PIB catalán) y 259.000 millones de euros (116%), respectivamente.

Sin embargo, el negocio para los secesionistas sería redondo, puesto que, según su plan, estas cantidades se verían reducidas a poco más de 104.000 (47% del PIB) ó 136.000 millones de euros (61%), una vez restados los activos financieros asumidos por Cataluña, según se aplicase el criterio de población o de PIB. Y ello sin contar los 100.000 millones que se embolsarían con la apropiación del capital físico estatal radicado en dicha comunidad.

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Queremos equivocarnos
Julio Ariza Gaceta.es  6 Septiembre 2017

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El verano llega a su fin. Un verano en el que se han consumado muchas amenazas y las semanas próximas no parece que vayan a ser mejores.

Hubiésemos querido equivocarnos, y que esas amenazas, sobre las que llevamos años informando, como la islamización de Europa , el riesgo de secesión en Cataluña, o los constantes y crecientes ataques a la familia y la vida, se hubiesen ido diluyendo con el tiempo.

Por desgracia no es así, más bien al revés, estas amenazas se agravan día a día.

Y, lo que es más preocupante, la gran mayoría de los medios siguen ignorando estos peligros reales, manipulando la información o simplemente ocultándola.

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¿Qué pasará con Cataluña?
Pío Moa Gaceta.es  6 Septiembre 2017

Próximo sábado en “Una hora con la historia”: La política de Stalin en la guerra de España”. https://www.youtube.com/channel/UCz6P9PSXSPo5AGErsxqC6jA
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El problema actual se define por un golpismo permanente contra la Constitución y contra España, amparado por el gobierno del PP, que a su vez y por eso pisotea la ley, en una autonomía donde el estado central ha dejado de existir prácticamente, “es residual”, desde el último estatuto propiciado por el PSOE y sostenido de hecho por el PP. Si los separatistas quieren dar el empujón definitivo es por el fondo racista, hoy disimulado pero tan real como siempre en el separatismo, tanto catalán como vasco. Con todo lo ridículo que sea ese racismo, tiene evidentes efectos políticos: “no imaginas el odio a España y los españoles que han logrado sembrar entre la gente, sobre todo entre los jóvenes”, me decía un amigo catalán. Y van a fondo porque perciben que los cuatro partidos “españoles” son política, moral e intelectualmente una miseria, no sienten a España ni a la democracia y pueden ser chantajeados y ofendidos como, en definitiva, merecen. Los separatistas no son tan locos como algunos los pintan: saben que pueden llegar a una independencia real y completa con un ligerísimo barniz que les permita seguir aprovechándose del resto de España, porque esa es también la postura del gobierno y de los cuatro partidos.

Esta situación no ha aparecido de pronto. Una de las causas del hundimiento de la república fue la presión separatista, en colusión con partidos totalitarios como el PSOE o el PCE, y golpistas como el de Azaña. Al morir Franco el problema estaba resuelto en lo esencial: los separatistas eran pocos y se presentaban como simples autonomistas; los odios republicanos estaban superados y España era el país de Europa que más rápido venía creciendo en lo económico. Sin embargo el designio separatista seguía en pie, y lo definió bien Pujol: “Primero paciencia, después independencia”. Realmente no engañaban a nadie, eran los políticos tipo Suárez y compañía quienes querían engañarse a sí mismos y al pueblo, debido a su incultura, ignorancia de la historia y a un oportunismo y frivolidad sin límites.

Si los separatistas han llegado tan lejos se debe, mucho más que a sus esfuerzos, a la inestimable ayuda de los gobiernos sucesivos que, sin excepción, les han facilitado todos los medios, muy en especial la enseñanza, para ir cambiando radicalmente el ambiente social y cargarlo del odio necesario. Los gobiernos, socialistas o de derecha, hicieron algo más: dejaron totalmente abandonados y marginaron a quienes seguían defendiendo allí a España y la ley. Peor aún, imitaron la política separatista no solo en Cataluña o Vascongadas, sino en aquellas comunidades donde gobernaban. Y ofendieron a los andaluces promoviendo “padre de la patria andaluza” a un orate proislámico, Blas Infante, e imponiendo su bandera islámica para la región, asunto al que la frívola necedad de estos políticos no dio importancia, pero que sí la tiene y más hoy, con los atentados yijadistas. Podríamos seguir mucho rato, también con el rescate y recompensa a la ETA por sus atentados, la totalitaria ley de memoria histórica, el despotismo LGTBI, otro foco de odios, etc.

Yo espero que esos políticos tengan que pagar alguna vez, penalmente, unas fechorías que están destruyendo el estado de derecho, la democracia y la propia España, llenándola de rencores e impidiendo una normal convivencia en libertad. Uno podría preguntarse cómo ha aguantado el país tantos años de podredumbre creciente sin desmoronarse. La causa no es difícil de entender: el magnífico legado del franquismo y la inercia histórica. Sin embargo todo se acaba si no es renovado, y hoy estamos llegando a situaciones límite.

Por lo tanto, la situación actual no tiene arreglo previsible, porque todas las fuerzas políticas, salvo alguna marginal, como VOX, presionan en la misma dirección. La única esperanza es que la inercia histórica de un país y una cultura milenaria resistan todos los ataques, que haya una reacción enérgica que de momento no se ve por ninguna parte, o que las propias mafias políticas, separatistas y no separatistas, terminen a tortas entre ellas. En la república y la guerra civil — precedentes a no olvidar—los partidos de izquierda y separatistas se detestaban entre sí, solo les unía el común odio a la Iglesia y, en definitiva, a la nación española… que no resultó suficiente: en plena guerra civil se asesinaron entre ellos y montaron dos miniguerras civiles dentro de la general.

¿Qué pasará, entonces? Seguirá la putrefacción de una democracia fallida. Los separatismos y la aversión a España han avanzado ya demasiado, de modo que aunque sufran reveses con su “referéndum”, el problema seguirá, corroyendo y pudriendo a la sociedad española. Mientras no surja un partido capaz de luchar de manera efectiva contra esta miseria sin fin.

Cuando juega a nacionalista hace el ridículo
OKDIARIO  6 Septiembre 2017

España: 500 años de historia, 20 reyes de cuatro dinastías diferentes y un secretario general del Partido Socialista que ahora revisa el proyecto común que, mejor o peor según la época, nos ha articulado desde hace cinco siglos y se pone a repartir “naciones” dentro de la nación como quien reparte carnés de afiliados en la puerta de Ferraz 70. Se equivoca Pedro Sánchez cuando juega a nacionalista y abandona su papel de hombre de Estado y líder de la oposición. Se equivoca porque la copia de la copia siempre es una mala copia del original. Para nacionalistas ya están los propios nacionalistas, y a él no le hace ningún favor —tampoco a su partido, tampoco al país— tratar de conseguir con argumentos peregrinos lo que jamás le van a conceder: el voto de aquéllos que quieren romper España. Menos ahora, con los golpistas catalanes sobrepasando el límite de la legalidad contra las instituciones del Estado.

Se equivoca Sánchez en la práctica y se equivoca también en la teoría, donde roza el ridículo intelectual. Decir a estas alturas que Galicia ha manifestado su deseo “de ser nación” es de una ignorancia supina. Desde que se aprobara el Estatuto de Autonomía gallego en 1981, la región ha estado gobernada de manera casi ininterrumpida por el Partido Popular. Primero Gerardo Fernández Albor de 1981 a 1987, después Manuel Fraga de 1990 a 2005 y por último Alberto Núñez Feijóo desde 2009 hasta ahora. Sólo los socialistas González Laxe (1987-1990) y Emilio Pérez Touriño (2005-2009) interrumpieron la presencia de los populares en la Xunta. Por lo tanto, esa “voluntad de ser nación” de la que habla Sánchez parece una adivinación más que un hecho constatable según los principios científicos que rigen la Historia: antecedentes y consecuencias en la actualidad.

En pleno siglo XXI, el nacionalismo es en sí mismo una anacronía. Trampa conceptual en la que Sánchez, “plurinacionalidad” mediante, cae una y otra vez. Integrados como estamos en la Unión Europea desde hace más de 30 años, con una moneda comunitaria como el euro y en una sociedad profundamente globalizada, hablar de más fronteras y territorios independientes suena a antiguo e inverosímil. Retrotraerse a finales del siglo XVIII y principios del XIX —cuando surge esta ideología— es impropio de sociedades modernas y con aspiraciones de un futuro próspero, por mucho que digan los golpistas catalanes para tratar de justificar su suicidio político. Pedro Sánchez debe centrar su rumbo: defensa de la unidad de España, moderación y un discurso socialdemócrata. Todo lo demás es sinónimo de fracaso tanto para él como para el PSOE.

Cataluña: votos y botas
Fran Carrillo okdiario  6 Septiembre 2017

Cataluña vive —lleva así desde 1714— en una constante paradoja inversa que presenta falazmente a los ilegales como decentes responsables públicos respetuosos de los derechos ciudadanos y a los vigilantes de la ley como impertinentes fascistas invasores de las esencias democráticas. Un sindiós político que no se solucionará ni el 1 de octubre ni el 2 de mayo, ni con apelaciones a levantamientos ni con promesas de cumplimiento. Quienes defienden la legalidad actual tienen mecanismos suficientes para hacer que ésta se cumpla, aunque ello genere una compleja venta social. No actuar cuando el Estado de Derecho está de tu lado es tan cobarde como inconveniente. Sobre todo cuando piensas más en el posible rédito visual que sacarían tus enemigos políticos que en la imprescindible defensa del ciudadano, huérfano ante la acometida antidemocrática de aquellos. A partir de ahí, tienes un grave problema como Gobierno.

Mientras que los sediciosos, subidos al monte de la fanfarria y la infamia, defienden ante el mundo un derecho tan democrático como dictatorial, el Estado sigue sin tener quien le proteja, debido a la inacción de los que todavía creen en el apaciguamiento de la bestia. No aprenden de la historia. Nunca han aprendido. Quizá porque tampoco la conocen. Ante la enésima provocación nacionalista, muleteada por esa ensalada totalitaria que es Podemos, que nunca está pero siempre se le espera para destruir la convivencia social, el PP, junto con los socialistas y Ciudadanos, deberían liderar un frente único de legalidad manifiesta, que pasara por una solución de imagen pública dura pero de impronta jurídica intachable. Claro que a los indepes de la CUP, ERC y PdCAT les conviene la fotografía de sus líderes detenidos y el ejército español desfilando por la Diagonal.

La calle es de la gente, no de los militares, dirían Colau y los protonacionalistas del PSC. Pero dicha actuación no sólo viene amparada por la Constitución, sino que obtendría el respaldo de todos los países democráticos occidentales, siempre guardianes de una Europa unida y recelosos de sentar cualquier precedente de separación, sea o no pactada. La cuestión es que en el PSOE hace tiempo que no vemos el norte de su estrategia. Más que faltarle discurso, le sobran palabras. Sobre todo si éstas son huecas en contenido y pomposas en la forma. Nadie entiende a Sánchez cuando define lo que quiere gobernar, seguramente porque no sabe lo que quiere gobernar. ¿Defienden en Ferraz los votos —bajo referéndum ilegal— que piden los nacionalistas o las botas —militares que legalmente anularían la autonomía— que recoge la Constitución?

El maestro Cuartango, un existencialista entre millenials sin esencia, escribía recientemente en su Facebook, desde la mente de Heidegger, que pensar “era descender al sentido etimológico de las palabras, eliminar el barniz que las oculta, restablecer su antiguo significado”. Que piensen en el PSOE, cuando Sánchez habla de esa manera, si esa estrategia de condensación abstracta de los mensajes, como dice Cuartango, es otra forma más de falsificar la realidad. Votos de mentira o botas de verdad. Esa es la cuestión. En ningún otro país de nuestro entorno habría dudas sobre cómo actuar ante el desafío independentista. La suerte que corra Cataluña será la del conjunto de España. Una tierra, la catalana, que siempre ha defendido la unidad de la única nación existente, fuera de su sentido etimológico y de las connotaciones culturales otorgadas por Fichte en pleno Romanticismo. Aquella que emana de Cádiz con posterioridad al servicio de una causa: la de sus ciudadanos libres. Y a veces, la libertad se defiende mejor con botas constitucionales que con votos marcados.

Comunidad, secesión y libertad: réplica a Roberto Centeno
Juan Ramón Rallo El Confidencial  6 Septiembre 2017

El economista Roberto Centeno ha cargado contra mi último artículo, 'Secesión'. En él explico que, siguiendo a Albert Hirschman, existen tres formas de solucionar los conflictos internos de un grupo humano: la salida (los miembros del grupo siguen caminos separados), la voz (los miembros del grupo dialogan y llegan a un acuerdo) y la lealtad (los miembros del grupo permanecen unidos por someterse a un bien mayor, como es la unidad del grupo). Como adicionalmente argumento, la salida es el mecanismo último que ha propuesto el liberalismo para garantizar la coexistencia pacífica de los individuos: la asociación y desasociación voluntaria. De ahí, concluyo, que deba permitirse la secesión política de aquellas personas (o grupos de personas) que deseen separarse del Estado español, para lo cual deberíamos articular un procedimiento legal que garantice los derechos de todas las partes (tanto los de aquellos ciudadanos que deseen secesionarse como los de aquellos otros que no deseen hacerlo).

La crítica central de Centeno contra mi artículo se estructura en tres puntos:
El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies distinguió entre “comunidades orgánicas” y “asociaciones voluntarias”: España es una comunidad orgánica y las comunidades orgánicas no son divisibles.

Hirschman nunca pretendió aplicar sus tres mecanismos de resolución de conflictos —salida, voz y lealtad— a comunidades orgánicas como las naciones o los estados federales, sino solo a las asociaciones voluntarias.

Dado que todo el análisis previo resulta defectuoso, el liberalismo no puede amparar la secesión política, tan solo la separación de asociaciones voluntarias.

Mi propósito en esta réplica es demostrar que Centeno yerra en sus tres argumentos y que, en consecuencia, su crítica está profundamente equivocada.

Comunidades y asociaciones políticas
Ciertamente, Ferdinand Tönnies distinguió entre comunidad ('Gemeinschaft') y asociación ('Gesellschaft'). La comunidad, para Tönnies, se caracteriza por una unidad de voluntad, de destino y de intereses: “Siempre que los seres humanos se mantienen unidos de un modo orgánico por su inclinación o consentimiento común, la comunidad existe de un modo u otro”. Ejemplos de comunidad, de acuerdo con Tönnies, son la familia, el matrimonio, la religión o la aldea. La asociación, por el contrario, se caracteriza por que cada individuo persigue separadamente sus fines personales, de modo que la cooperación entre personas es un mero artefacto para que cada cual cumpla sus propias metas. Ejemplos de asociación pueden ser las empresas, los mercados o las sociedades abiertas (e impersonales).

Como hemos dicho, Centeno incluye la nación y los estados dentro de la categoría de 'comunidad' de Tönnies, sosteniendo a renglón seguido que las comunidades son indivisibles. El error aquí es doble: por un lado, para Tönnies las comunidades sí son divisibles; por otro, Tönnies podría terminar encuadrando la nación dentro de la categoría de comunidad, pero desde luego no incluiría al Estado en ella.

Primero, Tönnies considera que las comunidades pueden romperse. Un ejemplo paradigmático de comunidad para el sociólogo alemán es el matrimonio, y es evidente que el matrimonio puede romperse mediante el divorcio. Otro caso prominente de comunidad es la religión, la cual obviamente puede hallarse expuesta a 'herejías' (nuevas corrientes religiosas segregadas del tronco principal). Lo que Tönnies afirma no es que las comunidades no puedan disolverse, sino que, una vez se rompe una determinada comunidad, esta ya no puede existir por separado en cada una de las partes que la componían: en el momento de su disolución, la antigua comunidad desaparece y es sustituida por otra cosa (ya sean otras comunidades o nuevas asociaciones). Tan es así que Tönnies específicamente sostiene que las comunidades políticas de mayor tamaño están inclinadas a subdividirse (¡a secesionarse!) en comunidades políticas de menor tamaño hasta llegar a la ciudad-Estado:

Cualquier comunidad política se estructura en una región que está compuesta por muchas provincias, aldeas y ciudades, o puede dividirse en una confederación de tales regiones. Cada una de estas regiones menores, si está firmemente asentada en su territorio y es capaz de defenderse a sí misma, está destinada a convertirse en una comunidad política por su propio derecho. Si lo consigue —y no está compuesta por otras comunidades políticas de un tamaño aún menor—, nos ofrecerá la más perfecta y profunda expresión de una comunidad política (…) En este sentido, la ciudad que controla una cierta región es la encarnación de la idea de comunidad política. Como la 'polis' de la civilización helenística, la ciudad puede que sea la única forma auténtica de comunidad política, que participa en la formación de cualquier comunidad política superior solo como miembro de una confederación.

Es decir, para Tönnies (autor al que me remite Centeno), la ciudad “es la única forma auténtica de comunidad política”, de manera que España solo sería —en el mejor de los casos— una confederación de comunidades políticas (locales). O dicho de otra forma, sería una mancomunidad política inclinada a disgregarse.

Y digo “en el mejor de los casos” porque, en realidad, Tönnies no consideraría al actual Estado español un ejemplo de comunidad política, sino más bien de asociación política. Las comunidades políticas se rigen esencialmente por la costumbre (por la moral tradicional), mientras que las asociaciones políticas se rigen por la ley positiva y el cálculo político. Veamos cómo describe Tönnies a los estados modernos, no regidos por la tradición sino por los acuerdos constitucionales ('el contrato social') que los engendraron:

El Estado es sobre todo la más universal de las asociaciones 'Gesellschaft': existe y ha sido creado con el propósito de proteger la libertad y la propiedad de sus gobernados, y por tanto representa y hace cumplir la ley natural basada en la validez de los contratos. Es, por tanto, una persona ficticia o artificial, como cualquier otra asociación creada por el hombre.

El Estado español —como cualquier otro Estado moderno— no sería para Tönnies un caso de comunidad, sino de asociación. Y, por consiguiente, incluso en los propios términos de Centeno, sí podría romperse en varias partes por decisión de sus miembros.

Distinto es el caso de la nación española —entendida como lo hace Tönnies, esto es, como comunión lingüística, histórica, cultural o religiosa de los españoles—, a la que el sociólogo alemán sí incluiría en la categoría de comunidad: “El uso general de un lenguaje compartido, unido a la posibilidad de entenderse mutuamente, une los corazones humanos. También existe una conciencia común, simbolizada en sus superiores manifestaciones como una costumbre y unas creencias compartidas, que penetran a todos los miembros del pueblo y de la nación, y que simbolizan la unidad y la paz en su vida”. Pero bajo esta laxa definición de nación, la nación española comprendería también gran parte de Hispanoamérica, poniendo de relieve que la 'unidad nacional' sería compatible con multiplicidad de estados independientes (es decir, que la nación no se rompería aunque el Estado español sí lo hiciera).

Sea como fuere, no creo que ninguna de estas conclusiones sea del agrado de Centeno: si España fuera una mancomunidad política, Tönnies la calificaría de confederación divisible hasta la ciudad-Estado; si España fuera una asociación política, el propio Centeno reconoce que ha de poder dividirse; si España fuera meramente una comunidad nacional, la nación española podría estar contenida en múltiples estados distintos… incluyendo un Estado catalán independiente.

Salida como secesión política
Tras apelar a la autoridad de Tönnies para definir (equivocadamente) España como una comunidad política, Centeno me acusa de aplicar incorrectamente los conceptos de 'salida', 'voz' y 'lealtad', desarrollados por Albert Hirschman, al caso de las comunidades políticas. Según Centeno, las comunidades políticas no se cohesionan ni mediante salida, ni mediante voz, ni mediante lealtad, pues tales instrumentos solo valen para asociaciones voluntarias como una empresa o una ONG. Pretender aplicar estas tres categorías a las comunidades orgánicas ilustra “o bien no haber leído o bien no haber entendido a Hirschman”. O en sus propias palabras: “La ignorancia (o el sectarismo) del señor Rallo sobre este tema es tan grande que aplica estas tres opciones no a las asociaciones voluntarias, sino a las comunidades”.

La verdad es que me sorprende profundamente que Roberto Centeno me remita a conocer y a leer a Albert Hirschman (a quien él mismo elevó a la categoría de Premio Nobel en un primer borrador de su artículo) cuando el mero subtítulo del libro de Hirschman ya pone suficientemente de manifestó que Hirschman sí aplicó los mecanismos de salida, voz y lealtad a las comunidades políticas estatales: “Salida, voz y lealtad: respuestas al declive de las empresas, las organizaciones y los estados”. A menos que Centeno considere que los estados son asociaciones voluntarias —y, por tanto, divisibles mediante la secesión—, parece claro que Hirschman sí aplicó sus tres categorías a las comunidades. Debe de ser que el Sr. Centeno leyó a Hirschman pero con la insuficiente atención como para entenderlo.

De hecho, no hace falta quedarse en el subtítulo de la obra de Hirschman. Vayamos a las páginas que componen su libro para comprobar si el economista utilizó las categorías de salida, voz y lealtad al caso de las naciones. De acuerdo con Hirschman, la salida no suele ejercerse dentro de una nación no porque no sea posible, sino porque la lealtad tiende a cohesionar a todos sus miembros: “Las organizaciones que pueden imponer altas sanciones contra la salida de sus miembros son los grupos humanos más tradicionales, como la familia, la tribu, la comunidad religiosa y la nación, así como otras más modernas invenciones tipo la banda criminal o el partido totalitario. Si una organización puede exigir un alto precio a cambio de la salida, entonces adquiere una poderosa defensa contra una de las armas más poderosas con las que cuenta cualquiera de sus miembros: la amenaza de salida”.

¡Cómo no va a aplicar Hirschman los conceptos de salida, voz y lealtad a las comunidades cuando los utiliza justamente para explicar por qué algunas comunidades se mantienen especialmente cohesionadas incluso en presencia de conflictos internos!

La cuestión para cualquier liberal, claro, debería ser la de por qué debemos exigirle un alto precio (la amenaza de “guerra”, como sugiere Centeno) a aquellas personas que simplemente desean salir de la comunidad política. No digo que, en ciertos contextos, no sea legítimo exigir un alto precio a quien quiera secesionarse del grupo (por ejemplo, en medio de una guerra es lógico que las deserciones militares estén fuertemente castigadas), pero la pregunta de fondo sigue siendo por qué exigírselo en una comunidad política que puede habilitar un procedimiento de separación política salvaguardando las libertades de cada ciudadano. Centeno, aun sin saberlo, se limita a rechazar el secesionismo apelando a la lealtad no hacia la ley (que podría reformarse) sino hacia España, “una de las unidades nacionales más antiguas del mundo”. Pero cuando la unidad de España prevalece sobre la libertad de cada español, tal vez suceda que te has vuelto más nacionalista que liberal.
La secesión dentro del liberalismo

No pretendo negar la posibilidad de defender la unidad de España desde la tradición liberal: si, por ejemplo, la ruptura de la unidad de España fuera un vehículo para esclavizar a una parte de la sociedad, entonces por razones instrumentales podría defenderse tal unidad de España. Personalmente, tengo muy serias dudas de que, en el contexto actual, la única forma de preservar la libertad de todas las partes sea persiguiendo cualquier conato de separación política: justamente, el procedimiento legal que, a mi entender, debería habilitarse para canalizar las aspiraciones secesionistas debería orientarse a garantizar en todo momento las aspiraciones y las libertades de los no secesionistas. Con todo, estoy abierto a escuchar argumentos que me convenzan de lo contrario.

Lo que sí me llama la atención es que Roberto Centeno se sorprenda de que un liberal defienda el derecho de secesión (especialmente de secesión individual). En alguna otra parte, Centeno incluso me ha acusado de traicionar al liberalismo y de venderme a algún tipo de oligarquía financiero-secesionista. Como digo, se me puede acusar de estar equivocado, pero no de no seguir fielmente a una importantísima tradición dentro del pensamiento liberal.

Por ejemplo, Ludwig von Mises, el economista más importante dentro de la Escuela Austriaca de Economía, sostenía en su libro 'Liberalismo: dentro de la tradición clásica' lo siguiente:
El derecho de autodeterminación del que hablamos no es el derecho de autodeterminación de las naciones, sino el derecho de autodeterminación de los habitantes de cualquier territorio lo suficientemente grande como para conformar una unidad administrativa independiente. Si fuera posible otorgar el derecho de autodeterminación a cada persona, debería hacerse. Esto no es posible por consideraciones técnicas, las cuales hacen necesario que una región sea gobernada por una única unidad administrativa y que, en consecuencia, restringen el derecho de autodeterminación a la mayoría de habitantes de aquellas áreas lo suficientemente extensas como para contar como unidades territoriales administrativas.

Asimismo, Murray Rothbard, uno de los mejores alumnos de Mises, se mostró favorable a una secesión extrema:
A falta de la privatización total, es evidente que nuestro modelo de sociedad puede aproximarse —y los conflictos minimizarse— a través de la secesión, el gobierno local hasta el nivel del micro-barrio, y el desarrollo de derechos contractuales de acceso a enclaves y exclaves.

Jesús Huerta de Soto, el más afamado economista español dentro de la tradición austriaca, también ha defendido en numerosas ocasiones el derecho de secesión:

Son tres los principios esenciales que han de regir la relación sana, pacífica y armoniosa entre las diferentes naciones: el principio de autodeterminación, el principio de completa libertad de comercio entre las naciones, y el principio de libertad de emigración e inmigración.

Y finalmente, fuera de la tradición austriaca, podemos mencionar a uno de los filósofos liberales más importantes de la actualidad, Chandran Kukathas, para quien el principio de secesión no es más que una manifestación de la libertad de asociación y desasociación política:

Una sociedad libre es una sociedad abierta y, por tanto, una sociedad cuyos principios fundacionales han de admitir la variabilidad de las instituciones humanas, y no unos que fijen, establezcan o impongan un determinado conjunto de instituciones dentro de un orden cerrado. Esos principios solo deberían tomar como dado la existencia de individuos y su propensión a asociarse; no necesitan y no deberían asumir la preponderancia de ninguna asociación particular o histórica de individuos. En definitiva, el principio fundamental que describe a una sociedad libre es el principio de libre asociación. El primer corolario de este principio es la libertad de desasociación. Un segundo corolario es la tolerancia mutua de asociaciones (…) Una implicación de estos principios es que la sociedad política no es más que otra de esas asociaciones: su fundamento es la disposición de sus miembros a continuar asociándose en los términos que ellos han definido.

En suma, puede que muchos liberales estemos equivocados, pero es evidente que al menos una parte de la tradición liberal ha defendido históricamente el derecho de separación política. En lugar de acusar a los demás de no haber leído, o entendido, a autores como Tönnies, Hirschman o a los principales pensadores liberales, más valdría que Centeno contara hasta 10 antes de desenfundar su pistola de fogueo intelectual. A partir de ahí, incluso podría suceder que mantuviéramos un debate educado y honesto del que él saliera victorioso. No me cierro en banda a la posibilidad de que él pudiera estar en lo cierto, pero para ello tendrá que argumentarlo y demostrarlo con rigor. Y, por desgracia, la arrogancia y los insultos son malos compañeros de las argumentaciones rigurosas.

DONATIVOS MILLONARIOS DE KUWAIT
Europa se suicida: Holanda permite la financiación de mezquitas salafistas
La Gaceta   6 Septiembre 2017

Varias organizaciones benéficas de Kuwait donaron unos 10 millones de euros a instituciones islámicas y mezquitas de los Países Bajos durante la última década, según un informe proporcionado por ese país del Golfo al Gobierno holandés.

El documento, enviado al Ministerio holandés de Asuntos Exteriores y obtenido hoy por el diario NRC, muestra que al menos 18 organizaciones islámicas en Holanda han recibido “regalos” en forma de donaciones por parte de organizaciones kuwaitíes.

Una de las instituciones incluidas en ese listado es la mezquita salafista de Al Fitrah, situada en Utrecht, que es objeto de investigaciones por parte de las autoridades holandesas ya que mantiene un discurso radical.

El pasado año, la Policía holandesa mostró su preocupación sobre Al Fitrah, aunque esta mezquita aseguró que no tiene ningún vínculo financiero con organizaciones terroristas en Kuwait.

Sin embargo, el informe afirma que en 2012 Al Fitra recibió financiación de la Sociedad para el Renacer de la Herencia Islámica, una organización kuwaití que está en la lista de EEUU y la ONU de grupos que financian a los afiliados de Al Qaeda.

Otras, como la Fundación Kuwaití para el Trabajo Humanitario, recaudó 56.000 euros para imprimir una versión holandesa del Corán que vendió decenas de miles de copias.
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Kuwait es el primer Estado del golfo Pérsico que ofrece a los Países Bajos una visión general de sus donaciones y la de sus instituciones a las mezquitas holandesas.

El documento muestra las cantidades donadas por diferentes grupos kuwaitíes entre 2007 y 2015.

El Parlamento holandés fue informado sobre la existencia de este informe confidencial el pasado julio y, desde entonces, las autoridades investigan el flujo de dinero entre el extranjero y las instituciones islámicas holandesas.

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¿Ha muerto España y usted no se ha enterado?
Enrique Navarro  Libertad Digital  6 Septiembre 2017

Usted quizás se creyó durante un tiempo que era español. Seguramente usted es producto de la partidista e interesada educación franquista y se creyó que España descubrió América y la evangelizó. No es cierto; fue un catalán, o gallego o mallorquín o andaluz, que existen tesis científicas que avalan todas estas opciones del origen de Colón; otra patraña inventada por la mafia italiana para obtener suculentas rentas de América, es la afirmación de que era genovés, totalmente falso. Lo mismo le dijeron que España creó un gran Imperio; pero no es cierto era un tipo nacido en Gante el que gobernaba el imperio con lo que España era realmente una provincia flamenca, para regocijo de la lideresa andaluza. Los únicos patriotas de la época fueron los Comuneros que defendieron el nacionalismo castellano diferenciado del leonés y del asturiano frente al invasor.

Esta educación que nos vendieron como buena niega realidades como puños. Blas De Lezo ganó a los británicos bajo la ikurriña y el pirata italiano Roger de Lauria era un nacionalista que conquistó el Mediterráneo llevando la estelada. De todos es conocido que fueron dos nacionalistas extremeños los que conquistaron medio continente americano. El hecho más evidente es que en México las tres casas de extranjeros más numerosas son la asturiana, la gallega y la española.

Lo mismo ustedes leyeron los episodios nacionales de Galdós; pero esas épicas batallas no fueron ganadas por españoles sino por bandas de nacionalistas que una vez liberaron su territorio se olvidaron de liberar al del vecino. Como si en Gerona sólo hubiera habido catalanes y en Bailén andaluces o en San Marcial vascos de Guipúzcoa, porque no iban a ser vizcaínos los que liberasen a los 'gipuchis' de los franceses.

Seguramente le explicaron de forma errónea que las guerras carlistas fueron una larga lista de conflictos sucesorios entre los que defendían el absolutismo y el liberalismo; pero ahora por fin hemos descubierto que eran guerras de independencia de las regiones, y por eso Cabrera y Zumalacárregui lucharon en tantas regiones diferentes, como mercenarios. Una guerra de liberación nacional que terminó con un golpe de estado españolista, aniquilando los sentimientos nacionalistas únicos de las regiones de la Península Ibérica, muy diferentes del resto de europeos, gentes incapaces de reconocer su identidad al contrario que catalanes, vascos o gallegos nacionalistas, unos auténticos patriotas.

Ese capítulo ahora tan cacareado del 11 de septiembre, es vendido como la ocupación de Cataluña por España, como si Cataluña no hubiera sido parte de España desde trescientos años antes; nos dijeron que se pretendía acabar con sus derechos catalanes; como si hubiera existido alguna vez una entidad catalana o vasca; de hecho, cabe recordar que muy importantes plazas de esa entidad inexistente llamada Cataluña en el siglo XVIII se pusieron del lado de los borbones. Incluso pretenden vender como victorias lo que fueron rendiciones, y se olvidan de que lejos de ser una revuelta popular que anhelaba el orden de los Borbones, fue una lucha de los jefecillos y señores locales que deseaban mantener sus privilegios y que se vendieron, una vez más, a quien más se los garantizaba.

En definitiva, olvídese de todo lo que aprendió, es "fake", porque la historia de España nace hoy gracias a la tesis del excelso catedrático de nacionalidades Pedro Sánchez Castejón. Como si fuera el capo de los illuminati, ha venido a ilustrarnos sobre una realidad que desconocíamos. Y si nos vamos a épocas más recientes, ni se le ocurra mentar que Macià y Companys no fueron fieles servidores de la República española, su legítimo alzamiento fue sofocado a sangre y fuego, más lo segundo que lo primero por las fuerzas represoras españolistas; por cierto, las que se opusieron a Franco en Cataluña tres años después poniéndose del lado de la legalidad. Es falso que esa rebelión independentista tuviera las mismas aspiraciones nacionalistas de los amigos del Eje, fue la expresión democrática de un pueblo sojuzgado por la democracia española.

No voy a gastar tiempo en justificar los nacionalismos llamados históricos, porque son de sobra conocidos, y permítanme la licencia de incluir a Andalucía, que tiene unas características nacionales indudables al menos de la misma entidad que las de Cataluña. Una lengua propia, a veces he de decir que me cuesta entender más a un malagueño que a un catalán o gallego hablando su lengua. Un folklore propio; donde unos hacen castellets y bailan sardanas, los otros bailan sevillanas y tienen el rebujito. Y, por supuesto, Andalucía estuvo muchos menos años bajo la corona de Castilla o Aragón que Cataluña. O sea que derechos nacionales no se le pueden negar.

Pero, he de corregir al docto Sánchez Castejón y a sus acólitos nacionalistas. No puede reducir al absurdo lo que es una realidad plurinacionalidad evidente.

Negar que Valencia es una nación es otro error histórico. Primero, porque durante algún tiempo fue reino y tiene un idioma propio claramente diferenciado; también tienen las Fallas que poco o nada tienen que ver con las fiestas populares catalanas, una prueba más de su carácter diferenciado. La existencia de una fuerte corriente nacionalista con presencia en el gobierno de la Comunidad así lo atestigua; en definitiva, no podemos excluir a Valencia como nación; incluso no como república lo que supondría negar su identidad, sino como reino lo que convertiría al presidente de la Comunidad en Ximo I.

Canarias también es claramente una nación, no solo por la insularidad; sino porque se permitió tener hasta un grupo terrorista de liberación nacional liderado por Antonio Cubillo. Imbuido de este carácter marítimo, el nacionalismo canario nace en Venezuela y en Cuba. El partido nacionalista de Canarias se creó en la Habana, seguramente a consecuencia de la represión que sufrían en España; lo que marcó el principio del intervencionismo cubano en África que tanto daño causara un siglo después.

De hecho, su actual presidente representa a un partido nacionalista y recibió más de un tercio de los votos. Aunque debemos admitir que no es una unidad tan uniforme al existir un partido de independientes de Lanzarote. Algunos intentos en la Gomera de desarrollar un concepto de nación propio basado en la peculiaridad del silbo gomero, fracasaron ante el españolismo asfixiante que impera en las islas, por el cual tienen que sufrir que millones de extranjeros viajen a pasar sus vacaciones a las islas en un claro intento de Madrid de terminar con la identidad canaria.

Aragón sí tiene evidentes argumentos para ser una nación. Fue reino, con leyes y lengua propias y claramente diferenciado en el carácter y costumbres de sus vecinos. De hecho, la jota no se canta ni baila en Cataluña ni en Castilla; aunque hemos de admitir que siempre ha existido una ambición aragonesa sobre Navarra y la mayor evidencia de ello es la jota navarra; una imposición foránea al reino de Navarra para unos o a Euzkadi para otros inadmisible. Con partidos nacionalistas como la Chunta con un fuerte peso político, negar el carácter nacional a Aragón constituye un insulto inadmisible y el derecho a decidir tendría un lógico sentido histórico, aunque tengan algunos enfrentamientos con Cataluña que podría conducirles a una guerra ibérica en un futuro cercano ante las razias catalanas expoliando los tesoros de Aragón.

Por no irnos muy lejos de la zona, Navarra es claramente un caso de nación histórica. Fue el último reino en incorporarse a la corona de España. Para unos es parte de Euskadi; que vuelvo a señalar que es una entidad sin historia; cuando lo único existente eran los territorios vascos y no existen antecedentes de que Navarra fuera un territorio vasco. Pero también existen los foralistas que defienden sus recursos propios, es decir que ellos se lo guisan y ellos se lo comen; es decir mucho más allá de la ambición del Príncipe Puigdemont, título que le otorga la legitimidad histórica

En el Valle de Arán existe obviamente una reivindicación nacionalista muy antigua, busquen en google maps para comprender la realidad territorial de este valle; pero no lo pueden minusvalorar, es tan grande como San Marino. Su ambición, mantener su realidad nacional frente al imperialismo catalán, una lucha centenaria de dudoso final ya que el autoungido presidente de la republica nacional de Cataluña no esconde sus ambiciones imperialistas sobre la franja de Poniente, Valle de Arán, sur de Francia y territorios valencianos y balear. Habríamos de esperar que después de una rápida ocupación gracias al ejército catalán liderado por la general Anna Gabriel, Carles Puigdemont fuera entronizado como el nuevo emperador de los territorios catalanes, sin desdeñar sus ambiciones en Sicilia y sur de Italia donde también tienen elementos comunes como las comisiones del 3%, un factor de unidad como pocos. Para los que no conocen nuestra realidad como el docto e ilustrado Sánchez Castejón nos ha aclarado, existe hasta un Consejo General del Valle de Arán que aprobó su estatuto de autonomía por unanimidad en 2009. El Valle de Arán cuenta con un himno titulado Montanhes araneses y bandera propia basada en la de la Occitania; actualmente Francia.

¡Qué decir del nacionalismo asturiano¡, también llamado en su lengua propia, rexonalismu, que tiene una presencia en las instituciones y reúne características propias nacionales como la lengua, el bable, la sidra y sobre todo ser el germen de los reinos hispánicos, lo que hace innegable su carácter nacional y su derecho a decidir por encima de cualquier otra entidad de la piel de toro.

Sus vecinos de Cantabria, tampoco le andan a la zaga, y de hecho tienen a un presidente regionalista; que es la acepción suave de los nacionalistas en estos lares. De hecho, existió un partido nacionalista de Cantabria y ahora un Conceju Nacionaliegu Cantabrú, en su idioma propio. Los habitantes de Altamira con sus pinturas rupestres acreditan que el concepto de nación cántabra está más arraigado históricamente que el catalán o el vasco.

Murcia (¡qué bonica eres!), aquel lema turístico esconde una tremenda realidad plurinacional. Durante la revolución cantonal de 1873 se proclamó el Cantón murciano acompañado por el Cantón de Cartagena, cuya revuelta debió ser sofocada a golpe de artillería por la Armada de esa entidad que ya sabemos inexistente llamada España. El panocho, así como otros elementos singulares convierten a la región murciana en una nación de naciones, sin que se le pueda negar a ambas realidades su derecho a decidir. En cuanto a su lengua, nada como recordar al insigne poeta Vicente Medina con su magna obra Aires murcianos de 1898 que es la obra maestra del dialecto murciano.

Balares, esas islas en medio del Mediterráneo, a las que los movimientos telúricos ubicaron cerca de la península ibérica es otro ejemplo de realidad nacional o casi diría plurinacional. Los partidos nacionalistas han estado presentes muchos años en el gobierno de las islas y reclaman una entidad propia y diferente de Valencia y Cataluña. A fin de cuentas, Menorca fue británica durante más años que Cataluña independiente. En la actualidad existen diferentes comunidades nacionales que reclamarán en el futuro sus carácter propio y diferente, como la nacionalidad alemana en Pollensa o la británica en Magalluf que pronto tendrán su propia representación política, como no podía ser de otra manera.

Y qué decir de la Rioja; tierra singular con una denominación vitivinícola única en el mundo. La Rioja ya redactó en el siglo XIX la Constitución Republicana Federal del estado riojano, reivindicándose como una entidad nacional. No podemos en este punto obviar el regionalismo alavés, claramente sojuzgado por el imperialismo vasco y que reclama su autenticidad como Rioja alavesa, apostando por la confederación de estados riojanos.

Pero incluso en los territorios históricos supuestamente españoles, no faltan movimientos nacionalistas; en Extremadura; en León el movimiento leonés, en Castilla el movimiento comunero; en definitiva, una amalgama de nacionalismos que hacen de Castilla león una entidad plurinacional con sólidos fundamentos históricos, al que debe añadirse el movimiento nacionalista berciano.

Usted se creerá que nada más español que la tierra de Don Quijote, pero se llevaría a engaño. En 1869 se firmó el pacto regional manchego contrario al expansionismo de Castilla la Vieja. Movimiento político que excluyó a Guadalajara del pacto, lo que le hubiera evitado al actual presidente de la región tener que enfrentarse al alcalde de Azuqueca que no podría arrogarse el carácter de nacional de la Mancha, debiendo buscar su acomodo en otra realidad nacional o bien reclamar una propia. Pocas regiones tienen un libro tan famoso como Viaje a la Alcarria, y una flor como la Lavanda que deja a los tulipanes holandeses en algo artificial; por lo que no sería desechable una realidad nacional en Guadalajara. ¿Don Quijote? un explotador sojuzgando al podemita Sancho Panza, y que acabó emigrando a Barcelona, con suficiente astucia para regresar a la Mancha ante lo que él ya veía venir.

No quisiera terminar este excurso de las tesis de Pedro Sánchez sin hablar de la realidad plurinacional andaluza, que incluye al orientalismo o regionalismo de Andalucía Oriental; al regionalismo malagueño que cuenta con varias asociaciones que propugnan la salida de Málaga de Andalucía y el provincialismo del Campo de Gibraltar que reclama su escisión de Cádiz.

Y por último tenemos a Patones en la sierra de Madrid, que cuenta con su gran historia "el milenario reino de Patones" y que mantuvo una guerra llamada "de los pinos" contra España, en el siglo XIX, que seguro que tendría que ver con tan significativo activo nacional.

Esos incultos latinoamericanos que miran a España con emoción y cariño, más valen que vayan leyendo a catedrático Sánchez. Nada más tendencioso y falso que esa canción utópica, Suspiros de España que compuso Antonio Alvárez Alonso, ese marteño fascista. Todos están equivocados; España ha muerto; nunca existió; como mucho España es el barrio de Salamanca y Chamberí. Curioso que los partidos de izquierdas para reivindicar su lucha por la igualdad, pusieran el adjetivo de español en sus siglas; porque España representaba los ideales de justicia e igualdad; obviamente valores trasnochados en esta nueva entidad multinacional. Usted que lee este artículo no es español ni yo lo estoy escribiendo en español sino en madrileño, una lengua opresora como pocas; ante sus seguras dudas debe preguntar al docto sabio cuál su nacionalidad, que seguramente desconoce. Pero a todos estos sabios de carnet; ilustrados analfabetos; arribistas de poder que niegan que España existe y que no entienden que la diversidad enriquece, yo les digo: ¡Y unos cojones! ¡Viva España!

Cataluña o el cuento de nunca acabar
Luis Lorente, David Muñoz Lagarejos y Carlos Navarro La Razon  6 Septiembre 2017

Como dije hace algunos meses en estas mismas líneas, la política española lleva unos años inmersa en un círculo vicioso con ciertos temas que no parecen tener fin. El referéndum para la independencia de Cataluña es uno de esos temas. El 1 de octubre tendremos ante nosotros otro referéndum por la independencia de Cataluña. Ya sabemos, por lo que ocurrió hace tres años, que dicho referéndum es ilegal por inconstitucional.

Como expliqué aquí, el relato independentista está basado en tres ejes, los cuales son a todas luces mentira, respondiendo simplemente a una manipulación constante de los independentistas para amoldar a su discurso algo que no es real; dichos ejes son la opresión del Estado español hacia Cataluña, el famoso “Espanya ens roba” y 1714.

En todo este tiempo, además de estos ejes, el relato independentista ha repetido constantemente que la realización de un referéndum es democracia y que evitar que el “pueblo catalán” exprese su voluntad es antidemocrático y “autoritario”, en palabras del propio Puigdemont. Es un simplismo que no tiene base en Ciencia Política. La democracia no es solamente votar (es un elemento más), la democracia también tiene que ver con la libertad política, con el respeto y cumplimiento de las leyes, con la separación de poderes. Además, la democracia liberal también hace suyos elementos como la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de culto. Si en un país se permite la celebración de elecciones y la consulta a los ciudadanos, pero no desarrolla las libertades citadas, además del respeto a la minoría, no es una democracia. Esto es algo que olvidan todos los independentistas. Y por lo que demuestran desde el gobierno autonómico y los grupos sociales indexados a la causa independentista, una Cataluña en manos de ERC, la CUP, Arrán, etc. poco democrática seria, ya que en sus genes no estarían, ni mucho menos, los principios característicos de toda democracia liberal.

Por otro lado, hay otro mito que abanderan los independentistas, y es utilizar la mayoría de escaños en el parlamento autonómico como mayoría social. En las últimas elecciones autonómicas, celebradas en septiembre de 2015, las fuerzas parlamentarias independentistas (JxS y la CUP) fueron votadas por 1.95 millones de catalanes, de un censo formado por 5.5 millones; esto es, el 35% del censo optaron por candidaturas independentistas. Que el sistema electoral haga que tengan mayoría absoluta en escaños no quiere decir que sean mayoría en la sociedad, ampliado por el control de la educación y de los medios de comunicación, encumbrando la propaganda independentista a lo más alto. Esto es algo que también olvidan todos los independentistas.

Tampoco puedo dejar a un lado la hipocresía de los independentistas. En este caso, con el artículo 1.2 de la Constitución Española: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. ¿Adivinan qué dice el artículo 2 de la Ley de Transitoriedad Jurídica Catalana? Exactamente lo mismo para el caso catalán: “La sobirania nacional rau en el poble de Catalunya, del qual emanen tots els poders de l’Estat”. Vaya, o sea que niegan para los territorios de Cataluña lo que ellos tanto han criticado del “Estado español”: la imposibilidad de secesión y la soberanía centralizada.

Hay think tanks que denuncian desde su posición en la sociedad civil la tomadura de pelo de los independentistas, su proyecto liberticida para todos los catalanes y el incumplimiento de la Constitución que algunos quieren seguir adelante. Uno de esos think tank es El Club de los Viernes, que ha lanzado un manifiesto contra la situación que vive Cataluña y la posible celebración de otro referéndum inconstitucional. El lema “Somos 47 millones – Som 47 milions” quiere señalar que el futuro de Cataluña se decide entre todos los españoles y que no está permitido un referéndum unilateral. Un poco de sensatez ante tanta locura independentista.

Emociónese y calle
Manuel Cruz El Confidencial  6 Septiembre 2017

Lo más normal es que los eslóganes con los que se convoca una manifestación incluyan un elemento de rechazo o repudio, dado que tales convocatorias se suelen hacer tras un suceso que parece, en efecto, digno de una enérgica condena por parte de la ciudadanía. En ocasiones, a ese elemento se le añade otro, complementario, que destaca en nombre de qué se produce la condena o, si se prefiere, a favor de qué se está para evitar que ese tipo de sucesos se repita.

Si alguien, absolutamente desinformado de lo que había sucedido en las Ramblas de Barcelona el 17 de agosto, se hubiera tropezado con la manifestación que tuvo lugar en la misma ciudad una semana después, lo más probable es que hubiera pensado que el ejército español, sirviéndose de un sofisticado armamento de producción propia, había atacado una mezquita o un barrio de una ciudad catalana con mayoría musulmana en su vecindario. Se trataría de una deducción perfectamente lógica por parte de nuestro desinformado imaginario, a la vista del contenido del grueso de las pancartas, en las que en lo que más se insistía era en el rechazo a la islamofobia y en la crítica al Estado español, no solo por las amistades peligrosas de su jefe, sino por la producción armamentística de sus empresas, rechazo y crítica solo contrapesados en la apariencia de positividad por una difusa reivindicación de la diversidad y la tolerancia.

Desde hace unos años, se ha convertido en un lugar común en Cataluña la afirmación según la cual el nuevo independentismo emergente no tiene nada que ver con el nacionalismo hasta ahora hegemónico. Más allá de la inequívoca intención de no verse salpicados por todo lo que han comportado las décadas de poder nacionalista (con una corrupción sistémica que nada tiene que envidiar a la del PP), estos independentistas de nuevo cuño también pretenden marcar distancias con el discurso, fundamentalmente sentimental, del viejo nacionalismo. Viejo pero, por cierto, todavía en vigor hasta hace poco. ¿En cuantas ocasiones el anterior —y astuto— 'president' de la Generalitat no basó en el 'sentiment' todo cuanto defendía, desde la propia existencia como nación de Cataluña a la reclamación de autogobierno, pasando por cada uno de los puntos del listado de sus reivindicaciones?

Tal vez ese recurso, globalmente considerado, ya no se vea tan utilizado con Puigdemont, que parece haber hecho suyo el talante de Esquerra al respecto, pero no me atrevería a afirmar que haya desaparecido por completo. Tengo la sensación de que más bien se ha transformado, y que a lo que estamos asistiendo últimamente es a la aparición de nuevas estrategias de ese mismo recurso (si me permiten el abrupto neologismo, de 'sentimentalización'). No tiene mucho de extraña la perseverancia en él, a la vista del magnífico rendimiento que proporcionó en el pasado y de la permanencia de un público muy bien dispuesto, casi en la frontera de la credulidad, y que, aunque pretenda marcar distancias de las variantes más tópicas del mismo, sigue mostrándose receptivo hacia dicha manera, fundamentalmente emotiva, de tratar los asuntos políticos.

Se diría que, frente a la antigua estrategia de intentar generar una intensa identificación emotiva con una idea de carácter general —la de Cataluña como nación—, de lo que se trata ahora es de poner el foco de la intensidad emotiva sobre aspectos particulares, variables según el momento, con el objeto de generar en relación con ellos un fuerte sentimiento de adhesión. Con dicha operación se consigue lo que el viejo nacionalismo ya conseguía respecto a lo que le interesaba, y es sustraerlos del debate y de la crítica.

La cosa se hizo particularmente evidente tras el atentado de las Ramblas el pasado mes de agosto. La defensa de la actuación de los Mossos se convirtió en argumento apenas disimulado para reivindicar la capacidad de Cataluña para enfrentarse a cualquier reto, incluido el más dramático, sin necesidad de recurrir al Estado español. La utilidad 'publicística' del argumento era evidente, y a remachar el clavo se dedicaron tanto desde el entorno más inmediato del Govern como desde los medios afines. A este respecto, el tan entusiasta como prematuro ensalzamiento de la figura del 'major' de los Mossos, Josep Lluís Trapero, o las precipitadas condecoraciones a este cuerpo jugaban un claro papel político-ideológico en la tarea de generar una fuerte identificación emotiva.

Es desde este propósito desde el que conviene interpretar la airada reacción de los medios oficiales catalanes cuando, tras la publicación de determinadas noticias que ponían en cuestión algunos aspectos de las actuaciones de los Mossos, creyeron ver en peligro el nuevo relato construido al efecto. Un claro representante de dicha actitud airada vino a ser el portavoz del Govern catalán, Jordi Turull, que desafió ("si alguien lo que quiere insinuar es que este atentado se podía haber evitado que lo diga, que tenga el coraje de decirlo") a quien se le pudiera pasar por la cabeza plantear la menor crítica a la policía catalana en lo tocante al aviso enviado por el Gobierno de los Estados Unidos sobre un posible atentado en las Ramblas. Aquel que osara hacerlo ya sabía a qué atenerse y a qué se exponía: pasaría a ser considerado un miserable, lo que en boca de Turull equivale a mal catalán.

Se equivocaría severamente quien pensara que la amenaza de acusación que recibiría el réprobo era puramente retórica o estaba destinada a caer en saco roto. Al contrario: queda fuera de toda duda su eficacia. Incluso me atrevería a afirmar que es mediante este orden de procedimientos como se va configurando esa espiral del silencio de la que una sociedad democrática debería avergonzarse, cuya mera mención tan nervioso pone al soberanismo pero que, al trasluz de los ataques que ha recibido el director de 'El Periódico' (por no hablar de Jordi Évole o de tantos otros en absoluto sospechosos de reaccionarios españolistas), se hace a todas luces evidente que funciona en Cataluña a toda máquina.

Nadie debería extrañarse, en consecuencia, que resulte extremadamente difícil encontrar en la prensa y en los medios de comunicación catalanes de mayor difusión artículos que hayan llevado la crítica un paso más allá de —como mucho y tras los elogios de ordenanza a los Mossos— cuestionar si Younes Abouyaaqoub, el conductor de la furgoneta, debía haber sido abatido o dejado con vida para obtener una información valiosísima. La razón es clara: cualquier otro cuestionamiento provoca que quien lo plantee quede automáticamente ubicado por el oficialismo catalán en lo más profundo de la caverna mediática madrileña, al lado de los opinadores de la derecha más reaccionaria. O si se quiere plantear esto mismo desde la perspectiva de los efectos: la autocensura —esa autocensura de la que tanto se viene hablando últimamente— constituye la desembocadura poco menos que inevitable de premisas como las que acabamos de dibujar.

Ahora bien, si de veras lo único que, tras el duelo, realmente importa es poner los medios para que nada parecido pueda volver a repetirse entre nosotros, la crítica y el señalamiento de lo que no ha funcionado bien deberían resultar a todas luces prioritarios. El problema, a estas alturas, es si efectivamente los políticos catalanes hoy en el poder comparten la misma prioridad. Porque el ejemplo de su incapacidad para asumir el menor reproche, así como el comportamiento que exhibieron en el momento en que lo que tocaba era una clara manifestación de repulsa del terrorismo, de solidaridad con las víctimas y de unidad democrática, nos lleva a ser francamente escépticos al respecto.

No resulta fácil esperar grandes cosas de quienes no solo se resisten como gato panza arriba a reconocer el más mínimo error, sino que utilizan las manifestaciones como ocasión para generar las adhesiones emotivas que les convienen, esto es, para 'sentimentalizar' a la ciudadanía en la dirección de sus intereses políticos más coyunturales.
 


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