AGLI Recortes de Prensa   Miércoles 13  Septiembre 2017

Ni un privilegio más
Emilio Campmany Libertad Digital 13 Septiembre 2017

Hay muchos españoles que, con independencia de lo que deseen, creen que la actual crisis política tiene tan sólo dos salidas posibles, que Cataluña alcance la independencia o que no lo haga. Y sin embargo el resultado no será, al menos a corto plazo, tan claro. Aunque el Gobierno no lograra impedir la independencia de Cataluña, lo que sí hará, al menos durante un tiempo, es no reconocerla. De manera que los catalanes, si quieren, seguirán siendo españoles a la vez que disfrutan de su recién estrenada independencia. Por eso, no es descabellado que, en esa situación transitoria de independencia no reconocida, en la medida en que el Gobierno catalán lo permita, el Barcelona siga jugando la Liga y Cataluña siga perteneciendo a la Unión Europea como teórica parte de España. Por el otro lado, aun en el caso de que Rajoy acertara a impedir el referéndum, los independentistas seguirían controlando la región, su Gobierno y su presupuesto. Continuarán por tanto avanzando en su independencia de facto mediante la desobediencia de las leyes y sentencias españolas que no les gusten. Al mismo tiempo, no dejarán de aceptar con condescendencia los privilegios que el Gobierno siga dándoles con la vana esperanza de calmar su furor independentista. En ambos casos, habrá para los catalanes más privilegios de los que ya tienen.

Todavía peor será si el PSOE llega al poder. Tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias creen que existe un conflicto entre Cataluña y el resto de España que el Gobierno de Rajoy no ha sabido afrontar y que es la causa de la actual crisis. Para ellos, la solución está en el reconocimiento de Cataluña como nación. Esto conlleva la plena soberanía del pueblo catalán para elegir libremente su destino. Pablo Iglesias está pensando precisamente en esto, que, por intolerable que sea, al menos es coherente. Pedro Sánchez en cambio no está pensando en soberanía, sino en privilegios, especialmente de naturaleza fiscal, aunque no concreta nada. Tiene el socialista el convencimiento, del que participan muchos españoles, de que algo así sería suficiente para apaciguar a los separatistas. Es un error porque ningún nacionalista ha sugerido estar dispuesto a negociar sobre esa base. Pero daría igual que fuera verdad. Ya está bien de privilegios. Mucho peor que una España rota de iure es una España quebrada de facto. Si, para mantenernos formalmente unidos, hay que ahorrar a Cataluña los inconvenientes de ser España a la vez que disfruta de los beneficios de pertenecer a ella mientras a los demás nos queda tan sólo agradecer que nos dejen pagar las facturas, es preferible dejar de estarlo.

En su momento, aceptamos organizarnos como Estado de las Autonomías, un monstruo que sólo genera despilfarro y corrupción sin ninguna ventaja práctica, con el exclusivo fin de que los catalanes pudieran sentirse cómodos dentro de España y fingir que todos somos iguales. Ahora resulta que ni siquiera con una autonomía cercana a la independencia están a gusto. Si de verdad quieren irse, que se vayan. Y si no, que se queden. Pero, en todo caso, ni un privilegio más.

Pacto de Estado
Gabriel Albiac ABC 13 Septiembre 2017

Uno imagina fácilmente a Heinrich Himmler tratando de «sinvergüenza» a Otto Wels en la sesión parlamentaria de marzo de 1933, que abrió las puertas del poder absoluto a Adolf Hitler. Es más peregrino fantasear que el dirigente de las SS hubiera tenido la ocurrencia de tratar al socialdemócrata de «fascista». Hubiera sido un hilarante mundo al revés. Otto Wels fue depurado y murió en el exilio. A Himmler, sólo el suicidio lo salvó de la pena de muerte por sus crímenes contra la humanidad. Por aquel tiempo, las palabras significaban algo. Todavía.

Ana Gabriel llamó en su día «sinvergüenza» -y alguna cosa peor sonante- al diputado Coscubiela. Va en su estilo. Pero que una «nacional(ista)-socialista» interpele como «facha» a un político forjado en el socialdemócrata PSUC de los años setenta, tiene valor de síntoma. Síntoma de esa corrupción mayor de la España actual que es la corrupción del lenguaje. Las palabras han dejado de significar nada regulable. Y no parecen servir ya más que para vehicular odio y exabrupto. En política, sobre todo; pero no sólo en ella. Más que palabras, rebuznos.

Rechacemos ese bestial fascismo cotidiano. Y meditemos lo que decimos. El triunfo de un golpe de Estado se está jugando. Su primera fase, la jurídico-institucional, se completó en la doble votación que ha postulado para Cataluña una «constitución» alternativa. La segunda fase, la abre la agitación de hoy en las calles de Barcelona. Conviene definir a sus actores. Para lo cual, poco aportan las grandes metáforas de «izquierda» y «derecha», que siguen dividiendo a quienes, en España, están -estamos- moralmente obligados a resistir.

El golpe se sustenta sobre dos soportes: PdeCat y CUP. La vieja Convergencia habla la lengua de un rancio reaccionarismo basado en corrupción y robo. CUP es la versión paradójica hoy del discurso totalitario puro y duro: amalgama tesis patrióticas, transparentemente hitlerianas, con flamígeros discursos insurreccionales a mitad de camino entre José Stalin y Cristina Kirchner. Pero ninguna incompatibilidad separa a Puigdemont y Ana Gabriel. Porque ningún factor de racionalidad guía sus actos. No hay razón que pueda cantar las excelencias de la ruina colectiva. Entre los hijos de Pujol y las criaturas de Gabriel, el lazo es más primario: el que ellos sueñan ser el de sangre, destino y tierra; y que es sólo el de las emociones, cuyo nombre en política es delirio.

Quienes quieran hacer frente a esa alucinación a dúo, deben operar a la inversa. Ni una pasión, ni un afecto. Sólo racionalidad política. Frente a una sedición como la que ya ha comenzado, ni PSOE, ni C’s, ni PP, pueden hacer esgrima de salón ni finta retórica. «Izquierda» y «derecha» no significan ya nada, cuando lo que está en juego es la destrucción de la nación, la voladura de ese sujeto constituyente en función del cual derecha e izquierda existen. Sólo un gran pacto de Estado puede salvar a España. Para quienes lo impidan, la historia reservará páginas crueles.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, contra España y contra sus propios votantes
Editorial Libertad Digital 13 Septiembre 2017

Mucho se han criticado los viejos complejos de la derecha frente a la izquierda y la orfandad del electorado liberal-conservador tras la llegada del PP de Mariano Rajoy al Gobierno. Sin embargo, hay otros asombrosos complejos de inferioridad y otras injustificadas carencias de representación parlamentaria que afectan no menos negativamente al funcionamiento político del país y que están detrás de la monumental crisis nacional en curso. Ahí está, por ejemplo, la orfandad del electorado de izquierdas profundamente español y hostil tanto a los nacionalismos periféricos como a los complejos del PSOE frente al nacionalismo y frente a una formación ultra como Podemos, que ha hecho suyos los delirios identitarios de los nacionalistas.

No se trata de un fenómeno nuevo: baste recordar los siniestros años 30 del siglo pasado, en los que buena parte de la izquierda repudió la idea de España –y hasta la bandera rojigualda– como nación para hacer frente común con los separatistas contra la derecha; pero hoy en día ha cobrado nuevos bríos con la reivindicación por parte del líder del PSOE de un concepto tan falso y contradictorio como el de España nación de naciones.

Aunque se trata de un invento inacabado, en la medida en que sus propagadores todavía no se atreven a decir el nombre del resto de las naciones que, junto a Galicia, Cataluña y País Vasco, conforman el "Estado plurinacional" español, se trata de una vieja ocurrencia que ya defendían personajes como Anselmo Carretero o José María Jover. Ha sido, sin embargo, Pedro Sánchez el primer candidato socialista a la presidencia del Gobierno en atreverse a proclamar tamaño y disfuncional disparate, después de que lo hiciera el cabecilla de Podemos, Pablo Iglesias. En efecto: en vez de ridiculizar al neocomunista y tratar de ganarse al electorado podemita que no comparte esa insensatez, Sánchez la ha hecho suya. Así que el líder del PSOE abraza un concepto que rechaza, según un sondeo reciente, nada menos que el 76% de los votantes socialistas.

A esa orfandad a la que las elites socialistas someten a buena parte de sus votantes hay que sumar los autodestructivos complejos que ha revelado Sánchez al negarse a fotografiarse junto a Rajoy y Albert Rivera para escenificar un frente común contra el golpismo separatista. La bochornosa razón que se dio fue que dicha fotografía podría beneficiar electoralmente a Podemos, cuando lo cierto es que, tal y como mostraba un esclarecedor sondeo publicado este mismo lunes por el diario El Mundo, Podemos es la formación que, ante el envite secesionista catalán, sufre un mayor rechazo de su propio electorado, hasta el punto de ser el único partido al que suspenden sus propios votantes. En lugar de atraerse a ese 40% de votantes podemitas partidario de impedir el referéndum ilegal del 1 de octubre, Sánchez desprecia también a la mayoría de votantes de su propio partido favorable no ya a que se haga un frente común en defensa del orden constitucional, sino a preservarlo mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Estos complejos ante los nacionalistas y los neocomunistas, que rozan el síndrome de Estocolmo, explican hechos tales como que Sánchez esté dispuesto a mantener el pacto del PSC con Colau aun cuando ésta ceda locales para el 1-O; que el PSOE mantenga el apoyo a Carmena a pesar de haber cedido ésta un local municipal para la celebración de un acto de apoyo a la consulta sediciosa (desafuero que afortunadamente ha echado abajo un juez); que el alcalde socialista de Tarrasa anuncie que colaborará con la celebración del 1-O o que el PP y el PSOE se enzarcen, en pleno envite secesionista,en una discusión sobre la figura del golpista de Lluís Companys.

Lo peor es que esta suma de debilidades explica que una exigua minoría como la que conforman los separatistas golpistas eche impunemente un pulso al Estado y a quienes deberían representar con mayor fidelidad a la abrumadora mayoría de ciudadanos que se siente y sigue queriendo ser española. Y procura muy poderosas razones a los que contemplan el panorama con profundo pesimismo, pues da la ominosa impresión de que no hay masa crítica ni voluntad de poner fin al desafío separatista. Si Rajoy no está siendo de fiar, estremece imaginar lo que sería un Gobierno en manos de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

MÁS ALLÁ DE CATALUÑA
Los siete pecados capitales del sistema de 1978
José Javier Esparza gaceta.es 13 Septiembre 2017

España está viviendo hoy la peor amenaza para su unidad nacional desde el golpe catalanista de 1934, cuando el separatismo se levantó contra el Gobierno (por supuesto, legítimo) de la II República. Es verdad que hoy concurren dos diferencias significativas respecto a aquella ocasión. La primera, que en 1934 el Gobierno pudo echar mano del Ejército para sofocar la intentona de Companys y sus huestes. La segunda, que el Partido Socialista, lanzado entonces a su propio proyecto revolucionario, secundó el golpe separatista. Hoy nadie piensa en soluciones armadas, pero tampoco el PSOE apuesta por la dictadura del proletariado.

Al revés, hoy el PSOE se ha puesto al lado del Estado frente a la amenaza de ruptura, actitud que le honra. Es interesante: el PSOE ha brindado a un Gobierno de la Corona el apoyo que hurtó a un Gobierno republicano. Bien es cierto que, a cambio, en la hora actual otra izquierda se ha apresurado a jugar con dos barajas: la de Podemos, que es patriota o separatista según convenga al interés de su líder. Es la eterna “insuficiencia nacional” de la izquierda española. En todo caso, lo sustancial es esto: cuarenta años después de los pactos de la transición bajo una monarquía parlamentaria, el país afronta una seria amenaza de ruptura. Objetivamente, el hecho sólo puede juzgarse como el fracaso manifiesto de un sistema político.

Fracaso global del sistema, en efecto. Porque no estamos ante un problema local –el “problema catalán”, como aún podía decirse en los años 30- sino ante una crisis nacional. El camino que nos ha traído hasta aquí no empezó ayer, con la insurrección de Puigdemont y la parálisis de Rajoy, ni anteayer, con el estatuto de Zapatero y la felonía de Artur Mas. Si hoy es posible una rebelión separatista como la que estamos viviendo, es porque el propio sistema ha puesto los medios. ¿Cómo? Así:

Primero, por la obsesión de la Corona, desde 1976, de integrar a los separatistas dentro del sistema político, otorgándoles un peso político muy superior a su peso real en la sociedad de aquel momento. La maniobra podía entenderse en un contexto como el de aquellos años: se trataba de integrar en el proyecto nacional a sus eventuales enemigos. Pero es evidente que alguien sobrevaloró la lealtad de los nacionalistas catalanes y vascos.

Segundo, por la adopción de una forma de organización territorial –el Estado de las Autonomías- sin contornos competenciales estrictamente definidos, lo cual ha permitido a los poderes locales acumular fuerza en detrimento de los intereses generales de la nación. Hoy no hay región donde el interés particular no predomine sobre el nacional, y cualquier proyecto nacional queda subordinado a los intereses regionales (basta pensar en los sucesivamente frustrados planes hidrológicos).

Tercero, mediante la entrega explícita de la hegemonía política a los separatismos en sus respectivos territorios, hasta el punto de identificar al conjunto de los catalanes o de los vascos con sus particulares partidos nacionalistas. Esto ha permitido a los separatistas dedicarse a construir sus propias naciones sin que nadie les moleste. Es importante subrayarlo: los nacionalistas catalanes o vascos nunca han ocultado –o apenas- sus fines, sus objetivos máximos; es España la que, por la incuria de sus instituciones y sus sucesivos gobiernos, ha renunciado durante cuarenta años a oponer una fuerza centrípeta frente a la fuerza centrífuga del separatismo.

Cuarto, por la incorporación masiva de los intereses separatistas a los juegos de poder de las oligarquías españolas en materia financiera, mediática, industrial y hasta judicial, de manera que la propia marcha del sistema ha engordado a los separatismos. El mundo del dinero ha entrado alegremente en el juego y hoy no sabe cómo salir. Basta revisar la nómina de beneficiarios de la privatización de los viejos monopolios públicos, los nombres de los grandes consorcios mediáticos o las “cuotas autonómicas” en los órganos jurisdiccionales del Estado.

Quinto, por la incapacidad de los grandes partidos nacionales –PP y PSOE- para ponerse de acuerdo sobre las cuestiones esenciales de Estado, de modo que, con frecuencia, las mayorías parlamentarias de la nación han dependido del voto de las minorías separatistas. La ley electoral ha ayudado decisivamente a ello. Demasiadas veces los separatismos han sido árbitros de la gobernabilidad del Estado, mientras el sistema vendía como “consenso” lo que en realidad era sumisión a las minorías.

Sexto, y decisivo, por la abstención activa de los Gobiernos de España en la gestión cotidiana de cuanto ocurría en las regiones, y en particular en Cataluña, el País Vasco, Navarra, Galicia, Baleares y Valencia, lo cual ha acabado convirtiendo al poder regional en único poder efectivo. Hace tiempo que en España se ha roto la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, porque la ley de facto no es la misma en toda España. La transferencia material de poder ha tenido efectos devastadores en materia de legitimidad: cualquier ciudadano considera más legítimo el poder autonómico que el estatal. La nación española, simplemente, ha abandonado el campo.

Séptimo, por la incorporación de los propios partidos nacionales a esta estructura neofeudal, convirtiendo tales o cuales regiones en predio clientelar del PP o del PSOE locales (pensemos en la Valencia del PP o en la Andalucía del PSOE). Así los partidos que deberían haber velado por la unidad del Estado han acabado estimulando su desintegración, pues obtenían beneficio directo (también en lo económico) de semejante estado de cosas.

Todo esto, estos siete pecados capitales de la democracia española, no son cosas que hayamos descubierto de repente. Al contrario, venían siendo regularmente advertidas desde el principio, desde el temprano debate sobre el título VIII de la Constitución, y no han dejado de ser señaladas por innumerables voces a lo largo de cuarenta años. Voces, es verdad, que han sido sistemáticamente silenciadas por el poder establecido. ¿Por qué se han silenciado? Porque, en la España del sistema de 1978, la fragmentación formaba parte del statu quo. Por eso el sistema ha aceptado sin inmutarse el brutal endeudamiento en las cuentas públicas, el pisoteo indisimulado de derechos ciudadanos en materia lingüística, las grandes redes de corrupción política local, el mensaje disolvente de las cadenas de televisión autonómica o las clamorosas disfunciones en materia sanitaria y educativa.

Es fundamental entender esto para explicar lo que hoy está ocurriendo, o mejor dicho, lo que viene ocurriendo desde hace cuarenta años: nuestro sistema está construido de tal manera que la disgregación forma parte de su propia esencia. “Nadie podía imaginarlo”, ha dicho el presidente Rajoy sobre la insurrección del Parlamento de Cataluña. ¿Nadie? Es posible, en efecto, que la oligarquía española no haya sido nunca capaz de verlo: inmersos en un mundo mental de pasteleos y componendas cotidianos, todos han creído siempre que el denso tejido de pactos comprometía tanto a todas las partes que ninguna se atrevería a llegar tan lejos, porque tendría demasiado que perder. Pero esto es ignorar la naturaleza de los movimientos políticos y sociales, las inercias históricas, los cambios culturales, los efectos materiales de la gestión pública en la mentalidad individual. Todo el diseño del Estado, tanto lo visible como lo invisible, empujaba fatalmente en la misma dirección. Sólo era cuestión de tiempo. Mil veces lo ha gritado Casandra, y mil veces se la ha hecho callar entre insultos y burlas. La crisis que estamos viviendo no es sólo un problema de cálculo político; es, ante todo, un déficit de sentido del Estado en las oligarquías que nos han venido gobernando.
La colisión de las tres esferas

Estos siete pecados capitales del Sistema del 78 vienen envueltos en una determinada atmósfera cuyo principal componente no es de naturaleza legal, sino cultural, y que en buena medida está en el origen de todo cuanto hoy ocurre. Podemos definirlo así: la renuncia explícita de las instituciones democráticas españolas a arraigarse en una idea de nación. En efecto, ni socialistas ni populares han querido desarrollar nunca un proyecto nacional. El horizonte de nuestros políticos ha sido siempre “la modernidad”, “homologarse con los países de nuestro entorno”, “entrar en Europa” o “la Constitución”, pero cualquier referencia expresa a España ha estado vetada, por sospechosa de “franquismo”. Incluso hoy, en pleno naufragio, se nos habla de “salvar la Constitución” o “defender la democracia”, pero son contadísimas las alusiones a la unidad nacional, a la supervivencia de España como agente histórico. Lo cual deja entender que la ruptura de España sería aceptable si se encontrara la forma legal de ejecutarla. Y sin embargo, es precisamente de España de lo que se trata.

En un libro célebre, Daniel Bell explicó las contradicciones culturales del capitalismo como resultado del choque de las esferas política, económica y cultural. Podemos emplear el mismo método para interpretar las insuficiencias del Sistema de 1978. Nuestro sistema ha venido reposando sobre tres esferas rara vez acompasadas. La primera esfera, la institucional-legal, viene definida por la Constitución de 1978. La segunda esfera, la política, descansa sobre los pactos cotidianos entre los agentes políticos, económicos, sindicales, etc. La tercera, la cultural, es la que ha venido construyendo el discurso público a través de los medios de comunicación, la educación, etc. Y bien, la clave está en que esas esferas siempre han descrito trayectorias contrapuestas y hoy han terminado colisionando como asteroides fuera de órbita.

La esfera legal, que viene directamente de la España del post franquismo a través de la Ley de Reforma Política de 1976, se sustancia en la Constitución de 1978, que en principio debería bastar para marcar los límites de supervivencia de la nación, pero que adolece de vacíos e indefiniciones deliberados so pretexto de facilitar el consenso. La segunda esfera, la política, en la práctica se ha aplicado a una tarea de gestión cotidiana del poder regida por sus propias leyes, aprovechando los innumerables huecos de la esfera legal para repartir espacios de poder aquí y allá, hasta construir un paisaje propiamente neofeudal. De esto último hay innumerables ejemplos, empezando por la nunca resuelta despolitización del poder judicial. En el caso que nos ocupa, que es el del separatismo, buena muestra fue la sumisión del Gobierno Aznar ante la abusiva ley de inmersión lingüística de Cataluña. En cuanto a la esfera cultural, desde el principio de la transición ha venido dirigida por la izquierda y por los nacionalismos regionales, que por razones históricas siempre han mantenido una relación incómoda con el proyecto nacional, que han insistido en la asociación “patriotismo=franquismo” y cuyo discurso jamás ha cabido dentro de los límites constitucionales.

Como estas tres esferas no coinciden en sus ambiciones ni propósitos, el sistema ha terminado acumulando contradicciones insalvables. Las leyes que debían sostener al Estado se han visto permanentemente desvalorizadas por el interés a corto plazo de los poderes del país (tanto los poderes políticos como todos los demás) y por el discurso dominante en la esfera pública, que en estos cuatro decenios ha construido una legitimidad distinta a la de la España constitucional y, desde luego, muy alejada de cualquier cosa que suene a “nacional”. Por eso es tan flojo el argumento de quienes hoy apelan a la ley para frenar al separatismo: tal vez puedan frenarlo durante unos meses, quizás unos años, pero inevitablemente la legitimidad construida –artificialmente- desde la esfera cultural terminará imponiéndose sobre una legalidad que nadie se ha tomado realmente en serio en todo este tiempo.

Un ejemplo elocuente: el debate que se ha suscitado en torno al célebre artículo 155 de la Constitución, debate que sólo es comprensible en esta perspectiva de legalidad precaria. El tal artículo, que en realidad no es más que una morigerada previsión de intervención administrativa en caso de que una comunidad incumpla la ley o sus competencias, ha sido presentado por la “esfera cultural” como una especie de intolerable intromisión ilegítima de un poder autoritario en la sacrosanta soberanía de las comunidades autónomas, olvidando que las comunidades no son más que la representación regular del Estado en territorios concretos y que, en términos legales, la obligación de la Administración General del Estado es precisamente intervenir allá donde el sistema no funcione. Pero ocurre que a ojos de buena parte de la población, y sobre todo a ojos de la mayoría mediática y política, el poder autonómico goza de una legitimidad propia, distinta y, de hecho, superior a la del Estado común, de modo que toda intervención externa en él es pecaminosa. Esta contraverdad viene propalada por políticos que, evidentemente, no hacen sino proteger sus propias cuotas de poder y por medios que, con frecuencia, vienen financiados por los poderes locales (tanto políticos como económicos), y así la contraverdad de la esfera cultural termina imponiéndose sobre la evidencia de la esfera legal con la complicidad de la esfera política.

Ahora la gran pregunta es si resulta aún posible invertir estas inercias acumuladas durante cuarenta años. Objetivamente, los pasos para reconstruir una cierta densidad nacional (española) en nuestro sistema democrático están bien claros: rectificación del modelo autonómico, renacionalización del sistema educativo, recomposición del mapa de poder económico y mediático, vigorización del marco constitucional, construcción de pactos estables y permanentes entre los grandes partidos nacionales, etc. Sin embargo, el mero enunciado de estas cosas ya despierta feroces reticencias, tan irracionales como irreductibles. ¿Por qué? Por los efectos letales de la desespañolización predicada desde el discurso dominante. Realmente lo que hace tan difícil salir de este atolladero no es la obsolescencia de la esfera legal ni la renuencia de la esfera política, sino lo hondo que han arraigado los dictados de la esfera cultural.

Claro que os dan lecciones, Colau
Cristina Losada Libertad Digital 13 Septiembre 2017

No conozco a nadie, de entre los que hicieron su aprendizaje político en la izquierda durante los últimos años de la dictadura, que tenga un ápice de simpatía por el nacionalismo. Es verdad que he perdido la pista de muchos de los de entonces. O que van quedando menos. Pero esa es mi experiencia personal. Quienes estuvieron en aquella época en una izquierda más o menos ortodoxa no fueron ni son nacionalistas. Fueron y son antinacionalistas. Es más, despreciaban, y desprecian, el nacionalismo como una suerte de infraideología. Nunca vanguardia de nada, sino retroceso.

Tal vez por ese motivo todavía me produce extrañeza la facilidad, y la docilidad, con que la izquierda de las últimas décadas se ha inclinado ante el nacionalismo, ha ido de la mano con él, ha adoptado parte de sus dogmas y le ha mostrado, en toda circunstancia, grandísimo respeto. Eso es así no con todo nacionalismo, sino con el nacionalismo antiespañol, y parece una actitud derivada de los problemas irresueltos que arrastra la izquierda española en relación con España. Pero si alguno de los nacionalismos disgregadores ha logrado hechizar a la izquierda es el catalán. Iba a conseguir, con mayor unanimidad izquierdista que otros, la preciada etiqueta de progresista. Un salvoconducto.

Siempre se recuerda que hubo una alianza circunstancial entre la izquierda y los nacionalismos periféricos en la oposición a la dictadura. O que hubo entonces, por parte de la izquierda, una defensa de la autodeterminación de "los pueblos de España". Esto llegó a plasmarse en una de las primeras resoluciones del nuevo PSOE que salió de Suresnes, aunque hay que precisar que la defensa de la autodeterminación no significaba que se defendiera el nacionalismo ni que se fuera nacionalista. Bien. Todo eso, se supone, está en la base de la confluencia y la afinidad. Puede. No digo que no. Pero ha pasado mucho tiempo. Y durante ese tiempo se ha visto al nacionalismo en acción y en el poder. Se ha visto qué es y cómo es el nacionalismo. Especialmente el catalán.

El otro día, Arcadi Espada dijo que solo quedaba un izquierdista antinacionalista vivo en España, y lo nombró: Félix Ovejero. Es posible. No obstante, hay que preguntarse cuántos se han distanciado de la izquierda por su acercamiento al nacionalismo. Cuántos dejaron la izquierda al ver que sus partidos y líderes se inclinaban ante un nacionalismo que representa el egoísmo de las regiones más ricas, que no oculta su rechazo a contribuir al desarrollo de las más pobres. Al ver cómo sus líderes y partidos mantenían un enorme respeto por un nacionalismo que deja al descubierto sus raíces etnicistas, que no consigue esconder una creencia en la superioridad propia y en la inferioridad ajena.

Hace cuarenta años aún era posible engañarse sobre la naturaleza del nacionalismo catalán. Después, fue difícil. Hoy, de ninguna manera. Y ahora, al cabo de tanta experiencia acumulada, llegan los novatos de la izquierda a firmar el contrato de vasallaje con lo peor del nacionalismo. Estoy pensando en Iglesias, que se decía emocionado en la Diada al recordar a "los barceloneses que lucharon en 1714". Bueno, ahí queda eso: le emocionan los partidarios del archiduque Carlos. Lo suyo, no hay duda, es Juego de Tronos. Estoy pensando en Colau, que prometió que hará lo posible para que se pueda votar en un referéndum (ilegal) que, según sus propias palabras, deja "fuera y atrás" a la mitad de los catalanes. Pues poco le importan.

Luego, Colau y compañía se revuelven diciendo que no quieren que les den lecciones los "señoritos de Convergencia". ¿Cómo no os van a dar lecciones? Ellos son los que dirigen la operación a la que os sumáis. Son los autores de los planes a los que os sometéis, vosotros, que tanto habláis de desobediencia. Corderitos. Estáis en su terreno y en su campo, un campo donde ellos son los maestros y vosotros, aprendices. Su mano de obra.

La batalla para reconstruir España es esencialmente cultural, además de política. Es una batalla muy larga que sólo podrán acometer quienes posean una visión del Estado y, sobre todo, una visión de la Historia, cosas que los separatistas han tenido (para su propio campo), pero que muy rara vez han adornado a los políticos españoles. ¿Alguien dará el primer paso? En otras ocasiones históricas, cuando los políticos fallaron habló el pueblo. ¿Pero hay aún un pueblo español? Si lo hay, que levante la voz. Y si no, sólo nos queda asistir al suicidio de España.

DEBATE SOBRE EL ESTADO DE LA UE
Crisis de refugiados, terrorismo yihadista… Los errores que debería reconocer Bruselas
Fátima Gª Manzano gaceta.es 13 Septiembre 2017

La Unión Europea no ha conseguido los objetivos con los que se creó hace ya 60 años. Los últimos tres años han marcado un antes y un después en la macro-institución tras la crisis de los refugiados y tras el ataque a la redacción del semanario Charlie Hebdó que dio origen a una nueva oleada de atentados yihadistas en Europa.

Sin embargo, no son los únicos retos a los que ha tenido que enfrentarse Bruselas tras el estallido de la crisis financiera. La multitud de voces críticas que llegan desde los Estados miembro así como la decisión de Reino Unido de decir adiós a la institución amenazan con tener un efecto ‘réplica’ en el resto de los países.

De hecho, ya está ocurriendo. Representantes políticos de Italia, Holanda, Francia o Austria, -entre otros muchos-, ya han mostrado su intención de llevar a sus países hacia un referéndum que permita a la ciudadanía decidir si continuar o no dentro de la Unión Europea. Es más, parece que por el momento están consiguiendo el apoyo de los europeos a juzgar por los históricos resultados conseguidos en los últimos comicios.

La líder del Frente Nacional y una de las caras más visibles de la conocida derecha alternativa, Marine Le Pen, consiguió llegar a la segunda vuelta y enfrentarse a Emmanuel Macron, marcando nuevamente un máximo en la lista de resultados obtenidos por su formación desde la creación, a manos de su padre, del partido en 1977. También ocurrió lo mismo en Holanda de la mano del líder del PVV, Geert Wilders, o del FPÖ austríaco, Norbert Hofer.

Sin embargo, este movimiento y este discurso que apuesta por una redefinición completa de los términos del contrato entre el Estado miembro y la Unión Europea no sólo es el imperante en partidos que todavía no han conseguido llegar al poder. Los dirigentes de Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría, –países que han conformado la alianza conocida como ‘Grupo de Visegrado’-, también han mostrado sus reticencias al funcionamiento actual de la UE e incluso han lanzado un documento en el que presentan sus iniciativas para que esta situación cambie por completo.

El objetivo principal es el de recuperar las competencias perdidas en favor de Bruselas, sobre todo, en dos términos: política fronteriza, y política de Defensa. En primer lugar, tras la decisión de Bruselas de imponer un sistema de cuotas de acogida de refugiados después de que Angela Merkel entonara el conocido ‘Refugees Welcome’. El segundo, por la necesidad de las naciones de imponer un mayor control ante los últimos atentados yihadistas y de poner fin al espacio de libre circulación Schengen que ha permitido a varios terroristas campar a sus anchas por Europa antes o después de perpetrar sus atentados.

No son los únicos retos a los que se enfrenta a medio-largo plazo. También los intentos de Turquía por entrar en la Unión Europea o la tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos o la negociación con Reino Unido son otros factores que amenazan con desestabilizar a Bruselas.

La UE reconoce, -pero siempre de forma indirecta-, sus fallos
La institución se sometió a un profundo ejercicio de reflexión el pasado marzo antes de que se conmemorara el 60 aniversario del Tratado de Roma. En el conocido como ‘Documento Blanco’, el Parlamento Europeo reconocía haber perdido la confianza y la legitimidad de la ciudadanía. Por ello, dibujaba cinco escenarios de futuro en los que, en teoría, pelearía por implementar la integración a nivel político entre los Estados miembro y Bruselas.

Sin embargo, tres de ellos no dejaban de ser una copia del actual funcionamiento de la Unión e incluso apostaban por incrementar sus competencias en detrimento de las del resto de los países. Aún así, sí que insistían en la necesidad de crear una agenda de prioridades entre todos los Estados miembro y por implementar el consenso en la toma de decisiones.

Será este miércoles cuando todos estos escenarios, retos y problemas se pongan sobre la mesa en el debate sobre el estado de la Unión Europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker comparecerá ante el Parlamento Europeo reunido en sesión plenaria desde Estrasburgo no sólo para hacer balance sino también para presentar el nuevo curso político. Después los líderes políticos serán los encargados de destacar los desafíos y las perspectivas de la macro institución.

LOS ÚLTIMOS ATENTADOS TERRORISTAS MUSULMANES EN ESPAÑA
Antonio García Fuentes Periodista Digital 13 Septiembre 2017

Como prometí, en el mes de agosto no publicaría nada de la “sucia, hedionda y muy criminal política que se practica en el mundo” y en la que entra de lleno el terrorismo, puesto que no nos asombre, “el terrorismo es una política más, fomentada y mantenida por ingentes cantidades de dinero, que lo que busca son intereses materiales y nada espirituales, no olvidemos ello ni por un instante”; por ello este comentario en septiembre; yo no caigo en la idiotez de todo Occidente, que “sienten diarrea mental” por difundir al máximo los hechos terroristas, que es precisamente lo que más quiere el terrorismo; o sea propaganda masiva y gratuita totalmente, puesto que la pagan con la sangre y el miedo que difunden y es el motivo de que “el terrorismo siga tan pujante como va”.

Y como el terrorismo con los medios que se emplean no tiene solución; no sé si de nuevo tendrán que implantar “la horca, el garrote vil o la guillotina” y también la cadena perpetua y trabajos forzados hasta la muerte, para ver de que a situaciones de barbarie, se puedan solucionar con métodos igualmente bárbaros y por aquello de que… “Quién a hierro mata a hierro muere”, que no olvidemos fue el propio Cristo el que lo sentenció como “justicia divina”; lo que es seguro es que con los métodos que se emplean, es como “matar moscas dándoles leche con azúcar”.

Por ello mi escueto artículo es como ha quedado y al buen entendedor dejo que lo analice en profundidad y no se corte con lo que “le diga su propia alma”; a los políticos sólo el desprecio que se merecen por su inutilidad más que manifiesta… ¿para qué nos sirven ya?

Copié lo que sigue y les dejo la dirección para que lean el resto:
“La célula yihadista estaba compuesta por al menos 12 terroristas con arraigo en Cataluña: Los implicados vivían en Cataluña desde 2006 e incluso Moussa Oukabir, quien se pensaba como el autor material, había nacido en Ripoll (Gerona), donde residía la mayor parte de los integrantes. Los Mossos le descartan y buscan ahora a Younes Abouyaaqoub como presunto autor del atropello en Las Ramblas. 19.08.2017 - 04:00

La célula terrorista que cometió el atentado de Barcelona estaba compuesta por al menos doce integrantes, todos ellos jóvenes y sin antecedentes por delitos de terrorismo, de entre 21 y 34 años y de origen marroquí, salvo uno, nacido en Melilla, que vivían en Cataluña desde 2006 e incluso, en el caso del principal sospechoso hasta el viernes como autor material del atentado de La Rambla, Moussa Oukabir, de 17 años, había nacido en la localidad gerundense de Ripoll”. (Resto aquí: http://www.vozpopuli.comespana/Mossos-yihadista-Abouyaaqoub-muertos-terroristas_0_1054995629.html )

Y finalmente recordar (y espero no lo olvide nadie) que fue la propia Generalidad catalana, la que siguiendo la política de repudio a España y al idioma español (que también es propiedad de Cataluña) estableció oficinas de contratación de obreros en Marruecos, para así que vinieran “gentes” que no sabiendo el español, “tuviesen que por cojones aprender catalán, con lo que evitarían “más invasiones de andaluces, extremeños, manchegos, y castellanos en general”; lo que demuestra, aparte de la mala leche de perniciosos gobernantes, su inquina por adueñarse de una parte de España y explotarla como una finca propia; cómo y por ejemplo, la explotó, “la muy honorable familia Pujol y Cía”; todo lo cual hay que analizar a fondo y como merecen esta serie de canalladas, propias de simples ladrones sin escrúpulo alguno. Y ahora la pregunta final que es de “abrigo”.

“Si en vez de tanto moro musulmán como hay en Cataluña, hubiesen seguido contratando españoles de todo el territorio nacional... ¿Se hubiesen producido estos sangrientos atentados por los que ahora se quejan todos?... yo la verdad, creo que no, piénselo usted que me lee; se lo dejo de todo corazón y con toda la buena fe y paz, que para mí mismo quiero”.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y
http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes

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Pancho Sánchez

Ignacio Camacho ABC 13 Septiembre 2017

El conflicto de secesión de Cataluña ha sido descrito como un golpe institucional, una sedición y hasta un proceso revolucionario. Términos más o menos exactos que en todo caso aluden al carácter esencial de la insurrección como desafío a la legalidad del Estado democrático. Hay sin embargo en el procés otra dimensión, menos flagrante y perentoria, que tiene que ver con el plano intelectual y ético. Se trata del enfrentamiento entre la razón y la emoción, entre la mitología y la realidad, entre la verdad y la mentira; una batalla de marcos mentales que está en la base del debate político posmoderno.

Toda la narrativa independentista está cimentada sobre supercherías divulgadas con gran éxito mediante el eficaz manejo de la propaganda. Desde la versión histórica sesgada de la Guerra de Sucesión hasta la fantasía de la postergación contemporánea, desde el "España nos roba" hasta la invención de un sujeto comunitario provisto de identidad soberana. Bulos, invenciones, patrañas; paparruchas, como le gusta decir a Juan Manuel de Prada. Consignas tan elocuentes como falsas cuyo poder de penetración ha seducido hasta a ese ignorante progresismo internacional que llama, como Assange, Pancho Sánchez a Sancho Panza.

Con esa semántica halagadora y mendaz, los soberanistas han levantado su discurso emotivo. Maestros de la posverdad, la gran herramienta persuasiva del populismo. El nacionalismo es una construcción de neta índole populista: un relato sentimental de ensimismamiento supremacista, nutrido de falacias, que apela al núcleo de las reacciones viscerales humanas: al instinto. Su capacidad de movilización de masas, patente en las sucesivas Diadas, responde al manejo competente de los resortes colectivos, aquellos que logran que las coreografías de multitudes agitadas suplanten –mediante lo que Sloterdijk llama "cultura de estadio"– la conciencia del individuo. Todo el imaginario épico de la emancipación nacional, del destino manifiesto y del pueblo oprimido, constituye un diáfano ejemplo de ilusionismo mítico. Un compendio de ficciones tentadoras y de magnéticos símbolos, capaces de imponerse en la opinión pública por su indiscutible aliento sugestivo.

Sobra decir que el éxito de esa posverdad catalana es el fracaso de la razón española. La hegemonía del infundio nacionalista ha sido posible por el desistimiento del Estado ante el esfuerzo de contraponer una pedagogía objetiva para desarmar las trolas. Las armas de intoxicación masiva de la Generalitat han arrasado la mentalidad crítica de la sociedad, incluida la de las élites que presumían de formación avanzada y prestigiosa. Sin encontrar el mínimo antagonismo ni la mínima respuesta. Ahora es tarde para discutir, tarde para refutar, tarde para combatir las leyendas. La certeza democrática se ha quedado sin tiempo para otra defensa que la de la autoridad y, tal vez, la fuerza.

Una amenaza más grave que el golpe del 23-F
Editorial larazon 13 Septiembre 2017

La administración separatista ha demostrado con creces que es una amenaza cierta para la convivencia y la libertad de los ciudadanos de Cataluña. Más allá de las palabras, sus hechos, los aprobados en el Parlament, han constituido por sí mismos una grosera exhibición que podría firmar la Cámara legislativa de cualquier régimen autoritario.

Donde unos atropellan las normas y los procedimientos, incluidos los propios, el Estado ha respondido con el imperio de la Ley, que es la mayor garantía y el principal sostén de la democracia. Ayer, dos nuevos recursos contra iniciativas golpistas fueron admitidos por el Tribunal Constitucional.

El supremo intérprete de la Constitución suspendió la ley de Transitoriedad catalana, un auténtico reglamento para la ruptura, y la de la Hacienda catalana. Como es habitual, el gobierno independentista proclamó de nuevo que desobedecerá el fallo. Habrá que ver hasta dónde están dispuestos a llevar su rebeldía de tintes revolucionarios, pero, más allá de lo que cualquier sedicioso intente perpetrar, lo fundamental será la réplica de los demócratas.

En ese sentido, nos parece relevante y significativo las consideraciones del Gobierno en su recurso contra la ley de Transitoriedad, a la que considera la mayor amenaza contra las bases sobre las que se asienta la convivencia en España desde 1978 y el «mayor ataque concebible» a los valores democráticos. Recordar que este país se sobrepuso, por ejemplo, al golpe de Estado del 23-F demuestra que el Ejecutivo es consciente de lo que está juego y de cómo actua

La Diada pasó de ser festiva a terrorista
Liberal Enfurruñada okdiario 13 Septiembre 2017

Cataluña celebró la Diada el 11-S y rindió homenaje a Rafael Casanova, un rico terrateniente catalán, monárquico austracista, que murió en su casa del Llobregat a los 83 años, amnistiado por los borbones, quienes lo derrotaron el 11 de septiembre de 1714 en la Guerra de Sucesión, en la que Casanova quería para España al archiduque Carlos de Austria frente al Borbón Felipe de Anjou. Casanova había llamado a los barceloneses a “derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”. Pero perdió. Lo más normal en quienes lleven tres siglos haciéndose las víctimas es celebrar una derrota. Lo que ya no es tan normal es que a la ofrenda floral al rico terrateniente monárquico Casanova acudan sonrientes republicanos como Rufián. Todo muy friki en este teatro del absurdo en el que se ha convertido el antes llamado “oasis catalán”. Y es que el catalanismo se sustenta en la mentira histórica, en el odio a los de fuera y en el fomento de un falso sentimiento de superioridad de los de dentro.

Los catalanes celebraron el Día de Cataluña con una gran manifestación por el centro de Barcelona bajo el eslogan ‘La Diada del Sí’. La Diada debería ser la fiesta oficial de Cataluña, no el día de ningún partido político, sino el de todos los catalanes, tanto de los del sí como de los del no, e incluso el día de los catalanes que se oponen a ese referéndum golpista e ilegal, a los que se agredió con ese eslogan en defensa del SÍ. El día en que debía celebrarse el catalanismo se dejó fuera a todos los catalanes que no quieren separarse de España de este modo. Perdió su carácter festivo y se convirtió en una agresión a todos los que se oponen al golpe de Estado.

Y para eso se trajeron al etarra Otegi, para hacer una demostración de fuerza que intimide a todos los valientes que se atreven a discrepar. Después del golpe de Estado del Parlament este 11-S comenzó una nueva fase que llegará hasta el 1O, en la que se pretende ganar las calles, por las buenas o por las malas, enfrentando a los catalanes en dos bandos: los golpistas y los que apuestan por cumplir las leyes. ‘No Tinc Por’, el eslogan inventado tras el horroroso atentado islamista de La Rambla de Barcelona, que ya fue pervertido por el PDeCat para defender a sus golpistas, ha sido de nuevo mancillado en la manifestación del 11S. Porque lo que en realidad se pretende es meter miedo a todos los que discrepan.

Las revoluciones no se hacen desde los despachos, sino en las calles y las dirigen los más exaltados. Los de los despachos saben que no se trata de votar, se trata de convencer al ejército, a la Guardia Civil, a los inspectores de Hacienda y de la Seguridad Social, etc., de que se marchen de Cataluña. Y para eso los de la CUP, que son los expertos, se han traído a cientos de anarquistas y antisistemas de toda Europa que empezaron a actuar el lunes, quemando las banderas española, francesa y europea. La Diada terrorista ha sido sólo el pistoletazo de salida. La revolución será en la calle y Rajoy tendrá que hacer uso de la fuerza para pararla. Es hora de empezar a ver también en la calle a esa mayoría silenciosa de catalanes no independentistas, reclamando la defensa del Gobierno, para que se vea que su actuación es demandada y respaldada y que ‘No Tinc Por’.

La oDiada
Fran Carrillo okdiario 13 Septiembre 2017

Lo han conseguido. Han convertido en monotema nacional lo que era un anatema coyuntural que se repetía cada cierto tiempo. Un entremés político representado en el teatro del cinismo que es la Cataluña actual. El binomio de tensión que mantenía la Generalitat con el conjunto de España, centrado en el chantaje permanente el gobierno de turno, ha devenido en ultimátum sin salida: lentejas con butifarra para seguir viviendo de una ubre cada vez más hastiada por tanto tira y afloja. El populismo nacionalista, el más peligroso de cuantos hay, por su tendencia a repetir esquemas de construcción mitológica de una farsa, llega a sus últimas fases en la tierra de Casanova, ese hombre que despedía sus discursos con un “¡Viva Cataluña, Visca Espanya!”. Es hilarante ver los homenajes de buen indepe que se hacen bajo la estatua de uno de los mayores unionistas que ha habido por allí desde que en 1714 dos facciones se enfrentaran por imponer a su Rey de España.

Los próceres del referéndum han hecho del sentimiento retorcido su estrategia de conducta, y contra las emociones es difícil oponer resistencia. No existe mayor voluntad de consecución de un hito que aquella que emana de un impulso desatado y constante. Eso busca el nacionalismo emocional, y no se detendrá tras el uno de octubre. Porque una vez conseguida la independencia, el siguiente paso será anexionar los Sudetes valencianos, o aragoneses, o mallorquines, porque el Anschluss catalán necesita expandirse como buena metástasis de lo que significa. La oDiada es la versión nacionalista del día de todos los catalanes. La han pervertido hasta límites imprevistos. La manipulan a su antojo, porque quieren que sea de todos los que piensan como ellos. Si no, no es Diada. Porque sólo existe la que, desde su nazismo social, cultural y político, entienden: la del supremacismo identitario, la del ADN puro. Desde hace años, el 11 de septiembre en Cataluña no es más que la fiesta fúnebre de los desarraigados. Capucha en la cabeza y antorcha en mano, caminan por los pueblos del interior silbando himnos, quemando libros y banderas y profiriendo insultos y desacatos. La historia es ese espejo que se refleja siempre en el presente para recordarnos cuán grande es su brillo.

Recuerden que Junqueras sentenció, en una entrevista en televisión no hace mucho, ante la pregunta de si en un eventual referéndum pactado con el Gobierno, la opción del sí es ampliamente derrotada, lo siguiente: “Haremos otro”. Porque en eso consiste el nacionalismo: la resistencia ante la realidad, la negación de la adversidad, el martillo pilón inconsciente que va horadando la energía de quienes deben hacer cumplir la ley. Si pierden un plebiscito, harán otro, si la gente vota lo contrario de lo que quieren los sediciosos, al tiempo volverán a sacar al pueblo a la calle para que haga lo mismo, porque no se fían de ningún resultado que no sea el que ellos esperan. La pluralidad se pervierte cuando se estigmatiza la esencia que define precisamente lo que es: diversidad. Eso es lo que pretende borrar el supremacismo nacionalista de Cataluña: su ADN variado.

En eso consiste la oDiada. Nadie imagina a California pidiendo su independencia de forma que doblegue la voluntad federal de la nación americana. O a Córcega pertrechada en su insularidad pidiendo ser reconocida como nación. O a Baviera haciendo un referéndum contra la ley de los lander. Nadie lo imagina porque sabemos cómo actuarían Estados Unidos, Francia y Alemania, tres países de honda raigambre democrática. Y nadie criticaría su respuesta. Aquí, tememos la imagen de Puigdemont esposado, evitando convertirle en un mártir antes que obligarle, por lo civil o lo criminal, a que, como subordinado del Estado, cumpla y haga cumplir las leyes. Es hora de que las formas, que en política constituyen siempre el fondo de todo, acaben por ser algo más que el barniz de una débil estrategia.

¿El fin de España?

Ricardo Chamorro gaceta.es 13 Septiembre 2017

El delincuente separatista Jordi Pujol afirmó hace años lo siguiente: “Mientras que Cataluña es una nación, España no lo es (…) Decir que España es una nación de naciones es una vaguedad (…) Si Cataluña, Euskadi o Galicia son naciones, es difícil que el Estado que las contiene también lo sea”.

Efectivamente Pujol tenía razón, enfrentado con las estupideces plurinacionales de Pedro Sanchez o Pablo Iglesias, si España es una nación, es imposible que sus regiones también lo sean.

Reconocer las naciones inventadas por el separatismo es afirmar la inexistencia de España, no hay más.

Lo que deberíamos tener meridianamente claro es que se ha hecho un esfuerzo inútil por integrar a los nacionalistas desde hace 40 años, porque los nacionalistas, por la propia naturaleza de su ideología, no son integrables en ningún régimen político que presuponga la existencia de la Nación española y de un Estado español, sea cual sea su forma de organización territorial. Aquellos que piensan que reformar la constitución con prebendas para los sentimientos nacionalistas es la solución al problema están equivocados y avanzan al suicidio nacional español.

La identidad española
La nación española esta indefensa porque no existe una sociedad civil que defienda la identidad de España. Más allá de citar normas y conceptos biempensantes, los resistentes al nacionalismo separatista no cuentan con fuerza real, con armas que aúnen socialmente, con mitos aglutinantes de nuestra propia historia, pues nos han dicho una serie de personajes burócratas e ilustrados que hablar de la historia de la comunidad nacional española es barbarie, que hay que hablar de individuo, de globalización y de multiculturalismo.

Como dijo hace ya muchos años el escritor santanderino Jesús Lainz, “cuando en un enfrentamiento ideológico uno de los bandos puede decir lo que quiera sin limitación alguna mientras que el otro tiene que vigilar cada una de sus palabras, ocultar muchas de las que quisiera decir y disfrazar las que finalmente utiliza, este segundo bando entra en liza con media guerra ya perdida. Esto es lo que les pasa a ciertos defensores de la nación española, que se creen obligados a llenar su discurso de epítetos para no pecar.”

La autodeterminación inminente
Si se llega a la autodeterminación no será por un choque entre nacionalismos, sino por el enfrentamiento directo entre una nación con Estado (España) pero sin un movimiento popular activo que la defienda, gobernada por políticos profesionales, y un nacionalismo totalitario (separatismos), carente de cimientos objetivos allí donde los ha buscado, pero extremadamente eficaz en el control y movilización duradera de una sociedad.

Autodeterminación e independencia son un camino irreversible: de poco nos va a servir recordar, como es cierto, que el nacionalismo catalán carece de bases reales en la historia, la etnia, la cultura… semejante discurso académico carece de utilidad frente a un movimiento social totalitario y frente a una militancia impregnada de mitos, no por falsos menos efectivos.

En el momento actual, además del cumplimiento de la Ley, la actuación policial, la represión de los golpistas, la posible reforma de la Constitución para cerrar el descontrol autonómico, deberíamos ofrecer una patria atractiva a esa masa de españoles que ahora no quieren serlo, y esto exige un proyecto a medio plazo que apele a los intereses, a la educación y sobre todo al sentimiento y la voluntad colectiva de esa parte de España que está incómoda en la España que nos ha tocado vivir.

¿Seremos capaces de hacerlo? Difícil

Golpe de Estado en marcha (8)
Vicente A. C. M. Periodista Digital 13 Septiembre 2017

LAS MENTIRAS DE LOS GOLPISTAS PARA JUSTIFIAR SUS DELITOS.

Carles Puigdemont no para de lanzar mensajes en todos los medios de comunicación de Cataluña, que son todos sin excepción favorables al proceso independentista, tendentes a convencer a sus ciudadanos de una realidad paralela falseada y plagada de mentiras de bulto. Y se empieza por negar la mayor, es decir la legalidad vigente de España, sus Instituciones Judiciales y el origen de la legitimidad de las Instituciones autonómicas. Y todo ello para justificar sus delitos que están tipificados como desobediencia, prevaricación y malversación de fondos públicos. Y eso sin contar con la deslealtad institucional y la confabulación en un proceso de sedición y proclamar un Estado independiente de España. Y lo malo de esa situación es que la connivencia del periodismo local y autonómico es total en una mezcla entre convencimiento ideológico y sumisión mercenaria a cambio de subvenciones. Un periodismo cómplice que sirve de perfecto altavoz a esas mentiras y que ha llegado a la indignidad de publicar editoriales únicos en un ejercicio mezquino de dependencia.

Y estos son los mensajes propagandísticos más destacados que se repiten machaconamente a los ciudadanos de Cataluña en forma de axiomas conceptuales que no admiten debate:
1.- El pueblo catalán es el depositario de la soberanía en Cataluña.
2.- Como tal pueblo, le ampara la legislación internacional y de la ONU y le asiste el inalienable derecho a decidir su futuro de forma democrática.

3.- La Constitución de España de 1978 no es aceptada por no haber satisfecho las demandas del pueblo catalán.
4.- No se reconoce legitimidad al Tribunal Constitucional por haber recortado aspectos esenciales del Estatuto de Autonomía aprobado en referéndum legal por el pueblo de Cataluña. Y por tanto, es legítima la insumisión y la desobediencia a sus sentencias.

5.- La legitimidad de las Instituciones de Cataluña, proviene del pueblo catalán al que se le debe obediencia.
6.- Consideran las elecciones autonómicas como un plebiscito de la voluntad del pueblo catalán avalando el proceso independentista al haber conseguido mayoría simple de representación parlamentaria, que no de votos totales favorables, inferiores al 50%..

7.- Se acepta como resultado vinculante el triunfo de los votos favorables a la independencia, aunque solo sea por un solo voto, sin tener en consideración la participación efectiva del censo total de votantes.
8.- Se mantiene la vigencia de la Ley de Transitoriedad jurídica como norma suprema hasta la declaración de la independencia.

9.- Solo el Parlamento de Cataluña está legitimado para suspender a cargos electos y siempre de acuerdo con los procedimientos previstos.
10.- Los Mossos son la policía autonómica que debe lealtad y obediencia a los poderes públicos catalanes, Gobierno de la Generalidad y Parlamento de Cataluña.

Y es ante este planteamiento tan demencial al que el Gobierno de España y las Instituciones Judiciales deben enfrentarse para imponer el Estado de Derecho a unos dirigentes dispuestos a hacer efectiva su insumisión y mantener su desafío de culminar un referéndum ilegal y proclamar la República de Cataluña. Y aquí no caben equidistancias ni disquisiciones jurídicas sobre la interpretación de legitimidades. Solo existe una, la Constitución de España y la soberanía del pueblo español en su conjunto. Y eso es lo que hay que defender sin fisuras.

Desgraciadamente, algunos dirigentes de partidos que se dicen constitucionalistas, como Pedro Sánchez, muestran signos de debilidad en su forzado apoyo y “cobardean en tablas”. No es admisible la posición de Sánchez respecto a mantener su apoyo a la alcaldesa de Barcelona si esta decide finalmente colaborar en el desarrollo del referéndum ilegal facilitando locales para su uso como colegios. Tampoco es de recibo el que otros alcaldes de municipios gobernados por el PSC o donde dan su apoyo, se hayan ya posicionado de forma favorable a la cesión de esos locales. Aquí no existe una libertad de conciencia, sino el deber de cumplir con la Ley y las sentencias de los Tribunales. Se cumple o se delinque, así de fácil.

Por otro lado, tenemos al líder de PODEMOS, Pablo Iglesias, reconociendo la existencia del pueblo catalán como ente jurídico soberano y su derecho a decidir su futuro mediante un referéndum. Su grito final en un mitin de apoyo en la Diada, no deja lugar a dudas con un “visca Catalunya lliure i sobirana” (Viva Cataluña libre y soberana). Este miserable asesor de regímenes dictatoriales reniega de la Constitución de España y propugna la secesión de un territorio de forma totalmente ilegal e inconstitucional, robando la soberanía a todo el pueblo español. Y eso solo tiene un nombre, traición. Un personaje así no debería permanecer ni un momento más como representante del pueblo español y si tuviera dignidad y vergüenza, entregaría su Acta de Diputado.

Finalmente tenemos a un PNV con Erkoreka, ligando su apoyo bastardo a los presupuestos Generales del Estado, si el Gobierno de España se extralimita en su respuesta a los secesionistas. Hace falta ser desalmado y mezquino. Es preferible no contar con apoyos tan falsos y mercenarios como los de estos miserables y dar la legislatura por concluida. De todas formas, no tardará mucho en actuar el dúo PSOE -PODEMOS (Sánchez -Iglesias) con su moción de censura tras el 1 de octubre.

¡Que pasen un buen día!

Mambo cupero
Isabel San Sebastián ABC 13 Septiembre 2017

Todos sabemos la clase de «mambo» que gusta bailar a los integrantes de las CUP y sus primos batasunos. Llevamos años pagando los destrozos que ocasiona. No se acompaña de música, sino de gritos. La percusión que utiliza es de naturaleza brutal y no impacta precisamente sobre la piel de un tambor. Le va el sonido de cristales rotos más que el de las maracas. Se baila en grupos compactos, en manada, a cara cubierta y brazo armado de algún objeto contundente. El «mambo» con el que amenaza la plana mayor cupera en un vídeo, después de estrellar en el fondo de un barranco este malhadado «prusés» separatista, tiene tintes siniestros que ponen los pelos de punta. No en vano se apunta al baile, en calidad de figura estelar, el terrorista Arnaldo Otegi, condenado por secuestro y pertenencia a banda armada. Los partidarios del salto hacia el abismo rupturista saben a quién recurrir cuando se trata de asesorarse sobre el mejor modo de destruir la cohesión de una sociedad, sembrar en ella el suficiente miedo como para allanar la resistencia, dividir familias y cuadrillas de amigos, expulsar o silenciar a los discrepantes y, por último, emplear la violencia contra los recalcitrantes que no se dejan intimidar. ETA ha practicado esa danza durante lustros, con idéntico propósito al perseguido por Anna Gabriel y su compañía de «artistas»: desmembrar la nación española haciendo mangas y capirotes de las reglas de juego democráticas. El terror siempre ha sido un medio, nunca un fin en sí mismo. Un medio al que no se hacen ascos, pero el último recurso. Ahora también.

Las CUP anuncian un «mambo» que bien podría empezar a ensayarse hoy mismo, aprovechando la Diada, por más que el escenario previsto para representar la función sea el del 1 de octubre. Resulta altamente preocupante la presencia en Barcelona de una nutrida representación del anarquismo europeo, especialista en montar altercados, romper escaparates y destruir mobiliario urbano, y más inquietante aún es comprobar hasta qué punto el nacionalismo antaño «moderado» se ha aprendido la coreografía y sigue fielmente los pasos. Porque el susodicho Otegi no es solo el embajador de los hijos de Terra Lliure, sino un verdadero abanderado del «prusés» que capitanean Puigdemont y Junqueras. Nadie tiene reparos en fotografiarse a su lado. Hoy se dará un baño de masas en la Ciudad Condal, aplaudido por las huestes golpistas, que reservarán sus huevos podridos, abucheos e injurias para los demócratas que se atrevan a desafiarles reivindicando los símbolos de la Cataluña constitucional. Hoy ese sicario del hacha y la serpiente subrayará con su presencia la magnitud de la indignidad en la que han caído los apóstoles de la independencia pretendida al margen de toda ley, lógica, decencia moral o verdad. Y hoy será solo el comienzo de un camino hacia ninguna parte que puede acabar muy mal.

El «mambo» de la CUP, Otegi, Puigdemont y Junqueras da miedo. ¡Claro que sí! Hay mucha gente asustada en Cataluña, con razón. ¿Cómo no estarlo cuando los máximos representantes del Estado en la comunidad autónoma se han declarado «de facto» en rebeldía, su principal aliado en la causa de la sedición ha militado con orgullo en las filas de ETA y el Gobierno de la Nación se parapeta detrás de las togas, incapaz de hacer política? Todos tememos un estallido de violencia. Nadie en el bando demócrata desea que se produzca. Pero no será el apaciguamiento el que pare los pies de los violentos. Será su último recurso, pero lo emplearán si creen que hace fala y nadie se lo ha impedido.

El separatismo propaga la inseguridad jurídica
EDITORIAL El Mundo 13 Septiembre 2017

Solo a una mente deformada por la propaganda sentimental del separatismo le resultará paradójico que la democracia se defienda ordenando a los agentes de la ley que requisen unas urnas. Eso es lo que la Fiscalía hizo ayer: defender la legalidad democrática ordenando al mayor de los Mossos d'Esquadra, Josep Lluís Trapero, así como a la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía en Cataluña que eviten la "consumación del delito" interviniendo todo material susceptible de ser usado para celebrar un referéndum ilegal del 1 de octubre. Pese a las dudas razonables que en la gestión de los atentados yihadistas suscitó el comportamiento de Trapero, quien primero mintió sobre el aviso de la inteligencia americana y después cargó públicamente contra el director del periódico que acreditó la información, cabe esperar de un cuerpo de policía judicial como los Mossos que cumplirán con su deber y acatarán la cadena de mando.

Claro que, al hacerlo, deberán resistir la maquinaria de coacción de la Generalitat, que ya se ha puesto en marcha y que cada día acrecienta su inicua presión. No es que el gabinete de Puigdemont desobedezca la ley: es que se jacta de hacerlo. En su boletín oficial ha publicado la aprobación de la ley del Referéndum, pero ha evitado publicar la noticia de su suspensión. A buen seguro despacharán con idéntica indiferencia el auto del Tribunal Constitucional que ayer suspendía la ley de Transitoriedad. Es decir, se están burlando de la autoridad del máximo intérprete de la Constitución, algo que también hace la televisión pública catalana cuando continúa insertando propaganda prohibida del 1-O en su parrilla. Por último, el ejecutivo en rebeldía de Puigdemont se ha negado a facilitar al interventor de la Generalitat cualquier información que arroje luz sobre los recursos destinados a financiar la consulta cuando ha sido requerida para ello. Es comprensible, tratándose de un Govern imputado por malversación: los ladrones suelen tener la precaución de apagar las luces cuando actúan.

No solo los funcionarios, no solo los Mossos están siendo sometidos al desgarro de una legalidad paralela que tira de ellos en dirección opuesta al orden constitucional vigente. Quizá sean los alcaldes quienes soportan la peor parte, lo que ha llevado a los regidores socialistas a revolverse contra Puigdemont publicando un rotundo manifiesto en defensa propia. Conviene leerlo despacio para saber lo que está ocurriendo en Cataluña. Denuncian insultos y amenazas, protestan contra un bloque separatista "hiperexcitado" que los oprime y aseguran que no se arrugarán: "No podemos ni queremos callar y mucho menos escondernos". Lo previsible es que semejante arranque de dignidad sea contestado por nuevos escraches y convocatorias de acoso por parte de las fuerzas callejeras a las que ha quedado confiado el éxito del 1 de octubre, siguiendo la plantilla de todo proceso revolucionario.

Pero es que ni siquiera se limitan a retar al Tribunal Constitucional. En su histérica escalada de insumisión, los separatistas desoyen al propio Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que naturalmente ha calificado de "injustas" las normas emanadas del pleno esperpéntico de la semana pasada. Y mientras todo esto sucede, las multinacionales alemanas y estadounidenses avisan de que tienen preparado un plan urgente de deslocalización que les permita salir de Cataluña en 24 horas en caso de independencia. No se conoce fenómeno más eficaz para espantar la riqueza que la inseguridad jurídica. Y eso es exactamente lo que está consiguiendo el separatismo: que nadie que viva en Cataluña presuponga ese horizonte de estabilidad que requiere el libre desenvolvimiento personal y profesional. Corresponde al Estado el ejercicio de la autoridad que devuelva el orden a unas instituciones catalanas en crisis.

La Diada de … nadie y de nada
Javier Barraycoa gaceta.es  13 Septiembre 2017

Es difícil encontrar una festividad que represente el día nacional de una nación, y que sea un factor unitivo, especialmente cuando esa nación no existe. Ya en el primer Parlamento autonómico de Cataluña, tras el inicio de la transición, se planteó cuál debía ser el día “nacional” de Cataluña: la emblemática Diada. Y ciertamente no fue fácil. Los sectores más inveterados del catalanismo conservador, que aún recordaban lo que representó la Lliga Regionalista, abogaron para que la fiesta se consagrara en el día Sant Jordi. Una conmemoración que, gracias al franquismo (aunque eso no se pudiera decir), había arraigado profundamente en la sociedad catalana.

Pero por aquella época ni Tarancón, ni mucho menos los obispos catalanes estaban por apostar por la presencia pública de la Iglesia en la vida política. Que la Diada se celebrara en Sant Jordi vendría a ser como una prolongación del nacional-catolicismo, y los cánones del nuevo progresismo lo prohibían. Además, el nuevo y flamante President de la Generalitat pudo ser investido gracias a los votos del PSUC y el marxismo no estaba para muchas espiritualidades, aunque fueran de cartón piedra. Los marxistas pedían que la fiesta de Cataluña coincidiera con el 1 de mayo, día del trabajador. Pero tampoco hubo consenso. La propuesta pujoliana de celebrar el 11 de septiembre contó con objetores. Por un lado estaban los que sabían de qué iba la cosa. La Guerra de Sucesión no había dejado de ser una guerra por determinar quién sería el rey de España. El romanticismo historiográfico podía revestirlo de seda pero la mona seguía siendo la mona. Por otro lado, muchos no veían conveniente que se celebrará como “Diada nacional” una derrota. Ninguna nación que se precia de tal, celebra las humillaciones.

Por fin, como suele ocurrir en estas situaciones, se impuso el criterio del más decidido, que fue Pujol, educado en los ambientes del cristianismo catalanista progresista de familias conservadoras. Por eso había que mantener la vieja celebración catalanista fuera como fuera. Durante las dos primeras décadas de la transición se trató de que la Diada fuera una representación simbólica de un pueblo unido en torno a su irresistible deseo a sobrevivir en su identidad especialmente cultural y lingüística. Pero, el paso del tiempo, las derivas nacionalistas y los cambios sociales has destruido el mito de la “nación” catalana como una única voluntad.

El análisis es tan sencillo como somero. La cuatribarrada, como símbolo de Cataluña (no entraremos en disquisiciones si sería más propio la Cruz de Sant Jordi) ha desaparecido de la “Diada”. Sólo puede participar el 11 de septiembre los que se acojan la bandera de un partido (más en concreto del viejo Estat Català de Macià), esto es la estelada, y su discurso monolítico y monótono. Así, la mayoría de catalanes han quedado automáticamente excluidos de la susodicha fiesta. Igualmente, a la inmensa mayoría de participantes, les importa bien poco el espíritu religioso, patriótico y martirial de los barceloneses que defendían la plaza aquél 11 de septiembre de 1714; por tanto no tienen ni idea de qué celebran. Y lo que es peor, tampoco les importa. La ESO ha hecho muchos estragos. También han alejado a muchos catalanes de esta celebración, las sobredimensionadas imágenes de “nuevos catalanes”, la mayoría musulmanes, ataviados con sus peculiares vestimentas. El híbrido de una identidad cerrada, hermética y etnicista –propia del catalanismo- con el multiculturalismo plural, abierto y tolerante, acaba creando representaciones contradictorias como mínimo incomprensibles para muchos.

Las grandes concentraciones y performances de los últimos años, nos acercan más a los mecanismos de manipulación de masas que a la realidad de un pueblo que espontáneamente celebra un hecho señalado de su historia. Por eso la Diada se ha transformado en la autosublimación estética de una porción del pueblo catalán que celebra dionisiacamente su deseo de ser lo que no es y lo que nunca podrá ser. A menos, piensan algunos, que el liderazgo natural que había ejercido en la sociedad catalana hasta ahora la burguesía catalana, sea entregado a los nuevos profetas visionarios. En este caso son los renovados bolcheviques de extraños peinados y vestimentas y estrafalarias propuestas, que se han otorgado el derecho a interpretar el oráculo de Delfos de boca de sus féminas feministas. Cataluña en manos de la CUP es la esperanza de una agónica burguesía catalana sin fuerzas ni ánimos, donde ERC se ha convertido en el centro político moderado. Ver para creer.

Por mucho que se empeñen, la Diada dejó de existir (si es que alguna vez existió) hace unos años, pues debería ser de todos y con un contenido unitario y no un aquelarre exclusivo. Ahora simplemente no es nada ni de nadie; es un mero trámite en el que hay que representar la autorrealización de la vacuidad de una sociedad que no sabe ni quién es ni adónde va.

No
Jaime Malet elconfidencial 13 Septiembre 2017

Los atentados de agosto y la gran manifestación de este 11-S no deben perturbar el análisis certero de la realidad. Junto con el resto de España, Cataluña puede encontrarse pronto en su mejor momento. Se ha salido de la crisis, y la economía lleva tres años creciendo por encima del 3% y creando empleo. Un círculo virtuoso, con un cuadro económico basado en el consumo, el turismo y la inversión, la exportación hacia Europa y la interrelación con el resto del Estado, lo que permite pensar que este crecimiento se puede mantener por lo menos durante los próximos cuatro años. Cataluña nunca habrá estado mejor en términos de sanidad, servicios sociales, cultura e infraestructuras. Lleva casi 40 años de democracia y paz, la época benigna más larga de toda su historia. La lengua se habla más que nunca y la cultura catalana, que sobrevivió al franquismo, está en todo su esplendor.

Por supuesto, todo es mejorable. En primer lugar, debe mejorar la apuesta educativa, donde Cataluña, en una competencia transferida a la Generalitat hace decenios, no se encuentra bien parada en los 'rankings' internacionales, tanto en educación escolar como universitaria. También es importante apostar por el corredor mediterráneo, primordial para todo el Levante español, y por los trenes de Cercanías que deben ser puestos a punto, como en su día se hizo con el puerto y el aeropuerto, hoy magníficos, aun cuando deban mejorar su gestión; así como magnífica es la alta velocidad, que desde hace casi un lustro conecta las cuatro capitales de provincia. Y por supuesto, hay que reducir el desempleo y la desigualdad.

Todas estas, y otras muchas, son cuestiones muy relevantes sobre las que hay que trabajar, pero no modifican lo sustancial. En Cataluña se vive muy bien, en paz y en democracia, con unas prestaciones sociales muy altas y una excelente infraestructura. Y los retos, exagerados maliciosamente ante la opinión pública, no facultan a nadie a saltarse las leyes e intentar imponer una nueva legalidad, y menos desde el poder y con los impuestos de todos.

Como cualquier otra constitución —salvo la de Etiopía—, la Constitución española consagra la integridad del Estado y no permite la celebración de referéndums de independencia. El gobernante español que permitiese un referéndum sin modificar la Constitución con mayoría reforzada en el Parlamento estatal no sería un demócrata, sería un dictador.

A estas alturas, poco aporta continuar denunciando el uso partidista de medios públicos y la frivolidad con la que se analizan las consecuencias. Se ha conseguido dividir a la sociedad, fomentar el rechazo hacia el resto de los españoles y llamar la atención de la comunidad internacional, a la que se puede distraer parcialmente y un tiempo, pero no siempre. Es tan imposible mantener como argumento que Cataluña es un pueblo oprimido, como que España es un país poco democrático o excesivamente centralista. A largo plazo, en un mundo minado de conflictos e imperfecciones, nadie mínimamente informado y objetivo va a aceptarlo.

Además, algunos políticos se están llenando la boca con la palabra 'democracia' cuando se habla del referéndum, pero recordemos que los referéndums son muchas veces armas preferidas por dictadores y demagogos para revalorizarse ante el pueblo. Franco, sin ir más lejos, organizó dos. En muchos casos, los referéndums dividen a las sociedades y crean traumas irreversibles. Y en otros, como hemos visto que ha ocurrido con las elecciones plebiscitarias catalanas del pasado año, no tienen ninguna utilidad si el resultado no da la razón al que los organiza.

Hay democracias sin Estado de derecho, y estados de derecho sin democracia. Los países donde los gobernantes se saltan la ley pertenecen al primer grupo. Sin el cumplimiento de las leyes, la democracia se embrutece y queda solo como un resquicio formal, hueco de todo contenido. Hay multitud de ejemplos históricos y actuales de desobediencia de los gobernantes, y ninguno es edificante.

De esta deriva política no saldrá la independencia de Cataluña. La independencia viene del entendimiento, que no existe ni con el Estado ni entre los propios catalanes; o de la guerra, que afortunadamente tampoco. No resulta de unas manifestaciones, por muy multitudinarias que sean, ni de declaraciones altisonantes o entrevistas en medios internacionales, ni del intento de apoderarse de absolutamente todo, incluyendo los sentimientos de solidaridad contra el terrorismo, ni mucho menos de pervertir la legalidad. De todo este envite no surge la independencia. Lo que emerge, por el contrario, es el debilitamiento de las instituciones catalanas, el desprestigio internacional del nacionalismo catalán ("Il nacionalismo senza solidarietà", publicaba 'La República'), la confusión y enfrentamiento de la población y el caos.

Hay que pensar ya en el día 2 de octubre. Cataluña no puede quedar relegada en un conflicto infinito, aburrido y agotador con el Estado, que divide a la sociedad entre buenos y malos catalanes. Cataluña tiene enormes capacidades para proyectarse empresarial y culturalmente, para retener y atraer talento e inversión, y sobre todo para cumplir una función mucho más digna e ilusionante que la de la protesta y el conflicto, como locomotora empresarial y foco cultural del sur de Europa y de España. Al contrario de lo que piensan muchos, Cataluña no saldrá de su ratonera con nuevas facultades que fomenten aún más su ajenidad, sino ejerciendo un papel verdaderamente relevante en la gobernanza del todo.

*Jaime Malet, presidente de la Cámara de Comercio de EEUU

Entrevista con Francisco Caja, presidente de Convivencia Cívica Catalana
“Los separatistas creen que no pasará nada porque todo les sale gratis tras 40 años de impunidad”
Nacho Doral okdiario 13 Septiembre 2017

Francisco Caja es presidente de la asociación Convivencia Cívica Catalana (CCC), una agrupación que nació para defender a los catalanes de los abusos lingüísticos del nacionalismo en Cataluña. Profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona y autor de numerosos artículos y libros, en ‘La raza catalana’ (2009) planteó la “existencia de elementos racialistas en las doctrinas catalanistas”. Desde 2006 forma parte del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES).

Su denuncia de la deriva independentista le ha costado amenazas de muerte y tener que llevar escolta. Hoy explica que no estará el 1-O en Cataluña “por precaución, y porque no se garantizan sus derechos” y que si Cataluña está al borde de la secesión es “porque nuestros gobernantes no cumplen la Constitución que juraron cumplir” y por la “absoluta impunidad” de los independentistas.

Pregunta.-Los independentistas calientan motores en la calle para el desafío del 1-O ¿ha sido esta Diada un aperitivo?
Respuesta.- “Lo que ha sido es un episodio más de un golpe de estado en cómodos plazos, que eso es lo que supone el llamado ‘procés’. Un proceso con algunos rasgos comunes a regímenes totalitarios con su simbología, su propaganda y concentraciones como las de ayer, con sus banderas independentistas, su colorido, sus niños, hasta enfocaban señoras embarazadas… Vimos una puesta en escena propagandística que en ciertos momentos parecía de la Alemania nazi”.

P.- Habla usted de un golpe de estado como no ha conocido antes España ¿Hay antecedentes?
R.- “Tiene todas las características del que dio Companys el 6 de octubre de 1934 cuando salió al balcón y proclamó el Estado catalán. Lo que pasa es que entonces el Gobierno ¡de la República! le mandó al coronel Batet con un destacamento, y aquello duró diez horas. Este es parecido porque se han saltado la Constitución, aunque va a depender de la respuesta del Estado”.

R.- ¿Y qué respuesta cree que se tendría que dar? ¿Y cuál cree que finalmente se dará?
R.-“No sé lo que hará el Gobierno, pero le diré una cosa: si Rajoy se cree que un golpe de Estado se para con el Tribunal Constitucional o es idiota, o es un cínico… Cuando desobedezcan al TC ¿qué va a hacer? ¿mandar a la Guardia Civil? Es un disparate, una mala farsa y un esperpento. A mi juicio se debería poner en marcha el artículo 155, porque si no, a la larga, y para restaurar el orden constitucional habrá que acudir a la Ley de Alarma, Excepción y Sitio. Que es mucho más dolorosa para el ciudadano, porque suprime derechos cívicos”.

P.- ¿Y por qué parece que el 155 es tabú?
R.-“Pues me gustaría nos lo explicaran y por qué no se aplica. ¿Quién se lo dice a Rajoy? Es la medida más inmediata y menos dramática, se trata de un requerimiento formal una vez obtenida la mayoría del Senado. Hay una causa real para la intervención, y eso compromete a Rajoy a tomar decisiones políticas, lo que por su trayectoria le cuesta mucho. Pero la política no es sólo administración, sino tomar decisiones”.

P.- ¿El PSOE está actuando como un partido de Estado?
R.-“Vamos a verlo, porque si repasa la Historia, verá cómo los socialistas tienen una tradición golpista. Se han alineado con el Gobierno, pero las declaraciones de Pedro Sánchez, primero con la ‘nación de naciones’, con la comisión para cambiar el modelo territorial y demás, te ponen el miedo en el cuerpo de cómo se va a actuar”.

P.- Puigdemont ha dicho este martes que está dispuesto a reunirse con Rajoy pero que no acatará ninguna inhabilitación. ¿Ve alguna posibilidad de marcha atrás?
R.- “No, porque el problema es que los separatistas están convencidos, dada la impunidad que han tenido estos 40 años de democracia, de que no pasará nada. Todo les sale gratis. Y con la connivencia de todos los gobiernos, del PP y del PSOE, que lo han engendrado. Porque esto no ha surgido espontáneamente. Todo responde a un plan muy calculado: con escuela, medios de comunicación, cesiones continuas… Ya lo anunció Pujol cuando dijo aquello de ‘Hoy paciencia, mañana independencia’, o sea que estaba claro”.

P.- Si era tan previsible ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?
R.- “Se ha llegado a este punto porque aunque todo el mundo lo veía, no quiere decir que se haya hecho algo. Se ha obrado con ignorancia, mala fe y porque los que juraron cumplir la Constitución Española y hacerla cumplir, no lo han hecho. Han permitido incumplimientos de sentencias del TC, como con la inmersión lingüística. A PSOE y PP les ha dado igual cambiar poder por cesiones de derechos y libertades. Desde Felipe González, que llamó uno por uno a los magistrados del TC para que no encausaran a Pujol, y que así obtuvo una patente de corso para montar un sistema clientelar y robar: él, el primero. Pero de Felipe hasta los demás”.

P.-¿Se refiere a las responsabilidades de otros presidentes?
R.-“Sin duda. Aznar tiene una responsabilidad importantísima en la degradación de la Educación en Cataluña. Y Zapatero, con el Estatut, es un personaje aparte y síntoma de otra degradación mayor: la de la democracia”.

P.- Pero ahora gobierna Mariano Rajoy...
R.- “Sí, y el presidente y su Gobierno han jurado cumplir la ley y la Constitución. Rajoy, el primero. ¡Ojo, cumplirlas y hacerlas cumplir!. Lo que significa que Rajoy debería requerir a Puigdemont a abstenerse de cualquier acción ilegal y si no, acudir al artículo 155. En Francia hay un artículo semejante, el 16, que concede plenos poderes al Gobierno para supuestos mucho menos graves que el de la unidad nacional. ¿Por qué no lo hace? Está legitimado para ello”.

P.- ¿La Generalitat está preparando el referéndum ilegal mientras gana tiempo hasta el 1-O?
R.-“Puigdemont y los independentistas están con sus trapisondas, como la de esconder urnas y papeletas. Es una tomadura de pelo y están engañando como si España en lugar de una nación fuera un patio de colegio. Es lamentable y un espectáculo denigrante, con delincuentes que anuncian su delito y se divierten burlando a la policía y escondiendo el botín”.

P.- Quedan apenas tres semanas para el 1-O, ¿habrá referéndum? ¿qué puede pasar después?
R.- “No sé si finalmente lo harán, pero yo ese día voy a estar fuera de Cataluña. No por miedo, pero sí por precaución, porque aquí los no independentistas no tenemos la garantía de que se vele por nuestros derechos. Es impredecible, como lo que venga después. Porque en una democracia normal, el ciudadano duerme tranquilo porque sabe que si alguien vulnera la ley, va a haber una respuesta por parte de las fuerzas que velan por ella. Aquí, no sabemos si Rajoy se va a levantar el 2 de octubre, el 3 o el 4 con el coraje necesario para tomar las decisiones políticas que eviten la impunidad absoluta de estos delincuentes y su delitos. Entre ellos, el de sedición que parece nos hemos olvidado del Código Penal”.

Los psicólogos aconsejan que dos niños autistas estudien en castellano y la Generalitat valenciana lo impide
Luz Sela okdiario 13 Septiembre 2017

“Llevo meses viendo cada noticia y leyendo cada recorte de periódico acerca del plurilingüismo y sinceramente estoy cansada. Cansada de ver como intentan a toda costa meternos el valenciano, cansada de ver como nos ningunean a los padres, y cansada de que digan que los padres de los niños de tres años hemos podido elegir. No, señor Marzá, no hemos elegido nada”. Así comienza la carta remitida por la madre de dos niños de Crevillente (Alicante), a la asociación ‘Crevillent por la Libertad Lingüística’, en forma de denuncia de su situación por la aplicación del ‘decretazo lingüístico’ del Gobierno tripartito de Ximo Puig (PSPV) y Mónica Oltra (Compromís).

La historia es la siguiente: los hijos de María, de 7 y 3 años, son autistas. “Desde el primer día de terapia todos sus terapeutas nos han recomendado que hablemos a los niños en
castellano ya que debido a su condición tienen dificultades en el desarrollo y comprensión del lenguaje”, explica en la misiva, a la que ha tenido acceso OKDIARIO.

En su día, María y su marido escolarizaron al mayor de los hermanos en el colegio Nuestra Señora de la Esperanza de Crevillente, un centro que dispone de los apoyos pedagógicos necesarios para su trastorno “y el único cole que tenía educador”, aclara ella.

“No me importó, me parecía un buen colegio y me habían hablado muy bien”, cuenta. Pero el problema llega este curso, cuando el pequeño empieza a ir al cole. El centro “sin contar con los padres y excusándose en que no tienen otra opción” ha implantado el nivel de valenciano avanzado, el itinerario en el que la mayoría de las materias son impartidas en la lengua autonómica.

En mayo, el polémico decreto del plurilingüismo valenciano-que vincula la enseñanza en esta lengua al inglés, de forma que solo los alumnos que elijan el nivel con más horas recibirán al final de sus estudios un certificado en idioma extranjero-fue suspendido de forma cautelar por el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV). Pese a ello, el Gobierno regional siguió adelante con sus planes, y, apenas diez días antes del inicio del curso escolar, aprobó in extremis un decreto que permitirá su aplicación en Infantil (tres años). El procedimiento, ideado con opacidad según los padres valencianos, solo podría ser recurrido por el Gobierno o por 50 diputados o senadores.

“No entiendo como siendo un colegio de integración al que acuden muchos niños con dificultades no ponen un nivel mas bajo de valenciano. ‘Es lo que hay, no podemos hacer nada’, me dicen, ‘todos los colegios que tienen dos líneas están obligados a cogerse el nivel avanzado’. Mentira“, reprocha.
Un viacrucis en busca de centro

Esta madre cuenta cómo se puso en contacto con el centro escolar para que evaluasen las dificultades de su pequeño de tres años para ver los apoyos necesarios antes de matricularlo en el colegio. El diagnóstico no dejó dudas: como en el caso de su hermano mayor, era necesario un educador.

A partir de entonces, empieza el viacrucis, en busca de un colegio adaptado a las necesidades de sus hijos: “Hablo con la directora y lo dejo claro, no quiero el nivel avanzado de valenciano, quiero llevarme a mis hijos a Elche. Les menciono cuatro colegios de Elche a los que sé que por sus necesidades mis hijos estarían bien atendidos y no tendrían que estudiar en valenciano. Me dejan claro que no es posible. Me niegan Elche porque no vivimos allí y ninguno de los padres trabamos allí. Pregunto por Almoradí que es la población donde trabajo, me dicen que no hay colegios que puedan atender a mis hijos. Me enfado. Me ofrecen como posiblilidad Torrellano que es donde está situada la empresa en la que trabaja mi marido, pero que no saben si podrán cambiar a mi hijo mayor. Les explico que Torrellano no es viable. Que la empresa de mi marido está en Torrellano pero que él trabaja por toda la provincia”.

Finalmente, sin otra opción, decide matricular a su hijo en el colegio en el que estudia su hermano “y claro, en nivel avanzado de valenciano”.

Según figura en el decreto suspendido, la elección del itinerario-nivel básico (con menos horas en valenciano), intermedio y valenciano-es decisión del Consejo escolar. Numerosos padres han denunciado, sin embargo, las presiones de la propia consellería para suprimir la línea con más horas en castellano, incluso, mediante un filtro del sistema informático que impedía esa elección.
“Sus terapeutas dicen que es contraproducente”

“Por favor, que alguien me explique en que momento he elegido yo colegio y la lengua vehícular en la que estudia mi hijo pequeño. Mi hijo de tres años lleva desde los 11 meses en terapia, sus terapeutas me lo han dejado
claro, que ahora el niño tenga que estudiar en valenciano es contraproducente. Dile a un niño con grandes problemas de comprensión que ya sabe los colores, los números, las formas, las letras etc que el amarillo es groc, o que la letra m ahora es ema. Y todo porque a cuatro políticos se les ha ocurrido la genial idea de imponer el valenciano”, se queja abiertamente.

“Que ¿Cómo podemos negarnos a que nuestros hijos apredan tres idiomas? Dirán aprender el valenciano y tener conocimientos básicos de inglés y de castellano. Toda mi generación estudiaba el valenciano únicamente como asignatura y todos lo hemos aprendido. Espero que esto se solucione, que no nos engañen diciendo que es este año sólo. No somos tontos, si nadie le para los pies a este señor tarde o temprano y de una manera u otra impondrá el valenciano en todos los cursos”, advierte.
“Una dictadura”

“Señor Marzá no se escude en que es el PP el que quiere frenar sus planes, no es el PP, somos los padres. Con el anterior modelo podíamos elegir, es lo único que pedimos libre elección de la lengua vehicular en la que estudian nuestros hijos. No nos gusta la imposición. Me parece increíble su forma de actuar después de como critican la dictadura. Ustedes hacen lo mismo”, concluye.

En conversación posterior con este diario, María aclara, además, que su situación es la que viven este curso todos los padres de niños de tres años obligados a escolarizar a sus hijos en valenciano. En contra de sus deseos, y además, como es su caso, de los consejos de los especialistas.

El decreto fue polémico desde su aprobación y objeto de numerosos recursos, entre ellos, de la Diputación de Alicante (PP), sindicatos y colectivos de padres.

El texto, según la Justicia, “discrimina a los alumnos que optan por una enseñanza mayoritariamente en castellano frente a los que eligen el valenciano” como lengua vehicular, ya que éstos últimos reciben “más horas de docencia en inglés”. “Hay una evidente diferencia de trato entre el valenciano y el castellano que tiene una clara incidencia”, debido a la acreditación final en idioma extranjero, se dice en la sentencia.

El decreto fue aprobado por el Gobierno valenciano en enero bajo la justificación de “corregir los desequilibrios de competencia y uso del valenciano en el conjunto de la población escolarizada y la falta de dominio efectivo del inglés como lengua de comunicación internacional”.
Incentivos al valenciano

Sin embargo, se establecía una clara discriminación positiva hacia el valenciano, ya que, si se elegía la enseñanza en esta lengua, correspondía al alumnado más horas de inglés. El decreto llegaba a contemplar ‘incentivos’ para los centros que optasen por el valenciano, como se recoge en el artículo 15: “Serán consideradas acciones preferentes de la conselleria competente (…) las actuaciones realizadas en centros que apliquen el Programa a alumnado mayoritariamente no valencianohablante de los niveles Avanzado 1 y Avanzado 2”. Los centros, se admite, recibirán “recursos adicionales” y además sus profesores serán “incentivados”.

Se da la circunstancia de que el consejero de Educación, Vicent Marzà, está muy vinculado a Escola Valenciana-de la que fue activista-una asociación que promueve la ‘catalanización’ de esta comunidad.


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