AGLI Recortes de Prensa   Sábado 23  Septiembre 2017

El separatismo ya pasa factura a la economía
EDITORIAL Libertad Digital 23 Septiembre 2017

Mucho se ha hablado en los últimos meses acerca del impacto económico que tendría una supuesta secesión de Cataluña, pese a que ésta resultaría imposible por ser ilegítima, ilegal e inconstitucional, sin reparar apenas en el hecho de que el proceso rupturista que iniciaron los nacionalistas catalanes en 2012 ya se está cobrando una elevada factura, tanto a nivel nacional como, sobre todo, regional.

Bastan tres indicadores para evidenciarlo. El primero está relacionado con la constante e intensa fuga de empresas que ha sufrido Cataluña a lo largo de los últimos años. En la última década, la economía catalana ha perdido cerca de 2.600 compañías en términos netos como consecuencia del traslado de sus sedes societarias a otras regiones más proclives y acogedoras para el desarrollo de sus negocios. Parte de esta huida se produjo a raíz del estallido de la crisis y las nefastas políticas fiscales y económicas que puso en marcha la Generalidad durante los años de recesión, pero la otra se explica, única y exclusivamente, por el asfixiante e inestable clima que han generado los secesionistas. No en vano, a pesar de la recuperación económica y de que Cataluña se mantiene como una de las autonomías más ricas del país, su éxodo no solo no ha cesado, sino que sigue liderando la marcha de empresas a nivel nacional. Y no podemos olvidar que una menor estructura productiva se traduce en menor capacidad para generar riqueza y empleo.

El segundo indicador es la manifiesta insolvencia de la Generalidad. La deuda pública catalana está calificada como bono basura por las agencias de rating debido a su alto riesgo de impago. En lugar de gestionar con diligencia y eficacia las cuentas públicas, los nacionalistas optaron por seguir despilfarrando el dinero a espuertas, acumulando como resultado una elevada deuda y un abultado déficit con el objetivo de alimentar su falso y maniqueo discurso victimista en contra de España. Las numerosas e históricas subidas de impuestos que han sufrido los catalanes, la deficiente provisión de servicios públicos y la vergonzosa situación de quiebra financiera que presenta la Generalidad no es culpa del Gobierno central ni del resto de españoles, sino de los pésimos e irresponsables políticos que han votado los catalanes durante este bochornoso periplo.

Y relacionado con lo anterior, cabe recordar que fue el Estado el que acudió al rescate de las cuentas públicas de Cataluña para evitar el impago de su deuda -bonos patrióticos inclusive- y los drásticos recortes de gasto que tendría que haber aplicado la Generalidad en ausencia de dicho auxilio financiero. El volumen de liquidez inyectado a Cataluña asciende a un total de 75.433 millones de euros, incluyendo el rescate de sus cajas de ahorros, la cantidad más alta de todas las CCAA. El proceso separatista, por tanto, también es responsable del gran desembolso que han llevado a cabo los contribuyentes españoles.

Y todo ello, sin tener en cuenta el impacto invisible, que es, quizás, el más oneroso. La enorme incertidumbre jurídica que ha generado esta deriva se ha traducido, igualmente, en la paralización de inversiones y la pérdida de un gran número de oportunidades de negocio, cuyo impacto es imposible calcular. Sin embargo, en este caso, el responsable de dicha inseguridad jurídica no son tanto los nacionalistas catalanes como el Gobierno del PP. En un país serio, donde rige el imperio de la ley, las dudas acerca del cumplimiento de las normas serían inexistentes, a diferencia de lo que sucede en España, donde lo extraño y noticiable es que se cumpla y se haga cumplir la ley hasta las últimas consecuencias. La seguridad jurídica se tambalea, y con razón, porque se cuestiona la voluntad y la convicción del Gobierno a la hora de imponer la legislación vigente.

La maquinaria
Salvador Sostres Barelona ABC 23 Septiembre 2017

Los independentistas fían sus opciones de victoria a que es la primera vez -dicen- que «España no nos puede matar». Es verdad que el catalanismo acaba siempre aplastado por el Estado pero su gran derrota previa es no haber jamás entendido qué es y qué significa un Estado. El Gobierno usará la fuerza que necesite para imponer la Ley y el orden, que es lo que legítimamente hacen las democracias cuando son atacadas. Contra el folclore, la maquinaria. Contra la desobediencia, la Ley. Contra la revolución, la represión: educar es reprimir, como sabemos los padres y los Estados. Lo contrario de la libertad es el caos. Cualquier revolución contra una democracia es antidemocrática.

La ignorancia de qué es un Estado y el concreto Estado de España es el dramático error estructural del catalanismo político, que siempre ha calculado mal sus fuerzas y hoy se vuelve a equivocar. «Europa no tolerará muertos», dicen los independentistas, cuando la gran especialidad de la Unión es asistir impávida a los recuentos de cadáveres. Hay una Cataluña que no logra aprender de sus errores y necesita sufrir cada vez para recordar hasta qué punto es letal desafiar a un Estado desde la provinciana mezcla de arrogancia y frivolidad con que el secesionismo cree que el mundo no tiene otro trabajo que mirarle.

Europa es un club de Estados que se ayudan entre ellos y que protegerán a su socio, que es España, aunque sólo sea porque es el mejor modo de protegerse a ellos mismos: al fin y al cabo no sólo Europa le permitirá al Gobierno hacer lo que tenga que hacer para defenderse sino que es otra tragedia del independentismo no entender que, más que a España, está desafiando a la idea fundamental de la Unión Europea.

Aunque algunos independentistas han abiertamente explicado que quieren muertos porque creen que con sangre excitarán más a las masas, la característica del presidente Rajoy y de las fuerzas y cuerpos de seguridad es defender nuestras vidas y nuestras libertades y en ello han puesto su mejor empeño todos estos años. Pero es naif, tribal e invertebrado pensar que no tendrá un final francamente desagradable quien cometa la temeridad de ponerse en el camino de la implacable maquinaria del Estado.

Un drama socialistac
Gabriel Albiac ABC 23 Septiembre 2017

En mi fin, mi principio…; suena como un susurro en Eliot: in my end is my beginning. Releo ese momento mayor de la poética del siglo XX, tal vez para sedar este desasosiego de ruidos destemplados que vienen de Cataluña y lo devoran todo. Ahora, cuando el 78 acaba. Porque a eso nos asomamos: al fin del ciclo abierto en 1978. Ambiguo, como lo son todos los que una nación llama constituyentes. Paradójico, como no puede no serlo un código llamado a recorrer tramos largos de la historia. Y, al fin, acotado por el tiempo, como todo cuanto concierne a los hombres. Si sabemos entenderlo así y codificarlo, el fin del ciclo no lo será de la nación; sólo de una de sus formas constituidas, esas criaturas del tiempo. Porque el tiempo es el vendaval que nos destruye. También, la materia de la cual estamos hechos. Eliot: «sólo en el tiempo, el tiempo es conquistado».

El vendaval que arrastra a Cataluña -y, en Cataluña a políticos indeciblemente presos de la locura- es síntoma. Síntoma de que los juegos de tensiones que compusieron -siempre es así- la Constitución se han modificado. Y que esa alteración de sus vectores, al hacer ahora primar lo descompositivo sobre lo armónico, fuerza a una codificación nueva. Que preserve a la nación, que es lo que, desde Sieyès, sabemos que pervive como continuidad bajo el flujo vertiginoso de sus constituciones. La nación nunca es obvia. Pertenece a ese orden estructurador que Heráclito llamaba «la armonía oculta, cuya fuerza es más grande que la de la manifiesta». La nación, fuerza invisible que nos hace en silencio ser lo que somos, sobrevive a los cataclismos que ven disolverse Estados y constituciones. Y el gran Heráclito halla, en la homonimia de su lengua griega, la metáfora intemporal que aún hoy estremece a quien lo lee: «del arco, el nombre es vida y la obra es muerte». En el fin que vivimos estos días está el principio. No sabemos si ese principio va a ser destructivo o armónico.

De todo lo que ha ido pasando -mucho- en el vértigo de estas semanas, para mí lo más grave fue la votación parlamentaria del martes. Mal preparada por Ciudadanos: cuando uno se está jugando un golpe de Estado, no puede ir a una votación sin haber negociado y blindado previamente el acuerdo mayoritario con las demás fuerzas constitucionales. Peor resuelto por el PSOE: ante un golpe de Estado, los resquemores entre constitucionalistas deben ser pospuestos, so pena de que el electorado se enfade y te abandone; so pena, aún más grave, de haber favorecido el triunfo de los golpistas. No suele salir gratis eso.

Es la herencia de la fragilidad mayor del 78 lo que aquí se trasluce. El bipartidismo español se fundó entonces, no sobre la alternancia cooperativa que es lo propio en las democracias europeas. Primó la fantasmagoría del odio inconciliable. Fue fácil convertirlo en un motor electoral eficacísimo: tras una guerra civil sanguinaria y una dictadura interminable, apelar a los afectos heridos era fácil y rentable. Tenía un precio, sin embargo. Lo pagamos ahora. Una sedición sin lógica económica ni política puede triunfar en Cataluña sobre la fuerza -única pero eficaz- del odio. Una fractura anacrónica entre los partidos mayoritarios, sin más fundamento que ese odio legendario que fue recuperado por Zapatero y Sánchez, pone en riesgo la defensa de la nación misma.

Digo Zapatero y Sánchez. Sé que hay gentes en el PSOE que ven con horror esto. Y en ese drama socialista se juega hoy todo. De nuevo. «En mi fin, mi principio».

ESCANDALIZAR A LOS NIÑOS
Bieito Rubido ABC 23 Septiembre 2017

Al catálogo de desmanes antidemocráticos que acumulan los sediciosos catalanes, solo faltaba unir la manipulación de los niños. En cualquier lugar civilizado sería un escándalo, en Cataluña, instalada en el paroxismo, parece que ya vale todo, hasta mancillar la inocencia de la infancia. Cuando llegas a ese extremo, a utilizar como escudos humanos emocionales a los niños, algo ha fallado en lo más íntimo. Es como si una patología química se desatara en el cerebro. Algo que va más allá del sentido común y que puede convertir el paraíso de esos tiernos años en un horrible infierno. De alguna manera, los nacionalistas están secuestrando los bellos años de la infancia para cubrirlos de odio. Cuando un niño es educado en la antipatía y el rechazo a los otros, están creando un psicópata social. Lo que hagáis con la educación científica, social y emocional de vuestros hijos será determinante para tener buenos o malos ciudadanos. Si la patria del hombre es la infancia, por favor no se la arrebatéis con vuestro escándalo.

Futuro pasado
MANUEL ARIAS MALDONADO El Mundo 23 Septiembre 2017

HASTA hace poco, aún no había pasado nada en Cataluña; ahora se tiene la impresión de que puede pasar de todo. Se dice pronto: existe el riesgo de que la multitud tome el lugar del ciudadano y una secesión contraria al derecho trate de imponerse por la vía de los hechos. Es una crisis constitucional insólita en la Europa actual; hemos de frotarnos los ojos para cerciorarnos de que no estamos soñando. Tras años de cuidadosa jardinería, la semilla del enfrentamiento civil ha germinado y nos damos de bruces con la peligrosidad de la política, cuyas formas más extremas parecían enterradas en un oscuro rincón de la historia. De golpe, quienes no llevamos una bandera en la mano sentimos lo que sintieron otros ciudadanos en circunstancias similares. Y comprendemos aquello que no acabábamos de comprender.

No acabábamos de comprender cómo unas sociedades europeas aparentemente sofisticadas pudieron descarrilar como lo hicieron durante la primera mitad del siglo XX. Ese periodo, de hecho, nos fascina; hemos leído de manera incansable sobre él durante los años del gran aburrimiento bienestarista. ¿Cómo es que se volvieron locos? Pero ahora nos hemos vuelto locos nosotros y tenemos que dejar el libro de Historia en el sofá para poner el telediario. Volvemos a ver disturbios, líderes carismáticos, cristales rotos. Todo aquello que dábamos por supuesto muestra una inquietante fragilidad: la realidad resulta ser esa frágil tramoya de la que hablaba J. G. Ballard a propósito de sus narraciones distópicas. Y toda la literatura sobre el hundimiento europeo, de Zweig a Roth pasando por Broch o Chaves Nogales, adquiere una luz distinta.

Estos días están constituyendo así un acelerado proceso de socialización en el pasado, un ejercicio de comprensión visceral de los fenómenos políticos que protagonizaron los ciudadanos de entreguerras. Regreso a los años 30: no sólo hay símbolos que representan un orden legal inexistente, sino también dianas, señalamientos y amenazas. Los síntomas son claros: se trata de un cuerpo social gangrenado por el nacionalpopulismo. Pero también vemos a una extrema izquierda que habla de presos políticos, propone una asamblea paralela a las Cortes o llama a la movilización callejera. Sin olvidar las dificultades que sobre el terreno encuentran los partidos constitucionalistas e incluso muchos ciudadanos para hacer una defensa cerrada de la legalidad democrática. Abundan las adversativas, los chivos expiatorios, las excusas.

Esto sucede aquí y ahora: los libros nos devuelven, con las variaciones correspondientes, un espejo trágico. Era cómodo asomarse con distancia al destino de la II República, reírse de Vichy o culpar al impetuoso talante balcánico de la guerra de Yugoslavia. Acontecimientos en ese país extranjero que es el pasado; nosotros, los contemporáneos, éramos diferentes. Solo que no lo somos: a la manera de un cuento de Borges, vemos a un mismo fanático atravesar la historia con una bandera en la mano hasta dejarla en nuestra puerta. ¡Ocaso de la razón! Pero no en el mundo de ayer, sino en el de ahora mismo. ¿Significa esto que la literatura adquiere hoy un renovado valor pedagógico? Así debería ser. Pero Zweig es un best-seller: cuántos de sus lectores no estarán también hoy en el lado equivocado de la Historia. De la conversación culta a la masa enfurecida: algo que, bien mirado, también aprendimos en los libros.

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¿De verdad son tan tontos?

Carlos Herrera ABC 23 Septiembre 2017

Me da la sensación de que al bloque golpista que engloba por igual a independentistas y revolucionarios de extrema izquierda le queda poco más que el derecho al pataleo. Las operaciones ordenadas por el Juzgado de Instrucción barcelonés han desmontado, en buena medida, la parte esencial de la logística del referéndum, quedando pendiente de localizar algún que otro lote bien de urnas, bien de censo, bien de banderitas de solapa. La dificultad vino dada por la inevitable performance de pueblo afligido que tanto gusta desarrollar a algunos catalanes, mitad soldadesca brava, mitad manifestante cursi (nunca falta el tonto del clavel que aspira a introducirlo en la boca de un fusil). Inhabilitaron coches de la Guardia Civil y marranearon un tanto la Rambla de Cataluña, pero más allá de eso sólo consiguieron trasnochar. Los detenidos siguen su curso, el resto de investigaciones también y las cuentas de la Generalidad las maneja Hacienda, supongo que para alivio de los proveedores de todos estos manirrotos y mangantes.

Al día siguiente, es decir, el jueves, Barcelona era una ciudad muy parecida a la de hace tres días: la gente acudía a su trabajo, el metro iba hasta los topes, el pan se seguía vendiendo a la misma hora y las escuelas abrían sus puertas para seguir desasnando diversas generaciones. Sólo en catalán, por supuesto. No era el panorama de una ciudad atrapada en el huracanado ojo de una revolución. Diese de nuevo la circunstancia en España de que la aplicación de la ley (recuerden Batasuna y su ilegalización) no comportare la tormenta insoportable que anunciaran los más agoreros. Todos sabemos –con una certeza casi absoluta– que el tiempo que resta hasta el día 1 será testigo de muchas provocaciones, de no pocos intentos de alteración del orden público y de demostraciones de músculo organizativo por parte de los sediciosos de turno. Han mostrado hasta dónde son capaces de llegar en el desarrollo de sus mentiras y aspiraciones ilegales y, a buen seguro, habrá que asistir a diversas muestras de furia impotente. Pero ninguna de estas rabietas sociales, por multitudinarias que sean, nos harán creer que el independentismo no sabía lo que iba a pasar: tenía plena certeza de ello a pesar de lo ensoberbecido de su proceder.

Ningún Estado se deja desmontar por las buenas; tampoco mediante amenazas, extorsiones, estigmas, odio social o cualquier proceder que conduzca directamente a los vertederos. ¿Creían de verdad que todo iba a ser tan fácil como montar un numerito el día 1 y salir al balcón el 2 para proclamar una República reconocida de inmediato por el mundo entero? ¿De verdad había algún imbécil que creía que eso iba a ser así por el mero deseo de unos cuantos iluminados? Déjense de zarandajas: el lloroso Junqueras o el pasmado Puigdemont sabían que el Estado paquidérmico movería sus estructuras y que de nada iba a servir movilizar independentistas con banderas estrelladas. A cada paso que quieran dar en la dirección equivocada le seguirá la acción de la Justicia. De nada servirá que los Mozos miren para otro lado, que Iglesias diga que hay presos políticos o que los indecentes y mafiosos estibadores del puerto de Barcelona se nieguen a atender los barcos que sirven de hostal a los policías y guardias civiles que han sido destinados a la ciudad: la delincuencia institucional tendrá respuesta adecuada, toda intimidación resultará inútil y el referéndum no habrá sido más que un argumento de agitación y propaganda que tendrá, evidentemente, consecuencias penales para quienes lo han amparado y promovido. Podrán seguir mintiendo como auténticas máquinas expendedoras de falsedades, pero después del día 2 habrá que seguir comprando el pan y seguirán sin ser independientes. Todo lo independentistas que quieran, pero no independientes. Así que vayan pensando todos en cómo recomponer las cosas.

El 'procés' ha muerto, viva la revolución
La nueva consigna es que esta partida se juega en la calle. El 'president' se ha propuesto en su delirio verse encarcelado como Companys
Ignacio Varela elconfidencial 23 Septiembre 2017.

"Barcelona alimenta una hoguera de odio".
Max Estrella en 'Luces de Bohemia'.

"La gallina ha dit que no, visca la revolució".
Lluís Llach, 'La Gallineta'

La asonada parlamentaria del 6 y 7 de septiembre no marcó el arranque del 'procés', sino su final abrupto. Allí se destruyó todo fundamento de juridicidad, y lo que en origen quiso presentarse como un proceso basado en normas hacia la formación de un Estado independiente desembocó, ya sin disimulo, en sublevación pura y dura.

Lo que se ha visto estos días en Barcelona -y lo que está por venir- responde más al patrón de un estallido revolucionario que al de un cambio político institucionalmente ordenado. La paradoja, como señala Rubén Amón, es que el secesionismo es a la vez sistema y antisistema, poder y contrapoder, verdugo y víctima.

Desarticulado el referéndum, la nueva consigna es que esta partida ya no se juega en las urnas ni en las instituciones, sino en la calle.

El Govern de la Generalitat ha dejado de existir como tal. El 'president', dedicado únicamente al doble papel de provocador institucional y mártir de la causa, se ha propuesto en su delirio verse encarcelado como Companys. Los 'consellers' han abandonado sus despachos y recorren las calles atizando el fuego de la furia popular. Forcadell, versión catalana de Diosdado Cabello, ha echado el cierre al Parlament (ya no lo necesita) y, cual Pasionaria de guardarropía, arenga a las masas a la puerta de los tribunales (¿dónde quedó la división de poderes?). Junqueras… Junqueras es el Alejandro Borgia de esta historia.

Los estudiantes paralizan la universidad y se presiona a los sindicatos para que declaren la huelga general. Los directores de los colegios animan a los padres a que saquen a los niños de las aulas y se los lleven de manifestación, qué monstruosidad. Llegó la Inquisición: los jueces son insultados y los juzgados rodeados por la turba. Unos policías contemplan pasivamente cómo se acorrala a otros policías, gracias por la ayuda. Los nombres y rostros de los “contrarrevolucionarios” aparecen en pasquines y panfletos, en inequívoca incitación a la violencia. Los alcaldes leales a la ley sufren escraches y linchamientos simbólicos, siguiendo la insensata invitación de Puigdemont.

La kale borroka ha llegado a Cataluña. Extremistas y pirados de todos los lugares acuden en peregrinación para no perderse la fiebre de este sábado por la noche y la Semana Grande de la subversión, que ojalá no devenga en semana trágica. Ha reverdecido el viejo y sabroso anarquismo catalán, ahora con el ropaje del nacionalpopulismo insurgente.

Otegi, campeón de la libertad, llama a los catalanes a ocupar las calles. Puesto a plagiar discursos, Rufián busca inspiración en un prócer de la democracia, Jon Idígoras, que en 1995 ya escupió en la tribuna del Congreso: “Saquen sus sucias manos de Euskal Herria”. Los extremismos antisistema acuden al conflicto catalán como moscas a la miel, mientras Maduro jalea la revuelta. La república catalana va mostrando su rostro temible antes de nacer.

En realidad, las cosas van sucediendo según el guión de la CUP. Tras las elecciones “plebiscitarias” de 2015, los dirigentes de Junts el Sí quisieron dar por superado el trámite del referéndum y encaminarse directamente a la independencia. Fue la CUP quien los obligó a recuperar el referéndum como estación obligada, y no precisamente por escrúpulo democrático. Sabían muy bien de la carga emocionalmente explosiva que contiene una votación prohibida. Previeron con acierto que el Estado democrático no se dejaría romper y que el conflicto saltaría a la calle con tintes insurreccionales, desbordando lo que ellos mismos llaman despectivamente “el procesismo”.

También hay que reconocer la intuición de Pablo Iglesias y Colau. Ahora vemos que cuando pusieron en circulación la idea de que esto no era un referéndum sino una movilización, hacían algo más que vestirse de lagarteranas. Anticipaban el escenario más conveniente para sus intereses.

Vieron con claridad que el referéndum quedaría bloqueado y la frustración resultante daría paso a lo que ahora tenemos: una gran movilización callejera, cada día una Diada. Un 15-M multiplicado por diez. Iglesias ha demostrado ser maestro en manipular a su favor las movilizaciones sociales de protesta, ese es su terreno favorito. Mantuvo la ambigüedad y se subió al carro del referéndum cuando este ya había descarrilado, para surfear, como siempre, sobre la ola de la indignación. Con razón se ha señalado que en este movimiento confluyen los que quieren dividir al Estado con los que quieren romperlo.

El paso siguiente es intentar que el frente constitucional se quiebre por su eslabón más débil: el PSOE de Sánchez e Iceta, autodeclarado “aliado preferente” de Podemos. Todos los conocedores de ese partido contienen la respiración preguntándose si los socialistas resistirán la presión. No les será fácil mantenerse junto a Rajoy cuando las cosas se pongan aún más feas de lo que ya están y haya que respaldar medidas traumáticas. Más allá del frívolo oportunismo de Rivera, el episodio del martes en el Congreso es un síntoma de la fragilidad de esa coalición circunstancial.

Es sabido que los dirigentes socialistas son extremadamente sensibles ante la imagen de las masas en la calle; enseguida acusan flojera de remos y sienten que están del lado equivocado de la historia. Iglesias lo sabe, como sabe que el mejor señuelo para atraerlos es mantener alta y visible la bandera del “No es No”: tranquilos, compañeros, que esto no va contra España ni contra la Constitución, solo va contra Rajoy.

(En el horizonte, la promesa de un gobierno de las izquierdas en España que se entienda con otro de las izquierdas catalanas para ofrecer la famosa “vía pactada” hacia la autodeterminación plurinacional, demostrando al mundo que la culpa de todo la tuvo siempre la derecha).

Seguiremos en Maidan. No habrá un referéndum que merezca tal nombre, aunque sí habrá declaración de independencia. Pero eso ya no será un 'procés', sino un pronunciamiento.

El objetivo final de esta locura es hacer que la herida sea tan profunda y dolorosa que no pueda cerrarse en mucho tiempo. Pase lo que pase el día 1 y en los meses siguientes, me temo que esta generación no volverá a ver una Cataluña reconciliada consigo misma y amigada con España. Ese será, a la postre, el éxito de los secesionistas y sus aliados, y también su abrumadora responsabilidad.

Sedición y seducción
El Gobierno admite las dificultades para encontrar un mensaje positivo frente a la épica de la pasión de los independentistas
Fernando Garea elconfidencial 23 Septiembre 2017

“Es difícil lograr que alguien se coma un plato no por su apariencia, sino por las contraindicaciones y efectos negativos de otros alimentos. Es complicado no optar por la comida apetecible y bien emplatada, aunque se nos insista en que engorda, sube el colesterol o no es saludable”.

Un ministro explicaba así esta semana en el Congreso las dificultades que está teniendo el Gobierno para transmitir un mensaje político que cale y que neutralice el del independentismo catalán. No por la veracidad de los contenidos, sino por el envoltorio y la forma en la que se presenta y llega a los ciudadanos, especialmente, los de Cataluña

Según ese análisis, a un lado se sitúan el mensaje y la estética de las banderas, las frases coreadas y hasta las bromas intencionadas que ridiculizan al adversario. Al otro lado, está el que procede del Gobierno y que se materializa en las fuerzas de seguridad del Estado, los uniformes y la descripción de todos los males que caerían con la independencia de Cataluña, que pueden ser ciertos, pero no dejan de ser negros y tenebrosos.

Es una especie de publicidad comparativa en la que no se vende un producto, sino que se usa el mensaje para describir las carencias de lo que vende la competencia.

El ministro de Economía, Luis de Guindos, lo hizo esta semana con una descripción de los males económicos de la independencia, en forma de aumento del paro, problemas para el pago de deuda y crisis económica.

La luz y el color de unos frente a lo tenebroso de los otros. La fiesta seductora de la pasión contra los malos augurios de la razón.

Los independentistas, según admite el Gobierno, han sabido establecer el marco de referencia del debate: ellos defienden la democracia y el derecho a votar y el Ejecutivo español se ve obligado a mantener la ley y el orden. Y eso ocurre precisamente cuando, además, muchos de los que estaban situados antes en el lado del orden en Cataluña han pasado ahora la línea de la ley, es decir, el orden deja de ser un valor respetable en favor de otros como la democracia o la urna.

Esa batalla de los marcos ha tenido dos momentos determinantes: el de la tramitación en el Parlament de la leyes de referéndum y de desconexión y el de las detenciones y despliegue policial en Cataluña de este miércoles.

En el primero los independentistas quebraron la imagen casi festiva de su actuación y les cayó la impresión de rodillo que aplasta a la oposición de manera antidemocrática.

Y en el segundo esa tendencia cambió radicalmente a favor de los independentistas y la Guardia Civil acudió a su rescate. El mensaje que quedó entonces es casi el de la invasión de Cataluña y la anulación del preciado autogobierno. No importaba que las detenciones fueran orden de jueces y, con la única excepción de los destrozos en vehículos policiales, de nuevo el mensaje fue la batalla entre la fiesta y los uniformes. Entre la épica y la acusación de sedición.

Por eso Joan Tardà (ERC) repite a cada momento lo de que no se quema ni una sola papelera, aunque omita lo de los coches de la Guardia Civil.

Y es la razón por la que el Gobierno anda buscando desesperadamente un mensaje positivo de seducción. Y que no sea con el barco de Piolín de infausta memoria.

1-O y el mantra del diálogo
TEODORO LEÓN GROSS El Mundo 23 Septiembre 2017

La apelación al diálogo es el último fetiche retórico al que aferrarse a medida que se desmadra la espiral delirante del 1-O. Pero ese tren ha descarrilado, y como ironizaba Jardiel sobre las broncas domésticas, cuando un tren descarrila no puede volver a la vía. Sólo se puede restituir una vez que se detenga más o menos catastróficamente. Con el 1-O convocado no cabe diálogo. El voluntarismo obliga a repetir esa salmodia como si la invocación obrase milagros, pero el diálogo político es imposible bajo el chantaje de un proyecto secesionista ilegal. Es o 1-O o diálogo.

No hay modo, entretanto, de restituir el tren descarrilado del procés a la vía de la normalidad. Algunos procuran blanquear el 1-O como si fuese una Diada más o menos festiva e inocente, pero, no, se trata de un golpe al orden constitucional; acaso posmoderno como escribe D.Gascón en Letras Libres, y hasta cool, pero golpe. Hay un Estado que defiende la legalidad y una parte del Estado que trata de dinamitarla. Y esto no es negociable.

Eso no va a cambiar. El nacionalismo no asume la realidad, sino que se ha vacunado generando la ficción de que representan la democracia frente a la represión. La lógica victimista del nacionalismo pequeño -un oxímoron, no hay nacionalismos grandes- es cerrada. El nacionalismo sólo entiende la lógica del nacionalismo. Recientemente me di de bruces con esto polemizando con Sala-i-Martín, académico de prestigio internacional pero nacionalista irredimible, a cuenta de una referencia al apellido charnego de Trapero:

Él: "El efecto colateral más dramático del ultranacionalismo español es el aparente suicidio de una gran parte del periodismo". Ahí está: dice "ultranacionalismo español" y asunto resuelto. Condenado.

Yo: "Es obvio que los nacionalistas no veis más allá de la lógica del nacionalismo, que, queda claro, deja poco margen al pensamiento inteligente".Y otro más: "Por fortuna el nacionalismo español decae; por desgracia, el nacionalismo catalán ha incubado el huevo de la serpiente, terrible y estúpido".

Él: "Los alcohólicos no saben que lo son. Os pasa lo mismo a los nacionalistas. Sobre todo a los anexionistas". Ojo a ese "os pasa lo mismo a los nacionalistas" dicho desde el más supino nacionalismo; pero además añade ¡anexionistas! como si fuesen una colonia sojuzgada.

No se puede dialogar entre la realidad y la burbuja de una realidad paralela. Y además ahí sólo aceptan la lógica nacionalista. No admiten otro paradigma, por supuesto no antinacionalista, ya sea español, catalán u otro. Si les atacas, es en nombre de otro nacionalismo contra el suyo. Así se justifican. Cuando aquel diálogo derivó a un duelo tuitero algo faltón, se quejó y durante tres días su parroquia mantuvo fuego graneado de comentarios muy revelador del clima moral: "fideicomiso perpetuo del franquismo", "eres un mierda", "indecent de la caverna", "pedazo de burro rabioso" y por supuesto, ladrón de la gran banda de Los Españoles que les roba. Así cientos. En fin, un típico escrachito 2.0. El nacionalismo funciona como guerra de religión.

No se ve demasiado margen para el diálogo. "Cataluña te va grande", "se os acaba el chollo", "vuelve a tu España profunda", etc. El nacionalismo supremacista, que algunos aún confunden con progresista, descalifica de fachas a académicos de la talla de Fusi, Savater u Ovejero, y a Serrat y Marsé, y a los alcaldes botiflers. Ahí no hay esperanza de diálogo, porque además, como dice Innerarity, "no hay verdadero diálogo si el resultado final no está abierto sino predeterminado".

Carta lacrada a Pablo Iglesias (8)
José García Domínguez Libertad Digital 23 Septiembre 2017

Caro Pablo:

Una semana más, y ya van dos consecutivas, tengo que excusarme contigo por no haber podido acompañarte en emotiva y vocinglera romería por las calles. Así que de nuevo te ruego sepas ser indulgente ante mi ausencia en la magna concentración patriótica que Podemos convocó en Madrid, por más señas en Sol, a fin de reclamar que se desposea al pueblo español de su soberanía nacional, que no otra cosa, como tú no ignoras, significaría otorgar el llamado derecho a decidir al testaferro del partido más corrupto de Occidente, tu aliado Puigdemont, el todavía presidente del consejo de administración de los libertadores del 3%. Con gusto te hubiera escoltado, bien lo sabes, pues es mucha la admiración que tu contrastada integridad intelectual y moral despierta en un viejo progre de los de antes como yo. Pero he de confesarte que, de nuevo, me retuvo en casa la lectura apasionada de un libro. E igual que en el caso del de aquel julio alemán de la semana pasada, el tal Karl Marx, otro del que te recomiendo vivamente que ojees siquiera la contraportada. Se titula La pasión secesionista, y fue escrito por un catalán, como yo, de los malos, o sea uno de esos renegados unionistas de los que te habrá hablado largo y tendido tu amigo Domènech, los que pretenden anteponer el añejo y burgués principio de la ciudadanía por delante del tan fashion, romántico y fascistoide de la identidad que a ti tanto te conmueve.

Adolf Tobeña, que así se llama el autor, un catedrático de Psiquiatría muy celebrado internacionalmente entre los de su gremio, describe ahí un fenómeno fascinante, el de la invención programada de falsos recuerdos que se instalan en la memoria de la población pasiva sometida al influjo de los medios de comunicación tutelados políticamente por un poder autoritario. TV3, la primera y única televisión leninista de Europa occidental, sin ir más lejos. A mí, Pablo, no me cabe ninguna duda, ni la más mínima, de que tú sabes perfectamente que la gran mayoría del pueblo catalán no votó a favor del Estatut en el referéndum famoso de 2006, aquel que más tarde daría lugar al recurso ante el Tribunal Constitucional. El casus belli a partir del cual comenzó la puesta en marcha de esa muy airada respuesta que pronto sería conocida por todos como el procés. Tú, Pablo, por supuesto que eres conocedor de que menos de la mitad de los catalanes acudió a los colegios electorales en aquella consulta legal para refrendar el texto en cuestión. Huelga decir que a mí en ningún momento se me podría pasar por la cabeza que ignorases los datos reales de participación, esto es, que únicamente se movilizó para votar un 48,9% de la población catalana con derecho al sufragio. Lo que significa, tú también lo sabes mucho mejor que yo, que únicamente un escuálido 35,7% de los ciudadanos catalanes mayores de edad avaló con su apoyo explícito el articulado del Estatut. Tú, insisto, lo sabes de sobras. No así, sin embargo la inmensa mayoría de los catalanes de hoy. Y no lo saben porque desde los medios de comunicación del Régimen, o sea desde la práctica totalidad de los públicos y privados pensionados quetienen sus sedes en Cataluña, se les ha fabricado el falso recuerdo de que ellos mismos, el pueblo catalán en pleno, habrían prestado su apoyo militante y entusiasta en 2006 a una ley luego mutilada por Madrit. Pregunta, si no, a cualquiera de esos civilizados catalanistas que estos días se dedican al noble deporte de asaltar vehículos de la Guardia Civil para robar las pertenencias allí guardadas y destrozar su carrocería. Pregúntales cuántos catalanes votaron a favor del Estatut. Todos te contestarán lo mismo. Pero no debes extrañarte de ello: todos están programados. No así tú, por supuesto. Expuesto, en fin, mi pliego de descargos de esta semana, espero poder seguir hablándote de Cataluña y sus nacionalismos alternos en próximas correspondencias.

Tuyo afectísimo

Victimismo, faroles y esperpento
Fernando Díaz Villanueva. vozpopuli 23 Septiembre 2017

El Maidan ya está aquí y, la verdad, deja mucho que desear, no se parece en nada al original a pesar de que aún estamos en verano y la temperatura acompaña para echarse a la calle a celebrar vigilias patrióticas.

"Os espera un Maidan", decían, en referencia a la plaza de la Independencia de Kiev, donde en diciembre de 2013 arrancó una ola de protestas que llegaron a congregar a casi un millón de personas y cuyo balance final se cifró en cerca de cien muertos, miles de heridos y doscientos detenidos. El Maidan indepe daría comienzo tan pronto como la Guardia Civil pusiese sus sucias botas en Cataluña. Saldrían por miles a la calle, por cientos de miles, quizá por millones de sus casas abarrotando las plazas de ciudades pueblos y aldeas, poniendo al Estado en jaque y copando los informativos de las televisiones de todo el mundo. Barcelona sería la nueva Kiev.

Bien, pues el Maidan ya está aquí y, la verdad, deja mucho que desear, no se parece en nada al original a pesar de que aún estamos en verano y la temperatura acompaña para echarse a la calle a celebrar vigilias patrióticas. El día de autos, el miércoles pasado, cuando la Guardia Civil detuvo a 14 altos cargos por orden de un juez de Barcelona, lo más que pudieron sacar a la calle fue a un puñado de profesionales del ramo de la algarada callejera salpimentado por estudiantes, para sitiar la consejería de Economía mientras los picoletos se encontraban dentro haciendo la inspección.

No llegaban ni a dos mil, pero los agentes para evitar males mayores prefirieron esperar el amanecer en su interior para salir a la calle y volver por donde habían venido. Su gozo en un pozo. La turbamulta se cebó con los coches patrulla, sobre los que se encaramaron los animosos manifestantes. Alguna abolladura de chapa, algunas lunas rotas y mucha pegatina en el capó. Los disturbios étnicos en los banlieues de París son bastante peores, mucho más destructivos, los vehículos arden como teas en la noche y no queda una sola luna sin romper en todo el vecindario.

El independentismo catalán lleva tantos años luchando contra un enemigo ilusorio que ahora no acierta a explicarse por qué no es como se lo habían contado, por qué no les reprimen con saña, se los llevan al cuartelillo y allí les someten a todo tipo de torturas indignas. Son víctimas imaginarias y ahora quieren ser víctimas reales. Pero los Guardias Civiles no son como los de los cuadros de Ramón Casas, equipados con capa y tricornio repartiendo zurriagazos a diestro y siniestro, especialmente a siniestro. No son así, son tipos normales, profesionales, metidos en su trabajo y que no aspiran a interpretar el personaje que les ha asignado la propaganda. Y aunque aspirasen tampoco podrían porque ese personaje solo vive en los sueños húmedos de los zahoríes procesistas.

Todo en su imaginario colectivo es mentira. Los madrileños no gastan bigotillo fino, ni van vestidos de azul mahón, ni desfilan marciales por la plaza de Oriente con los acordes de Montañas Nevadas. Los curas castellanos no son como los de Berlanga y en Andalucía no hay señoritos de sombrero ladeado como los de las comedias de los hermanos Álvarez Quintero. Pero de tanto repetir los clichés se los han terminado creyendo y ahora, cuando se disponían a batirse en desigual pero heroico duelo contra los tártaros, resulta que los tártaros no existen.

Los dos planos del procés
Todo el fenómeno se mueve en dos planos que discurren paralelos, uno por encima del otro aunque a diferentes velocidades. Por arriba las élites convergentes, las mismas que afanaron hasta las coronas de los cementerios, tratando de ponerse a salvo a ellos mismos y al gigantesco régimen clientelar que con mimo han construido durante cuarenta años de uso y abuso de un poder omnímodo que se veía desde Madrid con condescendencia, con complejo de culpa o, simplemente, con la más absoluta falta de interés porque, aunque al nacionalismo le parezca increíble, a los madrileños siempre nos importó muy poco lo que sucede más allá de la M-50.

El subproducto final de esa élite ahíta de comisiones y borracha de autocomplacencia es Puigdemont y los mosqueteros que le quedan de la difunta CiU, la que pone en marcha esta operación hace ya siete años partiendo del supuesto que el Estado está muerto y ha llegado el momento de desprenderse de una nave nodriza a la que le falta el oxígeno. Como todo en España, y en esto Cataluña es más española que nadie, el procés fue de arriba a abajo, una marea descendente que encontró eco rápidamente en la izquierda vernácula, dividida desde hace décadas entre los niños de barrio alto que pastoreaban el PSC y el patriota oriundo pero menestral que abrevaba en ERC.

A partir de ahí fue directo hacia el pueblo llano, al otro plano, al que vemos ahora en la calle, en la universidad, en la infinidad de plataformas que han nacido en los últimos años al abrigo del presupuesto autonómico. Había, eso sí, que aparcar ciertas señas de identidad del catalanismo histórico como la lengua o la beatería montserratina. El sublimado final lo tenemos hoy delante de nuestras narices. Un amasijo esperpéntico de ninis, agitadores profesionales y la siempre amorfa clase media hechizada por la hipnosis nacionalista, convencida de que pueden tenerlo todo a cambio de nada.

Con un engrudo semejante no podíamos más que indigestarnos, primero ellos y después el resto de España. Con lo que los paladines del 3%, ni la masa festejante de las Diadas, ni la muchachada de la CUP contaba era con el hecho de que la extrema izquierda española, refortalecida tras el maremoto electoral de 2015, se les iba a subir al carro. No lo vieron venir aunque era perfectamente previsible si tenemos en cuenta la naturaleza íntima de esa izquierda surgida de las negras oquedades que abrió la crisis económica.

Podemos ha asumido ya que, roto el embrujo de los primeros meses, no podrá hacerse fácilmente con el poder. Esto no es la Venezuela del 98 a no ser, claro, que al Estado se le administre un electroshock que le haga desplomarse sobre sí mismo. Entonces llegarían ellos a recomponer las piezas erigiéndose en salvadores de la nueva patria socialista, y esa no permitirá más peculiaridades regionales que las estrictamente foclóricas, como con Franco. Están, de hecho, mucho más interesados en la inestabilidad que los procesistas de a pie, que se conforman con un divorcio civilizado y que nada de lo bueno cambie.

Iglesias cree que en este río revuelto ellos se llevarán la cesta llena. Luego ya verán como arreglan el roto y reducen a los del mambo tras someterles a una severa autocrítica. La política tiene muchas semejanzas con el póker. Ambos se valen del farol con la confianza puesta en que el otro no lo descubra para hacerse con toda la mesa en la siguiente mano. Pero esa mano solo puede llegar cuando se hayan hecho con el poder. Todo está supeditado a eso. De ahí que el PSOE lleve meses titubeando. No sabe en qué barco subirse porque en sus cálculos políticos las dos posiciones están ya ocupadas. En cualquiera de ellas va de paquete.

El procés y todo su esperpéntico victimismo ha quedado al final para esto, para servir de coartada a toda la extrema izquierda española en su tercer asalto a la Moncloa. Los infelices de las esteladas con sus fervores patrióticos a cuestas, sus canciones de Lluís Llach y sus cadenas humanas aún no lo saben y quizá no lo sepan nunca. La burguesía barcelonesa, la misma que presa de la rauxa encendió la mecha de todo esto está empezando a verlo. Ahora, de vuelta al seny no saben como pararlo y muchos ya miran el modo de poner a buen recaudo su patrimonio en Madrid. Los jerarcas de Podemos, por su parte, se han aventurado tan lejos esta vez que podrían quedarse al pairo, en tierra de nadie, aborrecidos por unos e ignorados por los otros.

Todos tienen miedo. Todos se la juegan, lo hacen a nuestra costa como no podía ser menos. Solo ganará quien ese miedo no le impida mantener la apuesta hasta el final.

La fábrica de independentistas
David Jiménez Torres elespanol 23 Septiembre 2017

El debate sobre Cataluña lleva años condicionado por el chantaje de la “fábrica de independentistas”. El mecanismo del chantaje es sencillo: ante una acción X de los nacionalistas, lo justo (y legal) sería una reacción Y de parte del gobierno nacional. Pero esa reacción Y contribuiría, presuntamente, a “fabricar independentistas”, por lo que lo ideal es optar por una componenda Z. El truco, como nos muestra la experiencia de las últimas décadas, es que la componenda Z nunca es un punto medio, sino que se parece mucho más a la acción X que a la reacción Y.

Esta lógica ha alcanzado su apogeo en los años que van desde el comienzo del procés hasta este terrible septiembre de 2017. Pero quienes la difunden suelen omitir un detalle de su cadena causal. La reacción Y no contribuye, por sí sola, a “fabricar independentistas”. Solo lo hace si se produce un paso intermedio: que quienes la cuenten y expliquen sean los nacionalistas.

Esto es lo que se debe tener en cuenta en el nuevo escenario que se va abriendo en Cataluña y en el resto de España. Por mucho que el gobierno esté haciendo tanto lo legal como lo correcto, la situación puede aportar una ganancia magnífica a los independentistas. Se les acaba de entregar nuevas y vistosas herramientas con las que endurecer su relato victimista, una página nueva en la que seguir escribiendo la historia de la secular opresión de “España” sobre “Cataluña”. Lo que se debe impedir es que esto se convierta en una interpretación generalizada entre los ciudadanos de Cataluña.

Sí, esto es lo que se suele denominar “la lucha por el relato”, aunque haríamos bien en evitar la asepsia relativista que supura esta expresión (entre Galileo y la Inquisición, digamos, también había una “lucha por el relato”; pero además había alguien que tenía razón y alguien que no la tenía, y esta dimensión es bastante más importante que la primera). El caso es que la lucha por el relato es necesariamente prolongada, sobre todo cuando las divisiones son tan profundas como en la Cataluña actual.

Por ello, una vez se ha tomado la decisión de enfrentarse a la ofensiva independentista, la cuestión no se reduce a explicar durante unas semanas las razones por las que esta decisión es justa. Igual de importante es tener claro que no se puede renunciar a ellas en un futuro, ya sea en nombre de un falso pragmatismo o de la extraña mala conciencia que suele aquejar al resto de España en todo lo tocante a los nacionalistas periféricos. Me refiero a razones como:

1) El referéndum solo era posible previo cambio de la Constitución, y fue el gobierno de la Generalitat, en su irresponsable huida hacia adelante, el que rompió todo marco posible de entendimiento;

2) El gobierno de Puigdemont no representaba al “pueblo catalán”, sino a una parte de la sociedad catalana, en consciente enfrentamiento con la otra parte;

3) La actuación del gobierno y del poder judicial no fue contra Cataluña o “las instituciones catalanas”, sino contra una élite que se había adueñado de parte de estas, y las había puesto al servicio de su causa rupturista; y

4) La actuación de Podemos fue tan desleal como cínica, alineándose con los independentistas con el fin de utilizarlos como ariete contra el orden constitucional.

La perspectiva de repetir esto durante mucho tiempo puede producir fatiga, pero cobremos conciencia de que el relato contrario tiene unos altavoces poderosísimos donde más importa, esto es, en Cataluña. Y los independentistas tienen todos los incentivos para seguir luchando por su relato durante décadas.

Todos deseamos que la terrible situación actual termine en algún tipo de entendimiento, pero la experiencia reciente muestra que no se resuelve nada dejando que los nacionalistas dicten los términos del debate. Si se permite que lo hagan una vez más, es posible que la fábrica de independentistas ya se vuelva imparable. Y entonces todo lo que hayamos dicho durante estos días no habrá servido para nada.

Sonrisas que dan miedo
Eduardo Goligorsky Libertad Digital 23 Septiembre 2017

Los amigos me preguntan por qué, últimamente, en la mayoría de mis artículos reproduzco la amenaza de Carles Puigdemont: "Damos miedo, y más que daremos". Contesto que desde mi infancia he vivido traumatizado por los repartidores de miedo. Tanto que ahora, cuando un líder político se despoja de las inhibiciones con que habitualmente oculta sus peores instintos y promete infundirlo a sus adversarios, me convenzo de que esta intimidación debería convertirse en el eje central de la controversia. Si se lo acusa de desobediencia, de prevaricación y malversación, sobran motivos para incriminarlo por dar miedo. El artículo 150 del nuevo Código Penal que sanciona la incitación al odio y castiga la homofobia debería aplicarse con igual o más rigor a la hispanofobia.

Nazifascismo criollo
El trauma que me desvela no me sobrevino en el ámbito doméstico, donde mis padres, gente culta, supieron inculcarme la disciplina y el respeto con razonamientos amables y alguna colleja muy merecida, sin asustarme jamás con el hombre del saco ni con ficciones sobrenaturales. Si el miedo me traumatizó fue porque impregnaba, ubicuo, el ambiente exterior a la burbuja hogareña.

Cuando estalló la guerra incivil española tenía 5 años, así que era todavía demasiado tierno para entender que una de las armas que se empleaban en ella era el miedo. Lo explotaban Franco y Largo Caballero, José Antonio y la Pasionaria, Millán-Astray y Durruti, Queipo del Llano y Líster. Pero cuando cumplí 8 años estalló la Segunda Guerra Mundial y ya pude captar las emanaciones de miedo que se desprendían de Hitler, Mussolini y el emperador Hirohito. Estaban presentes en las conversaciones, en los diarios y en la revista En Guardia, del Servicio de Informaciones de Estados Unidos, que recibíamos puntualmente. Mi madre y sus amigas tejían ropa de abrigo para las tropas aliadas en los Clubes de la Victoria. Contra los que daban miedo.

En aquella etapa de mi infancia el miedo lo contaminaba todo. Con el añadido de que en el primer tramo del peronismo asistimos a la tentativa de imponer en Argentina una versión criolla del nazifascismo. Bandas de sicarios nazionalistas uniformados con gabardinas de estilo trinchera tiroteaban las manifestaciones democráticas dejando un tendal de muertos, al grito de "¡Patria sí, colonia no!"; y el sistema educativo quedó en manos de un cavernícola contumaz que recurría en vano al miedo para adoctrinarnos. Como revancha, los aliadófilos divulgábamos listas negras de tiendas, centros culturales y lugares de veraneo pronazis y boicoteábamos a los que daban miedo.

Para no aburrir con mis tribulaciones personales, me limitaré a señalar que mi trauma se reforzó cuando las dictaduras posteriores de los generales Onganía y Videla repartieron miedo a raudales, compitiendo por el premio a la barbarie con sus rivales terroristas y guerrilleros que hoy están en los altares de la escoria kirchnerista.

Estrategia trapacera
Sería, empero, un pecado de egocentrismo atribuir mi miedo exclusivamente a mis vivencias traumáticas personales. Al terminar la guerra, las personas con sensibilidad democrática tomaron –tomamos– conciencia, más temprano o más tarde, de que el régimen comunista irradiaba miedo hacia los cuatro puntos cardinales. El fenómeno venía de lejos, de 1917, pero en 1945 el tratado de Yalta lo extendió por media Europa, con China en la retaguardia. Lenin y Trotski al principio, y Stalin, Mao, Ceaucescu, Pol Pot, Castro, después, dieron miedo. Y más que siguen dando Kim Jong Un y Maduro.

Reconozcamos, como consuelo, que nuestros mediocres dadores de miedo palidecen al lado de estos monstruos. Pero si se jactan de dar miedo, y prometen aumentar la dosis, tampoco podemos descuidar las defensas. Cuenta Marius Carol ("Relatos", LV, 11/9) que un dirigente soberanista le confió: "Nosotros proponemos la felicidad y ellos, el miedo, por lo que somos imbatibles". Los hechos han dejado al desnudo las miserias de esta estrategia trapacera. Idéntica a la que empleó Francesc-Marc Álvaro al tergiversar el clima social que rodea al "Damos miedo" ("Un Ulster catalán", LV, 14/9):

La realidad es tozuda. En Catalunya no se ha roto la convivencia, lo cual es algo de lo que todos -pensemos lo que pensemos- debemos felicitarnos sinceramente.

Pero a la mayoría –el 64 por ciento del censo– nos quieren dar miedo por lo que pensamos sobre la unidad del Reino de España y por lo que hacemos para preservarla. Esta es la realidad tozuda

Revolucionarios coprófilos
Lo denuncia José Antonio Zarzalejos ("La CUP, la kale borroka y la revolución de las sonrisas", El Confidencial, 1/8):

En Cataluña se está gestando un ambiente que nada tiene que ver con la llamada "revolución de las sonrisas" que, se decía, caracterizaba al proceso soberanista. Ahora allí hay hosquedad, desconfianza y miedo.

Sí, y miedo. A continuación, Zarzalejos reproduce la invectiva de Puigdemont que no me canso de definir como marca registrada del proceso: "Damos miedo, y más que daremos". Tan parecido, dicho sea se paso, a aquel "Haré tronar el escarmiento" que vociferó Perón, y al "Vamos por todo" de la cleptócrata Cristina de Kirchner. Miedo y más miedo. ¿Dónde queda la felicidad que, según le dijo el dirigente secesionista a Marius Carol, prometen estos trileros? ¿En las barrabasadas de la CUP y sus compinches, cuya única obsesión consiste en dejarnos impotentes, fuera de las fronteras defensivas del Reino de España y de Europa, en la guerra contra los asesinos yihadistas?

Vaya si se justifica el miedo. Sobre todo cuando nos enteramos de que hubo quienes apostataron de Hipercor y aclamaron en la Diada a Arnaldo Otegi, previamente homenajeado en el Parlament y en TV3 como "hombre de paz". ¿Qué virtudes le encontrarán dentro de unos años al imán de Ripoll estos revolucionarios coprófilos (para entendernos: adictos a la mierda)? La CUP ya lo considera víctima, junto a sus cómplices, de una "ejecución extrajudicial" ("De gratitudes y desvaríos", suplemento "Vivir", LV, 8/9). ¿Existen en Cataluña personas con una patología similar a la de las desquiciadas que le escribían cartas de amor al asesino satánico Charles Manson, preso a perpetuidad en la cárcel californiana de Corcoran? ¿O son clones de la chusma mexicana que corea narcocorridos glorificando a los mafiosos de la droga?

La voz del amo
Cuando acoplo el mantra de "la revolución de las sonrisas" a la muy verídica amenaza de "Damos miedo, y más que daremos", evoco el cartel de bienvenida, en apariencia sonriente y en realidad necrófilo, que coronaba la entrada de los campos de exterminio nazis: Arbeit macht frei("El trabajo hace libres"). Hay sonrisas que dan miedo.

Ahora, Carles Puigdemont –"presidente de algunos catalanes", como lo definió Arturo San Agustín ("La alcaldesa audaz", suplemento "Quién", LV, 16/9)–, enrocado en la estrategia del miedo, convoca a los amotinados para que se hagan dueños de las calles. Le reprocha un editorial ("Convivencia", LV, 12/9):

El presidente de la Generalitat, primera autoridad de Catalunya, nunca debería haber efectuado el pasado viernes un llamamiento público a que el pueblo soberanista se encare con los alcaldes que no quieren colaborar con la iniciativa del referéndum. Ese tipo de llamamientos son inaceptables.

Son inaceptables, sobre todo, porque los esbirros se apresuraron a obedecer la voz del amo y escracharon a los alcaldes respetuosos de la ley, insultándolos, invitándolos a emigrar y amenazándolos con "darles una buena paliza" e incluso con "fusilarlos" ("La connivencia de Colau con el independentismo irrita al PSC. Los socialistas llevan a la Fiscalía las amenazas recibidas por sus alcaldes", LV, 17/9). Así es la convivencia que según Francesc-Marc Álvaro no se ha roto en Cataluña. Apuntalada con barras de miedo.

Impertérrito, Álvaro sostiene ("Nuevo y viejo ante el 1-O", LV, 18/9) que el constitucionalismo es lo viejo y el secesionismo lo nuevo. Nada más viejo que la ley de la selva que el poder secesionista aplica a los alcaldes constitucionalistas y a la oposición democrática, y que no hace mucho tiempo fue el instrumento favorito de nazis, fascistas, franquistas y, todavía hoy, comunistas y afines. Añade Álvaro: "Y por eso es tan valiosa la foto de Colau con Puigdemont". La selva los cría y ellos se juntan.

Vocación suicida
En 1934, Lluís Companys, presidente de la Generalitat, dio miedo sublevándose contra la República. La República lo metió preso. En 1936, Lluís Companys, recuperada la poltrona, dio miedo cuando permitió que hordas de vándalos, a los que después tildó falazmente de "incontrolados", iniciaran la matanza de burgueses, eclesiásticos y camaradas heterodoxos. Si la emblemática burguesía catalana no siente miedo al recordar la suerte que corrieron sus abuelos, y no busca el amparo del orden constitucional vigente en todo el Reino de España, habrá que pensar que tiene, individual y colectivamente, vocación suicida.

¿El antídoto contra los déspotas portadores del miedo y sus huestes? Repito otra exhortación reiterada en casi todos mis artículos recientes: urnas legales para elegir parlamentarios catalanes que no se subleven contra el Estatut, la Constitución española y la legislación internacional, como lo hace la mayoría fraudulenta cocinada con el 47,80% de los votos. Y los que dan miedo, barridos al basurero de la Historia.

El modelo de Estado de Pablo
Fray Josepho y Monsieur de Sans-Foy Libertad Digital 23 Septiembre 2017

La solución para España la tiene Pablo Iglesias. Parece mentira que no nos hayamos dado cuenta todavía. Ríanse de los intentos de federalismo asimétrico, de nación de naciones y de confederación ibérica del PSOE. No. Lo que va a arreglar nuestra baqueteada nación va a ser el Plan Iglesias. ¿En qué consiste? Pues en dotar de derecho a decidir a todos los pueblos que se asientan en la Piel de Toro. Pero de una forma fraterna y progresista. El efecto mirífico de su coleta presidencial (cuando llegue) va a conferir armonía a todos y cada uno de los pueblos soberanos, y también al conjunto (tal vez Estado, nunca nación) que los englobe. En caso de que cada uno libérrimamente lo elija, claro está. Pero siendo Pablo el presidente, ¿quién se va a negar?

El caso es que nuestros poetas discrepan sobre esa nueva Esp… Entente de Pueblos que promete Pablo Iglesias.

LA ESPAÑA DE PABLO
por Fray Josepho

La España de Pablo. Qué digo, qué digo.
Se llama el Estado plurinacional.
Amable, simpático, fraterno y amigo.
Cercano, diverso, variado y plural.

Con muchas naciones y pueblos distintos,
esperanzadísimos en su porvenir.
Terruños felices, y tan variopintos,
que tienen derecho para decidir.

Algunos magníficos, como Catalonia.
Como Euskal Herria. Galiza también.
Qué hermosa y bellísima nuestra macedonia
de pueblos libérrimos, a cuál más fetén.

A ver si el Coletas por fin nos preside,
pluriconformándonos desde su Poder.
A ver si al fin manda, dispone y decide
trocar en mosaico la España de ayer.

La España unitaria ya no la queremos:
es cárcel de pueblos, madrastra bestial.
No obstante, tranquilos, que viene Podemos,
con su paraíso multinacional.

PABLO TIENE OTROS PLANES
por Monsieur de Sans-Foy

Fraile: poco les conoces.
Hoy son díscolos a voces,
porque buscan el colapso.
Mas, después de un breve lapso,
¡qué centristas tan feroces!

Ellos quieren que se rompa,
se fracture y se corrompa
lo que queda del Estado.
Quieren verlo maniatado,
pero con el culo en pompa.

¿Y qué más le da al Coletas,
que se ha olido las braguetas
con los próceres de Irán,
un Estado catalán?
¡Vaya España a hacer puñetas!

Al gañán que saque pecho
al Estado de Derecho,
Fraile, no te quepa duda:
le dirá que está bien hecho
y que cuenta con su ayuda.

Pero, ¡ay, cuando, por fin,
dé la vuelta al calcetín,
y veamos desplegada
su bandera, que es morada,
en las ruinas del fortín!

Los que están en la creencia
de obtener la independencia
se van a llevar un corte...
porque no habrá diferencia
con Corea, la del Norte.

Siga a este par en Twitter: @FrayJosepho, @MonsieurSansFoy.

La región más intolerante de España
Jimmy Giménez-Arnau okdiario 23 Septiembre 2017

La fregona Puigdemont vuelca su utopía provinciana en un aparato bien rastrero, donde todo discurre entre conflictos. ¡Qué coñazo de verano nos han dado los secesionistas! Hasta Jorge Javier Vázquez, catalán y ahora inteligente diplomático, se siente agotado y aburrido y opta “porque haya referéndum y salga el no”, con tal de que los golpistas se vayan con la murga a otra parte y nos dejen en paz. “Sólo espero – añade – que nos saquen pronto de este estado de sopor”. Por suerte, ya acabó el estío, estación en la que la calima ha vuelto locos de remate a los independentistas.

Neruda dio la bienvenida al otoño: “Suave otoño va amaneciendo, trémulo aflora en la ciudad, brisa fresca para la sangre, entumecida de soñar…”, refiriéndose a la cantidad de imbecilidades con las que sueñan los tarados. Como la gente cívica cree menos nefasto el mal que producen estos rebeldes – pues no lograrán sus fines – que las mentiras que difunden, suplican a la Virgen Negra que los haga desaparecer. Tan vil e inútil gentuza, debido a problemas con el habla, a confusión mental, ha de padecer el beriberi. Si Maduro los patrocina, podrían irse a Caracas a dar la brasa.

El “seny” (la cordura), uno de los símbolos culturales que imperaban en la Cataluña tradicional, se ha ido al traste. Animales simpáticos como el asno y la rata, que aparecen con frecuencia dando lecciones de moral en las fábulas del “seny” ancestral, han sido suplantados por Rufián y Trapero, chusma que vive del engaño. A Colau se le ve el plumero, también el Barça se quita la careta. La consigna, plural y común, resuena en sus provincias: traicionar a España, vejar al rey y maltratar a la Guardia Civil. Rebelión a tope para seguir gozando de los muchos privilegios que disfrutan.

Mi amiga del alma, Ana de Aguilera, catalana 100%, lo tiene claro: “Cataluña era la región más tolerante de España y se ha transmutado en la más intolerante debido al inmovilismo de Rajoy”. ¡Qué difícil ser político en sus provincias si no eres un golpista de baja estofa! No le arriendo las ganancias a Albiol, ni a Arrimadas, ni a Rivera, ni tan siquiera a Iceta. Dicho desde Madrid, donde esa grey nos tiene aburridos hasta decir basta, quizá parezca cosa fácil. Pero tanta indecente algarabía ya no asusta. Que la hiena de Podemos apenas logró reunir una manifestación de chirigota a favor de la escisión.

¿Hasta cuándo abusará la oligarquía catalana de la paciencia de los españoles?
Jesús Laínz Libertad Digital 23 Septiembre 2017

El presidente de la CEOE, Joan Rosell, propone la reforma constitucional como vía intermedia entre la independencia de Cataluña y "la sumisión total". Así pues, tras diseñar el Estado autonómico según los deseos de los catalanistas y tras cuatro décadas de Gobiernos nacionales pactando legislaturas con ellos, ahora resulta que Cataluña está sometida.

Pero, silencio, un momento… ¿Por qué han cesado los trinos de los pájaros? ¿De dónde vienen esos extraños lamentos? ¿Y ese frío repentino? ¿Y ese aroma de tierra húmeda? ¿Y ese entrechocar de huesos…?

Es Joaquín María Sanromá, que, tras su largo sueño de ciento veinte años, se ha alzado de su tumba invocado por las taumatúrgicas palabras de su paisano Rosell. Pero que no cunda el pánico, que no es zombi ni vampiro, sino un erudito economista, coautor, junto al ministro de Hacienda, también catalán, Laureano Figuerola, de la reforma arancelaria librecambista que provocó la ira de los muy proteccionistas industriales catalanes. Así describió a sus "buenos paisanos del hilado y el tejido" de mediados del siglo XIX:

Gimoteando siempre; siempre tan desatendidos, siempre tan melancólicos. Condición eterna de aquellas gentes: hacer la fortuna a pucheritos.

Se pasó la vida denunciando –y las siguientes son palabras textuales– su avaricia, sus privilegios, sus presiones sobre los gobiernos, su mangoneo, sus excomuniones a todo el que se les opusiera, su explotación del resto de España…

No fue más suave Figuerola al sentenciar: "La razón no está de parte de mis paisanos", y al declarar en 1885: "Hoy lo mismo que hace cuarenta años, presentan los mismos argumentos y las mismas amenazas [para] sacrificar el interés general de la nación a los suyos particulares" y para seguir levantando palacios gracias a la "acumulación de millones en sus bolsillos, sacándolos de los bolsillos de los demás españoles".

Durante más de dos siglos no cesaron las voces contra la privilegiada explotación del mercado español por parte de algunos industriales catalanes. El ministro de Hacienda Pío Pita Pizarro, por ejemplo, lamentó en 1840 la gran influencia que los fabricantes catalanes tienen en el gobierno para sostener el sistema prohibitivo y de monopolio que tan enormes ganancias les produce a costa de la nación.

Cuatro décadas más tarde, el diputado liberal Luis Felipe Aguilera criticó a "ciertos industriales de Cataluña, que anteponen siempre sus egoístas intereses particulares a las conveniencias generales del país". Y el republicano Manuel Pedregal hizo hincapié en los perjuicios sufridos en otras provincias españolas, como Galicia, Asturias y Valencia, donde "debieran levantarse hasta las piedras contra esta intransigencia de Cataluña".

En respuesta a los políticos defensores del libre cambio, en la prensa catalana comenzaron a aparecer algunos artículos denunciando "lo falseado que está entre nosotros el régimen parlamentario" (el equivalente decimonónico a la "democracia de baja calidad" que los nacionalistas achacan hoy a España), por lo que se empezó a proponer "aflojar los lazos que ligan Cataluña a las demás provincias". Así respondió el diputado republicano Gumersindo de Azcárate:

Es gracioso en verdad esto de querer aflojar esos lazos cuando los atados somos nosotros y en beneficio de ellos. Estoy conforme con los proteccionistas catalanes en que, si sucede lo que estamos viendo, es debido al falseamiento del régimen parlamentario. Sí, es verdad; el deplorable estado de la política en nuestro país ha influido en esta cuestión, pero ha sido a favor de los fabricantes barceloneses.

Por otro lado, los industriales catalanes fueron los más imperialistas, los más belicistas, los más esclavistas, los más patrioteros y los más férreos opositores a la concesión de la más leve autonomía administrativa y económica a las provincias de ultramar, así como los que más presionaron a los gobiernos para que gastaran hasta la última peseta y la última gota de sangre en defensa de la integridad de la patria.

"¿Quién consumiría, Exmo. Sr., lo que Cataluña produce, si las Antillas dejaran de ser españolas?", escribieron al Gobierno cuando anunció en 1872 la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, temida por muchos como el principio del fin de las colonias.

Y cuando los cubanos pidieron en 1890 la suavización de la presión arancelaria que garantizaba el monopolio del mercado ultramarino para la industria peninsular estrangulando la economía de la isla, los miembros de la patronal catalana, el Fomento del Trabajo Nacional, con su "corazón de españoles profundamente herido", les acusaron de "crimen de lesa nación". E incluso se permitieron amenazar así al Gobierno:

He aquí lo que en modo ninguno podemos permitir, y ¡ay del gobierno débil que lo admita, dejándose llevar de asechanzas de imponderable alcance!

No en vano el presidente Sagasta recordó en el parlamento al diputado de la Lliga Bartomeu Robert la especial responsabilidad de Cataluña en el Desastre del 98:

¿Quién duda que Cataluña se ha hecho rica por España y con España? ¿Quién duda que, para hacerse rica, ha habido necesidad de concederla en las leyes ciertos privilegios que le han dado ventajas sobre sus hermanas, las demás provincias de España? ¿Quién duda que quizá el malestar de nuestras perdidas Antillas haya sido debido a la preferencia que daba España a Cataluña?

A lo que hay que añadir la inaudita felonía de Prat de la Riba escribiendo en noviembre de 1898, con la sangre de los caídos aún caliente, que si hasta ese momento gran parte de los productores catalanes se habían mantenido al margen del movimiento nacionalista se había debido a que "compensaban con los derechos de aduana los perjuicios que el desorden administrativo les causaba". Pero, una vez perdidas las colonias, ya no era negocio seguir en España, por lo que ofreció a Francia la anexión de Cataluña.

En los años veinte, cuando el terrorismo anarquista turbó la tranquilidad de los industriales catalanes, éstos, por medio de su portavoz Cambó –sí, el del arancel que estuvo en vigor hasta 1960–, pidieron al Gobierno que encargase al general Martínez Anido zanjar el asunto por las buenas o por las malas. Y, efectivamente, así lo hizo, para escándalo de muchos que, como Unamuno, acusaron al Ejército de "servir a la constitución autonómica de la Lliga en contra de la Constitución del Reino de España".

Lo mismo sucedió en 1923 con una Lliga respaldando a Primo de Rivera; y en 1936 representando un papel muy destacado en el bando alzado, con Cambó poniendo su fortuna a los pies de Franco, organizando el contraespionaje y propaganda nacional en Francia y encabezando el manifiesto de personalidades catalanas que exhortó a sus paisanos a que tomasen las armas "contra la barbarie comunista".

Y de ahí surgió el régimen al que sirvieron, entre otros muchos altos cargos catalanes, veintitrés consejeros nacionales del Movimiento, ciento ochenta y siete procuradores en Cortes y una docena de ministros, entre ellos Pedro Gual Villalbí, ministro sin cartera con la única ocupación de defender los intereses de la oligarquía catalana sentado a la diestra del Caudillo. Ninguna otra región gozó de tan alto privilegio.

Por si hubiese algún interesado, todo esto y mucho más lo pueden encontrar en El privilegio catalán. 300 años de negocio de la burguesía catalana.

Y ya no nos queda espacio para hablar de todas las inversiones, subvenciones, regalos, distinciones, prebendas, preferencias, privilegios e inmunidades, muchas de ellas ilegales y anticonstitucionales –de lo que son culpables todos los gobiernos desde Adolfo Suárez hasta hoy–, recibidas por los gobernantes e industriales catalanes durante estos últimos cuarenta años de ese Estado de las Autonomías que, según ha dicho Joan Rosell, tiene a Cataluña sometida.

Voladura descontrolada
Manuel Cruz elconfidencial 23 Septiembre 2017

No fui el único que, tras la comparecencia de Puigdemont el pasado miércoles por la mañana, rodeado de todo su Govern, pensó que las cosas podían tomar otro rumbo. Es cierto que inició su intervención con una crítica frontal al gobierno central, a los registros de sedes de la Generalitat y a las detenciones que se habían producido esa misma mañana, pero a cualquier espectador avispado se le hacía evidente que los mismos términos de la condena eran de doble uso. En efecto, denunciar la situación en Cataluña calificándola como de "estado de excepción" tanto le podía servir para ratificarse en sus promesas como para abrirse una puerta que le permitiera en los próximos días comunicarle a la ciudadanía catalana que, en las nuevas circunstancias, la fuerza bruta del Estado español era la que había impedido la celebración del referéndum. Por lo que respecta a él, toda su gestión al frente del Govern, consagrada en exclusiva a organizarlo, habría acreditado una inequívoca voluntad de que tuviera lugar.

Pero, a mi juicio, llamativas en mayor medida resultaron las palabras que utilizó para seguir hablando del 1-O. Evitaba los términos más comprometidos y comprometedores (votación, referéndum...) y, en su lugar, optó por los eufemismos tipo "saldremos a la calle con una papeleta" y similares, palabras que recordaban a las de Artur Mas ("Pondremos urnas"), que con el tiempo se revelaron profundamente tramposos, como por lo demás cabía esperar de alguien que presumía de astuto. En el caso de Puigdemont, las expresiones utilizadas invitaban a pensar que el plan B de su gobierno, ante la imposibilidad material de celebrar el referéndum, era convocar una Diada bis, en la que se hiciera patente ante el mundo que la previsible multitud agitando sus papeletas lo único que reclamaba era un elemental ejercicio democrático. Un plan, por cierto, que parecía haber admitido días antes en declaraciones radiofónicas Joan Rigol, al señalar que lo importante del 1-O era la foto (fuera de las colas de votantes ante las urnas o de la Guardia Civil requisándolas).

Un último argumento que invitaba a pensar en un cambio de rumbo fue una imprecisa referencia a las consultas que llevaría a cabo el Govern de la Generalitat antes de tomar ninguna decisión sobre cómo actuar a partir de ese momento. Sonaba extraño que quien tanto había reiterado tener clarísimo lo que quería hacer, ahora tuviera que evacuar consultas de cualquier tipo. En todo caso, parecía claro que la mera referencia a las mismas dejaba planteada la posibilidad de dicho cambio de rumbo (si no, ¿para qué se consulta?).

La intervención en televisión, esa misma noche, de Mariano Rajoy parecía dar por zanjada la cuestión de la viabilidad material del referéndum. "Ya no es posible", remachó. En el fondo, en la misma línea vino a pronunciarse Oriol Junqueras al día siguiente, reconociendo que el desmantelamiento de la logística del referéndum alteraba significativamente la circunstancias. Y aunque es cierto que no fue más allá, lo es también que esa sola declaración implicaba un reconocimiento claro de que había que empezar a pensar políticamente en otros términos.

Y las calles se llenaron de manifestantes
Imagino que en el futuro alguien nos contará la intrahistoria de esas horas en el Palau de la Generalitat y en la sede de los partidos soberanistas. No parece muy aventurado imaginar las fuertes discrepancias entre un vicepresidente con unas expectativas de futuro muy claras y un presidente que identifica el futuro con la posteridad. De momento, lo único que conocemos es el dato de que el jueves por la tarde Puigdemont, esta vez solo (dato llamativo en alguien a quien parece acompañarle en todo momento como su sombra Junqueras), volvió a comparecer ante los medios, en esta ocasión para declarar que nada se había visto alterado por las actuaciones judiciales, que tales contingencias estaban previstas y, por si alguien tenía dudas al respecto, al poco informaba, a través de las redes sociales, de la dirección electrónica donde los catalanes podían conocer el lugar en el que les correspondía votar. Por si todo esto fuera poco, 'TV3', poco antes de su 'Telenoticies' de las 21:00 emitió un anuncio -es de suponer que completamente ilegal- invitando a votar en el referéndum.

No quiero obviar el dato de que, entretanto, las calles de Barcelona se fueron llenando de manifestantes. Al contrario, importa destacar este hecho y la relación que mantiene el mismo con los responsables políticos. Aunque tal vez fuera más apropiado hablar de no-relación, esto es, de ausencia de dirección política del proceso en esta fase terminal. Quienes hasta ahora parecían animarlo y dirigirlo (¿alguien duda de la condición de terminales de los partidos soberanistas que tienen la ANC y Omnium?) parecen haber perdido el control. Confían, por supuesto, que el carácter masivo de las movilizaciones juegue a su favor, pero nadie en su sano juicio está en condiciones de asegurar que no se produzca un incidente que lleve las cosas a un extremo por completo incontrolable. La imagen del estado en el que quedó un coche de la Guardia Civil aparcado esa primera noche ante la consellería de Economía invita más bien a la preocupación.

Lo que parece haber, en lugar de dirección política, es una extraña amalgama de pescadores dispuestos a pescar en río revuelto y de líderes ávidos de una autoinmolación que convierta su insignificancia política en grandeza histórica. Tal vez no valga ya la pena, a estas alturas, insistir en esto último. Pero respecto a lo primero, hay que constatar que el espectáculo del oportunismo de algunos profesionales de la cosa pública está alcanzando entre nosotros cotas difíciles de igualar. La locuaz alcaldesa de Barcelona -capaz de defender con la misma determinación y firmeza una cosa y su contraria en el plazo de veinticuatro horas- cree haber encontrado en la agitación callejera un filón electoral que, al mismo tiempo, le permita esquivar el asunto de hacer pública, de una vez por todas, la posición de su grupo respecto a la independencia de Cataluña.

No está sola en el empeño. Su lugarteniente en el Congreso de los Diputados, Xavier Domènech, no solo le reprochaba esta misma semana al PP estar haciendo saltar por los aires los pactos de la Transición (esos mismos pactos a los que su formación política ha calificado reiteradamente como candado, y cuya voladura por parte del PP ahora de golpe declara lamentar), sino que se permitía leer en voz alta un fragmento de un texto de Francesc de Carreras en los que el constitucionalista catalán denunciaba a quienes se refugian en la ambigüedad y evitan tomar partido. Que esto lo afirme desde la tribuna del Congreso el representante de una formación cuya dirección ¡a una semana del 1-O! todavía no tienen claro lo que hará cuando tenga que decidir de veras es, como poco, escandaloso. (Aunque aceptaría, humildemente, que alguien censurara mi tibieza al calificar de oportunistas tales comportamientos y me puntualizara, irritado, que hay niveles de oportunismo que se adentran de lleno en el territorio del cinismo).

En el fondo, y siendo grave, tal vez no sea eso lo que más debería preocuparnos. Acaso deberíamos fijar nuestra atención sobre otro hecho, a mi juicio mucho más importante. Y es que no solo el Estado parece haber perdido el control sobre una parte del territorio, sino que quien aspira a tenerlo tampoco lo detenta realmente, ocupado por completo como se encuentra en atender a sus obsesiones. No sé cómo lo verán ustedes, pero estar en manos de este mix de irresponsables y oportunistas nunca es buena noticia. ¿Hay alguien más ahí?

LOS INTELECTUALES Y ESPAÑAJAVIER CERCAS
"Lo que sucede en Cataluña no es cuestión de lenguas, sino de poder"
ANTONIO LUCAS El Mundo 23 Septiembre 2017

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) vive en Barcelona, escribe en español, firmó el manifiesto '1-O Estafa antidemocrática. ¡No participes! ¡No votes!' y lleva años dispensando en artículos de prensa un repertorio de ideas contrarias al proceso independentista en Cataluña, sin esquivar la polémica. En el Festival de Cine de San Sebastián estrenan 'El autor', película basada en su primera novela corta.

Habla con urgencia, subraya lo que dice con el vuelo nervioso de las manos. No escurre preguntas, pero sí sabe deslizar con cautela las respuestas. Desconfía del intelectual como tótem y defiende la literatura y los libros como el territorio de una verdad que es de todos.

¿Vale la literatura para comprender esto que sucede en España?
La literatura vale para todo o para casi todo, así que también vale para eso; mejor dicho: no veo cómo se puede entender el momento sociopolítico español sin la literatura, siempre que se recuerde que la literatura no habla de la realidad de manera directa, como lo hace el periodismo; su forma de conocimiento es otra.

¿Hay algo que le interese de la política española actual?
Demasiado. "Que vivas tiempos interesantes", reza una maldición china. Aspiro a vivir tiempos lo menos interesantes posibles, lo más aburridos posibles: de hecho, mi ideal es un aburrimiento suizo, o como mínimo escandinavo. Mi ideal es el aburrimiento público y la diversión privada. La diversión, las pasiones y las aventuras están muy bien, pero para la vida privada, para la literatura y el cine; para el resto, no. Por lo demás, ahora me interesa mucho más la política que cuando era joven. Quizá ese fue mi error, o incluso el de mi generación: creer que ya vivíamos en una democracia suiza o escandinava y que podíamos abandonar lo público y dedicarnos tranquilamente a lo privado. En el momento en que das por hecha la democracia ya la estás poniendo en peligro.

¿Qué es un intelectual de izquierdas?
La figura del intelectual se ha degradado escandalosamente, y con razón -yo, de chaval, me reía a mandíbula batiente de ella-, así que necesita una reformulación urgente. La intenté hace poco, a mi manera, al final de un librito titulado El punto ciego, donde reescribí unas conferencias que dicté en Oxford. En cualquier caso, un intelectual, sea de izquierdas, de derechas o mediopensionista, es una persona que, además de hacer un trabajo digamos intelectual, interviene del modo que sea en el debate público. Como ve, podemos reírnos todo lo que queramos de ellos, podemos incluso decir que han muerto, pero lo cierto es que ahora mismo hay más intelectuales que nunca.

¿Y cómo definiría la valentía intelectual?
Como la capacidad de decir "No" cuando todo el mundo a tu alrededor dice "Sí".

¿Cuál es hoy la posición de un escritor afincado en Cataluña que escribe en español?
Privilegiada. La situación ideal de un escritor es una situación un poco oblicua, un poco periférica, casi marginal; no del todo: sólo un poco, sólo casi. Y esa es la situación del escritor español en Cataluña. Es falso que el independentismo nos persiga por escribir en castellano; lo que quiere es que, escribamos como escribamos, seamos independentistas. No se engañe: lo que pasa en Cataluña no es cuestión de lenguas; es cuestión de poder: a ojos de la mayoría de los políticos independentistas, la lengua es sólo un instrumento para conseguir todo el poder; de hecho, no hay razón alguna para pensar que, si Cataluña alcanza la independencia, al día siguiente los políticos independentistas no empiecen a olvidarse del catalán.

¿Los acontecimientos de los últimos años (crisis económica, institucional y cuestionamiento del proceso de Transición) han cambiado en algo su percepción de la historia reciente española?
Por supuesto: el presente no modifica el pasado, pero sí nuestra percepción del pasado. En este sentido, el pasado nunca está quieto, siempre está en ebullición. Y no se engañe tampoco sobre esto: la batalla sobre el pasado inmediato -sobre la Transición y la Guerra Civil- es en la mayoría de los casos una batalla sobre el presente, una batalla política por el poder, porque quien quiere el poder sabe que, para gobernar el presente, lo primero que tiene que hacer es gobernar el pasado. Si es preciso tergiversándolo. Casi sobra añadir que la ignorancia que algunos de nuestros revisionistas exhiben sobre la Transición y la Guerra Civil es desconcertante.

¿De qué servirá la experiencia de esta nueva deriva nacionalista que se ha desatado?
A veces pienso que de mucho, porque todos sabemos que se puede aprender mucho más de lo malo que de lo bueno. Pero otras veces pienso que de nada, quizá porque me acuerdo de Bernard Shaw, que escribió: "Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia". Yo me conformaría con que sirviera para aprender algo que debería aprenderse en la escuela y que, quizá debido a nuestra nula educación democrática, mucha gente en nuestro país no sabe: que no hay democracia sin eso que los anglosajones llaman the rule of law y que nosotros solemos traducir como "imperio de la ley". Para que se me entienda bien, lo diré en catalán y con una frase de Salvador Espriu que, por cierto, yo creo que viene de un verso de Goethe: "Tots som esclaus de la llei, perquè poguem ser lliures" ["Todos somos esclavos de la ley, para que podamos ser libres"]. En fin, no sé si estoy pidiendo demasiado.

¿Y a quién le asignamos la impericia y la perversión de llegar hasta aquí?
No soy equidistante, como no lo hubiera sido en 1936: en 1936 hubiera estado con el Gobierno de la República, estuviese quien estuviese en el Gobierno y hubiese cometido los errores que hubiese cometido, porque, con todas sus insuficiencias, la República era un estado de derecho, igual que lo es el actual (bueno, el actual es bastante mejor, pero eso dejémoslo ahora). Es lo malo de las situaciones extremas: que acaban con los matices y te obligan a tomar partido. Y yo siempre tomaré partido por el Estado de derecho, no por quien lo viola a conciencia. Dicho esto, obviamente no hay un único responsable de la situación actual: no todos tenemos la misma responsabilidad, pero todos tenemos alguna, me temo.

¿De qué modo el lenguaje ha sido bastardeado hasta hacer de uso corriente lo que no es y ocultar lo que está siendo?
El ejemplo más obvio es el del llamado "derecho a decidir", una aberración lingüística flagrante: decidir es un verbo transitivo; no se puede decidir en abstracto: hay que decidir algo (y hay cosas que yo puedo decidir y cosas que no puedo decidir, al menos en democracia). El derecho a decidir, que no existe, sirvió durante un tiempo para ocultar el derecho de autodeterminación, que sí existe pero que, como se sabe, sólo es aplicable en casos de colonización y de violación de los derechos humanos. No es el único ejemplo de cómo en Cataluña el lenguaje ha servido para enmascarar la realidad.

Cualquier verdad, en este momento, parece reducida a acertijo.
Yo estoy un poco anticuado y creo que la verdad existe, aunque también creo que quien siempre está convencido de poseerla es un fanático o un idiota (o, más frecuentemente, ambas cosas a la vez). Y es cierto que, cuando se trata de cosas serias, la verdad a menudo es un acertijo, pero también que muchas veces está a la vista de todos, sólo que no sabemos o no queremos mirar.

¿La edad le ha hecho más escéptico?
Lo dudo.

¿La memoria histórica, que ha sido territorio de parte de su narrativa, tiene en el caso de Cataluña aplicación?
No me gusta la expresión "memoria histórica", porque me parece a la vez un oxímoron, una contradicción en términos -como matrimonio feliz-, y un eufemismo: hubiera debido llamarse "memoria republicana", "memoria de las víctimas del franquismo" o algo así. Y si lo que busca es lo que yo creo que debe buscar -en último término, la asunción completa del pasado más negro de nuestro país, sin edulcorarlo ni disfrazarlo, con toda su dureza y su complejidad-, vale para Cataluña como para cualquier otra parte. Al fin y al cabo, la única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente.

La estulticia política se ha instalado y ya es más potente que la indignación ciudadana. ¿Y ahora qué?
No estoy seguro de que los políticos actuales sean peores que los del pasado; es verdad que a veces lo parecen, pero... Recuerde que, contra lo que casi todo el mundo cree, Jorge Manrique nunca dijo la bobada de que todo tiempo pasado fue mejor: dijo que nos lo parece. Y eso -Manrique nunca se equivoca- sí es verdad.

El escritor austriaco Thomas Bernhard decía algo que no ha dejado de tener vigencia: "Los gobiernos no están interesados en una sociedad ilustrada porque ésta terminaría aniquilándolos".
Amén. El poder, que aspira siempre a ser absoluto, quiere gente sumisa, mientras que la literatura y el pensamiento enseñan insumisión. Por eso, para el poder, un individuo con un buen libro en las manos es un peligro público.

En el manifiesto '1-O Estafa antidemocrática. ¡No participes! ¡No votes!', que han firmado cerca de un millar de artistas, intelectuales y profesionales apelan ustedes a un posible "futuro en común". ¿Qué hará falta para ese futuro a partir de ahora?
Muchas cosas: la primera, salir de esta situación tan complicada con los menos costes posibles para todos.

¿Tiene sentido hoy la vieja Europa de los pueblos?
Si se refiere a la Europa de las naciones, no. La Europa unida es la única utopía razonable que hemos inventado los europeos. Utopías atroces -paraísos teóricos convertidos en infiernos reales- hemos inventado muchas; pero utopías razonables -suponiendo que esa expresión no sea otro oxímoron-, sólo esa. Que yo sepa.

¿Y cuál es la alternativa?
Una Europa unida de verdad, confederal o federal: ese es, para mí, el gran proyecto político del siglo XXI. De hecho, lo era para muchísima gente hasta que la crisis estalló y amenazó con volver la vieja Europa de las naciones. Que no vuelva.

¿Tiene sentido la reactivación del populismo?
Claro: vuelve siempre que se produce una gran crisis. Otra cosa es que sea bueno. No lo es: ni el de derechas, ni el de izquierdas, ni el mediopensionista.

¿Es posible hablar de democracia cuando sólo se trabaja con la mitad de los ciudadanos?
La duda ofende.

En su última novela, 'El monarca de las sombras', distingue entre razón política y razón moral. ¿Eso no puede 'blanquear' algunas posiciones confusas o incluso canallas?
No veo cómo. En realidad, no reconocer que existen la razón política y la razón moral es renunciar a comprender la complejidad de lo real. Yo no tengo ninguna duda de que, en 1936, quienes tenían la razón política eran los republicanos -porque defendían una democracia tan precaria e insuficiente como se quiera, pero una democracia-; aunque tampoco la tengo de que quienes asesinaron a sangre fría a miles y miles de curas y monjas eran unos canallas: esa gente concreta tenía la razón política, pero no la razón moral (eran los canallas de las buenas causas: toda buena causa los tiene). Y a la inversa: hubo franquistas que se rebelaron contra la República, pero lo hicieron creyendo de buena fe que esa era la única solución posible para su país; estos no tenían la razón política, pero, a menos que cometieran algún crimen, yo no puedo decir que no tuviesen la razón moral. ¿Acaso cree usted que los miles y miles de idealistas que contribuyeron a crear el infierno del estalinismo eran unos canallas responsables de la muerte de millones de personas? Yo no: yo creo que no tenían la razón política, pero tampoco puedo decir que no tuviesen la razón moral. En el fondo, esa distinción entre razón política y razón moral viene a ser la distinción entre ética y política; no siempre es fácil separarlas, pero a veces es indispensable

Y en ese mismo libro habla no sólo del pasado, sino de la tiranía del presente, esa ilusión creada en buena parte por los medios de comunicación.
Es que los medios de comunicación tienen una potencia brutal: no sólo reflejan la realidad; en cierto modo la crean: lo que no aparece en ellos, no existe. Y para los medios de comunicación lo que ocurrió ayer es el pasado, y lo que ocurrió la semana pasada es la prehistoria, lo cual crea la ilusión de que el pasado es algo remoto y ajeno, que nada tiene que ver con nosotros. Es falso. El pasado -sobre todo el pasado del que hay memoria y testigos, que es el que me interesa a mí- es una dimensión del presente sin la cual el presente está mutilado.

¿Y si rematamos esta entrevista con algún estímulo favorable?
Estamos vivos. ¿Le parece poco?

«Mi hijo no pudo ir a clase, le mandaron a pegar carteles»

Un padre denuncia el proselitimo independentista en las escuelas. Educación investiga la participación de alumnos en las protestas.
Elena Genillo. larazon 23 Septiembre 2017

«En el Instituto Lacetània de Manresa (Barcelona) los profesores de Bachiller conminaron a los chicos a salir a las calles a pegar en las paredes de la localidad carteles pro referéndum en horas lectivas. Algunos, como mi hijo, se negaron y reclamaron su derecho a recibir clase, pero se vieron obligados a irse a casa porque el profesorado también se fue a colocar carteles». Este es el testimonio de un padre indignado por el pensamiento «único» que se transmite desde muchas escuelas catalanas. Las plataformas constitucionalistas Societat Civil Catalana (SCC) y Convivencia Cívica reconocen a LA RAZÓN que han recibido numerosas quejas por el adoctrinamiento que sufren los menores en los colegios. Un fenómeno, dicen, que no es nuevo. El último episodio ocurrió en mayo cuando el Gobierno ordenó a la Alta Inspección Educativa una investigación para determinar si los libros de texto catalanes incluyen contenido partidista y tendenciosos. «Se reducen a la mínima expresión los contenidos de geografía e historia española; se pone como ley principal al Estatuto de Autonomía; se da a entender que Cataluña es otro país de la UE o se convierte el Reino de Aragón en la inexistente corona catalanoaragonesa», denunció el sindicato de profesores AMES.

Lo cierto es que desde que se ordenó la detención del núcleo duro del referéndum ilegal del 1-O, muchos colegios han terminado por quitarse la careta y mostrar explícitamente su apoyo al desafío del Govern y a las movilizaciones contra las Fuerzas de Seguridad españolas y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Como el Idana-Isard de Olesa de Montserrat o la Escola Pía de Manresa, que no han dudado en posicionarse a favor del «derecho de autodeterminación de los pueblos» y contra «las medidas represivas del estado español» a través de un comunicado. Además, la Federación de Asociaciones de Madres y Padres de Cataluña (Fapac), asociación mayoritaria en la educación catalana, ha hecho un llamamiento a las Ampas de los centros a participar en las movilizaciones. «Muchos padres nos escriben indignados, pero no dan la cara por temor a represalias, la Fapac no puede hablar en nombre de todos», critican desde SCC.

Pero hay más. En el instituto de Sant Quirtze del Vallés (Barcelona) se ha visto a niños con esteladas anudadas al cuello y a otros colgando banderas independentistas de las paredes, pinturrajeadas de mensajes de odio contra España. En Manresa, frente a la comisaría de Policía, varios escolares con mochilas al hombro se reunieron a media mañana para protestar contra «la represión de las fuerzas de ocupación» cuando deberían estar en las aulas. Y ayer, también en horario escolar, varias decenas de escolares se paseaban al mediodía por la calle Aribau de la capital catalana para unirse a las manifestaciones convocadas por los sindicatos independentistas universitarios.

No obstante, el episodio que hizo saltar las alarmas en el Gobierno fue el protagonizado por un colegio de Olot. Su dirección decidió pedir permiso a los padres para llevar a sus hijos a la concentración convocada en la localidad en defensa del referéndum, aunque en la autorización repitieran el eslogan que usa el gobierno catalán para dividir a la población entre buenos y malos: «Ya no se trata de defender la independencia sino la democracia», alentaban a los padres.

El papel de los docentes «no es el adoctrinamiento ni llevar a los niños a las manifestaciones», dijo el ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. Por ello, anunció ayer que la Alta Inspección Educativa llevará a cabo una investigación de las cartas que algunos directores han enviado a los padres de los alumnos para que éstos puedan participar en las protestas y para informarles de la suspensión de clases con este fin. «Ante las noticias aparecidas en la Prensa, esta mañana me he dirigido a la Alta Inspección educativa para que abra un expediente para ver qué es lo que ha sucedido», informó el ministro.


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