AGLI Recortes de Prensa   Lunes 2  Octubre 2017

Una extravagante independencia
Amando de Miguel Libertad Digital 2 Octubre 2017

Se acaba de representar una especie de 'ensayo general con todo' de la verdadera independencia de Cataluña, que está por llegar, aunque haya salido de cuentas.

Los españoles que suelen utilizar el intelecto llevaban meses haciendo cábalas sobre lo que iba a ocurrir en la fecha emblemática del 1º de octubre, en su día la fiesta del Caudillo. Se trataba de anticipar un acontecimiento histórico: si en Cataluña iba a celebrarse (curioso verbo) un referéndum de secesión o si el Gobierno de la Generalidad iba a proclamar la República Catalana. Los voceros del Gobierno de España sostenían, con abrumadora insistencia, que ninguno de los dos vaticinios podía suceder porque no eran legales. Donosa argumentación de juristas de inmerecido prestigio. Según la cual, por ejemplo, no tendría que existir la delincuencia. Era más sensato el razonamiento de la tradición popular: no habrá referéndum ni independencia porque no puede ser y además es imposible.

Llegado el día de autos, sucedió lo imprevisible. Se acaba de representar una especie de ensayo general con todo de la verdadera independencia de Cataluña, que está por llegar, aunque haya salido de cuentas. Se organizó para las televisiones un simulacro de referéndum, que más parecía un plebiscito callejero, y que resultó un histórico pucherazo. Se presentó a los atentos televidentes de toda España y parte del extranjero como un ingenioso artificio de democracia populista. En este enredo ha sido lamentable la conducta de los Mozos y Mozas de Escuadra. Para todo ello se había escenificado un golpe de Estado a la catalana, entre festivo y ridículo. Contaba mucho la tradición teatral catalana, pero de teatro de aficionados. Se preparaba así al público para el alarde final de la farsa: la declaración de independencia de Cataluña. Más que declaración, iba a ser una declamación. El Gobierno de la Generalidad de Cataluña no tiene más remedio que interpretar ese papel.

De momento, el anunciado y prohibido referéndum ha sido la gran farsa. La lógica consecuencia de constituir inmediatamente la República Catalana en los próximos días añadirá un punto de mayor enredo. Mas no hará falta llegar a representar un teatro del absurdo. Si bien se mira, desde hace algún tiempo el Gobierno catalán se ha venido comportando como si Cataluña ya fuera independiente. La prueba es que los Gobiernos españoles no han conseguido que en Cataluña se cumpliera el mandato de que la lengua castellana funcionara como el idioma oficial de España. Pero entonces, ¿a qué santo viene todo este tole tole? Muy sencillo. A que el Gobierno de Cataluña no quiere separarse de España sin más. Aspira a algo que se está trabajando desde hace tiempo: una independencia privilegiada, subvencionada. Ese es el fundamento del famoso proceso independentista. Lo ha puesto en marcha una camada de políticos nacionalistas que temen ser realmente procesados por la Justicia española. No son tan intrépidos como para pasar por la cárcel, un airoso gesto que han desplegado muchos dirigentes de partidos que han conseguido la independencia de sus respectivos países. Estos republicanos catalanes son tan cobardes y ridículos como los burgueses de La kermés heroica.

Por tanto, va de suyo que los burgueses antisistema van a forzar la declamación de la República Catalana para que sigan mandando los mismos durante otra generación. No les mueve el amor a Cataluña, sino el odio a España. El famoso "diálogo" consistirá en lograr el estatuto privilegiado de una Cataluña subvencionada por todos los demás españoles. Son los que dicen que les han estado robando durante años y aun siglos. Se trataría de conseguir una pragmática compensación.

Todo lo anterior son solo opiniones libérrimas. Pero hay algo objetivo, indiscutible y a la vez penoso: Cataluña es ahora, por mor de los independentistas, una sociedad resquebrajada y resentida. El coste va a ser una pirámide de sufrimiento para muchos españoles. Todo lo demás son romances, que dicen en catalán.

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Gobierno de emergencia
FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS El Mundo 2 Octubre 2017

Si Rajoy conservara algún resto de dignidad y La Niña de la Sexta un mínimo de vergüenza, ayer hubieran llamado a la Zarzuela pidiendo perdón por financiar, habilitar y no impedir la bochornosa jornada golpista, y quedando a disposición del Jefe del Estado para facilitar la formación de un Gobierno de emergencia y de unidad constitucional (PP, Cs y PSOE) con dos tareas esenciales: frenar el proceso revolucionario que se ha puesto en marcha para destruir el régimen constitucional español y, tras imponer en toda España el régimen legal que permita eliminar las instituciones que se han rebelado contra el Estado (las catalanas, para empezar), convocar elecciones antes de que sean los golpistas y sus socios los que, tras una moción de censura, puedan convocarlas y legalizar el desguace de la Nación.

Evidentemente, tras admirar a Rajoy felicitarse de la jornada de éxito vivida por la democracia española y pedir a los golpistas que depongan su traviesa actitud, porque todo puede dialogarse en democracia, excepto combatir a los enemigos de la democracia, nadie dudará de que el Gobierno va a seguir como hasta ahora, o sea, unciendo a su destino a los dos partidos más (Cs) o menos (PSOE) constitucionales. Y a cambio de no haber impedido la celebración del golpe de Estado (que ha sido algo más que una consulta ilegal o un referéndum sin garantías: una abierta sedición contra España encabezada por los representantes del Estado en Cataluña), seguir sin impedirlo en el futuro. Todavía condecorará al traidor Trapero.

Pedro Sánchez aprovechó la triste jornada golpista para lamentar las cargas policiales, no tanto los delitos que las motivaron, y, sobre todo, para reivindicar a Pedro Sánchez, esa persona de principios que renunció a todo para no renunciar a nada. Lo que viene a significar: "Pablo, espera a presentar la moción de censura a que te lo diga yo, no Roures". Y Albert Rivera, no sé por qué, me recordó al león del Mago de Oz, que perdió el valor en algún recodo del camino de losas amarillas. Ese que transita Inés camino de Iceta, creyendo que es Ítaca.

En resumen: Rajoy usurpó ayer las funciones del Rey convocando para hoy a los demás partidos para ver qué hace o deja de hacer él cuando los golpistas proclamen la independencia. Y no será mañana ni pasado mañana. Fue ayer o anteayer.

España, rota y roja
Santiago Navajas Libertad Digital 2 Octubre 2017

En la sucesión de delitos y faltas que está suponiendo el ataque contra la democracia constitucional española hay que distinguir analíticamente entre el atentado contra España y el golpe contra la democracia. En Cataluña 2017 se está repitiendo la doble insurrección que se produjo durante 1934 contra la II República. Si en aquella ocasión la izquierda atacó a la democracia desde Asturias, porque no había conseguido llegar al poder, y el nacionalismo a España desde Cataluña, para conseguir la independencia, en la actualidad ambas fuerzas han concentrado sus empeños en Barcelona, representadas en las figuras de Puigdemont y Colau. No se puede entender el golpe de Estado catalanista sin tener un ojo puesto en el nacionalismo xenófobo, que quiere una España rota, y otro en la izquierda excluyente, que traicionará a España si eso supone que sus despojos sean rojos.

Ada Colau, en la infame carta que ha dirigido a los políticos europeos, donde iguala la (espumosa) respuesta del Estado de Derecho al (postmoderno) golpe de Estado nacionalista con la de un régimen autoritario, advierte contra el "populismo xenófobo" que se extiende por Europa obviando que ella es parte del problema. Porque nadie representa mejor que la alcaldesa de Barcelona el tenebroso ascenso del populismo en Europa, aliado del nacionalismo catalanista en su desprecio a andaluces, extremeños y, en general, todos los charnegos que se atreven a seguir usando el español en Cataluña.

Colau, reflejo especular de Marine Le Pen, versión postmoderna y descafeinada de la clásica revolucionaria de verbo fácil y maneras dictatoriales a lo Pasionaria, apoya explícitamente en su misiva la subversión contra Estado de Derecho de los nacionalistas e, implícitamente, sus tesis para la limpieza étnica y lingüística de los catalanes que no pasen el examen de catalanismo, consistente en hablar incorrectamente el español, tras años de inmersión forzada en el catalán en un sistema educativo forzoso, y comulgar con todos los mitos culturales catalanistas.

Fragmentar España, por otro lado, es la estrategia de la izquierda para alcanzar un poder que en una España unida le sería imposible. Una República de Cataluña caería inmediatamente en una guerra civil entre la derecha más retrógrada de Europa, con Puigdemont a la cabeza, y la extrema izquierda más beligerante, con la CUP como fuerza de choque y Colau soñando con ser la primera honorable de la República Popular de Cataluña del Sur.

Ante la pinza del catalanismo y el podemismo, el Gobierno español ha reaccionado como los gatos que en la carretera se ven deslumbrados por el coche, permaneciendo estupefactos mientras esperan el golpe mortal. Pero no solo ha sido responsabilidad de Rajoy y sus tibios adláteres la impunidad de la que están disfrutando Puigdemont, Colau y los suyos. Por parte del conjunto de los españoles que apoyan la democracia constitucional ha faltado un frente común de compromiso con los valores históricos y liberales sobre los que se sustenta nuestro período histórico de mayor riqueza, prosperidad, libertad e igualdad. Son millones de españoles los que se han puesto de perfil ante el golpismo, en nombre del "diálogo", la "moderación" y otros mantras que encubren la cobardía moral y la irresponsabilidad política.

Cuando otro nacionalista xenófobo, el senador Joseph McCarthy, puso contra las cuerdas los valores de la democracia norteamericana, Orson Welles advirtió que los izquierdistas en su país no le plantaron cara porque prefirieron traicionar y delatar a sus amigos para salvar sus mansiones y sus piscinas. En este país, con tal de evitar que los llamen "fachas" y poder seguir acudiendo al pesebre cultural dominado por los suyos, las gentes de la izquierda preferirían que les cortasen las manos antes que sujetar con ella la bandera que simboliza lo mejor de una nación ofendida, ultrajada y violentada: España.

A partir de mañana
Pedro de Tena Libertad Digital 2 Octubre 2017

Mientras escribo, transcurre el bochornoso 1-O en España. El efecto de su golpe de Estado ha traspasado la región catalana por tierra, mar, aire y WhatsApp y se ha sentido en el corazón del resto de la nación española que ha comenzado a reaccionar. A partir de mañana, una de las primeras cosas que se han de hacer es conservar, animar y dar potencia a este nuevo sentimiento nacional y democrático. Hay que dejarse de tonterías. El separatismo no quiere diálogo. Quiere imponer su voluntad política a la manera nacional y socialcomunista, sin respeto a nada, ni siquiera a la infancia.

Por ello, a partir de mañana hay que alimentar y desarrollar la voluntad política de la inmensa mayoría de los españoles, dentro y fuera de Cataluña, para que este país sea real y definitivamente una nación unida, sostenida y defendida por un Estado democrático. Unas elecciones generales, con propuestas de futuro, serían lo mejor para clarificar dónde está la mayoría de los ciudadanos en este momento y poner a cada uno en su sitio. Ya.

Pero el bochorno debe pagarse. Hay que ver si a partir de mañana todos los que han organizado este vergonzoso y humillante espectáculo con trascendencia internacional van a seguir en sus puestos, desde el señor Puigdemont hasta el señor Trapero, pasando por la señora Forcadell o la señora Gabriel, y tantos otros y otras. Los que han conducido a toda una región española y a España entera a un terremoto civilmente desgarrador no pueden seguir detentando los poderes políticos que les permiten conducir el caos. El Poder Judicial tiene que intervenir de manera práctica e inmediata y, en el caso de que se convocaran unas elecciones autonómicas, todos los que han participado de un modo u otro en este dañino esperpento autoritario no pueden estar habilitados para ejercer ni cargo ni empleo público, cuando menos preventivamente, hasta el dictado de sentencia. ¿O es que en España por robar un melón se va a la cárcel y por hacer lo que se ha hecho con millones de ciudadanos no pasa nada?

Finalmente, a partir de mañana, los partidos políticos españoles que tienen asiento en las Cortes Generales tienen que asumir sus responsabilidades por este grave incidente que pretendía ser el primer paso para la liquidación de España como nación y de la democracia como régimen de gobierno. Singularmente, el señor Rajoy y el señor Sánchez deberían meditar seriamente sobre la conveniencia de su retirada de la vida política. El primero, por haber consentido que la sedición haya podido consumarse, al menos como espectáculo, ¡por segunda vez! El otro, sucesor de un señor Zapatero que abrió la puerta a toda esta locura, por alimentar la ambigüedad de España como nación de naciones y ser incapaz de pronunciar y respetar la letra E que su partido lleva en el nombre. En cualquier caso, es necesario que PP, PSOE y Cs y los que quieran sumarse proyecten en común el futuro democrático de una nación española, con las reformas que hagan falta, para que este tipo de humillaciones a los ciudadanos españoles no puedan tener cabida nunca más.

Y eso ya. A partir de mañana. Que se acabe la fiesta del totalitarismo y continúe la marcha de la democracia española. Y si no se tienen huevos para hacerlo, que se negocie un Catalexit, un Euxit y los más que sean precisos, cojamos del armario de la Historia un traje negro y preparémonos para el funeral por la vieja nación española haciendo votos por el nacimiento de la nueva, que la habrá. No tengo la menor duda.

"El sermón al Rey de España"
Felipe VI tenía la obligación constitucional inexcusable de explicar en público al pueblo español qué medidas piensa tomar para solventar el problema independentista catalán
Roberto Centeno elconfidencial  2 Octubre 2017

Por su trascendencia, dado el enorme peso del autor, el más grande pensador político en lengua española de todos los tiempos, D. Antonio García Trevijano, cuyos libros de teoría política son los únicos de un pensador europeo actual que se encuentran en la Biblioteca del Congreso de los EEUU, y el mayor aún de la persona a la que va destinada, el rey Felipe VI, transcribo íntegras las reflexiones del primero ante la pasividad del monarca frente al golpe de Estado de los independentistas en Cataluña.

“La palabra sermón no la utilizo en sentido religioso, sino en el empleado por Francis Bacon: como lección de ética política.

Mis relaciones con su abuelo D. Juan y su padre Juan Carlos fueron políticamente muy intensas desde antes de su nacimiento. El día de su bautizo, al que asiste D. Juan con permiso de Franco para entrar en España, me pide y yo le organizo en la propia Zarzuela entrevistas con toda la izquierda obrera e intelectual. Al día siguiente, al regreso de D. Juan de su visita a Menéndez Pidal, organizo en mi domicilio de plaza de Cristo Rey 4, una entrevista secreta de D. Juan con el general D. Manuel Díez Alegría y D. Eduardo Blanco, director general de Seguridad, con el conocimiento y aprobación de su ministro D. Camilo Alonso Vega, para que a la muerte de Franco un avión militar traiga a D. Juan a Madrid y sea proclamado rey.

Tiempo después, el 16 de julio de 1969, me llama D. Juan desde Estoril, diciendo que vaya enseguida porque ha recibido una carta de Franco transmitiéndole que ha nombrado a Juan Carlos sucesor a título de rey. Llego a Estoril, y me pregunta qué debe hacer. Le respondo que conteste diciendo que no acepta, porque Franco no tiene poder para alterar el orden de sucesión dinástico. Me pide que se la escriba, lo hago, la firma, la mete en un sobre muy lacrado, llama al embajador Jiménez Arnau y le pide que vaya a recoger la carta de contestación a Franco.

Por la noche me llama al hotel diciéndome que ha recibido otra carta de Juan Carlos comunicándole que "para salvar a la monarquía" ha aceptado el nombramiento de Franco, y me pide que vaya a verle por la mañana porque eso cambia todo. De nuevo me pregunta qué hacer, se lo explico y le preparo la respuesta diciendo: “¿Qué monarquía vas a salvar?, una monarquía sin honor. El sostén de las repúblicas descansa en la virtud y el de las monarquías en el honor. Si lo has aceptado, que sepas que es contra mi voluntad y sin mi consentimiento”.

Cuando muere Carrero, tomo la iniciativa de ir a ver a Don Juan, y le pido que levante su bandera contra el nombramiento de Juan Carlos como sucesor. Le convenzo y llama a Giscard d'Estaing pidiéndole que le invite a París para hacer una importante declaración. Lo hace bajo el título: “La rentrée du comte de Barcelone contre Franco et pour la liberté”, lo publica el periodista Edouard Balbi en 'L'Express', y posteriormente el director de 'Le Monde Fontain' concierta una entrevista en Estoril para el día 24. Sin embargo, presionado por sus consejeros y por su familia a límites inauditos, D. Juan se echa atrás. Me diría: “Tono [era como me llamaban los íntimos], no tengo más remedio y tiro la toalla, pero debo decirte que no he conocido a nadie más leal que tú y tengo la mala suerte de que eres republicano”.

Todo esto se lo he relatado para que no tenga la menor duda de que soy el único español que tiene autoridad moral para decirle la verdad. Y es desde esa lealtad que me reconocía su abuelo, que me permito decirle en esta hora crucial de nuestra historia, donde un grupo de sediciosos a los que durante años nadie ha hecho frente, que con un aplastamiento total de los derechos más elementales de los catalanes no separatistas, sin fuerza militar, ni razón jurídica, ni histórica que los sustente, mientras ignoran la Constitución y la ley, y aplastan impunemente los derechos humanos más elementales de los catalanes no nacionalistas, no puede, señor, permanecer en silencio.

Sé que el jefe de la Casa Real, Jaime Alfonsín, y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuya ignorancia es solo superada por su cobardía sin límites, le han convencido de que su obligación constitucional de “arbitrar y moderar”, que es un mandato que solo cabe interpretar en privado y nunca en público, una interpretación delirante y que si la historia política sirve de guía, sin duda le costará la Corona, porque ante un golpe de Estado público y abierto, su obligación constitucional inexcusable es explicar en público al pueblo español qué medidas piensa tomar para cortar de raíz el golpe de Estado, y qué medidas piensa tomar para evitar su repetición.

Y en su defecto, que aborte el referéndum de independencia de Cataluña convocando y presidiendo una manifestación civil imponente en Barcelona el 1-O y vaya sin escolta militar, si no lo hace, dejará de ser rey de España y no le queda más salida que la que mostró su bisabuelo Alfonso XIII en Cartagena”.


******************* Sección "bilingüe" ***********************
EL DÍA DESPUÉS DEL 1-O
Cataluña: qué quiere decir ‘la hora de la política’
José Javier Esparza gaceta.es 2 Octubre 2017

¿No queríais un gran proyecto nacional? Pues bien, helo aquí: refundar en sentido nacional la democracia española, reconstruir esta ruina. Buen horizonte para unas generaciones jóvenes que no tienen por qué resignarse a esta putrefacción. ¿No es estimulante?

Lo importante ya no es el 1-O. Lo importante es el 2-O y todos los días siguientes. El Gobierno no puede seguir creyendo que estamos ante una especie de problema local de orden público. Hoy es la hora de hacer política. Ahora bien, esa política tiene muy poco que ver con lo que nuestros mandamases de todos los partidos entienden por tal. En el lenguaje del político español medio, “hacer política” no es otra cosa que el pasteleo y el cambalache, ejercicios frecuentemente indecentes. Pero la componenda o la cesión no son soluciones políticas. No, al menos, si otorgamos cierta dignidad al ejercicio de lo político; si seguimos considerando que la polis que da aquí sustancia a lo político es algo que se llama “España”. Y eso es lo único que ahora debería importarnos.

Grosso modo, lo que el sistema ofrece hoy a los españoles frente al desafío separatista catalán son tres opciones. La primera, la opción del separatismo y la ultraizquierda, es multiplicar los referendos de autodeterminación y disolver España en una pluralidad de naciones. La segunda, la del socialismo y buena parte de la opinión progresista, es acatar parte de las exigencias del separatismo y reconfigurar España como una suerte de ente confederal asimétrico, con unas regiones más beneficiadas que otras. La tercera, la que propone el Partido Popular y gran parte del aparato del Estado, es solventar el trance con el menor daño posible para el repertorio legal, ofrecer a los insurrectos alguna compensación económica aceptable y dejarlo todo como está. En cualquiera de los tres casos, el mal de fondo permanecerá o se agravará. ¿Estas son las soluciones “políticas”? ¿Dónde está aquí la “política”? Y sin embargo, es enormemente revelador que nuestros gobernantes no sean capaces de otra cosa. El verdadero problema está precisamente aquí.

Un problema estructural
Tomemos distancia. Fríamente mirado el asunto, la crisis de Cataluña está resultando enormemente rica en enseñanzas para el español de a pie. Enseñanzas sobre nuestro país, nuestra nación, nuestra propia posición personal en un proyecto colectivo que a todas luces está naufragando. Muchos han descubierto ahora el carácter esencialmente desleal de los separatismos, la fragilidad del marco constitucional, la debilidad estructural del sistema autonómico, los estragos causados por la desnacionalización (léase desespañolización) del Estado, la ambigüedad de las apelaciones a la “democracia”, la gran mentira de los consensos institucionales, las profundas complicidades del mundo de la finanza y de la comunicación con el separatismo, el egoísmo mezquino de las oligarquías del país, el barullo mental de la izquierda con la cuestión nacional, etc. Sobre todo, crece la impresión de que el Estado es inútil. La gente –cada vez más gente- se pregunta por qué la reacción del Estado es tan tibia, tan apocada. Cómo es posible que un gobierno local viole la ley, se jacte de ello, persista en el empeño y nadie lo destituya. Por qué el presidente del Gobierno de España apenas invoca algo tan elemental y comprensible como la unidad nacional de España. Por qué, en fin, un poder legítimo manda tan poco.

Hay quien remite esta evidente quiebra de autoridad a la cobardía personal de Mariano Rajoy. Estaríamos, en fin, ante una cuestión personal. Pero no, no ha sido sólo la cobardía de Rajoy y los complejos del PP. Porque no ha sido sólo Rajoy, sino el conjunto de la clase política, quien ha considerado inaceptable aplicar el artículo 155 de la Constitución para frenar en seco la deriva separatista. Ni ha sido sólo Rajoy, sino también todos los anteriores presidentes del Gobierno, quienes han conferido al nacionalismo catalán la hegemonía en su territorio desde hace cuatro decenios. Ni ha sido Rajoy, sino la judicatura, quien ha tolerado largo tiempo que en Cataluña se vulnere sistemáticamente la ley.

¿Miramos a la izquierda? La izquierda española, a pesar de haber gobernado el país veinte años y mantener extraordinarias cuotas de poder, ha sido incapaz de construirse una idea integral de España. ¿Miramos más? La propia Iglesia católica, que hace aún poco tiempo definía la unidad nacional como un “bien moral”, ahora se inhibe o incluso, en Cataluña, se alinea abiertamente con los separatistas. Los poderes económicos del país, condicionados por sus intereses particulares y por los lazos de la oligarquía industrial y financiera, han frenado una y otra vez cualquier iniciativa de Estado frente al separatismo. Estructuras vinculadas al sistema desde hace cuarenta años, como los sindicatos CCOO y UGT, se han puesto al lado de los separatistas. Los grupos de comunicación privilegiados por el poder con el oligopolio de la publicidad televisiva (Atresmedia y Mediaset) exhiben una sorprendente tibieza con el golpe separatista, cuando no lo apoyan abiertamente. ¿No lo estáis viendo? Estamos ante un problema estructural en sentido estricto. Es el propio sistema el que ha empujado y empuja para que el Estado no pueda emplear en su defensa las armas que la ley le otorga.

¿Dónde está el enemigo?
Armas, sí. Porque esto es un conflicto. No tiene otro nombre. Ahora bien, es un conflicto donde una de las partes (España) se ha negado sistemáticamente a ver a la otra (los separatistas) como su enemigo. Y para tratar de entender un poco de lo que pasa en medio de este embrollo, tal vez convenga recordar los fundamentos. Carl Schmitt decía que lo político, como categoría antropológica, surge cuando aparece un antagonismo entre dos adversarios. En caso de conflicto, la respuesta propiamente humana es precisamente lo político. Por eso el acto central de lo político es siempre identificar al enemigo, es decir, al que amenaza tu posición. Esto no quiere decir que lo político implique necesariamente una agresión, como tantas veces se interpreta de manera equivocada: el “inimicus” no es lo mismo que el “hostis”. Simplemente, se trata de saber quién va a ejercer una voluntad contraria a la tuya. Con el añadido de que, como apunta Julien Freund, normalmente es el enemigo quien antes te señala a ti. La visión del mundo liberal, que es de matriz individualista y por tanto suele hacer abstracción de los comportamientos colectivos, tiende a pensar que no, que lo político es pacto y acuerdo y concertación. Pero no es verdad. ¿Pacto con quién? En el mejor de los casos, con el enemigo que así deja de serlo, lo cual corrobora la premisa inicial.

La España del 78
Desde esta perspectiva, la España del 78, la España constitucional, no ha sabido designar al enemigo o, más precisamente, ha prescindido de ese requisito esencial de lo político. ¿Por qué? Ante todo, por falta de definición de sí misma. En efecto, desde su mismo origen, y por razones históricas de diversa fuente, la España del 78 no se vio a sí misma como sujeto de su proyecto político. Lo que había que salvar no era tanto la nación como el sistema democrático naciente. Así, todo nuestro sistema se montó sobre la base de que era preciso integrar a quienes nunca habían ocultado su voluntad de romper el propio sistema. Dicho de otro modo: el sistema de 1978 no ha encarnado a la comunidad nacional, a ese agente histórico que se llama España, sino que ha querido ser más bien una estructura de organización estatal capaz de absorber a sus enemigos.

¿Enemigos? Ninguno. Mejor dicho, sólo uno: el “franquismo”, suerte de fantasma difuso que ha jugado el papel de mal absoluto para la izquierda y los separatismos y que, al cabo, ha sido también adoptado como tal por la “derecha migrante” (esa derecha que no ha parado de migrar hacia el “centro”). Para desdicha general, resulta que esa condena abstracta del franquismo (abstracta porque no había ya un Franco concreto) llevaba implícita una condena de España como sujeto histórico. Esto pueden parecer elucubraciones conceptuales, pero se comprenderá mejor si constatamos el simple hecho de que en España, desde hace muchos años, exhibir la bandera nacional es algo dificilísimo en numerosos ambientes políticos y sociales. Véanse las reacciones del poder, a izquierda y derecha, ante las concentraciones ciudadanas del 30 de septiembre: la reivindicación popular de la nación sólo suscita la ira de la izquierda y la vergüenza de la derecha.

Arrastramos el defecto de que el sistema del 78 nunca señaló como enemigo a quienes programáticamente pretendían destruir el propio sistema. Peor aún, quiso mostrarse al enemigo como amigo. Es la España del “tranquil, Jordi, tranquil” (para uso de las nuevas generaciones, esa es la frase que el rey Juan Carlos le dijo el 23-F a Jordi Pujol cuando éste, inquieto, llamó a La Zarzuela; quién los ha visto y quién los ve…). Ni siquiera en los años más sanguinarios de ETA se quiso definir al enemigo como lo que realmente era –una organización separatista- y se optó por eufemismos del tipo “violento” o “fascista”. ¿Por qué? ¿Por qué se ha negado la obviedad? Porque el sistema necesitaba vivir en esa ficción para legitimarse. Un error que al cabo de cuarenta años ha tenido consecuencias fatales.

Oligarquía y partitocracia
Aquí es necesario hacerse una pregunta esencial, a saber: quién es el sujeto de lo político, a quién corresponde señalar al enemigo, es decir, quién ostenta la representación política de la comunidad. En nuestro país, muy claramente, el sujeto de lo político ha sido una oligarquía que apenas ha conocido cambios en su composición desde los años iniciales de la transición. Por supuesto, todo sistema político es por naturaleza oligárquico en sentido estricto: siempre son unos pocos los que mandan, en todo tiempo y en todo lugar. El ideal es que esa oligarquía esté compuesta por los mejores (aristocracia) y que tanto sus filas como sus objetivos emanen del pueblo (democracia), de modo que los gobernantes encarnen siempre el interés general. Pero todo se viene abajo cuando esa oligarquía deja de atender a los intereses generales para defender su propio provecho como casta de poder. ¿No es precisamente eso lo que nos pasa?

La España del 78 es de naturaleza oligárquica. Y esa oligarquía, en España, se ha identificado abusivamente con los partidos políticos, sus esferas de poder y los pactos más o menos estables entre ellas. Es eso que se ha llamado “partitocracia”, con el importante matiz de que la fórmula no designa sólo a los partidos, sino a toda la constelación de instituciones y grupos de poder formales o informales que entran por las buenas o por las malas en la mesa donde se reparte el juego (desde los sindicatos hasta la judicatura, las organizaciones empresariales, los medios de comunicación y la banca, entre otros). Esto no quiere decir que los oligarcas se pongan de acuerdo en todas sus decisiones, sino que se ponen de acuerdo, implícita o explícitamente, en que nadie más entre en el tablero. El pueblo queda fuera del reparto. Ortí Bordás lo explicó muy bien en Oligarquía y sumisión. La democracia propiamente dicha se desvanece.

En la España de la transición, la mayor parte de las grandes decisiones han sido siempre de carácter estrictamente oligárquico, incluso cuando han cobrado la apariencia de democracia: las tempestades socioeconómicas de los años 70 se resolvieron entregando cuotas de poder a sindicatos y patronal en los Pactos de la Moncloa, la eventual agitación separatista se calmó introduciendo a los partidos nacionalistas en la mesa Constitucional, y así sucesivamente. Progresivamente se fue construyendo un sistema neofeudal en el que partidos, sindicatos, patronal, banca y, pronto, los poderes regionales autonómicos, con sus nutridas clientelas, han acabado por copar el poder, desde la judicatura hasta la comunicación. Podríamos multiplicar los ejemplos. El poder judicial lo siguen designando los partidos. La privatización de los monopolios púbicos guardó sus respectivas tajadas para las distintas tribus de la oligarquía. La política hidrológica la marcan los intereses regionales. La comunicación social queda en manos de grandes grupos mediáticos con abundante intervención gubernamental, nacional o regional. La política energética la dictan compañías privadas que ya son en gran medida transnacionales. Etc., etc.

Puede objetarse que en otros países ocurre lo mismo –la determinación oligárquica de la decisión- y no por eso se deshacen. Lo cual es cierto, pero aquí reanudamos con la cuestión anterior. Porque resulta que la oligarquía, entre nosotros, no la compone una casta privilegiada que al menos está interesada en mantener la unidad nacional porque le va en ello su propio beneficio, sino que nuestra oligarquía, por los repartos de poder diseñados a lo largo de cuarenta años, incluye también a quienes buscan el descuartizamiento de la unidad nacional. La debilidad del Estado queda en evidencia.

Miseria de la Constitución… y una oportunidad
Como España no es el sujeto político de nuestro sistema, mal puede nadie señalar como enemigo a quien pretende romper España. Y como nuestra democracia es una oligarquía neofeudal que incluye a poderes territoriales exclusivos, mal puede nadie invocar la unidad nacional como horizonte del poder. Nada más elocuente que leer las declaraciones de quienes hoy pretenden oponerse al proceso separatista y constatar qué conceptos invocan: la ley, la democracia, la Constitución… En definitiva, el sistema. Nunca la nación.

Reducir la nación a una Constitución es un absurdo lógico. La Constitución no crea la comunidad política: ésta existe antes, por definición. Hay constitución porque antes existe una nación que la elabora. Vale decir que no es posible salvar la Constitución a costa de sacrificar la nación. Sería como romper la vasija para salvar el vino. Ahora bien, este está siendo el gran error de la democracia española en general y de los gobiernos de Rajoy en particular. Quizá ahora se entienda mejor lo que queríamos decir hace cuatro años en estas mismas páginas con aquella fórmula de que “Rajoy estaba sacrificando a la nación para salvar al sistema”: en 2011, con una mayoría absoluta aplastante en todos los escalones del Estado, con facultades plenas para aplicar las reformas que España necesitaba tras el paso devastador de Zapatero, Rajoy no sólo se abstuvo de tal cosa, sino que aún ahondó más en las enfermedades que el sistema venía arrastrando desde tanto tiempo atrás. Hoy estamos donde estamos.

En términos de teoría política, aquí está precisamente la clave de todo: la España democrática ha renunciado deliberadamente a definirse como nación, es decir, como un agente político singular de naturaleza histórica, con un pasado que define su identidad y un natural proyecto de supervivencia en el futuro. En vez de eso, nos hemos construido una especie de manto neutralizador de toda voluntad colectiva. Manto que se justifica a sí mismo con el argumento de que “aquí cabemos todos”, pero cuya naturaleza real apunta más bien a paralizar cualquier impulso nacional español. De algún modo, es como si el Sistema del 78 hubiera certificado nuestro propio “fin de la Historia”. España como proyecto nacional –y no hay en realidad más proyecto que la supervivencia histórica- agoniza. “Murió de sí misma”, podrá sentenciar mañana el poeta.

Es una evidencia que caminamos hacia un nuevo proceso constituyente. Todas las grandes cuestiones que han afectado a nuestra democracia se han resuelto siempre por vía oligárquica y ahora no será de distinta manera. Con toda seguridad veremos movimientos diversos para recomponer el reparto de juego, ya sea de forma expresa a través de una reconfiguración confederal del Estado (una idea que nuestros oligarcas nunca han abandonado desde que la formalizó Herrero de Miñón) o de forma tácita mediante cesiones concretas que permitan salvar la ilusión de la “España constitucional”. Después de todo, ¿acaso no coincide eso con el desvanecimiento de las soberanías nacionales en provecho de un “horizonte global”, mundialista, que está siendo la fuerza mayor de nuestra tiempo? Lo veremos, sí. Y todos nos dirán que eso es lo más “democrático”. Y un pueblo español ostensiblemente domesticado aplaudirá sin entusiasmo, pero sin dolor, la extinción de hecho de su propio país. Al final resultará que Ortega –el de la España invertebrada- tenía razón cuando describía nuestra historia como un vasto proceso de integración, primero, y desintegración después.

Con todo, este naufragio no deja de ofrecer oportunidades inesperadas. Cuanto más se oscurece el paisaje, más nítidas se hacen sus líneas. Ahora en realidad sólo hay una pregunta: ¿Queremos que España siga existiendo como agente político en la Historia, sí o no? Ya sabemos quiénes contestan “no”. Lo que no sabemos del todo es quiénes están dispuestos a contestar “sí”. Hay quien dice que esto no tiene marcha atrás. Pero no, claro que hay marcha atrás. O por mejor decir: claro que es posible cambiar la dirección de los acontecimientos. Lo que hoy vivimos es el fruto de cuarenta años caminando en un determinado sentido. Es perfectamente posible caminar en el sentido contrario. Es cuestión de voluntad. Voluntad política en sentido estricto. Ha sonado la hora de la política, sí. Pero de la política de verdad.

Si la respuesta a la pregunta sobre la supervivencia de España es “sí”, el objetivo sólo puede ser uno: ya no salvar el Sistema del 78, muerto y enterrado estos días en Barcelona, sino refundar la democracia española en sentido nacional. De entrada, recuperar la credibilidad del Estado, lo cual hoy pasa necesariamente por aplicar estrictamente la ley a quienes la han violado, por severas que puedan ser las consecuencias (peor sería la inhibición), e intervenir aquellas instituciones subordinadas que se han levantado contra el ordenamiento común. Acto seguido –y esto es fundamental- señalar claramente al enemigo, que es el separatismo: no los territorios, ni las identidades culturales locales ni las instituciones regionales singulares, sino aquellos que usan todo esto para construir un proyecto político opuesto al proyecto nacional español.

No es posible seguir pensando que el separatismo cabe dentro de la democracia española. Y si no cabe dentro, hay que echarlo fuera. Esto, naturalmente, no es sólo una cuestión de códigos legales, sino sobre todo una tarea de cultura nacional: hay que volver a explicar a los españoles –a todos- por qué somos una nación y por qué estamos juntos, lo cual pasa necesariamente por un proyecto bien vertebrado de comunicación, cultura, educación e integración social, pensado a veinte años vista. Como la perspectiva es de ciclo largo, es imprescindible sumar voluntades. Es decir, que los poderes que han venido monopolizando el ámbito de lo político desde hace cuarenta años deben renunciar a sus privilegios de casta y abrirse a que el sujeto político de la nación vuelva a ser la nación, el pueblo. La reforma integral de la democracia española es tan imprescindible como su renacionalización. No estaría mal volver a vivir un harakiri de la oligarquía como el de las cortes del franquismo. Y con todo eso hecho, tal vez sea posible reconstruir España.

Es todo eso lo que hay que hacer a la vez. Una tarea enorme. Es posible que aquí no queden ya energías ni voluntades dispuestas para semejante cosa. Pero, ¿no queríais un gran proyecto nacional? Pues bien, helo aquí: reconstruir esta ruina. Buen horizonte para unas generaciones jóvenes que no tienen por qué resignarse a esta putrefacción. ¿No es estimulante? Sobre todo: cualquier otra cosa sólo podrá significar la extinción de esta España que ya agoniza.
 

Las 15 vergüenzas por las que será recordado el 1-O
Las instantáneas de un padre utilizando a su hijo como escudo humano o de mossos enfrentándose a la Guardia Civil marcarán un antes y un después.
Cristian Campos elespanol 2 Octubre 2017

1. Un padre utiliza a su hijo como escudo humano
Fue una de las imágenes más comentadas de la jornada y varios miembros del PP, incluida la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, hicieron referencia a ella durante su comparecencia frente a los medios. Un hombre utilizó a su hijo como escudo humano durante una carga en Sant Julià de Ramis, una pequeña localidad gerundense de apenas tres mil quinientos habitantes, hasta que un guardia civil le convenció, con bastante mano derecha, para que sacara al pequeño de la primera línea de batalla. La irresponsabilidad del padre, del que se desconoce la identidad, no pasó desapercibida en las redes sociales. Muchos pidieron que le fuera retirada la patria potestad mientras otros aludían a la excepcionalidad de la imagen.

El vídeo del forcejeo será utilizado hasta la extenuación como símbolo propagandístico durante los próximos días ya que reafirma uno de los argumentos más utilizados durante las últimas semanas por los partidos constitucionalistas: el del adoctrinamiento de menores en las escuelas catalanas por parte del nacionalismo (indiscutible) y el de su utilización como escudos humanos contra la policía (más mito que realidad).

2. Los ciudadanos catalanes vitorean a los mossos por su pasividad
La segunda imagen de la jornada se repitió en docenas de colegios electorales de toda Cataluña, entre ellos el mío. Los mossos, siempre en grupos de dos o de tres agentes, hacían acto de presencia en el lugar, intentaban entrar en el colegio sin violencia y, cuando la multitud se lo impedía, daban media vuelta y se marchaban por donde habían venido. En mi colegio, el Antoni Balmanyà del barrio del Guinardó de Barcelona, la escenificación acabó con la multitud vitoreando a los mossos.

Hasta tal punto se confiaba en que la policía autonómica no impediría el voto ni retiraría las urnas que cuando se anunciaba la llegada de “la policía” y el que aparecía por la esquina era un coche de los mossos, la gente respiraba aliviada. “Tranquilos, son los Mossos”. La actitud de la policía catalana indignó a policías nacionales y guardias civiles. Este último cuerpo dedicó de hecho buena parte del día a identificar y filiar mossos d’esquadra por su negativa a cumplir las órdenes del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña.

3. La “retórica de maltratador” del delegado del Gobierno en Cataluña
El delegado del Gobierno en Cataluña, Enric Millo, compareció a primera hora de la mañana en TV para decir que la actitud de los organizadores del referéndum había obligado al Gobierno a hacer “aquello que no queríamos hacer”. Es decir cargar contra los ciudadanos que bloqueaban la entrada de los colegios electorales. La frase fue contestada de inmediato por el portavoz del Gobierno catalán y consejero de Presidencia, Jordi Turull, que acusó a Millo de utilizar “retórica de maltratador”. Turull también pidió la inmediata dimisión del delegado del Gobierno y le responsabilizó de la violencia vivida ayer en las calles de Cataluña.

4. Urnas llenas de papeletas horas antes de empezar la votación
Fue otra de las imágenes más comentadas de la jornada. Durante el traslado de varias urnas, una de ellas cayó al suelo delante de docenas de personas y de las cámaras del canal 24H de RTVE, revelando su contenido: cientos de papeletas (sin marcar). Las redes sociales no tardaron en difundir el bulo de que las urnas llegaban a los colegios con los votos marcados ya en su interior y mucho antes de que comenzara la votación. No era cierto, pero la potencia icónica de la imagen era tal que nadie en el bando constitucionalista la dejó pasar por alto.

5. Guardias civiles apedreados
En Sant Carles de la Ràpita, Tarragona, se vivió uno de los momento más tensos de la jornada cuando un grupo de ciudadanos apedreó a los guardias civiles que se retiraban en dos de sus Patrols. El tuit del Ministerio del Interior con el vídeo del apedreamiento fue uno de los más comentados del día.

6. Enfrentamientos entre mossos y guardias civiles
La imagen más inquietante de la jornada, cargas policiales aparte, fue la de los mossos encarándose con los guardias civiles que pretendían acceder a los colegios electorales para requisar las urnas y las papeletas. La sangre no llegó al río, salvo por la detención de un mosso que pateó un coche de la Policía Nacional en Gavá, pero la sensación de que en Cataluña había en ese momento dos cuerpos policiales leales a la Constitución y un tercero rebelde y formado por diecisiete mil agentes armados no contribuyó precisamente a generar tranquilidad.

7. La Policía Nacional despeña a mujeres y ancianos por las escaleras
En el instituto Pau Clarís de Barcelona se pudo ver una de las imágenes más brutales de la jornada. Un grupo de policías lanzaba patadas voladoras y empujaba sin ningún miramiento escaleras abajo a mujeres que no se estaban resistiendo, que no suponían ningún peligro y que no obstaculizaban su paso. Soraya aludió durante su comparecencia a la “proporcionalidad” de la actuación de la Policía Nacional, pero resulta difícil encontrar un solo gramo de proporcionalidad en la violencia que puede verse en ese vídeo en concreto.

8. La autora de Harry Potter hace acto de presencia
Era fácilmente previsible, pero la imagen de agentes de los cuerpos de seguridad del Estado cargando contra ciudadanos con los brazos en alto copó las portadas de los principales medios internacionales. Pero quizá fue el tuit de la autora de Harry Potter, JK Rowling, uno de los que más daño hizo por la rapidez con la que se viralizó. En él podía verse a la policía nacional arrastrando a un grupo de mujeres aterrorizadas. “Esto es repugnante e injustificable” dijo Rowling. “¿Y qué nos importa a nosotros lo que opinen fuera de España?”, “Los policías están aplicando la ley” o “Eso les pasa por estar donde no deben” fue la respuesta de muchos españoles.

9. Deformada por los golpes
La jornada fue prolija en imágenes falsas, antiguas o sacadas de contexto. Pero la de esta mujer con la cara deformada por los golpes en Sant Carles de la Rápita no fue puesta en duda por nadie.

10. El referéndum fue sólo un Macguffin
El referéndum, como se esperaba, careció de garantías democráticas. Eso por no decir que fue un paripé. En algunos colegios pudo verse a los presidentes de mesa sacando las urnas sin sellar a la calle y a los ciudadanos metiendo las papeletas en ellas de cuatro en cuatro. En otros se vio al mismo ciudadano votar dos, tres y hasta cuatro veces. El error de muchos ayer fue pensar que eso importaba. El referéndum fue sólo un medio para un fin. Y ese fin fue alcanzado ya a primera hora de la mañana por los organizadores del referéndum.

Rajoy lanzó a miles de policías y guardias civiles contra cientos de miles de ciudadanos que levantaban las manos en cuanto los veían llegar y el resultado fue el que habría podido prever hasta el más optimista de sus asesores. Porque Cataluña no es el País Vasco y los ciudadanos que ayer querían votar, equivocados o no, no son kale borroka. Lo decía con acierto el tuitero Mulo: “El referéndum es una performancey la policía ha actuado como si fueran a asaltar la Delegación del Gobierno”.

11. Rajoy le cedió el monopolio de la información sobre el referéndum a TV3 y La Sexta
TV3 fue ayer un monográfico dedicado casi en exclusiva a las imágenes de violencia policial. La Sexta no le anduvo a la zaga. En La1 y La2 no se tuvo noticias de la jornada, y el día transcurrió entre Flash Moda, Españoles en el mundo y Amazonia desconocida. Rajoy cedió el monopolio de la información acerca del referéndum (y de su interpretación) al canal controlado por el Gobierno catalán y a la televisión de Jaume Roures. La ceguera en este sentido ha sido tal que resulta difícil no pensar que la censura aplicada en La1 y La2 no obedece a una estrategia más amplia de “cuanto peor, mejor”. Que no por casualidad es la misma estrategia de Pablo Iglesias y su partido. O quizá es todo más sencillo de lo que parece y lo único que ocurre es que Rajoy es un presidente analógico en un mundo digital. Un mundo de imágenes más poderosas que todos los razonamientos jurídicos de todos los abogados del Estado y que nuestro presidente no entiende.

12. Agua, agua
Frente a los colegios electorales, los ciudadanos se organizaban en dos bloques. Por un lado, los que formaban cola para votar. Cola que en muchas ocasiones daba dos y tres vueltas a la manzana y que comportaba esperas de cuatro y cinco horas. Por otro lado, los que se apostaban a las puertas para impedir la entrada de los antidisturbios. La señal de la llegada de la policía era un toque de silbato. En ese momento, la consigna era entrelazar los brazos y apretarse lo máximo posible contra la puerta para formar una masa teóricamente impenetrable. En muchos casos, la policía logró penetrar ese cordón de seguridad. En otros, no.

13. Las dos conclusiones de la jornada
La unanimidad era prácticamente total entre los independentistas con los que pude hablar ayer en la cola de mi colegio electoral. La mayoría de ellos decían ser conscientes de que el referéndum carece de legitimidad y juraban no entender la táctica de Rajoy. “Lo que habría hecho un gobernante inteligente es dejarnos votar, deslegitimar después el referéndum por su falta de garantías democráticas y aplicar esta semana el artículo 155 contra Puigdemont, Junqueras y el resto de líderes del proceso. Pero no cargar contra los ciudadanos”.

Entre los contrarios al proceso, la opinión era prácticamente la misma, aunque con una pequeña diferencia. El momento para aplicar el artículo 155 habría sido para ellos hace meses, lo que hubiera evitado las imágenes de policías cargando, aporreando y lanzando gases lacrimógenos contra los ciudadanos. Muchos, de uno y otro bando, estaban convencidos de que no ya el PP, sino el Estado, ha perdido a Cataluña para tres o cuatro generaciones. Haya o no haya independencia.

14. Ayer pudo haber ocurrido una desgracia
Ayer, miles de personas corrieron riesgos que podrían haber sido evitados. Ciudadanos que querían votar, policías nacionales, guardias civiles y mossos d’esquadra. Todos ellos, hasta nueva noticia, españoles. La tarea de la policía fue no sólo arriesgada sino también inútil porque sólo se cerraron trescientos diecinueve colegios de un total de dos mil doscientos y porque se pudo votar en la mayoría de los colegios catalanes. Ni se impidió el referéndum, ni se evitaron las imágenes de violencia policial, ni se ganó la batalla de la imagen en el resto de Europa.

La pregunta es… ¿qué ha conseguido Rajoy con lo sucedido ayer? ¿Deslegitimar el referéndum? Ya estaba deslegitimado antes de empezar a votar. ¿Convertir a los independentistas en constitucionalistas de nuevo cuño? El resultado ha sido el contrario: los tibios han dado un paso más hacia el nacionalismo. ¿Evitar riesgos para ciudadanos y fuerzas de seguridad? Ayer se vivió una extraña guerra civil en Cataluña en la que cientos de españoles se atizaban de palos en un colegio electoral mientras en otro situado a apenas tres o cuatro manzanas se votaba con total normalidad.

15. Soraya y Rajoy mintieron en riguroso directo
Mientras Soraya afirmaba durante su comparecencia de las 14:00 que el referéndum había sido abortado, yo veía a miles de ciudadanos votar sin problemas en mi colegio electoral. Apenas quinientos metros más allá, cientos de ciudadanos más votaban sin problemas a esa misma hora en el Instituto Moisès Broggi. Un instituto situado a apenas cincuenta metros de la comisaría de policía de la calle de Sant Antoni Maria Claret. Rajoy apareció a las 20:30.

Mientras el presidente aseguraba que no había habido referéndum, TV3 mostraba, con la pantalla dividida, imágenes de varios colegios electorales en los que a esa misma se andaban contando votos. Hecha la ley, hecha la trampa: Rajoy se estaba refiriendo a un referéndum legal. La pregunta es la siguiente. Si no hubo referéndum, y si la farsa fue ilegal e ilegítima, ¿por qué se envió a la policía y a la guardia civil a unos colegios electorales en los que los ciudadanos andaban, en palabras del número dos del Ministerio del Interior, “de pícnic”?

Infecto espectáculo y desastrosa respuesta
EDITORIAL Libertad Digital  2 Octubre 2017

Lo que está pasando en Cataluña está muy cerca de ser irreversible, gracias a la incompetencia y cobardía de Rajoy y su inefable vicepresidenta

Nunca ha quedado más en evidencia la naturaleza totalitaria y liberticida del nacionalismo catalán que en este lamentable 1 de octubre. El total desprecio de la Ley –incluso de las propias- y de las normas básicas de la democracia; la generación de situaciones en las que era imposible que no hubiese violencia y el uso propagandístico de ésta, una vez que se ha producido; la desvergüenza de poner a niños y ancianos en primera línea, para intimidar a las fuerzas del orden…

Todo para desarrollar una copia infecta de un referéndum, una asamblea tumultuaria en la que se ha podido votar en varias ocasiones, sin sobre, con sobre, con papeleta oficial o con la papeleta hecha en casa, en el colegio que te correspondía o en el que te diese la gana…

Puigdemont y los suyos han demostrado que están dispuestos a cualquier cosa para lograr su objetivo y que éste no es otro que la independencia, aunque muchos aún vivan en la ensoñación de que es posible algún diálogo y de que todo lo que estamos viendo sólo es una durísima táctica de negociación.

También ha quedado meridianamente claro que el problema no es sólo el de unos pocos políticos enloquecidos, sino es una parte significativa de la sociedad catalana la que ha perdido completamente la razón y está infectada de una variedad especialmente nociva de la enfermedad nacionalista. Sólo desde un fanatismo completamente exacerbado puedes enfrentarte a policías antidisturbios con un hijo de pocos años a los hombros, sólo desde una ceguera absoluta puedes creer que lo que hoy ha ocurrido en Cataluña es una exhibición de democracia y una justa reclamación de derechos, y participar de ello.

Sólo en una sociedad así de enferma puede tener cabida la existencia de una policía como los Mossos que, en lugar de perseguir el delito, lo contempla impasible o incluso colabora con él en no pocas ocasiones.

Precisamente, en el polo opuesto se han situado la actuación de los agentes de la Policía y la Guardia Civil que, en la situación dificilísima en la que los han puesto, frente a una increíble hostilidad azuzada desde los poderes públicos y los medios de comunicación, han dado allí donde se les ha requerido un ejemplo sobresaliente de profesionalidad.

Por desgraciada, esta actuación de los agentes de las fuerzas del orden ha sido lo único ejemplar del día, y más allá de esto, este domingo se ha podido certificar la práctica desaparición del Estado en Cataluña. Y con el Estado ha desaparecido el Estado de Derecho y la Ley ha brillado por su ausencia en la inmensa mayoría de los lugares, pese a los ímprobos esfuerzos de policías y guardias civiles.

Un fracaso del Estado que tiene unos culpables claros sobre los que debe caer una responsabilidad que ya no es sólo política, sino que sin duda es histórica: Mariano Rajoy y los restantes miembros de su Gobierno, entre los que destaca la vicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría, ideóloga y ejecutora de la 'Operación diálogo', para la que abrió un despacho en Barcelona y cuyos resultados son hoy los que son.

Un Gobierno que no ha sabido o no ha querido parar lo que ellos mismos habían denunciado como un golpe de Estado; que ha mentido a los españoles prometiéndoles que no ocurriría esto y negando la evidencia cuando todos hemos visto como votaban Puigdemont, Junqueras, Mas, Forcadell y hasta el futbolista Piqué; que ha permitido por segunda vez que los nacionalistas se saliesen con la suya.

Rajoy y, conviene insistir, muy especialmente Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta que tenía como misión especial el tema catalán y que tiene entre sus responsabilidades el control de un desaparecido CNI –más de 3.000 espías y aquí nadie se había enterado de nada-, han demostrado, simplemente, que no son capaces de gestionar la dificilísima situación que vive España, que no están capacitados para gobernar un país que necesita más que nunca políticos con convicciones y que sean capaces de tomar las difíciles decisiones que en no pocas ocasiones tiene que tomar un Gobierno.

Incluso la más grave crisis económica se puede remontar con las políticas adecuadas y tiempo, pero lo que está pasando en Cataluña está muy cerca de ser irreversible, gracias a la incompetencia y cobardía de Rajoy y su inefable vicepresidenta, que ha cosechado este domingo un dramático fracaso que, por desgracia, nos va a afectar a todos.

Golpe de Estado en Cataluña
El triunfo de la sedición y la derrota del Estado democrático
Editorial conjunto de los directores de La Tribuna del País Vasco y de La Tribuna de Cartagena   2 Octubre 2017

Escribimos hoy el editorial más triste de nuestras vidas, escribimos ese editorial que jamás pensamos –ni en la peor de nuestras pesadillas- que podríamos llegar a escribir un día. Escribimos este editorial conjunto para La Tribuna del País Vasco y para La Tribuna de Cartagena como un concierto para cuatro manos pero sin música de fondo o, de tener que elegir una melodía, habría de ser un réquiem.

La sedición ha triunfado en Cataluña. España, desde hoy, deja de ser lo que durante cientos de años de historia ha sido: una nación grande e indivisible. El presidente del Gobierno nos prometió que no habría urnas y, pese a habernos mentido en tantas ocasiones, esta vez decidimos creerle; sabiendo que se habían enviado a Cataluña casi el 30% de las fuerzas antidisturbios de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, era lo único a lo que podíamos acogernos, a la palabra del presidente del Gobierno de España ante un acto de sedición, nuestra última esperanza. Y ha habido urnas, ha habido tantas urnas que sólo se han desactivado el 13% de los colegios electorales dispuestos, quién sabe cómo ni de qué manera, de un día para otro.

Se nos prometió que los Mossos de Escuadra actuarían bajo un mando único, un todopoderoso coronel de la guardia civil que habría de meter en cintura a la díscola policía autonómica catalana. Y también nos mintieron. Los Mossos de Escuadra han actuado en plena convivencia y colaboración con los organizadores del referéndum, no sólo no han impedido que se abrieran los colegios electorales sino que, además, en las pocas actuaciones que ha habido de la Policía Nacional y la Guardia Civil han alentado a los sublevados y han llegado, incluso, a enfrentarse con el resto de Fuerzas de Seguridad del Estado todas, según nos prometieron, bajo un solo y único mando del Ministerio de Interior.

Nos prometieron desde el Gobierno de España una respuesta adecuada y proporcional a cada acto de rebeldía que se creara y no ha sido detenido ni un solo mando de la policía autonómica, ni un solo consejero y, mucho menos, el presidente de la Generalidad. Se fletaron tres cruceros (como si la Armada Española no dispusiera de busques militares, pero era mejor que el Ejército no se dejara ver en Cataluña) con siete mil camas a bordo y se encontraban, en la región catalana, casi 40.000 agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil (“en una peligrosa e imperdonable encerrona”, como lo ha calificado Pérez Reverte), con la orden expresa de no usar la fuerza bajo ningún concepto. Y hoy, policías nacionales y guardias civiles, o han permanecido acuartelados y sin intervenir por órdenes superiores, o lo han hecho para ser pisoteados por las turbas separatistas y ninguneados por la policía mercenaria de Puigdemont y sus secuaces.

Hoy han vencido los sediciosos, los traidores, los golpistas, porque se han saltado las leyes democráticas a los ojos de todo el mundo, y no ha pasado absolutamente nada. Siguen mancillando las instituciones que gobiernan, siguen difundiendo su doctrina totalitaria sin que se produzca ninguna consecuencia y siguen delinquiendo, corrompiendo, manipulando y robando la democracia española, con el apoyo rastrero y miserable de la práctica totalidad de los medios de comunicación, y con el mirar a otro lado del Gobierno inane de Mariano Rajoy, de una cobarde Jefatura de las Fuerzas Armadas y de un rey absolutamente inútil y dimisionario.

Hoy han vencido los independentistas porque, realmente, han hecho los que les ha dado la gana ante ojos aterrados de millones de españoles que no podían creer lo que estaban viendo: sus fuerzas de seguridad, atacadas; sus leyes, desbordadas; su confianza en el Estado, por los suelos; su seguridad en el futuro, inexistente; su patria, mancillada; todas sus certidumbres, volatilizadas. Pero, además, hoy ha vencido la extrema-izquierda como opción política, ideológica, social y cultural aireada por una chusma inmensa de hombres y mujeres que, impunemente, han dicho bien alto y bien claro que impondrán su doctrina totalitaria, que es mejor ser un facineroso que un ser humano honrado, que tiene premio golpear a un policía, que es divertido utilizar a niños como escudos humanos y que no es tan importante ser hombres y mujeres responsables y demócratas como formar parte de una turba fanatizada e integrista que tiene como único objetivo quebrar el orden institucional vigente.

Hoy, los más rastreros, los más canallas y los más sinvergüenzas de cada casa han sido ascendidos a categoría de héroes por una horda de politicastros, intelectuales, periodistas, analistas y demás ralea, fruto de un sistema educativo en manos de los más ignorantes y fanáticos del lugar, que ha dibujado otra forma de golpismo, éste de corte ideológico y cultural: el que traiciona orgulloso, satisfecho y encantado nuestra democracia, nuestro bienestar, nuestro desarrollo, nuestros principales valores y nuestras creencias más compartidas.

Hoy ha triunfado la sedición en el aspecto más extenso de la palabra. Probablemente en días, quién sabe si en horas, será proclamada, o no, la República Catalana. Pero ya da lo mismo. Y es que lo auténticamente cierto es que España, tal y como la conocimos, ya no existe. Porque los golpistas han arrasado definitivamente, con el silencio atronador del Gobierno del PP y con la complicidad casi delictiva del PSOE, con nuestra normativa legal, con décadas de convivencia trabajosamente labrada, con cualquier atisbo de justicia, con nuestra confianza en el país y con nuestras previsiones de porvenir para nuestros hijos. Hoy, el único futuro que atisbamos los ciudadanos simplemente decentes es un desierto dominado por los bárbaros ante el mutismo cómplice de quienes, como el rey Felipe VI o el Ejecutivo de Mariano Rajoy, no quisieron, no supieron o no se atrevieron a defender las libertades de millones de españoles simplemente decentes.

Dramática crisis del estado constitucional
Ernesto Ladrón de Guevara  latribunadelpaisvasco.com 2 Octubre 2017

El problema fundamental de la situación creada por la pantomima de referéndum de ayer, y de no haberlo atajado previamente con la asunción de todas las atribuciones conferidas a una Generalitat golpista, no es tanto las jornadas que se nos avecinan de proclamación unilateral de independencia, sino la propia crisis de los restos exiguos que quedaban del Estado Constitucional. En el peor de los casos, si sucediera finalmente la separación de Cataluña, la descomposición de España no habría forma de pararla y estaríamos abocados a consecuencias imprevisibles, incluida la guerra. Algunos me llamarán alarmista, pero estas cosas sabemos cómo empiezan pero no como acaban. Lo hemos visto tanto en nuestra historia no hace mucho (70 años en términos históricos es anteayer) y lo hemos comprobado en la guerra de Yugoslavia.

Y desgraciadamente, esta situación se ha generado en el peor de los momentos en cuanto a la composición de los órganos de representación popular en el Congreso y en el Senado. Con un Podemos antisistema que trata de derrumbar el régimen nacido en 1978 y que es la marca blanca de Bildu en el Estado, con una serie de grupúsculos de todo color de carácter segregacionista que niegan a España, con un Partido Socialista que ha olvidado sus errores de los años treinta y que tiende a repetirlos de una forma mimética, cuyo líder abandona la idea de la España constitucional y sobrepone sus ambiciones personales a la estabilidad de su país; con un PP acorralado cuyo líder y presidente del Gobierno actúa como un personaje noqueado, sin saber bien en qué lugar del ring ponerse para evitar el puñetazo final. En este contexto se está produciendo la tormenta perfecta cuya salida es realmente complicada y no sabemos bien las nefastas consecuencias a las que nos vamos a ver abocados todos los españoles.

Los que querían dinamitar el sistema democrático lo están logrando. Están siendo más hábiles que los que queremos evitar el desmoronamiento de un sistema constitucional ya depauperado, adulterado y desacreditado por los mismos que debían haberlo cuidado para no desgastar el prestigio que tuvo en los momentos de la transición democrática. Cualquier solución pasa por modificarlo, pero en las circunstancias dichas la posibilidad de hacerlo es inviable. No existen las mínimas condiciones para un diálogo constitucional y mucho menos para un consenso constructivo. El reincidir en los males y déficits de la actual Constitución, que nos han llevado al momento presente es prolongar una larga agonía hasta la muerte de España como Nación y como Estado.

Y la pregunta es qué se podría haber hecho ante el jaque mate del independentismo catalán con su flagrante incumplimiento de todas las normas legales, con una sedición y rebelión que nadie a día de hoy será capaz de negar que se ha producido.

Rajoy ha adoptado las vías prudentes ante su debilidad institucional con su conocida forma de gobernar que consiste en no hacer nada para no equivocarse. Ha descargado la responsabilidad de resolver el envite secesionista en el poder judicial, a sabiendas de que éste está limitado en las posibilidades reales de liquidar de una forma efectiva y enérgica el intento de la vulneración de todos los principios democráticos por un ejecutivo pirata, independentista, con los garfios anclados en la borda del barco del Estado constitucional, para su abordaje y eliminación. La vía emprendida nos ha llevado al desastre, y por no aplicar desde un primer momento los instrumentos legales que permitan el control total de los mecanismos de intervención para asegurar el orden público en Cataluña, como es el 155, vamos a tener que hacerlo tarde y mal, y, posiblemente, también con la declaración de Estado de Excepción; para poder contener la serie de actuaciones suicidas de una masa abducida por un nirvana independentista contado por unos desaprensivos con intereses exclusivamente personales como si fuera el cuento de las “Mil y una noches”. O eso, o la muerte del cuerpo político español por metástasis.

Ciertamente la decisión de Rajoy era muy complicada. Declarar el 155 ante el reto de un referéndum ilegal con intenciones secesionistas fuera cual fuera su resultado suponía quedarse solo. Pero tenía el Senado con una mayoría suficiente para su aplicación. Era una decisión arriesgada y comprometida, con posibles consecuencias de alzamiento contra el orden establecido, y hubiera tenido que desplegar todos los recursos e instrumentos para asegurar el orden público, con las mismas imágenes de violencia legítima que tanto aprovecha una prensa internacional que no se ha caracterizado por amar a nuestra patria; pero hubiéramos evitado las descarnadas escenas de insumisión de los mossos o de ultrajes a nuestras fuerzas de seguridad desamparadas, y la ineficaz actuación para eliminar una urnas que abundaban por doquier en una falsa apariencia de votación; y el espectáculo bananero de un sucedáneo de autodeterminación. Estaríamos en un escenario mejor en nuestra imagen internacional, y daríamos la impresión de ser un Estado serio, que actúa con la firmeza necesaria y la prontitud exigida por la situación.

El resultado actual de un Gobierno atenazado por los temores y el miedo no puede ser más nefasto. Pero no solamente es culpa del Gobierno. Lo es también del principal partido de la oposición, el Partido Socialista, que en ningún momento se ha puesto incondicionalmente al servicio del Gobierno ante este trance dramático para la historia de España. Una vez más ha demostrado no servir para la estabilidad institucional y para el orden del sistema.

Ni un minuto que perder frente al independentismo

EDITORIAL El Mundo 2 Octubre 2017

Y la vergüenza se consumó. El 1 de octubre de 2017 no será recordado como el día en que se celebró un referéndum de independencia en Cataluña, sino como la jornada ominosa en que la irresponsabilidad de una Generalitat ocupada por iluminados y la inoperancia de un Gobierno largo tiempo ausente se confabularon para alumbrar el caos. No puede decirse que ocurriera nada completamente imprevisible, porque cuando las propias instituciones auspician el desborde de los cauces democráticos, es natural que la anárquica riada inunde la calle. Ese exactamente era el plan de Puigdemont, una vez desmantelada la logística de una consulta mínimamente presentable.

Los máximos culpables del desastroso espectáculo que las calles de Cataluña ofrecieron este domingo al mundo son aquellos que decidieron tomar a la parte adicta de su propia sociedad como rehén de un proyecto unilateral de segregación, vestido de designio patriótico. Y esos son Puigdemont, Junqueras, Forcadell y el resto de cabecillas cuyo comportamiento ya no puede ser juzgado por un editorial, sino por un tribunal: nuestra democracia no puede mostrar menor fortaleza que la República en su momento. El president de la Generalitat concretó anoche su amenaza: rodeado del Govern, anunció que en 48 horas trasladará al Parlament el resultado de la farsa de ayer para proclamar la independencia. En el colmo de la impudicia, pidió ayuda a la UE para consumar sus planes, con el delirante argumento de que las cargas policiales habrían constituido una violación de los derechos humanos.

El mecanismo de fusión entre masa y poder, entre Generalitat golpista y cooperación civil, venía engrasándose desde varias Diadas atrás. El domingo funcionó de nuevo: embriagados de la propaganda sentimental que restringe la democracia al ejercicio del voto al margen de la ley, catalanes bienintencionados -en su mayoría- se echaron a la calle en pos de colegios abiertos para meter una papeleta impresa en casa en una urna opaca de plástico, en la convicción de estar expresando un anhelo ancestral de libertad. Las letales dosis de retórica nacionalista ingeridas durante décadas quizá les velaba el verdadero significado de su acción: empujar a la extranjería a sus vecinos y segar la solidaridad con el resto de los españoles. Por eso no dudaron en utilizar a sus propios hijos como escudos humanos, en primera línea de defensa frente a los antidisturbios, ni en desafiar a la policía para obtener la enésima imagen victimista que lanzar a las redes como un engañoso grito de opresión. En el paroxismo de una guerra de propaganda que sustituye el análisis racional de los hechos, las victorias se cuentan por vídeos viralizados -o por partidos de fútbol cerrados al público, como el que jugó el Barça en señal de queja hipócrita- y no por garantías observadas. Porque el esperpento del 1 de octubre, con urnas que llegaban ya llenas al colegio o a la plaza y ciudadanos que repetían votación, no sólo incumplía la legalidad constitucional y el Estatut: también una veintena de puntos de la denominada ley del referéndum.

Fue un fracaso como consulta democrática, pero ese fracaso degeneró en instantes puntuales de represión: el botín emocional que perseguía el independentismo. Cabe felicitar a los agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil por el desempeño de un trabajo tan ingrato como espinoso en proporcionada aplicación de su encomienda legal. Un saldo de centenares de heridos no es un dato del que blasonar, pero las cosas podrían haber sido mucho peores, dadas las circunstancias. El Gobierno nunca debería haber permitido que un puñado de agentes se convirtiera en el último retén de la democracia sobre un terreno en el que se sentían extranjeros, y no por su culpa. Sino por los años de dejación de funciones del Estado en Cataluña. Cuando el Gobierno, forzado por la situación, ha tenido que poner a prueba su capacidad de control del territorio, la deslealtad de los Mossos les devolvió a la realidad. La pasividad exhibida en el instante decisivo -incluso la descarada colaboración con la red de la ANC- confirma las sospechas que pesaban sobre la policía autonómica, cuyos mandos deberán afrontar su responsabilidad penal por haber preferido la legalidad paralela de sus jefes políticos en lugar de proteger los derechos constitucionales de todos.

Rajoy declaró que el 1-O fracasó. Formalmente hablando, tiene razón. Pero su estrategia de esperar primero y mandar después a la policía se ha revelado otro fracaso quizá mayor. No ha logrado impedir que las imágenes cargadas de dramatismo den la vuelta al mundo. Ese capital político acumulado por el separatismo prolonga una rebelión cuya existencia el presidente se niega a asumir. Y sin asumirla, no es posible el restablecimiento institucional que propone abordar desde ahora.

La extraordinaria gravedad que supone la amenaza de Puigdemont de declarar la independencia de forma unilateral -dando por válida la dramática mascarada en la que degeneró la votación de este domingo- exige una respuesta contundente por parte del Estado. Ya no es tiempo de contención, ni de amables invitaciones al diálogo ante un grupo de dirigentes golpistas de los que ya no cabe ninguna duda de que van a seguir manteniendo su voluntad sediciosa en los próximos días.

Ante esta flagrante insurrección al orden legítimo, y en un contexto revolucionario que incluye la convocatoria de una huelga general, el Gobierno no puede dilatar la asunción de medidas que permitan frenar en seco los planes del independentismo, lo que incluye la aplicación inmediata del artículo 155 o la Ley de Seguridad Ciudadana, en aras de presevar la legalidad y situar a los Mossos bajo el control del Estado. El Gobierno no puede perder ni un minuto ni le debe temblar el pulso a la hora de hacer frente, con la ley en la mano, a la felonía del independentismo

Clavel de fuego
RAFA LATORRE El Mundo 2 Octubre 2017

Pasadas las siete de la mañana, dos mossos d'esquadra llegaban a un local del barrio barcelonés de El Putxet donde se estaba consumando un fraude democrático. Iban con la orden de precintar el lugar y llevarse las urnas. Se fueron sin las urnas y con un clavel en la mano. El caluroso aplauso con el que fueron despedidos por los amotinados hizo que a uno de los agentes se le humedecieran los ojos. Esto fue el 1 de octubre en Barcelona, clavell de foc. A las 7 de la mañana en El Putxet y durante todo el día en ciudades y pueblos de Cataluña se hizo evidente, no la derrota del Estado, sino que no había Estado. Si el Estado había sufrido una derrota, ésta ocurrió, desde luego, mucho antes del 1 de octubre de 2017; de una forma poco espectacular, sin estruendo ni pelotas de gomas, sin cámaras incluso, con frialdad burocrática.

El clavel de los mossos es lo siniestro travestido de cursilería. Al coger la flor, los agentes estaban abandonando a su pueblo a la arbitrariedad y el abuso. Al menos hasta que el Estado se hiciera presente con su legítima violencia para restablecer la ley.

Los Mossos eran la penúltima barrera de defensa de los catalanes frente a los planes suicidas de sus dirigentes. Los únicos que, llegados a este punto, podían evitar que un gobierno autonómico ya ilegítimo estrellase a parte de sus ciudadanos contra el muro que delimita el Estado democrático. ¿Alguien pensaba que unas sonrisas iban a quebrar la integridad territorial de la cuarta economía de la Unión Europea? El mayor Trapero es responsable de agravar los enfrentamientos. Si no se hubiera insubordinado, restablecer la ley -"es decir, la paz"- habría sido una tarea mucho menos cruenta.

La propaganda -¡el relato!- nacionalista dice que la sangre ha sido culpa de Mariano Rajoy. El guion ya estaba escrito. Como el escrutinio. Rajoy, sin embargo, tiene otra culpas que asumir. Si una responsabilidad tiene el Gobierno español es, por el contrario, sobre todos y cada uno de los lugares donde se pudo consumar la ilegalidad. Donde el Estado no compareció y, en su ausencia, reinaron la arbitrariedad y el abuso. La violencia, en fin.

En cada uno de esos lugares cada catalán pudo votar una, dos, tres, cuatro o 15 veces contra los derechos del resto de los ciudadanos. En la lógica de Puigdemont, Junqueras y Gabriel a esto se reduce la democracia. A votar todas las veces que a cada uno se le antoje sobre lo que a cada uno se le antoje. Pero eso es lo contrario de la democracia, es violencia, y por eso el Estado tenía que impedirlo.

Seis lecciones del 1-O y tres dimisiones imprescindibles
Xavier Salvador cronicaglobal  2 Octubre 2017

El 1-O no era un referéndum, era una foto. Sabíamos que asistiríamos a una protesta televisada contra la política del PP, animada por los sutiles tintes xenófobos propios del nacionalismo y por la falsa pátina de excelsa actitud democrática que intenta proyectar. Era una obviedad que no habría seguridad ni garantías jurídicas para que los votos se pudieran contar, que su convocatoria era ilegal y que sus promotores eran tan irresponsables como cómplices del balance de daños que hoy, ineludiblemente, debemos hacer. La foto nos sale bien cara y movida, sin enfocar.

Pero conocido todo eso con antelación y superada la jornada --esta sí pasará a la historia--, conviene realizar algunas aproximaciones urgentes a lo acontecido:

1) Los mandos de los Mossos d'Esquadra quedan invalidados para dirigir la policía autonómica de un país moderno y serio. Han desobedecido el mandato del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña? que debían cumplir sin pestañear y, a partir de esa desobediencia judicial, su actuación queda en entredicho y bajo sospecha mientras mantengan la misma cúpula. Tras la acontecido, después de los errores no explicados en el atentado de agosto, los Mossos son menos fiables y nos hacen sentir más inseguros que otras policías. Sus agentes están igual de capacitados, ellos no son el problema; la dificultad de su función nace de que reciben órdenes de un policía-político como el Mayor José Luis Trapero, que ejerce como tal sin haberse sometido a las urnas. Su dimisión es una condición necesaria para que el cuerpo de seguridad no sea considerado una policía política nacionalista. Y la investigación iniciada sobre ellos por varios jueces catalanes es deseable e higiénica.

2) Si los responsables de los Mossos hubieran cumplido de madrugada las órdenes de cierre de los colegios electorales, parecería innecesaria ninguna violencia policial posterior para frenar la votación. La dejación de responsabilidades profesionales que han cometido les culpabiliza de manera directa de parte de lo sucedido a continuación, tanto como a los políticos impulsores del referéndum y de la desobediencia de la ley.

Si los responsables de los Mossos hubieran cumplido de madrugada las órdenes de cierre de los colegios electorales, parecería innecesaria ninguna violencia policial posterior para frenar la votación

3) Hubo ciudadanos y policías heridos. Sólo el Gobierno de la Generalitat y su apoyo parlamentario de la CUP son responsables políticos de ello. Mariano Rajoy, que se equivocó mucho con Cataluña en el pasado, ha sido escrupuloso en la aplicación de las medidas coercitivas con que cuenta el Estado de derecho. Si algo puede reprochársele es quizá la tibieza empleada en el uso de la Constitución y la posible suspensión de la autonomía después de las 48 vergonzosas horas del Parlament de Cataluña en la que se aprobaron dos leyes inmediatamente suspendidas por el Tribunal Constitucional.

Las entidades civiles que aleccionaban e instruían el comportamiento de la ciudadanía (esas que dirigen dos tipos --Sànchez y Cuixart-- que mandan más que el presidente Carles Puigdemont) son corresponsables de esas heridas, muchas de las cuales --a modo de cicatrices y/o imágenes-- residirán en la memoria de los catalanes más jóvenes como un legado inmaterial similar al que acumulamos quienes conocimos los estertores del franquismo y algunas de sus totalitarias prácticas. No se puede utilizar a los ciudadanos como escudos humanos ni fomentar la violencia por la vía de la resistencia a la ley.

4) Con la parcial celebración de la consulta independentista (sin evaluar si puede considerarse mucho o poco exitosa), Carles Puigdemont y Oriol Junqueras tienen dos vías por las que transitar políticamente a partir de ahora: la primera es cumplir con su ley y declarar con urgencia la independencia de Cataluña y atenerse a las consecuencias que de ello se deriven o convocar de inmediato nuevas elecciones autonómicas para revalidar su posición en el hemiciclo y convertirse en los interlocutores adecuados para resolver con Madrid el lío político en que nos han sumido. Si hacen lo primero serían más coherentes, cosa que es difícil de esperar por la cobardía de ambos personajes, pero liquidan su carrera política y las vías de diálogo que queden abiertas. Esa actuación a la brava puede derivar en una involución de autogobierno inesperada y desconocida, lo que seguro que no figura en ninguna de las agendas (u hojas de ruta, como les gusta ahora denominarlas) de los dirigentes del nacionalismo catalán. Lo segundo deberá esperar a que sea tácticamente apropiado, seguro.

Nada volverá a ser igual después de la estúpida demostración de fuerza nacionalista que lo único que produce es un fraccionamiento y división mayor de la comunidad catalana

5) Los catalanes que no acudimos a votar, ni fuimos objeto de la represión fruto de la actuación policial, tampoco estamos menos preocupados por el futuro de nuestra tierra, hoy una especie de sociedad enferma. Nada volverá a ser igual después de la estúpida demostración de fuerza nacionalista que lo único que produce es un fraccionamiento y división mayor de la comunidad catalana. El hálito supremacista que siempre incorpora el nacionalismo ningunea a quienes no practicamos esa religión, pero ni somos peores ni estamos acomplejados con respeto a quienes sí acudieron a votar. Tan legítima y democrática es una y otra posición. Salir a la calle ayer no era cosa de valientes, sino de convencidos y militantes fanatizados, y eso no siempre es una actitud de dignidad y gallardía personal o colectiva.

6) Mariano Rajoy debería asumir su cuota de hipoteca de país en lo acontecido. Insisto, no se trata de atribuir a su figura un problema que arranca antes de que el presidente entrara en política. El nacionalismo lo único que ha hecho en los últimos años es subir su intensidad, siempre moderada, pragmática y posibilista, y Rajoy no ha querido enterarse y, después, ha judicializado el asunto. Ésa, y no otra, es su fatídica y estaférmica contribución. No se equivoquen, no digo que debiera claudicar ante los independentistas, pero sí gobernar sabiendo que existen y que debe manejar esa situación. Sólo por esa dejación de funciones políticas, si convocara elecciones generales anticipadas, una parte del PP y los españoles en general darían las gracias si dejara paso a una generación de políticos conservadores no salpicados por la corrupción o los vestigios del franquismo. La apelación al diálogo ya es insuficiente.

La peor manera de parar un golpe de Estado
Editorial EL RUGIDO DEL LEÓN elespanol 2 Octubre 2017

El 1-O, día del referéndum de independencia convocado por las autoridades catalanas, pasará a la historia como un gran fracaso. Fracaso de Puigdemont, que vio cómo se degradaba su consulta hasta convertirse en una verdadera chapuza, y fracaso de Rajoy, que quiso solucionar el problema en el último momento y con el auxilio de los antidisturbios.

Evidentemente que la responsabilidad, con mayúsculas, de lo vivido este domingo hay que achacársela a los independentistas, que han querido dar un golpe de Estado y que han llevado al límite su estrategia del cuanto peor, mejor. En su empeño no han dudado en utilizar incluso a menores, y han querido presentar ante el mundo una legítima actuación policial, avalada por mandato judicial, como "la prueba" de que en España no se respetan los derechos fundamentales.

Referéndum desacreditado
En realidad, el referéndum ha quedado totalmente desacreditado desde el momento en el que los organizadores se han saltado prácticamente todas las normas que ellos mismos habían establecido: no ha habido sindicatura electoral, se ha votado de cualquier manera y en cualquier colegio, incluso en la calle y sin sobres, sin ninguna garantía y sin sistema informático. El resultado anunciado anoche por la Generalitat (42% de participación con un 90% de síes) carece de la más mínima fiabilidad.

Sin embargo, que la consulta no haya reunido unos requisitos mínimos no puede ocultar una movilización masiva. Puigdemont ha logrado la iconografía que buscaba -colas de gente en la calle y policías dando porrazos- y ahora trata de explotarla dentro y fuera de España. Algunos líderes europeos de izquierda, como Jeremy Corbyn, ya han comprado ese relato, que dentro de España acerca aún más a separatistas y a populistas, y ahí están Ada Colau o Pablo Iglesias.

Rajoy, más débil
Por todo ello y, en términos políticos, la posición de Rajoy es hoy más debil y la de Puigdemont, más fuerte. Las manifestaciones del presidente de que el referéndum "no ha existido" y que "hemos sido un ejemplo para el mundo", equivalen a no querer ver la realidad. El Gobierno dijo que el 1-O no sería otro 9-N (la consulta dirigida por Artur Mas en 2014), pero la verdad es que ha sido mucho peor.

Rajoy, al fiarlo todo a la acción policial, ha abierto una brecha con el PSOE. "Estamos con el Estado pese a este Gobierno", declaró Pedro Sánchez, al mismo tiempo que admitía que se "avergonzaba" de algunas de las estampas que dejó la jornada y mostraba su desacuerdo con las "cargas policiales".

Rajoy ha intervenido tarde y mal, fiel a su filosofía de esperar a que se pudran los problemas. Se equivocó al creer que podría parar un golpe de Estado sin proceder contra los organizadores, y cuando ha querido evitarlo se ha encontrado con que el problema lo tenía ya en la calle. No debe de extrañarnos la actitud de brazos caídos de los Mossos: si el Gobierno ha consentido la desobediencia de su jefes al Tribunal Constitucional ¿por qué ellos habían de temer las sanciones del TSJ de Cataluña?

¿Diálogo con los golpistas?
Es inexplicable que en su comparecencia del domingo para valorar la jornada, Rajoy acusara al Govern de Puigdemont de todos los desmanes y, a renglón seguido, diera a entender que está dispuesto a dialogar. Hasta Albert Rivera, que ha avalado al Gobierno en todo momento, le recordó que no hay "nada" que pactar con los golpistas.

Los líderes del golpe siguen hoy en sus puestos y agitando a las masas en contra de la legalidad. La escalada de tensión está garantizada con la convocatoria de una huelga general en Cataluña y la probable declaración unilateral de independencia que Puigdemont sugirió ya en su declaración oficial sobre el 1-O. Lo que Rajoy no quiso hacer a tiempo, interviniendo la autonomía en aplicación del artículo 155 de la Constitución, va a tener que hacerlo arrastrado por los acontecimientos. La peor manera posible.

Respuesta constitucional o adiós España
Pablo Sebastián republica  2 Octubre 2017

El presidente del Gobierno Mariano Rajoy declaró ayer, frente a la euforia y las mentiras desmedidas de Puigdemont, que ‘no ha habido referéndum, que ha ganado el Estado de Derecho y que la gran mayoría de catalanes no participó en la consulta del 1-O’. El presidente, ciertamente optimista sobre lo ocurrido, anunció que convocará a los partidos con representación parlamentaria y comparecerá ante el Congreso de los Diputados.

Con estas palabras Rajoy busca ganar tiempo y rehacer su débil posición ante el conjunto de los españoles –y ante el PP- porque si bien es cierto que no hubo un referéndum legal ni democrático sí fue cierto que hubo colegios electorales que había ordenado cerrar la Justicia y votantes –ni por asomo los que anuncia la Generalitat- en contra de lo que él propio Rajoy había prometido. Y declarado en Washington ante Donald Trump cuando dijo que no habría referéndum porque ‘no tienen papeletas’.

Pero lo que Rajoy busca es ganar tiempo y no tomar decisiones ejecutivas contra los responsables de lo ocurrido en Cataluña, que es muy grave. No en vano, Puigdemont consumó la violación de la Ley, la Constitución y el Estatut y culminó la desobediencia plena (los Mossos ahí incluidos) a la Justicia: al Tribunal Constitucional y al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Por lo que cabe esperar que el Gobierno, la Fiscalía y el TC actúen sin demora y en consecuencia.

Salvo que Rajoy sufra un nuevo ataque de ‘parálisis ejecutiva’ y vuelva a hacer alarde de incapacidad política para decidir y gestionar la crisis de Cataluña, con una añadida y renovada ‘dejación de funciones’ políticas y constitucionales lo que sería para preocupar, y mucho, al conjunto del país.

Sobre todo una vez que Puigdemont acaba de anunciar, convencido de su falsa victoria en el referéndum y acusando al Estado de gran represión, que convocará el Parlament para aprobar de inmediato y luego proclamar la independencia de Cataluña y todo ello adornado por la huelga general en Cataluña que ha preparado la CUP

Y si ante semejante situación no hay una respuesta constitucional y el Gobierno no activa el artículo 155 de la Constitución para suspender la autonomía catalana y la Ley de la Seguridad Nacional (para poner a los Mossos rebeldes a las órdenes de Interior), y si el Tribunal Constitucional, de ‘oficio’ o a petición del Gobierno no suspende de inmediato en sus funciones a Puigdemont y su gobierno (para que al menos no proclame la independencia desde la Generalitat) y a Forcadell y la Mesa del Parlament, mientras la Fiscalía les imputa a todos ellos el delito de sedición, si esto no se hace así, pronto y con el apoyo del PSOE y de C’s, pues entonces: adiós España.

Pero cuidado con las esperanzas porque la experiencia nos dice Rajoy no es partidario de tomar decisiones aunque se hunda el mundo. Como no hizo cuando debió antes del referéndum y como a lo mejor tampoco lo hará cuando Puigdemont, que canta victoria y presume de 900 heridos, declare la independencia de Cataluña en aras de una legitimidad que cree haber conseguido en las urnas opacas y fraudulentas del 1-O.

Esta es la situación, la que tampoco ha impedido que Pedro Sánchez –otro huidizo de la grave realidad que tal baila como Rajoy- le pida al Presidente que humille al Gobierno de España y siente a negociar con Puigdemont lo que es el colmo de la ceguera del PSOE.

PSOE además ha criticado a las Fuerzas de Seguridad –sin mencionar la traición de los Mossos- y se ha enredado en una equidistancia demencial que lo pone en brazos de Pablo Iglesias, que está en otra cosa –destruir el Estado con la palanca de los independentistas- y que pretende montar otra moción de censura contra Rajoy. Y ojalá que Sánchez no caiga en la trampa y la tentación que pronto le propondrá el PSC de Iceta de un ‘referéndum pactado’ para la liquidación de la ‘soberanía nacional’.

Pero no se alarmen. A corto plazo no pasará nada. No se consumará la independencia de Cataluña que Puigdemont ya proclama a los cuatro vientos y Cataluña irá a las elecciones autonómicas anticipadas, donde se medirá la participación electoral y el apoyo real de los catalanes a la independencia y donde ERC hundirá definitivamente al PDeCAT, como antes hundió al PSC.

Y Rajoy seguirá -un tiempo no muy largo- en la presidencia del Gobierno y del PP (donde existe una creciente y soterrada contestación), Sánchez en la del PSOE (con su rebelión particular desde Andalucía) e Iglesias campante en Podemos porque si a España le va mal mejor para él. Mientras Albert Rivera desde C’s intenta avanzar por el centro pero sin exigir a Rajoy toda la firmeza que requiere la ocasión.

El viejo galeón de la nación española, herido en su dignidad y con una vía de agua en las cuadernas de su cohesión, avanzará por aguas muy inciertas y procelosas sin una mano firme en el timón porque entre la tripulación no aparecen líderes ni intérpretes capaces de dar la talla en este nuevo drama español donde no hay un libreto de grandeza ni de momento contamos con un gran (estadista) actor.

Una situación que solo cambiará cuando el público, o los ciudadanos y votantes del país, obligados a comparecer en unas elecciones generales reaccionen indignados en pos de un nuevo tiempo y de otros gobernantes (y nuevos partidos si hacen falta) que crean en la nación española. Los que al día de hoy no se ven pero que llegar llegarán porque la Historia demuestra que en tiempos de tribulaciones España siempre ha sabido reaccionar.

Firmeza frente al golpe
Editorial larazon 2 Octubre 2017

La Guardia Civil y la Policía Nacional cumplieron ayer en Cataluña las órdenes dictadas por el Tribunal Superior de Justicia para impedir la celebración de un referéndum ilegal de autodeterminación, expresamente suspendido por el Tribunal Constitucional. Los actos de desobediencia perpetrados por los partidarios de la secesión, algunos cargados de violencia, obligaron a los agentes a emplear la fuerza para hacer respetar las decisiones de los tribunales como corresponde a un Estado de derecho que se rige por la Ley. Aunque podemos comprender que las imágenes de la acción policial contra grupos de personas vinculadas en su mayoría a la extrema izquierda separatista puedan causar desazón entre las gentes pacíficas, son absolutamente rechazables, por inveraces, las acusaciones de brutalidad lanzadas, incluso, por quienes en razón de su responsabilidad política deberían ser prudentes a la hora de enjuiciar la actuación de unas Fuerzas de la Seguridad del Estado que si se han caracterizado por algo, ha sido por la defensa de los derechos ciudadanos y el exquisito cumplimiento de las normas que regulan su función. Ayer, los guardias civiles y policías actuaron con su profesionalidad acostumbrada y proporcionadamente a la violencia ejercida por los radicales.

La prueba es que de los 244 centros de votación cerrados ayer hasta la cinco de la tarde por los distintos cuerpos policiales actuantes, incluidos los Mossos, sólo en media docena se registraron incidentes dignos de mención. No importa tanto que adalides de la lucha antisistema, siempre prestos a jalear la desobediencia, aprovechen los incidentes de ayer para su particular batalla electorera, como el que formaciones políticas que han tenido o desempeñan responsabilidades de Gobierno se dejen arrastrar por la demagogia de los violentos. En este sentido, la mayoría de los españoles podría llegar a justificar la cobardía política, pero nunca la intencionalidad del ventajista, dispuesto a sacar réditos de una equidistancia imposible entre un Gobierno obligado a cumplir y hacer cumplir la Ley y quienes no han tenido el menor reparo en transgredirla. Tampoco es suficiente resguardo apelar a la supuesta mala imagen exterior de unas acciones policiales, mucho menos enérgicas que las protagonizadas, solo en lo que va de año, por las fuerzas antidisturbios de Holanda, Bélgica, Italia, Francia y Alemania, frente a la violencia de grupos extremistas, de izquierda o de derecha, con motivo de cumbres del G-7, huelgas laborales o protestas xenófobas.

En cualquier caso, no hay más que un único responsable de lo ocurrido, que es el Gobierno de la Generalitat de Cataluña, que preside Carles Puigdemont, cuyas responsabilidades, no hay que dudarlo, le serán reclamadas. Tal vez, el movimiento separatista habrá conseguido, con el uso irresponsable de las movilizaciones callejeras, las buscadas imágenes de su proyección victimista, pero lo único que cuenta, como destacó anoche el presidente del Gobierno, es que las instituciones del Estado, con el Poder Judicial como garante del cumplimiento de la Ley, han impuesto la defensa de los derechos de todos los ciudadanos frente a la arbitrariedad de los golpistas. El referéndum ilegal, suspendido por los jueces, no podía celebrarse y así ha sido. No es preciso glosar más una farsa que se describe por sí misma y a la que han dado la espalda la inmensa mayoría de los catalanes. Si alguien pensaba que el Gobierno de Mariano Rajoy iba a transigir con un ataque directo a la democracia, a la soberanía nacional, a la Constitución y al propio Estatuto de Cataluña, se equivocaba.

Sin duda, los separatistas tratarán de camuflar su fracaso invocando supuestas represiones y trasladando el foco a la actuación policial, pero, por más agiten las calles, por más que manipulen los hechos, mientan, sobreactúen y apelen a la sentimentalidad, la opinión pública española no se dejará confundir. Los responsables de la Generalitat han traspasado todos los límites del decoro democrático, en expresión del presidente del Gobierno, tratando de imponer el chantaje de unos pocos a toda una nación. No lo conseguirán. Cualquier pretensión de proseguir con su desafío será respondida por los mecanismos legales que amparan las libertades de los ciudadanos, como sucedió ayer. Por las instituciones del Estado, pero, también, por la propia dinámica de una población, la catalana, que, como recordó Rajoy, ha sufrido el embate de las peores prácticas populistas y, sin embargo, se mantiene en su mayor parte del lado de la legalidad y de la democracia. Los responsables de este proceso golpista tienen aún la oportunidad de renunciar a sus propósitos y devolver a la sociedad de Cataluña y de toda España su derecho a la convivencia en paz y a los usos democráticos. Pero que Carles Puigdemont anunciara a primera hora de la noche la declaración unilateral de independencia «en los próximos días» sólo demuestra su intención de volar cualquier posibilidad de que el conflicto pueda tener una salida ordenada. El Estado tendrá que responder en consecuencia.

Un día para la vergüenza
El recuento electoral del referéndum, como la votación, se llevó a cabo ayer por la noche sin ninguna garantía legal
Abel Hernández. larazon 2 Octubre 2017

Aquella noche del 23-F, arrojado al suelo en una sala del Congreso de los Diputados con dos guardias apuntando con sus metralletas, sentí miedo y vergüenza, sobre todo vergüenza. Todo el esfuerzo realizado desde la muerte de Franco, entre mil dificultades, para recuperar las libertades y la democracia, para superar el enfrentamiento de las «dos Españas» y para dejar de ser una excepción en Europa, se convertía de repente en una tarea inútil, una gran frustración. Un sueño hermoso se desvanecía. La sensación de fracaso histórico se apoderó de mí, mientras al otro lado del pasillo resonaban en el hemiciclo los disparos de los guardias de Tejero. Fueron horas de angustiosa incertidumbre. Confieso que, mientras permanecía cuerpo a tierra, pensé, abatido: volvemos a las andadas, otra vez las penosas noticias de España abrirán esta noche los telediarios en Europa y en medio mundo.

Han pasado treinta y seis años y ayer, 1 de octubre, los sucesos de Cataluña volvían a producirme la misma sensación de miedo, pero, sobre todo, nuevamente, de vergüenza. Esta vez, el golpe contra la Constitución y el Estatuto de autonomía procede de un grupo de dirigentes políticos, encabezados por el presidente de la Generalitat y por la presidenta del Parlamento de Cataluña, sustentados por la conjunción de nacionalistas y populistas, que arrastran emocionalmente a una parte notable de la población y que forman un cóctel explosivo. El falso referéndum es un pretexto para la independencia, y la independencia es un pretexto para acabar con el «régimen del 78», la Monarquía parlamentaria, uno de los proyectos democráticos más admirados y generosos de nuestro tiempo. Lo que está otra vez en riesgo es la reconciliación nacional y el sistema democrático que ha proporcionado a los españoles, en los últimos cuarenta años, sobre todo a Cataluña, las condiciones de vida más libres y prósperas de la historia.

El brutal golpe a las instituciones del Estado y a la convivencia democrática de este 1 de octubre se me antoja mucho más grave que la astracanada cuartelera del 23-F. Aquel intento desestabilizador duró 24 horas; a éste no se le ve aún salida clara. Los nacionalistas, con el apoyo de los populistas más radicales –CUP y, en gran manera, Podemos y sus confluencias– han incendiado la calle. Las intervenciones de la Guardia Civil y de la Policía Nacional para restablecer la legalidad y el orden público, ante la dejación política de los mozos de escuadra, sirven a los golpistas para llenar el depósito de victimismo, que es el combustible imprescindible en su carrera hacia la ruptura y el precipicio. El evidente fracaso del pretendido referéndum –sin censo, sin urnas, sin recuento fiable, sin nada– no les frenará. Al contrario. Utilizarán las imágenes de los enfrentamientos y de los heridos en la refriega como valiosa arma de propaganda contra el «Estado represor» y a favor de su siniestro propósito separatista. Como todo movimiento de tintes totalitarios, su estrategia se basa en las imágenes y en la propaganda. Un herido vale más que mi palabras.

La evidente confluencia en este caso de nacionalismo y populismo es una epidemia que sólo puede acarrear, como indica la moderna historia de Europa, y como estamos viendo estos días, odio, violencia, exclusión e incomunicación, lo que obliga a poner remedio urgente. Como se sabe, y en contra de lo que pregonan no pocos indocumentados de la equidistancia, no hay que confundir nacionalismo con patriotismo. Patriota es el que ama su tierra; nacionalista es el que odia la tierra del vecino. El patriotismo une, el nacionalismo separa. El nacionalismo étnico o cultural y el patriotismo cívico son antitéticos. No es justo confundir el sano patriotismo de los españoles con el nacionalismo de Puigdemont y Junqueras o el populismo de la CUP. El nacionalismo –como ha escrito Vargas Llosa– «es uno de los peores enemigos que tiene la libertad». Una de las escasas ventajas de lo que está ocurriendo en Cataluña es que está despertando el patriotismo de los españoles.

Este golpe al Estado democrático y contra la unión y la convivencia libre marcará este 1 de octubre como un día triste y nefasto en la historia de Cataluña y en la historia de España, un día para la vergüenza. La solución al problema no pasa ciertamente por contentar a los nacionalistas catalanes con más concesiones del Estado, con más autogobierno, como piden algunos. La primera obligación de los poderes del Estado, decidan lo que decidan ahora Puigdemont y Junqueras, es restablecer en Cataluña el orden constitucional y, en ningún caso, sentarse a negociar con los golpistas. Estos deberían dar cuenta de sus actos ante la Justicia, como hicieron en su día Tejero, Armada y Milans del Bosch, después de un proceso justo. Los brotes de rebelión vividos ayer exigen una respuesta firme.

A nadie se le oculta que, una vez restablecida la normalidad constitucional, que puede pasar por la aplicación del artículo 155 de la Constitución, sobre todo si hay proclamación unilateral de independencia en las próximas horas, habrá que sentarse a dialogar. Antes será preciso que los catalanes sean convocados a las urnas para que elijan a sus nuevos representantes. En el mensaje a la nación el día 6 de julio de 1976, después de jurar como presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, un político intrépido, que trajo a Tarradellas del exilio y restableció la Generalitat, dijo: «El diálogo a rostro descubierto es el único instrumento de convivencia». Con la «operación Tarradellas», ciertamente audaz, creyó que quedaba encarrilado el secular problema catalán. Nunca olvidaré lo que nos dijo Tarradellas a un grupo de periodistas en la sobremesa de un almuerzo en la agencia Efe: «Cataluña nunca se independecirá de España». Habrá que seguir confiando.

El hundimiento de España (1)
Vicente A. C. M. Periodista Digital 2 Octubre 2017

RAJOY APELA A LA LEGALIDAD EN UN DISCURSO QUE TRASLUCE DESENCANTO Y DECEPCIÓN. PEDRO SÁNCHEZ SE PROPONE COMO EL PACIFICADOR E INTERLOCUTOR.

Anoche como era previsible, aparecieron Carles Puigdemont y todo su Gobierno golpista para proseguir con su farsa y presentarse como víctimas dando un número no contrastado ni verificable de supuestos heridos cerca de 850 dijeron, en la represión violenta de las FFyCCSE al cumplir con su deber de impedir la celebración del referéndum tras la desobediencia de los Mossos a las órdenes judiciales, cínicamente interpretadas como irrealizables. Anoche Carles Puigdemont volvió a aludir a una farsa de referéndum que, gracias a la intervención de las FFyCCSE no pudo llevarse a cabo y tuvo que ser sustituido por una especie de consulta bananera sin ningún tipo de garantías de transparencia en locales inusuales de votación y con unas urnas del todo a cien opacas transportadas en bolsas de basura. Una imagen esa de la basura que resume lo que fue un esperpento que pretendía ser un acto de ejercicio democrático del voto.

Y es que todo está basado en una realidad paralela en una desobediencia continua a las sentencias del Tribunal Constitucional de España, donde los golpistas ignoran consciente y delictivamente la suspensión de todas las leyes y normas emitidas para sustentar este proceso de secesión, como la ley del referéndum, la tramitación exprés en el Parlamento y la ley de Transitoriedad que actúa como una Constitución temporal hasta que se consume la proclamación de independencia y de la República de Cataluña. Y eso es lo realmente importante que los ciudadanos nunca deben obviar ni olvidar. Lo sucedido ayer solo fue una movilización ciudadana promovida por los golpistas de forma absolutamente irresponsable para buscar el enfrentamiento con las FFyCCSE desplazadas a la autonomía ante la duda, después transformada en certeza, de la falta de colaboración de la policía autonómica, los Mossos, que se comportaron desde el primer momento como el brazo armado y cómplice de los secesionistas.

Ya comenté ayer en mi crónica del día de la vergüenza la deslealtad que subyacía tras las declaraciones de Miquel Iceta, del PSC, y el oportunismo traidor y mezquino de Pablo Iglesias, de PODEMOS, o del PNV para ponerse del lado de los golpistas y culpar al Gobierno y al PP de unos excesos de violencia por parte de las FFyCCSE en la neutralización de esa asonada ciudadana que comenzó con la ocupación de colegios y locales electorales la noche anterior al día previsto para el referéndum ilegal. Ninguno de ellos quiso reconocer la actitud de desafío y beligerante de esa multitud donde incluso había unos desaprensivos padres que no dudaron en poner en riesgo a sus hijos en un escenario que nada tenía de pacífico ni de festivo. Una multitud decidida a ser colaboradora de una ilegalidad, engañada o dejada engañar por unos dirigentes sin escrúpulos que llevan años cubriéndose con la bandera estelada, y antes con la senyera, para tapar su vergüenzas, robos y expolio de todos los catalanes y españoles. Una multitud zombi dispuesta a defender las mentiras que durante décadas les han ido inculcando, eso sí, con la absoluta despreocupación y complicidad de los diferentes Gobiernos de España del PSOE y del PP.

Y Mariano Rajoy y antes Soraya Sáenz de Santamaría tienen razón al decir que lo de ayer nunca puede ser llamado un referéndum de autodeterminación, porque no pasa ninguno de los filtros exigibles para serlo y ser reconocido a nivel nacional (ya que nunca hubo una delegación de la Soberanía), ni a nivel internacional que no puede admitir la violación de la Constitución de un país de forma unilateral. No ha habido ningún referéndum, pero sí un intento de engaño con la presentación de una irrealidad basada en una legalidad paralela anulada por la máxima autoridad jurídica de España en materia de derechos, el Tribunal Constitucional. Ese Gobierno y el Parlamento de la Generalidad llevan meses fuera de la ley. Son unos delincuentes y unos golpistas que debieron ser apartados de sus cargos de responsabilidad. Pero no se ha hecho por parte del Gobierno, quizás debido a la falta de apoyo real y a las limitaciones en las medidas a adoptar exigidas por la oposición de PSOE, CIUDADANOS, PNV y otros claramente contrarios y alineados con las tesis separatistas como PODEMOS.

Es por eso que el discurso de anoche de Mariano Rajoy traslucía agotamiento, desencanto y una incontenible frustración por la sensación de absoluta soledad. De ahí que, siempre apelando a la legalidad vigente, y tras señalar a los que han promovido todas las ilegalidades ( Gobierno de la Generalidad, mesa del Parlamento de Cataluña y diputados independentistas, asociaciones independentistas, etc.) como únicos culpables de la indeseable situación de enfrentamiento y solicitar a los golpistas que renuncien a dar nuevos pasos en un camino que no conduce a ninguna parte, ofreciese abrir un diálogo desde la legalidad y anunciase su petición, hoy lunes, para comparecer en el Congreso de los Diputados y su pretensión de convocar a todos los partidos políticos sin excepción para restablecer la normalidad institucional desde la firmeza, serenidad y desde la unidad.

Pero esa unidad, tal como ya adelanté ayer, ha sido cuestionada por Pedro Sánchez que, en unas infames y desleales declaraciones de ayer mismo, junto a las de su portavoz José Luís Ábalos y que anteriormente ya había vomitado su palmero y vocero Miquel Iceta. Un PSOE que aprovecha para posicionarse en una actitud equidistante y elevada para culpar al Gobierno de Mariano Rajoy de incompetencia y al Gobierno de la Generalidad de haberse salido de la legalidad y sacar la suya a la calle. Eso tras haber lamentado y condenado la fuerza empleada por las FFyCCSE en el cumplimiento de su deber y dar su apoyo a las supuestas “víctimas”. Una actitud cínica e hipócrita en quien había dado su apoyo a la toma de medidas pero maniatando y poniendo en riesgo a quienes debían suplir la deslealtad de los Mossos y enfrentarse a una muchedumbre manipulada y exaltada por unos dirigentes sin escrúpulos. Tras lo anterior, se ofreció como el pacificador e interlocutor al resto de las fuerzas políticas, usurpando lo que es, sin duda, competencia del actual Presidente del Gobierno y el partido con mayor representación parlamentaria. Un ofrecimiento que solo oculta el verdadero objetivo de erigirse en líder de una previsible moción de censura en la que al parecer ya cuenta con apoyos suficientes.

No por esperada deja de ser vergonzosa la actitud oportunista, desleal y miserable de Pedro Sánchez, más preocupado por su futuro y asaltar el poder para vender la Soberanía Nacional y ceder al chantaje secesionista intentando no reformar la Constitución sino presentar su plan de plurinacionalidad a los españoles en un trágala cuya alternativa es la fragmentación y declaraciones unilaterales de independencia. Y este sujeto es el que dice que respeta la legalidad.

Hoy comienza el hundimiento de España otra vez traicionada por el partido socialista dispuesto a dividir a la sociedad española y enfrentarla del mismo modo en que los golpistas del Gobierno de la Generalidad y los partidos secesionistas de PDecAT, ERC, CUP y marcas regionales de PODEMOS han hecho con la sociedad en Cataluña, fragmentada en dos mitades irreconciliables. Si queremos evitarlo, los españoles que no deseamos la destrucción de España debemos ser conscientes de que ningún partido político ya nos representa ni va a defender nuestros intereses. Así que deberemos ser nosotros, como ya hicimos al manifestarnos solos en las ciudades de España, los que asumamos, como en otras etapas de la Historia de España, nuestra respuesta como pueblo. La libertad se gana y se mantiene viva luchando por ella.

¡Que pasen un buen día!

Cataluña, fuera de control
Puigdemont insinúa que el Parlament proclamará la república esta semana; euforia en el separatismo por las imágenes de las cargas policiales.
Pablo Planas (Barcelona) Libertad Digital  2 Octubre 2017

Cientos de miles de catalanes han logrado votar. No iba a haber urnas, ni papeletas, ni colegios electorales, pero la Generalidad ha burlado todos los intentos del Gobierno por evitar la celebración de una consulta que ha revelado el músculo del tejido clientelar separatista, la capacidad de organización de sus activistas y la impunidad con la que se manejan sus líderes.

La connivencia de los Mossos con la organización y celebración de la consulta no ha debido pillar por sorpresa al Gobierno. Desde los atentados de Barcelona y Cambrils en agosto pasado, la dirección política y operativa de la policía autonómica dio sobradas muestras de deslealtad. Aún así y en atención a sus competencias fueron comisionados por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) para impedir el referéndum. A las seis de la mañana del 1-O debían comprobar que todos los centros electorales estaban precintados. Han desobedecido todas las instrucciones judiciales y han permanecido en el mejor de los casos pasivos mientras la Guardia Civil y la Policía Nacional trataban de retirar urnas y de desalojar colegios. Misión trampa. El major Josep Lluís Trapero dio órdenes de no actuar y los agentes bajo su mando las han cumplido a rajatabla. En algunos casos se han llegado a encarar con miembros de la Guardia Civil y la Policía Nacional, totalmente desguarnecidos y en muchos casos frente a individuos manifiestamente hostiles.

Colas en los colegios
En los colegios electorales a los que no llegaron las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se votó con grandes colas. En teoría, los ataques informáticos contra el sistema habilitado por la Generalidad retrasaron las tareas de comprobación de la filiación de los votantes. En realidad, la fiabilidad técnica de la consulta era lo de menos; se trataba de montar grandes colas a las puertas de los colegios. Agentes de los mossos confraternizaban con interventores de los partidos nacionalistas y protegían el desarrollo de la consulta.

Policía y Guardia Civil se han empleado con intensidad, pero no podían abarcar los 2.300 puntos de votación dispuestos por la Generalidad. A partir de las seis y media de la mañana, una vez comprobado el "engaño" de Trapero y la pasividad de sus policías, la Guardia Civil y la Policía Nacional se encontraron con aglomeraciones en los colegios y escenas de resistencia en muchos casos nada pasiva y que les han obligado a cancelar diversas actuaciones.

Explotación propagandística
La explotación propagandística de los incidentes ha sido uno de los elementos de este día negro, preludio de una semana que será de una enorme tensión política. Convergencia y ERC dudan respecto a la proclamación de la república y la CUP exige la desconexión inmediata. Las imágenes de las cargas policiales ha sido el giro de tuerca que ha acabado por desmontar el temple de los alcaldes socialistas, sometidos durante los últimos días a una enorme presión por parte de los separatistas. A media mañana ya pedían la cabeza de Rajoy y aventaban el espectro de una moción de censura. Una declaración unilateral complicaría sobremanera la actuación de los socialistas. La "balconada", según algunos nacionalistas, supondría perder el ingente capital mediático internacional obtenido este domingo, pero Puigdemont, que no acostumbra a ceñirse a las consignas de su partido, ha anunciado que trasladará los resultados del referéndum al Parlament para que se aplique la ley de transitoriedad. Es decir, que pretende que se proclame la república esta misma semana. "Los catalanes nos hemos ganado hoy el derecho a decidir nuestro futuro", apuntó el president. Por su parte, los sindicatos y algunas asociaciones empresariales catalanas han convocado una huelga general para este martes.

A diferencia del Gobierno, los promotores del referéndum no le dan ninguna importancia a las dificultades técnicas y las groseras irregularidades. Se trataba de una pugna por el discurso y la Generalidad dispone de abundante material gráfico para vender la teoría sobre el carácter represivo y autoritario del Gobierno, así como el "heroísmo" y la determinación de los partidarios de la república catalana.

La lectura de Rajoy
El golpe separatista hace tambalear al Gobierno, cuyo presidente, Mariano Rajoy, pareció dar por terminado el episodio en su comparecencia a las ocho y cuarto de la noche. Como en el 9-N, Rajoy negó la evidencia: "El referéndum que pretendía liquidar la Constitución no se ha producido", afirmó antes de ofrecer "diálogo" y anunciar que reunirá a los grupos parlamentarios. "No voy a cerrar ninguna puerta", abundó en un discurso que provoca sombras, dudas e incertidumbre.

Rajoy defendió la actuación de la Guardia Civil y la Policía Nacional, pero pasó por alto una de las claves determinantes del fracaso del Gobierno en Cataluña, la traición de los jefes policiales de los Mossos. Prueba de la dificultad para analizar la realidad catalana por parte del Ejecutivo es una nota del Ministerio del Interior de las cinco de la tarde en la que anunciaba que Policía Nacional y Guardia Civil habían cerrado 92 colegios "en toda Cataluña". El coste en términos de imagen para tan escasa incidencia es brutal. Los mismos individuos que provocaban a los policías nacionales y guardias civiles, les tiraban piedras, sillas y vallas, aplaudían a los Mossos y se abrazaban a ellos en lacrimógenas estampas.

El peor escenario
El consejero de Interior, Joaquim Forn, ya alertó de que el Gobierno pretendía que fueran los Mossos los que impidieran el referéndum enfrentándose al "pueblo de Cataluña". No pasó tal cosa. Salvo que las actuaciones judiciales abiertas contra los Mossos tengan consecuencias, la Generalidad ha reforzado entre los independentistas el odio a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y el aprecio a la policía "propia". No ha sido un 9-N. El peor de los escenarios previstos por el Gobierno ha quedado absolutamente desbordado. La fractura social es evidente. Las sonrisas independentistas trocaron en muecas desencajadas mientras los líderes de la sedición, Puigdemont, Junqueras, Mas y Forcadell votaban sin contratiempo alguno y animaban a la gente a enfrentarse con las "fuerzas de ocupación".

Estado sin poder en Cataluña
La aplicación de la autoridad del Estado parece que no se ha conseguido
José Manuel López García diariosigloxxi  2 Octubre 2017

Aunque el Gobierno diga que la consulta ilegal ha sido un paripé e insista en que no tiene validez, ya que es ilegal, el hecho es que la han realizado. El Gobierno ya está superado por los acontecimientos. Va reaccionando a medida que se producen los actos de desobediencia que son numerosos y muy graves. Se tenía que haber aplicado el artículo 155 hace meses o años y el Ejecutivo no se ha atrevido.

A mi juicio, Rajoy se ha equivocado en la gestión del asunto catalán. Aunque piense que no ha existido la consulta independentista. La comparecencia del Presidente del Gobierno en el Congreso será para dialogar y exponer sus planteamientos a las otras fuerzas políticas. Si bien creo que es la demostración de que queda por recorrer un camino muy difícil por causa del desafío independentista.

Las consecuencias las estamos viendo ahora con la celebración de un simulacro de referéndum, con la desobediencia o pasividad de los Mossos respecto a las órdenes judiciales y la dirección política del Estado español. La Generalitat catalana hace y deshace a su antojo y está pasando olímpicamente de la Constitución, de la justicia, del Ejecutivo y del derecho español e internacional.

Las cargas policiales son la consecuencia o el resultado de las decisiones ilegales de Puigdemont, Junqueras y otros políticos independentistas. Los cuerpos policiales pueden usar la fuerza de modo proporcional. Lo que no puede ser es que dejen de cumplir las órdenes o que se dejen avasallar o golpear por los independentistas que no atienden a razones.

Como decía Norberto Bobbio un filósofo político italiano: el poder es “una relación entre dos sujetos, de los cuales uno le impone al otro su voluntad y le determina a su pesar el comportamiento”. El sujeto político que es el Estado posee legitimidad democrática para ejercer su autoridad y poder para que se cumplan las leyes y las sentencias judiciales.

Evidentemente, considerando el poder del Estado democrático se deduce claramente que posee facultades para mandar y atribuciones para hacerse obedecer. Max Weber afirmaba que “poder significa la posibilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aun contra toda resistencia”.

Como dijo John F. Kennedy en uno de sus discursos a los estadounidenses: “en un gobierno de leyes y no de hombres, ningún hombre por muy prominente o poderoso que sea, tiene derecho a desafiar a un tribunal de justicia”. Absolutamente cierto e indiscutible.

La repercusión internacional del referéndum ilegal catalán es muy notable. En la Unión Europea no se reconocen los resultados de la consulta, puesto que es ilegal. También es entendible que las autoridades europeas quieran un diálogo constructivo para solucionar el conflicto catalán. El uso de la fuerza o de la coerción es algo legítimo para cualquier estado democrático y esto que ha pasado en España puede suceder en otros países, con un independentismo que no respeta el imperio de la ley y de la justicia de un Estado democrático.

Por otra parte, es preciso reconocer que tiene razón Albert Rivera al indicar que Puigdemont ha fracturado y dividido la sociedad civil catalana en dos partes.

En lo relativo al referéndum pactado que propone Miquel Iceta es teóricamente una posible solución al problema catalán, pero es, a mi juicio, muy difícil de materializar, ya que habría que reformar o cambiar aspectos fundamentales de la Constitución que requieren un consenso muy amplio de los partidos políticos y esto es poco probable que se pueda lograr sin numerosas complicaciones.

Pedro Sánchez es decidido partidario de un diálogo sin cortapisas que conduzca a soluciones, pero un federalismo plurinacional no creo que sea aceptado por los partidos independentistas, ya que han llegado demasiado lejos y están a punto de lograr la república catalán, según dicen. Se verá lo que ocurre los próximos días. Esta semana puede ser clave.

Vergüenza, irresponsabilidad, prudencia y firmeza
Francisco Muro de Iscar diariosigloxxi 2 Octubre 2017

MADRID, 1 (OTR/PRESS) Hay ocasiones en las que cuesta escribir. En días como el 1-O se juntan la vergüenza y la tristeza, el dolor y el desencanto por lo que somos y por lo que parecemos ser. Cuesta pensar que estamos en una democracia, esa democracia que los españoles nos dimos hace cuarenta años con un ejemplo de generosidad y solidaridad, de renuncias y reconocimientos. Las imágenes que hemos podido ver y las declaraciones rastreras de los políticos de uno y otro lado invitan a bajarse de este tren civilizado y de concordia que es la democracia y volver a la ley de la selva. Como demócrata, me repugna la imagen que hemos transmitido a todo el mundo, las peleas entre políticos constitucionalistas, las diferencias entre los mossos y las fuerzas de seguridad del Estado, su incapacidad para defender la aplicación de la ley.

Con urnas opacas; con papeletas dentro, muchas hechas en casa; con un "censo universal" que nadie sabe lo que es y que permite votar a cualquiera; con votaciones en la calle sin control alguno; sin junta electoral; con cambios de colegios electorales una hora antes de la consulta; con niños y ancianos como escudos; y saltándose todas las normas legales y las decisiones de la Justicia, este referéndum era un esperpento y lo ha sido. Pero sí ha habido referéndum y sus resultados seguramente ya estaban escritos antes de que se votara.

La maquinaria del Estado no ha funcionado o ha sido insuficiente para garantizar el cumplimiento de la ley. Y la afirmación de la vicepresidenta de que no ha habido referéndum no es cierto. Lo ha habido. Ilegal, chapucero, inconstitucional, antidemocrático, impresentable... pero lo ha habido.

La deslealtad de la Generalitat y de sus dirigentes es el origen y la causa de esta situación y ellos son los grandes responsables. No hay que culpar a otros, aunque sí hay que exigir otras responsabilidades. Pero detrás del Govern, muy cerca, está el origen del problema: la promesa de Zapatero de aceptar cualquier cosa que decidieran los catalanes, aunque fuera ilegal y anticonstitucional; y la irresponsabilidad del PSOE al culpar en términos de igualdad al Govern de Puigdemont y al Gobierno democrático de Rajoy; la desfachatez de Podemos y de Ada Colau en los insultos al PP y a Rajoy en lugar de criticar a los desleales a la Constitución. Personalmente he echado de menos una declaración conjunta de los tres partidos constitucionalistas en defensa del Estado de Derecho. Pero no se puede pedir lo que no están dispuestos a dar. No nos merecemos estos políticos.

Los independentistas catalanes son responsables de la inmensa fractura social y política de Cataluña y del coste personal, social, económico y político que va a tener esta situación a corto y a largo plazo para España, Cataluña incluida. Hasta el fútbol sufre las consecuencias de esta irracionalidad. A pesar de todo hay que llamar tanto a la firmeza como a la prudencia. Esto hay que resolverlo desde la ley, primero y sin renuncias, y desde el diálogo, después. Y asumiendo responsabilidades todos. Las que toquen.

Cataluña, años treinta
Roberto L. Blanco Valdés La voz 2 Octubre 2017

La descabellada pretensión secesionista de celebrar un referendo ilegal en Cataluña a sabiendas de que el Estado cumpliría con su obligación constitucional y democrática -que no podía ser otra que impedirlo- ha dado, al fin, en lo que resultaba inevitable: un inmenso pucherazo. Todo lo ocurrido ayer en las mesas que se constituyeron en las provincias catalanas pese a una doble prohibición judicial (la del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña) resulta tan vergonzoso y contrario a los usos democráticos más elementales, que discutir sobre la validez de la burla que ayer tuvo lugar en Cataluña constituye una forma más de seguirle al juego a las instituciones de una Generalitat en abierta rebeldía contra la Constitución del Estado en la que se basa su poder.

De hecho, convencidos los gerifaltes de la sedición (empezando por Puigdemont y por Junqueras) y quienes los tienen cogidos por el cuello (todo el extremismo antisistema, empezando por la CUP) de que el referendo iba a dar en lo que ha dado -un fiasco formidable-, el objetivo del 1 de octubre no era ya la votación, sino sacar a miles de personas a la calle para convertir la rebelión institucional en una insurrección popular y dar así verosimilitud a lo que a partir de hoy mismo, para salvar la cara, tratarán de vender todos los nacionalismos periféricos con el apoyo de Podemos y el resto de la izquierda radical: que el Estado aplastó ayer la democracia en Cataluña, impidiendo votar en libertad.

Puigdemont no encuentra dinero para su independencia
Miguel Alba. vozpopuli  2 Octubre 2017

En este fatídico 1-O hemos perdido todos. Los demócratas y los que tomaron este domingo las calles de Cataluña, alentados por el fanatismo de Carles Puigdemont, Artus Mas y cia, como escudos humanos de un acto ilegal

No será ésta una columna para hablar de lo que pudo haber sido y no fue. Nunca se quiso encauzar el río revuelto catalán. Ni desde Madrid ni tampoco desde Barcelona. Ambos tienen culpa de que parezca difícil el retorno. O al menos no se intuye en el corto plazo. En este fatídico 1-O hemos perdido todos. Los demócratas y los que tomaron este domingo las calles de Cataluña, alentados por el fanatismo de Carles Puigdemont, Artur Mas y cia, como escudos humanos de un acto ilegal. De una farsa en toda regla donde las urnas llegaban repletas de papeletas, un mismo votante se fotografiaba introduciendo el sobre en varias mesas diferentes o el censo no existía. Puro (y triste, sin duda) cachondeo. El fin justifica los medios, que escribiría Nicolás Maquiavelo. La independencia a cualquier precio. Por encima de todo. Incluso por encima de haber dejado las relaciones de la sociedad catalana como un solar durante décadas. Ayer muchas familias y amigos rompieron, como si fuesen novios, después de estar durante meses en silencio evitando hablar del ‘tema’.

Ayer no hubo referéndum. No sólo porque fuera un acto ilegal y sin garantías. Sino porque las calles de Cataluña, desde cualesquiera de Barcelona, hasta las estrechas y angostas de cualquier pueblo, destilaban odio, violencia, sangre, dolor y agresiones por ambos lados. Nada que ver con esa frase manida, pero desde ayer tan cierta, de que una convocatoria a las urnas es sinónimo de fiesta democrática. Imágenes que preocupan de otros países cuando se ven en cualquier telediario. Imágenes que horrorizan emanando de calles que son una parte de España. Pero imágenes, no nos olvidemos, forzadas por quienes asestaron un golpe de Estado en el Parlament -6 y 7 de septiembre pasados-, saltándose todo tipo de norma, incluso hasta órganos, como el Consejo de Garantías, inequívocamente surgidos desde el ámbito catalán. Las mismas normas que se saltará el Parlament en las próximas horas para declarar unilateralmente la independencia, según anunció Puigdemont en la noche del domingo. Un anuncio que no acompañó con ningún dato de la votación ilegal. Daba lo mismo. La piel del oso ya estaba cazada.

La unidad de España ha quedado amenazada y con una alarmante necesidad de liderazgos políticos que sepan recomponer el puzzle. El pegamento debe cimentarse en la Ley. Sin duda. Pero será necesaria también mucha política y debate. Incluso el retorno al Estado de ciertas competencias cedidas a las Comunidades Autónomas, como Educación o Seguridad, que se han convertido en moneda de adoctrinamiento y desunión. Desgraciadamente, en este curso hay 17 textos diferentes, uno por cada comunidad, de matemáticas para los niños de una misma edad. Cuando se politiza en las aulas hasta el 2+2 es que algo falla.

Será necesaria mucha política y debate. Incluso el retorno al Estado de ciertas competencias cedidas, como Educación o Seguridad, que se han convertido en moneda de adoctrinamiento y desunión

España no roba a Cataluña. El mantra es falso. Aunque los argumentos económicos a favor de la secesión han perdido peso frente a eslóganes estrictamente políticos, hay que reconocer el papel fundamental que han jugado durante los últimos años. El manifiesto fundacional de la Assemblea Nacional Catalana afirma sin rubor alguno que “el Estado no apoya a los habitantes de Cataluña y perjudica seriamente sus posibilidades de mantener o incrementar su nivel de vida y bienestar social que la capacidad productiva e intelectual del país permitiría, disminuyendo y limitando conscientemente las potencialidades de nuestro desarrollo económico y social”. Es la acusación más grave que puede hacerse contra un Estado: perjudicar deliberadamente a más de 7 millones de ciudadanos.

Los independentistas han empleado el eslogan “Espanya ens roba” para denunciar los 16.000 millones de impuestos, supuestamente detraídos a los catalanes por la perversa Administración Central: 44 millones de euros que el AVE se lleva de Sants a Atocha cada día. Estos sacos viajeros comparten con los llamados ‘països catalans’ –territorios cuya independencia de España y Francia reclaman ERC y CUP– una cualidad: la invisibilidad. Nadie los ha visto, salvo algún iluminado como el Sr. Salvadó, secretario de Hacienda del gobierno de la Generalitat hasta hace unos días, que afirmaba recientemente que la Agencia Tributaria Catalana reduciría la brecha deficitaria con la recuperación de “15.000 ó 16.000 millones de euros que corresponden al expolio fiscal”.

En contra de lo que afirman los independentistas, la verdad es que Cataluña empezó a despegar económicamente después de las reformas político-administrativas acometidas al finalizar la Guerra de Sucesión en 1714. La expansión manufacturera e industrial que convirtió Cataluña en “la fábrica de España” en los siglos XVIII y XIX fue posible gracias al acceso al mercado nacional, protegido con aranceles y otras barreras hasta 1986-1992. Como resultado de ello, el PIB per cápita de los catalanes creció sin pausa y superó en más del 50% la media española entre 1900 y 1960. Todavía en 2016, el PIB per cápita de los catalanes es el 19,27 % superior al de los españoles y el 23,0% mayor que el del resto de españoles. Y según Eurostat, es el 6 % superior a la media de de la UE en 2015. No está nada mal para tratarse de una economía que, según los dirigentes de la ANC y los líderes políticos independentistas, ha estado sometida al expolio sistemático del Estado español desde 1714.

Falso expolio que según la hoja de ruta de Puigdemont y cia. debe acabar en una República Independiente de Cataluña. Una declaración unilateral que el Govern esconde ante el mero cálculo personal de sus consecuencias. Tras los heridos en las calles del 1-O, el camino no tiene retorno para Puigdemont. Los que se han partido la cara por él ante Policía y Guardia Civil, cometiendo una ilegalidad, esperaban ahora el gesto de su Mesías. Que declare la llegada a su Ítaca. La independencia. Una firma que puede llevar a Puigdemont a la cárcel por desobedecer la Constitución. La declaración unilateral de independencia se efectuará desde el Parlament en las próximas horas. ¿Se atreverán a hacerlo?

Más allá de tener que responder por delitos de sedición y desobediencia, Puigdemont y su cohorte se enfrenta al mayor de sus problemas. ¿Cómo financiar su Ítaca independentista?

Más allá de tener que responder por delitos de sedición y desobediencia, Puigdemont y su cohorte se enfrenta al mayor de sus problemas. ¿Cómo financiar su Ítaca independentista? En las últimas semanas, el área económica del Govern ha contactado con bancos de inversión para que intenten colocar deuda de la Generalitat ofreciendo hasta un 14% de interés. La respuesta de los inversores ha sido contundente. Cero demanda. Falta la pela. La encrucijada es enorme para un Puigdemont consciente de que será un suicidio declarar la independencia sabiendo que el bolsillo apenas tiene calderilla y mucha tela de araña con sus cuentas intervenidas por Hacienda.

Rajoy debe responder con contundencia al órdago. La distancia entre Cataluña y el resto de España es bidireccional. El 1-O ha sembrado de banderas españolas miles de ventanas y balcones en el resto de la piel de toro. Una cosecha sólo comparable al sentimiento creado por Iniesta y su gol ante Holanda en la final del Mundial de Suráfrica. Hay que coser por toda la geografía. La oferta de diálogo dibujada desde Moncloa debe ir en esa dirección. En rigor, no ha habido referéndum en Cataluña el 1-O. En verdad, el gobierno del PP lo ha perdido. En realidad, el Estado está en crisis. Toca remar todos juntos y asumir medidas duras, pero necesarias, como la aplicación del famoso artículo 155, para encauzar de nuevo las aguas y que España no se rompa.

Nada será igual después de este 1-O. La afirmación es pura obviedad. Pero, en ocasiones, lo obvio resulta ser lo más doloroso.
@miguelalbacar

Referéndum en Cataluña TV3 pierde definitivamente el oremus en el día de la infamia
Rubén Arranz. vozpopuli 2 Octubre 2017

El especial informativo que la televisión pública catalana ha ofrecido durante la tarde del domingo ha incluido una mesa de tertulianos 'monocolor' y ha incluido constantes críticas al gobierno. Sus periodistas no se han esforzado en exceso para remarcar que el referéndum que se había convocado era ilegal.

Los impulsores de las ideologías autoritarias han tenido siempre un especial interés por reescribir la historia y por marginar a quienes se atreven a apostillar sus falacias. Existe en Phnom Penh, la capital camboyana, un museo en el que se puede apreciar la barbarie de los Jemeres Rojos. Es el campo de exterminio de Tuol Sleng, donde se relata la locura maoísta de ese grupo de estudiantes, que quemó las ciudades, disgregó a las familias y aniquiló a 2 millones de personas. Sumido en una incontrolable paranoia, acabó persiguiendo a quienes llevaban gafas con cristales gruesos, al considerar que eran intelectuales y, por tanto, individuos incómodos. El actual presidente del país, Hun Sen, participó de aquella barbarie hasta poco antes de que los vietnamitas dejaran de consentirla y establecieran un gobierno títere. Hace exactamente un mes, el presidente provocó el cierre del único periódico que denunciaba su despotismo, The Cambodia Daily. El resto de medios, son esclavos o devotos del partido. Cada día, manipulan la realidad para adaptarla a los intereses de Hun Sen. Tantas veces como sea necesario.

Cualquier democracia que aspire a no enfermar debería garantizar la libertad de las empresas periodísticas y la pluralidad y respetabilidad de los medios públicos. No ocurre así en España y, en especial, en Cataluña. TV3 ha sido una pieza clave de la máquina propagandística de la Generalitat durante todo el proceso soberanista y una incansable difusora de odio hacia sus opositores políticos y mediáticos. En un país en el que las televisiones autonómicas siempre han ejercido de perro faldero de los barones regionales, se puede decir que este medio de comunicación ha interpretado el papel que le correspondía: el de plataforma de propagación de las tesis del Govern. Sin crítica alguna, sin realizan siquiera un tachón en rojo en el guión que recibía desde el Palacio de Sant Jaume. Sin respeto hacia los argumentos de “los traidores”, como definió Carme Forcadell a los constitucionalistas.

La tarea no ha sido sencilla, puesto que el independentismo se ha enfrentado a tensiones internas y a contradicciones obscenas. Pero en Cataluña hace unos cuantos años que la historia se reescribe a conveniencia de los líderes políticos. En este caso, los pagadores. Los que invierten más de 200 millones de euros al año en su canal de televisión y unos cuantos millones más para mantener el favor de la prensa amiga.

El especial informativo que la televisión pública catalana ha ofrecido durante la tarde del domingo ha sido un ejemplo de esta actitud sumisa hacia el Ejecutivo autonómico. Se iniciaba con unas declaraciones de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, en las que criticaba la actitud sediciosa de la Generalitat y valoraba la actuación proporcional de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Sus palabras se solapaban con imágenes en las que aparecía una carga policial y una señora sangrando. De la ilegalidad de la consulta no se decía ni una palabra en ese delirante vídeo.

La objetividad, ni estaba, ni se le esperaba.

TV3, manipulando la historia
Desde que el Parlament aprobó en noviembre de 2015 la “resolución de desconexión democrática con España”, TV3 asumió la sonrojante labor de demostrar que el procés se inició en la calle, y no en los despachos de quienes quisieron tapar sus vergüenzas lanzando ponzoña sobre el contrario. Los resultados de los últimos comicios regionales dejaron a los independentistas con mayoría parlamentaria, pero con minoría de votos. Por eso, desde entonces, la televisión autonómica -ergo, la Generalitat- se ha esforzado especialmente por mostrar que el pueblo está de su lado. Pese a que las urnas mostraron lo contrario.

La clave de este domingo estaba en trasladar a los ciudadanos el sufrimiento de ese pueblo, al que el aparato independentista considera subyugado. Y se puede decir que TV3 lo ha hecho de forma hiperbólica. Sus periodistas han hablado de “la represión de la policía nacional española”, de las “víctimas” de sus "acciones violentas” y de la inoperancia del Estado, que el 1 de octubre “ha perdido la guerra”.

En Cataluña hace unos cuantos años que la historia se reescribe a conveniencia de los líderes políticos. En este caso, los pagadores. Los que invierten más de 200 millones de euros al año en su canal de televisión.

Los responsables de sus informativos han concedido un especial protagonismo a las cargas policiales y han hecho todo lo posible para exonerar a los Mossos. De hecho, cabe destacar la especial atención que han prestado al abrazo que se han dado, “emocionados” y deshechos, un hombre y una mujer de la policía autonómica tras pedir la identificación a las personas concentradas alrededor de un colegio. Una clara mezcla de sensacionalismo y victimismo. Lágrima fácil.

En la mesa de su especial informativo, todos los tertulianos estaban de acuerdo. Todos apoyaban al mismo equipo y defendían la misma causa. Victoria de sus tesis por incomparecencia del contrario. Uno de ellos remarcaba, alrededor de las 21.00 horas, que su única patria es Cataluña. Otra, afirmaba: “a lo que diga el presidente Puigdemont, obediencia de todos los catalanes”. Otro, incidía en la dificultad de explicar a sus alumnos este lunes que el Estado tiene el monopolio de la violencia, como se demostró (a su juicio) este domingo. Los demás, asentían.

Llegó el momento de los discursos y apareció en pantalla Rajoy. El presidente afirmó que el “referéndum no se había celebrado” y el realizador del programa mostró una imagen del recuento de papeletas. Hablaron los representantes de Ciudadanos -Albert Rivera e Inés Arrimadas- y no se vio en directo, dado que dieron paso a la publicidad. Llegó el turno de Carles Puigdemont y, al terminar, se conectó con una plaza en la que sonaba Els Segadors. La Generalitat siempre recibe un trato preferente, mientras que el contrario está en inferioridad de condiciones.

Cataluña camina por una vereda oscura cuyo horizonte resulta imposible de vislumbrar. La televisión pública, lejos de ofrecer a los ciudadanos un poco de luz para permitirles dirimir los riesgos que entraña esa abrupta y nebulosa ruta, se ha dedicado a difundir la propaganda que le remiten desde el Govern. Y, por supuesto, a reescribir la historia para maquillar las imperfecciones de los líderes del procés. Su director, Vicente Sanchís, como biógrafo de Lluís Prenafeta, es todo un especialista en esa labor, para la que hay que tener cuajo. Mucho cuajo.

Etiquetas: Hablemos sin tapujos Cataluña - Sección: Opinión
El galleguismo de Rajoy y la traición de los mossos
Es incomprensible que, a estas alturas, Puigdemont, Junqueras, Turull y el señor Trapero sigan en sus puestos, sin haber sido detenidos
Miguel Massanet diariosigloxxi  2 Octubre 2017

No por previsible, por denunciada y por odiosa que pueda resultar la situación de Cataluña, las manifestaciones independentistas y esta vergonzosa intentona, rodeada del morbo que siempre produce el enfrentamiento de las fuerzas del orden, en este caso la Guardia Civil y la policía nacional, la bellaquería y traición de los mandos de los mossos de escuadra; podemos entender que el Gobierno, que ha estado haciendo alarde de que este seudo referéndum que hoy está intentando desarrollarse, sin ninguna de las garantías legales que deben acompañar a semejantes consultas, iba a tener lugar; haya tenido la previsión de que, a última hora, le iban a fallar estrepitosamente las promesas del señor Trapero de colaborar para impedir la apertura de los locales electorales y la instalación de las urnas. Era evidente y así, modestamente, hace tiempo que lo hemos venido denunciando que, la fiabilidad de los mandos de la policía autonómica catalana era más que previsible que, en un último momento iba a quebrarse, ante la presión de sus jefes políticos separatistas, que han estado dominando el Gobern catalán a partir de que, aquellos otros mandos y políticos que ya se habían percatado, desde hace tiempo, de que la temeridad y erróneo planteamiento de C. Puigdemont; lo denunciaron y por ello fueron separados de sus puestos o, como muchos hicieron, decidieron dimitir antes de verse involucrados en el fanatismo suicida en el que el político catalán estaba obsesionado.

Para muchos españoles, que seguimos creyendo en España, nuestro Gobierno, el que viene encabezando desde hace ya más de una legislatura el señor Rajoy y todo el conjunto de sus ministros y asesores; lo que está sucediendo en Cataluña en estos momentos, en los que estoy escribiendo esta opinión, no es más que el resultado de una política equivocada respecto al problema catalán. Todo fue enfocado, por parte del Gobierno, basándose en que el contencioso catalán era, simplemente, cuestión de dinero, opinión que han mantenido hasta que ya ha sido demasiado tarde para rectificar, incluida la absurda intentona de la señora Sáez de Santamaría de llegar a acuerdos con los empresarios y personalidades catalanas, cuando ya era evidente que nadie, ni el mismo Puigdemont, podía volverse atrás de su discurso separatista porque, la voz de la calle, la de al menos un 50% de los catalanes, no lo hubiera entendido y menos lo hubiera aceptado.

Resultaba incomprensible que, la actitud del Gobierno, durante todos los años que lleva al frente de la nación española, haya sido la de ir aceptando, tolerando, esquivando y poniéndose de perfil, ante los continuos ataques al Estado de derecho, provocaciones, incumplimientos de sentencias, decisiones evidentemente contrarias a la Constitución (lengua española, educación, prohibición de rotular en español etc.), amenazas, desafíos, desobediencias y toda una serie de actitudes, cualquiera de las cuales, si se hubiera tratado de otro gobierno de cualquier estado europeo, no hubiera dudado ni un instante en utilizar la posibilidad de actuar, según está previsto en el artículo 155 de nuestra Carta Magna.

No ha sido así, se han retrasado las reacciones constitucionales, se ha estado más pendiente de la opinión del resto de partidos que del peligro de secesión y no sabemos, todavía, cuál va a ser el resultado de esta merienda de negros que los separatistas han organizado con este referendo del día de hoy. Lo que, si podemos anticipar y que se deriva claramente de las palabras que el señor, J.L. Ábalos, del PSOE, es de que la tregua que, a regañadientes, el señor Sánchez le había dado a Rajoy respecto al enfrentamiento con el separatismo catalán, no ha durado, ni siquiera, para todo este día de las votaciones. El socialista se ha apresurado a acusar al PP de ser incapaz de resolver el problema catalán mediante el diálogo ( todavía no hemos llegado a saber cuál es el que se puede tener, con los dirigentes separatistas, que satisfaga sus deseos de impulsar la separación de España); ha pretendido establecer una equidistancia entre la defensa de la unidad de España, por el PP del señor Rajoy, y las razones que, según ellos, tuvieran los soberanistas catalanes para enfrentarse a la legalidad constitucional y desobedecer las órdenes del TC convocando y llevando a cabo una consulta declarada ilícita.

Ya no hablemos de la actuación, prevista y cantada, de este personajillo, discípulo del señor Maduro, a quien no le importa nada España, desea acabar con la Constitución española y el orden establecido, llamado Pablo Iglesias, incapaz de ocultar sus teorías anarquistas empeñado en conseguir arrastrar a P.Sánchez, del PSOE, a una moción de censura en contra del gobierno de Rajoy para intentar apoderarse del poder y, una vez logrado su propósito, implantar en nuestro país un tipo de gobierno totalitario y dictatorial bajo el pretexto de que en España todo va mal ( una de sus frases favoritas). Ha sido el primero en sacar a relucir los presuntas “crueldades” y “opresión” ejercidas por las fuerzas del orden sobre los “inocentes e indefensos” ciudadanos que, de urna en urna, han ido siguiendo a la policía para situarse ante la puerta de los locales de las votaciones, para impedirle la entrada y provocar, con sus empujones, insultos y número, determinadas cargas de los agentes del orden para defender su propia seguridad. Como siempre, han aparecido presuntas víctimas, algunas de las cuales, que ya han sido desenmascaradas como reproducciones de víctimas de otras algaradas, producidas en lugares que nada tienen que ver con nuestro país.

No tiene recibo alguno escuchar a la señora vicepresidenta del Gobierno, señora Sáez de Santamaría, andarse con remilgos intentando no emitir su opinión sobre la evidente traición cometida por los mandos de los mossos de la policía catalana y su pasividad, mientras la policía nacional y la Guardia Civil se partían el pecho para conseguir neutralizar las urnas ilegales que, gracias a su pasividad, se habían podido instalar en los lugares de votación. Todavía no ha transcurrido el día de la votación, pero mucho nos tememos que, por este temor de quienes nos gobiernan de sobrepasarse, por no despertar la ira del resto de partidos, que ya maquinan el provecho político que van a sacar de la llamada “opresión” de la policía, cuando no debemos olvidar que, si actúa, no es por orden del Gobierno, sino que por instrucciones expresas del TSJC, que es quien ha asumido el mando de la operación, para evitar la consulta ilegal en Cataluña. Tenemos la casi convicción de que los verdaderos responsables de todo este denigrante espectáculo, que hemos presenciado del gobierno catalán; esta noche van a seguir durmiendo en sus casas sin que nadie haya tomado la decisión de que, lo primero que se debiera de haber hecho, era detenerlos y ponerlos a disposición de la Justicia, al tiempo que se tomaban las medidas oportunas para que, en Cataluña, no se moviera una hoja sin que fuera autorizado por el Gobierno de la nación.

Cuesta pensar que hayan debido ser nuestros cuerpos de policía y de la Guardia Civil los que se hayan visto obligados a intervenir, dominarse y aguantar los insultos y los ataques, dirigidos por los activistas, de las hordas que han actuado contra ellos. A mayor abundamiento, resulta que estos cuerpos de policía y Guardia Civil son los que cobran menos si se compara con los emolumentos que perciben los mossos de la Generalitat, que han sido los que han evitado comprometerse en la operación. Hay que decir que muchos policías u guardias civiles se prestaron a trasladarse a Cataluña sin pedir retribución alguna a cambio, para mantener la unidad de España. Ya es hora que se tomen medidas para que, por lo menos, se igualen los emolumentos de estos sacrificados policías y guardias civiles a los de estos mossos que, entre todos, a costa de nuestros impuestos, estamos pagando para que, cuando ha llegado el momento, se hayan arrugado y dejado lo peor para el resto de policías; que se han visto obligados a enfrentarse, ellos solos, con los fanáticos catalanistas que, como se ha demostrado, han estado intentando conseguir que hubiera víctimas para para poder exhibirlas y darlas a los representantes de la prensa extranjera para ayudarles a desprestigiar al Gobierno fuera de nuestras fronteras.

Así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, hemos presenciado lo que puede que sea uno de los días más amargos para los buenos españoles. Es evidente que los días que van a seguir a este 1º de octubre, nos van a dar la medida de si se va a seguir actuando en contra de este cáncer separatista, que ya lleva demasiados años convirtiendo la vida en Cataluña en un infierno para aquellos que no comulgan con sus ideas separatistas o si, una vez más se sigue tolerando o, incluso, se premie con más ayudas a estos chantajistas que piden la separación de España. Esperamos que la Justicia reclame a todos los responsables de estos intentos de secesión con toda la fuerza que le proporciona el Estado de derecho. Es posible que Podemos y el PSOE intenten sacar tajada para desacreditar la acción del Gobierno, aunque esta se haya reducido al mínimo que se podía esperar del enfrentamiento con los sediciosos. No obstante, deben tomar en cuenta que existe una mayoría silenciosa que, en caso de unas nuevas elecciones, es muy posible que a ambas formaciones les tenga preparada una sorpresa desagradable. Las urnas, a veces, tienen su especial forma de expresarse.

Y llegó el día D
La izquierda, especialmente la nueva, surgió para tratar de mejorar las condiciones de vida de nuestros conciudadanos, para romper con un sistema agotado y finiquitado, no para perder ni un segundo en veleidades independentistas.
Juan Laborda vozpopuli.es  2 Octubre 2017

Saben ustedes que, desde estas modestas líneas, no suelo analizar cuestiones estrictamente políticas, salvo las derivadas de mi campo, la economía, y su traslación o plasmación en la política económica. Sin embargo, esta vez, tal como ya lo he hecho en cuatro blogs previos, la delicada situación que atraviesa nuestra querida España, me obliga al menos a compartir con ustedes ciertas reflexiones. Mi tesis es muy sencilla, fácil de entender. Ya la conocen. España, incluida Cataluña, atraviesa una profunda degradación social, económica, política y moral. Y en río revuelto, ganancia de pescadores. Los independentistas sediciosos, con ayuda exterior, han visto su momento de gloria, y han aprovechado este contexto de enorme debilidad para tratar de medrar y descomponer nuestra querida España. Ni se lo debemos, ni se lo podemos permitir. Por el futuro de todos y cada uno de nuestros conciudadanos. Por eso, y esta es mi primera idea, debe recaer sobre los organizadores de este esperpento de referéndum ilegal todo el peso de la ley. Y cuando digo todo, es todo.

La solución, como segunda idea, pasa por una profunda regeneración de nuestra querida España. Déjenme extenderme en este argumento. Nuestra democracia hace años que fue secuestrada por unos pocos. España, incluida Cataluña, en su actual deriva, es un excelente ejemplo de Totalitarismo Invertido. Nuestras élites políticas y económicas, claramente interconectadas, son, en su inmensa mayoría, profundamente mediocres, extremadamente egoístas, y carentes de esa ambición sana que permite avanzar y progresar a un país y a sus gentes. Son “patriotas de hojalata”. La verdadera libertad es inseparable de esa enorme sed de justicia necesaria para cambiar el triste devenir de nuestros hijos y nietos. En nuestro país, incluida Cataluña, los monopolios, los oligopolios, los rentistas del suelo, están acabando con los emprendedores, los productores, los trabajadores, fomentando una distribución injusta de la renta y riqueza, generando pobreza. ¿Y saben ustedes quienes están pagando los platos rotos? Nuestra juventud. España no es un país para jóvenes, pero, además, bajo la actual súper-estructura, es un país sin futuro. Echen una ojeada a la pirámide poblacional, y un vistazo a la situación financiera de las familias, y a nuestro modelo productivo. Lo vengo avisando hace tiempo. Se está gestando en nuestro país un conflicto inter-generacional.

La solución para Cataluña, la misma que para el resto de España
Pero esta solución es la misma para España y, como parte de ella, para Cataluña. Llama poderosamente la atención como los cantos de sirena independentistas ocultan la dura realidad catalana, exactamente la misma que la del resto del país. Corrupción, burguesía en declive, mediocridad, pobreza, desigualdad son rasgos distintivos de la Cataluña actual. Todo ello aderezado con una manipulación de la historia difícil de entender, que en algunos episodios denota rasgos de una idea de supremacía moral y ética falsa. A los datos y a la realidad me remito. El nacionalismo burgués catalán ha fracasado. Y de ahí, toda la movida que han montado. Porque en el fondo se trata de eso. Es exactamente todo lo contrario de lo sucedido en el País Vasco, que vive un momento histórico dulce. He de reconocer que el PNV entendió en la década de los 80 la solución a su proceso de reconversión industrial: más y mejor industria. Apostó por ello y ganó. Es la única comunidad española que está jugando en la primera división mundial. Es un ejemplo que deberíamos imitar el resto del país. Todo ello aderezado además con unos niveles de corrupción bajos, en estándares europeos, nada que ver con la calamidad de los desgobiernos bajo el partido del actual ejecutivo de Madrid o en la misma Generalitat catalana.

Quienes nos han llevado hasta aquí deben desaparecer
Quienes han actuado como bomberos pirómanos, quienes nos han llevado hasta aquí, fruto del desgobierno de las últimas décadas, en Cataluña y en el resto de España, democráticamente, en las urnas, deberían ser reducidos a cenizas. Pero no se preocupen, no pasará. Por un lado, Rajoy y el partido que le sustenta son parte del problema. Azuzaron un sentimiento anti-catalán por un puñado de votos. Y los rasgos distintivos de sus gobiernos han sido siempre los mismos: han favorecido a los rentistas patrios, que actúan a modo de vampiros; han activado y generado burbujas financieras e inmobiliarias por doquier, endeudando a nuestro país como nunca en nuestra historia reciente; y han generado un esquema de dádivas y depravación institucional generalizada. Por otro lado, los partidos independentistas catalanes, herederos una burguesía en declive, que busca como posicionarse de nuevo para seguir medrando. Son responsables de tensar la cuerda hasta niveles insospechados, pero no para mejorar la situación de sus conciudadanos, sino para seguir medrando, alimentando un discurso identitario falso, mientras sus conciudadanos pasan exactamente por las mismas penurias que el resto de españoles.

Permítanme terminar con una reflexión final muy personal sobre la actitud de la izquierda de nuestro país respecto al tema catalán. Debería haberse posicionado claramente contra el desafío independentista. El problema de nuestro país es el de una desigualdad asfixiante, el de una corrupción galopante, el de unas élites rentistas. El contrato social, si en algún momento existió, se ha roto, y la izquierda, especialmente la nueva, surgió para restablecerlo, para tratar de mejorar las condiciones de vida de nuestros conciudadanos, para romper con un sistema agotado y finiquitado, no para perder ni un segundo en veleidades independentistas, profundamente sectarias, sino supremacistas.

Lo único que espero y deseo es que la situación, a partir del 2 de octubre, se reconduzca de nuevo; y que a nadie se le ocurra usar la violencia como un medio para conseguir sus fines. Pero también exijo contundencia contra quienes se han saltado la ley, usando a niños y jóvenes en su particular cruzada, de manera que asuman las consecuencias de sus actos. Y que de una vez por todas seamos mayorcitos, quien la hace la paga.

Trapero, historia de una traición anunciada
Ayer en Cataluña asistimos al primer fraude electoral a gran escala que se ha producido en un país miembro de la Unión Europea desde su fundación.
Ignacio Varela elconfidencial  2 Octubre 2017

Ayer en Cataluña asistimos al primer fraude electoral a gran escala que se ha producido en un país miembro de la Unión Europea desde su fundación. Ninguna de las derivas autoritarias de algunos países del este de Europa, que preocupan profundamente en Bruselas, se aproxima ni de lejos a la gravedad del asalto a la democracia que ayer se perpetró en Cataluña. Lo de Erdogan es un prodigio de pulcritud democrática al lado de esto. Un golpe subversivo organizado desde un poder del Estado (no otra cosa es la Generalitat de Catalunya) que el Gobierno de ese mismo Estado, pese a todas sus advertencias en contrario, ha sido incapaz de neutralizar.

Es imposible presentar este adefesio como un referéndum del que pueda derivarse efecto alguno -salvo la responsabilidad penal que toque a sus autores. Ayer solo hubo miles de personas echando papeles en tropel dentro de unos envases de plástico introducidos clandestinamente –y probablemente, muchos de ellos llenos de papeletas de antemano- en locales ocupados por piquetes. Pretender que eso pueda fundamentar la ruptura de un Estado y el nacimiento de otro es un desatino histórico. Y sin embargo, ahí estamos, en vísperas de una declaración de independencia que no traerá la independencia, pero sí una plaga de males.

El Presidente del Gobierno prometió a los españoles que impediría la votación. No una efectiva y válida, sino cualquier clase de votación. Y ofreció garantías de que sería la policía autonómica de Cataluña quien se ocuparía de materializar sobre el terreno las decisiones de la justica, dejando a la Guardia Civil y a la Policía Nacional como meras fuerzas de apoyo. Falló en las dos cosas.

En el primer caso, Rajoy ha sido víctima de la lógica burocrática de quien considera que aquello que es ilegal no es posible. Siempre tuvo la convicción de que la inercia de la fuerza de la ley y de las sentencias judiciales terminaría por amedrentar a los insurrectos y les haría dar un paso atrás. En el segundo, ignoró de forma contumaz lo que la realidad ha venido mostrando día a día: que el cuerpo de los Mossos d’Escuadra hace tiempo que no está al servicio de la ley, sino de la voluntad política de sus jefes. Que su función real nunca fue impedir el referéndum, sino coadyuvar a que se celebrara. Y que sus responsables, empezando por el señor Trapero –al que se designó tras una purga con ese encargo preciso- no han cesado un solo día de burlar a la legalidad, a los jueces y al Gobierno de España.

Es bien sabido que desde la primera notificación de la fiscalía, todas y cada una de las actuaciones de Trapero se han diseñado en el despacho del Consejero de Interior de la Generalitat. Cualquiera que observara con un mínimo de atención su oblicua manera de interpretar las órdenes judiciales se daba cuenta de que sólo lanzaba nubes de humo para cubrirse y cubrir sus verdaderas intenciones. Los responsables de los otros cuerpos policiales se hartaron de advertir sobre la nula colaboración –cuando no obstrucción activa- de los Mossos. Y su cobarde inhibición ante el escrache violento que durante más de 20 horas sufrieron los guardias civiles en la sede de la Consejería de Economía debió ser la prueba definitiva.

No se vio porque no quiso verse, porque admitir que no podía contarse con los Mossos para frenar el referéndum conducía a una de estas dos cosas: o resignarse a no poder hacer el trabajo, o adoptar medidas drásticas –previstas en la ley- conducentes a tomar el control de ese cuerpo y sustituir a su desleal responsable, conchabado con los rebeldes.

Llenar dos barcos de policía y guardias civiles fue, en gran medida, un gesto para la galería. Es evidente que sólo los Mossos disponen de efectivos suficientes y de un despliegue en todo el territorio catalán para la ingente tarea de garantizar que dos mil centros electorales permanecieran cerrados; máxime cuando el estado mayor de la sublevación había anunciado con antelación su plan de ocuparlos preventivamente con ciudadanos, lo que obligaría a usar la fuerza para evacuarlas. Eso, por no hablar del ridículo de la búsqueda de las urnas. ¿Alguien duda de que Trapero sabía exactamente dónde estaban y cómo llegarían a los colegios?

El propio Trapero llamó a la ocupación de los colegios al declarar repetidamente que “si al llegar los encontramos llenos de gente, tendremos que dar prioridad a evitar altercados”. Por si alguien dudaba, en la víspera emitió un tranquilizadora instrucción asegurando que sus policías no moverían un dedo para obligar al desalojo de los locales. Pese a lo cual, el viernes tras el Consejo de Ministros el Portavoz del Gobierno repitió que “confiamos plenamente en los Mossos”. Si no lo creía, malo por cínico; y si lo creía, peor por incompetente supino.

Desde que Trapero y sus Mossos traicionaron a su obligación como policía judicial para actuar como policía política del independentismo, seguir contemporizando con ellos era abonarse al fracaso. Pero aun peor fue cuando, al hacerse patente en la mañana de ayer la complicidad de la policía autonómica con la sublevación, se lanzó a los exiguos efectivos de la Policía Nacional y de la Guardia Civil a un desesperado choque contra los ocupantes de los colegios, en vano intento postrero de disfrazar la cruda realidad de que el Estado está inerme y desasistido para hacer que se cumpla la ley en Cataluña.

El problema no es el uso de la fuerza cuando es necesario, sino el uso alocado de una fuerza inútil que, además de no conseguir su objetivo, se vuelve dramáticamente contra quien la emplea. Los independentistas recibieron el fantástico regalo de un surtido de imágenes de violencia policial contra ciudadanos, con el magro resultado de cerrar…¡93 colegios de 2000!

No habrá votación y no será necesaria la represión, decía el Gobierno. Pues bien, los organizadores del pucherazo consiguieron ambas cosas: la imagen de miles de ciudadanos votando, junto con la de policías golpeando a personas indefensas. Dos imágenes que han dado la vuelta al mundo, bingo para el Govern.

No ha sido esta la única negligencia política que ha facilitado esta derrota humillante del Estado de derecho. Ni tampoco la única traición que ha padecido el Gobierno. Pero sí la más manifiesta, la más evitable y, a la postre, la más determinante en el día decisivo.

España
1-O: un referéndum fracasado que deja a España dañada
La Generalitat escenifica su golpe y conduce al país a su mayor crisis institucional
ÁLEX GUBERN ABC 2 Octubre 2017

La Generalitat de Cataluña escenificó ayer su golpe a España con la escenificación de su anunciado referéndum ilegal. El Estado se enfrenta ahora a su más grave crisis institucional de las últimas décadas: un referéndum sin garantías -no reconocido por nadie pero con una importantísima movilización ciudadana- lleva al independentismo a dar un paso más adelante hacia la ruptura.

En una comparecencia junto a todo su gobierno, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, anunció que «nos hemos ganado el derecho a ser un Estado independente en forma de república». En los próximos días, informó desde el Palau de la Generalitat, trasladará al Parlamento catalán los resultados de la consulta para actuar de acuerdo con la suspendida ley del Referéndum, que establece que en 48 horas la cámara declare la independencia una vez se ratifiquen los resultados. La ANC y Òmnium le exigieron que cumpla.

Desde el Gobierno, por contra, se hizo un llamamiento a la unidad de los partidos, a los que se convocará para «reflexionar juntos sobre un futuro que tendremos que afrontar juntos». La intervención del Estado, aseguró el presidente Mariano Rajoy, fue la única posible: «Hemos hecho lo que teníamos que hacer, somos el Gobierno de España, yo soy el presidente y he asumido mi responsabilidad». La de ayer, con toda su trascendencia, se intuye solo como la víspera de jornadas mucho más graves. Todos los puentes están rotos.

Como se había anunciado, la jornada comenzó muy temprano. De hecho, fueron miles las personas que acamparon durante toda la noche tanto dentro como fuera de los colegios electorales. A partir de las cinco comenzó a llegar más gente atendiendo la llamada de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), junto a Òmnium Cultural y la propia Generalitat responsables de todo el despliegue logístico. A las seis de la mañana, cuando vencía el plazo dado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) a los Mossos d’Esquadra para precintar los colegios, centenares de personas se agolpaban en cada centro de votación a modo de cordón de seguridad.

Durante esas horas, la actitud de la policía autonómica ya se vio que iba a ser de absoluta pasividad, como lo fue durante toda la jornada: parejas de agentes, a lo sumo cuatro, se dirigieron a cada centro para comunicar a los congregados que la votación era ilegal. No hicieron más, tampoco cuando en forma de goteo comenzaron a llegar las urnas y las papeletas a los colegios, material que según ha trascendido se había guardado en Perpiñán (Francia) para luego ser repartido en el territorio desde casas de particulares.
844 heridos

La pasividad de los Mossos, que solo requisaron algunas urnas en colegios puntuales a última hora de la tarde, en una actitud que compromete su prestigio, autoridad y relación futura con el resto de policías, llevó a la pronta intervención de la Policía Nacional y de la Guardia Civil. Desde las nueve de la mañana, y a lo largo de una jornada de gran tensión, con incidentes a lo largo y ancho del territorio, ambos cuerpos requisaron las urnas y todo el material electoral de 92 centros de votación. En su conjunto, y según datos de la Generalitat, 319 colegios electorales de los 2.315 previstos no pudieron abrir o fueron clausurados a lo largo del día. El balance de la actuación policial revela el alcance del que fue el mayor operativo desplegado nunca por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Según el departamento de Salud de la Generalitat se produjeron 844 heridos y contusionados, dos de los cuales graves: un hombre que con probabilidad perderá el ojo por el impacto de una bola de goma, y otro con un ataque al corazón, aunque este último producto de la impresión, sin que llegara a ser golpeado. Por su parte, diecinueve policías nacionales y catorce guardias civiles resultaron heridos durante la jornada.

En una catarata de escenas que el Gobierno daba por descontado que tendría que asumir como coste de imagen, los agentes del CNP y la Benemerita tuvieron que emplearse a fondo para conseguir requisar las urnas de los centros: en algunos casos bastó con el uso de los escudos para empujar y despejar el paso, en otros se tuvo que usar las porras y el lanzamiento de pelotas de goma. La Generalitat habló de «brutalidad policial», mientras que desde el Gobierno se respondió que los agentes actuaron con la proporcionalidad debida. El ejecutivo catalán anunció que denunciará ante el juez a los dos cuerpos.

Por parte de la Generalitat, toda la jornada fue un maratón para intentar burlar la acción de la Justicia. De manera sorpresiva, a las ocho de la mañana, una hora antes de la apertura de los colegios, el gobierno catalán desde el centro de prensa organizado por un grupo privado de comunicación anunciaba un nuevo sistema de votación mediante un «censo universal electrónico» que permitía a las personas votar en cualquier colegio electoral del territorio, al margen de su lugar de residencia. Mediante una aplicación informática en la que se introducía el DNI de cada persona, el sistema debía evitar las votaciones dobles, algo que a la postre no se pudo generalizar dado que o la aplicación fallaba o funcionaba con extrema lentitud. Fuentes policiales aseguraron que el sistema no llegó a entrar en funcionamiento en ningún caso, y que a lo sumo se pudieron guardar los datos en un disco duro, sin que los dispositivos desplegados en los centros llegaron a trabajar de manera cruzada para evitar las duplicidades. En buen número de colegios, de hecho, las mesas simplemente se limitaron a anotar el número de DNI, lo que propició, como pudo comprobar este diario, que se pudiese votar por duplicado o triplicado, o que incluso personas con residencia fuera de Cataluña pudiesen votar.

El cambio del sistema de censo a última hora, la inexistencia de una Sindicatura Electoral -disuelta desde la pasada semana- o el hecho de que se pudiese traer la papepeleta desde casa e introducirla en la urna sin sobre llevaron al Gobierno a concluir que el pretendido referéndum, en realidad, no se había celebrado. «Todo el mundo ha podido ver que no se ha celebrado un referéndum», apuntó el presidente del Gobierno. No obstante, y como sucedió con la consulta de noviembre de 2014, la postura del Ejecutivo contrastaba con la realidad de una jornada en la que de hecho sí se voto: sin garantías, en nada de lo que pudiera parecerse a una consulta homologable, pero con decenas de miles de personas en la calle y el secesionismo celebrando la jornada como si se tratase de una victoria, tan solo el anticipo de una ruptura que anuncian como inminente.

En los próximos días se verá hasta qué punto el soberanismo está dispuesto a llevar adelante sus planes hasta las últimas consecuencias. Por lo pronto, la CUPy la ANC ya animaban a acelerar la desconexión, mientras que desde la propia Generalitat, el vicepresidente Oriol Junqueras reunía por la tarde a CC.OO, UGT y la ANC tratando de buscar una respuesta «unitaria». A la huelga general que los sindicatos minoritarios habían convocado para mañana se sumaron ayer los centrales mayoritarias, CC.OO yUGT, así como las patronales adheridas al soberanismo.

Ruptura total
Si la ruptura entre las instituciones catalanas y las del resto del Estado se adivina ahora mismo irreversible -al menos con los actuales liderazgos en Cataluña-, la quiebra y la conmoción por los sucesos de ayer alcanza también al frente constitucional. Así se lee la posición del PSOE, y de manera especial del PSC, que tras unas semanas en las que su apoyo a las políticas del Gobierno en Cataluña ha sido valorada por el Ejecutivo, ayer recuperó la equidistancia para responsabilizar a partes iguales al presidente Rajoy y a los líderes independentistas. Miquel Iceta hasta pidió la dimisión del presidente del Gobierno. Pedro Sánchez, por su parte, garantizó que su partido apoyará la «estabilidad» del país «a pesar del Gobierno del PP». Más allá, Podemos y los «comunes» de Colau confirmaron que su estrategia de voladura de las instituciones se solapa y es paralela a la del independentismo, una realidad a tener en cuenta en el escenario electoral que puede abrirse en Cataluña.

Tras una jornada que el independentismo celebró como victoriosa, y el constitucionalismo como un día negro, el «proceso» catalán entra en una nueva y más grave dimensión.

El objetivo común del separatismo, la izquierda radical y el islamismo: destruir España
YOLANDA MORÍN lagaceta.eu 2 Octubre 2017

Círcula en estos días por las redes sociales un vídeo sobre la ilegitimidad del proceso independentista catalán y que desmonta los argumentos del referendúm de maras en términos sencillos y sensatos.

Éste es un argumento clásico e irrebatible acerca del caso: unos pocos no pueden enajenar el bien de todos, no se puede disponer de la propiedad común por unos cuantos, toda decisión acerca de ésta debe ser consensuada entre todos, etc... El "título de propiedad" de la nación española pertenece al pueblo español en su conjunto y nadie puede adueñarse de él por su cuenta. La soberanía nacional no se puede trocear a gusto y paladar de algunos.

Esto es el abc de la cuestión. El caso es que esa pedagogía (la invocación de las reglas elementales e inviolables que rigen el Estado) ya está fuera de tiempo. Tanto los unos como los otros saben perfectamente lo que está pasando. Es el momento de la aplicación de la ley. Puede ser doloroso para algunos, o incluso para muchos, pero dura lex sed lex.

Por lo demás, no estaría de más recordar que los ríos se controlan hacia su fuente, no hacia su desembocadura. Es un principio de lógica elemental. Pero también es tarde ya para estas recriminaciones. En todo caso, podemos exponer una reflexión que viene al caso. Brevemente.

España tiene actualmente tres enemigos internos (que están dentro de sus fronteras). Estos son el separatismo (nacionalismos catalán, vasco, etc...), el izquierdismo (la izquierda radical) y el islamismo (el islam expansionista). Trabajan (juntos o por separados) para la destrucción de España.

Estos tres grupos han crecido y se han fortalecido debido a la tolerancia y debilidad de los distintos gobiernos y del desinterés y el desconocimiento de la opinión pública. Ésta es otra cuestión.

Estos tres grupos (ideologias) no son nuevos en el panorama histórico español. Son viejos conocidos y han dado ya pruebas de su auténtica naturaleza: su enemistad congénita con "lo español" (España y los españoles), su voluntad de "borrar" España y su objetivo no disimulado de sustituirla por otra cosa, totalmente antagónica a la identidad, la cultura y la idiosincrasia españolas.

Estas tres corrientes están actualmente en plena efervescencia activa para la consecución de sus fines. Estos grupos, distintos y hasta disímiles entre ellos, tienen puntos compartidos, además del odio a España, su enemigo común.

Examinenos. Todos estos grupos niegan la realidad española, la combaten y buscan destruirla. Todos ellos ya lo intentaron en tiempos históricos: no estamos pues ante una teoría, un proyecto novedoso, sino ante una realidad que se busca reeditar. No se trata de programas nuevos, sino de reediciones de regímenes antiguos.

Por orden cronológico: los musulmanes "borraron" a España durante siglos. Al final de una larga contienda, los españoles lograron expulsar a los invasores y restauraron a España. (El hecho de que en esas épocas no se hablara de españoles sino de cristianos no cambia nada a la cuestión). 1492 es la fecha fatídica para los moros (toma de Granada, culminación de la Reconquista, fin de la dominación musulmana).

Los nacionalistas catalanes supuestamente perdieron su independencia a mano de la España mesetaria (Castilla) como ocasión de la Guerra de Sucesión (1701-1713), cuyos últimos rescoldos son conocidos como la Campaña de Cataluña (1713-1714). Esa es la mitología fundadora de su independentismo. Para los nacionalistas catalanes 1714 marca el fin de la libertad de Cataluña.

El izquierdismo se nutre de su propia historia y mitología (llamaremos izquierdismo a ese conglomerado radical de distintas siglas. La izquierda moderna y sensata -si es que queda algo de ella- no entra en ese vocablo). Perdieron ellos también su guerra contra la "España eterna" (reaccionaria, nacionalcatólica...). 1939 es la fecha del derrumbe de la República.

Todos estos grupos perdieron en distintos momentos y circunstancias su "paraíso" terrenal (o elaboraron posteriormente esa visión). Todos ellos quieren ahora volver a entroncar con la época de su expulsión de su particular paraíso perdido.

1- Los musulmanes quieren volver a 1492 cuando todavía eran dueños de Al-Ándalus.

2- Los nacionalistas catalanes quieren volver a 1714 (lo cual, dicho sea de paso, es un absurdo ya que ahora tienen mucha más autogobierno del que pudieron haber tenido nunca en el pasado), cuando eran "libres" y "soberanos", según la mitología catalanista.

(Los nacionalistas vascos directamente quisieran volver a los tiempos puros de los orígenes no contaminados por el "españolismo", a la búcólica y preindustrial Vasconia. Su mitología es la de los tiempos legendarios de los bosques, las brumas y los arados tirados por bueyes).

3- Los izquierdistas quieren volver a 1939 para prolongar la guerra civil y finalmente vencer a Franco.

Todos anhelan reencontrar el camino de vuelta a su destino truncado, sueñan con el regreso de su victoria arrebatada, de su mundo destruido, de sus sueños rotos...

Todos quieren volver al pasado. No puede ser más claro. Están vueltos hacia el pasado. Su proyecto de futuro es la restauracion del pasado, su particular pasado. ¡Y qué pasado! Se trata de los episodios más oscuros, turbulentos, agitados y sangrientos de nuestra historia.

El motor de esas tres corrientes es el revanchismo histórico, la voluntad de "arreglarle las cuentas" a España. El programa político de todos ellos es el desmantelamiento de la nación española, la culpable de su frustración nunca superada. Aunque sus proyectos son en sí antagónicos en más de un aspecto, de momento los une el lazo de su odio a España y la posibilidad de poder sumar fuerzas contra ella.

Todas esas fuerzas disolventes tienen en común su obsesión por el pasado, su rechazo de la realidad, su malestar con el presente y su negación y odio contra España. Estos tres grupos se unirán (se han unido ya) en su voluntad de destruir España, trabajando juntos y/o por separado para la consecución de su objetivos común: "borrar" España. Su incompatibilidad con España es total y ya no disimulan su intención de fracturarla para ponerla de rodillas y finalmente aniquilarla.

No estará de más recordar que en tiempos recientes, en España la violencia de origen político ha sido la obra exclusiva de esos tres grupos mencionados: el nacionalismo periférico (Eta, Tierra Lliure y algunas formaciones menores más...), el izquierdismo (Frap, Grapo...) y el islamismo (Estado Islámico, Al-Qaeda...). La cobardía y la debilidad del gobierno actual, la fragilidad creciente de la nación española, desarbolada y entregada a las turbulencias políticas y sociales, servirá de poderoso acicate para envalentonar a sus enemigos históricos, que sienten su presa agotada y vencida, presta a ser entregada a la voracidad de los que esperan repartirse sus despojos.

Estamos asistiendo a una enorme regresión histórica, preñada de desorden, violencia y derramamiento de sangre. Estamos ante los prolegómenos de una crisis histórica mayúscula. Nuestro futuro es el pasado que viene.

Los Mossos sólo actúan contra policías y guardias
La Policía catalana interviene con pasividad durante toda la jornada con el pretexto de no alterar la convivencia ciudadana y sólo movió ficha para enfrentarse a la Guardia Civil y la Policía Nacional.
Joan Planes. Barcelona. larazon 2 Octubre 2017

Los Mossos d’Esquadra, que dependen de la Generalitat, tenían una orden clara de la Fiscalía ante el referéndum: precintar todos los colegios electorales, un total de 2.315 en toda Cataluña,a las 6.00 horas. Debían impedir de esta manera la puesta en marcha del proceso refrendario ilegal de ayer. Pero lo cierto es que a las 6.00 horas, y de hecho, hasta las 9.00 cuando abrieron sus puertas, los Mossos no precintaron ninguno de los denominados colegios electorales.

En algunos de los colegios, los Mossos se limitaron a mantenerse a distancia, a veces a más de 50 metros, y únicamente escribieron un atestado. Todo a una distancia prudencial.

Pese a las citadas órdenes, se limitaron a identificar a los centenares de personas que estaban ya, desde el sábado, en estos centros para intentar votar ayer. Y lo hicieron, pero nada más, pese a alguna operación puntual. La pasividad de los Mossos, que ayer llegó a su cénit con inocentes visitas a los colegios y simples levantamientos de acta fue posteriormente por oras fuerzas de seguridad y desató varios enfrenta-mientos con agentes de la Guardia Civil. Sucedió, por ejemplo, en la localidad de Gavà (Barcelona), pero también en otros sitios.

Empujones
Agentes de ambos cuerpos se enfrentaron en diversas ocasiones, incluyendo empujones, durante las intervenciones de la Guardia Civil en los centros concertados para acoger los votos del referéndum ilegal. Los Mossos se acogieron a la apelación de la juez a la «convivencia ciudadana» para justificar su comprotamiento durante la jornada.

También en las redes sociales hubo escenas de tensión entre ambos cuerpos, con una actitud por parte de los Mossos que en ningún momento se observó con los votantes. Algunos de estos episodios sucedieron en poblaciones como Castellgalí y Sant Joan de Vilatorrada, en los que el Instituto Armado trató de abrirse paso entre centenares de concentrados frente a los denominados colegios electorales. El rifirrafe no pasó a mayores, pero sí que hubo empujones y discusiones.

En el caso de Sant Joan de Vilatorrada, los Mossos reciminaron a los agentes de la Guardia Civil su actuación para dispersar a los concentrados frente a un colegio electoral, situación que finalizó con algunos empujones.

La Guardia Civil acabó por filiar e identificar a algunos miembros de los Mossos por no actuar para impedir la celebración del referéndum ilegal, que estaba suspendido por el Tribunal Constitucional.

Al no cumplir el madato del Tribunal, los Mossos podrían incurrir en un delito de desobediencia o de omisión de perseguir el delito, contemplado en el 408 del Códifgo Penal, situación que aún está por ver.

Una situación que demostró una tensión existente desde hace tiempo, entre las administraciones, pero también entre los diferentes cuerpos policiales.

Los Mossos no realizaron prácticamente ninguna actuación para evitar la celebración del referéndum ilegal, pese a que tenían órdenes muy explícitas para ello, desde muchos ámbitos, incluyendo el citado Tribunal Constitucional, la Fiscalía y también el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC).

El comisario mayor de los Mossos, Josep Lluís Trapero, anunció esta semana las medidas anteriormente citadas, es decir el precinto y desalojo de los colegios electorales, que se tendría que haber efectuado ayer a primera hora de la mañana.

El régimen disciplinario de los Mossos, regulado por la Ley de la Policía de la Generalitat recoge como falta muy grave «el abandono del servicio» y «el incumplimiento del deber de fidelidad a la Constitución o al Estatuto en el ejercicio de las funciones». La ley contempla como castigo la separación del servicio y la suspensión de funciones, por más de un año y menos de seis, con pérdida de las correspondientes retribuciones. En unos artículos de una normativa de la Generalitat se estipula que los Mossos pueden incurrir en faltas muy graves, graves y leves.

Entre las sanciones muy graves figura también «la insubordinación individual o colectiva hacia las autoridades o los mandos de quien se depende, con motivo de la desobediencia a las instrucciones legítimas dadas por esto». Trapero, ordenó el viernes en una instrucción interna remitida a los mandos que, en cumplimiento con el TSJC desplegaría un dispositivo para precintar los colegio
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