AGLI Recortes de Prensa   Martes 3  Octubre 2017

El agobiante vacío institucional
Vicente Baquero. Gaceta.es 3 Octubre 2017

Lo que ha ocurrido en España estos días a raíz del desafío separatista, aliado a la postura de la izquierda revolucionaria, me produce cada vez más una intensa y profunda sensación de angustia, fruto de la quizá ingenua constatación de que la naturaleza humana es capaz de repetir una y otra vez los mismos dislates, de generación en generación. Parece que no aprendemos…

Aunque esta inquietud perturbadora, con gran diferencia, proviene mucho más de la sensación de orfandad, de abandono, incluso de desprecio, por parte de aquellos a quienes hemos confiado el poder de gobernar, el desamparo que sentimos los ciudadanos al vernos privados de una defensa decidida de nuestros intereses y valores, que del empuje o desafío de aquellos que se retratan como enemigos de nuestra comunidad.

No hay derecho a disfrutar de los atributos del poder si no se está dispuesto a utilizarlos, todo gobernante, comandante o ejecutivo, en cualquier orden de la vida, consciente y capaz de su obligación, sabe, o al menos debería saber, que mandar o imponer una disciplina hace necesario en ocasiones el asumir posturas muy incómodas y requiere del uso de la fuerza.

El estado, es quien dispone del ejercicio legítimo de esa fuerza, y no solo tiene el derecho legal de usarla, sino que tiene la obligación de hacerlo y si no lo hace porque no pueda, o no sea capaz de hacerlo, la dignidad exige que abandone el cargo.

La mayor frustración de una mayoría de los españoles en este momento, creo que tiene más que ver como a lo largo de muchos años no se han utilizado los mecanismos, ni la autoridad, (por las razones políticas que fuera) para impedir que unos cuantos descerebrados, convencidos o no, hayan llevado a España, a toda España al borde de la ruina, sin que se hayan tomado las medidas necesarias y legales para impedirlo desde el principio, y que para colmo, ante un golpe de estado en toda regla se siga hablado de dialogo…

Lo pasado ya está hecho, y va a resultar casi imposible de enmendar, solo a base de mucho tiempo y tras medidas radicales, aunque una generación está prácticamente perdida, lo prioritario en este momento, lo único que puede salvar a la clase política española, es que con carácter inmediato se aplique el código penal, más el artículo 155 de la constitución y todas aquellos recursos legales a su alcance, para que pasen por la cárcel una buena parte de la cúpula política catalana y que se produzca el cese inmediato de aquellos funcionarios que no han cumplida las órdenes de la justicia.

¿Pero que le hemos hecho los ciudadanos que hemos votado y apoyado al actual esquema de partidos para merecer este trato? Hemos pagado nuestros impuestos, hemos respetado las leyes, y quien no, lo han metido en la cárcel ¿Qué clase de bula tiene estos políticos? ¿A qué intereses se nos ha sacrificado? De lo contrario el PP puede darse por desaparecido, ha excedido la paciencia ciudadana, ya le dejará de funcionar la táctica de amedrentar con los de Podemos. Quedaran otra clase de partidos de derechas: unos normales y otros que no van a gustar para nada al actual sistema políticamente correcto.

España, la hispanidad, aunque hoy no esté de moda el afirmarlo, es una vieja nación con una colosal y variada historia, con las miserias y grandezas de todo gran pueblo, que ha dejado su impronta para bien y para mal desde Asturias hasta Tierra de Fuego, con una lengua universal, basta con recorrer su geografía a lo largo del país y del mundo. Dentro de cuyas fronteras actuales y pretéritas han convivido y colaborado gentes de las más diversas procedencias y han hecho fortuna en toda Europa y América.

Cuando una clase dirigente renuncia a defender ese pasado, no le está haciendo un favor a nadie, y mucho menos a esa Europa que queremos ver unida: si seccionamos a la nación española en taifas la siguiente es Europa entera. Si no defendemos nuestra propia cultura y tradición ¿Quién lo va a hacer?

Desgraciadamente, lo que está generando esta angustia, personal y colectiva, es lo que algunos comienzan a intuir que ocurrirá a la larga: que la nación española se disuelve en sus partes constituyentes, como en la primera república, y no se ve a nadie capaz de ponerle un freno a esta locura.

Aunque siempre me queda una pregunta insistente y lógica a la que no encuentro respuesta, al menos oficial: ¿Es posible entre personas que se suponen capaces tanta incapacidad? O… ¿Hay razones que se guardan en la recamara y que nadie hace públicas por que serían rechazadas por los ciudadanos? ¿Hay algún plan detrás de todo esto y por eso no entendemos nada?

Confundirse de enemigo
Desacreditar como fascista la adhesión a España es una vileza extendida
Hermann Tertsch ABC 3 Octubre 2017

Por supuesto que los encontraron en Cibeles, los sabuesos de «La Vanguardia», ese diario propiedad de un pequeño conde que incomprensiblemente es aún Grande de España. Pese a vivir de denigrar y agredir a España. Sus periodistas sabían a lo que iban. A buscar entre el mar de miles de manifestantes a la docena de chavalitos que dieran la nota con la bandera del Águila de San Juan y cánticos falangistas. Para dejar otra vez claro que el patriotismo español es fascista, «facha», franquista. No es «La Vanguardia» el único medio que practica esta «caza del aguilucho» para difamar toda expresión de amor a España. Da igual si la pieza a cobrar acude por su cuenta o incentivada. La mala intención busca desacreditar toda adhesión a la Nación Española. Mientras se exalta y promueve la agitación nacionalista de invenciones decimonónicas creadas precisamente para destruir la secular nación común. Las imágenes son eficaces. Disuaden de la adhesión y confirman prejuicios y desinformación.

Cierto es que esa enseña que los ignorantes llaman falsamente anticonstitucional presidió el proceso constitucional, encabeza la Constitución Española y fue bandera y escudo oficial hasta el 5 de octubre de 1981. Y es más honrosa que todas las que exhiben los separatistas y la izquierda. Lejos quedan los tiempos en que Carrillo imponía la bandera rojigualda en los mítines del PCE. Hoy la hispanofobia de la izquierda es general. Y salvo guiños oportunistas, en sus manifestaciones jamás se ve una bandera nacional. Las hay separatistas, alguna de aquella II República que hundieron, otras con Lenin, Stalin o el Che sobre fondo rojo, el cupo de asesinos idolatrados. Ahora que se cumple un siglo de la Revolución Bolchevique, los comunistas españoles, en Podemos e IU, celebran los cien años y callan los cien millones de inocentes asesinados en aras de un paraíso que siempre les sale mal por diferente causa. Pero siempre con el mismo precio de mentira y dolor, muerte y horror. Y siempre hay nuevos arrogantes adanistas que creen que si fracasó antes es porque no estaban ellos.

El pasado sábado salieron a la calle muchos españoles. Porque temen por España en una Cataluña agredida en sus derechos y libertad por una minoría fanática, totalitaria y antiespañola. Sabían que serían insultados por los medios y boicoteados por los ayuntamientos comunistas. Lo que no esperaban era el implacable boicot del PP y del Gobierno. Que se reflejó en el silencio de las televisiones y radios cuyo control se reparte el PP con la extrema izquierda. Y un mezquino esfuerzo por desacreditar como «ultras» las concentraciones. El veto a la difusión de la convocatoria se impuso con un celo que ya se habría querido ver en la lucha contra el separatismo. En pleno golpe de Estado, este Gobierno parece tenerle más miedo a los defensores de la Constitución que a los golpistas. Tengan la certeza de que vendrán días peores. Y no se confunda el Gobierno de enemigo si está decidido a imponer la ley. Nadie quiere pensar que tenga otras intenciones.

El 2 de mayo y la España de hoy
Ricardo Chamorro Gaceta.es 3 Octubre 2017

El 2 Mayo de 1808 los españoles se encontraron absolutamente solos frente a la invasión francesa.

Los políticos profesionales querían pactar con los franceses; la alta burguesía estaba afrancesada y no veían con malos ojos las ideas que traía Napoleón; la aristocracia no quería perder sus privilegios y se volvían locos por influir en Napoleón o hacer la pelota a su hermano, Pepe Botella, para mantener influencias; la alta jerarquía eclesiástica no quería problemas y pactaba con el francés la posibilidad de mantener el estatus quo; y la Corona, a pesar de perder el País, se mantenía en una situación de exilio pactado y financiado por el propio Napoleón, sin sufrir perjuicio personal alguno.

Es decir, la elite político económica, las oligarquías del País, hubieran pactado sin problema con el francés, simplemente a cambio de mantener sus privilegios y la estabilidad de haciendas y negocios, la nación les importaba un bledo.

El pueblo se levantó
En eso el pueblo se levantó, la gente en las plazas gritó “España y libertad”, el grito por la libertad de España corrió como la pólvora desde Móstoles a La Mancha, desde Zaragoza a Gerona, desde Bilbao a Burgos, desde Cádiz a Bailen, desde Ferrol a Alicante … Alcaldes de pequeñas poblaciones, muchos militares, curas de pueblo, gente sencilla, familias enteras, se levantaron en armas por la Nación Española y por la libertad de su patria.

La oligarquía político-económica de España hizo lo que no quería haber hecho, tuvo que comprometerse con la Nación arriesgando sus posiciones, al menos de manera aparente. En cuanto pudieron, posteriormente a la salida del francés, volvieron a traicionar al pueblo y a la Nación en muchas ocasiones, y el pueblo tuvo que volver a sufrir los embates y convulsiones debidas a unos malos gobernantes más comprometidos con ellos mismos que con la Nación.

Las proclamas por España
El filósofo español nacido en Vic el 28 de agosto de 1810, provincia de Barcelona, Jaime Balmes, plantea al final de la guerra de la Independencia la cuestión de por qué España se mantuvo unida en torno a la idea y el sentimiento nacional.

“…las ideas, los sentimientos y las costumbres estaban a favor de la unidad en el gobierno. Y hay todavía en esta parte una singularidad más notable, cual es el que sin ponerse de acuerdo las diferentes provincias, ni siquiera haber tenido el tiempo de comunicarse, y separadas unas de otras por los ejércitos del usurpador, se levantó en todas una misma bandera. Ni en Cataluña, ni en Aragón, ni en Valencia, ni en Navarra, ni en las Provincias Vascongadas se alzó el grito a favor de los antiguos fueros. Independencia, Patria, Religión, Rey, he aquí los nombres que se vieron escritos en todos los manifiestos, en todas las proclamas, en todo linaje de alocuciones; he aquí los nombres que se invocaron en todas partes con admirable uniformidad. Cuando la monarquía había desparecido, natural era que se presentasen las antiguas divisiones, si es que en realidad existían; pero nada de eso; jamás se mostró más vivo el sentimiento de nacionalidad, jamás se manifestó más clara la fraternal unidad de todas lasprovincias. Ni los catalanes vacilaban en acudir al socorro de Aragón, ni los aragoneses en ayudar a Cataluña, y unos y otros se tenían por felices si podían favorecer en algo a sus hermanos de Castilla (…) españoles, y nada más que españoles eran…”.

Las proclamas de las Juntas que aparecieron en toda España eran similares en 1808.

Así, la proclama de la Junta Soberana de Galicia invoca:
“Españoles: Entre arrastrar las cadenas de la infame esclavitud o pelear por la libertad no hay medio”.

“Españoles: esta causa es del Todo poderoso; es menester seguirla o dejar una memoria infame a todas las generaciones venideras”.

Así, la proclama de la Junta Soberana de Cataluña invocó:
“Ninguna clase, ningún estado puede eximirse de tomar las armas y organizarse debidamente para repeler la agresión que sufren los derechos del Altar y del Trono, los intereses de la Nación española, su dignidad e independencia”.

Y la “Proclama de los Vascongados a los demás Españoles”:
“Españoles: Somos hermanos, un mismo espíritu nos anima a todos, arden nuestros corazones como los vuestros en deseo de venganza, y con dificultad contienen nuestra prudencia y patriotismo hasta mejor ocasión nuestros indómitos brazos, que ya quisieran derramar sobre el enemigo la muerte que nuestros generosos pechos saben arrostrar intrépidamente”.

“Aragoneses, valencianos, andaluces, gallegos, leoneses, castellanos, etc., todos nombres preciosos y de dulce recuerdo para España, olvidad por un momento estos mismos nombres de eterna memoria, y no os llaméis sino Españoles”.

Este es el drama de España
Esta es pura y llanamente la constante historia dramática de España, desde hace siglos, un pueblo español, en muchas ocasiones perdido y mal dirigido por políticos irresponsables, que se comporta de manera heroica cuando la Nación ya no da más de sí.

Hoy la enfermedad la tenemos dentro, una patología que enfrenta a hermanos y corroe las instituciones y regiones que siempre fueron leales a España.

Hasta hoy el pueblo español se levantó, con mucho sufrimiento, para quitarse el yugo de los que quisieron destruirlo, pero los ataques han sido constantes ¿Podrá el pueblo español resistir hoy, no ya frente a enemigos exteriores, sino frente a un cáncer que ha hecho metástasis interna con la aquiescencia de una oligarquía político económica irresponsable y egoísta, una vez más?

La Nación española está otra vez en nuestras manos, otra vez es cuestión de nosotros, si no reaccionamos, si no defendemos nuestras instituciones aun siendo conscientes de sus fallos, trataran de robárnosla una vez más. Veremos esta vez que memoria dejamos a las generaciones venideras ¡Viva la Nación Española!

Carta a la generación del 86.
Javier Torres. Gaceta.es 3 Octubre 2017

Siempre hay motivos para sonreír entre tanta oscuridad. Incluso cuando la luz que cada día nos alegra la mañana camino al trabajo se vuelve tinieblas -como un Gotham cañí- al oír en la radio la penúltima traición de nuestra infame clase política que ya no se asusta con aquello de que Roma no paga traidores.

No sabemos qué saldrá de ahí -si es que sale algo-, pero algo comenzó a latir el sábado a mediodía en todas las ciudades de España. Quizá porque fue al margen de siglas: ni PSOE, ni Cs, ni PP -este último llamando al boicot- secundaron las concentraciones ante todos los ayuntamientos de España para reclamar la unidad nacional.

En Madrid miles de personas se reunieron en torno a la fuente de Cibeles portando banderas de España. Había jóvenes que lo hacían por vez primera -sin contar alegrías futboleras, claro- y en ellos irradiaba la ilusión espontánea y alegre del que todavía no se rinde. Siempre agrada ver caras conocidas, reencontrarse con viejos amigos -oh, Santander- del colegio mayor y hasta un historiador al que no dejaban avanzar cinco metros sin ser asaltado para pedirle una foto o para decirle lo mucho que le admiran pero que hay que dar más caña (la pólvora del Rey, ya se sabe).

Toda generación tiene su cita con la historia y la nuestra -la del 86- tiene por delante heredar un país balcanizado o impedir el desastre exigiendo responsabilidades a los culpables. Esto último, claro, supondría echar por tierra el santísimo relato de la Transición con sus diecisiete hijos bastardos. Matar al padre, o sea.

Aunque tratemos de eludirla -como hace ese señor de Pontevedra agazapado en un palacio de la A-6- todos tenemos la responsabilidad de mantener la unidad de España. A menudo olvidamos que es una herencia que debemos conservar y entregar hermoseada a las futuras generaciones. Los problemas no se solucionan solos y quedarse en casa escupiendo la indignación vía Twitter es el tributo moderno a la insumisión y la pereza.

Los madrileños de 1808 jamás habrían echado a los invasores que portaban las luces de la guillotina si se hubieran conformado con maldecir en los mentideros la puñalada trapera de un Rey felón. Si acabaron diciendo Au revoir al emperador invencible no fue gracias a un pelotón de juristas indignados por el quebrantamiento de una ley cualquiera, sino por haberles arrebatado la soberanía nacional.

De peores hemos salido incluso cuando la jerarquía de la Iglesia se puso de perfil -cómo me suena esta película- y se convirtió en parte del problema. Pero hasta los más fariseos saben que resulta imposible liquidar la nación de la luz de Trento, martillo de herejes y espada de Roma. Aunque el humo de Satanás siempre ha estado ahí difundiendo leyendas negras, no impidió ni las Navas de Tolosa, ni Lepanto ni el primer imperio pentacontinental. Muy pronto olvidamos que cuatro asturianos y medio comenzaron la reconquista y otros pocos extremeños sometieron al imperio azteca.

Si nada de esto te suena es porque ya es hora de quitar de la pared el póster del mayo del 68 que te regaló papá cuando soñaba carreras imposibles ante los grises. Quita también, hazte ese favor, la chapita del Che Guevara de esa mochila que aún huele a calimocho y utopías de cafeterías de Ciudad Universitaria. Quizá es hora de pensar que la prosperidad y los derechos que disfrutas no han llovido del cielo, sino de gente que se sacrificó para dar lo mejor de sí.

Crees que cada vez que alguien se burla de España la cosa no va contigo, que a ti no te corresponde plantar cara a quienes día a día te arrebatan lo que es tuyo por derecho. Y aunque creas que lo de Cataluña no te afecta porque ayer cobraste, tu equipo de fútbol ganó y esta noche sales de copas, algún día comprenderás la suerte que tienes de pisar la tierra que pisas -sobre todo en sentido figurado- y lamentarás no haber hecho nada cuando pudiste porque los de arriba miraban hacia otro lado. Ni siquiera esa coartada te consolará.

Pero antes de que todo salte por los aires, unos señores de Bruselas tratarán de convencerte de que la solución es seguir tragando infamias. Claro que para muchos todo resultará más fácil cuando vean que el señor de Pontevedra se presta, obediente e inmutable, a vender un poco más tu nación.

A pesar de todo, cuando hoy vuelvas a leer la enésima infamia, no te aflijas, recuerda con una sonrisa que España ha salido de peores.

¿844? NO: 4
La violación de la ley ha dejado de ser causa que justique el uso de la fuerza para garantizar que se cumpla
Ramón Pérez-Maura ABC 3 Octubre 2017

Días como el pasado domingo son fecundos en desinformación. Y una de las más llamativas y que mayor éxito cosechó fue la de la Generalidad fijando en 844 el número de heridos. Sorprende que un Gobierno que el pasado 17 de agosto sufrió uno de los ataques terroristas más graves que ha padecido España en su Historia diera entonces la información de los heridos, concentrados casi todos en una misma calle de Barcelona, con una lentitud exasperante. Y en cambio, este domingo, para recontar las supuestas heridas padecidas por quienes estaban violando la ley y agrediendo a la Policía a la que impedían hacer su trabajo, cogieron tal carrerilla que llegaron a 844 antes de que terminara el día. Y describo lo sucedido de esta manera porque yo estaba en el incidente más grave de todos, el del Instituto Ramón Llull, en el que se dispararon una veintena de pelotas de goma y yo vi la agresión a la Policía, que tuvo que defenderse. Después de ver esa estadística publicada por medios de comunicación del mundo entero, la Generalidad aclaró ayer que de los supuestos 844 habían pasado la noche en el hospital... 4. Tampoco aclararon que uno de ellos había sufrido un infarto de miocardio y había sido atendido por la Policía Nacional. Total, para qué. Todo es bueno para el convento. Y la violación de la ley ha dejado de ser causa que justifique el uso de la fuerza para garantizar que se cumpla.

Del recuento, para qué hablar. Los ejemplos de urnas en las que se votaba reiteradamente son infinitos. Así se explica que en la localidad gerundense de Palol de Rebardit, de 470 habitantes, el sí sumara 1.002 votos. Un detalle menor que no va a frenar la declaración unilateral. Conviene ahora que el Gobierno explique por qué se creyó que el cumplimiento de la Ley iba a servir para frenar a quien proclamaba que la iba a ignorar. Antes del fin de la semana nos vamos a encontrar (ojalá me equivoque) con una proclamación de independencia. ¿Espera el Gobierno que quien haga eso se amilane ante las iniciativas de los tribunales? Más probable será ver la próxima semana a todos los miembros del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña puestos en la linde de la comunidad por los Mozos de Escuadra, comandados por el propio Trapero. Que para eso sí van a ser capaces sus chicos de hacer algo más que «levantar acta».

Y después de que todos los españoles creyéramos entender al portavoz del Gobierno el pasado viernes que Puigdemont y Junqueras habían dejado de ser interlocutores válidos, el domingo, una vez consumado el delito, Rajoy vuelve a hablar de diálogo. ¿Con quién? ¿Va el Estado soberano a negociar con delincuentes traidores? Hay una mayoría de catalanes que era fácil ver en las calles de Barcelona el pasado domingo que está completamente al margen de esta patochada. Y si Puigdemont y su Gobierno no están en la cárcel antes de que se proclame la independencia esos catalanes se sentirán abandonados. Y tendrán que cambiar de bando. Para sobrevivir.

Metáfora de Piqué
El separatismo va ganando su batalla porque tiene más convicción en su proyecto que los españoles en el de España
Ignacio Camacho ABC 3 Octubre 2017

El futbolista Piqué no debe abandonar la selección española. El futbolista Piqué debe ser expulsado de la selección española. Porque por algún sitio este país ha de empezar a respetarse a sí mismo y el fútbol, aunque no sea un asunto de gran relevancia, tiene una enorme fuerza social en el plano de los símbolos. Bien lo saben los nacionalistas catalanes, que han convertido al Barça en emblema de su mito del pueblo cautivo. España tiene que rebelarse de una vez contra esa condición de cenicienta desdeñada que le ha adjudicado el separatismo; ese humillante papel de payaso de las bofetadas que ríe resignado con la rutina de los agravios al Rey y al himno. Dejar de ser el anfitrión complaciente que cede la casa y la cama a quien lo trata como a un enemigo.

Son sólo detalles, sí, pero detalles en los que se esconde el modo de enfrentarse a un conflicto. El de Cataluña es una revuelta incubada en un largo tiempo de autocomplacencia y victimismo, a la que España ha asistido con complejo de culpa, con un sentimiento remordido. Todavía hoy persiste esa torturada impronta de contrición tras la asonada golpista del domingo, como si los españoles tuviésemos que hacernos perdonar las ofensas que hemos recibido. Como si nos agobiase la mala conciencia de haber desatado los demonios de una justa rebeldía ante nuestro secular autoritarismo.

Por eso el mayor Trapero sigue en libertad; por eso Puigdemont y Junqueras continúan conspirando en pleno ejercicio de sus cargos. Por eso hay una revolución en marcha para desintegrar el Estado. Por eso el Gobierno titubea, la justicia bosteza y la sociedad asiste impávida a los síntomas de colapso. Por eso Pedro Sánchez exige una rendición al chantaje disfrazada de diálogo. Por eso los independentistas están dispuestos a proclamar la secesión por un atajo. Por eso las banderas rojigualdas que han florecido en una insólita sacudida de hartazgo languidecen en los balcones hasta que sus dueños las recojan y plieguen de nuevo en los armarios melancólicos del desencanto.

Por eso Piqué cree que puede jugar con la camiseta española sin atisbo de incoherencia. Porque en su profundo narcisismo está acostumbrado, como todos los soberanistas, a la ley del embudo, a hacer siempre lo que mejor le convenga. Porque nadie le ha hecho ver nunca que hay en España otros sentimientos de identidad y de pertenencia, códigos intangibles que exigen un mínimo respeto a unas reglas. Porque el nacionalismo se ha habituado a pensar que lo suyo es sólo suyo y lo de los demás, de todos, y a sentirse acreedor eterno de una ficticia deuda. A considerar dependiente a una nación a la que le reclama la independencia.

Por eso el nacionalismo va ganando su batalla. Porque nunca encuentra quien le refute su sinrazón, le ponga pie en pared o le plante cara. Y porque tiene más convicción en su proyecto que los españoles en el de España.

155 y elecciones
Luis Ventoso ABC 3 Octubre 2017

El domingo, día infamante para nuestra democracia, millones de españoles se acostaron abatidos ante la impunidad con que de facto actúan los líderes del golpe separatista (Puigdemont, representante del Estado en Cataluña, anunció en la noche dominical que el jueves declarará la independencia y todavía no ha sido detenido, cuando su delito es perfectamente equiparable a la asonada de Tejero). Es comprensible el desasosiego. Pero no deberíamos instalarnos en la melancolía y menos en la derrota, porque la razón nos respalda. Nosotros queremos vivir con ellos, son los separatistas los que nos desprecian, los que quieren destrozar una asociación fructífera y fraternal de cinco siglos, son ellos los que por un sentimiento de superioridad xenófobo consideran que es preferible una Cataluña empobrecida y autárquica que seguir conviviendo con sus odiados españoles. Somos nosotros los que respetamos las reglas, la ley, la civilización; son ellos los que dictan normas totalitarias sacando un dedo al viento para interpretar al pueblo. Somos nosotros los que gozamos del apoyo de EE.UU., de China, de los mayores países europeos, porque nadie quiere una UE diezmada, reducida a un carajal de mini países ebrios de nacionalismo populista.

Estamos magnificando a unos tahúres políticos que llevan un lustro haciendo trampas. El referéndum solo fue la coartada. Esperaban cualquier atisbo de debilidad del Estado para destapar su objetivo real y único: proclamar la independencia a la brava. Utilizar la farsa del domingo para la declarar su república es de «Sopa de Ganso» de los Marx. Es la primera vez en la historia de las votaciones que la suma de los sufragios arroja un 100,88%. Es de consulta de Teodoro Obiang que en una región donde los soberanistas no suman mayoría en votos en las elecciones ahora hayan logrado un supuesto 90% de apoyo. Es ridículo conceder credibilidad a un pucherazo sin censo. Es un milagro lo de la localidad de Palol de Revardit: ¡470 vecinos y 982 síes!

Por todo ello resulta decepcionante que continúe la remolona y fallida «prudencia y proporcionalidad» del Gobierno. ¿Vamos a esperar a que Puigdemont proclame su república para frenarlo? ¿Tendremos que soportar la enésima humillación de los golpistas sin atajarla hoy mismo? Artículo 155, por favor, tal y como prevé la Constitución, y a continuación, elecciones generales. Los españoles tenemos derecho a decidir si queremos un Ejecutivo robusto y estable para afrontar este envite o uno en minoría y rehén del oportunismo nacionalista del PNV; si preferimos un partido que defiende el orden constitucional o a un Sánchez que considera que el Gobierno tiene tanta culpa como Puigdemont y que denigra a la policía española por haber parado el golpe; tenemos derecho también a librarnos en las urnas de la lacra de Podemos, que se ha quitado su última careta y jalea a los golpistas.

(PD: Y ya en harina, por favor, Piqué fuera de la selección española. No puede representar a un país quien aspira a destruirlo. «Si molesto puedo dar un paso al lado», carraspeó lloroso. Pues da ese paso, Gerard, porque has elegido libremente dejar de ser uno de los nuestros. Y bien que lo sentimos).

Cataluña-España tras el fracaso del domingo
Antonio García Fuentes Periodista Digital 3 Octubre 2017

Visto y oído lo que cada “lo que sea” (ya ni sabemos quién es quién y quién dispone y manda en realidad) ha dicho y dice, “el españolito que vivimos en la España actual”, ya ni sabemos lo que somos y donde estamos, sólo que seguimos pagando muchos impuestos a quienes nos explotan imponiéndonos obligaciones múltiples y que no nos devuelven apenas nada y menos nos garantizan lo que en realidad debiera garantizar un gobierno en el tercer milenio de la era de Cristo; todo son justificaciones, falacias, palabras huecas o sin sentido y que pase el tiempo, que es lo que el gobernante cree lo mejor para que no se solucione nada en concreto.

¿Puesto que quién o quienes ganaron ayer en lo que hablando claro fue una sublevación en una parte de un Estado denominado España? ¿Cuántos fueron a la cárcel ayer? ¿Cuantos han sido destituidos y cesados en sus funciones estatales? ¿Quiénes van a pagar los destrozos ocasionados, el traslado de “tropas”, la malversación de dinero público, malgastado en ese evento ilegal totalmente y en su preparación en el largo tiempo en que se ha tramado? ¿Qué castigo van a recibir los que siendo servidores de la ley (Mozos o soldados de los sublevados hablando claro) han hecho el don Tancredo de la Tauromaquia, o el solapado “corte de mangas” e incluso el enfrentamiento con la policía y Guardia Civil?

El jefe de Gobierno dice que irá a informar al Parlamento; el jefe de los sublevados, que irá al suyo a proclamar una república; los de la oposición dicen que “hay que pactar”… ¿Qué se puede pactar en un estado de rebelión y por tanto fuera de la ley?

En fin, que todo esto es “un lío liado” digno de un país, tan inseguro de sí mismo, que por decir otra barbaridad, pienso que más seguro está hoy el tirano que ha arruinado Venezuela, que los que dicen gobernar aquí, en esta que ya denominé como “olla de grillos locos”.

Por ello hoy me salgo de tanta “mierda” y reflejo lo que sigue, por cuanto creo sería la mejor o única política a seguir por el animal “sapiens-sapiens”.
LA MEJOR RELIGIÓN: No hagas a nadie nada que no quieras que a ti te hagan, sea un ser humano, un animal o una planta; si así lo haces notarás un estado de bienestar que ni te imaginas.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y
http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes


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Rajoy debe aplicar ya el artículo 155
EDITORIAL El Mundo 3 Octubre 2017

Ni el sistema de descentralización edificado sobre la arquitectura constitucional del 78, ni las permanentes cesiones de competencias en áreas medulares como la Educación, ni la política de apaciguamiento de los distintos gobiernos ante un nacionalismo de voracidad insaciable. Nada de eso ha servido para poner coto a la deslealtad del independentismo catalán, plasmada en esta grave hora en un desafío que pone en riesgo la convivencia. Ante ello no caben ya actitudes como la que ayer mostró Pedro Sánchez ante Mariano Rajoy: amables y fútiles invitaciones al diálogo con unos dirigentes cuya felonía les ha llevado a pisotear el orden legítimo. Es un error mayúsculo agrietar el bloque constitucionalista. Sin embargo, la responsabilidad de asumir el mando recae sobre el presidente del Gobierno. Nadie sabe a qué está esperando Rajoy para aplicar las medidas legales necesarias -el artículo 155- para restaurar el marco constitucional en Cataluña, en aras de preservar los derechos y libertades de todos los españoles. Y cuanto más tarde en hacerlo, más pasos habrá dado la Generalitat en orden a consumar la separación.

La sola amenaza del president, tras la farsa del referéndum, de someter la declaración de independencia al Parlament supone un anuncio que exige una inmediata respuesta política y jurídica del Estado. Ya no estamos ante meros planes políticos, sino ante un chantaje inaceptable. El domingo se constató que la mayor parte de los resortes del Estado en Cataluña -incluido el cuerpo autonómico de policía- se ha puesto al servicio del delito. Y ello ante la complicidad de quienes agitan la autodeterminación desde el radicalismo antisistema.

El Estado recibió ayer el respaldo nítido de Francia, Alemania, Italia y Holanda. Pese a ello, Puigdemont da por "vinculantes" los resultados de la consulta y exige una mediación de la UE. También afirmó que "no le consta" que los soberanistas contribuyan a aumentar la tensión. Se trata de un sarcasmo insoportable, porque es el independentismo el que promueve hoy una huelga política que constituye el enésimo ejercicio de coacción. Junts pel Sí y la CUP prentenden alimentar un clima revolucionario que derive en rebelión. De ahí que Puigdemont exija la retirada de las fuerzas de seguridad del Estado en Cataluña, lo que se tradujo ayer en la expulsión de 500 agentes alojados en hoteles de Calella (Barcelona) tras las presiones de la alcaldesa de este municipio. Son las onerosas consecuencias del apartheid secesionista.

La Generalitat se va a servir de la mayoría parlamentaria del independentismo en el Parlament para aplicar la Ley de Transitoriedad Jurídica. Esta aberrante norma implicaría, entra otras medidas, la ocupación de los edificios del Estado y la deposición de jueces. Ante tal atropello, el Gobierno tiene el deber de actuar con proporcionalidad y templanza, pero también con absoluta firmeza.

Descartada por ahora la declaración del estado de excepción -que exige la aprobación del Congreso-, el Ejecutivo no puede retrasar más la decisión. La aplicación del artículo 155 le permitiría recuperar competencias fundamentales y preservar el interés general ante la desobediencia de las autoridades catalanas. Pasado un tiempo prudencial, sería necesario convocar elecciones autonómicas. En paralelo, urge que el Tribunal Constitucional evalúe la inhabilitación de Puigdemont y el resto de altos cargos implicados en la insurrección, y proceder a su aprobación. Bien por unanimidad, que sería lo deseable, o por mayoría.

Rajoy no puede esperar a diluir responsabilidades en el consenso para ejecutar decisiones como la del 155. Pesa sobre los hombros del presidente la exigencia de encarar el reto más grave al que se ha enfrentado la democracia española. De él no sólo se espera que invoque la ley, sino que articule de una vez un liderazgo político incomprensiblemente ausente. La Nación lo necesita y lo espera.

El golpe de Estado es hoy

Si el mando supremo de los Mossos no duerme esta noche en la cárcel el golpe habrá triunfado
Gabriel Albiac ABC 3 Octubre 2017

Ayer no sucedió nada. Sólo escena. No fue un golpe de Estado: no hay golpes de Estado sin que las armas aúpen un poder institucional nuevo. No fue un golpe de Estado, lo actuado. Fue su representación teatral: paso de danza, juego de salón. El golpe de Estado empieza hoy. Sabremos si ha triunfado o no muy deprisa. No hay «proporcionalidad» frente a un golpe de Estado: o es vencido o vence.

Si el mando supremo de los Mossos, que incurrió en rebelión armada el domingo, no duerme esta noche en la cárcel el golpe habrá triunfado. Si la autoridad regional de Cataluña, que planificó la violación de la ley y que llamó a la sedición, no duerme esta noche en la cárcel el golpe de Estado habrá triunfado. Si el responsable de las finanzas regionales, que robó dinero público para financiar la secesión, no duerme esta noche en la cárcel el golpe de Estado habrá triunfado. Si el Gobierno de la nación no abandona su pasivo actuar sólo a la contra, el golpe de Estado habrá alcanzado todos sus objetivos: contra un golpe de Estado no cabe agazaparse a la defensiva; o el Estado toma la iniciativa o no hay Estado; y entonces mejor rendirse cuanto antes. Si hay Estado, ninguna de las autoridades que incurrieron ayer en algo que tiempos menos eufemísticos llamaban «alta traición» puede dormir esta noche en su domicilio.

A eso se reduce todo. ¿Va a pasar el golpe de Estado catalán de la esgrima festiva de ayer al combate serio que empieza hoy? Nadie puede fingir sorpresa ante lo sucedido. Todos sabíamos, desde 2014 por lo menos, que los jerarcas de la CUP y el PdCat iban a poner sobre las tablas la charada que serviría de prólogo a la secesión; todos sabíamos, desde 2014 por lo menos, que la Policía Autónoma era el germen de ese Ejército Nacional de Cataluña que los de Puigdemont no se han privado de reivindicar. La sorpresa está en otro sitio: en Madrid.

¿Cómo ha sido posible que un Gobierno legítimo, cómo ha sido posible que una oposición democrática puedan consentir que una fuerza armada, cuyos mandos se autoproclaman sediciosos, siguiera en activo sin ser desarmada y rehecha bajo mandos constitucionalistas? ¿Cómo ha sido posible que un Gobierno legítimo, cñomo ha sido posible que una oposición democrática hayan podido tolerar que los más altos funcionarios del Estado en Cataluña hayan procedido públicamente a tejer un «Estado paralelo» con el dinero de todos los españoles sin aplicar el Código Penal con el rigor que un delito de esa gravedad exige? ¿Cómo ha sido posible que una escena de doble poder haya podido ser desplegada durante tanto tiempo sin entender que no hay doble poder que no acabe en confrontación física?

Puigdemont, Junqueras, Forcadell, Trapero y los demás sediciosos que tomaron ayer calle e instituciones dormirán, espero, esta noche en un calabozo. Todos lo esperamos. De no ser así, el Gobierno de España habrá dejado de existir, la oposición se habrá diluido en nada, el Estado será piltrafas… Y la nación, nada más que un recuerdo.

Hispanofobia
OKDIARIO 3 Octubre 2017

Los catalanes ven represión donde sólo hay ley, Constitución y convivencia. Obsesionados con romper el país que sustenta sus calamitosas cuentas públicas, tras la farsa ilegal del 1 de octubre, ahora se dedican a perseguir a los no catalanes casi como se perseguía a las personas negras en la década de los 60 en Sudáfrica. Decía Nelson Mandela, el hombre que más luchó por derribar el apartheid, que “el racismo es algo barbárico, ya sea que venga de un hombre negro o de un hombre blanco”. El independentismo catalán contiene en su ADN ideológico un componente de xenofobia más que latente. Como cualquier movimiento que entierra sus raíces en el nacionalismo romántico y decimonónico, no sólo tratan de imponer su voluntad de manera coercitiva a la mayoría ciudadana, también persiguen a los diferentes por mucho que compartan la misma comunidad de individuos. Para ellos, los objetivos de su cacería incívica son “los españoles”, como dicen con ánimo discriminatorio.

La última mecha la ha prendido el president golpista Carles Puigdemont cuando este lunes ha exigido la expulsión de Cataluña de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Después, los cachorros violentos de la CUP y Arran han tomado las calles para tratar de intimidar a los agentes que, en ausencia física, ética y moral de los Mossos, no hacen otra cosa que asegurar la paz social al otro lado del Ebro. Insultos como “perros” o provocaciones como “sacar la pistola” han sido sólo una mínima parte del repertorio dialéctico que los agentes han tenido que aguantar estoicos. Un reguero de violencia verbal —ya está deviniendo en física— que recorre la región de manera incesante. Así, los hosteleros de Calella han echado a Policía y Guardia Civil de sus establecimientos tras las coacciones de los separatistas. Esos son los cimientos de odio, acoso y persecución sobre los que Puigdemont y sus cómplices pretenden edificar su república ilegal.

Lo peor es que todo esto no ha hecho más que comenzar. Si son capaces de actuar así contra los policías y guardias civiles, qué no serán capaces de hacer contra la población civil no independentista. Tanto el Gobierno como las fuerzas constitucionalistas no deben permitir que semejante recua totalitaria secuestre de ese modo el presente y el futuro de la región catalana. Todo lo que no sea una pronta actuación dará alas a los que no sólo quieren romper España, sino que son herederos directos de todos aquellos regímenes que se basaban en el principio abyecto de que unas personas son mejores que otras por una mera cuestión de raza, ideas o lugar de nacimiento.

Tiempo de adiós
Luis Herrero  Libertad Digital 3 Octubre 2017

Ayer vi en Barcelona con mis propios ojos muchos colegios abiertos y largas colas de votantes. Había urnas. Y papeletas.

O la política sirve para llevar esperanza a los ciudadanos, o sirve para muy poco. Se vota a quien puede hacer que las cosas mejoren, a quien resuelve problemas, a quien encuentra salidas en los laberintos. O, al menos, a quien merece la duda razonable de ser capaz de conseguirlo. Ayer, en Cataluña, se vio con claridad meridiana que el Gobierno de la nación no está a la altura de ese requisito.

Había contraído un solemne compromiso ante la sociedad española: no iba a haber otro 9-N. No habría colegios abiertos. Ni urnas. Ni papeletas. No habría más votación que la que pudiera producirse, de manera aislada y testimonial, en los pequeños pueblos de la Cataluña escarpada. La hemeroteca no me dejará mentir. Y la memoria de la gente honrada, tampoco.

Y, sin embargo, ayer vi en Barcelona con mis propios ojos muchos colegios abiertos y largas colas de votantes. Había urnas. Y papeletas. Y policías de mirada pastueña contemplando con arrobo el espectáculo, tan ilegal como pacífico, tan tolerado como sedicioso. No vi en directo ninguna carga. Anduve durante horas y no tuve ocasión de toparme con ninguna escena de tensión. Si no hubiera tenido acceso a la radio, a la televisión y a las alertas del teléfono móvil mi crónica -cargada de perplejidad, eso sí- hubiera sido la de una plácida mañana de domingo, cenicienta y húmeda, de otoño frente al mar, en una Barcelona perezosa, silenciosa y electoral. Solo había bullicio, y poco, en las puertas de los colegios. Una manzana más allá la astenia dominguera volvía a adueñarse del paisaje urbano.

Cerca de la Sagrada Familia, sucesivas oleadas de turistas japoneses le daban un soplo de vitalidad al bostezo cosmopolita de la ciudad adormilada. Quise entrar en el templo para ver si el cardenal Omeya lanzaba mensajes entreverados en la homilía de la misa de 12, pero un guarda jurado me dijo que el culto catedralicio era muy madrugador y que la siguiente misa sería a las nueve de la mañana del día siguiente. O me unía a las multitudes niponas, pasando por caja, o me quedaba sin ver por dentro la inventiva constructiva de Gaudí. Así que seguí paseando por las calles y elevé a definitiva mi conclusión particular: estaba pudiendo votar todo aquel que quería hacerlo.

¿Por qué, entonces, había querido regalarle Rajoy a los independentistas las imágenes de las cargas policiales que estaban ocupando los espacios preferentes de todos los medios de comunicación, nacionales y extranjeros? ¿Por qué permitía que Junqueras, Puigdemont, Colau, Forcadell y Ana Gabriel, los cinco magníficos de la rebelión, votaran ante la atenta mirada de la prensa, sin que ningún achuchón uniformado les incomodara, y en cambio mandaba acometer arbitrariamente a anónimos ciudadanos del común?

Si el plan era impedir por la fuerza la votación, lo congruente hubiera sido actuar del mismo modo en todos los colegios. Hacerlo solo en algunos, dando la falsa impresión de que la musculatura del Estado imponía su ley a chichón limpio mientras dos millones de catalanes se burlaban de ella paladinamente, es una asombrosa contribución a la estulticia política que bate todos los récords hasta ahora conocidos. No solo se ha votado -yo mismo lo he visto con estos ojos que ha de tragarse la tierra-, sino que además parece que se ha hecho con el heroísmo épico que exhibió David frente a Goliat.

La imagen es falsa, desde luego, pero el hecho es verdadero. Los independentistas querían votar y lo han conseguido. Que lo hayan hecho en una consulta sin garantías no debería consolarnos. Lo han hecho de la única forma que podían hacerlo. Nunca estuvo sobre la mesa un referéndum legal y riguroso. El reto de Puigdemont no era arrancar del Estado el permiso para hacer algo que la Constitución prohíbe, sino burlar su vigilancia para repetir la machada del 9-N, ahora frente a la oposición activa de jueces, fiscales y tricornios. Esos eran los términos exactos del desafío.

Anoche, el Rajoy más patético que yo recuerdo dijo en televisión que había logrado su objetivo de impedir que los independentistas se salieran con la suya. No fue solo un acto de negación de la realidad, sino la invención de una realidad distinta, imaginada a la medida de sus deseos. Rajoy actuó como un iluminado. Y lo peor de todo es que estamos en sus manos. Si ha fracasado en su intento de impedir que llegáramos hasta aquí, a la puerta misma de la declaración de independencia, ¿por qué hemos de creer que será capaz de arreglar el entuerto que nos aguarda a partir de ahora?

El Estado, con él en el puente de mando, no ha sabido encarar la rebelión sediciosa más Importante que ha tenido la nación española a lo largo de su historia. Lo de ayer era lo más parecido a una cuestión de confianza. De la eficacia de su respuesta dependía que el Gobierno conservara el poco crédito que le quedaba como gestor de este lío. Ahora ya no queda saldo alguno que gestionar.

Estamos más solos que la una.
El plan de Sánchez -informo, no opino- era negociar con Junqueras, si los aurigas del procés se avenían a no forzar la declaración de independencia, generosidad judicial en los procesos abiertos, reforma constitucional y algún tipo de consulta pactada en tres o cuatro años a cambio de elecciones autonómicas y árnica temporal en las demandas independentistas. Esa es la opción de la alternativa: sacarnos de Guatemala para meternos en Guatepeor.

Así las cosas, por paradójico que parezca, lo menos malo que puede pasar es que el Gobierno catalán consume la amenaza con la que acabó anoche el mensaje institucional de Puigdemont de dar por instaurada la República catalana. Es la única forma de obligar al PSOE a prolongar la pantomima del apoyo al Gobierno de Rajoy. No resolveremos el problema, pero tal vez ganemos tiempo para poder despedirnos de la España que heredamos de nuestros padres con un poco de delicadeza.

Con Policía y Guardia Civil
Rosa Cuervas-Mons Gaceta.es  3 Octubre 2017

Dedicamos estas líneas a condenar con la mayor firmeza posible los ataques e insultos a Policía y Guardia Civil

Como primer mensaje, La Gaceta está con ellos. Con los policías y guardias civiles que han sido enviados a Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona a cumplir con la orden de mantener la ley y el orden constitucional en una Cataluña revolucionada por una minoría radical y exaltada.

La misma minoría que esta noche perseguía, acosaba e insultaba enferma de odio a quienes siguen dispuestos a velar por la seguridad de todos los hombres y mujeres que habitan territorio español, como aquel día que la Guardia Civil sacaba de un apuro en las carreteras vascas a los mismos abertzales que horas antes habían insultado a la Benemérita. Es lo que tiene el espíritu de servicio… pero no nos extenderemos hoy alabando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Hoy dedicamos estas líneas a condenar con la mayor firmeza posible los ataques e insultos a Policía y Guardia Civil. Y, sobre todo, dedicamos estas líneas a reclamar al Estado las acciones necesarias para evitar el acoso físico y mediático a que están siendo sometidos los agentes desplazados a Cataluña sin que, al parecer, haya plan alguno para impedirlo.

El Estado
Y, hablando de Estado… ¿dónde está el Estado? ¿Por qué el ministro de Interior, que tan buenas palabras regalaba este lunes, en el día de la Policía, no está desplazado en Barcelona apoyando a sus agentes?

¿Por qué Mariano Rajoy -con pruebas más que constatadas de la deslealtad y desobediencia del gobierno catalán y de su policía autonómica- no aplica el artículo 155 y toma el control de una Autonomía que transita por la peligrosa senda revolucionaria?

¿Y el Rey? ¿Vive aquí Felipe VI? ¿No son el 1-O, y el 2-O y este 3-O de huelga general y amenazas de DUI lo bastante graves como para despertar la conciencia en Zarzuela?

El mundo entero nos mira. La Unión Europea debatirá este miércoles sobre la “cuestión catalana” y estaría bien que encontraran entonces una nación con soluciones, capaz de ordenarse a sí misma y de tomar las riendas de un problema que representa a una minoría, sí, pero a una minoría profundamente creyente en la fe del separatismo y dispuesta -Moncloa, Zarzuela: dispuesta- a llegar al caos absoluto antes que al abandono de su causa.

El Gobierno tampoco hace nada ante la campaña golpista de intoxicación informativa
EDITORIAL  Libertad Digital 3 Octubre 2017

El Gobierno de la Nación es culpable de una pasividad y una dejación de funciones tan indignante como estúpida y suicida y, sobre todo, tremendamente injusta con los policías y guardias civiles puestos en la diana por los liberticidas.

La consulta ilegal perpetrada este domingo por la Generalidad de Cataluña sembró el caos en el Principado, y pudo degenerar en una auténtica tragedia por la ominosa actitud de los Mossos d’Esquadra, que, convertidos en lacayos de los golpistas, consintieron que se crearan situaciones de gran inseguridad que hubieron de ser solventadas por una Policía Nacional y una Guardia Civil criminalmente dejadas a su suerte por los felones agentes del infame Josep Lluís Trapero.

Los policías nacionales y los guardias civiles hubieron de hacer frente en las peores condiciones a turbas separatistas que, en el colmo del fanatismo más repugnante, ponían en primera fila de sus barricadas contra la legalidad democrática a gentes de avanzada edad y a niños pequeños, muy en línea de las prácticas de los terroristas palestinos o de lo que pergeñó Hasán II para conquistar el Sáhara Occidental sin disparar un solo tiro (las balas las reservaba para matar saharauis): la execrable Marcha Verde. Vendidos, desprotegidos, deficientemente dirigidos por el Gobierno, esos hombres y mujeres merecen el reconocimiento de todo aquel que se sienta compelido por la defensa de las libertades y el Estado de Derecho, asaltados por quienes quieren convertir Cataluña en un Estado fallido y canalla.

Por desgracia, los golpistas han ejecutado una aberrante campaña de agitprop goebbelsiano que pretende convertir a las fuerzas del orden en hordas victimarias y en la que ellos se reservan el papel de abnegados luchadores gandhianos por la libertad. George Orwell vomitaría del asco que le provocaría semejante tergiversación de la realidad a manos de quienes han arrasado Cataluña hasta convertirla en un erial batasunizado y cuparra, pero lo cierto es que la manipulación separatista está tenido bastante impacto en el panorama internacional.

También aquí, el Gobierno de la Nación es culpable de una pasividad y una dejación de funciones tan indignante como estúpida y suicida y, sobre todo, tremendamente injusta con los policías y guardias civiles puestos en la diana por los liberticidas. La Generalidad golpista difunde cifras de heridos tan falsas como los incalificables resultados de su referéndum, indigno de la más bochornosa república bananera, y el Gobierno novern  hace nada, no se defiende, no contraataca. Así que las cifras mentirosas pasan a ser de uso común dentro y fuera de España y se tornan en una arma formidable de los golpistas. Es increíble. Es intolerable. Es indecente.

A los golpistas hay que perseguirlos con toda la fuerza de la Ley, hacerles pagar todo el inmenso daño que están causando y, por último pero ni mucho menos en último lugar, desenmascararlos sin descanso para que a nadie, en España y fuera de España, le quede el menor asomo de duda de lo que son: liberticidas intoxicadores que no se detienen ante nada en su empeño de hacer saltar por los aires el Estado de Derecho.

Cataluña y el resto de España no se merecen otra cosa.

¿SE PRECIPITA LA GENERALITAT?
Los dos errores estratégicos que va a cometer Puigdemont
Rafael Núñez Huesca Gaceta.es 3 Octubre 2017

No suelen fallar. La Generalitat y sus asociaciones afines llevan años diseñando el plan y hasta ahora todo ha salido según sus previsiones. Pero ahora, quizá llevados por la euforia del 1-O, van a cometer errores que pueden hacer fracasar el ‘procés’… y precipitar un enfrentamiento civil.

Veinticinco de octubre de 2014, Artur Mas, públicamente: “Tenemos que engañar al Estado”. En este caso para celebrar la consulta del 9N. Y engañaron al Estado. Como ayer, que hubo urnas, hubo papeletas y hubo mesas electorales. Incluso se habilitó lo que llamaron “censo universal” para que cualquier catalán votara en cualquier colegio. Y en una cinematográfica escena, Puigdemont cambió de vehículo dentro de un túnel para despistar al helicóptero de la Guardia Civil y lograr su instantánea del voto y la urna. Un juego de mentiras del que siempre han salido victoriosos.

El proceso separatista es, tal y como lo describe Juan Arza, uno de los fundadores de Societat Civil Catalana, “un movimiento ultramoderno”. Funcionan como una máquina perfectamente engrasada y su movimientos están increíblemente bien coordinados. Han constituido asociaciones en cada ámbito de la sociedad civil y están abundantemente financiados por dinero público. Hay ‘Bombers per la independència’, multitud de asociaciones ‘per la Llengua’, plataformas ‘Pro Seleccions esportives catalanes’, ‘Mossos per la independència’, fundaciones y ONGs que integran a los inmigrantes en la fe nacional, ‘Empresaris per la independència’… pero sobre todo tienen un Òmnium y una Assemblea Nacional Catalana. Megaplataformas perfectamente coordinadas con la administración pública con capacidad para coordinar enormes manifestaciones, hacerse cargo de la logística, producir mercadotecnia viral, comprometer a líderes de opinión y producir mensajes atractivos en masa. El principal de los cuales ha sido establecer el debate, no en la secesión y el nacionalismo sino en términos de democracia sí/democracia no. Son, en fin, fabulosos aparatos de ingeniería social que, como el separatismo institucional, funcionan apenas sin errores. Rara vez yerran.
Una huelga con altas probabilidades de fracasar

Es por eso que sorprende la intención del Govern de llamar a la huelga general y de declarar la independencia por la vía unilateral. Patinan por primera vez. Hasta anoche la pretendida huelga era una iniciativa minoritaria de las CUP y sus asociaciones satélites. El domingo, seguramente borrachos de euforia, el president de la Generalitat hizo suya la iniciativa instalando a Cataluña definitivamente en un contexto revolucionario. Han asumido un riesgo innecesario en un momento en el que lo tienen todo a favor, incluida gran parte de la opinión pública internacional. La huelga, declarada con sólo cuarenta y ocho horas de antelación, tiene en absoluto garantizado el éxito. Puede paralizar pueblos pequeños, pero Barcelona, que es la mitad de la población catalana y su ventana hacia el mundo, es una ciudad enorme donde las cadenas hoteleras internacionales, las multinacionales de moda o la restauración difícilmente bajarán la persiana. No lo harán salvo que desde la administración pública se boicoteen los medios de transporte haciendo así obligado el paro. Sin boicot, es muy probable que la vida civil seguirá su curso más o menos ajena al mandato independentista. Y aún podría ser peor para los convocantes: podrían
producirse escenas de coacción e incluso violencia. No hay que perder de vista que la iniciativa parte de la extrema izquierda independentista, cuyos piquetes, vista la actitud de los Mossos, camparán por sus respetos. Mañana podría hacerse explícita, más que nunca, la fractura social.
Si hay DUI hay “toma del territorio”

Mas es la pretendida DUI, declaración unilateral de independencia, el error más grave que va a cometer la Generalitat. Tanto, que quien esto escribe apostaría a que darán marcha atrás. Una ‘balconada’ dilapidaría, a ojos del exterior, todo el capital político acumulado el 1-O. Ninguna cancillería del mundo legitimaría semejante acción y la condena internacional sería unánime.
Caso de salir adelante, la declaración implicaría, tal y como está previsto en la ‘Llei de Transitorietat i Fundacional de la República’, “garantizar el control efectivo del territorio mediante la asunción total por parte de la Generalitat de la autoridad tributaria, aduanera y catastral”. Esto es, tomar puertos, aeropuertos, fronteras y relevar a las autoridades del Estado. Hay que insistir en que se trata del modus operandi previsto en la ‘ley’ y que serían los Mossos d’Esquadra, un cuerpo armado con más de 16.000 efectivos y que ya ha demostrado a quién debe obediencia, los encargados de ejecutar el plan. Para hacerse con la situación el Estado se vería obligado a desplegar un operativo policial sin precedentes y quién sabe si también efectivos militares. Todo suena delirante. Parece imposible. Pero también parecía imposible que llegáramos hasta aquí. Y hemos llegado.

Reos de sedición
Si no se activa el 155 y se detiene a los sediciosos acabará quebrándose España, pero antes caerá Rajoy
Isabel San Sebastián ABC 3 Octubre 2017

Lo ocurrido en Cataluña este aciago 1 de octubre está tipificado en el artículo 544 del Código Penal como un delito de sedición castigado con hasta 15 años de cárcel si quien lo comete es una autoridad: «Son reos de sedición quienes se alcen pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes o a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el cumplimiento de las resoluciones administrativas o judiciales». Basta ver a Puigdemont y sus acólitos votar en su parodia de consulta ilegal, desobedeciendo abiertamente la prohibición de los tribunales; contemplar las imágenes de los tumultos instigados por ellos desde los medios de comunicación que controlan, o constatar la flagrante traición de los «mossos d’esquadra», cuyo comportamiento ha oscilado entre el incumplimiento doloso del mandamiento judicial recibido y la complicidad con los golpistas, hasta el extremo de enfrentarse a la Guardia Civil que trataba de defender el orden constitucional, para comprobar hasta qué punto es aplicable ese tipo delictivo a la conducta de los gobernantes catalanes. Los responsables de la Generalitat han utilizado las instituciones sujetas a su custodia para alzarse contra el Estado del que emana su poder. Desde la Policía autonómica hasta la Consejería de Educación, sin hacer ascos a la utilización de niños como escudos humanos frente a las fuerzas del orden. Desde las televisiones y radios autonómicas, lanzadas a la agitación de la calle, hasta el consejero de la Presidencia, tan envalentonado como para amenazar públicamente con denunciar al Ejecutivo español. ¿Tenemos que aguantar tanta infamia?

No es posible zanjar este episodio restando trascendencia a lo ocurrido por carecer de legitimidad, como parece desprenderse de las declaraciones hechas por la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. No puede volver a salirles gratis como ocurrió el 9-N. Es evidente que las urnas, estas y aquéllas, no tienen valor alguno en términos legales ni cumplen con los requisitos mínimos exigibles en cualquier votación. Ellos lo saben y lo asumen como una burla más hacia nosotros. No buscan legitimidad, desde el momento mismo en que ignoran de forma chulesca las reglas del juego democrático. Lo que quieren es romper el marco de convivencia en el que se desarrolla este pulso y hacerlo no solo con impunidad, sino en el papel de oprimidos, apareciendo ante los ojos del mundo como víctimas de un Goliat opresor. Pues bien, la torpeza del Gobierno en la respuesta ha sido de tal magnitud que en buena medida lo han conseguido. Y no porque Policía Nacional y Guardia Civil hayan fallado lo más mínimo en el cumplimiento de su deber, pese a la dureza de las condiciones en las que han debido trabajar, sino porque han faltado explicaciones, pedagogía, información, atención a la prensa internacional, valentía en la defensa de los valores y firmeza en la aplicación de la legislación vigente. O sea, coraje y convicción democráticos.

Un secesionismo estelado por fuera y rojo por dentro
Javier Benegas. vozpopuli  3 Octubre 2017

Ayer se difundía en Twitter una imagen que, a diferencia del burdo fotomontaje donde se emulaba la toma del monte Iwo Jima en la IIGM, no estaba trucada. En esta otra fotografía, casi de Premio Pulitzer, se veía ondear una bandera comunista que destacaba sobre las esteladas, con su hoz y su martillo de un blanco inmaculado y el fondo de un rojo muy vivo. Se recortaba sobre el cielo celeste de Barcelona como la herida de una fractura abierta, más que anunciada, promovida por una izquierda que hace tiempo empezó a ocupar el espacio de la derecha supremacista catalana.

A pesar de ser una imagen bastante más discreta que la ofrecida por ese grupo de jóvenes que saltaron al estrellato por cantar el Cara al Sol voz en cuello, resultaba mucho más inquietante. La extrema derecha sigue siendo marginal en España, aunque algunos se empeñen en lo contrario. Sin embargo, la izquierda lleva tiempo creciendo y multiplicándose, adoptando nuevas formas y ocupando ayuntamientos, comunidades… y está muy bien organizada. De hecho, hoy su presencia se intuye detrás de cada conflicto, detrás de cada algarada. Y quizá esa bandera roja que discretamente se enseñoreaba del cielo de Barcelona fuera algo más que una metáfora.
El secesionismo ya es de izquierdas

En efecto, hay un nuevo actor en Cataluña que poco tiene que ver con el viejo nacionalismo, aunque todavía vaya de su mano. Es la vieja izquierda reinventada, la populista; la que, cuando la prosperidad capitalista convirtió a los proletarios en clase media, tuvo que agachar la cabeza y buscar nuevos caladeros. Y con el tiempo, terminó pastoreando minorías para, más tarde, inventarlas.

Para esta izquierda cada conflicto es una oportunidad; cada diferencia, una desigualdad, cada frustración, una injustica; y cada sentimiento, un tesoro. Cierto es que esta izquierda transformista no es exclusiva de Cataluña, sin embargo, es en esta región donde ha progresado a mayor velocidad. El buen clima, una situación geográfica privilegiada, una mayor riqueza, mucho mimo y, sobre todo, una educación manipulada por el nacionalismo, alumbró una generación encantada de haberse conocido, proclive a mirarse el ombligo, a pensar que todo el monte es orégano y a creer que para coronar las más altas cimas basta con juntarse y desearlo. Una forma de ser, creer y sentir que se ha contagiado de hijos a padres, y no al revés como sería lo lógico. Allí son los hijos, bien aleccionados, los que influyen en unos progenitores que buscan desesperadamente un lugar en la Cataluña inventada.

Este narcisismo es el material perfecto para un activismo obsesionado con desmantelar lo preexistente y someter a terapia a todo hijo de vecino. Y al que no se adapte, lo señala. En realidad, mucho hay de sentimiento de venganza, de ajustar cuentas con España, pero también con ese capitalismo que convirtió la izquierda un trasto inútil.

Pero a falta de proletarios hambrientos, bien valen los sucedáneos, como los que fabrica en cadena el victimismo nacionalista, ese mentira que los viejos padres de la patria catalana fueron construyendo durante décadas, y frente a la que los sucesivos gobiernos españoles hicieron la vista gorda, pendientes como estaban de susintereses de partido.

Así, paso a paso, cesión a cesión, transferencia a transferencia, la idea de España fue desapareciendo del imaginario colectivo en Cataluña. En su lugar se ha instaurado una historia a la carta, un sentimiento localista, antisistema y muy sobrado, primero a mayor gloria de los viejos virreyes; y después, de los tiranos de la izquierda, que han añadido un grado de odio desconocido.

En esta nueva Cataluña prometida por la izquierda, la vida será gratificante, nunca antipática. Y para obrar el milagro, bastará con sumarse a la masa que odia. A cambio de tan pequeño sacrifico, habrá gloria para todos los conversos. ¡Adiós puta España!

Un monstruo que pide a gritos el 155
La combinación del nacionalismo y la izquierda mágica ha engendrado un monstruo fascista-comunista-populista. Un engendro frente al que unos miles de policías poco pueden hacer, salvo soportar sus vejaciones y alimentar su propaganda. Si se quiere recuperar el terreno perdido, no hay otra receta que sangre, sudor y lágrimas, esto es, aplicar el artículo 155 con todas sus consecuencias y apretar los dientes hasta que escampe. Y que los directores de los diarios internacionales confeccionen las portadas que les plazca.

Sin duda aplicar el 155 será demasiado para una prensa occidental enferma de corrección política, para la que una imagen vale más que mil verdades. Demasiado también para un régimen muerto, pero aún pendiente de las exequias, cuyo último baluarte es un registrador de la propiedad al que esto le viene, no ya grande, sino inmenso. Del vil Pedro Sánchez nada cabe esperar y sobre Pablo Iglesias mejor guardar silencio. El único que parece estar a la altura es Albert Rivera. Pero habrá que esperar a que las presiones aumenten para comprobar si su coraje es flor de un día o tiene recorrido. Porque en política del mañana nada se sabe.

En cualquier caso, que nadie se engañe: los nuevos secesionistas no quieren negociar, quieren separarse, si puede ser en condiciones ventajosas. Y si no, les da lo mismo. Lo suyo es el chavismo separata. La Europa de Merkel no nos va a hacer el trabajo sucio, ni siquiera nos dará demasiado cuartelillo, al contrario: podría obligarnos a ir a la guerra con un palo. Por eso es mejor anticiparse. Sin miedo, porque precisamente ha sido la cobardía y el corto plazo lo que nos ha llevado hasta el borde del abismo.

Cataluña es nuestro problema, pero también nuestra oportunidad, otra más, en el camino hacia la constitución de un nuevo régimen democrático, esta vez sí, con todas las garantías, donde sea el individuo quien controle al Estado y no el Estado al individuo. Una democracia donde la legitimidad sea, por fin, a prueba de activistas y corruptos. Y donde haya autoridad bastante. Difícil pero no imposible. De peores embolados hemos salido.

El hundimiento de España (2)
Vicente A. C. M. Periodista Digital 3 Octubre 2017

MANIPULACIÓN INFORMATIVA E INVERSIÓN DE LA CARGA DE LA PRUEBA. ACOSO A LA POLICÍA NACIONAL Y GUARDIA CIVIL EN CATALUÑA. PEDRO SÁNCHEZ QUIERE ROMPER EL APOYO AL GOBIERNO DE ESPAÑA Y SOLO ESPERA SU OPORTUNIDAD.

El otro día hablé de las ratas y estas no han tardado en aparecer. Ahora que ha pasado el día de la vergüenza y el triunfo mediático de los golpistas, los responsables de haber coartado los medios de actuación de las FFyCCSE enviadas a Cataluña para garantizar el cumplimiento de las sentencias del Tribunal Constitucional, se erigen en censores severos de la gran mentira montada por los secesionistas y asumen la manipulación descarada de las imágenes para acusar a esa fuerzas, solo responsables de cumplir con su deber en una situación de alto riesgo y tremendamente hostil, de haberse sobrepasado en el uso de la fuerza y actuar con una violencia desmedida. Es decir, estos cínicos e hipócritas politicastros, hacen lo que en el derecho penal se conoce como “inversión de carga de la prueba”, por la que el que acusa no debe ser el que aporte las pruebas incriminatorias, sino que el acusado es el que debe aportar aquellas pruebas que demuestren su no culpabilidad. Y es verdad que a esta manipulación, los medios de comunicación que cubrían la jornada, sobre todo los que están bajo la influencia de la Generalidad, han sido los más activos en la difusión tendenciosa de las imágenes y testimonios bajo una supuesta imparcialidad informativa. Simplemente vomitivo.

Y aquí desde luego que hay que señalar como incauto o, lo que es peor, de timorato y cobarde al Gobierno de España único responsable de haber enviado a esas FFyCCSE, cerca de 10.000 efectivos, a esa tierra hostil con la excusa de complementar a la policía autonómica en su misión de hacer cumplir la ley. Para ello montó ese pretencioso mando de coordinación designando a un Coronel de la Guardia Civil, que pronto tuvo la certeza de la falta de confiabilidad en el cuerpo de los Mossos y la negativa de sus mandos, el Consejero de Interior, Joaquim Forn, el Director General Pere Soler y el Mayor de los Mossos Josep Lluis Trapero, a dejarse conrolar y coordinar. Una desconfianza que se vio confirmada en la madrugada y jornada del 1 de octubre, tras una inexplicable asistencia a la reunión de la Junta de Seguridad promovida y presidida solo horas antes por el golpista Carles Puigdemont, con la actitud de pasividad e impotencia disimulada con el fin de evitar cumplir con las órdenes judiciales dadas. Fue entonces cuando se decidió que las FFyCCSE destacadas supliesen a los insumisos Mossos e intentasen la misión imposible de desalojar los colegios y locales ocupados desde el día anterior, retirar urnas y papeletas y cerrar esas instalaciones e impedir el acceso. El enfrentamiento era inevitable y el resultado previsible.

La manipulación mediática consistió en hacer relevante y presentar como cargas policiales lo que no eran sino respuestas en legítima defensa de su integridad personal ante el acoso violento de los independentistas. O también, exagerar actuaciones puntuales donde los accesos a los locales de votación más importantes y mediáticos estaban protegidos por una multitud fanatizada y en nada pacífica que opuso una feroz resistencia a ser desalojada y actuaba como marea humana coordinada en forma de ariete para empujar y expulsar a las FFyCCSE, donde los escasos Mossos presentes llegaron incluso a enfrentarse con quienes solo intentaban cumplir con la misión que estos se habían negado a realizar. Se ha hablado de los cientos de heridos entre los “pacíficos” ciudadanos, incluso se presentó a ancianos ensangrentados. Pero no se mostró el acoso a la policía, el uso de menores como escudos humanos, la persecución violenta en algunas poblaciones, el lanzamiento de objetos, ni a los más de 400 heridos de las FFyCCSE. Y es que solo hubo en ese día una versión falseada de los hechos y una ausencia vergonzante de la parte que representaba al Estado de Derecho, comenzando por un incompetente Delegado del Gobierno, cronista desinformado y comunicador ineficaz, que nunca estuvo apoyado mediáticamente por el Ministro de Interior que estaba, al igual que Mariano Rajoy, expectante y vigilante en la sala del Gabinete de crisis en la Moncloa a casi 700 km de distancia. Porque la realidad fue que el domingo 1 de octubre se perdieron dos batallas, la de imponer la legalidad y la informativa. Y ahora se exige la inversión de la carga de la prueba a nivel local por unos partidos hipócritas y oportunistas, y a nivel internacional por organizaciones como la ONU y algunos países como el Reino Unido que condenan esa violencia desproporcionada. Una hipocresía que resulta mezquina al equiparar esas imágenes de montaje tendencioso y calificarlo de violento, mientras se calla con otras imágenes como las de la policía cargando en zona de conflicto étnico en algunos Estados del sur de los USA o aquellas de la ocupación y represión militar en Irlanda del Norte.

Así que no es de extrañar ahora que esa falta de apoyo y de previsión de logística para acomodar a diez mil efectivos en Cataluña haya sido usada por los golpistas como arma propagandística, el icono de Piolín es una muestra, para denigrar una misión que ni el mismo Gobierno de España pensaba que fuera a ser eficaz. Simplemente fue cubrir un expediente de que algo había que hacer, pero se hizo de forma cobarde obligando a los agentes a realizar su función con una mano atada a la espalda y con un escudo como toda protección, limitando el uso de las defensas y metiéndoles en un terreno hostil donde quienes deberían ser los responsables, los Mossos, se convirtieron en meros espectadores e incluso colaboradores de una multitud que descargó su ira y su violencia siguiendo las consignas de sus irresponsables dirigentes políticos y del Gobierno de la Generalidad. Fue un verdadero milagro el que no se repitiese la escena de coches de policía asaltados, o de armas de fuego reglamentarias robadas o arrebatadas a los agentes. No es de extrañar, por consiguiente, el que ahora cualquier alcalde mindundi se haya atrevido a chantajear a los hoteleros que albergaban a parte de esas FFyCCSE para obligarles de forma anti democrática a expulsarles de sus establecimientos y dejarles en la calle para forzar su salida de Cataluña. Otra imagen vergonzosa y humillante en la que se han repetido los acosos por parte de na multitud coordinada y violenta.

Por su parte, Pedro Sánchez y su directiva, incluido el histriónico Miquel Iceta y el veleta de José Luis Ábalos, se dedican a criticar el resultado de sus propias exigencias de contención y uso proporcionado de la fuerza, como si no fuesen conscientes de esa manipulación descarada y de la respuesta profesional y heroica de unas FFyCCSE enviadas al matadero y sin ninguna oportunidad de poder llevar a cabo con éxito su misión. Ha sido un nuevo 9N pero con una violencia planificada y dirigida por el mismo Gobierno de la Generalidad y sus organizaciones como la ANC y Omnium, lanzando a sus huestes a ocupar calles y locales de votación. Una chusma fanatizada que interpuso una desproporcionada y violenta resistencia a quienes solo intentaban cumplir con su deber. Pedro Sánchez sigue poniendo palos a las ruedas de un frente constitucionalista y pide un diálogo imposible con los golpistas sin definir los límites de ese diálogo ni las condiciones de base de partida que los golpistas no admiten como es la actual Constitución de España. No se negocia ni con los terroristas ni con los golpistas. Pero es que Pedro Sánchez está dispuesto a mercadear con la Soberanía del pueblo español y reconocer la plurinacionalidad. Esa hipocresía sectaria, oportunista y mezquina de Pedro Sánchez que está dispuesto a traicionar y violar derechos fundamentales de los españoles, debe ser denunciada para que los españoles conozcan al individuo y al nuevo partido que le ha encumbrado y le apoya.

Cada día parece más inevitable tener que tomar acciones mucho más contundentes para poder reconducir una situación que se ha descontrolado, tal y como anunció el Delegado del Gobierno de Cataluña refiriéndose a los Mossos. Hay que apartar de una vez a los golpistas del Gobierno de la Generalidad y asumir las competencias hasta conseguir que las aguas se calmen y dominar a los insurgentes. También parece inevitable que deban convocarse nuevas elecciones generales si el Gobierno de España no se atreve a asumir coste político y antepone sus intereses partidistas a los interese generales de España. Se necesita un Gobierno fuerte y el de Mariano Rajoy ha demostrado por segunda vez que no lo es y no está capacitado para cumplir la misión histórica de reprimir la sublevación de una autonomía y detener a los golpistas.

¡Que pasen un buen día!

Democracia, concordia y 155
Editorial La Razon 3 Octubre 2017

Desgraciadamente, nos temíamos que el día después del 1-O la situación política en Cataluña no iba a mejorar. Muy al contrario. No entra en los planes de los dirigentes de la Generalitat, ni del oscuro comité de asesores de Carles Puigdemont –que han secuestrado a una institución de todos los catalanes para llevar a cabo un golpe contra la democracia española–, reconducir la situación a unos cauces respetuosos con la legalidad. Ese sería el principio sobre el que se debería abrir cualquier diálogo: respeto y cumplimiento del Estatuto y de la Constitución, las dos normas fundamentales que el Parlament abolió de un plumazo los pasados días 6 y 7 de septiembre.

A partir de ahí, restablecido el orden público, el acoso a los que rechazan los planes de los independentistas y el abandono de la ocupación de la calle, es posible abrir un canal de diálogo. Diálogo que el Gobierno nunca ha rechazado si era sobre la base del cumplimiento de la Carta Magna, pero Puigdemont vuelve de nuevo a hacerlo imposible. Lo demostró al llevar hasta el límite el choque con la insurrección del pasado domingo y vuelve a hacerlo imposible con su amenaza de declarar unilateralmente la independencia «en unos días». Puede que ayer suavizara sus palabras, pero la gravedad de su comportamiento desde que está al frente del «proceso» lo invalida totalmente.

Puigdemont es un peligro para la concordia civil en Cataluña y la democracia. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, reclamó ayer a Mariano Rajoy, tras su encuentro en La Moncloa, que abra «de forma inmediata» negociaciones con Puigdemont. Una intención loable, pero en estos momentos hay que exigir al presidente de la Generalitat que cumpla con la Ley. Sánchez debe cerrar filas sin fisuras. El bucle abierto por la deslealtad y desobediencia institucional nos impide creer en esas proclamas de diálogo cuando hoy se ha convocado una huelga general política con el apoyo de la Generalitat y la ANC insiste en declarar la independencia.

La crisis abierta nos ha situado en un escenario inédito que nadie imaginaba, porque era impensable que un responsable político, nada menos que el representante del Estado en Cataluña, planteara la secesión abiertamente. ¿Deberá el Estado de Derecho, pues, defenderse con las armas que le son propias? Deberá hacerlo, como el domingo las fuerzas del orden hicieron cumplir, dentro de sus posibilidades, la legalidad. En este sentido, el Gobierno está legitimado para aplicar el artículo 155 si el Gobierno catalán declara la independencia. No hay más margen: en defensa del propio autogobierno catalán, esta norma se pondría en marcha si una Comunidad Autónoma «actuare de forma que atente gravemente al interés general de España». En definitiva, es un medio de control, de carácter excepcional, para que la autonomía desarrolle el trabajo que le corresponde y cumpla con su función, incluida la de convocar elecciones autonómicas. La situación requiere serenidad y tomar las decisiones correctas, pero también con toda la ley.

Nos da la impresión de que no hay un diagnóstico correcto de los graves acontecimientos del domingo y que no queremos entender que se trata de una insurrección instigada desde la Generalitat. El debate que ayer abrió el PSOE a través de Patxi López es enormemente confuso porque es muy contradictorio que quien se opuso a la reforma del Constitucional diga ahora que es tarea del TC la inhabilitación de Puigdemont por incumplimiento de sus resoluciones. Ante todo, ahora es el momento de la unidad y de marcar unos objetivos claros entre las fuerzas constitucionalistas: cualquier diálogo debe partir del cumplimiento de la legalidad democrática.

El fracaso de Rajoy
Cayetano González  Libertad Digital 3 Octubre 2017

Podía haber titulado esta columna "El fracaso del Estado", porque eso ha sido lo visto y vivido en Cataluña el domingo. Pero sin que el concretar ese fracaso en Rajoy suponga confundir la parte con el todo, quien mayor responsabilidad ha tenido en no haber evitado lo que ha pasado es, sin ningún género de duda, el presidente del Gobierno. No es el único culpable de quienes integran el equipo del Estado, pero si el principal.

Al igual que sucedió el 9-N de 2014, Rajoy había empeñado su palabra en que el 1-O no habría referéndum, ni urnas, ni papeletas ni colegios electorales abiertos. Técnicamente no ha habido un referéndum, pero en la práctica todo el mundo pudo ver –también Rajoy y Soraya, seguramente en el especial informativo que durante todo el día hizo La Sexta– colegios abiertos, urnas en las mesas, papeletas, gente votando. Al igual que el 9-N, Rajoy se empeñó en la noche del domingo en negar la realidad, algo que sólo sucede cuando uno ya no tiene argumentos a los que agarrarse. El 1-O hubo una importante movilización social en Cataluña, y a esos efectos da lo mismo que pudieran votar 200.000 personas o 2 millones. El hecho es que se votó, con todas las irregularidades que se quieran, y el Estado de Derecho, con el presidente del Gobierno a la cabeza, no fue capaz de impedirlo.

Rajoy podía y debía haber hecho muchas cosas antes del 1-O: desde aplicar el denostado por él, por su Gobierno y por su partido artículo 155 de la Constitución, hasta haber iniciado el proceso para destituir, inhabilitar y poner a disposición de la Justicia a los máximos responsables del golpe. Debió haber intervenido la policía autonómica, los Mossos d’Esquadra, pues estaba cantado no iba a colaborar para que se cumplieran los mandamientos judiciales. Pero nada de eso hizo Rajoy, acostumbrado a dejar pasar el tiempo, a no tomar decisiones que sean incómodas. En términos políticos, su fracaso ha sido absoluto y tendría que haberse ido a su casa –junto con la vicepresidenta y responsable de la patética operación Diálogo– el mismo domingo por la noche. Como era previsible, no sólo no lo hizo, sino que en su comparecencia negó la realidad que habían visto todos los españoles y, ¡cómo no!, volvió a hablar de diálogo. ¿Se imagina alguien a Adolfo Suárez ofrecer diálogo al golpista Antonio Tejero en la mañana del 24-F de 1981?

Ahora, con la declaración unilateral de independencia a la vuelta de la esquina, Rajoy no tendrá otro remedio, como siempre tarde, de aplicar el artículo 155 y suspender de facto la autonomía de Cataluña. Buscará para ello el apoyo del PSOE, el de Ciudadanos ya lo tiene, aunque en su redacción ese artículo deja meridianamente claro que la responsabilidad y la iniciativa le corresponde al Gobierno de España, que de momento sigue presidiendo Rajoy.

Aunque, dada la gravedad de la situación a la que se ha llegado, ya no existe una solución perfecta, el presidente del Gobierno podría hacer uso de su prerrogativa constitucional y adelantar las elecciones generales. En ese escenario, sería exigible a todos los partidos que se presentaran con unas propuestas claras sobre el modelo territorial de España que quieren, qué reforma constitucional pretenden, cómo afrontar el problema de los nacionalismos. De esas elecciones saldría un Gobierno con un mandato para afrontar el problema más grave que ha tenido España desde hace mucho tiempo, y que afecta directamente a la unidad de la Nación.

Y, si no es mucho pedir, en ese escenario electoral el PP se debería plantear si, a quien ha sido el máximo responsable, en el campo del Estado de Derecho, del fracaso de este domingo en Cataluña no sería mejor buscarle un retiro dorado en su Pontevedra natal o en su Santa Pola registral.

El 1-O del patriotismo español
Se trata de un patritismo nuevo, en el que los jóvenes nacidos mucho después del franquismo tienen un papel relevante
Edurne Uriarte ABC 3 Octubre 2017

Llevo unos veinte años echando de menos en mis escritos el fortalecimiento del patriotismo español. Por convencimiento ético y por su importancia en la estabilidad de una democracia. Desde aquella movilización cívica contra ETA en el País Vasco de los noventa, cuando ETA te perseguía por sentirte español, pero las banderas nacionales en las manifestaciones antiterroristas vascas causaban debate y nerviosismo hasta en los movimientos cívicos. Por si provocaban, por si dividían. ETA te ponía en la diana por defender tu derecho a defender la bandera nacional, pero los propios demócratas te sugerían que esa bandera era un problema.

En ese estado de debilidad estaba el pobre patriotismo español. Y ha seguido estando, con lentos y casi imperceptibles cambios. Hasta el 1-O, en el que por primera vez en toda la democracia ha salido de forma espontánea a la calle y a las redes sociales para defender la unidad nacional y el Estado de Derecho. El golpe separatista ha logrado lo que ni siquiera provocó el terror etarra, el fin del silencio y del miedo de los españoles a expresar su patriotismo. Cierto que no de la gran mayoría de vascos, la bandera nacional sigue siendo una aparición milagrosa en un balcón vasco, pero sí de la mayoría de españoles. Desde el domingo, casi todas las miradas se dirigen hacia los independentistas y tratan de calibrar sus próximos pasos mientras descuidan el otro lado de esta crisis. La mitad al menos de los catalanes y una amplia mayoría del resto de españoles que no son los mismos tras el golpe a la democracia y al Estado de Derecho del domingo. El golpe separatista ha logrado dos efectos no deseados y en absoluto imaginados por los ultranacionalistas. De un lado, una indignación social generalizada por la burla a las leyes que puede tener efectos más fuertes que la del 15-M de la extrema izquierda. De otro lado, y esto sí que es un impresionante logro de los golpistas, ha dado lugar al resurgimiento del patriotismo español.


Con una diferencia, que se trata de un patriotismo nuevo, en el que los jóvenes nacidos mucho después del fin del franquismo tienen un papel relevante. Si era un error minusvalorar la indignación del 15-M, también lo será minusvalorar esta. Muy especialmente para la derecha, que es la que fundamentalmente sostiene ese patriotismo tanto desde el punto de vista ideológico como social. Un patriotismo que le da fuerza y legitimidad para nuevas iniciativas políticas, comenzando por la aplicación del 155, pero que también puede ponerle contra las cuerdas si tiene la tentación de hacer nuevas cesiones a los independentistas.

Pero tampoco está inmune el socialismo de los efectos de la indignación del 1-O, si persiste en sus llamadas a la negociación con los golpistas y en su censura a los cuerpos policiales por la defensa de la legalidad. El patriotismo de la izquierda es bastante más confuso, pero no así su percepción del Estado de Derecho y de la igualdad ante la ley. Las imágenes de la dejación de los Mossos y de las ilegalidades flagrantes de los líderes independentistas han producido el mismo efecto en los votantes de todos los partidos que creen en el Estado de Derecho. Se equivocarán sus líderes si tras el 1-O se dedican a dar respuesta a la crisis provocada por los independentistas catalanes, pero olvidan la indignación de los españoles por la ruptura de las reglas democráticas, por la burla a las leyes y por el ataque a la unidad de España.

Doble poder
Cristina Losada  Libertad Digital 3 Octubre 2017

Uno de los mayores problemas de gran parte de la élite política española es no haber creído que se puede dar, y que puede triunfar, un golpe como el que está impulsando el poder fáctico instalado en la Generalitat. Un golpe que no solamente es un golpe a la democracia ni sólo, que ya es mucho, un golpe de Estado. Es un golpe que pretende acabar con el Estado y la nación. Como todos los golpes, por su propia naturaleza, implica y presupone quebrantar la ley. No se dan golpes dentro de la ley, ni un poquito dentro y otro poquito fuera de la ley.

Creer que lo del 1 de octubre era una performance más, una suerte de 9-N bis, y que al día siguiente, una vez desahogado el furor del procés, se podría volver a cierta normalidad institucional, era una creencia confortable y suicida. Esa creencia ya estaba desmentida por todo lo sucedido desde las bochornosas sesiones en el Parlamento catalán a primeros de septiembre. Pensar que quedaban algunas briznas de respeto a la legalidad democrática, y de responsabilidad, en quienes okupan el Gobierno de Cataluña era de una ingenuidad absurda. Bueno, no del todo absurda, puesto que respondía a una ceguera voluntaria. La de cerrar los ojos a algo que ya se veía inevitable antes del 1-O: que el Estado tenga que usar todos los medios legales y constitucionales, incluida la fuerza legítima que le corresponde, para parar el golpe.

En Cataluña hay una situación de doble poder. La hay claramente ahora, y la hay con claridad desde hace semanas. El que todavía funge como Gobierno autonómico no sólo está fuera de la ley sobre el papel; también lo está en los actos. Su desobediencia a las órdenes judiciales ha traspasado la línea de la sedición al promover la toma tumultuaria de colegios que no eran ni podían ser electorales, así como de las calles, con el fin de establecer que el poder insurrecto es el que tiene el control del territorio.

De su catadura moral, aunque conocida, da la medida el hecho de que incitaran a la presencia de yayos y niños, a modo de escudos humanos, a sabiendas de que se tendría que emplear la fuerza para desalojar los colegios. A sabiendas, esto es, de que la policía autonómica no iba a hacer cumplir las órdenes judiciales y no los iba a cerrar. Esa actuación (o falta de) de los Mossos, sin duda ordenada por su mandos, agrava la situación de doble poder.

Después de lo sucedido el 1 de octubre, uno podía pensar que la ingenuidad autocomplaciente iba a disiparse y que la ceguera voluntaria daría paso a la visión, desagradable pero realista, de lo que está en juego y de las situaciones que habrá que encarar para impedir que el poder que detentan los promotores del golpe se imponga al poder legal y legítimo del Estado. Pero no.

Hay dirigentes políticos que están propugnando el diálogo con los golpistas, es decir, que están ofreciéndoles alguna recompensa. Hay un Gobierno que cree que con un poquito de por favor se puede volver a la normalidad de antes. Y hay, en ambos grupos de nuestra élite política, una patente renuencia a emplear los medios constitucionales disponibles para impedir, al menos, que el golpe se siga dando desde la sede de la Generalitat.

Al contrario que muchos, yo no pienso que la aplicación del artículo 155 hace semanas nos hubiera ahorrado tumultos en la calle ni el intento de hacer lo que llamaron referéndum: en realidad movilización de masas para proclamar la secesión. Eso no quiere decir que no hubiera debido aplicarse. Quiere decir que no hay que caer en la ingenuidad de pensar que los golpistas iban a acatar su aplicación. Es más, si se aplica ahora –y debe aplicarse cuanto antes–, hay que esperar que Puigdemont y Junqueras hagan lo mismo que hicieron con la orden judicial sobre el 1-O. Se declararán en rebeldía. Contemos con ello.

No, la aplicación del 155 no será tan fácil como enviar un documento por burofax. No será aprobarlo y ya está. Pero si el Gobierno y el primer partido de la oposición no quieren que sus nombres aparezcan en los libros de Historia como los que permitieron que una pandilla de fanáticos y corruptos acabara con la España que conocemos, tendrán que hacerlo. Tendrán que aprobarlo y hacer efectiva su aplicación. Ni será fácil ni será agradable, pero si no lo hacen, la que se hará efectiva es la secesión. Y añado una coda para el PP y el PSOE. No es lo que hoy tiene que importarnos más a los ciudadanos españoles, pero lo digo por si fuera lo que más les importa a ellos: si sucediera lo peor, esos partidos y sus dirigentes no sobrevivirán.

España: ¿lágrimas en la lluvia?
ALFONSO PINILLA GARCÍA El Mundo 3 Octubre 2017

Los últimos acontecimientos han demostrado que al nacionalismo radical no se le convence, sólo cabe vencerlo, porque de lo contrario arrasará la convivencia como una apisonadora, fragmentando el cuerpo social hasta debilitarlo irremediablemente. Desde la Transición, lleva España intentando acomodar a los nacionalistas en su marco institucional democrático. Las cesiones han sido continuas a cambio de una profunda deslealtad, mejor o peor enmascarada, que hace ya tiempo prescindió de los disfraces en el caso catalán. Si algo han demostrado estos últimos cuarenta años es que, en el esquema mental nacionalista, cualquier concesión recibida se traduce en una muestra de debilidad por parte de quien transige.

Más allá de la imagen que los separatistas hayan logrado vender, es hora de que los demócratas plantemos cara a las mentiras con argumentación, pedagogía y sereno contraataque dialéctico. Conducida la rebelión hasta sus últimas consecuencias, conviene cambiar al timorato Chamberlain por el resuelto Churchill. Y para ello, una vez detenido el golpe en curso, procede actuar en tres niveles:

Primero, España debe estar presente en la sociedad catalana, no para adoctrinarla en banderas rojigualdas o en himnos sin letra, sino para demostrar que el Estado garantiza la libertad del individuo y su igualdad ante la ley. Tantas sentencias incumplidas en materia lingüística han desacreditado el ordenamiento jurídico, hasta convertirlo en el papel mojado a ignorar por los separatistas que hoy controlan las instituciones catalanas. La impunidad conduce a la deslegitimación, y ésta siempre es acicate del golpismo.

Segundo, conviene reformar el título octavo de la Constitución para definir con claridad las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Precisaríamos así las reglas del juego para evitar el continuo vaciamiento de la soberanía nacional en una miríada de poderes territoriales que garantizan la fragmentación, el enfrentamiento y la inoperancia. ¿O acaso la falta de coordinación entre mossos y policía nacional no facilitó los últimos atentados yihadistas en Cataluña? Sin menoscabo del respeto y reconocimiento de la diversidad cultural, el Estado debe mantener su unidad para garantizar la eficaz gestión de los asuntos que a todos nos atañen. Y, en esta dinámica de "redefinición competencial", no estaría de más recuperar para el Estado la Educación. Ésta sería la mejor piedra angular para construir un auténtico pacto educativo que evitara el adoctrinamiento de niños y jóvenes en las aulas de tantos colegios, siguiendo el manual dogmático del nacionalismo.

Tercero, urge la reforma de una ley electoral que siempre permitió la sobrerrepresentación nacionalista en el Congreso de los Diputados. No puede la estabilidad política de un sistema depender de sus enemigos, y desde el inicio de nuestra democracia las llaves de la Moncloa han pendido del llavero nacionalista, perpetuando así un chantaje que aún nos tiene atrapados. Y, si no, véase cómo el gobierno de Rajoy busca (¿mendiga?) el apoyo del PNV para sacar adelante los futuros presupuestos, cuidando de no pisar muchos callos en Barcelona para que en Bilbao le den el ansiado "visto bueno". Claro, que todo esto se solucionaría si el PSOE tuviera suficiente sentido de Estado como para ofrecer la mano al PP en esta materia, evitando así el pernicioso chantaje que a todos nos secuestra.

Y he aquí la causa profunda que explica por qué tras cuarenta años de democracia no hemos logrado desactivar a los nacionalistas. La falta de unidad entre los dos grandes partidos ante el desafío del separatismo ha debilitado al país, poniendo en almoneda su continuidad. La propaganda lanzada por la izquierda donde se vinculaba la defensa de España con el nacionalcatolicismo franquista, atenazó siempre a la derecha democrática hasta condenarla al perfil bajo de quien no quiere molestar para seguir sobreviviendo. Y así, ha ido el PP contagiándose de un cortoplacismo gris, de un pragmatismo sin brillo, de una táctica sin estrategia, siempre temerosa del "qué dirán".

A estos complejos de la derecha hay que añadir, para explicar la indefensión de España ante el desafío nacionalista, la irresponsabilidad de una izquierda que muchas veces prefirió echarse en brazos del enemigo para debilitar a su adversario. Esa alianza, tantas veces traducida en los pactos que alcanzaron nacionalistas y socialistas para gobernar ayuntamientos y ejecutivos autonómicos, ha resultado letal para la democracia, y a los tiempos del tripartito catalán me remito para constatar cuántos fantasmas se escapan de la caja de Pandora cuando esta se abre gracias al sectarismo. En otras ocasiones, esta deriva "simpática" hacia el nacionalismo que muestra el PSOE de los últimos años se debe a sus propias contradicciones internas, pues ha de tenerse en cuenta que la generosidad de Zapatero para con "el hecho diferencial catalán" parte de las cuentas a saldar con el PSC después de que éste fuera crucial para su elección como secretario general del partido. Y así, no debería sorprender que, ya en 2012, el líder de los socialistas catalanes, Pere Navarro, aludiera a la feliz Arcadia del "derecho a decidir" como remedio de todos los males. Este es el punto en el que se halla ahora el discurso socialista, haciendo malabares terminológicos para enmascarar, tras el "derecho a la decisión", el "derecho a la autodeterminación", anhelada herramienta de toda nación para conseguir su particular Estado. Porque la Historia Contemporánea nos demuestra que, más allá de inspiraciones sentimentales e identitarias, la nación se concibe como sujeto soberano capaz de dotarse de instituciones propias. Si Pedro Sánchez es coherente con su planteamiento de la España plurinacional, y Miquel Iceta sigue empecinado en afirmar que Cataluña es una nación, la puesta en marcha del axioma arriba expuesto -nación como sujeto de soberanía- conduce con más prisa que pausa al surgimiento de un Estado catalán, y mañana de un Estado vasco, gallego, valenciano, balear, y quien sabe si algún día Andaluz o hasta Extremeño. Trocear la nación implica fragmentar su soberanía, asegurando tantos Estados como naciones se acepten en el ordenamiento jurídico, lo cual conduciría a la implosión de España y su conversión en un mosaico de teselas inconexas, pobres e inanes.

Si a todo ello añadimos la devastadora crisis económica de la que poco a poco vamos saliendo, los graves casos de corrupción que empañan la credibilidad del sistema democrático y el surgimiento de una extrema izquierda que desprecia la reforma porque solo quiere la ruptura, tenemos dibujada ya la tormenta perfecta que desde el uno de octubre está escenificándose en las calles de muchas ciudades catalanas. Los guardias civiles huyendo de las pedradas y los niños convertidos por sus padres en arietes del prosés -vergonzante imagen en la que no parecen reparar las grandes cabeceras internacionales- son dos metáforas de un Estado débil, paralizado y roto por un desafío al que no ha sabido responder a tiempo.

Nuestro país se enfrenta a uno de los momentos más graves de su reciente historia. Si la derecha rechaza el pacato cortoplacismo, apostando sin complejos por una España unida, diversa, moderna y cada vez mejor integrada en Europa; si la izquierda supera su irresponsable cainismo, pensando y obrando más allá de sus particulares siglas; y si el nacionalismo catalán recupera el seny después de la desatada rauxa, es posible que nuestra democracia dé el salto cualitativo que tanta falta hace para enfrentar estos convulsos tiempos. Pero si la pasión arrasa las razones, el sectarismo prima sobre el consenso y el vuelo gallináceo de la táctica se impone a los altos vuelos de la estrategia, la Historia volverá a pasarnos factura, como otras tantas veces. Y España será, quién nos lo iba a decir, "naves ardiendo más allá de Orión, rayos brillantes junto a Tannhäuser y mil oportunidades perdidas en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura

El narcisismo nacionalista
ENRIQUE GIMBERNAT El Mundo 3 Octubre 2017

La peor de las pestes: el nacionalismo (Stefan Zweig, El mundo de ayer, 1942).

La personalidad narcisista se caracteriza, entre otros rasgos, por su inmunidad a cualquier autocrítica, por un sentido grandioso de la propia importancia, que le hace creerse superior a todos los demás, así como por una percepción exagerada de sus propios derechos, negándose a admitir haber participado en la creación de los problemas, que siempre se atribuyen a circunstancias exteriores. "El narcisista, deslumbrado por sus propias fantasías de grandeza y omnipotencia, pierde el contacto con la realidad social" (Hans-Jürgen Wirth).

Las mismas características del narcisismo individual se reproducen en el colectivo, que es el que se encuentra en el origen de todo nacionalismo. Freud hablaba, al ocuparse de la psicología de las masas, del "narcisismo de las pequeñas diferencias" (el fet diferencial), que es el que explica la razón por la cual un grupo de personas se siente superior a todos los restantes.

En el nacionalismo catalán, que al final ha desembocado en un independentismo, concurren, naturalmente, todas estas características comunes a los demás nacionalismos.

No me voy a ocupar aquí de ese sentimiento de superioridad del independentismo catalán respecto del resto de España, remitiéndome, para dar sólo algún ejemplo de ese sentimiento, al artículo de Albert Boadella publicado en este mismo periódico el 22 de septiembre del presente año: "En los primeros años de mi niñez me enseñaron de forma más o menos subrepticia que, entre la gente, estaban los nuestros y los de fuera. Los de fuera eran el castellans, una gente que, además de hablar una lengua enfática e imperiosa, había que mantener a distancia. Nada bueno podía emanar de tales sujetos ni de sus lugares de origen... Un tufo de miseria, suciedad e incultura emanaba entonces de los de fuera. Nada comparable a nuestra tribu del seny". Y, por lo que se refiere a la megalomanía nacionalista, baste con señalar que: en diversas ocasiones, los políticos independentistas se han comparado con Mandela, Gandhi o Martin Luther King -es decir: con personalidades que, por su heroísmo e integridad míticos, se han convertido en un ejemplo para la Humanidad-; que, desde el Institut de Nova Història, se ha afirmado que Da Vinci, Colón y Cervantes -es decir y respectivamente: el para muchos mayor genio que ha producido la Humanidad, el más importante descubridor de todos los tiempos, y el mejor escritor español o, tal vez, de la historia universal- en realidad, eran catalanes; y que Artur Mas ha mantenido que, con la independencia de Cataluña, ésta se convertiría en "la Dinamarca del Mediterráneo", lo que conllevaría empleo de calidad, bajo paro, salarios altos y un Estado de bienestar robusto y sostenible, afirmación que no deja de tener su gracia cuando es pronunciada por un político de la antigua Convergència, ya que Dinamarca está considerado el país menos corrupto del mundo, sin que Mas se esfuerce en explicarnos cómo con los mismos miembros que integraron ese partido -y que, precisamente por su corrupción sistémica, ha tenido que cambiar de nombre- se puede conseguir una transformación tan asombrosa.

Como no podía ser de otra manera, porque la omnipotencia del independentismo catalán forma parte también de todo nacionalismo, voy a detenerme a continuación con algunas manifestaciones de esa omnipotencia.

El pretendido referéndum de autodeterminación celebrado el 1-O se concibe por los independentistas como un ejercicio del «derecho a decidir». Pero, para que exista un derecho subjetivo (individual o colectivo), es preciso que alguna norma de Derecho objetivo lo reconozca. Que la Constitución Española (CE) no sólo no lo reconoce, sino que lo proscribe expresamente -aunque todavía existe algún independentista que quiere poner en cuestión lo evidente- se deduce de la simple lectura del art. 2 CE, que "fundamenta [la Constitución] en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común indivisible de todos los españoles". Se acude entonces por los independentistas, como Derecho objetivo que ampararía dicho presunto derecho a decidir, al internacional, y, en concreto, a las Resoluciones 1514 y 2625 de la ONU; pero tales Resoluciones sólo consagran el derecho de autodeterminación, primordialmente, en casos de dominación colonial y extranjera (para más detalles cfr. los artículos de la catedrática de Derecho internacional Araceli Mangas y de quien firma esta Tribuna publicados, respectivamente, los días 10-10-2007 y 6-10-2014 en este periódico), y no sólo no lo reconocen, sino que rechazan expresamente un derecho de autodeterminación en circunstancias como las que concurren en Cataluña, ya que en el párrafo sexto de la Resolución 1514 de la Asamblea General de la ONU se establece lo siguiente: "Todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de las Naciones Unidas".

Los independentistas catalanes, a pesar de que Artur Mas y Francesc Homs ya han sido condenados en firme por el TS por sus comportamientos realizados con ocasión del referéndum de las urnas de cartón (de mucha menor entidad que el que ha tenido lugar el 1-O), y de que el TSJ de Cataluña ha incoado un procedimiento contra Puigdemont y otros dirigentes de la Generalidad por prevaricación, desobediencia y malversación, afirman, no obstante, que no están cometiendo delito alguno. Pero para constatar que los están cometiendo ni siquiera hace falta haber estudiado Derecho. Porque no acatar una resolución del TC, prohibiendo un referéndum, es algo que recibe el nombre de desobediencia; como recibe el nombre de malversación de fondos públicos, destinar éstos para sufragar los gastos de un referéndum ilegal; y el de prevaricación, es decir: el de dictar una resolución arbitraria, convocar una consulta que el TC ha declarado inconstitucional. Junqueras y Romeva, entre otros, para justificar que no han vulnerado la ley penal, acuden al supuesto argumento de que, en 2005, fue suprimido el art. 506 bis del Código Penal (CP), que castigaba con prisión de tres a cinco años al que convocare, careciendo manifiestamente de competencia, una consulta popular por vía de referéndum; pero, independientemente de que la derogación de ese artículo dejaría intacta su responsabilidad por los otros dos delitos de desobediencia y malversación, hay que decir -y para esto hay que saber algo, aunque no mucho, de Derecho- que lo que el art. 506 bis hizo fue crear una forma especial y agravada -pena de prisión en lugar de sólo inhabilitación- de prevaricación frente a la prevaricación común del art. 404 CP, por lo que, al derogarse el art. 506 bis, reaparece como aplicable ese art. 404 para quien, con manifiesta incompetencia, convocare un referéndum. Cuando los dirigentes nacionalistas que han incurrido en todos esos delitos oponen que su persecución penal, y, en su caso, posterior condena, suponen "judicializar" la política y que todo ello no puede sino calificarse de una "represión injustificada", están dando a entender que, al contrario de lo que sucede con el resto de los españoles, cuando ellos cometen delitos la justicia penal debe permanecer inactiva y que no se puede acudir a la coerción para obligarles a que cesen en su actividad delictiva.

Al aprobar los catalanes la CE, en el referéndum de 8 de diciembre de 1978, con un porcentaje de, nada menos, que el 90.46% de votos "sí" sobre una participación de, nada menos también, que el 67.9% del censo electoral de Cataluña, aprobaron también, con ello, el art. 168 CE, que prevé un largo procedimiento para la reforma de su art. 2º, que se inicia con la aprobación de dicha reforma por mayoría de dos tercios del Congreso de los Diputados y del Senado, de la misma manera que, para la reforma del vigente Estatuto de Autonomía de Cataluña, aprobado igualmente por sus ciudadanos, los arts. 222 y 223 exigen que ese procedimiento se inicie con la aprobación de la reforma en cuestión con el voto favorable de las dos terceras parte de los miembros del Parlament. No obstante lo cual, con la aprobación de la Ley del Referéndum de Autodeterminación y la de Transitoriedad, los independentistas del Parlament, únicamente por mayoría absoluta, y prescindiendo, además, de todos los trámites posteriores establecidos en el art. 168 CE y 222 y 223 del Estatut, por sí y ante sí, han resuelto derogar ambos textos legales, poniéndose por montera, con ello, el Imperio de la Ley (o la rule of law, como se le denomina en los países anglosajones), que es lo que constituye la esencia del Estado de Derecho.

Cuando se les hace ver a los independentistas que, de acuerdo con el Tratado de la Unión Europea, y como se han hartado de señalar los máximos dirigentes e instituciones de la Unión, la independencia de Cataluña supondría su salida inmediata de la Unión, para convertirse en un Tercer Estado, esos nacionalistas se limitan a decir que eso es imposible, porque ¿cómo podría prescindir la Unión Europea de un país tan maravilloso -de la "Dinamarca del Mediterráneo"- como lo es Cataluña? Cierto también que, con la independencia, Cataluña quedaría fuera de la ONU y que, para ingresar, necesitaría la unanimidad del Consejo de Seguridad y la mayoría de dos tercios de la Asamblea General; pero esto tampoco preocupa a los independentistas, porque, acudiendo nuevamente al mantra del "maravilloso país", ¿en qué cabeza cabe que Cataluña no pudiera pasar a formar parte con carácter inmediato de la ONU?

Los nacionalistas catalanes parten también de que su moneda seguiría siendo el euro con todas las ventajas que ello conlleva, pero parecen desconocer que, al dejar de ser Estado Miembro, carecerían de los instrumentos de liquidez y financiación del Banco Central Europeo.

La Ley de Transitoriedad establece que los ciudadanos de la nueva República catalana, a pesar de ostentar la nacionalidad catalana, podrían mantener también, si ese era su deseo, la española, algo que obviamente no dependería de esa República, sino de España, que es la competente para determinar si, con la adquisición de la nacionalidad catalana, se pierde o no la española. Por otra parte, al convertirse en el equipo de un país extranjero, el Barça ya no podría seguir jugando en la liga española, algo que tampoco parece preocupar a los independentistas catalanes, porque, según ellos, va de suyo que la española Liga de Fútbol Profesional estaría encantada de poder seguir contando con el equipo culé.

Y he llegado al final. La omnipotencia narcisista de los independentistas catalanes no sólo se pone de manifiesto en que se han inventado un inexistente "derecho a decidir" sin respaldo en norma alguna del Derecho nacional o internacional, en que -atribuyéndose la condición de juez y parte- interpretan el CP al margen, no ya de la lógica jurídica, sino de la lógica más elemental, en que se creen que se pueden cometer delitos impunemente y en que, cuando los tribunales les persiguen y les condenan, protestan airados porque eso no es más que pura "represión" y "judicialización" de la política, y en que pueden derogar Constituciones y Estatutos prescindiendo de cualquier procedimiento reconocido en los Estados de Derecho. Esa omnipotencia se manifiesta también en que se atribuyen derechos y privilegios que no dependen de ellos, sino de otras instituciones: se han creído que son, al mismo tiempo, la Unión Europea, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU, el legislador español cuando regula materias de nacionalidad, el Banco Central Europeo y la Liga de Fútbol Profesional. Aun partiendo de su omnipotencia narcisista, la verdad es que los independentistas catalanes se han pasado algún pueblo.

Enrique Gimbernat es catedrático de Derecho penal de la UCM y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO. Su último libro, El comportamiento alternativo conforme a Derecho (BdeF, 2017), contiene también una Autosemblanza del autor.

Guillermo Dupuy  Libertad Digital
Hipocresía constitucionalista

Albert Rivera no se atrevió a decir a Rajoy qué debía hacer para impedir el 9-N, como tampoco se atrevió para impedir el 1-O: renuente como el propio presidente del Gobierno –no digamos ya el resto de la clase política– a suspender la Administración en rebeldía para evitar la convocatoria de ambas consultas ilegales; y tan renuente como él a la hora de detener a los cabecillas del golpe para impedir que llegaran a consumar la desobediencia al mando de la policía autonómica, de los colegios electorales y, en general, de todas las instituciones autonómicas del Estado, Albert Rivera es tan responsable como Rajoy de que los golpistas hayan consumado esta nueva violación de nuestro Estado de Derecho en forma de consulta, así como de los otros muchos más graves pero silenciados delitos que se han perpetrado y se siguen perpetrando impunemente desde antes incluso de arrancar oficialmente el procés separatista de 2012.

Rajoy tendrá, ciertamente, toda la cara dura del mundo al empeñarse en ocultar la independencia de facto que la Cataluña nacionalista ha logrado conservar este domingo, pero no es menor la desfachatez de la líder de Cs en Cataluña, Inés Arrimadas, al culpar del fracaso al hecho de que Rajoy "se fiara" de los consejeros de Interior y Enseñanza, Joaquín Forn y Clara Ponsati. Pero ¿a quién quiere tomar el pelo esta buena señora?

Forn y Ponsati siempre han dado muestras de lealtad a Puigdemont y al golpista proceso secesionista. No han engañado a nadie. Su compromiso con la voladura de nuestro ordenamiento constitucional siempre fue claro, firme y sincero. Rajoy sabía tanto como lo sabía Inés Arrimadas o como Albert Rivera que el consejero de Interior y el director de los Mossos d’Esquadra y Puigdemont son los cabecillas del golpe.

Los cabecillas del golpe no son los responsables de que nuestra politizada Administración de Justicia no los haya encarcelado ni siquiera detenido a tiempo para impedir la comisión de un delito anunciado con tanto tiempo y tanta publicidad. Tampoco los golpistas son culpables de que el Gobierno –y, con él, el resto de nuestra demencial clase política– no se atreviera en su día a suspender la Administración en rebeldía en aplicación del artículo 155 de la Constitución. Ni antes del 9-N, ni antes del 1-O.

La esperpéntica al tiempo que temeraria decisión de esperar al 1-O para que cuerpos policiales llegados del resto de España trataran de impedir –cuerpo a cuerpo– un acto ilegal al que habían sido convocados millones de ciudadanos separatistas con ardientes deseos de participar en él estaba abocada al fracaso tanto si las fuerzas del orden los hubiera molido a todos ellos a palos como si se hubieran limitado a desearles una feliz jornada electoral.

España, por no querer despertar a lo que durante tantos años viene sucediendo en Cataluña, parece que se ha vuelto rematadamente loca. Porque sólo a un loco le parecería normal dejar al mando de un barco a un capitán dispuesto a violar todas las leyes marítimas para luego exigir a sus subordinados que no le obedezcan. Y eso es precisamente lo que nuestra demencial clase política constitucionalista viene haciendo, tanto al negarse a suspender una Administración en manos de los golpistas como al negarse a detenerlos y sentarlos en el banquillo. Eso, por no hablar de las ofertas de mayor impunidad y mayor financiación para que renuncien a la independencia de iure.

En cualquier caso, pedir a los Mossos de Esquadra –o a los directores de los colegios públicos catalanes– "lealtad institucional y lealtad en el cumplimiento de la ley" cuando se les deja a las órdenes de unos golpistas es una ilimitada muestra de hipocresía. Pero a eso han jugado el PP, el PSOE y Ciudadanos, para vergüenza de sus votantes y vergüenza de nuestra nación.

PS: La ocurrencia de Albert Rivera de pedir este lunes la aplicación del artículo 155 tan sólo para convocar nuevas elecciones en Cataluña forma parte del surrealismo. Ni una ilegal consulta secesionista ni unas legales elecciones autonómicas justifica que una Administración del Estado esté en manos de unos golpistas.

La inoportuna defensa liberal de la secesión
Una defensa desde el punto de vista liberal del derecho de secesión a cuenta de lo que ha pasado en Cataluña es inoportuna y contraproducente para la defensa de la libertad
Antonio España El Confidencial 3 Octubre 2017

Seguramente estén esperando ustedes un párrafo introductorio con una referencia al cine, una analogía con algún aspecto de la vida cotidiana o algún otro recurso que ayude a poner en contexto y explicar gráficamente los argumentos expuestos. Excepcionalmente, no es el caso en esta ocasión, pues la gravedad de los acontecimientos y la preocupación por ver posicionadas a favor de la secesión totalitaria y en nombre del liberalismo a voces de este ámbito que respeto y admiro intelectualmente, me hacen imposible encontrar una metáfora que no banalice la situación y que no tenga riesgo de ofender, siquiera involuntariamente. Pero lo cierto es que una defensa desde el punto de vista liberal del derecho de secesión a cuenta de lo que ha pasado en Cataluña estas últimas semanas, y especialmente este domingo, es inoportuna y contraproducente para la defensa de la libertad.

Inoportuna, porque se da en unas circunstancias de desafío a la ley y al Estado de derecho en unas condiciones que, calificarlas como opresivas, supone un agravio comparativo con otras situaciones de verdadera restricción de las libertades individuales más básicas, como puedan ser los regímenes comunistas de Corea del Norte, Cuba o Venezuela, o las teocracias islámicas de Oriente Medio. E inoportuna también porque supone alinearse junto a unas formaciones políticas —nacionalismo corporativista, nacionalismo socialista y comunismo antisistema— que comparten muy poco con las ideas liberales, cuando no son abiertamente antagónicas. Si algo defienden estos partidos, es supeditar la voluntad personal a la colectiva. A la supuesta opresión que sienten quienes no pueden formar su propio Estado, cabe oponer la opresión real que sufren quienes se oponen hoy a esa idea en Cataluña.

Inoportuna porque, dentro de los márgenes que contemplan la Constitución española y el Estado de derecho, existen los mecanismos democráticos y legales para reformar las leyes necesarias y articular un eventual derecho de secesión. Obviamente, se requieren los apoyos suficientes, ya me gustaría que se derogaran muchas leyes tributarias, pero no me tomo la justicia por mi mano. E inoportuna también porque el pueblo de Cataluña, entendido como el conjunto de personas que viven y desarrollan su actividad en ese territorio, ya disfruta hoy de unos altísimos niveles de autogobierno que nada tienen que envidiar a las democracias más descentralizadas del planeta. Es cuestión, si así lo desea la mayoría, de seguir profundizando en la descentralización —deseable para todas las personas y no solo los catalanes— sin necesidad de abrir un proceso de secesión costoso e incierto para todos.

El Estado de derecho —lo que los anglosajones llaman 'rule of law'— es uno de los grandes pilares en los que se basa el ideario liberal. El respeto y defensa de la vida, de la propiedad privada o del cumplimiento de los contratos no se entiende sin la vigencia del imperio de la ley. Son precisamente las normas generales —las constituciones y leyes de rango superior— las que reducen la arbitrariedad del gobernante, poniendo límite a la coacción institucional y protegiéndonos de la discrecionalidad en la actuación de políticos y burócratas. No en vano, dichas leyes requieren mayorías cualificadas para su promulgación y modificación. Es decir, la ley nos protege de los gobernantes, y renunciando a ella, renunciamos a la libertad. En eso consiste el Estado de derecho.

A tenor de los acontecimientos recientes, no parecen necesarias muchas explicaciones sobre la voladura descontrolada del Estado de derecho pretendida por un grupo de políticos que representan menos del 50% de los votantes —menos del 36% sobre el censo total catalán—. Pues bien, la Constitución, el Estatuto y el resto de leyes orgánicas relevantes en la materia son precisamente la garantía que tiene aquel otro 50% que no quiere que le 'secesionen' involuntariamente. Los liberales que toman partido por la causa separatista, y apoyan y justifican sus actos pensando que así defienden la libertad, olvidan que el derecho de libre asociación y desasociación atañe también a aquellos que desean mantenerse asociados y a aquellos que no quieren cambiar su asociación por otra excluyente, aún más colectivista, totalitaria y opresora de verdad —¿o qué piensan que persigue la CUP?—.

Naturalmente, a aquellos que incumplen las leyes, o que consideran que el mero hecho de ser cargos electos les legitima para incumplirlas, el Estado de derecho les plantea un obstáculo intolerable. Pero, qué quieren que les diga, entre Otegi, Iglesias, Rufián o Colau y el imperio de la ley, aunque esta sea imperfecta, tengo muy claro dónde un liberal debe posicionarse. Porque este secesionismo tramposamente disfrazado de 'derecho a decidir' es de todo menos liberal. Antes bien, el independentismo preconizado por sus promotores en Cataluña es deshonesto, antidemocrático y liberticida, con un fuerte condicionamiento comunista que se combina con un corporativismo de tintes fascistas. Difícilmente puede catalogarse esta secesión como defensa de la libertad individual.

Y es que quienes defienden el derecho de secesión desde una cosmovisión liberal afirman, con muy buen criterio, que aquellos pueblos oprimidos tienen derecho a liberarse de sus opresores. Tal es el caso, por ejemplo, de todos aquellos grupos humanos, étnica, cultural o lingüísticamente homogéneos, que fueron conquistados o cuyo territorio fue anexionado por la fuerza en algún momento reciente de su historia. O que se vieron repentinamente dentro de unas fronteras artificialmente definidas por terceros, como fue el caso de Yugoslavia o las antiguas colonias en África o Asia. No es el caso de Cataluña, cuyos condados se incorporaron al reino de Aragón por vía dinástica en la Edad Media, y en el Renacimiento, y también mediando el matrimonio entre sus respectivos monarcas, se unió con los dominios castellanos para formar el actual reino de España.

Es cierto que las fronteras históricas pueden evolucionar y que los pueblos oprimidos pueden optar por independizarse. Pero a los liberales prosecesión les pregunto, ¿quién sufre opresión hoy en Cataluña? Pregúntenselo a los catalanes que no quieren secesión, a los que el domingo quedaron señalados por quedarse en casa, a los delatados y multados por rotular sus comercios en español, a los que no pueden elegir la lengua en la que educar a sus hijos, a quienes defienden ideas no independentistas y les desean violaciones en grupo o señalan los comercios de sus padres. Se ha hablado mucho últimamente de libertad de expresión. Pues bien, hagan un experimento y saquen una bandera española un día cualquiera en la plaza de Cataluña de Barcelona y luego hagan lo mismo con una estelada en la Puerta del Sol de Madrid. Comparen reacciones y díganme quiénes sufren de verdad opresión.

Y es que hablar de nacionalismo español en el país que probablemente sea el más acomplejado del planeta en cuanto a su bandera y símbolos nacionales resulta audaz. Si ni siquiera los españoles somos capaces de ponernos de acuerdo en una letra para el himno, ¿cómo puede hablarse en serio de nacionalismo? El nacionalismo es supremacista, xenófobo, intolerante e interesado en exaltar las diferencias con sus semejantes. Y a poco que uno haya viajado, se da cuenta de que España es hoy uno de los países más abiertos, integradores, tolerantes y acogedores del planeta. Es un gran error intelectual identificar el antiindependentismo catalán con el nacionalismo español. No, el conjunto complementario del nacionalismo catalán no es el nacionalismo español. Como el fascismo no lo es del comunismo, ni oponerse a una idea extrema le sitúa a uno en el extremo opuesto.

Sí, es cierto que este fin de semana, excepcionalmente, muchos españoles han sacado su bandera como reacción al intento de los políticos totalitarios catalanes de romper una convivencia que supuso un gran esfuerzo lograr. Costó muchas cesiones llegar a una Constitución imperfecta para todos, conservadores, socialdemócratas, nacionalistas, comunistas y liberales, pero con el inmenso mérito de darnos una mínima estabilidad política que nos ha permitido centrarnos en nuestros asuntos privados y cambiar radicalmente el país en estos 40 años. No, defender esa convivencia imperfecta no es nacionalismo español.

Hablemos ahora de la inoportunidad de apoyar el incumplimiento de la ley en aras de la libertad. Los catalanes que quieren la independencia tan intensamente que no pueden vivir sin ella tenían una opción muy clara en las últimas elecciones, planteadas, recuerden, con carácter plebiscitario. A tal punto eran plebiscitarias que concurría una coalición, Junts pel Sí, con prácticamente un único punto programático: la independencia directa —sin pasar por ningún referéndum, porque la consulta eran las propias elecciones—. Pero no fue votada masivamente. Puede que los acontecimientos hubieran seguido un curso muy diferente de haber obtenido una amplia mayoría absoluta, un porcentaje de votos bien por encima del 50% y una participación elevada.

Pero no fue el caso, pese a que la participación rozó el 75%, máximo histórico. No olviden que el Govern y el Parlament han llevado a Cataluña y a España a esta situación por una sobrerrepresentación parlamentaria fruto del viciado sistema basado en circunscripciones electorales, que favorece la formación de coaliciones. Podrían haber convocado ahora otras con el mismo carácter plebiscitario, legales y con todas las garantías. Convocatoria que es prerrogativa legítima y exclusiva del presidente de la Generalitat. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Por qué han preferido la ilegalidad? ¿Por qué han preferido la propaganda y la movilización en la calle, exponiendo a sus seguidores a la acción policial?

Finalmente, puestos a defender la necesidad de un derecho liberal de secesión colectiva como mejor aproximación posible a la secesión individual, ¿por qué restringirlo a un territorio dado? ¿Por qué no secesión de los autónomos? ¿O de los que tengan horóscopo Piscis? ¿O de los aficionados al aeromodelismo? ¿Se dan cuenta de la arbitrariedad del criterio territorial? ¿Por qué en un territorio pueden desasociarse y en otros no? Por no hablar de que la secesión dentro del territorio independizado —requisito para que la secesión sea compatible con el liberalismo— plantea serias dificultades prácticas. Pues, ¿cómo se consigue que entre dos vecinos que comparten rellano, uno se independice junto con un grupo de catalanes y el otro se quede dentro de España junto con el resto de catalanes que desean quedarse?

Parece complicado, pero aún puede complicarse más. ¿Qué hacemos con aquellos que quieran desasociarse de su comunidad autónoma pero no de su país ni de su provincia? ¿Y con los que quieran independizar su municipio de su provincia, pero no de su comunidad autónoma y sí de su país para unirse a un tercero? ¿Y por qué no independizar el barrio? A fin de cuentas, hay barrios que podrían cumplir los criterios de nación: cultura, lengua y etnia propias. Dentro de la teoría pura todo cabe, pero (1) las secesiones parciales (colectivas) no siempre acercan al ideal de la secesión individual —antes bien, suele ser al contrario— y (2) cuando se circunscriben a un territorio, necesariamente generan una minoría —o mayoría— a la que se le trata de imponer una secesión indeseada.

El apoyo liberal de la secesión de Cataluña es, pues, inoportuno. Y, además, representa una estupenda ocasión para alejar a la gente de un liberalismo, siquiera imperfecto, pero con otras prioridades más realizables a medio plazo si hacemos más atractiva la idea de la libertad individual, demostrando que somos gente práctica, que no comemos niños ni atropellamos ancianas y que incluso podemos empatizar con el prójimo más allá de la pura teoría.
 


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